Imitaciones
y ese vuestro cuello erguido
estoy cierto que Cupido
pondrá en dura sujeción.
Vivid esquiva y exenta,
5
que, a mi cuenta,
vos serviréis al amor,
cuando de vuestro dolor
ninguno quiera hacer cuenta.
Cuando la dorada cumbre
10
fuere de nieve esparcida,
y las dos luces de vida
recogieren ya su lumbre;
cuando la ruga enojosa
en la hermosa
15
frente y cara se mostrare,
y el tiempo, que vuela, helare
esa fresca y linda rosa.
Cuando os viéredes perdida,
os perderéis por querer,
20
sentiréis que es padecer
querer y no ser querida.
Diréis con dolor, señora,
cada hora:
«¡Quién tuviera, ay, sin ventura,
25
o agora aquella hermosura
o antes el amor de agora!».
A mil gentes que agraviadas
tenéis con vuestra porfía,
dejaréis en aquel día
30
alegres y bien vengadas;
y por mil partes volando,
publicando
el Amor irá este cuento,
para aviso y escarmiento
35
de quien no sigue su bando.
¡Ay, por Dios, señora bella,
mirad por vos, mientras dura
esa flor graciosa y pura,
que el no gozalla es perdella!
40
Y pues no menos discreta
y perfeta
sois que bella y desdeñosa,
mirad que ninguna cosa
hay que a Amor no esté sujeta.
45
El amor gobierna el cielo
con ley dulce eternamente,
¿y pensáis vos ser valiente
contra él acá en el suelo?
Da movimiento y viveza
50
a la belleza
el Amor, y es dulce vida;
y la suerte más valida,
sin él es pobre tristeza.
¿Qué vale el beber en oro,
55
el vestir seda y brocado,
el techo rico labrado,
y los montes del tesoro?
¿Y qué vale, si a derecho
os da pecho
60
el mundo todo y adora,
si, a la fin, dormís, señora,
en el solo y frío lecho?
hacia la tarde un poco declinaba,
y libre ya del grave mal pasado
las fuerzas recogía,
cuando, sin entender quién me llamaba,
5
a la entrada me hallé de un verde prado
de flores mil sembrado,
obra do se extremó naturaleza.
El suave olor, la no vista belleza
me convidó a poner allí mi asiento.
10
¡Ay, triste, que al momento
la flor quedó marchita
y mi gozo tornó en pena infinita!
De labor peregrina
una casa real vi, cual labrada
15
ninguna fue jamás por sabio moro:
el muro plata fina,
de perlas y rubís era la entrada,
la torre de marfil, el techo de oro;
riquísimo tesoro
20
por las claras ventanas descubría;
y dentro una dulcísima armonía,
sonaba, que me puso en esperanza
de eterna bienandanza.
Entré, que no debiera,
25
hallé por paraíso cárcel fiera.
Cercada de frescura,
más clara que el cristal hallé una fuente
en un lugar secreto y deleitoso;
de entre una peña dura
30
nacía, y murmurando dulcemente
con su correr hacía el campo hermoso.
Yo, todo deseoso,
lánceme por beber, ¡ay, triste y ciego,
bebí por agua fresca ardiente fuego!
35
Y por mayor dolor el cristalino
curso mudó el camino,
que es causa que muriendo
agora viva en sed y pena ardiendo.
De blanco y colorado
40
una paloma, y de oro matizada,
la más bella y más blanca que se vido,
se vino mansa al lado,
cual una de las dos por quien guiada
la rueda es de quien reina en Pafo y Gnido.
45
¡Ay, yo de amor vencido,
en el seno la puse, y al instante
en mi pecho lanzó el pico tajante
y me robó, cruel, el alma y vida!
Y luego, convertida
50
en águila, alzó el vuelo;
quedé merced pidiendo yo en el suelo.
Al fin, vi una doncella
con semblante real de gracia lleno,
de amor rico tesoro y de hermosura;
55
puesto delante della,
humilde le ofrecí, abierto el seno,
mi corazón y vida con fe pura.
¡Ay, cuan poco el bien dura!
alegre lo tomó, y dejó bañada
60
mi alma de dulzor; mas luego, airada,
de mí se retiró por tal manera,
como si no tuviera
en su poder mi suerte.
¡Ay, dura vida! ¡Ay, perezosa muerte!
65
Canción, estas visiones
causan en mí encendida
ansia de fenecer tan triste vida.
Non semper
la lluvia de las nubes baña el suelo:
ni siempre está cubriendo
la tierra el torpe yelo,
ni está la mar salada
5
siempre con tempestades alterada.
Ni en la áspera montaña
los vientos de contino haciendo guerra
ejecutan su saña;
ni siempre en la alta sierra,
10
desnuda la arboleda,
sin hoja, Nise, y sin verdor se queda.
Mas tú continuamente
insistes en llorar a tu robada
madre, con voz doliente;
15
y ni la luz dorada
del sol, cuando amanece,
mitiga tu dolor, ni si anochece.
Pues no lloró al querido
Antíloco sin fin el padre anciano,
20
que tres edades vido;
ni siempre en el troyano
suelo fue lamentado
el príncipe Troílo, en flor cortado.
Da fin a tus querellas,
25
y, vuelta al dulce canto que solías,
o canta mis centellas,
o tus duras porfías,
que convierten en ríos
los siempre lagrimosos ojos míos.
30
Di cómo me robaste
de en medio el tierno pecho, el alma y vida;
di cómo me dejaste,
nunca de mí ofendida,
y cómo tú de ingrata
35
te precias, y de amar yo a quien me mata.
