A Felipe Ruiz
libre desta prisión volar al cielo,
Felipe, y en la rueda
que huye más del suelo,
contemplar la verdad pura sin duelo?
5
Allí, a mi vida junto,
en luz resplandeciente convertido,
veré distinto y junto
lo que es y lo que ha sido,
y su principio propio y escondido.
10
Entonces veré cómo
la soberana mano echó el cimiento
tan a nivel y plomo,
do estable y firme asiento
posee el pesadísimo elemento.
15
Veré las inmortales
columnas do la tierra está fundada,
las lindes y señales
con que a la mar airada
la Providencia tiene aprisionada;
20
por qué tiembla la tierra,
por qué las hondas mares se embravecen;
dó sale a mover guerra
el cierzo, y por qué crecen
las aguas del Océano y descrecen;
25
de dó manan las fuentes;
quién ceba y quién bastece de los ríos
las perpetuas corrientes;
de los helados fríos
veré las causas, y de los estíos;
30
las soberanas aguas
del aire en la región quién las sostiene;
de los rayos las fraguas;
dó los tesoros tiene
de nieve Dios, y el trueno de dó viene.
35
¿No ves, cuando acontece
turbarse el aire todo en el verano?
El día se ennegrece,
sopla el gallego insano
y sube hasta el cielo el polvo vano.
40
Y entre las nubes mueve
su carro Dios, ligero y reluciente;
horrible son conmueve,
relumbra fuego ardiente,
treme la tierra, humíllase la gente.
45
La lluvia baña el techo,
envían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho,
los campos anegados
miran los labradores espantados.
50
Y de allí levantado
veré los movimientos celestiales,
ansí el arrebatado
como los naturales,
las causas de los hados, las señales.
55
Quién rige las estrellas
veré, y quién las enciende con hermosas
y eficaces centellas;
por qué están las dos Osas,
de bañarse en el mar siempre medrosas.
60
Veré este fuego eterno,
fuente de vida y luz, dó se mantiene;
y por qué en el invierno
tan presuroso viene,
por qué en las noches largas se detiene.
65
Veré sin movimiento
en la más alta esfera las moradas
del gozo y del contento,
de oro y luz labradas,
de espíritus dichosos habitadas.
70
Al licenciado Juan de Grial
el campo su hermosura; el cielo aoja
con luz triste el ameno
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.
5
Ya Febo inclina el paso
al resplandor egeo; ya del día
las horas corta escaso;
ya Eolo, al mediodía
soplando espesas nubes nos envía.
10
Ya el ave vengadora
del Íbico navega los nublados,
y con voz ronca llora;
y el yugo al cuello atados
los bueyes van rompiendo los sembrados.
15
El tiempo nos convida
a los estudios noble, y la Fama,
Grïal, a la subida
del sacro monte llama,
do no podrá subir la postrer llama.
20
Alarga el bien guiado
paso, y la cuesta vence, y sólo gana
la cumbre del collado;
y do más pura mana
la fuente, satisfaz tu ardiente gana.
25
No cures si el perdido
error admira el oro, y va sediento
en pos de un bien fingido,
que no ansí vuela el viento,
cuanto es fugaz y vano aquel contento.
30
Escribe lo que Febo
te dicta favorable, que lo antiguo
iguala y pasa el nuevo
estilo; y, caro amigo,
no esperes que podré atener contigo.
35
Que yo de un torbellino
traidor acometido y derrocado
de en medio del camino
al hondo, el plectro amado
y del vuelo las alas he quebrado.
40
A Felipe Ruiz
Del moderado y constante
do nace y do se pone el sol luciente,
lo que el Indio posee,
lo que da el claro Oriente
con todo lo que afana la vil gente?
5
El uno, mientras cura
dejar rico descanso a su heredero,
vive en pobreza dura,
y perdona al dinero,
y contra sí se muestra crudo y fiero.
10
El otro, que sediento
anhela al señorío, sirve ciego,
y por subir su asiento,
abájase a vil ruego,
y de la libertad va haciendo entrego.
15
Quien de dos claros ojos,
y de un cabello de oro se enamora,
compra con mil enojos
una menguada hora,
un gozo breve que sin fin se llora.
20
Dichoso el que se mide,
Felipe, y de la vida el gozo bueno
a sí solo lo pide,
y mira como ajeno
aquello que no está dentro en su seno.
