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Sermón de Nuestra Señora de Guadalupe

que ante su milagrosa imagen depositada en el templo de Capuchinas, contiguo al Santuario del Tepeyac, predicó el R. P. Laureano Veres Acevedo, de la Compañía de Jesús, en el tercer día de las solemnísimas fiestas celebradas los días 8, 9 y 10 de julio de 1894, con motivo de la concesión del novísimo Oficio y Misa propia el 6 de marzo del mismo año

Laureano Veres Acevedo

Luis G. Miranda (imp.)



Portada de la obra



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Circular diocesana

A los señores curas, vicarios fijos y demás eclesiásticos de la Diócesis:

Publicado con nuestra licencia el sermón que predicó el M. R. P. Laureano Veres y Acevedo, de la sacratísima Compañía de Jesús, en la última de las solemnísimas funciones celebradas en el Santuario de la Virgen del Tepeyac, con motivo del novísimo Oficio concedido por la Santa Sede a honra y gloria de la misma Soberana Señora; cuanto más hemos meditado tan notable discurso, tanto más nos hemos persuadido de que su frecuente lectura es muy a propósito para fomentar dicha devoción, conforme a los designios expresados por Nuestro Santísimo Padre el señor León XIII, en sus Apostólicas Letras publicadas en nuestra segunda Pastoral.

Habiendo observado, llenos de satisfacción, en la Visita Pastoral que actualmente practicamos, cuánto se ha distinguido y distingue nuestro V. Clero en el fervoroso culto que tributa a la Excelsa Patrona de la Nación; ciertos estamos del sumo aprecio con que, Udes. recibirán el eruditísimo panegírico mencionado, así por no dejar nada que desear la bellísima forma en que está escrito, cuanto por los luminosos conceptos en que abunda acerca de la Maravillosa Aparición de la Imagen de la Reina de los Ángeles en la humilde tilma del venturoso neófito Juan Diego.

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No vacilamos, por tanto, en remitir a cada uno de Udes. tres ejemplares del referido Panegírico: uno para el párroco, otro para el archivo parroquial, y el tercero para la Asociación Guadalupana, instituida en sus respectivas parroquias; ordenando, como ordenamos, que en las Juntas de dicha Asociación, muy particularmente las del día 12 de cada mes, se lean siempre algunos párrafos de la referido oración panegírica, lectura que recomendamos también, de una manera especial, a todos nuestros diocesanos.

Dada en la Visita Pastoral del Templo de la Hacienda de Santa Clara, firmada por Nos y sellada con nuestro escudo de armas, el primer día del año de 1895.

Fortino Hipólito,
obispo de Cuernavaca.




Florete, flores, quasi lilium, et date odorem,
et frondete in gratiam, el collaudate canticum,
et benedicite Dominum in operibus suis.


Floreced, flores, como florece el lirio; exhalad
gratos perfumes, brotad graciosas ramas,
entonad cánticos de alabanza, y bendecid al
Señor en sus obras.


(Eccli. XXXIX-19.)                






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Illmo. señor:

Paréceme oír resonar con especial significación el día de hoy en este sagrado lugar aquellas expresivas palabras del Espíritu Santo en el sagrado libro del Eclesiástico: «florete, flores...»Flores preciosísimas y milagrosas, que hace cerca de cuatro siglos conserváis vuestros vivos colores y suave fragancia en la imagen bellísima de María, con celestial intervención pintada en este feliz Ayate, seguid floreciendo como florece el lirio; que, al fin, es a la Purísima María, a la Inmaculada Madre de Dios a quien pintáis; «florete, flores, quasi lilium». Exhalad, como siempre, gratísimos olores, pues sabido es que quien se acerca a ese venerable camarín, sagrado depósito de uno de los más ricos tesoros de que puede gloriarse la tierra,   —4→   percibe todavía hoy encantadora fragancia de esencia de rosas1; date odorem. Brotad graciosas ramas, inspirando con la celestial hermosura de vuestra Reina sólidas y delicadas virtudes en el alma generosa de sus devotos; frondete in gratiam. Entonad cánticos de alabanza, reproduciendo aquellas dulces y celestiales armonías, que, como de numerosos y desconocidos pajarillos, oyó con delicioso asombro Juan Diego en la cumbre de este cerro bendito, tres días antes de que milagrosamente brotaseis de tierra inculta y espinosa2; collau   —5→   date canticum. Y bendecid al Señor en sus obras; pues entre ellas, con ser tantas y de tan embelesadora grandeza, vosotras figuráis, sin duda, en el ratito de las mayores, por vuestra belleza singular y vuestra sobrenatural conservación; benedicite Dominum in operibus suis.

Y cierto, hermanos míos, que si en este santo cerro deben resonar constantemente solemnes acciones de gracias a Dios Nuestro Señor y tiernísimas alabanzas a María, su Purísima Madre, que aquí se dignó aparecerse a Juan Diego para nuestro bien, dejándonos como precioso recuerdo de tan feliz visita y como prenda segura de su poderosa protección, esta bellísima Imagen formada de milagrosas flores; mucho más ruidosas y entusiastas deben resonar en estos días, que vuestra filial piedad consagra a dar rendidas gracias a Dios Nuestro Señor y a su Inmaculada Madre la Santísima Virgen de Guadalupe, por la concesión del novísimo Oficio y Misa propia, con que la Santa Sede ha querido confirmar una vez más nuestra constante fe y nuestra tierna devoción a la celestial Señora, en feliz momento aparecida en este dichoso cerro de Tepeyac.

Y estas alabanzas tanto más solemnes y afectuosas deben tributársele, cuanto que no son sólo hermosas y fragantes flores las que nos ofrece la amabilísima Madre de los mexicanos, sino también suavísimos y saludables frutos. No parece sino que ahora, como en los tiempos de Salomón la Sagrada Esposa de los Cantares (cap. VII-v. 12), nos dice la Santísima Virgen: «videamus si flores fructus parturiunt», veamos si producen frutos las flores. Pero ¡qué! diréis; las flores permameciendo   —6→   flores, ¿pueden dar fruto? Cuando a las flores suceden los frutos, las flores dejan de existir; y estas flores de la Sagrada Imagen de Guadalupe ya vemos que son perpetuas: bástales, pues, ser flores y flores de tanta fragancia y hermosura. Para responder a esta dificultad, pudiera haceros observar ese espléndido y significativo panorama, que sirve como de marco, aunque mezquino, a la incomparable belleza de María en esta milagrosa Imagen: el Sol, la Luna, las Estrellas, un Querubín, elementos todos ellos que lucen muy lejos de la tierra, y frutos del infinito poder de Dios, admirablemente representados con la sustancia de las flores en torno de esta celestial Imagen. Un sol, que parece avergonzarse al pretender brillar en presencia de María, y se esfuerza en eclipsarse del todo; Luna, que, aunque luciendo serena y no sin merecer alabanzas en otros hemisferios, aquí de tal modo se confunde a la vista de María, que no encuentra sitio más oportuno en que ocultar la inconstancia que arguyen sus fases, que bajo las virginales plantas de la Mujer fuerte por excelencia; Estrellas, que poderosamente atraídas por las inconcebibles gracias e inefable belleza de María, prefieren dejar de brillar reinando en aquellos elevados espacios, a trueque de ser para siempre ornamento felicísimo del precioso manto de la Emperatriz de los cielos; un Querubín, cuya ambicionada gloria, después de la visión encantadora de Dios, se cifra en servir de alfombra, que huelle con sus purísimos pies la Inmaculada Reina de los ángeles: he aquí un cuadro preciosísimo y celestial, milagroso fruto de esas admirables flores.

Pero otros frutos, no menos preciosos y felices, brotan de ellas, y de estos vamos a hablar hoy con la divina gracia, frutos de honor y de honestidad, como ella misma nos dice, flores mei fructus honoris et honestatis; frutos representados en aquellas sagradas palabras que me sirven de tema: «los beneficios espirituales y temporales que la Santísima Virgen de Guadalupe derrama sobre nosotros en tanta abundancia, los cuales   —7→   en corazones generosos no pueden menos de excitar cristianas virtudes, frondete in gratiam; y los tiernos cultos, los fervorosos obsequios y rendidas acciones de gracias con que debemos corresponderle, y de hecho vienen correspondiéndole con amor entusiasta durante cerca de cuatro siglos todas las generaciones del pueblo mexicano; pues a estas fervorosas alabanzas y tiernas explosiones de gratitud nos excitan con admirable elocuencia esas mismas dichosísimas flores»; collaudate canticum, et benedicite Dominum in operibus suis.

Madre amabilísima; Reina y Señora de Guadalupe, que en este cerro feliz habéis querido apareceros colocando en él Vuestro trono, y dejándonos tan apreciable tesoro en esta bellísima y celestial Imagen, para mostrarnos que sois y seréis siempre nuestra tierna y cariñosa Madre; conseguidnos de Vuestro divino Hijo gracia para que conozcamos estas verdades, y así sea más firme nuestro amor, y más constantes y fervorosas las alabanzas que os debemos.

