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ArribaAbajoÉgloga V


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Soliso, Silvano.

 

SOLISO


    Cuanto consuelo y gusto me causaba
La vista de la Aurora refulgente,
Con que toda tristeza se alegraba,

   De modo que al llegar el sol luciente,
En mi rostro bien claro se veía
Una alegría nueva y diferente;

   Tanto ahora me ofende el nuevo día
Viendo que no me muestra la hermosura
De aquella por quien sólo yo vivía.

   No me quiso dejar triste ventura
Ni aun esperanzas de tornar a vella.
¡Oh destino crüel! ¡oh suerte dura!

   ¡Oh querida Natercia! ¡oh Ninfa bella,
En quien, en fin, mostró naturaleza
Lo más que se podía esperar de ella!

   Si en el asiento de mayor alteza
Te acuerdas de quien viste acá en la tierra;
Si acaso te conmueve su tristeza,

   No olvides, Ninfa, no, la cruda guerra
Que me hace sin cesar tu remembranza,
Olvidando el ganado valle y sierra.

   No olvides que perdí la confianza
De volverte a mirar, y juntamente
De los bienes de amor toda esperanza.

   No olvides que por ti, yo, de mí ausente,
Aborrezco la fuente clara, hermosa,
Que en otro tiempo vía alegremente.

   Que por ti la mañana luminosa
Cada momento males me acrecienta,
Siéndome en otros días deleitosa.

Por ti el brillante sol me descontenta,
Con su canto me ofende Filomella,
Y sólo cuando llora me contenta.

   Por ti, Natercia pura, Ninfa bella,
La verdura frondosa de este prado
Los males multiplica, ¡oh dura estrella!

   Por ti no cuido ya de mi ganado;
Lo que toda mi dicha antes hacía,
Ahora va aumentando mi cuidado.

   Ya no soy, ya no soy quien ser solía;
Mi ánimo se mudó con la ventura,
Mudóse con la pena mi alegría.

   Trocóse el día claro en noche obscura,
Y no es mucho que todo se mudase,
Puesto que se ha mudado tu hermosura.

   Nada podía hallar que aprovechase
A mitigar mi cruel atroz tormento;
Ni había gloria ya que yo esperase,

   Sino mientras el triste pensamiento
Estaba contemplando tu beldad,
Olvidando tan largo apartamiento.

   Ahora que faltó la claridad
Que mirándote mi alma recibía,
Quedando en tan amarga soledad,

   ¿Cómo podrá quedar quien no sabía
Sino con esta gloria contentarse?
¡Gloria de que gozar no merecía!

   ¿Cómo quedará aquel que al acordarse
Mortalmente del bien que ya es pasado,
Cree que es lo mejor la muerte darse?

   ¿Cómo quedará aquel que ha decretado
Que su alma sea del dolor morada,
Y en ella quiere estar desesperado?

   ¿Cómo ha de verse, ¡oh Ninfa delicada!,
Una alma que te vía, y en te viendo,
El hilo le cortó la Parca airada?

   La causa de este mal yo no la entiendo;
Sólo sé que perdida esa luz pura,
Por no poderla ver vivo muriendo.

Un bien por quien mi mal me contentaba:
¡Acuérdate de tanta desventura!

   No olvides que mi mal sólo esperaba
El remedio de ti, y así verás
Cuál quedó quien en ti no más fiaba;

   No olvides dónde estoy y dónde estás,
Y que acá sin ti todo me aborrece:
De este modo m estado entenderás.

SILVANO


   No sé por qué razón nos amanece
El día de hoy de ayer tan diferente,
Y en él toda alegría se entristece.

   El ganado que andaba alegremente
En los campos buscando la verdura,
Y en los ríos la límpida corriente,

   Ahora se ve errar por la espesura,
Olvidando la hierba y agua fría,
Señal de alguna grande desventura.

   De las aves no se oye la armonía,
Y aun me parece que suspira y llora
El solitario bosque y selva umbría.

   La cándida, rosada, bella Aurora,
Que siempre viene el monte matizando,
Con mortal palidez se muestra ahora.

   Estáse en estas hierbas observando
Tan marchito el color, que bien parece
Que se nos va un mal grande preparando.

   En fin, veo que todo se entristece;
La causa ignoro: el Cielo pío quiera
Que el mal no sea tal cual aparece.

   Porque desde que habito esta ribera,
Ni la he visto jamás tan marchitada,
Ni la oí murmurar de esta manera.

   Tampoco he visto nunca otra alborada
Tan confusa salir como ésta veo,
De profunda tristeza acompañada.

   Quisiera ver a quien de mal tan feo
La causa conociese y la explicase,
Para satisfacer a mi deseo.

   Porque no puedo creer que resultase
De una causa ordinaria tal efeto,
Que hasta en los duros montes se notase.

El corazón, principio de mi afeto,
Me asegura que tanta novedad
No trae su origen de común respeto.

   Mas entre la confusa claridad,
Veo a Soliso allí con su ganado,
Y de él saber espero la verdad.

   Aunque no puedo verlo en tal estado,
Sin que mis ojos muestren a do llega
La pena que me causa el desgraciado.

Pero aquel que al amor crüel se entrega,
No es extraño que pase tal tormento;
Que amor todo mal da, todo bien niega.

   Mientras libre guardó su entendimiento,
Sin que en estos amores lo emplease,
Cuidando sólo de vivir contento,

   Ninguna fiesta había do faltase
Su flauta dulce; flauta que él tañía
Tan bien que no se oyó quién le igualase.

   Mas no es ahora quien ser solía;
Se le ve enteramente demudado,
Sin indicio ni muestra de alegría.

   Olvidó enteramente su ganado;
Aborrece las plantas, hierbas, flores,
Aborrece la gente y el poblado;

   Se olvida de las fiestas de pastores;
Apartado se va por la espesura,
Pensando solamente en sus amores.

   Agrádale la noche triste, obscura;
Mira con odio al sol puro y luciente:
¿Quién vio jamás tamaña desventura?

   Y se fija en el mal tan fuertemente,
Que dice que cuando él más lo atormenta,
Si puede sentir gusto, no lo siente.

   Aquí una hermosa Ninfa se aposenta,
Por la cual él en vida anda muriendo;
Ella causa el dolor que lo contenta.

   Mas según lo que veo y lo que entiendo,
si mis sentidos, vista y pensamiento
No me alucinan o me están mintiendo,

   Aunque fuera mayor el gran tormento
Que Soliso padece, no pudiera
Igualar a su gran merecimiento.

   Quiero llegarme a él, en cuanto espera
Que vaya descendiendo su ganado,
Y dél sabré lo que saber quisiera.

   Vengo, Soliso, a ti con gran cuidado,
Pues todo me entristece, y tengo miedo
De saber algún mal inopinado.

   ¿Ves tú cómo este bosque, antes tan ledo,
Está pesado, lúgubre y sombrío?
¿Cómo el viento parece que está quedo?

   Va la común corriente de este río,
Que ora tanto se para, ora anda tanto,
Seca quedándose como en estío.

