- CXXI -
Proposición de un soliloquio fecundo. ¡Ayúdate de la soledad y del silencio!...
¡Cuán complejo problema es éste de nuestras relaciones con nuestro propio pensamiento! ¡Cómo están ellas sujetas a los mismos engaños y artificios que las relaciones entre unos y otros hombres! ¡Y hasta qué punto es a veces necesario el más hábil, enérgico y pertinaz esfuerzo de sinceridad, para discernir, dentro de la propia conciencia, la idea que realmente vive, de la que, con semejanzas de vida, yace muerta, y de la que nunca fue en nosotros sino eco vano, remedo sin espíritu!
¿Cuánto tiempo hace, quizá, que no te detienes a mirar frente a frente la idea a que te vincula una pasada elección; el dogma, la escuela o el partido, que da a tu pensamiento nombre público?
Ayúdate de la soledad y del silencio. Procura alguna vez que un impulso íntimo del alma te lleve a esa alta mar del alma misma, donde sólo su inmensidad desnuda y grave se ve; donde no vibran ecos de pasión que te enajenen; donde no llegan miradas que te atemoricen o te burlen, ni hay otro dueño que la realidad de tu ser, superior a la jurisdicción de tu voluntad. Y allí, como si consultaras, a través del aire límpido, la profundidad del horizonte, pregúntate sin miedo: -¿Es verdad, verdad honda, que yo crea en esto que profeso creer? Tal convicción que adquirí un día y en la que, desde entonces, descanso, ¿resistirá ahora a que, en este centro de verdad, la traiga ante mis ojos? Tal sentimiento que considero vivo aún, porque alguna vez lo estuvo ¿no le hallaré muerto si me acerco a moverle? ¿No vivirá mi fe de la inercia de un impulso pasado? ¿Me he detenido a probar si cabe dentro de ella lo que he sabido después, por obra del tiempo? Cuando la afirmo, ¿la afirmación es sólo una costumbre de mis labios, o es cada vez, cual debe serlo, nuevo parto de mi corazón? Si ahora hubiera de decidir mi modo de pensar por vez primera; si no existiesen las vinculaciones que he formado, las palabras que he dicho, los lazos y respetos del mundo, ¿elegiría este campo en que milito?... ¿Y aquella duda que pasó un día por mi alma y que aparté de mí por negligencia o por temor?... Si la hubiera arrostrado con sinceridad valerosa ¿no hubiera sido el punto de arranque para una revolución de mis ideas? Mi permanencia en esta comunidad, mi adhesión a esta filosofía, mi fidelidad a esta ley ¿no son obstáculos para que adelante en la obra del desenvolvimiento propio? ¿Me digo la verdad de todo esto a mí mismo?... ¿No se cruza, entre el fondo de mi pensamiento y mi conciencia, el gesto de una máscara?...
Haz esta meditación. Ponla bajo la majestad de la alta noche, o ve con ella al campo, abierto y puro, libre de ficción humana, o junto al mar, gran confidente de meditabundos, cuando el viento enmudece sobre la onda dormida. Ayúdate de la soledad y del silencio.
- CXXII -
«Jubileo» que debería existir.
¡Ah! si todos tuviéramos por hábito esa depuración de nuestro espíritu, ese ejercicio de sinceridad, ¿qué inmenso paso no se habría dado en el perfeccionamiento de nuestro carácter y nuestra inteligencia? Pero la inmensa multitud de los hombres, no sólo ignora en absoluto tal género de meditación, reservado a los que ahíncan muy hondo en la seriedad del pensar, sino que espantan y alejan, presurosos, de su pensamiento, la más leve sombra que haya logrado penetrar por sus resquicios a empañar la serenidad del fácil acuerdo en que él reposa. Afrontar la sombra importuna que amaga a nuestra fe, y procurar desvanecerla de modo que arguya raciocinio, esfuerzo, y triunfo bien ganado, es acto de íntima constancia a que no se atreven los más; unos, por indolencia de la mente, que no se aviene a ser turbada en la voluptuosidad con que dormita en una vaga, nebulosa creencia; otros, por la pasión celosa de su fanatismo, que les lleva a sospechar que en cada pensamiento nuevo haya oculto un huésped traidor, y los precave contra el asomo de una idea con la escrupulosidad de aquel gigante de quien decían los antiguos que rondaba, sin darse punto de reposo, los contornos de Creta, para evitar que se estampase en sus playas huella de extranjero.