AVE MARÍA

Florete, flores...

Los solemnes y tiernísimos cultos, que incesantemente consagra el pueblo mexicano a la Santísima Virgen de Guadalupe, entre los cuales ocupará, sin duda, apreciable y preferente lugar el novísimo oficio y misa propia recientemente concedidos, son legítima y natural consecuencia de las gloriosas apariciones de María al dichoso indio Juan Diego en este cerro bendito de Tepeyac desde el 9 al 12 de diciembre de 1531, y de la aparición felicísima de esta milagrosa y celestial Imagen ante el venerable obispo, señor Zumárraga en el último de esos cuatro días de gratísima y bendecida memoria. Quiere la Inmaculada Madre de Dios fijar su augusto trono en este lugar, en que por siempre se la dediquen amorosos cultos; y   —8→   entre numerosas luces de inusitado resplandor y embelesadoras y celestiales armonías, muéstrase con indescriptible majestad a Juan Diego revelándole su dignidad altísima, y le encarga vaya a pedir al Obispo que aquí se la erija un templo, en que oiga benigna las súplicas de sus queridos hijos los mexicanos, y reciba sus cariñosos obsequios. Prudente el Obispo, exige del afortunado mensajero una señal que acredite su veracidad; y la celestial Señora, apareciéndose otra vez a Juan Diego el día 12, le ordena que suba a la inculta y espinosa cumbre del cerrito, y recoja en su tilma frescas y hermosas flores, que han brotado en gran número en aquel ameno vergel.

Bien sabe el indio felicísimo que en aquella cumbre no hay flores; pero es tal y tan grato el misterioso poder que sobre él ejerce la majestuosa y hermosísima Señora, que inmediatamente obedece sin replicar. «Cierto que aquí hace dos días no había flores, podría pensar él; pero ¿no me ha dicho la amabilísima Señora que Ella es la Madre inmaculada de Dios? ¿No es su divino Hijo aquel Señor magnífico y omnipotente que dixit, et facta sunt, ipse mandavit, et creata sunt; dijo, y las cosas fueron hechas; mandó, y fueron creadas de la nada?», Y trepando animoso hasta la cumbre, admira en ella un delicioso jardín de hermosísimas y variadas flores, que luciendo con las frescas galas de cristalino rocío colores vivísimos, y despidiendo agradable fragancia, parecían disputarse el honor de ser transplantadas a su pobre tilma3. Córtalas Juan   —9→   Diego al azar, bien ajeno de imaginarse que entre aquellas flores de preciosos matices y embriagadoras esencias, después de santificada por las manos purísimas de María, unas, como las nacaradas azucenas, pintarían el bellísimo semblante y las graciosas manos de la encantadora Reina de los cielos, y otras como las purpúreas rosas de Castilla, los claveles, nardos, jazmines, alhelíes y demás flores que embalsamaban su pobre tilma, se distribuirían entre sí la pintura, el dorado y los adornos de lo restante de esta celestial Imagen. Toca y ordena las milagrosas flores la Inmaculada Virgen María, y manda a Juan Diego las presente al Obispo en cumplimiento de su promesa; y en presencia del venerable señor Zumárraga, desplegado el ayate para que reconozca la prometida señal, caen al suelo milagrosas flores, y aparece indeleble y maravillosamente pintada en la filma esa Imagen bellísima de nuestra Señora de Guadalupe4, dulce encanto de los ojos y consuelo tiernísimo de los corazones.

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¿Cuántos sean los beneficios que la celestial Señora ha derramado a manos llenas sobre los mexicanos desde ese instante felicísimo de su Aparición a Juan Diego en este cerro dichoso de Tepeyac, sólo Ella nos lo podría decir; porque quién podría contar las numerosas estrellas que brillan en el cielo, los granos de arena que forman el lecho de los mares, y los millones sin número de gotas de gotas que caen en un día de copiosa lluvia? «Arenam maris et pluviae guttas quis dinume ravit?»5 Comenzando por recordar el inapreciable favor de la vocación al Catolicismo, bien sabido el que, a pesar del indisputable y fervoroso celo de los primeros misioneros, «cinco años, como dice el P. Motolinía6, anduvieron los mexicanos muy fríos en pedir el bautismo», y hasta junio de 1531, entre los cuarenta y un misioneros que había en Nueva España, apenas habían bautizado un millón de indios, niños en su mayor parte7; pero «en 1531, escribe el norteamericano Bancroft8, aconteció un hecho, que mucho contribuyó a la extirpación de la idolatría, y fue la milagrosa Aparición de la Virgen de Guadalupe». Desde entonces eran tantos los que pedían el bautismo, que a los sacerdotes acontecía muchas veces, dice el P. Mendieta9, no poder alzar el brazo para bautizar, y uno sólo bautizaba a   —11→   veces en un sólo día cuatro, cinco y seis mil adultos y niños. Sólo en el convento de Quecholac bautizaron en cinco días el P. Motolinía y otro religioso más de 14200 indios10; y fray Pedro de Gante, mucho más ilustre por su devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, que por la noble sangre de los reyes de Escocia que corría por sus venas, bautizó él sólo por su mano más de un millón de indios11. En suma, fue tal el ardor que la celestial Señora de Guadalupe infundía en los indios para que pudieran ser admitidos en el gremio de la Iglesia Católica, que, como dice Motolinía, en quince años, desde 1524, los franciscanos habían bautizado más de nueve millones de indios, es decir, en ocho años ocho millones, desde 153112.

A esta gracia, fundamento de tantas otras, agregad los beneficios, generales no más, que la amabilísima Señora ha venido desde entonces dispensando a sus queridos hijos los mexicanos en las públicas calamidades de pestes e inundaciones, y convendremos en que realmente ha cumplido con creces su amorosa palabra de ser siempre para con nosotros tierna y cariñosa Madre. Cuando de 1544 a 45 causó tan cruel estrago entre los indios la terrible enfermedad del cocolixtli, en que perecieron como ochocientos mil, a pesar de las novenas y fervorosas oraciones que, para aplacar a su divina Majestad, se le dirigieron en más de cinco meses, ¿quién hizo cesar como por ensalmo el pavoroso contagio, sino la Santísima Virgen de Guadalupe, a cuyo venerado Santuario acudió en devota y tiernísima procesión desde Tlaltelolco aquella multitud de indiecitos, niños y niñas de seis a siete años, que levantadas al cielo sus inocentes manecitas y derramando abundantes lágrimas, lágrimas amargas arrancadas por la orfandad y el desamparo,   —12→   invocaban con su infantil media lengua a la dulce y poderosa Madre de los mexicanos?13 Igual beneficio concedió la celestial Señora en 1597 a las provincias mexicana, mixteca y zapoteca14, diezmadas en tres años por la misma epidemia; pues se movió a favorecerlas atendiendo benigna a los gemidos del pueblo, que en triste procesión y afligiéndose con disciplinas de sangre, clamaba a su amantísima Madre pidiendo misericordia. Y bien comprobado está por un documento del venerable Cabildo Metropolitano, que en otras epidemias de 1696 y 97 que causaron la muerte a muchos millares de indios y de españoles, la asoladora calamidad no cesó, a pesar de las rogativas, procesiones y constantes plegarias de la ciudad, hasta que por medio de un Novenario que hicieron los Tribunales, Comunidades y ambos Cabildos, se imploró el auxilio de la Santísima Virgen de Guadalupe15.

