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Falange en Extremo Oriente, 1936-1945

Florentino Rodao, PH. D. (80)

Universidad de Tokio



     La Guerra Civil española de 1936-1939 repercutió en el Asia Oriental, enfrentando también a los españoles partidarios del gobierno republicano y a los del bando nacional. Estos últimos progresivamente llegaron a ser mayoritarios, tanto por las noticias que indicaban el avance de las tropas franquistas como por la propia composición de esta colonia, donde en su gran mayoría eran empleados de rango medio o misioneros, además de un porcentaje significativo de la élite económica y social de Filipinas.



LA FALANGE ESPAÑOLA DE LAS J.O.N.S.

     También, como consecuencia de la Guerra Civil, se fundaron agrupaciones del servicio exterior de Falange Española de las JONS, llamada normalmente la Falange Exterior, que perduraron hasta el final de la Guerra del Pacífico, a través de cuya historia se puede estudiar la presencia hispana en estos años en la región. Especialmente en el caso de Filipinas, se puede trazar también el declive definitivo de lo hispano, entendiéndose por esto tanto los lazos que unieron al archipiélago con España después de 1898, [86] como por la huella social y cultural que había penetrado durante los más de trescientos años de dominación desde México o desde Madrid, en un proceso con ciertos rasgos semejantes a los de las repúblicas iberoamericanas tras su independencia en el siglo XIX, o al de Cuba después de 1898.

     Las actividades de Falange se centraron desde un principio en el envío de ayuda, en sus diversas formas, al campo nacional. Ignorando las edictos de neutralidad promulgados en diversos países, se enviaron fondos de dinero (81), además de ropas, tabaco y otros productos. Falange también sirvió para movilizar la colonia española adicta a los nacionales, celebrando sus victorias militares o las efemérides importantes y además creó algunas organizaciones paralelas, como una Sección Femenina, para agrupar a las mujeres, otra juvenil, otra infantil y el llamado Auxilio Social, dedicado a ayudar caritativamente a aquellos españoles que no tenían casa o comida.

     El partido fundado por José Antonio Primo de Rivera experimentó en España un progresivo incremento en popularidad y afiliación de militantes, y con ello se hizo con buena parte de los resortes del poder. Ello, no sin cambiar buena parte de su identidad tras imponer el general Franco una unificación por decreto, en abril de 1937, de todos los grupos que le apoyaban, añadiendo una T a la denominación original y formando la llamada Falange Española Tradicionalista y de las JONS. En este grupo, por tanto, se intentó manu militari que convivieran los diferentes partidos o grupos de opinión del bando nacional, como carlistas, tradicionalistas, monárquicos, reaccionarios o requetés, aunque tenían unas diferencias entre sí tan grandes como las que en el bando republicano tenían anarquistas, republicanos de izquierda, socialistas o comunistas. La Falange alcanzó una progresiva hegemonía sobre el resto de esos grupos en España, y en Filipinas se intentó también establecer un mayor control sobre el colectivo español (González Calleja, 121), pretendiendo dar cada vez más un toque falangista a las actividades de la colonia en general. Las actividades del Auxilio Social son un ejemplo de ello, así como los intentos de controlar de alguna manera la actividad económica de las empresas españolas o la educación ideológica. Con ello, era inevitable un conflicto de competencias con la otra institución española dedicada a la colonia: los consulados y las representaciones diplomáticas. Pero no fue solamente un conflicto ideológico sino también social, en cuanto que la Falange representaba a las clase media y media-baja, o lo que el mismo José Antonio llamaba antes de que la guerra empezara la modesta clase media (Payne, 63). [87]

     La intensidad de las actividades de Falange alcanzo su punto más alto en los últimos momentos de la Guerra Civil hasta el verano de 1941, cuando el poder de Ramón Serrano Suñer, denominado por el entonces ministro de exteriores italiano, Galeazzo Ciano, como nuestro hombre en España, comenzó a declinar. Después del ataque a Pearl Harbor, sus actividades se restringieron aún más y se quedaron principalmente en la organización de misas o Te Deum. Los vestigios de la organización dejaron de existir tras la derrota de Japón por las fuerzas aliadas.



AGRUPACIONES EN ASIA ORIENTAL

     Hubo ramas de Falange en Japón, China y las Filipinas. La primera tuvo solamente dos miembros, en China sobrepasaron el medio centenar y en el último territorio hubo unos 800 miembros en los momentos de mayor afiliación que bajaron a los dos centenares durante la ocupación japonesa. Veamos su evolución por separado:



Japón

     La rama de Falange Exterior en este Imperio fue fundada desde España, donde el delegado del Servicio Exterior de Falange, José del Castaño y Cardona, nombró al antiguo Agregado Militar español, Eduardo Herrera de la Rosa, por iniciativa propia, como Jefe Provincial, en Japón el 25 de noviembre de 1938. También desde España se intentó crear una Sección Femenina y un denominado Patronato Nacional de Asistencia a Frentes y Hospitales, que habría de recoger fondos y enviarlos al bando nacional, pero se fracasó.

     Ya hemos señalado los escasísimos militantes de esta sección, pero su importancia no ha de ser infravalorada, puesto que la gran mayoría de los religiosos hispanos la apoyaron y asistieron a algunos de sus actos, aunque su dispersión -Formosa, Micronesia, o la isla de Shikoku en Japón- impidió un apoyo más activo. Además. el coronel Eduardo Herrera de la Rosa, la persona a su cargo. se dedicó plenamente a ello tras aceptar el nombramiento inesperado y tras 30 años viviendo en Japón como Agregado Militar, tenía unas excelentes conexiones en un aparato estatal favorable -en teoría- hacia este tipo de organizaciones totalitarias.

     La contribución de Herrera de la Rosa ya fue clave para lograr el complicado reconocimiento del Gobierno de Franco por Tokio (1 de diciembre de 1937), entre otras razones por su larga amistad con el entonces primer Ministro, Konoc Fumimaro. Después, tras recibir el nombramiento desde la península y siguiendo instrucciones, hizo un trabajo paralelo de [88] alguna manera al de la Legación Diplomática, volcando su atención hacia la colonia hispana y ofreciéndose como agente servidor de ellos (los residentes en el Imperio Japonés) para cuanto les interesara o necesitaran en relación con la Nueva España (82). Ciertamente lo consiguió, pues llegó a actuar como intermediario para sus connacionales en sus tratos tanto con las autoridades japonesas como con las españolas y entre sus luchas estuvieron desde la consecución de permisos de viaje por el país a la excarcelación de los detenidos al principio de la Guerra del Pacífico. (83) Además, trató de adoctrinar a los españoles allí, distribuyendo la prensa recibida desde la península y organizando reuniones y encuentros, a pesar de la dispersión de la colonia. En 1941, por ejemplo, el aniversario del levantamiento del 18 de julio, lo celebró con una misa y un discurso sobre la historia de la Falange a los siete españoles que asistieron, que repartió después por escrito al resto de la Colonia no sólo para refrescar los sentimientos hacia nuestra patria, sino también para unificar nuestros pensamientos y nuestro espíritu. (84)

     No obstante, la actividad paralela a la de la Legación diplomática desempeñada por Herrera de la Rosa fue más allá de la dedicación a la Colonia española en Japón, informando a la sede central de Falange sobre cuestiones propagandísticas e incluso sobre la situación política en la región. Ante las autoridades japonesas también ensombreció a la Legación Diplomática, donde el diplomático conservador Santiago Méndez de Vigo rehusaba participar en actividades a favor del Eje, y la Falange llegó a ser la institución española invitada más asiduamente a los mítines de exaltación anticomunista o informando a los japoneses interesados en la Nueva España. Herrera también usó a personalidades japonesas para sus propios propósitos propagandísticos, como la organización de un Festival Hispánico en la Universidad de Keiô por la Sociedad Hispano-Japonesa.

     Su trabajo, sin embargo, no fue sencillo. A pesar de las similitudes ideológicas en la lucha anticomunista de los regímenes español y japonés, las relaciones con los estamentos oficiales no siempre fueron fáciles, en parte por las propias diferencias en el propio gobierno japonés, donde el Ministerio de Asuntos Extranjeros o Gaimushô tenía una tendencia más moderada frente a los militares con los que se identificaba Herrera. Así, el periódico controlado por aquel departamento, The Japan Times and Advertiser, no lo pudo usar Herrera para sus propósitos propagandistas y sólo Tokyo Nichi-Nichi, el más decidido partidario del Eje, insertó ocasionalmente [89] información provista por él. Tampoco su cargo oficial como Delegado de un partido amigo del régimen japonés como lo era la Falange evitó que, desde poco antes de comenzar la Guerra del Pacífico, le controlaran y censuraran su correspondencia, su cuenta bancaria, sus llamadas telefónicas.

     Sus problemas con las autoridades se agravaron tras comenzar la Guerra del Pacífico y después de sufrir él mismo un registro domiciliario como ya habían recibido otros extranjeros anteriormente, finalizó totalmente la actividad de Falange. De esta forma acabó este partido en Japón: la evolución política japonesa acabó perjudicando su actividad y sus propios objetivos, a pesar de las simpatías mutuas. También a Herrera de la Rosa le tocó sufrir el sentimiento antioccidental que invadió Japón en esos años, al igual que a todos los alemanes o italianos que se habían alegrado de los triunfos nipones.

     En conclusión, como resultado de la labor personal de Herrera, parece que la propaganda falangista fue equiparable de algún modo con la de italianos o alemanes, a pesar de la inferioridad en medios y personal. Herrera, indudablemente, exageraba al afirmar que el himno de Falange, Cara al Sol, hoy se conoce por todo el Japón (85) o que España, nuestro Caudillo (Franco), nuestra Falange y lo más importante del trabajo regenerador de nuestro gobierno, se hallan bastante difundidos en Japón, muy especialmente en las esferas gubernamentales, en las cuales, quizás más que en ningún otro país, nuestra obra ha sido cuidadosamente estudiada; (86) pero el hecho de expresar tales exageraciones indica que, de algún modo, estaba cumpliendo con los objetivos para los que había sido designado. Las actividades de Falange fueron mayores que las de la representación diplomática. Y, de hecho, en un país abierto a este tipo de actividades, funcionó como una representación alternativa de España.



China

     La Falange en China fue también fundada tras el estallido de la Guerra Civil, siendo su número de afiliados mucho mayor que en Japón por su conexión con la principal empresa que empleaba españoles: los frontones de pelota vasca, un espectáculo en el cual pelotaris venidos desde España jugaban diariamente, originando apuestas que eran las que daban la popularidad (y los beneficios) al negocio. Teodoro Jáuregui, antiguo pelotari, falangista desde los primeros momentos y director de los dos frontones [90] en China (en la concesión italiana de Tientsin -Frontón Forum- y en francesa de Shanghai -Jai-Alai-, además del Jai-Alai de Manila), creó una sección en cada frontón y la controló después nombrando un delegado en cada ciudad. Tenía más miembros y rango la de Shanghai, donde estaba también el Jefe Provincial o delegado en China. Los misioneros también eran mayoría entre los súbditos españoles y por tanto poco propensos a afiliarse, pero no obstante no estuvieron tan dispersos y colaboraron más con la Falange, sin limitarse a ofrecer misas.

     Entre sus actividades estuvo el envío a España de dinero (incluso, después de acabada la Guerra Civil) y para la colonia en China se fundó también la rama de Auxilio Social. La falta de documentación hasta el año 1943 nos impide saber conocer mejor su evolución, pero el hecho de que se organizaran actos conmemorativos del 18 de julio por separado por la organización en Tientsin y por la representación oficial en Pekín -situadas ambas ciudades a escasos kilómetros- indica también unas relaciones frías entre algunos diplomáticos y los falangistas.

     La evolución de Falange tomó una nueva dirección en 1941, tras la llegada en 1941. de Álvaro de Maldonado, juntando en una misma persona los cargos de Cónsul y Ministro de España en Shanghai. Ya había participado intensamente en su antiguo destino como Cónsul en Manila en las luchas de la Falange, tal como veremos más adelante, y al llegar a China hizo lo mismo, mostrando un interés especial en la protección de los pelotaris y enfrentándose por ello a la compañía que operaba el negocio, dirigida por Jáuregui.

     Maldonado dividió internamente la Falange en China al ganarse el favor de los pelotaris de Shanghai tras conseguir una fuerte mejora de las condiciones laborales (entre ellas un fuerte aumento de su salario y del dinero para su Montepío o Fondo de Pensiones), mientras los de Tientsin siguieron dominados por Jáuregui. Para evitar esta insubordinación en uno de sus frontones, Jáuregui intervino para nombrar al líder falangista en Tientsin, Julio Ybarrolaza, como Jefe Regional en China, y por tanto con mando desde Shanghai. Pero tal nombramiento debía ser hecho por los jefes de Falange en Madrid y ante ellos Maldonado presionó en su contra, acusando a Ybarrolaza de persona inculta, pelotari y asociado con las casas de juego, (87) en una referencia clara a la compañía de Jáuregui y proponiendo, a cambio, a un familiar suyo Armando Zaldivar, para el cargo. La Jefatura Central de Falange, sin información independiente desde China, no pudo hacer otra cosa sino aceptar la propuesta del diplomático Maldonado y nombró a Zaldívar como su Delegado en China, tras lo cual éste destituyó a Ybarrolaza y a la Junta directiva de Tientsin, la leal a Jáuregui, sustituyéndola por una de partidarios suyos. [91]

     Los enfrentamientos internos entre la colonia, en consecuencia, se incrementaron hasta el punto de obligar a intervenir a las autoridades de Madrid, que nombraron a José González de Gregorio, encargado de negocios ante el gobierno pro-japonés del Manchukuo, como nuevo Cónsul en Shanghai, con poderes para acabar con el conflicto de la Falange. González de Gregorio destituyó inmediatamente a Zaldívar y a la Junta que éste había nombrado en Tientsin. Los problemas, no obstante, continuaron y el 19 de enero de 1944, 35 pelotaris ocuparon el Consulado en Shanghai, tomando a González de Gregorio como rehén en defensa de Zaldívar. Aunque pudiera parecer que los pelotaris tenían objetivos principalmente de carácter político, no eran más que económicos, como lo demuestra el hecho de que la ocupación acabó cuando el empresario Jáuregui depositó 150.000$ como fianza para la liberación del diplomático y para la solución de su problema laboral. Después, las presiones desde Madrid, con un telegrama del Ministro de Exteriores, Jordana, lograron que los pelotaris devolvieran la fianza, a cambio de la simple promesa de solucionar su problema laboral al acabar la guerra.

     Así finalizó la Falange en China: había sido creada por un conflicto entre españoles y de la misma forma desapareció, por un conflicto que sólo tuvo una relación marginal con la Segunda Guerra Mundial o con la Guerra Chino-Japonesa. A nadie más pareció preocuparle su desaparición.

     Más allá de este hecho, la evolución del conflicto interno entre españoles muestra claramente las limitaciones de la actuación de Falange fuera del territorio peninsular, en cuanto le faltó un medio de comunicarse independientemente puesto que había de depender para ello de la infraestructura propia del Ministerio de Exteriores. Este departamento fue el que finalmente se hizo cargo del problema de los pelotaris, tanto por esa incapacidad de la Falange para comunicarse o actuar independientemente como por la incapacidad de sus cuadros. Las razones de por qué Exteriores se hizo cargo del problema, sin embargo, tienen que ver más con la situación política del otoño de 1943. En el ánimo del Ministro español de Exteriores, Jordana, no podían faltar algunos de los recientes acontecimientos internacionales que hacían cada vez más delicada la posición de Madrid: en el escenario oriental, concretamente, la precariedad de la concesión italiana en Tientsin tras la caída temporal del gobierno de Mussolini o el denominado Incidente Laurel, un telegrama enviado desde Exteriores al gobierno colaboracionista filipino de José Laurel reconociéndolo de hecho, que condujo a uno de los momentos más críticos en las relaciones con Washington y a una campaña internacional contra el régimen de Franco. En estos momentos, el régimen de Franco necesitaba desesperadamente disipar sus antiguos lazos de amistad con Japón y lo último que podía desear era que el ejército japonés como autoridad en China interviniera en un conflicto entre españoles y que con ello se interfiriera en el proceso de neutralidad de la política exterior española. La orden de Madrid al recién [92] nombrado representante en Shanghai resume esa política: Evite la intervención de la policía colonial (88).

     La documentación existente no muestra claramente los entresijos de este problema interno que acabó definitivamente con la Falange en China, pero aparenta estar motivado más por intereses económicos que por diferencias ideológicas. El estallido de la Guerra del Pacífico parece haber sido, de hecho, un vitalizador del negocio de los frontones de pelota vasca, precisamente porque permitía la procedencia de dinero ilegal, y con ello los beneficios rápidos y la especulación. El poder económico y los contactos del que mantenía la exclusiva de las casas de juego, Teodoro Jáuregui, no hubieron de ser ajenos a este negocio, quien fue el único español que pudo viajar de Manila a Shanghai -debido a estos problemas en los frontones- durante la Guerra del Pacífico. La defensa apasionada de Maldonado de las condiciones laborales de los pelotaris, enfrentándose a los intereses de las casas de juego y acusando también a sus otros dos compañeros diplomáticos en China, ilustra claramente el amplio espectro de gente que había entrado en la Falange en esos años. El diplomático falangista Maldonado intentaba poner en práctica unos ideales de defensa de los trabajadores defendidos por la Falange y el resto de los partidos autoritarios de entonces, pero también parece que otras personas con intereses opuestos, como Jáuregui, no eran extraños en las filas del Partido. No cabe duda de que la destitución de Maldonado fue una pérdida para los pelotaris, que al final de la guerra mundial seguían sin haber cobrado parte del dinero que su jefe, Teodoro Jáuregui, les había prometido.



