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ArribaLibro quinto

Grande había sido la sorpresa y el temor que se apoderó de toda la ciudad de S... cuando se divulgó en ella la prisión de Eusebio y de Leocadia. El concepto que Eusebio se había granjeado por su humanidad y beneficencia, acrecentó la compasión y dolor por su desgracia luego que se divulgó también el motivo de los rollos de tabaco encontrados en su casa; ni jamás la gente hizo más vivo cotejo de la desproporción de la funesta pena al delito, aunque suponían que Eusebio había introducido el tabaco, pues quedó en secreto entre los ministros de la justicia que era Taydor su criado el que lo había introducido. Tomó esta precaución su tío don Gerónimo como intendente, para perder a Eusebio y condenarlo según la ley a la confiscación de todos los bienes, creyendo salir así del pleito de un golpe y ganarlo sin apelación.

Estaba tan asegurado de esto, que hizo suspender la delación para el tribunal contra el sacrificio que solía hacer Eusebio a las musas con sus amigos, contentándose con llevar adelante el proceso comenzado contra el contrabando del tabaco. Esparcióse, entretanto, con no menor sorpresa de todos, la catástrofe de don Felipe que se había echado en el río, y con este motivo el secreto de no ser hijo de don Fernando R... sino de don Alonso V... a quien se lo robaron en mantillas, habiéndolo declarado en su muerte el mismo don Fernando que lo hizo robar. Creció la admiración de todos publicándose también que el dicho don Felipe era hermano de la mujer de Eusebio, que se hallaba presa con él en la cárcel.

Esta crueldad ejercitada en Leocadia, dio motivo a las públicas quejas y murmuraciones del pueblo contra el intendente que le había mandado prender; mas todas ellas no ponían término a sus penas, ni a la funesta desolación en que se hallaba, que antes bien le acrecentó el severo interrogatorio que le hicieron para cerrar el proceso. Todo anunciaba a Leocadia alguna cosa mayor sin atinar lo que era, quedándole poco aliento y esfuerzo para reflexionar en las preguntas que se le hacía. Extenuada del continuo llanto, de la abstinencia y de los desvelos, apenas podía sostenerse en pie.

Su hermoso rostro había perdido la viveza de su colorido; apagóse en sus dulces ojos el fuego que los animaba y a quien daba realce su modestia. Sus facciones enflaquecidas y menguada su morbidez, llegaban casi a desfigurarla, aunque sin destruir la nobleza que respiraba su dolor mismo y la hermosa aflicción, a quien condecoraba su espesa y rubia cabellera, que la caía en rico desorden por las mejillas sobre los hombros, llegando a conmover los ánimos de los que sólo hacían la formalidad del interrogatorio. ¿Qué fuera si hubiesen podido ver su interior y la hermosura de su virtud acrisolada con tantas penas y con tanto sufrimiento?

Hasta entonces no había probado Leocadia ningunos trabajos ni reveses de la fortuna. ¿Cómo era posible, a pesar del estudio de la sabiduría y de los consejos y reflexiones que la había hecho hacer Eusebio, dejar de ceder a la violencia de la más terrible desgracia que pudiera acometerla, siendo la primera que le sucedía? Ni era sólo la prisión, funesta y espantosa, ni el indigno tratamiento, ni la privación de todas sus comodidades y riquezas, ni el oprobio de su encarcelamiento, los que oprimían a su corazón tierno y sensible. ¿Qué era todo esto en cotejo de la privación y separación de su amado y adorable Eusebio?

Forzada de la necesidad, habíanse acomodado sus miembros delicados a la dureza del suelo que le servía de continuo asiento; sus ojos y ánimo, a la vista y hastío de los inmundos insectos, que eran sus solos compañeros en aquella sucia y hedionda mazmorra. Su apetito estragado habíase familiarizado sin gana al duro pan mugriento; su amor, no destituido de la esperanza de volver a ver a su Eusebio, forzaba su inapetencia a morder aquel alimento para sostener su vida, aunque miserable y dolorosa, para llegar a disfrutar otra vez con ella la sola felicidad que le podía quedar en la posesión de su marido. Estas esperanzas embotaban en cierto modo sus miembros contra el sentimiento y horror que sentía en la espantosa soledad de aquel pozo de miserias.

Olvidada casi de sí y de sus mismos males, ocupaba de continuo su memoria en los de Eusebio. Por él se deshacía en llanto, por él importunaba con continuas plegarias al cielo y por él ofrecía su vida a penas y miserias mayores, si con ellas pudieran aliviar las de Eusebio, haciendo resonar con sus súplicas hechas a la providencia aquel calabozo, para que se lo devolviese y le concediese este favor que le pedía con todo el fervor y pureza de su inocencia.

Concedióle finalmente el volverlo a ver el cielo. Mas, ¿cómo lo vio? ¿Y en qué fatal instante? Cuando ya los ojos de la misma, agravados del peso de la confusión y del temor al verse en la presencia del juez y cercada de alguaciles, no los podía levantar del suelo en que los tenía clavados; de modo que no vio ni reparó cuando introdujeron, a Eusebio en aquel mismo lugar, hasta que el eco de su voz penetró sus oídos y corazón con el motivo de responder Eusebio a la pregunta que el juez le hizo. El alma de Leocadia, agitada entonces de aquel dulce eco, rompió las ataduras de su enajenamiento, y dando un irresistible impulso a su cabeza y ojos, los volvió para ponerlos en su mando que se hallaba allí preso.

Su aspecto, viva imagen del santo sufrimiento, hizo en su corazón tan profunda herida que, no pudiendo resistir a su dolor, cayó desfallecida, arrojando un fuerte y agudo gemido que puso en consternación al juez y a los alguaciles.

¿Quién retratará la fortaleza del ánimo y de los sentimientos de la virtud de Eusebio en aquel fatal instante en que, reconociéndose víctima de la injusticia codiciosa, vio caer a sus pies casi muerta a su adorable esposa? Habíanla descubierto sus ojos al entrar en aquel lugar, fijándolos con intenso dolor en su rostro extenuado y descolorido, medio cubierto de su caída cabellera. Aunque al reconocerla probó un rápido consuelo como relámpago, viéndola tan desfigurada, recayó en las tinieblas del dolor y de la compasión más tierna que sacó de sus ojos pocas pero ¡qué lágrimas! Recobró, sin embargo, la fortaleza de los sentimientos que sacaba del calabozo, y que ennoblecía a su presencia revestida de una modestia tan imperturbable, que humilló al mal ánimo del juez vendido a la voluntad de su tío don Gerónimo, el cual le había encargado aquella formalidad aparente teniendo determinada su condenación.

Tuvo, sin embargo, Eusebio no pequeño consuelo cuando llegó a ver que Leocadia desahogó en llanto su desfallecimiento; pero se volvió a trocar luego en mayor dolor cuando el juez dio orden para que los llevasen a sus respectivos calabozos. Allí se renovaron con mayor fuerza sus dolores y angustias con la nueva separación, que la codicia de su tío hizo más breve de lo que temían los presos inocentes, los cuales fueron citados de allí a dos días para intimarles la sentencia fatal que, atendida la violación de las órdenes reales en el descubierto fraude del tabaco, los condenaba a la confiscación de todos sus bienes.

Antes de intimarles esta funesta sentencia, mientras se les leían algunos capítulos del proceso, conociendo por ellos Eusebio la manifiesta injusticia, preguntó al juez si le sería permitido decir dos palabras en defensa de su causa; pero, siéndole negado, calló y sometió su ánimo a las divinas permisiones para recibir con magnanimidad la sentencia, como la recibió, sin dar ninguna señal en su rostro de alteración. No la dio tampoco Leocadia; antes bien, las ansias que sentía para llegar otra vez a la posesión de su amado Eusebio y de salir de tantas angustias y miserias, pareció que no le dejasen sentir la pérdida de todos sus bienes y comodidades, mirando con harta indiferencia la pobreza y miseria a que la condenaban, en cotejo del cobro de su libertad y de la compañía de su respetable marido.

Era ya de noche cuando, acabadas todas las funestas formalidades, los llevaron a la puerta de la cárcel los alguaciles para darles la libertad. A pesar de la terrible y lamentable desgracia de que salían cargados, debieron refrenar los ímpetus de su mutua ternura, especialmente Eusebio, para no echar los brazos al cuello de su adorable Leocadia, mientras se hallaban a la sombra de aquel oprobioso edificio que los acababa de arrojar de sí. Asiéndola, sin embargo, de la mano, la encaminaba consigo sin saber dónde, diciéndola: El cielo que no desampara a los viles gusarapos, ¿nos dejará por ventura perecer en la miseria a que nos condena? No, Leocadia, venid; ¿qué zahúrda nos podrá parecer despreciable después que soportamos en los horrores de la cárcel nuestra separación?

