 Libro cuarto
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De esta manera
formaba Eusebio nuevos lazos al amor de su dulce esposa,
sirviéndose de sus mismas oposiciones, que son las que
rompen más presto la confianza y cariño en los
casados. Los ardientes transportes de la pasión se
habían apagado y consumido, pero la virtud habíala
transformado en entrañable y plácida ternura, que
regalaba sus corazones y uniformaba sus voluntades y sentimientos,
y Henriquito hacía más íntima y estrecha su
mutua confianza y los esmeros de su cariño, dándoles
a probar mayor gozo y contento en su dichoso casamiento. Pero la
suerte que les envidiaba tan pura felicidad quiso privarlos de ella
y exponerlos a funestos desastres y trabajos, valiéndose
para ello del pleito que todavía no se había
decidido.
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Llegaron
finalmente cartas de España a Eusebio en que le hacía
su agente vivas instancias para que volviese a S... y se manejase
en ella, o con sus poderosos amigos en la capital, si no
quería perder el pleito, antes por desidia y negligencia que
por falta de razón y derecho, por ser éste el consejo
que le daban sus abogados y el expediente más poderoso para
ganarlo. A éstas añadía otras razones, en
fuerza de las cuales Eusebio determinó emprender de nuevo
aquel largo viaje, haciendo este sacrificio a los derechos que
debía conservar a su hijo a la herencia de sus mayores.
Leocadia quiso acompañarlo desde luego, aunque fuese a las
extremidades de la tierra. La resolución de criar a
Henriquito en el campo y de tenerlo ya en él no ponía
estorbo a su partida y Eusebio sentía menor repugnancia en
emprender aquella nueva navegación en compañía
de su adorable esposa.
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Todo el mayor
sentimiento quedaba para Henrique Myden, que temía perder
para siempre a sus dulces hijos y no volver a verlos en su edad
avanzada. Hubiera también él deseado ceder los
derechos de la herencia a quien se los contrastaba si no se lo
prohibieran las justas miras que debía a Henriquito.
Resuelto ya el viaje, esperaban se proporcionase ocasión de
embarco para pasar a España. Taydor y una doncella llamada
Clarise eran los solos criados que debían llevar consigo.
Gil Altano se hallaba en cama, en que lo tenía postrado una
apostema en una pierna, llorando, no del dolor del mal, sino de
sentimiento por no poder acompañar a su señor don
Eusebio.
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Luego que supieron
que había en Boston una fragata que pasaba a Lisboa,
resolvieron ir a aquel puerto para embarcarse en ella.
Ejecutáronlo después de la tierna despedida de sus
padres en Salem y de su hijo en la granja a donde lo habían
enviado a criar, y después de haber hecho lo mismo con su
amado padre Henrique Myden, que no sabía desprenderse de sus
brazos. Salidos del Delaware, mostróseles propicio el
tiempo. Aunque siguieron algunas calmas, llegaron a tiempo de
poderse embarcar en la fragata que los esperaba.
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Este viaje fue
infelicísimo, casi siempre le fueron contrarios los vientos,
que parecían quererles impedir la llegada a España.
Conjuráronse especialmente con tal furor ya casi a vista de
las costas de Portugal, que Eusebio llegó a temer el
naufragio. Leocadia, medio muerta en sus brazos, lo creía
inevitable, pasándole el corazón cada golpe que
descargaba en la embarcación la saña de las olas,
invocando de continuo al cielo para que le conservase a su amado
mando, de quien estaba fuertemente asida, y para que le dejase
rever a su inocente hijo, a quien había dejado en la
América.
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A pesar del horror
de la temida muerte en el evidente peligro de que Eusebio
creía no poder escapar, templaba sus congojas la ternura y
confianza que le infundía el ardor del afecto de su amada
Leocadia y las vivas expresiones que le arrancaba el amor de su
palpitante pecho, entre los silbidos de los vientos y continua
batida de las olas. Aunque por una parte se le hacía
dolorosísima la pérdida de tan amable esposa, por
otra, acomodando su ánimo a la necesidad y a las
disposiciones del cielo, le parecía hallar alguna especie de
dulce satisfacción en perecer abrazado con ella, por
más que le agravasen el horror, el llanto y la
desesperación de los marineros, especialmente en las
tinieblas de la sobrevenida noche.
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En ella, habiendo
perdido el trinquete la embarcación, obligó el
capitán a dar la popa a la tempestad y a dejarse llevar a
grado de los vientos, que los pusieron a la altura de Cádiz.
Eusebio, informado de esto, rogó al capitán que lo
desembarcase en aquel puerto, ofreciéndose a pagar todos los
gastos del ancoraje. El capitán aceptó inmediatamente
la oferta y surgió en aquella bahía, tres meses
después que salieron de Boston. El consuelo que tuvieron
Eusebio y Leocadia viéndose llegar salvos, fue igual a los
temores y angustias que habían sufrido en el peligro; bien
ajenos de poderse imaginar que la suerte contraria los esperase
puesta en asechanza, sirviéndose tal vez de los vientos y de
la tempestad para atraerlos a aquel lugar, en que su rencor les
tenía prevenida la ocasión para mortificarlos con la
mayor desgracia.
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¿Quién hay que en la extraña
combinación de accidentes, que a las veces concurren para
levantar o para oprimir a los hombres, no admire la mano de la
providencia o sus inescrutables permisiones? ¿Sírvese
ella por ventura de tales accidentes para dar manifiesta prueba de
su vigilancia y eternas miras a la incredulidad de los
mortales?
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Aquejados de tan
larga y contraria navegación, desembarcaron inmediatamente
Eusebio y Leocadia, dirigiéndose a uno de los mesones de
aquella ciudad donde querían descansar antes de emprender
viaje a S... Al otro día que se hallaban en aquella posada,
al tiempo que iban a salir de ella para ver la ciudad,
encontráronse con un mozo muy apuesto que entraba en ella y
que era huésped en la misma de algunos días
atrás. Su presencia y gallardía llamó la
atención de Eusebio que, aunque de paso, le pareció
notar en él alguna semejanza con Leocadia. Ésta, al
verlo, también sintió excitarse en su interior un
afecto inocente y tierno, mezclado de un impulso que parecía
decirle que aquel mozo podía tal vez ser su perdido
hermano.
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Esta ocurrencia se
le avivó tanto, que no pudo dejar de comunicársela a
Eusebio, preguntándole si se acordaba de lo que le
había dicho su padre el día de su casamiento, de un
hijo que tuvo y que le habían robado unos gitanos,
según se decía, sin haberlo podido recobrar, a pesar
de sus muchas diligencias. Respondióle Eusebio que sí
se acordaba y que la vista del mozo le había suscitado la
misma especie, notando en él alguna semejanza de facciones
con las suyas. Que aunque su porte no mostraba que fuese hijo
perdido y sin padre, sin embargo, las combinaciones eran a las
veces tan extrañas, que pudiera ser muy bien su hermano como
sospechaban; mucho más haciéndole traición su
fisonomía.
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Fomentada su
curiosidad con este discurso, resolvieron volver al mesón
cuanto antes para certificarse de ello, en caso que aquel mozo se
hallase en él de huésped, según
parecía. Llegados a la posada, llaman a la mesonera para
preguntárselo. Eusebio le da las señas del mozo, en
fuerza de las cuales respondió ser hijo de un caballero de
S... llamado don Felipe R... secretario de la Inquisición,
que hacía algunos días que se hallaba en Cádiz
y en aquel mesón. Eusebio y Leocadia, oído el
apellido del mozo y que era caballero de S... dio motivo a
desvanecérseles todas las esperanzas concebidas, atribuyendo
a mero accidente la semejanza que había reconocido Eusebio y
el movimiento de propensión que Leocadia había
sentido para con él.
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No hubieran
insistido más en esta especie si el mismo mozo no les
avivara las sospechas, nacidas luego que lo volvieron a ver,
parándolos él cortésmente en el zaguán
para darles la bienvenida y para ofrecerles sus servicios. Con el
motivo de detenerse para recibir y agradecer el cumplido que les
hacía, pudo Eusebio cotejar mejor sus facciones con las de
Leocadia y, aunque miradas de cerca no le parecían llevar
tan grande semejanza como juzgó el día antecedente,
el aire de su afable sonrisa y el temple del semblante, y en
especial los ojos, lo hubieran confirmado en las sospechas de ser
el hermano de Leocadia, si no las destruyera su apellido y
condición, según les había asegurado la
mesonera.
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Mas la naturaleza
que se expresaba en el corazón de Leocadia y en el del mismo
mozo, aunque con muy diversos afectos, la hacía obrar en
ella, como si de hecho fuera aquel joven su perdido hermano, y a
éste, como si Leocadia fuese la mujer que sobre todas ellas
lo hubiese prendado. Correspondía ella con una inocente
propensión de alma y de genio, y con agradecimiento tan
afectuoso a las expresiones que el mozo les hacía, que a
pesar del recato y modestia con que ella se las agradecía,
acabó de encender en el corazón del mismo la llama
que concibió a vista de las gracias y hermosura de Leocadia
la primera vez que se encontró con ella.
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Ni fue sola
casualidad al verse la segunda vez en el zaguán del
mesón. Don Felipe sumamente prendado del gracioso talle de
Leocadia, procuró luego informarse de Taydor quiénes
eran sus amos, de dónde venían y adónde iban.
Sabiendo que eran españoles y no ingleses, como le
habían parecido en el traje, y que iban a S..., buscó
la ocasión para introducirse con ellos, con el fin de poder
hablar y tratar a Leocadia, como ardientemente lo deseaba. Para
disimular más sus intenciones, esperó a la puerta del
mesón que bajasen, para hacerse encontradizo y abordarles,
como si fuese accidental el lance que llevaba estudiado y que
sólo lo notó Taydor habiéndolo visto esperar
tanto.
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De aquí
tomó origen el funesto accidente que a todos esperaba; por
cuanto aquel joven caballero, cegado del amor que concibió
por Leocadia, llegó a persuadirse que aquella
propensión y demostraciones de afecto que ella le daba eran
manifiestas señales de apasionada correspondencia y de
voluntad rendida. Esto, que bastó para inflamar su loca
pasión, persuadido que Leocadia se había enamorado de
su hermosa presencia y garbo, dando en el frecuente engaño
de muchos presumidos que se imaginan ser los cupidillos de aquellas
que, siendo naturalmente afables y corteses, se las representan
amarteladas de prendas en que tal vez no advierten.
¡Cuán diferentes y opuestos eran los sentimientos de
la honesta Leocadia a las necias lisonjas del mozo enamorado!
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Aunque Eusebio y
Leocadia no se detuvieron con él sino el tiempo que
requería la conveniencia para agradecer la cortesía a
quien con tan generosos modos se la vendía, bastó
para que Leocadia concibiese de nuevo mayor ternura para con
él, acordándosele a su vista y habla que podía
ser su perdido hermano, como se lo dijo otra vez a Eusebio luego
que salieron del mesón, sin ocultarle la propensión
que por él sentía. Eusebio le respondió:
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EUSEBIO.-
Casi igual sentimiento ha excitado en mi
corazón. Sin duda debe ser efecto de las previas ideas que
nos dio la confesión de vuestro padre sobre su robado hijo.
