Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoSoneto



¡Salve, titán de la cerúlea frente,
Sobre el materno piélago dormido;
De tu férrea garganta amo el rugido,
Amo la espuma de tu faz hirviente!

   A tus arrullos despertó mi mente,
Mi primer llanto resonó en tu oído,
Eduqué con tu indómito alarido
Mi brava condición y ánimo ardiente.

   Mas ni el fragor de tus tormentas calma
Esta pasión que vencedora rige
Mi fe, mi corazón y mi albedrío,

   Ni darán tus sonrisas paz al alma,
Hasta que en ti sus claros ojos fije
La eterna luz del pensamiento mío.

Santander, 24 de agosto 1881.




ArribaAbajoSus ojos

Canción




   Cien veces los miré, mas nunca supe
Cuál era su color; fijos los míos
En su lumbre, contentos se anegaban,
Y al parecer veïan;
Pero el alma sedienta penetraba,
A través de las formas veladoras,
En busca del recóndito sentido,
Como busca el teósofo,
Signada en piedras, plantas y metales,
La huella del Señor; letras quebradas
Que anuncian su poder; cifra del nombre
A lengua terrenal siempre vedado.
No sé si azules son, garzos o negros.
Quede a vulgares ojos
El reflejar la luz del mediodía,
De bullidores átomos enjambre,
O la niebla del norte,
De graves pensamientos compañera,
Y de recio sentir inspiradora
Porque en los ojos de la amada mía
No se reflejan las terrenas cosas,
Sino sus arquetipos,
De perfección radiantes y hermosura,
Y aquella luz más alta e increada
De las puras ideas.

   Ideal de virtud, de ciencia y gloria,
Sueños alegres de mi mente joven,
Visiones del Cantábrico Oceano,
Roto jirón de niebla,
Que en las tardes de otoño me traías
Mil vagas sombras y flotantes coros,
Por divina manera congregando
Lo que en los libros vi bullir y alzarse,
Lo que difuso en la materia vive,
Y aquella esencia más sutil y pura
Que sobre la materia y sobre el libro
Mi espíritu insaciable adivinaba.

   Ella en tus ojos arde,
Ignota al vulgo, pero a mí patente;
Por eso, al contemplarlos,
No vi el color ni percibí la línea,
Y me embriagué de célica hermosura,
Y sentí rumor de alas
Que, en torno a mi cabeza,
El demonio socrático movía.

   En otros ojos leo
La historia del amor en cifra breve;
La blanda luz de la pasión que nace,
Y las serenas horas
En que dos almas, sin hablar, se entienden;
La interna llama que potente cruje,
Y arde en las venas y a la lengua asoma;
El hervidor afán, la inquieta mente,
La voz primera que el amor declara,
Alma con alma confundidas luego,
Y al fin la negra sombra
Que envuelve al alma viuda y desolada,
Al espirar de la ruidosa tarde.

   Pero en los tuyos, el amor perenne,
Algo que en mí despierta
Mezcla de amor y religioso culto,
Cielo sin nubes, devoción tranquila,
Que a recordar me lleva,
No ya la vida exuberante y varia
Que brota de los pechos inexhaustos
De la madre común Naturaleza,
Perpetua en el mudar de sus amores,
Sino la sacra y mística Teoría11
Que forman las ideas
Eternas, inmutables,
Girando en torno a la Verdad Suprema.

   Y no sólo la flor de la hermosura
En ti difunde su sagrado aroma;
No sólo me apareces
Una en la esencia, en formas inexhausta;
No sólo se revisten
En ti de gallardísima figura,
De nueva claridad por ti bañadas,
Las hijas de mi indócil fantasía:
Ora la noble dama montañesa
Su palafrén rigiendo,
Para imponer al valle su tributo;
Ora la ninfa griega
Que anima el soto y en la fuente ríe,
O hace correr la savia
Por el tronco gentil a que se enreda,
Del prolífico amor presa y vencida;
Sino que el rayo de tus dulces ojos
Es impulso inicial de mi albedrío,
Germen de soberanas fantasías,
Alto señuelo a mi ambición de fama,
Horno do se caldea
El metal en fusión del pensamiento,
Piedra quilatadora
Donde el sentir y el entender se prueban;
Raudal de frescas aguas
Que dan entendimiento de hermosura.
Quien aplicó su labio a tal corriente,
¿Qué sabor no hallará triste y amargo?
¡Cieguen los ojos que tu rostro vieron,
Si han de mirar de otra mujer los ojos!

Abril de 1880.




ArribaAbajoElegía

En la muerte de un amigo




   ¿Por qué dicen, señora,
Que es el dolor la tierra conquistada
Por el moderno reflexivo numen?
¿No hay lágrimas de ardiente poesía
Hasta en el polvo más menudo y leve
De los sagrados mármoles de Atenas?
Hoy mismo, ¿quién podría
Llenar las soledades de tu alma,
Con voz más empapada de consuelos,
Que la solemne voz medio cristiana,
Présaga del dolor de otras edades,
Con que Menandro repitió en la escena:
«Joven sucumbe el que los dioses aman?»

   Le amaron... sucumbió... ¡Triste destino,
Nunca cual hoy profundo y lastimero!
No sé qué vaga nube,
De futura tormenta anunciadora,
Cubrió mi frente, al encontrar perdida,
De un escoliasta en las insulsas hojas,
Esa eterna razón de lo que muere
Antes de tiempo y sin sazón cortado.
¿Te acuerdas? Otro día
La vimos centellar con luz siniestra
En el canto purísimo y sombrío
Del amador toscano de la nada,
Que en versos no entendidos
Del vulgo vil, y a espíritus gentiles,
Como el tuyo, señora, reservados,
La secreta hermandad te descubría
Del amor y la muerte.

   Acaso tú su altísimo sentido
Con entrañas de madre penetrabas;
Yo acaso me creía,
Con infantil y amarga vanagloria,
Digno de las recónditas caricias
Que halagan al amado de los dioses
En el tálamo excelso de la muerte;
Abrazos regalados,
Cual no los dio jamás mortal alguna;
Besos que infunden en los labios fríos,
No eterno anhelo, mas el goce eterno
De otra inmortal, fecunda primavera,
Rica de nueva flor y granos de oro.

