Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente




ArribaAbajoLibro cuarto

De esta manera formaba Eusebio nuevos lazos al amor de su dulce esposa, sirviéndose de sus mismas oposiciones, que son las que rompen más presto la confianza y cariño en los casados. Los ardientes transportes de la pasión se habían apagado y consumido, pero la virtud habíala transformado en entrañable y plácida ternura, que regalaba sus corazones y uniformaba sus voluntades y sentimientos, y Henriquito hacía más íntima y estrecha su mutua confianza y los esmeros de su cariño, dándoles a probar mayor gozo y contento en su dichoso casamiento. Pero la suerte que les envidiaba tan pura felicidad quiso privarlos de ella y exponerlos a funestos desastres y trabajos, valiéndose para ello del pleito que todavía no se había decidido.

Llegaron finalmente cartas de España a Eusebio en que le hacía su agente vivas instancias para que volviese a S... y se manejase en ella, o con sus poderosos amigos en la capital, si no quería perder el pleito, antes por desidia y negligencia que por falta de razón y derecho, por ser éste el consejo que le daban sus abogados y el expediente más poderoso para ganarlo. A éstas añadía otras razones, en fuerza de las cuales Eusebio determinó emprender de nuevo aquel largo viaje, haciendo este sacrificio a los derechos que debía conservar a su hijo a la herencia de sus mayores. Leocadia quiso acompañarlo desde luego, aunque fuese a las extremidades de la tierra. La resolución de criar a Henriquito en el campo y de tenerlo ya en él no ponía estorbo a su partida y Eusebio sentía menor repugnancia en emprender aquella nueva navegación en compañía de su adorable esposa.

Todo el mayor sentimiento quedaba para Henrique Myden, que temía perder para siempre a sus dulces hijos y no volver a verlos en su edad avanzada. Hubiera también él deseado ceder los derechos de la herencia a quien se los contrastaba si no se lo prohibieran las justas miras que debía a Henriquito. Resuelto ya el viaje, esperaban se proporcionase ocasión de embarco para pasar a España. Taydor y una doncella llamada Clarise eran los solos criados que debían llevar consigo. Gil Altano se hallaba en cama, en que lo tenía postrado una apostema en una pierna, llorando, no del dolor del mal, sino de sentimiento por no poder acompañar a su señor don Eusebio.

Luego que supieron que había en Boston una fragata que pasaba a Lisboa, resolvieron ir a aquel puerto para embarcarse en ella. Ejecutáronlo después de la tierna despedida de sus padres en Salem y de su hijo en la granja a donde lo habían enviado a criar, y después de haber hecho lo mismo con su amado padre Henrique Myden, que no sabía desprenderse de sus brazos. Salidos del Delaware, mostróseles propicio el tiempo. Aunque siguieron algunas calmas, llegaron a tiempo de poderse embarcar en la fragata que los esperaba.

Este viaje fue infelicísimo, casi siempre le fueron contrarios los vientos, que parecían quererles impedir la llegada a España. Conjuráronse especialmente con tal furor ya casi a vista de las costas de Portugal, que Eusebio llegó a temer el naufragio. Leocadia, medio muerta en sus brazos, lo creía inevitable, pasándole el corazón cada golpe que descargaba en la embarcación la saña de las olas, invocando de continuo al cielo para que le conservase a su amado mando, de quien estaba fuertemente asida, y para que le dejase rever a su inocente hijo, a quien había dejado en la América.

A pesar del horror de la temida muerte en el evidente peligro de que Eusebio creía no poder escapar, templaba sus congojas la ternura y confianza que le infundía el ardor del afecto de su amada Leocadia y las vivas expresiones que le arrancaba el amor de su palpitante pecho, entre los silbidos de los vientos y continua batida de las olas. Aunque por una parte se le hacía dolorosísima la pérdida de tan amable esposa, por otra, acomodando su ánimo a la necesidad y a las disposiciones del cielo, le parecía hallar alguna especie de dulce satisfacción en perecer abrazado con ella, por más que le agravasen el horror, el llanto y la desesperación de los marineros, especialmente en las tinieblas de la sobrevenida noche.

En ella, habiendo perdido el trinquete la embarcación, obligó el capitán a dar la popa a la tempestad y a dejarse llevar a grado de los vientos, que los pusieron a la altura de Cádiz. Eusebio, informado de esto, rogó al capitán que lo desembarcase en aquel puerto, ofreciéndose a pagar todos los gastos del ancoraje. El capitán aceptó inmediatamente la oferta y surgió en aquella bahía, tres meses después que salieron de Boston. El consuelo que tuvieron Eusebio y Leocadia viéndose llegar salvos, fue igual a los temores y angustias que habían sufrido en el peligro; bien ajenos de poderse imaginar que la suerte contraria los esperase puesta en asechanza, sirviéndose tal vez de los vientos y de la tempestad para atraerlos a aquel lugar, en que su rencor les tenía prevenida la ocasión para mortificarlos con la mayor desgracia.

¿Quién hay que en la extraña combinación de accidentes, que a las veces concurren para levantar o para oprimir a los hombres, no admire la mano de la providencia o sus inescrutables permisiones? ¿Sírvese ella por ventura de tales accidentes para dar manifiesta prueba de su vigilancia y eternas miras a la incredulidad de los mortales?

Aquejados de tan larga y contraria navegación, desembarcaron inmediatamente Eusebio y Leocadia, dirigiéndose a uno de los mesones de aquella ciudad donde querían descansar antes de emprender viaje a S... Al otro día que se hallaban en aquella posada, al tiempo que iban a salir de ella para ver la ciudad, encontráronse con un mozo muy apuesto que entraba en ella y que era huésped en la misma de algunos días atrás. Su presencia y gallardía llamó la atención de Eusebio que, aunque de paso, le pareció notar en él alguna semejanza con Leocadia. Ésta, al verlo, también sintió excitarse en su interior un afecto inocente y tierno, mezclado de un impulso que parecía decirle que aquel mozo podía tal vez ser su perdido hermano.

Esta ocurrencia se le avivó tanto, que no pudo dejar de comunicársela a Eusebio, preguntándole si se acordaba de lo que le había dicho su padre el día de su casamiento, de un hijo que tuvo y que le habían robado unos gitanos, según se decía, sin haberlo podido recobrar, a pesar de sus muchas diligencias. Respondióle Eusebio que sí se acordaba y que la vista del mozo le había suscitado la misma especie, notando en él alguna semejanza de facciones con las suyas. Que aunque su porte no mostraba que fuese hijo perdido y sin padre, sin embargo, las combinaciones eran a las veces tan extrañas, que pudiera ser muy bien su hermano como sospechaban; mucho más haciéndole traición su fisonomía.

Fomentada su curiosidad con este discurso, resolvieron volver al mesón cuanto antes para certificarse de ello, en caso que aquel mozo se hallase en él de huésped, según parecía. Llegados a la posada, llaman a la mesonera para preguntárselo. Eusebio le da las señas del mozo, en fuerza de las cuales respondió ser hijo de un caballero de S... llamado don Felipe R... secretario de la Inquisición, que hacía algunos días que se hallaba en Cádiz y en aquel mesón. Eusebio y Leocadia, oído el apellido del mozo y que era caballero de S... dio motivo a desvanecérseles todas las esperanzas concebidas, atribuyendo a mero accidente la semejanza que había reconocido Eusebio y el movimiento de propensión que Leocadia había sentido para con él.

No hubieran insistido más en esta especie si el mismo mozo no les avivara las sospechas, nacidas luego que lo volvieron a ver, parándolos él cortésmente en el zaguán para darles la bienvenida y para ofrecerles sus servicios. Con el motivo de detenerse para recibir y agradecer el cumplido que les hacía, pudo Eusebio cotejar mejor sus facciones con las de Leocadia y, aunque miradas de cerca no le parecían llevar tan grande semejanza como juzgó el día antecedente, el aire de su afable sonrisa y el temple del semblante, y en especial los ojos, lo hubieran confirmado en las sospechas de ser el hermano de Leocadia, si no las destruyera su apellido y condición, según les había asegurado la mesonera.

Mas la naturaleza que se expresaba en el corazón de Leocadia y en el del mismo mozo, aunque con muy diversos afectos, la hacía obrar en ella, como si de hecho fuera aquel joven su perdido hermano, y a éste, como si Leocadia fuese la mujer que sobre todas ellas lo hubiese prendado. Correspondía ella con una inocente propensión de alma y de genio, y con agradecimiento tan afectuoso a las expresiones que el mozo les hacía, que a pesar del recato y modestia con que ella se las agradecía, acabó de encender en el corazón del mismo la llama que concibió a vista de las gracias y hermosura de Leocadia la primera vez que se encontró con ella.

Ni fue sola casualidad al verse la segunda vez en el zaguán del mesón. Don Felipe sumamente prendado del gracioso talle de Leocadia, procuró luego informarse de Taydor quiénes eran sus amos, de dónde venían y adónde iban. Sabiendo que eran españoles y no ingleses, como le habían parecido en el traje, y que iban a S..., buscó la ocasión para introducirse con ellos, con el fin de poder hablar y tratar a Leocadia, como ardientemente lo deseaba. Para disimular más sus intenciones, esperó a la puerta del mesón que bajasen, para hacerse encontradizo y abordarles, como si fuese accidental el lance que llevaba estudiado y que sólo lo notó Taydor habiéndolo visto esperar tanto.

De aquí tomó origen el funesto accidente que a todos esperaba; por cuanto aquel joven caballero, cegado del amor que concibió por Leocadia, llegó a persuadirse que aquella propensión y demostraciones de afecto que ella le daba eran manifiestas señales de apasionada correspondencia y de voluntad rendida. Esto, que bastó para inflamar su loca pasión, persuadido que Leocadia se había enamorado de su hermosa presencia y garbo, dando en el frecuente engaño de muchos presumidos que se imaginan ser los cupidillos de aquellas que, siendo naturalmente afables y corteses, se las representan amarteladas de prendas en que tal vez no advierten. ¡Cuán diferentes y opuestos eran los sentimientos de la honesta Leocadia a las necias lisonjas del mozo enamorado!

