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Elvira de Ledesma

Leyenda tercera

A mi buen amigo el distinguido literato Señor Don Gonzalo Segovia y Ardizone, en prueba de consideración y aprecio

                                                                                           

INTRODUCCIÓN

   En las márgenes del Turia,
no muy lejos de Valencia,
ha siglo y medio se alzaba
en una risueña vega
un almenado castillo, 5
en cuyas ferradas puertas
ostentábase el escudo
de una casa solariega.
Triste memoria de un tiempo
en que el feudalismo era 10
un poder más respetado
que de los reyes la alteza,
este edificio sombrío,
con sus torres, sus almenas,
y sus góticas ventanas 15
que guardaban fuertes rejas,
mil historias de combates,
de invasiones y de guerras,
de doncellas y de amores
y de fantasmas sangrientas, 20
tal vez recordar hacía
al viajero que en la amena
margen del Turia un momento
detenía su carrera,
por contemplar las murallas 25
de esta antigua fortaleza.
Grietas cubiertas de musgo
y de trepadora yedra
en sus muros indicaban
del tiempo la dura huella, 30
o más bien el abandono
del hidalgo que viviera
en esta mansión llamada
el castillo de Ledesma.
Ya cruzar no se veían 35
por detrás de sus almenas
ni soldados, ni escuderos,
ni pajecillos, ni dueñas:
Y a la voz no se escuchaba
del nocturno centinela; 40
sólo el monótono canto
de solitaria corneja,
que de la torre en la altura
daba al viento sus querellas,
de la noche interrumpía 45
el silencio por la vega.
Tal vez al incierto rayo
de la luna macilenta,
los sencillos habitantes
de las vecinas aldeas 50
gigante espectro juzgaban
ver del Turia en la ribera,
que vagaba silencioso
por los prados y las selvas,
despareciendo a la aurora 55
del castillo tras la puerta.
Hoy de este edificio triste,
fantasma de la edad media,
mudos vestigios, ruinas
informes tan sólo restan. 60
Mas los ancianos pastores
de la comarca, recuerdan
una aventura que oyeron
contar en su edad primera,
que diz pasó en el castillo 65
allá por la misma época
en que la nación Hispana,
por alcanzar la diadema
al gran Carlos de Borbón,
llevó a Nápoles la guerra; 70
aventura misteriosa
que de sombría tristeza
llenó mi alma al oírla
referir por vez primera.
Benigno, lector, acógela, 75
y ojalá mi suerte sea
tan feliz, que interesarte
pueda un momento con ella.
Y por si dudas acaso,
oh lector, de su certeza, 80
te anuncio que yo la tengo
por exacta y verdadera:
Si es mentira otro la dijo,
yo descargo mi conciencia:
A mí así me la contaron, 85
y cuento lo que me cuentan.
 

- I -

LA PROMESA

   Es una noche bella y misteriosa
de la apacible y grata primavera:
La brisa vagarosa
rizando va del Turia la corriente, 90
y al cruzar por el valle, blandamente
el cáliz besa de las gayas flores.
En las tranquilas ondas reverbera
la blanca luna, que en el cenit brilla,
convidando al placer y a los amores: 95
A sus inciertos rayos, de Ledesma
descúbrese el castillo,
do reina triste y sepulcral silencio.
Libre entrada a su puerta da el rastrillo
que en otro tiempo valladar seguro 100
fuera del vigilante centinela,
y tras del tosco, inexpugnable muro
todo parece repasar en calma:
Ni un rumor se percibe, ni un acento,
que sólo escucha con temor el alma 105
allá en sus torres murmurar el viento.
Mas una luz incierta, vacilante,
en una de sus góticas ventanas
trémula brilla: a su fulgor escaso
una mujer se mira que anhelante 110
alza sus ojos con afán al cielo,
contemplando la luna que al ocaso
entre densos vapores ya se inclina:
Dirígelos después en su desvelo
con empeño tenaz a la colina 115
do la senda se oculta
que al castillo conduce por la vega,
y al ver que el campo soledad respira,
en tristes pensamientos se sepulta,
y abandonada a su dolor suspira. 120
   Mas súbito aparece en lontananza,
por alazán brioso conducido,
gallardo joven, que gentil ostenta
firme apostura y militares galas:
Más que el viento ligero 125
saltando va las zanjas atrevido;
a la carrera por el valle avanza,
y si enfrena un momento al noble bruto
con nuevo ardor a galopar se lanza.
Y llega; salva el puente, 130
y detiénese al pie de la ventana;
y tal con voz sentida se dijeron
el doncel y la triste castellana.
 

EL JOVEN

Perdonadme, Elvira bella,
si a mi pesar he tardado; 135
es mi deber de soldado
tan cruel como mi estrella.
 

LA DAMA

Ahorrad disculpas, don Diego,
y confesad sin rubor
que en tanto apreciáis mi amor 140
como una carta en el juego.
Sola y triste, aquí alejada
del mundo, paso la vida,
como la flor escondida
y con desdén olvidada. 145
De mi padre al pie del lecho,
todas las horas contando,
mis días huyen, aumentando
las angustias de mi pecho;
en tanto que acaso vos, 150
corriendo tras los placeres,
en brazos de otras mujeres
me olvidáis.
 

EL JOVEN

                    Callad por Dios.
�Quién por ventura os amara
cual yo os amo, Elvira mía? 155
Es vuestro amor mi alegría;
vuestro desdén me matara.
Mas �ay! que el placer que siento
junto a vos, mi dulce amiga,
pronto la suerte enemiga 160
lo trocará en sufrimiento
 

LA DAMA

�Qué decís?
 

EL JOVEN

                   Ah, sí; mañana
debo partir a la guerra:
Italia será la tierra
do la hueste castellana, 165
de valor haciendo alarde,
probará a los extranjeros
que entre españoles guerreros
no existe un solo cobarde.
 

LA DAMA

Erais niño todavía 170
y ya en lid cruenta, horrorosa,
vuestra sangre generosa
prodigabais a fe mía.
�Cuál es, cuál, la dura ley
que en lazo fatal os liga, 175
y a abandonarme os obliga?
 

EL JOVEN

La voluntad de mi rey.
Yo defenderle el primero
de sus contrarios juré,
y en Aragón peleé 180
como cumple a un caballero.
Allí a las voces sagradas
de �Patria y Felipe quinto�,
lanzábame al laberinto
de las huestes coaligadas. 185
Y del archiduque en vano
fue el empeño y fiera saña:
Rechazole altiva España
con desprecio soberano.
Mas contraria al fin la suerte 190
me fue en Zaragoza un día,
caí herido, Elvira mía,
y por vos temí la muerte.
Triste en el lecho postrado
lo que sufrí bien sabéis... 195
 

LA DAMA

Por piedad; no recordéis
nuestro terrible pasado.
Él aumenta mi pesar
hora que rudos azares
lejos de los patrios lares 200
queréis de nuevo arrostrar.
Tiemblo por vos.
 

EL JOVEN

                            Temor vano:
El cielo valor me inspira,
y vuestro amor, tierna Elvira,
me da aliento sobrehumano. 205
Pero muy larga mi ausencia
será tal vez, y recelo
que vuestro amoroso anhelo
quizá se entibie.
 

LA DAMA

                           Creencia
es esa indigna de vos... 210
De mi afecto os di ya muestra,
y os dije que a no ser vuestra,
esposa seré de Dios.
�Dudáis de mí?
 

EL JOVEN

                          No, mi vida;
tranquilo, feliz me siento; 215
mas �ay! que el fatal momento
se acerca de mi partida.
Que vine aquí sin licencia
y del rey temo el rigor:
Adiós, pues; al nuevo albor 220
tengo que hallarme en Valencia.
 

LA DAMA

�Tan pronto os vais?
 

EL JOVEN

                                 Sí, el camino
debo emprender, se hace tarde:
Elvira, que el Cielo os guarde.
 

LA DAMA

�Cuán iracundo el destino 225
se muestra para los dos!
�Oh! volved pronto, don Diego.
 

EL JOVEN

Que no me olvidéis os ruego.
 

LA DAMA

Esposa vuestra o de Dios.
 
