Señores:
Traigo a este solemne homenaje a una de las más altas personificaciones de la cultura nacional, la representación de la Cámara de Diputados, a cuyas actividades no fue ajeno este espíritu prócer que supo conciliar su vocación de artista puro, enseñoreado por un ferviente anhelo de belleza, con el deseo no pocas veces imperioso, pero nunca exclusivo, de la sanción y de la lucha. Verdad es que no se dio jamás por entero a las agitaciones y tumultos de la política militante, y que en el hervor y la contienda de las pasiones, en el choque ruidoso de los intereses y de las banderías, acertó a reservar al ensueño de arte y de contemplación desinteresada que decoró y ennobleció su vida, aquel retiro inviolable de que nos habla con avasalladora elocuencia en algunas de las páginas más aladas de «Ariel»: aquella íntima Thulé de su alma, soledosa y esquiva, en cuyo extático silencio se desvanece o se atenúa él estrépito vano de las querellas de los partidos y de los hombres. Cierto es también que no se sintió jamás dominado por las inquietudes y por las preocupaciones de los nuevos tiempos, sobre los que parece extenderse, para iluminarlos y embellecerlos, el resplandor de las desconocidas e inminentes auroras. ¡Como un humanista exilado en una edad desdeñosa de la ensimismada meditación e invenciblemente atraída por solicitaciones utilitarias, sólo hallaba arquetipos de belleza y virtud en los siglos áureos de la historia, en los que se realizó plenamente, según él lo proclama en su diálogo de bronce y mármol, el ideal de perfeccionamiento y bienandanza, que es la constante aspiración de la especie!
Su reino no era, pues, el de la actualidad turbulenta y candente, que fascinó a tantos espíritus de elección, subyugándolos con el espectáculo de sus batallas sin término y de sus vicisitudes tormentosas; pero eso no fue en él una deficiencia o una inferioridad, puesto que el deliberado alejamiento de toda actividad demasiado obsesora y absorbente le permitió acrisolar, depurándolas en la emulación de los más encumbrados modelos, sus privilegiadas aptitudes de escritor y de estilista. Eso fue, desde luego, este preclaro artífice de hermosuras verbales, que no aspiró jamás a la originalidad filosófica, ni se internó con excesiva complacencia en los fríos dominios de la abstracción, ni se aventuró a erigir sobre el suelo de América, aun convulsionado y trepidante, el castillo irreal de una nueva ideología que suscitase en torno de sí un vivo movimiento de curiosidad y de atención. En el coro de las voces que exaltan su gloria, prevalecerá, de seguro, la que celebra en Rodó el inigualable don de la forma, el poder sugestivo, y muchas veces plástico, de su prosa, admirable de diafanidad y armonía; leve y fluida en las páginas perennes de «Ariel»; musical y sugeridora en el elogio de «Rubén Darío»; trabajada con esmero supremo en los «Motivos de Proteo», que se exornan con la suave y persuasiva elocuencia de sus parábolas inmortales; definitiva y prestigiosa en algunos fragmentos del «Mirador de Próspero», que tienen, como en la burilada semblanza de Bolívar, prodigio del cincel, la exaltación y el arrebato de la oda; menos torturada y perfecta, pero más temblorosa de emoción y de vida, en «El Camino de Paros», en el que la fugacidad de las sensaciones y la variedad de los motivos que se ofrecen, inagotables, a los soliloquios del peregrino alucinado, no son parte a amenguar, ni la potencia evocadora de la expresión, ni la vivacidad y energía del pensamiento, alternativamente amargo, sonriente o escéptico.
