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ArribaAbajo- XXVII -

Perla


Ya dije que esta había quedado sumida en las tinieblas de una habitación completamente desconocida para la infeliz. Allí dejose caer en tierra, golpeando el yerto mármol con su delicado cuerpo. El abatimiento más profundo dominaba su ánimo y tal estado la privó en su principio de ocuparse en su triste situación. Una frase sola tenían sus labios, un solo pensamiento su mente: «Honorio Morosini ama mucho a Perla Fóscari, pero ama mucho más el solio de Venecia; pretende casarse por razones de cálculo.» El alma cándida de la doncella, distante de comprender los mil secretos móviles del corazón humano, no habían nunca pensado en que aquel amante tan sincero en apariencia, pudiese pretenderla con otra idea que no fuese sugerida por un amor completamente desinteresado. Y ¿cómo hubiese podido ella imaginar,   —395→   ella tan sin orgullo ni envanecimiento, que un hombre como Honorio Morosini que había heredado los favores de la fortuna, a quien ella juzgaba tan envidiable, tan digno de ser estimado por sus brillantes méritos, pudiese amarla de otro modo que como ella amaba, es decir, con toda la fe capaz del sacrificio, con todo el ideal del alma, con toda la pureza del corazón? ¿Y quién, según ella, podría añadir brillo al nombre y posición del laureado almirante en la república? Para Perla, Honorio no era un patricio mezquinamente ambicioso, como por instinto y por relaciones de la voz pública, le parecían muchos de los hijos del libro de oro. Su amante era un patriota desinteresado a quien sólo podía lisonjear esa noble gloria de abnegación propia y beneficio ajeno que suele hacerse lugar en el alma de los héroes. Había llegado a ser este el prisma de su felicidad; la hora en que tal punto de vista desaparecía de sus ojos, debía ser para la incauta la hora del desencanto. ¡Maldita voz de los murmuradores! Las palabras del mal dejan siempre un rastro de fuego, indeleble como ciertas tintas corrosivas que al caer sobre la piel humana no se extinguen sino con la misma. ¡Honorio! murmuraba con abatimiento; ¡Honorio, mi Honorio! exclamaba con desesperación. Entonces venían a su memoria tantos días venturosos, tantos sueños de esperanza cuasi desvanecidos. ¡Oh! ¡cómo se arrastraba por el suelo, cómo se retorcía los brazos, cómo se perdía en la oscuridad aquel bello radiar de sus madejas de oro al desplomarse en abandono y desorden sobre sus hombros! Ella que al comienzo de aquella misma noche, más bella que un astro había deslumbrado con su gracioso atavío y su simpática hermosura a tanto galán y a tanta hermosa; ella que había entrado en la malhadada fiesta con su sonrisa de ángel y con la calma de la ventura en el semblante, que había sido saludada al entrar, como Pomona en los jardines al primer resplandor de la mañana; verse ahora abismada en tinieblas, tendida en el pavimento hecha un mar de lágrimas, sin una voz compasiva en sus oídos, sin una esperanza en su corazón, abandonada al parecer, de todos, y lo que es más, ¡dudando por la primera vez y dudando   —396→   del hombre a quien había levantado un ara en su corazón!


Nessun maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
nella miseria.

¡Qué noche para la pobre doncella! Llegado el día, cuyos claros penetraban por altos tragaluces, viose en un gabinete magníficamente alhajado, pero en el cual no había un solo objeto que pudiese hablar a su corazón con una palabra de reminiscencia. Después, ¡oh sorpresa! vio en una de las paredes el trasunto de un hombre adorado, ¡pero en qué actitud! Honorio Morosini vestido con todas las galas de su empleo, tal como saltó en tierra el día en que llegó con su escuadra victoriosa, llevando la bandera de San Marcos, pero arrodillado y en actitud de besar la mano de una mujer del pueblo, de una graciosa ramilletera cuyo rostro cubría el antifaz. Este era sin duda el cuadro de Ruggiero.

¡Qué triste luz para la desconsolada Perla! Sabía que la señora Gradenigo había sido en un tiempo ramilletera; pero no, la cuitada joven no podía comprender que la esposa de Gradenigo, tan amable y cariñosa para con ella, tan su amiga sincera... su cabeza era una Babel dolorosa.

El resto de la noche lo había pasado en la postración que sigue al cansancio del cuerpo y del espíritu; habíase rendido a ese sueño del abatimiento que es como el reposo del dolor; ¡ahora ni esta postración favorecedora venía en su alivio! el dolor renacía con la nueva actividad de la existencia... Desesperose, pensó en gritar, pero ¿qué alcanzaría si al fin sus carceleros habrían tomado precauciones para que sus ayes no fuesen oídos? Abandonose pues al lloro silencioso y lloró amargamente. Bendito rocío que calma las borrascas del ánimo disponiéndolo a la triste pero casi indolente resignación.



  —397→  

ArribaAbajo- XXVIII -

Paolo


Sin embargo de que este, pues ya le conocería el amigo lector en el compasivo raptor de Perla, había prometido obediencia y secreto, no podía menos de preguntarse a sí mismo qué objeto llevaría Sirena en la sustracción de la joven. Habíale persuadido aquella de que todo esto lo hacía por servir al gobierno con quien estaba en connivencia, lo que dejaba al gondolero más en ayunas todavía respecto de la verdad; si bien, acostumbrado a mirar los procedimientos del Estado como infalibles y dignos de respeto, juzgaba en sus cortos alcances que, cuando el Senado o los terríficos Diez, dictaban alguna medida, no carecerían de razones; puesto que tales cuerpos estaban compuestos de los hombres más meritorios y más respetados por sus facultades de toda especie.10 Por otra parte, había oído tantas veces confundir la palabra justicia con la de conveniencia del Estado que había concluido por introducir el desorden en su cabeza, respecto de estas cosas, y sabido es que tras la confusión suele venir para algunos, cierta unidad negativa que equivale al principio del no pensamiento. Con todo, en el hecho de aquella noche, había algo de tortuoso que repugnaba a su lógica, y así sentía un escozor moral que, agobiando su espíritu, hacía que se dirigiese a su casa después de cometido el rapto, más caviloso de lo que se había prometido. A más de esto, la joven robada era tan interesante, tan inofensiva al parecer, que no podía menos de preguntarse qué interés podría tener todo un gran Senado, en sustraer de su casa y mortificar   —398→   por medio de una misteriosa violencia a una joven inocente; pero ella era noble y «quién sabe» se decía como queriendo terminar su mental soliloquio: estos nobles tienen cosas que sólo ellos se las entienden; ¡yo no he sido más que un instrumento y a la verdad que no la he hecho daño alguno! Pero todo esto no bastaba para tranquilizar su espíritu naturalmente recto, sobre todo en momentos en que la fascinación de aquella mujer maléfica no turbada del todo su buen entendimiento; así pues llegó a su casa y llamó maquinalmente, siendo necesarias la voz y presencia de su madre, la buena Anzola, para sacarle de su distracción.

-Estoy resuelto, exclamó al entrar en la casa, no partiré sin que Sirena me explique, en lo posible, este misterio.

-Con cuidado estaba, hijo mío, dijo Anzola, recibiendo en la diestra un cariñoso beso de su hijo. A pesar de haberme anunciado que tardarías esta noche en volver porque tenías que despedirte de los amigos, no he podido estar tranquila.

-¿Qué queréis, madre? Pasado mañana muy temprano saldrá la escuadra, y tuve que ir también abordo esta prima noche; después, como efectivamente os lo había anunciado, me tomaron de su cuenta los camaradas, y por más que he hecho no he podido separarme de ellos hasta hace poco.

De todo había en esta declaración, pero Paolo que no tenía costumbre de mentir gordo, como suele decirse, se ruborizó un poco al decir estas palabras. La crédula madre lo halló todo muy verosímil, y habituada a creerle, no habló más de su tardanza.

-Vamos, no he querido acostarme ínterin no vinieses.

Sentáronse, Paolo estaba distraído.

Pasado mañana, ¿dónde estarás, hijo mío? dijo Anzola rompiendo el silencio que a causa de la cavilación del marinero habían guardado entrambos durante algunos minutos. De seguro que no será junto a tu triste madre, añadió esta queriendo detener en sus ojos una lágrima.

-Madre mía, por San Antonio bendito y por Dios y   —399→   su santísima madre, os ruego que no os aflijáis, porque me obligaréis a partir desesperado. Ya di el paso de alistarme en las galeras de guerra y a la verdad que no hay ocasión de arrepentirse. Si tanto habíais de sentir mi enganche, ¿por qué no me mostrasteis a tiempo ese semblante lloroso o me expresasteis terminantemente vuestra negativa voluntad?

-Mal hubiera hecho, hijo de mis entrañas, respondió ella, en oponerme a tu vocación manifiesta y a lo que habrá de ser quizás tu suerte. Sí, porque si las oraciones de madre tienen valimiento, yo creo que la Santa Madona habrá de sernos propicia. Yo la pediré de rodillas la ventura de mi hijo y ella me la concederá, me le volverá sano y salvo, y yo entonces seré feliz como lo soy ahora ¿lo ves, hijo mío? Ya estoy consolada, decía, pero sus ojos llorosos la hacían traición.

-Vamos, vamos, señora, o soy capaz de hacer todavía un disparate, soy capaz de desertar.

-¡Cómo, Paolo! Ya no hay remedio; el cielo cuidará de ti.

-¿Y por qué no, madre? exclamó el novel marinero. De la guerra salen ilesos la mayor parte de los que van, y yo puedo sacar... ¿quién sabe? Todos mis camaradas me dicen: Paolo, serías un majadero en no aceptar la protección del almirante; el mar y la guerra son para la gente joven y quién sabe adonde podría llevarte tu destreza en el remo.

-Es verdad, respondió Anzola; ¿quién lo sabe? sólo Dios.

-A propósito, madre, hablemos alegremente. Ya voló en gran parte la ganancia de la regata, pero me han dado hoy una corta suma a cuenta de mi prest como marinero de la república, aquí la tenéis; ella podrá, con los restos de lo otro, bastaros por algunos meses. Después Dios proveerá. Mi intención, vos la conocéis, es la de ayudaros con menos fatiga de la que he tenido hasta aquí meneando el remo todo el día para ganar una miseria que apenas basta a nuestras necesidades. Esta campaña de mar durará seis u ocho meses, en este tiempo, mi continua permanencia abordo me permitirá   —400→   vivir con alguna economía, y a la vuelta podréis contar con algunos cequíes que alivien vuestros trabajos. Por otra parte, soy mozo, me encuentro robusto, fuerte, con deseos de remover una isla; ¡oh! las lagunas son cosa demasiado monótona y pequeña.

-¿Y tu madre? exclamó Anzola involuntariamente.

-Sí, tenéis razón, vos, mi querida madre. ¡Ah! ¡si supieseis cuánto siento dejaros triste! Yo pensaba que tendríais más ánimo y... ¡qué diablos! a saber yo esto...

-Te he dicho que estoy contenta, repuso la infeliz madre. También lo estaba en medio de nuestras miserias, y me creía feliz al verte llegar todas las noches. ¿No era bastante riqueza para una madre estrechar entre sus brazos, como lo hago ahora, a su querido hijo? Hijo mío de mi alma, decía la pobre mujer llorando y acariciándole. Dios mío, no es posible que él me abandone, ni es posible que yo lo vea marchar. ¡Dios mío, Dios mío! presérvale, presérvale... pero no, no hay que desanimarse. ¡Las madres tienen siempre unas flaquezas! añadió al ver a Paolo conmovido. El hombre ha de ser hombre. Es menester tener corazón... tantas veces lo has dicho: Es menguado no ser más que simple gondolero, cuando se puede ser un buen marinero de la república. Los hombres se deben a la tierra en que han nacido; las mujeres debemos acostumbrarnos a ver partir a nuestros hijos, ¡ay! aun cuando sea con el corazón hecho pedazos.

Y la madre y el hijo quedaron durante algunos instantes abrazados, cruzándose como era natural, sus pensamientos de tristeza.

-No, dijo de pronto Paolo; esta vez será la última que nos apartemos; tan luego como termine esta campaña, vendré hacia vos para no separarme más. Vos sois el único ser que me ama en la tierra... Madre mía, añadió con cierta resolución, quisiera que contestaseis a una pregunta que os he hecho muchas veces y que siempre ha quedado sin una respuesta satisfactoria.

Anzola se sorprendió, y adivinando poco más o menos el contenido de la tal pregunta, respondió con el tono de quien quisiera evadirse.

  —401→  

-En varias ocasiones os he preguntado, tornó a decir el mancebo, a quién debo el ser a par de vos; si podré algún día saber su nombre, ya que no conocerle, en una palabra: si debo desear ese día o temblar ante él. Ya veis que voy a partir; quisiera saber si dejo tras de mí alguna persona que a más de mi cariñosa madre, deba recibir de mí, aunque sea en el secreto del corazón, la demanda de una bendición para el pobre hijo que parte

-Tu padre... respondió Anzola sin saber como forjar una repuesta. ¡La verdad era tan amarga para dicha al infeliz mancebo!... sin embargo dábale pena el haber de engañarle.

-¡Tu padre... hijo mío!... repitió.

-Sí, decidlo, oh madre mía, repuso el joven con ansiedad desesperante.

-Vive, exclamó Anzola con voz ahogada.

-¡Ah! es cierto, madre mía... ¿Por qué no me lo habíais dicho desde un principio?... Mi padre vive, vive... mas ¡ah! sin duda en esta misma ciudad... y cuando no ha venido a buscarme para llamarme su hijo, para que yo le abrazase, para que yo le consagrase mi cariño, mi existencia, es... porque no quiere a su hijo, porque no me reconoce...

-Sí, tal es la verdad, exclamó Anzola con voz transida de pena y anegada en llanto... ha muerto para ti.

-No digáis más, pobre madre... no quiero oír más... repuso Paolo dejando caer la cabeza sobre el seno de la misma.

Perla había tocado sin querer esta llaga en el corazón del mancebo, aquella noche al invocar el amor filial para conmoverle. Sea por esta circunstancia, sea que su próxima partida despertase nuevamente por crisis de sentimientos, su deseo de saber a quien debía la existencia, deseo que había ya manifestado antes, es lo cierto que la pregunta por esta vez, fue hecha con mayor empeño que nunca y resuelta por parte de Anzola más definitivamente que en otras ocasiones. Obligada aquella varias veces a responder a las insinuaciones cariñosas de su hijo sobre la materia, había siempre dado fin a   —402→   ellas con este laconismo «no existe,» expresado de un modo, que, sin persuadir al pobre mozo, dejábale suspenso.

Paolo por su parte se había hecho el siguiente raciocinio: ¿Mi madre tan afectuosa y buena, tan amante del hijo y no querer hablar del padre? Yo creo que cuando una persona pierde a otra a quien ama, debe recordarla con tristeza, pero con frecuencia y hasta con cierto dulce placer. -Yo siento el deseo de hablar de mi padre, y ella se muestra disgustada, aunque quiere ocultarlo, cada vez que se lo nombro. Aquí hay algún misterio que anhelo saber y que sabré algún día: y así se estaba en esta resolución hasta que lleno de indiscreción filial, volvía a la carga tan luego como se le presentaba ocasión para ello.

-Esta noche, exclamó Paolo reanudando la conversación, oí a una joven hablar con tanto interés del que llamaba su padre.

-Y bien hijo mío, repuso Anzola ¿no te basto yo?

-¡Ah! sí, vos me bastáis, contestó el mancebo y en adelante, si os da pena, no volveré a hablaros más de ello. No tengo padre, pero tengo una Anzola que llena mi corazón; no tengo padre, pero tengo un protector.

Anzola permanecía silenciosa, Paolo continuó:

-Un protector que me habla con llaneza a pesar de su elevada altura; uno que sin ser mi padre, no se avergüenza de tratarme a mí, pobre mancebo, con una afabilidad, que un noble dispensa pocas veces a un hijo del pueblo; un protector que vale tanto como el más encumbrado porque ya es un bravo almirante y cuando quiera podrá ser hasta Dux. Pero que, madre mía, ¿os ponéis mala? Vamos, estáis muy delicada y yo sentiré que me obliguen a dejaros estando enferma.

-Sí, si, hijo mío, dijo Anzola besando su frente; dejemos de hablar de cosas tan tristes, porque estoy expuesta a no tener fuerzas para verte partir.

Paolo acompañó a su madre a su humilde alcoba besando su mano en señal de recibir la materna bendición.

-La madre trató de sofocar sus sollozos, y en la vía de ocultar sus lágrimas entrose de golpe en la habitación.

  —403→  

El joven volvió a sentarse junto a la mesa, y allí poniendo el codo sobre la misma y la frente sobre la palma derecha, quedó sumido en sus meditaciones.

¡Pobre madre! murmuraba; no puedo, no tendré valor para decirla adiós. Sí, está resuelto. Después añadió con sombrío pesar: -¡Vive un padre y no vive para su hijo!- y luego a través de un suspiro de triste resignación, pasó su mente al campo de sus pensamientos habituales: Sirena...

Llegó la mañana y apenas sus primeros claros se esparcieron por la tierra, cuando Paolo, que apenas había cerrado sus ojos al benéfico sueño echó a cuestas su maletín y dando a la morada materna un triste adiós, saliose con cautela y apresuradamente, sin volver la vista, como temiendo quedar encadenado a aquella querida casa. Tomó en seguida su góndola y dirigiose al palacio Gradenigo por ver a la que por su desgracia, se había encargado de traer al estricote su pobre vida. Todo estaba allí cerrado; las ventanas del invernáculo, que era el lugar por donde el gondolero solía hacer sus incursiones en el palacio, estaban cerradas igualmente; la fachada que daba al gran canal era el único paraje del edificio que al parecer podía prestarle acceso, ¿pero con qué motivo pretendía ver a la señora? -Julieta que era la que de todos los criados podía inspirarle alguna confianza, no se presentaba en los balcones; una seña entonces hubiera bastado para que advirtiese a su ama la presencia del rondador, pero era vano su deseo. Costábale mucho partir de Venecia sin ver a Sirena y sentía a la vez el tormentoso deseo de saber qué sería o habría sido de la joven, a quien, contra su voluntad y sólo por una complacencia para con aquella mujer que encadenó su albedrío, había cooperado a sustraer de su familia. -En esto, decidió acercarse a las gradas del peristilo principal; llegó, ató su esquife a un poste y saltó en la escalera.

Una vez en los umbrales, un conserje le salió al encuentro.

PAOLO.- Vengo a ver a Julieta la camarera de la señora.

CONSERJE.- No puede ser.

  —404→  

PAOLO.- Es asunto de interés, o mejor dicho, vengo en virtud de orden de la señora. Decid a la muchacha mi nombre y veréis como soy bien recibido.

CONSERJE.- (A un pajecillo que andaba por los portales.) Avisa a Julieta.

Corrió el pajecillo y al cabo se asomó la doncella a un balcón.

JULIETA.- ¿Quién?

PAOLO.- Yo, señorita.

-Subid, dijo la doncella y el gondolero trepó como un gamo por los marmóreos escalones, encontrándose a poco en una antesala en donde Julieta le detuvo diciéndole:

-¿Qué ocurre?

-Creo que mi venida no disgustaría a vuestra ama, respondió el mancebo; tal vez tenga algo que prevenirme puesto que voy a partir ya para abordo.

-Aguardad, dijo Julieta cerrando tras de sí una puerta que conducía a las cámaras de su señora.

A poco volvió indicando a Paolo la entrada, quien después de seguir a aquella, al través de un salón y corredores privados, llegó al invernadero que ya conoce el lector, en donde Julieta le dejó para ir a dar el aviso conveniente.

Al cabo de algunos momentos de espera, abriose una mampara, y entró Sirena, quien dijo en voz baja a la camarera.

-Para todos estoy en cama, ¿oyes? mi indisposición me impide recibirlos... excepto al señor Gradenigo. -Bueno es decir que ya este y Hafiz la habían hecho su visita matinal, quedando muy contentos de haberla hallado más aliviada.

-¿Y qué, Paolo? añadió sentándose y haciendo a este seña de que lo hiciese frente a ella.

-Voy a embarcarme hoy, respondió el interrogado.

-No, pienso que no lo haréis hasta después de media noche.

-¡Cómo! replicó el mancebo.

-Es preciso, repuso ella.

-La extrañeza se mostró en el semblante de aquel.

  —405→  

-Os necesito esta noche, añadió Sirena.

-Por Dios y su Santa madre, replico Paolo; renunciad a ocuparme en esas cosas. En verdad, no estoy acostumbrado a dar pasos como el de anoche. Eso me tiene todavía con cierto escozor parecido al remordimiento. ¡La pobre señorita! ¿qué os ha hecho, ni qué perjuicio ha podido ocasionar a nadie?

-Ya os he dicho, respondió la dama, con cierta afectada gravedad que para el pobre mancebo pasaba por moneda corriente; que son cosas que atañen al sabio gobierno de San Marcos, y que si me he prestado a tomar parte en este misterio, ha sido por haceros cumplir con un deber que se confió a mi marido y a quien su delicada salud no permite ejecutar la parte que en él le corresponde; siendo harto buen patricio, para negar sus servicios secretos a la república. Ya veis que os lo digo con toda seriedad. Es un asunto importante del cual no puedo informaros. Debía buscar para que me ayudase en su ejecución, un hombre de toda confianza por su valor, de honradez para que no abusase, reservado para que no comprometiese el secreto, y suficientemente adicto a mi persona, para que no me comprometiese. ¿Y qué? ¿vos no poseéis estas cualidades? ¿habré hecho una mala elección que deba reprenderme y expiar? ¿Vos no sois adicto a mi persona, a la que fue y es aun a pesar de su rango, vuestra más cariñosa amiga? Ni aun creo que haya en el mundo quien pueda o al menos quien tenga justos motivos para aborrecerme ni para no quererme. A nadie he hecho mal; siempre mis amigos han visto en mí el mismo semblante afectuoso, y han hallado junto a sí la mano de una sincera y constante amiga. Vos mismo, Paolo, dejando aparte mi casamiento ¿tenéis alguna queja de mí? Sabéis las exigencias de conducta que se debe a sí misma una mujer honrada ¿habéis visto en mí otra cosa que la misma Sirena de otros tiempos? (Y añadió tendiéndole una de sus preciosas manos.) ¿No sois ya mi amigo, Paolo?

Paolo estrechó con transporte aquella hechicera mano. Estaba turbado, pesaroso.

-Tenéis razón, exclamó; pero hay ciertos misterios...   —406→   ¿por qué no hacer las cosas claras como el día?... La señorita Fóscari...

