Pero si las propias amarguras se dulcifican con las drogas de la providente necesidad, y los dolores más vivos del alma se mitigan y hasta se borran con el roce de los tiempos en su marcha fatal e inalterable, ¿qué mucho que las tristezas engendradas por ajenos males se desvanezcan con los vientos de la imaginación y las locuras de la vanidad?
No olvidaba yo un punto a la desvalida huérfana de Balduque, ni se apartaba de mi memoria la trágica o inopinada muerte de este pobre hombre; pero no me creía tan obligado a llorarla como en el portal de la calle de la Montera, cuando, por ejemplo, Clara, después de devorar los relatos que la prensa hacía de los sangrientos lances, tan pronto como se le permitió hablar de ellos a su gusto, relatos henchidos de mi nombre y de mis proezas, me decía arrugando el periódico sobre su falda y volviendo hacia mí sus negros ojos:
-¡Hubiera querido yo ver eso!
Y yo, al oírlo, ¡Dios me lo perdone!, hubiérame arriesgado a repetirlo, por sólo el gusto de que lo viera.
Pilita, mujer fútil, alma insubstancial, sin otra aspiración ni otro anhelo que ser un figurón decorativo del gran mundo, y encerrarse en su tocador atestado de pringues y menjurges, no podía resistir la vida en aquella humilde posada, ni aun considerando el porqué de estar en ella.
Pasábase el día entre bostezos, suspiros y pueriles impaciencias, insensible, extraña a todo, menos a su antojo de volver a su casa, que, por un milagro de Dios, se había librado del saqueo a que estuvo sentenciada. Ni cogía un libro ni una labor entre las manos, para hacer más llevaderas las horas; oía bostezando el relato de los más terribles sucesos de las recientes jornadas; y por no pensar en nada, ni siquiera pensaba en el aún dudoso paradero de su marido.
-Pero si todo esto ha concluido ya -me dijo un día, medio escondida detrás de su abanico-, ¿por qué no nos volvemos a nuestra querida casa?
-Porque no es tiempo todavía, señora -respondí-; deje usted que llegue Espartero, y entonces nos iremos.
-Y ¿qué tengo yo con ese buen hombre?
No podía meter en la cabeza de Pilita una idea tan trivial como la relación que había entre su seguridad personal y la llegada de Espartero a Madrid.
Más atrás dije que al cesar por completo las hostilidades entre la tropa y el pueblo armado, éste se quedó arma al brazo en las calles «por si acaso»; es decir, en garantía del cumplimiento de la oferta, hecha por el trono, de que vendría el famoso general, a la sazón en Zaragoza. Por de pronto, se convocó al Ayuntamiento y a la Diputación disueltos en 1843; y estas liberales corporaciones, apenas reunidas, y la Junta de armamento, que, auctoritate qua fungor, se despachaba en todo con humos de gobierno provisional, comenzaron a funcionar en sus respectivas esferas.
Tratóse de organizar la Milicia ciudadana, y fuimos declarados milicianos natos cuantos estábamos en las barricadas. Como jefe de una de ellas, tenía yo un par de galones como dos soles en cada bocamanga; y con éstos y mis proezas, sabidas de memoria hasta por los chicuelos, dióseme el mismo grado en un batallón; es decir, que se me aclamó comandante de él. Asignáronse, al mismo tiempo, cinco reales diarios a cada sirviente de barricada, contando con que había en ellas mucho pobre, y con que la cosa podía durar; y hete aquí que cada vecino se dio a construir su barricadita particular a la puerta de la casa, y a colocar en ella al hijo, y al amigo, y al aficionado, con sus fusiles de verdad y su trompetita correspondiente, y hasta con su letrerito indispensable en lo más alto, de: Pena de muerte al ladrón; con lo cual Madrid, en un par de días, fue una verdadera red de barricadas, cuya malla más grande apenas dejaba el espacio necesario para pasearse el centinela, arma al brazo; conversar en pintorescos grupos los demás héroes de servicio, y comer el rancho marcial coram populo... ¡Toma!, y que fueron estos intrusos los primeros en lucir el chambergo gris con cinta verde, y la blusa y los calzones de dril; prendas que se adoptaron, con mediana suerte, como distintivo de héroe de barricada; y los que discurrieron adornarlas con arcos de fresco ramaje, inscripciones épicas y retratos de generales y otros hombres del partido revolucionario, tan pronto como el vecindario dio en recorrer las calles, como un inmenso hormiguero, por los portillos abiertos en las aceras. Y como en estas exhibiciones se ponían muy huecos y marciales, llevábanse la admiración y el respeto de las gentes, mientras el puñado de bolonios que habíanlos cargado con la farda en los tres días de balazos, tal vez pasábamos allí por patrioteros del día siguiente.
Entre tanto, Espartero no llegaba, y nadie sabía decirnos por qué; y entre el escrúpulo de Gobierno que teníamos, la Junta y el Ayuntamiento, reinaba la más encantadora discordancia de pareceres; de esta discordancia nacían la debilidad y el desprestigio de los discordes; y las barricadas, llenas de gentes de todas procedencias y de toda clase de aspiraciones, hacían lo que les daba la gana. En los barrios del Sur, donde imperaban los Miguelones y los Puchetas, se fusilaba al sursumcorda sin formación de proceso.
Así murió el famoso don Francisco Chico. Un día se presentó la turbamulta en su casa; le arrancó de la cama en que yacía postrado; le sentó medio desnudo en unas angarillas; cogió después al portero que le servía; echóle a andar junto a su amo; y en ruidosa procesión, calle de Toledo abajo, llegó todo junto, entre oleadas de curiosos y de furias, hasta el último tercio de ella; y allí, a las diez de la mañana, arrimados los reos a una pared, con angarillas y todo... ¡cataplum! Ésta era ya la tercera justicia que hacían aquellas bondadosísimas gentes. Bajó San Miguel allá, echéles un trepe rudo entre algunos piropos indispensables, y le prometieron la enmienda; pero no se enmedaron cosa mayor.
Yo, que, por mi calidad de jefe, me hallaba en frecuente trato con la Junta, sabía muy bien hasta qué punto la alarmaban estos y parecidos alardes de indisciplina y de rebelión, en circunstancias tan graves, y el aprieto en que la ponían otros desmanes que, sin ser tan públicos ni tan ruidosos no eran menos temibles. Uno de estos peligros, en opinión de la Junta, y aun del público rumor, era cierto Círculo patriótico, que celebraba de día sus sesiones públicas en un teatro; club nacido con el buen fin de ayudar en su difícil empresa a la Junta en aquel peligroso interregno; pero descarrilado -bien pronto por la ambición y la pedantería. Tanto se contaba de lo mucho que se charlaba allí, y tal importancia se daba a las peloteras que se armaban de vez en cuando, y tan curioso y divertido lo pintaban cuantos lo habían visto, que un día quise verlo yo también.
Presidía la junta o mesa, o como se llame, en medio del escenario, un famoso conde muy progresista, y el público llenaba palcos y sillones. Yo me acomodé, no sin dificultades, en una de las galerías bajas, muy cerca del proscenio. Cuando entré, había allí un zipizape de todos los demonios: la campanilla se desbadajaba sonando, y el público rugía porque sí y porque no y porque qué sé yo; y un ciudadano anguloso, de barba lacia y mirar sombrío, con poco pelo y ése muy erizado, el cual ciudadano lo había revuelto todo, protestaba contra las imposiciones de la presidencia y contra la presidencia misma y contra todas las presidencias del mundo; porque -decía-, «yo soy tan liberal, que no quiero presidentes de nada ni en ninguna parte, puesto que donde hay presidencia hay tiranía».
La palabreja arrancó aplausos; calmóse el alboroto, y aprovechó la tregua el orador para concluir pidiendo, exigiendo, de los tutores de la revolución triunfante, que cuando entrara en Madrid el general Espartero, fuera delante de él desde la Puerta de Alcalá, en la punta de una lanza, la cabeza de... (y nombró la persona). Así descansó el energúmeno y se quedó tan fresco.
Alzóse otro orador cerca de mí, porque le tocaba hacerlo en riguroso turno. Era grandote y algo chato, aparatoso de traje, pródigo de tirillas y pechera, y muy holgado de mangas. Echando mas de medio cuerpo fuera de la barandilla, precedido de un brazo descomunal, comenzó en voz áspera un preludio majestuoso con los sobados temas de «las conquistas del nuestro glorioso alzamiento», «la generosa sangre de nuestras venas, derramada por la causa de la libertad», «la tiranía derrocada por nuestro heroico esfuerzo», y otros tales; dijo que «la revolución no podía, sin deshonrarse, faltar a sus generosos fines delante de la Europa civilizada que nos estaba contemplando con asombro»; y cuando yo pensé que todo aquel campaneo resonante iba con los retóricos de la casa, salta y añade que con ocasión de haber ido él a visitar el día anterior unas fincas de su propiedad (después supe que nunca tuvo el preopinante otras fincas que unos granos de mala traza en el cerviguillo) al inmediato pueblo de Getafe, había visto, con honda pena de su corazón, con vergüenza de sus sentimientos liberales, que aquel ayuntamiento, «hechura de la ominosa situación derribada», aún estaba sin disolver, «por intrigas de la mano oculta de la reacción, para mengua y baldón de la causa de la libertad».
Tomóse en cuenta, entre aplausos, la denuncia; y apoyó el tema un ciudadano de mal pelaje, desde un palco segundo, con el ejemplo de una gran señora perteneciente al «lujo inmoral de un latromanate», descubierta por él la pasada noche después de cuarenta y ocho horas de pesquisas, cerca de Aranjuez y traída a Madrid aquella misma mañana, «a la inominia pública, entre un piquete de veinte caballos, a son de clarín». Verdad que al llegar supo que la dama arrestada no era la prenda del manate, sino otra señora muy honrada que nada tenía que ver con él. Pero para el caso daba lo misino; el esfuerzo estaba visto, y la voluntad probada. Eso y mucho más era él capaz de hacer por la causa de la libertad, por la cual se había batido en la calle de la Paloma, y velaría a pie firme mientras dormían los que debieran defenderla.
Y como se tocaba el capítulo de servicios prestados a la revolución, salieron a docenas, por otros tantos agujeros, los acreedores de la pobre señora. Quién se alababa de haber hecho trizas hasta cuatro cajones de la policía; quién, de tener despellejados los dedos de arrancar adoquines para hacer barricadas; quién, de haber roto con sus propias manos, en el palacio de la calle de las Rejas, dos candeleros, cinco cortinones y un reloj de música; quién, de, haber abofeteado en la Puerta del Sol a un empleado «de los ladrones caídos, que huía a esconderse, avergonzado de la luz de la libertad»... Salió también, y por el foro, para mayor estruendo, un oficialete del ejército, que, conmovido y tartajoso, dijo unas cosas que nadie entendió; pero tomóle bajo su amparo un padre grave de los del capítulo del escenario, que era buen orador y no mal médico, y díjonos que aquel valiente quería decirnos, y no podía porque le embargaba patriótica emoción, que hallándose en un puesto confiado a su lealtad y vigilancia por la ominosa tiranía derrocada, se había pasado con todas las fuerzas de su mando a la revolución, porque «antes que todo, y antes que soldado, era liberal». Pensé yo que, después de contarnos esto el orador, nos pediría, un piquete para fusilar a aquel modelo de pundonorosos capitanes; pero nos pidió que le otorgáramos todo nuestro amor y todo nuestro entusiasmo, porque soldados como él eran los que necesitaba la causa del pueblo... En fin, col, decir que hasta Bujes, que asomó la gaita por un proscenio bajo, hizo un discurso a mazo y escoplo, como pudiera hacer una carreta, narrando los hechos heroicos consumados por él y los ciudadanos de su calle, «para romper las cadenas con que los oprimía el déspota», está dicho todo.
Aquello era una jaula de mentecatos, una puja indecente de merecimientos que, o eran ridículos, o afrentaban la causa en cuyo nombre se exponían; y todo iba a cuento, a vueltas de tanto cacareo de abnegación y de sacrificios, de reclamar un mendrugo de los que habían de repartirse tan pronto como llegara de Zaragoza el presidente del nuevo festín. El aseo y la ira me espoleaban; la lengua me hervía en la boca, y al fin pedí la palabra. Los que se sentaban delante de mí, sin duda para verme y oírme mejor, brindáronme con un hueco que hicieron entre todos; aceptéle, y avancé hasta la barandilla que nos separaba del patio de las lunetas.
Ya he dicho que poseía yo, amén de una voz de gran potencia, una verbosidad extraordinaria, y ciertas naturales dotes de tribuno, no muy comunes. Además, en aquel momento debía ofrecer mi persona el aire pintoresco de un condottiere, o de un bandido de teatro. Llevaba toda la barba, que me había dejado crecer durante mi reclusión; holgado cuello de camisa con corbata suelta al desgaire; descomunal cuchillo de monte a la cintura, oculto a medias por la entreabierta tuina de dril, de color ceniza, y sobre cuyas bocamangas brillaban los dobles galones de comandante de barricada; tenía en la diestra un enorme chambergo gris con escarapela, y aún ostentaba mi rostro las huellas del sol abrasador de aquellos días de encarnizada lucha. Con tales dotes, señas y arrequives, a poco esfuerzo que yo hiciera, el éxito no podía ser dudoso en medio de aquel singularísimo concurso.
Sin más que exhibirme ante él, cierto rumorcillo que recorrió la sala al instante, como brisa de verano en espeso robledal, me hizo creer que comenzaba yo a ser objeto de la pública curiosidad, excitada por la delación de alguien que me conocía allí. Esto ya era otra garantía del buen éxito de mi empresa. a lanzar iba la primera palabra, cuando el presidente, pluma en mano, me interrumpió diciéndome:
-Sírvase declarar su nombre el ciudadano que va a hablar.
A lo cual respondí yo, con voz sonora y ademán altivo:
-¡Pedro Sánchez!
No bien lo dije, cuando el rumor de la sala se trocó instantáneamente en bramidos de entusiasmo y en estruendo de palmadas. La batalla estaba ganada, el campo era mío. Podía cortar, herir y machacar donde quisiera.
Y así lo hice.
No entré en el asunto por los caminos trillados y las puertas conocidas del vulgo; le asalté a exabrupto seco y a apóstrofe limpio. Me encaré osadamente con todos y cada uno de los que habían hablado antes que yo; clavé en la picota de mi indignación y de mis burlas, según los casos, el hueso de sus peroraciones de hojarasca; traje al debate los rumores públicos; expuse las alarmas de los hombres cuerdos enfrente de aquellos temerarios desvaríos, afirmé que, después de lo que había presenciado allí, aún me parecían pálidos los colores con que lo pintaban los que temían que el fruto de tanta sangre y tanto sacrificio pereciera en manos de mentecatos y de charlatanes. Como los preopinantes contaban sin duda con el apoyo de mis fuerzas cuando me vieron levantarme para hablar, mis palabras causaban en ellos marcado asombro, y aun estupor; pero como los que no habían soltado prenda alguna eran muchos más, y muchísimos más todavía los que se hallaban allí en busca de jaleo y de emociones fuertes, y todas estas dos grandes porciones acogían cada fin de mis hinchados y resonantes períodos con gritos de entusiasmo y recio palmoteo, algunos de los apostrofados, especialmente el hombre de los pelos de punta y de la barba lacia, me acribillaban a menudo con preguntas sueltas o frases mal intencionadas, que yo recogía en el aire con mucho gusto, porque en este tiroteo me ayudaba con todas sus fuerzas el público, que siempre está de parte del que habla más recio y pega con mayor saña. a veces me llamaba al orden el presidente, y aun se ponía del lado de mis contrincantes, cuya calma, hasta cierto punto, era la suya, como lo es de todo padre sin carácter la de un hijo mal educado; pero yo hacía con el presidente lo mismo que con sus presididos; y entonces los aplausos de la multitud eran mucho más recios, porque si gusta como dos ver apalear a los iguales, cuando se prende a la justicia el goce es mucho mayor.
Este duelo a estocadas duraba ya demasiado, porque el efecto estaba producido, y ciertas impresiones no pueden sostenerse en el ánimo por mucho tiempo: érame preciso concluir, y concluir bien, y en una pieza, para que el éxito fuera completo. Así traté de hacerlo. Un breve resumen de cargos, bien nutridito de color; una invocación a las víctimas de la cruenta lucha; un atrevido alarde de mi derecho para hablar así en medio de aquellas bizantinas porfías; y enseguida este parrafejo atronador, progresista y amenazante:
-La revolución tiene un programa bien definido, por cuyo triunfo se ensangrentaron las calles de Madrid; ese programa debe cumplirse..., ese programa se cumplirá, aunque para conseguirlo haya que ensangrentarlas otra vez, luchando a muerte contra los nuevos enemigos de la libertad. ¿Sabéis quiénes son estos enemigos? Los charlatanes que la comprometen, los mentecatos que la ponen en ridículo, y los ambiciosos que la deshonran.
Este remate, dicho con fiera voz y adornado de tres brazadas marciales y una gallarda sacudida de pelo con la erguida cabeza, produjo la tempestad de vítores y aplausos más ruidosa que se hubo formado jamás en el recinto de aquel viejo templo, levantado al arte que de esas tempestades se alimenta.
En medio del estruendo de ella salí, sin detenerme siquiera a echar una mirada de triunfo sobre aquel campo cubierto de cadáveres.
Por la noche, y al día siguiente, todos los periódicos daban minuciosos detalles del suceso; algunos reproducían párrafos enteros de mi discurso. Unos me apoyaban, otros me combatían; pero todos iban unánimes en declarar que mi oración patriótica era digna de los mejores tiempos de la tribuna romana.
No hizo más ruido que el mío el discurso con que, muy poco después, en un meeting del teatro de Oriente, se encaramó Castelar en la región de las celebridades tribunicias desde la obscuridad del vulgo de los mortales.
El Círculo no volvió a reunirse más; se declaró disuelto, y la Junta, agradecida, me dio una silla en sus consejos.
Pero esto, por más que halagara mi amor propio, no bastaba a conjurar los serios conflictos de que estábamos amenazados a cada instante. Afortunadamente llegó Espartero a Madrid; y entre formar para recibirle a su llegada; y formar para desfilar ante él, al otro día, en la Puerta del Sol, con nuestras banderas de percalina y nuestro abigarrado equipaje; y formar después en las barricadas cuando dedicó a muchas de ellas una cortés visita, se adormecieron las malas pasiones durante media semana; y para cuando quisieron despertar, ya estaba decretado el despojo de las calles, y la vuelta a sus ordinarias ocupaciones de tantos miles de patriotas que hormigueaban, cargados de armas y municiones, entre los amontonados adoquines.
¡Cuánto susto costó separarlos de aquel peligroso juego a que se habían ido acostumbrando! Gracias a que hubo otro juego con que engañarlos, por de pronto: el de la Milicia Nacional, en la que, si no eran tan bravucones, tendrían mejor disciplina y serían soldados más de verdad; esclavitud a que se acomodan siempre con grandísimo gusto los hombres libres, enemigos jurados de todo linaje, de opresiones y de tiranías.
Acabóse, pues, la guerra de las calles con la instalación de un Gobierno regular, ' y comenzó otra, si no tan ruidosa, mucho más tenaz, en los ministerios. La guerra de los destinos. No hablo de ella, porque de la noche a la mañana me dieron uno de los mejores en Gobernación. Cerca andaban de mí, aunque no tan altos, mis compañeros de redacción, menos Redondo, que no quiso ser más que comandante de un batallón de Nacionales. ¡Hasta el portero y los repartidores de El Clarín se colocaron!
Estos compañeros, Matica y demás amigos, estaban asombrados del ruido que yo hacía y de lo alto que volaba; yo no, porque había ido persuadiéndome, poco a poco, de que eso y mucho más merecían los hombres de mi importancia. Tampoco Clara se asombraba de ello, porque lo esperaba. Eso me dijo después de leer un rimero de periódicos, adquiridos no sé cómo, que hablaban de mi discurso; y cuando tuvo noticia de mi entrada en la Junta, y cuando me dieron el destino en Gobernación. Nada le asombraba en mí; pero yo estaba asombrado de que de todo me creyera capaz una mujer como ella, y de que lejos de aburrirse en mi pobre posada, nunca me manifestara el menor deseo de abandonarla. En cambio, Pilita y Manolo, la una hecha ya un esqueleto y el otro una momia, sólo daban señales de vida para preguntarme cuándo saldrían de allí; y yo no me atrevía a decirles «ahora», porque aunque las calles comenzaban a verse expeditas, y las gentes apaciguadas y en orden, el odio a Valenzuela estaba tan fresco en el corazón del populacho como el primer día; y era muy arriesgado ponerle delante de los ojos cosa tan allegada al aborrecido personaje, como su propia familia.
Un feliz incidente vino a resolver esta dificultad, que ya comenzaba a apurarme un poco. La duquesa del Pico, sorprendida en Madrid por los acontecimientos, y en comunicación con Pilita desde que ésta le descubrió su escondrijo tan pronto como se deshizo la primera barricada, se disponía a pasar el resto del verano en una de las más tranquilas provincias del Norte, en la cual poseía una elegante y bien provista casa de campo. «Acompañadme vosotros -decía a Pilita en el mismo perfumado billete en que la noticiaba aquella su resolución-, y todos saldremos ganando en ello, cuando nos veamos juntos y libres y bien oreados en aquel apacible retiro, a dos pasos de la frontera.»
Pilita me enseñó esta carta, y Clara me pidió mi parecer. Sin vacilar respondí que aceptaran lo propuesto por la duquesa. Nada más cuerdo ni conveniente en aquellas circunstancias, ni punto de refugio mejor situado para esperar el fin del fin de la política borrascosa con entera tranquilidad.
-¿Está usted seguro de que no le engaña su buen deseo de que salgamos de Madrid? -me preguntó Clara subrayando, con toda la fuerza de su vigorosa pronunciación, aquella palabra.
-Mi deseo no puede engañarme -respondí dando igual arrastre a la misma palabra, por si acaso tenía la de Clara doble intención-; porque no es el deseo lo que me dicta el consejo, sino la triste necesidad, que no tiene entrañas.
-Pues cuando quieras, mamá -dijo Clara a Pilita después de pagarme la galantería con un amago de sonrisa y un chispazo de sus terribles ojos negros.
Y Pilita, nerviosa, desconcertada de alegría, tras de abrazar a Manolo, que de gusto hizo dos piruetas y entonó con voz cascajosa un tricota del Matre infelice, de El Trovador, ópera recién estrenada en el Teatro Real, respondió al billete de su amiga; y tal arte se dio su actividad, que antes de una hora quedaba acordado el viaje para tres días después en el coche-correo, el cual esperarían fuera de Madrid para exponerse menos a ser conocidas del populacho.
-Está en Bruselas... ¡y en grande! -me dijo Pilita después de enterarme de todo lo referente al viaje.
-¿Quién? -pregunté yo.
-Valenzuela. Lo hemos sabido por buen conducto. Y también él sabe de nosotros... y de usted; y le está muy agradecido, porque no ignora lo que usted ha hecho por su familia.
-Pues déle usted memorias -dije a aquella pobre mentecata, sin que su hija me lo oyera.
Esto acontecía al empezar la tercera semana de agosto. Para entonces, ya estaba mi padre impuesto de todas mis aventuras y prosperidades, porque había cuidado yo de hacer Regar a sus manos resmas de papeles que las puntualizaban bien y cartas en que lo decía lo que no podían narrarle aquéllos, como mis servicios prestados a la familia de su excelso amigo; cosa que hinchó de honrada satisfacción al pobre viejo, cuya admiración al runflante manchego no había mermado un punto con las atrocidades que de él se escribían, porque las reputaba calumnias miserables de la envidia.
