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ArribaAbajoEl contemplativo

Era un niño solitario, de tez pálida y ojos grandes, negros y luminosos como carbunclos. Vivía del otro lado del estero, acompañando a su abuela achacosa, frente al pobre caserío con que remataba el valle en el rincón de cerros de la costa. Como el helechito tierno que aparece entre guijarros y los plumerillos de oro con que el espino se florece, el muchacho era lindo y delicado, y lo parecía más por contraste con el triste pedregal de la comarca. Las manos y los pies marfilados, la cabeza ovalada y la garganta esbelta, que el camisón de percal entreabierto mostraba siempre, hacían pensar en un caballerito robado por una bruja si no fuera que la anciana mostraba en su ajado rostro el modelo primitivo del viril retoño.

Panchito tenía ya dieciocho años cuando mostró un humor melancólico y contemplativo.

-¡Vamos, Panchito! -le decían el cura y el maestro de escuela, que por esos tiempos eran siempre amigos y compadres para bien del vecindario-, sacude esa tristeza y corre por los cerros con tus compañeros.

Sonreía tristemente el muchacho, movía la cabeza con cierto aire de empecinamiento oculto y se marchaba callado, los ojos fijos, embelesado.

-¿En qué piensa? ¿Qué sueña? Porque no es tonto... -reflexionaban los pocos vecinos capaces de reflexionar. Nadie lo sabía, tal vez ni él mismo. Cuando terminaba el trabajo, Panchito se sentaba en una piedra, siempre en la misma cerca del rancho apuntalado de la abuela, escuchando, contemplando, olvidado de comer, de reposar, de dormir.

Nadie decía que fuera perezoso, porque en las faenas igualaba a los más fuertes de su edad; pero era huraño. La Loica, una muchachita alegre y frívola, hija del carnicero, de labios y mejillas rojas come sangre, despierta y mujer para su edad, debía sentir la atracción de ser tan opuesto. Ella era superficie, el otro, fondo; ella era cuerpo, el otro espíritu; ella era bulliciosa, el otro callado; ella era calor y sangre en fin, mientras Panchito parecía pluma de nieve voltejeando sin rumbo. Era inútil que la aficionaran al empleado del telégrafo, tenido por buen joven y que vestía con un terno de casimir azul y camisa almidonada. No; la Loica devoraba con los ojos a este pobrecillo y se enardecía más en la imposible lucha. Hasta en la tarde lo buscaba con la vista al otro lado del estero, para divisar siquiera la silueta del CONTEMPLATIVO cerca del rancho de la abuela.

Más de una vez la chica le dijo bromas, y como Panchito no se enfadaba, fue haciéndolas subir de grado y de intención. Cierto día que lo encontró solo en la carnicería, le tiró de una oreja. Otra vez le apretó el cuello con las dos manos nerviosas y forzudas. El muchacho se ruborizaba tal vez un poco; pero más bien parecía insensible a ese forzado contacto que él no buscaba. No había ciertamente despertado al amor, y quién sabe si la voz del sexo venía retardada.

Y no era la Loica la única ave herida en el contorno, porque la Bernarda, moza casi madura, tenía también inclinación entusiasta por el Contemplativo. Ambas mujeres comenzaban a darse celos, sin que el muchacho se diera cuenta del hecho, pues de seguro se habría marchado.

Pero ésta, como más sabida y menos buena, comenzó a apretar el cerco y a molestar al soñador. Atribuía su melancolía a amor y le contó una historia que amargó a Pancho.

-Estoy convencida -le dijo- que eres el trauco, y así lo contaré si no me vienes a ver a mi casa. Tú sabes que en esta quebrada vive un trauco, y la prueba es que muchas niñas a quienes no se les ha conocido amor ninguno se han desgraciado. Yo sueño contigo y siempre sueño cosas que dan vergüenza. Anoche, puse en la puerta los doce montoncitos con arena, y te vi que los contabas.

-Eso es mentira -dijo el soñador-, yo pasaba por el corral y no iba solo. Benito me acompañaba. Y enseguida, el trauco es brujo y es jorobado y le hace mal a las mujeres; y yo no soy malo, ni me meto con nadie y soy buen cristiano.

Y como Panchito se afligiera y llegara a punto de llorar por la calumnia, la Bernarda lo quiso abrazar para consolarlo. El contemplativo huyó, dejando tras de sí a una enemiga mortal.


Yo llegué por motivos de salud a aquel rincón y alojé durante un mes, a lo menos, en la casa del excelente don Emeterio Ruiz, el cura gallego cuyo apostólico espíritu es conocido de todos. Y luego me topé con el Contemplativo; me pareció bien su silencio y lo tomé de compañero para las excursiones que el médico me recomendaba. Era una sombra. No hacía ruido. Esperaba le dirigiera la palabra para responder. Pero, ¡qué atmósfera de serenidad y de pureza difundía en torno suyo! ¿Cómo ese campesino, ese muchacho andrajoso, parecía coronado de estrellas? ¿Era sólo el fulgor y profundidad de los ojos, lo que lo hacía aparecer revestido de tanto interés? Sin quererlo pensé en ese cuento de Andersen: El pato feo, y me parecía ver un día al cisne desplegar sus alas y alejarse majestuosamente hacia el sol. Quise profundizar en ese tipo original, producto y como concentración del rincón de cerros melancólicos en que la tarde y la aurora mueren y nacen con el lastimero balido de las cabras que bajan o suben al faldeo. Aprovechar todas las ocasiones para interrogarlo y sorprenderlo.

Era inteligente, aunque apenas sabía leer y escribir; pero más que inteligente, tenía una sensibilidad asombrosa y natural. Me confesó que hablaba con los pájaros; por lo menos creía hablar con ellos. A sus silbidos respondían siempre, y eso pude comprobarlo. Las cabras se le acercaban sin recelo alguno. Remedaba todos los ruidos del campo, incluso el rumor de una pequeña vertiente que saltaba en las breñas. El zumbido de los abejorros, el canto de las chicharras, todo era reproducido con tan profunda ternura que comencé a adivinar que había algo más que un don imitativo en ese hijo de la tierra. ¡Y lo había, santo Dios! Nos sorprendió la tarde en la quebrada. De pronto el viento trajo la campanita del Ángelus. Pancho iba más adelante guiándome y vi que levantaba los brazos como para atrapar mariposas que yo no podía divisar.

-¿Qué hay? -le dije-, ¿qué insecto pescas? Se calló cohibido; luego me dijo:

-Son las avemarías que pasan. ¿Recemos una más nosotros?

Y rezamos en silencio; se me anudaba la voz en la garganta, como se me anudó cuando hice en el altar el voto de mi primera comunión.

Otra vez se detuvo en el camino y me preguntó con el aire respetuoso de siempre:

-¿No habrá un libro en que se lea lo que dicen los grillos en la noche?

Yo le pregunté entonces si sabía lo que decían los demás seres en la naturaleza y me contestó algo tan profundo que no sé hoy día si fue casual o voluntario:

-Sí, de casi todos; pero no del hombre.

Hablé con don Emeterio y le conté mi descubrimiento.

-Pues, sí, señor; es un artista, es un alma de predilección, un ángel que ha caído en estos cerros y se ha quebrado un ala. Cuando se le componga, volará.


Y entonces el buen gallego me contó lo siguiente:

-Como usted, mi señor don Joaquín, me interesé en saber lo que es este niño. Hoy lo sé, es un artista espontáneo, en el cual la tendencia a lo bello ideal nace como el perfume en una flor. No lo he traído aquí de sacristán, a pesar de que tendría mejor que comer, una ropita más abrigada y estaría cerca de sus santos, porque he creído que moriría cambiando esa su contemplación de la naturaleza, por esta otra del templo. No; es un místico de la luz, de las voces naturales, de las aves. ¿No sería eso mismo Juana de Arco? Bien, óigame usted. Este niño ha sido insensible al amor de la Loica y de Bernarda, no porque no sienta, sino porque es infinitamente superior a ellas. Estuvo aquí el pasado invierno una señorita de origen francés, delgada, alta como una espiga. Panchito fue su sombra; pero una sombra muy lejana, muy lejana, que no se acercó jamás a ella. La niña era enferma, había venido aquí con una anemia profunda y murió con el color de una azucena. No sé si esa criatura tendría una gota de sangre en las venas. Yo creo que el muchacho se enamoró perdidamente de la pobre; se parecían mucho. Un día que fui a ver a la Josefa, la abuela de Panchito, encontré a éste dibujando en la pared con un carbón, a la niña muerta. Se lo juro: me quedé pasmado; estaba tendida como un puentecillo sobre el estero, la cabeza apoyada en una piedra y los talones de los pies descalzos en la de la opuesta orilla.

-¿Qué has querido representar? -le dije-. Conmigo tiene gran confianza, me responde siempre a toda pregunta. Le costó explicarme; pero me lo hizo entender bien: «que así como el estero separaba su casa del pueblo, para salvar él la distancia de sus sueños a la realidad, necesitaba un puente como la realización de ese amor».

-Asombroso, y casi inverosímil.

-Así es; pero allí está en la muralla, un tanto borrado ya, el informe dibujo.

-Lo iremos a ver mañana.

Y fuimos. En efecto, la cabeza regularmente trazada, el perfil era delicado y se veía bien que se trataba de una muerta, porque los párpados estaban caídos a fondo. Para mí su respuesta fue más hermosa:

-¿Este es un puente? -le pregunté.

-Es una mujer-puente- replicó.

Desde ese momento mi resolución quedó formada. Me lo traería a Santiago, a la Escuela de Bellas Artes, le haría oír música y le abriría las puertas de la armonía, del color, de la forma. No quería oír de tal viaje; lloró y pretextó la soledad de Josefa. Don Emeterio se la llevaría a la parroquia. Dijo entonces que echaría de menos el lugar; sería un viaje corto, un ensayo. Así se decidió.

El viaje fue muy corto. Una visita al museo el primer día. Panchito, ya convenientemente vestido, sin aire campesino, pero sí de alma en pena, vagó de sala en sala, quemando casi con los ojos, que relampagueaban, cada tela y cada estatua. Pero, cuando menos lo pensaba, se quedó estático cerca de un retrato de señora, quiso arrodillarse como delante de una imagen y rompió a llorar a mares. ¡Qué desconsuelo!

-Nunca, nunca, nunca -repetía entre sollozos.

-¿Qué no será nunca?

-Nunca llegaré a hacer eso, a dejar así la figura que he visto.

Fue inútil consolarlo, inútil contarle la vida de Giotto, ese otro niño contemplativo, inútil hablarle de los genios que lucharon para levantarse desde la altura del gusano hasta el nivel de las estrellas. El contemplativo llegó a casa mudo, sombrío; no quiso comer, no sonrió. Lo llevamos después a un concierto sinfónico y se estuvo en la galería, la cabeza metida entre las dos manos, aplastado, ensordecido. Al día siguiente quiso partir y lo hice acompañar hasta su pueblo.

Me había olvidado del soñador. La vida de la ciudad embriaga, enerva, aun a los que la encuentran demasiado apacible y prosaica. La ciudad invita a la ingratitud. Yo había borrado de mi memoria a don Emeterio, el rincón de cerros, el contemplativo y todo aquello que tan adentro había tocado mis fibras sentimentales. Pero di por enflaquecer, la neurastenia comenzó a acecharme, y un día mi buen amigo el doctor me recordó el pasado.

-¿Por qué no vuelve usted allá? Yo creo que le sentó a usted muy bien ese clima tibio y seco. Anímese y suba cerros y volverá más fuerte.

Y fui. ¡Oh, don Emeterio, querido viejo! Estaba allí a caballo, en la estación, esperándome. Junto con llegar al estero y aspirar el perfume de la ñipa, de la ruda y del paico, revivió en mí el recuerdo de Panchito.

-¿Y qué es del poeta?

-Allí está -me dijo el cura- como siempre; trabaja, vagabundea y sueña. Es un santo, es un místico, tiene el secreto de la naturaleza.

Antes de conversar con él me tocó espiarlo, seguirlo y escrutar de nuevo su alma. Parece que de vuelta de la ciudad había entristecido mucho, andaba inclinado y como alicaído. Lo divisé una noche que se acercaba al estero para cruzarlo, y fui tras él, por el sendero de cabras que seguía. A cada instante se detenía a mirar la luna llena, que iba a asomar en los cerros y coronaba sus crestas con aureola plateada. Otras veces, ponía atento oído para escuchar los grillos. ¿Siempre querría saber lo que cantaban? Caminaba lentamente, embelesado con todo, como viendo, escuchando y aspirando al mismo tiempo todo lo que lucía, sonaba y respiraba en ese suelo del cual era retoño virginal e intangible.

Y hubo un minuto en que yo lo entendí y me lo expliqué. Primer vínculo de la naturaleza con el hombre, su intérprete, ¿no era Panchito el germen del genio? Este campesino incapaz de colorear, incapaz de entender los violines, pero traductor del insecto, de las notas de la campana, de los más finos sentimientos del alma, ¿no era el primer puente entre la realidad y el ideal? El padre de Beethoven, ¿no se detendría a escudriñar lo que decían las abejas en sus zumbidos? El padre de Rafael Sanzio, ¿no sería el embelesado contemplativo de las alboradas y de los crepúsculos de Fíésole? El padre de Caruso, ¿no remedaría a las cigarras de la Torre del Greco y de Sorrento?

-Fantasías, mí señor don Joaquín. Fantasías.

Don Emeterio era gallego y apenas le daba el cutis para entender lo que rebalsaba el alma del campesino prodigio.

Por lo demás, no podemos experimentar. Acabo de recibir una carta del señor cura en que me dice que el soñador ha muerto. Murió en la tarde, tenía fiebre, se hizo sacar a la puerta del rancho, donde recibió el Sacramento. Cuando sonaron los toques del Ángelus se descubrió y miraba pasar en el cielo bandadas de avemarías.

-Yo me voy con ellas -dijo.

Y murió sonriendo. Y entonces pasó el puente que había soñado: el puente que realizaba sus anhelos.




ArribaAbajoEl maestro Tin-tin

Así lo llamaban en todos los alrededores porque desde muy lejos ya se sentía el golpe del yunque en su fragua del barranco del río. Era un viejo de cara sumamente bondadosa, ojos suaves, y aspecto inofensivo y simpático. Herrero desde muchos años, prestaba sus servicios en la hacienda, componiendo un día la llanta de una carreta, supliendo otras el perno de un arado, haciendo el cerrojo de un portón o soldando los zunchos de una tina.

Desde el amanecer se sentía ya el vibrante golpe del yunque, llenando todo el barranco y sobresaliendo sobre los mil ruidos del despertar de las mañanas de campo. Era una nota aguda, alta, cristalina, que contribuía a alegrar el comienzo del trabajo, como un valiente toque de diana. Y cuando pasaban los peones con la herramienta al hombro para ir a ocupar el puesto que a cada cual le correspondía en la batalla del día, decían entre sí:

-Ya está el maestro Tin-tin en la fragua.

Cada día llegaba alguien hasta la puerta de su casa, abierta entre dos álamos viejos, y adornada con dos frondosas matas de cardenales rojos, en consulta de algún descalabro de ferretería. Y el maestro Tin-tin salía con las mangas arremangadas y su delantal de mezclilla azul, y siempre sonriente, siempre amable, lo resolvía todo a ojo de buen varón.

A medida que la tarde declinaba iba bajando el diapasón de los golpes del maestro, hasta que junto con hundirse la última extremidad del sol en el poniente, se sentía el último golpe, el del combo que caía abandonado sobre el yunque.

Entonces el viejo salía a la puerta a ver pasar a los que volvían del trabajo, y allí permanecía hasta que al otro lado del río tocaban el Ángelus y lo rezaba él con la cabeza descubierta y la vista baja para entrarse después a la casa donde ya hervía la olla de frejoles al fuego.

El maestro Tin-tin tenía cuatro hijos, de 23 años el menor, y de 32 el primero; pero ninguno vivía allí al lado de esa fragua y de ese yunque a cuyo golpe habían despertado y se habían dormido tanto tiempo. Le querían, le respetaban, le oían; pero cada uno había partido con su saquito al hombro, siguiendo ese errante camino de nuestros peones, que no necesitan de brújulas, ni de reloj, ni de calendarios.