Islas Filipinas

     La historia de la Falange en Filipinas es la más importante de todas las ramas implantadas en el Extremo Oriente, ya que los problemas dentro de la colonia española tuvieron una fuerte repercusión en el mantenimiento de sus lazos con la Península Ibérica y, en definitiva, en la propia historia del Archipiélago Filipino, donde después de casi cuatro décadas de dominación norteamericana perduraba buena parte de la influencia hispanizante que se había ido asentando durante más de 300 años. En lo económico, las empresas españolas estaban en su Edad de Oro, gracias a las exportaciones privilegiadas a Estados Unidos; en lo político, uno de los principales grupos de apoyo a Manuel Quezón, presidente de la Mancomunidad, o Commonwealth, estaba caracterizado por la afinidad hacia España, hasta el punto de ser llamado ocasionalmente Partido Español, y en lo social, había un gran número de filipinos -mestizos, cuarterones, etc.- que se sentían orgullosos de sus ascendientes [93] hispanos. Dos facetas del período español permanecían profundamente implantados en la sociedad filipina desde 1898: el idioma y la religión. El primero de ellos, la lengua castellana, seguía siendo ampliamente utilizada entre la élite filipina, en la administración o en el mundo de los negocios. En cuanto a los medios de comunicación, si bien la difusión general de la prensa en inglés era mucho mayor que la de la prensa en español, en Manila ese predominio no era tan claro; en 1935, los periódicos en español, El Debate y La Vanguardia, con 18.129 y 13.606 ejemplares respectivamente, superaban juntos al más vendido en inglés, Herald o al más vendido en tagalo, Mabuhay, con 23.241 y 21.492 ejemplares respectivamente. (McCoy y Roces, 17) Con cerca de un total de 5.000 ciudadanos españoles en el archipiélago, los cerca de 81.000 ejemplares de la prensa en español vendidos diariamente en el Archipiélago en 1939 eran comprados principalmente por filipinos. Los datos de los Censos arrojan datos interesantes sobre estos filipinos hispanohablantes: en 1918 hablaban el español 757.463 personas mayores de 10 años y en 1939, 417.375 de todas las edades, o el 2'6 por 100 de la población total, siendo superado ampliamente por el inglés. El declive parece obvio, sin embargo, el español superaba al inglés en una franja de edad, la de los niños menores de cinco años. Ello parece indicar que este idioma era más hablado que el inglés entre las familias y que por lo tanto contaba con una base más estable que el inglés, idioma que era aprendido cuando se llegaba a la escuela.

     Falange en las Filipinas estaba asentada principalmente en Manila, con organizaciones también en Iloilo y algunos afiliados en lugares como Cebú o Camarines. Debido al mayor número de militantes, no era tan importante como en China la participación de los pelotaris en ella, ni tampoco la de los misioneros, aunque las órdenes religiosas colaboraron más que en China o Japón, en parte porque sus conventos principales estaban en Manila. Había una Sección Femenina y un Auxilio Social, y se fundaron también un Hogar José Antonio y dos organizaciones para los miembros más jóvenes. Falange publicó dos revistas, Yugo, de 1938 a 1941 y Legazpi, para los niños.

     Sobre sus actividades, las vamos a estudiar separando los tres principales períodos en su desarrollo, en cuanto las condiciones para su lucha política cambiaron dramáticamente debido a la situación general.



La Guerra Civil española

     Un famoso aviador español emparentado con la familia Elizalde, Ignacio Jiménez, fue el fundador de la Falange en Filipinas, presidiendo lo que entonces se llamó la Fundación Falange Española (89) La actuación de [94] Falange, sin embargo, estuvo desde un principio al cobijo de la del consulado oficioso de los nacionales, que desarrolló una actividad paralela al oficial a cargo de diplomáticos republicanos y en el que Andrés Soriano y Enrique Zábel de Ayala hicieron las labores de Cónsul y Vicecónsul oficiosos, respectivamente. Estos representantes calificados de la llamada oligarquía hispano-filipina (González Calleja, passim) dirigieron el apoyo a los franquistas, estableciendo las llamadas Juntas Nacionales en cada ciudad, cuya composición dominaron. La Junta de Manila, por ejemplo, la componían (además de Soriano y Zóbel de Ayala), el presidente del Casino Español, el de la Cámara de Comercio, el Rector de la Universidad de Santo Tomás, un Superior de una orden religiosa (por turno entre ellas), el presidente del Hospital de Santiago, el español con más antigüedad en la ciudad y, por último, el representante de Falange Española.

     Fue entonces cuando un joven abogado mallorquín que estaba en las Filipinas en visita privada, Martín Pou y Roselló, fue nombrado como jefe de la Delegación en Filipinas, para evitar el curso profundamente conservador y anti-falangista (González Calleja, 121) de la colonia española y, con ello, conseguir una hegemonía de la Falange, al igual que ocurría en la península. Martín Pou, en sus primeros momentos como Jefe de Falange, recibió la ayuda de todas las fuerzas que apoyaban a Franco en Filipinas: se le habilitó una sede en el Casino Español de Manila y los empleados de la Compañía General de Tabacos de Filipinas o Tabacalera, por ejemplo, fueron incitados a afiliarse a la Falange. Pero también desde un principio sufrió el control de aquellos que le apoyaban, puesto que cada día había de dar cuenta a Andrés Soriano de sus actividades, quien contaba incluso con algunos trabajadores suyos en la Junta Directiva falangista. Así. las fricciones entre Martín Pou y el resto de las instituciones nacionales surgieron pronto y se pueden comprobar en las actas de las reuniones de la Junta de Manila (90).

     Pou no toleró bien este control y mostró una cierta independencia de actuación: convenció al grupo dominante pro-franquista de la necesidad de lograr una Falange más subordinada a ellos, menos revolucionaria. Y como para ello era necesaria la dimisión de Pou, intentaron conseguirla por medio de sus asociados en España, tanto social como ideológicamente. Convencieron para ello al encargado del Gabinete Diplomático del general Franco, Miguel Ángel de Nuguiro, quien envió el telegrama destituyendo a Pou. Pero al llegar a Filipinas no fue aceptada por él, ya que no había sido ordenada por su inmediato superior, el Jefe de Falange Exterior, José del Castaño, quien al enterarse de lo sucedido, apoyó sin reservas a Pou. El conflicto estaba abierto y así permaneció durante cerca de un año, sin posibilidad de llegar a un acuerdo en España. [95]

     Aunque las relaciones entre la Falange y el consulado oficioso mejoraron por un tiempo, volvieron a empezar con la marcha de Soriano a España y la entrada en escena del Presidente del Casino Español y de la Tabacalera, Adrián Got, como cónsul oficioso franquista. La falta del sentido de compromiso que había presidido la relación de Soriano hizo que las diferencias entre Falange y el grupo conservador fueran conocidas públicamente y, que, por ejemplo, el 18 de julio de 1938, fuera celebrado por separado: el consulado oficioso, por la mañana, y la Falange, por la tarde. El conflicto tenía su lógica en cuanto uno de sus objetivos de Falange era conseguir la hegemonía sobre la comunidad española, pero no podría mostrarse de forma tan abierto: Adrián Got apuntaba claramente al problema, afirmando que la Falange no reconoce la autoridad de la representación (oficiosa nacional) (91). No le faltaba razón al empresario; según las normas establecidas por el gobierno de Burgos y repetidas en diversas ocasiones, en caso de conflicto en territorio extranjero, el consulado o la representación diplomática habían de tener prioridad frente a Falange. Este partido no podía exteriorizar sus diferencias con las representaciones oficiales franquistas, aunque su actuación fuera contraria a los propios intereses falangistas y, por este motivo Castaño reprendió a Pou como inferior jerárquico suyo, señalándole que ...nuestra actuación en el extranjero, aun inspirada en un profundo sentimiento y espíritu falangista... ha de ser de una tónica más moderada (92).

     El Consulado venció finalmente en esta disputa gracias a esta prioridad en el rango, pero también por sus mejores medios, como el hecho de que Soriano viajara a España y con ello pudiera influir en la caída de Martín Pou. Llama la atención también el buen número de comunicaciones codificadas que le fueron enviadas y que aparentemente llegaron en perfecto estado frente a los telegramas cruzados entre Castaño y Pou que fueron conocidos por sus enemigos. En definitiva, en el otoño de 1938 finalmente llegó a Filipinas una nueva orden destituyendo a Martín Pou, a la que los falangistas ya no pudieron sino resignarse puesto que vino desde el Cuartel General de Franco. Martín Pou partió finalmente hacía España el 4 de diciembre de 1938.

     Así, los conservadores lograron descabezar a la Falange en Filipinas y las tensiones se calmaron temporalmente. Tras la salida de Pou, los restantes líderes de Falange se reunieron con Soriano como representante oficioso nacional prometiéndole su subordinación y la colaboración más fiel. Ésta era la situación cuando la Guerra Civil en España acabó el 1 de abril de 1939, un hecho que hizo cambiar el contexto de la lucha de Falange radicalmente [96] por lo que nos detenemos brevemente para analizar estas luchas internas entre los nacionales.

     Consideramos que hay tres ejes en el conflicto entre los españoles que apoyaban la sublevación franquista, el socio-económico, el ideológico-político y el interno de la propia colonia española como tal y de su posición hacia el exterior en esos momentos. El conflicto socio-económico aparece claro en cuanto que las familias poderosas se alinearon frente a las clases medias o media-bajas que apoyaban principalmente a Falange. Las familias poderosas como los Soriano, Zóbel de Ayala o Elizalde, eran las que siempre lo habían manifestado y lo que la Falange de Martín Pou representaba era la no-resignación a este hecho. Falange intentó de alguna manera sustituir ese liderazgo conservador por uno falangista o, por lo menos, equipararse en su influencia dentro de la colonia, como reflejo de esa fuerza poderosa y crecientemente independiente que la Falange se estaba convirtiendo en España. Obviamente, el grupo liderado por Soriano era el que había de salir más perjudicado si los falangistas conseguían sus objetivos, y por ello, desde su puesto en el consulado oficioso franquista, los conservadores habían de hacer lo posible para limitar las posibilidades de que aquellos ganaran la partida.

     En las actividades de Falange se puede percibir claramente ese intento de erosionar el liderazgo -indisputado, indisputable- que hasta entonces habían mantenido las familias poderosas. En su intento de dar un toque falangista a las actividades de la colonia española, Pou quiso desarrollar el comercio y la exportación de acuerdo con los intereses del nuevo Estado, (González Calleja, 124), es decir, crear una alternativa a la labor que hasta entonces estaba desarrollando la conservadora Cámara Española de Comercio o defendió la necesidad de afiliarse a la Falange como condición indispensable para aquellos españoles que quisieran poseer el pasaporte o la cédula de nacionalidad expedida por el todavía oficioso consulado de los nacionales, que funcionaba gracias al dinero personal de Soriano. Si bien estos intentos de tener un rango paralelo a las instituciones estatales tuvieron escaso éxito, sí lo tuvo la puesta en marcha del Auxilio Social, la del Hogar José Antonio o la publicación de sus propias revistas.

     Las diferencias ideológicas entre los dos grupos también diferían radicalmente, aunque ambos estaban en el mismo grupo anti-republicano. Las familias poderosas o esa oligarquía hispano-filipina, bien pueden ser consideradas como derechistas, ya fueran conservadoras, reaccionarias o monárquicos (se celebraron misas por el alma de Alfonso XIII tras su fallecimiento y en los aniversarios), pero difícilmente pueden ser consideradas fascistas o filo-nazis, ni por clase social ni por intereses propios. La Falange, por el contrario, tal como ocurría en Italia con el partido fascista o con los nazis en Alemania, tenía una militancia principalmente compuesta por miembros de las clases medias y medias-bajas. Estos estratos sociales [97] daban a la ideología totalitaria de esos tiempos un claro componente anticapitalista y de revolución social que nunca podrían tener los Sorianos o los Zóbel, ni aun como mero slogan propagandístico. Falange siempre declaró que los viejos partidos de la derecha eran sus principales enemigos y ciertamente un triunfo total suyo había de ser temido no sólo por la izquierda, sino también por el resto de los partidos establecidos.

     El contexto internacional también influyó en el conflicto, en cuanto Falange se alineaba con italianos o alemanes, mientras que los otros habían de sentir una mayor gratitud hacia el país colonizador, Estados Unidos de Norteamérica. gracias al cual sus fortunas habían aumentado de tan gran manera desde el fin del período español. Y el fin previsto de la tutela estadounidense para el año 1945 tuvo también relación con estas luchas. por el papel que un gobierno de Madrid pudiera jugar en ello: la oligarquía española estaba ya controlando una buena parte del poder en las Filipinas y sus sentimientos hacia España podían ser de afinidad e incluso de una estrecha relación, pero nunca de dependencia. Madrid podría intentar una influencia de tipo cultural sobre una república independiente filipina, pero nunca de tipo político. Falange, por su lado, con unos afiliados que tenían que ser predominantemente emigrados desde España en los años anteriores, podría haber aceptado de alguna manera una mayor influencia desde España; algunas declaraciones de Pou muestran claramente esa idea, en parte porque él mismo había sido nombrado desde la antigua metrópoli: Aquí se ha de cumplir todo lo que pide la Falange (desde España), cueste lo que cueste, y a pesar de que los adversarios tratan de desvirtuarnos (93).

     En el tipo de relación hacia España, por tanto, había un obvio conflicto, pero esto no creemos que pueda llevar a simplificar el problema entre los españoles como una lucha entre insulares y los peninsulares (Bacareza, 127), entre otras razones porque esas clases sociales que apoyaban a los falangistas, luchando por un cambio frente a las familias poderosas tenían que recibir con los brazos abiertos cualquier tipo de apoyo, independientemente de dónde viniera.

     En definitiva, había una oligarquía que no estaba dispuesta a compartir sus privilegios con unos advenedizos, ni a debilitar sus excelentes lazos con Washington, ni a aceptar ningún tipo de dependencia con la antigua metrópoli. A ésta situación parece referirse el Cónsul interino, Adrián Got, cuando le reprochaba a Martín Pou no haber comprendido la idiosincrasia de la Colonia española en las islas (94). No podemos saber si Pou la comprendió bien o no, pero lo que sí intentó fue cambiarla. [98]



De la Segunda Guerra Mundial a la Guerra del Pacífico

     El período desde el fin de la Guerra Civil española hasta el comienzo de la del Pacífico fue también muy intenso para la vida de Falange y para la presencia hispana en el Archipiélago filipino. Tras acabar el conflicto en España en abril de 1939, en septiembre comenzó la Guerra Europea y con ella adquirió un nuevo auge el impulso de los movimientos totalitarios. Las esperanzas de lograr un nuevo orden pro-alemán en el mundo se veían cada vez más posibles, al calor de las continuas victorias alemanas en los campos de batalla europeos. En España, al hilo de los beneficios que podía suponer una victoria germano-italiana, la Falange alcanzó la cima de su poder y de su radicalismo. El nombramiento como Ministro de Asuntos Exteriores, en noviembre de 1940, de su principal exponente en esos años, Ramón Serrano Suñer, pareció ser un impulso para esas expectativas y el nuevo Ministro no dudó en señalar en su toma de posesión que la Falange Exterior se debía utilizar como estandarte de una renovación que rompiera con la democracia clásica anterior, promocionando una acción exterior más combativa que diese bríos a las reivindicaciones territoriales y a la aspiración imperial del nuevo Estado. (Delgado, 49)

     En el Archipiélago Filipino, la Falange salió del fin de la Guerra Civil bajo una contradictoria situación, ya que aunque había sido derrotada en Filipinas, en España su poder era cada vez mayor. Y fue desde la península desde donde los falangistas filipinos recibieron nueva fuerza, puesto que el propio Castaño les instó a luchar contra los elementos anti-falangistas de la Colonia, como Adrián Got (95). No solo eso, el germen de poder alternativo en la comunidad española que Martín Pou había ayudado a crear, no podía permanecer adormecido por mucho tiempo, teniendo en cuenta que estaban en el cenit de su poder tanto en España como en Europa. Así, aunque el cónsul falangista Maldonado, desde su llegada a Manila, abogó por la unidad de la colonia, la lucha entre españoles continuó y tuvo un punto de no-retorno con el nombramiento de un nuevo Jefe Provincial, Felipe García Albéniz, en el otoño de ese mismo año. Su designación el 10 de diciembre de 1939 fue consecuencia de esa nueva fuerza de Falange al hilo de los triunfos alemanes: la tarea empezada por Martín Pou había de ser finalizada.

     La llegada de García Albéniz al puerto de Manila -vestido de Falangista y alzando la mano- fue el comienzo de una nueva etapa en la lucha entre españoles, además de una renovada atención del espionaje norteamericano. Venganzas y anónimos acusatorios fueron parte de otra guerra civil entre españoles nacionales que aparece más enconada que [99] la que se supone debían de mantener contra los republicanos. Con ella, la Falange se ganó la oposición no sólo de las familias poderosas sino también de elementos que habían permanecido neutrales en el conflicto durante la Guerra Civil, como las órdenes religiosas. El padre dominico Silvestre Sancho, por ejemplo, que poco después viajaría a España para imponer a Franco el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santo Tomás, declaró expresamente que lo mejor sería suprimir la Falange en Filipinas (96). Y si bien no está claro si Falange quiso provocar una violencia que creara una inestabilidad de la que beneficiarse posteriormente, como había ocurrido en España, lo cierto es que ellos mismos fueron los más perjudicados, ya que su actuación provocó la intervención de la policía norteamericana, que expulsó a García Albéniz del archipiélago en septiembre (su nombramiento también fue revocado por Falange el 29 del mismo mes). Esta muestra de decisión del propio servicio norteamericano debió de ser clave en la evolución de Falange, porque a partir de entonces la propia organización restringió sus actividades propagandísticas abiertas y pasó a hacerlas con un carácter más privado. El propio Cónsul Maldonado lo señalaba, afirmando que La Falange aquí ha gritado mucho, y ahora tratan de esconderse. (97)

     Desde entonces la Falange no volvió a hacer demostraciones de fuerza. En la documentación falangista no aparece una clara razón para ello, aunque posteriormente se afirma que fue una decisión propia. Probablemente fue ordenado desde España con la intención de apaciguar los ánimos de Washington, ya que era el único país que podía ayudar financieramente a una España destrozada por tres años de guerra y probablemente, también, la Falange siguió persiguiendo unos mismos objetivos, aunque intentando obtenerlos por otros medios. El hecho de que el poder del Eje estuviera en su momento cumbre, una vez que Francia había caído ante las tropas alemanas, contribuye a esta última posibilidad, a la que se puede añadir el hecho de que en Madrid se decidió a unificar la acción y acabar las disputas entre el Consulado de España y la Jefatura de Falange en Filipinas, nombrando a una misma persona José del Castaño, el anterior Jefe del Servicio Exterior de Falange, fue el designado para ambos cargos. Desde su anterior puesto había tomado parte en las disputas durante la Guerra Civil (por tanto, quizás era la persona más inapropiada para restablecer la paz en la colonia) y su nombramiento, siendo el primero hecho por el nuevo ministro de Exteriores, Serrano Suñer (con el de otro cónsul falangista para La Habana, Genaro Riestra, que no llegó a tomar posesión) mereció un comentario en la primera página del órgano oficial falangista, [100] Arriba: Falange... ha empezado a regir el destino de España en el mundo... Los dos (Riestra y Castaño) mirarán las tierras que enterraron la última bandera española (98)

     Pero poco tiempo tuvo Castaño para actuar en Filipinas. Tras haber sido nombrado en noviembre de 1940, llegó al Archipiélago en julio de 1941, pocos meses antes del comienzo de las hostilidades en el Pacífico. La Falange se vio cada vez más envuelta en la situación bélica mundial, con una posición estadounidense cada vez más recelosa, en parte por el cargo de Castaño de representar los intereses alemanes e italianos en el archipiélago. El ambiente para la actuación de Falange no era el más apropiado y por tanto Castaño tuvo cuidado de no levantar recelos en las autoridades coloniales y de no dejar nada escrito que pudiera causarles problemas, preparando además una revista menos ideologizada, que se llamaría Amanecer, tras haber declinado el número de ejemplares vendidos por Yugo, que se publicó por última vez en noviembre de 1941.

