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Lícidas, Meris

LÍCIDAS
¿A do, Meri, los pies te llevan hora?

¿Por caso vas adonde va el camino?

¿Por ventura a la villa vas tú agora?

MERIS
¡Oh, Lícida! Por nuestro mal destino

habemos a ver vivos allegado
5

lo que en el pensamiento nunca vino.

A que nos diga un malo apoderado

de nuestras heredades, sin mesura:

«Id fuera, que esto todo a mí me es dado».

Y ansí (¡que se le vuelva en desventura!)
10

le envío triste agora estos corderos,

pues todo lo trastorna la ventura.

LÍCIDAS
Oyera yo que desde los oteros

de do vienen cayendo los collados,

hasta del agua y haya los linderos,
15

que todos estos pastos y sembrados

por medio de sus versos y poesía

fueron a tu Menalca conservados.

MERIS
Oiríaslo, que ansina se decía.

Mas versos entre armas pueden tanto
20

como contra el león el ciervo haría.

Y si ya la corneja con su canto

a fenecer los pleitos como quiera

no me inclinara de contino tanto;

Si desto ya avisado no estuviera
25

por cierto ten que agora ni este amigo

tuyo, ni mi Menalca vivo fuera.

LÍCIDAS
¡Ay! ¿Cabe tal maldad ni en enemigo?

¡Ay! Casi nuestras fiestas acabadas,

Menalca, y nuestros gozos ya contigo.
30

¿Quién hiciera en las fuentes enramadas?

¿Quién cantara a las Ninfas de contino?

¿Quién sembrara con flores las majadas?

¿O los versos que ayer con arte y tino

a la Amaril hurté calladamente,
35

cuando conmigo a solazarse vino?

Títiro, en cuanto vuelvo prestamente

las cabras apacienta, y, en paciendo,

llévalas a la pura y fresca fuente.

Llévalas, y al llevar ten cuenta yendo
40

no enojes al cabrón, porque, enojado,

hiere mal con el cuerno acometiendo.

MERIS
O lo que para Varo no acabado,

mas lleno de primor y de dulzura,

cantaba deleitando monte y prado:
45

Los cisnes tu loor -si Mantua dura,

si Mantua de Cremona ¡ay! mal vecina-

cantando subirán en grande altura.

LÍCIDAS
Ansí huya tu enjambre de malina

árbol; ansí las ubres tu vacada
50

con pasto bueno ensanche a la contina.

Di, si te acuerdas de algo, que me es dada

la flauta a mí también, y de mi canto

me dicen los pastores les agrada.

Bien que no les doy fe, ni daré en cuanto
55

no merezco del Varo ser oído,

mas, como entre los cisnes, ánsar canto.

MERIS
En eso mismo estoy embebecido;

si pudiese tornallo a la memoria,

que no merece ser puesto en olvido.
60

¿Qué pasatiempo hallas, o qué gloria

en las ondas? ¡Oh! Aquí ven, Galatea,

a do de sus esmaltes hace historia;

a do el verano bello hermosea

y pinta la ribera, pinta el prado,
65

y todo en derredor cuanto rodea.

Aquí el álamo blanco, levantado,

hace sombra a la cueva deleitosa,

aquí teje la vid verde sobrado;

aquí hace la vid estanza umbrosa.
70

Aquí, pues, ven ya, y deja que en la arena

golpee a su placer la mar furiosa.

LÍCIDAS
¿Y lo que yo te oyera una serena

noche? Que si los versos hora olvido,

su tono en mis orejas siempre suena.
75

MERIS
Dafni, ¿qué miras, todo convertido

a los antiguos signos? Que más bella

que otra más bella luz ha aparecido.

Mira cuál sale y sube la alta estrella

de César, con la cual se goza el trigo,
80

y las uvas colora en la vid ella.

Enjiere con aquesta luz que digo,

enjiere, Dafni, los perales luego;

tus nietos cogerán el fruto amigo.

Todo lo lleva el tiempo y aún el fuego,
85

y del gusto el sentir que yo solía

largos soles pasar en canto y juego.

Y agora ya gastada la alma mía,

en demás de mil versos que me olvido,

aun la voz misma me huye y se desvía.
90

Primero de los lobos visto he sido;

mas cien veces aquesto todo arreo

te será de Menalca referido.

LÍCIDAS
Con achaques dilatas mi deseo,

y el mar se calla agora sosegado,
95

y ni resuena el viento, según veo.

Sus murmullos los aires han echado,

y éste es el medio espacio; que aparece

a donde el Bianor está enterrado.

Aquí sentados pues, si te parece,
100

cantemos; aquí asienta los corderos,

que en la villa estarás cuando anochece.

Y si temes algunos aguaceros

al venir de la noche, ansí cantando

iremos más alegres y ligeros.
105

El camino el cantar irá aliviando,

y yo te aliviaré de aqueste peso,

porque cantemos yendo caminando.

MERIS
Pon, Lícida, ya fin a este proceso;

hagamos lo que hacemos de presente,
110

que el tiempo y la sazón de todo eso

es cuando aquél tornare a estar presente.


Extremum

    Este favor de ti que es ya el postrero,

me sea ¡oh, Aretusa! concedido.

De Galo algunos versos decir quiero,

mas versos que convengan al oído

de la Lícoris, lazo estrecho y fiero,
5

en que padece preso el afligido;

que ¿quién jamás con buena y justa excusa

a Galo negará su verso y musa?

    Concédeme, pues, Ninfa, alegremente

esta merced debida y deseada,
10

ansí cuando huyendo tu corriente

debajo de la mar va apresurada,

la Doris no inficione osadamente

con su amargor tu agua delicada.

Comienza ya, y digamos el cuidado
15

de Galo, mientras pace mi ganado.

    Los montes dan oído a nuestro canto

-que tienen y los montes sus oídos-,

y a cuanto les cantamos otro tanto

al punto dellos somos respondidos.
20

Mas, náyades, ¿qué selva amastes tanto?

¿Qué bosque ansí ocupó vuestros sentidos,

cuando de amores Galo perecía,

pues ningún monte docto os detenía?

