Los mejores cuentos
Joaquín Díaz Garcés
Joaquín Díaz Garcés es uno de los mejores escritores de este siglo. Estudió leyes, pero antes de recibir su título, decidió dedicarse al periodismo. Su ingreso fue imprevisto y se debió a un formidable artículo que escribió, con cómoda ironía, acerca de las molestias y sufrimientos de los pasajeros del tranvía tirado por caballos que hacía el recorrido a lo largo de Av. Irarrázaval, hasta la quinta Tobalaba que, por entonces, pertenecía a su padre.
Envió el escrito a uno de los diarios de la época, y causó tal conmoción, que pronto los directores de otros medios de prensa le estaban solicitando trabajos.
Hombre cultísimo que vivió algunos años en Europa, estaba dotado de un agudo sentido de observación. Por eso sus artículos, escritos en los primeros veinte años de este siglo, o sea alrededor de ochenta años atrás, son tan actuales que parecen trabajados en estos tiempos.
Su fino humorismo hace reír con ganas, y el lector pasará momentos muy gratos leyendo, o quizá releyendo, sus páginas. Para reunir estos artículos se tuvo que buscar en diferentes periódicos y medios de prensa de esos años, y nuestra editorial se enorgullece de salir al mercado con esta edición.
El editor.
Neira era el capataz del fundo de Los Sauces, extensa propiedad del sur, con grandes pertenencias de cerro y no escasa dotación de cuadras planas. Cincuenta años de activísima existencia de trabajo, no habían podido marcar en él otra huella que una leve inclinación de las espaldas y algunas canas en el abundante pelo negro de su cabeza. Ni bigotes, ni patillas usaba ño Neira, como es costumbre en la gente de campo, mostrando su rostro despejado, un gesto de decisión y de franqueza, que le hacía especialmente simpático. Soldado del Valdivia en la revolución del 51, y sargento del Buin en la guerra del 79, el capataz Neira tenía un golpe de sable en la nuca y tres balazos en el cuerpo. Alto, desmedidamente alto, ancho de espaldas, a pesar de su inclinación y de las curvas de sus piernas amoldadas al caballo, podía pasar Neira por un hermoso y escultural modelo de fuerza y de vigor.
Enérgica la voz, decidido el gesto, franca la expresión, ¡qué encantadora figura de huaso valiente y leal tenía Neira! Su posesión estaba no lejos de las casas viejas de Los Sauces, donde he pasado muy agradables días de verano con mi amigo, el hijo de los propietarios. La recuerdo como si la viera: un maitén enorme tendía parte de sus ramas sobre la casita blanca con techo de totora; en el corredor, eternamente la Andrea, su mujer, lavando en la artesa una ropa más blanca que la nieve; una montura llena de pellones y amarras colgada sobre un caballete de palo; y dos gansos chillones y provocativos en la puerta, amagando eternamente nuestras medias rojas que parecían indignarles.
Cada año cuando a vuelta de los exámenes llegábamos a las casas de Los Sauces, nuestra primera visita era a la Andrea, que suspendía el jabonado de la ropa para lanzar un par de gritos de sorpresa y llorar después como una chica consentida. Siempre nos encontraba más altos, más gordos, más buenos mozos (con perdón), y concluía por ofrecernos el obsequio de siempre: harina tostada con miel de abejas.
Después había que ir a buscar a ño Neira, seguramente rondando por los cerros. Desde lejos, al recodo del camino, nos conocía el capataz, y pegando espuelas a su mulato, llegaba como un celaje hasta nuestro lado. Qué risas, qué exclamaciones, qué agasajos; a nuestros cigarros correspondía con nidos de perdices que ya con tiempo tenía vistos entre los boldos y teatinas, y comenzaba a preguntarnos de todo, de si habría guerra, de si habíamos concluido la carrera, de si habíamos encontrado novia. Pero debemos repetir que aún andábamos de calzón corto, y si no, ahí estaban los gansos de la Andrea que nos dieron más de un picotazo en las piernas, débilmente defendidas.
Desde nuestra llegada a Los Sauces, ño Neira no daba un paso sin nosotros: yo a su lado, mi amigo al otro. ¡Qué preguntar, y averiguar y curiosear! Terminaba ño Neira de responder y ya le caía una nueva pregunta encima, y si él tenía placer en contestarnos, no lo teníamos menor nosotros en oír su lenguaje expresivo, su peculiar manera de comerse las palabras, y hasta el colorido especial con que lo revestía todo.
Dos años dejé de ir a Los Sauces, y cuando ya bachiller en humanidades me lo permitieron mis padres, avisé a mi amigo con un telegrama que en el tren expreso de la mañana dejaba a Santiago. Al llegar el tren a la estación, estaba él allí a caballo, con el mío a su lado y el sirviente apretando cuidadosamente la cincha. Un abrazo entusiasta, las preguntas de estilo sobre nuestras familias y ¡a caballo!
-¿Qué llevas ahí? -me preguntó mi amigo, aludiendo a un paquete que asomaba a mi bolsillo...
-Un corvo para ño Neira...
-¡Bien le hubiera venido cuando lo asesinaron!
¡Cómo! ¿A ño Neira? ¿Es posible? -Y entonces se me escapó una pregunta, la única que podía hacerse tratándose del valiente capataz:
-¿Y Neira se dejó asesinar?
-Te lo contaré todo -me dijo mi amigo-, pero apura el paso porque nos va a pillar la noche en el camino, y en casa estarán con cuidado.
Y tomamos trote por la alameda.
Lo que de mi amigo oí y que me conmovió profundamente, es lo que cuento enseguida, tres años después de la muerte de Neira. Ño Neira estaba sentenciado. En nuestros campos se da a esta palabra una importancia excepcional. El capataz dio un día de chicotazos a un individuo de mala índole, a quien había pillado en un robo, negándole enseguida todo trabajo dentro del fundo. Éste había «sentenciado» a Neira.
-Deja no más -le dijo-, algún día nos encontraremos solos.
Neira se encogió de hombros; bien sabía él que al infeliz no le convenía ponérsele solo por delante; lo malo era que buscaría una cuadrilla para asaltarle. Pero en fin, ¿no tenía él en su silla un cuchillo que ya le había servido muchas veces para defenderse?
Pasaron los días. Neira no faltaba ninguno a su ronda del cerro y paso a paso regresaba al caer la tarde para llegar hasta la casa del administrador y decir que no había novedad en el ganado.
Un día fue al cerro con su hijo mayor, un muchachito de doce años con grandes ojos negros, fiel retrato de su padre y fundada esperanza de los patrones de Los Sauces. Llevaba al chico por delante de la silla y conversaba con él, mientras más abajo, en el plan, la vieja Andrea, de cabeza sobre la ropa, la hacía levantar lavaza y blanquísima espuma de jabón, al restregarla entre sus manos.
Llegaba la tarde, y el sol poniente sin rayos ya y convertido en un disco rojo, se hundía como un rey depuesto. Una desordenada orgía de colores inundaba el horizonte y el resto del cielo era intensamente azul y limpio de nubes blancas.
¿Quién no ha visto los cerros chilenos cubiertos de boldos? Un faldeo gris, con manchas doradas de teatinas; algunos quiscos que se levantan como brazos armados; y los boldos del más oscuro e intenso verde que parecen escalar el cerro como peregrinos haciendo penitencia.
En la plana superficie, ño Neira se había desmontado para apretar la cincha de su mulato y echar una pitada al aire. El chico se había puesto a andar en busca de algunos guillaves maduros... De repente, Neira creyó notar que un boldo se movía; tomó una piedra pequeña y la arrojó.
Un individuo se separó del árbol y comenzó a andar en su dirección silbando alegremente. Una mirada sola bastó para hacer comprender a Neira que estaba frente a una emboscada; el gañán que tenía por delante era el que lo había «sentenciado» y no había sido tan necio para ir solo a buscarlo al cerro. Con una mano se palpó la cintura, y al encontrarse allí su corvo de los días de fiesta, sacó con la otra la tabaquera, y se puso a liar un cigarro.
-¿Estabas escondido, ah? -preguntó burlonamente vaciando el tabaco en la hoja de maíz...
-Esperándolo, ño Neira.
-No vendrás solo, por supuesto -continuó el capataz-: no sois vos de los que pelean cara a cara...
-¡Eso... quién sabe, iñor! -y el gañán avanzaba lentamente, como avanza un gato, arrastrándose casi.
-Bueno, párate un poco y déjame pitar este cigarro. Hay tiempo...
El peón se paró. O era admiración o era miedo; pero el asesino quedó dudando.
Neira chupaba deprisa un cigarro, porque le debía quedar poco tiempo. El sol apenas asomaba ya un extremo de su disco rojo, que parecía mancha de sangre, y las sombras alargadas de los boldos duplicaban el número de peregrinos que escalaban el faldeo y parecían apurarse para que no les pillara la noche en tarea tan pesada.
El cigarro se concluía y Alegría se pasaba la mano por la cintura buscando algo.
-Tú -dijo Neira, tomando del brazo al chico- te pones detrás de mí, y no te mueves. ¡Cuidado con llorar!...
Y una mirada lanzada abajo a la llanura, lo hizo recordar a la vieja que probablemente colgaba en ese momento la ropa en el cordel.
Después puso la mano en la cacha de su corvo, enrolló con el otro brazo su poncho negro de castilla y le dijo al gañán:
-¡No te expongáis, Alegría! Llama a tus amigos. No ensucio mi corvo de los domingos en ti solo.
Un silbido sonó y Alegría volvió la cabeza para ver si estaban todos. Cinco hombres caminaban subiendo a saltos, y buscándose los cuchillos en la cintura.
-Ño Neira, le ha llegado su hora.
-Y la tuya tamién, cobarde...
Y de un salto todos estuvieron encima del capataz que se echó atrás y levantó el brazo en que tenía envuelto su poncho.
En ese instante el crepúsculo invadía con su indeciso y vago resplandor las cosas todas, haciendo ya difícil distinguir los objetos. Neira, con los ojos fruncidos para ver mejor, se colocó de un salto fuera de este círculo en que alevosamente le podían matar como un perro, pensando en defender su espalda y ese pedazo de su corazón que tras de ella se refugiaba llorando a gritos.
Alegría logra alcanzarle un brazo con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que otro de los bandidos le estrella el suyo en las costillas. Neira se contenta con defenderse barajando los golpes. De repente el viejo capataz se transforma, es el soldado del Valdivia y el sargento del Buin, las dos heridas le arden y lo irritan como a un toro bravo, y en vez de huir del círculo que lo quiere estrechar, salta adelante y hace silbar el aire con la más fiera de las cuchilladas que ha dado brazo chileno.
Uno de los bandidos se desploma y cae y la furia de los otros se duplica en medio de rugidos, amenazas e insultos. Neira es una fiera; tan pronto acomete como se defiende; ya la batalla es silenciosa y sólo se siente el ronquido del que agoniza y el aliento jadeante y cortado de los que se acuchillan. Todos están tan juntos que cada cuchillada encuentra por delante la vigorosa carne de Neira, y todo avance del heroico capataz abre un vientre o rasga un pecho.
En el momento en que las sombras se hacen más densas, surge de abajo del llano, una voz que todos han oído con la cabeza descubierta... Es la campanilla del fundo que toca el Ángelus, y que el viento hace aparecer a ratos como un gemido y a ratos como una voz de mujer que llama.
Pero hay demasiada sangre para que al través de ella se sienta y se mire. Los cuchillos se chocan, el corvo entra cada vez hasta la empuñadura y la sangre corre cerro abajo en un delgado chorro que va rodeando las piedras y abriéndose paso al través de las matas. Pero los bandidos están sintiendo ya el vigor de Neira, porque otro de ellos cae al suelo en fuerza de la sangre perdida, y el capataz no da muestras de cansancio.
El asedio aumenta, el capataz abraza a Alegría que ha errado un golpe y trata de estrangularlo con sus manos; pero al verlo indefenso los otros lo acribillan a puñaladas. Neira lanza un grito de angustia y cae al suelo abrazado con su enemigo. El combate ha llegado a un momento supremo y desesperado. Neira ya no es temible para los otros, y todos sus esfuerzos se concretan a estrangular a Alegría que se retuerce desesperadamente en el suelo mientras sus vigorosos dedos aprietan el pescuezo ensangrentado del traidor y se sumen entre las secas fauces que todavía lanzan ronquidos de ira.
Los tres bandidos comprenden que aquello ha terminado y echan a correr. Neira salta del suelo, abandonando a su víctima, y quiere alcanzarlos y apuñalearlos por la espalda, pero siente que vacila como un ebrio y tambaleando vuelve donde su hijo, que pálido y desencajado no puede ya ni llorar.
-¡Asesinos! -alcanza a gritar. -¡Infames! ¡Cobardes! -y rueda por el suelo al lado de los tres cadáveres que no valen juntos lo que vale una gota de sangre de ese héroe.
Y la noche cae con toda su pavorosa, helada e inhospitalaria oscuridad.
Largo rato Neira respira fatigosamente y el chico inclinado sobre él, calla lleno de estupor y de miedo. De repente el capataz se incorpora, se arrastra hasta un árbol y tomándose de él logra ponerse de pie.
-Trae el mulato -alcanza a decir.
El chico lleno de sangre, también, aunque no herido, pálido como un cadáver, se acerca a tientas al mulato y vuelve con él paso a paso. Pero Neira ha vuelto a caer al suelo desfallecido y sólo tiene fuerzas para quejarse.
-¿Está el caballo? -pregunta con voz apenas perceptible.
-Sí, taitita.
-Bueno.
Y de un nuevo esfuerzo Neira está de pie, y tomando a su hijo lo coloca sobre el mulato que pacientemente tasca el freno. Enseguida, reúne todas sus fuerzas y poniendo un pie sobre el estribo logra montar dolorosamente no sin que se le escape un quejido de angustia y sufrimiento.
