Libro quinto
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Grande
había sido la sorpresa y el temor que se apoderó de
toda la ciudad de S... cuando se divulgó en ella la
prisión de Eusebio y de Leocadia. El concepto que Eusebio se
había granjeado por su humanidad y beneficencia,
acrecentó la compasión y dolor por su desgracia luego
que se divulgó también el motivo de los rollos de
tabaco encontrados en su casa; ni jamás la gente hizo
más vivo cotejo de la desproporción de la funesta
pena al delito, aunque suponían que Eusebio había
introducido el tabaco, pues quedó en secreto entre los
ministros de la justicia que era Taydor su criado el que lo
había introducido. Tomó esta precaución su
tío don Gerónimo como intendente, para perder a
Eusebio y condenarlo según la ley a la confiscación
de todos los bienes, creyendo salir así del pleito de un
golpe y ganarlo sin apelación.
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Estaba tan
asegurado de esto, que hizo suspender la delación para el
tribunal contra el sacrificio que solía hacer Eusebio a las
musas con sus amigos, contentándose con llevar adelante el
proceso comenzado contra el contrabando del tabaco.
Esparcióse, entretanto, con no menor sorpresa de todos, la
catástrofe de don Felipe que se había echado en el
río, y con este motivo el secreto de no ser hijo de don
Fernando R... sino de don Alonso V... a quien se lo robaron en
mantillas, habiéndolo declarado en su muerte el mismo don
Fernando que lo hizo robar. Creció la admiración de
todos publicándose también que el dicho don Felipe
era hermano de la mujer de Eusebio, que se hallaba presa con
él en la cárcel.
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Esta crueldad
ejercitada en Leocadia, dio motivo a las públicas quejas y
murmuraciones del pueblo contra el intendente que le había
mandado prender; mas todas ellas no ponían término a
sus penas, ni a la funesta desolación en que se hallaba, que
antes bien le acrecentó el severo interrogatorio que le
hicieron para cerrar el proceso. Todo anunciaba a Leocadia alguna
cosa mayor sin atinar lo que era, quedándole poco aliento y
esfuerzo para reflexionar en las preguntas que se le hacía.
Extenuada del continuo llanto, de la abstinencia y de los desvelos,
apenas podía sostenerse en pie.
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Su hermoso rostro
había perdido la viveza de su colorido; apagóse en
sus dulces ojos el fuego que los animaba y a quien daba realce su
modestia. Sus facciones enflaquecidas y menguada su morbidez,
llegaban casi a desfigurarla, aunque sin destruir la nobleza que
respiraba su dolor mismo y la hermosa aflicción, a quien
condecoraba su espesa y rubia cabellera, que la caía en rico
desorden por las mejillas sobre los hombros, llegando a conmover
los ánimos de los que sólo hacían la
formalidad del interrogatorio. ¿Qué fuera si hubiesen
podido ver su interior y la hermosura de su virtud acrisolada con
tantas penas y con tanto sufrimiento?
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Hasta entonces no
había probado Leocadia ningunos trabajos ni reveses de la
fortuna. ¿Cómo era posible, a pesar del estudio de la
sabiduría y de los consejos y reflexiones que la
había hecho hacer Eusebio, dejar de ceder a la violencia de
la más terrible desgracia que pudiera acometerla, siendo la
primera que le sucedía? Ni era sólo la
prisión, funesta y espantosa, ni el indigno tratamiento, ni
la privación de todas sus comodidades y riquezas, ni el
oprobio de su encarcelamiento, los que oprimían a su
corazón tierno y sensible. ¿Qué era todo esto
en cotejo de la privación y separación de su amado y
adorable Eusebio?
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Forzada de la
necesidad, habíanse acomodado sus miembros delicados a la
dureza del suelo que le servía de continuo asiento; sus ojos
y ánimo, a la vista y hastío de los inmundos
insectos, que eran sus solos compañeros en aquella sucia y
hedionda mazmorra. Su apetito estragado habíase
familiarizado sin gana al duro pan mugriento; su amor, no
destituido de la esperanza de volver a ver a su Eusebio, forzaba su
inapetencia a morder aquel alimento para sostener su vida, aunque
miserable y dolorosa, para llegar a disfrutar otra vez con ella la
sola felicidad que le podía quedar en la posesión de
su marido. Estas esperanzas embotaban en cierto modo sus miembros
contra el sentimiento y horror que sentía en la espantosa
soledad de aquel pozo de miserias.
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Olvidada casi de
sí y de sus mismos males, ocupaba de continuo su memoria en
los de Eusebio. Por él se deshacía en llanto, por
él importunaba con continuas plegarias al cielo y por
él ofrecía su vida a penas y miserias mayores, si con
ellas pudieran aliviar las de Eusebio, haciendo resonar con sus
súplicas hechas a la providencia aquel calabozo, para que se
lo devolviese y le concediese este favor que le pedía con
todo el fervor y pureza de su inocencia.
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Concedióle
finalmente el volverlo a ver el cielo. Mas, ¿cómo lo
vio? ¿Y en qué fatal instante? Cuando ya los ojos de
la misma, agravados del peso de la confusión y del temor al
verse en la presencia del juez y cercada de alguaciles, no los
podía levantar del suelo en que los tenía clavados;
de modo que no vio ni reparó cuando introdujeron, a Eusebio
en aquel mismo lugar, hasta que el eco de su voz penetró sus
oídos y corazón con el motivo de responder Eusebio a
la pregunta que el juez le hizo. El alma de Leocadia, agitada
entonces de aquel dulce eco, rompió las ataduras de su
enajenamiento, y dando un irresistible impulso a su cabeza y ojos,
los volvió para ponerlos en su mando que se hallaba
allí preso.
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Su aspecto, viva
imagen del santo sufrimiento, hizo en su corazón tan
profunda herida que, no pudiendo resistir a su dolor, cayó
desfallecida, arrojando un fuerte y agudo gemido que puso en
consternación al juez y a los alguaciles.
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¿Quién retratará la fortaleza del ánimo
y de los sentimientos de la virtud de Eusebio en aquel fatal
instante en que, reconociéndose víctima de la
injusticia codiciosa, vio caer a sus pies casi muerta a su adorable
esposa? Habíanla descubierto sus ojos al entrar en aquel
lugar, fijándolos con intenso dolor en su rostro extenuado y
descolorido, medio cubierto de su caída cabellera. Aunque al
reconocerla probó un rápido consuelo como
relámpago, viéndola tan desfigurada, recayó en
las tinieblas del dolor y de la compasión más tierna
que sacó de sus ojos pocas pero ¡qué
lágrimas! Recobró, sin embargo, la fortaleza de los
sentimientos que sacaba del calabozo, y que ennoblecía a su
presencia revestida de una modestia tan imperturbable, que
humilló al mal ánimo del juez vendido a la voluntad
de su tío don Gerónimo, el cual le había
encargado aquella formalidad aparente teniendo determinada su
condenación.
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Tuvo, sin embargo,
Eusebio no pequeño consuelo cuando llegó a ver que
Leocadia desahogó en llanto su desfallecimiento; pero se
volvió a trocar luego en mayor dolor cuando el juez dio
orden para que los llevasen a sus respectivos calabozos.
Allí se renovaron con mayor fuerza sus dolores y angustias
con la nueva separación, que la codicia de su tío
hizo más breve de lo que temían los presos inocentes,
los cuales fueron citados de allí a dos días para
intimarles la sentencia fatal que, atendida la violación de
las órdenes reales en el descubierto fraude del tabaco, los
condenaba a la confiscación de todos sus bienes.
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Antes de
intimarles esta funesta sentencia, mientras se les leían
algunos capítulos del proceso, conociendo por ellos Eusebio
la manifiesta injusticia, preguntó al juez si le
sería permitido decir dos palabras en defensa de su causa;
pero, siéndole negado, calló y sometió su
ánimo a las divinas permisiones para recibir con
magnanimidad la sentencia, como la recibió, sin dar ninguna
señal en su rostro de alteración. No la dio tampoco
Leocadia; antes bien, las ansias que sentía para llegar otra
vez a la posesión de su amado Eusebio y de salir de tantas
angustias y miserias, pareció que no le dejasen sentir la
pérdida de todos sus bienes y comodidades, mirando con harta
indiferencia la pobreza y miseria a que la condenaban, en cotejo
del cobro de su libertad y de la compañía de su
respetable marido.
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Era ya de noche
cuando, acabadas todas las funestas formalidades, los llevaron a la
puerta de la cárcel los alguaciles para darles la libertad.
A pesar de la terrible y lamentable desgracia de que salían
cargados, debieron refrenar los ímpetus de su mutua ternura,
especialmente Eusebio, para no echar los brazos al cuello de su
adorable Leocadia, mientras se hallaban a la sombra de aquel
oprobioso edificio que los acababa de arrojar de sí.
Asiéndola, sin embargo, de la mano, la encaminaba consigo
sin saber dónde, diciéndola: El cielo que no
desampara a los viles gusarapos, ¿nos dejará por
ventura perecer en la miseria a que nos condena? No, Leocadia,
venid; ¿qué zahúrda nos podrá parecer
despreciable después que soportamos en los horrores de la
cárcel nuestra separación?
