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Reflexiones sobre el exilio

Nilda María Flawia de Fernández





El término exilio, del latín exilium -«separación de una persona de la tierra en que vive- es un problema, cuyo origen político genera a su vez otros de características sociológicas y psicológicas por mencionar sólo algunas de sus implicancias y que al ser leídos por la escritura, ésta le otorga nuevas cargas de sentido a sus estrategias. Era el castigo más temido por los antiguos griegos y desde entonces ha constituido parte inicial del eterno peregrinar en busca de la tierra prometida, del paraíso perdido.

Comprende un antes y un después, un antes que se idealiza, un después que necesariamente tiene que relacionarse con él, con un regreso a la seguridad de la situación inicial. «Imagino una etimología posible para exilio. Término que deriva de la isla que poseímos alguna vez, es decir: ex-isla».

Como quién dice: «paraíso perdido» expresa Fernando Aínsa y con todo acierto en su libro D'Ici, de là-bas1. Por ello decíamos que el problema que se plantea no es sólo político, tiene que ver con el espacio interior del hombre, con el vacío cultural que se abre en él y que marca para siempre un antes y un después, con la nostalgia y el desarraigo, con la innovación y el aprendizaje de nuevos códigos y con los rituales de la memoria para conservar los lazos con el pasado. El lenguaje adquiere así no ya las características meramente comunicativas sino de preservación de la memoria, con la tonalidad, el ritmo y la cadencia de ese antes que implantado en el presente, lleva a soñar el regreso.

Es decir, desde el punto de vista psicológico, ha sido obligado a la situación de desvalido, del que carece del hogar, símbolo de sus tradiciones, de sus raíces. Esa obligación alcanza a la soledad que implica alejarse de su núcleo familiar, social y cultural. Quizá el significado que más cercanamente define el exilio sea privación en todos los órdenes de la vida.

La preservación del lenguaje permite en ese viaje no buscado la re-asunción de la identidad y de la ruptura de manera tal que el periplo suma a sus rasgos físicos, los interiores que surgen de confrontar la propia imagen permanentemente y, a menudo, de forma especular.

Podemos pues plantear el exilio como el espacio del vacío, del quiebre entre un pasado y un futuro, de una marginación, de un abandono.

El ayer lo constituye la zona de conflicto con el poder dado, la necesidad de un cambio. El mañana es la zona de la inseguridad, de la lucha entre un «yo» que se sentía asumido en un espacio considerado propio y un «yo» que debe buscarse, sin abandonar lo que considera su ideal en un espacio extraño, espacio del aislamiento individual de sus pares sociales.

«Desde un punto de vista psicoanalítico, se pasa de la fusión del Yo con el Ideal del Yo, a la distancia enorme entre la realidad, el Yo y el Ideal del Yo. Por otro lado, la pérdida de los lazos afectivo-libidinales y de los líderes que unían a los sujetos, debilitan la fuerza del Ideal del Yo colectivo. Igualmente, el fracaso de los movimientos sociales pone en cuestión la validez de los valores ideológicos concentrados en el Ideal del Yo. A eso se une la presión ideológica y práctica de la dictadura para destruir activamente el Ideal del Yo o valores ideológicos de los movimientos sociales»2.

Es posible, entonces, pensar el exilio aún dentro de las fronteras del mismo país como marginación cultural, lingüística, como las no posibilidades de realización en el medio considerado natural. De esa manera el exilio implica viaje, ruptura, desarraigo, memoria, idealización del pasado, ansias de regreso y de recuperación de éste.

En el caso estudiado de Daniel Moyano, su discurso se constituye como espacio de búsqueda de la palabra, del sentido, de la memoria. Es el espacio en el que se confronta a partir de un presente el pasado y el futuro, la necesidad de la memoria y de la esperanza. El texto es así el punto de convergencia de diferentes espacios y tiempos, es el discurso en el cual el «yo» enunciativo se toma a sí mismo como sujeto y objeto, puede desdoblar la mirada para poner en acto la escritura, receptáculo de la memoria y ser al mismo tiempo sujeto, testigo y contemplador reflexivo.