-Os prometí, interrumpió Sirena, que no recibiría mal alguno y hasta la presente no sólo se os ha cumplido la promesa, sino que se trata de hacerle bien. Vos sabéis que a pesar de la parte que he tenido en su rapto y que quiero que ella ignore siempre; desde que la conocí, congenié con ella y nadie mejor que yo ha pagado el debido tributo a sus virtudes, tratándola siempre con el más afectuoso y confidencial cariño. Pues que ¿vos creeríais que pudiese yo mezclarme en hacer mal, ni a ella ni a persona alguna? ¿Qué concepto tenéis de mí? ¿Me tomáis por una mala mujer? Paolo, os perdono esta ofensa, porque nace del corazón de un buen muchacho, pero es menester que me vayáis conociendo y estimando en lo que debe ser.

-Pero el almirante... repuso el mancebo que parecía no hallarse del todo conforme.

-El almirante, contestó la joven, debe ignorar absolutamente lo que ha pasado, como me lo habéis ofrecido bajo solemne juramento: me parece que no sois persona capaz de jurar en falso. Sé que le debéis protección y que con tal motivo le profesáis afecto; pero no debéis temer nada por él. Creedme, puedo aseguraros que lo que se ha hecho por él y por Perla su novia, ha sido dictado por la mejor intención y redundará en su beneficio y bienestar. Ese sol que comienza a alumbrarnos, suele abrasarnos y matarnos con sus rayos, y ¿por qué así aparezca, por qué no comprendáis el misterio de su luz, dejaréis de contemplar en él un bienhechor? ¿Queréis saber más respecto de Perla y Morosini? pues nada más puedo deciros; respetad lo que es digno de respeto, y ya que no penséis de ese modo y persistáis en vuestra imprudente curiosidad, id a preguntar al Senado las razones que ha tenido para proceder así. Id, que desde luego os aseguro la posesión perpetua de una estancia en los plomos o en los pozos y desde luego me lleváis a un castigo conveniente a mi sexo y clase.

Sirena comprendía, con su admirable instinto, que el mancebo era de esos hombres que, cual aves ganosas de   —407→   libertad, temen más el encierro que la misma muerte, y mucho más encierros como los de aquella república, llenos de cierto pavoroso misterio que no dejaba de producir el debido efecto en el supersticioso ánimo de la multitud.

-Además, la señorita Fóscari será devuelta a su casa esta noche misma, añadió bajando la voz a pesar de que el tono de la conversación no había dejado de ser hasta allí bastante tenue; cuento para ello con vos, ya que habéis comenzado a trabajar en este asunto.

-Imposible, a prima noche debo estar a bordo.

-No importa. -Ahora mismo os dirigís en busca del almirante Honorio. Os estima desde el día de la regata, como vos sabéis, y no podrá negaros la pequeñez que vais a pedirle: que en virtud de hallarse enferma vuestra madre...

-Siempre mintiendo, murmuró Paolo.

-Es preciso, continuó aquella, con voz que no concedía réplica. ¿Queréis que confíe a otro este secreto y me exponga a una denuncia? El Consejo de los Diez castiga severamente, como no lo ignoráis, la divulgación de sus secretos, y yo sería castigada ¿queréis que lo sea por vuestra falta de condescendencia?

Paolo callaba.

-Pedís pues al almirante permiso, prosiguió la joven, para permanecer en tierra hasta el amanecer, una o dos horas antes de zarpar la escuadra. Si lo conseguís, venís a avisar a Julieta. Cuidado con decir al almirante una sola palabra respecto de Perla, porque esto equivaldría a decirlo a todo el mundo y Morosini es quien precisamente debe ignorarlo. Este secreto no os pertenece, sois hombre honrado y no abusaréis, estoy segura; si tal hicieseis, me perderíais y os aborrecería, más aun, os despreciaría... no me volveríais a ver, ¿entendéis? Recordad que la noche en que fuimos en busca del Bravo, me jurasteis el secreto, para con todos y en especial para con Honorio, por Dios y por la vida de vuestra madre; exigíroslo de nuevo, sería dudar de la fuerza de aquel juramento. Vaya, adiós, y no perdamos tiempo... Hasta la noche. De todos modos, venid hoy a dar aviso por si fuere necesario modificar mi plan.

  —408→  

Salió Sirena del aposento dejando solo al hijo de Anzola, hasta que Julieta vino a conducirle fuera de aquel sitio.

Paolo dirigiose a la morada del almirante; dijéronle que este se hallaba en aquel momento sin duda en casa del Dux; encaminose a la piazzetta y apostose frente a la morada del príncipe junto a la puerta llamada della Carta, que era por donde debía salir la persona a quien buscaba, ya que los dos graves Dálmatas que paseándose con sus alabardas terciadas, a guisa de centinelas, no le dejasen pasar adelante. Si hubiese dado algunos pasos por la Riva, hubiese distinguido en el canal que separa las prisiones, del palacio dogal y que cruza por lo alto el puente dei Sospiri, una góndola de retén en cuyo felze estaban grabadas estas cifras C. D. X. Esto quería decir que el consejo de los Diez estaba reunido.

Por lo que hace a Sirena, volvió a su alcoba, acudió a una gaveta de su guardarropa, y sacó una cajita que contenía varios pomos harto pequeños a la manera de botiquín homeopático. Cada cual tenía su marca; era indudablemente aquello un presente de Hafiz, como producto de sus retortas- y alambiques. A poderse descifrar aquellos rótulos, hubiésemos admirado allí reunido lo que en pocas horas bastaría para acabar con el género humano. Semejante cajita era el capricho de un Calígula reducido a forma. Veamos pues a quien intentaba servir de escanciadora aquel Ganimedes infernal. Después de corta deliberación y examen, apartó uno de los frasquillos, y guardando los demás, puso aquel en su seno.

-Este es... dijo y se sentó tranquilamente.




ArribaAbajo- XXIX -

Entre lobos anda el juego


Efectivamente,, el Consejo de los Diez acababa de reunirse. No faltó quien expusiese ante él la escandalosa violencia de que había sido víctima una de las familias más ilustres y respetables de la metrópoli en la persona   —409→   de la discreta y hermosa Perla Fóscari. Pidiose por los amigos de esta familia y de la de Morosini, que se declarase negocio preferente, y que la república, encargada de velar por la honra de sus nobles hijos, tomase a su cuidado la formación de un proceso indagatorio que trajese en pos de sí el castigo de los culpables y la seguridad de que el Consejo no dormía al tratarse de hacer justicia.

Algunos consejeros hablaron sucesivamente y en igual sentido; alguno contradijo, y el debate iba por consiguiente tomando cierto calor, no muy común en aquella corta asamblea, en donde la cautela y reticencia solían estar a la orden del día. Entonces habló Loredano y lo hizo declarando que, según debía suponerse, ya la respetable inquisición de estado habría dado providencia en el escandaloso expediente y que era fuerza descansar, con alta confianza, en un tribunal que no había nunca desmerecido en la administración de los asuntos de su peculiar y exclusiva competencia. Miráronse al escuchar estas palabras unos a otros la mayor parte de los decenviros y comprendiéronse mutuamente. La inquisición de Estado era la hija mimada de los Diez; lo que aquella hacía estaba bien hecho, debiéndose considerarla como infalible.

Pasose pues a otro asunto, huyendo de un debate que cual ascuas encubiertas, debía abrasar al que intentase removerlo sin las debidas precauciones. La hijita querida se había hecho ya temible a su propia madre. Además ¿cómo imaginarse que una niña tan celosa no mirase por los intereses de la que le había dado el ser?

Anunciose por un ujier la presencia del almirante Honorio Morosini, quien demandaba al Consejo la venia para presentarse a hacerle la exposición verbal de un asunto importante, y obtenida que fue aquella, introdújose al bravo marino ante la sesión, previos los acatamientos y fórmulas de costumbre.

Atento y curioso silencio precedió a las palabras del almirante. Comenzó por manifestar que estaba su ánimo, como siempre, dispuesto a ejecutar las órdenes de la señoría y del Consejo, sobre todo en la ocasión harto   —410→   próxima de hacerse a la mar las escuadras de la república. Rotaba en breves palabras que se lo dispensase de mandarlas en aquella campaña, ya que no fuese posible retardar la salida de la expedición, puesto que un deber de honor le obligaba a permanecer inactivo en las jornadas gloriosas que eran de esperarse; lauros a que su corazón sentía tener que renunciar. Expuso entonces oficialmente el suceso de la desaparición de su prometida, poniendo su honor en manos del ilustre Consejo, el cual, según él, no podría permanecer indiferente en lances que como el que refería, eran atentatorios al honor y bienestar de los ciudadanos. «Suplico al respetable Consejo, concluía, se digne manifestar si un hombre celoso de ambos bienes, puede ausentarse y abandonarlos.»

Grande fue la alegría que, a su pesar, brilló en el rostro de Loredano al oír la resolución del marino. Rápida fue esta expresión en aquel rostro habitualmente de estatua, pero no tanto que no hubiese permitido descubrir a cualquiera observador atento que alguna esperanza lisonjera, aunque fugaz, había llevado un rayo de su luz a aquel corazón ambicioso e intrigante.

-Comprendo, exclamó tratando de ahogar perfectamente, como lo consiguió, tal era su hábito, cualquiera síntoma de la indicada emoción; comprendo el proceder que adopta el noble almirante Honorio Morosini. La ofensa ha sido grave y su resentimiento motivado. Su pretensión es justa, y conceptúo al gobierno de la gloriosa república demasiado celoso de su buena fama, para que tarde en adoptar una providencia que lleve al patriciado, ofendiendo en la persona de una de sus más ilustres familias, la reparación que se le debe.

«El digno almirante podría cumplir con el llamamiento que hace de él la patria y que debiera esta esperar de tan esclarecido patricio desde el omento en que confió a su habilidad, denuedo y patriotismo la gloria de sus naves. El señor Morosini podría partir tranquilo y confiado en que los celosos tribunales de la república cuidarían de repara sus ofensas; pero comprendo y el muy ilustre Consejo deberá estimarlo en cuenta, el justo y poderoso sentimiento que arrastra al digno almirante hasta   —411→   consentir en ver zarpar su flota sin acompañarla, haciéndole desoír el llamamiento del mar, sacrificio grande, puesto que el mar es y debe ser el principal amor de un buen marino. Debemos pues hacer justicia a su probado civismo y respetar el sentimiento que le mueve a renunciar, siquiera sea temporalmente, el almirantazgo de la expedición. El bien afamado Consejo de los Diez no hará injusticia al que está justificado. Los días de provecho y gloria que ha dado el patricio Honorio Morosini a nuestro bienaventurado San Marcos, son pruebas de que su adhesión y amor a nuestras cosas públicas han sido, son y serán siempre una llama brillante. El Consejo sin dudar un instante del patriotismo del muy ilustre señor Morosini, debe continuar dispensándole su honorífica consideración, aun cuando para no dejar de proveer a las necesidades de nuestra política y comercio, se viese la señoría en el sensible caso de admitir su renuncia y acordar su reemplazo en el mando de nuestras escuadras.»

No dejó de leer Honorio en el semblante de Loredano aquella ráfaga de alegría, a pesar de haber sido reprimida al punto. El discurso de este habla sido sin embargo pronunciado de la manera más natural. Con todo, Morosini conocía por experiencia las artes de sus nobles compatricios, cuando se trataba de alzarse sobre la ruina de otro. Advirtió que su renuncia sería bien acogida y que el terreno no estaba mal dispuesto para darle inmediato sucesor a poco que él se prestase a ello. No se le ocultaba además, que todas las consideraciones que se le tributaban por parte del pueblo y del gobierno, pasarían como el humo y serían relegadas al olvido, al primer nuevo astro que se presentase en el cielo de los hombres y méritos públicos, y que tal vez el nuevo astro no necesitaba más que un horizonte para brillar. Había hablado de renuncia temporal, pero una vez desamparado por él y ocupado por otro el puesto, la renuncia podría entenderse absoluta. ¿Sería pues una niñada (en el lenguaje de la ambición) lo que había hecho al venir a entregarse a tanto codicioso de su alto puesto? Pero no le juzguemos tan cándido. Su renuncia tal   —412→   vez no era más que un plan para despertar en el Consejo el interés hacia su causa, hacia la reparación de su ofensa. Contaba con que su posición y méritos le habrían hecho un tanto importante para el gobierno, y que por consiguiente, este, en cuyo seno juzgaba tener adictos, pondría de su parte algún esfuerzo para no dejarlo marchar descontento, activando, en lo posible, el procedimiento inquisitivo. Esto quizás le llevaría a saber si el león alado había tenido alguna parte en la perpetración del rapto, lo que no hubiera sido tampoco un ejemplar nuevo; pero habíase equivocado al creer que el Consejo saldría de su impasibilidad característica para tomar parte desinteresada en sus particulares cuitas. El hombre más desconfiado suele a veces engreírse respecto de sus merecimientos, y sin duda habíase Honorio equivocado medio a medio, si juzgaba que podía pasar por necesario para con la Señoría y demás poderes venecianos, quienes tenían por norma no conceder a ningún ciudadano el mérito de la indispensabilidad.

Vamos a referir un ejemplo:

Hallábase la república próxima a sucumbir en la llamada guerra de Chioggia. Cuasi del todo perdidas sus escuadras, sin ejército, atacada en sus propias lagunas por los genoveses, cosa sin ejemplo en sus anales, verdadero terror imperii, despertó, como era natural, todo el vigor patriótico de que era capaz aquel pueblo, fiado hasta entonces en la independencia que le daba su topografía. Encontrábase entonces preso por infundada suspicacia del Senado, el famoso y benemérito almirante Pisani. El bravo y romántico Carlo Zeno no era todavía el Nelson de la república. Esperábase con terror indefinible, ver de un momento a otro en la plaza de San Marcos, al amanecer de cualquier día, al Breno de los genoveses. La situación era crítica, vital; y sin embargo desoíase aún la voz del pueblo que llamaba para su defensa al único hombre de su confianza, en el peligro, a Pisani. Obligado por último el Senado a sacar a este de la prisión; no quiso todavía confiarle sin restricciones el mando de las fuerzas salvadoras.

Con semejante ejemplo histórico en la memoria, con   —413→   la observación de algunas miradas, de algunos murmullos y palabras sueltas que, a manera de ardientes chispas, había hecho brotar de los circunstantes el breve cuanto intencional discurso de Loredano; el almirante conoció su posición no tan inmutable como en su engreimiento la había imaginado, recordó que vivía en Venecia, que estaba entre rivales y envidiosos, y trató por consiguiente de recobrar a escape el terreno perdido. Tomó pues su resolución y expresola del modo siguiente: «Serenísimo Consejo: Mi corazón se complace en anunciar que después de reflexiva y encarnizada, aunque breve lucha, entre mis afecciones patrias y mis afecciones de familia, han cedido estas el puesto a aquellas: un buen patricio veneciano debe siempre inmolarse por Venecia que es su verdadera familia, su primero y más legítimo amor: decídome a ocupar mi puesto en las escuadras de la república; partiré, partiré mañana mismo, ya que así se me ordena. Un Morosini debiera tener por divisa la de siempre pronto; palabras que hoy pronuncio con alguna emoción, es verdad, porque aún no me ha sido dado ahogar dentro del pecho, el dolor que mis querellas de familia han debido producirme, pero que pronuncio con no menos patriótico y ardiente entusiasmo que en otras ocasiones. He reflexionado y he tenido motivo de comprender, añadió mirando con cierta intención a Loredano quien le escuchaba cuasi sin poder disimular su asombro; he tenido ocasión de comprender que nunca me hubiera perdonado el abandono voluntario de un puesto en que puedo continuar prestando mis humildes aunque afanosos servicios a la Señoría y al Estado. Confío en que aquella y este velarán por los nobles y caros intereses del patricio que los abandona de todo corazón para ocuparse en los de la república. A ella encomiendo pues por despedida la investigación y castigo del hecho de que ha sido víctima la ilustre dama que iba a llevar mi nombre, y cuya suerte entrego a mis amados y justicieros compatricios.

Este discurso fue recibido con asentimiento por la mayoría de los decenviros y con silencio por parte de los demás, quienes sin duda indecisos todavía respecto de una   —414→   sustitución para Morosini, no se atrevieron a ir más lejos por entonces. Con lo que terminó aquella Sesión en que Loredano vio formarse y desvanecerse la nube de su esperanza. Esto no obstó para que bajase de su asiento y trocase con el invicto almirante, a semejanza de sus demás colegas, una sonrisa de pláceme, un apretón de manos y quizás un estrecho y en apariencia cordial abrazo.

La república o sea la emulación, había triunfado de Perla en el corazón de Honorio.

¡Pobrecilla!




ArribaAbajo- XXX -

Volvió la noche. No habían transcurrido en completa soledad para Perla, las horas de tan tristísimo día. Una mujer enmascarada y silenciosa había entrado en la habitación para dejar sobre una mesa una bandeja de oro en que había una copa de vino y algunos bizcochos, único refrigerio que se ofreció a la desgraciada durante aquellas horas. La luz del cielo, que había penetrado en aquel recinto a través de los opacos cristales de colores, desapareció; las sombras de la noche sorprendieron a la llorosa joven en la misma triste y abatida actitud. Sentíase ya desfallecer. Esperó con cierto júbilo el camino que el sepulcro parecía prometerle. Pero el ser o el no ser es verdaderamente un problema, y la cándida y desvalida Perla no se sentía con fuerzas para abandonar del todo una leve esperanza de volver a ver a los suyos. No alcanzaba a comprender con qué objeto la tenían encerrada, y daba espacio en su ánimo, si bien por momentos, las promesas de su raptor. Acercose a la mesa y aunque ligeramente, llevó a sus labios parte del refrigerio que la habían dejado. Sintiose un tanto reanimada y con las fuerzas relució la esperanza. Apenas había gustado el vino, y por consiguiente quedaba en cierto modo frustrada cualquiera tentativa de sus enemigos, cuya sospecha no dejaría de cruzar por su mente aunque, en la paz de su inofensiva inocencia, la combatiese como inmerecida.

  —415→  

Con todo, sin duda estaba previsto por aquellos este caso, valiéndose de otros medios, puesto que a poco comenzó ella a sentir en el aire de la habitación cierta suave pesantez que convidaba al letargo, que daba lasitud a sus miembros, que la llevó por fin a ocupar muelle y dulcemente un blando diván, y que por último, cerró sus ojos. El sueño producido por el hatchiz no hubiera sido más delicioso. Era uno de esos sueños capaces de convertir en tálamo de sultán la dura piedra. La dulce vaguedad dominaba su cerebro, el sopor paralizaba la acción de sus nervios, la grata languidez corría por sus venas. Yo sospecho que en esto podía verse la obra de Hafiz, puesto que solo a él podía ocurrirse allí el artificio de aquel sueño oriental. Los magnéticos efluvios con que el opio puede saturar el aire de una estancia, son, según testimonio de ciertas leyendas, medios no desconocidos en las regiones en que la molicie es el mayor de los placeres.

Perla se abismó en suave letargo, como hemos dicho, y su espíritu en aquella blanda nube de lasitud, soñó, percibió a sus padres, a su Honorio ¡ay! con placer, sin celos ni tibieza, todo suyo en sus brazos, junto a su casto corazón, junto a sus virginales labios... le vio sin turbación, con toda la felicidad que solo es posible... en sueños.

El ángel malo de Perla se aprovechaba sin duda de aquel estático adormecimiento para beneficiarlo; era el Satán del sublime Milton que se ingiere furtiva y fraudulentamente en el paraíso para ahuyentar la felicidad. Abriose una puerta... pero las sombras eran ya demasiado densas... una o dos figuras penetraron en la estancia... la oscuridad no permite conocerlas... su silencio es también su cómplice. No sabemos que intentarán.

Al lucir el alba penetraban en la iglesia de un silencioso convento de monjas que acababa de abrirse al toque de Ave María, dos hombres enmascarados que levaban a cuestas un bulto informe al parecer, pero que podría contener por sus dimensiones un cuerpo humano.   —416→   En lo interior del templo, cerca de la entrada y había una capilla a que daba su tenue luz una sombría lámpara; allí detuviéronse los dos hombres, dejando en tierra y al pie del altar su misteriosa carga; entonces despojado el bulto del manto que lo cubría, pudieron vislumbrarse las formas y rostro de una mujer; podía dudarse de si estaba muerta o dormida. Si respiraba, su aliento era imperceptible; su palidez hacía sospechar que aquel hermoso semblante no era ya reflejo del alma cándida y bella que debió lucir en él con los encantos de una risueña vida. Sin embargo, para que la duda persistiese, bastaba observar en aquel mismo rostro la huella de una sonrisa de afecto y de amor, que podía considerarse como señal de vida o como adiós de cariño sorprendido por la muerte: chispa luminosa que queda por algunos instantes en la lámpara de que huyó la llama, vislumbre del cielo a que acaba de retornar el alma proscripta.

Los enmascarados salieron del templo; uno de ellos puso en manos del otro, aunque con cierta repugnancia, un grueso bolsillo lleno al parecer de oro, y cada cual partió por distinto lado.

En cuanto a la muerta, podemos decir que no tardaría en llamar la atención de los devotos que, en pos de la misa matutina, comenzaron a invadir a iglesia.




ArribaAbajo- XXXI -


Azul, inmenso mar, yo te saludo,
y cuando ya no más hienda tus hondas,
salud, desiertos y cavernas hondas...
Buenas noches y adiós, tierra natal.
Childe Harold. -Byron.

Presentábase ya en el horizonte los radiantes claros del sol próximo a dejar ver su disco de oro, cuando hormigueaba en la Riva cera de la piazzetta, un inmenso gentío, junto a un magnífico esquife que tremolaba en su prora la bandera de San Marcos. Parecía aguardar a algún jefe u oficial superior para conducirlo sin duda a la escuadra que se disponía ya a levar sus áncoras. En la popa del esquife podía verse a guisa de patrón de   —417→   él a un mancebo muy conocido en esta historia: era Paolo. La embarcación aguardaba al almirante Honorio Morosini, quien no tardó en dejarse ver, saliendo del Palacio del Dux, cuya venia acababa de tomar, seguido de algunos otros nobles y oficiales de su armada. En el semblante de Honorio desmentíase la serenidad que intentaba sin duda aparentar. Cierta emoción de tristeza servía de sarcasmo a la sonrisa con que recibía las despedidas. A su lado venía el anciano Fóscari, el abuelo de Perla, quien apenas podía dominar las manifestaciones de dolor que le inspiraba la desaparición de la que miraba como su hija querida, como el ídolo de su alma. Podía leerse en aquel semblante lo que estaba escrito como triste lema en su corazón: ancianidad inconsolable.

Pronto a saltar en el esquife el almirante, exclamó besando la mano del anciano.

