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Canto V

La barquilla

    Suele dar Dios en dulce miel templado
el acíbar del cáliz de la vida,
y aun teniendo el azote levantado,
su providencia paternal no olvida;
por más que en este valle malhadado,
que es de los vicios y el error manida,
no cese un punto la malicia nuestra
de provocar su vengadora diestra.
    Mas entre cuantos bienes, los enojos
calmando, que el vivir humano afligen,
grato solaz ofrezcan a los ojos
o al trabajado pecho regocijen,
como flores que brotan entre abrojos,
o que su tallo en mustio yermo erigen,
¡dulce amistad! si el tuyo en este mundo
no es el lugar primero, es el segundo.
    Busca el dichoso a ti por confidente,
con quien, partiendo el gozo, mayor le haga;
que, no comunicado, brevemente
el más grato placer nos empalaga.
A ti recurre el ánima doliente,
y tú de la aflicción curas la llaga,
y en ella, ¡oh bienhechora hija del cielo!,
el bálsamo derramas del consuelo.
    Pero cuando un afecto su fineza
apura más y acendra y aquilata,
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es cuando aquel que con la vida empieza
la estimación lo esmera y lo remata;
y dos almas que unió naturaleza
santa amistad con dobles nudos ata,
yendo con la razón la sangre a una
y la dulce costumbre de la cuna.
    Que si a lo más extraño y forastero
el mérito y virtud nos aficiona,
¿qué será cuando aquello que primero
ciego abrazó el cariño, el juicio abona?
Entonces con tan firme y duradero
lazo un afecto al otro se eslabona,
que no se da poder que los desuna
en el mundo, en el tiempo, en la fortuna.
    Desto Reinaldo insigne ejemplo ofrece,
que a su hermano menor, bello dechado
de virtud que en temprana edad florece,
quiere y estima en el más alto grado.
Pensad, pues, a qué punto se enardece,
qué furor hierve en él, cuando a su amado
Ricardeto el brutal Orgón cautiva,
según lo dejo declarado arriba.
    Poco estuvo Reinaldos vacilante,
que pronta decisión requiere el caso.
Acordó, pues, la suya en el instante,
que fue dar las espaldas a Gradaso,
y luego enderezar contra el gigante,
con la celeridad que pudo, el paso,
para volver, sin ese inconveniente,
la competencia a dirimir pendiente.
    Y llegado que fue, tomó el partido
de desmontar, no fuese que el villano
le lisiase el corcel con el fornido,
formidable bastón que lleva en mano.
Orgón, que no pensaba hubiese habido
ninguno, que teniendo el juicio sano,
de venir a embestirle osado fuera,
muerto de risa al paladín espera.
    En lo que, cierto, no mostró cordura,
como Frusberta conocer le ha hecho
con un raudo revés y una abertura
algo profunda en el cuadril derecho
Aúlla el malandrín, blasfema, jura
y se muerde los labios de despecho;
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embravecido a Ricardeto arroja,
que el duro suelo con su sangre moja.
    Quedó tendido el pobre mozo en tierra
sin habla, sin color, sin movimiento.
Orgón la poderosa porra afierra;
Reinaldo alerta está y a todo atento;
cruje los dientes, cual sonora sierra,
Orgón, y con la clava hiende el viento;
Reinaldo, hurtando el cuerpo, atrás da un paso;
en esto sobreviene el rey Gradaso.
    El lance ciertamente es de dar susto,
y casi duda el héroe de Mongrana151.
Mas como tiene un corazón robusto
que con ningún peligro se amilana,
un tajo esgrime, que cogiendo al justo
la cintura al jayán, se la rebana;
cayó sangriento el monstruo en dos pedazos;
uno las piernas, otro el busto y brazos.
    Como si hubiese algún melón partido,
sereno así sobre Bayardo salta,
y de nuevos alientos revestido
al rey Gradaso el paladín asalta.
Este, de lo que mira, sorprendido,
mostró la diestra desarmada y alta
en señal de pedirle parlamento;
el paladín envaina, y oye atento.
    «Fuera, señor, soez descortesía,
el rey le dice, y gran desaguisado,
que, siendo tú de tanta bizarría
y de tanto valor como has mostrado,
fueses vencido por la hueste mía;
que, estando de millares rodeado,
no puedes escapar de muerto o preso,
si eres hombre mortal de carne y hueso.
    «No quiera Dios que afrenta tan villana
a un caballero se haga de tal brío.
Yo pienso, si te place, que mañana
(pues tiende ya la noche el velo umbrío),
sin tu Bayardo tú, yo sin mi alfana,
lidiemos cuerpo a cuerpo en desafío,
porque del lauro así y honor primero
no defraude el caballo al caballero.
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    «Mas con tal pacto hagamos la pelea,
que si me vences tú, todo el que hubiere
de vosotros cautivo, suelto sea;
y si yo te matare o te prendiere,
no pido más rescate ni presea
que tu corcel; y venza el que venciere,
libre, la vuelta de Asia, irá mi tropa,
y el cetro a Carlos dejaré de Europa».
    Reinaldos, que no encuentra en esta cosa
mucho que masticar, así contesta:
«Serme no puede menos que gloriosa
la lid, alto señor, que me es propuesta,
pues tanto tu virtud maravillosa
al universo mundo es manifiesta,
que en recibir de un brazo tal la muerte
dará envidia, no lástima, mi suerte.
    «Y en lo que toca a la razón primera,
gracias te doy; mas con tu venia añado
que, aunque parezco zozobrar, pudiera
sin ajeno favor salir a vado,
y que si en contra mía el orbe fuera,
y brotara legiones este prado,
no temblara por eso; y lo que digo,
con este acero a sustentar me obligo».
    Gradaso a esto no replica nada;
con que, volviendo al comenzado asunto,
de la lid determinan acordada
el dónde, cómo y cuándo: el dónde, junto
a la playa del mar; el cómo, a espada,
armados, claro está, de todo punto,
sin comitiva alguna o compañía,
ambos a pie; y el cuándo, al otro día.
    Todo con una flema sin segunda,
lo dejan definido y aplazado,
y por volver a la sabrosa tunda
quisieran fuese el nuevo sol llegado.
No así yo, que de tanta barahunda
estoy, os aseguro, mareado.
Calle un instante la trompeta bélica,
que en el Catay me está aguardando Angélica.
    La cual, aunque la causa que la inquieta
a la espalda dejó, no ha sosegado.
Cual simplecilla cierva, a quien saeta
de aleve cazador llagó el costado,
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que huye anhelando, y tanto más le aprieta
aquel mortal dolor que lleva al lado,
y en vano busca alivio al mal que siente,
en la nativa selva y clara fuente;
    o cual traviesa niña, que en la saya
deja, por acercarse sin cautela,
prender el fuego, y corre huyendo al aya,
y más en el correr la llama vuela;
lleva Angélica así, doquier que vaya,
la amorosa. pasión que la desvela;
ni le vale el hüir, antes parece
que su mal con la ausencia se encrudece.
    No sabe qué es consuelo ni reposo;
no hay pasatiempo que su pena engañe;
el rostro tiene siempre lagrimoso;
suspira a todas horas, gime, plañe;
si acaso duerme, en vez de algún dichoso
sueño que un punto su llorar restañe,
sueña que mira aquel semblante amado
esquivo para ella y enojado.