¡Dichoso aquel que cuando joven muere!
Signo de alta fortuna
Lleva en su noble, inmaculada frente;
El sol de la existencia sin ocaso
Le nutre con su luz irrestañable;
El fango de la tierra
No salpica el laurel de su corona,
Ni el sueño inquietarán de su ceniza
Gárrulas voces de enemigo bando;
Cuando él no viva, su menor despojo,
Su pensamiento apenas germinado,
La impalpable semilla de su idea,
Lo que anheló y vivió, lo que, soñaba,
De lengua en lengua correrán gloriosos,
Materia a ser de admiración y llanto.
Nadie envidia la flor, muchos el fruto.
¡Dichoso aquél que cuando joven muere!
¿Cómo apartar de mi tenaz memoria
La tarde en que le vi por vez postrera?
El velo de la muerte
Que iba envolviendo su gentil semblante;
La fiebre, que sus huesos,
Cual indómito monstruo, contundía;
El rápido corcel del exterminio
Volando por su sangre generosa;
El flaco respirar del pecho herido,
Que ya por otras auras anhelaba,
Y el tibio fulgurar de aquellos ojos
Profundos y serenos,
Que hablarme de otro mundo parecían,
Cual lámpara de mago
Que a lo más hondo del santuario lleva
Y hace patente su riqueza arcana,

   ¡Tan joven, y tan dulce, y tan discreto!
Quizá tú soñarías
Con verle domeñar en la carrera
Del potro ibero la indomada espalda,
O en ruda caza fatigar los montes
O en el ardua palestra
Mover con arte el ya robusto brazo,
Al sudor noble de las armas hecho;
O ya en más alta empresa,
Rendir con tierno y laborioso halago,
De la Memoria a las esquivas hijas,
Siguiendo fiel el rastro luminoso,
Que en torno de él trazaban
Las cariñosas familiares sombras
Del moro vengador de su linaje
Y el penitente Edipo castellano.

   Y quizá soñarías
Aplausos, y victorias, y loores,
Y el tronco de su estirpe,
Por él con nuevas y pujantes ramas
De perenne verdor engalanado...
¡Alégrate, señora,
Que aún fue mejor su venturosa suerte!
Intacto lleva a Dios su pensamiento;
No deja tras de sí recuerdo impuro,
Y ni la envidia misma
Puede clavar en él la torpe lengua.
Blanco de ciega saña
Nunca se vio, ni de traición aleve,
Ni, rota el ara del amor primero,
Halló trivial lo que juzgó divino...
Acá le llorarán; allá en el cielo
Árbol será firmísimo y lozano
Lo que era germen en la ingrata tierra.
Yo le envidio más bien. ¡Qué hermosa muerte!
¡Qué serena agonía,
Cual sintiendo posarse
Los labios del arcángel en sus labios!
¡Morir no en celda estrecha aprisionado,
Sino a la luz del sol del mediodía,
Y sobre el mar, que ronco festejaba
El vuelo triunfador del alma regia
Subiendo libre al inmortal seguro!
¡Morir entre los besos de su madre,
En paz con Dios y en paz con los humanos,
Mientras tronaba desde rota nube
La bendición de Dios sobre los mares!

Julio de 1881.




ArribaAbajoDiffugere nives...



   ¡Ved!... ya la vida universal fermenta
En el regazo de la inmensa madre,
Que rota la amplia túnica de hielo
Su seno entrega sin cesar fecundo
A los besos de lluvia engendradora,
O a las caricias de amoroso viento.
La eterna desposada
Cede al blando alentar que hincha y entreabre
Los poros mil de su robusta entraña,
Y hombres, plantas y brutos,
Y hasta el metal, y hasta la piedra, sienten
Su vida duplicarse
Con el olear de la existencia nueva;
Y del halago de su madre ansiosos,
Van a beber del néctar de sus pechos
La irrestañable vena.
   Hermosa la mañana,
Rica de luz y de oriental aroma,
Imprime sobre mármoles y muros
Las huellas de su beso luminoso,
Y aun parece que alegra y regocija
De mi estrecho tugurio los rincones,
Donde alzan la cabeza,
Como anhelando resurgir a vida,
En mudos libros los ingenios muertos

   ¡Alegre día! ¡Primavera hermosa,
Clima sereno y dulce,
Como el clima de Atenas
En el tiempo feliz de los Misterios!
¿Por qué entre tanta pródiga alegría
Que en la inerte vejez renueva el jugo
De la primera edad, que hasta en la tumba
Hace saltar los conmovidos huesos,
Sólo estoy mudo yo, y áspero, y triste?
¿Por qué no vuelven las vitales auras
A refrescar mi aridecida frente?

   Cuando los años mi cabeza opriman,
Jamás podré apartar de la memoria
Aquellas horas de misterio llenas,
En que el alma se abría
Del primer sol al fecundante rayo,
Y por nuevas regiones
En rápida visión peregrinaba;
Mirando en otros ojos
Adivinada su fugaz ventura,
Más alto el pensamiento,
La voluntad más firme y poderosa,
Y aquel instinto vencedor que guía
A las grandes y estériles empresas.

   Si sangrientas dejé mis vestiduras
En las ásperas zarzas del camino;
Si labré por mis manos la cadena
Cuyos férreos abrazos
Aún en las marcas de mi cuello duran;
Si me arrojé a luchar contra las olas
De la inconstancia femenil, más bravas
Que las del mar entumecido y bronco;
Si quise detener en su carrera
Los átomos del aire bullidores,
El carro irreparable de las Horas,
O el pensamiento suyo movedizo
Aún más que el viento y que la errátil nube,
Fue loca y temeraria mi osadía;
Mas generosa fue; y hoy que en la arena,
Cual gladiador rendido,
Lanzo el escudo por mil partes roto,
Aún la recuerdo y la bendigo y creo
Que vivirá como perenne aroma
Su espíritu en el mío;
Aunque me enseñe la mundana ciencia
Dónde la hierba de olvidar se cría.

Abril de 1881.




ArribaAbajoA Aglaya



   ¿Quién pudiera atajar, dulce señora,
El raudal inexhausto de la vida?
¿Quién, en las horas de ventura arcana,
Decir al corazón: «Aquí reposa,
La tienda levantemos;
Bastan sus lienzos a albergar dos almas»?
No es la vida el fragor de la pelea,
Ni el ciego impulso de ambición insomne
Que lucra maldición en los aplausos,
Sino la antigua idealidad serena,
Amplia fruición de sí, propio dominio,
Que no se asienta en la movible base
De favor popular o regio amparo;
Ni al hilo de la gente,
Sierva camina de opinión tirana.
Corren sus días cual intacta linfa
Que murmurando por la selva fluye;
La pompa de los cielos,
El vario ornato de perpetua boda
Con que Naturaleza se engalana,
En él encuentran cristalino espejo,
Que ni las sombras de la duda empañan,
Ni el desaliento hiela;
Señor de sí se eleva el pensamiento,
Y congregando aromas y esplendores,
Rico de propio jugo,
Y rico de la savia poderosa
Con que le nutre la opulenta vida,
Desata sus corceles
A conquistar el mundo de la idea.
¡Feliz si logra la templanza activa,
El reposo fecundo,
Del arte y la razón ansiada meta!

   ¡Mísero quien le pierde! Y no te asombre
Verme llegar, señora, a tus umbrales,
Cual náufrago lanzado
Por brava tempestad a nueva orilla,
¿Quién sabe si benigna o procelosa?
Mas no será aquel mar de escollos rico,
De fabulosos monstruos y tormentas,
Que desligó las tablas de mi nave,
Que mi brazo cansó, gastó mi fibra,
Y hoy me arroja a tus pies, roto y maltrecho.