Lamentábase mi padre de que tantas cosazas hechas por mí, tanto renombre y tanta gloria alcanzados en tan poco tiempo, fueran en pro y a beneficio de una causa tan del gusto de los enemigos de Dios; porque este escrúpulo le impedía abrir toda su alma al torrente de emociones que se la asaltaban al verse padre de semejante hijo; pero vime enseguida encumbrado en la alteza del destino que me dieron; halléme con influjo y mangoneo en región tan importante; y yo, que sabía cuáles eran los platos más del gusto de mi padre, escribíle al punto diciéndole: «ya no debe haber Garcías en ese pueblo, ni otro señor árbitro de sus destinos que usted... Corte, pues, y rajo a su gusto, que aquí estoy yo, por ahora, que soy el dictador de la provincia entera».
¡Desde que nació no se había visto en otra el buen hidalgo! Ya podía toser fuerte en su lugar; esgrimir la escoba sobre el suelo en que imperaban los Garcías; hartarse de barrer Garcías, y alzar diez codos por encima de su estirpe aborrecida los venerables monigotes de su escudo nobiliario. Y no se descuidó en hacerlo. Ni el alguacil quedó en pie a los primeros escobazos. Toda la administración municipal se vistió de ropa nueva, al gusto de mi padre, que se quedó sin cargo alguno porque no dijeran de él que le movían vulgares e insanas ambiciones.
«¡Qué bien se está aquí ahora! -me escribía después de darme cuenta de la limpieza que había hecho en el lugar-. Parece que se ha ensanchado el territorio y que se respira en él mucho mejor... Por lo demás -concluía la carta-, las revoluciones son como otras muchas cosas: fuera de su quicio, corrompen; bien regidas, son hasta útiles. Cierto que yo, en principio, jamás podré ser revolucionario; pero por lo que respecta a esta última revolución, tanto me he acostumbrado a considerarla como obra de tus manos, que hoy por hoy, aunque como revolución la deteste, como cosa tuya la miro con cierto amor... y no me estorba.»
En este cielo alegre y sonrosado en que de tal modo despilfarraba sus luces la estrella de mi fortuna, había una nube negra que a veces la empañaba y muy a menudo me entristecía. Esta nube era el recuerdo de la pobre Carmen, sola y cargada de penas y de luto.
Visitábala yo con la posible frecuencia; pero no podía arrancarla, por más esfuerzos que hacía, de las cadenas de aquel dolor mudo que se había apoderado de ella. Las grandes pesadumbres ofrecen también su deleite en el recuerdo mismo de los sucesos que las producen. Guarda la memoria los minuciosos trámites de la muerte que nos llevó del mundo a un ser querido: allí están grabados todos, uno por uno, desde la insignificante dolencia que le postró en el lecho, hasta el último ruido del estertor de su agonía, con los más nimios pormenores de las largas noches de vela; del rumor de los pasos del médico; del eco de sus palabras, unas veces produciendo esperanzas, otras matando las concebidas; del color de las coberturas del lecho; de la mortecina luz de la escondida lámpara; de nuestras propias cavilaciones, de nuestros sobresaltos..., de todo; y de todo ello se habla después, porque esas conversaciones parecen una continuación de lo pasado sin el abismo de la muerte... Pero en la memoria de la infeliz Carmen no quedaba nada de eso. Su padre, alejado de casa, lleno de vida; después un extraño, turbado y conmovido, que la hace un triste relato de fieras matanzas en la calle, y que, en vez de traerle lo que ella espera con mortales ansias, le da la horrenda noticia de que un balazo casual lo tendió sin vida sobre las duras piedras. ¡Ni siquiera el consuelo de besar su frío cadáver! ¿Cómo no apartar los ojos del libro en que se grabaron tales recuerdos? ¿Cómo llorar cuando el horror obstruye las fuentes del sentimiento?
Así me explicaba yo, por conjeturas, la extraña actitud de Carmen; y digo que por conjeturas, porque la desdichada persistía en su evidente propósito de no hablar conmigo de su padre.
Era esto una grandísima contrariedad para mí, poique me alejaba del único camino por donde yo podía llegar a conocer las verdaderas necesidades de aquella casa, y tratar del modo de acudir a ellas; a lo cual me obligaban tanto mi palabra empeñada a Balduque en los últimos instantes de su vida, como los impulsos de mi corazón, lleno de afecto sincero y de gratitud hacia aquellas infelices mujeres. No pudiendo acercarme al asunto por derecho, buscábale por apartada callejuela; pero siempre me salía Carmen al encuentro para cerrarme el paso.
Una vez me dijo, atareada como siempre en sus labores de costura, respondiendo con ello a unas mal disimuladas indirectas mías:
-Nunca el trabajo ha sido más abundante ni me ha entretenido tanto como ahora: hasta nos sobra el dinero. ¡Cuando no nos hace falta! ¡Vea usted qué oportunidad!
Aquel mismo día me dijo, lacónica y tristemente, al despedirme de ella:
-Mañana son los funerales.
Díjome también la hora y en qué templo, y fuime. Busqué a Matica; prestóse gustoso a acompañarme a aquel acto; invitamos a otros amigos, unos porque conocieron vivo a Balduque, y todos porque tenían noticia de su trágica muerte; y de este modo, el humilde túmulo alzado en el centro de la iglesia, mientras las preces del coro y del altar se elevaban al Dios de las Misericordias, no se vio solo entre cuatro blandones funerarios.
En un momento en que cesaron los cánticos, oí sollozos detrás de mí. Volví la cara y vi a lo lejos, en la penumbra de una capilla, dos mujeres arrodilladas y cubiertas de luto. La una era Quica, y presumí que la otra, cuyo rostro ocultaba el profuso velo de su manto, sería Carmen.
A la salida las esperamos Matica y yo a la puerta y las acompañamos a casa. Durante el camino notó en la triste huérfana señales de una emoción de que no la había visto poseída desde la muerte de su padre. Comenzaba, sin duda, a ceder el obstáculo a los embates del contenido torrente... ¡Pobre criatura!... No bien llegó a su casa, dejése caer en una silla; los sollozos la ahogaban; sus ojos se humedecían, y al fin, convertidos en arroyos de lágrimas, dieron salida al dolor acumulado en su pecho durante tantos días. La dejamos llorar, porque llorar en aquel trance era suavizar las penas y tornar a la vida.
Después de llorar mucho, como si me viera por primera vez desde el acontecimiento que ocasionaba sus lágrimas, comenzó a evocar todos aquellos recuerdos de su padre que tuvieran alguna conexión conmigo: sobre todo, los de nuestro viaje desde la Montaña y los del tiempo en que hicimos juntos vida de familia. Hasta los más insignificantes pormenores de estos sucesos conservaba en la memoria. Y aunque los evocaba con el triste consuelo que siente el desterrado al pensar en la patria y en los seres que no ha de ver más, al fin hablaba de cosas que facilitaban el camino a mis propósitos. Siguiéndole con tino, llegamos a tratar de ellos franca y abiertamente. Entonces me aseguró, sin el menor síntoma de que me ocultaba la verdad, que le sobraba con el recurso de su trabajo para atender a todas sus necesidades.
-Pero puede usted enfermar -le dijimos-, o verse sin su fiel compañera, a la hora menos pensada.
-¡No lo permita Dios! -repuso Carmen-; pero si tal sucediera, entonces sería ocasión de utilizar el apoyo que tan de corazón me ofrecen ustedes. Por ahora, con que no me olviden; con que de tarde en cuando vengan a despejar un poco mis tristezas, harán mucho más de lo que yo merezco.
-Convenido -repliqué, afectando un tono de broma que no sé si pegaba bien allí-; pero a condición de que no me ha de ocultar usted el primer apuro en que se vea.
-¿Cómo he de olvidar yo -respondióme conmovida y con el alma palpitando en el dulce mirar de sus ojos-, que es usted el único amparo que me queda en el mundo?
Poco después salíamos mi amigo y yo de aquella triste casa, tristes también los dos. De camino tratamos, y no por primera vez, del modo de conseguir que luciera en beneficio material de la huérfana la heroica muerte de su padre en lo más alto de una barricada.
-Imperdonable sería en nosotros, y sobre todo en usted que tanto puede y vale ahora, que por falta de protección se desgraciara tan angelical criatura.
¡Y eso que sólo la conocía por lo poco que había visto, y los vagos informes que le había dado yo!
Acontecía todo esto el mismo día señalado para el viaje de Clara con su familia. La noche anterior habíamos hecho una escapadita, en hora conveniente, a la calle del Príncipe, para que Pilita y sus hijos prepararan los equipajes que habían de remitirse, como de la duquesa del Pico, al punto designado por ésta. Después volvimos felizmente a nuestro escondite, del cual, mejor que de su casa, podrían salir, sin riesgo de ser conocidas, para tomar el carruaje en que irían con la duquesa a esperar el coche-correo al camino de Francia. Todas estas precauciones se habían adoptado por mi consejo; y además proveí a las viajeras de los documentos y salvoconductos necesarios para que las acompañara por todas partes la protección oficial del ministro. Eso y más podía yo entonces, y ninguna ocasión mejor que aquélla para lucirlo. Estaba delante la duquesa, que por indicación de Pilita había ido unos instantes a ponerse de acuerdo con sus amigas, cuando yo entregaba a éstas los papeles y les informaba de lo que valían. Pilita, no obstante su pueril egoísmo, me miró con el asombro pintado en la revocada faz; pero la duquesa, mujer de intriga, viuda pertinaz, solitaria e independiente, que no ignoraba la calidad de los vínculos que me unían a sus amigas, después de dedicar un gestecillo burlón al asombro de Pilita, miróme a mí, y enseguida a Clara, con una sonrisilla imperceptible, ¡pero tan maliciosa!... Clara la resistió bien; pero yo me puse más colorado que un tomate. Después de este suceso fue cuando acompañé a la familia Valenzuela a su casa. Los únicos instantes en que nos vimos un poco separados de Pilita y su hijo Clara y yo, los aprovechó ésta para decirme, con hechicera burla:
-Hay que convenir en que, o miente la fama muy a menudo, o los valientes, vistos de cerca, en el trato ordinario, tienen bien poco que admirar.
-¿Por qué me dice usted eso? -le pregunté siguiéndole el humor.
-Porque usted, tan sereno entre las balas, no resiste sin inmutarse la mirada de una mujer curiosa. ¡Cuánto más valiente soy yo que usted!
-El efecto de ciertas miradas -repliqué comprendiéndola-, no depende del temple de ellas mismas, sino de la importancia de lo que descubren. Por tanto, entre usted y yo no cabe comparación en el lance a que se refiere.
-Lo cual es lo mismo que suponer -repuso Clara-, que yo no tengo nada que ocultar a la curiosidad de la mirada que a usted le turbó tanto... Hay que hablar de esto, y muy a fondo...
Con harto pesar mío cortó aquí nuestro diálogo la intrusión impertinente de Pilita; diálogo que en toda la noche logramos reanudar, ni mucho menos a la mañana siguiente, por los tristes motivos consignados más atrás.
Con estos antecedentes, júzguese si podían ser más opuestas entre sí las dos fuerzas entre las cuales se agitaba mi espíritu en el momento de separarme de Matica cerca del portal de mi casa. De un lado, el recuerdo de Carmen, pobre, sola y desconsolada; de otro, el anhelo de saborear las confidencias íntimas, de descubrir los secretos del corazón de una hermosa mujer que tanto pesaba ya en el mío. ¡Singulares contrastes de la vida!
Faltaban apenas dos horas para la marcha de Clara, y la brevedad de este tiempo aguijoneaba mis vehementes deseos de pasarlo todo a su lado. Después que ella se fuera, ¡qué triste y solitario quedaría todo en mi derredor! Casi me arrepentía de haberla aconsejado que se marchara. Cuando hay de por medio ciertos antojillos del corazón, o de cosa que lo parezca, se hace uno un egoísta de todos los diablos.
Subí. La halló arreglando unos cachivaches de camino sobre el velador de la sala. Ya estaba vestida, pero sin arrequives ni perifollos: todo liso entreclaro, y a cuerpo. ¡Qué cuerpo, señor! ¡Qué plenitud tan armónica! ¡Qué turgencia, qué frescura! El pelo, dispuesto ya para recibir el sombrero de camino, caía por los lados en tirabuzones, que se estremecían en cuanto rozaban la tersa y redonda superficie del cuello al menor movimiento de la cabeza; ¡y qué cabeza, con aquel peinado y sobre las curvas gallardas de aquellos hombros helénicos!
Pilita estaba encerrada en el gabinete con la doncella que había ido a ayudarlas en tan complicadas faenas; Manolo, en su cuarto, vistiéndose también: se oían desde la sala los hipidos con que destrozaba a Verdi.
Clara, pues, estaba sola en aquellos momentos.
Me quedó hecho una bestia contemplándola. Volvióse hacia mí, y me dijo afablemente, sin abandonar la obra en que se empleaban sus ebúrneas manos:
-Comenzaba a temer que tendría que despedirme de usted por el correo.
-¡No lo permitiera Dios! -respondí con el corazón en la lengua.
-Pues juzgue el más indolente: estoy ya con el pie en el estribo, y desde anoche no nos hemos visto hasta ahora... Esto, por sí solo, ya es algo... sin contar -y aquí hizo una breve pausa, como si exigiera toda su atención una lazadita que estaba dando a la cinta de un diminuto envoltorio que al fin guardó en un precioso saquito de mano-, sin contar... con que en nuestra última conversación quedó un grave asunto pendiente.
Esta tentadora alusión a un hecho que desde que había acontecido no se apartaba un instante de mi memoria, prodújome tales brincos en el corazón y tales porrazos en las sienes, que apenas acerté a exponer la razón de mi larga ausencia.
-En cuanto al asunto pendiente entre nosotros -añadí, temblándome un poquillo las piernas y la voz-; en cuanto a ese asunto...
Y me atajó Clara aquí, después de observar mi turbación con el rabillo del ojo, diciéndome:
-Pudiera usted desear que no se ventilara hasta mi vuelta... Hay gustos.
-¡No, Clara, no! -exclamé entonces sin poder refrenar la vehemencia de mi deseo-. No soy hombre de ese temple: no es posible que goce mi alma un instante de sosiego con el escozor de tal incertidumbre. ¡Juzgue usted si habré contado bien todas las horas del día, y qué esfuerzo no hubiera sido capaz de hacer para no gastar estos instantes fuera de casa!
Nunca tal aire de melodramática solemnidad había dado a mis palabras hablando con Clara, y eso que no era la primera vez que me valía de parecidos recodos para responderle; verdad que tampoco habían sido tan diáfanos nuestros «asuntos pendientes», ni me había puesto ella tan en el disparadero como entonces, ni estado tan cerca de apartarse de mí por larga temporada.
Como dio por terminada la sencilla faena que la entretenía, precisamente al pronunciar yo la última palabra, dejando el saquito y otras monerías colocadas sobre la mesa con el aseo y el primor con que saben hacer esas cosas las mujeres elegantes, vínose hacia mí; y mientras se movía y me miraba, y con el finísimo pañuelo de la mano se frotaba suavemente las dos, díjome, no en tono tan alto ni tan firme como de costumbre:
-¡Ea pues!, ánimo, y aprovechémoslos, por lo mismo que son tan breves, si el asunto le interesa a usted tanto como parece.
Yo estaba cerca del sofá; sentóse Clara en él, y maquinalmente me dejó caer a su lado.
-No olvide usted -me dijo- que se trata de saber quién de los dos ha sido más valiente en cierto trance, y por qué lo ha sido. Va a ser esto, pues, una especie de duelo entre dos valientes: breve y sin cuartel. Verdad que a mí me falta, para entrar en él, la maestría que quizá le sobra a usted, porque ésa se adquiere con la experiencia, y yo no la tengo; pero la supliré con mi carácter, que es firme y desengañado, y allá saldremos los dos con escasa diferencia.
Y vea usted: ¡tanto! alarde de valentía, ella que no los necesitaba de ordinario, precisamente cuando lo inseguro de su voz, la palidez de su rostro y otras señales bien ostensibles, declaraban a gritos que estaba muerta de miedo! Y ¡cosa más extraña aún!: yo que lo conocía, en lugar de envalentonarme con ella, más me encogía y me apocaba, y más fuerte y desordenado era el latir de mi corazón.
-A usted le toca empezar -añadió Clara tras una ligera pausa-; y sea breve y conciso, si no quiere que nos interrumpan a lo mejor.
¡Dios mío, qué trance aquél! Yo me acordaba de todos los amantes imberbes de las tertulias graves y de los bailes por lo fino; yo me veía como los había visto a ellos tantas veces, atarugados, lacrimosos y sentimentales, haciendo, con hiperbólicos rodeos, una declaración rimbombante y mimosona, a una mujer que les apagaba los imaginados fuegos con una burlona sonrisa, cuando no con una carcajada. Y me acordaba de ellos, porque ni estaba yo menos conmovido, ni menos atarugado. Por otra parte, pensaba que aquel trance no había sido buscado por mí; y que, aun sin esto, yo tenía algunos títulos en qué fundar, cuando menos, la esperanza de que no se rieran de mis cuitas; cierto derecho a decir lo que sentía, y pruebas notorias de que lo sentía de veras. Pero si yo no era un amante imberbe, soñador ni ridículo, Clara, cuya actitud podía engañarme, estaba a cien leguas del tipo común de las mujeres, por su temperamento, por su carácter y hasta por su inteligencia. La proporción resultaba, y el riesgo, por ende, existía. Y con estas cavilaciones que me acometían con la velocidad y hasta con la luz deslumbradora del rayo, esquivaba el tema del asunto y me escondía detrás de una metáfora, o me escapaba por una callejuela de vulgaridades. Pero los ojos de Clara me perseguían implacables; y aguijándome con la mirada, tornábanme dócil y manso al redil. En una de estas escaramuzas me amarró diciéndome:
-Porque usted se puso colorado y yo no, al mirarnos a los dos unos mismos ojos, me tuve por más valiente que usted, y usted me negó esta ventaja que yo creo llevarle, so pretexto de que a usted no le ruborizó la mirada por ser mirada, sino por lo que descubría. Es decir, que en demostrando yo que había en mí tanto que descubrir como en usted, queda probado que soy mucho más valiente, puesto que resistí la mirada sin inmutarme. Ésta es la cuestión: ver lo que hay oculto en usted, y ver lo que hay oculto en mí. Ahora vengan esos secretos de usted, y enseguida aparecerán los míos.
No había escape. Era preciso resolverse, y me resolví; se necesitaba valor, y le tuve. Pero me faltó el método, y hasta el estilo. ¡Tiene tres perendengues esto de declarar cosas tan serias a una mujer de talento! En tomar bien el asunto consiste todo; porque el trance está tan cerca de lo serio como de lo ridículo, y a mí todas las tentativas se me inclinaban a este lado. Cuando los gladiadores romanos estudiaban tanto el modo de caer con gracia sobre la arena del circo, por algo lo hacían.
-Clara -dije al fin, sudando de congoja-, le juro a usted que no es valor lo que me falta para declarar todo lo que siento: es que no hallo modo que me satisfaga, sin temor de que la pintura no sea digna del asunto, ni de usted que me la inspira.
Sonrióse ella y atajóme diciéndome:
-Voy a ayudarlo a usted a salir del apuro... ¡y, por Dios, no se ría de mí si me equivoco en mis presunciones! Hace algún tiempo (no mucho) que en el corazón de usted ocupo yo un sitio algo mayor del que ordinariamente se otorga a una amiga. ¿Es cierto?
-No... porque le ocupa usted todo, le llena todo -exclamé con vehemencia tal, que me valió el dulcísimo castigo de que sellara mi boca la tibia, fragante y suave mano de aquella sin igual mujer.
-Es decir -continuó ésta, bajando la voz y retirando su mano de mis labios convulsos-, hablando en castellano corriente, llamando a las cosas por su nombre, que usted... me quiere un poco...
-¡No! -le interrumpí, borracho de dulces emociones-, ¡sino con toda mi alma, con toda mi vida, con todo el fervor de un corazón que siente esas cosas por primera vez!
-Sea así -repuso Clara-, y tanto mejor. Ya sabemos qué secretos eran los que intentaba descubrir en usted la mirada de mi amiga. Réstanos saber ahora si yo tenía otros idénticos que ocultar de ella... Apurado es el trance para mí; pero no he de tomarlo por pretexto para faltar a la palabra empeñada.
En este instante era yo todo ojos y oídos y nervios y ansiedad; todo menos un hombre en su cabal razón; y, ¡qué demonio!, el caso lo pedía. ¡Y precisamente fue este instante el escogido por el estúpido Manolo para acercarse a preguntar a su hermana si con el traje claro de camino jugaría mejor la corbata de piqué a lunares marrón, que la de granadina crema! Apartóse Clara repentinamente de mí en cuanto oyó los pasos de su hermano; y no sé qué sequedad le respondí cuando se llegó a saludarme. Clara, que estaba tan impaciente y tan contrariada como yo, despidióle lo antes y lo menos mal que pudo; pero apenas había salido de la sala, cuando apareció Pilita en ella, incrustada en revoques y postizos, juguetona, dengosa, impertinente, como niño mal educado que se sale con la suya.
Desde aquel momento todo fue ruido y movimiento allí. La doncella que entraba y salía, recogiendo cosas que había de llevarse después que se marcharan sus amos, la patrona que ayudaba a la doncella; el criado que servía a Manolo y dejaba sobre una silla el rollo de mantas, bastones paraguas; las mil advertencias de Pilita a sus sirvientes, para entonces y para después; su incesante asedio a Clara para que concluyera de arreglarse; sus llamadas a Manolo para que hiciera lo mismo; la entrada de Manolo; sus cien preguntas impertinentes; sus cánticos inaguantables a la sordina; la lluvia de cumplidos falsos de él y de su madre conmigo: «la pena que sentían al separarse de un amigo tan excelente; que mejor haría en irme con ellos...»; en fin, no se los podía aguantar en una situación de ánimo como la mía; sobre todo, desde que Clara, complaciendo a su madre, había entrado en el gabinete y me faltó el dulce recreo de sus furtivas miradas y el espectáculo de su presencia. Duró este barullo cerca de una hora, y terminó con otro mucho más estrepitoso, armado tan pronto como se supo que el coche esperaba en la calle.
¡El coche en la calle ya; Clara lejos de mí, y el punto sin resolver!
¿Cómo pintar la comezón, la impaciencia que me consumía y me llevaba de un lado para otro, pulverizando entre mis dedos las puntas de los bigotes, a fuerza de retorcerlos maquinalmente?
En tanto, Pilita y Manolo no cesaban de gritar ni de moverse.
-¡Acaba, hija mía!... ¡Clara, por Dios!..., ¡que aguarda el coche!..., ¡que nos espera Chuncha!..., ¡que se hace tarde!... Pero ¿no vienes?... Pero ¿no acabas?...
Y vino al fin Clara. Traía sobre sus hombros una manteleta o chal, o no sé qué, pues nunca fui gran inteligente en el ramo de indumentaria femenil; pero ello era cosa muy elegante y suelta, y entonaba muy bien con el resto del traje; y cubríala parte de la frente el mal recogido y tenue velo de gasa azul de su sombrero de paja bajo cuyas dos aletas laterales, sujetas con ancha cinta anudada sobre la garganta, asomaban, trémulos Y desmayados, los negros tirabuzones. Calzábase uno de los guantes con la otra mano, desnuda todavía. Pilita, al verla, argadillo y carraca a la vez, por lo que se movía y alborotaba, tocábalo todo, dejábalo después, empujaba a su hijo, cargábale con algo, descargábale de ello enseguida, endosábaselo a Clara; y que «vamos», y que «no olvidéis alguna cosa», y que «por aquí» y que «por allá». Nadie se movía con arte. Vino el criado y cargó con lo más voluminoso... ¡Y llegó el momento de salir!