¿No sería capítulo importante en las prácticas de una comunión de hombres de verdad y libertad, que, al modo de los inventarios que periódicamente acostumbran hacer los mercaderes, o mejor, a la manera del jubileo de la antigua Ley, por el cual se apartaba, dentro de cierto número de años, uno destinado a renovar la vida común mediante la remisión de las deudas y el olvido de los agravios, se consagrara, cumplido cada año, en nuestra existencia individual, una semana cuando menos, para que cada uno de nosotros se retrajese, favorecido por la soledad, a lo interior de su conciencia, y allí, en silencio pitagórico, llamara a examen sus opiniones y doctrinas, tal cual las profesa ante el mundo, a fin de aquilatar nuevamente su sinceridad, la realidad de su persistencia en lo íntimo, y tomar otro punto de partida si las sentía agotadas, o reasumirlas y darlas nuevo impulso si las reconocía consistentes y vivas?
La primera vez que esto se hiciera, yo doy por cierto que serían superadas todas nuestras conjeturas en cuanto a la rareza de la convicción profunda y firme. ¡Y qué de inopinadas conversiones veríamos entonces! ¡Cuántos remedos de convencimiento y de fe, que andan ufanos por el mundo creyéndose a sí propios hondas realidades de alma, se desharían no bien fueran sacados de la urna donde la costumbre sin reflexión los preserva; como el cadáver que, por acaso, ha mantenido la integridad de su forma en el encierro de la tumba, y apenas lo toca el aire libre se disuelve y avienta en polvo vano!
- CXXIII -
No hay convicción tal que puedas dejar de trabajar sobre ella.
No hay convicción tal que, una vez adquirida, debas dejar de trabajar sobre ella. Porque, aunque su fundamento de verdad sea para ti el más firme y seguro, nada se opone a que remuevas, airees y retemples tu convicción, y la encares con nuevos aspectos de la realidad, y muestres su fortaleza en nuevas batallas, y la lleves contigo a explorar tierras del pensamiento, mares de la incredulidad y de la duda, que ella puede someter a su imperio engrandeciéndose; ni a que, corroborándola dentro de ella misma, te afanes por hacer más fuerte y armónica la conexión de las partes que la componen.
Pues, si ella es la verdad ¿no es deber tuyo entrar cada vez más adentro de la verdad, y adherirte a ella, en cuanto sea posible, por más motivos de convencimiento y amor? Trabaja, pues, sobre la convicción adquirida; relaciónala con nuevas ideas, con nuevas experiencias, con nuevas instancias de la contradicción, con nuevos espectáculos del teatro del mundo. Si ella resiste y prevalece ¿cuánto más probada no quedará su energía? ¿cuántos más elementos no habrá conquistado y sojuzgado, ordenando a su alrededor, por su propia virtud y eficacia, todas las cosas con que la pusiste en contacto? La convicción más firme será la que más multitud de ideas mantenga en torno suyo y alcance a unirlas en más ceñida y concorde relación. Todo lo que vive y progresa se mueve doblemente en el sentido de una mayor complejidad y un mayor orden. Si sólo te preocupa perfeccionar la unidad y el buen arreglo de tu convicción, sin agregarle elementos de afuera que la extiendan y reanimen, caerás en el automatismo de una fe bien disciplinada pero estrecha. Si sólo atiendes a aumentar la provisión de ideas de tu espíritu y no cuidas de repartirlas y ordenarlas, caerás en la anarquía del pensamiento contradictorio y tumultuoso. Pero cada idea que ganes para tu mente, si aciertas a ponerla en adecuada relación con la idea superior y maestra que ocupa el centro de tus meditaciones, será un lazo más que asegure la estabilidad de esta última, como nueva raíz que se desprende de ella y se entraña en el seno de las cosas.
Aun cuando supieras que nunca habías de abandonar la posición actual de tu espíritu, sino que reposarías de por vida en lo que ahora juzgas la verdad, no por eso deberías soltar de la mano los instrumentos de la investigación y del juicio, como el obrero que da por terminada su tarea: la tarea tuya consistiría, desde entonces, en extender las relaciones de tu verdad; en adaptarla a lo nuevo que trae consigo cada hora; en amaestrarla, como ave de altanería, para la caza del error; en propender a que ella envolviese en sus anillos una completa y bien trabada concepción del mundo.