   Encadenome un día
Lazo falaz de pérfida hermosura;
Ya ni un rescoldo queda
Que las cenizas de su pecho avive,
Mas no la ingratitud manche mi labio;
Y aunque cien veces martilló risueña
Mi espíritu en el yunque de la vida,
¿Cómo olvidar que fueron
Sus palabras de amor las que sonaron
Por la primera vez en mis oídos?
Cifré en su pensamiento
Cuanto de luz, de gala y esplendores
El pensamiento crea,
Yo la endiosé para adorarla luego,
El yerto mármol transformando en numen.
Era la estatua de Memnón, que sólo
Lanzaba sus recónditos sonidos
Cuando la luz de mi pasión la hería;
Por ella ambicioné triunfos y palmas,
Atar a mi cuadriga la fortuna,
Hacer sonar mi nombre entre la ciega
Versátil muchedumbre,
Saciar mi sed en las eternas fuentes
Del bien y la belleza,
Y con viril acento,
Descubrir la verdad a los mortales,
Para que el eco del aplauso diera
Recóndita fruición y arrullo grato
A mis tiernos amores,
Y en la santa labor ella gozase
De abrir un alma nueva
A los rayos del arte y de la vida.

   Todo pasó; no volverán mis quejas
A interrumpir la calma
En que su muerto corazón reposa;
Ella al estruendo volverá del mundo,
Que sembrará de flores su camino,
Hasta que al peso de los años ceda,
Y se halle sola, desamada y triste,
Y se acuerde de mí; yo, que entre tanto,
Rotas las alas, perdereme oscuro
Entre la inútil, perezosa turba
Que despreciaba ayer; y eso que siento
Hervir el alma en entusiasmo santo,
Y algo que no es mortal rueda en mi mente.

¿Será verdad, señora, que en el alma
Una vez y no más brotan las flores?
¿Nada dirán a mi pasión dormida
La rubia mies, diadema de tu frente,
La casta luz de tus profundos ojos?
¿Podré escucharte impávido y sereno,
Sí para ti enlazados
Bondad nativa y peregrino ingenio,
Cual hadas mecedoras de tu cuna,
Benévolas pusieron
En tus labios de púrpura el tesoro
Que en torrentes de gracia se derrama?
¡Si a veces imagino
Que aún vuelve a mí la antigua primavera,
Que auras del cielo infunden
Nuevo y pujante retoñar de vida
Al talado vergel de mi esperanza,
Y que del alma en el arcano centro,
Por bosques frondosísimos de ideas,
Torna a mover sus perezosas aguas
La fuente del amor y la armonía!

   ¿Y no te han dicho alguna vez mis ojos
Que a compasión te muevas?
Por ti capaz me siento
Aun de domar mi condición bravía;
No será mi pasión ciega y fogosa,
Como avenida torrencial deshecha,
Cual fue el hervor de los pasados días,
Mas limpia fuente o cristalino arroyo
Que copie tu querer como un espejo
Y se dilate mansa por la vida.
Una palabra tuya
Freno será a mis ojos y a mi lengua;
Huiré de ti cual despreciado siervo,
Por contemplarte a solas sin enojos;
La lengua maldiciente
Jamás al tuyo enlazará mi nombre,
O dirá que las ruedas de tu carro
Pasaron sobre mí, sin que fijaras
En mí la vista, ni escuchases ruego.

¡Vano soñar!... que pasen en buen hora;
Yo quisiera tener, para ofrecerte,
íntegra el alma, virgen el tesoro
Que arrojé al turbio mar de mi destino.
¡Tanto perdido afán, que en ti lograra
Más alto fin y generoso empleo!
Y entonces... a tus plantas te pidiera
Que marcases mi frente con el clavo
De servidumbre eterna... Mas no es digna
De ti, señora, la mezquina ofrenda
De un corazón que otro recuerdo mancha;
Y aunque de nuevo ruja
Y eleve en mí su indómita cabeza
La ronca tempestad que va conmigo,
Yo te amaré, pero en silencio siempre,
Y tu imagen vendrá consoladora
A posarse en mi umbral, ora desierto.

Enero de 1882.




ArribaAbajoNueva primavera



   Brote del labio lo que el pecho siente;
Rompa su cárcel el interno fuego
Que nutrí con amor por tantos días,
Y devorando hasta el postrer rastrojo
Del seco campo de mi amor perdido,
Inflame el pensamiento
Con nueva luz, de dichas precursora,
Y el mundo del espíritu convierta
En realidad radiante de hermosura.

   ¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen
En el centro del alma resonancia
Los himnos del placer y de la vida!
Y en la región de sombras encantadas
Y de flotantes sueños y quimeras,
¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre!
¡Qué brava tempestad tronchó las flores!
¡Cómo enturbiaba su caudal el río!

   Hoy siento que la vida
Llama a mis puertas en alegre coro;
Hoy reverdece mi esperanza muerta,
Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre
Por un filtro genial vigorizada;
Hoy tienen para mí caricias nuevas
Las fuentes y las auras y las flores;
Hoy despierta mi espíritu abatido,
Más fuerte tras el duelo y la derrota,
Como retoña secular encina,
Cobrando esfuerzo doble
Del hierro mismo que mutila el tronco.
   Dejadme bendecir la mano amiga
Que limó mi asperísima cadena;
Si aire de libertad de nuevo inunda
Mis sedientos pulmones,
Si aún puedo levantar la hundida frente,
Si aún soy señor de mí, dádiva es suya;
Suyo el recio valor que ella me infunde
Con la miel de sus labios persuasivos,
Y con el blando, irresistible freno
De su elocuente y clara inteligencia;
Ella me rescató, por ella aliento;
Dejadme que la rinda
Como triunfal despojo mi albedrío.

   Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara
Admiración y amor a su hermosura?
Belleza no de estatua
En su divinidad alta y serena,
Mármol que extingue en castas desnudeces
El más osado impulso del deseo,
Sino belleza irresistible, humana,
Que no impera tan sólo
En las líneas del torso peregrino.
Ni se detiene en la gentil cabeza,
Ni en los anillos de la forma muere;
Halago que traspira
De su voz, de sus ojos, de sus venas,
De las místicas rayas de su mano
Y aun del ambiente mismo en que se mueve.