El caballo comienza a marchar. Neira siente abiertas todas las heridas y el calor de la sangre que corre a través de su cuerpo y de su ropa. Pero no importa; el capataz quiere llegar sólo a las casas del administrador y pronunciar las palabras sacramentales de todas las tardes:
-No hay novedad en el ganado -y después agregar en voz baja al oído de su hijo: -me llevarás a mi casita para morir tranquilo en mi cama, porque estoy muy cansado. Ahí está la cruz con que murió mi padre y también quiero yo que me la ponga la Andrea sobre el pecho.
Pero ya era tarde. Neira sintió un desvanecimiento y cayó al suelo como un tronco que se desploma. El mulato dio un brinco y arrancó furiosamente alameda abajo, mientras el chico, aferrado a la silla, creía llegado su último momento. El caballo detuvo su galope frente a la casa del administrador, donde casi todos los vivientes del fundo, alarmados por la larga demora de Neira, se aprovisionaban de luces para ir al cerro en su busca.
El chico fue tomado en brazos, interrogado, suplicado, pero sólo podía leerse en sus ojos dilatados que había ocurrido algo muy grave al capataz.
Y todos los vivientes, incluso la Andrea y el administrador, se pusieron en marcha, y gran parte de esa noche se sentían gritos de hombres y mujeres, que el eco respondía pavorosamente:
-¡Ño Neira! ¡Ño Neira!
Y Neira veía a lo lejos las luces que le buscaban, como ánimas errantes que lo llamaban a sí. Su pecho latía como una caldera próxima a estallar, y sus labios convulsos y ensangrentados querían en vano responder: ¡aquí estoy! Pero la voz moría en la seca garganta y sólo salían las palabras en secreto como si fuera una confesión.
Por fin las luces se acercaron, y el primero que llegó al lado de Neira fue don José, el administrador, que se inclinó paternalmente sobre el capataz sumido en un extenso charco de sangre y palpitando como una fiera cansada.
Neira reunió sus últimos esfuerzos, el último resto de su asombrosa vitalidad y dijo con voz entera:
-No hay novedad.
Y fueron las últimas palabras del valeroso capataz de Los Sauces. Siguiendo la línea de sangre que se veía en el camino dieron, casi a medianoche, con los tres cadáveres de los bandidos, y ahí pudieron medir el heroísmo de Juan Neira, el ex soldado del Valdivia y ex sargento del Buin.
-¡Sesenta cuchilladas tenía en el cuerpo! -me dijo mi amigo.
-¡Pobre Neira!
Al día siguiente fui al cerro, solo, y me arrodillé al lado de la verja de madera con que se había rodeado una modesta crucecita que recordaba el sitio del asalto. Allí recé por el alma de Juan Neira, el más valeroso, bueno y leal de los servidores. ¡Qué corazonazo tan grande había en ese cuerpo tan robusto!
Ese hombre, instruido, habría sido un general formidable, un león de los combates; malo, habría sido el más fiero bandido de la sierra.
En cambio fue leal como un perro guardián, bueno como la leche y valeroso como un tigre.
¿Quién no conoce en Chile ese tipo de hacendado solterón que pasa casi todo el año en la soledad de las viejas casas del fundo para sacar a la tierra, en permanente lucha, el dinero con que siempre sueña fundar un hogar para la vejez? Son de esos hombres que no aceptando a la mujer joven y hermosa como compañera, la quieren legar sus achaques y dolencias de la edad como a enfermeras.
El señor X, a quien no nombramos porque vive y es aún hombre de trabajo, posee cerca de Los Andes un regular fundo que explotaba y explota todavía a la antigua. Desparramar el trigo en agosto, salir un poco a caballo y esperar la cosecha haciéndose los peores proyectos sobre su resultado, en eso consistía hasta hace poco el «abrumador» trabajo del campo, como le han llamado con cierta ironía los oficinistas de Santiago que se queman las cejas alineando numeritos litografiados y haciendo sumas y divisiones a granel.
El señor X había heredado, como tantos otros, el fundo, y había sacado de él alrededor de diez cosechas, lo que quería decir que no era hombre de escasos recursos. Su padre, agricultor de los viejos, huaso ladino, entendido en las tareas agrícolas, conocía bien el negocio; y había comprado el fundo a la sucesión de un señor que había desaparecido allí de una manera bien misteriosa.
Por eso la casa vieja, metida en un grupo de olmos viejos y derrengados, al final de la consabida alameda y al lado de los legendarios corrales, tenía historia, o mejor dicho «historias», porque al decir de los inquilinos, por allí penaba el antiguo patrón.
En los aleros disparejos, húmedos, musgosos, «achiguados», anidaban algunas familias de palomas, cuya aristocracia se remontaba a muchos años de la fecha y cuyos vólidos, aleteos y murmullos turbaban el silencio de aquel vasto patio donde permanecía muda y solemne la trilladora Ramson, las carretas inclinadas sobre los pértigos, y el caballo del patrón, ensillado permanentemente, y espantándose las moscas con la cola, debajo de un nogal.
La casa era como todas las de su tiempo: un cañón de piezas al fondo y dos más haciendo ángulo recto con los extremos de aquél; las piezas bajas, con ventanas anchas y pesadas, rejas de hierro forjado a martillo, abiertas hacia el frente y el fondo, largos corredores con ladrillos húmedos y desiguales, y pilares de madera redondos sobre bases de piedra blanca...
El mobiliario lo componían los viejos sofás Imperio de caoba y crin, los sillones de baqueta, y las sillas que hoy persiguen los anticuarios en todas partes; y en cada rincón un rifle viejo, institución tradicional de las casas de campo, revelaba allí que también al señor X se le había ocurrido que le pudieran asaltar por el frente o el fondo de la casa.
Aquella noche, noche de invierno algo brumosa y seguramente bastante fría, estaba el señor X sentado a la mesa, sólo, teniendo por delante un diario del día anterior, nuevo para él, y engullendo lentamente unas costillas de cordero que expedían el más excelente y apetitoso olor. ¡Qué aburridas aquellas horas! Todos los días lo mismo. Ignacio, el sirviente fiel, un ex sargento del Atacama, le servía los platos, unos tras otros, en un silencio imperturbable: se bebía después la inevitable tacita de café, se retiraba al escritorio a recorrer los diarios o arrojándose en una poltrona se entretenía en soñar, siguiendo el humo de su cigarro, con la linda mujercita que podría haber tenido a su lado si esas malditas prevenciones contra el matrimonio, concebidas desde la Universidad, no le hubieran retraído de casarse.
Aquel día la comida había demorado más. Los diarios venían palpitantes con una agitación política; una crisis de ésas que traen cambiado de decoración y en que se siente la voz del director de escena y se ve la maquinaria. De manera que la lectura de esos chispeantes y candentes editoriales, le había hecho alargar más que nunca la sobremesa.
Un golpecito seco, distinto, seguido de un carraspeo al otro lado de la ventana, le sacó de la interesante abstracción, para hacerle dirigir la vista hacia ese punto y decir, como tenía costumbre cuando le golpeaba todas las noches don Simón, el administrador, para pedir órdenes- «¡Empuje la puerta!».
Tres pasos firmes, seguros, pero sin sonido de espuelas, como habrían sido los de don Simón, recorrieron el espacio que separaba la ventana de la puerta, y antes que el señor X e Ignacio hubieran podido fijar en ello la atención, moviéndose suavemente el cerrojo abrióse una hoja y dio paso a un hombre al cual ninguno de los dos conocía. Hizo éste una ligera venia, contestó con otra el caballero, y mientras aquél no hallaba dónde colocar su sombrero de paño negro ni sentarse él mismo, el señor X le preguntó tranquilamente qué asunto le traía hasta allí.
-Si no fuera importuno, señor, respondió, yo le suplicaría me oyera dos palabras sobre un negocio, enteramente privado...
-¿Le molesta a usted la presencia del mozo? -preguntó visiblemente inquieto el dueño de casa.
-Si usted fuera tan bondadoso que me oyera a solas...
Antes de que una seña de su patrón se lo hubiera dado a entender, Ignacio había salido sin hacer ruido, librando así al recién llegado de un inútil testigo.
-El negocio que me trae aquí y a tales horas, -continuó diciendo éste con cierta seguridad en la voz- va a parecer a usted, señor, a primera vista ridículo. Pero una vez que yo le convenza de lo serio y honrado de mi propósito, no tendrá usted inconveniente en aceptarlo. Se trata de un entierro...
-Siéntese usted aquí -interrumpió el señor X, pensando ya más serenamente que el hombre que tenía por delante podía ser un impostor- y acompáñeme con una tacita de café.
Y sin esperar contestación, llamó a Ignacio, que apareció llevando una bandeja de madera negra con unos pajarracos chinos dorados a fuego y en ella una cafetera y dos tazas de loza dibujadas con colores chillones.
De esta manera quería el señor X darse tiempo para reflexionar y tener más advertido a Ignacio. Porque... ¡qué diablos! Un hombre solo en un caserón abandonado, con fama de rico, podría ser buena presa para cualquier desalmado.
De un sorbo se bebió la taza de café el advenedizo, dejándose observar por la mirada rapaz del señor X su físico desleído, que no decía nada, ni nada revelaba. Porque si es cierto que hay rostros delatores y expresivos, no es menos cierto que los hay opacos y completamente mudos.
Por otra parte, el hombre aquel deseaba continuar su frase interrumpida, y así apenas vio al señor X encender su cigarro y apoyarse en el respaldo de la silla en actitud de oírle, siguió adelante.
-Como le decía, señor, se trata de un entierro. Usted creerá probablemente en entierros.
-Poquísimo, caballero.
-Es natural; generalmente los entierros son pretextos para estafas, burlas y engaños. El entierro de que yo vengo a hablarle es algo serio, real, exacto, que le probaré hasta la evidencia. Tuve yo un tío que fue minero, y sin embargo murió bastante pobre, postrado por una tisis que lo fue acabando lentamente. Había sido hombre de negocios y de negocios enredados; no teníamos mucha fe en su honradez. Pero antes de morir llamó a mi padre y a mí, y nos dijo que él conocía el sitio seguro, fijo, de un entierro, hecho entre él y un compañero de negocios. Nos entregó unos planos y nos dejó el convencimiento de que aquello era una cosa seria y digna de crédito. Ahora bien, ¿estaría usted dispuesto a ayudarme, señor X?... Iríamos a partir de utilidades.
-Pero, vea usted, señor, ¿dónde están las pruebas? ¿dónde está ese entierro? Usted no exigiría que le crea bajo su palabra.
-Si yo le mostrara a usted un plano de esta casa, y el sitio donde debe hallarse el entierro, ¿usted me creería?
-Tal vez, casi, casi con seguridad.
-Bueno...
El advenedizo llevó rápidamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta, removió pausadamente algunos papeles, sacó uno algo ajado y amarillento, lo desdobló, apartando otro que estaba allí junto, y abriendo el primero lo puso ante los asombrados ojos del señor X que pudieron ver allí perfectamente clasificadas las piezas, los pasillos, las puertas, toda la casa con sus detalles más mínimos...
-¿Y dónde está aquí el entierro? -preguntó ya con intensa curiosidad.
-Usted me permitirá, señor, que -Usted me permitirá, señor, ques..., yo no le conozco. Antes de mostrarle otro plano, yo exijo que usted me facilite esta misma noche el acceso a la pieza señalada y los dos nos pongamos a la obra.
-¿Y por qué ha de ser esta misma noche? -preguntó con energía el señor X...
-Porque habiéndole ya revelado a usted que aquí hay un entierro, usted podría pretender rastrearlo para sí y dejarme a mí a un lado.
Aquello parecía sincero, razonable. El señor X titubeó un momento; pero no quería dar muestras de temor, y sin embargo, todo aquello era raro, extraño, sumamente peligroso.
-Venga el otro plano -exclamó de pronto-, acepto bajo mi palabra de honor las condiciones -mientras recordaba con cierta tranquilidad que llevaba el revólver cargado en el bolsillo del pantalón...
Al instante el hombre repitió su operación de rastreo de papeles y sacó el otro que había vuelto a guardar. Era el mismo plano, pero en una de las piezas más apartadas una crucecita roja llevaba la vista a un letrero con tinta del mismo color, que decía: «aquí está la tinaja».
Un momento se fijaron sus ojos en esos caracteres rojos, letra fina, cuidada... ¡La tinaja! ¿Estaría llena de onzas? ¿Sería aquello verdad? ¿Qué le había metido a aceptar aquel loco y aventurado negocio que podría ser una celada infame? Tuvo miedo, emoción; un sudor frío le corrió por todo el cuerpo, y cuando levantó la vista del plano que lo hipnotizaba con el letrerito rojo, vio que los ojos incoloros del advenedizo le miraban fijos, inmóviles, brillantes como los del gato.
Era necesario que no le viera dudar, y haciendo de tripas corazón, como se dice vulgarmente, devolvió el papel y contestó con la más tranquila entonación:
-Estoy a sus órdenes, caballero.
-Es necesario un chuzo y una pala, y apartar a los criados para que no se den cuenta de qué se trata.
-Lo mejor será que lo vamos a sacar nosotros mismos. Yo tengo la llave de la bodega.
Tomó el señor X una vela que estaba sobre la mesa y salió del cuarto, teniendo siempre cuidado de echar a su compañero por delante. Llegaron por el corredor a un portón ancho de dos hojas con grosero y tosco candado fue quitado sin dificultad, separándose cerrojo, y abriéndose un lado con el crujido inevitable de los goznes mohosos. Allí estaba el coche, el coche de la hacienda, un viejo carruaje de trompa, que inclinaba su techo lustroso como un lomo de barata; los arneses colgaban de algunos ganchos en la pared enlucida, y en todos los rincones se amontonaban chuzos de varios tamaños, palas, azadones, arados, cultivadoras y echonas gastadas y mohosas. Era el arsenal de la hacienda donde venían los peones todas las mañanas a recibir la herramienta necesaria para trabajar todo el día bajo el sol abrasador.
El advenedizo se dirigió tranquilamente a un rincón, escogió una barreta, se acercó al otro extremo donde tomó una pala, cuyo filo examinó un instante, y esperó al señor X que intencionalmente se quedaba atrás para tenerlo siempre ante su vista.
