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La despedida no fue tierna. Lloriqueaba la madre, pasábanse el pañuelo por los ojos las muchachas, estaba serio don Raimundo, silencioso Manolo, pero en el fondo dábanse cuenta todos de aquel adiós no provocaba emociones hondas; la lejanía en que habían vivido, las amargas disputas, las rarezas de unos y otros, los choques frecuentes e inevitables, la incompatibilidad de caracteres y la influencia del medio, habían marchitado un afecto en otro tiempo grande y vivo, debilitando los vínculos de la sangre, y creando preocupaciones y rencores que no borrarían ya probablemente, ni el tiempo ni la distancia.
Cuando la carta de Hamilo llegó de Buenos Aires y Manolo aceptó gozoso el ofrecimiento, la alegría retratada en todos los semblantes no fue, en realidad, por el ascenso del muchacho, sino por la paz doméstica, el bien supremo de la aldea, perdido en la modesta casa desde que entrara a ella, un año antes, el censor implacable de los errores y defectos de los suyos.
—100→No había razón, pues, para llorar su partida; al estrecharlo gravemente haciendo votos por su éxito y por su felicidad, cumplían los Álvarez y sus hijas, una regla social más que un acto espontáneo de afecto y de cariño: muy hondas eran las heridas que dejaba, para que los aldeanos pudieran olvidarlas en aquel momento; no le perdonarían nunca, lo sabía bien, su desprecio por el villorrio y la dureza de sus lecciones y de sus juicios.
El momento de la partida llegó. Nadie debía acompañarle hasta la estación: Misia Rosario porque odiaba las despedidas; don Raimundo por impedírselo una fortísima jaqueca; las muchachas porque no podían volverse solas. Manolo disculpaba a cada uno, estrechándoles efusivamente las manos, diciéndoles palabras amables, prometiendo que escribiría pronto, recomendándoles que no lo olvidaran.
Ya en la vieja galera repitió sus saludos, y cuando las ruedas rechinaron y el vehículo se puso en movimiento, echó a los suyos un montón de besos, desapareciendo entre una nube de polvo, camino a la estación.
-¡Quién no te conozca, que te compre! Dijo Ofelia al oído de Domitila, y las dos hermanas, contentas y satisfechas, entraron del brazo a la casa, tarareando un aire de zarzuela.
Manolo entre tanto pensaba: -No volveré a vivir jamás con ellos; ¡estoy libre!
Pasaban ante sus ojos las últimas casas de la aldea -la mísera aldea en que había vivido un año que se le antojaba un siglo, y sentía oprimido el corazón al decir adiós para siempre a las casuchas pobres y —101→ sucias; era su infancia la que quedaba enterrada allí, su infancia venturosa, plácida, tantas veces recordada en las horas de tribulación; eran los suyos, que había amado en otro tiempo y que había odiado después; eran, en fin, las luchas dolorosas, los desengaños y los sufrimientos inolvidables de días, de horas, de minutos que le habían torturado hasta la desesperación.
En aquel momento solemne sentía todo el peso de su responsabilidad en las propias amarguras, y con más temor que gozo volvía los ojos al porvenir. ¿Qué le aguantaba en la ciudad populosa? ¿Qué sería de él? ¿Resolvería los problemas que habían de presentársele? ¿Hallaría la anhelada paz? ¿Realizaría sus ideales? ¿Triunfaría, o sus esperanzas de éxito eran un simple miraje de aldeano?
Atropellábanse desordenadamente mil ideas extrañas, que tan pronto le hacían entrever triunfos brillantísimos como descalabros irreparables; tenía miedo, un miedo horrible, no sabía de qué ni por qué al alejarse de la aldea. Hasta aquel entonces había vivido al amparo de los suyos, de su padre: en adelante lucharía sólo; la vida le exigiría esfuerzos y sacrificios, tendría alegrías y dolores, días de gloria y de desfallecimientos invencibles. ¿Respondería?
¡Sí, respondería! ¿No estaba acaso detrás de todas las amarguras y desilusiones, la compensación soñada, la bella Tina que había ofrecido su amor con sin igual nobleza y desinterés? ¿Cómo era posible que no tuviese fuerza para vencer, alentado por la mujer que adoraba? ¡Combatiría sin descanso, resueltamente, con las —102→ energías de que era capaz para ser digno de ella, para alcanzarla!
Cuando el conductor le dio aviso de que habían llegado, quedó absorto -con tanta rapidez le pareció que se había hecho el trayecto. Instintivamente comparaba el viaje anterior con todas sus peripecias -¡recordaba el arribo, las miradas escudriñadoras de sus padres y hermanas, la larga ruta de la estación a la aldea, atosigado por las preguntas, asfixiado por el calor y por la tierra! ¡Qué lejos estaba de aquel día! ¡Cuánto habían cambiado su carácter y su vida! Entonces era un niño; ahora era un hombre. En aquellas circunstancias todas sus preocupaciones fundábanse en nimiedades; hoy tenía delante el problema fundamental de su existencia: ¡triunfar!
Era el único viajero en el vagón cubierto de polvo; colocó su valija en el asiento vecino, giró el de enfrente, estiró las piernas y miró el reloj: eran las diez de la mañana. A las ocho de la noche llegaría a Buenos Aires; tenía ante él diez horas de tren, diez horas de martirio físico y moral: había de sufrir la fatiga, el calor y el polvo, y no podría evitar mientras velase, las negras ideas que lo agitaban desde el día anterior, y que lo exaltaban hasta producirle fiebre.
En tren corría sobre los rieles; brillaba el sol en el cielo azul, extendíase a ambos lados del coche la pampa árida y gris, y Manolo pensaba, pensaba siempre abstraído, en su presente y en su porvenir.
Las emociones, y el cansancio, lo rindieron al fin y se quedó dormido; soñaba sin duda, porque de cuando en cuando plegábase la frente, ahondábanse los surcos que un —103→ año de incertidumbres y de sinsabores habían marcado en dos líneas paralelas y gruesas, y la fisonomía toda, contraíase, expresando el dolor y la duda. Seguíale así hasta en el reposo, el temor vago e invencible que dominaba su voluntad, abatiendo su ánimo, misteriosa fuerza que nos hace presa en los momentos supremos, que vive con nosotros, ¡qué es más fuerte que la materia misma!
A las dos un guarda lo despertó:
-Señor, Ud. disculpe. Vamos a llegar a una estación donde demoraremos diez minutos. Si quisiera tomar algo...
-Gracias.
El día se había nublado. La pampa ofrecíase como invariable panorama hacia todos los rumbos, animada por frecuentes rodeos de animales, interrumpida en su monotonía por montes lejanos, que parecían correr por algún tiempo a la par del convoy para reducirse en breves momentos a simples puntos negros paulatinamente borrados en la inmensa llanura.
Poco a poco las poblaciones más y más frecuentes anunciaban la proximidad de un centro de importancia: en efecto se llegaba a...
Manolo saltó al andén, guardando previamente un sitio en el coche; no olvidaba que en otras épocas, cuando, después de algunas vacaciones pasadas en la aldea, regresaba a la capital, era aquel el primer punto en que subía gente; ¡cómo la deseaba entonces, ganoso de hallar alguien con quien trabar conversación! Aquella vez todo su anhelo era que nadie lo molestase: hubiera pagado con gusto el derecho de ir sin compañeros, para —104→ evitar preguntas inoportunas, la presencia de tipos antipáticos, los diálogos burdos, a voz en cuello, entre viajero y viajero...
Cuando regresó al vagón, había hasta una docena de ellos, con más dos mujeres y cuatro chicos. Hablaban fuerte todos, instalados en el coche como en la propia casa, sin cumplimientos, cómoda y ruidosamente.
-Yo craía que no alcansaba, decía mostrando las dos hileras de dientes, una criolla apoplética, que mecía en los brazos a un chiquillo de color indefinible, ni negro ni mulato, pero más cerca de lo primero que de lo último.
-¡Cállese -le respondía de enfrente una anciana enjuta y apergaminada- el julepe que me he dao yo! No bé la tormenta que se biene? ¡Ay! ¡Si no gana una para sustos!
Al arrancón de la máquina uno de los chicuelos que alborotaban en medio del salón, cayó al suelo, y acto continuo estalló en el más inconsolable y sonoro de los llantos.
-Cállate escandalosa, le increpaba la robusta señora zamarreándole y apretando contra los abultados senos al inocente vástago de color indefinible, no ves que hay gente, callate; si no es nada.
Inútiles eran los encargos y hasta perjudiciales, porque fuera la gritería por ellos producida, fuera que en uno de los movimientos se sintiera apretado con excesivo entusiasmo, es lo cierto que a poco estallara a su vez el chico en brazos, en el más agudo de los tonos y en la forma menos diplomática posible.
—105→Reían los pasajeros, sofocábase la mamá y el formidable desconcierto amenazaba no tener fin, cuando ofreciose la anciana a cargar al último de los alborotadores, con lo que libre la exuberante matrona y en la plenitud de sus imponentes movimientos, la emprendió a cachetada limpia con el del porrazo, que tuvo a bien, ante tan decisivos argumentos, bajar la elevada prima, en tanto que su hermanito la subía hasta lo indescriptible al hallarse en manos de persona extraña.
-¡Jesús con los muchachos! ¡Es como para que una se buelba loca!
Tomó de nuevo la congestionada señora al bochinchero, lo recostó en el seno, abrió por en medio la ancha bata de percal, y bajo la mirada curiosa y picaresca de los pasajeros, ofreció sin escrúpulos, monumental consuelo al impaciente vástago.
Manolo contemplaba la escena con calma. La conocía de memoria. En otro tiempo, allá cuando estudiante, reía de buena gana ante los cuadros naturalistas del ferrocarril ¡con qué distinto espíritu los presenciaba ahora! ¡Qué ímpetu de llegar a Buenos Aires para borrar por completo los hábitos y las frases que le traían a la memoria la insoportable aldea que había dejado atrás! ¡Le parecía que todo lo que estaba bajo sus ojos era como una prolongación del villorrio, de sus padres, de las relaciones de su familia! Resurgían en los ademanes, en los trajes, en el eco de la voz, en los términos, aquellas reuniones de su casa, en que alternaban las muchachas y los mozos del lugar, formando la más aborrecible de las algarabías.
—106→-Vea, mi amigo, yo sé lo que le digo, hay que rebentarlas a tiros.
Manolo dio vuelta. En el asiento próximo dos hercúleos viajeros charlaban. Ambos tostados por el sol, gruesos, de pezcuesos llenos, cubierta la cabeza por el clásico chambergo, parecían no apercibirse del bochinche recientemente sofocado, ni siquiera de la presencia de los demás compañeros de viaje.
-Ya sé, respondía uno de ellos, estoy de acuerdo con usté y por eso le digo que es presiso que nos hablemos con don Jacinto.
-Le he escrito y no me ha contestao.
-Él no quiere farra, pero ya estoy cansao de que andemos con bueltas. Los muchachos andan muy calientes y no es pa menos. Vea, pues, ¡no faltaba otra cosa! ¡Este sonso, se ha craido que porque lo han hecho comendante militar, nos ba a gobernar a todos! ¡Y no, yo se lo digo, no señor, le bamos a ganar las elesiones aunque no quiera!
-¿Y usté lo duda? ¡Y pa qué tendremos remiston! ¡Si por su linda cara se las ba a llebar!
-¿Usté supo lo que me hiso?
-No.
-¡Me hiso haser ejersisio al chico! ¡Ah! ¡Pero le garanto don Robustiano que por el mundo andamos! ¡Qué no lo agarre a tiro, porque lo boi a matar como a un perro!
-¡Pero bea si será trompeta!
Una nueva estación interrumpió el diálogo, Manolo incomodado por el sol, cambió de asiento. En el nuevo —107→ puesto venía a quedar frente a frente a un par de campesinos, de aspecto honorable, delgado el uno, grueso el otro, igualmente morenos los dos, y zurdos y vulgares. Fumaban a duo, unos cigarrillos gordos y apretados, que humeaban poco, pero cuyo olor ponía a prueba la cabeza y el estómago de los fumadores.
-Buena marea.
-Así es, me los hasen de encargo. Son de lo Manito, en la plaza Concepción.
-¡Ah! ¿Caros?
-De a rainte.
-No son caros. ¿Y diga, amigo Ventura, compró los carneros Rambregel?
-Sí, ¡pero vea que habían sido delicaos!
-¡No diga!
-Ya me lo habían dicho, pero yo no craia. Son unos animales tremendos: les da el gusano.
-¿Y qué es eso?
-Un mal. Andan muy bien mientras no ven amarillo, pero cuanto lo vieron cuanto les dio.
-¿Cómo?
-Sí, el color amarillo. Son delicaos de la bista. Así no los deje usté al sol porque enseguida se le enferman. ¡Hay que andar con más cuidao! A mí se me enfermó uno: buscando, buscando, creo que ha sido porque mi mujer andubo el otro día con un pañuelo amarillo en la cabesa. ¡Es una cosa bárbara!
-¡Pero bea! ¡Y yo que no sabía!
Manolo aprovechó la oportunidad que le ofrecía un vendedor, para echarse a la cara los diarios de la tarde —108→ que llegaban de la capital con la tinta fresca aún; temió romper a reír y salió del trance engolfándose en la lectura de las hojas repletas de noticias. Nada le decían, sin embargo, las columnas de sueltos ligeros y chispeantes, ágil comentario a los sucesos del día; ni las nuevas políticas, ni el precio del oro, ni los telegramas de todas partes del mundo; había vivido tan alejado, tan ajeno a la existencia de la metrópoli, que apenas si alcanzaba a comprender algunas de las muchas espiritualidades políticas estampadas bajo sus ojos. Cuando giró una de las páginas buscando temas más fáciles, saltó en medio del apretado material tipográfico un nombre, que adquirió para Manolo proporciones extraordinarias; no sabía como, porque extraño misterio le había atraído, pero era lo cierto que estaba allí, de relieve, fascinándole: Pérez Piñeiro.