Y cómo, aunque fallece
en mí ya la esperanza y alegría,
la fe viviendo crece
más firme cada día;
40
y siendo el agraviado
perdón ante tus pies pido humillado.
Nolis
no dicen las escuadras, las francesas
banderas en Pavía
captivas, ni las armas cordobesas,
ni el nuevo mundo hallado,
5
ni el mar con turca sangre hora bañado.
Al son de trompa clara,
y con heroico verso a ti conviene,
Grial, cantar la rara
virtud del de Vivar, que par no tiene,
10
o con más libre pluma
hacer de nuestros hechos rica suma.
Mi musa no se emplee
más de en la ilustre Nise, en su hermosura
que el sol igual no vee;
15
en la luz del mirar, y en la dulzura
de voz que cuando suena
alimpia de dolor el alma y pena.
¿Por dicha habrá tesoro
que a su rico cabello se compare,
20
aunque se junte el oro
que el indïano suelo engendra y pare,
y cuanta pedrería
Ormuz a Portugal y Persia envía?
¿Pues qué sentido os deja?,
25
¿Qué libertad no roba cuando inclina
al beso, o falsa aleja
la boca hermosísima, y se indina
amando el ser forzada,
y a veces ella os besa no rogada?
30
Oración
muriendo de mi mal hiciste enmienda,
nos libre de tu ira, y nos defienda.
Mira, Padre amoroso,
cuánto es tenaz esta mundana liga,
5
y cómo el engañoso
contrario con mil lazos nos obliga,
y el dulce con que cubre su enemiga;
por donde, si acontece que nos prenda
tu blanda pïedad a esto atienda.
10
¿Quién hay que no confiese,
Señor, que son sin fin nuestras maldades?
Mas si culpa no hubiese,
¿a dó demostrarías tus piedades?,
¿en quién relucirían tus bondades?
15
Las cuales, porque el hombre las entienda,
no tomes a despecho que te ofenda.
Tú, Padre, nos lanzaste
en este mar, y tú nos saca a puerto;
y si ya nos amaste,
20
cuando el suelo te tuvo vivo y muerto,
ámanos también hora, y nuestro tuerto
a tu dulce perdón no ponga rienda,
mas siempre más copioso en nos descienda.
deste mi breve año, Amor, te he dado;
mas del maduro otoño una gran parte.
Pedía libertad, y hasme apretado
como a preso que huye, con más dura
5
cadena, y no me vale ruego ni arte.
¡Ay triste! ¿Habrá en el mundo alguna parte
segura, en cueva, en monte, en la mar honda,
abismo a do me esconda,
y libre deste mal que tanto temo,
10
siquiera de mi vida en el extremo?
Con razón temo tu poder crecido,
que el corazón mil veces me has abierto,
sin hallar contra ti defensa en nada,
más de con voz humilde y color muerto
15
confesarme a la clara por vencido.
Cualque región desierta y apartada
buscar quisiera agora que gastada
la fuerza siento y el cabello cano,
por huir de tu mano,
20
que entre el fuerte escuadrón que tu bandera
sigue, un soldado flaco, ¿qué honra espera?
Mas ¡ay triste! ¿Dó iré? Que por do quiera,
o por la húmeda mar o seca arena
tomado tiene el paso Amor primero;
25
do quiera el fuego luce, el arco suena,
y veo contra mí la punta fiera,
de cuyo golpe guarecer no espero,
que el blanco es cierto, el tirador certero.
Mas ¿que sirve si el tiempo ha ya secado
30
mi vigor, y agostado
como yerba, que al sol su fuerza pierde,
y sólo en mí el deseo queda verde?
Tiempo fue, cuando osé de amor vencido,
delante alguna bella y desdeñosa
35
presentar mis querellas y tormento;
hallé una voluntad blanda, amorosa,
debajo del desdén, y convertido
mi dolor y mi pena fue en contento.
Mas ¿quién oirá de hoy más mi triste acento?
40
¿Quién no condenará una edad cansada,
de nuevo enamorada?
La voz está ya ronca, y los sentidos,
como culebra al yelo, entorpecidos.
Tórname aquel vigor que el tiempo avaro
45
robó veloz, y torna la viveza
que me alentaba, y tiñe este cabello
cual fue primero, porque en la corteza
el mal secreto no se muestre claro;
y, si soy tuyo, haz que pueda sello,
50
que no huyo la guerra, antes en ello
el no poder me duele. Mas mi suerte
si no es ya para el fuerte
oficio tuyo, libertad te pido;
yo viviré, serás tú bien servido.
55
El invierno y las nubes de mi vida
sólo te quito, Amor, y aqueste yelo
de tus llamas y ardor tan diferente.
No te debe pesar, si el débil vuelo
convierto a mejor nido, pues seguida
60
ha sido ya de mí tan luengamente
tu vida amarga y dulce juntamente,
que justo es ya que sea libertado
un esclavo cansado
siquiera a la vejez, y así es costumbre,
65
donde se usa nobleza y mansedumbre.
Mas pues amor ningún consejo quiere,
síguele adonde fuere,
breve canción, y ante mi bien presenta
el contino dolor que me atormenta.
70
adonde no llegó ni el pensamiento;
mas toda esta grandeza de contento
me turba, y entristece este cuidado:
que temo que no venga derrocado
5
al suelo por faltarle fundamento;
que en lo que breve sube en alto asiento,
suele desfallecer apresurado.