Dicho esto, llegó a una bocacalle donde, pudiendo dar soltura a su ternura, se abrazó estrechamente con ella prorrumpiendo en llanto. Leocadia, en cuyo corazón combatían los sentimientos de gozo, de amor y de ternura con los de la aflicción y dolor al verse reducida a la pobreza, sin casa, sin bienes, sin parientes que la acogiesen y expuesta a la mendicidad, prorrumpió también en sollozos que procuraba sofocar temiendo ser oída y notada. Decíale Eusebio:

Os vuelvo a poseer, excelso amor mío, os vuelvo a poseer; no es esto sueño, pues siento la dulzura celestial con que inunda a mi alma el cielo en la correspondencia de vuestro santo amor. ¿Qué son todas las penas, los trabajos, las angustias padecidas y la pobreza misma en que nos vemos, en cotejo del inexplicable gozo que tengo en vuestra posesión?

LEOCADIA.-  Nada, mi buen Eusebio, nada. Renueva mi ánimo, aunque oprimido de la desgracia, el gozo mayor y más puro que había probado. El cielo recompensa ciertamente con él todos los horrores y angustias que padecimos.

EUSEBIO.-  ¡Justo Dios! ¿Es éste el premio que reservas a la maltratada inocencia y virtud? Lo es, lo es, no hay duda, ¡oh dulce prenda de mi dicha! ¿Qué otra mano que la omnipotente pudiera derramar tan suave alborozo en nuestros corazones en medio de la horrible miseria y de la privación de todas las comodidades a que la suerte nos expone?

LEOCADIA.-  Por grande que sea nuestra desgracia, vuestra compañía, amado Eusebio, la hará perder todo el horror; con vos me será dulce el soportarla.

EUSEBIO.-  ¡Oh sublime confortativo de mis penas, Leocadia adorable! Dejad que desahogue el exceso del agradecimiento y ternura que me causáis; recibid por prenda de ellos esta demostración ardiente del alma, que acude para ello a mis labios.

LEOCADIA.-  La acepto, Eusebio, con toda la efusión de mi tierno reconocimiento; no os aflija nuestro estado, aunque miserable; la virtud no nos dejará perecer en él.

EUSEBIO.-   No son indicio de la aflicción estas lágrimas, aunque las derramo. Por ellas y por el sentimiento que me las saca trocara todos los tesoros de la tierra. Vamos, dulce amor mío, a buscar algún recobro donde podamos descansar y pasar la noche, ya que no con comodidad, a lo menos en libertad que hará llevadera nuestra pobreza.

Dicho esto, se encaminaron por aquel callejón, mirando Eusebio a una y otra parte para ver si descubría alguna puerta abierta con intención de pedir posada para aquella noche. Leocadia iba enjugándose las preciosas lágrimas que le había sacado la demostración de Eusebio. No viendo ninguna puerta en aquella calle, ni en otras que fueron recorriendo, la encontraron en la extremidad de aquel barrio. Era de una pobre casilla, en cuya entrada había una vieja sentada que hilaba a la luz escasa de un candil, lo cual renovó a Eusebio la memoria de la pobre Betty Bridway que los acogió en Londres a él y a Hardyl en caso semejante.

Eusebio entró dentro, y dadas las buenas noches a la vieja, la preguntó si tendría algún rincón que alquilarles para pasar la noche, pues eran pobres que habían caminado mucho y cualquier cama les sería apreciable. No tengo cama que alquilar, responde la vieja; la que tengo de vacío sirve a mi hijo que es calesero, el cual puede volver de un día para otro de Madrid, adonde fue. En caso que vuelva le cederemos la cama, replicó Eusebio; pero entre tanto, si no os molesto y nos queréis hacer esta caridad, os la satisfaré. ¿Molesto? No, por cierto; basta que os contentéis de un jergón; si queréis, venid a verlo. Toma luego el candil que tenía metido en la pared por la punta del mango y los precede hacia un antiestablo, donde les mostró el jergón sobre cuatro tablas en que su hijo dormía.

Su vista y la del infeliz cuarto a tela vana, entoldado de telarañas, representó tan vivamente a Leocadia la pérdida de todos sus bienes, la de su casa, de sus comodidades y regalos, la de sus ricos muebles y camas y el desamparo en que se veía, que sin poder contenerse ni recatarse de la vieja, prorrumpió en repentino llanto y sollozos. Eusebio, conmovido de ellos, teniéndola arrimada a su seno, la decía:

¿Qué acometimiento de tristeza es éste, mi dulce Leocadia? ¡Ah!, os compadezco. La humanidad debe resentirse saboreando la amargura de la desgracia; ¿mas por ventura no nos servirán en nuestro presente estado los consejos de la sabiduría, como nos sirvieron en la sufrida prisión?

LEOCADIA.-  ¡Oh Eusebio!, no esperaba de mí esta flaqueza. La triste imagen de nuestros bienes y de las perdidas comodidades, hízome olvidar que me quedaba el bien mayor y el que sólo puede suplir a todos los demás. Con vos me será esta estancia apreciable; ni se abatirá más mi corazón a desear lo que desecharía si con vos no lo disfrutara.

EUSEBIO.-  Prenda de mi felicidad más pura, que me hacéis la pobreza amable y respetable la miseria: acordaos que no hay ruin habitación en el suelo, que no sea mil veces preferida a la cárcel de que acabamos de salir. En ella no padecí mal mayor que el de vuestra privación. Mas ahora que os vuelvo a poseer, ¿qué bienes ni riquezas puede echar menos mi corazón? Esta estancia me será delicioso palacio. En vuestra virtud, Leocadia, en vuestro amor tienen mis sentimientos el mayor suplemento a todos nuestros haberes perdidos, a quienes mirábamos como prestados de la suerte. Ved aquí el lance en que ella se los quiso apropiar, sin que tengamos justo motivo de quejarnos porque se llevó lo que no era nuestro.

LEOCADIA.-  No, Eusebio, no me quejaré; mi corazón no desmentirá en adelante el consuelo que prueba mi alma en la posesión de aquel a quien amo mucho más que a todos los tesoros de la tierra.

La vieja, presente a aquel tierno coloquio, oyendo que nombraban las riquezas y bienes perdidos, maravillada de aquellos sus huéspedes, especialmente viéndolos en aquel traje forastero, les dijo: ¿Os ha sucedido alguna desgracia? ¿No parece que sois de esta tierra?

EUSEBIO.-  De esta tierra somos, pues veis que hablamos la lengua.

LA VIEJA.-  El traje a lo menos no lo es.

EUSEBIO.-  Lo es del país de donde venimos.

LA VIEJA.-  Debéis de estar muy cansados; siento no tener mejor cama que daros.

EUSEBIO.-  Cual es la aceptamos de buena gana, y os agradecemos vuestra buena voluntad; nos fuera igualmente apreciable si tuvierais algo que darnos de comer por nuestro dinero, pues nos hallamos faltos de sustento.

LA VIEJA.-  No tengo más que tres gallinas, pero ellas ponen y no quiero matarlas; si queréis iré a comprar lo que mandaseis.

Eusebio dijo entonces a Leocadia qué era lo que apetecía, pues le quedaban algunos reales en la faltriquera y el reloj que no quiso recibir el carcelero y que vendería al otro día en caso que su antiguo agente no quisiese adelantarle el dinero. Aunque Leocadia persistía en no querer comer, Eusebio, atendida su flaqueza y extenuación, la instó tanto que condescendió en tomar un huevo pasado por agua. Eusebio dio entonces a la vieja dos reales para que comprase huevos y pan; lo que hizo ella de buena gana, mostrándose compasiva con Leocadia, a quien exhortó a que estuviese alegre.

Quedando los dos solos, Leocadia fue la primera en manifestar a Eusebio que las atenciones de la vieja le servían de consuelo; mas luego volvió a llorar viniéndole a la memoria Henrique Myden y su hijo Henrique, insinuando a Eusebio que, puesto que se hallaban en libertad, podían volver cuanto antes a la América. Procuró consolarla Eusebio diciéndole que tales eran sus intenciones en caso que su agente quisiese adelantarle el dinero para el viaje, lo que tentaría al día siguiente. Ocurriéronle también a Leocadia los criados, especialmente Clarise y la inadvertencia de Taydor que los había reducido a aquel estado de miseria, pues el tabaco que introdujo fue la causa de su prisión y de la confiscación y pérdida de todos sus bienes. Dioles esto harta materia de discurrir y de ejercitar los sentimientos virtuosos para con Taydor, a quien a pesar de su grave descuido, temía Eusebio no ver más, persuadiéndose que lo hubiesen encerrado para siempre en un calabozo.