Pero nadie puede afirmar: «Ésta es mi fe definitiva»; y cuando llevamos adelante ese empeño de airear y ejercitar la convicción de nuestra mente, y se levanta ante nosotros una idea que no sólo se niega a subordinarse en forma alguna a aquella convicción, sino que, planteado el conflicto, la resiste, y la hiere en lo íntimo de modo que no podemos escudarla ¿qué queda por hacer sino declarar la vieja potestad vencida, y pasar a la idea nueva el cetro de nuestro pensamiento, si hemos de proceder en estas lides según la viril y caballeresca ordenanza de la razón?...
- CXXIV -
Una convicción bien adquirida es trabajo acumulado.
Una convicción que adquirimos con los afanes y vigilias de nuestro entendimiento es como hacienda que allegamos con el sudor de nuestra frente: trabajo acumulado; pero de igual manera que quien goza de bien ganada hacienda, no por eso, si tiene fuerzas y propicia edad, puede optar por desperdiciarlas en el ocio, enajenando a la corriente activa del mundo la parcela de vida que la Naturaleza infundió en sus entrañas y confió a su voluntad, como crédito con que lo habilitó o armas de que le proveyó para el combate: de igual manera, quien moralmente vive de los réditos de una fe que adquirió y no retempla o reconquista esta fe por el diario trabajo de su pensamiento: si hay en él capacidad de pensar ¿no es un vano y abandonado ocioso?... Y aún más lo es quien disfruta, no de una convicción que formó en otro tiempo por sí mismo, sino de la creencia que, sin esfuerzo propio, recibió por tradición, o se le trasmitió por autoridad: hacienda heredada, que él no cohonesta ni mejora, cual regalón inútil que pasa sin gloria por la vida, mientras, a su alrededor, resuena en los yunques, y vibra en la palabra, y ennegrece con su aliento los aires, el fecundo trabajo de los otros.
- CXXV -
Voces que se oponen a la emancipación de una conciencia. Primera voz: la del orgullo.
Cada vez que en tu alma se levanta un anhelo de libertad, un impulso de sinceridad, que te excita a romper la cadena, consumida de herrumbre, con que aún te sujeta una opinión pasada, y a mostrar en estatuaria desnudez tu pensamiento, voces distintas se conciertan para disuadirte, para matar en germen tu resolución viril y aprisionarte en el sofisma perezoso del «quiero creer, y no debo detenerme a sutilizar por qué creo».
Esas voces que te amilanan proceden, ya de boca de los otros, ya de lo interior de ti mismo.
Primera voz; voz de las que nacen dentro de ti: voz del orgullo. Ésta tiende, en lo flaco de tu corazón, al punto donde radican el cuidado de la vana apariencia y los respetos humanos, y de esa flaqueza saca fuerzas con que resistir a la verdad que te busca como enamorada leal y candorosa.
¿Cuál es la más necia forma del orgullo? El orgullo de la inmovilidad.
¿Quizá resistes por soberbia a reparar tu error, a abandonar tu parapeto de sofismas? ¿Quizá te envanece tu permanencia inalterable allí donde te puso tu primer vislumbre de las cosas, o donde acaso te encerraron, sin mediación de tu discernimiento, sugestiones del mundo, que tú, ciego, confundes con raíces de convicción y de fe?... ¿Y eso puede ser fundamento de soberbia? ¿Y eso puede oponerse a que restituyas tu alma a la corriente de la vida?...
¡Orgullo por inmovilidad! Nunca estará tan quieta tu alma como la piedra, a quien así concedes, sin saberlo, la superioridad en lo creado. ¿Concibes que la esclavitud engendre orgullo? Pues si esclavitud es enajenación de la personalidad, pérdida del dominio propio, ¿cuál es tu condición, mientras persistes en no tocar con tu pensamiento vivo el yugo que tu inexperiencia te impuso, sino esclavitud aceptada por la voluntad, que es como nace para el esclavo la ignominia?... Esclavo voluntario eres; esclavo de una vanidad, esclavo de una ficción, esclavo de una sombra; esclavo de tu propio pasado, que es lo que ha muerto de ti: esclavo de la Muerte.
