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VI

Lo menos tres años estuvo Juanillo sin bajar a la capital, rigurosamente enclaustrado en la colonia santafecina, porque Max decía, un poco a su manera, que caballo resabiado en husmeando la querencia vuelve a sus resabios, y no era prudente estropear la cura por mal entendida sensiblería, mucho menos ahora que el bigotillo estorbaba la aplicación de cierto remedio manual de grande eficacia en casos infantiles; tampoco él hacía mucha fuerza porque le dejaran venir, y tanto de sus cartas, como de las noticias del Fossac mayor, deducíase que estaba el mozo entregado en cuerpo y alma a su labor campesina y no quería oír hablar   —200→   de nada que le apartase del surco donde germinaba la semilla de su fortuna. Pero a madama Clémence la ausencia parecíale ya larguísima y excesivo el rigor de tenerle así alejado, cuando tan pocas horas le separaban, y un día tras otro insistía en que dieran suelta al prisionero... Para súplica de mujer, no hay sordera que valga: expidiose al cabo la orden de libertad provisional, se aprestó el Fossac mayor a cumplimentarla de buen grado, el antiguo obrador de plancha convirtiose en bonita alcoba, alhajada con femenil esmero... y la orden fue devuelta, con estas palabras de Jean Pierre: -Jean no quiere ir...

¿Por qué no quería venir Juanillo? Él mismo no se cuidó de explicarlo, limitándose a decir que estaba en lo mejor de la siega, y no había de abandonarla; apenas si, con la punta de la pluma, prometía visitar a sus hermanos después, más tarde, allá para las calendas griegas. ¡Diablo de chico! Nada, que en tomando algo a lo serio, de tal modo se identificaba con ello, que   —201→   ni consejos ni tirones obligáranle a soltarlo. Agricultor se había hecho, y como agricultor viviría, mientras no recogiera el fruto de sus afanes... Madama Clémence pensaba que era esto demasiada música, y por dejar unos días la hacienda, no iba el diablo a llevársela; ¿tan poco afecto guardaba a sus hermanos? ¿o le retenía en la María Luisa algún amorcillo zafio, quizá más pernicioso que los ya curados males de antaño? Tanto dio en discurrir sobre esto la normanda, que llegó a echar en cara a Max su terquedad y dureza, pues el alejamiento entibia el cariño, y la adolescencia que a su propio impulso se abandona, corre desbocada al abismo, débil a la mano juvenil para refrenarla; se puso mala, de estos ingratos pensamientos, y a Max ocurriósele enviar un despacho al Fossac mayor, dándola por muy gravemente enferma, a fin de forzar al pícaro hermanito a dejar la cárcel donde se hallaba tan a gusto; en efecto, Juanillo se asustó y se vino a escape, creyendo que la encontraría por lo menos sacramentada...

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La encontró tocando el piano, un se-di-ciente Pléyel en que buena parte del día distraía su ociosidad, empeñada en enseñar a los dedos, demasiado torpes, el arte de hacer cabriolas sobre las teclas, muy pálida por la ligera calentura sufrida, hermosota siempre y hasta elegante con su bata de lana color de granate. Madama Clémence dio un grito, y los dos se abrazaron, sorprendidos de verse tan cambiados los dos, tan cambiados que apenas se reconocían, y no hablaban por mirarse, ella examinándole con ojos amorosos, y Jean paseando los suyos de la hermana a los rincones todos de la sala, con asombro expresado luego así:

-¿Eres tú o no eres tú?

-¡Ay! ¡Cómo has cambiado, Jean, en tres años! -exclamó madama Clémence- ¡qué alto estás! ¡Qué guapo y qué bien te sientan los bigotes! ¡Te has vuelto todo un buen mozo!

No acababan de admirarse uno y otro. Estaba Juanillo muy tostado del sol; la   —203→   frente, en la parte protegida por el sombrero, aparecía blanca, como venda que la ciñera; sus manos amulatadas, el traje algo burdo, las botas de caña, enfundada dentro del pantalón, el pañolito anudado al cuello, el aire y los andares de hombre que sobre el lomo del caballo pasa la mitad del tiempo y a quien el caminar a pie sienta como al marino, denunciaban al gaucho legítimo, vestido de pueblero, torpe en sus movimientos, tímido y desconfiado, pero asimismo tan robusto y varonil, que el mocetón de ahora no conservaba casi parecido alguno con el Juanillo de la ciudad; de tal modo la vida de la aldea le había transformado, poniéndole ese sello de energía que el aire libre, el sol y la lluvia marcan en el cuerpo no defendido por la afeminación y que se entrega a su ruda caricia.

-Monsieur Jean Pierre me dijo que estabas muy enferma... -indicó el joven en son de reproche-. ¡Buen susto me habéis dado!

-Lo estuve... Si Max inventó eso de la   —204→   gravedad fue para que vinieras... Vamos a ver: ¿por qué no querías venir?

Hizo Jean el gesto voluntarioso que en otras ocasiones le valió sendos soplamocos fraternales, y dio la misma disculpa de sus cartas, encerrándose luego en silencio sospechoso, que a madama Clémence se le antojó de mal agüero. Quiso mañosamente sonsacarle el cabo de su secreto, pues había secreto gordo o era ella miope, y no lo consiguió; ¡chico más taimado! y ¡cómo se revolvía huraño, al sentir las cosquillas de las preguntas indiscretas! Le dejó entonces, jurándose que no se marcharía a la colonia sin que le registrara el fondo de la conciencia... Y Jean, libre del interrogatorio importuno, expresaba de nuevo su admiración de ver a la hermana de señora, pelechando de modo tan milagroso...

-Sí, sí, -dijo madama Clémence-, estamos en plena prosperidad. ¡Dios nos ayuda, Dios nos ayuda! No está lejano el día que Max suceda a Mr. Patrick en el aserradero, y entonces podremos decir que somos ricos.   —205→   Max cumplió los cuarenta años el día de San Silvestre: en la flor de la edad, figúrate de lo que aún será capaz... Pues yo, como te he escrito, desde el día que cerré el obrador me entraron aburrimiento y morriña tan grandes, que no sabía qué hacer de mis manos: ¡niña de seis años, ya aviaba la casa de la abuela! acostumbrada al trabajo, me parecía el señorío muy cómodo, pero horriblemente aburrido, y llegué a comprender el por qué de muchas toquades de altas damas, que mi estrecho criterio de obrera no podía adivinar: mira, Jean, es la ociosidad la madre de todos los vicios, como dice bien el refrán, y de todas las tonterías. Para mí el zurcir, y el limpiar los cachivaches y el vigilar a Sidonia, no era suficiente distracción, y me aburría, me aburría, ¡oh mon Dieu! cómo me aburría... Entonces se me ocurrió aprender el piano, y Max me compró éste en un remate, y tomé maestro, y hará unos seis meses que estoy dando matraca a la vecindad; pero, tengo ya los huesos duros, me falta paciencia,   —206→   y a lo mejor le planto dos puñetazos al teclado... ¡Es muy difícil, muy difícil! y el maestro se empeña en que he de hacer ejercicios, y yo en tocar algo que suene a armonía, valsecitos o trozos de ópera. Acabaré por despedirle. Vas a reírte, pero ríete cuanto quieras: muchas veces le quito a Sidonia la plancha de las manos y gozo, sí, gozo pasándola sobre la tela almidonada... ¡Ha sido mi oficio, y nunca podré negarlo! Max se burla, y dice que haré mi papel de parvenue muy medianamente; pero ya nos iremos refinando poco a poco, ¿verdad, Jean?

Sonreía, restregando las coloradas manos. Juanillo protestó de aquella acusación de ordinariez, y aseguró que parecía la hermana toda una señorona de campanillas. ¿No se había puesto sombrero todavía? Pues ya verían cuando le llevase... Charlaron gran rato junto al piano, contando las peripecias de los tres años fecundísimos que habían vivido separados, explicando lo que las cartas no supieron decir o no dejaron   —207→   adivinar. Madama Clémence escuchaba embelesada, y de vez en cuando templaba así las impaciencias del mozo:

-Bueno; pero no tienes derecho de quejarte, hijo mío; ¡en tres años! ¡No es poco lo que has adelantado! ¿Qué creías entonces? Para hacerte dueño de la tierra que ambicionas y edificar el castillito de tus sueños, necesitabas paciencia y tiempo; ya no te parece tan fácil: más fácil es hoy que ayer. Verás cómo piensa lo mismo Max... ¿No entraste en el aserradero? Mejor, vamos a darle la gran sorpresa: son las dos, la llora del mate.

Se levantó, y, cogida de su brazo, le llevó a mostrarle la casa, ponderando las preciosidades que ella creía atesorar, tan hueca, que tartamudeaba cada vez que Juanillo, en el colmo de la admiración, decía no haber visto nada mejor, porque la casa de M. Jean Pierre, que pasaba por muy lujosa, no admitía punto de comparación. ¿Y la bonita alcoba, con su menaje completo y sus cortinas de cretona, que ella le había   —208→   preparado al muy ingrato? A ver, ¿se parecía a su cuarto de labrador, que, sin duda, no tendría más que un mal jergón? Aquellas cortinas ella misma las había cosido, ayudada por Crescencita Barbado...

Este nombre le zumbó en los oídos a Juanillo, y ya no escuchó más, ni el relato pintoresco de la hermana, describiendo los pelos y señales de los inquilinos que se albergaban en el resto de la casa, ni los pasos y las voces, luego, de Max y del obeso Fossac el Menor, que llegaron y le achucharon con apretones, abrazos y preguntas...

-Pero, muchacho, ¡el diablo que te conozca! ¿Ha visto usted, Fossac, qué hombre se ha puesto? Al fin te decidiste a venir, gracias a mi estratagema. ¿Por qué no querías venir?

-Aquí tienen ustedes, ¡sacrebleu!, el resultado de una cura al aire libre -exclamaba Fossac el Menor, sofocadísimo...

En toda aquella tarde le dieron a Juanillo punto de reposo. El periodista se quedó   —209→   a comer, y por la centésima vez hubo el joven de referir a la insaciable curiosidad de la familia su vida y milagros santafecinos, que, aunque nada de particular ofrecían y sí mucho de monótono, se celebraron con aplausos y hasta con una botella de sidra, que fue disparada Sidonia a buscar a la tienda de la esquina. ¡El demontre del chico! ¡Qué espigado venía y qué seriote! Vaya, que en pocos años más el castillito y la hectárea apetecidos serían hermosas realidades.

Después de comer, quiso monsieur Fossac llevarle al teatro para ver la compañía de opereta francesa, recién llegada; pero él se quejó de la cabeza, y le dejaron que descansara de la fatiga del viaje y del molimiento de tanta pregunta. Porque no vinieran a molestarle, echó la llave: encendió luego la bujía, y se quedó mirando aquellas cortinas, cosidas por la mano de Crescencita... No era tiempo de frío, pues declinaba abril, y sin embargo Juanillo lo sentía, lo sentía en los huesos y en el alma.   —210→   Si eran ciertas las noticias de madama Clémence, de que la chica de Barbado iba a casarse con Franz Blümen, ¿a qué se entrometía ella a ofrecer al olvidado amigo de la huerta labores, que mejor empleadas estarían en un casquete, por ejemplo, para abrigo de los tres pelos bismarckianos, dueños y señores suyos futuros? ¡Casada con Franz! Esta noticia le sorprendió con la azada en la mano, y la azada de la mano se le cayó... ¿Para qué proseguir, para qué la fortuna soñada, si Crescencita no le esperaría ya triunfador? ¿Para qué edificar la casa y plantar los árboles, si no habían de dar sombra y albergue a Crescencita? Hizo propósito de no volver a la capital, de no visitar en mucho tiempo aquella casa de Andillo, donde conoció a Crescencita bailando a la luz de la luna, y le entró el arrechucho romántico de los veinte años, quejándose, si no en verso, porque no era capaz de hacerlos, en la prosa más sincera, del desvío de Crescencita; contó sus penas a todos los seres animados e inanimados de   —211→   la colonia, excepción hecha cuidadosamente de los que se sirven de la lengua para la traición y la burla; y las majestuosas vacas y las tímidas ovejas, viéndole llorar, le compadecieron, y más de una vez paseó sus melancolías el noble alazán de la cuadra de monsieur Jean Pierre. Después vino el período de la cólera; se revolvió furioso contra la ingrata y el germano, y resonaron los campos con sus imprecaciones... Al fin la calma se enseñoreó del turbado corazón, y se dijo a sí mismo que si Crescencita no le había hecho promesa alguna, ni él ninguna oferta a Crescencita, grande chiquillada era cobrarle cuentas que no debía. Cogió de nuevo la azada y se encorvó sobre la tierra, cavando, cavando con rabia en busca del escondido tesoro, para presentarse un día ante la ingrata y vengarse deslumbrándola.

Ahora la forzada estancia en la casa de Andillo renovaba sus pesares, y creía escuchar el triquitraque de la máquina diligente, arrullo de sus sueños de enamorado precoz.   —212→   Puesto que lo de la gravedad de madama Clémence era pura engañifa, se marcharía al día siguiente, antes que la casualidad o la cortesía le obligaran a afrontar la presencia de la olvidadiza chiquilla. Con esta idea se acostó y se durmió profundamente.

Pero cuando entró madama Clémence por la mañana trayéndole el chocolate y se enteró de su proyecto de fuga, poco faltó para que la robusta diestra, sin pararse en pelillos de bigote más o menos, le aplicara el contundente argumento de costumbre. ¡Marcharse, recién llegado! ¿Qué cuidados eran esos de la María Luisa, que así le desvelaban? ¡No le había dado poco fuerte...! Tenía de quedarse en la capital ocho días, lo menos, lo menos.

-Eso es -protestó Juanillo revolviéndose en la cama- ¿y qué va a decir monsieur Jean Pierre? ¿Quién vigilará a los peones? ¿Quién llevará las cuentas? Incumbencias mías, Clémence, exclusivamente mías. Antes os quejabais de mí y me llamabais   —213→   gandul: ahora que estoy aplicado al trabajo, ¡pretendéis desviarme de mis obligaciones!

-Bueno -contestó madama Clémence confusa-; que sea por tres días, nada más; en tres días no irán tus peones y tus cuentas a embrollarse tanto.

Aún protestó Juanillo, pero no halló medio de que cejara la hermana en la cariñosa insistencia de hospedarle en aquella casa, llena para él de tristes recuerdos. Se vistió malhumorado, advirtió a los hermanos que no volvería hasta la hora del almuerzo, por cumplir ciertos encargos del patrón, y echose a la calle, jurándose a sí mismo que no pondría los pies en la de las Artes, así le ahorcaran.

Tres años para la gran capital del Sud, equivalen a tres siglos para las soñolientas ciudades mediterráneas, de tal suerte el progreso la transforma y hermosea, a ojos vistas, como el maravilloso espectáculo de un calidoscopio: a Juanillo le pareció más grande aún y más populosa; el bullir comercial   —214→   más intenso; donde estaba la casuca humilde vio palacio soberbio; el que fue sauzal abandonado en bonito paseo convertido, y en ancha calle la calleja, en plaza la plazuela, y todo tan revuelto del revés, que se pasmaba; no era su magín propio para filosofías, ni sus estudios, que no pasaron de los primarios, le consentían otra reflexión que abrir boca tamaña, sin acertar a explicarse ni buscar tampoco la explicación de aquel fenómeno, que así metamorfoseaba cosas y personas por arte de encantamiento. ¿Qué genio era éste, a Cuyo soplo poderoso él mismo sentíase otro de aquel muchacho pervertido de la aldea, y que por dentro y por fuera todo lo embellecía, lo iluminaba, lo engrandecía, despertando la esperanza, lisonjeando la ambición, ahuyentando las sombras de lo porvenir?

Anduvo al azar, y en cada esquina se paraba por ver algo nuevo que no recordaba haber visto: empujábanle las gentes atareadas, las mujeres hermosas le marcaban   —215→   y ensordecíale el estrépito de carros y tranvías, a él, que, cada vez que de la María Luisa iba al Rosario, la ciudad santafecina se le figuraba remedo y casi casi rival de Buenos Aires. Burlábase de su sandez y torturaba el magín por alcanzar a comprender este milagro del progreso, que de tan mágica manera cambiábalo todo, cosas y personas, y lo mismo de una vieja casuca hacía un palacio, que de una planchadora una señora. ¡Qué América esta! Lo que decía Fossac el Mayor, y que él recordaba, relativamente a aquellas mutaciones casi teatrales, era lo mismo o algo parecido a lo que le oyó en muchas ocasiones al difunto señor catedrático.

En esto dio de narices, vagando por la calle de la Florida, en una muestra muy grande, de bronce, pegada a la pared exterior de una tienda donde pintores y papelistas daban los últimos toques, la cual muestra con letras negras decía: Barbado y Blümen. Miró tembloroso hacia arriba y en el tablero del frente leyó: A la ciudad de Cádiz...   —216→   Dos manazas de latón, pintadas de rojo, se balanceaban al extremo de los respectivos garfios. Era la nueva guantería de los Barbados, que, en pleno progreso también, agrandaban su comercio.

Alejose Juanillo, suspirando, con deseo repentino de ver a la ingrata y echarla en cara su orgulloso desvío. Porque, sin duda, la prosperidad era la causa principal de que consintiera en casarse con el socio de su padre. ¿Qué atractivo, si no, tenía aquel tentón más frío que un carámbano? Juanillo sospechaba que la prevenida doña Orosia andaba en el ajo, y que habría ayudado no poco en el tejido de la intriga... No discutió más dentro de sí mismo si le convenía o no le convenía ver a Crescencita, y dejose llevar de su deseo hasta la misma puerta de la antigua tienda; pero no entró, temeroso, avergonzado, colérico y triste, que todos estos afectos del ánimo sufríalos sin transición, parado delante de la vidriera, mirando, como un papamoscas, las enguantadas manos de cartón, y ya se ponía encarnado,   —217→   ya pálido, ya retorcíase el bigotillo rabiosamente. Deslizó furtiva ojeada al interior y la descubrió, a ella, a Crescencita ¡ay, Dios, qué cambiada también, pero qué cambiada! Y qué remonísima, con la trenza rubia prendida muy alto, que la daba cierto aire de mujercita seria, y una blusa de percal floreado; estaba sola, sentada detrás del mostrador, y jugaba con un gatazo negro que encima se espatarraba, al rayo del sol de otoño que hacía resplandecer la tienda entera... ¡Sola! Mejor ocasión...

Entró el mozo, algo cohibido, y se quitó el chambergo, no acertando a modular palabra. Crescencita le reconoció al punto, y alegremente levantose, tendiéndole las manos:

-¡Juanillo! ¿Tú aquí? ¿Cuándo has venido? Decía tu hermana que no querías venir, que nos habías olvidado; eso está muy mal, ¿sabes? ¡Vaya, vaya, que has crecido, y has echado bigote!

-Tú también -pronunció al fin Jean, sin soltar la mano de la muchacha-; tú   —218→   también has crecido y te has puesto muy bonita, más bonita que antes.

Sintió ella que le apretaba los dedos, y retiró la mano prontamente. ¿No había perdido la mala costumbre de estrujársela? ¡Qué borrico!

-A ver -repuso-, cuéntame, cuéntame; charlaremos un ratito, ahora que estoy desocupada. Ya sé que te va muy bien, que pronto serás propietario... ¡A nosotros Dios nos ayuda también! Vamos a agrandar el comercio; en cuanto esté la sucursal de la calle Florida terminada nos mudaremos, y con esta tienda quedará el tío Aniceto, hermano de mi padre, que mandamos venir de Cádiz. Siéntate, Juanillo... ¡Qué gusto tengo de verte! Sí, sí; ¿por qué lo dudas? Has puesto una cara como diciendo: ¡a mí no me la pegas! Pues sí, tengo mucho gusto; te advierto que yo no soy como tú, que olvidas a los buenos amigos. Siempre pensaba: ¿qué hará? ¿Qué no hará? ¿Si vendrá pronto? Por supuesto, que no nos harás visita de médico...

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Quisiera -dijo Jean, con perversa intención-, quedarme por lo menos hasta el día de tu boda...

-¿De mi boda? ¡Que risa! ¡Vaya una salida!

-¿Vas a negar que te casas?

-¿Yo? ¿Con quién?

-Con Blümen, el socio de tu padre; ¿crees que no me lo habían dicho?

-¡Con Franz! ¡Pobre Franz! Déjame que me ría: ¡ja, ja, ja!... Pero ¿quién te ha dicho semejante disparate?

-Me lo ha dicho Clémence, y todo el mundo lo sabe.

-¡Pues no es cierto! Repito que no es cierto. Estoy segura que a Franz no se le ha pasado por la imaginación, y a mí tampoco. ¡Qué tontería!

¿Mentía o no mentía? No, no mentía; de tal modo la sinceridad se reflejaba en sus claros ojos azules. Juanillo experimentó un alivio, un placer tan grandes... Tendió sobre el mostrador la mano, hambrienta de coger la otra pequeñita, que huyó asustada,   —220→   como el gatazo negro, y susurró palabras que apenas dejaba oír el estruendo de carros, vendedores y transeúntes.

-Te creo, Crescencita, porque tú no eres capaz de mentir. Cuando me lo escribió Clémence, sentí una cosa, no sé, una sorpresa, un disgusto... porque yo... Y no quería venir, seguro de que si me encontraba al alemán acababa de pelarle, como a un pollo. Valiente majadería la de haber pensado que tú... Pero, ¿de dónde lo sacó Clémence? Ella no lo ha inventado, ciertamente. ¿Sabes, Crescencita, que después de lo que me has dicho, yo... siempre, siempre... Sabes?

Ella afectaba no comprender, y por evitar la tartamudez del galán y la propia confusión, que la sacaba hermosos colores a la cara, dijo que todo era culpa de la mamá, a quien se le había puesto que el Bismarckito languidecía de amor; pero a ella, por estas cruces, de ninguna manera se lo demostró, ni ella consentiría que se lo demostrase, porque aun cuando reconocía y admiraba   —221→   las excelentes cualidades de Franz, no le tocaba al corazón ni tanto así... Besó los dos índices en cruz, y se rió del otro, que de nuevo avanzaba la mano, más elocuente que su lengua, aturrullada y tropezando en cada sílaba; y como aquella se abría pedigüeña, la muchacha le dio un papirotazo:

-¿Te estarás quieto, babieca? Tienes los dedos de acero y aprietas demasiado fuerte. ¡Tonto! ¡Pamplinoso! Cuéntame, pues, lo que haces en tu colonia... ¡por supuesto, que me habrás traído muchas cosas buenas!

Graciosamente, se reclinó sobre el mostrador para escucharle, y Juanillo, turbado, balbucía:

-¿Que qué hago en la colonia? Pensar en ti, Crescencita.

-¡Pues, si no haces más que eso, pronto llegaremos a ricos!

-También trabajo, ¡uy! ¡Si vieras cómo! Desde la madrugada hasta el anochecer. Ya tengo mi buena pacotilla, y en unos añitos más seré dueño de unas tierras; mi majada aumenta, aumenta... Mira, Crescencita,   —222→   entonces, como no haya alemanes que temer, yo... ¿Sabes? Tú... ¿me entiendes?

-¿Qué he de entenderte, si parece que estás deletreando?

-¡Es que soy muy torpe para expresarme, y luego tú me mareas! Porque estás muy bonita, más bonita que antes. ¿Te acuerdas cuando bailabas peteneras y jugábamos en la huerta?

-¿Otra vez la mano? ¿Te estarás quieto?

-Bueno, la encerraré en el bolsillo para castigarla. Decía... que estás muy bonita, y muy mujerona. Y me parece que no te has vuelto orgullosa. Porque yo me decía: ahora la señora princesa no querrá saber nada con el pobre Juan, ni se acordará del santo de su nombre.

-Ya ves que sí me acuerdo, y que soy la misma, la misma. Por lo menos, si a mí me escribieran que tú te casabas con una colona de aquellas, yo no lo creería, y sin embargo, tú te has tragado la papa de mi   —223→   matrimonio ¡qué risa! de mi matrimonio con ese Franz tan feo.

-Sí, sí, pero...

No es que se atragantara también esta vez Juanillo, sino que, en mala hora, penetró un cliente en la tienda, un mozalbete, pegajoso conquistador de oficio, que con el pretexto de comprar guantes, antes que el pedido por la boca dulzona, echó media docena de miraditas cargadas de fluido amoroso, bastante para derretir los mismos témpanos de hielo y ablandar al mismo diamante, remolineando el junco entre los dedos y el sombrero caído sobre la oreja, a lo truhán y captador de voluntades. Crescencita hizo un gesto que significaba: -Verás qué pronto le despacho... Y del estante más próximo cogió una caja del envoltorio de franela y papel de seda, entresacó un par de guantes, miró el número, los abrió diestramente con la tijera de hueso, espolvoreó a cada uno, y fue a liarlos para su entrega...

-Si usted tuviera la bondad de probármelos,   —224→   señorita... dijo el mequetrefe.

Crescencita, de mal talante, le hizo poner el codo sobre la dura almohadilla de pana, abrir la mano, estirar los dedos, y ligeramente le calzó el guante. Él, enardecido por la negligente postura, la proximidad y el manoseo, en voz baja la decía tonterías, muy meloso, cada vez más pesado... Y Juanillo, hecho un toro, recorría la tienda, del mostrador al umbral, mordiéndose los bigotes, con ganas de darle a probar al otro, ya que las probaturas le agradaban, la fuerza de sus puños. Felizmente terminó el ensayo, entregó el paquete la muchacha, y pagó y se despidió el mozuelo, llevando la firme convicción que dejaba a la linda guantera traspasada.