   ¿Ves cómo Filomela deja el canto,
Que alegraba al pastor enamorado,
Y Progne multiplica el triste llanto?

   ¿Ves, finalmente, en todo aqueste prado,
Desmayadas las hierbas, que solían
Lozano pasto dar a los ganados?

   Todas estas señales no se vían
En las mañanas a éstas precedentes:
Los cielos algún mal muy grande envían.

   Yo no sé qué será: si tú lo sientes,
Y no te es el contármelo penoso
Dime la causa de estos accidentes.

SOLISO


   Fuérame en otro tiempo deleitoso
En extremo, ¡oh Silvano!, gusto darte;
Pero ahora me es todo fastidioso.

   Bien quisiera poder comunicarte
La causa de este horror; pero más quiero
Afligirme a mí mismo que angustiarte.

   Sin embargo, es el hado tan severo,
Que cuanto más me pongo a declararlo,
Tanto más de entenderlo desespero.

   Y si acaso lo entiendo, y a contarlo
Me determino, quiere la ventura
A fuerza de sollozos atajarlo.

   Que después que me falta la hermosura
De la Ninfa que en día refulgente
Pudiera convertir la noche obscura,

   El esprito me falta juntamente;
Sólo en suspirar paso noche y día,
Sin hartarme de verme tan doliente.

SILVANO


   Más grande novedad en mí sería
Espantarme de verte estar quejando,
Que el ver en ti deseos de alegría.

   Responde a lo que te iba preguntando
Sobre la causa de esta gran tristeza;
No estés perpetuamente lamentando.

SOLISO


   Siempre en ti he conocido una dureza
Muy conforme a tu nombre; y él declara
Cual es, Silvano, tu naturaleza.

   Porque si mi tormento te alcanzara,
Para ti el mayor bien, mayor mal fuera,
Y solamente el mal te contentara.

   Deja que llore, pues; deja siquiera
Que lamente mi triste, infeliz hado,
Mi suerte desgraciada, suerte fiera.

   Tú no tienes, Silvano, otro cuidado
Que ir en busca del valle o sombra fría,
Cuando te ofende el sol más empinado.

   ¡Pobre de aquel que pasa noche y día
Porfiando en morir, y suerte dura
En hacerlo vivir sólo porfía!

   ¡Oh Natercia gentil! ¡La excelsa altura
Del Olimpo glorioso andas pisando,
Mientras yo ausente estoy de tu hermosura!

SILVANO

   ¿Qué es eso que del cielo estás hablando?
Paréceme que no eres ya Soliso,
O que estás de amor puro delirando.

SOLISO

   Quien perdió el agradable y dulce riso
Que producía juicio y daba vida,
Fuera de sí ha de estar, eso es preciso.

SILVANO

   ¿Qué cosa es ésa, di, que está perdida,
Y así te hace llorar? Pues según siento,
Natercia de estos valles es partida.

SOLISO


   ¡Cuán libre puede hablar el que el tormento
Ajeno ve por fuera, mas no siente
A do llega tamaño sentimiento!

   La gloria que perdí no me consiente,
Silvano, articular voces expertas
Que manifiesten mi dolor presente.

   Mas en ese tu error veo que aciertas,
Porque con ningún mal debe turbarse
El que sólo logró esperanzas ciertas.

SILVANO


   Soliso, al que no quiere declararse,
no tiene para ello libertad,
No le falta razón para excusarse.

   No sé do nace esta novedad;
Pues si me niegas esto que te pido,
Comienzo a sospechar de tu amistad.

   Si te soy por amigo aborrecido,
Sabe que sólo un ciego entendimiento
Agraviar la amistad así ha podido.

   Yo te dejaré, en fin, con tu tormento;
Mas siento mucho el ver que tan a pecho
Tomas un tan dañoso pensamiento.

SOLISO


   Es otra la razón, otra es de hecho
La que me hace negar lo que pedías;
No creas que de ti tan mal sospecho.

   Bien sé que mi descanso pretendías;
Mas por eso la causa he de ocultarte
De los prodigios que sabor querías.

SILVANO

   No quieras, ¡oh Soliso!, así obstinarte;
Y pues mi dicha pende de tu vida,
Si corre riesgo, dame al punto parte.

SOLISO


   La siento ya del todo decaída
Al recordar aquella breve historia,
Que fue para mis males tan cumplida.

   Me vence la tristísima memoria
De la gloria que entonces me animaba.
¡Quién pudiera volar tras tanta gloria!

   Natercia, que estos montes alegraba,
Cuyo rostro a Dïana hacía fea
Y cuyo resplandor al sol cegaba;

   Aquella a quien rendirse Amor desea,
Rendido a su belleza y mansedumbre,
Y las armas le da con que pelea;

   Natercia, que en el mundo fue una lumbre
Do la belleza de mayor estado
Incendios aprendía por costumbre;

   Natercia, por quien ando acompañado
De pena tal, que de la muerte dura
Espero sólo el fin de mi cuidado;

   Al cielo se subió con la hermosura
Que era gloria del cielo y de la tierra,
Que era el mayor sujeto de ventura.

   Ya su vista no hará a las almas guerra,
Sino sólo su dura remembranza,
En quien el daño más atroz se encierra.

   Ya de verla no tengas esperanza;
Que esta vida trocó, de mal cercada,
Por otra do no tiene el bien mudanza.

   Conoce, pues, por qué esta madrugada
Has debido encontrar tan diferente
De otra cualquier de ti más ponderada.

   Decirte más no puedo, porque siente
Mi pecho en lo que digo tal tormento
Que esta memoria apenas me consiente.

   El esprito ya débil, sin aliento,
Con lo poco que llevo referido,
No puede resistir su sentimiento.

   ¡Oh mundo! ¿Cómo hay hombre tan perdido
Que crea en ti, si sólo para daño
Y para mal parece producido?

   Dejas pasar un gusto de año en año,
Porque con nuestro oprobio y con tu gloria
Más patente nos sea ese tu engaño.

   Siempre va así contigo la victoria
Dejándonos tan sólo o la esperanza,
O del bien que pasó la cruel memoria.

   ¿Quién hace de ti alguna confianza,
Sabiendo ya que quien en ti confía
Un engaño penoso al fin alcanza?

   De la belleza el nuevo y claro día
Cegaste, cuando más resplandeciente
Mil triunfos del amor nos prometía.

   ¿Cómo hay tigre tan cruel, tan inclemente
Que no muera de pena, muerte aquella
Que de toda bondad era la fuente?

   ¿Quién, si eclipsada ve vista tan bella,
Después de haber mirado su beldad,
No desea morir por ir tras ella?

   ¿Cómo no te aplacó tan tierna edad,
Cuando cortabas su hilo, Parca dura,
Que ahora al mundo llenas de orfandad?

   Dejad, dejad, pastores, la verdura,
Y las flautas dejad y los ganados,
Y llorad todos tanta desventura.

   Y vos, silvestres Faunos namorados,
También podéis llorar, pues ya perdieron
Su objeto más gentil vuestros cuidados.