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Dicho esto,
llegó a una bocacalle donde, pudiendo dar soltura a su
ternura, se abrazó estrechamente con ella prorrumpiendo en
llanto. Leocadia, en cuyo corazón combatían los
sentimientos de gozo, de amor y de ternura con los de la
aflicción y dolor al verse reducida a la pobreza, sin casa,
sin bienes, sin parientes que la acogiesen y expuesta a la
mendicidad, prorrumpió también en sollozos que
procuraba sofocar temiendo ser oída y notada. Decíale
Eusebio:
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Os vuelvo a
poseer, excelso amor mío, os vuelvo a poseer; no es esto
sueño, pues siento la dulzura celestial con que inunda a mi
alma el cielo en la correspondencia de vuestro santo amor.
¿Qué son todas las penas, los trabajos, las angustias
padecidas y la pobreza misma en que nos vemos, en cotejo del
inexplicable gozo que tengo en vuestra posesión?
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LEOCADIA.- Nada, mi buen Eusebio, nada. Renueva
mi ánimo, aunque oprimido de la desgracia, el gozo mayor y
más puro que había probado. El cielo recompensa
ciertamente con él todos los horrores y angustias que
padecimos.
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EUSEBIO.- ¡Justo Dios! ¿Es
éste el premio que reservas a la maltratada inocencia y
virtud? Lo es, lo es, no hay duda, ¡oh dulce prenda de mi
dicha! ¿Qué otra mano que la omnipotente pudiera
derramar tan suave alborozo en nuestros corazones en medio de la
horrible miseria y de la privación de todas las comodidades
a que la suerte nos expone?
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LEOCADIA.- Por grande que sea nuestra desgracia,
vuestra compañía, amado Eusebio, la hará
perder todo el horror; con vos me será dulce el
soportarla.
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EUSEBIO.- ¡Oh sublime confortativo de mis
penas, Leocadia adorable! Dejad que desahogue el exceso del
agradecimiento y ternura que me causáis; recibid por prenda
de ellos esta demostración ardiente del alma, que acude para
ello a mis labios.
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LEOCADIA.- La acepto, Eusebio, con toda la
efusión de mi tierno reconocimiento; no os aflija nuestro
estado, aunque miserable; la virtud no nos dejará perecer en
él.
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EUSEBIO.-
No son indicio de la aflicción estas
lágrimas, aunque las derramo. Por ellas y por el sentimiento
que me las saca trocara todos los tesoros de la tierra. Vamos,
dulce amor mío, a buscar algún recobro donde podamos
descansar y pasar la noche, ya que no con comodidad, a lo menos en
libertad que hará llevadera nuestra pobreza.
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Dicho esto, se
encaminaron por aquel callejón, mirando Eusebio a una y otra
parte para ver si descubría alguna puerta abierta con
intención de pedir posada para aquella noche. Leocadia iba
enjugándose las preciosas lágrimas que le
había sacado la demostración de Eusebio. No viendo
ninguna puerta en aquella calle, ni en otras que fueron
recorriendo, la encontraron en la extremidad de aquel barrio. Era
de una pobre casilla, en cuya entrada había una vieja
sentada que hilaba a la luz escasa de un candil, lo cual
renovó a Eusebio la memoria de la pobre Betty Bridway que
los acogió en Londres a él y a Hardyl en caso
semejante.
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Eusebio
entró dentro, y dadas las buenas noches a la vieja, la
preguntó si tendría algún rincón que
alquilarles para pasar la noche, pues eran pobres que habían
caminado mucho y cualquier cama les sería apreciable. No
tengo cama que alquilar, responde la vieja; la que tengo de
vacío sirve a mi hijo que es calesero, el cual puede volver
de un día para otro de Madrid, adonde fue. En caso que
vuelva le cederemos la cama, replicó Eusebio; pero entre
tanto, si no os molesto y nos queréis hacer esta caridad, os
la satisfaré. ¿Molesto? No, por cierto; basta que os
contentéis de un jergón; si queréis, venid a
verlo. Toma luego el candil que tenía metido en la pared por
la punta del mango y los precede hacia un antiestablo, donde les
mostró el jergón sobre cuatro tablas en que su hijo
dormía.
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Su vista y la del
infeliz cuarto a tela vana, entoldado de telarañas,
representó tan vivamente a Leocadia la pérdida de
todos sus bienes, la de su casa, de sus comodidades y regalos, la
de sus ricos muebles y camas y el desamparo en que se veía,
que sin poder contenerse ni recatarse de la vieja,
prorrumpió en repentino llanto y sollozos. Eusebio,
conmovido de ellos, teniéndola arrimada a su seno, la
decía:
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¿Qué
acometimiento de tristeza es éste, mi dulce Leocadia?
¡Ah!, os compadezco. La humanidad debe resentirse saboreando
la amargura de la desgracia; ¿mas por ventura no nos
servirán en nuestro presente estado los consejos de la
sabiduría, como nos sirvieron en la sufrida
prisión?
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LEOCADIA.- ¡Oh Eusebio!, no esperaba de
mí esta flaqueza. La triste imagen de nuestros bienes y de
las perdidas comodidades, hízome olvidar que me quedaba el
bien mayor y el que sólo puede suplir a todos los
demás. Con vos me será esta estancia apreciable; ni
se abatirá más mi corazón a desear lo que
desecharía si con vos no lo disfrutara.
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EUSEBIO.- Prenda de mi felicidad más
pura, que me hacéis la pobreza amable y respetable la
miseria: acordaos que no hay ruin habitación en el suelo,
que no sea mil veces preferida a la cárcel de que acabamos
de salir. En ella no padecí mal mayor que el de vuestra
privación. Mas ahora que os vuelvo a poseer,
¿qué bienes ni riquezas puede echar menos mi
corazón? Esta estancia me será delicioso palacio. En
vuestra virtud, Leocadia, en vuestro amor tienen mis sentimientos
el mayor suplemento a todos nuestros haberes perdidos, a quienes
mirábamos como prestados de la suerte. Ved aquí el
lance en que ella se los quiso apropiar, sin que tengamos justo
motivo de quejarnos porque se llevó lo que no era
nuestro.
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LEOCADIA.- No, Eusebio, no me quejaré; mi
corazón no desmentirá en adelante el consuelo que
prueba mi alma en la posesión de aquel a quien amo mucho
más que a todos los tesoros de la tierra.
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La vieja, presente
a aquel tierno coloquio, oyendo que nombraban las riquezas y bienes
perdidos, maravillada de aquellos sus huéspedes,
especialmente viéndolos en aquel traje forastero, les dijo:
¿Os ha sucedido alguna desgracia? ¿No parece que sois
de esta tierra?
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EUSEBIO.- De esta tierra somos, pues veis que
hablamos la lengua.
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LA
VIEJA.- El traje a lo menos no lo es.
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EUSEBIO.- Lo es del país de donde
venimos.
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LA
VIEJA.- Debéis de estar muy cansados; siento no
tener mejor cama que daros.
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EUSEBIO.- Cual es la aceptamos de buena gana, y
os agradecemos vuestra buena voluntad; nos fuera igualmente
apreciable si tuvierais algo que darnos de comer por nuestro
dinero, pues nos hallamos faltos de sustento.
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LA
VIEJA.- No tengo más que tres gallinas, pero
ellas ponen y no quiero matarlas; si queréis iré a
comprar lo que mandaseis.
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Eusebio dijo
entonces a Leocadia qué era lo que apetecía, pues le
quedaban algunos reales en la faltriquera y el reloj que no quiso
recibir el carcelero y que vendería al otro día en
caso que su antiguo agente no quisiese adelantarle el dinero.
Aunque Leocadia persistía en no querer comer, Eusebio,
atendida su flaqueza y extenuación, la instó tanto
que condescendió en tomar un huevo pasado por agua. Eusebio
dio entonces a la vieja dos reales para que comprase huevos y pan;
lo que hizo ella de buena gana, mostrándose compasiva con
Leocadia, a quien exhortó a que estuviese alegre.
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Quedando los dos
solos, Leocadia fue la primera en manifestar a Eusebio que las
atenciones de la vieja le servían de consuelo; mas luego
volvió a llorar viniéndole a la memoria Henrique
Myden y su hijo Henrique, insinuando a Eusebio que, puesto que se
hallaban en libertad, podían volver cuanto antes a la
América. Procuró consolarla Eusebio diciéndole
que tales eran sus intenciones en caso que su agente quisiese
adelantarle el dinero para el viaje, lo que tentaría al
día siguiente. Ocurriéronle también a Leocadia
los criados, especialmente Clarise y la inadvertencia de Taydor que
los había reducido a aquel estado de miseria, pues el tabaco
que introdujo fue la causa de su prisión y de la
confiscación y pérdida de todos sus bienes. Dioles
esto harta materia de discurrir y de ejercitar los sentimientos
virtuosos para con Taydor, a quien a pesar de su grave descuido,
temía Eusebio no ver más, persuadiéndose que
lo hubiesen encerrado para siempre en un calabozo.