- CXXVI -
Segunda voz: «¡Apóstata, traidor!»
Otra voz viene de las gradas de este circo del mundo, o se anticipa en tu conciencia a la que de allí se alzará si se consuma tu voluntad de emanciparte. «¡Apóstata, traidor!» clama esa voz de reconvención y de afrenta. Y el dogma o la opinión con que ella se autoriza saben bien cómo es, porque ella sonó de igual manera en los oídos de aquel que los confesó primero que ninguno: «¡Apóstata, traidor!». Ésta es la canción de la nodriza para el alma que nace a la vida del pensamiento personal después de su vegetar inconsciente en el útero de una tradición o una escuela. No hay creencia humana que no haya tenido por principio una inconsecuencia, una infidelidad. El dogma que ahora es tradición sagrada, fue en su nacer atrevimiento herético. Abandonándolo para acudir a tu verdad, no haces sino seguir el ejemplo del maestro que, por fundarlo, quebrantó la autoridad de la idea que en su tiempo era dogma. Y si acaso él no hubo menester de apostatar de esta fe, porque no fue educado en su doctrina, sino que vino de afuera a trastornarla, cuando menos formó su séquito e instituyó su comunión con aquellos a quienes indujo a apostatar. Así como remontándose al origen del más alto linaje de nobleza siempre se llegará a un glorioso advenedizo: a un aventurero heroico, a un bárbaro soldado o rudo trabajador, así, buscando en sus nacientes la fe más venerable, la idea más entonada por la majestad y pompa de los siglos, siempre se llegará al apóstata, al heresiarca, al rebelde. Y así como el honor de aquella aristocracia viene, todo él del arranque personal del hombre oscuro que, levantándose sobre el polvo, levantó a su posteridad consigo, de igual manera el magnetismo, la fuerza interna, de esta fe, son como la ondulación de aquel arranque personal de rebeldía, de desobediencia, de audacia, del hereje que apostató de la fe antigua para tener una fe suya.
- CXXVII -
La despedida de Gorgias.
Ésos que están sentados a una mesa donde hay flores y ánforas de vino, y que preside un viejo hermoso y sereno como un dios; ésos que beben, mas no dan muestra de contento; ésos que suelen levantarse a consultar la altura del sol, y a veces se enjugan una lágrima, son los discípulos de Gorgias. Gorgias ha enseñado, en la ciudad que fue su cuna, nueva filosofía. La delación, la suspicacia, han hecho que ella ofenda y alarme a los poderosos. Gorgias va a morir. Se le ha dado a escoger el género de muerte, y él ha escogido la de Sócrates. A la hora de entrarse el sol ha de beber la cicuta; aún tiene vida por dos más, y él las pasa en serenidad sublime, rector de melancólica fiesta, donde las flores acarician los ojos de los convidados, que el pensamiento enciende con luz íntima, y un vino suave difunde el soplo para el brindis postrero. Gorgias dijo a sus discípulos: «Mi vida es una guirnalda a la que vamos a ajustar la última rosa».
Esta vez, el placer de filosofar con gracia, que es propio de almas exquisitas, se realzaba con una desusada unción. -Maestro -dijo uno-, nunca podrá haber olvido en nosotros, para ti ni para tu doctrina. -Otro añadió: -Antes morir que negar cosa salida de tus labios. -Y cundiendo este sentimiento, hubo un tercero que propuso: -Jurémosle ser fieles a cada una de sus palabras, a cuanto esté virtualmente contenido en cada una de sus palabras; fieles ante los hombres y en la intimidad de nuestra conciencia; siempre e invariablemente fieles!... -Gorgias preguntó al que había hablado de tal modo: -¿Sabes, Lucio, lo que es jurar en vano? -Lo sé -repuso el joven-; pero siento firme el fundamento de nuestra convicción, y no dudo de que debamos consolar tu última hora con la promesa que más dulce puede ser a tu alma.
