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ArribaAbajoÉgloga II

 

Frondoso, Duriano.

 

POETA


    Cantando por un valle dulcemente
Andaban dos pastores desgraciados,
Cuando Febo en las aguas se escondía:
Ambos eran mancebos, y angustiados
Ambos estaban lastimosamente,
Según lo que su rostro descubría.
Pero lo que decía
Cada cual lamentándose de su hado,
No soy yo tan osado
Que me atreva a cantar sin vuestra ayuda;
Pues si mi flauta ruda
De favor tan excelso fuero dina,
Podré excusar la fuente Caballina.

   En vos tengo helicón, tengo Pegaso;
En vos tengo Calíope y Talía,
Y las otras hermanas del dios Marte;
En vos pierde Minerva su valía;
En vos está la fuente del Parnaso;
En vos de las Piérides el arte.
Si una pequeña parte,
Señora, me cedéis de vuestra gracia,
Haréis que mi eficacia
Eclipse al mismo sol resplandeciente;
Y que toda la gente,
Al ver en mí vuestro poder se espante,
Y vuestras alabanzas siempre cante.

   Podéis hacer que crezca de hora en hora
El nombre Lusitano, y que se admire
Smirna que con Homero se ennoblece.
Podéis hacer también que el mundo mire
En mi albogue sonar lo que sonora
Trompa, cual la Mantuana, se merece.
Ahora me parece
Que pueden comenzar ya mis pastores
A tratar sus amores;
Pues aunque ante sus ojos no tenían
A las que ver querían,
La mudanza del sitio o del estado
No aparta a un corazón de su cuidado.

   De los montes dejaba ya la altura
Y en las saladas ondas se escondía
El sol, cuando Frondoso y Duriaño,
A orillas de un arroyo, que corría
Entre la fresca y húmeda verdura
Claro, tranquilo y manso todo el año;
Lamentando su daño,
Venían recogiendo su ganado.
Estaba uno callado
Mientras el otro un poco se quejaba;
Y después empezaba
A decir de su mal lo que sentía;
Y mientras uno hablaba el otro oía.

   Quejábanse a las peñas inclementes,
A los silvestres montes y aspereza,
Que de sus males casi se dolían.
Las piedras ablandaban su dureza,
Los ríos suspendían sus corrientes
Y atentos a sus quejas parecían.
Sólo las que podían
Curar el grave mal que ellas causaban,
El oído negaban,
Por quitarles del todo la esperanza.
Mas ellos, que mudanza
Con tantos males en su amor no hacían,
Como hablando con ellas les decían.

FRONDOSO

   ¿Esto merece aquella fe sincera
Con que siempre, Belisa, te he amado,
Sin dejarte jamás solo un momento?
¿Cómo, Belisa cruel, se te ha olvidado
Un mal, cuya esperanza postrimera
Había sólo en ti puesto su asiento?
¿No vías mi tormento?
¿No vías tú la fe con que te amaba?
¿Por qué no te ablandaba
Este amor que tan mal recompensaste?
Mas, pues ya me dejaste,
Y toda mi esperanza está perdida,
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Si los tormentos que por ti he sufrido,
¡Oh Silvana, en mis males tan constante!
Quisieses que algún día te dijera,
Por más que cual diamante
Tu cruel pecho estuviera endurecido,
A piedad se moviera.
Se ablandan como cera
Las peñas al oír los ayes míos;
Quedos están los ríos,
Que escuchan mis suspiros y mis quejas.
Tú sola, ¡cruel!, me dejas,
Más que los montes y las peñas dura,
Y fugitiva más que el agua pura.

FRONDOSO

   ¿Dónde está el habla aquella que solía
Cuando su dulce acento a mí llegaba,
Avivar mis espíritus cansados?
¿Dónde está el mirar blando que cegaba
Al sol resplandeciente al mediodía?
¿Dónde están los cabellos delicados
Que al viento derramados,
Brillaban más que el oro, y me mataban,
Y en cuantos los miraban
También causaban nuevos accidentes?
¿Por qué, ¡oh cruel!, consientes
Que goce otro la gloria a mí debida?
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Ningún bien veo que a mi mal espere;
Si ya no espero que la muerte dura
Venga por fin a darme tu crueldad.
Si veo que me falta tu hermosura,
Dice la voluntad que desespere,
Impugna la razón la voluntad,
Y diz que una beldad
Do tanto se esmeró naturaleza,
No tiene tal crueza
Que un tan constante amor despreciar quiera,
Y una fe tan sincera.
Mas tú, que de razón nunca cuidaste,
Por quitarme la vida me olvidaste.

FRONDOSO

   ¿A quién, Belisa ingrata, te entregaste?
¡Crüel! ¿a quién le diste la hermosura,
Que sólo a mi tormento se debía?
¿Por qué tan sin respeto me trocaste
Por quien ni sólo verte merecía?
El bien que te quería,
Y perderé tan sólo por la muerte,
¿No es, di, de mayor suerte
Que cuanto el mundo ciego ama y adora?
Sola tú, cruel pastora,
Fuiste contra mí en esto endurecida.
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Te llevaste mi bien en un momento;
Con él te me llevaste juntamente
De poseerlo otra vez la confianza;
Y por él me dejaste solamente
Un continuo dolor, un gran tormento.
Tú, que eras la esperanza,
¡Oh cruel!, de todo el mal que en mí causaste,
Del todo te mudaste.
Con Amor conjurada en darme muerte.
Con todo, si mi suerte
Consiente que por ti sea causada,
Muerte no habrá jamás tan deseada.

FRONDOSO

   No te parió ninguna piedra dura,
Ni te engendró ninguna tigre Hircana,
Ni te educó del monte la espesura.
¿Con quién eres, ¡oh cruel!, tan inhumana?
Se formó sobre el cielo tu hermosura,
Do es la amabilidad naturaleza;
Y así esa tu dureza
¿Dónde se principió, do la tornaste?
¿Por qué así desechaste
El verdadero amor que conocías,
Y la fe que veías,
Por otra de ti nunca conocida?
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   En pos de su pastor marcha el ganado
Porque de amor entiende aquella parte
Que alcanza su natural cruel, ferina.
El rústico león, sin ningún arte,
De instinto natural sólo enseñado,
A do siente el amor allí se inclina.
Y tú, que en lo divina
A Citerea igualas y a Cupido,
¿Por qué, siquiera con piadoso oído,
Un amor verdadero no socorres?
O ¿por qué no te corres
De que el león te venza en la piedad,
Si Venus no te vence en la beldad?