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La llegada de la
vieja con los huevos y con el pan interrumpió su discurso,
diciendo: Vengo con el recado, y por reciente se me
vendió.
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EUSEBIO.- Día más o menos no
vuelve los huevos hueros. Dios os lo pague y vengan acá, que
quiero hacer de cocinero. ¿Tenéis algo en que
ponerlos a hervir? ¿Vuestra gracia cuál es?
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LA
VIEJA.- Engracia, para servir a Dios y a vmd.
Aquí tengo una ollita que, aunque cascada, no sentirá
que se le vaya el caldo; tómela vmd. y voy a traer el agua y
algunas virutas para encender lumbre.
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Eusebio, luego que
trajo Engracia las virutas, se arrodilla en el hogar que estaba
rasero al suelo, para encenderlas con el candil. La vieja puso agua
en la olla, no dejando a Leocadia el hacerlo como pretendía,
y alargósela a Eusebio que la aplicó a la humosa
llama de las virutas, soplando de nuevo para que hirviese luego.
Entre tanto contaba Engracia que era viuda, que había tenido
tres hijos, pero que sólo le quedaba vivo el que les dijo
que era calesero, que la mantenía con sus escasas ganancias,
que en lo demás suplía el cura de la parroquia, que
les era pariente, con algunas limosnas.
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EUSEBIO.- Pariente vuestro es el cura, ¿y
os deja en esa pobreza?
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ENGRACIA.- ¿Sabe vmd. lo que me
respondió una vez a una objeción semejante que le
hice? Que el Evangelio decía da a los pobres y no a los
parientes.
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EUSEBIO.- Mas si los parientes son pobres,
¿los hace por ventura ricos el parentesco?
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ENGRACIA.- Si he de decir entera verdad, nos
acude con lo necesario si alguna vez enfermamos, como lo
experimenté en la enfermedad de cuidado que tuvo mi hijo
Pedro, dándome un doblón de a ocho, diciéndome
que lo acababa de recibir de la caridad de un caballero que
venía de la América.
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EUSEBIO.- ¿De la América
venía ese caballero? ¿Sabéis cómo se
llamaba?
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ENGRACIA.- No lo sé; pero por lo que dice
la gente, infiero que es el mismo a quien pusieron en la
cárcel con su mujer por un contrabando que les encontraron,
sin saberse en qué pararán.
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Aquí
Eusebio y Leocadia se dieron una mirada llena de enternecimiento,
continuando a decir Engracia: Ha sido un caso que ha trastornado y
aturdido a toda la ciudad, pues dicen todos que el dicho caballero
era tan bueno y tan misericordioso, que mantenía algunas
familias pobres de esta parroquia, y yo conozco a una a quien ahora
le luce el pelo por haberles puesto tienda de planta cuando se
casaron, la otra vez que estuvo en S...
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Leocadia, al
oír esto, aunque se cubrió los ojos con la mano y
procuró sofocar los sollozos que le causaba la
narración de la vieja, no lo pudo conseguir. Eusebio
hízose también suma fuerza para no acompañar a
Leocadia, distrayendo su enternecimiento con achaque de los huevos
que hervían, sacándolos del fuego y poniendo la olla
sobre una mesilla que se resintió con el peso de su cojera.
Estas circunstancias sirvieron de distracción al llanto. La
vieja Engracia acudió por un plato en que Eusebio puso los
huevos, sin hacerse mención de manteles ni cubiertos, que no
había.
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EUSEBIO.- Vamos, Leocadia, la cena está
dispuesta, acercaos; venid también, Engracia, hacednos
compañía.
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ENGRACIA.- ¡Oh!, no señor, que la
cena es para vmds.
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EUSEBIO.- Y para vos también; aquí
hay seis huevos, dos para cada uno.
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ENGRACIA.- No señor, que compré
tres para cada uno de vmds.
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EUSEBIO.- En fin, nosotros no comenzamos si no
nos despertáis el apetito.
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LEOCADIA.-
Venid acá, Engracia, pues yo no sé si
podré salir con uno sólo.
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ENGRACIA.- Por obedecer a mi señora
Leocadia aquí estoy.
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EUSEBIO.- Pues este huevo está en su
punto.
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ENGRACIA.- ¡Oh pecadora de mí! Me
olvidé de la sal.
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LEOCADIA.- No paséis pena por ello; no es
gran daño.
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ENGRACIA.- Pues otra que tal, no me
ocurrió preguntarles si querían vino.
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EUSEBIO.- Leocadia no lo bebe; yo lo bebo cuando
lo hay, cuando no, no lo bebo; el agua suple.
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ENGRACIA.- Aquí está pues el
cantarillo.
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Esforzábase
Eusebio en dar tono de alegre indiferencia a aquella cena,
supliendo a su pobreza con los sentimientos de moderación y
constancia que a las veces se echan de ver más en las cosas
pequeñas que en las grandes, acomodándose a ellas el
corazón.
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Acabada la cena,
comenzó a despertar en sus pechos el santo amor los afectos
con que prometía recompensar tanto tiempo de funesta
privación, y de penas y congojas con que los maltrató
la suerte. Apresuró la buena Engracia el momento,
exhortándolos a que fuesen a descansar, como lo ejecutaron
dándola las buenas noches y agradeciéndole sus
servicios. La ruin estancia perdió entonces el aspecto
infeliz que antes tenía, convertida del himeneo en templo de
la más pura ternura de la virtud, que colmó sus
corazones de los destellos del más sublime consuelo,
adormeciéndolos en el seno de la dulcísima confianza
y satisfacción de sus acendrados afectos y sentimientos.
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El primer
movimiento de sus almas cuando los despertó la luz del
día amanecido, fue agradecer a la providencia el alborozo
que tuvieron al reconocerse en aquel pobre lecho, sí, pero
en su entera libertad, fuera de los horribles calabozos en que los
había sepultado la desgracia. Después que desahogaron
su júbilo con nuevas demostraciones de ternura, con que
aliviaban la falta de todo lo necesario en su presente estado,
salieron a saludar a la vieja Engracia, a quien encontraron
hilando. Supieron por ella que era más tarde de lo que
pensaban. Eusebio resolvió ante todas cosas ir a verse con
su antiguo agente para pedirle dinero a fin de remediar su
miseria.
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Eran como las
nueve del día cuando Eusebio salía de aquella casa
que le sirvió de asilo, encaminándose hacia la de su
agente. Las primeras calles que andaba ofrecíanle pocos
mirones; mas luego que comenzó a internarse en las
concurridas todos lo señalaban con compasión: unos se
paraban, otros salían a las puertas de las tiendas por donde
pasaba, llamándose unos a otros para que reparasen en
él. Eusebio, sin perder nada de su modesta soberanía,
iba siguiendo su camino, arrostrando con serenidad todas las
miradas y juicios de aquellos que se paraban para verle, hasta que
llegó a casa de su agente, que la halló cerrada.
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Tocó a ella
con su mano animada de la fortaleza de la moderación y
sufrimiento. El hacerlo esperar un buen rato antes de abrirle,
hízole sospechar alguna mudanza en el ánimo del
dueño; pero iba sobrado prevenido para resistirse por
contraria que fuese la respuesta que le diesen. El criado se
asomó finalmente para ver quién era, y le abre; pero
acudió a la escalera para preguntarle lo que quería.
Eusebio, sin extrañar la seca indiferencia con que era
recibido, le dijo que tenía que hablar con su amo,
replicándole el criado que su amo estaba ocupado, que le
dijese lo que deseaba. Eusebio le dijo que venía a pedir a
su amo el dinero que necesitaba. El criado lleva el recado dejando
a Eusebio como extraño y desconocido al pie de la escalera,
de donde no se movió tampoco, sonriéndose de aquella
mutación de escena en que quiso representar el papel de
desconocido, hasta que se le antojó al criado volver para
decirle de parte de su amo que perdonase si no podía darle
el dinero que deseaba, no teniendo orden para ello.
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Esta respuesta
hizo acordar a Eusebio que no presentó al mercader las
letras de cambio que traía, por no necesitar de dinero
cuando llegó. Pero como la justicia se había
apoderado de todas las cosas y papeles, juzgó superfluo dar
esta excusa al criado, a quien dijo solamente que tenía su
amo mucha razón; y se salió de la casa para volver a
la de Engracia. A pocos pasos se encontró con un embozado
que pareció hacer ademán de pararlo; pero
conteniéndose de repente, lo dejó pasar, torciendo
inmediatamente el camino para seguirlo, tomando las mismas calles
que él tomaba.
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Llegado a casa de
Engracia, como encontrase a Leocadia hilando en la rueca de la
vieja, se compungió tanto, que no pudo contenerse de no
besarla la mano, acompañando esta demostración con
llanto y con expresión de ternura. Leocadia le dijo que
había tomado la rueca para evitar el ocio y que si hubiese
tenido su bastidor, hubiera comenzado a trabajar para remediar su
desgracia. Arrojó entonces Eusebio un suspiro, que
nacía antes de admiración enternecida de los
sentimientos de Leocadia, que de aflicción de verla y de
verse él en aquel estado miserable. Mas ella lo tomó
por señal del mal despacho que traía del mercader,
como se lo insinuó a Eusebio. Contóle éste lo
que le había pasado, añadiendo qué le quedaba
para comer aquel día; que vendería el reloj para
poder poner tienda de cestero con lo que sacase de la venta, como
la puso en Londres con Hardyl; que entre tanto escribiría al
lord Harrington a Madrid para que le prestase alguna suma y para
que le obtuviese salvoconducto para la América.