25
Si resplandece el día,
si Eolo su reino turba, ensaña,
el rostro no varía;
y si la alta montaña
encima le viniere, no le daña.
30
Bien como la ñudosa
carrasca, en alto risco desmochada
con hacha poderosa,
del ser despedazada
del hierro torna rica y esforzada.
35
Querrás hundille, y crece
mayor que de primero; y si porfía
la lucha, más florece,
y firme al suelo envía
al que por vencedor ya se tenía.
40
Exento a todo cuanto
presume la fortuna, sosegado
está y libre de espanto
ante el tirano airado,
de hierro, de crueza y fuego armado.
45
«El fuego -dice- enciende;
aguza el hierro crudo, rompe y llega;
y, si me hallares, prende,
y da a tu hambre ciega
su cebo deseado y la sosiega.
50
¿Qué estás? ¿No ves el pecho
desnudo, flaco, abierto? ¡Oh! ¿No te cabe
en puño tan estrecho
el corazón, que sabe
cerrar cielos y tierra con su llave?
55
Ahonda más adentro;
desvuelva las entrañas el insano
puñal, penetra al centro:
mas es trabajo vano;
jamás me alcanzará tu corta mano.
60
Rompiste mi cadena
ardiendo por prenderme; al gran consuelo
subido he por tu pena;
ya suelto, encumbro el vuelo,
traspaso sobre el aire, huello el cielo».
65
De la vida del cielo
prado de bienandanza que ni al yelo
ni con el rayo ardiente
falleces, fértil suelo,
producidor eterno de consuelo:
5
de púrpura y de nieve
florida la cabeza coronado,
a dulces pastos mueve
sin honda ni cayado,
el Buen Pastor en ti su hato amado.
10
Él va, y en pos dichosas
le siguen sus ovejas do las pace
con inmortales rosas,
con flor que siempre nace,
y cuanto más se goza más renace.
15
Ya dentro a la montaña
del alto bien las guía; ya en la vena
del gozo, fiel las baña
y les da mesa llena,
pastor y pasto Él solo y suerte buena.
20
Y de su esfera cuando
la cumbre toca, altísimo subido
el sol, Él sesteando,
de su hato ceñido,
con dulce son deleita el santo oído.
25
Toca el rabel sonoro,
y el inmortal dulzor al alma pasa,
con que envilece el oro,
y ardiendo se traspasa,
y lanza en aquel bien libre de tasa.
30
¡Oh son, oh voz, siquiera
pequeña parte alguna decendiese
en mi sentido, y fuera
de sí el alma pusiese
y toda en ti, oh, Amor, la convirtiese!
35
Conocería dónde
sesteas, dulce Esposo, y desatada
desta prisión adonde
padece, a tu manada
viviera junta, sin vagar errada.
40
Al apartamiento
de mi tan luengo error! ¡Oh, deseado
para reparo cierto
del grave mal pasado,
reposo dulce, alegre, descansado!
5
Techo pajizo, adonde
jamás hizo morada el enemigo
cuidado, ni se asconde
envidia en rostro amigo,
ni voz perjura, ni mortal testigo;
10
sierra, que vas al cielo
altísima, y que gozas del sosiego
que no conoce el suelo,
adonde el vulgo ciego
ama el morir ardiendo en vivo fuego.
15
Recíbeme en tu cumbre,
recíbeme, que huyo perseguido
la errada muchedumbre,
el trabajar perdido,
la falsa paz, el mal no merecido;
20
y do está más sereno
el aire me coloca, mientras curo
los daños del veneno
que bebí mal seguro,
mientras el mancillado pecho apuro;
25
mientras que poco a poco
borro de la memoria cuanto impreso
dejó allí el vivir loco,
por todo su proceso
vario entre gozo vano y casi avieso.
30
En ti, casi desnudo
deste corporal velo, y de la asida
costumbre roto el ñudo,
traspasaré la vida
en gozo, en paz, en luz no corrompida.
35
De ti en el mar sujeto
con lástima los ojos inclinando,
contemplaré el aprieto
del miserable bando
que las saladas ondas va cortando.
