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Libro segundo

Imitaciones

Imitación de diversos

    Vuestra tirana exención,

y ese vuestro cuello erguido

estoy cierto que Cupido

pondrá en dura sujeción.

Vivid esquiva y exenta,
5

que, a mi cuenta,

vos serviréis al amor,

cuando de vuestro dolor

ninguno quiera hacer cuenta.

    Cuando la dorada cumbre
10

fuere de nieve esparcida,

y las dos luces de vida

recogieren ya su lumbre;

cuando la ruga enojosa

en la hermosa
15

frente y cara se mostrare,

y el tiempo, que vuela, helare

esa fresca y linda rosa.

    Cuando os viéredes perdida,

os perderéis por querer,
20

sentiréis que es padecer

querer y no ser querida.

Diréis con dolor, señora,

cada hora:

«¡Quién tuviera, ay, sin ventura,
25

o agora aquella hermosura

o antes el amor de agora!».

    A mil gentes que agraviadas

tenéis con vuestra porfía,

dejaréis en aquel día
30

alegres y bien vengadas;

y por mil partes volando,

publicando

el Amor irá este cuento,

para aviso y escarmiento
35

de quien no sigue su bando.

    ¡Ay, por Dios, señora bella,

mirad por vos, mientras dura

esa flor graciosa y pura,

que el no gozalla es perdella!
40

Y pues no menos discreta

y perfeta

sois que bella y desdeñosa,

mirad que ninguna cosa

hay que a Amor no esté sujeta.
45

    El amor gobierna el cielo

con ley dulce eternamente,

¿y pensáis vos ser valiente

contra él acá en el suelo?

Da movimiento y viveza
50

a la belleza

el Amor, y es dulce vida;

y la suerte más valida,

sin él es pobre tristeza.

    ¿Qué vale el beber en oro,
55

el vestir seda y brocado,

el techo rico labrado,

y los montes del tesoro?

¿Y qué vale, si a derecho

os da pecho
60

el mundo todo y adora,

si, a la fin, dormís, señora,

en el solo y frío lecho?


Imitación del Petrarca

    Mi trabajoso día

hacia la tarde un poco declinaba,

y libre ya del grave mal pasado

las fuerzas recogía,

cuando, sin entender quién me llamaba,
5

a la entrada me hallé de un verde prado

de flores mil sembrado,

obra do se extremó naturaleza.

El suave olor, la no vista belleza

me convidó a poner allí mi asiento.
10

¡Ay, triste, que al momento

la flor quedó marchita

y mi gozo tornó en pena infinita!

   De labor peregrina

una casa real vi, cual labrada
15

ninguna fue jamás por sabio moro:

el muro plata fina,

de perlas y rubís era la entrada,

la torre de marfil, el techo de oro;

riquísimo tesoro
20

por las claras ventanas descubría;

y dentro una dulcísima armonía,

sonaba, que me puso en esperanza

de eterna bienandanza.

Entré, que no debiera,
25

hallé por paraíso cárcel fiera.

    Cercada de frescura,

más clara que el cristal hallé una fuente

en un lugar secreto y deleitoso;

de entre una peña dura
30

nacía, y murmurando dulcemente

con su correr hacía el campo hermoso.

Yo, todo deseoso,

lánceme por beber, ¡ay, triste y ciego,

bebí por agua fresca ardiente fuego!
35

Y por mayor dolor el cristalino

curso mudó el camino,

que es causa que muriendo

agora viva en sed y pena ardiendo.

    De blanco y colorado
40

una paloma, y de oro matizada,

la más bella y más blanca que se vido,

se vino mansa al lado,

cual una de las dos por quien guiada

la rueda es de quien reina en Pafo y Gnido.
45

¡Ay, yo de amor vencido,

en el seno la puse, y al instante

en mi pecho lanzó el pico tajante

y me robó, cruel, el alma y vida!

Y luego, convertida
50

en águila, alzó el vuelo;

quedé merced pidiendo yo en el suelo.

    Al fin, vi una doncella

con semblante real de gracia lleno,

de amor rico tesoro y de hermosura;
55

puesto delante della,

humilde le ofrecí, abierto el seno,

mi corazón y vida con fe pura.

¡Ay, cuan poco el bien dura!

alegre lo tomó, y dejó bañada
60

mi alma de dulzor; mas luego, airada,

de mí se retiró por tal manera,

como si no tuviera

en su poder mi suerte.

¡Ay, dura vida! ¡Ay, perezosa muerte!
65

Canción, estas visiones

causan en mí encendida

ansia de fenecer tan triste vida.


Imitación de la oda IX de Horacio

Non semper

    No siempre descendiendo

la lluvia de las nubes baña el suelo:

ni siempre está cubriendo

la tierra el torpe yelo,

ni está la mar salada
5

siempre con tempestades alterada.

    Ni en la áspera montaña

los vientos de contino haciendo guerra

ejecutan su saña;

ni siempre en la alta sierra,
10

desnuda la arboleda,

sin hoja, Nise, y sin verdor se queda.

    Mas tú continuamente

insistes en llorar a tu robada

madre, con voz doliente;
15

y ni la luz dorada

del sol, cuando amanece,

mitiga tu dolor, ni si anochece.

    Pues no lloró al querido

Antíloco sin fin el padre anciano,
20

que tres edades vido;

ni siempre en el troyano

suelo fue lamentado

el príncipe Troílo, en flor cortado.

    Da fin a tus querellas,
25

y, vuelta al dulce canto que solías,

o canta mis centellas,

o tus duras porfías,

que convierten en ríos

los siempre lagrimosos ojos míos.
30

    Di cómo me robaste

de en medio el tierno pecho, el alma y vida;

di cómo me dejaste,

nunca de mí ofendida,

y cómo tú de ingrata
35

te precias, y de amar yo a quien me mata.

