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No así el jesuita Miguel de Olivares, que sin objeción que oponer al relato de los hechos en sus líneas generales, disiente y aun califica de inverosímil alguno en particular, verbigracia, la entrada de Tucapel en el fuerte, a que acabamos de aludir; si bien a renglón seguido y bebiéndolo en la misma fuente, que se portaron allí con notable ardimiento los españoles que nombra el poeta y, entre ellos, don Alonso de Ercilla, «que tuvo opinión de valeroso, igual
a su mucha nobleza»
1271. Empero, aun en medio de sus reservas, deja escapar en la relación de uno de esos hechos cuya verdad niega, una frase que bien permite percibir el concepto en que bajo el punto de vista de la fidelidad histórica era
considerado el autor de La Araucana: «pues, ¡cómo, dice, lo creemos de Tucapel porque lo dice sólo Ercilla!»
1272
Sería cosa de nunca acabar si hubiéramos de proseguir por este camino; pero no podemos dispensarnos de enumerar, aunque más no sea, lo que los historiadores chilenos contemporáneos han pensado respecto al punto de que hablamos. Ahí está don Miguel Luis Amunátegui, qué en su Descubrimiento y conquista de Chile se aprovecha en cuanto pudo de los datos de La Araucana, alguno de los cuales discute1273; Vicuña Mackenna, que a cada paso la utiliza para su Lautaro; Barros Arana, el más erudito y prolijo de nuestros investigadores, que ha dedicado un largo artículo a juzgar al «historiador más antiguo de Chile», refiriéndose a Ercilla, con lo que bien deja subentendido ya cómo le consideraba, calificando su obra de «un notable tratado de historia y de geografía de este país1274.
Muy poco después, un escritor alemán bastante conocedor de la historia de Chile, tomando por base la obra de Barros Arana y con presencia de los dictados de algunos de los antiguos cronistas, emprendió por su parte un análisis de La Araucana bajo el punto de vista histórico, siguiendo casi paso a paso la relación de Ercilla, para llegar a la conclusión de que los hechos narrados por él, excepción hecha de los encarecimientos poéticos, fáciles de descubrir, revisten la mayor exactitud1275.
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Brilla por sobre todos esos juicios con la luz que han podido proporcionarle documentos que los autores de aquéllos no conocieron, el de don Crescente Errázuriz; que en su estimabilísima historia del gobierno de Hurtado de Mendoza en Chile, en la cual examina y discute tantos y tantos de los hechos apuntados por Ercilla, le sigue casi sin reservas, -con excepción de uno capitalísimo, debemos advertirlo-, para llegar a la conclusión de que «si afirma algo como testigo, una fecha,
un hecho no relacionado con lo que su imaginación de poeta presta a supuestos o verdaderos héroes, cosa facilísima de distinguir, puede recoger la historia sus aseveraciones con entera confianza»
1276.
Finalmente, Thayer Ojeda, el minucioso analista autor de Los Conquistadores de Chile, que tan bien conoce los documentos, afirma que «demostraría no conocer la historia patria, quien no viese que La Araucana concuerda con ella en sus líneas generales. Sólo en los detalles cabe el análisis de la obra»
. ¿Y cuáles son esos detalles que tal salvedad le merecen? Pues ni más ni menos que los ligerísimos incidentes relativos a las biografías de algunos pocos de los soldados mencionados por él en su poema que quedan apuntados en la Ilustración respectiva; y eso, porque, «como ya se ha dicho, Ercilla sólo es testigo de parte de los acontecimientos; los demás narra de oídas: de ahí nacen algunos de los errores de su obra»
. Y luego, salvando aún más la responsabilidad del poeta-historiador, «que en lo pertinente a la memoria de los guerreros, Ercilla es el más fidedigno de los cronistas, no obstante los pocos yerros anotados»
1277.
De más pudiera parecer, después de esto, la tarea que nosotros intentamos en la presente Ilustración y que, de seguro, no haríamos si no tuviéramos en mira seguir más de propósito los hechos referidos en La Araucana sacándolos en parte del amplio cuadro en que se desenvolvieron, propio de la historia general, para proceder a justipreciarlos en sus detalles, algunos de ellos simplemente enunciados hasta ahora y no pocos, tal vez, del todo olvidados. Pero... no tenemos espacio para ello y habrá que dejarlo para otra oportunidad.
Ofrecimos que en este camino presentaríamos primeramente el programa a que Ercilla se propuso ajustarse en sus cantos, y por él vamos a comenzar.
Ya desde el principio y antes de empezar su relato, Ercilla advertía al lector que se resolvía a imprimirlo, considerando que se trataba de una «historia verdadera»; al iniciar su primer canto, proclamaba muy en alto que
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y casi ya al terminar la Primera Parte del poema repetía que en toda ella no trataba de cosas ajenas a la guerra que iba contando,
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«tan propia en un soldado, como la espada y el coselete»
, según lo hacía notar el alférez Luis de Valdés en su elogio a Mateo Alemán1278.
Áspero y de poca variedad había sido hasta entonces el sendero seguido, por efecto de que su obra no contenía sino una misma cosa y «por haber de caminar siempre por el rigor de una verdad»
1279, tanto, que hablando por boca de Belona, ésta
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le autoriza para que adorne sus cantos con algún episodio en que pudiera su ánimo ensancharse,
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le dice. Y más adelante, cuando ha referido a la larga una revista en que se ve figurar a los indios, e inculpaba al Amor, que le importunaba con sus recuerdos, -deslindando así cuál era lo que debía tenerse por simple adorno de los hechos verdaderos que contaba-, tiene cuidado de advertir que vuelve a la historia; y, por último, en los versos con que da remate a la Segunda Parte, que se le perdone si deja «destroncada la historia» en ese punto.
Para acreditar más aún la exactitud de ésta, previene, asimismo, las circunstancias en que había escrito La Araucana. En su dedicatoria a Felipe II dice, pues, que lo hizo «entre las mismas armas, en el poco tiempo que dieron lugar
a ello»
, y dirigiéndose al lector refuerza esta misma circunstancia, expresando que «porque fuese más cierta y verdadera, se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios»
a que en ella se alude.
En algunos casos llega hasta señalar el momento en que escribía; así, por ejemplo, luego de levantado el fuerte de Penco y la víspera del día del ataque que le llevaron los indios, cuenta que
Y cuando poco después de ese asalto refiere que estaba
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Todavía, hasta podemos señalar en una ocasión el día preciso en que redactaba, pues al contar el milagro que decían haber ocurrido en la Imperial, expresa que eso sucedía mediado Abril de 1558:
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A eso contribuían también las numerosas ocasiones en que habla de sucesos en los que tomó parte, -ya indicados en su biografía-, y de las veces en que pasaron ante su vista, pues
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cuidando, a la vez, de prevenir, cuando ha terminado ya la relación de los acaecidos en Chile hasta que se preparaba en el Perú la expedición militar de don García Hurtado de Mendoza, que él no se halló presente a ellos. Y en ese punto es cuando formula por extenso su programa de historiador: los medios de que se valió para sacar en limpio la verdad; la participación que le cupo en los hechos que iba a contar desde —418→ ahí en adelante; la voluntad con que emprendía la tarea y los pocos años de edad que entonces tenía, que si podían ser estorbo para que se le diese el crédito a que aspiraba, tal falta se hallaba compensada con el celo que a escribir le movía. Véase cuánta sinceridad respiran sus palabras:
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Insiste aún con mucha frecuencia en su propia participación en los sucesos. Habla, verbigracia, del acto en que cortaron las manos a Galbarino y cuida de decir «yo —419→ presente»; de cómo triunfaron al fin los españoles en Millarapue por el empuje del «escuadrón postrero»,
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cómo, por el contrario, no se halló presente al suplicio de Caupolicán, a cuya causa, en cambio, pudo oír las palabras que pronunciara don García al llegar «al término de Chile señalado».
