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Canto IX

Flor de lis

    Raza humana infeliz, que en cuanto tienes
alrededor de ti desde la cuna
no ves más que mudanzas y vaivenes,
y permanente condición ninguna,
¿por qué apegarte a los falaces bienes
que da y quita a su antojo la Fortuna,
si al voltear primero de su rueda
huyen, y apenas rastro dellos queda?
    Todo lo muda esta deidad liviana;
sólo en su instable genio nada innova;
a la belleza, flor caduca y vana,
cualquiera cierzo los matices roba;
pace la errante grey yerba lozana
do reyes albergó dorada alcoba;
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de aquella torre que era el viento asombro,
sólo acá y acullá se ve un escombro.
    ¿Qué resta de Babel? Ni una vislumbre.
Remolinos de polvo humilde loma
cubren, que sustentó la pesadumbre
de sus murallas y pensiles. Roma,
de la soberbia humana última cumbre,
cebose en ti del tiempo la carcoma,
y la grandeza que hubo dicho Nunca
pereceré, roída yace y trunca.
    Esa momia que en báratro profundo
sumida está y en decadencia extrema,
de antiguo imperio que dio espanto al mundo,
es ya reliquia y juntamente emblema.
Cayó del sacro altar al cieno inmundo
el ídolo, y el himno es ya anatema.
Un trozo de estructura arquitectónica
es de alguna ciudad toda la crónica.
    ¡Cuánta grandeza es un gastado escrito,
que no pudo salvar la piedra misma,
y en que con vano estudio el erudito
para deletrearlo se descrisma!
¡Cuánto padrón de bronce y de granito
el Tiempo en sempiterna noche abisma!
¡Cuánta dominación, poder y gloria
apenas un renglón legó a la historia!
    Mas, ¿a qué fin el pensamiento busca
lecciones en lo antiguo y lo distante
de la fatalidad que hunde y ofusca
lo más noble y espléndido y gigante?
¿A qué la fama asiria ni la etrusca
interrogar? ¿A qué poner delante
el gran cadáver, que al desierto agobia,
de la ciudad ilustre de Cenobia?
    Ved lo que ayer no más Reinaldos era,
a gozar un imperio convidado
y el lecho de una dama placentera,
de músicas y danzas rodeado;
y miradle hoy en garras de una fiera
tan de humano favor necesitado,
que hasta su espada fiel le desampara,
y está viendo a la muerte cara a cara.
    Pero dejo al barón de Montalbano,
que una beldad me aguarda, a quien tan fuerte
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afán aqueja ahora y tan tirano
como a Reinaldos, aunque de otra suerte;
lucha aquél con la muerte mano a mano,
y esotra llama a voces a la muerte,
a la muerte, que sorda a su querella,
no se digna venir a socorrella.
    Si os acordáis de aquella Niña hermosa
que en demanda envïó del caro ausente
a Malgesí, no extrañaréis que ansiosa
de su llegada, los minutos cuente.
El que anhelando estaba alguna cosa
y la aguardó gran tiempo (mayormente
si era cosa de amor), la pena arguya
de Angélica infelice por la suya.
    Reside ahora Angélica en la Albraca;
y desde el alto alcázar donde habita,
escucha el sordo embate y la resaca
de la vecina mar, que el austro agita.
La grande hueste tártara no ataca
las murallas aún; sólo la grita
se oye de alguna banda que destruye
las cercanías; tala, quema, y huye.
    Vuelto el hermoso rostro a la marina,
si alcanza a ver algún bajel lejano,
«Allí sin duda, exclama la mezquina,
allí viene el barón de Montalbano».
Que cercano cabalga se imagina,
si cuádruple herradura pulsa el llano.
No hay carro, no hay carroza, no hay carreta
en que verle llegar no se prometa.
    Volvió en fin Malgesí; mas ¡ay! volvía
(¿quién tal pensara?) con muy mal recado;
de hombros el pobre mago se encogía,
mohino, taciturno, amostazado.
«¿Qué es de tu primo?», dice inquieta. Huía
de sus mejillas el matiz rosado;
temblaba; y lo peor juzgando cierto,
llorosa exclama: «¡Ay desgraciada! Es muerto».
    «No es muerto aún (así responde el mago);
pero no pienso que gran cosa falte,
ni que difiera el postrimero trago,
si no se vuelve halcón o gerifalte.
Tiene, señora, al amoroso halago
forrado el pecho en diamantino esmalte;
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y de su propia vida no se cura
más que de mi amistad o tu ternura».
    Tras esto le contó punto por punto
cómo le trajo a la fatal ribera
de Rocatriste, y que le tiene a punto
de ser despedazado por la fiera.
La vista fija y el color difunto,
escucha aquella historia lastimera
la amante Niña, y tal dolor le asalta
que en tierra cae, de sentimiento falta.
    Y recobrada dice: «¡Mal nacido!
Yo haré que de tan negra acción te pese.
¿Su muerte por ventura te he pedido?
El modo de arrancarme el alma es ése.
¿No juraste traerle, fementido?
¿Hacerle no ofreciste que viniese
a consolar mi pecho enamorado?
¿Y dónde está el consuelo que me ha dado?
    «¿Pudo ser que designio tan injusto
contra tan noble vida en ti cupiera?
Ni te valga decir que por mi gusto
le sacrificas; porque, dime, ¿no era
mal menos grave y término más justo,
si uno hubo de morir, que yo muriera?
¿Ignorabas, traidor, que en nada estimo
el trono ni la vida sin tu primo?
    «¡Triste! Cuando esperaba con mi mano
mis paternos dominios ofrecerte,
y a despecho del tártaro Agricano,
esposo mío y rey del Asia hacerte,
yo misma te conduzco a fin temprano,
yo te doy, yo, la más horrible muerte;
mas con mi vida y con la de este impío
juro darte venganza, ídolo mío».
    El mágico le dice: «Darle ayuda,
si quieres, es posible todavía;
mas importa que presto se le acuda,
o la resolución será tardía.
A ti el hacerlo toca; y si no muda
este nuevo favor su rebeldía,
de bronce es menester que tenga el pecho,
y no de sensitivas fibras hecho».
    Dice; y le da una lima y una cuerda,
que a manera de red teje y compone,
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y una pasta de pez, que al que la muerda,
las dos quijadas pegue y aprisione.
Luego que con la dama el caso acuerda,
y Angélica a la empresa se dispone,
un diablo llega, a quien montada encima,
vuela, llevando red y pasta y lima.
    En tanto por momentos se le gasta
a Reinaldos la fuerza, aliento y vida;
que si con su Frusberta apenas basta
contra enemigo tal, ¿qué hará, perdida?
¿Cómo esquivar el diente y garra y asta
de la bruta alimaña embravecida,
que a un lado y otro tarascadas echa,
y le fatiga sin cesar y estrecha?
    Una gran viga a siete varas de alto
empotrada está a dicha en la muralla.
Reinaldos que la mira, y que ya falto
de todo otro recurso humano se halla,
juntando cuantas fuerzas pudo, un salto
desesperado da por alcanzalla.
Dos brazas se levanta de la tierra,
y con la diestra mano el leño afierra,
    Luego sobre los brazos se alza en peso,
y a horcajadas en él quedó sentado.
Maravilloso fue, raro suceso;
pero es poco en verdad lo que ha ganado;
pues entre insuperables vallas preso,
en medio a cielo y tierra colocado,
fuerza es se rinda al hambre, a la molestia,
a la intemperie, o lidie con la bestia.
    Ya la noche tendió su capa bruna,
y él, que no ve otro abrigo ni otra cama,
sobre la viga, al fresco de la luna,
se acomodó, como cuclillo en rama.
A sus pies está oyendo a la importuna
fiera, que sin cesar rezonga y brama,
y en esto por el aire un bulto mira
que ya se acerca y ya se le retira.
    Echó luego de ver que era una dama,
y tardó poco en conocer quién era;
y tanto en ira el pecho se le inflama,
que duda si se arroje o no a la fiera.
Ella de lejos tiernamente llama,
y le habla en dulce voz de esta manera:
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«Mucho, señor, me pesa verte puesto
por causa mía en trance tan funesto.
    «No ha sido mi intención que de mal grado
el placer me otorgaras de tu vista,
sino con voluntad y con agrado;
que a fuerza un corazón no se conquista.
Imagínate, pues, lo que el estado
en que te llego a ver, duele y contrista
a quien el alma y vida, prenda cara,
por ti sin vacilar sacrificara.