FRONDOSO

   Tampoco a mí el destino me ha negado
Lo que aprecian los dioses, que formaran
Esa tu sobrehumana hermosura.
Mas para mí aun los cielos se mudaran;
Para mí la natura se ha trocado,
Y me es cruel una hermosa criatura.
Mas ya que (¡oh ninfa dura
Que desde el alto cielo a nos viniste!)
En el tu pecho hiciste
Que tal contrariedad pueda juntarse,
Ya no es extraño hallarse
Tamaña fe tan mal agradecida.
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Por ti la noche obscura me contenta:
Por ti la luz del día me aborrece;
Abrojos me son ya las frescas flores;
La dulce filomela me entristece;
Todo placer o gozo me atormenta,
Con la contemplación de tus amores.
Las fiestas de pastores
Que pueden alegrar cualquier tristeza,
Hacen, por su crudeza,
Que se vaya mi mal siempre aumentando.
Pues, ¡oh cruel!, ¿hasta cuándo
Quieres que dure tu aborrecimiento,
Y mi vida que sufre tal tormento?

FRONDOSO

   Huiste de un amor tan conocido,
Huiste de una fe tan clara y firme,
Y sigues a quien nunca conociste,
No por huir de amor, mas por huirme.
Bien vías que tenía merecido
El amor que tú a otro concediste.
Mas a mí no me hiciste
Ninguna sinrazón, pues no merezco
La dicha que apetezco;
Hicístesela al bien firme, sincero,
Que sabes que te quiero,
Quitándole la gloria merecida.
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Cada hora crece más en mí el cuidado,
Y veo que el olvido juntamente
En ti toma cada hora nuevo aumento.
¡Oh Silvana crüel! ¿por qué consiente
Tu pecho femenil y delicado
Olvidarse de mi áspero tormento?
Del aborrecimiento
Lo merecería un áspero enemigo;
No yo, que si contigo
Por mi fortuna alguna vez me veo,
Ya nada más deseo.
Tú eres el solo bien, la sola gloria
Que nunca se me va de la memoria.

FRONDOSO

   Ojos que ver lograron tu hermosura,
Vida que viéndote se sostenía,
Voluntad que en ti estaba transformada,
Ánima que la tuya en sí tenía
Tan unida a su ser cuanto la pura
Ánima al cuerpo flaco está ligada,
Y ahora separada
Te ve de sí con tal apartamiento,
¿Qué mal y qué tormento
Ha de sufrir al contemplarse ausente?
Es menos lo que siente
El triste cuerpo en la última partida.
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Otro tiempo, cuidando mi ganado,
O cantando por estos romerales,
Pasaba yo la vida alegremente:
No sentía el tormento de estos males,
No sentía el dolor de este cuidado,
Porque tú de mi dicha eras la, fuente.
Hora no solamente
De aquella suave vida me apartaste.
Mas otra me dejaste
Que al duro mal que el pecho me ha oprimido
Me tiene tan rendido,
Que tengo ya por gloria aquesta pena,
Y por natura el mal que me condena.

FRONDOSO

   Juntamente vivir cumplidos años
Te concedan los hados, que quisieron
Reunirte con tal contentamiento,
Ya que los bienes para ti nacieron,
Y para mí los males y los daños.
Logra, pues, tú tu bien, yo mi tormento.
Ningún apartamiento,
¡Oh Belisa!, me hará dejar de amarte;
Porque en ninguna parte
Podrás estar sin mí sólo una hora.
Y así consiente ahora
Que en pago de esta fe tan conocida,
Quien tanto bien perdió, pierda la vida.

DURIANO

   Amar te vea yo a quien te desame,
Porque sepas qué cosa es ser amada
De quien tratas con odio y aspereza.
Véate yo también ser despreciada
De aquel que más deseas tú que te ame,
Porque en ti experimentes tu crueza,
Y sientas tu dureza
Y cuánto aflige su crüel efeto
Al infeliz que a Amor está sujeto;
Pues sintiendo tú el mal que siento ahora,
Espero que algún hora
Te haga tu propio mal de mí acordarte,
Ya que el mío jamás pudo ablandarte.

FRONDOSO

   Mil años de tormento me parece
Cada hora, si mi mente considera
Que ya no he de volver jamás a verte.
Ta memoria es la que hace que no muera.
La vida sobre todo me entristece;
La vida antes perdiera que perderte.
Mas si yo, por quererte
Un bien que sólo en ti tiene su asiento,
Padezco tal tormento,
¿Qué deberá esperar quien te desama,
O por lo menos te ama
Con algún falso amor y fe fingida?
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   ¡Oh cruel, mira entretanto si merece,
Con tamaño desprecio ser tratada
Una alma que te amó con tal terneza!
Mas ¿cómo puedes ser tan despiadada,
Si la gracia menor que en ti aparece
Puede ablandar de un monte la aspereza?
Y si naturaleza
En ti el extremo puso de hermosura,
¿Qué piedra habrá tan dura
Que resista a tu rostro soberano?
¿Y qué hará el pecho humano,
Que a la mortal belleza siempre cede,
Si a la de Venus tu hermosura excede?

FRONDOSO

   Y pues fe verdadera, amor perfecto,
Tormento continuado y vida triste,
Juntos con un continuo sufrimiento,
Y aquel mal en quien todo el mal consiste,
Sobre tu corazón no han hecho efecto,
Ni te han hecho mostrar algún contento
Mirando mi tormento,
Sino que todo aquesto despreciaste,
Y a otro te entregaste,
Por no dejarme nada en que esperase,
Sino cuando acabase
La vida que a mi mal es tan cumplida;
¡Quien tanto bien perdió, pierda la vida!