   Ninfas, a quien los dioses concedieron
De estos sagrados bosques la morada,
Y en quien tamañas gracias escondieron;

   Si aquella piedad grande y celebrada
De que os preciabais, en verdad tuvisteis,
Y siempre fue de vos tan venerada;

   Si de daños ajenos os dolisteis,
Por vuestro propio mal llorad ahora;
Pues con Natercia todo el bien perdisteis.

   ¡Oh Náyades!, del agua salid fora,
Y de vos agua salga en mal tan fuerte,
Pues de verlo también el monte llora.

   ¡Oh Napeas!, llorad la triste suerte
De los tristes pastores, a quien niega
El hado, por más pena, hasta la muerte.

   ¡Oh Drías!, vos a quien amor se entrega,
Tomad todo el cuidado de este llanto,
Pues sabéis hasta do su causa llega.

   Dejad, ¡oh Amadrías!, entretanto
Las plantas que guardáis para ayudarme,
Pues deja Filomela el dulce canto.

   Y vos, ¡oh vida mía!, pues curarme
Ya no podéis, dejadme juntamente,
Porque memoria tal pueda dejarme,
Aunque muero por ella alegremente.




ArribaAbajoEl martirio de Santa Úrsula


Rasgo épico.


    De una hermosa doncella desposada,
Que de otras once mil, también hermosas,
Entró en el claro Olimpo acompañada,
Con coronas de lirios y de rosas;
De su divino esposo tan prendada
Que a todas de él las quiso hacer esposas,
Amor, vida y martirio cantar quiero,
Fiado en el favor que de ella espero.

   Alcanza, Úrsula bella (que delante
De tan bello escuadrón fuiste por guía),
De tu amado Jesús, que de ti cante
El amor suyo que en tu pecho ardía.
Mi verso en loor tuyo se levante,
¡Oh cristífera, heroica compañía!,
Demostrándose aquí tan soberano,
Cuanto el divino amor vence al humano.

   Y vos, única Madre y Virgen pura,
Pues sois de las que este orden escogieron
Y fuisteis, sois, seréis guarda segura
De las que a Dios pureza le ofrecieron,
Dadme en este cantar mejor ventura
Que las Musas gentílicas me dieron;
Vuestras siervas serán de mí servidas,
Y cantadas sus muertes y sus vidas.

   Serenísima Infanta, producida
Del gran tronco real, sublime planta;
En el nombre, en las obras y en la vida
Retrato natural de Úrsula santa;
De esta Virgen, de príncipes nacida,
Dignaos de escuchar lo que se canta;
Prestad vuestra atención a tal sujeto,
No pierda su valor por mi defeto.

   Al tiempo que Ciriaco ocupaba
La silla de San Pedro el Pescador,
Y con sana doctrina apacentaba
Las ovejas de Cristo, Buen Pastor;
Tuvo Bretaña un rey, que profesaba
La ley que le dio al mundo el Redentor:
Rey justo, rey piadoso, rey devoto,
Que unos llamaban Mauro y otros Noto.

   De virtudes ejemplo nuevo y raro,
En edad y belleza florecía
Úrsula, por quien Noto era más claro
Que por todo el poder que poseía;
Con quien no quiso ser el cielo avaro,
Con quien todas sus gracias repartía;
Instruida, prudente, honesta, hermosa,
De padre tan dichoso hija dichosa.

   La que va por los aires con presteza
Volando con mil alas que abre y cierra,
Y con una increíble ligereza
Con otros tantos pies corre por tierra:
La que habla tanto, y que jamás tropieza
En ver si en lo que dice acierta o yerra,
Y de una en otra boca se derrama;
Aquella, en fin, a quien llamamos fama,

   Iba por todo el mundo celebrando
A la doncella noble, fiel, cristiana,
Sin límite ni modo ponderado
La sin par belleza soberana:
Y aun más que la belleza iba elogiando
El alma más divina que no humana;
Pues que de ambas a dos decía tanto
Que a unos movía a amor, a otros a espanto.

   Oyendo muchas veces sus loores,
Por nunca quiso haber a esta señora
Un rey del pueblo inglés, pueblo de errores
Que era entonces gentil y es ciego ahora.
Abandona el error de tus mayores,
¡Pueblo desventurado!, que ya es hora,
Y vuelve a tu pastor, pobre ganado,
Mira que vas sin él muy mal guiado.

   Un hijo de este rey (de quien decía
Que de Úrsula ser suegro deseaba),
Movido del rumor que de ella oía,
De la doncella fiel se enamoraba;
Su corazón y su alma le ofrecía
Día y noche por ella suspiraba;
Suspiraba él por ella, ella suspira
Por otro amante a cuyo amor aspira.

   Envía el rey inglés embajadores
Con pompa regia y lustre suntüoso
(De su reino los grandes y señores)
A Noto, rey que es menos poderoso.
Pídele la hija bella (que en amores
Ardía toda del celeste esposo)
Para esposa del hijo, que sabía
Que ya de amores de ella todo ardía.

   Hállase el rey bretón en riesgo urgente,
Con la nueva embajada de Inglaterra:
Recela que sí a ella no consiente
El gentil va a moverle cruda guerra;
Porque siendo más rico y más potente,
Tanto en el ancho mar como en la tierra,
Si despreciado llega a ver su ruego,
Le arruinará el país con hierro y fuego.

   Con este no infundado pensamiento
De que puede perder su señorío,
Melancólico andaba y descontento,
Y de consuelo y de placer vacío:
Aprobar no podía el casamiento
De una fiel fiel con el gentil impío;
Pues ni su santa ley lo permitía,
Ni Úrsula fiel en ello convendría.

   Estando puesto el padre en tal apuro,
Úrsula, por los cielos inspirada,
La dice que tranquilo esté y seguro,
Y que responda luego a la embajada:
«Que si el amor del príncipe es tan puro
Que a su hija quiere ver con él casada,
Ante todo le envíe diez doncellas
Las más nobles del reino y las más bellas.

   »Que dé otras mil a cada virgen de éstas,
Y que a Úrsula otras mil también daría,
Todas de ilustre sangre y muy honestas,
Con lo cual once mil completaría:
Que retardase las nupciales fiestas
Treinta y seis meses, además quería;
Y le enviase naves, en que todas
A Roma fuesen, antes de las bodas.»

   Quería prometer virginidad
En Roma al sumo Dios, con voto eterno,
Consagrándose a aquella potestad
Que gobierna los cielos y el infierno;
Y que abnegase la gentilidad
El que quería ser de Noto yerno;
Siendo en todo este tiempo adoctrinado
En la ley de Jesús, y bautizado.

   A su padre le encarga que expresase
Aquestas condiciones claramente,
Y sin otra respuesta despachase
La embajada del rey inglés potente.
O porque ella creyó que no aceptase
Propuesta tal el príncipe impaciente,
O porque conoció que así daría
Las once mil al Dios áquien servía.

   ¡Oh providencia excelsa y soberana,
Cuán grande es tu saber, cuán elevado!
¡Cómo confundes de la mente humana
El dictamen más sabio y acertado!
El príncipe abrazó la fe cristiana,
De la hermosa doncella enamorado;
A cuanto manda la doncella él cede,
Y el rey su padre todo lo concede.