    Que cierto es que ni el Pindo ni el Parnaso
25

de algún detenimiento causa os fueron,

ni el Aganipe aonia de Pegaso,

ni la Castalia fuente os detuvieron.

Y fue tan lastimero y duro el caso,

que dél los insensibles se dolieron;
30

lloró el pino y lloró el laurel febeo,

y el Ménalo y las peñas del Liceo.

    Y las ovejas mismas lastimadas,

juntas con él estaban de contino;

a ellas no les pesa ser guiadas
35

por ti, el mayor poeta y más divino;

no deben ser de ti menospreciadas,

ni juzgues que el ganado no te es dino,

pues fue del bello Adoni apacentado

por prados y riberas el ganado.
40

    Y vino el ovejero; y vino luego

el porquerizo, y vino el gordo hinchado

Menalca de bellota: «¿Y tanto fuego

y tanto amor de dónde?», han preguntado;

y también vino Apolo, y dice: «Ruego
45

me digas, qué locura te ha tomado

Lícori, por quien, Galo, estás muriendo,

a otro por las nieves va siguiendo».

   Y vino el dios Silvano, y parecía

que sacudiendo recio meneaba
50

los lirios y espadañas que traía,

que con la frente en torno coronaba;

y el dios de Arcadia, Pan, también venía

con rostro rubicundo que agradaba;

por nuestros ojos mismos visto ha sido,
55

de negras moras y carmín teñido.

¿Y cuándo has de dar fin a tu tormento?

Que de estas cosas, dice, Amor no cura;

que nunca amargo lloro y sentimiento

hartaron del Amor la hambre dura,
60

ni se vio Amor de lágrimas contento,

ni cabra de pacer rama y verdura,

ni de flor las abejas, ni los prados

de en agua de contino andar bañados.

Él, sin embargo desto, doloroso
65

y triste respondió: «Vos, los pastores

de Arcadia, cantaréis con lastimoso

verso por vuestros montes mis dolores;

vosotros que en el canto artificioso

sois únicos maestros y cantores.
70

Reposará mi alma -¡oh, en qué alegría!-

si canta vuestra voz la suerte mía.

    Y aún ¡oh, si de vosotros fuera yo uno,

o guarda de ganado o viñadero!;

si amara a Fili, Aminta u otro alguno
75

-que si es moreno Aminta, no es tan fiero-

tendido so los sauces de consuno,

gozáramos en paz del bien postrero;

la Fili de guirnaldas me cercara,

y Amintas con su canto me alegrara.
80

    Aquí prados había deleitosos;

aquí, Lícori, hallaras fuentes frías,

y aquí, si te agradara, en amorosos

deseos traspasáramos los días;

mas ¡ay! que agora, Amor, por peligrosos
85

pasos llevas mis locas fantasías,

y entre las armas fieras y el bramido

de Marte tienes preso mi sentido.

    Y de la patria tú, y de mí alejada

-mas nunca crea yo tal desventura-
90

sola y sin mí, la nieve alpina helada,

y ves del Rin la sierra helada y dura.

¡Ay!, no ofenda a tu carne delicada

el frío, o menoscabe tu hermosura;

no corte de tu planta el cuero tierno
95

la escarcha rigurosa del invierno.

    Lo que en verso calcídico he compuesto,

poner quiero en la flauta siciliana,

y entre las selvas y alimañas puesto

quiero pasar mi duelo y pena insana;
100

entallaré en los árboles aquesto,

y tu quebrada fe, Lícori, y vana,

ellos creciendo se harán mayores,

y creceréis con ellos, mis amores.

    Y a veces con las Ninfas paseando
105

del Ménalo andaré por los oteros,

o si me diere gusto iré cazando

los tímidos venados y ligeros,

sin ser conmigo parte, ni lanzando

o nieve el cielo o turbios aguaceros
110

serán de mí con perros rodeados

los valles del Partenio y los collados.

    Y se me representa ya y figura

que voy por los peñascos discurriendo;

ya voy por la montaña espesa, escura,
115

ya encorvo el arco turco ya le extiendo;

¡ay! como si salud a mi locura

diese lo que ora triste voy diciendo,

o como si del mal del pecho humano

supiese condolerse aquel tirano.
120

    Mas ya ni quiero ninfas ni cantares;

los versos no me placen, ni los quiero,

ni gusto por montañas ni lugares

ásperos perseguir al puerco fiero;

las selvas no remedian mis pesares,
125

ni la cruel herida de que muero,

ni estudio mío, o pena o triste duelo

pueden mudar aquel que abrasa el suelo.

    No pueden, ni si en medio del invierno

pusiese dentro el pecho el Ebro helado,
130

ni si cuando del olmo el cuero interno

se seca en los Guineos, su ganado

paciese cometido a mi gobierno,

y cuando el Sol en Cancro está encumbrado.

Y pues vencido amor todo lo tiene,
135

rendírnosle de fuerza nos conviene».

    Esto me baste, Musa, haber cantado,

en cuanto un canastillo estoy tejiendo

al Galo, cuyo amor cual bien plantado

álamo, en mí por horas va creciendo.
140

¡Alto! que ya a la sombra estar sentado

daña, y de enebro más la sombra siendo;

y aun a las mieses son las sombras frías.

¡Id hartas, que anochece, id, cabras mías!


Geórgica primera

    Lo que fecunda el campo, el conveniente

romper del duro suelo, el sazonado

juntar la vid al olmo, y juntamente

cómo se cura el buey, cómo el ganado,

y de la escasa abeja diligente
5

su industria, y saber mucho no enseñado,

aquí, Mecenas claro, comenzando

por orden cada cosa iré cantando.

    ¡Oh, vos, lumbreras claras de la vida,

que el año producís andando el cielo,
10

alma Ceres y Baco!, si en florida

espiga por don vuestro mudó el suelo

la primera bellota, y la bebida

con las halladas uvas perdió el yelo,

y vos, dioses propicios del aldea,
15

venid, Faunos, a do mi voz desea.

    Venid, Faunos, venid, coro lucido

de Dríadas, pues vuestros dones canto:

y tú, Neptuno, a quien el campo herido

con el grande tridente, con espanto
20

el caballo produjo, y del florido

bosque el cultivador; y de otro canto

de novillos pastor tres veces ciento,

que pacen de la Cea el grueso asiento.