Yo no sabía qué hacer. Miré a Clara, que estaba inalterable, y parecióme que me decía algo con los ojos; algo que se ajustaba perfectamente a mis deseos... o que quise entender así. Lo cierto es que al ver que ella no se movía, híceme yo también el roncero.
-Vayan saliendo todos -dijo entonces-, que yo cuidaré de que nada se nos olvide. Así hizo salir de la sala a su madre y a Manolo... pero quedábase la doncella a su lado.
-Baje usted esto al coche -díjole en cuanto reparó en ella, entregándole... el cabás que ya tenía en la mano.
Nos quedamos solos, solos un instante, en un rinconcito de la sala. Después de convencerse de ello con una rápida mirada en su derredor, me tendió su mano desnuda; y al rumor de las voces de los que se alejaban por el tortuoso pasadizo, díjome, con el doble anhelo del interés Y de la prisa:
-Me voy con la pena de no dejar a Madrid asegurado de ciertos peligros. Estas cosas no están bien afirmadas todavía. Puede reproducirse en las calles, a la hora menos pensada, algo como lo pasado. ¡Dios no lo permita!... ¡Pero si aconteciera...!
-¿Qué? -le interrumpí, admirado de tan extraño temor en aquel momento.
-Que basta ya de pruebas temerarias...
Creí comprenderla, y le dije, oprimiendo su mano palpitante entre las mías nerviosas:
-Antes, casi empujándome hacia esas aventuras; y ahora queriendo apartarme de ellas. ¿Por qué es eso, Clara? ¿Vale hoy mi vida más que valía ayer?
-Para mí, ¡sí! -respondió con la bravura de una pasión indómita-; ¡porque ya es mía!... Por eso no quiero que se exponga..., por eso exijo... ¡que no la pierdas!
¡Esto, todo esto cayó sobre mí, como si lo trajeran de repente los efluvios de una tempestad; y estalló en mis oídos y repercutió en mi corazón comprimido y en mi cerebro trastornado!... Y yo no halló palabras con que traducir mis ideas en tumulto, ni voz con que formar las palabras; la luz de los ojos de aquella mujer irresistible me envolvía en su centelleo fascinador; veía el agitado ondular de su seno, y su boca estaba cerca de la mía... y aún nos acercamos más, porque un mismo impulso nos movió a los dos; y entonces mis labios, que no acertaban a modular una sílaba, sellaron en los suyos con fuego la respuesta.
Apartóse de mí con la fuerza y la velocidad del rayo; salió de la sala, y salí yo detrás, ciego, enloquecido...
¡Ay! ¡Aquella hermosa estatua; lo que yo creí, en un tiempo, frío y duro mármol, abrasaba!
Aquí comienza una nueva fase de mi vida, o como ahora se dice, una nueva dirección en la órbita de mis pensamientos. Hasta aquí había sido yo dócil masa, ave sin rumbo, nave sin brújula; las olas y el viento me conducían, y la mano de la ciega casualidad me formaba a su antojo. Desde aquí, el pájaro no vuela al azar; la nave sigue su derrotero inalterable, y la masa tiene un molde a que se ajusta y acomoda. Se acabó el aventurero que vive de entusiasmos y borra sus impresiones de ayer con otras más recientes; que acopia sin codicia y esparce sin duelo, porque es errante peregrino, guíale la buena fortuna y aún no columbra el fin de la jornada. Ya es el hombre advertido y cauto, que se detiene y descansa, y reflexiona y consulta sus fuerzas, pues sabe adónde va.
Porque no podía resultar otra cosa de aquella despedida, de la ardorosa correspondencia que la siguió y de las reflexiones que me hice. Un solo camino vi que me llevara por donde tantos y tan imperiosos afanes hallaran el apetecido término; juzguéle llano y expedito, y propúseme lanzarme a él. Entonces o nunca. Clara parecía haber hallado en mí el único hombre capaz de conmover su alma bravía; yo estaba loco por Clara; ella era hermosa, terriblemente hermosa; yo, amén de romántico admirador de lo excepcional y de lo dificultoso, gozaba a la sazón de los mimos de la fortuna, y podía, con esta prosa vil, alimentar el idilio de mis amores con algo más que pan y cebolla. Repito que entonces o nunca. Optó por lo primero; y desde aquel instante remaché, con un propósito firme, las cadenas con que me sentía ligado a Clara desde nuestra separación. A la fuerza de su atracción obedecen ya todos mis pensamientos, en su derredor giran, hacia ella van, de ella vienen, de su calor se nutren y con su luz se iluminan...
Sin embargo, la pasión no me quitó conocimiento, quizá porque la memoria es la potencia del alma más al abrigo de las tempestades del corazón; y en mi memoria estaban impresas, una por una, todas las palabras de la historia que me había contado Matica de la hija del desbravador andaluz y de su aprovechado marido. Pero ¿y qué? Suponiendo que aquella historia fuera la pura verdad, ¿tenía algo que ver la hija con las debilidades de los padres? Y aunque lo tuviera: la que más limpia se juzgase de esas máculas, ¿se atrevería a gritarlo muy recio en la Puerta del Sol, sin miedo de que le sellara la boca algún inesperado testimonio de lo contrario?
A un razonamiento semejante sometí los fresquísimos recuerdos de las causas en que se fundaba el odio popular a Valenzuela. Esto por lo que respecta al posse del asunto. Por lo que hace al cuándo, ya me parecieron más atendibles aquellos precedentes, por lo mal que se acomodaban con mis flamantes títulos de revolucionario de nota. La soldadura de ambos apellidos no podía lograrse en aquellos días, sin un estruendo que despertara los adormecidos odios y expusiera a muy rudas y peligrosas pruebas el temple de mi buena fortuna. Cierto que, mirando el asunto por la cara buena ' para lavar originarios pecados de polaquería, ningún Jordán como yo en aquel entonces; pero en la duda sobre la eficacia del lavatorio, ¿cuánto mejor era poner la confianza en la voluble condición del populacho y aguardar a que el río de sus iras se encauzara y tornara a correr manso y tranquilo, como correría en breve si el empuje de alguna imprudencia o de alguna debilidad del Gobierno imperante no le embravecía de nuevo?
No se diga tan mal de mi cordura, cuando a tales reflexiones me entregaba en medio de la amorosa fiebre que me consumía... Verdad que más cuerdo hubiera sido no ponerme en ocasión de entregarme a ellas, y mucho más cuerdo todavía someter la enfermedad determinante de la ocasión a un tratamiento racional, antes de declararme vencido por ella; mas para todo esto era preciso que Clara hubiera sido una mujer como todas las demás, y yo un «apreciable joven» que andaba a caza de gangas; en el cual caso ni hubiera acontecido lo que aconteció, ni me hubiera sobrevenido la fiebre, ni yo hubiera tenido que pensar en el modo de curarme de ella.
El trance mío era un trance verdaderamente excepcional: excepcional por la rapidez y extrañeza de los sucesos que me habían colocado en él; por la índole singularísima de Clara; por la misma frescura y virginidad de mi pasión, y excepcionalmente tenía que resolverse, y no por los trámites usuales en todos los compromisos que llegan por sus pasos contados y se acomodan a la estrechez de las argucias retóricas, o pueden reducirse a fríos cálculos de aritmética.
Apuntaban ya las primeras destemplanzas del invierno, cuando volvió a Madrid la familia Valenzuela; pero no a la calle del Príncipe, sino a otra bastante más retirada. Había aconsejado yo este cambio de domicilio en mi constante propósito de alejar del olfato populachero todo rastro que pudiera inspirar malas tentaciones, a la hora menos pensada. Yo mismo busqué la nueva habitación por encargo de Clara; y por su encargo también, dirigí los mecánicos trabajos de la mudanza.
Cuando le enteré de que iban a comenzarse, «cuídame mucho -me escribió- mi tocador Luis XV, mi mecedora japonesa, mi escritorio de ébano...» Y así iba, la condenada de ella, enumerándome los muebles y objetos de su uso particularísimo, como si se anticipara a satisfacer la ardiente curiosidad que yo sentí al entrar en la abandonada vivienda, o supiera las extrañas impresiones que produce en un hombre enamorado la contemplación del aposento de la mujer amada, y se complaciera en obligarme a preguntar por el suyo, por si no se me había ocurrido a mí.
¡Con qué celo tan pegajoso y hasta impertinente cumplí su encargo! No me hartaba de resobar aquellos tan varios como innumerables, lindos y elocuentes trastos y cachivaches, en los cuales me era lícito poner las manos.
Solamente las mías se emplearon en acomodarlos en el gabinete de la nueva casa, elegido por Clara en presencia de un planito muy curioso que yo le tracé en una carta. No sé qué tal me porté en aquel empeño, pues a pesar de poner en él los cinco sentidos y tener en la memoria el orden de colocación anterior de las mismas cosas, todo era de temer en un hombre tan desmañado como yo; pero lo esencial era hacerlo al gusto de Clara; y lo que es eso, vive Dios que lo conseguí, con pruebas sobre el terreno. Pues a pesar de todas éstas y otras minuciosidades íntimas, señal de la perfecta concordancia de nuestros amorosos ímpetus, nada la hablé del trascendental propósito formado por mí durante su ausencia; no porque me arrepintiera de haberle formado ni por temor de que no se aceptara, sino porque me complacía yo en saborear gota a gota todas las dulzuras de aquel trámite antes de pasar a otro nuevo.
En esto, me ofreció la fortuna otro testimonio de que no se cansaba de empujarme hacia arriba. El ministro de la Gobernación, después de encarecerme mucho la necesidad de llevar al Congreso hombres notoriamente identificados con el nuevo orden de cosas; de prestigio revolucionario y mimados del aura popular, me brindó con un distrito, garantizándome el triunfo en él.
Confieso que me tentó mucho la oferta; pero no llegó a cegarme. Aunque tenía formado mi juicio sobre el caso, lo consulté con Clara. Para ella vivía ya, con sus ojos miraba y con su entendimiento discurría, y nada podía ser de mi gusto si no se acomodaba rigorosamente al suyo.
En su opinión, la tribuna del Congreso era algo más seria que la de la plaza pública. Siendo yo diputado, estaba en la obligación, por mis antecedentes oratorios, de tomar parte muy activa en los debates políticos; y era muy probable que, por la extrañeza del lugar o por la calidad y destreza de mis adversarios, y, sobre todo, por desconocimiento del asunto, hiciera allí un triste papel y me pisotearan los laureles ganados y la fama adquirida entre las turbas amotinadas, en los apasionados debates del club y en los corrillos de las plazuelas. Más adelante, con algún conocimiento del teatro y mejor estudio del papel, era cuando debía yo aspirar al aplauso de que me hacían merecedor mis excepcionales dotes de tribuno.
Exactamente lo mismo que yo pensaba, y lo propio que me dijo Matica al otro día al saber de mi boca que no había querido aceptar la oferta del ministro. Verdad que se asombró de este mi rasgo de cordura tan poco frecuente entre los castizos españoles, y, sobre todo, a mi edad y en circunstancias tan tentadoras como las que me rodeaban; pero más asombrado estaba yo, por conocer la fuerza del hechizo que a tan insólitas abnegaciones me conducía, sin amago de resistencia ni asomo de disgusto.
Estos tranquilos y sazonados testimonios del interés con que ligaba Clara su atención a todos mis asuntos personalísimos, me enloquecían mucho más que sus apasionados abandonos y como nada me quedaba ya que saborear en el trámite de las protestas mutuas y de las confianzas íntimas en que vivimos durante un mes, aventuré la declaración de mi arraigado propósito trascendental, en los términos menos prosaicos y ramplones que pude, de manera que resultaran, más bien que comienzos en seco de un nuevo capítulo, tintas vagas, palabras decorativas del fin del anterior. La necesidad me hizo conocer entonces que con una mujer de tan buen gusto como aquélla, aun ofreciéndole lo mismo que desea, puede perderse todo lo ganado en su estimación. Cuestión de estilo y de oportunidad. a mí me salió tal cual la oferta.
No le dio la menor importancia; como no se le da a lo que se espera y se ve llegar a su debido tiempo. Así es que, para ella, este punto de nuestro amoroso empeño parecía un punto secundario: le trató con la mayor frescura.
-No hay que pensar en eso por ahora -me dijo al último.
Y tras esto, me expuso las mismas razones que yo tuve, cuando se me metió entre los cascos el propósito, para aplazar su ejecución hasta más allá de mis deseos; y aun me añadió otras de puro respeto a la excepcional y medio luctuosa situación de su familia, que me parecieron muy cuerdas y atendibles. Por conclusión me dijo:
-O estas cosas políticas se encarrilan pronto, o se van por la posta. De cualquier modo, el juicio, si no el cansancio, ha de imponerse a las malas pasiones; hará el olvido lo que no haga la justicia con los ausentes; y si éstos no vuelven todavía, para entonces habrá llegado la primavera, que es la estación de las flores, de los pájaros... y de los nidos.
Cómo pronunció esta palabra su boca y qué acento le dieron sus ojos, el demonio que lo pinte: yo me declaro incapaz de ello, no obstante la exactitud con que guardo en la memoria la eléctrica impresión que me produjo aquel conjunto diabólico de sonidos, de fulgores y de malicia. La eternidad me parecieron entonces los pocos meses que me separaban de aquella primavera africana, de tal modo prometida.
Al otro día escribí a mi padre, sometiendo a su parecer el punto, en abstracto, de mi posible casamiento.
«Es el estado perfecto del hombre -me respondió a vuelta de correo-, al decir no sé si del Espíritu Santo o de un Padre de la Iglesia; pero el dicho es de autoridad competente, y el hecho de notoria necesidad, así por la ley de Dios como por la de la Naturaleza. Pláceme verte llevar los pensamientos por tan buen camino. Hombre eres ya dueño de ti mismo; a nadie sino a Dios debes lo que vales y lo que posees, puesto que hasta con réditos has devuelto a tus hermanos (y era la pura verdad) las sumas del vil metal que te anticiparon para emprender la carrera, En cuanto a mí, sin contar las prodigalidades de la misma especie con que a menudo me agasajas, aún me mucho menos; pues siendo tu padre, tus prosperidades son las mías, tus virtudes refluyen sobre mí, y tus glorias resplandecen en mis honradas canas.
»Pero ¿tienes, por ventura, elección hecha ya? Porque asunto es ese que me tocas, que no suele ventilarse sino cuando el corazón se halla interesado en él. ni se es, hijo mío, el punto más delicado de la cuestión: el acierto en la elección de compañera. Háblame de esto.»
Y le hablé largo y tendido, porque hablar de ella y con ella, y pensar en ella, era mi incesante entretenimiento; y por lo mismo que él la había conocido descarnada y enfermiza, gasté un plieguecillo entero en pintársela tal como se había vuelto, y cerca de otros dos en ponderarle sus talentos y virtudes.
Contaba yo con que le había de alegrar la noticia, porque sabía hasta qué punto le tenía sorbido el seso la pomposidad de Valenzuela; pero con saberlo tanto, no pude imaginarme el grado de exaltación a que llegó su alegría al averiguar que estaba a pique de ser consuegro de tal hombre. Se conocía por lo irregular de la letra, de ordinario limpia y correcta, como la mejor bastarda de su tiempo, que le había temblado la mano al escribirme cuatro caras en folio, de ardorosos plácemes y de fervientes aleluyas, con maliciosas insinuaciones enderezadas a la probable quemazón de los Garcías. Por conclusión me preguntaba.
«¿Y qué dice de esto mi buen amigo y, por la gracia de Dios y de tus altos merecimientos, Mucho más que amigo dentro de poco, el excelente caballero don Augusto?»
La verdad es que ni siquiera había pensado en preguntárselo. Era asunto de la exclusiva dirección de Clara, y a su cargo corría el cumplimiento de todos esos preliminares íntimos. Yo, hasta entonces, no era oficialmente en la familia más que un amigo de la mayor confianza. De las cosas de Pilita y de las miradas de la duquesa deducía yo que ambas estaban en el secreto de mis intenciones; y estándolo ellas, lo estaría también Valenzuela; pero como el parecer de estas gentes me tenía sin cuidado, mientras el de Clara se conformase al mío, ateníame a él sin pensar en otra cosa ni dárseme una higa por toda la casta de los restantes Valenzuelas.
Andando los días, y ya muy cerca de los últimos del invierno; regularizada la marcha de la cosa política; fríos los rencores populares, y cuando la familia Valenzuela, tras unos meses de recogimiento y de vida modesta y sosegada, salía a la calle a pie sin excitar la curiosidad sospechosa, de las gentes que la conocían; cuando, merced a esta conducta prudente y a ciertas voces que yo había sabido propagar a tiempo, comenzaba el público impresionable a convencerse de que la fama había calumniado en más de la mitad de sus vociferaciones al fugitivo manchego, y se trocaban, las maldiciones al padre en muestras de compasión a su familia, me dijo Clara:
-Ahora es la ocasión de hacer eso.
Eso era, según lo tratado en otras conversaciones, llenar el requisito, pro fórmula, de pedir oficialmente su mano.
Aquel mismo día escribí con la mía temblorosa, no por el miedo a una repulsa contra lo que estaba bien garantido, sino por lo que el acto me aproximaba a la primavera, una carta al desterrado personaje, con todas las finezas, declaraciones y salvedades de rigorosa necesidad en trances de tal naturaleza. Vestíme enseguida con algún esmero mayor que el de costumbre; y depositando con mi propia mano la carta en el correo, fuime a ver solemnemente a Pilita.
Cumplí como un bravo mi cometido, y me asombré como nunca de la insubstancialidad de aquella mujer, que ni siquiera supo disimular la poca gracia que le hacía el ingreso de un hombre de tan poca sociedad como yo, en una familia tan coruscante como la suya. Así traduje sus gestos empalagosos, y los cuatro siseos y la media docena escasa de monosílabos con que respondió, con la cabeza entornada y los ojos fruncidos, a mi demanda cortés. Llamó a Clara; enteróla solemnemente de mis pretensiones, como si las dos no las conocieran tan bien como yo, y a pique nos vimos todos, por la simplicidad de la madre y el malicioso mirar de la hija al encararse conmigo, de que tocara en lo bufo aquella singular escena dirigida por la cómica gravedad de Pilita.
La contestación de Valenzuela llegó a vuelta de correo. ¡Tenía que ver! De tollo me hablaba en ella: de la revolución; de sus injusticias con los hombres necesarios, íntegros Y abnegados como él; del día no lejano de las grandes reparaciones; del «pan del ostracismo»; de la nostalgia de la patria querida y de la familia adorada; de la política de Espartero y del abrazo de O'Donnell...
Al fin respondía a mi instancia, otorgándome el solicitado consentimiento, ya que en ello se cifraba la felicidad de su hija; rogábame que continuara yo siendo el amparo de toda su familia mientras él se viera obligado, por la maldad de los hombres, a gemir, pobre y calumniado, en lejana tierra extranjera; y para compartir conmigo el peso de la carga que echaba sobre mis hombros, anticipábame gustosísimo... su paternal bendición.
Con esto quedó definitivamente rematado el asunto aquella misma noche, y acordada la boda para los primeros días de mayo; pero sin ruido ni ostentación, en la intimidad del hogar, como si nada extraordinario aconteciera. Ni aconsejada por mí hubiera la necesidad dispuesto estas cosas más al gusto de mis deseos.
Y para que todo anduviera a la medida de ellos en tan venturosos instantes, al otro día votaron las Cortes una pensión a la huérfana de don Serafín Balduque, veterano servidor de la patria, perseguido durante su larga carrera por los rencores y las injusticias de los tiranos, y muerto heroicamente en lo alto de una barricada, proclamando a gritos la santa causa de la libertad y de la justicia». Éste fue el tema, suministrado por mí, de acuerdo con el ministro, del discurso con que ganó el pleito el diputado de mejores pulmones que hallamos en la mayoría. Así es que se votó la proposición de ley sin el más leve tropiezo.
Aquel mismo día era el elegido por mí para dar, en confianza, parte de mi casamiento a los amigos de mi mayor intimidad. Pensaba comenzar por Carmen. ¡Qué ocasión tan oportuna para llevarle la noticia del acuerdo tomado por las Cortes! ¡Dos alegrías a un tiempo para la pobrecita! Bien las necesitaba; pues aunque ya se sonreía algunas veces hablando conmigo, señal era, más que de estar libre de la carga de pesadumbres, de irse acostumbrando a ella. Fuime a su casa.
Temiendo que se malograra el intento de la pensión, nunca le había dicho una palabra acerca de ella. La noticia, pues, tenía que causarle una gratísima sorpresa. Gozándome yo en considerarlo, díjela por entrar:
-Hoy es día de grandes acontecimientos, Carmen.
Y enseguida le hablé del que más la interesaba. No me habían engañado mis presunciones: la noticia le produjo una verdadera alegría; yo la sentí mayor al observarlo. Quica, que se hallaba presente, le abrazó, haciendo pucheros y sorbiendo lágrimas. Después me preguntó Carmen:
-Y ¿por qué el Congreso se ha acordado de mí?
-Porque... porque Dios lo ha querido -respondí yo.
-Cierto -me replicó ella-; pero de alguien se habrá valido acá abajo...
-Se supone; pero ¿qué más da eso?
-¡Mucho! -me contestó resuelta; y añadió, mirándome con una valentía inusitada en ella-: ¿Por qué he de privarme del gusto de saber que es usted quien me ha hecho tan grande beneficio?
-Porque no es eso enteramente la verdad -repuse- Cierto que yo recomendó el asunto al diputado que lo trató en las Cortes, y que antes obtuve el beneplácito del ministro, y que... Pero, al fin y al cabo, ese recurso fue uno entre los muchos propuestos por varios amigos míos y de usted, animados de las mismas intenciones que yo. Luego no es a mí solo a quien tiene usted que agradecer esa verdadera reparación de agravios debida por el Estado a un servidor tan antiguo, benemérito y mal recompensado como el pobre don Serafín.
Como observé que le entretenía mucho hablar de estas cosas, seguí la conversación hasta agotar la materia. Entonces, contando con que iba a procurarle una nueva satisfacción,
-Vaya -le dije- la segunda noticia del día.
Y enseguida la di, en crudo, la de mi casamiento. Le causó el mismo efecto que el estallido inesperado de una bomba: un sacudimiento convulsivo de pies a cabeza; palidez repentina del semblante; la vista, entre asombrada y de espanto. Entendí que le acometía algún acceso mortal, y miré a Quica alarmado. Estaba peor que su ama: boca, narices, ojos..., todas y cada una de las partes de su cara se habían inflado de repente, y se movían, y se juntaban, y volvían a separarse, contraíanse y se alzaban, como vejiga a medio henchir entre manos infantiles; hasta que, al empuje de dos sollozos histéricos, brotaron arroyos de los ojuelos fruncidos, y fue un charco de lágrimas toda la faz.
Para impresión de alegría, me pareció demasiado todo aquello. Volví a mirar a Carmen, y ya la hallé más serena.
-Esa boba -me dijo, con voz insegura-, todo lo convierte en llanto: el mismo efecto le causa lo alegre que lo triste.
A pique estuve de decirle: «no, pues en usted tampoco varían gran cosa esas señales». Y como a las rarezas de Quica se agarró con notoria terquedad para tema de nuestra escasa conversación, y ni siquiera se le ocurrió preguntarme con quién me casaba, no traté de volver el diálogo hacia ese lado; y me despedí bien pronto, un poquillo resentido de que con tal indiferencia se recibiera en aquella casa la noticia de un acontecimiento que tanto me interesaba a mí.