La llegada de la vieja con los huevos y con el pan interrumpió su discurso, diciendo: Vengo con el recado, y por reciente se me vendió.

EUSEBIO.-  Día más o menos no vuelve los huevos hueros. Dios os lo pague y vengan acá, que quiero hacer de cocinero. ¿Tenéis algo en que ponerlos a hervir? ¿Vuestra gracia cuál es?

LA VIEJA.-  Engracia, para servir a Dios y a vmd. Aquí tengo una ollita que, aunque cascada, no sentirá que se le vaya el caldo; tómela vmd. y voy a traer el agua y algunas virutas para encender lumbre.

Eusebio, luego que trajo Engracia las virutas, se arrodilla en el hogar que estaba rasero al suelo, para encenderlas con el candil. La vieja puso agua en la olla, no dejando a Leocadia el hacerlo como pretendía, y alargósela a Eusebio que la aplicó a la humosa llama de las virutas, soplando de nuevo para que hirviese luego. Entre tanto contaba Engracia que era viuda, que había tenido tres hijos, pero que sólo le quedaba vivo el que les dijo que era calesero, que la mantenía con sus escasas ganancias, que en lo demás suplía el cura de la parroquia, que les era pariente, con algunas limosnas.

EUSEBIO.-  Pariente vuestro es el cura, ¿y os deja en esa pobreza?

ENGRACIA.-  ¿Sabe vmd. lo que me respondió una vez a una objeción semejante que le hice? Que el Evangelio decía da a los pobres y no a los parientes.

EUSEBIO.-  Mas si los parientes son pobres, ¿los hace por ventura ricos el parentesco?

ENGRACIA.-  Si he de decir entera verdad, nos acude con lo necesario si alguna vez enfermamos, como lo experimenté en la enfermedad de cuidado que tuvo mi hijo Pedro, dándome un doblón de a ocho, diciéndome que lo acababa de recibir de la caridad de un caballero que venía de la América.

EUSEBIO.-  ¿De la América venía ese caballero? ¿Sabéis cómo se llamaba?

ENGRACIA.-  No lo sé; pero por lo que dice la gente, infiero que es el mismo a quien pusieron en la cárcel con su mujer por un contrabando que les encontraron, sin saberse en qué pararán.

Aquí Eusebio y Leocadia se dieron una mirada llena de enternecimiento, continuando a decir Engracia: Ha sido un caso que ha trastornado y aturdido a toda la ciudad, pues dicen todos que el dicho caballero era tan bueno y tan misericordioso, que mantenía algunas familias pobres de esta parroquia, y yo conozco a una a quien ahora le luce el pelo por haberles puesto tienda de planta cuando se casaron, la otra vez que estuvo en S...

Leocadia, al oír esto, aunque se cubrió los ojos con la mano y procuró sofocar los sollozos que le causaba la narración de la vieja, no lo pudo conseguir. Eusebio hízose también suma fuerza para no acompañar a Leocadia, distrayendo su enternecimiento con achaque de los huevos que hervían, sacándolos del fuego y poniendo la olla sobre una mesilla que se resintió con el peso de su cojera. Estas circunstancias sirvieron de distracción al llanto. La vieja Engracia acudió por un plato en que Eusebio puso los huevos, sin hacerse mención de manteles ni cubiertos, que no había.

EUSEBIO.-  Vamos, Leocadia, la cena está dispuesta, acercaos; venid también, Engracia, hacednos compañía.

ENGRACIA.-  ¡Oh!, no señor, que la cena es para vmds.

EUSEBIO.-  Y para vos también; aquí hay seis huevos, dos para cada uno.

ENGRACIA.-  No señor, que compré tres para cada uno de vmds.

EUSEBIO.-  En fin, nosotros no comenzamos si no nos despertáis el apetito.

LEOCADIA.-   Venid acá, Engracia, pues yo no sé si podré salir con uno sólo.

ENGRACIA.-  Por obedecer a mi señora Leocadia aquí estoy.

EUSEBIO.-  Pues este huevo está en su punto.

ENGRACIA.-  ¡Oh pecadora de mí! Me olvidé de la sal.

LEOCADIA.-  No paséis pena por ello; no es gran daño.

ENGRACIA.-  Pues otra que tal, no me ocurrió preguntarles si querían vino.

EUSEBIO.-  Leocadia no lo bebe; yo lo bebo cuando lo hay, cuando no, no lo bebo; el agua suple.

ENGRACIA.-  Aquí está pues el cantarillo.

Esforzábase Eusebio en dar tono de alegre indiferencia a aquella cena, supliendo a su pobreza con los sentimientos de moderación y constancia que a las veces se echan de ver más en las cosas pequeñas que en las grandes, acomodándose a ellas el corazón.

Acabada la cena, comenzó a despertar en sus pechos el santo amor los afectos con que prometía recompensar tanto tiempo de funesta privación, y de penas y congojas con que los maltrató la suerte. Apresuró la buena Engracia el momento, exhortándolos a que fuesen a descansar, como lo ejecutaron dándola las buenas noches y agradeciéndole sus servicios. La ruin estancia perdió entonces el aspecto infeliz que antes tenía, convertida del himeneo en templo de la más pura ternura de la virtud, que colmó sus corazones de los destellos del más sublime consuelo, adormeciéndolos en el seno de la dulcísima confianza y satisfacción de sus acendrados afectos y sentimientos.

El primer movimiento de sus almas cuando los despertó la luz del día amanecido, fue agradecer a la providencia el alborozo que tuvieron al reconocerse en aquel pobre lecho, sí, pero en su entera libertad, fuera de los horribles calabozos en que los había sepultado la desgracia. Después que desahogaron su júbilo con nuevas demostraciones de ternura, con que aliviaban la falta de todo lo necesario en su presente estado, salieron a saludar a la vieja Engracia, a quien encontraron hilando. Supieron por ella que era más tarde de lo que pensaban. Eusebio resolvió ante todas cosas ir a verse con su antiguo agente para pedirle dinero a fin de remediar su miseria.

Eran como las nueve del día cuando Eusebio salía de aquella casa que le sirvió de asilo, encaminándose hacia la de su agente. Las primeras calles que andaba ofrecíanle pocos mirones; mas luego que comenzó a internarse en las concurridas todos lo señalaban con compasión: unos se paraban, otros salían a las puertas de las tiendas por donde pasaba, llamándose unos a otros para que reparasen en él. Eusebio, sin perder nada de su modesta soberanía, iba siguiendo su camino, arrostrando con serenidad todas las miradas y juicios de aquellos que se paraban para verle, hasta que llegó a casa de su agente, que la halló cerrada.

Tocó a ella con su mano animada de la fortaleza de la moderación y sufrimiento. El hacerlo esperar un buen rato antes de abrirle, hízole sospechar alguna mudanza en el ánimo del dueño; pero iba sobrado prevenido para resistirse por contraria que fuese la respuesta que le diesen. El criado se asomó finalmente para ver quién era, y le abre; pero acudió a la escalera para preguntarle lo que quería. Eusebio, sin extrañar la seca indiferencia con que era recibido, le dijo que tenía que hablar con su amo, replicándole el criado que su amo estaba ocupado, que le dijese lo que deseaba. Eusebio le dijo que venía a pedir a su amo el dinero que necesitaba. El criado lleva el recado dejando a Eusebio como extraño y desconocido al pie de la escalera, de donde no se movió tampoco, sonriéndose de aquella mutación de escena en que quiso representar el papel de desconocido, hasta que se le antojó al criado volver para decirle de parte de su amo que perdonase si no podía darle el dinero que deseaba, no teniendo orden para ello.

Esta respuesta hizo acordar a Eusebio que no presentó al mercader las letras de cambio que traía, por no necesitar de dinero cuando llegó. Pero como la justicia se había apoderado de todas las cosas y papeles, juzgó superfluo dar esta excusa al criado, a quien dijo solamente que tenía su amo mucha razón; y se salió de la casa para volver a la de Engracia. A pocos pasos se encontró con un embozado que pareció hacer ademán de pararlo; pero conteniéndose de repente, lo dejó pasar, torciendo inmediatamente el camino para seguirlo, tomando las mismas calles que él tomaba.