    Y tú, pastor de ovejas, Pan, dejados
25

tus bosques y tus valles de Liceo,

si son de ti tus Ménalos ya amados,

ven presto favorable aquí, ¡oh Tegeo!;

y tú, Minerva, ven, que a los collados

la gruesa oliva hallando diste arreo;
30

y el mozo inventador del corvo arado,

y el del ciprés entero por cayado.

    Y vos, dioses y diosas igualmente,

cuantos tenéis por obra y por oficio

la guarda de los campos, juntamente
35

aquellos que con vuestro beneficio

las mieses levantáis no sin simiente

y aquellos que enviáis del edificio

del cielo, para el bien de los sembrados,

largos hilos de lluvia derramados.
40

    Y finalmente tú, de quien se duda

a cuál divinidad serás alzado,

o si de lo terreno que se muda

querrás y de tu Roma el gran cuidado,

de arte que, colgada de tu ayuda,
45

la redondez te adore coronado

con el materno mirto frente y sienes,

señor del aire y campo y de sus bienes.

    O si fueres del mar por dios tenido,

y a ti solo adorare el marinero,
50

y Tule lo postrer de lo sabido,

y diere por ti Teti el mar entero,

por ti para su yerno, o añadido

a los meses tardíos por lucero

en el lugar que está desocupado,
55

entre Virgo y las Quelas asentado.

    Que, si lo miras, ya para tu asiento

los brazos encogió el Escorpio ardiente,

y más de la mitad con miramiento

te deja de su silla reluciente;
60

pues, o te venga de esto más contento,

o seas el que fueres finalmente

-que no te esperará rey el infierno,

ni tú desearás tan mal gobierno,

    aunque el Elísio campo Grecia admire,
65

y Proserpina huya demandada

volverse con su madre-, ansí que inspire

en mí tu dëidad apïadada

del labrador que ignora por dó tire,

y da favor a aquesta empresa osada.
70

Ven, pues, y desde luego acostumbrado

aprende como dios ser invocado.

    En el verano nuevo cuando el frío

humor en la alta sierra desatado

desciende, convertido en largo río,
75

y el campo con el céfiro alentado

el seno afloja, que cerraba el frío,

al punto gima el buey con el arado

hincándolo, y la reja, desgastada

con el arar relumbre como espada.
80

    Aquella mies sin duda corresponde

con lo que siempre el labrador desea,

que en dos tiempos el yelo en sí la esconde,

y en dos tiempos el sol la ve y recrea;

sus frutos las paneras rompen, donde
85

se encierran; mas tu estudio y vela sea

antes de abrir con reja el nuevo suelo,

las mañas conocer el viento y cielo.

    Los vientos y los modos diferentes

del aire y sus diversas calidades,
90

lo propio de las tierras, las simientes

qué huyen o a quién hacen amistades;

que aquí se dan los trigos, las ardientes

uvas mejor allí, las variedades

de frutas hallan dicha en otra parte,
95

y lo que sin cultura nace y arte.

    ¿No ves, por aventura, cómo envía

Cilicia su azafrán; el indio feo

nos da el rico marfil? ¿Y cómo cría

incienso el viciosísimo Sabeo;
100

los Cálibes dan hierro, y a porfía

el Ponto el venenoso castoreo;

y Epiro en dar las yeguas tiene gloria,

que en Elis se aventajan con victoria?

   Que luego, en el principio, divididas,
105

la suya a su lugar, naturaleza

aquestas leyes puso, establecidas

con liga y ñudo eterno de firmeza;

luego cuando las piedras esparcidas

lanzó Deucalïón por la grandeza
110

del yermo suelo y tierra espaciosa,

de do los hombres nacen, dura cosa.

    Ansí que, como digo, el mes primero

del año el fuerte buey con el arado

trastorne el fértil suelo, porque quiero
115

que cueza con su ardor el quebrantado

terrón el seco estío; y si es ligero

el campo, a la ligera sea tocado;

allí, porque no ahogue yerba el trigo,

aquí, porque no espire el jugo amigo.
120

    También harás que a veces repartido

goce el segado campo de reposo,

y que por luengo espacio entorpecido

con moho se endurezca el perezoso;

o sembrarás cebada allí, venido
125

su tiempo, de do en vaina sonoroso

o coges el legumbre, o fue arrancada

de do por ti la arveja delicada;

    o de donde sacaste del lupino

triste la caña flaca vocinglera.
130

Mas quema, adonde nace, el campo el lino,

y la bañada en sueño dormidera

le quema, y las avenas. El contino

uso trocando, ansí pues se aligera,

con tal que sin empacho ni recelo
135

hartes de estiércol grueso el flaco suelo.

    De estiércol y ceniza torpe, inmunda,

esparce largo el campo adelgazado,

que ansí y mudando esquilmo se fecunda

la tierra; y no es ninguna del no arado
140

suelo la utilidad. A la infecunda

haza provecho a veces ha causado

quemarla, y que al rastrojo seco asido

corra abrasando el fuego y dé estallido.

    O porque ansí se esfuerza ocultamente
145

y más se engruesa el campo, o porque luego,

quemado lo vicioso totalmente

perece, y suda el daño con el fuego;

o porque aquel ardor eficazmente

descubre más caminos y lo ciego
150

relaja de los poros, por do venga

el jugo a lo sembrado y lo mantenga;

    o es porque endurece el fuego al suelo,

y aprieta más las venas desatadas,

a que ni recios soles, ni del cielo
155

las lluvias muy menudas envïadas,

ni el cierzo penetrable, envuelto en yelo,

le abrase. Y mucho sirve a las aradas

quien rompe los terrones descuidados

con puntas y con zarzos arrastrados.
160

    No mira al que esto hace del dorado

cielo la roja Ceres sin provecho,

ni menos al que el brazo atravesado

los lomos que alzó arando en el barbecho,

los corta de través con el arado,
165

y al sesgo diligente y al derecho

la tierra sin cesar desasosiega,

y doma y trae sujeta ansí la vega.