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Leocadia
aprobó su determinación y le rogó que si
alcanzaba el dinero que sacase del reloj para comprarle un bastidor
de bordar, podría también ella ganarse el sustento
con aquel trabajo. Apenas había proferido esto Leocadia,
cuando entra en la casa el embozado que había seguido a
Eusebio, diciéndole con llanto: ¡Oh dulce amigo!,
vengo a desahogar en vuestros brazos el dolor e indignación
con que exasperó mi pecho vuestra desgracia.
Reconoció entonces Eusebio con suma ternura y gozo a su
grande e íntimo amigo don Eugenio de Arq... y
estrechándolo a su seno le decía:
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EUSEBIO.- Ánimo, don Eugenio, que
Jonás salió ya de la ballena, y aunque desnudo,
así debía ser y suceder a quien escapa del naufragio.
¿Os indignaríais acaso contra las olas y la
tempestad, si después de haberme anegado me arrojasen a la
playa, como lo hicieron con Ulises? Éste no sintió
seguramente tan puro consuelo al verse amparado de Nausica, cuanto
yo de vuestra generosa demostración.
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DON
EUGENIO.- ¡Ah! vuestra alma grande no
podía desmentir sus virtuosos sentimientos en la más
terrible prueba. Esta mi demostración no es sólo
efecto del tierno amor que os debo, don Eusebio, sino
también de la veneración y del aprecio sumo que
vuestra virtud merece; mas no vine para alabaros, sino para daros
prueba de mi inviolable amistad y memoria.
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EUSEBIO.- Es sumo el aprecio con que la recibo,
don Eugenio; prueba mayor no la pudiera esperar en mi
desgracia.
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DON
EUGENIO.- No creo que necesitéis en ella de
consejos ni de exhortaciones ajenas, a pesar de la pérdida
de todos vuestros bienes. No vine tampoco para esto, sino para
aliviar vuestra necesidad con estos cincuenta doblones. Sé,
a lo menos no me lisonjeo, que no os humillará este don
viniendo de la mano de la amistad más pura y más
sincera.
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EUSEBIO.- ¿Humillarme? No, por cierto,
don Eugenio; sólo puede avergonzarse de recibir el que se
avergüenza de ser pobre. Permitidme, sin embargo, que os diga
que faltan títulos para que yo acepte toda esa generosa
oferta.
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DON
EUGENIO.- ¿Cómo? ¿Qué
queréis significar? ¿Qué títulos son
esos?
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EUSEBIO.- Sois todavía hijo de familia, y
por lo mismo no podéis socorrer a vuestro amigo sin hacer un
sacrificio a vuestras comodidades y conveniencias. Ved aquí
el título que me humillaría si yo aceptase tan
excesivo don.
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DON
EUGENIO.- Y todas las comodidades de que yo pudiera
privarme, ¿equivaldrían al gozo y consuelo que
tuviera de socorrer a mi mayor amigo?
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EUSEBIO.- Ese consuelo lo podéis tener
del mismo modo, sin exceder los límites de vuestra
posibilidad. No me prevaldré de otro modo de la
demostración de vuestra beneficencia.
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LEOCADIA.- Ea, pues, estaré a los
límites que me pongáis; no puedo usar con vos de
mayor confianza y sinceridad a pesar del desconsuelo y
mortificación que me dais con vuestra extraña
delicadeza. ¿Qué límites son esos?
|
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EUSEBIO.- Os diré mi sentir. En el
naufragio de todos mis bienes salvóse conmigo mi reloj; es
de repetición y pieza no mala. Había determinado
venderlo hoy mismo, pues es alhaja que ya no me compete. Hagamos un
trueque amigable: yo os daré mi reloj, vos me daréis
tres doblones; pues no es bien mentar compra y venta a la
amistad.
|
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DON
EUGENIO.- ¡Cielo! ¿Qué
proferís? ¡Ah!, don Eusebio, no despedacéis mi
corazón. Por lo que más amáis en este suelo,
por esta vuestra respetable compañera en la desgracia, os
ruego no queráis desechar esta demostración de mi
afecto, y conservad vuestro reloj para otra ocasión en que
yo no tenga parte.
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|
EUSEBIO.- No es posible, don Eugenio; me disteis
palabra de estar a los límites que os pusiese; éstos
son: No hay que pasar de ahí. Para no llevar, sin embargo,
la nota de humillada pertinacia, añadiré otra
condición que espero será bien admitida.
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DON
EUGENIO.- Decidla pues.
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|
EUSEBIO.- Que en caso que no me basten esos tres
doblones que os pido por el trueque para suplir a mis necesidades,
acudiré a vos el primero para que me socorráis.
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|
DON
EUGENIO.- Enhorabuena pues; admito la
condición, con tal que me deis palabra de cumplirla.
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EUSEBIO.- Os la doy.
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DON
EUGENIO.- Aquí tenéis los tres doblones;
venga ese reloj inestimable.
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EUSEBIO.- Vedlo aquí.
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DON
EUGENIO.- Lo recibo sólo para tener la mayor y
más pura complacencia de trasladarlo a vuestras manos,
doña Leocadia. No puedo darle mejor destino, ni yo tener
mayor consuelo que el que recibiré si os dignáis
aceptar alhaja que, habiendo sido de vuestro marido, os
deberá ser apreciable.
|
|
LEOCADIA.- Lo serán sin
comparación mucho más vuestras generosas atenciones,
don Eugenio; perdonad si no lo recibo, en ningunas manos estuviera
más desairado que en éstas, destinadas de la suerte a
ganarse el pan con el trabajo. Todo ha de ser correspondiente a los
tiempos y circunstancias. En otro tiempo pudieran tal vez
competirme tales alhajas, no en el presente; mucho menos
aquéllas de que se desapropia mi marido como superfluas a su
pobre estado.
|
|
DON
EUGENIO.- Almas dignas de mi veneración, puesto
que todas las demostraciones de mi amistad no hallan cabida en
vuestros excelsos corazones, dignaos a lo menos de valeros de una
voluntad que os queda consagrada; dadme a lo menos el consuelo y la
gloria de que os pueda servir en lo que sufra vuestra excelsa
virtud y delicadeza de sentimientos.
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|
LEOCADIA.- El consuelo lo recibiré yo,
don Eugenio, si queréis hacerme el singular favor de
informaros del paradero de Clarise y de los criados, especialmente
de Taydor.
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|
DON
EUGENIO.- De Clarise sólo puedo deciros que fue
a parar a casa del cónsul de Inglaterra; los otros criados
los pusieron en libertad, mas no sé en dónde
paran.
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|
EUSEBIO.- ¿En libertad pusieron a
Taydor?
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|
DON
EUGENIO.- ¿Os maravilláis, oh dulce
amigo? No tenía haciendas que perder, ni caudal con que
cebar la codicia de los administradores.
|
|
EUSEBIO.- No lo pregunto por eso; olvidé
ya todo lo pasado. Omnia mea mecum porto. Mi pregunta fue efecto del gozo
que me causó el saber que el buen Taydor quedaba en
libertad; lo tuviera mucho mayor si pudiese saber en dónde
para.
|
|
DON
EUGENIO.- Voy, pues, a informarme inmediatamente. La
complacencia que tengo en disfrutar de vuestra apreciable
compañía, cederá al sumo gozo que
tendré de serviros y de satisfacer en algo a vuestros
deseos. Adiós, mi respetable don Eusebio, recibid este nuevo
abrazo en confirmación del júbilo por vuestra
recobrada libertad y por la de doña Leocadia.
|
|
Luego que
partió don Eugenio llegó Engracia con la carne que
Eusebio la había encomendado para hacer puchero, atendida la
falta en que se hallaba Leocadia de nutrimento, con la larga
abstinencia de la cárcel. La misma Leocadia había
puesto la olla al fuego mientras que Eusebio fue a verse con el
mercader, y luego que entró Engracia con la carne,
acudió a tomársela para ponerla en la olla,
queriéndolo hacer con firme voluntad de acomodarse a las
circunstancias del estado en que se hallaba. Engracia no
quería consentir en ello, diciéndola que
desdecía de sus blancas y delicadas manos aquel oficio.
|
|
Compungido el
ánimo de Eusebio de aquella demostración de Leocadia,
decidió la competencia, tomando él la carne y
poniéndola en la olla. Hecho esto, dijo a Leocadia que iba a
comprar recado para escribir al lord Harrington a Madrid, y que de
paso vería si encontraba materiales para poder poner la
tienda de cestero. Para ello debió internarse en la ciudad.