-Señor, harto sabéis cuanto hubiese anhelado poder besar en vuestra mano la de un padre. Mi dolor no osa aparecer ante el vuestro con toda su mortal amargura; sus títulos no son iguales a los del vuestro, según las formas del mundo, pero la verdadera medida del duelo está en el corazón; desde aquí, pues, desde el lugar oculto a que las conveniencias de los hombres lo relegan, ya que por desgracia no puede presentarse con la sanción de los altares, desde aquí, repito, acompaña mi duelo, vuestros suspiros y vuestro llanto. Vos podéis llamarla vuestra hija, y este es un afecto cuya sinceridad todo el mundo concibe, pero el amor de amante, de amigo, ya que no me fue dado llamarla esposa, no es un amor que no pueda mentirse y que mal comprenden los que no lo sienten. ¿Quién, en efecto, podría comprender el amor de un amigo, de un amante que guarda alguna calma en el rostro? Y sin embargo, ni aun es lícito al ciudadano mesarse el cabello, ni crispar los puños, ni magullarse el rostro, con la hiel y la maldición del alma rebosando en el labio; el ciudadano marino que en presencia de todo un pueblo, pone el pie abordo de la galera que ha de llevarle al combate y defensa de su patria, debe tener sereno y aun alegre el semblante, por temor de que su dolor parezca a los demás, miedo de la muerte o pereza   —418→   para con la patria. Por consiguiente, no busquéis en mis ojos ni en mi rostro el sentimiento, buscadlo en mi corazón a donde lo ha proscrito el mundo. Para nosotros el rapto de la inolvidable Perla, es cuestión de honra. Si me alejo hoy de estas playas abandonando al parecer lo que idolatra mi corazón, es porque conozco sobrado a los hombres que me rodean, y sé que nada podría remediar quedándome. Perdería el puesto que hoy ocupo, lo ocuparía algún adversario, y si hoy no he logrado hacer reparar la ofensa que se me ha hecho en la persona de la que iba a llevar mi nombre ¿lograría conseguirlo exponiéndome a ser suplantado y perdiendo el escaso poder que cuento hoy en donde sólo el poder vale? Verdad es que amo la gloria, Pero no es tanto este amor que me haga olvidar otros igualmente caros al corazón. Soy más franco que ellos hasta en mis defectos; yo pretendería ser león, en tanto que ellos se conforman con el papel de zorros. ¡Ah! si quisiesen venir a mi terreno, añadió mostrando el sable, pero no, la máscara que cubre un rostro que Dios prestó al hombre para reflejar su gracia, les es más propia; prefieren en vez de espada lo que sienta mejor a sus instintos: el hacha o la cuerda, que son las armas del verdugo. Sí, venerable y desdichado señor Fóscari, ¡llevo el corazón henchido de desencanto y de amargura!

Dijo así Honorio, y luego como con especial intento, exclamó levantando la voz: Confiad, señor, en el Senado de la república, a quien dejo encomendada mi causa. Contad, añadió bajando de nuevo el tono, con vuestra diligencia. Esta es, amigo mío, una patria ingrata; ¿veis esa escuadra que bajo mi enseña ha vencido siempre? ¿veis ese pueblo que me saluda y parece amarme? ¿veis esta frente que el enemigo no ha humillado, y que ha recibido impasible el soplo de las borrascas? pues nada de esto vale; nada soy en Venecia, para vengar una ofensa hecha a mi amor y a mi familia. ¡Oh! indudablemente, es una patria ingrata. Contad pues con vuestra diligencia.

-¡Ah! exclamó el anciano moviendo la cabeza tristemente; ¡ay de nosotros si prescindimos de esta última condición!

  —419→  

-Silencio y adiós, murmuró Honorio.

El anciano no pudo articular palabra. Abrazó al almirante, contuvo con esfuerzo varonil, ya superior a su edad, una lágrima que quería brotar de sus ojos y saludó a los oficiales de Morosini, que entraban tras este en el esquife al son de las aclamaciones y vivas de la multitud.

Paolo también marchaba triste y pensativo. Llegó el esquife abordo de la Capitana y las galeras empavesadas y flamantes agitaban sus remos, izaban sus vela y doblaban el Lido comenzando a balancearse en el Adriático.

Y cuando la marinería terminó su maniobra de salida y aparejose la flota al viento reinante y toda la chusma saludó desde las entenas y las muras por última vez las torres de Venecia, un mancebo recostado también en la mura contemplaba silencioso las playas que se hundían en el horizonte, recordando los objetos que en ella dejaba su dolorido corazón: era Paolo.

-En cuanto a Honorio, de pie en la duneta de su capitana y semejante a Childe Harold, parecía decir también desde el fondo de su alma con triste y desdeñosa mirada:

¡Buenas noches y adiós tierra natal!

No era esto todo: en una ventana del palacio del Dux había un hombre que daba también sus despedida a la escuadra.

¡Buen viaje! exclamó al perderla de vista; sin duda este almirante crece ya demasiado, añadió para sí en voz baja. Era Loredano.



  —420→  

ArribaAbajoSegunda y última época


ArribaAbajo- I -

Si amases, pobre Fabio, a una mujer, y es tonta, hará una tontería; si es loca, una locura; si liviana, una liviandad; si endiablada, una diablura; si egoísta... todo ello junto.



Para que el lector pueda hallar motivados los sucesos que van a contarse en los breves capítulos siguientes, bueno será que tome nota de algunos hechos que reza la historia.

Hubo entonces en Chipre, según cuentan los autores, una conspiración para matar a Catalina Cornaro y proclamar a Carlota su cuñada, hija de Juan III de aquel reino y mujer de Juan de Portugal. La conspiración fue reprimida.

Exigiose luego por Venecia una renuncia en su favor de parte de Catalina. Púsose en estado de defensa a Chipre y fueron a ella escuadras venecianas so pretexto de la guerra que acababa de declararse entre los turcos y el sultán de Egipto suzerano de Chipre.

El encargado por el Consejo de los Diez de notificar a Catalina, fue su hermano Jorge Cornaro. Este hizo presente a aquella que estando amenazada de una invasión de Otomanos la isla, los venecianos se veían precisados a tomar el reino bajo su inmediata protección. Que estaba en los intereses de ella y sus súbditos su abdicación, retirándose luego a Venecia en donde encontraría un alojamiento digno de su clase.

Han transcurrido algunos meses desde que la escuadra11 de Honorio Morosini salió de las lagunas con dirección a Chipre en pos, según varios rumores, de Catalina   —421→   Cornaro, en consecuencia sin duda con los hechos que se acaban de apuntar.

¡Qué gozo divisar entre las brumas de los mares la sombra del país natal, ver dibujarse luego las colinas, y avanzando un poco más, los árboles, los caseríos y el puerto! ¡Y luego buscar allá en el fondo con afanosa mirada entre las torres, los templos y edificios de la ciudad nativa, el humo del hogar doméstico, y percibirlo o suponerlo en un lugar determinado tras de otros edificios que acaso lo ocultan a nuestros ojos pero no al corazón! ¡Vislumbrar la sonrisa y el saludo, escuchar ya la palabra de la familia, del amigo que sale a recibiros, que os abre los brazos y con ellos la mansión de vuestros suspiros y de vuestras ilusiones! Pero en seguida y como para turbar tan dorada fantasía: ¿Qué cambios encontraré? os preguntáis ¿qué tumba espera mis lágrimas? ¡Cuántos semblantes que dejé amigos me recibirán diferentes! ¡Qué corazón que dejé ardiente se habrá ya helado para mí; qué mano rehusará responder a la cariñosa presión de la mía, qué brazos se negarán a estrecharme entre los suyos! ¿Qué habrá sido de mi amistoso lebrel, qué de las flores de mi parque? ¿Estarán ya frías las cenizas de mis hogares? ¡Ah! ¡si aquel humo que sale de ellos habrá sido encendido por manos extrañas! ¡pobre recién venido! ¿por qué partiste si dejabas tras de ti la posibilidad de la muerte y de lo que es peor... del olvido?

Impresiones tales sentirían muchos de los que retornaban a la ciudad de San Marcos en la mañana de un sereno día, formando parte de las galeras que volvían de aquella campaña marítima que había tenido por objeto batir a los turcos, defender la isla de Chipre de los ataques de estos, ayudar al sultán de Egipto en su guerra con los mismos y sostener la dinastía de la Cornaro contra las pretensiones de la corte de Nápoles. ¿Volvía acaso Honorio? Bien es verdad que las galeras que acababan de dar fondo, no eran ni la mitad de las que componían la gruesa flota que había salido de Venecia al mando de aquel algunos meses antes; ¿habríanla diezmado la mar y los combates?

  —422→  

Desde uno de los balcones del Canale maggiore entreteníase una hermosa dama, en ver aunque de sobrado lejos, la llegada de la escuadrilla y el desembarco de sus tripulantes. Está vestida de riguroso luto; podrá advertirse en su semblante cierta viva curiosidad que pretende, aunque en vano, encubrir bajo el manto de su helada indiferencia. Escucha o mejor dicho, déjase arrullar distraída por los halagos, de un pálido mancebo de ojos negros que yace de pie a su lado absorto en amorosa contemplación. Acaso el lector habría conocido ya en la primera a la heroína de esta historia, si no fuese que el luto en que la encuentra, pudiera desorientar un poco sus suposiciones. El galán que la contempla es el pintor Ruggiero; fácil es deducir que el desdichado Cosme Gradenigo obtuvo el fin de sus dolencias con el único remedio que podía curárselas, la muerte, y que el artista ha pretendido en vano resistir al hechizo de la joven y encantadora viuda. El corazón que latía en silencio por pura lealtad, rompió al cabo en palabras, al faltar del mundo el hombre que lo contenía en los límites del respeto.

-Mi pasión, exclamaba Ruggiero, dormía como las aguas de ese canal, tranquila en apariencia; vuestros ojos la despertaron, y alentola vuestra conducta haciendo de mi corazón un mundo de sentimientos, ora dulces, ora terribles, según que vuestra sonrisa, cual vara mágica, los impulsa hacia la paz o hacia la guerra. ¡Ah! ¿no me escuchas, amada mía?

Sirena contestole después de algunos instantes de silencio. -¿Cesaron ya vuestras quejas? ¿Creéis que mi corazón pueda escuchar tranquilo vuestros lamentos? Sois injusto, añadió con dulce acento de reconvención y clavando en él, con ternura extrema, aquellos ojos indefinibles, al través de los cuales sentía el pintor abismarse su alma en un mundo de delicias.

-¡Ah! exclamó este, no me miréis así, si no queréis que muera, o más bien, miradme siempre así, porque al cabo es morir dulcemente. Sirena, delicioso tormento de mi vida, ¿por qué fijé en ti mis ojos, por qué escuché tu palabra? Esclavo con cadena de flores, ni oso moverme ahora, temeroso de que juzgues anhelo de libertad el   —423→   más ligero desvío de mis ojos y oses romper con frialdad mi dulce cadena. ¡Oh! tú no sabes lo que es padecer por amor; mira, tengo miedo de sufrir, no des nunca pábulo a mi desesperación, porque sería horrible; hazme siempre creer como verdad lo que más desea mi alma: tu amor. Sé siempre el ángel de ternura, deja de ser como algunas veces la mujer yerta que asesina el alma. Sé siempre como ahora, ¡ah! soy tan feliz; tú lo eres también ¿no es verdad?

Silencio y contemplación cariñosa por parte de la bella.

-Me amas como nunca has amado a nadie ¿no es cierto? Tus ojos, tu semblante me lo expresan, pero necesito oírlo con frecuencia de tus labios como necesito para vivir de ese aire que te circunda y que embalsamas con tu aliento perfumado.

-Ruggiero, contestó Sirena, todavía es harto pronto para que consienta en pasar adelante y entregarme a esa pasión con que me halagáis de continuo. Aun visto luto, y no quiero ser la esposa que fue al templo de himeneo, con el mismo calzado con que acompañó a la última morada el cadáver del esposo. ¿Qué dirían las gentes?

-¿Qué debe eso importaros? repuso Ruggiero. ¿Vendrían los indiferentes, por ventura, a daros la felicidad si la esperaseis de ellos? ¡Censurar! he ahí toda su ciencia. Pues bien, ellos apenas advierten mis secretas visitas. Nuestro compromiso, secreto también, no será vislumbrado por ellos, y podrá llegar un día más feliz, en que podamos dejar ver al mundo la grata correspondencia de nuestros ojos y nuestros corazones.

-Tened paciencia, Ruggiero, replicó la interesante viuda; sois demasiado vivo, cada cosa tiene su tiempo. Ello vendrá, ello vendrá. ¿No es mejor esperar así? ¿De qué os quejáis? Dejad que pueda consagrarme a esta agradable simpatía que me inclina hacia vos, pero que se convertiría en punzante remordimiento, desde el instante que dejase escapar manifestaciones imprudentes. Quiero creer que me habláis sinceramente y que me amáis. ¿Seríais feliz con expansiones que pudiesen ocasionarme   —424→   remordimientos, que me expusiesen a pasar por ligera; ¿yo que gusto tanto de la circunspección en las mujeres y que respeto tanto el decir de los demás?

-Pues bien, repuso el pintor; confío en que sois leal y buena, vos en quien miro ese traro ideal de la virtud porque siempre he suspirado: una sola palabra de parte de una mujer pura y virtuosa, debe ser poderosa garantía de sinceridad. Me juzgo amado y soy feliz; amadme pues a vuestro modo con tal de que siempre seáis igualmente cariñosa, y me conformo con que no os entreguéis sin restricciones a esa grata inclinación que me habéis confesado, sino cuando podáis verificarlo sin pesar ni arrepentimiento.

-Tenéis, amigo mío, exclamó la bella, penetración suficiente para conocer la verdadera situación de las cosas; pensad lo que queráis con tal de que estéis contento.

-¡Ah! ¡Sirena! expresó el enamorado, ¡cómo tendrías un trono, si lo hubiese para premiar la virtud aquí en la tierra!

-¿Lo creéis así Ruggiero? exclamó ella, ¡cuán bueno sois!

El corazón del mancebo se anegaba en la ventura.

-Mirad, añadió luego Sirena, intentando llevar la conversación a otro punto que era en realidad lo que más la interesaba.

-Sí, ya han desembarcado los oficiales de la flotilla, dijo el pintor pasando complaciente al nuevo asunto, puesto que su corazón estaba satisfecho en aquellos instantes. -Sabremos, continuó, qué noticias nos traen de Oriente y de Honorio Morosini de quien, según se murmura, no está muy contenta la señoría.

-Alguna intriguilla, repuso Sirena.

-Tal vez, tornó a decir Ruggiero, pero temo no se levante contra él la nube de desconfianza. Lo de siempre, añadió misteriosamente; no sería la primera vez que los servicios de mi distinguido ciudadano, despertasen los celos de los Diez.

-Chitón, replicó la viuda de Gradenigo. Pero hasta ahora ¿qué han podido sospechar? ¿Que se hace partido   —425→   entre los naturales de Chipre cuyo dominio indirecto, so color de protección, conviene a la república? ¿Que derrota a los turcos en espléndida batalla marítima, sofocando luego en la isla la rebelión que intentaba destronar a Catalina Cornaro, es decir, la hija de nuestro Senado? ¿Qué hay en esto, que he oído narrar repetidas veces, que no sea Venecia y gloria y bien para Venecia?

-Sin embargo, contestó el artista, se cree que trabaja algo en su pro, que tiene pensamientos y miras ocultas respecto de sí mismo, con menoscabo de la cosa pública, que esa inexplicable dilación en Chipre y sus tardías comunicaciones con la metrópoli, no son lo que debía esperarse de un patricio desinteresado.

-¡Calumnia y siempre calumnia! repuso Sirena, ocultando bajo este velo de generosa indignación, cierta inquietud no inmotivada. Tal vez haya llegado hoy mismo el almirante y venga a desmentir con su presencia tan mezquinos rumores.

-No lo creo, repuso el pintor, puesto que no veo su bandera en la nave que figura como capitana. La insignia que en ella se alza, si no mienten mis ojos, es la del contraalmirante Mocenigo.

Al terminarse estas palabras presentose a los interlocutores la camarista Julieta que venía en solicitud de su señora, a quien manifestó con algún misterio que alguien quería hablarla. Acostumbrada la señora a leer en la fisonomía de su camarera, comprendió que se trataba de alguna cosa interesante y reservada, y dirigiéndose al pintor le dijo con acento cariñoso.

-Ruggiero, amigo mío; ¿me permitiréis un instante?

-Como gustéis, contestó el artista pronto a complacerla.

-Aguardadme aquí, si queréis, pues no tardaré mucho.

-No, replicó el amartelado; antes bien aprovecharé ocasión para ir a tomar lenguas respecto de las novedades concernientes al asunto de que hablamos, volveré a informaros. Las noticias de Oriente deberán ser interesantes para motivar algunas sabrosas pláticas entre nosotros. Dijo y partió.

  —426→  

-Señora, es... expresó Julieta terminando la frase al oído le la dama.

-¿Sí? exclamó esta; hazle entrar en donde sabes y que aguarde un momento. Le esperaba, dijo luego consultando con rapidez en un espejo, su semblante y aderezando ligeramente su tocado.




ArribaAbajo- II -

Mostrad la luz del día al encarcelado en oscuro y dilatado encierro, y tendréis una idea del deslumbramiento de Paolo al verse cara a cara con Sirena.

-Señora, murmuró sentándose, a un ademán agasajador de la dama, o más bien dejándose caer, puesto que el temblor de la emoción habíase apoderado de sus miembros. El joven intrépido que algunos meses antes había probado el brioso temple de su alma en los combates, con admiración de propios y de extraños, hasta el punto de merecer parabienes y ascensos de parte de sus jefes a quienes se había hecho notable su bravura desde su humilde plaza de marinero, temblaba como una gacela, conmovido ante la entrevista que iba a verificarse. Lo que prueba que las batallas de amor son las más temibles para algunas naturalezas.

-Apenas, exclamó, he tenido tiempo para abrazar a mi madre; por una parte el deseo de veros y por otra el de haceros una pregunta interesante, me han traído precisamente a estos lugares.

-Gracias por lo primero, buen Paolo; respecto de lo segundo, preguntad.

-La señorita, Perla Fóscari; la joven a quien...

-¡Qué! acabad...

-A quien por vuestra orden...

-Por orden del Senado ¿lo oís? pero de uno u otro modo no debéis recordar ese lance. Hay ciertas cosas que cuando han pasado, deben borrarse de la memoria. Si no lo olvidáis, no habréis servido bien a quien os empleó. El gobierno de la república no gusta de que se recuerden sus órdenes fuera del instante en que se están ejecutando. La señorita por quien preguntáis, se halla   —427→   aún en el monasterio en donde la dejaron hace algunos meses, en la madrugada de cierto día. Allí, según se dice, fue bien amparada por las benditas madres del convento, y allí fue a visitarla en breve su familia a quien se dio el aviso correspondiente. Según se cuenta, dicha joven ha resuelto no salir de aquel asilo, y aun se añade que, desengañada del mundo a pesar de sus pocos años, y prendada de la dulce paz que en el claustro se disfruta, está decidida a tomar el velo. ¡Oh! creedme, al ver la perspectiva de tranquilidad que la ofrece semejante retiro, lejos de este mundo de amarguras, téngola envidia y acaso no tardaré algún día en imitarla. Y parece que la doncella es harto firme en sus decisiones, puesto que nada han valido a hacerla desistir de su propósito las instancias de sus deudos. Estos sin duda han llegado a entrever que su parienta es víctima de la ojeriza de algún poder supremo, cosa que, según me cuentan, no es novedad en nuestra patria, por lo que se han resignado a que aquella permanezca en el monasterio y aun profese; así se librará de tan sorda persecución. La familia Fóscari, por supuesto, temblará de que sus temores lleguen a traslucirse, porque sabe muy bien que, entre nosotros, hay que disimular las palpitaciones un poco fuertes del corazón. La familia Fóscari conoce que desde su Dux Francisco, cuenta émulos terribles y poderosos en el patriciado. ¡Ah! vos con vuestra alma cándida y vuestra ignorancia de pueblo, no comprendéis estas cosas; felizmente para vos no habitáis palacios, ni giráis en círculos brillantes; así os aconsejo que si habéis intervenido de obra o de palabra en alguna de esas misteriosas intrigas, pongáis en vuestra alma una losa más fría y silenciosa que la de un sepulcro. Tened siempre la mano en vuestro labio y hasta cuando durmáis, cuidad de que vuestro cabezal no perciba las imágenes de vuestras cavilaciones ni vuestros sueños. Callad por vos y por las personas a quienes améis. Que calle hasta vuestra mirada, porque ¡ay! de vos, si teniendo algo que ocultar, llegasen a sorprender esos ojos y a leer en ellos, los que en fuerza de ser sagaces, han aprendido a adivinar en la mirada, en el más leve gesto, al través de la más impasible   —428→   y tranquila frente, lo que quieren saber. Prometedme que olvidaréis lo que pasó con aquella joven, juradme que sean cualesquiera las amenazas que se os hagan, los tormentos que se os impongan, no revelaréis a nadie absolutamente, los secretos en que yo, vuestra antigua amiga, os di participación.

Absorto estaba el mancebo al escuchar este razonamiento.

-Es verdad, dijo, no comprendo esas cosas, aunque no dejan de inquietar y entristecer mi alma. Al escucharos, cuasi me reconcilio con mi posición humilde, y os compadezco por haber salido de la oscura pobreza; porque vos no podéis ser feliz en medio de tanta mentira y de tantas maquinaciones. Y ni aun así me he preservado, gracias al dominio que ejercéis en mis acciones, de contribuir a la desgracia de esa infeliz señorita. Sin ser desgradecido por naturaleza, tengo que aparecerlo para con mi generoso protector, el almirante. No es reconveniros, Sirena, pero desde que os conocí y os amé, comenzó para mí una cadena de males y tormentos; ni cuento ya por uno de mis bienes la tranquilidad de mi conciencia, pues por más que hago no puedo desoír una voz que me dice: Paolo, tú que sabes lo que es sufrimiento, has contribuido al dolor de una inocente; ¡ay de ti! ¡muchas lágrimas tuyas no bastarán a remediar la amargura de las que has hecho derramar! Pero no, ya que no me sea dado remediar el mal, trataré de hacer el bien posible. El almirante me ha confiado una carta para su amada, sí, la entregaré inmediatamente, y aun cuando hubiese de costarme la vida, trataré de ayudarla a libertarse de ese maldito yugo que pesa sobre ella tan injustamente.

-¿Tenéis carta para Perla? -exclamó Sirena con alguna impaciencia que no le fue dado disimular.

-Sí, señora, y supongo que el Senado no tendrá nada que ver en el asunto: son dos amigos, dos amantes que se escriben.

-¡Ah! ¡qué idea! murmuró Sirena. Comprendo, buen Paolo, añadió, comprendo y participo de vuestros pesares; pero si os comprometí a tomar parte en el rapto de   —429→   aquella joven, fue para evitar grandes males al Estado y a mí. Vos no sabéis lo que son esos secretos, y lo menos insignificante puede traer graves compromisos a la república, que a vos ni a mí no es dado apreciar ni prever. Obedecí a quien puede más que yo, y al pediros ayuda, me valí del hombre más discreto que más me amaba y de quien nada tenía que temer. Además, me prometisteis obedecerme y hacéis mal en echarme en cara hoy vuestra obediencia. Pero no hablemos más de ello. A lo hecho pecho, como dice el proverbio. Aguardadme aquí un instante, entreteneos en mirar las hermosas vistas que se descubren desde esa ventana.