    Y cómo, aunque fallece

en mí ya la esperanza y alegría,

la fe viviendo crece

más firme cada día;
40

y siendo el agraviado

perdón ante tus pies pido humillado.


Imitación de la oda XII, libro 2.°

Nolis

    El canto y lira mía

no dicen las escuadras, las francesas

banderas en Pavía

captivas, ni las armas cordobesas,

ni el nuevo mundo hallado,
5

ni el mar con turca sangre hora bañado.

    Al son de trompa clara,

y con heroico verso a ti conviene,

Grial, cantar la rara

virtud del de Vivar, que par no tiene,
10

o con más libre pluma

hacer de nuestros hechos rica suma.

    Mi musa no se emplee

más de en la ilustre Nise, en su hermosura

que el sol igual no vee;
15

en la luz del mirar, y en la dulzura

de voz que cuando suena

alimpia de dolor el alma y pena.

   ¿Por dicha habrá tesoro

que a su rico cabello se compare,
20

aunque se junte el oro

que el indïano suelo engendra y pare,

y cuanta pedrería

Ormuz a Portugal y Persia envía?

    ¿Pues qué sentido os deja?,
25

¿Qué libertad no roba cuando inclina

al beso, o falsa aleja

la boca hermosísima, y se indina

amando el ser forzada,

y a veces ella os besa no rogada?
30


Oración

   Señor, aquel amor por quien forzado

muriendo de mi mal hiciste enmienda,

nos libre de tu ira, y nos defienda.

    Mira, Padre amoroso,

cuánto es tenaz esta mundana liga,
5

y cómo el engañoso

contrario con mil lazos nos obliga,

y el dulce con que cubre su enemiga;

por donde, si acontece que nos prenda

tu blanda pïedad a esto atienda.
10

    ¿Quién hay que no confiese,

Señor, que son sin fin nuestras maldades?

Mas si culpa no hubiese,

¿a dó demostrarías tus piedades?,

¿en quién relucirían tus bondades?
15

Las cuales, porque el hombre las entienda,

no tomes a despecho que te ofenda.

    Tú, Padre, nos lanzaste

en este mar, y tú nos saca a puerto;

y si ya nos amaste,
20

cuando el suelo te tuvo vivo y muerto,

ámanos también hora, y nuestro tuerto

a tu dulce perdón no ponga rienda,

mas siempre más copioso en nos descienda.


De Joan de la Cassa

    Ardí, y no solamente la verdura

deste mi breve año, Amor, te he dado;

mas del maduro otoño una gran parte.

Pedía libertad, y hasme apretado

como a preso que huye, con más dura
5

cadena, y no me vale ruego ni arte.

¡Ay triste! ¿Habrá en el mundo alguna parte

segura, en cueva, en monte, en la mar honda,

abismo a do me esconda,

y libre deste mal que tanto temo,
10

siquiera de mi vida en el extremo?

Con razón temo tu poder crecido,

que el corazón mil veces me has abierto,

sin hallar contra ti defensa en nada,

más de con voz humilde y color muerto
15

confesarme a la clara por vencido.

Cualque región desierta y apartada

buscar quisiera agora que gastada

la fuerza siento y el cabello cano,

por huir de tu mano,
20

que entre el fuerte escuadrón que tu bandera

sigue, un soldado flaco, ¿qué honra espera?

Mas ¡ay triste! ¿Dó iré? Que por do quiera,

o por la húmeda mar o seca arena

tomado tiene el paso Amor primero;
25

do quiera el fuego luce, el arco suena,

y veo contra mí la punta fiera,

de cuyo golpe guarecer no espero,

que el blanco es cierto, el tirador certero.

Mas ¿que sirve si el tiempo ha ya secado
30

mi vigor, y agostado

como yerba, que al sol su fuerza pierde,

y sólo en mí el deseo queda verde?

Tiempo fue, cuando osé de amor vencido,

delante alguna bella y desdeñosa
35

presentar mis querellas y tormento;

hallé una voluntad blanda, amorosa,

debajo del desdén, y convertido

mi dolor y mi pena fue en contento.

Mas ¿quién oirá de hoy más mi triste acento?
40

¿Quién no condenará una edad cansada,

de nuevo enamorada?

La voz está ya ronca, y los sentidos,

como culebra al yelo, entorpecidos.

Tórname aquel vigor que el tiempo avaro
45

robó veloz, y torna la viveza

que me alentaba, y tiñe este cabello

cual fue primero, porque en la corteza

el mal secreto no se muestre claro;

y, si soy tuyo, haz que pueda sello,
50

que no huyo la guerra, antes en ello

el no poder me duele. Mas mi suerte

si no es ya para el fuerte

oficio tuyo, libertad te pido;

yo viviré, serás tú bien servido.
55

El invierno y las nubes de mi vida

sólo te quito, Amor, y aqueste yelo

de tus llamas y ardor tan diferente.

No te debe pesar, si el débil vuelo

convierto a mejor nido, pues seguida
60

ha sido ya de mí tan luengamente

tu vida amarga y dulce juntamente,

que justo es ya que sea libertado

un esclavo cansado

siquiera a la vejez, y así es costumbre,
65

donde se usa nobleza y mansedumbre.

Mas pues amor ningún consejo quiere,

síguele adonde fuere,

breve canción, y ante mi bien presenta

el contino dolor que me atormenta.
70


Amor casi de un vuelo me ha encumbrado

adonde no llegó ni el pensamiento;

mas toda esta grandeza de contento

me turba, y entristece este cuidado:

que temo que no venga derrocado
5

al suelo por faltarle fundamento;

que en lo que breve sube en alto asiento,

suele desfallecer apresurado.