Os aseguro, Leocadia, que el gozo que tuviera en su descubrimiento
y hallazgo no padeciera menoscabo, a pesar de la herencia de
vuestro padre, que vos y yo perdiéramos, si de hecho fuera
hermano vuestro.
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LEOCADIA.- No necesito, Eusebio, de protestas
para creerlo. ¡Sois tan bueno!
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EUSEBIO.- ¿Pues creéis que este
desinterés procede sólo de bondad de
corazón?
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LEOCADIA.- Bien veo que procede también
de un gran despego de las riquezas; no es sino nuevo motivo que me
hacéis advertir para estimaros mucho más.
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EUSEBIO.- ¿No pudiera proceder
también de que os amo mucho más que todas las
riquezas de la tierra? La herencia de vuestro padre no me
dará ciertamente más puro gozo que el que me acaba de
renovar la declaración de vuestra estima. Esto tengo que
agradecer al encuentro de ese caballero, cuyo nombre y apellido no
pueden destruir en mi imaginación las concebidas sospechas
de la hermandad; me ocurre que pueden ser fingidos.
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LEOCADIA.- No lo hubiera asegurado la mesonera,
ni nombrado su empleo de secretario de la Inquisición.
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EUSEBIO.- Estamos en lo mismo; todo eso puede
ser muy bien fingido y dado a entender a la mesonera, cuyo dicho no
debe bastar para confirmarnos en la verdad. Podremos enterarnos del
mismo, pues tal vez una circunstancia de su niñez, de su
educación, del modo como se explique, podrá darnos
luz para descubrirlo o disipará enteramente las sospechas
que nos infundió su presencia y semejanza.
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La entrada en una
de las iglesias que iban a ver interrumpió este discurso
sobre el supuesto hermano, el cual fomentaba entretanto su
encendida pasión, ensayando medios y ocasiones en su
fantasía ardiente para poderse internar en la amistad de
aquellos forasteros y ganarse enteramente el amor de Leocadia,
cuyas tiernas gracias y perfecciones había ya devorado de
cerca con los ojos en el corto momento en que los paró para
darles la bienvenida. Culpaba ahora su cortedad por no haberles
desde luego ofrecido su mesa; luego echaba de ver que no
competía tal oferta a la calidad que manifestaban aquellos
huéspedes; de allí a un instante las lisonjas de su
amor le allanaban todos los obstáculos y le hacían
sacudir todos los reparos.
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Inducido de ellas,
se encaminaba a dar orden al mesonero para que dispusiese a su
cuenta la comida; volvía luego atrás, contenido de la
reflexión de no haber pasado antes recado a aquellos
huéspedes. Así iba mudando medios y pensamientos,
según fluctuaba su corazón combatido de sus amorosos
sentimientos y de sus engañadas lisonjas, tan ajeno de
imaginarse que Leocadia pudiese ser hermana suya, cuanto ella de
temer que el mozo acechase a su honestidad.
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Siendo ya tarde y
hora de comer, resolvió ponerse a pasear delante del cuarto
que Eusebio y Leocadia ocupaban para trabar conversación
luego que llegasen, contando los instantes de su tardanza. Llegan
finalmente. Los oye subir la escalera, apresura el paso para
ponérseles a tiro, da con ellos, y haciéndose
esfuerzo para desanudar su voz, los saluda y les dice:
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DON
FELIPE.- Bienvenidos sean vmds.
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EUSEBIO.- Muy bien hallado, señor don
Felipe.
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LEOCADIA.- Para servir a vmd.
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DON
FELIPE.- Sin duda vendrán vmds. muy
cansados.
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EUSEBIO.- El cansancio moderado es despertador
del apetito.
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DON
FELIPE.- Tengo, pues, motivo de alegrarme de la
cortedad en que quedé esta mañana de no haber
ofrecido a vmds. mi pobre mesa.
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EUSEBIO.- Agradecemos a vmd. una atención
que nos da atrevimiento para hacer a vmd. la misma oferta; sentimos
mucho el no haber previsto este apreciable lance.
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DON
FELIPE.- Apreciable lo es sólo para mí,
señor don Eusebio.
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LEOCADIA.- Toca, pues, a vmd., señor don
Felipe, comprobarlo con el hecho, dignándose aceptar una
oferta, tanto más sincera y amigable, cuanto más
ajena de preparativo.
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DON
FELIPE.- A pesar de la honra y de la suma complacencia
que tuviera en aceptarla, debo ceñirme a agradecer a vmd.,
mi señora doña Leocadia, su atención
generosa.
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LEOCADIA.- No hay aquí que agradecer, y
si esos son solos cumplimientos, no dicen bien con la sincera
voluntad que los desecha.
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DON
FELIPE.- Puesto que vmd. se empeña en honrarme,
mi señora doña Leocadia, condescenderé con el
pacto que me permitan ir a dar orden al mesonero para que una mi
comida a la que dispuso para vmds.
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EUSEBIO.- Vmd. es dueño de hacer sobre
ello lo que más le agradare, pues el gusto no sufre ley.
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DON
FELIPE.- Perdonen vmds. una familiaridad de que no me
dispensa la delicadeza de mis sentimientos y que autorizan las
circunstancias de este precioso encuentro.
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LEOCADIA.- Como vmd. gustare, señor don
Felipe.
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Éste, a
quien no le parecía verdad haberle salido tan bien su
atrevimiento, y que de las corteses e ingenuas instancias que le
hizo Leocadia se confirmaba en las ideas de su amor, fue volando en
alas de su ufana pasión a prevenir al mesonero. Eusebio y
Leocadia quedaron también no menos alborozados de que se les
hubiese proporcionado tan presto la ocasión que deseaban
para verificar las sospechas que les acababa de avivar la
oficiosidad de don Felipe. Tardó poco a comparecer
éste en el cuarto, llena de júbilo su alma por verse
cerca de lo que deseaba y al lado de Leocadia; irritando mucho
más a sus vanas lisonjas la propensión que ella le
manifestaba, pues fijaba en él más ahincadamente sus
hermosos ojos, esperando reconocer la hermandad en su
fisonomía.
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Los trabajos e
incomodidades de su larga y penosa navegación ocuparon sus
discursos antes y después de sentados a la mesa. Con este
motivo, como Eusebio insinuase el motivo de su viaje, que era el
pleito que tenía con su tío don Gerónimo, hizo
venir a don Felipe en conocimiento de su persona, exclamando al
reconocerlo:
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DON
FELIPE.- ¿Cómo? ¿Vmd. es don
Eusebio M...?
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EUSEBIO.- Para servir a vmd.
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DON
FELIPE.- ¡Cómo sabré explicar la
complacencia que tengo con este feliz encuentro! ¡Cómo
pudiera yo esperar esta fortuna! Lo es ciertamente para mí
el reconocer accidentalmente a un caballero de las prendas de vmd.
En S... no se habla de otro; y veo ahora que todos hacen justicia
al mérito de vmd., acreedor a toda estimación y
aprecio.
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EUSEBIO.- Cuando es la bondad la que juzga,
siempre se sale con buen despacho.
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DON
FELIPE.- Cuando mi ingenuidad llevase visos de
adulación, la voz general la desmintiera: nada quiero que
deba vmd. a mis sinceras expresiones. Antes bien, para no ofender a
su modestia, torceré la conversación a una noticia
que vmd. seguramente ignora, si es así, que acaba de llegar
de la América.
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EUSEBIO.- ¿Qué noticia es
ésa?
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DON
FELIPE.- Encontrará vmd. intendente en S... a
su tío don Gerónimo; hace un mes que se le
confirió este empleo.
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EUSEBIO.- A la verdad es noticia que debiera
interesarme.
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LEOCADIA.- ¿Vmd. es de S..., señor
don Felipe?
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DON
FELIPE.- Para lo que vmd. quisiese mandarme, mi
señora doña Leocadia.
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LEOCADIA.- ¿Tiene vmd. la fortuna de que
le vivan sus padres?
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DON
FELIPE.- Mi madre hace dos años que
murió; mi padre vive todavía aunque muy
accidentado.
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LEOCADIA.- Parecerán tal vez a vmd. algo
impertinentes estas preguntas; perdone vmd. la curiosidad, pues la
desgracia que padecen mis padres de haber perdido un hijo que
tenían, me hace parecer indiscreta, representándoseme
ese perdido hermano en todas las personas en quienes veo que
concurren algunas circunstancias que pudieran convenir al
perdido.
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DON
FELIPE.- ¿Tengo la fortuna que alguna de ellas
concurra en mi exterior?
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LEOCADIA.- La edad, a lo menos, que vmd.
manifiesta, pudiera ser la suya.
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DON
FELIPE.- ¿Cómo lo perdieron los padres
de vmd.?
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LEOCADIA.- Se lo robaron al ama que lo criaba en
su casa.
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DON
FELIPE.- Un hurto muy extraño es ése; no
lo oí jamás igual.
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EUSEBIO.- No lo extrañe vmd.
Hallándome yo en Londres sucedió otro semejante. Y en
Francia oí otro sucedido en la ciudad de Dijon a un
caballero principal que algunos años después de
casado, habiendo logrado tener un hijo que deseaba mucho, quiso
desahogar su excesivo gozo enviando a bautizar al tierno infante
adornado de muchas y preciosas joyas. De vuelta a casa, al tiempo
que entraba en ella la comadre con el niño acompañada
de otras dos mujeres, se le presenta un caballero, tal a lo menos
lo parecía en su rico traje, el cual, tomando al niño
en brazos para besarlo y teniéndolo ya en ellos,
hacíale mil caricias y le decía mil tiernas
expresiones, como si fuera cercano pariente o íntimo amigo
de la casa. Acabó de confirmar en esta opinión a la
comadre el mismo caballero que apretó escalera arriba con el
niño en los brazos.
Con esta lisonja,
la comadre, que era mujer algo gorda, no se dio gran priesa ni pena
en llegar arriba, donde el padre esperaba con mil ansias a su hijo
bautizado. Mas viendo a la comadre que llegaba sin él, le
pregunta maravillado por el niño. Ella, mucho más
maravillada, le dice que un caballero se lo había sacado de
los brazos y se había subido con él. Buscan al
caballero, preguntan por el caballero, el caballero no comparece,
ninguno había visto tal caballero. La casa tenía dos
puertas; no tardaron en conocer con llanto y desesperación
que el caballero que tomó al niño en la puerta
principal se había salido con el hurto por el postigo.
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DON
FELIPE.- ¡Chistoso caso, si no lo
acompañase el delito! ¿Pero los padres de vmd., mi
señora doña Leocadia, no tuvieron a lo menos
algún indicio del hurto de su hijo?
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LEOCADIA.- Solas sospechas que se lo robaron a
la mujer que lo criaba unos gitanos.
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DON
FELIPE.- ¿Hace mucho tiempo?