La tal noticia estaba de malas aquel día. Después de dársela a Carmen se la di a Matica, y también se quedó hecho una estatua al saber con quién me casaba. Cierto que para explicar la sorpresa y el pasmo de este amigo existía el antecedente de los horrores que me había contado de toda la casta de mi novia; pero así y todo, para un hombre de las malicias, del talento y de los recursos de Matica, aun en trances más apurados que el en que yo le puse con la noticia, era demasiado pasmo el suyo.
-¡Ah!, si conocieras a Clara más de cerca, ¡de qué diverso modo procederías! -pensaba yo caminando hacia su casa.
Y con esto me tranquilizaba.
Con Redondo, en cuyo periódico escribía yo artículos de política muy a menudo, reñí de veras; porque su odio de sectario a los enemigos de la libertad, y en especial a Valenzuela, se extendía implacable hasta más allá de la cuarta generación de los odiados y de cuanto les perteneciera. Me dijo muchas barbaridades en respuesta a la noticia que le di en confianza.
El ministro se hizo cruces; pero éste, lo mismo que los amigos a quienes fui dando en secreto la noticia, hallaban la justificación del caso en los novelescos sucesos de marras, bien conocidos en Madrid, y en la afamada, excepcional belleza de la heroína.
A este solo dato se agarraron los estudiantes mis paisanos (con quienes no vivía yo desde que era funcionario de la nación) para colmarme de enhorabuenas. Uno de ellos la conocía de vista, y se la dio en el acto a conocer a los demás en un retrato que les hizo en cuatro frases al fuego y media docena de expresivos trazos en el aire, con las dos manos a la vez. Todos se declararon polacos de la hija de Valenzuela. Esto ocurría de sobremesa, y hasta la patrona se llegó a brindar por su hermosa pupila. Pagaba yo el agasajo, y duró el jolgorio largas horas. Un teólogo recién llegado del seminario de Toledo, donde estudiaba (hoy ejemplar sacerdote y elocuentísimo orador sagrado), al son de la bandurria, que tañía admirablemente, improvisó unas aleluyas epitalámicas, en montañés callealtero, que fueron el más sabroso y regocijado remate que podía darse a una fiesta como aquélla. Juráronme todos guardar el secreto de la noticia; y chacun par son cotê, como dijo uno de los presentes, al separarnos, y lo dice todavía en casos parecidos; mozo entonces aspirante a boticario en una farmacia de la calle del Príncipe; dirimidor más tarde de pleitos internacionales en Marruecos; hoy casi viejo notario de la villa cercana, y padre venturoso de no sé cuántos «lactantes».
A pocos más que a estos y a aquellos amigos y compañeros confié el secreto de mis acordadas bodas, Con las mismas precauciones las había anunciado mi padre en la Montaña. Escribíame el santo varón lamentándose de no poder asistir personalmente a ellas, por lo avanzado de su edad y lo penoso del camino; y yo, que no se lo había propuesto, no por olvido ni por falta de ganas de verle a mi lado, sino por muy fundados recelos de otra especie, sospechaba que me lo decía por tirarme de la lengua. Busqué con discreción el parecer de Clara, y conocí, por los síntomas, que era opuesto al mío. Me causó honda pena el descubrimiento. Cierto que tampoco su padre asistiría y que el acto había de celebrarse con la mayor reserva posible; pero yo no hablaba de Valenzuela con su hija con el despego y la frialdad que Clara al mencionar entre dientes al pobre hidalgo que se desvivía por ella. «Cuestión de temperamento; resabios de la corte», decíame a mí propio.
Y así daba a las cosas que no me agradaban de pronto (y que no dejaban de abundar en aquella casa) el aspecto que más convenía a la ceguedad de mi pasión.
Entre tanto, los días iban pasando, y yo contemplaba, mudo y electrizado, cómo en el gabinete más espacioso de la casa se renovaba todo su contenido, y se entretejían y barajaban muebles y cachivaches que yo llamaría, si se me permitiera, masculinos y femeninos; con algún otro más importante, del género común de dos; pasaba diaria revista a los regalos que hacían a Clara sus amigos y los míos: le enseñaba los recibidos por mí, que no eran muchos, y nos regalábamos mutuamente tal cual alhaja y muchas miradas y muchas promesas, cada cual en su estilo: yo siempre verboso y apasionado; ella serena y fría, pero dando las lumbres a tiempo como los pedernales...
Y así fue acabándose abril muy poco a poco; y empezó mayo con sus flores y sus pájaros... y sus nidos. Y un día me dijo Clara:
-Éste es el nuestro -mostrándome hasta el fondo del recién preparado gabinete, verdadero nido de amores, entre bóvedas de misterioso ramaje.
Y aquella misma noche troqué por el dulce calor de sus blandos algodones, las yermas soledades y el frío de mis playas de soltero.
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-Entre otras mil razones, porque el destino que desempeño aquí lo tengo a la puerta de casa, como quien dice; es cómodo, sin responsabilidad alguna para mí...
-También es obscuro.
-Otra razón más en su favor: nadie repara en él, ni en mí, ni en ustedes...
-¡Si, a fuerza de escondernos, de encerrarnos, como si hubiéramos robado la tienda de la esquina!... ¡Hijo, que también se cansa una de tan largo cautiverio, y desea aire libre y movimiento... y sociedad!
-Pues a ese recogimiento deben ustedes la tranquilidad que viven a estas horas. Déjenle de repente, y aparezca mi mujer en primera fila ostentando los relumbrones del cargo de su marido, y se excitará la curiosidad pública; y unos dirán que blanco, y otros que negro; y lo olvidado reaparecerá...
-¿En provincias?... ¡Inocente!
-En provincias, señora, se toman esas cosas más por lo serio que en Madrid... Además, yo no entiendo jota del papel que entonces me correspondería desempeñar; me falta la experiencia; soy un recién llegado al campo de la política... y luego es oficio caro: exige una ostentación que no cabe en el sueldo que dan por ejercerle...
-¡Hijo! ¿También eres de los que suman y restan los dineros?
-Señora, yo no sé que los dineros tengan la propiedad de estirarse a capricho de la necesidad; y no teniéndola, no conozco otro modo de vivir sin trampas y con sosiego.
-¡Bah!, déjate de boberías y de ranciedades de antaño, y aprovecha esa ocasión de dar a tu mujer el brillo que merece. «¡La señora del gobernador civil de una provincia de primer orden!» Compárame esto con «la mujer de un empleado del Ministerio de la Gobernación», y si no salta a tus ojos la diferencia, te digo que no tienes sangre.
-Pues precisamente porque la tengo y veo esa diferencia, pienso como pienso.
-¡Y dígote! Una capital de puerto de mar; y el verano asomando, ¡con unos calores que nos matarán en este Madrid de fuego! Hasta por la salud, hombre, hasta por la salud nos conviene ese cambio de destino.
-¡Ah!, si sólo por esa razón me lo aconsejara usted, ¡qué fácil me sería arreglar las cosas de modo que todos quedáramos contentos!
-¿De qué modo, hijo?
-Trasladándonos a un hermoso rinconcito de la Montaña; junto a las olas del mar, donde está la casa de mi padre, donde conocí a Clara...
-¡Puff!..., ¡la rustiquez de la aldea, con sus puercos callejones y sus lagartos y sus gentuzas con remiendos! Quita, quita, hijo, que entre morir allí de espanto y de tristeza, y asarme aquí de calor, prefiero esto, que, cuando menos, está bien acompañado... ¿Y tú serías capaz de ir con gusto, ahora que estás casado, a meterte en aquellas espantosas escabrosidades?
-¿Cómo puede usted dudarlo siquiera?
-En fin, hijo..., allá os las avengáis; que, después de todo, yo no sé por qué tomo tan a pechos asuntos que no son míos. Ahí está tu mujer oyéndonos, sin desplegar los labios: que diga lo que le parece, si le acomoda, que con ella va el cuento más que conmigo.
Esto acontecía tres semanas después de mi casamiento; a los ocho días de haberme manifestado Pilita deseos de que trocara mi destino de Madrid por el cargo de gobernador de provincia, y a las pocas horas de haber preguntado al ministro, por mera curiosidad, si eso era posible, y de saber que en mi mano estaba el ir a desempeñar un gobierno de primera clase en una capital del Mediterráneo. Andaba allí el partido de opinión caliente algo soliviantado; y nadie para traerle a mandamiento como un hombre de mi prestigio revolucionario. Tuve la debilidad de referirlo así en mi casa, y se declaró al instante empeñada porfía lo que en días atrás no había pasado de insinuaciones leves de Pilita, con sospechas en mí de que fueran hijas de la intención de Clara.
Respondió ésta al llamamiento de su madre arrimándose a mí por de pronto, quitándome después unas pelusillas de la barba, y, por último, con estas palabras, sin dejar de manosearme donde le parecía mejor:
-Yo creo que todo puede arreglarse de modo que tú (señalando a su madre) quedes contenta, y tú (por mí) muy satisfecho.
-¿Y tú? -la pregunté.
-Estando contentos vosotros, ¿cómo no he de estarlo yo? -respondióme al punto.
-Pues veamos tu plan -dije.
-Complace a mamá haciéndote gobernador, y vete a pasar unos días con tu padre a la Montaña, antes de tomar posesión de tu gobierno.
Cuando así me hablaba, debía yo tener algo entre el cuello de la camisa y el cerviguillo, porque por allí andaba su mano haciéndome cosquillas.
-¿Estás convencida de que eso es lo más conveniente? -le pregunté, bajando un poquito la cabeza para que me rascara más adentro.
-Lo estoy -me respondió sin vacilar y manoseando lo que yo quería.
-Pues sea -concluí, a ciencia y conciencia de que hacía un desatino dejándome vencer en aquella notoria conspiración doméstica.
Poco después entró el aparatoso Barrientos, que menudeaba bastante las visitas a mi nueva familia: dejéle con ella, y me fui a ver al ministro.
-Acepto el gobierno -le dije-; pero le advierto a usted que no respondo de desempeñarlo bien. Nunca las vi más gordas.
-¿Es usted capaz de tenerme a raya aquellas gentes? -me preguntó.
-Eso sí -respondíle sin titubear-; pero exige el cargo otros requisitos delicados para la buena administración...
-¡Bah!..., ¿quién piensa en eso? Yo le daré a usted un secretario que le saque de toda clase de ahogos.
-Pues adelante.
-Mañana se extenderá el nombramiento.
-Necesito quince días de licencia para ir a la Montaña a dar un abrazo a mi padre.
-No estorba lo uno a lo otro: irá usted a su tierra con el carácter de gobernador electo.
Y en ello quedamos. Referílo después en casa; y ¡qué noche de júbilo en ella, y qué...!
Al otro día llamé al sastre y al zapatero, y les di que hacer para dos semanas. Mi mujer y su madre llamaron a la modista: no quise averiguar para qué, porque lo presumía y me daba miedo.
Por la noche todos los periódicos daban cuenta de mi nombramiento de gobernador de la provincia de..., unos aplaudiéndolo y otros maltratándome. Lo de costumbre.
Al día siguiente salí para la Montaña, después de haberme despedido en el patio de las Peninsulares más de dos docenas de personajes de la situación. También esto lo contaron los periódicos de la casa, con grandes ponderaciones, como supe después. ¡Válgame el Señor! Menos de tres años antes había llegado yo a aquel mismo patio, solo, pobre y desconocido. ¿Qué virtudes había en mí para haber adelantado tanto camino en tan poco tiempo?
Esto me preguntaba a mí mismo mientras rodaba la diligencia hacia la Puerta de Hierro. Cuando se perdió bajo las arboledas del puente de San Fernando, y, por verlas, me acordé de las de mi lugar, y de mi padre, y de la sosegada vida campestre, y con ello rompí, por un instante, la misteriosa cadena que me llevaba unido al agitado mundo que dejaba atrás.
-Ninguna -me respondí con profundo convencimiento-. Un soplo de la fortuna me encumbró. Otro puede derribarme a la hora menos pensada... ¿Qué será de mí entonces?
Y como me acordé de muchas cosas que me asustaron por primera vez, porque nunca las había desmenuzado seriamente con la razón oreada por las brisas del campo, aparté el pensamiento de ellas y lo puse en el término de mi viaje, por ser el negocio que más me interesaba a la sazón. También me acordaba mucho de la familia Balduque, cuya compañía me había hecho hasta placentero aquel triste camino que iba recorriendo; del pobre don Serafín, tan lleno de vida entonces, y después..., ¡qué recuerdo!; de Carmen; de su mirar dulce; de su boca risueña; de su casta frescura; de sus bondades conmigo; de sus incesantes atenciones mientras me dio hospitalidad en su casa; de sus penas horribles poco después; de su triste luto... y, sobre todo, de la extraña impresión que le produjo la noticia de mi casamiento... ¿Por qué?
Y aquí las brisas campestres, llevándose otras brumas de mi cerebro enfermizo, dejáronme empeñado en las más inesperadas cavilaciones. No quiero decir a qué género de razonamientos me arrastraron éstas, ni recordar la lucha que emprendí con ellos en mi propósito de arrojarlos de un terreno donde, en buena justicia, no podían entrar ya. ¡Es increíble lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas!
Dos días después dejaba la diligencia al llegar a la villa de marras. Aguardábanme allí mi padre, el señor cura, mi cuñado el procurador, el nuevo alcalde del lugar, el de la villa con tres concejales, diez notables y el comandante de la milicia; una murga que me disparé a quemarropa el himno de Riego, no bien pisé el camino real, y más de cincuenta curiosos que acudían a la novedad de la escena. Lloraba mi padre de gusto, y casi llorando yo también de alegría, abrazámonos muchas veces, sin llegar a soltarnos del todo hasta la última. Abracé después a mi cuñado y al cura, y a todo el que se me puso por delante. Aguanté un discurso del alcalde de la villa en nombre de todos los agrupados en su derredor, y le solté en pago otro que los dejó aturdidos y me valió un aplauso de la concurrencia, y otra explosión de la murga con el himno de Espartero.
En el mesón contiguo se había dispuesto un ligero agasajo en mi obsequio, y no lo desairé: componíase de almendras garapiñadas, cortadillos de vino blanco y bizcochos de soletilla. Hice un regular consumo de todo, y mucho más de palabras, porque entre aquellos señores cada sorbo era ocasión de un brindis «al valeroso defensor de la causa de la libertad», y yo no quería pecar de descortés. La murga, entre tanto, no bien dejaba un himno, la emprendía con el otro; ellos eran tres: los dos del principio y el de Vargas. No sabía más. Mi padre estaba aturdido, y el cura en ascuas, en medio de una atmósfera tan patriotera. Después de todo, ellos tenían la mayor parte de la culpa de lo que estaba pasando, por no haber hecho otra cosa, desde el amanecer, que andarse por la villa contando a todo el mundo que habían ido a recibirme. El resto fue obra de los periódicos llegados la víspera, en los cuales se daba la noticia de mi nombramiento de gobernador de... y la de mi salida para la Montaña.
Al fin se acabó aquello; y cabalgando en el jamelgo que me tenían preparado, entre mi padre y el cura, al frente de una comitiva numerosa de pardillos y señoretes que nos acompañó un buen trecho, salí para mi lugar, donde fui recibido con repique de campanas, tiros de escopeta (entonces eran raros los cohetes en los pueblos), y cantándome las mozas al son de las panderetas... Igual que al obispo.
Desde el día siguiente comenzaron a regalarme pollos todas las vecinas del pueblo que los tenían, y a echarme memoriales sus padres o sus maridos. Me creían capaz de los imposibles aquellas pobres gentes, y a mi poder acudían con las pretensiones más extrañas. En fin, se corrió que mi mujer había resultado de la familia real, y que si yo rae volvía tan pronto a la corte, era porque la reina se iba a Aranjuez, y mientras allá estuviera, tenía yo que quedar en Madrid haciendo sus veces.
¿Y mi padre? ¡Dioses inmortales! No se quitaba de encima el vestido bueno, ni se hartaba de oírme, de contemplarme..., de admirarme. No le cabía en casa ni en la calle; andaba inapetente, y creo que se pasaba las noches en vilo.
-¿Y los Garcías? -le pregunté una vez-. No los veo por ahí.
Hizo un gesto violentísimo, en el cual se pintaban a un tiempo el asco, el desprecio y la conmiseración; y me respondió dando una rabonada con la levita:
-¿Quién piensa ya en los Garcías? Eso acabó para siempre. Era polvo indecente, y está donde debe estar: bajo mis zapatos.
Después escupió recio y me habló de mi mujer, cuyo retrato le había regalado yo, y de su consuegro, el excelso don Augusto, como él le llamaba. ¡Cuánto sentía que Clara no me hubiera acompañado en el viaje! ¡Y con qué facilidad creyó todo lo que inventó para demostrarle que más lo había sentido ella...! Lo de mi gobierno, verdaderamente le hinchaba de satisfacción.
-¡Eso se llama ser algo, Pedro! -me decía temblando de orgullo-, y no está... En fin, no quiero, hablar.
Y así todos los días. Mis hermanas me visitaban mucho, y también sus maridos y sus respectivas proles. Por cierto que no eran aquéllas tan crédulas como su padre en lo tocante al apego de mi mujer a la familia de su marido. Achacábanla pecados de orgullo, y a mí me dolía el supuesto, acaso porque era verdad.
Felizmente no abundaban las ocasiones de hablar de estas cosas, porque apenas me alcanzaba el tiempo robado al descanso para correr al aire libre y atender a las impertinentes visitas que recibía, sin punto de sosiego, de las gentes más extrañas. Media comarca me visitó: el indianete del lugar vecino; la comisión del ayuntamiento liberal de allá,; el presidente del Casino progresista de acullá; el capitán de, los voluntarios de aquende, incorporados al batallón de Nacionales de allende; el delegado de los patriotas de Pedregales; Patricio Rigüelta el de Coteruco..., ¡qué sé yo!; y por último, el presidente, el secretario y tres concejales del municipio de la villa, con el testimonio, el papel marquilla con orlas de cisquero, de la sesión en que se me declaró hijo adoptivo de aquélla, «en premio a mis extraordinarios servicios prestados a la causa de la libertad y del progreso». Esta visita me costó una comida, tres discursos y un fortísimo dolor de cabeza.
Un hecho curioso: no salía una vez a la calle sin acercarme al viejo caserón de mi suegro. Allí había conocido a Clara, y, sin embargo, me entristecía contemplando sus macizos paredones, viendo con la imaginación, a través de ellos, vagar silenciosa por sus obscuros pasadizos la enfermiza figura de Clara, con su bata blanca, sus cabellos desprendidos y sus rasgados, negros y centelleantes ojos, muda, pero terrible, como Magdalena Usher en el lóbrego subterráneo de su ruinoso castillo, hasta sentía una penosa impresión de frío en el alma, como si tuviera miedo.
Trataba de desvanecerla considerándola a más risueña luz: desde que la vi en los salones madrileños embelleciéndose poco a poco, hasta que en el colmo de su incitante y singular hermosura me admiró como a un héroe y me aceptó por marido; pero al recorrer de este modo los trámites de esta tan breve como agitada historia de mis primeros amores, echaba de ver que todo era en ellos fuego que aniquila y consume aquello mismo que te alimenta: no el suave calor que atrae y vivifica, aliento de dos almas que se buscan, se unen y se compenetran para no separarse jamás; y por la propia virtud de mis razonamientos, se borraba de mi memoria la imagen provocativa y sensual de mi mujer en sus íntimos abandonos, y surgía en su lugar la yerta, solitaria, seca y bravía figura de la enfermiza hija de Valenzuela, olvidada en aquellos vacíos y destartalados aposentos, como si a ella, insensible y descorazonada, estuvieran ligados mis destinos, y no a la briosa hermosura que inspiró mis hazañas de forajido.
Llamaba yo a estas visiones «resabios de mi fantasía»; pero fantástico o no, el cuadro me hacía muy poca gracia cada vez que lo contemplaba, y lo contemplaba muchas veces.
Fue la única nube que turbó un poco el sereno cielo de mi espíritu durante los breves días que estuve en mi lugar.
Llegó el de marcharme; y a deshora y por caminos desusados, salí a tomar la diligencia donde no me conociera nadie. Dejé a mi padre y la aldea natal con una pena que no puede describirse; y era muy de notar que esta pena, lejos de calmarse, se agravaba a medida que iba aproximándome a Madrid. Más que el pájaro que vuela hacia su nido, parecía yo el ave triste arrojada de la costa por la fuerza de su destino a la negra región de los huracanes.
¿Por qué estas imaginaciones fatigosas en tal ocasión, precisamente cuando el recuerdo de Clara y la idea de mi próxima llegada a su lado me conmovían, reverdeciendo en mi sangre el fuego de la pasión de los primeros días? ¿Por qué estas impresiones ardorosas no bastaban a desvanecer aquellas inexplicables tristezas? ¿Por qué no se cumplía en mí la ley de todos los enamorados? Me daban mucho que hacer estas cavilaciones.
Aún andaba a vueltas con ellas, cuando caí en brazos de Clara que, con Pilita y Manolo, me aguardaban en el patio de las Peninsulares. ¡En aquel momento sí que lo vi todo de color de rosa!
Caminando hacia casa en un coche de alquiler, me hablaron de las faenas en que habían estado empeñadas durante mi ausencia, con el piadoso fin de que al volver hallara en orden y bien dispuestos los equipajes. El mío, los de ellas, el de Manolo, todos estaban listos ya y en disposición de ser remitidos a nuestra ínsula. ¡Qué actividad! ¡Qué celo tan cariñoso!... Me preguntó Clara muchísimas cosas; Pero ni por casualidad me preguntó por mi padre. En cambio, le hablé yo de él con gran encarecimiento, y de lo entusiasmado que estaba con su hermosa nuera; pero mi suegra me cortó el discurso con tres preguntas sandias sobre nuestro próximo viaje, y un huracán de viento y diez o doce charrasqueos seguidos, nerviosos, de su abanico; y no llegué a saber la opinión de Clara sobre el particular.
En cuanto entramos en casa me condujeron a un cuarto grande, de poco uso, y me le mostraron atestado de baúles, sacos, líos, cajas y sombrereras. Cada cosa, bien envuelta y amarrada y con su rótulo correspondiente. Lo menos conté catorce baúles.
-Estos tres más pequeños son los tuyos -me dijo Pilita señalándolos con el abanico-, y aquella sombrerera, y aquel saco, y aquel lío de bastones... Estos siete más grandes son míos y de tu mujer...; te digo que van ahí los trajes nuevos como en la tienda: tan desahogaditos y bien plegados... ¡Ah!, los tuyos se guardaron según te los envió el sastre. Si tienen algo que enmendar, allá lo harás... El bastón de gobernador va solo en su funda de cuero: mírale allí. Ya sabes que te lo regalo yo: en eso quedamos. Estos otros dos baúles son de Manolo, y los demás de la doncella y del criado... ¿Ves qué bien está todo? Pues calcula el trabajo que nos habrá costado a Clara y a mí, y las molestias que te hemos evitado haciéndolo antes que vinieras...
¡Catorce baúles! ¡Más de otros veinte bultos!, ¡lo que habría dentro de ellos! ¡Pilita, Manolo, dos criados!... ¡Y quizá todo sobre mis Pobres costillas de empleado de sueldo fijo y, relativamente, corto! No respondí una palabra, ni quise preguntar lo que aquello costaba, ni lo que se había pagado, ni con qué, ni lo que se debía, ni quién lo debía... Punto era éste de los ochavos que jamás había tocado yo con mi nueva familia. Desde que entré en ella me propuse hacer a Clara administradora de mi sueldo y economías, y comencé a cumplirlo antes de ir a la Montaña. No podía hacer más. ¿Entraban mis dineros en el fondo común? ¿Vivía cada cual a expensas de los suyos? ¿Pesaba toda la carga sobre mí? Esto es lo que yo no sabía ni quería averiguar. Pero temíame lo peor en aquel caso concreto, en el cual, aun con lo mío solo, bastaba para doblarme los lomos.