Salieron, cerróse de nuevo el candado, y volvieron a tomar corredor, entrando por la puerta entreabierta y llena de luz por donde habían salido.
-Ignacio -llamó el señor X, afectando la mayor tranquilidad en la voz-, puedes retirarte.
Pero al mismo tiempo le daba una mirada bien significativa, que quería decir:
-Quédate, no te acuestes, vigila.
El sirviente entendió perfectamente que allí pasaba algo a mal, extraño en la vida de esa casa tranquila, y vio internarse en cañón de piezas con visible inquietud a su patrón, con una vela una mano, llevando por delante al individuo con el chuzo y la pala al hombro.
¿Dónde irán? ¿Qué significaba eso?
-Aquí es -dijeron los dos al llegar a la última pieza del corredor.
-Y este es el rincón preciso en que está la tinaja -agregó el desconocido, dejando caer el chuzo sobre un ladrillo que se trizó en varias direcciones.
La pieza era grande, húmeda, helada. El pavimento de ladrillos viejos estaba muy deteriorado dejando ver en varias partes las manchas negruzcas de la humedad. Dos o tres baratas negras subían por los guardapolvos, con su marcha torpe, indecisa, y una mosca grande y verde volaba trasnochada, zumbando de un modo siniestro alrededor de la vela.
Quedó ésta en el hueco de una ventana; comenzó el desconocido a sacarse la blusa para poder manejar mejor el chuzo; y el señor X se inclinó sobre la pared para poder examinar desde allí todos los movimientos de su compañero.
Sentía un visible malestar; un sentimiento extraño, nuevo, le llenaba enteramente. Cierto ardor en las sienes y unas punzadas neurálgicas le comenzaban a molestar. Sus ojos se encontraban a menudo con los del desconocido, que lucían de una manera extraordinaria. Eran exactamente los ojos de un gato, algo vidriosos, iluminados por dentro, centelleantes e inquietos. ¿Por qué esos ojos que un poco antes eran opacos, esmerilados, por decirlo así, habían tomado ese fulgor? ¿Era que se acercaba el momento de poner en práctica la celada? ¿Cuál podía ser ésa? ¿Vendrían ya acercándose los compañeros que debían asesinar a don Simón y a Ignacio? ¿Se serviría ese desconocido del chuzo para matarle?
Y sin darse bien cuenta de lo que hacía, se apretaba contra la pared para sentir sobre su cintura el contacto del revólver y encontrar en ello seguridad.
Entre tanto, el compañero había dado ya unos cinco golpes vigorosos que habían hecho saltar los ladrillos en un espacio de un metro cuadrado, más o menos. Éstos, partidos o molidos, quedaron amontonados en un rincón. Ahora los golpes del chuzo eran sordos, caían sobre una tierra apretada y traposa, que se deshacía en costras.
¿Por qué el hombre del chuzo le volvía a mirar con esos ojos de gato? ¿Qué quería hacer? El silencio era inmenso, ese silencio de las noches de campo; el mugido de una vaca allá lejos, en la soledad de los potreros, ladridos lejanos de los perros de los inquilinos y uno que otro gemido agudo del Nerón, el perro de la casa, que al sentirse amarrado de un tronco lloraba con su aullido prolongado y lastimero.
Los golpes del chuzo seguían, la tierra saltaba, el sudor bañaba la frente del desconocido. Pero el señor X no se ofreció a seguir: él pensaba que inclinado sobre el suelo, con las manos ocupadas en tomar la herramienta, podía recibir fácilmente una puñalada, sin tener tiempo para defenderse.
¡Qué horas aquéllas! Dejemos hablar al señor X que contaba después este trance, temblando todavía.
Cerca del amanecer, cuando la segunda vela parecía apagarse y por las rendijas de la ventana se filtraba una luz triste, melancólica, escasa, el compañero soltó la barreta y dijo al señor X:
-Es menester levantar la tinaja.
Se inclinó éste con más temor que nunca sobre el borde de la excavación y pensó que quién sabe si ése era el último momento de su vida. Recordó su niñez, su vida entera, sus deudas con Dios, con los hombres, y haciendo un esfuerzo sobrehumano cogió la tinaja del borde, hizo un ademán poderoso para levantarla, pero nada se movió.
La emoción era inmensa, ya imposible de sobrellevar. Esa tinaja tan pesada ¿estaba llena de oro? ¿Eran ya los dos inmensamente ricos? ¿Saldrían de allí con dinero o sería uno víctima de la codicia del otro?
-¡Una idea! -exclamó de pronto el señor X- ¿Por qué no se rompe la tinaja con la barreta?
Un barretazo formidable cayó sobre un costado de la tinaja, otro más fuerte todavía la triza haciendo un ruido como si fuera la protesta de esos avaros que quisieran esconder ese oro que no podían tragarse en la tumba.
Un tercer barretazo partió medio a medio el tosco y gigantesco vaso de greda. Las mitades se desprendieron con la lentitud de una separación dolorosa y cayeron pesadamente sobre los muros de la excavación.
Un grito sordo se les escapó a los dos, medio ahogado, en las gargantas secas y ardientes.
Dentro había un cadáver, que todavía conservaba sobre el cráneo algunos pelos negros y lacios y sobre las costillas y caderas algunos jirones cenicientos...
Se miraron mudos, pálidos, aturdidos esos dos hombres. La vela se apagó, y en medio de la sombra los ojos de gato del desconocido lanzaron una mirada indecisa, interrogadora, llena de zozobras.
Y entonces una luz cayó sobre esas dos almas, haciendo desaparecer la codicia, la desconfianza; y reconstituyendo la escena pasada allí en años anteriores, creyeron ver a esos dos hombres que vaciaron el oro de la tinaja y en que el más fuerte encerró al más débil para gozar a solas del dinero.
Y mientras el desconocido pensaba con mortal ansiedad que su padre era el único poseedor del secreto, el propietario del fundo recordaba el misterioso desaparecimiento de su antecesor.
Y las miradas de esos dos hombres que hasta entonces se habían cruzado como dos hojas de un puñal, se encontraron ahora llenas de indecible angustia y se perdonaron.
Una larga faja de luz amarillenta, la primera del día, cayó al fondo de la lóbrega pieza...
Don Serafín Espinosa tenía su tiendecita de trapos en la calle de San Diego, centro del pequeño comercio, que, ya que no puede tentar por el lujo de sus instalaciones ni por el surtido de la mercadería, atrae por la baratura inverosímil de sus artículos. Se llamaba la tienda «La bola de oro», y mostraba en el pequeño escaparate tiras bordadas, calcetines de algodón, hilo en ovillos y carretillas, broches, horquillas, jabón de olor, polvos, botines, tejido al crochet y loros de trapo. Los géneros se reducían al lienzo común para ropa interior de pobre, al tocuyo tosco y amarillento, al percal barato y de colores vivos, y a una que otra variedad de velo de monja para mantos de poco precio.
Don Serafín era el alma más candorosa de la tierra. Se arruinaba lentamente tras del mesón; pero sin perder su encantadora sonrisa, modales amabilísimos, su generosidad innata y su fina cortesía. Si alguna mujer le pedía la llapa, al meter la tijera en el lienzo, corría como media vara más el corte y daba después el vigoroso rasgón sin importársele un ardite. Si un chico lloraba de aburrido mientras la madre regateaba largamente un corte de ocho varas de percal, corría él a la vidriera y cogiendo un loro de trapo se lo obsequiaba para calmarle la pena. Si una sirviente volvía desolada a devolverle tres varas de tocuyo, porque era de otra clase el que le habían encargado, recibía el trozo y daba del otro, guardando el inservible pedazo para algún pobre. Y en fin, lo que menos tenía don Serafín eran cualidades para comerciante.
Muchas veces, al caer la tarde, su vecino de la esquina, un simpático italiano, natural de Parma, dueño del almacén de abarrote «La estrella parmesana», se le acercaba en mangas de camisa, despeinado, sudoroso, pero aún no cansado de la fatiga del día, y le charlaba una media hora.
-¡Buona sera, don Serafine! ¿Cómo va questo? Malo ¿eh? Ma ¿qué quiere usted, signore? Non se puede ser santo e comerchante a la veche, non. Per ganare la plata se necesita malizia, acortare la vara, pasare de cuando en cuando una cuarta meno, vendere un lienzo de mala calitá... ¡Sí don Serafine! ¿Cómo quiere usté, santo varone, prosperare cuando lo da tutto? Usté sirá del chelo derechito y verá a Dios; pero lo que es el dinero no lo verá, non.
Don Serafín sonreía, porque él más que nadie estaba convencido de que habría hecho muchísimo más de lego recoleto que de dueño de «La bola de oro». Pero ¿tenía él la culpa de que al frente se hubiera establecido ese maldito «Bazar Otomano» con tres puertas, dos vidrieras y tantas medias lunas? ¿Tenía él la culpa de que todos prefirieran a su pobre tenducho con los eternos loros de trapo en la vidriera, los brillantes escaparates del vecino, con rosarios de concha de perla, collares de vidrio y polvoreras de cristal?
No, ¿y entonces? Y don Serafín seguía sonriendo amable y encantadoramente, obsequiando los loros de trapo y dando llapas de media vara.
Pero el negocio iba a menos rápidamente, y los cinco mil setecientos pesos que tenía en mercaderías corrían grave riesgo de fundirse.
-Si yo fuera un pillastre, un hombre sin conciencia -decía don Serafín-, le prendería fuego a «La bola de oro» y luego la Nacional me entregaría mis cuatro mil de seguro. Pero como tengo temor de Dios, y prefiero vivir pobre que deshonrado, no haré jamás tal crimen, y me contentaré con ver resignado cómo se van escurriendo entre los dedos estos cinco mil pesos, fruto de tantos años de trabajo.
En estos únicos momentos de amargura desaparecían de la cara de don Serafín la sonrisa amable y el gesto candoroso y en esos mismos momentos acortaba considerablemente la llapa.
La idea del incendio, rechazada tantas veces como criminal y pecaminosa, era, sin embargo, la única solución del negocio. Si yo le prendo fuego, lo que Dios no permita -pensaba don Serafín-, hago una cosa mala; pero si llega otro, sin que yo lo sepa, y sin que yo se lo aconseje y me quema «La bola de oro», entonces ¿qué culpa tengo yo?
Y desde entonces don Serafín se dedicó a hacer rogativas y mandas por lograr el completo incendio de sus mercaderías. Creyó conveniente, ya que de fuego se trataba, dirigirse a las ánimas benditas del purgatorio, que tienen las llamas al alcance de su mano, y las llenó de promesas, súplicas y oraciones.
Entonces se le vio a don Serafín Espinosa más alegre que de costumbre, agotando los loros de trapo de la vidriera y llegando a dar de llapa hasta una vara larga de tocuyo.
Por fin, fue oído el constante incansable tentador, y como la Nacional, ignorante de todo, no apeló por su parte a las ánimas para destruir el efecto de las velas, flores y oraciones de don Serafín, la cosa se inclinó del lado de éste.
Una noche, la tranquilidad de la calle San Diego fue turbada por el repiqueteado toque policial y gritos de ¡incendio!, ¡incendio! En un momento se despertó toda la cuadra, hubo voces, llamados, carreras, y cinco minutos después la ronca y fúnebre campana del cuartel general de bomberos sonaba en el silencio de la noche, haciendo poner en alarma media ciudad.
A patadas fue abierta la puerta de una colchonería, vecina a «La bola de oro», y una vez caídas las hojas, salió una llamarada envuelta en humo, que barrió en un instante con su letrero de madera: «Se llenan colchones».
Uno de los oficiales de policía fue corriendo a avisar a don Serafín, que dormía como un bienaventurado en su casa. Saltó éste de la cama, se impuso de la fausta nueva, se metió un macfarland y un par de zapatillas y salió a la calle brincando como un loco.
La sorpresa del policial que tímidamente estaba llamando a la ventana: «Señor Espinosa; no se alarme usted, pero se le está quemando la tienda», subió a un extremo indecible, al ver que don Serafín se le colgaba del cuello, lo estrechaba contra su pecho y hasta le estampaba un entusiasta beso en la punta de la nariz.
-Señor oficial, ¿no se chancea usted? ¿Es verdad que se me quema todo? ¡Qué dicha, Dios mío!
Y corría como un desesperado apretándose el macfarland para que le cubriera el cutis ante las miradas risueñas de los que lo miraban pasar.
En ese momento ya llegaban las bombas con una algazara de mil demonios: campana, gritos, galope de caballos resbalones, insultos, órdenes, arrastre de mangueras, piteos, en fin, un infierno.
Ya está un grifo listo, ya arde un fogón, ya late furiosamente una caldera, ya puja el agua ruidosamente en uno de los pitones, ya sale el chorro y barre a la muchedumbre que se apiña y hace saltar la bola de latón sobredorado de la tienda de don Benjamín y cae sobre el techo sofocando un penacho de llamas y de humo.
-¡Dios quiera que no quede ni un miñaque, ni un ovillo, ni un loro, ni un calcetín! -exclamaba el feliz tendero, balbuceando a ratos avemarías y atrayendo muy curiosamente sobre sí la atención de los vecinos.
El cielo lo oía; pero lo oía también el juez del crimen de turno que daba órdenes inmediatas para arrestar a don Serafín.
Trabajaron tenazmente las bombas; el agua destruyó al par que el fuego, y cuando ya no quedaron sino tres o cuatro murallas y un montón de escombros, se declaró extinguido el fuego, se tocó llamada y se recogió el material.
Un piño de curiosos se detenía delante de las humeantes vigas y de los húmedos adobes, que despedían un olor acre y pegajoso, y entre ellos se veían las albas mangas de camisa del dueño de «La estrella parmesana» que no había alcanzado a sufrir nada.
-Yo no masusto -decía a su auditorio- per esto se necesita calma. Así son las cosas de la vita. Don Serafine se resolvió a ser comerchante, e non santo. Así no sirá tan derecho del chelo pero tendrá en cambio dinero. Questo es la realitá, la realitá pura; el comercho non vive del oscurantismo.