Mas luego me consuela y asegura

el ver que soy, señora ilustre, obra
10

de vuestra sola gracia, y que en vos fío;

porque conservaréis vuestra hechura,

mis faltas supliréis con vuestra sobra,

y vuestro bien hará durable el mío.


Alargo enfermo el paso y vuelvo, cuanto

alargo el paso, atrás el pensamiento;

no vuelvo, que antes siempre miro atento

la causa de mi gozo y de mi llanto.

Allí estoy firme y quedo, mas en tanto
5

llevado del contrario movimiento

cual hace el extendido en el tormento,

padezco fiero mal, fiero quebranto.

En partes, pues, diversas dividida

el alma, por huir tan cruda pena,
10

desea dar ya al suelo estos despojos.

Gime, suspira y llora dividida,

y en medio del llorar sólo esto suena:

«¿Cuándo volveré, Nise, a ver tus ojos?».


«Agora con la aurora se levanta

mi Luz; agora coge en rico nudo

el hermoso cabello; agora el crudo

pecho ciñe con oro, y la garganta.

Agora vuelta al cielo, pura y santa,
5

las manos y ojos bellos alza, y pudo

dolerse agora de mi mal agudo;

agora incomparable tañe y canta».

Ansí digo y del dulce error llevado,

presente ante mis ojos la imagino,
10

y lleno de humildad y amor la adoro.

Mas luego vuelve en sí el engañado

ánimo, y conociendo el desatino,

la rienda suelta largamente al lloro.


¡Oh cortesía, oh dulce acogimiento!

¡Oh celestial saber, oh gracia pura!

¡Oh de valor dotado y de dulzura,

pecho real, honesto pensamiento!

¡Oh luces, del amor querido asiento!
5

¡Oh boca donde vive la hermosura!

¡Oh habla suavísima, oh figura

angelical! ¡oh mano, oh sabio acento!

Quien tiene en solo vos atesorado

su gozo y vida alegre y su consuelo,
10

su bienaventurada y rica suerte,

cuando de vos se viere desterrado,

¡ay!, ¿qué le quedará sino recelo,

y noche y amargor y llanto y muerte?


Después que no descubren su lucero

mis ojos lagrimosos noche y día,

llevado del error, sin vela y guía,

navego por un mar amargo y fiero.

El deseo, la ausencia, el carnicero
5

recelo, y de la ciega fantasía

las olas muy furiosas a porfía

me llegan al peligro postrimero.

Aquí una voz me dice: cobre aliento,

señora, con la fe que me habéis dado,
10

y en mil y mil maneras repetido.

Mas ¿cuánto de esto allá llevado ha el viento?

respondo; y a las olas entregado,

el puerto desespero, el hondo pido.


Égloga primera de Virgilio

Títiro y Melibeo

MELIBEO
    Tú, Títiro, a la sombra descansando

de esta tendida haya, con la avena

el verso pastoril vas acordando.

    Nosotros, desterrados; tú, sin pena,

cantas de tu pastora, alegre, ocioso,
5

y tu pastora el valle y monte suena.

TÍTIRO
    Pastor, este descanso tan dichoso

Dios me lo concedió, que reputado

será de mí por dios aquel piadoso,

    y bañará con sangre su sagrado
10

altar muy muchas veces el cordero

tierno, de mis ganados degollado.

    Que por su beneficio soy vaquero,

y canto, como ves, pastorilmente

lo que me da contento y lo que quiero.
15

MELIBEO
    No te envidio tu bien; mas grandemente

me maravillo haberte sucedido

en tanta turbación tan felizmente.

    Todos de nuestro patrio y dulce nido

andamos alanzados; vesme agora
20

aquí cuál voy enfermo y dolorido,

    y guío mis cabrillas; y ésta que hora

en medio aquellos árboles parida,

¡ay! con lo que el rebaño se mejora,

    dejó dos cabritillos, dolorida,
25

encima de una losa, fatigado,

de mí sobre los hombros es traída.

    ¡Ay triste! que este mal y crudo hado,

a nuestro entendimiento no estar ciego,

mil veces nos estaba denunciado.
30

Los robles lo decían ya con fuego

tocados celestial, y lo decía

la siniestra corneja desde luego.

    Mas tú, si no te ofende mi porfía,

declárame, pastor, abiertamente
35

quién es aqueste dios de tu alegría.

TÍTIRO
    Pensaba, Melibeo, neciamente

pensaba yo que aquella que es llamada

Roma, no era en nada diferente

    de aquesta villa nuestra acostumbrada,
40

adonde las más veces los pastores

llevamos ya la cría destetada.

    Ansí con los perrillos los mayores,

ansí con las ovejas los corderos,

y con las cosas grandes las menores
45

    solía comparar; mas los primeros

lugares, con aquélla comparados,

son como dos extremos verdaderos,

    que son de Roma ansí sobrepujados,

cual suelen del ciprés, alto y subido,
50

los bajos romerales ser sobrados.

MELIBEO
Pues di: ¿cuál fue la causa que, movido,

a Roma te llevó?

TÍTIRO
Fue libertarme;

lo cual, aunque algo tarde, he conseguido,

    que, al fin, la libertad quiso mirarme
55

después de luengo tiempo, y, ya sembrado

de canas la cabeza, pudo hallarme;

    después que Galatea me ha dejado,

y soy de la Amarilis prisionero,

y vivo a su querer todo entregado.
60

    Que en cuanto duró aquel imperio fiero

en mí de Galatea, yo confieso

que ni curé de mí ni del dinero.

    Llevaba yo a la villa mucho queso;

vendía al sacrificio algún cordero,
65

mas no volvía rico yo por eso.

MELIBEO
    ¡Y esto fue aquel semblante lastimero

que tanto en Galatea me espantaba!;

¡esto por que llamaba al cielo «fiero»!

    ¡Esto por que tristísima dejaba
70

la fruta sin coger en su cercado,

pues Títiro, su bien, ausente estaba!