   Alejose el doncel; con faz doliente 230
le vio desparecer la castellana:
Reinó el silencio, y pura y esplendente
brilló la aurora en la gentil mañana.
 

- II -

DOÑA ELVIRA

   Pasó el verano: con su niebla umbría
el invierno se acerca presuroso, 235
ahuyentando del campo la alegría
al embate del ábrego furioso:
Perdida ya la pompa y lozanía
contémplase del álamo frondoso,
y tórnase el arroyo transparente 240
en cenagoso y rápido torrente.
 
   Ya no se escuchan en la fértil vega
del viñador los plácidos cantares;
ni el alegre murmullo de la siega,
ni la alondra trinar en los palmares: 245
Ya el rumor no se siente con que juega
el aura entre los olmos seculares;
sólo triste, cual fúnebre lamento,
óyese el silbo de huracán violento.
 
   A su empuje tremendo y poderoso 250
las copas de los pinos sacudidas,
en sublime concierto misterioso
parece que responden conmovidas:
Las nubes en tropel impetuoso
acrecen en el éter suspendidas, 255
cubriendo en breve con su denso velo
el puro azul del dilatado cielo.
 
   Y ora en airoso pabellón flotante
bellas se extienden por la excelsa cumbre,
ya cual las olas del soberbio Atlante 260
avanzan en confusa muchedumbre;
o ya cual fiero ejército pujante,
luchando van, y con sulfúrea lumbre
las hiende el rayo, y por su oculto seno
ronco retumba rebramando el trueno. 265
 
   Cuadro de inmensa majestad sublime
que vi siempre de asombro enajenado,
y que terror al corazón imprime
del hombre que a su Dios tiene olvidado:
Tal vez el mundo, que doliente gime 270
en fratricidas luchas empeñado,
a tan tremenda aparición sombría
cesa un momento en su discordia impía.
 
   Tú eres, oh Invierno, la estación que ofrece
al corazón más hondas impresiones, 275
y en ti mira anhelante el que padece
la imagen de sus muertas ilusiones.
Cuando el sol a tu influjo se oscurece
y rugen los temibles aquilones,
con nuevo afán, en desusado vuelo, 280
elévase mi espíritu hasta el Cielo.
 
   Sí, que en las graves horas de amargura
allí buscando amor y nueva vida,
olvidando feliz la tierra impura
sueña quizá con su mansión querida. 285
Tal vez de Dios la imagen se figura
por arcángeles bellos sostenida;
tal vez allí de inspiración ardiente
halla la pura y misteriosa fuente.

***

   Mas, �ay! �adónde se eleva 290
mi atrevido pensamiento,
que olvido en este momento
de doña Elvira el dolor?
�Doña Elvira!... Triste y bella
flor del viento combatida, 295
que va perdiendo la vida
al recuerdo de su amor.
 
   Pasa el tiempo, y la infelice,
esperando día tras día,
comprende que la alegría 300
nunca podrá recobrar.
En vano la vista tiende
por la vega solitaria,
y entona triste plegaria...
�Es su destino esperar! 305
 
   Esperar sin que una nueva
feliz y consoladora
de aquel a quien su alma adora
dé alivio a su corazón.
�Triste Elvira! ama a don Diego 310
y él causa su desventura,
que su silencio le augura
o su muerte o su traición.
 
   �Oh vosotras las que amáis
y de vuestro bien perdido 315
o de un esposo querido
la ausencia lloráis quizá!
Vosotras pudierais sólo
de la hermosa castellana
comprender la angustia insana 320
que consumiéndola va.
 
   Sola y triste allá en la torre
de su hogar, la pobre niña,
contemplando la campiña
y del otero el confín; 325
o bien de su padre al lado,
paz brindándole y consuelo,
vive en amargo desvelo
sin ver de su pena el fin.
 
   Tierna avecilla que llora 330
al amante compañero
que despiadado y artero
le robara el cazador;
�de qué le sirve la vida
si en vez de lozanas flores 335
halla abrojos punzadores
en su perpetuo dolor?
 
   En vano tiende la vista
por la vega solitaria
en vano triste plegaria 340
murmura al pie del altar;
que pasa un día tras otro,
y a su amoroso lamento,
tan sólo responde el viento
con su eterno rebramar. 345
 

- III -

EL VIAJERO

   Es una noche de enero
fría asaz y encapotada,
en que la luna no muestra
su bello disco de plata.
Tal vez por acaso brilla 350
con luz tímida y opaca
del cenit en la alta cumbre
una estrella solitaria.
Ruge el viento, y pardas nubes
cual fiero escuadrón avanzan, 355
desprendiendo en su carrera
menuda lluvia y escasa.
Brilla un relámpago a veces,
y retumba en la montaña
prolongado trueno, anuncio 360
de la tempestad cercana.
Por las fértiles llanuras
que el Türia apacible baña,
no cruza ningún viviente,
ni se oye una voz humana: 365
Sólo el silencio interrumpe
por la vega dilatada,
el ladrido de algún perro
guardián de las cabañas,
o el monótono sonido 370
de misteriosa campana,
que al rezo invita a los fieles
mientras la tormenta brama.
Mas si en el ancho camino
que se pierde en lontananza, 375
y que la senda divide
que conduce a la morada
de doña Elvira, se fija
la vista, cual sombra vaga
verase un hombre a caballo 380
que al castillo se adelanta,
y que a contemplarlo en breve
con grave ademán se para.
Después de un leve momento
de irresolución avanza; 385
llega a la puerta, y tres golpes
con el pomo de su espada
dando en ella, a poco rato
se escuchan breves palabras
del caballero en respuesta 390
a una voz ronca y cascada,
que el eco más bien de un búho
parece que voz humana.
Pasa tiempo y el jinete
tal vez de esperar se cansa, 395
cuando la misma voz ronca
�entrad� dice, y la ferrada
puerta, se abre y da paso
al caballero que aguarda.

***

   Y pues entró el caminante 400
y la tempestad amaga,
no es justo, lector amigo,
o lectora, si eres dama,
la que el desenlace esperas
de esta historia mal contada, 405
no es justo a mi ver que siga
sufriendo a campiña rasa
del invierno los rigores,
cosa en verdad no muy sana.
Salvaré si así te place, 410
ya que tengo carta blanca
para efectuarlo, del viejo
y alto castillo la entrada;
y aquello que vea y oiga
en sus lóbregas estancias, 415
irételo refiriendo
en brevísimas palabras.

***

   En un salón extenso y adornado
con ricos muebles y lujosas telas,
do se admiran los fúlgidos blasones 420
de la ilustre familia de Ledesma,
a la luz que despide el chispeante,
vivo fuego de tosca chimenea,
se ven dos hombres, arrogante el uno,
de noble continente y faz severa, 425
que viste el traje militar con brío
aunque más de ocho lustros representa.
De rostro enjuto el otro y agobiado
al peso de los años, manifiesta
en su triste mirada el mal terrible 430
y los rudos pesares que le aquejan.
Es este el noble anciano propietario
y señor del castillo y de la vega,
y aquel el caminante que ha un momento
despareció tras la pesada puerta. 435
Al amor de la lumbre ambos sentados,
mientras ruge a lo lejos la tormenta,
se les escucha departir con grave
y misteriosa voz de esta manera:
 

EL VIAJERO

Dispensadme si a esta hora 440
tan intempestiva vengo
a demandar un instante
vuestra atención, caballero.
De un amigo moribundo
cumplir el encargo debo, 445
misión para mí sagrada
aunque bien triste por cierto.
Voy de paso hacia la corte
con letras para el gobierno
de su Majestad, y quise 450
antes de marcharme veros.
 

EL HIDALGO

A gran honor tengo siempre
recibir bajo mi techo
a personas tan cumplidas
como vos, y sólo siento 455
no tener más digno albergue,
buen hidalgo, que ofreceros.
Decid pues, que ya os escucho.
 

EL VIAJERO

�Recordáis vos a don Diego
de Mendoza?
 