El viejo se iba gastando. Sentía que el martillo no caía con tanta fuerza y echaba la culpa de esto al fierro, que según él «estaba ya tan duro como el corazón de un impenitente». Pero resultó que un día se quebró una llanta que acababa de componer; otro resultó inservible un perno para un arado; y cada vez demoraba más tiempo en las más insignificantes operaciones.

El patrón, respetando la ancianidad y los servicios del maestro Tin-tin, le dejó su fragua, su casa, sus herramientas, y buscó en la vecindad otro herrero joven que fue a establecerse no lejos de él.

Trabajaba un día el maestro y golpeaba penosamente el fierro enrojecido, lamentando que cada día lo hicieran más duro y tenaz, cuando creyó sentir alternados con sus golpes otros más lejanos, pero más fuertes, más sonoros, más enérgicos. Pensó en el primer momento que soñaba; pero dejando quieto después su martillo pudo escuchar claramente los golpes de otro martillo y otro yunque.

Y entonces cayendo desalentada la cana cabeza sobre el pecho, pensó con la más amarga sonrisa:

-No era el fierro el que estaba duro, era mi brazo que estaba débil.

Y después alegrándosele el rostro, iluminándosele los ojos, se hizo todo oídos, y llamando apresuradamente a su hija, le dijo:

-¡Oye, oye! ¿Sientes ese otro martillo? Así tan fuerte, tan vigoroso, tan robusto era el brazo de tu padre. ¡Así golpeaba yo! ¡Así debe golpear un herrero!

Pero vencido después por la amargura de su impotencia, sollozando como un niño, apoyó su cara en el hombro de la muchacha y apenas pudo hablar.


Desde entonces el maestro Tin-tin se echó a buscar por los caminos, trozos de hierro, pedazos de llanta, clavos, zunchos, pernos, tuercas, y echándolos todos a una bolsa, se volvía paso a paso a su casa y la vaciaba al pie de la fragua. Durante muchos días se le vio vacilante, rendido, sudando, pero sin cejar un punto en su tarea hasta que el montón subió algunas varas.

Después comenzó con el ardor de sus buenos tiempos la tarea de enrojecer los fierros y golpearlos y unirlos. No le era posible estar mano sobre mano, sin ver encendidos los carbones de la fragua, y sintiendo sólo los golpes del otro herrero, del forastero que había venido a suplantarlo. No podía el incansable viejo darse por derrotado antes de morir.

¿Qué hacía el maestro Tin-tin? Nadie lo sabía. Cuando con diversos trozos de hierro había formado uno solo de medio metro de largo, lo dejaba y comenzaba uno nuevo; y todos estos bastones forjados a golpe de combo iban a parar debajo de su catre, hacinados en un montón.

De nuevo había vuelto el vecindario a acostumbrarse a la incansable actividad del maestro Tin-tin. Desde lejos se sentían alternados, cada dos golpes sonoros y vigorosos del herrero joven, uno apagado y débil del herrero viejo. Parecía aquello el sonar de un péndulo, la disputa de la vida con el tiempo, un diálogo entre el aliento juvenil del que comienza y el jadeo anhelante del que acaba...

Una mañana salió el sol, avanzó el día, comenzó el herrero joven a dar en el yunque, y el maestro Tin-tin callaba... ¿Qué le pasará al maestro? se preguntaban todos, y poco a poco fueron llegando las vecinas, y entrando a la modesta casita de los cardenales rojos.

El viejo estaba en cama, tendido de espaldas y respirando con fatiga. Muy luego pasaron el río y avisaron al cura que debía ayudar al herrero a hacer sus maletas para el último viaje.

Entretanto el maestro Tin-tin había dado orden de llamar a sus hijos, y la muchacha sentada a la puerta fue enviando el aviso con todas las carretas, arrieros y carruajes que pasaban en diversas direcciones.

Un largo, un interminable día de agonía, transcurrió con la lentitud del dolor y del sufrimiento.

-¿Qué cosa es la vida -decía el cura al salir- sino una herrería en que cada cual da en el yunque hasta que se fatigan los brazos y se apaga la fragua?

A la noche llegaron dos de los hijos y el otro al amanecer. Muy tempranito, cuando apenas clareaba el alba, un ruido de campanillas y de rezos se dejó sentir hacia el río, donde atravesaba el cura en su carruaje a traer el viático al moribundo.

Lo recibió éste en medio del recogimiento de todos y de los sollozos de los hijos que, arrodillados en torno de la cama, cogían de sus manos curtidas y secas al agonizante.

El viejo quiso hablar, se incorporó, miró a los tres muchachos que, con los ojos llenos de lágrimas le atendían, y dijo con desmayada y torpe voz:

-Debajo de mi cama hay cincuenta varas de fierro. Mi única disposición es que me hagan mis tres hijos, con ellas, una cruz grande para plantarla en mi tumba. Trabajen en esta obra incansablemente porque no podré estar tranquilo en la otra vida, mientras no esté mi cuerpo a la sombra de esa cruz.


Los tres hijos se pusieron entonces a la obra. Encendieron la fragua y comenzaron ardorosamente a unir las varas para formar la cruz. Durante un mes resonó todo el barranco del río con los martillazos de los fuertes y robustos herederos del maestro Tin-tin.

Por fin, quedó la cruz concluida y los tres marcharon a la tarde hasta el cementerio parroquial, donde la clavaron respetuosamente y rezaron con las cabezas descubiertas.

A la vuelta los esperaba humeante la olla sobre el fuego; y la hermanita soplaba los tizones con la faz aún encendida y llorosa.

Los hermanos se miraron y quedaron pensativos un instante. Por fin, el mayor dijo:

-Yo creo haber entendido la última voluntad de mi padre. Tanto daba poner en su tumba una cruz de palo como una cruz de piedra. Pero él quiso que la hiciéramos nosotros, de fierro, para que nos acostumbráramos a su oficio y le tomáramos cariño a la fragua... Yo no corro más tierras; he aprendido ya a golpear el fierro y me quedo aquí de herrero...

El segundo exclamó:

-Yo he aprendido a caldear la fragua... Te acompaño.

Y agregó el tercero:

-Yo también me quedo.

Y se quedaron los tres. Y es fama que los golpes de su yunque sonaban diez veces más que los del herrero nuevo, porque el maestro Tin-tin, rejuvenecido ya en la otra vida, ponía toda su fuerza en los brazos de sus tres hijos.


Un día pasamos en coche por el barranco del río. El señor cura asomando la cabeza por la ventanilla hizo un saludo cariñoso a los tres robustos herreros, y sonriendo, nos dijo:

-Esos son los sucesores del maestro Tin-tin.




ArribaAbajoEl más bruto de los héroes

Estay había sido preso por «homecida», como decía él a los que indiscretamente se lo preguntaban, al través de las rejas de la cárcel. Y a confesión de parte...

Pero, en fin, malo no era el pobre Estay. Se habían metido faldas de por medio, y seguramente copas también. Alguien le insultó, salieron a la vuelta de la esquina, pusieron de testigo al policial y se acuchillaron durante media hora. ¿Qué culpa tenía Estay, que el muerto hubiera sido el otro? En cambio, había sacado una cuchillada en la cara, otra cerca del ojo, un puntazo en la frente y rasmillones por todas partes.

Con la cara llena de sangre fue llevado a la comisaría, donde se la estancó, antes que pudieran evitarlo, con tierra recogida en el suelo. Y así, con el rostro mitad fiero, mitad grotesco, se paró ante el juez, se encogió de hombros, no le sacaron palabra y fue a parar al presidio.

Allí vegetó el infeliz homecida, muriéndose de inanición. No era la vergüenza ni el remordimiento, los que le enflaquecían: muchas veces había dicho a propósito de su víctima, que bien muerto estaba, y que no rezaría ni siquiera un Padre Nuestro a las ánimas, por el descanso de la suya. Lo que debilitaba sus fuerzas era la falta de libertad. Falta de libertad que era la muerte para ese incansable aventurero, libre y soberano como un cóndor, que no reconocía autoridad, ni ley, ni superior siquiera, que no dormía bajo techo, ni calentaba sus manos en brasero alguno, ni conocía madre, ni mujer alguna. Falta de libertad, que era la muerte para ese hombre que no sentía el amor, que no entendía la virtud, que no sabía el alfabeto, que no usaba caballo ni carretela, ni tren, para movilizarse leguas arriba o leguas abajo, buscando un jornal, un compañero o una trilla. Falta de libertad, que era la muerte para ese hombre, que si estaba enfermo se emborrachaba, que si alguien se le ponía por delante le despachaba de una cuchillada, que si quemaba el sol se acostaba a mediodía con la cara contra el suelo y si estaba húmeda la tierra, de espaldas contra ella.

Estay se moría, sin majestad, sin convulsiones, sin tristezas. Moría, como muere un animal de su clase: emperrado. Juntó un día los labios, se los mordió para no abrirlos, y se tendió junto a una muralla. Lo pateó el guardián y él ni gruñó siquiera.

-Ese bruto se muere -le dijeron al alcaide.

Y el alcaide, que en esa fecha -(1879)- era dueño y señor del presidio, hizo tomar a Estay, ponerlo en la puerta de la calle, pegarle una patada por la espalda y decirle:

-¡Camina, asno! ¡Anda a tomar un rifle! La pólvora te sentará bien.

Estay abrió los ojos y vio no ya la urdiembre mezquina del sol que entraba a la celda, ni esa luz sucia y como mortecina que caía por la ventana. Era aquella explosión de sol, aquella abundancia de aire, lo único que podía ser: la libertad absoluta. Y corrió como un loco y se cayó varias veces al suelo, y fue a golpear un portón grande, macizo, donde sabía que le iban a recibir con los brazos abiertos y allí le gritaron:

-¡Quién vive! y él contestó con bríos:

-¡Quién ha de ser, cáspita! ¡Quién ha de ser! ¡Yo!

El sargento Lambrecht torció el gesto, y exclamó en el cuarto de banderas:

-O me equivoco, o el que llega es lo único que nos falta para barrer con los peruanos.

Y era él, era el famoso, el conocido Estay, el más bruto de los rotos.

A los dos días, harto ya de frejoles, no era el homecida, era el soldado.

«Las marchas han sido largas -escribía meses después el sargento a su mujer-, largas; pero nadie se ha aburrido. Estay habla, canta, insulta todo el día y toda la noche. No deja dormir, pero tampoco deja bostezar a nadie. Tiene a los peruanos en la punta de la lengua, parece que no les tiene mucha ley y que si los encontramos luego, Estay hará alguna de las suyas».

Iba en la tercera compañía; pero le conocía todo el regimiento. Cuando armaban carpas, le pasaban a Estay un cigarro para desatarle la lengua; y tendidos unos, y sentados otros, y los demás de pie, formaban esos grupos en que los pintores recrean el pincel, grupos de soldados en víspera de batalla, que se ríen a carcajadas, como si la muerte no les siguiera a retaguardia.

Contaba Estay todas las cuchilladas que había recibido en su vida. ¡Eran muchas! A los quince años había saltado, en compañía de otro pillo, las murallas de una arboleda para robar gallinas. Surgió la discusión sobre quién se llevaba el gallo; Estay quiso zanjar el asunto a bofetadas; pero el otro tenía más mundo y, sin decir agua va, le metió un cuchillazo en el pecho. Y el homecida se abrió entonces la camisa, para que otro le alumbrara con un fósforo y se viera la zanja, aún no cerrada por el tiempo, en sus carnes duras y tostadas.

Desde entonces, apenas pasó un año sin que le tocara dar o recibir puñaladas. ¡Qué hacerle! había tanta gente mala en el mundo; y luego, todo era llegar a una parte sin meterse con «naide», y armarse la camorra en menos que canta un gallo. Porque, francamente, ¡hay cristianos que parecen judíos!

Era un arnero ese bruto de Estay. Dicen que los gatos tienen siete vidas; pero el soldado del Buin debía tener setecientas.

Al caer la noche, los ronquidos de Estay eran los últimos. Principiaba por cantar, y seguía después con el tema de los peruanos. Y aún dormido, arrollado ya con la manta, bajo la atmósfera pesada y sofocante de la carpa, insultaba todavía con una pesadilla de tigre.


La mañana había amanecido luminosa; pero con olor a pólvora. A las cinco, se levantaba en el oriente como un vapor amarillo la primera luz del alba, que más tarde alumbraría un campo de batalla. A esa hora, el corneta brincó sobre su manta, despertado por el capitán de la compañía, oyó dos palabras, vibrantes y secas como un disparo, empuñó el instrumento de bronce, y momentos después el toque de zafarrancho convertía el campamento en un infierno.

El primer grupo fue el de Estay. Sus ojos vivaces lo habían adivinado todo: iba a comenzar la batalla. Instintivamente palpó su rifle, se lo acercó al cuerpo y lo estrechó como si fuera una mujer amada.

Entretanto, a su lado había un infierno de carreras, gritos, interjecciones violentas, saltos, movimientos desesperados, ese preliminar de un regimiento que despierta con el enemigo encima, con la muerte aleteando como un murciélago enorme sobre las cabezas aún dormidas.

Cinco minutos después, la tempestad se calmaba, las compañías buscaban las líneas, el rumor decrecía lentamente y bajaba sobre el antiguo vivac desordenado y bullicioso esa majestad silenciosa del ejército que aguarda el combate.

El regimiento se puso en marcha, descendió una ladera, ocupó el camino, torció una curva, desembocó en un valle extenso y no tardó en hacer alto y aguardar a discreción. Por todos lados, corrían ayudantes a caballo, llevando órdenes y trayendo datos.

Un instante después, allá a lo lejos comenzaba un tiroteo parejo, continuado, lejano, y una línea de globitos blancos, como copos de algodón, aparecía entre los árboles, marcando la infantería enemiga.

Suena la corneta, las voces de mando se suceden lacónicas, como pistoletazos, y el regimiento se desgrana como un rosario de cuentas. Un instante después, diseminadas las compañías y tendidos sobre la yerba los soldados, comienza el fuego, desgranado e inseguro al principio, continuado más tarde, y parejo como cien ametralladoras, enseguida.


Estay acompaña sus disparos de una verdadera explosión de insultos. Con los pies da golpes furiosos en el pasto y llega a enterrar en la tierra húmeda la rama punta de sus botas despedazadas. El sudor le cubre la cara y el humo deja caer sobre ella un hollín glorioso, bautizo de los reclutas.

Sobre las líneas de cabezas, recostadas en el pasto, barre el viento la nube de humo blanco como si quisiera ocultar las compañías. Una bandada de pájaros vuela agitada, proyectando sus sombras en el suelo. Y más lejos, un trueno lejano demuestra que la artillería entra en combate y que éste es de vida o muerte.

Dos veces en una hora avanza el regimiento, volviendo a tenderse en línea. El tiroteo tiene sus alternativas, pero no se extingue; y ya se ve que las balas son mortíferas porque la línea se ralea y quedan muchos bravos con la barriga al sol.

Estay grita y dispara, dispara y grita. Lambrecht lo admira:

-¡Cállate animal! -le dice- deja que hable tu rifle.

-¡Si es que las balas se me atoran, sargento!

-Lo que a ti se te atoran son las palabras, bandido. ¿Quieres callar?

-¡Ya me callo! Las ganas que tengo yo de botar esta escopeta y echarlas a cuchillo limpio... ¡Mire usted que se mueran los niños como moscas, por éstos... de peruanos!

Y Estay echaba mano a la cartuchera y quería meter de a tres balas juntas en el rifle, y se desesperaba de que aquello no matara como él deseaba que matase.

El combate se hacía fuerte, fuerte. El sol quemaba como un tizón. La sangre corría a hilitos entre el pasto, y cada soldado con tierra y sangre, con sudor y pólvora, se veía fiero como un perro bravo.

¡Adelante! Estay se revuelve como un toro, brama, ruge, se enronquece. Tira el rifle, lo recoge, se lo echa a la cara, dispara, vuelve a gritar. Es un endemoniado que ya no se contiene tendido, que ya no cree en su rifle, que rebosa ira y coraje.

