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Desdichas de una reina

Leyenda segunda

A mi muy querido amigo el eminente poeta e ilustrado crítico Señor D. José Fernández Espino, catedrático de literatura de la Universidad Literaria de Sevilla, diputado a Cortes, etc.

                                                                                             
   Si los graves afanes que hoy te cercan
y que a la patria con amor dedicas,
ora en el templo de Minerva augusto
dando a la juventud sabias doctrinas,
ora en el santuario de las leyes 5
la virtud defendiendo y la justicia,
te dejan un instante de reposo,
a mi amistad sincera lo dedica.
Cual ofrenda aunque humilde acepta, amigo,
la historia que te ofrezco: si no es digna 10
de tu saber, de tu encumbrado genio,
de mi afecto una prueba en ella mira.
Si en mí la triste Blanca de Navarra
no halló intérprete fiel a sus desdichas,
si insonoros y débiles acentos 15
sólo brotaron de mi humilde lira,
en tu buena amistad disculpa encuentren,
acogida concédeles propicia,
y hallen a los rigores del olvido
en tu preclaro nombre fuerte egida. 20


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Primera parte. -El esposo

                                                                                             

- I -

DOÑA BLANCA

   En la soberbia Toledo,
corte de la fiel España,
y en el alcázar grandioso
de nuestros reyes morada,
allá en el triste retiro 25
de su silenciosa estancia,
evitando los rencores
que infiel esposo le guarda,
de validos despreciables
y cortesanos odiada, 30
está la infeliz princesa
Doña Blanca de Navarra.
   Dos años ha que en silencio
devora su pena amarga,
dos años que los desdenes 35
sufre del débil monarca,
a quien unos llaman franco
porque con largueza paga
la adulación de la plebe
y de viles cortesanas, 40
y otros, con sangrienta mofa
torpes manchando su fama,
tal vez porque no lograron
mercedes que ambicionaran,
al ver en él ya perdida 45
de sucesión la esperanza,
Don Enrique el impotente
con ruda insolencia llaman.
   Arde en partidos la corte
al ver que el rey su privanza 50
al de Villena concede;
murmuran todos y guardan
rencores, que en lo futuro
a funestas represalias
darán lugar, y a contiendas 55
que el pueblo prevé y aguarda;
empero sufren y esperan
razones en que fundarlas,
y en tanto manda el valido
y todos su ley acatan. 60
Y así entre perpetuos odios
y meditando venganzas,
en poder de su privado
o en brazos de cortesanas,
pasa el monarca su vida 65
sin pensar en doña Blanca,
que sumida en su retiro
y del mundo abandonada,
a Dios plegarias dirige
vertiendo abundantes lágrimas. 70
   �Blanca! Mísera princesa
por el Cielo destinada
para apurar hasta el fondo
la copa de la desgracia.
�Cuán hermosa! Al Ser supremo 75
plúgole acaso colmarla
cual por compensar sus males
de las más brillantes gracias.
Gallardo talle de ninfa,
erguido sin arrogancia, 80
pequeño pie, níveo cuello,
mano breve y delicada,
negra y fina cabellera,
suaves mejillas de nácar,
donde su blanda sonrisa 85
graciosos hoyuelos marca,
rostro oval, perfil tan puro
cual Fidias lo imaginara
y negros rasgados ojos
de tan púdica mirada, 90
que grave respeto infunden
a todo aquel que la ama.
   Tal es la gentil princesa:
y a la vez prendas más altas
que su encantada hermosura 95
en su noble pecho guarda:
Que benigna practicando
santas virtudes cristianas,
es honra y prez de su sexo,
modelo de egregias damas. 100
   Mas �ay! que sus perfecciones
a la mísera no bastan
para conjurar las iras
que en derredor la amenazan:
Que de su familia ausente, 105
por su esposo desdeñada,
sin parciales, sin amigos,
horrible suerte le aguarda.
   �Pobre reina! No comprenden
Los dolores de su alma, 110
y si los comprende alguno
por temor al rey se calla.
Nadie le presta consuelo,
y eternamente cercada
de servidores infieles 115
y traidores que la guardan,
tal vez la suerte envidiando
del ave que en su ventana
saluda con dulces trinos
el tibio fulgor del alba, 120
ve correr su triste vida
en aterradora calma.
   �No habrá entre la necia turba
aduladora y menguada
que al rey vende su conciencia 125
un alma tan sólo un alma
que fiel responda a la suya
y dé aliento a su esperanza?
Existe, sí: el buen Ramiro
noble doncel, que de Blanca 130
la aciaga suerte conoce,
por ella en su pecho guarda
tierna compasión profunda,
que en vivo amor se trocara
a no mediar entre ambos 135
la insuperable distancia
que entre el fiel vasallo existe
y la esposa del monarca.
   Nunca salió de los labios
del buen paje una palabra 140
que demostrara su afecto
ni compasión revelara;
mas si la triste princesa
en el balcón de su estancia
a respirar un punto 145
del fresco vergel el aura,
en la suya siempre fija
la silenciosa mirada
encuentra del fiel Ramiro,
que humildoso al saludarla, 150
parece decirle siempre:
�Tened en mí confianza.�
   Y así se alejan los días
y raudos los meses pasan;
y en tanto en la corte siguen 155
en perpetuas asechanzas,
unos alentando odios
con vil intención dañada,
otros, en letal angustia,
mil dudosas esperanzas. 160
 

- II -

LOS VIAJEROS

   Es una noche de mayo
que más que de primavera,
parece noche de estío
por lo apacible y serena.
Billa en el cenit la luna, 165
y a su blanca luz incierta
con dirección a Toledo,
del Tajo por la ribera,
dos hombres pausados marchan
que por su altiva presencia 170
revelan ser de la corte
y de probada nobleza.
   Viste uno de ellos ceñido
negro jubón, capa luenga,
negra también, y del rojo 175
birrete que su cabeza
cubre, la gallarda pluma
blandamente al aire ondea.
Ciñe la tajante espada
con noble arrogancia fiera, 180
y de su alazán el brío
contiene, con hábil rienda.
Es joven, y aunque ya algunas
arrugas su frente muestra,
aunque en su escuálido rostro 185
y en sus tristes ojos lleva
de una vejez prematura
mudas señales impresas,
arde en vigor, y aún escasos
siete lustros representa. 190
   Brillante armadura el otro
viste, que a la luz refleja
de la amarillenta luna;
y calada la visera
lleva del luciente yelmo, 195
que blanco penacho ostenta.
Túnica azul de brocado
y ancho cinto del que cuelga
acero de fino temple
su bello traje completan. 200
Negro corcel de batalla
rige, con marcial destreza,
y a distancia respetuosa
sigue al de la capa luenga.
   Largo rato ha que en silencio 205
prosiguen su marcha lenta;
mas el primero un instante
detiene el bridón y espera
se acerque el otro viajero,
y así en breve le interpela: 210
   -Don Juan �trasmitido habéis
mis órdenes con reserva?
-Cumplilas Señor: el jefe
de la guardia el nombre y seña
conoce ya, y prevenido 215
en el muro nos espera,
a fin de que el pueblo ignore
la entrada de vuestra alteza.
-Está bien. Seguid delante
y avisad, que ya muy cerca 220
de la ciudad nos hallamos.-
   Y esto al oír, picó espuelas
el bizarro caballero,
y a poco rato las puertas
de Toledo daban paso 225
al rey, que en su guarda lleva
al muy alto y poderoso
noble marqués de Villena.
 

- III -

POR RAZÓN DE ESTADO

   De Toledo en el recinto
profundo silencio impera, 230
y nada la calma altera
de su triste soledad.
La luna ya en occidente
desmayada se reclina,
y débilmente ilumina 235
las torres de la ciudad.
 
   Entre sombras el Alcázar
sus altivos muros vela:
Sólo allí del centinela
se escucha la ronca voz: 240
Voz que se aleja y repite
con entonación extraña,
cual de montaña en montaña
resuena el eco, veloz.
 
   Allá en una de sus torres 245
se ve una luz misteriosa
que ilumina, temblorosa,
el vidrio de un ajimez.
Allí doña Blanca vela
llorando su desventura, 250
y delirante murmura
una súplica tal vez.
 
   �Cuán hermosa, de rodillas
ante una imagen sagrada
de la Virgen, su mirada 255
fija en ella con amor!
Nunca en sus divinos ojos
brilló tan vivaz centella,
nunca se mostró más bella,
ni más triste en su dolor. 260
 
   Mas ah, que vino a sacarla
de su abstracción un acento
que a su oído el raudo viento
pudo un instante llevar:
Acento que lo recuerda 265
sus días de bienandanza,
y una furtiva esperanza
vino su pecho a halagar.
 
   -�Será posible? -murmura,
-�No es sueño? �no es desvarío? 270
Era su voz... �oh Dios mío,
Dios mío, si fuera él!-
Y cual si Dios respondiese
a su acento lastimero,
se abrió una puerta, y severo 275
al rey vio bajo el dintel.
 
   Absorta quedó un instante
la excelsa dama en presencia
del esposo, cuya ausencia
le hizo tanto suspirar: 280
Y en la frente del monarca
mil dudas tal vez se alzaron,
mas en breve ambos llegaron
este diálogo a entablar:
 

EL REY

   �Rezabais? �Cuánto me place!... 285
Y siento en verdad, Señora,
interrumpiros ahora
en tan santa ocupación.
Mas si os molesto decidlo,
y un momento retirarme 290
podré...
 

DOÑA BLANCA

              �Vos, vos molestarme?
�Enrique... por compasión!
No paguéis con el sarcasmo
mis más puros sentimientos:
�Oh! mi amor, mis sufrimientos 295
por Dios no insultéis así.
 

EL REY

   �Yo insultaros?... �Que delirio!
�Mis vasallos no os acatan?
Cual reina en Toledo os tratan:
�Que os falta, Señora, aquí? 300
 

DOÑA BLANCA

   �Y vos me lo preguntáis?
�Vos, que ausente de mi lado
me habéis del todo olvidado,
en vuestro insensato ardor!
 

EL REY

   �Siempre lo mismo!
 

DOÑA BLANCA

                                   Ah, perdona, 305
perdona mi desvarío...
O mátame, esposo mío,
o devuélveme tu amor.
 

EL REY

   �Eh! basta ya; me importunan
tan insensatos clamores: 310
A requeriros de amores
yo vine aquí, por mi fe.
Oíd, si grato recuerdo
anheláis que de vos lleve:
Llegad y sentaos; muy breve 315
en mi relato seré.
 
   Y esto diciendo el monarca
en tono asaz destemplado,
sentose con desenfado
en un gótico sitial. 320
Y de él enfrente sentose
la triste reina temblando,
y prosiguiole así hablando
el consorte desleal:
 

EL REY

   Ha tiempo, buen lo sabéis, 325
que un sucesor anhelamos,
e inútilmente esperamos
del Inmenso este favor.
Y como el Cielo se muestra
siempre sordo a vuestro ruego, 330
fuerza será desde luego
seguir camino mejor.
 
   Bien sabe Dios que si acojo
resolución tan impía,
al hacerlo no me guía 335
una pueril vanidad.
Aceptaré un nuevo enlace
aunque sufra mi decoro
y aun mi amor; porque os adoro,
os lo digo con verdad. 340
 
   Mas toda Castilla pide
a mi trono un heredero,
y la voz del pueblo entero
debe acatarla un buen rey.
 

DOÑA BLANCA

   Comprendo: nada os importa 345
un juramento sagrado...
 

EL REY

   Me obliga razón de estado
y esta es mi suprema ley.
 
   Mas si habitar en mi reino
queréis, del mundo apartada, 350
seréis cual reina acatada
en Toledo la imperial:
Vuestro será este palacio.
 

DOÑA BLANCA

   Oh, tanta bondad me humilla...
Huiré, Señor, de Castilla 355
y de mi odiosa rival.
 
   Libre así de mi presencia
feliz con ella seréis...
 

EL REY

   �Qué decís, que partiréis?
 

DOÑA BLANCA

   Sí, sí; partiré a Aragón. 360
Hora permitid, si os place,
pues a mí ya nada os liga,
que en paz a solas prosiga
mi interrumpida oración.
 

EL REY

   �Os molesta mi presencia? 365
Pues a Dios quedad, Señora.
 

DOÑA BLANCA

   Él os ayude en buen hora
y os libre siempre de mal.
 
   -Así despidió al monarca
con grave y pausado acento, 370
mas �ay! débil, sin aliento
cayó a poco en su sitial.
 
   Que al comprender la infelice
la realidad de su vida,
vio para siempre perdida 375
la esperanza de su amor.
Y cual volcán encendido
sintió abrasarse su frente,
y en sus ojos brotó ardiente
mudo llanto de dolor. 380
 
   Quedose el monarca en tanto
tras la puerta ya cerrada,
y escrutadora mirada
dirigió en torno de sí.
Solo estaba el aposento 385
y ningún rumor se oía:
Débil lámpara esparcía
vacilante luz allí.
 
   Dio algunos pasos y luego
parose sobrecogido; 390
un �ay! triste, comprimido
oyó acaso y vaciló.
Mas después, firme y sereno,
con desdeñosa arrogancia,
atravesó por la estancia 395
y apresurado partió.
 
   A poco tras los tapices,
con planta asaz cautelosa,
como sombra misteriosa
un paje se vio asomar. 400
Torva la vista fijando
en la oscura galería
por do el monarca partía,
así se le oyó exclamar:
 
   ��Imbécil rey, la abandonas 405
y ansias que de ti se aleje!...
No importa; Dios la protege
y mi brazo vengador.�
Y audaz la diestra apoyando
en el pomo de su daga, 410
se perdió en la sombra vaga
de un revuelto corredor. (8)
 

- IV -

DESPEDIDA DEL HOGAR

         Al soplo del estío,
      festiva primavera,
      veloz te alejas ya: 415
      Inclínanse las flores
      sin vida en la pradera;
      sus galas y colores
del sol al vivo rayo perdiendo el campo va.
 