-No me parece bien -resolló Jean- que te prestes a estas exigencias desvergonzadas. ¿Por qué no baja tu madre y lo hace? Te digo que no está bien, no, y no. He tenido intenciones de darle un guantazo. ¿No quería guantes? pues toma guantes.

-Si es el oficio, Juanillo -contestó   —225→   Crescencita sonriendo...- pero no vayas a creer que a mí me agrada; ya hemos convenido que en la otra tienda, ni mamá ni yo nos pondremos al mostrador: se tomarán dos oficialas bonitas, porque la estética es lo primero, como dice papá. Y yo estudiaré pintura, bordados y música; quiero aprender el piano como madama Clémence; hacerme señorita también.

Crujió una escalerilla interior; sonaron pasos; las máquinas, que no se veían, empezaron a machacar, sin duda porque las ocultas oficialas husmearon la presencia de la maestra; se abrió la cortina de yute encarnado del fondo, y apareció doña Orosia, tan prendida y tan pulcra como siempre; Jean la saludó con torpeza, pero ella no acababa de reconocerle, hasta que Crescencita dijo:

-Si es Juanito Duseuil, mamá, el hermano de madama Clémence.

-¡Hola, Juanillo! -exclamó la de Barbado-. ¿De veras eres tú? ¡El diablo que te conozca, hijo! ¡Jesús, qué hombrón! Ven acá.

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El joven estrechó respetuosamente la mano fina de doña Orosia, y por primera vez se acordó de preguntar por D. Rufino, por Tito...

-Rufino salió temprano a sus quehaceres -respondió la señora- y Tito ahora mismo baja: está en el Colegio Nacional, y tan crecido como tú: a lo que parece, nos va a salir un doctor de muchas campanillas, ¡tiene un talentazo! y estudia por cuatro.

Al bullanguero triquitraque de las máquinas, salió Tito alegremente: era el mismo angelote hermoso de antaño, más alto, más recio, los bucles recortados, el sello de varonil seriedad más pronunciado, la voz ronca, de pollo que quiere gallear, y el aire desenvuelto del niño que se siente hombre. Traía un paquete de libros bajo el brazo, y al presentarse en la tienda saludó, risueño:

-¡Buenos días!

-¡Mira quién está aquí! -anunció Crescencita.

-¿A que no le conoces? -dijo doña Orosia.

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-¿Cómo no? -exclamó Tito-. Es Juanillo, el de la calle de Charcas.

Y corrió a abrazarle alegremente, ensenándole sus libros donde, con ansia de sediento, bebía a grandes sorbos la ciencia; y como el reloj de la sobrepuerta diera las nueve, no se entretuvo más en preguntas, que a fe le interesaban bastante, y se despidió diciendo que ya se verían por la tarde, pues tenían que contarse muchas cosas después del largo tiempo de ausencia; era la hora de clase y no podía detenerse. Salió a escape, y doña Orosia dejó correr así la baba de su cariño maternal:

-¿Qué te parece, Juanillo? Lo mismo ocurre todos los días; a veces no toma el desayuno, y la hora de clase le sorprende sobre los libros. Cuando vuelve, otra vez a abrir los libros... Se acuesta a las tantas, estudiando hasta que se cae de sueño. Y como no me da la gana que vaya a enfermarse, los domingos le escondo sus librotes y le echo a la calle para que se distraiga un poco. Es el primero del curso, y en cada   —228→   examen saca un diez como un templo. Bien que aquel pobre señor Andillo le llamaba en latín delicia humana o cosa así, y le comparaba a cierto emperador de no sé dónde, tan estudioso y bueno como Tito.

No acabó doña Orosia de pronunciar el nombre de Andillo, cuando bajando de un landó a la puerta, entraron en la tienda dos damas, tan parecidas la una a la otra, que de seguro eran gemelas; la una, sobrada de carnes y vestida de color, la otra, más delgada, llevando riguroso luto a la francesa, es decir, que en vez de tocarse con el feo mantón de merino, traía capota de crespón, suelto el largo lazo hasta la orla de la falda. Alborotáronse, al verlas, doña Orosia y Crescencita, y Jean se arrinconó por no estorbar, brotándole fuego de las mejillas ante el miedo de que las señoras, que había reconocido sin trabajo, se fijaran en él y no supiera saludarlas con la cortesía debida.

-Bienvenidas, señoras mías -dijo la cumplida doña Orosia-; dígnense ustedes   —229→   tomar asiento. Siempre protegiendo ustedes la casa de esta servidora.

-¡Hola, Crescencita! ¿Cómo estás? -decía la de color-. ¿Cómo está usted, Orosia? Sí, sí, ya sabe usted que Liberata y yo le hemos hecho a usted una propaganda... A ver, hija mía, muéstrame guantes claros, ya sabes mi número.

Y mientras la chica revolvía cajas y María Cleofé paquetes, misia Liberata, sentada junto al mostrador, hablaba con doña Orosia, lisonjeando el oído con el dulce timbre de su voz. El luto hacía resaltar de tal modo su belleza severa, que dijérase, antes de restarla encantos, añadían nuevos los años, porque era mayor el brillo de los ojos y la esbeltez del talle y la gracia de la sonrisa; luego, la soledad de la viudez había madurado aquella facultad suya pasmosa de la reflexión, prestándola saborete de pesimismo, que se advertía de seguida en su conversación y en los suspiros con que la subrayaba. Decía María Cleofé que si a misia Liberata le daba la gana de coger la   —230→   pluma, dejaría a la misma Staël tamañita; pero ella, sólo de oírlo, sonreía, mirando a la bulliciosa hermana de la manera con que sabía imponerla silencio, cuando la lengua se le iba tras de la broma sin medida. ¡Esta María Cleofé tenía unas cosas! No decía también que...

-No la dé usted cuerda, Orosia -exclamó la de Patrick volviéndose con picaresco ademán- que se pondrá insoportable. A estas viudas lloronas les hace falta marido, sí señor. Pregúntele usted si no se lo vengo predicando, pero como si predicase en desierto. Siempre encerrada, siempre de luto, con lágrimas y soponcios... ¿Verdad, señora, que la carne encerrada huele? Sin embargo, no hay medio de sacarla a que tome aire. Han empezado ya las tertulias en casa de Esteven y de Segunda Paso, que son relaciones nuestras, y no quiere ir; Jovita García Luces, la de Hierro, nos ha invitado a su gran baile de mayo, y no quiere ir: tendré que ir sola y daré por excusa que mi hermana está tonta. ¿Le parece a usted?

  —231→  

-¡Por Dios, María Cleofé! -suplicó misia Liberata con severidad.

A la de Barbado pareciole oportuno intervenir en favor de la que fue su amable patrona, y apuntó discretamente que si hay maridos que nunca se llorarán bastante y son irreemplazables, ninguno como el difunto D. Hipólito (que esté en gloria); y María Cleofé atropelladamente, dijo:

-Pues estoy segura que él mismo se lo había de aconsejar.

Lo que hizo reír a todos, y a la propia misia Liberata con tanta gana, que se ahogaba.

-¡Vaya, que he dicho un disparate -repuso María Cleofé-; pero bien dicho está, puesto que te he hecho reír, mujer. Mira, ¿te gusta este color? Yo me muero por el patito, y como han dado en que no es de moda...

¿Al través de la cortina de yute, por la puerta de la calle o debajo de alguna trampa oculta, salió Franz Blümen? De repente apareció, en efecto, el Bismarckito   —232→   en la tienda, de tal modo parecido a su egregio tocayo, gracias a los años corridos (aunque no pasaría de los treinta y cinco), y de las preocupaciones cuya clave doña Orosia creía poseer, que no se despintaba: la cabeza pelona con los tres pelos clásicos de punta, las cejas enmarañadas, avejigados los ojos, erizados los bigotes, era vivo retrato del otro y no faltó acierto a Max cuando le echó el apodo encima. Saludó amablemente, y se acercó a misia Liberata, quedando plantado delante de ella, con sonrisa indefinible en los labios, que descubrían los enormes y blanquísimos dientes.

-¡Señor canciller de hielo, digo, señor Blümen! -exclamó María Cleofé, la burlona-; conque se adelanta, ¿eh? Sucursal en la calle Florida, espejitos, terciopelos y demás etcéteras de lujo. No pierden ustedes el tiempo, los extranjeros, por estos barrios americanos.

-¡Oh! ¡No, francamente, no! -respondió gravemente Blümen.

Y terciando en la conversación doña   —233→   Orosia, mientras la señora de Andillo se distraía en las picardigüelas del gatazo negro, empeñado en cazar los átomos brillantes que pululaban dentro del rayo de sol, María Cleofé, con el paquete de compras en la mano, se despepitó a su gusto, charla que charla...

El olvidado Juanillo, desde su rincón, no perdía sílaba ni movimiento, hosco y silencioso, porque la presencia del germano despertó sus celos dormidos: le observaba con desconfianza, y fuera torpeza suya, fuera que en los vidriosos ojos de Franz ninguna sensación se reflejara, nada traslucía que diera peso a su sospecha. Distraído él también con las monerías del gatazo, plantado junto a misia Liberata, dejaba oír un murmullo ronco, de risa comprimida, a cada salto del animalito, y dirigía a la dama un comentario mudo, que sin duda quería decir: -«¿Ha visto usted qué listo es y qué picarón?...» pero que no conseguía expresarlo: tan tiesa, como hecha de cartón-piedra, era su fisonomía. La dama alargaba la   —234→   punta de la sombrilla, asaltábala el gato, retirábala ella deprisa, y reíanse los dos, misia Liberata con desgana, Franz de aquella manera semejante a un ronquido. Aunque fuese Juanillo observador más penetrante, no le ofreciera la cubierta teutónica resquicio por donde colarse a descubrir sus secretos; ¿qué hilo habría logrado coger la sagaz doña Orosia para suponer lo que decía? Volviéronse los ojos suspicaces hacia quien tenía el alma entera en los suyos, y ante la serenidad y la limpidez de sus pupilas, los celillos poco a poco se adormecían.

Crescencita, colgada de la pintoresca cháchara de María Cleofé, mostraba los dientes menudos, aplaudía, y ni una sola vez, ni una sola (cuidado, que el mismo Jean lo garantizaba), se le corrió la mirada del lado de Franz, ni tampoco a Franz del lado de Crescencita. Después de esta inspección disimulada y concienzuda, el mancebo, ufano, se miró en el cristal de la ruin anaquelería, arregló los lazos del pañolito   —235→   de seda y carraspeó, canto de gallo soberbio que celebra su victoria.

Entonces descubriole misia Liberata, y levantándose, le obligó a salir a la luz, hecho un ovillo de puro avergonzado, que no es el campo escuela propia de la cortesía, y así como tuesta la piel, encoge el ánimo y hace rudas las maneras; teníale cogido de la mano la hermosa viuda y le mostraba a la reunión, admirada del desarrollo de aquel retoño normando que a su puerta echó el viento un día que la felicidad reinaba en la casa. ¿Se acuerdan ustedes? ¡Qué tiempos! ¡Y cómo ha cambiado todo! Con la infinita tristeza de que impregnaba cada palabra suya, agregó misia Liberata que ya sabía, por los hermanos, que la transformación era completa, lo más completa que pudiera desearse, ofreciéndole un ramillete de buenos consejos, que el mozo, corrido, aceptaba, balbuceando las gracias. A todo esto, no le soltaba la mano misia Liberata, como acostumbrada a tratarle de niño, y atreviéndose Juanillo a levantar   —236→   los ojos, creyó ver una cosa muy rara: que aquellos vidriados de Franz, que parecían de ordinario sin vida, fulguraban con extraña luz, y en la viuda, bañaba toda en el rayo de sol, se fijaban y en él, pestañeando, chisporroteo de la lumbre que desbordaba por las cuencas. Era la misma mirada conocida de las ocasiones que, allá en el zaquizamí de la calle de Charcas, le sorprendió el germano escurriéndosele las uñas tras del álbum de sellos o de una baratija cualquiera, cuando su vergonzosa manía le avasallaba; y, por instintivo ademán, se libró de la presión de la mano aristocrática, como si le pillaran en flagrante delito de apoderarse de lo ajeno.

Por tres veces, María Cleofé había dicho: -¿Vamos?... Y otras tantas se volvía a dar nueva puntadita con doña Orosia.

-Sí, sí, la verdad es que estos muchachos, con hacerse hombres, nos hacen viejas a la fuerza. ¡Viera usted los míos cómo están...!

Preguntó por D. Rufino, el cual, según   —237→   su mujer, estaba de reunión de compatriotas, con motivo de las últimas inundaciones que habían afligido a España: se iniciarían subscripciones, se organizarían beneficios y se haría todo lo posible por ayudar a remediarlas: ¡ay! el corazón del emigrado no olvida a la madre patria, y llora sus desventuras, y celebra sus alegrías, que no es la ausencia motivo de despego, antes poderoso acicate del filial afecto. Ella le había dicho: -Que te subscribas por una buena cantidad... Y él asintió con la cabeza, dando a entender que holgaba toda recomendación. La de Patrick asentía también con rápidos movimientos de pájaro: -Sí, ya lo creo... Y picoteaba el tema, le dejaba y buscaba otro, y se entretenía contestando: -Ya voy... a cada ¿acabarás? impaciente de la hermana.

Resignada, misia Liberata se había sentado de nuevo, y mientras con la punta de la sombrilla atraía y hacía huir al gatazo juguetón, hablaba con Blümen; y desde su rincón, donde la timidez le mantenía clavado,   —238→   pareciole al curioso Juanillo que no solamente los ojos del Bismarckito echaban lumbre, sino la cara toda, como si tuviera bajo las narices un buen jarro de cerveza. Lo que bajo sus narices aparecía, y no a grande distancia, porque él, apoyado en el mostrador, se inclinaba, era el rostro moreno y encantador de la viuda de Andillo, coronado por la diadema de cabellos negrísimos, entretejida de algunos hilos de plata, y la capota de crespón, en cuya cúspide abría sus alas una mariposa de reluciente azabache; y sin duda, el vaho gratísimo de la hermosura subía a cosquillear el olfato del hombre de piedra, avivando su sangre y sacudiendo sus nervios. Porque entre el cotorreo de María Cleofé y las dos Barbados, la voz plácida de misia Liberata pronunciaba frases indiferentes y trilladas vulgaridades la campanuda de Franz; luego no era el sostenido diálogo, o, mejor dicho, el tema que debatían, lo que transfiguraba la muerta fisonomía del germano. ¿Qué era entonces?

  —239→  

Poco le importaba a Jean el averiguarlo. Importábale más atraer a su lado a Crescencita, y a falta de sombrilla con que llamarla como al gato, disimuladamente hizo bailar los dedos sobre el mostrador; ella se volvió, y vino sonriente:

-¿Qué quieres? ¿Te vas?

-No sé -cuchicheó él-; me dan ganas de irme, porque no nos dejan hablar, y yo necesito decirte muchas, muchas cosas.

-¿Qué cosas?

-Mira, primero, que me he convencido que eso del Bismarckito es un grandísimo disparate.

-Bueno, ¿y qué? Si no te hubieras convencido, seguiría siendo tan disparate como antes.

-Continúo... ¿No nos oye tu madre?... Segundo, que no pienso volver a la María Luisa en ocho días, y que en estos ocho días espero verte ochenta veces.

-¡Hombre! No podrán ser tantas...

-Yo vendré aquí, y tú irás a casa. ¿No tienen ustedes costumbre de ir los domingos   —240→   por la noche? Bueno; y tercero y principal, ¡que estoy muy contento, pero muy contento!

-¡Anda, zonzo! -exclamó ella, pronta la mano para castigar el avance de la otra insolente, que se alargaba a hurtadillas.

Pero el enojo no parecía serio, porque le decía, entre tanto, que ya la vería vestida de princesa, con el traje nuevo de seda y un sombrero de castor que daba el opio. ¿Qué se creía entonces? ¿Que andaba pingajosa como en la calle de Charcas?

-Con tal que el orgullo no se te suba a la cabeza, Crescencita -murmuró Jean celoso-, o la trastorne a tu madre y se empeñe en casarte con un doctor, ¡que sor los títulos de acá!

-Basta con un doctor en la casa -dijo ella, riendo-; ya tenemos a Tito, ¿a qué más doctores?

Entraron otros parroquianos, y las dos señoras se despidieron al fin, escoltándolas Franz hasta el carruaje, cuya portezuela   —241→   abrió y cerró luego cortésmente. Resonaba la calle con el trompeteo de los tranvías, y entre el revuelto enjambre de coches y carromatos, perdiose el landó. Franz, desde el umbral, bajo el toldo que le abrigaba del sol, le siguió con los ojos pensativos... Seguidamente se rascó la calva, acarició a los tres confidentes de sus reflexiones, y penetró en la tienda, a tiempo que Juanillo salía, y por mirar a Crescencita, en una última ojeada de adiós, daba con él un encontronazo.

-Usted dispense -dijo el joven excusándose.

Salió a la acera, y antes de alejarse vio como desaparecía el teutón detrás de la cortina de yute. Marchó entonces alegremente, vibrante el alma de amor y de esperanza. Llegó a su casa, y madama Clémence, que le espiaba, le persiguió hasta su cuarto:

-¿Qué? ¿Vienes a preparar la maleta de regreso?

-No. ¿No te he prometido que me quedaría   —242→   dos días? Pues me quedaré ocho, y te prometo venir de visita con más frecuencia.

-¿Y monsieur Jean Pierre? -preguntó asombrada madama Clémence.

-Monsieur Jean Pierre que espere sentado...



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VII

Suele ser para las madres el corazón de una hija, libro puesto del revés, cuyas letras, claras y corrientes, parecen signos de una lengua extraña; para doña Orosia era el de Crescencita arca cerrada con siete llaves, y eso que en los serenos ojos de la muchacha el candor y la sinceridad, como palomas en el nido, se cobijaban a la sombra de sus crespas pestañas. Desde el trasplante a la calle de las Artes, y consiguiente cambio de humor de Franz, dio la madre en el tema que los síntomas parecían amorosos de necesidad, y, acentuándose éstos a medida del correr de los días, imaginó aquello del pedazo de hielo colocado cerca al fuego, el   —244→   frígido teutón derritiéndose al calor de la juvenil belleza de su hija, sin que prestara fundamento a este mal supuesto otra cosa que las apuntadas genialidades del Bismarckito; palique sospechoso, micacitas elocuentes, nada, en fin, de lo que forma la salsa de la intriga de amor, pudo pescar la vigilante señora, y no porque las oportunidades escasearan, pues los dos vivían bajo el mismo techo; pero, a pesar de las risas de Crescencita y la reserva de Franz, doña Orosia seguía en sus trece:

-Que está enamorado, no hay duda. ¿De quién? ¡Abre los ojos, Orosia! no sea cosa...

Por más alerta que estaba, no vio sino lo que había visto: en las horas de comer, los bigotes de Franz metidos en el plato, y cuando andaba por la tienda, en las rarísimas ocasiones que dejaba el despachito junto al obrador y sus libros comerciales, apenas sí dirigía la palabra a la chica. Doña Orosia, encariñada con su sospecha, atribuía a exceso de respeto esta conducta, y   —245→   la verdad sea dicha: respetuoso era Franz en grado superlativo, que cerca de sí tenía cuatro hembras de buen trapío, dándole al pedal de las máquinas de la mañanita a la noche, y ni para contestarlas los buenos días las miraba.

Conducta ejemplar como esta, forzosamente había de conquistar las simpatías de la señora, aseguradas ya por otras virtudes no menos estimables, que hacían del Bismarckito un modelo de varones. Aun cuando la de Barbado se daba el pisto que ustedes saben, respecto a sus extraordinarias grandezas fenecidas, y el camino de la prosperidad, emprendido felizmente, descubriera a su vista horizontes quizá más brillantes que los que en Arcos creyó obscurecidos para siempre, su buen sentido la indicaba que, llegado el caso de escoger esposo para Crescencita, valía más hombre salido de la nada, criado a los pechos de la pobreza, educado en la escuela del trabajo, que doctorcito de babero, pura linfa, poco seso, malos vicios y ninguna hacienda.

  —246→  

Franz sería para la niña apoyo y guía en la vida, el mejor de los maridos que una madre celosa puede apetecer.

Tales ideas y secretas esperanzas alimentaba doña Orosia; y como los síntomas enfermizos del germano continuaban, a pesar de timideces y reservas propias, a no dudarlo, de un carácter sombrío y meticuloso, fue para ella echarle sobre la cabeza un jarro de agua fría la noticia de que Franz se negaba a vivir con la familia en la nueva casa de la calle Florida.

El tragajotas, como le llamaba picarescamente Tito, a causa de las haches aspiradas que abundan en su lengua y su pronunciación marcadísima, lo comunicó de sobremesa, con gravedad solemne, y a los por qué de doña Orosia y de todos los Barbados, que le querían de veras, opuso desabridos nain, y absoluto silencio. Luego manifestó que había alquilado un cuarto de soltero en la calle de Corrientes, en casa donde admitían hombres solos, y suplicó a doña Orosia que le alhajara a su gusto, y proveyese de todo   —247→   lo necesario, sin pararse en gasto de más o de menos; y doña Orosia se prestó a ello, pero con mucho desagrado, pues la deserción del Bismarckito le olía así como a calabazas de su hija, y por averiguarlo la interrogó severamente, la amenazó, llamándola coquetuela... La chica se encogió de hombros y se rió con gana: ¡qué empeño mostraba la madre en que el señor Franz había de decirle algo! Si no se lo había dicho, ni ahora, ni antes, ni nunca; estuviera disgustado o no, ella no tenía la culpa, porque le trataba siempre con el respeto y afecto merecidos. Doña Orosia caviló profundamente, y se dijo para su rodete:

-¡Pues, señor, no lo entiendo!

Llegaron, entre tanto, los esperados hermanos de Cádiz, los que debían quedar al frente de la tienda vieja: el uno, don Aniceto Barbado, causante principal de la ruina de la familia, según doña Orosia, aquel que ya vino por estas tierras en sus mocedades y se volvió renegando de que no encontrara quien le pusiera la sopa en la   —248→   boca, un hombrón tan largo y anguloso como D. Rufino, con unas barbazas lo menos de diez pulgadas, heredero legítimo del símbolo del apellido; la otra, doña Angustias, su mujer, que parecía hecha de alambres y pergamino, enfermiza, suspirona y de tan poca disposición para lo útil, como apta para lo que se entiende por coquetería femenina: es decir, que no sabía espumar el puchero, ni zurcir una media, pero a ponerse almidón y rizarse el pelo a la misma cuñada la daba punto y raya. Pareja igual no se encontraba, ni de encargo: a D. Aniceto no se le caía el cigarrillo de la boca, y a doña Angustias la tenacilla de la mano, y tumbados los dos generalmente, el uno por holgazanería nativa, y la otra por supuestas dolamas, ambos pedían, pedían y pedían lo que no sabían ganarse, con andaluza melosidad y persistencia de mendigos hambrientos. Cansados de sus cartas lastimosas, los Barbados de acá pensaron que, acaso dándoles todo hecho, la tienda con sus enseres, las habitaciones con el menaje   —249→   completo, listas las aprendizas, la máquina a punto de funcionar, en fin, algún partido podría sacarse de los parientes, y les llamaron cuando la oportunidad llegó de agrandar el comercio; el D. Aniceto contestó a vuelta de correo, que ya sabían que él no estaba para muchos trajines y que la salud de su Angustias, a dos dedos del sepulcro la pobrecita, no la permitía pesadas tareas: que si lo de la tienda era trabajo liviano, llevadero, quizá se atrevieran a pasar el gran charco, aunque (y esto subrayado), preferirían antes una mesadita fija, para alivio de su triste situación.

D. Rufino, impaciente, mandó su ultimatum en esta forma: «O se vienen ustedes de seguida, o no huelen un centavo de mi bolsillo. Ahí va el importe de los pasajes...» Y se vinieron, por temor que les limpiaran el comedero, llegando molidos ambos, con flojedad en los músculos D. Aniceto, y doña Angustias con jaqueca; mostráronles su nuevo hogar los hermanos, explicáronles los escasos quehaceres que les incumbían y las   —250→   condiciones impuestas, verdaderamente livianas, y todo lo recapituló D. Rufino de esta manera:

-Ya veis que es bien poca cosa: los gastos se pagarán con los beneficios del comercio, y si hubiese pérdidas, que no ha de haberlas con una buena administración, se cargarán a mi cuenta. Además, tendréis el veinte por ciento de las ganancias. ¿Qué tal? Sólo por vigilar la tienda, despachar en el mostrador y llevar los libros.

Pegada al labio inferior la asquerosa colilla, D. Aniceto contestaba con gruñidos y no de satisfacción, y doña Angustias fruncía el gesto soltando hondos suspiros y lamentaciones, en que sorbía las erres y eses finales y vestía de zetas a todas las ces con que tropezaba:

-¡Ay, Jesús! ¡Bien te lo decía yo, Aniceto: si vamos a América ha de ser para trabajar! y nosotros no estamos para trabajar... ¡Jesús! ¡Todo esto quieren ustedes que hagamos! ¿Ves, Aniceto? ¡Bien te lo decía yo!

  —251→  

¿Y qué pretendéis entonces? -saltó quemada doña Orosia-; lo que yo os digo es que sois unos grandísimos gandulazos, y que si no os sacudís la morriña, no habrá ni esto para el cocido.

-Esto me faltaba, -clamó doña Angustias-. ¿Has oído, Aniceto? Ahora nos insulta. ¡Jesús! ¡y por qué habremos venido! ¡Qué desgraciaditos somos!