Entró Sirena en la pieza contigua escribió; borró tornó a escribir y por último, dando por confeccionadas dos líneas que merecieron su aprobación, sobre todo porque en ellas había hecho desconocida su letra ordinaria, llamó a Julieta, hablola dos palabras en secreto entregándola el papel cerrado y tornose a donde estaba Paolo abismado en penosos pensamientos. De aquel papel cerrado, pudo dar cuenta sin duda a los pocos instantes, alguna de las bocas de bronce situadas en varios puntos de la ciudad.

-Buen Paolo: nada me habéis dicho de mi luto; yo también he llorado mucho. ¡Él era tan bueno, tan cariñoso! ¡Ah! pero consuélame, en mi aislamiento, la idea de que cumplí respecto de él hasta su última hora, los deberes de esposa y de amiga. Sí, sus suntuosos funerales tuvieron para su ornato los ayes y llanto mío. Y al decir esto, una lágrima cristalina brilló en los deliciosos ojos de la traidora. Paolo permanecía pensativo. En otro tiempo la idea de que su amada se hallaba libre, hubiese abierto su corazón a la esperanza, pero sea que un secreto instinto le advirtiese que aquella mujer no podría ser suya jamás, sea que, como acontece, el propio sufrimiento hubiese agotado para siempre en su alma la fuente de las ilusiones, la sombría indiferencia del mancebo, mostraba la postración moral que llega a convertir el corazón en un autómata y que concluye per secar los ojos y grabar en las ideas el desencanto.

Algunas veces el pesar continuo llega a convertir en   —430→   sombra dolorosa pero amable, cuasi divina, el recuerdo de una ilusión perdida.

La viuda do Gradenigo, queriendo reanimar el decaído espíritu del mancebo y llena de curiosidad al mismo tiempo, expresó:

-¿A qué renovar memorias tristes? Contadme, contadme vuestra campaña. Me dijeron que os habíais batido como un bravo, que habíais salvado la vida a vuestro jefe, contad, contad.

Entonces Paolo, en la vía de satisfacer su deseo y como si su alma no estuviese del todo mal con el recuerdo de las emociones terribles de los combates, tan propios a distraer su contristado espíritu exclamó:

Cierto es que la muerte no está donde hay un corazón que la busca, y una prueba de ello es mi existencia; el arrojo mío en los combates, de que os han hablado, no es debido a otra cosa que a esa indiferencia de la vida que, a pesar de mis pocos años, ha llegado en mí a ser una enfermedad. ¿De qué sirve la gloria, esa palabra que a cada momento he oído pronunciar a todos aquellos valientes a la hora del peligro? Esa palabra, si representa los aplausos de los compatriotas, no ha sido bastante a hacer felices a los que más la han merecido. Nadie mejor que mi noble almirante pudiera estar orgulloso con esos laureles que nadie mejor que él ha merecido; y sin embargo ¡cuántas veces no he visto su ceño pesaroso, cuántas veces no he leído en su frente el sombrío descontento!

Aparecíasenos la aurora de un día nebuloso en medio del Océano; apenas el crepúsculo nos permitía ver bajo aquel techo sombrío, allá en lejanos horizontes, las velas que habíamos divisado el día antes al ponerse el sol y que juzgábamos ser la escuadra turca, enemiga de nuestra bandera; no era cosa de rehuir un combate que casi era necesario solicitar, ya que tal fue nuestra orden al salir de Venecia; pero la noche se había presentado con sus sombras cautelosas, y no era propio ni prudente acercarse a buscar el choque o el combate. Abundando sin duda en la misma intención la escuadra enemiga, se mantuvo a la capa o sobre sus remos hasta que el nuevo día   —431→   nos saludó en las mismas posiciones poco más o menos.

Llegó pues la aurora; el mar iba poniéndose por grados tempestuoso, el viento iba acrecentando su fuerza; estábamos a sotavento y había que ganar la ventaja del barlovento; no habíamos dejado de hacer durante la noche alguna tentativa aunque a bulto, para conseguir aquel objeto, pero su resultado infructuoso, nos hizo desistir de un propósito que hubiera podido llegar a ser imprudentísimo. Mediante algunas evoluciones maestras, llegamos a acercarnos a la escuadra enemiga, que hacía esfuerzos por no perder el favor del viento.

El combate no debía rehusarse; nuestras fuerzas eran iguales aunque no tuviésemos la ventaja del barlovento; la escuadra enemiga quería cerrarnos el rumbo de Chipre a donde era forzoso llegar cuanto antes; el viento era cada vez más fuerte; nuestras velas se henchían a reventar o flameaban estruendosamente, según que la bordada era más o menos feliz. Imposible era que lográsemos ganar el barlovento a los contrarios; a la voz de mando, plegáronse las velas y el remo pudo entonces fiar a nuestro brazo la operación.

Los turcos y los griegos, sobre todo, reman bien, pero el remo veneciano es el primero del mundo; lo que no pudo la vela lo hizo la palamenta y a las dos horas de infatigable lucha, ora contra mar y viento ora a su favor, logramos tal posición, que los turcos tuvieron que imitarnos para no perder del todo su ventaja, sometiéndose a esperar en lugar de acometernos como pensaba. Sin tierra en que acoderar ninguna de sus alas, formaron sus líneas y nos esperaron. Un disparo de cañón contestado por ellos había afirmado en las naves los respectivos pabellones; la bandera nos confirmó en lo que ya nos habían hecho suponer sus evoluciones y la construcción de sus galeras: era la escuadra turca que bloqueaba a Chipre y que, acaso por alguna borrasca, o por favorecer alguna expedición contra sus enemigos los de Egipto había tenido que hacerse a la mar. Un grito de «¡Viva San Marcos!» fue contestado ruidosamente por las galeras, y el tope de nuestra capitana mostró a aquellas la bandera de sangre en señal de acometer.

  —432→  

La cuña fue formada, yendo en su punta más aguda nuestra capitana. El bravo almirante no había querido ceder este puesto a ninguna de las demás galeras de nuestra escuadra. Recibiéronnos en ala los enemigos; bien pronto nuestra cuña rompió su centro; trabose el combate de barco a barco. La artillería llenaba los aires con su estruendo y con nubes de humo; a cada momento el crujir de una antena rota era secundado por la exclamación de triunfo de los vencedores o por el grito de las dolientes víctimas. El cielo se oscurecía, el viento arreciaba ora rugiendo en las olas, ora silbando violentamente en nuestros mástiles. Cada oleada gigantesca parecía sumergirnos respectivamente o levantarnos a una altura desde la cual podía verse, en los espacios que dejaba el humo, la cubierta de la nave vecina. El hombre, olvidando el combatir tenía que atender a la maniobra para evitar que el choque de mástiles, proras y costados, causase el naufragio; a veces la galera próxima encaramada en las olas, mostraba a la vista del contrario hasta su escondida carena.

El relámpago y el fogonazo de los cañones daban luz a semblantes cubiertos de sudor y sangre, reflejándose de un modo siniestro en las hachas y chuzos de abordaje. La gritería, el ruido del mar, las voces de maniobra, los ayes, el estallido de la artillería y el silbo del viento, formaban un conjunto horrible: descuidábase el abismo para no acordarse sino del hombre. Flameaban las escotas arrastrando a algún infeliz que caía al mar para luchar en una agonía sin auxilio posible.

Desde, el principio del abordaje hubiera podido verse al bravo Morosini bocina en mano, en la popa de su capitana, queriendo como el rey del combate y de las ondas, vencer en el uno y resistir la furia de las otras; yo estaba allí, yo le veía, quería imitarle, un fuego desconocido corría por mis venas, mis ojos estaban fijos en su semblante de león, sus labios daban órdenes; contrastaba con los momentos, por su noble serenidad. Todo el fuego del combate estaba en sus ojos que espiaban a todos lados, como si quisiese su vista abarcar todo el cuadro en un solo punto. Yo también me batía hacha en   —433→   mano, mis fuerzas parecían centuplicarse con aquella fiebre de entusiasmo y de horror. El grito de Venecia me electrizaba. Muchas veces lo había oído pronunciar en las fiestas de nuestra laguna, pero allí, allí era otra cosa; en medio de aquel ruido y aquel choque de armas, resonaba en mis oídos como una música terrible y hechizadora. ¡Ah! entonces comprendí por qué los hombres hacen tantas locuras por lo quo se llama la patria. Yo ignoraba hasta qué punto fuese justa aquella guerra y sobre quien echaría Dios la maldición de la sangre que se estaba derramando; pero veía allí a San Marcos en aquella bandera, veía mi casa, mis lagunas, mi infancia, a mi madre y hasta a vos, que a pesar de vuestro olvido, veníais, como el día de la regata, a darme aquel grito inexplicable de aliento y de triunfo. No sé si era yo hombre en aquellos momentos, porque mi corazón sentía impulsos sanguinarios, por mí desconocidos hasta entonces, y los que estaban junto a mí me parecían otras tantas fieras, tal era su sed de sangre, tanto su furor. El peligro común hacíame ver en cada véneto un hermano, y en cada enemigo no un hombre, sino un ser odioso, que debía ser muerto sin piedad.

Mis nervios eran otras tantas fibras de rabia, mi cabeza sentía el marco de la sangre y de la pólvora que me parecían un perfume embriagador, el viento que agitaba mi cabellera, y las chispas de agua que aquel levantaba aplacaban un tanto el fuego que ardía en mi frente.

Ya os he dicho que el almirante se hallaba en la popa de la Capitana a pocos pasos de mí. Atrincada estaba nuestra galera con la Capitana enemiga; cada vez que el mar nos alzaba o nos abatía sucesivamente, el choque de las dos naves era terrible, y la maniobra, abandonada por inútil, no hubiera bastado para evitar el destrozo completo de las velas y palos de ambas. El combate era ya cuerpo a cuerpo. Los turcos derramaban la muerte con sus alfanjes, nosotros con nuestras hachas y nuestros chuzos. Trabado en lucha con un turco tenaz, recibí en la frente la herida que veis, leve, porque pude desviar el golpe con ligereza, abriéndole el cuello con mi   —434→   hacha. Entre Carlo, mi valiente compañero, y yo, habíamos logrado arrojar al agua a más de cuatro antes de que pudiesen afirmar su pie en nuestra mura. Una de nuestras piezas había abierto brecha en el costado de la Capitana enemiga, íbase a pique. El capitán, turco feroz, lanzose desesperado en nuestra nave con cuasi todo el resto de su tripulación, con empuje tal, que hubieron de hacerse espacio, igualando con poca diferencia la lucha por ambas partes. No era esto todo, para nuestro mal; otra nave enemiga que llegaba al socorro de su Capitana, pretendía abordarnos por la banda opuesta con su tripulación de refresco. Estábamos sin duda en gran peligro; sin embargo, aun cuando no me hallaba en disposición de ver bien lo que pasaba fuera de la cubierta, a juzgar por la fisonomía y las voces de ánimo del almirante, que se defendía en la popa con otros valientes, sin desatender su mando, nuestras cosas no iban tan mal en el resto de la escuadra. Pero llegaba el momento crítico para nosotros, teniendo que atender a entrambas muras, eramos muertos o prisioneros si no nos socorrían. De repente veo al almirante rodeado por los enemigos; se defendía personalmente como un león en la boca de su caverna; corrimos a él Carlo y yo. Todo el que se acercaba al almirante caía a sus pies o retrocedía; su proximidad era un círculo de espanto y de muerte, su semblante era todo patria; olvidaba sin duda los rencores de sus émulos para no ver más enemigos que los de la república y los de su persona. Sólo un esfuerzo sublime podía disparar tales golpes; sin embargo hubo un momento en que le creí perdido; su planta resbaló en la sangre que inundaba la cubierta oscilante con los vaivenes de la embarcación; cayó de espaldas, apoyándose en su sable para levantarse aunque inútilmente. Un grito de terror escapó de mis labios; no sé por qué aquel espectáculo me llenó de espanto. La cimitarra del jefe turco estaba levantada ya sobre su cabeza; mi hacha llegó a tiempo para desviar el golpe que por ir a la cabeza, vino a herirle profundamente en el brazo derecho. El hacha de uno de nuestros oficiales mató al jefe enemigo, al mismo tiempo que su nave acababa de sumergirse. El último choque   —435→   de mástiles por aquel lado desgajó sobre uno de nuestros grupos un trozo de antena; mi buen camarada recibió el golpe en la cabeza quedando enredado en el manojo de cuerdas que aquel accidente había producido. Su vida peligraba. Ya en pie el almirante, llamé a mis camaradas para que acudiesen a Carlo en tanto que yo escudaba al almirante, que apenas podía hacer uso de su brazo izquierdo para defenderse: su cota estaba casi desguarnecida por los golpes contrarios. Una falange de turcos nos rodeaba mandada por el jefe de la segunda nave que nos había abordado. El almirante y yo íbamos quedando cuasi solos; tal el era el furor de la muerte junto a nosotros. Una de nuestras naves se nos acercaba, pero llegaría probablemente tarde para librarnos. Nos defendíamos con todo nuestro aliento junto a la mura, de popa hasta donde habíamos tenido que retroceder; estábamos casi perdidos.

-Bravo, remero mío, me decía el almirante apoyando su brazo herido en mi hombro. Ese mar que está detrás de mí, será mi salvación o mi sepulcro.

-Será nuestra salvación o nuestra tumba, mi almirante.

-Bien; bien, antes la muerte que la ignominia de que se les rinda un almirante veneciano.

-Sí, antes la muerte, contesté yo como si hubiese tenido parte en aquel honor de jefe marino que él apreciaba más que la vida.

¡Ah! y en efecto ya iba nuestra tumba a recibirnos, ya estábamos asidos para lanzarnos al mar. Nuestros brazos, o mejor dicho, el mío, daba los últimos golpes, los del almirante eran dados con el brazo izquierdo y como tales débiles, de pura y ociosa defensa; pero Carlo acudía con otros bravos en nuestro socorro, socorro inútil... el vocerío de nuestra victoria resonó en las compañeras naves y alguna de ellas se trababa al costado de nuestra próxima enemiga. El combate desde este momento fue decisivo en nuestro favor. Recobramos el espacio perdido y en medio de los gritos de entusiasmo, pude acompañar al almirante que perdía mucha sangre y que ya necesitaba el auxilio de nuestros brazos para   —436→   bajar a su cámara. Desde allí continuó él, pasado un leve desvanecimiento, dando sus órdenes para la persecución de las naves fugitivas. El destrozo fue grande, y todas nuestras galeras habían tenido ocasión de empeñarse seriamente; tal ocupación les impidió darnos más antes un socorro que acaso nos hubiese librado del riesgo que corrimos.

Pocos días después llegamos a Chipre, en donde nuevas acciones reprimieron la insurrección que acababa de estallar contra la reina Catalina y el poder de San Marcos. Yo que desde el combate marítimo que acabo de referir, no había vuelto a separarme del almirante, pude presenciar las muestras de afectuoso interés que le tributaba la reina. Llevole a su palacio, en donde le asistió más bien con el afecto de hermana, que como pudiera tratarle una princesa simplemente reconocida, bien es verdad que el almirante pagaba su afecto, pues desde entonces jamás ha pronunciado su nombre sin gratitud y entusiasmo.

Pero se me hace tarde, señora, para cumplir el encargo del almirante; debo ir cuanto antes al convento donde decís que se encuentra la señorita Perla. Adiós, señora, vuestras palabras, ese dolor por la muerte de vuestro esposo de que hacéis ostentación, el palacio que habitáis y al que no pensáis renunciar, me prueban que el hijo del pueblo hizo bien en decir adiós a sus locas esperanzas; cúmplase mi destino; dijo y saliose dejando a la dama pensativa.

Pocos momentos después llegaba el joven marino al convento; una vez allí, fue recibido por algunos enmascarados que sin duda estaban apostados aguardándole... Intimáronle la orden de prisión en nombre del consejo de los Diez; sin posibilidad de resistencia, dejose arrestar y siguió a sus aprensores. La bóveda de una prisión le recibió en seguida. Ignorante de todo, pero abandonado su destino, quedó esperando sin odio y sin temor, indiferente. Una cosa sin duda le causaba pena, la única: su madre.



  —437→  

ArribaAbajo- III -

Noé salvó en el arca un par de animales de cada especie, macho y hembra por supuesto.


-(Monografía del zorro y la zorra, de autor anónimo.)                


-Mucho hacéis desear vuestras visitas, amigo mío, exclamó Sirena recibiendo a Loredano en un gabinete que ya conoce el lector, dejándose caer muellemente en un elegante sitial, y tomando en seguida una actitud de efecto; y tenéis razón, si prescindís de las exigencias de vuestro buen corazón, porque el trato de la retirada y llorosa viuda debe ofrecer poco atractivo.

-La buena amistad debe hallarlo en todas las situaciones de la vida, replicó el consejero, y vos, en el fuero de vuestra conciencia, habréis sin duda disculpado mi poca asiduidad, ocasionada por mis muchas ocupaciones.

-Ciertamente, y en verdad que ahora más que nunca debéis hacer de la noche día, si es positivo lo que se refiere respecto del Oriente. A propósito de vuestro ministerio, tengo una gracia que pediros; sé que no me negaréis esta merced, pues siempre bondadoso con la que os dignáis llamar vuestra aliada, sabéis hacer uso de vuestro poder algunas veces para llenar mis molestas exigencias. Habrá cosa de dos días que ha desaparecido de su casa y de su galera, pues es marinero, un pobre muchacho llamado Paolo a quien favorece, según tengo entendido su almirante Morosini. Su pobre madre, que sin duda conoce cuanto suelo interesarme por los desvalidos que han menester de la que ellos juzgan gran influencia mía, y que sólo es un poco de buena voluntad de parte de algún amigo, como vos; acudió ayer a mí, llorosa, la infeliz mujer, suplicándome hiciese que su hijo, a quien se supone preso (son sus palabras) por orden del Consejo de los Diez, fuese tratado con alguna consideración. Mi corazón se conmueve siempre ante las lágrimas del desgraciado. Espero, pues, que seréis bastante bueno para oír mi intercesión. ¿De qué serviría   —438→   a la gran república la prisión y acaso la muerte de un pobre marinero? Un marinero que, según se refiere, ha logrado hacerse notable por su pericia en el oficio y por su valor en los combates. Es menester pues, ser un tanto justos, señor patricio; es menester que el pueblo vea que se le ama. La indulgencia es a veces un gran medio, sobre todo, cuando se trata de personas que nunca podrían convertirla en arma de ataque. Es un pobre diablo, lo soltaréis ¿no es verdad?

-¿Un pobre marinero, decís? Ignoro que habrán tenido que hacer los Diez con ese mozo, por quien caritativamente intercedéis; pero un punto sirve de partida para millares de leguas y acaso ese punto prometa más de lo que se piense, al tratarse de inquirir noticias importantes. Por lo pronto, vos misma estáis haciendo una indicación que justificaría en las actuales circunstancias la conducta de los Diez. Ese joven es protegido por Morosini, acaso su confidente, acaso uno de esos testigos de quienes suele hacerse demasiado poco caso, respecto de ciertas apariencias. ¡Oh! el Consejo sabe que una simple hormiga puede conducirle al granero.

-Tenéis razón, pero ¿no podríais decirme qué empeño habrá en encontrar sospechosa la conducta de Honorio Morosini? Sus relaciones, acaso demasiado afectuosas, según se dice, con la reina de Chipre, podrían calificarse de pura diplomacia por parte del almirante y de gratitud por parte de la princesa hacia la república, representada por su bizarro general. Este, no hay que dudarlo, es un gran ciudadano y un gran patriota. Perdonad si ofendo vuestra noble emulación, en vos no brillan menos ambas cualidades; y en tal concepto, decidme, ¿hubieseis procedido de un modo distinto del de Morosini?

-Tenéis razón, señora, y altamente agradecido debería estar el almirante a esos hermosos labios tan calorosos en su defensa; pero el Consejo es sabio y cuerdo y tendrá sin duda sus razones; es harto ducho en conocer hasta donde llega el celo del patricio, del servidor, y donde comienza el del hombre; lo primero suele premiarlo, lo segundo ponerlo a raya.

  —439→  

-Es verdad que Honorio, exclamó la bella Dios sabe con que intención, ha guardado cierto silencio sospechoso, según tengo entendido; cosa que no afirmaré porque según veo me voy deslizando demasiado en pretender averiguar las altas miras de la república y sobre todo, acaso mortifico al digno consejero, precisándole a tratar sobre materias en que no es permitido a sus nobles fines, ser todo lo franco que la lealtad de su carácter le impulsara, para con una amiga que pretende llamarse también discreta.

-No por cierto, señora mía; vos no cometéis indiscreción alguna, al dejaros llevar de vuestro buen corazón en la defensa de Morosini, y por mi parte puedo alimentar la conversación sobre la materia, sin violar secretos que me fuesen encomendados, y sin salir del círculo de noticias que todos saben en el círculo de nuestra aristocracia. Es decir que puedo hablaros de sospechas; sospechas que la pronta venida del almirante Honorio podría desvanecer. Empero, basta ya de conversación tan grave, amiga mía. Busco vuestro lado un rato de solaz para mi espíritu cansado de los áridos negocios, un poco de frescura y algunas flores para mi alma, amiga mía; basta ya de aridez.

-A ello pues, dijo Sirena, tomando el aire jovial que le convenía y adaptándose al nuevo tono de la conversación.

-¿Cuándo pensáis aliviar ese luto que entristece a vuestros amigos?

Sirena tomó un aspecto compungido.

-Ese luto que si bien realza vuestra belleza, da un aspecto sombrío a la que debiera ser toda luz y alegría. ¿Cuándo pensáis honrar y embellecer nuestras fiestas? El retiro no conviene a vuestros admiradores, afanosos de ver y celebrar el encanto de vuestras sonrisas. Es menester, señora, que vuelva a tener cetro la hermosura y que cesen de aplaudir vuestra ausencia las hermosas de nuestros salones.

-Sois harto lisonjero, amigo mío; y por tal os disimulo que para nada contéis con la tristeza que llena mi corazón.

  —440→  

-Sin embargo es menester que seáis un poquillo más pródiga de vos misma, os debéis a los demás. Se dice que con motivo de la venida de la reina de Chipre, el Senado piensa celebrar su arribo con una suntuosa fiesta que hará época; ¿privaríais a esa fiesta de su más placentero ornato?

La noticia era tentadora: Sirena era mujer.

-¡Cómo! es la primera noticia que tengo de esa fiesta.

¿Tendría Loredano algún interés en que ella asistiese?

-¿Renunciáis a ella?

-Ciertamente, murmuró la joven aunque su tono no revelase un firme propósito.