Tal fue el programa del poeta y la manera como se desempeñó en su desarrollo. Antes de entrar a verlo comprobado en su verdad histórica, se hace preciso, con todo, examinar hasta dónde es posible aceptar sus dictados en cuanto atañen a dos de los elementos que aseguraba haber empleado para alcanzarla, cuales son: ¿escribió Ercilla todo su poema entre el fragor de las armas, tomando ora la pluma, ora la espada, según decía? ¿No hay nada en La Araucana que no sea rigurosamente histórico? Se impone especialmente la discusión de esto último, para deslindar, si no fuese así, lo ficticio de lo histórico y no dar como asertos del poeta circunstancias y accidentes que son obra de pura imaginación, pues por no haber sabido distinguirlos, se han deducido consecuencias absolutamente inaceptables.
Una y otra cosa son fáciles de demostrar. Que el poema entero no se escribió en Chile es de toda evidencia. Baste considerar que entre la publicación de la Primera y de la Tercera Parte mediaron no menos de veinte años y que, al dar a luz la Segunda, comienza por decirnos Ercilla que lo hace sólo «por haber prometido de proseguir esta historia».
Sin eso, había que separar desde un principio los episodios ajenos a la guerra araucana, que no podían caber entre aquellos cuya relación expresaba escribía en el teatro mismo de los sucesos, mucho más si se considera que el único verificado en una fecha que coincide con su permanencia en Chile, cual fue el asalto de San Quintín, debió de conocerlo, al menos en sus detalles, en España; ni el de Dido, ni el de la descripción geográfica del mundo implicaban que forzosamente los hubiese escrito en Arauco, ni menos el de la batalla naval de Lepanto y el de la guerra con Portugal, (que no debemos siquiera de considerar) que vinieron a producirse mucho tiempo después del regreso del poeta a su patria.
El aserto de Ercilla de haber escrito «en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios», sólo podemos aplicarlo, por tanto, a los hechos de la lucha entre españoles y araucanos y con especialidad a aquellos que él no había presenciado y que oía de boca de los que figuraron en ellos, que eran los que importaba no confiará la memoria, so pena de confundirlos y no contarlos con toda exactitud más tarde, al menos en sus detalles; que en cuanto a los presenciados por él, era difícil que los olvidara, no hasta el extremo, sin embargo, de que en alguna ocasión no hiciera otro tanto con los que acababan de pasar ante sus ojos, según él mismo lo advertía en una ocasión, cuando dijo:
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Todo está indicando, pues, que la parte del poema escrita por Ercilla en Chile fue la primera y alguno que otro pasaje de las dos restantes. El hecho no se había escapado a la penetración de Voltaire, y en esto le siguieron después Bouterwerck, Sismondi (que llega a esa conclusión por ser aquella Primera Parte la más netamente histórica y la más despojada de adornos poéticos), Raynouard1280 y, por fin, Ticknor.
—420→En cuanto a la otra duda que formulábamos, sería absurdo suponer siquiera que no hay nada en La Araucana que no sea rigurosamente histórico. La índole de la obra, conforme a los propósitos de su autor, era, ciertamente, histórica, pero el carácter poético de que a la vez la adornaba, no podía ni debía excluir ficciones, encarecimientos e hipérboles. Para esto era al fin poeta1281. Pero esos adornos los emplea en circunstancias tales, que a nadie pudieran engañar. Habría que comenzar, en este orden, por decir que el hecho sólo que de los personajes que aparecen en la obra, ya sean españoles o araucanos, hablen en verso, y estos últimos aun en idioma que les era extraño, para afirmar que todo era falso en La Araucana. Nadie, nos parece, llegará a prestar fe a la existencia del mágico Fitón, con la ciencia que el poeta le atribuye, ni a la de la cueva en que se le supone guardaba aquella poma maravillosa que permitía ver lo que pasaba en el mundo; nadie se imaginará ni por un momento que los atildados diálogos de los amantes, o la relación sentidísima de alguna de las heroínas araucanas del poema, ni que el lenguaje empleado por los indios, ni que los discursos de sus caudillos fueron pronunciados tales como aparecen en ella; ni que sus parlamentos y revistas militares ocurrieron realmente como el poeta los describe: en esa parte, éste hermoseó sus cuadros, pero -¡cosa digna de notarse y que puede causar sorpresa a quien no conozca las costumbres de ese pueblo!- los modela siempre bajo principios verdaderos, como eran, la afición de los araucanos a las arengas y la importancia que ellos atribuían a los oradores en sus juntas; y la existencia de agoreros en ese pueblo, que era en él una profesión reconocida y acatada, con nombre peculiar en su propio idioma.
Consideró Ercilla que sería tan obvio en toda parte de su libro separar lo cierto de lo que él ponía de su cosecha, que, con toda discreción no dijo jamás dónde hacía historia y dónde se valía de su fantasía o de fingimientos, para valernos de su expresión. Sólo en una ocasión se vio en el caso de hacer semejante advertencia, por tratarse, en su concepto, de un hecho de tal entidad, en que era necesario deslindar con toda precisión lo cierto de lo fabuloso, cual fue, el momento en que se vio precisado a contar lo que se estimaba un milagro divino. Véase cómo se expresa en ese trance:
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Después de referir ese suceso, agrega que, siempre fiel a su sistema de informarse —421→ de las cosas tan cabalmente como le fue posible, lo oyó de boca de muchos, para concluir por decirnos que en su relato
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«Es cosa facilísima distinguir»
, repetimos aquí con el moderno historiador que más a fondo ha podido estudiar los sucesos que forman La Araucana, «todo lo que en
ella no procede de la imaginación del poeta»
1282; por más que en ocasiones sea perfectamente exacto que «aun en esto procedió con tanta habilidad o con tan buen instinto, y, sobre todo, con alma tan poética, que lo inventa
do se confunde en él con lo verdadero, a tal punto, que La Araucana ha estado pasando por una crónica hasta nuestros tiempos, y hoy mismo que la historia de Chile está tan explorada por la diligencia de sus hijos con ayuda de otros documentos más positivos y prosaicos, es todavía un problema el determinar dónde empieza la ficción y dónde acaba la realidad, sin que el conjunto del libro deje de ser estimado por verídico, aun por los que dudan de aquellas circunstancias que sólo en Ercilla constan»1283.
Alguna alusión a estos hechos, que son bien contados, por cierto, indicábamos ya, y en nuestro análisis hemos de tratarlos con algún detenimiento, dando por ahora la preferencia a la discusión de un punto capital que afecta la verdad histórica del poema en su conjunto mismo, y que conviene, por eso, examinar desde luego: nos referimos a la acusación, si así podemos llamarla, tan válida hasta ahora, de que Ercilla no concedió en su poema a don García Hurtado de Mendoza la figuración que en realidad tuvo durante su gobierno en Chile y que comprende, así, la mayor parte de La Araucana.