¿A qué mencionar aquí, cuando la tradición nos la viene transmitiendo desde entonces con tan angustiosos recuerdos, aquella terrible inundación de 162916, en que perecieron treinta mil naturales, unos ahogados, aplastados otros bajo las ruinas de las casas que, debilitados los cimientos, se desplomaban, y muchos por falta del necesario sustento; y en la cual, de más de veinte mil familias de españoles apenas quedaron cuatrocientas?17   —13→   Justísimamente airada la divina Majestad, hubiera reducido a cenizas la ciudad de México, sobre la cual pesaba la responsabilidad de numerosos y gravísimos pecados; pero la Madre clementísima de los mexicanos, abandonando por cerca de cinco años su verdadero Santuario del Tepeyac, trasladose a México para defender y consolar a sus hijos, ingratos entonces; y el Señor se limitó a castigarlos con una prolongada inundación, de la cual, por desgracia, no se dieron por avisados. Pero lo que sobre toda ponderación evidencia el poderoso valimiento de nuestra amabilísima Reina y Señora de Guadalupe, y la decidida voluntad que Dios Nuestro Señor manifiesta de que la honremos y acudamos a Ella en todas nuestras necesidades, es la rápida y maravillosa desaparición de aquella horrible peste del Matlazahuatl18 en 1737, que en pocos meses transplantó a los cementerios a más de setecientas mil víctimas19. «Hacíanse por todos los templos, dice el P. Alegre, plegarias, procesiones, novenas y todo género de piadosos obsequios para aplacar la ira del cielo... No quedó Santuario, ni devota Imagen, a quien pública o privadamente las comunidades religiosas, cofradías o gremios no repitiesen muchas veces sus ruegos y oraciones... Sin embargo, se reservaba el Señor esta gloria para su Santísima Madre en la milagrosa Imagen de Guadalupe de Tepeyacac, a cuyo amparo quería que se pusiese todo el reino». Y tenía razón el piadoso historiador; pues bien sabéis que desde el primer día en que ambos cabildos, el eclesiástico y el secular, comenzaron a deliberar sobre la necesidad de jurar por Patrona de Nueva España a la Santísima Virgen de Guadalupe, disminuyó prodigiosamente el número de   —14→   los muertos, como si el Señor con poderoso soplo de vida purificase la emponzoñada atmósfera, no habiendo ya más que tres víctimas20 en la víspera de la jura, cuando antes diariamente pasaban de cincuenta. De este tan señalado beneficio data el Patronato de la Santísima Virgen de Guadalupe, celebrado en toda esta Nación con tan tierno alborozo y tan magníficas fiestas, y poco después solemnemente aprobado por la Santa Sede en sus letras apostólicas Non est equidem, de 25 de mayo de 1754, en que concedía se rezase en toda la Nación mexicana el Oficio y Misa propia de Nuestra Señora de Guadalupe con rito de primera clase y Octava; apreciable y ansiada concesión que en noviembre y diciembre de aquel año fue solemnizada por el Arzobispo, Virrey, y ambos Cabildos con alegres y suntuosas fiestas. Cuáles tengan más razón de ser, si aquellas con que se celebraba la aprobación del Patronato y la primera concesión de Oficio y Misa propia, o estas con las que solemnizamos iguales gracias que todavía parecen tener mayor alcance, yo no me atrevo a definirlo. En 1754 y 1894 nos ha favorecido tanto, inspirada sin duda por la Santísima Virgen de Guadalupe, la Sede Apostólica, que hay sobrada razón para que la estemos siempre muy agradecidos, y procuramos con todas nuestras fuerzas que las relaciones de amoroso respeto y rendida sumisión que con ella debemos tener constantemente, sean cada día más expresivas y afectuosas.

Pero si estos beneficios generales, y tantos otros particulares que no tienen número, dispensados en cerca de cuatro siglos por la Purísima Soberana del Tepeyac a los mexicanos, son tan apreciables, y es muy natural que encontrasen en sus corazones dulces ecos de filial gratitud, frondete in gratiam; son también consoladoras y edificantes las manifestaciones continuas de tierno y acendrado amor por parte de este pueblo   —15→   fiel hacia su amabilísima Madre. Trasladada con festiva pompa su celestial Imagen desde el Oratorio del inolvidable Señor Zumárraga a la ermita, humildísima en un principio, que se la dedicó al pie de este cerro21, las historias nos dicen que desde entonces ha sido siempre ruidoso y devotísimo el culto que se la viene consagrando. Noventa años22 la veneraron piadosos los mexicanos en su primer Santuario, ampliado por el Señor Montufar en 155423; y en este tiempo ¿quién es capaz de formarse completa idea del número y del fervor con que se dedicaban a la Santísima Virgen de Guadalupe novenas, misas, letanías, salves, rosarios y solemnísimas fiestas? ¿Quién podrá calcular las cuantiosas limosnas, que pobres y ricos la ofrecían, ansiosos de fomentar su culto y hacerlo cada día más espléndido? Aún hoy leemos poseídos de consoladora admiración el largo catálogo24 de donaciones, que en plata, oro y piedras preciosas se hicieron en favor de la sagrada Imagen hasta fines del siglo XVII: sólo la plata de las lámparas, candeleros, pebeteros y otros muchos útiles y alhajas propias del culto, sin contar los vasos sagrados, pesaba más de cuatro mil cuatrocientos noventa marcos; y era tal la magnificencia del culto que se la tributaba, que durante las Misas ardían constantemente, entre otros muchos, dos gigantescos cirios coloca dos   —16→   sobre blandones de plata, del valor de cuatro mil pesos cada uno; y ya entonces estaba dotado el Santuario con seis capellanes perpetuos25, que no sólo celebraban la santa Misa en honor de la gloriosa Aparición de María en este bendito cerro, sino que asistían de oficio en corporación a las salves, vísperas y festividades de la celestial Señora. Para satisfacer aquellas ardorosas emociones de tiernísima gratitud, que la vista de esta milagrosa Imagen producía en todos sus devotos, dedicáronsela muy pronto numerosos altares26, erigiéronsela   —17→   con piadosa solicitud y ardiente entusiasmo riquísimas capillas27, capaces de excitar por sus artísticas bellezas sentimientos   —18→   de verdadera admiración; y consagráronsela santuarios magníficos28 por todo este religioso país. Fundáronse   —19→   Misas perpetuas29 en honor de su feliz Aparición, y en multitud   —20→   de Iglesias dotáronse fiestas30 y maitines solemnes, e instituyéronse limosnas con renta diaria31 para mantener   —21→   constantemente encendidas lámparas ante su sagrada Imagen; celebráronse sus centenarios con nueva pompa32 y amoroso entusiasmo, y solicitáronse de los sumos Pontífices gracias espirituales33 con tal empeño y tan meritoria constancia, que apenas ha habido Papa que desde entonces no haya enriquecido este celebérrimo Santuario con indulgencias, jubileos plenísimos   —22→   y todo género de espirituales favores. Y ¿qué decir de aquellas numerosas y entusiastas peregrinaciones34, que perfumando los largos caminos que recorrían, con el precioso aroma de su viva fe y fervorosa devoción, llegaban ante las aras de la Santísima Virgen de Guadalupe ansiosas de contemplar como estáticas esta celestial imagen, y ante ella pasaban horas y días con el corazón henchido de indefinible ventura y dulcísimo amor? ¿Cómo podría clasificarse esa poderosa y entrañable atracción que ejercía, y ejerce siempre, sobre sus devotos, si es de tal naturaleza, que en su presencia murió de purísimo amor alguno de ellos, abrasado el corazón en vivas ansias de contemplarla radiante de majestad y de hermosura en el cielo por toda la eternidad?35. Y ¿cómo pintar el unánime fervor y estruendoso entusiasmo de esos hijos tan amados de la clementísima Madre de Guadalupe, los pobrecitos indios36, de cuyo traje quiso vestirse la celestial Señora para inspirarles más animosa confianza en sus pesares, cuando en sus populares cánticos entonaban alabanzas tiernísimas y dulces requiebros de filial amor a la Virgen aparecida, repitiendo una y otra vez con infantil alarde de singular felicidad aquellas consoladoras palabras: «¡Nuestra limpia y santa Madre! ¿La Virgen es de nosotros los indios...?».

¡Oh Madre amabilísima, Reina y Señora de Guadalupe! ¿Qué misterioso y soberano poder es el Vuestro, que así jugáis con los corazones, ora oprimiéndolos con saludables remordimientos, ora dilatándolos con dulcísima esperanza y entrañable amor? ¡Oh, qué bien cumplís vuestra cariñosa promesa de ser   —23→   siempre nuestra Madre, y con qué tierno afán buscáis los corazones de vuestros hijos para hacerlos eternamente dichosos! ¿Qué mucho que a tan grandes y continuos favores correspondamos cantando entusiastas vuestras glorias, y que sea para nosotros motivo de purísimos consuelos y ruidosas satisfacciones la concesión del nuevo Oficio y Misa propia, que con tan dulce alegría celebramos?