Mas luego me consuela y asegura
el ver que soy, señora ilustre, obra
10
de vuestra sola gracia, y que en vos fío;
porque conservaréis vuestra hechura,
mis faltas supliréis con vuestra sobra,
y vuestro bien hará durable el mío.
alargo el paso, atrás el pensamiento;
no vuelvo, que antes siempre miro atento
la causa de mi gozo y de mi llanto.
Allí estoy firme y quedo, mas en tanto
5
llevado del contrario movimiento
cual hace el extendido en el tormento,
padezco fiero mal, fiero quebranto.
En partes, pues, diversas dividida
el alma, por huir tan cruda pena,
10
desea dar ya al suelo estos despojos.
Gime, suspira y llora dividida,
y en medio del llorar sólo esto suena:
«¿Cuándo volveré, Nise, a ver tus ojos?».
mi Luz; agora coge en rico nudo
el hermoso cabello; agora el crudo
pecho ciñe con oro, y la garganta.
Agora vuelta al cielo, pura y santa,
5
las manos y ojos bellos alza, y pudo
dolerse agora de mi mal agudo;
agora incomparable tañe y canta».
Ansí digo y del dulce error llevado,
presente ante mis ojos la imagino,
10
y lleno de humildad y amor la adoro.
Mas luego vuelve en sí el engañado
ánimo, y conociendo el desatino,
la rienda suelta largamente al lloro.
¡Oh celestial saber, oh gracia pura!
¡Oh de valor dotado y de dulzura,
pecho real, honesto pensamiento!
¡Oh luces, del amor querido asiento!
5
¡Oh boca donde vive la hermosura!
¡Oh habla suavísima, oh figura
angelical! ¡oh mano, oh sabio acento!
Quien tiene en solo vos atesorado
su gozo y vida alegre y su consuelo,
10
su bienaventurada y rica suerte,
cuando de vos se viere desterrado,
¡ay!, ¿qué le quedará sino recelo,
y noche y amargor y llanto y muerte?
mis ojos lagrimosos noche y día,
llevado del error, sin vela y guía,
navego por un mar amargo y fiero.
El deseo, la ausencia, el carnicero
5
recelo, y de la ciega fantasía
las olas muy furiosas a porfía
me llegan al peligro postrimero.
Aquí una voz me dice: cobre aliento,
señora, con la fe que me habéis dado,
10
y en mil y mil maneras repetido.
Mas ¿cuánto de esto allá llevado ha el viento?
respondo; y a las olas entregado,
el puerto desespero, el hondo pido.
Títiro y Melibeo
MELIBEO
TÍTIRO
Pastor, este descanso tan dichoso
Dios me lo concedió, que reputado
será de mí por dios aquel piadoso,
y bañará con sangre su sagrado
10
altar muy muchas veces el cordero
tierno, de mis ganados degollado.
Que por su beneficio soy vaquero,
y canto, como ves, pastorilmente
lo que me da contento y lo que quiero.
15
MELIBEO
No te envidio tu bien; mas grandemente
me maravillo haberte sucedido
en tanta turbación tan felizmente.
Todos de nuestro patrio y dulce nido
andamos alanzados; vesme agora
20
aquí cuál voy enfermo y dolorido,
y guío mis cabrillas; y ésta que hora
en medio aquellos árboles parida,
¡ay! con lo que el rebaño se mejora,
dejó dos cabritillos, dolorida,
25
encima de una losa, fatigado,
de mí sobre los hombros es traída.
¡Ay triste! que este mal y crudo hado,
a nuestro entendimiento no estar ciego,
mil veces nos estaba denunciado.
30
Los robles lo decían ya con fuego
tocados celestial, y lo decía
la siniestra corneja desde luego.
Mas tú, si no te ofende mi porfía,
declárame, pastor, abiertamente
35
quién es aqueste dios de tu alegría.
TÍTIRO
Pensaba, Melibeo, neciamente
pensaba yo que aquella que es llamada
Roma, no era en nada diferente
de aquesta villa nuestra acostumbrada,
40
adonde las más veces los pastores
llevamos ya la cría destetada.
Ansí con los perrillos los mayores,
ansí con las ovejas los corderos,
y con las cosas grandes las menores
45
solía comparar; mas los primeros
lugares, con aquélla comparados,
son como dos extremos verdaderos,
que son de Roma ansí sobrepujados,
cual suelen del ciprés, alto y subido,
50
los bajos romerales ser sobrados.
MELIBEO
Pues di: ¿cuál fue la causa que, movido,
a Roma te llevó?
TÍTIRO
Fue libertarme;
lo cual, aunque algo tarde, he conseguido,
que, al fin, la libertad quiso mirarme
55
después de luengo tiempo, y, ya sembrado
de canas la cabeza, pudo hallarme;
después que Galatea me ha dejado,
y soy de la Amarilis prisionero,
y vivo a su querer todo entregado.
60
Que en cuanto duró aquel imperio fiero
en mí de Galatea, yo confieso
que ni curé de mí ni del dinero.
Llevaba yo a la villa mucho queso;
vendía al sacrificio algún cordero,
65
mas no volvía rico yo por eso.
MELIBEO
¡Y esto fue aquel semblante lastimero
que tanto en Galatea me espantaba!;
¡esto por que llamaba al cielo «fiero»!
¡Esto por que tristísima dejaba
70
la fruta sin coger en su cercado,
pues Títiro, su bien, ausente estaba!
Tú, Títiro, te habías ausentado,
los pinos y las fuentes te llamaban,
las yerbas y las flores deste prado.
75
TÍTIRO
¿Qué pude? Que mil males me cercaban,
y allí para salir de servidumbre
los cielos más dispuestos se mostraban.
Que allí vi, Melibeo, aquella cumbre,
aquel divino mozo por quien uno
80
mi altar en cada mes enciende lumbre.