Aunque Eusebio y Leocadia no se detuvieron con él sino el tiempo que requería la conveniencia para agradecer la cortesía a quien con tan generosos modos se la vendía, bastó para que Leocadia concibiese de nuevo mayor ternura para con él, acordándosele a su vista y habla que podía ser su perdido hermano, como se lo dijo otra vez a Eusebio luego que salieron del mesón, sin ocultarle la propensión que por él sentía. Eusebio le respondió:

EUSEBIO.-   Casi igual sentimiento ha excitado en mi corazón. Sin duda debe ser efecto de las previas ideas que nos dio la confesión de vuestro padre sobre su robado hijo. Os aseguro, Leocadia, que el gozo que tuviera en su descubrimiento y hallazgo no padeciera menoscabo, a pesar de la herencia de vuestro padre, que vos y yo perdiéramos, si de hecho fuera hermano vuestro.

LEOCADIA.-  No necesito, Eusebio, de protestas para creerlo. ¡Sois tan bueno!

EUSEBIO.-  ¿Pues creéis que este desinterés procede sólo de bondad de corazón?

LEOCADIA.-  Bien veo que procede también de un gran despego de las riquezas; no es sino nuevo motivo que me hacéis advertir para estimaros mucho más.

EUSEBIO.-  ¿No pudiera proceder también de que os amo mucho más que todas las riquezas de la tierra? La herencia de vuestro padre no me dará ciertamente más puro gozo que el que me acaba de renovar la declaración de vuestra estima. Esto tengo que agradecer al encuentro de ese caballero, cuyo nombre y apellido no pueden destruir en mi imaginación las concebidas sospechas de la hermandad; me ocurre que pueden ser fingidos.

LEOCADIA.-  No lo hubiera asegurado la mesonera, ni nombrado su empleo de secretario de la Inquisición.

EUSEBIO.-  Estamos en lo mismo; todo eso puede ser muy bien fingido y dado a entender a la mesonera, cuyo dicho no debe bastar para confirmarnos en la verdad. Podremos enterarnos del mismo, pues tal vez una circunstancia de su niñez, de su educación, del modo como se explique, podrá darnos luz para descubrirlo o disipará enteramente las sospechas que nos infundió su presencia y semejanza.

La entrada en una de las iglesias que iban a ver interrumpió este discurso sobre el supuesto hermano, el cual fomentaba entretanto su encendida pasión, ensayando medios y ocasiones en su fantasía ardiente para poderse internar en la amistad de aquellos forasteros y ganarse enteramente el amor de Leocadia, cuyas tiernas gracias y perfecciones había ya devorado de cerca con los ojos en el corto momento en que los paró para darles la bienvenida. Culpaba ahora su cortedad por no haberles desde luego ofrecido su mesa; luego echaba de ver que no competía tal oferta a la calidad que manifestaban aquellos huéspedes; de allí a un instante las lisonjas de su amor le allanaban todos los obstáculos y le hacían sacudir todos los reparos.

Inducido de ellas, se encaminaba a dar orden al mesonero para que dispusiese a su cuenta la comida; volvía luego atrás, contenido de la reflexión de no haber pasado antes recado a aquellos huéspedes. Así iba mudando medios y pensamientos, según fluctuaba su corazón combatido de sus amorosos sentimientos y de sus engañadas lisonjas, tan ajeno de imaginarse que Leocadia pudiese ser hermana suya, cuanto ella de temer que el mozo acechase a su honestidad.

Siendo ya tarde y hora de comer, resolvió ponerse a pasear delante del cuarto que Eusebio y Leocadia ocupaban para trabar conversación luego que llegasen, contando los instantes de su tardanza. Llegan finalmente. Los oye subir la escalera, apresura el paso para ponérseles a tiro, da con ellos, y haciéndose esfuerzo para desanudar su voz, los saluda y les dice:

DON FELIPE.-  Bienvenidos sean vmds.

EUSEBIO.-  Muy bien hallado, señor don Felipe.

LEOCADIA.-  Para servir a vmd.

DON FELIPE.-  Sin duda vendrán vmds. muy cansados.

EUSEBIO.-  El cansancio moderado es despertador del apetito.

DON FELIPE.-  Tengo, pues, motivo de alegrarme de la cortedad en que quedé esta mañana de no haber ofrecido a vmds. mi pobre mesa.

EUSEBIO.-  Agradecemos a vmd. una atención que nos da atrevimiento para hacer a vmd. la misma oferta; sentimos mucho el no haber previsto este apreciable lance.

DON FELIPE.-  Apreciable lo es sólo para mí, señor don Eusebio.

LEOCADIA.-  Toca, pues, a vmd., señor don Felipe, comprobarlo con el hecho, dignándose aceptar una oferta, tanto más sincera y amigable, cuanto más ajena de preparativo.

DON FELIPE.-  A pesar de la honra y de la suma complacencia que tuviera en aceptarla, debo ceñirme a agradecer a vmd., mi señora doña Leocadia, su atención generosa.

LEOCADIA.-  No hay aquí que agradecer, y si esos son solos cumplimientos, no dicen bien con la sincera voluntad que los desecha.

DON FELIPE.-  Puesto que vmd. se empeña en honrarme, mi señora doña Leocadia, condescenderé con el pacto que me permitan ir a dar orden al mesonero para que una mi comida a la que dispuso para vmds.

EUSEBIO.-  Vmd. es dueño de hacer sobre ello lo que más le agradare, pues el gusto no sufre ley.

DON FELIPE.-  Perdonen vmds. una familiaridad de que no me dispensa la delicadeza de mis sentimientos y que autorizan las circunstancias de este precioso encuentro.

LEOCADIA.-  Como vmd. gustare, señor don Felipe.

Éste, a quien no le parecía verdad haberle salido tan bien su atrevimiento, y que de las corteses e ingenuas instancias que le hizo Leocadia se confirmaba en las ideas de su amor, fue volando en alas de su ufana pasión a prevenir al mesonero. Eusebio y Leocadia quedaron también no menos alborozados de que se les hubiese proporcionado tan presto la ocasión que deseaban para verificar las sospechas que les acababa de avivar la oficiosidad de don Felipe. Tardó poco a comparecer éste en el cuarto, llena de júbilo su alma por verse cerca de lo que deseaba y al lado de Leocadia; irritando mucho más a sus vanas lisonjas la propensión que ella le manifestaba, pues fijaba en él más ahincadamente sus hermosos ojos, esperando reconocer la hermandad en su fisonomía.

Los trabajos e incomodidades de su larga y penosa navegación ocuparon sus discursos antes y después de sentados a la mesa. Con este motivo, como Eusebio insinuase el motivo de su viaje, que era el pleito que tenía con su tío don Gerónimo, hizo venir a don Felipe en conocimiento de su persona, exclamando al reconocerlo:

DON FELIPE.-  ¿Cómo? ¿Vmd. es don Eusebio M...?

EUSEBIO.-  Para servir a vmd.

DON FELIPE.-  ¡Cómo sabré explicar la complacencia que tengo con este feliz encuentro! ¡Cómo pudiera yo esperar esta fortuna! Lo es ciertamente para mí el reconocer accidentalmente a un caballero de las prendas de vmd. En S... no se habla de otro; y veo ahora que todos hacen justicia al mérito de vmd., acreedor a toda estimación y aprecio.

EUSEBIO.-  Cuando es la bondad la que juzga, siempre se sale con buen despacho.

DON FELIPE.-  Cuando mi ingenuidad llevase visos de adulación, la voz general la desmintiera: nada quiero que deba vmd. a mis sinceras expresiones. Antes bien, para no ofender a su modestia, torceré la conversación a una noticia que vmd. seguramente ignora, si es así, que acaba de llegar de la América.

EUSEBIO.-  ¿Qué noticia es ésa?

DON FELIPE.-  Encontrará vmd. intendente en S... a su tío don Gerónimo; hace un mes que se le confirió este empleo.

EUSEBIO.-  A la verdad es noticia que debiera interesarme.

LEOCADIA.-  ¿Vmd. es de S..., señor don Felipe?

DON FELIPE.-  Para lo que vmd. quisiese mandarme, mi señora doña Leocadia.

LEOCADIA.-  ¿Tiene vmd. la fortuna de que le vivan sus padres?

DON FELIPE.-  Mi madre hace dos años que murió; mi padre vive todavía aunque muy accidentado.

LEOCADIA.-  Parecerán tal vez a vmd. algo impertinentes estas preguntas; perdone vmd. la curiosidad, pues la desgracia que padecen mis padres de haber perdido un hijo que tenían, me hace parecer indiscreta, representándoseme ese perdido hermano en todas las personas en quienes veo que concurren algunas circunstancias que pudieran convenir al perdido.

DON FELIPE.-  ¿Tengo la fortuna que alguna de ellas concurra en mi exterior?

LEOCADIA.-  La edad, a lo menos, que vmd. manifiesta, pudiera ser la suya.

DON FELIPE.-  ¿Cómo lo perdieron los padres de vmd.?

LEOCADIA.-  Se lo robaron al ama que lo criaba en su casa.

DON FELIPE.-  Un hurto muy extraño es ése; no lo oí jamás igual.

EUSEBIO.-  No lo extrañe vmd. Hallándome yo en Londres sucedió otro semejante. Y en Francia oí otro sucedido en la ciudad de Dijon a un caballero principal que algunos años después de casado, habiendo logrado tener un hijo que deseaba mucho, quiso desahogar su excesivo gozo enviando a bautizar al tierno infante adornado de muchas y preciosas joyas. De vuelta a casa, al tiempo que entraba en ella la comadre con el niño acompañada de otras dos mujeres, se le presenta un caballero, tal a lo menos lo parecía en su rico traje, el cual, tomando al niño en brazos para besarlo y teniéndolo ya en ellos, hacíale mil caricias y le decía mil tiernas expresiones, como si fuera cercano pariente o íntimo amigo de la casa. Acabó de confirmar en esta opinión a la comadre el mismo caballero que apretó escalera arriba con el niño en los brazos.

Con esta lisonja, la comadre, que era mujer algo gorda, no se dio gran priesa ni pena en llegar arriba, donde el padre esperaba con mil ansias a su hijo bautizado. Mas viendo a la comadre que llegaba sin él, le pregunta maravillado por el niño. Ella, mucho más maravillada, le dice que un caballero se lo había sacado de los brazos y se había subido con él. Buscan al caballero, preguntan por el caballero, el caballero no comparece, ninguno había visto tal caballero. La casa tenía dos puertas; no tardaron en conocer con llanto y desesperación que el caballero que tomó al niño en la puerta principal se había salido con el hurto por el postigo.

DON FELIPE.-  ¡Chistoso caso, si no lo acompañase el delito! ¿Pero los padres de vmd., mi señora doña Leocadia, no tuvieron a lo menos algún indicio del hurto de su hijo?