¿Qué mucho, hermanos míos, si con sólo mirar ese semblante hermosísimo, el más expresivo destello de la infinita hermosura de Dios, que se ha derramado jamás sobre ser alguno de la creación, siéntese el alma misteriosamente elevada a pensamientos y aspiraciones celestiales? Declaraba en las Informaciones de 1666 el P. Fr. Pedro de Oyanguren, del Orden de Santo Domingo, de 85 años de edad, nacido en México, de padres nobles y españoles, y decía que había experimentado en sesenta años y más que tenía de sacerdote, que varias veces que en todo ese tiempo había ido a decir Misa en su altar (de Nuestra Señora de Guadalupe), mirando con cuidadosa atención las facciones y rostro de esta milagrosa Señora, y pareciéndole que tenía hecha cabal idea en su imaginación de ella, volviéndola a ver y reconocer, la había hallado siempre con tal hermosura en su semblante, que nunca pudo conseguir verla segunda vez en la forma y hermosura que vio su rostro la primera37. Don Alonso de Cuevas Dávalos, de la primera nobleza de México, hermano del Arzobispo del mismo nombre, declaraba solemnemente en la misma época, que de la rara y peregrina hermosura de la Santa Imagen, sin que haya habido pintor que haya podido copiarla perfectamente hasta hoy, habiéndose sacado innumerables copias de ella; y de la hermosura de sus colores y demás conservación en lugar tan expuesto a corrupción, juzga; y todos así lo sienten, que es obra de Dios, que como la hizo sin ningún aparejo y sin disposiciones para ello,   —24→   la ha conservado, y conserva por tantos años en el sitio arriesgado en que está38. Diciéndonos el celebrado autor de la Maravilla Americana algo, que es todo cuanto en este mundo, y con humano lenguaje, se puede decir acerca de la hermosura de esta celestial Imagen, se expresa así: «Es su amabilísimo rostro de tal contextura, que no es delgado, ni grueso: concurren en él aquellas partes de que se compone una buena pintura, como son hermosura, suavidad y relieve; dejándonos ver en él unos perfiles en los ojos, nariz y boca tan dibujados, que sin agravio de las tres partes dichas le agregan tal belleza, que arrebata los corazones a cuantos logran verles. La frente es bien proporcionada, a la que le causa el pelo, que es negro, especial hermosura aun estando en aquel modo sencillo que nos dicen usaban las indias nobles en este reino. Las cejas son delgadas, y no rectas; los ojos bajos, y como de paloma tan apreciables y amables, que es inexplicable el regocijo y reverencia que causa verles. La nariz es bella y en correspondiente proporción con las demás partes, es linda. La boca es una maravilla; tiene los labios muy delgados; y el inferior, o por contingencia, o misteriosamente, cayó en una marra o nudo del Ayate, que elevándolo un tanto cuanto, le da tal gracia, que como que se sonríe, embelesa. La barba corresponde con igualdad a tanta belleza y hermosura. Las mejillas sonrosean, y el colorido es poco más moreno que el de perla. La garganta es redonda y muy perfecta»39. «Son las cuatro especies o modos de pintura que en Guadalupe se admiran ejecutadas, al óleo, una, otra al temple, de aguazo otra, y labrada al temple la otra»40.«Mano más que humana fue a mi corto juicio la que ejecutó en este lienzo las cuatro especies dichas tan disímbolas   —25→   Y ¿qué salió de esa inusitada junta o combinación de las distintas pinturas? El todo salió asombro de perfecciones, pasmo de belleza, suavidad, unión, dulzura»41.

Pero si es maravillosa la encantadora hermosura de esta celestial Imagen, no arguye menor milagro su inexplicable conservación en este lugar, que aunque santificado por las virginales plantas de la Inmaculada Madre de Dios, no está, en atención a su aire húmedo y saturado de salitre, en condiciones ventajosas para las pinturas hechas por mano de hombre. «Lo cierto, es, continúa diciendo D. Miguel Cabrera42 que no había menester el lienzo en que está delineada la Sagrada Imagen, tan poderosos contrarios para acabarse dentro de breve tiempo: bastaba sólo la materia de que se compone, para que a poco tiempo se deshiciese y para que lo llorásemos ya destruido. Razón porque juzgo que debemos atribuir esta rara conservación a especial privilegio que goza por estar pintada en él la Sagrada Imagen»43. ¿Qué maravilla, pues, que tan precioso y celestial   —26→   Retrato haya alegrado siempre los corazones de sus devotos, colmándolos de dulcísimos consuelos?

A tan fervorosa y espléndida devoción del pueblo mexicano no bastaba la estrechez y pobreza del primer templo, y en 1622, se dedicó a la celestial Señora el segundo44 cuyos sagrados muros fueron también testigos durante setenta y seis años de los afectuosos obsequios y dulces lágrimas, con que se manifestaba la piedad siempre creciente de los fieles. En 1709 le fue dedicado el templo que hoy subsiste45, en el cual se   —27→   gastó más de un millón de pesos, suma que aunque considerable, es sobremanera mezquina para expresar el amor entusiasta y tiernísimo que a su amabilísima Madre y Señora de Guadalupe han profesado siempre los mexicanos. Pero un templo, por magnífico que sea, es todavía poco para satisfacer a los amantes hijos de tan gran Señora; y cuarenta años después fue erigida con autoridad apostólica esta insigne y Nacional Colegiata de Guadalupe46, de gloriosa historia, que tan fervorosos, sabios y distinguidos eclesiásticos ha contado siempre en su seno.

Al considerar esta dulce y poderosa atracción que la milagrosa y celestial Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ejerce sobre los mexicanos y sobre todos sus devotos, explícase muy bien que ya desde los primeros tiempos de la aparición se hayan multiplicado y extendido por todas partes copias de esta admirable y sobrenatural pintura. Famosa es entre todas ellas la que poseía Juan Diego y fue heredada por un hijo suyo del mismo nombre, y a su vez por un hijo de éste, también llamado Juan, el cual, al morir, la legó a su confesor el P. Juan de   —28→   Monroy, S. J.47. Es una preciosa pintura, de una tercia de largo y cuarta de ancho, de inestimable valor por su origen, que fundadamente se cree ser celestial; pues, no existiendo pintores en Nueva España en la época en que vivía Juan Diego, poderosas razones hay para suponer que se la haya inmediatamente proporcionado a su regaladísimo siervo la celestial Señora de Guadalupe. Posteriormente fue pintada en uno de los muros del claustro del convento de Franciscanos de Cuatitlan, una imagen que representaba a la Santísima Virgen de Guadalupe; a sus pies veíase a Fr. Pedro de Gante, a cuyos lados y detrás de él aparecían Juan Diego y Juan Bernardino con letreros, como dice la historia, y sin ellos otros muchos indios48. No menos notable es otra imagen retocada por Gaspar Chávez, uno de los primeros pintores que vinieron a Nueva España, en cinco tablas ensambladas que formaban la mesa en que Juan Diego en presencia del Sr. Zumárraga, colocó su afortunada tilma, momentos antes de desplegarla y de aparecer pintada en ella esa bellísima y celestial imagen de Guadalupe49 Venerable es también por su antigüedad otra copia, de una vara de alto y pintada al temple en la pared de uno de los sótanos del convento de religiosas de San Jerónimo, de esta ciudad de México: fue descubierta50 antes de 1674,   —29→   milagrosamente conservada entre montones de tierra, que allí habían ido hacinando durante muchos años, y a pesar de la humedad constante, que producida por el agua de las próximas acequias, iba filtrando sin cesar a través de los muros. Y no es esto lo más maravilloso, sino que después de descubierta la singular pintura, fue progresivamente cambiando de lugar hasta colocarse en sitio más elevado y muy a propósito para que allí se la dedicase un altar. Otra copia muy antigua era venerada en un altar de la Iglesia de Tlaltelolco: de este retablo habla el P. Betancurt51, y bien puede suponerse que sería antiquísimo y del tiempo de los primeros pintores aportados a Nueva España hacia el año de 1606; pues la Iglesia estaba ya construida antes de 154052. Celosísimos como fueron desde un principio los mexicanos en propagar por todas partes la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, parecioles estrecho para extender su culto el territorio inmenso que antes poseía la nación mexicana, e hicieron que muy pronto fuese conocida y venerada por Europa y los demás países de América. En 1655, llevó a Roma copias de la milagrosa Imagen el P. Diego Monroy, S. J., y allí mandó abrir una lámina, para distribuir por aquel lejano país numerosas estampas53: lo mismo hicieron en Madrid en 165854 el P. Miguel de Aguirre, y55 en 1662 el P. Miguel de León; y en Amberes en 1678, el P. Francisco de Florencia, S. J.56, que también llevó a Roma tres hermosas copias, del mismo tamaño del maravilloso original.

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Tiernamente apasionados de la bellísima y celestial Imagen de Guadalupe, llevaron copias a Madrid y al Perú respectivamente el visitador don Pedro de Gálvez57, y el Virrey, conde de Alva de Liste58, ansiosos de fomentar entre los españoles y peruanos su dulcísima devoción. Y era tanto el ardor con que por todas partes se deseaban estos preciosos ejemplares, que ya en esa época había en México muchos artistas que únicamente se dedicaban a pintar copias de esa milagrosa Imagen. Una tenía en lugar preferente de su cámara a mediados del siglo XVII, el papa Inocencio X59: quince años después envió a Alejandro VII otra copia preciosísima de esmalte el arzobispo de México, Sr. Osorio Escobar y Llamas60; y cuando en 1753 fue a Roma el P. Juan Francisco López, S. J., llevando también hermosas copias de esta celestial Imagen, observó con grandísimo consuelo que el P. Ricchini, Secretario de la Congregación del Índice, conservaba también una en su oratorio con tiernísima devoción61. Interminable sería la relación de los esfuerzos en todo tiempo hechos por los agradecidos mexicanos para que por todos los países fuese conocida la milagrosa Aparición de la Santísima Virgen a Juan Diego en el Tepeyac. Baste decir que, gracias a Dios Nuestro Señor y a su Inmaculada Madre, estos trabajos viéronse en breve coronados de un éxito felicísimo, pues hace mucho tiempo es tiernamente venerada en España62, Italia, Francia, Austria, Alemania,   —31→   Baviera, Bohemia, Polonia, Bélgica, Irlanda, Transilvania, en las Islas Marianas, y en la América del Sur. Y en cuanto a este religioso país, bien sabido es, como decían ya en el siglo XVII nuestros historiadores que apenas se hallaría en toda Nueva España iglesia, capilla casa ni choza de español ni de indio, en que no se venerase la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe63, y era en sus habitantes muy común traer consigo alguna medalla de esta celestial Señora, como poderoso escudo contra todo género de peligros.