Allí primero dél que de otro alguno
oí: «Paced, vaqueros, libremente,
paced como solía cada uno».
MELIBEO
Por manera que a ti perpetuamente
85
te queda tu heredad ¡oh bienhadado!
aunque pequeña, pero suficiente.
Bastante para ti demasïado,
aunque de pedregal y de pantano
lo más de toda ella está ocupado.
90
No dañará el vecino grey mal sano
con males pegadizos tu rebaño,
ni hará que tu trabajo salga vano.
No causará dolencia el pasto extraño
en lo preñado dél, ni en lo parido
95
las yerbas extranjeras harán daño.
Dichoso poseedor, aquí tendido
del fresco gozarás junto a la fuente
a la margen del río do has nacido.
Las abejas aquí continuamente,
100
deste cercado hartas de mil flores,
te adormirán sonando blandamente.
Debajo la alta peña sus amores
el leñador aquí, cantando al viento,
esparcirá, y la tórtola dolores.
105
La tórtola en el olmo haciendo asiento
repetirá su queja, y tus queridas
palomas sonarán con ronco acento.
TÍTIRO
Primero los venados las tendidas
lagunas pacerán, y el mar primero
110
denegará a los peces sus manidas.
Y beberá el germano y parto fiero
trocando sus lugares naturales
el Albi, aquéste, el Tigri, aquél ligero;
primero, pues, que aquellas celestiales
115
figuras de aquel mozo, de mi pecho
borradas, desparezcan las señales.
MELIBEO
Nosotros pero iremos con despecho
unos a los sedientos africanos,
otros a los de Scitia, campo estrecho,
120
y otros a los montes y a los llanos
de la Creta, y del todo divididos
de nuestra redondez a los britanos.
Después de muchos días ya corridos
¡ay! si avendrá que viendo mis majadas,
125
las pobres chozas, los paternos nidos;
después de muchas mieses ya pasadas,
si viéndolas diré maravillado:
¡Ay, tierras, ay dolor, mal empleadas!
¿Tan buenas posesiones un soldado
130
maldito, y tales mieses tendrá un fiero?
¡Ved para quién hubimos trabajado!
Ved a cuán miserable y lastimero
estado a los cuitados ciudadanos
condujo el obstinado pecho entero.
135
Ve, pues, ¡oh, Melibeo!, y con tus manos
en orden pon las vides, y curioso
enjiere los perales y manzanos.
Andad, ganado mío, ya dichoso;
dichosas ya en un tiempo, id, cabras mías,
140
que ya no cual solía, alegre, ocioso,
no estando ya tendido en las sombrías
cuevas os veré lejos ir paciendo,
colgadas por las peñas altas, frías.
No cantaré; ni yéndoos yo paciendo,
145
vosotras ni del cítiso florido,
ni del amargo sauce iréis cogiendo.
TÍTIRO
Podrías esta noche aquí tendido
en blanda y verde hoja dar reposo
al cuerpo flaco, al ánimo afligido.
150
Y cenaremos bien, que estoy copioso
de maduras manzanas, de castañas
enjertas, y de queso muy sabroso.
Y ya las sombras caen de las montañas
más largas, y convidan al sosiego;
155
y ya de las aldeas y cabañas
despide por los techos humo el fuego.
Alexis
por el hermoso Alexi, que dulzura
era de su señor, y conocía
que toda su esperanza era locura.
Solo, siempre que el sol amanecía,
5
entrando de unas hayas la espesura,
con los montes a solas razonaba,
y en rudo verso en vano así cantaba:
«No curas de mi mal, ni das oído
a mis querellas, crudo, lastimeras,
10
ni de misericordia algún sentido,
Alexi, en tus entrañas vive fieras.
Yo muero en viva llama consumido;
tú siempre en desamarme perseveras,
ni sientes mi dolor, ni yo te agrado,
15
por donde me será el morir forzado.
Busca el ganado agora lo sombrío,
y por las cambroneras espinosas
metidos los lagartos buscan frío,
y Téstilis comidas provechosas
20
compone, a los que abrasa el seco estío,
con ajos y con yerbas olorosas:
conmigo por seguirte, solamente
resuena la cigarra al sol ardiente.
¡Ay triste! ¿Y no me hubiera mejor sido
25
las iras de Amarilis, los enojos
y su desdén soberbio haber sufrido,
y haber dado a Menalca mis despojos?
Bien que es Menalca un poco denegrido,
bien que tú en color, blanco, hermoso en ojos;
30
mas no fíes en eso, que preciada
sobre la blanca rosa es la violada.
Despréciasme arrogante, y no te curas
de mí, ni de saber cuánto poseo
en queso y en ganado; las alturas
35
pazco con mil ovejas del Liceo;
en el estío, en las heladas duras,
de fresca leche falto no me veo;
y canto como el Anfíon ya cantaba
las veces que sus vacas convocaba.
40
Pues menos soy tan feo, que aun agora
estando el mar en calma he contemplado
mi rostro en la ribera, y si no mora
pasión en mí, con Dafni comparado,
no temeré tu voz despreciadora,
45
ni temeré de ti ser condenado:
¡ansí no condenases las cabañas,
el apriscar, la caza, las montañas!
El perseguir los ciervos temerosos
con ponzoñosas flechas ¡ay! te agrade;
50
al pasto los cabritos deseosos
guiar con verde acebo no te enfade;
morar los montes yermos y fragosos,
a ti, ni la cabaña desagrade;
que puesto entre las selvas y cantando
55
conmigo irás al dios Pan imitando.