EL HIDALGO

                     Fue su padre 460
mi mejor amigo y deudo
a quien amé como hermano...
�Paz hayan sus nobles restos!
Cuando la muerte cercana
vio de sí, junto a su lecho 465
hízome jurar que siempre
velara por su heredero:
Su voluntad he cumplido;
téngamelo en cuenta el Cielo.
Y hoy que triste y agobiado 470
por la edad, cercano veo
el fin de mi vida amarga,
préstame grato consuelo
saber que Diego a mi hija
ama con sincero afecto, 475
y que tras de breve plazo
tierno esposo de ella luego,
será su sostén a falta
de este pobre anciano enfermo.
Ved, caballero, si al hijo 480
del que tuve en tanto aprecio
podré olvidar un instante:
Mas perdonad si indiscreto
con mi digresión estuve...
Continuad pues, os lo ruego. 485
 

EL VIAJERO

Inútil juzgo explicaros,
pues noticia tendréis de ello
por demás circunstanciada,
el alto valor y esfuerzo,
que demostró en la batalla 490
de Bitonto, nuestro ejército,
por ver coronado en Nápoles
al joven príncipe egregio
que ilustra los claros nombres
de Borbón y de Farnesio. 495
Allí lleno de entusiasmo,
mandando los bravos tercios
de Aragón, vi a nuestro amigo,
al valeroso don Diego.
Tres veces espada en mano, 500
con frenético denuedo,
a las trincheras se arroja
do el enemigo a cubierto
estaba de los disparos,
y otras tantas con empeño 505
tenaz rechazado, viose
obligado a dar el puesto
a las tropas imperiales
a pesar de su ardimiento.
El éxito de la lucha 510
era por demás incierto:
Mas protegido Mendoza
por la artillería, de nuevo
entre una lluvia de balas
se lanza a romper el centro 515
del ejército enemigo;
lógralo al fin, y al momento
la victoria antes dudosa
se decide por los nuestros.
 

EL HIDALGO

�Bravo corazón el suyo! 520
Es Mendoza digno ejemplo
de campeones valientes.
Mas proseguid, caballero,
que al veros tan conmovido
me asalta el presentimiento 525
de alguna inmensa desgracia...
 

EL VIAJERO

Desgracia grande en efecto.
Íbamos los dos, de orden
del general, persiguiendo
los soldados fugitivos, 530
cuando de un pelotón de ellos
salió una bala traidora,
que vino a dar en el pecho
de mi infortunado amigo...
Vacilar le vi, y al suelo 535
caer, sin que yo pudiera
remediar tal contratiempo.
 

EL HIDALGO

Oh, decid, �y fue la herida
de gravedad?
 

EL VIAJERO

                      Creíle muerto;
mas vi después que alentaba: 540
hícele curar, y luego
escoltado fue por guardias
al cercano campamento.
Tres meses después pasaron
desde este día funesto, 545
sin tener noticia alguna
del infelice don Diego.
Destinado fui a Capua,
y mi inquietud y mi anhelo
aumentábanse a medida 550
que raudo volaba el tiempo.
El permiso logré al cabo
de conmutar en mi empleo
con un jefe amigo mío,
y pasé a Nápoles lleno 555
de ansiedad, y temeroso
de un grave acontecimiento.
A Montemar, el insigne
caudillo de nuestro ejercito,
me presenté, y por él supe 560
que Mendoza no había muerto.
Alegre corrí en seguida
a verle en su alojamiento:
Mas �ay! que en vez de mi amigo,
de aquel gallardo mancebo 565
lleno de valor y vida,
hallé postrado en el lecho
a un hombre ya moribundo,
extenuado y sin aliento,
a quien nunca conocido 570
hubiera en tan lastimero
estado, si de su boca
no escuchara el grave acento:
-��Vinisteis al fin! -me dijo-:
�Oh! gracias a Dios que os veo. 575
Sentía morir sin que antes
tuviera el dulce consuelo
de abrazaros, caro amigo,
a vos a quien tanto debo.�
-�Por qué morir? -contestele-; 580
desechad tal pensamiento:
Cobrad valor, que piadoso
la salud os dará el Cielo.
-�Cuatro meses ha que pugno
con la muerte, mas no puedo 585
prolongar más esta lucha,
terrible cual mi tormento�-
murmuró con voz tan tenue
que apenas pude entenderlo.
Y luego en tono más firme 590
añadió: -�Tomad, don Pedro,
dos pliegos que habrá cerrados
sobre mi mesa... uno de ellos
es mi último adiós a Elvira,
el otro es mi testamento. 595
Si muero y volvéis a España,
que los entreguéis os ruego
a don Cosme de Ledesma...�
No dijo más: un esfuerzo
hizo supremo, y rendido 600
hundió la frente en el lecho.
Entonces le alcé en mis brazos,
mas pronto advertí que en ellos
tan sólo �ay Dios! estrechaba
pálido cadáver yerto. 605
Cumplí su encargo y salime
de aquel lugar de tormento,
con lágrimas en los ojos,
y lleno de angustia el pecho.
Y fue tan fatal mi estrella, 610
que, ni el adiós postrimero
al pie de la tumba pude
dar a sus míseros restos;
que aquel mismo día la orden
de conducir prisioneros 615
recibí; partí a Sicilia,
y de allí con gran secreto
venir mandáronme a España
sin detenerme un momento.
Ayer arribé a Valencia, 620
y a cumplir, doliente, vengo
la voluntad de mi amigo:
Tomadlos; he aquí los pliegos.
-Y esto diciendo a don Cosme
dio las cartas el viajero. 625
 

EL HIDALGO

Asaz desconsoladoras
son en verdad, caballero,
las nuevas que me traéis,
y estas lágrimas que vierto
revelan a vuestros ojos 630
mi profundo sentimiento.
Mas no por causa tan triste
dejar de expresaros debo,
al par que el dolor del alma,
mi eterno agradecimiento: 635
Fiel vuestra misión cumplisteis
y gracias os doy por ello.
Que aceptéis hora os suplico
mi cena frugal, y el lecho
que tendréis ya preparado, 640
en cómodo apartamento,
por si restaurar os place
vuestras fuerzas con el sueño.
 

EL VIAJERO

En mucho, hidalgo, os estimo
el favor, aunque no puedo 645
aceptarlo, que en mi ruta
las horas contadas llevo.
Mas do quiera que la suerte
me conduzca, nunca el tiempo
borrará de mi memoria 650
tan cumplido ofrecimiento.
Don Pedro de Vargas soy,
y aunque poco valgo y puedo,
con mi amistad fiel os brindo.
 

EL HIDALGO

Y yo con placer la acepto. 655
 

EL VIAJERO

Adiós quedad, buen hidalgo.
 

EL HIDALGO

Guárdeos, amigo, el cielo.

***

   Salió el caminante,
y a poco se oyeron
las firmes pisadas 660
del fuerte bridón;
y allá en lontananza
perdiéndose fueron,
unidas al silbo
del fiero aquilón. 665
Y en tanto que triste
suspiro exhalando,
el viejo doblaba
la frente al pesar;
la luz en la estancia 670
se fue aminorando,
y todo en silencio
volviose a quedar.
 

- IV -

CONSUELO EN DIOS

   �Cuán triste a nuestros ojos
preséntase el camino 675
de la azarosa vida
si la ventura huyó!
�Qué largas son las horas
cuando fatal destino
las gratas ilusiones 680
en nuestro pecho ahogó!
 
   Son pálidas entonces
las fúlgidas estrellas,
sin brillo la alba luna
y el rutilante sol. 685
Abrojos halla el alma
en vez de flores bellas;
no muestra ya la aurora
su espléndido arrebol.
 
   Feliz el que en la noche 690
de su letal desvelo,
el faro luminoso
de la esperanza ve:
Feliz el que olvidando
la tierra por el cielo, 695
ventura y paz encuentra
en brazos de la Fe.
 
   �Oh mágica y sublime
enseña bienhechora!
Por ti el alma cristiana 700
se eleva hasta el Creador;
pues eres, Cruz divina,
la playa salvadora
que el hombre halla en los mares
de su cruel dolor. 705
 
   Así la triste Elvira,
que vio de su esperanza
las bellas ilusiones
cual vaga sombra huir,
la fuente de consuelo 710
en ti tan sólo alcanza,
y siente de amor puro
su corazón latir.
 