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LEOCADIA.- Habrá como unos
veintidós años.
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DON
FELIPE.- ¡Eh! La edad, ni más ni menos,
me conviniera, pero como dije a vmd., tengo vivo a mi padre, aunque
viejo y enfermo de dos meses a esta parte, y temo mucho de su vida.
Alcanzo a lo menos la fortuna de parecer hermano de vmd. aunque no
sea sino en la edad.
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LEOCADIA.- Fortuna hubiera sido la mía de
poder reconocer a mi perdido hermano en un caballero de las prendas
de vmd.
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DON
FELIPE.- Lo poco que soy y valgo queda enteramente
consagrado al servicio de vmd., mi señora doña
Leocadia; mi mayor fortuna fuera que vmd. se dignase mandarme y
emplearme como a hermano, que entrañablemente la amara si lo
fuera.
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Esta
expresión, acompañada de una mirada ardiente que le
dio a hurto de Eusebio, en vez de dar que sospechar a Leocadia la
pasión que quería manifestarle don Felipe, le
avivó la idea de la hermandad, pareciéndole que
aquella mirada era expresión de la naturaleza que hablaba
con él, sin que lo conociese como hablaba en ella la tierna
propensión, que no podían destruir en su
opinión las noticias que don Felipe le acababa de dar sobre
sus padres. Pero el quedar convencido Eusebio de lo contrario, le
hizo mudar conversación, haciendo a don Felipe algunas
preguntas sobre sus antiguos amigos y conocidos, y especialmente
sobre su íntimo amigo don Eugenio de Arq...
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Satisfizo don
Felipe a las preguntas de Eusebio. Habiendo gastado sobremesa el
tiempo en estos discursos, llegó la hora del paseo; se
ofreció don Felipe a acompañarlos, para hacerles ver
algunas cosas notables de la ciudad. Eusebio aceptó con
agradecimiento la oferta de don Felipe, que reía
interiormente de la especie de la hermandad, la cual le
había servido de medio para llegar a cortejar a Leocadia,
como lo hizo toda aquella tarde, en que buscaba de continuo todas
las ocasiones en que podía merecerle con pasión los
ojos y manifestarle el amor ardiente que lo devoraba.
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Llegó a
conocer entonces Leocadia que aquellos ademanes no procedían
de puro amor fraterno, mas la tenaz lisonja a que se había
apoderado de su corazón y la pureza de su ternura para con
él, amortecían a los recelos y temores que le daban
los ademanes y miradas de don Felipe; hasta que, llegados de vuelta
al mesón, al tiempo que los dos subían la escalera,
por haber quedado Eusebio en el zaguán dando algunos
órdenes a Taydor, no temiendo don Felipe ser interrumpido,
se atrevió a declarar abiertamente su pasión a
Leocadia, apretándole la mano y diciéndole:
¡Muero por vos, doña Leocadia! ¡Qué
divinas gracias! ¡Qué hermosura tan sublime!
¡Cuán dichoso don Eusebio en poseeros!
¡Cuánto más feliz fuera yo de ser vuestro a...
que vuestro hermano!
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Leocadia, que no
había conocido hasta entonces el trato y que, criada en la
severidad de la modestia, no había oído jamás
tales soliloquios, aunque se turbó no poco de aquella
declaración, tuvo bastante presencia de ánimo y
esfuerzo para retirar la mano que don Felipe quería besarle,
y la retira con airado rubor, diciéndole: No creo haber dado
motivo a vmd. para tal libertad; si vmd. no se reporta, me lo
dará para negarme enteramente a su compañía.
Una puñalada hubiera sido menos sensible en aquel lance a
don Felipe, que la severa expresión de Leocadia y el tono
resuelto con que la dijo, pasándole de parte a parte el
corazón, dejándole cubierto de confusión y
vergüenza.
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Aunque
quedó extático, turbado y oprimido de aquel fiero
reproche, sugirióle, sin embargo, en el mismo punto su
ardiente amor desagraviar la ofendida deidad con el
arrepentimiento, con que se prometía la victoria de aquella
arrogante hermosura. Sobre la marcha, póstrale una rodilla,
y en afectuoso ademán, le dice: Perdone vmd. el indiscreto
transporte de una pasión... Leocadia, temiendo dar que
sentir a su amado Eusebio si sorprendía a don Felipe en
aquella postura, lo deja con la expresión en los labios y
sube apresuradamente la escalera, después que le dijo con
despego: No me toca a mí sola perdonar una
indiscreción que no redunda sólo en ofensa
mía.
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El amor no se
desengaña fácilmente. Don Felipe, en vez de desistir
de su intento, al contrario, apresura el paso diciéndole:
¡Ah, doña Leocadia! Si supiera vmd. la vehemencia de
la pasión que me abrasa, compadecería a lo menos una
declaración que, aunque atrevida e indiscreta, no llega a
igualar el incendio de donde nace. ¡Cielos! ¿Es por
ventura la naturaleza la que quiere darme a entender con una
inclinación tan violenta y tan fuerte que soy su hermano? La
naturaleza, responde de soslayo Leocadia, tuviera otro lenguaje
más honesto y reportado, si quisiera manifestar lo que
desmiente el proceder de vmd., y lo que tal vez hubiera yo
creído, si no me acabara de desengañar enteramente de
lo contrario.
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Las pisadas de
Eusebio, que subía la escalera, cortaron el discurso y
pusieron en embarazo a Leocadia y a don Felipe, que no
sabían qué aire tomar para disimularlo. Don Felipe
cayó entonces en la puerilidad de suplicar con ahínco
sumiso a Leocadia que nada dijese a su marido de lo pasado.
Leocadia, a quien la presencia de ánimo que adquiere su sexo
en tales lances, dejaba más despejada a su inocencia, sin
mostrar dar oído a los ruegos de don Felipe, lo dejó
más humillado y confuso, poniéndose a hablar con
Eusebio desde el alto descanso de la escalera, mientras él
todavía la subía.
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Debió tomar
entonces el avergonzado don Felipe el partido de despedirse de
entrambos para retirarse, como lo hizo, con bastante desenvoltura
para que Eusebio no pudiese sospechar cosa alguna del lance, aunque
con harto encogimiento a los ojos de Leocadia, a quien no pudo
decir lo que quisiera su alma resentida y amargada, yéndose
a desahogar en secreto el rabioso tumulto de encontrados
sentimientos que excitó en su ánimo el decoro y noble
despego con que lo saludó y con que lo dejó ir
Leocadia.
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Eusebio
retiróse con ella a su cuarto para despachar el correo,
queriendo avisar de su llegada al agente que tenía en S... y
al lord Harrington, que se hallaba todavía embajador en
Madrid, con quien se carteaba y cuya mediación deseaba
oponer a la nueva dignidad y poder de su tío don
Gerónimo que se hallaba intendente, según se lo
había participado don Felipe. Leocadia, para no estar ociosa
mientras Eusebio escribía, tomó uno de los tomitos de
Plutarco, traducido en inglés, que traía consigo. Mas
su alma se hallaba demasiado alterada y distraída de la
declaración de don Felipe, para que pudiese fijar su
atención en la lectura. Representábasele con
importunidad la imagen de don Felipe, la postura sumisa en que le
pidió perdón y el encargo de que no descubriese su
atrevimiento.
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Esto
empeñó más que ninguna otra cosa sus
pensamientos y reflexiones, consultando con el amor que
tenía a Eusebio, y con la virtud, si debía
descubrirlo o callarlo. La costumbre que tenía de declarar a
Eusebio sus más íntimos sentimientos, le aconsejaba a
que lo descubriese, lisonjeándose que nada tendría
que sentir don Felipe por parte de Eusebio, atendida su singular
prudencia y moderación, aunque le hiciese esta confianza,
que también le serviría esta confesión de
mayor defensa de su recato. Mas la discreción le
sugería, por otra parte, que sólo iba a dar sin
necesidad un disgusto a Eusebio, o cuando no, le suscitaría
los celos que no conocía, sin necesitar a más de esto
de defensa su honestidad, no sintiendo ningún asomo de
pasión por don Felipe; y mirando con horror la que le
había declarado el mismo como delito incestuoso a las
sospechas de su hermandad.
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Volvió a
fijar en ésta sus pensamientos y reflexiones,
ocurriéndole que si don Felipe fuese de hecho hermano suyo,
debía ser el primero a ignorarlo, como robado niño,
según hubiesen sido los fines y el motivo que indujeron a
robarlo a quien lo robó. Esta viva ocurrencia
encendió de nuevo la ternura y compasión de Leocadia
para con el sumiso y arrepentido don Felipe, persuadida que lo
había humillado bastante para que no se atreviese a
molestarla más. Resolvió pues guardar el secreto,
dejando de hacer a Eusebio una confesión sólo
imprudente en sí y nada provechosa para el mismo.
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Sosegaron estas
razones a los escrúpulos de la tierna y dulce confianza que
hasta entonces había siempre hecho Leocadia a su marido, y
que éste le hacía, descubriéndose mutuamente
sus más íntimos afectos y sentimientos, en fuerza del
pacto que asentaron al principio de su casamiento, de descubrirse
sus defectos para corregirlos, pues así evitarían
todo motivo de disgusto. Pero cabalmente el haber dejado de hacer
Leocadia aquella confianza a Eusebio, fue la causa de todos los
trabajos y desgracias que probaron y de la perdición del
mismo don Felipe; pues si Eusebio hubiese sabido su declarada
pasión, tenía virtud y consejo bastante para evitar
el mal, cortándolo en sus principios. ¿Mas
quién no hubiera aprobado la discreta determinación
de Leocadia? ¿El humano consejo puede precaver por ventura
todas las extravagantes consecuencias que pueden engañar a
su elección? ¿La suerte, a más de esto, no
llega a cegar tal vez a la vista más penetrante de la
prudencia?
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Mientras Leocadia
luchaba con sus dudosos sentimientos para decidirse en favor de don
Felipe, éste, por el contrario, provocado de la
indignación que sentía su amor desatendido, ensayaba
en su fantasía mil remedios para vengarse, no de otra manera
que disfrutando aquella misma hermosura, si no de grado, con la
violencia. Esta fue la última resolución de su
despechado amor, reservándose por último expediente
la fuerza, en caso que Leocadia no quisiese rendirse a sus amorosas
solicitaciones. Mas antes de llegar a ponerlas en ejecución,
veía que era necesario tener aplacada su modestia, en la
cual le hacía entrever su loca pasión algunos asomos
de rendimiento, pues no podía dudar de la propensión
que ella le había siempre manifestado, aunque sí era
inocente. ¿Mas cómo dar a entender esta inocencia a
un mozo enamorado y presumido?
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El extravío
de su encendida imaginación fue tal, que llegó a
sospechar si Leocadia se valía de la pérdida de su
hermano de solo pretexto para darle a entender su afición,
sin que pudiese penetrar su marido las intenciones que llevaba.