Seguramente, que de no intervenir don Rufino, su mujer le zurra la badana a los cuñados, y en la tienda estalla el gran escándalo. En suma, que dejaron a éstos instalados en la calle de las Artes, mudáronse ellos a la de Florida y separose Franz para ir a vivir en su cuarto de soltero, agradablemente preparado por doña Orosia.

Pusieron la nueva tienda con lujo: la vidriera aparecía tapizada de terciopelo de lana carmesí, rodeada de una cortinilla de la misma tela, que en bonitos pliegues colgaba de una barra de bronce dorado, y una lámpara de cristal, llena de caireles y lagrimones, dábale hermosa luz de gas por   —252→   la noche; eran de roble la anaquelería y el mostrador, y el piso estaba untado de cera y nogalina. Había dos sofás, también de terciopelo, y dos espejos cuadrilongos de marco dorado, si no de talla, de pasta fina. El obrador ofrecía suficiente cabida hasta para ocho oficialas... Pero, donde el lujo adquiría mayor realce, era en las habitaciones altas, destinadas a la familia, revestidas todas con bonitos papeles, recién entarimadas, amuebladas de nuevo: la alcoba matrimonial; la de Crescencita, azul y color de rosa; la de Tito; el despacho de D. Rufino, con una librería que cogía el testero principal; el comedor, llenas las paredes de platos raros y bodegones al óleo, y la sala, una salita resplandeciente, en que el mismo sofá del copete famoso no se echaba de menos. También tenían un saloncito de música, vestido de percal Pompadour, el techo de rizado algodón celeste y en el centro, pendiente de ancha cinta azul, un angelote de escayola dorada con purpurina, abiertos abanicos y pantallas en los muros,   —253→   un piano de alquiler, un clarinete y la guitarra inseparable.

No se atrevía doña Orosia a decir que mejor aún fue la de Arcos, de eterna recordación; y madama Clémence, en la primer visita, sintió los picotazos de la envidia e hizo propósito de mudarse de casa oportunamente, porque la promiscuidad en que vivía comenzaba a parecerla de mal tono.

Con ser la de los Barbados de estas coloniales que por milagro se conservan en la aristocrática vía, una de sus mayores ventajas era la de poseer un terrado, que bien pronto Crescencita llenó de tiestos y de todas las exquisitas variedades del jazmín, desde el diminuto del Paraguay hasta el soberbio del Cabo y la delicada diamela indígena; ayudado de Tito, el mismo D. Rufino armó un cenador, con una mesa rústica y sitiales hechos de retorcidas ramas, rodeándole de santarritas y pasionarias, que en verano le cubrieron de sombra, de flores y de frescura, y fue el sitio predilecto de reunión de la familia, que subía a aspirar el aire y a recrearse   —254→   con el animado espectáculo del tránsito callejero, de noche extraordinario, a la luz de los focos eléctricos y de las vidrieras deslumbradoras...

Aunque la sucursal de la calle de las Artes les preocupaba más que si forzados estuvieran a atenderla personalmente, pues iban a pasar requisa cada día, y ya encontraban ausente a D. Aniceto y tumbada a doña Angustias, con parches de sebo en las sienes, o ya al cuñado fumando su cigarrillo en la trastienda y confiado el despacho al dependiente; dueño de sí D. Rufino, con alientos mayores que la holgura le prestaba, pudo ensayar aquellos proyectos grandiosos, causa de fiebres y de insomnios, con que contaba redondear de un solo golpe la naciente fortuna. Primero, a medias con Max, se metió de cabeza en una especulación de terrenos; y todas sus energías, centuplicadas gracias al ambiente benéfico, dedicó a la lucha en aquel estadio universal del trabajo. Pagados estaban los débitos del Banco y de los bigotes color de limón, y ningún   —255→   plomo le pesaba en las alas, si no era la parsimonia de Franz.

Ésta, sin embargo, mucho había perdido de su virtud, o porque la experiencia calmara los arrebatos de D. Rufino, o porque el mismo Franz, distraído con sus secretos pensamientos, no se cuidaba ya de hacerla valer, al punto de que la alianza hispano-germánica llevaba trazas de disolverse en fecha más o menos remota. Y no a causa de disensión, desavenencia ni nada que afecta a la amistad personal de los dos socios... En los primeros tiempos de la mudanza, la actitud del Bismarckito fue idéntica a la que tantas sospechas y cavilaciones despertaba en doña Orosia: cumplía sus deberes cotidianos sin tilde ni retraso, hablaba poco en la mesa, entraba y se retiraba a su hora, y hasta mañana; después dijo que no le venía bien el comer en la tienda, y tomó pensión en una fonda cercana a la Bolsa... Doña Orosia puso el grito en los oídos de Crescencita, acusándola de que, por culpa de su desvío poco a poco iba ahuyentando a aquel   —256→   hombre excelente y acabaría por arrojarle de la casa y de la sociedad. Si le llamaba tragajotas, como Tito, y se burlaba de sus tres pelos y hasta le arrojaba pelotillas en la calva, desvergüenzas que, aunque él las tomara a broma, no dejarían de hacerle mella. ¡Un hombre como aquel! ¿Dónde encontrar otro igual? Estuviera o no delante D. Rufino, no se mordería la lengua para decirlo.

Como la otra vez, la muchacha protestó, entre risas, de su inocencia. Y la madre hubo de callarse, temiendo que sus imprudentes exabruptos descubrieran el recóndito deseo de entregar la manzana que en su hogar lozaneaba al buen apetito de los largos colmillos teutónicos. Pero la bomba tenía fatalmente que estallar, y estalló un día en el despacho de D. Rufino, ocupados éste y Franz en una laboriosa liquidación de fin de mes.

-¿Sabe usted, mi buen Sr. Barbado -insinuó el alemán entre suma y resta- que voy a decirle algo que hace mucho tiempo   —257→   quiero decirle, y de un día para otro lo he diferido, por consultarlo mejor con la almohada y madurarlo debidamente?

-Diga usted, Blümen, diga usted -contestó D. Rufino, cerrando el libro mayor-, a fe que nos morimos todos de curiosidad por saber qué le pasa... porque a usted algo le pasa, o todos somos miopes.

A mí no me pasa nada -dijo secamente Franz.

Echó sobre los ojos la cortina de sus párpados, y repuso:

-Señor Barbado, crea usted que lo que voy a proponerle no obedece a disgusto personal, ni siquiera a desconfianza en la buena marcha de nuestro comercio; al contrario, pienso que la casa está asentada sobre bases sólidas, que su crédito es inmejorable, y de realizarse el acuerdo de destacar agentes en las provincias y más adelante abrir nueva sucursal en el Rosario y, si es posible, también en Córdoba, la fábrica de guantes A la ciudad de Cádiz será la primera de la República. Pero, esto para   —258→   mí representa larga y pacienzuda espera de esa fortuna con que todos soñamos; y como no me conviene esperar, por razones que a nadie le interesan, he resuelto separarme de la sociedad y hacerme corredor de Bolsa.

Rascose D. Rufino la barbilla, hasta arañarse sin piedad, y al acicate de sus uñas brotaron razones de este calibre: ¡Impaciente él, Franz Blümen, la prudencia en persona! ¡Dejar lo cierto por lo dudoso! ¡Arrojarse al pozo ciego de la Bolsa! ¿No se acordaba ya de las tres caídas del inglés Mr. Robert y de los tiritos con que cada crack se celebra? Quien va de prisa, pronto se desboca, o más pronto tropieza, o más fácilmente se cansa. ¡Vamos! Que los papeles se trocaban, y meterse a diablo predicador maldita la gracia que le hacía. Blümen, el seriote, el grave, el prudentísimo Blümen no hablaba de veras.

-¡Y tan de veras! -insistió el Bismarckito.

Descorrió la cortina de los ojos, y miró fríamente a D. Rufino. Éste, convencido,   —259→   respondió, abriendo de nuevo el libro mayor:

-¡Sea, amigo Blümen! Cuando usted quiera...

La noticia dejó a doña Orosia sin gota de sangre en las venas, según confesión propia; la separación de Franz no destruía solamente sus ilusiones, que esto, al cabo, importaba poco, pues bodorrios amasados al capricho ajeno, obra son del diablo y no de personas con dos dedos de frente, como ella misma medía su buen razonar, y ya estaba persuadida que ni la una ni el otro sentían la misteriosa atracción que suelda por siempre dos voluntades; lo peor sería que, falto D. Rufino del consejo bismarckiano, de aquella manea de su viveza andaluza, en el primer pantano atascara el carro, o le volcara al menor tropezón. La liquidación se practicó sin dificultad, y se disolvió la sociedad amigablemente.

Tan amigos quedaron los ex socios, que Franz venía muchas veces a la tienda y subía a platicar con D. Rufino en su despacho;   —260→   en el cuarto de Tito se estaba también de cháchara, y hasta llegó algún domingo a quedarse a comer y pasar la velada en el cenador de la azotea. Parecía más comunicativo y de mejor humor, pero nadie consiguió sonsacarle su secreto, empeñados todos en que lo guardaba y debía de ser de lo más curioso del mundo.

Solía decir Barbado que «no hay don precisos en el mundo»; y en verdad que la ausencia de Franz no trajo entorpecimiento alguno, y el comercio siguió marchando tan guapamente. Como el trabajo aumentaba, y Tito, por causa de sus absorbentes estudios, no podía dedicar siquiera una migaja de tiempo a los libros de la casa, se tomó un dependiente, castellano, ducho en teneduría, y le pusieron en la planta baja, junto al obrador, de manera que no estorbara su curiosidad ni le distrajera el tecleo de Crescencita. También tomaron otra criada y un chico de recadista, que les servía a la mesa y vistieron a la moda británica, con chaquetilla corta y botonadura amarilla,   —261→   pantalón ajustado y gorra de hule, el cual, en su calidad de groom, cumplía además la importante misión de cerrar y abrir la cancela al paso de los parroquianos.

No tenían ya que bajar a la tienda, confiada a dos señoritas de buen ver, la madre y la hija, y llevaban una vida muy regalada. Crescencita ocupábase mucho de su persona, agotando todos los recursos de pastas y cosméticos para borrar de sus dedos los pinchazos delatores de la sufrida esclavitud junto al pedal de la Singer; mas no por pagar a la coquetería el tributo que justo es que la conceda la hermosura, olvidaba de instruirse en aquellas artes con tanta propiedad llamadas de adorno, y tomaba lecciones de dibujo, de bordados, y también de francés y literatura, de una vieja institutriz, que la entretenía dos horas todos los días. La música se la enseñaba el padre: sobrábale espacio a D. Rufino para recordar sus antiguas aficiones, y exhumadas las polvorientas partituras del arcón en que yacían, en poco tiempo aprendió la   —262→   muchacha a descifrarlas, y pudieron tocar a dúo, ella en el piano y él en el clarinete, su instrumento favorito, triste remembranza de aquel viejo compañero abandonado en el purgatorio del Monte gaditano; sesiones éstas gratísimas, en que doña Orosia se extasiaba dulcemente, llevando el compás con el pie, los ojos distraídos en el blando meneo del angelote dorado.

Por lo menos una vez cada dos meses, poco después del almuerzo o poco antes de la comida, a hora que había de hallar reunida a la familia, entraba en la tienda y subía tímidamente la escalera interior, alguien que no pasaba adelante sin impetrar el permiso con emoción; generalmente, Tito o doña Orosia le anunciaban, diciendo: -«¡Hola, Juanillo!...» y Crescencita acudía, ruborizada, y en la curtida mano del mozo dejaba temblando la suya. Ávidamente, uno y otro se miraban con celosa desconfianza, espiando las señales de la metamorfosis que el soplo poderoso de aquel dios Progreso, incansable revolucionario,   —263→   marcaba en sus fisonomías, como en cuanto les rodeaba; silenciosa expresión de temor de que la feliz mudanza a que ambos se hallaban sometidos, y de cuya gradación sentían los efectos, les cambiara también los sentimientos, y con la holgura se despertaran el orgullo y la ambición.

Tito cogía del brazo a Jean, y le llevaba a su cuarto para mostrarle sus libros y sus cuadernos, sus colecciones de sellos, de insectos y de minerales: él también progresaba, crecía, poco a poco, en su adolescencia vigorosa, iba transformándose, el cuerpo como el espíritu, éste a medida que en las claras fuentes del estudio apaciguaba su sed.

Reflejo de su carácter, sistemáticamente ordenado, era la habitación, en que nada estaba fuera de su sitio y no había objeto que de futesa pudiera tacharse. En la reducida estantería del fondo arrimábanse los libros de texto, manuales y compendios extraídos del zumo de la ciencia, a manera de frascos de perfume en un tocador   —264→   elegante; sobre la mesa de escribir, la carpeta de cuero, el tintero de vidrio, bien tapado para que no se secara la tinta, y plumas y papeles en sus cajas de cartón, con simetría alineadas; ningún cuadro en las paredes, a excepción de una bonita oleografía que a la cabecera del lecho, entre las cortinas, destacaba sus vivos colores: un niño Jesús, de pelo ensortijado y carita de manzana, apretando contra el pecho desnudo una corona de espinas, que desgarraban la carnecita sonrosada: sus dulces ojos azules tenían aquella infinita tristeza que es reproche y a un tiempo reclamo... Junto al balcón, en una rinconera de pino, platos de diferentes tamaños, y, boca abajo, vasos y recipientes de cristal, destinados a aprisionar sabe Dios qué bicharracos; y una caja de herborista; varios cartones cubiertos de mariposas, grandes, pequeñas, blancas, amarillas y multicolores, cruelmente atravesado el abdomen por largos alfileres; y preciosos insectos disecados, de reflejos metálicos, esmeraldas, rubíes y topacios   —265→   del reino animal; y un globo terráqueo, y un microscopio, y un encerado, y tubos y retortas: el laboratorio, en fin, de un pequeño sabio de quince años.

-Este es el texto de Física, Juanillo -decía Tito, emocionado-; he empezado ya la Física y la Química. ¡Qué bonitas son las dos! ¡Qué experimentos se hacen en clase tan divertidos! Luego yo los ensayo aquí, y aprendo más fácilmente: me basta con dar un repaso, y la lección se me queda grabada. Ven a ver mis colecciones: desde tu última visita las he enriquecido mucho, porque los domingos nos vamos con dos compañeros a buscar ejemplares en los alrededores, y un cargador del aserradero de Patrick suele traerme minerales de las sierras del Azul y del Tandil, y hasta de Mendoza, de los mismos Andes.

Abría una caja de latón y exponía su maravilloso contenido a los indiferentes ojos del profano Juanillo.

-¡Mira qué colores! ¡Qué variedades! Esto es cuarzo, esto ágata, esto lapizlázuli,   —266→   esto cornalina... Ven acá, que te gustará más mi colección de coleópteros y de lepidópteros. ¿Sabes lo que son coleópteros? Artrópodos que forman un orden de la clase de los insectos y sufren una completa metamorfosis. Las larvas que recogemos en nuestras excursiones las ponemos debajo de una campanita de cristal, y estudiamos las fases de la transformación: cómo cambian de color, se cristalizan, les nacen las alas y surge un día la mariposa. Allí están en la rinconera... Yo le digo a papá que nosotros somos coleópteros de clase superior, porque a mudanzas nadie nos gana. ¡Desde que estábamos en la calle de Charcas, mira si hemos cambiado! Ahora nos apuntan ya las alas: yo me las siento cosquillear en la espalda, y me vienen ímpetus de remontarme en los aires con mi bonete de doctor... Acércate; este es el vulgar bicho de parra: aquí le tienes, verdoso y hambriento, devorando cuantas hojas se le ponen; aquí parece un alfeñique color de caramelo; observa en este otro las rayitas negras de las   —267→   alas... Aquellos son los que llaman bombix de las moreras o gusanos de seda: tengo muy pocos, porque dan mucha guerra. Los de aquella vasija son escarabajos, y éstos de la copa quebrada luciérnagas o linternas, que decimos nosotros. A cada uno, de burlas, le he puesto su nombre: aquel de la cabeza rechoncha, que ha entrado en el período de cristalización, es el Bismarckito; este es papá; aquella crisálida en estado avanzado es el señor Duseuil; este comilón, que se da tanta prisa por hacerse mariposa eres tú, y el pequeñito bombix de arriba soy yo, que antes de envolverme en mi capullo ¡necesito echar más baba por la boca, Juanillo! Esta es madama Clémence: ha hecho su evolución completa, y la he clavado en el cartón de las mariposas; ¡qué lindos colores tiene!, ¿verdad? Esta luciérnaga es Crescencita. Ni la tía Angustias ni el tío Aniceto están en mi colección, porque no pertenecen a la clase de coleópteros superiores, sino a la de mamíferos, orden de los roedores, cuyo tipo principal es la marmota...

  —268→  

Su gravedad al decir tales disparates hacía reír a Jean, y el doctorcito, como un catedrático de verdad, imitando el ademán y la entonación del doctor Andillo, a quien escuchara tantas veces, reponía:

-¡Te burlas, porque eres un ganso, Juan! ¿Qué has de aprender entre los animales de monsieur Jean Pierre? ¿Acaso, como yo, te pasas las mañanas en el Nacional colgado de las palabras del profesor, y la mitad de la noche sobre estos libros? ¿Pues de qué me serviría todo esto, si no me despejara el entendimiento y viera lo que para los ignorantes como tú está encerrado en el misterio? ¿Y si yo te lo pruebo, carambita? Aquello del rincón lo conocerás, sin duda: ¡pam-param-pam! mi caja, de lustrar, Juanillo, que la guardo como oro en paño, con sus dos cepillos, el limpiabarros, la oblea de cera, el botecito de betún y los retazos de lana... ¿Te acuerdas? ¡Fue ayer y me parece que hace un siglo! Bueno; ¿no era yo entonces una oruga, como la más fea de mi colección? Y ahora, mírame bien,   —269→   ¿me parezco en algo al sucio limpiabotas? (¡limpiabotas! por cierto que ninguno de mis compañeros sabe que lo he sido...) ¿Me parezco, di? ¡Claro que no! Como no se parece un bicho de estos en sus tres períodos. Yo estoy en el segundo: pásame la mano por aquí y luego por acá: son el bozo y la barba, que me apuntan, Juan. Vamos, que si viviera aquel sabio señor Andillo, y le explicara yo mi teoría, no había de reírse. ¡Mal que te pese, Juanito, eres un coleóptero, digno de mi colección, y todavía te hago mucho favor! En tu próxima visita, te verás clavado por la barriga y expuesto a la admiración pública, aunque protestes y patalees...

Las carcajadas de Jean atraían a doña Orosia y a Crescencita, y decía doña Orosia:

-¿Con qué nuevo desatino nos sale ahora nuestro doctor? Éste va a perder la chaveta, como Don Quijote: ya sabrás que nos ha convertido a todos en sabandijas y nos tiene presos en la rinconera, para estudiarnos con el microscopio los pelos de las patas,   —270→   los cuernos y la trompa. ¡Al demonio no se le ocurre cosa semejante!

Por supuesto que en la visita subsiguiente, inquiría Juanillo con interés en qué vinieron a parar los reclusos de la rinconera; y el doctorcito le llevaba a su laboratorio, cogía un cartón de aquellos en que había mártir de la ciencia que retorcía aún dolorosamente las patas, estremecido por la agonía, y le señalaba triunfante:

-Aquí tienes: evolución completa: el señor Duseuil, una mariposa de las llamadas macaon, con sus bonitas bandas negras; la he clavado junto a madama Clémence. Hacen una buena pareja, modelo en el género. Franz es este mariposón tan feo, que da vueltas y saltos por arrancarse el alfiler: ha sacado más pelo que el que acostumbra a usar. Pertenece al género de las nocturnas... Tú te ríes como un bobo. Pues si le vieras al Bismarckito de corredor de Bolsa, más flamante, dando zancadas por aquellos alrededores que también fueron un día campo de mi lucrativa empresa, no dudarías, no,   —271→   que haya hecho su evolución completa. En cuanto a ti, conforme mi pronóstico, has salido un coleóptero perfecto; aquí está tu cadáver, este escarabajo, ciervo volante que llaman: mira, ¡qué antenas y qué mandíbulas!

-La verdad es que yo no me reconozco, -decía Jean conteniendo la risa-; el retrato será todo lo parecido que quieras...

-También evolución completa, concluía Tito muy serio.

-¡Ay! eso no; con toda tu sabiduría te has equivocado de medio a medio. Ahora comprendo por qué no reconocía mis mandíbulas. Es que ese señor escarabajo no soy yo. Yo debo de estar todavía en el segundo período, como tú dices, acaso en el primero, y me tendrás debajo de alguna campanita de esas. ¿Qué he de haber merecido yo los honores del cartón y del alfilerazo, si no soy dueño más que de una majada, de unas pocas vaquitas y aún me faltan dos años para serlo del terreno que trabajo?

-Pero, ignorantón de siete suelas, -prorrumpía   —272→   Tito enfadado- si esto es un símbolo y nada más. ¿Sabes tú lo que es un símbolo? ¡Qué has de saber! ¡Si estaré yo seguro que este escarabajo eres tú! Por cierto que tenías un geniecito más vivo que el del mariposón de Franz, y como te defendías, al pincharte casi te arranqué una antena... Y este otro ¿me negarás que es papá? ¿y que soy yo este bombix envuelto en su capullo amarillo?

Jean no se atrevía a disputar con el doctorcito; y tímidamente adelantaba la idea de que era lástima grande que el ser humano necesitara de mayor tiempo para pasar de un período al otro y completar su evolución.

-Eso del tiempo no puede calcularse -decía Tito con admirable aplomo-; unos la efectúan en dos años, otros en diez, otros en veinte y más, según las condiciones del individuo. Yo me figuro a la Argentina como una campana de cristal inmensa, a cuyo abrigo evolucionan los seres que acuden de las diferentes partes del mundo;   —273→   cuanto mayores sean la inteligencia, el tesón y la voluntad, menos tiempo necesitarán para convertirse en mariposa, escarabajo, luciérnaga o lo que su propia naturaleza señale, es decir, en hombres de provecho. ¿Este hablar simbólico puede parecer a nadie tan desatinado, que provoque la burla? Lo que hay es que yo tengo chispa y sé desentrañar el sentido de las cosas...

Servía la irrupción mujeril para que Jean se librara de discutir las filosofías del sabio en capullo, y en el saloncillo de música, al lado de Crescencita, gustara del deleitoso placer de oírla teclear sentada gentilmente en el taburete, lo que a él parecíale arte supremo y gusto exquisito; placer que, en los dos meses de vida rural a que le obligaban sus deberes, alimentaba su espíritu, impregnándole de esperanzas. Venía celoso y se volvía confiado, y así siempre, tratando de distraer la dilatada espera. Nada les unía aún, que ni él se atrevía a ofrecer palabra que no pudiera cumplir, ni ella aceptaría   —274→   galanteos que la mamá no sancionara; y, sin embargo, los ojos azules de Crescencita despedían a Jean con tristeza, su pensamiento le acompañaba en el viaje, le seguía en sus correrías, y a su vuelta hablaban de nuevo los ojos:

-¿Te has acordado de mí? ¿No has encontrado por allá otra que te guste más que yo?

Y los de Jean, profundamente negros, preguntaban también:

-¿No me has olvidado? ¿Llegarás a quererme, princesa y todo?

El dulce apretón de manos era respuesta que a los dos satisfacía, y quedaban silenciosos, saboreándola golosamente.

Aunque delante de doña Orosia pudieran hablar con entera libertad, porque ella se empeñaba en que la chica practicara el francés y eran sus agravios al Ollendorf y a la gramática motivos de satisfacción maternal, en tiempo de verano subían los jóvenes a la azotea, y mientras Tito se distraía en coger hierbajos de los tiestos para   —275→   su herbolario, recostados ambos en la barandilla, asistían al extraordinario espectáculo de la calle, donde se desbordaba la tumultuosa vida de la capital, y carros, coches, tranvías y transeúntes confundíanse, y por opuestos sentidos se alejaban murmurando, furioso chocar de intereses y de pasiones, que, como el azotar del oleaje, producía rumores de tormenta. Arriba, el cielo muy azul, el sol arrancando chispazos de ventanas y claraboyas, y fingiendo lava fundida el zinc y las pizarras de los tejados a la moderna; las golondrinas cerniéndose en la solemne serenidad del éter, o rastreando el suelo con las alas, como el inquieto pensamiento humano... Luego, las torres y las cúpulas envueltas como en transparente neblina, vaho del gigante que se agita a sus pies, y más abajo las calles, rectas y uniformes, con el festón de sus aceras cuajadas de negras figuras, hormigas que se mueven y revuelven persiguiendo el grano que ha de abastecer su despensa. En la azotea vecina una moza, con el rodete enfundado   —276→   dentro de un pañuelo a cuadros, tendiendo ropa al sol, y canturreando un zortzico; en la de enfrente dos hombres secando sombreros acabados de engomar; en la de allá, al abrigo de sus sombrillas de color, dos chicas curioseando... Del lado opuesto, el río inmenso, siempre turbio y las barquitas con sus velas blancas perdiéndose en la línea misteriosa del horizonte.