   �Ah! sí; que ya a sus manos
llegó el funesto pliego; 715
ya vela parda nube
la estrella de su amor.
�Ay mísera! �qué espera
del mundo audaz y ciego
que al débil e inocente 720
inmola en su furor?
 
   �El claustro!... Único asilo
do la virtud preciada
consigue amparo siempre
y eterno bienestar; 725
el claustro sólo anhela
trocar por su morada,
su traje por el velo,
su amor por el altar.
 
   Feliz el que en la noche 730
de su letal desvelo,
cual ella el limpio faro
de la esperanza ve:
Feliz el que olvidando
la tierra por el cielo, 735
ventura y paz encuentra
en brazos de la Fe.

***

   No muy lejos del castillo,
en una agreste colina
            que domina 740
desde la vega hasta el mar;
se ve un humilde convento
entre dos villas alzado,
de viejos olmos cercado
y de un extenso pinar. 745
 
   Allí, del mundo alejadas,
viven en paz, venturosas,
            las esposas
del divino Redentor.
Y nunca el fatal ruido 750
del siglo turba su calma;
que ellas tan sólo en el alma
guardan sacrosanto amor.
 
   Allí busca doña Elvira
con puro y ferviente anhelo 755
            el consuelo
que falta a su corazón:
Y vertiendo mudo llanto
en su celda solitaria,
alza a Dios triste plegaria 760
por olvidar su pasión.
 
   �Oh! pronto ceñirá el velo
y la corona de rosas
            aromosas,
a su frente virginal: 765
pronto el son de una campana
sus votos �ay! publicando,
irá triste resonando
como un canto funeral.
 
   Mañana tal vez por siempre 770
al Redentor consagrada,
            su mirada
no podrá al mundo volver:
Que lejos del padre anciano,
fiel ante el ara y contrita, 775
sólo la imagen bendita
podrá del Eterno ver.
 

- V -

INQUIETUD Y ESPERANZA

   Entretanto que la bella
y afligida castellana,
ferviente dirige al Cielo 780
sus amorosas plegarias,
permite, lector amigo,
que de la risueña Italia
a las hechiceras costas
te conduzca, do galana 785
del apacible Tirreno
Parténope se levanta,
tan hermosa como un día,
en su concha de oro y nácar,
la diosa de los amores 790
del mar de Grecia se alzara.

***

   Más de un año ha trascurrido
desde el día en que la carta
entregó y el testamento
don Diego a don Pedro Vargas; 795
día fatal en que, atacado
de un parasismo quedara
sin sentido entre los brazos
del fiel amigo, que a España
tornó en breve, de su muerte 900
llevando la nueva infausta.
   Al volver de aquel letargo
y al verse solo en la estancia,
�cuánto sufrió!... Delirante
ya agitado recordaba 905
la llegada de don Pedro
y sus últimas palabras;
ya al parecer sumergido
quedábase en muda calma,
mas a su ansiedad volviendo 910
triste con afán buscaba
los pliegos, y mil sospechas
al no verlos le asaltaban.
A veces por un momento
la verdad distinta y clara 915
presentábase a su mente,
y ver creía su carta
en poder de doña Elvira,
que al dolor abandonada,
lloraba su amor perdido 920
y su perdida esperanza.
Presa de un vértigo entonces,
sobre un papel intentaba
trazar con su débil mano
breves, sentidas palabras, 925
y al comprender su impotencia
a su delirio tornaba.
�Oh, cuánto sufrió en un año!
�Qué largas son, �ay! qué largas
las horas para el amante 930
que está lejos de su amada!
�Qué largas para don Diego,
que ni aun el consuelo alcanza
de expresar a la que adora
las angustias de su alma! 935
   Salvo por fin de la herida,
si bien de la fiebre insana
aún no repuesto del todo
en convalecencia larga,
a partir ya se dispone 940
para su querida España.
   Ya el bajel que le conduce,
libre de las fuertes anclas,
sereno y gentil se mece
de Nápoles en la rada: 945
Y dando las blancas velas
al blando soplo del aura,
lento las cerúleas ondas
surca de la mar salada.
Él, de pie sobre la popa, 950
fija su triste mirada
en el lejano horizonte,
ansiando ver de su patria
las bellas y alegres costas,
el cielo que nunca empañan 955
ni el humo de los volcanes,
ni el vapor de impuras aguas.
�Ay! negros presentimientos
tal vez a su mente asaltan:
Quizá a Elvira se figura 960
por siempre a Dios consagrada
y para su amor perdida,
y triste suspiro exhala.
 
   �Oh nave! parte ligera,
rápida sigue tu marcha, 965
que el amante que conduces
vuela en pos de una esperanza.
 
          Azul esta el cielo,
         el mar está en calma,
         y lánguido pliega 970
         el viento sus alas.
Boga, boga, marinero,
deja la risueña Italia,
al dulce son no te duermas
de amorosa serenata. 975
 
         Hermosa es la noche,
         la luna argentada
         tranquila se eleva
         rielando en las aguas.
Boga, boga, marinero, 980
deja la risueña Italia,
al dulce son no te duermas
de amorosa serenata.
 
         Mil quejas de amores
         da el mar a las auras, 985
         que el eco, dolientes,
         repite en la playa.
Deja, deja, marinero,
esas costas encantadas,
que el doncel que va en tu nave 990
vuela en pos de una esperanza.
 

- VI -

LA SORPRESA

   Es del mes de febrero una mañana
encapotada, silenciosa y fría,
en que la aurora entre la niebla umbría
pliega su manto de topacio y grana. 995
 
   Pálido el sol desde el lejano oriente
lanza entre nubes macilento rayo,
y los bosques en lánguido desmayo
tristes le miran ocultar su frente.
 
   Fuentes y aves, árboles y flores, 1000
todo parece reposar en calma;
mudo reposo que entristece al alma,
imagen de la vida sin amores.
 
   Allá del Turia por la amena orilla,
sobre noble alazán fuerte y brioso, 1005
camina un caballero presuroso,
y la impaciencia en su mirada brilla.
 
   Don Diego es: en su amoroso pecho
lleva la horrible duda y los temores...
�Será que al más cruel de los dolores 1010
sienta su corazón pedazos hecho?
 
   Sin padres, sin fortuna, el puro anhelo
le alienta sólo de su amor profundo:
�Qué esperanza le resta ya en el mundo
si halla a su Elvira consagrada al Cielo? 1015
 
   Por eso en el afán que le devora
acelera impaciente su camino,
y el velo que oscurece su destino
quisiera descorrer en una hora.
 
   Absorto va: tan sólo el pensamiento 1020
de hallar a Elvira cruza por su mente;
mas viene a herir su oído de repente
la lúgubre campana de un convento.
 
   Y este son, eco triste y misterioso
de una plegaria alzada en el retiro, 1025
le arranca a su pesar hondo suspiro,
que el céfiro recoge silencioso.
 
   Y rendido tal vez al implacable
influjo de fatal presentimiento,
o llevado del puro sentimiento 1030
de humillarse ante el Dios solo adorable;
 
   su marcha, inquieto, al monasterio guía,
do en perpetua quietud felices moran
vírgenes castas, que al Inmenso adoran,
lejos del mundo y su asechanza impía. 1035
 
   Llega; y dejando el alazán atado
de un fuerte roble que a su paso encuentra,
en el humilde santuario entra,
siempre de dudas y ansiedad cercado.

***

   Solitaria está la iglesia; 1040
apenas la luz del día
por estrecha celosía
llega en ella a penetrar;
y este rayo macilento,
que confuso se distingue, 1045
en las antorchas se extingue
que iluminan el altar.
 
   Al verse don Diego solo
en tan oscuro recinto,
perdido en el laberinto 1050
que su mente se forjó;
al predominio cediendo
de aquella profunda calma,
con terror vago en el alma
ante el ara se postró. 1055
 
   Su misterioso tañido
la campana repetía,
y acompasado se oía
flébil cántico sonar;
y este monótono acento 1060
que hasta don Diego llegaba,
ora cerca se escuchaba,
ora lejos, resonar.
 