Llegado a casa de Engracia, como encontrase a Leocadia hilando en la rueca de la vieja, se compungió tanto, que no pudo contenerse de no besarla la mano, acompañando esta demostración con llanto y con expresión de ternura. Leocadia le dijo que había tomado la rueca para evitar el ocio y que si hubiese tenido su bastidor, hubiera comenzado a trabajar para remediar su desgracia. Arrojó entonces Eusebio un suspiro, que nacía antes de admiración enternecida de los sentimientos de Leocadia, que de aflicción de verla y de verse él en aquel estado miserable. Mas ella lo tomó por señal del mal despacho que traía del mercader, como se lo insinuó a Eusebio. Contóle éste lo que le había pasado, añadiendo qué le quedaba para comer aquel día; que vendería el reloj para poder poner tienda de cestero con lo que sacase de la venta, como la puso en Londres con Hardyl; que entre tanto escribiría al lord Harrington a Madrid para que le prestase alguna suma y para que le obtuviese salvoconducto para la América.

Leocadia aprobó su determinación y le rogó que si alcanzaba el dinero que sacase del reloj para comprarle un bastidor de bordar, podría también ella ganarse el sustento con aquel trabajo. Apenas había proferido esto Leocadia, cuando entra en la casa el embozado que había seguido a Eusebio, diciéndole con llanto: ¡Oh dulce amigo!, vengo a desahogar en vuestros brazos el dolor e indignación con que exasperó mi pecho vuestra desgracia. Reconoció entonces Eusebio con suma ternura y gozo a su grande e íntimo amigo don Eugenio de Arq... y estrechándolo a su seno le decía:

EUSEBIO.-  Ánimo, don Eugenio, que Jonás salió ya de la ballena, y aunque desnudo, así debía ser y suceder a quien escapa del naufragio. ¿Os indignaríais acaso contra las olas y la tempestad, si después de haberme anegado me arrojasen a la playa, como lo hicieron con Ulises? Éste no sintió seguramente tan puro consuelo al verse amparado de Nausica, cuanto yo de vuestra generosa demostración.

DON EUGENIO.-  ¡Ah! vuestra alma grande no podía desmentir sus virtuosos sentimientos en la más terrible prueba. Esta mi demostración no es sólo efecto del tierno amor que os debo, don Eusebio, sino también de la veneración y del aprecio sumo que vuestra virtud merece; mas no vine para alabaros, sino para daros prueba de mi inviolable amistad y memoria.

EUSEBIO.-  Es sumo el aprecio con que la recibo, don Eugenio; prueba mayor no la pudiera esperar en mi desgracia.

DON EUGENIO.-  No creo que necesitéis en ella de consejos ni de exhortaciones ajenas, a pesar de la pérdida de todos vuestros bienes. No vine tampoco para esto, sino para aliviar vuestra necesidad con estos cincuenta doblones. Sé, a lo menos no me lisonjeo, que no os humillará este don viniendo de la mano de la amistad más pura y más sincera.

EUSEBIO.-  ¿Humillarme? No, por cierto, don Eugenio; sólo puede avergonzarse de recibir el que se avergüenza de ser pobre. Permitidme, sin embargo, que os diga que faltan títulos para que yo acepte toda esa generosa oferta.

DON EUGENIO.-  ¿Cómo? ¿Qué queréis significar? ¿Qué títulos son esos?

EUSEBIO.-  Sois todavía hijo de familia, y por lo mismo no podéis socorrer a vuestro amigo sin hacer un sacrificio a vuestras comodidades y conveniencias. Ved aquí el título que me humillaría si yo aceptase tan excesivo don.

DON EUGENIO.-  Y todas las comodidades de que yo pudiera privarme, ¿equivaldrían al gozo y consuelo que tuviera de socorrer a mi mayor amigo?

EUSEBIO.-  Ese consuelo lo podéis tener del mismo modo, sin exceder los límites de vuestra posibilidad. No me prevaldré de otro modo de la demostración de vuestra beneficencia.

LEOCADIA.-  Ea, pues, estaré a los límites que me pongáis; no puedo usar con vos de mayor confianza y sinceridad a pesar del desconsuelo y mortificación que me dais con vuestra extraña delicadeza. ¿Qué límites son esos?

EUSEBIO.-  Os diré mi sentir. En el naufragio de todos mis bienes salvóse conmigo mi reloj; es de repetición y pieza no mala. Había determinado venderlo hoy mismo, pues es alhaja que ya no me compete. Hagamos un trueque amigable: yo os daré mi reloj, vos me daréis tres doblones; pues no es bien mentar compra y venta a la amistad.

DON EUGENIO.-  ¡Cielo! ¿Qué proferís? ¡Ah!, don Eusebio, no despedacéis mi corazón. Por lo que más amáis en este suelo, por esta vuestra respetable compañera en la desgracia, os ruego no queráis desechar esta demostración de mi afecto, y conservad vuestro reloj para otra ocasión en que yo no tenga parte.

EUSEBIO.-  No es posible, don Eugenio; me disteis palabra de estar a los límites que os pusiese; éstos son: No hay que pasar de ahí. Para no llevar, sin embargo, la nota de humillada pertinacia, añadiré otra condición que espero será bien admitida.

DON EUGENIO.-  Decidla pues.

EUSEBIO.-  Que en caso que no me basten esos tres doblones que os pido por el trueque para suplir a mis necesidades, acudiré a vos el primero para que me socorráis.

DON EUGENIO.-  Enhorabuena pues; admito la condición, con tal que me deis palabra de cumplirla.

EUSEBIO.-  Os la doy.

DON EUGENIO.-  Aquí tenéis los tres doblones; venga ese reloj inestimable.

EUSEBIO.-  Vedlo aquí.

DON EUGENIO.-  Lo recibo sólo para tener la mayor y más pura complacencia de trasladarlo a vuestras manos, doña Leocadia. No puedo darle mejor destino, ni yo tener mayor consuelo que el que recibiré si os dignáis aceptar alhaja que, habiendo sido de vuestro marido, os deberá ser apreciable.

LEOCADIA.-  Lo serán sin comparación mucho más vuestras generosas atenciones, don Eugenio; perdonad si no lo recibo, en ningunas manos estuviera más desairado que en éstas, destinadas de la suerte a ganarse el pan con el trabajo. Todo ha de ser correspondiente a los tiempos y circunstancias. En otro tiempo pudieran tal vez competirme tales alhajas, no en el presente; mucho menos aquéllas de que se desapropia mi marido como superfluas a su pobre estado.

DON EUGENIO.-  Almas dignas de mi veneración, puesto que todas las demostraciones de mi amistad no hallan cabida en vuestros excelsos corazones, dignaos a lo menos de valeros de una voluntad que os queda consagrada; dadme a lo menos el consuelo y la gloria de que os pueda servir en lo que sufra vuestra excelsa virtud y delicadeza de sentimientos.

LEOCADIA.-  El consuelo lo recibiré yo, don Eugenio, si queréis hacerme el singular favor de informaros del paradero de Clarise y de los criados, especialmente de Taydor.

DON EUGENIO.-  De Clarise sólo puedo deciros que fue a parar a casa del cónsul de Inglaterra; los otros criados los pusieron en libertad, mas no sé en dónde paran.

EUSEBIO.-  ¿En libertad pusieron a Taydor?

DON EUGENIO.-  ¿Os maravilláis, oh dulce amigo? No tenía haciendas que perder, ni caudal con que cebar la codicia de los administradores.

EUSEBIO.-  No lo pregunto por eso; olvidé ya todo lo pasado. Omnia mea mecum porto. Mi pregunta fue efecto del gozo que me causó el saber que el buen Taydor quedaba en libertad; lo tuviera mucho mayor si pudiese saber en dónde para.

DON EUGENIO.-  Voy, pues, a informarme inmediatamente. La complacencia que tengo en disfrutar de vuestra apreciable compañía, cederá al sumo gozo que tendré de serviros y de satisfacer en algo a vuestros deseos. Adiós, mi respetable don Eusebio, recibid este nuevo abrazo en confirmación del júbilo por vuestra recobrada libertad y por la de doña Leocadia.

Luego que partió don Eugenio llegó Engracia con la carne que Eusebio la había encomendado para hacer puchero, atendida la falta en que se hallaba Leocadia de nutrimento, con la larga abstinencia de la cárcel. La misma Leocadia había puesto la olla al fuego mientras que Eusebio fue a verse con el mercader, y luego que entró Engracia con la carne, acudió a tomársela para ponerla en la olla, queriéndolo hacer con firme voluntad de acomodarse a las circunstancias del estado en que se hallaba. Engracia no quería consentir en ello, diciéndola que desdecía de sus blancas y delicadas manos aquel oficio.

Compungido el ánimo de Eusebio de aquella demostración de Leocadia, decidió la competencia, tomando él la carne y poniéndola en la olla. Hecho esto, dijo a Leocadia que iba a comprar recado para escribir al lord Harrington a Madrid, y que de paso vería si encontraba materiales para poder poner la tienda de cestero. Para ello debió internarse en la ciudad. Al pasar por una calle llamó a su atención el eco de una trompeta de pregonero y ocurrióle vivamente si se haría almoneda de sus muebles confiscados. Satisfizo a su curiosidad siguiendo el sonido que lo atrajo a una plazuela, donde vio confirmada su sospecha, no sin alguna conmoción de su ánimo, la cual se mudó inmediatamente en gozo al descubrir entre aquellos muebles el bastidor de que se servía Leocadia para bordar.

