Los mil días
Daniel Moyano
Muy hacia atrás en tiempo y en espacio estaba el océano con el barco en que trajeron el baúl, lleno de objetos innecesarios para un viaje que, se sabía de antemano, no tendría regreso; más cerca, el puerto de Buenos Aires y la ciudad con sus miles de inmigrantes y la «Casa América» donde compraron el acordeón; luego, la pampa interminable; y mil kilómetros adentro, las sierras con la casa que construyó el abuelo (torcida como él), y en el lugar más limpio y espacioso de ella, el baúl traído de Italia. Desde allí hasta el mar, todo lo que había o pudiera haber, incluyendo los recuerdos, eran simples alrededores del baúl. Contenía el pasado, y especialmente el futuro, protegidos por aquella tapa forrada con felpa por dentro y reforzada por fuera por esos flejes en cuya herrumbre perduraban huellas del océano.
Nadie sabía con certeza lo que el abuelo italiano, que era ladeado como la Torre de Pisa y caminaba como empujado por sus años, guardaba en el baúl, que apenas podía cerrarse de atestado que estaba. Salvo Juan, un nieto recién llegado a la casa, que espiando cada vez que el viejo lo abría había visto entre su contenido un cofre, ropa vieja, fotografías y una escopeta de dos caños.
El niño apenas conocía al abuelo. Para hacerse querer le encendía la pipa sin que se lo pidiese, le ayudaba a regar la huerta, quitaba migas y pelusas de sus bigotes y le llevaba el banquito hasta el naranjo bajo cuya sombra se sentaba a tocar casi todas las tardes unas músicas que había traído del Brasil.
Con una inclinación de casi 15 grados estando normalmente parado, y un poco menos si se desplazaba, el viejo era suave y blando como un oso de peluche; salvo cuando hablaba de la inflación, vinculándolo todo con la manutención de tantos nietos a su cargo y gritando hacia los cuatro vientos su eterna desilusión de desterrado.
Los hijos varones abandonaron el hogar tempranamente para buscar trabajo en las grandes ciudades. Las hembras, con hijos de padres desconocidos salvo la menor, permanecían en la casa, en habitaciones de emergencia construidas por el viejo en los fondos de la casa a medida que iban naciendo nuevos nietos. Al padre de Juan sí lo conocía. Llegó de Buenos Aires trayéndole el nieto y la noticia de la muerte de la hija mayor. Dijo que les dejaba el niño por un par de meses para que lo conocieran y no volvió a aparecer nunca más.
Cuando el baúl y el abuelo, según recordaría Juan al convertirse en un adulto melancólico, llegaron de Italia después de vivir unos años en Brasil, el uno con sus maderas todavía resinosas y el otro ilusionado pero con «saudade», traían dinero suficiente para una descansada vida en un país de sueño. Pero bueno, el país fracasó y apareció la inflación como una pesadilla.
La tarea de criar hijos es lentísima, ya se sabe que la naturaleza dedica mucho tiempo a la maduración de sus criaturas. Las hijas, contagiadas de esta lentitud, adaptaban los hechos de la vida a ese ritmo, como quien pone un reloj en hora. Las urgencias del viejo no contaban para ellas, que llenaban las interminables siestas del verano y las noches del invierno con la lectura de revistas del corazón, mientras esperaban la llegada del cambio de los dientes de leche y la aparición de las primeras muelas. Por esa razón tardaron tanto tiempo en comunicarle al viejo la novedad de que la menor de las hijas había quedado embarazada, tanto que la revelación coincidió con la evidencia física. Del padre, como siempre, no se sabía nada.
