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ArribaAbajoLibro tercero

Vosotras, lujuria, codicia, ambición, pestes violentas de la humana sociedad, corrompisteis el más sagrado y dulce estado a que induce y obliga a los hombres la primitiva ley de la naturaleza, atrayéndolos con sus más fuertes e irresistibles atractivos. La razón, prerrogativa de que va el hombre tan ufano y desvanecido, ¿la razón será por ventura la que le enseñó a eludir y dejar burlados por todas vías los incentivos y alicientes con que la naturaleza lo impele a la propagación de su ser?

No; la razón, iluminada de la luz de la sabiduría divina con que condecoró y elevó al hombre sobre los brutos su criador, no puede ser causa de su depravación; lo es bien sí la malicia de las sugestiones del vicio. Es éste el que ofusca y empaña el terso candor y pureza del racional entendimiento, rendido a los estímulos de la concupiscencia, a los anhelos de la ambición y de la codicia. Él es el que abate y degrada el superior carácter que grabó en la elevada frente de los mortales la mano omnipotente del eterno artífice. Él es el que ceba con nuevo pábulo a la desenfrenada imaginación para que alimente a la lujuria, aunque destituida de fomento y de voluntad. Él es, finalmente, el que hace odiosa y aborrecible al hombre la legítima unión de la naturaleza, manantial de las familias y naciones, y el cimiento de la humana sociedad que reconoce su principio del fuego del amor, que todo lo reproduce y señorea.

¡Oh amor! tú que inflamas los corazones de los más feroces brutos, que los impeles por asperezas quebradas y por impenetrables bosques para unirse a sus semejantes; tú que les haces romper el curso de sus impetuosos torrentes para reproducirse en los cachorros que hacen temblar a la solitaria selva con sus primeros rugidos; tú que enardeces el vuelo de las aves, que las haces bajar con ímpetu de rayo desde las más elevadas cumbres a los más profundos valles, llevadas del ardor de la generación, que fomentas sus incansables desvelos, que alivias al tiempo mismo sus esmeros y fatigas para apagar el hambre de sus tiernos polluelos. Tú que infundes rápido movimiento a la torpeza de los más tardos insectos, que a par del viento haces trepar por las irritadas olas a las monstruosas máquinas de las marinas fieras, arrebatadas del fuego que tu tea enciende en sus helados miembros; tú que todo lo vivificas, que todo lo avasallas a tu supremo poder, destruye, abrasa y consume con ese mismo fuego los viciosos sentimientos de los mortales, que les hicieron quebrantar el yugo del sagrado himeneo, mirando su culto como peso de su ser, mientras ostentan sus frentes coronadas por mano de un vicioso celibato. Entre los tálamos de la disolución, destruidos y hollados de tus plantas, abre camino con esa tu ardiente tea a la virtud y al resplandor de tu llama, muéstrala a los hombres coronada de tus preciosos dones para que les sea más amable y para que exija de ellos las adoraciones que la deben.

¿Mas esto, cómo es posible si el mismo amor se ve hecho esclavo de la ambición y de la codicia de los hombres? La riqueza, la noble alianza, son preferidas al recato y a la honestidad. La hermosura misma queda tal vez sacrificada por mano del interés en el altar del himeneo. La pobreza virtuosa no se atreve a presentar en él sus votos, desechados de la vanidad, ministra de la codicia, la cual prefiere la disoluta barraganía al honesto casamiento y la prostitución a los sentimientos de la honradez de su honor y de su holganza en el tálamo del himeneo, después que las leyes Julia y Papia destruidas los dispensan de tal obligación. En el estrago de las costumbres corrompidas, a falta de la santidad del amor, sólo puede servir de estímulo a los casamientos la codicia.

Si los amantes son ricos, llaman todos a una voz feliz y envidiable su matrimonio. Tal es la decisión que a primera vista forma el general concepto. Pero el genio importuno, altivo, temático y extravagante; pero los siniestros de las pasiones y de los vicios, arrancan luego de los ojos de los esposos el dorado y aparente velo de su concebida felicidad y le manifiestan las riquezas detestables a tal precio, pues les amargan el contento de la vida, disfrutándolas solamente a costa de continuos pesares y desazones. ¿Quién es el que reflexiona a las infinitas particularidades y menudencias que hacen comúnmente desgraciada, sin la virtud, a la elección más rica? ¿Quién cree que virtud sola, aunque pobre, puede hacer feliz un casamiento, y que sin ella no es posible o muy difícil que lo sea?

Ría cuanto quiera el ufano y desvanecido con su amontonado tesoro, el que ciego y amartelado de su ardiente amor, reputa asegurada su felicidad en la posesión de una superior hermosura. Pero los siniestros afectos e inclinaciones no se mejoran con el oro; pero el más ardiente amor se apaga y consume y, a las veces, al leve soplo de una voz desmandada, de un ademán descompuesto, de una mirada desdeñosa. La unión de los corazones que antes parecía indisoluble, se rompe y su quiebra rara vez se suelda perfectamente. La confianza antigua pierde su efusión sincera; camina desde entonces reservada sobre vidrio. La restablecida paz es turbia y sombría. La misma llama, si vuelve a encenderla el amor, es como fuego fatuo, privado de afecto, de ternura, de sentimiento; ni tarda a buscar otros objetos que, como el primero, lo empalagan, lo cansan y desazonan.

Las desarregladas costumbres convierten los desórdenes y disensiones de los matrimonios en moda y gala, y en necesaria conveniencia de la sociedad. Reprenderlos es falta de decoro, defecto de rusticidad y delito de urbana delicadeza. De aquí la disolución y el libertinaje que caminan a cara descubierta sobre los estragos del honor, del recato, de la honestidad y de la inocencia. La pompa, la opulencia, el divertimiento, no alivian las quejas y justos resentimientos de los casados, ni los remedia el lujo ni la riqueza. El mal está reconcentrado en el ánimo, pervertido de los consejos, ejemplos y máximas de los vicios y de la ostentación. ¿Cómo es posible que persevere el amor en su pureza con tantos alicientes de disipación? ¿Que los ánimos y genios, deslumbrados del vano esplendor de la grandeza, se ciñan a los límites de un honesto estado, ni que la concordia sea duradera o sincera su reconciliación?

¿Qué son, al contrario, las galas, la pompa, las riquezas para los corazones de dos tiernos esposos que une y corona la virtud en el altar del himeneo? ¿Qué son el mundo, los honores, los tronos mismos para dos almas, penetradas del fuego del santo amor que ella fortaleció con sus sublimes máximas y sentimientos? A su vista se anonadan todas las cosas. Absortas ellas en sus miradas se adoran mutuamente en el transporte de su ardiente afecto con que identifican hasta sus voluntades mismas. Los dos quieren lo que uno quiere porque no quieren ni pueden querer sino lo honesto. Su dulce confianza, su entrañable familiaridad, en vez de cansar a sus amores, los aguza, osa al contrario, y los afirma en el crisol de la moderación, modestia y de la templanza que regulan sus sentimientos.

La virtud les enseña a sacrificar los arrebatos de las pasiones y de los opuestos deseos a la constancia de su puro afecto. La misma les promete la dicha de la paz y de la tranquilidad en la riqueza si la poseen, o en la pobreza si en ella nacen, o si a ella los condena su contraria suerte. La misma arma sus corazones de fortaleza contra la desgracia y contra la ignominia. Con los destellos de su sabiduría disipa los horrores y confusión con que pudiera intentar el oprobio cubrir su inocencia. Ella con su divino velo enjuga los respetables sudores de la materna frente y endulza los trabajos que la crianza de los hijos exige de sus brazos, tal vez delicados, tal vez ajenos de los usos que la virtud sola les ennoblece. Ella condecora a su honestidad, aunque arropada de andrajos, y hácela caminar sin bajeza y sin triste humillación entre las sobras y profusiones del lujo y entre los desperdicios de la soberbia y de la pomposa abundancia.

La misma aparta de su techo las asechanza de la holgazanería e infunde esfuerzo a su pecho para ocuparse en la labor y en los trabajos caseros que les pide su familia y su sustento. Verdad es que son pocos los ánimos en quienes arde esta sublime fortaleza porque son pocos los que disponen sus corazones para recibir los sentimientos de la virtud. ¿Mas quién hay que en ello se emplee? ¿Quién hay tampoco que lo enseñe, si los padres, destituidos de los principios y máximas de la virtud y agobiados del peso del sustento de sus hijos, los inducen a eximirse de la ignominia de la pobreza, exhortándolos a que la ennoblezcan y condecoren con votos, antes que les sea la misma de desdoro en el mundo en un honesto casamiento?

Santo y respetable himeneo. ¿Por qué la luz de tu tea, con enciendes la llama del honesto amor, no es bastante para disipar el engaño de las preocupaciones del entendimiento de los hombres? Dala acá, sufre que la empuñe mi mano para que pueda, mostrar a su resplandor ardiente la hermosura de la virtud que no conocen los mortales, porque sus ojos no la ven sino con el velo que la cubre. Mas a la luz de tu tea echarán de ver a lo menos la imagen de su belleza en el Eusebio que les presento y por él formarán más alta idea, aunque mal trazado y diseñado con tinta descolorida.

No tardó don Alonso a enturbiar al interior consuelo y contento de Leocadia, comenzando a disponer su ánimo para la despedida, pues quería partir al día siguiente y restituirse a Salem donde lo llamaban sus negocios. Leocadia, que hubiera deseado disfrutar más tiempo la compañía de su amada madre, imploró su mediación para que hiciese diferir a su padre la partida. Mas no lo pudo recabar. Fue por lo mismo más sensible para ella su separación, haciéndose la despedida no sin mutuas lágrimas, que en los padres participaban del consuelo de ver a su hija esposa del más cumplido y perfecto marido que pudiera desear.

Eusebio, al verse solo con ella, sintió de nuevo la dulce complacencia de la posesión de tan amable esposa, y su corazón, lleno de gozo inexplicable, parecía que le dijese no quedaría objeto ninguno en la tierra digno de su mayor estimación y deseos. Todas sus pasiones parecían quedar dormidas en eterno sueño, y su alma nadar en un golfo de suave tranquilidad y complacencia. Los honores, las pompas, las riquezas, eran a sus ojos ídolos de barro y plateados mamotretos a quienes miraba con menosprecio. Parecía que su amor descansase en lecho de flores alimentado de ambrosía, como en el trono de la más pura felicidad. Representósele entonces la virtud adornada del manto celestial y respirando divina modestia, que le decía cariñosamente: «Te di a probar, Eusebio, toda la dicha que puede abarcar el corazón mortal. La hermosura y gracias de Leocadia no hubieran podido hacer esa tu dicha tan cumplida, si no hubieran dispuesto de antemano tu corazón mis consejos e inspiraciones para recibirla.

»Yo purifiqué tus afectos y sentimientos, y les di el temple y consistencia necesaria para que pudiesen resistir al continuo choque de las circunstancias y accidentes de la vida, con que agita con tanta violencia la suerte los ánimos de los mortales. Yo perfeccioné a ese tu mismo amor, armándolo de honestidad para que resistiera a los alicientes de los amores ilícitos y a los desordenados incentivos de la concupiscencia. El sublime consuelo que sacaste de tus vencimientos, no es el solo premio que consiguió tu alma. A ese consuelo celestial añadí mayores quilates a la pureza de tu amor e infundí mayor aprecio al de tu Leocadia, disponiéndola insensiblemente para que fuese digna y se conformase enteramente con la sublimidad que adquirieron tus sentimientos.

»Asentaste ya las plantas fuera del áspero camino que conduce al delicioso asilo donde me refugié de las turbulentas pasiones de los hombres, y en donde coroné con los destellos de la sabiduría a tu amado Hardyl. Él forzó tu infancia a que hollase las primeras asperezas del camino, hasta conducirte a las dulcísimas sombras que forman mi delicioso templo, donde acaba de gustar tu alma las más puras delicias de la tierra. Tus pasiones quedan como enajenadas; infundí vigor a tus afectos para que pudiesen resistir a los trabajos y desgracias del mundo. Tu entendimiento alumbrado conoce ya los quilates y la esencia de los terrenos objetos que pueden conservar o destruir tu más pura felicidad, pues de ésta es sólo parte la que acabas de sentir y disfrutar en tu himeneo y en la posesión de tu amada Leocadia.

»¿Pero si aparece de repente la enfermedad, y ceba su saña en su hermosura y la devora? ¿Si la fortuna contraria combate a tu corazón y lo hiere en lo más vivo y sensible? ¿Toda esa tu gran dicha a qué se reducirá? Gústala enhorabuena, Eusebio, mas no dejes enajenar de la misma tus sentimientos. Acuérdate que el más puro y sólido consuelo es aquel que doy a gustar al alma en el ejercicio de mis consejos. Con ellos podrás prevenir fortalecer tu pecho contra la seña de la enfermedad, en caso que se cebe en la hermosura de tu esposa, de modo que se te haga su pérdida mucho menos sensible; o contra el poder de la suerte, si por ventura llega a envidiar tu dicha e intenta destruirla con no previstos trabajos y desgracias.

»Estas memorias en vez de enturbiar el gozo y júbilo que ahora gozas, lo harán al contrario mucho más puro y delicioso sin que pueda serte nocivo. Ellas dejarán en tu alma los resabios de una dulce tristeza, pero será más preciosa que la desenfrenada risa y la loca jovialidad de los que, desechando mis inspiraciones, se entregan enteramente a los placeres que el mundo les representa. Mas su alegría destituida de la fortaleza de mis sentimientos, se convierte luego en más amarga tristeza y en más sensible y rabiosa humillación. Yo, en vez de éstas, fomentaré en tu ánimo con mis máximas la moderación, la modestia, la prudencia, la fortaleza, la humanidad, la honestidad y constancia que Hardyl te dejó tan encomendadas».