Al pasar por una calle llamó a su atención el eco de
una trompeta de pregonero y ocurrióle vivamente si se
haría almoneda de sus muebles confiscados. Satisfizo a su
curiosidad siguiendo el sonido que lo atrajo a una plazuela, donde
vio confirmada su sospecha, no sin alguna conmoción de su
ánimo, la cual se mudó inmediatamente en gozo al
descubrir entre aquellos muebles el bastidor de que se
servía Leocadia para bordar.
|
|
La mucha gente que
allí se hallaba puso luego sus ojos en él, admirando
la firme y modesta serenidad con que se había presentado; ni
dudaban que hubiese ido a comprar algún mueble que lo
interesase mucho, lo que hizo empeñar más su curiosa
compasión. Hubo de esperar Eusebio que el pregonero pusiese
posturas a algunos muebles antes que al bastidor, el cual
quedó por suyo a la primera con gran conmoción de
todos los circunstantes, que no sólo consideraban la
grandeza de su desgracia, sino que admiraban la magnanimidad y
moderación con que la soportaba. Creció el
enternecimiento de todos ellos cuando, entregado el dinero, vieron
que cargaba él mismo sobre sus hombros el armatoste,
yéndose algunos por no verlo, y diciendo mientras se iban:
No hay valor para ver esto; enternecería a las mismas
piedras.
|
|
Eusebio, superior
a todos los dichos y juicios de los hombres, complaciéndose
en su interior por aquel hallazgo y compra como si fuera un tesoro,
iba abrazado con aquella carga apretándola a su seno, sin
acordarse más de los materiales para la tienda, ni del
recado para escribir. Leocadia, al verlo entrar con aquel armatoste
sobre los hombros, no sabía atinar qué fuese a
primera vista; mas luego que lo reconoció, manifestó
su gozo y deseo de saber el modo como lo había podido
conseguir. Contóselo Eusebio, haciéndola
también enternecer en la narración, y volvió a
salir de casa para comprar el recado que se le había
olvidado y el que necesitaba Leocadia para hacer el diseño y
bordarlo. Entre tanto, Engracia acabó de disponer la comida
ayudada de Leocadia, la cual a ejemplo de Eusebio se esforzaba en
sacar consuelo de todo aquello, poniendo en práctica los
consejos y máximas que le había hecho aprender su
virtuoso marido en tiempo de la prosperidad para el de la desgracia
que pudiera venir y que, venida ya, le hacía ver y probar
que el estudio de la virtud y ejercicio era el mayor remedio contra
ella.
|
|
Cuando
volvió Eusebio lo esperaba ya la dispuesta comida. La buena
vieja, que por la presencia, expresiones y afectos que notaba en
sus huéspedes, echaba de ver que eran de calidad superior a
la que mostraba su necesidad, había pedido prestado a una
vecina suya el ajuar de la mesa que, aunque limpio, se
resentía también de la pobreza de su dueño. El
mantel era decente y las cucharas de palo. La cojera de la mesa
habíase remediado con un tiesto de olla. Todo lo
demás lo tenía en casa Engracia, la cual luego que
entró Eusebio, dijo:
|
|
ENGRACIA.- En mejor punto no podía llegar
vmd. señor don Eusebio; acabo de sacar el arroz.
|
|
EUSEBIO.- Aquí estoy pues, y con ganas de
probar el arroz hecho por vuestras oficiosas manos.
|
|
ENGRACIA.- Igual parte o mayor tuvieron en
él las de mi señora doña Leocadia; yo
atendí sólo a que estuviese en su punto.
|
|
EUSEBIO.- Me será, pues, más
estimable hecho por vos y por Leocadia; sentémonos en hora
buena.
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|
ENGRACIA.- Y Dios nos bendiga.
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|
EUSEBIO.- Así sea.
|
|
ENGRACIA.- No sé si agradará a mi
señora doña Leocadia.
|
|
LEOCADIA.- En muy buen punto está.
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|
EUSEBIO.- No probé mejor arroz en mi
vida, ni que más regalase mi alma.
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|
ENGRACIA.- ¿Tanto le place a vmd.?
|
|
EUSEBIO.- Tanto que renovara con él de
buena gana la venta de Esaú.
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|
ENGRACIA.- ¿Qué caso es
ése?
|
|
EUSEBIO.- Que dio toda su herencia por una
escudilla de lentejas.
|
|
ENGRACIA.- ¿Debería ser loco ese
señor Esaú? ¿Dar toda su herencia por lo que
yo no daría dos maravedís? No me cabe en el
entendimiento.
|
|
EUSEBIO.- ¿También pues me
tuvierais a mí por loco si diera mi hacienda por este
arroz?
|
|
ENGRACIA.- Entendí la fuerza de la
expresión de vmd. que aludió al haberlo hecho mi
señora doña Leocadia, a quien vmd. ama mucho.
|
|
EUSEBIO.-
¿Y os persuadís de la
alusión?
|
|
ENGRACIA.- Son ciertos modos de decir, que
aunque jamás pueden llegar a la ejecución, prueban
sin embargo la fuerza del afecto de quien los profiere. ¿Mas
quién sabe que no haya dejado vmd. otra herencia igual a la
de Esaú por mi señora Leocadia? Y esto lo creyera
más fácilmente que por el arroz y las lentejas.
|
|
EUSEBIO.- ¿De dónde sacáis
esas sospechas?
|
|
ENGRACIA.- De otros casos de amores, que aunque
oídos en consejas, no se hacen increíbles.
Príncipes y princesas que andando a sus aventuras pararon en
chozas de pastores y en casas pobres semejantes a ésta, en
que pudieron muy bien refugiarse vmds. perseguidos de su mala
ventura. Acrecienta a éstas mis sospechas el traje en que
los veo, y que se me antoja el mismo en que vinieron a
España los doce pares.
|
|
EUSEBIO.- Según eso, ¿os
parecerá Leocadia una princesa?
|
|
ENGRACIA.- ¡Y cómo que me lo
parece! Para mi santiguada, que ni doña Merindana, ni
doña Flor, ni la de don Gaiferos, ni de Roldán se
atrevieran ponerse a tiro de su cotejo.
|
|
LEOCADIA.- Ahora es tiempo de comer, Engracia, y
no de comparaciones.
|
|
ENGRACIA.- ¿Y no se pueden hacer
comiendo? Será, pues, vmd. la sola a quien no agraden tales
comparaciones. Aunque si lo dice para evitar el parecer princesa y
el que yo adivine que lo es, me acrecienta por lo mismo mis
sospechas.
|
|
Así
proseguía Engracia dando motivo a sus huéspedes para
que la satisficiesen la curiosidad que tenía de saber
quiénes eran; y aunque no pudo sacar nada de ellos,
amenizó la comida. Acabada ésta, Leocadia, animada de
sus virtuosos deseos y sentimientos, se puso inmediatamente a
formar el diseño para unas vueltas, que fue lo primero que
le ocurrió bordar. Eusebio escribió la carta al lord
Harrington. En ella le participa la desgracia que le había
acontecido, la cual hacía superflua la recomendación
sobre su pleito, a quien había puesto fin la
confiscación de todos sus bienes. En fuerza de esto le
rogaba quisiese, con su autoridad y fianza, proporcionarle embarco
para la América en algún bastimento inglés, a
quien satisfaría luego que llegase a ella.
|
|
Escrita la carta,
se la leyó a Leocadia y fue a llevarla él mismo al
correo. Al tiempo que volvía a casa, pasando por una tienda
en que vio hacer espaldares de juncos, entró en ella para
informarse del maestro del lugar en dónde se proveía
de aquellos materiales. Díjole el artesano que si
quería le vendería cuantos quisiese.
Conciértanse sobre un grande haz de ellos que el maestro le
mostró, y habiéndole entregado Eusebio el dinero,
cargó con él, renovando todos los fuertes
sentimientos que la virtud le había infundido en la escuela
de Hardyl, y la memoria de la carga que llevó en
compañía del mismo cuando se vieron precisados a
poner tienda en Londres.
|
|
No había
aún andado la mitad del camino, cuando oyó que le
daban voces, diciéndole en inglés que esperase,
llamándole por su nombre. Eusebio, que llevaba la carga en
uno de los hombros, pudo volver la cabeza con la carga para ver si
era Taydor el que lo llamaba, pareciéndole que lo fuese su
voz. Reconociéndolo, deja caer la carga en el suelo
penetrado del fuerte alborozo que le causó su vista, y
extendió los brazos para recibirle en ellos. Taydor,
corriendo como venía, se precipita a sus pies con el
sombrero en la mano, sollozando tan recio que no podía
proferir palabra. Hubo de inclinarse Eusebio para abrazarle y para
quitarle con aquella demostración los temores que pudiera
tener de que estuviese vivamente resentido contra él por
causa del contrabando que le había causado la prisión
y la pérdida de todos sus bienes, reduciéndole a la
miseria y necesidad de haber de ganar su sustento con el trabajo de
sus manos.
|
|
Eusebio,
después de haberlo consolado con expresiones amorosas,
hacíale instancias para que se levantase; mas él,
puesto de rodillas, le tenía abrazada la una pierna y
animada su cara al muslo, haciendo resonar entre sollozos el
perdón que le pedía por su inconsiderado proceder y
descuido, poniendo al cielo por testigo de la inocencia de sus
intenciones en aquel funesto caso que quisiera remediar con toda su
sangre y con mil vidas si las tuviera. No pudiendo recabar Eusebio
que se levantase del suelo, y viendo que su postura y voces
llamaban mucha gente, le ocurrió decirle para obligarlo que
Leocadia estaba con cuidado por él y que deseaba verlo.