    Tú, Títiro, te habías ausentado,

los pinos y las fuentes te llamaban,

las yerbas y las flores deste prado.
75

TÍTIRO
    ¿Qué pude? Que mil males me cercaban,

y allí para salir de servidumbre

los cielos más dispuestos se mostraban.

    Que allí vi, Melibeo, aquella cumbre,

aquel divino mozo por quien uno
80

mi altar en cada mes enciende lumbre.

    Allí primero dél que de otro alguno

oí: «Paced, vaqueros, libremente,

paced como solía cada uno».

MELIBEO
    Por manera que a ti perpetuamente
85

te queda tu heredad ¡oh bienhadado!

aunque pequeña, pero suficiente.

    Bastante para ti demasïado,

aunque de pedregal y de pantano

lo más de toda ella está ocupado.
90

    No dañará el vecino grey mal sano

con males pegadizos tu rebaño,

ni hará que tu trabajo salga vano.

    No causará dolencia el pasto extraño

en lo preñado dél, ni en lo parido
95

las yerbas extranjeras harán daño.

    Dichoso poseedor, aquí tendido

del fresco gozarás junto a la fuente

a la margen del río do has nacido.

    Las abejas aquí continuamente,
100

deste cercado hartas de mil flores,

te adormirán sonando blandamente.

    Debajo la alta peña sus amores

el leñador aquí, cantando al viento,

esparcirá, y la tórtola dolores.
105

    La tórtola en el olmo haciendo asiento

repetirá su queja, y tus queridas

palomas sonarán con ronco acento.

TÍTIRO
    Primero los venados las tendidas

lagunas pacerán, y el mar primero
110

denegará a los peces sus manidas.

    Y beberá el germano y parto fiero

trocando sus lugares naturales

el Albi, aquéste, el Tigri, aquél ligero;

    primero, pues, que aquellas celestiales
115

figuras de aquel mozo, de mi pecho

borradas, desparezcan las señales.

MELIBEO
    Nosotros pero iremos con despecho

unos a los sedientos africanos,

otros a los de Scitia, campo estrecho,
120

    y otros a los montes y a los llanos

de la Creta, y del todo divididos

de nuestra redondez a los britanos.

    Después de muchos días ya corridos

¡ay! si avendrá que viendo mis majadas,
125

las pobres chozas, los paternos nidos;

    después de muchas mieses ya pasadas,

si viéndolas diré maravillado:

¡Ay, tierras, ay dolor, mal empleadas!

    ¿Tan buenas posesiones un soldado
130

maldito, y tales mieses tendrá un fiero?

¡Ved para quién hubimos trabajado!

    Ved a cuán miserable y lastimero

estado a los cuitados ciudadanos

condujo el obstinado pecho entero.
135

    Ve, pues, ¡oh, Melibeo!, y con tus manos

en orden pon las vides, y curioso

enjiere los perales y manzanos.

    Andad, ganado mío, ya dichoso;

dichosas ya en un tiempo, id, cabras mías,
140

que ya no cual solía, alegre, ocioso,

    no estando ya tendido en las sombrías

cuevas os veré lejos ir paciendo,

colgadas por las peñas altas, frías.

    No cantaré; ni yéndoos yo paciendo,
145

vosotras ni del cítiso florido,

ni del amargo sauce iréis cogiendo.

TÍTIRO
    Podrías esta noche aquí tendido

en blanda y verde hoja dar reposo

al cuerpo flaco, al ánimo afligido.
150

    Y cenaremos bien, que estoy copioso

de maduras manzanas, de castañas

enjertas, y de queso muy sabroso.

    Y ya las sombras caen de las montañas

más largas, y convidan al sosiego;
155

y ya de las aldeas y cabañas

despide por los techos humo el fuego.


Alexis

    En fuego Coridón, pastor, ardía

por el hermoso Alexi, que dulzura

era de su señor, y conocía

que toda su esperanza era locura.

Solo, siempre que el sol amanecía,
5

entrando de unas hayas la espesura,

con los montes a solas razonaba,

y en rudo verso en vano así cantaba:

    «No curas de mi mal, ni das oído

a mis querellas, crudo, lastimeras,
10

ni de misericordia algún sentido,

Alexi, en tus entrañas vive fieras.

Yo muero en viva llama consumido;

tú siempre en desamarme perseveras,

ni sientes mi dolor, ni yo te agrado,
15

por donde me será el morir forzado.

    Busca el ganado agora lo sombrío,

y por las cambroneras espinosas

metidos los lagartos buscan frío,

y Téstilis comidas provechosas
20

compone, a los que abrasa el seco estío,

con ajos y con yerbas olorosas:

conmigo por seguirte, solamente

resuena la cigarra al sol ardiente.

    ¡Ay triste! ¿Y no me hubiera mejor sido
25

las iras de Amarilis, los enojos

y su desdén soberbio haber sufrido,

y haber dado a Menalca mis despojos?

Bien que es Menalca un poco denegrido,

bien que tú en color, blanco, hermoso en ojos;
30

mas no fíes en eso, que preciada

sobre la blanca rosa es la violada.

    Despréciasme arrogante, y no te curas

de mí, ni de saber cuánto poseo

en queso y en ganado; las alturas
35

pazco con mil ovejas del Liceo;

en el estío, en las heladas duras,

de fresca leche falto no me veo;

y canto como el Anfíon ya cantaba

las veces que sus vacas convocaba.
40

    Pues menos soy tan feo, que aun agora

estando el mar en calma he contemplado

mi rostro en la ribera, y si no mora

pasión en mí, con Dafni comparado,

no temeré tu voz despreciadora,
45

ni temeré de ti ser condenado:

¡ansí no condenases las cabañas,

el apriscar, la caza, las montañas!