    «Cese la ingratitud, cese el desvío,
y no a ofensa me imputes el quererte.
Ven a mis brazos, ven, que yo confío
en salvamento y libertad ponerte.
¿Cuál humano favor, si no es el mío,
puede salvar tu vida de la muerte?
¿O a tanto llega tu desdén tirano,
que aun la vida no quieres de mi mano?»
    «¡Mujer! (le respondió ciego de enojo)
¿a qué venís aquí? No os he llamado:
ruégoos que me dejéis en paz; escojo
antes morir que veros a mi lado.
Al punto mismo, si no os vais, me arrojo
a ser por esta bestia devorado».
Ella, que tanto al inhumano adora,
que aun su desdén la encanta y la enamora,
    Dícele: «Voy, señor, a obedecerte,
que otra cosa, aun queriendo, no podría;
y si gusto llevaras en mi muerte,
la muerte con mis manos me daría».
Terminado el coloquio de esta suerte,
desciende en la infernal caballería
la dama, y de los lomos de su diablo
salta a la arena del murado establo.
    Tira al monstruo la pez; la red coloca.
Creyendo ser alguna golosina,
abre el animalón tamaña boca
para engullir la pasta peregrina,
que pega de tal modo cuanto toca,
y así lo traba, así lo conglutina,
que arte ni fuerza a separarlo basta;
tal era la virtud de aquella pasta.
    Como se siente presas las quijadas,
el monstruo más que nunca se enfurece,
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y lánzase, tirando manotadas,
hacia donde la dama estar parece;
pero de bruces da en la red, y atadas
manos y pies, inmóvil permanece.
La dama, que a Reinaldos creo seguro,
parte volando por el aire oscuro.
    Pasa la noche; el nuevo sol despierta;
presa la fiera ve el de Montalbano;
y creyendo que Dios le abre la puerta
de salvación, ligero salta al llano,
y a repetidos golpes de Frusberta
matarla intenta; pero suda en vano;
que a tajarle la piel no era bastante
el filo más agudo y penetrante.
    Ya que por este medio nada espera,
de otro modo pensó salir con ello:
montándose a horcajadas en la fiera,
los brazos le echa en firme nudo al cuello,
y apretole las piernas de manera
que casi la ha privado del resuello;
como dos brasas se le ponen rojos,
y salen de las cuencas ambos ojos.
    A la fiera el aliento se le apoca,
y tanto más el caballero afana.
Apretando los dientes y la boca
colorado se puso como grana,
hasta que enteramente la sofoca,
y exhalar le hace el ánima villana,
que con aullido horrísono se queja,
y en paz, por fin, a Rocatriste deja.
    Reinaldos, terminada la batalla,
busca por do salir al campo raso;
y cercado se ve de alta muralla,
menos donde una reja impide el paso;
de gruesos hierros intrincada malla,
que ofrece aun a la luz camino escaso.
Reinaldos pugna por echarla abajo;
pero pierde su tiempo y su trabajo.
    A treparla arremete, mas de espesas
agudas púas erizada estaba.
La asalta con la espada; ni por ésas.
En suma, el paladín se la tragaba
que el término era aquél de sus empresas,
si por algún milagro no escapaba.
—505→
Perplejo está además; el caso estima
desesperado. En esto ve la lima.
    La lima que dejado adrede había
en aquel sitio Angélica la bella.
Pensando que algún santo se la envía,
las densas barras va a probar con ella.
Lima que lima estuvo medio día,
y poco a poco el duro hierro mella,
hasta que logra abrir capaz portillo,
por donde sale al patio del castillo.
    La cosa por desgracia vio un gigante,
y echó a correr como un espiritado.
    «¡Favor! ¡favor!», gritaba aquel tunante;
el bando infame se presenta armado;
cuál una pica trae, cuál un montante,
cuál cimitarra y cuál bastón ferrado.
Más de unos treinta de esta buena gente
sobre Reinaldos dan súbitamente.
    Pero miles que fueran, buen despacho
de todos ellos el francés haría.
Jurando hacer añicos al gabacho
viene un jayán, y añaden que tenía
como de un palmo o más cada mostacho;
era el que a Montalbán pescado había.
Reinaldos de un revés le abre la panza,
y a los demás sin detenerse avanza.
    Envía por la posta al otro mundo
tres, cuatro, cinco, seis, una docena,
a cuantos llega el hierro furibundo
taja, rebana, pincha, abre, barrena.
Los otros no aguardaron un segundo,
que escarmentaron en cabeza ajena.
Déjalos ir, y embiste a una estacada
que le defiende a lo interior la entrada.
    No estima su victoria por completa,
si de aquella mansión de sangre y crimen
no escudriña la parte más secreta,
donde imagina que cautivos gimen
seres humanos, que librar competa
de los follones que al país oprimen.
A demoler se pone la estacada
con el filo y el puño de la espada.
    Pues el otro jayán que presumía
ver el toro a su salvo en talanquera,
—506→
y ve casi postrada a la porfía
de los tremendos golpes la barrera,
qué partido tomase, discurría.
De armarse al fin le dio la ventolera,
y no curó de lo que más a cuento
le estaba, que era hacer su testamento.
   Se le conoce en la fruncida ceja
que el importuno paladín le enoja.
Reinaldo a poco andar en paz le deja,
enderezando al corazón la hoja.
Oído el caso, la maldita vieja
desde el más alto mirador se arroja;
pero no llega al baldosado suelo,
que Satanás le echó la garra al vuelo.
    A ejecución los malhechores saca
uno que de verdugo hace el oficio.
A los demás, humilde turba y flaca,
el caballero se mostró propicio;
y luego que la sed y el hambre aplaca
y las heridas unge, desperdicio
no quiere hacer del tiempo; sale al raso;
mas no toma la vuelta del ocaso.
    Bien que de allá con poderoso encanto
le tire el siempre dulce patrio nido,
pero ¡cuán vivo en él su oprobio, y cuánto
más penetrante sonará a su oído!
Piensa que Francia del común quebranto
le pide cuenta y del honor perdido;
ve que en el templo y en la regia sala
el dedo de la infamia le señala.
    En la marina aguárdale la barca
que le condujo a tan aciago puerto;
pero esta vez Reinaldos no se embarca,
antes a pie, con paso y rumbo incierto,
cruza de Rocatriste la comarca,
desnudo y melancólico desierto.
Cabalga en tanto Astolfo, y en Pesquisa
dél y Roldán distante suelo pisa.
    De París, como os dije, despedido,
la milagrosa lanza lleva en cuja,
empedrado de joyas el vestido,
obra maestra de curiosa aguja.
En lo galán, lo airoso y lo pulido
ni moro ni francés le sobrepuja.
—507→
Las riendas rige del gentil Bayardo
el caballero insigne del Leopardo.
    Y de una en otra vino a dar un día
en no sé cuál provincia sarracena,
do Sacripante, rey de Circasía,
una revista general ordena,
y al tártaro Agricano desafía
con muchedumbre innumerable, ajena
y propia; no en verdad estimulado
por la codicia o la razón de estado.
    Sólo el amor de Angélica le incita;
y marcha a refrenar la torticera
soberbia de Agricán, que solicita
hacerla su mujer, quiera o no quiera;
y esta demanda a la princesa irrita
de modo tal, que a toda el Asia altera;
y en armas puesta, a su defensa llama
a cuantos capitanes hay de fama.
    A Sacripante sobre todos ruega,
que la ama a par del alma y de la vida,
y tanta valerosa gente allega
que ni Agricán ni el mundo le intimida.
A la sazón el duque Astolfo llega;
y en viéndole el Circaso le convida,
pagado asaz de su brïosa traza,
a que en servicio suyo siente plaza.
    «Caballero, le dice, la soldada
que pidas te daré por tu persona».
    «Dame, responde Astolfo, si te agrada
que yo te sirva, el cetro y la corona;
porque quiero que sepas que con nada
menos mi brazo y fe se galardona;
que estoy desde la cuna acostumbrado
a ser obedecido, no mandado.
    «Y para demostrarte claramente
que no soy, como piensas, ningún porro,
si, atado un brazo, a ti y toda tu gente
no venzo luego y desbarato y corro,
estas armas que miras, Rey potente,
quiero trocar por un mandil y un gorro;
y si hay entre vosotros quien se atreva
a dudar de mi dicho, haga la prueba».
—508→
    Volviéndose a los suyos el Circaso,
luego que del inglés oyó el lenguaje,
«¿No es, dice, caballeros, fuerte caso
que un hombre, al parecer, de alto linaje,
tan rematado esté? ¿No hubiera acaso
para volverle el seso algún brebaje?»