Entonces Gorgias comenzó a decir de esta manera:
-¡Lucio! Oye una anécdota de mi niñez. Cuando yo era niño, mi madre se complacía tanto en mi bondad, en mi hermosura, y sobre todo, en el amor con que yo pagaba su amor, que no podía pensar sin honda pena en que mi niñez y toda aquella dicha pasaran. Mil y mil veces la oía repetir: «¡Cuánto diera yo por que nunca dejases de ser niño!...» Se anticipaba a llorar la pérdida de mi dulce felicidad, de mi bondad candorosa, de aquella belleza como de flor o de pájaro, de aquel amor único, merced al cual sólo ella existía en la tierra para mí. No se resignaba a la idea de la obra ineluctable del Tiempo, bárbaro numen que pondría la mano sobre tanto frágil y divino bien, y desharía la forma delicada y graciosa, y amargaría el sabor de la vida, y traería la culpa allí donde estaba la inocencia sin mácula. Menos aún se avenía con la imagen de una mujer futura, pero cierta, que acaso había de darme penas del alma en pago de amor. Y tornaba al pertinaz deseo: «¡Cuánto daría por que nunca, nunca, dejases de ser niño!...» Cierta ocasión oyóla una mujer de Tesalia, que pretendía entender de ensalmos y hechizos, y le indicó un medio de lograr anhelo tan irrealizable dentro de los comunes términos de la naturaleza. Diciendo cierta fórmula mágica, había de poner sobre mi corazón, todos los días, el corazón de una paloma, tibio y mal desangrado aún, que sería esponja con que se borraría cada huella del tiempo; y en mi frente pondría la flor del íride silvestre, oprimiéndola hasta que soltase del todo su humedad, con lo que se mantendría mi pensamiento limpio y puro. Dueña del precioso secreto, volvió mi madre con determinación de ponerlo al punto por obra. Y aquella noche tuvo un sueño. Soñó que procedía tal como le había sido prescrito, que transcurrían muchos años, que mi niñez permanecía en un ser; y que favorecida ella misma con el don de alcanzar una ancianidad extrema, se extasiaba en la contemplación de mi ventura inalterable, de mi belleza intacta, de mi pureza impoluta... Luego, en su sueño, llegó un día en que ya no halló, para traer a casa, ni una flor de íride ni un corazón de paloma. Y al despertarse y acudir a mí, la mañana siguiente, vio, en lugar mío, un hombre viejo ya, adusto y abatido; todo en él revelaba un ansia insaciable; nada había de noble ni grande en su apariencia, y en su mirada vibraban relámpagos de desesperación y de odio. «¡Mujer malvada! -le oyó clamar, dirigiéndose a ella con airado gesto-, me has robado la vida, por egoísmo feroz, dándome en cambio una felicidad indigna, que es la máscara con que disfrazas a tus propios ojos tu crimen espantable... Has convertido en vil juguete mi alma. Me has sacrificado a un necio antojo. Me has privado de la acción, que ennoblece; del pensamiento, que ilumina; del amor, que fecunda... ¡Vuélveme lo que me has quitado! Mas ya no es hora de que me lo vuelvas, porque éste mismo es el día en que la ley natural prefijó el término a mi vida, que tú has disipado en una miserable ficción, y ahora voy a morir sin tiempo más que para abominarte y maldecirte...» -Aquí terminó el sueño de mi madre. Ella, desde que le tuvo, dejó de deplorar la fugacidad de mi niñez. Si yo aceptara el juramento que propones ¡oh Lucio! olvidaría la moral de mi parábola, que va contra el absolutismo del dogma revelado de una vez para siempre; contra la fe que no admite vuelo ulterior al horizonte que desde el primer instante nos muestra. Mi filosofía no es religión que tome al hombre en el albor de la niñez, y con la fe que le infunde, aspire a adueñarse de su vida, eternizando en él la condición de la infancia, como mi madre antes de ser desengañada por su sueño. Yo os fui maestro de amor: yo he procurado datos el amor de la verdad; no la verdad, que es infinita. Seguid buscándola y renovándola vosotros, como el pescador que tiende uno y otro día su red, sin mira de agotar al mar su tesoro. Mi filosofía ha sido madre para vuestra conciencia, madre para vuestra razón. Ella no cierra el círculo de vuestro pensamiento. La verdad que os haya dado con ella no os cuesta esfuerzo, comparación, elección: sometimiento libre y responsable del juicio, como os costará la que por vosotros mismos adquiráis, desde el punto en que comencéis realmente a vivir. Así, el amor de la madre no le ganamos con los méritos propios: él es gracia que nos hace la Naturaleza. Pero luego otro amor sobreviene, según el orden natural de la vida; y el amor de la novia, éste sí, hemos de conquistarlo nosotros. Buscad nuevo amor, nueva verdad. No se os importe si ella os conduce a ser infieles con algo que hayáis oído de mis labios. Quedad fieles a mí, amad mi recuerdo, en cuanto sea una evocación de mí mismo, viva y real, emanación de mi persona, perfume de mi alma en el afecto que os tuve; pero mi doctrina no la améis sino mientras no se haya inventado para la verdad fanal más diáfano. Las ideas llegan a ser cárcel también, como la letra. Ellas vuelan sobre las leyes y las fórmulas; pero hay algo que vuela aun más que las ideas, y es el espíritu de vida que sopla en dirección a la Verdad...