LEOCADIA.-  Solas sospechas que se lo robaron a la mujer que lo criaba unos gitanos.

DON FELIPE.-  ¿Hace mucho tiempo?

LEOCADIA.-  Habrá como unos veintidós años.

DON FELIPE.-  ¡Eh! La edad, ni más ni menos, me conviniera, pero como dije a vmd., tengo vivo a mi padre, aunque viejo y enfermo de dos meses a esta parte, y temo mucho de su vida. Alcanzo a lo menos la fortuna de parecer hermano de vmd. aunque no sea sino en la edad.

LEOCADIA.-  Fortuna hubiera sido la mía de poder reconocer a mi perdido hermano en un caballero de las prendas de vmd.

DON FELIPE.-  Lo poco que soy y valgo queda enteramente consagrado al servicio de vmd., mi señora doña Leocadia; mi mayor fortuna fuera que vmd. se dignase mandarme y emplearme como a hermano, que entrañablemente la amara si lo fuera.

Esta expresión, acompañada de una mirada ardiente que le dio a hurto de Eusebio, en vez de dar que sospechar a Leocadia la pasión que quería manifestarle don Felipe, le avivó la idea de la hermandad, pareciéndole que aquella mirada era expresión de la naturaleza que hablaba con él, sin que lo conociese como hablaba en ella la tierna propensión, que no podían destruir en su opinión las noticias que don Felipe le acababa de dar sobre sus padres. Pero el quedar convencido Eusebio de lo contrario, le hizo mudar conversación, haciendo a don Felipe algunas preguntas sobre sus antiguos amigos y conocidos, y especialmente sobre su íntimo amigo don Eugenio de Arq...

Satisfizo don Felipe a las preguntas de Eusebio. Habiendo gastado sobremesa el tiempo en estos discursos, llegó la hora del paseo; se ofreció don Felipe a acompañarlos, para hacerles ver algunas cosas notables de la ciudad. Eusebio aceptó con agradecimiento la oferta de don Felipe, que reía interiormente de la especie de la hermandad, la cual le había servido de medio para llegar a cortejar a Leocadia, como lo hizo toda aquella tarde, en que buscaba de continuo todas las ocasiones en que podía merecerle con pasión los ojos y manifestarle el amor ardiente que lo devoraba.

Llegó a conocer entonces Leocadia que aquellos ademanes no procedían de puro amor fraterno, mas la tenaz lisonja a que se había apoderado de su corazón y la pureza de su ternura para con él, amortecían a los recelos y temores que le daban los ademanes y miradas de don Felipe; hasta que, llegados de vuelta al mesón, al tiempo que los dos subían la escalera, por haber quedado Eusebio en el zaguán dando algunos órdenes a Taydor, no temiendo don Felipe ser interrumpido, se atrevió a declarar abiertamente su pasión a Leocadia, apretándole la mano y diciéndole: ¡Muero por vos, doña Leocadia! ¡Qué divinas gracias! ¡Qué hermosura tan sublime! ¡Cuán dichoso don Eusebio en poseeros! ¡Cuánto más feliz fuera yo de ser vuestro a... que vuestro hermano!

Leocadia, que no había conocido hasta entonces el trato y que, criada en la severidad de la modestia, no había oído jamás tales soliloquios, aunque se turbó no poco de aquella declaración, tuvo bastante presencia de ánimo y esfuerzo para retirar la mano que don Felipe quería besarle, y la retira con airado rubor, diciéndole: No creo haber dado motivo a vmd. para tal libertad; si vmd. no se reporta, me lo dará para negarme enteramente a su compañía. Una puñalada hubiera sido menos sensible en aquel lance a don Felipe, que la severa expresión de Leocadia y el tono resuelto con que la dijo, pasándole de parte a parte el corazón, dejándole cubierto de confusión y vergüenza.

Aunque quedó extático, turbado y oprimido de aquel fiero reproche, sugirióle, sin embargo, en el mismo punto su ardiente amor desagraviar la ofendida deidad con el arrepentimiento, con que se prometía la victoria de aquella arrogante hermosura. Sobre la marcha, póstrale una rodilla, y en afectuoso ademán, le dice: Perdone vmd. el indiscreto transporte de una pasión... Leocadia, temiendo dar que sentir a su amado Eusebio si sorprendía a don Felipe en aquella postura, lo deja con la expresión en los labios y sube apresuradamente la escalera, después que le dijo con despego: No me toca a mí sola perdonar una indiscreción que no redunda sólo en ofensa mía.

El amor no se desengaña fácilmente. Don Felipe, en vez de desistir de su intento, al contrario, apresura el paso diciéndole: ¡Ah, doña Leocadia! Si supiera vmd. la vehemencia de la pasión que me abrasa, compadecería a lo menos una declaración que, aunque atrevida e indiscreta, no llega a igualar el incendio de donde nace. ¡Cielos! ¿Es por ventura la naturaleza la que quiere darme a entender con una inclinación tan violenta y tan fuerte que soy su hermano? La naturaleza, responde de soslayo Leocadia, tuviera otro lenguaje más honesto y reportado, si quisiera manifestar lo que desmiente el proceder de vmd., y lo que tal vez hubiera yo creído, si no me acabara de desengañar enteramente de lo contrario.

Las pisadas de Eusebio, que subía la escalera, cortaron el discurso y pusieron en embarazo a Leocadia y a don Felipe, que no sabían qué aire tomar para disimularlo. Don Felipe cayó entonces en la puerilidad de suplicar con ahínco sumiso a Leocadia que nada dijese a su marido de lo pasado. Leocadia, a quien la presencia de ánimo que adquiere su sexo en tales lances, dejaba más despejada a su inocencia, sin mostrar dar oído a los ruegos de don Felipe, lo dejó más humillado y confuso, poniéndose a hablar con Eusebio desde el alto descanso de la escalera, mientras él todavía la subía.

Debió tomar entonces el avergonzado don Felipe el partido de despedirse de entrambos para retirarse, como lo hizo, con bastante desenvoltura para que Eusebio no pudiese sospechar cosa alguna del lance, aunque con harto encogimiento a los ojos de Leocadia, a quien no pudo decir lo que quisiera su alma resentida y amargada, yéndose a desahogar en secreto el rabioso tumulto de encontrados sentimientos que excitó en su ánimo el decoro y noble despego con que lo saludó y con que lo dejó ir Leocadia.

Eusebio retiróse con ella a su cuarto para despachar el correo, queriendo avisar de su llegada al agente que tenía en S... y al lord Harrington, que se hallaba todavía embajador en Madrid, con quien se carteaba y cuya mediación deseaba oponer a la nueva dignidad y poder de su tío don Gerónimo que se hallaba intendente, según se lo había participado don Felipe. Leocadia, para no estar ociosa mientras Eusebio escribía, tomó uno de los tomitos de Plutarco, traducido en inglés, que traía consigo. Mas su alma se hallaba demasiado alterada y distraída de la declaración de don Felipe, para que pudiese fijar su atención en la lectura. Representábasele con importunidad la imagen de don Felipe, la postura sumisa en que le pidió perdón y el encargo de que no descubriese su atrevimiento.

Esto empeñó más que ninguna otra cosa sus pensamientos y reflexiones, consultando con el amor que tenía a Eusebio, y con la virtud, si debía descubrirlo o callarlo. La costumbre que tenía de declarar a Eusebio sus más íntimos sentimientos, le aconsejaba a que lo descubriese, lisonjeándose que nada tendría que sentir don Felipe por parte de Eusebio, atendida su singular prudencia y moderación, aunque le hiciese esta confianza, que también le serviría esta confesión de mayor defensa de su recato. Mas la discreción le sugería, por otra parte, que sólo iba a dar sin necesidad un disgusto a Eusebio, o cuando no, le suscitaría los celos que no conocía, sin necesitar a más de esto de defensa su honestidad, no sintiendo ningún asomo de pasión por don Felipe; y mirando con horror la que le había declarado el mismo como delito incestuoso a las sospechas de su hermandad.

Volvió a fijar en ésta sus pensamientos y reflexiones, ocurriéndole que si don Felipe fuese de hecho hermano suyo, debía ser el primero a ignorarlo, como robado niño, según hubiesen sido los fines y el motivo que indujeron a robarlo a quien lo robó. Esta viva ocurrencia encendió de nuevo la ternura y compasión de Leocadia para con el sumiso y arrepentido don Felipe, persuadida que lo había humillado bastante para que no se atreviese a molestarla más. Resolvió pues guardar el secreto, dejando de hacer a Eusebio una confesión sólo imprudente en sí y nada provechosa para el mismo.

Sosegaron estas razones a los escrúpulos de la tierna y dulce confianza que hasta entonces había siempre hecho Leocadia a su marido, y que éste le hacía, descubriéndose mutuamente sus más íntimos afectos y sentimientos, en fuerza del pacto que asentaron al principio de su casamiento, de descubrirse sus defectos para corregirlos, pues así evitarían todo motivo de disgusto. Pero cabalmente el haber dejado de hacer Leocadia aquella confianza a Eusebio, fue la causa de todos los trabajos y desgracias que probaron y de la perdición del mismo don Felipe; pues si Eusebio hubiese sabido su declarada pasión, tenía virtud y consejo bastante para evitar el mal, cortándolo en sus principios. ¿Mas quién no hubiera aprobado la discreta determinación de Leocadia? ¿El humano consejo puede precaver por ventura todas las extravagantes consecuencias que pueden engañar a su elección? ¿La suerte, a más de esto, no llega a cegar tal vez a la vista más penetrante de la prudencia?

Mientras Leocadia luchaba con sus dudosos sentimientos para decidirse en favor de don Felipe, éste, por el contrario, provocado de la indignación que sentía su amor desatendido, ensayaba en su fantasía mil remedios para vengarse, no de otra manera que disfrutando aquella misma hermosura, si no de grado, con la violencia. Esta fue la última resolución de su despechado amor, reservándose por último expediente la fuerza, en caso que Leocadia no quisiese rendirse a sus amorosas solicitaciones. Mas antes de llegar a ponerlas en ejecución, veía que era necesario tener aplacada su modestia, en la cual le hacía entrever su loca pasión algunos asomos de rendimiento, pues no podía dudar de la propensión que ella le había siempre manifestado, aunque sí era inocente. ¿Mas cómo dar a entender esta inocencia a un mozo enamorado y presumido?