-¡Bah! Sargento, ahí va la escopeta, es un trasto inútil -gritó de pronto el bruto de Estay, botando lejos el rifle humeante y echando a correr hacia el enemigo, sin que Lambrecht lograra alcanzarlo.

-¿Qué va a hacer este bandido? -preguntó aterrado el sargento.

Pero Estay corría, corría. De pronto se detuvo y pareció tropezar.

-Le metieron una píldora- gritó un soldado.

-¡Nada! -dijo otro-, éste tiene siete vidas. Sigue... ¿lo ven?

Y Estay seguía, pero pareció cambiar de pronto su plan. Se detuvo, accionó enérgicamente insultando a las líneas peruanas. Su voz se oyó desde las guerrillas del Buin, y centenares de ojos enrojecidos lo miraron con asombro. Y enseguida, dio vuelta la espalda a los enemigos, se desató la correa que ataba los anchos calzones de dril blanco, volvió hacia ellos lo que encontró más despreciativo volver, inclinó casi hasta el suelo la cabeza para mirar a los peruanos por entre sus piernas, y gritó con un rugido supremo:

-¡Apunten aquí... cochinos, bandidos, facinerosos! Una bala fue a vengar el insulto. Estay cayó de lado, con la desnuda espalda bañada en sangre, y se estiró, tieso como un poste.

Lambrecht se quedó con la boca abierta.

Otros han caído con majestad, con heroísmo, con firmeza; Estay tenía que morir como era: a lo bruto.




ArribaAbajoEl tránsito del demonio

Clodomiro Pérez es corista varón del Teatro Municipal. Su cara de asno joven se destaca vigorosamente en la escena, y hace el regocijo de las galerías y del elemento joven que concurre a oír la ópera.

Como prisionero númida en el segundo acto de Aida, infundía pavor al mismo Amonasro. Enseguida, se le ascendió por su fealdad y por su buena conducta a sacerdote egipcio, y cuando en el fondo del templo resonaba pavorosa la ronca y tétrica acusación de traidor a la patria, sobre todas las demás se alzaba la voz de Clodomiro Pérez, que en esos momentos creía realmente tener en sus manos la vida de Radamés.

En Fausto, en el coro de las cruces, Mefistófeles, más que por la presencia de ese signo odiado para él, temblaba ante la cara que ponía Clodomiro Pérez, para vencerlo y aterrorizarlo.

Pérez era, indudablemente, el rey de los coristas. Sabía abrir los ojos desmesuradamente, mirar al vecino como para comunicarse la impresión de la romanza cantada por el tenor; mover los brazos desmesuradamente, inclinar la cabeza, en fin, dramatizar a su manera.

Clodomiro era casado con una mujer vieja y sorda, un abocastro tal, que ni siquiera había conseguido figurar en el coro femenino del Municipal, donde son cualidades que se aprecian mucho la fealdad, la vejez y el no tener oídos.

En la noche del miércoles, el pobre Pérez, dejando a su mujer en cama, con una grave enfermedad, se vio obligado a asistir al estreno de Mefistófeles, donde le correspondía el honroso puesto de demonio, para salir con el gran tenedor de tres dientes en el segundo acto, en la escena del infierno.

¡Qué bien se veía Clodomiro, metido bajo su capuchón rojo fuego, con las orejas salidas hacia afuera y como mandadas hacer para servir de receptáculo a tanto golpe de orquesta, los ojos saltados y redondos como si fueran los de un loro, con la razón extraviada, y finalmente, la boca abierta, con una expresión idiota de mula fatigada! Era un demonio real y verdadero, y al divisarlo salir del camarín, una bailarina que no debía andar con la conciencia muy limpia, casi se cayó desmayada y desapareció como un celaje dándose vueltas en las puntas de los pies.

Llegó, por fin, el acto del infierno, y Clodomiro Pérez hizo su aparición en el piño de demonios, saltando sobre los pies y levantando en alto el gran tenedor dorado. Algunos concurrentes de la platea descubrieron con sus anteojos la adorable figura de Pérez, y estuvieron contemplándolo en medio de esa atmósfera roja, hasta que saliendo por un costado, volvía a bajar por la ladera de la montaña del fondo.

Al salir el actor, corrido ya el telón, y cuando todavía no se apagaba el resplandor rojo que bañaba el escenario, un vecino de la casa de Clodomiro le anunció que su mujer estaba agonizando.

Pérez dio un grito, y olvidándose del traje quizá un tanto impropio que llevaba, salió como un loco por la puerta de la calle de San Antonio y echó a correr en dirección a la Alameda.

¡Qué solitaria y triste se encuentra la Alameda pasada la media noche! Los quemadores incandescentes difunden en torno suyo un resplandor pálido que, vacilante y confuso, se pierde en la lejanía, moviendo las sombras y dándoles una extraña animación.

De cuando en cuando parece como brotar de un tronco la oscura silueta de un transeúnte que, a paso de marcha se dirige al domicilio donde alguien lo espera, o donde nadie lo espera.

Allá, de tarde en tarde, un carruaje muestra a lo lejos sus faroles rojos como dos pupilas de borrachos, y golpeando ruidosamente el pavimento se acerca al galope de los caballos.

La ciudad, agitada y alegre en el día, se pone medrosa y sombría a esas altas horas, en que bien podrían salir duendes y penar ánimas.

Eso decía el guardián que, de punto frente a la calle de San Martín, casi se moría de miedo en tal soledad. La campanita sonora y armoniosa del reloj de San Borja, había dado las doce tres cuartos. El guardián bostezó y naturalmente se santiguó la boca con el pulgar, para que por ella no entrara ningún mal espíritu.

De repente fijó la vista a lo lejos, hacia arriba, y creyó divisar un punto oscuro que corría desaforadamente por el fondo de la Alameda. Muy pronto y a la pasada de un farol divisó que era rojo, y que llevaba algo en la mano que brillaba a la luz.

-¡Cáspita! -dijo- cualquiera creería que eso es el diablo en persona. Y volvió a santiguarse.

Pero el bulto crecía, crecía, hasta dejar ver el gran tenedor dorado que llevaba en alto, y el gorro puntiagudo que, rojo como todo su traje, le cubría la cabeza. El guardián corrió como un loco a refugiarse al pie de un farol, sin atinar a llevarse el pito a la boca y pedir auxilio, y desde allí, con los ojos abiertos, veía acercarse a grandes saltos ese demonio color de fuego, que llevaba levantado el tenedor con que indudablemente clavaba a los condenados.

Pérez, olvidado enteramente del traje peculiar que lo cubría, pensó en la necesidad de pasar antes a la botica de turno más cercana, para llevar a su mujer un calmante. Se dirigió, pues, al guardián haciéndole señas con el tenedor; pero con profundo asombro vio que éste, dando un grito, se trepaba por el farol, semejando, a la luz del gas, un murciélago gigantesco que cubría el quemador con sus alas negras.

-¿Qué es esto? -se dijo Clodomiro y como si tal cosa hizo su pregunta de estilo:

-¿Sabe usted dónde está la botica de turno?

Hubo un momento de silencio en que se sentía la respiración agitada del guardián.

El reloj de San Borja dio los cuatro cuartos y enseguida una campanada vibrante y argentina.

Después con voz apagada, temblorosa, el policial dijo:

-Ver ver ga ra es... es... es... qui... qui... na... de de de de... nada más pudo agregar, porque el terror le paralizó la lengua, y Pérez, aburrido, echó a correr de nuevo, creyendo sencillamente que se había encontrado con un guardián ebrio.

De repente, allá en una esquina divisa la ventanilla alumbrada de una pequeña botica, tras cuya puerta dormita seguramente el boticario, reclinado en una silla, después de haber vendido un papelillo de calomelano para un cólico y un frasquito con jarabe de ipecacuana para un niño con tos convulsiva.

De súbito, tres golpes suenan en la puerta. El boticario se incorpora, corre a la puerta, asoma su cabeza por la ventanilla y dando un salto atrás, la cierra de golpe y le pone nerviosamente el aldabón. Ha visto al demonio, lo puede jurar, rojo, alto, con un tenedor en la mano.

El pobre hombre se da golpes de pecho y jura devolver la plata que ha recibido de sus parroquianos por el calomelano falsificado que está vendiendo desde hace tres meses.

En ese instante, solamente, Clodomiro Pérez lo comprende todo. Vestido así, de demonio, no puede entrar a ver a su mujer; es imposible, la mataría. Y como le viene el recuerdo de la pobre que se muere, se acerca a un poste de teléfonos y se pone a llorar amargamente...

Un trasnochador que pasa por allí, con el cuello levantado, el sombrero caído sobre los ojos y las piernas un poco débiles, da un salto de tres metros al ver ese diablo que solloza; emprende después una carrera loca y hasta cree sentir olor a azufre.


Amanece. Comienza a difundirse sobre la Alameda la luz indecisa del alba, y un vientecillo frío baja de la cordillera haciendo dar diente con diente a los guardianes de punto.

Un comisario encuentra a Clodomiro Pérez, y venciendo el primer impulso de temor, se lo lleva a la comisaría arriándolo por delante.

Una cocinera que va al mercado con su canasta de mimbres al brazo, se queda con la boca abierta, inmóvil sobre la vereda, sin saber qué significa ese oficial de policía que va empujando con su caballo a un diablo con cuernos, cola y tenedor en la mano.

El infeliz de Clodomiro Pérez solloza y solloza; y lo sorprende el sol sentado en la comisaría, sobre un piso de junco, con la cabeza baja y apoyada sobre las dos manos asidas al tridente dorado.

Un grupo de muchachos lo rodea a cierta distancia, en silencio, y hasta con respeto.

Es un cuadro original y divertido.

Pero entre tanto, nadie hace desistir al policía de la segunda comisaría de retirarse del puesto de guardián y perder su sueldo, a no ser que lo releven para siempre de hacer la guardia en la noche.




ArribaAbajoMaestros de barrio

El inmenso entusiasmo con que la humanidad recibió la invención del aeroplano no ha igualado, por cierto, el que acogió el descubrimiento de la rueda.

Yo me figuro a ese hombre primitivo y perezoso, a quien la tribu despreciaba por su inutilidad, meditabundo, en la rama de un árbol disputándoles las nueces a los monos y viendo llegar a sus compañeros arrastrando por el suelo, sobre enormes ramas y troncos, las piedras para construir la casa y los venados muertos para acumular charqui para el invierno. Me lo figuro sonriendo con ironía de todo ese trabajo mal aprovechado y dándose esa palmada en la frente que ha precedido toda invención. Tal vez un día se marchó solo con un hacha al hombro, y volvió como un triunfador precediendo una verdadera carreta de burdas ruedas hechas de una sola pieza -como torrejas de troncos- tirada por un buey, o, si se quiere, por un toro. ¡Qué locura sería la de la tribu!

Pues bien, yo espero igual frenesí para celebrar el descubrimiento que nos permita darnos baños calientes bajo techo, con oprimir una sola vez el timbre eléctrico o dar vueltas al conmutador o arrojar un comprimido a la tina. Porque la humanidad, principalmente la humanidad santiaguina, es esclava de un reducido grupo de hombres de perversas inclinaciones y de infinita torpeza, que se dan a sí mismos el nombre de gásfiters, y no podrá prescindir del tributo de dinero y de salud que ellos le extorsionan mientras exista el calentador automático de baño llamado cálifon, sea de tipo cilíndrico o cúbico, de níquel o de cobre, de mármol o de celuloide o de papel mascado o de... cualquiera cosa.

Pero no precipitemos los acontecimientos. Hagamos un poco de historia. El origen del calentador de baños se pierde en la noche de los tiempos. Tubalcaín, que, según el Libro Santo, inventó la corneta-pistón y utilizó de diversas maneras el bronce, no soñó siquiera en esta máquina que sobre una consola, en un rincón de los hogares, trama tranquilamente nuestra ruina. Los hombres dejaban entonces al calor solar el cuidado de entibiarles el agua. Aun nosotros hemos visto, en el patio interior de las viejas casas, una tina de latón colocada bajo los rayos directos del sol y las miradas cálidas de la cocinera, preparada para el baño anual del dueño de casa. Pero también hemos conocido el sistema que siguió inmediatamente al aprovechamiento del Astro Rey -como llaman los poetas al sol cuando necesitan de tres sílabas que no los comprometan a nada-, y era el famoso calentador a carbón que tenía la apariencia de un barco de guerra y provocó en la infancia soñadora muchas vocaciones de marinos. Era un aparato de latón que fabricaba en cada hojalatería un maestro cualquiera, compuesto de un cañón chato y grueso para introducir el combustible y de otro más largo y estrecho para ventilar el interior. La máquina nadaba en el agua y lograba preparar un baño quitado del hielo, en cerca de seis horas.

Pero he aquí que la mecánica moderna, descontentadiza siempre y aconsejada por el demonio que ya había lanzado al mundo sus primeros gásfiters, vende el calentador a gas. ¡Qué lujo, qué comodidad! Así como ahora se invita a una persona para ir a ver una galería privada, se llamaba entonces a las relaciones para observar el calentador de gas en funciones. Hubo santiaguino acaudalado que recibió a sus relaciones como Marat a Carlota Corday, dentro del agua; pero sin las consecuencias. Tenía, sin embargo, esta máquina sus peligros y, como toda conquista del progreso, costó algunas vidas humanas y también algunas lágrimas. Era necesario, naturalmente, dar primero el agua y encender después el quemador de gas; pero con frecuencia se alteraba el orden de la operación y numerosas criadas andaban con el pelo y las cejas quemados, algunas con más graves deterioros a consecuencia de la explosión. Una señora retiró su calentador, pues le echó la culpa del malestar de una de sus sirvientas, que tuvo después un hijo. Algunos de estos aparatos metían más ruidos al marchar que toda una fábrica; trepidaciones sordas y a veces notas bajas de tubos de órgano llenaban el silencio del hogar.

¿Cómo no íbamos a recibir alborozados el invento del cálifon? ¡Oh, gran cálifon...! Pero no avancemos demasiado. Esta máquina tenía la ventaja inapreciable de calentar el agua por el simple acto de dar vueltas a la llave que tiene la indicación Hot. Usted mueve la Hot y se enciende una parrilla de luces silenciosa. El agua comienza en el acto a despedir vapor. Naturalmente, antes de esto, ha debido encenderse un pequeño quemador o mariposa que corre horizontalmente sobre la parrilla. Pero antes todavía, usted ha debido arreglar su cañería de gas y de agua y hasta cambiar el medidor, si es preciso. Es decir, el cálifon en marcha representa la friolera de seiscientos pesos (en 1916).

El cálifon es un aparato moderno y, como moderno, sujeto a intermitencias de salud y de carácter. Además, es inglés y sufre de spleen. El cálifon necesita hacer diario ejercicio, estar aseado, no tener nada alemán por delante. Es de una susceptibilidad atroz, y tan pronto se introduce una mano de obrero en sus entrañas, cuando se apoderan de su funcionamiento disturbios verdaderamente irlandeses. Así como el sistema parlamentario se aplica solamente a los países muy civilizados, los califones de todos los sistemas son aconsejables solamente para las personas que se bañan con regularidad. Pero ocurre que todo el mundo se ausenta de la casa por una temporada. Al regreso de vacaciones, el cálifon ha adoptado siempre esta actitud prescindente, que causa la desesperación de sus clientes.

Desde entonces tomé yo conocimiento personal del gásfiter amaestrado o en libertad. El hermoso, el radiante, el bruñido cálifon que había adquirido, en legítima moneda de 18 peniques, había perdido su voluntad. Era tan inútil dar vueltas a la llave Hot como a la llave Cold; el aparato daba pequeños resplandores y se extinguía, o bien no se alteraba en absoluto, como si fuera un bloque de cobre electrolítico. Entonces pregunté por un gásfiter entendido. El amigo a quien consulté lanzó una carcajada histérica como en las novelas; pero no estaba loco como todos los que lanzan carcajadas histéricas en ellas. Me dijo enseguida que era más fácil encontrar un buen Ministro de Hacienda que un buen gásfiter. Pero como la cosa era urgente resolví llamar al primero que me deparara la suerte, así, sin adjetivo; bueno, regular, malo o pésimo. Después he comprendido que todo gásfiter tiene un mismo grado de preparación, como los compositores de los campos, y que sus éxitos dependen de la casualidad.

