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ArribaAbajoCapítulo VII

Viaje hacia estancia Cameron


El cementerio de «Caleta Josefina».- Hacia el torcido de Bahía Inútil.- Las arenas del Marazzi.- Las colinas de arenas. Los pastizales inmensos.- Los bosques. -El cañadón de «Las Bandurrias». A la vista de Cameron.- El señor M. W. Greer.- Distintas actividades de la estancia.- Las Concesiones en propiedad.- La esquila y el baño de las ovejas.- Servicio médico.- El «comedor grande» y el «comedor chico».- Bahía Inútil.- Los perros salvajes.- Captura de un indio salvaje.- Visita a las subsecciones.- Río Rulsstin y Río Grande.- Los inmensos bosques de «Sierra Carmen Silva».- Los chanchos salvajes.- Río Grande.- Consideraciones de carácter general.

Muy de mañana abandonamos el cómodo alojamiento de «Caleta Josefina» y tomamos rumbo al Sur en demanda de «Cameron».

La ruta corre por sobre un terreno sinuoso, sembrado de accidentes, cubierto con una escasa capa vegetal y sembrado de champas arenosas; lleva dirección casi recta hacia el fondo de Bahía Inútil.

Antes de dejar a las espaldas las últimas construcciones de la Estancia, divisamos sobre la cumbre de una pequeña loma y guardado con un cerco blanco, el pequeño cementerio de «Caleta Josefina». Una cincuentena de tumbas forman el pequeño camposanto y las cruces se levantan rememorando, con sus inscripciones, el postrer recuerdo para los que reposan tan lejos de la vorágine de los pueblos.

En el centro de aquel recinto solitario y bajo una lápida en la cual se han grabado algunos caracteres con leyendas inglesas, descansa el sueño eterno Mrs. Cameron, esposa del primer ganadero, luchador audaz y afortunado en Tierra del Fuego.

Pronto desaparece ante nuestra mirada aquel recinto de los despojos humanos y el fiel Ford, rugiendo de impaciencia, se precipita camino adelante, devorando distancias y salvando obstáculos.

Una tranquera nos aparta del camino principal y nos señala un camino tortuoso y de difícil recorrido.

El coche disminuye su acelerado andar, y trabajosamente comienza a bordear lagunas, esquivar pantanos y cruzar arenales. Miles de aves pueblan esos alrededores y los grandes piños de guanacos vuelven a presentarse en los picachos de las colinas, observándonos con sus ojos enormes y curiosos. Los albos cisnes emprenden el vuelo y, cruzando la inmensidad, se alejan en demanda de otros campos y de otros lagos.

La naturaleza comienza a cambiar su investidura, mostrándose más galana a medida que avanzamos hacia el Sur. Como último baluarte que defiende los dominios de la Sierra «Carmen Silva», hacia cuyos montes iniciamos la penetración, se presentan inmensos arenales, ruta peligrosa y obligada que nuestro excelente Ford se apresta a combatir.

Internados en el suelo movedizo y resbaloso, el auto hunde las ruedas hasta la proximidad de las llantas, lanzando por los aires una nube de arena finísima y cegadora. Cansado el motor por su inmenso esfuerzo, se detiene repentinamente en medio de la inmensa sábana plomiza; tres cuadras nos separan de tierra firme y, esta vez, somos nosotros quienes, a fuerza de puños, arrastramos a la excelente y liviana máquina. Pocos minutos más de marcha nos dejan sobre el puente del tortuoso y límpido río Marazzi. Desde aquel punto obligado de descanso, contemplamos un momento el grandioso panorama que nos rodea: «Bahía Inútil», inmensa y solitaria, se extiende tranquila delante de nosotros, mostrándonos sus dos costas completamente diferentes.

Nuestro anciano compañero, tanto tiempo enmudecido a causa del continuo choque contra los muelles del Ford y atormentado tal vez por el aguijón de lo desconocido, abre esta vez su libreta de apuntes y nos hace la siguiente descripción. Tiene «Bahía Inútil», nos dice, la siguiente situación geográfica:

l.- Formada al N. por el Cabo Boquerón, al S. Cabo Nose.

2.- Abertura entre los dos cabos 16 millas.

3.- Fondo en cabo Boquerón 47 - 66 - 87 - brazas.

4.- Fondo en cabo Nose - 35 - 36 y 40 brazas.

5.- Se encuentra entre 53º 25' y 53º 45', latitud Sur y 73º 30', y 69º 20', longitud 0.

6.- La profundidad media de la bahía no baja de 50 brazas, presentando en partes (centro de la boca) hasta 287 brazas de profundidad.

7.- Abierta completamente a los vientos del Oeste, no presenta abrigo alguno para las embarcaciones que en ella estén surtas, generalmente, los marinos abandonan la bahía tan pronto comienzan a soplar las primeras brisas; éstas son siempre precursoras de fuertes tempestades.

Las playas que la rodean son abruptas y escarpadas, el buque estrellado contra las playas, se vara y se pierde para siempre o se rompe contra los arrecifes de la orilla. El nombre de «Bahía Inútil» obedece, según versión de los fueguinos, a una antigua tradición trasmitida hasta nuestros días por boca de los nativos, quienes aseguran que esta Bahía fue un canal abierto que comunicó las aguas del Estrecho con las del Atlántico.

Esta tradición presenta visos de verosimilitud para el que transita por estos parajes y estudia con alguna detención la topografía del suelo de la isla.

«Bahía Inútil» se interna 35 millas en Tierra del Fuego, y su dirección señala matemáticamente la línea que va a llegar al centro de Bahía San Sebastián, brecha marina que en las costas del Atlántico, forma una ancha herradura abierta a los vientos directos del Este; el fondo de esta bahía desciende tan lentamente, que en la baja marea sus playas peligrosas y cubiertas de arena se muestran en seco hasta dos kilómetros de la costa.

El terreno fueguino que une el fondo de las dos bahías, está sembrado de pantanos enormes y de largas lagunas, que conservan la dirección general marcada los senos de Bahía Inútil y Bahía San Sebastián.

En el invierno estos pantanos y las dunas se escarchan y ofrecen consistencia suficiente para trasladarse en esquíes o patines. Desde una a otra bahía en 1916 el señor Cameron, administrador de Caleta Josefina, efectuó este recorrido).

Bordeando la parte Sur, de estos pantanos y lagos, se presenta el cordón de cerros denominado «Sierra Carmen Silva». Este cordón señala la transición de un terreno estéril, sin árbol alguno, que queda en la parte Norte de la Isla y los inmensos bosques que se extienden hacia el Sur de la línea marcada por estos cerros.

La falda del cordón que cae al colosal cañadón a que nos referimos, presenta el corte característico formado por el embate de las olas contra la playa. A todo lo largo de él se pueden observar inmensas moles de piedra que muestran sus cantos gastados a causa de la lucha constante que han sostenido contra el mar. Multitud de conchas marinas, esparcidas a lo largo de todo este recorrido, refuerzan esta suposición.

Según los indígenas, este solevantamiento terrestre no es muy remoto. La fecha no la pueden precisar, pero aseguran que sus antepasados hacían el comercio con los indios de la costa del Atlántico, llevando sus mercaderías en canoas que surcaban las aguas de este canal desaparecido. Más tarde, el solevantamiento del terreno impidió el paso entro el Estrecho y el Océano, entonces los naturales lo declararon «Canal Inútil».

Se cuenta a este respecto una larga narración que en síntesis dice lo siguiente:

«Una tribu indígena venida desde Isla Dawson, marinera en quince piraguas, se internó por la boca de Bahía Inútil en demanda de las aguas del Atlántico. Navegaron confiados por el paso siempre abierto y ajenos a la barrera infranqueable que se había levantado al frente.

Parte de los que componían esta tribu asesinaron a sus propios compañeros, les robaron cuanto tenían y siguieron navegando hacia el Este. Un fuerte temporal sorprendió a las canoas de los asesinos y los estrelló contra la costa. Algunos perecieron y el resto de la expedición, que sólo tomó este temporal como justicia de los espíritus, logró llegar hasta el fondo de la Bahía, encontrando, en lugar de las aguas por donde siempre habían navegado, un terreno pantanoso y lleno de fango.

Mucho tiempo buscaron el canal que conocían, todo esfuerzo les fracasó y entonces declararon ‘inútil’ volver a encontrar una senda que la venganza de los espíritus había hecho desaparecer».



El fondo de esta leyenda y la forma como se presenta el terreno que separa las dos Bahías, afianzan en el ánimo del viajero la certidumbre en la existencia de una comunicación marítima, no muy remota, entre el Estrecho de Magallanes y las aguas del Atlántico.

«Los terrenos que rodean a Bahía Inútil, están bien demarcados; por el Norte, salvo la punta Boquerón, se presentan planos con muy poca elevación, sin árboles y cubiertos de romerillo, calafates y pastizales inmensos.

Cierran el fondo de la Bahía grandes pantanos, extensos arenales y montañas de arena que, a manera de dunas, se levantan rodeando toda la parte interior. Por el Sur, colinas bastantes elevadas cubiertas con bosques inmensos y cortados por numerosos ríos, adquieren las características de la selva virgen. Innumerables cañadones y acantilados colosales y profundos, muestran al marino que esas costas, lejos de ofrecer refugio, señalan la destrucción y la muerte.

Sin embargo, la mano del hombre ha logrado encontrar en la desembocadura de los ríos, algunos puntos accesibles y en ellos se han construido caletas o embarcaderos.

Bordeando la Bahía de la parte Norte, se presenta el pequeño río Rosario a partir de la punta Boquerón, en cuya boca existe un fondeadero de 31 brazas y una pequeña caleta que sirve los intereses de la Estancia Rosario.

Viene después, seis millas más al Este, el chorrillo Esperanza; un buen fondeadero con un mínimum de 5 1/2 brazas sirve las necesidades de caleta Esperanza, destinada a la estancia del mismo nombre.

Cinco millas separan a este chorrillo del río Discordia y entre éste y aquél desembocan los riachuelos Valenzuela y Concordia.

En Discordia existe la caleta del mismo nombre, con buen fondeadero (10 brazas), que sirve los intereses de las pequeñas estancias circunvecinas.

A partir de este último punto, sale en dirección al Este un camino de primer orden que llega a las Estancias de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego y que bordea todo el seno de Bahía Inútil.

Trece y media millas al este de caleta Discordia, aparece «Puerto Nuevo»; allí desemboca el chorrillo del mismo nombre, que se seca en el verano convirtiéndose, próximo al mar, en una grieta profunda y peligrosa. «Puerto Nuevo» fue antes una grasería que trabajó con maquinarias buenas y modernas. Hoy día constituye el puerto de la estancia San Sebastián y «Caleta Josefina» que antes se llamó «Estancia Pantanos» ambas de la Explotadora; la primera dista 17 kilómetros de «Puerto Nuevo» y la segunda 67 kilómetros.