     En este período, los posibles objetivos perseguidos por Falange son los más interesantes, ya que fueron más allá de los que buscaron durante la Guerra Civil. La autonomía y el liderazgo alternativo buscados en el período anterior se consiguieron gracias al apoyo desde Madrid; en un reportaje aparecido en el segundo número del influyente semanario madrileño, Mundo, en el mes de mayo de 1940, dedicado a la Falange en Filipinas, se lee: La Jefatura Provincial de Manila ha vencido, a lo largo de cuatro años de intensas vicisitudes interiores, la resistencia que oponían a la purificación política ciertos grupos sujetos al albedrío y al caciquismo. (99) La referencia a la oligarquía representada por Soriano estaba claramente implícita. Desde la llegada de García Albéniz, la consigna perseguida fue que todos los españoles en el extranjero trabajen bajo una misma consigna. (100)

     Hasta qué punto lucharon para conseguirlo y las consecuencias que pudo tener es difícil de afirmar, pero ello puede ser una de las motivaciones de uno de los procesos que más han influido posteriormente en la pérdida de los lazos de Filipinas con España, a saber, la oleada de renuncia a la nacionalidad española que se produjo en el año 1941, principalmente en el último semestre. Esta situación de cambio de la nacionalidad española, principalmente a la filipina, tuvo una motivación económica oportunista primordial, la defensa del patrimonio. En Filipinas se temía que las propiedades de los españoles serían embargadas una vez que Madrid entrase en guerra (tal como se creía que iba a pasar), al igual que pasaba en las Indias Orientales holandesas o en las posesiones británicas de los estrechos con las propiedades de italianos o de alemanes. A ello hay que añadir la [101] perspectiva de una independencia filipina que dificultaría los negocios a los súbditos de naciones extranjeras.

     No obstante, este cambio masivo tuvo también un componente político y a largo plazo evidente; en primer lugar porque el propio presidente de la Mancomunidad, Manuel Quezón, apoyó ese paso de la élite española a la ciudadanía filipina como una forma de ayudar a la formación de una clase alta nacional con vistas a la próxima República independiente filipina; en segundo, porque nadie, que nosotros sepamos, volvió a retomar la nacionalidad al acabar la Guerra Mundial. La importancia que en ello pudiera haber tenido la política falangista de entonces está por clarificar aún y es motivo de controversia, lo cierto es que tanto republicanos como conservadores e incluso simpatizantes de la Falange fueron forzados por las circunstancias a renunciar a la nacionalidad española.

     En definitiva, la mayoría de los miembros prominentes de esa oligarquía hispano-filipina a la que nos hemos referido, como Andrés Soriano, Antonio Brías o los hijos de Enrique Zóbel, tomaron la nacionalidad filipina. (101) Es difícil dar cifras concretas, en parte por ese mestizaje característico de los españoles -y los portugueses- con la población que hace tan difícil establecer claramente su pertenencia a un grupo nacional en concreto, y en parte porque es difícil sabor cuántos ciudadanos españoles había en Filipinas, puesto que difícilmente se podían cumplir con rigor las obligaciones con el Consulado para aquellos que vivieran fuera de Manila: un viaje a la capital se podía aprovechar, de hecho, para inscribir varios hijos, por ejemplo. La disminución previa a la Guerra del Pacífico la cifra Maldonado, Cónsul hasta fines de 1940. de 5.000 a 2.000 miembros, pero él no estuvo en Manila durante el punto álgido de este proceso y probablemente exagerara. Por su parte, el antiguo director de Yugo y canciller del Consulado durante la ocupación japonesa, Francisco Ferrer, la cuantifica en unos cuatrocientos miembros, de 3.500 a 3.100, pero él debía estar interesado en aminorar su relevancia. La cantidad real deberá estar entre las dos cifras, pero de lo que no cabe duda, sin embargo, es de que la gran mayoría de esas familias poderosas dejó definitivamente la nacionalidad española y que la colonia española, como tal, perdió su influencia y su poder económico, el cual también había sufrido pocos años antes con el fracaso de las inversiones en minas de oro y en el juego desenfrenado en la Bolsa de valores.

     Otros dos aspectos de la actuación de falangistas españoles en estos años fueron ampliamente dados a conocer por la propaganda norteamericana: [102] los deseos de retomar, volver a poseer o dominar de nuevo las Filipinas y la participación de la Falange como Ejército secreto del Eje, tanto en el continente americano como en Filipinas. Ambos merecen ser matizados, aunque fueron aceptados sin mayor crítica tanto antes como después de la Guerra del Pacífico, a pesar de que la información aportada sobre ello vino principalmente de reportajes periodísticos y desde entonces no se ha hecho una investigación seria sobre su veracidad.

     La primera de estas acusaciones se refería al presunto deseo español de dominar el mundo como en los tiempos de Felipe II, en cuyos dominios también podía ser contemplado el Archipiélago Filipino (Hamilton, 467). Esa acusación ciertamente estaba basada en las consignas propagandísticas que proliferaban en esos años, con una Falange militantemente fervorosa tras su victoria en España, donde se proclamaba triunfalmente Por el Imperio hacia Dios y en un momento en el que, como ya hemos visto, había la esperanza de implantar un nuevo orden en el mundo. El papel de las Filipinas y los Estados Unidos en los ánimos expansionistas españoles no está aún claro, pero la progresiva ayuda de este país a Gran Bretaña le puso cada vez más en el punto de mira falangista. Probablemente algunos de éstos soñaron con la vuelta de las Filipinas -o de Cuba, o de ambos territorios- a la dominación española, pero lo que no sabemos es hasta qué punto esa idea fue representativa o si hubo algo más allá de las campañas propagandísticas.

     Entre la documentación española se encuentran indicios de que se contempló también a las Filipinas como posible escenario en la batalla por el dominio del mundo: el rotativo de Madrid, El Alcázar, sacó un artículo sobre una supuesta conquista del Archipiélago por España, provocando una polémica en Manila que no consiguió atajar de forma alguna el desmentido oficial e inmediato (sin consultar antes con Madrid) del Cónsul Maldonado (102). Además, la revista que ya hemos señalado que expresaba las opiniones exteriores del régimen, Mundo, comenzó a publicar artículos históricos en los que se ponía de relieve el papel de España en la conquista y descubrimiento de los nuevos mundos, concediendo especial atención al Pacífico y a las Filipinas. Ciertamente la atención en España hacia el área del Pacífico (desatendida completamente desde 1898) se incrementó en buena medida y esto obviamente tenía un significado político: La SobreEspaña... del Pirineo a las Filipinas; la España grande y renacida de Franco que no se siente ajena alguna de las que conmueven el planeta en la honra actual, mira hacia el Pacífico y hacia América con redoblada atención (103).

     Pero de ahí a la existencia de planes expansionistas respecto a Filipinas es un paso que no ha podido ser confirmado. Todavía no se ha encontrado [103] documentación que demuestre que esas posibles intenciones sobre Filipinas hubieran sido asumidas de alguna manera por el régimen franquista. De la misma forma que puede haber indicios que indican la posible existencia de esos sueños, otros pueden ayudar a negarlos, como es el libro Reivindicaciones de España que, publicado de manera oficiosa en 1941, expresaba las ansias territoriales españolas ante una posible victoria del Eje. Dividido el libro en capítulos según los territorios reclamados por España, en los que se justificaban las razones para ello, no aparece ninguna referencia a Filipinas; la referencia más cercana es la de expedición a Cochinchina de 1857 a 1862, pero se hace únicamente a título informativo, aclarando que España no tenía ambiciones territoriales allí. (Areilza y Castiella, 7) Además, las posibles ambiciones en Filipinas dependían de varias ecuaciones difíciles de producirse, como la aquiescencia del Imperio Japonés, percibido también en España como el dueño de la región, por tanto, a la difícil posibilidad de vencer frente a los Estados Unidos debía de unirse la de que el Imperio japonés ayudara o permitiera a España ganar influencia en un territorio sobre el que tenía intenciones hegemónicas. Aunque parezca imposible que se diera tal conjunción de factores, los agitados tiempos que se vivieron entonces pudieron haber facilitado esta posibilidad, entre otras razones por la existencia de una imagen ideal de Japón en España que duró hasta el verano de 1941, cuando Tokio se negó a seguir a Hitler en el ataque a la Unión Soviética. (Rodao, 400-413)

     Quizás, sin embargo, más importante y más asimilado por el régimen franquista que los sueños de algunos falangistas de volver a plantar la bandera española en el Archipiélago, fuera el deseo de ganar una mayor influencia para España en el Archipiélago tras la planeada independencia de 1945; algo para lo que sí se veía un gran futuro, a juzgar por cómo se había mantenido hasta entonces la hispanización en el Archipiélago. Por último, las apariciones en la prensa mostrando un deseo expansionista sobre las Filipinas podían muy bien haber sido motivadas por la propaganda alemana con el objetivo de evitar la cada vez mayor implicación de Washington en el conflicto europeo por medio de una amenaza por una puerta trasera como era el Asia Oriental simplemente para consumo interno. El propio servicio norteamericano daba este valor a las informaciones españolas. (Chase, 34-35)

     La presunta colaboración de la Falange en Filipinas para una victoria de Alemania en la II Guerra Mundial aparece más indocumentada aún que en el caso anterior. Un libro editado en plena efervescencia de la guerra, Falange, el Ejército Secreto del Eje en América, en español e inglés, por el periodista norteamericano Allan Chase, permanece hasta la actualidad como la base principal de la información sobre el tema. Aunque no tiene citas a pie de página, muestra un profundo conocimiento de alguna información (y con varios errores importantes); este hecho, así como la vaguedad con la que se refiere a sus fuentes de información, sugiere que ésta le fue [104] provista por el servicio norteamericano de inteligencia, que llevaba algunos años controlando a la comunidad española. Obviamente, entre el posible material provisto a Chase tenía que haber algunos datos ciertos.

     El libro de Chase acusa a la Falange en Filipinas de ser dirigida por el agente nazi para la expansión en Iberoamérica, Wilhelm von Faupel, que presuntamente habría enviado a Castaño órdenes secretas desde que fue nombrado. Una de estas órdenes habría sido la de infiltrarse en la Administración de la Emergencia Civil (CEA) con el fin de debilitar las defensas norteamericanas y facilitar así el avance japonés. No se encontraron pruebas de ésta ni ninguna otra de las acusaciones hechas a Falange tras haber realizado gran cantidad de entrevistas a agentes del 37 Destacamento de Combate, uno de los primeros que entró en Manila (104) y por la documentación encontrada en España, como es fácil imaginar, tampoco hay trazos de tales comunicaciones. Como datos que pudieran permitir la posibilidad de la hipótesis, solamente podemos contemplar un creciente nerviosismo entre los falangistas tras el ataque alemán a la Unión Soviética en la primavera de 1941. En los meses anteriores al ataque a Pearl Harbor, Castaño recibió el mes de julio de 1941 (como el resto de Jefes Provinciales) una orden de sus superiores en Falange que le sería difícil cumplir: crear una Escuela de Propagandistas o misioneros de Falange y además, se le conminaba también a intentar culminar el proceso de control sobre la colonia española, ordenándole que no entregara los documentos oficiales propios del Consulado, como los pasaportes, a quienes no presenten el recibo de cotización (a la Falange). (105) Castaño, por otro lado, pidió urgentemente no publicar ninguna información sobre Falange en un número especial sobre Filipinas que iba a publicar la revista Vértice, para evitar posibles perjuicios a nuestra organización aquí (106).

     Ante el estallido de la Guerra en el Pacífico y hasta que llegaron las tropas japonesas, la Falange cerró su local y solo tuvo tres detenidos en Cebú acusados del quintacolumnistas. No quedan testimonios contemporáneos de lo que pasó entonces, pero sí parece que Falange participó de alguna manera en las luchas callejeras que se dieron en esos días; en mayo de 1942, en una de las primeras cartas que Castaño escribió a sus superiores en el Ministerio de Asuntos Exteriores, afirmó que si aquellas circunstancias [105] hubieran durado más de las tres semanas que tardaron los japoneses en apoderarse de Manila, algunos de nuestros camaradas hubieran sido objeto de atención, o por lo menos hubieran sufrido más molestias de las que se les causaron (107).



La ocupación japonesa de Filipinas.

     La victoria temporal del ejército japonés fue un Beso de la muerte para la Falange. Aunque fue un triunfo político para ellos, también marcó prácticamente el fin de su existencia, no sólo en Filipinas sino también en el continente americano. Por una parte, el ataque a Pearl Harbor alineó a la mayoría de sus gobiernos con Washington y por tanto los esfuerzos españoles de construir un panhispanismo alternativo al panamericanismo impulsado por Washington fracasaron completamente y por la otra, se incrementó la presión sobre Madrid para evitar su inclinación pro-eje, en forma de restricciones en los envíos de petróleo y otros productos esenciales, lo que obligó al gobierno de Madrid a suprimir calladamente sus actividades de Falange Exterior desde el comienzo de 1942. (108) En Filipinas, por su lado, el período español fue atacado por la nueva propaganda japonesa de la misma forma que el americano y la amistad política entre Madrid y Tokio no ayudó mucho en el tratamiento hacia los españoles, puesto que la misión japonesa era esencialmente anti-occidental y afecto también a italianos o alemanes.

     Las actividades de Falange, por tanto, se limitaron a algunas reuniones sin significado político, como conferencias o misas. Auxilio Social siguió trabajando, pero con una falta de fondos que hizo que pasara a entregar los alimentos semanalmente en vez de forma diaria y además sin condimentar. El único cambio frente a los gobernantes americanos fue la posibilidad de exhibir tres películas traídas desde España que antes habían sido prohibidas como propaganda fascista, siendo la de mayor contenido político una sobre el entierro de José Antonio Primo de Rivera. No fueron organizadas actividades en especial, y Castaño afirmaba al acabar la guerra que el local de Falange no fue visitado por ningún japonés... y la discreción de nuestras actividades se mantuvo hasta tal extremo que el nombre de Falange no apareció en periódico alguno durante toda aquella época. (109)

     Quizás los principales beneficios para los falangistas durante la ocupación fueran de carácter indirecto, por no haber sido perjudicados por la [106] llegada de los nuevos ocupantes, mientras que el líder del grupo contrario, Andrés Soriano, salió del país tras alistarse en el ejército filipino. Ello les ayudó a tener un aparentemente definitivo predominio sobre la comunidad española, consiguiendo el control de instituciones como el Hospital de Santiago o el Casino Español. También, Castaño intentó aprovechar esa amistad con los japoneses para deshacerse de algunos izquierdistas españoles cuando las autoridades militares le pidieron nombres, pasando a ser aparentemente el único representante extranjero que lo hizo. Esta denuncia puede ser demostrada gracias a una carta escrita a su superior en Tokio, el Ministro Santiago Méndez de Vigo, en la que le informó:

                     poco tiempo después de la ocupación de las fuerzas japonesas, el Jefe de la Policía Militar me pidió los nombres de los elementos rojos españoles aquí residentes. El número de estos elementos rojos, que podían considerarse como activos y cuya actuación contra la causa nacional podía considerarse destacada no sólo durante nuestra guerra sino hasta la entrada de las fuerzas japonesas, no creo excederá de una docena. La mayor parte de ellos fueron internados en el edificio denominado Villamor Hall por la policía militar japonesa, junto con elementos indeseables por razones políticas de otras nacionalidades. Al cabo de unas semanas se puso en libertad a la mayoría, pero un grupo de ellos, contra los cuales existían cargos más importantes, fueron trasladados a la prisión militar del Fuerte Santiago. Entre estos se hallaban Benito Pabón y Suárez de Urbina, cuya actuación en la zona roja fue tan destacada y José María Campos, antiguo secretario de la llamada Casa de la República en Manila (110)

     Los que duraron más tiempo detenidos fueron Benito Pabón y Rafael Antón (cuyo seudónimo periodístico era Ramiro Aldave), y fueron liberados en el otoño de 1942 a pesar de las presiones de Castaño para que siguieran internados, alegando los japoneses su débil salud. Pero no aparece constancia de que alguno de los que él denunciara fueran ejecutados por el Ejército japonés, ni de que Castaño delatara deliberadamente a filipinos o estadounidenses, aunque puede ser que alguno de la docena que él reconoce tuvieran en ese momento nacionalidad distinta de la española, por haberla cambiado recientemente. Además, hay que señalar que la responsabilidad de Castaño en la detención de Pabón y de Antón no fue única, puesto que también desde Madrid se le urgió a gestionar esas autoridades continúen detenidos con plena seguridad y a disposición autoridades españolas para extradición momento oportuno Benito Pabón y Rafael Antón, autores delito derecho común (111). [107]

     Otro hecho claramente colaboracionista aireado tras el fin de la guerra puede ser confirmado en este mismo Archivo, la felicitación al Comandante en Jefe del Ejército Imperial Japonés en Filipinas tras la toma de Corregidor:

                     On behalf of the Spanish Community of Manila I have the honor to extend to your Excellency our most sincere congratulations on the recent and decisive victories of Mindanao and Corregidor. May now this country under the protection and guidanc of the great japanese nation enjoy the benefits of lasting and prosperous peace... For the hard work of reconstruction still lying ahead, the Spanish community of the Philippines pledges once more her full enthusiastic cooperation with Japanese military authorities. (112)

     Esta actuación claramente colaboracionista de Castaño en los primeros momentos de la ocupación japonesa suscita la pregunta de si los españoles en general también fueron colaboracionistas. Es obvio señalar que dependió de cada persona, pero lo cierto es que entre las clases populares filipinas (no entre las élites, porque colaboraron con los japoneses en un primer momento, tanto para salvaguardar sus intereses como para evitar el surgimiento de una nueva clase social que los desplazara) se percibió una mayor afinidad de los españoles hacia los japoneses. Hay constancia de casos particulares en que se beneficiaron económicamente proveyendo materiales o alimentos a las tropas ocupantes, así como de algunos que fueron ejecutados o asesinados por los movimientos guerrilleros en Camarines o en Visayas. En muchas ocasiones los motivos predominantes fueron los personales y no tiene sentido buscar excusas ideológicas para justificar la violencia y también, para las rivalidades de la Falange con las familias poderosas es necesario tener en cuenta también el enfrentamiento entre las familias Soriano y Ferrer. No obstante, el propio cónsul español, Castaño, en un informe secreto al Ministerio de Exteriores español escrito durante la guerra y que pudo ser pasado a Madrid sin censura japonesa, señala que la actitud en Filipinas contra los españoles era política y no racial: para esta afirmación se basa en el hecho de que ningún español había sido asesinado por las guerrillas en la isla de Negros. Ciertamente, la colonia de españoles en esta isla estaba compuesta principalmente de hacenderos vascos, cercanos al moderado Partido Nacionalista Vasco, algunos de los cuales incluso estuvieron luchando con la guerrilla.

