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Canto VII

La batalla de París

    Mortales, cuyas almas atosiga
el hipo de ser grandes y señores,
¿por qué con tanto afán, tanta fatiga,
a caza andáis de mandos y de honores?
Lo que oro se os antoja es baja liga
que, a pesar de mentidos esplendores,
en el crisol de un sano juicio puesta
no vale la mitad de lo que cuesta.
    Ese poder, grandeza, imperio, estado,
justo o no justo es menester que sea.
Si lo primero, aquel que en encumbrado
destino se encopeta y contonea,
—466→
sepa que es sólo un siervo asalariado
para que al bien de los demás provea,
sin gozar el placer un hora sola
de dormir y dejar correr la bola.
    Al pueblo ha de mirar como un rebaño
que a fuer de buen pastor ampare y cele,
no como duro mayoral extraño
que sin cesar le exprima y tunda y pele;
y si algo yerra, no se llame a engaño,
antes, por más que afane y se desvele,
sepa que el mundo de la culpa ajena
más de una vez le hará sufrir la pena.
    Si lo segundo, ¿qué voraz gusano,
qué aguda espina, qué veneno oculto
el alma no atormenta de un tirano?
En cada estruendo un popular tumulto
le toca al arma; con puñal en mano
cree ver un asesino en cada bulto;
la conciencia entre holandas le trabaja,
y al pobre envidia su jergón de paja.
    Yo comparo uno de estos desgraciados
que por tener del mundo el gobernalle
viven entre zozobras y cuidados,
a un palaciego que anda por la calle
cubierto de galones y bordados,
echando piernas y luciendo el talle,
mucho brinquillo, mucha placa al seno,
y por debajo está de lacras lleno.
    Venid, los que pensáis que un soberano
de la común herencia está exclüído,
y ved a este infeliz de Carlomano
en el berenjenal que está metido.
Nadie más justo fue ni más humano;
fue un santo hombre, fue un príncipe cumplido;
pues ved las tempestades que endereza
Fortuna a su corona y su cabeza.
    Cual la presente fue, que el rey Gradaso,
por un pueril antojo impertinente,
le suscitó; y en la que el indio Urnaso
sobre la bestia de cornuda frente
iba, como os conté, más que de paso
contra el Danés, a quien furiosamente
arremetió, llevando el hacha alzada.
Pero no le valió la furia nada.
—467→
    Porque Urgel de un horrífico altibajo
cabeza y tronco hasta el arzón le parte,
si bien le dio el caballo harto trabajo,
que, en el acometer tomando parte,
a Urgel de una cornada al suelo trajo;
y si no fuera el grueso talabarte,
que un tanto al golpe la violencia gasta,
en las entrañas le embutiera el asta.
    En tres partes Urgel se hallaba herido;
al hospital en brazos fue llevado.
Y en esto Brutarroca fementido
llegó, sobre un camello encaramado.
Representaba un negro dios Cupido,
aunque, a decir verdad, algo barbado.
Medio desnudo el mastinazo, estaba;
en la siniestra el arco, al hombro aljaba.
    El colmilludo Berra le acompaña;
y a guisa de ambulantes campanarios
van cubriendo de sombras la campaña
elefantes de guerra y dromedarios.
Carlos a Salomón, rey de Bretaña,
mandó sacar sus diestros sagitarios;
va Ricarte con él, y don Gaiferos,
de Melisendra esposo, y Oliveros.
    De San Dionís la puerta abre camino
al ya canoso Naimo de Baviera
con sus hijos Otón, Avolio, Avino
y Bellenguer de roja cabellera.
Con Guido de Borgoña va Angelino,
y con Hugón, Dudonio sale fuera.
El suelo se estremece a gran distancia
bajo las huestes de la invicta Francia.
    Carlos en tanto al cielo justiciero
aplacar manda en ceremonias pías,
y en grave canto el religioso clero
misereres entona y letanías;
suena a extramuros el rumor guerrero
de trompas, atabales, chirimías;
responden en París quirieleisones,
al son de las campanas y esquilones.
    Ya, pues, que satisfizo a lo cristiano,
con lo Real cumpliendo y lo valiente
sale sobre Bayardo Carlomano,
y de los suyos se coloca al frente.
—468→
Todos a un tiempo embisten al pagano;
relumbran mil espadas juntamente;
cada cual taja, pincha, hiende, parte;
no vio jamás tan bella fiesta Marte.
    Por donde cabalgando va Oliveros,
deja Altaclara un sanguinoso lago;
vale ella sola por cincuenta aceros;
primero se ve el golpe que el amago;
caballos caen, trabucan caballeros;
no hubo jamás tan espantoso estrago;
corre el varón, y marca doble hilera
de amontonados troncos su carrera.
    Amenazando Berra se le encara,
ni a detenerle un punto es suficiente,
porque con un mandoble de Altaclara,
entre ojo y ojo, y entre diente y diente,
en dos mitades el marqués la cara
partida le dejó tan justamente,
como si en la balanza para esto
antes del golpe las hubiera puesto.
    Y tan sabrosa le quedó la mano
que por do más tupidos y más llenos
los escuadrones ve, rompe lozano,
hasta llegar a donde con no menos
donaire y ligereza Carlomano
iba despabilando sarracenos,
y el campo henchía, a tajos y reveses,
de sangrientos cadáveres y arneses.
    A Carlos, Brutarroca se presenta,
flechador de alabardas y lanzones.
Carlos, como un venablo, se le avienta,
hincados a Bayardo los talones;
y de un lanzazo le ajustó la cuenta
pasándole costillas y pulmones.
Revuélcase en la arena Brutarroca,
y vierte negras ondas por la boca.
    Pero mientras Bayardo corre, al paso
le sale aquella bestia del gran cuerno,
que fue caballo del difunto Urnaso,
la cual, sin dueño ahora y sin gobierno,
va haciendo entre las filas el fracaso
que en el bosque una ráfaga de invierno.
Topa a Bayardo y cornearle intenta;
Bayardo no se turba, ni amedrenta.
—469→
    Con gran serenidad y gran frescura,
vuelta la grupa, dale un par de coces,
que le estampó en los sesos la herradura;
y rompe por do tantas, tan atroces
fases muestra la lid, que por ventura
dijérades que sólo allí feroces
guerreros hay, coraje, ira, matanza,
y todo lo demás es burla y chanza.
    Alfrera con el mástil que engarrafa,
a los cristianos da tremenda zurra;
a la gente que toca deja gafa;
la que coge de lleno, despachurra.
En mirando venir la gran jirafa,
nadie tiene lugar, que no se escurra;
sólo Turpín osó salir delante;
Alfrera con gran sorna le echa el guante;
    Y a la cintura se lo prende y ata,
a guisa de corneta o de tintero.
Tras esto de camino se arrebata
a Pinabel y a Otón y a Bellenguero,
y, de los tres hecho un manojo, cata
que vuelve a los cristianos el trasero.
Al rey Gradaso los llevó en presente,
y torna a la batalla nuevamente.
    Torna el jayán de nuevo a la batalla,
y empieza a machucar que se las pela.
Hete aquí de Marsilio la canalla,
con Ferragú, Morgante y Espinela.
¡Oh cuánto escudo y cuánta fina malla
y cuánta lanza en mil fragmentos vuela!
Cuál hiere, cuál retorna, cuál repara;
crece la confusión y la algazara.