Pensó, a más de esto, que la indignada modestia con
que Leocadia desechó su declaración en la escalera,
no era más que quererle dar a entender que negaba a su
imprudencia atrevida en aquel lugar y circunstancias, lo que en
otro lugar y ocasión más oportuna hubiera concedido a
su discreción y porfía.
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Fundaba don Felipe
estas lisonjas en la opinión que se forman del sexo en
general los mozos disolutos, recibiéndola en parte de las
libres conversaciones con que entre sí fomentan su
deshonestidad y sus necias presunciones. Entró por lo mismo
más engañado en la fatal liza, pasando toda la noche
en buscar medios para llegar a conseguir su intento. Para ello,
resolvió emplear los días que se detendrían en
Cádiz en ganarse el ánimo de Leocadia con
demostraciones de arrepentimiento, y el de Eusebio con mayores
atenciones y servicios para internarse más en su confianza.
Reservó para S... todas las tentativas como lugar más
seguro, en donde tendría más fácilmente
días y horas a su satisfacción para salir con ello.
Bien es verdad, que la tierna y afectuosa intimidad con que
veía que se trataban Eusebio y Leocadia, echaban a tierra
todos los castillos de sus locas esperanzas, pero eran más
poderosos los incentivos de su pasión, que los
volvían a poner en pie y que le sugirieron el medio de ir
con ellos a S... pues si llegaba a conseguir esto, se
persuadía que tendría lo demás en la mano.
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|
El asunto para el
cual había sido enviado a Cádiz por razón de
su empleo, estaba concluido en aquella ciudad; con esto
resolvió informarse del mismo Eusebio del día de su
partida, para ofrecerle el coche de cuatro asientos en que
había venido de S... y en que podían ir
cómodamente todos, amos y criados, y que, siendo de
alquiler, pagaría cada cual a proporción la parte que
le tocaba. Aceptó Eusebio de buena gana la
proposición de don Felipe, mucho más viendo la
desenvoltura y franqueza con que le quitaba don Felipe el tropiezo
y embarazo que pudiera hallar la especie del coste del carruaje,
yendo en compañía.
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|
Era falso que don
Felipe hubiese venido en el coche que decía. Lo
fingió a fin de quitar a Eusebio todo motivo de excusa y de
ir en su compañía, como ardientemente lo deseaba;
pues aun después que aceptó Eusebio su oferta, hubo
de correr y sudar don Felipe para encontrar coche de cuatro
asientos, consiguiéndolo solamente a costa de mil afanes y
empeños. Una pequeña calentura sobrevenida a
Leocadia, hizo diferir dos días el viaje y dio motivo a la
violenta pasión de don Felipe, para que, rompiendo todo
freno, tentase aprovecharse de la ocasión que le presentaba
la indisposición de Leocadia para poner en ejecución
sus deshonestos intentos, pues esperaba de sorprenderla sola en su
cuarto.
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Esto supuesto, le
representaba hecho todo lo demás la máxima que
llevaba de que ninguna mujer resistía a la violencia; pues
aun la misma Lucrecia quiso comprar con la muerte el título
de casta, después que se dejó violar de Tarquino.
Decíase a sí mismo que no había de temer igual
catástrofe en Leocadia, mucho menos después que le
había manifestado la misma tan grande propensión y
afecto, y confirmándoselo con la expresión que le
dijo de que sería dichosa si llegase a reconocer a su
hermano en un caballero de sus prendas.
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Lleno de estos
desvanecidos pensamientos, iba y venía por el mesón
indagando y espiando la hora y ocasión de sorprender sola a
Leocadia, sintiendo entre sí que ésta tuviese siempre
en su compañía a su camarera Clarise. Mas
viéndola casualmente salir del cuarto, en tiempo en que
ignoraba si Eusebio estaba en el mesón, corre a informarse
sobre ello de Taydor. Asegurado por éste que Eusebio no
volvería hasta el anochecer, apresura con tanta mayor
animosidad la ejecución de su arrojo. Dos veces lo contuvo
el temor y respeto; otras tantas atropelló con todo reparo
su palpitante concupiscencia y llega a la puerta, que halló
cerrada.
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No oyendo chistar,
levanta con la mano resoluta el picaporte, y entra aguijoneado de
su pasión atrevida. Mas la inesperada vista de Clarise hiela
su atrevimiento, y lo enajena, quedando allí sin saber
qué hacerse ni qué decirse. Saltóle luego a
los ojos la impertinente descortesía de entrar en el
aposento de una mujer indispuesta, sin avisar antes ni pasar
recado. Esta ocurrencia le sugirió el expediente de llamar
con señas de la mano y cabeza a Clarise, para informarse de
la salud de su ama. Oída la respuesta de Clarise, de quien
se hubiera deshecho su burlada pasión a puñaladas, se
sale mordiéndose los puños y jurando no desistir de
su intento hasta conseguirlo, aunque debiese costarle la vida.
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La honesta
Leocadia, prevenida de la pasión de don Felipe y de las
circunstancias del mesón, había dado orden a Clarise
de estar siempre en su cuarto y de no dejarla sola. La vio bien
sí salir don Felipe del cuarto, pero fue sólo para ir
al cuarto inmediato donde ella dormía y donde tenían
sus trastos, volviendo inmediatamente al cuarto de su ama, mientras
fue don Felipe a informarse de Taydor de la salida de Eusebio.
Así quedó burlada su pasión, pero más
irritada por lo mismo, cobrando, como suele el ciego amor, mayores
fuerzas de los obstáculos que se cruzan a sus ardientes
designios.
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|
Se
lisonjeó, sin embargo, que ni el ama ni la criada hubiesen
penetrado sus intenciones, atendido el expediente de llamar a
Clarise para informarse de la salud de Leocadia. Volvió con
esto a seguir el sistema de esperar ocasión segura en S... y
a fomentar con mayores veras la especie de la hermandad, aunque se
reía de ella, haciéndola sólo servir de medio
para ganarse más la confianza de los que la habían
suscitado. A este fin se le antojó escribir una carta a su
padre, con la sola mira de hacérsela leer a Eusebio y a
Leocadia. Decía en ella el encuentro que se le
proporcionó en Cádiz de unos señores
españoles que venían de la América, y que lo
habían tomado por un hijo que robaron a don Alonso V...
atendida la semejanza que notaban en él con la
señora, que lo creía su perdido hermano.
|
|
Añadía en la carta las circunstancias del robo, pues
nada perdía en escribirlas, haciéndolo por mero
trampantojo de su pasión y esperando divertir a su padre con
la especie extravagante, con que esperaba por otra parte ganarse
más los ánimos de Eusebio y de Leocadia. Loco de gozo
con esta ocurrencia, puesta ya en ejecución, va a verse con
ellos, y les dice que no había podido dormir en toda aquella
noche con el fantasma de la hermandad que se le había
presentado en sueños, pareciendo que le dijese que no
tenía que dudar que Leocadia fuese hermana suya; que si
quería certificarse de ello, que escribiese a su padre y lo
sabría.
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|
Que en fuerza de
esto, no pudiendo tomar sueño ni descansar, se había
levantado para escribir la carta que venía a leerles. No
necesitó de más Leocadia, que se hallaba algo
recobrada de su indisposición, para abrir de nuevo todo su
corazón a las sospechas de la hermandad de don Felipe; y
hubo de contener la ternura de su propensión para no
manifestársela, como hasta entonces se la había
manifestado a fin de no darle ocasión de nuevo arrojo,
puesto que le había descubierto su apasionado amor. No
dejó de hacer también alguna impresión en el
ánimo de Eusebio el fingido sueño de don Felipe,
creyéndolo verdadero; pues don Felipe para hacerlo parecer
tal, cerró la carta en presencia de Eusebio y de Leocadia, y
la entregó a Taydor, que se hallaba allí, para que se
la diese a su criado y la llevase al correo.
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|
Mientras esta
funesta carta se encaminaba a su destino para apresurar la muerte
al padre a quien iba dirigida, y un fin desastrado y aciago a quien
la escribió, disponíase éste a seguirla en
compañía de Eusebio y de Leocadia, cuya salud
restablecida le permitía ponerse en viaje.
Emprendiéronlo finalmente en el coche encontrado por don
Felipe, lleno de júbilo éste por el éxito
feliz de su artificio, al verse sentado en la testera que quiso
tomar con porfía, para no dejar nada que pudiese molestar la
confianza de Eusebio, a quien comenzaba a llamar cuñado, en
consecuencia del sueño, como llamaba hermana a Leocadia,
sirviéndose de estos términos para ablandar
más su ánimo y rendirla más
fácilmente.
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|
Entretanto, el
veneno del amor iba cundiendo en su corazón con la continua
vista y trato de Leocadia en el viaje, y acabó de poner en
incendio su pasión la mañana antes de llegar a S...
con el motivo de entrar en el cuarto de Leocadia mientras
ésta se vestía, sorprendiéndola sin el velo,
que tenía Clarise en las manos, de modo que pudo devorar con
los ojos los incentivos de su terso y honesto pecho, que hasta
entonces había quedado oculto a las ansias de su curiosa
vista.
|
|
Sintió
sobremanera Leocadia aquella sorpresa del atrevido don Felipe; el
cual, no pudiendo disimular a tal vista la violencia de la llama
que enfrenó la presencia de Clarise, se valió como
toro agarrochado, dándose una palmada en la frente, y
diciendo: ¡Oh divina Leocadia! Desde entonces no
amaneció más día alegre para él.
Perdió enteramente su acostumbrada jovialidad, el
sombrío ceño de la tristeza cargó su
semblante, ni alzaba los ojos sino para vibrar el fuego de la
desesperación, que le avivaban las mismas atenciones que
Eusebio usaba con él para consolarlo, atendida aquella
repentina y notable mudanza.
|
|
Llegó a
sospechar Eusebio que la llegada a S... le diese motivo para ello;
mas sin atreverse a indagar, ni a preguntarle la causa, le
manifestó sólo su generosa compasión,
ofreciéndole su persona y bienes, y lo hizo dueño de
su casa, añadiéndole que le daría motivo de
complacerse si quería servirse de sus ofertas. Éstas,
que un día antes hubieran sacado de quicio su corazón
por verse allanar el camino a sus traidores intenciones, ahora
sólo agravaban su tristeza, mucho más viendo la
modesta seriedad y silencio de Leocadia, efectos del sentimiento
que le había causado su osadía; pues echaba de ver
que le sería necesario recurrir a la violencia para
conseguir lo que deseaba: triste y ruin expediente de la
pasión furiosa que por ella sentía.
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Los nuevos
agasajos y ofertas que le hizo Eusebio luego que llegaron a S... no
pudieron entibiar su jurada resolución, sirviéndole
de medio para cumplirla los ruegos que le hizo Eusebio en la
despedida, para que lo avisase cuanto antes de la respuesta de su
padre a la carta que le escribió sobre la hermandad.
Prometióselo el tétrico don Felipe, bien ajeno de
creer y aun de pensar el funesto efecto que había producido
en su padre aquella carta, pues le agravó el mal de modo que
lo halló moribundo. Conservaba sin embargo bastante
conocimiento para hacer a su hijo algunas preguntas consternadas
(luego que se le presentó en la cama) sobre los forasteros
que habían llegado de la América.
