La pluma1
Concepción Gimeno de Flaquer
Quisiera poseer la pluma de Cervantes para describir la importancia de la pluma.
Sean mil veces cantadas las excelencias del pincel que nos ofrece el trasunto de un ser amado, las del buril que graba lo que anhelamos permanezca indeleble, y las del cincel, al cual se deben primorosos labrados y filigranas; yo siento idolatría por la pluma.
Hoy que tantos fetiches se adoran aún sin hallarnos en los tiempos gentílicos, bien puedo demostrar un fervoroso culto por la pluma.
Las bellas artes necesitan para manifestarse de la dovela, de la paleta y del buril, instrumentos fabricados por la mano del hombre; la literatura se sirve de la pluma, que no ha sido creada por el ente humano.
Si la pluma fuese altanera, podría engreírse de su noble alcurnia, de su preclara estirpe, de su árbol genealógico, de su respetable vetustez; pues la pluma es más antigua que Adán y Eva. Las aves del Paraíso tenían plumas.
El prisma refleja los colores del iris, pero la pluma es más omnipotente, porque refleja todos los tonos del sentimiento, todos los matices de la pasión, todos los perfiles de nuestra fisonomía moral.
El límpido arroyo retrata las flores que brotan en sus orillas, el mar retrata el cielo, el nítido estanque la luna y las estrellas, la plancha fotográfica el cuerpo humano; pero solo la pluma tiene el poder de retratar el alma.
La pluma es de todos los objetos materiales, el más inmaterial; la pluma no es una cosa, la pluma tiene vida; ella corre, revolotea, tiembla y se estremece como mujer nerviosa.
Dominada por la influencia del espíritu, la pluma se halla en relación con nuestro ser psicológico, la pluma no recibe sus movimientos de la mano que la sujeta, sino de la imaginación que la guía. Obsérvese la manera de manejar la pluma de cada individuo y se conocerá su carácter y su temperamento.
Los médicos modernos que se dedican a estudiar las enfermedades del cerebro, para conocer los grados de enajenación mental de un paciente, le hacen escribir, y al analizar la forma de la letra, calculan con exactitud el estado del enfermo.
La pluma es más que lo que he dicho, porque es la propagadora de la idea, el vehículo del pensamiento, el intérprete de la inteligencia, la aguja imantada que atrae los rayos de la mente, es el espejo del corazón, el hilo que transmite la electricidad del genio, es la inmortalizadora de la palabra.
La pluma ha adornado las cabezas de los dioses, de los reyes y de los trovadores de la Edad Media. Las musas aparecen en los antiguos monumentos con las cabezas coronadas de plumas en memoria de sus luchas con las sirenas.
¡Oh pluma, cuán inconmensurable es tu poder! Tú has sabido crear un Paraíso, un Olimpo y un Infierno. Tú has erigido una nueva Jerusalén, cuyas armonías han llenado el orbe.
¡Oh pluma! Tú nos has descrito el más avasallador de los afectos cuando has sido encendida por el ardiente fuego de Safo, de Ovidio y de Ariosto.
Aprisionada por Teresa de Jesús, has definido los éxtasis, los místicos deliquios, los arrobamientos de una alma enamorada del Creador; impelida por Sófocles, has producido la compasión; agitada por Esquilo, el terror. Bajo la mano de Sócrates has encarecido la virtud, bajo la de Calderón, has sublimado el honor, bajo la de Jansenio has hecho más rigurosa la moral.
Tú has sido el plectro del elegante Horacio, la lira de Corina, el escalpelo de Balzac, el látigo de Juvenal y de Boileau. Tú has reproducido las tempestades del cerebro de Byron, te has hecho eco de los puros acentos de Petrarca, has aclarado el genio simbólico de Hesíodo, has trasmitido a las plantas la palabra de La Fontaine, has dado vida a Eloísas, Beatrices, Penélopes y Lauras.
No existe varita mágica que pueda atesorar los encantos de la pluma. Ella convierte en oasis los eriales, ella es rayo de sol que a todo presta luz y color, ella da relieve a los sueños de la fantasía, ella produce los adorables espejismos de la ilusión, ella es el eslabón que encadena nuestros pesares y alegrías, la lanzadera que teje nuestros recuerdos y esperanzas en el inmenso telar de la existencia.