Esto parecía a Eusebio que le decía la virtud en las reflexiones a que entregó su ánimo, después que partidos los padres de Leocadia, comenzó a gozar la quietud de su retiro. De estas reflexiones mismas se aprovechaba para acrisolar la dicha que sentía en la posesión de su adorable esposa. Las mismas le servían para regularse más acertadamente en lo que había de hacer en su nuevo estado, que exigía otro tenor de vida y otras miras que debía combinar con su amor y con sus obligaciones. Hasta su casamiento había sido como vago y extraño a su casa, a sí mismo, a sus intereses y haciendas. Era como peregrino que caminaba al fin que ahora tocaba ya; y como de asiento en él debía formar un estable sistema de vida, que le trazaron de antemano en su mente su genio mismo, y las instrucciones y luces que había adquirido y que ahora iba poniendo en ejecución, según se lo iban requiriendo las cosas mismas.

Como siempre llevó la mira Henrique Myden, desde antes que Eusebio dejase la tienda de Hardyl, de entregarle el manejo de su casa luego que estuviese en edad para ello; lo ejecutó pocos días después de su casamiento, llamándolo aparte para darle este cargo. Eusebio le agradeció esta demostración de paterna confianza y de entrañable afecto; mas le dijo que por lo que tocaba al manejo interior y a la economía, podría desempeñarlo mucho mejor que ellos Leocadia, como inspección propia de su sexo, dotado por la naturaleza de más menudas vistas y perspicacia interesal que, según era mayor o menor en las mujeres, formaba en ellas su mayor o menor economía. Que él de muy buena gana se encargaría del cuidado de las haciendas y de su cultivo, y que éste sería el empleo que daría a su vida dividiéndolo con el estudio.

Había también puesto finiquito a sus contrataciones Henrique Myden, mientras Eusebio viajaba. Quedábanle algunos cortos ramos que dejaba desecar de por sí, sin ponerlos en cuenta de la liquidación de sus negocios, de los cuales hízole ver a Eusebio la ganancia que le había resultado. Le propuso Eusebio que sería bien emplease parte de ella en algunas tierras vecinas a Filadelfia. Lo ejecutó Henrique Myden comprando algunos terrenos baldíos y eriales que la industria de Eusebio convirtió luego en tierra de promisión. Con este motivo le dijo también Eusebio la promesa de los mil pesos que había hecho a Gil Altano en reconocimiento al haberlo librado del naufragio. Henrique Myden no sólo se la aprobó, sino que también le añadió otros mil para que Altano pudiese emplearlos en algún pedazo de terreno que le diese una honesta subsistencia, en caso que quisiese dejar el servido.

Aceptólos Altano dando mil bendiciones a tan generosos amos, mas no quiso desampararlos de ningún modo. Asentadas estas cosas, atendió también Eusebio a dar mayor aseo y comodidades a la casa. Fabricó dos primorosos retretes, a quienes daban mayor alma el gusto que la riqueza. El uno era para Leocadia, donde ella colocó su bordador y donde se empleaba en sus labores. El otro servía de estudio a Eusebio haciendo de él su librería, donde colocó los escogidos libros que había comprado en Europa. En la pared de enfrente de la mesa, en donde estudiaba, colgó el retrato de Hardyl que mandó hacer en S... y que era su más preciosa alhaja.

Dio luego principio al sistema de vida que se propuso en su nuevo estado, para conservar en él la dicha en el seno de su deseada tranquilidad. Su amable Leocadia había cargado con todos los ramos de la economía interior, la que servía de alguna ocupación y de distracción en sus labores. Eusebio dedicaba todas las mañanas al estudio, que comenzó desde los primeros rudimentos, así griegos como latinos, para saberlos con entera reflexión y juicio. Repasaba asimismo todos los autores, poetas y prosaicos, notando sus defectos y bellezas como si de ellos hubiese de formar extractos críticos. Este estudio llevaba también consigo el de las ciencias que había aprendido. Ejercitaba al mismo tiempo su estilo, cuyos primeros ensayos fueron las memorias que dejó de su educación y viajes, que sirvieron de materiales para recopilar este trabajo, a quien se dio el título del nombre mismo de Eusebio, que no tenía en el manuscrito.

Las tardes, en que la mente no sufre aplicación, o la sufre tal vez con daño de la salud, las dedicaba Eusebio al trabajo del terreno que compró Henrique Myden no lejos de Filadelfia, a cuya labranza presidía. Encaminábase a él comúnmente a pie, y algunas veces en coche, en compañía de Leocadia, que gustaba también del campo y de sus labores, haciéndosele mucho más agradables tales paseos en compañía de Eusebio, de quien no sabía desprenderse. Otras iba también con ellos Henrique Myden, que se mantenía robusto y sano a los ochenta y más años de edad. Las veces que las lluvias o los malos tiempos impedían a Eusebio y a Leocadia la salida al campo, para no estar ociosos, se ocupaban en el trabajo de manos: Leocadia en su bordado, Eusebio en hacer algún cesto o azafate para el uso de la casa, pues ya de asiento en ella no quiso olvidar ni desamparar esta ocupación.

Otras veces se empleaba en enseñar la filosofía moral a su amada esposa, estudio de que no necesitan menos las mujeres que los hombres, para no dejar arraigar en ellas muchos defectos y perjuicios que se creen propios y connaturales del sexo, siendo sólo efectos de la educación. La piedad y religión son los solos objetos a que se atiende en la educación y enseñanza moral de los hijos, para que se imprima en sus ánimos el amor y temor a su criador, a fin que obren bien y eviten el mal. Pero el mal se limita a las obras pecaminosas y el bien a las de la piedad, descuidando enteramente los padres y maestros, o fomentándoles tal vez los mismos muchos resabios siniestros y muchas de las pasiones que no se reconocen pecaminosas, y con ellas muchas preocupaciones ridículas, causa de los continuos disgustos y pesares que les agrazan la felicidad de la vida.

Leocadia conservaba muchos de estos malos efectos y flaquezas que se reputan comunes a todas las mujeres, pero que sólo proceden del común sistema de la educación que les dan o del descuido y de la ignorancia en que las crían. Los consejos y exhortaciones de Eusebio no bastaban para desarraigarlas del ánimo de Leocadia, en que habían hecho presa desde la niñez, por más que la misma lo conociese. El mal pedía principios, luces y máximas de estudio y ciencia moral que a ella le faltaban y que era necesario adquiriese para que pudiese convencer ella misma su ánimo preocupado. Sin esta convicción de la mente, la fuerza del hábito contraído rechaza todos los consejos y exhortaciones y se señorea de la voluntad, que queda esclava, a su pesar, del sentimiento que la predomina.

Conservaba Leocadia no pocos ridículos escrúpulos de conciencia que le había pegado la ignorancia de la madre que, como otras muchas, fomentaba el error de tener por acciones malas las que de ningún modo lo son, persuadida falsamente que, acrecentando el número de los pecados, se evita más fácilmente el caer en ellos. De donde procede que algunas conciencias delicadas vivan en continua pena y zozobra, y las que no lo son, atropellen con todos los embarazos que encuentran en su obrar y que les impiden caminar naturalmente en su proceder. Temía también las apariciones de los difuntos y de trasgos porque se los habían hecho creer; sentía en sí un terror pánico a los ratones, que le daban no pocas veces que sentir, aunque no les hubiese, formándoselos su imaginación. Pretendía excusar a este temor con el común pretexto de asco que se le da. Conservaba algunas vulgares supersticiones y otros defectos y simplezas de que dejan avasallar sus ánimos las mujeres, o a que desde niñas las avasalla la educación.

Echando de ver Eusebio que no aprovechaban ni sus consejos ni los ruegos con que los acompañaba, hubo de recurrir al estudio de la filosofía moral, comenzándolo por un tratado de excelentes máximas que encontró entre algunos manuscritos de Hardyl. Luego haciendo leer a Leocadia las obras de Plutarco, que tenía traducción en inglés, y otros libros, que contribuyesen para darle algún género de instrucción. De tan remotos principios era preciso tomar el remedio al mal, para que gota a gota penetrase en su ánimo y lo fortaleciese. La ternura del amor y los deliciosos transportes de sus mutuos afectos endulzaban y facilitaban por lo mismo tal estudio. Embebía insensiblemente Leocadia aquellas máximas e instrucciones que, sin echarlo ella de ver, le quedaban impresas en el ánimo, disponiéndolo para el saludable efecto y provecho que le habían de acarrear con el tiempo y con la continuación. No tardó a conocer la misma que todos sus deseos, inclinaciones y sentimientos, parecía que se reconcentraban en el corazón y que cobraban en él nuevo vigor, al paso que la alumbraba la luz de la sabiduría y de los conocimientos que disipaban imperceptiblemente las tinieblas de las preocupaciones, las cuales tenían encogidos sus sentimientos. Su misma modestia, su recato y su piedad, iban cobrando fuerza como varonil, disponiendo poco a poco su corazón con los nuevos conocimientos y máximas morales, para recibir los consejos más fuertes de la divina sabiduría y combatir con ellos los incentivos y alicientes de la vanidad y de la ambición, el amor y propensión a las riquezas, a los honores y a las superfluas galas y, en vez de aquéllos, fomentar en su ánimo los sentimientos de la moderación y fortaleza contra los trabajos y desgracias, en caso que se los enviase la fortuna.

Ni era su interior solamente el que probaba los útiles efectos de tal estudio; redundaban también en su exterior y presencia, que parecían irse revistiendo de más noble circunspección; y hasta su mismo rostro de más respetable amabilidad y decoro. En fuerza de las mismas máximas, sentía mayor afición a sus labores y se ocupaba con propensión mayor en ellas, tomándolas no como mero entretenimiento y pasatiempo, sino mirándolas como medio que pudiera servirle para ganarse el sustento, en caso que la suerte llegase a privarla de los otros medios que le había dado, como también de preservativo de su honestidad y decencia en la desgracia.

Lo que experimentaba más difícil de desarraigar de su corazón eran los efectos de los temores ya ridículos, ya supersticiosos, que la habían hecho concebir en su niñez; pero llegaba a conocer que eran supersticiosos y ridículos, y veía que el más costoso vencimiento es el de los efectos de la opinión, aunque extravagante, luego que ésta llega a apoderarse de la mente. Prometíanse por lo mismo, así ella como Eusebio, que los llegaría a vencer con el tiempo y a fuerza de las opuestas persuasiones e instrucción, siendo el contraste principio de la victoria y medio para alcanzarla el conocer la flaqueza del enemigo. Contribuían también para ello las frecuentes conversaciones que tenían sobre tales materias con Eusebio, el cual las combatía de recio, valiéndose de las armas del amor, que son también las más fuertes aun para tales asuntos.

¿Y cuál mejor y más eficaz medio para perfeccionarse los esposos que el amor ardiente que se profesan? ¿Cuál más seguro para corregir los defectos de sus genios y personas? ¿Cuál más firme para conservar la paz y tranquilidad en su casamiento? Un día, llevado Eusebio del afecto de su ternura, propuso a Leocadia si quería que se notasen los defectos, así de la persona como del ánimo, para corregirlos. ¿Cómo podía negarse a tal proposición la amante Leocadia? Desde entonces, haciendo este pacto, lo observaban rigurosamente sin resentirse Leocadia por no encontrar defectos que notar en su adorable marido, cuando éste tenía que combatir en ella tantos ridículos sentimientos, efectos de la educación que la dieron. La efusión de su mutua ternura servía para fortalecer los corregidos sentimientos y para consolidar los virtuosos, a prueba de los reveses de la fortuna que no perdían jamás de vista en medio de las comodidades y abundancia en que se hallaban.

Tal es siempre la mira de la virtud que no deja enajenar el ánimo de la prosperidad, mas lo lleva siempre alerta de los accidentes de la vida a que puede exponerlo la suerte, sin engendrar esta prudente cautela la tristeza que experimentan los que la forman con ojos torpes y desvanecidos. Tal tristeza es sólo efecto del temor con que miran la adversa mudanza de su suerte. Mas el que estudia en prepararse contra ella, en vez de contemplarla con tristeza, hácelo con acrecentamiento de constancia, prometiéndole la virtud recompensarlo del daño si no puede evitarlo. No de otra suerte disponían sus ánimos Eusebio y Leocadia con el estudio de la virtud, para llevar con fortaleza las adversidades que les podían suceder, como les sucedieron con el motivo del pleito sobre la herencia que les contrastaba su tío don Gerónimo.

Había determinado Eusebio, con parecer de Henrique Myden, remitir la decisión a la suerte, sin afanarse ni dar más pasos por ella, en caso que su esposa Leocadia no diese prueba de fecundidad, pues, no teniendo hijos, quería ceder los derechos que aquéllos le obligaban a conservar en caso de tenerlos. Con esto miraba al pleito y a la herencia como cosa que no le pertenecía, mientras que no se manifestaba la preñez de su esposa. Mas ésta tardó poco en confiar a Eusebio las dudas de su preñez que salieron verdaderas, con gran consuelo y júbilo de la misma, de Eusebio y de Henrique Myden, que no cabía de gozo por reconocerse abuelo de afecto y de amor, como se reconocía padre de su amado Eusebio.

Con no menor consuelo y gozo fue recibida esta noticia de los padres de Leocadia, mucho más haciéndoles saber Eusebio al mismo tiempo que disponía el viaje para la granja de Jersey, y que de paso estarían con ellos algunos días en Salem. Ejecutólo Eusebio en compañía de Leocadia y de Henrique Myden, que resolvieron pasar todo el verano en la granja para atender mejor a su cultivo y cosechas, queriendo ser Eusebio el administrador de sus haciendas. Fueron grandes las demostraciones de amor y de ternura que dieron los padres de Leocadia a su hija y a Eusebio cuando llegaron a Salem, donde se detuvieron algunos días por complacer a doña Cecilia. Continuaron desde allí su viaje a la granja, donde llegaron felizmente.