         Medrosas en las ramas 420
      ocúltanse las aves,
      huyendo de su ardor:
      No dan al vago viento
      sus cánticos suaves;
      tan sólo el ronco acento 425
se escucha entre las mieses, de insecto zumbador.
 
         Tú vienes, primavera,
      de céfiros y flores
      cercada por do quier;
      brindando bienandanza 430
      y plácidos amores;
      mas �ay! que su esperanza
contigo ve el que sufre quizá desparecer.
 
         Ah, sí; que al ver tus campos,
      al ver tu alegre cielo 435
      se siente reanimar:
      Mas triste, oh primavera,
      le deja y sin consuelo
      tu ráfaga postrera,
tu ráfaga postrera, perdiéndose en el mar. 440
 
         Oh grata estación bella,
      oh brisas vagarosas,
      el vuelo detened.
      El prado ornad de flores,
      y, puras y aromosas, 445
      a Blanca en sus dolores
consuelos y esperanzas benignas ofreced.
 
         Mas no, seguid; que nunca
      su amargo desconsuelo
      pudierais mitigar: 450
      Robole amor su calma,
      y ya en extraño suelo,
      cual sola y triste palma
humilde siempre debe sus penas devorar.
 
         Que en vano elevó al Cielo 455
      tristísimas plegarias...
      El Cielo no la oyó.
      Ya cruza y atrás deja
      las vegas solitarias;
      ya rápida se aleja 460
de su tranquilo albergue, de cuanto más amó.
 
         �Adiós, mansión querida,
      -la mísera murmura;
      me alejo al fin de ti.
      Halló mi amante pecho 465
      en ti sólo amargura;
      mas, ah, bajo tu techo
con gratas ilusiones mis penas adormí.
 
         De hoy más ni aun ese alivio
      la airada y dura suerte 470
      concede a mi dolor.
      Adiós; de ti me alejo:
      �Ay mísera! al perderte
      en ti por siempre dejo
mis dulces esperanzas de dichas y de amor.� 475
 
         Calló la triste reina:
      Su faz volvió un momento
por vez postrera ansiando su albergue contemplar.
      En tanto el firmamento
      de sombras se cubría, 480
      y el astro de la noche
      que lento aparecía
miró en sus bellos ojos dos lágrimas brillar.



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Segunda parte. -El padre

                                                                                             

- I -

OJEADA HISTÓRICA

   Don Juan llamado el Grande,
padre de doña Blanca,
soberano era entonces
de Aragón y Navarra.
   De indómito carácter 5
y de intención dañada,
a sus vasallos era
odioso este monarca.
   De insurrección cien veces
al aire desplegada 10
mirose la bandera
que el descontento alzaba;
   y el pueblo proclamando
al príncipe de Viana,
del tirano abolía 15
las leyes sanguinarias.
   Cien veces los navarros
miraron �ay! regadas
con sangre generosa
sus fértiles comarcas; 20
   y cien veces las frentes
al choque de las armas,
vencido su estandarte,
doblaron humilladas:
   Que la razón a veces 25
ante la fuerza calla,
y cual batel sin guía
perece en la borrasca.
   �Cuán triste es el destino
de la infelice Blanca! 30
Do quier que busca apoyo
sólo enemigos halla.
   Ella la suerte llora
del príncipe de Viana,
del perseguido hermano 35
a quien ferviente ama.
   �Llorarle!... Es un delito
para el cruel monarca,
que bárbaras cadenas
aun a sus hijos labra. 40
   �Llorarle!... Negro crimen:
Al llanto de la hermana
sucederá el anuncio
de pérfidas venganzas.
   �Cuán triste es tu destino, 45
oh reina desdichada!
Asilo vas buscando,
cual ave solitaria;
   amparo en tu abandono,
consuelo en tus desgracias; 50
mas �ay! que en vez de amigos
perseguidores hallas.

***

   No largo tiempo la maldad su gloria
tranquila cantar puede:
Las almas generosas al mirarla 55
en su carro de triunfo, el noble grito
alzan de independencia, y la victoria,
la sangrienta victoria que halagaba
del déspota inhumano el duro pecho,
en sacrificio inútil se convierte. 60
De su frente, marchito,
el guerrero laurel con que se ornaba
mira caer deshecho,
y trocado su ardor contempla, inerte,
en infecundo y mísero despecho. 65
 
   Tal don Juan que abatida
miró la rebelión, juzga arrogante
que en paz puede entregarse a su venganza.
Dura prisión destina en sus furores
al hijo infortunado, y delirante 70
a sus parciales lanza
los rayos de su ira:
Rey injusto sembrando va rencores;
padre cruel horror tan sólo inspira.
Mas súbito en su marcha con asombro 75
detiénese un momento:
El vagaroso viento
la voz de libertad lleva a su oído,
y un punto al escucharla se estremece.
No es el triste quejido 80
del fiel navarro, que al caer exhala
de los libres el grito y desfallece;
es el acento fuerte y poderoso
del fiero catalán, nunca vencido:
Ya el hierro vengador vibra en su mano, 85
y alzando el estandarte de la guerra
en su trono temblar hace al tirano.
 
   �Guerra! se escucha tras el alto muro
de la altiva y egregia Barcelona;
�guerra! responde con furente saña 90
la invencible Gerona;
y en la enhiesta montaña
del Ampurdán vastísimo, los ecos
repiten con fragor la voz de �guerra!
al escucharla el ángel de la muerte 95
sonríe de placer, y conmovida
temblar parece a su poder la tierra.
 
   Ya el trotar se percibe
de mil y mil alígeros bridones;
ya hieren los oídos 100
los belígeros sones
de las marciales trompas, y aturdidos
del fiero aragonés los campeones
se aprestan con furor a la batalla.
Un instante en silencio 105
las contrarias falanges se contemplan...
La lucha a poco atronadora estalla.
Cruje el arnés al golpe formidable
de ponderosa lanza; el �ay! doliente
se escucha del guerrero 110
al perder con valor la dulce vida,
y a los rayos de un sol paro y ardiente
los bruñidos paveses reflejando
y cien yelmos y cien, el movimiento
imitan de la mar, si embravecida 115
se agita a impulso de huracán violento.
 
   A poco entre las huestes catalanas
el grito de �victoria!
se escucha resonar... Sí, ya se aleja
con su vencido ejercito el monarca 120
de aquellos campos do su antigua gloria
dejó en el polvo del combate fiero:
Huye, mas a su paso
la multitud airada le rodea...
�Libertad para el Príncipe� le grita, 125
�que entre su pueblo triunfador se vea.�
Y trémulo, abatido el rey artero
la libertad del príncipe concede
al pueblo vencedor; pero en su alma
bienhechora piedad jamás alienta, 130
y aléjase sus odios ocultando,
y en secreto jurando
tomar venganza de tan grande afrenta.
 
   �Oh! �quién su pensamiento y sus rencores
adivinar podrá?... Tal vez la idea 135
de una negra traición bulle en su mente...
�Qué importa que doblando
de la triste Navarra los dolores
por él vendida al extranjero sea
si satisfecho ve su encono ardiente? 140
�Vencer por la traición! �Digno recurso
del corazón malvado!
Por ella el cetro Godo en Guadalete
hundiose con Rodrigo, y lloró España
mísera esclava de la hueste mora; 145
y por ella don Sancho ante Zamora
víctima fue de vengativa saña.
�La traición! vil recurso
del déspota que sueña con la gloria...
Vencer por ella puede, mas su nombre 150
rodeado de oprobio,
eternamente se alzará entra el odio
del pueblo, que maldice su memoria.

***

   Siete meses después de estos sucesos,
que fielmente, oh lector, dejo narrados, 155
triste y sin esperanza Barcelona
alzaba al cielo sus convulsas manos.
Sin esperanza, sí: que ya el egregio
Príncipe de Aragón, el gran don Carlos
de Viana, que al fuerte poderío 160
del noble catalán viose salvado,
víctima de dolencia misteriosa
a Dios daba su alma cual cristiano.
Acongojado el pueblo y conmovido,
trama inicua tal vez adivinando 165
en la muerte del Príncipe, a los ímpetus
se abandonaba de furor insano.
Y en tanto que en la iglesia el hueco bronce
daba al aire su acento funerario,
la multitud las calles recorría, 170
��un tósigo! �traición! �traición!� gritando.
�Perdido afán! �Ah! �quién al noble pecho
podrá dar nuevo aliento? �Quién su brazo
alzar potente, cual en otros días,
de contrarios terror, del pueblo amparo?... 175
Segó su vida la implacable muerte
de la patria también al par segando
la esperanza y la gloria, que los pueblos
su gloria y su esperanza en él fundaron.
Derramad en su tumba, oh nobles almas, 180
sencillas flores y abundoso llanto;
de vuestra dicha �ay Dios! sólo un recuerdo
queda en ese sarcófago sagrado.
Sí: ya se miran renacer triunfantes
las muertas esperanzas del tirano: 185
Tal vez mañana de la pobre Blanca
el desastroso fin sea decretado;
que el rey don Juan, el padre vengativo,
de su esposa cruel siguiendo acaso
el consejo fatal, antes la muerte 190
diera a Blanca que el cetro soberano
de Navarra la fiel... �Qué son justicia
inocencia y virtud, para el malvado?
Regad, pueblos, con lágrimas y flores
del príncipe la tamba... Si el tirano 195
la libertad os quita, aun el recuerdo
de vuestra gloria guardará ese mármol.
 

- II -

EL RETO

   Era el día doce de Abril,
según las crónicas cuentan,
del año mil cuatrocientos 200
sesenta y dos: triste fecha
que siempre estará grabada
cual padrón de infamia eterna,
del fiel navarro en la mente,
de Olite en la historia excelsa. 205
   �Olite! villa famosa,
de Navarra hermosa perla,
corte de sus nobles reyes,
palenque de lucha horrendo,
codiciada y maldecida 210
al par por las huestes fieras
de los dos terribles bandos
que su posesión desean,
y que de Agramont y Lusa
parciales, sus nombres llevan. 215
   �Olite! noble matrona
que en verdes prados se asienta,
y cuya gótica torre
corona su frente regia.
   �Olite! villa famosa 220
do meditaron empresas
grandes héroes, grandes reyes
que su renombre acrecientan,
hoy próxima a la deshonra,
merced a su suerte adversa, 225
por voluntad de un monarca
que la vende y la desprecia.

***

   En la más altiva torre
del castillo, que, se eleva
imponente y majestuoso 230
de la villa centinela,
cuyos muros coronados
de torreones y almenas
tranquilamente retrata
en sus aguas la ribera, 235
pálida, cual flor de invierno,
mírase una dama bella,
que asomada a su ventana
con honda ansiedad observa
la marcha de un caballero 240
que hacia la villa se acerca,
jinete en yegua alazana,
aún más que el viento ligero,
y de cien nobles seguido,
que ricas galas ostentan. 245
Doña Blanca de Navarra
es la dama: prisionera
ha tiempo, su ingrata suerte
llora la triste princesa;
es el jinete el monarca 250
de Aragón, que en Salvatierra
al de Francia Luis Onceno
paz y amistad juró eternas,
con él firmando un tratado
del pueblo español en mengua. 255
 
   Mas si tan fatal convenio
conocer mejor anhelas,
y de sucesos extraños
las opiniones diversas,
fuerza será entres conmigo, 260
lector, en la mansión regia,
que sirve de triste cárcel
a doña Blanca; y en ella
sabrás por mí, fiel cronista
de esta historia verdadera, 265
lo que el buen Ramiro López,
de cuya lealtad a prueba
te di noticia exactísima
en la página primera;
el noble Nuño de Lara, 270
anciano que a la princesa
siempre de fiel consejero
sirvió en su fortuna adversa,
y el francés Juan de La Motte
de tales contratos piensan. 275
 
De pie los tres, del Castillo
en la armería soberbia,
así las nuevas recientes
con viva inquietud comentan:
 

RAMIRO

Buen La Motte, estáis tremendo 280
con vuestras nuevas de Francia.
 

LA MOTTE

Pues la verdad sin jactancia
es lo que os estoy diciendo.
Don Juan de Aragón ansioso
está de acabar la guerra, 285
y ayer firmó en Salvatierra
un tratado ventajoso.
El rey de Francia esta vez
su apoyo a don Juan concede,
y éste la Navarra cede 290
en justo pago.
 

DON NUÑO

                      �Pardiez!
Que esa alianza es un tesoro.
 

LA MOTTE

   Pues si por Francia Aragón
vence a Castilla, es razón
que se la pague en buen oro. 295
Y ya que don Juan obtenga
tan soberbias condiciones,
si Francia le da legiones
que Aragón se las mantenga.
 

RAMIRO

   Os oigo, don Juan, y aún dudo 300
si es verdad tan baja afrenta:
Que el noble Aragón que ostenta
altivo en Grecia su escudo,
su bandera victoriosa
en las aguas del Tirreno, 305
mire impasible y sereno
abyección tan ominosa,
no cabe en la mente mía;
y también dudo que un rey
así mancille la ley, 310
que el pueblo a su nombre fía.
 

DON NUÑO

Mas �qué, Ramiro, os extraña
del que, en su venganza fijo,
cruel envenenó al hijo,
y con su hija se ensaña? 315
 

LA MOTTE

Feliz doña Blanca ahora
con el de Berry será.
 

RAMIRO, turbado.

�Qué decís?
 