Por la noche fui a presentarme al ministro para ponerme a su disposición y recibir sus instrucciones. La entrevista fue bastante larga, y quedamos al fin en que dos días después saldría yo a encargarme del gobierno.
-¿Y el secretario? -le pregunté al despedirme.
-Está allá tiempo hace -me respondió-. Es una alhaja para el oficio; pero tenga usted cuidado con él, porque a lo mejor tira al monte: es algo granuja.
Cuando volví a casa me encontré en ella con Barrientos. Me iba cargando ya bastante aquel mozo que, entre otras gracias, tenía la de no hacer más caso de mí que del último extraño a la familia de mi mujer. Un saludito ceremonioso, poco más que una cabezada, y agur; la franqueza y las atenciones, para las señoras, y hasta para el estúpido Manolo.
Díjele algo, medio en broma, a Clara aquella noche.
-Usos de la buena sociedad -me respondió arreglándose el pelo para acostarse-. Ya te irás acostumbrando.
¡Un demonio me acostumbraría!
Atrevíme a preguntar a Pilita, al día siguiente, por curiosidad siquiera, pues nunca se había ventilado el punto entre nosotros:
-Diga usted, ¿por qué dejamos esta casa puesta?
-¿No nos dan allí palacio amueblado sin que te cueste un maravedí? -me respondió con asombro.
-Es cierto -repliqué-; pero podíamos ahorrarnos este alquiler, ¡que no es grano de anís!
-Justo, ¡como si fueras un empleadillo de tres al cuarto! ¡Hijo, qué bolsón vas a hacer con ese mimo con que tratas al dinero!... Y si nos cansa la vida de provincia a tu mujer y a mí, y queremos pasar el invierno en Madrid, ¿dónde nos alojamos si no tenemos casa?... ¡En San Bernardino, si te parece!
Con estas lindezas de Pilita y el absoluto apartamiento de Clara de los negocios que las producían, se me ponían a mí los pelos de punta, no de ira, sino de espanto. ¡Qué ideas de economía y buen gobierno!
Sin duda por la fuerza del contraste, me acordó de Carmen instantáneamente. Enseguida fui a despedirme de ella. Me preguntó por mi «señora» con la misma voz apagada y el propio acento indeciso que el día que la vi antes de salir para la Montaña; sólo que entonces no di importancia alguna a estos detalles, y esta otra vez me causaron honda sensación. Con la tristeza intensísima en que había vuelto a caer, me sucedía lo mismo. Cuando la advertí, achacábala a un recrudecimiento de sus penas conocidas; y aunque me afligía, no me inquietaba; después me pareció un libro abierto en el cual no me atreví a poner los ojos por no leer allí lo que yo había soñado, por primera vez, en mis meditaciones mientras caminaba hacia mi lugar. Por obra del mismo sentimiento fingía prestar poca atención a sus nuevos dolores; y he aquí cómo pudo creer la atribulada huérfana que iba yo cercenándole mi afecto, precisamente cuando más vivo y acentuado lo sentía. Por distraerme y distraerla, le hablé de su pensión. Preguntéle si la cobraba ya; díjome que sí. Con esto quedaba a cubierto de muy serias contingencias; y el considerarlo, en el instante de alejarme tanto de ella, descargaba a mi ánimo de un gran peso.
Al despedirme no me atreví a decirle que fuera aquélla mi última visita antes de marcharme de Madrid; pero es lo cierto que en cuanto me aparté de ella se echó a llorar. Nunca otro tanto había acontecido. También por primera vez dejó de acompañarme hasta la puerta. Lo uno me explicaba lo otro. En cambio, me acompañó Quica hecha un diluvio de lágrimas. Abrió, salí; y después de cerciorarse de que estábamos sin testigos, me dijo, echando medio cuerpo fuera de casa, a chorros el llanto de los ojos:
-¡Por el amor de Dios!, escríbale usted de vez en cuando..., ¡que se queda muy sola!
Volví la cabeza rápidamente, como si me sintiera tocado de pronto en lo profundo del pecho por una varita mágica. La puerta estaba cerrada ya. Nadie me veía sino Dios. ¡Que Dios solo sepa en qué forma se manifestó lo que pasaba dentro de mí, durante el primer cuarto de hora que siguió a las palabras de aquella pobre mujer!
Al otro día, muy temprano, salían nuestros criados, con la impedimenta, de la administración de diligencias de la calle de la Victoria: y yo, con toda mi nueva familia, por la tarde, en el coche-correo, por el camino de Aranjuez, después de habernos hecho los honores de la despedida mucha gente y pocos amigos.
No faltó Barrientos.
Mi secretario resultó ser un patriota recién llegado de Filipinas, adonde había ido a parar, a la fuerza, por sus demasiados notorios servicios a la revolución del año 48. No tendría más de treinta de edad, y ya empezaba a encanecer. Era desvaído de cuerpo y de color, algo pitarroso y belfo; y aquí estaba su especialidad, quiero decir, entre los gruesos y mal cerrados labios; y consistía en lo enorme de sus dientes, aunque no muy blancos, sanos, prietos y cabales; y avenidos los de arriba con los de abajo de tal manera, que se los creía capaces de cortar puñales buídos, de una sola dentellada. Iban siempre al descubierto y apenas los sombreaba un bigotejo lacio y desmedrado. Sin caer en la alucinación morbosa de aquel personaje fantástico que veía una idea en cada diente de su adorada, contemplando los de mi secretario había que pensar fatalmente en una panadería, y ver en cada uno de ellos una hogaza triturada. No se concebía el cansancio de aquella máquina, ni la hartura de la sima en que caían sus moliendas.
Por lo demás, era mozo listo, complaciente y, al parecer, muy entendido en los negocios de mi cargo. Fingida o no, manifestaba mucha admiración a los títulos que me habían hecho hombre insigne entre los más conspicuos patriotas al uso.
Había invertido el tiempo hasta mi llegada en examinar el campo de mi nuevo señorío, el estado de los ánimos y el carácter de las dificultades políticas que había que vencer allí, y en estudiar el modo de dominarlas sin producir otras nuevas.
En ambos empeños había salido airoso, a juzgar por el cuadro que me trazó y el plan que me propuso.
-Bien está -le dije-, por lo que hace a la cosa política de mi negocio; pero ¿y la otra?
-¿Cuál? -me preguntó.
-La más esencial quizá: la administrativa.
-Ésa -me dijo al punto, corre de mi cuenta mientras usted se va acostumbrando al oficio poco a poco. He pasado lo mejor de la vida entre expedientes gubernativos, y respondo de que en ese particular hemos de hacer grandes cosas.
Al mismo tiempo colmaba de atenciones a mi mujer; intimaba con mi suegra y con Manolo; servíales a punto y bien en los menesteres más extraños a su destino, y todos se complacían en mi casa en mimarle, considerándole como un valiosísimo estuche de cosas y de habilidades.
Y, sin embargo, a mí no me entraba. Aun sin la advertencia del ministro, hubiérame bastado verle para desconfiar de él.
Las dificultades de mayor embarazo para mí, recién llegado a aquel gobierno, nacían, precisamente, de las condiciones más salientes de mi propia personalidad.
Para los díscolos de la oposición avanzada, gentes que nunca se ven hartas de motín, quizá porque siempre llegan tarde al regodeo que sigue al triunfo, y toman a pecado de prevaricación hasta el sacudirse el polvo de la batalla y ponerse camisa limpia, era yo un enemigo, a pesar de mis hazañas populacheras, por el solo hecho de representar allí la fuerza de la autoridad, cobrar un sueldo del Estado y vivir como los opulentos reaccionarios... Pues ¿cómo me mirarían sus ojos, teniendo sobre mi conciencia, además de estos pecados de necesidad, el crimen particularísimo de estar casado con la hija del «latro magnate» más aborrecido, del polaco más odioso de todos los polacos fugitivos?... Hasta para el otro batido, para el del orden dentro de la situación imperante, era motivo de desconfianza el contrapeso de mi mujer. Además me tachaba de joven y de inexperto, porque temía que con estas dos condiciones me faltaran el tino y el carácter necesarios para meter en cintura a los díscolos que habían hecho imposible el gobierno de mi predecesor. Tampoco el elemento mercantil, que todo lo fía al sosiego y a la tranquilidad, me miraba de buen ojo, por los mismos defectos de juventud o inexperiencia; y en cuanto a las aristocracias de los pergaminos y del dinero, ¿cómo habían de simpatizar con un matón de barricada, convertido en personaje político de la noche a la mañana? En cambio, estas dos importantes porciones de aquella sociedad heterogénea, eran muy partidarias de mi mujer, por lo mismo que ésta llevaba, como su madre, pintado en la cara el asco que le producían gentes y cosas del nuevo orden; lo cual era, entre los liberales crudos, otro pecado notorio que pesaba sobre mí.
Pues todas estas y aquellas dificultades que representaban un estorbo y una traba a cada paso mío en la senda de mi flamante cargo, fueron dominadas con asombrosa facilidad, merced a los atinados consejos de mi secretario y a la entereza inquebrantable con que yo los puse en ejecución tan pronto como comprendí lo mucho que valían. Hasta me atreví a meter la hoz en la milicia, que era un elemento perturbador por obra de los exaltados que la mangoneaban; y en cuanto éstos se penetraron de que era yo muy capaz de cumplir la amenaza que les hice de domarlos a la fuerza, si por la razón no se daban a partido, trocáronse en mansos y dóciles corderos. Con este rasgo de energía, que era de mi exclusiva propiedad, me capté el beneplácito de todos mis gobernados, para quienes era un constante motivo de alarma y de sobresaltos la actitud de aquella facciosa minoría. ¡Gran resultado me dio en aquellos conflictos mi elocuencia de relumbrón!
Encauzóse, pues, la gobernación de mi ínsula, en lo tocante a la política y orden público, y llegó el caso de pensar en hacer administración, como se dice en la jerga del oficio; lo cual acontecía a poco más de medio verano. Entonces abdiqué por completo en mi secretario, tanto por consejo suyo como por imperio de la necesidad, que también me lo exigía, para descansar un poco de las recientes batallas, volviendo a ser hombre de familia.
Dábame la provincia casa y coche, por razón de mi alto empleo. La casa era grande, casi un palacio, y palacio le llamaban; y el ajuar se me antojaba de perlas. Hubiera yo, de buen acomodar, por naturaleza un tanto espartana, vivido allí como un patriarca. Pero a Pilita le parecía todo muy otra cosa; y como la apoyaba Manolo, y Clara no la contradecía y el secretario también le daba la razón, tuve que convenir con ella en que, tal cual estaba la casa, no podía habitarla la familia de un gobernador que se estimara en algo. Había muros desconchados, otros con lamparones, muebles perniquebrados, tapicerías resobadas, alfombras en esqueleto, colchones medio podridos, sábanas de telaraña por lo molidas y tenues, vidrieras mal avenidas... y «¡horror de indecencias!», como decía mi suegra pasando minuciosa revista a todos y a cada uno de los aposentos del gubernamental palacio, tan pronto como nos alojaron en él. Con el coche acontecía lo propio: era viejo y destartalado; tan viejo y destartalado como el tronco que le arrastraba y el cochero que lo conducía. Felizmente la Diputación provincial era de casa; y previas unas enérgicas excitaciones de mi secretario, votóse inmediatamente un crédito supletorio para todos aquellos menesteres; y en pocos días quedó el palacio vestido de nuevo, y el coche reemplazado por otro más lucido. Pero aún echaba de menos mi familia una multitud de cosas indispensables; y como el crédito estaba consumido hasta su último maravedí, tuve yo que pagarlas de mi peculio, con el doble dolor del quebranto que ocasionaba a mi extenuado bolsillo, y de saber que las había iguales y holgando en nuestra casa de Madrid.
La prensa reaccionaria habló bastante mal de este despilfarro de la Diputación en obsequio a un funcionario del Estado, precisamente a raíz de una revolución hecha contra los malversadores de los caudales públicos. Lo mismo dijeron los periódicos avanzados; y no me defendieron gran cosa los ministeriales, pues de todos había en la localidad. Nada de ello me sorprendió, porque lo esperaba.
Por entonces comenzaba yo la campaña de conciliación, tan felizmente terminada poco después; mi familia se preparaba, con la meditación y el reposo necesarios, para lucir en hora conveniente los relumbrones del empleo con la apetecida solemnidad, y no se daba a luz sino las menos veces posibles, y de incógnito, como los príncipes viajando.
De puertas adentro, mi mujer y su madre eran tremendas con las personas del elemento oficial que por cortesía las visitaban. Teníanlas por gentezuelas de poco más o menos, y las aburrían en el vestíbulo antes de dispensarles el honor de admitirlas a su presencia, para confundirlas con dos sonrisas contrahechas y media docena escasa de palabras sin substancia. Con estas altiveces me llevaba a mí el demonio, porque eran otras tantas causas de resentimientos que me ayudaban muy poco a triunfar en la empresa en que me hallaba empeñado. Trataba de hacerlo comprender; pero no había enmienda en el pecado: antes reincidían en él, con la mayor frescura, las vanidosas mujeres, porque tenían el vicio en la masa de la sangre. Las deferencias, las atenciones y la afectada cortesanía se reservaban para los particulares que las visitaban oficiosamente o por recomendación de nuestros amigos de Madrid; y aun en estos casos intentaba Pilita guardar las distancias que ella suponía existentes entre una dama de su procedencia y una señora o personaje cualquiera de provincias, por encopetados que fueran. Nada digo de mi mujer, porque, contrariada o complacida, en casos tales siempre era la misma Clara, de actitud marmórea y de mirar terrible.
Llegó la hora de salir al escenario, que era la de cumplir con las gentes que nos habían visitado; y de esta delicada empresa se trató tan pronto como yo triunfé en la ya mencionada mía, y me entregué a un relativo descanso. Mi suegra sostenía que con las señoras (y subrayaba mucho la palabra con la voz y con el gesto) de la nómina progresista, harto cumplidos estábamos siempre, pues éramos sus superiores jerárquicos; y sus visitas, por ser de obligación, no tenían vuelta.
-Nosotros -concluyó- somos... nosotros; y ellos... son ellos.
-Justamente -repliqué-; y por eso mismo no soy del parecer de usted. Cuanto más alta es la jerarquía de una persona, más le obligan las leyes de la buena educación... Aparte de que esas señoras no están en el deber, como usted cree, de visitarles a ustedes.
-Pues entonces han hecho muy mal en venir a vernos; y no deben esperar nuestra visita en pago, si no son unas descomedidas ambiciosas.
-Después de todo, señora -dije aquí a mi suegra, harto ya de sus insensateces-, no es usted quien debe resolver este punto.
-¡Hola! -me replicó muy retorcida-, ¿ya me echas de casa?
-Esas visitas -continué, fingiendo no reparar en la nueva sandez de mi suegra- no han sido a usted, sino a la gobernadora; y sobre ésta y no sobre usted han de caer las censuras que merezcan las groserías que cometamos. Con Clara, pues, y conmigo, va exclusivamente ese particular, y espero que mi mujer ha de pensar de muy distinta manera que su madre.
Di cierto aire de mandato a estas palabras, por lo mismo que se hallaba presente Clara. La cual, después de mirarme con una dureza tan fría que picaba en sañuda, díjome con voz un tanto enronquecida:
-Se hará todo lo que tú dispongas; pero creo que debemos comenzar por los notables de la población, que nos han visitado sin tener obligación alguna de hacerlo.
-Convenido -respondí, convenciéndome de que en todo lo que fuera cuestión de absurdas vanidades se ponían al mismo nivel la simplicidad de la madre y el talento de la hija.
¡Y al otro día fue ella! ¡Cuando se lanzaron a la calle con todos los requilorios encima, y en pleno y soberano dominio de su papel! A pie salieron, porque les convenía salir así para sus intentos de lucirse mejor. No les cabía en la acera, y yo, que las acompañaba, iba por el arroyo. Crujía la seda de sus vestidos ostentosos, y varas de ella arrastraban por detrás alzando nubes de polvo. El andar de Clara no se parecía a ningún andar de mujer europea: era algo al modo de reina egipcia, como hubiera andado Cleopatra siendo gobernadora de una provincia de España, sin dejar de ser la ostentosa y soberbia hermosura que cautivó a Marco Antonio. Los transeúntes nos cedían el paso desde lejos, y luego se paraban a contemplarla con cierto asombro mezclado de codicia, y yo, que lo observaba, complacíame en ello, porque, al cabo, Clara era mi mujer, y por ende, cosa mía; y los hombres somos así. ¡Era de ver con qué imperiosa y gallarda frialdad respondía a los saludos que nos hacían las gentes, por ser yo quien era! Pilita hacía a maravilla su papel de reina madre. Dos polizontes nos precedían a cierta distancia, y otros dos nos seguían. Uno de ellos se adelantaba; y cuando llegábamos al portal de la caza adonde nos dirigíamos, ya sabía si habían salido o no las personas que íbamos a visitar. En el primer caso, subía nuestras tarjetas; en el segundo, subíamos nosotros.
Al día siguiente lo mismo, pero con diferentes ornamentos. Las menos veces fueron en coche. Éste lo reservaban para ir a paseo. Llevábanle abierto; y entonces se las veía tendidas contra el respaldo y como flotantes sobre las encrespadas faldas de sus vestidos fantásticos, que llenaban todo el hueco de la carretela, dejando apenas el indispensable, hacia el vidrio, para destacar sobre la nube, y pegado a la tolosa, el busto lacio o indigesto de Manolo. ¡Reventaban de vanidad!
-Pero ¿en qué la fundan? -pensaba yo-. No será en mis merecimientos personales, cuando tan pocas consideraciones me guardan de puertas adentro; ni en los blasones que no tienen, ni en el caudal que les falta, ni en el nombre que llevan, infamado por el rumor público. ¿En que ésta es una capital de provincia, y ellas son damas de la buena sociedad madrileña, y la familia del gobernador?
Pues nada más que en eso. Pilita ya me había anunciado esos deleites de la vanidad al ponderarme en Madrid las ventajas que llevaba este destino al que yo desempeñaba en el Ministerio de la Gobernación, y Clara era soberbia y altiva por educación y por naturaleza; pero nunca pensé que llegara a tal extremo el vicio capital de mi nueva familia.
Con la entrada del otoño comenzaron los espectáculos nocturnos; y con este motivo, para lucirse en primera fila, allá van vestidos y perifollos y tocados; y como las damas de la ciudad iban tomando a Clara por modelo en el vestir y en el andar, ella se complacía en lucir en cada exhibición una cosa nueva, y su madre otra mejor; y hasta el imbécil de mi cuñado se emperejilaba a su manera, esperando formar escuela de mozos distinguidos. La condesa del Rábano recibía los miércoles, y los señores de Cerneduras los viernes; y como aquellas reuniones eran verdaderos certámenes de lujo, y Clara concurría a ellas y era la más mirada y atendida por ser en el pueblo la mujer de moda, ¿cómo no había de dar en cada caso la necesaria novedad a su elegante atavío? Y en cuanto a Pilita, que la acompañaba siempre, ¿cómo había de presentarse en más vulgar arreo que su hija?
Y aconteció muy pronto lo que yo venía temiendo por ciertos síntomas que notaba en mi casa; y fue que, para corresponder a los elegantes miércoles de la condesa del Rábano y a los espléndidos viernes de los ricos señores de Cerneduras, hubo necesidad de establecer los lunes del Gobernador. Y heme aquí, porque los salones eran «de poco más o menos», y ciertas paredes estaban desnudas, y tal aposento sin alfombrar, y el comedor en ropas menores, contemplando estremecido cómo invadían el palacio los tapiceros, y sin cuenta ni razón le llenaban otra vez de muebles, telas y garambainas que maldita la falta me hacían. ¡Y si hubiera sido este solo el disgusto que me costaron aquellas memorables fiestas! Pero no se habían inaugurado todavía, cuando ya me procuraron otro terrible; y fue con ocasión de tratarse, en familia, de las invitaciones que debían hacerse para el primer lunes. Clara, porque entonces era ella, desgraciadamente, y no su madre, quien llevaba la palabra; Clara, repito, pretendía que no se invitase a ciertas personas que yo había puesto en lista, porque no las conceptuaba de bastante tono para alternar en su casa con el encopetado señorío de su predilección. Volvió a relucir lo de la nómina progresista, en son de mofa, y tuve que recordar a mi mujer que de esa nómina salían los lunes de su marido.
-¡Pues no vendrán! -me dijo altanera.
-¡Pues no habrá lunes! -repliqué en el mismo tono.
¡Qué cara me puso! y de qué manera me dijo, un momento después de haberme oído:
-Que vengan enhorabuena; pero yo te prometo tratarlas de modo que no vuelvan a poner aquí los pies.
-¡Muy bien dicho! -exclamó Pilita, nerviosa de entusiasmo.
-Y yo te prometo a mi vez -respondí a Clara sin hacer caso de la impertinencia de su madre reparar una por una todas tus descortesías; y si esto no alcanzara a mi propósito, cerrar a las gentes de tu devoción las puertas por donde salgan las de la mía. ¡No lo olvides!
Para dar una idea de la actitud y el aspecto de mi mujer después de oírme hablar así, es necesario pensar en una leona domesticada, que, por obra de un grito lejano o de un tufillo pasajero, se acuerda de pronto de la libertad de sus congéneres en la inmensidad del desierto africano. No me replicó una palabra; pero el centelleo de sus ojos y la palidez de su semblante, mientras crujía el abanico entre sus manos crispadas, decían demasiado. Jamás la había visto así. Verdad que nunca me había puesto hasta entonces en ocasión de despertar su adormecida braveza. Me daba miedo: no por aquel instante, sino por todos los de mi vida.
Horas después recibí carta de mi suegro. Gemía, como siempre, por sus propios quebrantos; por «la pobre España» en poder de los hombres ineptos que le habían expatriado a él; por las tristezas que consumían a su adorada Pilita, a su dulce Clara y a su angelical Manolo; y me rogaba que los arrancase de su obscura soledad y me desviviera por divertirlos. ¡Qué oportunidad de hombre!... ¡Y qué perspectiva para empezar a vivir!
Por borrarla un poco de mi imaginación, dediqué lo mejor del día a escribir a Carmen. Creo que se me fue algo la pluma y que la empapé demasiado en las nuevas amarguras de mi alma; nuevas, porque no era aquélla la primera vez que sentía en el corazón el frío mortal de los desencantos, y en mi imaginación el triste vacío de las ilusiones desvanecidas. Las respuestas de la pobre huérfana eran como suyas: cariñosas, pero sencillas y breves; ni una frase, ni una palabra que recordase nuestra franca y cordial amistad de otros tiempos. Y yo admiraba esta prudencia, y a la vez me lamentaba de ella; comprendía la razón de los miramientos de Carmen, y sentía que no fuera más confiada y expresiva conmigo. Y no era esto un contrasentido pueril, ni resabio de una imaginación dengosa y versátil, sino que yo vivía en perpetua equivocación, y el alma quería regirse por sus propias leyes, que no eran las que le imponía la fuerza brutal de los hechos consumados.
En esto veía acercarse, con el andar de un nublado tormentoso, el primer lunes de los míos... Y llegó, porque todo lo malo llega siempre que se anuncia, y aún peor de lo que se teme; y se inauguraron mis fiestas con el estruendo y el despilfarro que yo no me atreví a soñar, ni aun viendo los preparativos hechos bajo la dirección de mi mujer, aconsejada por su madre, que es todo cuanto podía verse. ¡Hasta la Guardia civil, no bastando la urbana, amén de nuestros propios criados, se empleó en aquellos menesteres de telón afuera! ¡Qué tal andaría lo de telón adentro! Deslumbraba el aparato y asustaba el lujo que se arrastraba por allí, pues las gentes aquéllas eran ricas y habían hecho de mis salones palenque en que lucir el poder de sus caudales. Engreíase mi mujer viéndose centro esplendoroso de astros tan resplandecientes, y correspondía a los honores que de esta manera se tributaba a su buen tono, excediendo en lujo a la más encopetada y vistosa, y disponiendo cada ambigú, que dejaba aturdido a los mismos comensales que los devoraban. ¡Qué carnes se me pondrían a mí con todo ello! ¿Y cómo evitarlo ya, una vez hecho costumbre? ¿Y cómo sostenerlo sin poseer una mina de onzas acuñadas?