Iba renovando Eusebio las memorias, en parte alegres, en parte tristes y sublimes, que la granja le conservaba, así por ser aquel suelo donde salió salvo de las olas, como por estar en él depositadas las cenizas de su respetable madre Susana. Henrique Myden le había hecho construir un sepulcro de mármol junto a la casa, haciendo plantar alrededor algunos tejos que, cubriéndolo ya con su majestuosa sombra, formaban un respetable asilo a la contemplación y tierno afecto que exigía de Eusebio y de Henrique Myden aquel venerable depósito, que visitaban frecuentemente en obsequio de la difunta. Varias veces hizo servir Eusebio aquel mismo sitio de escuela a su amada Leocadia, para hacerle perder el horror que engendran naturalmente las ideas y memorias de la muerte a quien con ellas no se familiariza.

Este era también uno de los temores que amedrentaban al corazón de Leocadia, y que suelen infundir los padres y maestros a sus hijos y discípulos en la enseñanza que les dan, sin reparar en los daños que tal temor les acarrea, por no advertir en los que padecen los mismos, reputando esencial e inevitable al hombre el miedo que infunde al ánimo la propia muerte y la ajena. En este engaño permanecen todos los que desde niños no se acostumbran a la memoria de la necesidad de morir a que todas las cosas criadas están sujetas, ni hay razón que pueda persuadirlas de lo contrario, si los mismos no llegan a convencerse con la propia reflexión que puede el hombre sobreponerse o disminuir en gran parte este temor que enflaquece y abate al corazón, que atropella sus sentimientos y los sojuzga, que les impide frecuentemente honestas y útiles operaciones, que a cualquier asomo del mal los envilece y les hace amarga la vida con su memoria y que a muchos se la abrevia. ¿Cuántos son los que mueren por el temor exaltado de morir?

A estos y otros daños exponen los padres, amas y maestros a los niños que, en vez de fortalecer sus tiernas mentes contra el temor de la muerte, se lo agravan al contrario con consejos, y con hechos y dichos falsos y ridículos. A esto se añade la más ridícula preocupación de que hace mejores a los niños, o les impide el ser malos, el miedo de morir. El sexo especialmente, por naturaleza más flaco, hácese más susceptible de la impresión de tal miedo y, por consiguiente, de los daños que le acarrea. En Leocadia era tan fuerte este temor, que la primera vez que la quiso conducir Eusebio al sepulcro de Susana, aunque el sitio y vista era apacible, huyó sin poderla persuadir Eusebio a que fuese a sentarse con él allí a la sombra de los tejos.

No quiso violentar Eusebio por entonces el ánimo de su esposa, pero comenzó bien si a reprocharle amorosamente aquel miedo; luego a convencerla de los daños que le causaba y de los bienes que se le seguirían en sacudirlo de su corazón; finalmente a proponerle los ejemplos sacados de las historias de muchas ilustres mujeres, cuyas heroicas muertes eran prueba de la fuerza de la persuasión para dejar de temer el trance inevitable, o para disminuir en gran parte su temor. Así recabó Eusebio sin apremio que Leocadia se presentase con el tiempo no sólo a tales recuerdos, sino que también obtuvo que se los renovase a la sombra del lucilo de Susana, que antes miraba con horror y después con afectuoso respeto y ternura.

La playa era el otro sitio que frecuentemente visitaba Eusebio en compañía de Leocadia, así para disfrutar de más cerca la vista del mar con que se complacía, como también para renovar los sentimientos de gratitud a la providencia, que lo sacó allí mismo con vida de tan terrible peligro y lo puso en los brazos de Susana y de Henrique Myden, que lo prohijaron con tan entrañable cariño y lo hicieron heredero de iguales o mayores bienes que aquellos que había heredado de sus mayores y que la suerte por medio de su tío le contrastaba.

Las reflexiones que le suministraba esta inconstancia de la fortuna, que hacía tan inciertos los más seguros bienes de la tierra, le servían de freno para no dejar entregar su corazón al gozo y confianza que le infundía la hermosa vista de aquellos dilatados campos y frondosas arboledas, que reconocía como propias y que le renovaban la memoria de Hardyl, que contribuyó a su mejor orden y cultivo, dando arreglo y nueva vida él mismo a todo aquel cuerpo antes informe y como dejado a beneficio de la naturaleza. Hardyl dividió todo aquel vasto terreno en seis caseríos, donde se establecieron otras tantas familias de labradores. Dio a cada una de ellas diez yugadas de tierra y pastos correspondientes para los animales de labranza y para el ganado, cuyo esquilmo abasteciese a las necesidades de las mismas y contribuyese a la mayor utilidad del dueño.

Procuró hacer él mismo varios planteles para que pudiesen suplir a los árboles que fuesen faltando después que dividió los campos con hileras de árboles de diversas especies para que conservasen con sus sombras la humedad de la tierra, defendiéndola de los ardores del sol, y para que abasteciesen al mismo tiempo los hogares con la monda de sus ramas, y las despensas con sus frutos. Puso también términos a las yugadas y caseríos; circundó de fosos a los campos para el desagüe de las lluvias, a fin que no quedasen aguazados de las redundantes aguas y no se podreciesen las semillas. Hizo que Henrique Myden proveseye de todos los necesarios utensilios y aperos a los labradores, así para la labranza como para el esquilmo del ganado, que cada caserío podía mantener en su recinto.

La hermosa casa de campo de Henrique Myden hacía cuerpo aparte de las yugadas, con el vasto huerto y jardín que al pie del otero blando, sobre el cual se levantaba la casa, se extendían por largo trecho, y remataban con un delicioso bosque no menos que majestuoso, cuyos enormes troncos y copas encumbradas infundían con su sombra un sagrado horror que lo hacían parecer antiguo templo de los faunos salvajes, que eran adorados de las naciones bárbaras que poblaban aquel suelo. Todas aquellas soberbias plantas parecían sembradas de la mano del criador. La segur europea habíalas respetado. Ellas presentaban una vista muy amena a la granja, que parecía dominarlas desde el otero, con el huerto y jardín intermedios, que hacían la vista más varia y apacible.

Echó de ver Eusebio que de todas aquellas disposiciones que había dado Hardyl antes de dejar la América, algunas quedaban por hacer, otras en embrión, y las más dejadas a cargo del tiempo y de la naturaleza. Requerían por lo mismo todos sus cuidados y los conocimientos que habían adquirido en el viaje sobre el cultivo del campo en los diversos climas y países en que había estado. Este fue, pues, el empleo y ocupación a que se dedicó todo el tiempo que estuvo en la granja, reservando para el estudio los días que los malos tiempos le impedían la salida de casa, y las horas de la noche que le dejaban libres la asistencia que debía a Henrique Myden y a Leocadia.

Ésta había traído consigo a la granja el bordador que le mandó hacer Eusebio a norma de otro que vio en Inglaterra, y cuyo modelo llevó a la América. Estaba hecho a corte declive, a manera de atril vacío o de facistol, colocado sobre dos pies de fácil manejo y conducción, y mucho más cómodo para la labor. Lo era también el punzoncillo de que se servía en vez de la común aguja de bordar, aunque tan sutil como ésta; pero tenía en la punta una muesca con que se prendía la seda por el mismo haz de la tela por donde se introducía, sin que la mano fuese a buscar la aguja, como se hace para volverla a pasar a tientas por el envés. La tela por bordar quedaba envuelta en el rodillo que atravesaba los opuestos cabos del bordador, quedando sólo tendida y tirada de los lados la parte que se bordaba y que se iba rollando en el otro rodillo inferior luego que se acababa lo bordado.

Este instrumento hacía más gustosa y fácil la ocupación de Leocadia en las horas que le dejaban de ocio los quehaceres domésticos, que eran para ella su primera y principal ocupación. Gustaba también de ir frecuentemente a visitar los trabajos de los campos y las familias de los labradores que había hecho establecer Henrique Myden en los caseríos, a fin de enterarse de los medios que tenían para subsistir, del estado de salud y de las condiciones a que prestaban sus fatigas y sudores. Así ella como Eusebio deseaban mejorarles su estado, para hacérselo más llevadero y para que atendiesen con mayor empeño al cultivo.

Tuvo, con este motivo, su humanidad una ocasión oportuna en que emplear las piadosas miras de su beneficencia con una familia de negros que habitaba uno de aquellos caseríos. Los compró Henrique Myden en tiempo en que Eusebio se hallaba ausente de la América, no presentándosele labradores de la tierra para el cultivo de aquel terreno. Como tales compras de esclavos son comunes en aquellos países, nada había dicho Henrique Myden a Eusebio de aquellos negros, aun después que se hallaban en la granja, como cosa que no merecía conmemoración. Fue por lo mismo mayor la sorpresa de Eusebio, cuando se encontró con aquella gente la primera vez que fue a visitar el caserío que habitaban, viéndolos sentados en el suelo en que devoraban una grande hogaza de maíz y algunas frutas secas.

Componíase aquella familia de los padres de edad algo avanzada, de dos hijos varones, mozos ya crecidos, de una doncella de doce a catorce años, y de un niño que allí con ellos comía. Aunque los negros no habían visto antes a Eusebio ni a Leocadia, que iba con él, echaron bien de ver que eran sus amos recién llegados, luego que los vieron entrar con gran sorpresa suya en su pobre habitación. Como estaban acostumbrados al imperio del dueño que los vendió a Henrique Myden, y al abatimiento y respeto que se les exigía, postráronse todos de rodillas ante Eusebio y Leocadia, cruzando sus brazos sobre el pecho e inclinando con reverencia sus cabezas como si adorasen a dos deidades aparecidas.

Admirado Eusebio a primera vista de aquella gente, y enternecido de la humilde y reverente postura con que lo acataban, se inclinó para hacer levantar del suelo al que parecía padre de aquella familia, haciéndole fuerza con los brazos y con la voz para que obedeciese. Cedió el viejo a las instancias de Eusebio, quedando aturdido de aquella humanísima demostración de bondad de su amo, y del orden que dio a los demás para que se levantasen. Obedecieron también ellos. Mas como quedase de rodillas el niño con las manos juntas, causó tal enternecimiento a Eusebio y a Leocadia que, acercándose hacia él, le asió Eusebio de la mano para levantarlo y se lo presentó a Leocadia, diciendo: He aquí, Leocadia, la imagen del dios amor, según lo pintan los egipcios; somos bien injustos los europeos que tratamos como a bestias a racionales que sólo se diferencian de nosotros en el color. Leocadia hizo algunas caricias al niño, dejando penetrados de admiración y tierno respeto los corazones de aquellos negros, mientras Eusebio, dirigiendo la palabra al viejo, le preguntó:

EUSEBIO.-  ¿Cómo os llamáis?

EL NEGRO.-  Alil Tagúl, señor mío.

EUSEBIO.-  ¿Y sois libres, o bien esclavos?

ALIL.-  Esclavos de v. s. y de mi señor Henrique Myden.

EUSEBIO.-  ¿Dónde aprendisteis la labranza?

ALIL.-  En la Jamaica, señor mío; allí serví a Daniel Linvels de diez años. Muerto éste, fuimos vendidos a un bastimento que nos trajo a Filadelfia, donde nos compró mi señor Henrique Myden, que el hacedor del sol y de la luna bendiga para siempre y lo sustente como a la más añeja planta, a cuya sombra encontramos nuestra dicha.

EUSEBIO.-   ¿Según eso, os halláis bien al servido de mi padre Henrique?

ALIL.-  ¡Oh señor mío! Él es el autor de nuestra felicidad.

Eusebio, al oír esto, volviendo hacia Leocadia, le dice en español:

EUSEBIO.-  ¿Qué os parece, Leocadia, de esta felicidad? ¿Habrá ya ninguno descontento de su suerte que no desmienta con sus quejas la desdicha de su estado libre, y rico tal vez, en cotejo de estos miserables que se llaman felices en el suyo?

LEOCADIA.-  No sé qué deciros, Eusebio; que me arranca el corazón.

EUSEBIO.-  ¡Pobre gente! Dejémoslos que coman con libertad y vamos a tratar de dársela con nuestro padre. Adiós, Tagúl. Adiós, hijos.

LEOCADIA.-  Quedaos con Dios, buena gente.

Dicho esto, entrega algunas monedas al niño. Tagúl y sus hijos, al ver aquella dignación de sus amos, pusiéronse de nuevo de rodillas y tomaron la misma reverente postura, florando de enternecimiento. ¡Sus almas, aunque reputadas estúpidas e insensibles, cómo podían dejar de conmoverse y de sentir la fuerza de tan grande humanidad y compasión que sus buenos amos les manifestaban!

El infeliz estado de aquellos negros dio materia de discurso a Eusebio y a Leocadia mientras volvían a la granja. Llegados a ella, cuentan a Henrique Myden la sorpresa que les había causado la vista de los negros en el caserío, y mucho más el saber que eran esclavos. Tomó ocasión de esto Eusebio para hacer ver a Henrique Myden el abuso del poder del hombre sobre el hombre su semejante, adquirido solamente al precio del metal contra todos los derechos de la humanidad; que ésta le obligaba a declararle los sentimientos de compasión que había excitado, así en su pecho como en el de Leocadia, la condición de aquella pobre gente reducida a la de los brutos que se compran y venden al antojo del dueño que los adquirió. Que, por lo tanto, le rogaba quisiese dar carta de libertad a aquellos infelices.

Henrique Myden, oída la proposición de Eusebio, acompañada de sus ruegos, le respondió que no veía en qué violaban tales compras los derechos de la humanidad, si no era cuando los dueños trataban con crueldad a los esclavos, o cuando adquiridos con injusto derecho de las armas, se vendían al pregón. Haber sido este uso antiquísimo entre los hombres, contra el cual sólo podía reclamar la conmiseración de un ánimo benéfico y compasivo. Que los negros eran vendidos tal vez de sus mismos padres a los europeos y comprados por éstos, no con violencia sino por vía de amigable contrato. Que esto no lo decía por negarse a su petición, pues estaba dispuesto a otorgársela, sino porque no veía la injusticia tan grande cuanto se la representaba. Que por lo demás lo había hecho ya dueño de todo y por todo, y que así dispusiese de los negros como mejor le pareciese.