   ¡Oh, cuántos años de mi vida diera
Por respirar tan encantado aroma,
Por vivir de esa luz y de ese fuego!
¡Quién confundiera nuestras vidas juntas
Como dos gotas de la misma fuente,
Como dos cuerdas de la misma lira!
¡En su cauce orgulloso
Cuál resonara el pensamiento mío,
Si a acrecentarle con amor bajaran
De su espíritu egregio los raudales!
¡Qué mundos se abrirían
Ante mis ojos en los ojos suyos!
De oro y azul estancias fabulosas,
Nunca soñadas de alarife moro,
Alcázares de gnomos y de silfos,
Escondidos talleres
Donde el martillo de los genios suena,
Trémulos lagos donde hierve el oro,
Y un sol que centuplica sus ardores
Sobre el mezquino sol de nuestra esfera,
E infunde en nueva tierra y nuevos cielos
Una oculta virtud germinativa,
De nueva creación producidora.
   Y a la luz de ese sol yo acertaría
A perpetuar tu nombre en mis cantares,
Cual hembra castellana
Nunca ensalzada fue, como aún respiran
Las doctas hijas de la antigua musa,
Como en Tibulo, Némesis y Delia,
Como en Horacio, la gentil Glicera...
¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas,
A ser la sal de mi desierta mesa!
Te contaré mil fábulas sagradas
De amores de los hombres y los dioses,
Cuanto tejió la griega fantasía
En la serena juventud del mundo,
Hasta que al suave y poderoso halago
De tanta juventud y tanta vida,
Sientas hervir tu sangre generosa
Caldeada por la llama del deseo.

Junio de 1882.




ArribaAbajoA.....12


   ¡Ojalá cada sol que te amanezca
Aún más hermosa y más feliz te mire!
¡Nunca tu frente oprima
El demonio tenaz del pensamiento,
Ni blando rostro, halagadora risa,
Hielen en ti la flor del sentimiento!
No llorarás por ti, serás dichosa;
Mas no a la compasión tu ánimo cierres,
Porque en llorar con el dolor ajeno
Hay alto y melancólico placer.




ArribaAbajoHimno a Dionysos13



   ¡Salve, alegre, genial Primavera,
Que esperanzas derramas doquiera
Y coronas los prados en flor!

   Ved cuál bulle y fermenta la vida,
Y al deleite natura convida
Con su oculta, tiránica voz.

   Ya resuena la mística orgía,
Que otro tiempo las cumbres hería
Del heleno, feraz Citerón.

   La Bacante su peplo desciñe
Que dos veces en púrpura tiñe
La fenicia opulenta Sidón14.

   Tibia noche sus sombras extiende,
A la cumbre la virgen asciende,
Y ya el báquico tirso empuñó.

   Cubre piel de pantera su espalda,
Y el ardor de sus venas rescalda
La resina que el pino sudó15.

   Aquel dios que domaba a Penteo
Y a Licurgo, sacrílego reo,
En su pecho domina feroz.

   ¡Ay de aquél que perturbe la fiesta,
O penetre con planta inhonesta
El recinto sagrado del dios!

   Él entrega los miembros humanos
De la Ménade loca a las manos,
Cuando hierve el sagrado furor.

   Escuchad esos trinos suaves;
Es el ave que cuenta a las aves
Los sagrados misterios de amor.

   Y la fuente los dice a la fuente,
Y la linfa fugaz del torrente
Precipita su manso rumor.

   Con su trémula luz las estrellas
Por el cielo persiguen las huellas
Del triunfante y fugaz Hyperión.

   En su hoguera otros soles se inflaman,
Y a otros mundos su lumbre derraman
En abrazo insaciable de amor.

   ¡Eros, salve! En los cielos imperas16,
Obligando a rodar las esferas
En eterno y armónico son.

   Coronemos de rosas la frente,
Que mañana la aurora riente
Deshojadas verá y sin olor.

   En las copas el vino de Samos,
Y el escolio inmortal repitamos
Que las fiestas de Jonia alegró.

Marzo, 1879.




ArribaAbajoEn el álbum de la Duquesa de Villahermosa17



   Con larga mano te otorgó, señora,
Virtud, gracia y nobleza el alto cielo;
Es tu casta hermosura rico velo,
Digno del alma regia que atesora.
   Tú del místico fuego guardadora,
Del desvalido perenal consuelo,
Pasas haciendo bien por este suelo:
La santa caridad tu techo mora.
   Prez y decoro de tu estirpe clara,
Luz de tu esposo, gloria de tus lares
Más que por tiembres cien, por ti soberbios.
   El sabio Salomón te comparara
A la amante mujer de los Cantares,
A la fuerte mujer de los Proverbios.




ArribaAbajoEl Oaristys

Idilio de Teócrito, traducido del griego




LA DONCELLA

Robó un pastor a la prudente Elena.

DAFNIS

Yo gocé de otra Elena el dulce beso.

DONCELLA

No te jactes, pastor, el beso es vano.

DAFNIS

En vanos besos hay dulce deleite.

DONCELLA

Tu beso borraré, lavo mi boca.

DAFNIS

¿Tu boca lavas? Besaré de nuevo.

DAFNIS

No te envanezcas; que cual sueño leve
Pasa la flor de juventud lozana.

DONCELLA

También se estiman las pasadas uvas;
Aún es fragante la marchita rosa.

DAFNIS

Ven a la sombra, mis palabras oye.

DONCELLA

Son engañosas tus palabras dulces.

DAFNIS

Ven a los olmos, tañeré mi flauta.

DONCELLA

No me deleitan, como a ti, sus sones.

DAFNIS

Virgen, las iras de Afrodita teme.

DONCELLA

Si ella me prende, auxiliárame Diana.
Detén la mano, o morderé tus labios.

DAFNIS

Nadie de Amor a libertarse alcanza.

DONCELLA

Juro por Pan que burlaré sus flechas.
¿Pero aún insistes en ponerme el yugo?

DAFNIS

Temo que Amor a otro varón te entregue.

DONCELLA

Mil me anhelaron, pero a nadie quise.

DAFNIS

Yo sólo vengo a conquistar tus dones.

DONCELLA

Grande dolor encerrarán las bodas.

DAFNIS

Ningún dolor, mas juegos y alegría.

DONCELLA

Siempre al marido temblará la esposa.

DAFNIS

Es de la casa y del marido reina.

DONCELLA

Del parto temo los dolores graves.

DAFNIS

¿Pues no te ampara la genial Lucina?

DONCELLA

¿Y tras el parto la hermosura queda?

DAFNIS

Ella de nuevo nacerá en tus hijos.

DONCELLA

¿Qué me darás en opulenta dote?

DAFNIS

Bosques, ganados, abundosos pastos.

DONCELLA

No abandonarme, por los dioses jura.

DAFNIS

Por Pan lo juro, seguirete aunque huyas.

DONCELLA

¿Tálamo harás en la paterna casa?

DAFNIS

Y establos llenos de balantes greyes.

DONCELLA

Mas ¿qué decir a mi amoroso padre?

DAFNIS

Mi nombre dile, gustará del yerno.

DONCELLA

Dime tu nombre, agradarame acaso.

DAFNIS

Dafnis, de Lycas y de Nomis hijo.

DONCELLA

Soy bien nacida como tú, boyero.

DAFNIS

Menos ilustre, de Menalcas hija.

DONCELLA

Muéstrame el bosque y los establos pingües.

DAFNIS

Ven do floridos los cipreses se alzan.

DONCELLA

Paced, cabrillas, miraré sus campos.

DAFNIS

Toros, paced, mientras mis campos mira.

DONCELLA

Sátiro, para la atrevida mano.

DAFNIS

Quiero coger las ya maduras pomas.