El extravío de su encendida imaginación fue tal, que llegó a sospechar si Leocadia se valía de la pérdida de su hermano de solo pretexto para darle a entender su afición, sin que pudiese penetrar su marido las intenciones que llevaba. Pensó, a más de esto, que la indignada modestia con que Leocadia desechó su declaración en la escalera, no era más que quererle dar a entender que negaba a su imprudencia atrevida en aquel lugar y circunstancias, lo que en otro lugar y ocasión más oportuna hubiera concedido a su discreción y porfía.

Fundaba don Felipe estas lisonjas en la opinión que se forman del sexo en general los mozos disolutos, recibiéndola en parte de las libres conversaciones con que entre sí fomentan su deshonestidad y sus necias presunciones. Entró por lo mismo más engañado en la fatal liza, pasando toda la noche en buscar medios para llegar a conseguir su intento. Para ello, resolvió emplear los días que se detendrían en Cádiz en ganarse el ánimo de Leocadia con demostraciones de arrepentimiento, y el de Eusebio con mayores atenciones y servicios para internarse más en su confianza. Reservó para S... todas las tentativas como lugar más seguro, en donde tendría más fácilmente días y horas a su satisfacción para salir con ello. Bien es verdad, que la tierna y afectuosa intimidad con que veía que se trataban Eusebio y Leocadia, echaban a tierra todos los castillos de sus locas esperanzas, pero eran más poderosos los incentivos de su pasión, que los volvían a poner en pie y que le sugirieron el medio de ir con ellos a S... pues si llegaba a conseguir esto, se persuadía que tendría lo demás en la mano.

El asunto para el cual había sido enviado a Cádiz por razón de su empleo, estaba concluido en aquella ciudad; con esto resolvió informarse del mismo Eusebio del día de su partida, para ofrecerle el coche de cuatro asientos en que había venido de S... y en que podían ir cómodamente todos, amos y criados, y que, siendo de alquiler, pagaría cada cual a proporción la parte que le tocaba. Aceptó Eusebio de buena gana la proposición de don Felipe, mucho más viendo la desenvoltura y franqueza con que le quitaba don Felipe el tropiezo y embarazo que pudiera hallar la especie del coste del carruaje, yendo en compañía.

Era falso que don Felipe hubiese venido en el coche que decía. Lo fingió a fin de quitar a Eusebio todo motivo de excusa y de ir en su compañía, como ardientemente lo deseaba; pues aun después que aceptó Eusebio su oferta, hubo de correr y sudar don Felipe para encontrar coche de cuatro asientos, consiguiéndolo solamente a costa de mil afanes y empeños. Una pequeña calentura sobrevenida a Leocadia, hizo diferir dos días el viaje y dio motivo a la violenta pasión de don Felipe, para que, rompiendo todo freno, tentase aprovecharse de la ocasión que le presentaba la indisposición de Leocadia para poner en ejecución sus deshonestos intentos, pues esperaba de sorprenderla sola en su cuarto.

Esto supuesto, le representaba hecho todo lo demás la máxima que llevaba de que ninguna mujer resistía a la violencia; pues aun la misma Lucrecia quiso comprar con la muerte el título de casta, después que se dejó violar de Tarquino. Decíase a sí mismo que no había de temer igual catástrofe en Leocadia, mucho menos después que le había manifestado la misma tan grande propensión y afecto, y confirmándoselo con la expresión que le dijo de que sería dichosa si llegase a reconocer a su hermano en un caballero de sus prendas.

Lleno de estos desvanecidos pensamientos, iba y venía por el mesón indagando y espiando la hora y ocasión de sorprender sola a Leocadia, sintiendo entre sí que ésta tuviese siempre en su compañía a su camarera Clarise. Mas viéndola casualmente salir del cuarto, en tiempo en que ignoraba si Eusebio estaba en el mesón, corre a informarse sobre ello de Taydor. Asegurado por éste que Eusebio no volvería hasta el anochecer, apresura con tanta mayor animosidad la ejecución de su arrojo. Dos veces lo contuvo el temor y respeto; otras tantas atropelló con todo reparo su palpitante concupiscencia y llega a la puerta, que halló cerrada.

No oyendo chistar, levanta con la mano resoluta el picaporte, y entra aguijoneado de su pasión atrevida. Mas la inesperada vista de Clarise hiela su atrevimiento, y lo enajena, quedando allí sin saber qué hacerse ni qué decirse. Saltóle luego a los ojos la impertinente descortesía de entrar en el aposento de una mujer indispuesta, sin avisar antes ni pasar recado. Esta ocurrencia le sugirió el expediente de llamar con señas de la mano y cabeza a Clarise, para informarse de la salud de su ama. Oída la respuesta de Clarise, de quien se hubiera deshecho su burlada pasión a puñaladas, se sale mordiéndose los puños y jurando no desistir de su intento hasta conseguirlo, aunque debiese costarle la vida.

La honesta Leocadia, prevenida de la pasión de don Felipe y de las circunstancias del mesón, había dado orden a Clarise de estar siempre en su cuarto y de no dejarla sola. La vio bien sí salir don Felipe del cuarto, pero fue sólo para ir al cuarto inmediato donde ella dormía y donde tenían sus trastos, volviendo inmediatamente al cuarto de su ama, mientras fue don Felipe a informarse de Taydor de la salida de Eusebio. Así quedó burlada su pasión, pero más irritada por lo mismo, cobrando, como suele el ciego amor, mayores fuerzas de los obstáculos que se cruzan a sus ardientes designios.

Se lisonjeó, sin embargo, que ni el ama ni la criada hubiesen penetrado sus intenciones, atendido el expediente de llamar a Clarise para informarse de la salud de Leocadia. Volvió con esto a seguir el sistema de esperar ocasión segura en S... y a fomentar con mayores veras la especie de la hermandad, aunque se reía de ella, haciéndola sólo servir de medio para ganarse más la confianza de los que la habían suscitado. A este fin se le antojó escribir una carta a su padre, con la sola mira de hacérsela leer a Eusebio y a Leocadia. Decía en ella el encuentro que se le proporcionó en Cádiz de unos señores españoles que venían de la América, y que lo habían tomado por un hijo que robaron a don Alonso V... atendida la semejanza que notaban en él con la señora, que lo creía su perdido hermano.

Añadía en la carta las circunstancias del robo, pues nada perdía en escribirlas, haciéndolo por mero trampantojo de su pasión y esperando divertir a su padre con la especie extravagante, con que esperaba por otra parte ganarse más los ánimos de Eusebio y de Leocadia. Loco de gozo con esta ocurrencia, puesta ya en ejecución, va a verse con ellos, y les dice que no había podido dormir en toda aquella noche con el fantasma de la hermandad que se le había presentado en sueños, pareciendo que le dijese que no tenía que dudar que Leocadia fuese hermana suya; que si quería certificarse de ello, que escribiese a su padre y lo sabría.

Que en fuerza de esto, no pudiendo tomar sueño ni descansar, se había levantado para escribir la carta que venía a leerles. No necesitó de más Leocadia, que se hallaba algo recobrada de su indisposición, para abrir de nuevo todo su corazón a las sospechas de la hermandad de don Felipe; y hubo de contener la ternura de su propensión para no manifestársela, como hasta entonces se la había manifestado a fin de no darle ocasión de nuevo arrojo, puesto que le había descubierto su apasionado amor. No dejó de hacer también alguna impresión en el ánimo de Eusebio el fingido sueño de don Felipe, creyéndolo verdadero; pues don Felipe para hacerlo parecer tal, cerró la carta en presencia de Eusebio y de Leocadia, y la entregó a Taydor, que se hallaba allí, para que se la diese a su criado y la llevase al correo.

Mientras esta funesta carta se encaminaba a su destino para apresurar la muerte al padre a quien iba dirigida, y un fin desastrado y aciago a quien la escribió, disponíase éste a seguirla en compañía de Eusebio y de Leocadia, cuya salud restablecida le permitía ponerse en viaje. Emprendiéronlo finalmente en el coche encontrado por don Felipe, lleno de júbilo éste por el éxito feliz de su artificio, al verse sentado en la testera que quiso tomar con porfía, para no dejar nada que pudiese molestar la confianza de Eusebio, a quien comenzaba a llamar cuñado, en consecuencia del sueño, como llamaba hermana a Leocadia, sirviéndose de estos términos para ablandar más su ánimo y rendirla más fácilmente.

Entretanto, el veneno del amor iba cundiendo en su corazón con la continua vista y trato de Leocadia en el viaje, y acabó de poner en incendio su pasión la mañana antes de llegar a S... con el motivo de entrar en el cuarto de Leocadia mientras ésta se vestía, sorprendiéndola sin el velo, que tenía Clarise en las manos, de modo que pudo devorar con los ojos los incentivos de su terso y honesto pecho, que hasta entonces había quedado oculto a las ansias de su curiosa vista.

Sintió sobremanera Leocadia aquella sorpresa del atrevido don Felipe; el cual, no pudiendo disimular a tal vista la violencia de la llama que enfrenó la presencia de Clarise, se valió como toro agarrochado, dándose una palmada en la frente, y diciendo: ¡Oh divina Leocadia! Desde entonces no amaneció más día alegre para él. Perdió enteramente su acostumbrada jovialidad, el sombrío ceño de la tristeza cargó su semblante, ni alzaba los ojos sino para vibrar el fuego de la desesperación, que le avivaban las mismas atenciones que Eusebio usaba con él para consolarlo, atendida aquella repentina y notable mudanza.

Llegó a sospechar Eusebio que la llegada a S... le diese motivo para ello; mas sin atreverse a indagar, ni a preguntarle la causa, le manifestó sólo su generosa compasión, ofreciéndole su persona y bienes, y lo hizo dueño de su casa, añadiéndole que le daría motivo de complacerse si quería servirse de sus ofertas. Éstas, que un día antes hubieran sacado de quicio su corazón por verse allanar el camino a sus traidores intenciones, ahora sólo agravaban su tristeza, mucho más viendo la modesta seriedad y silencio de Leocadia, efectos del sentimiento que le había causado su osadía; pues echaba de ver que le sería necesario recurrir a la violencia para conseguir lo que deseaba: triste y ruin expediente de la pasión furiosa que por ella sentía.

Los nuevos agasajos y ofertas que le hizo Eusebio luego que llegaron a S... no pudieron entibiar su jurada resolución, sirviéndole de medio para cumplirla los ruegos que le hizo Eusebio en la despedida, para que lo avisase cuanto antes de la respuesta de su padre a la carta que le escribió sobre la hermandad. Prometióselo el tétrico don Felipe, bien ajeno de creer y aun de pensar el funesto efecto que había producido en su padre aquella carta, pues le agravó el mal de modo que lo halló moribundo. Conservaba sin embargo bastante conocimiento para hacer a su hijo algunas preguntas consternadas (luego que se le presentó en la cama) sobre los forasteros que habían llegado de la América.

