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ArribaAbajoQué es Rodó

Raúl Montero Bustamante


Le han llamado filósofo, pensador, sociólogo, crítico, y hasta le han llamado gran ciudadano, como si no bastara a su gloria, sin esos dictados, la suprema condición de artista que constituyó el carácter diferencial de su personalidad y dio fuerza virtual a su obra. Así han pretendido a menudo velar la amable sonrisa griega, sorprendida en el jardín de Academo, con el gesto adusto del moralista. ¿Qué no se ha dicho, por ejemplo, de su proposición «reformarse es vivir»? La han vuelto y revuelto: unos han creído encontrar en ella honduras de abismo; otros un dogma nuevo; aquellos el programa de una religión ideal, y casi todos han profanado el sagrado mármol de Paros colgando de él la pedantesca greca del comentario. Pero pocos han comprendido, ¡oh!, abeja ática, que su proposición llevada y traída a través de toda América fue apenas pretexto, tema, motivo para sus conversaciones interiores, para sus amables asociaciones de ideas, palabras, sonidos, colores, que brotaron de su pluma con la pura gracia de aquellas deliciosas figuras que Lucca della Robia arrebató a las metopas griegas para engarzarlas en los palacios del Renacimiento. Pero, ¿no lo dijo él, acaso, en «Motivos de Proteo»? ¿Qué es el mito a que se acogió, sino el símbolo de sus transformaciones interiores, de sus peregrinaciones espirituales, de sus divagaciones líricas, de ese elegante mariposear de libro en libro, de idea en idea, de sensación en sensación, continuo afán de su vida de vagabundo del arte y de la poesía hecha prosa? Cada idea, cada sensación, cada sugestión, cada palabra, cada sonido, cada vibración de la naturaleza física o moral constituyeron en él una transformación no sujeta a la coordinación de un sistema ni al control de una inflexible ley moral, sino espontánea, arbitraria, caprichosa, fuera de la órbita de la disciplina didáctica. Por eso le fascinó el mito que respondía al espectáculo de su vida interior y se puso bajo su égida, como el griego se acogía al Dios propicio.

Rodó, fue, pues, un artista, un poco al margen de este siglo rápido en concebir y más rápido en realizar porqué él desdeñó siempre la momentánea inspiración que es fiebre pasajera, y prefirió la labor perseverante y dolorosa ante la cual el lenguaje concluye por entregarse a la voluntad de la pluma que lo modela. Pero fue, sobre todo, un artista de noble y elevada contextura moral que llenó su misión de revelador de la belleza con verdadero celo de apóstol. Y esta fue su característica. El diletante en él estuvo siempre vigilado y contraloreado por un alto sentido moral que inspiraba las acciones del hombre, embellecía su carácter y guiaba al artista en la construcción de su obra. «Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia», exclama Próspero, y agrega aún: «La virtud es también un género de arte, un arte divino; ella sonríe maternalmente a las Gracias». He ahí la verdadera filosofía de Rodó, aquella que hermana la belleza con la virtud y hace de ambas una misma cosa, filosofía que lo llevó a esta última afirmación: «La perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar el espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega».

Tal fue Rodó: un griego conquistado por el cristianismo y turbado por la duda moderna. Pero si su filosofía no ha de buscarse en el dogma, ni su duda en la bárbara negación materialista, su helenismo no ha de buscarse tampoco en los mármoles en que Praxiteles inmortalizó las formas de las hetairas de Atenas. Ni Afrodita, ni Friné turbaron, la serenidad de su corazón, altivo y duro como el bronce para el amor, porque él sólo supo admirar a la mujer a través de la soberana, y casta desnudez de la Venus de Milo o cubierta con la túnica de Andrómaca, de Antígona y de Ifigenia. Su espíritu palpita en las diosas inmortales de Fidias, en la soberana y serena armonía del Partenón, en la selva marmórea de los propileos griegos.

Su obra quedará así, no incorporada a las bibliotecas didácticas donde se agrupan las doctrinas científicas y las disciplinas pedagógicas, sino como el mito simbólico a cuya sombra propicia se acogió el artista, tallada, en mármol antiguo, erguida sobre el capitel dórico, desnuda como las estatuas griegas, entregada a la injuria de los tiempos y a la admiración desinteresada de los hombres.