La mucha gente que allí se hallaba puso luego sus ojos en él, admirando la firme y modesta serenidad con que se había presentado; ni dudaban que hubiese ido a comprar algún mueble que lo interesase mucho, lo que hizo empeñar más su curiosa compasión. Hubo de esperar Eusebio que el pregonero pusiese posturas a algunos muebles antes que al bastidor, el cual quedó por suyo a la primera con gran conmoción de todos los circunstantes, que no sólo consideraban la grandeza de su desgracia, sino que admiraban la magnanimidad y moderación con que la soportaba. Creció el enternecimiento de todos ellos cuando, entregado el dinero, vieron que cargaba él mismo sobre sus hombros el armatoste, yéndose algunos por no verlo, y diciendo mientras se iban: No hay valor para ver esto; enternecería a las mismas piedras.

Eusebio, superior a todos los dichos y juicios de los hombres, complaciéndose en su interior por aquel hallazgo y compra como si fuera un tesoro, iba abrazado con aquella carga apretándola a su seno, sin acordarse más de los materiales para la tienda, ni del recado para escribir. Leocadia, al verlo entrar con aquel armatoste sobre los hombros, no sabía atinar qué fuese a primera vista; mas luego que lo reconoció, manifestó su gozo y deseo de saber el modo como lo había podido conseguir. Contóselo Eusebio, haciéndola también enternecer en la narración, y volvió a salir de casa para comprar el recado que se le había olvidado y el que necesitaba Leocadia para hacer el diseño y bordarlo. Entre tanto, Engracia acabó de disponer la comida ayudada de Leocadia, la cual a ejemplo de Eusebio se esforzaba en sacar consuelo de todo aquello, poniendo en práctica los consejos y máximas que le había hecho aprender su virtuoso marido en tiempo de la prosperidad para el de la desgracia que pudiera venir y que, venida ya, le hacía ver y probar que el estudio de la virtud y ejercicio era el mayor remedio contra ella.

Cuando volvió Eusebio lo esperaba ya la dispuesta comida. La buena vieja, que por la presencia, expresiones y afectos que notaba en sus huéspedes, echaba de ver que eran de calidad superior a la que mostraba su necesidad, había pedido prestado a una vecina suya el ajuar de la mesa que, aunque limpio, se resentía también de la pobreza de su dueño. El mantel era decente y las cucharas de palo. La cojera de la mesa habíase remediado con un tiesto de olla. Todo lo demás lo tenía en casa Engracia, la cual luego que entró Eusebio, dijo:

ENGRACIA.-  En mejor punto no podía llegar vmd. señor don Eusebio; acabo de sacar el arroz.

EUSEBIO.-  Aquí estoy pues, y con ganas de probar el arroz hecho por vuestras oficiosas manos.

ENGRACIA.-  Igual parte o mayor tuvieron en él las de mi señora doña Leocadia; yo atendí sólo a que estuviese en su punto.

EUSEBIO.-  Me será, pues, más estimable hecho por vos y por Leocadia; sentémonos en hora buena.

ENGRACIA.-  Y Dios nos bendiga.

EUSEBIO.-  Así sea.

ENGRACIA.-  No sé si agradará a mi señora doña Leocadia.

LEOCADIA.-  En muy buen punto está.

EUSEBIO.-  No probé mejor arroz en mi vida, ni que más regalase mi alma.

ENGRACIA.-  ¿Tanto le place a vmd.?

EUSEBIO.-  Tanto que renovara con él de buena gana la venta de Esaú.

ENGRACIA.-  ¿Qué caso es ése?

EUSEBIO.-  Que dio toda su herencia por una escudilla de lentejas.

ENGRACIA.-  ¿Debería ser loco ese señor Esaú? ¿Dar toda su herencia por lo que yo no daría dos maravedís? No me cabe en el entendimiento.

EUSEBIO.-  ¿También pues me tuvierais a mí por loco si diera mi hacienda por este arroz?

ENGRACIA.-  Entendí la fuerza de la expresión de vmd. que aludió al haberlo hecho mi señora doña Leocadia, a quien vmd. ama mucho.

EUSEBIO.-   ¿Y os persuadís de la alusión?

ENGRACIA.-  Son ciertos modos de decir, que aunque jamás pueden llegar a la ejecución, prueban sin embargo la fuerza del afecto de quien los profiere. ¿Mas quién sabe que no haya dejado vmd. otra herencia igual a la de Esaú por mi señora Leocadia? Y esto lo creyera más fácilmente que por el arroz y las lentejas.

EUSEBIO.-  ¿De dónde sacáis esas sospechas?

ENGRACIA.-  De otros casos de amores, que aunque oídos en consejas, no se hacen increíbles. Príncipes y princesas que andando a sus aventuras pararon en chozas de pastores y en casas pobres semejantes a ésta, en que pudieron muy bien refugiarse vmds. perseguidos de su mala ventura. Acrecienta a éstas mis sospechas el traje en que los veo, y que se me antoja el mismo en que vinieron a España los doce pares.

EUSEBIO.-  Según eso, ¿os parecerá Leocadia una princesa?

ENGRACIA.-  ¡Y cómo que me lo parece! Para mi santiguada, que ni doña Merindana, ni doña Flor, ni la de don Gaiferos, ni de Roldán se atrevieran ponerse a tiro de su cotejo.

LEOCADIA.-  Ahora es tiempo de comer, Engracia, y no de comparaciones.

ENGRACIA.-  ¿Y no se pueden hacer comiendo? Será, pues, vmd. la sola a quien no agraden tales comparaciones. Aunque si lo dice para evitar el parecer princesa y el que yo adivine que lo es, me acrecienta por lo mismo mis sospechas.

Así proseguía Engracia dando motivo a sus huéspedes para que la satisficiesen la curiosidad que tenía de saber quiénes eran; y aunque no pudo sacar nada de ellos, amenizó la comida. Acabada ésta, Leocadia, animada de sus virtuosos deseos y sentimientos, se puso inmediatamente a formar el diseño para unas vueltas, que fue lo primero que le ocurrió bordar. Eusebio escribió la carta al lord Harrington. En ella le participa la desgracia que le había acontecido, la cual hacía superflua la recomendación sobre su pleito, a quien había puesto fin la confiscación de todos sus bienes. En fuerza de esto le rogaba quisiese, con su autoridad y fianza, proporcionarle embarco para la América en algún bastimento inglés, a quien satisfaría luego que llegase a ella.

Escrita la carta, se la leyó a Leocadia y fue a llevarla él mismo al correo. Al tiempo que volvía a casa, pasando por una tienda en que vio hacer espaldares de juncos, entró en ella para informarse del maestro del lugar en dónde se proveía de aquellos materiales. Díjole el artesano que si quería le vendería cuantos quisiese. Conciértanse sobre un grande haz de ellos que el maestro le mostró, y habiéndole entregado Eusebio el dinero, cargó con él, renovando todos los fuertes sentimientos que la virtud le había infundido en la escuela de Hardyl, y la memoria de la carga que llevó en compañía del mismo cuando se vieron precisados a poner tienda en Londres.

No había aún andado la mitad del camino, cuando oyó que le daban voces, diciéndole en inglés que esperase, llamándole por su nombre. Eusebio, que llevaba la carga en uno de los hombros, pudo volver la cabeza con la carga para ver si era Taydor el que lo llamaba, pareciéndole que lo fuese su voz. Reconociéndolo, deja caer la carga en el suelo penetrado del fuerte alborozo que le causó su vista, y extendió los brazos para recibirle en ellos. Taydor, corriendo como venía, se precipita a sus pies con el sombrero en la mano, sollozando tan recio que no podía proferir palabra. Hubo de inclinarse Eusebio para abrazarle y para quitarle con aquella demostración los temores que pudiera tener de que estuviese vivamente resentido contra él por causa del contrabando que le había causado la prisión y la pérdida de todos sus bienes, reduciéndole a la miseria y necesidad de haber de ganar su sustento con el trabajo de sus manos.