    El marqués Oliveros vio la brega,
y del Emperador se puso al lado;
el normando Ricarte se le llega,
y Gano, de sus condes escoltado;
Dudonio, que una gorda maza juega,
Alardo, Guido, en pelotón cerrado,
cargan, como avenida repentina,
sobre la nueva chusma sarracina.
    Con Ferraguto encuéntrase Oliveros,
y casi desarzónale el pagano;
rotas entrambas lanzas, los guerreros
tornaron a embestirse espada en mano.
—470→
Con Espinel se apechugó Gaiferos,
el rey Morgante con el conde Gano,
con el Califa el duque de Baviera,
hombre con hombre, hilera con hilera153.
    Cupo a Dudón, Grandonio, aquel gigante
que alcaide un tiempo fue de Barcelona.
Las mazas van y vienen cada instante,
y toda se magullan la persona.
El rey Marsilio embiste al Imperante;
pero se arrepintió de la intentona:
descabalgado sin remedio fuera,
si a punto Ferragú no le acorriera.
    Ferraguto se aparta de Olivero
para asistir al rey Zaragozano,
y el marqués, como noble caballero,
fue en ayuda también de Carlomano;
cada cual de los cuatro es buen guerrero,
de valeroso pecho y presta mano;
mas Carlos, que a Bayardo cabalgaba,
a sí mismo esta vez sobrepujaba.
    Ninguno al compañero pone mientes,
que por su parte a qué atender le sobra
tregua no dan las hojas inclementes;
cada cual cuanto sabe pone en obra.
Bonanza en tanto gozan nuestras gentes,
y la pagana multitud zozobra;
a tierra va de España la bandera;
se desparpaja la brigada entera.
    Marsilio, que intentaba detenella,
hubo de acompañarla en la corrida;
también es el Califa envuelto en ella,
y síguele Morgante a toda brida;
iba Espinel pisándole la huella,
y Serpentín se agrega a la partida;
unos huyen por fuerza, otros por gusto;
sólo hace rostro Ferraguto adusto.
    Cual tigre de monteros acosado,
aun en la fuga espanta y amenaza;
ya a los cristianos cede mal su grado,
ya a los que se la daban él da caza;
—471→
pero tantos le cargan, que forzado
se vio por fin a abandonar la plaza,
y a no llegar en este punto Alfrera,
muerto sin duda alguna o preso fuera.
    A duros golpes del bastón tremendo
el jayán las hileras aportilla;
Galalón, como un pájaro va huyendo;
a Guido y Naimo arroja de la silla.
Pero viene, llamada del estruendo,
de valerosa gente una cuadrilla.
Dudón le asalta y Carlos y Oliveros;
bríllanle en torno a un tiempo veinte aceros.
    Quién de lado le amaga, quién de frente;
seria va pareciéndole la cosa;
háselas el jayán con una gente,
ágil a reparar, a herir brïosa.
La jirafa se mueve lentamente,
como bestia de suyo perezosa.
Los otros cargan; solo está; no hay caso;
corre aturdido en busca de Gradaso.
    El Sericano que le vio venir,
y antes le tuvo en opinión tal cual,
en altas voces le empezó a reñir:
«¿A dónde vas, follón?» Tente, animal.
¿Cómo vergüenza no te da de huir
con ese corpachón descomunal?
Ocúltate a mis ojos, y cuidado
no vuelva yo en mi vida a verte armado».
    Dijo: y al ver que ya su campo embisten
las enemigas huestes, vuelve airada
la cara a los monarcas que le asisten;
los cuales, entendiendo la mirada,
la armadura le traen, se la visten,
le calzan las espuelas, y la espada
le ciñen, puestos a sus pies de hinojos,
y no osan de la tierra alzar los ojos.
    El tumulto entre tanto y vocería
llegaba hasta la tienda de Gradaso;
y presumiendo que, pues no salía,
estaba ausente el rey, o enfermo acaso,
daba por suyo nuestra gente el día,
y más que el sol bajaba ya al ocaso.
Llena de confïanza y de contento
comenzaba a pillar el campamento.
—472→
    Como cuando, amarrado un toro bravo,
el vulgo se le acerca, y por juguete
uno el cuerno le toca, y otro el rabo;
si rotas las prisiones arremete,
se desparpaja de este y de aquel cabo
sin saber la canalla do se mete;
y creyendo que el toro los atrapa,
éste deja la gorra, aquél la capa;
    Así, cuando se oyó Gradaso viene,
huyendo cada cual se destalona,
y nadie que lo ha oído, se detiene
a ver si es grande o chico de persona;
ni sabe a dónde va, ni a qué se atiene;
las armas tira, y todo lo abandona.
Sólo Carlos quedó; quedó Oliveros;
y no sé cuántos otros caballeros.
    Picó Gradaso la guerrera alfana,
y a Dudonio arrojó cabeza abajo;
Ricarte cae también de buena gana;
ni le da Salomón mucho trabajo.
Mientras tunde la hueste sericana
los míseros franceses a destajo,
volando el bravo rey, cual torbellino,
se lleva cuanto encuentra de camino.
    No toca con la lanza al conde Gano,
que con sólo el amago le esparranca;
al encuentro le sala Carlomano,
y la silla también le deja franca.
Él a Bayardo entonces echa mano;
pero el bruto gentil le vuelve el anca
con una discreción que maravilla,
y asiéntale una coz en la espinilla.
    Y como si a llevar fuese la nueva,
dando bufidos por París entraba.
Valió a Gradaso la encantada greba;
si no, la pierna en Francia se dejaba.
No se puede tener por más que prueba,
y el dolor cada instante se le agrava;
en brazos a su tienda es conducido,
y allí de cirujanos asistido.
    Entre los cuales un anciano había
que llamaban maese Ferriducho,
perito en herbolaria y cirugía,
a quien por eso el rey preciaba mucho
—473→
Si alguno pierna o brazo se rompía,
sanaba luego aquel doctor machucho
la parte enferma, sin dolor ni gasto,
sólo con aplicarle un cierto emplasto.
    Éste, después que al rey la herida observa,
no sé qué voces mágicas murmura.
De malva haciendo, aloe y contrayerba
y díctamo de Creta una mistura
aplícasela en forma de conserva;
y dos minutos no tardó la cura.
Gradaso, «habiendo un poco reposado,
sobre la alfana se presenta armado.
    Más que nunca soberbio al campo vino.
He aquí la tempestad, huya el que pueda.
El marqués Oliveros al camino
osó salir, y fue a estampar la greda.
Hugón y Avolio con Beltrán y Avino,
y si algún otro de los buenos queda,
todos de aquella lanza derribados
fueron, y todos van aprisionados.
    Ya voz de capitanes no es oída;
ya nadie a los infieles hace cara;
arrancan los cristianos de estampida;
llega a París la gresca y la algazara;
en donde, siendo la prisión sabida
de Carlos y los otros, cosa es clara
que en nuevos armamentos no se piensa,
pues no se ve manera de defensa.
    Pone la voz el vulgo en las estrellas;
y a los sacros altares acogidas
las madres y las tímidas doncellas,
mandan a Dios plegarias doloridas.
Oyó el Danés la grita y las querellas;
el Danés, que postrado a las heridas
que recibió lidiando con Urnaso,
a duras penas puede dar un paso.
    De rabia y de piedad llorando junto,
después que las heridas unge y venda,
se arma; y porque el caballo no está a punto,
que al campo se le traigan recomienda;
y a donde juzga estar más en su punto,
no la contienda (que ya no hay contienda),
sino la atroz horrífica matanza,
a pie va, sustentándose en la lanza.