Entretanto don Serafín estaba sentado en un banco con la cabeza sobre el pecho y los brazos cruzados, esperando la hora en que debía llegar el juez a instruir el sumario. Se encontraba en un vago estado de incertidumbre. Por un lado, daba gracias al cielo por el incendio, y por otro, le pedía salir bien librado de la delicada situación en que estaba.
Un guardián lo sacó de la incertidumbre, anunciándole que el juez lo llamaba. Don Serafín salió del calabozo y apareció con su cara serena, candoroso, amable, ante el juez que esperaba su llegada.
-Señor Espinosa. Parece que el incendio de «La bola de oro» ha sido intencional.
-No sólo lo parece, señor juez, sino que lo es.
-¡Hola!
-Sí, señor juez, como intencional, pocos lo habrán sido más.
-¿De manera que usted, señor, reconoce haber prendido fuego a su tienda de la calle de San Diego?
-Perdóneme, su señoría. ¡Eso no, eso nunca, eso, ni loco! Yo soy honrado ante todo... Se lo diré al señor juez. Este incendio es de lo más intencional que cabe, pero sólo porque yo he puesto toda la intención posible en que sucediera. Yo no vendía nada, señor juez. En la última semana, sólo he logrado salir de un jabón de olor, tres varas de huincha blanca y dos carretillas de hilo. Eso no era vida. En esta situación, le hice una novena a las ánimas benditas. No se ría, su señoría, porque me han oído... Por eso digo que como intencional lo es ¿a qué lo niego? ¿Pero mancharme, señor juez? ¡Eso nunca!
Y el simpático viejo se quedó mirando al juez con su amable sonrisa de siempre, sintiendo no tener un loro de trapo para dejárselo sobre la mesa para que aplastara con él tanto papel, y limpiara en su pechuga la pluma.
-Quítenme de aquí a este señor -dijo el juez-, y déjenle en libertad. Oiga usted, caballero: usted se ha equivocado, aquí no es donde debe purgar sus faltas.
-¿Y dónde será, señor juez?
-En el limbo...
Y en medio de una risa espontánea salió don Serafín después de hacer una venia.
No había llegado aún a los restos humeantes de «La bola de oro» cuando se topó con su amigo el parmesano, que le dijo:
-Amico don Serafine, suomo felice. Usted me debe solamente tres litres de parafine, que son sesenta centavos.
-¿Por qué?
-Per le inchendie qui io solo lo ha fato anoche.
-¡Usté!
-Cállese, don Serafine, que pueden oírnos. Yo lo he escuchado a usted que dicheba: «¡Anime dil purgatorio, inchéndiame 'La bola de d'oro'!». La colchoneta dechía poco meno. Yo mai dítto: «Non questo non é il camino. L'ánime dil Purgatorio non tienen parafina, io la tengo e mato dos pacaros d'un tiro. Hago un favore a due amichi y vendo parafina». ¿Non e vero?
-¡Pero esto es un crimen!
-¡Bah! ¡Silencio, bárbaro!
Y la férrea mano del simpático parmesano apretaba tan fuertemente el brazo de don Serafín, que éste, vencido y atónito, se buscaba en el bolsillo los sesenta centavos...
Parroquia de cordillera chilena, por consiguiente pobre. Gran casa de un piso aparragada en la tierra y muy cerca del cerro. Rincón de huerto asoleado, poético, mezcla de la arboleda umbrosa del llano, con el monte criollo de maquis y quillayes. Una fila de enormes perales en el fondo, completamente nevados de albas flores, deja caer en vago espiral la plumilla caliente de las corolas que ya se marchitan. En el suelo, de la blanquísima alfombra que tiende toda esta florescencia moribunda, surgen centenares de retoños que el fruto caído y no levantado del suelo sembró y fecunda sin intervención de nadie. Arbolillos que levantan una sola varilla con hojas tiernas, van a suplir con los años los viejos perales apolillados y estériles, que lloran su savia por la agrietada corteza. ¡Así debía renovarse el bosque por sí solo! Otra fila de cerezos aún más floridos, alargan sus ramas sin hojas, solamente envueltas en abiertos copos que parecen de luna blanca. Al amanecer, antes de salir el sol, este follaje blanco destella con luz propia mirándolo contra el cielo de frío azul, y parece que cada flor es una estrella. En este pobre huerto hay diseminadas diversas plantas con que cada cura marcó su paso. Hubo uno aristocrático, un viejito delgado, de gran nombre, enviado a la cordillera por salud, que dejó algunos rosales finos. Le siguieron dos buenos curas campesinos y humildes que marcaron su pasada en algunas matas de pelargonia, dengues, artemisas, flor de la pluma.
Con otro cura venido del sur, pasó también su familia, y en ella brilló corto tiempo en la comarca una verdadera belleza del campo. Cuentan las crónicas de esos parajes que la sobrina del viejo párroco don Hilarión Pacheco, fue la más cumplida beldad que hayan conocido las cuatro últimas generaciones. Murió a los veinte años. He visto un daguerrotipo descolorido que presenta a la niña poco antes de la muerte misteriosa que la arrebató a los suyos. Sus grandes ojos pensativos, las largas pestañas sombrías, la estrecha frente velada con una masa negra que cortaba en línea recta sus cabellos cerca de las cejas, le daba cierto aire de pasión y de empecinada voluntad. A esa edad su busto se modelaba ya abundante como próximo a su fin. ¿Cuál fue la verdadera historia de Josefina Pacheco a quien llamaban «la Cantárida»? No es fácil saberlo; la leyenda y la verdad se mezclan tanto en los parajes de montaña, que no hay mina abandonada que no esté guardada por un león, ni vertiente que no tenga su historia, ni mujer misteriosamente muerta a cuyo nombre no se haya asociado el más tenebroso drama. Sólo sé que Josefina amó tempranamente, que dejó una niñita de pocos meses y que fue encontrada muerta en un despeñadero vecino al curato.
El cura actual es mi amigo. Con él hablo a menudo y varias veces he inclinado la conversación en torno de la Cantárida. El párroco es un santo y sin embargo cuando se la nombro dice indefectiblemente: «Dios la tenga en su santa gloria». Esto me prueba que la pobrecita no fue, a su juicio, ni una oveja descarriada ni una suicida. En el corredor de la vieja casa hay varias enredaderas, una de jazmín, otra de madreselva y otra de pasionaria. Fueron plantadas por Josefina, según me cuentan, y yo no puedo estar allí en noches de luna sin pensar en esa mujer tormentosa tal vez, apasionada hasta la muerte, que en la prosaica y monótona existencia de ese rincón salvaje no encontró paz alguna para su alma inquieta. Mientras el cura recita un rosario y su hermano don Francisco cabecea en su gran sillón de mimbres, yo siento aún el rumor de los besos que han quedado en ese rincón de huerto y que vienen en el aroma embalsamado de juventud y de poesía de la madreselva, la pasionaria y el jazmín.
El párroco del Romeral es sencillo y bueno como el pan. Por primera vez he comprendido, practicando su amistad, que no hay necesidad de filosofías, ni de letras, ni de ostentosa apariencia de virtud, para hacer el bien a los semejantes que tienen necesidad de socorros. Este párroco no es, como se dice siempre, el padre de sus feligreses: es en realidad el sirviente de todos. Lo he visto llegar un día, después de diez horas a de caballo, desmontarse y caer casi al suelo de fatiga, hacer abrir su cama prometiéndose una noche de reposo y llegar de pronto un minero a caballo:
-Señor cura, señor cura, la Melania se me muere. Quiere médico y confesor, y vengo donde usted que tiene todo en sus manos.
-¿Sabes de dónde vengo, hijo? De los piches. Si a la pasada me hubieras avisado le habrías ahorrado a este pobre viejo una galopada de cinco horas. Pero ¿qué le vamos a hacer?; ¡que no desensillen «el peuco»!
Y diez minutos más tarde el viejo partía de nuevo, con su maletín por delante. Eso sí; al día siguiente decía su misa a las nueve, como siempre. Nadie sabía que se había pasado la noche por las breñas y los senderos. Un día mientras oficiaba, el buen cura lloraba a lágrima viva. Le aconsejé ver al médico, porque creía que la fatiga física le estaba formando una neurastenia, y el viejo se sonreía.
-Déjate de neurastenias. Lloraba de consuelo. Mientras decía la misa pensé en el pobre Birlocho que murió anoche como un santo. Tú sabes cuántas había hecho en su vida.
Don Francisco debía ser en el fondo tan bueno como el cura, pero vivía para contradecirlo y escandalizarle. Contaba a menudo que por abarcar demasiadas confesiones, su hermano no atendía bien a los moribundos, y agregaba que el mejor negocio para él eran las muertes repentinas, porque así tenía más tiempo disponible. Con el aire de la mayor seriedad me decía que una vez le había tocado acompañarlo donde un feligrés de agonía demasiado larga. El cura recitaba las letanías de la buena muerte, y le daba miradas a hurtadillas al enfermo para ver si se despachaba pronto; pero viéndolo aún muy firme volvía a comenzarlas de nuevo, hasta que de pronto impacientado le dijo:
-¡Vamos muriendo luego, pues!
El cura se reía a más y mejor de estos cuentos, pero se sabía escandalizar de las expresiones vivas y demasiado pintorescas de don Francisco.
-Establézcase de firme, por aquí, mi amigo -me dijo un día-, y hace su casa aquí al frente al otro lado del camino, para que después de almuerzo nos pongamos cada uno desde su corredor a «platicar ocenidades».
El cura se santiguaba de tan nefando proyecto.
El cura de Romeral sabía que yo leía mucho y deseaba hacerme una consulta que, según él, debía estar resuelta en más de un libro.
-Aquí la gente es muy pobre, señor -me confiaba mientras nos paseábamos bajo los grandes perales-, y basta con muy poco para hacerla feliz. Por ejemplo, Ramírez, que tiene diez hijos, no ha podido este año pagar el arriendo de la tierra y ha vendido una yunta de bueyes, la única que tenía. Con un préstamo de dos o trescientos pesos lo pondríamos en estado de trabajar de nuevo. Si no, la familia se va a dispersar y sabe Dios lo que será de esos muchachos una vez en la ciudad. La viuda de Decilo Morales necesita una máquina de coser y está salvada de toda necesidad. Las huérfanas de Sabino Andrade van a perder la casita y el terreno en que viven si no pagan una miseria que le deben a don Marcelo el subdelegado. Con diez mil pesos pondríamos a todo este mundito en el paraíso; señor ¿no conoce usted en las obras que lee algún Banco para gente humilde que se haya establecido para prestar dinero a los trabajadores sin sacarles el alma con intereses?
Me enternecía este hombre con su corazón y al mismo tiempo con sus debilidades. Porque también las tenía. Delicado de constitución y muy sobrio para comer, no podía prescindir de los huevos frescos. Todo lo toleraba menos que faltara esta insignificancia en su vida. La vieja Gregoria tenía gallinas y andaba siempre azorada antes de almuerzo y de comida persiguiendo los nidales en la espesa maleza del huerto, para descubrir el tesoro que constituía la felicidad de su patrón. El cura del Romeral se conocía bien y se avergonzaba de esta flaqueza. En mil ocasiones me había hablado de su aversión insoportable a todo manjar que no fuera éste. Pero debían ser no sólo frescos y del día; sino todavía calientes, antes de haber perdido el calor del nido, porque el huevo ya frío pasaba a ser un alimento despreciable para tan exigente paladar. «Te irás al infierno por esta tontería -le decía don Francisco-, y allí te harán comer huevos de lechuza». Era inútil, el viejo había dejado, por sacrificio, el vino, el cigarrillo que él mismo liaba en sus manos temblonas, el ají, las mejores legumbres, aún la leche, porque desayunaba con chocolate con agua; pero se había apegado como un niño a este capricho inofensivo, los huevos del día, que él mismo debía palpar antes de ponerlos en el agua caliente los dos minutos requeridos. La tarea no era fácil, según nos contaba Gregoria cariacontecida, las gallinas ponían poco, el zorro salía a hacer sus incursiones y llevarse algunos; para remate, en el fondo del sitio había unos relaves de una pequeña antigua fundición, donde las aves tomaban unas convulsiones que allí llamaban soroche y morían luego.
En la casa del lado al curato, vivía una señora que decían todos era ni más ni menos que la hija de Josefina Pacheco la Cantárida. Ya de cuarenta años, doña Rita era una real hembra: a juzgar por sus ojos y pestañas que hacían recordar los del daguerrotipo, no debía andar muy descaminada la suposición. Muy joven, viuda, vivía retirada en su arboleda con una parienta anciana y hacía cuanto podía, arreglando en la parroquia los altares, sacudiendo y barriendo, suministrando los remedios prescritos por el cura, aconsejando a unos y hasta socorriendo materialmente a otros. Por lo demás parecía insensible a todo, y don Francisco había escollado muchas veces en sus galanteos y hasta en la inconveniente pretensión de atisbar al través del cerco de colihues, cuando en el rigor de la canícula, doña Rita tomaba un baño en el transparente canal que pasaba por el fondo. En sus mayores apuros, Gregoria recurría a doña Rita. Si el cura estaba enfermo y se empecinaba en no tomar un remedio, doña Rita acudía y su presencia era para el pobre viejo como la del demonio, porque apenas sentía su voz cálida y musical, ya gritaba: -«¡Que no venga, que ya lo estoy tomando!». Y en realidad lo tomaba. Sobre la aversión del párroco a su buena vecina, hacía don Francisco las más graciosas disquisiciones. «Para mi hermano, decía, no hay sino tres enemigos, el mundo, el demonio y la carne. El mundo es la ciudad, el demonio soy yo y doña Rita es la carne». Tal vez recordaba el buen viejo la historia romántica de la Cantárida y veía en la hija, cercana ya al crepúsculo de la vida, algo de ese ardor en la mirada y de esa seducción en la voz, que debieron ser la causa de las desgracias y penas de familia de su remoto antecesor. El hecho es que los vecinos hacían su vida cada uno por su lado, sin ignorarse pero casi sin verse.