Pues así fui tirando, hasta que lo arregló de otro modo algo que es más fuerte que todos los respetos humanos.
Es, pues, el caso, que no solamente descansé, sino que llegué a dormirme en la ciega confianza que me inspiraba mi secretario; confianza nacida más que de un profundo convencimiento de la capacidad de mi subalterno, de mi escasa afición al expedienteo; del gusto con que me agarraba a cualquier disculpa para alejarme de él, y de la necesidad en que me veía de fijarme con preferente atención en el negocio político, que no estaba para descuidado un punto. Antojábaseme, andando los días, que en lugar de afirmarse la paz, el orden y la confianza en torno mío, retoñaban las asperezas y los desacuerdos, y perdía su virtud mi celo conciliador, como si mi prestigio comenzara a andar de capa caída. Hombres que al principio me escuchaban como a un oráculo y hacían de mis palabras evangelios que predicaban luego a los demás, se me acercaban recelosos y descontentos: y me daba más que pensar lo mucho que parecían callarse, que lo poco y turbio que me decían. Sospechaba yo que en el partido que allí me apoyaba cundía la desconfianza; y con esta sospecha, desvivíame por mostrar a mis amigos los firmes y leales propósitos que seguían animándome, y suplicábales que me expusieran los motivos de sus embozadas quejas para acudir a remediarlos, como antes lo había hecho; pero la misma vaguedad de las respuestas me sumía en nuevas inquietudes.
Mi secretario, con quien las consultaba a menudo, encogíase de hombros, o me aseguraba que todo iba a maravilla, y que si había quejas lo serían de vicio.
Y todo esto acontecía precisamente cuando mi familia andaba en el colmo de sus dispendiosas exhibiciones; lo cual llegó a traerme a vueltas con las más extrañas y tumultuosas ideas; ideas que no me daban punto de reposo y me robaban el sueño, y hacían incompatible mi discurso con todo el negocio extraño al círculo de mi vida doméstica. Sólo dominado por una preocupación semejante, podía estar yo tan ciego y torpe que no viera lo que tenía delante de los ojos y palpaba con mis propias manos.
Ni mi mujer ni su madre me decían jamás lo que costaban sus lujosos atavíos ni sus espléndidos festines, ni me pedían un céntimo para pagarlos. Cierto que ellas continuaban siendo las administradoras de todo mi dinero, del único que tenía, del que cobraba mensualmente del Estado; pero ¿cómo daba aquel dinero para tanto? ¿Con qué se suplía lo que faltaba? ¿Contraían deudas en mi nombre? ¿Lloverían sobre mí, a la hora menos pensada, créditos que no podría recoger? Y por temor a esto y a sus horribles consecuencias, hablé a Clara un día.
-¿Cómo os las componéis -la pregunté-, para hacer esos gastos con tan poco dinero?
-No te apures -me respondió secamente-, que aún lo tenemos de sobra.
-¡Imposible -repliqué-, si pagáis todo cuanto consume vuestra vida ostentosa!
-No se debe un cuarto a nadie -afirmó volviéndome enseguida la espalda.
Quedé más aturdido de lo que estaba, porque me persuadí de que mi mujer no me decía la verdad. Por espontánea confesión suya había sabido yo, poco después de nuestra salida de Madrid, que todos los ahorros de su padre apenas alcanzaban para vivir él modestamente fuera de su patria, y para que en un apuro «muy extremo» no se murieran de hambre en una buhardilla su mujer y su hijo. Luego no era el dinero de Valenzuela el que suplía las faltas del mío para cubrir los gastos de mi casa; y como éstos excedían en más de otro tanto al que cobraba yo con una mano y entregaba con la otra a mi mujer, evidente era que vivíamos de prestado, y que ésta me lo ocultaba. Entonces pensé muy seriamente en arreglar las cosas de otro modo; me armaría de carácter, porque era preciso que me armara; y haría, y acontecería...
Y nada hice al fin, porque es condición de nuestra flaca naturaleza dejarse caer en los peligros reales por huir de los imaginarios. Clara no me había perdonado aún el «atrevimiento» de contrariarla en el asunto de las invitaciones, y su madre no tenía atadero, y era capaz de todo lo que no se ajustara a las leyes del sentido común; resolverme a meter a las dos en cintura con un rasgo de autoridad era producir un estruendo que de seguro trascendería fuera de mi casa..., ¡y yo era el gobernador de la provincia, relacionado a la sazón con lo más granadito de la ciudad!..., ¡y qué se diría!..., ¡y mi prestigio!... ¡Y si tras el escándalo venían los acreedores alarmados!... ¡Qué horror! Y me aguanté por entonces.
A todo esto, el descontento público crecía y se revelaba muy acentuado en la prensa local, que yo cuidaba de leer con suma atención desde que me la habían llamado grandemente ciertas insinuaciones suyas. Ya no se andaban los periódicos, lo mismo los situacioneros que los otros, con paños calientes. Declaraban que jamás, ni aun durante las más inmorales administraciones, había habido en aquella capital un desgobierno más completo, una falta más absoluta de policía y de pública moralidad. Uno de ellos dijo textualmente, por remate de un artículo, verdadero memoria de agravios administrativos enderezado a mi «patriotismo sellado con sangre de los tiranos: -Cualquiera pensaría, al ver lo que aquí sucede, que las riendas de este gobierno están en manos polacas». Comprendí la alusión, y la sentí como un balazo en mitad del pecho. Llamé inmediatamente al secretario.
-¿Qué hay de cierto en todo cuanto aquí se dice? -le pregunté, mostrándole el periódico que tenía yo en la mano.
Tomóle él en las suyas con la mayor serenidad; y después de pasar la vista por el artículo me lo devolvió diciéndome:
-Absolutamente nada. Ganas de hacer ruido.
-¿Está usted seguro de lo que me afirma?
-Si no lo estuviera no lo afirmara.
-Corriente -díjele después de meditar un momento.
En cuanto me quedé solo mandé llamar al director del periódico. No tardó en venir. Me encerró con él y le supliqué que, como en el secreto de la confesión, me declarara los fundamentos de lo que se decía, y, sobre todo, de lo que se callaba en su periódico. Me espantó lo que supe entonces; y eso que el periodista me ocultó lo principal, por respeto a mi propia persona. Dile las gracias, prometiéndole que no le pesaría de haberme arrancado la venda de los ojos; y en cuanto se apartó de mí, llamé al jefe de la policía.
-Sé -le dije, mirándole indignado- que tiene usted puestos a contribución a todos los criminales y a todos los viciosos de la ciudad.
Se quedó yerto, lívido como un cadáver. Tartamudeó algunas palabras, que no entendí, y añadíle estas otras:
-Elija usted entre ir a presidio o declararme toda la verdad.
-Es cierto -me respondió entonces, animándose súbitamente-; pero entienda V. S. que, al obrar así, no hago más que cumplir las órdenes que se me han dado.
-¿Y quién se las ha dado a usted?
-El señor secretario.
-¿El de este gobierno?
-El mismo.
-¿Y adónde van a parar los fondos recaudados de esa manera por usted?
-Al señor secretario.
-¿Íntegros?
-Íntegros, menos la pequeñez con que remunera el trabajo de la recaudación.
-Y esa recaudación, ¿es de importancia?
-Bastante... Quizá más que el sueldo de V. S. ¡Como lo malo abunda, y todo lo malo paga!...
Me dio asco lo que me decía aquel hombre: impúsele silencio, y le mandé que saliera.
Volví a llamar al secretario. Entró, cerré la puerta y le dije en crudo cuanto acababa yo de saber por el jefe de la policía. Me oyó impávido y no negó los hechos. Me espanté; pero logré dominarme, porque era de necesidad, y añadí:
-Hay todavía otro punto delicado, que debe ser de la exclusiva incumbencia de usted. Se dice que no todos los expedientes que se tramitan en estas oficinas de mi cargo se resuelven conforme a justicia, sino que se subastan los acuerdos...
-Pudiera escudarme -me respondía el tuno- con la firma de usted, que autoriza esas resoluciones; pero como de ese modo correspondería muy mal a la ciega confianza con que usted me entregó ese importantísimo negociado, desde luego echo sobre mí toda la responsabilidad moral de esos delitos, que tampoco niego.
Y como leyera en mi actitud el efecto que estas palabras me causaron, añadió muy tranquilo:
-Lo que a mí me asombra es que usted se asombre de todo esto.
Mi primer impulso fue buscar con los ojos una silla para partirle la cabeza.
-Pues ¿por quién me toma usted? -exclamó indignado, sin renunciar por entero a aquel propósito.
-Y después de todo -dijo con desdeñoso retintín -, yo poco más de nada me meto en el bolsillo.
-¿Adónde va a parar entonces el producto de esas infames exacciones? -pregunté más y más asombrado.
Aquí el hombre de los largos dientes se atrevió a enfilar la legaña de sus ojos con los airados míos; y metiéndose ambas manos en los correspondientes bolsillos del pantalón, me dijo, como si me dijera la cosa más natural del mundo:
-A su casa de usted.
¡Que jamás en oídos de hombre honrado suenen palabras como aquéllas!...
Las pocas que pude articular en medio de la angustia que me ahogaba las empleó para preguntar al infame, pero bajo, muy bajo, como si me acusara ante Dios de un ignorado crimen Y temiera que me estuviera oyendo el juez, que podía enviarme al palo, o el mundo, que me escupiera a la cara:
-Y... ¿qué manos lo reciben de la de usted?
-Las de su señora mamá política -me respondió con entera desfachatez.
-¿A ciencia y conciencia de lo que es? -pude preguntar todavía.
-Naturalmente -contestó el cínico.
-Está bien -dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerme redondo allí, de indignación y de vergüenza-. Retírese usted.
De dos saltos atravesé el largo pasadizo que separaba de mi habitación el despacho donde esto ocurría. Llamé aparte a mi suegra, que estaba emperejilándose para salir con Clara, y le expuse, sin preámbulos ni miramientos, el caso que tan fuera de quicio me tenía. Oyóme la embadurnada vieja mirándome de hito en hito con las más vivas señales de curiosidad, y exclamó al cabo, lo mismo que si descargara su ánimo de un gran peso:
-¡Ave María Purísima!... Hijo, ¡qué susto me diste! ¡Si no creí, al verte tan erizado, que se quemaba la casa o te habían dejado cesante!
¿No había para matarla?
-Pero ¿es o no cierto -preguntéle en el paroxismo de la ira-, que mi secretario hace eso en perfecto acuerdo con usted?
-Puede que sí... o puede que no: como mejor te parezca -respondióme sin dejar de contonearse delante del espejo que había en la habitación-. Recuerdo que un día hablamos, de recién venidos aquí, sobre si el sueldo de gobernador era poco o era mucho. Sostenía él lo primero y yo le daba la razón; y hablando así, díjome que había ciertos arbitrios lícitos de los cuales se podía echar mano muy honradamente; pero temía que tú te resistieras a ello, por escrúpulos de empleado novel... y que si nosotras le autorizábamos con nuestra aquiescencia., ¡y qué sé yo qué otras boberías!... Y a poco de esto, comenzó a traemos dinero..., pero bastante, no te creas, y a menudo... Por cierto que gracias a ello, ¡que si no!... Ahora me dices que si ese dinero sale de aquí o sale de allí... No sabía yo tanto; pero, después de todo, ¿qué más da?
-¿Y Clara? -pregunté, recordando que era ocioso tratar asuntos serios con aquella insufrible mujer-, ¿sabe lo mismo que usted de la calidad de ese dinero?
-Como que ella lo administra. Con una mano lo recibo, y con otra se lo doy... Pero ¿a qué vienen esos aspavientos, hombre?
Llamé a Clara. Vino enseguida; y, por verla, perdí la mitad de mis bríos. Siempre me sucedía eso. ¡Tan hermosa estaba! Hubiera dado la mitad de mi vida porque no fuera cierto lo que su madre aseguraba, y toda ella por infundir en su pecho algo de la honrada sensibilidad que agitaba el mío.
Expúsele mi queja con los mayores miramientos, y no mostró el más leve síntoma de apurarse por ella.
Tan inconcebible frialdad deshizo el encanto que su belleza me causaba, y prorrumpí en amargas declamaciones. Negóme muy serena que hubiera motivo para ellas. Había para volverse loco.
-¿Pues cuáles son motivos serios para ti? -lo dije sin poder contenerme-. ¡Vuestros festines, vuestras galas, todo el aparato de vuestra loca vanidad sostenido a expensas de todas las almas infames de la población! ¿Todavía te parece poco?
-No me he cansado -me dijo con terrible dureza- en apurar tanto el origen de ese dinero.
-Pero te has guardado muy bien -repliqué de decirme que lo recibías; señal de que no lo juzgabas lícito.
-O de que temía tus ridículos pujos de caballero andante... ¡Somos incompatibles en tantas cosas!
-Por fortuna para mí, en el modo de juzgar esa de que tratamos; por desgracia para todos, en la principal. ¡Lástima que ya no tenga en mi mano el remedio de lo uno como tengo el de lo otro!
No quiero recordar hasta qué extremos nos condujeron, una vez puesto el diálogo a esta altura, la terrible y desengañada frialdad de mi mujer y el apasionamiento de mi impresionable carácter. Fue un estampido que acabó en un instante con varias cosas a la vez. los lunes del Gobernador, las ostentosas exhibiciones públicas de mi familia... y la última esperanza de que entre Clara y yo pudiera haber ya otro vínculo de unión que el que, en un instante de vértigo mío, nos había amarrado para no soltarnos jamás, a no cortarlo la guadaña de la muerte. Aquel tremendo altercado fue la piedra de toque en que apareció comprobada la falsa ley del corazón de Clara; el choque que derribó la bruñida losa y dejó a la vista los gusanos del sepulcro. No me asombró el descubrimiento, porque venían anunciándolo grandes señales de él; pero la consideración de lo que del hecho iba a seguirse me aterró.
Por de pronto, volvíme a mi despacho y di a elegir a mi secretario entre presentar su dimisión o comparecer ante los tribunales de justicia.
-Por cierto que iría bien acompañado -me dijo con marcada intención y cínica sonrisa.
-¡No importa! -le respondí, comprendiéndole-, porque estoy resuelto a todo; a todo, menos a ser pantalla de ladrones...
Optó por la dimisión, y me alegré de ello. Horas después quedaba también sin destino el polizonte.
Desde el día siguiente, limpias las oficinas de tunantes y la casa de escándalos de lujo, consagréme con todas mis fuerzas a enderezar el torcido rumbo de mi descuidada administración, y a hacer algunas economías. No tenía en mi casa coja quien hablar, es cierto, y la comida me amargaba y mis suelos eran horribles pesadillas, pero la opinión pública coronaba con aplausos mis esfuerzos de voluntad, que producían milagros de acierto, y yo sentía, en medio de, las penas que me abrumaban, la dulce satisfacción que trae consigo el cumplimiento de los deberes.
Entre tanto, el Gobierno de la nación andaba tan desatinado como lo había estado el mío, y la, obra de la revolución de julio comenzaba a tambalearse. Socavaban sus fundamentos todo linaje de torpeza, ambiciones y asechanzas; y eran ya infinitos los desencantados españoles que aplaudían al satírico Padre Cobos, ariete formidable con que la batía sin tregua ni descanso el partido de la reacción, que había de recoger su herencia.
La famosa sonrisa de O'Donnell iba acentuándose por momentos-, tomábanla ya las gentes liberales como disfraz de sazonados planes liberticidas, y todo el mundo se preguntaba en qué pararía, y cuándo, su no menos famoso abrazo al general Espartero, en el balcón de la calle de la Victoria, recién llegados a Madrid ambos personajes.
Las dudas se aclararon muy pronto: el abrazo aquél acabó en una zancadilla que derribó a Espartero de la noche a la mañana, y en un chaparrón de soldados bien instruídos que en pocas horas reorganizaron la milicia ciudadana, disolviendo a tiros sus batallones, donde éstos se resistían a dejarse desarmar por la buena.
Volvióse el duque de la Victoria a llorar un nuevo desencanto en su retiro de Logroño, haciéndole coro los incorregibles progresistas; y con todo ello y lo que se traslucía en la nueva situación creada, dejé yo mi gobierno antes que me separaran de él, y tornéme a Madrid pobre, triste y con la carga de una familia insoportable, que pagaba en esquivo apartamiento y en odio mortal el dinero y la sangre que me consumía.
Para que todo fuera tenebroso en torno mío en aquella fatal ocasión, Valenzuela era uno de los pocos emigrados polacos que no debían pensar en volver a España por entonces, puesto que entraba en las miras políticas del nuevo Gobierno alardear de incompatible con hombres tan mal afamados como mi suegro.
No me cabía, pues, la esperanza de que acudiera a tomar la parte que le correspondía de la carga que yo aguantaba solo. Le escribí acerca de esto, muy claro y muy breve. Me respondió con gemidos y con tristes elegías, como siempre, a la amada patria, al corazón ulcerado, a las virtudes escarnecidas..., a todo; pero sin enviar un cuarto ni decirme de dónde había de sacar los muchos que consumían la fatua de su mujer y el estúpido de su hijo.
Yo entré en Madrid, de vuelta de mi desventurado gobierno, con un puñado de pesetas y un cúmulo de obligaciones ineludibles por todo el resto de mi vida; ¡y estaba en los comienzos de ella! ¡Me espantaba asomar los ojos a este abismo de tinieblas!
Pero ¿adónde los volvía, si la misma resonancia de los hechos que me habían alzado tan alto en la pasada situación, me cerraba todas las puertas en la que mandaba entonces?
Fuime a ver a Redondo, y logré que me colocara en la redacción de El Clarín de la Patria, que había vuelto a ser periódico de radical oposición. Con este amparo tenía ya para no morirme de hambre, y aun me bastara para vivir hecho un duque si hubiera continuado soltero; mas para sostener el peso de todas mis cargas, ¿qué valía? Entonces fue cuando escribí a Valenzuela. Su respuesta evasiva me puso en la necesidad de tomar una resolución heroica. La casa que habitábamos, aunque no tan costosa como la que yo mismo ayudé a desalojar en la calle del Príncipe, rentaba una enormidad, relativamente al estado de mis recursos pecuniarios. Había que buscar otra muy barata, pero de las más baratas, en cualquier rincón de Madrid: esto era de necesidad, de imprescindible necesidad. Casi desnudo y a media ración se podía vivir; pero no a la intemperie; y estar abocado a ello era habitar en casona grande sin tener con qué pagarla, como me acontecía a mí. Con un poco de paciencia, no tardé en encontrar lo que me convenía, en una encrucijada, a espaldas de la calle de Leganitos: cuarto tercero, largo y angosto, portal obscuro con carbonero, taberna al lado y hojalatero enfrente. Era lo menos malo que pareció en todo Madrid por la renta que yo podía pagar. ¡Soberbio alcázar para alojar la vanidad de Pilita y la indómita altivez de Clara!... Pues le tragarían por malas o por buenas. Eso, por de pronto; después... Dios diría.
En estas disposiciones de ánimo me volví a casa, resuelto a acometer el asunto por derecho. Apenas recordaba ya el sonido de la voz de mis mujeres. ¡Tanto hacía que no se cruzaba entre nosotros una palabra! ¡Y qué hermoso tema el elegido por mí para reanudar nuestras interrumpidas comunicaciones orales!... Pues me atreví a soltarle hallándome enfrente de las dos. Hizo el efecto que era de esperar: el de la caída de una bomba con espoleta, especialmente en mi suegra, que no sabía disimular como su hija. Ésta palideció al verme tan entero y resuelto, y se fue encrespando poco a poco, como león embravecido que se dispone a dar el salto sobre su retador. En cuanto a Pilita, me llamó bárbaro, salvaje, estúpido; y se mesó los postizos, y lloró y me amenazó con contárselo al capitán general, y al comisario de policía, y a la reina si era necesario. Y ya, preso por mil, eché el resto declarando que los muebles que no cupieran en la nueva casa, se venderían para invertir su producto en algo más útil y de más imperiosa necesidad. La fiera actitud de Clara se resolvió entonces en un ademán despreciativo, que me hirió como la frase más punzante.
Por acudir al golpe, y no por responder a las sandeces de la madre, dije a ésta:
-¿Conoce usted el modo de adquirir lo que nos falta para seguir viviendo como hasta aquí? ¿Espera usted que se nos dé de balde todo lo que necesitamos? Supongo que no. Y en tal caso, ¿qué recurso nos queda sino el de elegir entre... robarlo, o vivir como los pobres? Y en esta elección, ¿quién es capaz de dudar un instante?
Pilita, que me oía con la jeta fruncida, torció el acorazado busto y respondió, mirándome de medio perfil:
-Un hombre que se atreve a decir eso en una situación como la nuestra, no debiera haber soñado jamás en ser marido de una dama como tu mujer.
-Es la única verdad que ha salido de sus labios de usted desde que la conozco, señora -repliquéla al punto-; y aun ésa la ha dicho usted por equivocación... De todas maneras, hace usted muy mal en tomar ese camino, donde me es muy fácil cortarle la retirada.
Aquí echó Clara el montante de su fiera altivez. Enderezóme dos frases aceradas que produjeron otras mías no más suaves; sobrevino Pilita con nuevos dicterios; respondíla al caso; y el lance iba tomando visos de gresca de vecindad, cuando el fámulo acudió presuroso para anunciarnos la llegada de Barrientos. Me alegré infinito. Salí por la puerta excusada, por no topar con él, y después a la calle en busca de aire y de luz y de ruidos que no se parecieran a los ruidos, a la luz y al aire de mi casa.
¡Inexplicables aberraciones del moral organismo humano! Yo, que salía tan repleto de desventuras que llorar, comencé a preocuparme de repente con la noticia que me trajo tres días antes una carta de mi padre, de haberle dado los Garcías no sé qué cencerrada en celebración de mi caída; y pasé largas horas saboreando el imaginado deleite de andar otra vez a tiros en las barricadas para reconquistar el perdido imperio; no por la mina que necesitaba, sino por verme en situación de castigar el descomedimiento de los Garcías, castigo que mi padre aguardaba, de un momento a otro, de su «querido consuegro, el excelso don Augusto», a quien ya veía en el poder.
La historia de todos los grandes berrinches y desconsuelos humanos está llena de estas puerilidades; es decir, como la mía... y como la de mi padre también.