El Pan fue el que primero sabiamente
en la flauta diversas voces puso;
de grueso y de tamaño diferente,
con cera muchas cañas Pan compuso.
60
Pan guarda las ovejas, Pan la gente
del campo; y no te pese hacer al uso
de la docta zampoña el labio bello,
que Amintas se perdía por sabello.
Tengo de siete voces bien formada
65
una sonora flauta que me diera
Dameta, ya muriendo, en la pasada
siega, y diciéndome desta manera:
-«Tú me sucede en ésta, que tocada
por ti, te acordará de mí siquiera».
70
Dametas me la dio; quedó lloroso
Amintas, el tontillo, de invidioso.
Tengo dos corzos que una oveja cría,
de pelo blanco a manchas varïados;
agótanle las tetas cada día,
75
y fueron con peligro mío hallados;
llevármelos la Téstilis porfía:
yo para ti los tengo muy guardados,
y al fin los llevará, pues en mis dones,
despreciador, los ojos aun no pones.
80
Ofrécente las ninfas oficiosas
sus canastillos de azucenas llenos;
coge para ti Naís, la blanca, rosas,
la vïola, los lirios, los amenos
acantos y amapolas olorosas,
85
flores de anís y los tomillos buenos,
y casia y otras mil yerbas divinas,
junto con el jazmín las clavelinas.
Pues yo te cogeré manzanas bellas
cubiertas de su flor, y las queridas
90
castañas de Amarilis, y con ellas
ciruelas que merecen ser cogidas.
Tú, mirto, y tú, laurel, iréis sobre ellas,
que juntos oléis bien. ¡Ay, tosco! ¿Olvidas
que Alexi de tus dones no hace caso,
95
y que, si a dones va, no es Yola escaso?
¿Qué hice? ¡Ay, sin sentido! puesto he fuego
en el rosal amado; en la agua pura
lancé los jabalís; turbé el sosiego
del líquido cristal. ¡Ay! la espesura
100
del bosque moró Apolo: ¿qué huyes ciego?
Y el Paris en el bosque halló ventura.
Palas more sus techos suntuosos,
nosotros por los bosques deleitosos.
Por las montañas la leona fiera
105
al ya no osado lobo hambrienta sigue;
el lobo carnicero a la ligera
cabra, de día y noche la persigue;
en pos de la retama y cambronera
la cabra golosísima prosigue;
110
yo en pos de ti ¡oh, Alexi! y de consuno
en pos de sus deleites cada uno.
Su obra ya los bueyes fenecida,
y puesto sobre el yugo el lucio arado,
se tornan, y la sombra ya extendida
115
de Febo, que se pone apresurado
huyendo, alarga el paso, y la crecida
llama, que me arde el pecho, no ha menguado
mas ¿cómo menguará?, ¿quién puso tasa?,
¿quién limitó con ley de amor la brasa?
120
¡Ay, Coridón! ¡Ay, triste! ¿Y quién te ha hecho,
tan loco, que en tu mal embebecido
la vid aun no has podado? Vuelve al pecho;
recobra el varonil vigor perdido;
haz algo necesario o de provecho,
125
de blando junco o mimbre algún tejido:
que si te huye aqueste desdeñoso,
no faltará otro Alexi más sabroso».
Dametas, Menalcas, Palemón
MENALCAS
DAMETAS
No es sino de Egón, que el mismo Ego
agora me le había encomendado.
MENALCAS
¡Ovejas desdichadas! Hace entrego
de sí mismo a Neera, preferido
5
porque yo no lo sea, y arda en fuego,
y fía su ganado de un perdido;
ordéñasle dos veces en un hora,
la madre dejas seca y desvalido
el hijo.
DAMETAS
Paso, amigo, que aun agora
10
nos acordamos quien... ya me entendistes,
y adónde, aunque la diosa que allí mora
con ojos lo miró no nada tristes,
y de través las cabras lo miraron.
¡Mirad que habláis con hombre! ¿Bien me oístes?
15
MENALCAS
Sí, sí; en el mismo tiempo que me hallaron
cortando de Miconis las posturas
con mala podadera, y me prendaron.
DAMETAS
O cuando junto a aquellas espesuras
el arco y la zampoña quebrantabas
20
de Dafni con entrañas, malo, duras;
en envidiosa rabia te abrasabas,
porque lo había el zagalejo dado,
y si no le dañaras, reventabas.
MENALCAS
¿Qué no osará quien puede, si un malvado
25
ladrón ansí se atreve? Di, atrevido,
¿no fue por ti un cabrón a Damo hurtado,
y la Licisca al cielo alzó el ladrido?
Grité: «¿Dó sale aquél? Títiro, mira»,
tú en la juncada estabas escondido.
30
DAMETAS
Cantando vencí a Damo. ¿Quién me tira
cobrar lo que mi musa mereciera,
si Damo de lo puesto se retira?
Si no lo sabes, mío el cabrón era,
y el mismo Damo serlo confesaba;
35
negábamelo no sé en qué manera.
MENALCAS
¿Tú a él?, ¿tú tocas flauta?, ¿no sonaba
tu caramillo vil por los oteros,
y el verso miserable aún no igualaba?
DAMETAS
¿Pues quieres que probemos esos fieros?
40
Yo pongo esta becerra, que dos cría,
e hinche cada tarde dos lecheros.
Yo pongo, no rehúyas la porfía;
tú di lo que pondrás, y experimenta
a dó llega tu musa, a dó la mía.
45
MENALCAS
Del ganado no pongo, que doy cuenta
por horas a mi padre, y una dura
madrastra aun los cabritos también cuenta.