«Será un invierno excepcionalmente brillante, decía la crónica. Pocos son los buenos elementos sociales que faltan ya en Buenos Aires: las familias Juvem, Martínez, Bey, Colmado, Alma, etc., etc., han llegado ayer; para dentro de breves días se anuncia el arribo del señor Antonio Pérez Piñeiro, su esposa e hijos, con procedencia de «Malmaison» el notable château del opulento hombre público. Se anuncian algunas «soirées» en la regia mansión de la calle Cerrito. Conociendo el «savoir faire» de tan gentiles dueños de casa, no es difícil presumir el brillo de estas veladas».
Y no decía más. En su laconismo la noticia aquella era bien sugestiva. Los Pérez Piñeiro entrarían a Buenos Aires pocos días después con todos los honores de su —109→ rango; se les esperaba como a un acontecimiento; su llegada se anunciaría por todos los diarios y se comentaría por todos los diarios y se comentaría en todos los círculos; serían visitados, agasajados, adulados... ¿Y él? Él también debía llegar a Buenos Aires, a la gran ciudad, un par de horas más tarde; estaba casi al término de su viaje. ¡Pobre aldeano! ¿Lo esperaba alguien? ¿Tenía su arribo la menor importancia? ¿No era acaso, débil e insignificante, una unidad más destinada a perderse en la metrópoli inmensa? Y arrastrado por la constante preocupación de su espíritu, comparaba, y al sentirse sólo, entre aquel montón de viajeros incultos, que charlaban y reían groseramente, un invencible desfallecimiento apoderábase de su ánimo.
El tren corría, corría siempre. Desfilaban a ambos lados de la vía las pequeñas aldeas más y más próximas cada vez, los montes menos extendidos, pero más frecuentes, las casuchas pintorescas, plantadas en medio de tierras feraces, y de cuando en cuando, los centros de población de importancia, anunciados a voz en cuello por los guardas, en las estaciones espaciosas, cubiertas de avisos de colores.
Aproximábase el gran momento; la tarde se había ido rápidamente y las primeras luces habían comenzado a brillar por todas partes como enormes luciérnagas. Manolo, asomado al ventanillo, febril, hondamente emocionado, seguía con ansiedad los signos del camino, procurando adivinar por las luces, por los árboles, por las casas, que aparecían iluminadas en la sombra, la rapidez de la marcha, el tiempo que faltaría para llegar.
Cuando el tren se detenía en las estaciones con gran —110→ rechinamiento de ruedas y de frenos, esperaba impaciente el grito del guarda, que pasaba luego con lentitud por el andén, moviendo a compás la linterna de señales, a la espera de la orden de marcha. Parecíale que demoraba el convoy mayor tiempo que el fijado en los horarios, y saltábale el corazón de alegría al escuchar el repiqueteo de la campana que anunciaba la partida, tan grande era su anhelo por alcanzar el término de penosísimo viaje.
Estaba muy cerca; decíanlo las lucecillas que se multiplicaban en la obscuridad de la noche; las poblaciones continuas, ora perdidas entre los árboles, ora bien dibujadas en la llanura; los silbatos agudos de la locomotora; los nombres de las localidades veraniegas de los alrededores de la capital.
Al cabo de pocos momentos surgió en las sombras una fila de focos eléctricos, dando una nota nueva, pálida y brillante a un mismo tiempo, en medio de las luces rojizas que poblaban la campiña; ¡Manolo se sintió dichoso, estaba en Buenos Aires! Corría el tren por los suburbios y las primeras calles comenzaban a pasar, obscuras y tristes, a ambos lados de la larga hilera de vagones que arrastraba velozmente el monstruo de hierro; llegaban en ráfagas los gritos de los pilluelos, que saludaban desde abajo el pasaje del convoy, y alternativamente, tinieblas extrañas o claridades inesperadas envolvían a los viajeros.
¡Era tiempo! Cuando saltó a tierra enceguecido por la iluminación, aturdido por la gritería de los mozos de cordel que estiraban las manos pidiendo los equipajes. —111→ Manolo tuvo un momento de mareo, ¡tan feliz era, tan completamente feliz!
Hubiera deseado que nadie perturbase su dicha de aquel instante; que respetasen la dulce emoción que le embargaba; que no le preguntasen nada, que nada le exigiesen: ¡tenía la sensación de haber sufrido una pesadilla atroz y todo se disipaba, desaparecía, al hallarse de nuevo en el medio febrilmente ansiado!
-¡A un hotel! Gritó al cochero del carruaje en que había instalado su humilde baúl, el inseparable compañero de la infancia.
-¿A cuál hotel?
-¡A cualquiera!
—112→ —113→
-¿El señor va a comer en el hotel?
-No.
Cuando lo dejaron solo se echó en un sillón. ¡Qué feliz era! ¡Qué anhelo ferviente de lanzarse a la vida bulliciosa de la ciudad que hervía allá abajo, lo hacía presa en aquel momento! ¡Cuántos dolores desaparecidos, cuántas esperanzas nuevas que reverdecían en el árbol mustio de sus ilusiones! ¡Qué ánimo, qué vigor, que inmensa alegría le retozaban dentro del cuerpo! ¡No sentía el cansancio del largo viaje, ni las molestias de la disensión sostenida por espacio de media hora para lograr a bajo precio el modesto cuartujo que había alquilado, ni la enorme escalera trepada dos veces para llegar hasta él! ¡Tenía el más vivo deseo de salir, de sentirse al fin en la ciudad amada, de mezclarse a la vorágine de su existencia vertiginosa!
Antes de partir, fue hasta la estrecha ventana de su bohardilla, que caía sobre la parte más animada de la —114→ Avenida de Mayo, a pocas varas de la calle Florida, para mirar una vez más la ancha vía pletórica de vida, animada por millares de peatones y centenares de carruajes.
Lo atraía hasta enloquecerle el vértigo de aquel movimiento constante, inmenso, cuyos ecos apagados y extraños llegaban en ráfagas a la altura. Quería abarcar bien todo el vasto panorama, impregnarse de su grandeza, saborearlo con delicia, y tan pronto fijaba su atención en la aglomeración producida por las mesitas tendidas en línea frente a los cafés, como en la larga hilera de focos eléctricos, que envolvían en una claridad pálida a la Avenida toda; admiraba la grandiosidad de los edificios, de fachadas majestuosas; la doble fila de plátanos jóvenes y vigorosos, de copas redondas y tupido follaje o seguía atentamente el pasaje veloz de los carruajes por sobre el pavimento de madera...
De pronto, en un arrebato de entusiasmo y de dicha, abandonó su puesto, corrió a su sombrero y rápido, como si una fuerza superior fuese a detenerlo, se lanzó a la escalera...
¿Adónde voy? Se dijo. Estaba aturdido, atontado. Caminaba al azar entre los grupos indiferentes que iban y venían por las amplias veredas, en aquella tibia noche de los últimos días de Abril. Parecíale que lo miraban todos burlonamente, que se sonreían de su aldeanismo zurdo y adivinaban las torturas de su espíritu en la hora suprema que atravesaba. Instintivamente abandonó la bulliciosa Avenida y se internó en una calle obscura y solitaria para ordenar sus ideas. Marchaba, sin atinar con el partido a elegir, pusilánime e irresoluto.
—115→Había llegado, así divagando, a una esquina. Un gran foco eléctrico inundaba de luz por ancho espacio a las calles convergentes, y en las aceras, numerosos grupos departían con animación a la puerta de los cafés, cuyas resplandecientes vidrieras de colores llamaban la atención de los pasantes; a poca distancia la rojiza fachada de un teatro, incendiábase en la obscuridad de la cuadra, bajo centenares de luces, y hasta la esquina llegaban los ecos de los vendedores ambulantes que pregonaban a la puerta del edificio periódicos y folletos. Era en medio del silencio de aquella parte de la ciudad, un pedazo lleno de movimiento, alegre y pintoresco.
Manolo se detuvo, indeciso aún. En Florida encontraré un restaurant, pensó, y decidido al fin iba a ejecutar la resolución que había adoptado, cuando sintió que le cogían con fuerza por el brazo, que le arrastraban violentamente, en tanto que una voz le gritaba al oído:
-¡Manolo querido!
-¡Carlos, Carlos del alma!
Durante algunos minutos, observados con curiosidad por las gentes estacionadas a pocas varas de distancia los dos amigos estuvieron el uno en brazos del otro estrechándose conmovidos.
-¡Y no me lo habías anunciado!
-Te suponía en Mar del Plata.
-¿Vienes por algunos días?
-¡Para siempre!
-¿Es cierto?
-¡Sí, sí, gracias a Dios!
—116→Se habían tomado de las manos y se miraban de frente, risueños, íntimamente satisfechos.
-¡Cómo has cambiado «muñeca»!
-¡Es que ya no soy «muñeca»! Y tú no, Carlos, tú eres el mismo, un poco más hombre...
-¿Adónde vas?
-No sé. Tengo hambre, aún no he comido.
-Ven.
Y lo empujó a uno de los cafés.
-Ahora, le dijo, luego que se instalaron en un pequeño gabinete, a puerta cerrada, cuéntame todo: cómo vienes y por qué vienes; si te has peleado con los tuyos, por qué ha sido; qué vas a hacer; háblame de tus amores con Tina...
-¡Oh!
-¡Si lo sé todo! ¡No me ocultes nada, habla, confiésate, sabes que soy tu hermano!
Manolo comenzó el relato de su ausencia. En el estrecho recinto su voz conmovida resonaba solemnemente. Palmas le escuchaba con atención, los codos apoyados en la mesa, la cabeza hundida entre las manos. ¡El maestro, parco en detalles en un principio, se había ido exaltando con el recuerdo de sus pasados sufrimientos, los angustiosos días de la aldea, las riñas con sus padres y hermanas, y reseñaba íntegra, minuciosamente, la lucha sin tregua que lo había envejecido haciéndole desesperar del porvenir!
-¡Pobre amigo! Exclamaba de cuando en cuando Carlos, sintiendo como propias las desventuras del compañero de la infancia.
—117→-Pobre sí, más que eso aún, créelo. Expresarte con toda verdad lo que he pasado, sería superior a mis fuerzas y no me entenderías, no, no me entenderías. Hay que ser víctima de la tortura moral, lenta, atroz, de todos los instantes que he sufrido, para comprenderme.
-Me identifico con lo que me cuentas, Manolo. Estaba identificado desde antes; adivinaba tu desgracia y me veía impotente para remediarla. Papá ha estado enojado conmigo desde que te fuiste. Apenas he tenido con que vivir y he hecho deudas: todos alcanzamos nuestros días de borrasca. La providencia acaba de salvarme milagrosamente: he ganado más de cien mil pesos en la ruleta de Mar del Plata.
-¡Oh!
-¡Y eso no es nada Manolo! Debía cincuenta. ¡Me da apenas para la tranquilidad de algunos meses y para pagar lo que debo, nada más!
-¡Carlos!
-¿Te sorprendes? ¡Deliciosa inocencia! ¡Ah! ¡Tú no conoces todavía esta otra tortura! Pero vamos, ya hablaremos de ello más tarde: prosigue tu historia que es sin duda más interesante que la mía. Estábamos en el ofrecimiento de Hamilo. ¿Aceptaste?
-Acepté.
-¿Y eso te ha traído a Buenos Aires?
-¡Pues!
-¡Pobrecito! ¡En la que has caído!
-¿Por qué?
-Pero hijo mío, ¡Hamilo es un usurero!
—118→-¡No es posible! ¡Si tiene fama de honorable! ¡Si me lo ha recomendado Pérez Piñeiro!
-¡Vamos querido, quizás haya exageración en lo dicho, pero te aseguro que no he andado lejos. Banquero a interés alto, feroz con todo el mundo, torniqueto de pobres y ricos... o usurero, es hablando en plata más o menos lo mismo!
-¡Le tienes antipatía!
-¿Qué? ¿Antipatía has dicho? Odio, pero odio mortal, no te lo oculto. El día que vea su aviso fúnebre con una gran cruz negra... así... doy una fiesta.
-¡Carlos!
-¡Ah! ¡Es que tú no sabes! ¡Me ha apretado hasta hacerme llorar sangre! ¡Ayer a Dios gracias, liquidé mis cuentas con su casa, pero me las va a pagar, vaya si me las va a pagar!
-¿Doblemos la hoja?
-Sea, doblemos la hoja. ¿Y Tina?
Buena... dentro de pocos días podrás reanudar tu romance de Mar del Plata.
-¡Vamos! No chancees. ¿Cómo ha quedado el flirt emprendido? Lo sé todo: ¡no mientas!
-Muy buenos amigos.
-¡Bien! ¿Y qué más?
-Una simpatía mutua muy avanzada.
-¡Hola! ¡Hola! ¿Y luego?
-Promesa de frecuentarla en Buenos Aires.
-¿Cuál es tu impresión?
-Con franqueza y en la más absoluta reserva: ¡muy satisfactoria!
—119→-¡Pero veanlo Uds. a «muñeca»! ¡Te reconozco muchacho! ¿No son ilusiones? ¡Mira que la chica es un demonio! Te habrás apercibido de ello seguramente.
-Desde el primer día.
-Pero Manolo, me parece que todavía no te das cuenta bastante exacta de lo que te pasa, ¿sabes bien lo que significa Tina Pérez?
-Lo sé todo.
-¿Y vas a correrla?
-Voy a correrla.
-¡Bravo! ¡Así me gustan los hombres! Y ahora, a lo práctico: ¿con qué capital cuentas?
-¿Qué?
-¿Qué capital tienes para la campaña?
-Hombre, ninguno... Mi empleo...
Carlos lanzó una estruendosa carcajada y como el mozo apareciera en la puerta a pedir órdenes. Manolo violento y agriado por la interrogación, volviose y pidió café para terminar la comida, en tanto que el elegante compañero reía a más y mejor tapándose la boca con el pañuelo.
-Pero en definitiva, ¿de qué te ríes?
-¡Eres el incorregible soñador de siempre, Manolo! ¡Un niño grande, con tantas ilusiones como falta de sentido común! ¡Tu empleo! Pero hijo de mi alma me pongo en el mejor de los casos: que ese buen don Roberto te fijara quinientos pesos, lo que no sucederá.