Cuando mis distraídos pensamientos volvieron a hundirse en la negra realidad de mi situación, las carnes me temblaban acordándome de la pasada refriega doméstica, porque iba, camino de mi casa, decidido a tocar otra vez, para dejarle resuelto, el prosaico tema que la había producido. ¡Gran sorpresa fue la mía cuando, no bien me dejó caer, desfallecido de cuerpo y con la más negra melancolía en el alma, en un sillón de mi apartado dormitorio, llegóseme Pilita, blanda como una seda, tímida, humilde y respetuosa! Sentóse a mi lado, y me habló así, después de unas cuantas salvedades y excusas, no muy bien concertadas ni del todo pertinentes, señal de lo aturdida y recelosa que andaba:
-Me parece a mí que deberíamos olvidar eso de esta mañana. ¿No te parece a ti lo mismo? Hijo, yo tengo un corazón que no sirve para guardar rencores... Soy así, ¡qué quieres!... Y no me pesa de ello... Yo reconozco que estuve atroz, ¡vamos, atroz de todo! y que te dije cosas algo duras, bastante duras, ¡muy duras!... Pero también es verdad, hijo, que tenías tú un aire... ¡y una cara!... Luego, dices las cosas de un modo!... y con lo nerviosa que yo soy, y lo..., en fin, que me pongo atroz enseguida, y ya no reparo... y ¡puf!, allá va. Por otra parte, el punto que tocabas nos sorprendió tanto, nos admiró tanto, ¡nos asombró tanto!... Eso no quita que, a tu manera, estés cargado de razón; porque donde no lo hay, ¿qué le vamos a hacer?... Pero ¡esto de meterse una en un covacho, en un tabuco, en un dedal roñoso, de la noche a la mañana, con tantas relaciones como tiene una en la buena sociedad!... Y no lo digo por mí tanto como por tu mujer, hecha, desde que nació, a vivir como una princesa en su palacio... ¿Cómo había de esperar ella caer desde tan alto sin más ni más?,... Y no vayas a creerte por eso que somos tan fatuas que no pensáramos nunca en que la suerte cambia a lo mejor. ¡Vaya si lo pensamos, hijo!... Como que lo estamos viendo todos los días; y bien a menudo ha pasado por nosotras... Sólo que nadie nos lo ha conocido... y si te dijera que ni nosotras mismas, puede que no te engañara. Cómo se hace esto, hijo, por demás veo que no se le alcanza a un sencillote mozo recién llegado de su aldea, como tú..., ni a mí tampoco; pero se hace, y aquí lo hace todo el mundo que se halla en nuestro caso; salvo el coche y, a lo más, algún gastillo que otro por el estilo, la misma vida con empleo que sin él, ¡la misma, hijo, la misma! Pregunta a tu mujer si en nuestra casa se han conocido nunca las cesantías de su padre por haber suprimido ni un garbanzo en el puchero... y pregunta en las casas de todos los altos empleados y te responderán lo mismo... Y en lo que toca a la nuestra, no será eso por los caudales que tenga en conserva mi marido. ¡Ay, si los tuviera, otro gallo nos cantara hoy a todos!... Cierto que tú puedes preguntarme: «y ¿por qué ese hombre no hace ahora los milagros que hacía otras veces? ¿Por qué en otras cesantías levantaba tantas cargas a un tiempo, y ahora ni siquiera echa una mano a esta que me está quebrantando a mí?...» Bien preguntado se lo tengo yo a él también, hijo; bien preguntado..., ¡muy preguntado! Y ¿sabes lo que me responde? Que, fuera de Madrid, fuera de España, es hombre perdido, hombre nulo, hombre in capaz: y que esta caída no se parece a otras. En las otras, puede decirse que nunca caía por entero; siempre quedaba agarrado con algo a lo que venía tras él: siquiera con la esperanza de volver a levantarse... y, sobre todo, quedaba en su casa, en su terreno, en su filón-, y a tientas, a ojos cerrados, ponía él la mano sobre la tajada. Pero esto no ha sido caída; esto ha sido desnucarse, hijo, desnucarse... Ya ves: expatriado casi a puntapiés; tan lejos de su finquita (que así llamaba el ángel de Dios a Madrid) y difamado además, ¿qué ha de hacer, el pobre, por mucha que sea su habilidad?... Y bien la barruntaba, y bien me lo pronosticó... Cuando echó la barredera a lo poco que había a sus alcances por lo que pudiera tronar, y tronó bien pronto, mandó la mitad al extranjero y nos dio la otra mitad a nosotras... Pues con esto vivimos, hijo del alma, desde que él se marchó hasta que tú viniste; y con algo de ello te ayudamos después, Sin que tú lo supieras-, pero se acabó, porque no era mucho, y en Madrid se va el dinero por los aires... Y este temor era el mayor clavo que llevaba consigo el infeliz. ¿Qué sería de nosotros sin su amparo? ¡Así él se apuraba; mí él gemía al despedirse! ¡Ay, si le hubieras oído entonces; sobre todo, mientras abrazaba a la que hoy es tu mujer!... «No contéis, en los apuros, con los amigos -decía-, porque enseguida se cansan de dar dinero y como vosotras no servís para pobres, lo mejor será, hija mía, que te humanices un poco con los hombres... hasta que des con uno que cargue con el peso que desde hoy no podré yo llevar sobre mí, por alejarme de vosotros quizá para siempre... Y no te descuides ni pidas gollerías, que la necesidad es grande y el tiempo corto...» ¡Y mira qué casualidad!..., aquel mismo día, como quien dice, pareciste tú por casa... ¡Ah, tu suegro!..., ¡qué hombre, hijo, qué hombre!, ¡qué hormiguita!, ¡qué fábrica de monedas si le hubieran dejado a la vera del filón!... Dígote todo esto, hijo mío, no para que te ingenies y hagas otro tanto, que por lo de hoy y lo de más atrás, bien veo lo sencillote que eres y la poca agua en que te ahogas; sino para que te pongas en la razón y no creas que lo de esta mañana fue sólo por el gusto de llevarte la contraria... Tú crees que no tiene una los sentidos puestos en todo, y que vive a tontas y a locas... Hijo, ¡qué chasco te llevas sí tal crees!... Se calcula todo, se piensa en todo y se apura una por todo; y si no fuera así, no tomara una ciertas cosas tan a pechos cuando los cálculos fallan, por lo mismo que estaban a mazo y martillo y no podían fallar, como el que hicimos Clara y yo cuando tú te casaste. Hablándote en verdad, no eras el mejor de los acomodos para una mujer del rumbo de mi hija, porque, por muy alto que subieras entre la chusma de tu partido, a lo mejor, ¡cataplum!..., porque hay cosas tan malas, tan atroces de por sí, que no pueden durar de pie mucho tiempo, pero a esto que a mí se me ocurría, y también a Clara, decíame ésta: «Cuando caiga mi marido subirá mi padre, y, de este modo, siempre estaremos en candelero...» Y por eso te..., es decir, por eso sólo no, porque algo habría de cariño, supongo yo... Pero a lo que voy. ¿Quién había de pensar que este indecente Gobierno había de tener a menos traer a su lado a un hombre como Valenzuela?... ¡Grandísimos tunantes!... Hijo, creo que me pongo nerviosa otra vez...
Aquí hizo un alto mi suegra, porque le faltó el resuello y se le saltaron las lágrimas de coraje; y yo no quise interrumpirla hasta saber adónde iba a parar con aquella sarta de bachillerías, entre las cuales no dejaba de haber algo que excitara mi curiosidad. En determinados casos, de las sinceridades de los niños y de los mentecatos se saca mucho partido.
Después de cobrar alientos, de secarse los ojos y de darse aire con el abanico, prosiguió mi suegra de este modo:
-Dirás tú que a qué cuento vienen todas estas cosas... Pues, hijo, a que las consideres bien, si quieres hacernos ese favor; y después, a que, por la Virgen María y por todos los santos del cielo, nos des un respiro antes de matarnos de melancolía y de vergüenza en esa cárcel en que nos quieres encerrar... Mira, yo tengo un plan: a ver qué te parece... Tu suegro tiene para pasarlo regularmente, nada más que regularmente, donde está; pero puede dar un pellizco a sus recursos sin llegar a verse en los apuros que nosotros; y lo dará, porque es su obligación, y sé yo que lo dará en cuanto reciba la carta que le escribí después que tú te marchaste esta mañana. Nosotras dos, aunque la estación nos coge desnudas, enteramente desnudas, porque desde que llegamos a Madrid no nos hemos hecho una triste hilacha, nos arreglaremos con lo del invierno pasado... Ya ves que esto es una economía. Chuncha es mujer que tiene hoy buenos asideros entre las gentes del Gobierno: yo sé que si pide algo a ciertos hombres, no han de negárselo, y pienso hablarle para que saque un destinillo a Manolo... ¡Pobre hijo mío!, ¡verse precisado a trabajar como un cualquiera!..., ¡él, tan distinguido, tan mimado y tan tiernecito!... Pues ya tienes aquí otro recurso de qué echar mano, porque yo te prometo que lo que gane Manolo y lo que dé su padre ha de ser para cubrir los gastos de primera necesidad que tanto te apuran... Ya sé que vas a decirme: y si Manolo no halla destino y su padre no nos da un cuarto, ¿de qué sirven esos planes?... De nada, hijo, de nada..., de maldita de Dios la cosa... Pero mientras se ve si sirven o no, danos un respiro..., no te pido mucho, dos meses..., ¡un mes siquiera!, vamos, me parece que no es mucho un mes..., ¡un mes para ir haciendo fuerza de voluntad!... Mira, te lo pido por Dios..., ya que no lo hagas por nosotros; y de rodillas, si crees que no me humillo bastante...
Y trataba de hacerlo como lo decía, la desdichada mujer; y lloraba con toda su alma, y me cogía las manos entre las suyas, y me daba compasión, no su desdicha, sino su poco fuste, que era la principal causa de ella y del exagerado desconcierto en que la veía. Costóme algún trabajo conseguir que se tranquilizara. Después le pregunté:
-¿Y qué piensa Clara de todo esto que usted acaba de decirme?
-Pues, hijo, lo mismo que yo.
-¿Y por qué me lo calla?
-Como estáis de moños... Pero la llamaré, si te parece.
-¡No haga usted tal cosa!...
-Hijo..., como quieras... Y a todo esto, ¿en qué quedamos de...?
Después de dudar unos instantes, respondí:
-En que concedo dos meses para que desenvuelva usted sus planes...
No me dejó concluir, pues en oyendo esto, salió de mi cuarto. dando brincos, como una chiquilla resabiada.
Con aquella concesión que yo hacía en bien de la paz doméstica (y entiendo aquí por paz la cesación de la guerra encarnizada, no el sosiego ni el bienestar de toda casa bien regida), quedéme en un relativo descanso de espíritu, como fatigado viandante que arroja la carga mientras refresca los labios y repara sus fuerzas, tendido a la sombra junto a la fuente... ¡Pero la carga está allí, a su lado, y el camino también; y hay que volver a echar la una sobre las espaldas, y emprender el otro!...
Siguieron a este suceso días tristes, muy tristes para mí. Después que pasa la fiebre que enardece las ideas y finge bríos al cuerpo, es cuando el paciente, con el ánimo en reposo, conoce la importancia de la enfermedad que le postra. Por rigor de la misma ley, nunca tuvo mi espíritu una fuerza de visión tan potente como en aquellas horas de relativa calma; creo que era la primera vez que yo lograba estudiar con lucidez perfecta, juicio reposado y a su verdadera luz, el cuadro de mis desventuras, en el cual acababa de estampar la mano de la desgracia que me perseguía, un nuevo detalle. El Gobierno suspendió las pensiones concedidas por el anterior en virtud de merecimientos excesivamente revolucionarios, y Carmen se vio sin la suya cuando más falta le hacía, porque su salud empezaba a quebrantarse. Súpelo por Quica, que me lo dijo muchos días después del suceso que su ama me ocultaba, sin duda por no añadir ese disgusto más a los muchos que le confiaba yo en aquellos días. Porque cuando me vi henchido de penas y sentí la necesidad de abrir las válvulas del pecho dolorido, los amigos me daban miedo, y sólo en ella me atreví a depositar los secretos de mi corazón; y acabé por confiárselos todos, todos, aun aquellos que, en mis tristes meditaciones, me resistía a declarar a mi propia conciencia. Y es que, al confiar mis desventuras matrimoniales a la indulgente y cariñosa amiga, sentía yo, con el placer del alivio de un peso formidable, algo como la satisfacción que nace de un penoso deber cumplido. Sospeché que así lo entendía ella también; y de esta mutua inteligencia resultaba un nuevo interés en nuestras conversaciones, mal contenidas a veces en los términos que nos trazaban consideraciones y respetos menos fuertes que la secreta intención que a ambos nos movía.
Pero ¡qué breves eran estas horas, por lo mismo que pasaban sobre mis tristezas como ráfaga de aire por herida de fuego! ¡Después volvían los negros pensamientos, la realidad de las cosas, el hecho brutal!... Y ¡qué horas tan largas y tan distintas!... Sobre todo, la del retorno a mi hogar... ¿A qué? ¡Dios mío! Se puede vivir pobre y enfermo y perseguido; se puede vivir en una cárcel y atado a una cadena, sin aire y sin sol; pero no como yo vivía con mi propia mujer. Son frecuentes, quizá de necesidad, las rencillas y desavenencias en los matrimonios. Duran un día, una semana, un mes... un año; pero las sostiene un motivo casual, más o menos grave, que al fin se ventila y se olvida; y vuelve la paz a reinar en la casa, porque nunca faltó el amor en los corazones; pero en mí no cabía esta esperanza, porque Clara, que nunca me amó, había roto el único lazo afectuoso que nos unía, al primer choque de su impetuosa altivez ofendida con mi tesón de marido desencantado. El mármol que se animó un instante, porque el infierno lo quiso, amasando cálculos de interés con una epopeya bestial en una mente bravía, volvió a ser dura peña tan pronto como los cálculos fallaron y no quedó del héroe de un momento más que el hombre prosaico con unas cuantas virtudes de pacotilla. Por ajustar a sus leyes mi conducta, el frío llegó a ser alejamiento, y el alejamiento, mortal antipatía. Yo sabía esto, no porque Clara me lo hubiera dicho, sino porque lo leí en ella como en un libro abierto, en cuanto se apagó en mí la última pavesa del fuego de la carnal pasión que me condujo, ciego, a echar sobre mí la cadena de la más horrible de las esclavitudes. Cabalmente era la falta de disimulo la única virtud de mi mujer. Pero yo no la aborrecía; y aun hubiera llegado a convertirse en verdadero amor mi desatinado deseo, si en ella hubiera podido más la idea de sus deberes que la insana vanidad de los placeres ostentosos; si hubiera sido capaz siquiera de pagarme en falsa consideración los riesgos que afrontó gustoso por ella, y de no olvidarse tan pronto de aquellos apasionados arrebatos de los primeros días.
Pues con este infierno de consideraciones en la cabeza entraba siempre a mi casa, donde me aguardaba la yerta o implacable impasibilidad de mi mujer por único consuelo. Y así un día y todos los días; y esto al comienzo de nuestro matrimonio; y yo muy joven aún, y ella más joven todavía. ¡Cuántos años por delante! ¡Qué camino tan largo, tan obscuro y escabroso! ¡Qué agonía tan espantosa, sin la esperanza de la muerte! Muchas veces pensé en ella con criminal delectación; y bien sabe Dios que no fueron respetos humanos lo que me impidió cometer entonces el mayor de los desatinos.
Una vez en el paroxismo de mi desconsuelo, antojóseme que brillaba un punto luminoso en la densa obscuridad que me rodeaba. Entre Clara y yo no había mediado todavía un verdadero examen de las causas de nuestro mutuo alejamiento. Verdad que lo que salta a la vista no hay para qué desmenuzarlo en palabras; pero ¿no podíamos vivir equivocados los dos, ya que no en lo fundamental, en algo accesorio siquiera? Y aunque no lo estuviéramos, ¿debía darse por resuelto un asunto tan grave y trascendental, sin agotar todos los trámites del proceso? ¿Y no era el principal de todos ellos una serena y detenida explicación del punto litigioso? De todas maneras, así no se podía vivir; y en hablar no se perdía nada. Propúseme tener una entrevista con mi mujer; y resuelto a ello entró en m' casa a la hora de costumbre, precisamente en ocasión de salir Barrientos de ella. Éste era otro punto que comenzaba a preocuparme un poco. Busqué a Clara, y la hallé muy serena en su gabinete, en el cual acababa de encerrarse después de despedir a su amigo. Se extrañó de verme allí, y me lo dio a entender con una mirada de las suyas; yo le expuso en el acto mi propósito, después de sentarme a su lado. Esta escena me trajo a la memoria otra bien semejante a ella en sus detalles externos; pero ¡cuán distinta en la situación moral de los personajes! Por lo mismo, quise utilizar el recuerdo para poner a prueba la sensibilidad de mi mujer.
-También se trataba entonces -le dije- de examinar el fondo de nuestros corazones; y tú te complacías en decirme lo que ibas leyendo en el mío, que cuidaba yo de ponerte delante de los ojos; y cuando llegó el caso de descubrir lo que había en el tuyo, ¡de qué modo, y en qué ocasión me lo mostrastes, Clara! ¿Te acuerdas...?
Como si hubiera llamado con los nudillos en un muro de cal y canto. Se encogió de hombros, se apartó un poco de mí, y me preguntó secamente:
-¿Adónde quieres ir a parar con esas ñoñeces que traes ahora a colación?
Sentí la burla como una bofetada, y contesté:
-A que, tratándose también ahora de descubrir el fondo de nuestras conciencias, muestres un poco del afán en que entonces me aventajabas, para saber en cuál de los dos reside el hielo que apagó la hoguera de aquella pasión que parecía consumirnos a entrambos; quién de nosotros es más culpable de este alejamiento en que vivimos; quién se complace en ello, o quién lo deplora; cuál es el remedio que se necesita, o si no queda ninguno para que cese esta situación insoportable.
-Te dije en otra ocasión -respondióme, fría y dura como una peña- que éramos tú y yo incompatibles en muchas cosas. Hoy te lo vuelvo a repetir. La razón de esta incompatibilidad, se siente mejor que se explica... Nace de muchas pequeñeces y de algunos motivos graves que se van acumulando poco a poco, y al fin llegan a imponerse al corazón y al juicio, por su propio peso... y yo no sé mentir... Y ¿qué te extraña?... ¿No está sucediéndote a ti lo mismo?
-Sí -repliqué-, ¡pero por cuán distintas causas!... ¿Quieres que las analicemos fría y desapasionadamente? ¿Te atreves a enumerar las condiciones que, en opinión tuya, me faltan para hacerte llevadera y grata la vida a mi lado, como me atrevo yo a decirte lo poco que necesito para creerme venturoso, aun en medio de la penuria en que vivimos por un azar de la suerte?
Se encogió de hombros al oírme, y me contestó con glacial aspereza:
-No quiero perder más tiempo en necias puerilidades.
-¡Lástima -exclamé entonces, sin poder contenerme-, que te falte el valor para cosa tan honrada y trival, mientras te sobra para la inicua empresa en que estás empeñada conmigo! ¡Formarían un hermoso contraste los dos cuadros! En el uno, tu soberbia indómita; tu única religión, tu única fe: la adoración a ti misma; tu amor insaciable a la ostentación de todas las vanidades frívolas y mundanas; tus malogrados intentos de hallar en mí el complaciente marido que, de cualquier modo, colmara las ambiciones de tu alma empedernida. En el otro cuadro, mis vulgares virtudes de lugareño; mi corazón dispuesto a perdonarte, y aun a quererte, si registrando las frías soledades del tuyo, reconoces la razón con que me quejo y el derecho con que maldigo aquellos días en que, a la falsa luz de tu pasión de artificio, lograste que te creyera capaz de hacerme venturoso entregándote confiada a mí para correr juntos los riesgos más comunes de la vida... Mis efímeros triunfos, mis afortunadas locuras, cuanto he sido, cuanto valgo; mis pensamientos más íntimos, mis aspiraciones..., todo te lo he sacrificado gustoso..., todo ha sido para ti... ¿Y qué me has dado en cambio?... Unas horas de brutal embriaguez, mientras tus insanas ambiciones no hallaron el menor obstáculo que las resistiera; un infierno de torturas desde que te convenciste de que no me hallaba dispuesto a sacrificarte también la vergüenza y el honor, cuando lo necesitaras para pedestal de tus vanidades.
Todo esto le dije de un tirón, con voz vibrante y ademán enérgico, mirándola a la cara, sin miedo a las saetas de sus ojos... Pues como si callara, o se lo dijera a una estatua de granito.
La única señal que observé de que me había oído fue el acentuar mucho el gesto altanero y despreciativo, habitual en ella, tiempo hacía, en cuanto me tenía delante. Enseguida me dijo, en un tono y con una voz y una mirada verdaderamente dilacerantes:
-El alma de una mujer tiene misteriosos resortes, cuya acción produce muy contrapuestos sentimientos. En saber herir esos resortes consiste toda la ciencia de hacerse amar. Tú has tenido la desgracia de ser muy torpe en ese empeño conmigo.
-De poco acá -le interrumpí-: desde que contra esa torpeza no cabe el recurso de desistir del empeño. Cuando cabía, era yo bastante más diestro. ¡Qué casualidad!
-Pudo serlo, si quieres -replicóme impávida-; pero el hecho resulta, y yo le lamento tanto como tú, porque la misma cadena nos ata.
-Por eso, y porque no puede romperse, trato de hacerla más llevadera. Ayúdame en mi propósito.
-No veo la manera; porque, te lo repito, no sé fingir virtudes que no poseo.
-¡Cumple, al menos, con tus deberes!
-Hasta donde me obliguen las leyes humanas que me esclavizan a tus derechos notorios; pero jamás intentes pasar de aquí.
-Eso es una declaración de guerra a muerte.
-Entiéndelo como te plazca; a mí me tiene sin cuidado.
Y así acabamos, con esta terminante comprobación deque mi desventura no tenía humano remedio.
Entre tanto, mi suegro había aflojado los cordones de su bolsa, no muy repleta, y su mujer cobraba con la necesaria puntualidad una suma que me entregaba después escrupulosamente, y era bastante para pagar el alquiler de la casa. Con esto sólo había desaparecido el peligro de que se renovaran las terribles peloteras de marras: había muy fundadas esperanzas de colocar a Manolo, y Chuncha se desvivía por atendernos y obsequiarnos. Hasta regalaba vestidos a mi mujer y a Pilita. Así me lo afirmó ésta al presentarse un día con uno nuevo. Desde que estábamos caídos, el afecto de la duquesa a sus amigas parecía haberse doblado. Clara andaba algo retraída y salía poco de casa; pero su madre no se apartaba de Chuncha en todo el santo día de Dios. Jamás había visto yo tan separadas a la madre y a la hija; aunque esto no me extrañaba, porque Pilita, con las ocasiones de divertirse que le procuraba su amiga, no podía sujetarse al relativo apartamiento del mundo en que vivía Clara; la cual alegaba por razones de ello, ante su madre, sus disgustos domésticos, y ante el público, su deseo de amoldarse a mis costumbres. ¡Ejemplar esposa!
Y yo, que tomaba a mi hogar por un presidio, particularmente desde mi última entrevista con Clara, no posaba en él sino el tiempo indispensable para comer deprisa, desganado y en silencio, y dormir algunas horas entre el horror de mis pesadillas infernales. El resto del día y de la noche lo invertía entre mis amigos en la redacción, en orear mis penas al aire libre en algún solitario paseo, y en la placentera compañía de Carmen, cuyos quebrantos de salud iban imposibilitándola para el trabajo, precisamente cuando más necesitaba de él para vivir. La fortuna se complacía en cobrarme, hasta con réditos- usurarios, los favores de que me había colmado poco antes.
Un día, o porque el peso de mis dolores morales llegó a vencer las fuerzas de mi cuerpo, o porque la ley de mi destino se cumpliera así, sentíme enfermo; y a media tarde dejé mis tareas de redacción. Como la peor de todas las enfermedades me parecía mi propio hogar, intenté curar el repentino acceso con la distracción y el aire fresco de la calle. Me engañó el pensamiento. Mis piernas se negaban a sostenerme, y las sienes me latían; la luz ofendía a mis ojos, y mis manos abrasaban. Tenía fiebre; y la necesidad, más fuerte que mis repugnancias, llevóme a mi casa. Llamé, y abrióme la puerta la doncella de mi mujer, no el criado, como de costumbre. Verdad que yo no la tenía de entrar a aquellas horas.
-No hay nadie -me dijo al verme.