LA MOTTE

                    Que a Francia irá
tal vez mañana, y señora
podrá ser del gran ducado 320
de Berry, si complaciente
acepta el amor ardiente
que el duque le ha consagrado.
 

RAMIRO

�Vive Dios! que es por demás
inicua y necia esa trama; 325
que ni ella al de Berry ama
ni podrá amarle jamás.
Reina doña Blanca hora
es de Navarra: la suerte
lo quiso así con la muerte 330
del tierno hermano a quien llora;
y si anhela un rey cruel
privarla de su derecho,
escudo en el noble pecho
hallará del pueblo fiel. 335
Navarra al grito de �guerra!
se alzará... �Vos lo dudáis?
 

LA MOTTE

Creo, Ramiro, que soñáis.
No hay poder en esta tierra
que contrarreste el valor 340
de los soldados de Francia.
 

RAMIRO

Me admira vuestra arrogancia
al par que vuestro candor.
Bien se conoce a través
de esa altivez que os engaña, 345
que aunque servís en España
no dejáis de ser francés.
 

LA MOTTE

Aquí Duguesclin, cual yo,
a España sirvió con honra.
 

RAMIRO, con desdén.

Os engañáis; su deshonra 350
fue lo que aquí consiguió.
Honra allá en Francia tendrá
quien fue traidor y menguado,
en España despreciado
por los buenos se verá. 355
 

LA MOTTE, con furia.

No comprendo la intención
de esa oscura reticencia,
y os pido con impaciencia
me deis una aclaración.
 

RAMIRO

Pues la queréis... escuchad: 360
Mas ved que os la doy con calma,
que no hay temor en el alma
del que dice la verdad.
Vos de la reina al servicio
como capitán estáis, 365
y es, si el puesto no dejáis,
defenderla vuestro oficio.
 

LA MOTTE

Consejos no he menester.
 

RAMIRO

Ya se que no os interesan;
mas si en vos tan poco pesan 370
las razones del deber,
no extrañéis, don Juan, que un día
aprecien vuestra honra en poco.
 

LA MOTTE, con arrogancia.

No necesito tampoco
defensor de la honra mía. 375
Para defender mi honor
bastome siempre mi espada.
 

RAMIRO, con desprecio.

Suele no estar bien templada
la espada del que es traidor.
 

LA MOTTE, furioso.

Mentís.
 

DON NUÑO

              Eh, basta, señores: 380
Pensad que estáis en palacio;
idos por Dios más despacio
en vuestros ciegos rencores.
 

LA MOTTE

Pronto, pronto; no más tarde
la reparación...
 

RAMIRO

                          La habréis: 385
Seguidme, don Juan, y haréis
de vuestro valor alarde.
 

DON NUÑO

Basta, digo. Abrazo estrecho
concluya vuestra porfía.
 

LA MOTTE

Defiendo yo la honra mía. 390
 

RAMIRO

Yo defiendo mi derecho.
 

DON NUÑO

Si aquí ahora mismo los dos
no os dais sin rencor las manos
y os abrazáis como hermanos
os encierro, vive Dios. 295

***

   Y esto diciendo don Nuño
con alegre desenfado,
de La Motte y de Ramiro
tomaba las diestras manos:
Por unirlas se esforzaba, 300
y su afán viera logrado,
no obstante la resistencia
que le oponían entrambos,
si en aquel instante mismo
no viniese un ruido extraño 305
de armas, de confusas voces
y pisadas de caballos,
a suspender de los tres
el ciego impulso y el ánimo.
A poco el grito de �el Rey! 310
cundió por todo el palacio,
y del gran salón de armas
la ancha puerta daba paso,
al rey de Aragón, seguido
de sus nobles cortesanos. 315
   Azul túnica llevaba
sobre jubón encarnado,
y de sus hombros prendido
de velludo luengo manto.
Sencillo traje de corte, 320
sin alhajas ni bordados,
que extraño contraste hacía
con el lujo y el boato,
de innúmeros caballeros,
que fieles seguían sus pasos. 325
   Al ver el rey a La Motte
detuvo su marcha un tanto:
La Motte inclinó la frente
al monarca saludando,
y este hablole, mas en tono 330
tan misterioso, y tan bajo,
que nadie apercibir pudo
si una súplica o mandato
encerraron sus palabras;
mas, de La Motte en los labios 335
asomó leve sonrisa;
una mirada cruzaron...
Y a poco el francés, de Olite
partía en veloz caballo,
con dirección a Pamplona, 340
la ribera atravesando;
mientras el rey despidiendo
a sus nobles cortesanos,
altivo el dintel cruzaba
del aposento apartado 345
do sufría doña Blanca
su injusto rigor tirano.
   Bien pronto la corte toda
fue el salón abandonando;
en breve reinó el silencio, 350
y solos se contemplaron
el buen don Nuño y Ramiro,
que en leda voz y animados
de los mismos sentimientos
esta plática entablaron: 355
 

RAMIRO

�Visteis cómo el rey don Juan
y La Motte se han comprendido?
 

DON NUÑO

Creo que todo se ha perdido:
Muerte a la reina darán.
 

RAMIRO

�Ah! �Por qué, por qué obstinado 360
no quisisteis que al traidor
castigase?
 

DON NUÑO

                 En vuestro ardor
de joven, el resultado
no calculabais... Vencido
por vos juzgad al francés: 365
�por eso hubierais después
el negro plan destruido?
�Inútilmente la vida
jugar con ojos serenos!
 

RAMIRO

Cien veces por mucho menos 370
la imaginé ya perdida.
 

DON NUÑO

�Imprudente!... En tal empresa
nunca volváis a arriesgarla:
Acaso necesitarla
pueda la infeliz princesa. 375
 

RAMIRO

�Ella!... mi humilde existencia
en su defensa daría:
Ella es el astro que envía
luz viva a mi inteligencia,
es el ángel que mi alma 380
en casto silencio adora:
Sólo en su voz bienhechora
hallan mis dolores calma.
�Cómo impasible sufrir
que acaso en breve, espirante... 385
No, no; se acerca el instante
de salvarla o de morir.
Pronto, los medios busquemos.
 

DON NUÑO

Mas si el rey la obliga impío
�cómo salvarla, Dios mío? 390
 

RAMIRO

Entonces... La vengaremos.
En tanto juradme vos
desechad vanos temores:
Para vencer a traidores
bastamos nosotros dos. 395
Juradme también obrar
tan sólo por mi consejo,
que la prudencia de un viejo
no sirve para luchar.
 

DON NUÑO

Bien: vuestro plan seguiré; 400
os lo juro por mi nombre.
 

RAMIRO

Don Nuño, sois todo un hombre,
yo a la reina salvaré.
De los contrarios en pos,
voy confiado en mi estrella: 405
Velad en tanto por ella,
y que nos proteja Dios.
 
   Dijo: y la diestra de su fiel amigo
estrechó entre sus manos con ardor,
abandonó el salón, y de allí a poco 410
en brioso corcel fugaz partió.
   Anhelante don Nuño en la ventana
viole a distancia caminar veloz,
y al perderle de vista en la llanura
de la estancia pausado se alejó. 415
   Un instante después la voz del rey
escuchaba con honda conmoción,
y oyendo al par de Blanca los sollozos
��triste reina!� doliente murmuró.
   Y juzgando extinguido el pobre anciano 420
de su esperanza el postrimer fulgor,
en un sitial cayó casi sin vida,
plegaría humilde dirigiendo a Dios.
 

- III -

ADIÓS A LA PATRIA

   Pocos momentos después
de la escena que narrada 425
dejo, oh lector, en conciencia,
que conciencia es necesaria
cuando de escribir historias
en prosa o verso se trata,
jinetes en tres caballos 430
de raza pura normanda,
con Juan de La Motte, que iba
guiándolos en su marcha,
a las puertas del castillo,
tres caballeros llegaban, 435
que mostraban por su traje
ser de la vecina Francia,
y por sus dignas maneras
de nobleza acreditada.
   Desmontáronse, y dejando 440
en las manos entregadas
de un escudero las riendas
de sus monturas gallardas,
siempre por La Motte guiados,
de aquella fuerte morada 445
traspasaron los umbrales,
el atrio y las antecámaras,
y ascendiendo por oculta,
tortuosa escalinata,
del rey de Aragón llegaron 450
a la fastuosa estancia.
   Un ujier anunció al punto
del capitán la llegada,
y después de cambiar éste
con aquél breves palabras, 455
en el real aposento
dio a los franceses entrada.
   Larga plática entablaron
a solas con el monarca,
conferencia misteriosa, 460
en la cual ratificada
quedó la cesión inicua
del gran reino de Navarra.
Este el tratado de Olite
es, según crónicas varias, 465
tratado, cesión le nombran,
mas venta el pueblo le llama,
que es a veces juez el pueblo,
juez de inteligencia clara.
   Ya el sol tocaba a su ocaso 470
cuando de la regia cámara
los tres franceses saliendo,
de el rey don Juan escuchaban
estas frases, que aludían
a la triste doña Blanca. 475
-Asegurad a mi aliado,
vuestro amo el rey de Francia,
que parto de aquí esta noche,
y el conde de Fox mañana
tendrá en su poder la prenda 480
que ratifica esta alianza.
Decidlo así, y que yo nunca
he faltado a mi palabra.
   Tal dijo: los extranjeros
saludaron al monarca, 485
y en breve del real castillo
y de Olite se alejaban.

***

         Tendió la noche
      su negro velo,
      manto de nubes 490
      cubría el cielo;
lejos bramaba con eco sordo
fiera, imponente, la tempestad.
         No al suelo envían
      sus luces bellas, 495
      ni la alba luna
      ni las estrellas;
sólo interrumpe fugaz relámpago
de la campiña la oscuridad.
 
         Triste es la noche, 500
      triste y medrosa,
      en calma Olite
      muda reposa;
tal vez se escucha, al son del trueno,
el eco humilde de una oración. 505
         En el castillo
      tan sólo cunde
      rumor extraño,
      que miedo infunde,
y ora acrecienta, ora se pierde 510
a los rugidos del aquilón.
 
         Y a la luz roja,
      que agita el viento,
      de cien antorchas,
      con paso lento 515
mudos guerreros, por la ancha puerta
en largas filas se ven salir;
         llevando en medio
      regia litera,
      do a Blanca vese 520
      cual prisionera;
y en pos va el rey, torvo, sombrío,
midiendo acaso su porvenir.
 
         Raudos en breve,
      atravesando, 525
      prados y montes,
      vanse alejando,
y ni la lluvia su andar detiene
ni el ronco trueno les da pavor.
         Sólo la reina 530
      lágrimas vierte,
      que adivinando
      su triste suerte,
tan negra mira como la noche
la que le espera vida de horror. 535
 
         �Ay! sola al verse
      y abandonada,
      atrás dejando
      su patria amada,
por vez postrera vuelve los ojos, 540
que de ella el alma vásele en pos.
      Del pecho lanza
      triste quejido,
      que el viento ahoga
      con su rugido; 545
      �ay! que el recuerdo
      de sus amores,
      la acerba historia
      de sus dolores,
encierra acaso ese gemido, 550
que es a la patria su último adiós.

***

   Y en tanto que la mísera princesa
se abisma en angustiosos pensamientos,
su acelerada marcha precipitan
más y más sus crueles carceleros. 555
Y atrás dejando villas y lugares,
sin dar descanso al fatigado cuerpo,
al despuntar la aurora, ya la cumbre
tocan de los agrestes Pirineos.
Un punto en Roncesvalles se detienen, 560
y aún no seguros, el furor temiendo
del fiel navarro, la frontera salvan,
del raudo caminar ya sin aliento.
   El sol, en la mitad de su carrera,
brillaba dando vida al universo, 565
cuando pisó la regia comitiva
de la ambiciosa Francia el fértil suelo.
Y crónicas diversas aseguran
que en el que baña el Nive alegre pueblo
detuvieron su marcha, y que allí el rey 570
y el de Fox larga plática tuvieron.
Y aun cuando todo lo que hablaron ambos
fue siempre para el vulgo hondo misterio,
no faltó quien sagaz adivinase
de conferencia tal todo el secreto. 575
Pues diz que en tanto que don Juan y el conde
a solas se fiaban sus proyectos,
a la villa, a carrera en un caballo,
llegaba a la sazón gentil mancebo,
que apeándose diestro llegó en breve 580
a las puertas de un alto monasterio,
morada de la augusta prisionera,
de don Juan y sus nobles palaciegos.
Y diz que apenas el umbral traspuso
anciano respetable fue a su encuentro; 585
y por si dudas en tu mente abrigáis
de quiénes puedan ser, lector benévolo,
que es don Nuño el anciano, y es el joven
el buen Ramiro López, te revelo.
Ambos la diestra mano se estrecharon, 590
y en retirado, lúgubre aposento,
en silencio también se confiaban
en breve, así, sus dudas y recelos:
 

DON NUÑO

Hablad, Ramiro, que ansioso
estoy de saber si es cierto 595
que a eterna prisión condenan
a doña Blanca...
 

RAMIRO

                          Tal creo;
pues la ilusión no acaricio
de que verdad sea el proyecto
de casarla con el duque 600
de Berry... �Lindo pretexto
para adormecer a incautos,
para cegar a los necios!
 

DON NUÑO

�Y podré saber, amigo,
lo que habéis pensado y hecho 605
desde ayer que os ausentasteis?
 