Comenzamos, pues, estas apuntaciones históricas considerando con alguna extensión las apreciaciones que mereciera la persona de don García a Ercilla, respecto de quien se ha dicho y repetido de haber sido tan diminuto en ellas, que, sacrificándolo todo a su odio, con menosprecio de su talento y de las más elementales reglas del arte literario, había deslustrado su obra hasta el punto de dejarla sin héroe alrededor de cuyos hechos tenía forzosamente que girar y desenvolverse su epopeya para merecer el título de tal. Qué haya de verdad en todo esto, es lo que ahora nos proponemos examinar, trayendo a cuenta desde luego esas acusaciones, y en seguida lo que respecto al Gobernador de Chile se halla consignado en La Araucana, aquilatándolo con lo que resulta de los documentos, y, por fin, cuáles sean las acciones de aquel personaje que, que según sus apologistas, fueron de propósito omitidas por el poeta.
Apenas necesitamos indicarlo, por ser de todos tan conocido, que Pedro de Oña fue el primero que encabezó aquella falanje de acusadores de Ercilla, y no le bastó el título mismo que daba a su obra, bien significativo de por sí, para que se le contara entre ellos, sino que en su exordio dijo, sin reticencia alguna, a vueltas de otros motivos, que la razón que le hizo fuerza para emprenderla fue
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le expresa a don García, con el siguiente comentario:
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Acusación formidable y que no podían bastar a atenuarla los elogios que al talento de Ercilla y a la «riquísima Araucana» consigna por remate de aquella octava. ¿Creía Oña de buena fe en la verdad de aquella dura calificación con que se imaginaba traducir los móviles del poeta?¿O era todo efecto del apasionamiento de su propio espíritu en favor del personaje cuyas hazañas se proponía celebrar? Juzgando el hecho con menos temeridad de la que él gastó respecto de Ercilla, nos inclinamos a pensar que esto último fue lo más probable; pero, de todos modos, el dardo lleno de veneno había sido disparado y no faltarían quienes lo hicieran suyo y aun lo envenenaran algo todavía.
El jesuita Bartolomé de Escobar, que por los días en que Oña daba a luz su poema trabajaba en reducir «a nuevo estilo» la Crónica del Peino de Chile escrita por don Pedro Mariño de Lobera, acogió de lleno tales acusaciones y procuró explicarlas atribuyéndolas al rencor que Ercilla cobró a Hurtado de Mendoza después de aquel incidente de la Imperial en que lo golpeó con su maza: «le quedó muy arraigada en el corazón, cuenta, la memoria del aprieto en que se vió en este día; y el golpe que le dio don García le estaba siempre dando golpes en él, de suerte que nunca mostró gusto a sus cosas, como se ve por experiencia en el libro que escribió en octava rima intitulado La Araucana, donde pasa tan de corrido por las hazañas de don García, que apenas si repara en algunas de ellas, con haber sido todas de las más memorables y dignas de larga historia que han hecho famosos capitanes en nuestro siglo, así en salir con victorias de las batallas, edificar ciudades y volver a su estado las asoladas, como en las demás cosas tocantes al gobierno y en particular el apaciguar a
los indios y granjearles las voluntades, de suerte que en los dos años que estuvo en Chile, no solamente los dejó en paz y quietud, pero tan afectos a él que lo miraban como a su oráculo y que le llamaban San García, como hasta hoy
le llaman, con haberles hallado, cuando entró en el reino, tan bravos y encarnizados cual nunca jamás habían estado».
Y con esto comenzamos ya a ver enunciadas a la vez las brillantes actuaciones de don García que se dan como preteridas por Ercilla en su poema. Ya tendremos ocasión de observar cómo las ampliaba después en España el insigne Lope de Vega.
Suárez de Figueroa, escribiendo aún más de propósito las proezas de Hurtado de Mendoza, tenía forzosamente que procurar explicar los motivos determinantes del poeta en esa parte, y así dijo, después de contar el lance que medió entre ambos en la Imperial: «El conveniente rigor con que don Alonso fue tratado causó el silencio en que procuró sepultar las ínclitas hazañas de don García. Escribió en verso las guerras de Arauco, introduciendo siempre en
ellas un cuerpo sin cabeza, esto es, un ejército sin memoria de general. Ingrato a muchos favores que había recibido de su mano, le dejó en borrón, sin pintarle con los vivos colores que era justo, como si se pudieran ocultar en el mundo el valor, virtud, providencia, autoridad y buena dicha de aquel caballero, que acompañó siempre los dichos con los hechos, siendo en él admirables unos y otros. Tanto pudo la pasión, que quedó como apócrifa en la opinión de las gentes la historia, que llegara a lo sumo de verdadera escribiéndose como se debía»1284.
Y como si eso no fuese bastante a explicar el silencio que achacaba al poeta, añade que en él debió de influir el mal disimulado encono que profesaba a Francisco Ortigosa, secretario de don García, «porque le parecía anteponía flojamente su persona en las ocasiones»
, aludiendo, al parecer, a que no le había considerado en el reparto de las encomiendas que hizo el Gobernador, rebajando así, aún más, hasta dejarlas en el terreno de las granjerías, las
causas del silencio de Ercilla.
Como preliminar indispensable a la apreciación de la conducta de éste, veamos, antes de seguir adelante, cual fue el comportamiento del poeta respecto de ese hombre, de figuración completamente secundaria en la campaña de Arauco; pues, a pesar de eso, y cuando pudo silenciar su nombre, sin temor alguno de que con tal omisión llegase a enrostrársele una injusticia, dando por cierta la afirmación de Suárez de Figueroa, todavía le recuerda el poeta cuando al contar algunos de los incidentes del ataque de los indios al fuerte de Penco, dice que, entre otros,
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¡Qué mas! Si Ercilla tenía mala voluntad al secretario de don García, -lo que, en caso de ser cierto, no se produciría, de seguro, sin motivo-, supo echársela a la espalda, venciéndose a sí mismo, para reconocerle el loor que se conquistó aquel día.
Hecho este paréntesis, continuemos con lo que veníamos consignando respecto a los cargos de este orden que se formulaban contra Ercilla.
Medio siglo más tarde que Suárez de Figueroa, un poeta que escribía en Chile daba por indiscutible el hecho de la relativa preterición cometida por Ercilla respecto de don García; pero, a la vez, reconocía que de ella sólo él tenía la culpa. Después de recordar la derrota sufrida por Francisco de Villagra en la sierra «donde dejó su nombre y la vitoria, -de quien el claro Ercilla hace memoria»-, continúa:
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Todavía, sin salir de Chile, un historiador de mediados del siglo XVIII seguía admitiendo que existió omisión de parte de Ercilla al referir los hechos de Hurtado de Mendoza, y, sin explicarse de cierto la causa, se ingenia por defender a éste del atentado, que se imaginaba haberla producido. ¡Cuán lejos estaba de sospechar que los argumentos que invocaba a su favor eran, casualmente, la condenación más explícita del proceder de don García en aquel incidente
de la Imperial! Veamos sus raciocinios: «Como ignoramos el motivo, repetimos la admiración de que Ercilla en su Araucana omitió referir algunas de sus ilustres hazañas [de Hurtado de Mendoza], habiendo sido ocular testigo de ellas; quizá
lo ocasionó el hallarse quejoso de su persona, como lo manifiesta en la octava siguiente:
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«Sin duda tanto efecto procedió de una gran causa, la que Ercilla no dice; mas,
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sábese que fue el desacato cometido en la catedral de la Imperial durante se celebraba una misa solemne, como lo expresa el P. Torres en su Crónica Agustiniana. Y antiguo es en el mundo con un rasgo de pluma dar tal giro a la más asentada conducta, y que la haga parecer injusta; y no es dudable de que la sentencia la consultaría don García con el Licenciado Santillán, su auditor, y oidor de Lima, o bien para la ejecución o amenaza, y más contra un caballero cruzado y que había obtenido oficio en el Real Palacio»
1286.