‘Puerto Nuevo’ constituye un pequeño caserío construido con los restos de las habitaciones de la extinguida grasería. Tiene un Capitán de puerto y es la única rada, con Cameron, que alberga buques de pequeño calado (hasta 200 toneladas).

Los productos que exporta lo componen, en primer lugar, el ganado lanar destinado a los frigoríficos de Punta Arenas (cueros y lanas), también se embarcan algunos caballares y vacunos.

‘Caleta Josefina’ queda al fondo de la Bahía y constituye el centro de tránsito hacia la Estancia Cameron al sur de la Bahía, y Estancia San Sebastián, próxima a la costa Argentina.

El fondo de la Bahía Inútil se extiende bordeando playas arenosas y estériles. Cuatro y media millas al sur de ‘Caleta Josefina’, desemboca el río Marazzi, caudaloso y de aguas purísimas.

A partir de la desembocadura de este río, el terreno comienza a elevarse hasta constituirse en verdaderos cerros que van a caer, casi a pique, en las aguas de la Bahía. Enormes y numerosos peñascos se dejan ver levantados a cierta altura de la playa y los grandes bosques coronan las cimas de las colinas.

Cuatro millas al Sur Oeste del río Marazzi, desemboca el Riquelme, conocido en la comarca con el nombres de río Torcido, a consecuencia del cajón profundo por donde corre, y de los zig-zags infinitos que se ve obligado a hacer para buscarse paso a través de las espesas montañas por las que cruza.

Siguiendo siempre en la misma dirección, ocho millas más lejos, muere el río Engaño, que sólo dista cuatro millas del río Mac-Klelland. Este último, como todos los de las playas sur de la Bahía, es tortuoso y accidentado. Antes de su desembocadura, corre por un profundo y ancho cañadón que, junto a la playa, guarda la Estancia Cameron, de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. En este punto existe la caleta Cameron, con un fondeadero peligroso y cuya profundidad mínima es de diez brazas; es el único fondeadero que proporciona Bahía Inútil.

Todas las caletas y puertos que se dejan señalados, carecen de muelles; el embarque se hace con botes o lanchas.

Muy raras veces, en la baja marea, el buque se vara y el embarque se hace a hombro.

Después de río Mac-Klelland, la costa torna dirección Oeste hasta llegar a punta Cameron; en este transcurso, de 9 1/2 millas, sólo tiene pequeños ríos que mueren en el mar, ello son: Río Nef, Río Ana y Río Green.

La característica de la desembocadura de estos ríos, es la misma que hemos anotado para todas las playas sur de la Bahía.

De punta Cameron, la playa torna nuevamente en dirección Suroeste, y después de recorrer 7 1/2 millas, forma el cabo Mose que viene a constituir el extremo sur de la boca de Bahía Inútil

La costa toma después una línea general hacia el sur, y sólo viene a presentar fondeadero nueve millas más adelante, en Puerto Yartona, inmediatamente al sur de Punta Ehown

Los cerros de la ribera se precipitan a la playa, desde una altura de 210 metros.

Esta pequeña Bahía, de l/2 milla de abertura está cerrada hacia el Sur por la Punta Yarton que, después de desaparecer bajo las aguas del Estrecho, reaparece nuevamente media milla mar adentro, en forma de tres islotes largos y peligrosos.

El fondeadero de este puerto varía entre 14 y 17 brazas».



Antes de guardar sus apuntes, el buen anciano, queda un momento sobre el puente del río y hace algunas anotaciones que se refieren al panorama que nos rodea. A nuestros pies corre, encajonado y profundo el río Marazzi. A manera de una culebra colosal, hace mil vueltas y revueltas sobre el terreno, buscando su salida al mar.

Los grandes arenales que tuvimos que cruzar a pie, muestran sus plomizos y brillantes suelos, algo distante de nosotros. En ellos, y semi enterrado en las arenas, el valiente y anciano explorador logró encontrar un viejo cráneo humano.

El guía que nos conduce, nos adelanta que en aquellos suelos se han encontrado numerosas osamentas. Algunas tradiciones presentan a aquellos campos como cementerio de indígenas, otras relaciones, en cambio, dicen que aquel es un inmenso depósito de los despojos del mar, despojos que los vientos y las aguas de Bahía Inútil se encargan de llevar hasta el Marazzi.

Esta segunda versión es la que más fe nos merece, toda vez que las distintas tribus indígenas hicieron vida nómade y repartidas en toda la extensa Isla fueguina.

Cementerios de indios no es fácil aceptar entre los nativos onas. El temor profundo que, en sus ánimos sencillos despertaba el fallecimiento de algún individuo, les hacía levantar campamentos y abandonar aquellos lugares donde el espíritu del difunto debía de seguir custodiando al cuerpo que acababa de abandonar.

El cráneo recogido por el señor de los catalejos, es deformado y chato; y esperamos presentarlo a algún conocedor a nuestro regreso a la capital.

La ruta de marcha que sigue se presenta sumamente accidentada.

Debemos transmontar una empinada colina totalmente cubierta con arenas; puesto en movimiento el auto, hunde sus ruedas en el movedizo suelo e inicia la ascensión. Junto con nuestro compañero, empujamos la retaguardia del coche que avanza en forma lenta pero segura. Un supremo esfuerzo nos lleva a la cumbre de la colina y nos deja en situación de proseguir el viaje.

A nuestro frente se extiende un cañadón inmenso, sembrado de vegas y cubierto de arbustos; el camino corre serpenteando las faldas de las colinas y el suelo se presenta accidentado y áspero.

El ruido del motor repercute en los senos montañosos, y cien ecos van desparramándose en medio de la inmensidad de la selva. Bandadas enormes de bandurrias, asustadas e inquietas, emprenden el vuelo hacia las alturas y cruzan los aires en demanda de otros lugares más tranquilos. Sólo la presencia de estas aves hemos encontrado junto al camino, lo que hace que bauticemos aquel inmenso cañadón con el nombre de «Cañadón de las Bandurrias».

A cada paso esquivamos rocas monstruosas que se levantan en la soledad como monumentos de granito. Las lomas que se extienden hacia el mar, se suceden en continuidad interminable, y sus crestas arenosas presentan indicios de vegetación.

Igual que a la llegada a Caleta Josefina, podemos observar que la formación de estas colinas de la costa, se debe a pequeños arbustos interceptores y acaparadores de avalanchas de arena distintas que las dunas, sientan pie entre los arbustos que las aprisionan y se arraigan al terreno.

La nieve del invierno une aquella maza movediza y los deshielo de la primavera las dejan compactas y sólidas y capaces de resistir el choque de los grandes vientos.

Año tras año se repite este fenómeno y aquellas lomas van progresiva y continuamente aumentando su altura. Algunas dejan de crecer a causa de que otra nueva, entre ellas y el mar, se encuentra en formación. Se cubren entonces, poco a poco, con una capa vegetal y presentan su cubierta en forma sólida, adornada con un hermoso manto verde.

Entre colina y colina queda terreno húmedo y productor de pastizales inmensos.

En esta zona, la naturaleza comienza a mostrarse más galana y los arbustos van siendo más altos a medida que avanzamos; es una región distinta de la que acabamos do abandonar.

El río Marazzi marca el término de ella, que es monótona y triste, y el comienzo de ésta que se muestra rica en bosques y arbustos.

El río Marazzi divide estas dos inmensas regiones y corre por la gran hondonada que forma «El Cordón» por el norte y la sierra «Carmen Silva» por el sur.

Una hora de marcha nos basta para abandonar el «Cañadón de las Bandurrias» y encumbrarnos sobre las crestas de las colinas por cuyas cimas corre ahora el camino principal.

A lo lejos, inmensos bosques cierran el horizonte; hacia el Noroeste las aguas de la gran Bahía van a juntarse con las del Estrecho.

Precipicios profundos nos separan de la costa cubierta de peñascos, en cuyas faldas las aguas marinas se estrellan con furia levantando nubes de espuma blanca.

Pájaros de diversos plumajes cantan sobre los arbustos y alguno que otro gato salvaje, a grandes saltos, cruza los prados.

A manera de montaña rusa, bajamos y trepamos por sobre las colinas, sin que los accidentes del terreno sean obstáculos para disminuirla veloz carrera del excelente Ford.

Un nuevo río, el «Torcido», abriendo inmenso surco, se precipita hacia el mar. Desde lo alto lo vemos pequeño y a más de cien metros bajo nosotros.

Tenemos que cruzar aquella peligrosa quebrada y deslizarnos hasta el fondo del cañadón, en cuyo seno alcanzamos a distinguir algunas partes del camino.

La ruta desciende en pendiente rápida y escarpada, bordeando el inmenso precipicio; con los nervios en tensión y con todos los frenos de la máquina iniciamos el descenso. El coche, más que rodando. se acomoda a esa especie de escalera de caracol y, en una carrera vertiginosa, logra llegar hasta el fondo de la pendiente; pronto llega al cajón del río y se detiene sobre el sólido puente de madera que salva la corriente. Las aguas saltan de piedra en piedra y a su choque continuo, se levantan nubes de gotitas cristalinas que, al refractar los rayos del sol, se convierten en mil litros de chispas de colores. Sobre el inmenso murallón del frente y en la margen opuesta del río, el camino se eleva en una extensión de doscientos metros, empinada ruta que salvamos sólo en algunos minutos.

Desde el punto culminante en que ahora nos encontramos, podemos constatar que ya hemos bordeado todo el fondo de Bahía Inútil; la dirección de marcha cambia de rumbo y, esta vez, se dirige directamente hacia el Oeste.

Los campos porque cruzamos, que se encuentran libres de ganado, están dedicados al pastoreo de invierno.

El paso de una tranquera significa el término de la estancia «Caleta Josefina» y nos indica que hemos entrado a los dominios de «Cameron».

Infinidad de canaletas y zanjas, construidas a ambos lados del camino, sirven para desaguar los grandes pantanos y las inmensas vegas que se presentan de trecho en trecho.

Marchamos próximos al mar y a una altura considerable sobre el nivel de las aguas; grandes peñascos marinos aparecen repartidos por todas partes y las bajadas y subidas continuas, algunas peligrosas y tortuosas, son la característica de nuestra ruta de marcha.

De improviso, un campo liso y fecundo, cubierto con bloques enormes de monolitos blancos, se presenta ante nosotros, ofreciéndonos la impresión de contemplar un colosal camposanto, cubierto con infinitos y soberbios mausoleos egipcios.

Las rocas colosales se levantan hasta doce y quince metros y algunas tienen en la base igual longitud. Media hora demoramos en recorrer aquel solitario cementerio de granito; nada turba la grandiosa soledad de aquellas tumbas sólidas. Las aves silvestres y los animales fueguinos parecen haber huido de aquel campo y sólo se escucha lejano el constante y ronco ruido que producen las olas en su eterno combate contra los acantilados de la costa.