    Húmidos equinocios, fríos serenos,

labradores, pedid, que el polvoroso
170

yelo da ricos panes, hace amenos

prados; y si presume de abundoso

el suelo de la Frigia, y si sus llenos

campos admira el Gárgaro gozoso,

desta sazón de tiempo más le viene,
175

que de cuanta cultura y labor tiene.

    ¿Qué diré del que luego que ha esparcido

la simiente, prosigue, y del arena

flaca lo amontonado y mal asido

deshace, y que después con larga vena
180

del agua que le sigue, el esparcido

campo baña; y lo mismo cuando pena,

y hierve el abrasado suelo ardiendo,

y sus yerbas que en él se van muriendo;

    al punto de la altura recostada
185

abre camino el agua, que cayendo

hiere las lisas piedras, y encontrada,

ronco murmullo mueve, y templa yendo

la tierra abierta y seca de abrasada;

y del que en yerba el vicio va paciendo
190

de las mieses, que igualan las aradas,

porque después no se echen de granadas?

    ¿Del que el humor en lagos recogido

con bebedora arena lo destierra?

El río, mayormente si salido
195

de madre, y largamente por la tierra

en los inciertos meses extendido,

con cieno que dejó la ocupa y cierra,

por do las anchas fosas llenas sudan

con aguas que estantías no se mudan.
200

    Y no -dado que el hombre y buey a una

cultivando la tierra y trabajando,

hayan aquesto hecho- no es ninguna

la ofensa que el mal ánsar hace andando

y las grullas de Tracia y la importuna
205

endibia los sembrados enredando

con sus amargas hebras, ni es beleño

las sombras a los panes muy pequeño.

    Que el mismo Padre eterno quiso en parte

no fuese la labranza del barbecho
210

fácil, y fue el primero que con arte

los campos meneó, porque de hecho

el cuidado forzoso fuese parte

para aguzar el torpe humano pecho;

no consintiendo que su monarquía
215

se entorpeciese con pereza fría.

    Porque ante de su reino por ninguno

el campo ni fue arado ni mollido,

ni el señalar con lindes cada uno

su parte o el dividir fue permitido;
220

servían al común sin miedo alguno;

la tierra daba fruto no pedido,

él ansimismo puso mal veneno

a las serpientes negras en el seno.

    Él les mandó a los lobos que salteen;
225

al mar que se levante, y, sacudida,

quiso que miel las hojas no goteen;

y dél la luz del fuego fue escondida,

los vinos que corrían no se veen,

que fue por él su vena reprimida,
230

para que imaginando el uso hiciese

las artes poco a poco y las puliese;

    y para que buscase el trigo arando,

y para que del seno el escondido

fuego, a los pedernales golpeando,
235

sacase. Allí primero fue sentido

el barco de los ríos, y allí, cuando

redujo a cierta suma, y su apellido

compuso a cada estrella el marinero,

Osas, Virgilias, Hiadas, Lucero.
240

    Y entonces se inventó el cazar las fieras

con lazos, y con ligas engañosas

el enredar las aves, y las fieras

selvas cercar con canes; las undosas

mares con redes largas barrederas
245

el uno escudriñaba; y con ñudosas

mangas el otro hiriendo a su albedrío,

el hondo penetró del ancho río.

    Y entonces el rigor del hierro vino,

y fue la cortadora sierra hallada,
250

que a fuerza de las cuñas cortó el pino,

fácil para el hender, la edad dorada.

Nacieron muchas artes, que el contino

trabajo pertinaz y la apretada

falta, que en lo preciso no reposa,
255

todo lo sobrepuja poderosa.

    Ceres nos enseñó a romper la tierra

con hierro, cuando ya casi faltaba

bellota en el sagrado monte y sierra,

y la comida Epiro nos negaba;
260

mas luego al pan le vino nueva guerra,

la niebla dañadora, que gastaba

la espiga, y el baldío y desechado

cardo, que se erizaba en el sembrado.

    Ahóganse las mieses, sube y crece
265

selva desagradable, abrojo, espina,

y en lo que cultivado resplandece

reina la grama inútil, la malina

avena; y si tu mano desfallece

en perseguir con rastro a la contina
270

el campo, y si no espantas con ruïdo

las aves, o con honda y estallido;

    si no estrechares tú con podadera

las sombras del umbroso y negro suelo;

si en el otoño y en la primavera
275

con votos no pidieres agua al cielo,

en vano ¡ay! los montones de la era

ajena mirarás, y tu consuelo,

con que consolarás tu merecida

hambre, será la encina sacudida.
280

    También nos convendrá que dicho quede

qué armas ha de usar el esforzado

rústico, sin las cuales no se puede

sembrar, ni mejorar lo ya sembrado.

La reja es lo primero, y le sucede
285

el roble del muy grave y corvo arado,

la carreta de Ceres Eleusina,

que despacio volviéndose camina.

    Los trillos, las rastreras, los pesados

rastros desigualmente, los tejidos
290

cestos, alhajas viles, los trabados

zarzos de rama y mimbre, los debidos

arneros al dios Baco, que ayuntados

con acuerdo tendrás y apercibidos

de antes todos éstos, si la amada
295

gloria del fértil campo te es guardada.

    Con tiempo, allá en la selva, retorcido

con fuerza valentísima es domado

el olmo para cama, y constreñido

recibe forma en sí de corvo arado;
300

de allí por ocho pies sale extendido

derecho ansí el timón, y a cada lado

su oreja y su dental, y de antemano

se corte al yugo el tejo bien liviano.

    El tejo y la alta haya, y juntamente
305

la esteva se apareje, que plantada

detrás en el arado prestamente

vuelva las bajas ruedas; y colgada

la leña dura en el hogar caliente,

allí será del humo examinada.
310

Y puédote decir otras mil cosas,

que los ancianos mandan provechosas.