«Él es loco de atar, dicen, y poco
sacarás de meterte con un loco».
    Viendo que nadie le replica nada,
a gran galope Astolfo se retira.
Mucho su gentileza es ponderada.
Mucho al caballo el Rey mira y remira,
y cuanto más le observa más le agrada,
y con más fuerza la afición le tira;
tanto que va tras él, ligero empeño
imaginando el desmontar al dueño.
    Corriendo en tanto el Duque a la ventura
con otro joven caballero topa
de marcial continente y apostura.
Llevando al anca una mujer, galopa,
a quien, no siendo Angélica, hermosura
no tiene igual ni el Asia ni la Europa.
Es Brandimarte el nombre que la fama
da al caballero, y Flordelís la dama.
    O porque amor el pecho le heriría,
o por otra razón que no adivino,
en viéndole el inglés le desafía
parándosele en medio del camino:
«Alto allí, caballero, le decía,
probarte con la lanza determino,
que es para otro que tú tan rica perla.
Prepárate a dejarla o defenderla».
    «Primero dejaré, dice el pagano,
no que una vida sola, una docena.
Pero si venzo yo, ¿qué es lo que gano?
que dama no la traes mala ni buena.
Hagamos la partida de antemano,
como es razón; si la fortuna ordena
que en esta lid mi lanza te trabuque,
es mío ese caballo». Otorgó el Duque.
    La dama, del combate espectadora
y premio, con alegre confïanza
desmonta, y como ha visto vencedora
en justas mil de su amador la lanza,
—509→
ni por asomos se le ocurre ahora
que a Brandimarte avenga malandanza;
y aún pienso que de ver la nueva presa
que el Amor le ha rendido, no le pesa.
    Tomaron, pues, del campo los barones
todo lo que juzgaron suficiente;
y a un mismo tiempo hincando los talones,
corrieron a encontrarse bravamente.
Chocan los dos fortísimos bridones
en medio del correr, frente con frente;
Bayardo por fortuna quedó sano;
pero cayó sin vida el del pagano.
    El cual, como ordenó su adverso sino,
fue a rodar por la arena largo trecho,
y lamenta su mísero destino,
porque la lanza que perder le ha hecho
lo que adoró con el amor más fino,
no le pasó de parte a parte el pecho,
quitándole la carga aborrecida
de una afrentosa y solitaria vida.
    «Mas, ¿quién te impide, ¡oh triste!, el postrimero
remedio?», despechado se pregunta.
Astolfo al ver que del luciente acero
aplica al pecho la desnuda punta,
en alta voz le dice: «Caballero,
detén la espada. A los que enlaza y junta
amor con mutua fe tan verdadera,
si desuniese yo, villano fuera.
    «Vive por largos años, y a esa rara
belleza goza en paz; yo te la cedo.
Venciendo al que me da muestra tan clara
de ánimo generoso, pensar puedo,
sin que una prenda pierdas tú tan cara,
que honrado asaz y ganancioso quedo;
por amor fue y por fama el desafío;
tuya la dama sea; el lauro mío».
    Oyendo al Duque hablar de esta manera
el que ya se contaba por difunto,
tales extremos hace, cual si hubiera
perdido la razón de todo punto.
Bien expresar su gratitud quisiera;
¿mas qué podrá decir en el asunto?
«Ya es doble, exclama, la vergüenza mía;
como en valor, venciste en cortesía.
—510→
    «Ni deuda tanta sé cómo pagarte;
pues ofrecer mi espada es excusado,
aunque igualara a la del mismo Marte,
a quien de sí tan alta muestra ha dado.
Suplícote tan sólo que dignarte
quieras de recibirme por crïado,
y que a tus pies en homenaje lleve
la vida el que dos veces te la debe».
    Esto pasaba entre el caído andante
y el caballero del Leopardo rojo,
cuando cata que llega Sacripante,
y al ver la dama se le alegra el ojo.
Entre ella y el caballo vacilante,
«¿Cuál de estas dos empresas, dice, escojo?
¿La dama o el corcel? Corcel y dama.
Pero primeramente Amor me llama.
    «Cualquiera que de vos, dice altanero,
esa bella mujer trajo consigo,
déjela ya, que para mí la quiero;
sepa, si no, que se las ha conmigo».
«Es un felón, no un noble caballero,
y una horca merece por castigo,
responde Brandimarte, el que, a caballo,
reta a quien se halla a pie, como yo me hallo».
    Y vuelto al Duque, «Préstame, te ruego,
por un momento tu corcel». «¡Mal año!
aunque manso le ves como un borrego,
no sufre este animal jinete extraño,
responde Astolfo, cree que si lo niego
es porque sólo yo con él me amaño.
Cuanto más que el presente desafío,
si en ello caes, a par que tuyo, es mío.
    «Déjame, por tu vida, en dos paletas
con este guapo enderezar la cosa.
El duelo, señor mío, a que nos retas,
será con una condición forzosa:
que si vencido fueres, no te metas
en más cuestión por esta dama hermosa,
y cedas tu caballo al camarada,
que no ha de aventurar todo por nada.
    «Y si yo salgo mal de la querella,
a dar las armas y el corcel me obligo,
pero la dama no, que en cuanto a ella,
te debes entender con el amigo».
—511→
«¡Gracias!, murmura el Rey, benigna estrella,
la que andas hoy tan liberal conmigo.
¡A un mismo tiempo dama, arnés, caballo!
Lance mejor no pude imaginallo».
Esto entre sí; y al Duque por respuesta
riendo dice: «Está cerrado el trato».
Dijérades, al verle, que iba a fiesta,
o en baile o zambra a divertirse un rato;
y si de algo le pesa es que le cuesta
la esperada ganancia tan barato;
que a vueltas del arnés, caballo y dama,
holgara de adquirir loor y fama.
    Toman, pues, campo, enristran, espolean,
embisten, chocan con mortal fracaso;
entrambos caballeros bambolean;
pero algo más le avino al Rey circaso:
las piernas y rodillas le flaquean;
trabuca, rueda; y vuelve paso a paso,
harto mortificado y descontento,
sin su propio corcel al campamento.
    «El pobre diablo, dice Astolfo, vino
a buscar lana, y vuelve trasquilado».
El Duque resolvió mudar destino
por ir de Brandimarte acompañado;
y un par de millas por aquel camino
escasamente hubieron cabalgado,
cuando la dama dice: «A lo que veo,
hemos llegado al puente del Leteo.
    «Aquella agua que veis es encantada,
y al que la bebe la memoria quita.
En el puente una ninfa está apostada,
que ofrece de ella a todo el que transita;
y aquél de cuyos labios es probada,
desmemoriado prisionero, habita
en la verde ribera allende el río,
rendido a un torpe amor el albedrío.
    «Y si alguno hace gestos a la copa,
y sin gustarla va a pasar el puente,
saliendo a una señal toda la tropa
allí cautiva (entre la cual hay gente
de lo mejor del Asia y de la Europa)
al pasajero asaltan juntamente,
y desigual a tan terrible prueba,
le hacen que a su pesar se rinda y beba.
—512→
    «Encaminemos, pues, por otra vía,
ya que el seguir por ésta es devaneo».
Pero cuanto la dama les decía,
era poner espuelas al deseo.
Astolfo protestaba que tenía
de ver aquel encanto del Leteo;
y el pagano barón no le va en zaga.
Llegan al puente, y cátate la maga.
    Con blanda voz y cara zalamera,
haciendo al Duque humilde acatamiento,
rogole que templar la sed quisiera
en el fresco licor sin cumplimiento.
«¡Bruja!, responde Astolfo, ¡embelequera!
Ya sabemos acá cómo anda el cuento.
A los cautivos abrirás la puerta
en este mismo instante, o eres muerta».
    La Ninfa, que esto escucha, prestamente
dejó caer la enhechizada taza,
y todo al punto viose arder el puente,
y hundirse estremeciéndose amenaza.
Astolfo casi casi se arrepiente;
que de pasar el río no ve traza.
Dos segundos estuvo o tres perplejo;
al fin tomó de su valor consejo.
    Y como el compañero por su parte
también porfía en que el jardín se invada,
y la dama no sabe con cuál arte
de tan loco designio los disuada
(la dama, es a saber, de Brandimarte,
que tanto como bella era avisada),
«Otro sendero, dice, oculto y breve
mostraros puedo, que al jardín os lleve».