Mas, si adelante llevas tu locura,
pondré lo que dirás que es más precioso:
50
dos vasos ricos de haya y bella hechura.
Labrolos Alcimedon ingenioso;
formó por la redonda entretejido
como de hiedra y vid un lazo hermoso.
En el medio, de bulto está esculpido
55
el Conon, y aquel otro que pusiera
el mundo por sus partes repartido;
el que mostró la siega y sementera,
y del arar el tiempo conveniente.
Nuevos los tengo en casa en su vasera.
60
DAMETAS
Del mismo tengo dos extrañamente
hechos: las asas ciñe un verde acanto,
y en medio del relieve está eminente
Orfeo, y su montaña atenta al canto.
Nunca los estrené; mas comparada
65
la vaca, los tus vasos no son tanto.
MENALCAS
Saldré a cualquier partido, y si te agrada
será juez Palemón, que allí viene;
que yo enmudeceré tu voz osada.
DAMETAS
A ello, que a mí nada me detiene;
70
mas para escarmentar aqueste osado,
que atiendas bien, Palemón, nos conviene.
PALEMÓN
Sobre esta yerba donde estoy sentado,
cantad, que agora el tiempo nos convida,
que viste de verdura y flor el prado.
75
Agora el bosque cobra la perdida
hoja, y agora el año es más hermoso;
agora inspira el cielo gozo y vida.
Comienza tú, Dameta, y tú, gracioso
Menalca, le responde alternamente,
80
que el responderse a veces es sabroso.
DAMETAS
De Júpiter diré primeramente,
que al cielo y a la tierra está vecino,
y escucha mi cantar atentamente.
MENALCAS
Y a mí Febo me ama, y de contino
85
sus dones le presento, el colorado
jacinto y el laurel verde, divino.
DAMETAS
Traviesa, Galatea me ha tirado,
perdida por ser vista, una manzana,
y luego entre los sauces se ha lanzado.
90
MENALCAS
Mi dulce fuego, Amintas, de su gana
se viene a mi cabaña, conocido
más ya de mis mastines que Diana.
DAMETAS
Ya tengo con qué hacer a mi querido
amor gentil presente, porque veo
95
adonde dos palomas hacen nido.
MENALCAS
Conforme yo al poder y no al deseo,
diez cidras a mi bien he presentado,
y mañana otras diez darle deseo.
DAMETAS
¡Oh, cuántas y qué cosas platicado
100
conmigo ha Galatea! ¡Oh, si el viento
algo dello a los dioses ha llevado!
MENALCAS
¿Qué me sirve que, Amintas, mi contento
desees, si yo aguardo en la parada,
y sigues tú del gamo el movimiento?
105
DAMETAS
Envíame a la Filis, que es llegada
mi fiesta; y ven tú, Yola, cuando fuere
la vaca por mí a Ceres degollada.
MENALCAS
Amo la hermosa Filis que me quiere,
y me dijo llorosa en la partida:
110
«Adiós, gentil zagal, si no te viere».
DAMETAS
El lobo es al ganado, y la avenida
a las mieses, al árbol, enemigo,
el viento, a mí Amarili embravecida.
MENALCAS
Ama el sembrado el agua, sigue amigo
115
la rama el cabritillo destetado,
la madre el sáuz, yo a sólo Amintas sigo.
DAMETAS
Mi musa pastoril ha contentado
a Polio; apacentad con mano llena,
Musas, una ternera a vuestro amado.
120
MENALCAS
De versos tiene Polio rica vena:
un toro le criad que a cuerno hiera,
y con los pies esparza ya la arena.
DAMETAS
Quien, Polio, bien te quiere, lo que espera
le venga, y de la encina dulces dones,
125
y amomo coja de la zarza fiera.
MENALCAS
Quien no aborrece a Bavio, los borrones
ame de Mevio y lea, y juntamente
las zorras junza, ordeñe los cabrones.
DAMETAS
Los que robáis el prado floreciente
130
huid presto ligeros, que se esconde
debajo de la yerba la serpiente.
MENALCAS
Mirad por el ganado, que no ahonde
el paso, que la orilla es mal segura;
¿no veis cuál se mojó el carnero, y dónde?
135
DAMETAS
No pazcas par del río; a la espesura
guía, Títiro, el hato, que a su hora
yo le bañaré todo en fuente pura.
MENALCAS
Las ovejas, zagal, recoge, que hora
si las coge el calor, después en vano
140
se cansará la palma ordeñadora.
DAMETAS
¡Ay, en cuán buenos pastos, cuán mal sano
y flaco estás, mi toro, y al ganado
y al ganadero mata amor insano!
MENALCAS
El mal de estos corderos no es causado
145
de amor, y tienen sólo hueso y cuero:
no sé cuál ojo malo os ha mirado.
DAMETAS
¿Dime dónde -y tendrete por certero,
tendrete por Apolo- deste cielo
apenas se descubre un codo entero?
150
MENALCAS
Mas dime tú ¿a dó produce el suelo
en las rosas escritos los reales
nombres, y goza a Filis sin recelo?
PALEMÓN
No es mío el sentenciar contiendas tales
y tú mereces y éste la becerra,
155
y quien canta de amor los dulces males,
y quien prueba de amor la larga guerra.
Sicelides
Musa, que no conviene a todo oído
decir de las humildes ramas tanto.
El campo no es de todos recibido,
y si cantamos campo, el campo sea
5
que merezca del Cónsul ser oído.
La postrimera edad de la Cumea,
y la doncella virgen ya es llegada,
y torna el reino de Saturno y Rea.