Eusebio, regocijado por el beneplácito de Henrique Myden, sin querer contradecirle a lo que de hecho aprobaba, le dio las gracias por ello y determinó hacer solemne la manumisión de aquellos negros. Para esto quiso que se juntasen todas las familias de los labradores de los otros caseríos en el antiguo bosque, vecino a la granja, a cuya majestuosa sombra hizo formar círculo de tablas que sirviese de asiento para la junta, en un ancho espacio que dejaban aquellas antiquísimas plantas.

Llegado el día que señaló para la solemnidad, acudieron todas las familias de los caseríos y la de los mismos negros. Estaba también convocada toda la de Henrique Myden, criados y criadas, ignorando todos el fin de aquella junta extraordinaria, que quiso tener oculto Eusebio para hacerla más solemne y gozosa, y más tierna función. Hallábase también presente Henrique Myden y Leocadia, sin distinción de asiento y lugar. El círculo de tabla servía para todos igualmente. Juntos ya, comenzó Eusebio una tierna y patética arenga sobre la paz y unión, que eran el cimiento de la felicidad de los hombres y de las familias, como la disensión y discordia entre ellos era el principio de su desdicha y causa de su ruina.

Luego pasó a proponer los medios para conservar la primera por bien de los mismos, acordándoles que todos los hombres eran hechuras de un mismo padre celestial y que como tales debían reconocerse por hermanos. Díjoles que los había juntado, no para hacerles esta exhortación solamente de palabra, sino para confirmarles la verdad de lo que les decía, poniéndolo por obra; que a todos los llamaba a este fin por testigos de la carta de horro que daba en nombre de su padre Henrique Myden a Alil Tagúl y a sus hijos, a quienes reponía en su natural libertad, declarándolos libres desde entonces para siempre.

Alil Tagúl, aunque se hallaba presente, pero distraído del concurso de aquella gente, en una junta que hacía más respetable la presencia de sus amos a la sombría majestad de aquel sitio en que los negros se veían igualados a los demás y a sus mismos amos, lo había enajenado tanto, que no comprendió la singular gracia que su señor le hacía a él y a toda su familia. No dio tampoco por lo mismo muestra alguna de haberlo comprendido; de modo que se vio precisado Eusebio a dirigirle otra vez la palabra, llamándolo por su nombre, y diciéndole: ¿Quedáis enterado, Tagúl, de la gracia que os hace mi padre Henrique de poneros en libertad a vos y a toda vuestra familia?

¿La libertad se nos concede?, Preguntó Tagúl después de haberse puesto en pie; perdonad, señor mío, pues aun ahora que lo vuelvo a oír claramente de vuestra boca respetable me parece un sueño. No es pues sueño, dijo Eusebio, sino realidad; y así, venid acá con vuestros hijos a recibir la prenda de la confirmación. Todos los labradores, hombres y mujeres, y los criados de Henrique Myden, que ignoraban antes el fin de aquella junta, sabiéndolo ahora con sorpresa mayor, estaban atentos y silenciosos para ver la demostración que haría Eusebio con los negros; los cuales unos tras otros, precedidos de Tagúl, se encaminaban, como tímidos y encogidos de respeto, hacia Eusebio que los había llamado.

Estando ya cerca de él el viejo Tagúl, se levantó Eusebio y le abrió los brazos para recibirlo en ellos, queriendo borrar con esta demostración el agravio cometido en él contra la humanidad. Abismado Tagúl de aquel piadoso ademán de su señor, se precipitó a sus pies besándoselos y bañándoselos con sus lágrimas. Los hijos, vista la postura del padre, pusiéronse todos de rodillas, e, inclinando sus cabezas, prorrumpieron en tierno llanto, como todos los presentes, sin exceptuarse Henrique Myden y Leocadia; especialmente después que Eusebio, venciendo la humilde porfía de Tagúl, lo hizo levantar y lo abrazó, haciendo lo mismo con sus hijos, hasta con el niño, que también se hallaba allí presente. Parecieron mostrarse sensibles aquellas mismas añejas plantas a la benéfica humanidad de Eusebio y a los sentimientos de los testigos de la misma, devolviendo el eco de sus enternecidos sollozos y parabienes.

Aún no se había sosegado el júbilo de los corazones con los abrazos que todos dieron a los negros ya libres, a ejemplo de Eusebio y de Henrique Myden, que fueron los primeros en abrazarlos, cuando Eusebio, antes de despedir aquella junta que representaba las de los primitivos hombres en la tierra, volvió a pedir a todos silencio y atención. Obtenida ya, propuso a las familias de los labradores un premio de doce guineas para quien hiciese más abundante cosecha en aquel año. Causó esto nuevo alborozo en los ánimos de toda aquella gente y avivó en ellos nuevo aliento para emplear sus sudores y trabajos en servicio de tan generoso dueño, a quien daban mil bendiciones.

Quiso el mismo que lo siguiese a la granja toda la familia de los negros, para poner el colmo al gozo de su obtenida libertad dándoles el mismo salario que daba a los otros labradores. Se abandonaron Tagúl y sus hijos entonces a mil transportes de agradecida humildad y respeto, acompañado de llanto que todos derramaban puestos de rodillas a sus pies, recibiendo así el dinero que les entregaba, viéndose precisado a despedirlos cuanto antes para ir a desahogar el enternecimiento que le causaban. Leocadia, que lo vio entrar en su cuarto enjugándose las lágrimas con el pañuelo, aunque se conmovió a primera vista, echó de ver al instante de dónde procedía aquel llanto, y lo recibió diciendole: ¿Es ése, Eusebio, el regalo que os han dado los negros por haberlos ahorrados?

Eusebio, sentándose junto a ella, exclamó con lágrimas: ¡Oh dulce Leocadia!, si los hombres conociesen a la humanidad y si llegasen a probar su tierna e inexprimible dulzura, todos fueran humanos, todos fueran virtuosos. Mi corazón no abarca el sumo consuelo que siente, especialmente en el seno del amor santo en donde lo desahogó. Dicho esto, reclinó su frente bañada en lágrimas sobre el hombro de Leocadia que, no resistiendo entonces a la fuerza de la ternura que le excitó su esposo, lloró con él participando de la dulzura de los sentimientos de su mutuo afecto, que les renovó el acto de humanidad que acababa de ejercitar con los negros.

Echó de ver el mismo Eusebio el efecto de su beneficencia y del propuesto premio a los labradores, viéndolos trabajar de allí adelante con tal ahínco y empeño, animados de alegría, que parecía que a cada golpe de azadón habían de dar con un tesoro escondido. En una de aquellas mañanas en que salió a reconocer los trabajos de Hardyl y los suyos, en un terreno en que ambos a dos se ocuparon en plantar una fila de árboles antes de dejar la América, como los viese ya crecidos y vestidos de pomposo verdor, se complació sumamente en aquella hechura, que le renovaba la memoria de su amado Hardyl. Mas, como encontrase dos que se habían secado, quiso reponerlos por sí mismo. Llama sobre la marcha dos labradores, y tomándole a uno su azadón, comenzó a cavar tierra alrededor, para arrancarlos y poner otros en su lugar.

Como no estaba acostumbrado a aquella fatiga, se cansó luego. Resintiéndose por lo mismo su ánimo de la delicadeza de su cuerpo, persistió en vencerla, continuando en la excavación, hiriéndolo de lleno el sol. Ni desistió de su empeño hasta que vio su tarea concluida y puestos los nuevos árboles. Gozoso y satisfecho de su trabajo y de su vencimiento, se encaminó a la granja pasado ya el mediodía, reventado y calado de sudor. Leocadia, al verlo tan encendido y acalorado, lo exhortó a que se mudase y descansase antes de ponerse en la mesa para comer. Fue ella misma a darle una camisa limpia, exhortándolo de nuevo con cariño a que se mudase.

Aunque Eusebio no sabía negarse a ninguna cosa que Leocadia le rogaba, sin embargo, en ésta en que él mismo llevaba empeño de querer vencer su delicadeza, la rogó no quisiese sacarlo del propósito en que estaba de fortalecer sus miembros y de endurecerlos al trabajo como los labradores, pues sentía interiormente contento de acostumbrarse al empleo que dio al hombre la naturaleza, en la cual podía ganarse la vida, si por ventura la suerte lo ponía en necesidad de valerse de sus brazos. A éstas añadió otras razones que hicieron desistir a Leocadia de su cariñosa porfía, conservando ella los recelos y temores que le causaban su encendimiento de rostro y su cansancio.

Sentados a la mesa, Eusebio comenzó a comer, aunque sin el apetito que se había prometido de su fatiga; comió, no obstante, de todas las viandas. Mas aún no habían tocado a los postres, cuando le sobrevinieron algunas bascas, sintiéndose provocado a arrojar lo que no había podido abrazar el estómago. Henrique Myden y Leocadia se alteran sobremanera, mucho más cuando se manifestó la recia calentura que lo postró en la cama, no sabiendo qué remedio dar a un mal que lo hacían mucho mayor sus temores y el amor que a Eusebio profesaban. Propúsole Henrique Myden enviar a llamar el médico a Salem, y aunque Eusebio le rogó que no lo hiciese persuadiéndole que su mal no necesitaba de médico, Henrique Myden no quiso atender a sus instancias, sino que envió inmediatamente el coche.

Conocía Eusebio que su enfermedad procedía solamente de alteración de la sangre y que, acostumbrado a tomar cada tres meses una píldora de aloe23 por consejo y a ejemplo de Hardyl que lo solía tomar también, no podía tener su mal funestas consecuencias como las solían tener los males dimanados de la corrupción de los humores del estómago. Se purgó, sin embargo, y ciñó su cura al agua y a rigurosa dieta, con la cual no necesitó de las recetas del médico cuando éste llegó a la granja, hallándolo casi enteramente restablecido. Y aunque antes que llegase se lo asegurase Eusebio a su afanada Leocadia, tuvo mayor fuerza en la opinión y recelo de la misma, el oírlo de la boca del médico, abriendo de par en par su corazón al consuelo que la sentencia del mismo le infundía.

Ésta disipó también los afanes y congojas de Henrique Myden y volvió a tomar cuerpo el consuelo y tranquilidad de toda la casa. Eusebio, enteramente restablecido, sacó de aquel asomo de enfermedad el desengaño que la naturaleza no sufre violencia si no se la lleva por grados insensiblemente. Sirvióle al mismo tiempo de escarmiento para no exponerse a perder la salud, no tanto por temor servil de la muerte, cuanto por no afanar el corazón de Henrique Myden y de Leocadia, mucho más en cosas en que no había necesidad que hiciese violentos ensayos. No por esto dejaba de ir con la misma frecuencia que antes a visitar los campos y presenciar las labores que en ellos se hacían. Ellos eran su apasionado empleo y divertimiento.

Su alma sensible se complacía en todos los objetos que el campo le presentaba, los solos que no cansan ni fatigan la vista del hombre, que antes bien renueva en ellos el puro contento que dan la vez primera, a quien, desengañado de los anhelos de la codicia y de la ambición, reconoce en la sencilla pompa de la naturaleza y en la callada hermosura de sus crecientes verdores, el solo feliz empleo que ella destinó a las fuerzas del hombre y a los sudores de su industria en que le promete su asegurada subsistencia. Pasábanle a las veces horas enteras enajenado del contento y complacencia que le infundía la variedad amena con que ostentaba la naturaleza su inagotable poder en las infinitas configuraciones de las plantas y yerbas, de sus verdores y olorosos perfumes, de sus virtudes conocidas y no conocidas.

Todo esto prestaba harta materia a su contemplación para adorar la omnipotente mano que produjo tantas maravillas. No echaba menos Eusebio en aquella deliciosa soledad el concurso de las ciudades ni de la gente desasosegada; de sus importunas visitas y del trato de los mundanos, que con él no buscan el fomento de la pura satisfacción de la amistad, sino el sacudir de sí mismos el aburrimiento de su ociosidad y de su pesada existencia, y el dar paso a sus ruines pasiones, ora desahogando los incentivos de la envidia, ora cebando su mordacidad en la ajena desgracia o pobreza; o alimentando los otros bajos sentimientos de su malicia, o maquinando con ellos el descrédito o la ruina de sus mismos inocentes amigos y conocidos.

Lejos de los ejemplos de la codicia y de la ambición, y exento de las desazones e inquietudes que ellas acarrean, disfrutaba su alma la dulce tranquilidad del campo, que le hacía más preciosa y estimable la compañía de Leocadia. Ésta había entrado en el octavo mes de su preñado. Eusebio, queriendo satisfacer a los deseos que le había manifestado la misma de hallarse en Filadelfia para el tiempo del parto, hubo de anticipar su vuelta, difiriéndola para después de la trilla. Estando ésta para acabarse en el caserío más vecino, convidó Eusebio a Leocadia para ir a gozar el contento de los labradores en aquel trabajo. Vino ella bien en acompañarlo, encaminándose entrambos hacia el caserío sin reparar en los asomos de la tempestad que se levantaba sobre la mar, estando en su mayor pureza.

Eusebio, a cuyo brazo iba asida Leocadia, la defendía con el quitasol de los ardores de sus vivos rayos. Ningún viento corría, antes bien admiraban la tranquilidad del ambiente, sin conocer que participaba de la triste calma que precede en la América a los huracanes que la trabajan. Llegados al caserío, fueron recibidos con rústico alborozo de los sudados y polvorosos labradores que estaban ocupados en la trilla, holgándose que los viesen sus buenos amos. Sentáronse éstos sobre un grueso tronco que allí en el suelo yacía. Mas aún no había pasado media hora que contemplaban aquella tarea, cuando comienzan a revolotear las pajas de las parvas, envueltas entre el polvo arremolinado que levantaba el viento precursor del furioso torbellino que, caminando en terrible silencio, tendía su tenebroso manto sobre la atmósfera, robando luego el sol a los asombrados labradores que, interrumpiendo su trabajo, salieron a ver lo que les amenazaba aquella no esperada tenebrosidad.