     El colaboracionismo de Castaño se puede decir que acabó en octubre de 1942, no sólo por la creciente sensación de que la ocupación japonesa [108] no iba a ser eterna, sino también porque notó una actitud diferente de sus superiores tras ser reemplazado Serrano Suñer por Jordana. También los norteamericanos hubieron de percibir el cambio y poco después de este cambio en la cúpula en el palacio de Santa Cruz su embajada en Madrid envió una Nota Verbal de protesta, señalando que Castaño estaba implicado en actividades inapropiadas a su posición como Cónsul de España. Tras señalar que a causa de Castaño habían sido encarcelados un estadounidense, tres filipinos y cuatro españoles y que de ellos aún seguía en prisión Benito Pabón, acaba la nota de Washington afirmando que esperaba que el cónsul ...se comportará como representante de un país neutral y, en particular, usará su posición para aliviar, más que para incrementar, los sufrimientos de los norteamericanos y de otras personas internadas en Manila. La nota no tuvo un efecto inmediato, en parte porque Pabón ya estaba libre, pero en parte también porque los nuevos altos cargos en el ministerio español de exteriores no sabían del caso y el texto de la nota fue considerado como una intromisión en asuntos propios.

     No obstante, Castaño fue informado de ello y la advertencia de Washington no se olvidó. A finales del mes de abril de 1943, cuando Madrid decidió cortar todo tipo de colaboración con Japón (como negarse a renunciar al derecho a la extraterritorialidad en China o a elevar el rango de las legaciones mutuas en Tokio y Madrid al rango de Embajadas), una de las medidas tomadas fue ordenar urgentemente a Castaño solicitar la libertad para Pabón. Si las Filipinas habían estado antes en un área de hegemonía japonesa dentro de las coordenadas del Ministerio de Exteriores, a partir de entonces se consideró fuertemente la importancia de los hechos ocurridos allí en relación con Washington. Con ello, el cambio de la política española hacia la neutralidad hizo a los funcionarios españoles olvidar las antiguas intenciones de extraditar desde Manila a Madrid a estos izquierdistas.

     La lánguida existencia de Falange en Filipinas finalizó completamente con la llegada de las tropas norteamericanas, las cuales detuvieron domiciliariamente a Castaño durante 11 días y después a Ferrer, dando al caso bastante publicidad. Tras ser liberado, Castaño volvió inmediatamente a la península y Patricio Hermoso quedó como responsable de Falange sólo para certificar su defunción, pues el mismo Castaño prohibió que se llevara a cabo actividad alguna. La única organización que supervivió temporalmente fue Auxilio Social, cuya estructura de distribución de alimentos fue utilizada en el año 1945 para socorrer a la colonia española.



CONCLUSIONES

     Es difícil definir la importancia de la Falange dentro de la colonia española en el Asia Oriental, pero no cabe duda de su importancia tanto cualitativa [109] como cuantitativa, pues agrupó en torno al régimen de Franco a una buena parte de los españoles no republicanos o no misioneros. Las cifras de afiliados, sin embargo, no son muy fiables, en cuanto algunos de ellos fueron usados simplemente como parte del capital político de algunos personajes; los pelotaris en China o los empleados de la Compañía de Tabacos recibieron la orden de afiliarse o salirse de la Falange cuando les convenía a sus jefes.

     Los conflictos que hemos visto muestran el talón de Aquiles de Falange al intentar una acción independiente: la falta de una forma segura de comunicarse. Sin dinero para muchos telegramas codificados, tenía que depender para ello frecuentemente del Ministerio de Exteriores y además muchas de sus comunicaciones fueron conocidas por sus enemigos. En la primavera de 1941 se cortó la única vía relativamente fiable de comunicación -irónicamente, por vía de Siberia- y ello tuvo una dramática influencia para dificultar fuertemente, si no finalizar, sus actividades.

     El conflicto entre la Falange y los conservadores pro-franquistas no fue exclusivo de Filipinas y ocurrió también, a un nivel menor, en Japón o China, pero también se dio entre las comunidades hispanas en el continente americano o en España, como hemos señalado ya. El ejemplo más claro de esta tensión es el atentado en la localidad vasca de Begoña en el verano de 1942, cuando un falangista arrojó una bomba al conservador Ministro de la Guerra, General Varela, falleciendo una persona. El conflicto en Filipinas fue un episodio de lucha social entre las clases altas de la sociedad y aquellas que aspiraban a sustituirlas, al igual que ocurrió en Italia o Alemania, pero no en el caso de Japón, donde no ocurrió tal tipo de disputa a lo largo del proceso de progresivo autoritarismo. Un proceso típicamente europeo, por tanto, ocurrió en un país asiático.

     No hay prueba de que Soriano u otro representante de esa oligarquía se adhiriera a Falange pagando cuotas, aunque es probable que sí lo hiciera o que alzaran la mano en alguna ocasión. No obstante, si ocurrió, la ayuda de Soriano a la Falange en los primeros momentos de la Guerra Civil fue más bien un intento de instrumentalizarla de la misma forma que Franco lo estaba haciendo en España: cambiar un partido revolucionario para servir a sus propios intereses políticos en términos de poder. La participación de los empleados de Soriano en la Junta Directiva de Falange podría probar que este personaje intentó conducir a la Falange en las Filipinas por un camino que beneficiara a sus propios intereses, al igual que el General Franco en España, pero que fallé). Y si Franco, después, comenzó a aplacar los impulsos revolucionarios de Falange desde mayo de 1941, Soriano no lo logró, parte porque ya era tarde en las Filipinas y parte porque tenía otras posibilidades que sus correligionarios en España no tenían: cambiar de nacionalidad, tal como hizo cuando vio que va no había remedio con la Falange. El período de actividad más intensa del fascismo en las Filipinas no encontró la misma oposición que en España porque sus oponentes (tanto [110] conservadores como izquierdistas) podían disolver los lazos con un país que era percibido como que entraría sin remedio en la guerra. Por tanto, la política de Falange de controlar políticamente a las comunidades españolas tuvo un efecto a largo plazo en las Filipinas: contribuyó a que aquellos que no compartían su estrecho marco ideológico tuvieron que perder su relación con España.

     El ejemplo de Soriano puede ser considerado emblemático del resto de las familias poderosas españolas. Cuando estalló la Guerra Civil, ellas compartieron los puntos de vista predominantemente anticomunistas con la Falange, pero después se fueron apartando ellos mismos, primero del partido, después del propio régimen de Madrid y por último, en ocasiones, de su vinculación a España. Una pregunta reiterada en las vistas de los juicios de nacionalidad fue el porqué de la anterior defensa de un régimen totalitario frente al interés por ser ciudadano de un régimen democrático y las explicaciones dadas abarcaron desde la explicación del apoyo al régimen de Franco al recuerdo y exaltación de la antigua lucha filipina contra España por su independencia, equiparando al franquismo con la imagen misma de España. Después, al acabar la Guerra Mundial y quedar aislado diplomáticamente el gobierno de Madrid, la imagen que conllevó España de país atrasado no hubo de facilitar la reanudación de los lazos mutuos del país ya independiente con su antigua metrópoli.

     Ya hemos señalado que la coalición que elevó a la presidencia a Manuel Quezón en 1935 había sido un grupo caracterizado en parte por el mestizaje con lo hispano; una década después, en la primera elección presidencial tras la independencia, fue esencialmente el mismo grupo (liderado por Andrés Soriano de nuevo y en el que podríamos incluir a Douglas MacArthur) uno de los principales que apoyó a Roxas y le ayudó a ganar la presidencia frente a Osmeña. Roxas, no obstante, supuso un cambio en la tendencia anterior; él personalmente suponía un relevo generacional, pero también de educación, porque fue el primer presidente educado en inglés y que había estudiado en la University of the Philippines. Además, ya no hubo más un Partido Español; con él, la coalición que le apoyó para la presidencia perdió una de las características que había tenido con anterioridad: lo hispano. [111]



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     PAYNE, Stanley G.: Falange. A History of Spanish Fascism, Stanford Univ. Press. (en español, Falange, Historia del Fascismo Español, Ruedo Ibérico, París 1965)



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     RODAO, Florentino: Relaciones Hispano-Japonesas, 1937-1945. Universidad Complutense, Madrid 1993. (Tesis Doctoral no publicada.) [112] [113]



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El marfil, soporte de la obra de arte en Extremo Oriente

Pilar Cabañas

Dra. en H. del Arte, Universidad Complutense. Madrid



     El marfil, por su apariencia cálida y cremosa, por su suavidad y transparencia, ha sido un material utilizado como soporte de la obra de arte por muy diferentes culturas, siendo interesante el variado uso que de él se ha hecho en Extremo Oriente.

     La China central y meridional conoció durante la época arcaica la presencia de elefantes en su territorio. Estos pertenecían a la misma especie que todavía hoy se encuentra en Malaysia, en el sur de la península de Indochina y en Sumatra.

     A lo largo de la historia de China, los colmillos de elefante fueron siempre muy apreciados, incluso sin elaborar. En el viejo Libro de Cantos, la colección de poesías chinas más antigua, se aluden con frecuencia a las defensas de elefantes ofrecidas como tributo por la gente del valle del río Houai a los soberanos.

     Una vez que los elefantes desaparecieron de la China central, los colmillos se hicieron llegar desde Guang Dong y Yunnan, pero sobre todo desde el Sudeste Asiático. Vietnam, Camboya, Thailandia y Malaysia peninsular eran las fuentes de suministro más cercanas. A partir del siglo X el incremento de las relaciones comerciales entre árabes y chinos favoreció el tráfico procedente de Java, Sumatra y la India. pero sobre todo, permitió la llegada del marfil africano, procedente de la costa oriental, el apreciado marfil de Zanzibar y Madagascar. Fueron los árabes los primeros en establecer en esta costa africana un comercio de marfil a gran escala.

     Según Craig Clunas (113), las fuentes de la literatura China atestiguan que, si bien durante la dinastía Song (960-1279) el marfil que llegaba al país provenía [114] de África, durante los Yuan (1279-1368) y hasta finales de la dinastía Ming (1368-1644), África cae en el olvido como fuente de suministro.

     En opinión de Meinertzhagen (114), el marfil era desconocido en Japón como materia prima hasta principios del siglo XVII. Según la tradición, un par de defensas fueron presentadas por los holandeses al shôgun Hidetada. Que el marfil como material de trabajo, en estado bruto, no se conociera, no quiere decir que se desconocieran los trabajos realizados sobre él, ya que existe la presencia de tallas chinas de los Tang (618-907) en el archipiélago, destacando las del tesoro de Tadaiji en Nara.

     A principios del siglo XVII, los portugueses y holandeses dominaban en la zona el comercio a largas distancias. El marfil de la India y el africano llegaba a los mares de China y Japón en barcos portugueses y holandeses, siguiendo la ruta de Mozambique-Goa-Macao-Cantón. Sin embargo, a los europeos no les interesaba demasiado el comercio del marfil por los escasos beneficios que reportaba, prefiriendo dedicarse al comercio de porcelana que les proporcionaba un mayor margen de beneficios. Por esta razón, la mayor parte del marfil seguía llegando de Thailandia y Camboya. Los portugueses preferían una ruta más corta en este comercio y desembarcaban el marfil en India; no obstante, se sospecha que buena parte de dicha mercancía era reexportada hacia China. Se puede decir por tanto que los europeos a mediados del siglo XVII y durante el siglo XVIII se retiraron del comercio del marfil en este área, dejando el terreno libre a los países del Sudeste Asiático, citándose en 1680 a Thailandia como el principal proveedor de marfil de la zona.

     A principios del siglo XIX la navegación a vapor alteró la situación. El comercio de marfil del Sudeste Asiático decayó llegando grandes cantidades de marfil de manos de indios y árabes por el océano Índico. Fue en estos momentos, al ser China vencida por Gran Bretaña en la Guerra del Opio (1840-1842), y verse obligada a cederle el puerto comercial de Hong Kong, cuando los productos de marfil chino inundaron los mercados europeos. Hasta entonces la demanda china de marfil había sido para consumo interno, pero a partir de ese momento se volcó principalmente en la realización de piezas de exportación.

     En la segunda mitad del siglo XIX Thailandia volvió a ser el gran proveedor de los artesanos chinos, aunque buena parte del marfil llegara también desde África vía Bombay.

     Con relación a Japón, su comercio estuvo muy limitado durante el período Edo al ser los chinos y los holandeses los únicos comerciantes que los mantenían en contacto con el exterior a través de Nagasaki. Es de suponer que el marfil que llegaba a los puertos japoneses en su mayor parte fuera reexportado desde China, puesto que era en sus costas donde se descargaban los colmillos procedentes del Sudeste Asiático, así como los llegados [115] desde las costas orientales africanas. Los holandeses no debieron prestar demasiado interés a este comercio dado que los beneficios que les reportaba eran escasos en relación con otros productos.

     Después de 1860, Londres se convirtió en el principal suministrador. La preponderancia de Londres en el comercio de marfil no es de extrañar si tenemos en cuenta que Gran Bretaña contaba con varias colonias a lo largo de la costa occidental africana (Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro -hoy Ghana-), y amplios territorios bajo su dominio en todo el continente, así como también los tenia en la zona asiática. Se sabe que durante la segunda mitad del siglo XIX, una media de 514 toneladas (unos cuarenta y dos colmillos hacen una tonelada) al año llegaban al puerto internacional de Londres, alcanzando en el año 1890 la cantidad de 700 toneladas, procedentes de unos 14.700 elefantes. Un cuarto del total importado llegaba de India y el resto de África, principalmente del Golfo de Guinea.

     Tras la guerra chino-japonesa (1937-1945), Hong Kong, que no había sido más que un apéndice del comercio chino de marfil, se convirtió en un punto esencial en la exportación del marfil gracias al constante goteo de artesanos que la guerra había provocado. Cuando a finales de los años cuarenta se proclama la República Popular China, la llegada de artesanos que buscan refugio en la colonia británica es continua. No todos los trabajadores del marfil abandonaron China, y de forma sorprendente para nuestra concepción del comunismo, siguieron trabajando de acuerdo con los temas tradicionales de las escuelas chinas imperiales.

     Tras la Segunda Guerra Mundial, primero India, y después Hong Kong y Japón, todos ampliaron sus industrias de marfil, de modo que, mucho antes de que entraran en vigor las actuales prohibiciones sobre el comercio del marfil, tres cuartos de la producción mundial provenían de estos dos puntos. Japón se había convertido en su mayor consumidor, tanto del material en bruto como del producto elaborado, todo ello muy en relación con su gran desarrollo industrial. En la actualidad en Japón se utiliza el marfil para adornos y joyería, dedicándose más de la mitad a la elaboración de pequeños sellos individuales utilizados para firmar. Sin embargo, el verdadero campo en el que Japón destaca es en el de la escultura: figuras de un gusto exquisito salen de sus talleres.

     La clientela japonesa del arte del marfil es muy rica y selectiva. Un hecho muy ilustrativo de su búsqueda de calidad lo tenemos en la publicación de excelentes catálogos por parte de los comerciantes del marfil. En ellos ofrecen a los clientes, no la publicidad de sus productos, ya que no aparecen los nombres de las firmas, sino una muestra de la calidad que deben exigir en sus compras. Podríamos decir que se trata de formar al público en la exigencia de una alta calidad, y de este modo mantener el alto nivel alcanzado por comerciantes y artistas, e incluso elevarlo. Generalmente en el mercado del marfil japonés sólo circulaban las puntas de los colmillos, ya que los exportadores africanos enviaban las partes de menor calidad a [116] otros países. Estas puntas, que median entre cincuenta y setenta centímetros de longitud, eran utilizadas para la realización de diversas piezas, empleándose su punta para la talla de netsuke (115); su parte media, todavía completamente sólida, para okimono (116); y la parte hueca para todo tipo de accesorios: botes, cajas, flores, cte.

     Cuando las estrictas restricciones contra el comercio con la China Comunista se relajaron, los escultores chinos del marfil se dedicaron a trabajar la joyería y varios tipos de figuras decorativas para el turismo. Viendo las posibilidades de este negocio las autoridades empezaron a importar marfil para suministro de sus trabajadores. Esto, entre otras razones, provocó un alza del precio del marfil en Japón, que llegó a doblarse entre 1969 y 1971.

     En la actualidad, la preocupación por el elefante como especie a extinguir ha provocado la puesta en práctica de toda una serie de normas y leyes que han restringido su comercio, lo cual ha provocado un gran cambio en el campo del arte del marfil que ha afectado sobre todo a Extremo Oriente, dada la gran actividad de China y Japón en este terreno.



DEL PASADO AL PRESENTE:

     Al referirnos a la talla de marfil en Extremo Oriente podemos decir que el interés se centra casi exclusivamente en la actividad de China y Japón, ya que son los que con más relevancia han trabajado de forma artística este material.

     Las piezas y tallas de marfil son escasas en los reinos del Himalaya. En esta zona el marfil no era un material fácil de conseguir, sin embargo pueden encontrarse algunas imágenes procedentes de Nepal y Tibet. De forma genérica podemos decir que en ambos países el marfil era utilizado para figuras religiosas y objetos de carácter ritual.

     Con relación a Nepal hay que subrayar que en el último cuarto del siglo XIX abundan los objetos de un carácter que podríamos calificar de más vendible: esculturas atrayentes, empuñaduras de dagas, peines, dados y palillos para comer, curiosidades para Occidente. Ya en pleno siglo XX la talla del marfil ha declinado mucho, aunque se han continuado produciendo pequeñas piezas de joyería e imágenes religiosas arcaizantes. Hoy se ha llegado prácticamente a abandonar debido a la paralización Y bloqueo del comercio del marfil.