Los siglos tornan de la edad dorada;
10
de nuevo largos años nos envía
el cielo y nueva, gente en sí engendrada.
Tú, Luna casta, llena de alegría
favorece, pues reina ya tu Apolo,
al niño que nació en aqueste día.
15
El hierro lanzará del mundo él solo,
y de un linaje de oro el más preciado
el uno poblará y el otro polo.
En este vuestro, en este consulado,
Polio, de nuestra edad gran hermosura,
20
tendrá principio el rico y alto hado.
En él comenzarán con luz más pura
los bienhadados meses su carrera,
y el mal fenecerá, si alguno dura.
Lo que hay de la maldad nuestra primera
25
deshecho, quedarán ya los humanos
libres de miedo eterno, de ansia fiera.
Mezclados con los dioses soberanos,
de vida gozarán, cual ellos, llena
de bienes deleitosos y no vanos.
30
Veralos, y verán su suerte buena
y del valor paterno rodeado
cuanto se extiende el mar, cuanto la arena,
Con paz gobernará. Pues, niño amado,
este primero don inculto y puro
35
el campo te presenta de su grado.
Ya te presenta el campo el bien seguro
bácar, la verde yerba trepadora,
el lirio blanco, el trébol verde oscuro.
Y las ovejas mismas a su hora
40
de leche vienen llenas, sin recelo
de lobo, de león y de onza mora.
Tus cunas brotan flores, como un velo
derraman sobre ti de blancas rosas,
y no produce ya ponzoña el suelo,
45
ni yerbas, ni serpientes venenosas;
antes sin diferencia ha producido
en todas partes yerbas provechosas.
Pues cuando ya luciere en ti el sentido
de la virtud, y fueres ya leyendo
50
los hechos de tu padre esclarecido,
De suyo se irá al campo enrojeciendo
con fértiles espigas, y colgadas
las uvas en la zarza irán creciendo.
Los robles en las selvas apartadas
55
miel dulce manarán; mas todavía
habrá del mal antiguo sus pisadas.
Habrá quien navegando noche y día
corte la honda mar, quien ponga muro
contra el asalto fiero y batería;
60
quien rompa arando el campo seco y duro
habrá otro Tifi, y Argo, otros nombrados
que huyan por la gloria el ocio escuro.
Habrá otros desafíos aplazados,
irá otra vez a Troya, conducido
65
de su virtud, Aquiles y sus hados.
Mas ya cuando la firme edad crecido
te hiciere ser varón, el marinero
la mar pondrá y las naves en olvido.
El pino mercader rico y velero,
70
no ya de sus confines alejado,
lo propio trocará con lo extranjero.
Que adondequiera todo será hallado
sin reja y sin esteva o podadera,
sin que ande al yugo el toro el cuello atado.
75
No mudará la lana su primera
color con artificios, enseñada
a demostrarse otra de lo que era.
Porque en la oveja nace colorada
con carmesí agradable, y con hermoso
80
rojo y con amarillo inficionada.
El sandix, de sí mismo, en el vicioso
prado pacido, viste a los corderos
por hado no mudable ni dudoso.
Porque con voz concorde, y sus ligeros
85
husos las Parcas dicen volteando:
«¡Venid tales los siglos venideros!».
Emprende, que ya el tiempo viene andando,
pimpollo, ¡oh, divinal obra del cielo!
lo grande que a ti solo está esperando.
90
Mira el redondo mundo, mira el suelo;
mira la mar tendida, el aire, y todo
ledo esperando el siglo de consuelo.
¡Oh, si el benigno hado de tal modo
mis años alargase que pudiese
95
tus hechos celebrar y bien, del todo!
Que si conmigo Orfeo contendiese,
y si cantando contendiese Lino,
aunque la madre y padre de éstos fuese
Calíope de Orfeo, y del divino
100
Lino el hermoso Apolo, no sería
mi canto que su canto menos dino.
Ni el dios de Arcadia, Pan, me vencería;
y aunque fuese juez la Arcadia desto,
la Arcadia en mi favor pronunciaría.
105
Conoce, pues, con blando y dulce gesto,
¡oh, niño! ya a tu madre, que el preñado
por largos meses diez le fue molesto.
Conócela; que a quien no han halagado
sus padres con amor y abrazo estrecho,
110
ni a su mesa los dioses le han sentado,
ni le admiten las diosas a su lecho.
Menalcas, Mopso
MENALCAS
MOPSO
Tú eres el mayor; a ti son dados,
Menalca, los derechos de mandarme,
y a mí el obedecer a tus mandados.
Y pues que ansí te place, aquí sentarme
10
a la sombra que el céfiro menea,
o quiero, y es mejor, allí llegarme
al canto de la cueva, que rodea,
cual ves, con sus racimos volteando
silvestre vid que en torno la hermosea.
15
MENALCAS
Conmigo mismo estoy imaginando,
que Aminta en nuestro campo es quien contigo
tan sólo competir puede cantando.
MOPSO
¿Qué mucho es que compita aquél conmigo?
Presumirá vencer al dios de Delo.
20
MENALCAS
Mas di si hay algo nuevo, Mopso, amigo;
di del amor de Fili y desconsuelo,
o di en loor de Alcón, o de los fieros
de Codro; y de tu grey pierde el recelo.
Pierde, que habrá quien guarde los corderos.
25
MOPSO
Antes aquestos versos que he compuesto
quiero probar agora los primeros.
En la corteza escritos los he puesto
de un árbol, y su tono les he dado;
y di compita Amintas después desto.