-¡Y bueno!
-¡Quinientos pesos! ¿Pero lo has pensado bien? ¡Con eso no tienes ni para iniciarte! ¡Por Dios, pareces uno —120→ de los chicuelos de la aldea! Para cortejar en regla a Tina Pérez necesitas de tres a cuatro mil pesos mensuales por lo menos, grandísimo tonto.
-¿Qué?
-Sin reducir un centavo. ¿O te imaginas que vas a continuar llevando aquí tu existencia de aldeano económico? Nadie sabe quién eres; para ella misma aparecerás como un personaje nuevo en este gran medio de Buenos Aires y todo lo que allá le era familiar y agradable, tu traje, tu sencillez, tu modestia, va a serle intolerable en el palacio de la calle Cerrito.
-Exageras.
-Hablo con el corazón en la mano. Aquí todo el mundo se ríe de la humildad, de la virtud, del trabajo...
-¡Oh!
-Desde el punto de vista social, se entiende. Es a ese mundo al que me refiero. ¡Cómo a ese vienes consignado, de ese te hablo! ¡Subalterno de don Roberto Hamilo, a quinientos pesos mensuales! ¡¡Magnífico!! ¡A la vuelta de quince días te han dado con la puerta en la narices en todas partes, y por corta providencia en lo de Pérez Piñeiro, te lo garantizo1, más que eso aún, te lo juro!
Manolo estaba estupefacto. Aquella lección brutal, cariñosa y sarcástica a un mismo tiempo, lo desorientaba por completo.
-¡Y qué debo hacer, Carlos?
-¡Nada, confiarte a mí, por ahora, luego, allá veremos!
-No entiendo.
—121→-Mañana te llevaré un cheque por diez mil pesos, para los primeros gastos...
-¡No!
-Pero oye.
-¡No!
-No seas niño; o eso o volverte a la aldea; no tienes más que uno de los dos caminos.
-Ni el uno ni el otro.
-Como quieras: ¡fracasa si ese es tu gusto!
-¡Carlos!
-Te presto esa suma: la he ganado en una mesa de juego. Me la devolverás cuando puedas. ¿No harías tú por mí otro tanto? ¿No respondes? Habla, examina tu conciencia, ¿no serías capaz de un sacrificio tan simple?
-Sí, creo que sí.
-¿Y entonces?
-¿Y cuándo y cómo te devolveré esa suma, una fortuna para mí?
-¡Una fortuna! Vamos: ¡se conoce que empiezas! Cuando puedas, pura y simplemente. ¡Yo no voy a exigirte documentos! Te supongo mi cajero: ¡guardámela! Y ahora, a dormir, que a fe que debes necesitarlo: mañana a primera hora estaré en tu casa y haremos las diligencias de estreno...
-Pero...
-Escucha: palco alto en la Ópera 2500; sastre 2000; fianza de tu casa 500; muebles 2000; alquiler mensual de carruaje 500 y basta... ¡hasta mañana!
-¡Pero Carlos!
—122→-¡Hasta mañana!
Y se fue dejando a Manolo aterrado en la calle solitaria.
—123→
Manolo, fascinado, cedió. Fuese la decisiva influencia del medio, fuese la lejanía de los suyos, fuese la preocupación constante de su amor, lo cierto es que bastaron algunas reflexiones hechas con calor por su turbulento camarada de infancia, para convencerle de que su rumbo no estaba en el empleo ofrecido por Hamilo, insignificante y mezquino, sino en la lucha valerosa propuesta por quien tenía la experiencia de hombres y cosas, adquirida a costa de dolores y triunfos, en varios años de figuración espectable dentro de la sociedad de Buenos Aires. El plan del aldeano era irrealizable: pobre, humilde, trabajador, sería un cero a la izquierda, un N. N., combatido por todos, por todos despreciado; aparentemente rico, aunque no lo fuese en realidad; lanzado en una vida rumbosa, pródigo y aparatoso, hallaría todos los halagos, escucharía muchos elogios, sería un niño mimado de los salones porteños. Y el amigo sirena, extendíase en otras largas y convincentes consideraciones: —124→ «todo esto, agregaba, no significa que yo crea que no debes trabajar o hacer que trabajas; absolutamente, no. Empleado de Hamilo serás completo, porque las mamás, aún cuando en el fondo se rían de la labor y la desprecien, son muy afectas a las formas, y prefieren en consecuencia que el candidato sea una monada, un partido perfecto, un mozo rico y virtuoso. Words, words, words, como decía nuestro viejo Mr. Kalsi ¿te acuerdas? Debes, pues, una vez que yo haya preparado todo, irá ver a Hamilo y aceptar lo que te dé, aunque sea una insignificancia: «¡las formas, querido, no lo olvides, en esta sociedad, las formas!»
El maestro de la aldea, en un primer momento temeroso, entregose al fin sin condiciones. Durante algunas horas el problema quedó netamente planteado en su espíritu: seguir a Carlos era preparar una situación falsa, peligrosa, en que habría que ir hasta el fin; contrariar sus planes significaba perder a Tina ¿Qué haría? ¿Marcharía hacia lo desconocido, entregaría su vida al azar, continuaría la ruta emprendida? Lo uno era tentar el destino, afrontar la tempestad con todas las energías; lo otro era declararse vencido, ¡naufragar sin lucha!
-Sea, dijo, acepto, me entrego. Estoy decidido a soportar todas las consecuencias de mi resolución. No saldré del hotel como me lo indicas. Esperaré a que encuentres casa y a que tu sastre me haya transformado en un bonaerense elegante. ¿Estás conforme?
Carlos, convencido de que labraba la felicidad de su amigo, deseoso de su triunfo, preparó en pocos días la nueva morada, con todo el empeño y el entusiasmo que —125→ ponía siempre en la realización de sus fantasías. El departamento, coqueto y alegre, quedaba en la calle Florida, muy próximo al Club Azul, en la parte más concurrida y más animada de la ciudad. Trabajó el vehemente muchacho hasta una semana en la instalación. Todos los detalles llevaban el sello de su experiencia. El salón de recepción era un modelo de sencillez y de gusto; seguían luego el escritorio, severo y práctico, el cuarto de vestir, el dormitorio y en el fondo cerraba en cuadro el lujoso cuarto de baño. No había una tela, un adorno, una silla, una mesa, que no estuviese colocada con arte, en el paraje más apropiado, allí donde podía ser útil, agradable y bonita, cual si Carlos hubiese hecho un largo y concienzudo estudio del terreno, de los muebles y de los matices, antes de transformar la pequeña serie de habitaciones, en la más confortable de las moradas.
Cuando Manolo entró por vez primera a su casa, quedó maravillado. Su amigo le contemplaba sonriendo.
-Lo he previsto todo, decía. Será o no de tu gusto, pero puedo garantizarte2 que no falta nada. Necesito darte algunas explicaciones: esta mesa, por ejemplo, es la mesa de juego. No te asombres; es indispensable. Para atraer a tu casa a la jeunesse doréenecesitas mesa de juego: sino se aburriría o sencillamente no vendría, lo cual debes evitar porque debes intimar con ella lo más pronto posible. Aquí he colocado varios juegos de cartas. El criado que nos ha recibido es todo un hallazgo: lo he pescado en el Club Azul, donde era reputado como uno de los mejores. Te facilitará la solución de muchas dificultades que necesariamente han de presentarse. Ya ha —126→ arreglado tu ropa en los armarios. Aquí tienes papel de carta con tus iniciales. En este otro cajón hallarás tarjetas. Mañana vendrán a colocar el teléfono en esta pared. Los diez mil pesos consabidos están depositados en el Banco de Londres; aquí está guardada la libreta de cheques: necesitaré hacerte traspaso a la brevedad posible -mañana si quieres. Para ir a ver a Hamilo, te pondrás este traje y esta corbata...
Manolo sintiose desde el primer día como si hubiese habitado siempre el departamento de la calle Florida. ¡Había soñado tantas veces su nueva situación, la había anhelado con tal fuerza, que se le antojaba que el pasado era tan sólo una pesadilla y que no había vivido jamás en otro medio que en aquel que colmaba sus aspiraciones y sus gustos! ¡Qué distancia enorme lo separaba de la humilde aldea natal! Era otro mundo, sin duda, el que había quedado allá, perdido en la Pampa inconmensurable; un mundo de sufrimientos, de miserias, ¡de dolores sin cuento!
Y luego su horizonte se despejaba, huían las últimas nubes, brillaba el sol, ¡un sol de paz y de ventura! Las repetidas cartas que había escrito a los suyos no habían provocado contestación alguna: decididamente se le dejaba en plena libertad, sin una palabra de interés, sin siquiera un par de líneas de falsa ternura... Y los Pérez Piñeiro, providencialmente retardados por una indisposición de Enrique, habían anunciado su entrada a Buenos Aires, para algunos días después, facilitando así de una manera inesperada y satisfactoria la faz más grave del problema que lo había atormentado.
—127→Estaba libre al fin, dueño de sí, inesperadamente ascendido a la categoría de hombre de mundo, rico y generoso; triunfador antes de luchar, ocuparía la nueva posición seguro de sí mismo, exigente y resuelto. No habría contrastes por grandes que fuesen que le hicieran desistir de su magna empresa: si por un momento había flaqueado, al alcanzar las alturas sentíase con fuerza para vencer, costase lo que costase.
Y su plan aparecía claro, sencillo, fácil. Los Pérez Piñeiro, acallarían seguramente sus dudas y sus escrúpulos ante su victoria social, que él consideraba infalible, y dominados ellos, todo era simple y corriente. Entraría de lleno al mundo, brillaría, sería la nota interesante de salones y fiestas; las muchachas le mirarían con buenos ojos, suspirarían las mamás soñando con él para sus hijas, le agasajarían los papás, Hamilo se enorgullecería de tener un pariente tan importante y tan a la moda, y le ayudaría, le consultaría, le abriría su hogar y su casa de comercio... Desde la pequeña salita volaba la imaginación del muchacho por la ciudad colosal que pocas horas después lo contaría entre sus más notables elementos, y tan pronto veíase dominando en la lujosa sala de la Ópera, como en el opulento palacio de la calle Cerrito, y luego en Palermo, en la calle Florida... Carlos le había prometido incorporarlo a la jeunesse dorée y él daría en su honor, para atraerla y dominarla, una gran fiesta, una fiesta de solteros, ruidosa y de buen tono...
Dos golpecitos sonaron a la puerta a mitad de las divagaciones de Manolo, y Francisco, el criado perfecto, afeitado y respetuoso, avisó con solemnidad:
—128→-Está el carruaje...
Sintió el maestro que todas sus energías cedían ante la buena nueva, y tras algunos minutos de titubeo, dijo con la voz entrecortada por la emoción:
-Dí al cochero que espere... Voy a dar una vuelta.
—129→
En la calle de Piedad, a pocas varas de la Bolsa de Comercio, levantaba su fachada, severa y sencilla, la casa bancaria de don Roberto Hamilo.
Dos chapas de bronce decían al pasante en grandes letras negras: «Roberto Hamilo. Buenos Aires-Montevideo-Londres. Giros-Importación-Exportación», toda una historia de actividad comercial en pocas líneas, breve y secamente expuesta.
Salvando la entrada, tras del pequeño espacio en que departían varios porteros uniformados de azul, batía constantemente, girando sobre sus goznes, la gran puerta cancel, en cuyos cristales bruñidos reflejábase la febril agitación de la calle. Luego, la espaciosa sala era toda movimiento. Ante el mostrador, que corría en semicírculo de un extremo a otro, agolpábase el público, perpetuamente renovado, heterogéneo, de aspecto indefinible. Confundíanse dentro, ruidos diversos: los golpes secos de los sellos estampados sobre los documentos, las —130→ voces de los empleados llamando a los clientes, los taconazos sobre el piso de madera y el batir de la puerta de cristales.
Como mueblaje y decorado figuraban un reloj inglés, un almanaque, una pizarra con las últimas cotizaciones de la Bolsa, un cuadro con los nombres de las ciudades en que la casa tenía agentes o corresponsales, un par de mesas y algunos bancos de madera.
Sobre la izquierda, entre el mostrador y el muro, una puertecita llevaba en letras blancas la inscripción «Gerencia» y por ella desfilaban sin interrupción los clientes de Hamilo, previa consulta al portero de guardia, que decía sin titubear y con aburrimiento visible: «entre, y siéntese».
La salita era una jaula de cristales, con algunas sillas de marroquí: a ella daba el despacho, desde el cual «el rey de la plaza» dirigía sinnúmero de negocios de una variedad asombrosa.
De rato en rato -muy frecuentemente por cierto- abríase la puerta, salía el que había estado dentro, de pie y sombrero en mano, y la cabeza de Hamilo redonda como una pelota, aparecía en la rendija repitiendo por centésima vez: «¡adelante!»
El despacho era amplio, aunque oscuro. En el fondo una gran mesa-escritorio, iluminada por un pico de gas, en el centro un tapiz turco que cubría parte del piso, dos sofás3 en los extremos, varias sillas y una pequeña estufa. En las paredes mapas de los territorios nacionales y almanaques en profusión.
Los diálogos eran más o menos semejantes:
—131→-El señor deseaba...
-Venía porque tengo un buen campo, en condiciones liberales...
-¿Dónde?
-En Entre Ríos...
-No, señor...
-Pero...
-No compro en Entre Ríos... Adiós, señor; y le empujaba sin más trámite hasta la puerta.
-Mañana se vence mi pagaré y deseaba...
-No hago arreglo de ningún género.
-Es que...
-Siento mucho, pero no es posible.
-Pero...
-He dicho la última palabra.
Y luego era un corredor:
-El oro está subiendo, señor.
-¿A cuánto está?
-A 96.
-Compre cien mil.
-Yo creo que va a bajar... fíjese, señor que...
-Compre cien mil... Hasta luego.
Y nadie replicaba, porque era inútil, y desfilaban así en una hora, diez, veinte, treinta corredores, comerciantes, capitalistas, industriales y hacendados. Iban algunos por negocios, otros a pedir consejo, no pocos a solicitar créditos y la mayor parte a implorar la clemencia de aquel hombre que tenía en sus manos la fortuna y la reputación de centenares de personas.