Gregoria confió a su amiga sus luchas por los huevos del día. En el campo, entre vecinos, los bienes son comunes, y la buena mujer recibió generosa protección de la vecina. Cada vez que faltaba el consabido manjar, un grito al lado de la palizada advertía a doña Rita que debía pagar su tributo de amistad y media hora después llegaban los huevos calientes, como recién salidos del nidal. ¿Por qué ponían más seguido las gallinas del lado? Pregunta era ésta que preocupaba a Gregoria. El hecho era que el problema había recibido solución práctica y que todo sonreía en ese rincón del mundo fácil de contentar.
Don Francisco era un espíritu irónico e inquieto. Nunca dejaba de mirar al través de los colihues y más de una vez me hizo reír con sus fantásticas invenciones. Continuamente tocaba a Gregoria el punto de los huevos frescos y le increpaba su incapacidad para la crianza de gallinas. Dábale un día recetas para mezclar al maíz pan tostado o tabaco, asegurándole que así la fecundidad de las aves aumentaría; confiábale otras veces que un químico había descubierto que cortando tres plumas al gallo en cada ala y quemando las plumas en el fogón de la cocina, el poder de éste aumentaba en forma extraordinaria. La pobre campesina lo hacía todo y mucho más aun de su cosecha; pero nada mejoraba.
El cura del Romeral andaba un día en unas confesiones lejanas. Yo leía en el largo corredor que daba sobre la plaza del pueblo y dejaba vagar la vista en la vibrante atmósfera fundida por el sol. Ni una alma pasaba por la calle: soledad de la aldea en medio del fuego del estío que enmudece los pájaros, retiene al hombre a la sombra de sus árboles y hace pesar los párpados hasta el sueño. De pronto, don Francisco llegó precipitadamente, se dejó caer en su gran sillón de mimbres y soltó una carcajada homérica. Era inútil hablarle. Todo su cuerpo se sacudía con convulsiones, y la risa detenida un momento volvía a resonar como una explosión histérica. Un perro llegó velozmente y se detuvo a ladrar verdaderamente irritado con los alaridos del viejo. Yo concluí por contagiarme y cada vez que lo miraba me reía con igual entusiasmo, ignorando en absoluto la causa de tan continuada hilaridad. Mucho trabajo me costó sacar la historia que la provocaba. Don Francisco persiguiendo el esclarecimiento del misterio de los huevos, había descubierto el nidal. Pertrechado tras del cerco que separaba el huerto de la casa vecina, reteniendo casi el aliento, había descubierto que doña Rita buscaba los huevos entre el pasto, los elegía cuidadosamente y colocaba los dos más grandes y hermosos en su seno, metiéndolos bajo su camisa según lo aseguraba el espía ensañado en la víctima. De esta manera con tan piadoso ingenio, la buena mujer suplía el calor del nidal y contentaba al viejo cura. «¡Si supiera Ramón -decía el malvado en medio de nuevas explosiones de risa- de qué nido salen calientes los huevos que se engulle con tanto deleite!». Le supliqué no contar a su hermano el descubrimiento. ¿Para qué privarlo de este único placer de su vida? Pero el inexorable verdugo encontraba una infinita alegría en figurarse la escena con que el cura habría de rechazar su alimento contaminado con uno de los más perversos enemigos del hombre. Oyó el pobre cura la historia, se ruborizó intensamente y cuando Gregoria entró llevando el par de blancos y tibios huevos de su almuerzo, levantó iracundo su mano y los hizo saltar violentamente. La pobre mujer quedó como una estatua; yo hacía esfuerzos por no enternecerme y me sonreía y don Francisco salía estremeciéndose de nuevo con sus carcajadas.
El cura del Romeral me ha contado melancólicamente que hoy día odia los huevos a muerte; que siente el más profundo disgusto cuando los encuentra en un cesto en gran cantidad, y que cuando ve pasar unas mujeres jóvenes a su lado, cree que llevan siempre bajo su blusa un par de tan desagradables objetos calentándolos para otro confiado que se apega demasiado a las cosas materiales de esta vida.
En una apartada calle de Santiago, de ésas que suelen figurar más en los partes de policía que en los planos de la ciudad, existía una especie de conventillo de no mala apariencia, que constaba de dos patios cuadrados y grandes.
En el primer patio, las piezas eran espaciosas y altas y el valor del arrendamiento no estaba al alcance del inquilino pobre y desheredado. Veinte pesos no es cantidad despreciable para un jornalero, que gana el doble o muy poco más; pero sí lo es para el cajista honrado que cobra veinte pesos en la semana, o para la costurera activa que alcanza alrededor de diez, en el mismo tiempo.
El segundo patio ofrecía el aspecto general de nuestros conventillos. Salido el empedrado, no se había tenido cuidado de renovarlo, y el pavimento de tierra apretada había dejado formar charcos en diversos puntos, que ni olían bien ni presentaban un agradable aspecto. La acequia corría a tajo abierto por el medio, arrastrando hojas, desperdicios de cocina, cambuchos de botellas, corchos, papeles y otras materias igualmente putrefactas. Sus bordes tenían cierta vegetación musgosa y mezquina, que ni crecía ni se agotaba, luchando entre las aguas con jabón de las artesas derramadas que le llevaban la muerte, y los numerosos abonos, portadores de fósforo y otras materias azoadas que la comunicaban nuevo vigor y alientos nuevos. Las piezas del segundo patio se llamaban despreciativamente «cuartos» y valían entre cinco y siete pesos, según estuvieran más o menos lejos del pasadizo que comunicaba con el primero. Allí se lavaba al aire libre, se injuriaba en voz alta y se hacían muchísimas otras cosas que no permitían nunca una atmósfera respirable y limpia. Con un poquito de paciencia nos podemos orientar más en los dos patios, y tomar partido en favor del uno o del otro en la reñidísima lucha civil que los mantuvo divididos por largo tiempo.
Entrando al primero, en lo que debiéramos llamar zaguán, si una casa particular se tratase, estaban dos hermanas huérfanas, de veinticinco años una y la otra de edad indefinida, que podría fluctuar muy bien entre los cincuenta y los veinte. Ambas buenas como pan, beatitas de buena ley, hacendosas y honradas, habían sido encargadas por el dueño del conventillo de cobrar los arriendos y reservarse un cinco por ciento de ellos por comisión. Vivían allí con una tía, señora buena de verdad, que se había encontrado en el incendio de la Compañía1, tomaba indefectiblemente un mate por la mañana y otro por la tarde, tan puntuales, que servían para marcar la hora los vecinos, y rezaba en el resto del día sin cesar para que Dios le perdonara los poquísimos e insignificantes pecados que había cometido. Las chicas -llamémoslas así- tenían esas caras que no son ni feas ni agraciadas, tan comunes en la gente humilde, que no cuida de ornamentarlas, sino que cuando mucho las restriega con un jabón barato y el agua potable de la llave.
Seguía por un lado un señor español, carlista furioso y profesor de bandurria, que se pasaba todo el día y noche de por medio, dando clases y acaparando pesos, por consiguiente.
Enseguida estaba el cuarto de una señora de buena cara y mejor ropa. Mirándola por detrás, parecía una fragata acorazada, y por delante, una característica sin contrata. De perfil no estaba todavía mal para galantearla, y aun de frente, pues el profesor de bandurria, todas las noches al acostarse se arrimaba a una puerta que daba al cuarto de su vecina, y le decía con su acento andaluz:
-Vecinita, ¡qué malo es estar solos! El día que usté quiera mirá a este servior, llamamos ar cura que está aquí cerca, y entonces economizamos una pieza.
-¡Que se alivie, señor Fernández! ¡Es mejor estar sola que mal acompañada!
Nuestra amiga tenía un tordo en su correspondiente jaula, colgado al lado afuera de la puerta, y ante él agotaba el Diccionario de los términos amorosos y melifluos, que parecía haber hojeado mucho en su vida.
-¡Ay! -decía muchas veces, suspirando, y a media voz- no me disgusta el señor Fernández. Lo malo está en que él querría informarse de mí, y a mí sólo me conviene quien me tome a fardo cerrado.
Frente a la señorona, un colegial provinciano tenía su aposento, y repasaba en la puerta todas las mañanas su lección de Código. Abrigó ciertas esperanzas de ser correspondido de su vecina en cierta época, y al efecto, le envió un ramo de flores con una tarjeta en que la llamaba «fruta madura», «granada surtida» y «rosa abierta».
A continuación seguía la perla del primer patio... ¡Ya nos decidimos por el primer patio! Pero no; seguimos imparciales y apuntamos sólo, como cronistas de verdad. A continuación seguía una costurera joven y casi, casi bonita. Se daban opiniones: el profesor de bandurria la encontraba francamente hermosa; pero la señorona, su vecina, decía que eran los veinte añitos los que la agraciaban. En cuanto a las hermanas del zaguán, le reconocían una doble belleza: la del cuerpo y la del alma.
-Es buena -decían-, por eso se ve bonita.
Y sin embargo, ellas eran también buenas y de ninguna manera bonitas.
La costurera se llamaba lisa y llanamente Juana, como se llaman tantas otras que ni son costureras, ni buenas ni bonitas. Tenía pelo negro y ojos negros, como la generalidad de las chilenas, una boca sumamente graciosa sin ser pequeña, un cuerpo que, entregado a una corsetera hábil, resultaría ideal. Pero como Juana se peinaba echándose todo su pelo, abundante y sedoso, hacia atrás, y se ponía el manto sin arte ninguno, y se calzaba a la vuelta de la esquina, y no usaba ni siquiera los elementales polvos de arroz en su tocador, se veía poco más o menos como otras, sin llamar sobre sí la atención como la hubiera llamado con un peinado artístico, con un buen manto chino puesto con unos zapatitos de charol delante un espejo por mano maestra, o con unos zapatitos de charol de importación casi europea.
¿Que por qué vivía sola mujer tan acabada? Su madre, a quien acompañaba, tendió un día el vuelo, dejando a su cordera deshecha en llanto. Ella le cerró los ojos y le rezó las letanías de la buena muerte y la amortajó. Su padre, piloto de un buque y tan mal marido como mal padre y buen piloto, no podía o no quería hacerse cargo de ella. En cuanto a su hermano Andrés, sargento del Buin, allí estaba enteramente absorbido por el cuartel y sin poder hacer nada para juntar el antiguo hogar con el par de jirones sueltos que quedaba en el mundo.
-¿Sola estoy? -se dijo Juana-, bueno, entonces, a trabajar, a juntar unos reales y a casarse si la suerte...
No; no decía «si la suerte» Juana, porque era muy buena cristiana y porque si algo le pedía a Dios, era que le enviara un novio de buena estampa, trabajador, honrado y limpio.
Y todavía nos queda otra mujer. Rubia, un tanto desenvuelta, desabrida de cara, con buena voz, corista del Variedades, sin preocupaciones de ninguna clase y con ochenta y tres pesos de sueldo mensual por presentarse tres veces cada noche en las tablas a hacer de aldeana, de chula, de valenciana o de aragonesa, a cantar hoy una jota y mañana un tango, a pescar hoy aplauso y otro día un silbido y hasta alguna papa cruda, si venía al caso.
Los demás vivientes del primer patio eran brevemente y sin retrato, un francés peluquero, un agente de frutos del país, un matrimonio empleado en una casa de comercio y un repórter de un diario de la mañana.
Naturalmente el segundo patio andaba mal en la calidad de los vivientes. El más caracterizado e importante de todos era el señor Vildeter, alemán de origen, pero un incansable aventurero que había estado en la Finlandia de esquimal, en el sur del África de Boer y en el Ecuador de revolucionario y de marido, porque allí contrajo matrimonio. Era gordo como una tinaja de greda, chato, coloradote y corto de vista. Usaba en los días de sol un sombrerito hongo tan chico, tan diminuto, tan insuficiente, que parecía una perilla, y en los de lluvia un sombrerete de tan largas alas que semejaba una tapa. Profesor de idiomas, excitaba la hilaridad de los alumnos, ora con la perilla, ora con la tapa. El señor Vildeter era, además de profesor, un sablista incansable y un bebedor de cognac no menos incansable.
El señor Vildeter estaba unido a casi todos los acontecimientos sudamericanos. Tenía un colegio en Chorrillos y se lo quemaron los chilenos el 79; puso un hotel en Río de Janeiro, y cayó el Imperio; estableció otro colegio en Guayaquil y se incendió junto con un hijo suyo, en el gran incendio que devoró esta ciudad; se vino a Chile y cayó la conversión y el viejo lloraba bajo su descolorida tapa porque le devolvieron en billetes un reducido depósito que el infeliz había hecho pocos días antes en relucientes monedas de oro.
También había allí un par de lavanderas, que se lo pasaban todo el día canta y canta, lava y lava, restriega y restriega. Procaces como pocas, ponían al señor Vildeter de oro y azul cada vez que un poco más bebido que de ordinario, se aventuraba éste a ir a darles un pellizco en los brazos desnudos llenos de lavaza y de agua.
Tres costureras, pero de muy distinta calidad de la perla del primer patio, cosían allí ropa militar que iban a buscar al taller de Justiniano, donde la llevaban después concluida. En el día daban vueltas a la máquina Singer y en la noche le daban a la guitarra, armándose en torno suyo tales zalagardas que ya las hermanas de la puerta se estaban escamando.
Enseguida venía el más tarde celebérrimo caudillo del segundo patio, Benjamín Hernández, oficial de carpintería, soltero, menor de edad, turbulento, enamorado, botarate, tuno y hablador. Se podía ganar, marchando bien y sin San Lunes, cosa de veinte pesos en la semana; pero con esa cabeza de chorlito que tenía, si sacaba dieciséis se daba a santo, y de puro gusto se bebía la mitad con sus amigos y la otra mitad con las costureras, sus vecinas, al son de guitarra. Alto, delgado, de espléndida talla para soldado de caballería, ojos vivos y alegres, Benjamín Hernández tenía más novias que pesos había botado en su vida.