Siguen ellos los pasos de la guía,
y atravesando el río del Olvido
por cierto puentecillo, que tenía
Flordelis bien probado y bien sabido,
llegaron a una puerta que se abría
a la fatal estancia, do escondido
vive tanto galán aventurero
olvidado de sí y del mundo entero.
    La puerta derribando, ven el huerto
do en gustosa prisión está el de Anglante,
y el caballero del León, Uberto,
y con Grifón el joven Aquilante;
—513→
Clarïón, que en el líbico desierto
venció animoso a un gran dragón volante;
Adrián de Creta, y Antifor moldavo,
y el rey Balán, entre los bravos bravo.
    Pues al entrar los tres, tal chamusquina
se arma, tal confusión, tanta algazara
de caja, de tambor, trompa y bocina,
cual con dificultad se imaginara.
Señora de estos campos Dragontina
ordena a sus cautivos que hagan cara,
y a los intrusos caballeros traten
de aprisionar, o, en todo caso, maten.
    En la mañana de este propio día,
gustado aquel licor que el juicio altera,
el Conde don Roldán llegado había,
rendido amante ya de la Hechicera.
Con la loriga a cuestas todavía,
paciendo Brilladoro en la pradera,
andaba el buen señor entretenido,
cuando oyó el fiero estruendo y apellido.
    Y la hada a sus pies llorosa mira,
que humilde dice: «Tu favor imploro».
Súbitamente el Conde, que suspira
de amor por ella, y ve tan tierno lloro,
desnuda a Durindana, ardiendo en ira,
y monta de un gran salto a Brilladoro;
vivas centellas por los ojos vierte,
anunciadoras de venganza y muerte.
    Amaba el conde Orlando a Dragontina;
¿quién vio jamás tan raro desvarío?
Encierra la bebida peregrina
de la mágica taza un poderío
que con mojar el labio, no ya inclina,
sino fuerza y arrastra a el albedrío,
aun al que en otro amor cautivo se halla,
y a sola Dragontina lo avasalla.
    Embravecido el conde Orlando parte
hacia el lugar en que el tumulto suena,
y en que, mientras arroja Brandimarte
a Uberto del León sobre la arena,
al rey Balán enseña Astolfo el arte
de bajar por las ancas, y se llena
de grande maravilla a la llegada
de Orlando, a quien conoce por la espada.
—514→
    «¡Orlando amado!, el Duque le decía,
¡corona y flor de todo esfuerzo humano!
¿quién así te turbó la fantasía?
Paréceme que estás calamocano.
Astolfo, Astolfo soy, por vida mía;
¿que no conoces a tu primo hermano?»
De parentescos no se cura el Conde,
y a puras cuchilladas le responde.
    Gracias a la ocurrencia de Bayardo,
que era en lances de guerra tan experto;
si no, no estrena el Duque otro leopardo;
que al primer tajo allí quedaba muerto.
Disparando el corcel como un petardo
el muro salva del hadado huerto,
como quien sabe bien que no se gana
gran cosa en argüir con Durindana.
    Bien pudo el Duque allí emplear la lanza;
pero lo que ella vale él mismo ignora;
y aunque cayese Orlando, su pujanza
le quedaba y su espada cortadora;
luego, no sé por qué la confianza
que Astolfo tuvo en sí le mengua ahora;
y luego, el contendor su primo era,
y de verle caído se doliera.
    Orlando por el puente sale al raso,
pensando al duque Astolfo dar un tiento;
mas aunque Brillador fuera el Pegaso,
quedara este pensar en pensamiento,
porque Bayardo corre, y lleva un paso.
Pero por Dios que ya me falta aliento
para más cabalgar; tiro la rienda,
y suspendo un instante la leyenda.


Canto X

Agricán

    Pensando en la virtud maravillosa
de esta agua del Olvido he estado un rato,
y acá me la comparo a cierta cosa
que llamar suele el vulgo iliterato
gracia, donaire, estrella venturosa,
metafóricamente garabato,
—515→
a que no hay prenda que en el mundo iguale,
pues que por todas juntas ésta vale.
    No hay honra ni favor que no consiga
el que con esta prenda solicite,
mientras sin ella la virtud mendiga,
y no se estima el mérito un ardite.
De perlas es lo que un petate diga,
como con este almíbar lo confite;
y ¿qué es sin ella el sabio? un estafermo,
nacido para el claustro o para el yermo.
    Esta gracia es la copa que contiene
el brebaje que a todos enamora.
¡Oh bienaventurado el que la tiene!
Bien puede hacerse cuenta que atesora
lo que más acá bajo le conviene,
pues como universal reina y señora
domina voluntades y opiniones
a pesar de Epictetos y Catones.
    El no dejar que pase por el puente
quien el licor no bebe de la taza,
quiere decir la tema de la gente,
que al que sin artificio ni añagaza
medrar presume, no se lo consiente
en ninguna manera; que en la plaza
del mundo es disparate y desatino
la razón, y la alquimia es oro fino.
    Y aquel total olvido significa
la veleidad, que humanas leyes quiebra,
y en lo vedado solamente pica,
y lo que ve flamante, eso celebra.
Lo demás, lector mío, ello se explica.
Cumple ahora anudar la rota hebra
de mi discurso; y vuelvo al punto donde
en pos de Astolfo iba corriendo el Conde.
    Mas cánsase sin fruto, que Bayardo
echando treinta millas va por hora.
Corría y más corría el del Leopardo,
llevando siempre el rostro hacia la aurora.
Figúrase el mal rato que el gallardo
Brandimarte estará pasando ahora,
y dejar en aquel tan inminente
riesgo al amigo, en gran manera siente.
    Pero no gusta de tener camorra
con aquella terrible Durindana,
—516→
que zumbándole está, por más que corra,
en los oídos, aunque asaz lejana.
Tampoco Orlando el aguijar ahorra;
mas con Astolfo su fatiga es vana.
Dándole a Satanás, la grupa vuelve
y al mágico jardín tornar resuelve.
    Donde no cesa aun la zurribanda,
pues Brandimarte arroja de la silla
a Aquilante y Grifón; y al suelo manda
a Clarïón, hundida una costilla.
Pero asaltado de una y otra banda,
resistir largo tiempo a la cuadrilla
difícil es, por más que sude y bregue;
pues ¿qué será cuando el de Anglante llegue?
    Flordelís, la discreta dama y bella
que con el joven Brandimarte vino,
el insistir en la demanda aquella
tiene por un solemne desatino.
Por entre los corceles atropella;
y levantando el brazo alabastrino,
con lagrimosa súplica intercede
para que la cuestión suspensa quede.
    Ruega a su amante que la taza admita
y el perder la memoria no le pese,
que ella a sacarle de tamaña cuita
sin duda tornará, si bien supiese
a manos perecer de la maldita
encantadora. Aquesto dicho, fuese;
y atravesando un matorral sombrío,
pasa otra vez el hechizado río.
    La desigual batalla fenecida,
a Brandimarte de la mano lleva
la cautelosa maga, y le convida
con el licor; el caballero prueba,
y cuanto supo en el momento olvida;
nuevo ser, nueva vida, llama nueva
abriga, y se disipa por el viento
del dulce amor primero el pensamiento.
    ¡Rara bebida cierto y peregrino
encanto, que la mente así trasporta!
Aquel amor tan acendrado y fino,
aquella Flordelís, nada le importa;
—517→
no valen a sus ojos un comino
la gloria y el honor; el alma absorta
en Dragontina, la beldad amada,
es todo para él, y el resto, nada.
    Llega en esto anhelante y presuroso
Orlando, y a los pies de Dragontina
arrodillado en acto vergonzoso,
hasta la tierra la cabeza inclina,
rogando le perdone si dichoso
no fue bastante para darle dina
satisfacción del bárbaro enemigo
que con la fuga redimió el castigo.
    El cual, aún no cobrado del asombro
(pues se figura que le sigue Orlando),
sin tino, sobre cerca y sobre escombro
salta, y a su corcel espoleando
corre, la barba siempre sobre el hombro;
y dejara el correr Dios sabe cuándo,
si no llegase a donde un anchuroso
campo ejército alberga numeroso.
    La ocasión preguntó de lo que vía,
y un heraldo le dice: «La bandera
del potente Agricán de Tartaría
es aquella negrísima primera,
que en perlas y oro y varia pedrería
por una y otra parte reverbera,
y tiene por divisa la figura
de un lozano bridón de plata pura.