     En Tibet, dado el carácter esotérico de sus prácticas religiosas, en su [117] mayor parte se trata de objetos rituales tales como cuchillos para exorcizar a los malos espíritus, amuletos, trompetas, vasijas para utilizar en las celebraciones, etc., aunque con frecuencia, en parte por ser un material más fácil de conseguir, el hueso, incluso humano, y las calaveras, montados en piel, cobre, bronce, y piedras semipreciosas, han sido mucho más trabajados. Gran parte de las piezas así realizadas, a los ojos del occidental pueden resultar un tanto macabras.

     En el Sudeste Asiático, como, Birmania, Thailandia e Indonesia, se ha trabajado muchísimo más la escultura en madera que en marfil. Si bien éste ha sido utilizado como soporte artístico, se ha empleado para realizar objetos de carácter muy variado, desde monturas y empuñaduras de dagas, a joyas o cajas para especias. En todos estos países ha sido mucho menos frecuente que en India la utilización de este material.

     En las islas Filipinas podemos decir que el desarrollo del trabajo del marfil se inició en la segunda mitad del siglo XVI, a partir de su colonización por parte de la corona española. Con la llegada de los misioneros y la construcción de sus iglesias se vio la necesidad de tallar imágenes religiosas para el culto. En un principio, dado el escaso desarrollo cultural de las islas, los españoles emplearon a escultores chinos para estos trabajos de talla. Más tarde trajeron a artistas españoles que enseñaran a tallar esculturas cristianas. Para ello llevaron consigo imágenes en madera y marfil procedentes de España y del norte de Europa, cuyos modelos influyeron en toda la zona, incluso en los talleres chinos del norte de Cantón, donde desde finales del siglo XVI y el siglo XVII se realizaban las tallas cristianas destinadas a cubrir la demanda procedente de las islas Filipinas. Cuando a finales del siglo XVI la corona española obligó a que todo el comercio de la zona del Pacífico con la península y Sudamérica se canalizara a través de Filipinas, los artistas y artesanos chinos se vieron en la necesidad de emigrar a las islas para obtener un mayor beneficio de dicho comercio. Abrieron talleres y enseñaron a los filipinos a trabajar el marfil, especializándose en los trabajos más demandados desde América del Sur. Las imágenes del Niño Jesús, tanto en pie como tumbado, y del Crucificado eran las más populares en Filipinas. Entre las más pedidas desde Sudamérica estaban las imágenes de la Sagrada Familia y Cristo en la Cruz, generalmente según modelos sacados de grabados occidentales. Sin embargo. resulta relativamente sencillo reconocerlas como obras asiáticas por el tratamiento físico, ya que suelen tener los ojos rasgados y mostrar una pose muy dulce, más oriental. También se trabajaron muchísimo en marfil en los talleres filipinos las caras y manos de las imágenes, que eran montadas en su lugar de destino, generalmente Sudamérica, en armazones de madera vestidos con ricas ropas.

     Es China la que cuenta con restos arqueológicos más antiguos de piezas talladas sobre hueso y marfil (5000-3000 a.C.). Más cercanas en el tiempo perduran algunas piezas trabajadas durante la dinastía Shang ( 1600-1030 [118] a.C.): amuletos, pomos de espadas, anzuelos, anillos, placas, adornos del pelo, secciones de cuencos, etc., presentando sus tallas y diseños semejanzas con los utilizados en los bronces: bandas de pequeños dragones, cigarras, pájaros y máscaras de animales cuyo diseño es conocido como taotie. Tenemos pues que desde sus orígenes el marfil fue utilizado en China para crear tanto piezas de carácter ritual y religioso, como de carácter cotidiano, aunque de lujo, y que fue empleado como un soporte más para sus diseños y sus formas simbólicas y decorativas. El marfil es un material apreciado por los artistas porque es duro, pero fácil de trabajar, permite al escultor toda clase de virtuosismos al tiempo que posee una apariencia delicada y sensible.

     Haciendo un recorrido por su historia tenemos que de los marfiles Han (206 a.C.-220 d.C.) apenas han quedado más que las referencias literarias y los escasos objetos hallados en las tumbas. No fue hasta la dinastía Tang (618-907) cuando la tradición escultórica se puede decir que alcanzó un alto nivel de madurez. Pero lamentablemente apenas han quedado ejemplos sobre marfil. Las ya mencionadas piezas del tesoro de Tôdaiji en Nara constituyen el grupo más importante de marfiles Tang que ha sobrevivido: plectros, juegos, empuñaduras de dagas, flautas, peines, estatuas policromadas, abanicos decorados con plumas, etc. Sobre su marfil tintado con púrpura, índigo y verde, los motivos grabados destacan elegantemente sobre el blanco.

     Con los Song (960-1279) el comercio del marfil se convirtió en monopolio del Estado. Poco después de la caída de la dinastía Marco Polo resalta en sus escritos las enormes cantidades de marfil que llegaban a los puertos chinos, lo que nos puede dar una idea de la gran actividad que debió existir en torno a este material. De hecho, de las 443 corporaciones existentes, entre las más importantes se contaban las de los escultores de concha de tortuga y los de marfil.

     Durante la dinastía mongol de los Yuan (1276-1368) se sabe que se continuó utilizando el marfil como soporte de los más variados trabajos sin demasiados cambios, por lo que resulta difícil identificar con certeza las piezas que corresponden a este período.

     Si bien los trabajos de marfil tuvieron importancia en las épocas ya mencionadas, fue durante la dinastía Ming (1368-1644) cuando alcanzaron su mayor apogeo. Quizá deba hablarse de este período como del período clásico del marfil en China.

     Desde el momento en el que Portugal se asentó en Macao (1565) y España en Filipinas (1565), su presencia marcó claramente el desarrollo de la talla del marfil. Por un lado nos encontramos con una producción para el consumo doméstico, que durante la primera mitad del periodo Ming continuó utilizando el marfil de forma tradicional como material de lujo para pequeñas y delicadas joyas, piezas de juegos, peines y sellos. Los tallistas chinos volcaron su gran talento de forma notable en los sellos, pequeñas tallas dotadas de una calidad propia de las grandes esculturas. Entre otros [119] de los objetos que encontramos trabajados en marfil tenemos las piezas alargadas que sirven de terminación a los rollos, reposamuñecas y botes para pinceles.

     Las esculturas de mayor tamaño, cuya talla no se generalizó hasta después de mediado el periodo Ming, se convirtieron en el trabajo de marfil más abundante de su época. La producción de este tipo de piezas para consumo doméstico se vio estimulada por la demanda que de ellas hacían los extranjeros. Los encargos de imágenes de la Virgen y del Niño Jesús, que llegaban sobre todo de los españoles asentados en las islas Filipinas, influyeron de forma notable, no sólo en el aumento de este tipo de tallas, sino también en su tratamiento. Zhangzhou, situada en la costa de Fujian, se convirtió en un gran centro de producción de este tipo de piezas. Temas budistas, taoístas o cristianos fueron esculpidos en sus talleres, según la demanda. Mientras que las tallas cristianas eran solicitadas por la población extranjera para su culto religioso, podemos decir de forma genérica que el resto eran adquiridas como novedad, como curiosidad, por aquellos chinos que podían permitirse tal lujo. De hecho, hay que resaltar que las imágenes de Buda talladas en marfil fueron muy escasas, ya que considerado como un material de lujo, no era apropiado para imágenes de tal seriedad.

     El repertorio taoísta llegó a ser sumamente amplio, convirtiéndose los dioses de la longevidad y los inmortales en los temas más representados. Entre los budistas el tema más demandado fue el de Guanyin, que corresponde al bodhisatva Avalokitéçvara. Es representado en la figura de mujer como personificación de la compasión, reconociéndole como diosa de la misericordia. Frecuentemente es invocada en las oraciones de aquellas mujeres que creyéndose castigadas con la esterilidad por algún mal cometido, piden ser perdonadas y la gracia de poder concebir un hijo.

     El hecho de que los mismos tallistas esculpieran, imágenes de la Virgen María para la clientela occidental, e imágenes de Guanyin para la clientela doméstica, hizo que una corriente de influencias mutuas circulara sin dificultad. Así por ejemplo nos encontramos con tallas de la Virgen cuyo rostro, a pesar de los modelos occidentales utilizados, presenta rasgos chinos, y con imágenes de Guanyin en las que ésta ya acompañada de un niño a semejanza de la iconografía de María con Jesús entre sus brazos. Ejemplos de estos marfiles chinos tallados para una clientela cristiana son abundantes en las colecciones mejicanas, así como en las españolas y portuguesas.

     Los escultores Ming poseían una gran habilidad para realizar trabajos intrincados llenos de pequeños detalles; sin embargo preferían la sencillez y simplicidad de formas si consideraban que éstas eran suficientes para transmitir lo que deseaban. Ello no impidió que en aquellos casos en los que los clientes, sobre todo europeos, demandaban un trabajo más enriquecido y elaborado, consintieran en hacer gala de su virtuosismo.

     Durante la dinastía de los Qing (1644-1912) los primeros en acceder [120] al trono abrieron dentro de la Ciudad Prohibida de Pekín (hoy Beijing), unos talleres dedicados a todo tipo de actividades artísticas en los que también se trabajaba el marfil. Algunos expertos han querido ver en estos primeros momentos un estilo diferenciador de los talleres imperiales; sin embargo, se sabe que algunos de sus artistas más notables procedían de Cantón, al ser bien conocida en Palacio esta ciudad por la fama de sus tallistas de marfil. Parece pues difícil querer reconocer lo que fue tallado en Beijing o en Cantón.

     En toda la producción del período Qing, ya sea la realizada para consumo imperial, para los comerciantes, o para los extranjeros, hay una tendencia hacia lo decorativo que crece según se avanza en el tiempo, y que requiere un desbordado virtuosismo técnico. Incluso piezas trabajadas en un primer momento con una utilidad práctica como los reposamuñecas (Fig. l), se convierten en meras piezas ornamentales con un soporte especial para ser expuestas. Con el mismo carácter decorativo se sabe que las pequeñas pantallas de mesa decoradas con temas de paisajes e inmortales por uno de los lados y escritas con bellos poemas por el lado contrario, se hicieron populares en la corte imperial, generalizándose posteriormente su producción.

     Se siguieron trabajando en marfil todos aquellos objetos relacionados con la caligrafía y la pintura, tales como reposamuñecas, pinceles, todo tipo de cajas, sellos (117), botes para pinceles, etc. Estos botes trabajados en marfil se hicieron sumamente populares, ya estuviera su superficie simplemente pulida, o tallada con gran riqueza.

     Curiosamente la costumbre importada de Europa de aspirar tabaco en polvo encontró buena acogida en la corte del emperador Kangxi y creó un nuevo tipo de pieza entre las trabajadas en marfil. Para contener el tabaco se tallaron pequeñas botellitas, tabaqueras, decoradas con muy variados temas, caracterizándose las de la escuela de Cantón por su intrincada talla.

     Otro de los temas que se desarrollaron en escultura durante la dinastía Qing, aunque ya había referencias anteriores, son los de carácter erótico, que alcanzaron su mayor popularidad a finales del período. Se trata de figuras entrelazadas realizando el acto sexual en las más variadas posiciones. En la misma línea están también las mal llamadas figurillas de médico. Se decía que eran utilizadas por las mujeres chinas cuando iban al médico para señalar en ellas aquella parte del cuerpo donde tenían la dolencia. Sin embargo, la pose lánguida e insinuante de las tallas hace pensar que los vendedores se inventaron la historia para mejor venderlas a los occidentales (Fig. 2).

     Los trabajos de marfil se diversificaron y se llevaron a los límites más [121] insospechados de pericia técnica, hasta el punto de atribuir al diablo su autoría. Las bolas del diablo (guigong qui), aunque hay referencias de su existencia en el siglo XIV, su producción se multiplicó asombrosamente durante el período Ming. Consisten en una serie de esferas concéntricas talladas una dentro de otra hasta un máximo de diez. La mayoría de las que han sobrevivido proceden de Cantón y son del siglo XIX. Este tipo de trabajo de esferas concéntricas fue muy utilizado como peana de las piezas de ajedrez, guerreros chinos con armadura, unos en blanco y otros pintados de rojo. Los ajedreces fueron muy demandados por Occidente. Sin embargo, las piezas que más nos llaman la atención cuando nos paseamos por un museo, un palacio, o una tienda de antigüedades, son las cestas de marfil cuyo trabajo simula una labor de cestería, pero que más bien nos hace pensar en finos y delicados encajes: o las altas pagodas de cinco, seis, nueve pisos, de cuidada labor y detalles minúsculos: o los barcos llenos de pequeñas figurillas realizando sus tareas o disfrutando de los placeres de la buena vida, o las casas de verano con sus plantas, sus airosos tejados, sus balaustradas, etc., que se nos muestran como cuidadísimas maquetas en las que el artista ha volcado toda su pericia técnica para asombrar al espectador con los intrincados detalles de su obra. Frente a estas piezas de gran categoría encontramos pequeñas piezas que cubren una enorme variedad de objetos vendidos a europeos y americanos en grandes cantidades: abrecartas, mangos de paraguas, bastones, figuras decorativas, cofrecillos, tarjeteros, juegos de fichas, etc. Mención especial merecen los abanicos por el trabajo tan exquisito, sobre todo técnicamente hablando, de buen número de sus piezas, que parecen más trabajos de bolillo que de talla.

     Se puede decir que esta situación de la producción y del mercado de los trabajos de marfil se prolongó hasta los grandes destrozos sufridos por el país durante las décadas de los años treinta y cuarenta de nuestro siglo. Tras el duro período de aislamiento y la Revolución Cultural, la talla del marfil empezó a reanudarse en los centros principales: Beijing, Cantón, Shanghai y Fuzhou. En las décadas de los sesenta y setenta se alentó este tipo de trabajos, es de suponer que por la buena acogida que tenían en el mercado exterior. Los temas abordados son entonces tomados de la tradición popular y de la historia, siempre y cuando pudiera verse en sus héroes precursores de la revolución socialista. Se trabajaron como novedad los colmillos en toda su longitud (2 m) tallándolos completamente y cuidando los mínimos detalles, siendo frecuentes las alusiones a hechos como la Larga Marcha de Mao Zedong y sus seguidores.

     Hasta que las nuevas leyes referentes al comercio del marfil entraron en vigor, Hong Kong se hallaba en pleno siglo XX entre los grandes centros de producción y comercio del marfil elaborado. Entre las piezas más ofrecidas por sus tallistas están: el rey y la reina, el guerrero a caballo, el anciano y la hermosa joven, Guanying, los Ocho Inmortales, figura en un bote y los quemadores de incienso. Los tallistas opinan que el comprador [122] prefiere habitualmente el marfil blanco y por ello la mayor parte de sus tallas han sido blanqueadas. Por la misma razón intentan crear piezas donde ante todo se pueda valorar su gran pericia técnica, lo que les lleva a elaborar excesivamente las tallas.

     Poco a poco tanto en el continente como en la isla el número de escultores de marfil decrece. En un primer momento por el largo período de tiempo que requiere un buen aprendizaje de este arte, y en la actualidad por la escasez del material y las nuevas leyes que prácticamente han paralizado su comercio.

     En Japón se puede decir que este material, aunque fue utilizado desde antiguo en trabajos de incrustaciones, sobre todo a partir del siglo VIII por influencia china, no encontró el favor de los escultores hasta que empezó a ser utilizado para la talla de netsuke en el siglo XVIII. Los netsuke, que habían empezado siendo simples contrapesos que servían de tope al cordón al que se llevaban atadas las llaves, las monedas, los artículos de fumador, etc., se convirtieron gracias a la exquisita sensibilidad japonesa en diminutas obras de arte de cuatro a doce centímetros. Con su elegancia y diseño se convirtieron en una forma de mostrar discretamente y satisfaciendo la letra de la ley, que imponía restricciones en la vestimenta, el estatus social y económico de cada uno. Ofrecían una nueva forma de aderezo personal paralela a la de las espadas de elaboradas empuñaduras con las que los samurai adornaban su vestimenta. Si bien ésta fue una de las razones por las que se difundió el empleo del netsuke, su razón de ser vino dada por la ausencia de bolsillos en la indumentaria tradicional japonesa. Los pequeños objetos que necesitaban llevar podían guardarse en las mangas y los pliegues del kimono, pero los artículos más pesados debían ser suspendidos. Los samurai, que llevaban dos espadas, podían colgar los diferentes pequeños objetos personales de una de ellas; pero este uso de la espada carecía de toda elegancia. Se recurrió así al empleo del netsuke (Fig. 3), moda que se generalizó cuando en el siglo XVIII se extendió el hábito de fumar y se hizo necesario llevar consigo la bolsa de tabaco, la pipa y aquellos utensilios que hacían las veces de encendedor.

     Los netsuke fueron trabajados sobre los más variados materiales, sin embargo la madera y el marfil fueron los más utilizados. Cuando Japón abrió completamente sus puertas al comercio exterior, el mercado occidental demandaba estos objetos, preferentemente tallados en marfil, y se inclinaba por una determinada variedad de netsuke denominada katabori, consistente en pequeñas tallas de bulto redondo a las que habitualmente se abren dos agujeros para pasar el cordón. Son muchas las variedades tipológicas de netsuke, pero las más frecuentes, a parte de la ya mencionada, son: manjû, kagamibuta, sashi y men. Su abanico temático es inmenso y parece ser que no conoció límites: dioses, valientes guerreros y seres inmortales, un borracho, un vendedor, escenas eróticas, arquitecturas, paisajes, pequeños insectos, ratones, tigres, nueces... [123]

     El netsuke vivió su edad dorada durante la primera mitad del siglo XIX, alcanzando su máxima popularidad durante las eras Bunka y Bunsei (1804-1829). La gran demanda hizo que se establecieran en las grandes ciudades vendedores y tiendas especializadas en netsuke, pero a fines del período Tokugawa se inició su decadencia. Entre 1850 y 1875 atravesó su etapa más crítica, de transición entre lo que había sido y lo que sería ante las demandas formuladas por el nuevo mercado occidental al que se había abierto de forma forzada. Tras la Restauración Meiji en 1868, la situación de crisis y tensión hizo que se perdiera la gran pasión por el lujo vivida durante el largo período de paz. Esto, unido a los cambios de las modas provocadas por la adopción de las nuevas costumbres llegadas de Occidente (vestimentas con bolsillos y los cigarrillos en lugar de pipas), hizo que el netsuke cayera en desuso. Pasó de ser una pieza indispensable en el atuendo tradicional a convertirse en un objeto decorativo buscado por los coleccionistas occidentales. Cuando los netsuke antiguos disponibles comenzaron a escasear por el ávido interés de los coleccionistas occidentales, los tallistas, que habían perdido el mercado interior, comenzaron a producir rápidas y baratas imitaciones para la exportación. Intentando sacar el mayor partido al nuevo mercado la calidad de las piezas disminuyó enormemente e hizo que surgiera la falsa idea que todavía hoy, persiste de identificar los viejos netsuke con los buenos y los nuevos con los de mala calidad. Sin embargo, también hubo buenos escultores de netsuke que continuaron trabajando y formando nuevos artistas según la tradición.