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|
Conoció por
ellas don Felipe que su padre se hallaba en gran agitación
sobre aquel accidente y, aunque no le dio la más
mínima luz sobre su nacimiento, infundióle hartos
recelos y sospechas que conmovieron su fantasía, de modo que
procuraba alejar de sí las ideas de la hermandad con
Leocadia, a fin de que no pudiesen poner nuevo estorbo en su
conciencia a la resolución de violentarla, si de otro modo
no podía dejar satisfecha su ciega pasión.
Así, la idea del incesto, que debía servir de motivo
para llenarlo de horror, sirvió sólo para irritar
mucho más su amor ardiente y para apresurar su delito.
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|
Entretanto,
Eusebio y Leocadia, llegados a su casa, se complacieron sumamente
de verla llena de sus antiguos amigos y conocidos que lo esperaban,
en fuerza de la voz de su llegada que esparció su agente.
Admiraban todos las afables gracias y hermosura de Leocadia, no
menos que la discreción y modesta viveza que la condecoraba.
Complacióse sobre todos don Eugenio de Arq... su más
íntimo amigo, que como tal le dio las más tiernas
demostraciones de su alborozo. Esparcióse luego por toda la
ciudad la llegada de Eusebio, atrayendo la memoria de su generosa
beneficencia los ánimos reconocidos que la experimentaron;
los unos para agradecerle y contarle la fortuna que habían
hecho con los medios y socorros que les dio, los otros para
implorar su humanidad sabiendo que no serían desechados.
|
|
Entre éstos
fue uno el cura de la parroquia en que Eusebio vivía,
representándosele la falta que había hecho su
presencia a muchos infelices que se hallaban en suma miseria, por
no tener quien los socorriese. Aunque Eusebio no se negó a
su representación, dándole un generoso socorro, le
dijo sin embargo que ya no podía ser tan liberal como lo
había sido antes, cuando no tenía familia que
mantener, ni tantos temores de perder su herencia como ahora
tenía, debiendo ir con tiento en prodigar la hacienda que
todavía no podía llamar suya, pues dependía de
la voluntad, aunque generosa, de aquel que lo había
prohijado.
|
|
Reía por
otra parte en secreto la malignidad de sus enemigos, resarciendo
con ufano júbilo por su llegada el sentimiento que tuvieron
por su partida repentina, la cual rompió por entonces la
trama que urdían para acusarlo por el impío
sacrificio que celebraba a las musas en su casa. Reían por
lo mismo ahora con mayor satisfacción, viéndolo
caído como pez incauto en la red que le tenían
tendida. Su tío don Gerónimo, desde su luminoso
asiento de intendente, atizaba mucho más el fuego de los
ánimos de aquellos que se ofrecieron a acusarlo, teniendo
por seguro que de este modo se decidiría el pleito sin
apelación.
|
|
Eusebio
comenzó a dar sobre éste sus primeros pasos, sin
afanarse ni inquietarse por ganarlo ni por perderlo, persuadido que
dejaría hartos bienes a su hijo, si le dejaba la virtud por
herencia y un honesto oficio, en caso que la suerte le arrebatase
la paterna herencia, como lo iba disponiendo en secreto, sin que
él lo sospechase, con la desgracia que había de
descargar sobre su cabeza y sobre la inocente Leocadia,
sirviéndose de la violenta pasión de don Felipe para
apresurarla, aunque por este mismo medio lo libró del golpe
más funesto y terrible que le estaban amagando los que
querían acusarlo al tribunal, contentándose su
tío don Gerónimo de tener prenda segura para alzarse
con la herencia, a que sólo aspiraba, como la tuvo por medio
del desventurado don Felipe.
|
|
Estimulado
éste de las sospechas que le habían infundido las
preguntas y la consternación de su padre, se esforzaba en
sofocarlas y en creer imposible su hermandad con Leocadia, a quien
fue inmediatamente a visitar con intención de tomar el
tiento a la casa, y a los caminos y medios de que debía
valerse para asegurar la violencia que estaba resuelto usar con
ella; pues tenía ya sobradas pruebas de la virtud de
Leocadia para esperar que se rindiese a sus solicitaciones.
|
|
Quedaba
todavía impreso en el ánimo de Leocadia el
resentimiento contra don Felipe por haberla sorprendido en el
cuarto del mesón la mañana antes que llegasen a S...
Lo disimuló sin embargo, atendidas las instancias que le
hizo Eusebio para que lo avisase de la respuesta que le
daría su padre sobre la hermandad. Sobre la misma
recayó la pregunta que le hizo Leocadia luego que le vio
comparecer en su casa. Mas como era ya inútil a las miras de
su pasión resoluta fomentar le la credulidad de tal especie,
la desmintió del todo don Felipe para que Leocadia perdiese
el horror que pudiera darle la idea del incesto y se rindiese
más fácilmente a sus primeras instancias y
amenazas.
|
|
Respondióle, pues, don Felipe, que su padre había
recibido la carta con risa de desprecio y que lo había
enviado a pasear por respuesta. Que así podía
desengañarse enteramente, pues en vez de serle hermano,
pudiera ser su mando, si don Eusebio no estuviera disfrutando esta
felicidad en la posesión de una hermosura, la más
envidiable. Dicho esto, arroja un suspiro y da una fiera mirada a
Leocadia, sin tener valor para pasar adelante, contenido de la
presencia de Clarise, que iba sacando la ropa blanca de un
baúl.
|
|
Leocadia, que
había dejado de ayudar a Clarise para recibir a don Felipe,
después de haber oído la respuesta que le dio su
padre, y perdido con ella y con el tono con que la profirió
don Felipe las esperanzas que le quedaban sobre la pretendida
hermandad, juzgó que debía usar con él
más seria modestia, atendida su manifiesta pasión y
la mirada y suspiro con que acompañó aquel
impenitente requiebro; ni halló mejor medio para cortar tal
discurso que torcer la conversación a la hermosura de la
ciudad y del sitio de la casa. Mas don Felipe, que no vela otra
hermosura que la de Leocadia, le dijo que toda S... con sus
riquezas no valía una sola mirada de las suyas, y que por
ella daría los reinos de la tierra.
|
|
Esta nueva
jaculatoria comenzó a consternar un poco la severa
honestidad de Leocadia, e hízole buscar expediente para dar
a entender a don Felipe que no le competía tal discurso.
Proporcionóselo Clarise que iba a salir del cuarto,
diciéndole que esperase allí. Clarise obedece a
despecho de don Felipe, a quien encendió la rabia el
corazón, viendo que Leocadia manifestaba recatarse de
él con aquella precaución que llevaba visos de
sonrojo. Disimuló no obstante su rencor esperando que se le
proporcionase la ocasión, que no desesperaba de encontrar
con el tiempo.
|
|
Mas no pudiendo
quedar allí por entonces a saborearse la amargura de aquella
ofensa, se levantó para despedirse haciéndose sumo
esfuerzo para disimular su enojo, el cual cobró mayores
fuerzas de la fría modestia con que Leocadia recibió
su pronta despedida, sin hacerle ninguna instancia para que se
quedase y sin mencionarle el corto tiempo que había durado
su visita. Lo excusó él mismo con el achaque de los
muchos negocios que tenía y con el estado de la salud de su
padre; pero de hecho apresuraba su salida para poder poner
más presto en ejecución los furiosos intentos de su
pasión exasperada.
|
|
A este fin,
habiéndose encontrado con Taydor al salir de la estancia de
Leocadia, le rogó le mostrase la casa. Taydor, que
había visto la intimidad con que su amo lo había
tratado en Cádiz y en el viaje, condescendió con sus
ruegos y satisfizo a las preguntas que le hizo, sirviéndose
don Felipe de las respuestas de Taydor y de la vista de la casa
para tomar mejor sus medidas, empleándose después en
atar cabos y modo para ejecutar la maldad que no perdía de
vista.
|
|
Con la
ocasión de hacerle ver Taydor la casa, llevólo
inadvertidamente a la cocina, sobre cuya mesa tenía dos
rollos de tabaco de Virginia que estaba picando. Bien lo
notó don Felipe, mas su alma, llena entonces de los
pensamientos de su pasión y arrojo, no hizo alto en ello, ni
le ocurrió entonces que aquel tabaco podía servirle
de medio para vengarse de Eusebio y de Leocadia, y para perderlos,
como después lo hizo. Sólo llevaba presente por
entonces llegar a sorprender a Leocadia y hacerla fuerza, como
había determinado a cualquier coste. Luego, pues, que tuvo
tramado el modo, esperó ocasión en que Eusebio no
pudiese estar en casa, lo que se le proporcionó presto,
habiéndolo apalabrado sus abogados, y para entonces
resolvió la ejecución de sus designios.
|
|
Prevínose a
este fin de un rejón, más para amedrentar a Leocadia
y para hacerla rendir más presto a sus deseos, que por
intención que llevase de teñirlo bárbaramente
en su sangre. Sólo tenía que vencer el
obstáculo de Clarise y de los criados. Eusebio, a más
de Taydor, había tomado otro luego que llegó a S...
llamado Damián. De éste le ocurrió que
podría desembarazarse fácilmente, untándole la
mano para que fuese a su casa a traerle la caja del tabaco, que
fingiría habérsele olvidado. A Taydor, a quien
sabía que no podía corromper con dones, se le
ofreció darle orden en nombre de su amo para que fuese a
esperarlo a casa del abogado.
|
|
Ningún
medio oportuno le ocurría para librarse del argos de
Clarise, mucho menos no sabiendo él hablar en inglés,
ni ella en español. Resolvió, sin embargo, cerrar
tras sí la puerta del cuarto de Leocadia si la encontraba
sola, o en caso de hallarla con Clarise, hacía cuenta de
llamarla al cuarto que daba sobre el río para hacerla ver
una cosa que no había, y con esto ejecutar en aquel mismo
cuarto sus malvados intentos. La fantasía todo lo facilita.