—474→
    Llega a la puerta; encuéntrala cerrada,
y de la densa turba oye el lamento,
que en vano a entrar se agolpa, y a la espada
de los contrarios muere ciento a ciento.
Teme el alcaide, abriendo, dar entrada
al enemigo, y no sin fundamento;
a todo el mundo, pues, abrir rehúsa,
por más que se le ruega y se le acusa.
    «La puerta, dice Urgel, abre al instante;
el defenderla corre a cuenta mía».
«Del puesto, dice el otro, soy garante;
a mi padre que fuese no abriría».
«Ya no hay paciencia, clama Urgel, que aguante;
ha de costarte caro tu porfía».
Huyó el alcaide; Urgel de un hacha afierra;
la puerta a cuatro hachazos echó a tierra.
    El puente cala Urgel; y sobre el puente
la desbandada multitud francesa
de tropel se abalanza, cual torrente
que rompe en el invierno la represa.
Sigue a los fugitivos la inclemente
turba pagana; pero asaz le pesa;
a diestro y a siniestro esgrime el hacha
Urgel, y cuatro a cuatro los despacha.
    Cuál es hasta París arrebatado
envuelto entre la chusma fugitiva;
cuál de hombres y caballos muere hollado;
y a cuál del puente abajo Urgel derriba;
uno, vivo y entero es derrocado;
otro, cabeza o tronco deja arriba;
hombres, caballos, armas van al foso,
turbio todo a la vista y sanguinoso.
    Mas, crece por instantes la faena,
que, saltando en el puente Serpentino,
taja de un lado y otro la cadena,
y da franco a los suyos el camino.
Urgel levanta el hacha; y si por buena
fortuna no llevara un yelmo fino,
y encantado también, según sospecho,
quedaba el español pedazos hecho.
    Del Sericano rey toda la corte,
y del campo pagano llega el grueso.
Cercado está a poniente, a sur y a norte;
mas el Danés no echó el pie atrás por eso;
—475→
orden da de que el puente se le corte,
mientras él de la lid sustenta el peso;
y salvos los cristianos de esta suerte,
con leda cara va a buscar la muerte.
    Con mil combate a un tiempo y con Gradaso,
que, avergonzado, en alta voz ordena
que todo el mundo vuelva atrás el paso;
y desarmando a Urgel con poca pena
(como a quien tiene el cuerpo enfermo y laso
vertiendo rojo humor por cada vena)
manda que se le asista y se le lleve
con el honor que a la virtud se debe.
    Fuera París tomada fácilmente,
sino que ya la noche oscurecía.
Óyese de campanas son doliente
que hace a dolientes voces armonía;
en miedo y llanto la infelice gente
aguarda el venidero infausto día
en que ha de ser París abandonada
a destrucción, a saco, a fuego, a espada.
    Estaba por entonces arrestado,
como sabéis, Astolfo en la Bastilla;
por todos y por todas olvidado,
merced a Galalón y a su pandilla.
Era a charlar el duque aficionado;
soltósele esta vez la tarabilla:
«¡Cómo se ve que el Sericán lo entiende,
dice, que a tal sazón la guerra emprende!
    «Hubiera yo salido a la pelea,
y otro gallo al tal rey le cantaría.
Sabe dónde le aprieta la correa;
mas hay sol en las bardas todavía;
pues quiera Dios que en libertad me vea,
hará triunfar su causa, que es la mía.
Veremos a quién debe Carlomano
su corona, si a mí o al conde Gano».
    Gradaso al regocijo se abandona;
no cabe de contento y de ufanía;
preséntasele Alfrera y le perdona;
todo es favor, merced, galantería;
tan alegre jamás le vio persona
ni de tan buen, humor, como aquel día,
imaginando que a Bayardo oprime
los lomos ya, y a Durindana esgrime.
—476→
    Afable al rey de Francia da la mano,
y a par de sí con grande honor le sienta.
«Señor, le dice, un peches soberano
de honor sólo y de gloria se alimenta;
de la diadema y del aplauso humano
reputo indigno al rey que se contenta
del ocio vil, dejando que la pompa
y la molicie a la virtud corrompa.
    «Si del Oriente vine, fue por eso,
y no por tu corona y tu riqueza;
que apenas basto a sostener el peso
de la que ha puesto el cielo en mi cabeza.
Pues hoy en mi poder te he visto preso,
ha llegado a su colmo mi grandeza;
y ni trofeo ni alabanza alguna
queda, con que me tiente la Fortuna.
    «El reino, pues, te restituyo entero;
no pienso en cosa tuya poner mano;
tan solamente que me entregues quiero
el corcel del barón de Montalbano,
que tan noble animal a un caballero
no ha de servir tan ruin y tan villano;
y en un año de plazo a Sericana
harás venir la espada Durindana».
    Carlos a prometerle no fue tardo
corcel, espada, y más, si más desea.
«Está bien, dice el rey; pero Bayardo
quiero que luego aquí traído sea».
En busca suya va a París Alardo,
donde Astolfo, que suelto regentea,
incontinenti que hubo Alardo expuesto
la comisión que trae, le intima arresto.
    Y luego de su parte va un heraldo
a retar a Gradaso y a su gente;
y que si dice que mató a Reinaldo,
o le puso en prisión o en fuga, miente;
que Carlos con lo suyo pague el saldo,
pues Bayardo es de dueño diferente;
y ya que de otro modo nada avanza
venga el rey a ganarlo lanza a lanza.
    Movido a risa más que a indignación
con esta singular mensajería,
pregunta el rey Gradaso qué barón
es el que tan civil recado envía.
—477→
«Señor, responde Gano, es un bufón
que a toda nuestra corte entretenía;
de lo que diga no hay que hacer aprecio,
ni dársete cuidado, que es un necio».
    «Pues necio o no, repuso el Sericano,
él es hombre de espíritu sin duda.
No piense con su labia el conde Gano
que de lo que es razón me tuerce o muda.
Harto a vosotros me he mostrado humano.
Retado, al reto es menester que acuda.
Decid al duque Astolfo que le espero,
y que venga en Bayardo caballero.
    «Al cual, si me le gano con la lanza,
ya no seré a cumpliros obligado
los partidos que os hice en confïanza
de que el corcel se me iba a dar de grado».
Mucho con esta súbita mudanza
quedó el Emperador amostazado,
pues la corona, imperio, estado sumo
que pensó recobrar, ve vuelto en humo.
    Astolfo, apenas la mañana apunta,
sobre Bayardo se presenta armado
con tanta perla y tanta joya junta,
que un cielo semejaban estrellado;
cubierta de oro está desde la punta
la bella espada que le cuelga al lado,
y en su diestra temblando relucía
aquella hadada lanza de Argalia.
    El cuerno emboca y a Gradaso reta:
«Ven, fantasmón antojadizo y loco,
que traes por vanidad la tierra inquieta;
ven, espantajo de hombres de tan poco
seso como el rapaz que se desteta,
que le dicen Gradaso en vez de el Coco;
y venga, si quisieres, a tu lado
el gigantón de Alfrera tu privado.
    «Venga Marsilio y venga Balugante,
y toda la española guapería;
Grandonio venga, aquel soez gigante
que ya otra vez probó la lanza mía;
y venga Ferraguto el arrogante,
que en su encantada piel tanto confía;
venga toda tu gente. ¿Por qué tarda?