Mano a mano Jean con la bella Barbadita, de los dos meses de ausencia contaba la interesante historia, bastando a desatar su torpe lengua la soledad y la compañía, la suave fragancia de jazmines que les cercaba y la altura, que parecía alejarle de la tierra y aproximarle al cielo. Historia siempre igual, y como igual monótona para extraños oídos, pero que en los de Crescencita sonaba dulcemente, porque aquellas aspiraciones, y trabajos, y celosos pensamientos, y rudo batallar y áspero sufrir en el destierro de la colonia santafecina, era ella quien los desataba, alimentaba, calmaba y curaba milagrosamente, y ella quien, en   —277→   parte, había redimido, sin saberlo y sin pretenderlo, por el solo influjo de su gracia, a aquel robusto garzón, hermoso como un David. Al rum-rum amoroso del encrespado palomo, ella fruncía el gesto, por no darle a entender lo que su pudor no consentiría descubrir, y le picoteaba con frasecitas como éstas:

-¡Cállate! pareces tonto: si no te callas, bajo y se lo cuento a mamá. Cada vez vienes más pesado. Antes era con el pobre Bismarckito; ahora con un fulano que tú inventas y a quien das de bofetadas. Si te he dicho que yo no pienso en eso, ni quiero pensar... ¡Y al fin y al cabo, tú no te has de casar conmigo! Porque, rico (como has de serlo) y heredero único de tus hermanos, ya encontrarás alguna señorita del país, que las hay de chuparse los dedos. ¡Buenos están ustedes!

-No, que serás tú quien aceptará... -contestaba Juanillo atorado- quien aceptará, por tener esos diamantes con que sueñas, cualquier abogadito del país, que los   —278→   hay en abundancia y para todos los gustos... Como si lo viera. ¡Buenas están ustedes las mujeres!

-Sí que le aceptaré, ¡vaya con el pamplinoso! No me vengas con que si pitos o si flautas.

-Te prometo...

-¡Bien! ¡Cuidadito...!

-¿Me perdonas?

Hechas las paces, la fútil querella se renovaba atizada por los despiertos celos, y como palomas que se arrullan, se rechazan, se persiguen y se buscan, y en torno de la hembra tímida ronca el macho, erizadas las soberbias plumas, y ya la atrae con el pico, ya con el ala castiga su desvío, Juan y Crescencita, en las alturas de la azotea, sostenían la deliciosa contienda que es en el amor señal de sincero querer. A veces, enfurruñados, se apartaban y fingían contemplar lo que en la calle ocurría; o le dejaba ella solo e iba cogiendo diamelas de los tiestos, y mientras rumiaba él desatinadas ideas, de arrojarse de cabeza por la barandilla,   —279→   pongo por caso, o hacer alguna atrocidad semejante, atento a la voz de su despecho, ella, de repente y sin ser sentida, le ponía bajo las narices el ramillete y abandonándolo en las manos que acudían anhelantes y agradecidas a recogerlo, huía burlona a refugiarse en el cenador...

Cerca de aquel terrado en que ponían a secar los sombreros, subía y bajaba por el complicado andamiaje el enjambre de albañiles que construían una casa; y escuchando el rumor de cucharas y ladrillos y poleas, Jean ensenaba a Crescencita lo que figurábasele imagen de su vida, y plegada la blanca frente, que tan hermoso contraste hacía con el rostro moreno, soltábase a filosofar:

-Observa cómo han abierto primero los surcos bien hondos, luego han preparado sólidamente los cimientos, y poco a poco, hilada por hilada, van colocando los ladrillos y levantando las paredes. Cuando lleguen al límite de altura fijado, y cubran el techo, pondrán ramas y banderas, señal de que el edificio se termina. ¿Qué otra cosa   —280→   hago yo en la María Luisa, y qué Max, y qué tu padre, y todos los que necesitamos construirnos una posición? Pues eso que ves hacer a aquellos albañiles y ¡ay si los cimientos no están bien asentados! el edificio se hunde y el obrero perece.

-Hijo, hablas como Tito, nuestro doctor, que por un quítame allá esas pajas nos echa cada discurso... -decía Crescencita risueña.

Pero se callaba, notando al joven seriamente pensativo; y el repicar de las cucharas, los gritos de las golondrinas, la cantinela de la vascongada y el estruendo colosal de la calle, se confundían en la serenidad de la tarde esplendorosa...

De estas visitas puntualísimas de Jean, más frecuentes así que el ferrocarril al Rosario acortó distancias, nada barruntaba doña Orosia; fue la bizmada doña Angustias, que por motivo de su ociosidad era naturalmente murmuradora, quien le hizo ver lo que ella descubriera en una de aquellas sesiones junto al piano, y al revés de lo que   —281→   ella esperaba, si se sorprendió la cuñada, no manifestó desagrado, indignación, ni cosa parecida. Se limitó a preguntar:

-¿Estás segura?

-Segura, y que ahora mismo me caiga muerta, -contestó doña Angustias, sorbiéndose las letras-; él, mira tú si será pillo, le cogió una mano, así, al descuido... Y se miraban de una manera, en fin, de esa manera que no ha menester de palabras para decir: ¡Te quiero!

Y no sólo fue doña Angustias. La propia madama Clémence, que tenía más franqueza que malicia, le comunicó su sospecha de haber dado con el por qué de los viajes frecuentes de Jean, los que la preocupaban tanto como su antigua manía de no querer venir a la capital.

-Me parece, -cuchicheó al oído de doña Orosia-, que por aquí me le entretienen ustedes: Crescencita, principalmente...

Aquellos dos dedos de frente, de que se vanagloriaba la de Barbado, la sugirieron las sesudas reflexiones que siguen:

  —282→  

-Lo que ha visto Angustias y lo que sospecha madama Clémence, dan al hecho carácter de veracidad indudable, y no necesito arrancarle la confesión a la chica; ¿cómo no lo he visto y sospechado yo también? Bueno, pues estoy muy contenta. Descartado el Bismarckito... (¿Qué madre no piensa en los destinos de su hija?)... Descartado Franz, el pequeño Duseuil es un excelente candidato: trabajador, serio, honrado, futuro heredero y único de sus hermanos... Dicen que el señor Duseuil se quedará muy pronto con el aserradero, que Mr. Patrick está enfermo y quiere retirarse... El Sr. Duseuil tendrá una bonita fortuna, si no la tiene ya... Madama Clémence me ha hablado hasta con complacencia, como diciendo: -Me agrada mucho y ojalá que se realice mi sospecha... ¿Y por qué no había de agradarle? No somos los Barbados familia de poco más o menos, y al paso que va Rufino, conquistaremos también nuestra fortuna, ¡vaya! En suma, que lo que debes hacer, Orosia, porque a   —283→   todos conviene, es la vista gorda, y dejar que los chicos se apañen y favorecer sus amores... ¡Digo! ¡Con el hermano de madama Clémence! Aquí sí que encajaría bien un discurso de Tito sobre las transformaciones y mudanzas... ¡Porque me acuerdo que era el muchacho de oro! De haberle tenido enfrascado en la rinconera, no da cambiazo más radical... Conque, Orosia, cierra los ojos y déjales en libertad. No sea cosa...



  —285→  
VIII

No sé qué año fue, pues de esto no ha tomado nota la historia, pero estoy seguro que lo que a seguida se referirá ocurrió una mañana de junio, entoldada y muy fría, en aquella última pieza del barracón de Patrick, escritorio sin lumbre, ni estera, ni burletes defensores de rendijas, que no tenía más menaje y adorno que una mesa de pino y tres sillones de cuero, desconchado del roce, dos picos de gas, cuyas pantallas verdes mostraban señales de quemaduras, un almanaque debajo de un reloj pobrísimo en la pared cubierta de papel feo y viejo, un palanganero, y dos vasos sobre una bandeja   —286→   de latón barnizada de negro, objetos todos contemporáneos de la fundación del aserradero, sin excluir aquellos más frágiles, condenados por lo mismo a corta existencia, pero que en poder de Mr. Patrick adquirían longevidad extraordinaria.

Max, como de costumbre, había entrado a las ocho, registrado la correspondencia, echado un vistazo al patio, donde empezaba la carga y descarga de los carros, firmado varias cartas que el secretarillo le presentó y dos cheques del cajero; luego, paseó un poco para calentarse los pies, golpeando las baldosas: delante de los cristales de la puerta, alguno ausente y substituido por un trozo de periódico, miró el trajín de los mozos, desnudos los vellosos pechos y las piernas a pesar del frío, y entre tanto decía en su lengua:

-Las ocho pasadas y no viene. Es la primera vez que sucede...; en tantos años es la primera vez que se retarda.

¡En tantos años! Bruscamente, de una idea saltó a la otra, a la del tiempo consumido   —287→   en el establecimiento, la mitad de su vida, desde el día que entró como peón de aserrar, hasta que, corriendo la escala grado por grado, llegó a la categoría de socio; lucha empeñosa que no dejó huellas en su espíritu, nunca más valiente y audaz, porque el combatir con éxito entona y da nuevas fuerzas, pero que, de creer al espejillo móvil del palanganero, aunque de mala clase siempre franco en decir la verdad, había señalado con arrugas y canas el paso de las emociones sufridas. Max suspiró, y levantando sus robustas manos de conquistador, respuesta a secreto pensamiento que se derivaba de todos los demás, murmuró entre sus bigotes ya grises: -Et encore..., es decir, que algo faltaba aún, el coronamiento de la obra, la última victoria de la feliz campana de tantos años: ser el amo único, el patrón indiscutido...

Dieron las ocho y media, y el singular retardo de Mr. Patrick le preocupó de nuevo. ¿Se habría agravado del reuma? La tarde anterior se despidió diciendo que sus   —288→   piernas «estar ya muy cansadas» y solicitaban la jubilación que merecían sus largos servicios.

-Ellas querer ser llevadas -añadió- y encontrar demasiado pesado el tronco. Y si ellas negarse a cumplir su deber, yo quedar en casa sin remedio.

Max se puso a despachar los asuntos de mayor urgencia, llamó al secretarillo y le dio órdenes; salió al patio, abrigada la cabeza con una gorra de paño, y echó un segundo vistazo a la operación de contar los sacos de cal y las parejas de ladrillos ¡Uy, qué frío hacía! Se metió transido en el despacho, zapateando y restregándose las manos... ¡Las nueve! De fijo las piernas de Mr. Patrick se habían negado a conducirle al aserradero, y no bastó toda su inflexibilidad británica para que los miembros reacios obedecieran. Verdad era que Mr. Patrick bajaba la pendiente de los sesenta demasiado aprisa, y estaba el pobre señor ya machucho, y lo que es peor, decaído de ánimo.

  —289→  

En esto oyó Max que hablaban en la pieza vecina, ocupada por el secretarillo, que con su apestosa fumarreta pretendía, sin duda, remediar la falta de chimenea, y al punto, entre la nube de humo que por la puerta se coló al abrirse sin permiso, vio el francés al germano Franz Blümen, de luengo abrigo de pieles, corbata roja con una gruesa perla, de legítimo oriente, guantes de cabritilla, botas de charol, en la mano un bastón de retorcido puño de plata y en la cabeza este chisme largo y estrecho que llaman unos chistera, los portugueses denominan cartola y que nosotros, sin saber por qué, apellidamos galera, la cual acudió a recoger la mano cortésmente, descubriendo los tres pelos altivos en lo alto de la calva.

-¡Mi buen amigo Blümen! -exclamó Duseuil.

-¿No está Mr. Patrick? -preguntó algo contrariado el Bismarckito.

-Todavía no ha llegado, pero vendrá... Supongo que vendrá, si es que sus piernas   —290→   se lo permiten, porque sabrá usted que el reuma le tiene muy castigado.

-¡Ah, el reuma! ¡Mala cosa el reuma!

Se sentó a instancias de Max, sin disimular la contrariedad de la espera ni abandonar el flamante sombrero de copa, porque notó en los muebles evidentes síntomas de poca limpieza; y con la excusa de no molestar, eludió la explicación de su visita matutina.

-Si es cuestión de negocios, -insinuó Max- no necesita usted esperar. Me lo dice usted a mí, y punto redondo.

-No, no; es cuestión personal, absolutamente personal.

Recalcó el adverbio, para librarse de importunas curiosidades; y entre tanto, Max admiraba lo cepillado y lucio de su persona, su elegante vestir y lo distinto que parecía de aquel Bismarckito del fondo, su antiguo vecino. La admiración le arrancó esta pregunta ociosa:

-¿Se adelanta, eh?

-¡Oh! Sí, ciertamente -contestó Franz.

  —291→  

Desde que se separó de la sociedad de Barbado, parecía que la diosa Fortuna le había prestado su rueda; de tal manera marchaba veloz y sin tropiezos. No que no adelantara también con Barbado, al contrario, ¿de dónde sacó el capital? ¿de dónde sus relaciones comerciales?... Pero, acaso porque el negocio fuese lento de suyo, o porque la sociedad supone mayores trabas, lo cierto es que todo fue meterse en la Bolsa, y subir, y subir. Sus colegas, el veterano Rocchio y otros, se asombraban de verle sortear peligros sin perder la cabeza, de que no le arrastraran los que caían, y entre las víctimas de cada crack quedara él sólo de pie, imperturbable. Rocchio no sabía, y no sabían los otros, que su sangre fría, su fino olfato, su larga vista, su intuición del peligro y su conocimiento de la plaza, eran excelentes auxiliares y legítimos valedores; de modo que lo que ellos caprichosamente llamaban suerte, era pericia lisa y llana. La satisfacción de sí mismo coloreaba un poco las amarillosas mejillas de Franz, y hasta   —292→   en su manera de hablar, de atusar la felpa del sombrero reluciente, de echar mano a la perla de la corbata, con el pretexto de enderezarla, de sacudirse las pelusillas del gabán nuevecito, se observaba cierta afectación de advenedizo, que no domina aún su papel y a quien la curiosidad del público molesta y perturba, afectación que, en ocasiones, era soberbia mal disimulada, pueril vanidad de deslumbrar y sentirse admirado, relampagueando en el globo incoloro de sus ojos.

-Pero sabe usted que también Barbado... -dijo Max-, Barbado se va a las nubes: de su fábrica no se diga, que tiene cimientos de piedra. Hablo de los negocios de terrenos, que le han salido como una seda... ¡Veinte mil nacionales líquidos! a partir conmigo. ¡Diablo de hombre! Es un hurón para los negocios.

-Sí, ciertamente -afirmó Franz-, usted también, señor Duseuil...

Hizo Max un gesto que significaba modesta aceptación del piropo recibido, y quedó   —293→   sacudiendo la cabeza... embargándoles a ambos la idea grandiosa de la extraña tierra que sabía asimilarse tan diversos elementos y al calor de su seno transformarles prodigiosamente.

De pronto, el Bismarckito sacó el reloj, un enorme cronómetro de oro, con mucho sonar de la cadena y el pendiente relicario, y se levantó seguidamente, «porque mister Patrick no daba muestras de llegar, y el tiempo le venía escaso». Otra vez se puso a la defensiva de importunas curiosidades, repitiendo lo de absolutamente personal con que cerró la puerta a toda pregunta del francés, y agregó que se iba a casa de mister Patrick, saliendo muy soplado, pisando fuerte y dejando a Max perdido en conjeturas acerca de los motivos de la visita, la reserva y los tiros largos del pachorrudo germánico.

Le distrajo de su embobamiento la entrada de un jovencito pelirrubio y afeminado, en quien reconoció al hijo mayor de Mr. Patrick, William, quien le anunció «que   —294→   papá no venía porque estaba mal de su reuma, y que decía papá que tan pronto como se desocupara fuera a verle».

-Dile a papá que voy en seguida -contestó Max...- Oye, William, ¿no es nada grave? Bueno, hasta luego.

Por más listo que quiso andar, hasta las diez no pudo desentenderse del complicado tejemaneje de empleadillos, peones, cargas, despachos y recibos; mandó un recado a madama Clémence para que no le esperara a la hora fija del almuerzo, si acaso la conferencia con el socio se alargaba, y se marchó, bien abrigado en su ruso, de hongo y sin bastón, por no enfriarse las manos.

Vivía Mr. Patrick (y debe de vivir aún, si Dios no le ha llamado a sí) en la calle de la Piedad, en casa propia, con pretensiones y aires de palacio, si bien alquilados los bajos a depósito de vinos y almacén mayorista, algo que rebajar tuviera de ellas, a pesar de su escalera de mármol, de sus balcones de balaustres, columnas, historiadas cornisas y amplio frontis pintado al óleo,   —295→   de color de chocolate. Subía Max ágilmente la escalera, cuando tropezó con el Bismarckito, que bajaba, y no tuvo tiempo de excusarse ni de mirarle, porque el otro se escurrió con celeridad impropia de su temple... Pero, señor, ¿qué le sucedía al Bismarckito?

Abrió a Max una muchacha, atildada con blanco delantal recién planchado y cofia de volantitos, y lo mismo fue verle, que exclamar alegremente: -Señor Duseuil, pase usted... brindándole sonrisa amistosa, de la que el normando no hizo caso; y, como pasara sin contestarla, ella insistió. -Señor Duseuil, ¿no me conoce usted? ¡Anda! si era Encarnación, Encarnación, la criadita de Andillo, hecha una mujerona, muy guapota y colorada.

-¡Demonio! -dijo Max-. ¡Hace tanto tiempo que no te veo...! En las pocas veces que aquí he venido, me ha abierto el mozo, ese inglesón, que parece un granadero. ¿Está buena tu señora?

Dando matraca con cien preguntas impertinentes,   —296→   guiole Encarnación al través de dos salones recargados de lujo y escasos de gusto, y le llevó hasta una cerrada puerta, detrás de la cual sonaba agrio refunfuño, mezclado a risas alegres, y dijo la doncella, golpeando con los nudillos:

-Está de un humor el patrón, que no deja parar a nadie.

Volvió el pestillo al mismo tiempo y empujó la hoja con tal precipitación, que la persona que reía y tenía, sin duda, sus motivos para ocultarse, no lo pudo lograr, y dejó prendida la cola de su bata color de rosa en la puerta por donde escapar quería, renovando el percance las risas de la prisionera, corriéndose Max, asustándose la muchacha y arreciando el malhumor del asendereado señor, que en una dormilona aparecía forzadamente espatarrado, cargado de mantas y de bilis.

-Si es Duseuil -exclamó Mr. Patrick-, María Cleofé, poder venir. ¡Diablos de mujeres! Siempre calentar cabeza a los hombres. Entrar, Duseuil, sentarse...   —297→   ¡Ah! Muy mal, yo estar hidrófobo, Duseuil.

La alegre prisionera libertó su cola rosada de la trampa, y María Cleofé presentose en el despacho, de trapillo, con enroscados papelitos en la frente, bastante fea por el desaliño matinal, la cuarentena en que frisaba o el exceso de grasa que había criado. Se excusó Max de su entrada improvisa, tronó Mr. Patrick contra estos mujeres, que todo lo revuelven, y la señora, graciosamente, atajando la carcajada con la mano llena de sortijas, puso término al incidente:

-Es que... Duseuil, usted es de confianza, y poco me importa la sorpresa. Yo creí que volvía el señor Blümen, y francamente, no habría podido resistir... porque, ¡tiene gracia, Patrick! ¿Le cuento al señor Duseuil la embajada del señor Blümen? Déjame que la cuente: es de perecer de risa.

Rezongó el británico, sin que pudiera colegirse fuera el gruñido muestra de asentimiento   —298→   o de negativa; y acostumbrada la picaresca porteña a hacer del hoscoso marido lo que importaba a su santa gana, corrió a cerrar la puerta de entrada, dejó caer el pesado portier de felpa color de oro viejo, y haciendo signos burlones de misterio, soltó la estupenda noticia:

-El señor Blümen... pásmese usted... el señor Blümen ha venido... ¿a qué creerá usted?... ¡ha venido a pedir la mano de Liberata!

Pasmose, en efecto, Max, y todo lo comprendió, como en ciertas comedias después de la carta final consabida. Pero María Cleofé no le dejó espacio a reflexión ni comentario.

-Verá usted, señor Duseuil...

Hacía mucho tiempo que los pasos y hechos del Bismarckito se le antojaran a ella sospechosos en grado superlativo, desde que, libre misia Liberata y establecido Franz en la calle de las Artes, no hubo obstáculo mayor que la diferencia de posición, abismo que él se esforzó en colmar de una   —299→   vez, y ayudado de la suerte y de su inteligencia había colmado; antes, en vida de D. Hipólito, cuando era inquilino de la casa, si algo sintió por la hermosa patrona, allá se las hayan él y su conciencia, pues ni su reserva le vendió ni el respeto que la virtud de misia Liberata inspiraba le hubiera permitido demostrarlo; pero, indudablemente, algo debía ya de sentir, porque estas pasiones reconcentradas tienen siempre raíces antiguas y de no tenerlas no resistirían al tiempo y a los obstáculos. Lo cierto es que cada vez que iban las dos hermanas a la tienda de Barbado, salía como por escotillón el Bismarckito, y ya no se le despegaban, tan meloso, a pesar de su glacial superficie, como si entre témpanos el corazón se conservara tierno y ardiente; él las hacía rebajas inverosímiles, las envolvía los guantes en el papel de seda con exquisito cuidado, charlaba y reía por entretenerlas, las acompañaba hasta el carruaje rindiéndoles exagerados saludos; trajoles él mismo los paquetes a casa en muchas ocasiones...   —300→   y llegaron a verle en misa los domingos, en San Nicolás y en San Miguel, y eso que no era católico, y pasear la calle, como un mequetrefe primerizo, a la misma hora, de esquina a esquina, cuando dejaban de ir por la tienda, o perdían la misa de nueve.

Después le tropezaron en una tertulia de confianza, muy compuesto, y les anunció que había dejado la tienda y estaba de corredor de Bolsa; y también en Palermo, los domingos, a caballo, infaltable al paso de su carruaje... Esto durante tantos años que, al fin, el encontronazo con el germano fue algo corriente que llega a no advertirse ya, como tal farol que sabemos no muda de sitio, un poste u objeto cualquiera plantado en nuestro camino de costumbre. Atando cabos María Cleofé, pensó que aquello rezaba con misia Liberata, y diola bromas que la supieron muy mal, al punto que dejó de ir a la tienda primero, luego a la tertulia, cambió de iglesia, no fue a Palermo, sin que evitara el germánico cerco, más   —301→   apretado cuanto más difícil, pero confiando en que le aburriría y acabarían por desilusionarle las canas que a toda prisa se empeñaban en cacarear la proximidad de sus cuarenta años; tenía más o menos, la misma edad que él; era ya una vieja. ¿No veían que el mucho llorar y cavilar le había sacado cada pata de gallo como rúbrica de escribano? ¿Que algún diente flojeaba y que la garganta, a poco andar, mostraría las cuerdas de guitarra? Para convencerles, buscaba el espejo y señalando los dientes blanquísimos, el cuello mórbido, la estirada piel, los ojos hermosos y la cabeza donde las nacientes canas formaban una a manera de diadema de plata, la diosa Razón decía:

-¡Si estoy hecha un vejestorio! ¡Parece que tengo sesenta años!... ¡Mira qué arrugas, María: buena para enamorar a nadie! O es pura casualidad lo del señor Blümen o no ve más allá de sus narices.

Admirábale a María Cleofé la constancia de Franz, y cómo al calor de su pasión,   —302→   sin otro alimento que el de la esperanza, pues ni una mirada obtuvo de misia Liberata en cuanto esta se persuadió que los plantones la estaban dedicados, el antiguo empleadillo de los bigotes color de limón poco a poco, peldaño a peldaño, subía la escala social y llegaba a la altura en que, de potencia a potencia, podía exponer sus añejas pretensiones...

-¡Oh! yes, -interrumpió con un trompazo sobre la mesilla cercana Mr. Patrick-; ser Mr. Blümen hombre de mucho mérito y valer muchísimo: tener en la plaza grande reputación. Liberata hacer lo que le dé la gana, pero mi opinión deber decir que sí. Tú, sin embargo, María Cleofé, reírte de Mr. Blümen... ¡Estos mujeres! ¿De qué reírte, a ver?

-Te diré, gringo... Es que la manera de declararse, de buenas a primeras, sin cambiar palabra con la interesada, diciéndote: soy fulano, tengo tanto y cuanto, vengo a esto, quiero lo otro... ¡Qué risa! Confiese usted, señor Duseuil, que así se   —303→   podrá abordar un negocio, pero no un asunto de esta clase.

-Yo hacer lo mismo, -repuso el inglés- hablar claro con el doctor Andillo y todo arreglado.

-También me echabas flores por la pared, ¿ya no te acuerdas, gringo? Y quien las recogía era la muchacha con la escoba... ¡Ja, ja, ja!

María Cleofé, dejarme solo con el señor Duseuil. ¡Malditos mujeres estos!

Hizo un pucherito la dama y dirigió a Max un guiño que decía: -«¿Ha visto usted cómo le pone el reuma?...» Y antes de obedecer la orden perentoria llamó al francés, alzó la cortina y le enseñó a la diosa Razón en la pieza inmediata, sentada, con la cesta de labor sobre las rodillas, ensartadas las tijeras en los dedos y abiertas como para cortar el retazo de tela que la mano izquierda sostenía, y ni cortaba ni hacía, otra cosa que reflexionar, algo entornados los ojos por recoger mejor el pensamiento y a su luz mirar dentro de sí.

  —304→  

-No se ha movido desde que la enteré de la embajada que traía el señor Blümen, -cuchicheó María Cleofé-; la sorpresa le aturdió primero, quiso reírse, se puso amarilla, formuló una negativa rotunda, y a mis exhortaciones de que no se trataba de ninguna puñalada de pícaro y que el asunto valía la pena de ser discutido despacio, cayó en lo que yo llamo el proceso de sus cavilaciones... Así estará... un par de años para decir sí o no. Pero entre Patrick y yo la decidiremos, porque esta es una buena proporción, y al fin, ¿qué porvenir la espera? ¿No le parece a usted, señor Duseuil?

Iba a expresar Max su sentir, de acuerdo con la señora, cuando sonó otro trompazo del socio sobre la mesilla:

-¿Qué hacer, Duseuil? ¡Perder el tiempo! ¿Estar ahí María Cleofé todavía?