DURIANO

   Largo espacio de tiempo y apartado
Lugar al corazón que por ti muere
No pueden separarlo de su intento:
¿Por qué huyes, crüel, de quien te quiere?
¿No miras que tu huir es excusado?
Sin mí tú no estarás ni aun un momento.
Ningún apartamiento,
Aunque el alma del cuerpo se me aparte,
Podrá, ¡oh Ninfa!, ausentarte
De esta alma triste que continuamente
Te tiene en sí presente.
Torna, crüel, no huyas de quien te ama,
Ven a dar muerte o vida a quien te llama.

POETA

   La noche obscura, triste y tenebrosa
Que ya había extendido el negro manto,
De obscuridad la tierra toda hinchiendo,
Les hizo poner fin al dulce canto,
Mientras por la ribera deleitosa
Sus ovejas andaban recogiendo.
Si lo que yo pretendo
Cantando con mi albogue dulce, amigo,
Por ventura consigo,
No dudo conseguir también la gloria
Y el lauro de victoria
Que el Poeta Mantuano pretendía,
Y que os cede ya a vos, señora mía.




ArribaAbajoÉgloga III


- 7 -

 

Sátiro primero, Sátiro segundo.

 

POETA


    Las dulces cantilenas que cantaban
Los semicapros dioses, amadores
De las Napeas que en el monte estaban,

   Voy a contaros; pues si los amores
A los silvestres dioses maltrataron,
Bien disculpados quedan los pastores.

   ¡Oh ilustre Don Antonio, en quien hallaron
El claro Apolo y Marte un ser perfecto
En quien sus altas mentes retrataron!

   Mi ingenio, que es tan rudo e imperfecto,
Hoy se dirige a vos, porque pretende
Realzar con la causa el bajo efecto.

   Con vos mi pobre Musa se defiende;
En vos puso la fuente del Pegaso
Lo que mi canto por el mundo extiende.

   Ved que las altas Musas del Parnaso
A vos os cantan con su dulce lira,
Quitándole a la mía tan gran caso.

   Mirad al rubio Apolo, que suspira
Por cantar vuestra estirpe, y obscurece
Lo que en vuestro loor mi canto aspira;

   Y, o porque tiene envidia me enmudece,
O porque oír no quiere en flauta ruda
Lo que sonora cítara merece.

   Mas si algo puede hacer mi lengua muda,
En cuanto Progne el triste sentimiento
De Filomela con su llanto ayuda;

   Y en cuarto Galatea al manso viento
Su rubia cabellera está soltando,
Y Títiro a la sombra está de asiento;

   Mientras flores el campo está criando,
Si es que este cantar mío no os afrenta,
Duero y Ganges de vos irán hablando.

   Y una vez que mi voz cantar intenta,
Consentid que esta mi égloga se cuente
En cuanto Apolo vuestras cosas cuenta.

   Sobre el Parnaso, que continuamente
Está de hermosos bosques rodeado,
Nace una cristalina y clara fuente;

   Y un manso arroyo de ella derivado
Sobre unas claras piedras va corriendo
Suave, tranquilo, ameno y sosegado.

   El murmullo que el agua está allí haciendo
Los pájaros excita, que cantando
Aumentan el placer y dulce estruendo.

   Tan puras van las aguas caminando,
Que en el fondo las piedras delicadas
De una en una se pueden ir contando.

   Nunca se han visto alrededor pisadas
De fiera o de pastor que allí llegase,
Porque del monte espeso están guardadas.

   Tampoco se vio nunca que criase
El monte ameno hierba, o venenosa,
O que suaves aromas no exhalase.

   Allí está el blanco lirio y fresca rosa
Con cuanta flor ofrecen los amantes
A la Ninfa más bella y más hermosa.

   Allí se ven los mirtos circunstantes
Que a Venus cristalina la ocultaron
A la turba de Faunos petulantes.

   La menta y mejorana allí medraron,
Pues ni el invierno ni el ardiente estío
Las hirieron jamás o marchitaron.

   Por aquí corre, pues, el claro río,
Atravesando el monte y el desierto,
Siempre con verdes árboles sombrío.

   Una Ninfa, no sé por qué descuido,
Perdió un día a su alegre compañía,
De quien no era aquel sitio conocido;

   Y yendo allí a parar al mediodía,
Quiso estarse a la sombra en la floresta,
Y beber con sus manos agua fría.

   Notó la novedad de aquella cuesta
Do los olmos, movidos con el viento,
Convidan a pasar la ardiente siesta,

   Y el juguetón lascivo movimiento
Con que al amor las aves entregadas
Las alas dan al dulce pensamiento.

   Y después, cuando vio que eran pasadas
Del gran calor las horas, se volviera
A buscar sus hermanas extraviadas.

   Cuando las vio, mil cosas les dijera
Del no visto lugar que cerca estaba
Y a ella tan agradable pareciera.

   Que al otro día fuesen les rogaba
A lavarse en aquella fuente amena
Que tan hermosas aguas destilaba.

   Dado había una vuelta la serena
Luz del pastor de Admeto, y ya nacía
Al amante dichoso nueva pena,

Cuando las bellas Ninfas a porfía
Hacia el alegre sitio caminaban,
Al romper la mañana alegre y fría.

   A Nise los cabellos le ondeaban
Por el hermoso cuello sin concierto,
Y con mil suaves ñudos se enlazaban.

   Doto, que lleva el cuello descubierto,
Por ir más suelta en trenzas se lo atara,
Teniendo por pesado el desconcierto.

   Diamene, Efire, a quien Apolo hallara
Desnudas en el río, y ocultaron
Su cuerpo delicado en agua clara;

   Sirene y Clicie, que se le escaparon
Al dios Pan con Amanta y con Elisa
Las más diestras que el arco manejaron;

   La linda Dalïana con Belisa,
Ambas hijas del Tajo, que como ellas
Ninguna tan hermosa el bosque pisa;

   Todas estas tan angélicas doncellas
Por el frondoso bosque discurrían
Como en el cielo puro las estrellas.