    Con esto torna en sí sobresaltada,
y volviendo los ojos a occidente,
«¡Oh Francia!, dice, ¡oh tierra celebrada!,
¡dichosa tú, que logras ver presente
el caro bien de que yo estoy privada!
¡Ah! puede ser que ahora cabalmente
otro seno amoroso (¡amarga idea!)
lo que en vano ansío yo, goce y posea.
    «¡Pobre de mí! ¿qué haré contra este loco
delirio, este mortal desasosiego?
¿A qué arte apelo? ¿A qué deidad invoco?
Turbé la tierra, el agua, el aire, el fuego;
mas de hechizos Amor se cura poco;
bien a mi costa a conocerlo llego;
que no calme este ardor ningún encanto
decreto tuyo ha sido, cielo santo.
    «¿Qué aguardo más? ¿Por qué no doy de mano
a la esperanza en que mi amor se ceba?
¿No sabe que le adoro el inhumano,
o de su ingratitud me falta prueba?
Sólo desdenes te debí, tirano;
mas pagarelos con fineza nueva;
al mago Malgesí, mi prisionero,
dar libertad, porque es tu primo, quiero».
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    Aquesto dicho, al húmedo aposento
do en medio el mar está el cautivo, baja
valida de no sé qué encantamento,
y las puertas de bronce descerraja.
Oyó el mago el rüido, y al momento,
en el magín la idea se le encaja
de ser llegado su postrero día,
y de que Satanás por él envía.
Cuando aguardaba la infernal visita,
apareciole el bello ángel humano.
Luego que le saluda y que le quita
los hierros ella con su propia mano,
dice: «Quien te libró de tanta cuita,
piedad igual de ti no espere en vano;
aleccionado por tu propia pena,
aprende a condolerte de la ajena.
    «Que si de amor tal vez supiste, y sabes
que de un ingrato enamorada vivo,
juzgarás tus cadenas menos graves
que en las que tengo el corazón cautivo.
Y porque de entender mi ruego acabes,
amo a Reinaldo, y me desprecia altivo;
y de tu libertad en pago quiero
que me sirvas con él de medianero.
    «De servidumbre te declaro exento,
y con tu libro cobrarás tu espada,
si me empeñas palabra y juramento
de traérmele a vuelta de jornada».
Mucho al mago cuadró el ofrecimiento,
y diciendo en sí mismo: «El camarada
no se hará de rogar, yo la aseguro»;
responde prontamente: «Sí, lo juro».
    Cuanto le pide Angélica, él le jura;
y ¿quién lo mismo, en su lugar, no haría?
Servir amigo y dama se figura,
y hacer cree dos mandados de una vía.
A cumplir su palabra se apresura,
y con desenfadada gallardía
a un diablo Malgesí las piernas echa,
y por los aires va como una flecha.
    Por el camino el diablo le detalla
(perdóname, lector, si eres purista)
la situación en que la España se halla,
devastada por bárbara conquista,
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los lances de la guerra, la batalla
que con Gradaso aparejada y lista
tiene Reinaldos, todo finalmente;
y aún algo más, porque el diablillo miente.
    Llegó el francés al campamento, cuando
amagaba rayar el alba apenas.
Del diablo se apeó, y atravesando
tiendas de innumerable gente llenas,
ahora sepultada en sueño blando,
dulce, aunque breve, tregua de las penas,
entró en la de Reinaldos, que halló sola,
y al paladín durmiendo a la bartola.
    Reinaldos despertó, no sin trabajo,
y a estrechar va en sus brazos al amigo;
mas éste, rehuyendo el agasajo,
«Únicamente para hablar contigo
salí de mi prisión, le dice, bajo
palabra de volver, si no consigo
que me libertes (pues en ti consiste)
de un cautiverio ignominioso y triste.
    «Ni pienses que el librarme ha de ser cosa
de gran dificultad; que no te espera
ningún jayán, sino una dama hermosa
que te ama con la fe más verdadera,
un serafín; en conclusión, la diosa
misma de la hermosura; de manera
que en hacer lo que pido y lo que es justo,
me harás a mí un gran bien y a ti un gran gusto.
    «Si aún no lo he dicho, Angélica es la dama».
«¡Angélica!», Reinaldos aturdido,
dos o tres pasos dando atrás, exclama;
el horror en su rostro se ha esculpido.
Parece que en las venas le derrama
súbito hielo el nombre aborrecido;
el pobre hombre quedó como insensato,
y sin hablar palabra estuvo un rato.
Mas como siempre a una alma generosa
repugna el disimulo, de esta suerte
responde: «Mira, Malgesí, no hay cosa
que no la hiciera yo por complacerte;
mándame acometer la más dudosa
empresa; arrostraré por ti la muerte;
embestiré al infierno, si te agrada;
mas con esa mujer no quiero nada».
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    Cosa a sus esperanzas tan opuesta
oyendo Malgesí, confuso estaba;
no supo qué pensar de tal respuesta,
y al primo preguntó si se burlaba.
Ser positiva, el otro le protesta,
la decisión que de expresarle acaba.
Se esfuerza el Nigromante cuanto puede;
insta, conjura, y Montalbán no cede.
    Después que le hubo predicado un rato,
que fue como si en yermo predicara,
dice: «No hay más placer con el ingrato
que echarle los favores a la cara;
tengo el alma por ti en un garabato,
pues porque mi saber te aprovechara,
vendila al diablo; y tú (¡quién tal creyera!)
quieres que yo míseramente muera.
    «De mí te guarda, nada más te digo».
Mustio el semblante y gacha la cabeza,
echando pestes contra el falso amigo,
sale del campo y cierto ensalmo reza.
La tierra, por un lóbrego postigo
que la luz filtra al Aquerón, bosteza,
y de su centro una pizmienta nube
de alados diablos rezongando sube.
    «A Caudilordo elijo y a Falseta,
el mago dice; a los demás despido».
Luego con estos dos arma una treta
que no la hubiera Satanás urdido.
Falseta en la figura más perfeta
de un faraute español se ha convertido;
con lunado turbante, alba marlota,
bastón en mano, y blasonada cota.
    Va en este traje al rey de Sericana,
y dice que Reinaldos estaría
junto al mar a las diez de la mañana,
y a la aplazada lid le aguardaría.
La cita el noble rey de buena gana
acepta; y en señal de cortesía,
regala al contrahecho heraldo moro
un rico anillo y una copa de oro.
    El cual de allí se parte, y otra nueva
forma tomó de trujamán indiano;
en delgado cendal que el viento eleva
y en muselina envuelve el cuerpo vano;
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en las orejas los anillos lleva
que antes llevaba en la siniestra mano;
dijérades al verle que venía
de Seringapatán Su Señoría.
   En esta forma, pues, y este vestido
al campo de Reinaldos se encamina;
dícele que Gradaso ha prevenido
ir a las ocho en punto a la marina,
a efecto de que el duelo consabido
entre los dos a espada se difina.
Reinaldos, que no entiende la tramoya,
consiente, y al heraldo da una joya.
    Hácele reverente la zalema
el bueno de Falseta, y se retira.
Ya el matutino sol las cumbres quema,
y aquella multitud de gentes mira
que desde el monte hasta la playa extrema
hierve, y como en confusas olas gira,
y recobrada del afán prolijo
sólo piensa en placer y en regocijo.