Pero, ¿a qué negarlo? Juana, la hermosa Juana, la seria, modesta y callada costurerita del primer patio, lo trastornaba. La había conocido con su madre cuando él también vivía con su padre, y entonces el viejo le aconsejó más de una vez que se casara con Juana. Pero después, andando el tiempo, Benjamín había cambiado mucho y Juana había quedado igual. El muchacho reconocía ahora la superioridad de su antigua amiga, y se complacía en reconocerse él inferior e indigno de conseguir su amor. Cuando Dios quiso que se encontraran de nuevo Benjamín Hernández tenía ya tratada su pieza en el primer patio; pero al divisar en él a Juana creyó que debía conservar la altura en que la tenía en su corazón, y sin averiguar más, fue a ocupar una modesta pieza del segundo.
En cuanto a Juana, tenía puesta su alma en su almario, y a pesar de lo tímida, sensible y apasionada que era, miraba estas cosas con serenidad y sangre fría. Benjamín había sido su amigo, y en vida de su pobre madre, casi su novio. Pero después, el muchacho buen mozo serio de entonces se había vuelto un truhán sin respeto a nada ni nadie. Es cierto que allá en lo más íntimo de su corazón había algo que le decía que podía ella con sus solas fuerzas volver a Benjamín su vida de antes. Y es cierto también que cada vez que en su sueño pensaba en el matrimonio, única solución de su vida solitaria, se veía casada con Benjamín y no con otro.
Hernández había notado en los primeros días de su llegada, que Juana no lo recibía mal. Muchas veces sentado frente a ella cuando cosía en la máquina en la puerta de su pieza, conversaban largamente sobre el trabajo, sobre los vecinos, sobre el tiempo... Jamás sobre ello mismos, porque Juana pasaba como sobre ascuas por muchas cosas a que intencionadamente la quería atraer Benjamín.
Pero llegó un día en que Juana le recibió con visibles muestras de mal humor. A sus preguntas respondió con monosílabos; a sus quejas se calló sin decir esta boca es mía; y concluyó por manifestarle muy cortésmente que la fastidiaba verlo delante de ella.
¿Qué había pasado? Muy poca cosa; pero al mismo tiempo mucho. Una tarde, Juana volvía de su taller con el paso menudito que la agraciaba tanto al andar, cuando de repente se encontró, al doblar una esquina, con un viejo que le tendió la mano pidiéndole limosna. Al instante se detuvo a sacar su portamonedas; pero mientras buscaba en ella algo con que aliviar el hambre del limosnero, le miró fijamente a la cara y casi se fue de espaldas. Era el padre de Benjamín Hernández, el mismo antiguo amigo de su madre, el excelente viejo que tantas veces la sentó sobre sus rodillas para cantarle el:
|
-¡Señor Andrés! -dijo consternada la muchacha- ¿Usted pidiendo limosnas?
-Yo, Juanita, yo mismo.
-¿Teniendo un hijo que gana veinte pesos a la semana?
-¡Qué quieres, niña! ¡No todos son buenos hijos como tú!
Y el viejo suspiró con honda tristeza y apretó la mano que Juana le alargaba con una moneda. Allí oyó cómo Andrés había perdido puesto de portero en el Ministerio de Marina, porque por sus achaques no servía ya para maldita la cosa, y cómo desde entonces vagaba del hospital a la calle, encontrando mucho más felices las horas en que tenían postrado en la cama los dolores reumáticos, que la en que Dios quería dejarlo libre de ellos, pero entregado a todos los vientos del hambre, de la sed y del frío.
Al separarse, Juana le dijo con la voz emocionada:
-Señor Andrés: ahí tiene usted esa miseria; todas las tardes lo encuentre le daré lo mismo. Pero usted en pago, pídale a Dios que me dé un buen marido.
-Sí se lo pediré, ángel -exclamó el viejo-, y mis súplicas ser ayudadas en el cielo por tu madre.
¿Podía, después de este incidente, mirar la impresionable Juana con ojos tranquilos a Benjamín? No; habría sido ella también una ingrata... y no lo era, no.
Desde ese día Juana compartió con don Andrés su escasísima comida, y al acabarse ésta, el vicio salía del conventillo y se iba a dormir en la primera grada que encontraba.
La ruptura de Juana con Benjamín terminó con el último lazo que unía al primero con el segundo patio. El señor Vildeter ponía el grito en el cielo contra la avaricia del propietario que no cerraba la acequia ni empedraba el patio. Las costureras mancomunadas con las lavanderas hablaban pestes de las mujeres del primero, de las que decían eran unas hipócritas que guardaban la seriedad y la honradez para la noche y que por el día tendían el vuelo quién sabe a dónde. Benjamín exceptuando a Juana tenía cada día un incidente con alguno, citándose con escándalo el caso de que Hernández había tomado de la nariz al estudiante y remecídolo en el aire, por un cambio de palabras que había ocurrido entre los dos.
Las hermanas de la puerta eran buenas, pero no enérgicas. Y además la energía les habría costado una pérdida en su comisión porque habrían permanecido los cuartos largo tiempo desocupados. No había, pues, que esperar nada de ellas, y constituido el profesor de bandurria con el estudiante y con el agente de frutos, en comité de salvación pública, resolvieron unánimemente implantar la ley marcial y hacerse justicia por sí mismos.
Un día un chiquitín, hijo de las costureras o de las lavanderas o de todas juntas, levantó su patita frente a la puerta de Juana. Le pescó el señor Hernández de un brazo y le dio una tunda de palmadas, despachándolo en el pasadizo del segundo, con los calzones aún mal amarrados y chillando como un verraco. A la mañana siguiente, desapareció la jaula con el tordo de la señorona, y ésta puso el grito en el cielo y derramó más lágrimas que una Magdalena.
Ya estaba encendida la lucha civil, y vino a marcar el período álgido de ésta la resolución del propietario de poner el pilón de agua potable en el medio del primer patio, y no en el pasadizo que comunicaba a éste con el segundo. De esta manera, los revoltosos quedaban tributarios del primer patio.
¡Oh!, era de oír en esos días al señor Vildeter, contar a sus alumnos su asendereada existencia.
-¡Qué injusticia! -decía, con su peculiar pronunciación, que suplirán los lectores-; ¡qué injusticia! Todo va al primer patio y nada al segundo patio. Los del primer patio respiran aire, los del segundo respiramos miasmas fétidas. Los del primer patio nadan en agua; nosotros no tenemos agua ni para beber. El día menos pensado, morirán los del segundo patio...
Este era siempre el término de las quejas del señor Vildeter: la muerte en masa de los vivientes del segundo patio.
El plan de batalla de Benjamín era desesperar a los del primero y hacerlos abandonar las piezas, para que el propietario entrara en cuidados y buscara una transacción poniendo el pilón en el pasadizo.
El lado vulnerable del primer patio era la corista, y el lado invulnerable, la costurera. Pero la corista tenía a su servicio no sólo el repertorio de insultos chilenos, que era escogido y abundante, sino también el de insultos españoles aprendidos entre bastidores. Una mañana se vestía ésta para salir, y con la fortísima vergüenza que suele quedar después de presentarse a diario en las tablas a la gente menuda de teatro menudo, se asomaba a la ventana de su pieza un poco más desnuda que lo conveniente. Benjamín charlaba a la orilla de la llave con una de las lavanderas que llenaba un balde de latón, cuando acertó a mirar hacia la ventana. Llenó inmediatamente el tarro que quedaba colgado en la llave para beber, y con una puntería admirable se lo lanzó a la pequeña Patti en el escote, mojándola enteramente.
¡No fueron insultos y gritos los que cayeron solamente sobre Hernández, que reía a carcajadas en el medio del patio!
El profesor de bandurria salió indignado de su pieza, y al enterarse del hecho, le disparó a Benjamín la caja de la bandurria que tenía en la mano. En mala hora lo hizo, porque aunque de dos saltos corrió a refugiarse en su puerta, no alcanzó a cerrarla y Benjamín lo sacó a pescozones del cuarto, lo tumbó debajo del pilón y después de dos o tres sopapos demasiado fuertes para la contextura del profesor, le largó el chorro en la cara. La señorona, entretanto, increpaba a Hernández, llamándolo roto, bandido, asesino, ladrón...
-¿Ladrón yo?
-Sí, tú.
-¡Caramba!, ¡qué costumbre de tutear tiene usté, madama!
-¿Dónde está mi tordo?
-¿Cuál? Porque el grande se lo acabo de remojar debajo del pilón, y el otro, se lo di al gato para que saboreara.
-¡Insolente! -gritó la señorona- ¡Criminal! ¡Ladrón!
Había llegado la lucha civil a un grado intolerable, y el propietario resolvió tomar cartas en el asunto. Avisó a la policía y acompañado de un comisionado, conminó a los del segundo patio con las más enérgicas medidas en caso de que siguieran los desórdenes.
Por el momento, los ánimos se apaciguaron, y Benjamín, satisfecho de todas las barbaridades cometidas, se tranquilizó.
Era un domingo en la tarde y los dos patios estaban sumergidos en la sombra y en el silencio. En el primero, dos voces de mujer perturbaban este silencio cantando a media voz. Una de ellas era la de las hermanas de la puerta, que ensayaban un Tantum ergo Sacramentum, que debía cantarse en la iglesia vecina en una de noches del jubileo Circulante, y la otra era de la corista que tarareaba aquellas coplas de la Revoltosa:
|
Una de las costureras del segundo patio pasaba de vuelta del despacho con una libra de arroz y un frasco de vinagre, cuando creyó sentir voz de hombre en el cuarto de la Juana. Con una sonrisa diabólica se acercó a la puerta en puntillas y pudo, en efecto, constatar que allí dentro había un hombre.
Con eso solo estaba derrotado, miserablemente derrotado, el primer patio. ¡La perla resultaba falsa, indignamente falsa!
Voló más bien que corrió la costurera a llevar la noticia a Benjamín, que estaba entretenido con sus compañeras, dándole al ponche con bastante entusiasmo.
-Hay un hombre en el cuarto de la Juana.
-¡Mentira! -gritó Benjamín, saltando de un piso de totora en que estaba sentado y tirando lejos el vaso en que bebía-. ¡Mentira y requete mentira!
-¡Hombre! -dijo riendo la costurera-, si te quedan brasas escondidas todavía, anda a apagarlas poniendo el oído en la puerta de la Juana.
Ya había salido Benjamín, y de dos saltos estaba con el oído pegado en la puerta.
-¡Pobre diablo yo! -pensó Benjamín-. Me ha echado la Juana y se ha reído de mí. Ese será su novio, joven, honrado, bueno, como ella lo desea y yo seguiré siendo un borracho como soy; pero, ¿es propio de la Juana que esté encerrada a estas horas con su hombre?
Y pálido, tambaleándose como un borracho, llegó al cuarto de la costurera y, dejándose caer sobre su asiento, dijo con voz ronca:
-Es cierto.
-Bueno, pues -saltó una de las lavanderas-, ha llegado el momento de vengarnos de todas las que nos han hecho.
-Sí, ha llegado -contestó Benjamín.
-Vamos todos al primer patio.
-Vamos.
Y fueron. Aun el señor Vildeter con su perilla en la cabeza se mezcló en la turba y llegaron todos ante el cuarto de la Juana.
-¡Aquí está la santa, la hipócrita! -decía en voz alta una de las mujeres.
-¡Vengo a ver a la perla! -decía otra.
Y cada uno de esos gritos era coreado por una carcajada. De repente la llave del cuarto de Juana giró violentamente, se abrió la puerta y apareció la costurerita pálida y temerosa en el umbral.
-¿Qué es esto? ¿A qué han venido ustedes? ¿A qué has venido tú, Benjamín, que nos has quitado a todos la tranquilidad? ¿Vienes a armar otra gorda? ¿La has tomado conmigo?
-Señorita Juana -repuso Benjamín, con sorna, buscando fuerzas en el ponche que había bebido-. ¡Señorita Juana! ¿con que tenía usted novedades? ¿con que se quiere usted con otro y se lo guarda bajo llave?
-¡Que lo muestre! -gritó una de las lavanderas.
-¡Vaya con la santa Filomena del primer patio!
Juana, pálida a ratos, roja a otros, ya quería entrarse, ya se arrepentía y se quedaba en el umbral. Estallaron por fin las cuchufletas y los insultos; alguno más fuerte que otro le arrancó dos lágrimas; los vivientes del primer patio salían todos de sus piezas, y la reputación de Juana estaba en ese momento como si hubiera pasado por la acequia del segundo.
De repente se enrojeció como púrpura, abrió la puerta de un solo golpe, saltó afuera y, pescando a Benjamín de la blusa, lo empujó hacia adentro.
-¿Querías ver? ¡Ve, mal hijo! Ahí está el viejo de tu padre, muerto de hambre, con quien comparto yo la mitad de mi comida, porque el desalmado de Benjamín Hernández no le da ni un pan. ¡Ahí está! Hártate de verlo, hambriento, enfermo y moribundo.
Benjamín estaba desencajado, verde, con la cabeza baja, al viejo que se había puesto de pie al lado de la mesa en que encendida la lámpara de parafina.
De repente una lágrima asomó a sus ojos.
-Perdón, padre -murmuró-, perdón, Juana, yo prometo ser bueno, ser honrado como tú..., pero, ¿por qué no nos juntamos los dos a cuidar a este viejo, para que le cerremos a él sus ojos como tú se los cerraste a tu madre?
Era la cárcel de mujeres: testimonio, abundante todavía, de esas negligencias de un estado que no reparte bien sus rentas, monumento extraño en todas partes, pero no en Chile, de improvisación, de mala adaptación, de ignorancias y descuidos. Caserón de fundo, con puerta, torno y locutorio de convento; serie de patios cuyas construcciones van degenerando y empobreciendo hacia el interior. Afuera, paredes pintadas, naranjos en flor, jaulas con canarios; más adentro, corredores sin baldosas, arbustos lacios y raquíticos; en el fondo, charcos en los corrales, techos rotos, goteras por todas partes, yerbas en las murallas. No ha alcanzado el dinero, ni la previsión ni el estudio. Es una cárcel en que hay detenidas por una semana, al lado de presidiarias perpetuas. Y al frente de todo esto, las religiosas del Buen Pastor, que hacen lo que pueden, que rezan, que suspiran, que agitan llaves en las manos.