La naturaleza se desarrolla magnífica y los abundantes pastizales esperan tranquilos la visita de sus invernales habitantes lanares.

El paso de una nueva tranquera, nos presenta un extenso y llano potrero que, en pendiente suave desciende hasta tocar el mar. El camino se inclina hasta la costa y, después de una brusca bajada, toca las arenas de la playa.

Un nuevo río, el «Azul», nos intercepta el paso. Como en los anteriores, sin grandes dificultades, pero con bastante peligro, logramos salvar los enormes muros que tienen la característica de escarpados barrancos.

A partir de este punto, vuelve el camino a apartarse de la playa y lentamente se interna tierra adentro. Hacia el Sur, cierran el horizonte los tupidos bosques de Sierra «Carmen Silva», hacia el Norte, siempre nos acompañan las aguas de Bahía Inútil.

Muchos y ricos potreros vamos dejando atrás. Todos son campos de pastoreo para el invierno.

La presencia de un profundo y ancho cañadón nos obliga nuevamente a buscar la playa. Antes de descender, desde lo alto distinguimos, próxima a las arenas de la costa, una pequeña construcción, una casita insignificante rodeada o resguardada por rumorosos canales.

Es la primera vivienda que hemos encontrado después de abandonar las casas de «Caleta Josefina»

Es un puesto de ovejero, según nos lo dice el guía, habitación que sólo se ocupa en el invierno, época de pastoreo en los campos bajos. Triste, en verdad, es aquel lugar de destierro para los infelices que deben habitarlo. Solos en medio de la inmensidad espantosa de aquellos lugares solitarios, el alejamiento absoluto de centros poblados, y más que nada, la época de frío intenso para la cual está destinada, hace que se mire aquel punto, como un lugar de expiación para los desheredados de la fortuna.

Allí dejamos aquella casita abandonada y sola junto al mar y en la falda de los enormes acantilados. Salvado el ancho cañadón, seguimos corriendo por las colinas, esta vez cubiertas con chapitas adheridas sobre un suelo esponjoso y sumamente permeable; cruzamos un terreno de manantiales. Las ramas de calafates tapizan cada terraplén del camino, y el auto avanza roncando por sobre un sendero convertido en eterno zig-zag.

Miles, millones de cuevas de «cururos», aparecen, algunas recién abiertas, sobre el camino y en todo la extensión del inmenso campo; según el guía, estamos en los dominios de estos roedores.

Hace ya cuatro y media horas que bordeamos la bahía, y según el kilometraje marcado por el auto, debemos encontrarnos muy próximos a las casas de «Cameron». Sin embargo, sólo la selva inmensa se extiende al frente y nada hace presagiar que estemos en las proximidades de la Estancia.

Algunos minutos más, y nos detenemos junto a una bifurcación de caminos; uno se interna en dirección a la montaña y el otro lleva rumbo directo hacia la playa. Como sabemos que Cameron está junto al mar, optamos por proseguir el derrotero que nos señala la segunda vía. Detenido el coche a algunos metros delante de un profundo cañadón, nos da tiempo suficiente para reunirnos en consejo y deliberar sobre nuestra situación; lo peor del caso es que el guía se encuentra desorientado.

Nuestro anciano acompañante es el que se manifiesta más nervioso.

-Es imposible -dice- que nos detengamos a deliberar, si hemos recorrido más de cincuenta kilómetros y si no hemos pasado las casas, debemos estar casi encima de Cameron. Sin embargo, voy a observar -agrega- al mismo tiempo que arma su largo y estropeado telescopio.

Por nuestra parte, estimamos que lo más conveniente es efectuar una exploración para buscar el camino de acceso a la quebrada. Mientras el anciano rebusca en el horizonte lejano la vista que apetece, junto con el guía nos aproximamos al borde del barranco del ancho cañadón que nos dificulta la marcha.

Un grito de alegría se escapó de nuestros pechos al acercarnos al borde del precipicio. Logramos ver en el fondo de la quebrada los edificios de la hermosa Estancia Cameron. Calcúlese nuestra alegría ante la contemplación del panorama más hermosamente bello que hasta la fecha hemos visto en Tierra del Fuego: el río Mac-Klelland desliza suavemente sus aguas tranquilas y puras por el fondo de aquella enorme excavación, a veces se oculta bajo el espeso ramaje de los corpulentos robles, para reaparecer nuevamente en medio del verdor de los suelos. Pastizales naturales y sembrados por la mano del hombre, muestran por doquier su magnífica lozanía. Miles de matices de flores de todas clases, adornan las riberas de aquel río, y los campos cubiertos de verdor se muestran cruzados en todas direcciones por anchos y espléndidos caminos.

En medio de aquella naturaleza hermosa y atractiva, se levanta ufana y primorosa la más nueva y la más hermosa estancia de la Sociedad Explotadora. Los rojos techos de las casitas distribuidas simétricamente, dejan pasar las gallardas chimeneas que lanzan hacia los aires bocanadas de humo negro y espeso, que va a disiparse lentamente y concluye por desaparecer antes de coronar las alturas de las enormes murallas que forman el cañadón.

Aquella reducida aldea se presenta, ante nuestros ojos, diminuta y empequeñecida, gracias a la gran distancia que nos separa; sus moradores semejan diminutos habitantes de la ciudad de Liliput.

Aún no hemos salido de nuestra agradable sorpresa, cuando deseamos hacer partícipe de tanta alegría al señor de los catalejos. A pleno pulmón le gritamos el anuncio de tan fausta nueva, al mismo tiempo que emprendemos la carrera en la dirección en que hemos dejado el improvisado observatorio. Si grande fue nuestra sorpresa al distinguir las casas de Cameron, mayor lo es ahora que sólo distinguimos, medio perdida entro el ramaje, la silueta de nuestro anciano compañero que huye como un endemoniado, llevando bajo el brazo su eterno y monumental catalejo.

Más de una hora nos costó alcanzarlo y, ante la tenacidad con que huía de nosotros, hubimos de comprender que nuestro anuncio a grandes gritos, debió tornarlo como el aviso de algún animal feroz que nos atacaba.

Rendidos y jadeantes llegamos hasta él que, empinado en lo alto de un roble, mostraba sus ojos desmesuradamente abiertos y su cara presa de un color cadavérico. Cuando se dio cuenta que veníamos en son de paz y portadores de buenas nuevas, trató de convencernos que su ida a la floresta sólo obedecía a la rebusca de un mirador más alto y de un más amplio horizonte. Aceptado tan extraño y brusco proceder, no sin algunas dificultades, logramos hacerle volver hasta el auto y proseguir la marcha.

Esta vez debemos descender a la quebrada por el único camino casi cortado a pique, que lleva al fondo del cañadón.

La ruta está próxima al mar y se precipita, en forma vertiginosa, hasta la desembocadura del río. Parece que nuestros organismos están ya familiarizados con esta clase de peligros, pues sin el menor apego al espíritu de conservación, arrojamos el auto por sobre aquel camino barranco.

A manera del descenso en un ascensor, sentimos en el interior la impresión de una caída en el vacío; apenas alcanzamos a darnos cuenta del peligro: queremos gritar y nos falta el aliento. Tan vertiginosa caída, sólo ha demorado un instante, momento que nos deja junto al río y muy próximos al mar. Sanos y salvos y seguidos por más de un centenar de perros ovejeros de distintas pintas y portes, tomamos rumbo hacia la casa del administrador.

Como lo hemos dicho anteriormente, esta estancia es de reciente fundación y su antiguo nombre «Río Mac-Klelland», fue cambiado por el de «Cameron», como un homenaje al Administrador de la Sociedad, que sólo hace poco abandonó la Estancia para ir a trabajar por su cuenta en la capital de la vecina República.

«Cameron» fue creada en 1914, siendo antes sub-sección de «Caleta Josefina».

Su actual Administrador, W. Greer, escocés de pura cepa, sale a nuestro encuentro y nos recibe con exquisita amabilidad inglesa.

Ha hecho una carrera muy rápida, gracias a su constancia y competencia para el trabajo y a la manifiesta deferencia que le dispensa la actual Administración General, bajo la dirección del señor T. R. Burbury.

Antiguo soldado del ejército inglés, actuó en la guerra contra los Boers, y en aquellos campos le tocó desempeñarse como oficial de infantería. Tuvo bajo su mando inmediato a su actual jefe, y desde aquella época data la amistad y ayuda mutua que se dispensan ambos administradores. La carrera del señor Greer fue iniciada como la de todos los subalternos de las estancias, y desde los puestos más bajos, ha llegado hasta la sub-gerencia de la Compañía.

Ya en la casa, somos presentados al 2.º Administrador de Cameron, persona muy amable que recién ha llegado a estas tierras australes. Actuó durante toda la campaña de la última gran guerra y el estallido de un obús lo sepultó en una trinchera, junto con algunos compañeros de armas.

De aquella sepultura de vivos, fue extraído después de algunas horas y, gracias a un tratamiento especial, logró recobrar el conocimiento.

Completamente inútil para las actividades de la vida, el Gobierno inglés le concedió la baja de las filas y lo licenció del Ejército con una pensión de 27 chelines mensuales.

La familia lo envió a América (Argentina) donde pensaba completar su curación. Desde este último país pasó a Tierra del Fuego y, la administración general le dio el empleo de segundo administrador de «Cameron».

Sus actividades y facultades mentales no están por completo superadas, la memoria funciona con muy poca lucidez; sufre constantes trastornos y la tensión de sus nervios es espantosa. El menor movimiento brusco o el más leve ruido inesperado, le traen la excitación nerviosa y le trasportan a los peligros de la guerra.

Tan impresionante estado, nos causa profunda sensación y nos hace pensar en aquel sinnúmero de sobrevivientes que, envueltos en las sombras de la inconsciencia, deben esperar en vida el descanso eterno que debieron encontrar en las trincheras; descanso muy preferible a la excitación constante de unos organismos enfermos o incurables.

A las dos de la tarde y en compañía del señor Greer, visitamos las dependencias de la estancia. Se componen éstas de veintidós edificios pequeños, casas para los empleados secundarios y obreros y doce casas grandes; en total, treinta y cuatro construcciones. Todas se encuentran repartidas a lo largo del río Mac-Klelland y semi perdidas entre el manto de los prados y el follaje de los robles.

Todas las casas están construidas dentro de veinticinco hectáreas que son propiedad de la Sociedad, terreno que el Gobierno concedió gratis a cambio de que en él se instalaran algunas industrias. Como en la generalidad de las otras estancias, para la adquisición definitiva de estas tierras que el Gobierno daba gratis, se instalaron en ellas, industrias de graserías u otras similares. Ya en poder de la escritura definitiva, las industrias desaparecieron, las construcciones se sacaron, y en aquellos suelos, que naturalmente fueron muy bien escogidos y mejor ubicados, se levantaron permanentes los edificios de las estancias.