RAMIRO

Mucho pensé; mas el tiempo
perdí, al intentar osado
realizar mis pensamientos.
Que en vano llamé a las puertas 610
de los nobles y plebeyos:
Sin honor, ya envilecidos,
los nobles no respondieron;
del de Berry y de las bodas
me hablaba el incauto pueblo; 615
y ahogando mis esperanzas,
de cansancio y de ira ciego,
partí en dirección de Olite,
mas al llegar a Pozuelo
supe que el rey, con su corte 620
y gran acompañamiento,
prisionera a doña Blanca
llevaba... Seguí tras ellos,
triste ya y desalentado,
que no juzgué que tan presto 625
el rey su plan realizase,
el mío así destruyendo.
Mas no temáis que a la inercia
me abandone: si los riesgos
acrecen, con más constancia 630
nueva lucha emprenderemos.
 

DON NUÑO

Mas si os abandonan todos
�cómo luchar?...
 

RAMIRO

                           Si los medios
son pocos, con fe y audacia
los que falten supliremos. 635
Ya os dije ayer, caro amigo,
que nosotros dos, cumpliendo
con nuestro deber, bastamos
para que la vida al menos
salvemos de doña Blanca, 640
ya que su abatido reino
a sus audaces contrarios
arrancarles no podemos.
 

DON NUÑO

�Qué intentáis hacer?... Sepamos...
 

RAMIRO

Perdonad; es mi secreto. 645
Antes de arriesgarnos ambos
sabréis todos mis proyectos;
mas permitidme que a solas
los medite largo tiempo,
que empresa tan ardua exige 650
meditación y silencio.
Al llegar aquí he sabido
por Gontran, el escudero
del conde de Fox, que a Orthez
doña Blanca será luego 655
conducida...
 

DON NUÑO

                    �Miserables!
�Aún no se juzgan contentos
con arrebatarle impíos,
libertad, corona y cetro?
Gozar su pérfida hermana 660
quiere en su cruel tormento;
tenerla al lado segura,
befar su dolor acerbo;
y después de haber reído
de su pesar largo tiempo, 665
hundirle el puñal aleve
en su lacerado seno...
�Oh, venganza!
 

RAMIRO

                          Sí, don Nuño;
venganza demanda al Cielo
tanta maldad: y si al golpe 670
muere de asesino pérfido,
aunque el móvil de tal crimen
sea monarca de dos reinos,
en él su muerte alevosa,
si me ayudáis, vengaremos. 675
 

DON NUÑO

Sí; contad conmigo siempre.
 

RAMIRO

Bien: ahora separémonos.
Adiós, pues: constancia os pido.
 

DON NUÑO

Yo prudencia os recomiendo.

***

   Y ambos amigos, con tranquilo paso, 680
separáronse al punto, y en silencio
del monasterio en las extensas naves
envueltos en las sombras se perdieron.
 

- IV -

ÚLTIMA ESPERANZA

   Tras breves momentos de angustia y temores
la mísera reina sin reino se ve; 685
cual sierva tratada, con fuertes rigores,
que ya el suelo patrio no huella su pie.
 
   En vano Ramiro buscó a sus parciales,
y fiel les revela de Blanca el dolor:
De serle dejaron los nobles leales; 690
los pueblos doblaron la frente al terror.
 
   Los dardos temiendo de oculta asechanza,
de viles contrarios cercada do quier,
tan sólo le resta dudosa esperanza,
y un punto la acoge con mudo placer. 695
 
   Cual náufrago triste que cercan las olas
y al fin ve la playa do juzga llegar,
así la infelice aún sueña a sus solas
si no ya su trono, su vida salvar.
 
   Y epístola tierna dirige a su esposo, 700
al rey de Castilla, que infiel la humilló;
mas, ah, que a su lado de dulce reposo
siquiera un momento feliz disfrutó.
 
   �Señor: si un recuerdo de grata memoria,
le dice; aún de Blanca guardáis... oh, leed 705
en estos renglones mi lúgubre historia,
y grato y benigno mi ruego acoged.
 
   Prisiones, desprecios, injusto castigo,
por ser de don Carlos hermana leal,
dictome mi padre, cual fiero enemigo, 710
doblando con ellos mi angustia mortal.
 
   �Oh Dios! �No le es dado llorar a una hermana
del mísero hermano la suerte cruel;
del príncipe noble la muerte temprana,
al ver su esperanza morir �ay! con él? 715
 
   Gran rey, de mis cuitas pesad los rigores;
en mí no la esposa, la reina mirad,
que objeto constante de inicuos rencores
de vos sólo fía justicia y lealtad.
 
   Mas no en ambiciones mundanas reparo; 720
os cedo mis reinos... Mi alma es de Dios:
Salvadme la vida; no tengo otro amparo
que aquel que del cielo me venga y de vos.
 
   Y al frente se os mire de fuertes legiones
los pueblos navarros valiente cruzar; 725
clavar de Castilla los rojos leones
de Olite en los muros; mi afrenta vengar.
 
   Mas, ah, no olvidéis que cárcel sombría
mi eterna enemiga, la infanta Leonor,
destíname acaso, y tal vez, impía, 730
decrete mi muerte, con fiero rencor.
 
   Llegad a Navarra: mi pueblo que aún arde
en noble entusiasmo por vos morirá:
Llegad, que mañana tal vez será tarde,
y esclavo, en el polvo la frente hundirá. 735
 
   Llegad, y que el iris de paz y bonanza
el pueblo navarro por vos vea lucir:
Oh Enrique, pues sois mi sola esperanza,
no a Blanca impasible así veáis morir.
 
   Señor: mucho siento causaros enojos; 740
perdón os demando... �Ay! puedan con vos
las lágrimas tristes que vierten mis ojos,
1as tiernas plegarias que elevo hasta Dios.�

***

   Apenas hubo esta carta
firmado con mano trémula, 745
a sus buenos servidores
hizo venir ante ella.
Con ellos también llegaron
los miembros de la nobleza
que aún a doña Blanca fieles 750
la seguían por do quiera.
Entre estos mírase al conde
de Armañac, cuya presencia
en tan solemnes momentos
al lado de la princesa, 755
contra el tratado de Olite
es la más alta protesta.
También allí al condestable
de Navarra se contempla,
y a cien nobles caballeros 760
que arrojados de sus tierras,
prefieren ser pobres, antes
que traidores a su reina.
   Así que los vio reunidos,
con voz conmovida y tierna, 765
sus lágrimas enjugando,
les habló de esta manera:
   �Amigos: os llamo a todos
porque abandonar ya es fuerza
mi reino y mis pueblos fieles, 770
y ceder a la violencia.
Mi padre el rey de Aragón
así implacable lo ordena,
y obligante a separarme
de mi servidumbre regia. 775
Mañana, de mis contrarios
desdichada prisionera,
ultrajes y afrentas miles
sufriendo en extraña tierra,
ni incierta memoria acaso 780
tendréis ya de vuestra reina.�
   -Señora -de emoción lleno
el buen conde le contesta-,
disponed de nuestras vidas:
El pueblo fiel, la nobleza, 785
que aún leal a vuestra causa
persecuciones desprecia,
cumplido homenaje os rinde,
y vuestra orden espera:
Que aunque pocos nos hallamos 790
para emprender hoy la guerra,
si vuestra alteza lo manda,
contentos, en su defensa,
moriremos como buenos
al pie de nuestra bandera. 795
   -Gracias, amigos -les dice
conmovida la princesa-,
inútil ya vuestro arrojo
sería, y en mi conciencia
se alzara el remordimiento 800
al derramar sangre vuestra.
Mas seguid siéndome fieles,
tal vez mañana la empresa
no fuera tan temeraria...
�Oh! bien conozco que incierta 805
es la esperanza que agita
mi corazón, y con ella
quizá el postrer desengaño
me guarda la Providencia
mas �qué queréis?... La esperanza 810
es la fugitiva estrella
que caminando al ocaso
aún umbra al alma enferma:
Tal vez un momento brilla
con luz más pura y más bella, 815
absortos la contemplamos,
nuestra ilusión acrecienta,
y a poco envuelta en vapores
se oculta tras la alta sierra.
�Oh! perdonad si os aflijo 820
Con mis temores y quejas;
�ay! de estar a vuestro lado
breves momentos me restan.
Llegad, llegad y mi mano
besaréis por vez postrera; 825
mas antes tomad mis joyas...
Restos son de la grandeza
de mis mayores: guardadlas
como débil recompensa
a vuestra lealtad constante; 830
y vuestros hijos por ellas
recuerden en sus veladas
las DESDICHAS DE UNA REINA.
   Dijo con trémulo acento:
Y sus vasallos se acercan, 835
y sus dádivas reciben
con lagrimas, que revelan
el sentimiento profundo
que sus almas atormenta,
al separarse por siempre 840
de la infelice princesa.
Luego inclinan la rodilla,
humildes su mano besan,
y su llanto comprimiendo
tristes �ay! tristes se alejan, 845
porque oculta voz les dice
que no volverán a verla.
   Al retirarse Ramiro
pensativo un punto queda,
y en la triste doña Blanca 850
fijando la vista inquieta
así le dice:
                  -Señora:
Si en esa prisión horrenda
a que don Juan os destina
recibís con gran reserva 855
algún día un pliego mío,
cuantos avisos contenga
firme seguid, yo os lo ruego,
que señal es de que aún velan
por vos vasallos leales, 860
y que salvaros desean.
   -Ya sé que sois arrojado,
doña Blanca le contesta;
Dios os premie, mi buen paje,
tanta lealtad y nobleza; 865
mas por salvarme la vida
no ciego expongáis la vuestra.
   -�Mi vida!... �Qué importa al mundo
que yo viva o que yo muera?
Huérfano soy: vos, señora, 870
todo cuanto amo en la tierra
representáis a mis ojos...
�Vivir tranquilo pudiera
lejos del vos, y sabiendo
que inicuos os atormentan? 875
No, no; dejadme que intente,
libertaros... Si sufriera
en mi empresa un desengaño
sabré morir por mi reina.
-�Oh corazón generoso! 880
�Cómo digna recompensa
hallar a tanto heroísmo,
a abnegación tan suprema!
Conmovida doña Blanca,
del buen paje por la oferta, 885
murmuró, sin ver acaso
la dulce mirada, llena
de amor y tristeza a un tiempo,
con que Ramiro la observa.
   Después de una breve pausa 890
la reina siguió:
                       -Pues muestras
me dais tan grandes, Ramiro,
de lealtad y de firmeza,
confiar sólo a vos quiero
de misión alta y secreta 895
el desempeño... Esta carta,
cuya dirección demuestra
ser para el rey de Castilla,
conduciréis con presteza
a su destino, cuidando 900
de que entregada le sea.
En ella ruego a mi esposo
que al punto me favorezca
con sus huestes, y me libre
del peligro que me cerca. 905
Partid pues: venced los riesgos
que en el camino os detengan;
que en este pliego que os doy
va mi esperanza postrera.
   -Señora -el doncel exclama, 910
saludando con nobleza-,
si mañana a esta hora misma
vuestro fiel Ramiro alienta,
lejos del suelo navarro
no habrá ya quien me detenga; 915
y antes que el sol siete veces
se alce espléndido en la esfera,
habré lealmente cumplido
la orden de vuestra alteza.
 
   Y saludando de nuevo 920
ganó el buen paje la puerta,
y montando en su caballo
partió, como aguda flecha.
Mas en tanto que dejaba
atrás montes y florestas, 925
cual silfo alado que al viento
audaz vence en su carrera,
en su mente así decía
con amargura siniestra:
   �De un rey menguado no aguardes 930
auxilio, mísera reina...
Ahogar puedes ya en tu pecho
esa esperanza postrera.� (9)



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Tercera parte. -La hermana

                                                                                             

- I -

DOS AÑOS DESPUÉS

   �Cuán mísera es la vida
para el que ansioso espera
consuelo a su aflicción;
y pasa el tiempo y nunca,
tras la tormenta fiera, 5
ve el astro que esperanza
da al muerto corazón!
 
   Su espíritu hasta el cielo
mil veces, confiado,
eleva con afán: 10
Ah, sí; que al verse el triste
del mundo abandonado,
al cielo alza los ojos,
que a Dios buscando van.
 
   Que sólo en el Eterno 15
consuelo encuentra el alma
sumida en el dolor;
y un punto en el Empíreo,
en apacible calma,
feliz del hombre olvida 20
el pérfido rencor.
 
   Así la noble reina
que vio correr los años
en lúgubre ansiedad,
a Dios alza su espíritu, 25
que sólo desengaños
ofrécele ya el mundo,
y olvido y deslealtad.
 
   �Oh, cuantas, cuántas veces
absorta en la ventana 30
de su real prisión,
la contempló la noche
y la gentil mañana,
fiando de su esposo
ventura y salvación! 35
 
   �Ay mísera! que en vano
espera, confiada
en su ilusión falaz:
Pasaron días y meses,
y ya desalentada, 40
le hiere de la duda
el aguijón tenaz.
 
   Tal vez, en sus plegarias,
aún su esperanza acrece
más viva por la Fe. 45
Grata ilusión, que dulce
su espíritu adormece,
y que cual vaga niebla
desvanecida ve.
 
   �Feliz el prisionero 50
que aunque cautivo llora,
de amante compañero
en alma bienhechora
consuelos y esperanzas
encuentra en su aflicción! 55
Mas �ay de aquel que triste,
y solo, y sin amigos,
en cárcel dura existe,
cercado de enemigos,
sin ver jamás la aurora 60
de ansiada salvación!
 
   �Oh reina sin ventura!
�La soledad de muerte
que te rodea, augura
contraria, infausta suerte, 65
o anuncia con su calma
risueño porvenir?
�Ay mísera! Con velo
oscuro y misterioso,
tu porvenir el Cielo 70
oculta, silencioso,
y ni el arma traidora
verás que te ha de herir.