   Para ti, virgen bella, virgen blanda,
Con no vista jamás velocidad
Juntas se vían de una y otra banda
Señoras nobles y de tierna edad.
Colocar en los buques el rey manda
La flor de la pureza y castidad:
Ya hacia Bretaña marchan las doncellas;
El corazón del novio va con ellas.

   Ya van a tomar puerto do esperaba
Úrsula, alborozada en gran manera,
Que para recibirlas allí estaba,
No cual señora, mas cual compañera.
Cuán falsa era su ley les demostraba,
Y la ley de Jesús cuán verdadera:
Y se van bautizando aquellas damas,
Que damas de Jesús tú, Úrsula, llamas.

   La fama, que no sabe reposar,
Vuela de reino en reino muy ligera;
Y a ver aquel prodigio singular,
La Francia y la Alemania se acelera:
Quién va a servir y quién va a acompañar
La virgen, de rey hija y de rey nuera;
Muchos obispos marchan de Bretaña;
Pactolo hasta la muerte la acompaña.

   Gerasina la reina de Sicilia,
Por ir con tal doncella, abandonara
El trono que heredó, y con su familia
Y todas sus cuatro hijas se embarcara;
Van Victoria, Juliana, Áurea, Babilia,
Y el príncipe real también marchara:
Y bien pueden las reinas ir contigo,
Cuando el Rey de los cielos es tu amigo.

   Ya marchan las hermosas peregrinas
Con las manos al cielo levantadas;
Ya dividen las ondas cristalinas
Las naos, que de hermosura van cargadas.
¿Cuándo, decid, ¡oh aguas Neptuninas!,
Fuisteis de tal belleza navegadas?
Desde que el continente descubristeis
A flota tal jamás camino abristeis.

   Con el viento igual siempre y la mar mansa,
Va la flota derecha y sin rodeo:
A Cicla llega, y aunque no se cansa,
Allí quiere tomar algún recreo.
Pero de Úrsula el pecho no descansa;
Cuidadosa del fin de su deseo,
Las anclas manda alzar, soltar el lino,
Y dar de nuevo al mar el frágil pino.

   El viento fuerza y brío va tomando
De las doncellas que le están fiadas:
Con tal prosperidad van navegando,
Que ya os dejan atrás, aguas saladas,
Y en las dulces del Rhin están entrando,
Donde tienen sus vidas limitadas:
Allí una ciudad ven sobre la arena,
Que de verlas morir no tuvo pena.

   ¡Ah cruel Colonia! ¿cómo no te encubres
A tan hermosos ojos, que seguros
Las altas torres vían, que descubres
Con los palacios y los fuertes muros?
Con razón de vergüenza ahora te cubres,
Pues fuiste madre de los pechos duros
Que a éstos, libres de crimen, culpa o yerro,
Despedazaron con impío hierro.

   Mientras en este puerto aquella armada
Se prevenía de útil alimento
Con que seguir pudiese la jornada
Y dar tercera vez velas al viento,
Siendo la noche ya bastante entrada,
La virgen, retirada en su aposento,
Mientras dormía la cansada flota,
Decía a Cristo así, tierna y devota:

   «Amor, divino Amor, Amor süave;
Amor, que amando voy toda rendida,
Que de mi corazón tienes la llave;
Amor, de cuyo amor estoy herida;
Con quien no hay en la vida pena grave,
Sin quien gloria real no hay en la vida,
¿Cuándo veré, ¡oh Amor!, lo que deseo,
Para que vea, Amor, lo que no veo?

   »Amor, que de amor lleno y de blandura
Hinches de amor esta alma cuidadosa;
Amor, sin cuyo amor y hermosura
Bella no puede ser ninguna cosa;
Amor, con cuyo amor anda segura
Una vida tan frágil y dudosa,
¿Cuándo veré, ¡oh Amor!, lo que deseo
Para que vea, Amor, lo que no veo?

   »Amor, que por amor determinaste
El mundo restaurar errado y triste,
Y por amor del cielo acá bajaste,
Y por amor sobre la cruz subiste,
Y por amor a muerte te entregaste,
Y por amor la gloria eterna abriste,
¿Cuándo veré, ¡oh Amor!, lo que deseo,
Para que vea, Amor, lo que no veo?

   »Amor, que más y más siempre te aumentas
Y con tu ardor el corazón deshaces;
Amor, que de amor puro te sustentas,
Entre la llama donde arder me haces;
Amor, que sin amor no te contentas,
Y sólo con amor te satisfaces,
¿Cuándo veré, ¡oh Amor!, lo que deseo,
Para que vea, Amor, lo que no veo?

   »Amor, que con amor me cautivaste
(Si libre puede ser quien no cautivas);
Amor, que en tal prisión me aseguraste
Las esperanzas antes fugitivas;
Amor, que suspirando me enseñaste
A derramar por ti lágrimas vivas,
¿Cuándo veré, ¡oh Amor!, lo que deseo,
Para que vea, Amor, lo que no veo?

   »¿Cuándo llegará el día en que yo ofrezca
Al hierro cruel por ti mi pecho fuerte,
Y en tu celestial corte me aparezca
Con estas once mil, mas de tal suerte
Que cada una tu esposa ser merezca,
Padeciendo conmigo acá la muerte,
Y después del martirio, juntas todas,
Celebremos contigo eternas bodas?

   »Haced que no se frustre el ansia ardiente
Que de veros, Señor, siempre he tenido;
El ansia que a mi espíritu y mi mente
Desde la edad más tierna ha consumido.
Mientras me veo, ¡oh Dios!, de Vos ausente
Mi espíritu se halla inquieto y abatido;
Y si mucho se alarga este destierro,
Me matará mi pena antes que el hierro.

   »Mi espíritu desata cuidadoso;
Este ñudo mortal ve deshaciendo,
Antes que por tres veces presuroso
Los doce signos vaya el sol corriendo.
Yo prefijé este tiempo, ¡oh dulce esposo!,
Para ir a ese otro esposo entreteniendo,
Confiada en tu amor, y persuadida
De que pondrás fin antes a mi vida.»

   En este fervoroso y santo ruego
Úrsula suspirando aun insistía,
Cuando entre un resplandor como de fuego
Divina voz oyó que le decí:
«¡Oh doncella, que hiciste burla y juego
De cuanto aman los hombres a porfía!
Sabe que cuando aquí la vuelta dieres,
Decreto que consigas lo que quieres.»

   Esta voz celestial tanto la mueve,
Que no quiere esperar ni perder hora;
Esle muy larga ya la noche breve,
Parécele tardar mucho la aurora.
Así que el sol mostró su carro leve
De la ciudad se sale sin demora;
A Basilea llega, y allí toma
Pronto y a pie el camino para Roma.

   Ciriaco, el romano pastor santo,
La sale a recibir, y la acompaña
Con gozo espiritual y grande espanto,
Viendo en edad tan tierna fe tamaña.
No se puede decir ni pensar cuánto
Se goza la real sangre de Bretaña
Los venerables templos visitando
De aquellos cuya fe va ella imitando.