DONCELLA

Tiemblo... ¡por Pan!... Perezco... desdichada...

DAFNIS

Di, ¿por qué tiemblas, de mis ojos lumbre?

DONCELLA

La tierra mancha mi ligera veste.

DAFNIS

Blando vellón sobre la tierra pongo.

DONCELLA

¿Por qué desatas la virgínea zona?

DAFNIS

En sacrificio a la de Chipre Reina.

DONCELLA

Oigo rumor... Se acercarán al bosque.

DAFNIS

Son los cipreses, que tus bodas cantan.

DONCELLA

¿Cómo mi velo desgarraste, aleve?

DAFNIS

Otro más rico te daré mañana.

DONCELLA

No cumplirás lo que prometes hora.

DAFNIS

¡Alma te diera y corazón y sangre!

DONCELLA

Perdón, Artemis; ¡sucumbió tu ninfa!

DAFNIS

A ti una vaca inmolaré, Cipriota.

DONCELLA

Doncella vine... y tornaré a mi casa...

DAFNIS

No ya doncella, mas esposa... y madre.
    Así dijeron con susurro leve
    Entrambos pastorcillos sus amores,
    Y abandonando su furtivo lecho,
    Tornó a sus cabras la gentil zagala,
    Alegre el corazón, roja la frente;
    Dafnis contento se volvió a sus toros.

Santander, 1879.




ArribaAbajoHimno de la Creación para la mañana del día del gran ayuno

Poema de Judah Levi, poeta hebraico-hispano del siglo XII





Dios

   ¿A quién, Señor, compararé tu alteza,
Tu nombre y tu grandeza,
Si no hay poder que a tu poder iguale?
¿Qué imagen buscaré, si toda forma
Lleva estampado, por divina norma,
Tu sello soberano?
¿Qué carro ascenderá donde tú moras,
Sublime más que el alto pensamiento?
¿La palabra de quién te ha contenido?
¿Vives de algún mortal en el acento?
¿Qué corazón entre sus alas pudo
Aprisionar tu veneranda esencia?
¿Quién hasta ti levantará los ojos?
¿Quién te dio su consejo, quién su ciencia?
   Inmenso testimonio
De tu unidad pregona el ancho mundo;
Ni hay otro antes que tú. Claro reflejo
De tu sabiduría se discierne,
Y en misterio profundo
Las letras de tu nombre centellean.

   Antes que las montañas dominasen,
Antes que erguidas en sus bases de oro
Las columnas del cielo se elevasen,
Tú en la sede divina te gozabas,
Do no hay profundidad, do no hay altura.
Llenas el universo y no te llena;
Contienes toda cosa
Y a ti ninguna contenerte puede;
Quiere la mente ansiosa
El arcano indagar, y rota cede.
Cuando la voz en tu alabanza muevo,
Al concepto la lengua se resiste;
Y hasta el pensar del sabio y del prudente
Y la meditación más diligente
Enmudece ante ti. Si el himno se alza,
Tan sólo El Venerando te apellida,
Pero tu Ser te ensalza
Sobre toda alabanza y toda vida.

   ¡Oh sumo en fortaleza!
¿Cómo es tu nombre ignoto,
Si en todo cielo y toda tierra brilla?
Es profundo... profundo
Y a su profundidad ninguno llega.
¡Lejos está... muy lejos...
Y toda vista ante su luz es ciega!
Mas no tu ser, tus obras indagamos,
Tu fe cual ascua viva,
Que en medio de los santos arde y quema.
Por tu ley sacrosanta te adoramos;
Por tu justicia, de tu ley emblema;
Por tu presencia, al penitente grata,
Terrífica al perverso;
Porque te ven sin luz y sin antorchas
Las almas no manchadas,
Y tus palabras oyen, extasiadas,
Cuando yace dormido
El corporal sentido,
Y repiten en coro resonante:
«Tres veces Santo, Vencedor y Eterno,
Señor de los ejércitos triunfante.»


Los ángeles del cielo altísimo

   ¡Bendecid al Señor, ángeles suyos,
De su palabra fieles mensajeros!
¡Señor de los guerreros!
Es su nombre glorioso acá en la tierra;
El Eterno y El Uno
Sus nombres celestiales;
Nadie contó la inmensa muchedumbre
De espíritus que, en torno de su lumbre,
Cantan sus alabanzas inmortales.
Sus infinitos rostros reproducen
La faz tremenda y la visible espalda.
Él levantó del carro los pendones,
En signo y testimonio de su gloria,
Para mostrar que viene la victoria
Del eterno Señor a las naciones.
Son todos los espíritus sus siervos,
De su palabra y su querer ministros;
Se esconden a los ojos de las gentes,
Mas de cerca o de lejos, tus videntes
Oyen el blando ruido de sus alas.
Y es su camino el caminar glorioso
Que les trazó mi Dios, mi Rey, el Santo,
Que con ellos estaba
Allá en la cumbre del sagrado Sina.
No obran jamás sin voluntad divina;
Por eso, al escucharlos reverentes,
Dicen los santos que por boca de ellos
Tu eterna Majestad habla y fulmina.
Desplegadas al viento las banderas
De tu primera excelsa monarquía,
Cubren las tiendas do tus fuertes moran,
Y todos con tus armas se decoran
Mostrando tu blasón en hierro y oro.
De la luz el tesoro
Pusiste entre ellos y la viva fuente.
¡Dichoso el que en la férvida corriente
Pueda anegarse, y repetir con ellos
En incesable canto, noche y día,
Como David enfrente de tu carro:
«¡Bendecid al Señor, ángeles suyos!»


Los ángeles del segundo cielo y los planetas

   Inferior a este cielo soberano
Otro segundo cielo se dilata
Y otro ejército allí. Bestias enormes,
Las que del carro de Ezequiel tiraban,
Mostrando van en círculo perfecto,
Henchida de ojos, la candente espalda,
Hasta que, dominando las esferas,
Sobre el mundo inferior su tienda plantan,
Y del Señor adoran la presencia
Con la voz de sus ruedas inflamadas.
Millares y millares de legiones,
Que ciencia profundísima realza,
Moviendo van la esfera de la luna
Y la del sol que lo inferior arrastra.
Ellos rigen y mueven las estrellas
Dominadoras de la suerte humana,
Y el ejército inmenso de las noches,
Y sobre el cielo las tendidas aguas.
Y cada cual anhela con sus obras
Dar fin cumplido a la inmortal palabra,
Que no se tuerce ni quebranta nunca,
Que nunca cede ni tropieza en nada;
Todos concordes a una voz se alegran
Y el nombre del Señor en himnos cantan:
«¡Bendecid al Señor, legiones suyas!»
Que el gran cantor de salmos invocaba.