Eusebio, después de haberlo consolado con expresiones amorosas, hacíale instancias para que se levantase; mas él, puesto de rodillas, le tenía abrazada la una pierna y animada su cara al muslo, haciendo resonar entre sollozos el perdón que le pedía por su inconsiderado proceder y descuido, poniendo al cielo por testigo de la inocencia de sus intenciones en aquel funesto caso que quisiera remediar con toda su sangre y con mil vidas si las tuviera. No pudiendo recabar Eusebio que se levantase del suelo, y viendo que su postura y voces llamaban mucha gente, le ocurrió decirle para obligarlo que Leocadia estaba con cuidado por él y que deseaba verlo. Consiguió con esto hacerlo levantar, y luego que lo vio en pie, echó Eusebio mano de la carga para volvérsela a poner sobre el hombro.

Taydor, llevado entonces del ímpetu de su compunción y enternecimiento, arrebató con ella, sin cesar de proferir mil quejas y lamentos contra sí mismo y contra la funesta desventura, que renovó con sollozos y mayor llanto a los pies de Leocadia luego que llegó a verla en aquella casa. Costó no poco a Eusebio y a la misma Leocadia el acallarlo y sosegarlo, concediéndole repetidas veces el perdón que deseaba oír de sus bocas. Al cabo de largo rato que consiguieron consolarlo, deseó Eusebio que le contase lo que le pasó a él y a Clarise y a Damián la noche que los prendieron.

Satisfizo a esto el doliente Taydor diciendo que a él y a Damián los llevaron a la cárcel, en donde estuvo dos días, en los cuales le tomaron declaración; pero que, a pesar de haberse confesado solo reo, lo pusieron en libertad, le restituyeron toda su ropa y dinero, intimándole graves penas si publicaba cosa alguna de la declaración; que ya libre, apremiado del dolor por la desgracia que había causado a su amo adorable, estuvo tentado por quitarse la vida, pero que la esperanza que alimentaba de que redundase en daño de su amo su desacierto, le hizo diferir su resolución hasta ver el éxito de su prisión que, según veía, era muy diverso de lo que se había lisonjeado; que por lo mismo no podía resistir al fiero sentimiento que la funesta desgracia de entrambos le causaba, y que sólo podía resarcir con su muerte.

Eusebio, que conocía a Taydor y que echaba de ver por sus expresiones y por el tétrico aspecto con que las decía, que sería capaz de cumplir con la funesta resolución que significaba, usó con él las mayores demostraciones de amor a fin de dejarlo consolado y de desviar los fatales pensamientos que fomentaba. Mas viendo que todas ellas no despejaban el triste ceño de su rostro, quiso empeñar el honor del mismo, a que se mostró siempre muy sensible, diciéndole que, aunque lo veía a él y a Leocadia en aquella miseria, se lisonjeaba de su acendrada honradez y fidelidad que no los desampararía, y que volvería con ellos a la América, a donde hacía cuenta de partir cuanto antes.

Este prudentísimo expediente de Eusebio tocó tan vivamente al ánimo de Taydor, que lo hizo prorrumpir en llanto, y postrándose a los pies de Eusebio y de Leocadia les decía que antes perdería mil vidas que desampararlos, que los serviría del mismo modo y con el mismo amor en la pobreza en que se hallaban por su causa, como los había servido en la riqueza, que dividiría con ellos el pan que pudiese ganarse con el sudor de su rostro, y que si se lo permitían vendría a estar con ellos y a servirlos en aquella casa; que tenía consigo cien escudos que había traído de la América y que su mayor consuelo sería si los quisiesen aceptar en la necesidad presente.

Eusebio, para consolarlo y para consolidar más el buen efecto de su ocurrencia, no sólo vino bien en aceptar su oferta y en tenerlo consigo en aquella casa, mostrándose deseoso de ello, sino que también le encargó, para tener ocupados sus pensamientos, que viese si podía encontrarle un alojamiento decente para pasar el tiempo que se detendrían en aquella ciudad mientras que se les proporcionaba embarco para la América. Serenado con esto Taydor, partió inmediatamente para cumplir con los encargos que su buen amo le hacía, dejándolo enteramente asegurado sobre los temores que había concebido, como los había también imaginado Leocadia; los cuales, viéndose solos, resolvieron dar feliz principio a su trabajo.

Leocadia se puso a formar su diseño y Eusebio, deshecho el haz de juncos, llevó un brazado de ellos junto a la mesa en que Leocadia hacía el diseño, y sentándose en un asiento bajo que allí había, comenzó el entretejo de un cesto. Engracia no estaba en casa. Con esto, comenzado ya su trabajo en santa y muy envidiable compañía, tuvieron los dos conversación, siendo Eusebio el primero en decir a Leocadia:

Ved aquí, Leocadia, cómo llegamos a ver verificado lo que mirábamos tan remoto cuando os decía en la América que nos podíamos ver reducidos a ganarnos el pan con el sudor de nuestros rostros, sin que nos hayan valido los bienes considerables que aquí teníamos ni los que tenemos en la Pensilvania. Cuán grande fuera nuestro dolor y la desesperación tal vez, si lisonjeados como otros muchos de su riqueza y desvanecidos con ella y con sus comodidades, hubiésemos desdeñado aprender un oficio, y la virtud con él, para saber llevar con fortaleza y serenidad nuestra desgracia.

LEOCADIA.-  No es fácil, Eusebio, que ningún rico llegue a persuadirse que pueda caer y verse en desgracia semejante a la nuestra. Apenas suceden de estos casos en el mundo.

EUSEBIO.-  No son tan raros cuanto os lo parece. Si hubierais corrido un poco de mundo, veríais que los vicios, el juego, la vanidad, los pleitos, un incendio, una calumnia, la guerra y otros muchos accidentes y combinaciones de la suerte, derriban a muchos del asiento de sus comodidades y riquezas en pobreza y estado igual al que un rollo de hojas secas nos expuso. Fueran, bien sí, muy raros los que en igual desgracia tuvieran la dulce satisfacción interior, que alivia y consuela nuestras almas a cada impulso que da la mano en el trabajo emprendido para ganarnos con él el necesario sustento. Yo a lo menos tengo esta dulce satisfacción; no sé si vos la tenéis también.

LEOCADIA.-  Al principio se me hacía algo sensible, pero confortada de vuestro ejemplo y de tantas reflexiones que me hicisteis hacer con el estudio de la virtud, para que pudiese sobreponer mis sentimientos a la vanidad, a la ambición y a los juicios de los hombres, hallo finalmente consuelo y dulce alivio interior en el pobre estado en que nos vemos, y el tener el medio en mis manos para soportar tan impensada desgracia y pobreza, sin haber de ir a importunar a ninguno.

EUSEBIO.-  Ved, Leocadia, por qué dijeron los antiguos que no había espectáculo más sublime a los ojos de la divinidad que el sabio que lucha con su mala ventura. De hecho, ¿qué pintura más viva se pudiera hacer de la virtud que la del hombre que ejercita en la mayor desgracia su paciencia y sufrimiento, sin quejarse y sin murmurar en medio de los trabajos y necesidades que le cercan? De aquí la enternecida admiración de los hombres que le compadecen, porque se revisten del sentimiento de las penas, del oprobio y de la humillación a que lo ven expuesto y en que parece manifestarse insensible, fortalecido de los sentimientos de la fuerte moderación y del desprecio de las grandezas y bienes de que se ve privado, y que lo representan superior a todas ellas. Lo que se hace tanto más digno de admiración, cuanto más arduo parece y más difícil de conseguir a los que no conocen los sentimientos y fortaleza de la virtud. ¿Pero os parece, Leocadia, que cueste tanto de alcanzar el amor santo y virtuoso? ¿Os parece que necesita entonces de tan grande esfuerzo la virtud?

LEOCADIA.-  Quién sabe que no sea el amor antes que la virtud el que nos consuela en la pobreza en que nos vemos.

EUSEBIO.-  Pero sin virtud, ¿se ama de la manera que nos amamos?

Interrumpió a este discurso la vieja Engracia, que entró diciendo: ¿qué acabo de saber, Dios mío? ¿Qué acabo de saber? ¿Venirse a acoger en mi pobre casa unos caballeros como vmds.?

EUSEBIO.-  ¿Quién os ha dicho que somos caballeros?

ENGRACIA.-  La gente, que dice que vmd. y mi señora doña Leocadia son los que vinieron de la América y a los que pusieron en la cárcel con tan grande crueldad e injusticia.

EUSEBIO.-   ¿Os pesa haber dado asilo y amparo a un desgraciado caballero?

ENGRACIA.-  Dios me libre de ello como de mal, y a vmds. de ulteriores desgracias. No señor, que antes bien lo tengo a mucha honra y ventura. ¡Si andaba yo muy errada en lo de los doce pares! ¡Quién me lo había de decir que había de honrar a mi pobre casa el generoso caballero que entregó al señor cura el doblón para socorrer a mi hijo! ¡Virgen Santa! ¡Verse ahora vmd. en tanta pobreza, reducido a ganarse el pan como un pobre artesano, después que se vio en tanta riqueza y señorío...!