   Mas dos rústicos dioses, que traían
El pecho con dos de ellas ocupado
Y más que no a sí mismos las querían,

   No dejaban montaña, valle o prado,
Ni aun árbol por doquiera que pasaban
A quien saber no hiciesen su cuidado.

   ¡Cuántas veces los ríos que pasaban
Se detuvieron al oír los daños
Que a los pobres amantes lastimaban!

   ¡Cuántas veces amor de tantos años
Ablandara a la Ninfa más exenta,
Si sus pechos no fuesen tan extraños!

   Pero quien ama con pasión violenta,
Bien puede prevenirse de paciencia;
Que amor de alegres penas se sustenta.

   Pues Cupido ordenó que en esta ciencia
Reunidos se viesen los contrarios:
Dígalo quien de amor tenga experiencia.

   Yendo los dioses, pues, por montes varios,
Volviendo acá y allá sus cuidadosos
Ojos, del claro río tributarios,

   Hallaron de los pies, blancos, graciosos,
En la arena las huellas conocidas,
Y las fueron siguiendo presurosos.

   Mas hallando en la fuente a sus queridas,
Que desnudas estaban, no pensando
Fuesen de nadie vistas o sentidas,

   Estuviéronse quedos, contemplando
Las formas nunca vistas, de manera
Que estaban sin ser vistos observando.

   Pero una espesa mata, mensajera
De la oculta celada, haciendo ruido
Entre las ramas de una avellanera,

   Mostró a uno de los dioses escondido.
Todas tal gritería levantaron
Como si fuese el monte destruído;

   Y al momento desnudas se lanzaron
Por la espesura, tan ligeramente
Que aun a los mismos vientos alcanzaron.

   Cual banda de palomas cuando siente
La águila hermosa, cuya vista pura
Resiste al mismo sol resplandeciente,

   Halla en el miedo de la muerte dura
Más fuerza para huir, y no parando
El aire corta y rompe la espesura;

Así huían las Ninfas que, dejando
Con su ropa los árboles cargados,
Desnudas por el bosque iban volando.

   Mas los amantes ya desesperados,
Porque para alcanzarlas se veían
De los caprinos pies nada ayudados,

   Con amorosos gritos las seguían.
Hablaba el uno; el otro descansaba,
Porque era mucho lo que andado habían;
Mas después, descansado, se quejaba.

SÁTIRO PRIMERO


   ¡Ah Ninfas fugitivas,
Que sólo por no usar de humanidad
Los peligros del bosque no teméis!
¿Por qué sois tan esquivas?
Si de nosotros no tenéis piedad,
Tenedla de esas carnes que ofendéis.
¡Ah Ninfas! ¿no sabéis
Que Eurídice huyendo de esa suerte,
De Euristeo escapó, no de la muerte?
¿No sabéis que la víbora escondida
A Egerie dejó herida?
Mirad la sierpe entre la hierba verde,
Que o la condición pierde, o da la vida.

   ¿Qué tigre o qué león,
Qué truculenta fiera venenosa,
O qué enemigo, en fin, os va siguiendo?
¿De un blando corazón,
Que preso de esa vista rigorosa
De sí para vos huye, andáis huyendo?
¡Oh Ninfas! ¡no comprendo
Cómo bajo ese rostro tan gracioso
Se oculta un corazón tan desdeñoso!
Aunque en la fuente bellas os veáis,
Al agua no creáis,
Pues os trae engañadas por venganza
De esta nuestra esperanza que engañáis.

   Mas ¡ah! que no consiento
Que una palabra mía a vos ofenda;
Y aunque a mí me disculpe la amargura,
Ninfas, digo que miento;
Que no puede haber nunca quien pretenda
Disminuir en vos tanta hermosura.
Si amor que tanto dura,
Por tanto mal tan poco bien merece,
Nada extrañéis de mi alma, que enloquece,
Y al pensar en la prenda que codicio
Me saca así de quicio.
¡Quiera Dios que dureza tan crecida,
No me quite la vida con el juicio!

   Las leyes amorosas,
Con que natura unió los corazones,
Huyendo aprisa vais por la espesura.
Y ¿no os corréis, ¡oh hermosas!,
De que haya en vos tan duras condiciones,
Que venzan a la próvida natura?
Si a vos una hermosura
Que es sobrenatural el cielo ha dado,
No ha de ser vuestro pecho tan airado:
Antes al dios de amor, de quien es don
Cuanto hace el corazón,
Por vuestra gentileza tan hermosa
Le debéis amorosa condición.

   ¡Oh caso grande y grave!
¡Oh pechos de diamante fabricados!
De natura las leyes ignoráis;
Y aquel amor süave,
Aquel poder excelso, que forzados
Los dioses obedecen, depreciáis.
Mas quiero que sepáis
Que nadie resistió al amor activo;
Que ha sido en todo tiempo vengativo;
Que yo, yo os veré dar en un momento
Mil suspiros al viento,
Sumergidas en llanto y gran dolor,
Por quien le dé a otro amor su pensamiento.

POETA

   Aun iba a continuar
El desdichado amante, que ayudado
Se vía del dolor y la tristeza;
Mas hízolo callar
El otro compañero, que irritado
Al contemplar la indómita fiereza
Y la cruel aspereza
De las que así sus pechos lastimaran,
Como si allí presentes se encontraran,
A mostrar comenzó su sentimiento
Y su dolor violento
A las beldades de piedad ajenas
Que causaban sus penas y tormento.

SÁTIRO SEGUNDO


   Ni vos nacidas sois de gente humana,
Ni fue humana la leche que mamasteis;
Mas con alguna informe fiera Hircana,
Allá en el monte Cáucaso os criasteis.
De allí sacasteis la aspereza insana,
Allí ese pecho frío congelasteis;
Sois esfinges con rostros naturales;
De humanas tenéis sólo las señales.