    Mil cosas, si te place estar atento,

y tan menuda cuenta no es penosa:

la era, lo primero, de cimiento
315

trastórnala, y con greda pegajosa

macízala después, y desde el centro

por toda alderredor con poderosa

y bien rolliza piedra ansí rodando,

lo desigual del suelo irás quitando,
320

    porque no nazcan yerbas, ni, hendida,

el polvo en ella reine, ocasionada

a ser de mil cojijos ofendida,

que a veces hace en ella su morada

y su troj el ratón, y su manida
325

el topo ciego pone allí cavada,

y el sapo allí se halla cada día,

y cuanta sabandija el suelo cría.

    Y a veces el gorgojo átala y gasta

grande montón de trigo, y la hormiga
330

ensila mucho más de lo que basta,

temiendo la vejez pobre y mendiga;

que si tu diligencia no contrasta

mil daños amenazan a la espiga;

y atenderás también, si te es gustoso,
335

adivinar lo estéril, lo abundoso.

    Atiende cuando en flor el almendrera

se viste por el campo, y de florida

las ramas encorvare; la panera,

si el fruto viene a colmo, enriquecida
340

será por un igual, y grande era

verás con gran calor; mas, si caída

la flor, se fuere en hoja, muy menguadas

espigas trillarás, y mal granadas.

    Y visto he yo que muchos sembradores
345

los granos medicinan, y primero

con alpechín los bañan, con licores

otros, para que el fruto más entero

hincha la falsa vaina, y los ardores

del fuego, aunque pequeño, más ligero
350

los cuezan y enmollezcan, y aún he vido

el trigo desdecir muy escogido.

    He visto que después de gran cuidado

desdice poco a poco, si el humano

velar en cada un año lo granado
355

no escoge y lo mejor con propia mano:

que ansí por ley en todo lo criado

decae y vuelve atrás el ser liviano,

y viene, empeorándole contino,

a estado menos bueno y menos dino.
360

    No de otra forma y modo que acontece

al que con remo y fuerza apenas lleva

el barco el agua arriba, si enflaquece,

y si de cuanto puede no hace prueba,

si acaso el brazo afloja y desfallece;
365

ya la raudal corriente se le lleva

y al punto en pos de sí arrebatado,

y como cuesta abajo despeñado.

    Y, allende de esto, importa el tener cuenta

(tanto a nosotros como al marinero,
370

que el Ponto y que el estrecho Abido tienta

llevado por el mar ventoso y fiero

al patrio y dulce nido donde asienta)

con el Arcturo y con el Carretero,

sus Cabras y su día y juntamente
375

con la Culebra austral resplandeciente.

    Cuando la Libra iguales horas diere

al sueño y a la vela, y justamente

la redondez por medio dividiere

entre la noche y luz, el buey valiente
380

traed a la melena, y por do fuere

con mano, ¡oh, labradores! diligente

esparcid las cebadas, hasta cuando

lo crudo del invierno venga helando.

    Y por el mismo modo es apropiado
385

tiempo para entregar el lino al suelo,

y de la dormidera el dedicado

grano a la santa Ceres sin recelo,

cuando está seco el campo, y el nublado

alto y suspenso se anda por el cielo;
390

mas de las habas es la sementera,

cuando aparece ya la primavera,

    Y a ti también, alfalfa, los llovidos

sulcos te acogerán bien en su seno,

y al mijo en cada un año a sus debidos
395

cuidados sazón viene y tiempo bueno,

cuando ya el blanco Toro con lucidos

cuernos del año nuevo, y del sereno

aire la puerta abriendo, se pusiere

el Can contraria estrella, y le cediere.
400

    Empero si labrares para el trigo

las tierras, o si para las cebadas,

y fueres de los panes sólo amigo,

primero se te escondan las llamadas

Virgilias, y primero como digo
405

se esconda la Corona, que entregadas

al sulco las simientes le confíes,

y al suelo sin sazón tu año fíes.

    Que muchos comenzaron, no caída

la Maya, mas al fin la espiga vana
410

burló sus esperanzas. Si esparcida

la arveja, o vil faselo, o la gitana

lenteja fuere en precio de ti habida,

su tiempo te dirá, su sazón sana

sus rayos el Bootes cobijando;
415

comienza, y llega al yelo ansí sembrando.

    Que por aqueste fin del sol dorado

la redondez del cielo dividida

con número medido y limitado,

por doce claros signos es regida,
420

y en cinco zonas todo está cortado;

la una de las cuales encendida

la tiene de contino el sol presente,

y el fuego que la tuesta eternamente.

    De aquesta alderredor, las dos postreras
425

por la siniestra y por la diestra mano

se extienden verdinegras, con las fieras

lluvias, con el rigor del yelo insano;

y entre éstas y la media van dos veras

dadas por don, al hombre, soberano,
430

y en ambas al través hecho el camino

por do los signos andan de contino.

    Que cuanto se levanta el cielo alzado

encima los alcázares Rifeos,

tanto se va sumiendo recostado
435

hacia el Ábrego y Libia y los Guineos.

Aqueste quicio vemos ensalzado;

debajo de los pies aquellos feos

y hondos infernales; el Cerbero

le ve, y del negro lago el mal barquero.
440

    Aquí va dando vueltas la Serpiente

grandísima, a manera de un gran río,

por entre las dos Osas reluciente;

las Osas que en el mar nunca el pie frío

lanzaron; mas allí continamente
445

que es calma, dicen, todo y estantío,

en noche profundísima, espesando

lo escuro las tinieblas y engrosando.

    O dicen que la Aurora, despedida

de aquí, les lleva el día, y al momento
450

que torna a descubrírsenos nacida,

y que de sus caballos el aliento

nos toca, de la tarde la lucida

estrella allí con presto movimiento

sus luces les enciende. Por manera
455

que el cielo nos es seña verdadera.

    Es seña que nos dice sin engaño

del aire las mudanzas revoltoso,

la mies, la sementera, y cuándo el año

concede dar el remo al mar undoso;
460

cuándo se puede al agua echar sin daño

la nave, y cuándo el pino poderoso

con su sazón debida viene a tierra,

cortado en la fragosa y alta sierra.

    Ansí que no es sin fruto el tener cuenta
465

en ver si nace el signo, o si se pone,

y el año que con una y justa cuenta

de cuatro tiempos varios se compone.

Si fuere que la lluvia no consienta

salir al labrador, no se perdone
470

de hacer mil cosas, que, la nube huida,

convienen y se hacen de corrida.