   En la noche feliz del grande día
En que a Roma las vírgenes llegaron,
Al sucesor de Pedro, en profecía,
Los ángeles de Dios manifestaron
Que él también el martirio sufriría
Donde a Úrsula y las otras degollaron:
Deja contento el gran pontificado,
Deseoso de ser martirizado.

   Por más que todo el clero lleva a mal
Que se vaya con unas extranjeras,
De inspiración movido celestial
El buen Pastor se va con las corderas.
También va un arzobispo, un cardenal:
Tú, Mauricio, también con éstos fueras:
Tres obispos, por fin, dejan sus sillas,
Movidos de tamañas maravillas.

   Después de entrar al mar de do salieron
Con tan hermoso sol tantas estrellas,
Las áncoras con fuerza alzar hicieron,
Y las velas mandaron descogellas.
Otras naves enfrente descubrieron,
Y marchando venían hacia ellas:
Luego se conocieron ambas flotas,
Que ambas de un reino son, ambas devotas,

   Venía allí el ya fiel rey de Inglaterra,
De Úrsula, virgen bella, bello esposo,
Que reinar no quería ya en la tierra,
Del cielo enamorado y cuidadoso.
De su primer amor venció la guerra
La fuerza de otro amor más poderoso,
Y amando ya en su Dios la esposa bella,
Para encontrarlo lo buscaba en ella.

   La madre bautizada trae consigo;
Que el padre, ya cristiano, falleciera,
Con lo cual evitó el feroz castigo
Que le esperaba si gentil muriera.
Amor celeste, ¿cómo aquí no digo
El sublime amor tuyo? ¡Ah, quién pudiera!
Por medio de una virgen inocente
Subir hiciste al cielo tanta gente.

   También iba en aquella compañía
Una hermana del rey, de honesto estado;
Florencia, que en belleza florecía,
Como flor en jardín bien cultivado.
El obispo Marcelo allí venía,
Con otro que Clemente era llamado:
En la Grecia su silla hubo el primero,
Se ignora do se halló la del postrero.

   Una doncella viuda allí venía,
Que, siendo desposada en edad tierna,
A su esposo perdió, y a Dios había
Prometido guardar pureza eterna;
Del mismo rey sobrina se decía.
Su madre, en la ciudad donde gobierna
Ahora el Musulmán con furia brava,
De emperatriz a la sazón se hallaba.

   Éstos que, según cuenta varia historia,
Dejaron por Dios solo sus Estados,
Y aun otros de quien hay menos memoria
Divinamente fueron avisados,
Que para subir juntos a la gloria
A las vírgenes fuesen asociados,
Con las cuales martirio sufrirían,
Y en el cielo por siempre reinarían.

   Sería extraño el gozo que sintieron
Aquellas bien nacidas almas santas
Cuando juntas allí todas se vieron,
De partes tan remotas y de tantas.
Sin los estorbos que antes lo impidieron,
Las dos, más que las otras, bellas plantas,
Allí se dan abrazos muy estrechos,
Como que están conformes ya sus pechos.

   El rey haría allí su acatamiento
A quien Dios de su Iglesia dio el gobierno;
Y éste, conforme a su merecimiento,
Respondería con amor paterno.
No faltaría en tal recibimiento
Ni el placer exterior ni el gozo interno;
Pues aunque eran diversos sus Estados,
De un mismo Dios estaban animados.

   A las naves el viento no movía,
El frío Rhin también estaba quedo,
Moverse hacia Colonia no quería,
Como si de ir allá tuviera miedo;
Pues parece que claro conocía,
¡Oh coro virginal sereno y ledo!,
Que te esperaba allí la impía muerte.
Ahora, ¡oh Musa!, cuenta de qué suerte.

   El que tomó la forma de serpiente
Porque Adán y Eva fuesen engañados,
Viendo que tantos pueblos, tanta gente,
La fe abrazaban y eran bautizados,
En el pecho se entró mañosamente
De dos gentiles, príncipes malvados
De la romana infiel caballería,
Contrarios a la fe que se extendía.

   Avísales la fama con certeza
Que a Colonia la virgen la vuelta daba,
Con la cristiana juvenil belleza
Que por amor de Dios peregrinaba.
Ellos dan la noticia con presteza
A un pariente que Julio se llamaba,
Jefe duro y feroz de los guerreros
Que fueron para todas carniceros.

   Acude en poco rato un gran gentío,
Que traía el idólatra a su mando,
Y ocupa las dos márgenes del río
Por do iban las doncellas navegando;
Ya divisan aquél, ya este navío,
Los que estaban en alto atalayando:
Las armas veloz toma el pueblo ciego,
Para teñirlas en su sangre luego.

   Yendo a surgir la flota junto al muro
Donde le parecía estar segura
(¡Oh vírgenes! ¿buscáis lugar seguro
Donde se os preparó la sepultura?),
Entra con mano armada el pueblo duro,
Ataca con furor tanta hermosura,
Ensangrentando sus aceros fuertes,
Convirtiéndolo todo en sangre y muertes.

   Desnudo las doncellas ofrecían
El delicado cuello, el tierno pecho,
Era para caber cuantas caían
Aquella vasta arena campo estrecho
Los arroyos de sangre que corrían,
Un segundo mar Rojo habían hecho.
Sola, ¡oh Córdaula!, tú la muerte huíste,
Mas después la buscaste y recibiste.

   Ciriaco el primero, muy constante
La vida ofrece al hierro sin espanto;
El joven rey inglés cayó, delante
De aquellos castos ojos que amó tanto.
Espera, ¡oh tierno esposo!, un breve instante
A Úrsula espera, espérala entretanto
Que otro amor otro golpe le prepara,
Y entraréis juntos en la patria cara.

   Crueles, ¿en qué país, en qué ciudad,
Entre qué gentes fieras desalmadas
No se ha usado de amor y de piedad
Con doncellas hermosas desarmadas?
¿Cómo belleza tanta y tal edad
Os dejó manejar esas espadas?
¡Ah lobos carniceros, tigres bravos,
Hijos de la crueldad, de la ira esclavos!

   Entre cuanto animal cría la tierra,
Fiereza tal jamás se ha visto usada;
Pues aunque unos a otros se hagan guerra,
No es la hembra del macho lastimada;
En paz va el ciervo y la cierva por la sierra,
Del toro es la becerra resguardada,
El león a la leona la defiende,
¿Y el hombre a la mujer daña y ofende?

   ¿Pudieran otros ojos, por ventura,
De lágrimas divinas excusarse,
Viendo cubierta ya de niebla obscura
La luz de tantos bellos apagarse?
¿Viendo la rosa y la azucena pura,
En tan hermosos rostros marchitarse?
¿Viendo las trenzas de oro ensangrentadas
Y por aquellos bárbaros pisadas?

   Cuando el feroz tirano se encontraba
En medio de este horror, alzó la vista
A la invencible virgen, que animaba
Al virgíneo escuadrón a que resista;
Y aun así, envuelta en sangre como andaba,
Al tirano feroz rinde y conquista;
Y entre tanta crueldad, tantos furores,
Determinó vencerla por amores.