   Si nacisteis acaso en la espesura
Donde un ser no hubo de ninguna clase,
Animal, hierba verde, o piedra dura
Que antiguamente con tesón no amaste,
Ni a quien una afición süave y pura
En la presente forma no mudase,
¿Por qué no dejaréis también memoria
De vos, en cariñosa y larga historia?

   Mirad allá la Arcadia, do ocultando
Alfeo enamorado su agua clara,
A la ardiente Sicilia va, buscando
Por debajo del mar su Ninfa cara.
Asimismo veréis pasar nadando
A Accis, que Galatea tanto amara;
Por lo cual del Cíclope la ira fiera
Su roja sangre en agua convirtiera.

   Si los ojos volvéis a la Ericina
Espesura, veréis allí mudarse
A Egerie, y en corriente cristalina
Por la muerte de Numa destilarse.
Si a amar tan triste ejemplo no os inclina,
Ved a Biblis perderse y transformarse
En lágrimas que al fin pudieron tanto
Que le van alimentando el verde manto.

   Si entre las claras aguas hubo amores,
Los peñascos también fueron perdidos.
Mirad los dos conformes amadores
Sobre el Ida en peñascos convertidos:
Letea, que cayó en grandes errores
De su mucha hermosura procedidos;
Oleno, que la culpa en sí tomaba,
Por no ver castigar a la que amaba.

   Tomad ejemplo, y ved en Cipro aquella
Por quien Ifis al lazo dio su vida:
Ved en piedra también la Ninfa bella
Cuya habla fue por Juno consumida,
Y si quejarse quiere de su estrella,
La última voz le es sólo concedida:
Y a Dafnis, que en el monte y las majadas
Introdujo las rústicas tonadas.

   Le tuvo tanto amor la tierna amiga,
Que en enemiga al fin se fue tornando;
Pues para que a otra Ninfa nunca siga,
Mágicas hierbas le iba preparando.
Mirad un gran dolor a cuánto obliga,
Pues se fue, por vengarse, tranformando
En piedra: ¡oh lance atroz, furor insano!
¡Después le pesaría, mas en vano!

   Mirad también los árboles alzados,
A cuya sombra andáis cogiendo flores,
Que fueron otro tiempo enamorados,
Y aun ahora siente el tronco los dolores.
En el moral están representados
De Píramo y de Tisbe los amores:
Su sangre, que manchó la mora obscura,
Nos muestra de los dos la desventura.

   ¿No veis en la odorífera Sabea
Las incestuosas lágrimas de aquella
Que con su mismo padre se recrea?
La Arabia se enriquece y vive de ella.
También tú estás allí, planta Penea,
Que fuiste en otro tiempo Ninfa bella;
Y Cipariso, angélico mancebo,
Ambos verdes con lágrimas de Febo.

   Está el mozo de Frigia delicado
En aquel árbol alto convertido,
Que tantas veces hiere el viento airado;
¡Galardón por sus yerros merecido!
Pues de la Berecintia siendo amado
Por una Ninfa baja fue perdido:
La diosa, a quien perdió del pensamiento,
De vida lo privó y de entendimiento.

   Con el loco furor se figuraba
Que el monte, casas y árboles caían;
Ya de los castos miembros se privaba,
Que el furor y la diosa lo impelían;
Ya en el indigno monte se lanzaba;
De su muerte las fieras se dolían:
Atis así perdió por la espesura,
Tras otras tantas cosas la figura.

   Cuando en Grecia las gentes celebraban
Aquellas grandes fiestas de Lieo,
Donde a las bellas Ninfas se juntaban
Los sacros moradores del Liceo,
Todos en dulce sueño se ocupaban;
Pero acosado de un voraz deseo
El dios del Helesponto no dormía,
Que un nuevo amor el sueño le impedía.

   Mas ella en fin los brazos extendiendo
En duras ramas se iba transformando;
En raíces los pies se iban torciendo,
Sólo el nombre de Loto conservando.
Mirad, Napeas, este caso horrendo,
Que sé os está de lejos preparando;
Que así también de aquella a quien seguía
El sacro Pan, la forma se perdía.

   Y ¿qué diréis de Vilis, que perdida
Del ansioso dolor en que penaba,
Y a desesperación en fin traída,
Por poner fin al tiempo que esperaba,
Quiso librarse de la triste vida,
Y al cuello ató la cinta que llevaba?
Mas el tronco sin hojas por el monte
Ródope, abraza el tardo Demofonte.

   En las flores también ved a Jacinto,
Por quien Febo de sí se queja en vano:
Ved al Idalio monte, en sangre tinto
De aquel que fuera de su madre hermano:
Suspira Venus por el mozo extinto,
Maldiciendo a la tierra y cielo insano:
A la tierra, que al punto no se abriera;
Al cielo, que tal muerte permitiera.

   Ved Clicie la infeliz, que desfallece
Al saber los amores engañosos
Del rubio amante que a otra su fe ofrece;
De él no aparta sus ojos cuidadosos.
Ningún alegre estado permanece,
Que los gustos del mundo son mintrosos;
A la perenne luz por quien suspira,
Aun transformada en flor, siempre la mira.

   Todas aquestas cosas he contado
Porque se extrañe más vuestra crueza;
Pues ni el uso o el trato que os han dado
Han podido mudar vuestra fiereza.
Por prenda os doy mi llanto continuado,
De que en cuanto crió naturaleza,
De amor exento nada encontraréis,
Como a vosotras mismas no os miréis.

   Ya dije que de amor siempre tuvieron
Las cosas insensibles pena y gloria;
Ved las sensibles cómo se perdieron,
Y os diré de las aves larga historia.
De las penas que en su alma padecieron
Los nacieron las alas por memoria;
Y en su leve y altivo movimiento
Se convirtió el variable pensamiento.

   El dulce ruiseñor y golondrina,
¿Por qué en aves se fueron transformando,
Sino por el amor y afición fina
Del Tracio hacia la que aun anda llamando?
Clama sin culpa la ave peregrina,
Que en la arena del Fasis habitando,
Del río toma el nombre, y a su madre
La va llamando cruel, e injusto al padre.