40
El uno, que surgía
alegre ya en el puerto, salteado
del bravo soplo, guía
en alta mar lanzado,
apenas el navío desarmado;
45
el otro, en la encubierta
peña rompe la nave, que al momento
el hondo pide abierta;
al otro calma el viento;
otro en las bajas sirtes hace asiento;
50
a otros roba el claro
día, y el corazón el aguacero;
ofrecen al avaro
Neptuno su dinero;
otro nadando huye el morir fiero.
55
Esfuerza, opón el pecho;
mas, ¿cómo será parte un afligido
que va, el leño deshecho,
de flaca tabla asido,
contra un abismo inmenso embravecido?
60
¡Ay, otra vez, y ciento
otras, seguro puerto deseado!,
no me falte tu asiento
y falte cuanto amado,
cuanto del ciego error es codiciado.
65
A don Pedro Portacarrero
Carrero, la maldad, ni siempre atina
la envidia ponzoñosa,
y la fuerza sin ley que más se empina
al fin la frente inclina:
5
que quien se opone al cielo,
cuando más alto sube viene al suelo.
Testigo es manifiesto
el parto de la Tierra mal osado,
que cuando tuvo puesto
10
un monte encima de otro y levantado,
al hondo derrocado,
sin esperanza gime
debajo su edificio que le oprime.
Si ya la niebla fría
15
al rayo que amanece odiosa ofende,
y contra el claro día
las alas escurísimas extiende,
no alcanza lo que emprende,
al fin y desparece,
20
y el sol puro en el cielo resplandece.
No pudo ser vencida,
ni lo será jamás, ni la llaneza,
ni la inocente vida,
ni la fe sin error, ni la pureza,
25
por más que la fiereza
del tigre ciña un lado,
y el otro el basilisco emponzoñado.
Por más que se conjuren
el odio y el poder y el falso engaño,
30
y ciegos de ira apuren
lo propio y lo diverso, ajeno, extraño,
jamás le harán daño;
antes, cual fino oro,
recobra del crisol nuevo tesoro.
35
El ánimo constante,
armado de verdad, mil aceradas,
mil puntas de diamante
embota y enflaquece, y, desplegadas
las fuerzas encerradas,
40
sobre el opuesto bando
con poderoso pie se ensalza hollando.
Y con cien voces suena
la Fama, que a la sierpe, al tigre fiero,
vencidos, los condena
45
a daño no jamás perecedero;
y con vuelo ligero,
viniendo la Victoria,
corona al vencedor de gozo y gloria.
Contra un juez avaro
levantes el cautivo, inútil oro,
y aunque tus posesiones
mejores con ajeno daño y lloro;
y aunque, cruel tirano,
5
oprimas la verdad y tu avaricia,
vestida en nombre vano,
convierta en compra y venta la justicia;
y aunque engañes los ojos
del mundo, a quien adoras, no por tanto
10
no nacerán abrojos
agudos en tu alma; ni el espanto
no velará en tu lecho,
ni huirás la cuita, la agonía
el último despecho,
15
ni la esperanza buena en compañía
del gozo, tus umbrales
penetrará jamás; ni la Meguera
con llamas infernales,
con serpentino azote la alta y fiera
20
y diestra mano armada,
saldrá de tu aposento sola un hora;
y ni tendrás clavada
la rueda, aunque más puedas, voladora
del tiempo, hambriento y crudo,
25
que viene, con la muerte conjurado,
a dejarte desnudo
del oro y cuanto tienes más amado;
y quedarás sumido
en males no finibles y en olvido.
30
En una esperanza que salió vana
¿Qué engaño os vuelve a do nunca pudistes
tener asiento, ni hacer provecho?
Tened en la memoria cuando fuistes
con público pregón ¡ay! Desterrados
5
de toda mi comarca y reinos tristes,
a do ya no veréis sino nublados
y viento y torbellino y lluvia fiera,
suspiros encendidos y cuidados.
No pinta el prado aquí la primavera,
10
ni nuevo sol jamás las nubes dora,
ni canta el ruiseñor lo que antes era.
La noche aquí se vela, aquí se llora
el día miserable sin consuelo,
y vence al mal de ayer el mal de agora.
15
Guardad vuestro destierro, que ya el suelo
no puede dar contento al alma mía,
si ya mil vueltas diere andando el cielo;
guardad vuestro destierro, si alegría
si gozo y si descanso andáis sembrando,
20
que aqueste campo abrojos cría;
guardad vuestro destierro, si tornando
de nuevo no queréis ser castigados
con crudo azote y con infame bando;
guardad vuestro destierro, que olvidados
25
de vuestro ser, en mí seréis dolores:
¡tal es la fuerza de mis duros hados!