No se prestaría esta combinación a una serena crítica, si ella sólo se reflejara en la muerte de las industrias; la gravedad que ella encierra se refiere a la siguiente cláusula de arrendamiento y que figura en el contrato que el Fisco ha hecho a la Explotadora. La cláusula dice así:

«Las mejoras e instalaciones que se efectúen dentro del terreno arrendado, una vez terminado el arriendo, pasarán a poder del Fisco».



Según tal disposición, las casas, construcciones, etc., que tienden a dar mayor valor a los terrenos arrendados, representan un futuro beneficio para aquellas inmensas extensiones de campos que, más tarde, deberán forzosamente subdividirse y repartirse en pequeños lotes a nuevos arrendatarios.

Con el sistema que se ha venido siguiendo en algunas estancias, el Fisco se verá burlado en sus intereses, puesto que al término de los arriendos, sólo recuperará los terrenos desprovistos de mejoras y, todo aquello que tiene o representa algún valor, quedará en los suelos de propiedad particular y que el mismo Fisco les cedió gratuitamente.

Según nos lo manifestó el Administrador, este hermoso cañadón fue ocupado antes por un aserradero rudimentario, destinado a abastecer las necesidades de las distintas estancias. Obtenida la propiedad definitiva del terreno, el aserradero fue trasladado a la sub-sección Río Russfin, y en el local dejado se levantaron las casas de «Cameron».

Uno de los edificios mayores, está ocupado por el galpón de esquila, cuya distribución es casi idéntica a la de las otras estancias.

El número total de los trabajadores de «Cameron», sube de 240 hombres y en la esquila trabajan 60 operarios. El clasificador de lanas, como todos los de la Explotadora, ha sido importado de Inglaterra y trabaja contratado para la época de las faenas; lo asesora un esquilador chileno que ejecuta tanto su trabajo como el del clasificador.

Los vellones se clasifican en globo, y sólo se hacen cuatro diferencias; en esta forma se obtiene cuatro clases que se enfardan por separado. Al decir que se clasifican en globo debe entenderse que no se hace distinción dentro de la lana de un mismo vellón; este último trabajo queda para los países compradores (especialmente Inglaterra) en donde el vellón sufre una nueva clasificación pidiendo, cada uno, siete y ocho clases diferentes.

Cameron produce al día un número no inferior a sesenta fardos, con un peso que fluctúa alrededor de seiscientas libras. Como lo hemos manifestado para Caleta Josefina, el sistema adoptado para los trabajos de la esquila es el de un contratista especial, quien se encarga de reclutar, pagar y alimentar a la gente trabajadora.

Próximo al galpón de esquila y a continuación de los bretes que guardan el ganado esquilado, está instalado el baño para las ovejas. Los animales desposados de sus lanas deben sumergirse dentro de una combinación compuesta de agua, azufre y cal, preparación suficientemente fuerte, destinada matar la sarna y evitar las enfermedades infecciosas. Una canaleta de un metro y cincuenta centímetros de profundidad, con un ancho de un metro y un largo que varía entre treinta y cuarenta, almacena el líquido preservativo.

Por un extremo se precipitan las ovejas dentro de la canaleta y, nadando, avanzan al extremo opuesto. Durante el recorrido, peones provistos con largos palos fabricados ex profeso, sumen dos o tres veces la cabeza del pequeño nadador. Al salir, el animal bañado se sacude fuertemente y el líquido que arroja de su cuerpo vuelve a caer en la canaleta por donde avanzan nadando nuevas compañeras.

Pocas horas bastan para que los cuerpos se sequen. El ganado se suelta entonces en los potreros y al esconderse en las verdes praderas, semejan inmensas manchas de tiras color amarillo oscuro.

No muy distante del lugar donde nos encontramos, al otro lado del río, se levantan todas las habitaciones para los obreros, aunque de construcción reciente, guardan la misma simetría y adolecen de los mismos defectos que los anotados para «Caleta Josefina».

Algunos enfermos yacen postrados en las camas, sin que persona alguna pueda prestarles los servicios que su estado requiere. Interrogado a este respecto, el administrador de la estancia nos indica que se ha telefoneado al Doctor de la Sociedad, dándole el aviso correspondiente. Por lo pronto, nos dice, el facultativo ha ordenado se distribuyan algunos medicamentos.

Deseamos ardientemente conocer al famoso Doctor y saber por sus labios, la forma como se multiplica para atender las cinco estancias que están bajo su atención médica.

Sin grandes comentarios, en consideración a que somos visitas, dejamos a aquellos infelices enfermos, entregados a su propia suerte, y nos encaminamos a recorrer las distintas construcciones de «Cameron».

Los comedores, cocinas, panaderías, carnicería, etc., con pequeñas diferencias, siguen el mismo estilo y gozan del mismo confort y limpieza que las visitadas en la estancia anterior.

La casa del contador está constituida por un hermoso chalecito rodeado de jardines. El interior tiene todas las comodidades propias a la fría región que nos ocupa. Queremos visitarlo, pero tropezamos con la dificultad de la persona que nos guía.

El Administrador no debe dar ocasión para que sus subalternos le falten el respeto. Una venia de cabeza no está reñida con la disciplina, al menos así lo creímos nosotros al saludar al señor Langhaus, contador de Cameron, que nos observa cariñosamente desde la puerta de su habitación.

La casa del segundo administrador y capataces, hermoseada con el jardín que la rodea, se presenta confortable y pintoresca.

En el interior tiene dormitorios, comedor, sala de fumar y cocina. La calefacción es abundante y el aseo esmerado. Una ancha galería cerrada con vidrios, da vida y sol a un buen número de flores bien cuidadas en maceteros. En un rincón, descansa el fono telefónico que une esta dependencia con la casa del Administrador.

El cable trasmisor apenas recorre setenta metros desde un edificio al otro, sin embargo funciona constantemente comunicando las órdenes impartidas por el señor Greer.

Pocos minutos permanecemos en este recinto de la clase media, una indicación del incorruptible escocés nos señala que debemos seguir hasta la casa grande.

El terreno que rodea a este edificio, está cubierto con una plantación de cebada. El grano se va desarrollado en forma asombrosa y la espiga.

Medimos algunas espigas, todavía verdes, y podemos constatar que no suben de un metro noventa ni bajan de un metro sesenta centímetros.

El sendero porque avanzamos nos permite apreciar de cerca el valor inmenso que representan estas tierras vírgenes, una vez que sean explotadas por distintos agricultores y subdivididas en pequeños lotes.

Preocupados con esta idea, deseamos independizarnos un momento y solos, desde una pequeña altura, observar el panorama que nos rodea. Pretextamos cualquiera cosa y logramos que nuestro guía nos dé libertad. No corremos, volamos hacia el pequeño bosque que hermosea el río y nos empinamos en la loma del murallón de la ladera.

Desde aquel punto culminante dominamos el inmenso cañadón, productor magnífico de todo aquel grano que hace apenas tres meses se sembrara en él.

El campo que tenemos al frente, como la mayor parte de los que ya hemos recorrido, muestra tierras vírgenes, especialmente aptas para ser dedicadas a la agricultura. Así lo explico, y lo demuestra la cantidad de pequeñas siembras que rodean las habitaciones, diseminadas a todo lo largo del cañadón. En mayor profusión que las flores, aparece la hortaliza y los tubérculos, dando un tinte alegre a estas regiones pobladas tan de tarde en tarde.

Una vez más viene la impresión del abandono de Magallanes y de la improducción de estas inmensas tierras, acaparadas por una sola mano.

En forma poderosa, según nuestro entender, se impone la subdivisión de los terrenos. Pequeños campos aprovechados y explotados por pequeños capitalistas, no sólo darán valor a aquella zona, sino que traerán vida y bienestar a todos los pobladores de Magallanes y Tierra del Fuego.

¿Por qué si cada pequeño arrendatario puede procurarse las siembras necesarias para su propio consumo, no lo puede hacer en mayor cantidad gran número de sub-arrendatarios? Ello sin duda alguna, procuraría una vida barata, un bienestar enorme en la región, afluencia mayor de pobladores radicados en estas comarcas, y, de hecho, concluiría con la especulación odiosa de ciertos particulares, grandes capitalistas, que disponen a su antojo de los estómagos del habitante de escasos recursos.

El monopolio de las tierras magallánicas es causa de la estagnamiento y de la muerte de la agricultura e industrias en aquella zona y, trae como consecuencia, la desesperación y el éxodo de la gente que, por no disponer de gruesos capitales, debe hacer la vida nómade del trabajador que sólo visita esas regiones en la época de las faenas lanares.

Obra de patriotismo será la de poblar Tierra del Fuego, problema de muy fácil solución ya que él se deriva de la subdivisión de terrenos.

Es inexplicable que el Gobierno, contando con diversas extensiones de terrenos que yacen en poder de las grandes sociedades y que figuran como reservas fiscales, no procure darles valor, entregándolas a sub-arrendatarios que, al mismo tiempo que introducirán mejoras, vendrán a pagar al Fisco una cantidad de pesos muy superior a la que hoy percibe por ellas. ¿Para qué son estas reservas fiscales? ¿Qué objeto se persigue con reservarlas y dejarlas en poder de las dos poderosas Sociedades que explotan la Isla?

Obra de cordura será distribuir aquellas «reservas», a la inmensa población que continuamente levanta la voz pidiendo los terrenos que su patria les niega y en cambio los deja, sin valor ninguno, en poder de manos extranjeras destinadas a acumular grandes capitales que, tarde o temprano, abandonarán el país y se radicarán en tierras ajenas a nuestro suelo.

Otro punto que merece un estudio especial es la mensura de tierras entregadas a algunos particulares y que actualmente se encuentran en explotación. La configuración del terreno, la buena voluntad de la oficina fiscalizadora y los inconvenientes de todo género conque se ha tropezado al hacer las distintas mensuras, han obligado a veces a efectuar deslindes más o menos aproximados, deslindes que, generalmente, tienden a abrir y no cerrar los diversos lotes. A nuestro juicio, una remensura de esos terrenos, vendrá a beneficiar enormemente al Fisco, haciéndole percibir una cantidad considerable de pesos que hoy no percibe. De esta remensura saldrá, además, una buena porción de tierras que podrá destinarse a los pequeños capitalistas o al trabajador chileno ansioso de poseer y explotar campos en Tierra del Fuego.