¿Y qué más me daba que hubiera alguien o no, si a mí nadie me echaba en falta jamás, ni por nadie preguntaba yo, porque todos me estorbaban lo mismo? Pero noté que la sirviente tosía muy seco, y muy a menudo y muy fuerte, y que no estaba entera mente serena cuando me hacía una advertencia tan inusitada. Y con esto, y con ver en la percha en que fui a colgar mi sombrero otro muy reluciente, con las alas muy reviradas, que no era mío ni de Manolo, y una ráfaga, como soplo de Lucifer, que pasé instantáneamente por mi cerebro excitado, adelantéme de un salto a la doncella, que ya me precedía en el camino que yo intentaba seguir; y en otros dos llegué al gabinete de mi mujer. La puerta estaba cerrada por dentro. Descargué sobre ella todo el peso de mi cuerpo; saltó la cerradura, y abriéronse de par en par las débiles y charoladas hojas..., ¡hojas de un libro inmundo en que vi estampada la última afrenta que podía echar sobre mí aquella infernal criatura!
La fiebre que me devoraba ya, y que en aquel instante debió llegar a su grado máximo, diome las fuerzas de un león. Pues aún me parecieron pocas en medio del frenesí con que agarraba cuanto hallé al alcance de mis trémulas manos, y lo arrojaba a ciegas sobre el ladrón, por no tener un puñal que clavarle en el pecho, mientras la infame huía por una puerta excusada... No quiero detenerme en pintar los detalles de aquella lucha bárbara en la angostura de un aposento que retemblaba a los golpes de los muebles hechos astillas y al eco de mis maldiciones. Acabóse antes, mucho antes de lo que yo deseaba, porque el crimen hace cobardes a los hombres más fuertes; y él supo aprovechar mi primer descuido para huir por la misma puerta por donde había entrado yo.
Cuando salí en busca de su cómplice, ésta no se hallaba ya en casa. Me alegré de ello.
¿De qué me hubiera servido tenerla delante, si había de atarme las manos la misma hidalga reflexión que me impidió matarla en su aposento?...
Sin perder un instante me dirigí al mío. Reuní cuanto a mano pude hallar de mi equipaje y otras menudencias de mi particularísima propiedad; y en un mísero baúl, no mucho más lucido que el de un estudiante, mandé que me lo bajaran al portal. Hacíanseme siglos los momentos que tardaba en salir de aquella aborrecida casa, cuyos techos parecían desplomarse sobre mí al peso de tanta ignominia.
En el primer coche que pasó desalquilado por la calle me fui a la posada de Matica, cuyas señas no di al cochero hasta verme lejos de la casa que abandonaba. No quería dejar en ella el menor rastro de mi paradero. Aquella noche deposité, entre lágrimas amargas, en el alma de mi amigo, el bochornoso secreto de la mía. ¡Me ahogaba ya la plenitud de tanta desventura! Sus atinados pareceres, sazonados con el jugo de su fraternal carino, me consolaron; pero cuando más tarde me sepulté, calenturiento y dolorido, bajo las coberturas del lecho, el sueño me negó el beneficio de sus halagos, y pasé la noche desmenuzando en la ardorosa mente el terrible suceso, saboreando planes de venganza. Tres días estuve sin salir a la calle.
El demonio quiso que, al poner los pies en ella, nos tropezáramos cara a cara Barrientos y yo; aún llevaba en la suya más de una señal de mis golpes. Recrudeciéronse mis odios de repente, y le añadí otra nueva con mi mano. Separónos la gente; diome él, airado, las señas de su casa; y cayendo yo en la cuenta de lo que iba a suceder, le di, no las de la mía, sino las de la redacción de El Clarín. Previne a Matica, y afeó mi conducta que ponía mi vida a merced de la destreza de mi adversario. Fuimos de la misma opinión; pero ya no había remedio, amén de que, aun a riesgo de morir, yo no me vería jamás harto de habérmelas con un hombre tan aborrecido... Y, sin embargo, ni aun con matarle quedaría yo satisfecho; porque no era él el verdadero delincuente, sino ella..., ¡ella era quien, en buena justicia, debía morir entre mis manos!
Dos elegantones apadrinaron a Barrientos; Matica y Redondo me apadrinaron a mí. Hubo pocos trámites, porque la cosa iba de veras, y yo no impuse a mis amigos otra exigencia que la elección de armas contundentes, si era posible. Matar de un tiro me parecía cosa por demás insípida, puesto que yo no trataba de probar mi serenidad con una certera puntería, sino de desahogar mis iras moliendo a golpes o a cuchilladas.
Se eligió el sable, porque a mi adversario todo le era lo mismo; y a la madrugada siguiente, en la Alameda de Osuna, tras unos preliminares que me parecieron solemnemente ridículos, nos pusimos frente a frente los dos, desnudos de medio arriba. A la primera señal me lancé como una furia sobre mi contendiente, creyendo, incauto, que todo el éxito dependía de la fuerza. Sin embargo, en mi furor impetuoso, llegué a desconcertarle de tal modo, acaso porque su corazón no correspondía a su destreza, que la necesitó toda para defenderse de mis golpes incesantes; pero al cabo se hizo dueño de mí; y tras de darme una paliza a su gusto, pudiendo matarme sin gran esfuerzo, se contentó con arrancar el arma de mi mano, descoyuntándome la muñeca.
Diose con esto el lance por terminado, y yo me volví a casa acompañado de mis amigos, tan afrentado como había salido de ella, más con la vergüenza de haber sido apaleado por el mismo que me afrentó. ¡Y estos lances los han discurrido los hombres cultos para lavar manchas del honor! ¡Mentecatos!
La prensa habló al otro día de este encuentro, sin citar nombres; pero con tales señas, que los más torpes nos conocieron; y conociéndonos, se trató del motivo en todas partes, y con ello se hizo público en pocas horas lo que, con saberlo yo solo, me ponía rojo de vergüenza. ¡Y Barrientos creció dos palmos en la opinión de las gentes, así por la conquista como por su hazaña en el lance que motivó!... ¡Y mientras el ladrón se pavoneaba recibiendo los honores del triunfo por las calles, el robado no se atrevía a salir a la luz del sol, temiendo los silbidos del mundo! ¡Ésa es la justicia que se usa entre los que tanto se pagan de él!
Después de este suceso érame imposible la residencia en Madrid; su luz, su aire, sus ruidos, todo cuanto me rodeaba allí me decía una misma cosa, sonaba a una misma cosa, me hería de la misma manera: todo me parecía un pregón escandaloso de mi ignominia. Pero ¿adónde ir? ¿A esconderme en las soledades de mi tierra? ¿Qué hijo pundonoroso se atreve a enjugar en el regazo de su madre el llanto de pesadumbres como la mía?
Era preciso huir lejos, ¡muy lejos!... Adonde no hubiese llegado la funesta resonancia de mi nombre; adonde no me conociera nadie; donde yo pudiera cambiar radicalmente las costumbres de mi vida y trabajar de otra manera, y ya que no perder por completo la memoria, refundir mi naturaleza al influjo de otros climas, de otros hábitos y de otras gentes.
Y la idea de abandonar a Carmen cuando más necesitaba de mí me asaltó al punto, como un obstáculo insuperable puesto delante de mis propósitos. Y entonces, en medio de la exaltación que me robaba la serenidad, quise conjurar el conflicto con una nueva locura: con la de llevarme a la honrada huérfana conmigo... porque la amaba y me amaba...,¡qué enormidad! Precisamente la razón de más peso que yo debí tener presente para respetar su buena fama. Y hasta cometí la torpeza de proponérselo; y sólo caí en la cuenta de mi insensatez, cuando el asombro se pintó en su mirada y el rubor en sus mejillas. Pero yo no podía resignarme a abandonarla a los azares de su mala fortuna, ni renunciar a mis propósitos de alejarme de España, quizá para siempre.
Dando tortura a mi imaginación, concebí un plan que sometí al juicio de Matica, no fiándome ya del mío. Lo aplaudió, y era éste: mi amigo velaría por ella con el mismo celo que yo; y en un caso extremo, o porque las fuerzas la faltaran, o llegara a quedarse sola, o fuera la suerte tan implacable conmigo que me negara el consuelo de ampararla desde lejos, se la enviaría a mi padre, a cuyo lado hallaría cordial y placentera hospitalidad. En previsión de este suceso, habléle algo de él al escribirle aquel mismo día, noticiándolo mi propósito de alejarme de mi patria, donde la fortuna me era bien adversa; pero cuidando mucho de que no trasluciera el noble y honrado viejo en mis palabras, de intento risueñas y animosas, la amargura de mi espíritu, ni el más leve vestigio de la tempestad levantada en mi vida conyugal. ¡Cómo me costaba dejar la pluma de la mano, no creyendo nunca bastante bien cumplidos los dos propósitos que me guiaban al escribir al pobre hidalgo!
Sin dar tiempo a que más frías reflexiones pudieran entibiar algo mi última resolución, reduje a dinero todas mis alhajas, que no eran muchas; entregué a Quica una buena parte de ello, porque Carmen no hubiera querido recibírmelo; hablé a ésta del plan acordado con Matica; vio en él la señal de lo largo de mi ausencia; lloró..., lloramos todos; estampé en su frente casta un beso que no la empañó con la más leve mancha de impureza; abracé a Quica también, y huí, con el corazón oprimido, de aquellos afectos que enervaban los bríos que me hacían falta para lanzarme a la empresa en que me había empeñado la dura ley de la necesidad. Pasé con mi amigo el resto del día; y al siguiente, muy temprano, salí de Madrid por el camino de Andalucía, agobiado el ánimo bajo la tiranía de la memoria, que no se cansaba de ponerme delante de los ojos las más risueñas ilusiones enfrente de todos los errores y desencantos de mi vida.
Y por único consuelo en esta cruda batalla de contrapuestas ideas, el misterio de mi porvenir hacia el cual iba sin rumbo ni derrotero, como inerte masa lanzada al espacio por la fuerza brutal de mi desdicha... ¿Adónde iría a caer? ¿Qué sería de mí?
Entonces aparté la consideración del mísero polvo de la tierra; y, con los ojos inmortales del alma, a la luz que guardé siempre con amor de cristiano en el sagrario de mi fe, vi la Providencia de Dios que no abandona ni a los pájaros del aire, y me entregué, confiado, a sus designios.
Veinticinco años han pasado desde entonces. En tan largo tiempo, ¡cuántos afanes!, ¡cuántos trabajos!, ¡qué pocos goces y cuán breves!
¿Adónde quiso Dios que me arrastraran los huracanes contra mí desencadenados? ¿Qué hice allí? ¿Con qué nuevas adversidades luché? ¿Por qué derroteros me encaminó el azar?... Sería larga, muy larga, la tarea de referirlo, y ya se fatigan mi mano de escribir y mi memoria de recordar. Quiero poner fin a estos apuntes, y voy a hacerlo añadiéndoles solamente algunos brevísimos del segundo período de mi vida aventurera, por lo que se relacionan con lo que pudiera llamarse cabos sueltos del anterior relato.
Valenzuela murió en la emigración tres años después de mi salida de Madrid. Para entonces ya se habían cansado Barrientos y otros dos sucesores suyos de proteger a su familia, la cual, sin más amparo que el mezquino sueldo del destino que al cabo obtuvo Manolo (porque la duquesa se guardó muy bien de echarse toda la carga encima, y la herencia del emigrado era exigua y duró poco), tuvo que tragar por la fuerza de la necesidad lo que no pude yo conseguir que aceptara por la del convencimiento. Quiero decir, que dio con todo su necio orgullo en un miserable chiribitil. Allí se las arreglaba como Dios quería, vistiendo de lo de antaño, descolorido y volteado, y comiendo de pegote en tantas mesas como días tiene la semana. Pilita no arrastró su cruz muy largo tiempo, y fue enterrada de limosna. Clara, desesperada, comenzó a languidecer y a marchitarse en su miserable soledad. Recogióla entonces la duquesa del Pico; y en su casa murió impenitente, fría y altanera, como una pagana.
Viéndose su hermano solo y libre, robó a una bolera de cuarta fila, del teatro de la Cruz, y se casé con ella. Casarse y ponérsele cobrizas las escrófulas, y brotarle fuentes del corrosivo humor por garganta, labios y narices, fue todo uno. No duró seis meses el pobre chico. Verdad que lo que hicieron las escrófulas, a falta de ellas lo hubiera hecho su apreciable suegro, que tenía el peor de los aguardientes, y en cargándose un poco de bebida, le sacaba la navaja si no le colmaba de monedas el extenuado bolsillo; y así le daba cada disgusto que le aturdía.
Todos estos sucesos, con los más prolijos pormenores, me los participaba Matica; y tan escrupuloso y previsor era, que cuando me escribió para decirme que me había quedado viudo, me incluyó en la carta la fe de defunción de mi mujer. ¡Cómo alabé a Dios en el memorable instante en que me enteré de un suceso de tan grande trascendencia para mí! Porque rompía las cadenas de mí esclavitud, me devolvía la libertad, y con ella el único remedio que yo conocía para cicatrizar las dolorosas heridas de mi corazón. Las densas nubes en que mis recuerdos me envolvían se rasgaron; un rayo de sol penetró por ellas; y mientras su calor vivificaba mi alma aterida, su luz me descubría sendas hasta entonces; obstruidas por obstáculos amontonados por la mano de mi mala suerte, libres, francas y abiertas a mi paso. ¡Por allí se iba en busca de Carmen, cuyo dulce recuerdo me alentaba para trabajar sin descanso; de Carmen, con quien compartía el fruto de mi trabajo; de Carmen, cuyo amor no era ya un delito ante las leyes del mundo, y podía publicarse a voces, como el intenso, tranquilo y consolador que yo sentía por ella!
Los negocios iban en buena marcha; y con mi atención constante sobre ellos, en muy pocos años lograría clavar yo la rueda de la fortuna; quiero decir, poseer lo bastante para vivir en mi patria en una desahogada medianía. Pero estos pocos años eran siglos cuando pensaba en aplazar, hasta que se perdieran en los abismos del tiempo, el cumplimiento de mis ardentísimos afanes. Anticipar éste alejándome yo de los negocios era hacerlos retroceder en su próspera marcha, y exponer demasiado el comprobado éxito de mis cálculos. Entre estos dos extremos había un medio que lo arreglaba todo: que Carmen se decidiera a ir a mi lado desde luego. Escribíla sobre el caso, y escribí a Matica también: las razones eran de peso; ella estaba animada de los mismos deseos que yo; los medios de comunicación eran frecuentes y no penosos...
Y fue. Y nos casamos. Y Dios, que me había hecho el inapreciable beneficio de que no diera fruto mi primera unión, otorgómelo en la segunda. La alegría, el amor, el sosiego, reinaban al fin en mi casa. Sabía de mi padre con la posible frecuencia; y del contexto de sus cartas deducía, con lícita vanidad, que la abundancia en que vivía por obra de mis prodigalidades con él, hacíanle muy llevadera la vejez. Poco, muy poco me faltaba ya para considerarme en el colmo de la felicidad: volver al lado del pobre viejo con mi nueva familia, y alegrar con las caricias de sus nietezuelos (porque yo contaba que no sería uno solo) los últimos días de su vida. En menos de dos años podían verse realizados estos planes.
Pues todos me los desbarató la suerte, o Dios que quiso someter mi resignación a otra prueba más; todos se destruyeron como castillo de naipes al primer soplo del viento. Carmen, nuestro hijo, Quica: los tres desaparecieron del mundo en pocas semanas, víctimas del recrudecimiento de una enfermedad endémica allí. En mi amarga aflicción, acordéme de mi padre, como el único refugio para mi alma tan rudamente combatida... ¡y también la muerte se atravesó en este camino!
Busqué entonces, no la distracción, sino el aturdimiento, en el tráfago de los negocios; y no sé cuántos años pasé así, amontonando un caudal que parecía burla de la suerte, por dármelo cuando ya no lo necesitaba.
Los únicos afectos que sobrevivían en las ruinas de mi corazón se habían reconcentrado en Matica, cuyas cartas me consolaban mucho, y me enteraban de lo poco que podía interesarme en el mundo. Así llegué a saber la muerte de la duquesa del Pico, y que Barrientos había dado con un mozo que, sin gozar fama de espadachín, le había hundido en el pecho media vara de florete con todas las reglas del arte.
Matica había concluido, al fin, su carrera; pero no la ejercía, porque su delicada complexión se lo vedaba. En cambio, se había entregado con gran fervor al cultivo de las bellas letras; y tenía dos comedias terminadas y, como quien dice, en turno para ser puestas en escena en el primer teatro de Madrid. Le afligía bastante un pertinaz catarro, desde el invierno anterior; pero esperaba curarle con las brisas de mayo. Esto me decía en febrero. Pues en abril, con la inesperada noticia de su muerte, hundió Redondo, que me la transmitía, el último clavo doloroso en mi corazón.
Después viajé mucho, ¡mucho!, apenas recuerdo por dónde; porque ya no buscaba en mis viajes el placer de las impresiones adquiridas en la contemplación y el estudio, sino el ruido, el movimiento, la variedad, el vértigo... Hasta que el cansancio me rindió, y comencé a pensar, viéndome envejecer, encanecido y sin designio que cumplir en la tierra, en qué rincón de ella arrojaría la pesada e inútil carga de mis huesos. Sentí entonces dentro de mí, en lo más hondo y obscuro, la santa voz de la patria que me llamaba a su maternal regazo; y vine a mi tierra nativa resuelto a exhalar el último suspiro donde vieron mis ojos el primer rayo de luz.
¡Otro desencanto con el cual no contaba yo!
Por remate de mi larga y azarosa carrera me vi casi extranjero y solo en mi patria; porque ser extranjero y estar solo es vivir entre generaciones que se han formado lejos de nosotros, y han creado una sociedad que en nada se parece a aquella en la cual nacimos y nos formamos después a su manera.
Al movimiento innovador y reformista iniciado ya con brío a mi salida de España, había sucedido la revolución política de 1868, harto más radical y demoledora que la del 54, en que tan activa parte había tomado yo. El primero transformó el aspecto exterior de los pueblos; la segunda influyó grandemente en el modo de pensar de los hombres; y al impulso de estos dos agentes poderosos, la sociedad salió de sus antiguos cauces, y entróse por otros nuevos; creóse la vida distintas necesidades, y se transformaron radicalmente las costumbres.
Hallé en mi humilde lugar hermosas casas de campo con sus correspondientes parques a la inglesa; una fonda en la playa; carreteras en todas direcciones; un casino con periódicos y mesa de billar; dos confiterías; una taberna en cada esquina; tres chalets con alamedas en la pradera cercana al mar, y seis casas de posada... Los Garcías... ¡qué Garcías ni qué niño muerto! No quedaba señal de ellos. Quien lo mandaba todo era un hijo de mi contemporáneo Toño Calambrios, que dejó la labranza y se hizo feriero; se metió después a demócrata posibilista, y hoy se cartea con Castelar, y es presidente del comité; de este pueblo, donde tiene cuarenta suscriptores El Globo Terráqueo y cerca de veinte La Bocina Montañesa, periódico posibilista madrileño el primero, y federal-conmutativo-bilateral de Santander el segundo...
En cuanto a la saya de bayeta fina con lorza y tira de terciopelo, y al justillo de pana, y al zapato bajo y la media con calados, y el pandero con cascabeles, ¡buenas y gordas! Aquí no gastan las mozas menos que vestidos de larga falda y chaquetas ceñidas, con adornos de pasamanería; el pelo en rodete, y flequillo por delante, a uso de señoras; y a uso de señoras bailan los domingos agarradas a los mozos, por todo lo fino, al son de dos violines y una flauta que se pagan de fondos municipales.
Añádase a todo esto que los chalets y casas de campo pertenecen a gentes forasteras que los habitan en verano; que forasteras son las que acuden a la fonda de la playa y a las posadas del lugar; que los viejos que yo dejé en él no existen hoy; que los mozos de entonces parecen viejos caducos ya; que los mozos de ahora no habían nacido todavía; y por último, y es lo más triste para mí, que de toda mi parentela, dispersa por las inmediaciones, no me quedan más que unos cuantos sobrinazos que me visitan de tarde en tarde, y eso porque soy rico y sin herederos forzosos; y diga el más nimio en esto de enmendar voquibles, si no me sobra la razón para considerarme solo y extranjero en mi lugar nativo.
Y no me pesa de ello después de bien considerado: así vivo más independiente y quedan menos huellas con que reverdecer mis, aunque penosos, amortiguados recuerdos. La única que, por llegar, me los ofreció muy amargos, fue el caserón donde conocí a la funesta familia, causa de todas mis desventuras. Siempre que miraba hacia él, veía la misma figura escuálida, ceñuda y silenciosa, errar por sus pasadizos. Su último poseedor le había destinado a fonda. Traté de comprarle, y pidiéronme triple de lo que valía. Paguélo gustoso; y a pretexto de reconstruirle, le demolí hasta sus cimientos. Y así permanece, hecho un montón de escombros. Pues ¡ni por ésas! Cada vez que los miro, veo encaramada sobre ellos la aborrecible figura blanca, con el pelo desgreñado, el entrecejo fruncido y los ojos fulminantes. Es mi gato negro.
Hallé la casa paterna indivisa y cerrada. Se la compré a mis coherederos; compúsela, y en ella vivo. Arreglé también la huerta, y, además, cerqué una gran extensión de tierra en la loma que domina el mar. Estoy suscrito a varios periódicos y revistas de otros tantos colores y castas. Me entretienen mucho sus algarabías, por lo mismo que no me apasiono por ninguno de los contendientes.
No se parecen estas políticas a las de mi tiempo. ¡Cómo ha cambiado todo! Hasta el estilo. Sin embargo, aún se escriben muchos artículos a la manera de los de Redondo, y particularmente muchas críticas como las que yo enjaretaba en El Clarín de la Patria. ¡No me faltaba, en mi desdicha, más que el remordimiento de haber formado escuela! Pues algunas veces le tengo, porque el género abunda como la mala yerba, y la crítica esa se parece a la mía como un huevo a otro.
El señor cura, nuevo también en el lugar, me acompaña largos ratos: es joven y celoso de su deber. Hablamos poco, casi nada, de lo de tejas abajo, y mucho de lo de tejas arriba. Nos entendemos bien en este delicado particular, y yo me alegro de ello.
En el cierro tengo una labranza montada en grande, y mis ganados son la admiración de toda la comarca. Pero no puedo conseguir que mis convecinos los tengan como ellos, sin más trabajo que hacer lo que yo les mando y recibir lo que les ofrezco. La rutina es su debilidad, y también su castigo. En la huerta he llegado a hacer primores en materias de injertos y otras habilidades. Cultivo algunas plantas de adorno, y yo mismo podo los árboles y sorrapeo los caminos. De vez en cuando voy a echar una calada desde las peñas de la costa; y me saben después a gloria las lobinas y los saperos que trabo... Y así por el estilo; y, como pueda remediarlo, siempre solo.
En casa leo, trabajo en carpintería menuda, y últimamente he escrito todo lo que antecede.
¿Por qué, siendo de tan penoso recordar lo que más abunda en ello? ¡Qué sé yo! Quizá porque, al entretener horas sobrantes de las pesadas noches de invierno, escudriñando los pliegues de la memoria y los escondrijos del corazón, experimento cierto placer algo parecido al que siente el avaro al revolver y manosear su tesoro; pues, al fin y al cabo, de breves goces y de amargas y muy hondas pesadumbres se compone el caudal de la vida humana.
Bien sé que me expongo a que el soplo de algún diablillo enredador esparza, a la hora menos pensada, mis papeles por el mundo.
Yo lo daré por bien empleado, con tal que el ejemplo de mis desengaños llegue a servir a alguno de escarmiento.
POLANCO, octubre 1883.