Un solo caballero es el que aguarda».
—478→
    Estuvo un rato el rey Gradaso atento,
oyendo al caballero del Leopardo;
poco le ocupa el Duque el pensamiento,
toda le lleva la atención Bayardo.
Hecho el acostumbrado cumplimiento,
así razona al paladín gallardo:
«Díceme Gano que no tienes juicio,
y eres bufón de corte por oficio.
    «Otros, aunque aturdido y calavera,
dicen que en la ocasión eres discreto,
garboso, bravo. Sea lo que Dios quiera
(que yo en vidas ajenas no me meto),
a tu llamado vengo, como hiciera
al del más alto y principal sujeto;
mas en cayendo, que caerás de fijo,
venga el caballo; nada más exijo»,
    «Suele la cuenta errar el que la ajusta,
responde Astolfo, ausente el hostalero.
Tuyo será, si vences en la justa,
este caballo y cuanto valgo; empero,
venciendo yo, propongo, si te gusta,
que restituyas a su ser primero
a todos los cristianos; y al Oriente
podréis marcharos libres tú y tu gente».
    «Que me place, responde el Sericano;
la condición que has dicho acepto y juro».
Y revolviendo, y en la diestra mano
blandiendo aquel lanzón rollizo y duro,
no ya postrar creyera un cuerpo humano,
mas arrancar de su cimiento un muro.
El Duque la encantada lanza blande;
la fuerza es poca; pero el alma es grande.
    Gradaso mete piernas a la alfana,
y a encontrarle va Astolfo como un viento.
En el escudo al rey de Sericana
pone la mira, a derribarle atento;
y la Fortuna le otorgó liviana
que se saliese con su loco intento;
apenas el escudo toca el Duque,
es fuerza (claro está) que el Rey trabuque.
    Vese el altivo Rey tendido en tierra,
y a duras penas cree lo que le pasa.
¡Oh cuánto el hombre, exclama, oh cuánto yerra!
¡Oh cómo el cielo las venturas tasa!
—479→
Vaya que salgo airoso de la guerra;
sin gloria y sin honor me vuelvo a casa;
paciencia y barajar. Ven, oh valiente
caballero cristiano, por tu gente».
   El Rey al Duque de la mano guía
haciéndole las honras que es debido.
Nada en el campamento se sabía;
pero todo se daba por perdido.
Carlos al duque Astolfo maldecía,
llamándole de loco y de aturdido.
«¡Ay!, dice, llegó el fin de los cristianos»;
dase calabazadas a dos manos.
    Astolfo llega, y dice en tono airado
(confirmando Gradaso el fingimiento):
«-Qué es de ti, Carlomagno desastrado?
Ya toda tu fanfarria es sombra y viento.
Si estuviera Reinaldos a tu lado,
y Orlando, y algún otro que no miento,
en tanta afrenta no se hubiera visto,
como hoy la ves, la santa fe de Cristo.
    «Por dar oído y gusto a unos malsines,
oprobio de tu juicio y de tus canas,
extrañaste de ti dos paladines
que de tu trono un tiempo eran peanas.
Con los principios dicen bien los fines:
saca la cuenta y mira lo que ganas.
¿Dónde tu favorito se entretiene,
que a libertarte de prisión no viene?
   «¿De qué sirve que un hombre se desviva
sirviendo a quien servicios no agradece,
y con quien sólo el lisonjero priva,
llevando el prez que la virtud merece?
Allá se las avenga el que reciba
leyes de quien le agravia y le escarnece.
Me voy de este país infortunado,
y dejo a quien lo quiera mi ducado.
    «Renuncio sangre, ley, naturaleza;
y al buen señor de Sericana sigo,
que me hace su bufón, por la fineza
y los buenos informes de un amigo.
Me empeñaré, señores, con su alteza,
para que os lleve, si queréis, consigo;
Carlomagno será su repostero;
Urgel, escanciador; Turpín, barbero.
—480→
   «Y pues merced le debo, no pequeña,
galopín de cocina será Gano,
si no quiere más bien cargar la leña
sobre esas espaldazas de villano.
Fortuna me será más halagüeña
bajo mi nuevo invicto soberano,
que no se paga de servil lisonja,
ni con el fasto y el poder se esponja».
    Si está Carlos mohino y cabizbajo
oyendo tal, considerar se deja;
es tanta la soltura y desparpajo
de Astolfo, que decir verdad semeja.
Mirándole Turpín de arriba abajo,
«¿Será posible, exclama, que esta oveja
se desbarranque?» «Sí, gran marrullero,
dice el inglés, desbarrancarme quiero».
    Lloraba el viejo Naimo como un niño,
Urgel lloró, lloró toda la gente.
No pudo Astolfo al natural cariño
resistir más, y en acto reverente
dice al Emperador: «Postrado ciño
tus regios pies; recíbeme indulgente;
que, tal cual soy, he sido y seré tuyo;
la libertad a todos restituyo.
    «Eres dueño de ti y de tu corona;
te vuelvo sin mancilla tus banderas;
tu sagrada magnánima persona
las adquiridas glorias guarde enteras.
Pero por lo que toca a mí perdona
si antes quiero vivir entre las fieras,
que mantener aquí perpetua lidia,
blanco de la calumnia y de la envidia.
    «La libertad, señor, es mucho cuento;
sin ella para mí no hay cosa buena;
y si decir me vedan lo que siento,
ni el yantar me es sabroso, ni la cena.
Que Gano haga y deshaga, y el acento
seductor te haga oír de la Sirena;
yo de la adulación no sé el idioma,
y antes que a Gano serviré a Mahoma.
    «En busca de mis primos, el de Anglante
y el ínclito señor de Montalbano,
quiero por esos mundos ir errante;
y rogándole al cielo soberano
—481→
que conserve tu vida y que levante
más y más tu poder, beso tu mano,
Emperador de Roma esclarecido,
y la licencia de partir te pido».
    Todos, creyendo chanza o burla aquello,
míranse unos a otros y a Gradaso;
y hubieron finalmente de creello
cuando el vencido rey refirió el caso.
Galalón con grandísimo desuello
montaba ya su jaca; pero al paso
le sale Astolfo y dice: «Tente, amigo;
la libertad que doy no habla contigo.
    «Ten entendido, pillastrón villano,
que prisionero quedas en la guerra».
«¿Prisionero de quién?» pregunta Gano.
«Prisionero de Astolfo de Inglaterra»,
contesta el Duque, y luego de la mano
le toma, y dice, la rodilla en tierra:
«Señor, en honra vuestra le concedo
la libertad que retenerle puedo.
    «Pero no la tendrá, si no jurare
del modo más solemne y más expreso,
que siempre y cuando yo se lo mandare,
por tres o cuatro días ha de ir preso;
y si él alguna vez lo rehusare
(pues notorio es a todos cuanto en eso
de juramentos es desmemoriado),
vos me le entregaréis, señor, atado».
    Jura Gano y rejura la promesa,
diciendo en sus adentros: «¿Qué me importa?»
Sucedió en tanto al miedo la sorpresa,
y ya a todos el júbilo trasporta;
cuál da al inglés los brazos, cuál le besa;
toda alabanza les parece corta.
«Él ha salvado, el pueblo a voces canta,
la patria, la nación, la iglesia santa».