Parecióle haber allanado con esto todas las dificultades; de
modo que llegada la hora en que sabía que Eusebio
había de ir a verse con el abogado, ya se hallaba él
en la casa de enfrente esperando que saliese Eusebio de la suya
para meterse en ella, como lo ejecutó luego que Eusebio
traspuso la calle.
|
|
Parecía que
su fatal destino le allanase todos los caminos, pues aunque
encontró cerrada la puerta de la escalera, en que no
había pensado, sirvióle este mismo accidente para
salir mejor con sus intentos; porque tocando a ella ligeramente,
fue oído de Damián, que acudió a abrirle. Don
Felipe dícele inmediatamente con gran desenvoltura: Me
encuentro sin la caja y no puedo pasar sin ella; id en dos saltos a
mi casa y traedla, que aquí tenéis para remendar los
zapatos; y le pone en la mano un escudo. Damián, hombre
simple y nuevo, deslumbrado de la plata, va sin detenerse adonde
era enviado y sin sospechar traición en don Felipe, a quien
había visto otra vez en la casa. Así pudo penetrar
don Felipe sin estorbo hasta la estancia de Leocadia sin cuidarse
de Taydor ni de Clarise.
|
|
Leocadia,
enteramente confiada en la cerrada puerta que estaba encomendada a
Damián, sorprendióse sobremanera al ver entrar en su
cuarto a don Felipe. Taydor hacía de cocinero, Clarise
estaba planchando en otro cuarto. Don Felipe, loco y furioso de
amor, viéndose en el ansiado lance sin haber encontrado
estorbo, no teniendo por qué guardar respeto ni conveniencia
alguna en sus intentos, entrado apenas en el cuarto, cierra la
puerta tras sí. Leocadia, que conoció a su aspecto, y
por el atrevimiento descortés de cerrar la puerta, la mala
intención con que llegaba, se levanta y le dice con
encendida modestia: ¿Qué hace vmd. don Felipe? La
puerta ha de estar abierta. Mas don Felipe, sin darle
atención, arrojóse a ella para abrazarla, y lo
consigue.
|
|
Leocadia, cuya
delicadeza era bien inferior en fuerzas a un loco furioso, y
furioso de amor, aunque tentó hacer todos los esfuerzos
posibles para desasirse de él, echó de ver que no era
Orme que quería obligarla al casamiento, sino un furioso
resoluto que quería ultrajarla a cualquier coste; ni
halló otro medio para defenderse de él que gritar con
todas sus fuerzas llamando a Clarise, a Taydor y a Damián.
Mas todavía le resistía oyendo recios golpes y
empujones a la puerta, y la voz del mismo Eusebio que se nombraba y
que llamaba a Taydor a gritos. Leocadia, al conocer la voz de
Eusebio, con tanto mayor ánimo y consuelo gritaba,
implorando contra la violencia de don Felipe. Viose éste
entonces perdido; ni sabía qué partido tomar en
aquellas terribles circunstancias, semejante a un tigre que,
asentadas apenas sus garras sobre la presa palpitante, se ve
acometido de repente del animoso montero, y queda en la furiosa
incertidumbre de acometer al uno o despedazar al otro.
|
|
Ahora lo incitaba
la rabia y el enojo a vengarse de Leocadia por haberle resistido y
descubierto con sus gritos, ahora quería implorarla, movido
del temor, mostrándosele arrepentido. Mientras lucha con
estos sentimientos, continuando a gemir y a gritar Leocadia, crecen
los golpes a la puerta como si quisiesen derribarla. El temor de
perder la vida sugirió entonces a don Felipe armarse del
rejón que había arrojado y deja libre a Leocadia para
ir a tomarlo mientras Taydor, dejándose de golpes, impele de
corrida la puerta con todas sus fuerzas y la abre.
|
|
Don Felipe quiere
entonces abrirse el paso con el rejón en la mano, mas viendo
a Taydor con la cuchilla de la cocina, que fue la primer arma que
le pusieron en las manos las voces e instancias de su amo, se
acobarda y se acoge a Leocadia, poniéndose de rodillas tras
de ella a fin de evitar el golpe que Taydor le amenazaba. Eusebio,
viendo que don Felipe había arrojado el cuchillo, detiene el
brazo a Taydor diciéndole: No ofendas a un desarmado que
implora piedad; tente, Taydor. Don Felipe, penetrado de las
palabras de Eusebio, le dirigió la palabra diciendo: Perdone
vmd. señor don Eusebio, un loco y temerario arrojo a que
sólo pudo inducirme Satanás.
|
|
Eusebio,
después de haberlo mirado un instante en silencio pensando
lo que le diría, haciéndose un heroico esfuerzo de
moderación, le dijo: Vaya vmd. con Dios, don Felipe; queda
todo perdonado. Fuera de aquí no se sabrá un hecho
que desde ahora quedará sepultado en un eterno silencio y
olvido. Don Felipe, asegurado de la noble entereza con que Eusebio
le prometía seguridad, se levanta exclamando:
¿Cómo pude cometer tal maldad? Cegóme una
furiosa pasión que detesto; perdone vmd. señor don
Eusebio. Vaya vmd. con Dios, volvió a decirle Eusebio; nadie
le ofenderá. Don Felipe, oprimido de vergüenza y de
confusión, no pudo sufrir más la presencia de
Eusebio, ni el victorioso ademán de tierna confianza con que
Leocadia se había asido de su brazo enjugándose las
lágrimas.
|
|
Haciéndoles
entonces un mudo saludo inclinando la cabeza, se salió del
cuarto. Taydor, que iba detrás para asegurarse de verlo
salir de casa, reparó que iba dándose palmadas en la
frente y haciendo ademanes que manifestaban antes su rabia y
despecho, que arrepentimiento y confusión. Quedando ya solos
Eusebio y Leocadia, se abrazan mutuamente, diciendo Leocadia: No
creía abrazaros más, amado Eusebio; el cielo me ha
protegido.
|
|
EUSEBIO.- Prenda eterna de mi dicha, adorable
Leocadia, vuelvo a poseeros. Sentaos, que tembláis toda.
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LEOCADIA.- ¿Quién hubiera pensado
ni temido cosa semejante?
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EUSEBIO.- Vivimos entre hombres, Leocadia. No
hay cosa que debamos extrañar de ellos; esto es lo que dan
de sí. Agradezcamos a ese desventurado que no os haya
quitado la vida. Hay maldades que merecen ser agradecidas por no
ser llevadas a su colmo. Mas, ¿cómo os
sorprendió?
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LEOCADIA.- No sé decirlo. Le vi
comparecer de repente en mi cuarto sin haber oído tocar a la
puerta y sin haber hecho pasar recado. No sé lo que se hizo
Damián; si éste me hubiera avisado que era don
Felipe, no sé si lo hubiera recibido; tenía motivo
para ello.
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EUSEBIO.- ¿Motivo teníais?
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LEOCADIA.- No hay para qué os le oculte
después de tal escarmiento. Temo haber dado motivo a don
Felipe para ese arrojo, aunque inocentemente. Ahora veo que no
basta recato ni modestia para con los hombres. Una mujer que ama su
decoro conviene que los trate con áspera rusticidad.
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EUSEBIO.- Os compadezco, Leocadia; el lance ha
sido terrible, pero rara vez suceden tales lances. La aspereza y la
rusticidad desdicen de la modestia; por rústica que
queráis manifestaros, no por eso se encubren las gracias del
sexo, que de cualquier modo darán presa a un loco a quien se
le antoje un desatino. ¿Mas no podré saber ese
inocente motivo que habéis insinuado?
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LEOCADIA.- Aunque tarde, servirá mi
confesión para recobrar la entera confianza que dejé
de haceros, a esto debo referir la causa del arrojo de don Felipe
por no haberos comunicado inmediatamente la declaración que
me hizo de su apasionado amor en el mesón de
Cádiz.
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EUSEBIO.- ¿Ya entonces os hizo esa
declaración? A la verdad el medio de descubrírmela
hubiera sido muy oportuno para impedir el mal; pues sin abusar de
vuestra cariñosa confianza y sin dar a entender a don Felipe
que me la hubieseis hecho, me hubiera sólo servido para
arreglarme con prudencia, excusándome de hacer el viaje en
su compañía. Mas ¿cómo se pueden
prevenir los infinitos lances desgraciados que pueden acontecer en
la tierra? La virtud solamente puede hacerlos llevaderos...
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Clarise, que
entraba a avisar a sus amos de la llegada de Damián de quien
no sabían el paradero, interrumpió su discurso. El
llamado Damián entra con la caja de don Felipe en la mano y
les cuenta el encargo que le hizo de ir por ella a su casa.
Eusebio, sin descomponerse y sin dar a entender a Damián
nada de lo que había pasado con don Felipe, le dio orden
para que fuese a restituirle la caja. Encontró Damián
a don Felipe al tiempo que salía de su casa y se la
entregó. Mas él, habiendo ya sacado mayor rabia y
enojo de la misma magnánima moderación de Eusebio, y
mayor odio y venganza de la entereza de Leocadia, había
resuelto perderlos e iba entonces a ejecutarlo.
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El pavor que le
causó la vista de Taydor con la cuchilla levantada en
ademán de matarlo sin compasión, habíalo hecho
humillar en apariencia para salvar la vida con la sumisión;
pero la soberbia de su corazón echaba chispas interiormente,
viéndose forzado a tal abatimiento y obligado a tragar todas
las heces de la ignominia y vergüenza delante de la majestuosa
presencia de Eusebio, que lo había sorprendido en el cuerpo
del delito cuando lo creía muy de asiento en casa del
abogado.
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Iba de hecho
Eusebio a verse con él; mas, habiendo traspuesto la calle,
se halló menos el dinero que había empaquetado para
entregárselo al abogado, y volvió por él,
pudiendo impedir con este accidente la tragedia que hubiera tal vez
llevado al cabo la furiosa y ciega pasión de don Felipe,
atendida la firme resolución de Leocadia de morir antes que
dejarse deshonrar de aquel loco, el cual convirtió por lo
mismo toda su amorosa afición en más rabioso despecho
y odio implacable; a que, añadiéndose el recelo que
le nació de que Eusebio diese parte a la justicia de su
maldad, resolvió adelantársele por seguro atajo y
acusarlo a la misma justicia, trayéndole a la memoria la
venganza los rollos del tabaco que había visto sobre la mesa
de la cocina la mañana que el inadvertido Taydor,
condescendiendo con sus ruegos, le mostró la casa.
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Sabiendo, pues,
que aquel contrabando bastaba para perderlos a todos, mucho
más hallándose intendente su tío don
Gerónimo, sin descansar en su casa, después que
dejó la de Eusebio y sin respeto por la extremaunción
que había recibido su padre moribundo, aguijoneado del deseo
de la venganza, se apresuró a poner el colmo a su maldad y a
su ignominia, yendo a delatar el contrabando. Mas no alegró
su corazón como esperaba y como se lo prometía la
venganza, a la cual acompaña el arrepentimiento.
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Creció
éste con la inmediata muerte de su padre, a quien vio
expirar poco después de su delación, devorado de
terribles angustias y afanes, esforzándose a decirle,
según parecía querer entre las bascas de la muerte,
lo que ya no podía y lo que había ya declarado en
presencia de testigos, obligándole a ello el confesor.
Aunque quedaba legalizada la declaración del padre y
encargado el mismo confesor de participársela a don Felipe,
que nada sabía y que estaba tan ajeno de saberla, quiso sin
embargo dejar pasar algún día para no agravar tanto
el dolor del que se suponía hijo del mismo, y que como tal
se había vestido del luto que no le competía, pero
que era triste agüero del funesto fin que le esperaba.
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Hízoselo
apresurar la fatal y deplorable prisión de Eusebio y de
Leocadia, los cuales, hallándose en dulce y suave
compañía aquella misma noche leyendo en Plutarco los
hechos y dichos notables de los lacedemonios, se ven comparecer a
Clarise toda despavorida, diciendo en voz baja y titubeando que
entraba la justicia en casa, que los alguaciles habían
prendido a Damián.