    El perseguir los ciervos temerosos

con ponzoñosas flechas ¡ay! te agrade;
50

al pasto los cabritos deseosos

guiar con verde acebo no te enfade;

morar los montes yermos y fragosos,

a ti, ni la cabaña desagrade;

que puesto entre las selvas y cantando
55

conmigo irás al dios Pan imitando.

    El Pan fue el que primero sabiamente

en la flauta diversas voces puso;

de grueso y de tamaño diferente,

con cera muchas cañas Pan compuso.
60

Pan guarda las ovejas, Pan la gente

del campo; y no te pese hacer al uso

de la docta zampoña el labio bello,

que Amintas se perdía por sabello.

    Tengo de siete voces bien formada
65

una sonora flauta que me diera

Dameta, ya muriendo, en la pasada

siega, y diciéndome desta manera:

-«Tú me sucede en ésta, que tocada

por ti, te acordará de mí siquiera».
70

Dametas me la dio; quedó lloroso

Amintas, el tontillo, de invidioso.

    Tengo dos corzos que una oveja cría,

de pelo blanco a manchas varïados;

agótanle las tetas cada día,
75

y fueron con peligro mío hallados;

llevármelos la Téstilis porfía:

yo para ti los tengo muy guardados,

y al fin los llevará, pues en mis dones,

despreciador, los ojos aun no pones.
80

    Ofrécente las ninfas oficiosas

sus canastillos de azucenas llenos;

coge para ti Naís, la blanca, rosas,

la vïola, los lirios, los amenos

acantos y amapolas olorosas,
85

flores de anís y los tomillos buenos,

y casia y otras mil yerbas divinas,

junto con el jazmín las clavelinas.

    Pues yo te cogeré manzanas bellas

cubiertas de su flor, y las queridas
90

castañas de Amarilis, y con ellas

ciruelas que merecen ser cogidas.

Tú, mirto, y tú, laurel, iréis sobre ellas,

que juntos oléis bien. ¡Ay, tosco! ¿Olvidas

que Alexi de tus dones no hace caso,
95

y que, si a dones va, no es Yola escaso?

    ¿Qué hice? ¡Ay, sin sentido! puesto he fuego

en el rosal amado; en la agua pura

lancé los jabalís; turbé el sosiego

del líquido cristal. ¡Ay! la espesura
100

del bosque moró Apolo: ¿qué huyes ciego?

Y el Paris en el bosque halló ventura.

Palas more sus techos suntuosos,

nosotros por los bosques deleitosos.

    Por las montañas la leona fiera
105

al ya no osado lobo hambrienta sigue;

el lobo carnicero a la ligera

cabra, de día y noche la persigue;

en pos de la retama y cambronera

la cabra golosísima prosigue;
110

yo en pos de ti ¡oh, Alexi! y de consuno

en pos de sus deleites cada uno.

    Su obra ya los bueyes fenecida,

y puesto sobre el yugo el lucio arado,

se tornan, y la sombra ya extendida
115

de Febo, que se pone apresurado

huyendo, alarga el paso, y la crecida

llama, que me arde el pecho, no ha menguado

mas ¿cómo menguará?, ¿quién puso tasa?,

¿quién limitó con ley de amor la brasa?
120

    ¡Ay, Coridón! ¡Ay, triste! ¿Y quién te ha hecho,

tan loco, que en tu mal embebecido

la vid aun no has podado? Vuelve al pecho;

recobra el varonil vigor perdido;

haz algo necesario o de provecho,
125

de blando junco o mimbre algún tejido:

que si te huye aqueste desdeñoso,

no faltará otro Alexi más sabroso».


Dametas, Menalcas, Palemón

MENALCAS
Dime, ¿es de Melibeo este ganado?

DAMETAS
No es sino de Egón, que el mismo Ego

agora me le había encomendado.

MENALCAS
¡Ovejas desdichadas! Hace entrego

de sí mismo a Neera, preferido
5

porque yo no lo sea, y arda en fuego,

y fía su ganado de un perdido;

ordéñasle dos veces en un hora,

la madre dejas seca y desvalido

el hijo.

DAMETAS
Paso, amigo, que aun agora
10

nos acordamos quien... ya me entendistes,

y adónde, aunque la diosa que allí mora

con ojos lo miró no nada tristes,

y de través las cabras lo miraron.

¡Mirad que habláis con hombre! ¿Bien me oístes?
15

MENALCAS
Sí, sí; en el mismo tiempo que me hallaron

cortando de Miconis las posturas

con mala podadera, y me prendaron.

DAMETAS
O cuando junto a aquellas espesuras

el arco y la zampoña quebrantabas
20

de Dafni con entrañas, malo, duras;

en envidiosa rabia te abrasabas,

porque lo había el zagalejo dado,

y si no le dañaras, reventabas.

MENALCAS
¿Qué no osará quien puede, si un malvado
25

ladrón ansí se atreve? Di, atrevido,

¿no fue por ti un cabrón a Damo hurtado,

y la Licisca al cielo alzó el ladrido?

Grité: «¿Dó sale aquél? Títiro, mira»,

tú en la juncada estabas escondido.
30

DAMETAS
Cantando vencí a Damo. ¿Quién me tira

cobrar lo que mi musa mereciera,

si Damo de lo puesto se retira?

Si no lo sabes, mío el cabrón era,

y el mismo Damo serlo confesaba;
35

negábamelo no sé en qué manera.

MENALCAS
¿Tú a él?, ¿tú tocas flauta?, ¿no sonaba

tu caramillo vil por los oteros,

y el verso miserable aún no igualaba?

DAMETAS
¿Pues quieres que probemos esos fieros?
40

Yo pongo esta becerra, que dos cría,

e hinche cada tarde dos lecheros.