    Por más que Carlomagno le festeja
(que aun la corona le ofreció de Irlanda)
constante en su designio a Francia deja,
y en busca ya de sus amigos anda;
pero antes que los halle, me semeja
que se arrepentirá de la demanda;
el tiempo lo dirá, si, Dios mediante,
la empezada labor llevo adelante.
—482→
    Toma gozosamente su camino
la muchedumbre bárbara pagana;
el Sericán se fue por do se vino,
y en París Carlomagno se arrellana,
al cual, según barrunto, no imagino
he de volver en toda la semana;
que Reinaldos me llama, y me está Orlando
a más variado asunto convidando.
    ¡Hijo ilustre de Aimón! pisar te miro
esa ignorada playa, errante, incierto,
do tras tan largo, arrebatado giro
tu milagrosa barca tomó puerto.
Mas yo también por encontrar suspiro
(barquero humilde, tímido, inexperto)
seguro abrigo a mi bajel cascado
para volver al piélago salado.


Canto VIII

Rocatriste

    La guerra es punto averiguado y fijo
que la dirige Dios, no la Fortuna;
y Dios de los ejércitos se dijo
por esta causa, y no por otra alguna.
Dando palabra de no ser prolijo,
quiero, pues la ocasión es oportuna,
hacer sobre este asunto una homilía
para edificación ajena y mía.
    ¿Visteis jamás tan grande pelotera?
¿Tanto gigante? ¿Tanto monstruo bravo?
Momentos hubo en que no sé si diera
por el cetro de Carlos un ochavo.
Viose él, y vio su corte prisionera;
paró su gloria en un desnudo cabo;
y cuando de salud no hay esperanza,
Astolfo llega, y la victoria alcanza.
    Golïat, de una honda acerbo estrago,
Holofernes, que muere hecho una sopa,
y aquel a quien Tomiris con el trago
escarneció de la sangrienta copa,
de la prosperidad al blando halago
navegaron un tiempo viento en popa;
—483→
mas dejó su soberbia al fin postrada
un niño, una mujer, una nonada.
    Vino el gran Corso, escándalo del mundo,
a quien un reino dio cada batalla,
y donde hallar pensó terror profundo,
firme virtud y heroicos pechos halla.
Al noble ejemplo, el brío moribundo
de Europa en repentino incendio estalla,
y el fallo que a un peñasco te deporta,
¡Napoleón! la tierra escucha absorta.
    El vulgo estos portentos atribuye
a caprichos y juegos de Fortuna,
la cual se dice que a su antojo influye
en cuanto abraza el cerco de la luna.
Mas cuando a impulso débil se destruye
titánico poder, sin duda alguna
es porque el cielo al oprimido ampara,
y contra la injusticia se declara.
    Y aunque es verdad que suelen algún día,
para probar la fe, vencer los malos,
ello la presuntuosa altanería
es humillada al fin y acaba a palos.
Mas (ya lo veo) os cansa la homilía,
y suspirando estáis por los regalos
de la apacible, deleitosa estancia
adonde aporta el Campeón de Francia.
    El cual, no bien está la barca surta,
por la lozana orilla el paso mueve;
y atravesando perfumada murta,
estremecida al susurrar de un leve
soplo, que a el alma los cuidados hurta
y la fatiga al cuerpo, a rato breve
una fábrica mira grande y bella
que entre copados árboles descuella.
    A un lado y otro, por diversas rutas,
florestas hay de pájaros pobladas,
pensiles, parques, lagos, templos, grutas,
por acá fuentes, por allá cascadas.
Deciros de las flores y las frutas
en jardines, vergeles y enramadas,
fuera juntaros cuanta copia opima
a cada suelo cupo y cada clima.
    Conducen a la fábrica eminente
doce marmóreas gradas de colores,
—484→
y en columnas de pórfido esplendente
estriban tapizados corredores,
de donde, al manso embalsamado ambiente,
un divino concierto de cantores
y de instrumentos varios esparcía
torrentes de gratísima armonía.
    Las flores y la música y la calma
que allí de los sentidos se apodera;
aquel süave olor que llega a el alma
y ya sólo al placer la deja entera;
y lo que en mi sentir lleva la palma
a lo demás, una gallarda hilera
de bellas ninfas, que a encontrarle viene,
todo al barón embelesado tiene.
    Después de un gentilísimo saludo
una de ellas le dice: «Caballero,
dichosa la ocasión llamarse pudo
que te trajo a este albergue placentero,
do, si no está tu corazón desnudo
de humanas afecciones, como espero,
y lo anuncia tu garbo y apostura,
será, la que te aguarda, alta ventura».
    Así diciendo, al caballero indica
el marmóreo portal del gran palacio;
luego una sala le recibe, rica,
maravillosa, de ovalado espacio;
festones la techumbre multiplica
de crisólito, de ópalo y topacio;
de alabastro el más cándido es el muro;
perfiles y cenefas de oro puro.
    Entrando el caballero, en medio se halla
de bulliciosa juvenil cuadrilla
de hermosas ninfas, que al mirarle calla,
y le conduce a la más alta silla.
Una, terciada al hombro alba toalla,
hincada humildemente la rodilla,
una bacía de oro le presenta,
que los primores del cincel ostenta.
    Otra, que deja en leve ropa gualda
brujulear las formas a la vista,
y prendida a la cinta lleva el halda,
y en el broche una cárdena amatista,
toma el aguamanil (de una esmeralda
labrado, la más grande que fue vista),
—485→
y derrama al señor de Montalbano
líquido aroma en una y otra mano.
    Otra dama tras esto, que, ceñida
la frente de arrayán, tiene por gala
única su beldad (que, por mi vida,
la de la más encopetada iguala),
«A punto está, le dice, la comida»;
y la gallarda tropa, puesta en ala,
al buen señor de Montalbán se inclina,
y a do el banquete aguarda le encamina.
    Junto allí se demuestra cuanto puede
excitar al más lánguido apetito,
y no sé si la copia al arte excede,
o si lo vario es más que lo exquisito;
pues reunido pareciera adrede
para que en este número infinito
de viandas con que al gusto se festeja,
vague la vista, en elegir perpleja.
    De la mesa, que entolda entre follaje
verde una red de flores olorosas,
va el caballero al superior paraje
con cuatro damas de las más donosas.
Otras, arregazado el blanco traje,
coronada la sien de blancas rosas,
ministran; y una de ellas, que el divino
néctar servir pudiera, escancia el vino.
    Cuando, acabada la soberbia cena,
descubierta quedó la mesa de oro,
a una gran cuadra van de antorchas llena,
do mientras danza alborozado coro
al compás de amorosa cantilena,
de suave cuerda y de metal sonoro
una discreta dama al distraído
barón se llega, y dícele al oído:
    «¿Ves la ventura que te ofrece el cielo?
Predestinola a ti la reina mía,
que de tu amor aguarda su consuelo,
y si quisieras más, más te daría».
Estaba el buen Reinaldos como lelo,
y a veces receloso se decía:
«¿A que el traidor de Malgesí me engaña,
y cuanto miro es todo una patraña?»
    En esto el nombre oyó, por accidente,
de Angélica. Irritado basilisco
—486→
se vuelve, y con ceñudo continente
caricias, ruego, amor rehuye arisco.
No hay placer ni hermosura que le tiente;
se despeñara del más alto risco,
y en el más hondo abismo se echaría,
por no ver la que tanto aborrecía.
    Por la primer salida, que halla abierta,
de esta, a su juicio, odiosa cárcel, huye.