Abstraídos por estas cavilaciones, apenas hemos notado el acercamiento del contador de «Cameron». Desea conversar con nosotros y presentarnos las dependencias que él administra. Nos saluda con aquella cortesía peculiar al elemento sajón y nos invita a que lo sigamos. El señor Jorge Langhaus es alemán y su permanencia en la estancia, donde todos son ingleses, la debe únicamente a que es un contador de primera fuerza y a que posee varios idiomas.

Al pie de la colina se levanta el pequeño chalecito, su habitación, y hacia él nos encaminamos.

El exterior ya lo tenemos visto; el interior nos sorprende: nada falta en esa mansión para que sus habitantes hagan una vida cómoda y confortable. La señora Langhaus, de la misma descendencia de su esposo, pero chilena de nacimiento, nos recibe en el pequeño hall de la entrada.

-Actualmente contamos con doscientos cuarenta hombres, de los cuales sesenta son esquiladores -nos dice.

El galpón de esquila, dotado de una poderosa prensa hidráulica, proporciona tres toneladas de presión por cada pulgada cuadrada y confecciona diariamente entre cincuenta y cuatro a sesenta fardos.

La lana se clasifica en la misma forma que en «Caleta Josefina» y el precio de ella se valoriza conjuntamente con el producto de todas las estancias.

En la esquila hay que hacer gran diferencia entre el producido de los machos y de las hembras. El mayor producto lanar se obtiene de las ovejas y va decreciendo si se trata de capones o de carneros. «Cameron» cuenta con un gran número de machos, en atención a que sus campos exigen ser poblados rápidamente, por esta causa tal vez, su producción de lana no será tan abundante como en el resto de las estancias de la Sociedad.

Después de la esquila los animales se bañan a fin de prevenir infecciones. Este procedimiento no es absoluto, pues, sé de otros administradores que no creen necesario el baño del ganado, alegando

Todas las casas de la estancia, en total cincuenta, contando las dieciséis de las sub-secciones, son de construcción nueva. El material lo proporciona el aserradero instalado en Río Russffin, a treinta y cinco kilómetros de «Cameron».

Poseemos desembarcadero propio, carecemos de muelle, pero pensamos instalarlo pronto. La carga y descarga de las mercaderías se efectúa a pulso, para lo cual hay necesidad de varar los pequeños vapores que se internan por «Bahía Inútil» y se aproximan junto al varadero de «Cameron».

La parición correspondiente a este año puede calcularse en un setenta por ciento del ganado total.

De las dos sub-secciones con que cuenta la estancia, la más importante es «Río Grande». Pensamos establecer allí un galpón de esquila a fin de evitar el acarreo de ovejas, acarreo que resulta peno

Estos últimos, especie de lobos, son los productos de los primitivos compañeros de los indios. Muertos o extinguidos los amos, los abandonados perros se ocultaron en las selvas de la isla, y siguieron una vida más salvaje que la que hicieron junto a sus propietarios.

Para el exterminio de estos voraces destructores del ganado, se trajeron de Inglaterra y de Norte América una especie de perros fieras, raza especialmente destructora de sus congéneres selváticos.

De una musculatura cincelada y de una talla soberbia, esta formidable raza canina, ha logrado limpiar los montes y concluir con buena parte de los perros salvajes.

De figura imponente y de una ferocidad aterradora, muestran sus enormes cabezas grises por entre el ramaje de la floresta, llenando de pavor al tranquilo caminante que desconoce su presencia en determinados parajes.

Jamás los llevan próximo a las habitaciones; amarrados a una sólida cadena, permanecen atados en el interior de los bosques. Sólo se les da libertad cuando se les ocupa en las cacerías.

Con una dentellada señalan una víctima.

Según lo expresa el señor Greer, a principios del año le tocó actuar en la más peligrosa faena de las cacerías en que haya tomado parte: una cacería humana.

-Se trataba -nos dice- de proceder con toda energía al exterminio de los perros salvajes, que estaban causando destrozos enormes en el ganado. Al efecto, se organizó una gran expedición que logró internarse bastante por entre los bosques de robles buscando el refugio de los merodeadores nocturnos.

Debo anticipar que el exterminio de estos perros ha demandado un gasto colosal a la Sociedad Explotadora. Antes de importar estos perros cazadores, se logró separar los campos poblados con ovejas de los grandes bosques habitados por perros y cerdos salvajes. Para ello, se empleó una cantidad enorme de alambre grueso con tejido fino, alambre que recorría extensiones de muchos kilómetro, elevándose a más de dos metros y cincuenta centímetros. ¿Qué pasó?, que lejos de favorecer nuestros designios, se convirtió en asilo seguro para los devoradores de ganado. A raíz de tierra, los perros, hicieron grandes hoyos por los que salen a hacer sus correrías, cuando eran perseguidos huían a su escondite y el alambre formaba una barrera infranqueable entre ellos y sus perseguidores. Otras veces se convertían en admirables acróbatas y trepaban el alambrado en forma impecable.

Hubo, pues, que prescindir de aquel medio y recurrir a los perros cazadores.

Dos días llevaba la jauría rastreando a sus perseguidos, cuando en el interior de la selva, logró seguir una pista. No muy lejos de nosotros huía, en grupo compacto, una cincuentena de perros salvajes. Darles alcance no podía ser obra de un momento, había que organizar la caza y distribuir los cazadores en forma, para evitar la desbandada.

Se dividió el grupo en cuatro divisiones y se esperó el día siguiente a fin de efectuar un rodeo que dejara a los perseguidos en el centro de los expedicionarios. Organizados en esta forma, esperábamos un éxito feliz.

Efectivamente, el día vino y un tiro de carabina, señal desde antes convenida, puso en movimiento a los cuatro grupos de cazadores.

Los perros dieron luego con la presa oculta y comenzaron la matanza. En medio de aquel laberinto y trepado en lo más alto de un árbol, un indio, completamente desnudo, hacía uso de sus flechas y mataba nuestros perros.

La sorpresa se apoderó de nosotros y quisimos dar caza a ese salvaje humano. Acorralado por los mastines y sin más armas que sus flechas de madera, hubo de rendirse ante la evidencia de que toda resistencia le era nula.

Amenazado por las bocas de las carabinas, logramos que bajara del árbol y se entregara a nuestra discreción. Convenientemente amarrado, logramos conducirlo a la estancia. Cincuenta y cinco perros salvajes, sus acompañantes y defensores, yacían destripados y desparramados por el suelo.

Con tan preciosa caza, los de «Cameron» adviertieron que estábamos en pleno invierno y el indio permanecía completamente desnudo. En un principio se negó absolutamente a hablar, creímos que no nos comprendía. Sin embargo, poco a poco, y a medida que sus necesidades lo requerían, fue pidiendo ropas y alimentos: ¡Hablaba inglés!

Más tarde nos contó su historia: pertenecía a una tribu fueguina de la cual tuvo que escapar para librar la vida. En cierta ocasión, y por encontrarse enferma una mujer de la tribu, el doctor de la Sociedad Explotadora (que de paso transitaba por esos lugares), logró sanarla mediante una operación efectuada en el cuello de la paciente.

Nuestro indio, llamado Santiago, observó con atención la forma como el doctor operó y un tiempo después, creyéndose con los conocimientos suficientes, quiso mejorar a dos pacientes que sufrían del mismo mal.

Premunido de un afilado cuchillo, degolló a las dos mujeres que, con el sueño eterno, se salvaron de sus dolencias.

La tribu completa quiso linchar al nuevo doctor y éste, ante el peligro de ser sacrificado, hubo de huir a los montes en demanda de libertad. En esas soledades y acompañado por sus cuarenta y siete perros, llevó una vida salvaje, hasta el momento en que fue sorprendido por los cazadores de «Cameron». Sus vestidos consistían en pieles de guanacos, pieles que tuvo que arrojar el día anterior para escapar con más libertad a la persecución de que era objeto.

Por nuestra parte, logramos ver al indio Santiago. Vive en las inmediaciones de la Estancia, viste a la moderna, no trabaja en nada y diariamente acude a la casa principal en demanda de alimentos. La Compañía lo retiene en su poder, y mensualmente lo gratifica con una libra esterlina a fin de que pueda invertirla en el almacén de Cameron. Lo mantiene y lo viste a condición de que no robe ganado y de que no tenga perros salvajes.

Refiriéndose a los trabajadores, el señor Greer nos manifestó que estaban contentos y que Cameron se esfuerza por mantener en sus campos el mayor número posible de chilenos.

-Este elemento -nos dijo- es el mejor trabajador y el más ajeno a las revueltas. Cuando se presentan dificultades, en las faenas, se logra subsanarlas fácilmente expulsando a los cabecillas, elemento que, generalmente, es extraño al nacional. El obrero chileno -agrega-, bien alimentado, bien pagado y sin alcohol, lo considero el trabajador más competente del mundo.

Hasta aquí las apreciaciones y datos que el señor Greer se sirvió proporcionarnos. Antes de retirarnos a descansar y a modo de sobremesa, nos contó la siguiente historieta que se refiere al carácter especial de sus compatriotas:

-Contratamos -nos dijo- dos ovejeros escoceses, solteros, y se los instaló en el puesto que Uds. pudieron observar junto al mar y algo apartado de Cameron.

Allí permanecieron por espacio de dos meses entregados a su trabajo. Ambos vivían juntos y no lucieron dificultades para hacer vida en común.

Un día, al final del tiempo indicado, el más viejo de los dos se presentó a mi oficina y pidió su cuenta, alegando que su compañero era un charlatán de la peor especie, por cuya causa, o se lo trasladaba a otro puesto donde pudiera vivir solo, o se le cancelara su contrato para retirarse de la Estancia.

Antes de proceder, tuvo que llamar al otro escocés a fin de oír su defensa y analizar el problema que, tan rudamente, me planteaba el reclamante.

Poco me costó llegar a la conclusión; se trataba de lo siguiente: durante dos meses, ambos trabajadores llevaron una vida en común, pero jamás se dirigieron la palabra. Un día, al final del segundo mes, el más joven, recorriendo el campo encontró entre las arenas de un río, una bonita pepa de oro. Naturalmente que este metal despertó su codicia y su buen humor; siguió buscando y no encontró más.

Con su valiosa pepita corrió al puesto donde se encontraba su compañero, con la intención de participarle la feliz nueva. Más rápido que de costumbre, empujó la puerta de la habitación y, a boca de jarro, lanzó los: «¡buenos días!». No alcanzó a decir más. Era la primera frase que se cruzaba entre estos dos europeos. Esta sola frase bastó para que el más viejo de los escoceses, sin despegar los labios, se levantara y ensillara su cabalgadura. Dos horas más tarde se presentaba ante mí reclamando de la charla loca de su compañero.

Tuve, pues, que ajustar las cuentas a los dos amigos del silencio, los que, sin agregar palabra, se marcharon mudos en demanda de otra estancia que pudiera proporcionarles trabajo, asignándoles a cada uno un puesto solitario en medio de la selva.