***

   A orillas del claro Gave
orgullosa Orthez se eleva, 75
de fuertes muros cercada
y torres altas que ostentan
un foso al pie, y en su frente
vieja corona de almenas,
que de la célebre Orthesium 80
la anciana historia recuerdan.
   La población dominando
en una colina esbelta,
se alza majestuoso y triste,
de la ciudad centinela, 85
el castillo de Moncada,
que un ancho adarve rodea,
fábrica de oscuros tiempos
en que a la ley de la fuerza
juicio de Dios llamaban 90
los potentes de la tierra.
   Mírase en sus pardas torres
crecer la silvestre yedra,
verde ornamento que sombra
presta a sus góticas rejas: 95
Y numerosos soldados
guardan sus ferradas puertas,
su adarve y su barbacana,
que este castillo en la época
en que corre nuestra historia, 100
servía de mansión regia
a doña Leonor, la ilustre,
la poderosa princesa
de Bearne, Nemours y Gandía,
y de Navarra heredera; 105
señora de cien castillos,
de Fox muy alta condesa,
noble entre las nobles damas,
bella entre las damas bellas;
que estos pomposos dictados 110
y tal virtud y excelencias,
le atribuye, aduladora,
su cortesana nobleza.
   Achaque de palacianos
fue siempre adular sin tregua; 115
medrar así se consigue,
y el adular nada cuesta.
   Allí en justas y torneos,
allí en espléndidas fiestas,
do inspirados trovadores 120
su ingenio y su afán demuestran
en tributar a porfía
mil alabanzas discretas
a la ilustre habitadora
de aquella morada regia, 125
alegre pasa la vida
con su corte la princesa,
sin que el ayer ni el mañana
cuidados jamás le ofrezcan.
   Mas si teatro de encantos 130
y de glorias palaciegas
es esta mansión augusta,
eslo también de tristeza:
Que allí en silenciosa torre
a solas llora sus penas, 135
doña Blanca la infelice,
la desventurada reina,
de su vengativa hermana
miserable prisionera,
en profundo desamparo, 140
sin esperanza en la tierra.
   �Oh! �Cuán extraño contraste
las dos hermanas presentan!
�Qué inclinaciones tan varias
y qué suerte tan diversa! 145
   Doña Leonor, iracunda,
cruel, altiva, soberbia,
que horribles planes medita,
de ambición, de orgullo ciega,
y cual Caín, despiadada, 150
tal vez en su mente inquieta
pensamientos fratricidas
trama, con atroz fiereza,
por ceñirse sin rivales
a su frente una diadema, 155
es admirada por todos,
parciales halla do quiera,
y risueña la esperanza
dichas sin fin le presenta.
   Doña Blanca, generosa, 160
compasiva, humilde y tierna,
que sólo en el bien se ocupa,
de ardiente caridad llena,
que jamás de la venganza
pudo acariciar la idea, 165
y si demanda justicia,
Dios sólo en su suerte adversa
es su juez, y a él su corona
su reino y vida encomienda,
abandonada de todos 170
suspira en cárcel desierta,
y, perdida la esperanza,
su próximo fin contempla.
   �Quién los secretos designios
de la sabia Providencia 175
comprende? �Quién el misterio
de lo futuro revela?
Mas �ay! del que desafía
de Dios la justicia eterna.
�Ay del malvado!... Terrible 180
es la expiación que le espera.

***

   Si saber, lector amigo,
con toda verdad deseas
mil sucesos que te lleven
al fin de la historia cierta 185
de la princesa infelice
que llora su suerte adversa
del Castillo de Moncada
en hórrida cárcel fiera,
es forzoso que conmigo 190
llegues a oculta vivienda,
que en el arrabal situada
de Orthez, en la orilla izquierda
del claro Gave, entre arbustos
y árboles bellos se ostenta, 195
blanca y azul, cual la garza
que alegre en el río juega,
y humilde como las flores
que en grata festón la cercan.
   Allí el anciano don Nuño 200
habita, y con ansia espera
la llegada de Ramiro,
o al menos la alegre nueva
de que aún vive, que dos años
han pasado, y ni la vuelta 205
dio el buen paje, ni noticia
de él tuvo, en tan larga ausencia:
Y ya el viejo receloso
al desaliento se entrega,
que es largo tiempo dos años 210
para el que su fin ve cerca.

***

   Era una tarde de otoño,
y ya la naturaleza
sin verdor, la hojosa frente
inclinaba macilenta. 215
Triste el sol entre vapores
se oculta tras la alta sierra,
y la noche a paso lento
llega entre pardas tinieblas.
Del vespertino crepúsculo 220
a la claridad incierta,
sus tristes ojos alzando
don Nuño a la parte opuesta
del río, fijar parece
su vista en la fortaleza 225
de Moncada, que divisa
desde su humilde vivienda:
Y tal vez un pensamiento
de pavor y oculta pena
bulle en su mente, y le agobia 230
con implacable fiereza;
pues vese a poco una lágrima,
que de su pesar es muestra,
por su pálida mejilla
correr silenciosa y lenta. 235
   Mas súbito la mirada
dirige a la agreste peña
do estrecho puente abre paso
de la ciudad a la vega;
y un punto alumbrar parece 240
su decaída existencia
de una esperanza imprevista
la luz brillante y serena.
   Aún dudoso en la ventana
la rápida marcha observa 245
de un mancebo, que a la quinta
en negro trotón se acerca;
mas en breve desmintiendo
con juvenil entereza
la edad, que dejó en su rostro 250
marcada profunda huella,
traspasa con pie ligero
de su morada la puerta,
a punto que ya el jinete
de su montura se apea. 255
-�Ramiro!... �Dios sea loado!
Don Nuño dice al que llega:
-Yo soy, don Nuño-, abrazándole
el viajero le contesta.
   Largo tiempo en dulce lazo 260
ambos amigos se estrechan,
y con lágrimas de gozo
el ingrato suelo riegan.
   Después llevando a Ramiro
el anciano a oculta pieza, 265
así ignorados azares
y proyectos se revelan:
 

NUÑO

   �Pardiez! que con vuestra ausencia
me teníais con cuidado:
Dos años os he aguardado, 270
que es mucho...
 

RAMIRO

                           Vuestra impaciencia
comprendo, que no es la mía
menor, mas juzgad, oh amigo,
que a un poderoso enemigo
jamás se venció en un día. 275
   Mucho en Castilla sufrí,
que es mi patria país ingrato;
y fuera largo el relato
de azares que allá corrí.
Baste, don Nuño, deciros 280
que aquel despiadado rey
ni jamás conoció ley,
ni le ablandan los suspiros.
A la cesión generosa
de su esposa desgraciada, 285
llamola ofrenda obligada;
y empresa torpe y ruinosa
juzgó el mandar sus legiones
a combatir contra Francia:
Que era mucha la distancia 290
dijo, y que las razones
en que fundarse podía
para atacar al francés
siendo injustas, mal después
ventajas alcanzaría. 295
 

NUÑO

   �Vive Dios! �A quien le ruega
pudo ofender con sus labios?
�Cruel los justos agravios
de su noble esposa niega?
 

RAMIRO

   Sí, amigo: mas obligado 300
viose al fin a hacer la guerra,
que aún hay en aquella tierra
nobles de pecho esforzado.
Ellos alzaron su espada
para luchar por Castilla, 305
y de extranjera mancilla
quedara presto vengada,
si el rey, que en nada su honra
aprecia, nunca firmado
hubiese, torpe, un tratado 310
que la humilla y la deshonra.
 

NUÑO

   �Imbécil!
 

RAMIRO

                  Rey sin honor
decid más bien: no le tiene
quien a ser, dócil, se aviene
instrumento de un traidor. 315
 

NUÑO

   No de uno solo a mi ver,
pues don Beltrán de la Cueva
diz que su privanza lleva
también, y de su mujer
que audaz el amor le roba 320
dicen los murmuradores.
 

RAMIRO

Alusión a esos amores
escuché en más de una trova.
Y tal es el desprestigio
que a don Enrique rodea, 325
que al fin no es raro que sea
salvar su trono un prodigio.
Mas dejando aquí este asunto
hablemos de lo que importa,
que el tiempo se nos acorta, 330
y conviene obrar al punto.
Antes de llegar aquí
con Gontran hablé en secreto...
 

NUÑO

   �Fiáis de él?
 

RAMIRO

                       Es discreto.
 

NUÑO

   Y avaro, según oí. 335
 

RAMIRO

Un avaro es un tesoro
para el que en empresas anda:
Si él accede a mi demanda
yo le daré mucho oro.
 

NUÑO

   �Vos?
 

RAMIRO

             Sí, amigo; no os asombre, 340
timbres heredó y riqueza,
y no pagar con largueza
fuera indigno de mi nombre.
 

NUÑO

Mas qué intentáis?
 

RAMIRO

                              Escuchad:
Mañana, cuando su velo 345
tienda la noche en el cielo,
vuestras armas preparad.
Y a la aurora dos corceles
conducid junto al castillo:
Yo al pie estaré del rastrillo 350
con mis servidores fieles.
Mas importa estéis oculto
hasta que os de una palmada,
que esta es la seña acordada
con Gontran... Si extraño bulto 355
se os acerca, que en acecho
llega sin dar la señal,
alzando presto el puñal
sepultadselo en el pecho.
Si bien queremos salir 360
audacia emplear debemos,
y a la reina salvaremos,
o allí sabremos morir.
�Oh, qué suerte si logramos
arrebatarle su presa 365
a la traidora condesa!
 

NUÑO

�Felices si lo alcanzamos!
Mas �calculado no habéis
que el castillo está guardado?
 

RAMIRO

Todo peligro alejado 370
será por Gontran.
 

NUÑO

                             �Tenéis
valor para confiar
en el sagaz escudero!
 

RAMIRO

Sí: que de un contrario artero
hizo el oro un auxiliar. 375
No temáis: del enemigo
triunfaremos...
 

NUÑO

                        El temor
nunca amenguó mi valor,
y vos de ello sois testigo.
Mas si en una empresa va 380
solo el valor, caro cuesta
muchas veces.
 

RAMIRO

                        Pues en esta
todo meditado está.
 

NUÑO

   Basta: que aunque así no fuera,
tanto anhelé este momento, 385
que a la cita iría contento
aunque allí morir supiera.
Hora reparad, amigo,
vuestras fuerzas: si queréis
mesa y lecho aquí tendréis. 390
 

RAMIRO

   Acepto.
 

NUÑO

                 Venid.
 

RAMIRO

                             Ya os sigo.

***

   Y después de estas razones,
del aposento la puerta
salvó don Nuño, y Ramiro
siguió al anciano a otra pieza; 395
donde sentados delante
de limpia aunque pobre mesa,
que apetitosas viandas
ofrecía, y una botella
de vino español añejo, 400
tal vez de su audaz empresa
departían, o de azares
que sufrieron o que esperan.
   Mas de lo que allí trataron
nada las crónicas cuentan, 405
ni tradiciones existen
que lo digan al poeta.
   Así, permite, oh lector,
si mi historia te interesa,
que no haciendo este más largo 410
otro capítulo emprenda.
 

- II -

LA ENVENENADORA

   En retirado aposento
de su soberbio Castillo,
cuyos muros de armaduras
y blasones revestidos, 415
de la moradora anuncian
nobleza y alto prestigio,
al par que de sus abuelos
la virtud y el heroísmo,
está la altiva condesa 420
doña Leonor, sin testigos,
meditando sus proyectos
en ademán reflexivo.
   Su morena tez rosada,
sus ojos negros y hundidos, 425
su corva nariz, su boca
grande, aunque de labios finos,
y su cabello, que, baja
en negros y ásperos rizos
cubriendo su estrecha frente 430
hasta su cuello extendido,
danle varonil aspecto,
mas siniestro y repulsivo.
   Es su sonrisa el anuncio
de algún proyecto temido, 435
y si algún objeto acaso
sus ojos contemplan fijos,
la mirada que desprenden
son dos rayos encendidos.
   Luengo traje de brocado 440
en oro y en perlas rico
viste, ciñendo su talle
de seda negro justillo,
y rojo manto forrado
de blancas pieles de armiño, 445
cubriendo el sitial donde ella
medita en afán prolijo,
se extiende en airosos pliegues
de sus hombros desprendido.
   Largo rato ha que en silencio 450
y sola está en su retiro,
un estuche contemplando
que, cerca de ella, extendido
sobre una mesa se mira
con cajas y botecillos. 455
Mas súbito dominada
de algún secreto designio,
de un timbre, con mano trémula,
alza el dorado martillo,
y tres golpes descargando 460
sobre él, vibrantes sonidos
produce, que el aire lleva
a los salones contiguos.
Y gira la puerta a poco
del aposento sombrío, 465
y una dama bella y joven
se acerca con paso tímido,
y a doña Leonor saluda
con grave ademán sumiso.
La condesa la contempla 470
un breve rato, y seguido
cerrar la puerta le manda
con un misterioso signo,
así con ella entablando
diálogo no interrumpido. 475
 

DOÑA LEONOR

Llega Irene: de mi hermana
saber quiero la respuesta.
 

LA DAMA

Señora, a vuestra propuesta
negose ya.
 

DOÑA LEONOR

                 �Con que vana
fue con ella mi bondad? 480
�Y mi plan veré deshecho
por su audacia!...
 

LA DAMA

                            Su derecho
prefiere a su libertad.
�Contestad a quien os manda
-me dijo asaz conmovida-, 485
que antes perderé la vida
que acceder a su demanda.
En buen hora la traición
por reina a mi hermana elija,
pero que de mí no exija 490
tan infame humillación.
Mi carcelera podrá
herirme, turbar mi calma
mas a su pesar mi alma
libre en la prisión será.� 495
Tal dijo y con paso grave
se alejó.
 