Muchos años de labor y de sacrificios había costado —132→ a don Roberto Hamilo su floreciente situación. Desde modestísimo empleado había ascendido hasta jefe de la reputada casa bancaria que dirija, base de su cuantiosa fortuna, cimentada por la sagacidad y el tacto que en sus múltiples operaciones comerciales había demostrado siempre.
Comerciante desde los quince años, a los treinta era socio capitalista, a los cuarenta lanzábase a la plaza por su cuenta y riesgo, y después de algunos años de lucha tenaz, a raíz de varias operaciones brillantísimas, había llegado a colocarse a la cabeza de los hombres de negocios, reconocido el más hábil y el más concienzudo.
De origen humilde, jamás se hubiera enlazado en la alta sociedad bonaerense, a no haber tenido la llave mágica que abre todas las puertas, un capital respetable, cuando acababa de cumplir los treinta años. Avaro en el negocio, pero desprendido en la vida ordinaria, había corrido teatros y fiestas, cuando puso sus ojos en Catalina Lomas, una graciosa chicuela, que había a su vez despreciado a más de cuatro galanteadores; y se casó, emparentando con tan fausto motivo con respetabilísimas familias, e incorporando una crecida cifra a la ya bastante considerable que sus empresas le habían producido.
Tres hijos fueron el fruto de su unión: dos varones y una niña, de veintidós años el primero, veinte la segunda y diecisiete el tercero, en la época en que acontecen los hechos que narramos.
Difícilmente hubo nunca un hogar más feliz que el —133→ de Hamilo. Al par que sus especulaciones marchaban a maravilla, sus hijos crecían sin los más leves contratiempos, favorecidos por una salud a toda prueba, con los prestigios de una fortuna que les permitía vivir en palacio, arrastrar varios carruajes, figurar en primera línea en la sociedad, tener stud, jugar fuertes sumas en los clubs; haber realizado hasta dos viajes a Europa, vestir como figurines y pasear a más y mejor. Así como Hamilo era feroz e implacable con los extraños, así era de complaciente e irresoluto con los suyos. Lo que en otros se le antojaban «crímenes», resultaban «diabluras», en sus muchachos. Podía pelear hasta la sofocación un pico de cien pesos en una operación de la casa, como llamada al Banco, pero era seguro que no se hacía rogar dos veces para entregar mil a «su Julio» siempre apurado, corrido por la obligaciones, los compromisos, las mil trampas de una existencia de aventurero arrastrada en la opulencia.
Era proverbial la rigidez inalterable del banquero. Había sacrificado a hombres honorables, protestando firmas, entablando acciones, por un accidente involuntario, por una demora de días, de horas muchas veces, en operaciones de importancia mediocre. Tenía la pasión inmoderada del centavo, la fiebre del negocio, el anhelo perpetuo de la ganancia. Desde su punto de vista todos eran pillos, todos eran ladrones. En el comercio como en el comercio: pagar o reventar. ¿Prórrogas? ¿Renovaciones? Eso no se había hecho, ni se haría jamás en casa de don Roberto Hamilo. Lo hubiera considerado una traición a sus antecedentes, una felonía a sus propósitos inquebrantables.
—134→Cuando alguien había derramado lágrimas en su presencia había legado al paroxismo del furor. Las lágrimas no eran para él otra cosa que la máscara de la hipocresía. El que no pagaba era porque no quería, él había pagado siempre, puntual, indefectiblemente -luego todos podían y debían pagar.
Con sus empleados era un energúmeno; jamás les había adelantado un centavo de sueldo, ni hecho un aguinaldo, ni concedido una licencia. La vida es combate repetía incesantemente «y cada cual gana el pan con el sudor de su frente. Yo también fui empleado».
Fuera de su despacho transformábase como por arte de encantamiento. Era afable, locuaz, expansivo, hasta generoso. Su casa mencionábase por la distinción de las recepciones, el gusto y la riqueza de los detalles, la magnificencia de la hospitalidad.
Nadie que hubiese estado durante el día con el enigmático y glacial banquero, lo hubiese reconocido por la noche en los suntuosos salones de la Avenida Alvear. Su palabra, concisa, clara y decisiva en los asuntos comerciales, volvíase inspirada y amable en el gran mundo, que había conquistado después de rudo batallar.
Rumboso y vano, era muy apegado a la vida de aparato. Tenía, aún en su oficina, en las horas de fiebre, palabras de afecto y de respeto para los representantes de las grandes fortunas que acudían a oír sus consejos u ofrecerle sumas cuantiosas para colocar a interés. La apariencia ejercía sobre él una influencia decisiva, y si algunos traspiés tuvo en la vida comercial —135→ fueron debidos a su incurable debilidad por el boato. «Es un hombre bien vestido; luego es un hombre decente» era la forma de su raciocinio, incomprensible en un negociante cuyo tino le había dado fama y fortuna.
Detestaba la intelectualidad, considerada por él plaga de un país que anhelaba ante todo la labor y el esfuerzo de sus hijos; era enemigo de las facultades y de los doctores y sostenía que la salvación nacional había que buscarla en el mejoramiento de las haciendas y en la extensión y la variedad de los cultivos, combatiendo los libros que llenaban la cabeza de ideas falsas extraviando el criterio y corrompiendo las costumbres.
«Con literatura, con filosofía, con títulos y majaderías, no vamos a construir ferrocarriles4, ni a levantar ciudades, ni a hacernos ricos ni grandes; el día en que nuestros hijos se den cuenta de que vale más sembrar papas que aprender códigos, ese día seremos felices».
Tal era, en breves rasgos, don Roberto Hamilo, el providencial protector de Manolo.
—136→ —137→
Quince días bastaron para la toma de posesión del vasto escenario. Las primeras apariciones en la calle Florida y en las avenidas de Palermo fueron vivamente comentadas por el mundo flotante que las puebla, y que nadie sabe a punto fijo si tiene alguna hora de reposo; que mañana y tarde, va y viene, y se estaciona y charla y critica en la angosta callejuela, en parejas o en grupos, y que, a determinadas horas, gira, por el parque, en carruajes de las más variadas formas y aspecto.
«¿Quién era?» «¿Era extranjero?» «¿Era argentino?» «¿Tenía amigos?» «¿Era casado, soltero, viudo?» De cuando en cuando alguien respondía: «He oído que es un estanciero, camarada de Carlos Palmas» o también: «Ayer me dijo Perico Ávila que es un antiguo compañero de colegio, enriquecido en el campo».
Comenzaban a bordarse cuentos más o menos fantásticos alrededor de la existencia del maestro de la aldea, cuando un diario adelantándose a juicios que fatalmente —138→ iban a condenarse en fallo inapelable, anunció desde sus columnas la llegada de Manolo en términos que no dejaron lugar a dudas:
«La sociedad de Buenos Aires, decía, cuenta con un nuevo y poderosísimo elemento de cultura y de buen tono en el Sr. Manuel Álvarez, joven y distinguido hacendado de la provincia, que después de algunos años de labor, rematados por un breve y provechoso paseo por Europa, aporta a nuestro mundo elegante el valioso contingente de su fortuna y savoir rirre.
»El Sr. Álvarez llamado a esta capital por su tío don Roberto Hamilo, ingresará como socio capitalista en la importante casa bancaria de este caballero, habiéndose instalado en una suntuosa garçonnièrede la calle Florida, donde en breve dará fiestas que harán época».
El suelto era de puño y letra de Carlos Palmas.
Cuando los Pérez Piñeiro leyeron en el campo la noticia, rieron de buen grado, creyendo que se trataba de una broma. Tina fue la que más ruidosamente festejó la ocurrencia. «¡Es una farsa de Carlos Palmas, decía, lo reconozco, está de cuerpo entero! ¡Mi campesino hombre de fortuna! ¡El maestro en Europa!!» Tan lejos estaban de creer semejante superchería que ni siquiera un valiosísimo ramo de flores con tarjeta de Manolo, llegado a la calle Cerrito pocas horas después de su arribo a Buenos Aires, los puso en la pista del cambio operado. Necesitaron algunos días para convencerse. Las amigas dijeron a Tina la verdad con abundancia de detalles: «Tiene un coche admirablemente puesto y es muy elegante. Los muchachos lo han tratado y lo elogian mucho. —139→ Su casa parece que es una joyita. Queda en la calle Florida. Es socio de don Roberto Hamilo, su tío, quien lo ha mandado llamar y lo ha recibido muy bien: dicen que en estos días va a dar una comida en su obsequio.
Tina no volvía de su asombro. ¡Era cierto! ¡Su campesino, el muchacho tímido, zurdo, incapaz de una declaración de amor, transformado en hombre de mundo! ¡Había sido engañada! Pero ¿cómo explicarse entonces la vida del aldeano, su profesorado, su humildad, su modestia, la pobreza de los suyos? ¿Qué misterio encerraba todo aquello? ¿Era un farsante? ¿Era un hombre honorable? ¿Qué medios había puesto en juego para llegar adonde se encontraba? ¿Había sido rico siempre?
El primer saludo fue frío y ceremonioso. Apenas iniciada la conversación, sin preámbulos, con la vehemencia que la caracterizaba, Tina preguntó bruscamente: ¿Se ha sacado Ud. la lotería? Manolo no perdió su aplomo, la miró un instante y con perfecta tranquilidad respondió: «A Ud. debo, en efecto, una explicación que no hubiera dado por ninguna razón del mundo a otra persona: no ha sido la lotería, pero ha sido algo semejante: la participación en un negocio que me deja muchos miles de pesos».
-¿Cuántos?
-No lo sé todavía exactamente.
-¿Y qué negocio es ese?
-Una concesión ferrocarrilera.
Ella calló. Seguir preguntando hubiera sido no sólo una impertinencia, sino una grosería. Satisfecha momentáneamente su curiosidad, reflexionó que andando el —140→ tiempo podría obtener, sin violencia, todos los detalles, y cambió de conversación, sometiendo a Manolo a un interminable interrogatorio de otra índole:
-¿Y qué tal es su casa?
-¿Me ha recordado frecuentemente?
-¿Qué le han parecido las muchachas que ha conocido? ¿Y Sarita Hamilo?
-¿Ha estado muchas veces en Palermo?
-¿Ha tomado palco en la Ópera?
-¿Le han presentado muchos jóvenes?
Cuando Manolo insinuó el deseo de formalizar su compromiso, fijando una fecha para visitar oficialmente, ella se opuso con energía:
-Sería una insensatez, exclamó. ¿Cree Ud. que papá y mamá no van a hacerle una oposición terrible? Ellos ni sospechan lo que hay entre nosotros. Si llegaran a saberlo estaríamos perdidos; le cerrarían a Ud. las puertas de esta casa para siempre. Por el momento no debe hablarse de semejante cosa; hay que andar con calma. Si efectivamente animan a Ud. sentimientos nobles, es necesario que me los demuestre con firmeza, con altura y con abnegación.
Manolo quedó íntimamente satisfecho; por aquel lado las cosas marchaban a pedir de boca.
-Alguna vez, cuando sea mi mujer, repetíase para calmar la conciencia, le diré toda la verdad y le pediré perdón, de tal manera, le demostraré tan evidentemente que todo lo que he hecho ha sido por ella y para ella, que me perdonará; ya lo creo que me perdonará.
Por su parte, Hamilo, aunque desconfiado, sintió halagada —141→ la vanidad con el arribo de tan ilustre sobrino. El muchacho explicó con sangre fría su situación: hizo confidencias, expuso largas razones y hasta pretendió dar pruebas de su desahogadísimo estado financiero, para demostrar con cifras, como habían marchado sus negocios hasta aquel entonces, y cómo, en un instante, habíase visto dueño de centenares de miles de pesos. Protestó el banquero, rehusando el ofrecimiento, convencido de antemano de que aquel joven «tan bien vestido y tan atrayente» decía la verdad, y pidió algunos días más para señalarle el puesto que había de ocupar en su casa, considerando que era demasiado modesta la plaza que por carta ofreciera un mes antes a su buen primo don Raimundo.
Como Rodolfo, su hijo menor, le observara que era prudente informarse acerca de los negocios de Manolo, exaltose Hamilo, sosteniendo que no había nada más odioso e injustificado que andarse metiendo en vidas ajenas.
-Y luego, agregó, ¿por qué y para qué quiero saber lo que ha hecho ese muchacho en el comercio? ¿Va a ser acaso mi socio?
-Todo el mundo lo dice; lo han dicho los diarios.
-¿Y a mi qué se me da del mundo? Por lo que respecta a los diarios, no reflejan al fin y al cabo sino la opinión de unos cuantos hombres, como tú y yo.
-Me extraña tu confianza; otras veces me encargas que averigüe -y te enojas si no lo hago- en qué concepto están fulano o zulano o qué hace mengano...
-Esa es otra cosa: tratándose de negocios todas las averiguaciones son pocas. Pero aquí sólo se trata de un —142→ empleado, nuestro pariente, a quien yo pagaré su sueldo el treinta de cada mes. ¿Estás?
-Por mi parte ya sabes que no me meto en tus cosas; haz lo que te parezca. He cumplido.
-Sí señor que lo haré; ¡siempre con tus cavilosidades! ¡A fe que en lo tuyo no eres tan prudente!
-Ya sabes que mi norma de conducta es invariable; hombre elogiado por Julio, ¡malo!
-Lo que es una gran injusticia. El defecto de tu hermano es ser muy niño, nada más. Y luego a Manolo Álvarez lo ha conocido hace apenas diez días...
-¡¡Y es como si lo conociera de toda la vida!!
En casa del banquero, Manolo fue acogido sin reservas, con franca simpatía. Era un pariente que hacía honor a la familia, «una monada» decían don Roberto y su consorte después de la primera entrevista: «un poco quemado pero muy simpático» agregaba Sara. Para Julio era digno de todos los elogios. El único que se mantuvo frío fue Rodolfo.