Para tributarla en lo posible, constante y solemnísimo culto, erigiéronse en su honor especiales congregaciones en este Santuario del Tepeyac64, en la Iglesia de San Francisco de México65, en Querétaro66, en Madrid67 y en otros muchos lugares las cuales fueron muy pronto enriquecidas por los sumos pontífices con numerosas indulgencias y otras gracias espirituales.

¿Qué más...? Permitidme que para poner en alguna manera más de relieve la piedad, que en todos tiempos ha manifestado el pueblo mexicano hacia la Santísima Virgen de Guadalupe, vaya recorriendo por sus distintas clases algo siquiera   —32→   de lo mucho que nos dicen los historiadores, por más que de casi todos vosotros sea muy sabido. Cuanto recordásemos acerca del tiernísimo amor del venerable Señor Zumárraga a la Inmaculada Virgen de Guadalupe, podría sintetizarse en este solo dato: a él se apareció esta bellísima y celestial Imagen, él fue el primero tal vez en rendirla fervientes homenajes de cariñosa veneración, y en quince días, ansioso de dar cuanto antes cumplimiento al celestial mandato, la edificó una pequeña ermita68, en que los pueblos pudiesen desahogar con sus plegarias y sus lágrimas sus sentimientos de tiernísimo amor. El Sr. Montufar amplió el venerado Santuario erigido por su antecesor, dotándolo con mil pesos69; y estaba tan dulcemente enamorado de esta celestial imagen, que en su sermón del fin de septiembre de 1556, predicado en la Iglesia Catedral, desarrollaba con fervorosa devoción este significativo tema: beati oculi, qui vident quae vos videtis70; y ¿cómo no habían de ser bienaventurados, cuanto en este miserable mundo sublunar podemos serlo, los que, como nosotros hoy, contemplaban entonces santamente embelesados esta maravillosa Imagen, por altísimos designios del Señor formada de milagrosas flores? El Sr. Moya y Contreras, tan celoso en el desempeño de su elevado ministerio, que se dedicó con ahínco a aprender el idioma mexicano para predicar a los indios por sí mismo, y suplía con frecuencia a los párrocos en la administración de los santos sacramentos71, tan caritativo, que de todo se desprendía para saciar sus ardorosas ansias de aliviar a los pobres, privándose   —33→   él mismo algunas veces de las cosas más necesarias; tomó con tal empeño el atender al acrecentamiento del culto de la Santísima Virgen de Guadalupe, que intentó convertir el santuario en iglesia parroquial72 destinando al culto de la celestial Señora dos capellanes que constantemente administrasen los sacramentos a los peregrinos; y en obsequio a la madre tiernísima de los mexicanos que aquí se apareció para socorrerlos en todas sus necesidades, dio nuevo impulso a la fundación de dotes para las huérfanas, escribiendo por sí mismo las ordenanzas que en el acto del sorteo deberían observarse73. Fr. García de Mendoza tenía sus delicias en releer con tierna devoción los Autos originales de la Aparición, y se propuso construir a la celestial Soberana del Tepeyac un nuevo templo, más digno de su grandeza74. Como si expresamente le hubiese sido trasmitido tan precioso legado de piedad, Fr. García Guerra, no menos devoto de la inmaculada Virgen de Guadalupe que sus ilustres antecesores, dedicose con ardor al proyecto de un nuevo templo que fuese más digno de la Reina purísima de los ángeles, poniendo por sí mismo la primera piedra75; cifraba sus delicias en hacer Novenas, dedicando a la Virgen aparecida nueve días continuos de devotas plegarias76 en este santuario, el cual mensualmente dedicaba algunas cantidades para auxiliar a pobres vergonzantes77; y tan amorosa confianza tenía en la protección de la Santísima Virgen de Guadalupe, que antes de hacerse cargo del Virreinato, vino a su Santuario, y «convertidas en fuentes de lágrimas sus ojos, postrado ante esta celestial   —34→   Imagen, le pidió le comunicase su espíritu para que siempre acertase a servirla, gobernando su pueblo en paz y en justicia78. El Sr. Pérez de la Serna dedicó y solemnemente bendijo el segundo templo, en cuya fábrica se emplearon trece años de trabajos y constantes desvelos; y mil veces más feliz que Salomón, tuvo la dicha de colocar en magnífico tabernáculo de plata esta Arca preciosísima del nuevo Testamento, que por su soberano poder y encantadora hermosura descuella tanto sobre la del Antiguo, cuanto a las sombras de una oscura noche aventaja la luz esplendorosa del Sol. Piadosísimo también el Sr. Manso de Zúñiga, cuya entrañable caridad y apostólico celo tan alto rayaron en la espantosa inundación de 1629, cuando recorría las anegadas calles de la ciudad de México en ligera canoa para repartir abundantes limosnas a los pobres y administrarles los santos sacramentos; tenía también sus delicias en visitar y contemplar con visible ternura esta celestial Imagen, cuyo santuario reparó con suntuosidad y buen gusto79, y para fomentar más y más la devoción de la Purísima Virgen de Guadalupe, construyó, contigua al tercer templo, una casa en que los peregrinos pudiesen hacer cómodamente sus novenas80 y ejercicios. En aquella, tristísima calamidad que causó tantas víctimas, el Arzobispo volvió los ojos como a único medio de salvación después de Dios, a la amorosa Madre de los mexicanos, y condujo su bellísima y celestial Imagen a México con extraordinaria pompa81, para que más cerca de sus apenados hijos, velase por ellos con cariñosa eficacia. El Sr. Sáenz de Mañozca   —35→   muestra su amor a la dulcísima Virgen de Guadalupe destinando a su Santuario gruesas limosnas con singular esplendidez, hermoseándolo con preciosas pinturas y acreciendo su riqueza; con magníficas alhajas82; y no menos entusiasta admirador de esta celestial Imagen, el Sr. López y Ancona, detiénese tres días en este venerado Santuario, antes de su consagración, encomendando a la Virgen aparecida el feliz éxito de sus pastorales trabajos83. El Sr. Osorio Escobar y Llamas, ansioso de que los pomposos cultos que a la Santísima Madre de Guadalupe se le tributaban, creciesen en importancia adquiriendo un carácter de más respetable solemnidad, solicitó de la Santa Sede en 1663 la concesión de Oficio y Misa propia, remitiendo fehacientes testimonios del Milagro de la Aparición, con las súplicas del Virrey, ambos Cabildos y todas las Órdenes religiosas84. Tal era la fervorosa piedad del arzobispo virrey Sr. Enríquez de Rivera; que al salir de palacio, iba precedido de un guión en que estaba representada la Santísima Virgen de Guadalupe85: para aumentar su culta reconstruyó la magnífica calzada, que desde México conduce a las puertas de este Santuario, y en parte los quince oratorios del Rosario de María86, preciosas estaciones en que los devotos peregrinos se detenían algún tiempo, como para cobrar mayores fuerzas y resistir animosos las impresiones dulcísimas que en presencia de la sagrada Imagen les esperaban: atento el santo prelado a procurar en todo el bien de los piadosos romeros, surtió de abundantes aguas esta villa87; y para aumentar en lo posible la devoción de los fieles,   —36→   aprobó las Reglas de la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe, por una de las cuales se obligaban con juramento los congregantes a defender siempre la verdad de la Concepción inmaculada88 de María. El Sr. Aguiar y Seijas veló de una manera especial para que en el Santuario reinase en todo tiempo la verdadera devoción y compostura tan debidas a nuestra celestial Madre89; dotó con renta fija la institución de las Salves para que fuesen cantadas con música y mayor solemnidad90, fundó una renta de mil pesos para oblata91, construyó casas para los capellanes, y en 1695, puso la primera piedra para el actual templo de la Colegiata92. Y qué sentimiento de admiración y cariñoso aplauso no excita en todos los fieles la heroica conducta del Sr. Ortega y Montañés, que siendo Arzobispo y Virrey, tomó tan a pechos la construcción del magnífico templo comenzado por su predecesor, que personalmente iba por las calles y arrabales de la ciudad, pidiendo limosna para la Santísima Virgen de Guadalupe93, y devorando con admirable paciencia, no obstante su elevadísima posición y alta dignidad, las ofensivas palabras que alguno con este motivo se atrevió a dirigirle94. Singular devoción mostró también el Sr. Lanciego velando por el acrecentamiento del culto95, haciendo reglamentos que determinasen con precisión las obligaciones de los Capellanes, y solicitando con reiteradas instancias   —37→   la erección96 de la Colegiata. Brilla entre los devotos más entusiastas el Sr. Bizarrón y Eguiarreta, que con tanto júbilo recibió de ambos cabildos en 1737, el juramento97, por el cual reconocían por Patrona de Nueva España a la celestial Reina de Guadalupe, manifestando sumo empeño en que los cultos que el Ayuntamiento quería dedicarle en la ciudad, viniesen a rendírselos a su Santuario, al cual consideraba, en frase de un documento de aquella época, como preciso refugio de Nueva España y de su capital, que la venera Estrella de su Norte98. Tales afectos de tierna devoción se excitaban en su alma al contemplar una copia cualquiera de esta celestial Imagen de Guadalupe, que de todas las que por cualquiera circunstancia entraban en su palacio, ninguna volvía a salir99; pues compraba o recibía como regalo cuantas veía. ¿A qué recorrer la larga serie de todos los arzobispos de México y de los Prelados de las demás Diócesis de Nueva España, todos ellos devotísimos de Nuestra Señora de Guadalupe y celosos promovedores de su culto? Gálvez100, obispo de Zamora; Alcalde101 de Guadalajara;   —38→   García de Palacios, de la Habana102; el inolvidable Siles103, electo arzobispo de Manila; Cuevas Dávalos104; los Osorios, Monterrosos105, Maldonados106, Legaspis107,   —39→   y Sariñanas108; Nicoselli109 y Ruiz de Conejares110; Labastida y Dávalos111, que dedicó toda la energía de su   —40→   noble carácter, toda la actividad de su elevada inteligencia, y toda la ternura de su bellísimo corazón al culto y al honor de la Santísima Virgen de Guadalupe... ¿qué advocación, qué imagen hay en toda la redondez de la tierra que cuente con tantos, tan notables y tan entusiastas defensores?