Conoció por ellas don Felipe que su padre se hallaba en gran agitación sobre aquel accidente y, aunque no le dio la más mínima luz sobre su nacimiento, infundióle hartos recelos y sospechas que conmovieron su fantasía, de modo que procuraba alejar de sí las ideas de la hermandad con Leocadia, a fin de que no pudiesen poner nuevo estorbo en su conciencia a la resolución de violentarla, si de otro modo no podía dejar satisfecha su ciega pasión. Así, la idea del incesto, que debía servir de motivo para llenarlo de horror, sirvió sólo para irritar mucho más su amor ardiente y para apresurar su delito.

Entretanto, Eusebio y Leocadia, llegados a su casa, se complacieron sumamente de verla llena de sus antiguos amigos y conocidos que lo esperaban, en fuerza de la voz de su llegada que esparció su agente. Admiraban todos las afables gracias y hermosura de Leocadia, no menos que la discreción y modesta viveza que la condecoraba. Complacióse sobre todos don Eugenio de Arq... su más íntimo amigo, que como tal le dio las más tiernas demostraciones de su alborozo. Esparcióse luego por toda la ciudad la llegada de Eusebio, atrayendo la memoria de su generosa beneficencia los ánimos reconocidos que la experimentaron; los unos para agradecerle y contarle la fortuna que habían hecho con los medios y socorros que les dio, los otros para implorar su humanidad sabiendo que no serían desechados.

Entre éstos fue uno el cura de la parroquia en que Eusebio vivía, representándosele la falta que había hecho su presencia a muchos infelices que se hallaban en suma miseria, por no tener quien los socorriese. Aunque Eusebio no se negó a su representación, dándole un generoso socorro, le dijo sin embargo que ya no podía ser tan liberal como lo había sido antes, cuando no tenía familia que mantener, ni tantos temores de perder su herencia como ahora tenía, debiendo ir con tiento en prodigar la hacienda que todavía no podía llamar suya, pues dependía de la voluntad, aunque generosa, de aquel que lo había prohijado.

Reía por otra parte en secreto la malignidad de sus enemigos, resarciendo con ufano júbilo por su llegada el sentimiento que tuvieron por su partida repentina, la cual rompió por entonces la trama que urdían para acusarlo por el impío sacrificio que celebraba a las musas en su casa. Reían por lo mismo ahora con mayor satisfacción, viéndolo caído como pez incauto en la red que le tenían tendida. Su tío don Gerónimo, desde su luminoso asiento de intendente, atizaba mucho más el fuego de los ánimos de aquellos que se ofrecieron a acusarlo, teniendo por seguro que de este modo se decidiría el pleito sin apelación.

Eusebio comenzó a dar sobre éste sus primeros pasos, sin afanarse ni inquietarse por ganarlo ni por perderlo, persuadido que dejaría hartos bienes a su hijo, si le dejaba la virtud por herencia y un honesto oficio, en caso que la suerte le arrebatase la paterna herencia, como lo iba disponiendo en secreto, sin que él lo sospechase, con la desgracia que había de descargar sobre su cabeza y sobre la inocente Leocadia, sirviéndose de la violenta pasión de don Felipe para apresurarla, aunque por este mismo medio lo libró del golpe más funesto y terrible que le estaban amagando los que querían acusarlo al tribunal, contentándose su tío don Gerónimo de tener prenda segura para alzarse con la herencia, a que sólo aspiraba, como la tuvo por medio del desventurado don Felipe.

Estimulado éste de las sospechas que le habían infundido las preguntas y la consternación de su padre, se esforzaba en sofocarlas y en creer imposible su hermandad con Leocadia, a quien fue inmediatamente a visitar con intención de tomar el tiento a la casa, y a los caminos y medios de que debía valerse para asegurar la violencia que estaba resuelto usar con ella; pues tenía ya sobradas pruebas de la virtud de Leocadia para esperar que se rindiese a sus solicitaciones.

Quedaba todavía impreso en el ánimo de Leocadia el resentimiento contra don Felipe por haberla sorprendido en el cuarto del mesón la mañana antes que llegasen a S... Lo disimuló sin embargo, atendidas las instancias que le hizo Eusebio para que lo avisase de la respuesta que le daría su padre sobre la hermandad. Sobre la misma recayó la pregunta que le hizo Leocadia luego que le vio comparecer en su casa. Mas como era ya inútil a las miras de su pasión resoluta fomentar le la credulidad de tal especie, la desmintió del todo don Felipe para que Leocadia perdiese el horror que pudiera darle la idea del incesto y se rindiese más fácilmente a sus primeras instancias y amenazas.

Respondióle, pues, don Felipe, que su padre había recibido la carta con risa de desprecio y que lo había enviado a pasear por respuesta. Que así podía desengañarse enteramente, pues en vez de serle hermano, pudiera ser su mando, si don Eusebio no estuviera disfrutando esta felicidad en la posesión de una hermosura, la más envidiable. Dicho esto, arroja un suspiro y da una fiera mirada a Leocadia, sin tener valor para pasar adelante, contenido de la presencia de Clarise, que iba sacando la ropa blanca de un baúl.

Leocadia, que había dejado de ayudar a Clarise para recibir a don Felipe, después de haber oído la respuesta que le dio su padre, y perdido con ella y con el tono con que la profirió don Felipe las esperanzas que le quedaban sobre la pretendida hermandad, juzgó que debía usar con él más seria modestia, atendida su manifiesta pasión y la mirada y suspiro con que acompañó aquel impenitente requiebro; ni halló mejor medio para cortar tal discurso que torcer la conversación a la hermosura de la ciudad y del sitio de la casa. Mas don Felipe, que no vela otra hermosura que la de Leocadia, le dijo que toda S... con sus riquezas no valía una sola mirada de las suyas, y que por ella daría los reinos de la tierra.

Esta nueva jaculatoria comenzó a consternar un poco la severa honestidad de Leocadia, e hízole buscar expediente para dar a entender a don Felipe que no le competía tal discurso. Proporcionóselo Clarise que iba a salir del cuarto, diciéndole que esperase allí. Clarise obedece a despecho de don Felipe, a quien encendió la rabia el corazón, viendo que Leocadia manifestaba recatarse de él con aquella precaución que llevaba visos de sonrojo. Disimuló no obstante su rencor esperando que se le proporcionase la ocasión, que no desesperaba de encontrar con el tiempo.

Mas no pudiendo quedar allí por entonces a saborearse la amargura de aquella ofensa, se levantó para despedirse haciéndose sumo esfuerzo para disimular su enojo, el cual cobró mayores fuerzas de la fría modestia con que Leocadia recibió su pronta despedida, sin hacerle ninguna instancia para que se quedase y sin mencionarle el corto tiempo que había durado su visita. Lo excusó él mismo con el achaque de los muchos negocios que tenía y con el estado de la salud de su padre; pero de hecho apresuraba su salida para poder poner más presto en ejecución los furiosos intentos de su pasión exasperada.

A este fin, habiéndose encontrado con Taydor al salir de la estancia de Leocadia, le rogó le mostrase la casa. Taydor, que había visto la intimidad con que su amo lo había tratado en Cádiz y en el viaje, condescendió con sus ruegos y satisfizo a las preguntas que le hizo, sirviéndose don Felipe de las respuestas de Taydor y de la vista de la casa para tomar mejor sus medidas, empleándose después en atar cabos y modo para ejecutar la maldad que no perdía de vista.

Con la ocasión de hacerle ver Taydor la casa, llevólo inadvertidamente a la cocina, sobre cuya mesa tenía dos rollos de tabaco de Virginia que estaba picando. Bien lo notó don Felipe, mas su alma, llena entonces de los pensamientos de su pasión y arrojo, no hizo alto en ello, ni le ocurrió entonces que aquel tabaco podía servirle de medio para vengarse de Eusebio y de Leocadia, y para perderlos, como después lo hizo. Sólo llevaba presente por entonces llegar a sorprender a Leocadia y hacerla fuerza, como había determinado a cualquier coste. Luego, pues, que tuvo tramado el modo, esperó ocasión en que Eusebio no pudiese estar en casa, lo que se le proporcionó presto, habiéndolo apalabrado sus abogados, y para entonces resolvió la ejecución de sus designios.

Prevínose a este fin de un rejón, más para amedrentar a Leocadia y para hacerla rendir más presto a sus deseos, que por intención que llevase de teñirlo bárbaramente en su sangre. Sólo tenía que vencer el obstáculo de Clarise y de los criados. Eusebio, a más de Taydor, había tomado otro luego que llegó a S... llamado Damián. De éste le ocurrió que podría desembarazarse fácilmente, untándole la mano para que fuese a su casa a traerle la caja del tabaco, que fingiría habérsele olvidado. A Taydor, a quien sabía que no podía corromper con dones, se le ofreció darle orden en nombre de su amo para que fuese a esperarlo a casa del abogado.

Ningún medio oportuno le ocurría para librarse del argos de Clarise, mucho menos no sabiendo él hablar en inglés, ni ella en español. Resolvió, sin embargo, cerrar tras sí la puerta del cuarto de Leocadia si la encontraba sola, o en caso de hallarla con Clarise, hacía cuenta de llamarla al cuarto que daba sobre el río para hacerla ver una cosa que no había, y con esto ejecutar en aquel mismo cuarto sus malvados intentos. La fantasía todo lo facilita. Parecióle haber allanado con esto todas las dificultades; de modo que llegada la hora en que sabía que Eusebio había de ir a verse con el abogado, ya se hallaba él en la casa de enfrente esperando que saliese Eusebio de la suya para meterse en ella, como lo ejecutó luego que Eusebio traspuso la calle.

Parecía que su fatal destino le allanase todos los caminos, pues aunque encontró cerrada la puerta de la escalera, en que no había pensado, sirvióle este mismo accidente para salir mejor con sus intentos; porque tocando a ella ligeramente, fue oído de Damián, que acudió a abrirle. Don Felipe dícele inmediatamente con gran desenvoltura: Me encuentro sin la caja y no puedo pasar sin ella; id en dos saltos a mi casa y traedla, que aquí tenéis para remendar los zapatos; y le pone en la mano un escudo. Damián, hombre simple y nuevo, deslumbrado de la plata, va sin detenerse adonde era enviado y sin sospechar traición en don Felipe, a quien había visto otra vez en la casa. Así pudo penetrar don Felipe sin estorbo hasta la estancia de Leocadia sin cuidarse de Taydor ni de Clarise.