«De nada aquí te servirá Frusberta
(teniéndole, una dama así le arguye)
lo postrero es del mundo esta desierta
ínsula, que ignorado mar circuye;
en prisiones estás, y no te queda
más arbitrio que hacértelas de seda».
    Las cejas el francés airado enarca,
que sólo entonces fue descomedido;
y a la playa en demanda de la barca
corre, con el intento decidido
de abandonarse a ella, aunque la Parca
le dé por tumba el ponto embravecido.
Por la tropa de ninfas atropella,
llega al mar, ve la barca, salta en ella.
    Mas heos aquí segunda maravilla:
por más que corta el agua con la espada,
así aparta la nave de la orilla
como si allí estuviese emparedada,
o a las ásperas rocas por la quilla
con cincuenta cadenas amarrada;
moverla no le es dado, más que al viento
sacar un farallón de su cimiento.
    Estaba ya Reinaldos impaciente,
pensando si a las ondas se arrojase;
y al intentarlo, inesperadamente
de la costa el barquillo se desase,
y tomando la vuelta del poniente
sin que el barón la causa adivinase,
así va, que saeta no le iguala
en lo veloz, ni disparada bala.
    El manto de la noche el mundo vela,
y en tanto el barquichuelo desalado
no corre por el agua, sino vuela;
y lo mejor (si aún no lo he declarado)
—487→
es que no se usa en él jarcia ni vela,
ni remo, ni timón; y tripulado
parece estar de duendes, y que sea
el mismo Satanás quien pilotea.
    Da fondo en fin al despuntar la aurora,
que en nubes se embozó de infausto agüero.
Reinaldos desembarca, y una hora
anduvo sin destino y sin sendero,
cuando a un anciano ve, que gime y llora,
y le dice: «¡Ah Señor! Un bandolero
me acaba de quitar una hija amada;
de su inocencia y mi dolor te apiada».
    Tiénela el tal en una selva espesa,
y a pie el de Montalbán y solo se halla;
mas no por esto rehusó la empresa;
antes presenta al robador batalla.
Conturbado el ladrón soltó la presa;
y luego, dando un silbo, atiende y calla;
apenas fue la seña oída, el puente
calan, de un gran castillo, que está enfrente,
    de donde un jayanazo de morena
faz, erizado pelo y mirar torvo,
sale, y un dardo trae y una cadena
que el un extremo tiene agudo y corvo.
Y sin decir razón mala ni buena
el dardo arroja, que, no hallando estorbo
en el escudo, el fino arnés horada
del paladín, y encarna una pulgada.
    Rïó Reinaldos desdeñosamente,
que no quedó del tiro muy contento.
A castigar la injuria fue impaciente;
pero el bribón le adivinó el intento;
la espalda le volvió y hacia otro puente
que de uno y otro lado tiene asiento
sobre berruecos de áspera barranca,
corrió como en hüída, a toda zanca.
    Hay en medio del puente una argolluela;
de ella el gigante la cadena traba
metiendo el gancho, y cuando ve que vuela
el paladín tras él con furia brava,
y al puente se abalanza sin cautela,
el traidor, que otra cosa no aguardaba,
tira de la cadena, y al instante
húndense paladín, puente y gigante.
—488→
    Jamás se vio invención tan rara y nueva.
Aturdido Reinaldos del porrazo,
rodando fue hasta el centro de una cueva,
en donde pie con pie, brazo con brazo,
le ata el jayán, que al hombro se le lleva,
diciendo: «No nos dieras embarazo,
y te estuvieras a pie quedo en casa,
y no te pasaría lo que pasa».
    El lance, por mi vida, es apurado.
«¡Cómo Fortuna en su rigor se extrema!
dice el barón, ¿quién pudo haber pensado
tan nueva y nunca vista estratagema?
Pero que pinte lo que quiera el dado;
¡perdí el honor! ¿Qué azares hay que tema?
Lo que siento es morir como un baldío,
atado pies y manos, y hecho un lío.
    «¡La voluntad de Dios cumplida sea!»
Llegan en esto al puente del castillo,
do de osamenta descarnada y fea
ocupado se ve cada portillo;
aquí una triste víctima boquea;
allá cuelga un cadáver amarillo;
de sangre están teñidos muro y suelo;
todo señales da de espanto y duelo.
    Mas no el color por esto se le muda
ni al miedo da cabida el caballero.
Envuelta en largas ropas de vïuda
una vieja recibe al prisionero,
de avellanada tez, flaca, barbuda,
y de un mirar desapacible, austero.
«Menguada fue la hora en que viniste,
dice, a jurisdicción de Rocatriste.
    «Pero hallándose el número cumplido
de víctimas que mueren cada día,
según el rito ahora establecido
en esta malhadada estancia mía,
ten, si en algo lo estimas, entendido
que tu fin no es llegado todavía;
mas de la luz despídete, que es ésta,
¡mezquino!, la postrera, que te resta».
    Al solitario albergue de un oscuro
sótano el caballero es conducido,
en que un lecho le aguarda angosto y duro
y un pedazo de pan enmohecido.
—489→
Juzga llegado el término inmaturo
de su vida, y lo toma a buen partido,
que sin honor la vista le es amarga
del mundo, y el vivir pesada carga.
   Postrado a la fatiga y la tristeza,
del ánima mortal doble beleño,
reclinó, como pudo, la cabeza,
y abandonose, sin sentir, al sueño.
Mas no ha dormido el infeliz gran pieza,
cuando tocar se siente, y al pequeño
resplandor de una lámpara expirante,
el bulto de la vieja vio adelante.
    La cual así le habla: «Caballero,
tu presencia gentil tanto me obliga,
que una proposición hacerte quiero
con que evitar tu muerte se consiga.
Mas por que entiendas mi designio, el fuero
que aquí se guarda es menester te diga,
y que con harta pena haga memoria
de una sangrienta y lamentable historia.
    «Un caballero fue, de gran riqueza,
señor de este castillo y tierra un día;
a todos hospedaba con franqueza;
en pompa grande y esplendor vivía;
a gentes de valor y de nobleza
sobremanera honraba y distinguía;
y tuvo una señora por esposa,
tanto como leal y casta, hermosa.
    «Ella, que de hermosura fue un lucero,
era llamada, no sin causa, Estela;
llamábase Damón el caballero,
y el castillo que miras, Orcancla,
que en Rocatriste conmutó el primero
nombre por lo que oirás en la secuela.
Damón, por una selva, que cercana
está a la mar, cazaba una mañana.
    «Y como a un caballero acaso viera
correr el monte en forma de batida,
según costumbre suya a todos era,
a su castillo y mesa le convida.
Mi marido era el tal (¡nunca lo fuera!);
Marquino, duque entonces de Fonfrida;
y, como los demás, es hospedado
en Orcanela, y grandemente honrado.
—490→
    «Pues, como lo ordenó fatal estrella,
puso el huésped los ojos en la dama,
y al punto enamorado quedó della,
que siempre amigo fue de ajena cama;
mírala tan honesta como bella,
y tanto más su loco ardor se inflama;
ya no entiende ni piensa en otra cosa
que en robar a Damón la cara esposa.
    «De Orcanela se va; mas a la grupa
algún genio infernal pienso que lleve,
que para el robo en que la mente ocupa
le sugiera el ardid más ruin y aleve.
Arma escondidamente una chalupa,
de noche se hace al mar, y aporta en breve
a un oculto lugar de esta ensenada,
y pone a poco trecho una celada.