La tierra

   Es el reino tercero cuanto encierra
En su ámbito la tierra,
Y cuanto, circundándola, se extiende.
Es la generación del aire y fuego;
Son del ingente mar las crespas olas,
El tesoro de Dios, de donde salen
La nieve, la tormenta y el granizo,
Y el viento proceloso
Que a cumplir sus palabras se desata,
Y los arroyos que en bullente plata
Hace correr su dedo generoso,
Y los cedros del Líbano altaneros
Que levantó su mano,
Hierbas y plantas mil que fructifican
Para el sustento humano.
Y Dios manda crecer en copia grande
Los peces de la mar y las ballenas,
Y poblando la selva y las arenas
De innúmeras feroces alimañas,
Hace que dé la tierra a aves y fieras
El fruto bienhechor de sus entrañas.
Y todo al hombre se somete luego,
Al hombre, tu legado, a quien alzaste
Por señor de las obras de tu diestra,
Para sacar un día
De su semilla al rey y al sacerdote,
Y al pueblo de tu ley, que parecía
De ángeles campo, reino de profetas.
Y por glorificar tu augusto nombre,
Porque suene continua tu alabanza,
Firmaste el pacto y la perpetua alianza,
Y en la boca de niños y lactantes
Pusiste la verdad de tus promesas.
Magnificado sea
De región en región tu nombre santo,
Y de tus mensajeros
Por edades sin fin resuene el canto,
Que el hombre de los cánticos suaves
A su Hacedor decía:
«Bendecid al Señor, sus obras todas.»


Israel

   Bendecid al Eterno,
Por toda tierra que su imperio abarca.
No hay en el universo otro monarca,
Ni otro eterno más que Él. Por Él salía
El noble Jesurún de servidumbre.
Y en medio de las ondas eritreas
La mano de Moisés le conducía.
Hizo bajar la gloria de su trono
Hasta el santuario do sus pies estampa,
Y levantó al profeta hasta las nubes,
Donde su faz de resplandores vela.
El germen esparció de profecía
Sobre los pechos a su luz abiertos,
Y derramó su espíritu en las almas
Atentas a los célicos conciertos.
Y su culto ordenó firme y estable,
Imagen de su reino perdurable.
Los ángeles del alto ministerio
Su nombre santifican,
Y en su pecho las iras dulcifican.
Es blanco su vestido
Como el del serafín o el del profeta,
E iguala su figura
Del ámbar y el topacio la hermosura.
Y corren, se apresuran y congregan,
Y cuando a ti se llegan,
Medran en gloria y en saber y en lumbre;
Se visten de temor y se avergüenzan,
Mas luego les infundes nuevo aliento
Para cumplir solícitos tus obras,
Y en las alas del viento
Triplican la alabanza al Dios que reina,
Temido en el congreso de sus santos.


El Alma18


I

   Bendice, ¡oh alma mía! derivada
Del puro aliento de la santa boca,
El nombre del Magnífico, temido
De serafines en el alto coro.


II

¡Oh tú, que de la fuente de pureza
Espléndida y hermosa procediste;
Tú que delante de Él doblas la frente,
Y en su divino nombre eres bendita,
Bendice a Aquél que te estampó su sello,
Porque siguieses firme su camino!


III

   Bendice, ¡oh alma mía!, manifiesta
A las miradas de interior sentido,
Mas no a los ojos de la carne ciega,
El nombre de Elohim el invisible,
El fiel ensalzador de tu flaqueza.
¿Qué boca expresará sus alabanzas?
Sublimes son las obras de su mente.


IV

   Bendice, alma sutil, que sin apoyo
Llevas el cuerpo, el nombre del que tiene
Suspendidas sus tiendas en la nada,
Del que al hijo de Adán dio el intelecto,
Fiel mensajero de verdad y ciencia.


V

   Bendice, oh tú que por asirte luchas
A la flotante fimbria de su veste,
Y por llegar al escabel sagrado
Donde sus pies en el santuario asienta,
El nombre del que ensalza a quien se abate,
Y entre los serafines le numera.


VI

   Bendice, ¡oh alma mía! destinada
A hacer sapiente el corazón del hombre,
Al Justo que te infunde en la materia,
Para mover la carne perezosa,
Para vivificar la sangre hirviente
Que pierden su color, si te retiras,
Y se deshacen como el humo al viento;
Mas sobre ti despuntará florido
El tallo que germina del Eterno.


VII

   ¡Oh tú, que en las tinieblas resplandeces,
Bendice al esplendor de la justicia,
Que levantó la puerta de los cielos!


VIII

   Bendice, ¡oh alma viva! encarcelada
En cosas muertas, al viviente eterno
Que con la llama de la gracia alumbra
Al que en la Ley su espíritu apacienta.


IX

   ¡Oh tú, que a la substancia de los cielos
Etérea, inmaculada, sobrepujas,
Bendice a quien formó para su gloria
Al patriarca que en su nombre espera,
Y con la voz de inmensos beneficios
Le preparó a gustar de sus arcanos!


X

   ¡Tú, que al Perfecto en ciencia conociste,
Bendice al sabedor de tus deseos,
Que cumple los anhelos inmortales,
Y del perdón desatará las aguas
Si penitente a sus senderos vuelves!


XI

   ¡Bendice, hija del Rey, hija querida,
El nombre del Potente que ha enseñado
No arcana ley, difícil ni remota:
«¡Harás misericordia, harás justicia;
Que en la equidad el Verbo se deleita!»


XII

   Bendice, ¡oh tú, que te conservas santa
En deleznable y pasajero cuerpo!
A quien de santidad su frente ciñe,
Y ante quien los espíritus se avezan
A repetir por siempre su alabanza,
Sin consumirse en el sagrado fuego.


XIII

   No hay alabanza que su nombre agote;
Mas bendícele tú, que tan de cerca
Puedes glorificarle y bendecirle
En el augusto templo de tu mente.


XIV

   Tú, que enfrente del Rey sales erguida,
Para cumplir sus obras en la tierra,
Bendice a quien te mira desde el trono,
Y bélica armadura da a su pueblo.


XV

   Bendice, ¡oh alma mía! que los miembros
Sostienes del espíritu en las alas,
El nombre de tu Dios, que en las columnas
De saber inmortal mantiene el mundo,
Sobre las almas justas cimentado.


XVI

   Tú, que serás de gloria circundada,
Y de radiante majestad vestida,
Bendice a Aquél que cuanto ordena cumple,
De quien tiemblan los impíos confundidos,
Y cuyo auxilio al vencedor alegra.


XVII

   Bendice al Hacedor, ¡oh margarita!
Que de tu Dios alumbras los senderos,
Del Dios que tus plegarias acogiera,
Cuando corriste a demandarle ayuda.


XVIII

   Bendice a Dios, ¡oh forma intelectiva
Que en el nombre tus huellas estampaste!
Dios es la Roca en que se apoya el orbe;
La Justicia y la Fe le llaman justo.


XIX

   Bendice, ¡oh Santa! al Dios Omnipotente
Cuya visión tendrás, santificado
Por innúmeros vates y profetas.


XX

   Bendice, ¡oh tú que la justicia sigues!
Al que en su carro el firmamento cruza,
Para salvar a su abatida plebe:
«Dios (así clamarán los poderosos)
Sobre todas las gentes es excelso.»