Luego, tras breve pausa, añadió:
-Tú, Leucipo, el más empapado en el espíritu de mi enseñanza: ¿qué piensas tú de todo esto? Y ya que la hora se aproxima, porque la luz se va y el ruido del mundo se adormece: ¿por quién será nuestra postrera libación? ¿por quién este destello de ámbar que queda en el fondo de las copas?...
-Será, pues -dijo Leucipo-, por quien, desde el primer sol que no has de ver, nos dé la verdad, la luz, el camino; por quien desvanezca las dudas que dejas en la sombra; por quien ponga el pie adelante de tu última huella, y la frente aún más en lo claro y espacioso que tú; por tus discípulos, si alcanzamos a tanto, o alguno de nosotros, o un ajeno mentor que nos seduzca con libro, plática o ejemplo. Y si mostrarnos el error que hayas mezclado a la verdad, si hacer sonar en falso una palabra tuya, si ver donde no viste, hemos de entender que sea vencerte: Maestro, ¡por quien te venza, con honor, en nosotros!
-¡Por ése! -dijo Gorgias; y mantenida en alto la copa, sintiendo ya al verdugo que venía, mientras una claridad augusta amanecía en su semblante, repitió: -¡Por quien me venza con honor en vosotros!
- CXXVIII -
«Aún tendría otras cosas que deciros, mas no podríais llevarlas».
Desventurado el maestro a quien repugne anunciar, como el Bautista, al que vendrá después de él, y no diga: «Él debe crecer; yo ser disminuido». Funda dogmas inmutables aquel que viene a poner yugo y marca de fuego, de las que allí donde una vez se estampan, se sustituyen por siempre al aspecto de naturaleza; no los funda quien es enviado a traer vida, luz y nueva alma.
La palabra de Cristo, así como anunció la preeminencia del sentido interno y del espíritu sobre la letra, la devoción y la costumbre, dejó también, aun refiriéndose a lo que es espíritu y substancia, el reconocimiento de su propia relatividad, de su propia limitación, no menos cierta (como, en lo material, la del mar y la montaña), por su grandeza sublime; el reconocimiento de la lontananza de verdad que quedaba fuera de su doctrina declarada y concreta, aunque no toda quedase fuera de su alcance potencial o virtual, de las posibilidades de su desenvolvimiento, de su capacidad de adaptación y sugestión.
Éste es el significado imperecedero de aquellas hondas palabras de la Escritura, que Montano levantó por lábaro de su herejía: «Aún tendría otras cosas que enseñaros, mas no podríais llevarlas». Vale decir: «No está toda la verdad en lo que os digo, sino sólo la suma de verdad que podéis comportar».
Así, contra la quietud estéril del dogma, contra la soberbia de la sabiduría amortajada en una fórmula eterna, la palabra de Cristo salvó el interés y la libertad del pensamiento de los hombres por venir: salvó la inviolabilidad del misterio reservado para campo del esfuerzo nuestro, en las porfías de la contradicción, en los anhelos de la duda, sin los cuales la actividad del pensamiento, sal del vivir humano, fuera, si lo decimos también con palabras evangélicas, «como la sal que se tornara desabrida».