Baste ya de seguir acumulando citas de los que acusaban a Ercilla de vengativo y hasta de torpe, por haber dejado sin cabeza su poema; repetido al infinito por los que después trataron de su crítica literaria, y examinemos ahora cómo se hubo en él respecto del Gobernador de Chile. No olvidemos, sí, para que su vindicación a tal respecto resalte con la verdadera luz que le corresponde, que el poeta escribió y dio a luz cuanto aquí hemos de ver, después que durante largo tiempo el agravio que había recibido de don García continuaba labrando su espíritu, sin poderle hacer olvidar la injusticia que con él se cometió, a su decir.
Pues bien: Ercilla nos presenta a don García en el momento aquel en que los emisarios despachados a Lima por las ciudades de Chile piden al Virrey que se le nombre por gobernador en reemplazo de Alderete: hecho cuya exactitud ha podido discutirse con buenas razones, pero que Ercilla da por efectivo; y aun para revestir de más solemnidad la demanda, el poeta pone en boca de los emisarios un discurso en que le dicen:
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¿Podrían darse frases más halagüeñas para el padre y, sobre todo, para el hijo, a quien le califica como lleno de virtud y de gracia?
Llega don García a la Serena, y usando de un proceder justamente condenado por la crítica histórica, se extrema en actos de autoridad del todo injustificados, cuales fueron, la prisión de Aguirre y la de Villagra, que mandó hacer en Santiago, y el destierro de ambos capitanes, y Ercilla, lejos de vituperarlos, da pruebas manifiestas de considerarlos oportunos.
Cuando de nuevo se ofrece la ocasión de citar su nombre, allá en la Quiriquina, al contestar el discurso del enviado de los araucanos, acto a que el poeta se halló presente, nos le pinta de nuevo con colores bien honrosos para él: hace a Millalauco «un gracioso acogimiento»; le responde en términos discretísimos y no olvida de apuntar los regalos de que colmó al indígena.
Se presenta el caso de contar el asalto al fuerte de Penco, y al hacer la enumeración de los españoles que allí se distinguieron, el primero a quien nombra es a él, refiriendo cómo
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Ocurre luego la ocasión de combatir en campo abierto, y Ercilla pone en boca de —425→ don García un hermoso discurso, digno de un capitán valeroso y experimentado, y, todavía, dicho en términos que conviene recordar:
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discurso en verdad hermosísimo y cuyas últimas frases, propias de un orador y de un valiente, parecen envolver como un anticipado reproche a la conducta posterior de don García con el poeta:
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En el curso de la campaña se ofrece luego aquel episodio en que Caupolicán manda desafiar al caudillo español, y tales son las palabras que Ercilla pone en sus labios, que el mismo portador del cartel
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ocurre en seguida la batalla de Millarapue y el poeta pinta de nuevo al general español en términos los más propios de su alto cargo:
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Cuando de nuevo tiene oportunidad de nombrarle al tiempo de su primera entrada en la Imperial, le muestra como administrador celoso y entendido:
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Y más adelante insiste, todavía, en los trabajos de buena administración realizados por don García:
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Por último, cuando ya todos los que habían de emprender el viaje a las incógnitas regiones que se extendían al sur de Valdivia se hallaban reunidos en «el término —426→ de Chile señalado», por una ficción que se hace difícil de creer, el poeta asegura que procede de boca de don García el discurso en que se le oye ponderar las heroicas hazañas realizadas hasta entonces por los españoles, los inmensos trabajos por ellos padecidos, los airados mares y los contrarios vientos a que habían podido resistir y dominar, para llegar a ser vencedores hasta de los mismos hados contrapuestos; háblales en seguida de la grande empresa que desde allí iban a acometer, sólo a ellos reservada, y el premio que al fin de tan trabajosa jornada habían de alcanzar; escitábales su amor propio, poniéndoles por delante la fama que lograrían, cuyos ecos repercutirían en dos mundos, y los despedía, por fin, para que pasasen a tomar posesión de las nuevas regiones y a colmarse de riquezas y de gloria: arenga digna de Alejandro, de César y de Napoleón, y que, caso de haber sido cierta, constituiría por sí sola el más alto título de talento y de conocimiento del corazón del soldado que es posible imaginar. ¡Qué más se hubiera querido don García!
Él mismo, por otra parte, y cuando aun no se veía adornado en La Araucana con todas estas prendas, reconocía que ningún cargo tenía que hacer a su autor; lejos de eso, le aplaudía con entusiasmo cuando salía a luz la Segunda Parte del poema; llamábale «divino don Alonso» y dirigiéndose a él, le decía:
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¡Qué más! repetiremos por segunda vez ¿Podría extrañarse, acaso, el elogio? ¿Había alguna voz que sobrepasase a la suya en el reconocimiento de que en los versos de Ercilla sólo respiraba la verdad y no otra cosa que la verdad? ¿Débase, así, por preterido en algún momento? ¿Y qué habría dicho de esa arenga insuperable, que se suponía ser obra suya, si la hubiese entonces conocido? En verdad que aquí debiéramos de dejar la pluma; pero, seguros del terreno que pisamos, hemos de seguir aún examinando las inculpaciones hechas al poeta y su defensa.
Queda por saber qué dijera don García cuando años más tarde, después de haber declarado cuán verídico se mostraba Ercilla en su obra, le calificó de «mozo capitán acelerado». Pero esas protestas estaban reservadas a sus panegiristas, y mientras llega el momento de que juzguemos si tuvo o no razón Ercilla para estampar tales calificativos, es tiempo ya de que veamos cuales eran las omisiones que por lo tocante a la persona y actos de don García le achacaban. Por de contado, que el primero a quien tengamos que ocurrir para ello es a Pedro de Oña, que en su Arauco domado se propuso celebrar el valor, las armas, el gobierno, el aviso, maña y fortaleza, el ánimo y nobleza del que llamó «extremado en todo joven tierno»; y, dejadas aparte las ficciones a que ocurre y los episodios también imaginarios de sus héroes araucanos y del relato de lo que había de ocurrir a don García cuando, andando el tiempo, llegase a ser virrey del Perú, es fácil ver que por lo que respecta al tiempo de su gobierno en Chile es mucho menos de lo que puede hallarse en La Araucana, bastándonos para ello recordar con que no pasa más allá de la batalla de Biobío . Es cierto que en ocasiones insiste en contarnos hechos, como aquel en que don García se tendió en el suelo a la entrada de la iglesia de la Serena cuando se puso en ella el Sacramento, como prueba de su religiosidad; que da como motivo determinante que lo indujera —427→ a seguir de allí directamente a Concepción el temor de caer en los peligros de la molicie que supone reinaba en Santiago, -concepto absurdo y del todo disparatado-; que para que el fuerte de Penco pudiese levantarse con la presteza conveniente, hubo de facilitar su vajilla de plata para que sirviese a guisa de espuertas; que antes de comenzar el asalto de los indios, le presenta asomado a una tronera, donde una piedra despedida del campo enemigo le hace caer desmayado al suelo, y luego, durante el combate, luchando cuerpo a cuerpo con Rengo; en la noche que siguió a la batalla, es él quien encuentra a Gualeva (la Glaura de Ercilla) buscando entre los muertos el cuerpo de su marido y que manda entregárselo a condición de que se bautice; que sorprende allí a uno de los centinelas dormido (aquel Rebolledo, cuya figura tanto aprovecharon después los autores de comedias), a quien, por tal descuido, manda ahorcar y cuyo perdón le otorga al cabo «mediante ruegos y la necesidad que había de gente»; que en la reseña que de ésta se hizo antes de salir a campaña, le representa como si fuera Júpiter y Marte, montado en un caballo, que describe desde la cabeza a los pies, con un casco de visera de oro, en cuya cimera aparece grabado «el proceso» de todas sus hazañas; que la batalla de Biobío se gana merced a sus acertadas disposiciones, et sic de coeteris. ¿Valía todo esto -en su mayor parte absolutamente imaginario-, valía la pena, preguntamos, de enunciarse siquiera? ¿No estaba indicando que tales accidentes olían desde lejos a ficción y que en ello, lejos de enaltecer la figura de su héroe, la deprimía simplemente? Compárese tal actuación con la que Ercilla le atribuye y se verá que resulta infinitamente más noble y elevada su persona, y, en todo caso, más verdadera que descrita bajo supuestos tan nimios, que, por el contrario, la empequeñecen.