El primero llegado a casa era «el compadre Juandinacio», llamado así por el sirviente. Venía acompañado de un perrito negro y de algunas tenazas y llaves inglesas, más un tarro con pintura y un puñado de estopa. Olía todo entero a gas y a agua potable, a cañería y a carbón de piedra. Sonrió con visible aire de superioridad al ver mi cálifon descompuesto. Depositó ruidosamente sus herramientas en el suelo y comenzó a retirar tuercas y a sacar tornillos. ¡Qué competencia demostraba ese modesto obrero! Yo escribí ese mismo día un artículo nacionalista exaltando las cualidades de inventiva de nuestra raza; porque «el compadre Juandinacio» retiró dos o tres varas de cañería por inútiles. «Cosas de los gringos» -dijo con aire despreciativo-. Enseguida me manifestó que todo estaba bien y que el agua salía a 40º a la sombra. Cobró por esto la módica suma de veinticinco pesos. En efecto, el agua salía caliente, pero en escasa cantidad; la llave parecía un gotario. El compadre Juandinacio había aumentado la temperatura disminuyendo el líquido. Pero esto no habría sido nada, porque, a poco andar, comenzó a salir del interior de mi cálifon un lamento desgarrador y después el bullicioso e isócrono resoplido de un émbolo. Cuando me acercaba a observar tan extraños síntomas una explosión me paralizó y luego brotó un verdadero penacho de volcán, compuesto de lava, agua caliente y metales derretidos. Escapé de las quemaduras y cerré las llaves precipitadamente.

Fuíme entonces a la casa importadora donde había comprado mi máquina y encontré allí otras muchas aguardando a los clientes incautos y admiradores del moderno confort, cuya tranquilidad iban a perturbar. Precisamente, el vendedor le decía en ese momento a una señora del sur que ostentaba: dos brillantes en sus orejas, un pequeño marido en el brazo derecho y una gran bolsa de mostacilla repleta de dinero en la mano izquierda:

-Llévese usted este grande, señora; hemos vendido cien en la semana. Doña Isabel Andonaegui de Irriberrizaga ha pedido dos por teléfono, uno para sus sirvientas y el otro para su hijo que se casa con una millonaria del Tucumán. No tema usted interrupciones ni descomposturas. Este cálifon es eterno...

Yo me ruboricé ligeramente y disparé mi obús:

-Necesito en el acto un gásfiter que vaya a componer mi cálifon que ha hecho explosión.

El vendedor da un salto, me mide con la mirada, llama en voz alta, apunta palabras incongruentes en una libreta, derriba una barra de níquel al avanzar, la apoya contra la señora en vez de dejarla en la mesa; en fin, la confusión y el pavor. En dos palabras, se me promete un gásfiter y corro a mi casa.

El nuevo gásfiter agrega a su nombre la palabra Míster, llega en bicicleta, usa casquete de paño verde metido hasta las cejas y anteojos de automovilista. Una vez colocado frente al aparato pronuncia su sentencia:

-Aquí ha estado un animal.

-Sí, efectivamente, un maestro de barrio.

-¿Dónde están los cañones que sacó?

-Helos aquí.

-Pues bien, hay que ponerlos.

Los cañones quedan puestos y la máquina marcha regularmente.

-Lo que se necesita -dice con lenguaje sentencioso-, es un medidor más grande; hay poco gas. Llame a la Compañía.

-¿Cuánto vale este trabajo?

-Cuarenta pesos.

Una vez que el Míster colocó los billetes en su cartera, me dijo:

-Olvidaba recomendarle que, cuando esté prendido el cálifon, no prendan la cocina al mismo tiempo.

Y se marchó tocando la sirena de su bicicleta.

Entró, pues, en un nuevo régimen. Dan las diez de la mañana, enciendo el cálifon, doy vuelta a la llave Hot y despacho un mensajero o mensajera que grita en la escalera:

-¡Emperatriz! (mi cocinera se llama Emperatriz). No pongas los huevos porque el patrón se va a meter al baño.

Otras veces el extraño diálogo tiene lugar en la mesa.

-Estos pejerreyes parecen crudos.

-Tú tienes la culpa. Has estado en el baño toda la mañana.

Un visitante que oyera estas palabras creería que yo me alternaba en el agua con una familia de pejerreyes. Aunque el modus vivendi podría prolongarse, esta situación subalterna del baño ante la cocina se me hace insoportable.

Me olvido decir que vivo en una casa moderna. La casa antigua produce pulmonías, dolores reumáticos y otros males; pero la casa moderna produce toda clase de pequeñas incomodidades. Las puertas y ventanas de la casa moderna se hacen por grandes cantidades y son todas iguales en todas las casas edificadas en los últimos cuatro años. Tienen la propensión de dar estampidos por la noche y de abrirse, en las más caprichosas grietas, por las cuales puede asomarse un ojo entero y ver lo que se hace en el interior de un cuarto. Además, tienen todas aberturas en la parte superior, llamadas tragaluces. Estos tragaluces no tienen otro objeto que obligar a taparlos con un género azul plegado o con cualquiera otra substancia que no deje pasar el sol o la luz donde no es necesario tragarlos. Además, si la puerta tiene cristales hasta abajo, la chapa estará al término de los cristales, a la altura de la rodilla del hombre. Como usted se inclinará cien veces en el día para abrir o cerrar una puerta, adquirirá un mal de cintura que no se aliviará por el Urodonal. Pero esto no sería nada si quedara una sola perilla en su sitio, un solo picaporte o llave sin quebrarse, después de diez días de usar la casa. No, la ferretería de lujo queda hacinada en un cajón y no será posible en pocos días asegurar ninguna puerta. Entre estas novedades de la casa moderna figura el capricho de no poner ventilador alguno en el cuarto de baño. A pesar de mis reclamos no lo obtuve y como el quemador de gas lanza al techo una menuda lluvia de hollín, el vapor de agua de mis baños calientes me lo devuelve sobre la cabeza en forma de lluvia. Por las paredes, por las puertas, corren los hilos de agua, arrastrando el carboncillo, y dejan una serie de pequeñas fajas grises que son un encanto.

Otra peculiaridad de la casa moderna es el ascensor que trae del tercer piso la comida y los platos y devuelve enseguida todo el servicio. Yo he visto de estos ascensores en muchas partes del globo terráqueo y son suaves, silenciosos, livianos. La industria nacional ha inventado uno que hace la tortura de las gentes. Unas veces el biftec se queda paralizado en el segundo piso y es necesario ir a comérselo a domicilio o mandar hacer otro más cerca. Otras veces son los platos que resuelven no llegar hasta el comedor. El sirviente, que es un mozo de cordel, tira en vano de un cable. Es una verdadera operación náutica. Después de inútiles tentativas pide refuerzos y entra de la calle el vendedor de fruta, hombre hercúleo que se cuelga a dos manos de la soga. De pronto el ascensor se desprende bruscamente y cae contra el suelo. Los platos se quiebran todos. Hay que decir, eco sí, en honor de la verdad, que se quiebran medio a medio, en dos partes perfectamente iguales. Un día sacamos de debajo del aparato a una criada que había cambiado de forma.

Esta pequeña digresión sirve para demostrar la cantidad de mecánicos que deben entrar a una de estas casas que podríamos llamar «artificiales». Después de la visita del Míster a que me he referido más arriba, han venido a la mía dieciséis gásfiters de diversas edades, nacionalidades y tarifas. La dolorosa experiencia de los primeros me ha manifestado la necesidad de no pagar a ninguno mientras mi cálifon no quede reparado. Uno de estos últimos visitantes es orador y partidario de la jornada de ocho horas. Pero no debe de ser muy sincero porque si a él lo obligaran a trabajar siquiera cuatro, bien trabajadas, se moría. Cada diez minutos descubre que se ha quedado algo olvidado en el taller y sale a la calle. Dirige piropos a las criadas, frases insidiosas a la gente que pasa en coche y miradas de entendido a los carteles que anuncian nuevas películas. Demoró tres días en declararse impotente para hacer más daño a mi cálifon. Ya no tenía tuerca que echar a perder.

¡Oh, jóvenes que escucháis la vocación escénica cuando llegan a Santiago actores que pronuncian mal! ¿Por qué no hacéis una revista en que salga un coro de salvajes que canten: «Somos los gásfiters», con la música de «los marineritos» de la Gran Vía, para que nadie la conozca?

Y, a propósito; noto que se me viene encima una atroz responsabilidad. ¿Se puede decir gásfiter? Se lo preguntaremos a don Perfecto, como dicen en una pieza de Echegaray. Declaro formalmente a los autores de «vocablos propios», o de «locuciones impropias», que escribo no para entrar a la Academia o sentar fama de atildado, sino para que me entiendan cuantos quieren darse el trabajo de leerme. Tengo un Diccionario a la mano, precisamente la decimotercera edición del de la Academia. (Vean ustedes; ya se pasó de moda porque hay otra). Si quisiera decir palabras con patente y dejar con la boca abierta a mi público, tengo allí de donde sacar por docenas, como ocurre con las guindas, que es difícil tomar una sola. Podría haber dicho plomero; pero yo no quería significar «al que trabaja o fabrica cosas de plomo». En cambio, como el Diccionario habla de gas, gasómetro, gaseoso y gasolina, habría querido llamar gasterópodos a los gásfiters; pero si me habría dado el placer de significar que eran «moluscos terrestres o acuáticos que tienen en el vientre un pie carnoso mediante el cual se arrastran, su cabeza es más o menos perceptible y su cuerpo se halla cubierto por una concha», nadie habría entendido que deseaba vengarme de los daños que me han hecho.

Volvamos tranquilamente a la casa moderna. Algo que llama la atención del observador y mucho más del arrendador, por los cabezazos que han de darse, es la concupiscencia con que el instalador eléctrico coloca el tablero de distribución con los tapones en el sitio más importante de la casa, en el lienzo de muro más aprovechable para un cuadro. De la misma manera, los enchufes que podrían estar en el suelo se colocan en la pared, salientes como callampas.

La casa moderna tiene, finalmente, otro grave error. Se economiza demasiado espacio en la puerta de entrada. Yo no he visto en ningún país puertas más angostas. Un amigo mío tuvo que dejar en la calle y desprenderse de sus servicios, un armario no desarmable, una suegra en regular estado de uso y un autopiano. No cabían ni por la puerta ni por las ventanas. En muchas de esas casas llamadas «para diplomáticos» hay que entrar de costado y quedarse después de comer hasta que haya terminado la digestión.

No crean mis lectores que soy exigente y que pretendo una casa fantástica, humorista, con sorpresas. No; se ha descubierto que cuesta la misma cantidad de dinero hacer una casa en que el arquitecto haya discurrido, que una improvisada y sin pies ni cabeza. Si yo pusiera mañana una plancha: Ángel Pino, Arquitecto, no inventaría nada, copiaría lo bueno, lo simple, lo cómodo que en todas partes, menos en Chile, abunda y a mucho menor precio. Y, enseguida, oiría las observaciones justas del que va a habitarla y piensa pagar puntualmente sus cánones.




ArribaAbajoLa cafetera rusa

Desde hace mucho tiempo, desde los años de la Universidad, época en que se propalan los más absurdos rumores sobre el matrimonio, he tenido para mí que la felicidad conyugal descansa sobre dos firmes columnas: el buen café después de las comidas y el piano bien tocado en las veladas del hogar.

Tan arraigadas he tenido estas convicciones y con tanta pasión las desarrollé ante la que iba a ser mi mujer, que no es de extrañarse que en el primer año de mi matrimonio nadie bebiera mejor café en Santiago, y nadie oyera mejor ejecutadas las sonatas de Beethoven, La Polonesa y Nocturno de Chopin y numerosas composiciones de Mendelsohn, Rubinstein, Schumann y otros maestros.

Pero como siempre ocurre, el café fue empeorando lentamente, y la ejecución de las piezas relajándose. Esto último se explica con la presencia de un nuevo habitante en mi casa, que con sus gritos, caprichos y enfermedades variadas distraía las facultades de la pianista y hacía nacer las de la madre.

Cada día se producía, después de comer, una escena análoga. Mi mujer esperaba que llevara a mis labios la tacita de café para observar concienzudamente el efecto que éste me producía. Enseguida, juzgando por la alteración de mis rasgos fisonómicos, llamaba a la sirviente:

-¿Qué café es éste?

-El mismo de ayer, señorita.

-¿Lo has tostado más que otras veces?

-No, señorita. Lo mismo que siempre.

-Sin embargo, está peor que nunca.

Yo notaba, a medida que avanzaba el tiempo, una honda desesperación en mi casa. El café empeoraba, como el cambio, y nada podía, como a éste, colocarlo en su antiguo pie. Para no agravar situación, ya grave de suyo, me abstenía de dar juicio alguno, y este silencio exasperaba indudablemente a mi mujer.

-Tú te callas; pero por dentro estás furioso. Te conozco. Con tus ideas estrafalarias estarás juzgando por el café, que yo te quiero menos y que no me preocupo de tus cosas.

-Estás equivocada. Yo tengo paciencia y creo que han de venir mejores días para el café. Pero no te afanes. Todo tiene compensación, y si es cierto que el café que me das parece una solución de tanino, también es verdad que las sopas han mejorado...

-Pero, seguramente, tú crees que las sopas no tienen nada que hacer con la felicidad del matrimonio. Nunca te has referido sino al café y al piano.

-Tienes razón. Aunque en mi programa matrimonial no figuraban las sopas, pueden, sin embargo, agregarse...

-Pero, prométeme, además, que no irás nunca a buscar buen café al Club.

-Te lo prometo, a pesar de que la tendencia natural del hombre es al progreso, a mejorar lo que es susceptible de mejoramiento...

La cuestión se agravaba, y el café iba pasando por transformaciones sucesivas: aclarándose unas veces hasta parecer tintura de yodo disuelta en mucha agua; ennegreciéndose otras hasta el negro absoluto; pero siempre sin su cualidad de aroma y de sabor de los primeros tiempos.

Una tarde, mientras escribía en mi escritorio para hacer tiempo, mi mujer entró ruidosamente, y colocó sobre mis papeles una serie de piezas de latón, algo deterioradas.

-Aquí está -me dijo con una sonrisa de triunfo.

-¿Qué es esto?

-Aquí está el secreto del café malo. ¿Ves tú este filtro? Está roto. El depósito está gastado y le da al agua gusto a soldadura de plomo. Hay que comprar otra cafetera. Me ha costado medio día de trabajo.

Aunque no comprendía el porqué de tanto trabajo, ni me explicaba que el secreto no hubiera sido revelado un año antes, examiné las piezas y comprendí que se imponía una nueva cafetera. Pero como yo soy hombre reflexivo, detuve la impaciencia de mi mujer, que corría ya a ponerse el sombrero frente a un espejo, y le dije:

-Es necesario andar con pies de plomo, lo que no quiere decir que la cafetera deba ser de este metal, por supuesto. Supongo que en el comercio hay cafeteras de diversos sistemas. Vale la pena saber qué país bebe mejor café, y entonces sabremos cuáles son las mejores cafeteras.

-Eso es un disparate -replicó mi mujer-, porque donde hay mejor café es en Bolivia y en Costa Rica, y nunca he oído hablar de cafeteras bolivianas o costarricenses.

Comenzamos a eso de las cuatro de la tarde una larga peregrinación al través de las mercerías, de las lamparerías, y hasta de las librerías, porque siempre tengo como aforismo que en los almacenes donde no debe haber un artículo y lo hay, se encuentra éste más barato que en otra parte.

Se nos ofrecieron cafeteras inglesas, americanas y francesas. Las primeras eran excesivamente sencillas y caras; las segundas eran de un metal nuevo que no inspiraba mucha confianza, y la tercera tenía numerosas piezas y ofrecía en grandes letras ser económica, elegante y barata.