Cruzamos los patios un día y fuimos viendo el cortejo de esa pobre carne histérica. Muchachuelas de ojos vivaces, tempranamente cínicos, muestran en los rostros malhumorados la exasperación que causa el brusco salto de la libertad a la obediencia, al lado de otras ya resignadas y pasivas, que se mueven como autómatas, con los ojos embelesados y las manos puestas sobre el vientre, cerca de las compañeras más normales que bordan en silencio, haciendo proyectos más serenos para el porvenir, o se aturden moviendo los pedales de las máquinas de coser. En cada sala, una virgen de yeso policromo, entre marchitas flores y hojas de papel plateado, símbolo de ese rezo monjil, gangoso y formulista, recuerda que las detenidas están sujetas a un régimen maternal y religioso.
Mirábamos los grupos de pecadoras y recordábamos esa cadena de figuras enfermas que el escultor Biondi vaciaba un día en Roma, para abogar en eterno monumento por la reforma de las cárceles; y venían a nuestra memoria frases dolorosas de un drama de escritora italiana, Casa di Pena, y tantas observaciones de psicólogos y penalistas para interesar a la sociedad en curar a la mujer criminal antes que castigarla.
En el último patio de la cárcel, encerrado por bajo muro de campo, que lo dividía del huerto, tres mujeres vestidas de mezclilla azul, se inclinaban a lavar en un pozo de bajo brocal lleno de lavaza. Había olor a jabón y a ropa húmeda; a carbones mal encendidos en el brasero; a sudor y a basuras. Algunos pájaros llegaban a picotear y a saltar sobre las tejas del muro y escapaban luego seguidos por las miradas de las presas. En cuerdas tendidas de lado a lado, colgaban algunos trapos blancos e hilachentos. Por la calle pasaba una carreta en la cual iba un hombre cantando, y aunque su voz era desafinada y áspera, medía la triste y callada soledad del patiezuelo.
Una de las presas llamaba la atención: la Primitiva. No podía tener más de treinta y cinco años, a juzgar por sus ojos, en que había un sano y franco vigor de juventud, y en su boca grande, derecha, apenas levantada en las comisuras con levísima mueca de sonrisa. Pero lucía muchos hilos grises en la negrísima y loca cabellera, y su espalda parecía cansada y los hombros caían como agotados. Parecía una gitana y tal vez lo era, porque nadie podía deducir de qué pasta, de qué mezcla, estaba formada esa enorme mujer que tenía tan bondadoso aspecto y era, sin embargo, una cruel homicida.
Cuando fue encerrada, permaneció sin comer muchos días y sin hablar muchos meses. Era una fiera agazapada. La habían traído con grillos; pero la madre Cristina, gran domadora, obtuvo se los quitasen. Se fue entregando poco a poco y se notó que era la capilla el sitio de su reposo. Miraba asombrada los cirios y las imágenes, escuchaba rezar con cierto misterio poniendo el oído para pescar un coro lejano y extraño y se embelesaba con el órgano, un armonio en el cual cada tubo de madera y metal, maltratado y envejecido, disonaba a más y mejor.
Muy pronto notaron las religiosas más viejas que la Primitiva era una mujer original y superior. No manifestó nunca uno de esos escapes histéricos tan frecuentes en las detenidas. Algunas de tales manifestaciones provenían de necedad, otras de aburrimiento y otras de pequeñez y maldad. Las religiosas hacían verdaderos ejercicios de paciencia: ya era una muchacha que se arrancaba los cabellos en medio de los alaridos de las otras, o que se pinchaba los brazos con un alfiler, o que se colocaba al pie de uno de los chorros que en día de lluvia caían de las canaletas y tejados. Habían terminado por ensayar con éxito la indiferencia porque mientras más se afligían con estos incidentes, más se repetían.
-«¡Madrecita!, -gritaba una- ¡mire cómo la Antonieta se está empapando en el patio!».
Y la madre decía imperturbable, sin mirar siquiera:
-Déjela a la pobre; tendrá mucho calor y se estará refrescando.
Jamás la Primitiva manifestó impaciencias, porfías o caprichos. Era serena como un animal de labor; casi majestuosa como una fiera grande y libre. Nada sabía de Dios. En una sarta de monedas peruanas y bolivianas que llevaba al cuello, le había encontrado la madre Cristina una medalla de la Virgen María. Fue éste el motivo de entrar en esa primera conversación, llave del alma.
-¿Qué representa esta medalla? -le preguntó la religiosa.
-Es mi negrita -repuso sencilla y sonriente-. Así la he llamado siempre, desde chica. Trae la suerte en amores, también libra del mal de ojo.
Primitiva fue poco a poco dando algo de sus secretos. Los sacaba con lentitud, con vergüenza y con dificultad, como del fondo de un arcón viejo se sacan telas rotas y apolilladas. Le habían contado que en un circo, en Iquique, había una mujer muy grande, muy obscura, a la cual llamaban la Mora. Venía de muy lejos y jugaba con puñales que tiraba muy arriba y recibía en las manos sin herirse. También subía a un trapecio vestida con terciopelo, seda y género de oro. Esta mujer se mató un día cayendo desde lo más alto de la carpa. Pero también se dijo que le habían dejado suelto el cable que debía mantener segura la barra.
Según oyera la Primitiva, la Mora dejó una niñita de pocos meses, y esa criatura que nunca confesó suya la malabarista, era ella misma. A lo menos le dieron las caravanas de la infortunada y la sarta de monedas con la negrita. Primitiva creció en el circo, grupo ambulante compuesto de un empresario yankee mulato, de un payaso italiano, de un acróbata ruso y un equitador mexicano. Era golpeada a menudo, y cuando tenía apenas doce años se fugó en Calama. Fue protegida primero y enseguida ocultada por un chino que trato de hacerla su esclava.
Durante semanas estuvo atada a un poste con una cuerda que oprimía la cintura; casi sin comer, y víctima de vejaciones incontables, cuyo solo recuerdo hacía santiguarse a la madre Cristina. Unos muleteros que por allí pasaban hacia las minas de la cordillera, se la llevaron una noche, oculta entre la carga. Trabajó en un malacate con la cocinera india que cuidaba de los mineros y siguió después a unos pastores, atraída por la primera llama boliviana que veía.
Primitiva tenía el recuerdo más fresco de ese desierto llano, con montañas bajas, azulejas y el aire muy puro y cortante. Permaneció, según creía, meses y meses, sin hablar con alma humana; dirigía la palabra solo al rebañito flaco y tiñoso que le habían confiado. Tenía dieciséis años, más o menos, cuando un minero la encontró agraciada, le propuso hacerla su mujer, y sin más ceremonia la trajo a la Pampa, y la alojó en la oficina de la Coya. Era su china; la calzó bien y la vistió en la pulpería. Y así, pasaba un año, cuando Primitiva encontró que sabía amar, porque tuvo celos; pero celos locos, frenéticos, según parecía. Todavía, de esas cenizas, salio un resplandor de fuego, al contar que, entrando un día al cuarto de su vecina, encontró a su marido y con el propio cuchillo que llevaba a la cintura y que había caído al suelo lo degolló de un golpe.
-¡No estás arrepentida, pobre hija mía! -preguntaba la religiosa.
-Estoy arrepentida de mis pecados, sí, madre; pero no de la muerte que hice. La volvería a hacer ahora.
Primitiva no lloraba; era una estatua de greda que miraba con esa serenidad de los ojos que no tienen vista hacia afuera. ¿Era de sangre africana, española, asiática? ¿Había en la suya mezcla de todas? Y su alma, ¿cómo estaba formada? ¿qué había dentro de su cerebro?
La primera vez que vi a Primitiva, llevaba diez a doce años de cárcel. Merecía el indulto por su conducta pero se había negado a pedirlo.
En esa senda del misterio que recorren muchos seres humildes, Primitiva ha seguido la más extraña. No queda casi nada a la imaginación creativa del escritor en la vida de la pastora gitana de la altiplanicie. Como otra María Egipciana, que pagaba con su cuerpo al barquero que la hacía cruzar el río, la santa del desierto salitrero comenzó por estar atada como un perro en el inmundo tambo de un chino, fue asesina brutal y fue aventurera de sublime misión.
Años después de haber tenido las primeras noticias de la encarcelada de la calle de Lira, me interesé por saber de su existencia. Seguía silenciosa, pareja, serena, rezando sin aspavientos, trabajando sin levantar cabeza. Parecía de piedra. Las asiladas habían concluido por olvidarla y no dirigirle la palabra. Pasaba por todas partes como uno de esos perros del huerto que no ladran, que no hacen daño, que no juegan, que son compañía pero no confidentes.
La madre Cristina recibió un día dos noticias que la aterraron. Se acordaba a Primitiva el indulto. La esposa del Presidente de la República había sido impuesta de la callada virtud, de la redención de este extraño ser, y las gestiones siguieron su trámite normal en breve plazo.
Y, por otra parte, y esto era lo más extraño del mundo, el padre Ceferino, el capellán provenzal, viejo achacoso y gotoso, partía con ella a las salitreras a redimir cautivas, a buscar Magdalenas.
-¡Santo Dios! ¡Santo Inmortal! -repetía la religiosa tomándose la cabeza entre las manos- ¡Si son dos locos! Es necesario advertir sin pérdida de tiempo al Arzobispo.
Pero, sin aguardar los empeños y conferencias a que esto daría lugar, la madre abordó a don Ceferino.
El viejo estaba realmente resuelto. Quería terminar su vida, luchando, no en un confesionario de monjas, lo que, -según decía- aburría y empalagaba con esas digestiones difíciles de conciencias meticulosas, sino en un campo abierto, con fieras. Había ido descubriendo en el alma de Primitiva profundidades insondables; era una santa y quería ser una mártir de la redención de sus hermanas. «¡Figúrese, madre! La idea ha sido de ella; la ha pensado, ha vivido con ella y está de tal manera compenetrada, en años y años de incubarla y calentarla, que ahora no vive sino para esta alma nueva que le ha nacido del crimen, como una flor en el fango. Los designios de Dios son inescrutables: Primitiva viene de generaciones antiguas, que estuvieron en contacto con los focos humanos donde corrió la sangre del esclavo que levantó las Pirámides y los templos, la de los mártires que majaron el suelo africano, la de los árabes que hicieron una civilización de esplendor y de nobleza. ¿Cómo sabremos de dónde viene directamente esta mujer extraña que tiene la serenidad del tiempo, la fe de toda una religión, la fuerza de varias razas? De reina, de esclava, de santa, de lo que sea...».
La madre Cristina sonrió compasiva.
-¡Don Ceferino! No divaguemos; no perdamos la cordura. No hay duda de que los designios de Dios son inescrutables; pero también es insondable la falta de criterio... y me parece.
El capellán estaba sofocado. Le habían echado un balde de agua sobre el cerebro. Le costó serenarse.
-Yo no pretendo -dijo con lentitud y voz humilde- comunicar el entusiasmo de una idea que es, por cierto, extravagante. Estaba en el África, y la madre Ceferina me recuerda que no he salido de la calle de Lira. Me he dejado llevar por mi fantasía, pues había dicho que esta mujer podía ser una esfinge, una momia egipcia, algo raro que renace. Dejemos, pues, la poesía y vamos a la realidad.
-¿Y ella es?
-Que parto indefectiblemente con la presidiaria indultada. Me ha convencido. Convencerá a todo el mundo. Ella pasó niña por la Pampa. Apenas recordaba, al llegar aquí, lo que había visto y vivido. Pues bien, lleva quince años de pensar a toda hora, y ha comprendido tan bien su camino, que quiere volver allá. Eso sí, la compañía de saltimbanquis con que recorrió la Pampa, será menos triste; pero no menos cómica... En vez del empresario mulato irá el capellán gotoso y en el sitio de la Mora, la redentora. La Pampa salitrera es un sitio de lágrimas, de dolores, de esclavitud moral; es un desierto de almas. Y cuando uno ve que en una pobre presidiaria, surge la luz del sacrificio por la humanidad; que en un vaso de dolor y de expiación se precipita tanta piedad y tanta ternura, ¿cómo no secundarla, madre?
La religiosa era chilena, de origen vizcaíno, buena, pero fría y seca. Seguía riéndose de esa pareja inverosímil: don Ceferino y la Primitiva. «Será la Congregación de Hermanas Gitanas Aventureras», -dijo.
-Exactamente, -respondió como un eco el capellán.
Poco se sabe de la grotesca, y triste, y humilde aventura de las pampas. Si ambos soñadores y bohemios quisieron morir por Dios, por él murieron.
Porque se cuenta que, apenas desembarcados, se encontraron envueltos en los desórdenes de la huelga del puerto y fueron tomados por sospechosos. Después, para desarrollar el plan que en el viaje se habían trazado, se fueron en ferrocarril al interior.
Ansiosos de comenzar su misión, la gitana buscó como estación de partida uno de los caseríos más abundantes, pero más corrompidos de las salitreras. Bajo la toldería de calaminas tostadas por el sol, una vasta sociedad de taberneros y rufianes hervía como gusanera en los chatos burdeles donde gemían tantas esclavas como lo había sido la gitana en su adolescencia. La misma autoridad del poblacho, que era la explotadora del crimen, se encargó de expulsar a los caminantes.
En día asoleado, tuvieron que partir a pie con escaso equipaje; los seguía como único acompañante fiel, un perro que era el primer discípulo ganado a la causa. Avisados en la oficina más próxima, por los empresarios del caserío, los colegas de profesión, los recibieron a pedradas, haciéndolos seguir más adelante.