Apartándonos ahora de toda ficción poética y vistos la figura y hechos de don García a la luz de los dictados históricos o de los que por tales eran expresados, es fácil persuadirse que no se les iguala tampoco ni con mucho a los colores con que los presenta Ercilla. Ya se comprenderá que nos referimos a Marino de Lobera, mejor dicho, al padre Bartolomé de Escobar. Mirando éste aquellos hechos bajo el prisma que le prestaba su hábito clerical, todo lo que ejecuta don García procura amoldarlo a los impulsos religiosos que le atribuye: allí parecen historiarse, no las hazañas de un soldado, sino punto menos que los milagros de un santo; a gloria e inspiración de Dios debe atribuirse su elección para gobernador de Chile; el discurso que con ese motivo pone en boca del Virrey es un sermón puramente moral, que habría podido decirse desde el púlpito en tiempo de cuaresma; día de grandes augurios para lo que había de acontecerle en Chile fue aquel en que llegó a la Serena, porque fue un viernes, de que don García se había manifestado siempre devotísimo, ya proverbial, como lo sería en lo futuro, por los éxitos que la familia toda lograra en él; la primera cosa en que don García entiende a su arribo a aquel pueblo, es en hacer colocar el Sacramento en la iglesia, siguiendo en esto a Oña, falseando ambos un hecho que hubo de ocurrir mucho después, casi en vísperas de su partida de allí; en sus discursos a los indios el objeto primordial que asegura guiarle, si ha de verse en el caso de hacerles la guerra, es la gloria de Dios; es la Providencia Divina quien hace descubra a los indios la mañana en que fueron al ataque del campo español en las vecindades del Biobío; en las batallas nos le presenta, ya dictando las disposiciones que acarrean el triunfo, ya ciego de cólera, aunque con reportación y advertencia en todo; superior por sus triunfos a aquellos famosísimos vencedores que enumeran las historias antiguas y, por cierto, en alguna ocasión, ¡hasta a Leonidas! ¿Es esto hacer historia? Y a qué seguir por tal camino, cuando, francamente, es de preguntarse si el propio don García no se hubiese avergonzado de verse presentado así al mundo en letras de —428→ molde. Y, mientras tanto, ¿qué hechos concretos añade el P. Escobar a los que Ercilla refiere de don García? Sería inútil buscarlos en su obra.
Esto en cuanto a sus apologistas que escribieron en América. Si pasamos ahora a los de España, ahí está, en primer término, Suárez de Figueroa con sus Hechos de don García, obra de un encargo de familia, en que no han de escatimársele las alabanzas más exageradas; pero ya la pluma del escritor aparece cortada bajo un sentido completamente diverso al del jesuita; al religioso sucede el hombre de mundo y, por tanto, veremos figurar a don García en lances amorosos, que, de seguro, aquél había de juzgar pecaminosos, y, al par de ellos, la discreción, la actividad, la energía, la devoción sin límites al servicio Real, de que era ya buen anuncio el feliz día de su nacimiento, ocurrido en el de la conquista de Túnez: y todo ello ejecutado entre los 17 y 19 años de su edad, en los que ya se le ve pronunciar sesudas arengas y obrar como experto capitán y valeroso soldado: el agrado de sus acciones, la gallardía de su persona, su destreza en el manejo del caballo y su gracia en el danzar hacían que le favoreciesen mucho las damas, «atraídas por su buena disposición», tanto, que durante su brevísima estancia en Colonia, se aseguraba que había dejado apasionadas a más de dos de aquella ciudad. Pero, al fin y al cabo, estos lances, su presencia en el socorro de Rentería y en la batalla del Bosque, a que había partido desde Inglaterra para hallarse en ella, su decisión de embarcarse con su padre y partir con él a América, cuando, enfermo de «tercianas dobles», había tenido que quedarse en tierra, y profundamente apenado por ese contratiempo, apenas con asomos de mejoría, abandona el lecho y se lanza en un mísero bergantín en seguimiento de la armada, a la cual logra llegar porque el viento que la detenía era favorable a su osado intento; son, en todo caso, anteriores a su figuración en Chile desde que fue nombrado gobernador en Lima, y Ercilla no tuvo para qué dar cuenta de nada de eso, pero que, indirectamente al menos, se había de añadir a la cuenta de sus apasionadas omisiones por los que presentaron su persona en el teatro.
Su elección en Lima es recibida con universal aplauso, porque «todos habían conocido ya en sus verdes años maduro juicio y singular valor en los casos más graves y que sólo con él podría ir segura de bullicio la gente que se
asoldase»
; en Chile se convierte desde el primer momento en orador insigne; sus disposiciones en favor de la hacienda Real y de los indígenas encomendados son de una sabiduría admirable, olvidando, eso sí, de expresar que no eran obra suya;
y muy luego, apenas llegado a la Quiriquina, «mostró ser (contra la regla de Platón) excelente en más cosas. Resplandecían en él cuantas partes se pueden recopilar de muchos insignes, tenidos por soles de varios siglos... »
Basta, nos parece, como ejemplo del tono en que está escrita la apología de Suárez de Figueroa con lo que dejamos apenas insinuado, que sería cosa de nunca acabar y redundante desde este punto que siguiésemos presentando ejemplos de la autoridad de que rodeaba su persona, de su valor y disposiciones en los combates, de cómo fue, «en boca de todos, inculpable; apacible y humano sumamente»
. Descontadas tales afirmaciones del libro de nuestro doctor y al terminar la parte que en él dedica a contar lo que don García ejecutó en Chile, deja ya la pluma para dar lugar a la carta que la Real Audiencia de Lima escribió a Felipe II, informándole de aquello mismo, como resultado del expediente de sus servicios, que había levantado en solicitud de que se le concediesen tres de los mejores repartimientos de indios que existían entonces en el Perú. Ya es este un documento que vale la pena de considerar; si bien antes de eso, debemos ver el resumen
de aquellos servicios, según los exhibía, aun antes que Suárez de Figueroa y en forma poética, el gran Lope de Vega,
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trayéndolos a cuento en su Dragontea, impresa por primera vez en 1604. Sobra, nos parece, con saber de quien procede y la íntima relación que tiene con el asunto de la presente disquisición, para no ahorrarnos su lectura. Advertiremos de paso, que en ese mismo poema, Lope había recordado a Ercilla con ocasión de la llegada de las naves de Hawkins a nuestras costas, en estos dos versos del canto III:
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Imagina el poeta que don Beltrán de Castro y de la Cueva, después del combate naval en que apresó al marino inglés, le habla así, para pintarle quién es el Virrey ante cuya presencia ha de parecer:
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Henos, pues, así, con lo mejor de lo hecho por don García en Chile, que habían de recordar después el mismo Lope en su Arauco domado y los nueve ingenios en su comedia famosa: la fundación de nueve ciudades, el triunfo en siete batallas y el sometimiento final de los indígenas.