    Reinaldos se arma; y como el fin no sabe
de la batalla con el rey pagano,
a Ricardeto en un discurso grave
encomendó el ejército cristiano.
«Si lo peor en esta lid me cabe,
dice, lo llevarás a Carlomano,
y a su servicio en mi lugar te ofrece,
como a quien más que nadie lo merece.
    «Sirve a tu buen señor, que si algún día
hice yo lo contrario, fue mal hecho;
lleváronme a una y otra demasía
juvenil arrogancia, amor, despecho.
Piensa que lealtad y cortesía
obligaciones son de un noble pecho;
combate por tu ley hasta la muerte;
humano sé y piadoso a par que fuerte».
    No sé qué dijo más; y al caro hermano
después que abraza y da en la frente un beso,
sale armado el barón de Montalbano,
solo y a pie, como era pacto expreso.
Por una oculta senda cortó el llano
y a la sombra parando de un espeso
bosque a la mar vecino, vio a la orilla,
que solitaria estaba, una barquilla.
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Cátale Caudilordo, que fingida
de Gradaso la forma, aspecto y traje,
lleva una sobrevesta azul lucida,
y de oro en la cimera alto plumaje,
corona, de diamantes guarnecida,
sobre un yelmo finísimo de encaje152,
y escudo, de azul y oro, acuartelado;
era Gradaso, en fin, pintiparado.
    No al rey Gradaso el mismo rey Gradaso
tanto como aquel diablo es parecido.
Llega con un estrépito, un fracaso,
que una legión no hiciera igual rüido.
Reinaldos se le acerca paso a paso,
todo en el ancha adarga recogido;
y Caudilordo la función empieza,
y a la frente la espada le endereza.
    Rebate esotro el golpe, y al costado
del falso rey con no mejor suceso
amaga. Sigue el duelo equilibrado,
lista la mano y el aliento grueso,
hasta que al fin Reinaldos indignado
de que esté aún su antagonista ileso,
de repente el escudo arroja a tierra,
y con las dos la gran Frusberta afierra.
    Baja, cual rayo que abortó la esfera,
la zumbadora espada, y la garzota
le echó a volar, como si un ave fuera,
y la diadema en mil pedazos rota,
y el rico yelmo, y luego toda entera
de arriba abajo le rasgó la cota,
y el anchuroso escudo, y aún no para
que se enterró en el suelo media vara.
    El diablo, que esto aguarda justamente,
echa a correr; Reinaldos le acuchilla,
pisándole las huellas impaciente,
y a cada instante piensa que le pilla.
Y como el engañoso espectro intente
acogerse fugaz a la barquilla,
grítale: «¿A dónde vas? torna a la guerra;
torna, no dejes a Bayardo en tierra.
«¿Es posible que dé tan triste prueba
de su valor un rey de Sericana?
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Bayardo al menos a tornar te mueva,
que de tenerte por señor se ufana.
Jaeces nuevos tiene y silla nueva;
mira que le hice herrar esta mañana.
Si por ganarle acá venido eres,
¿cómo sin él volverte al Asia quieres?»
    Caudilordo entre tanto se hace el sordo;
entra en el barco y las amarras taja;
pero Reinaldo en pos de Caudilordo
entra también, le acosa y le trabaja;
de popa a proa, y de uno al otro bordo
corre tras él y brinca y sube y baja.
Al fin se le escabulle la maldita
fantasma, y a la mar se precipita.
    Calar semeja, como un buzo, al fondo,
y suelta al zabullir un cierto vaho
que de azufre infernal un tufo hediondo
derrama por el aire y por la nao;
sendos fragmentos quedan del redondo
yelmo y de la coraza de oro y blao
en manos de Reinaldo, Y, ¡caso fuerte!
todo en sutil vapor se le convierte.
    El francés a la orilla vuelve inquieto
los ojos; pero rastro no hay de orilla;
ve cielo y mar, y en ellos otro objeto
no alcanza a ver que el sol y la barquilla;
y según ella corre, hace conceto
de que la empuja una infernal cuadrilla,
y que va a dar, a legua por segundo,
antes de anochecer, la vuelta al mundo.
    Viendo por fin su error, «¡Cielo sagrado!
dice; la más perversa criatura
soy que jamás tu ira ha provocado;
pero esta pena es en extremo dura.
Para siempre seré vituperado,
y si llego a contar mi desventura,
¿cómo encontrar podré quien me la crea,
y una mancha lavar tan torpe y fea?
    «Carlos fïó a mi brazo y mi consejo
con su salud la de la Francia entera;
¿y ha de pensar que fugitivo dejo
su pueblo a que en poder de infieles muera?
¡Triste! en el pensamiento me bosquejo
la insana rabia del feroz Alfrera;
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suena en mi corazón la voz doliente
de la cautiva miserable gente.
    «¿Cómo te dejo, Ricardeto mío,
a tanto riesgo en años tan tempranos?
Gemiréis bajo extraño señorío,
Guiscardo, Alardo, Ivón, caros hermanos.
Gradaso, ¿qué dirá del desafío?
La fábula seré de esos paganos.
Pregonarán que de temor me ausento,
y que mi religión, mi patria afrento.
    «¿Qué pensará la Francia, y de qué suerte
infamia tal verá en mi nombre impresa?
Estirpe de Mongrana, altiva y fuerte,
fuiste; tu gloria es lúgubre pavesa.
A denostarme puedes ya atreverte,
desalmada prosapia magancesa.
Aleve un tiempo te llamé, y traidora;
sin honra estoy; callar me cumple ahora.
    «Llévame ¡oh mar! a do la afrenta mía
no haya nadie que entienda o testifique;
llévame a donde, en soledad sombría
sólo con fieras y árboles platique,
lejos de toda humana compañía;
o más bien esta nave echando a pique,
sepúltame en tu abismo más profundo,
y no vuelva mi nombre a oír el mundo».
    Tres veces a la daga puso mano;
y tres veces fue al bordo de la nave,
como para lanzarse al oceano,
para que allí su desventura acabe.
«Recuerda, pecador, que eres cristiano»,
dice una voz alentadora y grave.
Reinaldos pide al cielo que le acorra,
y el intento fatal del alma borra.
    De Alcides entre tanto el noble estrecho
rodea, y deja atrás la bella Europa;
luego el gran cabo que Natura ha hecho
baluarte del Oriente, mira a popa;
a los dichosos climas va derecho
do su más rica y más lucida ropa
la Aurora viste, y llega al otro extremo
del mundo, sin timón, vela ni remo.
    Aunque de vinos y manjares lleva
la nave cuanto al gusto da contento,
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el triste navegante nada prueba,
que su pesar le sirve de alimento.
Mas ya avista una isla, do se eleva
alto palacio en florecido asiento.
Surge la nave, y en la bella estancia
pone los pies el campeón de Francia.
    Aquí le dejaremos paseando,
que no por él es justo que se olvide
al nada menos infelice Orlando,
que también de la Europa se despide;
y por regiones bárbaras errando,
a cuantos ve detiene y nuevas pide
de su adorada Angélica la bella,
sin que acierte a topar quién sepa della.
    Del ancho Tana va, sin compañía,
por la ribera el buen señor de Anglante.