    «Aquella azul del cándido elefante,
es del rey de Mongolia, Sartinero,
y la del oso negro en el flotante
hielo es la bien conocida del guerrero
Radamanto, ridículo gigante,
y no menos que estúpido, altanero,
que habitador de la hiperbórea zona
la nación mosca rige y la lapona.
    «El estandarte verde a lunas de oro
es del señor de Hircania, Poliferno,
que potente en estados y en tesoro,
tiene de rudas tribus el gobierno;
a quien sigue el valiente Lurcanoro,
que en desnuda región de hielo eterno
rige a una raza audaz que el mar frecuenta
y en leve esquife arrostra la tormenta.
—518→
    «Más allá Santaría, rey de Suecia,
y como media milla más distante
acampa el corpulento, que se precia
de mentidas proezas, ruso Argante.
La gentuza cosaca, que desprecia
cerrados muros por vivir errante
en movedizas tiendas, luego aloja,
enarbolando aquella enseña roja,
    «Y tiene por divisa un arco y flecha,
y por su jefe al bárbaro Brontino;
a quien, tomando un poco a la derecha,
el godo Pendragón está vecino.
Estas naciones, de las cuales hecha
te dejo relación, van en camino
con el Kan de Tartaria, que da leyes
a todas, y se llama rey de reyes.
    «El cual a Galafrón hace la guerra,
que es del Catay emperador anciano;
y jura exterminarle de la tierra,
si no le da de Angélica la mano,
su hija; y si la voz común no yerra,
hermosa sin igual; mas el liviano
capricho suyo y loca ligereza
dicen que aun sobrepuja a su belleza.
    «Al Tártaro detesta y aborrece,
que es capaz, por su amor, de dar la vida,
y señora del Asia hacerla ofrece;
mientras por un pelón anda perdida
que descalzar a esotro no merece,
y de su amor ni su beldad se cuida;
con ella los consejos del anciano,
las lágrimas, los ruegos, todo es vano.
    «Galafrón, de quien hoy ha recibido
una embajada el Kan de Tartaría,
le protesta que parte no ha tenido
en la desatentada rebeldía
de la joven princesa, que se ha ido
del hogar patrio, y doblemente impía
contra su padre y rey, desde la Albraca
los pueblos le revuelve y le sonsaca.
    «Así que, reputando insuficiente
el desdeñado Rey todo otro medio,
mete a saco la tierra, y con ingente
fuerza a la Albraca va a poner asedio.
—519→
Ello es que la Princesa inobediente
ha de aceptar el novio sin remedio;
y lo que hará mañana, aunque no quiera,
querer hacerlo ahora, cuerdo fuera».
    El duque Astolfo, que el motivo sabe
de la inminente lucha estrepitosa,
y ve en conflicto tan dudoso y grave
a una mujer que un rey soberbio acosa,
ayudarle resuelve en cuanto cabe,
y hasta entrar en la Albraca no reposa;
do llegado, con grande regocijo
abrazándole Angélica le dijo:
    «Tan bien venido seas, caro amigo,
como eras deseado ansiosamente.
¡Así mirara yo llegar contigo
al paladín Reinaldos, tu pariente;
y siquiera trajese el enemigo
cuatro veces más armas y más gente!
Que de sus amenazas, a fe mía,
poquísimo cuidado me daría».
    «Que sea, dice Astolfo, un extremado
caballero mi primo, te concedo;
mas tú también confesarás de grado
que en eso del valor yo no le cedo.
Ya nos habemos él y yo probado,
y sin jactancia asegurarte puedo
que, si no le tocó peor destino,
al yelmo se lo debe de Mambrino.
    «Ni que el valor de Orlando exceda al mío
estimes tú, por cuanto el mundo diga;
pues con el cuerpo hadado, di, ¿qué brío,
qué gracia es que trïunfos mil consiga?
Encántame la piel, y yo te fío
que por el diablo no daré una higa;
mas aun así, princesa soberana,
harto le hice sudar la otra mañana».
    Ella, que ya conoce aquel cerbelo,
charlar le deja a su sabor gran rato,
si bien le pesa oír que bajo el cielo
se iguale nadie a su adorado ingrato,
y el ponerse con él en paralelo
Astolfo, le parece desacato;
que en la corte de Carlos bien sabida
tuvo de todos ellos la medida.
—520→
    Aloja en lo más alto de la Roca
con grande honor el Duque y gran contento.
Otro día un tambor al arma toca,
y de marcial clamor se llena el viento.
La palabra echa apenas de la boca
según lo que jadea polvoriento,
un corredor, que aproximarse avisa
el tártaro Agricano a toda prisa.
    Toda la guarnición las armas pide,
que es de tres mil o pocos más guerreros;
y júntanse a consejo, que preside
el animoso inglés, los caballeros;
donde concordemente se decide
los puños apretar y los aceros,
y en ninguna manera dar oídos
a capitulaciones ni a partidos.
Que estando, como estaba, proveída
la Roca de forraje y vitüalla,
y de tres mil guerreros guarnecida,
fuérales mal contado abandonalla.
«Yo no he de estarme aquí toda la vida;
dejadme, Astolfo dice, ir a batalla.
Darele a ese Agricán en la cabeza,
si Dios me ayuda, un golpe que le escueza».
    Astolfo sale en aire de amenaza,
cosas diciendo horribles y estupendas;
la lanza enristra y el escudo embraza,
y al brïoso corcel soltó las riendas.
Estaban los contornos de la plaza
de gentes enjambrados y de tiendas;
no en la selva más hojas aura leve,
que allí pendones y penachos, mueve.
    Miles manda Agricán diez veces ciento
(escríbelo, Turpín; no es paparrucha),
y Astolfo ríe de todo este armamento,
y hace reír a todo el que le escucha.
Mas el que mucho parla, mucho viento
(dice el proverbio), y poco pan embucha;
y otro antiguo refrán, si bien me acuerdo,
dice que el loco por la pena es cuerdo.
    Descabalgado Astolfo fue aquel día,
y aprendió discreción para adelante.
A toda charla el Duque se venía:
«Salga ese Poliferno y ese Argante
—521→
(diciendo) y Lurcanoro y Santaría
y Radamanto, ese feroz gigante;
pero salga Agricán primeramente,
y, si tiene valor, hágase al frente».
    Viendo venir un solo caballero,
creen que para rendirle otro es bastante.
Con desdeñoso gesto y altanero
toma esta empresa a cargo suyo Argante;
que, estólido además, feroz, grosero,
tiene casi estatura de gigante,
la nariz chata, ensangrentado el ojo,
vedijuda la cara, el pelo rojo.
    Con el inglés cerró soberbiamente,
y es derribado por la lanza de oro.
Atónita quedó toda la gente.
Cayó también el bravo Lurcanoro;
cayó Brontino. Entonces insolente
estalla el populacho, y se alza un coro
diabólico gritando: «¡Rayo! ¡Fuego!
¡Muera el perro cristiano! ¡Muera luego!»
    De la otra parte intrépido y seguro,
a toda aquella chusma Astolfo espera;
no más incontrastable en tierra un muro,
en la mar un escollo, pareciera.
Roba al cielo la luz el polvo oscuro
que con los pies la turba vocinglera,
arremetiendo al paladín, levanta.
Radamanto a los otros se adelanta,
    Y le pisa las huellas Sartinero,
con Agricano y Pendragón, rey godo.
Fue Radamanto, al embestir, primero,
y embistió del mejor posible modo;
ni el ser gigante le valió un dinero,
que fue rodando con caballo y todo.
Pero mientras que Astolfo en él se ocupa,
le viene Sartinero por la grupa.
    Sin el menor escrúpulo el villano
le da un golpe terrible tras la oreja,
y al mismo tiempo el tártaro Agricano
otro golpe le da sobre una ceja.
En esto viene Pendragón tirano,
y la cuestión finalizada deja
otro tercero dándole en el pecho,
que del caballo le arrojó gran trecho.
—522→
    Bañado en sangre el paladín desciende,
dando de aliento y vida muestra escasa;
y mientras ni el cuitado se defiende,
ni se mueve, ni sabe qué le pasa,
desmonta Pendragón, le agarra y prende,
y prisionero se le lleva a casa.
Mas con mejor aviso obró Agricano;
dejando al Duque, echó al corcel la mano.
    No sé decir si porque su primero
dueño le falta, o porque hallarse entienda
en extraña región, solo y señero,
sufre Bayardo que Agricán le prenda;
lo cierto es que, cual tímido cordero,
consiente que le lleven de la rienda,
quedando el rey en gran manera ufano
al verse dueño del bridón lozano.