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Leocadia se
asusta, Eusebio se sorprende, ni le dio tiempo para reflexionar lo
que pudiera ser. Uno de los ministros principales que,
acompañado de algunos alguaciles, entró en el cuarto,
y dirigiéndole la palabra, le dijo: ¿Es vmd. don
Eusebio M...? A que respondió Eusebio que sí lo era;
hizo la respectiva pregunta a Leocadia, y confirmando que lo era,
dijo el ministro que venía a cumplir con los órdenes
que tenía de parte del rey, que podrían excusarse del
registro que les era mandado, entregándoles toda la cantidad
de tabaco de rapé que tenían.
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Maravillado
Eusebio de tal razonamiento, le respondió que él no
tomaba tabaco de ninguna calidad ni sabía que lo hubiese en
su casa; que si no se fiaban de su dicho, podían hacer el
registro que les era mandado. Nada de hecho sabía Eusebio de
aquel tabaco; Taydor, que lo tomaba y que no sabía pasar sin
él, era el que lo había traído de la
América. Al mismo se lo encontraron los alguaciles; mas como
el orden que traían del intendente era que si encontraban el
tabaco prendiesen a Eusebio y a su mujer, lo ejecutaron
inmediatamente que se apoderaron de los rollos que Taydor no supo
ni tuvo tiempo para ocultarlos. Con esto arrancaron aquellos
inocentes y respetables esposos del seno de sus comodidades y
dichosa libertad, de todos sus bienes y de sus criados, para
llevarlos a una horrible e ignominiosa cárcel.
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Esforzábase
Eusebio en llamar todos sus sentimientos y las máximas de la
virtud en alivio de su inocencia, para llevar con la posible
fortaleza aquella inesperada desgracia, angustiándolo sobre
todo la memoria de su amada Leocadia. Iba ésta deslumbrada
del terror que le había infundido la aparición de los
alguaciles en su casa y fuera de sí, oprimida de la
ignominia y dolor de verse sacar de ella por aquellos armados
corchetes, y llevar entre las tinieblas de la noche como a una
mujer infame a la cárcel, cuya vista acrecentó el
horror y espanto que se apoderaron de su ánimo, en que
agravaron la desolación de su mortal tristeza. Creció
ésta mucho más cuando la dejaron encerrada los
alguaciles en el calabozo sin su amado Eusebio, desamparada de
todos los humanos y asombrada de aquella funesta soledad y
espantosa prisión.
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No pudo contener
entonces el llanto que brotó de sus ojos, llegando casi a
sofocarla los sollozos, cuyo eco acrecentaba el horror de su
situación. Sintiendo que iba a caer desfallecida,
vióse precisada a sacar fuerzas de su abatimiento para ir a
sentarse en un poyo medio desmoronado que descubrió a la
escasa luz de un sucio candil que la dejó el carcelero. No
permitiéndole llegar a él la opresión de la
tristeza y su desfallecimiento, hubo de dejarse caer sentada en el
suelo para no dar consigo en él. Levantando entonces sus
hermosos ojos hacia el cielo, cruzadas las manos sobre el delantal,
lo imploraba en favor de su inocencia, regándole el rostro
las lágrimas que hilo a hilo le caían, diciendo:
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|
¡Oh santa e
inescrutable providencia! ¿En qué pude ofender la
justicia de los hombres para verme conducida y encerrada en este
abismo de desolación y de oprobio? ¿Qué
será de mí, Dios justo? ¿Qué
será de mi amado Eusebio? ¿Es acaso la muerte la que
nos está destinada, o bien nuestra perpetua
separación en este lugar infame y horrible? Mas
¿qué delito, Dios mío, qué
violación de ley pudo hacernos merecer a entrambos este
terrible castigo? ¿Ha de poder tanto la calumnia contra los
derechos de la honestidad, si es ella por ventura la que nos
derribó en esta tenebrosa sima de horrores y de penas?
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|
En tan fiera
incertidumbre de mi estado, de mi inocencia y de mi vida, dadme,
justo Dios, aliento para que pueda resistir al dolor y mortales
angustias que oprimen mi corazón desfallecido;
dádmelo si acaso he de volver a ver y a poseer a mi amado
Eusebio; mas si vuestros inescrutables decretos me condenan a
quedar privada para siempre de este mi mayor bien, que sólo
sustenta a mi esperanza entre los funestos horrores que me cercan,
abreviadme ¡oh Dios omnipotente!, una vida infeliz y
más acerba y horrible que la muerte que imploro.
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|
Interrumpe a esta
plegaria y hace atemorizar de horror a la sollozante Leocadia un
ruido ligero de paja, que no descubrió a primera vista; pero
que, llamando a sus ojos consternados, la hizo advertir en el ruin
jergón que estaba tendido en el suelo, en que vio correr un
grueso ratón que salió de la paja. El temor que la
buena Leocadia había cobrado desde niña a los ratones
era entre otras una de las flaquezas que Eusebio quiso que perdiese
con el estudio de la filosofía moral. En fuerza de este
estudio había ella lidiado con aquel temor,
haciéndola hacer Eusebio reflexiones para vencer a su
imaginación. Habíalo recabado en parte, mas no por
eso dejó de sobresaltarse vivamente en fuerza de aquel ruido
que la advertía de lo que podía ser y de lo que vio
confirmado en el mismo insecto.
|
|
Mas ¿a
dónde huir? ¿Qué criados llamar?
¿Cómo ahuyentarlo? La necesidad lo recaba todo. Por
fuerza o de grado ella hace plegar la frente a todos sus
accidentes. Leocadia, que sin el previo estudio de perfeccionar su
interior hubiera quedado allí yerta de terror al verse
encerrada con aquel animal inmundo, hízose luego con la
reflexión un grande esfuerzo para sobreponerse al miedo,
fortaleciendo su ánimo con los consejos y máximas de
la sabiduría que había oído de Eusebio, cuya
memoria y la de las penas y miseria igual que padecería, fue
llamando poco a poco, y llegó a sacar su ánimo de
aquel yerto enajenamiento que le había causado la vista de
aquel asqueroso animalejo.
|
|
Volvió a
prevalecer entonces el dolor, el llanto y los afectos con que
desahogaba las angustias que oprimían a su corazón
sensible, sin ser ya capaces a distraerla las corridas y chillidos
de otros allegados ratones que entraban y salían impunemente
por el roto y comido jergón. La memoria de Eusebio era la
que tenía ocupada enteramente su alma y sentimientos,
pareciéndole que la repetía las máximas y
consejos que otras veces la había dado, y que le acordaba el
consuelo que había sacado él mismo de la virtud en
otros semejantes lances de oprobio, de miseria y de prisión
en que se había visto.
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Así pasaba
aquella eterna noche sentada en el suelo, llorando amargamente, sin
tener ni fuerzas ni aliento para ir a descansar en aquel nidal de
sucios animales, hasta que la luz del día comenzó a
penetrar por una pequeña reja de aquella mazmorra, disipando
escasamente sus tinieblas, mas no el horror ni la aflicción
mortal en que la virtuosa e inocente Leocadia se hallaba
sumergida.
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|
No era mejor la
situación de Eusebio ni el calabozo en que lo habían
encerrado; pero su ánimo estaba ya amoldado a semejantes
desgracias, y más fortalecido de la virtud. Bien es verdad
que, luego que se vio solo y encerrado, no pudo contener el llanto
que le arrancó la memoria de las angustias y terribles penas
que padecería su amada Leocadia; mas en vez de zozobrar su
sufrimiento, se fortalecía al contrario con las reflexiones
de la mudanza de las cosas humanas, de la malicia de los hombres y
de los males que no podían penetrar en el corazón
donde la virtud los rebate, dando al alma un sublime consuelo que
no creen posible los que no prueban la alta causa de donde
nace.
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|
Quiso, sin
embargo, pensar el motivo que podía tener su prisión.
¿Pero cómo atinar en la causa verdadera, aunque le
ocurriese luego el tabaco, si no sabía nada ni había
tenido la menor parte en aquel fraude? Mas no dudando ya que su
tío don Gerónimo, como intendente que era, se valiese
de aquel contrabando para perderlo, usando con él de todo el
rigor de la ley, recurrió al cielo sólo, asilo de la
virtud, remitiendo a la providencia su causa y la de su amada
Leocadia. Echó de sí todos los tristes pensamientos
que le venían en tropel sobre sus perdidos bienes y
comodidades, sobre Taydor y Clarise, sobre la ignominia que le
había de redundar si no salía inocente de aquella
calumnia. Cansado de imaginar dio consigo sobre el jergón
que allí había también, en que se
tendió con tanto mayor esfuerzo de ánimo, cuanto era
más la repugnancia que vencía en servirse de aquel
asqueroso lecho.
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Almohada no
había; incorporóse en aquel embudo de rastrojos para
quitarse la casaca y hacerla servir de almohada, mas
ocurriéndole que aquello era buscar expediente a la
incomodidad en que quería abatirlo la suerte, vuelve a meter
en la manga el brazo que había sacado y se tiende en el
jergón. Estando así le ocurre de nuevo su Leocadia,
si tendría cama igual, las lágrimas que
derramaría al verse en tan horrible y funesto estado y tan
indigno de sus inocentes costumbres y delicadeza. Ocurrióle
también Henrique Myden, su pequeño Henrique, que
enternecieron de nuevo su corazón sensible,
haciéndose violencia suma para apartar de sí tales
ideas, y en vez de ellas sustituir las reflexiones y consejos de la
virtud, para disponer su ánimo y fortalecerlo contra todos
los funestos efectos que pudiera tener aquella prisión.
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El tratado de la
tranquilidad del sabio, el de la constancia del mismo y el de la
felicidad de la vida de Séneca, que casi sabía de
memoria, le sirvieron de grande confortativo y consuelo en aquella
terrible situación. Añadióse a esto el
descubrir a la escasa luz una imagen del Salvador formada con
lápiz en la pared por alguno de los infelices que
habían habitado antes aquel calabozo. Contribuyó su
vista para que Eusebio comenzase a cotejar su triste estado y el
que le podía esperar con la pobreza, con el oprobio y
tormentos padecidos de aquel divino sol de justicia y de virtud,
ante el cual todos los sabios de la tierra se oscurecían
como pequeños astros, que sólo resplandecieron en las
tinieblas de la ignorancia y del error, que disipó con la
luz de sus divinas máximas y consejos aquel hombre Dios que
se dejó ver a la tierra para ilustrarla y para ser su
Redentor y dechado de las virtudes más sublimes.
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|
Estas memorias y
las de los consejos y ejemplos del Evangelio que Eusebio llamaba a
su memoria, fortalecían y consolaban su ánimo. Mas
como el lecho en que se hallaba era también nidal de
ratones, no lo dejaron éstos descansar largo rato en la
postura que se hallaba tendido, llegando ellos a pasar y repasar
por su cuerpo, de modo que lo obligaron a levantarse para poder
tomar el hilo de sus santas reflexiones, caminando por aquella
mazmorra. Así se le pasó la noche sin poder cerrar
los ojos al sueño. Al otro día, acordándole la
misma soledad que le había quedado el reloj en la
faltriquera, sin poder consultarlo sobre los tristes momentos que
duraba su prisión por no haberle dado cuerda,
resolvió deshacerse también de aquella alhaja
inútil, la sola que le quedaba para no depender de cosa
alguna de la tierra.