    Que el labrador la reja allí embotada

afila de su espacio, y cava el leño

en barco; o si le place, a su manada
475

almagra, y el montón grande o pequeño

a cuenta le reduce; es aguzada

la horca de dos puntas; alza el dueño

el roto valladar; allí se apresta

lo que la vid caediza tiene enhiesta.
480

    Entonces con los mimbres es tejido

el fácil canastillo; tuesta el fuego

entonces las espigas, y es molido

el grano con la piedra, y al sosiego

santo el hacer también le es permitido
485

por ley algunas obras, porque el riego

no hay fiesta que lo vede, ni es vedado

cercar con valladares el sembrado.

    Ni menos el armar al ave engaño,

ni el encender los cardos, ni el roñoso
490

ganado zabullir en fresco baño;

y a veces sobrepone al espacioso

asnillo el labrador, conforme al año,

aceite o vil manzana, y va y gozoso

le torna del mercado a su morada
495

con pez o cualquier piedra aderezada.

    Y para el trabajar, también la luna,

a días, es feliz en su carrera;

huye su quinta luz, en quien a una

Tesífone nacieron y Meguera,
500

y el Orco verdinegro y la Laguna;

y en tal día la tierra lanzó afuera

con parto abominable a Tifoeo,

a Jápeto, Porfirio, Reto y Ceo.

    En tal día produjo infelizmente
505

a todos los hermanos conjurados

de dar asalto al cielo osadamente.

Tres veces procuraron levantados

sobreponer al Pelio el eminente

Osa y Olimpo, y fueron derrocados
510

tres veces con el rayo soberano

los montes, que el furor alzaba en vano.

    Empero es felicísimo el seteno,

que al décimo sucede, en poner vides,

en el domar los bueyes, y es muy bueno
515

para tejer lo urdido; y si partides

de vuestra casa, el propio es el noveno

aunque es malo a los hurtos y a sus lides.

Y a cosas es mejor la noche fría,

o cuando al alba el suelo se rocía.
520

    De noche muy mejor la paja leve,

de noche mejor mucho el seco prado

se corta, que a las noches se les debe

un correoso humor; y desvelado

a los candiles largos del sol breve
525

con hierro aguza alguno delicado

la tea, y su mujer, que también vela,

corre la lanzadera por la tela.

    Corre por el telar, y engaña el duro

y luengo trabajar ansí cantando,
530

o cuece el dulce mosto al fuego puro,

el cobre hirviente a tiempos espumando;

mas el estío al trigo ya maduro

la hoz aguda aplica, y volteando

en la espaciosa era, son trilladas
535

las mieses, del calor del sol tostadas.

    Ara cuando se puede arar, desnudo,

y siembra por el mismo modo y arte;

que el tiempo del invierno es como nudo,

que ata al labrador la mano y arte;
540

que cuando reina el frío y yelo crudo,

los labradores por la mayor parte

gozan de lo allegado, y juntamente

a veces es convidan dulcemente.

    Convídalos a ello el tiempo helado,
545

hecho para el regalo, y que del pecho

desata las congojas y cuidado;

como cuando con viento al fin derecho

entran el puerto dulce y deseado

cargados los navíos de provecho;
550

alegres con laurel los marineros

coronan a los árboles veleros.

    Bien es verdad que es propio a la cosecha

del roble y del laurel y verde oliva,

y del sangriento mirto, y que aprovecha
555

para enredar la grulla fugitiva,

para poner al ciervo en red estrecha,

seguir la liebre, herir la corza esquiva

con honda que estallide, en cuanto al suelo

la nieve cubre, al río enfrena el yelo.
560

    ¿Qué diré del otoño y su mudanza,

ya cuando van los días de corrida,

lo que se ha de velar en la labranza?

¿Y cuando va el verano de vencida,

y cuando por los campos la mies lanza
565

y eriza sus espigas conmovida,

y en las cañas los granos ya cuajados

de leche, se demuestran muy hinchados?

    Que he visto yo en la siega misma, y cuando

llamaba el labrador los segadores,
570

de mil contrarios vientos batallando

venir las guerras todas y furores,

que de raíz las mieses arrancando

enteras, por los aires voladores

subieron; y llevó la caña, el grano,
575

envuelta en torbellino el soplo insano.

    Y viene muchas veces desde el cielo

de agua innumerable un golpe fiero,

y las nubes derraman sobre el suelo,

que el cierzo amontonara, un mar entero;
580

húndese el alto cielo, y lo que al yelo

y al sol labrara el buey, el aguacero

lo anega, y quedan llenos los fosados;

los ríos resonando van hinchados.

    Crecen los hondos ríos; todo el llano
585

con olas hervorosas bulle, y luego

del nublo tenebroso la alta mano

lanza tronando rayos hechos fuego

con que la tierra tiembla, con que en vano

las alimañas huyen, con que el ciego
590

y abatido pavor generalmente

los ánimos humilla de la gente.

    Mas él con tino ardiente, fervoroso,

o las Ceraunias puntas encumbradas,

o el Ródope o el Ato montuoso
595

derrueca; y luego al punto, desplegadas

sus alas, se redobla furioso

el ábrego, y la lluvia, desatadas

las nubes, espesísima; al crecido

viento la playa y bosques dan bramido.
600

    Pues con recelo desto pon cuidado

en advertir los meses, las estrellas,

los signos do se esconde el viejo helado,

y a do el Cilenio esparce sus centellas;

mas sobre todo da lo situado
605

a las diosas y a Ceres, grande entre ellas,

a quien festejarás con larga mano,

fenecido el invierno, en el verano.

    En las primeras yerbas santo ofrece,

cuando se viste el campo de hermosura;
610

entonces el cordero es gordo y crece,

al sueño baña entonces la dulzura;

entonces ya, cocido, se enmollece

el vino, y de la sombra la espesura

entonce es agradable en la montaña,
615

entonces, pues, tu rústica compaña.