Debo agregar que estos dos hombres trabajan juntos hace más de veinte años y la única dificultad que suele dividirlos es la demasiada conversación de que, como en el caso presente, hace gala el más joven de ellos.

SUB-SECCIONES «RÍO RUSPHEN» Y «RÍO GRANDE»

La mañana del día siguiente amaneció espléndida y nos invitó a internarnos por los inmensos bosques de roble que pueblan las extensas serranías de Cameron.

El Administrador preparó su pequeño Ford y nos acompañó en la incursión.

Nuestra máquina, limpia y engrasada, sólo esperó el golpe de manilla para lanzarse a través de los campos. Ligeros de equipajes, pues debíamos regresar aquella misma tarde al punto de partida, emprendemos la marcha hacia «Río Grande».

El camino se interna cañadón adentro y, suavemente se encumbra hasta coronar los inmensos murallones que nos cierran el paso. Por un sólido puente de madera salvamos el Río Mac-Klelland, ancho y profundo, y volvemos a iniciar un nuevo ascenso, esquivando los miles de troncos de robles cortados que señalan la huella del camino en construcción.

El señor Greer nos indica que es éste el verdadero camino de acceso a la estancia y que el recorrido por nosotros en el descenso del día anterior, es un corte sumamente peligroso, corte perteneciente al camino antiguo y que hubo de abandonarse por las muchas desgracias que ocasionó.

Es verdad que la ruta que ahora recorremos, alarga tal vez en unos cuatro kilómetros el acceso al murallón, pero esta demora es preferible, toda vez que aleja el peligro de una caída y permite el deslizamiento tranquilo de las máquinas.

Bordeando siempre el hermoso río que acabamos de cruzar, tomamos rumbo directo hacia el Sureste e iniciamos la penetración de la selva, apreciando, en toda su magnitud, la grandiosidad de los bosques fueguinos.

En distinta forma que en las inmensas selvas del centro del país, los robles se agrupan en porciones caprichosas y dejan claros pronunciados entre las diversas manchas que constituye cada agrupación.

El camino serpentea por entre el ramaje de esta magnífica flora, bordeando las oscuras manchas de bosques que, en su mayoría, se encuentran inexploradas.

El ganado ovejuno busca el alimento en los grandes pastizales que quedan en los claros y jamás se atreve a penetrar los montes porque sabe que éstos son la guarida segura de los animales montaraces, sus eternos enemigos.

Deseamos observar de cerca esta magnífica naturaleza y, consecuente con ello, logramos persuadir al señor Greer para que detenga el auto. Los grandes robles se elevan hacia lo alto; sus troncos están desnudos de enredaderas y libres de parásitos. El suelo está cubierto con pasto abundante y vigoroso y las ramas del calafate, entrelazadas, impiden casi en absoluto, el tránsito del explorador. A cinco o seis metros del sendero, abandonamos la incursión, poco dispuestos a proseguir la marcha.

Camino adelante, pequeños lagos, con sus aguas verdosas y salinas, se presentan de trecho en trecho; sólo algunos palmípedos pueblan esas aguas, aves pequeñas y de poca variedad. Los famosos caiquenes, tan abundantes en el Norte de la Isla, parecen ser afines a estos terrenos boscosos.

Algunas veces, y por entre el ramaje de la selva, suele aparecer la cabeza de un porcino que, después de contemplarnos un momento con sus ojillos redondos y asombrados, huye a ocultarse en la espesura, buscando tranquilidad y sosiego.

A medida que avanzamos, el ramaje de los árboles se va presentando más poderoso y, en algunas partes, llega a cubrir completamente el camino de marcha.

Algunos picos bastante elevados, se destacan con sus cumbres cubiertas de bosques; estamos en plena Sierra Carmen Silva y corriendo por el corazón de su flora virgen y formidable.

Un pequeño río aparece junto al camino y nos obliga a disminuir la rapidez de la marcha; el «Munizaga», que un poco más adelante cambia su nombre por el de «Río Moneta» y, más allá del límite argentino, entrega sus aguas al caudaloso «Río Grande».

La ruta serpentea ahora por las falda de las colinas y se hace estrecha y peligrosa. Por esta causa, la administración de la estancia se preocupa constantemente por el mantenimiento y cuidado de esta vía y a ello se debe que se presente transitable en todo tiempo.

Treinta y cinco kilómetros llevamos recorridos y, después de salvar el pequeño riachuelo Rusphen, tropezamos con la primera construcción que se presenta en todo aquel trayecto.

El señor Greer nos indica que aquello es la sub-sección Rusphen, cuyos edificios de madera están instalados en pleno bosque y a orillas del río que lleva el mismo nombre.

La creación de esta sub-sección, obedeció a dos fines:

a) A la vigilancia y cuidado del ganado repartido en esos campos. Está a cargo de un capataz de ovejeros y dos peones. Con este personal se domina todo el campo y se asegura la custodia del ganado. Por este dato puede apreciarse el valor que representan los perros ovejeros. Treinta o cuarenta mil ovejas, no necesitan más guardadores que cuatro hombres acompañados de quince veinte perros.

Para la comodidad y bienestar del personal, se han edificado ocho pequeñas habitaciones cuyo material (madera) lo proporciona la misma sub-sección.

Establecer un aserradero en el corazón de la montaña, destinado a surtir las estancias de Cameron y Caleta Josefina.

Los grandes árboles se benefician en dos formas: 1.º: se elaboran tablas; y, 2.º: se cortan troncos rectos de cinco a siete metros de longitud. Pudimos observar algunos de estos últimos y nos sorprendió su diámetro constante, uniforme y de una rectitud absoluta. Se les emplea para formar los muros de las casas habitación. Dan buen resultado pues, además de constituir un material de primer orden, conservan el calor dentro de las habitaciones, por muy frío que sea el ambiente exterior. La unión de un tronco con otro, se completa con estopa y viruta apisonada, y calafateada con alquitrán.

Todos los edificios de Río Grande se han construido con este material.

Sólo algunos minutos nos bastan para observarlo todo y continuar la marcha hacia Río Grande.

El camino sigue internándose hacia el centro de la selva; abandona el curso de los ríos y se empina por sobre las colinas.

Después de cruzar un ancho puente de madera, entramos en un extenso terreno compuesto de turba húmeda que tiembla y se balancea bajo las ruedas del auto. Por momentos parece que nos vamos a sumergir. Sin embargo, con cuidado y avanzando muy lentamente, logramos salvar este peligroso obstáculo y subir nuevamente a lo alto de las colinas.

Nos ha llamado la atención de que durante todo el trayecto no hemos encontrado ni visto especies de animales o aves iguales a los que pueblan la parte Norte de la Isla. Los guanacos son ajenos a estos campos; los caiquenes y patos no se dejan ver. Sólo cantidades inmensas de ovejas pueblan los prados. Cuevas de cururos se ven más de tarde en tarde,, el zorro fueguino sólo aparece en medio de la oscuridad de la noche; únicamente algunos gatos salvajes cruzan en veloz carrera los grandes claros que quedan entre los bosques.

Una ancha explanada nos indica la proximidad de Río Grande; el camino comienza a descender desde lo alto de la sierra y, después de recorrer cuatro kilómetros, se detiene en una preciosa pradera que se extiende bordeando una pequeña colina cubierta de monte. Entre el ramaje se ocultan las casas de la Sub-sección que vamos a visitar.

Salvada esta última ascensión, podemos dejar en descanso los pequeños automóviles.

Las construcciones de Río Grande no presentan golpe de vista alguno; las casas deben buscar por entre los robles. Ocho construcciones de alguna importancia, constituyen la sub-sección. Todas son habitaciones para el personal, un poco más numeroso que en Rusphen, pero no lo suficiente para guardar todos los campos que pertenecen a Río Grande; los perros ovejeros suplen con ventajas esta falta de personal.

Podemos observar el sistema de construcción de esta nueva subsección y en verdad que él resulta curioso y económico. Los grandes troncos de roble, se levantan juntos y tan perfectamente unidos, que casi constituyen una sola masa. En el exterior de las habitaciones y sobre la corteza muerta de estos muros naturales, crece y se desarrolla cantidad considerable de musgos y parásitos que dan una vida aparente a aquellos troncos sin vida. La sub-división interior de las habitaciones, está constituida por maderos de más pequeña dimensión y forrados, en parte, por tablas pintadas de café.

Verdaderamente sufrimos la impresión de encontrarnos cobijados bajo los mismos árboles vivos que constituyen los bosques del exterior.

Hemos sido recibidos por el capataz de esta sub-sección (hoy administrador de «Cameron»), señor Thomson, y junto con él recorrimos todas las dependencias de esta pequeña estancia.

-Hasta la fecha -nos dice- sólo hemos procurado establecer cómodamente al personal de empleados. Contamos con buena cocina, comedores, habitaciones y talleres. Existe el propósito de continuar las construcciones hasta completar esta sub-sección con todo aquello de que hoy dispone la estancia principal de «Cameron». Como Uds. pueden observar, todos los edificios son sólidos y tienen capacidad para un mayor número de operarios.

Esto obedece al principio que se persigue en estos extensos campos, donde el aumento y reproducción en el ganado va reclamando, periódicamente, una sub-división dentro de las mismas grandes estancias.

No es pues aventurado adelantar, que dentro de poco tiempo la sub-sección de Río Grande se independice de Cameron y constituya una nueva estancia, dependiente directa de la Administración General.

Tampoco es aventurado adelantar fue el próximo año tengamos galpones de esquila, baño para el ganado, galpones de guarda, etc., etc.

Los campos de Río Grande se prolongan hacia el sur de la isla ocupando extensiones considerables cuyos límites no ha sido posible fijar con precisión. Los terrenos son magníficos y se prestan admirablemente para la crianza del ganado. Los potreros de invierno y de verano están bien marcados y no existe el peligro de que los grandes fríos puedan sorprendernos y causar destrozos de consideración.

Próximo a las casas, en los bosques de los alrededores, pudimos observar los hermosos ejemplares de perros cazadores, su conformación, alta talla y musculatura, en nada desdicen la ferocidad de que gozan ni la ligereza de que deben estar dotados en beneficio del fin a que se les destina. Parecen mirarnos con profundo desprecio, pues, permanecen echados y sin efectuar el más leve movimiento durante nuestra aproximación.

A retaguardia de las casas y próximo a una ladera extensa y peligrosa, están las habitaciones de los perros ovejeros.

Por el fondo de esta ladera corre el caudaloso Río Grande, que va a desembocar en las costas del Atlántico. La hoya de este río abarca un ancho superior a tres kilómetros, extensión que se repleta de agua en la época de los deshielos; en la actualidad, febrero, presenta poco caudal. Próximo a las construcciones de la sub-sección, está atravesado por un angosto y largo puente de madera que sirve de comunicación con el camino que sigue hasta la estancia Vicafia. Esta vía sólo es hábil para peatones e individuos montados.