Sin ver a nadie anduvo medio día;
mas al fin vio a distancia un caminante:
viejo era el tal, y a gran correr venía,
volviendo la cabeza a cada instante;
y con doliente voz, «¿Qué malandanza
me roba, dice, mi única esperanza?»
    «Dime, así Dios te ayude, peregrino,
¿qué tienes, que a llorar te obliga tanto?»
Así dijo Roldán; y aquel mezquino,
sueltas las riendas otra vez al llanto,
«¡Ay triste!, exclama, ¡ay mísero destino!
¿A qué dejarme vivo, cielo santo?»
De nuevo Orlando instó, y el vicio al Conde,
gimiendo y sollozando, así responde:
    «La causa de mi llanto y mi querella
es un vestiglo pavoroso y feo.
A dos millas o tres de aquí descuella
una roca, y desde este sitio creo,
si tienes buena vista, que has de vella;
yo no, que con los años poco veo.
Es toda de color de viva llama;
no mueve el viento allí ni flor ni grama.
    «Suena una ronca voz sobre la cima;
alma nacida no la oyó más fiera;
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verdinegra laguna, que da grima,
sirve en torno a la roca de barrera;
la tal laguna tiene un puente encima,
y va el puente a un portal que reverbera,
cual si labrado fuese de diamante;
allí de centinela está un gigante.
    «Cerca de este lugar que te he descrito,
yo con un hijo mío en hora aciaga
pasaba, cuando se oye un ronco grito,
y el jayán (¡déle Dios la justa paga!)
sale y agarra al pobre jovencito,
y ahora ciertamente se lo traga.
Toma escarmiento tú en mi historia triste,
y vuélvete, señor, por do viniste».
    «Orlando no me llame, si no veo,
repuso el paladín, qué roca es ésta».
«O tienes de morir mucho deseo,
o poco juicio, el viejo le contesta.
¿Crees que se trata aquí de algún torneo
o de correr sortija en una fiesta?
Te digo que de verle solamente
para morirme estuve de repente.
    «Tiemblo en sólo acordarme, y a fe mía
tenerle aquí delante me parece».
Ríe Roldán, y dícele que fía
volver en breve, y que, si no, le rece
un paternoster y una avemaría,
y... mas en este punto se le ofrece
el jayán a la vista, y altanero
«¡Hola!, dice, a la espalda, caballero.
    «Para que a nadie transitar permita,
de guarda estoy. El empinado asiento
de la Roca una sabia esfinge habita,
a quien humana sangre es alimento;
el que primero por aquí transita
cada mañana, sacia su sediento
ardor; reposa luego; y el camino
se niega, mientras duerme, al peregrino.
    «Todo lo sabe, y todo lo adivina;
ni ya el comunicarlo dificulta;
cuestión no le pondrás que no difina,
por extraña que sea o por oculta;
pero suele cobrar una propina
a todo el que curioso la consulta;
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si lo que ella a su vez le propusiere
no lo descifra, entre sus garras muere».
    ¿Y qué has hecho del mozo que robaste?»
pregunta el Conde. «Téngolo y tendrelo,
dice el zafio jayán, y eso te baste,
que de mis cosas dar razón no suelo».
Orlando, porque el tiempo no se gaste,
vásele encima, como va al señuelo
halcón gentil; un convincente tajo
de Durindana a la razón le trajo.
    Luego que el dulce hijuelo recobrado
en sus brazos estrecha el padre ansioso,
de cierto taleguillo que colgado
lleva a la cinta, un libro primoroso
saca, de plata y oro iluminado,
y lo presenta al Conde valeroso,
diciendo: «Eterna vivirá en mi pecho
la memoria, señor, de lo que has hecho.
    «Y puesto que a merced tan señalada
no hay recompensa que se iguale, aceta,
te ruego, este librito, que guardada
tiene una singular virtud secreta;
la cosa más difícil e intrincada
que se le consultare, él interpreta;
pero se comunica únicamente
a solas; de otro modo, o calla o miente».
    Con el libro en la mano queda el Conde
meditando entre sí de qué manera
escale la escarpada roca, donde
de aquella esfinge está la madriguera;
pues preguntarle en qué lugar se esconde
su Angélica adorada, delibera;
que más alta cuestión no le ofrecía
toda la Natural Filosofía.
    Pudo, con sólo abrir aquel librejo,
de su curiosidad haber salido;
mas cuando en mano se lo puso el viejo,
estaba ya tomado su partido,
y no se le ocurrió mudar consejo;
o tal vez el asalto del erguido
risco le pareció más digna empresa
de quien caballería, como él, profesa.
    Aunque a Roldán el advertido anciano
de lo que intenta disuadir procura,
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como firme le ve, le da la mano,
y a seguir su camino se apresura.
El animoso Senador romano,
a quien ningún peligro da pavura,
hacia la Roca va gallardamente,
y sin estorbo alguno pasa el puente.
    Y dueño ya de la contraria orilla
el portal a su salvo descerraja;
pues como Orlando arrastra de malilla,
nuestro gigante se metió en baraja;
luego al corcel desocupó la silla,
y el alto risco en superar trabaja,
hasta pisar la cima, do a la astuta
esfinge vio en el fondo de una gruta.
    Cabellos de oro sobre tersa frente,
y rostro de doncella, blanco, hermoso,
garganta y pecho de león rugiente,
alas de grifo, y miembros tiene de oso;
remata el tronco, a guisa de serpiente,
en cola de tamaño prodigioso;
que al que en sus roscas envolvió sofoca,
y sacudida hace temblar la Roca.
    Luego que al Conde vio la esfinge horrible,
con ambas alas se cobija el cuero;
sólo la cara le dejó visible,
y le clava la vista al caballero,
que revestido de ánimo invencible,
le dice entre alentado y placentero:
«Diablo, alimaña, o sabia encantadora,
¿en qué lugar se encuentra mi señora?»
    «Tu señora (la esfinge mansamente
le responde) encerrada está en la Albraca,
noble ciudad en tierras del Oriente,
oyendo el son de tártara alharaca.
Mas dime ahora tú, Conde valiente,
¿cuál es el animal que empolla y saca
ajenos hijos que feroz devora,
con todos vive y con ninguno mora?»
    El paladín los sesos se devana,
sin hallar solución que valga un pito.
Desenvolviose entonces la villana,
y se le lanza encima dando un grito.
El bravo Conde apela a Durindana
contra aquel fiero aborto del Cocito,
—449→
que le embiste de modos diferentes
con las agudas garras y los dientes.
    Ya se le pone cerca, ya distante;
ya vuela en alto, ya se arrastra en tierra;
ya le pretende asir con la ondeante
cola, ya con las alas le da guerra.
Salta acá y acullá el señor de Anglante,
y cuantos golpes tira, tantos yerra.
Ella ligera sin cesar le hostiga;
él sin hacerle daño se fatiga.
   Tuvo hadada la piel desde la cuna;
si no, quedaba allí descalabrado.
Mas, a ser del imperio alta coluna,
y de la santa iglesia, destinado,
que no haga herida en él arma ninguna
por especial merced fuele acordado,
siquiera sin loriga y sin escudo
se presente a la lid, y hasta desnudo.
    La batalla ha durado una hora entera,
cuando una vez la parda esfinge cala,
y quiso Dios que tan dichoso fuera
el paladín, que le tronchase un ala.