Los bienes más queridos y mayores
se mudan y en mi daño se conjuran,
y son por ofenderme a mí traidores.
30
Mancíllanse mis manos, si se apuran;
la paz y la amistad me es cruda guerra;
las culpas faltan, mas las penas duran.
Quien mis cadenas más estrecha y cierra
es la memoria mía y la pureza;
35
cuando ella sube, entonces vengo a tierra.
Mudó su ley en mí naturaleza,
y pudo en mí dolor lo que no entiende
ni seso humano ni mayor viveza.
Cuanto desenlazarse más pretende
40
el pájaro captivo, más se enliga,
y la defensa mía más me ofende.
En mí la culpa ajena se castiga
y soy del malhechor ¡ay! prisionero,
y quieren que de mí la Fama diga:
45
¡Dichoso el que jamás ni ley ni fuero,
ni el alto tribunal, ni las ciudades,
ni conoció del mundo el trato fuero!
Que por las inocentes soledades
recoge el pobre cuerpo en vil cabaña
50
y el ánimo enriquece con verdades;
cuando la luz el aire y tierras baña
levanta al puro sol las manos puras
sin que se las aplomen odio y saña;
sus noches son sabrosas y seguras;
55
la mesa le bastece alegremente
el campo que no rompen rejas duras;
lo justo le acompaña y la luciente
verdad, la sencillez en pechos de oro,
la fe no colorada falsamente;
60
de ricas esperanzas almo coro
y paz con su descuido le rodean,
y el gozo, cuyos ojos huye el lloro.
Allí contento, tus moradas sean;
allí te lograrás, y a cada uno
65
de aquellos, que de mí saber desean,
les di que no me viste en tiempo alguno.
En la Ascensión
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
5
Los antes bienhadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?
10
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
15
Aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado?;
estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?
20
¡Ay, nube envidïosa!
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuan rica tú te alejas!
¡Cuan pobres y cuan ciegos, ay, nos dejas!
25
A todos los santos
virtud, qué deïdad que el cielo admira,
¡oh Musa poderosa!,
en la cristiana lira
diremos, entre tanto que retira
5
el sol con presto vuelo
el rayo fugitivo en este día,
que hace alarde el cielo
de su caballería?
¿Qué nombre entre estas breñas a porfía
10
repetirá sonando
la imagen de la voz, en la manera
el aire deleitando,
que el Efrateo hiciera
del sacro y verde Hermón por la ladera?
15
A do ceñido el oro
crespo de verde hiedra, la montaña
condujo con sonoro
laúd, con fuerza y maña
del oso y del león domó la saña.
20
Pues ¿quién diré primero
que el Alto y que el Humilde, y que la vida
por el manjar grosero
restituyó perdida,
que al cielo levantó nuestra caída?
25
Igual al Padre Eterno,
igual al que en la tierra nace y mora,
de quien tiembla el infierno,
a quien el sol adora,
en quien todo el ser vive y se mejora.
30
Después, el vientre entero,
la Madre desta luz será cantada,
clarísimo lucero
en esta mar turbada,
del linaje humanal fiel abogada.
35
Espíritu divino,
no callaré tu voz, tu pecho opuesto
contra el dragón malino;
ni tú en olvido puesto,
que a defender mi vida estás dispuesto.
40
Osado en la promesa,
barquero de la barca no sumida,
a ti mi voz profesa;
y a ti que la lucida
noche te traspasó de muerte a vida.
45
¿Quién no dirá tu lloro,
tu bien trocado amor, ¡oh, Magdalena!;
de tu nardo el tesoro,
de cuyo olor la ajena
casa, la redondez del mundo es llena?
50
Del Nilo moradora,
tierna flor del saber y de pureza,
de ti yo canto agora,
que de la santa alteza
de Arabia esparce luz tu fortaleza.
55
¿Diré el rayo Africano?,
¿Diré el estridonés sabio, elocuente?
¿O del panal Romano?
¿O del que justamente
nombraron Boca de oro entre la gente?
60
Columna ardiente en fuego,
el firme y gran Basilio al cielo toca,
mayor que el miedo y ruego;
y ante su rica boca
la lengua de Demóstenes se apoca.