     La aparición de este mercado exterior explica que artistas contemporáneos hayan continuado dedicando su arte a la producción de estas tallas en miniatura. Es interesante destacar cómo la pasión que estas piezas despertaron en los occidentales no se ha quedado reducida a un mero coleccionismo, sino que ha cuajado de tal manera que han aparecido también en Occidente netsukeshi (tallistas de netsuke) profesionales. Pat Woodford, Michael Birch, Michael Webb y David Blisset están entre ellos.

     Poco a poco al ir decayendo el uso del netsuke la actividad del tallista se diversificó y se volcó también hacia la talla del okimono (Fig. 4), pieza meramente decorativa que encajaba mucho más en el mercado occidental que en el mercado interior. Con ella se trataba de cautivar al comprador valiéndose de su acentuado virtuosismo técnico. El tamaño de los okimono puede oscilar entre los diez y los sesenta centímetros. En ocasiones están tallados en una sola pieza, pero habitualmente son varias las piezas de marfil utilizadas en su composición, ensambladas y pegadas con pernos y cola. Se aprovecha así mejor el preciado material y se evita a la vez tener que obligar a la figura a seguir la inclinación del colmillo, como ocurre con la práctica totalidad de las tallas de marfil chinas, lo cual resta naturalidad al negárseles toda posibilidad de movimiento y les da una apariencia de bloque. La solución es diferente cuando desde finales del siglo XIX se trabaja este tipo de piezas sobre colmillos de morsa, un material mucho más [124] barato al que Japón tenía fácil acceso. La talla realizada era mínima. Procurando dejar el colmillo entero se tallaba todo alrededor para representar una escena. Por lo general la composición se veía entonces limitada a un desarrollo exclusivamente vertical.

     Las características más sobresalientes de los okimono son: una talla meticulosa, un movimiento natural y una expresión de total realismo. Campesinos, titiriteros, fabricantes de abanicos, de espadas, escultores, pescadores, cazadores, vendedores, inmortales, etc. Sólo con todos los personajes que estas tallas representan podríamos tener una buena idea de lo que fue el Japón Meiji.

     Así como la mayoría de los netsuke carecían de marca alguna que permitiera identificar al artífice, y no es hasta fines del siglo XVIII cuando la práctica comienza a generalizarse, con respecto a los okimono podemos decir que la mayoría aparecen firmados. Quizá haya que ver en ello una consideración y valoración del artista como genio individual por influencia occidental, siendo la firma ese signo diferenciador que evita caer en el anonimato. Sin embargo, también hay que considerar que, aunque el comprador occidental era incapaz de leer una firma japonesa, ésta añadía indudablemente un aire de misterio oriental y aparecía a sus ojos como una prueba de mayor calidad y categoría. Las firmas pasaron de estar casi escondidas, como ocurría con algunos de los primeros netsuke firmados, a hacerse cada vez más prominentes, llegando a verse las firmas sobre una cartela de laca roja como símbolo de calidad.

     Los okimono ofrecían al comprador un tema de género que para el occidental se convertía en un recuerdo de su viaje al Lejano Oriente, o bien si la pieza era adquirida en el mercado europeo o americano, se buscaba en ella que pusiera una nota exótica en la ambientación de las casas de fin de siglo.

     Netsuke y okimono son los dos tipos de piezas talladas en marfil más sobresalientes. Sin embargo, cuando Japón abrió sus puertas al mercado exterior la oferta se diversificó: vainas y empuñaduras, fundas de pipa, botes para pinceles, cajas, carnet de baile, tarjeteros, colgantes, gemelos, ojime (118), etc.

     Resulta curioso observar cómo los japoneses han sido conocidos por los occidentales como grandes escultores de pequeñas tallas a través de sus trabajos en marfil, cuando realmente, éste es un material hacia el que no se sentían demasiado atraídos, salvo por su carácter exótico y su condición de material de lujo.

     En la actualidad el comercio de marfil ha sufrido un golpe terrible con las drásticas medidas adoptadas ante el peligro de extinción de los elefantes. La Convención Internacional de Comercio de Especies de Fauna Salvaje [125] y Flora en Extinción, ha estado trabajado desde los años setenta de forma muy intensa y minuciosa en el campo del comercio del marfil. Entre las medidas tomadas, India, que forma parte de esta convención, consiguió que se prohibiera la exportación de marfil indio. Pero una vez tallado, era muy difícil diferenciar si el marfil era indio o africano, por lo que resulto relativamente infructuosa dicha prohibición. La convención también acordó como medida que los colmillos africanos, incluyendo los ya almacenados, debían marcarse y ser registrados bajo un número, indicando también si procedían de animales muertos de forma natural, si habían sido entresacados bajo supervisión oficial, y si legal o ilegalmente cazados. Cada país estableció una cuota anual de exportación y se elevaron las tasas de importación.

     A pesar de todas estas medidas, se vio que en general el sistema de control de marfil establecido era inútil, ya que la mayor parte del marfil se comercializaba al margen de dicho sistema, y las capturas ilegales proseguían a un ritmo escalofriante; que los países productores de marfil eran incapaces de controlar con eficacia la captura de elefantes y el comercio de sus colmillos; y que los países intermediarios y consumidores no conseguían garantizar que el marfil comercializado proviniera de fuentes legales.

     Como consecuencia en 1989 se propuso poner fin a los intercambios comerciales internacionales de marfil y de otros productos procedentes del elefante, con efectos a partir de enero de 1990. La CEE hizo suya esta determinación, quedando reglamentado y siendo aplicable a cada Estado miembro, por lo cual en España también está actualmente prohibida la expedición de toda licencia de importación de marfil. Tan solo se podrán expedir estas licencias de importación para instrumentos musicales que contengan partes hechas de marfil, y que se pruebe que ha sido reexportado de la Comunidad; para antigüedades; trofeos de caza para los que se haya expedido la licencia de caza con objeto de favorecer la supervivencia de la población de que se trata: y para artículos domésticos y personales, no estando los recuerdos turísticos exentos de dicha prohibición (119).

     Como conclusión de este recorrido por Extremo Oriente en relación con el arte del marfil hemos de decir que en cada uno de los casos, la presencia occidental tuvo una importancia innegable y decisiva en su desarrollo. La atracción que desde siempre se había sentido en Occidente por este material hizo que en todo momento tendiera a adquirir piezas de marfil trabajadas con un estilo diferente. Piezas que si bien en un primer momento eran acordes con su función, el gusto y la estética del país, al crearse una fuerte demanda exterior, se fueron adaptando al gusto de los nuevos compradores. Este hecho fue muy claro en China ya desde el siglo XVI con [126] la presencia portuguesa y española en la zona y en Japón, cuando después de más de dos siglos de aislamiento abrió sus fronteras (1854) y se empeñó en un gran esfuerzo de modernización y occidentalización. Un contacto entre culturas tan diferentes como la occidental y la de estos países asiáticos no podía sino tener como resultado una influencia mutua que en el campo de la expresión artística resulta evidente por su plasmación plástica. Nuevos temas y nuevos modos de abordarlos pueden ser hallados en ambas zonas culturales como consecuencia de este contacto y comunicación.



BIBLIOGRAFÍA

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Japanese Works of Art, Screens and Paintings. Cat. Subasta 22/23 Noviembre 1990. Sotheby's, Londres 1990.

     Oriental Ivories, Shibayama and Lacquer. Cat. Subasta 3-Julio- 1978 Sotheby's Belgravia, Sotheby's, Londres 1978.

     Oriental Ivories Shibayama and Lacquer. Cat. Subasta 28-Noviembre-1977. Sotheby's Belgravia. Sotheby's, Londres 1977.

[128]

                                                                   
(Fig. 1 ). Reposamuñecas chino convertido en un hermoso objeto de carácter decorativo tras perder el verdadero significado de su función. Su cara cóncava está trabajada con una labor intrincada donde el movimiento se reconoce en zig-zag, mientras la convexa presenta un relieve muy somero en el que las altas montañas chinas sus lagos son los protagonistas, (Museo Municipal de Béjar. primera mitad del siglo XX).


                                                                   
 
 
 
(Fig. 2), Talla china de carácter erótico que recuerda las llamadas figurillas de médico. Se trata de una pieza claramente trabajada para su consumo en el mercado occidental (Museo Nacional de Artes Decorativas, 1920-1930).

[129]

                                                                   
 
(Fig. 3), Netsuke japonés en el que se representa al famoso personaje legendario de Asahina Saburô, Una mezcla del Hércules y el Gulliver occidentales. Su espalda puede verse perforada con dos agujeros (himotoshi) por los que pasaba el cordón el que se suspendía de la cintura (Museo de Bellas Artes de Bilbao, finales del siglo XVIII-principios del XIX).


                                                                   
 
 
(Fig. 4), Okimono japonés obra de Ryusai. El Pran virtuosismo técnico desarrollado en este tipo de tallas puede fácilmente apreciarse en la forma de trabajar las capas de plumas, las ramas y las hojas. Es manifiesto su naturalismo y, la captación de la instantánea (Museo Municipal de Béjar, finales del siglo XIX).

[130] [131]



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Transgresión, integración y catarsis en la lucha japonesa del sumo

Francisco J. Tablero



INTRODUCCIÓN

     La lucha de sumo es un ritual público en el que pueden distinguirse tres dimensiones analíticas, tres versiones de un mismo espectáculo que de manera dialéctica se oponen pero que coinciden sincrónicamente en cada torneo.

     Al intentar identificar estas dimensiones en el sumo he tratado de seguir en todo el esquema teórico propuesto por el sociólogo Gil Calvo en su análisis de la corrida de toros (120).



EL SUMO COMO DIMENSIÓN DESTRUCTIVA Y TRANSGRESORA

     El sumo contemplado desde esta DIMENSIÓN se nos presenta como un espectáculo en el que se celebra el juego de dañar o destruir alguna clase de bien físico o moral (Gil Calvo 1989: 105). Una celebración colectiva que se origina en la contemplación estremecedora de un espectáculo agresivo y violento: la pelea entre dos hombres. Por eso, dado su carácter subversivo y transgresor, sirvió muy bien como entretenimiento a los dos extremos de la escala social ajenos por completo a la implacabilidad de la ley: como sucedáneo bélico convino a los samurai del período Kamakura y Muromachi, [132] y como lugar de apuestas clandestino y tumultuoso era frecuentado por la canalla criminal de la aburguesada Edo.

     La esencia de esta DIMENSIÓN está representada en el sumo por un choque de fuerzas de distinto signo y por una simbología de lo dual. Para ilustrarlo me referiré a una parte del sumo convencional moderno donde esta DIMENSIÓN se institucionaliza: el tachi-ai. Tachi significa levantarse y ai, encontrarse. Para iniciar un combate, dos luchadores acceden al dohayo (ring) desde dos direcciones opuestas, nishi (oeste) y higashi (este). Después de haber terminado los rituales preliminares (que se desarrollan simétrica y casi simultáneamente sin invadir el espacio del contrario), se sitúan frente a frente y a muy poca distancia, apoyan las dos manos en el suelo (recordando la posición de salida de los corredores de velocidad). En este momento los contendientes sincrónicamente cruzan sus miradas (niramiai) y ballestean con los pies hacia adelante hasta tropezar con el contrario (121). El resultado -teniendo en cuenta los ciento cuarenta o ciento cincuenta kilos de peso que suele tener un luchador de sumo-, es una tremenda y vigorosa colisión cuerpo a cuerpo, de cuyo producto se decide generalmente la victoria o la derrota. El combate tendría que ser una carga total de fuerzas de dirección opuesta (122). Y en la medida que se evite el choque de frente -de poder a poder, como el toreo- tanto más nos alejamos de la DIMENSIÓN transgresora que estamos describiendo.

     Pero la confesionalidad destructiva del sumo no se expresa sólo en la lucha. Existe una gama muy extensa de rituales que están aludiendo siempre a este mismo conflicto polar. De entre ellos nos referiremos a dos que creemos suficientemente significativos: el sistema simétrico y territorial de competición, y el uso del abanico.

     La organización del campeonato está dispuesta para reflejar el conflicto y la dualidad. En el sechie sumo (el sumo de la corte de Nara) el sistema para elegir al campeón no está basado en la elección de un superhombre o héroe individual. Más bien los luchadores eran divididos en dos bando y cada luchador peleaba para hacer ganar a su grupo. Era el este o el oeste el que al final se imponía, nunca un contendiente particular. Incluso en el sumo moderno, la división simbólica en dos facciones es actualmente mantenida. Los luchadores del este, en grupo, salen en fila de [133] los vestuarios (shitakii beya) encabezados por un árbitro y al llegar al ring suben y realizan una ceremonia de entrada en círculo muy vistosa (dohyo irí); al terminar, los luchadores del oeste repiten el mismo ritual de forma idéntica. La analogía es evidente: dos ejércitos combatiendo uno contra otro.

     El árbitro (gyoji) antes del inicio del combate, muestra en su mano derecha un abanico de guerra (gumpai uchiwa) que utiliza para señalar el inicio del tachi-ai. En la época de los daimyo, este abanico servía como instrumento para dirigir y señalar el avance de los ejércitos. Su valor en el mundo del sumo va a tener connotaciones parecidas. El árbitro anunciará a los luchadores dirigiendo al este y al oeste su abanico. En el momento en que se produce el choque de los luchadores el abanico se encuentra sostenido en una posición tal que divide el dohyo (ring) en dos partes iguales.

     Curiosamente los adornos del abanico, suelen estar cargados de simbología dual tales como dibujos del sol y la luna, o caracteres chinos representando el cielo y la tierra. Por último el árbitro apuntará nuevamente al este o al oeste (nunca a los propios luchadores) cuando se haya producido la victoria de uno de los dos contendientes.

     En definitiva esta DIMENSIÓN representa todo lo dual que hay en un duelo, un desafío de fuerzas de igual poder que intentan destruirse mutuamente. El potencial de violencia llevado a cabo en el combate de sumo es un simulacro de muerte cuando no de la muerte misma. Mirado el sumo así, la celebración pública del choque cuerpo a cuerpo entre dos hombres y con ella la muerte real o ficticia de uno de los dos rivales, conduce ante un acontecimiento colectivo desestabilizador del orden social y atentatorio contra el orden moral.



RITUALES DE INTEGRACIÓN Y SUMO

     En la DIMENSIÓN integradora -etnológico-rural- veremos el fenómeno opuesto. No se trata aquí ya de transgredir sino de legitimar el orden establecido. La igualdad de poder en el choque destructivo del tipo transgresor de sumo, es aprovechada en lo que tiene de azar para así convertirse en un oráculo, en un ritual de adivinación a través del cual es posible obedecer los designios divinos. En esta DIMENSIÓN, el cielo habla y restablece la seguridad rota por el azar del choque -reflejo simbólico de la inquietud de la comunidad frente al futuro de sus cosechas (123).

     La adivinación se hace ceremonia y liturgia. Y el azar es algunas veces [134] transformado por el cálculo racional impuesto por la comunidad demasiado ansiosa para dejar su porvenir en manos del destino. Muchas veces no existe verdadero combate, como en el hitori-zumo en el que el desenlace del combate es de antemano previamente decidido. El combate, más que lucha, se transforma en ritual y en danza (124). Aquí el resultado está mediatizado por la colectividad para garantizar que el orden social no se deje ni al azar ni a la buena de dios.

     Si la violencia azarosa ha sido importante en la DIMENSIÓN transgresora, el ritual inalterable -en ésta- ayuda a controlar el nihilismo y la entropía producida por la lucha. Cuando se examina el sumo desde su ritual, la violencia se contempla canalizada y soslayada, pasando -en palabras de René Girard- de la violencia destructora a la violencia fundadora (Girard 1972) una violencia ya domesticada. Porque en realidad lo que se quiere expresar mediante estos rituales integradores es siempre lo mismo: el caos antisocial, simbolizado en el combate y la lucha con todo su componente entrópico de azar, contra el orden social impuesto por la comunidad. Al final el caos es dominado y reducido por la colectividad que ella misma ha provocado.

     Bajo la apariencia de toya-zumo, konazu-zumo, kodomo-zumo, kodomo-zumo, etc., siempre se escenifica la misma alegoría: la domesticación de la violencia. El uso del conflicto como encarnación del caos y su conversión en cosmos social. El desorden desencadenado con una función restablecedora.

     Por otra parte, mientras en la DIMENSIÓN del sumo transgresor, el grupo humano no contaba como factor determinante en las incidencias del combate, en el sumo visto como integración, la relevancia del colectivo humano en el desarrollo de la lucha tiene que ser finalmente reducido por la comunidad. Así es como, mediante la participación en la efervescencia colectiva, el individuo renueva la lealtad al orden establecido.

     Esta DIMENSIÓN aparece de manera inequívoca, en tres tipos diferentes de sumo copiosamente ritualizados. En las fiestas anuales relacionadas con la recolección del arroz y celebradas conforme al calendario agricolalunar que tenían lugar en las comunidades rurales (mura zumo). En los ritos cortesanos Kuge de los siglos VIII y IX (kuge zumo) en los que la lucha del sumo funcionaba una recreación audiovisual mítica de los orígenes del mundo que era repetida también cada año. Y en la posterior institucionalización como técnica nacional (kokugi) reiterada periodicamente (actualmente seis veces al año) con la intención de servir a los participantes como un ejercicio simbólico de continuación con el pasado y renovación en el presente.

     En consecuencia el sumo considerado desde su dimensión ritual e integradora, [135] canaliza y absorbe la violencia creando orden social e integración política. La gran conformidad y estabilidad conseguidas, disuelve las diferencias y fomenta la cohesión entre sus miembros. Es así como el cosmos y su espectáculo es introducido en el acontecimiento del sumo. De esta manera son enseñados los principios irrevocables en que se basa el orden de la comunidad. Al mismo tiempo, y en virtud de la constante repetición, se muestra lo fatídico e impotente de los deseos sediciosos de subvertirlos.



REPRESENTACIÓN ESCÉNICA Y CATARSIS

     Si el sumo fuera sólo ritual perfectamente redundante, implicaría tan sólo una ceremonia conservadora, tradicional y ordenancista, únicamente restauradora del orden.

     Es cierto que formalmente el torneo de sumo resulta muy repetitivo y ritualista; es decir, en teoría, favorecedor de la estabilidad, mantenedor de la tradición y conservador del orden.