XXI

   Tú, que en casa de fango te cobijas,
Mas de los cielos tu raíz procede,
Bendice el nombre que resuena en medio
De siete purísimas legiones,
De toda mancha y toda culpa netas.


XXII

   Bendice, ¡oh tú, que de su diestra pendes,
Como pupila suya muy amada!
El nombre del Perfecto bendecido
En todo corazón y en toda lengua,
Del que a par de la luz formó las almas,
Al primer son de la palabra suya.




ArribaAbajoPalinodia de Leopardi

Al marqués Gino Capponi



   Erré, cándido Gino, largo tiempo,
Y grandemente erré. Mísera y vana
Juzgué la vida; insulsa más que todas
Esta presente edad. Intolerable
Fue y pareció mi lengua a la dichosa
Prole mortal, si es que mortal se puede
Llamar el hombre. Entre desdén y asombro,
Del Edén odorífero en que habita,
Rió la alta progenie afortunada,
Y me llamó infeliz, y de placeres
Incapaz o inexperto, pues mi hado
Juzgué común, y de mi mal, consorte
Al humano linaje. Al fin mis ojos
Hirió la diaria luz de las gacetas,
Entre el humo volátil del cigarro
Y el ruido de crujientes pastelillos,
Entre el rumor de sacudidas tazas
Y blandidas cucharas, ante el grito
Ordenador de helados y bebidas
Cual voz de mando. Y confesé humillado
La pública alegría y las dulzuras
Del destino mortal noble y excelso;
Y vi el valor de las terrenas cosas,
Y toda flores la carrera humana,
Las obras estupendas, las virtudes,
Alto saber, estudios y prudencia
De nuestro siglo. De la Osa al Nilo,
Del Catay a Marruecos, y de Goa
A Boston, vi correr reinos, ducados
E imperios, anhelantes tras las huellas
De la felicidad y asirla casi
Por los flotantes rizos, o a lo menos
Por la cola del manto. Y esto viendo
Y meditando las profundas hojas,
Del grave antiguo error que me cegaba
Y aun de mí mismo yo tuve vergüenza.

   Áureo siglo, Marqués, hilan ahora
Los husos de las Parcas. Todo diario
En varias lenguas y columnas varias,
De todas partes lo promete al mundo.
Universal amor, ferradas vías,
Vapor, tipos, comercio y aun el cólera,
Los más lejanos pueblos y naciones
En lazo estrecharán; ni maravilla
Será que suden leche las encinas
Y miel los robles, o danzando giren
A los sones de un vals. Tanto ha crecido
El poder de retortas y alambiques
Y máquinas del cielo emuladoras,
Y tanto crecerá, volando siempre
De progreso en progreso, sin medida,
De Cam, de Sem y de Jafet la prole.

   No cual un día comerá bellotas
Si el hambre no la obliga; el duro hierro
No depondrá. Con pólizas de cambio
Satisfecha tal vez, la plata y oro
Despreciará la generosa estirpe;
Mas no de sangre de los suyos nunca
Su mano ha de lavar; antes cubierta
Será de estragos, con la vieja Europa,
Del Atlántico mar la otra ribera,
Fresca nodriza de sin par cultura;
Y en campo lidiarán fraternas huestes
Por pimienta o aromas o canela
O por el jugo de melosa caña,
O alguna otra razón, práctica y útil.
Y valor y virtud, y fe y modestia,
Y amor a la justicia, escarnecidos
Y de toda república arrojados
Como siempre serán; que es su destino
Estar siempre debajo. Torpe fraude
Y audacia impune elevarán su frente,
Nacidas a reinar. De imperio y fuerza,
Ya unidas en un haz, ya separadas,
Abusará quienquiera que los rija;
No importa el nombre. Que esta ley grabaron
Hado y Natura en tablas de diamante,
Y no la borrarán con sus centellas
Volta ni Davy, ni Inglaterra toda
Con las máquinas suyas, ni en un Ganges
De políticas hojas nuestro siglo
Ha de anegarla. Siempre el vil en fiesta,
Siempre el bueno en tristeza; conjurado
El mundo todo contra excelsas almas;
Del verdadero honor perseguidoras
Calumnia, odio y envidia; de los fuertes
Despojo el débil, de los ricos siervo
El ayuno mendigo, en toda forma
De público gobierno, cerca o lejos
Del polo o de la eclíptica, y por siempre,
Si al humano linaje esta morada
O la lumbre del sol no se nos niega.

   Estas leves reliquias, estos rastros
De la pasada edad, fuerza es que impresos
Lleve la que ora surge edad del oro,
Porque de mil discordes elementos
Tejida está la condición humana,
Y a ponerlos en paz nunca bastaron
Fuerza ni entendimiento de los hombres,
Desque nació su generosa raza;
Ni bastarán, aunque potentes sean,
En nuestra edad periódicos y pactos.
Pero en cosas más graves será entera
Nuestra felicidad nunca soñada.
O de lana o de seda los vestidos
Han de ser más galanos cada día;
Dejará el labrador los rudos paños
Por cubrir de algodón su piel hirsuta,
De castor su cabeza. Y apacibles
A la vista, mil cómodos sillones,
Mesas y canapés, lechos, tapetes,
Adornarán con su mensual belleza
Todo aposento. De manjares formas
Nuevas admirará, calderas nuevas,
La humeante cocina. Y rapidísimo
De París a Calais, de Calais a Londres
Y de aquí a Liverpool, será el camino,
Por no decir el vuelo...
Iluminadas
Mejor que ora lo están, mas no seguras,
Serán de las ciudades populosas
Las más ocultas y torcidas calles.
Tales dulzuras, tan dichosa suerte
A la naciente prole se aperciben.
¡Feliz aquél que mientras esto escribo
Llora en los brazos de la fiel niñera!
Él ha de ver el suspirado día
En que aprendan los niños con la leche
De la cara nodriza, cuánto peso
De sal, cuánto de carne, cuánta harina
Consume en cada mes la patria aldea,
Y cuántos de nacidos y de muertos
Anualmente consigna en su registro
El anciano prior; cuando por obra
Del potente vapor, en un segundo
Impresas a millones, llano y monte
Y aun de los mares la extensión inmensa,
Cual bandada de grullas que se abate
Sobre ancho campo, y obscurece el día,
Cubrirán las gacetas, vida y alma
Del universo, y de saber en ésta
Y en la futura edad única fuente.
   Como un infante, con asiduo anhelo
Fabrica de cartones y de hojas
Ya un templo, ya una torre, ya un palacio,
Y apenas le ha acabado, le derriba,
Porque las mismas hojas y cartones
Para nueva labor son necesarias;
Así Natura con las obras suyas,
Aunque de alto artificio y admirables,
Aún no las ve perfectas, las deshace,
Y los diversos trozos aprovecha.
Y en vano a preservarse de tal juego,
Cuya eterna razón le está velada,
Corre el mortal, y mil ingenios crea
Con docta mano; que a despecho suyo,
La natura cruel, muchacho invicto,
Su capricho realiza, y sin descanso
Destruyendo y formando se divierte.
De aquí varia, infinita, una familia
De males incurables y de penas,
Al mísero mortal persigue y rinde;
Una fuerza implacable, destructora,
Desque nació le oprime dentro y fuera
Y le cansa y fatiga infatigada,
Hasta que él cae en la contienda ruda
Por la impía madre opreso y enlazado.
¡Del estado mortal miseria extrema!
¡Vejez y muerte que comienzan cuando
El labio infante el tierno seno oprime
Que la vida destila! Ni enmendarlos
Podrá, por sabio y por feliz que sea,
El siglo nono-décimo, ni cuantas
Vengan tras él edades sucesivas.
Mas si lícito me es la verdad neta
Por su nombre decir, sólo infelice
Será todo nacido, en cualquier tiempo,
No en la vida civil, en toda vida,
Por esencia insanable y ley eterna
Que cielo y tierra abraza. Pero nuevo
Y divino remedio imaginaron
De nuestra edad los ínclitos talentos,
Pues no pudiendo hacer feliz a nadie,
Se dieron a buscar, dejando al hombre,
Una común felicidad, e hicieron
De muchos tristes un alegre pueblo,
Todo paz y ventura. Y tal portento,
En folletos, revistas y gacetas,
No declarado aún, asombra al mundo.