El firme risco sacudió la fiera
con el bramido que al del trueno iguala:
furiosa se revuelca, salta, trota,
y los peñascos con el rabo azota.
    Mas el dolor los bríos le renueva;
al conde envuelve en duplicada espira,
y a sofocarle entre las roscas prueba,
y mordiscones y uñaradas tira.
No tiene el conde espacio en que se mueva;
mas forcejando un tanto se retira,
y a la pechuga apunta una estocada
que deja la contienda terminada.
    Sedienta va a buscar la cruda hoja
del fiero corazón la sangre hirviente,
y la ancha herida con violencia arroja
de colorado humor larga corriente.
La encrespada cerviz, ya muelle y floja,
sobre un hombro le cae lánguidamente;
ronca se queja; atravesados gira
los turbios ojos; y temblando expira.
    Orlando del cadáver se desprende,
y por do el risco está más escarpado
—450→
al lago lo arrojó; luego desciende,
monta y va en busca de su dueño amado.
Cierra la noche, y por el campo tiende
pálida luna su esplendor menguado;
a un rústico aduar una vereda
estrecha guía; Orlando en él se hospeda.
    Monta otra vez al despuntar del día;
mas antes de endilgar hacia la Albraca,
consultar quiso al libro que le había
dado el anciano, y a la luz lo saca;
de la esfinge algún tanto desconfía,
y quiere averiguar si la bellaca
le ha dicho la verdad de todo en todo;
ábrelo; y halla escrito de este modo:
    «De un enemigo ejército cercada
en la Albraca se encuentra tu señora»,
Mas otro punto esclarecer le agrada,
que en espinas le tiene a toda hora.
¿De más feliz amor preocupada
está la voluntad de la que adora?
¿O le concede a él propicia estrella
adorando y sirviendo merecella?
    ¡Oh mortal inquietud, de ansia anhelante
y cobarde terror dudosa guerra!
Trasuda, tiembla; incierto, vacilante,
abre el libro una vez y otra lo cierra;
el más feliz va a ser en un instante,
o el más desventurado de la tierra.
Tiene en la mano el fallo de su suerte.
¿Será de vida, Amor? ¿Será de muerte?
    «Cese, dice Roldán, tanta agonía.
¿Qué tormento mayor que este tormento?
Si es que jamás he de llamarla mía,
y cuanto peno y sirvo es dado al viento,
para arrancar del alma esta manía,
la desesperación me dará aliento;
y si no puedo ser lo que quisiera,
a ser retornaré lo que antes era.
    «Pero, ¡triste de mí! ¿Quién me asegura
que un loco amor podré sacar del pecho?
¿Se aliviará mi pena por ventura
con saber que el penar no es de provecho?
Dicen que la razón todo lo cura;
mas de decir a hacer hay largo trecho;
—451→
y si manda pesares el destino,
es necedad salirles al camino».
    Dice, y resueltamente el libro guarda;
mas vuelve presto el interior combate;
nuevamente se atreve y se acobarda;
un afecto le eleva, otro le abate;
lo que tiembla saber, saber le tarda;
suda otra vez, y el pecho otra vez late.
Airado clama al fin: «Ciencia funesta,
huye de mí, que el alma te detesta.
    «Libro fatal, que para daño mío
sin duda Lucifer puso en mi mano,
escóndate en sus ondas este río,
y nunca vuelvas a poder humano».
Dice, y lo arroja, Esclavo el albedrío
del Conde tiene siempre amor tirano;
mas a lo menos la importuna brega
que el pecho le agitaba se sosiega.
    De Albraca en tanto a la almenada plaza
corriendo, en busca va de la que adora;
mas la carrera el río le embaraza,
ni de pasar la rápida y sonora
avenida ve el Conde forma o traza,
si no se vuelve un ave voladora,
pues de pendiente roca entre dos vallas
espumajea, que da horror mirallas.
    Cabalga Orlando la ribera arriba
por ver si en parte alguna encuentra vado;
y a un gran puente llegó, por el cual iba
a transitar, cuando un gigante armado
le sale al paso, y con mirada altiva,
«¡Tente!, le dice, ¿A dónde vas, menguado?
Bien puedes maldecir tu inicua suerte
que te ha traído al puente de la Muerte.
    «Para en este lugar todo camino,
y no hay volver atrás, si aquí se llega;
pues pensar en el puente, es desatino,
porque esta porra el paso a todos niega».
Llámase el tal gigante, Zambardino,
y mide del pantuflo a la albanega
catorce pies; si no se engaña en esto
Turpín, o si no está viciado el texto.
    De cuero de dragón tiene la cota,
que es armadura propia de gigante;
—452→
y una palanca esgrime herrada y bota,
que lleva tres cadenas por delante,
y a cada cual prendida una pelota,
no de las de jugar con pala o guante,
sino de plomo, y que, según el grueso,
pesan sendas arrobas de buen peso.
    Mas falta lo peor; que sobre el puente
un género de red estaba oculto,
tan sutil, delicada y trasparente,
que hace una telaraña mayor bulto;
y si alguien por feliz o por valiente
logra esquivar el formidable insulto
de la gran porra, no por eso escapa,
porque salta la red, y allí le atrapa.
    Que alguien la llegue a ver sin que la huelle,
no puede ser; tan escondida se halla;
antes se rompe el hierro, que la melle,
no que le taje una delgada malla;
y Zambardín, pisando cierto muelle,
sabe tan diestramente disparalla,
que el lidiador más avisado y listo
cogido en ella es, y aún no la ha visto.
    De Brilladoro el paladín se apea;
la espada empuña, ajústase la adarga;
y como el tiempo aprovechar desea,
nada responde, y animoso carga.
Brava, descomunal fue la pelea;
mas, porque la materia es algo larga,
dejadme descansar, os ruego, un tanto.
El fin sabréis en el siguiente canto.


Canto VI

El jardín de Dragontina

    Fazañas valerosas que el divino
premio alcanzaron de inmortal memoria,
recuerdan en papel y en pergamino
ya la moderna y ya la antigua historia.
Héroes por este y por aquel camino
innumerables hubo, que la gloria
anteponiendo al ocio y los regalos,
cogieron palmas y llevaron palos.
—453→
    ¿Quién los trabajos no escuchó de Alcides?
¿Quién de Jasón, Belerofonte y Baco
no oyó cantar las memorables lides,
y del que la alta Troya metió a saco?
Pero perdonen cuantos adalides
hubo, y el mismo matador de Caco,
si digo que va errado el que pensare
que alguno al conde Orlando se equipare.
    Dirán que juzgo a usanza de poeta,
y que arrimo la brasa a mi sardina;
mas en las dotes de virtud perfeta,
brío que los peligros no examina,
valentía que todo lo sujeta,
constancia heroica, ¿quién se le avecina?
Los hechos hablen, si es que son los hechos
lo que acrisola generosos pechos.
    Nadie al mundo purgó de monstruo tanto;
no Hércules, no Cadmo, no Teseo;
lustre a su patria, a lo demás dio espanto,
y de paganos empachó al Leteo.
Y no hay que dar en si hubo o no hubo encanto
por deslucir algún marcial trofeo,
sí, que de la mismísima manera
que Orlando, invulnerable Aquiles era.
