Dos veces he atravesado a caballo la Morea que está aproximadamente en la misma latitud (norte) del camino a través de las Pampas y creo que el clima de éstas es más caliente que el de Morea, Sicilia, Malta y Gibraltar, en verano, y más frío en invierno. (N. del A.)
Los cuervos son muy mansos y es raro verlos sino en los ranchos; pero, en ocasiones, me han seguido muchas leguas manteniéndose delante de mí y con sus negros ojos redondos mirándome deliberadamente la cara que me imagino atraía su atención por estar quemada por el sol, y con frecuencia pensé que se sentían un tanto inclinados a gustarla literalmente. Tienen el hábito constante de atacar a los caballos y mulas con lomo lastimado; y he observado muchas veces a estas aves aleteando a seis pulgadas arriba del lomo. Es curioso comparar el aspecto de los dos animales. El cuervo, con la cabeza encorvada hacia abajo, y la mirada seriamente fija en la matadura; la mula con el lomo encogido y las orejas echadas hacia atrás, meneando la cola, temiendo comer y al parecer no sabiendo si ojear o cocear. (N. del A.)
Al principio de vivir con los gauchos, no podía concebir cómo era posible que se manejasen para comer tan ligero carne que yo encontraba tan descomunalmente correosa; pero un gaucho viejo me dijo que era porque yo no sabía elegir el pedazo bueno e inmediatamente me cortó un gran pedazo completamente tierno. Después siempre rogaba a los gauchos que me ayudasen y generalmente sonreían por haberles descubierto el secreto. (N. del A.)
Antes ignorante de trabajos, su juventud y el vigor atávico lo habían hecho saltar del nido. Los primeros esfuerzos fueron enseñados al tímido por los vientos primaverales y sin nubes. Luego, con vigoroso ímpetu atropelló al enemigo en su redil. Ahora falta ya en los bizarros dragones el deseo del sangriento banquete y de la lucha. (N. del A.)
Uno de los cuadros más sorprendentes en o cerca de Buenos Aires es el gaucho joven que trae la leche. La leche va en seis o siete botijuelas colgando a los lados del recado. Rara vez hay lugar para las piernas del muchacho y generalmente pone los pies para atrás y se sienta como sapo. Se encuentran estos muchachos en grupos de cuatro o cinco y su modo de galopar, con gorro colorado, y poncho escarlata volando por detrás, ofrece aspecto singular. Las carnicerías son carros toldados no muy agradables. La carne, cortada de manera horrible, zangolotea; y siempre he visto un gran pedazo atado con un tiento en la trasera del carro, arrastrando por el suelo, con un perro que trata de agarrarlo. (N. del A.)
Un día estaba observándolos, en vez de mirar adelante, cuando mi caballo rodó en una vizcachera y me apretó el brazo. Estaba tan machucado que casi me desmayé; pero, antes de poder montar de nuevo, el carruaje casi se perdía de vista y cuando el cielo me parecía todavía verde por el dolor que sufría, me vi obligado a seguir para reunírmeles y creo que tuve que andar siete millas a todo galope antes de alcanzar el carruaje para entregarles mi caballo. (N. del A.)
«Son tan salvajes como el burro», dijo un cornuallés, sonriendo; y luego muy gravemente agregó, «y observo una cosa, señor, y es que cuanto más lejos vamos tenemos cosas más salvajes». (N. del A.)
Unos gauchos los habían extraído del pozo. (N. del A.)
En una larga marcha rara vez sucede que los novillos puedan ir con los hombres. (N. del A.)