Se manifestó luego el impetuoso huracán que despedía el trueno y el rayo de su rasgado seno. Las aves huían de él con incierto y temeroso vuelo. Desampararon la parva los labradores y se refugiaron con sus amos en el humilde techo. No bastaba la presencia de Eusebio ni sus exhortaciones para sosegar al ánimo de Leocadia. El espanto que infundía la lobreguez que cubría al cielo y tierra, oprimían con angustia su palpitante corazón. Los sucesivos relámpagos alumbraban las tinieblas de la cerrada habitación y acrecentaban el terror de Leocadia, que llevaba o detenía por la casaca a Eusebio, a quien estaba asida, según eran los arrebatos del temor que la acometía; especialmente cuando comenzó la furiosa batida del granizo, que vibraban las nubes con tal fuerza que parecía quisiesen derribar el techo, o arrancarlo de cuajo el soplo del huracán enfurecido.

Leocadia arrebata entonces a Eusebio hacia la estancia en que se habían recogido los labradores que lloraban amargamente, venciendo con sus sollozos y lamentos al ruido de la piedra. Leocadia comenzó a llorar con ellos, llevándose los silbos de los vientos y los golpes del granizo, los consejos y confortaciones de Eusebio, que prometía a los labradores satisfacerles el daño y remediar la desgracia. Así pasaron toda aquella tarde y noche, sin permitirles el obstinado huracán cerrar los ojos al sueño, alimentándose de solas lágrimas y afanes, los cuales llegaron a abrir brecha en el corazón de Eusebio, temiendo por el fruto de su amor que Leocadia llevaba en su seno y por su padre Henrique Myden, el cual se hallaba sumamente solícito por la ausencia de sus amados hijos.

Comenzó a ceder al otro día la furia de la tempestad que poco a poco iba perdiendo sus fuerzas. Eusebio, cuyo benéfico y humano corazón había concebido de antemano el remedio, fue uno de los primeros a salir de la casa para ver por sus ojos el daño que el huracán había causado en los campos. ¿Mas cómo describir el triste espectáculo que se le presentó a la vista? Los campos enteramente despojados de su verdor y cubiertos todavía del duro y grueso granizo. Las cosechas desaparecidas de la haz del suelo; troncos enormes arrancados de cuajo y transportados del huracán. Algunos bueyes muertos por los campos, no habiendo podido refugiarse en los establos. Carros de labranza arrumbados en los fosos y llevados a otras partes. La hermosa pompa del verano convertida de repente en el triste horror del invierno.

Eusebio, desistiendo de ir a visitar los campos, pues todos le ofrecían el mismo aspecto, volvió a consolar a los labradores, a quienes prometió de suplir a los daños padecidos. No contento con esto, despacha a dos de ellos para que fuesen a llevar en su nombre la misma promesa y consuelo a las demás familias. Envió otro a la granja para que participase a Henrique Myden el estado en que se hallaban y lo sosegasen, al tiempo que el mismo Myden enviaba a Taydor y a Altano para que los buscasen. No sosegando con esto el viejo, quiso también salir de la granja para ver si los descubría, al tiempo que Eusebio y Leocadia, avisados por los criados de las congojas de su padre, se encaminaban con ellos a la granja.

Llegáronse a encontrar con esto en el camino, donde se dieron mutuamente todas las prendas y demostraciones del tierno cariño que se profesaban y del gozo y consuelo que sentían al verse escapados de la pasada tempestad, que parecía había de aniquilar la tierra. Esforzábase Eusebio en consolar a Henrique Myden, que se le mostraba muy afligido por la pérdida de las cosechas y por el estrago de sus haciencias. Recabó sosegarlo, no tanto con sus consejos, cuanto con las tiernas demostraciones con que lo acompañaba, abrazándolo y diciéndole que para qué quería los caudales que tenía reservados, si no había de sacar de ellos la satisfacción y consuelo, que lo era grande en tales casos, de no necesitar de acudir a ninguno para remediar la desgracia. Que ésta debía ser sólo sensible a los pobres labradores, que no tenían otros bienes para subsistir que aquellos que les había arrebatado la tempestad, quedando expuestos a perecer de hambre si no se les acudía con lo necesario para que pudiesen mantener su vida.

Tomó ocasión de esto para comunicarle la promesa que había hecho a los mismos de remediar a su desgracia, pintando tan vivamente sus trabajos y sudores para ganarse con ellos un miserable sustento, que Henrique Myden, conmovido de la descripción de Eusebio, no sólo aprobó su promesa, sino que también lo exhortó a partir cuanto antes a Filadelfia para poderles enviar el trigo y maíz necesario para la siembra y para la manutención de las familias que habían quedado sin cosecha. A esto añadió Eusebio el sugerimiento que le había dado aquella desgracia, y que antes había oído en Londres a un caballero, sin advertir entonces a su proposición, de tener de repuesto la cantidad de la renta que pudieran dar en dos años las haciendas para precaver semejantes desgracias; y que éste creía ser el solo dinero que se podía tener muerto sin codicia.

Que los que no tenían esta prudente precaución y que, al contrario, vivían anticipadamente del fruto de sus haciendas, se hallaban expuestos en una de estas desgracias a vivir atrasados y de prestado, contrayendo deudas que, agravándolas la necesidad, sólo podían satisfacerlas con la pérdida de las haciendas mismas, cediéndolas a sus acreedores, de que había visto algunos ejemplos en España por causa de no poder remediar al daño del granizo o de la que les había devorado sus cosechas, contrayendo gravosas deudas para suplir a los gastos que les pedían las labores, el cultivo de los talados campos y el sustento de sus familias. Que otros, que no usaban tampoco de esta precaución de ir reponiendo parte de sus rentas para precaver las desgracias de los tiempos y de otros accidentes, y que no encontraban préstamos, se resentían de ellas por muchos años, viviendo de lo poco que podían sacar de sus haciendas por no poder darles el necesario cultivo.

Persuadióse también de esto Henrique Myden y determinó reponer la cantidad que Eusebio le aconsejaba luego que hubiese llegado a Filadelfia, para donde se encaminaron inmediatamente dejando el campo, cuya estada había hecho inútil la tempestad que despojó todos los campos de sus verdores y hermosura. Debieron detenerse algunos días en Salem, a instancias de los padres de Leocadia. Poco tiempo después que llegaron a Filadelfia, sintió Leocadia los anuncios del parto antes de lo que ella esperaba, y que tuvieron un éxito más feliz que el que la misma temía, dando a luz un niño cuyo dichoso nacimiento disipó las angustias que había concebido el tierno padre por su amada esposa en aquel trance que el amor representa tan peligroso, e inundó de júbilo su corazón y el de Henrique Myden, que quiso solemnizar el nacimiento del hijo y el dulce título de padre con que acababa de condecorar a Eusebio la naturaleza.

El reconocimiento de la ternura de éste para con su buen padre Henrique Myden exigía de él que diese este mismo nombre de Henrique a su hijo en el bautismo, que se celebró en la capilla donde se había celebrado el casamiento. Se le destinó una cuna de juncos, que quiso Susana se conservase en casa con otras cosillas que trabajó Eusebio en la tienda de Hardyl, y le llegó el plazo de ser empleada con gozo de Eusebio, que la hizo, bien ajeno entonces de pensar que la pudiese caber aquel destino con que renovaba los sentimientos de moderación en que lo había educado Hardyl, y en que quería educar él mismo a su propio hijo desde la cuna. El hijo no puede tener mejor maestro que el padre, ni debieran tener otros los hijos. ¿Mas cuántos hay que conozcan y ejerciten esta obligación que la naturaleza les impone? Las mismas madres hacen traición a la más pura ternura de su afecto, para eludir la incomodidad de criar a sus pechos los hijos.

Mas Leocadia, llegada a ser felizmente madre de un hijo, objeto de los esmeros y cuidados de su corazón sensible, ¿cómo querrá dispensarse del dulce trabajo de alimentarlo a su seno? No le ocurrirá tampoco que la riqueza pudiera eximirla de la función propia y obligatoria de la maternidad. Ni que ella le impedirá el hacer y recibir visitas, ni asistir a los divertimientos, ni al juego, ni a los paseos, ni a los teatros; ni todos los demás motivos del trato, que corrompen insensiblemente en las grandes ciudades los más puros sentimientos de la naturaleza y del amor, y que estragan las costumbres. Nada de todo esto había en la moderada Filadelfia que pudiese retraer de su tierna inclinación a la virtuosa Leocadia. Obraría del mismo modo si viviera en medio de las ciudades más corrompidas. Ni ella, ni Eusebio su marido, pondrían su vanidad en vivir a la moda, confiando la subsistencia, la salud y vida de su hijo a una mercenaria, pudiéndolo la madre alimentar por sí propia.

Luego que se elude y altera el orden de la naturaleza, se altera y corrompe el moral. De aquí proceden los daños de los hijos y de los mismos padres que, deslumbrados de los ejemplos y tren del mundo, no ven los males que les acarrean por seguirlos hasta que los experimentan; y aun después de esto, soportan sus pesares y disgustos por faltarles ánimo y voluntad para desviarse de la mala costumbre que los arrastra, a costa de que el hijo perezca. Ni es éste tal vez el mayor mal que se teme aunque suceda. Ni es el solo que no se provee, ni el que se conozca, aun después de acontecido; pues aun muchas de las madres que están en estado de padecer todos estos males y daños, y que los padecen, serán tal vez las primeras en preguntar, ¿qué daños son esos? Oídlos.

Los que siguen a la indiferencia, o al afecto del solo interés del ama de leche, o al fraude de su salud tal vez infecta, o de su oculto preñado; los que acompañan a su mal genio, a sus descuidos, a sus groseros modos o malas costumbres y a sus pretensiones, que os acarrean mayores disgustos, mayores desazones y pesares que todos aquellos de que os pretendéis eximir, desperdiciando vuestra leche antes que el hijo propio la chupe. Cuanto más apartan a las madres del primitivo fin de la naturaleza las preocupaciones y errores del lujo, de la ambición y de la vanidad, tanto más agravan los trabajos y engorros de la crianza de los hijos. Por el contrario, cuanto más nos acerquemos con los ojos al mismo primitivo fin, veremos que los mayores cuidados y desvelos, en vez de ser sensibles a las madres, se sienten al contrario impelidas a ellos con la dulce fuerza del afecto, que lucha en cualquiera pena y trabajo que lo contrasta.

¡Con qué apasionado afecto miran los irracionales a sus cachorros! ¡Con qué incansable paciencia los velan! ¡Qué penas, qué trabajos distraen a las madres salvajes de alimentar a sus hijos llevándolos en sus brazos días enteros de camino! ¡Qué trabajos, qué labores del campo, después que lo regaron con sus sudores, distraen a las labradoras de la crianza de los suyos, ni les disminuye el amor y afán que por ellos sienten! Mas al paso que nos acerquemos con la imaginación a las ciudades y a los estrados, sentiremos el aire de la corrupción, que inficiona por grados los más puros afectos y los más fuertes que infundió la naturaleza en el corazón humano, pervertido de la opinión y de los perjuicios de la disolución, del dañado entendimiento, del libertinaje que no sufre, que antes bien se indigna, y por lo mismo hace befa de los estorbos que opone a su inclinación o a su pasión una tierna madre que, o por virtud o por dulce genio, se atreve todavía representar en rico estrado la imagen de la mujer fuerte.

Mas a pesar de las befas y murmuraciones de las de su sexo, el concepto y respeto que su ejemplo las granjea entre los discretos y prudentes, hace humillar y confundir aquellas madres que se apartan de esta tan precisa obligación. Su casa, a la verdad, no se verá tan frecuentada de visitas, pero tampoco sufrirá sus molestias. Ella no se verá cortejada a pesar de los atractivos de su hermosura, pero suplirán a las veleidades del cortejo el puro, tierno y sincero amor de sus hijos y las adoraciones del marido que, penetrado de la tierna y virtuosa paciencia de su esposa, sentirá crecer su inextinguible afecto para con ella, y hacerse más dichosa su unión, antes con los alicientes de su virtud que con los de su belleza. Ésta resplandecerá mucho más en medio de sus hijos, que las joyas de que otras se adornan para lucir en los saraos, y desde el retiro de sus estancias exigirá su concepto mayor veneración del público, que la que se pudiera prometer del imperio de la moda y universal cortejo.

Leocadia no obra por este fin. Sin tener ejemplos contrarios, sigue la inclinación de su genio y el impulso de su amor y ternura para con el hijo a quien cría a sus pechos. Ni le ocurre ni sabe que su crianza puede estorbarle las visitas, ni impedirle el galanteo: hace lo que le enseña la naturaleza, lo que le dicta la misma. Hubiera bien sí querido tener a su hijo en una rica cuna, en finos lienzos y encajes, y se resiente un poco que su marido, que quiere comenzar a educarlo desde la niñez, le haya destinado una de juncos y pañales sólo decentes; pero condesciende finalmente con su voluntad, porque Eusebio no le exigía con imperio ni con voluntad absoluta, sino con modesta y cariñosa persuasión, haciéndole ver que si la cuna dorada y los encajes no podían fomentar la vanidad del hijo recién nacido, tardarían poco a fomentársela o cuando no servirían para fomentar la de los padres que, complaciéndose en ver al niño en ricos pañales, no podrían reducirse a verlo ya crecido y vestido sólo decente.