   La que reprobó Palas por hablar,
En los amantes capital defecto;
Y aquella que sucede en su lugar,
Ambas aves de amor usado efecto.
La una resistía al dios del mar,
La otra en su padre colocó su afecto,
Y Escila que a su padre fue enemiga,
Porque de su contrario se hizo amiga.

   Ved Pico, a quien quedaron los colores
Da la púrpura regia que vestía:
Y Esaco, que por ir tras sus amores.
Tan presto llegó a ver el postrer día:
Ved a aquellos dos firmes amadores
Que Amor aves tornó en la playa fría;
Del Rey del aquilón yerno era el triste,
Mas contra el hado cruel nada resiste.

   Estaba Alción con ansias aguardando,
Y largos ojos al marido ausente;
Pero el airado viento en ella dando,
La sumergió en las olas tristemente.
En sueños se lo está representando,
Que el corazón presago nunca miente:
Las sospechas del bien son las inciertas,
Que las del mal futuro sin bien ciertas!

   Sus ojos tristes a llorar ensaya,
Con ellos por las olas discurría,
Cuando el cuerpo sin alma halló en la playa;
Sin alma el cuerpo halló que alma tenía.
En vos, Ninfas Egeas, consuelo haya,
Pues este triste oficio os convenía:
Marchad a consolarla presurosas;
Si hay consuelo en las penas amorosas.

   Mas, ¡oh necio de mí! ¿Qué estoy hablando
Sobre las aves blandas y amorosas,
Si también tuvo Amor poder y mando
Entre las mismas fieras venenosas?
El león y la leona ¿cómo y cuándo
Lograron estas formas temerosas?
De Cibeles lo sabe bien el templo,
Y la que lo dio a Adonis para ejemplo.

   Contaros además también podría
Quién fue la vaca que el Egipto adora;
Quién fue la Ursa también referiría
Del polo Boreal, donde ella mora.
El caso de Acteón os expondría
Que transformó la diosa cazadora
Más le valiera al pobre haber cegado
Que por sus perros ser despedazado.

   Esto es lo que a Acteón le sucediera
En la fuente fatal do se perdió;
Pues la diosa que allí desnuda viera,
Por castigo en un ciervo lo mudó.
Así que el triste príncipe advirtiera
En sí la nueva forma, a huir echó:
Los suyos, sin saber, lo van llamando,
Y teniéndolo allí lo están buscando.

   Con los ojos y rostro él les hablaba,
Que la voz de hombre había y perdido:
Toda la comitiva lo llamaba,
Y de los perros era perseguido.
«Un ciervo ven a ver-cualquier gritaba-;
Acteón, ¿dónde estás?, ¿dónde te has ido?
¿Qué tardar tanto éste?», repetía:
Y el eco: «Es éste, es éste», respondía,

   ¿Cuántas cosas en vano estoy contando,
¡Oh Napeas esquivas!, sin que vea
El pecho de diamante un poco blando
De quien mi mayor daño así desea?
Mas aunque así me andáis atormentando,
Y por más larga que mi vida sea,
Nunca se verá en mí tan gran dolor
Que amor no lo convierta en más amor,

   Hasta aquí, Ninfas mías, he pintado
De amores un jardín hermoso y suave;
De las aguas y piedras he cantado,
Sin olvidar la flor, la fiera, el ave.
Si este amor, que en el pecho he abrigado
Que del gozo y placer tiene la llave,
Por mi dicha algún día os ablandase
Y de tan largos males os pesase,

   ¿Con cuánto más placer os contaría
La larga historia mía, y no la ajena;
Y con cuánta más agua regaría
Llorando de contento aquesta arena!
Nuevo contentamiento me daría
El renovar la historia de mi pena;
Y vos, gustando de placer tamaño,
Os reiríais también de vuestro engaño.

   Mas ¡ay de mí! ¿Con quién estoy hablando,
Si no hay en los peñascos sentimiento?
Mis palabras el viento está llevando,
Y a quien las digo corre más que el viento.
Vida y voz el dolor me está quitando,
Y el tiempo no me muda el pensamiento;
Diré, pues, a mi cruel desconfianza
Que sólo en el morir tengo esperanza.

POETA

   Con esto el triste Sátiro acababa,
Con sollozos que el alma le arrancaron
Los montes insensibles por do andaba
Con sus últimas voces resonaron;
Cuando Febo en las aguas encerraba
Los caballos que el mundo iluminaron,
Y la noche mostraba en el Oriente
El coro de los astros reluciente.




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POETA


   ¿A quién diré las ansias abrasadas
De mi pastor quejoso, enamorado;
La blanda voz, las penas malogradas,
Los pesares que su alma han lastimado?
¿Por quién serán sus cuitas aliviadas,
Por quién será su pecho consolado,
Sino por vos, Señor, noble, excelente,
Que sois tan distinguido entre la gente?

   A mil partes volví la fantasía
Buscando en tierra estrella que guiase
Mi rudo verso, en cuya compañía
La piedad santa siempre caminase
Luciente y clara, cual la luz del día,
Porque a mi rudo ingenio iluminase;
Y en vuestras perfecciones, Señor, veo
Cumplido enteramente mi deseo.

   A vos se den, a quien también se han dado
Mansedumbre, blandura, ingenio y arte,
Y un espíritu divino que ha eclipsado
A los humanos en cualquiera parte.
En vos la gracia toda se ha juntado,
Y de vos a los otros se reparte;
Sois claro rayo, sois ardiente llama,
Sois el perpetuo objeto de la fama.

   Y así mientras preparo un nuevo esprito,
Y voz de cisne tal que al mundo espante,
Con que vos, Señor, en alto grito
Loores mil por todo el mundo cante;
Oíd mi canto en tronco agreste escrito,
En medio del ganado petulante;
Que cuando sea tiempo, en mejor modo
Me ha de escuchar por vos el mundo todo.

   Estas querellas tiernas y amorosas
Sean de vos tratadas blandamente:
Verdades de alma poco venturosas,
Salidas con suspiro vivo, ardiente,
Que acuden a esas manos valerosas
Para vivir después entre la gente;
Están llorando siempre la crueldad,
Para mover las almas a piedad.