-¿Dejaréis que la reina de Chipre, tornó a preguntar el patricio, se lleve la palma de la hermosura? Ved que ella, sin temor de arredraros, a pesar de su edad madura, se conserva, según dicen, en el esplendor de su belleza. ¿Habremos de confesar que el cetro de Chipre al llevarse a Catalina Cornaro, dejó estériles los pensiles de Venecia? Es menester probar, amiga mía, que si los cetros se dan a las hermosas, aun tenemos aquí con qué dotar algún nuevo trono.

-Lisonjero está el grave decenviro, exclamó la viuda con una gracia que justificaba los asertos de Loredano. Casi, casi voy creyendo, si no fuese porque me lisonjea demasiado y voy a perder mi diploma de modesta, que estáis prendado de mí, ja ja ja. Tentada estoy de abandonar el luto para probar si esa reina de Chipre puede ser tan temible a mi sexo como pensáis... pero ¡ah! repuso tomando de pronto su pesadumbre de circunstancias. Dejadme, señor Loredano, dejadme, que estoy diciendo locuras; estoy profanando mi luto y mi dolor con estas ligeras chanzas.

-¿Chanzas?

-Sí por cierto; pues ni vos estáis prendado de mí, aunque sois bastante bueno para mostrarme vuestra delicada amistad, ni debo tomar de otro modo vuestras palabras; galantería propia en un cortés caballero, favor siempre dispensado a todas las damas a quienes se aprecia.

-No os hagáis la niña incrédula, replicó Loredano;   —441→   ofendéis la discreción que nunca os abandona y ofendéis mi perspicacia que la descubre en vos. ¿Quién, al ver nuestra intimidad, dudaría de que gusto de vos? ¿Quién podría negar que tengo complacencias que relajan un tanto la severidad que se me atribuye como hombre de estado? ¿Quién negaría que habéis avivado en mi corazón aquellos jugos de juventud que ya creía agotados para siempre? Habéis hecho de mí lo que se cuenta de aquella hechicera que con sus miradas, su hálito y sus caricias, logró hacer de un anciano (veis que disto mucho de serlo) un mozo lleno de fuerza, de pasión y de ilusiones. ¡Vuestras miradas! helas ahí sirviéndome de sol vivificante; ¡vuestro hálito! preguntad a mi ser si no siente su influencia. ¡Vuestras caricias! ¡ah! es lo único que me falta, para que desaparezca de mi rostro la marea de algunos lustros, ¿no es verdad que son sólo vuestras caricias lo que me falta? y así diciendo tomaba las manos de Sirena, que a su vez se desviaba suave y lentamente de aquel atractivo lazo.

-No amigo mío, estáis demasiado amable, repuso, y no peco de incauta ¡cuán bromista sois!

En seguida púsose seria, y el decenviro ídem. Esta era la peripecia final de la entrevista.

LOREDANO.- Se os suplica que asistáis a la fiesta de la reina de Chipre, de todos modos. Es necesaria en aquel terreno vuestra fina observación.

SIRENA.- Adiós, amigo mío, no faltaré. Acordaos de mi petición. ¿Daréis suelta a ese pobre marinero?

Loredano contestó con ademán afirmativo.

En seguida ella se sonrió con alguna coquetería.

El consejero hizo poco más o menos lo mismo y saliose por la puerta falsa, ya conocida del lector.

Los dos eran igualmente finos en los arrumacos.

¿Tenía la viuda de Gradenigo planos de amor o enlace respecto de Loredano? Honorio permanecía aún en el fondo de sus cálculos, de su fantasía, pero su favor y predicamento estaban en peligro; Loredano era un señor sumamente apreciable, no estaría mal para constituir una reserva.

¡Con tal que Honorio permaneciese soltero! pero ya no   —442→   era Perla: era otra nueva figura la que venía a la escena. Según sospechas, Catalina Cornaro; pero en este asunto no habría que apurarse, puesto que corría de cuenta del Senado y del Consejo el impedir su consumación.

Si se recuerdan las palabras de Sirena en la reciente conferencia con Loredano, respecto de Morosini, se verá qué quería hacer saber, y qué averiguar.




ArribaAbajo- IV -

Un triunvirato


El Tribunal de los Tres, o sea la Inquisición de Estado, síntesis del Consejo de los Diez, no tenía lugar ni horas determinadas para sus sesiones, siempre secretas en sus negocios y resultados. Sus decretos se daban en nombre de aquel consejo; su existencia era invisible, impalpable como el espíritu; estaba sin embargo en todas partes como el espacio o como la materia; su tiempo, era sin tiempo como el infinito.




ArribaAbajoEscena...

Triunviros Alfa, Beta y Gamma


Los nombres importan poco; son cantidades generales, algebraicas, cuasi siempre incógnitas. Alfa y Beta tienen birretes negros, Gamma rojo, es decir: los dos primeros son de los Diez, el tercero es de la Señoría o Consejo del Dux. Oculta su rostro la mascarilla indispensable.

Dese el lector por magnetizado: si es sonámbulo, mejor. Supóngase en el período de lucidez; abra los ojos del ala y verá una sala cuidadosamente cerrada, un limbo misterioso; abra los oídos del alma y escuchará.

Las tres incógnitas se hallan ante una mesa de negro tapete. Beta parece presidir. Gamma da cuenta como   —443→   secretario de turno. Cualquiera otro secretario podría hacer revelaciones a los extraños, lo mejor es servirse a sí propio.

Comienza la información:

Gamma abriendo un libro que con otros estaba guardado dentro de una caja de madera y hierro. -(Leyendo.)

«El patricio Lodi, preso por sospechas de haber tenido entrevistas con el embajador francés, en las cuales se le habrán hecho sugestiones de que él no ha dado cuenta como era su deber, ha sido preso en los pozos.

Decreto.- Aplíquesele tortura según casos idénticos y anótense sus revelaciones.12

-El secretario Ricci, suspenso en sus funciones y preso por indiscreción en punto a negocios de este supremo tribunal, ha confesado en el potro.

Decreto.- Al Canal Orfano.

-Francisco Vandremino, ingerido por sus artes en el servicio del embajador de Austria, promete comunicaciones de suma importancia, según él, para la república. Pide que en premio de este y otros buenos servicios, se alce el destierro a su hermano Luiggi.

Decreto.- Que se examinen y tasen las comunicaciones que promete y arréglese a ellas su petición; tráiganse al proceso los antecedentes y causa del desterrado cuyo indulto se pide.

-Circe, la bailarina, pide que por haber terminado con feliz éxito el negocio que se le confió hace algunos meses, se ponga en libertad a Giuseppe Fanti reputado su amante, preso por causa ordinaria. La comisión a que alude la exponente era la de mermar la escandalosa riqueza del patricio N** temible ya a la república.

Decreto.- Examínese el hecho y acordada la petición. -Averiguación sumaria contra N. Cornaro por haber distribuido en varias ocasiones con sospechas cuasi evidentes, según informes, de haber obrado con miras ambiciosas, crecidas sumas de trigo a gentes del pueblo.

  —444→  

Decreto.- Al consejo de los Diez proponiéndole su destierro.

-El senador Jácomo Zeno, deudo del famoso almirante de est apellido, ha logrado ayer apaciguar, por su personal influencia, la reyerta ocasionada frente a los arsenales entre algunos marineros de la escuadra recién venida y muchos hombres del pueblo.

Decreto.- Al registro de los sospechosos.

-Ambrosio Lucca, desterrado por haber murmurado dos veces de las operaciones de este respetable consejo, se ofrece a matar en Milán donde reside, a Antonio Lulio, hilandero distinguido a quien la República ha llamado en vano para cubrirle con sus alas protectoras. Establecido en aquella ciudad, engrandece la industria de la misma con menoscabo de la nuestra, por cuyo adelanto se desvela cada día nuestro serenísimo senado; la prisión de sus parientes, moradores de esta ciudad, en uso de lo que previenen nuestros reservados y sabios Estatutos, ni las blandas y aun estimulantes amonestaciones que se han dirigido al tal Lulio, han bastado para devolver su habilidad y laboriosas manos a nuestros talleres. Hase hecho acreedor a una muerte secreta que impida que otro pueblo goce de los adelantos de nuestra floreciente industria. Ambrosio Lucca se ofrece a ejecutarlo en el silencio con tal de que se le vuelva a Venecia y se utilicen sus servicios en un puesto conveniente y remunerativo.

Decreto.- Como lo pide. La República tiene un especial placer en premiar los hechos de sus buenos servidores.

-Ruggiero Bembo, pide que se rehaga su fortuna que ha perdido al servicio de nuestra Señoría en las bancas y garitos del barrio de Castello. Pide asimismo que se le dote de modo que pueda continuar sus observaciones en el Broglio.13

-Nina, da sus informes diarios.

-La venerable Marieta Corsini, comunica el resultado de sus visitas a los sitios de devoción.

  —445→  

BETA.- Basta.

ALFA.- Con la facultad que me asiste por nuestros Estatutos y por decreto expedido por mí, en nombre del respetable consejo de los Diez, según práctica, he procedido a la prisión de un sospechoso en virtud de la presente denuncia.

Muestra un papel que los demás leen y que él deposita en la cartera.

ALFA.- Es un marinero de la escuadrilla que ha llegado recientemente; adicto y protegido de Morosini de quien ha sido, según infiero, confidente. He tenido ocasión de examinar al joven; he comprendido en sus palabras, en su exterior, que es uno de esos hombres para quienes el tormento es nulo y que mueren callando, haciéndose un deber del valor y del sufrimiento. He comprendido que la astucia con sus diferentes giros, la dulzura, la amenaza oportuna, en una palabra que provocada su indiscreción por medio de una plática insidiosa, podría hacer mucho más de lo que conseguirían otros medios; mi entrevista no ha sido infructuosa; en este pliego está consignado lo que he podido colegir y que confirma en mucho los datos, los informes que nos han trasmitido nuestros observadores de Chipre. Propongo al digno tribunal que se haga comparecer al marinero a nueva plática; yo le hablaré, pues he comenzado a intervenir en este negocio y conozco bastante sus antecedentes; vuestras señorías, ocultos en paraje conveniente, oirán y anotarán los particulares de mi nueva conferencia.

La carta que ha sido aprehendida y que como podrán ver vuestras señorías; (Alfa la muestra y los demás la leen por turno) es una simple epístola amatoria dirigida por Morosini a la joven Perla Fóscari, que nada dice al Estado.

La república no tenía medio aparente para oponerse a este matrimonio; pero como quiera que según el espíritu de nuestras sapientísimas instituciones, no entraba en la mente de la señoría favorecer alianzas que harían una sola de dos familias poderosas y crecidas; el Consejo creyó conveniente aprovechar la ocasión del rapto cuyos ejecutores yacen aún en el misterio, patrocinando   —446→   dicha ocasión sin entorpecer la marcha de sucesos favorables a sus miras, y que retardaban dicho matrimonio; manteniéndose en la expectativa a fin de sacar partido de las circunstancias que, provechosas al intento, pudiese traer el porvenir.

Hoy parece que tales circunstancias se aproximan, no ayudando mucho a la proyectada alianza de las dos familias; debemos pues dejar ir los sucesos por sí solos, atendiendo únicamente a la nueva cuestión en que surge complicado el almirante consabido: Catalina Cornaro. Por lo tanto, importa que el preso, previa la adquisición de las noticias que de él podamos buenamente obtener en el asunto, sea puesto en libertad, permitiéndole llevar la carta, y solo exigiéndole con toda severidad la absoluta reserva sobre su arresto y demás que pueda convenir. Esto no obstará para que se sigan de continuo sus pasos asentándole en nuestro libro, de modo completamente dueño de sus acciones y en plena confianza su ánimo respecto de nosotros, se dé a obrar sin cautela; lo que podrá sernos más útil...

En esto cayó el telón sin pito ni campana, y el teatro quedó silencioso...

Dos días después fue puesto Paolo en libertad. Él y su madre vinieron a dar gracias como suelen hacerlo y sentirlo los corazones sencillos y honrados, a Sirena a quien juzgaban la libertadora. Las garras del Consejo soltaban pocas veces la presa, así pues, el servicio que la taimada viuda les había hecho, era eminente, colmaba la medida del beneficio.

En la efusión del agradecimiento del mancebo, supo aquella por inducción, que la carta había sido examinada y devuelta; que el portador había sido bien tratado, permitiéndosele visitar el convento; y que por último se le había impuesto, con severidad, toda reserva sobre lo que ella acababa de saber por inferencia, pues la ilustre dama sabía no perder una palabra, ni un solo gesto de la persona a quien examinase y a quien solía agobiar con diabólicas inquisitivas y posiciones dignas del más astuto leguleyo.

Pero Perla estaba vencida: 1º Era enemigo débil,   —447→   puesto que abandonaba el campo por sí misma: 2º porque entraba en liza una adversaria que de seguro no se negaría al combate. Sirena comprendió que las circunstancias se habían modificado y que si bien había dado un buen paso con la denuncia de Paolo a fin de que el famoso triunvirato obtuviese todos las datos posibles, puesto que como es fácil inferir, los intereses de ella y los del consejo eran solidarios en la nueva cuestión de la reina de Chipre; no por eso dejaba de aplaudirse que Paolo, libre, pudiese juzgarle su libertadora, y encadenarse a sus pies por el agradecimiento, como ya lo estaba por el amor aquella alma generosa, utilizando su involuntario espionaje para con Honorio y Perla y sacando partido de su enérgica adhesión en todos conceptos.

Respecto de la carta para la joven Fóscari, declararemos: que si bien Sirena no había hallado medio de despojar de ella a Paolo, porque hubiese sido manifestar un interés demasiado activo e inoportuno; habiéndola leído el insigne triunviro, como ella suponía, y siendo este tan su amigo, sabedor de la pasión que sentía por Honorio ¿dejaría aquel de complacer su triste corazón de rival, manifestándole una copia o lo esencial del contenido máxime cuando por ser epístola puramente amatoria en nada envolvía negocios del Estado?

Para ahorrar escenas, diré que la viuda, sagaz como todos los pícaros, tenía la suerte de alcanzar siempre buenos resultados. El demonio, que es la eficacia personificada les sirve siempre bien.




ArribaAbajo- V -

La reina de Chipre


Catalina Cornaro llegó y fue recibida en público como reina, con los mil agasajos consiguientes, pero en privado podía considerársela como pobre prisionera, víctima del egoísmo del senado.

Honorio fue acogido con estrepitosa alegría por el pueblo, con afecto temeroso por el Dux, con amistad por algunos   —448→   unos nobles, con tibieza por los del Consejo; signo de naciente disfavor.

Con la escuadra había llegado de Chipre un terrible huésped que no tardará en darse a conocer.

Los salones del palacio. Cornaro, alejamiento provisional de la reina, habían sido dispuestos para una gran fiesta. Lucían a millares las luces que, a través de las elegantes vidrieras de los balcones, rielaban en el canal próximo; sobre sus aguas se deslizaba un centenar de góndolas lujosas, cuyos farolillos, en su ir y venir, daban animación y contento a los ojos en las avenidas del palacio. En el interior de este, advertíase el lujo y magnificencia en toda su inmoral esplendidez, pudiendo decirse que si la voz de un Jeremías se hubiese alzado, hubiese sido de seguro para lamentar aquel pernicioso y exorbitante fausto, preludio de la corrupción y de la inevitable ruina. ¿Qué nuevos Hunnos vendrían sobre aquel imperio que corrompido ya en la política, corrompíase también en las costumbres?

Ensordecían los pasos de la concurrencia alfombras asiáticas, que parecían haber traído consigo la sibarítica indolencia de aquellos países; los primorosos y ricos muebles deslumbraban; donde quiera que no había preciosos tapices y artesones, ocupaban el espacio magníficos frescos y envidiables esculturas. Las flores esparcidas a cestos formaban un ambiente halagador cual si mayo las hubiese derramado en aromosa lluvia; jarrones, espejos, metales lucientes, cómodos divanes, todo realzaba en conjunto una mansión que la ingeniosa arquitectura copió en suntuoso y exquisito mármol.

El grato y brillante son de una orquesta oculta, daba con el misterio mayor encanto a sus ecos, conmoviendo dulcemente las fibras de los oyentes y haciendo reflejar en los rostros la más radiante alegría. Por donde quiera veíanse hileras de hermosas, grupos de galanes y caballeros. Lucían algunas de ellas sus ojos, esos diamantes a que presta reflejos la luz del corazón; sus labios de donde parte en forma de palabra esa lluvia afectuosa del alma que es generalmente el primer hechizo de la mujer;   —449→   ¡sus talles esbeltos y mágicamente cincelados que son otros tantos lazos encantadores para los incautos!

Allí estaba Perla, la bella mariposa que, tras su reclusión de crisálida, daba al sol de fiesta sus hermosas galas; encanto por qué había suspirado en vano hacía algún tiempo el risueño pensil de la juventud veneciana. Allí estaba, sí, pensativa como la frente del poeta, pálida y melancólica como el tierno lirio. Tenía el corazón poco menos que trastornado dentro de sí misma, dudaba, presentía dolorosamente. Allí estaba también la heroína de la fiesta la aun hermosa Catalina Cornaro, aquella mujer, cuyo simple retrato había hecho de un obispo un seglar, de un apacible príncipe un vasallo ambicioso y un rey triunfante. Frisaba ya con la edad de matrona; el himeneo, la viudez, la maternidad, los cuidados del trono y las zozobras de la política, que había logrado hacer de ella un juguete de su ambiciosa patria, no habían podido deslustrar su belleza florida aun, ni el esplendor de sus atractivos. Era el lucero de la tarde en todo su gratísimo brillar. Sus facciones eran delicadas, armoniosas, expresivas. Su mirada revelaba la dulce vaguedad indefinible del pensamiento. Sus ojos negros, como el verdadero tipo greco-latino, tenían el óvalo y grandor de los de las andaluzas, de esas odaliscas de occidente, monumento vivo, tradición de los serrallos árabes; ojos que disculpan el afeminamiento de los hijos de Tarik, que sugirieron sin duda a Mahoma la concepción de las huríes. Sus ojos repito, negros como el azabache, sin dejar de tener la fiereza de tales, contaban como para dulcificar su mirada, la humedad vaporosa, el asomo de una lágrima de ternura que parecía ir a escaparse y que las negras, largas y abundosas pestañas, a manera de redes cariñosas, se apresuraban a querer recoger. Dos hermosas cejas, a guisa de arcos triunfales de aquella mirada altiva y afectuosa al mismo tiempo, coronaban sus ojos, dando a su espaciosa frente un aspecto parecido al de la meditación tranquila y majestuosa, y realzando sus facciones que la mejilla levísimamente sonrosada por momentos, de una palidez mate en lo general, contribuía a hacer más interesantes. Su sonrisa poseía   —450→   toda la graciosa majestad que prestan unos labios bien trazados, cuando tienen por costumbre verter palabras de suave imperio y de generoso perdón. Sin embargo, solía torcer la lealtad de aquella sonrisa la necesidad del forzado disimulo o el desdén de un penoso sarcasmo; pudiendo decirse que, en aquel rostro y sobre todo en aquellos labios, estaba marcada por momentos la amarga queja o la forzosa resignación de la víctima que, la política de su patria había coronado, para inmolarla en sus fatales aras. Nunca pudo traerse con más motivo que entonces a la memoria aquel verso que el inmortal Quintana puso en boca de la desdichada Isabel de Valois.


¡Ay! ¡infeliz de la que nace hermosa!

En cuanto a las formas de Catalina, (nombre romanesco de reina y de heroína) podía decirse que, sin dejar de ser esbeltas y elegantes, comenzaban a tener ya un tanto de la redonda morbidez que toman las hermosas cuando en el dorado estío de su beldad; con todo, había aún algo de virgen en aquel gracioso talle y airoso continente y en aquellos púdicos traeres; y si el andar majestuoso y la noble presencia pueden llevar propiamente un manto y una corona, Catalina Cornaro, que a su belleza debía el trono de Chipre, estaba más que otra alguna llamada a justificar esta elección. Discreta a par que hermosa, derramaba en torno suyo el dulce atractivo de la grata conversación.

Por lo que hace al grupo varonil, figuraban los nombres que constituían la historia, Véneta. Los Barbarigos, a cuya familia pertenecían el Dux reinante, los Vendramino, los Malipiero, los Contarini, los Monegario, los Thiepolo, los Urseolo, los Candiano, los Participatio, los Steno, los Justiniani, los Dandolo ilustrados más que otros algunos por el octogenario conquistador de Constantinopla, los Soranzo, Grimani, Memmo, Donato, Manini, Celsi, y tantos otros acabados en ego, en ato, en ero y en simple i que ostentando la toga de senadores, la estola de Consejeros, o las insignias de Procuradores de San Marcos, formaban el rico y poderoso plantel de   —451→   la clase tribunicia. Entre ellos contábase Honorio Morosini, cubierto de lauros guerreros, lleno de ambiciosas desazones; hallábase junto a Perla, a quien había traído la ventura de su presencia, pero no la paz del corazón que desde su rapto había huido de él quizás para siempre. En cuanto a Honorio, comenzaba a entrar en el período de su decadencia, no para con el pueblo, justo apreciador de sus servicios patrios, sino para el poder misterioso que miraba con recelo y envidia aquella gloria que se tornaba amenazante; bien sabía él leer en la conducta que con él se tenía, esta desconfianza, y persuadido de que cada nuevo servicio sería una nueva firma puesta al pie de su futura sentencia, pagaba con iguales sentimientos aquella soberana injusticia, vacilando entre su ambición y el temor de la desgracia; resuelto quizás a aprovecharse de la primera coyuntura suficiente a libertarle de los temibles azares.14

El proceso y prisión de Carlo Zeno, el héroe del mar, poético guerrero, defensor glorioso de la república, caído miserablemente, degradado en sus honores y preso por dos años por la malevolencia del senado, presentábase a su memoria.

Este estado de cosas había influido un tanto en los amoríos del almirante con Perla de quien no obstante se mostraba aquel apasionado, si bien el observador inteligente hubiera comprendido que en el corazón de Honorio comenzaba a juguetear el demonio de la inconstancia. Llena la joven de temores, pues no habían sido infructuosas   —452→   las pérfidas insinuaciones de Sirena, confirmábase en sus dudas respecto de la constancia de su prometido, con el fino tacto que distingue en general a las mujeres, sobre todo cuando aman y tienen un si no es tendencia a los celos. Estas cosas hubieran hecho que otra mujer se precipitase a consagrar la exclusiva posesión, a robustecer sus derechos por medio de la legalidad, contando con que los atractivos de su trato, durante la primavera del matrimonio, fuesen bastantes a hacer olvidar al veleidoso un afecto naciente hacia otra; pero ella, inexperta y cándidamente enamorada, sólo veía en su situación la triste perspectiva de un corazón que podía alejarse de ella en alas del olvido. El ángel de sus sueños iba a posarse quizás sobre la frente de otra mujer, y entonces ¡ay! de sus dulces visiones.