   Las anchas naves, de gente
fuéronse a poco llenando; 1065
y los cánticos cesando
viéronse al coro salir,
las vírgenes venturosas
de aquel tranquilo convento,
que vuelven con triste acento 1070
sus preces a repetir.
 
   Luego por estrecha puerta
que oculta en el muro estaba
y que a un atrio inmenso daba,
cual mágica aparición, 1075
varios monjes venerables
salir al templo se vieron,
que al coro se dirigieron
cantando en místico son.
 
   Alzose el triste mancebo 1080
de santo temor henchido,
y a los monjes, abatido,
con planta incierta siguió:
Y del coro ante la reja
con lento paso llegaron; 1085
y los cánticos cesaron,
y la campana calló.
 
   En breve reinó en la iglesia
un silencio pavoroso,
y al reflejo misterioso 1090
de trémula claridad,
bella una joven novicia,
ceñida de blancas rosas,
se vio entre las religiosas,
aún más bella en su humildad. 1095
 
   Y oyósela que juraba
al Eterno amor perenne,
y que el voto hacía solemne
de perpetua reclusión...
�Ay! que al oír su voz pura 1100
y aquella promesa luego,
sintió helársele don Diego
la sangre en el corazón.
 
   Tal vez creyose un momento
presa de fatal delirio, 1105
y de tan cruel martirio
quizá librarse intentó:
Y frenético a la reja
lanzose en su afán ardiente,
y extático frente a frente 1110
de doña Elvira se halló.
 
   No era un sueño: ora por siempre
por siempre �ay Dios! la perdía:
�Quién ya en el mundo podría
sus angustias mitigar? 1115
Triste, abatido, sus ojos
en doña Elvira fijaba,
y ella absorta lo miraba
entre dudas y pesar.
 
   En el semblante del joven 1120
tal ansiedad se leía
que ella con muda agonía
su dolor al comprender,
sintió su valor extinto,
desfallecida al suelo, 1125
envuelta en el blanco velo,
viósela en breve caer.
 
   Entonces en el concurso
sordos murmullos se alzaron,
y en don Diego se fijaron 1130
cien miradas a la par;
mas él sin hacer aprecio
del pueblo que murmuraba,
siniestro plan meditaba
insensato, realizar. 1135
 
   Fijó de nuevo los ojos
en doña Elvira un instante,
y pálido, delirante,
de la reja se apartó:
Y entre la apiñada gente 1140
paso abriéndose, altanero,
salvó la puerta, y ligero
montó a caballo y partió.
 

- VII -

LA MANO DE DIOS

   Ya con gigante paso, presurosa,
avanzaba la noche, 1145
y del brillante luminar del día
el rayo postrimero
en su estrellado manto recogía:
Ya entre la densa bruma de occidente,
que velaba su frente, 1150
el héspero gentil desparecía;
cuando don Diego triste y agobiado
de su dolor al peso, entre las sombras
de un alto bosque, con incierta planta,
vagaba silencioso, 1155
a un fatal pensamiento abandonado.
   Al cansancio rendido
ya su bridón había
entre las duras peñas sucumbido;
mas él siempre guiado 1160
por oculto designio caminaba,
y a pie y solo, del monte en la espesura
por las estrechas sendas se internaba.
   Era lóbrego el bosque; por la oscura
techumbre que formaba 1165
el espeso ramaje de los pinos
y de los viejos sauces macilentos,
apenas penetraba el tibio rayo
de la menguante luna,
y el silencio tan sólo interrumpían 1170
de tan triste lugar los raudos vientos,
que ora leves, en lánguido desmayo,
y sonoros la selva acariciaban,
ora rudos, violentos,
los árboles con furia sacudían 1175
y en las cóncavas peñas retumbaban.
   Mas ni el horror del bosque
detiene ni el rugido
del huracán al infeliz don Diego,
que enajenado y ciego, 1180
y abandonado a su terrible suerte,
entre sombras perdido
en su angustioso afán busca la muerte.
La muerte, sí; la horrible
y desastrosa muerte del suicida 1185
anhela en su delirio,
que ya la dulce vida
es sólo para él atroz martirio.
   �Mísero amante! Cual la garza herida
trepando va por las gigantes rocas, 1190
y con inquietos ojos el horrendo
precipicio midiendo
en que pueda dar fin a sus dolores.
A veces un momento en su camino
detiénese y suspira, 1195
y dulcemente murmurando �Elvira�,
un recuerdo consagra a sus amores,
que en acerbo pesar trocó el destino...
Mas �ay! que a los suspiros de amargura
de su angustiado corazón doliente, 1200
responde solo embravecido el viento,
como en tremendo son el mar hirviente
del triste nauta al dolorido acento.
   Y ya cerca se hallaba
de la sima espantosa 1205
que buscaba en su loco desvarío,
para el funesto sacrificio impío
de una existencia mísera, que odiosa
era ya para él; que sólo enojos
y llanto y amargura le ofrecía; 1210
cuando una luz incierta y misteriosa,
que en escondida cueva aparecía,
mostrose de repente a su mirada:
A contemplarla se paró un momento,
y, cual guiado por secreto instinto, 1215
por la senda escarpada
siguió que a la caverna conducía,
y penetró en su lóbrego recinto. (10)

***

   Y hallose en una ermita
oculta y silenciosa, 1220
iluminada apenas
por macilenta luz:
Del Redentor del mundo
la imagen milagrosa
allí se contemplaba 1225
pendiente de la cruz.
 
   Y tanta mansedumbre
la noble faz mostraba
del Celestial Cordero
y tal dolor al par, 1230
que al verla el triste amante
sintió que comenzaba
un rayo de luz pura
su mente a iluminar.
 
   Y mil gratos recuerdos 1235
de su tranquila infancia
confusos le asaltaron
en rápido tropel;
y vino a su memoria
la férvida constancia 1240
con que su tierna madre
rogaba a Dios por él.
 
   �Su madre!... Al recordarla
sintió calmar su anhelo,
y su delirio insano 1245
entonces comprendió:
Y suspiró por verla
en el radiante Cielo,
y ante el altar contrito
y humilde se postró. 1250
 
   �Perdón, perdón, Dios mío
-clamó con triste acento-,
conozco tu clemencia,
comprendo tu poder:
Soy polvo miserable 1255
que al soplo de tu aliento,
cual átomo en los mares,
podré desparecer.
 
   �Mas tú, que por el hombre
regaste en negro día 1260
la tierra con tu sangre,
en prueba de tu amor,
la calma de los justos
concede al alma mía,
y de mi triste suerte 1265
apiádate, Señor.
 
   �Perdona si un momento,
tus leyes olvidando,
en mi fatal delirio
de tu bondad dudé: 1270
De hoy más mis vestiduras
por un sayal trocando,
mi débil existencia
a ti consagraré.�
 
   Calló el doncel: cercada 1275
la efigie milagrosa
mostrose ante sus ojos
de célico esplendor:
Y oyó que en blando acento
voz dulce y misteriosa, 1280
�en mi bondad confía�,
le dijo con amor.
 
   Quedó por un instante
en éxtasis profundo
don Diego sumergido 1285
ante el Supremo Bien;
y tal vez se alejaba
su espíritu del mundo,
abiertas contemplando
las puertas del Edén. 1290
 
   Y ya cuando a su vista,
cual sombra vagarosa,
desparecido había
la célica visión,
mostrose en su semblante 1295
la calma venturosa
que plácida inundaba
su ardiente corazón.
 
   Feliz el que en la noche
de su letal desvelo 1300
el faro luminoso
de la esperanza ve:
Feliz el que olvidando
la tierra por el Ciclo,
ventura y paz encuentra 1305
en brazos de la Fe.
 