Esta era la traición; lanzados de cara al desierto. ¡Qué fueran a redimir mujeres a los arenales y caliches solitarios! En los espejismos de la soledad, vieron muchas veces el mar, naves de blancas velas que los conducían a sitios hospitalarios, bosques y castillejos, ciudades con campanarios. Ya no escucharon el lejano silbato de los trenes, ni humos de chimeneas, ni explosiones de minas. Bajó sobre ellos la gran soledad de la naturaleza y comenzó a seguirlos de lejos, en puntillas, la muerte, pálida y fría como una camanchaca invisible.
Ya no era posible volver. El perro corría olfateando y regresaba con aullidos lastimeros. La antigua pampina tenía fe, no perdía la esperanza y continuaba exponiendo con simples palabras las líneas más simples de su cruzada. Seguiría contando su vida, como la había contado en Punta de Rieles. Le gritarían asesina, pero no importaba. Ya había alcanzado a ver ojos de hermanas de los cuales corrían lágrimas que desteñían el carmín de sus mejillas.
Parece que, en las torturas del hambre y de la sed cortaron los hilos del telégrafo. La gitana había muerto sonriente, recostada como para dormir sobre el paquete de su manta. El capellán, que tal vez adelantó algo más de camino, en compañía del perro, había caído más lejos, de cara al suelo, y tenía su libro en una mano.
Unos ingenieros encontraron los cadáveres, fueron identificados en la policía del cuerpo, y la brevísima investigación hecha trajo hasta la madre Cristina el lastimoso fin de «los saltimbanquis de la caridad», como los llamaba no sin profunda piedad y respeto por sus dos amigos locos.
-Este es un minero de veras -me decía el mayordomo, señalándome a Andrade, un viejo de barbas blancas, tostado y rudo como un bronce viejo, alto, firme todavía, de ojos negros, brillantes e inquietos.
El sol moría tras los altos picachos de la mina. Sin transición de crepúsculo, como ocurre en las altas cordilleras, la noche venía encima. El primer fuego encendido chisporroteaba con los quiscos secos mezclados a las ramas de espino. De abajo, en medio del alto silencio de la montaña subía el tintineo de una tropa de mulas retardada en el camino. Andrade avanzó después de esa breve presentación que hacía un lacónico v elocuente compendio de su vida de penalidades. Porque el viejo había padecido; antes de oírlo, ya sabía yo que su existencia había sido golpeada como pocas. En su faz rugosa, agrietada, esculpida por un tosco cincel, se leían las privaciones del hambre, las brutales quemaduras del sol y de la nieve, tal vez algunas manchas de sangre y de crímenes inconfesables. Hombre nacido para la más ruda batalla, enseñado desde niño a todas las crudezas, no podía encontrar ya nada sobre la tierra que lo hiciera temblar. La nariz aplastada como bajo el golpe de un machete, parte de la espaciosa frente hundida, una oreja incompleta, la voz resuelta pero contenida; era fácil comprender que ese luchador derrotado ni tuvo niñez apacible ni alcanzaría tampoco vejez con reposo.
-Sí, patrón; como minero nadie ha visto más que yo. He tenido muchas veces la plata en la mano, pero se me ha resbalado, señor, cuando menos pensaba. Como padecer he padecido, como hambres nadie puede hablar... Pero la sed, la sentí envolverme en una tortura infinita.
-¿Dónde conociste la sed?
-En el desierto.
Los mineros salían de los recodos del camino silbando alegremente. El fuego ardía con llamaradas vivas alargando las lenguas de fuego en mágica chispería, bajo el fondo de cobre colocado entre cuatro piedras. De la altura bajaba un cierzo de nieve.
-En el desierto, patrón, volvía de Caracoles las manos vacías. Llegué tarde, la fatalidad me dio más penas que nunca. Una mala hembra me salió al frente y me acriminó, señor. Tenía que salir la misma noche y salí guiado por mi mala estrella. Después de dos días de marcha, perdí el rumbo y acabé la ración. El saco que me había acompañado muchos años lo boté al suelo; no me servía de nada; un bocado de pan y una cebolla fueron mi último almuerzo. En el desierto quema el sol más que en ninguna parte. Su merced ha corrido más mundo que este servidor y tal vez ha estado en África o en la tierra de los camellos donde dicen que no hay agua y las piedras son brasas de fuego... Pero le aseguro señor que en el desierto al mediodía sale humo del suelo y uno se ahoga. Al principio, señor, yo me reía, porque en penurias yo me las entiendo; pero no sabía que en el desierto mientras más se anda es peor. No se avanza un paso, no se sabe para dónde caminar, no hay una seña, no hay una huella, no hay un espino, no hay un peñasco siquiera. Pero yo andaba y andaba, porque volver era imposible y tampoco sabía de qué lado había salido. Esa noche dormí mal porque me parecía que de esa vez Andrade era hombre perdido. Cuando apenas aclaró me puse a andar; pero tenía fatiga. Fatigas he sentido y hambres he pasado; un día más, un día menos, sin probar un bocado, no es para asustar a un minero, ¿no es cierto ño Benítez? En la Deseada también sentimos hambre, pero nos reíamos. Los niños eran bravos todos y eran buenos para el padecer. Pero la fatiga del desierto era, señor, como el sol, cosa no conocida; a mis mayores enemigos a quienes se las tengo jurada por mi madre no les deseo esa fatiga, porque es peor que la muerte, patroncito. Principia una angustia en la cabeza que baja al corazón, que da comezón en los brazos y le quiebra a uno las piernas. A ratos uno se olvida de todo como si durmiera y se asusta de encontrarse caminando.
-Esta es la última, Andrade -me decía yo mismo-, habías escapado de tantas y venís a entregarte en este arenal del infierno...
La fogata ardía, ardía. Un silencio de muerte pesaba sobre todos. Encendidos los cigarros, los labios secos chupaban nerviosamente, y el humo envolviendo el resplandor del fuego se perdía inmediatamente en la negrura de la noche. Benítez, el cocinero, absorto en el relato de su amigo, se había quedado con la espumadera en la mano olvidado de revolver los frejoles y el agua hervía y saltaba, quemándose en los bordes de la quemante olla.
-En la Sonámbula han puesto trabajo de nuevo -dijo un apiri colocándose una mano al lado del ojo para que el fulgor de la fogata no le impidiera ver a lo lejos. Y en efecto, al frente, muy lejos, a inconmensurable altura en los más escarpados cerros, se veía, casi como una estrella, una chispa de fuego. Allí contaban seguramente otros mineros la historia de otras luchas no menos dramáticas.
-Fue entonces, patrón -dijo Andrade, volviendo del fondo de sus recuerdos con un suspiro-, cuando comencé a sentir sed. Se dice muy luego... Se siente sed muchas veces, pero se sabe que hay cerca un río, un estero, una acequia, una vertiente donde se puede tragar cuanto se quiera, y ésta no es la sed del desierto; la sed del desierto debe ser la sed del infierno...
-La Virgen Santísima nos libre -dijo a media voz el más joven de los apires, santiguándose maquinalmente.
-Uno mira a todos lados y todo es fuego. El fuego quema la cara, los labios, la lengua, la garganta, el pecho, el estómago, el alma, sí, señor. Aquí abrimos la boca y el aire nos refresca. En el desierto hay que llevar la boca cerrada porque el aire tuesta. La sed me desesperaba. No sentía el hambre. Ni la mala hembra de Caracoles, ni las puñaladas que esa perra maldita me hizo dar por su culpa, ni las venganzas me hacían ningún efecto. Nada me importaba, y si ahí hubiera tropezado con una piedra de plata maciza, la habría tirado lejos. Era agua, señor, lo que pedía. Porque, aunque iba solo, yo venía hablando fuerte, hablando a gritos; me estaría volviendo loco, pienso yo, cuando me acuerdo. De repente tropecé y me caí. No es nada, Andrade, adelante, gritaron cerca de mí; me di vueltas y no había nadie; era yo mismo, pero no era mi voz.
-Buen dar, dijo Benítez. Tanto padecer y ser siempre pobre.
-Esa noche, patrón, no dormí. Creo que tendría fiebre, porque las sienes me sonaban como un tambor. A cada rato sentía voces que me hablaban y siempre era yo. Creí una vez que aullaba un perro y me estuve medio sentado oyendo: nada, ni un grillo. Al amanecer resolví andar y andar, había que morirse andando, no había remedio. Yo había ido a Caracoles por mi bueno, y me volvía por mi mala cabeza. Mía era toda la culpa, a nadie le hacía falta.
Cuando ya salía el sol vi un buitre que volaba alto, muy alto. Éste va por el camino, dije, éste va para poblado, es el primer pájaro que veo; vamos bien, Andrade. Luego lo perdí de vista; pero más tarde volvió más bajo y más despacio. Entonces se me ocurrió, patrón, que el condenado tenía hambre como yo y sed como yo y que me venía ojeando y siguiendo porque esperaba que cayera.
-Diablo, buen dar con el buitre, bienaiga iñor con el avechucho- fueron coreando los oyentes uno tras otro. Habían comprendido el cuadro trágico de esa lucha del hombre y del ave de rapiña ante la desolación de la naturaleza. Pero la observación los hacía reír.
-Yo los hubiera visto, recontra, -exclamó Andrade-. No estaba yo para risas; me flaqueaban las piernas. Pensaba que el buitre me venía siguiendo de lejos y que si bajaba era porque me encontraba ya cara de muerto ¿no es cierto, patrón? La sed me apretaba la garganta tanto y tan fuerte que hubo un momento en que sentí dos manos que me querían ahorcar. Cuando quise defenderme vi que era yo mismo. No me sentía las manos pegadas al cuerpo, eran dos manos muy grandes, hinchadas, llenas de manchas. Mis pies estaban tan pesados que no pude más con ellos. Entonces caí y me quedé acostado de espaldas. No quería perder de vista al compañero que pasó otra vez mirando fijo hacia abajo; ¡contento debía estar el maldito! No sé si estuve así una hora o un día. Pero yo no me muero como cualquiera, señor, si no, que lo digan aquí los niños que me han visto en otras. Tengo siete vidas, como los gatos. Me santigüé, señor, le ofrecí a las ánimas media barra de una minita de oro que tenía entonces en Petorca, me acordé de mi madre que era viejita, y de repente, patrón, encontré que estaba llorando y pidiendo agua como un niño. No era cobardía, señor, yo no he sentido miedo a la muerte; pero una aflicción tan grande me tomaba que quise pararme y arrancar. Pude dar unos pasos y después corrí una media cuadra deshaciendo el camino hecho; quería volverme a Caracoles, acusarme, entregarme. Pero caí de nuevo. El buitre debía ser veterano, señor, porque parece que esperaba esta caída para bajar también él. Se quedó como a tiro de piedra parado, quietecito, mirando fijo. Cuando uno está andando, un buitre se ve muy chico: uno lo mira de alto abajo; pero cuando está tendido, viera, señor ¡cómo crece el condenado! Yo debía estar loco, ahora que pienso, porque sentía rabia de que fuera a servirle a la bestia para su apetito. Pero ya no podía más, me llegaba la hora, dejé de mirar el animal y cerré los ojos. A lo menos me dejará morirme, decía yo; Dios no ha de permitir que un buitre pueda más que un hijo suyo antes de que sea ánima. Cuando abrí los ojos, la bestia estaba bien cerquita y parecía durmiendo, abría un ojo y lo cerraba, tenía la cabeza bien metida entre las alas. Me parecía el diablo velando a un minero condenado en vida...
-No diga eso, ño Andrade- exclamó el mayordomo-. Todos hemos hecho alguna en la vida, pero las pagamos bien aquí mismo.
-Entonces, patrón, la Virgen se acordó de mí, tal vez porque en Andacollo le llevé a su altar un candelabro de plata maciza del alcance de la Colorada. Me vino una idea, señor, hacerme el muerto y ver quién pescaba a quién. Al fin y al cabo yo era un hombre y el otro un buitre.
-¡Buena cosa! ¡Bienaiga la idea! Este año ño Andrade es el mismo diablo en persona -comentaron los apires. La fogata amainaba. El cierzo helado bajaba siempre de las nieves. Dábamos diente con diente.
-El buitre se había acercado y siempre abría un ojo para verme y lo cerraba después. Yo veía sin abrirlos: lo sentía cómo estaba ya a un paso. No quería moverme para no asustarlo. Lo creía asustadizo al condenado; pero se me encogió una pierna con un calofrío, tal vez era la muerte que se ponía en contra mía, y él ni pestañeó. Quién sabe si así agonizan los que mueren de sed. Nos íbamos de pillo a pillo, señor, y esperábamos. De repente no sé cómo estuvimos trenzados. Yo le tenía una pata y buscaba con otra el pescuezo mientras sus aletazos me echaban al suelo a cada golpe. La fuerza del diablo, patrón, era bien grande. Yo quitaba la cabeza a los picotazos, pero me dio éste en la frente, ¿ve aquí señor? y dos o tres en los brazos. Pero lo tenía aferrado y pude ponerle la rodilla encima. Me costó encontrar el cuchillo, se me hacía eterno el tiempo, y al fin pude degollarlo. Con la sangre me entró al cuerpo la vida, pero la carne era dura y estaba tan flaco el pobre que no pude meterle el diente. Ahí me quedé hasta el otro día, patrón, esperando y esperando. Al caer la tarde, una tropa que subía a Caracoles pasó no lejos de ahí y pude correr... Aquí tiene, señor, la historia de Andrade con el buitre en el desierto.
Mientras Benítez invitaba a la comida, yo me puse de pie, tomé la cabeza de Andrade entre mis dos manos y se la agité nerviosamente. No me atrevía a besar esa frente salvaje, mordida por la lucha primitiva de las fieras, pero me sentí orgulloso de haber nacido en la misma tierra de ese atleta.
El frío arreciaba, los mineros cantaron y luego fue cayendo cada cual envuelto en el negro poncho de castilla. Yo entré a la ruca donde pasé una noche febril, recordando la frase tan simplemente dicha por el viejo inmortal: nos íbamos de pillo a pillo.
Cuando al amanecer vi a Andrade que subía por el duro patillaje del peñón con la broca al hombro, pobre como los otros después de vida tan intensa de amarguras, de dolores, de heroísmo, de crímenes y pasión, una lágrima veló mis ojos.