   ¡Oh mente sobrehumana, oh agudeza
Del siglo que ora corre! ¡Y qué seguro
Filosofar, y qué sapiencia, amigo,
En más sublime asunto y remontado
Enseña nuestra edad a las futuras!
¿No ves con qué constancia hoy escarnece
Lo que ayer adoró, y el ara abate
Para juntar mañana sus pedazos
Y venerarlos entre humeante incienso?
¡Oh cuánta fe y estimación merece
El concorde sentir de nuestro siglo...
O el del año corriente!... ¡Y qué trabajo
Es comparar nuestro sentir y ciencia
Con el del año actual y el del que viene,
Porque ni un punto discrepemos todos!
¡Cuánto en filosofar adelantamos
Si al moderno se opone el tiempo antiguo!

   Uno de tus amigos, y maestro
No sólo en poesía, mas en todas
Artes y ciencias, de la humana mente
Árbitro enmendador, me aconsejaba:
«No cantes tus afectos y dedica
Esa viril edad a los severos
Estudios económicos. Atiende
Al público gobierno. ¿El propio pecho
Qué te vale explorar? Materia al canto
No busques en ti mismo. Las grandezas
De nuestro siglo di; di su esperanza
Que madurando va.»
¡Recto consejo,
Que yo escuchaba con solemne risa,
Al resonar en mi profano oído
Ese cómico nombre de esperanza!
Mas ora vuelvo atrás y la carrera
Contraría emprendo, persuadido al cabo
Que quien anhele gloria y busque fama,
Al propio siglo contrastar no debe,
Sino adular y obedecer: ¡por corta
Y fácil vía llegaré a los astros!
De tan alta ventura deseoso
Materia no darán al canto mío
De la presente edad los intereses.
Ya sabrán mercaderes y oficinas
Cuidar de ellos mejor. Mas la esperanza
He de decir, que ya visible prenda
Nos conceden los dioses; ya de larga
Felicidad principio, ostenta el labio
Y el rostro del garzón enorme pelo.
¡Oh luz primera, saludable signo
De la famosa edad que se levanta,
Mira cómo se alegran tierra y cielo
Delante a ti; cómo fulgura el rostro
De la doncella, y en convites vuela
La gloria ya de los barbados héroes!
¡Crece, crece a la patria, oh masculina
Moderna prole! A tu velluda sombra
Italia crecerá, crecerá Europa
De las fauces del Tajo al Helesponto,
Y el mundo al fin reposará seguro.
¡Y tú comienza a saludar con risa
A los híspidos padres, prole infante,
Para los áureos días elegida!
Ni te asuste el negrear de su semblante.
¡Sonríe, oh tierna prole; a ti guardado
De tanto y tanto hablar espera el fruto!
Mira el gozo reinar, ciudades, villas,
Vejez y juventud al par contentas
Y las barbas ondear largas dos palmos.




ArribaAbajoEl pájaro de Aglaya



   ¿Leíste alguna vez allá en el Tasso
La suave historia del jardín de Armida?
¿Del pájaro te acuerdas prodigioso
De varias plumas y de rojo pico,
Que con humana voz allí cantaba
La vida del amor y de las rosas,
Las rosas codiciadas
De mil amantes y de mil doncellas,
Para adornar con ellas
La tersa frente o el mullido seno?

   ¿Recuerdas cómo el pájaro encantado
Después con sabia lengua refería
Cuál pasa y se marchita la lozana
única flor que en la existencia crece,
Y que apenas florece
Cuando quema sus hojas el estío?
¿Recuerdas el dulcísimo consejo
Con que acabó sus pláticas el ave?
«Coged la rosa mientras dure el Mayo;
Agotad el perfume de la vida
Mientras hierve en el fondo de su copa
La regia prez del oloroso vino;
Recorred triunfadores el camino,
Como en antiguas fiestas los mancebos,
Corriendo en el estadio, se arrancaban
Las sagradas antorchas de las manos.»

   Yo pienso, mi señora,
Que el ave aquella, cuya estirpe ignoro,
Alta filosofía
Aprendió de otros pájaros doctores,
Y aun de otras alimañas más obscuras,
En Oriente y en Roma y en Atenas.
¿Quién me diera entender su algarabía
Y declararte su sentido arcano?
Dicen que Salomón le comprendía.

   Sólo sé que esa voz, detenedora
Del mísero Reinaldo en la espesura
Bajo el poder de la celosa maga,
Era la voz de tórtola judía
Que gime en el Cantar de los cantares;
La voz de anacreóntica paloma
Donde hasta el himno se transforma en beso;
Del persa ruiseñor la melodía
Que de Jafiz en el Diván resuena,
Y hasta el chirrido alegre y discordante
Con que alivia al cansado caminante
La cigarra del Ática en estío.

   Es ley de amor que se revela al mundo,
Y si ese amor invade
Alma gentil de sus misterios digna,
Espárcese en la vida un penetrante
Lánguido aroma de azahar oculto,
Y acuden en tropel los ruiseñores,
Cantando sus amores,
A anidar en el alma enamorada
Y a celebrar sus inmortales bodas.

   Y hoy anidan en mí; pero uno solo
Rompió su cárcel por buscar tu seno,
Y no encontró calor y abatió el ala,
Y encadenado gime
Bajo el imperio de tu blanca mano
Entre las redes de artificio sabio.
Él te podrá contar en la alta noche
Lo que nunca decir osó mi labio;
Que él sabe mis ocultos pensamientos
Y es docto, como el pájaro de Armida.

Madrid, 1887.