Algunos días después, con el anuncio de haber sido nombrado secretario de la casa bancaria, Manolo recibía de Hamilo una invitación a comer, concebida en los términos más afectuosos. En ella el banquero significaba «que deseando presentarlo a varios de sus amigos íntimos, creía que ningún medio más apropiado que aquel que proponía gustosísimo y que esperaba sería aceptado con el placer con que era ofrecido».
Manolo iba así de sorpresa en sorpresa, deslumbrado por la realidad, aturdido por el éxito. La campaña que en un primer momento había creído punto menos que —143→ irrealizable, resultaba sencilla, fácil, un triunfo continuado, ¡espléndido!
Todo le era favorable: hasta la entrevista en que Pérez Piñeiro y Hamilo habían tratado de él. El primero se había limitado a elogiar al maestro de la aldea «trabajador infatigable y meritorio» según su propia expresión, en tanto que el segundo, en su entusiasmo había llegado a sostener «que estaba largamente informado de los brillantes negocios realizados por su sobrino».
Hacia todos los rumbos, el horizonte de despejaba. Manolo había enviado a su padre doscientos pesos y este había respondido transportado de gozo:
«Me das una prueba que mucho te agradezco. Tu madre, tus hermanas y yo lloramos de contento. Respondo a Hamilo elogiándote como mereces. Dios te bendiga».
Carlos reía a mandíbula batiente:
-Ahí tienes, decía, entre carcajada y carcajada, lo que es la famosa sociedad-cuco. Fiera domesticada, muerde y lastima sólo a los que no saben defenderse. Lo que se necesita para atacarla es maña; para dominarla, ¡audacia! Para vencerla, ¡plata! Si te hubieses entregado a sus garras tal como venías dispuesto a hacerlo, te hubiera tragado sin más trámites. ¡En cambio te has portado bien y te has salvado!
Tras la lucha sin tregua, el porvenir era suyo. Carlos le había dado la llave, Hamilo le había señalado el camino, y él, resuelto y confiado, corría al fin, sin tropiezos, en pos de la ilusión soñada, principio y fin de sus esperanzas y de sus anhelos, objetivo de su vida, ¡luz de su alma!
—144→ —145→
Dentro de la circunferencia de luz, alegre y suave a un mismo tiempo, que proyectaba en el extremo del salón una lámpara de ónix cubierta con fantástico abat jour, destacábase la gentil figura de Tina. Las amigas le habían formado círculo y reían incesantemente de sus ocurrencias y de sus bromas. Llevaba la palabra con la soltura y la seguridad de quien se siente dueña del campo, punto de mira, objeto de perpetua curiosidad y alabanza. De pie, algunos jóvenes completaban la rueda. Era un grupo animado, en que alternaban armoniosamente las notas claras de las toilettes femeninas, las manchas negras de los fracs, el dorado de los mueblecitos caprichosos y los tonos pálidos de sedas y tapices. En el ángulo opuesto, vivamente iluminado, algunas señoras charlaban sin darse punto de reposo, y en la sala vecina, en voz baja y con aspecto solemne, departía el resto de los invitados de Hamilo, una media docena de hombres importantes, graves y aburridos.
—146→La casa estaba de fiesta. Desde la gran escalera tendida de rojo que hacía detener a los pasantes en la avenida Alvear, hasta el suntuoso comedor, resplandecían centenares de luces, y realzaban el magnífico conjunto, plantas de las más extrañas formas y flores hermosísimas. Era una maravilla el palacio de Hamilo. En el hall, que se elevaba majestuoso, rematado por una vidriera de colores, en los salones, en el jardín de invierno, en las amplias galerías y en las rotondas, confundíanse muebles, adornos, mármoles, bronces y pinturas de alto precio, coleccionadas pacientemente en Europa por el banquero, y combinadas con arte exquisito dentro del colosal edificio, cuyos planos llevaban la firma de dos de los más notables arquitectos de París.
Tenía fama en Buenos Aires el palacio de las torrecillas agudas y ligeras, que dominaban la suntuosa edificación de la avenida del norte, recortando sus líneas impecables en el azul purísimo del cielo. Había sido minuciosamente descrito con motivo de su inauguración, y luego admirado y elogiado sin descanso, hasta cantado por algún poeta de tres al cuarto. Incesantemente los cronistas bordaban las más abigarradas fantasías sobre su amplia terraza circular, desde la cual contemplábase uno de los más bellos panoramas del mundo: -«las serenas aguas del soberbio Plata», «la Pampa edificada», «el magno puerto» y allá, entre brumas, como en un sueño, Martín García y la costa oriental».
Hamilo había logrado atraer a sus salones a la parte más sonante de la sociedad porteña. Enemigo de la política, hombre de mundo, de carácter fácil y proverbial —147→ corrección, estaba vinculado estrechamente en todos los campos, dándose el asombroso espectáculo de que en su casa, en determinados días, tirios y troyanos, gubernistas y opositores, enemigos políticos irreconciliables y familias enteras que vivían en guerra sorda y constante, se reunieran tranquilamente, conversaran a más y mejor, y olvidaran en el plácido ambiente, rencores pasados y presentes, recriminaciones y miserias.
Aquel triunfo llenaba de orgullo y de satisfacción al banquero. «Mi rincón es de todos», decía frecuentemente, «porque entiendo y he entendido siempre, que dentro de una sociedad civilizada, la única diferencia que puede dividir a los hombres es el diverso nivel de la educación».
Para presentar a su sobrino resolvió que la reunión fuese reducida y selecta. La lista de los invitados discutiose largamente. «Con un par de hombres políticos de importancia, varios caballeros espectables, sus señoras, y algunos jóvenes y niñas, estamos del otro lado; la comida resultará buena y Manolo quedará contento», decía don Roberto, planteando el problema; pero la solución se presentaba difícil y laboriosa. ¿A quién se invitaría? La familia sesionó en privado, con ausencia de Rodolfo, opositor recalcitrante al «parrenu», que los había embaucado a todos, según su propia frase, y los nombres comenzaron a desfilar, rápidamente propuestos, apoyados, combatidos, discutidos sin piedad.
-¿El doctor Márquez? No, papá, rogaba Sarita, desconsolada; aunque sea ministro, ¡es un opio!
-¿El senador Raldas, entonces?
—148→-Prefiero a ese...
-¿Y Elena Carón? Terciaba Julio.
-No, no, no, ya sabes que no se entiende con Tina Pérez.
-¿Y Domingo López Arboleda? ¿Qué les parece?
-¡La señora es odiosa! ¡No hace más que criticar!
Y así, tras largo y concienzudo estudio, quedaron resueltas las siguientes invitaciones:
Senador Leopoldo Raldas y señora; Dr, Arturo Piedrabuena, miembro de la Suprema Corte, y su señora; don Antonio Pérez Piñeiro y señora; don Manuel Colmado y señora; Alberto Alma Martínez y señora; señoritas Trinidad Pérez Piñeiro, Lucila Bex y María Luisa Colmado; y señores Manuel Álvarez, Carlos Palmas, Máximo Pringles y Pedro Ávila.
-Estamos en retardo, decía Carlos Palmas a Manolo, mientras el fiacre rodaba rápidamente por la Avenida Alvear.
-¿De veras? Es culpa tuya. Te he esperado como veinte minutos.
-¡Alégrate, tonto! ¡Has ahorrado un cuarto de hora de aburrimiento, con el estómago vacío! Siquiera más tarde, «el velorio con pan será menos».
-¿Por qué dices eso?
-Porque he visto la lista de invitados. Sin Tina y sin Perico, aquello sería atroz.
-¡Me han fumado!
-No, te equivocas; el grupo es de lo más selected; bostezo precisamente por lo bien escogido de los personajes...
—149→-¡Descontento!
-Experimentado, debías decir.
Las señoras quedaron silenciosas ante la aparición de los retardados. Ambos estrecharon la mano a la dueña de casa, hicieron una inclinación de cabeza a derecha e izquierda, balbucearon algunas disculpas y galanterías, y fueron acto continuo al encuentro de Hamilo.
Tina, desde el otro extremo del salón, contemplaba la escena con el abanico sobre los labios, risueña al parecer, en realidad agitada; aquella era la primera entrevista que en el gran mundo tenía con el maestro de la aldea. A pesar de su natural irreflexión, comprendía de un golpe, en un instante, todos los peligros y sinsabores que le acechaban en el nuevo campo fijado por el destino a su aventura. Manolo poderoso, Manolo renombrado, agasajado, engreído, no era ya el pasatiempo prometido, el muñeco destinado a moverse a su antojo; era una amenaza constante, un enemigo temible, era quizás el vengador de su honra, comprometida en una burla imperdonable. Tina medía en aquella circunstancia toda su temeridad, veía claro que iba a jugarse en cuerpo y alma en una lucha terrible, y súbitamente mil temores la hacían presa, la dominaban, paralizando sus movimientos y ahogando la voz en su garganta. Sin el orgullo que la guiaba y que era más fuerte que ella misma, hubiera confesado su infamia y pedido perdón, tranquilizando su conciencia. Pero eso no lo haría nunca y mucho menos después que Sarita Hamilo, inocentemente, había aguijoneado su amor propio, elogiando sin reparos la gallarda apostura de Manolo.
Tras la impresión del primer momento, había vuelto —150→ la calma. «Esto pasará, decíase la coquetuela, no hay que precipitar los sucesos. Cuando yo quiera, ha de retirarse, mal que le pese. Entretanto, ¡aprovechemos!»
Al apoyarse en el brazo de Manolo para pasar al comedor, preguntó suavemente:
-¿Me quiere?
-¿Qué si la quiero? No, no la quiero, ¡la idolatro!
-Gracias, muchas gracias. ¿Entonces puedo permitirme hacer un pedido?
-¿Uno, uno sólo? ¡Los que Ud. quiera!
-No es más que uno. Que sea prudente, muy prudente. Si esto que existe entre los dos llegara a descubrirse, entienda bien, Manolo, soy capaz de negarlo hasta la muerte.
- He entendido Tina. ¿Pero ha ocurrido algo? Esta situación se va haciendo insostenible. ¡No puedo más!
-No, no ha ocurrido nada, felizmente; pero temo que ocurra. La maldad de las gentes es muy grande. Medite bien lo que le aseguro: apenas se descubra lo que pasa entre nosotros, papá y mamá se embarcan para Europa.
-¿Se lo han dicho a Ud.?
-No, pero lo adivino. Mamá ya no es la misma. En la estancia era Ud. el maestro; aquí, en las condiciones en que se encuentra, es un pretendiente posible. Tenga la seguridad de que no lo invitarán a comer en casa como se lo habían prometido.
Las frases habían sido breves, dichas casi al oído. La conversación se interrumpió violentamente al llegar al comedor. Sara Hamilo que había observado la escena con atención, se acercó a Tina preguntándole en voz alta:
—151→-¿Tienes interés en sentarte al lado de Álvarez?
Dueña de sí la muchacha se echó a reír:
-¡Tendría mucho gusto, pero interés! Vamos, Sarita, no piensas lo que dices.
Entonces los asientos quedan distribuidos como estaban. Pase usted, Álvarez, al lado de mamá y de María Luisa. Tú, Tina, entre Pringles y Ávila. Usted conmigo, Carlos.
Los asientos estaban señalados, efectivamente, con una pequeñas cartulinas de color, en las cuales Sarita Hamilo había trazado con empeño, apelando a todos sus recursos caligráficos, los nombres de los invitados. Una boutonnière acompañaba a cada nombre y además el menú, de forma caprichosa, elegantemente impreso.
Manolo no podía ocultar su contrariedad. Habíase prometido una noche completa, íntegra, de charla con Tina Pérez, y la suerte empezaba a serle adversa, colocándolo a distancia, en el plazo más largo de la fiesta.
Las conversaciones se habían hecho generales.
El Dr. Piedrabuena discutía, entre bocado y bocado, un punto importante de derecho con el senador Raldas. «En un sentido general, decía con énfasis el eminente miembro de la Suprema Corte, todas las contribuciones impuestas por el gobierno sobre los individuos para el servicio del Estado, son llamadas impuestos; ¡luego el caso es perfectamente lógico y el gobierno no hace sino obrar con cordura sosteniendo algo que es elemental, llámese tributo, impuesto, alcabala, gabela, derecho, subsidio, auxilio o sisa!» Entonces el senador Raldas se exaltaba: -«Estos países nuevos tienen que reaccionar. —152→ La República Argentina no puede emplear la estorsión que hace intolerable la existencia en las carcomidas naciones del viejo continente. ¡La libertad, la amplitud de miras, el bienestar general!»
Las damas de aquel extremo de la mesa hacían que escuchaban. De cuando en cuando y precisamente en los momentos de mayor acaloramiento, cuando Story, Cooley, Marshall, etc., etc., eran barajados por uno y otro de los contendientes, a raíz de una inclinación de cabeza aprobatoria, que los ilusionaba y enardecía, alguna pregunta aislada, estemporánea, bien femenina, demostraba a las ciaras cuán lejos de lo que se debatía estaba aquel grupo de mujeres. «Nunca ha sostenido eso la ley americana» exclamaba sulfurado Raldas, en tanto que la Sra. de Alma Martínez interrogaba a la de Colmado sobre si era la Dufourg o la François la autora de su elegantísima toilette.
Aquello hubiera impresionado al más indiferente, demostrándole lo inseguro del terreno en que pisaba, pero nunca a Raldas y a Piedrabuena, dos convencidos de su indiscutible importancia, habituados a escucharse, y a admirar su propio talento y saber. Por otra parte ni Hamilo, ni Pérez Piñeiro, ni Colmado, ni Alma Martínez, se hubieran atrevido a una sola observación en circunstancia semejante. Eran muy grandes y muy temibles aquellas espadas para pretender medirse con ellas. Los cuatro, aunque sin entender y harto fatigados, seguían atentamente, inclinando la cabeza, ora a derecha, ora a izquierda, la violenta discusión, degenerada a un caso insignificante de Massachussets.