Puede discutirse, cuando se juzga la obra y el talento de este escritor, la novedad de las ideas y la trascendencia de los conceptos; pero ni el más inflexible de los exégetas, ni el más apasionado de los contradictores, osarán desconocer la nobleza y excelsitud de la doctrina, la gracia helénica de la elocución y del discurso, y la magnificencia del lenguaje, que decora de clásica elegancia, la elevación indeclinable del apostolado. Así ha podido componer, José Enrique Rodó, sus libros imperecederos, que desafían con altivez el arduo dictamen de la crítica y los embates implacables del tiempo; libros en los que el ansioso de emoción y belleza encontrará, si se esfuerza en seguir paso a paso, desde la iniciación ya triunfal, el desenvolvimiento de esta mentalidad soberana, la cálida glorificación de la poesía tocada por el ala de luz del modernismo; el vaticinio genial de «lo que vendrá» inevitablemente a renovar las formas caducas del arte y a poner en las almas el estremecimiento de lo ignorado; la exaltación del idealismo frente a las victorias efímeras de las tendencias utilitarias, y las prefiguraciones de una sociedad por venir en que sobre los instintos rudos y los apetitos desordenados de Calibán, prevalecerá por siempre una espiritualidad de elección que se personifica y trasunta, en la más celebrada producción del autor, en la grácil figura de Ariel, que se levanta, tutelar, sobre los claros horizontes de América; el himno de la voluntad vencedora y la apología de la vocación vigilante y activa, que es necesario conjurar cuando duerme, reanimar cuando desfallece, o descubrir cuando yace, desconocida o profunda, en los profundos silos del espíritu; los dechados de meditación y de análisis, como la conocida y cordial alusión a «los que callan», o el magnífico golpe de cincel que esboza, en el mármol intacto, la áspera «gesta de la forma», o como las páginas eruditas y sabias, profusas de doctrina y abundantes en sagaces atisbos, en que estudia la labor magistral de Juan María Gutiérrez, figura insigne de las letras rioplatenses, que no asoma como una individualidad solitaria en los densos capítulos de crítica en que el comentador la diseña o, más que la diseña, la esculpe, sino que se levanta y se mueve sobre el propio escenario de sus andanzas, con el cortejo de sus seguidores o de sus rivales, en la agitada época de la tiranía y de las proscripciones, entre los clamores de la polémica política o en el apartamiento fecundo del destierro; y, por último, en la multiforme producción de Rodó, uniformemente bella y prestigiosa, es posible inquirir de qué modo reacciona aquel espíritu, a un tiempo mismo inquieto y contemplativo, ante el espectáculo de la naturaleza y las evocaciones de la historia que el apresurado vagar por las tierras del viejo continente ha suscitado ante sus ojos, como si se propusiera demostrar que esa alma, que sólo parecía vivir complacida en las cimas enhiestas de la meditación y del pensamiento, reconcentrada y huraña, avara de sus dones, reacia a toda expansión y a todo estímulo que le llegase de la realidad circundante, ¡sabía vibrar en la compenetración con el mundo exterior, recibir el mensaje sumiso de las cosas, y deleitarse ante los panoramas que deslumbraron a cuantos anhelaron recorrer, sobre el suelo de Europa, las rutas hechizadas que terminan en la Grecia de las fábulas inmortales, en la Italia de los fastuosos renacimientos, o en aquella Francia sublime, predilecta del genio, que ejerce, con incontestada supremacía, el magisterio de los pueblos y de las culturas!
Pero hay todavía, en la obra de este artista supremo, una característica fundamental que podría ser considerada como una de las razones determinantes de este homenaje consagratorio. Aludo, señores, a la amorosa preocupación de Rodó por el presente y por el porvenir de nuestra América. El americanismo es en él, no una concepción política vana y protocolar, una ficción retórica, sino un sentimiento vital y dominante. Habrá que decir alguna vez qué enorme, qué avasalladora sugestión ejerció sobre su pensamiento el futuro de nuestros pueblos, dignos de constituir una anfictionía próspera y victoriosa, por la comunidad indestructible de sus orígenes y de sus destinos. Desde su cátedra de Ariel aspiró a difundir entre sus contemporáneos un desinteresado ideal del espíritu, capaz de educar la voluntad colectiva en el culto tenaz del mañana. Si el pasado es, según él, la obra del brazo que combate, y si el presente pertenece, por manera casi exclusiva, al afanoso brazo que construye, el porvenir reservará escenario y ambiente para los que propendan a brindar al esfuerzo de las generaciones que no advinieron aun a la vida el tributo de una positiva superioridad intelectual. Y en el propio libro indeleble que esparce, indisipable, el aroma de su claro evangelio de optimismo y de idealidad, se arroba en la visión de una América nueva, «hospitalaria para todas las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparan a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; severa y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que se vela a través de la gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta».
En el «Mirador de Próspero» ese sentimiento efusivo de adhesión cordial a lo autóctono se concreta en páginas admirables. He ahí las figuras de Bolívar y Montalvo, esculpidas en el mármol sin mácula y radiantes de eternidad; junto a ellas el escultor ciclópeo hubiera intentado levantar, si la lamentable brevedad de su vida no hubiese defraudado tan soberbia ambición, las de otros personajes de suprema excelencia moral, que él habría situado con acierto en el teatro de sus proezas, lo mismo si tremolaban sobre el tumulto de la acción guerrera, como el libertador venezolano, el lábaro de la independencia política, que si se aplicaban, como el impetuoso publicista de Ambato, a componer los Siete Tratados, a trazar con la pluma fértil en donosuras los capítulos que se le olvidaron a Cervantes, ¡o a arrojar al rostro de los déspotas, con inextinguible ardor de patriotas, la subversiva cólera de sus panfletos acerbos y demoledores! Y he ahí también, en ese mismo libro eximio, la glosa insuperable de lo que fue y de lo que debe ser el americanismo literario, y el acabado análisis de los sentimientos que lo informan: el de la naturaleza y el de la historia, que habría que arraigar y robustecer en el espíritu y en el corazón de nuestros creadores de belleza verbal.