   Fingiendo que le pesa lo pasado
(Y aun de fingirlo así se arrepentía),
Ofrécele su vida, reino, estado,
Sin ver que estado y vida allí perdía.
El corazón le pide confiado,
El corazón que en Dios puesto tenía,
El corazón que suyo ya no era,
Porque al sumo Hacedor ya lo volviera.

   Usa de mil lisonjas, mil engaños,
Por conseguir aquel deseo bruto.
«Logra la flor-decía-de tus años;
Coge de esa belleza el dulce fruto;
No des materia nueva a nuevos daños;
No pagues a la muerte su tributo;
Mira que yo te ofrezco generoso
Otro reino, y doncellas, y otro esposo.

   »¿Para qué te formó naturaleza,
Si de querer no das ni aun esperanza?
¿Qué se podrá alcanzar de esa belleza,
Si el que la adora ni aun piedad alcanza?
Deja al león y al tigre la fiereza,
Y a mis soldados deja la venganza;
Pues si por verme cruel ser cruda quieres,
Harto te vengas cuando así me hieres.

   »Vuelve esos ojos ya con más blandura,
Esos ojos de amor dulce morada;
No hagan ellos en mí con su hermosura
Lo que ha hecho en esas vírgenes mi espada.
Si quieres acabar con mi ventura,
Que de tus ojos veo estar colgada,
Acabaré de ver cuán poca tengo,
Pues donde a matar vine a morir vengo.

   »¿Cómo de mi rogar no te aprovechas,
Cuando el riesgo a rogarme a ti te obliga?
O no conoces bien a quien desechas,
O me desechas porque más te siga.
¿En qué piensas, señora, qué sospechas?
Más propio era llamarte mi enemiga;
Mas no consiente amor nombre tan duro,
En parecer tan blando y tan seguro.

   »Los rayos de esos ojos ya serenos
Enjuguen de ese rostro al fin las rosas;
El triste suspirar suene ya menos,
En estas playas para mí dichosas:
Da paz a mis sentidos, de amor llenos;
Pues no sufre esperanzas vagarosas
El que está acostumbrado en sus amores
A medir por su gusto sus favores.

»¿Qué gusto has de encontrar en maltratarme,
Si estoy de lo pasado arrepentido?
Ve que es más lo que ganas en ganarme
Que lo que en estas muertes has perdido.
Si quieres insistir en despreciarme,
Me verás sobre amante, enfurecido.
No me declaro más, porque no quiero
Que haga el temor lo que de amor espero.»

   ¡Ah pérfido amador, sal de ese yerro!
¿No ves cuán engañado y cuán ciego andas?
Aquella a quien no vence el duro hierro,
¿Cómo la han de vencer palabras blandas?
Saca esa alma por fin de este destierro,
Con esas otras, que a su Esposo mandas;
No la detengas más en tus amores,
Si doblarle no quieres sus dolores.

   Cuando el cruel conoció que cuanto oía
La virgen lo tomaba por afrenta;
Que cuanto él en amor más se encendía,
De él hacía la virgen menos cuenta,
Toma el arco feroz que usar solía,
Y una flecha mortal en él asienta;
Y el pecho le pasó de banda a banda.
Así el alma entregó la virgen blanda.

   Márchate, alma gentil, de esta bajeza;
Las alas abre ya, la luz derrama;
Vuela con desusada ligereza
Adonde el sumo Bien te espera y llama:
Que en este mundo la mayor alteza
No hace más que engañar al que más la ama,
Y allá de ese su amor tan suspirado
El fruto cogerás tan deseado.

   ¡Vete en paz, alma pura, santa y bella!
Más bella aún que la sangre que vertiste;
Al cielo ve a gozar la gloria aquella
De que con muerte tal digna te hiciste;
Coronada de gloria vive en ella,
Al lado de Jesús, a quien le diste,
Con tantas y tan bien nacidas almas
Hermosura del cielo, once mil palmas.




ArribaAbajoCanción I


- 11 -


    Ven acá, fiel papel, fiel secretario
De las penas que siempre estoy sufriendo,
Papel a quien mis quejas siempre entrego.
La sinrazón digamos que está haciendo
Conmigo el inflexible y el contrario
Destino, sordo a lágrimas y ruego.
Lancemos algo de agua en tanto fuego;
Enciéndase con gritos un tormento
Que a todas las memorias sea extraño.
Digamos mal tamaño
A Dios, al mundo, a tierra, a mar y viento,
A quien ya muchas veces lo conté,
Y en vano siempre, como lo haré ahora.
Mas ya que para errores he nacido,
Uno será éste de los que he sufrido.
Y puesto que en mi suerte no hay mejora,
No me culpen también si en esto erré;
Pues siquiera el consuelo encontraré
De hablar y errar, de culpa estando exento.
¡Triste el que con tan poco está contento!

   He conocido ya que con quejarme
Remedio no he de hallar; pero quien pena
Por fuerza ha de gritar si el mal es grande,
Gritaré; que aunque clame a boca llena,
Como deseo no podré explicarme,
Ni tanto gritaré que el mal se ablande.
Mas tal ver podrá ser que fuera mande
Lágrimas y suspiros infinitos,
Iguales al dolor que en mi alma mora.
Mas ¿cómo podré ahora
Medir mi mal con lágrimas y gritos?
Diré por fin aquello a que me inclinan
La ira y pena, y su dura remembranza,
Que por sí es un dolor bien duro y firme.
¡Llegad, desesperados, para oírme!
Húyanme los que viven de esperanza,
Y los que poseerla se imaginan;
Porque amor y fortuna determinan
Dejarles facultad para que entiendan
Mi dolor, a medida del que tengan.

   Cuando de la materna sepultura
Salí al mundo, los astros ordenaran
Que viviese no libre, mas forzado,
Y del libre albedrío me privaran.
Mil veces conocí en mi desventura
Lo mejor, y seguí lo peor forzado;
Y para que el tormento conformado
Me diesen con la edad, llegaba apenas
A abrir los tiernos ojos blandamente,
Mandaron prontamente
Al ciego dios me diese crudas penas.
Las lágrimas de niño ya salían
De mí con ansiedad de enamorado;
Los ayes que en la cuna se me oían
Suspiros de un amante parecían.
Con la edad y hado estaba concertado;
Porque cuando en la cuna me arrullaban,
Si de amor tristes versos me cantaban,
Hacíame dormir naturaleza,
Conformándose así con la tristeza.

   Dióme el pecho una fiera, pues el hado
Una mujer no quiso que tuviese
Para nodriza yo; porque quería
Así criarme para que bebiese
El veneno amoroso, que sin tino
En edad más adulta bebería
Y por costumbre no me mataría.
Luego la imagen vi y la semejanza
De aquella humana fiera tan hermosa,
Tan suave y venenosa,
Que al pecho me crió de la esperanza;
De quien ya después vi el original,
Que de todos los grandes desatinos
Hace la culpa altiva y soberana.
Parece que tenía forma humana,
Mas centelleaba espíritus divinos:
Tal era su presencia y su aire tal,
Que se vanagloriaba todo el mal
Al verla, y excedía su viveza
A cuanto pudo hacer naturaleza.