    Y no por eso, o porque el dios Vulcano
las armas le forjase, o porque a Juno,
Palas y Tetis tuvo siempre a mano,
sufrió su fama detrimento alguno;
ni la del pío capitán troyano
por el favor de Venus y Neptuno,
o por aquel arnés, no menos fino,
que del yunque vulcánico le vino.
    Mas las comparaciones son odiosas.
Así que, a mi propósito tornando,
digo que de las más dificultosas
empresas que arrostró en su vida Orlando,
es una la presente, y de dos cosas
que admiro en ella, estoy considerando
cuál le valiese más, y no lo puedo
dirimir; la fortuna, o el denuedo.
    Salta el osado caballero al puente,
y levanta la clava Zambardino;
—454→
mas Roldán esquivó ligeramente
el bastonazo que de arriba vino,
y en la muñeca diestra a manteniente
da un golpe a Zambardín con tanto tino,
que de sentido la dejó privada,
y del bastón tremendo desarmada.
    Pues el follón, que vio la clava en tierra,
de apelar a la red casi trataba;
mas, recobrado, el corvo alfanje afierra,
y arremete al sin par Conde de Brava.
Y no penséis que este otro golpe yerra,
como el antecedente de la clava;
que sobre el bozo se lo asienta. Dando
traspiés por poco al suelo viene Orlando.
    ¡Válame Dios! ¿Y quién dirá el enojo,
la rabia que del Conde se apodera?
Blanca tiene la cara y bizco un ojo;
¡pobre gigante! es menester que muera.
Ondea Durindana cual si flojo
mimbre, o cual si flexible caña fuera;
huye silbando el aire, y al empuje
de la empinada planta el puente cruje.
    Más blandamente que una hoz la espiga,
la espada el tahalí primero taja;
la loriga tris él; tras la loriga
una de azófar tres-doblada faja,
y últimamente encuentra la barriga,
donde unos cuatro dedos se le encaja;
y pasara tal vez más adelante,
a no caer de espaldas el gigante.
    O miedo fuese, o súbito accidente,
se le paró la faz como de cera,
la nariz fría, el pulso intercadente;
y se estiró, cual si difunto fuera;
pero el bastón cobrando de repente,
al buen Roldán, que lance tal no espera,
un latigazo da, con que le trajo
envuelto en las cadenas boca abajo.
    Espada, porra, escudo, echando fuera,
que ya servirles pueden poco o nada,
comienza entre los dos la pelotera
más extraña que vista fue o pensada.
El Conde asió al jayán de la gorguera,
y le rompió la sien de una puñada;
—455→
mas abrázale el otro fuertemente,
cárgale y a arrojarle va del puente.
    Roldán, que la intención le ha conocido,
el brazo, cuanto puede más levanta;
y dale otra puñada que el sentido
le enturbia y la cabeza le ataranta;
suelta la presa, y cae con tal rüido
que parece que el puente hunde y quebranta;
pero acorriole el diablo, porque luego
vuelve en sí, y con la clava torna al juego.
    Roldán también la espada ha recobrado,
y renueva la lid de buena gana;
bien es verdad que semejaba al lado
de aquel gigante una figura enana;
pero creciendo a brincos otro estado,
esgrime tan de cerca a Durindana,
que poco espacio a Zambardino queda
en donde rodear la clava pueda.
    Valerse quiso, pues, de cierta traza:
arranca en aparente fuga, y cuando
piensa tener lugar, vibra la maza
creyendo hallar desprevenido a Orlando.
El caballero, que le daba caza,
y las cadenas vio venir zumbando,
salta (que otro recurso allí no mira)
sobre la maza y un mandoble tira.
    En dos la dividió, y a Zambardino
sólo un pedazo deja trunco y breve.
Ahora a Trivigante y Apolino
el pobre diablo encomendarse debe;
sin maza y sin alfanje, no hay camino
de que ventaja en esta lidia lleve
y Durindana, según ve, no escampa;
no tiene otro recurso que la trampa.
    Dale un revés Roldán enfurecido,
que entrando en un cuadril le lleva el anca.
De un hilo el tronco le quedó prendido,
y ya siente que el alma se le arranca.
Viendo, pues, el negocio conclüído,
al tiempo de caer, con una zarca
toca el oculto muelle; el muelle escapa;
dispárase la red, y al Conde atrapa.
    Con tanta furia sobre el Conde vino
que a cuatro pasos le aventó la espada;
—456→
y en el mismo momento Zambardino
el ánima exhaló descomulgada.
Contra la red bregaba el paladino,
jurando que la chanza era pesada;
y cuanto más forceja y brega y jura,
se le hace la prisión más recia y dura.
    Medroso es el lugar y solitario;
alma no ve que por allí transite;
y así prestar paciencia es necesario,
pues nadie le ha de oír por más que grite.
Tomara a buen partido que el contrario
viviese, y ruega a Dios le resucite.
Ni el más leve rumor se percibía
en todo el campo. Orlando pasa el día;
    pasa la noche en la prisión estrecha;
fallece la esperanza, el hambre apura.
Como la vista a todas partes echa,
a un hombre ve, que por la selva oscura,
en túnica de toscas pieles hecha,
con barba que le llega a la cintura,
de tal blancor que al de la nieve excede,
corriendo va cuan presuroso puede.
    «¡Favor!, ¡favor!, exclama, Padre mío;
favorecedme, que gran cuita paso».
La señal de la cruz el hombre pío
hízose, temeroso de mal caso.
Vio sobre el puente el gran cadáver frío,
y estuvo por volver atrás el paso;
llega y ofrece a Orlando cuanto quiera
espiritual socorro antes que muera.
    «Empuñad esa espada, dice el Conde,
y dad en estos lazos con denuedo».
«¡Santa María!, el otro le responde,
¡no lo permita Dios! Matarte puedo;
hace Patillas de las suyas donde
menos se piensa, y si te mato, quedo
irregular». El Conde al hermitaño
replica que no tema hacerle daño;
    pues ya le ve que está muy bien armado,
y a más impenetrable tiene el cuero.
Tanto le ha dicho y tanto le ha rogado,
que al fin, por contentar al caballero,
del suelo a gran fatiga ha levantado
la espada con entrambas manos; pero
—457→
por más que dio en la red de punta y filo,
no pudo en ella falsear un hilo.
    Aburrido de ver que no la corta,
suelta la espada, y con semblante humano
al mísero Roldán consuela, exhorta,
asístele a morir como cristiano.
«Hijo, salvar el alma es lo que importa;
no te fatigues por el cuerpo en vano;
a ser vas por este áspero sendero
de la milicia eterna caballero».
    Tras esto a Dios bendice, que así quiere
hacerle digno de su reino eterno,
y mil casos de santos le refiere,
probando con lo antiguo y lo moderno,
que sólo rompe aquel que en gracia muere
las redes de la carne y del infierno.
El Senador romano, que no gasta
mucha paciencia, dice: «Padre, basta;
    «¡Basta por Dios! Maldito el diablo sea
que no me trajo un ganapán fornido
en vez de este vejete que chochea,
y no me da la ayuda que le pido».
«¡Ay! dice el Monje; ¿así tu fe flaquea?
¿así el malo te ciega, empedernido
pecador, que antepones a la palma
celeste el polvo vil, y el cuerpo a el alma?
    «Muestras ser caballero de excelencia,
y ¿a tal punto la vida te aficiona?