30
MENALCAS
Cuanto es el blando sáuz sobrepujado
de la amarilla oliva, y el espliego
del rosal es vencido colorado;
tanta ventaja tú, si no estoy ciego,
haces al mozo Amintas. Mas di agora,
35
que ya en la cueva estamos, di hora luego.
MOPSO
A Dafni, pastor, muerto con traidora
y muerte crudelísima, lloraban
toda la dëidad que el agua mora.
Testigos son los ríos cuál estaban,
40
cuando del miserable cuerpo asidos
los padres las estrellas acusaban.
No hubo por quien fuesen conducidos
los bueyes a beber aquellos días,
ni fueron los ganados mantenidos.
45
Aun los leones mismos en sus frías
cuevas tu muerte, Dafni, haber llorado
dicen las selvas bravas y sombrías.
Que por tu mano, Dafni, el yugo atado
al cuello va el león y tigre fiero.
50
Tú el enramar las lanzas has mostrado;
tú diste a Baco el culto placentero,
tú de tu campo todo y compañía
la hermosura fuiste y bien entero,
ansí como del olmo es alegría
55
la vid, y de la vid son las colgadas
uvas, y de la grey el toro es guía;
cual hermosea el toro las vacadas,
como las mieses altas y abundosas
adornan y enriquecen las aradas.
60
Y ansí luego que, crudas y envidiosas,
las Parcas te robaron, se partieron
Apolo y sus hermanas muy llorosas.
Palas y Febo el campo aborrecieron,
y los sulcos que ya llevaban trigo,
65
de avena y grama estéril se cubrieron.
En vez de la violeta y del amigo
narciso, de sí mismo brota el suelo
espina, y cardo agudo y enemigo.
Pues esparcid ya rosas, poned velo
70
a las fuentes de sombra, que servido
así quiere ser Dafni desde el cielo.
Y con dolor, pastores, y gemido,
un túmulo poned, y en el lloroso
túmulo, aqueste verso esté esculpido:
75
Yo, Dafni, descansando aquí reposo,
nombrado entre las selvas hasta el cielo,
de hermosa grey pastor muy más hermoso.
MENALCAS
Cuanto al cansado el sueño en verde suelo,
cuanto el matar la sed en fresco río,
80
es causa de deleite y de consuelo,
no menos dulce ha sido al gusto mío
tu canto, y no tan sólo en la poesía,
mas en la voz, si yo no desvarío,
igualas tu maestro y su armonía.
85
Dichoso, que por él serás tenido
fuera de toda duda y de porfía.
Mas por corresponder a lo que he oído,
en la forma y manera que pudiere,
quiero poner mis versos en tu oído.
90
Al cielo encumbraré, cuanto en mí fuere,
a tu Dafni; diré a tu Dafni en canto,
que Dafni a mí también me quiso y quiere.
MOPSO
No hay don que a mi jüicio valga tanto,
y mereció en tus versos ser cantado,
95
y ya me los loaron con espanto.
MENALCAS
De blanca luz en torno rodeado
con nueva maravilla Dafni mira
el no antes visto cielo ni hollado;
y puesto so sus plantas, viendo, admira
100
aquellos eternales resplandores,
y aparta la verdad de la mentira.
Allí, pues, de otras selvas y pastores
alegre y de otros campos goza y prados
con otras Ninfas trata sus amores.
105
No temen allí el lobo los ganados,
ni las redes tendidas, ni el cubierto
lazo fabrica engaño a los venados.
Ama el descanso Dafni, y de concierto
los montes y las peñas pregonando
110
dicen: «Menalca es dios, éste es dios, cierto».
Favorece, pues, bueno, prosperando
los tuyos y sus cosas amoroso,
los tuyos que tu nombre están cantando.
Que en este valle agora y bosque umbroso
115
levanto cuatro aras, y dedico
a Dafni dos, y dos a Febo hermoso.
Y en ellas cada un año sacrifico
de leche dos lecheros apurada,
y de olio vasos dos te santifico.
120
Y sobre todo en mesa embrïagada,
abundante con vino y alegría,
a la sombra o al fuego colocada.
-A la sombra en verano, mas el día
en que reinare el yelo, junto al fuego-
125
tu honor festejaremos a porfía.
Dametas y el Egón cantarán luego;
Alfeo imitará también, saltando
los sátiros con risa y dulce juego.
Esto tendrás perpetuo, siempre cuando
130
el día de las Ninfas, cuando fuere
el día que los campos va purgando.
En cuanto por las cumbres ya paciere
del monte el jabalí; en cuanto amare
el río, y en el agua el pez corriere,
135
y en cuanto de tomillo se apastare
la abeja, y ansimismo de rocío
la cigarra su pecho sustentare:
tanto tu fama y nombre yo confío
irá más de contino floreciendo
140
al yelo siempre el mismo y al estío.
Como a Ceres y a Baco a ti ofreciendo
irán sus sacrificios los pastores,
y sus promesas tú también cumpliendo.
MOPSO
¿Qué dones no serán mucho menores
145
que los que a versos tales es debido,
tales que no es posible ser mejores?
Que a mí no me deleita ansí el sonido
del viento, que silbando se avecina,
ni las costas heridas con rüido,
150
las costas donde azota la marina,
ni el río sonoroso ansí me agrada,
que en valles pedregosos ya y camina.
MENALCAS
Primero, pues, por mí te será dada
esta flauta, con que el Alexi hermoso
155
de mí, y la Galatea fue cantada.
MOPSO
Y tú toma este báculo ñudoso,
que Antino mereciendo ser amado,
nunca me le sacó, y es muy vistoso
en ñudos, y con plomo bien chapado.
160