Consiguió con esto hacerlo levantar, y luego que lo vio en
pie, echó Eusebio mano de la carga para volvérsela a
poner sobre el hombro.
|
|
Taydor, llevado
entonces del ímpetu de su compunción y
enternecimiento, arrebató con ella, sin cesar de proferir
mil quejas y lamentos contra sí mismo y contra la funesta
desventura, que renovó con sollozos y mayor llanto a los
pies de Leocadia luego que llegó a verla en aquella casa.
Costó no poco a Eusebio y a la misma Leocadia el acallarlo y
sosegarlo, concediéndole repetidas veces el perdón
que deseaba oír de sus bocas. Al cabo de largo rato que
consiguieron consolarlo, deseó Eusebio que le contase lo que
le pasó a él y a Clarise y a Damián la noche
que los prendieron.
|
|
Satisfizo a esto
el doliente Taydor diciendo que a él y a Damián los
llevaron a la cárcel, en donde estuvo dos días, en
los cuales le tomaron declaración; pero que, a pesar de
haberse confesado solo reo, lo pusieron en libertad, le
restituyeron toda su ropa y dinero, intimándole graves penas
si publicaba cosa alguna de la declaración; que ya libre,
apremiado del dolor por la desgracia que había causado a su
amo adorable, estuvo tentado por quitarse la vida, pero que la
esperanza que alimentaba de que redundase en daño de su amo
su desacierto, le hizo diferir su resolución hasta ver el
éxito de su prisión que, según veía,
era muy diverso de lo que se había lisonjeado; que por lo
mismo no podía resistir al fiero sentimiento que la funesta
desgracia de entrambos le causaba, y que sólo podía
resarcir con su muerte.
|
|
Eusebio, que
conocía a Taydor y que echaba de ver por sus expresiones y
por el tétrico aspecto con que las decía, que
sería capaz de cumplir con la funesta resolución que
significaba, usó con él las mayores demostraciones de
amor a fin de dejarlo consolado y de desviar los fatales
pensamientos que fomentaba. Mas viendo que todas ellas no
despejaban el triste ceño de su rostro, quiso empeñar
el honor del mismo, a que se mostró siempre muy sensible,
diciéndole que, aunque lo veía a él y a
Leocadia en aquella miseria, se lisonjeaba de su acendrada honradez
y fidelidad que no los desampararía, y que volvería
con ellos a la América, a donde hacía cuenta de
partir cuanto antes.
|
|
Este
prudentísimo expediente de Eusebio tocó tan vivamente
al ánimo de Taydor, que lo hizo prorrumpir en llanto, y
postrándose a los pies de Eusebio y de Leocadia les
decía que antes perdería mil vidas que desampararlos,
que los serviría del mismo modo y con el mismo amor en la
pobreza en que se hallaban por su causa, como los había
servido en la riqueza, que dividiría con ellos el pan que
pudiese ganarse con el sudor de su rostro, y que si se lo
permitían vendría a estar con ellos y a servirlos en
aquella casa; que tenía consigo cien escudos que
había traído de la América y que su mayor
consuelo sería si los quisiesen aceptar en la necesidad
presente.
|
|
Eusebio, para
consolarlo y para consolidar más el buen efecto de su
ocurrencia, no sólo vino bien en aceptar su oferta y en
tenerlo consigo en aquella casa, mostrándose deseoso de
ello, sino que también le encargó, para tener
ocupados sus pensamientos, que viese si podía encontrarle un
alojamiento decente para pasar el tiempo que se detendrían
en aquella ciudad mientras que se les proporcionaba embarco para la
América. Serenado con esto Taydor, partió
inmediatamente para cumplir con los encargos que su buen amo le
hacía, dejándolo enteramente asegurado sobre los
temores que había concebido, como los había
también imaginado Leocadia; los cuales, viéndose
solos, resolvieron dar feliz principio a su trabajo.
|
|
Leocadia se puso a
formar su diseño y Eusebio, deshecho el haz de juncos,
llevó un brazado de ellos junto a la mesa en que Leocadia
hacía el diseño, y sentándose en un asiento
bajo que allí había, comenzó el entretejo de
un cesto. Engracia no estaba en casa. Con esto, comenzado ya su
trabajo en santa y muy envidiable compañía, tuvieron
los dos conversación, siendo Eusebio el primero en decir a
Leocadia:
|
|
Ved aquí,
Leocadia, cómo llegamos a ver verificado lo que
mirábamos tan remoto cuando os decía en la
América que nos podíamos ver reducidos a ganarnos el
pan con el sudor de nuestros rostros, sin que nos hayan valido los
bienes considerables que aquí teníamos ni los que
tenemos en la Pensilvania. Cuán grande fuera nuestro dolor y
la desesperación tal vez, si lisonjeados como otros muchos
de su riqueza y desvanecidos con ella y con sus comodidades,
hubiésemos desdeñado aprender un oficio, y la virtud
con él, para saber llevar con fortaleza y serenidad nuestra
desgracia.
|
|
LEOCADIA.- No es fácil, Eusebio, que
ningún rico llegue a persuadirse que pueda caer y verse en
desgracia semejante a la nuestra. Apenas suceden de estos casos en
el mundo.
|
|
EUSEBIO.- No son tan raros cuanto os lo parece.
Si hubierais corrido un poco de mundo, veríais que los
vicios, el juego, la vanidad, los pleitos, un incendio, una
calumnia, la guerra y otros muchos accidentes y combinaciones de la
suerte, derriban a muchos del asiento de sus comodidades y riquezas
en pobreza y estado igual al que un rollo de hojas secas nos
expuso. Fueran, bien sí, muy raros los que en igual
desgracia tuvieran la dulce satisfacción interior, que
alivia y consuela nuestras almas a cada impulso que da la mano en
el trabajo emprendido para ganarnos con él el necesario
sustento. Yo a lo menos tengo esta dulce satisfacción; no
sé si vos la tenéis también.
|
|
LEOCADIA.- Al principio se me hacía algo
sensible, pero confortada de vuestro ejemplo y de tantas
reflexiones que me hicisteis hacer con el estudio de la virtud,
para que pudiese sobreponer mis sentimientos a la vanidad, a la
ambición y a los juicios de los hombres, hallo finalmente
consuelo y dulce alivio interior en el pobre estado en que nos
vemos, y el tener el medio en mis manos para soportar tan impensada
desgracia y pobreza, sin haber de ir a importunar a ninguno.
|
|
EUSEBIO.- Ved, Leocadia, por qué dijeron
los antiguos que no había espectáculo más
sublime a los ojos de la divinidad que el sabio que lucha con su
mala ventura. De hecho, ¿qué pintura más viva
se pudiera hacer de la virtud que la del hombre que ejercita en la
mayor desgracia su paciencia y sufrimiento, sin quejarse y sin
murmurar en medio de los trabajos y necesidades que le cercan? De
aquí la enternecida admiración de los hombres que le
compadecen, porque se revisten del sentimiento de las penas, del
oprobio y de la humillación a que lo ven expuesto y en que
parece manifestarse insensible, fortalecido de los sentimientos de
la fuerte moderación y del desprecio de las grandezas y
bienes de que se ve privado, y que lo representan superior a todas
ellas. Lo que se hace tanto más digno de admiración,
cuanto más arduo parece y más difícil de
conseguir a los que no conocen los sentimientos y fortaleza de la
virtud. ¿Pero os parece, Leocadia, que cueste tanto de
alcanzar el amor santo y virtuoso? ¿Os parece que necesita
entonces de tan grande esfuerzo la virtud?
|
|
LEOCADIA.- Quién sabe que no sea el amor
antes que la virtud el que nos consuela en la pobreza en que nos
vemos.
|
|
EUSEBIO.- Pero sin virtud, ¿se ama de la
manera que nos amamos?
|
|
Interrumpió
a este discurso la vieja Engracia, que entró diciendo:
¿qué acabo de saber, Dios mío?
¿Qué acabo de saber? ¿Venirse a acoger en mi
pobre casa unos caballeros como vmds.?
|
|
EUSEBIO.- ¿Quién os ha dicho que
somos caballeros?
|
|
ENGRACIA.- La gente, que dice que vmd. y mi
señora doña Leocadia son los que vinieron de la
América y a los que pusieron en la cárcel con tan
grande crueldad e injusticia.
|
|
EUSEBIO.-
¿Os pesa haber dado asilo y amparo a un
desgraciado caballero?
|
|
ENGRACIA.- Dios me libre de ello como de mal, y
a vmds. de ulteriores desgracias. No señor, que antes bien
lo tengo a mucha honra y ventura. ¡Si andaba yo muy errada en
lo de los doce pares! ¡Quién me lo había de
decir que había de honrar a mi pobre casa el generoso
caballero que entregó al señor cura el doblón
para socorrer a mi hijo! ¡Virgen Santa! ¡Verse ahora
vmd. en tanta pobreza, reducido a ganarse el pan como un pobre
artesano, después que se vio en tanta riqueza y
señorío...!
|
|
EUSEBIO.- ¿Qué hay ahí por
qué llorar?
|
|
ENGRACIA.- ¡Ah!, señor, que estas
son cosas que harían enternecer a los guijarros.