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Quiso ejecutar
esta resolución cuando entró el carcelero para darle
un mendrugo de pan prieto y un jarro de agua. Eusebio recibe este
opíparo desayuno diciendo al que se lo entregaba: Veo,
amigo, para qué se me da todo esto y es justo
agradecérselo; tomad este reloj y ajustadlo con el tiempo.
El carcelero le vuelve la espalda sin responderle cosa alguna,
dejándolo en la postura de ofrecerle el reloj.
¡Bueno!, dijo Eusebio, el desinterés es grande, pero
acompañado de la dureza, ¿qué significa? Ello
dirá. Comamos ahora, ¡pues podemos sacar
también algún consuelo de un mendrugo! ¡Ah, si
pudiese yo comunicar mis sentimientos a Leocadia! Mas ella queda
instruida en la virtud y en sus santas máximas, y aunque
joven y delicada, es inocente y tiene corazón capaz y
susceptible de la fortaleza, y luces de la sabiduría para
contrastar con la aflicción y angustias que la acometan.
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|
La misma comida y
con el mismo modo le presentaron a Leocadia. Mas ella, rendida a
las terribles memorias que le renovaba su miserable y espantosa
situación, sin gana, sin aliento para llegar a la boca aquel
infeliz y perruno alimento, persistía sentada en el suelo,
deshaciéndose en llanto, invocando al cielo, a su
providencia y justicia en favor de su inocencia para que la librase
de aquellas mortales penas que padecía, y para que
juntamente sacase de aquel abismo de ignominia y de horror a su
amado Eusebio y les restituyese a su hijo Henrique, a sus bienes
perdidos y a su preciosa libertad. Invocaba por último las
divinas disposiciones para que fortaleciesen su ánimo y le
hiciesen más llevaderas con el santo sufrimiento y paciencia
todas aquellas extremas necesidades y trabajos a que por sus altos
fines la condenaban.
|
|
Entre tanto que
Eusebio y Leocadia pasaban así su lamentable
encarcelamiento, y que se les formaba un injusto proceso, don
Felipe tuvo tiempo para sentir los voraces remordimientos de su
conciencia, al paso que la venganza de su pasión desatendida
y humillada iba perdiendo su primera violencia. Su soberbia,
mortificada con la idea de las miserias y del oprobio a que
había expuesto aquellas víctimas inocentes, dejaba
lugar a la reflexión para considerar su bárbara
acusación y su cruel ingratitud a tantas atenciones y
favores que había recibido de los mismos, y a la
inclinación afectuosa que Leocadia le había
manifestado teniéndolo por hermano; de cuyas tiernas
lisonjas había abusado su ciega y fiera pasión para
violentarla, aun después que su padre moribundo le
había dado motivo para no reputarlas extravagantes.
|
|
La
consternación que se apoderó de su ánimo con
estas reflexiones, llegó al colmo cuando el confesor de su
padre ya difunto, pasados dos días, le descubrió todo
el fatal secreto y con él le dejó ver todo el horror
de las maldades que había cometido. Eran demasiado funestas
y terribles las consecuencias de la declaración del confesor
para que, a pesar del trastorno horrible que le causó,
quisiese o pudiese creer don Felipe que no era hijo del difunto don
Fernando, a quien había tenido siempre por padre, sino de
don Alonso V... que se hallaba en la América, y hermano por
consiguiente de doña Leocadia. Esta consecuencia la sacaba
el mismo don Felipe, pues el confesor nada sabía de dicha
doña Leocadia; aunque don Felipe, oída apenas su
fatal declaración, levantándose furioso del asiento y
caminando sin tino por el cuarto, iba diciendo fuera de sí:
¿Yo hermano de Leocadia? ¿Yo su hermano? ¿Y
este terrible secreto sólo se me había de descubrir
después que con tanta crueldad...?
|
|
No se
atrevió a pasar adelante para no descubrir delante del
confesor lo que iba a decir sobre la violencia usada con su misma
hermana, y sobre la acusación. Mas lo que no declaró
con la lengua lo significó con el rabioso llanto y los
furiosos extremos de desesperación en que prorrumpió,
mesándose los cabellos y llamándose el hombre
más bárbaro y más indigno de la vida. El
confesor, que ignoraba a qué aludiesen aquellas expresiones
y que no esperaba que don Felipe recibiese aquella
declaración con dolor tan furioso, comenzó a quererlo
consolar, diciéndole que se había informado que su
padre verdadero era rico y acomodado, y que al consuelo que
tendría en reconocerlo resarciría el dolor del
putativo que acababa de perder.
|
|
Mas nada de todo
esto era lo que abrasaba y despedazaba las entrañas de don
Felipe, sino su descubierta hermandad y la rabiosa
desesperación que su conocimiento le causaba, y que
impidiéndole dar atención a lo que el confesor le
decía, hacíale prorrumpir en terribles imprecaciones
contra el difunto don Fernando y contra sí mismo,
maldiciendo de su existencia, del día que lo vio nacer, de
su detestable pasión; de modo que llegó a poner miedo
al confesor, creyendo éste que don Felipe se hubiese vuelto
loco, y loco furioso; hasta que, cansado y medio reventado de sus
rabiosas demostraciones y lamentos, se puso a llorar amargamente en
silencio.
|
|
Después de
haber estado así largo rato, pareciendo que se hubiese
sosegado, dijo al confesor que no dudaba de la infausta
declaración que le había hecho pero que
desearía certificarse de ella y de sus circunstancias.
Entrególe entonces el confesor copia de la
declaración hecha por su padre putativo, autenticada en
presencia de testigos y hecha para descargo de su conciencia y para
resarcir de algún modo los daños que hubiera podido
causar a su padre verdadero como también a los herederos de
la renta que había disfrutado hasta entonces sin derecho, y
que fue la que sólo le indujo al robo de don Felipe siendo
niño.
|
|
Era este don
Fernando un caballero de S... y el segundo de tres hermanos que
fueron. En cabeza del hijo varón que, así él
como su tercer hermano tuviesen, fundó dos mayorazgos una
tía suya, con la condición que si cualquiera de ellos
quedase sin hijos o no los tuviese, pasase de contado la herencia
al que los tuviese, queriendo con esto obligar a entrambos a que se
casasen. Habíanse de hecho casado los dos, y ambos
tenían hijos. Pero don Fernando tenía uno solo, y
éste enfermizo, que no daba esperanzas de larga vida, y con
ella quitaba a su padre las del mayorazgo que debía recaer
en los hijos de su hermano, si aquél se le moría.
Para remediar a este inconveniente valióse del pretexto de
enviar su hijo a una de sus haciendas para que recobrase
allí su salud, pero con el fin de poder sustituir otro
niño en caso que aquél llegase a faltarle, sin que
ninguno penetrase el cambio.
|
|
Esperaba valerse
para ello de un niño expósito, mas no siendo
fácil este expediente, iba pensando en encontrar otro, a
tiempo que se le presentó una gitana que solía vender
bujerías por S... La opinión en que estaba que los
gitanos mataban y comían los niños, le sugirió
que aquélla podría encontrarle un niño y quiso
de hecho proponerle la especie, ofreciéndola veinte doblones
si le traía un niño de las circunstancias que
deseaba. La gitana, tentada de la oferta, le trajo de hecho a don
Felipe en fajas, habiéndolo robado al ama que lo criaba en
su casa. La gitana desapareció de S... y el hurto se
publicó luego en la ciudad por el recurso que hizo a la
justicia el padre del robado don Felipe, y por la prisión
que debió padecer el ama que lo criaba por las sospechas de
que lo hubiese muerto.
|
|
A pesar de todos
estos daños y desconcierto, persistió don Fernando en
hacer criar el robado don Felipe en otra hacienda distante de
aquélla donde había fallecido su hijo verdadero. Ya
crecido, le dio estudios y crianza como si fuese hijo suyo, y
últimamente le consiguió el empleo en que se hallaba
y en que todos lo creían hijo de don Fernando viviendo el
mismo don Felipe en esta persuasión hasta la hora fatal en
que se le descubrió el secreto, cuyas circunstancias estaban
menudamente descritas en la declaración de don Fernando que
le entregó el confesor.
|
|
Disipadas
enteramente con ella todas las dudas que ofuscaban la grandeza de
sus delitos, dejáronle ver en claro todo el horror, toda la
fealdad de su incestuosa pasión y de la violencia detestable
que había querido hacer a su propia hermana, y la barbaridad
cometida contra ella y contra su virtuoso marido, acusando el
contrabando para perderles. Acuden entonces de tropel a su exaltada
imaginación todos los trabajos, las penas, las angustias y
la ignominia de los mismos en la prisión, existiendo en su
ánimo la compasiva ternura para con su hermana en aquel
abismo de males en que la había sepultado. Derretíase
en llanto, pedíale perdón poniéndose de
rodillas ante su imagen desfigurada y transida de dolor,
según se la representaba en su fantasía;
besábala sus aherrojados pies y adoraba su recato y
honestidad, a prueba del cuchillo que encaró
bárbaramente a su pecho.
|
|
Tolerando su
ánimo estas ideas, lo despedazaban, obligándolo luego
a revolcarse por el suelo, en que se arañaba el rostro
considerando el mal irremediable y la condenación infame y
funesta que se seguiría a las penas y miserias de la
prisión, así de su hermana como de su respetable
marido, cuya virtud y beneficencia se habían granjeado el
aplauso y estimación de toda la ciudad, que poco antes lo
bendecía y que ahora lo vería condenado y reducido a
la más oprobiosa miseria. Encendido y arrebatado de estas
reflexiones y del violento dolor y arrepentimiento de su maldad,
iba fuera de sí por la casa sintiendo vivos impulsos de
quitarse la vida, prorrumpiendo en vivas blasfemias y maldiciones
contra quien lo robó, contra sí mismo y contra su
abominable pasión, causa principal de todos aquellos
males.
|
|
Sorprendido a
más de esto del temor de que pudiese descubrirse y
publicarse su delito, y asombrado del horror y conclusión
que le cubrirían todos los días de su vida, resuelve
huir de aquella casa que no le pertenecía y salir de la
ciudad para evitar el caer en manos de la justicia, que le
parecía que lo persiguiese, corriendo como loco furioso por
las calles y vagueando sin saber por dónde; hasta que,
conducido de su mala ventura al río, resolvió apagar
en él el incendio y dolor de sus fieros remordimientos y
penas que lo devoraban interiormente. Así, agitado de las
furias, se precipitó en la corriente a vista de algunos que
acudieron en vano a socorrerle, sin haberse visto más su
cadáver.
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Raro antecedentem scelestum |
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Deseruit poena, pede claudo. |
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