Tempranísimo en la mañana las voces del viejo despertaron a Juan, que entre sueños se quedó pensando en sus palabras, según las cuales no era el embarazo la causa de su disgusto sino el anonimato del progenitor. El anciano había iniciado un discurso contra todo, que prometía durar el día entero. El niño esperó durante toda la mañana, arrancando hierbas en la huerta, a que acabase de gritar y volviese a ser el abuelo de siempre rememorando en el teclado del acordeón, bajo el naranjo, los días felices del Brasil. Pero ya era la tarde y los gritos seguían, y para colmo sin obtener ninguna respuesta, ni siquiera un gesto, de la hija afectada, ni siquiera un alzar los ojos del tejido o la revista: ella seguía, con lentitud biológica, ajena a todo lo que pudieran decirle sobre su situación.
Después de la comida, la abuela, un poco por defender a sus hijas pero en realidad por deseos de pelear con su marido (una actividad que siempre le produjo placer), resolvió romper el monólogo del viejo y dando un grito que desubicó y puso fuera de lugar todo lo que el inmigrante llevaba dicho hasta ese momento, le dijo en la lengua que trajeron del mar que antes que nada eso que él llamaba hembras o demonios eran mujeres desvalidas, y él directamente un monstruo de este mundo, poverella, sei tu il diàvolo, y cuando acabó de hablar, el viejo no sólo ya no tenía razón sino que además era el verdadero y único culpable de todo, como había resultado evidente en las discusiones sobre los embarazos de las otras hijas.
El niño esa noche en sueños vio que el viejo, de pie dentro del baúl, gesticulaba y gritando amenazaba a todos, incluyéndolo a él, y al día siguiente y no en sueños le oyó decir que bueno, que naciera otro niño sin padre conocido, pero que cuando se acabara el poco dinero que habían traído del Brasil todos, incluyéndolo otra vez a él, morirían de hambre.
Sus gritos o desahogos de un día no eran ni siquiera un detalle en el tiempo empleado por los embarazos; ni mucho menos en el de crianza de los niños. Ellas se tomaban todo el tiempo del mundo para verlos crecer, cosiéndoles la ropa en la vieja máquina Singer que vistió a generaciones, ropa que luego lavaban en grandes tinas con agua del río vecino, y leían, en esas revistas por entregas, unas historias de amor que nunca terminaban, dejando que la vida fluyese yendo a lo suyo con la sabia lentitud del tiempo, sin las vociferaciones del viejo, que pese a su estridencia jamás podrían alterar el ritmo biológico de las muertes y los nacimientos.
Fue durante uno de esos inviernos en que el tiempo se demoraba cuando el abuelo, que apenas podía caminar y ya casi no tocaba el acordeón, se enrareció con él como si hubiese dejado de quererlo, después de recibir una carta de un remoto hermano al que había pedido ayuda, y que se la negaba por estar tan pobre como él en ese Brasil que ya no era el de antes. Después de esa carta el viejo, en vez de hablar con él, murmuraba para sí reivindicando a la olvidada Italia y maldiciendo al barco que lo había traído al Río de la Plata.
Después algunos de los hijos que se habían ido a Buenos Aires regresaron y le dieron alegría, pero después del encuentro y de la recuperación de lo perdido volvieron a las grandes ciudades dejándole una soledad más evidente. Fue entonces cuando el viejo, tras una discusión muy fuerte con todas las mujeres, dijo que iba a matarse.
Juan, absorbiendo las palabras del viejo, las vinculó con ese baúl casi mitológico que ocupaba no sólo el lugar principal de la casa sino el lugar principal de la vida. Porque siempre, ante una situación extrema, se recurría a ese baúl que parecía contener toda la alegría y la desdicha del mundo.
Cuando las mujeres y sus críos salían, y dejaban de oírse sus voces y las novelas de la radio, un silencio que de alguna manera se vinculaba con el mundo del baúl se hacía ostensible para Juan. Aquella tarde, la más larga de agosto, recortaba papeles sentado en su cama. El viejo estaba en la habitación contigua, pero no se lo oía ni respirar. En eso se escuchó claro en medio del silencio y de la tarde el ruido de la tapa del baúl que se abría. Se quedó muy quieto, sintiendo el peso de las tijeras, mientras el silencio que siguió al ruido de la tapa era casi intolerable. Por fin el viejo habló llamándolo para que le ayudara a limpiarlo.