¡Pobre de mi señora Leocadia! ¡Una señora
tan delicada, de tales gracias y hermosura, verse en esta miseria y
oscuridad... el corazón se me despedaza!
|
|
LEOCADIA.- ¿No se vieron en el mismo
estado las princesas que nombrasteis esta mañana?
|
|
ENGRACIA.- ¡Ah, señora, que la cosa
es muy diversa! Éstas se iban rozando por esos campos en
busca de sus aventuras, y amarteladas por sus errantes caballeros;
y si se veían en chozas o en desgracias, su mal con su pan.
Mas vmd. tan modesta y tan buena, perder sus joyas, sus riquezas,
su casa y comodidades sin haber dado motivo para ello, es cosa que
quebranta el corazón.
|
|
LEOCADIA.- Estos son casos contra los cuales no
hay otro remedio que la paciencia y sufrimiento, de que nos dio
ejemplo nuestro divino redentor.
|
|
ENGRACIA.- Bien haya el alma de vmd. que se sabe
aprovechar de ellos.
|
|
Así
proseguía Engracia su razonamiento con Leocadia hasta que,
anocheciendo ya, le pidió Eusebio el candil. La buena vieja
quiso encenderlo soplando en un tizón que salió del
rescoldo; mas no pudiendo salir con ello, hubo de hacerlo Eusebio.
Encendido ya, lo colgó de un clavo que había en la
pared sobre la mesa en que Leocadia dibujaba. Hecho esto, volvieron
a continuar entrambos su trabajo, en que los sorprendió don
Eugenio; el cual quedó sumamente conmovido y suspenso de
admiración al ver aquel espectáculo. Había
motivo para ello, pues la pobreza y miseria de la estancia y de sus
ruines trastos, realzada de la postura de Eusebio que, casi sentado
en el suelo y rodeado de sus juncos, trabajaba al lado de la mesa
en que se ocupaba Leocadia a la escasa luz del candil, fueron
objetos que penetraron el corazón sensible de tal amigo.
|
|
Eusebio, al verlo
parado y suspenso, diole las buenas noches con sonrisa amigable
como que notaba su suspensión. Leocadia se hubo de volver
para dárselas; mas don Eugenio sin darles respuesta,
después de haber estado un rato en silencio, como meditando
lo que debía hacer, echóse sobre el trabajo de
Eusebio, esforzándose en querer sacarle de las manos el
comenzado cesto, diciendo que no permitiría aquella
traición hecha a su amistad. Se defendía al contrario
Eusebio de los esfuerzos de don Eugenio, diciéndole que
allí no había ninguna traición, sino que
hacía el oficio que le competía. Don Eugenio, sin
responderle, atendía sólo a sacarle el cesto de las
manos, lo que consiguió entregándoselo Eusebio; pero
luego que lo tuvo don Eugenio, lo arrojó al hogar
insistiendo en quejarse del agravio que hacía a sus
amigables ofertas.
|
|
En vano Eusebio le
rogaba se sosegase y lo escuchase. Don Eugenio, mostrándose
seriamente resentido, juraba que no lo dejaría trabajar
aunque hubiese de permanecer allí día y noche, hasta
obligarlo a que se valiese del dinero que le había ofrecido.
Llegó entonces Taydor con el dinero que traía y con
la respuesta del cuarto que había encontrado, burlando las
intenciones de Eusebio, pues sólo le había hecho
aquel encargo a Taydor para desviar sus pensamientos de la funesta
resolución que había manifestado,
lisonjeándose que como forastero no encontraría
fácilmente el alojamiento que le encargaba. Don Eugenio,
informado por Taydor del sitio, quiso que Eusebio y Leocadia
pasasen sobre la marcha a habitarlo, asiendo a Eusebio por el brazo
para obligarlo a salir de aquella casa.
|
|
No hubiera
desistido de su empeño don Eugenio, si Eusebio no le hubiera
dado palabra de hacerlo y si Taydor no hubiera añadido que
el dicho cuarto se hallaba sin muebles y sin cama, de que
sería necesario proveerse. Sosegado con esto don Eugenio, se
fue inmediatamente a dar orden para que lo alhajasen,
después que obtuvo promesa de Eusebio de que pasaría
a habitarlo al día siguiente; y después de haber
satisfecho al encargo de Leocadia sobre Clarise, diciéndole
que se hallaba en casa de Roberto Wilkins, a quien había ido
a visitar para rogarle enviase a Clarise a su ama, la que
había salido de la cárcel, dejándole por
escrito el nombre de la calle y casa en donde la
encontraría.
|
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A poco rato que se
había ido don Eugenio, oyeron ruido de coches que se pararon
a la puerta de la casa. Compareció inmediatamente un criado
que preguntaba si don Eusebio y doña Leocadia M... se
hallaban en aquella casa. Salido con la respuesta, ven entrar a
Clarise con los brazos abiertos que se precipitó sollozando
en los de Leocadia. Seguíala Roberto Wilkins, su mujer y una
hija suya, a cuya vista inesperada se levantó Eusebio del
humilde asiento en que trabajaba para recibirlos y para ofrecerles
las sillas y un banquillo que allí había, mientras
que Clarise desahogaba con Leocadia su enternecido alborozo. Viose
precisada Leocadia a desistir d e sus cariñosas
demostraciones con Clarise, en atención a aquellos
señores que venían a visitarla.
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Roberto Wilkins
tomó entonces la palabra haciendo a Eusebio y a Leocadia un
enternecido cumplimiento sobre su desgracia. Luego les dijo que en
fuerza de la recomendación que le hizo el lord Harrington
poco después que llegaron a S..., le había enviado un
propio para participarle su prisión el mismo día que
aconteció; que el lord le encargaba en respuesta que hiciese
lo posible para favorecerles en aquellas funestas circunstancias;
pero que, habiendo sabido al mismo tiempo su obtenida libertad,
había hecho en vano mil diligencias para saber dónde
habían parado, hasta que aquella misma tarde
compareció en su casa un caballero que le dejó por
escrito el sitio y casa en que se hallaban, y que con sumo alborozo
suyo y de su familia venía, no solamente a traerles a
Clarise, sino también a participarles las intenciones del
lord Harrington, en fuerza de las cuales les tenía preparado
alojamiento en su casa, esperando que se dignarían aceptar
la oferta.
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Eusebio,
agradecido a la atención de Wilkins y a las intenciones del
lord, no supo ni pudo negarse a tan generoso ofrecimiento,
respondiendo a Wilkins, que allí lo tenía, que
dispusiese de su persona. La misma oferta en otros términos
hizo también Wilkins a Leocadia; la cual respondió
que no la quedaba motivo para rehusarla después que la
había aceptado su marido; que aunque pobre y sucia, como la
veían, no podía pedir tiempo para mudarse, no
quedándole otro ajuar que aquel que llevaba encima. Entonces
Brígida Wilkins, asiéndola de la mano, la besó
diciéndola: No os aflija, doña Leocadia, un estado en
que nos sois más respetable; toda S... se interesa en
vuestra desgracia y en la de vuestro marido. No tendrá por
qué complacerse en su venganza el que la tomó tan
bárbaramente de vuestra inocencia, instigado de su codicia.
No hay para que nos detengamos, dijo entonces Wilkins, los coches
nos esperan; y ofrecióse a Leocadia para acompañarla
al coche.
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Pidióle
Leocadia un instante para despedirse de su buena huéspeda
Engracia, que los había recibido y servido en su pobre casa,
y volviéndose a ella la decía cuán agradecida
quedaba a su favor y cuán reconocida a sus atenciones y
servicios, de los cuales conservaría memoria toda su vida.
Díjola Eusebio las mismas expresiones,
acompañándolas con uno de los doblones que le
había entregado don Eugenio y que ella recibió con
admiración y con extraordinario agradecimiento, que
manifestaba con llanto y con mil bendiciones y alabanzas, de las
cuales no desistió aun después que los vio en el
coche y que se ausentaron de sus ojos.
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Llegados a casa de
Wilkins, experimentaron toda especie de demostraciones
cariñosas de la generosidad y esmero de sus nuevos
huéspedes, llegando a tanto la afectuosa atención de
Brígida Wilkins, que ella misma, ayudada de su hijo, quiso
con sus propias manos desenredar y peinar el hermoso cabello de
Leocadia, que no había sufrido peine desde que la llevaron a
la cárcel.
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Abrióseles
de par en par el cielo a Eusebio y a Leocadia luego que se vieron
fuera de la sima de la desgracia y de las miserias en que los
había derribado la suerte, agradeciendo a la providencia
este favor y la fortaleza de sentimientos que les había
conservado para que pudiesen sacar dulce satisfacción y
consuelo de los trabajos padecidos, valiéndose de la
generosa mano de Wilkins para sacarlos de ellos y para ponerlos en
comodidad juntamente con sus fieles criados Clarise y Taydor, pues
nada habían podido saber de Damián, de quien tampoco
necesitaban en casa de su generoso huésped.