    Adore, pues, a Ceres lo aldeano,

y tú el panal le mezcla, y leche y vino,

y la dichosa hostia vaya a mano

tres veces de las mieses el camino;
620

la gente le acompañe y como ufano

y llame ansí con voces de contino

a Ceres, y ninguno sea osado

la hoz meter primero en lo sembrado;

    la hoz en las espigas, si primero,
625

de encina coronado, no dijere

a Ceres su cantar, y placentero

con saltos descompuestos la sirviere.

Y porque con indicio verdadero

podamos conocer lo que viniere,
630

las lluvias, los calores, los estíos,

los vientos que producen yelo y fríos:

    el cielo estatuyó lo que la luna

nos dice, que por meses se renueva;

qué signo aplaca el viento, y lo que una
635

y muchas veces visto es cierta prueba

para que el labrador por ley ninguna

de la cabana lueñe el hato mueva;

mas junto alrededor de su morada

apaste receloso su manada.
640

    Que en yendo ya los vientos a alterarse,

las costas de los mares conmovidos

comienzan enojadas a hincharse,

y se oyen por las sierras estallidos;

resuenan las riberas, que turbarse
645

empiezan, o se espesan los ruïdos

del bosque y sus murmullos de hora en hora,

indicios de la fuerza movedora.

    Y apenas ya las ondas se contienen

de hacer a los navíos guerra fiera,
650

cuando del mar sus cuervos prestos vienen

trayendo vocería a la ribera;

y cuando las cercetas se detienen

y espacian por lo seco, y la junquera

y los sabidos lagos olvidando,
655

la garza sobre el nublo va volando.

    Y vemos muchas veces los cometas,

si vientos se aparejan, derrocarse

del cielo, y de sus llamas luengas vetas

en pos de sí luciendo señalarse,
660

por las escuras noches y secretas,

y muchas revolando levantarse

las pajas y las hojas ya caídas,

y plumas sobre el agua andar movidas.

    Mas si fulmina de do el Cierzo espira,
665

si truena donde el Euro vive y mora,

cuanto del prado y campo el cielo mira

anda nadando todo en breve hora;

y todo marinero en la mar tira

las velas hechas agua y las mejora;
670

mas nunca por faltarles el aviso,

la lluvia al hombre ofende de improviso.

    Porque o la grulla luego alzando el vuelo

como el vapor del valle se levanta,

le huye, o la becerra vuelta al cielo
675

atrae el aire a sí, o suena y canta

la rana en el charcal su antiguo duelo

o vuela y no se cansa ni quebranta

de andar cercando el laso a la contina

mil veces la parlera golondrina.
680

    O saca del secreto de su techo

los huevos de ordinario la hormiga,

cursando su sendero angosto, estrecho;

y por beber las mares se fatiga

el arco grande de colores hecho;
685

o el escuadrón de cuervos de la amiga

comida en grande número volviendo,

con las espesas alas hace estruendo.

    También del mar mil aves diferentes,

y las que en torno de los asios prados
690

los lagos escudriñan diligentes,

los lagos del Caistro no salados

verás cómo a porfía hombros, frentes

se esparcen y rocían, y en los vados

ya corren, ya se sumen, y ansí en vano
695

se estudian de bañar con juego ufano.

    Y la sagaz corneja también llama

la lluvia con voz llena, y se pasea

a solas por la arena; y por la llama

del odio y vil candil, si centellea,
700

las siervas que, mandadas de su ama,

velan de noche e hilan su tarea,

conocen el llover, porque producen

las mechas unos hongos que relucen.

    Y puedes con señales no menores,
705

llovido, colegir lo raso y puro;

que ni en los celestiales resplandores

se muestra la luz bota, el rayo oscuro,

ni menos en la luna, los tenores

que siguen de su hermano rojo y puro,
710

ni andan por el aire derramadas

como unas lanas blancas y delgadas.

    Ni menos en el sol las alas tienden

los alcïones de la Teti amados,

ni los lechones con la boca entienden
715

en derramar los haces desatados;

mas antes a los valles se descienden,

y en ellos se recuestan rellanados

los húmedos vapores, y en el techo

apenas abre la lechuza el pecho;
720

    apenas viendo que es el sol ya ido

canta, y el esmerjón se ve ensalzado

altísimo en el aire; y su debido

paga por el cabello colorado

la Ciris, que o do quiera que del nido
725

cortando por el cielo va delgado,

la sigue el enemigo crudo y fiero

con grande estruendo y con volar ligero.

    Sigúela el esmerjón por donde quiera,

y ella de la parte do él se avía,
730

con ala el aire líquido ligera

huyendo va cortando, y se desvía;

y sus voces los cuervos o tercera

o cuarta vez repiten a porfía,

y a veces en los árboles alzados,
735

no sé con qué dulzura alborozados,

    alegres, más que suelen, travesean

consigo y con las hojas, con ruïdo;

y cuando ya las lluvias no gotean,

gustan de reveer su dulce nido,
740

y sus pequeños hijos. No que sean

por esto más divinos en sentido,

ni, cuanto a lo que creo, que por hado

más cierto o más discurso les sea dado;

    sino que cuando el tiempo varïable,
745

y el movedizo humor su senda altera,

y el Ábrego con soplo deleznable

lo ralo espesa, afloja lo que fuera

espeso; luego aviene que lo instable

del ánimo se trueca en su manera
750

y siente agora el pecho un movimiento,

y otro si conduce lluvia el viento.

    De aquí vienen aquellos acordados

cantos que dan las aves gorjeando;

el juego y el placer de los ganados,
755

los cuervos con los cuellos pompeando.

Mas si los soles miras presurados,

las lunas que los siguen rodeando,

ni el día venidero hará engaño,

ni la serena noche burla y daño.
760

    La luna en el principio que su puro

ardor, que se le torna, va cogiendo,

si con oscuro cuerno el aire oscuro

cercare en sí, gran lluvia apercibiendo

se va contra la mar y suelo duro;
765

mas si se colocare apareciendo,

es viento, porque al viento la dorada

luna se pone siempre colorada.

    Mas si en su cuarta luz -que siempre ha sido

pronóstico la cuarta, verdadero-
770

con afilado cuerno y con lucido

saliere, aquel día todo entero,

y los demás por todo el mes cumplido

sin vientos lucirán, y el marinero

dará sus votos, salvo en la ribera,
775

a Glauco, a Panopea, a Melicera.