-No; -contestó ella riendo-. María Cleofé marcharse ya, aburrida de tu geniazo. Señor Duseuil, a usted se lo encargo.

Recogió su rosada cola y desapareció detrás de la cortina. Max acercó una butaca   —305→   a la dormilona en que el inglés prisionero rezongaba y le dirigió amistosas frases para calmarle, como al perro gruñón se le palmea y acaricia; y hecho al mimo y a la ternura, educado entre los algodones de María Cleofé, mister Patrick se lamentaba más, no del dolor, sino de la impotencia a que le reducían en lo mejor de sus años, cuando el espíritu sentíase aún fuerte para más grandes empresas. Dejar el aserradero, retirarse de los negocios, inválido precisamente cuando podía gozar del fruto de su trabajo, ¿era esto justo? Aquel mal, que en los mismos huesos arraigaba y al que ni salicilatos, ni unturas varias, ni droga alguna lograban dominar, le había vencido, a pesar de su resistencia y de todos sus esfuerzos, después de muchos años de lucha, y aún vencido le atormentaba y le quitaba el sueño: mostró sus manos, deformadas por la artritis; quiso mover las doloridas piernas y dio un grito, arrojó un juramento y sobre el respaldo del sofá descansó la cabeza, gladiador que se entrega ya indefenso.

  —306→  

¡Dejar el aserradero! Hacía mucho tiempo que lo tenía pensado, conforme la salud empezó a faltarle, pero su plan era otro, un plan madurado al calor de la familia y en el que se cifraban sus últimas aspiraciones: que aquella fundación suya, base de su fortuna, se perpetuara en sus hijos y en la dirección del establecimiento le sucediera el primogénito; pero el primogénito, William, había salido simplón, enfermizo, afeminado, con inclinaciones a la holganza, al placer fácil y a las frivolidades corrientes, hijo de rico que cree tener guardadas las espaldas y asegurado el porvenir, ciudadano inútil para la patria, un gorrón, un manirroto, un futuro dilapidador de la fortuna amasada con el sudor paterno... El segundo, Henri, quería ser doctor y estudiaba para abogado. ¡Un abogado más! ¿Para qué? ¿No tenemos abogados de sobra? ¿No estamos apestados de doctores? ¿Deja de ser un Perico tal Perico porque antecede el titulillo a su apellido? ¡Señor doctor!¡Muy señor mío! Y se dan casos que lleva los fondillos   —307→   remendados y a vuelta de humillaciones y de apuros hay que asilarle en una oficina del Estado, el bondadoso papá, el padre común de muchos remolones, o mandarle a una estancia a que explique las leyes aprendidas a las vacas del cortijo. Entre tanto, se ha gastado el tiempo y el dinero, se ha extraviado una inteligencia, y las fuerzas individuales, que bien encauzadas dieran maravilloso resultado para las industrias nacientes, se han esparcido y agotado estérilmente. Pues, el maldito chico, Henri, estaba en la Universidad deletreando las Pandectas, y lo peor era que no tenía aquel talento brillante y fácil palabra que son dones casi indispensables para la carrera, y así los que los poseen bien hacen en dedicarse a ella; sino que su estrechez de cacumen dificultaba los progresos y cada asignatura había que metérsela en la cabeza a martillazos, y cada examen de fin de curso parecía parto laboriosísimo, pasión y muerte de todos los de la casa.

Mr. Patrick confesaba que el descarrío   —308→   de sus hijos era en gran parte culpa suya, por no oponer en tiempo oportuno a las debilidades maternales de María Cleofé el dique de su autoridad; por no haberles criado un poco más a la inglesa, severamente apartados, rígidamente sometidos a dura disciplina.

Resopló el británico y de nuevo sobre el respaldo descansó la cabeza. Acostumbrado Max a oírle tan ingratas lamentaciones, las comentaba simplemente con gestos: -¿Ha visto usted? La verdad que esos niños... Es para no consolarse nunca... Y adivinando en lo que iba a venir a parar la conferencia, sus toscas manos de obrero se crispaban sobre las rodillas, en el ansia de la posesión de aquella fábrica ambicionada.

Entre dientes continuaba lamentándose mister Patrick: ¡eso es, crear de la nada una fortuna, formar una familia, y a lo mejor dejaros inválido la enfermedad y no tener un hijo que os sustituya! ¡Valiente justicia de...! No llegó a pronunciar el sacro nombre, y se quedó muy pálido. La verdad, la   —309→   verdad que el injusto, y el descontentadizo y el blasfemo era él: Dios le había ayudado y favorecido en su labor de treinta años, colmado de bendiciones. Hombre al fin, no debía ser completamente feliz; ¿qué derecho podía invocar para quejarse? Esta idea consoladora le hizo olvidar el dolor de sus inertes piernas y le sosegó, desarrugando su ceño tempestuoso. Bueno, puesto que había de ser sustituido, que le sustituyera su socio, Duseuil, a falta del hijo deseado; porque él lo tenía dicho: -El día que mis piernas me dejen en la estacada y me priven de asistir a mi escritorio, ese día traspaso el establecimiento. Duseuil, que se ha formado a mi lado, será mi sucesor, si quiere y puede serlo.

Formuló el británico esta pregunta, y ávidamente contestó Max:

-Quiero y puedo, mister Patrick, usted lo sabe bien. Veamos las condiciones...

Entonces discutieron largamente, allanando obstáculos, en el deseo de arribar a una amistosa avenencia, el normando con   —310→   timidez al principio, benévolo y manso el británico. Lo que éste deseaba era no retirarse en absoluto, sino quedar de comanditario y conservar la razón social, abandonando al otro dirección, manejo e iniciativa; le dolería en extremo desligarse por completo de aquel su hijo comercial, tan robusto y gallardo, y hasta su muerte, ya que no permaneciera en posesión absoluta de los Patricks, quería tener el derecho de llamarle su aserradero; y, cuando el reuma se lo permitiese, visitarle también, arrellanarse en aquel sillón de su despacho, ver trabajar a sus empleados, oír el estrépito de sus carros y de sus peones; alguna vez, por recordar el tiempo pasado, meter las narices en sus libros... Quería estar dentro y estar fuera; patrón nominal, al que no se consulta para nada, que ni reina ni gobierna, y por lo tanto no estorba ni hace sombra. Únicamente exigía que el nombre de Patrick, aquel letrero negro, lavado por las lluvias de treinta años, no se arrancara del frente del paredón, y para todos siguiera diciendo: Corralón   —311→   de maderas de Patrick y C.ª... Exigencia de viejo, que de ilusiones vive como el joven, extraña paradoja de la vida.

Importaba poco a Max esta condición, y cedió fácilmente; pero cuando aparecieron sobre el tablero los guarismos, se alarmó el instinto mercantil de cada uno, y el tanto y el cuanto fue tema de ruda batalla, uno y otro defendiendo sus centavos con encarnizado celo, agitándose, rojos ambos como dos gallos de pelea, sacudidos por la emoción de la judaica lucha. Mr. Patrick se revolvía en el sofá, sin sentir dolor alguno, y manoteaba Duseuil echando lumbre. Al fin una cifra redonda rebotó del uno al otro, y se calmaron, sonrieron, sellando el pacto con un apretón de manos, uno y otro sudorosos, fatigados, mirándose de reojo, con satisfacción y desconfianza a la vez.

Quedaba entendido que el arreglo se refería al traspaso del activo y pasivo del establecimiento, opción a la llave y firma social, pero en ninguna manera al terreno, aquellas setenta varas de frente por setenta   —312→   de fondo, que Max ambicionaba también, ni a la casa de Andillo; de la venta de estas propiedades no había para qué hablar, pues aparte de la poca voluntad de sus dueños de enajenarlas, la empresa asustaba a Max, decidido a esperar prudentemente. Aún discutieron algo sobre la manera de la entrega y demás minucias del asunto, y cuando dieron la última puntada, se reavivó el dolor de Mr. Patrick, que soltó una gran voz:

-¡No ser ya nada, amigo Duseuil, no servir ya para nada! Aquí esperar la muerte. Viva la inteligencia, sano el corazón, y las piernas no saber sostenerlos... ¡Oh! ¡Cuánta miseria en tanta riqueza!...

Salió turbado Max, pareciéndole que llevaba a cuestas el aserradero y no podía con su peso. El aire fresco de la calle le sorprendió desagradablemente, pites el despacho de Mr. Patrick estaba caldeado por la chimenea, y no había tenido la precaución de quitarse el abrigo; caldeada estaba también su sangre del mucho discutir y de   —313→   la satisfacción inmensa de su victoria. Mezclose en el rebullicio de la acera, y andando, andando, se le ocurrieron muchos pensamientos, acaso los mismos que aquí se copian:

-Acuérdate, normando afortunado, que cuando llegaste en la Belle France no traías más que la camisa puesta, tus zuecos y tus ilusiones, como ese Patrick que ahora gime y se retuerce en su lecho de millones, como el italiano Fiorelli, como Blümen, que ya camino de rico y marido de viuda bien sazonada; como Barbado, que si no es rico todavía, poco le falta; como tantos otros que tú conoces y yo callo, incorporados a la masa común de la familia argentina. ¿Qué hiciste? Más o menos, lo que ellos hicieron: abriste tu surco y sembraste tus franquitos, y al punto de sembrarlos en la tierra repleta de savia, empezaron a germinar, a brotar, a crecer; día y noche los regabas con tu sudor, y en poco tiempo el árbol de tu fortuna pasó el paredón de Patrick, asombrando a los vecinos,   —314→   brindándote el regalo de sus ramas. Ahora florece, y a la caricia de estos buenos aires, fecundos para el comercio, la industria y la agricultura, se balancea manso y rumoroso. Mírale cómo te saluda de lejos y te llama, congrega al pie de su tronco a los empleados y a los peones, y sacudiendo sus ramas anuncia al vecindario: ¡Ahí viene el nuevo patrón! ¡Viva el patrón! Los viejos avestruces galopan en el patio, de contento, huecas las alas y bajo el retorcido cuello; las caballerías relinchan, y el porfiado trajín se suspende... Madama Clémence, la de los crespos cabellos rojos y carnes de leche y rosas, sale a la puerta y, entre las enredaderas espera al triunfador; y allá, en la lejana María Luisa, la noticia sorprende, emboba y regocija a Jean, al hermano que, siguiendo tu buen ejemplo, cultiva afanoso su arbolito. ¡Bien te lo has ganado, Max, bien te lo has ganado! No pretendiste, como el Aniceto Barbado, a quien devoran la roña y la miseria de puro gandul, y es ya carga y estorbo para la familia,   —315→   no pretendiste, digo, que fueran las Américas Jauja de perdularios, asilo de viciosos y granero de haraganes... Has traído tu fe, tu juventud, tus brazos y tu inteligencia; ¡la conquista está hecha y el aserradero es tuyo! Tuyo será también mañana el terreno en que se asienta, y tuya la casa de Andillo, y tuyo todo cuanto deseen tus poderosas manos de obrero. La Argentina no defiende ni oculta sus tesoros: los ofrece y entrega al fuerte, al trabajador y al audaz. Saluda al sol de este día, normando afortunado, y bendice al cielo y a la patria que te engrandecen...

El aplomo de su nueva posición le hacía andar gravemente, con la tiesura de personaje que lleva entre manos algo importante; al mismo tiempo su corazón se abría a la misericordia, y con más abundancia que otras veces socorrió a dos lisiados, sabandijas humanas que se arrastraban sobre la acera... Más allá encontró a un compatriota, negociante en paños, y le dio la noticia a quemarropa, recibiendo sus felicitaciones   —316→   emocionado. Todo, coches, tranvías, transeúntes, parecíale que celebraban su victoria, la victoria del conquistador, del obrero hecho hombre, del patrón consagrado, del cero de la escala social convertido en número positivo. Los ambiciosos proyectos, que no le dejaban dormir, adquirían relieve de verdad, ahora que en la milicia comercial disfrutaba de los honores de jefe, y envueltos con los otros pensamientos, formulaba otros, andando, andando: el primero, de no hablar de la compra del solar a Mr. Patrick, mientras no hubiese pagado el último centavo y no viera que el negocio, bajo su exclusiva dirección, marchaba con desembarazo; luego, que cuando comprara el solar, compraría también la casa de Andillo, que ni la de Patrick, ni la viuda, tenían interés en conservar. ¡Buena propiedad, buena! Edificaría una casa de tres pisos, el principal para él, el segundo para Jean, si se casaba, que, aunque a él nada lo hubiera dicho, madama Clémence pretendía que con la chica de Barbado andaba   —317→   de picos pardos... y el tercero para alquilar; haría locales para tiendas en el bajo, porque eso da mucha renta...

Al volver de una esquina apareció el paredón de Patrick, y se paró a contemplarle, como la noche que, del brazo de su mujer, le devoraba en la sombra con sus miradas concupiscentes. Y sintió tan extraña alegría de saberle ya suyo, que, cual si cupiera en el hueco de su mano vencedora, la cerró fuertemente en señal de toma de posesión, y no quiso entrar, y corrió a su casa con la buena nueva.

Precisamente aquel día madama Clémence estaba de mudanza, porque al cabo había logrado encontrar un piso más adecuado a su posición, no lejos del aserradero, pintadito de nuevo y espacioso, y ya las ventanas de la sala ostentaban el papelote atado a las rejas con un bramante y el letrero: se alquilan piezas... Así todo era confusión, y entre los muebles sacados de su sitio, los líos enormes, los cuadros amontonados, andaba la sofocada normanda   —318→   con la facha más estrafalaria del mundo: arremangada la falda y también las mangas, la cabeza ceñida por un pañuelo, en una mano un plumero, de estos de cabo largo, en la otra un manojo de zorros, entre los dientes una carta, que por no soltarla hacíala parecer gangosa cada vez que regañaba a Sidonia, y toda cubierta de tizne, telarañas y basura.

Max se enfadó, y ella, sin soltar la carta ni dar tregua al plumero, contestaba:

-¿Y qué te crees, hombre, que soy alguna remilgada, a quien asusta el trabajo? No, que voy a sentarme junto a la chimenea, a calentarme los pies. Déjalo eso para nuestra vecina, la de Fiorelli, que desde que se hizo señora, dicen que no toca una escoba por no estropearse las manos. Yo seré todo lo señora que quieras, pero en casa no admito señoríos, si el señorío consiste en estarse sin hacer nada. No puedo, no; me consumo viva de ver a esta torpe. Hoy he lavado, he planchado, he preparado el puchero, he barrido, he estado trepada   —319→   en las escaleras descolgando cuadros... ¡Bueno andaría el pandero, si no fuera yo tan diligente!... Toma esta carta, que es de Jean, y no la he dejado por ahí de miedo que se traspapelase en este laberinto. Acaban de traerla... Oye, tenemos tres interesados por la sala, y dos por la alcoba: todos piden rebaja. Con las dos piezas siguientes, ya sabes que se queda el italiano del fondo.

Presentó la carta en la boca, singular buzón donde la mano de Max fue a recogerla; y mientras él se enteraba de lo que el hermanito escribía, madama Clémence, con agilidad impropia de sus muchas carnes, se encaramaba en lo alto de una escalerilla volante, y pedía a voces el martillo y las tenazas, arrancaba las escarpias, descuajaba los clavos, y con el peso del cortinón, de las ménsulas, de la galería y el suyo propio hacía crujir la escalera y gritar a la muchacha asustada. ¡Pum, pum, pum, pum!, el robusto brazo arremangado levantó, como una pluma, el fardo de madera   —320→   y telas flotantes, y con él a cuestas bajó la normanda, coloradota y risueña.

Max, prorrumpió:

-¿Sabes? ¡Gran noticia! Tenemos a Jean propietario: ha comprado las dos hectáreas de Pierre Fossac en condiciones muy ventajosas...

Dio madama Clémence con la carga en el suelo, y secando el sudor de prisa, por el hombro del marido se asomó ansiosa, repitiendo:

-¡Dos hectáreas! ¿Cuánto hacen dos hectáreas, Max? ¿Será tan grande como la plaza de la aldea? A ver, ¡pobre muchacho! ¡Al fin se salió con la suya! Ahora el castillito, y ¿quién le tose?

Sí, sí, dos hectáreas sembraditas de trigo y de maíz, suyas, completamente suyas. Los hermosos ojos color de violeta se humedecieron, y la emoción y la fatiga la obligaron a sentarse en un baúl, que butacas no se veían sino patas arriba o recubiertas de lienzos y cuidadosamente fajadas... Con el pañuelo hecho una pelota, se enjugaba   —321→   las lágrimas de alegría. ¡Quién lo dijera!, ¡Pobre Jean! Ahora sí que podía realizar su gran proyecto de casorio... Porque Jean estaba enamorado de la Barbadita, y no esperaba sino la ocasión propicia para pronunciarse y cantar claro. Que la Barbadita le quería también, no había duda, y que los papás eran gustosos... ¡vaya si lo eran! ¿Y ella, la hermana? ¡Pero si el día que la confesó Juanillo su secreto le estrujó de un abrazo! Aparte la excelente posición y el brillante porvenir de la familia gaditana, Crescencita habíase criado a su lado, la conocía como a sus manos: tan modosa, tan guapa... Salida de la nada, como Jean, sería para Jean la mujer ideal, aquella humilde esclava de la Singer, a quien no asustaban ni los pinchazos de la aguja, ni el áspero contacto de estropajos y badilas, ni trasnochadas y madrugones cuando lo ordena el deber; dieran de nuevo en la pobreza, y sería la misma Crescencita del tercer patio, recomenzado con igual ardor a pulir sus diamantes de princesa.

  —322→  

Max se enterneció también, y dijo que así como para su empresa agrícola había habilitado a Juanillo, le ayudaría en sus amores, porque el matrimonio acabase de sentarle la cabeza. Y sin poderse contener más, soltó en seguida la escondida noticia, que asustó de pronto a madama Clémence, la hizo reír y desbordar sus lágrimas, atarugarse con la emoción y la pelota de lienzo... Luego, saltó del baúl y plantó al marido un par de ósculos, que chasquearon como dos latigazos.

-¿Es cierto, Max? Cuéntame, ¿cuándo, de qué manera?

Y él la contó lo que acababa de ocurrir con mister Patrick; hasta la consultó acerca del resquemor que traía, de haberle aflojado demasiado pronto al británico, sin exprimir todo el jugo del asunto y de la situación. Gravemente madama Clémence sacaba cuentas moviendo los dedos rollizos, y negaba con la cabeza: no, no era malo el negocio, de fijo; la suma al contado, una bicoca, las cuentas pendientes, escasas;   —323→   el activo y la comandita más que suficientes; avezado él al manejo del establecimiento, no había que temer escollos ni contratiempo alguno. La inmensa alegría del suceso les cortó la voz, y ambos quedaron mirando por la pared medianera los haces de vigas que cada mañana, al abrir las puertas, saludaban con la misma expresión de secreto deseo: el de la propiedad futura; y el rumor de los carros y del serrucho, mecánicamente manejado, sonó en sus oídos como agradable música: la marcha triunfal del dios Trabajo.

Madama Clémence suspiró.

-¿Qué día es hoy, Max?

-Trece de Junio -contestó el normando pensativo.

-¡Trece; en día trece llegamos! ¿Te acuerdas? ¡Y pasa por número fatal! Para nosotros ha tenido muy buena sombra...

Por casualidad, había quedado solo en la pared el retrato de la mère Celeste que, más asombrada que nunca, abría los ojos,   —324→   sonriendo, acaso enterada también del suceso extraordinario, vuelta del lado de sus nietos, con el almidonado gorro de puntillas y los bucles grises sobre las sienes. Madama Clémence, con ternura infinita fue a descolgar el cuadro, le abrazó y cerca del cristal, cual si le hablara al oído, decía:

-¡Abuelita! ¿Ve usted? ¿Escucha usted? ¿Sabe usted lo que pasa? Pues eso, eso tan deseado... ¡Sus nietecitos están ya ricamente, de señores! Max es patrón; Jean, aquel pillete que tanto la hizo a usted rabiar, es hombre de provecho y va a casarse; yo tengo mi casa, mis criados y llevo vestido de seda y sombrero. ¡Ay, abuelita! ¿Por qué se murió usted tan pronto? La hubiéramos hecho venir aquí y tendría usted su lindo cuartito y mil comodidades; la sacaríamos a pasear en coche, a usted que no anduvo sino en el carro de la aldea. ¡Qué lástima, no estar con nosotros para gozar de nuestra prosperidad!... ¡Pero usted está mejor, allá en el cielo, rogando a Dios que nos ayude: y Dios hace mucho caso de usted,   —325→   porque era usted más buena, más buena!... ¡Qué felices somos, abuelita!

Conmovido, Max ocultó la cara. Y cuando vino la veterana Sidonia a avisarles que el almuerzo esperaba, les sorprendió a ambos enjugándose los ojos, como si lloraran una gran desgracia. Madama Clémence se aseó rápidamente, antes de ir a la mesa, y en el revuelto comedor tomaron ambos asiento, silenciosos y desganados; mas, de pronto, enarboló una llave la normanda, abrió el aparador, sacó una barriguda botella de espumosa sidra de Normandía, y dijo a la criada:

-Descórchela usted, Sidonia, que hoy es día de fiesta en la casa.

Boquiabierta la muchacha, no comprendía qué fiesta era aquella que hacía llorar a los amos, y a trompicones preparó las copas, destapó la botella, con estampido horroroso y torpeza tal, que dio el tapón en la primera copa, la volteó, la hizo añicos, y el dorado líquido corrió alegremente por el mantel, salpicando de espuma a marido y mujer.

  —326→  

Max, muerto de risa, exclamó, presentando la copa salvada de la catástrofe:

-¡Bravo! ¡Mejor manera de festejar el día! ¡Que corra el contento por todas partes! Eche usted.

Rebosante el vaso, bebió ávidamente, dio también a beber a la risueña madama Clémence, y, lleno de nuevo, lo ofreció a la muchacha, asombrada:

-Beba usted, Sidonia, y grite conmigo: ¡Viva Francia! ¡Viva la Argentina!



  —327→  
IX

Antes de que a los ediles bonaerenses les ocurriera la malhadada idea de fomentar, alrededor del principal cementerio, la creación de un barrio aristocrático, en esta que llaman bajada de la Recoleta, suave, pendiente que llega hasta el río, hoy peinado jardín a la inglesa, con grutas, lagos y demás artificios, y entonces baldíos solares plantados de sauces y ombúes, celebrábase la española fiesta del Pilar, remedo más o menos feliz de las verbenas peninsulares, con una particularidad digna de notarse: y es que no tenía carácter exclusivamente local, y copiaba, por ejemplo, la feria madrileña   —328→   de San Isidro o la velada gaditana de los Ángeles, sino rasgos generales de las diversas regiones, y lo mismo la gaita gallega que la andaluza guitarra, el tamboril y la pandereta, congregaban a unos y otros en fraternal jolgorio. No sé a qué extremo de la ciudad la ahuyentó el progreso, y conste que no voy a defender los excesos de canto, de baile, de amor y de vino del otro lado de las tapias que circundan el sagrado lugar del reposo, que si he censurado la invasión del lujo hasta sus mismas puertas y el extravagante gusto de vivir a la sombra de sus cipreses, peor han de parecerme, y me parecen, las profanas y libertinas manifestaciones de antaño...

Pues, en el tiempo a que me refiero, no muy lejano por cierto, al promediar de octubre, que es cuando la Iglesia señala la fiesta de la Virgen en su advocación del Pilar y la primavera austral desata yemas y capullos, templa la atmósfera y aviva la sangre, la cuesta citada se cubría de carpas o tiendas de campaña, adornadas de ramaje y banderolas   —329→   azules y blancas, rojas y amarillas, donde las tías Javieras de dudosa autenticidad, organilleros, falsas gitanas, farsantes y la cáfila de gente moza y alegre, en las freidurías al aire libre, en las tabernas y en los bailes improvisados, mercaban, robaban, reñían unos y gozaban todos. Saltando y chirriando dentro de las sartenes, repletas de aceite hirviente, los soplados buñuelos y los enroscados churros atraían a golosos y hambrones; y aquí, en esta carpa que llaman La Malagueña, a falta de boquerones fríen el pejerrey de la tierra, rey, en efecto, de cuantos sabrosos peces habitan las aguas; en estotra, que apellidan La Flor de la Huerta, preparan las cazuelas de paella y las horchatas, si no de chufas, de almendras; en la de enfrente, La Castellana Vieja, ofrecen el clásico pisto manchego, y en La Gallega, la Catalana, La de Sevilla, La Montañesa y otras ciento, los productos característicos de cada región de España, más gustados y gustosos, porque recuerdan la patria, el hogar y la familia.   —330→   Chilla la gaita, solloza la guitarra, cascabelea la pandereta, y gallegos, astures, andaluces y aragoneses bailan a rabiar jotas, peteneras y fandangos, hasta caer rendidos al amanecer: pintoresca mescolanza a que no falta la nota criolla, delicioso alarde de confraternidad, el pericón o la milonga, que al compás del organillo ensayan algunas parejas, con mucho quebrar de caderas, apretar de cinturas y arrastrar de pies. ¡Qué ruido, qué confusión, qué alegría! ¡Cómo centellea el sol, cómo ciega el polvo y cómo aturde y marea la muchedumbre! De noche, a la luz de los faroles que vacilan en cada carpa al extremo de un palo, el amor, el juego y el vino, los tres infernales tentadores, se entretienen en perseguir a las almas débiles y hacen su agosto, a pesar del argos policiaco...