No fue ésta la sola oposición que encontró Leocadia en Eusebio sobre la primera educación y crianza de su hijo; la madre seguía buenamente la costumbre y era ésta la que Eusebio quería evitar, en lo que le parecía oponerse a la razón y a las leyes y orden de la naturaleza, y por lo mismo al bien del niño. Leocadia, según costumbre, quiso fajarle todo el cuerpo hasta los ojos, y cubrirle bien la cabeza con doble capillo. Esto, para que no se resfriase; aquello, para que no se maltratase. Eusebio, al contrario, pretendía que el niño tuviese las manos y pies libres para que las extendiese, encogiese y menease a su agrado, y la cabeza desnuda por la razón opuesta, para que no se resfriase, acostumbrándola desde la infancia a la impresión del aire. Por parte de Leocadia estaba la preocupación, por la de Eusebio la razón física.

¿Pero cómo dar a entender ésta y destruir aquélla en la opinión de una tierna madre? Con el amor, guiado de la persuasión, sin resabio de autoridad y de imperiosos modos, que en vez de obtener lo que pretenden, excitan la altercación en los padres sin conseguirlo, o si lo consiguen, es con disgusto de entrambos y con airada sumisión del que cede. Leocadia, persuadida de las razones de Eusebio y convencida por él mismo, que los antiguos usos de los pueblos no debían ser apreciados por su antigüedad, sino por la razón, quitó las fajas y tocas del cuerpo de Henriquito. Los pañales cubrían su desnudez abrigándole sin ningún apremio. Así, la libre circulación de la sangre y la transpiración, que son los dos fomentos principales de la salud del hombre, no sufrían violencia, causa de los ajes y enfermedades que contraen insensiblemente los niños agarrotados en las fajas, y de su delicadeza sobrada, o de su debilidad de miembros, no estando acostumbrados desde el nacimiento a las diversas impresiones del aire.

Éste es reputado generalmente el capital enemigo de la salud del hombre, siendo así que es su principio vital y su mayor amigo al que con él se familiariza desde la infancia. Los padres, engañados de los daños y males que experimentan ya grandes en sí mismos si no les cierran la entrada por todas partes cubriéndose bien la cabeza y el pecho, infieren que enfermarán del mismo modo los niños si no usan con ellos la misma precaución. En fuerza de esta dañosa preocupación, en vez de fortalecerlos, los enflaquecen; y por falso temor de que no padezcan, siendo niños los acostumbran a ser víctimas de mil ajes cuando crecidos y cuando adultos. Las fibras de los niños son tiernas y delicadas, ¿quién lo duda? Por lo mismo conviene comenzar desde luego a endurecerlas y a hacerlas un escudo de la salud. Tan tiernos nacen los hijos salvajes como los europeos. Aquéllos, por crecer desnudos al sol, al viento, a la lluvia, a las inclemencias de los tiempos, ¿crecen por eso enfermizos, o padecen menoscabo en su salud? ¿Quién más robusto que un salvaje?

Henriquito podía mover en la cuna pies y manos a su antojo; no estaba en ella ni atado como esclavo, ni amortajado como momia. Pero el tierno corazón de la madre no podía dispensarse de acariciarlo, de contemplarlo y atenderlo más tal vez de lo que conviniera. La madre que amamanta a su propio hijo carga, por efecto de este mismo amoroso cuidado, con el otro de tenerlo consigo en su mismo cuarto, para poder acallar por la noche sus lloros y atender a sus necesidades y desvelos. Éstos suelen ser frecuentes y molestos, especialmente en niños achacosos y malhumorados. Henriquito no manifestó ser ni uno ni otro en los dos primeros meses de su vida; pero poco a poco iba perdiendo su natural bondad, de modo que parecía haber mudado de genio, no dejando ni dormir ni sosegar a sus cariñosos padres.

Una noche entre otras, prorrumpió en llanto tan pertinaz que, no bastando a la afanada madre todos los medios y expedientes para acallarlo, viose precisado Eusebio a levantarse para tentar de por sí lo que no había podido conseguir Leocadia, después de haberlo desnudado para registrarlo y mudádolo de pañales. Pareciendo a Eusebio que el niño tuviese alterado el pulso, ruega a Leocadia que se acueste, pues el mal no tenía otro remedio por aquella noche que la paciencia, y tomando a Henriquito en sus brazos, comenzó el sufrido padre a pasearlo en ellos por el cuarto, acomodando su paciente ánimo a aquel accidente. Leocadia instaba con afán para que se llamase el médico en aquella hora. Eusebio repugnaba a ello, diciéndole que el pulso no indicaba tal necesidad y que el último partido que tomaría sería el que le aconsejaba.

Como no se le oponía en cosa alguna, sin darle razón de su contrario parecer, le dijo que la naturaleza era el mejor médico de los niños; que ella sola suplía a la ciencia y medicinas, a quien hacía inútiles aquella edad en que los niños, faltos de expresión para indicar o declarar sus males, dejaban a oscuras las luces de los médicos, los cuales por la mayor parte procedían a tientas y a la ventura en tales curas; que si en ellas podían acertar, era más probable que pudiesen errar y apresurar la muerte del niño, que sin ellos viviría, dejado al solo cuidado de la naturaleza. Que ninguno de los niños que había obtenido de esta entera contextura y complexión, perecía por achaque accidental si no lo agravaban los médicos, pues toda buena complexión llevaba consigo fuerzas intrínsecas para resistir a la alteración de los malos humores de donde el mal procedía.

Ni éstas ni otras razones de Eusebio sosegaban al afanado corazón de Leocadia, y no pudiendo convencerla, dejaban lugar a la materna porfía y a las quejas de que en todo había de hallar oposición en su esposo; que si las más veces había condescendido hasta entonces, no podía resolverse a ceder en ésta en que se trataba de la salud del niño; y que si no quería hacer llamar al médico, lo haría llamar ella. Eusebio le dijo entonces que estaba muy ajeno de persistir en su parecer, después de habérselo propuesto; que si no quedaba persuadida de sus razones, no por eso le impedía satisfacer a los deseos que manifestaba de llamar al médico. Esta suave condescendencia acalló de repente los alterados sentimientos de Leocadia y los convirtió en mayor ternura de afecto para con él, disputándose entre sí la carga del niño y el santo sufrimiento que les exigía en su incallable llanto, haciendo pasar en claro toda aquella larga noche a sus virtuosos padres, cuyo afán y paciencia endulzaba el amor que se profesaban.

Con la luz del venido día se fue sosegando el niño y con él el cuidado de sus buenos padres. El médico llamado comparece; mas, no sabiendo encontrar mal en el niño, dejó con todo su receta a tenor de las informaciones de la madre, a quien Eusebio dejó obrar hasta que, partido el médico, al tiempo que enviaba ella a Taydor a la botica con la receta, quiso verla Eusebio; y vista, le dice: Leocadia, aunque esta receta me confirma más en mi opinión, dejo con todo que vaya a su destino por complaceros. Espero que Henriquito no necesitará de ella, pues duerme según parece. Habíase de hecho dormido y continuó a dormir la mayor parte del día. Pero venida la noche comenzó a regañar, prometiendo otra peor que la pasada a sus padres.

Eusebio aconseja a Leocadia que encargue el niño al cuidado de una de las criadas para que pudiese ella dormir, pues había ya pasado en vela algunas noches continuadas. Leocadia no sabe resolverse a ello, lisonjeándose que el niño se sosegaría. Desvanecióse luego esta lisonja, pues pareció que Henriquito esperase el momento que sus padres estuviesen en cama para prorrumpir en más recio llanto que el de la noche antecedente. Leocadia exclamó entonces:

LEOCADIA.-  ¿Qué será esto, Eusebio? ¿De qué podrá proceder ese llanto? El médico no supo acertarle el mal.

EUSEBIO.-  Temo, Leocadia, que lo erramos en contemplar demasiado al niño. Entro en sospechas que esos lloros sean antes efecto de pertinacia, que de mal ni de enfermedad.

LEOCADIA.-  ¡Pertinacia en un niño de tres meses!

EUSEBIO.-  No lo debéis extrañar. La malicia es el primer vicio que se despierta en el hombre. Él es efecto de las primeras ideas del alma, sugeridas del amor propio, que es el primer sentimiento y pasión que aviva la naturaleza.

LEOCADIA.-  ¿Cómo es posible?

EUSEBIO.-  Es más difícil de explicar que de concebir. Lo apuntaré con todo. El niño ve la luz y la ama, porque lo regocija, entreteniéndole la embaída vista con los claros objetos que le presenta. Él mismo aborrece las tinieblas, porque a más de robarle todos aquellos objetos, infunden en su alma las semillas del temor, asombrándola con la oscuridad. A más de esto, de día ve a sus padres que continuamente lo acarician y las caricias lo alegran, porque lo halagan y se huelga en sentirse sompesado en ajenos brazos. De noche nada ve y se halla tendido en una cuna insensible que nada le dice, y en postura a que tal vez no quiere sujetarse. Ved aquí muchas causas de ese llanto importuno.

LEOCADIA.-  ¿Pero no está tendido de día en la cuna y duerme y calla en ella?

EUSEBIO.-  Ese será cabalmente el motivo también porque ni calla ni duerme de noche, ni nos deja dormir. Yo sería de parecer que tentásemos no dejarlo dormir tanto de día, y a más de esto, que nos hiciésemos una ley de no manifestarle tanto nuestro amor con cariñosas demostraciones. Éstas obran más de lo que os podéis imaginar en el alma y sentimientos de los niños. A fin pues de prevenir con tiempo todos los siniestros efectos, deseara proponeros otro expediente, aunque temo que os haya de ser sensible, y por lo mismo, que no lo abracéis.

LEOCADIA.-  ¿Qué expediente?

EUSEBIO.-  El de tenerlo en cuarto aparte de día y de noche, para acostumbrarlo a las tinieblas y a la soledad.

LEOCADIA.-  ¿Os sufriera el corazón tal extravagancia? Extraño, Eusebio, que os haya ocurrido.

EUSEBIO.-  ¿Mas de qué se trata, Leocadia? ¿No es del bien del niño? ¿Nuestros cuidados y desvelos no llevan por mira este fin? Pongamos, pues, los medios para conseguirlo.

LEOCADIA.-  ¿Y qué bien se le podrá seguir por dejarlo solo y desamparado en un cuarto?

EUSEBIO.-  Muchos, a mi parecer; oíd algunos. Acostumbrarlo con tiempo a no temer antes que el temor preocupe sus conocimientos. El quitarle todas ocasiones que pudiesen hacerlo tenaz, obstinado y regañón. El alejar de sus ojos y oídos todos los objetos que suelen fomentar en los niños sus primeros caprichos y fantasías, las cuales es indecible cuán presto se despiertan en el alma de los niños y avivan en ellos a las demás pasiones. El niño, acostumbrado a tener, a ver y a recibir continuas prendas y objetos de aprecio y de estimación, luego que le faltan, las desea; deseándolas, las pide; ni sabe pedirlas sino con imperio, con grito y con llanto, faltándole otra expresión a su porfía. Si no lo contentáis, le encendéis el enojo, luego la venganza, en cuyas demostraciones lo veréis prorrumpir. Si condescendéis con él y satisfacéis sus deseos para acallarlo, se los aviváis mucho más y ponéis cebo a su obstinación. Ved algunos de los muchos males que pudiéramos evitar, criándolo en cuarto aparte, como dije.

LEOCADIA.-  No podré jamás resolverme a eso, Eusebio.

EUSEBIO.-  Debe costar, no hay duda, al amor materno; mas sin esfuerzo y vencimiento no hay virtud. Otras madres no necesitarían de ella para abrazar de contado el partido.

LEOCADIA.-  ¿Llamáis virtud el sofocar los sentimientos del amor de madre?

EUSEBIO.-  No digo sofocar, bien lejos estoy de eso; pero bien sí reprimirlos, de modo que no redunden en daño del niño, por querer mirar demasiado por su bien. No es todo amor puro el que sentimos por los hijos, Leocadia. Lleva mucha liga de amor propio y de vanidad. A las veces nos amamos más a nosotros que a los mismos hijos. Tiene también sus vicios el amor paterno; y el principal entre ellos es el que nos incita a condescender con lo que muestran querer los niños, temiendo darles que sentir si se lo negamos. Así los hacemos viciosos y mal criados. La naturaleza engendra al hombre sin antojos, sin ansias, sin deseos, fuera de lo que contribuyen a la conservación de su ser. Todos los demás se los infunde nuestro ejemplo, se los fomenta nuestro vicioso amor. Nosotros somos los que los cargamos de nuestras pasiones.

LEOCADIA.-  ¿Qué sabe de todo eso el niño?

EUSEBIO.-  Ese es el engaño universal de casi todos los padres, persuadidos de que los niños no conocen las cosas. Pero cuando menos se catan, ven que el niño que llevó el dije de oro o de plata, echa de revés el de madera, el de hueso o el de cobre, si se lo presentan. Así sucede en todo lo demás. Insensiblemente echamos en sus ánimos las semillas de los vicios, que tarde o nunca llega a sofocar la educación. Lo que le hemos, pues, de negar con el tiempo, neguémoselo ahora y acostumbrémoslo a lo que tal vez después no lo podremos acostumbrar.

LEOCADIA.-  Podéis tener razón en lo que decís, pero también puede ser causa del extraordinario llanto del niño algún mal interno, que ni vos ni el médico conocéis. Probaré a darle esos polvos que el médico le recetó.

EUSEBIO.-  No quise oponerme a ello; os dejé hacer, aun después de haber visto la receta y de traída a casa la medicina. Tratándose ahora de dársela al niño, debo preveniros que esa medicina puede darle la muerte. Es opio lo que el médico recetó, en fuerza de la relación que le hiciste de los desvelos que el niño padece.

LEOCADIA.-  ¿El opio puede matarlo?