«Aún tendría otras cosas que enseñaros, mas ahora no podríais llevarlas%», significa, lo mismo en lo que es aplicable a la conciencia de la humanidad que en lo que se refiere a la del individuo: no hay término final en el descubrimiento de lo verdadero, no hay revelación una, cerrada y absoluta; sino cadena de revelaciones, revelación por boca del Tiempo; dilatación constante y progresiva del alma, según sus merecimientos y sus bríos, en el seno de la infinita verdad.
- CXXIX -
La idea que se organiza en escuela o partido, pierde fatalmente parte de su esencia. Nombres que engendran odio.
Desde el instante en que una idea se organiza en escuela, en partido, en secta, en orden instituido con el objeto de moverla y hacerla prevalecer como norma de la realidad, ya fatalmente pierde una parte de su esencia y aroma, del libre soplo de vida con que circulaba en la conciencia del que la concibiera o reflejara, antes de que la palabra del credo y la disciplina de las observancias exteriores la redujesen a una inviolable unidad. Y a medida que el lazo de esta unidad se aprieta, y que su propaganda y su milicia, confirmándose, han menester de más medido y estrecho movimiento, su espíritu enflaquece, y lo que la idea gana en extensión aumentando la numerosidad de su rebaño, piérdelo de hondor en la conciencia individual.
No es en las tablas de la fórmula, no es en las ceremonias del rito, ni en la letra del programa, ni en la tela de la bandera, ni en las piedras del templo, ni en los preceptos de la cátedra, donde la idea está viva y da su flor y su fruto. Vive, florece y fructifica la idea, realiza la fuerza y virtud que tiene en sí, desempeña su ley, llega a su término y se transforma y da de sí nuevas ideas, mientras se nutre en la profundidad de la conciencia individual; expuesta, como la nave lo está al golpe de las olas, a los embates de la vida interior de cada uno: libremente entregada a las operaciones de nuestro entendimiento, a los hervores de nuestro corazón, a los filos de nuestra experiencia; como entretejida e identificada con la viva urdimbre del alma.
No ya la inmutabilidad del dogma en que una idea cristaliza, y la tiranía de la realidad a que se adapta al trascender a la acción: el solo, leve peso de la palabra con que la nombramos y clasificamos, es un obstáculo que a menudo basta para trabar y malograr, en lo interior de las conciencias, la fecunda libertad de su vuelo.
La necesidad de clasificar y poner nombre a nuestras maneras de pensar, no se satisface sin sacrificio de alguna parte de lo que hay en ellas de más esencial y delicado. De esa necesidad nacen errores y limitaciones que, no sólo adulteran la íntima realidad de nuestro pensamiento en el concepto de los otros, sino que, por el maravilloso poder de sugestión que está vinculado a las palabras, reaccionan sobre nosotros mismos, y ponen como bajo un yugo, o mejor, comprimen como dentro de un molde, el natural desenvolvimiento de la idea que ha hecho su nido en nuestra alma. -«¿Qué filosofía, qué religión profesas; cuál es, en tal o cual respecto, la doctrina a que adhieres?» Y has de contestar con un nombre; vale decir: has de vestirte de uniforme, de hábito... Para quien piensa de veras ¡cuán poco de lo que se piensa sobre las más altas cosas, cabe significar por medio de los nombres que pone a nuestra disposición el uso! No hay nombre de sistema o escuela que sea capaz de reflejar, sino superficial o pobremente, la complejidad de un pensamiento vivo. ¡Y cuán necesario es recordar esta verdad a cada instante! Una fe o convicción de que sinceramente participas es, en lo más hondo de su carácter, una originalidad que a ti solo pertenece; porque si las ideas que arraigan en ti con fuerza de pasión, te impregnan el alma con su jugo, tú, a tu vez, las impregnas del jugo de tu alma. Y además, una idea que vive en la conciencia, es una idea en constante desenvolvimiento, en indefinida formación: cada día que pasa es, en algún modo, cosa nueva; cada día que pasa es, o más vasta, o más neta y circunscrita; o más compleja, o más depurada; cada día que pasa necesitaría, en rigor, de nueva definición, de nuevo credo, que la hicieran patente; mientras que la palabra genérica con que has de nombrarla es siempre igual a sí misma... Cuando doy el nombre de una escuela, fría división de la lógica, a mi pensamiento vivo, no expreso sino la corteza intelectual de lo que es en mí fermento, verbo, de mi personalidad entera; no expreso sino un residuo impersonal, del que están ausentes la originalidad y nervio de mi pensamiento y los del pensamiento ajeno que, por abstracción, identifico en aquella palabra con el mío. La clasificación de las ideas nos da, en un nombre, un vínculo aparente de simpatía y comunión con multitud de almas que, penetradas en lo substancial de su pensar, en lo que éste tiene de innominado e incomunicable, fueran para nosotros almas de enemigos. ¡Ay! cuántas veces los que realmente son hermanos de alma, han de permanecer para siempre separados por esa pared opaca y fría de un nombre; porque la íntima verdad de su alma, donde estaría el lazo de hermandad, no encuentra nombre que la transparente entre aquellos que las clasificaciones usuales tienen destinados para las opiniones de los hombres!