   ¿Ha tenido el amor algún tormento
Que no haya sido en mí, no solamente
Probado, mas del todo ejecutado?
Implacables durezas que al ferviente
Deseo, que da fuerza al pensamiento,
Mudaban del propósito tomado,
Dejándolo corrido e injuriado.
Sombras vanas, fantásticas, nacidas
De algunas temerarias esperanzas;
Y bienaventuranzas
También pintadas y también fingidas;
Pues al ver el desprecio recibido,
Que deshacía cuanto yo intentaba,
Mi insano error quedaba descubierto.
Luego el adivinar, y haber por cierto
Todo lo que mi mente se forjaba,
Y luego desdecirme de corrido;
Dar a cuanto veía otro sentido,
Y para todo, en fin, buscar razones;
Mas eran muchas más las sinrazones.

   Sus rayos no sé cómo arrebatando
Me estaban las entrañas, que se huían
Hacia ella por los ojos sutilmente,
Y que al fin invencibles me salían,
Bien como de lienzo húmedo exhalando
Está el sutil humor el sol ardiente.
En fin el rostro puro y transparente,
Para quien queda bajo y sin valía
Este nombre de bello, puro, hermoso;
El movimiento blando y amoroso
De sus ojos, que el alma suspendía,
Fueron las hierbas mágicas que el cielo
Me hizo beber, y que por largos años
Me tuvieron del todo transformado.
Y tan contento en verme así trocado,
Que engañaba a mi pena con engaños;
Y ante los ojos me ponía el velo
Que me ocultaba el mal que me crecía,
Como quien con halagos se criaba
De aquella para quien crecido estaba.

   Pues ¿quién podrá pintar la vida ausente,
Y aquel descontentarme cuanto vía,
Y aquel estar tan lejos de do estaba;
El hablar sin saber lo que decía;
Andar sin ver por dónde; y juntamente
Suspirar sin saber que suspiraba;
Y la pena y tormento que me daba
Aquel dolor, que del Cocito impuro
Salió al mundo, que más que todo duele,
Y tantas veces suele
Volver en blanda pena el furor duro?
¿Y hora furioso y con la pena airado,
Querer y no querer dejar de amar;
Y volver a otra parte por venganza,
El deseo privado de esperanza
Que tan mal se podía ya mudar?
Y ¿hora las aflicciones del pasado
Tormento puro dulce y lastimado,
Que hacían convertir estos furores
En afligidas lágrimas de amores?

   ¿Cuántas disculpas entre mí buscaba,
Cuando mi suave amor no me sufría
Culpa en la cosa amada y tan amada?
Eran, en fin, remedios que fingía
El miedo del rigor, que le enseñaba
A mi vida a pasar así engañada.
Casi toda ella en esto fue pasada;
Y si acaso hallé en ella algún contento
Breve, imperfecto, tímido, indecente,
No fue más que simiente
De un cumplido amarguísimo tormento.
Este continuo curso de tristeza,
Estos pasos en vano por mí dados,
Apagaron la llama activa, ardiente
Que a mi pecho abrasó incesantemente,
Con aquellos deseos namorados
Con que a mí me crió naturaleza:
Que el hábito después de la aspereza,
Contra quien fuerza humana no resiste,
En gusto convirtió de vivir triste.

   Así la vida en otra fui trocando,
Yo no, mas el destino fiero airado,
Pues yo, aun viviendo así, no la trocara;
Me hizo dejar el patrio nido amado,
Y pasé el ancho mar, que amenazando
Estuvo veces mil mi vida cara.
Hora de Marte vi la furia rara,
Que quiso que en mis ojos viese luego
Y tocara su fruto acerbo y crudo,
Dejando en este escudo
Visible la pintura del cruel fuego.
Hora perdido, peregrino, errante,
Viendo en el cielo y tierra calidades,
Costumbres y lenguajes diferentes;
Sólo por ir con pasos diligentes,
¡Fortuna!, en pos de ti, que a las edades
Las consumes, llevándoles delante
Una esperanza hermosa cual diamante,
Mas que al tocarla a polvo se reduce;
¡Que es frágil vidrio lo que tanto luce!

   La compasión humana me faltaba:
A mis amigos contra mí los vía
En el primer peligro; en el segundo
De tierra do pisase carecía,
Aire para vivir se me negaba,
Y, en fin, ya me faltaba el tiempo y mundo.
¡Qué secreto tan arduo y tan profundo,
Nacer para la vida, y en seguida
Faltarme cuanto sirve a sostenerla,
Y no poder perderla
Estando tantas veces ya perdida!
No hubo jamás ni trance de fortuna,
Ni peligros, ni casos ominosos
(Injusticias de aquellos que el confuso
Regimiento, del mundo antiguo abuso,
Hace sobre otros hombres poderosos)
Que no pasase atado a la coluna
Del continuo sufrir, que la importuna
Continuación de males, en pedazos
Mil veces puso a fuerza de sus brazos.

   No cuento tantos males cual los cuenta
El que se vio en borrasca procelosa,
Y en el puerto después la cuenta ledo:
Que aun ahora la suerte rigorosa
Me compele a trabajos tan extraños,
Que de dar sólo un paso tengo miedo.
Ya del mal que me espera no me arredro,
Ni el bien que me hace falta haber pretendo,
Puesto que no me sirven maña o ciencia;
Pues de la Providencia
Divina y soberana sólo pendo.
Esto es lo que me anima; en ello tomo
Algún consuelo para tales daños.
Mas cuando la flaqueza humana lanza
Los ojos a su vida, y ve que alcanza
La memoria no más que aquellos años,
La agua que entonces bebo, el pan que como,
Lágrimas tristes son que nunca domo,
Ocupado en llenar mi fantasía
Con pinturas fingidas de alegría.

   Y si posible fuera que tornase
Atrás el tiempo como la memoria,
Por los vestigios de mi tierna edad;
Y tejiendo otra vez la antigua historia
De mis dulces errores, me llevase
Por las flores que vi en la mocedad,
Mayor tal vez sería mi contento,
La conversación viendo alegre y suave,
Donde estuvo la llave
De mi entonces felice pensamiento,
Los campos, los paseos, el gracioso
Rostro que era modelo de hermosura,
La gracia, mansedumbre, cortesía,
Y la amistad ingenua, que desvía
Toda afición terrena, baja, impura,
¡Como que es la más bella y la más pura!
Pero, ¡oh vana memoria!, ¿a do el medroso
Corazón me arrebatas, si en mi mano
No está el domar aqueste afecto vano?

   No más canción, no más; pues iré hablando
Sin sentirlo mil años; y si acaso
Te culparen de larga y de pesada,
Dirás que ser no puede limitada
La agua del mar en tan pequeño vaso.
Ni yo delicadezas voy cantando
Por gusto del loor, sino explicando
Verdades puras y por mí pasadas.
¡Ojalá fueran fábulas soñadas!