Leocadia, enteramente confiada en la cerrada puerta que estaba encomendada a Damián, sorprendióse sobremanera al ver entrar en su cuarto a don Felipe. Taydor hacía de cocinero, Clarise estaba planchando en otro cuarto. Don Felipe, loco y furioso de amor, viéndose en el ansiado lance sin haber encontrado estorbo, no teniendo por qué guardar respeto ni conveniencia alguna en sus intentos, entrado apenas en el cuarto, cierra la puerta tras sí. Leocadia, que conoció a su aspecto, y por el atrevimiento descortés de cerrar la puerta, la mala intención con que llegaba, se levanta y le dice con encendida modestia: ¿Qué hace vmd. don Felipe? La puerta ha de estar abierta. Mas don Felipe, sin darle atención, arrojóse a ella para abrazarla, y lo consigue.

Leocadia, cuya delicadeza era bien inferior en fuerzas a un loco furioso, y furioso de amor, aunque tentó hacer todos los esfuerzos posibles para desasirse de él, echó de ver que no era Orme que quería obligarla al casamiento, sino un furioso resoluto que quería ultrajarla a cualquier coste; ni halló otro medio para defenderse de él que gritar con todas sus fuerzas llamando a Clarise, a Taydor y a Damián. Mas todavía le resistía oyendo recios golpes y empujones a la puerta, y la voz del mismo Eusebio que se nombraba y que llamaba a Taydor a gritos. Leocadia, al conocer la voz de Eusebio, con tanto mayor ánimo y consuelo gritaba, implorando contra la violencia de don Felipe. Viose éste entonces perdido; ni sabía qué partido tomar en aquellas terribles circunstancias, semejante a un tigre que, asentadas apenas sus garras sobre la presa palpitante, se ve acometido de repente del animoso montero, y queda en la furiosa incertidumbre de acometer al uno o despedazar al otro.

Ahora lo incitaba la rabia y el enojo a vengarse de Leocadia por haberle resistido y descubierto con sus gritos, ahora quería implorarla, movido del temor, mostrándosele arrepentido. Mientras lucha con estos sentimientos, continuando a gemir y a gritar Leocadia, crecen los golpes a la puerta como si quisiesen derribarla. El temor de perder la vida sugirió entonces a don Felipe armarse del rejón que había arrojado y deja libre a Leocadia para ir a tomarlo mientras Taydor, dejándose de golpes, impele de corrida la puerta con todas sus fuerzas y la abre.

Don Felipe quiere entonces abrirse el paso con el rejón en la mano, mas viendo a Taydor con la cuchilla de la cocina, que fue la primer arma que le pusieron en las manos las voces e instancias de su amo, se acobarda y se acoge a Leocadia, poniéndose de rodillas tras de ella a fin de evitar el golpe que Taydor le amenazaba. Eusebio, viendo que don Felipe había arrojado el cuchillo, detiene el brazo a Taydor diciéndole: No ofendas a un desarmado que implora piedad; tente, Taydor. Don Felipe, penetrado de las palabras de Eusebio, le dirigió la palabra diciendo: Perdone vmd. señor don Eusebio, un loco y temerario arrojo a que sólo pudo inducirme Satanás.

Eusebio, después de haberlo mirado un instante en silencio pensando lo que le diría, haciéndose un heroico esfuerzo de moderación, le dijo: Vaya vmd. con Dios, don Felipe; queda todo perdonado. Fuera de aquí no se sabrá un hecho que desde ahora quedará sepultado en un eterno silencio y olvido. Don Felipe, asegurado de la noble entereza con que Eusebio le prometía seguridad, se levanta exclamando: ¿Cómo pude cometer tal maldad? Cegóme una furiosa pasión que detesto; perdone vmd. señor don Eusebio. Vaya vmd. con Dios, volvió a decirle Eusebio; nadie le ofenderá. Don Felipe, oprimido de vergüenza y de confusión, no pudo sufrir más la presencia de Eusebio, ni el victorioso ademán de tierna confianza con que Leocadia se había asido de su brazo enjugándose las lágrimas.

Haciéndoles entonces un mudo saludo inclinando la cabeza, se salió del cuarto. Taydor, que iba detrás para asegurarse de verlo salir de casa, reparó que iba dándose palmadas en la frente y haciendo ademanes que manifestaban antes su rabia y despecho, que arrepentimiento y confusión. Quedando ya solos Eusebio y Leocadia, se abrazan mutuamente, diciendo Leocadia: No creía abrazaros más, amado Eusebio; el cielo me ha protegido.

EUSEBIO.-  Prenda eterna de mi dicha, adorable Leocadia, vuelvo a poseeros. Sentaos, que tembláis toda.

LEOCADIA.-  ¿Quién hubiera pensado ni temido cosa semejante?

EUSEBIO.-  Vivimos entre hombres, Leocadia. No hay cosa que debamos extrañar de ellos; esto es lo que dan de sí. Agradezcamos a ese desventurado que no os haya quitado la vida. Hay maldades que merecen ser agradecidas por no ser llevadas a su colmo. Mas, ¿cómo os sorprendió?

LEOCADIA.-  No sé decirlo. Le vi comparecer de repente en mi cuarto sin haber oído tocar a la puerta y sin haber hecho pasar recado. No sé lo que se hizo Damián; si éste me hubiera avisado que era don Felipe, no sé si lo hubiera recibido; tenía motivo para ello.

EUSEBIO.-  ¿Motivo teníais?

LEOCADIA.-  No hay para qué os le oculte después de tal escarmiento. Temo haber dado motivo a don Felipe para ese arrojo, aunque inocentemente. Ahora veo que no basta recato ni modestia para con los hombres. Una mujer que ama su decoro conviene que los trate con áspera rusticidad.

EUSEBIO.-  Os compadezco, Leocadia; el lance ha sido terrible, pero rara vez suceden tales lances. La aspereza y la rusticidad desdicen de la modestia; por rústica que queráis manifestaros, no por eso se encubren las gracias del sexo, que de cualquier modo darán presa a un loco a quien se le antoje un desatino. ¿Mas no podré saber ese inocente motivo que habéis insinuado?

LEOCADIA.-  Aunque tarde, servirá mi confesión para recobrar la entera confianza que dejé de haceros, a esto debo referir la causa del arrojo de don Felipe por no haberos comunicado inmediatamente la declaración que me hizo de su apasionado amor en el mesón de Cádiz.

EUSEBIO.-  ¿Ya entonces os hizo esa declaración? A la verdad el medio de descubrírmela hubiera sido muy oportuno para impedir el mal; pues sin abusar de vuestra cariñosa confianza y sin dar a entender a don Felipe que me la hubieseis hecho, me hubiera sólo servido para arreglarme con prudencia, excusándome de hacer el viaje en su compañía. Mas ¿cómo se pueden prevenir los infinitos lances desgraciados que pueden acontecer en la tierra? La virtud solamente puede hacerlos llevaderos...

Clarise, que entraba a avisar a sus amos de la llegada de Damián de quien no sabían el paradero, interrumpió su discurso. El llamado Damián entra con la caja de don Felipe en la mano y les cuenta el encargo que le hizo de ir por ella a su casa. Eusebio, sin descomponerse y sin dar a entender a Damián nada de lo que había pasado con don Felipe, le dio orden para que fuese a restituirle la caja. Encontró Damián a don Felipe al tiempo que salía de su casa y se la entregó. Mas él, habiendo ya sacado mayor rabia y enojo de la misma magnánima moderación de Eusebio, y mayor odio y venganza de la entereza de Leocadia, había resuelto perderlos e iba entonces a ejecutarlo.

El pavor que le causó la vista de Taydor con la cuchilla levantada en ademán de matarlo sin compasión, habíalo hecho humillar en apariencia para salvar la vida con la sumisión; pero la soberbia de su corazón echaba chispas interiormente, viéndose forzado a tal abatimiento y obligado a tragar todas las heces de la ignominia y vergüenza delante de la majestuosa presencia de Eusebio, que lo había sorprendido en el cuerpo del delito cuando lo creía muy de asiento en casa del abogado.

Iba de hecho Eusebio a verse con él; mas, habiendo traspuesto la calle, se halló menos el dinero que había empaquetado para entregárselo al abogado, y volvió por él, pudiendo impedir con este accidente la tragedia que hubiera tal vez llevado al cabo la furiosa y ciega pasión de don Felipe, atendida la firme resolución de Leocadia de morir antes que dejarse deshonrar de aquel loco, el cual convirtió por lo mismo toda su amorosa afición en más rabioso despecho y odio implacable; a que, añadiéndose el recelo que le nació de que Eusebio diese parte a la justicia de su maldad, resolvió adelantársele por seguro atajo y acusarlo a la misma justicia, trayéndole a la memoria la venganza los rollos del tabaco que había visto sobre la mesa de la cocina la mañana que el inadvertido Taydor, condescendiendo con sus ruegos, le mostró la casa.

Sabiendo, pues, que aquel contrabando bastaba para perderlos a todos, mucho más hallándose intendente su tío don Gerónimo, sin descansar en su casa, después que dejó la de Eusebio y sin respeto por la extremaunción que había recibido su padre moribundo, aguijoneado del deseo de la venganza, se apresuró a poner el colmo a su maldad y a su ignominia, yendo a delatar el contrabando. Mas no alegró su corazón como esperaba y como se lo prometía la venganza, a la cual acompaña el arrepentimiento.

Creció éste con la inmediata muerte de su padre, a quien vio expirar poco después de su delación, devorado de terribles angustias y afanes, esforzándose a decirle, según parecía querer entre las bascas de la muerte, lo que ya no podía y lo que había ya declarado en presencia de testigos, obligándole a ello el confesor. Aunque quedaba legalizada la declaración del padre y encargado el mismo confesor de participársela a don Felipe, que nada sabía y que estaba tan ajeno de saberla, quiso sin embargo dejar pasar algún día para no agravar tanto el dolor del que se suponía hijo del mismo, y que como tal se había vestido del luto que no le competía, pero que era triste agüero del funesto fin que le esperaba.

Hízoselo apresurar la fatal y deplorable prisión de Eusebio y de Leocadia, los cuales, hallándose en dulce y suave compañía aquella misma noche leyendo en Plutarco los hechos y dichos notables de los lacedemonios, se ven comparecer a Clarise toda despavorida, diciendo en voz baja y titubeando que entraba la justicia en casa, que los alguaciles habían prendido a Damián.