El viejo, sentado en una banqueta, hurgaba en el arcón. Él, sentado en el suelo, no tenía acceso visual a la abertura del mueble y recibía los objetos que le pasaba el viejo para que los clasificase en montones según se tratase de ropa, papeles o retratos. Por sus manos pasaron prendas de vestir de parientes que habían quedado enterrados en Italia, cartas amarillas de trazos carcomidos y un pequeño cofre de madera que, por la mirada y el cuidado que puso el viejo al pasárselo, contenía el dinero que le quedaba del que había traído hacía veinte años del Brasil para vivir tranquilo el resto de sus días. Por alguna grieta se escapó una moneda. La tomó y cuando iba a ponerla en su sitio, el abuelo le dijo que podía quedarse con ella.
Después vino la escopeta, que ante la tranquilidad de la tarde invernal y la del viejo perdió una parte de su ferocidad. Luego le pasó un retrato de mujer. Tu madre, le dijo rápidamente y siguió hurgando.
Nunca había visto fotos de ella. Como todo lo que fuese de papel allí dentro, se resquebrajaba. La mujer, una muchacha, tendría unos veinte años y sonreía sosteniendo una flor; desde la silla donde estaba sentada hasta el borde inferior de la fotografía se extendía fina y larga la sombra del fotógrafo que la tomó. Es tu padre, dijo el viejo señalando la sombra.
El viejo tumbó el baúl boca abajo desparramando el resto de su contenido y le dijo que trajese el plumero. Recorriendo las piezas en su busca tuvo miedo. Con torpeza rozó repisas cuyos objetos de vidrio se estrellaron contra el suelo, se lastimó un dedo en el clavo donde finalmente lo encontró, y vio una araña deslizarse veloz por una viga del techo. Volvió a la carrera sintiendo que la casa entera era un baúl donde sus pasos retumbaban.
Una mañana el viejo despertó a todos con sus gritos, anunciando que el dinero del baúl estaba a punto de acabarse y que cuando esto sucediese se morirían de hambre. Las mujeres respondieron gritando todas al mismo tiempo llamándolo tacaño y miserable. Al anciano se le debilitó la voz hasta las lágrimas, sin que esto convenciera a las mujeres, que lo iban arrinconando sobre la pieza a medio construir destinada al hijo de la menor. Aparatosamente sacó afuera los bolsillos del pantalón, miren lo que me queda, dijo, de un bolsillo cayeron unos dientes de ajo y del otro un billete de un peso arrugadísimo. Se lo entregó a Juan solemnemente diciéndole que fuera a comprar la comida del último día.
Salió corriendo sin lavarse la cara. El abuelo, al anunciar otras veces situaciones similares aunque no tan terribles como ésta, siempre le había hecho un guiño que lo excluía de la desgracia anunciada. Esta vez no, de modo que correría la suerte de todos. Pero no se asustó, era excitante ser protagonista. Cuando regresó con los víveres, el viejo había desaparecido.
Durante las primeras horas hubo temores serios, aunque no comunicados, de un posible suicidio. Sin embargo ninguna de las hijas ni la mujer salieron a buscarlo. Uno de los nietos lo descubrió, hacia el final de la tarde, en el patio de una finca próxima, sentado en un tronco, hablando normalmente con su propietario, un criollo al que en varios años apenas había dirigido la palabra. Había comido con ellos y ahora estaban por cenar, como grandes amigos.