DOÑA LEONOR

              �Me desafía!
La firmeza y la osadía
de mi corazón no sabe.
Será mía su corona, 500
si su orgullo me desprecia
me respondió su persona.
Mas �qué digo?... �Y pude yo
un punto ocuparme de ella?
Escucha Irene: mi estrella 505
hoy grata me sonrió.
Samuel, que por mi salud
se interesa, una bebida
me ha traído, que la vida
conserva y la juventud. 510
Ciencia y riquezas por mí
gastó en elixir tan caro.
 

LA DAMA

Descubrimiento bien raro
que emplear debiera en sí.
Que es extraño que quien mira 515
la adusta vejez llegar,
a otros pretenda salvar
mientras é1 enfermo espira.
 

DOÑA LEONOR

�Y tal conducta te extraña
en un anciano judío? 520
El oro es su Dios: impío
ve en él la vida, y se engaña.
Mas al par que me ha traído
el elixir bienhechor,
aguas me trajo de olor, 525
y de venenos surtido.
 

LA DAMA

                                   �Venenos?...
 

DOÑA LEONOR

                                                     Sí; no te admire:
El antídoto compré
con ellos, y no seré
yo quien su ponzoña aspire.
Mas sabia cosa es vivir 530
contra un enemigo artero
precavida.
 

LA DAMA, con falsa timidez.

                 Yo prefiero
en mi ignorancia morir:
Que ansias y temblor febriles
siento esos filtros al ver. 535
 

DOÑA LEONOR

Yo haré desaparecer
esos temores pueriles.
Puedes tranquila observar
tales medios de venganza;
si una mano no los lanza 540
ellos no pueden matar.
Lleno este estuche se ve
de esos tósigos mortales,
y en innobles animales
ya su eficacia probé. 545
Acércate más, y observa
este de rojo color:
Por largo tiempo su olor
el entendimiento enerva.
Este, que Samuel llamó 550
Cicuta, la sangre inflama:
En su abrasadora llama
el gran Sócrates murió.
El acqua Tofana es esta,
en Italia conocida, 555
por los príncipes servida
al audaz que les molesta.
Mucho el tal bote costó,
mas yo no lo encuentro caro,
y otro aún más precioso y raro 560
el buen Samuel me vendió.
Este líquido admirable
cuyo secreto he comprado,
prestar puede al desgraciado
un fin dulce y envidiable. 565
Helo aquí: quien a gustar
llegue tan grato beleño,
de su fantástico sueño
nunca anhela despertar.
Y al acercarse la muerto 570
siente gratas emociones,
y entre dulces ilusiones
feliz bendice su suerte.
Este pomo de cristal
con su cubierta de oro 575
guarda tan rico tesoro:
Míralo bien; sin igual
es su misterioso encanto;
digno de reyes parece,
y al noble proscrito ofrece 580
calma eterna en su quebranto.
 

LA DAMA, con afectada indiferencia.

Felices los reyes son,
y la muerte no desean.
 

DOÑA LEONOR

No es raro a veces se vean
perdidos por su ambición. 585
Ejemplo de esta verdad
es mi hermana, que conmigo
osa luchar, y el castigo
sufre de su terquedad.
Al rey su padre ofendió 590
por defender a su hermano,
y ella misma por su mano
sus cadenas se labró.
Vengar la ofensa traidora
hecha a un padre, que es el mío, 595
es mi deber, y aunque impío
me es fuerza cumplirlo ahora.
Bien sabe Dios que infeliz
me hace esta misión odiosa,
y fuera yo muy dichosa 600
o mi hermana muy feliz
si una de las dos muriera.
 

LA DAMA

�Vos, reina de la hermosura,
de Francia gloria y ventura,
vos morir?...
 

DOÑA LEONOR

                     �Extraño fuera? 605
�Ay! yo te aseguro, Irene,
que si un alma bienhechora
de aquesta lucha opresora
a libertarme no viene,
sumergida en hondo duelo 610
verasme presto espirar.
 

LA DAMA

Debéis del cielo esperar
a vuestra ansiedad consuelo.
 

DOÑA LEONOR

Triste, en verdad, es vivir
esperando de contino, 615
cuando no hay otro camino
que el de matar o morir.
Oh, si un alma fuerte hubiera
que evitarme el sacrificio
quisiese, por tal servicio 620
oro y privanza le diera.
Pruebas en su acción vería
de amistad y de entereza,
y el poder y la riqueza
con ella compartiría. 625
 

LA DAMA

Feliz quien pueda, señora,
adivinar vuestro intento,
y amenguar el sufrimiento
que vuestro pecho devora.
�Quién sabe! Tal vez hallar 630
logréis pronto el fiel amigo
que vuestro afán testigo,
venga el lazo a desatar
con que os liga suerte impía.
 

DOÑA LEONOR

Oh gracias: tú confianza 635
me inspiras, y de esperanza
inundas el alma mía.
Hora recoge este estuche,
y al guardarlo donde sabes
puedes conservar las llaves. 640
Ve pues: déjame que luche
a solas con mi ansiedad;
y, tranquila meditando,
mis planes vaya pesando.
 

LA DAMA

Señora, con Dios quedad. 645

***

   Cogió la dama el estuche
y al llevárselo consigo,
en doña Leonor los ojos
fijó con aire maligno.
Una mirada cruzaron 650
que mil secretos designios
revelaba, y mil proyectos
de venganza y de exterminio:
Y con siniestra sonrisa,
al verla alejarse, dijo 655
en voz baja la condesa:
�Creo que al fin me ha comprendido.�
Y doña Irene, mirando
el dorado botecillo,
así pensó al retirarse 660
del aposento sombrío:
�Saciar, oh noble condesa,
quieres tu afán vengativo;
fáltate el valor, y pides
un brazo que te dé auxilio... 665
Le hallarás; mas ten en cuenta
que tu secreto es ya mío:
Con él labro mi fortuna
y a mi voluntad te rindo.�
 

- III -

ANUNCIO CONSOLADOR

   Huyó la estación galana 670
de los plácidos amores;
del estío los ardores
desaparecieron ya:
y el dulce otoño velando
su faz en manto sombrío, 675
al soplo de invierno frío
triste alejándose va.
 
   Triste también doña Blanca
morir vio las gayas flores,
y tal vez de sus dolores 680
la imagen en ellas vio.
Y al contemplar que inclemente
el viento las deshojaba,
en su pecho desmayaba
la esperanza que abrigó. 685
 
   Y lágrimas derramando
les dijo así conmovida:
�Flores que perdéis la vida,
�os volveré yo a encontrar?
Ayer os vi en mi ventana 690
ricas de gracia y colores,
hoy del cierzo a los rigores
la frente os miro inclinar.
 
   �Quién sabe! Tal vez mañana
tendré yo la misma suerte; 695
también herida de muerte
mi cabeza inclinaré.
�Ay! vendrá la primavera,
y en nueva vida, olorosas,
tornaréis aquí dichosas, 700
mas yo nunca volveré.�
 
   Tal dijo: y luego la vista
en la ancha vega fijando,
largo tiempo meditando
en honda contemplación, 705
quedose cual muda estatua,
sin ver que el astro del día
lento ya su frente hundía
en la occidental región.
 
   Mas de su abstracción a poco 710
sacola extraño ruido,
que tres veces repetido
su pecho vino a turbar.
Y alejose de la reja
por averiguar la causa, 715
y con misteriosa pausa
entonces se oyó nombrar.
 
   -��Quién viene -dijo medrosa-
a turbar hora mi calma?�-
Y una voz le dice: -�Un alma 720
que vela en vuestra prisión.
Tomad, Señora, este aviso
que un buen amigo os envía:
No desmayéis, que ya el día
se acerca de salvación.� 725
 
   Acercose la princesa
a do la voz se escuchaba,
y un pliego vio que asomaba
de la puerta en el umbral.
Cogiolo, y al ver la firma 730
en él de su fiel Ramiro,
lanzando ardiente suspiro
exclamó: ��Siempre leal!�
 
   Y del espirante día
a la claridad dudosa, 735
por la ansiedad temblorosa,
esto en el pliego leyó:
�Cuando sus primeros rayos
mañana muestre la aurora,
velad, mi reina y señora, 740
que a salvaros iré yo.
 
   Y conmigo otros leales,
en la desgracia probados,
vendrán también, denodados
a daros la libertad. 745
Parciales en el castillo
contamos a nuestro intento:
Llegó el ansiado momento,
Reina y señora, alentad.�
 
   Feliz Blanca se contempla 750
con lo que el pliego le augura,
que tan cercana ventura
nunca realizar creyó:
Mas sin poder el dominio
sufrir de emoción tan fuerte, 755
en un sitial cayó inerte,
y aletargada quedó.
 

- IV -

EL DOS DE DICIEMBRE DE 1464

   Rayaba ya la aurora
de tan nefasto y memorable día,
en que arrogante la maldad debía 760
luchar con la inocencia: era la hora
en que natura al Hacedor eleva
de gratitud un himno y de alabanza,
que un ángel puro hasta su trono lleva:
La grata hora en que el dormido mundo 765
despierta a la alegría,
y en que el mortal, henchido de esperanza,
nueva existencia a respirar se lanza
en torrentes de luz y de armonía.
   Aún en quietud profunda 770
de Orthez el pueblo todo se entregaba
al blando sueño, y sólo interrumpía
su sepulcral silencio, allá en la vega,
el canto prolongado
del labriego, que al campo conducía 775
desde la humilde choza su ganado.
   Mas al pie del rastrillo
del extenso y fortísimo castillo
de Moncada, se miran
llegar dos hombres, y el sonido a poco 780
de confusas palmadas
por tres veces repite el vago viento:
En breve resbalando la cadena
del levadizo puente,
al peso cruje que tenaz enfrena; 785
y sobre el foso la pasada mole
descansar en la piedra al fin se siente,
a un hombre dando paso
que en traje de escudero
en la puerta aparece del castillo: 790
-�Estáis listo, Gontran? -de los de afuera
pregunta uno, al que en la sombra vaga
se adelanta del puente, al par llevando
la mano diestra al pomo de su daga.
-Mi palabra cumplí: la guardia toda, 795
al sopor de un narcótico rendida,
al sueño está entregada, y yo velando
hace un hora, Ramiro, que os espero:
De la prisión aquí tengo las llaves;
la ocasión es propicia, andad ligero. 800
   Dice Gontran, y súbito Ramiro
con su fiel compañero se adelanta,
en voz baja diciéndole:
                                     -Don Nuño,
seguidme en pos, y estad apercibido,
por si este hombre a la traición vendido 805
aquí su voz o su puñal levanta.
 
   Y atravesando el levadizo puente
la ancha puerta después los tres salvaron,
y por estrecho caracol pendiente
de doña Blanca a la prisión llegaron. 810

***

   Con cautela Gontran abre la puerta
de aquella cárcel hórrida y sombría;
y en la triste mansión el paje y Nuño
del escudero en pos se precipitan.
   Triste silencio en derredor reinaba, 815
ni una voz, ni un suspiro allí se oía;
el eco en la alta bóveda repite
sólo el rumor de sus pisadas mismas.
   De ansiedad palpitantes se detienen,
en torno luego la mirada fijan, 820
y del alba naciente al rayo tibio,
que temeroso por la estrecha ojiva
en la prisión penetra, derramando
de azulado color luz indecisa,
a Blanca ven en el sitial, inmóvil, 825
y en blando sueño al parecer rendida.
   �Duerme! �Cómo la mísera al descanso
puede entregarse, por su mal tranquila,
en el supremo instante en que a salvarla
sus parciales intrépidos corrían? 830
   Mas �ay, Blanca infeliz!...
 
                                             Por un momento
volvamos, oh lector, atrás la vista,
y sabremos la causa de ese sueño
en que postrada yace y sumergida.
 

- V -

EL CRIMEN

   Después que la triste reina 835
por el pliego impresionada
en un sitial desmayada
y sin aliento quedó,
por el pasadizo estrecho
que a su prisión conducía, 840
apenas se extinguió el día
rumor de pasos se oyó.
 
   Y a poco giró la puerta
de aquella cárcel oscura,
y viose blanca figura 845
dibujarse en el dintel.
Era una dama; en su diestra
tallada copa traía,
su siniestra una bugía
y al brazo rojo alquicel. 850
 
   Adelantose, la estancia
con lentos pasos midiendo,
y el alquicel extendiendo
sobre un ancho velador,
   en él la luz y la copa 855
depositó en breve instante,
y de la reina delante
presentose con temor.
 
   -��Durmiendo, está! -pensó ella
al verla sin movimiento-, 860
Dios o el diablo este momento
me proporciona feliz.
Y aprovecharlo es prudencia...
Mas �será el sueño celada?
Si caigo en torpe desliz. 865
 
   Y a doña Blanca acercose
con cautela sigilosa,
y sorprendida y dudosa
al no oírla respirar,
-��será un desmayo o la muerte 870
a mí se habrá adelantado?
Dijo, y con pecho turbado
volviola luego a observar.
 
   -�Bien dije que estoy del Cielo
o de Satán protegida; 875
-murmuró ya convencida
de su desmayo cruel.-
Y es el momento oportuno
para quien su suerte aprecia,
y seré asaz torpe y necia 880
si no me aprovecho de él.�
 
   Y dorado botecillo
de extraño líquido lleno,
que oculto lleva en el sello,
con lenta mano sacó: 885
Lo abrió ansiosa, y en los labios
de la augusta desmayada,
trémula y apresurada
su contenido vertió.
 
   A poco, en febril acceso, 890
viose a Blanca temblorosa,
y la dama, recelosa,
temblaba acaso a la vez.
Mas presto pasó: sus ojos
quedaron fijos, y abiertos, 895
y el cuello y rostro cubiertos
de una mortal palidez.
 