ArribaAbajoCanción II


- 8 -


    Mándame Amor que cante dulcemente
Lo que jamás en verso fue cantado,
Ni hasta ahora en el mundo ha sucedido.
Así me paga en parte mi cuidado;
Pues quiere que me alabe, y represente
Cuán bien supe en el mundo ser perdido.
Soy parte, y no seré tal vez creído;
Mas es tamaño el gusto de alabarme,
Y de manifestarme
Por cautivo de un rostro tan hermoso,
Que no hay impedimento
Que resista a la gloria de un tormento
Tan peregrino, suave y deleitoso:
Bien sé que lo que canto
Ha de hallar menos crédito que espanto.

   Vivía yo del ciego amor exento,
Pero tan inclinado a vivir preso
Que aborrecía ya la libertad.
Sentíame abrasado con exceso
Del deseo de un dulce pensamiento
Que ilustrase mi insana mocedad.
Era del año la primera edad,
La revestida tierra se alegraba,
Cuando Amor me mostraba
Las trenzas de hilos de oro, desatadas
Al dulce viento estivo,
Los ojos que arrojaban fuego vivo,
Las rosas entre nieve bien sembradas,
El rostro grave y ledo
Que a un tiempo mueve mi deseo y miedo.

   Un no sé qué suave respirando
Causaba un desusado y nuevo espanto,
Que hasta los insensibles lo sentían;
Pues las gárrulas aves entretanto
Voces desordenadas levantando,
Como yo en mi deseo se encendían.
Las fuentes cristalinas no corrían,
En su vista inflamadas bella y pura;
Flor daba la verdura
Que su dichoso pie al andar tocaba;
Las ramas se bajaban,
O envidiando a las hierbas que pisaban,
O porque todo ante ellas se humillaba;
El aire, el viento, el día,
De espíritus continuos influía.

   Yo, cuando vi que daba entendimiento
A cuanto la rodeaba, imaginé
Que algún milagro en mí produciría;
Mas sucedió al contrario, pues noté
Que me privó de todo sentimiento,
Y en otra transformó la vida mía.
Con tamaño poder de amor venía,
Que todos los sentidos me embargaba;
Y no sé cómo daba,
Contra el orden y curso de natura,
A los prados y riscos eminentes,
A los ríos y fuentes,
Poder de conocer su vista pura.
Sólo yo fui mudado
Casi en un rudo tronco, de admirado.

   Después de haber perdido el sentimiento
De humano, un solo anhelo me quedaba,
A do mi razón toda se volvía:
En mi pecho no sé quién me afirmaba
Que por tan alto y dulce pensamiento
Con razón la razón se me perdía;
Pues cuando más perdida la veía,
En su pérdida misma se ganaba.
En dulce paz estaba
Con su mayor contrario en un sujeto.
¡Oh caso extraño y nuevo!
Por alta y grande ciertamente apruebo
La causa de do nace tal efeto,
Que hace en un corazón
Que un deseo sin ser sea razón.

   Después que me entregué ya a mi deseo,
O en él estuve casi convertido,
Solitario, silvestre e inhumano,
Tan contento quedé de ser perdido,
Que me parece todo cuanto veo
Excusado, si no es mi propio daño.
Bebiendo aqueste suave y dulce engaño
A trueque del sentido que perdía,
Vi que amor me esculpía
En la alma la figura ilustre y bella,
El juicio, gravedad,
La mansedumbre, gracia, honestidad:
Y porque no cabía dentro de ella
De tales bienes tanto,
Salía por la boca envuelto en canto.

   Canción, si no creyeren
Cuanto del rostro hermoso y claro dices,
Responden que aunque sean muy felices
Los sentidos humanos,
Jueces no pueden ser de los divinos;
Y que, para juzgar de tal portento,
Debe suplir la fe al entendimiento.




ArribaAbajoCanción III


- 17 -


    Pasaba yo mi vida alegremente
Teniendo libres mi alma y pensamiento,
Sin recelos de amor ni de ventura;
Mas este bien duró sólo un momento,
Y ahora a mi costa veo claramente
Que todo bien criado poco dura.
Pues al tiempo que estaba más segura
De amor y su cuidado,
Por verme en un estado
Do no creí que amor tuviera parte,
Sin saber de cuál arte,
A Amor me hallé entregada de tal suerte,
Que ya sólo en la muerte
Mi esperanza se puede ver cumplida.
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!

   ¡Cuántas veces aquí yo triste oía
A mi Felicio y a otros mil pastores,
Quejarse con pasión de mi crueldad!
Mas yo, cual áspid, todos sus clamores
Con gran desprecio y altivez oía,
Juzgando que era pura vanidad.
Ahora en pago, yo en mi libertad,
Voluntad y deseo,
Abandonadas veo
A quien por más que clame no responde;
Pues veo que se esconde
Debajo de esta tierra el que yo llamo,
Que es aquel a quien amo,
Aquel a quien ahora estoy rendida.
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!

   ¿Qué gloria, Amor crüel, con mi tormento,
Qué loor a tu nombre acrecentaste?
¿Qué te ha movido a usar esa fiereza
Con que mi alma rendiste y sujetaste
A un mal al cual no basta el sufrimiento?
Si natural, ¡oh Amor!, te es la crueza,
Bastaba usar conmigo la aspereza
Que empleas comúnmente;
Mas como solamente
Con verme agonizando te contentas,
Cuando más me atormentas
Es cuando más deseas angustiarme,
Y no quieres matarme
Porque este mal de mí no se despida.
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!

   ¿Qué cosa podré ver que alegre sea?
¿A quién acudiré que me responda?
¿Quién podrá remediar mi mal presente?
No hay bien que de mi vista no se esconda,
Ni veo un bien que para mí lo sea,
Pues quien lo fue del mundo está ya ausente.
Ninguna mujer vi que tan cruelmente
El amor maltratase,
Que al cabo no esperase
Hallar remedio a su dolor viviendo.
Yo sola estoy sufriendo
Un mal tan grave y tan desesperado.
Que es tanto más pesado
Cuanto con él la vida es más cumplida.
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!

   Arboleda sombría,
Cristalinas corrientes, verde prado,
Donde tuve yo libre el pensamiento;
Frescas flores, y vos, manso ganado,
Que en otro tiempo visteis mi alegría,
No me dejéis ahora en mi tormento.
Si os mueve de mi mal el sentimiento,
Dadme para él ayuda,
Pues mi lengua está muda,
Y el aliento me va desamparando.
Mas ¿cuándo, ¡ay triste!, cuándo
Un día u hora habrá que me contente
Mirándote presente,
Pastor mío, y a ti viéndome unida?
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!

   Mas no sé si es sobrado atrevimiento
Quererse unir contigo esta alma mía,
Pues de ella fuiste ya tan despreciado.
Amor me librará de esta porfía,
Y después que allí vieres mi tormento.
Creo que te tendrás por bien vengado.
Y si aun durase en ti el amor pasado
Y aquella fe tan pura,
Estoy, estoy segura
De que has de recibirme blandamente.
Aprenda en mí la gente
Que Amor castiga la altivez injusta,
Y da la pena justa
Al alma que le es poco agradecida.
¡Ah, con qué lentitud pasa esta vida!