Leocadia se asusta, Eusebio se sorprende, ni le dio tiempo para reflexionar lo que pudiera ser. Uno de los ministros principales que, acompañado de algunos alguaciles, entró en el cuarto, y dirigiéndole la palabra, le dijo: ¿Es vmd. don Eusebio M...? A que respondió Eusebio que sí lo era; hizo la respectiva pregunta a Leocadia, y confirmando que lo era, dijo el ministro que venía a cumplir con los órdenes que tenía de parte del rey, que podrían excusarse del registro que les era mandado, entregándoles toda la cantidad de tabaco de rapé que tenían.

Maravillado Eusebio de tal razonamiento, le respondió que él no tomaba tabaco de ninguna calidad ni sabía que lo hubiese en su casa; que si no se fiaban de su dicho, podían hacer el registro que les era mandado. Nada de hecho sabía Eusebio de aquel tabaco; Taydor, que lo tomaba y que no sabía pasar sin él, era el que lo había traído de la América. Al mismo se lo encontraron los alguaciles; mas como el orden que traían del intendente era que si encontraban el tabaco prendiesen a Eusebio y a su mujer, lo ejecutaron inmediatamente que se apoderaron de los rollos que Taydor no supo ni tuvo tiempo para ocultarlos. Con esto arrancaron aquellos inocentes y respetables esposos del seno de sus comodidades y dichosa libertad, de todos sus bienes y de sus criados, para llevarlos a una horrible e ignominiosa cárcel.

Esforzábase Eusebio en llamar todos sus sentimientos y las máximas de la virtud en alivio de su inocencia, para llevar con la posible fortaleza aquella inesperada desgracia, angustiándolo sobre todo la memoria de su amada Leocadia. Iba ésta deslumbrada del terror que le había infundido la aparición de los alguaciles en su casa y fuera de sí, oprimida de la ignominia y dolor de verse sacar de ella por aquellos armados corchetes, y llevar entre las tinieblas de la noche como a una mujer infame a la cárcel, cuya vista acrecentó el horror y espanto que se apoderaron de su ánimo, en que agravaron la desolación de su mortal tristeza. Creció ésta mucho más cuando la dejaron encerrada los alguaciles en el calabozo sin su amado Eusebio, desamparada de todos los humanos y asombrada de aquella funesta soledad y espantosa prisión.

No pudo contener entonces el llanto que brotó de sus ojos, llegando casi a sofocarla los sollozos, cuyo eco acrecentaba el horror de su situación. Sintiendo que iba a caer desfallecida, vióse precisada a sacar fuerzas de su abatimiento para ir a sentarse en un poyo medio desmoronado que descubrió a la escasa luz de un sucio candil que la dejó el carcelero. No permitiéndole llegar a él la opresión de la tristeza y su desfallecimiento, hubo de dejarse caer sentada en el suelo para no dar consigo en él. Levantando entonces sus hermosos ojos hacia el cielo, cruzadas las manos sobre el delantal, lo imploraba en favor de su inocencia, regándole el rostro las lágrimas que hilo a hilo le caían, diciendo:

¡Oh santa e inescrutable providencia! ¿En qué pude ofender la justicia de los hombres para verme conducida y encerrada en este abismo de desolación y de oprobio? ¿Qué será de mí, Dios justo? ¿Qué será de mi amado Eusebio? ¿Es acaso la muerte la que nos está destinada, o bien nuestra perpetua separación en este lugar infame y horrible? Mas ¿qué delito, Dios mío, qué violación de ley pudo hacernos merecer a entrambos este terrible castigo? ¿Ha de poder tanto la calumnia contra los derechos de la honestidad, si es ella por ventura la que nos derribó en esta tenebrosa sima de horrores y de penas?

En tan fiera incertidumbre de mi estado, de mi inocencia y de mi vida, dadme, justo Dios, aliento para que pueda resistir al dolor y mortales angustias que oprimen mi corazón desfallecido; dádmelo si acaso he de volver a ver y a poseer a mi amado Eusebio; mas si vuestros inescrutables decretos me condenan a quedar privada para siempre de este mi mayor bien, que sólo sustenta a mi esperanza entre los funestos horrores que me cercan, abreviadme ¡oh Dios omnipotente!, una vida infeliz y más acerba y horrible que la muerte que imploro.

Interrumpe a esta plegaria y hace atemorizar de horror a la sollozante Leocadia un ruido ligero de paja, que no descubrió a primera vista; pero que, llamando a sus ojos consternados, la hizo advertir en el ruin jergón que estaba tendido en el suelo, en que vio correr un grueso ratón que salió de la paja. El temor que la buena Leocadia había cobrado desde niña a los ratones era entre otras una de las flaquezas que Eusebio quiso que perdiese con el estudio de la filosofía moral. En fuerza de este estudio había ella lidiado con aquel temor, haciéndola hacer Eusebio reflexiones para vencer a su imaginación. Habíalo recabado en parte, mas no por eso dejó de sobresaltarse vivamente en fuerza de aquel ruido que la advertía de lo que podía ser y de lo que vio confirmado en el mismo insecto.

Mas ¿a dónde huir? ¿Qué criados llamar? ¿Cómo ahuyentarlo? La necesidad lo recaba todo. Por fuerza o de grado ella hace plegar la frente a todos sus accidentes. Leocadia, que sin el previo estudio de perfeccionar su interior hubiera quedado allí yerta de terror al verse encerrada con aquel animal inmundo, hízose luego con la reflexión un grande esfuerzo para sobreponerse al miedo, fortaleciendo su ánimo con los consejos y máximas de la sabiduría que había oído de Eusebio, cuya memoria y la de las penas y miseria igual que padecería, fue llamando poco a poco, y llegó a sacar su ánimo de aquel yerto enajenamiento que le había causado la vista de aquel asqueroso animalejo.

Volvió a prevalecer entonces el dolor, el llanto y los afectos con que desahogaba las angustias que oprimían a su corazón sensible, sin ser ya capaces a distraerla las corridas y chillidos de otros allegados ratones que entraban y salían impunemente por el roto y comido jergón. La memoria de Eusebio era la que tenía ocupada enteramente su alma y sentimientos, pareciéndole que la repetía las máximas y consejos que otras veces la había dado, y que le acordaba el consuelo que había sacado él mismo de la virtud en otros semejantes lances de oprobio, de miseria y de prisión en que se había visto.

Así pasaba aquella eterna noche sentada en el suelo, llorando amargamente, sin tener ni fuerzas ni aliento para ir a descansar en aquel nidal de sucios animales, hasta que la luz del día comenzó a penetrar por una pequeña reja de aquella mazmorra, disipando escasamente sus tinieblas, mas no el horror ni la aflicción mortal en que la virtuosa e inocente Leocadia se hallaba sumergida.

No era mejor la situación de Eusebio ni el calabozo en que lo habían encerrado; pero su ánimo estaba ya amoldado a semejantes desgracias, y más fortalecido de la virtud. Bien es verdad que, luego que se vio solo y encerrado, no pudo contener el llanto que le arrancó la memoria de las angustias y terribles penas que padecería su amada Leocadia; mas en vez de zozobrar su sufrimiento, se fortalecía al contrario con las reflexiones de la mudanza de las cosas humanas, de la malicia de los hombres y de los males que no podían penetrar en el corazón donde la virtud los rebate, dando al alma un sublime consuelo que no creen posible los que no prueban la alta causa de donde nace.

Quiso, sin embargo, pensar el motivo que podía tener su prisión. ¿Pero cómo atinar en la causa verdadera, aunque le ocurriese luego el tabaco, si no sabía nada ni había tenido la menor parte en aquel fraude? Mas no dudando ya que su tío don Gerónimo, como intendente que era, se valiese de aquel contrabando para perderlo, usando con él de todo el rigor de la ley, recurrió al cielo sólo, asilo de la virtud, remitiendo a la providencia su causa y la de su amada Leocadia. Echó de sí todos los tristes pensamientos que le venían en tropel sobre sus perdidos bienes y comodidades, sobre Taydor y Clarise, sobre la ignominia que le había de redundar si no salía inocente de aquella calumnia. Cansado de imaginar dio consigo sobre el jergón que allí había también, en que se tendió con tanto mayor esfuerzo de ánimo, cuanto era más la repugnancia que vencía en servirse de aquel asqueroso lecho.

Almohada no había; incorporóse en aquel embudo de rastrojos para quitarse la casaca y hacerla servir de almohada, mas ocurriéndole que aquello era buscar expediente a la incomodidad en que quería abatirlo la suerte, vuelve a meter en la manga el brazo que había sacado y se tiende en el jergón. Estando así le ocurre de nuevo su Leocadia, si tendría cama igual, las lágrimas que derramaría al verse en tan horrible y funesto estado y tan indigno de sus inocentes costumbres y delicadeza. Ocurrióle también Henrique Myden, su pequeño Henrique, que enternecieron de nuevo su corazón sensible, haciéndose violencia suma para apartar de sí tales ideas, y en vez de ellas sustituir las reflexiones y consejos de la virtud, para disponer su ánimo y fortalecerlo contra todos los funestos efectos que pudiera tener aquella prisión.

El tratado de la tranquilidad del sabio, el de la constancia del mismo y el de la felicidad de la vida de Séneca, que casi sabía de memoria, le sirvieron de grande confortativo y consuelo en aquella terrible situación. Añadióse a esto el descubrir a la escasa luz una imagen del Salvador formada con lápiz en la pared por alguno de los infelices que habían habitado antes aquel calabozo. Contribuyó su vista para que Eusebio comenzase a cotejar su triste estado y el que le podía esperar con la pobreza, con el oprobio y tormentos padecidos de aquel divino sol de justicia y de virtud, ante el cual todos los sabios de la tierra se oscurecían como pequeños astros, que sólo resplandecieron en las tinieblas de la ignorancia y del error, que disipó con la luz de sus divinas máximas y consejos aquel hombre Dios que se dejó ver a la tierra para ilustrarla y para ser su Redentor y dechado de las virtudes más sublimes.

Estas memorias y las de los consejos y ejemplos del Evangelio que Eusebio llamaba a su memoria, fortalecían y consolaban su ánimo. Mas como el lecho en que se hallaba era también nidal de ratones, no lo dejaron éstos descansar largo rato en la postura que se hallaba tendido, llegando ellos a pasar y repasar por su cuerpo, de modo que lo obligaron a levantarse para poder tomar el hilo de sus santas reflexiones, caminando por aquella mazmorra. Así se le pasó la noche sin poder cerrar los ojos al sueño. Al otro día, acordándole la misma soledad que le había quedado el reloj en la faltriquera, sin poder consultarlo sobre los tristes momentos que duraba su prisión por no haberle dado cuerda, resolvió deshacerse también de aquella alhaja inútil, la sola que le quedaba para no depender de cosa alguna de la tierra.