Ercilla no calló las fundaciones de pueblos, reduciéndolas, eso sí, a sus verdaderas proporciones: insinuó, entre ellas, la reedificación de Concepción, iniciada con la construcción del fuerte de Penco; habla expresamente de las de Cañete y Osorno; de la de Angol, que no se verificó en el tiempo a que alcanzan los sucesos contados en La Araucana, tuvo cuidado de advertirla en la declaración que puso a su obra; y en cuanto a las de las casas fuertes de Tucapel y Arauco, -ya que es necesario contarlas también, y cuidado que es hilar delgado-, para enterar el número de que hablaban Lope y los demás panegiristas, de la primera, hasta expresa el trabajo personal que le costó, y de la segunda, (que tampoco se verificó dentro de aquel periodo), no pudo, por tanto, mencionarla: y van seis. Las tres restantes, entre ellas, la de Mendoza, que trazó con ese nombre Pedro del Castillo, así como Juan Pérez de Zurita, otro de los tenientes de don García, las de Londres en los Diaguitas, la de Córdoba en los Calchaquíes, y hasta puede añadirse la que se llamó también de Cañete, todas del lado oriental de los Andes y fuera del territorio araucano, del cual únicamente trataba Ercilla.
De las siete batallas que se dicen ganadas por el Gobernador de Chile, el poeta refiere bien por menudo la del fuerte de Penco y las de Biobío y Millarapue; insinúa después una cuarta, cuando luego de haber descrito esa última, habla de
«cuatro grandes batallas de importancia»
perdidas por los araucanos en sólo el lapso de tres meses; a su tiempo, la de la quebrada de Purén, en la cual tan conspicua figuración a él le cupo; en seguida advierte que pasa en silencio, por no ser largo, otra «sangrienta de ambas partes y reñida»
; describe el asalto de Caupolicán al fuerte de Cañete; y, por último, nos habla aún de la de Quiapo, a que él no asistió, y con la cual se enteran precisamente las siete que indicaba Lope.
¿Dónde está, pues, el silencio de Ercilla en esta parte? ¿Que don García «fue visto en ellas pelear por su persona»
? Pero, tal cosa no era posible, porque en algunas de ellas no se había siquiera hallado, y afirmar lo contrario sería falsear la historia. De
lo único que pudiera tildarse al poeta, es de no haber señalado la presencia de don García en la de Quiapo, que fue, cabalmente, aquella en que peleó de hecho por su persona; mas, Ercilla no la vio, y tal sería la excusa que abone su silencio.
De los trabajos de don García en lo que «al gobierno de los vasallos cuadre»
, para valernos de las palabras del gran dramaturgo, nos parece que hemos dicho ya
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lo bastante, poniendo de manifiesto que superó en sus encomios a lo que aquél aseveraba.
Que los indios se rindieron de paz a su bandera, que es la última de las hazañas atribuidas a don García, los sucesos que se desarrollaron en el territorio araucano antes de que lo abandonara para trasladarse a Santiago, prueban
que vivía en el mayor sobresalto por la inminente revuelta de los indios, que había trascendido aún hasta Lima, donde «se tenía nueva cierta que los naturales de las provincias de Arauco y Tucapel deste reino se habían rebelado y estaban de guerra contra el servicio de Su Majestad»
1289. Ercilla, es justo recordarlo, no había tampoco llegado a ver los últimos meses del gobierno de don García en Chile, ni tuvo ocasión de tratarlos en su poema, si bien no falta en él alguna alusión que pinta admirablemente el estado en que el Gobernador dejaba el país cuando, casi escapado, se marchó a Lima, temeroso del próximo arribo de Francisco do Villagra destinado por el Rey a sucederle en el mando1290.
Hasta aquí hemos visto a Ercilla prodigar sus elogios al que fue su jefe, y es tiempo ya de que examinemos si estuvo en la razón, si el menor asomo siquiera de pasión, le movió al llamarle «mozo capitán acelerado»
. El relato del episodio que motivó este calificativo, que el lector conoce, basta y sobra para formar nuestro juicio; pero debemos aun completarlo con relaciones de diverso origen, que probarán que no fueron otras en todo momento las muestras que don García diera de su carácter violento y atropellado desde los primeros días de su arribo a Chile. Vamos a verlo.
En uno de los que se siguieron al ataque del fuerte de Penco por los indios, sorprendió dormido a un centinela apellidado Rebolledo y acto continuo le dio un golpe con la espada hiriéndole en un brazo, para condenarle en seguida a la horca, sentencia que hubo de revocar ante las súplicas de sus compañeros1291.
—432→Al tesorero real Juan Núñez de Vargas, por haberse negado, dentro de la más absoluta legalidad, a pagar cierto libramiento de un teniente de don García en Santiago, cuando le hubo a mano en Concepción, en el acto de arribar, sin oírle, le mandó llevar preso e incomunicado a una nave, llegando a decir que ordenase su ánima, porque le había de hacer matar, y así estuvo dos días aguardando la muerte, hasta que le hizo salir desterrado para el Perú. En el Consejo de Indias, ante quien el agraviado formuló su queja, fue, por supuesto, absuelto1292.
En el paso del Biobío, un italiano oriundo de Lípar, cerca de Nápoles, cansado de remar, se apartó a descansar y se quedó dormido. Don García por ello le mandó ahorcar, y como no hubiese árboles por allí, sacó su propia espada para que el alguacil le degollase, habiendo podido escapar de la muerte sólo merced a la presencia de algunos de los sacerdotes que acompañaban al ejército, que lograron su perdón1293.
En el proceso a que hacíamos referencia se mencionan varios otros hechos de esta especie, que debemos recordar. Véanse, si no, los que se consignan en los siguientes cargos:
«140. Item, se le hace cargo al dicho don García de Mendoza que sabiendo que venía por gobernador el dicho mariscal Francisco de Villagrán, porque lo dijo Juan de Oropesa y Mari López, les mandó prender e hacer proceso, y hizo que sus tinientes se les hiciesen, y les dio tormentos y condenó indebidamente a dar trescientos azotes y les envió presos a la Audiencia Real, contra toda orden de derecho, en que recibieron agravio notorio los susodichos». |
«141 . Item, se le hace cargo al dicho Don García que dio muchas cuchilladas al licenciado Alonso Ortiz, su lugar-teniente, en medio del día, con la espada fuera de la vaina, llevando preso a Rodrigo Álvarez en la ciudad de la Concepción, que fue cosa de gran escándalo y mal ejemplo echar mano a su espada contra su teniente, e teniendo la vara de la justicia en las manos, la cual le mandó quitar en la calle, oprobiosamente, por do la justicia fue tenida en poco; y el dicho don García hizo lo susodicho por vengar cierto enojo que tenía contra el dicho licenciado, de atrás, y así lo escribió a su secretario Francisco de Hortigosa». |
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«142. Item, se le hace cargo al dicho Don García que trató mal al licenciado de Santillán, su lugar-teniente, e le dijo que lo ahorcaría e otras palabras muy feas, y le dijo "a estos letradillos, en dándoles el pie, se toman
la mano", siendo oidor de S. M., e la causa era por una botija vacía, que fue cosa muy notada en todo este reino e de poca autoridad»1294.