     Sin embargo, como es obvio, la lucha narra un conflicto que suministra y garantiza las dosis de aleatoriedad necesarias para que el sumo pueda recrearse y evolucionar. Y lo más importante para la DIMENSIÓN dramática del sumo no es la cuantía de estas dosis (más propias del sumo transgresor), sino la trama, la historia que cuentan los luchadores. En esta DIMENSIÓN, el sumo no trata de transgredir ni tampoco de integrar, sino que intenta provocar una conmoción contradictoria e innovadora de la conciencia (Gil Calvo 1989: 106). Es precisamente de aquí, de donde nace la función catártica y creadora de las celebraciones de sumo. El torneo de sumo es la representación escénica (125) que dramatiza un conflicto. Mediante la referencia a la oposición de voluntades enfrentadas, se trata de provocar en el espectador la revelación de un dilema moral. De qué dilema hablamos?

     Para buscar la respuesta es preciso tener en cuenta las condiciones socio-históricas en que el sumo se profesionaliza. La institucionalización del sumo se realiza durante la descomposición del régimen Tokugawa, en el siglo XVIII. En este período, se contempla una realidad social de naturaleza dual, una mezcla de dos tipos de sociedades: de un lado la estamental, representada por los samurai y de otro la meritocrática, encarnada por los comerciantes (shonin). El crecimiento económico y demográfico muestra [136] una sociedad en plena actividad, en profunda transformación material, sin embargo formalmente la nobleza samurai sobrevive al cambio y sigue manteniendo su apariencia a través de sus instituciones, aunque ya vacías de verdadero contenido.

     El Japón representado por los Tokugawa sigue siendo una sociedad inequívocamente estamental y estructuralmente rígida.

     La posición social se heredaba desde el mismo instante del nacimiento de una persona. El estatus era atribuido o adscrito en función de la familia, la casta y el estamento en que se naciese. Resultaba imposible cambiar de casta o estamento o al menos esto era así en teoría. En la práctica parece estar suficientemente probado, que en la sociedad estamental de Edo se daban también mecanismos de ascensión social típicamente meritocráticos, lo que la convertía en una sociedad más flexible y permeable de lo que se pudiera creer. De hecho había canales meritocráticos de movilidad ascendente entre los samurai para ocupar los puestos administrativos de los feudos.

     Simultáneamente existían otros cauces para promocionarse socialmente, que facilitaban la suficiente dosis de permeabilidad. Ricos comerciantes se transformaban en terratenientes y entonces se relacionaban por medio del matrimonio con familias samurai. La adopción era otro medio de promoción social comúnmente utilizado. La hija de un samurai pobre, era casada con el hijo de un potentado comerciante y de esta manera el último heredaba el apellido samurai. Así, en Edo todo el mundo quería enriquecerse y ascender socialmente. Y ello no podía hacerse creando riqueza agraria debido a las excesivas tasas a que estaban sujetos los campesinos, ni tampoco creando riqueza industrial o artesana, debido al institucionalizado prejuicio de los oficios viles. La única salida estaba en la extraordinariamente onerosa carrera comercial y la sabia utilización de los canales anteriormente citados.

     El sumo profesionalizado en este período, recoge esta situación y se hace eco, en realidad, de ambos, tanto del Japón oficial nobiliario y guerrero, representado por la enérgica embestida de los luchadores -DIMENSIÓN transgresora- como del Japón real burgués Y urbano, representado por el banzuke (126). Nada pues como la vida de los rikishi (luchadores) para expresar estos temas. Generalmente proveniente de las clases más desheredadas, un luchador, con su solo esfuerzo personal y a través de un intensivo entrenamiento era capaz de ascender -gracias al sistema del banzuke creado a propósito para ello- a las divisiones superiores y ganar incluso el estatus de samurai.

     Este es el mensaje que el sumo contiene: resulta posible escapar al determinismo del origen social. No está todo escrito de antemano, sino por hacer; merece la pena esforzarse y tratar de superarse. Las posiciones sociales [137] ya no se alcanzan por la fuerza bruta de la herencia genética sino en virtud de los méritos alcanzados por el propio esfuerzo personal. Al igual que el luchador que mediante su ascenso por la escala del banzuke, puede emanciparse de sus anteriores posiciones y dejar de ser lo que es, el hombre de Edo con equivalente maña. también puede liberarse del poder genealógico, de la casta y de la cuna. Esta es la lección moral que el sumo enseña, la de cómo triunfar en una sociedad donde los poderes hereditarios del parentesco se disputan con los poderes de la eficiencia, el rendimiento y el mérito.



CONCLUSIÓN: TRES DIMENSIONES EN LA LUCHA DEL SUMO

     El sumo es un complejo institucional que puede ser separado en tres dimensiones:

     1. DIMENSIÓN Transgresora: el sumo como método de combate y preparación para la lucha real (feudal-guerrero).

     2. DIMENSIÓN Integradora: el sumo como ritual de creación y, celebración política (rural-etnológico y cortesano religioso).

     3. DIMENSIÓN Catártica: el sumo como espectáculo público moralizante (urbano-burgués).

     Estas dimensiones se corresponden con períodos bien definidos del desarrollo del sumo en la historia. La transgresora caracteriza al sumo feudal-guerrero practicado por los bushi de los períodos de Karnakura \ Muromachi. Representa un acontecimiento atentatorio contra el orden moral. La integradora estuvo presente en los ceremoniales Kuge de palacio en el período de Heian y se pierden en la historia de los rituales etnológicos que todavía se siguen celebrando en muchas fiestas rurales. Mantener el status quo es la función primordial que sus rituales suscitan entre los participantes. La DIMENSIÓN catártica se comprueba sobre todo cuando el sumo se transforma en un espectáculo para el entretenimiento de la nueva clase burguesa shonin. El sumo se convierte en un discurso audiovisual -melodramático- sobre el éxito social, sobre como promocionarse socialmente en el seno estamental samurai. Al mismo tiempo una moral más acorde con el rendimiento y la productividad es propuesta.

     El hecho de esta correspondencia histórica no implica que las dimensiones a que hemos aludido sean estadios evolutivos en el desarrollo histórico y puntual del sumo. Aunque están presentes en cada acontecimiento no son del todo aislables. Ni son divisiones de la historia, ni partes materiales distinguibles espacial o temporalmente. Son más bien divisiones analíticas, conceptuales, que es posible abstraer en distintos grados de todas las formas en que el sumo se ha manifestado a lo largo de su historia.

     Así por ejemplo, el toya-zumo, karazu-zumo, kodomo-zumo o sechie-zumo, no menos que kanjin-zumo, el miya-sumo -para [138] referirme con ello al sumo más profesional e institucionalizado- todos ellos son ejemplos que siempre exhiben y presentan, simultáneamente interpenetradas, las tres dimensiones.



BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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     GIRARD, R.: La violence et le sacré, Grasset, París 1972.

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Gregorio de Céspedes, primer visitante europeo de Corea

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Park Chul

Catedrático del Departamento de Español de la Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros de Seúl

INTRODUCCIÓN

     El jesuita Gregorio de Céspedes que misionó en Extremo Oriente durante muchos años, ha sido poco conocido hasta ahora pese a ser considerado como uno de los más importantes misioneros de España en Oriente, y, sobre todo, por haber sido en el siglo XVI, el primer visitante europeo de Corea. A lo largo de los 34 años de permanencia en Oriente, el jesuita español recorrió muchas partes de Japón y de la tierra coreana. Dejó escritas varias cartas, en las cuales relató sincera y francamente muchas cosas tanto de la labor evangélica como de varios acontecimientos históricos de entonces. Céspedes, además de ser testigo presencial de casi todo lo que refirió en sus escritos, intervino en muchos de los acontecimientos narrados por él mismo. Sobre todo, lo más importante para nosotros los coreanos, es que vio con sus propios ojos la invasión bélica de Toyotomi Hideyoshi, entonces soberano japonés.



QUIÉN FUE GREGORIO DE CÉSPEDES?

     Nació en 1551 en Madrid y su padre era el licenciado Fernando de Céspedes y Oviedo, corregidor y juez de residencia en la villa de Madrid de 1551 a 1557, antes lo había sido de Granada, y su madre, doña María de Simancas, natural de Villanueva de Alcardete. Dos sobrinos de Céspedes vistieron el hábito de la Orden de Santiago y del expediente de dicha Orden, guardado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, podemos confirmar el linaje noble de su familia.

     Estudió en Salamanca e ingresó en la Orden de San Ignacio de Loyola en esa ciudad, el 28 de enero de 1569. Hizo los primeros votos en Ávila [140] en 1571, y luego, comenzando los estudios de teología, le mandó la Santa Obediencia para la India Oriental. Llegó a Goa, pasando por Lisboa, en 1574, y en la India se ordenó sacerdote en 1575; se trasladó a Macao en 1576 para embarcarse para Japón. En julio de 1577, junto con 14 compañeros jesuitas, llegó a Nagasaki. Desde entonces recorrió varias partes del Japón, emprendiendo con entusiasmo su misión evangélica. Desde 1579 hasta 1587 para Céspedes será el período de culminación de su labor misionera y cultural en Japón. Conocía a mucha gente de clase noble en la región de Meaco, entre ellos destaca Konishi Yukinaga cuyo nombre católico era Agustín, con el que mantuvo estrechas relaciones. Después de que Hideyoshi proclamase el edicto de expulsión de los misioneros en 1587, Céspedes y sus compañeros se vieron obligados a ocultarse en la región de Kysh bajo la protección de los daimyos cristianos.

     Hideyoshi inició la invasión contra los coreanos en abril de 1592 bajo el pretexto de conquistar la China. Casi todos los daimyos cristianos de Kysh bajo el mando de Agustín desembarcaron en las tierras coreanas como vanguardias de la guerra. Con este motivo, Gregorio de Céspedes pudo pisar el suelo coreano como primer visitante occidental el 27 de diciembre de 1593, y allí pasó un año aproximadamente. Su viaje fue realizado secretamente a solicitud de Agustín y otros daimyos cristianos sin que Hideyoshi conociera el hecho. Pero Kato Kiomasa, llamado Toranosuque, capitán budista y rival de Agustín en la empresa de la guerra, se dio cuenta de que un padre permanecía en la fortaleza de Comungai para predicar a los soldados. Toranosuque, envidioso del triunfo de Agustín, trató de desacreditarle acusándole ante Hideyoshi de haber invitado a un Padre contra su orden. Al saber esta situación tan adversa, Agustín quiso que Céspedes volviese a Japón inmediatamente para evitar la posible furia de Hideyoshi. Así es que Céspedes debió abandonar Corea contra su voluntad. En su camino de regreso llevó a un niño coreano cautivo al colegio de Japón.

     En febrero de 1597 vio personalmente el gran martirio de Nagasaki y se trasladó en 1602 de Nakatsu a Kokura, donde él mismo estableció la residencia jesuita y falleció allí en 1611.

     Todos los documentos disponibles dicen que Céspedes era robusto y con buenas fuerzas y muy bien dispuesto. Era querido de toda la gente, y su inteligencia y su virtud se revelan en epístolas que dejó escritas a lo largo de 34 años de estancia en Oriente; no sólo fue un verdadero soldado de Jesucristo, sino también uno de los cronistas de los acontecimientos más importantes de aquella época en el Extremo Oriente.



EL SIGNIFICADO DE SU VIAJE A COREA

     A pesar de algunas victorias en los primeros días, los japoneses ya habían perdido una tercera parte de su gente en 1593, unos en la guerra y los [141] demás por hambre y enfermedad. La guerra estaba en suspenso en 1593 y los japoneses se establecieron sólo en las costas meridionales de Corea. Yukinaga (Agustín) pidió al viceprovincial Pedro Gómez que mandase un padre a Corea. Según se decía en una carta de Céspedes, en las tierras coreanas había unos 2.000 soldados cristianos incluyendo a Agustín y a los daimyos de Kysh. Todos sufrían enfermedad, hambre, frío. Era necesario invitar a un sacerdote para satisfacer el deseo de todos aquellos soldados cristianos. Ante esta solicitud, el Padre Pedro Gómez mandó a Céspedes y a un Hermano japonés llamado Fancam Leao a la fortaleza de Agustín que estaba a la orilla del mar, al sur de Corea.

     Céspedes pudo visitar Corea gracias a la ayuda de los daimyos católicos japoneses, pero él no vino como capellán del ejército japonés. Su viaje se hizo secretamente, y por miedo a descubrirse ante el tirano Hideyoshi, el padre permaneció escondido en la parte más alta de la fortaleza de Agustín. Sólo allí pudieron acudir los cristianos para entrevistarse con él. No habló con los soldados en los campamentos, al contrario de lo que debería ser normal en un capellán del ejército. Algunos coreanos consideran a Céspedes como capellán del ejército de Hideyoshi, insinuando su colaboración con la bárbara invasión de Corea. Pero es inconcebible dar el título de capellán, al menos como se entiende este título hoy, a un sacerdote que tiene que permanecer escondido para que los soldados japoneses no lo descubran. Y prueba de que procuró no estar a la vista es el hecho de que tuvo que volver a la fuerza a Japón cuando su presencia en Corea fue detectada. El padre Céspedes no vino a Corea para apoyar la guerra como capellán del ejército, sino a predicar el Evangelio.

     Los jesuitas del Japón abrigaban la esperanza de evangelizar Corea desde 1566, 17 años después de la llegada al Japón de San Francisco Javier, según se demuestra por las cartas dirigidas al Padre General en Roma.

     Pero no pudieron lograrlo hasta 1593, pues Corea adoptó una política de puerta cerrada hacia el mundo exterior. En este sentido creemos que Agustín invitó al jesuita no solo para satisfacer el deseo de los soldados cristianos, sino también para satisfacer el deseo de los jesuitas de evangelizar la tierra coreana.

     Sus cuatro cartas escritas en Corea tienen un valor histórico gráfico de capital importancia, pues son las primeras notas informativas escritas desde ese país por un europeo.



LAS 4 CARTAS DE CÉSPEDES

     Se le considera como el único testigo occidental de la invasión japonesa, y en este sentido sus cartas tienen gran valor literario-historiográfico. Podemos encontrar en ellas una serie de impresiones y comentarios sobre la situación de aquella guerra. [142]

     Aunque el padre español redujo su labor evangélica dentro del fuerte de Agustín, predicando y catequizando a los soldados japoneses, mostró una actitud negativa ante la invasión de Hideyoshi. Indicó en una carta que gran número de soldados morían de hambre, enfermedad y frío, y rezando por la pronta conclusión de la paz.

     Comenzó por escribir inmediatamente, en su primera carta, sobre la situación de la guerra y las negociaciones de paz entre China y Japón. Las primeras dos cartas no son autógrafas sino copias escritas en portugués. Estas cartas aparecen en Apparatos para a Historia Ecclesiástica do Bispado de Jappão (1583-1593), manuscritos que constan en la História de Japam del padre Luis Frois. El Manuscrito consta de 80 capítulos en total, en los cuales relata la invasión japonesa detalladamente.

     Además de las dos cartas, he encontrado otras dos: una en el mismo Aparato para a História Ecclesiástica do Bispado de Jappão en la Biblioteca de Ajuda, Lisboa, y otra en el manuscrito inédito de la Carta anua de Japón de 1594 del P. Francisco Pasio, fechada el 20 de octubre de 1594, guardado en el Archivo Romano de la Compañía de Jesús de Roma.

     En estas dos cartas, Céspedes mencionó también las negociaciones de paz entre los chinos y japoneses y su labor evangélica en la fortaleza. Describió muy poco las cosas de Corea en la situación anómala de guerra, pero apuntó con interés todo lo sucedido, especialmente las negociaciones de paz.

     El sacerdote español escribió con tino del estado de la guerra como si hubiera pasado mucho tiempo allí. Suponemos que ya la conocía desde el Japón, pues los misioneros europeos escribieron ampliamente sobre el desarrollo de la contienda en su Cartas anuas y en otros documentos. A lo largo de su descripción, se destaca el anhelo y deseo del padre madrileño de llegar pronto a la paz, lo que debía ser el deseo de todos los misioneros europeos de Japón. Juzgando por su narración, imaginamos que los soldados japoneses, incluyendo a Agustín, querían concluir la paz lo antes posible, Céspedes relató la violencia y barbarie de un capitán budista que no quería la paz, lo cual contrasta muy bien con la intención de Agustín, capitán cristiano, de lograrla. El padre Céspedes escribió que los actos destructivos de Toranosuque eran obstáculos para concluirla.

     Apuntó en su segunda, escrita hacia principios de 1594, la triste situación de los soldados japoneses que padecían hambre, enfermedad y frío, revelando que Hideyoshi envió pocas provisiones.

     Por esta descripción, podemos imaginar también que Japón tenía dificultades de suministro por mar. La verdad es que la armada de Corea aplastó por completo a los japoneses bloqueandoles la vía marítima.

     Aunque Céspedes no mencionó directamente las embarcaciones de cubiertas acorazadas con las que se derrotó a la armada japonesa, hemos podido ya encontrar su testimonio literario en las descripciones de otros compañeros de la misma Compañía de Jesús.

     Por las descripciones de Céspedes, no cabe duda decir que tanto Tsushimadono [143] como Agustín saquearon una gran cantidad de tesoros coreanos tales como biombos dorados, aunque está claro que Tsushimadono saqueó más que nadie, lo cual es atestiguado también en la carta del padre madrileño.

     Como único testigo presencial europeo, vio la situación muy oscura y negativa, y notó que la conclusión de la paz estaba todavía lejos. La Guerra de Corea era destructiva e imprudente y estaba llena de muerte, hambre, enfermedad, frío etc. Gracias al descubrimiento de más cartas de Céspedes escritas en Corea, aunque son extractos del original, podemos enterarnos de más noticias e informaciones de la guerra.

     En la tercera carta de Corea fechada el 7 de febrero de 1594, describió más detalladamente las negociaciones de paz entre los dos lados, concretamente entre Agustín y Yaquequi. Esta narración nos confirma que había mucha dificultad en las negociaciones, pero existía comunicación entre China y Japón.

     Por otro lado, en la cuarta carta, no encontramos informaciones sobre las negociaciones de paz, pues es también extracto o resumen de la original, y narra solamente la labor evangélica en la fortaleza de Quabioyedono.

     Gracias a estos escritos de los misioneros, Corea pudo ser conocida en Occidente de manera real y verdadera. Y los manuscritos e impresos escritos por los jesuitas influyeron en otros escritores y cronistas. Lope de Vega sugirió en su obra El Triunfo de la fe en los reinos del Japón que dos jóvenes coreanos llamados Miguel de Corea y Pedro de Corea estaban en la lista de los mártires. También Lope de Vega escribió una obra teatral titulada Los Primeros Mártires de Japón a base de los datos escritos por los misioneros jesuitas.