Después de muchas vacilaciones, uno de los vendedores abrió una vitrina y de entre otros objetos heterogéneos extrajo uno, asegurándome que era una cafetera rusa. Me causó esta afirmación el mismo estupor que si mañana me dijeran que el monumento Montt-Varas estaba destinado a disparar el cañonazo de las doce. Había visto muchas veces esos aparatos y los creía lámparas de enfermo o de minas; jamás se me pasó por la mente la idea de que fueran lisas y llanamente cafeteras rusas.

Cargados con la peligrosa novedad, regresamos a casa.

El aparato venía acompañado de un plano en que estaban indicadas las diferentes piezas, con números, desde 1 hasta 12. Leímos con interés las instrucciones escritas en inglés, francés, portugués y español. Era esa eterna y engorrosa historia: se pone agua en el depósito 1, se introduce en su interior el filtro 2, se coloca el café entre éste y el filtro 3, se ajusta sobre ellos el tubo 4, con un ajuste a la bayoneta (esta palabra daba cierto aspecto sangriento a la descripción), se tapa todo con el depósito 5, se atornilla el mango en la rosca 6, se coloca todo en el soporte 7, se enciende el anafe 8, teniendo cuidado que el alcohol no se extienda a la base 9. Se extingue el fuego con la tapa 10, cuando salga vapor por la válvula 11, y se invierte la cafetera durante cinco minutos, sirviendo después las tazas con ayuda del mango 12.

Se puede apreciar la importancia que tiene este escape del vapor. La primera noche, sin saber cómo, nos sentamos a la mesa más temprano. En medio de las copas y de nuestra modesta vajilla, se ostentaba luminosa la nueva cafetera, porque según disposición de mi mujer, el café sería confeccionado por nosotros mismos, ya que el plano, con las explicaciones adjuntas en cuatro idiomas, habría sido ininteligible para la sirviente.

Se preparó todo, y se encendió el anafe a la altura de la sopa. Cuando menos lo pensábamos, y en el curso de una interesante conversación, sentimos un ruido extraño, miramos hacia todos lados, pero sin explicarnos qué lo produjo, volvimos a distraernos. De pronto, un vaho caliente humedece mi cara.

-¡La cafetera! -grito.

Nuestras cuatro manos se precipitan a invertir el depósito conforme a las instrucciones, mientras ésta parece sacudida por convulsiones interiores.

Por fin, después de todo, logramos servirnos, y un líquido demasiado rubio cae a nuestras tazas. Sin embargo, nos vemos obligados a declarar que la bebida estaba excelente.

-Jamás había probado nada mejor -digo yo.

-No me figuraba que pudiera hacerse un café más aromático, agrega ella.

Transcurrió la noche sin incidentes; pero allá cerca de las doce notando a mi mujer preocupada le digo:

-No me ocultes nada, ¿te sientes mal?

-No; no siento absolutamente nada.

-No me lo niegues. Estás inquieta, no hablas, dime francamente qué tienes.

-Te diré. Pero no lo tomes a mal. Confiésame que el café estaba muy malo.

-Detestable.

-¿No es cierto? Yo no me atreví a decirlo antes, porque te vi tan entusiasmado con tu cafetera rusa. Pero eso es intolerable. Hemos perdido el dinero y el tiempo.

Al día siguiente, volvimos a sentarnos temprano a la mesa, y cargamos el filtro con más café. Pero como el vapor salió muy rápidamente, y la cafetera quedó invertida cuando apenas nos servían la sopa, comenzamos a apurarnos de tal manera en comer, que la sirviente corría desaforadamente.

-Ésta es una esclavitud intolerable -dice mi mujer-, ya no podremos comer despacio o ligero, según como nos dé la real gana, sino como nos obligue esta cafetera endemoniada.

El líquido ha resultado mejor y más oscuro. Pero siempre hay un profundo desconsuelo en la sobremesa.

El tercer día, al encenderse el anafe, el alcohol se desparrama y se incendia una superficie de media vara del mantel. Se arroja sobre ella agua, vino, salsa inglesa, pan y servilletas, hasta extinguir el fuego.

Yo grito indignado a la sirviente:

-Llévese usted ese aparato a la cocina, y que no lo vuelva a ver en el comedor. Allá se hará el café en adelante, y allá ha debido hacerse siempre.

Mi mujer aprovecha el momento para decirme con voz muy suave:

-¿Por qué no renuncias al café?

-Eso nunca.

-Hazlo por galantería, por buena educación, ¿con qué objeto estamos perdiendo la tranquilidad por una tontería?

En ese instante se siente a lo lejos una detonación; luego los pasos precipitados de la sirviente se acercan; la puerta se abre, y antes que formulemos una pregunta, ella dice casi sollozando:

-La cafetera ha hecho explosión.




ArribaAbajoDirector de veraneo

A la vuelta del veraneo no puedo menos de presentarlo en cuerpo y alma a mis lectores. Es un hombre generalmente panzón, de buena salud, de buen diente, que ha pasado todo el año metido en la oficina, asfixiado en papel escrito, con el tintero bajo las narices, la lapicera en la oreja, luchando con los sabañones, con el sueldo, con los honorarios, con las hijas y con la mujer, y que llega siempre al mes de diciembre amenazado de una neurastenia.

Recibe las vacaciones con el gozo salvaje del caballo de coche de posta lanzado al potrero, escoge un balneario barato y se va al mar resuelto a sacarle el jugo al «veraneo», a no dejar perderse un solo centavo de descanso y alegría. Me refiero a él, al que ustedes han conocido en Zapallar, Papudo, Los Vilos y Pichidangui, en Quintero, Concón, Viña del Mar, San Antonio, Cartagena, PichiIemu, Constitución, Penco y San Vicente, en Peñaflor, San Bernardo, Linderos, Limache, Salto, Calera y San Felipe, en Panimávida, Cauquenes, Jahuel, Catillo, Apoquindo y Chillán, en fin, en todas partes donde hubo una colonia veraniega, donde se bailó, representó, amó, encendieron fuegos artificiales, enviáronse listas a los diarios y abriéronse bazares de caridad. Me refiero al organizador de las fiestas, al hombre indispensable, al que manejaba familias, damas y donceles, corporaciones y autoridades desde el punto de vista del recreo y honesto pasatiempo veraniego.

Acababa de llegar a un punto de veraneo y después de los trajines consiguientes que da en Chile «la casa amoblada» cuando se acaba de comprobar que no tiene más muebles que cuatro malos catres, dos sillas desfondadas, un piano con teclas recalcitrantes y un ropero cuyas puertas no cierran y cuyos cajones entran a puntapiés, estaba sentado en un banco en el jardincillo, cuando vi entrar al hombre panzudo y de buen humor. Se sonrió con aire de viejo amigo y sin cuidarse mucho de saludarme, dijo como para sí:

-¡Hombre! ¡Ya llegaron los arrendatarios del chalet!

Después, rascándose una oreja en vista de mi acogida glacial, exclamó:

-No se arrepentirán de haber venido a esta playa. Es una maravilla. Aquí se divierte todo el mundo.

Como creí que se trataba de un monólogo, en el cual no tenía más papel que el de oyente, saqué un cigarrillo, lo encendí con calma, le arrojé el fósforo a un queltehue que corrió a picotearle y me entretuve con mis pensamientos. Después de un rato comprendí que el señor continuaba cerca de mí y esta vez parecía querer entablar una conversación a dos voces.

-¿Podría usted decirme si es el señor Pino?

-Servidor de usted -repuse.

-¿Es el mismo que escribe en la prensa?

-El mismo.

-¡Qué buena noticia para las veraneantes y para las monjas teresianas!

-¿Qué tienen que hacer las monjas con que yo sea... el mismo?

-Ya verá usted. Pasado mañana tenemos un concierto donde se representa El Zapatero y el Rey, y además se exhibe una cinta cinematográfica en veintisiete partes, y nos hacía falta un monólogo humorístico. Cuento con usted.

-No cuente, señor mío; no hago monólogos.

-Entonces, un discursito.

-Menos.

-Se lo vendrán a pedir a usted las Valenzuela.

-Lo siento; no incomode usted a esas personas.

-Son dos señoritas.

-Podrían ser cuatro y daría lo mismo. Yo vengo a descansar.

-¿A descansar ha dicho usted? Confíese usted en mí: yo he venido a lo mismo y yo sé lo que son los nervios. Usted viene neurasténico, duerme mal, está malhumorado. Siente usted dolores en el costado; su digestión es mala. Todo va a cambiar.

El hombre seguía hablando como máquina, con el mismo estilo de los avisos de drogas, lo que me hacía recordar otros y repetir mentalmente: «¿Le pica? Lugolina». Por fin lo interrumpí para preguntarle:

-¿Es usted el médico de la localidad?

-No, hombre, es decir, yo no soy profesionalmente médico, soy abogado, tengo mi oficina a dos pasos de la suya. Usted me habrá visto con seguridad. Soy Mancilla, usted sabe, el del juicio de reivindicación de los bienes de la señora Soledad Troncoso. Usted habrá leído mi estudio jurídico sobre las relaciones del público con las máquinas automáticas, romanas, cajas de chocolate, máquinas para vender estampillas, es decir, todo ingenio mecánico que recibe dinero en una verdadera transacción comercial y puede guardárselo sin devolver la mercadería. No soy médico; pero he llegado a este paraje bendito donde los días pasan como minutos, donde hay buen aire, buenos mariscos, buenos corderos, una sociedad aristocrática...

En este momento apareció la cocinera llorando. Es decir, yo creí que lloraba; pero se trataba simplemente de que el cañón de la cocina estaba hollinado y el humo se le entraba por los ojos y por la boca y por todas partes, y la infeliz protestaba de que no pondría jamás un pie en la cocina. «Malditas casas amobladas», exclamé. Pero el hombre tendió rápidamente su mano gorda y gelatinosa y la colocó sobre mi boca.

-Esto no es nada, amigo Pino. Venga una quila.

Y esto diciendo, arrojó su chaqueta sobre el banco, desprendió su cuello y puños postizos y corrió llevando a la maritornes de un brazo. Yo lo seguí balbuceando no sé qué cosas; pero debían ser agradecimientos mezclados con las más sinceras negativas. No quería que se metiera en mi casa; pero realmente no había medio de detenerlo. En menos que canta un gallo, el hombre estaba trepado en la cocina, en medio de una humareda infernal, y metía la quila por el cañón haciendo salir racimos de chispas por todos lados. La cocinera retiraba las ollas cubiertas de ceniza, tierra, carboncillo, humo y otras materias volcánicas.

-Ya está bien -dijo el hombre-, hay que tomarlo todo con alegría. Dos palos al cañón y se acaban los llantos de la niña. ¿No necesita usted nada más?

-No, gracias.

Pero en ese momento, una voz angustiosa grita desde uno de los cuartos:

-¡Ángel! Estos catres están todos chuecos.

Yo miro aterrorizado a este hombre que el hado fatal ha puesto en mi camino y que se precipita a la puerta por donde salía el clamor. Tras de él entré yo y vi el eterno cuadro que presenta la casa amoblada el primer día que se llega a ella. Por el suelo, tendidos en diversa posición, dos sirvientas y el mozo, tratan vanamente de unir los largueros a los travesaños en una lucha cruenta. El mozo se chupa un dedo que se ha atortillado con la llave inglesa y del cual mana sangre. Mi mujer está desfallecida en la única silla del cuarto. El catre ha vencido las resistencias. Es un verdadero problema económico. Pero el abogado, antes de saludar a nadie se arroja al suelo como para componer un automóvil, golpea aquí, recoge allá una tuerca, descubre que se han confundido las piezas de dos diversos catres, y después de una afanosa lucha, logra armar la débil construcción de fierro. Enseguida se levanta, hace una venia a todos y sale a lavarse las manos en la pila del jardín.

-Como le decía, amigo Pino -continúa-, no soy médico, pero lo voy a curar a usted. Aunque su tarea de decir cosas graciosas no puede compararse, en utilidad y en trabajo y en desgaste, a la de decir cosas legalmente atinadas, usted está neurasténico y en pocos días voy a dejarlo como nuevo. No en vano somos y hemos sido amigos. La carne se compra a veinte metros de aquí en el Mercadillo; las verduras no son buenas sino en el despacho del Tropezón, al lado del estero; los fósforos de bengala y los faroles chinescos al frente, precisamente. Hasta muy luego... Me olvidaba: soy encargado de la lista de veraneantes. Su nombre lo sé; pero el de su señora y el de sus hijitas...

En vano protesto de que no me gusta aparecer en esa famosa sección de veraneantes y que, como hombre de prensa, tengo una soberana indiferencia por la letra de molde. Pero debo rendirme.

-¡Ah! Ustedes tienen dos niñas. Hay aquí excelentes jóvenes; acabo de hacer un matrimonio...

-Descuide usted, señor Mancilla; mis hijas necesitan una vaca.

-No comprendo.

-Maman, señor mío; todavía maman.

-¡Ah! Entonces mañana tendrá usted la mejor leche del pueblo.

Y todavía volvió de la puerta exclamando:

-¡Pero qué distraído soy! ¿Necesita tal vez una ama? Tengo una de cuatro meses, que le sobra... -e hizo con la mano el amplio gesto de quien describe una cascada.

-¿Quién es ese hombre? -me preguntaban todos los de casa.

-¡Mi padre, nuestro padre, el padre común, el padre eterno! -respondí yo con un grito trágico, dejándome caer en el banco del jardín, único mueble que resiste una caída sin seguir el ejemplo.

Ya tenía a Mancilla metido en casa y dándoselas de mi amigo íntimo. Al amanecer se presenta un vendedor de corvinas y congrios enviados por el director general del veraneo. Poco más tarde, un arguenero con melones, y luego una mujer que vendía leche al pie de ella misma. Mancilla se había propuesto mostrarme los enormes recursos alimenticios de ese paraje. Pero no quiso detenerse allí, porque apenas terminado mi almuerzo penetró ruidosamente a ofrecerme un paseo por los alrededores. Me excusé como pude. Era necesario abrir maletas, arreglar la ropa, instalarme, en fin, como pudiera en este campamento que afuera tenía forma de «chalet» como decía el aviso, pero dentro era una habitación de trogloditas, obscura, húmeda, mal distribuida.

-Todo esto es sencillo -dijo el abogado, mientras empujaba vanamente los cajones de la cómoda no abiertos desde la primera vez que su dueño los tiró del sitio en que, a fuerza de martillo, los había embutido el artífice. A las dos tengo el ensayo del coro, a las tres repetición del drama, después hay que arreglar el cinematógrafo que no funciona bien. Pero dispongo de veinte minutos libres. ¡Ánimo, amigo Pino! Venga un martillo. ¡Corre niña! (se dirigía a una criada), pregunta por la casa del señor Mancilla y pide el cepillo, el atornillador, el formón, el cincel, el serrucho, el barreno y un alicates! Vente como un viento.

Entre tanto, la chaqueta volaba por los aires y en pocos minutos todos los cajones yacían en orden disperso por el suelo.

-Es necesario ensayar si alguno cabe en el hueco por casualidad. Vamos a ver el último. ¡Nada! Este otro parece más chico. ¡Ya! ¿Ve Ud.? Este cajón era de aquí.

Luego llegaron las herramientas y en diez minutos de un trabajo febril, el cuarto se llenó de virutas y los cajones entraron todos.

-Vamos ahora al ropero. ¡Uf! ¡Qué puerta!

Y formonazo aquí, golpe allá en la puerta, quedó más o menos corriente.

-Ahora hay que plantar clavos y poner perchas.

-No señor -protesto yo.

-Sí señor; Ud. no sabe nada. Vamos a ver señora, ¿dónde vamos a poner las sábanas de baño? Hay que colgarlas en el corredor... -y ¡paf! un clavo se fija en un pilar.

-¿Y qué dirá la niña de la cocina?

La cocinera pide que le pongan uno. Luego comienza una de martillazos por todas partes. Mancilla tiene la furia de la carpintería. Se le pasa el tiempo y una aglomeración en la puerta lo reclama a grandes voces.

-¡Señor Mancilla, el coro está listo!

Y Mancilla sale escapado diciéndome: «Hasta muy luego. Volveré con las perchas». Las sirvientes quedan encantadas de que las llamen niñas.