    Sin armadura Astolfo y sin sentido
es al Real de Pendragón llevado,
donde manda Agricán que socorrido
al punto sea, y cual merece, honrado.
En extremo le pesa que haya sido
fea y villanamente derribado,
y que, bastando con su lanza, hubiera
otra que en esta lid se entrometiera.
    Mas estorbarlo el noble rey no pudo;
tan grande el torbellino bullanguero
del populacho fue salvaje y rudo
que en torno se agolpó del caballero.
Sangriento el Duque y lívido y desnudo,
y difunto más bien que prisionero,
sin arnés y corcel y espada y lanza,
ni aun a sentir su desventura alcanza.
    Pues preso Astolfo, y el corcel perdido,
y el rico arnés y bella lanza hadada,
guerrero no quedó tan atrevido
que saliese de Albraca en algarada.
La vista tienden sobre el ancho egido,
la puente levadiza levantada;
todo está en orden tal, que a las almenas
pudiera un ave remontarse apenas.
    En tanto el circasiano Sacripante
su poderosa hueste al campo saca;
de la princesa del Catay amante,
vuela animoso a defender la Albraca;
—523→
asaltar piensa al Tártaro arrogante
entre el silencio de la noche opaca,
y con los siete reyes que acaudilla
está ya de la plaza a media milla.
    Es el primero un príncipe cristiano
(bien que la Fe su pura luz le esconda),
de la Alta Armenia el joven rey Varano,
que manda diestra gente a espada y honda;
Brunaldo se le sigue, que entrecano
tiene el cabello, y reina en Trapisonda;
y Torindo, detrás, la de Turquía,
y la de Media Savaronio guía.
    Tras éste marcha Unano, rey bitino,
de gran cabeza, aunque de cuerpo chico,
y Burdacón, gigante damasquino,
de averrugada cara y luengo hocico,
y el rey de Babilonia, Trufaldino,
patiestevado, feo como un mico,
de torcido mirar, falso, bellaco,
cobarde insigne, y más ladrón que Caco.
    De cinco o seis centenas de millares
era todo el poder de Circasía;
y a la hora en que llaman los cantares
del gallo velador al nuevo día,
avistaba los altos valladares
de la empinada Albraca, y se venía
con ordenada marcha y sordo paso
sobre el tártaro ejército el Circaso.
    Sus gentes en silencio trae Varano.
Suya la acometida fue primera.
Orden les da que sienten bien la mano;
a nadie cojan, todo el mundo muera.
Cayeron sobre el campo de Agricano,
como de lobos tropa carnicera
sobre indefensa grey; espesa nube
de polvo vuela; el grito al cielo sube.
    Los ayes de la gente, que del blando
sueño pasa en un punto a muerte horrenda,
y el espantoso estrépito, volando
de fila en fila van, de tienda en tienda.
Uno las armas arrebata, cuando
otro a los pies turbado se encomienda;
cuál va acá, cuál va allá, cuál se está quedo;
vense a un tiempo ira, horror, coraje, miedo.
—524→
    ¡Quién de la arremetida carnicera,
quién de tantas heridas, golpes, tiros,
una décima parte aquí supiera,
o sólo una milésima deciros!
¡Quién de las varias muertes la manera
entre la parda sombra, referiros,
tanto cadáver trunco, y tanta Cota
acribillada, y tanta lanza rota!
    De Armenios está henchido el campamento;
y bajo el filo de enemiga espada
los Tártaros perecen ciento a ciento,
sin que el pedir cuartel sirva de nada.
Con dolorido dísono lamento
huye la pobre gente desbandada;
y en esto llega el rey de Trapisonda
esparciendo terror a la redonda.
    Si antes era tan grande la matanza,
llegando estotro ahora ¿cuál sería?
Alfanje, hacha, segur, espada, lanza,
hacen a cual mayor carnicería;
ni de salud la fuga da esperanza;
todo cerrado está; que al mediodía
carga el turco Torindo hecho un demonio,
al este Unano, al norte Savaronio.
    Con los otros dos reyes el Circaso,
aunque la sangre de furor le hierva,
para atender a lo que pida el caso,
queda formando un cuerpo de reserva.
Agricán, que atajarles quiere el paso,
acá y allá, do más reñida observa
y revuelta la lid, y en más aprieto
los suyos juzga estar, va y viene inquieto.
    Bien era de Agricán casi doblada
la gente; mas el no pensado asalto
(que el número en la guerra es poco o nada,
si de consejo y disciplina falto)
atónita la tiene y azorada;
nadie obedece; todos hablan alto;
es una babilonia el campamento;
por un golpe que dan reciben ciento.
    En voz alta Agricán y amenazante
a cada jefe por su nombre llama:
«¡Poliferno!, gritó, ¡Brontino! ¡Argante!
¿así volvéis, traidores, por mi fama?
—525→
¿Qué aguarda Radamanto, ese gigante?
Apuesto a que el bribón se está en la cama.
De usar es tiempo ahora el brazo fuerte.
Barones, ¡a la lid! ¡venganza o muerte!»
    Mientras ellos le siguen, él, blandiendo
su lanzón, en Bayardo se adelanta;
las huestes va con el caballo abriendo;
los unos postra, a los demás espanta;
a Varano da un bote tan tremendo,
que el escudo y el peto le quebranta;
hiende, cercena, despedaza, hunde,
y a los suyos su ejemplo aliento infunde.
    Brunaldo del caballo es derribado
por Poliferno; el corpulento Argante
a Savaronio le pinchó un costado;
y Radamanto, viendo a Unán delante,
de sangre al suelo le arrojó bañado.
Ello es que teme casi Sacripante
desbaratada ver toda su gente,
si no la acorre él mismo prontamente.
    Por donde más trabado vio el combate,
metió el corcel y enderezó la lanza.
A Poliferno, rey de Hircania, abate,
y al godo Pendragón punzó la panza.
Hincando a su caballo el acicate
Argante, receloso de igual chanza,
bonitamente a otro lugar se muda.
La espada Sacripante alzó desnuda;
    y cual suele a la grama en la pradera
bramando en rauda ráfaga el Solano,
tal Sacripante hilera sobre hilera
postra, y cubierto dellas deja el llano.
Entonces sí que fue el hüir de veras
delante del sañudo Circasiano;
despavoridos van por monte y valle
los tártaros, abriéndole ancha calle.
    Agricán, que a este tiempo, entretenido
en paraje se hallaba algo remoto,
vio (pues ya el sol rayaba en el ejido)
su pueblo acá y allá disperso y roto;
torva la vista, el rostro excandecido,
corre a donde es mayor el alboroto;
amigos y enemigos atropella;
—526→
cuanto topa derriba, allana, huella.
    Cual se ve en la estación de hibierno ingrata
bajar de un alto monte hinchado un río,
que árboles, setos, chozas arrebata,
lo culto asemejando a lo baldío,
tal Agricán las huestes desbarata
Pero una bella hazaña al canto mío
se ofrece, y renovar las cuerdas debo
de mi laúd para el asunto nuevo.


Canto XI

Sacripante

    Sus dones la Fortuna, numen ciego,
aquí rehúsa avara, allá acumula,
y lo mismo que da nos quita luego,
y en la inconstancia su placer vincula;
bellos son a la vista, no lo niego;
mas, bajo la corteza que simula
regalado sabor, dorada y roja,
encierran amargura, afán, congoja.
    ¿Tiene alguno riquezas y dinero?
Veréisle andar de puerta en puerta un día.
¿Aquél es fuerte, es ágil y ligero?
Un accidente al hospital le envía.
¿Esotro es un valiente caballero?
Viene una bala; adiós la valentía.
¿Hoy la corte a un Privado reverencia?
Mañana va a la cárcel Su Excelencia.
    Y si a la cárcel no, por gran ventura
irá de embajador a los Batuecos;
o, si la corte y la privanza dura,
¿darán insustanciales embelecos
un solo instante de placer y holgura,
o del aplauso adormirán los ecos,
al que sobre su cuello ve colgada
de un hilo débil cortadora espada?
    ¡Menguada dicha, que a las almas roba
la dulce paz, y nunca está segura!
Pero lo que la turba necia y boba
admira más y envidia, es la hermosura.
Ved cuál se extasía un hombre y cuál se arroba
ante una dama: ruega, insta, conjura,
—527→
compónela sonetos, la regala,
se pinta, se perfuma, se acicala.
    Mas un competidor le viene ahora,
y dos, y tres, y cuatro. ¡Pobre dama!
Cada cual le protesta que la adora,
y que ha de ser amado porque la ama.