Y no tan sólo desconocimiento y frialdad: odio y muerte, a raudales, han desatado entre humanos pechos los nombres de las ideas: sus nombres, antes que su esencial realidad; y por de contado, muy antes que lo que está aún más hondo que ellas: el espíritu, y la intención, y la fe; odio y muerte -¡pena infinita!- entre quienes, si recíprocamente se vieran, por intuitivo relámpago, el fondo del alma, rota esa venda de los nombres adversos, se hubieran confundido, allí, sobre el mismo ensangrentado campo de la lucha, en inmenso abrazo de amor!
- CXXX -
Inconsecuencia aparente y perseverancia esencial.
Una inconsecuencia aparente, un cambio que el vulgo toma a prueba de versatilidad, puede ser, muy por lo contrario, acto de ejemplar consecuencia, acto de perseverancia en una idea más honda, en un propósito más fundamental que aquellos en que consiste el cambio: idea y propósito a cuyo natural desenvolvimiento se debe la eliminación de las formas gastadas que se abandonan y la adopción de otras nuevas; no de diverso modo que como el desenvolvimiento consecuente del germen está en pasar de la semilla a la planta, de la planta a la flor, de la flor al fruto: formas sucesivas cuyo impulso no para mientras persiste el principio vital que está presente en todas ellas y las enlaza las unas con las otras.
Inconsecuencia del árbol fuera dejar su vida inmovilizada en la flor, oponiéndose al tránsito de que nace el fruto: inconsecuencia para con la ley de su naturaleza. Quizá, si hubiera quien ignorase esta ley, viendo la flor intacta y permanente, mientras la de otros árboles había cuajado en fruto, diría: «¡Oh árbol consecuente, que no desampara la leve envoltura de la flor, y emplea, en mantenerla viva, su savia!»; mas nosotros veríamos inconstancia del árbol donde ése fidelidad y consecuencia.
Así, una vida de hombre puede estar gobernada, de lo más íntimo del alma, por una grande idea, o una inquebrantable pasión, y ser este principio dominante el que, mostrando su constancia, y su brío, impone al alma la modificación de sentimientos e ideas menos esenciales que él; aunque quizás más aparentes, quizás más vinculados a aquella parte de nosotros que perciben las miradas del mundo. Por eso el mundo ve la inconstancia que está en la superficie, y no la firmeza del amor que asiste en lo hondo.
Cuando oigas voces malévolas que hablan de apostasía en el pensar, de infidelidad en la conducta, recuerda siempre, antes de dar tu juicio, esto de que por la estabilidad y permanencia del más firme asiento de su alma suele ser por lo que el hombre varía en tal o cual relación de sus afectos e ideas; por la tenacidad de un amor o convicción más altos, cuyo adecuado camino sigue su curso en el sentido de ideas y sentimientos divergentes de aquellos con que había coincidido, en esa relación, hasta entonces; y de este modo, hay tenacísima voluntad que, vista de lejos, parece errátil vagar sin rumbo distinto, y hay caracteres en apariencia muy contradictorios que son, en el fondo, caracteres muy unos.
Todo está en conocer su resorte central y dominante; su pasión o idea superior: ese «primer móvil» del alma, no siempre manifiesto en las acciones de los hombres, y descubierto el cual vemos tal vez resolverse las disonancias de una vida en unidad y orden supremo: como aquel que, confuso y desconcertado entre sublimes ondas de música, halla de pronto el hilo conductor que ordena el vasto ruido en estupenda armonía.