Tuvo, desde niño, según propia confesión, íntimas simpatías por el partido al que bien luego se incorporó, con la sinceridad de los convencidos, y sin ser un vehemente, ni mucho menos, se apasionó por su credo, encontrando en el estudio de los acontecimientos que elaboraron, el pasado doloroso y heroico, así como en los del presente, motivos de sobra para perseverar en las mismas orientaciones.
A pesar del silencio que la crítica ha observado a este respecto: ya, por deliberado propósito; porque, acaso, encuentra difícil conciliar las condiciones, tan extraordinarias como atrayentes, del hombre de letras con las del político, sujetas casi siempre al momento ocasional; o, porque la serenidad en el juicio y en la expresión, le preste un matiz demasiado suave al sentimiento que la dirige: el hecho cierto, corroborado por los incidentes de su vida, es, que no fue remiso a la acción, ni sordo al debate, cuando aquella se encaminaba hacia un propósito elevado y éste se planteaba con la amplitud de una controversia de ideas.
En ambos casos, sin los aspavientos de relumbrón, sin esos gestos tribunicios, tan contrarios a su modo de ser y tan aplaudidos por el vulgo, aceptaba la lucha, afrontando todas las consecuencias y todas las responsabilidades. En ambos casos, el estilista irreprochable y el pensador profundo, amoldaba sus facultades a las exigencias del medio ambiente; preveía las objeciones y las rebatía, sin ofender jamás al adversario, sabiendo de memoria que para éste, ni sus razonamientos serios, ni su indiscutible autoridad moral, ni sus generosas iniciativas, podían ser circunstancias determinantes.
Su política, no era la del éxito momentáneo, la de los acomodamientos personales, ni la del odio a cuanto no comulga en el altar de las concupiscencias vulgares, sino la del triunfo futuro, la de la comprensión exacta de todos los desniveles humanos y de todas las amarguras silenciadas: la de la tolerancia que explica, la benevolencia que disimula y la equidad que repara.
Por eso: dentro de nuestro ambiente reducido, por el espíritu de bandería y caldeado, siempre, con el atavismo de la revancha, cuando no con los apetitos voraces de los infecundos y de los improvisados, no tuvo éxito inmediato, ni fue considerado un hombre político, en la acepción criolla del vocablo.
Para haber merecido semejante calificativo y perpetuar su permanencia en el parlamento, donde dejó huellas tan luminosas como difíciles de igualar, carecía de aquella plasticidad de actitudes, susceptible de amoldarse a los sucesos y a los designios de los augures, sin contrariarlos jamás. Veía demasiado lejos y volaba demasiado alto, para preferir la complicidad del silencio a las salvedades de la conciencia.
Nunca, empero, desde la tribuna, lanzó, en el calor del debate, una sola frase hiriente u ofensiva; que su natural, ingénitamente bondadoso, se inclinó en todos los momentos a explicar con la tranquila persuasión del raciocinio el credo de la doctrina que defendiera, sin estigmatizar despiadadamente la del contrario. Y no porque no se sintiera, más de una vez, indignado, especialmente, con la falta de sinceridad, y de conducta; mucho más todavía, con aquellos a quienes, desde los albores de la juventud, sin más rumbos que los de la molicie adjuraban de la lucha, resignándose a vivir sin aspiraciones, sino porque la serenidad olímpica del juicio moderaba todas las vehemencias.
Enamorado del ideal, que en el alma del escritor y del filósofo exaltaba los más nobles de los sentimientos, ingenuamente supuso que los partidos se movían sólo por intereses fundamentales, de distinta orientación, unos de otros; pero, todos con propósitos patrióticos; creyó, asimismo que una vez terminado el período caótico de nuestras instituciones, luciera para la república una era de no interrumpida reparación, dentro de la cual el ejercicio del cargo supremo no podía ser desempeñado sino por el más justo y el más ilustrado de los ciudadanos, obligándose, en razón de su condición e investidura a auscultar, el primero, el corazón del pueblo; sometiéndose a los anhelos de la opinión y a servirse del poder, levantando el punto de mira, a fin de atemperar acritudes, limar asperezas, economizar conflictos y anticiparse al porvenir.
Su optimismo de iluminado, ante las realidades desnudas, apenas disimuladas con las excusas, tan encubridoras como falaces del interés partidario, sufrió el desencanto natural, producido por el contraste de las realidades; no, para hacerle olvidar el recuerdo de los primeros amores, sino para exaltarle, más aún, en el culto de los varones ilustres y volverle de nuevo, sin un ademán de protesta ni un acento de amargura, a las filas del pueblo que tanto amó.
En ellos, en unión de los compañeros de cansa, se proponía continuar la contienda, con la misma fe, con el mismo desinterés y el mismo entusiasmo de sus primeras luchas. En ellas, durante el dolorosamente breve intervalo de su actuación, disipaba sombras, aclaraba dudas y elevaba el debate hasta las alturas de la justicia. En ellas, ha dejado un vacío irreparable, que no se salva, sino muy relativamente, más que apelando al recuerdo de su ejemplar conducta política y persiguiendo esos ideales que dejó esbozados, en las obras literarias más perfectas y alentadoras que el ingenio uruguayo ha producido.
Tales fueron, en brevísima síntesis, las características del hombre público, calificadas como ingenuos lirismos por los simuladores de actitudes que no reflejan sino el despecho de la vulgaridad y las inconsecuencias plebeyas; tales se manifestaron a nuestra observación durante los seis años últimos de su vida enaltecedora y la apagada del correligionario, discípulo y amigo, que pasaron en la Cámara popular.
El otoño que asoma y que fue la estación predilecta del llorado maestro, con la eclosión de las campanillas azules como la esperanza, las riberas tranquilas y los días serenos, tiene el encanto incomparable y el atractivo de su intelectualidad: arrobadora, sugerente y profunda.
Montevideo, 17 de febrero de 1920.