Medito, bajo un sauce, sobre mi triste situación. O resisto a Mancilla y me parapeto cerrando la puerta de calle y soportando un sitio en regla, o me entrego incondicionalmente. Recuerdo lo que dicen ciertos tertuliadores nocturnos cuando se ven envueltos por algunos amigos que han empinado más de una copa y con cuya alegría forman contraste molesto:

-Es necesario igualarse.

Opto, pues, por igualarme con la jovial borrachera veraniega del abogado y vibrar con él. Y así, apenas acabada la comida, cuando Mancilla, capitaneando una cadena de jóvenes y niñas con faroles chinescos, mandolines y pitos, pasan haciendo estruendo infernal y gritándome sin ceremonias:

-¡A la playa, Pino! ¡A la playa!

Yo salgo, corro, hago cabriolas, le doy una palmada en la espalda al estrepitoso director de los honestos pasatiempos, tiro al aire mi sombrero y lanzo un rebuzno en medio de los aplausos generales.

-Eso es -me grita el panzón-, fuera las neurastenias.

-Este es otro milagro de la playa, que apuntará en sus crónicas.

En la playa cada cual escoge su rincón y yo quedo solo. Se ha averiguado mi estado civil y no encuentro pareja. Un grupo de gente más joven ensaya un coro: «somos los camaroncitos», etc. Es una novedad, según parece; pero seguramente un pretexto para que muchachos y muchachas se balanceen tomándose del talle.

-Esto lo he descubierto yo, me dice Mancilla; así los jóvenes se tratan.

-Exacto: trato y tacto.

-Entendido, ¡bravo!

La noche pasa como siempre, versos al mar. La voz de una niña entona la canción romántica. Un joven es invitado a tocar algo en la guitarra. La ola inevitable corretea a los paseantes y yo aprovecho para llegar de dos saltos a mi casa.

El concierto fue un escándalo público. La escena improvisada por los cuidados de Mancilla no tenía la solidez necesaria, y las bambalinas se vinieron al suelo en medio de la representación, sepultando, en sus pliegues y en nubes de polvo, a los actores. La señorita que debía cantar un trozo de Zazá se puso a llorar entre bastidores a causa de una riña con su mamá. Mancilla nos había reservado para el final una sorpresa humorística que fue un espectáculo digno de conmiseración. Salió con ademán seguro; carraspeó, y cuando ya parecía que iban a escaparse las palabras, hizo una venia de despedida y se entró de nuevo, en medio de ruidosos aplausos. Para una vez bastaba con la gracia; pero el hombre fue implacable, como era su carácter, y repitió diez veces la misma falsa salida, seguro del éxito. Las risas disminuyeron, luego se levantaron de varias partes voces lastimeras que decían:

-¡Pobre Mancilla!, tiene buena intención.

Algunas señoras se enjugaban una lágrima compasiva. A la sexta vez estallaron algunos silbidos y las tres últimas salidas causaron el tumulto consiguiente. Antes del cinematógrafo era necesario arreglar la escena, y el trabajo se ejecutaba a vista y paciencia de todos. El infeliz abogado continuaba con sus gracias de tony, estrellándose con el piano, tropezando en las alfombras, haciendo muecas al público. Había tomado una especie de porfía en no salir de la escena y fue sacado por fuerza por algunos veraneantes que se ocupaban de su prestigio.

Algunos días después habló de cierto record automovilístico que debía terminar en nuestra playa; Mancilla se agita en el acto paro organizar una recepción a la entrada del pueblo y enseguida un baile. La actividad desplegada por este hombre fue digna de una empresa mucho mayor. Todo el pueblo fue tomado por el contagio. Manejaba a la policía, a los carabineros, a los inquilinos del fundo vecino. Cinco o seis hombres a caballo galopaban todo el día llevando y trayendo órdenes, acarreando ramas verdes, banderas, escudos, estrellas, tules y cintas. Mancilla estaba al mismo tiempo en la organización de un sistema de estafetas para tener el oportuno anuncio de la llegada del automóvil, que en el arreglo de la improvisada sala en el corral de la policía, que en la dirección de los vestidos de las señoritas Valenzuela y de otras, en las disposiciones del buffet. Ha encargado a Santiago lápices rojos para que las señoritas se tiñan los labios, y los reparte a domicilio. En los intervalos que le dejan estas tareas ha seguido entrando a casa como a la suya para corregir mis muebles, arreglarme un lavaplatos y mil otros detalles.

Los automovilistas vienen efectuando un record que es un verdadero martirio. Al pasar por una cuesta han encontrado cierto terreno gredoso donde la máquina se ha embutido a medio metro de hondura. Sacada de allí, por el esfuerzo combinado de catorce hombres a caballo y cinco de a pie, han caído al estero. En la fragua de un herrero se hizo fabricar una tuerca, lo que ha demorado el record algunas horas más. Por fin se anuncia la aparición de los denodados sportsmen al caer la tarde. Vienen los infelices todos manchados de aceite, alquitrán y grasa. Uno de ellos tiene aceite hasta en el pelo, que se le ha erizado con la tierra y substancias extrañas acumuladas en el viaje. Además, los pobres han comido poco y mal, y bebido mucho y bien, porque de esto habían hecho almacén en la máquina. Al querer saludar y ponerse de pie en el fondo del coche, caen unos sobre otros, en hacinamiento lastimoso. Mancilla los llama intrépidos en un discurso en que asegura que el automovilismo significa la exploración del país, de sus riquezas y encantos naturales.

Uno de los automovilistas cree que ha sido insultado por el orador, se consulta brevemente con sus compañeros y cae sobre Mancilla, que al principio se cree abrazado, pero luego comprende que se trata de golpes y da la voz de «sálvese quien pueda». Sin embargo, todo se arregla, se cruzan mutuas explicaciones y el baile se efectúa por fin. Los automovilistas se quedan dormidos y uno de ellos reposa su cabeza alquitranada sobre el hombro de la señora Valenzuela.

No quiero fatigar con toda la crónica de los hechos veraniegos de Mancilla. Terminadas las vacaciones, he llegado hace tres días y he ido a su oficina. ¡Qué transformación! El abogado parece aquí un hombre apagado, sin sonrisas, humilde, de pocas palabras. Está sentado frente a una mesa cargada de papeles y escribe... en silencio. Ya no lleva los rutilantes trajes de franela, los sombreros de variadas formas, las corbatas rojas o verdes. Su indumentaria es sobria: una levita verdosa y gastada. Mancilla me dice misteriosamente que ya está economizando para su veraneo de 1915. ¡Que Dios se apiade de nosotros y lo lleve antes a gozar de su compañía!




ArribaAbajoLa sandía

Un roto podrá no tener camisa, cosa que le pasa muy a menudo; no tener ni una mala chupalla para taparse el mate, lo que es el colmo de la escasez; pero, eso sí, no le faltarán diez centavos en el fondo de su bolsillo para darse una pasada por un negocio en que se venda fruta y pedir con toda facha una sandilla.

Para el roto fino, de buena ley, que se come una cebolla cruda con tres ajises, sin pestañear, vale la pena vivir sólo por hartarse en el verano con la adorada, apetecida y jugosa sandía.

Colina es la mapa de las buenas sandías, de carne rosada, llenas de abundante y helado jugo. De ahí parten esas carretadas que se bambolean con el peso de la monstruosa fruta, y que se detienen en la ciudad frente a los puestos que generalmente se instalan en los edificios en construcción o en las puertas cocheras.

Allí se forma entonces una cadena, que no es ciertamente la masónica. El carretero de pie en la culata de la carreta arroja la sandía a otro de pie en el suelo de la calle, el que a su vez la dispara a su mujer, y ésta a su hijo mayor, que va acumulando el montón, dejando en diversos lados las grandes o de a veinte, las medianas o de a diez, y las chicas o de a cinco.

Ahí llegan luego los interesados, los peones que trabajan en la casa del frente; el carpintero que pone los tijerales en la del lado; el cargador que acaba de ganar un corte y quiere darse gusto con él; y la niña convidada que tiene apuro en llegar a su casa porque la está esperando su mamá.

Como la sandía es la fruta nacional por excelencia, y la que más compra nuestro pueblo, se ha amoldado su venta a las exigencias y carácter de los compradores. No se vende sandía sin estar calada. El roto no se aventura a perder su diez para que le salga una sandía verde, o desabrida. Se prueba la cala, y si está buena se le mete cuchillo.

El sistema de las sandías caladas, que retrata mucho al hombre desconfiado y diablo, es el sistema que aplican nuestros, rotos a todos sus asuntos.

La sandía hace su primera aparición en la Pascua; me refiero a la sandía chilena, porque ya desde antes se vende una sandía importada del Perú. ¡Pero qué aparición! ¡A cinco el mono! Y el mono es un pedazo que lo único que hace es excitar el apetito. No hace mucho tiempo en una misión se le preguntó a un viejo:

-¿Crees en Dios?

-Sí, padre; porque las sandillas y los chicharrones no los puede haber hecho sino Dios.

Y es claro, un roto se siente feliz poniendo sobre su rodilla media sandía, y estrujando entre sus sedientas mandíbulas el corazón tierno, jugoso, encendido, de la fruta. La sandía se come también de un modo enteramente nacional, a puro cuchillo; usar para ella tenedor sería una herejía, cosas de gringo seguramente.

Sin embargo, la sandía es ingrata para el roto, que la adora tanto. No lo sigue cuando se marcha del país, como siguen el charqui y los frejoles las bayonetas de los regimientos.

La sandía se queda, se queda en los hogares de compañía y consuelo a las mujeres afligidas y desamparadas.

La sandía es la fruta casera y nadie pensará condensar su esponjosa pulpa para llevarla a las campañas.

Pero aquí, dentro de los muros de Santiago, tiene ella también su historia... Cuando entraron a San Bruno, el siniestro jefe de los Talaveras, a Santiago, montado en un burro con las piernas amarradas por debajo de la barriga del animal, los rotos le arrojaban a la cara mitades de sandías... ¿Pero dónde está el sentido práctico de nuestro pueblo -se dirá- que se vengaba perdiendo sus sandías? ¡Ah! Bien tristemente lo supo San Bruno. Esas sandías ya estaban bien comidas y raspadas, y en lugar del antiguo relleno se habían llenado... ¡calculen ustedes con qué!

Muchos contemporáneos de la revolución del 20 de abril del 51, que entonces eran niños, recuerdan que cuando el sublevado Batallón Valdivia bajaba de la Plaza a la Alameda por la calle del Estado para arrojar un ataque a la Artillería, entonces, al pie del cerro, los soldados tomaban sandías al pasar por un puesto y las partían sobre sus rodillas, chupando con avidez el jugo para matar la sed de la zozobra y del temor.

Si tratándose de gente culta se dice que están «al partir de un confite», tratándose de dos chicos del pueblo se puede decir que están «al partir de una sandía», para indicar la amistad y la unión de ambos.

No es raro oír cerca de un puesto de sandía un diálogo como el que sigue. Él, anda con pantalones oscuros, sin chaleco, pero sí con blusa y con sombrero de paño sumamente sucio; ella, con manto, es claro, y con vestido de percal rosado.

-Se la hago con sandilla, señorita.

-Gracias, caballero.

-Vamos entrando, pues.

-Voy muy apurada, mire.

-Una sandilla no es nada: ¡métale, señora!

-Vaya, pues; pero una no más.

¡Oh! Si un verano no se dieran sandías en Colina, ni en ninguna parte, los pobres rotos se morirían de tristeza y de rabia.

Ellas sí que dejarían un vacío difícil de llenar... Ni con aguardiente.

Han probado la sandía al mismo tiempo que la leche de sus madres, porque fieles al aforismo médico de nuestro pueblo, se estruja sandía entre los labios de los chicos de tres o cuatro días, para que no se les reviente la hiel.

¿Cómo olvidarla entonces? Es barata, refrescante y engañadora, porque al principio llena mucho.

Es cierto que no andaba muy cegado por su rabia don José Joaquín de Mora cuando hizo ese atroz soneto contra nuestro roto, en que parecía atribuir esos «alientos que no exhalan ambrosía (no lo tienen, menos los de su tierra) a la desgraciada combinación de los porotos con la sandía, que debe ser explosiva».

Pero ¡qué le vamos a hacer! Italianos y españoles comen ajos, y vaya lo uno por lo otro.

Sería curioso saber cuántos miles de sandías se consumen en Santiago y en los alrededores. Y cuántos hombres y mujeres llegan a los hospitales con indigestión y contestan a la consabida pregunta del médico:

-¿Qué has comido?

Sandilla, señor!

Muchas veces ha hecho reflexionar a nuestros médicos la fortaleza de este pueblo, tan enérgico para el trabajo. Su alimentación no puede ser más defectuosa: dos galletas y un plato de porotos al día, es ración de ayuno. Y con eso viven y con eso crían unos músculos de gladiadores, y unas espaldas poderosas de atletas.

Ahora, la sandía, lejos de alimentar debilita; pero vaya alguien a preguntárselo a un roto y primero conseguirá que diga que es cholo, que afirme que la sandía no le alimenta.

Estamos ahora en plena época de sandías. Salidas a luz el día de Pascua se expenden al principio a precios enormes: a cinco el mono; pero poco a poco comienza a llenarse el mercado y la sandía baja, baja lentamente.

Y ahora, cuando está barata, se la busca por el pueblo y se la apetece con deseos enérgicos y poderosos.

Salen los rotitos de los puestos limpiándose con la manga los bigotes mojados con el caldito de la sandía, con unas caras tan alegres, tan satisfechas, que no parece sino que dijeran parodiando la rima de Bécquer:


Hoy la he visto, la he visto, y la he probado,
¡hoy creo en Dios!



Bienaventurada la sandía que da de comer y de gozar a tanta gente. Ella es chilena y nacional, como es el cóndor que vuela en nuestras montañas, el maitén que ha crecido siempre en nuestros valles, y el pejerrey que se remonta en nuestros ríos.

Ella crece, se desarrolla, madura, bajo este sol que preside los trabajos de los campos, las batallas de nuestros soldados, y las desgracias o alegrías de la nación.

Ella es chilena, como que es el refresco de nuestros rotos, tan ardientes, tan sucios, pero ¡tan hombres!




ArribaAbajoPsicología del intruso

El intruso para mí es el ser más misterioso de la creación. Cuando vi por la primera vez la osamenta gigantesca de un animal antediluviano, cuando leí las revelaciones que sobre los monstruos descubiertos en el fondo del océano por el príncipe de Mónaco hacían las revistas científicas, sufrí una sorpresa natural; pero luego olvidé esa novedad por otras, en la sucesión constante de preocupaciones que la vida nos ofrece. Pero el intruso me ha atraído siempre en forma permanente, y a pesar de los años no deja de preocuparme como en el primer día en que encontré uno. ¿Qué cosa es el intruso a punto fijo? ¿Es un hombre de buena o mala fe? ¿Sabe él mismo que es un intruso? Si lo sabe, ¿cómo insiste? ¿Con qué fin insiste? ¿La intrusión es un fenómeno físico o moral? ¿Es curable? Y, en fin, y para no abusar de las interrogaciones, la intrusión, ¿es consecuencia de excesivo orgullo y confianza en sí mismo o de timidez y desconfianza?

Y me hago esta última pregunta, porque el fenómeno contrario a la intrusión, es decir, el alejamiento de las personas, proviene en unos de orgullo y en otros de timidez. El arisco no va hacia los amigos o porque cree que deben buscarle o porque teme que su compañía no sea codiciable. No sería extraño que hubiera intrusos por soberbia y también por timidez.

Así como ocurre leyendo las memorias de los botánicos célebres, de los entomólogos, de los zoólogos, que cuando el sabio iba preocupado por la explicación de cierta planta extraña, del aguijón de un insecto o de las condiciones del estómago de un mamífero, se ha encontrado precisamente en ese momento con otra planta, con otro insecto u otro animal que le han contestado por inducción todas sus angustiosas interrogaciones; así me pasó con un intruso, hace muy pocos días, mientras viajaba hacia el sur.