Sabe que la Divina Providencia
al que confía en ella no abandona;
cual lo ha probado hoy mismo la experiencia
en la que ves aquí flaca personal
caduca, inútil, achacosa, inerte,
que ni valerse puede ni valerte.
    «Yo, señor, y dos monjes más, salimos
de Armenia el mes pasado en romería;
y como nos perdiésemos, hubimos
de aportar, no sé cómo, a Circasía.
Ayer mañana en esta selva dimos,
cuando el más joven de los tres, que iría
como unos veinte pasos adelante,
vuelve trémulo, pálido, anhelante.
    «Y vemos que de un páramo eminente
baja un vestiglo horrible, agigantado,
—458→
con sólo un ojo en medio de la frente,
grande, y como una brasa colorado.
¡Misericordia!, todos juntamente
clamamos, y a los pies de aquel malvado
caímos medio muertos; él nos lleva
cargándonos en brazos, a una cueva.
    «Allí con estos ojos la infelice
muerte... ¡qué muerte, San Antón bendito!
No pienses que le cueza o descuartice;
vivo devora al joven hermanito;
y vuelto a mí, para esas carnes, dice,
es preciso tener más apetito.
Llevonos a la boca de un hediondo
báratro; a puntapiés nos echó al fondo.
    «No te sabré decir de qué manera
pude llegar de aquella sima al centro;
pero al Señor rogué que me acorriera,
y presto me acorrió; porque allá dentro,
a la pálida luz de una tronera,
una nudosa vid acaso encuentro,
que de lánguidos pámpanos el hondo
cementerio tapiza; allí me escondo.
    «Y apenas vi ocasión, de nudo en nudo
trepo calladamente; y por el abra
que poco a poco a guisa de un embudo
se ensancha...» No hubo dicho esta palabra,
cuando suspenso queda, absorto y mudo,
y luego echó a correr como una cabra,
«Éste, diciendo, éste es el monstruo fiero»;
y a la vecina selva huye ligero.
    Huye ligero, sin volver la cara,
hasta esconderse en el follaje umbroso.
El jayán sube al puente, y allí para,
en torno echando el ojo sanguinoso;
alta la jeta y de una forma rara,
con un par de colmillos horroroso;
y de grumos de sangre, seca apenas,
las engrifadas barbas tiene llenas.
    Llégase al Conde, y de este y de aquel lado
volviéndole, «¡Oh qué gorda palomilla!,
dice, ¡oh qué gazapillo delicado!
Tendrá el riñón cubierto a maravilla;
ha de ser sabrosísimo bocado,
si le relleno y le aso a la parrilla».
—459→
Cargar con él, diciendo así, pretende;
mas la trabada red se lo defiende.
    En esto, aquel grande ojo volteando,
a Durindana vio; suelta la maza,
la espada toma, y en las mallas dando,
las rompe poco a poco despedaza;
todo se cimbra y se contuerce Orlando,
cual malhechor que azotan en la plaza,
y como un toro que agarrochan, muge;
bajo los golpes la armadura cruje.
    Más no brinca un león que desgarrada
ha dejado la trampa a diente y uña,
como él brincó; y estando sin espada
la maza del jayán resuelto empuña.
Mucho se escandaliza el camarada
de verlo, y entre dientes refunfuña,
teniendo a gran ofensa y desacato
que piense resistirle un mentecato.
    Armas diversas cada cual ensaya
de las que a ejercitar hubo aprendido;
la clava el Conde, que era un tronco de haya,
manejando brïoso y atrevido,
tener procura al enemigo a raya;
y en manos del cíclope enfurecido
apenas verse Durindana deja,
y en el aire un relámpago semeja.
    Por más porrazos que Roldán redoble,
encuentra siempre la invencible espada;
y siendo el monstruo de estatura doble,
aun con aquel bastón desesperada
cosa fuera llegarle a parte noble.
Pero tuvo una gran corazonada:
mira el de Zambardino, el suyo bota,
y de aquel otro arranca una pelota.
    De Zambardín la clava, como dije
en otra parte, tres pelotas tuvo;
de éstas la que creyó más gorda, elige
Roldán, y desganchado que la hubo,
al ojo del cíclope la dirige
y parece que el tiro haciendo estuvo
un cuarto de hora, pues de aquella herida
le rompió el ojo y le quitó la vida.
    Orlando a Dios las gracias retribuye;
y cátate que vuelve el hermitaño.
—460→
Aun muerto el monstruo tal pavor le influye,
que torna arredro, recelando engaño;
acércase otra vez, y otra vez huye;
y así se hubiera estado todo el año,
si rïendo Roldán no le llamara,
y le mostrase la difunta cara.
    Al conde dice: «¡Insigne caballero,
que favor tanto al cielo mereciste!
Suplícote, y si cabe, te requiero
vayas y a los que encierra aquella triste
mazmorra des la libertad. Yo espero
poder guïarte allá, si Dios me asiste;
pero si más jayanes hay, te digo
que solo vas; no hay que contar conmigo».
    A la caverna fue guiado el Conde,
y desde afuera a los cautivos grita.
Con doloridos ayes le responde
la pobre gente que en su centro habita.
Bajo un peñasco el boquerón se esconde,
y el removerlo esfuerzo necesita
más que mortal; del uno al otro lado
lo tiene una cadena asegurado.
    ¡Oh Conde! ¡Oh diestra invicta! No hay terrena
cosa que a tu pujanza no sucumba.
De un tirón hace trizas la cadena;
empuja el gran peñasco y lo derrumba;
vuelve la luz a los que en sombra y pena
guardaba esta de vivos honda tumba.
Todos besan la mano al paladino,
y toma cada uno su camino.
    Roldán a Brilladoro cabalgando
llegó, no sé si con feliz estrella,
a cierta encrucijada, y meditando
por qué rumbo camine, hace alto en ella.
Fortuna caprichosa, enderezando
sus pasos hacia Angélica la bella,
al verle tanto en elegir confuso,
un mensajero allí traer dispuso.
    «¿A dónde bueno?», el Conde le demanda.
«De Albraca vengo, y voy a Circasía,
responde el caminante, que me manda
en busca de socorro el ama mía,
contra la cual poderes grandes anda
juntando ahora el Kan de Tartaría,
—461→
que da en amarla con amor tan fuerte
como ella le odia, que es a par de muerte.
    «El padre de la niña, Galafrón,
como prudente príncipe y sagaz,
y que no gusta de tener cuestión
con el tal Kan, que es hombre contumaz,
querría, o con razón o sin razón,
que se casara y le dejase en paz;
pero entre éstas y esotras la liviana
niña se fue de casa una mañana.
    «Por último, en la Albraca se ha metido,
plaza famosa, bien fortificada,
que del Catay, su patrio imperio y nido,
poco más distará de una jornada.
Angélica es su nombre, conocido
de polo a polo por estar dotada
de hermosura divina, que sin duda
hará venir el mundo a darle ayuda».
    Orlando, que la cuenta al fin por suya,
pues de ser la que busca está seguro,
todo es contento, júbilo, aleluya.
Cabalgando a lo claro y a lo oscuro,
rodeaba un peinado monte, a cuya
falda un raudal se ve sonante y puro,
y una marmórea puente en él, y en ella
con una copa en mano una doncella.