El texto convoca pues las estrategias literarias que funcionan como marcas defensivas que permiten una escritura como forma de exorcizar el pasado «Evitando hablar de ellos no vamos a suprimir su realidad. Existen, y ocultarlos es la peor manera de perdernos, seríamos cómplices de ellos en nuestra propia destrucción»3. Es el mismo tipo de escritura que observamos en H. Tizón:

«También yo dejo de hacerme preguntas, pero no es fácil callar cuando nuestra conciencia lucha por obligar a la sangre y a las lágrimas a prevalecer sobre la vergüenza y el hábito»4, como minimización de la realidad. Se siente que pronto se podrá volver, que la situación es pasajera:

-Ustedes creen que volveremos -nos miró el pintor grandote como aniñándose, en cuanto le pusieron el sellito.

-Más pronto de lo que se imagina -aseguró el Dr. Ruibal.


(Libro de navíos y borrascas, 314)                


El pasado queda fijado, idealizado frente al caos de la realidad, a sus profundos cambios que implican al sujeto del exilio sin duda alguna, pero que éste se niega a asumir. Es lo que da sentido al sacrificio que supone lograr la libertad física y sobre todo de pensamiento.

El espacio discursivo a medida que es construido va perfilando la voz y la mirada de quien lo escribe a la vez que enlaza la historia a lo subjetivo. De esa manera el discurso histórico fundamenta y explica la ruptura pero se enlaza al ficcional mediante la versión del hombre protagonista de su propia historia, pero a la vez símbolo de la sociedad toda.

No interesa que los sujetos sean ficcionales, por el contrario, deliberadamente se elude a los protagonistas de la Historia. Se prefiere la metáfora de la realidad al reflejo de ella. De esa forma, el efecto es más profundo en el receptor que se incluye en el texto, se mimetiza con los sujetos ficcionales y puede completarlo con la inclusión de su propio discurso. Es así una voz más en la polifonía textual. Como dice Marta Morello Frosch «el enunciado de biografías ficticias en muchas de las novelas de este período es una estrategia narrativa que permite, por una parte, pensar la historia desde un sistema de representación que da cuenta de esta discontinuidad del quehacer colectivo y, por otra parte, permite la reconstrucción de la subjetividad contra un marco de experiencias históricas peculiares a esta década5».

El momento histórico es recuperado entonces por los fragmentos que el desarrollo discursivo propone y sobre todo confronta una versión oficial que impone un orden desde arriba, autoritariamente y que es la causa del exilio con una versión individual que involucra a la sociedad toda. Por ello el texto es el límite entre el vacío que implica el viaje obligado pero al mismo tiempo el vacío que como ser social deja. Hay pues una doble ruptura que mediante diversas marcas manifiesta el discurso: la individual y la histórico-social.

La conservación de la memoria es entonces un acto de resistencia y el discurso biográfico es la memoria de la historia, de lo que no debe ser olvidado ante la versión oficial. La biografía propone de manera metonímica la representación de la historia, la relación del presente con el pasado inmediato. «Pero el discurso biográfico nace de un presente distinto al pasado. La crítica del género anota precisamente el carácter sincrónico y diacrónico inherente al discurso biográfico: lo que podríamos llamar la reconstitución del objeto en su historia, y la dimensión hermenéutica que provee el enunciado que se articula en un tiempo histórico distinto»6.

De todo esto es posible profundizar aún más en la relación entre la ficción y la historia. Decíamos que el texto enlaza una vida anónima al transcurrir histórico visto desde una versión individual. La función referencial no es por lo tanto mimética, de representación o reflejo sino que el texto se forma mediante el entrecruzamiento de multitud de discursos que al perder su ambigüedad, se cargan de nuevos significados. Es la mirada del que parte, del que siente la ruptura la que otorga la posibilidad de dialogismo al texto. Se oponen versiones, miradas, lecturas de la realidad. Sobre todo se clausura un tiempo, se abre otro a medida que el presente adquiere el sentido del vacío y de la ausencia.

Desde el punto de vista psicológico el presente es la zona de la ruptura de la realidad que de pronto deviene extraña, «este pasado invade el presente, estimulando un tiempo de introspección susceptible de provocar una carga agresiva importante, dirigida, ya sea hacia el sujeto (culpabilización) o ya sea hacia el mundo exterior (acusación, desconfianza)»7.





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