La pluma no puede ser nunca uniforme ni monótona en nada; la pluma es amena, porque participa de los más variados caracteres. Ella tiene tristezas cual Wordsworth, el melancólico poeta de los lagos; tiene amarguras cual Espronceda; desesperaciones cual Leopardi, dulces creencias cual Lamartine, escepticismos cual Vanini, caprichos cual mujer coqueta, y hasta inconsecuencias cual político español.
La pluma posee una fuerza creadora incalculable: ella enardeció entre los portugueses, por influencia de Camoens, el amor a la patria, ese hermoso sentimiento que ha inmortalizado a Leónidas, Temístocles, Escipión y Epaminondas.
La pluma posee también un poder de destrucción que nunca han poseído las antiguas catapultas ni jamás poseerán las modernas armas de nuestras mejores armerías; los hijos del siglo XIX lo han comprendido así, y por eso ya no se baten con la espada sino con la pluma. El cañón ha cedido su paso a la pluma, porque ha sido derrotado por ella.
Mucho se habla de lo que se puede coquetear con los ojos, pero nadie ha dicho nada acerca de cuánto puede coquetearse con la pluma. La pluma en manos de la coqueta es capaz de desorientar al más frío razonador, porque la pluma en manos de la coqueta concede y niega al mismo tiempo, da luz y sombra, solloza y ríe, alienta y desespera, atrae y rechaza simultáneamente. La pluma de la coqueta es calculadora cual cerebro de matemático, incisiva cual puñal toledano, afilada cual navaja de Albacete, fría cual diplomático inglés, sarcástica cual sonrisa volteriana, y más maquiavélica que el mismo Maquiavelo.
La pluma de la mujer sensible es, por el contrario, cándida, ingenua, expansiva, veraz, tierna, dulce, transparente, comunicativa, acariciadora. Una mujer enamorada, aunque posea gran talento, es indiscreta al empuñar la pluma. Entre el bullicio de las fiestas sociales, lo mismo que en la ceremoniosa visita de salón y hasta en la intimidad del boudoir, sabe esconder una mujer inteligente las ideas que debe ocultar; pero sus inauditos esfuerzos se estrellan ante la influencia de la pluma. ¡Cuántas reputaciones de mujer se hubieran salvado, si al hallarse enamorada esta, no hubiera sufrido la enfermedad denominada monomanía de la pluma! He hablado con algunos médicos alienistas sobre este caso patológico tan frecuente en la mujer enamorada, y todos han convenido en que es un género de locura completamente incurable.
Decía yo una vez a un discípulo de Esculapio:
-Oiga Ud., doctor, ¿existe algún remedio para defenderse una mujer apasionada de su monomanía de la pluma?
-Sí, existe -me contestó el interpelado.
-¡Oh! Dígamelo Ud. -exclamé presurosa-, dígamelo, por Dios; tal vez pueda hacer algún bien a mi sexo. -Concentré mi atención de tal modo para escuchar al doctor, que mi espíritu parecía depender de su palabra, como si esperase la solución de algún importantísimo problema buscado afanosamente por la humanidad. Mas ¡ah! cuán grande fue mi desencanto al oírle pronunciar, con tono glacial, la siguiente frase:
-Hay un remedio para que la mujer enamorada se libre de la tiranía de la pluma... que no sepa escribir.
Quedé confundida ante tal contestación; el doctor era hombre de mundo y su experiencia no le engañaba, el remedio que me había dado era negativo, pues equivalía a decirme que no existe ninguno. Mi desconsuelo fue grande; entre mis reflexiones acerca del mismo punto, surgió la triste idea de que la mujer no se salva de sus indiscreciones cometidas por medio de la pluma, pues si no sabe escribir... hará que escriban por ella.
Efectivamente, conozco muchas mujeres que han tenido bastante fuerza de voluntad para rechazar al hombre que adoraban, y hasta el valor de prohibirle sus visitas, esas visitas tan anheladas; y sin embargo, no han ejercido sobre sí mismas bastante dominio para defenderse de la pluma. ¡Oh, sí! Es más fácil defenderse del hombre amado que de la pluma. El motivo es lógico: en el hombre amado se ve un peligro que se presenta de frente, que nuestros ojos contemplan y que nuestra imaginación declara formidable, mientras que en la pluma creemos ver el instrumento de nuestra voluntad. ¡Cuánto nos engañamos! La mujer es juguete de la pluma, triste es confesarlo; ella le hace decir hasta lo más recóndito, hasta aquello que querría ocultarse a sí misma.