IMAGEN DE COREA REFLEJADA EN LOS ESCRITOS MISIONEROS

     En el Extremo Oriente una de las civilizaciones más antiguas y al mismo tiempo más encerradas en sí misma es la coreana. Fuera del ámbito de China fueron quizá mercaderes árabes los primeros que supieron del reino coreano, y así Sulciman en su geografía del siglo IX nos dice que más allá de la China está un reino llamado Sila. Sin embargo, el reino coreano no era conocido realmente en el mundo europeo antes de 1592, año en que estalló la Guerra de Corea.

     De acuerdo con las descripciones de Céspedes y de los demás misioneros, damos algunos detalles sobre la imagen que Corea ofreció a sus primeros visitantes.

     Corea fue considerada como tierra de bárbaros por los marineros y misioneros europeos hasta la segunda mitad del siglo XVI, descrita como país insular, y situada muy distante de Japón. [144]

     Con ocasión de la Guerra de 1592, los occidentales empezaron a ver la verdadera Corea con sus propios ojos, y dejaron gran cantidad de notas, cartas, e informaciones aunque no consiguieron aclarar del todo su imagen.

     Respecto a la situación geográfica, tenemos los datos del Appendix al annua de Japon de 1592, en cuanto a la distancia desde el Japón, los ríos y frontera de China; también las del jesuita Luis Frois.

     En cuanto a los aspectos humanos, hasta la guerra de 1592 las descripciones fueron fantásticas y muy alejadas de la realidad, así las de los Padres Vilela y Prenestinos, A partir de la mencionada fecha, los misioneros europeos en Japón pudieron tal vez contactar con algunos cautivos coreanos y predicarles y hasta bautizarlos.

     Luis Guzmán escribió así:

     Había en este reino de Arima, también como en el de Omura muchos cautivos que habían enviado los señores y caballeros del Coray, y por ser gente de buen natural y de buen ingenio, escogieron los Padres algunos mozos hábiles que supiesen leer y escribir su letra que es la misma de la China, y después de bien instruidos en la fe (Historia de las Misiones, p. 590). Contó también que un buen número de cautivos coreanos fueron bautizados en Kysh, especialmente en Arima y Omura.

     Los misioneros jesuitas escribieron también sobre el rey coreano y el modo de vivir en la capital. El soberano era muy respetado por la gente, y la capital tenía un alto nivel de vida y de cultura.

     Gracias a los misioneros Corea ya empezó a ser conocida como país culto en el siglo XVI.

     También describieron la riqueza de la tierra: productos agrícolas, minerales y animales. Igualmente las armas y el tipo de embarcaciones que utilizaba el ejército y la marina coreanas; el comercio exterior, y, sobre todo, la artesanía, ya que Corea es un país tradicionalmente rico en cultura y arte, que influyó mucho en el Japón. Desde muy antiguo, los japoneses aprendieron mucho de los coreanos, y, luego, durante la invasión muchos de estos fueron llevados cautivos al Japón y ayudaron al florecimiento de la artesanía de la porcelana. Además los japoneses robaron los tipos móviles de la imprenta coreana, que desconocían hasta entonces.



EL CENTRO CULTURAL EN HOMENAJE A GREGORIO DE CÉSPEDES

     El Gobierno español, para recordar la actividad de Gregorio de Céspedes, inauguró el 9 de noviembre de 1991 un Centro Cultural que lleva su nombre en Villanueva de Alcardete, en la Mancha, pueblo natal de sus padres. El Ayuntamiento de Villanueva de Alcardete celebró una Semana cultural en homenaje a Gregorio de Céspedes del 3 al 9 de noviembre de 1991. Yo, como investigador de Céspedes, tuve el honor de asistir a la ceremonia [145] de inauguración del Centro Cultural y tuve una conferencia sobre su figura.

     Este Centro Cultural tendrá como finalidad promover y estrechar las relaciones amistosas entre España y Corea.

     En Seúl, en la Embajada de España, fue inaugurada en 1983 la Biblioteca Iberoamericana, con el nombre de Gregorio de Céspesdes, donde se guardan miles de libros, se proyectan películas españolas y se celebran diversos eventos culturales para miles de alumnos coreanos que estudian la literatura y lengua españolas.



CONCLUSIÓN

     Al llegar al final de este trabajo, los puntos que creo necesario hacer resaltar son dos: primeramente, el valor historiográfico, y en segundo lugar el valor literario de las cartas de un misionero español que son las primeras notas sobre Corea que se tienen en el mundo occidental.

     Como aportación fundamental de mi trabajo subrayo lo siguiente: primero: antes de que se realizara mi investigación, el navegante y náufrago holandés Hendrick Hamel y sus 38 compañeros fueron considerados en Corea los primeros europeos en llegar a tierras coreanas en 1653, pero ahora está claro que Céspedes visitó Corea en 1593, siendo el primer visitante europeo, y dejó escritas epístolas sobre la tierra coreana. Segundo: la verdad es que el español no vino a Corea para apoyar la guerra, sino para predicar el Evangelio, aunque su viaje fuera realizado a instancias de los daimyos cristianos japoneses. Sus cartas ya forman parte de los relatos de la conquista espiritual del Oriente.



NOTA ACLARATORIA

     Para conmemorar el 400 aniversario de la llegada de Céspedes, las autoridades españolas y sur-coreanas inauguraron en la ciudad de Chinhae una estatua simbólica en bronce, coronada por el emblema de la bandera nacional de Corea del Sur. Se trata de una reproducción de la obra de Manuel Morante que desde 1991 se exhibe en Villanueva de Alcardete (Toledo). La ceremonia fue presidida por el Embajador de España en Corea, Antonio Cosano. Al acto asistieron también el Alcalde de Villanueva, Ángel Sánchez-Beato y otros representantes del Municipio. El grupo folclórico Despertar de ayer actuó a los sones de la dulzaina y el tamboril.

     La bahía de Chinhae está cerca del importante puerto comercial de Phusan. Es curioso que al oír las notas del Himno Nacional surcoreano, alguien recordase que su autor An Ik Tae estuvo casado con una española, Dolores Talavera.

[146] [147]



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Notas

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Conferencia del Asia-Pacífico Hispano

     Los días 17 y 18 de febrero de 1992 tuvo lugar en Manila la primera Conferencia del Asia-Pacífico Hispano (128), reunión intergubernamental en la que participaron España y todos los territorios de aquella parte del mundo que fueron de soberanía española hasta fines del siglo XIX.

     La delegación que viajó desde Madrid estaba compuesta por el Director General del Instituto de Cooperación para el Desarrollo (ICD), Fernando Riquelme; el Subdirector General de Relaciones Culturales, Arturo Pérez; y yo mismo. Tuve el honor de asistir, por invitación del Ministerio de Asuntos Exteriores, en mi doble calidad de funcionario -Subdirector General de Relaciones y Cooperación del Ministerio del Portavoz del Gobierno- y de buscador de la huella española en el Pacífico. Agradezco al Director General de Política Exterior para América del Norte y Pacífico, José Rodríguez Spitteri, que tuviera la gentileza de designarme para intervenir en la Conferencia.

     En Manila, nos unimos a los funcionarios de la Embajada de España, que demostraron gran entusiasmo y dedicación. Allí estaban Herminio Morales, Embajador; Ignacio Sagaz, Consejero; Alberto Carnero, Secretario y Cónsul; Maruxa Pita, Directora del Instituto Cervantes; y Francisco Alfonso, Agregado Comercial.

     Durante los días de la Conferencia, los funcionarios españoles estuvimos en contacto continuo con los miembros de las delegaciones de la República de Filipinas, los Estados Federados de Micronesia y la República de las Islas Marshall, así como de tres territorios bajo soberanía o administración estadounidense: la República de Palaos, el Territorio de Guam y la Mancomunidad de las Islas Marianas del Norte. Entre todos, intentamos [150] buscar las mejores fórmulas de cooperación entre nuestros respectivos Estados y territorios.

     Los participantes manifestaron expresamente su deseo de que España continúe formando parte de la Conferencia y de que ésta se celebre periódicamente. Para todos ellos, España es un vínculo histórico importante, que puede traducirse en una relación política, económica y cultural para el futuro. Esta Conferencia no se ha concebido como un foro regional, sino como un mecanismo de cooperación entre países unidos por un lazo innegable: la Hispanidad. Como dijo alguno de los delegados, sin España esta Conferencia no tendría sentido.

     La sesión inaugural contó con la presencia de la Presidenta de Filipinas, Corazón Aquino, que pronunció un discurso -con párrafos en español- sobre la vinculación de su país y los archipiélagos del Pacífico con el mundo hispánico. En ese acto, el himno nacional filipino fue cantado en su versión original, en español.

     Las sesiones de trabajo estuvieron coordinadas por el Ministro filipino de Asuntos Exteriores, Raúl Manglapus, hispanohablante y principal promotor de esta Conferencia, para la que contó con Jaime Yambao, como Secretario General, y con un dinámico y eficaz diplomático hoy destinado en Madrid: Rey Carandang.

     Presidían las restantes delegaciones el Planificador Nacional de los Estados Federados de Micronesia, Marcelino Actouka; el Gobernador de las Marianas del Norte, Lorenzo de León Guerrero; el Ministro de Estado de Palaos, Santos Olikong; y el Vicegobernador de Guam, Francisco Blas. Además, estuvo presente el Cónsul honorario de las Islas Marshall en Manila, Víctor Limlingan. Los jefes de las delegaciones manifestaron con alegría, como muestra palpable de la unión hispánica, que el nombre de pila de todos ellos fuera español.

     Por su parte, enviaron observadores a esta Conferencia intergubernamental los siguientes países: Australia, Bolivia, Chile, China Popular. Costa Rica, Ecuador, Honduras, Japón, Méjico, Nicaragua, Panamá y Perú, así como la UNESCO y la Unión Latina.

     Se utilizaron como lenguas de trabajo el español y el inglés, con traducción simultánea.

     Los delegados nos dividimos en cuatro grupos de trabajo:

     1. Afinidades histórico-culturales y cooperación cultural, presidido por el Gobernador de las Marianas del Norte;

     2. Comercio, turismo y cooperación económica, presidido por el Gobernador de Guam;

     3. Ciencia y tecnología, presidido por el Subsecretario filipino de Asuntos Exteriores, Federico Macaranas; y

     4. Acontecimientos de 1992, presidido por el diplomático español Fernando Riquelme.

     Este último era el motivo originario de la Conferencia, que fue concebida [151] como una contribución a los acontecimientos del 92, para que no se ciñeran exclusivamente a la relación España-América, sino para que incluyeran la prolongación por el Pacífico de la Era de los Descubrimientos. Y de la misma manera que ya se han institucionalizado las Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, esta Conferencia del Asia-Pacífico Hispano quiso reunir a los gobiernos de todos los países hispánicos de la zona. Y se consiguió: asistieron todos los territorios que estuvieron bajo soberanía española hasta 1898-99, representados a un nivel muy alto (salvo las Marshall, a las que España había renunciado antes de esa fecha). La delegación española tuvo un rango menor que otras.

     A mí me cupo el honor de participar en la sesión de trabajo de afinidades histórico-culturales y cooperación cultural, para explicar la actuación gubernamental española en defensa de la vinculación hispánica de todos estos territorios. Hablé del Tratado Cultural con Filipinas, de 1949, y de su Protocolo Adicional de 1971, de la labor del Instituto Cervantes en Manila y Cebú, de los cursos de español para el personal del Archivo Nacional de Filipinas y del Servicio Exterior filipino, de la posibilidad de disponer del curso Viaje al español preparado por TVE, de la donación de libros a instituciones culturales, de los acuerdos entre TVE y emisoras filipinas, de la recuperación de los fondos del Archivo Nacional de Filipinas, de la restauración de monumentos históricos, del apoyo del ICD a la Asociación Española de Estudios del Pacífico y de la presencia de trece becarios filipinos en España en 1992. Insistí en que muchas de estas actuaciones pueden extenderse no sólo a Filipinas, sino a los demás territorios hispánicos del Pacífico.

     Algunos delegados mostraron un gran interés por los documentos de la época española que se refieren a sus respectivos territorios. El entusiasmo por obtener documentos históricos no es sólo cultural, sino también político: los textos españoles pueden apoyar determinados derechos que hoy reivindican los pueblos del Pacífico y que quizá ya les fueron reconocidos en el siglo XIX o incluso antes.

     En los otros grupos de trabajo se debatieron cuestiones de gran actualidad económica y política, como la utilización de la zona exclusiva de las aguas marítimas.

     La Declaración final de la Conferencia fue firmada por los jefes de las delegaciones. Por su interés, se incluye como anexo. Vale la pena leerla y meditar sobre ella. Era la primera vez que los gobiernos de los territorios hispánicos del Pacífico se unían para recuperar su vínculo de sangre con España, y no para hablar de melancólicos recuerdos hispánicos, sino para estudiar asuntos de gran actualidad internacional. Aunque muchos españoles no lo sepan, los pueblos del Pacífico no quieren olvidar su relación histórica con España y desean reforzarla para el futuro. Ojalá fructifiquen los esfuerzos de la primera Conferencia del Asia Pacífico Hispano. [152]



ANEXO

Declaración de Manila (129)

     Nosotros, los representantes de los países de la Conferencia del Asia-Pacífico Hispano, reunidos en Manila, República de las Filipinas, del 17 al 18 de febrero de 1992, año del Quinto Centenario del Descubrimiento de América / Encuentro de Dos Mundos,

     Recordando el común legado histórico, religioso y cultural, procedente de la Era de los Descubrimientos, que une a nuestros pueblos;

     Reconociendo que estamos unidos por ideales similares de democracia, libertad y dignidad de la persona;

     Deseando promover el espíritu de parentesco, familia o comunidad entre los países con tradición e influencias hispánicas;

     Aspirando a fomentar el desarrollo económico mediante la exploración y la explotación juiciosa de nuestras zonas marítimas, especialmente nuestra vasta zona económica exclusiva,

     Convencidos de que las estrechas relaciones y la cooperación entre nosotros, fundadas en el mutuo respeto y el mutuo beneficio, contribuirán a la realización de los ideales y aspiraciones de nuestros pueblos,

     Creyendo que estas estrechas relaciones y la cooperación entre nosotros redundará en beneficio de la paz, armonía y prosperidad en la región del Pacífico y en todo el mundo,

     Por la presente,



     Llamamos a la solidaridad de los países y pueblos con contactos y pasado hispánico; y

     Nos comprometemos a hacer esfuerzos para:

     Alimentar el sentido de parentesco entre nuestros pueblos en la base de nuestras afinidades culturales y geográficas y en nuestro común legado hispánico;

     Fomentar crecientes contactos y la cooperación entre nuestros pueblos en todas las áreas de mutuo interés; y

     Mantener un intercambio constante de ideas y puntos de vista entre nuestros pueblos sobre nuestras comunes necesidades y problemas y nuestros programas comunes o esfuerzos para resolverlos.

     Hacia estos fines, hemos acordado:

     1. Promover la observancia durante 1992 en nuestros países del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos, mediante actividades que contribuyan al mayor conocimiento de nuestro legado hispánico común. [153]

     2. Fomentar el comercio, las inversiones y las misiones económicas e iniciar o facilitar la conclusión de acuerdos de cooperación en materia de cultura, comercio, turismo, inversiones, servicios aéreos y de transporte, y otras áreas de interés mutuo entre nuestros gobiernos e instituciones.

     3. Promover el estudio y registro de la herencia, influencias y contactos hispánicos, por parte de nuestros estudiantes, investigadores y especialistas; y el intercambio de películas, libros y materiales audiovisuales entre nuestros países.

     4. Promover el desarrollo, el estudio y la difusión de la lengua española.

     5. Cooperar en la preservación y protección de los monumentos y reliquias que pertenecen a nuestra herencia hispánica.

     6. Celebrar periódicamente festivales de artes y artesanía de nuestros pueblos.

     7. Promover el turismo en el Pacífico occidental mediante el intercambio de paquetes turísticos y otros medios efectivos y viables.

     8. Iniciar y extender los intercambios y contactos en ciencia y tecnología, particularmente en los campos de la agricultura, la energía, las telecomunicaciones y la protección y preservación del medio ambiente, incluyendo esfuerzos conjuntos en la investigación de los recursos del fondo del mar y en los cultivos marinos, y en el seguimiento de la contaminación atmosférica y oceánica.

     9. Intensificar el desarrollo económico mediante acuerdos bilaterales o multilaterales en la exploración y explotación racional de las áreas marítimas, mediante conversiones u otras fórmulas de colaboración.

     10. Declarar que los países del Asia-Pacífico Hispano son propietarios de los recursos dentro de sus zonas económicas exclusivas y solicitar a todos los demás países que reconozcan y respeten este derecho histórico y tradicional básico.

     Finalmente,

     Construiremos vínculos entre instituciones públicas y privadas de los países del Asia-Pacífico Hispano, solidificando esta región para un papel destacado en el próximo siglo XXI en Asia y el Pacífico.

     Hemos acordado reunirnos otra vez en 1993 en uno de los países de Micronesia, y reunirnos anualmente de ahí en adelante.

     Agradecemos el ofrecimiento de las Filipinas para actuar como Secretaría de la Conferencia del Asia-Pacífico Hispano hasta que los países miembros encuentren conveniente establecer una Secretaría permanente en algún país de la Conferencia.



Frank F. Blas

Vicegobernador

Territorio de Guam, EEUU [154]



Marcelino K. Actouka

Planificador Nacional y Director

Estados Federados de Micronesia



Lorenzo I. de León Guerrero

Gobernador

Mancomunidad de las Islas Marianas del Norte, EEUU



Santos Olikong

Ministro de Estado

República de Palaos



Víctor Limlingan

Cónsul a. h. en Manila

República de las Islas Marshall



Raúl S. Manglapus

Secretario de Asuntos Exteriores

República de las Filipinas



Fernando Riquelme

Director General ICD

Ministerio de Asuntos Exteriores

Reino de España



RAFAEL RODRÍGUEZ PONGA

[155]

El Ministro, filipino de Exteriores, Raúl Manglapus, toma la palabra en la sesión inaugural en presencia de la Presidenta de la República, Corazón Aquino, y los demás delegados.



De izq. a derecha: Marcelino Actoula, Planificador Nacional (Ministro de Planificación) de los E. F. de Micronesia; Lorenzo de León Guerrero, Gobernador de las Marianas del Norte; Raúl Manglapus, Ministro de Asuntos Interiores de Filipinas; y, Rafael Rodríguez-Ponga, miembro de la Delegación española y socio de la Asociación Española de Estudios del Pacífico.

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