En una de estas fiestas, murió trágicamente, de una puñalada, el D. Aniceto Barbado; y en rigor de verdad, fue éste el menor disgusto que dio a su familia. Porque   —331→   los dio a porrillo, tantos y tan graves, que la sucursal de la calle de las Artes hubo de decidirse a cerrarla D. Rufino: primero, a causa de que el despacho se amenguó en razón de la ninguna atención que le prestaban los desidiosos consortes; luego, porque la pereza y la ociosidad, hembras de mala ralea, perdieron a D. Aniceto, le quitaron la poca vergüenza que le quedaba, le hicieron borracho y trapisondista, provocando en la tienda escandalosos jaleos, palizas de las que no curaba doña Angustias con todas las bizmas y los ungüentos de su repertorio, y hasta filtraciones sospechosas en la caja social y raspaduras poco delicadas en el libro mayor. Total, que se alarmó D. Rufino, y cortó por lo sano suprimiendo la pequeña Ciudad de Cádiz, y concediendo a la pareja suficiente mesada para su manutención; y cuando D. Aniceto sucumbió a manos de sus propios vicios, como no habían de lejar a doña Angustias en el arroyo ni querían recogerla en casa, la tomaron una pieza de alquiler, donde pudiera   —332→   dormir a pierna suelta y preparar todas las cataplasmas que le vinieran en gana...

No lamentaron mucho los Barbados que de manera tan lastimosa diera cuenta y fin el posma del hermanote; y tal es la levadura humana, que si ahondáramos un poco, acaso hallaríamos en el fondo del alma de don Rufino el posillo de la alegría, bien disimulada, que le produjo el suceso, y en la de doña Orosia cantidad bastante para desbordar en esta frase sin recato:

-¡Gracias a Dios que se llevó el diablo a ese maldito! Así no nos calentará más la cabeza.

Las grandes preocupaciones comerciales de D. Rufino, aquel fantástico crear de fábricas, lo mismo en la capital que en las provincias, y atenderlo todo, dirigirlo y fomentarlo; la especulación de terrenos en que también andaba mezclado con Duseuil, a brazo partido en el maremagnum de los negocios y hecho personaje de la colectividad española, el más activo y el más incansable,   —333→   todo esto no le impedía que llegando el 12 de octubre dijera a su mujer, palpitante el corazón de emoción patriótica:

-Hoy es nuestra fiesta, Orosia; iremos a comer el pescadito como de costumbre, a La Malagueña, y tomaremos unas cañas de manzanilla.

Doña Orosia suspiraba hondamente ¡Ay! Aquello la recordaba la plaza de San Antonio de Cádiz en la noche de los Ángeles, cuando ella, mocita jacarandosa, se llevaba la mar de galanes detrás; la recordaba su Arcos, de fausta memoria; su España lejana, que no volvería a ver. Se ponía la mantilla y una falda de seda, y con la acicalada Crescencita, el doctor de la casa y D. Rufino, salían en busca del tranvía de la Recoleta, después de cerrar la tienda y dar suelta a las oficialas. ¡Qué día aquel de gratas sensaciones!

Jamás, en los muchos años de vida bonaerense que llevaban, perdieron ellos su fiesta, y a pesar de las mudanzas sufridas, lo mismo de chaqueta parda que de levita,   —334→   de lanilla barata que de seda, y cumplían idéntico programa siempre: la visita colectiva a la iglesia, la oración fervorosa al pie del Pilar y el almuerzo campestre en el merendero más apartado. Era para ellos un chapuzón refrigerante en las ondas del pasado, ilusorio viaje a la patria que les reconfortaba...

En este año que los Duseuil hallaron la cabal realización de sus legítimas aspiraciones, la comitiva que el señalado día de octubre salió de la tienda para tomar el tranvía estaba reforzada por apuesto galán, novio consentido, sin duda, de la niña, pues junto a ella caminaba, pegaditos los codos, prendidos los ojos del uno en los de la otra, y abiertos los oídos al susurro de ternezas; mientras los papás, de escolta, a discreta distancia, se fingían sordos y ciegos, y Tito, delante, sin querer fingirlo, lo parecía, absorto en algún problema de física o de química. Les molió los huesos el tranvía, les estrujó el gentío en la iglesia, y cuando sofocados por el calor y el polvo, lograron   —335→   sentarse sobre las duras sillas de La Malagueña, al pie de un ombú del campo de feria y en torno de una mesa barnizada a restregones, D. Rufino, que llevaba chistera, alivió la húmeda cabeza de su peso, y con excepción de Crescencita, que sonreía encantada, Jean, el doctorcillo y los demás, exclamaron:

-¡Uf, qué calor!

A poco sintieron el frío beso del aire del río, y le vieron agitar banderolas y juguetear con los rizos y los perendengues de las damas, repartiendo pródigamente oxígeno a los hambrientos pulmones, y también polvo en abundancia a los ojos, y desparramando los ecos discordantes de la alegría popular, gritos de vendedores, risas, tumultos y músicas, y las olorosas emanaciones de los diversos guisados y frituras. A la sombra de las ramas del ombú gigantesco, cargadas de farolillos venecianos, se estaba tan ricamente, que los estómagos, aun los de los enamorados, incitaron a la voluntad con elocuentes manifestaciones a demandar   —336→   el lastre que les faltaba, y antes que D. Rufino, el revoltoso Tito batió las palmas, acudiendo una moza garrida, hija, sin duda, de la costa azul, y que andaba ocupada en proveer de bucólicos chismes las otras mesas.

-Nos trae usted cinco raciones de pescado y una botella de manzanilla -se apresuró a encargar doña Orosia.

En un santiamén puso la moza sobre el encendido anafre la sartén llena de aceite, zambullendo las postas de pejerrey enharinadas en el líquido, así que éste humeó y comenzó a chirriar; y entre tanto se doraban lindamente, trajo platos de loza, vasos de vidrio, servilletas de dudosa limpieza, pan criollo blanquísimo, cubiertos de estaño y la botella de legítima manzanilla, contestando a las preguntas de D. Rufino con soltura de lengua igual a la de sus manos:

-Sí, señor, soy del mismo Málaga, y me vine, verá usted por qué me vine: porque mi novio cayó soldao, y dijo mi novio: «Pues no me da la gana de servir al rey».   —337→   Entonces yo le dije, digo: «¿Si nos marcháramos a América? Así todo se arreglaría». Y así todo se arregló. No tenía yo ni padre ni madre, ni perro que me ladrara; fuimos a una agencia que contrataba emigrantes para el Brasil, y nos contratamos... ¡Allá voy!... Y embarcaditos para el Brasil. ¿Han estao ustedes en el Brasil? Pues es un horno encendido, como que viene a caer debajo del mismo sol... El calor y el miedo al vómito nos decidieron a jugarle una mala pasada al contratista, y una noche nos escapamos del cortijo donde nos hacían trabajar y, anda que anda, nos dirigimos hacia la mano derecha, que es donde habíamos oído decir que caía Buenos Aires. ¡Buenos Aires! Sólo la frescura del nombre nos halagaba... ¡Digo que allá voy!... Y llegamos, al cabo de los meses, con los pies desollados. Y aquí nos tienen ustedes tan contentos, mi marido y yo, porque nos hemos casado, para servir a ustedes.

-Eso está muy mal hecho -protestó D. Rufino, de pésimo talante.

  —338→  

-¿El qué? ¿Que nos hayamos casado?

-No, que desertara su novio, su marido o lo que sea. El servicio del rey no puede eludirse, sin quedar sujeto a penas severísimas. Así, bien empleado les está cuanto tienen ustedes sufrido.

-¡Anda! -respingó la malagueña- que usted habrá hecho lo mismo, con levita, chistera y todo.

Rápidamente dio media vuelta y entró en la carpa; y gracias que doña Orosia logró calmar al antiguo clarinete de regimiento, intransigente en punto a la disciplina militar, y aparecieron las doradas postas, recreando los ojos, cosquilleando las narices y llenando de agua las bocas...

Tito, de pie sobre la silla, anunció que por el camino de Palermo pasaba el landó de Mr. Patrick, y dentro iban el mismo Mr. Patrick, misia María Cleofé, misia Liberata... y el Bismarckito en persona. Todas las cabezas giraron como veletas impulsadas por el viento de la curiosidad; pero de no hacer lo que Tito, encaramarse sobre   —339→   las sillas respectivas, no distinguirían nada, a causa de la muralla humana que les aislaba... Más pudo el apetito que la curiosidad, y sobre el mísero pejerrey cayeron los cinco tenedores, dispuestos a ensartarle; cada cual retiró su ración, la fuente quedó limpia, empezaron a funcionar las mandíbulas, y entre bocado y bocado dijo don Rufino:

-Ya comprenderán ustedes que el mostrarse así Blümen en el landó de Patrick, y al lado de la viuda de Andillo, no es a humo de pajas; quiere decir que, al cabo, misia Liberata, después de pensarlo bien, ha dado el sí al Bismarckito. ¡Diablo de alemán, y qué guardado lo tenía! ¡Para que se fíe uno de estos pacatos y friones! ¿Qué te parece, Orosia, del Polo Norte que tú te figurabas? Y está el hombre que no cabe en el pellejo. Tuve que hablarle esta mañana de cierto asunto, y le encontró en su pieza de la calle de Corrientes afeitándose... Una pieza tan bien ordenada y limpita, como si anduvieran faldas a su cuidado; tiene en la pared   —340→   el retrato de su emperador y fotografías de familia, algunas hamburguesas rubiotas de muy buen ver. Entonces me dijo que se casaba, y aunque yo sabía por Duseuil quién era la pastora, me hice el tonto y el sorprendido. ¿Con quién? ¿Pues con quién ha de ser? con la señora viuda de Andillo... ¡Una pasión antigua, muy antigua! La boca se le llenó con este nombre, y él, que parece no tiene sangre en las venas, se atomató ingenuamente. ¡Miren ustedes que Blümen con pasiones! ¡Y Blümen casado con la señora Liberata!... No afirmo yo que la señora Liberata haga mal en casarse, pero... ¡señor! ¡qué vueltas damos todos acá, y qué lejos están aquellos tiempos de la calle de Charcas! Cualquiera reconoce en el señor Blümen de ese landó al Bismarckito del fondo...

¡Eso es, cualquiera le reconocía! Iba Tito a desenvolver sus teorías favoritas respecto de aquel curioso ejemplar de evolución social, pero no le dejaron las damas con sus exclamaciones, ¡Casarse Blümen con misia   —341→   Liberata! ¡Qué sorpresa! ¡Qué escopetazo! Doña Orosia aseguraba que nunca, durante el mucho tiempo de vecindad con el extraño germano en la casa de Andillo, ni vio, ni sospechó, ni imaginó siquiera nada de aquella antigua pasión, que entonces fuera criminal, si hubiera existido; más aún, ponía las manos en el fuego, que misia Liberata no cambió con él sino los buenos días de rúbrica. La tal pasión debió de nacer y desarrollarse a la muerte del señor D. Hipólito, y de aquí los negros humores que se notaron en el pobre Franz, seguramente convencido de que jamás podría traspasar la enorme distancia que de la hermosa viuda le separaba. Y Crescencita contó, riendo, haber visto en sueños al Bismarckito relleno de estopa, y que, como las niñas traviesas a sus muñecas, por buscarle el corazón le abrió el pecho y sacó, entre un puñado de serrín... uno tan grande, sangriento y pesado, que daba miedo... A todo esto, del pejerrey no quedaban ya rastros, y parecioles muy puesto en razón pedir algún   —342→   plato generoso, pues no era aquél día de vigilia ni abstinencia; y requerida, con palmadas, la malagueña, sobre las mismas brasas colocó unas parrillas y en las parrillas acostó luego buena lonja de vaca con hueso, cortada al través de las costillas, y que forma la característica y sabrosa tira. También pidieron buñuelos, de postre, y pasas, de las gordas de Málaga, que en preciosas cajas, sobre el blanco mantel de una mesilla, exhibía la patrona a la puerta de la tienda.

Asado, buñuelos y pasas, no tardaron en estar al alcance de manos y tenedores, y el combate recomenzó, silencioso. Ardía, entre tanto, la feria en animación y alegría, y las notas de pasacalles y tangos, añadían nuevo fuego al que desparramaban en las venas el vino y en las alturas el sol; en la carpa del lado, La de Sevilla, rompió a sollozar una guitarra y luego una voz a quejarse de ausencias, duelos, traiciones y perfidias mujeriles, y en la de enfrente, La Pilarica, prorrumpió una jota estrepitosa, que   —343→   hacía saltar a cuantos en ella estaban, obligando a callar a la voz lastimosa, pero no a la guitarra, que, convenientemente jaleada, preludió una petenera: entonces, al rumor de los oles apareció una joven vestida de corto, la faldilla encarnada guarnecida de madroños, la chaqueta, de terciopelo descubriendo la ajustada cintura, el sombrerito calañés sobre la oreja derecha, mucho colorete en las mejillas y abuso de tizne en los ojos; enarcó los brazos, ladeó graciosamente la cabeza, alzó un poquitín el pie... y allí fue el prender de miradas y deseos. Unos aplaudían, otros gritaban, arrojaban el sombrero a los pies de la danzarina y la decían muchas cosas indecentes...

Jean, conmovido por el recuerdo que le despertaba aquel baile, miró dulcemente a Crescencita, que, muy colorada por el calor, el vinillo y la dicha, y tan guapa mordiendo los granos de pasa, sonreía siempre con la ingenuidad de un niño que se divierte; y como ya habían terminado, y la beatitud de una excelente digestión comenzaba a   —344→   amodorrarles, propuso D. Rufino bajar hasta el río y entre los sauces pasar el resto de la tarde, lejos del bullicio: acudió la malagueña, en viendo que se levantaban, cobró lo que quiso, y entre la turbamulta desapareció la familia gaditana, muy apretaditos los novios, muy sofocados los papás, y el doctorcillo delante, abriendo paso a fuerza de codo y de puños. Como boya que flota en el agua y es juguete de la corriente, les empujaban, les arrastraban, les detenían, hacíanles retroceder o les desviaban del camino, y cuando no la muchedumbre, la curiosidad: de la mujer-sirena, que se mostraba en un barracón sobre desmesurado cartel, cubierto el tronco de verdes escamas y en vez de piernas retorcida cola de pescado; del hombre salvaje, vestido con las propias barbas, y que anunciaba un enano con redobles de tambor; de alguna gitana, que prometía adivinar lo pasado, lo presente y lo porvenir; de los rompe-cabezas y cucañas, en que los pilluelos, por la golosina del premio, se aporreaban de lo lindo y exponíanse   —345→   a descrismarse; de los mil atractivos, lances, batallas y divertidos sainetes de la feria; aquí comprando celudillas en blanco; allá mirando boquiabiertos, ya dando de narices con un conocido pegajoso, ora recibiendo un codazo y un pisotón de propina.

Llegaron, al cabo, y se sentaron a la fresca sombra de los sauces, en el sitio más solitario que hallaron, a la orilla del río sin límites, mientras hervía allá arriba el rumor de la muchedumbre. Vagaban en el sauzal algunas parejas amorosas, y sobre la hierba merendaban tranquilamente aquellos que huyen del ruido y se complacen en la soledad; las aguas, muy bajas, descubrían las peñas negras y enanas que llaman toscas y el lecho cubierto de resaca, donde una bandada de pilluelos descalzos correteaba a su sabor. Ganas le venían a Tito de hacer lo mismo, no por mero pasatiempo, sino para buscar ejemplares curiosos que añadir a su colección zoológica; y de pie, con una varita en la mano, mientras los otros, sentados no muy cómodamente a   —346→   causa de la dureza del suelo, dejaban errar los ojos y la imaginación, soltose el doctorcillo a perorar:

-Aquí tienen ustedes, papás y hermanitos, la mejor prueba de los inconvenientes del traje señoril: si yo no viniera vestido como vengo, y no fuera hijo del rico señor Barbado, ahora mismo me quitaba los zapatos y los calcetines, me arremangaba el pantalón... y ¡zas! a registrar las toscas y la resaca. ¡No lo he hecho pocas veces en mis buenos tiempos del pam-param-pam! Pero, ahora, ¡Dios me libre! Mis señores papás me dirían que estaba muy mal hecho, con mi traje nuevo y mi nuevo pelo. Traigo aquí mi inseparable cajita de latón, y herborizaré, por no perder el tiempo... A ver, Juanillo, contéstame: ¿hay por tu tierra un río como éste? ¡Quiá! Ni en su Arcos de usted, mamá, tampoco; si el Plata no es un río, es un mar de agua dulce, el primero del mundo en extensión después del Amazonas. Mirarle cómo viene avanzando lentamente, tan turbio, porque el   —347→   fondo cenagoso le ensucia: antes de caer la tarde, si no nos apartamos de este sitio, vendrá a lamernos los pies. ¡Ah! ¡señor Río de la Plata! ¿Se ha enterado usted de que hay un gran proyecto de puerto y que pronto le echarán a usted muy lejos y no podrá ya usted venir a curiosear tan cerca? Le aprisionarán con murallas, y aunque quiera saltar por ellas no podrá. Y esos buques de gran calado, que se empeñaba usted en hacer fondear a dos leguas de la ciudad, atracarán aquí mismo o cerca de aquí, porque cavarán con esas dragas enormes y quitarán tierra y más tierra para ahondar... Yo he visto una de esas dragas, papá; ¡qué atroz! ¡Y qué proyecto ese del puerto! Digo, cuando se realice, y todo esto que ahora cubre el río, sea un nuevo barrio con depósitos de mercaderías, estaciones de ferrocarriles... una nueva ciudad dentro de la otra, ya tan inmensa. ¡Qué dirían sus paisanos de usted, papá, aquellos compañeros de los fundadores D. Pedro de Mendoza y D. Juan de Garay, qué dirían si pudieran   —348→   verla ahora! ¡Y qué diremos nosotros (porque nosotros hemos de verlo antes de mucho) cuando toda esta parte de la ribera se modifique, y desaparezca el muelle viejo, y la aduana, y surjan, del fondo del río, calles empedradas, edificios y cuanto sabe crear el genio urbano moderno! ¿Qué les parece a ustedes?

-¡A mí me parece -dijo doña Orosia- que charlas demasiado, hijo mío! Eres un doctor Andillo en miniatura... Cállate, y vete con tu cajita de latón a recoger cucarachas y examinarles las entrañas... digo, si es que las cucarachas tienen entrañas...

Don Rufino, que se deleitaba oyéndole, salió en defensa del profesor, el cual, con la reprimenda maternal, abatía humildemente la varita, cuyo oportuno manejo había subrayado la oración, y levantándola de nuevo, gracias al bondadoso indulto del papá, repuso, como una taravilla:

-¿Cucarachas? Las cucarachas son insectos de la familia de los blátidos, orden de los ortópteros... cuerpo aplanado...   —349→   color negro rojizo... ¡Tienen entrañas, sí señora, y qué entrañas! Ahora no las encontraría, porque de día permanecen ocultas... Además, para mi colección no me hacen falta: tengo tres ejemplares, uno de ellos blanco, muy raro, que cacé en la iglesia un domingo: una cucaracha sagrada, como quien dice, puesto que su alimento era la cera bendita y el incienso... Bueno, dejemos a estos apreciables insectos y prosigamos... ¡Juanillo, no me pongas esa cara, hombre! ¡Carambita! Desde que te tenemos de propietario en Santa Fe no hay quien te aguante. Vaya, que cualquiera creerá que has necesitado abrir muchos libros para lograrlo... ¿Ves tú esta frente? Aquí hay chispa, ingenio y fósforo por arrobas: la ciencia prende prodigiosamente. ¿Quieres que te explique la composición del potasio? ¿Cómo se forman las lluvias? ¿O te recite un trozo de historia argentina, las invasiones inglesas, por ejemplo? No sacaré partido de ti, Juanillo, porque no te gusta sino lo vulgar... A mí las alas me   —350→   han crecido tanto, que ya vuelo por los espacios cuanto quiero: aletazo viene, aletazo va, y las cinco partes del mundo me recorro en un periquete. Cuando sea diputado...

-¡Eso! -interrumpió Jean con mal humor-; para diputado estás bueno: pico no te faltará.

-Ni desparpajo -añadió doña Orosia-; ¡si marea a la Cámara como nos marea a todos en casa! Que se rompe un plato: discurso tenemos sobre la fabricación de la loza, de la porcelana y de la cerámica en general; que el gato, el perro o el canario... pues discurso de dos horas acerca de la historia particular de cada bicho. Nos vuelve tarumba, y no descansamos sino cuando está en clase. Ayer... ¡figúrense ustedes!... ayer le estuvo explicando a la cocinera lo de vertebrados o invertebrados a propósito de un pollo en pepitoria...

-¿Y qué? -respondió Tito gravemente-. ¡Carambita! ¿No es deber del que sabe enseñar al que no sabe? Ya podían ustedes   —351→   agradecerme el trabajo que me tomo para ilustrarles, para despejar las tinieblas de vuestra ignorancia...

Tan cómico parecía, con la vara en la mano, el gesto serio y la voz ronca de adolescente, que todos se rieron; y él, fingiendo enfado, se volvió y apostrofó al río, como el rey Canuto:

-¡Soberbio Plata, amigo y paisano! Adelante, avanza más, y mójales los pies a estos mofadores impertinentes, a ver si con el baño se les refresca el meollo... Ea, me voy a herborizar...

-¡Aguarda! -dijo D. Rufino, que quiso acompañarle para que le explicara qué hierbas y qué bichos iba a buscar.

También doña Orosia, a quien molestaba el asiento incómodo y la idea de que pudiera mancharse la seda de su vestido, se fue en su seguimiento, recomendando a Crescencita que no se moviera de aquel sitio... Solos quedaron, pues, la chica y Juanillo, bajo los sauces, frente al río que lentamente avanzaba, ella más pálida que   —352→   en el merendero, el sombrerito de paja adornado de campanillas azules, sobre la falda, la cabeza rubia inclinada, mientras arrancaba hierbajos y los esparcía distraída; él mirándola silencioso. Y aunque la soledad no era más que relativa, bien podían ahora, pues nadie había de oírles, discutir un punto interesante para los dos, y que a los dos preocupaba hondamente.

-¡Al fin se marchó! -dijo Jean-. ¡Se pone más pesado tu hermanito con su sabiduría! Con razón hay quien asegura que los sabios son indigestos... Me parece que nadie nos oye, Crescencita: aquella pareja de enfrente está demasiado amartelada para mirarnos siquiera... Hablemos, y hablemos claro. Tú eres la misma de siempre: me desesperas y harás de mí un desgraciado. ¿Por qué has contestado eso a tu madre? En todo el camino me lo has querido decir, y a mis preguntas has opuesto sonrisitas, no sé si de burla o de lástima. Así, el almuerzo me ha sabido a rejalgar. Sabes que te quiero, aunque no te lo haya dicho, que   —353→   te quiero desde aquella noche que te vi, a la luz de la luna, en el patio de Andillo... ¿Por qué has contestado a tu madre: Que me lo pregunte él? Clémence me lo contó esta mañana, apenas llegué, y Clémence no miente; me contó que, adelantándose a hablar con tu madre de nuestro asunto, tu madre te llamó, y delante de ella te enteró de la embajada, y entonces tú contestaste eso: Que me lo pregunte él. Me explicarás...

-Sí, te lo explicaré porque es muy sencillo, y como largo de discutir lo he dejado para una ocasión así. ¿Qué otra cosa podía yo contestar a madama Clémence, si tú no me has dicho hasta ahora nada más que tonterías sin substancia, de esas que se dicen a todas, de guasa, y ni te has tomado el trabajo de averiguar... si yo... ¿entiendes...? Es cierto que me has demostrado afecto... amistoso, no olvidando venir a vernos en cada viaje... También en la última visita te marchaste regañado conmigo...

-Por lo de siempre: que al darme la   —354→   mano, acaso te la apreté demasiado y chillaste y vino tu madre; ¿qué necesidad había de que viniera tu madre? ¡Si supieras o comprendieras lo que yo siento cuando tengo tu manecita entre las mías! Ganas de no soltarla más, de guardármela, de llevármela... Será tontería sin substancia, como tú dices, pero no es broma, no, no. Cuando te las digo, ¿tengo cara de bromear? ¿No lees en mis ojos...? ¡Ay! ¡Si pudieras leer!

-Si leo, si leo...

-Bueno, mírame bien; ¿qué te dicen mis ojos?

-¡A ver... no me hagas reír! ¡Ábrelos bien, más, más...! ¿Sabes que estás muy moreno, y que te sienta esa venda de blancura en la frente? ¡Ay! ¡cómo te han crecido los bigotes! los tienes de dos colores, como los gatos, pelos rubios y pelos castaños... ¿Y los ojos? ¡Qué ojos los tuyos, Jean!

-¡Ríete, que yo maldita la gana...! ¡Vamos! ¿qué lees?

-Pues leo... (Con fingida gravedad). Soy un... (Ábrelos más, que no veo las letras...)   —355→   Soy un mentiroso, y cuanto te diga no me lo creas... ¡Muy bien! ¡El niño es para fiarse de él!

-¡No es cierto! Si es todo lo contrario, todo lo contrario... Pero no insistiré, para que no me salgas con que digo tonterías. A ajustar cuentas, señorita, y pronto, antes que vuelva tu hermano a darnos una lección de matemáticas. De este ajuste de cuentas dependen dos cosas importantísimas: la primera, que me vaya esta noche misma a la María Luisa para no volver; la segunda, que allá o aquí perezca de mala manera, echándome de cabeza al río, por ejemplo...

-¡Jesús! ¡Qué miedo! Si te echas ahora, no podrás irte.

-Lo mismo da. Vamos a cuentas.

-Vamos.