65
Cual árbol con los años
la gloria de Francisco sube y crece,
y entre mil ermitaños
el claro Antón parece
luna que en las estrellas resplandece.
70
¡Ay, Padre! ¿Y dó se ha ido
aquel raro valor? ¡Oh! ¿qué malvado
el oro ha destruido
de tu templo sagrado?
¿Quién cizañó tan mal tu buen sembrado?
75
Adonde la azucena
lucía y el clavel, do el rojo trigo,
reina agora la avena,
la grama, el enemigo
cardo, la sin justicia, el falso amigo.
80
Convierte piadoso
tus ojos, y nos mira, y con tu mano
arranca poderoso
lo malo y lo tirano,
y planta aquello antiguo, humilde y llano.
85
Da paz a aqueste pecho
que hierve con dolor en noche escura;
que, fuera deste estrecho,
diré con más dulzura
tu nombre, tu grandeza y hermosura.
90
No niego, dulce amparo
del alma, que mis males son mayores
que aqueste desamparo;
mas cuanto son peores,
tanto resonarán más tus loores.
95
A Santiago
las fieras alimañas, como Orfeo,
si ya mi canto fuera
igual a mi deseo,
cantando el nombre santo Zebedeo.
5
Y fueran sus hazañas
por mí con voz eterna celebradas,
por quien son las Españas
del yugo desatadas
del bárbaro furor y libertadas.
10
Y aquella nao dichosa,
del cielo esclarecer merecedora,
que joya tan preciosa
nos trujo, fuera agora
cantada del que en Citia y Cairo mora.
15
Osa el cruel tirano
ensangrentar en ti su injusta espada:
no fue consejo humano,
estaba a ti ordenada
la primera corona y consagrada.
20
La fe que a Cristo diste
con presta diligencia has ya cumplido;
de su cáliz bebiste,
apenas que subido
al cielo retornó, de ti partido.
25
No sufre larga ausencia,
no sufre, no, el amor que es verdadero;
la muerte y su inclemencia
tiene por muy ligero
medio, por ver al dulce compañero.
30
¡Oh viva fe constante!
¡Oh verdadero pecho, amor crecido!
Un punto de su amante
no vive dividido,
síguele por los pasos que había ido.
35
Cual suele el fiel sirviente
si en medio la jornada le ha dejado,
que haciendo prestamente
lo que le fue mandado,
torna buscando al amo ya alejado;
40
ansí, entregado al viento,
del mar Egeo al mar Atlante vuela,
do puesto el fundamento
de la cristiana escuela,
torna buscando a Cristo a remo y vela.
45
Allí por la maldita
mano el sagrado cuello, fue cortado:
¡camina en paz, bendita
alma, que ya has llegado
al término por ti tan deseado!
50
A España, a quien amaste
(que siempre al buen principio el fin responde),
tu cuerpo le enviaste
para dar luz adonde
el sol su resplandor cubre y esconde.
55
Por los tendidos mares
la rica navecilla va cortando,
nereidas a millares,
del agua el pecho alzando,
turbadas entre sí la van mirando.
60
Y dellas hubo alguna
que, con las manos de la nave asida,
la aguija con la una,
y con la otra tendida
a las demás que lleguen las convida.
65
Ya pasa del Egeo
y vuela por el Jonio, atrás ya deja
el puerto Lilibeo;
de Córcega se aleja,
y por llegar al nuestro mar se aqueja.
70
¡Esfuerza, viento, esfuerza;
hinche la santa vela, embiste en popa;
el curso haz que no tuerza,
do Abila casi topa
con Calpe, hasta llegar al fin de Europa!
75
Y tú, España, segura
del mal y cautiverio que te espera,
con fe y voluntad pura
ocupa la ribera;
recibirás tu guarda verdadera.
80
Que tiempo será, cuando
de innumerables huestes rodeada,
del cetro real y mando
te verás derrocada;
en sangre, en llanto y en dolor bañada.
85
De hacia el Mediodía
oye que ya la voz amarga suena;
la mar de Berbería
de flotas veo llena;
hierve la costa en gente, en sol la arena.
90
Con voluntad conforme
las proas contra ti se dan al viento,
y con clamor deforme
de pavoroso acento
avivan del remar el movimiento.
95
Y la infernal Meguera,
la frente de culebras rodeada,
guía la delantera
de la morisca armada,
de fuego, de furor, de muerte armada.