Yo pongo, no rehúyas la porfía;

tú di lo que pondrás, y experimenta

a dó llega tu musa, a dó la mía.
45

MENALCAS
Del ganado no pongo, que doy cuenta

por horas a mi padre, y una dura

madrastra aun los cabritos también cuenta.

Mas, si adelante llevas tu locura,

pondré lo que dirás que es más precioso:
50

dos vasos ricos de haya y bella hechura.

Labrolos Alcimedon ingenioso;

formó por la redonda entretejido

como de hiedra y vid un lazo hermoso.

En el medio, de bulto está esculpido
55

el Conon, y aquel otro que pusiera

el mundo por sus partes repartido;

el que mostró la siega y sementera,

y del arar el tiempo conveniente.

Nuevos los tengo en casa en su vasera.
60

DAMETAS
Del mismo tengo dos extrañamente

hechos: las asas ciñe un verde acanto,

y en medio del relieve está eminente

Orfeo, y su montaña atenta al canto.

Nunca los estrené; mas comparada
65

la vaca, los tus vasos no son tanto.

MENALCAS
Saldré a cualquier partido, y si te agrada

será juez Palemón, que allí viene;

que yo enmudeceré tu voz osada.

DAMETAS
A ello, que a mí nada me detiene;
70

mas para escarmentar aqueste osado,

que atiendas bien, Palemón, nos conviene.

PALEMÓN
Sobre esta yerba donde estoy sentado,

cantad, que agora el tiempo nos convida,

que viste de verdura y flor el prado.
75

Agora el bosque cobra la perdida

hoja, y agora el año es más hermoso;

agora inspira el cielo gozo y vida.

Comienza tú, Dameta, y tú, gracioso

Menalca, le responde alternamente,
80

que el responderse a veces es sabroso.

DAMETAS
De Júpiter diré primeramente,

que al cielo y a la tierra está vecino,

y escucha mi cantar atentamente.

MENALCAS
Y a mí Febo me ama, y de contino
85

sus dones le presento, el colorado

jacinto y el laurel verde, divino.

DAMETAS
Traviesa, Galatea me ha tirado,

perdida por ser vista, una manzana,

y luego entre los sauces se ha lanzado.
90

MENALCAS
Mi dulce fuego, Amintas, de su gana

se viene a mi cabaña, conocido

más ya de mis mastines que Diana.

DAMETAS
Ya tengo con qué hacer a mi querido

amor gentil presente, porque veo
95

adonde dos palomas hacen nido.

MENALCAS
Conforme yo al poder y no al deseo,

diez cidras a mi bien he presentado,

y mañana otras diez darle deseo.

DAMETAS
¡Oh, cuántas y qué cosas platicado
100

conmigo ha Galatea! ¡Oh, si el viento

algo dello a los dioses ha llevado!

MENALCAS
¿Qué me sirve que, Amintas, mi contento

desees, si yo aguardo en la parada,

y sigues tú del gamo el movimiento?
105

DAMETAS
Envíame a la Filis, que es llegada

mi fiesta; y ven tú, Yola, cuando fuere

la vaca por mí a Ceres degollada.

MENALCAS
Amo la hermosa Filis que me quiere,

y me dijo llorosa en la partida:
110

«Adiós, gentil zagal, si no te viere».

DAMETAS
El lobo es al ganado, y la avenida

a las mieses, al árbol, enemigo,

el viento, a mí Amarili embravecida.

MENALCAS
Ama el sembrado el agua, sigue amigo
115

la rama el cabritillo destetado,

la madre el sáuz, yo a sólo Amintas sigo.

DAMETAS
Mi musa pastoril ha contentado

a Polio; apacentad con mano llena,

Musas, una ternera a vuestro amado.
120

MENALCAS
De versos tiene Polio rica vena:

un toro le criad que a cuerno hiera,

y con los pies esparza ya la arena.

DAMETAS
Quien, Polio, bien te quiere, lo que espera

le venga, y de la encina dulces dones,
125

y amomo coja de la zarza fiera.

MENALCAS
Quien no aborrece a Bavio, los borrones

ame de Mevio y lea, y juntamente

las zorras junza, ordeñe los cabrones.

DAMETAS
Los que robáis el prado floreciente
130

huid presto ligeros, que se esconde

debajo de la yerba la serpiente.

MENALCAS
Mirad por el ganado, que no ahonde

el paso, que la orilla es mal segura;

¿no veis cuál se mojó el carnero, y dónde?
135

DAMETAS
No pazcas par del río; a la espesura

guía, Títiro, el hato, que a su hora

yo le bañaré todo en fuente pura.

MENALCAS
Las ovejas, zagal, recoge, que hora

si las coge el calor, después en vano
140

se cansará la palma ordeñadora.

DAMETAS
¡Ay, en cuán buenos pastos, cuán mal sano

y flaco estás, mi toro, y al ganado

y al ganadero mata amor insano!

MENALCAS
El mal de estos corderos no es causado
145

de amor, y tienen sólo hueso y cuero:

no sé cuál ojo malo os ha mirado.

DAMETAS
¿Dime dónde -y tendrete por certero,

tendrete por Apolo- deste cielo

apenas se descubre un codo entero?
150

MENALCAS
Mas dime tú ¿a dó produce el suelo

en las rosas escritos los reales

nombres, y goza a Filis sin recelo?

PALEMÓN
No es mío el sentenciar contiendas tales

y tú mereces y éste la becerra,
155

y quien canta de amor los dulces males,

y quien prueba de amor la larga guerra.


Sicelides

    Un poco más alcemos nuestro canto,

Musa, que no conviene a todo oído

decir de las humildes ramas tanto.

    El campo no es de todos recibido,

y si cantamos campo, el campo sea
5

que merezca del Cónsul ser oído.