Frutos acendrados de esa enseñanza y de esa prédica son, indisputablemente, los nobles conceptos en que proclama que el sentimiento americano es el «del porvenir abierto, prometedor, ilimitado, del que se espera la plenitud de la fuerza, de la gloria y del poder»; o aquella otra afirmación, no menos estimulante y henchida de confianza y de fe, según la cual «la persuasión que es necesario difundir hasta convertirla en sentido común de nuestros pueblos, es que ni la riqueza, ni la intelectualidad, ni la cultura, ni la fuerza de las armas, pueden suplir en el ser de las naciones, como no suplen en el del individuo, la ausencia de este valor irreductible y soberano: ser algo propio, tener un carácter personal».
Y este sincero amor de lo solariego y de lo nativo se sobrepone en él a las influencias, no pocas veces avasalladoras, de lo exótico, y se traduce en melancólica añoranza de la patria quimérica que abarca todo el continente, y de aquella otra, menos dilatada cromo expresión geográfica, pero no menos gloriosa para su devoción filial, que fue su cuna y que será desde hoy su sepulcro. Frente a los desbordes de magnificencia y esplendor con que cautivan su alma las civilizaciones seculares, lejos de relegar al olvido el mundo alboreante e inorgánico de que procedía, reitera su profesión de fe en los destinos de América y experimenta una exaltación de su orgullo criollo, que se complace en evocar, junto a las suntuosas metrópolis europeas, algunas ciudades americanas, que la energía y el empuje de estirpes ya desaparecidas levantaron del suelo generoso «en las convulsiones y las fiebres de nuestra formación política». Y en el último día del año, mientras asciende las gradas augustas del Capitolio, doradas de sol y de historia, el mensaje que envía a los hombres jóvenes que sueñan, trabajan o meditan bajo el firmamento en que se abren, como en un ademán protector, los brazos de luz del Crucero, es una incitación calurosa, y como apremiante, para que se consagren a formar el sentimiento hispanoamericano y para que se aperciban a infundir en la conciencia de nuestros pueblos «la idea de una América nuestra, como fuerza común, como alma indivisible, como patria única».
El patriotismo ejemplar de Rodó no padece ni se desmedra tampoco en la dura prueba de la ausencia. Dondequiera que se posen sus plantas, en el azar del peregrinaje fecundo en sorpresas, el recuerdo del Uruguay se alza poderoso en su espíritu, poblándolo de evocaciones amables e insistentes. Y he aquí ahora que la tierra dilecta lo recibe en su seno, cuando retorna, en la inmovilidad de la muerte, del sueño de aventura y de perfección que hubiese culminado tal vez en nuevas creaciones encantadoras e inmortales.
Puesto que se enorgulleció de su ciudadanía, y puesto que puso, sobre todo otro amor, el de su país y su raza, no debe haber en el homenaje fervoroso de nuestro pueblo, ni disonancias ni esquiveces. La belleza esencial de sus escritos reside, más que en la doctrina que divulgan, sujeta a rectificación y susceptible de dar asidero a la controversia, en la rara prestancia de la forma y en el sortilegio de un estilo que es como el sello inconfundible de un espíritu de excepción. Esta cualidad peregrina les asegura el fallo favorable del porvenir y la admiración de cuantos rindan parias a la hermosura, y no es arriesgado vaticinar que aun cuando la evolución constante de las ideas trajese aparejada la definitiva derrota del idealismo generoso que las mejores páginas de Rodó predican y exaltan, la posteridad no tendrá para aquéllos ni inconsecuencia ni desvío, porque la magia soberana de la expresión, que es el secreto insobornable del artista, las hará perdurar en los siglos, como si una mano invisible hubiera trazado en la portada de esos libros subyugadores aquella profética sentencia que Esquilo inscribió al frente de sus tragedias maravillosas; ¡aquella lacónica y altanera dedicatoria «Al tiempo» con que el heleno formidable gustó de proclamar, desafiando los dictámenes contradictorios de la crítica y la versatilidad y mudanza de los gustos y de las opiniones, la perennidad de su inspiración y de su obra!