   Por largo tiempo la dama
la estuvo audaz contemplando,
mas del velador tomando 900
la luz que trajo al llegar,
dirigiose hacia la puerta
con paso seguro y lento,
murmurando en bajo acento
la estancia al abandonar: 905
 
   -��Un crimen!... Bah, la privanza
será mi castigo eterno,
y si hay en verdad infierno,
condesa, iremos las dos.
Al fin cayó la paloma 910
de águila fuerte en la garra...
Ahora, reina de Navarra,
demanda justicia a Dios.�
 
   Tras de reto tan impío
partió la envenenadora, 915
muda calma aterradora
en breve reinando allí.
�Pobre Blanca! infausta suerte
fue eternamente contigo,
y hoy mueres sin que un amigo 920
tierno vele junto a ti.
 
   Sí; mueres en el momento
en que dicha hallar soñabas,
e ilusiones halagabas
de próxima libertad. 925
Eras un ángel, y quiso
llevarte Dios a su lado...
�Ay del corazón malvado
que osó herirte sin piedad!
 

- VI -

EL JURAMENTO

   Apenas en la estancia entró Ramiro 930
do halló a la reina al parecer dormida,
presentimiento horrible lo anonada,
y con pavor su corazón palpita.
   Hacia ella extiende tos convulsos brazos,
su extraña palidez trémulo mira, 935
y ante su helado, aterrador silencio,
inquieto a su pesar teme y vacila.
   �Venid, señora, presto -al fin exclama,
y con respeto al par la frente inclina-,
venid que ya la suspirada aurora 940
de la ventura en el oriente brilla.
   De vuestra cárcel las ferradas puertas
abiertas ante vos ora se miran;
tal vez en breve, oh reina, en vuestro solio
la vil traición contemplaréis vencida. 945
   �Venid presto, venid...!! -Mas, ah que vano
repite el paje, que a salir la excita,
�Venid, venid� inerte doña Blanca
su voz no escucha o su consejo esquiva.
   Con ansiedad creciente a ella se acerca, 950
luego los ojos en los suyos fija...
Inmóviles sus ojos no responden
a sus miradas cual en otros días.
   Toca su mano, �ay Dios!... también su mano
sin movimiento está, pálida y fría; 955
y de espanto y dolor sobrecogido,
��ay, muerta, muerta!� horrorizado grita.
   De Ramiro a la voz Gontran y Nuño
se acercan presurosos, y la vida
intentan devolver a la infelice 960
víctima triste de infernal perfidia.
   �Esfuerzo inútil!... El tremendo golpe,
fruto cruel de infame hipocresía,
seguro descargó con diestra mano,
triunfando la maldad de la justicia. 965
   ��Muerta!... �muerta!� -los tres, dolientes, dicen,
y sus voces del eco repetidas,
��muerta! �muerta!� se escucha en lontananza
por los patios y extensas galerías.
   Mudos ayes, sollozos comprimidos 970
suceden a sus gritos de agonía,
mas la frente elevando el noble paje,
que al peso estuvo del dolor rendida;
   su diestra hacia el cadáver extendiendo,
y llamas de furor de sus pupilas 975
trémulo destellando, así murmura
con apagado acento y faz altiva:
   -�Ilustre reina, víctima infelice
de la traición más negra y más inicua,
ante tus nobles restos yo te juro 980
tus agravios vengar, tu muerte impía.
   Sí: vengada serás: el mismo Cielo
de insólito valor mi pecho anima:
Yo seré de la justa Providencia
el brazo vengador que el rayo vibra. 985
   �Ay de tus asesinos! Ni una hora
tras de su crimen gozarán tranquila,
y el fruto al recoger de sus maldades
con su esperanza perderán la vida.�
 
   Así dijo; y su frente descubriendo, 990
y sumiso doblando la rodilla,
con amoroso afán, por vez postrera
de su reina en la mano inerte y fría
un ósculo imprimió, triste regándola
al par con una lágrima furtiva. 995
   Ayes del corazón lanza don Nuño,
trémulo llega y a Ramiro imita,
y Gontran conmovido al contemplarlos
sin poderse vencer también suspira.

***

   Vívido el sol alzábase en oriente 1000
y ya la estancia con su luz teñía,
y aún el mísero anciano y el buen paje
silenciosos allí permanecían.
   Mas Gontran, temeroso, �huid� -les dice-;
�si descubiertos sois perdéis la vida, 1005
y a mí también entonces cruel castigo
airada la condesa me impondría.
Muy tarde es ya, partid...�
                                          �Oh, sí, partamos�,
Ramiro exclama, y a don Nuño excita
presuroso a partir, del escudero 1010
al par saciando la genial codicia.
   -�Tomad� -le dice, y de sonante oro
una bolsa en sus manos deposita-,
�éste, Gontran, el precio es del servicio
que tan inútil fue; mas si la impía 1015
suerte se opuso a nuestros nobles planes,
aún resta que vengar la ilustre víctima.
Ya mi cómplice sois; la suerte vuestra
a mi suerte por siempre queda unida:
Premio doy al leal: a los traidores... 1020
Guardaos, Gontran, de la venganza mía.�
   Y conduciendo hacia la puerta a Nuño,
que lleva el alma de dolor transida,
y que espirante y sin aliento marcha
apoyado en el brazo de su guía, 1025
con él se aleja del fatal castillo
y en las calles se interna de la villa,
en tanto que sus últimas palabras
a sus solas Gontran pesa y medita.

***

   Pocas horas después el pueblo todo 1030
a la mansión condal raudo llegaba,
por admirar el fúnebre aparato
que en la regia capilla
de los condes de Fox se contemplaba.
   Sobre enlutado catafalco airoso, 1035
del arte maravilla,
rico en blasones, donde el oro brilla,
y de cien y cien luces rodeado,
de la que fue en el mundo
soberana del reino de Navarra 1040
el noble cuerpo vese levantado.
Con silencio profundo
la multitud escucha
de los ministros del altar las preces,
y lágrima furtiva 1045
derrama compasiva,
o doliente suspiro exhala a veces:
Que aun en tierra extranjera
hay nobles almas que la muerte aciaga
lamenten de la augusta prisionera. 1050
Sí; que do quier que la piedad derrame
los rayos de su luz esplendorosos,
pueblo cristiano existirá que aclame
los puros sentimientos generosos.
   Llorad, llorad, sensibles corazones, 1055
a la más desdichada de las reinas;
y cuando oculte sus augustos restos
la losa funeraria,
entre puras y santas emociones
de vuestros labios brote una plegaria. 1060
Sí, llorad; que es el llanto
manantial fecundo de consuelo;
y la oración el himno sacrosanto
que une la tierra con el almo Cielo.
 

- VII -

PROYECTOS DE VENGANZA

   El año mil cuatrocientos 1065
setenta y nueve corría;
y era el día veinte y ocho
de Enero, según publican
de Navarra los anales,
cuando las Cortes reunidas 1070
en Tudela, proclamaban
al eco de ardientes vivas
a la condesa de Fox
por soberana legítima
del reino, y con grave pompa, 1075
en la suntuosa basílica,
la real diadema a su frente
el obispo le ceñía,
no sin que antes jurase
ante el altar de rodillas, 1080
la mano en los evangelios,
con frase clara y concisa,
guardar los fueros antiguos
de merindades y villas.
   Entregábase Navarra 1085
a la más loca alegría,
que de don Juan el segundo
la muerte no fue sentida,
y aún de sus leyes crueles
muchos el peso sufrían, 1090
y de su venganza otros
presagiaban nuevas víctimas.
Y aunque la altiva condesa
no era del pueblo querida,
con vítores a su paso 1095
entusiasta la acogía,
que, ansioso de novedades,
siempre el pueblo felicita
al rey entrante, y al muerto
con facilidad olvida. 1100
   Mas de las fiestas gozando,
entre flores y armonías,
a la multitud dejemos,
que veloz se precipita
de Tudela por las calles 1105
tras la carroza magnífica
en que va la nueva reina,
llena de inefable dicha,
los aplausos escuchando
y las músicas festivas, 1110
a cuyo son mil cantares
alusivos se improvisan
y mil danzas placenteras,
vistosas aunque sencillas:
Y huyendo de aquella atmósfera 1115
de embriagadora alegría,
de la ciudad a un extremo
fijemos luego la vista,
y el umbral atravesando
de un pobre mesón, que a orillas 1120
del raudo Queiles se alza
solitario, en la campiña
fertilísima y riente
que se prolonga hasta Oblitas,
en un oculto aposento, 1125
do apenas la luz del día
por estrecha claraboya
penetra dudosa y tímida,
de un ancho hogar a la lumbre,
sentados en toscas sillas, 1130
dos hombres encontraremos
que en ocasiones distintas
figuraron en las páginas
de esta narración verídica.
Es uno de ellos Ramiro 1135
y el otro Gontran: en íntima
plática así departen,
ora en calma, ora con ira:
 

GONTRAN

   Recibí un mensaje vuestro
y fiel he estado a la cita. 1140
 

RAMIRO

   Vuestra exactitud me place;
y compensaciones dignas
os guardaré, si accedéis
a lo que de vos exija.
Que aunque pasó largo espacio 1145
sin vernos, y aunque noticias
en quince años no hubisteis
de mi persona, en Castilla,
do estuve tan largo tiempo,
siempre en memoria os tenía, 1150
que soy noble, y nunca olvido
beneficios que reciba.
 

GONTRAN

   Decir de vos yo pudiera
otro tanto, que crecida
recompensa a mis servicios 1155
disteis con mano propicia.
 

RAMIRO

   Pues de vos depende hoy
tener otra aún más cumplida,
y que poseedor os haga
de riquezas infinitas. 1160
 

GONTRAN

Declarad pues sin rebozo
lo que debo hacer...
 

RAMIRO

                                 Sencilla
es la cosa, aunque arriesgada;
mas antes que franco os diga
mis proyectos, anunciaros 1165
debo sucesos que explican
mi conducta, y que a servirme
con eficacia os obligan.
 

GONTRAN

Os escucho.
 

RAMIRO

                   �Recordáis
que vengar la muerte inicua 1170
de doña Blanca os propuse
en aquel infausto día
en que intentamos salvarla?
 

GONTRAN

   Aún vuestras palabras mismas
recuerdo...
 

RAMIRO

                  Feliz memoria 1175
tenéis, Gontran, a fe mía,
y vuestras promesas ella
de repetiros me evita.
Vengar juré a doña Blanca
de los malvados que en vida 1180
inicuos la maltrataron
con infame alevosía,
y la justa Providencia
la empresa me facilita:
Al padre cruel los rayos 1185
lanzole de su justicia,
y el rey que llamaban Grande,
que ciñó a su frente altiva
seis coronas, sin amigos
murió, cual morir podría 1190
el último de sus súbditos,
en la situación más mísera.
También al pérfido esposo
su santa mano castiga,
que infamia y celos devora 1195
entre asechanzas continuas,
y con el tormento muere
de ver su estirpe extinguida.
Resta tan sólo la hermana...
La cruel ahora tranquila 1200
goza de su negro crimen,
coronada y aplaudida...
Mas no será, que si el Cielo
aún no lanzó de su ira
sobre ella el tremendo rayo, 1205
es, Gontran, porque está escrita
en mi empresa su sentencia,
y a la venganza me anima,
que a nuestro valor y audacia
el justo castigo fía. 1210
 

GONTRAN

   �Un crimen!... Oh, no esperéis
que ya en tal proyecto os siga.
 

RAMIRO

   �Pardiez! con esos escrúpulos
parecéis monja novicia,
y contrastan lindamente 1215
con vuestra conducta antigua.
 

GONTRAN

   Siento en verdad ofenderos
con mi tenaz negativa,
mas...
 

RAMIRO

           �Vive Dios, que ya basta 1220
de dolo y de hipocresía!
�Queréis que os tenga yo ahora
por un santo cenobita?
Pesad bien lo que os propongo
en vuestra conciencia íntima: 1225
Si mi proyecto aceptáis,
los bienes que adquirí un día
en la noble y justa guerra
que a Navarra hizo Castilla,
con un título de conde 1230
que heredé de mi familia,
vuestros son: mas si insensato
burléis la esperanza mía,
Gontran, requerid la espada,
porque o me quitáis la vida, 1235
u os mato yo, y de venderme
os evito la ignominia.
 

GONTRAN

   Tentadora es la propuesta,
y necio en verdad sería
si entre dar una estocada 1240
y exponerse a recibirla,
o ser conde y tener rentas
y posesiones magníficas,
eligiese lo primero
por una lealtad mentida. 1245
 

RAMIRO

   �Con que aceptáis?
 

GONTRAN

                                 Sí, que acepto.
 

RAMIRO

   Así, Gontran, os quería.
 

GONTRAN

   Mas �qué debo hacer?
 

RAMIRO

                                       Oídlo:
�No sois vos el que hoy habita
la estancia, al departamento 1250
de doña Leonor contigua?
 

GONTRAN

   Yo soy.
 

RAMIRO

               De vuestra privanza
con placer tuve noticia.
 

GONTRAN

A extraña suerte la debo;
que hace dos meses que iba 1255
acompañando a la reina
a caza de montería,
y de una fiera al mirarse
en el bosque acometida,
pidió auxilio; con mi arrojo 1260
librela de ser su víctima,
e hízome su maestresala,
de mi acción agradecida.
 

RAMIRO

Bien está: ved ahora como,
para el plan llevar a cima, 1265
me ocultáis en vuestra estancia
sin que nadie lo perciba.
Y puesto que vos estáis
encargado de asistirla,
sólo os exijo que antes 1270
de servirle la comida,
lleguéis a hablarme un momento,
y... no faltéis a la cita.
 