    Y el sol, o cuando sale o cuando encierra

sus rayos en las ondas, da señales;

y el sol en sus señales nunca yerra,

o salga por las puertas orientales,
780

o láncese debajo de la tierra,

y suban las estrellas celestiales:

que lo que señalare el sol divino,

certísimo sucede de contino.

    Que si cuando en Oriente se mostrare,
785

con manchas esparciere su salida,

y nube en la mitad de sí encerrare,

su media redondez ansí escondida;

no dudes de la lluvia si tardare,

que ya de golpe viene, y de corrida
790

el Noto, despeñándose furioso,

a hatos, mieses y árboles dañoso.

    Y si por entre el nublo espeso opuesto,

por partes diferentes descubriere,

nacido el sol, sus rayos, o con gesto
795

la Aurora deslucido apareciere,

del lecho de Titón, de flor compuesto,

la hoja podrá mucho si pudiere

las uvas defender, según saltando

con el granizo el techo irá sonando.
800

    Y aun es más de provecho el tener cuenta

con cuando el sol, pasada su carrera,

se parte ya del cielo, que presenta

entonces cada vez de su manera

su rostro, como vemos; que, si alienta
805

la lluvia, es verdinegro; si la fiera

pujanza de los Euros, tiñe luego

su rostro de color de sangre y fuego;

    y si del claro rostro el ardor puro

con manchas a mezclarse comenzare,
810

verás en un momento el aire escuro

hervir en lluvia y viento; y, si cerrare

la noche, no será nadie tan duro;

seralo el que en tal noche me rogare

correr por la mar alta puesta en guerra,
815

desamarrar la nave de la tierra.

    Mas si y cuando el día el sol conduce,

y cuando nos esconde el que ha traído,

su redondez entera y pura luce,

en vano el nublo entonce habrás temido;
820

del cierzo, que a pureza le reduce,

verás la selva y monte ser movido.

Da el sol ciertas señales, finalmente,

de todo lo que al campo es conveniente.

    Él te dirá lo que la luz tardía,
825

la estrella de la tarde te acarrea;

él te dirá qué piensa el mediodía,

el húmido africano qué desea,

las nubes de dó el viento, y dónde guía,

él hace que se entienda y que se vea;
830

que ¿quién será tan tonto y tan osado,

que diga que el sol burla o que es burlado?

    También el sol avisa a la contina

los ciegos movimientos que se ordenan

las guerras que se emprenden, y adivina
835

los fraudes que en secreto se encadenan

del César en la muerte él mismo, indina

por quien ansí los hados nos condenan;

cubrió su luz, temieron los malvados

siglos en noche eterna ser dejados.
840

    Aunque también entonces y las tierras,

y los tendidos mares señas dieron,

las aves importunas y las perras;

al Etna muchas veces todos vieron

hervir y rebosar por campo y sierras,
845

rompidas las hornazas que tuvieron

los Cíclopes, y en bolas hecho el fuego

lanzar y piedras, hechas polvo luego.

    Sonó por todo el aire en Alemaña

de armas temeroso y gran sonido;
850

tembló más de lo usado la montaña

de los fragosos Alpes, y fue oído

en los callados bosques son de extraña

figura, y ya de noche oscurecido,

fantasmas fueron vistas matizadas
855

con formas y colores nunca usadas.

    Hablaron los salvajes animales

lo que no es de decir; el curso el río

detuvo; abriose el suelo en los umbrales

sagrados; sudó el bronce, lloró el frío
860

marfil, y el Po, venciendo sus canales,

con avenida enorme y desvarío

las selvas trastornaba, y del ejido

las chozas y el ganado lleva asido.

    Y siempre en aquel tiempo se hallaron
865

señales de amenaza en la asadura

que abría el sacrificio, y no cesaron

los pozos de manar en sangre pura,

ni las ciudades grandes se excusaron

de oír aullar los lobos por la escura
870

noche, ni en luz serena el cielo y clara

tantos rayos jamás de sí lanzara;

    ni tantas veces nunca sé encendieron

los aires con cometas. Y así avino

que vieron otra vez, los campos vieron
875

filipos los Romanos, que sin tino

escuadras contra escuadras concurrieron;

ni tuvo el crudo cielo por indino

que Ematia por dos veces ¡ay! bañada

con nuestra sangre fuese así engrosada.
880

    Será que en algún tiempo, trastornando

la tierra el labrador con corvo arado,

los hierros de los dardos irá hallando,

el hierro del orín casi gastado;

y en los vacíos yelmos arrastrando
885

encontrará con el ligón pesado,

y rotos los sepulcros, allí espesos,

con pasmo mirará los grandes huesos.

    Dioses, de nuestra patria propio amparo,

dioses, que os traspasastes della al cielo,
890

y tú, Remo, y tú, Vesta, a quien es caro

el Tibre turbio y el romano suelo;

que al menos este mozo alto y raro

socorra aqueste siglo envuelto en duelo;

no os pese, que ya asaz con muertes duras
895

penamos las troyanas falsas juras.

    Que veo que ya el cielo soberano

de ti nos tiene envidia, y se lamenta

que más te ocupes, César, con lo humano,

do en fuero o desafuero ya no hay cuenta,
900

do yerve en guerras todo, do el insano

furor en tantas formas se presenta,

la esteva no se precia, los sembrados

se yerman de cultores despojados;

    llevados los obreros, se ensilvecen;
905

las hoces se transforman en espadas,

los Partos de una parte se embravecen,

de otra las Germanias alteradas,

los pueblos que vecinos más parecen,

guerrean ya sus ligas quebrantadas,
910

esparce por do quiera el Marte crudo

lo fiero, lo sangriento, lo sañudo;

    como cuando del puesto libre extiende

el paso por el campo la cuadrega,

y cuanto se adelanta más se enciende,
915

y del correr las alas más desplega,

y en balde el cuadreguero tira, y tiende

las riendas, o le plega o no le plega,

llevado de los potros, de las ruedas,

que sordas a los frenos no están quedas.
920