No puede hacerse piezas la señora;
uno es favorecido; otro la llama
falsa; otro ingrata; esotro se amohina,
y busca a toda costa su rüina.
    Hétela triste, mísera, llorosa,
acusando al destino, que en aquella
rara beldad la más funesta cosa
que dar pudo a mujer, le ha dado a ella.
La loca de Agricán tema amorosa,
llora así la sin par princesa bella;
de Agricán, que ha jurado, si no es su),a,
que a ella, al padre y al Catay destruya.
    Por esa tema inunda en sangre y llanto
al Asia, y trae la tierra alborotada,
pagando el pobre pueblo todo cuanto
delira una cabeza coronada.
Así lo manda Dios, y es justo y santo;
pero toco una tecla delicada.
El bravo Kan, como tendréis presente,
iba en acorro a su vencida gente.
    Semeja en su venida repentina
vendaval que las anclas desafierra,
las naves barre y hunde y descamina,
y descarga después sobre la tierra,
y de vasta terrífica rüina
cubre los hondos valles y la sierra;
huyen los temerosos labradores
por el campo, y ganados y pastores.
    De amigos y enemigos igual caso
hace, como antes dije, el rey protervo;
¡desgraciado de aquel que encuentra al paso!
«Yo a Sacripante sólo me reservo»,
corriendo a toda brida hacia el Circaso
clama; y a vista del estrago acerbo
que derrotada sufre la infelice
tártara plebe, en alta voz les dice:
    «De mi vista os quitad, canalla infame,
que servís de afrentarme solamente;
—528→
ninguno de vosotros rey me llame,
que rey no soy de tan cobarde gente;
no por mí tan vil sangre se derrame;
yo solo a los contrarios haré frente,
que de este modo alcanzaré victoria
con menos afán mío y con más gloria».
    Luego al Circaso dice, hirviendo en ira:
«Toma ya campo tú, que eres tan fiero».
Sacripante, volviéndose, le mira
con alegre semblante y altanero;
y a la beldad por quien de amor suspira
envía prestamente un mensajero
rogándole que salga a la muralla,
y así le doble el brío en la batalla.
    Sale la Damisela sobre el muro
y al amante una fina espada envía
con que más bravo lidie y más seguro;
¡qué entrañas esto al otro pobre haría!
Sonríe empero y dice: «No me curo,
que al fin la tal espada será mía,
y su dueño, y la Roca, y esa ingrata
que con desdén tan áspero me trata».
Dijo; y la espalda prontamente vuelta,
toma campo bastante, y enristrado
el lanzón poderoso, da la vuelta,
mientras que Sacripante por su lado
toma campo a la par, y a rienda suelta,
enristrando también, revuelve airado.
Todos en esta lid clavan la vista;
nada se mueve en torno; nadie chista.
    Aunque las lanzas en el choque horrendo
se oyeron estallar, y las rodillas
hincaron los corceles, oprimiendo
quedan los combatientes ambas sillas.
El ancho valle repitió el estruendo,
y vuelan hasta el cielo las astillas.
Sacan entonces las templadas hojas,
ambas de sangre hasta los pomos rojas.
    Todo sobre un fendiente se abandona
Sacripante, de cólera abrasado,
y al Tártaro hace trizas la corona;
el yelmo no, que el yelmo era encantado.
Mas Agricán le llega a la persona
abriéndole una grieta en el costado,
—529→
y de cálida grana hebra flamante
corre por la coraza rutilante.
    No tan denso el pedrisco menudea,
ni baja tan espesa la nevada,
como era en esta horrífica pelea
el martillar de la una y la otra espada.
No hay pieza en el arnés que sana sea;
no hay carne que no duela magullada;
salta la malla en leves piezas rota,
y rojo humor de cuando en cuando brota.
    Bien es que lo peor lleva el Circaso,
a quien del pecho mucha sangre mana;
pero el vigor restaura al cuerpo laso
mirando aquella efigie soberana
de gentileza y de beldad; y acaso
es más de lo que pierde lo que gana;
lidiar, morir por ella, hado felice
estima; y de este modo entre sí dice:
    «Por la beldad que en lo alto de aquel muro
me está mirando, venturoso muero.
¡Pudiera al menos expirar seguro
de que dijese, al ver mi fin postrero:
mezquino pago he dado, inicuo y duro,
a fe tan fina, amor tan verdadero!
Si esto decir te oyese, vida mía,
dulcísima la muerte me sería».
    Y sobre esto la ira se le aboca,
el generoso espíritu, el coraje;
haber no cree, si el nombre amado invoca,
pujanza que a la suya se aventaje;
a su rival siniestramente toca,
y al fin le fuerza a que la cresta baje;
mas el brazo flaquea, y el acero
no esgrime ya con el vigor primero.
    Los barones que parias le tributan
y atónitos contemplan la refriega,
abandonarle deslealtad reputan
cuando le ven que al paso extremo llega.
Torindo, sobre cuantos lo disputan,
alza la voz y estarse ocioso niega;
cuanto el peligro crece, menos duda
salir a darle prontamente ayuda.
—530→
«Señores, dice, mal contado os fuera
dejar que un noble arrojo así le lleve
a perecer, pudiendo, si quisiera,
contrastar vuestro esfuerzo al hado aleve;
y tú, ¿consientes que a tu vista muera
tu rey, tu salvador, villana plebe?
Dispersábaste ya despavorida,
y él te restituyó la honra y la vid.»
    Así diciendo, a la enemiga gente
arremetió Torindo valeroso,
y echó por tierra cuanto halló presente
con el lanzón robusto y poderoso;
sacó luego el acero reluciente,
y matando lo vuelve sanguinoso;
de sangre se ha bañado hasta la gola;
nueva comienza, horrenda batahola.
    Pues cada cual, sea siro, sea circaso,
o sea de Trapisonda o de Turquía,
o de los otros que en silencio paso,
que a todos mencionar largo sería,
el campo deja de enemigos raso;
mientras el falso Trufaldín, que guía
a los de Babilonia y de la Meca,
su gente opone a la mongola y sueca.
    Aunque no un Alejandro Macedonio,
según se ha declarado y se declara,
manda una gruesa hueste el Babilonio,
y doquiera que aporta, una algazara,
una gresca levanta aquel demonio,
que aun al mismo Agricán suspende y para.
«Tu gente, dice al campeón contrario,
ha cometido un yerro temerario.
    «Pero por ella toda a ti condeno,
y me la pagarás temprano o tarde».
Hablando así, partió de furia lleno,
sin decir al Circaso Dios te guarde.
Malo está el uno, el otro no está bueno,
y entrambos de valor hacen alarde;
cada cual, por su parte, rompe, mata,
y legiones enteras desbarata.
    Ya de la gente babilona y sira
las filas Agricán postreras tala,
y a Trufaldín, que cauto se retira,
sigue con intención dañada y mala.
—531→
Trufaldín, recordando que la ira
es pecado mortal, y que la gala
del nadador es no mojar la ropa,
pica el rocín y a la ciudad galopa.
    Corre Agricán también hacia la Albraca,
y cuando ya le alcanza y le acuchilla,
una el belitre le jugó bellaca,
que boca abajo se le echó en la silla.
«Yo, dice, como ves, cabalgo un haca,
y tú un. corcel que es una maravilla;
echa el pie a tierra tú, como yo lo echo,
y verás si soy hombre de provecho».
    El Tártaro la cólera contiene.
«Qué me place», respóndele, y se apea.
Dando el caballo a un paje, le previene
que se lo tenga allí, mientras pelea.
Trufaldín que esto ve, no se detiene;
vuelve al punto la grupa y espolea.
El burlado Agricán de enojo bufa,
y riendo el bribón se las afufa.
    De nuevo se trastorna la batalla.
A exhortaciones, súplicas y ultrajes
sorda la circasiana gentüalla,
huye dejando alforjas y bagajes.
A tierra van corazas, yelmos, malla,
tiraban con los arcos los carcajes;
armenio y turco y trapisondo y medo
apelan a los pies, llenos de miedo.
    Huyendo dan con la profunda cava
que a la ciudad estaba en torno abierta,
y la esperanza allí se les acaba
que no hay pasar por puente ni por puerta.
Angélica infeliz se desgreñaba
viendo su gente así acosada y muerta.
La puerta manda abrir, calar el puente,
que salvarse ella sola no consiente.
    De adentro puerta y puente han allanado,
y a entrar la turba en gran tropel se aboca.