100
Cielos, so cuyo amparo
España está, ¡merced en tanta afrenta!
Si ya este suelo caro
os fue, nunca consienta
vuestra piedad que mal tan crudo sienta.
105
Mas ¡ay! que la sentencia
en tablas de diamante está esculpida:
del Godo la potencia
por el suelo caída,
España en breve tiempo es destruida.
110
¿Cuál río caudaloso,
que los opuestos muelles ha rompido,
con sonido espantoso
por los campos tendido
tan presto y tan feroz jamás se vido?
115
Mas cese el triste llanto;
recobre el español su bravo pecho,
que ya el Apóstol Santo,
un otro Marte hecho,
del cielo viene a dalle su derecho.
120
Vesle de limpio acero
cercado, y con espada relumbrante,
como un rayo ligero,
cuanto le va delante
destroza y desbarata en un instante.
125
De grave espanto herido,
los rayos de su vista no sostiene
el moro descreído;
por valiente se tiene
cualquier que para huir ánimo tiene.
130
¡Huye si puedes tanto!
¡Huye! Mas de más es, que no hay huida;
¡bebe dolor y llanto
por la misma medida
con que ya España fue de ti medida!
135
Como león hambriento,
sigue, teñida en sangre espada y mano
de más sangre sediento,
al moro que huye en vano;
de muertos queda lleno el monte, el llano.
140
¡Oh gloria, oh gran prez nuestra,
escudo fiel, oh, celestial guerrero!
Vencido ya se muestra
el Africano fiero
por ti, tan orgulloso de primero.
145
Por ti del vituperio,
por ti de la afrentosa servidumbre
y duro cautiverio
libres, en clara lumbre
y de la gloria estamos en la cumbre.
150
Siempre venció tu espada,
o fuese de tu mano poderosa,
o fuese meneada
de aquella generosa
que sigue tu milicia religiosa.
155
Las enemigas haces
no sufren de tu nombre el apellido;
con sólo aquesto haces
que el español oído
sea, y de un polo a otro tan temido.
160
De tu virtud divina
la Fama que resuena en toda parte,
siquiera sea vecina,
siquiera más se aparte,
a las gentes conduce a visitarte.
165
El áspero camino
vence con devoción, y al fin te adora
el ranco, el peregrino
que Libia descolora,
el que en Poniente, el que en Levante mora.
170
A Nuestra Señora
gloria de los mortales, luz del cielo,
en quien es la piedad como la alteza:
los ojos vuelve al suelo
y mira un miserable en cárcel dura,
5
cercado de tinieblas y tristeza;
y si mayor bajeza
no conoce ni igual el juicio humano,
que el estado en que estoy por culpa ajena,
con poderosa mano
10
quiebra, Reina del cielo, la cadena.
Virgen, en cuyo seno
halló la Deïdad digno reposo,
do fue el rigor en dulce amor trocado:
si blando al riguroso
15
volviste, bien podrás volver sereno
un corazón de nubes rodeado;
descubre el deseado
rostro, que admira el cielo, el suelo adora,
las nubes hüirán, lucirá el día;
20
tu luz, alta Señora,
venza esta ciega y triste noche mía.
Virgen y Madre junto,
de tu Hacedor dichosa engendradora,
a cuyos pechos floreció la vida:
25
mira cómo empeora
y crece mi dolor más cada punto,
el odio cunde, la amistad se olvida;
si no es de ti valida
la justicia y verdad que tú engendraste,
30
¿a dónde hallarán seguro amparo?
Y pues Madre eres, baste
para contigo el ver mi desamparo.
Virgen del sol vestida,
de luces eternales coronada,
35
que huellas con divinos pies la luna:
envidia emponzoñada,
engaño agudo, lengua fementida,
odio cruel, poder sin ley ninguna
me hacen guerra a una;
40
pues, contra un tal ejército maldito,
¿cuál pobre y desarmado será parte,
si tu nombre bendito,
María, no se muestra por mi parte?
Virgen, por quien vencida
45
llora su perdición la sierpe fiera,
su daño eterno, su burlado intento:
miran de la ribera
seguras muchas gentes mi caída,
el agua vïoleta, el flaco aliento,
50
los unos con contento,
los otros con espanto; el más piadoso
con lástima la inútil voz fatiga;
yo, puesto en ti el lloroso
rostro, cortando voy onda enemiga.