No menos devoto y entusiasta propagador de las glorias de Nuestra Señora de Guadalupe se ha mostrado siempre el venerable Clero secular de la Nación Mexicana. Entre muchos, bien merecen ser citados: Juan Caballero y Ocio112 insigne fundador del Santuario de Querétaro, tan notable por la magnificencia de sus altares, y por la riqueza de sus vasos sagrados y ornamentos, y por la solemnidad con que en él se celebraban las fiestas de su Purísima Patrona, el venerable Juan de Barragán Cano113, fundador del Santuario del Desierto, cerca de San Luis Potosí; Luis Lazo de la Vega114, que en idioma   —41→   mexicano dio a luz la Relación parafrástica de la Aparición, compuesta sobre la original de Antonio Valeriano; Cayetano Cabrera, fervoroso defensor de las glorias del Tepeyac115; Conde y Oquendo, que en la protección de la celestial Señora de Guadalupe, cifraba su eterna felicidad, considerándose dichoso de poder presentarse ante el tribunal de Dios con el mérito de haber escrito un libro116 sobre la verdad de la Aparición; Mendizábal y Zubialdea117, cuyo amor a la Santísima Virgen de Guadalupe se revela en el precioso himno cantado con tan tierno alboroso en toda la Nación mexicana en 1831, para celebrar el tercer centenario de la Aparición; Garidi y Alcocer118 conocido por el nombre de sabio y elocuente   —42→   diputado de Tlaxcala, tan notable por su Apología de la Aparición; Uribe119, autor de la Disertación Guadalupana; que con el Dr. Omaña, electo más tarde obispo de Monterrey, mostrose siempre tan ardiente defensor de esta santa causa; Riofrío120, canónigo de Michoacán que en un poema latino de más de trescientos versos hexámetros canta sus amores a la Purísima Soberana del Tepeyac; López de Avilés121, no menos notable por su Viridarium poeticum en honor de esta celestial Imagen; González, a quien hace pocos años contemplaba yo sentado entre sus dignos compañeros, los beneméritos canónigos de esta Insigne y Nacional Colegiata; sacerdote tan sabio como modesto, y autor benemérito de la preciosa obra Santa María de Guadalupe. Gloria grande es también para la ilustre Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de esta Ciudad, haber nutrido con su espíritu a los PP. Miguel Sánchez122,   —43→   Becerra Tanco123, y Gómez Marín124, cuyo solo nombre forma un elogio, por el ardiente amor que profesaron a la Santísima Virgen de Guadalupe, y por los sabios escritos, con que los dos primeros relataron, y defendió el último, la verdad de la Aparición.

Devotísimas se mostraron también, y apologistas entusiastas de este glorioso acontecimiento de la Aparición las Órdenes religiosas. Y comenzando por los Franciscanos, oportuno es recordar que la fraternidad que en Religión y en espíritu los unía con el venerable Sr. Zumárraga, y la circunstancia de estar tan propiamente representada la Inmaculada Concepción de María en esta milagrosa Imagen, fueron en gran parte motivo para que en sus Iglesias se multiplicasen sus copias y se propagase su devoción, y para que sus elocuentes oradores cantasen con notabilísima erudición y sobresaliente ingenio la amabilidad y clemencia de María en su felicísima Aparición.   —44→   En las Informaciones de 1666 testificaron esta verdad los PP Fr. Juan de San José y Fr. Bartolomé de Tapia125, y en las de 1722 se expresó con piadoso entusiasmo en el mismo sentido el venerable P. Fr. Antonio Margil126.

Guadalupanos eran también los Dominicos, Mercedarios y Carmelitas, algunos de los cuales en sus declaraciones de 1666127, y en sus crónicas y sermones dan pruebas bien claras de la fe y de la piedad de sus hermanos y de la suya propia, conviniendo en todo con nuestras santas y unánimes tradiciones. Lo mismo manifestaron siempre los Agustinos, y entre ellos es notable el P. Fr. Juan de Cepeda, que, aunque sobrio, como solían serlo muchos en aquella época por singulares razones de prudencia, lamentábase en uno de sus sermones de Nuestra Señora de Guadalupe, en 1622, de no poder referir «todas las excelencias, prerrogativas y gracias de este divino retrato, en que con particular cuidado puso la eterna sabiduría el pincel de su Omnipotencia».