-Me has dicho que yo...

-Hasta ahora has hablado conmigo en serio.

Porque yo no me creía autorizado a sellar un compromiso, que acaso no pudiera   —356→   cumplir. ¿Quién era yo cuando me fui a Santa Fe? Un niño y un pelagatos, ni más ni menos. Iba con la decisión de trabajar, con la voluntad de adelantar, pero lo mismo podía irme bien que mal: eso de querer es poder resulta una de las mayores tonterías. Si no tienes esa ayuda misteriosa que unos llaman suerte y otros Providencia, y en cada caso hay que darle un nombre distinto, querrás, sí, pero no podrás. Por lo tanto, si me iba mal me las compondría solo, y solo sufriría el desengaño, y no hacía víctima a nadie de mi torpeza, poca suerte o lo que fuera... He pasado unos días, ¿qué días? ¡años, esperando el resultado! ¡Y contigo siempre presente! ¡Con la duda horrible de que tuviera que renunciar a ti, por causa de los negocios! ¡Por causa de que tú, la orgullosa princesita de la huerta, no habías de querer a quien no la ofreciera aquellos diamantes soñados...!

-¿No ves? ¡Si yo no soy lo interesada que tú crees, si no acabarás de conocerme! ¿Quién se acuerda de niñerías?

  —357→  

-Bueno, pero yo te los quería ofrecer el día que tuviera derecho de hablarte en serio... Y ese día no llegaba, tardaba tanto, que parecía no iba a llegar nunca. Monsieur Jean Pierre, mi protector, el hombre más bondadoso que conozco después de Max, me decía: «Jean, ¿cuándo estarás contento? El balance de cada año, por lisonjero que sea, te entristece; sin langosta hemos pasado hasta ahora, epizootia, ni plaga alguna, ¿qué más quieres? Yo quería el terreno, la vacada, la casa y abundantes cosechas, mío, todo mío, para decirle a una chica que se llama Crescencita, y es un terroncito de azúcar, de puro buena, y un pedacito de cielo, de puro hermosa: «Aquí estoy, ponte estos diamantes, y vente conmigo».

-Pues esa chica (con enfado), te habría contestado: «A mí no me venga usted con regalos; ¿tengo yo cara de irme con nadie por la golosina de unos pedruscos?

-¡No, por Dios! ¡Yo no me sabré explicar, pero tú me comprendes: en el campo se   —358→   vuelve uno tan salvaje!... Bien lo sabes, que si me abrieras el pecho, como al Bismarckito, me sacarías el corazón chorreando amor y gratitud, amor por ti, gratitud por Max y monsieur Fossac. ¡Iba yo a pedirte que te vinieras conmigo a pasar escaseces, inclemencias y malos ratos! Los diamantes que yo llamo, tontina, son la casa, los muebles, el servicio, la abundancia de todo, la seguridad del mañana... Y también los pedrusquitos esos, ¿por qué no? para adornar las hojas de rosa que por orejas tienes. Entre tanto que pasaba el tiempo y no llegaba el día, más receloso, solía decir, mirándome en el feo espejo de mi palanganero: «Sí, al fin no me querrá, porque tengo la cara muy negra, y las manos muy negras, y el pelo se me ha puesto áspero, y estoy de ordinario que asusto a cualquiera... ¡Cuando habrá tanto porteño elegante que le paseará la calle! También pensaba que como había sido yo tan malo... ¡Porque mira tú que lo fui! Las mismas ideas que perdieron a tu tío Aniceto traje de la aldea,   —359→   con otros vicios horribles, pero curé pronto; me curaste tú, y el ambiente, y el ejemplo de los hermanos. Tú me enseñaste el sitio donde guarda América sus tesoros, conforme soñé yo aquella noche. Digo que me curaste tú. Y aunque curado, parece que de la perversidad le quedaran a uno señales como de viruela, y decía: «Ella lo sabe, ella lo ha visto... y no me querrá, no me querrá». Luego, en cada visita, lejos de alentarme, te complacías en desesperarme con tus burlas y tu desvío: volvía loco a la María Luisa y no sabía qué contestar a monsieur Jean Pierre. «¿Qué te pasa, muchacho? ¿Si te veré algún día alegre?» El día esperado llegó: el terreno fue mío, como lo era ya el ganado, y la abundante cosecha me aseguró la edificación de tina casita digna de recibirte. Entonces me dije: ¡A Buenos Aires por todo! Y escribí a Max, ¡qué casualidad! cuando acababa mister Patrick de traspasarle el aserradero, y a pesar de las nuevas obligaciones, Max puso a mi disposición el anticipo que necesitaba para   —360→   emprender las obras desde luego... Ya ves: emprenderlas sin tu consentimiento, significaba atrevida confianza de mi parte, a pesar de cavilaciones y de dudas; esto no lo entenderás tú, pero parece que todos los enamorados son lo mismo. A Clémence le recomendé que nada dijera, que ya vendría yo en tiempo oportuno a tratar el asunto y resolverlo: ella se aguantó unos meses, y ayer, por no poder más, desembuchó todo y provocó tu salida, esa respuesta que equivale, sí, señor, equivale a una negativa...

Crescencita, muy pálida, arrancaba los hierbajos y hacía montoncitos, que luego deshacía, esparciéndolos a puñados. No miraba a Jean; a veces fingía distraerse con las músicas de la feria, que alegremente resonaban allá arriba, o espiar el avance del río, que murmuraba a sus pies. De aquel otro murmullo más cercano y sentido aparentaba desentenderse, y sólo cuando se extinguió en un suspiro, mientras examinaba una florecilla digna de la caja de Tito, dijo con indiferencia:

  —361→  

-¡Ah! De modo que... ¡estás edificando una casa! ¡Hola! ¡Hola!... Dime: ¿es muy grande?

-Es un chalet precioso -contestó alegremente Juanillo-, copiado de uno que hay en Etretat, a donde mi abuela Celeste iba a vender sus pollos, y, que le tengo grabado en la imaginación... (Trazando líneas en el suelo con el junquillo). Mira: esta es la escalera de entrada, un perrón muy bonito; la sala, el comedor; en el fondo la cocina y demás dependencias; aquí la escalera del primer piso, dos grandes habitaciones sobre el jardín y dos más pequeñas... Sigue la escalera: tres habitacioncitas en el segundo piso, el desván que forma la torrecilla. Tiene torre, balcones de madera calada, y exteriormente estará pintado de rojo con líneas blancas, imitando ladrillos. Antes de un año cuento con que me le darán terminado.

-A ver -decía Crescencita, muy atenta a la exposición del plano-, esa dices que es la sala...

  —362→  

-Y este el comedor, esta la escalera del primer piso, aquí dos grandes habitaciones...

-¡Dos grandes habitaciones! ¿Para qué?

-Para dormitorios; este es el mío...

-¡Ah! Ese es el tuyo... (Aturdidamente). ¿Y el mío? ¿Cuál es el mío?

-¡El tuyo! ¡Ah! ¡Crescencita!...

La joven no pudo disimular la confesión, ni retirar su mano, de la que Juanillo se apoderó en seguida, y, encarnada por la vergüenza y el dolor de la presión amorosa, no chistaba, sin embargo; cerró los ojos para que no descubriera cuánto sufría y cuánto gozaba en la estrecha cárcel de sus dedos cariñosos, oyéndole que decía:

-Soy un torpe, te hago daño y no puedo evitarlo... Es la primera vez que no chillas y la defiendes. ¡Pobre manita mía!... Si no fuera por aquellos curiosones de enfrente, la daría mil besos.

De pronto, ella le echó a la cara la florecita silvestre, dio un salto y escapó riendo;   —363→   y él, detrás, la perseguía, como a mariposa burlona, cien veces prisionera y prófuga cien veces. Más risueña cuanto más de cerca seguida, se escudaba en los troncos de los sauces, le provocaba, fingía dejarse atrapar, huyendo luego, con una carcajada... También otras ninfas, no tan esquivas como las de la fábula, de las alturas de la feria bajaban a la misteriosa penumbra del sauzal, donde faunos y sátiros, vestidos a la moderna usanza, las daban alcance sin mayor fatiga.

Le dio, al fin, Juanillo a Crescencita, y porque no se le escapara de nuevo, puso un brazo debajo del suyo, y ella se dejó llevar donde él quiso, encendidas las mejillas por el calor y la pasión. Junto a su oído, más que el aliento, le quemaban las palabras amorosas del mancebo, y entre veras y risas dejaba fluir la sinceridad de su corazoncito inocente.

Pero ¡qué retontísimo era! ¿De modo que no había visto nada, no había sospechado nada? ¡Que le quería, sí, sí, que le   —364→   quería de mucho tiempo atrás, acaso desde sus primeros coloquios en la huerta de Andillo! Ella no sabría decirlo, ni analizar las sensaciones que en la larga separación primera y en la repentina vuelta de Santa Fe después, experimentó, sin darse cuenta; tristeza y alegría no disimuladas, que dejaba asomar al semblante y nadie descubría, ni él mismo, ni su madre, cuando sus frecuentes visitas a la nueva tienda, multiplicando las ocasiones, agrandaban el peligro. ¡Sí, sí; le quería! Y su delicadeza de no hablarla nada en serio hasta no haber cimentado su posición, aquel silencioso y sufrido laborar de tantos años para ella, sólo para ella, aumentaba su cariño. Así contestó a su madre, la noche anterior, en la confidencia a que dio lugar la embajada oficiosa de madama Clémence... ¿Era de su agrado? Entonces no tenía por qué ocultarlo; si la hubiera desagradado, hija obediente, habría tratado de sofocar un amor que no merecía la sanción paternal, sucumbiendo quizá en la demanda. Pero, la desesperaba su   —365→   ceguedad, el apuro en que la ponía de confesarlo ella la primera, y ahora, cuando estuvieron en la iglesia, de rodillas al pie del Pilar, suplicó a la Virgen Santísima: «Madre mía, ábrele los ojos a este ciego que está a mi lado, para que se entere de una cosa tan vieja como es el cariño que le tengo; y puesto que mis tretas en la azotea y las sesiones junto al piano no dieron resultado, deslíale la lengua y que hable claro y no se ande con tapujos y conferencias entre su hermana y mi madre, cuando nosotros podemos entendernos sin necesidad de intérprete. Evítame la vergüenza de tenérselo yo que decir... ¡y que sea prontito, madre mía!».

Roto el hilo que las sujetaba, como sarta de perlas que se desgrana, sus expansiones candorosas se sucedían sin reserva, y los dos, más apretaditos que nunca, vagaron por aquellos elíseos campos, almas felices que el rumor de la tierra no turba ni preocupa. Y eso que el de tambores, gaitas y organillos era cada vez mayor, y no pocas   —366→   de las parejas aquellas misteriosas, a los sones de una murga que trajeron, rompieron a bailar en la misma orilla del río, y pronto el antes solitario sauzal fue todo alegría y revuelta bullanga; y voces conocidas, las de D. Rufino, Tito y doña Orosia, clamaban del otro extremo, sin duda porque no encontraron a los enamorados en el sitio en que les habían dejado. Pero ellos, embriagados con la música de sus propias palabras, uno al otro sólo veía y escuchaba, y el mundo estaba en ellos, que no ellos en el mundo, y sobre la verde grama andaban como andarían entre las nubes, hasta que dieron de manos a boca con el travieso doctorcito que les buscaba; y fue lo mismo que el despertar de un sueño delicioso para topar con la más fea realidad, pues el incipiente sabio traía en la punta de la varita ensartado un bicho muy atroz, de muchas patas peludas y repugnantes trazas, el cual, con perversa malicia, acercoles a la cara, diciendo:

-Admiren ustedes a esta señora, y preséntenla   —367→   sus homenajes. Soir, espoir, como asegura el adagio francés. Es de la ilustre familia de los araneidos. Y también a este caballerito (abriendo la caja de latón), al que no le ha valido sacrificar su cola para salvar el bulto: familia de los lacértidos, orden de los saurios, lagartija en lengua vulgar...

Dio Crescencita un chillido, incomodose Juanillo y enfadáronse también D. Rufino y doña Orosia, que se acercaban pausadamente, él con su levita bien cortada y mal llevada, y la chistera de lado, y ella con sus aires de duquesa, fina estampa a que prestaban realce la falda de seda y la manteleta de encaje. Tito se excusó con una risotada, y al fin riéronse todos, porque, así los que estaban en el feliz secreto, como los que lo adivinaban, comprendieron que había algo digno de festejarse, y no ciertamente la burleta del doctorcillo.



  —369→  
X

Fossac el Menor subió las escaleras del antiguo club L'Union Ouvrière, dando saltitos y bufidos, amparándose del lustrado pasamanos, afligido por la disnea, la obesidad y los varios alifafes de sus muchos años; y asimismo su intempestiva alegría rebosaba por su boca, en forma de sonrisa feliz: porque ¡sacrebleu! (como él juraba en su idioma) aquel día era el 14 de julio, fecha gloriosa de la toma de la Bastilla, que los residentes franceses conmemoraban de mil patrióticas maneras, y L'Union, su chère sociedad, en la que figuraba como secretario perpetuo, siempre reelegido, con un   —370→   baile suntuoso al que asistirían el señor Ministro de Francia y tal vez Su Excelencia el señor Presidente de la República. Los detalles que de esta fiesta daba el viejo Coq Gaulois entusiasmaban a los más indiferentes, y la demanda de invitaciones tenía mareado al secretario, como las puntadas en el programa general, indispensables si las cosas habían de hacerse como Dios manda, y lo mandaba el nuevo presidente del club, Maxime Duseuil.

Acababa de asistir el diligente señor a la colocación en el portal de un arco de gas con fanales blancos, azules y encarnados, de otros arcos en las cornisas de la fachada y de cuatro candelabros monumentales en el balcón, cuya reja mandó arropar con algodón tricolor, figurando graciosa guardamalleta; había hecho colocar también encima de la cornisa central una estrella de hierro agujereado, con un gorro frigio en medio y encima las letras U. O., que con sus lengüetas de luz por la noche, sería pasmo y deslumbramiento de los transeúntes. Y   —371→   plantas tropicales y trofeos en la escalera, y más arcos de gas, emblemas y espejos disimulados entre el follaje, engañando la vista y agrandando el espacio.

Después de inspeccionar estos trabajos, subió, como queda dicho, y fatigado, buscó descanso en la Secretaría, en el blando regazo de un sillón de cuero, acostumbrado a soportar su inmensa mole sin detrimento aparente de sus muelles. Contempló monsieur Fossac, una vez instalado a sus anchas, cruzadas las manos sobre el abdomen y espatarrado a la bartola, contempló, digo, a sus mudos compañeros de las paredes: Thiers, el de la boca sumida y maliciosa; Mac-Mahon, el severo; Grévy, Gambetta, y otros más de tantas campanillas, sonriéndoles, como si les dijera:

-Esto se llama servir a la patria, ¿eh?

     ¡Sacrebleu! ¡Valiente semanita acababa de pasar el lionés! Más atareada, apenas sin quitarse el frac... Tres corbatas blancas echadas a perder, dos pares de guantes, marca Barbado, mandados al tinte, perdido   —372→   en un guardarropa el abrigo de las grandes ocasiones, atacado él de indigestión después de la cena de casa de Duseuil: ¡balance pavoroso! ¿Fue en casa de Duseuil la indigestión o la pérdida del abrigo, o en casa de Patrick? Vamos por partes: Fossac el Menor reflexionó profundamente... ¿Dónde presentaron a los convidados aquel pavo en gelatina con trufas, del que comió un alón, un muslo y tres tajadas de pechuga? En casa de Duseuil, eso es, en casa de Duseuil, la noche de la boda de Jean con Crescencita Barbado. El abrigo le perdió en casa de Patrick, en ocasión de otra boda: la del alemán Blümen con la señora viuda de Andillo. ¡Dos bodas en una semana! ¡Valiente semanita!

¡Qué fiestas! Sobre todo la primera, la de los Duseuil, en la casa nueva, edificada sobre el mismo terreno que ocupó la de Andillo, comprada, junto con el aserradero, a los Patrick y a la viuda copropietaria; moderna construcción de tres pisos, elegantísima, cómoda y con amplitud suficiente   —373→   para las dos familias, aunque Juanillo no hubiera de habitar el segundo, que le cedían, sino en los meses de invierno. ¡No se había gastado poco el gran Maxime en construirla, y en decorarla, amueblarla y dotarla de todas las menudencias que concurren al buen vivir, acertadamente expresado por la palabra confort! ¡Y no derrochó poco también en celebrar aquella boda, la del que llamaba mon fils, a tan justo título! Porque miren ustedes que la tarde de la torna de dichos había una mesa de refrescos... ¡qué mesa! A monsieur Fossac se le hacía agua la boca todavía. Allí pastas, almíbares de todas clases, lengua a la escarlata, jamón en dulce, emparedados y vinos generosos. Pues todo esto y mucho más hubo la noche de la boda: como que después de la ceremonia en la capilla del Carmen y la poca de música que se hizo en la sala, se congregaron todos los convidados en torno de la mesa. ¡Qué mesa! ¡Qué cena opípara! Aquella sopa bisque de langosta... aquellas conchitas de foie-gras... aquel   —374→   filete a lo Richelieu, con sus tomates rellenos tan encarnados, color cardenalicio e indudable pretexto del monte... y aquel pavo, aquel pícaro dindon que produjo los mayores estragos en su pobre estómago, en complicidad, seguramente, con los petit-pois a la francesa y la perversa variedad de vinos.

A pesar del recuerdo desagradable de aquel fin de fiesta, sonreía el gordo lionés. ¡Qué guapísima estaba la novia! Con el velo de tul, el traje blanco y los azahares, parecía un ángel, tout á fait un ange; tan rubia, tan pálida, llena de dulce candor y melancólica gravedad. ¿Y la madre? Monsieur Fossac casi llegaba a asegurar que sus humos aristocráticos, de los que bastantes veces se había reído con madama Clémence, tenían algún fundamento, porque su manera de llevar el terciopelo y la mantilla de blonda no se aprende, se hereda. En cambio, la infeliz madama Clémence (buena prueba de la exactitud de este aforismo) lucía un talle... y unas manos tan enormes, que reventaban la cabritilla   —375→   de los guantes; no sabía qué hacer con el abanico, y ya lo empuñaba como si fuera el mango de una escoba, ya le ponía debajo del brazo, o le abría torpemente a riesgo de quebrar las varillas de nácar; estaba más colorada que un pimiento, sudaba a mares, y con el pañuelo, empapado en agua de olor penetrante y cursi, se restregaba la cara como pudiera hacerlo con una toalla. ¡Qué ordinariez la suya, sacrebleu!

Pero, ¡qué sencillez también, Fossac maldiciente! ¡Y qué corazón! Recuerda que, después de la cena, viéndote algo malucho a causa de tu glotonería, te condujo al gabinetito aquel de confianza, te sirvió ella misma una copa de licor que te puso peor, eso sí, armando una marimorena de todos los demonios con el bisque, los petit pois, el dindon y demás huéspedes incómodos de tu estómago, y entre muecas y retortijones divisaste, colgado en la pared, un objeto extraño que te pareció rodeado de un marco de peluche o felpa, y como tú preguntaras, más por disimular tu estado que   —376→   por curiosidad, qué era aquello, ella te dio esta respuesta, digna de un alma grande:

-¿Que no le reconoce usted? Es la muestra de planchadora que yo tenía en la puerta. ¿No ve usted la plancha gris y el letrero? Debajo, en su correspondiente marco, está el serrucho de Max... ¡Nuestras armas de nobleza, amigo Fossac!

Lagrimearon los ojos color de violeta, hermosos aún, y tú, ¡oh lionés criticón y despiadado!, contemplando aquel glorioso trofeo del trabajo, así expuesto, antes que oculto en el seno de la tierra o destruido por obra del orgullo estúpido, te emocionaste también y encontraste palabras de alabanza con que encomiar aquel tan bello rasgo. Porque títulos de nobleza eran, a no dudarlo, y no menos dignos que los conquistados a punta de lanza, a fuerza de adulaciones o a trueque de bien contados dineros.

-C'est vrai -murmuró Fossac el Menor-, al fin y al cabo esa es la aristocracia de estas sociedades nuevas, y hoy a Duseuil,   —377→   al señor Duseuil, delante de quien todos se descubren, nadie pregunta si manejó el serrucho, ni recuerda su humilde origen. Si su mujer, la señora de Duseuil, fue o no planchadora, nadie tampoco lo toma en cuenta... Pero, ¡sacrebleu!, confieso que no tendría yo la... frescura de mostrar los antiguos instrumentos de mi industria, porque no veo maldita la necesidad, si a nadie le importa. Mr. Patrick cojea del mismo pie, y hace mal, positivamente hace mal...

¡Ah! ¡Mr. Patrick! ¡Qué recuerdos tan gratos para su estómago evocaba el nombre del inglés! ¡Celebradas seáis apetitosas salsas de pickles, worcestershire y mustard rubia y picante, que contribuisteis, sabiamente asociadas a aquel extra dry seco y propio de paladares británicos, a facilitar la digestión de una cena copiosa! ¡Qué cena! ¡Y qué lástima de abrigo perdido!

Tornó el gordinflón a reflexionar profundamente... La boda aquella, de Franz y misia Liberata, había dado no poco que   —378→   hablar: primero, dijeron que la hermosa viuda se negaba rotundamente a contraer nuevas nupcias; después, que ponía por condición el ingreso del pretendiente en la comunión católica, sin duda nada gustosa de dar su mano a otro hereje. También decían que no fue ella la de la exigencia, sino el mismo Blümen, que quiso abjurar de sus errores, de motu propio. Lo cierto es que abjuró, y se casaron según el rito católico, en el salón de Patrick, espléndidamente adornado e iluminado, y después de la cena marchó la pareja a la quinta del Caballito, residencia suya en adelante. Dijeran lo que dijeran las malas lenguas, la viuda de Andillo hizo bien en aceptar el casorio, porque ni era justo que, joven aún y hermosa, viviera siempre al arrimo de parientes, ni Blümen acreedor a que se le despreciara. Y Fossac apostaba cualquier cosa a que la reunión de dos voluntades, tan bien equilibradas como las del Bismarckito y misia Liberata, produciría la mayor suma de felicidad a que se puede aspirar sobre la tierra.

  —379→  

-Total -prosiguió cavilando el lionés- que tenemos en esta misma semana las dos bodas recordadas, con las aventuras y desventuras antedichas, el jaleo de nuestro baile patriótico... ¡ah! y los trabajos preparatorios de la candidatura de Duseuil para concejal. ¡Qué trabajitos, sacrebleu! El Coq se ha propuesto sacarle y le sacará; las simpatías con que cuenta Duseuil en su parroquia son suficientes para el triunfo. ¡Oh! ¡oh! Duseuil en el Concejo Deliberante dará mucho juego... Hoy se pegarán los carteles en todas las esquinas... Bueno, ya has descansado, mon cher ventre; andando, que no he visto aún si las guirnaldas del salón están puestas... A las dos, inauguración de la nueva sala de nuestro hospital; a las cuatro, recepción en la Embajada... ¡Voy a quedar molido, francamente! Pongamos los huesos de punta, y a ver esas guirnaldas... ¡Up! ¡Arriba! Ya estoy... ¡Hola, amigo Duseuil!

Entraba Max en la Secretaría, el Max de siempre, no con las trazas de señor improvisado,   —380→   ni la impertinencia de obrero enriquecido: de chaqueta y hongo, las encallecidas manos desnudas, algo más gris el bigote y la mirada llena de esa dulce benevolencia que es privativa de los felices o de los que han colmado sus aspiraciones, si estas no son tonel sin fondo, que nunca puede verse lleno.

-¿Se duerme la siesta, amigo Fossac? -dijo jovialmente Max.

-¡Dormir! Quite usted -contestó el lionés-, y eso que a las doce dadas me vendría de perilla... Pero, con estos trajines estoy rendido y me senté a descansar. ¿Qué le parecen a usted nuestros preparativos? La estrella del frente está... hasta allí; ¿y el trofeo de la escalera? Con la bandera argentina en el centro, según lo manda la ley. ¡Oh! Aquí nos picamos de no descuidar un solo detalle... ¿Qué, más compromisos?

-Sí, traigo una nueva lista... No pueden eludirse. Se les invita, y si no caben, ya cuidarán de marcharse. Tome usted.

Tomó el gordinflón el papelito que le   —381→   alargaban, le recorrió desdeñosamente y fue a sentarse a su mesa de trabajo, refunfuñando:

-Pues, señor, ¿a que no queda sitio para mí, yo que he menester de triple espacio donde colocar mi generosa humanidad?

-¿Sabe usted -anunció Max- que nuestro Jean vendrá al baile? Pretendía marcharse esta mañana, pero no le dejamos.

-Y es natural que quisiera marcharse. Los enamorados necesitan soledad (escribiendo). Monsieur, monsieur Louis de la... ¡diablo de letra! Ca... Caille. Vamos, no le conozco. Sí, señor, necesitan soledad, arboleda que de sombra, pajaritos que canten, etc. ¡Ay, amor, amor! Debieron ustedes dejarle, aunque en esta época no haya ni avecillas ni frondas en la María Luisa. Pero ellos se lo fingen todo, y tan contentos. Ya tendrá Jean Pierre que taparse los ojos. Monsieur, monsieur et madame...

-Clémence se empeñó y hubo que complacerla. Porque decirle a usted la satisfacción de Clémence con el casorio del hermanito...   —382→   ¿Quiere usted creer que ya está preparando el ajuar para el futuro bebé?