    La postrimera edad de la Cumea,

y la doncella virgen ya es llegada,

y torna el reino de Saturno y Rea.

    Los siglos tornan de la edad dorada;
10

de nuevo largos años nos envía

el cielo y nueva, gente en sí engendrada.

    Tú, Luna casta, llena de alegría

favorece, pues reina ya tu Apolo,

al niño que nació en aqueste día.
15

    El hierro lanzará del mundo él solo,

y de un linaje de oro el más preciado

el uno poblará y el otro polo.

    En este vuestro, en este consulado,

Polio, de nuestra edad gran hermosura,
20

tendrá principio el rico y alto hado.

    En él comenzarán con luz más pura

los bienhadados meses su carrera,

y el mal fenecerá, si alguno dura.

    Lo que hay de la maldad nuestra primera
25

deshecho, quedarán ya los humanos

libres de miedo eterno, de ansia fiera.

    Mezclados con los dioses soberanos,

de vida gozarán, cual ellos, llena

de bienes deleitosos y no vanos.
30

    Veralos, y verán su suerte buena

y del valor paterno rodeado

cuanto se extiende el mar, cuanto la arena,

    Con paz gobernará. Pues, niño amado,

este primero don inculto y puro
35

el campo te presenta de su grado.

    Ya te presenta el campo el bien seguro

bácar, la verde yerba trepadora,

el lirio blanco, el trébol verde oscuro.

    Y las ovejas mismas a su hora
40

de leche vienen llenas, sin recelo

de lobo, de león y de onza mora.

    Tus cunas brotan flores, como un velo

derraman sobre ti de blancas rosas,

y no produce ya ponzoña el suelo,
45

    ni yerbas, ni serpientes venenosas;

antes sin diferencia ha producido

en todas partes yerbas provechosas.

    Pues cuando ya luciere en ti el sentido

de la virtud, y fueres ya leyendo
50

los hechos de tu padre esclarecido,

    De suyo se irá al campo enrojeciendo

con fértiles espigas, y colgadas

las uvas en la zarza irán creciendo.

    Los robles en las selvas apartadas
55

miel dulce manarán; mas todavía

habrá del mal antiguo sus pisadas.

    Habrá quien navegando noche y día

corte la honda mar, quien ponga muro

contra el asalto fiero y batería;
60

    quien rompa arando el campo seco y duro

habrá otro Tifi, y Argo, otros nombrados

que huyan por la gloria el ocio escuro.

    Habrá otros desafíos aplazados,

irá otra vez a Troya, conducido
65

de su virtud, Aquiles y sus hados.

    Mas ya cuando la firme edad crecido

te hiciere ser varón, el marinero

la mar pondrá y las naves en olvido.

    El pino mercader rico y velero,
70

no ya de sus confines alejado,

lo propio trocará con lo extranjero.

    Que adondequiera todo será hallado

sin reja y sin esteva o podadera,

sin que ande al yugo el toro el cuello atado.
75

    No mudará la lana su primera

color con artificios, enseñada

a demostrarse otra de lo que era.

    Porque en la oveja nace colorada

con carmesí agradable, y con hermoso
80

rojo y con amarillo inficionada.

    El sandix, de sí mismo, en el vicioso

prado pacido, viste a los corderos

por hado no mudable ni dudoso.

    Porque con voz concorde, y sus ligeros
85

husos las Parcas dicen volteando:

«¡Venid tales los siglos venideros!».

    Emprende, que ya el tiempo viene andando,

pimpollo, ¡oh, divinal obra del cielo!

lo grande que a ti solo está esperando.
90

    Mira el redondo mundo, mira el suelo;

mira la mar tendida, el aire, y todo

ledo esperando el siglo de consuelo.

    ¡Oh, si el benigno hado de tal modo

mis años alargase que pudiese
95

tus hechos celebrar y bien, del todo!

    Que si conmigo Orfeo contendiese,

y si cantando contendiese Lino,

aunque la madre y padre de éstos fuese

    Calíope de Orfeo, y del divino
100

Lino el hermoso Apolo, no sería

mi canto que su canto menos dino.

    Ni el dios de Arcadia, Pan, me vencería;

y aunque fuese juez la Arcadia desto,

la Arcadia en mi favor pronunciaría.
105

    Conoce, pues, con blando y dulce gesto,

¡oh, niño! ya a tu madre, que el preñado

por largos meses diez le fue molesto.

    Conócela; que a quien no han halagado

sus padres con amor y abrazo estrecho,
110

ni a su mesa los dioses le han sentado,

ni le admiten las diosas a su lecho.


Menalcas, Mopso

MENALCAS
Pues nos hallamos juntos, Mopso, agora

maestros, tú en tañer suavemente,

y yo en cantar con dulce voz sonora,

¿por qué no nos sentamos juntamente

debajo de estos córilos, mezclados
5

con estos olmos ordenadamente?

MOPSO
Tú eres el mayor; a ti son dados,

Menalca, los derechos de mandarme,

y a mí el obedecer a tus mandados.

Y pues que ansí te place, aquí sentarme
10

a la sombra que el céfiro menea,

o quiero, y es mejor, allí llegarme

al canto de la cueva, que rodea,

cual ves, con sus racimos volteando

silvestre vid que en torno la hermosea.
15

MENALCAS
Conmigo mismo estoy imaginando,

que Aminta en nuestro campo es quien contigo

tan sólo competir puede cantando.

MOPSO
¿Qué mucho es que compita aquél conmigo?

Presumirá vencer al dios de Delo.
20

MENALCAS
Mas di si hay algo nuevo, Mopso, amigo;

di del amor de Fili y desconsuelo,

o di en loor de Alcón, o de los fieros

de Codro; y de tu grey pierde el recelo.

Pierde, que habrá quien guarde los corderos.
25

MOPSO
Antes aquestos versos que he compuesto

quiero probar agora los primeros.