Tampoco desafinaron en este general y unánime concierto de alabanzas y manifestaciones de tiernísimo amor a la aparecida Virgen de Guadalupe, los padres de nuestra mínima Compañía de Jesús; y perdonadme que hable también de ellos, porque aunque son mis hermanos, no me creo con derecho a ocultar sus glorias. El P. Diego de Monroy no se satisface con   —45→   su expresiva declaración128 en las Informaciones de 1666 sino que, nombrado Procurador de su Provincia en Roma, allí hace grabar el primero millares de estampas de esta milagrosa Imagen129; y publicando por todas partes la historia de esta gloriosa Aparición, extiende la devoción de la Santísima Virgen de Guadalupe por medio del P. Gumppember, en su Atlas Mariano. Los PP. Rada130, Castini131 y Tovar132 venían con frecuencia a este Santuario, acompañados de los Congregantes de la Purísima, celebraban con tierna devoción la santa Misa ante esta milagrosa Imagen, dando en ella la comunión a sus jóvenes compañeros; y después de detenerse largo tiempo en amorosas plegarias y elevada contemplación, volvíanse a México sin más desayuno que los suavísimos regalos que entre dulces lágrimas y tiernos coloquios habían gozado aquí. También la visitaba santamente embelesado el V. P. Diego   —46→   Luis de San Vítores133, que llevó consigo una copia de esta celestial Imagen cuando de aquí marchó a evangelizar las islas Marianas, y con el P. Luis de Medina, compañero suyo en el martirio, propagó por aquellas lejanas regiones el culto y el amor a la Santísima Virgen de Guadalupe134. Y ¿cómo explicar la devoción tiernísima que la profesaba el P. Juan Bautista Zappa? Este varón modestísimo y abnegado, a quien devoraba el celo por la mayor gloria de Dios, que en la Huatiteca predicaba en idioma jamás aprendido, y a quien habló alguna vez una Imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe en el Portal de las Flores135, venía a pie todos los sábados desde México a este Santuario con objeto de celebrar la Santa Misa, y gastaba algunas horas en oracionante esta milagrosa y celestial Imagen, que con frecuencia se dignaba hablarle; en una de esas ocasiones felicísimas le explicó que de Ella se habían escrito aquellas palabras136 del Salmo XVIII: «a summo coelo egressio ejeu, et occumus ejus usque ad summum ejus, nec est qui se abscondat a calore ejus»; «salió de la extremidad de los cielos, y corre hasta el otro extremo de él; y no hay quien se esconda de su calor». Enmedio de las rudas fatigas e incesante actividad de su vida apostólica y civilizadora, no se olvidaba tampoco de esta bellísima Imagen de Guadalupe el P. Juan María de Salvatierra, que con el P. Kino, sin batallones y sin elemento alguno de esos de que en abundancia disponen las potestades de la tierra, emprendió animoso la conquista de la California. Frecuentemente escribía desde allí al P. Zappa encargándole visitase en su nombre a la Santísima Virgen de Guadalupe; y   —47→   él le contestaba137. La Virgen es siempre más hermosa; se acuerda muy bien de nosotros, y envía muchos recados a V. R.: «cogitabis de me, et ego cogitabo de te». Fervorosa era también la devoción del P. Cristóbal de Miralles a la Santísima Virgen de Guadalupe; pues rara vez entraban a su aposento que no lo encontrasen de rodillas ante su sagrada Imagen, y delante de ella rezaba siempre tal oficio divino138 y el rosario. Con el poderoso recurso de su entrañable amor a la celestial Señora de Guadalupe, y con la gracia y la fuerza persuasiva de su palabra consiguió el P. Juan Francisco López del profundo canonista y singularísimo crítico Benedicto XIV la aprobación del Patronato y la concesión de Oficio139 y Misa propia. Su mayor honra y el acrecentamiento de su culto era el único afán del P. Miguel Ignacio de Castro, que por testamento otorgado en Bolonia en 1797 fundó140 una canonjía en este Santuario. El P. Agustín Márquez, precisado a desahogar en público los amorosos afectos que embargaban su afligido corazón, al salir de Veracruz para su destierro en el siglo pasado, momentos antes de embarcar con sus compañeros, dobla en el mismo muelle las rodillas141, y desplegando un lienzo en que estaba pintada la Santísima Virgen de Guadalupe, entona en alta voz las letanías entre las copiosas lágrimas y gemidos de dolor de los piadosos veracruzanos. Igual amor la profesada el P. Javier   —48→   Rivero, el cual para que gobernase siempre su inteligencia esta amabilísima Señora, que por completo ocupaba su corazón, llevaba constantemente una Imagen de Guadalupe142 en la parte interior del sombrero. El P. José María Genovese, notable por sus heroicas virtudes, y tan humilde que todas las obras que escribió, las hizo imprimir bajo el pseudónimo de Tomai, era tan amante de esta celestial Señora, que aprovechaba todas cuantas ocasiones se le podían ofrecer para enviar imágenes de Guadalupe a Sicilia, recomendando con el mayor interés su devoción143. Pero entre tantos ¿qué decir del P. Benito Velasco, que, como si hubiese recibido del cielo el particular encargo de propagar la devoción hacia la purísima Soberana del Tepeyac, se dedicó con ardor a extender su culto por toda Italia, de tal manera, que parecía no saber hablar de otra cosa que de la Inmaculada Virgen de Guadalupe? En Bolonia la edificó un altar en la Iglesia de San Juan Bautista144; y para más enriquecerlo, hizo que de aquí se le enviase una preciosa imagen pintada por Cabrera; ante ella, especialmente en los últimos diez años de su vida, rezaba todas las tardes el rosario   —49→   enmedio de una gran concurrencia de mexicanos y boloñeses: y privándose muchas veces de lo necesario para su sustento, la dedicaba novenas y funciones solemnísimas. Hermanos suyos en religión eran también los que, desprendiéndose generosamente en aquella época de una preciosa imagen de Guadalupe, que siempre los había acompañado en sus misiones por Nueva España, la regalaron a la iglesia de San Nicolás in Carcese, de Roma, donde hoy se venera145 con mucha devoción. Ante esa bellísima Imagen, tan querida en aquella ciudad por el singular milagro que por Ella obró Dios Nuestro Señor en 1796, haciendo que ante innumerables espectadores abriese y cerrase muchas veces los ojos, como si fuese persona viva, durante diez y ocho días, desde el 15 al 31 de julio, verificose el 12 de diciembre de 1869 una fiesta solemnísima a que concurrieron con singular consuelo más de sesenta obispos146, entre mexicanos, hispanoamericanos y españoles: diez eran los prelados mexicanos que con ocasión del Concilio Vaticano se reunieron en la capital del mundo católico, testigos felicísimos entonces de los magníficos cultos, que a nuestra celestial Reina del Tepeyac se rendían con ardoroso y tierno entusiasmo en tierras tan remotas.

No fueron tan solo fervorosos devotos y ardientes propagadores de esta dulcísima devoción hacia la Santísima Virgen de Guadalupe los hijos de Ignacio de Loyola. Desde el P. Baltazar González, llamado el Cicerón mexicano por su elocuencia en este idioma147, que predicó treinta años seguidos en este Santuario y escribió en correcto náhuatl una historia de la Aparición148 de la Santísima Virgen en el Tepeyac, y   —50→   otros libros para fomentar la devoción149 a la celestial Señora, hasta el P. Luis Gonzaga Gutiérrez del Corral, que murió con providencial oportunidad, cuando angustiaban su alma fundadísimos temores de verse obligado a aceptar la silla episcopal de Puebla; muchos fueron los que con celo infatigable, vastísima erudición y maravillosa elocuencia cantaron en centenares de panegíricos las consoladoras glorias de la Santísima Virgen de Guadalupe. Ni fueron oradores tan sólo los que la rindieron sus claros talentos, su apostólico celo y su ardoroso amor: historiadores como el P. Alloza150, Florencia151, Mateo de la Cruz152, Muriel153, Pérez de Rivas154,   —51→   Sigüenza155 y Clavijero156; poetas como Francisco de Castro157, Venegas158, Anaya159, Vicente López160, Abad161, Gondra162, y Andrés Diego de la Fuente163,   —52→   sin contar otro padre canónigo de la Compañía164, que en 1753 compuso con triplicada serie de lecciones del segundo Nocturno, oportunas antífonas e himnos bellísimos de arrobadora elocuencia y encantadores arranques de tiernísimo amor a María, un Oficio y Misa propia en honor de la Santísima Virgen de Guadalupe, todos estos y otros muchos que podría fácilmente enumerar, han dedicado sus plumas y los latidos todos de su amante corazón a celebrar las bondades y la ternura de nuestra Madre amantísima de Guadalupe en favor de sus queridos hijos los mexicanos.

¿Pero fue únicamente la fervorosa piedad del clero la que brilló en el amor a nuestra Reina amabilísima de Guadalupe? No ciertamente; que en esta dulcísima devoción; si el clero, como era de su deber, formó siempre en primera fila, siguiéndole en todos tiempos los pueblos con unánime y constante entusiasmo. De él dieron expresivas muestras casi todos los virreyes, que desde muy antiguo antes de entrar en México, para tomar posesión de su elevado cargo, deteníanse en Guadalupe165 y visitaban en su Santuario esta bellísima y celestial Imagen. El duque de Alburquerque venía todos los sábados166 a ofrecerla sus rendidos homenajes, y con magníficos cultos   —53→   solemnizó el segundo día del Novenario destinado a celebrar la dedicación del templo167 actual, y regaló la preciosa luna del cuadro de la celestial Imagen; imitándole en su recomendable piedad su ilustre esposa, que dedicó a la celestial Señora un marco y corona imperial168 de ricas joyas. El Conde de Salvatierra costeó un tabernáculo de plata, de más de trescientos cincuenta marcos, para que en él fuese colocada la bellísima Imagen de su celestial Soberana, la Virgen de Guadalupe169 también la ofreció ricos obsequios el Conde de Alba de Liste, dedicándola un frontal de plata170, de poco más de cien marcos; y tan devoto se mostró siempre de esta celestial Señora, que al dejar este gobierno para ir a encargarse del Virreinato del Perú, hizo pintar una copia de esta milagrosa Imagen, y entre salvas reales y militares honores la embarcó en Acapulco nombrándola Almiranta de la flota, y con igual pompa la desembarcó en el Callao, para que tomase posesión del vasto imperio de los Incas171, donde con grande animación se extendió en poco tiempo su piadoso culto. Piadosísima idea fue también la del virrey Bucarelli, que sobremanera interesado en la edificación de este convento e Iglesia de Capuchinas, apoyaba este proyecto con toda la influencia que tenía con el Rey, desplegando ante él la bellísima y delicada perspectiva de un coro de ángeles en carne, que comunicándose con la Colegiata por medio de una tribuna apareciesen constantemente   —54→   como ardorosos querubines ante este dulce y misericordioso Propiciatorio de Guadalupe172, atrayendo innumerables bendiciones sobre México y sobre toda la monarquía. Su piedad se manifestó bien expresiva en los obsequios que tributaba a la Purísima Soberana del Tepeyac, entre ellos dos, candiles de oro, y sobre todo en disponer que aquí fuesen sepultados sus restos, junto a esas sagradas puertas, en las cuales fundó su mayor grandeza, o como dice su epitafio. Como Bucarelli, grande confianza tenía también en la Santísima Virgen de Guadalupe, el conde de Revillagigedo173, que, al salir de España para México, pidió con interés al Monarca la gracia de recibir en el Santuario, como de las manos de María, el bastón de Virrey, a fin de obtener con él los auxilios y el necesario acierto para su gobierno: que los consiguió de esta dulcísima Soberana, bien lo dicen los gratos recuerdos que ha dejado y las sinceras lágrimas con que fue despedido. No menos admiración y entusiasmo excitaba la Purísima Señora de Guadalupe en el marqués de Branciforte174, que todos los sábados venía a visitarla a este Santuario en compañía de su esposa; y para más honrarla, mandó que en el día de su fiesta hiciese tres salvas la artillería, como se verificaba en los días y cumpleaños del Monarca, piadosa disposición que aprobó desde luego el Rey, devotísimo, como todos los reyes españoles, de la celestial Señora de Guadalupe.