Las mujeres no comentaron el hallazgo, estaban serias y ni siquiera habían prendido las radios. De golpe se pusieron a discutir entre ellas y Juan se acostó y se tapó los oídos con migas de pan para no escucharlas. Pensaba en los resultados de la situación anunciada por el viejo tras el descubrimiento de que el cofre que contenía el dinero dentro del baúl estaba vacío. Moriría uno cada día y los cuerpos quedarían desparramados por la huerta. El abuelo caería cerca del pozo de agua, él un poco más allá pero casi a su lado, la abuela contra los ligustros del fondo, las tías todas juntas en el galpón, los demás nietos por ahí por los canteros. El criollo vecino vendría a recogerlos en un camión rumbo al cementerio, cada uno en su cajón salvo el abuelo, que sería enterrado en el baúl. Palpó la moneda que tenía en el bolsillo. Durante un momento le pareció una esperanza de prolongación, aunque fuera momentánea, de la vida. Pero si para vivir un día se necesitaba un peso, aquella moneda, que era apenas una de sus fracciones más pequeñas, apenas significaba unos minutos de vida que no merecían tenerse en cuenta.
El viejo regresó a la casa antes del amanecer del día siguiente. Todos velaban. Las mujeres se tranquilizaron al verlo aparecer. Si volvía era porque aceptaba una vez más las leyes del juego que de tanto en tanto intentaba eludir.
Lo acosaron en cuanto entró. La abuela, «en nombre de mis hijas y mis nietos» y aún de los nietos por venir, avanzó hacia él demostrándole mediante la revelación de hechos pasados que ella guardaba rencorosamente, que únicamente él y su manera de afrontar la vida era el culpable de todo lo sucedido a lo largo del tiempo de su deterioro.
El viejo se defendía con poca convicción, empleando su energía en protegerse de los gritos de su mujer, que sus hijas repetían en letanías intolerables. Juan se tapó las orejas y cerró los ojos para borrar la imagen de los muertos diseminados por la huerta.
Cuando la vieja, empujándolo con todo el peso del pasado lo arrinconó contra el baúl exigiéndole que lo abriera, Juan vio que el viejo, no se sabía si triunfante o derrotado, abría también el cofre del dinero. Adentro estaba, desnudo y solitario, un billete de mil pesos, que por sus bordes redondeados y sus extraños dibujos era indudablemente el corazón de ese baúl. El viejo enarboló el billete a la vista de todos. Y aunque después lloró, habló con seguridad y valentía. Dijo que la verdad era evidente y sólo se trataba de enunciar un hecho: a razón de un peso por día, ese último billete alcanzaba para vivir mil días exactamente. Hasta entonces él garantizaba la vida de todos. Nadie habló, ni pensó, de lo que pudiera suceder después de ese tiempo. Nadie, además, comentó la situación. Tras la derrota del viejo, las mujeres se fueron a sus piezas y empezaron a sonar otra vez las radios.
Enseguida apagaron las luces. El abuelo se paseaba por la huerta en medio de la noche, de vez en cuando se le oía murmurar palabras y gemir. Juan se acomodó para dormirse diciéndose que después de todo, aunque nada se hubiese arreglado definitivamente, por lo menos le quedaban mil días más de vida.
Una semana después el viejo volvía a tocar todas las tardes el acordeón bajo el naranjo, esas polcas, esas mazurcas, esos aires traídos en la memoria desde Minas Gerais, mientras sus tías oían las novelas radiales y leían revistas según las cuales el amor siempre triunfaba en esta vida.
Él iba todos los días a comprar los víveres, apretando el billete de un peso en el fondo del bolsillo para que no se le perdiera. Y las estaciones pasaban, y caían las hojas y las lluvias. Pero nadie decía nada sobre el tiempo que se acortaba, como si con cada billete gastado no faltase menos para el fin.
Desde entonces, a través de su larga vida, siempre tuvo que vivir situaciones extremas como ésa. Pero aquella vez, como una bendición de la infancia, vio de pronto abrirse ante sí un mundo, si no encantado, por lo menos lleno de dichosas posibilidades.
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(1959)