—153→¡Piedrabuena y Raldas! ¿Había alguien en Buenos Aires que no los conociera? El primero frisaba en los sesenta años, era bajo, cuadrado, corto de piernas, abultado de estómago, apoplético de rostro. Diputado provincial, juez, ministro en el extranjero, interventor y ministro nacional, profesor, periodista y literato en sus ratos de ocio, todo lo había ensayado en su accidentada y dudosa actuación pública el distinguido miembro de la Suprema Corte.
Raldas había sido simplemente un político. Desde la gacetilla del diarucho de combate, hasta la banca que había entrado a ocupar por nueve años, su existencia se había deslizado entre el club y la intriga, los enjuagues electorales y la adulación de los poderosos. Era el perfecto Catón de corcho, de aspecto imponente, ademanes solemnes, voz grave, ceño adusto y andar reposado, tan pronto gubernista como opositor recalcitrante, a pesca siempre de una posición cualquiera, sin convicciones y sin ideales.
Ambos dos, de caracteres contrarios, llegados a las alturas por caminos diferentes, tenían sin embargo un fondo común, la misma falta de ilustración y de carácter, idéntico arrojo. Durante toda su vida habían tenido un único objetivo: llegar. Y habían llegado siempre, por todos los medios y en todas las circunstancias.
Así se explica que para aquella fiesta que Hamilo había querido caracterizar con la presencia de dos personalidades, sus nombres surgieran desde el primer momento, como la más alta representación de la intelectualidad, de la experiencia y del patriotismo nacional. Un —154→ curioso que hubiese deseado reconstituir la existencia de los dos personajes hubiese sufrido un verdadero desencanto. ¿Qué eran y qué habían hecho aquellos hombres para alcanzar nombre y fama en la República, ocupando puestos de primera fila? ¿Qué visible rasgo los había caracterizado? ¿Qué móvil grande y generoso los había movido en la vida? ¿Qué obras habían llevado a término y qué beneficios les debía el país? Difícil hubiera sido responder satisfactoriamente. En realidad no habían hecho nada. Sesenta años del uno y cincuenta y tantos del otro, no encerraban una idea, un rasgo generoso, una iniciativa que mereciera ser mencionada, que se desprendiera de su acción como una enseñanza, noble y digna.
Habían corrido la vida al azar de los acontecimientos, débiles, cobardes, irresolutos para todo lo que no fuese el puesto público, la ubicación cómoda y bien rentada. Prototipos de insignificancia, ni siquiera habían luchado, cuerpeando sin reparos las dificultades y los dolores de la existencia, sembrando frecuentemente el desconsuelo y el enervamiento y dejando únicamente a su país como legado, su escuela política: el utilitarismo, la debilidad complaciente, el egoísmo brutal.
Habían tenido todo en la mano: dinero, poder, honores, nombre y fama, y de su larga actuación, de aquellos elementos de valor inapreciable que pudieron emplear en el bien, no quedaba más que sus dos personalidades, infladas, fatuas, destinadas a desaparecer y a borrarse definitivamente, tras el póstumo bombo del órgano de su partido político.
—155→En el otro extremo de la mesa se conversaba con animación sobre temas fáciles y corrientes. Máximo Pringles era blanco de bromas. Se le consideraba el buen mozo oficial de la reunión y nadie más convencido que él mismo de tal verdad. Tenía desde niño, la conciencia de su belleza, y la paseaba, la exhibía, procuraba hacerla resaltar en todas las ocasiones y en todos los sitios, realzándola, cuando no con trajes de colores chillones y formas extravagantes, con afeites que lo hacían intolerable.
Aquella debilidad comentada hasta el cansancio, siempre nueva a fuerza de ser cada vez más grotesca, había tenido en la fiesta de Hamilo motivo para exhibirse ampliadamente, perfeccionada por la edad y la extraordinaria estupidez del elegantísimo muchacho. Con tal motivo, Carlos había llevado cargas formidables, enardecido por las ruidosas carcajadas que sus bromas provocaban, y Pringles, como ocurría de ordinario reía también, habituado a «aquellas locuras» cuya intensidad no comprendía ni podría comprender jamás. Sonriente, perfumado, amable, la mano en el bigotillo fino y sedoso, no había tenido una palabra oportuna, ni siquiera un brulote para detener las picantes ocurrencias de su compañero de mesa. Apenas si de cuando en cuando algún «como no» o «eso serás vos» o «que más te quisieras», se había escapado débilmente de sus labios, perdido entre las risas de los demás, en medio de una atmósfera de franca jarana.
Y Máximo Pringles era sin embargo un hombre a la moda, un candidato serio a marido, un elemento de buen tono. Su prestigio residía en la cuantiosa fortuna de su —156→ papá, potentado de renombre en la alta sociedad de Buenos Aires; del muchacho se conocían pocos pero buenos rasgos: era elemento de primer orden del Club Azul, donde había perdido en el juego cuantiosísimas sumas de dinero; como sportman estaba al tanto de varias generaciones de caballos y en consecuencia contribuía domingo a domingo a aumentar en cantidades fuertes las boletas jugadas en el Hipódromo; era fama que nadie recorría más veces en cada veinticuatro horas la calle de Florida; que en punto a variedad de trajes no tenía rivales y luego que su presencia en Palermo, en los teatros y en las fiestas desde tres años atrás, había sido infalible.
Lucía Bex no reía; lejos de divertirse hallábase nerviosa e irritada y que por dos o tres veces había pretendido desviar la conversación trayendo al debate temas nuevos e inoportunos. Estaba enamorada de Pringles. ¿De Pringles? ¡Misterio! ¡Las malas lenguas decían que su mamá, dama mundana y rumbosa, había llegado a infundirle amor por el opulento candidato, hombre llamado a hacer la felicidad de cualquiera, perfección... social! Y he aquí porque, según las gentes, la chicuela que era despierta y ambiciosa, deslumbrada por la faz sonante del apuesto galán, se había lanzado ardorosamente a su pesca, echando el anzuelo con una asiduidad y una resignación, dignas de mejor suerte.
Finalmente se dejó en paz al muchacho y los temas indiferentes, salpicados de rato en rato por una crítica o una broma, rodaron de nuevo, lánguidos y monótonos.
De pronto Tina Pérez, que había estado escuchando silenciosa, cambió de actitud. Dibujáronse en su cara dos —157→ hoyuelos, cayeron sus labios en un gesto de desprecio que le era característico, y sin comentario previo, como quien ha adoptado un partido, y piensa seguir resueltamente hasta el fin, exclamó:
-Usted, Sr. Álvarez, podía contarnos su historia. Esto de estar obsequiando a personas que no se conoce no deja de tener su lado curioso. A mí me interesa, como a todos los que aquí nos sentamos, saber quien es Ud., porque al fin de cuentas, yo, por ejemplo, lo he conocido hecho un pelagatos en la estancia y de la noche a la mañana lo encuentro hombre a la moda y lo que es más extraño, ¡hombre de fortuna!
El ataque había sido tan torpe, tan fríamente preparado y realizado con tanta saña, que por algunos momentos todos callaron.
Manolo se había puesto lívido. Carlos rojo de rabia. Las muchachas una después de otra murmuraban: «¡Pero Tina!» Julio, Rodolfo y Perico Ávila estaban atónitos. Pringles acariciaba nerviosamente su bigotillo y nadie atinaba con el partido a adoptar.
-Lo que Ud. ha dicho. Tina, estalló Carlos, es un insulto.
-¡Insulto! ¿Por qué? Yo no he sido nunca aventurera; no es extraño pues, que me guste saber como se puede hacer en un día lo que otros hacen en años o no hacen nunca.
En el extremo opuesto de la mesa se habían apercibido, por las actitudes, de que algo extraño ocurría entre los jóvenes, y Hamilo no tardó en preguntar agitado:
-¿Qué hay, Sarita?
—158→Ésta, tan emocionada que apenas podía hablar, iba a responder, cuando Tina se adelantó tranquila y risueña:
-¡Nada! ¡Una broma mía! He tenido poca suerte: han interpretado mal algo que he dicho sin intención.
Y volviéndose a sus vecinos:
-Doblemos la hoja; perdone Álvarez.
-¡Tina! Exclamó Pérez Piñeiro.
-Ya concluyó todo, papá. ¿Ud. se abonó a la Ópera, Pringles?
El golpe había sido cruel: Manolo no volvía en sí de sorpresa y de indignación.
¿Era cierto? ¡Tina, su Tina, la que lo había impulsado, lanzándolo en aquella vida, lo insultaba en público, despiadadamente! Entonces todo había sido una burla sangrienta, ¡una farsa inicua! El sacrificio realizado, la existencia que arrastraba sufriendo, sus sueños de gloria, la fidelidad constante guardada a la mujer que amaba, su amor, sus proyectos de dicha, sus anhelos generosos, ¿resultaban errores imperdonables, torpezas sin nombre en aquella hora de dolor y de vergüenza? ¡Y una tras otra huían sus ilusiones, derrumbábanse los castillos levantados por su fantasía, le abandonaban las fuerzas, sufría!
Cuando Hamilo, desde la cabecera de la mesa y levantando una copa de Champagne brindó «por la salud y por la felicidad de su sobrino» Manolo creyó que su garganta no iba a obedecerle, tan apretado era el nudo que le ahogaba, tan intensos temblores le agitaban el cuerpo. Logró reponerse sin embargo, y aunque enronquecido, respondió amablemente, casi sonriente.
—159→Tina, entretanto, aparentaba la más olímpica indiferencia. Ni siquiera llevó la copa a los labios cuando se bebía por el maestro de la aldea. Toda su reserva anterior se había trocado en una alegría inusitada, en una expansión desbordante, mezcla de bromas y de carcajadas que velaba a medias con la servilleta.
Al pasar de nuevo a los salones, Manolo se acercó rápidamente a Carlos.
-No puedo más, me voy, le dijo.
-Espérate.
-Sí, el tiempo necesario para no aumentar la chismografía; pero me voy dentro de un cuarto de hora.
-Nos vamos.
-No, tú te quedas, te lo pido por favor.
-Bueno.
Sarita Hamilo aproximose y con la voz todavía insegura preguntó angustiada:
-¿Lo ha molestado mucho la impertinencia, Álvarez?
-Yo no me acuerdo de nada, Sarita, se lo aseguro.
-¿De veras?
-De veras.
¡Ah! ¡Pero ella no se dio por satisfecha! En la cara del muchacho leía la tormenta que lo agitaba, la tortura sufrida, su anhelo de buir, de entregarse al dolor profundo que lo embargaba, y aquello la conmovía, era más fuerte que ella misma, la subyugaba, sentía vehementes deseos de llorar, de pedirle perdón como si hubiese sido la autora del agravio.
Rodolfo se aproximó ofreciéndole una taza de café y al verla tan turbada exclamó:
—160→-¿Qué tienes?
-¿Qué tengo? ¿Y me lo preguntas? ¿Te parece poco lo que ha ocurrido?
-Era lógico que sucediese. Tina tiene razón.
-¡Razón! Rodolfo, por Dios, ¡no me hagas perder la cabeza! ¡Tina es una infame!
-¡Me gusta! Respondió el mozalvete cuadrándose ante su hermana. Es decir que una señorita de nuestra mejor sociedad, una señorita que es respetada por todos, una señorita que merece las mayores consideraciones, porque no acata y adula a cualquier pelafustán es una infame! ¡Bravo, Sarita, progresas, te felicito, a Dios gracias nadie te oye!
Por toda respuesta la chicuela dio media vuelta y dejó a Rodolfo en medio del salón, entre sonriente y despechado.
Manolo había conducido hasta el piano a María Luisa Colmado y en tanto aquella atacaba un trozo de Chopin, silencioso y revuelto, desprendiose del grupo que formaba niñas y jóvenes, fue a la sala vecina y previas algunas explicaciones brevemente expuestas, despidiose, y volvió a hacer otro tanto con el resto de los compañeros de mesa.
-¿Ya se va, Álvarez? Preguntó Lucila Bex sorprendida.
-Es cierto, señorita; crea usted que lo lamento de veras, pero me siento enfermo.
-¿Qué tiene Ud.? Agregó Sarita con ansiedad.
-Algo pasajero, ya está tarde no me sentía bien.
-Es una mala partida, Manolo -terció diplomáticamente Carlos.
—161→-No somos por lo general los recién llegados los más entretenidos, dijo éste marcando bien las palabras.
Y luego haciendo una reverencia, añadió:
-Me excuso de saludar en particular. Muy buenas noches.
Tina presenciaba la escena desde la puerta, con curiosidad pero sin sentimiento, adivinando lo que ocurría en el campesino, alegre del resultado de su genialidad.
Al pasar Manolo a su lado, inclinose sonriente, aproximándose lo bastante como para que él oyera estas tres palabras dichas con acento apasionado:
-¡Tonto, te adoro!
—162→ —163→
Francisco, dormitaba en el vestíbulo.
-¿Hay alguien? Preguntó Manolo.
-Sí, señor. Están don Juan Garrido, el Sr. Lamar y otros dos que no conozco.
Al aparecer el dueño de casa, todos se levantaron precipitándose a su encuentro.
-¿Cómo te ha ido?
-¿Qué dices?
-¿Buena la comida?
Manolo estrechó la mano de cada uno, los invitó a sentarse y respondió:
-Excelente, como era de suponer tratándose de anfitrión tan fastuoso.
-Estás pálido.
-Cierto, tal vez las emociones. He dejado la fiesta en su apogeo porque me sentía mal.
-Y llegas aquí de perlas. ¡Para la nostalgia, para el spleen, para la neurastenia, tenemos el remedio indicado —164→ , un chemin de fer! No hay mal que le resista. Queremos concluir pronto para mandarnos mudar. Vení: nos hacía falta un maquinista. Después o te llevaremos o nos llevarás- según ande la suerte.
Manolo acercó una silla.
-¿Cuál era la mejor muchacha?
-Hombre, ya saben Uds. que donde está Tina Pérez...
-A ver caballeros si cesan las conversaciones. ¡En route! Exclamó Lamar.
Y las cartas comenzaron a correr velozmente sobre la carpeta flamante.