Se había colocado frente a mí en el compartimento de cuatro asientos un hombre que aparentaba treinta y cinco años. Vestía con esa elegancia que suele observarse en los jóvenes chilenos y que no se parece a la del joven inglés más de lo que se asemeja una gallina a una garza. Ambos tipos de jóvenes usan pantalones, chaleco, blusa, cuello y corbata, y sin embargo difieren substancialmente.

Todavía más, nuestras sastrerías se jactan de vestir a la inglesa y en realidad siguen la moda inglesa y no la turca; pero, por lo demás, en nada se parece la blusa del inglés a la del chileno. Cuando éste levanta un brazo toda su ropa sufre una violenta perturbación: el cuello sube hasta tapar la nuca, los ojales y los botones libran una lucha cuerpo a cuerpo muy fastidiosa y toda la vestimenta queda haciendo un gesto o mueca de disgusto sumamente ridículo. Esta elegancia chilena es apretada, consiste en llevar las cosas justas, en economizar género. Todo debe estar estirado: los pantalones no deben hacer rodilleras (esta es la gran preocupación del elegante chileno), el chaleco debe apretar la cintura, el cuello ceñir todo lo posible la garganta, la corbata formar un nudo perfecto. En una palabra, se ve a este falso elegante nacional muy incómodo en su traje y se piensa que al llegar la hora de desvestirse debe sentir un placer tan extraordinario como el caballo de posta al ser soltado en la pesebrera. El inglés tiene soltura dentro de su traje y su traje mismo es suelto, forma pliegues donde debe formarlos, es hecho para andar deprisa y con pasos largos y esbeltos, permite la ondulación del cuerpo. El nudo de su corbata no revela trabajo alguno de preparación ante un espejo.

En fin, no quiero distraerme en este episodio. Mi hombre era el tipo del elegante estirado, lo que quiere decir que al sentarse frente a mí se levantó los pantalones hasta dejar ver una cuarta de calcetines del mismo color de su corbata, del pañuelo que llevaba en el bolsillo sobre el corazón y, seguramente, de los suspensores. De esta manera las rodilleras se formarán en un sitio diverso de donde se encuentran las rodillas, lo que nuestro elegante estimará muy refinado.

La antipatía de este hombre se me comunicó como un pistoletazo. Fingí ignorarlo cuanto pude, a pesar de las sonrisas que divisaba en su rostro al través de mis pestañas cada vez que creía encontrarse con mi mirada. Era una sonrisa, preludio de cariñoso saludo. Por fin, como una señora, la perfecta señora chilena, es decir, gorda y que camina con las piernas abiertas y los pies inclinados hacia afuera, llegara como avalancha a ocupar el asiento inmediato al mío, el señor sonriente dijo en voz alta defendiendo una maleta que había yo colocado allí por precaución:

-Esa maleta es del señor Pino.

-A mí no me importan todos los Pinos del mundo -repuso con voz agria «la mujer chilena»-, porque este asiento está desocupado.

-Tiene razón, señora -dije yo humildemente, tomando mi bulto.

Pero no podía ignorar que el vecino me había llamado por mi nombre y sí le dirigí una mirada, ante la cual se estiró violentamente una mano enguantada y oprimió la mía temblorosa.

-Yo lo conozco a usted muchísimo, don Ángel. Su tía doña María Mercedes vive frente a la casa de mi hermana casada en la calle Compañía y nos vemos continuamente. Cuando mi hermana tuvo su último niñito, su señora tía la cuidó muchísimo y fue de ella la idea de ponerle Ramón, porque, según dijo, había tenido un tío que se llamaba así. Mi hermana, usted sabe, la Rebeca, que creo que su señora de usted conoce mucho porque se han encontrado en unas reuniones de una sociedad de beneficencia en casa de doña Manuela Cifuentes, que anda siempre con su prima la Luzmira Letelier y hacen mucho contraste las dos, porque la Luzmira es morena. Usted habrá oído que la embroman mucho conmigo...

Yo ya no pude tolerar más. En realidad no he tenido ni tengo ni es posible que tenga en el futuro una tía de nombre María Mercedes. No conocía ni a la Rebeca ni a la Luzmira ni al mismo señor que me suponía al tanto de sus amores con la señorita Letelier. Creí conveniente como única reflexión, para no dar lugar a más diálogo, preguntarle fríamente:

-¿Y con quién tengo el gusto de hablar?

-Soy Bernardo Serey, abogado, servidor de usted.

Con tal estreno no pensé haberme encontrado con el intruso siempre misterioso para mí, sino con el famoso tonto de amarra. Pero luego el señor Serey recomenzó una especie de monólogo sobre la guerra europea nada mal hilado y con reflexiones de cierta originalidad. No debía ser pues un tonto, sino simplemente un intruso rudimentario. Porque era completamente candoroso eso de hablarle de una tía supuesta a un ser que revela estar en posesión de sus facultades. Así fue pasando el viaje hasta que llegamos a Rancagua, donde se dijo que había tiempo para descender y almorzar. No soy carnívoro y como en estos restaurantes de estación no hay jamás un pescado fresco ni un huevo transitable, ni una verdura limpia y sacada en el día, resolví quedarme en el vagón. Pero el señor Serey, que había bajado precipitadamente, subía en ese momento de nuevo con gran agitación en el rostro.

-Baje, señor Pino. La mesa está pronta. Yo soy muy amigo de don Salvador Peralta y del conductor y como saben que viene usted van a servirnos especialmente.

-Dispense usted, señor Serey, no almuerzo casi nunca...

-No diga usted tonterías; vamos luego que nos esperan...

Y tuve que bajar en compañía del señor Serey, cuya existencia dos horas antes ignoraba en absoluto y que ahora marchaba a mi lado empujándome ligeramente por la cintura.

En realidad el señor Peralta me hacía inclinaciones y el conductor se me presentaba al mismo tiempo con una sonrisa seductora.

Serey me había presentado en calidad de periodista y tal vez de periodista censurador y temible. Don Salvador estaba empeñado en que gustara la bondad de su cocina para que lo dijera enseguida en El Mercurio, no sé con qué pretexto, y el conductor, según pude entender, deseaba que se publicara una lista de firmas empeñadas en que no fuera removido de ese tren. A causa de la intrusión de Serey, me veía obligado a comer una carne con una salsa atroz, un pollo, una perdiz y otra carne, lo que revelaba en todo caso en el señor Serey escaso gusto culinario.

Yo estaba convencido de que o el almuerzo era gratuito, lo que me iba a hacer reñir con el restaurador, o debía pagarlo yo. Con disgusto y sorpresa vi que Serey se abalanzaba a la caja y manipulaba billetes. Toda mi resistencia fue inútil y habría sido impertinente. Debía resignarme a quedar en manos de este hombre y a aceptar que dijera toda la vida: «Cuando acostumbramos almorzar con Ángel Pino en Rancagua...». Entre tanto era su víctima durante el viaje.

Recuerdo que íbamos cerca de Talca cuando el señor Serey, que se había alejado por diez minutos de mi lado, volvió en compañía de dos señores altos, gruesos, que parecían hermanos gemelos y lo eran en realidad. Según me impuse por las frases enredadas de ambos y por las más claras y terminantes de Serey, se trataba de dos agricultores de la región, que estaban muy quejosos del juez y querían hacer una publicación.

-Qué suerte la de ustedes de haberse encontrado conmigo -les había dicho el abogado-, en el acto van a ser ustedes servidos. Mi amigo Ángel Pino que escribe en El Mercurio y es muy oído, viene viajando conmigo. Somos inseparables y puedo conseguirles una campaña de prensa.

Los dos gordos pretendían que yo dijera por mi cuenta que el juez Gándara era un prevaricador, que recibía regalos de los clientes, que estaba vendido a la parte contraria en un juicio de aguas que ellos seguían. Serey, que también se palmoteaba con los gigantones, decía a todas sus afirmaciones:

-A mí me consta.

Gasté vanamente mi lógica en demostrar a estos señores que ellos podían decir todo eso con sus firmas. Pero que ni yo, ni menos el diario asegurarían jamás por su cuenta algo que no nos constara personalmente. Me pidieron por fin que les redactara lo que podrían decir con esperanza de ser oídos, y entre salto y salto del tren les tracé el bosquejo de un remitido.

La carne del restaurante de Rancagua con su salsa picante me saltaba en el estómago para recordarme que ese almuerzo había sido pagado por Serey y que debía tolerar con paciencia las intrusiones de éste.

Como me fui convenciendo de que Serey era más bien pillo que tonto, debí interesarme en estudiarlo más a fondo. No podía tratarse de un intruso vulgar, luego la invención de mi tía no era una simple tontería.

-¿De dónde ha sacado usted, señor Serey, que yo tengo una tía que se llama María Mercedes?

-¡Cómo! ¿Entonces doña María Mercedes Pino no es tía suya?

- Pues no señor, ni tía ni ninguna otra cosa. No la conozco ni la he oído nombrar.

-¡Ah! Entonces dispense; yo creí... ¡lo gracioso es este Ángel Pino que se ha venido tan callado sin protestar que le hubieran atribuido la tía de otra persona! Yo creía que usted era de los Pinos de Limache.

Es evidente que no existe la tal tía; pero Serey necesitaba una introducción y se lanzó audazmente en la mentira para salir después como ha salido, con toda sencillez y sin ponerse colorado siquiera.

Ahora bien, ¿qué pretendía este hombre? Nada; muy poco, no perder tiempo en el viaje. Hacer una nueva amistad a toda costa. La concurrencia del tren era bastante insignificante para que yo pudiera ser una de las personas más interesantes que viajan en él. Serey ha observado que no hay hombre, por impenetrable y adusto que parezca, que no sea susceptible de ser domesticado. Por instinto animal, el intruso descubre un sitio desocupado entre las personas que poseen cierta influencia o notoriedad, o fortuna, o lo que sea, para diferenciarlas del montón, y las que necesitan ayuda, amparo, empeños y no tienen medios directos para solicitarlos. El intruso es, pues, un intermediario. El intruso nace y no se hace. El intruso tiene condiciones especiales y carece de olfato, de oído, de delicadezas demasiado aguzadas. Es un animal constituido especialmente para embestir a unos y ponerlos en relación con sus propias relaciones y otras igualmente ficticias. Como la mosca, volverá tantas veces como sea necesario hasta ser admitido por aquel cuya relación persigue. El intruso es eterno como el mundo y mientras haya tres hombres sobre la tierra, uno de ellos será intruso. El intruso, como el insecto que, sin saberlo, lleva el polen de una flor a otra, establece conocimientos que no están previstos en su programa. El intruso, finalmente, es útil y (admírense mis lectores) es necesario. Además el intruso no es gratuito: saca siempre un provecho.

Hay en estas ciudades-aldeas de nuestros países muchas influencias sueltas. El intruso las caza, las recoge, las ordena, las clasifica, y se sirve de ellas dejándose una pequeña comisión. Perro que husmea por las orillas de las paredes, sabe que Fulano es bien mirado por Zutano y que no tiene ocasión de decírselo. Pues bien, él se presentará como amigo del uno y se introducirá en el ánimo del otro. Esas influencias sueltas, como la semilla de cardo, volarían lejos, muy lejos, si el intruso no se pusiera como el espino a su paso para recogerlas y retenerlas. Aprovechador de fuerzas motrices perdidas, el intruso representa un factor importante en la economía social.

Todo esto lo he pensado antes de conocer a Serey en Santiago. El abogado ha continuado cultivándome. Me llega el rumor de que se dice mi amigo. Debo creerlo a juzgar por la insistencia con que algunos solicitantes de imprenta pronuncian su nombre como medio de destruir mis resistencias a sus publicaciones.

-¡Si es el abogado Serey el que nos manda a hablar con usted!, como esperando que yo abra los brazos y me tome la cabeza con ambas manos y exclame:

-¡Haberlo dicho antes, pues hombre! ¡A Serey yo no le puedo negar nada!

Sin embargo, declararé que he visto a mi intruso en una falla grave. Lo he encontrado con don Juan Luis Sanfuentes en la calle y me ha hecho un saludo protector. Esto no está de acuerdo con el carácter que he atribuido al intruso en general. Debe comprender que este gesto me habrá disgustado sobre su conducta y que ahora seré más severo para sus recomendados. ¿Cómo se le habrá introducido a don Juan Luis? ¿Lo tendrá él también por intruso o lo creerá un valioso contingente para su campaña presidencial?

¡Oh, Serey! ¡Tú eres un hombre fuerte! Tú vas a ser alto empleado público en espera de una diputación por la cual llegarás a un Ministerio. Y entonces tú también encontrarás intrusos en tu camino que te hablarán de tías que no tienes y tratarán de hacer creer que son hermanos de leche contigo.

Los intrusos forman una cadena sin fin, una de esas cadenas de capachos para elevar agua; cada cual recoge, sube y vacía. Se dice, sin embargo, por los Santos Padres que en el valle de Josafat los intrusos no van a encontrar lugar.




ArribaAbajoRubia...

Es rubia. Tiene mucho calor en su seno, mucha pasión en su espíritu. Cuando algo la agita, efervesce como un volcán. Los que la aman y se abrazan a ella se incendian como un manojo de espigas acercado a una llama. Es traidora, porque cuando parece que acaricia, perturba la cabeza y sopla al oído la proposición del mal; ella aconseja el amor, pone alas al arrojo, impulsa al trabajo; pero no tarda también en hacer mortífero el trabajo, temerario el arrojo y sangriento el amor. Ha recibido de la madre tierra su savia benéfica; ha purificado su espíritu sobre el fuego; y ha largado su blanca y ondeada cabellera de espuma bajo el sol.

Es ella; la chicha, la rubia y tentadora sirena que desde el fondo de la pipa de raulí canta su canción de vida. Al través de las tablas húmedas y unidas con el zuncho de acero, aparecen las burbujas de espuma blanca como la nieve, y parece que la malvada se ríe mostrando por las rendijas sus dientes de marfil.

Amenazadora en el fondo de cobre, cuando el blanco espumarajo se agita en la superficie y arde en el fogón el tronco de espino, se torna tranquila, soñolienta, pacífica, como envuelta en un sopor inconsciente, dentro de la gran pipa metida en el rincón de la bodega oscura. Es la crisálida que comienza a echar alitas impalpables.

La damajuana, encerrada en su cubierta de mimbres, recibe el chorro al través del largo embudo de latón, y al retirarse éste, aparece en la boca el copo de espuma que burbujea y se apaga. Es la mariposa que quiere tender el vuelo.

Más tarde, puesta en el vaso de vidrio, larga un perfume picante que llega a la garganta antes que el líquido. En la superficie, un millar de burbujas se forman y estallan. Es la esencia que vuela.

Barbey d'Aurevilly ha hablado de un loco que estaba enamorado de su espada. El día que se abrazó con ella, fue el último de su amor. También ha habido en Chile millares de locos enamorados de la baya. Y el día que han querido unirse con ella para siempre, han recibido la puñalada por la espalda. Sí; la baya sabe querer; pero es infiel como las mujeres turcas.

La Liga Anti-Alcohólica debe hacer la vista gorda ante las legítimas expansiones que produce la primera damajuana de chicha. Lo mejor de todo, lo más razonable, lo más prudente, sería que se declarara a todos los vientos que la chicha no es alcohol. ¡Que lo desmienten los hechos! ¿Quién le cree a los hechos?

Cerremos por un momento los ojos para abrir los de la fantasía. Todas las viñas han estremecido su follaje de grandes hojas verdes, bajo una plaga exterminadora e incansable. La vendimia ha llegado a todas partes con su chupalla de paja tostada para defenderse del sol, morena la cara, morenas las manos, negros, negrísimos los ojos. Las cortadoras de racimos se han diseminado cantando entre dientes. Y a la tarde, la carreta se acerca al elevado portón de la bodega, y van pasando los canastos, cargados del negro racimo de uva moscatel, de los dorados pámpanos de chaselat y torontel y de los largos y desnudos colgajos de la pequeña pero dulcísima uva del país.

El jugo de toda esa carga, que es azúcar puro, cae al lagar y se filtra lentamente hasta el fondo de cobre que espera el momento de poner en ebullición el líquido y hacer salir del fuego, como el ave fénix, la joven y hermosa amiga de todos.