55
Virgen, del Padre Esposa,
dulce Madre del Hijo, templo santo
del inmortal Amor, del hombre escudo:
no veo sino espanto.
Si miro la morada, es peligrosa;
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si la salida incierta, el favor mudo,
el enemigo crudo,
desnuda la verdad, muy proveída
de armas y valedores la mentira:
la miserable vida
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sólo cuando me vuelvo a ti respira.
Virgen, que al alto ruego
no más humilde sí diste que honesto,
en quien los cielos contemplar desean:
como terrero puesto,
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los brazos presos, de los ojos ciego,
a cien flechas estoy que me rodean,
que en herirme se emplean.
Siento el dolor, mas no veo la mano,
ni me es dado el huir ni el escudarme.
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Quiera tu soberano
Hijo, Madre de amor, por ti librarme.
Virgen, lucero amado,
en mar tempestuosa clara guía,
a cuyo santo rayo calla el viento:
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mil olas a porfía
hunden en el abismo un desarmado
leño de vela y remo, que sin tiento
el húmedo elemento
corre; la noche carga, el aire truena;
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ya por el suelo va, ya el cielo toca,
gime la rota antena;
socorre antes que embista en dura roca.
Virgen, no inficionada
de la común mancilla y mal primero,
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que al humano linaje contamina:
bien sabes que en ti espero
desde mi tierna edad; y si malvada
fuerza que me venció ha hecho indina
de tu guarda divina
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mi vida pecadora, tu clemencia
tanto mostrará más su bien crecido,
cuanto es más la dolencia,
y yo merezco menos ser valido.
Virgen, el dolor fiero
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añuda ya la lengua, y no consiente
que publique la voz cuanto desea;
mas oye tú al doliente
ánimo que continuo a ti vocea.
A don Pedro Portacarrero
de Ilíberi, clarísimo Carrero,
contiene en sí tu lumbre
ya casi un siglo entero,
y mucho en demasía
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detiene nuestro gozo y alegría.
Los gozos que el deseo
figura ya en tu vuelta y determina,
a do vendrá el Lyéo,
y de la Cabalina
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fuente la moradora,
y Apolo con la cítara cantora.
Bien eres generoso
pimpollo de ilustrísimos mayores;
mas esto, aunque glorioso,
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son títulos menores,
que tú, por ti venciendo,
a par de las estrellas vas luciendo.
Y juntas en tu pecho
una suma de bienes peregrinos,
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por donde con derecho
nos colmas de divinos
gozos con tu presencia,
y de cuidados tristes con tu ausencia.
Porque te ha salteado
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en medio de la paz la cruda guerra,
que agora el Marte airado
despierta en la alta sierra,
lanzando rabia y sañas
en las infieles bárbaras entrañas.
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Do mete a sangre y fuego
mil pueblos el morisco descreído,
a quien ya perdón ciego
hubimos concedido,
a quien en santo baño
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teñimos para nuestro mayor daño.
Para que el nombre amigo
-¡ay, piedad crüel! -desconociese
el ánimo enemigo,
y así más ofendiese;
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mas tal es la fortuna,
que no sabe durar en cosa alguna.
Ansí la luz que agora
serena relucía, con nublados
veréis negra a deshora,
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y los vientos alados
amontonando luego
nubes, lluvias, horrores, trueno y fuego.
Mas tú aquí solamente
temes al claro Alfonso, que inducido
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de la virtud ardiente
del pecho no vencido,
por lo más peligroso
se lanza discurriendo victorioso;
como en la ardiente arena
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el líbico león las cabras sigue;
las haces desordena,
y rompe y las persigue
armado relumbrando,
la vida por la gloria aventurando.
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Testigo es la fragosa
Poqueira, cuando él solo y traspasado
con flecha ponzoñosa
sostuvo denodado,
y convirtió en huida
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mil banderas de gente descreída.
Mas, sobre todo, cuando
los dientes de la muerte agudos fiera
apenas declinando,
alzó nueva bandera,
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mostró bien claramente
de valor no vencible lo excelente.
Él, pues, relumbre claro
sobre sus claros padres; mas tú en tanto,
dechado de bien raro,
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abraza el ocio santo;
que mucho son mejores
los frutos de la paz y muy mayores.
Al salir de la cárcel
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
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y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso,
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.
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