   Ya declinaba el sol contra el Oriente,
Y lo fuerte del día era pasado,
Cuando el pastor, con el dolor que siente,
Por dar en parte alivio a su cuidado,
Se queja de su amada dulcemente,
Creyendo que de nadie es escuchado:
Yo que lo oí, en un árbol escribía
Las penas que cantó, y así decía:

   «O del Píndaro monte eres nacida,
O te parió algún mármol bella y dura;
Pues no es posible sea concebida
Dureza tal de humana criatura.
Tal vez has sido en piedra convertida,
Y esa crueza tienes por natura;
Y así nada hace en ti buena impresión,
Cual si de mármol fuera el corazón.

   »Esta mi triste voz, ronca y llorosa,
La gente más remota movería,
Y soltando su vena lagrimosa
Los tigres de la Hircania amansaría;
Si cruel no fueras, tanto como hermosa,
Mi eterno suspirar te ablandaría,
Pero con suspirar y con quererte;
No se consigue más que endurecerte.

   »Si dejaras vencer la crüeldad
De tu perfecta e ínclita hermosura,
Comenzaras a ver mi voluntad
Y vieras esta fe tan limpia y pura.
Así tal vez oirías la piedad,
Y podría yo haber mejor ventura;
Pero igual no ha encontrado tu belleza,
A no ser de tu pecho la dureza.

   »Ablandaría a un pecho que no siente
Mi duro y grave mal, según es fuerte:
Si bajara al infierno, duro, ardiente,
Movería a piedad la misma muerte:
Si el agua con caer continuamente
Vuelve blando un peñasco duro y fuerte,
El llanto eterno en que me ves deshecho
¿No hará mella ninguna en ese pecho?

   »Mi rostro es una fuente de agua viva
Que por mis tristes ojos se derrama:
Mi pecho es una fragua, tan activa
Que todo lo derrite y aun lo inflama:
En torno está el amor, el cual activa
Soplando más y más la ardiente llama:
Si quieres ver qué ardientes son sus tiros,
¡Mira si son ardientes mis suspiros!

   »Cuando en el pueblo gran clamor se siente
Porque el fuego prendió en la casa o torre,
De compasión movida va la gente,
Y a llevar agua todo el mundo corre.
Así abrasa a mi pecho llama ardiente,
Y el llanto de mis ojos lo socorre;
Que quien me abrasa otra agua me defiende,
Porque con ésta el fuego más se enciende.

   »Cuando vemos que sale en el Oriente
El sol, su antiguo curso comenzando,
Hermoso intenso, puro y refulgente,
El monte, el campo, el mar regocijando;
Cuando se nos oculta en el Poniente
A los opuestos pueblos alumbrando,
Y mientras en el cielo hace su giro,
Por ti, mi dulce bien, lloro y suspiro.

   »Camina todo el día el caminante,
Pero a la noche se halla descansado:
Se goza en la bonanza el navegante,
Que en la borrasca estuvo amedrentado:
Recoge el labrador mies abundante,
Aunque antes se afanó con el arado:
Mas yo de mi trabajo y mal tan fuerte
Sólo espero tormento y cruda muerte.

   »De compasión las flores matutinas
Pierden todo su brillo y se ennegrecen;
Con mis suspiros sus colores finas
Pierden el clavo y lirio y no florecen:
Con la aurora las rojas clavelinas
Lejos de hermosearse se entristecen:
Dejan su canto Progne y Filomena,
Olvidando las suyas por mi pena.

   »Responde el monte cóncavo a mis males,
Y tú como áspid cierras el oído:
Los árboles del campo y animales
Se compadecen sin tener sentido:
Pero en ti mis dolores desiguales
Nunca ablandan el pecho endurecido;
Y por más que te llamo no respondes,
Y cuanto más te busco más te escondes.

   »En el lugar aquel do apacentabas
Otras veces mi vista y tu ganado;
Allí donde mil veces me mostrabas
Ser yo el pastor de ti más deseado,
Mil veces te busqué, por ver si dabas
Siquiera algún descanso a mi cuidado:
Buscándote por monte y valle he ido,
Como busca la fuente el ciervo herido.

   »Este lugar de ti desamparado,
En cuyas sombras húmedas holgaste,
Ahora obscuro y triste se ha quedado,
Pues todo el bien contigo te llevaste.
Eras tú nuestro sol más deseado,
Y ausentándote a obscuras nos dejaste.
¡Vuelve, mi claro sol! ¡vida perenne!
¿Quién es ahora el Josué que te detiene?

   »Después que de este valle te apartaste,
El ganado no tiene hora segura:
Secóse el campo, desque le negaste
De tus hermosos ojos la luz pura:
La fuente se secó, do te miraste
Cuando eras menos que ahora áspera y dura:
Niega sin ti la tierra, dando gritos,
Pasto a las cabras, leche a los cabritos.

   »Cuando me hallo sin ti, dulce enemiga,
La clara luz obscura me parece:
Esta corriente, cuando amor me obliga,
Con mi llorar continuo por ti, crece:
No hay fiera a quien el hambre no persiga,
Aun el campo sin ti ya no florece:
Ciegos están mis ojos y no ven,
Pues no pueden ver ya a mi caro bien.

   »El campo ya como antes no se esmalta
Con bellas flores blancas y bermejas:
Seco está el prado, y hace el agua falta
A las mansas pacíficas ovejas:
También, crüel, contigo el cielo falta,
No hallan flor las solícitas abejas:
Con lágrimas que manan de mis ojos,
La pradera nos da duros abrojos.

   »Torna, pastora, pues, hacia este prado,
Y le restituirás tanta alegría:
Alegrarás al monte y al ganado,
Alegrarás también la fuente fría:
Torna: ven ya, sol mío deseado,
Convertirás la noche en claro día,
Y alegrarás mi lastimada vida,
Por verte ausente, casi ya perdida.