EUSEBIO.-  No fuera el primero a quien esa medicina hizo cerrar los ojos para siempre. ¿Quién nos asegura que, aunque la dosis sea competente para el niño, no se le haya ido en ella la mano al boticario? Ved aquí una prueba de lo que os decía acerca de llamar al médico, a que os oponíais. Vale más que suframos también esta noche su llanto y que mañana hagamos firme resolución de destinarle cuarto aparte, donde podrá gritar y llorar a su grado, sin que nos obligue a fomentar el antojo, si ya lo tiene, de querer que estemos despiertos y de ver la luz.

LEOCADIA.-  Podrá estar con él una de las criadas.

EUSEBIO.-  No, Leocadia, hagamos también esta fuerza de tenerlo solo; porque si no, no conseguimos el fin. Oirá menearse, bullir, roncar, resollar; conocerá que está con gente, hará lo mismo que hace con nosotros. La criada lo contemplará, o lo maltratará tal vez, si llega a perder la paciencia y a enfadarse.

LEOCADIA.-   ¿Y si le sobreviene algún mal o quiere el pecho?

EUSEBIO.-  Si le sobreviniera estando con nosotros, ¿lo remediarían por ventura nuestras caricias? ¿Deja de llorar por estar con nosotros? Finalmente, si quiere el pecho, tendrá paciencia hasta que llegue el día: no morirá por ello. Vuelvo a decirlo, Leocadia; generalmente los lloros de los niños son las quejas y lamentos de ciertos adultos, que quieren ser atendidos, compadecidos y contemplados.

Tanto instó Eusebio sobre esto, que Leocadia condescendió en hacer este sacrificio de su cariño. Se trasladó la cuna al cuarto destinado, donde Henriquito pasó todo aquel día, asistido por lo común de Leocadia, que no sabía desprenderse de él. Llegada la noche y la hora de irse a la cama, después de haberle dado Leocadia el pecho, lo tendió en la cuna. Pareció que conociese Henriquito la intención que llevaban sus padres de dejarlo solo, pues habiendo callado hasta entonces, prorrumpió en llanto tan recio al ver que le volvían la espalda, que titubeó la constante ternura de Leocadia.

Eusebio, que quiso estar presente a la separación, viendo que iba a ceder el materno cariño, cruza el brazo por la cintura de Leocadia, y más con tiernas persuasiones que con la fuerza, logra arrancarla del cuarto, cierra la puerta y se encamina al suyo, donde el afán que aquejaba al corazón materno por el llanto del hijo y por su desamparo, tardó poco a ceder a la fuerza del sueño de que estaba falta, no habiendo dormido algunas noches antecedentes.

Amanecido apenas el siguiente día, levantóse Leocadia para ir a ver al abandonado Henriquito, a quien encontró dormido. Volvió a dar a Eusebio esta alegre noticia y motivo con ella de complacerse en la tomada resolución. Luego que se despertó el niño, acudió la alborozada madre para darle el pecho, haciéndose suma violencia para no besarlo ni acariciarlo como antes solía. Acababa de prometer a Eusebio de no hacerlo y dejarlo solo luego que le hubiese dado el pecho, y así lo cumplió a pesar del llanto del niño. De esta manera se fueron agotando poco a poco sus lloros, por lo mismo que conocía que no era oído ni atendido.

¿Qué hacen los niños en los brazos de sus madres o de sus amas? Tenerlas ociosas todo el día y contraer sus defectuosos ejemplos. ¿Pero los niños han de estar siempre tendidos en la cuna? Eusebio, para precaver uno y otro, mandó hacer un asiento cómodo en que podía mover libremente pies y brazos, y desocuparse sin suciedad, donde pasaba las horas del día, fuera de los pocos ratos que lo tenía en sus brazos la cariñosa madre; ni veía a otras personas que sus padres. El mismo cuarto que le destinaron no tenía ningún mueble; las paredes quedaban enteramente desnudas, donde Henriquito podía tender los ojos a su satisfacción.

A poco tiempo de esta práctica, tan cómoda para los padres aunque pueda parecer extravagante y austera, experimentó Leocadia el efecto de las persuasiones de Eusebio. Cuantas menos especies y objetos se imprimían en la fantasía de Henriquito, tanto menos afectos y deseos debían engendrar en su corazón. Su alma, acostumbrándose insensiblemente aquella especie de desamparo, se amoldaba a la necesidad, al silencio y a la quietud a que le sujetaban. Pero de este modo el niño tardará a hablar y se hará estúpido y alelado. Queda a cargo de sus padres el que así no sea, mientras trabajan en sofocar en su ánimo los sentimientos de imperio, de cólera y de obstinación. Éstos se manifiestan en los niños antes que puedan declararlos con las palabras; ni hablan sino al paso que se perfecciona la organización y que se aclara su memoria y entendimiento, para recibir en ellos las especies, signos y voces por medio de los sentidos.

Tenía motivo de complacerse Eusebio en el buen efecto de la condescendencia de Leocadia a las máximas de la crianza y educación de su hijo. Como no ponían su felicidad en disipar sus corazones en los divertimientos, ni en sufrir las molestias e importunidades del trato, a falta de no saber qué hacerse, habíanse prevenido de antemano contra el ocio, dedicándose al trabajo y al estudio de la sabiduría, que les fomentaban la dulce paz y tranquilidad en su nuevo estado, y ahora el pequeño Henrique les daba otra nueva ocupación, interesante y gustosa para el amor paterno, que la mira como la más propia y esencial, como la miraba Eusebio, que estudiaba en amoldar su hijo a la virtud desde la cuna, impidiendo que se arraigasen en su ánimo los siniestros de las pasiones.

Una de las pruebas que quiso hacer Eusebio para ver qué efecto producía en su hijo el sistema de crianza que había comenzado a practicar con él, fue el privarlo de repente de la luz del sol y dejarlo a oscuras, para ver si daba alguna muestra de resentimiento. Henriquito se hallaba ya colocado por su madre en el asiento junto a la cuna. Eusebio cierra las ventanas de un golpe y sale con Leocadia del cuarto, cuya puerta cerró también, y quedan junto a ella para ver si lloraba el niño. No oyéndolo chistar, pónense a hablar recio, de modo que pudiesen ser oídos, pero Henriquito no bullía. Quería contentarse la madre con esta prueba. Eusebio insistió en diferirla por media hora, y se alejan del cuarto.

Al tiempo prefijado, vuelven; se ponen a escuchar a la puerta, y no oyéndolo resollar, entran otra vez en el cuarto. Eusebio abre la ventana y poniendo entrambos los ojos en su hijo, lo ven sonreírse con tan amable bondad y mansedumbre, que le hubieran dado mil besos si no se contuvieran en fuerza de la ley que se impusieron de no acariciarlo por ninguna vía. Holgóse Eusebio de esta experiencia, que le daba pruebas de la conformidad e indiferencia que manifestaba aquella tierna alma, así al horror de las tinieblas como a la claridad de la luz; sin que echase menos en la oscuridad la presencia de objetos sensibles, ni aun la de sus mismos padres a quienes sólo conocía.

Si con todo lo oían llorar algunas veces, Leocadia acudía a desnudarlo para ver si descubría la causa en sus carnes pañales, o a darle el pecho si lo quería. Si hecho esto continuaba en llorar sin verse señal de mal ni causa de ello, en vez de detenerse para acallarlo con cariñosas demostraciones, lo dejaba llorar a solas a pesar de su tierno amor; hasta que cansado él mismo, no teniendo ningún objeto que le fomentase el llanto, callaba. Del mismo modo se comportaban con él cuando comenzaron a despuntarle los dientes, cuya violenta erupción, causando dolor a los niños, los tiene comúnmente malhumorados y llorones, Henriquito hasta entonces no había llevado ningún dije. Un sequillito de masa, sin azúcar, que le ponía la madre en la mano, era entonces su solo entretenimiento y alivio del denticio, cuyo prurito templaba la dureza de la masa cocida, ablandada de la saliva, sin daño de las encías, facilitando al mismo tiempo el despunte.

La naturaleza da al hombre los dientes para mascar; con ellos parece que indica el tiempo de destetar a los niños. Para entonces reservaba Eusebio otro sistema de crianza a su hijo, que era apartarlo de sus padres y enviarlo a criar al campo, cuyos aires más puros fortaleciesen su salud y en donde sus sentidos lejos de los ejemplos e imágenes de la riqueza y de las comodidades, se acostumbrasen a la sencillez y libertad campesina y a su frugalidad. Había significado Eusebio sus intenciones a Leocadia, la cual no pareció desaprobarlas. Pero cuando llegó el tiempo de ponerlas en ejecución, no sabía si podía resolverse a ello. ¿Privarse de su hijo para enviarlo al campo, encomendado a una labradora, cuyo cuidado se ceñiría al que pudiera tener la misma de sus hijos, a quienes dejan crecer al sol y arrastrar por el suelo?

¿Qué costumbres y modales aprendería el niño con el ejemplo de los otros hijos de los labradores? Como ellos se haría rústico y atezado y desconocería a sus padres, después de tantos esmeros y cuidados empleados en su crianza. Estas y otras semejantes eran las quejas de Leocadia con que ella se oponía a la resolución de Eusebio de enviar a criar al campo a su hijo. Pero como Eusebio no quería conseguir cosa ninguna de ella con el imperio y con la autoridad, sino con la persuasión, le habló de esta manera:

Siempre temí, Leocadia, que la determinación de enviar al campo al niño os había de parecer extravagante y que repugnaríais a ella, como repugnabais al método de tener alejado al mismo de nuestro cuarto y presencia. Mas no podéis negar el manifiesto fruto que sacamos: yo de mi persuasión, vos del vencimiento de vuestro amor, condescendiendo a un método y sistema de crianza que os parecía entonces más extravagante tal vez que el que ahora os propongo de enviarlo al campo. Así en aquél como en éste, si hubiera de haber consultado a mi amor y cariño, sus votos hubieran sido contrarios. Privarse de lo que se ama cuesta al corazón, mucho más al paterno, cuyos deseos y afectos parece que autoriza por todas vías la naturaleza.

Por esto no me maravillo que haya tantos padres que, engañados de las razones de su afecto, sean tan condescendientes y fáciles para con sus hijos, hasta fomentar sus más ridículos caprichos y pasiones. Podéis imaginaros si amo a par de vos al niño. Mas ese mismo amor fuera vicioso, si en vez de mirar por su bien, atendiera sólo a complacerme a mí y a satisfacer a mi contento en daño del mismo.

LEOCADIA.-  ¿Pero con todas vuestras luces, qué daños podéis descubrir en continuar a criarlo en casa, ni qué bienes se le pueden seguir haciéndolo criar en el campo?

EUSEBIO.-  Sabéis, Leocadia, que no me regulo por antojo. Cualquiera que sean mis luces, en tanto me dejo regir de ellas, en cuanto me muestran la virtud, por regla y toque de mi obrar, fundando en ella mis máximas, me prometo de caminar seguro. Como coloco mi mayor bien y dicha en la virtud, como la colocan todos los sabios, así creo que no puedo dejar mayor bien al niño que la misma; mas no se la podré dejar si por todas vías no impido que nazcan en su corazón los estorbos de las pasiones que hacen difícil su adquisición. Este fue el motivo porque os aconsejé a dejarlo en el aparente abandono en que hasta ahora lo hemos tenido. Mas ahora, no haciéndose ya necesaria vuestra asistencia, habiéndolo destetado, ni sufriendo tampoco su creciente edad esa prisión a que obligamos su muda infancia, debemos temer que se pierda el fruto que conseguimos de su estrecha reclusión.

Salido de ella, debe ver los criados, debe ser manejado de los mismos. A poco tiempo conocerá que le son criados que se emplean en servirlo; ni se holgará de ser sólo servido, sino que también querrá que lo sirvan y los mandará con imperio, cuando no con las palabras, con las señas y con los gritos. Ved aquí el primer origen de la vanidad y de la soberbia. Con todo, dado caso que su alma, amoldada a la paciencia y mansedumbre a que lo acostumbramos, no manifieste, o tarde a manifestar, tales sentimientos, verá necesariamente mil objetos que le excitarán otros tantos deseos y antojos, que querrá le sean satisfechos; conocerá por ellos, a lo menos, que nació en el seno de la riqueza y abundancia, las cuales le engendrarán aborrecimiento y desprecio de la pobreza, o le fomentarán una oculta satisfacción, origen de la altivez que le hará ver que puede pasar sin trabajo de sus manos y sin sudores, en una vida holgada.

Por más que demos instrucciones a los criados sobre el modo de comportarse con él, no será posible evitar mil condescendencias y facilidades por parte de los mismos a fin de contentarlo o de complacerlo en cosas que, siendo opuestas a nuestra voluntad y designios, le granjearán la perniciosa confianza de aquéllos y el odioso recelo de sus padres, a quienes perderá la ternura del afecto, y en vez de ella, los mirará con temor. Éste no tardará a despertar la malicia, que le enseñará el fraude y la trampa, engendradoras de mil siniestros afectos y de la ruindad del corazón, y si llega a este estado, perdimos el fruto de tantos esmeros, y el niño el de su educación. Vanos serán entonces los más santos consejos; la despierta malicia no cierra ya más los ojos en el corazón del hombre.

Ved por qué son tan raros los padres que tengan la fortuna de complacerse en la bondad y en las buenas inclinaciones de sus hijos. Abandonan su infancia al choque continuo de los ejemplos y objetos que tuercen su genio y sentimientos, esperando que sean ya crecidos para enderezarlos. Entonces se quejan y maldicen, no de su descuido y de sus condescendencias, sino de la dureza que no pueden ablandar con riesgos tardíos ni enderezar con la fuerza de las máximas más sagradas. Tanto importa, Leocadia, la educación de la infancia. Los niños tiernos no son susceptibles de doctrina ni de consejos. Tampoco debe ser ésta su educación: no se trata entonces de encaminarlos al bien que no conocen ni pueden conocer; más bien sí de alejar de ellos el mal que pueden contraer y que indefectiblemente contraen sin las precauciones que nosotros tomamos y sin la nueva que quisiera tomar de enviarlo al campo.