En la corteza escritos los he puesto

de un árbol, y su tono les he dado;

y di compita Amintas después desto.
30

MENALCAS
Cuanto es el blando sáuz sobrepujado

de la amarilla oliva, y el espliego

del rosal es vencido colorado;

tanta ventaja tú, si no estoy ciego,

haces al mozo Amintas. Mas di agora,
35

que ya en la cueva estamos, di hora luego.

MOPSO
A Dafni, pastor, muerto con traidora

y muerte crudelísima, lloraban

toda la dëidad que el agua mora.

Testigos son los ríos cuál estaban,
40

cuando del miserable cuerpo asidos

los padres las estrellas acusaban.

No hubo por quien fuesen conducidos

los bueyes a beber aquellos días,

ni fueron los ganados mantenidos.
45

Aun los leones mismos en sus frías

cuevas tu muerte, Dafni, haber llorado

dicen las selvas bravas y sombrías.

Que por tu mano, Dafni, el yugo atado

al cuello va el león y tigre fiero.
50

Tú el enramar las lanzas has mostrado;

tú diste a Baco el culto placentero,

tú de tu campo todo y compañía

la hermosura fuiste y bien entero,

ansí como del olmo es alegría
55

la vid, y de la vid son las colgadas

uvas, y de la grey el toro es guía;

cual hermosea el toro las vacadas,

como las mieses altas y abundosas

adornan y enriquecen las aradas.
60

Y ansí luego que, crudas y envidiosas,

las Parcas te robaron, se partieron

Apolo y sus hermanas muy llorosas.

Palas y Febo el campo aborrecieron,

y los sulcos que ya llevaban trigo,
65

de avena y grama estéril se cubrieron.

En vez de la violeta y del amigo

narciso, de sí mismo brota el suelo

espina, y cardo agudo y enemigo.

Pues esparcid ya rosas, poned velo
70

a las fuentes de sombra, que servido

así quiere ser Dafni desde el cielo.

Y con dolor, pastores, y gemido,

un túmulo poned, y en el lloroso

túmulo, aqueste verso esté esculpido:
75

Yo, Dafni, descansando aquí reposo,

nombrado entre las selvas hasta el cielo,

de hermosa grey pastor muy más hermoso.

MENALCAS
Cuanto al cansado el sueño en verde suelo,

cuanto el matar la sed en fresco río,
80

es causa de deleite y de consuelo,

no menos dulce ha sido al gusto mío

tu canto, y no tan sólo en la poesía,

mas en la voz, si yo no desvarío,

igualas tu maestro y su armonía.
85

Dichoso, que por él serás tenido

fuera de toda duda y de porfía.

Mas por corresponder a lo que he oído,

en la forma y manera que pudiere,

quiero poner mis versos en tu oído.
90

Al cielo encumbraré, cuanto en mí fuere,

a tu Dafni; diré a tu Dafni en canto,

que Dafni a mí también me quiso y quiere.

MOPSO
No hay don que a mi jüicio valga tanto,

y mereció en tus versos ser cantado,
95

y ya me los loaron con espanto.

MENALCAS
De blanca luz en torno rodeado

con nueva maravilla Dafni mira

el no antes visto cielo ni hollado;

y puesto so sus plantas, viendo, admira
100

aquellos eternales resplandores,

y aparta la verdad de la mentira.

Allí, pues, de otras selvas y pastores

alegre y de otros campos goza y prados

con otras Ninfas trata sus amores.
105

No temen allí el lobo los ganados,

ni las redes tendidas, ni el cubierto

lazo fabrica engaño a los venados.

Ama el descanso Dafni, y de concierto

los montes y las peñas pregonando
110

dicen: «Menalca es dios, éste es dios, cierto».

Favorece, pues, bueno, prosperando

los tuyos y sus cosas amoroso,

los tuyos que tu nombre están cantando.

Que en este valle agora y bosque umbroso
115

levanto cuatro aras, y dedico

a Dafni dos, y dos a Febo hermoso.

Y en ellas cada un año sacrifico

de leche dos lecheros apurada,

y de olio vasos dos te santifico.
120

Y sobre todo en mesa embrïagada,

abundante con vino y alegría,

a la sombra o al fuego colocada.

-A la sombra en verano, mas el día

en que reinare el yelo, junto al fuego-
125

tu honor festejaremos a porfía.

Dametas y el Egón cantarán luego;

Alfeo imitará también, saltando

los sátiros con risa y dulce juego.

Esto tendrás perpetuo, siempre cuando
130

el día de las Ninfas, cuando fuere

el día que los campos va purgando.

En cuanto por las cumbres ya paciere

del monte el jabalí; en cuanto amare

el río, y en el agua el pez corriere,
135

y en cuanto de tomillo se apastare

la abeja, y ansimismo de rocío

la cigarra su pecho sustentare:

tanto tu fama y nombre yo confío

irá más de contino floreciendo
140

al yelo siempre el mismo y al estío.

Como a Ceres y a Baco a ti ofreciendo

irán sus sacrificios los pastores,

y sus promesas tú también cumpliendo.

MOPSO
¿Qué dones no serán mucho menores
145

que los que a versos tales es debido,

tales que no es posible ser mejores?

Que a mí no me deleita ansí el sonido

del viento, que silbando se avecina,

ni las costas heridas con rüido,
150

las costas donde azota la marina,

ni el río sonoroso ansí me agrada,

que en valles pedregosos ya y camina.

MENALCAS
Primero, pues, por mí te será dada

esta flauta, con que el Alexi hermoso
155

de mí, y la Galatea fue cantada.

MOPSO
Y tú toma este báculo ñudoso,

que Antino mereciendo ser amado,

nunca me le sacó, y es muy vistoso

en ñudos, y con plomo bien chapado.
160