Sería en vano poner en duda la verdad de tales hechos, acreditados como se hallan en un proceso judicial, y con vista de ellos se dirá si Ercilla se quedó o no corto, después de lo que a él le había ocurrido, al tildarle de «acelerado». Aquel justo rigor de que hablaban sus apologistas aparecía como simples arrebatos, y sus violentas órdenes, hijas del primer impulso de su cólera, resultaban al fin contraproducentes para el prestigio de su autoridad en su inmediata revocación.
Respecto al proceder de Don García en otro orden, tendríamos que extendernos demasiado si hubiéramos de seguir analizando aquel proceso; si bien no es posible omitir algunos otros de esos cargos, que habrían hecho asomar la vergüenza
al rostro de sus panegiristas. Omitimos, por pequeños y rastreros, las tretas de que se valía para atesorar dinero, de los libramientos indebidos que daba a diario contra las Cajas Reales, «como si todo lo producido de la hacienda Real fuera suyo propio»
; de los obsequios que admitía; de los caballos y mercaderías que pedía y no pagaba1295; de los repartimientos de indios que tomó para sí, o daba a sus paniaguados «porque le diesen dinero a él y a don Luis
de Toledo»
; de cómo apostaba por los caminos a sus criados «a tomar todas las cartas e provisiones que se trujesen... y se jataba y alababa y escribía que tomaba gran gusto en ver cartas ajenas»
; para insistir sólo en algunos presentados con timbre de gloria para él por sus apologistas, verbigracia, el trato que dio a los indios:
«149. Item, se le hace cargo al dicho don García que trató muy mal a los indios naturales cuando llegó a esta ciudad y los hizo cargar y acarrear las comidas y los sacó de las minas y muchos murieron del trabajo que tuvieron...» |
«150. Item, se le hace cargo al dicho don García, que, acabado de vencer a los indios de Arauco, permitió y consintió que matasen, estando él presente, más de cien indios y los ahorcaban los soldados y los ponían en un hoyo las cabezas abajo y los pies arriba, y ansí los mataban, que fue gran inhumanidad matar en su presencia los indios vencidos». |
De su honestidad, tan ponderada por Oña, y que habría sido, según él, la causa determinante de aquella impolítica resolución que tomó de no pasar a Santiago, -que ya se barrunta por la exhibición que de su persona hizo, dándose de papirotes con una doncella, asomado a una de las ventanas de la casa que ocupaba en la Imperial-, se le hacía cargo en el proceso, «que era tan amigo de saraos y regocijos, que trataba que se hiciesen en su casa y que fuesen
a ella las mujeres de los vecinos de la ciudad donde él residía, e hacía que se fuesen sus maridos y él se quedaba con ellas
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banqueteando y a solas con sus criados, de lo que se quejaban sus maridos, y con el gran poder y mando que tenía el dicho don García, no lo podían remediar»1296.
En el cargo 172, después de repetir esto mismo, se añade: «y trató que en hábito de india y desposada viniese una de ellas, cuyo nombre parece por la pesquisa secreta, para sus fines y malos deseos, y dicen el dicho Don García tuvo
cuenta con ella; y era en esto tan libre y tan amigo de cumplir su voluntad, que yendo una vez a visitar una mujer casada, le metió el pie entre las piernas y se alabó de ello e dijo públicamente que era buen cargo éste si el factor lo supiese; y para hacer lo contenido en este capítulo, siendo de noche, hacía el dicho don García que matasen las velas con que iba, y fue cosa muy escandalosa y de mal ejemplo y en perjuicio de muchos»1297.
De la imparcialidad con que procedía en la administración de justicia, da testimonio el cargo 170: «... que tuvo parcialidad y más amistad con unos más que con otros, en el hacer y administrar justicia, e tenía más amistad
a los unos que a los otros, de lo cual se quejaban mucho...»
Y, en fin, porque baste ya de tanta inmundicia, véase cuál era el modo como recibía a los que le iban a pedir audiencia: «Se le hace cargo que mandaba a los soldados que venían a negociar con él, que si querían que se hiciese lo que pedían y que sus negocios tuviesen buen suceso, que entrasen bailando, barrendando al padre de la Merced, e otras cosas semejantes, que no eran para decirlas quien les había de administrar justicia»1298.
¿No es de admirar, después que todo esto sabemos, (que Ercilla no podía de modo alguno ignorar), y todavía que, agraviado en su honra, cosa que él sentía más que la muerte, que tuviese la magnanimidad de presentar a aquél que fue su jefe y su injusto juez, con los colores que hemos visto? ¿Podía, en su concepto, ser un hombre tal el héroe principal de su epopeya?
Puestos así el mandatario y el poeta-historiador en el verdadero terreno que a cada cual corresponde y descartadas las objeciones que contra la imparcialidad de éste en lo que toca a cuanto se refiere a don García se han podido sin razón alguna formular, -creemos dejarlo demostrado-, entremos al examen de la apreciación que hace de la persona de Pedro de Valdivia, de muy superior importancia a la de don García. Hubiéramos querido que en esta parte la luz de la crítica, que con tan vivos y manifiestos resplandores alumbra sus dictados de historiador, resultase aún más vívida si cabe. Pero ¡ay! en este caso tal cosa no es posible. Y aquí está, para nosotros, el error culminante de toda La Araucana. Veamos ese retrato. No es del caso traer aquí a cuenta las primeras pinceladas que le dedica, tratándolo de «perezoso y negligente,
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cuando nos presenta a Valdivia en vísperas de salir de Concepción para ir a sofocar la revuelta de los indígenas que comenzaba a diseñarse, culpándole de haber torcido el camino que se propuso en un principio seguir,
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donde tenía sus minas de oro, y donde
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no nos detendremos, decimos, en examinar la verdad de estas inculpaciones, para poner sólo de manifiesto aquel achaque de codicia a que el poeta atribuía el móvil —435→ principal de las determinaciones de Valdivia en tan críticas circunstancias, y en que insiste todavía para en el canto siguiente
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que, en efecto, inicia con una moralidad de tonos generales para aplicarla luego al caudillo español, contando que los doce marcos de oro al día que le ofrecían sus cincuenta mil vasallos, no eran, ni con mucho, bastantes para contentarle,
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Al lado de este aspecto del cuadro, lleno de sombras, cuya verdad o inexactitud no es del caso discutir aquí, hay toques en el pincel del poeta que ponen de relieve algunas de las ventajosas cualidades del personaje que tiene delante de sí. Otra cosa es, en efecto, cuando luego después llega el caso de juzgarle como soldado, que entonces le llama «varón acreditado», quien, como tal, jamás supo dar entrada al miedo en su corazón, y tan pundonoroso, que por ceder a las instigaciones de los jóvenes inexpertos y jactanciosos que lo acompañaban, antes que en él se pudiera descubrir el menor asomo de flaqueza, a pesar de saber que iba a una pérdida segura, prefirió perder antes la vida. Y llegado ya el trance de aquel singular combate que se llamó de Tucapel,
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y al par que su valor, la pericia militar, reconociendo que a él se debió la conquista de Chile, que
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Dícenos cómo fue que
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Recuerda en seguida sus campañas militares en Arauco, las siete ciudades que fundó y otros acontecimientos, para resumir a la postre, en términos generales, la línea de conducta que rigió en seguida sus acciones, y cómo
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y, a la vez que aplaudiéndole así, le achacaba el que hubiera sido
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Y con esto se completa el retrato que el poeta hace del conquistador.