Manolo perdía. Le era indiferente. No estaba allí sino en cuerpo, el alma vagaba por regiones desconocidas. Había llegado a su casa como un inconsciente, sin rumbo, presa de sensaciones indefinibles. Una a una desfilaban ante su imaginación exaltada las escenas de aquella noche memorable, la afrenta, el desprecio, la vergüenza, el deshonor y por último las tres palabras incomprensibles: «¡Tonto, te adoro!» ¿Qué misterio encerraba lo ocurrido en casa de Hamilo? ¿Era objeto de una burla atroz? ¿Estaba por ventura perdido para siempre?
-Manolo, dijo Garrido interrumpiendo sus divagaciones, la mala suerte te acompaña. Pero ya sabes, desgraciado en el juego, feliz en el amor, ¡consuélate!
-¿Cuánto pierdo?
-Tres mil pesos. ¿Quieres la revancha?
-No.
-¿Nos acompañas?
—165→-No.
-Hay un buen baile esta noche, ¡vamos!
-No.
-Estás intratable. Caminemos entonces algunas cuadras; nos contarás lo ocurrido en lo de Hamilo.
-No puedo.
-¡Hola! ¿Alguna cita?
-¡Tal vez!
-¡Magnífico! ¡Buena fortuna y hasta mañana!
Manolo regresó del vestíbulo lentamente, caída la cabeza, la fisonomía contraída por las angustias que agitaban su corazón. ¿Era entonces cierto? ¿Aquello no había sido más que un sueño irrealizable? ¿Sus esperanzas, sus ilusiones, sus proyectos, se desvanecían para siempre en una hora de dolor y de deshonra? ¿Por qué lo había engañado la adorable criatura de sentimientos tan innobles y pasiones tan bajas? ¿Qué móvil la había llevado a hundirlo traidoramente?
Y luego reaccionando, recordaba el adiós apasionado y suplicante, la voz conmovida de Tina y su actitud extraña e inexplicable. ¿Cómo, por qué medio descifrar el enigma de aquellas horas de amargura y de desconsuelo?
En el mismo instante un carruaje se detuvo a la puerta y el timbre del vestíbulo comenzó a vibrar incesantemente.
Carlos llegó de un salto a la habitación. Estaba agitado y hablaba con dificultad:
-¡Albricias!
-¿Qué dices?
-Lo sé todo. No hay ofensa.
—166→-¡Explícate!
-¿Era una estratagema?
-No entiendo.
-Escucha. Cuando te fuiste Tina me pidió el brazo. Estaba profundamente conmovida. Me rogó que la perdonara. Le hablé con ruda franqueza. Me aseguró que no la habíamos comprendido. Le hice entender que sus palabras no dejaban lugar a dudas. Entonces se volvió a todos los circunstantes y exclamó: «He sido mal interpretada y debo una reparación al buen nombre del Sr. Manuel Álvarez. Yo no he querido decir que fuera un aventurero. Creo que como manifestación de mi sentimiento, además de estas palabras, corresponde al Sr. Álvarez una amistosa satisfacción que tendré el gusto de darle así que nos veamos».
-¿Cierto?
-No es todo, espera, espera. ¡A ver, Francisco, una copa de oporto!
-¡Continúa!
Siguió conversando conmigo en intimidad. Y agregó más o menos lo siguiente: «Dígale a Manolo que ha debido ser menos susceptible. Que no ha recordado mis recomendaciones. Que el único propósito de mi actitud ha sido detener la murmuración de las malas lenguas».
-¿Entonces ella no ha querido ofenderme?
-¡Pues claro está!
-¡Pero ha sido cruel, Carlos!
-¡Pero es Tina Pérez, Manolo!
-¿Y qué hago?
-¡Pues hombre, vaya una pregunta! ¡Adorarla y darte por bien servido!
—167→A aquella hora todos los concurrentes a la fiesta de Hamilo comentaban el incidente.
En casa del banquero la discusión había exaltado los ánimos. Cuando el último de los invitados desapareció en la escalera, Sara llamó a su padre:
-¿Sabes lo que ha dicho Tina Pérez a Manolo en plena mesa?
-No.
-Aventurero.
-¡Pero esa criatura se ha vuelto loca!
-Lo que no quiere decir que Rodolfo no haya aplaudido la insolencia.
-Es cierto, respondió Rodolfo.
-Caballerito, basta, agregó Hamilo. Ud. podrá pensar lo que quiera, pero aquí se calla. Si la señorita de Pérez Piñeiro es una histérica, Ud. no es un tonto.
-Pero papá... Caramba...
-He dicho que basta. Y muchos, entiéndalo bien, muchos, quisieran llegarle a Manolo a la suela del botín.
En el coupé de Colmado todas las opiniones estaban de acuerdo.
-Tina ha hecho perfectamente.
-¡Vaya un tipo!
-Y que nadie sepa a ciencia cierta de donde viene este personaje, ni que es lo que tiene.
Máximo Pringles charlaba en un grupo de trasnochadores elegantes, en plena rotisserie:
-Ha sido un sinapismo.
-¿Y el qué dijo?
-¡Nada!
—168→-¡Éste es un grano que le ha salido a Hamilo en la nariz!
-¡Así lo va a poner la suerte si se descuida!
Tina peinábase en el lujoso y elegante tocador tapizado de seda crema. Su semblante no traicionaba la más leve preocupación. Estaba deliciosa cubierta por un peinador verde claro ante el espejo que la reproducía de cuerpo entero. A pocas varas, en el dormitorio que iluminaba tenuemente la luz de un velador antiguo, el lecho abierto, blanco y suave, la esperaba amoroso. Cuando hubo terminado de trenzar la larga cabellera, se puso de pie y haciendo con coquetería exquisita una profunda reverencia a la propia imagen, exclamó en voz alta siguiendo el curso de sus pensamientos:
-Todavía, señor don Manolo, no ha llegado el momento. ¡Pero ya lo sabe Ud. o debiera Ud. saberlo, no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague!
—169→
La situación se complicaba día a día. Agotado rápidamente el dinero que le prestara Carlos, y otras sumas ganadas en el juego, las deudas habían comenzado a quitar a Manolo toda su tranquilidad, traduciéndose hoy en exigencias apremiantes, mañana en negativas rotundas de comerciantes escarmentados que pedían la cancelación de las cuentas atrasadas para conceder nuevos créditos.
Era un círculo de hierro que se cerraba paulatina, pero implacablemente. El muchacho, acosado, luchaba en silencio, procurando por todos los medios, mantener el nivel social y el prestigio adquirido a costa de tan grandes sacrificios.
Las exterioridades, en cambio, lo presentaban llenando con tacto y habilidad su papel de hombre de mundo, rumboso y desprendido. En Palermo, en su coche irreprochable; en la Ópera, desde su palco concurrido por lo más granado de la juventud porteña; en la fiestas —170→ sociales, de las que era elemento obligado e indispensable; doquiera que el buen tono, la moda y la elegancia se reunían, allí estaba Manolo, agasajado por las señoras, cortejado por las muchachas, aplaudido por los hombres, repartiendo saludos, bromas, atenciones y no pocas veces, sobre todo en las fiestas de caridad, dinero, en abundancia, a manos llenas, como correspondía a quien, según la crónica popular, era socio de Hamilo.
En los corrillos sociales se referían frecuentemente anécdotas comprobatorias de su largueza. Tal domingo, en las carreras, había apostado un ramo de flores y lo había enviado con un lazo de brillantes; en una kermesse había comprado y repartido entre sus amigas todos los objetos de arte a cargo de Tina Pérez. En la ópera gozaban de fama los bombones y las artísticas cajas que distribuía profusamente entre sus relaciones. Una noche había ganado treinta mil pesos en el Club Azul y al día siguiente había donado diez mil a la Sociedad de Beneficencia.
Manolo, socialmente considerado, era un hombre completo. La crónica lo daba festejando hoy a fulana, mañana a zutana. Bastaba que demorase una visita más del tiempo acostumbrado en un palco, que frecuentase una casa con asiduidad, que anduviese tres o cuatro piezas en un baile con una señorita, para que la chismografía social, a pesca del más leve incidente que comentar, lo adjudicase en calidad de novio, definitiva o inapelablemente.
Referir estos detalles, es revelar que Manolo tenía enemigos acérrimos. Su paso por los salones bonaerenses —171→ había levantado pasiones como tempestades. La prueba culminante fue un duelo, ruidosísimo, que mantuvo en suspenso, por algunas horas, a medio Buenos Aires.
La noche del 9 de julio, de gala en el teatro de la Ópera, Manolo había pasado dos actos en el palco del ministro de la Guerra. Los centenares de anteojos asestados sobre la bella María Luisa Almena, dijeron elocuentemente la impresión general: Álvarez se ha decidido, ¡adiós Pepe Gómez!
Éste, más constante que feliz, también lo comprendió así, y jugando el todo por el todo, se plantó ante Manolo en un entreacto, apostrofándole violentamente:
-¡Ud. es un miserable!
Sonó una bofetada, intervinieron los amigos, y al día siguiente se batieron, a espada, con encarnizamiento, «como leones», según los periódicos.
Gómez quedó herido y Manolo convertido en un héroe. Nada faltaba ya para ser grande al maestro de la aldea.
Pérez Piñeiro y su esposa, ignorando los extraños amores de Tina y Manolo, seguían con interés la rápida carrera del muchacho.
-¿No te decía yo, exclamaba don Antonio, que tenía empuje y que había de llegar?
-Es una monada, nadie lo creería bourgeois, agregaba la inconmovible señora.
-Empieza a impacientarse, pensaba Tina. Ya está harto de hacer el papel de indiferente. ¿Cómo lo desilusionó? ¿De qué medio me valgo? ¡El hombre tiene tales humos!
Hamilo estaba apasionado de las condiciones de Manolo —172→ y los suyos no lo estaban menos. ¡Hasta Rodolfo había debido rendirse a la evidencia y convenir en que era «muy muñeca», y en que iría lejos! Y bajo la influencia de estas impresiones, don Roberto procuraba vincularlo más y más estrechamente cada día a la casa bancaria, confiando asuntos graves, a su prudencia y a su tino.
Entretanto Manolo desfallecía. ¡Había luchado larga y tenazmente consigo mismo, pero en vano! ¡Tan terrible era la obsesión que lo acompañaba, tan profundo era su desaliento, tan inmenso su desconsuelo! ¡Frecuentemente la imaginación agitaba en las largas noches de insomnio las miserias y los peligros de su vida tenebrosa; otras veces era en medio del estruendo de las fiestas, en el momento preciso en que se envidiaba su incomparable fortuna. Sarcasmo atroz: ¡feliz, él! ¡Él, que aparecía contento y satisfecho a los ojos de los indiferentes, en tanto que la hiel le subía a los labios y el remordimiento le gritaba al oído con implacable zaña: ¡farsante!
—173→
Era una noche suave del mes de agosto. Manolo acababa de comer, servido por el fiel Francisco, en su morada de la calle Florida. Había huido del café de París, donde una media docena de convidados de piedra se sentaban invariablemente a su mesa. Quería estar solo, consigo mismo, por algunas horas, para ordenar las revueltas ideas, encarar el porvenir con resolución, fijar un rumbo a su insostenible existencia.
De pronto se volvió al criado que levantaba los últimos platos:
-Dime Francisco ¿qué opinas tú de mí?
-Que es Ud. muy bueno, don Manolo.
-No es eso ¿te gustaría ser como yo?
-¡Ya lo creo!
-¿Por qué?
-¡Pues vea Ud. porque Ud. es muy rico!
-¡Ah! ¿y tú, tienes algo?
-Yo, sí señor, pero muy poco. Dos casitas en Flores y mil doscientos pesos oro en el Banco.
—174→-¿Y debes?
-Ah, eso no don Manolo, deber, nunca he debido nada.
-¿Y tú no sabes que yo debo mucho?
-Sí señor porque lo veo en las cuentas que traen aquí siempre, pero...
-Habla, habla.
-Bueno, ya que Ud. lo quiere. Ud. sería muy rico si fuera ordenado. Pero, ¡Dios mío! Cuánto dinero se va, se va, sin sentirlo. Aquí muchas veces si hubiera tenido autoridad, hubiera entrado para decir a todos los que venían a sacarle su plata en la mesa de juego: ¡váyanse Uds. a robar a otra parte! Y luego como le conocen su corazón, desde la mañana a la noche que diez, que veinte, que cincuenta pesos, porque estoy apurado, porque tengo un compromiso, ¡para devolvérselo mañana! Y ese mañana nunca llega. Así no será Ud. rico jamás. En mi tierra cuando no hay pesetas en el bolsillo no se come; ¡aquí viven Uds. siempre adelantados, sin saber si un día han de estar enfermos y ha de faltarles hasta lo más necesario!
Manolo encendió un habano, hizo algunas recomendaciones y se marchó. Llevaba con sus penas la tosca pero profética filosofía de su criado.
En la calle Florida comenzaban a circular los paseantes típicos que van en grupos o en parejas a hacer la digestión ante los escaparates resplandecientes de las casas de lujo. Era un ir y venir de gentes tranquilas, satisfechas, risueñas, de las más extrañas cataduras y de las más diversas procedencias.
—175→Manolo se escurrió por entre los grupos, alcanzó una calle traviesa, chitó a una victoria abierta que iba al paso lento de una yunta fatigada, y se echó en los cojines diciendo al cochero:
-¡Despacio, a Palermo!
Estaba frente al problema de su vida. Desde aquel instante no tenía ni ojos para las calles que atravesaba al trote monótono de los caballos, ni oídos para el bullicio de la ciudad inmensa. Todo su pensamiento, toda su inteligencia, todos sus sentidos se reconcentraban en esta única preocupación: ¡su destino!
Como en otra situación solemne de su existencia, preguntábase asaltado por la duda y el temor: ¿qué era? ¿Qué pretendía? ¿Adónde iba? ¿Qué ideal anhelaba alcanzar en la vida?
Y la voz secreta, misteriosa, implacable, que le murmuraba al oído despiadadamente en todas las circunstancias la amarga verdad, fue decisiva aquella vez: tú no eres nadie le dijo; tú no pretendes nada bueno; tú vas a la ruina; tu ideal es una quimera.