EPÍLOGO

   Han pasado tres años. Un sepulcro
del convento en la iglesia se levanta;
lámpara macilenta allí fulgura
que con su tenue resplandor lo baña. 1310
Grabado el noble escudo de Ledesma
se ve en la blanca losa funeraria,
que los despojos de la triste Elvira
aquella tumba silenciosa guarda.
Cuando en la noche la argentada luna 1315
por la anchurosa vega solitaria,
reverberando en el tranquilo río,
su tibia luz, benéfica derrama,
vese un monje llegar hasta el castillo
y detenerse al pie de la ventana 1320
do en otro tiempo venturosa Elvira
a su inocente amor se abandonaba.
Quizá un recuerdo allí viene a su mente,
y hondo suspiro de su pecho exhala,
mas luego vuelve la mirada al cielo 1325
y pausado a emprender torna su marcha.
Mírasele llegar al santuario,
ante el sepulcro detener su planta,
humilde arrodillarse, y en silencio
al Inmenso elevar tierna plegaria. 1330
Y aparece tranquilo aunque en su frente
sus huellas el dolor dejó marcadas...
�Quién el arcano penetrar podría
de su profunda, misteriosa calma?
Dios, sólo Dios que en la aflicción nos muestra 1335
el puerto de segura bienandanza.
�Dichoso aquel que en su bondad confía!
�Alzad, humanos, al Eterno el alma!



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La primera vuelta al mundo

Romance histórico

Al Sr. D. Luis Vidart, ilustrado filósofo y distinguido crítico, en prueba de sincera amistad

                                                                                             

- I -

ANHELO DE GLORIA

   Por los evorenses campos,
a la tibia luz del alba,
con dirección a Castilla
un hombre en silencio avanza.
   Camina desalentado, 5
la frente al suelo inclinada,
grabados llevando en ella
los pesares de su alma.
   Ingratitud, desengaños
hicieron su vida amarga, 10
y vio eclipsarse entre nubes
la estrella de su esperanza.
   Soñando glorias y aplausos,
de ignotos mares las aguas
cruzó con heroico aliento, 15
renombre dando a su patria.
   De Hernando de Magallanes
las portentosas hazañas,
desde la India hasta Europa
veloz publicó la fama. 20
   Mas �ah! que al volver gozoso
a la corte lusitana,
en vez de aplausos y glorias
tan sólo desprecios halla.
   Turba vil de cortesanos, 25
de esos que adulando alcanzan
inmerecidos honores
y que a la virtud ultrajan,
   el afecto le robaron
del confiado monarca, 30
y de él desdeñado al verse,
volvió los ojos a España.
   �España! que altiva entonces,
al esplendor de sus armas,
terror de reyes y pueblos, 35
en dos mundos dominaba.
   �España! nación insigne
que al genio acoge entusiasta,
y, al par que guerrera triunfa,
la luz del saber propaga. 40
   Allí, al pie del regio trono,
el gran Cisneros se alza;
hijo del pueblo, elevado
por sus virtudes preclaras.
   Él sólo comprender puede 45
de Magallanes el ansia,
su noble anhelo de gloria,
sus proyectos y esperanzas.
   Por eso el audaz marino,
de alto pensamiento en alas, 50
apoyo busca en Castilla
para empresas arriesgadas.
   Ya llega a la margen bella
del undoso Guadiana,
que entre ambos pueblos se extiende 55
cual ancho cendal de plata;
   ya de la feliz Iberia
en las campiñas se halla,
y su frente descubriendo
con trémula voz exclama: 60
   ��Salve nación poderosa,
noble tierra hospitalaria!
�Oh! dame el sostén que en vano
busqué en mi nación ingrata.
   Al sabio Colón un día 65
tendiste tu mano franca,
y él, de tu bondad en pago,
un mundo rindió a tus plantas.
   Dame acogida: mi mente
cual la suya inquieta vaga, 70
y el cielo muestra a mis ojos
desconocidas comarcas.
   Por mí del Sur en los mares
tu enseña gloriosa izada,
aclamado en cien regiones 75
verás el nombre de España.�
   Así dijo: conmovido
la vista tornó a su patria,
y al darle el adiós postrero
lanzó un suspiro del alma. 80
   Dos lágrimas resbalaron
por sus mejillas tostadas,
que una historia de dolores
y de ansiedad revelaban.
   Y alzábase el sol radiante 85
sobre la enhiesta montaña,
cuando dejó el buen marino
la orilla del Guadiana.
 

- II -

LA PARTIDA

   Es una tarde de estío,
tarde apacible y serena, 90
en que el sol brilla sin nubes
y la brisa el rostro quema.
   En la ciudad populosa
que el altivo Julio César
cercó de muros y torres 95
y que manso el Betis riega,
   curioso el pueblo se agita,
y en oleadas inmensas,
del claro, apacible río
se extiende en ambas riberas. 100
   Allí a un tiempo se confunden
el soldado con la dueña,
el noble con el pechero,
el monje con la mozuela.
   Todos a un punto la vista 105
dirigen con impaciencia;
y unos con malicia ríen,
y otros con ardor vocean.
   En el muelle de Triana
vense cinco carabelas 110
prestas a surcar los mares
que bañan ignotas tierras. (11)
   Las cinco dan orgullosas
al viento sus blancas velas,
y en sus mástiles izada 115
se ve la hispana bandera.
   Mas una de ellas tan sólo
escudo imperial ostenta,
signo supremo de mando
del jefe que la gobierna. 120
   Éste, severo y tranquilo,
a las miradas se muestra
del pueblo, que entusiasmado
y alegre le victorea.
   Mas no falta entre las turbas 125
quien hondos temores sienta;
y, presagiando desastres,
a los nautas compadezca.
   No falta quien sonriendo
suelte a críticas la lengua; 130
seres menguados que siempre
el genio a su paso encuentra.

***

   -Decidme, seor soldado
-una anciana con tristeza
pregunta-, �dó van las naves? 135
�Anuncio serán de guerras?
   -Desechad vuestros temores-
el soldado le contesta-,
esas naves sólo anuncian
el alto poder de Iberia. 140
   Ellas en remotas playas
ostentarán nuestra enseña,
la luz de la Fe llevando
y el saber que España encierra.
   -Difícil, seor soldado, 145
y arriesgada es tal empresa;
plegue a Dios no hallen la muerte
los que buscan fama en ella.
   -Si mueren... grato es la vida
dar a la patria en ofrenda; 150
será un altar cada pecho
do viva su gloria eterna.
   Felices ellos, anciana,
que honrar a Castilla anhelan,
y altos timbres y blasones 155
rendir a sus plantas sueñan.

***

   -�Quién es el audaz marino
que manda las carabelas?-
pregunta a un paje gallardo
una recatada dueña. 160
   -El ilustre Magallanes,
cuyo nombre es en América
y en Europa respetado
por su valor y su ciencia.
   -Nunca supe que en España 165
caudillo tal existiera,
ni encomiado su talento
escuché, ni sus proezas.
   -Buena dueña, no es extraño
lo ignoréis; lejanas tierras 170
descubrió, pero en su patria
no le honraron cual debieran.
   Al perínclito monarca
que altivo en Castilla reina
hoy sus servicios ofrece, 175
y él, justo, su arrojo premia.
   Ved: de Santiago en su pecho
colocó la roja enseña,
y allí del Sur en los mares
campo a su valor presenta. 180
   -Mucho el favor a extranjeros
en la corte recomienda;
y suelen ser tales dones
de los españoles mengua.
   -Callad, que injusta ofendéis 185
de la majestad la alteza:
Lo manda Carlos y... -Es justo:
Que humilde el pueblo obedezca.
   Es justo, sí: que si el sabio
con su fama el mundo llena, 190
patria del sabio es el mundo:
�Que honrado por todos sea!