Desistimos, pues, de atravesar el río y hacemos los preparativos para el regreso a «Cameron». Después de un ligero refrigerio, emprendemos la marcha y al caer la tarde descendimos hacia el hermoso cañadón que guarda las casas de la Estancia principal.




ArribaAbajoCapítulo VIII

Viaje a la estancia «San Sebastián»


El regreso a «Caleta Josefina», ancha depresión que corre entre la parte norte y la parte sur de la Isla.- El Cañadón Grande - Demostraciones marítimas.- «San Sebastián».- El señor Carnegie Ross.- El «Comedor Grande» en el jardín más hermoso de Tierra del Fuego.- La señora Ross en la Avenida de Las Delicias.- Actividades de la Estancia. - «San Sebastián» y la línea divisoria con la República Argentina. Los hornos de ladrillo.- El carbón de piedra.- Los obreros.- La faena de la Estancia.- Las epidemias reinantes y la asistencia médica.- Los enormes piños de caballares.- Hacia las playas del Atlántico.- Bahía San Sebastián.- «El Páramo».

Para llegar hasta San Sebastián, debíamos regresar a Caleta Josefina y desde allí seguir rumbo hacia el Atlántico.

Sin tropiezo alguno hicimos el primer recorrido y, en las primeras horas de la tarde, partimos hacia el este en demanda de la estancia que deseábamos visitar.

El nuevo camino está labrado en la ancha depresión que corre en las faldas de la Sierra Carmen Silva y cuyos extremos mueren en los senos de Bahía Inútil y Bahía San Sebastián.

Enormes pantanos se extienden en los alrededores de la ruta y, al desbordar sus aguas sobre la vía de tránsito, dificultan enormemente la marcha. Cantidad considerable de lagunas se divisan diseminadas en todo el trayecto y parecen querer unir las dos grandes bahías que separan. Multitud de aves acuáticas se recrean sobre aquellas aguas salobres y nadan tranquilas bajo los rayos del espléndido sol que nos alumbra.

Pequeños riachuelos aparecen constantemente y son salvados con facilidad, gracias a los sólidos puentes de madera, construidos por la Sociedad Explotadora, bajo cuyas manos se encuentran todos estos terrenos.

El caiquén vuelve a dominar en forma alarmante, y en bandadas enormes, hasta sobre esos potreros que le brindan libertad y seguridad casi absolutas. Algunos guanacos toman colocación en lo alto de las colinas que se levantan hacia el Norte, y con sus hermosos ojos llenos de curiosidad, contemplan confiados el paso de los expedicionarios.

A partir de Caleta Josefina, el terreno ha ido subiendo muy lentamente; hemos corrido junto a alambradas interminables, que cierran grandes potreros y que guardan piños enormes de ovejas que se extienden hasta más allá de lo que la vista puede alcanzar.

Las aguas del pequeño río «Pantanos» han destruido parte del camino y nos obligan a efectuar rodeos por sobre un terreno accidentado y sumamente difícil.

A nuestra izquierda corre la angosta laguna Torres que, pocos centenares de metros más adelante, se junta a la laguna Alenk, y por medio de ésta tiene comunicación con la Briceño. Próximo a esta última aparece la extendida y angosta laguna «Larga» que después de abarcar varios kilómetros, va a terminar en las proximidades de las innumerables lagunas que, en la misma dirección, siguen prolongándose hacia las aguas del Atlántico.

Hacia la parte Sur del camino, la vista se va a estrellar contra el alto murallón que forman los cerros de «Carmen Silva».

Entre la ruta de marcha y las alturas, se extienden grandes pantanos y terrenos de pastos exuberantes poblados por aves y animales silvestres.

La ruta continúa deslizándose por bajadas suaves y subidas muy poco pronunciadas. Chorros insignificantes corren por el fondo de estos pequeños cañadones.

Llevamos salvados veinticinco kilómetros y nos encontramos en la mitad del camino que separa a «Caleta Josefina» de San Sebastián; estamos próximos al más soberbio obstáculo que presenta el terreno durante todo su recorrido: «El Cañadón Grande» o «Cañadón Santa Lucía».

El ancho cañadón que se extiende a nuestros pies y que corre casi directo de Sur a Norte, da lugar a la formación de las dos más altas colinas que se elevan en esta parte. Ambas nacen de un cordón de cerros que se separa de la Sierra «Carmen Silva» y que se prolonga hacia el Norte, yendo a morir en las inmediaciones de la «Laguna Larga».

La mayor altura de estas colinas no sobrepasa de ochenta metros y ellas constituyen el campo más alto de esta gran depresión de terreno.

En el fondo del cañadón se distinguen algunas construcciones de madera y galpones de grandes dimensiones. Próximo a ellos, descansan dos tractores de la sociedad, destinados al arrastre de carros trasportadores de carga.

El camino desciende en pendiente algo pronunciada y después de salvar por un ancho puente el fondo pantanoso de esta depresión, vuelve a elevarse sobre la colina opuesta en gradiente suave y sin peligro.

A nuestro paso somos saludados por los cuidadores de aquellas instalaciones y por ellos logramos saber que aquel paisaje constituye el punto de descanso de los convoyes que trasportan los productos de San Sebastián, destinados a embarcarse por «Puerto Nuevo» hacia el continente.

La gente que conduce los productos, pernocta en las instalaciones del «Cañadón Grande» y al día siguiente emprende viaje hasta el punto de embarque.

Desde aquellas colinas, el camino sigue descendiendo en pendiente casi imperceptible hasta las casas de la Estancia San Sebastián.

El terreno se va haciendo cada vez más seco y más apropiado para la ganadería. En pleno verano, nos dicen, se seca completamente y proporciona un pasto abundantísimo para la engorda del ganado lanar.

Paulatinamente nos vamos acercando al nacimiento Este de la Sierra Carmen Silva, y los montes que coronan sus alturas, van destacándose más distintamente ante nuestros ojos.

Hacia el norte, los campos presentan la monotonía de siempre, ni un solo arbusto se eleva lo suficiente para atraer las miradas del viajero; en cambio, hacia el Sur se disfruta de una vista hermosa; los altos cerros cortados a pique, las innumerables rocas incrustadas en estos acantilados, los enormes bosques que coronan las cimas y el aspecto salvaje de aquella montaña virgen, atraen poderosamente la atención del caminante haciéndolo pensar en la grandiosidad sublime de la naturaleza.

Abstraídos por aquel solitario espectáculo, hemos recorrido los últimos kilómetros que nos llevarán a las casas de la Estancia.

El alegre sonido de una trompeta, nos hace dirigir miradas hacia el auto del Administrador de San Sebastián, que galantemente, se aproxima hasta nosotros para darnos la bienvenida.

Saludamos al señor Carnegie Ross y, en su compañía hacemos el resto de camino que nos queda.

Algunos minutos de marcha y distinguimos el extenso caserío que constituye las casas de la Estancia.

Próximo a las faldas de los cerros, junto al hermoso río San Martín, y bajo algunos árboles de escaso ramaje, se levanta el elegante chalet, mansión del Administrador de San Sebastián.

En dos horas y media hemos recorrido los cincuenta kilómetros que separan a «Caleta Josefina» de la Estancia en que nos encontramos.

Sin lugar a dudas, la casa Administración de San Sebastián es la más confortable, primorosamente cuidada y engalanada de las tres que hasta la fecha hemos visitado.

El Administrador Sr. Carnegie Ross, domina perfectamente nuestro idioma. Su joven esposa, la señora Lucía, a pesar de comprender un poco el castellano, se muestra temerosa y no se atreve a mezclarse en la conversación que sostenemos con su esposo.

Nuestras preguntas sólo son contestadas con algunos monosílabos o con inclinaciones de cabeza.

Ambos son ardiente admiradores de nuestro suelo y de nuestra raza. No conocen el Norte y centro de nuestro territorio y ante el encanto que en ellos despierta la relación detallada que le hacemos de la encantadora flora y fauna central, quedamos convencidos de que pronto serán visitantes entusiastas del resto del país.

Invitados por la señora Ross, nos trasladamos a visitar el hermoso conservatorio de flores naturales que se desarrolla en la gran galería que rodea la casa; enredaderas de todas clases trepan, llenas de flores, por las murallas del edificio. Multitud de maceteros, distribuidos con toda prolijidad, ostentan cantidad bien apreciable de plantas finas; pudimos observar, entre una variedad bien considerable, la Sica, el Sielamen, Heliotropo, Hortensias, Cardenales, Claveles, Violetas, Jacintos, Rosas, Helechos del monte vecino etc., etc.

Frente a la fachada principal y siempre dentro del conservatorio, crecen y se desarrollan pinos, cipreses, manzanos y eucaliptus; éstos naturalmente, no más altos de dos y dos metros y medio, apenas tocan el cielo del techo, se tronchan y buscan el mayor desarrollo hacia el ramaje de los lados.

Desde un costado de la casa se desprende, perpendicular a ella, una hermosa avenida poblada con árboles frutales, flores y hortalizas.

Su extensión es superior a cien metros y su ancho no excede de cinco. Un angosto camino cubierto con conchilla, la cruza en toda su longitud.

Un alto murallón de ramas de calafate corre a todo lo largo y defiende ese pequeño jardín contra los vientos reinantes del oeste. Los árboles frutales apenas alcanzan a florecer, el frío escarcha los brotes y mata la flor. Sin embargo, gracias a los cuidados maternales de la señora Ross, los árboles se mantienen verdes durante el verano aquella hermosa avenida presenta flores de todos colores, causando en el ánimo del visitante la sensación de encontrarse en un oasis encantador, situado en medio de aquel desierto de pasto amarillo y de ovejas blancas.

Próximo a la casa y en el lado opuesto a este pequeño vergel, se levantan las instalaciones que rodean una cancha de tenis. El piso duro y escarchado no necesita gran cuidado para conservarse firme y servir espléndidamente para el objeto a que se le destina. Los esposos Ross son verdaderos campeones en esta clase de deporte.

Anexo a la casa y apenas separado algunos metros, se encuentran las construcciones que guardan el garage, taller mecánico para los autos y depósito de bencina.

Algo distante, al final de la avenida de flores, que hemos bautizado con el nombre de «Avenida de las Delicias», el terreno se presenta cubierto con una cantidad considerable de hortalizas y tubérculos: lechugas, arvejas, zanahorias, coliflores, rábanos, apios, nabos, etc., etc., muestran ejemplares robustos y enormes y listos para ser consumidos. Estas huertas están regadas con agua de pozos, dotados de bombas aspirantes.

El mismo gran murallón de ramas de calafates que hemos visto en el jardín, defiende estos productos contra los vientos del oeste.