De los toques que le favorecen nada tenemos que observar. ¿Implica un cargo el concepto expresado en el primero de estos últimos versos? ¿Es, por el contrario, un timbre de honor para Valdivia el que, olvidando las grandes culpas, se mostrase en último término piadoso? ¿Resulta exacto aquel rigor de que se decía dar muestra en casos livianos?
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La respuesta a estas dudas nos la va a dar el último y más notable de los historiadores de Valdivia. Ya se adivinará que aludimos a Errázuriz. A renglón seguido de contar la muerte de Valdivia, se expresa así: «hemos estudiado con detenimiento la obra del conquistador de Chile, del primer organizador de la colonia, y, realmente, se mostró en ella grande hombre.
«En la necesidad de sofocar y castigar conatos de revuelta, supo ser generoso, disimular y cerrar los ojos para no ver a la mayor parte de los culpados y apenas hacer unos cuantos escarmientos». |
«Una y otra vez perdonó a Pero Sancho de Hoz, el incorregible conspirador, que no cesaba en su propósito de asesinarle. En ello entraba, sin duda, por mucho la prudencia; pero dominarse y ser prudente, cuando la prudencia aconseja perdonar gravísimas injurias y los más criminales atentados, es propio de grandes hombres, si se tiene en las manos absoluto poder y si los amigos y compañeros incitan a la severidad. En verdad, la conducta de Valdivia para con el antiguo socio nos parece uno de los más honrosos rasgos de su vida y con complacencia nos hemos empeñado en estudiarlo prolijamente». |
«Como supo perdonar al desleal compañero, supo también recompensar los servicios de sus amigos y capitanes. Francisco y Pedro de Villagra, Francisco de Aguirre, Jerónimo de Alderete y otros muchos prueban, en las mercedes recibidas, que no en vano se hacían sacrificios para servir al Rey bajo las banderas de Pedro de Valdivia». |
Quédanos por considerar el más grave cargo formulado por Ercilla, cual es, la codicia de que supone dominado a Valdivia, y es aquí el caso de preguntarse, que pues no pudo emitirlo por propia impresión, ¿quién o quienes le dieron tales informes? Ercilla pudo comunicar desde su llegada a Lima a los emisarios de Chile que para allí habían sido despachados, luego de ocurrida la muerte de Valdivia, en busca de socorros y de quien se hiciese cargo del gobierno, cuyos nombres nos son conocidos en su mayor parte1299, ninguno de los cuales consta que fuese enemigo suyo; y a su regreso a aquella ciudad, después de su campaña de Arauco, ha debido de tratar con más despacio a Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, los dos capitanes que tanta figuración tuvieron en tiempo del difunto Gobernador y que mejor que ningún otro estaban por eso mismo en situación de trasmitirle sus informes acerca de las cosas de Chile, y que Villagra se las dio respecto de su propia actuación nos parece indudable por los detalles que de ellas aparecen en el poema. ¿Sería alguno de ellos capaz de denigrar en ese particular a su antiguo jefe, compañero y amigo, que daba fe, aún para después de su muerte, del aprecio y consideración que les profesaba al señalarles para que se hiciesen cargo del gobierno? El corazón humano esconde a veces entre sus pliegues insidias y desagradecimientos que sorprenden y asombran; pero ¿qué interés podía guiarles para empequeñecer la memoria de un hombre que estaba ya fuera de la lucha de las pasiones de este mundo? No lo divisamos. Cavilando sobre este punto, hemos llegado a preguntarnos si, por acaso, Juan Gómez de Almagro, que en más de una ocasión dio pruebas de haber guardado rencor a Valdivia, -de todo punto injustificado, por lo demás-, y a quien Ercilla volvió a encontrar en Madrid en los días en que su poema salía a la luz pública, no habría sido su inspirador en esa parte, pero prueba no es posible tenerla, y queda, así, pues, en la penumbra del misterio quien fuese el mentor del poeta en este caso.
¡De qué diverso modo le juzgaban a este respecto, otros dos de los que habían
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sido compañeros de Valdivia; y que escribiendo años más tarde para la posteridad, no tenían que contemplar frente a sí, dentro del alto ministerio de analistas, sino los dictados de la verdad! Góngora Marmolejo, el uno de ellos,
al par que da fe de que «era hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas»
, afirma «era liberal y hacía mercedes graciosamente. Después que fue señor, rescebía gran contento en dar lo que tenía: era generoso,
en todas sus cosas; amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer y beber bien, afable y humano con todos...»
1300
Mal se avienen tales cualidades con la avaricia, y menos se compadece aún con ella el hecho de haber dejado cien mil pesos de deudas al tiempo de su fallecimiento. El avaro, bien lo sabemos, vive apretándose el vientre, para morir cubierto de andrajos y repleto de dinero.
Mariño de Lobera, el otro de los cronistas a que aludíamos, resulta aún más explícito en contradecir aquella opinión de Ercilla. Después de expresar que Valdivia había hecho dejación de la encomienda de indios que le dio en el Perú Francisco Pizarro, que «le rentaba muchos dineros»
, como tenía tan altos pensamientos, «tomó la empresa de la conquista de Chile, que Almagro había abandonado»
, y añade: «tenía un señorío en su persona
y trato, que parecía de linaje de príncipes. Juntaba con gran prudencia la afabilidad con la gravedad, y el brío con la reportación; no era nada vengativo en cosas que tocasen a su persona, mayormente con quien se le rendía; y mucho menos cobdicioso, ni sabía guardar el dinero, por ser naturalmente amigo de dar; y, aunque jugaba muy largo, no se reservaba cosa para sí, gustando más de darlo de barato, aun lo que ganó al capitán Bachicao, que fue tanto, que en sola una
mano fueron catorce mil pesos de oro al juego de la dobladilla»1301.
Compruébanse, así, los rasgos favorables que el poeta atribuye a Valdivia, y se desvanecen, a la vez, esas inculpaciones a su avaricia, que tanto afean su semblanza en el poema; pero, sin esos testimonios que, por ser de contemporáneos, pudieran parecer apasionados, contamos también con el fallo del moderno historiador, que pesando con toda imparcialidad los procedidos de los campos amigo y enemigo, se ha hallado en situación de pronunciar uno inapelable ya. Completa así esas informaciones el señor Errázuriz, diciéndonos: «no se olvidaba, sin duda, el Gobernador de sí mismo en los repartimientos y las minas; pero no acostumbraba guardar en sus arcas el oro que los indios le llevaban. Enemigos le acusan de haber puesto a las veces gruesas sumas en una carta; quizás, en su vida de soldado y como la mayor parte de sus compañeros, jugó con exceso algunas ocasiones; pero la inversión que de ordinario daba a sus caudales era noble y generosa. Los empleaba en procurar nuevos recursos a la colonia, y para obtener esos recursos vivió lleno de deudas y lleno de deudas murió»
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«El desprendimiento de los propios bienes, en vista de las necesidades de la colonia, lo tornaba exigente con los demás; y lo hemos visto acudir a despóticos e injustificables medios para tomar en empréstitos forzosos los bienes ajenos que, por lo demás, restituía puntualmente y de su propio peculio»1302. |
Tales son los fundamentos que hemos tenido presentes para afirmar que la inculpación de Ercilla entraña un grave error, tanto más de deplorar, cuanto afecta a la —438→ persona de uno de los más grandes conquistadores, de entre los grandes que dilataron el dominio de España en América y fundaron las nacionalidades que conservan hoy, después de cuatro centurias, el patrimonio que les legaron de su lengua, sus costumbres y el amor al suelo de que procedieron.