Más tarde a la luz de dos o tres chonchones de parafina, se proyecta en las murallas de adobes sin enlucir la sombra gigantesca de los trabajadores que alimentan el horno con manojos de sarmientos, y recogen la espuma que hierve y se agita en la superficie, con la gran espumadera de hojalata.

El primer rayo de sol que cae a la bodega alumbra el líquido tibio aún en las enfriaderas, que lo retienen con la suavidad con que se cuida a un convaleciente.

Cerremos los ojos para ver con los de la fantasía cómo por todas las largas alamedas vecinas a Santiago vienen las carretas cargadas de pipas. Parece que un ejército vencedor se acerca a la ciudad vencida. La gente no se descubre ni aclama con barras de triunfo esa larga caravana que avanza y avanza hacia Santiago; pero ensancha su pecho, aspira con fuerza el perfume que se escapa de los recipientes y siente que en sus venas la sangre corre más deprisa, pesan menos los pies y se ve más claro y más luminoso el día.

No necesita el soldado que en la puerta del cuartel lleva la bayoneta al hombro, preguntar a nadie lo que va pasando en esa carreta que golpea trabajosamente sobre el pavimento y produce un ruido de ferretería que se desarma. ¡Pero siente más emoción que si divisara al comandante!

No pregunta tampoco el roto que clava los rieles en el medio de la calle lo que contienen esos barriles con su espiche clavado en la tapa. Le emocionan mucho más que si pasara en la plataforma del carro una conductora buenamoza.

Todos se miran, se sonríen. ¡Ha llegado! ¿Quién? Ella. Ha llegado y la pasearían en triunfo como se ha paseado en París a la belleza en noches de Carnaval. Ha llegado; y hombres, mujeres, niños, soldados, peones, se agrupan a su lado, con el vaso en la mano.

Es la amiga de todos; habla en un lenguaje que todos entienden; llega hasta las venas como si entrara al cuerpo otra alma; dilata las pupilas y las alumbra; pone alas en los pies e ilumina el cerebro.

Se ha logrado llevar a las batallas el charqui y los frejoles condensados. El día en que se pueda llevar toda la producción de chicha de nuestras viñas concretadas en pequeñas tabletas en el bagaje del ejército... ¡amarrarse los pantalones, amigos y vecinos del norte y del este!




ArribaAbajoMatrimonio con príncipe

Señora de mi consideración y respeto:

Al poner el pie en el estribo, el lunes pasado, para abandonar su hospitalaria casa, me decía usted, refiriéndose a sus hijas:

-¡Y afánese usted por educar a estas muchachas! ¡Se casarán con cualquiera! En cambio, ahí anda ese príncipe de los Abruzzos, que ha pasado tantas veces por Chile sin mirar a una mujer, enamorado ahora de una protestante y de una zafada.

Como mis acompañantes se ponían en movimiento y no era posible perder el tren por debatir el punto, me privé, señora, del placer de oírla a usted discurrir sobre este tema, que según el prólogo debe ser muy gracioso en su boca. Permítame usted que ahora, con tiempo y con papel por delante, le diga lo que pienso y lo que no pienso, sobre lo que usted dijo y sobre lo que seguramente pensaba yo y no decía. Realmente sus dos chicas de usted son dos princesas. No sé yo si un jardinero es capaz de conseguir que en el mismo terreno y con una misma semilla se produzcan dos flores tan diversas y tan hermosas, como son diferentes y hermosas sus hijas de usted. Me hacían recordar, al verlas en el corredor de la casa, cierta estrofilla española que tiene reflejos orientales:


    Eran dos muchachas
libres de afición:
una blanca y rubia,
más bella que el sol,
la otra morena
de alegre color,
con dos claros ojos
que dos soles son.



Ya lo he dicho, son dos princesas; pero usted no ha hecho nada, seguramente, para educarlas y formarlas para tales. Y ha hecho bien, porque en lo que llevamos de vida independiente -cuente usted un siglo y no se equivoca- han pasado por Chile cinco o seis príncipes, y es poca ocasión en tantos años. Educar niñas para estos príncipes filantes que, como los cometas, no tienen períodos fijos, es como si un comerciante invirtiera hoy día todo su capital en collares de perlas. Quedamos, pues, en que sus niñas son princesas por la parte de afuera; pero que nada se ha hecho, y con razón, para que también lo sean por dentro. Sus hijas de usted saben bastante castellano para manejarse en Chile, para ser mujeres de un hacendado rico, de un diputado, de un ministro de Corte; pero del francés no recuerdan lo que estudiaron, y del inglés ni siquiera saben lo que dijo Carlos V, que era idioma para hablarles a los pájaros. Comprenderá usted que no habiendo príncipes traducidos al castellano, ni menos aún príncipes en esperanto, en caso de que llegara uno y alojara, como nosotros alojamos, en la hospitalaria casa de Los Sauces, no podría hablar sino con su viñatero de usted, que sabe dos idiomas y los habla cuando no está ebrio. En esta forma ha podido venir dos o tres veces el príncipe de los Abruzzos y no conocer ese par de sirenas que usted cree, y con razón, que van a caer en manos de un cualquiera.

La señorita Elkins, cuya habilidad para la pesca de ballenas conoce hoy el mundo entero, porque me parece, señora, que hacer morder el anzuelo al posible heredero de un trono, que es además, un sabio, un gentleman y un marino, es pescar un productivo y gigantesco pez que da, al mismo tiempo, barbas, aceite y huesos: la señorita Elkins, digo, es tan hermosa como cualquiera de sus hijas de usted. Sabe, además, inglés, francés, alemán e italiano; ha estudiado el latín, vive en Estados Unidos, y la moneda que recibe en dote, el mentado dólar, se cambia, cada uno, en el país del novio, por cinco liras. Un país que tiene muchachas bonitas, ilustradas y con una moneda tan suculenta, abarrotará los príncipes, señora mía, y no dejará para nosotros sino muy poca cosa.

Vea usted. La niña norteamericana no es zafada, como usted piensa: tiene sus bisagras buenas. No hay que confundir la soltura de movimientos, la arrogancia y desplante del porte, con zafaduras o con frescuras. Es un producto de los ejercicios físicos, de una gran confianza en su voluntad y de un uso constante del agua fresca. No se sabe dónde ni cómo se juntó la sangre francesa con la inglesa para crear esta niña, que es, al mismo tiempo, bella, elegante, reflexiva e impetuosa. Cuando la famosa Miss Roosevelt recorrió el mundo en compañía del señor Taft, dejó estupefactos a los periodistas franceses, con el apretón de manos que dio al Presidente de la República.

-Mi padre -le dijo- me encarga saludarlo a usted. Él tiene de usted una excelente idea, lo estima un hombre de Estado y se interesa mucho por su programa.

¿Qué es esto? -dijo la prensa-. Es éste un nuevo tipo de mujer, de que va a hablar, seguramente, la historia. ¿Qué habría hecho una señorita francesa en su lugar? Ruborizarse, bajar los ojos, hacer una venia elegante y encogida y después marcharse con su aya o con su mamá. Hasta hubo algún cronista picaresco que supuso que la hija del Presidente había pedido consejos a Miss Roosevelt para adoptar su manera de ser, y que había retrocedido escandalizada ante ciertos saltos y volteretas gimnásticas. Aparte usted, señora, lo que hay de broma o de exagerado en todo esto, y piense usted lo irresistible que sería su hija Adela, la rubia, con tres dedos más de estatura, con dos centímetros más de carne en algunas partes y dos menos en otras; con cuatro idiomas; con un baño diario helado; con conocimientos de historia, de ciencias, de arte, y hablando poco, sin embargo; con diez millones de pesos y viviendo, finalmente, en Washington en vez de vivir en la calle de Duarte o en las hospitalarias casas de Los Sauces. Por lo demás, hija y nieta de senadores es aquélla, como ésta lo es de diputados, y los títulos de las propiedades en Virginia no serán más limpios que los de su marido de usted en la frontera.

Además, sus hijas de usted no saben una palabra de literatura, ni de la historia del arte y de la música, ni de latín; tampoco sabemos, ni usted ni yo, nada de eso, porque aquí nos contentamos con poco y sacamos a los niños del colegio para que vean luego el mundo, si son mujeres, y para que vayan ganándose su ropa, si son hombres. (¡Como si no hubiera tiempo para saberse de memoria el mundo, y para ganar y perder su ropa cada cual!) En cambio, la señorita Elkins, después de hacer los estudios generales, ha entrado al College, que es como la Universidad para las mujeres, y allí ha perfeccionado sus conocimientos con esos estudios superiores de que le hablo.

Por otra parte, señora amiga mía, seamos justos. ¿Qué sacaríamos con hacer aquí tan perfectas las mujeres, cuando las vamos a casar enseguida con los habitantes del país que tienen como lema en sus monedas: por la razón o la fuerza? Además, aquí un día estamos ricos y tenemos a las mujeres como reinas, y al otro día quebramos y las echamos a la cocina a hacer salpicón. Todos esos encantos de la niña norteamericana se explican resguardados y fortalecidos por el dólar.

Veo cómo usted insiste en que la novia del príncipe de los Abruzzos es zafada, y que prefiere para sus hijas ese fruncimiento y esas amarras del atado de espárragos. Usted es dueña de ellas; pero le diré a usted que la yanqui que mira de frente a un hombre, natural y simplemente, no hace tanto daño como su par de hijitas de usted, que andan generalmente con los ojos bajos, y que, cuando levantan los párpados, casi echan de espaldas. Son como los reflectores: puestos de fijo, pueden mirarse; pero con intermitencias, hacen cerrar los ojos.

Y para terminar, señora, esto que debió ser conversación de estribo y sale artículo de diario, no crea usted que el ser protestante sea defecto grave en la señorita Elkins. El protestantismo de la niña norteamericana es como nuestro liberalismo democrático: puente para la alianza o para la coalición.

Renuncie usted a todo príncipe, mientras yo hago votos porque el cualquiera que la suerte depare a sus chicas, cambie para su mujer el lema de nuestra moneda por la razón o la fuerza en este otro: «por el amor o la persuasión».

De usted M.A. y O.S.Q.B.S.M.




ArribaHuevos importados

(Cuadro de gallinero)


«Han llegado 1.800 huevos
de gallinas, procedentes de
los Estados Unidos y consignados
a los señores W. R. Grace y Cía.».



El gallinero amaneció revuelto. Uno de los más prestigiosos miembros de la alta sociedad femenina había sido echado en un nido de paja en el rincón del patio, sobre diez huevos de un aspecto sospechoso. La noble y virtuosa gallina, cuyo color negro la hacía aparecer aún más noble y virtuosa de lo que era, había luchado largo rato entre la repugnancia de cubrir bajo su pechuga tibia esos huevos con un timbre morado que decía «Fresh Eggs Company Limited New York», y su inmenso y desbordante deseo de maternidad jamás agotado y siempre entusiasta.

Sin embargo, mientras para ejemplo de la nueva generación cerraba sus ojos con íntimo recogimiento, las más terribles dudas le asaltaban. ¿Qué iría a salir de cada uno de esos huevos envueltos en una especie de esperma, con esas letras que bien podían significar insultos, herejías o burlas contra el mismo alto ministerio del empollamiento? ¿Qué clase de seres degenerados, viciosos o simplemente extranjeros, romperían la cáscara y asomarían a la luz del día?

-Consulta, hija, a los caballeros que tienen experiencia -le decía una amiga después de observarla largo rato con un ojo fijo y redondo.

-Allí los tienes tú -replicaba la virtuosa, señalando tres o cuatro parejas de gallos que se perseguían dándose picotazos y estocadas, -allí los tienes. Ellos son los causantes de que estén trayendo huevos de los países protestantes.

-¿Por qué?

-Porque no producen lo suficiente...

-Pero aquí vienen algunos senadores de consejo que pueden dártelos buenos.

Un grupo de patos avanzaba balanceándose de un lado a otro, y manifestando con su grito nasal una satisfacción íntima y sincera. Gracias a ellos no se perturba el orden en el gallinero, porque aunque a veces parece que se caen al andar, sus patas, admirablemente construidas, los mantienen equilibrándose. Se puede decir que si los gallos tienen el talento en las estacas, los patos tienen el buen sentido en sus patas.

Llamados a examinar los huevos, lanzan gritos en diversos tonos. Uno de ellos hace una venia y dice:

-Estos huevos son yanquis. Es digno de notarse que Chile, que parecía destinado a exportar huevos, esté ahora recibiéndolos del extranjero. Esto quiere decir que el circulante de huevos escasea. Es un fenómeno natural.

-Es necesario distinguir, colega -dice otro.- ¿Ha crecido el consumo de huevos por habitante? ¿Ha disminuido la producción por gallinas? ¿Han aumentado los usos del huevo?

-Yo creo que sí -dice un pato portugués, destinado al príncipe de Braganza-, porque ayer he visto a una señora que se reventaba un huevo en la cabeza y se lavaba con él el pelo.

-Vea usted, ése es un dato. ¿Llevará estadística de esto don Vicente Grez?

-Yo propongo -dice uno, que generalmente es conocido con el nombre del pato distraído- que se acuerde continuar en este gallinero hasta nueva orden.

-Escuche usted, señora gallina, a este colega. Siempre se distrae y sale presentando proyectos que no tienen nada que ver con lo que se discute.

-Entre tanto -pregunta la gallina-, ¿seguiré sobre estos huevos? exponiéndome a un futuro tan incierto?

-Sí, señora. Saldrán pollos norteamericanos, que son sumamente independientes y laboriosos. Con seguridad, para no perder el tiempo, ya están aprendiendo castellano adentro de la cáscara. Pero en todo caso sería conveniente tomar votación, y para eso aquí viene la mayoría.

Una tropa de hermosos pavos se acerca, haciendo al andar vigorosos signos de asentimiento con sus cabezas.

-Han dicho que sí -dice el pato portugués.- ¡Tan disciplinados!

Y todos se van, dejando a la virtuosa vestida de negro, al frente del incierto problema. Un hermoso ex gallo de plumaje rojizo, que pasa al trote con un pequeño sapo en el pico, se detiene un instante y le dice:

-¡Cuidado, señora! Yo he oído decir que los norteamericanos tienen una famosa doctrina de Monroy, que consiste en comerse ellos el maíz y dejarle la tierra a los demás. ¡No vaya a estar criando cuervos!

-Este es bueno para Ministro -le dice la futura madre a su amigo-, porque es tan conciliador. Siempre está bien con todos, y nadie le tiene mala voluntad.

-Sí, hija. Seguirá el camino de los demás de su clase. Hoy están de moda en el Ministerio. ¡Los gallos venidos a menos!

Un gallo de largo plumaje atornasolado avanza. A cada instante se detiene, levanta una pata, da vueltas la cabeza, mira con un ojo, y sigue adelante. Es un gallo de pelea; sabe cacarear; tiene continuamente en alarma al gallinero y da mucho que hacer al dueño de casa, que ha resuelto o cortarle la estaca o mandarlo a otra parte.

-¡Qué alarma han metido con estos famosos huevos! Es natural que si escasea este circulante en las cocinas se le aumente. ¿No han dicho el otro día aquí al lado de afuera, que faltaba plata y la debían traer de Europa? Pues bien, si faltan huevos, que los traigan.

-Pero ¿por qué no hay más? Es culpa de ustedes.

-Muchas inversiones, muchas inversiones. El gallinero crece cada día más. Un consejo, amiga mía. ¿Cómo sabes si esos huevos no están pasados por agua?

-¡Qué sospecha!

-Pero ¿no te acuerdas que la gallina castellana estuvo seis meses sobre unos huevos comprados en la Quinta Normal y nunca salió nada de ellos? Eran huevos fritos.

La gallina salta como por un resorte y abandona el nido. Apenas ha dado unos pasos, cuando una robusta mano la pesca de un ala.

-¿A la cazuela? -dice el gallo en forma de monólogo- ¡Siempre los mismos atropellos! ¡Qué bien nos vendría una doctrina Drago para defendernos de esta fuerza brutal e invencible de las cocineras!





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