Para persuadiros de la utilidad de este método de educación, no basta que os haya dado una corta idea de los daños que se le pueden seguir de tenerlo en casa, sino os hago también ver el provecho que le puede redundar de alejarlo de ella y de tenerlo en el campo. Éste, Leocadia, es el primer asiento del hombre. La naturaleza no edificó ciudades, donde los hombres, reducidos en sociedad, se apartaron de sus primitivas leyes y estragaron su ser. A fuerza de pulirse se corrompieron. Sus mejores instituciones no hicieron sino avivar más sus pasiones, que engendraron todos los vicios. Lejos de encontrar la dicha en el concurso y afluencia de sus semejantes, agravaron sus males y desazones. Las riquezas mismas acrecentaron su pobreza y sirvieron de preciosas cadenas a su esclavitud, así pública como privada.

A la primitiva simplicidad y llaneza que se ceñía a los bienes que el campo producía, sustituyeron la codicia y la ambición, que les acarrearon toda especie de calamidades. Los pueblos quisieron dilatar su imperio y señorío con las armas; los particulares levantarse sobre los demás con la fuerza, y cuando no, con la pretensión. Huyó la paz y la tranquilidad de la tierra y de los corazones de los mortales, hechos juguetes de los caprichos de sus príncipes, y mucho más de los estragados sentimientos de sus turbulentas pasiones, que los hacen tanto más infelices cuanto más aspiran a su imaginaria felicidad.

En medio de sus vanas ansias, aunque reputan ilusión la edad dorada, sonríen sus almas, aquejadas de sus engañosos deseos, a la deliciosa imagen de aquella dichosa vida, que les traza la que llevan los habitadores de los campos; mas si éstos, corrompidos también de los ejemplos de las ciudades, no la verifican, ¿quién duda que pueda el sabio hacer real y verdadera esta dichosa vida? ¿Que se hallará tanto más gustoso y contento en ella, aquel a quien acostumbren a llevarla desde la infancia?

A pesar de los alicientes e incentivos del lujo y de la vanidad, ¿quién hay que, desde el seno de sus riquezas y comodidades y desde las macizas torres de sus palacios, no vuelva con suave complacencia los ojos a la frondosidad de los campos? ¿Que no sienta alborozarse su alma a vista de su amenidad y verdura? ¿Que no envidie aquellos que disfrutan sin zozobras y cuidados la paz que reina entre sus deliciosas sombras? Parece que la tierra lo convida con su quieto y plácido silencio para que vaya a gozar los bienes que ella dio a probar al hombre inocente, y que le promete reservarle a él, en caso que la fortuna lo derribe del dorado asiento en que el lujo, la ambición y las riquezas le hacen preferir una vida turbulenta, a la dulce y tranquila que ella le daría si supiese apreciarla.

Éstos diréis que son bienes muy generales para que puedan convenir al niño, pero establecida esta utilidad general, vengamos a las particulares y que tocan a la crianza de Henriquito. No quiero poner, en primer lugar, las molestias, afanes y cuidados de que nos libramos teniéndolo en el campo. Nuestro amor y ternura, no reputando tales nuestras principales obligaciones, desdeñaría evitarlas con tal desnaturado expediente. Mas éste muda de especie, dándole, no solamente un útil fin, sino también costando el sacrificio de nuestro amor que, en vez de querer eximirse de los desvelos y afanes de la crianza del niño, abrazaría con gusto otros mayores, como lo manifiesta la repugnancia que tenéis en condescender con lo que os propongo.

LEOCADIA.-  Es así, Eusebio, y difícilmente lo recabaréis de mi voluntad: no puedo inducirme a ello.

EUSEBIO.-  Pues yo no veo otro arbitrio para prevenir las siniestras inclinaciones y sentimientos del niño y para disponer su ánimo a la virtud. Mas puesto que haya de costar tanto vuestra condescendencia, desistiré de mi empeño. Nada quiero recabar de mi esposa con imperio, ni usar de los derechos de mi autoridad a costa de vuestro manifiesto disgusto. Sufrid sólo, amada Leocadia, que insinúe algunos de los bienes que le pueden redundar al niño por acostumbrar sus primeros años a la vida campesina. Si vista la patente utilidad, persistís en vuestra declarada opinión, rendiré a ella mi juicio: reputaré mi método ridículo y, como tal, lo abandonaré, ni se hablará más de la materia; tendréis a Henriquito en casa.

LEOCADIA.-  Siempre me toca ceder a vuestra generosa bondad, Eusebio. Con ella prevenís de tal modo mi repugnancia que le quitáis la mayor parte del sentimiento; ni dudo que rendiréis enteramente mi amor si lo convencéis con el provecho del niño, que comienza a preponderar en mi pecho, en cotejo de la complacencia que tendría de criarlo por mí misma en casa.

EUSEBIO.-  Volveré, pues, a tomar el hilo del discurso que comencé, cuando no quise poner en el primer lugar de los bienes que se le seguirían al niño por criarlo en el campo, el de los cuidados y afanes de que nos exentaríamos, teniéndolo lejos de nuestros ojos. Oísteis que este motivo perdía de su odiosidad, dirigiéndolo al provecho del niño y sacrificándole la complacencia que tendríamos de criarlo a nuestra vista. Añadid a esto la mayor robustez y vigor que adquirirá su complexión y su salud creciendo al aire libre y sano del campo; la mayor soltura y denuedo de sus miembros, moviéndose a su grado y tomando todas las posturas que se le antojen, sea en el duro suelo o sobre la mullida yerba, sin que se lo estorben los delicados temores de sus padres, ni el rico o aseado vestido, acostumbrándose al pobre sayo del labrador y a sus sencillos manjares.

De aquí se le seguirá que su alma no concebirá ninguna idea de lujo, de ostentación y de grandeza, ni los deseos de hacer alarde de ella si le falta, ni la vanidad y altivez que le engendrará, si conoce que se halla en ella. Tales sentimientos, una vez nacidos en el corazón, crecen y sojuzgan al alma toda la vida y son el continuo tormento interior del hombre, ora se deje llevar de ellos ora quiera tenerlos en freno y combatidos. Verdad es que, aunque el niño pase su edad pueril en el campo, sentirá tal vez aquellos mismos afectos, luego que se presenten a sus ojos los ejemplos de la sociedad que los producen; pero podrá tal vez no sentirlos, imprimiendo antes en su mente las máximas de la moderación, de la modestia y de la templanza, luego que su alma esté en estado de recibirlos. Si con todo eso la ambición y vanidad acometiesen su ánimo, harán en él mucha menor impresión y, prevenido de los consejos de la sabiduría, podrá sobreponerse a ellas y mirarlas con desprecio.

La primera lección que reciben los niños y la más indeleble no es la que oyen de la boca de sus padres y maestros, sino de las cosas materiales y visibles que se imprimen por sus ojos en el ánimo. Ni esta lección la reciben en lo bueno, sino en lo malo. Los ejemplos de la virtud son muy humildes y modestos para que se atraigan sus ojos. Los de la ambición y vanidad son viva impresión en los mismos. Conviene, pues, quitárselos de delante; mas como esto es imposible e impracticable en las ciudades y en las mismas casas paternas, se consigue fácilmente enviándolos a criar al campo, donde a más de no tener ejemplos que los irriten, contraen también insensiblemente la modestia y la moderación, que manifiestan en su exterior inocente y encogido, que un ciudadano altivo y desvanecido podrá llamar estúpido, pero que no lo será, luego que una instrucción sabia llegue a tiempo de corregir tales defectos.

Esto me trae a la memoria las otras objeciones que hicisteis contra la crianza de que trato; es a saber, que el niño contraería las rústicas costumbres de los labradores, que se volvería atezado y que desconocería a sus padres. Mas yo no pretendo que el niño sea toda su vida labrador, sino que lo sea hasta su mocedad y hasta que haya aprendido la labranza. Ésta debiera ser el empleo de todos los hombres; ella será el primero de nuestro hijo, como el campo será su primera escuela. Salga el que quiera y muestre si hay colegio o seminario en la tierra más útil y provechoso para el hombre: en él no aprenderá a la verdad las fútiles artes y ciencias que en aquéllos se enseñan, pero tampoco se le pegarán los más funestos vicios de la juventud. Ni se le instruirá en atiesar las piernas, para que sepa formar con ellas bailes caballerescos. Al sabio, ¿qué le importan todas estas ridículas instituciones? Se avergonzará ejercitarlas.

Pero sabrá el arte más esencial, de cuyo respetable ejercicio se gloriaban los más ilustres cónsules romanos, y desde el comenzado surco desdeñará aceptar el oro de Pirro y las insignias del consulado. Con él aprenderá a mirar con igual indiferencia los favores y reveses de la fortuna, a quien podrá decir desde el árbol que poda, o desde el frutal que ingiere: «Nada tienes ya que ver conmigo, oh fortuna; me sobrepuse a tus caprichos e inconstancia; tengo asegurada mi subsistencia. A cualquiera parte de la tierra que se te antoje arrojarme, donde quiera hallarán mis robustos brazos seguro y honesto empleo, sin que necesite de abatirme a viles ruegos ante tus estatuas, mendigando tus favores, y mucho menos los de aquellos a quienes levantas. Hízome la virtud superior a todos ellos, y la labranza a todos sus honores y pasadas glorias».

¿Qué importa entonces, Leocadia, que salga nuestro Henrique atezado del campo en que se crió? Las mujeres pueden poner aprecio a la blancura del rostro, ¿pero quién estima al hombre por el color? Generalmente los españoles son atezados; tales a lo menos los creen los otros europeos, ¿son por eso menos apreciados que los blancos alemanes? ¿Cuántos hijos de grandes nacen y crecen atezados sin haber visto el campo, aunque los defienden del aire y de los soles en dorados gabinetes? Veréis a muchos labradores más blancos que muchos ciudadanos que no manejaron jamás arado. Podrá tal vez Henrique verificar sin tan gran daño vuestros temores, pero puede también desmentirlos, como hará también vano el otro temor que fomentáis de que desconozca a sus padres.

Ningún niño ama a sus padres porque le son padres. Para ello debiera tener conocimiento que le son tales. Pero los niños, ni lo tienen ni pueden tenerlo. Aman a la madre porque les da el pecho, como aman a las amas que se lo dan. Sólo forman aprecio a la asistencia que les prestan y a las caricias que les hacen, aunque las reciban de extraños; ninguna idea tienen de la paternidad. No por eso amarán y respetarán menos a los que les dieron el ser, aunque no los vean ni reconozcan sino adultos y crecidos. Tal vez entonces los aman y respetan con más intenso respeto y amor, porque la naturaleza imprime de un golpe en su ánimo y conocimiento toda la fuerza de su obligación; como también porque, no habiéndose familiarizado con sus padres desde niños, ni salido con sus antojos, por efecto de la paterna condescendencia, no tienen motivo de altivez y de arrogancia para despreciarlos y desatenderlos, como los desatienden y desprecian los hijos mal criados y protervos.

¿Debió respetar y amar menos el hijo de Mérope su real madre, cuando sólo supo que lo era debajo de la segur, con que la misma sin conocerlo iba a sacrificarlo?. ¿Cuántos casos semejantes nos ofrecen las historias? Ninguno de ellos habremos de renovar en Henriquito; podréis ir a verlo cuando queráis y complaceros con su vista, pues hago cuenta de darlo a criar a Isabel Humbels en la nueva granja vecina a Filadelfia.

LEOCADIA.-  Si es así, no me queda ya motivo para oponerme a vuestra determinación; podéis enviarlo cuando queráis; me prometo que Isabel Humbels tendrá de él todo el cuidado y lo tratará con amor.

EUSEBIO.-  Lo enviara mañana mismo si no deseara prevenir el temible efecto de las viruelas, ahora que se halla sano y con salud robusta, antes que le vengan malignas y complicadas con otros males, haciéndoselas tomar de otro niño que las tenga benignas.

LEOCADIA.-  No, Eusebio, dejemos obrar a la naturaleza; no tengo valor para ello.

EUSEBIO.-  ¿De dónde sacáis que las viruelas es mal de la naturaleza? Los americanos jamás las conocieron antes que llegasen los europeos. Tal contagio es también nuevo en la misma Europa, aunque se ignore su origen. La naturaleza no fue tan cruel con los hombres. Éstos se acrecentaron sus males y calamidades. Puesto, pues, que las viruelas son ya indispensables, vale más prevenirlas que esperarlas. Previniéndolas, podemos asegurarnos de su calidad; no así si las esperamos, porque las puede contraer malignas y mortales, en año en que suelen ser tales por contagio, o pueden procederle de otro mal que tenga debilitada su salud y complexión y hacer en ella mayor estrago.

LEOCADIA.-  ¿Mas cómo lo queréis hacer?

EUSEBIO.-  Haciéndolo estar y dormir con otro niño que las tenga benignas. No será difícil encontrarlo en Filadelfia.

Leocadia, persuadida también de esto, vino bien en ello. Se encontró el niño, hijo de un artesano pobre, a quien Eusebio agradeció generosamente el favor de enviarle su hijo a casa para que Henriquito contrajese sus viruelas; lo que sucedió feamente con satisfacción de los padres, y en especial de Leocadia, que complacida del suceso tuvo menor sentimiento en desprenderse de su amado Henriquito, ya casi enteramente sano, para satisfacer a la declarada voluntad que le había manifestado su marido de enviarlo al campo para que en él se criase, como se efectuó, aunque no sin lágrimas de la tierna madre en su separación, después que lo llevó ella misma y se lo dejó encomendado a la buena Isabel Humbels, a quien Eusebio dio sus instrucciones conformes a sus virtuosas miras y sentimientos.


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