   »Ven, porque como el rayo transparente
De este nuestro horizonte, que escondido
Deja un cierto temor entre la gente
Que mira al orbe todo obscurecido,
Y tornando a salir claro y luciente
Alegra al mundo todo entristecido;
Así es para mis ojos tu luz pura,
¡Claro sol! y tu ausencia es noche obscura.

   »Mas tú, olvidada ya del bien pasado
Y del primer amor que me mostraste,
De mí tu corazón has apartado,
Y también el lugar desamparaste.
¿No te quiero a ti más que a mi ganado?
¿No soy aquel pastor a quien amaste?
¿Pues cómo merecí tan gran desvío?
Óyeme; pues me ves ya muerto y frío!

   »El amor disponer de todo pudo,
Y no hay quien del amor se vea exento:
Ama el animal simple, bajo y rudo,
Y el de más levantado entendimiento:
Debajo de las aguas el pez mudo
Recibe del amor su movimiento;
Y el pájaro que entona cantos suaves
Se apasiona también por otras aves.

   »Canta el pintado y tierno pajarito,
Y su variado son suelta y derrama,
Saltando de un ramito a otro ramito
Su amor mostrando al otro por quien clama,
Y hasta que en el secreto amado nido
No encuentra a aquel que sólo busca y ama,
No cesa del trabajo que ha tomado,
Ni descansa hasta unirse con su amado.

   »La fiera que es más fiera y el león,
Otro león siempre halla y otra fiera
En quien pueda fijar una afición
Que de su pecho duro se apodera:
También sabe sentir lo que es pasión,
También suspira y gime y desespera,
Da rugidos feroces y se enfada,
Y al amor teme, no temiendo a nada.

   »El ciervo que escondido y emboscado,
Temiendo al codicioso cazador,
Está en la selva, bosque, monte o prado,
Allí, do vive y anda, halla el amor;
Y de amor y temor acompañado,
Con causa siente amor, siente temor;
Temor de quien a herirlo allí acudía,
Amor de quien ya herido lo tenía.

   »Pues si el animal bruto que no siente,
Siente también de amor la flecha dura,
¿Por qué a ti no te ablanda el fuego ardiente
Que procede de tu ínclita hermosura?
¿Por qué escondes y ocultas a la gente
Esa luz de tus ojos bella y pura,
Más bella, más süave, más hermosa
Que el lirio y el jazmín y el clavo y rosa?

   »Si tú me vieses, puede que sintieras
Ver deshacer un pecho en triste llanto;
Y harías tú bien poco si me vieras,
Ya que por verte yo suspiro tanto
Los ayes y suspiros que me oyeras
Te pudieran mover a grande espanto,
A dolor, a piedad, a sentimiento,
Y a más, que para más es mi tormento.

   »Las quejas que se lleva el viento leve,
Los suspiros que en vano doy al viento,
El sufrir calor, frío, lluvia o nieve,
Y no poderte ver ni aun un momento,
Es tormento que sólo a ti se debe;
Y aunque pudiera haber mayor tormento,
El que te vio, y se mira de ti ausente,
Pasará mucho más y alegremente.

   »Ablanda de un peñasco la dureza
El agua que lo toca blandamente;
Pierde el hierro también su fortaleza,
Si lo llega a tocar un fuego ardiente;
Tú eres de no sé qué naturaleza,
Que a ser de piedra, hierro o de serpiente,
Tu corazón se hubiera ya deshecho
Con el fuego y las lágrimas que yo echo.

   »Cuando muestra la Aurora la su frente,
La tierra se complace viendo el día;
Cuando Febo aparece en el Oriente
Manifiesta también grande alegría;
Contento va el ganado a la corriente,
Para beber el agua pura y fría;
Todo está alegre, todo está festivo,
Yo sólo mudo y triste y pensativo.

   »Si de todo mi ser tienes la palma
Y de la mísera alma no has dolor,
Del cuerpo duélete que está sin alma,
Y sin ella no ha vida ni valor:
En la llama, el ardor, el fuego y calina,
En la afición constante y puro amor,
Persona no hallarás cual yo cautiva,
Ni voluntad como la tuya esquiva.

   »Si huyes por no escucha r mi triste ruego,
Donde te hallares te he de importunar;
   Y aunque vayas por agua, hierro o fuego,
Contigo en todas partes me has de hallar:
El fuego en que ardo, el agua en que me anego,
En tanto que yo viva ha de durar;
Y el nudo en que estoy preso es de tal suerte
Que no se ha de soltar en vida o muerte.

   »En este corazón siempre estarás,
Mientras el alma esté con él unida;
Mi espíritu también poseerás,
Cuando el alma a su cuerpo no esté unida:
Por más que hacer pretendas, nunca harás
Que yo no te ame en esta y la otra vida:
Imposible será que eternamente
Aunque lejos estés, me estés ausente.

   »Allí ha de acompañarme tu memoria,
Si mi alma tiene allá conocimiento;
En mí no borrará tu larga historia
Ni grave mal, ni duro apartamiento;
Hasta que vea que entras en la gloria
Viviré con continuo sentimiento:
Y, si puede, aun entonces a porfía
A el alma vuestra servirá la mía.»

   Aquí con gran dolor, con triste acento,
El pastor triste dio fin a su canto;
Bajando el rostro, alzando el pensamiento,
Sus ojos comenzaron nuevo llanto:
Parar mil veces hizo al aire y viento,
Y movió en el empíreo al coro santo,
Y las selvas también se enternecieron
Con las lástimas tristes que le oyeron.

   Sobre una mano el rostro reclinado,
En su dolor tan embebido estaba,
Que como en grave sueño sepultado
No vía al sol, que ya en el mar entraba:
Balando alrededor iba el ganado,
Que el redil conocido deseaba;
Las zorras en sus cuevas, y en sus nidos
Se quedaban los pájaros dormidos.

   Ya sobre un seco ramo puesto estaba
El búho, con funesto y triste canto;
Al oírlo el pastor el rostro alzaba,
Y vio la tierra envuelta en negro manto:
Entonces de aquel sitio se apartaba,
Mas sin interrumpir su triste llanto;
Y al redil se llevaba su ganado
Para pensar mejor en su cuidado.