Príncipe de los escritores americanos ha sido proclamado Rodó, como príncipe de los poetas líricos españoles fuera proclamado aquel cantor y soldado heroico que se llamó Garcilaso de la Vega, «dulce en los sentimientos de amor, vehementísimo en los de amistad, noble en las palabras, igual en resistir el peso de la seda que el del hierro»; y a fe que por algunas cualidades que lo destacaron mereció el escritor uruguayo tan hermoso epíteto. Por su estilo, por la gravedad de sus pensamientos, por su intensa cultura y por esa encantadora armonía helénica con que supo tejer gran número de páginas, Rodó es un magnífico escritor. Puede encontrársele cierta frialdad, cierta despreocupación por las cosas más vitales, un exceso de abstracción, si se quiere; ausencia de emoción y de sentimiento y de calor humanos; pero por las cualidades indiscutibles que hemos señalado, merece ser considerado como el más notable de los prosistas americanos. Ciego o extraviado sería el que apuntándole defectos o deficiencias, no viera las bellezas que contienen sus libros; ciego o extraviado sería el que no reconociera en él euritmia, delicadeza, cultura, refinamiento, frescura, limpidez, sana orientación de vida; y ciego o extraviado sería el que no rindiera homenaje al espíritu que se extinguió en luminosa tierra italiana, sorprendido arteramente por la «pallida mors», cuando más fuerte mordía en él el ansia de lo bello.
Sana orientación de vida, hemos dicho. Sabemos que algunos no hallan eso en los libros de Rodó. Sostienen algunos que el ideal por él predicado no conviene a la verdadera vida, a la vida intensa, a la vida que es lucha y acción. Pero nosotros creemos que si en Rodó está demasiado ausente el calor de humanidad, no por eso la luz de su ideal debe dejar de iluminar el camino de las almas. Toda idea noble que predique el desinterés y el optimismo es buena, conviene a los fines de una humanidad mejor; toda idea que se empape en las ardorosas luchas de la vida y predique la acción y el entusiasmo, también es buena y conviene a los fines de una humanidad mejor. Diversos y múltiples caminos buenos han sido indicados a los hombres por los pensadores y los filósofos: tócale a cada uno de nosotros elegirlos o, tomando de cada uno de ellos lo que nos parezca mejor, crearnos uno que sea capaz de llevarnos a la realización de nuestros ideales más puros. ¿Por qué no ha de ser así? Si un pensador me enseña como norma de vida la contemplación serena de la belleza; si otro me enseña la acción o la lucha en defensa de lo bueno, de lo bello y de lo verdadero; si otro me aconseja que me encierre en mi torre de marfil, y huya de las fragosidades de la vida, y teja mis ensueños con los hilos de oro de mi fantasía, y viva sólo en mis pensamientos; si otro me dice que debo volver los ojos al mundo antiguo, a la época en que la belleza imperaba por sobre todas las cosas, ¿por qué no he de oír complacido a todos ellos, aún reconociendo que cada uno de ellos sólo me ha recomendado una parte de lo bueno y no todo lo bueno? Pues oyéndolos a todos con amor, yo haré, con las perlas preciosas de unos y otros, el tesoro más eficaz de mi vida. Así nos sucede con Rodó: reconocemos que el ideal por él enseñado no es todo el ideal de la vida; reconocemos que no ahondó lo suficiente en la humanidad; reconocemos que su corazón debió latir más con los sufrimientos y ansias de los hombres; pero también reconocemos que mucha idea buena, noble, magnífica, palpita en sus páginas, en forma de enseñanzas o de parábolas. Hubo en él arte delicado y armonioso; hubo en él ideas nobles y consoladoras y espirituales. Considerémosle, pues, como uno de los maestros de la juventud americana, sin quitarle nada, aunque señalemos lo que le faltó para completar sus enseñanzas.
El monumento a Rodó saldrá del corazón del pueblo. Mármol o bronce para el que supo esculpir, como el artista la estatua, el estilo de su prosa. Mármol o bronce, y del más puro, armonioso e impecable estilo, como cuadra al espíritu sereno que fue luz y armonía. Mármol o bronce para el que convirtiera la belleza en una obra tan fecunda y tan indispensable como la caridad, y para el cual la belleza tenía también su decálogo, sus divinos mandamientos, tan perentorios, tan ineludibles, como el que exige dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento. Mármol o bronce para el que unió la estética a la ética, la ciencia de lo bello a la ciencia del bien, en un abrazo, en un beso de inefable amor. Mármol o bronce para el que convirtiera su conducta política o cívica, en algo tan armonioso y tan puro como sus libros, procurando que la vida real de su alma no fuera sino la expresión de lo que ella predicaba o enseñaba o aconsejaba o imponía, con el suave yugo del maestro, en sus páginas inmortales. Mármol o bronce para el que tejiera su prosa en loor de Fidias o de Miguel Ángel o de Benvenuto Cellini, y para el que esculpiera, junto al bronce que representaba el Ariel de «La Tempestad», el bronce perdurable de su Ariel, pequeño libro de cien páginas, esencia del idealismo más puro y fecundo, curva graciosa de un alma que sueña con la divina Grecia, bebe en los labios de sus filósofos y trae luego para su América el perfume de los mirtos helénicos, la frescura de sus jardines, la sonrisa de su juventud y la flecha de oro que todo corazón en que anida el ideal, dispara a lo infinito.
Lo repetimos: el monumento a Rodó saldrá del corazón del pueblo. En el mármol o en el bronce que lo configure, latirá, vibrará ese corazón.