Quiso ejecutar esta resolución cuando entró el carcelero para darle un mendrugo de pan prieto y un jarro de agua. Eusebio recibe este opíparo desayuno diciendo al que se lo entregaba: Veo, amigo, para qué se me da todo esto y es justo agradecérselo; tomad este reloj y ajustadlo con el tiempo. El carcelero le vuelve la espalda sin responderle cosa alguna, dejándolo en la postura de ofrecerle el reloj. ¡Bueno!, dijo Eusebio, el desinterés es grande, pero acompañado de la dureza, ¿qué significa? Ello dirá. Comamos ahora, ¡pues podemos sacar también algún consuelo de un mendrugo! ¡Ah, si pudiese yo comunicar mis sentimientos a Leocadia! Mas ella queda instruida en la virtud y en sus santas máximas, y aunque joven y delicada, es inocente y tiene corazón capaz y susceptible de la fortaleza, y luces de la sabiduría para contrastar con la aflicción y angustias que la acometan.

La misma comida y con el mismo modo le presentaron a Leocadia. Mas ella, rendida a las terribles memorias que le renovaba su miserable y espantosa situación, sin gana, sin aliento para llegar a la boca aquel infeliz y perruno alimento, persistía sentada en el suelo, deshaciéndose en llanto, invocando al cielo, a su providencia y justicia en favor de su inocencia para que la librase de aquellas mortales penas que padecía, y para que juntamente sacase de aquel abismo de ignominia y de horror a su amado Eusebio y les restituyese a su hijo Henrique, a sus bienes perdidos y a su preciosa libertad. Invocaba por último las divinas disposiciones para que fortaleciesen su ánimo y le hiciesen más llevaderas con el santo sufrimiento y paciencia todas aquellas extremas necesidades y trabajos a que por sus altos fines la condenaban.

Entre tanto que Eusebio y Leocadia pasaban así su lamentable encarcelamiento, y que se les formaba un injusto proceso, don Felipe tuvo tiempo para sentir los voraces remordimientos de su conciencia, al paso que la venganza de su pasión desatendida y humillada iba perdiendo su primera violencia. Su soberbia, mortificada con la idea de las miserias y del oprobio a que había expuesto aquellas víctimas inocentes, dejaba lugar a la reflexión para considerar su bárbara acusación y su cruel ingratitud a tantas atenciones y favores que había recibido de los mismos, y a la inclinación afectuosa que Leocadia le había manifestado teniéndolo por hermano; de cuyas tiernas lisonjas había abusado su ciega y fiera pasión para violentarla, aun después que su padre moribundo le había dado motivo para no reputarlas extravagantes.

La consternación que se apoderó de su ánimo con estas reflexiones, llegó al colmo cuando el confesor de su padre ya difunto, pasados dos días, le descubrió todo el fatal secreto y con él le dejó ver todo el horror de las maldades que había cometido. Eran demasiado funestas y terribles las consecuencias de la declaración del confesor para que, a pesar del trastorno horrible que le causó, quisiese o pudiese creer don Felipe que no era hijo del difunto don Fernando, a quien había tenido siempre por padre, sino de don Alonso V... que se hallaba en la América, y hermano por consiguiente de doña Leocadia. Esta consecuencia la sacaba el mismo don Felipe, pues el confesor nada sabía de dicha doña Leocadia; aunque don Felipe, oída apenas su fatal declaración, levantándose furioso del asiento y caminando sin tino por el cuarto, iba diciendo fuera de sí: ¿Yo hermano de Leocadia? ¿Yo su hermano? ¿Y este terrible secreto sólo se me había de descubrir después que con tanta crueldad...?

No se atrevió a pasar adelante para no descubrir delante del confesor lo que iba a decir sobre la violencia usada con su misma hermana, y sobre la acusación. Mas lo que no declaró con la lengua lo significó con el rabioso llanto y los furiosos extremos de desesperación en que prorrumpió, mesándose los cabellos y llamándose el hombre más bárbaro y más indigno de la vida. El confesor, que ignoraba a qué aludiesen aquellas expresiones y que no esperaba que don Felipe recibiese aquella declaración con dolor tan furioso, comenzó a quererlo consolar, diciéndole que se había informado que su padre verdadero era rico y acomodado, y que al consuelo que tendría en reconocerlo resarciría el dolor del putativo que acababa de perder.

Mas nada de todo esto era lo que abrasaba y despedazaba las entrañas de don Felipe, sino su descubierta hermandad y la rabiosa desesperación que su conocimiento le causaba, y que impidiéndole dar atención a lo que el confesor le decía, hacíale prorrumpir en terribles imprecaciones contra el difunto don Fernando y contra sí mismo, maldiciendo de su existencia, del día que lo vio nacer, de su detestable pasión; de modo que llegó a poner miedo al confesor, creyendo éste que don Felipe se hubiese vuelto loco, y loco furioso; hasta que, cansado y medio reventado de sus rabiosas demostraciones y lamentos, se puso a llorar amargamente en silencio.

Después de haber estado así largo rato, pareciendo que se hubiese sosegado, dijo al confesor que no dudaba de la infausta declaración que le había hecho pero que desearía certificarse de ella y de sus circunstancias. Entrególe entonces el confesor copia de la declaración hecha por su padre putativo, autenticada en presencia de testigos y hecha para descargo de su conciencia y para resarcir de algún modo los daños que hubiera podido causar a su padre verdadero como también a los herederos de la renta que había disfrutado hasta entonces sin derecho, y que fue la que sólo le indujo al robo de don Felipe siendo niño.

Era este don Fernando un caballero de S... y el segundo de tres hermanos que fueron. En cabeza del hijo varón que, así él como su tercer hermano tuviesen, fundó dos mayorazgos una tía suya, con la condición que si cualquiera de ellos quedase sin hijos o no los tuviese, pasase de contado la herencia al que los tuviese, queriendo con esto obligar a entrambos a que se casasen. Habíanse de hecho casado los dos, y ambos tenían hijos. Pero don Fernando tenía uno solo, y éste enfermizo, que no daba esperanzas de larga vida, y con ella quitaba a su padre las del mayorazgo que debía recaer en los hijos de su hermano, si aquél se le moría. Para remediar a este inconveniente valióse del pretexto de enviar su hijo a una de sus haciendas para que recobrase allí su salud, pero con el fin de poder sustituir otro niño en caso que aquél llegase a faltarle, sin que ninguno penetrase el cambio.

Esperaba valerse para ello de un niño expósito, mas no siendo fácil este expediente, iba pensando en encontrar otro, a tiempo que se le presentó una gitana que solía vender bujerías por S... La opinión en que estaba que los gitanos mataban y comían los niños, le sugirió que aquélla podría encontrarle un niño y quiso de hecho proponerle la especie, ofreciéndola veinte doblones si le traía un niño de las circunstancias que deseaba. La gitana, tentada de la oferta, le trajo de hecho a don Felipe en fajas, habiéndolo robado al ama que lo criaba en su casa. La gitana desapareció de S... y el hurto se publicó luego en la ciudad por el recurso que hizo a la justicia el padre del robado don Felipe, y por la prisión que debió padecer el ama que lo criaba por las sospechas de que lo hubiese muerto.

A pesar de todos estos daños y desconcierto, persistió don Fernando en hacer criar el robado don Felipe en otra hacienda distante de aquélla donde había fallecido su hijo verdadero. Ya crecido, le dio estudios y crianza como si fuese hijo suyo, y últimamente le consiguió el empleo en que se hallaba y en que todos lo creían hijo de don Fernando viviendo el mismo don Felipe en esta persuasión hasta la hora fatal en que se le descubrió el secreto, cuyas circunstancias estaban menudamente descritas en la declaración de don Fernando que le entregó el confesor.

Disipadas enteramente con ella todas las dudas que ofuscaban la grandeza de sus delitos, dejáronle ver en claro todo el horror, toda la fealdad de su incestuosa pasión y de la violencia detestable que había querido hacer a su propia hermana, y la barbaridad cometida contra ella y contra su virtuoso marido, acusando el contrabando para perderles. Acuden entonces de tropel a su exaltada imaginación todos los trabajos, las penas, las angustias y la ignominia de los mismos en la prisión, existiendo en su ánimo la compasiva ternura para con su hermana en aquel abismo de males en que la había sepultado. Derretíase en llanto, pedíale perdón poniéndose de rodillas ante su imagen desfigurada y transida de dolor, según se la representaba en su fantasía; besábala sus aherrojados pies y adoraba su recato y honestidad, a prueba del cuchillo que encaró bárbaramente a su pecho.

Tolerando su ánimo estas ideas, lo despedazaban, obligándolo luego a revolcarse por el suelo, en que se arañaba el rostro considerando el mal irremediable y la condenación infame y funesta que se seguiría a las penas y miserias de la prisión, así de su hermana como de su respetable marido, cuya virtud y beneficencia se habían granjeado el aplauso y estimación de toda la ciudad, que poco antes lo bendecía y que ahora lo vería condenado y reducido a la más oprobiosa miseria. Encendido y arrebatado de estas reflexiones y del violento dolor y arrepentimiento de su maldad, iba fuera de sí por la casa sintiendo vivos impulsos de quitarse la vida, prorrumpiendo en vivas blasfemias y maldiciones contra quien lo robó, contra sí mismo y contra su abominable pasión, causa principal de todos aquellos males.

Sorprendido a más de esto del temor de que pudiese descubrirse y publicarse su delito, y asombrado del horror y conclusión que le cubrirían todos los días de su vida, resuelve huir de aquella casa que no le pertenecía y salir de la ciudad para evitar el caer en manos de la justicia, que le parecía que lo persiguiese, corriendo como loco furioso por las calles y vagueando sin saber por dónde; hasta que, conducido de su mala ventura al río, resolvió apagar en él el incendio y dolor de sus fieros remordimientos y penas que lo devoraban interiormente. Así, agitado de las furias, se precipitó en la corriente a vista de algunos que acudieron en vano a socorrerle, sin haberse visto más su cadáver.


Raro antecedentem scelestum
Deseruit poena, pede claudo.


Anterior Indice Siguiente