***

   Así murmurando unos,
y otros la voz en defensa
de la expedición alzando, 195
roncos el espacio atruenan.
   En tanto el gran Magallanes
áncoras levar ordena,
y a su voz vibrante y firme
se da la armada a la vela. 200
   Ya, cual cisnes, se deslizan
las gallardas carabelas,
del padre Betis undoso
por la corriente serena.
   Brillar se mira entre todas 205
La Victoria, que ligera
de Juan Sebastián del Cano
obedece a la hábil diestra.
   Cano, en Vizcaya nacido
y de noble descendencia, 210
su denuedo en la mirada
y en la alta frente revela.
   Fiel y entendido piloto,
sereno al timón espera
las órdenes de su jefe, 215
que al punto cumplidas quedan.
   Al verlos partir se agrupa
más la muchedumbre inmensa,
y agitando blancos lienzos
con gritos el aire puebla. 220
   ��Viva la armada española!�
Clama de entusiasmo llena;
y este viva el manso Betis
al mar en sus ondas lleva.
   Mas ya los buques se ocultan 225
del río en las anchas vueltas,
y los vítores se apagan,
y a poco el silencio impera.
   La multitud pesarosa
a sus hogares regresa; 230
los vio partir, mas no sabe
la suerte que les espera.
   Tendió la noche su velo,
y la luna amarillenta
alumbró con tibio rayo 235
la abandonada ribera.
   Ni naves se ven ni pueblo,
soledad profunda reina,
mas en el alma de todos
grabado el recuerdo queda. 240
 

- III -

EN EL MAR

   Allá, van las naves bellas
por medio la mar undosa,
aguas y vientos cortando
con sus elevadas proras.
   Allá van... Sólo las guía 245
del Sur por la extensa zona
la inmensa audacia de un hombre
sediento de honor y gloria.
   Mas su espíritu sublime
con fe pura se acrisola; 250
él la doctrina de Cristo
llevará a playas remotas.
   Por esa Dios lo protege
en su ruta peligrosa...
La cruz brilla en su bandera 255
y la cruz su empresa abona.

***

   Largo tiempo ha trascurrido,
e inhospitalarias costas
sólo a sus ojos se muestran
de áridas islas ignotas. 260
   Paso hallar para el Oriente
por el Sur sólo ambiciona,
porque dé la vuelta al mundo
la noble enseña española.
   No con más ardor anhela 265
la tierna y amante esposa,
tras larga ausencia, el regreso
del esposo a quien adora,
   que el marino lusitano
ver coronada la obra 270
de su arriesgado viaje
con el lauro de victoria.
   �Ay! qué mar, hondos bajíos,
tierra inculta y escabrosa,
hielo eterno, que en su marcha 275
le detiene y le aprisiona,
   sólo mira; y en los buques
alzarse amenazadora
de rebelión la voz fiera,
pidiendo su muerte pronta. 280
   Mas si la esperanza al débil
en los riesgos abandona,
aún más en ellos el fuerte
muestra el valor que atesora.
   Alza su voz Magallanes, 285
y a sus parciales convoca,
y a poco la imbécil chusma
vencida a sus pies se postra.
   ��Perdón, perdón!� gritan unos;
��muerte, muerte!� otros pregonan, 290
y la inmensa mayoría
la ordenanza fiel invoca.
   �Que se cumpla� clama entonces
el marino con voz ronca,
y a sus capitanes llama 295
y a discusión los provoca.
   En el consejo opiniones,
cual siempre, contradictorias
surgen, pero vence al cabo
la justicia vengadora. 300
   Fulmínase con presteza
la sentencia expiatoria,
que de terror conmovida
escucha la chusma toda.
   Y a poco de las entenas 305
a merced del viento flotan
las cabezas de los jefes
de la rebelión traidora.

***

   Tras largo, aterido invierno
su faz primavera asoma, 310
y rumbo hacia el austro polo
las naves de nuevo toman.
   Cuatro de ellas al impulso
de los vientos salvar logran
los escollos, mas la quinta 315
se detiene temerosa.
   Don Álvaro de Mezquita,
su capitán, a la aurora
de un día frío y nebuloso,
tras noche oscura y medrosa, 320
   solo se encuentra en los mares;
y, sumergida la flota
juzgando, cambia de rumbo,
y la vuelta a España toma.
   Presa de vagos temores 325
puerto al fin alcanzar logra,
do esparce nuevas que llenan
de angustia a Castilla toda.
   Cada cual a su capricho
las comenta y las destroza, 330
que está la lengua del vulgo
siempre a comentarios pronta.
   Unos creen a Magallanes
cautivo de fieras hordas,
otros náufrago le juzgan, 335
y su triste fin deploran.
   En tanto el noble marino
salvar el estrecho logra
que dará a la edad futura
testimonio de su gloria: 340
   E inmenso luego a su vista,
entre asombrada y dudosa,
preséntase un mar, tranquilo
cual bello lago de Escocia.
   Plegaba allí el fiero noto 345
sus alas impetuosas,
y osaba rizar apenas
las gallardas banderolas.
   �Ni un rumor! Lentas las naos
por sus aguas silenciosas 350
se deslizan: Magallanes
Mar Pacífico le nombra.
   Mas pasan meses, y nunca
los nautas la tierra abordan,
agua y cielo sólo miran 355
en muda calma horrorosa.
   Ya el hambre reina en los buques,
y la peste asoladora
extiende su yerta mano,
y a cien víctimas inmola. 360
   En tal situación, al Cielo
plegaria elevan piadosa;
sólo Dios salvarlos puede,
y humildes su gracia imploran.

***

   �Un día más! �Oh! �Sordo el Cielo 365
será a su oración devota?
�Tendrán por premio la muerte
a su aspiración honrosa?
   No, no; que a la luz radiante
del sol, que las aguas dora, 370
un punto se ve, que en isla
de allí a poco se transforma.
   ��Tierra! �tierra!� grita Cano
desde el navío Victoria,
y este inesperado grito 375
el gozo a los pechos torna.
   Todos la vista dirigen
a la isla salvadora
y dando al Eterno gracias,
la rodilla humildes doblan. 380
   La tarde avanza: ya llegan
a la suspirada costa,
y muéstranse a sus miradas
fértiles selvas umbrosas.
   Clava en tierra Magallanes 385
la hispana enseña gloriosa,
y un ��Viva España!� resuena
repetido por las ondas.
   Espira el día: entre nubes
el sol al ocaso toca; 390
su último rayo refleja
en la bandera española.
   Dichoso el bravo Marino,
de alegría el alma loca,
así dice al bello astro 395
que los espacios colora:
   ��Oh sol, que partes sereno
a alumbrar la culta Europa,
lleva la nueva contigo
de nuestra feliz victoria. 400
   Sepa España que su enseña
radiante, en Asia tremola:
Di a la Reina de dos mundos
que es del mar del Sur señora.�
   Quiere seguir, mas su acento 405
la viva emoción ahoga,
y de júbilo en sus ojos
dos lágrimas puras brotan.
   Al par sus fieles marinos
cual él de entusiasmo lloran, 410
y tierno suspiro envían
a su patria venturosa.
   Sobre ellos tranquila noche
tendió su apacible sombra,
y aún se escuchaban sus ecos, 415
repetidos por las olas.
 

- IV -

LA MUERTE DEL CAUDILLO

   �Por qué el pabellón los buques
bajan en señal de duelo
y en los mástiles ondean
negras flámulas al viento? 420
   �Por qué en los rostros se mira
de los fieles marineros
terrible ansiedad pintada
y profundo desconsuelo?
   �Ruge acaso airado el noto, 425
y en el mar, antes sereno,
la tempestad se desata
con ronco y temible estruendo?
   No; que no empaña una nube
el azul del firmamento, 430
y apenas el agua riza
con blando rumor el céfiro.
   �Por qué, pues, en los semblantes
ese dolor mudo, intenso,
y esa ansiedad se retratan? 435
�Por qué, por qué, justo Cielo?
   �Ay! que el sabio Magallanes,
de marinos prez y ejemplo,
lejos de su patria duerme,
duerme perdurable sueño. 440
   Surcar mares ignorados
no era bastante a su anhelo,
dar quiso a la noble Iberia
nuevos, católicos reinos.
   Y en Yubagana, en Zebut 445
y en Mautan, con alto esfuerzo,
propagó la ley de Cristo
entre los rudos isleños.
   Empero muchos, audaces,
sus palabras desoyeron, 450
cerrando, torpes, los ojos
a la luz del Evangelio.
   Trabose horrible contienda,
y en duro choque sangriento
allí murió por España 455
y por la Fe combatiendo.
Olvidados, confundidos
quedaron sus nobles restos;
ni una cruz se alza en su tumba,
ni de amor mudo recuerdo. 460
   No su sombra sauce amigo,
extenderá sobre ellos,
ni en blando rumor sus hojas
suspiros darán al viento.
   Mas, �qué importa, si en las almas 465
de sus bravos compañeros
de su valor y su gloria
viven siempre los recuerdos?
   Sí, sí; buen Marino; en vano
te siguió destino adverso, 470
en vano te cubre el ángel
de las tumbas con su velo;
   tú brillarás de la fama
en el encumbrado templo,
cual brilla espléndido Arturo 475
en la inmensidad del cielo.
   Brillarás; pero, �qué digo?
�Quién, ora, tendrá denuedo
para completar tu obra
y alcanzar seguro puerto? 480
   Ya tres de las fuertes naves
perdidas los nautas vieron,
que nada resistir puede
a los embates del tiempo.
   Una resta: poderosa 485
luce erguidos masteleros,
y ya sus velas extiende
al leve soplo del euro.
   �Perecerá, cual las otras,
del mar en el hondo seno, 490
la gloria de Magallanes
con ella despareciendo?
   No, no será: es la Victoria;
la manda piloto diestro,
que sabrá triunfar osado 495
de los rudos elementos.
   Vedle impasible: ya ordena
levar áncoras; los riesgos
nunca el valor aminoran
de su corazón sereno. 500
   �Oh Cano! cántabro insigne,
de nautas claro modelo,
sigue impávido; tu triunfo
asombrará al universo.
 