    La cual se inclina al Senador romano,
y así le dice en acto reverente:
¡Oh caballero, en quien se dan la mano,
si tu gentil presencia no me miente,
lo valeroso y lo cortés y humano!
Fresco licor de cristalina fuente
a gustar te convido en este vaso;
si lo rehúsas, ¡e es vedado el paso.
    «Hereditaria usanza y pleitesía
sólo pasar permite al que lo pruebe».
Orlando, que lo tiene a cortesía,
le da las gracias, toma el vaso y bebe.
Pero no bien aquel brebaje enfría
el seco labio, el alma se conmueve
toda del paladín; nada concibe
de lo pasado; nueva vida vive.
    No se le acuerda si es o no es Orlando,
ni sabe si tal Francia hay en el mundo,
—462→
ni dónde está, ni cómo vino o cuándo;
su amor de ayer olvido es hoy profundo.
Iba de diestro a Brillador llevando
la ninfa; al paladín meditabundo,
o estúpido más bien, el frontispicio
aparece de espléndido edificio.
    Tiéndense al derredor ledos vergeles,
que jamás entristece helada bruma;
alternan con las palmas los laureles,
y a la vid su purpúrea carga abruma;
asoman entre rosas y claveles
cárdeno lirio y pálida ariruma;
y en el ambiente embalsamado el alma
bebe serena paz y dulce calma.
    Jamás allí pesar, jamás cuidado,
ansia, temor, los corazones lima,
ni del fastidio el enojoso estado
que la felicidad miseria estima;
contento cada cual y bien hallado
goza de aquel jardín la copia opima,
sin que secreto sinsabor le asalte
de que a su dicha cosa alguna falte.
    Ni arquitecto jamás greciano o moro
fábrica diseñó tan elegante,
como en la que, oprimiendo a Brilladoro,
entra el fuera de sí señor de Anglante;
bellos follajes y arabescos de oro
ostenta sobre el mármol rutilante
cada columna y arquitrabe y friso;
y escaqueado jaspe forma el piso.
    Orlando se apeó de Brilladoro,
que la dama llevaba de la brida;
y viendo a poco trecho un ledo coro
de ninfas, agregose a la partida;
de canto y danzas el rumor sonoro
a placer y deporte le convida.
Mas de volver es hora, que ya escaso
me viene el tiempo, al noble rey Gradaso.
    Con el arnés que de Sansón fue un día,
altivo el paso y la actitud gallarda,
al sitio marcha en que lidiar debía,
y a su rival tranquilamente aguarda.
Las diez, las once son, ya es mediodía;
mucho el barón de Montalbano tarda.
—463→
Podéis pensar si tiempo largo espera
a quien va tantas millas mar afuera.
    Viendo que su contrario no ha llegado,
y de luces el cielo se tachona,
de verse así tratar vuelve indignado
al campo, y a la ira se abandona.
¿Pues qué hará Ricardeto desgraciado
que oye el cántico ya que el gallo entona,
y qué sea de Reinaldos no adivina?
Tanto tardar le dio muy mala espina.
    Mas no tanto le aqueja el sentimiento,
que no haga en tal conflicto lo que debe;
manda a todo el cristiano campamento
que a dar la vuelta se disponga en breve;
y cumplida la orden fue al momento,
y todo, antes que raye el sol, se mueve,
sin que sospeche el rey Marsilio nada,
cuya hueste a gran trecho está acampada.
    Cabalga Ricardeto dolorido,
llevando a Carlomagno la almofalla;
Gradaso, avinagrado, embravecido,
pone su gente en orden de batalla;
y el mísero Marsilio, que ha perdido
la flor de sus guerreros, teme y calla;
creyendo que le plantan sus aliados,
mesábase las barbas a puñados.
    Abominando del francés linaje,
viene y se echa a los pies del Sericano,
y le pondera el recibido ultraje,
y a los ausentes carga bien la mano;
obediencia le jura y vasallaje,
y en conclusión, el rey Zaragozano
y el del Oriente hicieron alïanza,
y en buena se trocó la malandanza.
    Su hueste Ricardeto ha conducido,
y hace en París la cosa manifiesta.
Levántase en la corte gran rüido,
toda en extrañas confusiones puesta.
Dicen los maganceses al oído:
«Huele a traición a tiro de ballesta».
Ni aun los amigos de Reinaldos hallan
cómo abonarle, y de corridos callan.
    Mientras a dobles marchas las legiones
caminan a París del rey Gradaso,
—464→
Carlos convoca pares y barones
para tratar de lo que pide el caso.
Previenen torres, fosos, bastïones,
y en derredor se deja el campo raso.
Súbitamente un atalaya avisa
que la enemiga hueste se divisa.
    Dan las campanas grandes badajadas;
el pueblo grita, alármase la tierra;
ondean las banderas desplegadas;
suenan los instrumentos de la guerra;
las gentes corren por la calle armadas;
la puerta del alcázar se abre y cierra.
Mándase a Urgel Danés que al campo saque
la primer banda, y dé el primer ataque.
    Gradaso la gentuza sarracina
en cinco divisiones acomoda;
es india la primera y abisina;
está tiznada como el diablo toda;
a mandarlas dos príncipes destina;
Urnaso el uno, el otro era Grancoda;
el cual Urnaso ciertos dardos lleva,
de cuyas puntas no hay loriga a prueba.
    A Berra la segunda escuadra toca,
que, como un jabalí, tiene la cara;
sálenle dos colmillos de la boca,
largos como la sesma de una vara;
y le acompaña el negro Brutarroca,
que alabardas gordísimas dispara
con un grande arco que dos brazas mide;
a la Etiopía asiática preside.
    Sigue la escuadra del gigante Alfrera;
la cuarta es de Marsilio y española;
y rige el rey Gradaso la postrera,
que de sus sericanos era sola;
gente bizarra, impávida, guerrera,
que azules estandartes enarbola.
Principia la función. Hacia el monarca
Grancoda aguija, Urgel de Dinamarca.
Es de doce mil hombres la brigada
de Urgel Danés; lozana tropa y bella,
que del Norte en las nieves engendrada
cuanto encuentra baraja y atropella.
Dando a su dromedario una pinchada,
el rey Grancoda se arrojó sobre ella;
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pero el Danés arrepentir le ha hecho,
metiéndole la lanza por el pecho.
    Tenerse en los estribos no le vale,
que se enflaquece todo y se marchita;
fuerza es que caiga y que la vida exhale
entre la negra sangre que vomita.
Mas, contra Urgel, Urnaso al medio sale,
y con soberbia y cólera infinita
le tira un dardo; pasa el dardo esquivo
escudo y peto, y llégale a lo vivo.
    Arremete el Danés con ciego arrojo;
y tírale el follón, que alerta estaba,
segundo dardo, que de sangre rojo
en el hombro siniestro se le clava.
«Pagármela has, bergante, si te cojo»,
Urgel, bramando de dolor, gritaba.
Urnaso, al verle cerca, no se empacha;
bota los dardos y enarbola el hacha.
   Y no me causa el hacha tanto miedo
como el caballo, que cabalga Urnaso,
que tiene un asta, a que no falta un dedo
para una vara; y temo andar escaso.
Mas la medida yo del canto excedo,
y tal vez a enfadaros me propaso;
cumple ensayar más alto contrapunto,
para el que sigue serio y grande asunto.