EUSEBIO.-  ¿Qué hay ahí por qué llorar?

ENGRACIA.-  ¡Ah!, señor, que estas son cosas que harían enternecer a los guijarros. ¡Pobre de mi señora Leocadia! ¡Una señora tan delicada, de tales gracias y hermosura, verse en esta miseria y oscuridad... el corazón se me despedaza!

LEOCADIA.-  ¿No se vieron en el mismo estado las princesas que nombrasteis esta mañana?

ENGRACIA.-  ¡Ah, señora, que la cosa es muy diversa! Éstas se iban rozando por esos campos en busca de sus aventuras, y amarteladas por sus errantes caballeros; y si se veían en chozas o en desgracias, su mal con su pan. Mas vmd. tan modesta y tan buena, perder sus joyas, sus riquezas, su casa y comodidades sin haber dado motivo para ello, es cosa que quebranta el corazón.

LEOCADIA.-  Estos son casos contra los cuales no hay otro remedio que la paciencia y sufrimiento, de que nos dio ejemplo nuestro divino redentor.

ENGRACIA.-  Bien haya el alma de vmd. que se sabe aprovechar de ellos.

Así proseguía Engracia su razonamiento con Leocadia hasta que, anocheciendo ya, le pidió Eusebio el candil. La buena vieja quiso encenderlo soplando en un tizón que salió del rescoldo; mas no pudiendo salir con ello, hubo de hacerlo Eusebio. Encendido ya, lo colgó de un clavo que había en la pared sobre la mesa en que Leocadia dibujaba. Hecho esto, volvieron a continuar entrambos su trabajo, en que los sorprendió don Eugenio; el cual quedó sumamente conmovido y suspenso de admiración al ver aquel espectáculo. Había motivo para ello, pues la pobreza y miseria de la estancia y de sus ruines trastos, realzada de la postura de Eusebio que, casi sentado en el suelo y rodeado de sus juncos, trabajaba al lado de la mesa en que se ocupaba Leocadia a la escasa luz del candil, fueron objetos que penetraron el corazón sensible de tal amigo.

Eusebio, al verlo parado y suspenso, diole las buenas noches con sonrisa amigable como que notaba su suspensión. Leocadia se hubo de volver para dárselas; mas don Eugenio sin darles respuesta, después de haber estado un rato en silencio, como meditando lo que debía hacer, echóse sobre el trabajo de Eusebio, esforzándose en querer sacarle de las manos el comenzado cesto, diciendo que no permitiría aquella traición hecha a su amistad. Se defendía al contrario Eusebio de los esfuerzos de don Eugenio, diciéndole que allí no había ninguna traición, sino que hacía el oficio que le competía. Don Eugenio, sin responderle, atendía sólo a sacarle el cesto de las manos, lo que consiguió entregándoselo Eusebio; pero luego que lo tuvo don Eugenio, lo arrojó al hogar insistiendo en quejarse del agravio que hacía a sus amigables ofertas.

En vano Eusebio le rogaba se sosegase y lo escuchase. Don Eugenio, mostrándose seriamente resentido, juraba que no lo dejaría trabajar aunque hubiese de permanecer allí día y noche, hasta obligarlo a que se valiese del dinero que le había ofrecido. Llegó entonces Taydor con el dinero que traía y con la respuesta del cuarto que había encontrado, burlando las intenciones de Eusebio, pues sólo le había hecho aquel encargo a Taydor para desviar sus pensamientos de la funesta resolución que había manifestado, lisonjeándose que como forastero no encontraría fácilmente el alojamiento que le encargaba. Don Eugenio, informado por Taydor del sitio, quiso que Eusebio y Leocadia pasasen sobre la marcha a habitarlo, asiendo a Eusebio por el brazo para obligarlo a salir de aquella casa.

No hubiera desistido de su empeño don Eugenio, si Eusebio no le hubiera dado palabra de hacerlo y si Taydor no hubiera añadido que el dicho cuarto se hallaba sin muebles y sin cama, de que sería necesario proveerse. Sosegado con esto don Eugenio, se fue inmediatamente a dar orden para que lo alhajasen, después que obtuvo promesa de Eusebio de que pasaría a habitarlo al día siguiente; y después de haber satisfecho al encargo de Leocadia sobre Clarise, diciéndole que se hallaba en casa de Roberto Wilkins, a quien había ido a visitar para rogarle enviase a Clarise a su ama, la que había salido de la cárcel, dejándole por escrito el nombre de la calle y casa en donde la encontraría.

A poco rato que se había ido don Eugenio, oyeron ruido de coches que se pararon a la puerta de la casa. Compareció inmediatamente un criado que preguntaba si don Eusebio y doña Leocadia M... se hallaban en aquella casa. Salido con la respuesta, ven entrar a Clarise con los brazos abiertos que se precipitó sollozando en los de Leocadia. Seguíala Roberto Wilkins, su mujer y una hija suya, a cuya vista inesperada se levantó Eusebio del humilde asiento en que trabajaba para recibirlos y para ofrecerles las sillas y un banquillo que allí había, mientras que Clarise desahogaba con Leocadia su enternecido alborozo. Viose precisada Leocadia a desistir d e sus cariñosas demostraciones con Clarise, en atención a aquellos señores que venían a visitarla.

Roberto Wilkins tomó entonces la palabra haciendo a Eusebio y a Leocadia un enternecido cumplimiento sobre su desgracia. Luego les dijo que en fuerza de la recomendación que le hizo el lord Harrington poco después que llegaron a S..., le había enviado un propio para participarle su prisión el mismo día que aconteció; que el lord le encargaba en respuesta que hiciese lo posible para favorecerles en aquellas funestas circunstancias; pero que, habiendo sabido al mismo tiempo su obtenida libertad, había hecho en vano mil diligencias para saber dónde habían parado, hasta que aquella misma tarde compareció en su casa un caballero que le dejó por escrito el sitio y casa en que se hallaban, y que con sumo alborozo suyo y de su familia venía, no solamente a traerles a Clarise, sino también a participarles las intenciones del lord Harrington, en fuerza de las cuales les tenía preparado alojamiento en su casa, esperando que se dignarían aceptar la oferta.

Eusebio, agradecido a la atención de Wilkins y a las intenciones del lord, no supo ni pudo negarse a tan generoso ofrecimiento, respondiendo a Wilkins, que allí lo tenía, que dispusiese de su persona. La misma oferta en otros términos hizo también Wilkins a Leocadia; la cual respondió que no la quedaba motivo para rehusarla después que la había aceptado su marido; que aunque pobre y sucia, como la veían, no podía pedir tiempo para mudarse, no quedándole otro ajuar que aquel que llevaba encima. Entonces Brígida Wilkins, asiéndola de la mano, la besó diciéndola: No os aflija, doña Leocadia, un estado en que nos sois más respetable; toda S... se interesa en vuestra desgracia y en la de vuestro marido. No tendrá por qué complacerse en su venganza el que la tomó tan bárbaramente de vuestra inocencia, instigado de su codicia. No hay para que nos detengamos, dijo entonces Wilkins, los coches nos esperan; y ofrecióse a Leocadia para acompañarla al coche.

Pidióle Leocadia un instante para despedirse de su buena huéspeda Engracia, que los había recibido y servido en su pobre casa, y volviéndose a ella la decía cuán agradecida quedaba a su favor y cuán reconocida a sus atenciones y servicios, de los cuales conservaría memoria toda su vida. Díjola Eusebio las mismas expresiones, acompañándolas con uno de los doblones que le había entregado don Eugenio y que ella recibió con admiración y con extraordinario agradecimiento, que manifestaba con llanto y con mil bendiciones y alabanzas, de las cuales no desistió aun después que los vio en el coche y que se ausentaron de sus ojos.

Llegados a casa de Wilkins, experimentaron toda especie de demostraciones cariñosas de la generosidad y esmero de sus nuevos huéspedes, llegando a tanto la afectuosa atención de Brígida Wilkins, que ella misma, ayudada de su hijo, quiso con sus propias manos desenredar y peinar el hermoso cabello de Leocadia, que no había sufrido peine desde que la llevaron a la cárcel.

Abrióseles de par en par el cielo a Eusebio y a Leocadia luego que se vieron fuera de la sima de la desgracia y de las miserias en que los había derribado la suerte, agradeciendo a la providencia este favor y la fortaleza de sentimientos que les había conservado para que pudiesen sacar dulce satisfacción y consuelo de los trabajos padecidos, valiéndose de la generosa mano de Wilkins para sacarlos de ellos y para ponerlos en comodidad juntamente con sus fieles criados Clarise y Taydor, pues nada habían podido saber de Damián, de quien tampoco necesitaban en casa de su generoso huésped.