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Al otro día
que se hallaban en ella, fue don Eugenio a casa de Engracia para
llevarlos al alojamiento que le había indicado Taydor, y que
don Eugenio había hecho disponer y alhajar la misma noche.
La afligida Engracia le contó entonces que habían
venido unos caballeros en coches, en que se los llevaron, sin
saberles dar otras señas sino la de la lengua extraña
que hablaban y que ella no entendía. Conoció don
Eugenio que no podía ser otro que Wilkins el caballero que
la vieja le decía; fue a la casa del mismo para
certificarse, donde viéndose con Eusebio, le dio con los
parabienes nuevas pruebas de su sincera amistad y afecto.
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Con esta
ocasión, sospechando que Eusebio ignorase todavía la
catástrofe de don Felipe y su descubierta hermandad con
Leocadia, se la contó con gran sorpresa de Eusebio, que tuvo
harto motivo para admirar la extrañeza de las combinaciones
y de dolerse del funesto fin de su infeliz cuñado.
Sirvióle esta noticia para prevenir inmediatamente a Wilkins
y a todos los de su familia, que procurasen ocultar a Leocadia el
descubrimiento de su hermano don Felipe y su aciaga muerte que,
atendidas todas las circunstancias, pudiera causar a su
corazón indecible sentimiento.
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Supo a más
de esto Eusebio, por medio de su amigo, que su tío don
Gerónimo iba a perder el fruto de sus codiciosas miras y
cruel proceder, por cuanto la corte, atendida la calidad del
pleito, parecía querer entrar en los derechos del reo que
miraba como suyos, después que quedaban adjudicadas al fisco
las haciendas y demás bienes confiscados para el rey.
Hízole al mismo tiempo instancias para que se presentase en
la corte a fin de justificarse y hacer ver la bárbara
injusticia y tropelía de su tío don Gerónimo,
pues se le presentaba la mejor ocasión del mundo con la
caída del ministro de Hacienda (que acababa de saber), que
era el que protegía a su tío y el que le había
dado el empleo de intendente. Que a más de esto se
decía que el lord Harrington era el que más que
ningún otro había contribuido a su caída, a
instancias de la corte de Londres.
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Mas Eusebio, que
había entregado al olvido la ofensa de su tío y su
cruel proceder contra él, le dijo que no le quedaba ya cosa
alguna que pretender en España, que sólo pensaba en
restituirse a la América, para donde había
determinado partir luego que le llegase la respuesta del lord
Harrington. Que la suerte le había dejado sobrados bienes
para vivir con decencia y pasar holgadamente los días que le
quedaban; que no aspiraba a más que a llevar con ellos una
vida quieta y sosegada en el seno de su familia. No pudo don
Eugenio apearle de su determinación con las nuevas
instancias que le hizo, ni hacerle diferir su partida luego que le
llegó la respuesta del lord.
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En ella le
decía éste que hallaría en Cádiz una
fragata del rey que lo conduciría a Boston, a cuyo
capitán había enviado órdenes para ello; y que
por lo que les pudiese ocurrir, recibiría de Roberto Wilkins
trescientas libras esterlinas. Entregóselas dicho Wilkins, y
viéndolo resuelto a aprovecharse de la ocasión que el
lord Harrington le sugería, quiso también en
atención a éste acompañarlo hasta
Cádiz. Sintió sumamente don Eugenio su
resolución, a que hubo de ceder con tiernas lágrimas,
haciéndole aceptar una primorosa escribanía de plata
en cambio del reloj, que decía querer conservar como
preciosa reliquia de tal amigo. En los abrazos que se dieron
suplieron las lágrimas y las tiernas demostraciones a la
escasez de las palabras, en que no abundan los sinceros corazones,
mucho menos cuando el sentimiento anuda las lenguas.
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Dejaron finalmente
Eusebio y Leocadia aquella ciudad que había sido como
escollo funesto en que pareció naufragar su felicidad, sin
que pudiese ver la contraria fortuna su virtud anegada en las olas
del oprobio y de las penas y trabajos padecidos; pues antes bien le
sirvió la misma de tabla para salir salvos a la orilla,
semejantes a aquellos que, tragados del mar con sus riquezas, los
arroja el mismo a una playa donde encuentran un tesoro mayor que el
que perdieron, y suelo fértil y delicioso donde con su
frondosidad y abundancia los alivia y recrea.
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Llegados a
Cádiz, tardaron poco a embarcarse en la fragata que el lord
Harrington había insinuado a Eusebio, zarpando con viento
próspero, que en breve los alejó de aquel suelo en
que la suerte les hizo apurar las heces de la desgracia.
Temía Eusebio que la fama hubiese publicado su
prisión en Filadelfia antes de su llegada, pues no dudaba
que ella sola bastaría para abreviar la vida avanzada de su
buen padre Henrique y para congojar gravemente a los padres de
Leocadia, especialmente si hubiese llegado a su noticia el
descubrimiento de su hijo y su pérdida desastrada. Mas la
precaución que tomó Eusebio para que Leocadia lo
ignorase, así como obtuvo el deseado fin para con ella,
así también sirvió para que no llegasen a
saberlo jamás sus padres, quedando sepultado el secreto en
la prudencia de Eusebio, y para que el gozo y júbilo de
todos fuese cumplido en su llegada cuando menos lo esperaban.
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El buen viejo
Henrique Myden, enajenado de la dulce sorpresa de verlos comparecer
sanos y salvos, no sabía de qué expresiones valerse
para declararlos su alborozo, excediendo a las fuerzas de su edad
los transportes y repetidos abrazos que les daba, estrechando a su
seno a sus devueltos hijos, sin que pudiese disminuir el
júbilo que le acarreaba su vuelta, la noticia de la
pérdida del pleito que le contó Eusebio, como si
sólo lo hubiera perdido por tela de juicio,
callándole la entera desgracia y trabajos que la
acompañaron. Diolo todo a la suerte como de barato el buen
viejo, por la suma complacencia y seguridad de verlos allí
salvos.
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No fue menor el
alborozo de Eusebio y de Leocadia cuando llegaron a ver en la
granja a su dulce Henriquito, robusto y sano. Mas Leocadia estuvo a
punto de desfallecer cuando lo cerró entre sus brazos,
sofocándola los sollozos en que la hicieron prorrumpir las
ideas de sus padecidos trabajos y desgracias, y los temores y
congojas que tuvo de perderlo para siempre.
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Aunque el sumo
gozo de volver a ver a su hijo arrancó a Eusebio algunas
lágrimas, no enajenó tanto a su ternura, que no la
contuviese con los sentimientos de la moderación, por lo
mismo que le acordaban los pasados trabajos, que podía
perderlo de mil modos, lo que le movió a hacer de su amado
hijo el mismo ofrecimiento y sacrificio de resignación a la
voluntad del cielo, que el que hizo antes de dejarlo,
poniéndolo en las manos de la providencia y
consagrándolo a sus inescrutables disposiciones.
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Quiso solemnizar
Henrique Myden la llegada de sus hijos, y convidó para ello
a los padres de Leocadia, que no tardaron en comparecer para dar a
su querida hija y a Eusebio las más tiernas demostraciones
de gozo, sin que tampoco hiciese ninguna mella en sus generosos
ánimos la pérdida del pleito, del modo como lo
había contado Eusebio, ocultándoles su prisión
y el descubrimiento y muerte de su hijo, quedándoles hartos
bienes de fortuna en que dejar heredada a Leocadia.
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¿Quién explicará la deliciosa
satisfacción y sublime consuelo que tuvieron al mismo tiempo
aquellos virtuosos casados cuando se vieron salvos en aquel asilo
de felicidad, libres ya de todos los pasados afanes y miserias que
quisieron hacer presa de sus amantes corazones? Postrados de
rodillas ante el mismo tálamo nupcial que fue testigo de su
comenzada dicha, agradecieron con tiernas lágrimas al cielo
el fin de todos sus peligros y trabajos, devueltos a sus padres, a
su hijo, a la quietud y comodidades que les conservó su
beneficencia.
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Para que ninguna
cosa faltase al colmo de su consuelo, hallaron restablecido a Gil
Altano, cuyas demostraciones de ternura y de amor fueron extremadas
por poder ver otra vez a sus adorables amos, los cuales, luego que
restablecieron sus cuerpos y ánimos de los padecidos reveses
y desastres, y de la larga navegación, volvieron a emprender
con santa e imperturbable tranquilidad el ejercicio de la virtud,
que llegó a colmarlos de su más pura
satisfacción y dulzura en el seno de la abundancia,
después que les dio a probar su más precioso consuelo
entre las penas y angustias del oprobio y de los agravios de la
contraria suerte, para confirmar en ellos que no hay bienes ni
tesoros en la tierra que por si solos puedan hacer felices a los
hombres sin la virtud; y que, por el contrario, no hay mal,
ignominia ni tormento que ella no endulce y no haga llevadero con
la fortaleza de sus máximas y consejos, que forman
sólo la verdadera sabiduría en la tierra.
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