    «Como sonando el cuerno iba Marquino
la siguiente mañana, el sin sospecha
Damón, gozoso a saludarle vino,
y al cuello aquel traidor los brazos le echa.
Cabalgan juntos por aquel camino,
y mi marido, haciendo la deshecha,
frecuentemente vuelve atrás la cara,
como si alguna cosa se dejara.
    «Revolver, dice el otro, justo fuera,
si algo os dejáis que os tenga con cuidado.
Es un lebrel que estimo en gran manera..
dice Marquín, mas daros temo enfado.
No haréis tal. Y esto dicho, a la ligera
vuelve Damón las riendas, y el malvado
le lleva a do emboscada está su gente;
muerto fue el infeliz traidoramente.
    «Con su propia bandera es el castillo
tomado; en él no dejan alma viva;
uno muere a dogal, otro a cuchillo;
y de sentido a Estela el susto priva,
en quien el más que bárbaro caudillo,
como la ve que alienta apenas, iba
a poner su nefario intento en obra,
cuando ella del desmayo se recobra.
    «Fuerzas le da el honor, y a brazos lucha
con este hombre crüel cuanto lascivo,
que gemidos y súplicas no escucha,
antes le sirve el llanto de incentivo.
—491→
Bien se defiende Estela; pero es mucha
la desventaja; y ya el denuedo altivo
siente que mengua, y sin aliento se halla
para tan fiera y desigual batalla.
    «Mas aunque el cuerpo es débil, no así el alma,
ni el puro corazón, leal y honesto;
por otro estilo quiere ver si calma
de su enemigo el desalmado arresto.
Señor, le dice, es tuya al fin la palma;
mas ¿qué placer en medio del funesto
teatro que tenemos a la vista,
pudiera hacerte dulce la conquista?
    «¿Puede dar gusto una mujer sin vida,
víctima del dolor y del espanto?
Si dejar que olvidada y escondida
vaya a un claustro a llorar, te cuesta tanto,
permíteme a lo menos que te pida
un plazo breve a la amargura y llanto
que a un amor fino, aunque infelice, debo,
antes de dar oídos a otro nuevo.
    «Concédeme que llore un solo día
y a mi caro Damón dé sepultura;
después tu voluntad será la mía,
y me resignaré a mi desventura.
Si por piedad, honor, caballería
esta breve merced se me asegura,
no digo yo que te amaré, sí digo
que a sempiterna gratitud me obligo.
    «Esto propone por si algún vecino
socorro llega, aunque en tan corto plazo;
pensando, si no ve mejor camino,
a veneno morir, a espada o lazo,
antes que consentir del asesino
de su marido el detestable abrazo;
ni pareció, llegada al trance estrecho,
ser su resolución de instable pecho.
    «Después de haberlo el duque masticado,
últimamente admite la propuesta.
Viene en el entretanto un fiel criado,
y el caso por menor me manifiesta.
Dice también que el duque le ha mandado
que una droga mortal le tenga presta;
que conmigo a comer vendrá Marquino,
y él mismo ha de mezclármela en el vino.
—492→
    «¿Por qué una vida sola se escondía,
traidor Marquino, en ese infame pecho,
y no da a mis venganzas cada día
pasto tu corazón pedazos hecho?
Si un infierno, señor, el alma mía
se vuelve ahora, recordando el hecho,
qué debí de sentir, fresca la ofensa,
y reciente la herida, tú lo piensa.
    «En el castigo lo verás patente
que yo tomé de mi ofensor villano.
Dos niños tuve de su vil simiente.
Maté al mayor con esta propia mano.
Estaba el pequeñuelo allí presente,
y mirándome herir al pobre hermano,
madre, decía, madre, no tan duro;
asiéndole de un pie le estrello al muro.
    «Luego apartando enteras las cabezas,
los tiernos cuerpezuelos descuartizo,
y los divido en mil menudas piezas.
Aún hoy de referirlo me horrorizo,
después que asombros tantos y crüezas
han vuelto en mí lo humano un ser postizo.
Paréceme tener aquí delante
la carne de mis hijos palpitante.
    «Mas me vengué; del hecho no me pesa.
Vuelve, pues, mi marido, y con traidora
cara se llega a mí, me abraza y besa.
En varios platos se le sirve ahora
la carne de mis hijos a la mesa;
él mismo que los hizo los devora.
¡Oh sol! tú que lo viste, ¿cómo el paso
no apresuraste a hundirte en el ocaso?
    «Valida yo, no sé de cuál pretexto,
dejé la mesa, y con aquel criado
salgo oculta de casa, y voyme presto
a la frontera del vecino Estado,
cuyo señor, que se llamaba Ernesto,
era primo de Estela, y ya avisado,
para salvar, si era posible, a Estela,
marchaba con los suyos a Orcanela.
    «Pues Marquino, que de esto nada sabe,
mi ausencia nota, y manda en busca mía.
Cerrado estaba mi aposento a llave;
la llave falta; llaman; nadie abría.
—493→
Cuidadoso Marquino, y algún grave
suceso recelando, a tierra envía
de un puntapié las cerraduras; entra,
y lo que menos imagina encuentra.
    «Retrajo el paso, dando un recio grito.
Las dos cabezas vio en una bandeja;
y este letrero, de mi mano escrito,
nada en el caso que dudar le deja:
Tus hijos son; matolos tu delito;
mi venganza en sus carnes te festeja;
sepulta lo que dellos te ha quedado;
lo demás ya en tu vientre has sepultado.
    «Mas, recobrado del horror primero,
de indicios varios, que juntar procura,
coligiendo mi fuga y paradero,
venganza contra mí y Ernesto jura;
las armas pide y un bridón ligero,
y pártese a Orcanela en derechura,
no sea que, si tarda, Ernesto equipe
su gente, y a esperarle se anticipe.
    «La medianoche o poco menos era,
cuando aquí pareció con su mesnada.
Protesta que la víctima primera
que ha de ser a sus iras inmolada
es el honor de Estela prisionera,
y que ya de sus brazos no habrá nada
que la defienda, y que su gusto estorbe,
si bien se armase en contra suya el orbe.
    «A Estela hace llamar. Llega la dama
con pálido semblante y lagrimoso;
y conociendo el fin con que la llama
y que es el resistirle infructüoso,
atenta ya a cumplir lo que a su fama,
tiene jurado y al difunto esposo,
sígueme, respondió; y a una vecina
cuadra con lento paso se encamina.
    «Y pisado el umbral, osada y presta
un puñal en el pecho se sepulta.
Hállase, en medio de la cuadra, puesta
el arca triste que a Damón oculta.
Bañada en sangre encima se recuesta,
y al hombre aborrecido que la insulta,
en vez de la beldad que estaba cierto
de profanar, dejó un cadáver yerto.
—494→
    «Fuese despecho vengativo, o fuese
que el nefando banquete de aquel día
turbados los sentidos le tuviese,
dicen que aun no era parte todavía
este caso funesto, a que cediese
del intento brutal con que venía;
horrorizado, al fin, de allí se aleja,
y a recibir a Ernesto se apareja.
    «Ernesto y yo llegamos con la aurora.
Brevemente la roca fue tomada,
y a mi vista exhaló su alma traidora
de mil modos Marquín martirizada.
A la demás caterva malhechora
pasamos por el filo de la espada,
y a la dama se dio sepulcro honroso
a par del caro malogrado esposo.
