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1

Dos veces he atravesado a caballo la Morea que está aproximadamente en la misma latitud (norte) del camino a través de las Pampas y creo que el clima de éstas es más caliente que el de Morea, Sicilia, Malta y Gibraltar, en verano, y más frío en invierno. (N. del A.)



 

2

Los cuervos son muy mansos y es raro verlos sino en los ranchos; pero, en ocasiones, me han seguido muchas leguas manteniéndose delante de mí y con sus negros ojos redondos mirándome deliberadamente la cara que me imagino atraía su atención por estar quemada por el sol, y con frecuencia pensé que se sentían un tanto inclinados a gustarla literalmente. Tienen el hábito constante de atacar a los caballos y mulas con lomo lastimado; y he observado muchas veces a estas aves aleteando a seis pulgadas arriba del lomo. Es curioso comparar el aspecto de los dos animales. El cuervo, con la cabeza encorvada hacia abajo, y la mirada seriamente fija en la matadura; la mula con el lomo encogido y las orejas echadas hacia atrás, meneando la cola, temiendo comer y al parecer no sabiendo si ojear o cocear. (N. del A.)



 

3

Al principio de vivir con los gauchos, no podía concebir cómo era posible que se manejasen para comer tan ligero carne que yo encontraba tan descomunalmente correosa; pero un gaucho viejo me dijo que era porque yo no sabía elegir el pedazo bueno e inmediatamente me cortó un gran pedazo completamente tierno. Después siempre rogaba a los gauchos que me ayudasen y generalmente sonreían por haberles descubierto el secreto. (N. del A.)



 

4

Antes ignorante de trabajos, su juventud y el vigor atávico lo habían hecho saltar del nido. Los primeros esfuerzos fueron enseñados al tímido por los vientos primaverales y sin nubes. Luego, con vigoroso ímpetu atropelló al enemigo en su redil. Ahora falta ya en los bizarros dragones el deseo del sangriento banquete y de la lucha. (N. del A.)



 

5

Uno de los cuadros más sorprendentes en o cerca de Buenos Aires es el gaucho joven que trae la leche. La leche va en seis o siete botijuelas colgando a los lados del recado. Rara vez hay lugar para las piernas del muchacho y generalmente pone los pies para atrás y se sienta como sapo. Se encuentran estos muchachos en grupos de cuatro o cinco y su modo de galopar, con gorro colorado, y poncho escarlata volando por detrás, ofrece aspecto singular. Las carnicerías son carros toldados no muy agradables. La carne, cortada de manera horrible, zangolotea; y siempre he visto un gran pedazo atado con un tiento en la trasera del carro, arrastrando por el suelo, con un perro que trata de agarrarlo. (N. del A.)



 

6

Un día estaba observándolos, en vez de mirar adelante, cuando mi caballo rodó en una vizcachera y me apretó el brazo. Estaba tan machucado que casi me desmayé; pero, antes de poder montar de nuevo, el carruaje casi se perdía de vista y cuando el cielo me parecía todavía verde por el dolor que sufría, me vi obligado a seguir para reunírmeles y creo que tuve que andar siete millas a todo galope antes de alcanzar el carruaje para entregarles mi caballo. (N. del A.)



 

7

«Son tan salvajes como el burro», dijo un cornuallés, sonriendo; y luego muy gravemente agregó, «y observo una cosa, señor, y es que cuanto más lejos vamos tenemos cosas más salvajes». (N. del A.)



 

8

Unos gauchos los habían extraído del pozo. (N. del A.)



 

9

En una larga marcha rara vez sucede que los novillos puedan ir con los hombres. (N. del A.)



 
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