Al otro día que se hallaban en ella, fue don Eugenio a casa de Engracia para llevarlos al alojamiento que le había indicado Taydor, y que don Eugenio había hecho disponer y alhajar la misma noche. La afligida Engracia le contó entonces que habían venido unos caballeros en coches, en que se los llevaron, sin saberles dar otras señas sino la de la lengua extraña que hablaban y que ella no entendía. Conoció don Eugenio que no podía ser otro que Wilkins el caballero que la vieja le decía; fue a la casa del mismo para certificarse, donde viéndose con Eusebio, le dio con los parabienes nuevas pruebas de su sincera amistad y afecto.

Con esta ocasión, sospechando que Eusebio ignorase todavía la catástrofe de don Felipe y su descubierta hermandad con Leocadia, se la contó con gran sorpresa de Eusebio, que tuvo harto motivo para admirar la extrañeza de las combinaciones y de dolerse del funesto fin de su infeliz cuñado. Sirvióle esta noticia para prevenir inmediatamente a Wilkins y a todos los de su familia, que procurasen ocultar a Leocadia el descubrimiento de su hermano don Felipe y su aciaga muerte que, atendidas todas las circunstancias, pudiera causar a su corazón indecible sentimiento.

Supo a más de esto Eusebio, por medio de su amigo, que su tío don Gerónimo iba a perder el fruto de sus codiciosas miras y cruel proceder, por cuanto la corte, atendida la calidad del pleito, parecía querer entrar en los derechos del reo que miraba como suyos, después que quedaban adjudicadas al fisco las haciendas y demás bienes confiscados para el rey. Hízole al mismo tiempo instancias para que se presentase en la corte a fin de justificarse y hacer ver la bárbara injusticia y tropelía de su tío don Gerónimo, pues se le presentaba la mejor ocasión del mundo con la caída del ministro de Hacienda (que acababa de saber), que era el que protegía a su tío y el que le había dado el empleo de intendente. Que a más de esto se decía que el lord Harrington era el que más que ningún otro había contribuido a su caída, a instancias de la corte de Londres.

Mas Eusebio, que había entregado al olvido la ofensa de su tío y su cruel proceder contra él, le dijo que no le quedaba ya cosa alguna que pretender en España, que sólo pensaba en restituirse a la América, para donde había determinado partir luego que le llegase la respuesta del lord Harrington. Que la suerte le había dejado sobrados bienes para vivir con decencia y pasar holgadamente los días que le quedaban; que no aspiraba a más que a llevar con ellos una vida quieta y sosegada en el seno de su familia. No pudo don Eugenio apearle de su determinación con las nuevas instancias que le hizo, ni hacerle diferir su partida luego que le llegó la respuesta del lord.

En ella le decía éste que hallaría en Cádiz una fragata del rey que lo conduciría a Boston, a cuyo capitán había enviado órdenes para ello; y que por lo que les pudiese ocurrir, recibiría de Roberto Wilkins trescientas libras esterlinas. Entregóselas dicho Wilkins, y viéndolo resuelto a aprovecharse de la ocasión que el lord Harrington le sugería, quiso también en atención a éste acompañarlo hasta Cádiz. Sintió sumamente don Eugenio su resolución, a que hubo de ceder con tiernas lágrimas, haciéndole aceptar una primorosa escribanía de plata en cambio del reloj, que decía querer conservar como preciosa reliquia de tal amigo. En los abrazos que se dieron suplieron las lágrimas y las tiernas demostraciones a la escasez de las palabras, en que no abundan los sinceros corazones, mucho menos cuando el sentimiento anuda las lenguas.

Dejaron finalmente Eusebio y Leocadia aquella ciudad que había sido como escollo funesto en que pareció naufragar su felicidad, sin que pudiese ver la contraria fortuna su virtud anegada en las olas del oprobio y de las penas y trabajos padecidos; pues antes bien le sirvió la misma de tabla para salir salvos a la orilla, semejantes a aquellos que, tragados del mar con sus riquezas, los arroja el mismo a una playa donde encuentran un tesoro mayor que el que perdieron, y suelo fértil y delicioso donde con su frondosidad y abundancia los alivia y recrea.

Llegados a Cádiz, tardaron poco a embarcarse en la fragata que el lord Harrington había insinuado a Eusebio, zarpando con viento próspero, que en breve los alejó de aquel suelo en que la suerte les hizo apurar las heces de la desgracia. Temía Eusebio que la fama hubiese publicado su prisión en Filadelfia antes de su llegada, pues no dudaba que ella sola bastaría para abreviar la vida avanzada de su buen padre Henrique y para congojar gravemente a los padres de Leocadia, especialmente si hubiese llegado a su noticia el descubrimiento de su hijo y su pérdida desastrada. Mas la precaución que tomó Eusebio para que Leocadia lo ignorase, así como obtuvo el deseado fin para con ella, así también sirvió para que no llegasen a saberlo jamás sus padres, quedando sepultado el secreto en la prudencia de Eusebio, y para que el gozo y júbilo de todos fuese cumplido en su llegada cuando menos lo esperaban.

El buen viejo Henrique Myden, enajenado de la dulce sorpresa de verlos comparecer sanos y salvos, no sabía de qué expresiones valerse para declararlos su alborozo, excediendo a las fuerzas de su edad los transportes y repetidos abrazos que les daba, estrechando a su seno a sus devueltos hijos, sin que pudiese disminuir el júbilo que le acarreaba su vuelta, la noticia de la pérdida del pleito que le contó Eusebio, como si sólo lo hubiera perdido por tela de juicio, callándole la entera desgracia y trabajos que la acompañaron. Diolo todo a la suerte como de barato el buen viejo, por la suma complacencia y seguridad de verlos allí salvos.

No fue menor el alborozo de Eusebio y de Leocadia cuando llegaron a ver en la granja a su dulce Henriquito, robusto y sano. Mas Leocadia estuvo a punto de desfallecer cuando lo cerró entre sus brazos, sofocándola los sollozos en que la hicieron prorrumpir las ideas de sus padecidos trabajos y desgracias, y los temores y congojas que tuvo de perderlo para siempre.

Aunque el sumo gozo de volver a ver a su hijo arrancó a Eusebio algunas lágrimas, no enajenó tanto a su ternura, que no la contuviese con los sentimientos de la moderación, por lo mismo que le acordaban los pasados trabajos, que podía perderlo de mil modos, lo que le movió a hacer de su amado hijo el mismo ofrecimiento y sacrificio de resignación a la voluntad del cielo, que el que hizo antes de dejarlo, poniéndolo en las manos de la providencia y consagrándolo a sus inescrutables disposiciones.

Quiso solemnizar Henrique Myden la llegada de sus hijos, y convidó para ello a los padres de Leocadia, que no tardaron en comparecer para dar a su querida hija y a Eusebio las más tiernas demostraciones de gozo, sin que tampoco hiciese ninguna mella en sus generosos ánimos la pérdida del pleito, del modo como lo había contado Eusebio, ocultándoles su prisión y el descubrimiento y muerte de su hijo, quedándoles hartos bienes de fortuna en que dejar heredada a Leocadia.

¿Quién explicará la deliciosa satisfacción y sublime consuelo que tuvieron al mismo tiempo aquellos virtuosos casados cuando se vieron salvos en aquel asilo de felicidad, libres ya de todos los pasados afanes y miserias que quisieron hacer presa de sus amantes corazones? Postrados de rodillas ante el mismo tálamo nupcial que fue testigo de su comenzada dicha, agradecieron con tiernas lágrimas al cielo el fin de todos sus peligros y trabajos, devueltos a sus padres, a su hijo, a la quietud y comodidades que les conservó su beneficencia.

Para que ninguna cosa faltase al colmo de su consuelo, hallaron restablecido a Gil Altano, cuyas demostraciones de ternura y de amor fueron extremadas por poder ver otra vez a sus adorables amos, los cuales, luego que restablecieron sus cuerpos y ánimos de los padecidos reveses y desastres, y de la larga navegación, volvieron a emprender con santa e imperturbable tranquilidad el ejercicio de la virtud, que llegó a colmarlos de su más pura satisfacción y dulzura en el seno de la abundancia, después que les dio a probar su más precioso consuelo entre las penas y angustias del oprobio y de los agravios de la contraria suerte, para confirmar en ellos que no hay bienes ni tesoros en la tierra que por si solos puedan hacer felices a los hombres sin la virtud; y que, por el contrario, no hay mal, ignominia ni tormento que ella no endulce y no haga llevadero con la fortaleza de sus máximas y consejos, que forman sólo la verdadera sabiduría en la tierra.



 
 
FIN DE LA CUARTA PARTE
 
 




 
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