Envuelto en ella el rey circaso ha entrado,
y síguele Agricán con rabia loca;
mas calan el rastrillo, y encerrado
queda entre las murallas y la Roca,
y trescientos con él de espada y lanza,
que hacen en los sitiados gran matanza.
—532→
    Con Sacripante el gigantón Burdaco,
que era Emir de Damasco, entrado había.
Hecho una cuba, acércase el bellaco,
y al tártaro Agricano desafía.
De lado embiste, y dice, echando un taco:
«Desventurado rey, llegó tu día».
Oyéndole Agricán al punto para,
da media vuelta, y al jayán se encara.
    Manejaba una porra el Damasquino
con cierto regatón de plomo al cabo
que pesaba un quintal, como un comino;
y esgrímela a dos manos contra el bravo
tártaro, que la encuentra en el camino
con la espada, y la parte, como un nabo,
por la mitad. «Veamos, le decía,
si llegó el tuyo o si llegó mi día».
    Y dicho así, le tira un gran fendiente
que medio a medio el morrïón le taja,
y medio a medio le partió la frente,
y hasta la barba, y hasta el pecho baja.
Del vasto cuerpo el ánima doliente
con mal formada voz se desencaja;
y de sesos y vino y sangre inmunda
más de una tonelada el campo inunda.
    Ciego Agricán y falto de sentido,
se enfrasca más y más en la reyerta.
¡Oh, si al magín le hubiese allí venido
dar dos pasos atrás y abrir la puerta!
Quedaba aquel negocio conclüido,
y tu hija, Galafrón, cautiva o muerta;
mas la venganza que sediento busca
le desatienta y la razón le ofusca.
    Ni extramuros la lidia en tanto afloja;
diré más bien la rabia y la matanza;
la tierra está de sangre en torno roja,
en cuanto a descubrir la vista alcanza;
cuál hay que al foso a perecer se arroja,
y cuál, por no morir a espada o lanza,
de sed y de fatiga y bajo el peso
de hombres, caballos y armas, muere opreso.
    Empero la ciudad mayor tumulto,
más horror, más espanto manifiesta.
Va de Agricán el pavoroso bulto
cual de la Parca la visión funesta;
—533→
lanzando muerte, a nadie otorga indulto,
y báñase de sangre hasta la cresta.
Bayardo a gran fatiga sobre la alta
pila de destrozada gente salta.
    Estaba en tanto el rey de Circasía
tendido largo a largo sobre un lecho,
y por la mucha sangre que vertía,
como antes dije, del herido pecho,
combatir no tan sólo no podía,
mas ni aun tenerse el infeliz derecho;
inerme está y desnudo el Circasiano,
y cátale la herida un cirujano.
    Y como de Agricán la gresca oyese,
que no hace un terremoto igual fracaso,
pregunta inquieto: «¿Qué alboroto es ése?»
Llorando un paje le refiere el caso;
y oído, salta, y sin que osado fuese
nadie a tenerle, arrebatando al paso
la espada y el escudo, sale aprisa,
llevando sólo a cuestas la camisa.
    Al ver el triste resto de su gente
envuelto en pavorosa fuga todo,
«¡Cobardes!, grita dolorosamente,
que un hombre solo espanta de ese modo,
¿cómo osáis a la luz mostrar la frente?
Corred a soterraros en el lodo.
Ya que sin el honor la vida os tienta,
¿por qué buscáis la muerte con la afrenta?
    «Hüíd, mientras que yo la lid sustento,
mal herido, sin armas y desnudo».
Suspenso el vulgo le escuchó un momento,
de maravilla y de vergüenza mudo;
y luego vuelve atrás con fresco aliento,
y nueva lucha empeña. ¡Tanto pudo
un generoso ejemplo, y tanto cunde!
Al que medroso huyó, coraje infunde.
    Agricán, que en la Albraca muerto había
número de contrarios infinito,
con los que ahora Sacripante guía
traba otro nuevo, aunque no igual conflito;
que si bien ejecuta todavía
estrago en ellos bárbaro, inaudito,
más que Agricán les pone susto y miedo,
el mirar a su rey les da denuedo.
—534→
    Sus cuerpos a los tártaros presentan
cubriendo la persona del Circaso,
y por vil gente y sin honor se cuentan
si pierden combatiendo un solo paso;
de flechas ni venablos se contentan;
densa es la turba y el terreno escaso;
dan los paveses sin cesar batidos
un retintín que asorda los oídos.
    Mas Sacripante a todos se adelanta,
y haciendo pruebas estupendas viene.
Desnudo cual está y herido, espanta
el ver cuán alentado se mantiene;
esfuerzo muestra y ligereza tanta
que nada le embaraza o le entretiene;
golpes da y quita a un mismo tiempo varios,
y ocupa él solo a más de diez contrarios.
    Ya la cortante espada en torno gira,
ya a dos o tres ensarta con la lanza;
ora un gran dardo, ora un peñasco tira,
ora recula, ora terrible avanza.
Agricán poco a poco se retira,
y con toda su furia y su pujanza
ve que el tomar la plaza es vano intento,
pues de los suyos no le quedan ciento.
    Ni a reparar el rey se daba manos
de tantos golpes la tormenta espesa,
pues de circasos era y albracanos
la acometida cada vez más gruesa.
Haciendo siempre esfuerzos sobrehumanos
se baña de sudor, vacila, asesa;
acribillada tiene la loriga,
y tropa nueva sin cesar le hostiga.
    Como de cazadores apremiado
deja el león su patrio bosque y cueva,
y de mostrarles miedo avergonzado,
alta la frente y erizada lleva,
ruge, y a cada voz revuelve airado,
bate la cola y el lidiar renueva;
tal aquel rey soberbio al enemigo
pone, aun cediendo, espanto, y da castigo.
—535→
    A cada veinte pasos se detiene
y a los que le persiguen hace cara;
pero la turba que a ofenderle viene
y que continuamente se repara,
crece de modo y tal caudillo tiene,
que en proseguir la empresa delirara;
y sin embargo lo peor le resta,
que otra nueva avenida le molesta.
    Pero de Albraca es fuerza que me aleje
busque otros objetos a la vista,
aunque la. bella Angélica se queje
de que en tan duro trance no la asista;
porque, según los hechos que entreteje
el reverendo Arzobispal Cronista,
cumple a Reinaldos ir, que en el asiento
de una fresca pradera toma aliento.
    En cándida hacanea ve una dama
que, según llora, de dolor se muere.
El buen señor de Montalbán la llama,
y cortés la saluda, y la requiere
que por aquella cosa que más ama,
y por el santo a quien devota fuere,
y por todos los ángeles del cielo,
le diga la ocasión de tanto duelo.
    Llora ella y la hace el llanto más hermosa
que el de la aurora al entreabierto lirio,
o que labor de perlas primorosa
a roja tela de artificio tirio.
«Ando perdida en busca de una cosa,
y hallarla, respondió, tengo a delirio:
un caballero que con una hueste
de caballeros a lidiar se apreste».
    «Aunque igualar, el noble paladino
así responde, a un par tan sólo dellos,
cuantimás a una hueste, no imagino,
ese tan tierno lloro, y de esos bellos
luceros el encanto peregrino
me inducen de tal modo a acometellos,
que de morir o de acabar la empresa,
si la fías de mí, te hago promesa».
    Contesta la doncella suspirando:
«Te doy las gracias por la oferta, amigo.
En busca de potente acorro ando;
y aunque sin fruto, en la demanda sigo.
—536→
Sábete que uno dellos es Orlando,
y si oíste su fama, harto te digo.
Ni es gente la demás poco gallarda.
No al brazo tuyo empresa tal se guarda».
    «Con doble causa este favor te pido;
primo de Orlando soy; partamos luego».
Reinaldos de este modo ha respondido,
y fervorosa instancia añade al ruego.
Ella le pinta el Río del Olvido,
y de la falsa Dragontina el ciego
laberinto en que tanta ilustre gente
del mundo vive y de sí misma ausente.
    Flordelís esta dama se llamaba;
la que salió, según fue arriba expreso,
del hadado vergel en que dejaba
a su querido Brandimarte preso.
Como tanto Reinaldos la rogaba
que fïase a sus armas el suceso,
ella, que el garbo advierte, la apostura
y la marcial briosa catadura
    del caballero que en edad florida
tan generoso espíritu demuestra,
su ofrecimiento acepta agradecida,
y sonrïendo le alargó la diestra.
Mas del presente canto la medida
aquí se cumple, y con licencia vuestra,
mientras la débil voz alienta un poco,
vuestra atención para el siguiente invoco.