    «Ernesto se volvió; yo en este ajeno
castillo pensé hallar mansión segura.
Era casi pasado el mes noveno,
cuando a deshoras, una noche oscura,
se oyó una voz que, como ronco trueno,
brama en la embovedada sepultura,
lecho postrero de Damón y Estela;
voz que de susto y pasmo a todos hiela.
    «Tres gigantes dejó conmigo Ernesto
para atender a la defensa mía.
El que de ellos mostró mayor arresto
fue a ver lo que en la tumba sucedía;
y violo, el pobre, demasiado presto,
porque no bien el suelo removía,
cuando al bramar de la honda voz parece
que el orbe, no el castillo, se estremece.
    «Y un monstruo que abortar quiere la tierra,
solevantando la funérea losa,
alza una garra, que al gigante afierra,
y a sí le trae con fuerza poderosa.
Luego que entero y vivo lo sotierra,
un tanto la tremenda voz reposa;
mas al siguiente día otra vez muge,
y el castillo, otra vez temblando, cruje.
    «Hombre no se encontró de tan seguro
corazón, que bajar allá quisiera.
Yo en torno mandé alzar un grueso muro,
y que con una máquina se abriera
—495→
la cripta sepulcral, de do un impuro
contrahecho vestiglo salió fuera.
de temeroso aspecto y forma rara,
cual verás, si quisieres, cara a cara.
    «Es tal su condición, que no hay manera
de que otra carne en vez de humana pruebe;
y si no es que a menudo a la barrera
en que encerrado brama se le lleve
algún mezquino que a sus manos muera
y su voraz horrenda gula, cebe,
el fuerte muro a garra y cuerno prueba,
y en todos el espanto se renueva.
    «Así que, como ves, dura, forzosa
necesidad es nuestra usanza y fuera,
ni te parezca, practicable cosa
trasladarme a otro sitio, aunque quisiera;
hácenme mis delitos tan famosa,
y tanto me odia el mundo y vitupera,
que no me resta en parte alguna asilo
do esperar pueda un porvenir tranquilo.
    «Oye, pues, lo que voy a proponerte:
sé mi esposo, y señor de este castillo;
que si bien es un don de baja suerte
el que te ofrezco, y de pequeño brillo,
quizá, si lo comparas con la muerte,
encontrarás razón de preferillo;
de otro modo ya sabes que te espera
temprano fin en garras de la fiera».
    Luego que el buen Reinaldos hubo oído
este prolijo lastimoso cuento,
y casi a carcajadas ha reído
oyendo de la vieja el pensamiento,
así le dice: «Madre, yo te pido
que me permitas ir a ese sangriento
bruto, fantasma, o lo que fuere, armado
como me ves, y con mi espada al lado».
    Ceñuda ella responde: «Haz lo que quieras.
Sábete que eso mismo ha de valerte
el ir armado, que si no lo fueras;
que al fin a lo que vas es a la muerte.
—496→
¿Qué espada, ni qué arnés, ni qué quimeras?
Sus uñas rasgan de la propia suerte
el hierro que la seda, y no hay tan fino
acero, que en su piel se abra camino.
    «Pues que te desagrada mi propuesta,
condescender a tu demanda quiero».
Llegada la mañana, a la funesta
arena es descolgado el caballero.
He aquí el bravo animal; he aquí que a presta
carrera el más valiente huye primero,
y de sus uñas, aun con ser el muro
tan alto y grueso, no se cree seguro.
    A paso va Reinaldos, aunque tardo,
firme, desenvainada su Frusberta.
Mas ¿para cuándo a retratar aguardo
esta alimaña en bruto y diablo injerta?
Que diese el ser a este animal bastardo
el diablo y lo amasase con la yerta
carne y la sangre de Marquino helada,
dice el autor que es cosa averiguada.
    De Damón fue erigido el monumento
en subterránea bóveda espaciosa
que sostiene un bruñido pavimento,
do dice en letras de oro negra losa:
«Bajo esta piedra el fúnebre aposento
se oculta de Damón y de su esposa;
dechado él de caballeros; ella
de fe constante y de hermosura estrella».
    Tirado, pues, a un lóbrego escondrijo,
no lejos del marmóreo mausoleo,
de infernal padre abandonado hijo
que de ninguna madre fue recreo,
poco a poco el diabólico amasijo
desarrollose horriblemente feo,
hasta que, en vez del infantil vagido,
aquel baladro aterrador fue oído.
    No era menor que un buey en el tamaño,
con dos agudas astas en la frente;
los ojos de un color de fuego, extraño,
y de un jeme de largo cada diente;
gruesa la piel, de amoratado paño
y verdinegras pintas, cual serpiente;
prolija barba de sanguazas llena;
cerdosa y desgreñada la melena.
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    Rollizos miembros tiene como un oso,
y en corvos garfios cada cual termina.
Tiene el aspecto falso y alevoso,
y la mirada de intención dañina.
Cuando, como acostumbra, está furioso,
los dientes con tremendo son rechina;
brama, cual nube que preñada estalla;
con uñas, cuernos, dientes, da batalla.
    Tales las señas son del endiablado
bruto, según le pinta don Turpino.
Habiéndose a Reinaldos encarado,
fuesele aproximando pian pianino.
Creyendo ya entre dientes el bocado,
sobre los pies traseros hace un pino,
y se abalanza, la bocaza abierta.
Tremendo tajo descargó Frusberta;
    Mas, aunque en el testuz se lo hace bueno,
no le ocasiona un átomo de daño.
Brinca al francés la fiera, hecha un veneno,
y con la diestra esgrímele un araño.
Aquella vez no le acertó de lleno;
pero un pedazo llévale tamaño
del ancho escudo con el corvo artejo,
y rásgale la cota y el pellejo.
    Reinaldos otro golpe le segunda,
y otro tras éste, y otro sin tardanza.
Brama la fiera al recibir la tunda,
y por los ojos llamaradas lanza;
mas no le es dado que pavor infunda
a Montalbán, que lleno de esperanza,
ora esgrime de lado, ora de frente,
de tajo y de revés, y a manteniente.
    Aunque del caso lo peor le toca,
con renovado ardor cada vez carga.
Anda la bestia, que se vuelve loca,
ya por asir la espada, ya la adarga;
con los cuernos embiste, con la boca;
ora el un brazo y ora el otro alarga;
bate la cola, eriza la guedeja,
y al enemigo respirar no deja.
    Reinaldo en cuatro partes está herido.
¿Quién vio jamás igual atrevimiento?
Se ve maltrecho, y no se cree perdido;
mengua la sangre, y crécele el aliento;
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y tomó ciertamente aquel partido
que era propio de un hombre de talento,
que, si no vence, a manos de la fiera
o a las del hambre, es menester que muera.
    Empezaba a ponerse el cielo oscuro,
y la reñida lucha no cesaba.
El paladín la espalda arrima al muro,
y con su sangre la armadura lava;
mas antes de morir quiere dar duro.
Frusberta cada vez está más brava;
si el cuero no penetra, firme y tieso,
a lo menos magulla carne y hueso.
    Reinaldo envida el resto a una jugada:
¡Oh cuál zumba la espada tajadora!
Mas ¡ay! el animal de una uñarada
se la quitó. ¿Qué harás, Reinaldo, ahora?
La vida y la batalla es acabada:
seguramente el monstruo te devora.
Siento a los ojos asomar el llanto;
¡ah! permitidme suspender el canto.