La apacible fe era condición indispensable de su existencia, y a falta de esto, el árbol de sus sentimientos perdía sus hojas y su lozanía. Ella era de las que podían exclamar como la hija de Verona: «Nodriza; ¿quién es aquel? Ve a saber su nombre; si pertenece a otra, mi tálamo nupcial será la tumba.» Habíase mostrado dulce y tierna con Honorio, sus gratas conferencias habían sido por su parte desconfiadas y silenciosas; sus amorosos suspiros, esos votos del alma, habían sido ahogados en su garganta faltos de ese aire de confianza que les presta alas para salir de sus prisiones; sus quejas o reconvenciones habían muerto en sus labios sin producir en ellos otra expresión que el cuasi imperceptible movimiento que la tenue brisa produce en la apacible superficie de un lago; sus caricias habían quedado en el tímido intento, y su mirada habíase velado más de una vez con una lágrima que el más tenaz empeño no podía recoger ni mucho menos ocultar. Por pura complacencia para con su Honorio había consentido en abandonar, llegado este, la soledad del claustro, puesto que temía ya un enlace que no podría curar sus zozobras ni hacer su felicidad. Esta tibieza o lentitud con que Perla parecía caminar hacia el ara, no disgustaba al inquieto Morosini, quien lleno de incertidumbre por los motivos que se han apuntado, no sabía descifrar cuales fuesen sus deseos en aquella época   —453→   crítica y azarosa para su corazon. Sentado estaba junto a la joven, distraído aunque tratase de disimularlo; esta, sumida en su doloroso arrobamiento, no daba vida a una conversación que Honorio tenía que sustentar por sí solo, y aun había ella creído sorprender alguna mirada furtiva de aquel ¿hacia quién? Hacia la heroína, cuyos ojos, aunque con cierta reserva... habían correspondido. ¿Cierta reserva? Tanto peor; ¿si iría teniendo razón el cauteloso Senado?

A su entrada, había saludado Perla a la reina de Chipre, quien la había correspondido con cortesía y hasta con interés, si bien no faltó algún copo de nieve en aquel saludo por parte de ambas: el instinto de los enamorados es maravilloso.

La reina de Chipre estaba sentada en una especie de solio a la derecha del destinado al Dux: pero ora fuese para distinguir aquel solio de este, cuyos ornamentos eran atributos guerreros, marinos y otras alegorías representativas del poder y grandeza de la república, ora fuese por galantería para con la reina, ora para denotar que ya de ambos cetros sólo podía esperar la posesión del primero, es decir, el de la hermosura; estaba ornado su solio con dos grupos de preciosa escultura en que se representaban tres diosas en graciosas actitudes, una de las cuales tenía suspendida una guirnalda que parecía destinada a caer sobre las sienes de Catalina. La heroína del sarao dirigió su vista hacia una de las entradas de aquel salón, imitáronla las damas y los galanes de la concurrencia: todo revelaba la aparición de algún rival temible a las primeras, una mujer adorable a los últimos, Sirena.

Ataviábase la viuda de Gradenigo con un semiluto elegante y primoroso a que daba nuevo realce la apariencia de pesar que se pintaba en su rostro y ademanes.

No había podido soportar su deseo, dijo saludando a Catalina, de concurrir a conocer y celebrar a la justamente afamada reina de Chipre, y a darla el parabién por su vuelta a su afectuosa patria: tomando parte en aquella fiesta, ¡ay! a pesar del duelo que aún mantenía abiertas las heridas de su corazón.

  —454→  

Tomó asiento, pues, no lejos de Catalina y entre los que vinieron a saludar a Sirena distinguíanse Ruggiero, Loredano y Honorio.

Ya en otra ocasión hice yo al comparar a Sirena con Perla la observación de que esta representaba la candidez, y aquella la seducción de la belleza; pues bien, la majestad de la hermosura, era el papel reservado a Catalina Cornaro en esta trilogía femenil. Y como quiera que la naturaleza tiene sus armonías, Perla, capaz de hacer del afecto una religión, parecía formada para el alma elevada de un Ruggiero; Catalina, por lo brillante de su hermosura, por la altivez entusiasta de su carácter, para un Honorio, y Sirena, por lo seductor de sus gracias y por lo amañoso de su carácter, a un Loredano, pero sólo estos dos parecían entenderse, puesto que los dos primeros galanes habían trocado sus papeles. Sin embargo, como la naturaleza tiende a la expresada armonía, acaso estaban para comprenderse.

Ruggiero, en cuyo semblante estaba pintado el más acerbo pesar, la ironía más amarga, acercose a Sirena quien le saludó ceremoniosa y con mentida apariencia de afecto.

¿Qué habría pasado entre los dos? Días había que Sirena, acaso porque ya hubiese pensado en abandonar su reclusivo duelo al primer pretexto que se le presentase, y que por consiguiente cambiando de planes o caprichos, estorbase a estos el galanteo del artista, había dado en mostrarle frío desamor. El pintor a quien el fuego de la esperanza había apasionado completamente, empeñado en ver un ángel en el ídolo de barro, recibió con un pesar próximo a la desesperación, este cambio que segaba sus dulces ilusiones. Estaba pesaroso, resentido de que aquel engaño le hubiese hecho mísera víctima, convirtiendo cuasi en odio aquel inmenso amor; por lo cual meditaba, acariciaba en su febril mente, planes de desesperada resolución. «Qué dolor tan inmenso es olvidar» ha dicho un desgraciado poeta. Así pues al ver a la que causaba sus dolientes agonías y sus tétricas vigilias, el hombre sentía en su corazón una completa y dolorosa enfermedad. Algún plan traía él aquella   —455→   noche a la fiesta a que era invitado porque su genio y aun su familia distinguida, aunque no opulenta, le habían abierto las puertas. Al acercarse Sirena, esta advirtió en el rostro del artista la expresión de las furias, y fiel a su sistema, trató de aplacar la tormenta con alguna de sus palabras halagadoras; pero el pintor no estaba ya para bromas, creía haber tolerado bastante aquella burla tormentosa y ya exigía algo más que un acento o una apariencia cariñosa. En otra ocasión la viuda de Gradenigo no hubiese vacilado, en poner de su parte todo lo posible para satisfacerle, pero esta noche podía estorbarle, podía ser importuno a sus miras aquel afectuoso y constante rendimiento; y en tal concepto no pasó de lo ya dicho. Estaba allí Honorio de quien no había ella desistido, y si bien habría menester quizás de algún galanteo para no estar desairada, este debía ser algo más productivo que el del pintor. El de este halagaba su vanidad en ciertas ocasiones, porque la ovación del genio es un culto sublime, y habíala servido de distracción en los días de su retiro; pero el pintor no sería bastante a despertar la envidia de una reina ni tampoco a aguijonear la vanidad de un Honorio, bastante moroso ciertamente en la vía de rendirle un tributo tan deseado. Y en verdad que era harto desgraciada en sus planes respecto de este, puesto que siempre le había hallado a los pies de otra. Los antecedentes que ya poseía, su fina observación y la melancolía de Perla, acabaron de persuadirla de que ya no era esta su más temible adversaria. Tenía pues necesidad de un galanteo más propio a las circunstancias. Si allí estaba Loredano, el noble patricio ¿para qué había menester del pobre artista a quien la expansión de sus pasiones agitadas acababa de hacer perder la serenidad que le hubiese hecho conducirse como hombre de mundo, asegurando entonces mejor su planta en aquel pantano de vanidades o injusticias? Sí bien es cierto que Loredano no se avendría en manera alguna a desprestigiar el grave papel de hombre de Estado que se había impuesto, prestándose a devaneos impropios; podía muy bien, ya que aquella era una fiesta oficial o mejor dicho senatorial, y que se   —456→   trataba de una mujer como la viuda de Gradenigo, grave también y discreta cual ninguna, abandonarse por momentos y sin salir de su matemática seriedad a una excepción justificable.

El pintor, que comprendió lo que ocurría, retirose al otro extremo de la sala, para ocultar la emoción que podría haberle ridiculizado ante un mundo en que son delitos la sinceridad y el sentimiento.

Una vez allí, Honorio que buscaba material para entretener su conversación con la displicente Perla, llegose a él y tomándole del brazo fue a presentarle a su prometida, poco más o menos en esta forma:

-He aquí, hermosa Perla, la gloria de nuestra patria, el rey de los pinceles, como vos sois la reina de la hermosura.

El pintor inclinó la frente en señal de modesta cortesía.

La joven contestó con una sonrisa afectuosa al par que forzada. Los ojos del artista se alzaron, vieron los suyos, perdiéronse en la grata y melancólica expresión de aquella pupila de puro azul como el insondable cielo, y creyó entrever en ella la gloria de un paraíso misteriosamente velado; leyó allí un alma, un suspiro por la eternidad; su mente hizo rápida comparación y comprendió que el corazón comete errores graves; pero no había remedio, y el corazón aunque extraviado, se resiste a entrar en el buen camino: Sirena era, a su pesar, inexplicable pasión, su inexplicable fatalidad.

-Y por cierto que esta noche piensa sorprendernos el pintor, según se cuenta, con una hermosa obra, tornó a decir el almirante.

-¡Cómo! ¿esta noche decís? repuso Perla, poco ganosa de hablar.

-Sí, aquí en el sarao; es una obra que ha regalado hoy mismo a la reina con la condición de que no habrá de exhibirse hasta una hora convenida.

-Buena sorpresa será ella, exclamó tomando parte en la conversación aquel famoso interlocutor de Ruggiero en la noche del rapto de Perla, el compañero de correrías del difunto Cosme Gradenigo. El pintor, que sin   —457→   duda la ha hecho figurar en su cuadro, nos dará con esto, alguna novedad: la de su rendimiento por ella. Pero eso es ser sobrado variable, amigo Ruggiero, porque al fin nadie me negará que vos estabais enamorado de otra no ha mucho tiempo; pero no, hoy está en moda Catalina. A propósito, oíd. Al entrar aquí esta noche tuve un encuentro que heló mi sangre; ¡oh! si sigue así es cosa de entrar un poquito en cuidado. Al venir, pues, esta noche pasaron por junto a mí... a dos cadáveres... dos infelices víctimas, se dice, de la peste que hace algunos días ha comenzado a pasearse por la ciudad haciendo su colecta entre la gente desvalida... Ahí tenéis un buen asunto para un cuadro... ¿Sabéis cómo han dado en llamar a esa enfermedad que si sigue cundiendo no me hará maldita la gracia? La reina de Chipre; dicen que su gente la ha traído de Levante.

-Iba a contestar Honorio sorprendido y colérico, pero comprendió que haría un escandaloso papel, y contentose con dejar pasar el golpe, no viéndose otra señal de su cólera, que una sonrisa que comprimió su labio inferior contra los dientes cuasi hasta hacerse sangre.

En efecto, con la llegada de la escuadra coincidía el desarrollo de un mal contagioso sin duda, puesto que las naves estaban cundidas. Los atacados morían a las pocas horas de la invasión, y si algunos se salvaban después de algunos días de horribles padecimientos, estaban expuestos a quedar horrorosos, más desfigurados que los atacados de la aciaga viruela. Y no dejaba de guardar analogía con esta, aquella lepra repentina que corrompía en horas la sangre convirtiendo la piel en una llaga. Así pues, aun cuando todavía no había comenzado a hacer notables estragos, no dejaban de ir produciendo una sorda alarma los casos que se advertían. Había sido la ciudad azotada en otras ocasiones por epidemias del Oriente parecidas a esta; así a la primera noticia,


Las madres desde entonces
sus hijos a su seno
con susto de perderlos estrecharon,
—458→
y desde entonces la doncella hermosa
tembló de que estragase este veneno
su tez de nieve y su color de rosa.15

Por lo que hace a la fiesta, no dejaban de producir eco en ella, aunque por lo bajo, algunas noticias que llegaban del resto de la ciudad, sobre crecimiento de la peste; disimulábase el terror que tales nuevas causaban, procurando los jóvenes aturdirse y aun chancear sobre el caso, con esa imprevisión y arrogancia vanidosa de su edad; y por lo que hace a los padres de familia, todo su conato era el de tranquilizar a los suyos ocultándoles, lo mejor posible, las nuevas que llegaban de aquel accidente.

Resonó la música, comenzó el baile.

La disposición de las figuras, el aire maestoso y brillante de la música, y las personas que tomaban parte en aquella danza, mostraban la seria etiqueta que debía presidir en la reunión.

Perla, forzada a bailar con Honorio, ¡ah! lo que hacía su delicia inocente en otro tiempo, tenía que figurar con Catalina que bailaba con uno de los Diez; el Dux no había asistido por su estado achacoso o acaso por gozar algunos instantes de la libertad, en la soledad o el olvido. Loredano por especial concesión, y sin ejemplar, bailó con Sirena. Ruggiero observaba o vagaba de uno a otro lado, víctima de una afección parecida al vértigo. La pobre Perla equivocó varias veces la figura del baile; Catalina danzaba con majestad y graciosa ceremonia; pero la viuda de Gradenigo, que aparentaba bailar como con disgusto y por pura complacencia, llevaba tras sí las miradas del concurso, haciendo vacilar la admiración entre las tres damas. Sirena debía ceñirse el lauro, porque la gracia era su imán, y en las fiestas del mundo, en donde el corazón duerme y lo exterior manda, el cetro es de las Sirenas. A pesar de esto, Perla no dejaba tampoco de interesar a muchos de los concurrentes. Ella era para la parte estética de la reunión, un hermoso trozo de Carrara que el supremo escultor había animado   —459→   con la expresión del candoroso afecto, alma artística de la mujer. Honorio no estaba arrepentido de haberla llamado su ángel, ángel de la belleza, tal era el nombre que la correspondía; y aun pudiera decirse que una fiesta del mundo no era su lugar, porque en la tierra ¿quién podía disputará Sirena la palma de las gracias? Bien mostró Morosini su admiración hacia esta, aquella noche con sus expresivos ojos y rendido acatamiento. Su felicitación a la dama dejó oírse en obsequiosas razones cuando al pasar por junto a ella figurando en el baile, dirigiola palabras que la seductora viuda no había oído jamás en sus labios. Perla observó esto, pero la señora Gradenigo no la había inspirado nunca desconfianza... la creía tan su buena amiga; ¡la creía una dama tan incapaz de pretensiones al indebido galanteo!

Acaso contribuyese a esta confianza el no haber visto de parte de Honorio hacia ella otras muestras que las de la más fina y desinteresada galantería. Respecto de la Cornaro, era otra cosa. Las voces que circulaban, la tardanza de aquel en Chipre y sobre todo algunas exterioridades, llevaban la celosa imaginación de la joven hacia su nueva competidora. Cierto es que Catalina tenía un alma excelente y bastante sincera a pesar de la educación mujeril y de la cautelosa posición que la había obligado a tomar la política de su patria; y cierto es también que era una niña incauta en materia de disimulo al lado de Sirena. Conforme está organizada la sociedad, la mujer que más disimula es la mejor.

Terminose la danza, y Honorio dejando a Perla en su puesto, detúvose algunos instantes cerca de Sirena, a quien felicitaba por sus invariables atractivos, con un calor tal, que bien podía descubirse la intensidad de este en el semblante de la Reina de Chipre con cuyos ojos, un si no es iracundos, encontráronse más de una vez los de Honorio, quien comprendiendo lo que pasaba, hubo de cesar en su indiscreta cortesanía para con Sirena. Esta, que vio arruinado el dominio que, con gran placer de su alma, creía ya reinante en Honorio, lanzó a Catalina Cornaro una de aquellas miradas de tempestad que en ella eran indicios de un sueño de venganza.

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Honorio no podía ser insensible a las gracias de Sirena; empero la reina de Chipre había logrado interesarle, ocupando, ya que no su corazón, su fantasía. Era hermosa y reina, y esta unión de dos coronas, ejercía un doble imperio en su ánimo, inclinado a todo lo brillante y deslumbrador. Acercose pues a Catalina, y pretendiendo ocultar, tras la apariencia de un simple saludo, la misteriosa afición que los unía, cruzaron con reserva estas palabras.

HONORIO.- Necesito hablaros.

LA REINA.- Nos observan.

HONORIO.- Cansado estoy de tanta reserva; debo poner un término a ese espionaje miserable. Vos estáis oprimida, yo también; ¡ah! ¡cuándo pudiéramos ser libres y dichosos! Vos tenéis una legítima corona, yo un brazo para haceros reina; entrambos tenemos un corazón que ama...

LA REINA.- (Con ironía.) ¿Os cansa el disimulo? Tanto peor. Disimulad respecto de mí; así podréis prestar mejor vuestros homenajes a las Sirenas del Adriático. Cuidado con su canto melodioso que, dicen, arrastra a los escollos al incauto navegante. Me habéis dicho que amabais o mejor, que ibais a desposaros con esa interesante Perla. ¡Pobrecilla!

HONORIO.- ¡Pobrecilla! ¿por qué, señora?

LA REINA.- ¿Por qué? ¿no la veis? Su visible palidez revela sus desconfiados celos, y vos, es preciso confesar que a ley del más constante de los amadores, haríais su felicidad.

HONORIO.- No os burléis, Catalina. ¿Acaso pensáis que la galantería sea una falta? Ya os he dicho que Perla ha sido mi encanto.

LA REINA.- ¿Ha sido?

HONORIO.- (Vacilante.) Y lo es, pero es un encanto que su carácter excesivamente tímido y desconfiado trueca en encanto triste para el amado de su alma. ¿Es extraño que quiera distraer esta tristeza?

LA REINA.- Parece que han vuelto a reanimaros las ilusiones que os inspiraba la hija de los Fóscari; en Chipre decíais otra cosa; ¡ya se ve, aquellos voluptuosos aires   —461→   adormecen de tal modo la memoria! ¡Qué voluble sois! dijo cuasi con ira y con desdén la hermosa.

HONORIO.- ¿Voluble, señora? necesito explicaciones, pero nos observan.

LA REINA.- Bien está, me alegro; así terminará este diálogo que puede valer en cuanto a verdad, lo mismo que cualquiera de los que tan artificiosamente urdíais en Chipre.

HONORIO.- Señora, no os he engañado nunca. Os he dicho que amaba a Perla y que los hechizos de su alma pura no podrían serme nunca indiferentes; que estaba dispuesto a cumplir mi palabra respecto de mi proyectado enlace con ella; pero después os he conocido, hermosa Catalina, y he imaginado que vos cuadrabais más a mi carácter; que vos erais la simpatía de mi alma y de mi ser. Perla puede hacer la felicidad de un esposo tierno y apacible, pero amante del hogar, de la dulce paz de la familia; vos sois la mujer de fuego que inspira el heroísmo, que enciende en el alma el amor y el entusiasmo de la gloria. Vos sois la Porcia de los romanos, sois del temple de aquella mujer que libertó a Betulia. ¿Por qué culparme de inconstancia si cuando vi y amé la hermosa reina de a Perla no había conocido aún a la hermosa reina de Chipre?

LA REINA.- A veces quiero creer en vuestras lisonjeras palabras; no puedo olvidar que os debo la vida, que fuisteis mi bravo defensor contra mis rebeldes súbditos.

Habían dicho entrambos aquella última parte del diálogo con un calor mal reprimido, que debía llamar precisamente la atención de los que los observaban.

-Mirad, exclamó Catalina, y sus ojos indicaron a Perla que pálida como la muerte parcela próxima a desmayarse.

Honorio corrió hacia ella.

Ni él ni Catalina habían observado otros ojos que pretendían disimular el despecho al través de una sonrisa de coquetería: eran los de Sirena. Loredano que se hallaba entonces junto a ella, había cruzado con la misma palabras misteriosas: referíanse a la conversación del almirante con Catalina.

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Perla recibió a Honorio, con una sonrisa elocuente de dolor, de resignación.




ArribaAbajo- VI -

La venganza de un pintor


En esto llegó la hora de la cena, abriéronse las puertas del espléndido ambigú. Invadió su salón espacioso, mucha parte de la concurrencia.

La reina de Chipre daba el brazo a un venerable patricio. Perla el suyo a Honorio. La viuda de Gradenigo a Loredano. Seguíanlos en igual forma otras damas y donceles.

Servíanse con esmero las exquisitas viandas, los agradables dulces y refrescos.

De pronto corriose un velo que cubría un testero del salón y mostrose el cuadro de Ruggiero.

Representaba el paraíso con todo su esplendor, el purgatorio con todas sus penas, y por último, en el extremo inferior, el infierno con todos sus tormentos.16 Era este cuadro una bien trazada alegoría. Veíase en lo que representaba el Paraíso cristiano, a los pies de la Divina Trinidad a una matrona (Venecia) en actitud de recibir de Honorio Morosini la corona del triunfo. Esta matrona guardaba en su fisonomía y formas un parecido notable con Catalina Cornaro; junto a esta, había un ángel presentando a Venecia la espada de fuego, su rostro era el de Perla. En el purgatorio veíase la fisonomía del pintor en ademán del más duro sufrimiento; pero lo que contenía una verdad fulgurante, en que parecía haber campeado vigorosa la inspiración del artista, era el infierno en el cual se representaba con talante rencoroso y confundido al ángel de la discordia. Este ángel era Sirena, estaba tan expresiva esta figura que parecía salirse del cuadro, para venir al mundo la comenzar su tarea de maldición.

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Imposible sería describir la expresión del rostro de Sirena al advertir su imagen en aquel cuadro en que representaba tan triste papel junto a sus rivales.

El veneno de la sierpe que hubiese inyectado sus ojos, y contraído sus facciones, no hubiese podido darle más singular expresión. Volvió los ojos a Perla; esta también sufría aunque por otro estilo y en otra forma: era el sufrimiento de la pobre tórtola herida y solitaria; pero el semblante de Catalina revelaba la sorpresa agradable del triunfo, ¡oh! en aquel momento estaba a la altura que la hacían representar en el cuadro, era digna de aquel paraíso. Tanto peor para la injuriada viuda de Gradenigo. El pintor dejó ver su semblante desde un ángulo del salón también; estaba entre gozoso y desesperado; al ver el rostro de Sirena tuvo miedo. Comenzaba a decirle su conciencia que acaso había ido más allá de lo que debía; sintiose doloroso, confuso, cuasi loco. Huyó de aquel salón en que su alma se abrasaba por lo que hace a Sirena, poco faltó para que muriese de ira, tanto más dolorosa cuanto que pretendía ocultarla, y hasta dominarla, mostrando impasibilidad, ironía, ¡oh! su papel de resignada hipócrita la hubiese salvado, pero su sangre y nervios estaban rebeldes; ¿cómo poder ser entonces lo que pretendía? Los cuchicheos, las sonrisas, los epigramas propios en una reunión en que impera la malicia, coronaban aquella obra magnífica de un pincel despechado y de una mente enferma; Sirena por la primera vez de su vida se vio vencida por la impotencia. Tenía a su lado a su hombre de mármol, Loredano, que lejos de darla consuelos, acaso se gozaba en una humillación que tal vez podría convenir a sus miras; conocía que Sirena tenía demasiado orgullo y que necesitaba un poco de mella para que su condición se hiciese un tanto más blanda. ¡Oh! en aquel momento Sirena hubiese querido hallarse en el desierto; hubiese querido que su sangre, que su transpiración fuese un activo veneno para emponzoñar con su hálito a todos los que la rodeaban. ¡Terrible expiación! Nunca había sufrido así. El pintor había adivinado por instinto el papel que debía asignarla; ella había sido el ángel de la discordia, su lugar   —464→   era el infierno, allí estaba ella en aquel momento en cuerpo y alma, sufría, como el condenado, los tormentos que había hecho padecer, sólo que sufría una eternidad en un instante.