-¿De veras? ¡Qué gracia! Ja, ja, ja. Seguramente que ellos, o ella, la mamá futura, no se dará tanta prisa. ¡Anda, ya eché un borrón! Sobre perdido. Si el señor presidente no me deja en paz... Parodiando la frase del célebre adulador, diré a usted, amigo Duseuil: deja de hablar o dejo yo de escribir.

-Corriente; me voy a la biblioteca. Así que estén listas las invitaciones, me avisa usted, que tenemos que pasar revista a todos los preparativos.

Era la biblioteca una habitación estrecha y larga, con estantería de pino arrimada a las paredes, repleta de libros que el mucho manoseo había estropeado, y una mesa central, campo de acción de lectores poco escrupulosos, y así estaba manchada de tinta, tallada a punta de navaja, y toda revuelta, papeles, periódicos, carpetas y lapiceros; caía la luz de una claraboya, y como no había chimenea, ni alfombra, sino   —383→   un mezquino ruedo para los pies, el frío encogía el ánimo y mataba todo deseo de entablar relaciones con los maltratados huéspedes de los estantes. Max entraba siempre en la biblioteca de L'Union Ouvrière con recogimiento y emoción, porque le recordaba las primeras páginas de su historia vulgarísima; historia que, no por ser la misma de todos los Barbados, Patricks, Blümenes, Fiorellis y otros mil que se asilan en argentina tierra, y carecer de dramáticos episodios, enredos, trapisondas, excesos psicológicos, tesis disparatadas y endiablados casos de conciencia, ha de tacharse de ñoñez o banalidad, pues la avaloran en cambio los anhelos, ambiciones, derrotas, victorias y conquista definitiva de un nombre y de una posición, tras de larga brega, que al fin y a la postre, tal es el norte de todos, por distintos caminos buscado, y no siempre ha de ocuparse la pluma en revolver las fangosas honduras del alma...

Allí leyó cuanto había que leer, sentado en el mismo banco, muchas noches, de   —384→   ocho a diez, ávido de instruirse; leyó lo malo y lo bueno, sirviéndole su sano criterio de tamiz que separa y clasifica, y el tiempo que pudo dar a la taberna, lo concedió a la estancia sin lumbre, a la grata compañía de los sobados autores de los estantes. Con ellos aprendió a pensar, a soñar, a esperar. Sabía dónde estaba cada uno de sus favoritos, qué hojas le faltaban o cuáles tenía manchadas; y en su agradecimiento casi filial, proyectaba reformas estupendas, ahora que el humilde obrero, recogido y silencioso de entonces, había sido exaltado al sitial de presidente: habitación más amplia, más luz, menaje nuevo y reemplazo de todos los volúmenes inválidos.

Con el sombrero puesto, a causa del frescor de sótano que se sentía, iba Max recorriendo cada estante y saludando a sus antiguos amigos, los mejores, porque no cambian; y la bella figura de la Francia republicana, detrás del cristal de su marco dorado, soberana y sola en el testero del fondo, le enviaba, como en otro tiempo, su   —385→   sonrisa llena de promesas. Resonaron los pasos de Fossac el Menor en los pelados ladrillos y su voz aflautada:

-Cuando usted quiera; quedan complacidos los pedigüeños y libres nosotros para hacer nuestra revista. Pasaremos al comedor, primero, si a usted le parece bien.

Atravesaron ambos un patio, que habían cubierto de lona a fin de improvisar un jardín más o menos tropical, y entraron en el comedor, cuya oronda mesa vestían tres mozos con holgados manteles y aderezaban cuidadosamente, y dijo el lionés, brillándole los ojillos ante el agradable espectáculo:

-Observe usted, amigo Duseuil, que por ser la cuestión de bucólica la más intrincada, ha habido que soltar un poco los cordones de la bolsa: la vista perdona deficiencias de adorno, el oído asperezas de sonido, y así no me he corrido mucho en lo que a orquesta y galas se refiere; pero un estómago mal confortado no perdona nunca. Nada hay, créalo usted, más rencoroso   —386→   que el estómago, y nada hay tampoco más agradecido. Tienden, pues, todos mis esfuerzos, a que no pueda ponerse a nuestro buffet una tilde. Quiero que cada convidado nos guarde la gratitud de una buena copa de Champaña, de una pasta fina o de una excelente pechuga, gratitud que dura más que la mayor despertada por un gran servicio en el corazón, órgano donde los filósofos de tres al cuarto se empeñan en asentar móviles y sentimientos humanos. La prueba de cuanto voy diciendo, la tiene usted en el enternecimiento repentino que me ha invadido a la vista de los varios escuadrones de botellas que se amontonan en los trincheros, las de ancha panza y plateado cuello, aquellas de pescuezo de jirafa, que son o deben de ser del legendario Rhin, las otras rubias de la vega jerezana y las morenitas de Oporto; de los azucarados jamones, de esas fuentes de almendras y de estas naranjas en caramelo; de aquel bizcocho que huele a ron y de éste que huele a gloria... ¡Sacrebleu! ¡Quién resiste a la   —387→   tentación y no prueba siquiera una de estas pastitas que denominan lenguas de gato, golosina de niños, por lo inofensivas...! (Engullendo.) ¡Delicioso, delicioso! ¿Quiere usted, Duseuil? ¡Ya, es usted muy parco...! Conque, no me salga poniendo peros cuando llegue la aprobación de cuentas: al estómago hay que tratarle como rey y señor de la economía animal, dispensador de fuerzas y beneficios: acuérdese usted del apólogo famoso y me dará la razón.

Reíase Max de su machacona insistencia, y sobre todo, de su apetito siempre despierto, que instigaba a la rechoncha mano a escarbar en todas las fuentes y adular la lengua con lameduras de dedos melosos; y le sacó de allí, no sin trabajo, y fueron al salón principal donde, montados en altas escaleras, con exquisita simetría otros mozos colocaban guirnaldas de follaje, y en torno de los grandes espejos tupido marco de yedra esmaltado de rosas; el piso estaba acabadito de encerar y apestaba a aguarrás, por lo que tenían abiertos los   —388→   balcones y el frío se colaba sin respeto. Temerosos de que se les fueran los pies en la escurridiza superficie, contentáronse presidente y secretario con dar un vistazo y la recomendación de mayor prisa, y tornaron a la oficina en que antes estuvieron, donde se despidió Max por tener que asistir a la ceremonia consabida del Hospital.

-Ya sabe usted que es a las dos, y a las cuatro la recepción en la Embajada. Levita de rigor, amigo mío, y sombrero de copa.

-¿Levita? -preguntó Max, que en punto a las reglas de indumentaria no estaba muy al cabo-; ¡me molestan los faldones de un modo, y aquel abrochado tan rígido! ¡Ay; la levita de esta tarde y el frac de esta noche!... ¡No está mi cuerpo para la estrechez y la presunción de tales prendas! Pero me someto, amigo Fossac.

-No hay más remedio; que más me duelen a mí y me someto también. Hasta luego.

Pasó el Menor a un gabinetito contiguo a la Secretaría, donde acostumbraba a vestirse   —389→   y asearse, cambió de traje, se perfumó y alisó el cabello, se puso la levita, y encasquetado el sombrero de copa, salió a tomar sus notas de las dos ceremonias en que su presencia era punto menos que indispensable. No volvió hasta pasadas las nueve, molido de cansancio, renegando de la presteza con que despachara la comida en su casa; y sin tiempo para descansar, aunque el sillón de cuero le abría afectuoso los brazos, se encerró en el gabinetito nuevamente, y en un periquete apareció vestido de frac, la saliente y redondeada pechera sujeta con botoncitos de perlas, y aunque no hiciera calor, enjugándose la faz apoplética y bufando.

Ya otros miembros de la comisión directiva mostraban sus fracs de variados cortes, estilos y edades, discurriendo por los salones y el entoldado patio, donde algunas palmeras y dos estufas calentadas al rojo lastimosamente fingían ameno jardín y atmósfera de primavera; los músicos desenfundaban sus instrumentos, alineaban los   —390→   atriles, y se oía rascar de cuerdas y desentonar de pistones; con largas cañas y enroscadas cerillas encendidas daban luz los mozos a los cien picos de gas de las arañas, y espejos, dorados, cristales, follajes y telas floreadas, se alegraban y resplandecían en las salas desiertas.

Pareciole a monsieur Fossac que era de su deber inspeccionar cómo andaba el servicio del buffet, y se metió en el comedor, y sus dedos y narices otra vez recreáronse en la numerosa colección de yemas, pastas, compotas y almíbares, gulusmeando con evidente perjuicio de fuentes y bandejas y de su pechera recién planchada, donde cayeron pocas hebras de huevo hilado, pero suficientes para manchar su prístina blancura. Le bailaban los ojillos risueños, y al maestresala estupefacto, decíale, señalando aquí y allá:

-Que se me guarden, por lo menos, dos jamoncitos enteros, ¡digo que se me guarden! Sirva usted de estos otros, y si se acaban, contesta usted que no hay más, y punto   —391→   redondo. También aquel almendrado le quiero sin tocar, y este ramillete, que debe de ser exquisito, por la buena cara que tiene. ¡Ah! De esas lenguas de gato una buena bandeja: a mi niño le gustan mucho. Y de vino, algunas botellitas. Todo lo cual pondrá usted en una cesta y colocará en mi cuarto de vestir, junto a la Secretaría. ¿Estamos?

No se despegaba de la mesa, retenido por el imán de su glotonería; y a todo esto, los músicos habíanse puesto de acuerdo y preludiaban alegre tocata, llegaban los primeros invitados y se formaba el grupo de la comisión encargado de recibir al señor Ministro de Francia. El presidente, Duseuil, no estaba, y algunos, alarmados, fueron en busca del Menor, para consultarle, y él, con la boca llena, les calmaba:

-¡Ya vendrá! ¡Digo que ya vendrá! ¿Han dado las diez? ¡Sacrebleu! No puede tardar...

Decidiose a salir del comedor, limpiándose el morro y paladeando, las hebras de   —392→   huevo pegadas a la pechera, condecoración digna de su intemperancia; y en llegando al recibimiento, vieron todos a Max, que subía la escalera de prisa, abrochándose lo: guantes blancos, seguido de damas que parecían más bellas entre las gasas, sedas y terciopelos, las joyas y las flores, la emoción de la fiesta y los recursos del tocador.

Llenáronse a poco los salones, desatose la alegría, y de pronto, cuando más revuelto andaba el enjambre humano, resonaron los acordes de La Marsellesa, comprimiendo corazones y ahogando toda exclamación, y en la sala principal entró solemnemente la comitiva de honor... Venía, primero, su excelencia el señor Ministro, dando el brazo a la señora del presidente del círculo, madama Clémence Duseuil; detrás, Max Duseuil con la señora del cónsul general; luego, el cónsul general con la señora de Barbado, y D. Rufino Barbado con una encopetada dama que pocos conocían, y Fossac el Menor con una jamona, en su desmedida afición al género, y Jean con   —393→   Crescencita, y Tito, el doctorcillo, con una rapaza monísima...

¡Oh! inclito cronista, el de la rosada pluma, regalo de El Cotidiano famoso, discreto en el decir, dulce en el alabar, habilísimo y jamás superado en el arte de describir femeninos atavíos, si pudieras venir en mi auxilio y dar ayuda a mi torpeza, que no acierto a expresar qué adornos y prendidos llevaba la rica falda de madama Clémence, ni si era de terciopelo brochado o sin brochar, o si de color de heliotropo o de violeta pálido, ni qué nombre asignar, que alguno ha de tener en la fraseología modistil, al tocado de su cabeza, donde se combinaban entre los cabellos rojizos plumas blancas y lazos de cinta. Tampoco sé si los encajes que sobre el raso de su vestido lucía doña Orosia eran de Bruselas, Malinas, Alençon o simple blonda catalana, y de qué tela era el de la cónsula, qué preseas ostentaba la incógnita, con otros extremos tan importantes como estos e indispensables para mi historia.

  —394→  

Así pudieras prestarme también, ¡oh cronista! el plateado cendal de tu benevolencia, con que sabes vendarte los ojos para no ver defectos en el sexo que forzosamente ha de ser bello: no observaría yo el macizo talle de madama Clémence, sus manos enormes y su pecho y caderas desarrollados en demasía, el almidón de doña Orosia, las patas de gallo de la jamona y los pícaros afeites de muchas.

Mas para lo que no he menester de auxilio ajeno, y antes me serviría de estorbo, es para pintar a Crescencita de un solo trazo, vestida de blanco, adornada por la juventud, la belleza y dos diamantes en las orejas, que no brillaban tanto como sus ojos, ni seducían tanto como su sonrisa. Sonrisa esta de realizada felicidad, de vanidad satisfecha, semejante a la de madama Clémence y de doña Orosia, orgullosas todas de su triunfo, tiesas como imágenes que llevan en procesión...

Digo, pues, que entró la comitiva y se organizó el rigodón oficial, á tiempo que   —395→   en la calle resonaban estruendosas músicas y a los balcones, iluminados de modo que por el mismo sol de medio día se dijera, agolpábanse los convidados que no podían bailar todavía. Juanillo y Crescencita buscaron sitio apartado, en que abrigarse de la curiosidad y poder reanudar el eterno diálogo amoroso, y le hallaron en un sofá que aislaba un grupo de camelias, junto al balcón, enfrente de un espejo de aquellos encuadrados de verdura, y de donde veían, sin molestia, las reverencias del señor ministro de Francia a su compañera.

Sentáronse, tan arrimaditos como las conveniencias lo permitían, y no se dijeron nada, embobados en el divertido espectáculo. Armaban en la calle tamaño estruendo otras sociedades francesas que, con sus estandartes recargados de coronas, venían a saludar a L'Union Ouvrière, y junto con las músicas resonaban vítores y palmadas; a la vez que en el salón, gravemente se movían los que bailaban al compás majestuoso de la orquesta, con alguna torpeza la señora   —396→   de Duseuil, con grande desembarazo la de Barbado, y Max enredando todas las figuras y descomponiendo el cuadro a cada paso.

Ya mirara al balcón, ya a la sala, ya en Crescencita recreara los ojos amorosos, extrañas ideas asediaban a Juanillo; y ocurrió que en el espejo de enfrente se viera retratado, de frac, pechera correcta, blanca corbata, zapato de charol... y viera retratada también a Crescencita, chispeándole los conquistados diamantes de princesa. Pareciole entonces que él no era él, ni Crescencita la que estaba a su lado, ni madama Clémence la que bailaba con el señor ministro, ni doña Orosia aquella señora de Barbado, ni Max aquel señor Duseuil, ni D. Rufino don Rufino, y ninguno lo que parecía, sino los menestrales de antaño: la una pegada a su máquina, la otra a su mesa de plancha, éste con la tienda portátil... ¡Por ver visiones, sobre los hombros de Tito, que paseaba junto a la rapaza monísima, distinguió el feo y pringoso cajón de limpiabotas!   —397→   Indudablemente soñaba, y como en la María Luisa, tendido a la sombra de un árbol en la hora de la siesta, se presentaba a su imaginación el brillante cortejo de sus ilusiones.

Oyó la voz de su mujer, que le decía: -Jean, ¿en qué piensas? ¿Tienes sueño?... Y se irguió sorprendido, apartando del espejo revelador la mirada.

-Pienso -dijo muy despacio- que estoy soñando... No sé si algo se me habrá pegado de nuestro hermanito el predicador, pero, a veces, me entran unas filosofías y un querer estudiar el revés y el derecho de las cosas, que no está en mis costumbres. Figúrate que la pobre abuela Celeste resucitara y la trajeran a esta casa y la dijeran: «¿Cuál es Clémence? ¿Cuál es Max? ¿Cuál es Jean?...» ¿Crees tú que nos reconocería con estos trajes? ¡No nos reconocería! Yo mismo no me reconozco en el fatuo que pinta ese espejo, ni te reconozco a ti, ni a Clémence, ni a Max, ni a tu padre, ni a tu madre, ni a tu hermano. Se me figura que,   —398→   como en los cuentos, una maga burlona nos ha favorecido con este disfraz para asistir al baile del Príncipe, y al punto de las doce volveremos súbitamente a nuestro ser, y otra vez nos veremos tal cual éramos... Así, todo me parece mentira.

-Y sin embargo, todo es verdad -apuntó simplemente Crescencita.

-¡Verdad! -repuso Jean más serio-. Verdad indudable. Verdad que eres mi adorada mujercita, y esto por lo extraordinario de la felicidad que representa, se me antoja la verdad más mentirosa, o la mentira más verdadera... Nada, que el roce con Tito me va probando. Verdad que hace ocho días nos casamos, y que el domingo, sin que valgan ruegos de Clémence, te llevaré a nuestro nido de Santa Fe. Y apretadita a mí te tendré en el vagón, y saldrá M. Jean Pierre a recibirnos, y aparecerá al final del camino la torrecilla del chalet, y aunque te sienta a mi lado, y reconozca a M. Jean Pierre y a su caballo, y a la torre, dudaré aún y creeré engaño de los ojos lo   —399→   que será realidad pura, y temeré que la maga del cuento, con un golpe de su varita, haga desaparecer todo y me deje solo como antes. Por eso, por extraordinario, se me ocurren tantas ideas... pero no sé expresarlas. ¡Ojalá tuviera yo la labia de Tito!

Había concluido la segunda figura, y los que bailaban esperaban la nueva señal charlando animadamente: madama Clémence, con el abanico hacía movimientos elocuentes, que sin duda convencían a su ilustre compañero, inclinado delante de ella. Y al compás de la orquesta, empezaban la tercera figura, madama Clémence, doña Orosia, la cónsula y la incógnita preocupadas tanto de sus colas, como los caballeros cuidadosos de no pisarlas: adelantaban, retrocedían, deslizando los pies, sonriendo, saludando, reuniendo las manos, separándolas luego... Crujían las sedas, y la animación crecía con el bullicio de la calle.

-Pues yo -dijo en voz baja Crescencita- no creo estar sollando, sino muy despabilada. ¡Cuántas veces con los ojos cerrados   —400→   he visto lo mismo, lo mismo que ahora veo con ellos bien abiertos! Nada me sorprende, ni temo que desaparezca todo como si fuera cosa de teatro... Aquella del espejo, ¡soy yo! ¿Quién ha de ser? ¡Y me retrata mejor que un fotógrafo: retrata mi traje, mis joyas, lo exterior de la persona; lo que no sabría retratar es la felicidad y el amor que llevo dentro, Juanillo!

-Eso lo descubren tus ojos azules, Crescencita, y me pone más miedo de perderlo.

-Descuida, que si la perversa maga nos desnuda al punto de las doce y transforma, el corazón no podrá cambiarnos y perderá el viaje. Ya concluyó el rigodón: ahora van a buscarnos... Quietecitos, y no descubrirnos.

Calló la orquesta, y seguidamente se oyó mucho tropel en la escalera, y el remolino que subía hizo desbordar a los convidados en las demás salas, apareciendo los lujosos estandartes de la calle, el de los Alsaciens-Lorrains cubierto de crespón, el de   —401→   la Belle Normandie, el de Jeanne d'Arc y el de los Enfants de la Révolution, abatidos galantemente ante el concurso por los que los llevaban, mientras las músicas, a unísono, entonaban la Marsellesa, y todos fraternizaban con gritos patrióticos, con apretones de manos y abrazos efusivos. Fossac el Menor, que entre todos andaba, y, nuevo Desmoulins, la idea de asaltar la otra Bastilla, el comedor, traía más inquieto y sofocado, no creyó necesario arengar a la muchedumbre, bien preparada, sin duda, para la batalla, y dio la voz de ataque, y contra la cerrada puerta marchó valientemente, con otros muchos que quisieron seguirle; y la fortaleza no resistió, entregándola el maestresala sin defenderla, siendo el primero Fossac quien clavó su tenedor en el más rollizo jamón de cuantos en la mesa se ofrecían inermes y sumisos.

Antes, mandó que descorcharan el Champaña, y al estampido de los taponazos entró el señor Ministro, el presidente Duseuil y su lucida comitiva, adelantándose   —402→   el Menor a presentarles las copas coronadas de espuma, lo que obligó a Max a levantar la suya, y con frase inculta, pero sincera, torpeza de lengua y temblor de los nervios, a ensartar cuatro lugares comunes en forma de brindis, algo de «patria lejana», «tierra hospitalaria», «trabajo fecundo» y «óptimos frutos», que al brotar de los labios, dictadas por el corazón, adquirían novedad y aumentaban el entusiasmo. Entonces habló el Ministro y esmaltó el mismo tema de brillantes palabras, sacudiendo todas las fibras, y en el pecho de cada emigrado despertando el amor, la gratitud y la melancolía del recuerdo... Se gritaba, se aplaudía, unos se abrazaban y otros lloraban.

Y al chocar de las copas, los más jóvenes, los que ni del pasado ni del porvenir se preocupan, en alas del wals giraban por los salones casi desiertos. Tito, con su rapaza, a la cabeza de la bandada, era el más ágil y desenvuelto, y el más hábil en evitar choques y resbalones, conduciendo a su parejita   —403→   sin vacilación, más bien con aquel aire de triunfo que imprimía a sus menores acciones, a fuer de hombre seguro de sí mismo: su cara de angelote ya púber, en que el bozo apuntaba enérgico, resplandecía de satisfacción y de orgullo, y sus pies, calzados de charol, se revolvían sobre la lisa superficie, sin tocar aquellos más menudos que le seguían dócilmente. En cada espejo se remiraba y sonreía, él, el bombix de la rinconera, hecho señorito de frac y guante blanco, tan refinado como el que nació entre holandas... Y vueltas van, vueltas vienen, y sorteando escollos, pasó como un relámpago delante del sofá en que Jean y Crescencita seguían refugiados.

-Da risa de verle -dijo la hermana-; por ser precoz en todo, hasta en el amor quiere ensayarse. Ella tiene catorce arios, ¡figúrate! es la hija de ese español tan rico, asturiano, que tiene registro enfrente de nuestra casa... ¿Cómo se llama? ¿no te acuerdas? ¡Ah! Quinteros: es hija única de Quinteros y está derretida por él. Si no   —404→   cambian, porque los chicos son como las veletas... Aunque dice mamá, y dice bien, que a los monigotes azotes...

-Y se casará -observó Jean convencido- una vez terminada su evolución, como él llama; ahora debe de estar, según mis cálculos, en el tercer período. Nosotros ya la hemos terminado, mujercita mía...

-¡Jesús! - exclamó ella-. ¡Qué fuerte te ha dado esta noche con esas cosas! Me has puesto tanto miedo, que no dejo de mirar el reloj de aquella chimenea, esperando que al dar las doce se presente la pícara maga y nos quite las galas y nos deje vestidos de mamarracho! ¡O se parta en dos la pared y surja un desaforado dragón que te robe de mi lado!...

-A ti, a ti pretendería robarte, y ese es mi temor: que, o yo sueño, o es tan grande mi felicidad que dudo de ella... Ven, levantémonos, apóyate en mi brazo, que así puedo guardarte mejor, y en el sofá, por culpa de los mirones, no puedo tocarte siquiera con la punta de los dedos. Pasearemos,   —405→   hasta que llegue el momento deseado de escabullirnos. ¿Quieres ir al buffet?

Dijo Crescencita que no, y se quedaron junto al balcón, siempre en su deseo de aislarse, rehuyendo la enfadosa visita de salones adornados con ese gusto impersonal, característico de los centros de reunión. Y apoyados el uno en el otro, sintiendo latir sus corazones, vueltos de espalda para que las curiosas parejas no vieran que tenían estrechadas las manos, miraban a la calle silenciosos...

La gran ciudad reposaba. El último tranvía arrastrábase en la calle desierta, resonando su agrio trompetazo con eco temeroso: ni otra luz que la de los faroles, ni otro ruido, ni puerta abierta, ni alma viviente que pasara; la ciudad del trabajo dormía, la colmena humana que al nacer del alba había de agitarse y conmoverse toda. Jean tendía el oído y se imaginaba percibir, como en la simbólica campana del doctorcillo, el rumor que, debajo de aquella inmensa de la República, producían los millares   —406→   de seres venidos de todos los puntos del globo: españoles, franceses, italianos, ingleses, alemanes, rusos, suecos, noruegos, portugueses, dinamarqueses... los hombres de buena voluntad, los coleópteros y lepidópteros de la escala superior, sujetos á la maravillosa metamorfosis.

Y conmovido, sobre la rubia cabeza de su mujer dejaba caer ahogadas frases de amor. Lentamente, el reloj de la chimenea dio las doce: una, dos, tres... Y Crescencita se volvió risueña a contarlas: cuatro, cinco, seis... once, doce. Las doce y la maga no aparecía, ni abríase la pared para dar paso al dragón formidable. ¡Las doce! y el espejo seguía retratándoles, dentro de su marco de yedra, con todas sus galas y atavíos señoriles.

¡Las doce! La maga que se mostró en el fondo de la sala fue madama Clémence, arrastrando la cauda magnífica de su vestido de terciopelo color de heliotropo, luciendo las blancas plumas de su tocado, y con madama Clémence doña Orosia, D. Rufino   —407→   y Max Duseuil, sacudiendo éstos las colas de sus fracs. Y dijo madama Clémence, alzando su vara, digo, el abanico:

-Son las doce, hijos míos; ¿no les parece a ustedes que es hora de marcharnos? De seguro que no estaréis muy divertidos, porque para los enamorados se ha hecho la soledad y el silencio.

Crescencita miró a Juanillo burlonamente, se apoyó en su brazo, y seguidos ambos del brillante grupo, se alejaron. Acaso dentro de sus corazones cantaba la voz de la gratitud:

-¡La Argentina es tierra de promisión!

-¡Y también de redención! -añadía en el de Jean la del amor...




 
 
FIN