- V -

EL REGRESO

   Es del templado Setiembre 505
una apacible mañana,
de esas que lucen tan sólo
en la risueña Vandalia.
   Bella se muestra la aurora
en su trono de oro y nácar; 510
tímida a su luz fallece
blanca estrella solitaria.
   Sereno el mar las riberas
de Puerto-Lucero baña,
y en blando rumor le envía 515
olas de luciente plata:
   Olas que al vecino bosque
lánguidos suspiros lanzan,
que amorosas les devuelven
las puras, fugaces auras. 520
   En la florida Sanlúcar
ni un acento se levanta;
tranquila al sueño se entrega
por las ondas arrullada.
   Desierto el mar aparece: 525
Sólo inmóviles se alzan
varias naves, allá lejos,
del Betis en la ancha entrada.
   Mas súbito se presenta
negro punto en lontananza, 530
que va creciendo a medida
que hacia el puerto se adelanta.
   Ser alto buque se observa
del sol a la lumbre clara,
que lleva gallardo al viento 535
cien banderas desplegadas.
   Raudo la distancia acorta
que del puerto lo separa,
y mientras más se aproxima
con más rapidez avanza. 540
   Llega al fin: los marineros
aferran foques y gavia,
sueltan áncoras, y a poco
retumban sonoras salvas;
   en bronco son anunciando 545
cuatro cañones por banda
a la descuidada gente
la venturosa llegada.
   Conmuévese el pueblo todo,
y presuroso a la playa 550
a saber la causa corre
de novedad tan extraña.
   Todos la preguntan: nadie
razón da que satisfaga
la justa ansiedad del pueblo, 555
que inútilmente se afana.
   Mas ya una chalupa arroja
la tripulación al agua,
y un jefe con seis remeros
el muelle del puerto gana. 560
   Ya sube, ya le rodea
la multitud... Sus palabras
rayos son que de alegría
conmueven todas las almas.
   Es Juan Sebastián del Cano, 565
honor y prez de Vizcaya,
que logra al fin ver, dichoso,
el puro cielo de España.
   Consigo de cien naciones
trae de sumisión la carta, 570
digno presente que lleva
de Castilla al gran monarca.
   �Oh dicha! De gozo lleno,
el pueblo en calles y plazas,
cual mar hirviente se agita, 575
en confusas oleadas.
   Ya el bronce herido en las torres
su voz al espacio lanza,
y a recibir sale el clero
al feliz e ilustre nauta. 580
   Por do quier prorrumpe en vivas
la muchedumbre entusiasta,
y en ellos de Cano el nombre
sube del céfiro en alas.
   Así premia justo el pueblo 585
su heroísmo y su constancia.
�Felices los que tal honra
por sus virtudes alcanzan!

***

   �Noble España! alza la frente,
vuelve en torno la mirada: 590
No existe nación que pueda
eclipsar tu ínclita fama.
   Tú la primera reinaste
de América en las comarcas,
mas esto a tu heroico brío 595
y a tu ambición no bastaba.
   Era poco: ser quisiste
de polo a polo aclamada,
y altiva la vuelta al mando
dio tu bandera preclara. 600
   �Oh! sí; la primera fuiste
que pudo empresa tan alta,
triunfante llevar a cabo
ante la Europa asombrada:
   La primera que orgullosa 605
miró llegar a sus playas
a los de América unidos
los ricos frutos del Asia.
   �Noble España! alza la frente;
muestra esas brillantes páginas, 610
do tu poderío inmenso,
do tus victorias resaltan.
   Y vosotros, oh marinos,
que de su grandeza en aras
ofrecisteis vuestras vidas, 615
llenos de ardiente esperanza;
   Magallanes, Cano insigne,
ved cuán altos se levantan
hoy vuestros nombres, orgullo
de españoles entusiastas. 620
   Sí: que al par que cien confines
del índico mar los aguardan,
de Iberia en los fastos brillar,
entre inmarcesibles palmas. (12)



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Adiós a mi lira

                                                                                             
         Si en plácido acento
         cien trovas al viento
dio, Ercilia adorada, mi labio en tu honor:
         Si pude un momento
         soñar con la gloria, 5
del vate aspirando a la alta victoria,
tú fuiste mi numen, mi estrella tu amor.
 
         A ti fatigado
         llegué, y abismado
en tristes ideas, ansiando morir: 10
         Y al son acordado
         de tu harpa de oro
lució mi esperanza, de dicha tesoro,
y en Dios confiando pedile vivir.
 
         Y dulce consuelo 15
         obtuve del Cielo,
la paz a mi alma, supremo favor;
         y en férvido anhelo
         pulsando la lira,
cediendo al encanto feliz que me inspira, 20
humildes cantares elevo al Señor.
 
         De antiguas historias
         las gratas memorias
después, cara Ercilia, ansioso evoqué.
         Por ti las victorias, 25
         por ti los amores
de cien damas bellas, los fieros rencores
de altivos monarcas, cantar anhelé.
 
         Y ansié en mi desvelo
         el lóbrego velo 30
de antiguas edades, fogoso rasgar:
         Y en rápido vuelo
         alzando la mente,
de Grecia la sabia, de Roma potente
en versos sonoros los triunfos narrar. 35
 
         Mas �ay! que humillado
         sentime y postrado
de tanta grandeza al vivo esplendor:
         En vano alentado
         soñé con la gloria, 40
con fúlgidos lauros de grata victoria...
Juzgueme pequeño, faltome valor.
 
         �Será que no alcanza
         falaz la esperanza
la dicha soñada jamás a cumplir? 45
         �De grata bonanza
         jamás en el suelo
fulgura la estrella, y sólo en el Cielo
sus rayos divinos veremos lucir?
 
         �Ah! sí: de la vida 50
         la dicha mentida
veloz desparece, cual niebla otoñal.
         La imagen querida
         de gloria, un momento
feliz nos halaga, mas pasa cual viento, 55
el alma llenando de angustia mortal.
 
         Tras mágica aurora
         la luz bienhechora
que alumbra a los genios ansié con ardor.
         Mas, ah, engañadora 60
         de mí se retira,
y hoy triste diciendo �adiós! a mi lira
en ti busco amparo, consuelo en tu amor.
 
         Ercilia, perdona
         si digna corona 65
de triunfos gloriosos jamás te ofrecí.
         Mi sien ya abatida
         de nieve se cubre,
         la mente sin vida
ni finge ilusiones, ni glorias descubre; 70
la edad de los sueños pasó para mí.
         Mas tú, Ercilia mía,
 
serás grato puerto do busque la calma;
         serás a mi alma
raudal misterioso de eterna poesía; 75
y si alzo de nuevo mi canto algún día
de amor siempre un eco tendrá para ti.
Sevilla, julio de 1867.

FIN

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