-Disimulo, calma, díjole Loredano al oído. El ridículo será mayor si no lo hacéis frente.

Los cuchicheos, epigramas y miradas burlescas continuaban aún; todo ello pretendiendo cubrirse con el velo del buen tono ¡qué placer para las damas hasta entonces humilladas por una advenediza! Aquel accidente era digna pena de su soberbia y altivas pretensiones; ella, una villana enaltecida, ¿hasta cuándo debía abusar de la paciencia?

Sirena sentía ahogarse, abrasarse en el fuego de su amor propio. Estrechó el brazo del consejero con un movimiento parecido al de la convulsión; su semblante, cambiando de rojo a pálido, y la llama de sus ojos, la vendían en su propósito de disimulo.

-Voy a morir, dijo a su galán con voz ahogada, si no me sacáis de aquí.

Llevola consigo este, salieron del palacio en donde la galantería y el placer siguieron reinando.

Los pasos de la dama eran vacilantes; había sido herida en su única pasión: la soberbia.

Al llegar al peristilo que daba a la laguna, el aire de la noche refrescó un tanto las sienes de la ofendida dama. Entonces con la voz y sonrisa que debió tener Luzbel al maldecir el sol, exclamó dirigiéndose a su acompañante.

-Terrible es la venganza, pero dulce, ¿no es verdad?

-¡Ah! -exclamó Loredano, cuasi espantado al advertir aquel extraño gesto.

-Vos decíais, que gustabais de mí, o al menos pretendíais que yo lo creyese, ¿no es cierto? pues bien, recordad que esta noche la oveja se ha vuelto tigre y el tigre necesita... pero ¡ah! soy una pobre mujer, añadió con furor reconcentrado y que, según su costumbre, pretendía disimular aunque en vano.

-Calmaos, amiga mía; repuso el consejero que difícilmente perdía los estribos.

-Bien, ya lo estoy, contestó; ya soy la misma mujer   —465→   de siempre. Si vale algo este corazón y queréis que sea vuestro, acordaos de que la mujer ha sido ultrajada y que ella puede tener tanto amor para vos, como odio para los que la han ofendido.

Y al decir esto, acercó su rostro al de Loredano lo bastante para que este se sintiese anegado en aquel ambiente seductor. El estudiado patricio sintió derretirse su calma, y oprimiendo aquella mano que le brindaban prometió sin saber qué prometía.

-¡A casa! dijo la dama a sus criados, impidiendo que Loredano la acompañase y ocultándose bajo el felze de su góndola.

Esta partió rápidamente; sus conductores, harto diestros, habían comprendido que la dama no estaba para lentitudes.

-Silencioso quedó el patricio. A poco murmuró:

-Quiere vengarse y me necesita para ello; nos vengaremos; ¡pero más calma! ¿A qué dejarme arrebatar por una mujer? Reflexionemos. Ella quiere vengarse del pintor; este no vale la pena, aunque bien pudiera enviársele a pintar al Orfano; pero no, las mujeres prefieren siempre vengarse en las mujeres. Honorio puede ser la prenda del combate. Ella dice que le ama, y yo creo que se conformaría, en último caso, con que no fuese de ninguna otra. Será mío entonces, señora Sirena; estamos de acuerdo completamente. Su animada plática que todos han visto esta noche con la de Chipre, y esa misma alegoría, sin perjuicio de lo demás que ocurra, son cosas que pueden ya ir vistiendo el expediente. ¡Muy bien! creo, señora Sirena, que estaremos de acuerdo.

En seguida el decenviro tomó el talante grave y la mirada inquisidora y fría que lo eran habituales y entró en el palacio.

Deseoso de evitar las preguntas que los del sarao pudieran hacerle sobre la dama, con quien lo habían visto salir, y de cuyo ridículo temía que le cupiese parte, fue[se] al círculo de sus colegas del cual había desertado por excepción aquella noche, gracias a los atractivos de Sirena.



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ArribaAbajo- VII -


¿Cómo bajaste despeñado al suelo,
astro de la mañana luminoso?
Ángel de luz, ¿quién te arrojó del Cielo
a este valle de lágrimas odioso?
Aun ornaba tu frente el blanco velo
del serafín, y en ondas fulgoroso
rayos al mundo tu esplendor vertía
y otro cielo el amor te prometía.
ESPRONCEDA.

Desde muy de mañana recibió Honorio al día siguiente del baile de la reina, una carta que vaciló en abrir; ¿era sin duda un presentimiento lo que detenía su mano ante aquel sobre misterioso?

Honorio; señor: Mi mano tiembla al comenzar estas líneas porque ellas expresan mi resolución, mi adiós de corazón está sereno y resignado porque así lo ha dispuesto el Señor, y si una lágrima asoma a mis ojos, no es de tormento, no es una lágrima de queja, ni de reconvención... es una lágrima que corre a mi pesar y que sé explicar por qué la derramo. He soñado esta noche con la Virgen a quien ruego y he rogado siempre porque os haga muy feliz ¡ay! en un tiempo también rezaba porque nos hiciese muy felices, ¡pobre de mí, no comprendía que mi corazón no estaba llamado a ese destino, a esa bienaventuranza de la tierra! He soñado pues y esta bendita señora, la madre de los mártires, se me ha aparecido, me ha mirado con ternura y me ha dicho: «Perla, tú no puedes en el mundo hacer la felicidad de ese mortal que amas, tú vas a ser para él una corona de espinas, porque unido a ti, tendría que manifestarte lo que no siente, para no hacerte desgraciada.» Él sería más feliz con otra, (doloroso me es repetirlo), él será más feliz con otra mujer que no vea con pesar sus aspiraciones de lauros patrios y que no tiemble cuando le suponga en medio de la sangre y de los combates. Ella sabrá sonreírle en el triunfo, y esta sonrisa será para él más animadora que la tuya, que no sabría sino pedirle retiro, amor y constancia. Tus suspiros de sobresalto le detendrían en su marcha de ambicionadas glorias; débil tú, no podrías   —467→   ayudarle a combatir contra los adversarios de su destino, ni librarle de la pérfida intriga; con tus suspiros y tus lágrimas, siempre celosa, desconfiada de merecer su amor y labrar su ventura, serías un obstáculo que por lástima no apartaría, y que por benevolencia no maldeciría; renuncia pues a él, renuncia a la memoria de los días pasados entre las rosas de un cariño generoso y a los días futuros que tú veías en tus inofensivos sueños. Ven, hacia mí, pobre Perla; yo tengo para ti el regazo de las madres y en él podrás verter tus lágrimas y amar su imagen y rogar por él. Tú y yo velaremos por él, que no debe ser ya tu Honorio. Perdona y bendice a la que ya habrá tal vez cautivado su corazón, perdónalos a entrambos; recuerda que el mártir del Gólgota perdonó a sus enemigos y verdugos, y los labios de que brotaban aquellas dulces y nobles palabras estaban llenos de hiel y vinagre.» ¡Ah! yo la he perdonado y a vos también. ¿Y qué podría echaros en cara, sino los días venturosos que me habéis dado? ¡Bien es verdad que semejantes días no eran tranquilos! Para ciertas almas como la mía, vale mucho una soledad triste, pero dulce como la que me llama. Ya gusté de ella antes, y he comprendido que os amaba mejor desde allí, porque os amaba sin zozobras, en un dulce abandono inexplicable. En la mansión en que voy a entrar y a que no me lleva el egoísmo de una salvación eterna, que no sería gloria para mí sin vuestra presencia, podré amaros sin temores; allí, si amáis a otra, no lo veré, pero si lo imagino, me resignaré. ¡Ay! ojalá que ella os ame como yo. No, repito, no es egoísmo mi retiro; sé que mi destino no es el mundo, pero si para hacer vuestra ventura, fuera necesario que yo viviese en él, si fuese necesario mi sufrimiento; a todo me allanaría; cubriría mi frente de espinas y vertería la sangre de mi costado y bebería la hiel y el vinagre también para haceros venturoso; pero por desgracia mi martirio os sería inútil y doloroso, y aquí puedo, si las súplicas allanan el camino de una felicidad sin límites, llorar y suplicar noche y día por que se verifique en otra parte, ese himeneo que en la tierra no hubiera hecho vuestra ventura.

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Benditos mil veces sean los que os amen, que vengan a los brazos de mi alma que los esperan abiertos; sí, mil veces, benditos sean -mil veces bendito seas tú, mi Honorio.- Olvidadme si queréis, Honorio: yo os amo ¡ah! mis lágrimas me dicen que os amaré eternamente.

Adiós; un suspiro y un recuerdo para la que llamasteis vuestra... PERLA.

Adiós por última vez; adiós para siempre.

Honorio conoció que Perla había adivinado lo que pasaba en su corazón y que, demasiado apasionada para imitarle en su inconstancia y demasiado buena para importunarle con su lloroso afecto, había querido anticipase a la indiferencia que creí ver llegar de parte de Honorio. Ella no hubiera consentido en desposarse con hombre, cuyo nombre no la importaba tanto como su razón; Honorio había sido para ella el resumen de todos los afectos y de todas las ilusiones; sólo el cielo, con su amor sin límites, podía indemnizarla.

Amábanla sin embargo Morosini aunque a su modo, sólo que era uno de esos hombres inconstantes y ambiciosos que nunca están satisfechos, y a quienes sin embargo no sería justo suponer que obran de mala fe, cuando puede decirse en verdad que, si engañan, es comenzado por engañarse a sí mismos. Ya se ve que no era tampoco perdonable condenar a un alma tierna y constante, como la de Perla, a sufrir la veleidad de un corazón tempestuoso como el de su amante.- La débil florecilla necesita del aura apacible y la templada luz de los crepúsculos; la brisa fuerte la doblega, el sol la marchita, el vendaval la arranca.

No era inútil el ruego de Perla, Honorio consagraba ya una lágrima al sacrificio que estimaba, aunque sin voluntad suficiente para impedirlo; era para él una fatalidad incomprensible.



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ArribaAbajo- VIII -

JULIETA.- ¡Oh natura! ¿qué fuiste a hacer al infierno, cuando pusiste el alma de un réprobo en aquel cuerpo encantador, en aquel paraíso mortal? Jamás cubierta tan rica encerró un libro más impuro, ¿es quizá necesario que la impostura habite un palacio tan espléndido?


Romeo y Julieta.- SHAKESPEARE.                


Ya se ha dicho que una epidemia horrible comenzaba a llenar de cadáveres los cementerios de Venecia. En aquella mañana habíase experimentado una recrudescencia alarmante con aumento de terror y de luto. ¡Cuánto no hubiese dado la viuda de Cosme porque el ángel de la Peste confiase a sus rencorosas manos la terrible espada! Con las noticias que circulaban, no había quien no suspirase por el temor de perder la propia existencia o la de algún ser querido. Elevábanse las preces al Cielo en demanda de misericordia, acudiendo la multitud al pie de los altares a pedir el perdón de las pasadas culpas y a proponer la futura enmienda; no faltando entre mil almas de buena fe, verdaderamente contritas y temerosas, algún Interminelli17 que asido con temblorosa mano al manto de la Virgen, tratase de ocultarse, de pasar desapercibido a la espada de exterminio procurando ver si, con su semblante humilde, podía engañar a Dios como había engañado a los hombres.

Hacía días que las clases numerosas y desvalidas que son generalmente el pasto de estas calamidades, estaban pagando su mortal tributo, ya en aquella mañana había que afanarse para recoger y trasportar a las góndolas fúnebres, los cadáveres que la noche había hacinado en las plazas, en los portales y en las casuchas de los pobres; comenzaba a cebarse el mal en los individuos   —470→   del libro de oro. Muchos de los que habían concurrido al sarao de la reina de Chipre la noche anterior, gemían desfigurados en el lecho o amenazaban con el triste duelo a sus familias. ¡Cuántas beldades que habían sido admiración de los ojos en el sarao referido, habían tenido apenas tiempo para despojarse de las flores de su tocado!

Quizás porque las terribles sensaciones de la noche la hubiesen predispuesto, la viuda de Gradenigo dejaba conocer síntomas alarmantes; era también de las invadidas. Desde la madrugada habíase sentido con un notable malestar, que atribuía a su disgusto y a las fatigas del insomnio que aquel la había ocasionado.

El aire de la habitación la agobiaba con su peso, sentía opresión en su cerebro; su respiración era dificultosa. Con el deseo de aliviar su desazón, había hecho abrir desde muy temprano una de las ventanas que daban al canal. El día estaba sereno; parecía un sarcasmo inaudito que aquella naturaleza celebrase vestida de gala y con todos los primores de un hermoso día, al Exterminador que vagaba por las calles de la ciudad atribulada. Los ojos de Sirena fijáronse en una cercana góndola enlutada; a través de la carroza o «felze» mostrábanse brazos y piernas, hacinados; los gondoleros remaban silenciosos y con cierto frío terror en el semblante. Más allá otra góndola y otra... ¡ah! ¡la muerte estaba implacable! El terror la hizo cerrar la ventana y encaminarse al lecho. Había oído contar pormenores horribles respecto de las repugnantes agonías que causaba el mal; estaba desesperada. Hafiz, impasible, había llegado a su llamamiento y al observar los síntomas de una dolencia por él conocida en Oriente, frunció el ceño.

-Fea, horrible... y sin venganza, exclamó Sirena... ¡oh! al menos la muerte es un sueño y un olvido eterno.

El paraíso mortal, el cuerpo encantado que daba albergue al alma réproba, iba acaso a tomar sus verdaderas formas. La cubierta del libro impuro estaba quizás para llenarse de gusanos. ¡La impostura no habitaría en adelante sino las ruinas... del palacio espléndido!



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ArribaAbajo- IX -

Llegó la noche: parecía que los espectros de tantas víctimas vagaban por las silenciosas calles. Ya hería tristemente los aires el gemido de algún infeliz que moría desamparado, ya huían otros despavoridos del que cayó junto a ellos; abríase aquí una puerta para dar paso a algún féretro o a los alaridos de una familia desconsolada; en otra parte un esquife silencioso, puesto al servicio de la epidemia, recogía con precaución y transportaba entre las sombras los cadáveres ya medio corrompidos por una enfermedad que se anticipaba a la tierra en la obra de destrucción y fetidez, Todos comenzaban a no cuidarse más que de sí mismos: apenas sí había quien atendiese a las faenas domésticas; hasta los ricos y poderosos empezaban a estar tan desvalidos como los pobres.


Quand la mort est si près, l'égatité commence.

Ni aun se cuidaba la beldad de sus atavíos; por donde quiera silencio triste y rezos y llanto y quejas y repugnante espectáculo; pero aun así no faltaba quien velase por los mundanos intereses. Del palacio de la reina de Chipre salía una góndola escoltada por soldados Dálmatas, con dirección al continente: en ella iba Catalina. Los muros de un castillo, so pretexto de que la epidemia la hacía peligrar en la ciudad, y de que el Senado debía ver por la preservación de su hija predilecta, se abrieron para cerrarse tras ella con fuerte custodia.

Entraba Paolo a poco en casa de Anzola.

-Madre mía, exclamaba. ¡Cuántos horrores! tomad esa reliquia de San Teodoro; acaba de dármela el padre Antonio. Sea ella para vos un preservativo contra la horrible enfermedad. Cansado estoy de trabajar, añadió sentándose; una semana como este día y no habrá en Venecia quien lo cuente. ¿Sabéis a quien acabamos de enterrar?

-¿A quién, hijo mío? preguntó alarmada Anzola.

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-Oh! no os apuréis, que si esto sigue, creo que no habrá aliento para quejarse ni lágrimas que derramar; muchas madres he visto hoy que lloraban. ¡Oh! ayer era sólo en el traghetto, hoy es en todas partes... he perdido la cuenta.

-¿Pero a quién me decías, hijo mío, que habíais enterrado?

-A Tomasso el Castellani, respondió Paolo; el que me disputó el premio en la regata. En mis brazos murió. Dios sabe quién podrá hacerlo con nosotros mañana. ¡Nunca he visto una cosa semejante! y lo peor es que mueren sin confesión porque los padres no dan abasto; pero Dios tendrá misericordia y no se condenarán.

-Y tú hijo mío, ten cuidado; ve que vas a contagiarte, exclamó Anzola inspirada por el egoísmo materno.

-¿Qué queréis, madre? No está bien tener asco ni miedo cuando se trata del deber. Por lo mismo que el pobrecillo Tomasso era Castellani y lo vencí en la regata, debí ser humano con él; y no es ese al único a quien he asistido: Giuseppe, el de las coplas y los brindis en nuestras cenas, está también muy malo...

Pero hablando de todo; ¿sabéis, madre, que hay una cosa que me causa suma extrañeza? Al salir hoy de aquí a mediodía, me dirigí a casa de Sirena para saber de su salud, en estos días en que la salud es un bien tan precioso, porque al fin vos recordaréis que a ella debemos el favor de mi libertad, y es justo que uno se entere de cómo le va: pues bien, me dijeron que había vedado la entrada a todo el mundo, y por más que hice, nada; no me dejaron pasar de los umbrales. Fuime en seguida a casa del almirante a ofrecerle mis servicios como de costumbre, pues así me lo tiene prevenido y supe... ¿pero qué? si no puedo comprenderlo: sus criados Jácomo y Bepo, los únicos que han permanecido allí, estaban desconsolados, ¡había un misterio en la casa! Su amo había desaparecido. Por más que traté de saber, si podría presumirse el lugar en que debiera darse con él, nada, ni la más leve noticia; lo peor es que según informes que he tomado, ni ha ido abordo, ni al arsenal,   —473→   ni a casa de la señorita Perla, quien, sea dicho de paso, se halla de nuevo en el convento desde ayer mañana. A la verdad que esto me tiene inquieto. Dícenme sólo los criados que anoche salió de casa el almirante a una hora bastante avanzada. En estos tiempos que corren, yo no puedo parar hasta que no sepa que ha sido de mi buen protector, de mi valiente y querido almirante. ¡Ah! si ha sido víctima de ese maldito mal que Dios confunda, buscaré su cuerpo; sí, lo buscaré, y le daré la sepultura que merece. ¡Tan bravo marino, morir en medio de las tinieblas y víctima de una muerte tan horrible y tan sin gloria! Al menos si le encuentro, podré hacer que el padre Antonio rece algunas oraciones por su alma y bendiga sus restos. ¡Oh! deseo que llegue el día.

En esto tocaron a la puerta.

-¿Quién? preguntó Anzola yendo a abrir.

-Yo -exclamó Carlo, camarada de Paolo.

Abriéronle y entró. Su semblante mostraba la más viva inquietud.

-¿Qué traes, Carlo, qué acontece? expresaron Anzola y Paolo.

-Acabo de saber en este momento, respondió el interrogado, yendo a ver antes si la puerta estaba bien cerrada o si habría algún extraño que pudiese oírle.

-¿Qué? replicó Paolo con impaciencia.

-Que el almirante Honorio ha sido según dicen, preso por el Tribunal de los Diez.

-¡Ah! expresó Anzola con sorpresa.

-Bien lo temía yo, repuso Paolo; esos diablos no duermen ni aun cuando media ciudad yace en el sueño de los sepulcros. Era un presentimiento sí, el corazón me decía que algo extraño indicaba su desaparición. Ven, Carlo, dijo con rapidez, ven, o no, quédate acompañando a mi madre, yo voy... no puedo soportar mi impaciencia.

-¿A qué, hijo mío? ¿adónde vas? exclamó Anzola con zozobra.

-A inquirir, a saberlo que haya de cierto en esto, a saber qué suerte puede esperar a mi querido jefe. Adiós, adiós.

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-Pero, hijo mío.

-Es un deber, madre, tened paciencia, volveré presto.

Y al decir esto había ya traspuesto los umbrales.

-Ve, corre, Carlo, acompáñale, guíale, impídele que en su celo por su protector, vaya a comprometerse con algún disparate.

Carlo salió, sin replicar.

Anzola quedó sumida en la mayor inquietud.

Paolo acaba de volver a su casa. Está pensativo y sombrío. Cuantas diligencias ha practicado, han sido infructuosas. Nadie sabía de Honorio, ni era prudente preguntar a todo el mundo. La ciudad estaba muda como un espectro. La mayor parte de los pudientes habíanse refugiado en la tierra-firme; los establecimientos públicos estaban cerrados; los templos cuasi solitarios, los enfermos morían en las calles o en las desiertas casas, abandonados hasta de sus parientes; en medio de aquel silencio fúnebre oíase sólo el lúgubre y débil gemido de algún enfermo en la agonía, o los pasos de los que, por pura caridad o un resto de orden público, conducían en hombros o en camillas algún enfermo a los hospitales o los cadáveres a la huesa.

Los criados de Honorio Morosini continuaban ignorando el paradero de este. Vivía tal vez, pero ¿qué importaba la vida en aquellas tumbas, que no eran otra cosa las cárceles de Estado con sus fuertes muros y sus ferradas e inflexibles puertas? Calabozos en que el silencio era acaso precursor de terrible agonía y de ignorada muerte.

No quedaba duda a Paolo de que su general estaba próximo a ser víctima de alguna trama. La conducta que habían tenido para con él y las preguntas que le habían hecho sus misteriosos jueces, eran indicios bastantes a mantenerle en esta sospecha. No podía comprender qué móvil llevaría a aquellos hombres a perseguir a un general ilustre en quien no veía delito, a no ser que se reputase tal, el justo renombre que había alcanzado. El asunto era pues poco diáfano para él; pero por lo tanto, todo lo temía de aquel tenebroso manejo.

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-Madre mía, preguntó a Anzola que contemplaba apesarada su cavilación. Una noche, hace tiempo, comenzasteis a contarme una historia referente a cierto patricio condenado a muerte y al cual se permitió poner a otro en su lugar, mediante la suerte que había de decidirse en el saco de judías. La plaza de San Marcos estaba llena de gente, me decíais; un joven había probado con tenacidad y por varias veces el expresado azar; el grano negro estaba en sus manos; mostrando aquel grande alegría porque el destino le hubiese dado un medio de morir por el patricio. En esto quedasteis. ¿Fue acaso admitido al reo el cambio?