GONTRAN

Comprendo.
 

RAMIRO

                    Bien; pues si os place,
fijadme la hora precisa 1275
y el lugar en que aguardaros
deba yo.
 

GONTRAN

               Pues que propicia
es la ocasión, porque ausentes
la reina y su comitiva
hora están de la morada 1280
que en esta ciudad habitan,
venid pues, que entre el estruendo
que a la multitud anima,
llegaremos al palacio
sin que nos sigan la pista; 1285
y allí por oculta puerta
cuya llave me confían,
sin peligro llegaréis,
Ramiro, a la estancia mía.
 

RAMIRO

Pues no hay que perder momento: 1290
Audacia y cautela os sirvan.
 

GONTRAN

Seguidme, y estad tranquilo,
que en ello juego la vida.
 
   Y ciñendo la espada al ancho cinto
del tosco hogar entrambos se apartaron, 1295
y abandonando en breve aquel recinto
raudos a la ciudad se encaminaron.
 

- VIII -

LA EXPIACIÓN

   El astro rey de los astros
trece veces alumbró
desque Gontran y Ramiro, 1300
en el oscuro mesón,
en misteriosos contratos
se convinieron los dos;
y Tudela en este tiempo,
de las fiestas al rumor, 1305
como el campo en primavera
alegre siempre se vio.
Cubrieron sus calles todas
flores y ramas de olor;
arcos se alzaron triunfales 1310
de adornos con profusión;
y ni balcón ni ventana,
ni elevado mirador,
viose libre de curiosos
mientra el bullicio duró. 1315
   Mas los festejos tocaban
por fin a su conclusión:
Era el día postrimero
y el pueblo con más ardor
por las plazas y las calles, 1320
en revuelta confusión,
cual desatado torrente
lanzábase sin temor,
siempre anhelante y curioso
del vano placer en pos. 1325
   Ante la regia morada
ancho palenque se alzó,
do la nobleza pudiera
gala hacer de su valor.
Balcones y galerías 1330
poblaban en confusión,
junto a la elegante dama
el dignatario de pro,
junto al barón o el hidalgo
algún juez perquiridor. 1335
Y en extensa gradería,
de asientos sin división,
los pecheros y soldados
y el escudero hablador,
con el rufián y la dueña 1340
confundidos en montón,
el sitio se disputaban
por conseguir el mejor.
   Y los jueces del torneo,
en blasonado balcón, 1345
que ante el concurso se eleva
y cercan en derredor
hombres de armas y heraldos,
acuartelado escusón
ostentando en sus dalmáticas 1350
de abigarrado color,
dan sus órdenes y esperan,
de pie, con viva atención,
que el áureo sitial ocupe
la reina doña Leonor. 1355
   En tanto crece entre el pueblo
la algazara y confusión,
y no falta algún osado
y arrogante justador,
entre la altiva nobleza 1360
que a lidiar se preparó,
que critique la tardanza
y el orden de la función;
y al ver que al pasar las horas
del pueblo crece el rumor, 1365
más su impaciencia demuestra
en sagaz murmuración.
   Más súbito en el palenque
un heraldo apareció,
y de trompas y atabales 1370
al inarmónico son,
silencio impuso al concurso,
y en voz alta pregonó:
   �Por mandato de su alteza
la reina, que guarde Dios 1375
-y al pronunciar estos nombres
la frente al suelo inclinó-,
los torneos y las justas,
de la belleza en honor,
que por final de estas fiestas 1380
el real cartel anunció,
quedan sin efecto; y quiere
su alteza, sin dilación,
que yo, su heraldo de armas
y su humilde servidor, 1385
así publique esta orden
e intime su ejecución,
al noble como al pechero,
al siervo como al señor,
que acatarla todos deben 1390
de clase sin distinción.�
   Dijo; y de nuevo el sonido
de las trompas se escuchó;
mas esta vez lo ahogó al punto
el murmullo atronador 1395
del pueblo, que no esperaba
tan extraña solución.
   Cada cual sucesos raros
inventaba a su sabor,
del misterio de la orden 1400
dando la interpretación:
Quién con Castilla juzgaba
que nueva guerra estalló;
otro de diez mil franceses
soñaba con la invasión; 1405
y no faltó alguna vieja,
que, con misteriosa voz,
a su vecino anunciase
del mundo la conclusión.
Mas poco a poco el concurso 1410
el palenque abandonó:
La noche con sus tinieblas
en silencio aterrador
trocó el alegre bullicio
que en Tudela antes reinó. 1415
Tal de la vida a la muerte
es la horrenda transición.

***

   Suspendiéronse las fiestas
del pueblo tan anheladas,
que aqueja dolencia grave 1420
a la reina de Navarra,
y en la ciudad no hay doctores
que consigan aliviarla.
Mil medios nunca empleados
en vano la ciencia ensaya; 1425
pobre es la ciencia si ignora
de la enfermedad la causa.
Y ya los médicos dudan
y desconfían salvarla
de la muerte, y le aconsejan 1430
que piense en Dios y en su alma.
Resuenan con eco triste
en la iglesia las campanas,
al clero y al pueblo todo
invitando a las plegarias. 1435
Mas, ah, que en vano al Eterno
cantos de piedad se alzan,
que en tanto avanza la noche
más doña Leonor se agrava,
y ya los auxilios pide 1440
de nuestra Fe sacrosanta.

***

   El alto clero y los nobles
ocupan la extensa cámara,
contigua a la estancia regia
en que Leonor de Navarra, 1445
ante la eterna Justicia
postra su soberbia vana.
El estertor de la muerte
su respiración embarga;
tiembla al pensar en sus crímenes 1450
cuando del mundo se aparta,
y que a Dios debe dar cuenta
de su conducta pasada.
Al pie de su lecho en tanto
preces el obispo alza, 1455
encomendando al Eterno
de la regia enferma el ánima.
Reina silencio profundo,
y la ansiedad se retrata
de los nobles circunstantes 1460
en las inciertas miradas;
que en presencia de la muerte
todas las pasiones callan,
y sólo la idea surge
de nuestra mísera nada. 1465
�Ayer Leonor, venturosa,
en su triunfo se gozaba,
y a su frente, audaz, ceñía
la corona de su hermana:
Hoy herida por el rayo 1470
de la divina venganza,
muere cuando ansiosa el fruto
de sus maldades tocaba.�
Tal a la mente de todos
este pensamiento asalta, 1475
que siempre el crimen oculto
se adivina aunque se calla.

***

   Veloz el tiempo corría,
y ya en la iglesia inmediata
el toque de media noche 1480
al aire dio la campana,
cuando el prelado saliendo
a la puerta de la estancia,
la reina ha muerto, con grave
eco, que el pesar embarga, 1485
dice a la corte, y el noble
condestable de Navarra,
tres veces la voz repite
por las regias antecámaras.
Confuso rumor entonces 1490
se eleva del viento en alas,
y el grito de �viva el Rey!
entre el murmullo se apaga.
Que nadie del nuevo príncipe
felicidades aguarda; 1495
y muchos presagian guerras,
y todos males presagian.
   Así don Francisco Febo
a reinar entró en Navarra,
y este presagio cumplido 1500
contempló Europa asombrada;
que con él finó su reino,
y en él se extinguió su raza.

***

   El sol del siguiente día
en el ocaso rayaba, 1505
cuando con grave silencio
y con pompa desusada,
fúnebre cortejo viose
de cortesanos y damas,
que, precedido del clero, 1510
en dos filas ordenadas,
de Tudela la campiña
lentamente atravesaba,
de inmenso pueblo seguido,
en dirección de Tafalla. 1515
   En enlutada litera,
sin vida se contemplaba
a la que ayer aplaudida
del pueblo, y victoreada,
de altos y preclaros reyes 1520
en el trono se sentaba.
A su voz de triunfo uniéronse
las funerales plegarias...
Subió al solio por un crimen;
por otro al sepulcro baja: 1525
Quince días reinó sólo;
murió al tocar lo que ansiaba...
�Cuán efímera es la dicha
que por el crimen se alcanza!

***

   Hay en Tafalla un convento 1530
de franciscanos morada,
si por sus recuerdos célebre
imponente por su fábrica.
La enlutada comitiva
a sus puertas se adelanta, 1535
al fúnebre son del címbalo
y de religiosas cántigas.
Llega al santuario trémula:
Contempla la tumba avara
pronta a recibir los restos 1540
de la reina de Navarra...
Ya dentro de ella los mira;
cae la losa funeraria,
y breve salmodia luego
se pierde del viento en alas. 1545
   Todo acabó. Murió el día,
y la iglesia solitaria
se contempla y pavorosa
a la luz de tenue lámpara.
Mas oculta en las tinieblas 1550
dibújase sombra humana:
Es un hombre: su faz lívida
cubra con su negra capa,
pero a través del embozo
de sus ojos rayos lanza. 1555
Un punto fija la vista
en la tumba abandonada,
y con sonrisa siniestra
así murmura en voz baja:
��Vencí!... que del fuerte a veces 1560
triunfa el débil, con audacia.
Y tú, Blanca, flor hermosa
por mano aleve cortada,
hoy ángel de luz divino
de Dios en la excelsa estancia, 1565
la vista a la tierra vuelve,
que estás, reina, bien vengada.�
   Y la iglesia abandonando
con silenciosas pisadas,
protegido por las sombras 1570
alejose de Tafalla.
 

- IX -

EL PEREGRINO

   La noche avanza: tras el alto cerro
ocúltase veloz el rey del día,
matizando a su paso los celajes
de púrpura y de oro en suaves tintas. 1575
Ya de la tarde el cándido lucero
como faro en el mar fúlgido brilla,
sus puros resplandores reflejando
las claras ondas del Jordán tranquilas.
Reina triste silencio: es esa hora 1580
en que natura al parecer dormita;
es esa hora de misterios llena
en que el mortal ante su Dios se inclina.
   Allá en la falda de escarpado monte,
a la luz del crepúsculo rojiza, 1585
se ve a Jerusalem, la ciudad santa,
la del Rey de los reyes escogida.
Allí la palma solitaria crece
junto a sus viejas torres derruidas,
y el euro pasa, y al pasar la besa, 1590
y entonces ella con amor suspira.
Allí en la tarde de aterido invierno,
entre la niebla vagarosa y fría,
destácase del Gólgota la cumbre,
cual un fantasma de ilusión fatídica. 1595
Y allí está el templo que la sacra tumba
guarda del Salvador: el alma pía,
al ver sus muros, que la edad respeta,
de amor sagrado y de placer palpita.
   �Jerusalem! �Jerusalem!... Tu nombre 1600
repito al son de mi inacorde lira:
�Oh! si pudiera respirar el aura
tibia y suave que el Jordán te envía;
si esos tus viejos, carcomidos muros
lograra contemplar ante mi vista, 1605
elevando mi espíritu hasta el Cielo
humildoso ante ti me inclinaría.

***

   Por los valles un tiempo florecientes,
áridos hoy, que ostenta Palestina,
anciano peregrino se encamina 1610
con lento paso a la oriental Sión.
Su triste faz revela hondos pesares:
Blanca es su barba, y su cabello cano;
y al caminar, con temblorosa mano
busca seguro apoyo en su bordón. 1615
 
   Por la edad agobiado y los dolores,
su pálido semblante inclina al suelo,
mas alza a veces la mirada al cielo,
buscando alivio a su aflicción allí.
Y de la tarde al rayo moribundo 1620
al ver los muros del Sepulcro Santo,
postrado en tierra y anegado en llanto,
con viva fe cristiana exclama así:
 
   ��Gracias, gracias, Señor! Al fin piadoso
concedéis lenitivo a mis pesares, 1625
pues contemplar me es dado estos lugares
que vuestra sangre divina regó.
�Perdón, Dios de bondad! Grande mi crimen
fue, y más grande mi estúpida ignorancia:
Fui regicida, y dije en mi arrogancia 1630
que vuestra santa mano me guió.
 
   Amor y orgullo, con tenaz porfía,
de la senda del bien me separaron,
y en mi agitado espíritu engendraron
bárbara audacia y criminal rencor. 1635
Mas vos, que en lo recóndito del alma
adivinar podéis el pensamiento,
sabéis, Señor, cual fue mi sufrimiento,
cuan inocente y puro fue mi amor.
 
   �Ay! por Blanca sentí pasión tan ciega 1640
que nadie amar cual yo podrá en el mundo,
mas de mi triste pecho en lo profundo
tan insensato amor supe ocultar.
Ella mi reina fue, yo su vasallo;
ahogar debí por siempre este delirio, 1645
sin que el afán pudiese ni el martirio
de su infeliz Ramiro adivinar.
 
   Señor, por tan inmenso sacrificio,
por el dolor profundo de mi alma,
haced que sienta la apacible calma 1650
que en mi carrera criminal perdí.
Y tú, Blanca gentil, ángel divino,
si en la etérea mansión tienes tu asiento,
une a mi voz tu celestial acento,
y de Dios el perdón halle por ti.� 1655
 
   Dijo: y el astro que preside al día
su postrimero rayo dio a su frente,
y aureola de luz resplandeciente
pareció de sus sienes irradiar.
Alzó de nuevo al cielo la mirada... 1660
Su faz brilló sin sombras de tristura,
que acaso Dios desde la excelsa altura
quiso su acerba angustia mitigar.
 
   Y con paso más firme, aunque pausado,
animoso siguiendo su camino, 1665
viose desparecer al peregrino
tras las viejas murallas de Sión.
Allí de hinojos ante el ara santa
acatará de Dios la omnipotencia...
�Señor, Señor, muy grande es tu clemencia!... 1670
�Feliz él si consigue tu perdón!

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