La pluma es para la mujer un enemigo traidor, porque esconde su fuerza y se presenta manso; la pluma es un enemigo implacable que la persigue de continuo, un enemigo alevoso y vil que delata a su dueña para ponerse al servicio de un desconocido.
Si las mujeres quisieran oírme, yo les diría: ¡mujeres, desconfiad de la pluma!
Podrá buscar la mujer, antes de ponerse a escribir, el momento más tranquilo, aquel momento en que crea hallar su mente más serena, su espíritu más reposado y su alma más libre de toda agitación; leerá y releerá la carta escrita, la supondrá muy razonable y muy diplomática, quedará satisfecha, creyendo que la pluma se ha encadenado a su voluntad cual fiel esclava; pero ¡ay! que no cante victoria; la carta habrá terminado felizmente tal vez, pero el triunfo no es completo todavía, porque... queda la posdata.
¿Sabe Ud., amigo mío, lo que es la posdata en la carta de una mujer?
Es la roca que le ha hecho encallar, la tijera que le ha rasgado el antifaz con que se cubría, el bajel que le ha llevado a pique, la ola pérfida que le ha hecho naufragar en el momento más crítico, en aquel momento en que no es posible encontrar cable salvador, es, en fin... el Rubicón de una mujer: no hay una sola que deje de pasarlo.
Si todavía existe algún hombre capaz de enamorarse verdaderamente y de abrir la carta de una mujer temblando de emoción, yo le aconsejo que principie la lectura de esa carta por la posdata.
¿Y si no la tiene?, me diréis.
¡Oh! Yo os aseguro firmemente que no puede existir carta de mujer sensible sin posdata. Insisto en que se lea lo primero la posdata, porque como la vida es tan incierta, como no tenemos un momento seguro, si le sorprendiera la muerte a un amante antes de leer la posdata de su amada, sería una gran desgracia; pero después de haberla leído... ¡oh! entonces ya puede morir.
La posdata de una mujer es el mejor tratado de psicografía.
Considero, amigo mío, que al ver un artículo tan largo, va Ud. a exclamar: esto es dejar correr la pluma, y escribiendo en español, no basta sentar bien la pluma para echar buena pluma. Yo, que no presumo de poseer buena pluma, y que escribo en español, lo cual es vivir desplumada, tendré que terminar, mas no lo haré sin presentarle a Ud. antes a mi pluma. Habiéndola puesto en comunicación directa con Ud., debe Ud. saber con quién se las ha habido.
Si lo hago así, podrá Ud. decir, la autora de este artículo no tiene buena pluma, pero tiene educación. Hoy que son indispensables las presentaciones, debo ser cortés, y ya que me ha faltado inspiración para describir el poder de la pluma, sabré hacer a pluma y a pelo aprovechando la oportunidad de demostrar que no desconozco las fórmulas sociales.
Mi pluma, que es de ave gárrula, consta de un astil convexo por dos de sus lados y arqueado por los otros dos. Su cañón, que está vacío como la cabeza de un fatuo, fue blanco alguna vez; es estrecho cual bolsa de usurero, se halla mordido y arañado como yerno que vive con su suegra, pelado cual calva de farmacéutico sexagenario, que ha gastado su vida descubriendo simples, y sus escasas barbillas seméjanse a los cabellos de un viejo verde, que a fuerza de ponerles menjurjes se ha vuelto tricolor.
Mi pluma no tiene el elegante negro azulado del ala del cuervo, ni es bella cual la del ánade, ni graciosa cual la de la garza, ni se remonta cual la del águila; mi pobre pluma es muy pedestre y, más que a la del cisne, parécese a la del ganso o a la del avestruz, que son aves de cortísimo vuelo.
Ya ve Ud., amigo mío, que tiene muy mala pluma
Concepción.
P. D.- Este escrito se hallaría despojado de todos los méritos, si no encerrase uno cuya importancia es, sin embargo, relativa. ¿Sabe Ud. en qué consiste ese mérito? En ser el primer artículo que dedicó a un individuo del sexo feo. Mas... ¿qué hago?... ¡Dios mío!... ¡Horror!... He revelado la debilidad de mi sexo por la posdata y yo también la escribo... Esto es haber incurrido dos veces en la posdata... Decididamente, soy tan mujer como todas las mujeres... ¡Yo que me juzgaba incapaz de una posdata!... Ya ve Ud., es imposible que ninguna mujer se salve de la posdata como no ha podido salvarse
Concepción Gimeno de Flaquer.