-Sí, repuso Anzola, el joven murió con valor y hasta con el placer, que, según nos cuenta el padre Antonio, brillaba en el rostro de los mártires al morir; el patricio fue sólo condenado al destierro. El joven, a quien no conocía, ni conoció nunca el patricio... era su hijo.

-¡Ah! ¡qué luz, qué pensamiento! exclamó Paolo con una consternación febril no fácil de pintar. Aquella historia, cuyo fin acababa de saber, despertaba en su mente una idea que reflejaba sobre la simpatía que, hacia Honorio Morosini, había sentido siempre su corazón.

-Madre mía, continuó, por piedad, habladme, tendré valor para escucharos, para saber la verdad. El corazón me dice que mi situación tiene algo que ver con esa historia cuyo fin acabáis de referirme. El almirante está condenado sin duda a muerte; él, mi bondadoso protector, a quien siempre mi alma se ha sentido inclinada. ¡Ah! recuerdo ahora que cuando estuvo a punto de morir en uno de los combates, sentía que una voz interior me decía: ámale, sálvale: vos me habéis dicho que mi padre vive; ¡oh! sí, yo he escuchado que la voz interior me decía: salva a ese hombre, porque ese hombre es... tu padre. ¿No es verdad, madre mía, no es verdad?

-Sí, exclamó Anzola abrazándole. En vano te ocultaría la verdad; Honorio Morosini es tu padre.

Renuncio a contar la enajenación que produjo esta respuesta en el alma del mancebo. ¡En qué situación descubría el secreto de su cuna!



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ArribaAbajo- X -

Acaba de amanecer. La fiebre de Sirena ha cesado; la alcoba está envuelta en tenue claridad. La enferma se siente un tanto despejada. El médico ha prohibido la entrada allí, pero ¿quién habrá de ejecutar sus órdenes? No queda a Sirena otro criado que la fiel Julieta que, con la abnegación de su sexo, no ha consentido en abandonar a su señora. Hafiz y ella son los únicos que no han muerto, no están postrados o no han huido de aquella casa al parecer maldita.

Paolo, cuán desesperado y lleno de angustiosa ansiedad llega a las puertas del palacio. Nadie lo detiene; sigue a los patios, donde hay más de un cadáver envuelto en sus fúnebres sudarios; sigue a las salas, a las habitaciones; acaban de salir de ellas dos hombres enmascarados, armados de puñales; llevan consigo algunos objetos preciosos, huyen al verlo: son dos ladrones que benefician la general consternación. Paolo continúa andando a través de los corredores, de los desiertos y saqueados salones; los agonizantes gemidos de algún moribundo le guían en su marcha. Ha llegado el momento en que la epidemia, como decía Paolo a su madre, ha secado los ojos de los dolientes. La indiferencia, el abandono de la vida comienzan a reinar. El terror es mudo, cuasi desparece ante el estúpido estoicismo que el gran dolor y la gran zozobra han engendrado.

Llegó Paolo a la alcoba de Sirena. Sólo Julieta le había visto, pero ¿cómo impedirle la entrada? El semblante del mancebo mostraba la ansiedad, la resolución.

-Señora, exclamó Paolo acercándose al lecho de la enferma; mi padre está preso, quizá condenado a muerte; ¡ah! vos que podéis tanto con el Senado, ofreced mi sangre, mi vida, y estoy pronto a darlo todo por él.

-¡Vuestro padre! murmuró la dama sorprendida.

-Sí, mi padre; el almirante Honorio Morosini es mi padre.

-Honorio, vuestro padre; preso, condenado a muerte,   —477→   decís?... exclamó Sirena haciendo un esfuerzo para comprender mejor; sus palabras y gestos tenían una expresión que no era fácil calificar: una expresión que tan bien podía ser de gozo, como de amargura. Quiso sentarse en el lecho; los dolores más agudos la rindieron haciéndola dar un alarido espantoso: perdió el conocimiento.

En vano Paolo trató de hacerla oír sus palabras; llegó Hafiz a imponerle silencio... Salió aquel de la alcoba y de la casa, desesperado.

Habían transcurrido algunos días. La peste ya no era tan cruel en sus estragos. El terror había disminuido un tanto y el buen orden público y las medidas higiénicas comenzaban a influir en la decadencia del mal.

Sirena entraba en convalecencia; pudo al fin dejar el lecho. Grande era su afán por conocer qué sería de su desmedrada belleza. ¡Un espejo! fue su primera palabra.

-¡Ah! exclamó crispando sus manos, ¡Hafiz, estoy horrible!

Su rostro era el despojo de una repugnante llaga que siempre dejaría en aquel su desagradable huella. La hermosura que había sido el talismán de su poder, se convertía al perderse, en su mayor tormento.

-¡Miserable de mí, exclamó desesperada... miserable de mí!... prefiero la muerte, el infierno. Hafiz, Hafiz, vos que podéis tanto, añadió con la más dolorosa agonía, vos que podéis tanto... la belleza o la muerte... ¡Ah! os lo pido a vuestras plantas, besando vuestras rodillas... Hafiz, ¿no sabes tanto? tu ceño me lo dice... ¡miserable! qué se hizo tu ciencia, tu ciencia tan decantada... maldita sea... Mira mi rostro... ¿No es verdad que estoy horrible?... ¡Ah! ya no soy aquella... Sí, un año de... vida, hermosa como antes... y después el infierno.

Su dolor, sus convulsiones eran espantosas; su ánimo abatido por la enfermedad, recobraba ahora su energía ¿para qué? para llorar mejor la pérdida de sus encantos. El médico la había hasta entonces engreído, sin duda para tranquilizarla, con que aquella espantosa lepra desaparecería   —478→   dejando sólo tal vez imperceptibles marcas, y ahora veía que hasta sus facciones se habían alterado.

-Hafiz, mis tesoros, mi alma, todo es tuyo si me tornas lo que he perdido.

Hafiz movía la cabeza en ademán de hombre sin fe.

-Me has dicho que te ocupabas en hallar un elixir para conservar eternamente la vida; un elixir para recobrar la hermosura, y todo lo mío, mis riquezas, mi sangre, mi vida, son tuyas. Un momento de penitencia dicen que alcanzaría la salvación; me propondría alcanzarla arrastrándome al pie de los altares, con tal de vivir hermosa. Dime, ¿no podrías convertir estos diamantes, añadió abriendo una gaveta que contenía tesoros increíbles; ¿no podrías hacer con el polvo de estos diamantes, un bálsamo que volviese mi cutis, ¡ay! a lo que antes era? Me has contado que una princesa de tu país recobró su hermosura con un ungüento de diamantes que le dio una maga, ¿no podrías tú hacer lo mismo? ¿no conoces tú ese secreto?

-¡Qué, señora, es un cuento, sólo un cuento de mi país! La hermosura es un bien de este mundo y como tal, perecedero... Estoy convenciéndome cada día más, de que los secretos de la naturaleza son caprichos incomprensibles.

Sirena bajó la cabeza con ademán de la más profunda aflicción. Quedaría horrorosa, no había remedio. La flor se había convertido en asquerosos gusanos. ¿Por qué no había verificado antes la naturaleza esta metamorfosis? Algunos males se habrían evitado; no se hubiera torcido tanto el camino de lo justo.

-Hafiz, exclamó de pronto Sirena, dame la muerte... Sí, pero una muerte dulce, sin dolores, tú sabes hacerlo...

En esto entró Julieta, dando un papel a su señora; un hombre enmascarado acababa de entregárselo con expresa condición de ponerlo en sus manos.

Sirena abrió y leyó el pliego; contenía sólo estas palabras: Un castillo y un convento para ellas; para él, Orfano: estáis vengada.

-¡Ah! exclamó Sirena llena de un gozo igual a su   —479→   amargura. Hafiz, la muerte... ¿lo entiendes?

Aquella misma noche hallábase el infeliz Paolo sentado junto a un poste de la Riva junto a las prisiones del Estado que, como el lector sabe, están unidas al palacio Dogal por el famoso puente de los Suspiros. Sus ojos ya sin llanto, habíanse cansado de contemplar aquellos silenciosos muros ¿tras de cuál de ellos gemiría agonizando su infeliz padre? Abismado en su pesadumbre, rendido de cansancio su cuerpo, sumiose su espíritu en una especie de alucinación parecida al sueño. Verdugos, una víctima, sangre... tales eran las imágenes que cruzaban por su mente; oía el lamento de la víctima; era la voz de su padre... intentaba volar en su socorro... deteníale el espanto... tenía ante sí un lago de sangre que le apartaba de aquel suplicio... En esto sintió el peso de una mano que oprimía su hombro. Alzó el infeliz los ojos y vio junto a sí a un gondolero que, con pasos vacilantes, presentaba algunos síntomas de embriaguez. Era Fontano que, siempre inclinado al vino, se había propuesto ahuyentar o ahogar en espíritu el terror que le causaba la epidemia.

-Paolo, exclamó Fontano, mira, por allí.

-¡Qué! interrogó Paolo sorprendido.

-Anoche, respondió, venía yo por el Canal Orfano, de pronto fui detenido por una cuerda que cortaba el paso; daban las estrellas alguna luz, y pude ver que de una góndola arrojaron al agua un bulto, como de cuerpo humano, que al instante se fue al fondo; huí sobrecogido... Dicen que en ese canal... mas no, ¡silencio! exclamó Fontano dando un grueso traspié que casi le derribó... ¡oh! pobre del que... ¡oh! más vale estar borracho... el vino, el vino le impide a uno ver y sentir muchas cosas.

-Maldito sea tu vino, exclamó Paolo lloroso y desesperado... ¡ah! si no fuese por él podrías servirme ahora... Sí; Fontano, amigo mío, te necesito...

-¿A mí?...

-Sí, para que me muestres el lugar en donde fue ahogada   —480→   esa pobre víctima... Sí, porque esa víctima era sin duda mi desdichado padre.

-¡Tu padre!... pero no, no podremos hallar el cuerpo... no recuerdo bien el lugar... se fue a fondo... inmediatamente.

-Ven, guíame, le buscaremos, le daremos sepultura aunque muera de dolor sobre sus restos. Aunque no sea permitido sondar en el canal Orfano... tratemos de hacerlo ¡oh! el corazón me lo manda...

Sin duda sus diligencias fueron inútiles; Paolo doblegó su frente ante esta nueva certidumbre, ante este nuevo dolor.

Llegó la madrugada. Sirena dormía profundamente. A la poca luz que daba una bujía, podía verse su sonrisa casi deleitosa. La asquerosa lepra no había podido borrar aquel rastro de la pasada belleza; sus dientes blancos y hermosos descubríanse a través de sus labios un tanto abiertos y que a pesar de no ser los mismos que en un tiempo ostentó aquella mujer, cual poderoso medio de triunfo, conservaban algunas graciosas líneas que hacían más notorio el contraste con el resto. Una mascarilla cubría lo demás del rostro, pues tal había sido su último encargo a Hafiz. Era la coquetería de la muerte. La orgullosa beldad no quería ser vista, sin duda para conservar hasta en la tumba su reputación de hermosa. La máscara había sido su rostro durante la vida, con máscara debía ser enterrada; así podría continuar engañando hasta a los gusanos de la huesa.

Entró el persa, acercose, examinola. Vive aún, dijo, pero ya es tiempo... Encendió otra bujía procurando dar la mayor posible luz a la dormida. Abrió una cajita que llevaba consigo: sacó una especie de instrumento cortante. Descubrió el seno.

-¡Ah! si pudiera ser, exclamó; ¿si esta vida tan enérgica pudiese ser sorprendida en su actividad?... grandiosa luz que la naturaleza oculta... ciencia querida, rasga el velo con que cubres tu belleza... mira que soy tu más sumiso adepto; tu más amante hijo... Valor, a ello... ¡ay! de vosotros, espíritus diabólicos, ¡ay! de vosotros si llego a conocer vuestro secreto... ¡Valor   —481→   y a ello!... Dijo y sumió el cortante hierro en aquel seno un día tan hermoso y que aún palpitaba... Un suspiro murió en los labios de la ex-hermosa... un suave estertor, una leve contracción revelaron que ella había pasado a ser cadáver. El persa despojó de su seno la membrana vital; de en medio de un lago de sangre, salió entre las manos de Hafiz aquel corazón que tanto había latido con el fuego de la soberbia y de la ambición.

Una pequeña urna sirvió de féretro a aquella entraña palpitante aún; teñido el hierro y las manos en sangre todavía humeante y conduciendo aquella urna, salió Hafiz precipitado de la habitación.

A poco abriose la puerta secreta que conocemos; acercose Loredano al lecho de la muerta, la quitó la mascarilla, aplicó una luz y vio aquel rostro y aquel seno cubiertos de sangre.

-¡He aquí en lo que paran las hermosas!... Vamos, el mundo suele ser de las Sirenas, pero lo es mucho más de los Loredanos, dijo y saliose por donde había entrado.








ArribaAbajoEpílogo

Dos horas después de lo ocurrido, una góndola bogaba por uno de los canales que conocerá el lector si recuerda el rapto de Perla. En aquella iba un féretro que contenía el cadáver de uno de los personajes que más se han distinguido en esta historia. El gondolero conductor también es conocido. Su remar es lento; en su fisonomía puede leerse el más profundo pesar. Va cumpliendo un deber. En un tiempo, con cuán distintos sentimientos había cruzado los mismos canales, expresando su ternura con aquellos gratos versos:


Cuando la llevo alegre
sentada aquí en mi góndola...

¡Ay! los tiempos habían cambiado.

El desdichado hijo de Anzola, en una época en que   —482→   cansados los brazos y medrosos los corazones, no era estímulo suficiente el oro para hacer transportar a un cementerio al ser querido que el amigo, el amante, el padre o el esposo estaban expuestos a ver insepultos; hacía una verdadera obra de caridad. Agradecido a bondades que imaginaba haber recibido y fiel a sus antiguos sentimientos, había dejado su cabaña para saber si, la que él creía su bienhechora, estaba fuera de peligro o necesitaba los últimos auxilios. Sus brazos y su góndola habían recibido aquel cadáver elocuente a su corazón para llevarlo al debido sepulcro. Cuán diferentes estos momentos de aquel día en que Sirena gozosa y llena de gracia saltaba en su esquife exclamando: Gondolero, llevadme. Al Lido. ¡Ah! si hubiese podido él decirla ahora: ¡flor del Lido, hermosa como él, buenos días!

Llega Paolo con su muerta al convento en cuyo subterráneo debía sepultarse a Sirena, por estar allí el panteón y capilla de los Gradenigo. Allí Paolo y su constante amigo Carlo pusieron en tierra el cadáver. La epidemia todavía reinante, aunque no tan poderosa ya, no permitía aun exequias. Las de Sirena, que prometían ser pomposas, quedaban aplazadas para más serenos días.

La iglesia estaba dispuesta para el oficio divino; algunos devotos la habían escogido como refugio consolador en los azares de la peste.

Resonaba el salterio y los cánticos sagrados. La musa del profeta de las lamentaciones llenaba aquellas bóvedas con sus ayes. La calamidad que temía el profeta había ya caído sobre la Jerusalén corrompida. Entonces aquella multitud cantaba de rodillas el himno de las misericordias. Bastante había pagado el pueblo de David la fatal hermosura de Betsabé.



UNA VOZ

Pero ensalzaste, oh Dios, la altiva diestra
de crueles enemigos; fue cubierto
de ignominia y dolor el siervo tuyo,
y abreviaste los años de su tiempo.
—483→

EL CORO

¿Hasta cuando, Señor te has apartado?
¿tus iras arderán como arde el fuego?
¿Tus antiguas, oh Dios, misericordias
adonde, oh buen Señor, adonde fueron?

Desde su coro que velaba la menuda celosía, la voz de las madres se mezclaba a este salmo de la abatida gente. Aquel canto parecía decir al Altísimo «Señor, tú que perdonaste a la adúltera y sanaste a los leprosos; perdónala, sánala en tu misericordia. Tú que sufriste la muerte y la ignominia, ella ha muerto también, Señor, más con la ignominia del pecado. Tú que pediste al Padre que apartase de tus labios aquel cáliz tan amargo; aparta de su alma el cáliz mil veces amargo de la eterna condenación. Perdónala, que no sabe lo que ha hecho; recibe en tus brazos su espíritu: misericordia, Señor, misericordia, Señor.» El salterio, la melodía de aquellas voces sagradas, el eco de aquellas dulces palabras de perdón, hacían de aquel templo una mansión inefable; parecía escucharse la voz de los ángeles pidiendo por uno de ellos perdido en las tinieblas del mundo; parecía la voz del corazón solitaria en el desierto de la melancolía, entre las ruinas de las ilusiones; parecía que al resonar aquellos himnos en el espacio, este se anonadaba y al través de su nada misteriosa, imaginábase uno oír la voz de un supremo ser de justicia que absolvía y que perdonaba.

Un hombre que hasta entonces había estado en un rincón del templo, absorto en aquel cántico celeste, que sin duda llevaba en el corazón el desierto de la melancolía, las ruinas de su fe y de sus ilusiones, un alma de esas que, muertas para el mundo, han dejado sólo en él su sombra como testimonio de un dolor eterno; salió por un instante de su arrobo místico arrastrado sin duda por misteriosa curiosidad, para ir a ver el cadáver quo acababan de traer. La tapa del ataúd fue levantada para decir el réquiem a la muerta, y el curioso al reconocerla,   —484→   lanzó una exclamación de horror; golpeose la frente, y en ademán desesperado apartó su vista de aquel cadáver. Cuán desfigurado ¡ay! aquel rostro por cuya sonrisa hubiese dado él en otro tiempo hasta su salvación.

En esto era cuando decía el coro de las vírgenes: Recibe, Señor, en tus brazos su espíritu; misericordia, Señor; misericordia, Señor, repitió el mancebo con el coro. ¿Pediría para él una parte de aquella misericordia? ¡Infeliz Ruggiero! En este instante alzó los ojos y vio al través de las celosías un rostro de virgen, cuyo velo parecía una toca de serafín y cuyos ojos azules y llorosos se elevaban al cielo, dulces como su voz. Era Perla, ¿pediría también para sí quizá, para algún ser, misericordia?

Ruggiero leyó en aquella dulce mirada una invitación a gozar del amor puro, ideal, que era aspiración esencial de su espíritu, que tanto había ambicionado y que sólo podía hallar en... un ángel... en el cielo.

Hafiz, cargado con su urna y con los ricos presentes que de Sirena había recibido, volvió a su patria, en donde ya no tenía que temer a su tirano perseguidor. El Shah que quería perpetuarse, había muerto suspirando por el elixir de la vida que aún no se ha encontrado.

Paolo tornó a remar en sus lagunas; ya no cantaba porque su luto era luto del corazón; eterno.

Anzola vivió para su hijo. Se había acostumbrado a no contar con otra cosa en la tierra.

Carlo y los demás gondoleros compartían la tristeza de su buen amigo Paolo. ¡Le querían tanto! Entre ellos Fontano, que llegó desgraciadamente al extremo del vicio, la tomaba con pedir, en sus borracheras, cantos a la Flor del Lido y con hablar a medias de cierta aventura nocturna del Canal Orfano, a cuyo horrible memoria sentía erizársele el cabello.

Catalina Cornaro sufrió mucho con los afanosos y amables cuidados que le prodigaba la Señoría, hasta que anocheció y no amaneció.



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ArribaConclusión

A Jacobo


Así acabó la Antigua Sirena del Adriático. Si meditas un poco sobre esta mi leyenda, amigo mío, podrás observar algunas semejanzas que justifiquen la calificación de alegoría, que, según mi intención, debe convenirle.

Sirena subió del Lido a las riquezas y al poder gracias a sus condiciones físicas, así salió de una tribu de pescadores a dar la ley al mundo aquella temible oligarquía. Su mañoso ingenio, su invariable astucia mantuvieron en sus manos por siglos aquel cetro poderoso; como esta, abusó, intrigó, despotizó; como esta, después de una serie indisputable de triunfos, nada generosos en sus resultados, y vencedora de sus rivales, murió dejando un recuerdo de belleza, de hipocresía, de misterios, de lauros, de poder, de delitos y de miserias. La peste que ocasionó sus tormentos, puede compararse a la influencia de Chipre y del Oriente que corrompió las costumbres de la república. El egoísmo la aisló dejándola frente a frente, dormida ante su asesino. La muerte voluntaria con que termina cuando ya no la es dado continuar sirviéndose a sí misma, es el digno fin de aquel egoísmo. Así se dejó matar, en indolente marasmo incomprensible, la gran república véneta. Llegó un día en que el sol iluminó esplendoroso, y la astucia se halló petrificada y la hermosa piel se vio llena de repugnante podredumbre.

Hafiz representa en esta leyenda el Asia, el Oriente sirviendo con su industria las miras de Venecia. Y cuando empuña el instrumento para arrancar el corazón a Sirena, es la ciencia de hoy ganosa de estudiar la máquina de aquella gran república; cuando parte para su tierra llevándose aquel corazón, es el Oriente que se retira llevándose la vida de Venecia, que alimentó por tanto tiempo.

Gradenigo representa el sibaritismo de la opulenta oligarquía.   —486→  

Honorio, es la gloria, castigada por un civismo que recela hasta de sus propios lauros.

Loredano, el genio ambicioso e intrigante, representado en aquellos tribunales terribles y misteriosos.

Ruggiero, las bellas artes que florecen sin hacer la felicidad de sus adeptos y que sobreviven hoy, como una hermosa memoria, en obras inmortales.

Anzola, la víctima de la diferencia de condiciones en donde parece que no debían existir, atendidos el origen y la historia de la república.

Catalina Cornaro, la suspicacia colonial de Venecia. Perla la virtud cívica perseguida y en clausura allí, sobreviviendo con la vista en el cielo en pos de una fe para el porvenir.

Y por último, Paolo, el pueblo de Venecia siempre ignorante de las verdaderas causas, sorprendido y silencioso ante los temibles efectos, y confiado sin embargo en que la oligarquía (es decir, Sirena) había sido su bienhechora.

Sirena renacerá tal vez en Perla, es decir, regenerada por la cívica virtud; la estética física será entonces el albergue de la estética moral; pero en tanto bien podemos decir a la Sirena del Adriático «Hermosa muerta, duerme y descansa en paz.»

Adiós, Jacobo; estaré contento si la leyenda no te ha desagradado.

Tuyo de corazón.

ALEJANDRO.

P. S. Debo recordarte que Catalina Cornaro es el único personaje realmente histórico que contiene esta leyenda, dama que comenzó a figurar por los años de 1469; los demás son tipos puramente verosímiles, en mi concepto, según la historia de aquella nación. No hacía a mi propósito fijar época histórica a esta leyenda, antes al contrario he pretendido darlo, en lo posible, un carácter general en punto a tiempos, y así debo hacerte notar que el anacronismo que en el episodio de Catalina Cornaro pudiera advertirse, así como la ficción de las demás particularidades referentes a sus relaciones con Honorio Morosini, han sido del todo intencionales.