Y ¿cómo enumerar siquiera esa inmensa serie de potestades y personajes ilustres, que ante la milagrosa Imagen de María de Guadalupe han venido postrándose sin cesar durante cerca de cuatro siglos, y consagrándola gozosos sus pensamientos, sus corazones, y hasta sus fortunas? Recordaré entre todos   —55→   a Don Alonso de Villaseca175, que en vida dispuso que su cadáver estuviese tras días depositado aquí, donde siempre había anidado su corazón: entre muchos y riquísimos dones y capellanías, que ofreció a la celestial Señora, era notable una magnífica colgadura de terciopelo con fleco de oro y una estatua de plata, de tamaño natural176. Dignos son también de grato recuerdo el Lic. Ventura de Medina y el capitán Pedro Ruiz de Castañeda, que ofreciendo a la Santísima Virgen de Guadalupe ochenta mil pesos177 para un nuevo templo, fueron los primeros que con sus limosnas contribuyeron a la construcción de este magnífico que hoy subsiste, elevado cuarenta años más tarde al ramo de Colegiata, por la piadosa generosidad del capitán don Andrés de Palencia, su fundador.

Y ¿cómo no habían de consagrarla también sus talentos y sus plumas los escritores de este hermoso país, cuya mayor gloria es la Aparición de la Inmaculada Madre de Dios en el Tepeyac? ¡Con qué tierna gratitud, y amoroso entusiasmo consignaron en sus libros este prodigioso acontecimiento Antonio Valeriano de la real familia de los aztecas178; eminente retórico   —56→   y filósofo entre los sabios franciscanos de su época y benemérito gobernador de los indios de México; Fernando de Alva179 infante real de Texcoco, de tan escrupulosa honradez histórica; que para probar la exacta conformidad de sus numerosos escritos con los jeroglíficos y cantares de sus mayores, presenta como garantía el testimonio jurado de ochenta ancianos de su raza, sabios y fidedignos! Dignos son también de entera fe y de grata memoria Bernal Díaz del Castillo180, que, aunque   —57→   escribiendo con la despreocupación y desenfado del que habiendo asistido a ciento diez y nueve combates, no se siente propenso a creer en «milagrerías» refiere sin embargo, con piadosa admiración más de una vez «los santos milagros que Nuestra Señora de Guadalupe ha hecho y hace cada día»; Veitia, tan notable en el conocimiento de la historia antigua181 de su país, como exacto en referir con piadosa escrupulosidad loa detalles de la Aparición; Boturini182, el noble e infatigable paladín de la Coronación de la Virgen de Guadalupe, a cuyas glorias consagró todo su ingenio y su rara actividad en el estudio y adquisición de antiguos e inestimables documentos;   —58→   León y Gama183, el sabio astrónomo, que en la constante observación de los astros no se limitó al estudio de la naturaleza y de las relaciones de esos mundos que cruzan el anchuroso espacio de los cielos, sino que elevándose en alas de la fe y del amor, hacia el Empíreo, contempló a su nobilísima Reina descender de allí gloriosa al Tepeyac, y a la luz de los vivísimos fulgores que despedía enmedio de tanta majestad, escribió su apreciable historia guadalupana; Francisco Sedano184, que no contento con sus Noticias cronológicas y sus devotos Recuerdos del culto tributado en México y en todo el mundo a la Santísima Virgen de Guadalupe como aparecida y por aparecida, enriquece con sus notas las obras de Sánchez, Lazo de la Vega, Veitia, Carrillo y Téllez Girón, dejando en todas ellas luminosos rastros de su filial amor hacia la Reina purísima del Tepeyac; Tornel y Mendivil185, que con extensa erudición, acerada lógica y crítica profunda ha escrito en su bien meditada Aparición... un libro preciosísimo que no morirá.

Ni faltaron tampoco entre los reglares poetas de poderosos alientos que con la gracia encantadora de su genio contribuyeron a inmortalizar la bondad amabilísima de María en su feliz Aparición. Aún viven y vivirán entre los poemas de otros muchos, la Descripción de Solís y Aguirre186, las Poesías, de Sandoval y Zapata187, Sánchez de Tagle, y Carpio188   —59→   y los sonetos de José Joaquín Pesado189, Alejandro Arango y Escandón190.

¡Ah! ¡Si yo pudiere recordar aquí los nombres de otros escritores insignes, eclesiásticos y reglares, que todavía viven, devotos amantísimos de la Virgen de Guadalupe, prontos siempre a volar en su defensa y a publicar en su obsequio concienzudas obras, escritas unas con singular erudición y acerada crítica, y notables otras por la contagiosa ternura de que están saturadas hasta sus menores cláusulas, pues no parece sino que a porfía han ido escribiendo en ellas la inteligencia y el corazón! Pero el Espíritu Santo nos dice191 que no alabemos a los vivos, y preciso es que me limite a dedicar este cariñoso recuerdo a los que murieron, si es que se puede decir, que muere el que amoroso y constante se consagra a la defensa de las glorias de la amabilísima Señora de Guadalupe.

Hermanos míos, somos un pueblo feliz, pues contamos por dicha nuestra con la decidida y poderosa protección de la Santísima Virgen de Guadalupe: cuatro siglos hace que nos está probando de la manera más cumplida que es nuestra Madre cariñosa y tiernísima, conservando tan arraigada entre nosotros192   —60→   la fe y la piedad, que a pesar de tantos esfuerzos como ha hecho el infierno para descatolizarnos, no lo ha podido conseguir, y esperamos en la celestial Señora de Guadalupe que no lo conseguirá jamás. Al contrario, esa sólida piedad, esa ferviente y expansiva devoción, que con indecible consuelo admiramos en los hijos de esta gran Nación mexicana, son garantía segurísima de que seguiremos siendo siempre siervos leales e hijos amantísimos de nuestra Reina y Señora de Guadalupe. Bien podemos felicitarnos; porque a su tiernísimo amor debemos el ser, respecto de las demás naciones, un pueblo singularmente privilegiado; non fecit taliter omni natione. Decídselo una y otra vez a vuestros hijos; decid a todas las gentes las maravillas que la Santísima Virgen de Guadalupe ha obrado entre nosotros desde su feliz Aparición: «annuntiate inter gentes gloriam ejus, in omnibus populis mirabilia ejus»193; que sus alabanzas no se caigan jamás de nuestros labios, que su amor purísimo anime y consuele siempre nuestros corazones. Sed siempre imitadores entusiastas de la viva fe y de la fervorosa devoción de vuestros padres; sed siempre dignos hijos de vuestra noble patria, cuyas más puras glorias son glorias eminentemente guadalupanas.

Madre amabilísima, Reina y Señora del Tepeyac, adonde vuelan suspirando en sus penas, y en todo tiempo latiendo de entrañable amor los corazones todos de los mexicanos, y aun de los países muy remotos, aquí nos tenéis, Señora, a Vuestras plantas purísimas, haciéndoos nuevas protestas de fidelidad y de amor para mientras nos dure la vida. Nos uniremos en espíritu a Vuestro fervoroso clero en las dulces aspiraciones y tiernas alabanzas de vuestro novísimo Oficio y Misa propia bajo el amable título de Guadalupe. Sed siempre, Señora, nuestra Madre y nuestra Reina; reinad con el corazón sacratísimo de Vuestro divino hijo y en compañía de Vuestro castísimo   —61→   Esposo Señor San José, sobre toda la Nación mexicana, a la cual tanto habéis favorecido, sobre nuestras familias y sobre todos nosotros. Velad especialmente sobre los celosos Prelados mexicanos, que tanto os aman y muy en particular sobre aquellos (Vos los conocéis, Señora), cuyas constantes aspiraciones son Vuestro Mayor culto y Vuestra gloria. Velad por los bienhechores, muchos de ellos insignes, de Vuestro Santuario del Tepeyac; velad por Vuestros denodados apologistas, por Vuestros constantes devotos. Todos nosotros, Madre amabilísima, os encomendamos la salvación de nuestra alma, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Sea así, soberano Señor Sacramentado: que por el Corazón purísimo de María Inmaculada de Guadalupe, Vuestra augusta Madre, en feliz hora aparecida en este bendito cerro, entremos en vuestro sacratísimo Corazón para no salir jamás de él. En él, Señor, esta pasajera vida, en él la muerte, en él la vida eterna y felicísima de los cielos, que a todos os desea.





 
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