Nunca había sido más clara, más terminante, más expresiva. Y jamás había impresionado a Manolo más vivamente su profético acento. En aquella hora de dolores indefinibles desgarrábase su corazón y todo lo que su ser encerraba de noble, partía de lo hondo de sus entrañas, invadía su cuerpo, estremeciéndole, apretaba su garganta hasta sofocarle y se derramaba en lágrimas que corrían empapando las desencajadas mejillas.
Cuando era niño, allá en los dulces tiempos de la paz, su ambición y su sueño, era ser como su padre. —176→ La aldea constituía su horizonte. ¡Amaba su cielo, su luz, su aire, sus habitantes, sus callejuelas, sus casas, su torre! ¡Cien, mil, un millón de veces había hecho proyectos, había deseado crecer para trabajar como los aldeanos, para vestir y para divertirse como ellos! ¡Y en fantasías y devaneos infantiles interminables, se había visto alcalde, comisario o intendente, gobernando con el aplauso público la amada tierra en que abriera los ojos!
Recordaba luego la decisión paterna, el temido arranque, la separación dolorosa, la profunda nostalgia del ambiente virgen, bruscamente reemplazado por la oscura civilización de la metrópoli, ¡que no tenía ni horizontes ni perfumes, ni encantos!
Más tarde, hecho al medio, había sido lo que su padre deseaba: educado, pero también exigente, sensible y ambicioso. Intrínsecamente aldeano por su estructura orgánica, por atavismo, sintió sin embargo que todo se sublevaba en él contra el pasado, que antes amara hasta el delirio; era la influencia ineludible de la cultura, el triunfo, sobre la naturaleza madre, del refinamiento, insensiblemente adquirido.
¡Entonces había sufrido y había luchado, en el propio hogar, donde antes fuera mimado, agasajado, adorado, bajo el mismo techo en que pasara las dulces e inolvidables horas de la infancia!
Después, el sueño de oro. ¡La ciudad conquistada, vencida, suya! El nombre en todos los labios, la consideración pública, el brillo, el amor, el dinero, la adulonería vil, y por sobre todo, el honor, el carácter, la virtud, la nobleza y la dignidad, dejadas a jirones en el misterio de una vida infame.
—177→Aquella vez estaba de cuerpo entero ante el espejo de sus culpas. Era un perdido. En vano las sombras habían mantenido impunes sus iniquidades, ya no podría levantar con el orgullo de otrora, su cabeza de hombre de bien, manchada por el crimen.
Y como evocadas por el ángel malo que lo guiara al abismo, surgían del infierno de su existencia, las horas de debilidad y de oprobio, en que danzaban víctimas honorables, prestamistas y cómplices siniestros, papeles que a haber sido conocidos lo hubieran llevado a la cárcel, falsificaciones, dobleces, engaños...
Ante la realidad brutal, descarnada, implacable, se sobrecogía de espanto. En su espíritu no hallaba más que una explicación, una sola, débil y confusa: ¡Tina!
¡Pobre alucinado! La amaba, la deseaba, cierto. ¿Por qué, para qué? ¿Cómo en sus horas de lucidez, de remordimiento, de sinceridad, no había pensado seriamente en lo que ella significaba? ¿Cómo en sus horas de lucidez, de remordimiento, de sinceridad, no había pensado seriamente en lo que ella significaba? ¿Cómo no había desechado la quimera de amor tan insensato? ¿Cuándo y por qué medios llegaría a alcanzarla? ¿Era creíble que la arrogante muchacha, joya de Buenos Aires, renunciara a su rango, a su alcurnia, a su tradición y a su porvenir, para echarse ciegamente en brazos de un aldeano vulgar? ¿Qué venda le había cubierto los ojos? ¿Por qué no había recapacitado antes, tantas veces cuántas las impertinencias de la opulenta heredera le habían confundido y desesperado?
Tina no sería de él jamás; ayer, en la aldea, su amor no era más que un sueño, una fantasía juvenil; hoy, en el apogeo de una actuación turbia, aparentemente —178→ grande y generosa, era imperdonable. ¿Qué quería qué buscaba al desearla? ¿Satisfacer los sentimientos de su corazón?
Si la amaba, si su cariño era puro y honesto, él no debía ser su marido. No podía unirla a su suerte porque era un miserable. Mañana, cuando estuviera a su lado, ¡tendría que confesarle su falsía, que decirle que la había corrompido, que estaba cubierto de lodo!
¡Y antes que afrontar a Tina para descorrer el velo de su vida, antes que la inevitable caída llegara, prefería hundirse en la tierra, borrarse, desaparecer para siempre!
Sería el último homenaje a los sentimientos ya marchitos que lo impulsaran al error y a la falta; sería la purificación de sus días de oprobio; sería una serena y fecunda cruzada de regeneración consciente y silenciosa; ¡sería, al fin, el triunfo de todo lo bueno que encerraba su alma y que desbordaba amargamente en aquella hora de angustia suprema!
Y confortado por la débil esperanza, enronquecido por la emoción y por el dolor, gritó al cochero que cabeceaba en el pescante.
-¡Al centro!
—179→
A primera hora estuvo listo.
Francisco apareció en la puerta del cuarto con su aire bonachón.
-¿El señor quiere el desayuno?
-No.
-¿Desea alguna cosa?
-Ninguna. Digo mal: escucha. En adelante no estoy para nadie, entiéndelo bien, para nadie. Si pretenden explorarte, callas; si quieren entrar a esperarme, te opones terminantemente.
-¿Y si viene la señora Blanca?
-He dicho que para nadie. Almorzaré aquí. Llama un mensajero y envía esta carta al Banco. Si viniera Hamilo le dices que he estado enfermo, en cama, pero que me he visto obligado a salir precipitadamente; que no sabes cuando volveré. Nada más, hasta luego.
La calle de Florida despertaba. Comenzaban a abrirse —180→ las puertas de las tiendas y a descubrirse las vidrieras. Algunos dependientes, todavía somnolientos, descolgaban con dificultad los pesados postigos, y otros, trepados como equilibristas en endebles escaleras, frotaban cristales y espejos. Los barrenderos daban, con desgano, los primeros escobazos en la calzada. Vehículos de todas formas y tamaños llenaban apresuradamente la prosaica misión de la mañana, en tanto que empleados y grisetas iban y venían rumbo a sus faenas, y dominando el ambiente, los chicuelos, ágiles e infatigables, gritaban a voz en cuello, diarios y revistas.
Manolo tenía un objetivo, pero no llevaba rumbo fijo.
-Cuyo... Reconquista... 25 de mayo... se decía, por ahí he de encontrar lo que deseo.
En media hora estuvo ante diez agencias, idénticas, típicas. Detrás del cristal de la vidriera, donde en letras bien grandes se anunciaban las operaciones de la casa, hallábase invariablemente la defensa, más prudente que eficaz, del tupido enrejado; luego, las monedas y los billetes exhibidos en profusión, decían a los inocentes y a los cándidos, hasta que punto era inconmovible la responsabilidad del negocio. Fuera, en los muros, había carteles, y sobre la puerta, una bandera descolorida, agujereada, lamentable, con este letrero anodino: «Vapores para Europa».
La undécima no tenía ni vidriera, ni carteles, ni bandera. En una pequeña pizarra colocada a un costado de la puerta, habían escrito con tiza:
«Pernambuco, para Santos, mañana».
Un anciano trabajaba detrás del mostrador. Al sentir —181→ los pasos de Manolo, miró por sobre los anteojos que tenía asentados cerca de la punta de la nariz, dejó de escribir y preguntó:
-¿Se ofrecía?
-¿Hay camarotes disponibles en el Pernambuco?
-¿Camarotes? ¿No sabe Ud. que es un vapor de carga?
-No señor, he sido mal informado, perdone.
-Espere Ud., añadió el viejo rascándose la cabeza con el cabo de la lapicera, si la cosa fuera de mucho apuro y el pasajero poco exigente, habría uno que podía arreglarse...
-¿Uno sólo?
-Uno solo.
-¿Entonces el Pernambuco no llevará pasajeros?
-No señor.
-¿Y arreglado ese camarote costaría?
-Entre cuarenta y cincuenta pesos.
-Es mío.
-Vamos despacio, ¿y si luego hubiera alguna dificultad?
-He dicho que es mío y voy a pagarlo inmediatamente.
-El vapor es malito... pero seguro, eso sí, muy seguro...
-Ya lo sé.
-Las comodidades no son muchas...
-Lo sé.
-Entonces está todo convenido: voy a darle la orden. La salida es mañana, de la dársena sur, a las cuatro en punto... Hoy mismo quedará listo el alojamiento.
—182→-Bueno.
-¿El nombre del pasajero?
-Manuel... Gómez.
Aquella noche no durmió. Fueron incalculables las veces que recorrió paso a paso las piezas de la casa, pequeña y coqueta, a que meses antes entrara radiante de júbilo y henchido de esperanzas. Tema fiebre. En los ojos brillantes, en la fisonomía descompuesta, en las lágrimas, en las ojeras profundas, en los movimientos convulsivos con que llevaba el pañuelo a los labios, pintábanse sus sufrimientos y sus dolores.
No podía ordenar las ideas. Ora surgían escenas de la infancia, puras y sencillas, ora ruidosas escenas de triunfo, de los días de borrasca; era de pronto la intensa emoción producida por un suceso ocurrido en el hogar, en las horas serenas del pasado; era luego la exigencia destemplada del prestamista inexorable que lo amenazara con la deshonra; era la falta, conscientemente realizada; era el sarcasmo de Tina en aquella espléndida fiesta de Hamilo; era la nobleza de Carlos; era la apacible existencia de Oxford College...
En uno de los interminables paseos, detúvose ante la imagen de su padre, grotescamente estampada en una tarjeta fotográfica de la aldea.
-¡Yo hubiera sido bueno!- Exclamó conmovido. -¡A tu lado, con los míos, en el pedazo de tierra en que viera la luz, modesto, desconocido, viviría feliz, contento, satisfecho de mí mismo! ¡Sería tu ayuda y tu sostén, hubiera transformado «El Porvenir», me hubiera casado con una mujer humilde, tendría hijos!... ¡y en tu desvarío, pobre —183→ viejo, me quisiste perfecto! ¿Perfeccionarme no era alejarme de ti, de Uds., de la aldea a que me destinabas? ¿No era hacerme exigente y tal vez injusto? ¿No era preparar días de lucha y de vergüenza en el hogar modelo de unión y de afecto? ¿No era lanzarme a la vida con más ambiciones que armas para luchar? ¿No era ceder a la vanidad, al capricho, a la moda, a las preocupaciones y a los errores de una época? ¡Uds. aldeanos y yo hombre de ciudad, Uds. abajo y yo arriba, no era acaso borrar el pasado, aflojar los vínculos, perderme para siempre?
Y sollozando, aniquilado por el sufrimiento, echose de bruces en un sofá, cubriéndose la cara con las manos.
Por las rendijas de la ventana entraba la débil claridad del nuevo día.
—184→ —185→
A popa, tenía en letras doradas el nombre: Pernambuco. Era pequeño, sucio y viejo. Numeroso pueblo lo contemplaba desde tierra. El destemplado silbato había anunciado la partida, y la espesa columna de humo que se elevaba por entre las cuerdas, ennegreciendo el horizonte, confirmaba el anuncio.
Un hombre joven, buen mozo, sencillamente vestido, descendió de un carruaje, se abrió paso a través de la muchedumbre y cruzó con rapidez la plancha de madera que llevaba al buque.
El oficial de guardia preguntó descubriéndose:
-¿Manuel Gómez?
-Sí.
-¡Ya creíamos que Ud. no venía!
El camarote era estrecho. Manolo hizo colocar el baúl en el único espacio disponible, dio algunas órdenes y salió a cubierta.
La plancha había desaparecido, y un remolcador tomaba, al costado del buque, las últimas disposiciones.
—186→En los muelles se agrupaban centenares de personas.
La tarde caía. Un sol de oro iluminaba cielo y tierra. Arriba no había nubes; abajo reinaba la calma.
-¡Listo! -gritaron desde el puente.
Y el barco, un instante sin gobierno, moviose con lentitud, dejando el murallón de piedra, rumbo al sud.
Por algunos metros, los grupos de gente siguieron la marcha, agitando sombreros y pañuelos, luego se detuvieron.
El Pernambuco navegaba majestuosamente, aumentando la velocidad inicial, por entre una doble fila de barcos de todos lo países de la tierra. Su silbato poderoso daba el adiós al puerto amigo que lo albergara por algunos días.
Un momento después, estaba fuera, entregado a sus propias fuerzas, en pleno Río de la Plata.
De pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, junto a la borda, Manolo era una estatua: sólo la demarcación profunda de su rostro revelaba la tempestad de su alma.
Cuando tuvo enfrente el panorama de la ciudad colosal, enrojecida por el sol moribundo, se dijo a sí mismo:
-Todo ha concluido.
Y las lágrimas, incontenibles, arrasaron sus ojos.
Había cumplido el plan que concibiera en una hora de lucidez y de valor. Estaba perdido. Un día, cercano o remoto, su situación y su vida quedarían en evidencia. Todos aquellos que le estrechaban la mano, que le agasajaban, que se disputaban su amistad, le despreciarían. Todos los que le odiaban, le abrumarían con la revelación de sus culpas. La mujer amada no volvería —187→ a poner sus ojos en él. Hamilo y sus padres le fulminarían enrostrándole su conducta.
Entonces, sin esperanza, sin rumbo, sin alientos, la decisión se había impuesto a su espíritu: abandonarlo todo, desaparecer, borrarse de la escena de sus triunfos y de sus miserias, y en otras tierras, con otros hombres, impulsado, sostenido, confortado por el resto de bondad que conservaba como un tesoro bendito, purificar su vida indigna...
Las sombras envolvían rápidamente el cielo y la tierra. Millares de luces brillaban en el horizonte lejano: era Buenos Aires que se iluminaba como para una fiesta.
Y al monótono golpear de la hélice, el barco se fundió lentamente en la oscuridad misteriosa de la noche.