-Esto es todo lo que se necesita para tener verduras y flores -nos dice la señora Ross-: un poco de agua, defensa y abrigo contra los fuertes vientos y cuidado en las épocas de grandes fríos (fogatas contra la escarcha), son suficiente garantía para procurarse en abundancia toda clase de verduras, legumbres y tubérculos. Toda esta región es rica en terrenos agrícolas, falta únicamente saberlos explotar y defenderlos del clima.

-Todo el suelo de la inmensa vega que Uds. acaban de recorrer -agrega el Sr. Ross- tiene una capa vegetal sumamente gruesa, especialmente adaptable para la agricultura. Hay partes donde el pasto natural se desarrolla hasta una altura superior a un metro y sesenta centímetros. Este año hemos hecho una cosecha espléndida, sólo cortando el pasto en algunos cañadones se ha logrado almacenar una cantidad superior a veinte toneladas; espero seguir cosechando este alimento que la naturaleza brinda a los animales y creo poder almacenar una cantidad considerable, cuyo tonelaje no es posible precisar, ya que este trabajo sólo se ejecuta en tiempo extraordinario fuera de programa, y por lo tanto dependo de las horas libres que dejan las faenas obligadas en la Estancia.

No dudo -agrega el señor Ross- que la sub-división y el mayor número de habitantes, traerá irremisiblemente el aprovechamiento de estos terrenos para fines agrícolas, ya que los inmensos cañadones del interior, producen pasto en abundancia para alimentar cuanto ganado sea posible pastorear en ellos. Estimo solamente que la ancha depresión que Uds. han recorrido, es suficiente para proveer a todas las estancias de los tubérculos necesarios para el consumo en la época de faenas. Creo también que más tarde, toda esta zona tendrá que ser agrícola; agua es fácil de encontrar en todas partes, basta una pequeña excavación para procurársela en abundancia y buena. Es cierto que es un poco salobre para la bebida, pero en la agricultura se la emplea con resaltados espléndidos.

Desde el punto donde nos encontramos, se domina todo el caserío de la estancia. Las construcciones, todas pintadas de amarillo con techos rojos, se encuentran desparramadas en la ancha llanura y presentan un hermoso golpe de vista.

Es la hora en que terminan las faenas y el movimiento de operarios que se dirigen a sus habitaciones acompañados de un número considerable de perros ovejeros, imprimen al agreste paisaje un tinte alegre y pintoresco. El sol brilla con fulgores resplandecientes y vivos, y a su calor vivificante, corre el ganado que pastorea allá lejos y brincan entusiasmados los inmensos piños de caballares que, en veloz carrera, cruzan los prados en todas direcciones.

Nos retiramos a la casa habitación. El interior reúne cuanta comodidad es indispensable para la vida diaria. El salón, tenido con lujo, guarda recuerdos de familia y ostenta valiosos objetos de arte. La artística estufa que calefacciona aquella habitación, se encuentra lista para comenzar sus funciones. El inseparable whisky viene hacia nosotros y las primeras notas de un disco de Caruso, se dejan oír en la recia Victrola que engalana al salón. Los esposos Ross son virtuosos del piano y grandes admiradores de los cantantes italianos. El repertorio de discos que poseen es inagotable y valioso, constituye las delicias de los dueños de casa y las de los pocos viajeros que transitan por esas apartadas regiones.

Basta una pequeña insinuación de nuestra parte, para que la señora Ross se siente junto al plano y ejecute con maestría admirable, hermosas y difíciles composiciones de los grandes clásicos alemanes. Su esposo la secunda maravillosamente y, entusiasmados ante un auditorio que los sabe comprender busca entre el vasto repertorio que poseen, nuevos trozos musicales de autores prominentes y los dedos incansables se deslizan con suavidad por sobre el sonoro teclado.

Las primeras horas de la noche apartan de nuestro lado a la esposa del Administrador, momentos que empleamos para que el señor Ross conteste a nuestras preguntas y dé algunos detalles de la estancia que administra. Comienza de esta manera:

-Como Uds. han podido apreciar, esta estancia trabaja activamente y no omite sacrificios por mejorar las vías de comunicación que la unen a «Caleta Josefina». El camino que Uds. hicieron, corre, en parte, contiguo a una ancha vía (veinticinco metros) que debe estar expedita en pocos meses más. Ello obedece a que se ha hecho un atento estudio del terreno y la nueva vía de comunicación está destinada a salvar todos los obstáculos con que hoy se tropieza. El camino actual, en el invierno, se hace intransitable, se inunda por todas partes y constituye un peligro no sólo para los carros, sino también para los caballares y peatones. Creo que la nueva ruta será tránsito fácil y posible en todo tiempo.

La estancia San Sebastián es una de las más antiguas de la Sociedad Explotadora; su fundación data desde el año 1904. Antiguamente exportaba sus productos por Bahía San Sebastián, donde cuenta con numerosos y buenos galpones para la guarda. Actualmente, disponiendo de los poderosos tractores que Uds. pudieron ver en el «Cañadón Grande», todos los productos los envía a Puerto Nuevo, sobre Bahía Inútil.

La superficie que abarcan nuestros campos, no baja de doscientos dieciséis mil hectáreas, esto, según la mensura que a mi juicio es muy poco exacta. De esta enorme extensión de terreno, más de la mitad queda inútil en el invierno. En esa época se mandan los animales a los campos del Norte. La gruesa capa de nieve que cubre los potreros inútiles, desaparece en la primavera y da lugar al nacimiento de pastos abundantes y buenos. Cuando se aproxima la época de la esquila, se arrean los grandes piños y después de quitarles la lana, se envían hacia el sur; en esos campos encuentran alimento sano y generoso, a cuyo desarrollo y crecimiento ha contribuido poderosamente la gran capa de nieve invernal.

Los edificios de la estancia están instalados a un kilómetro y medio del límite con la República Argentina.

Los deslindes de San Sebastián corren junto a la línea divisoria de ambos países y, desde el hito seis. se prolonga hacia el Sur hasta encontrar el hito dieciséis; en total noventa kilómetros.

En la parte Argentina (alrededores de Bahía San Sebastián) poseemos diez mil hectáreas de terrenos en propiedad.

Los productos que se alimentan en aquellos campos, para ser beneficiados, deben ser traídos a los galpones de esta estancia. Por el sólo hecho de pasar la línea divisoria, tenemos que pagar los correspondientes derechos de exportación; más tarde, cuando ese mismo ganado vuelve a sus campos primitivos, debe pagarse un segundo derecho, esta vez de importación.

La estancia consta de treinta y seis edificios con sus anexos, de éstos hay veinte casas en el establecimiento principal, tres edificios y algunos anexos, en la sub-sección de Filaret, ubicada casi directamente al norte y distante cuarenta kilómetros de San Sebastián, y cinco edificios con algunos anexos en la sub-sección de «Río Chico» situada al sur, en los montes de «Carmen Silva» y distante treinta y cinco kilómetros de la estancia principal.

En este último punto existe un aserradero que explota los robles de la montaña y provee las necesidades de la estancia. Este aserradero no cuenta con maquinarias. Funciona rudimentariamente y en forma lenta. Una cuadrilla de operarios, con la dotación de herramientas necesarias, es suficiente para subvenir las pequeñas necesidades de San Sebastián.

Para las grandes construcciones, tenemos el aserradero de «Río Rusphen» en la estancia Cameron.

En distintos puntos del campo, hemos establecido doce casas que constituyen otros tantos puestos para los ovejeros cuidadores el ganado.

En los terrenos en propiedad que poseemos en la República Argentina, se ha construido una casa y un gran galpón, edificios que se ocuparon en otro tiempo para guardar los productos que debían transportarse al continente. Actualmente, y debido al fuerte impuesto de importación y exportación con que se ha gravado los productos que se llevan del territorio chileno, esa casa y galpón se encuentran arrendados a la Sociedad Ganadera Sara Braun, que posee la estancia «Sara», situada treinta y cinco kilómetros al norte de Bahía San Sebastián.

El material de construcción que empleamos es la madera y el fierro. Se han efectuado algunas pruebas tendentes a la fabricación de ladrillos, pero no ha dado resultados satisfactorios, yo creo que el fracaso no es debido la mala calidad de la materia prima sino a la falta de competencia del operario. El año que acaba de pasar se inició la fabricación de cinco mil ladrillos, la tierra que se empleó fue un mazacote de primer orden.

Se construyeron los hornos para efectuar el cocimiento y algún tiempo después quiso extraerse el material ya confeccionado. Los panes no estaban completamente sólidos y se quebraban con relativa facilidad. El constructor operario dijo que se habían «pasmado». Este año haré una segunda prueba y creo podré obtener excelentes resultados.

El material empleado en todas las estufas es el ladrillo refractario, espléndido para esto objeto; se trae del continente.

San Sebastián no ha trabajado jamás en industria alguna, por cuya causa carece, en tierra chilena, de las veinticinco hectáreas en propiedad que el Gobierno regalaba con este objeto. Todas las construcciones se encuentran en terrenos fiscales y pasarán a poder del Gobierno, una vez que termine el arriendo con la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.

Agua potable hay en abundancia y la proporciona el río San Martín, que corre a todo lo largo de las construcciones.

Referente al trabajo, puedo adelantar que actualmente contamos con ciento ochenta operarios, de los cuales setenta trabajan en el galpón da esquila.

El reclutamiento de esta gente se efectúa en igual forma que en las estancias ya visitadas.

Este año debemos esquilar ciento treinta y cinco mil ovejas y la parición ha sido de sesenta mil corderitos.

Constantemente tenemos en trabajo varias cuadrillas de alambradores, que se ocupan en tender nuevos cercos, demarcadores de nuevos potreros. En las dos sub-secciones se encuentra el personal suficiente para atender al cuidado del ganado, ambas están bajo la dirección de un capataz de ovejeros.

Contamos en los montes de «Carmen Silva» con tres familias de indios, excelentes cuidadores de ganado y muy poco exigentes en sueldos y en comida. En una de ellas se encuentra el mejor tirador de rifle y flechas que se conoce en estas comarca. En una ocasión, a sesenta metros de distancia, logró colocar las cuatro flechas que tenía, en el tronco de un árbol cuyo diámetro no sobrepasaba de diez centímetros.

Los clasificadores de lanas se importan de Inglaterra y todos los años acuden a nuestras faenas. Las instalaciones del galpón de esquila funcionan con fuerza motriz proporcionada por potentes motores de alimentados con leña. Esta es escasa y debe traerse de las montañas del sur, el acarreo demora cuatro días y se efectúa en carretas.

La presión de la máquina enfardadora es de tres toneladas por cada pulgada cuadrada. Diariamente se enfardan entre 55 y 60 fardos de lana, con peso medio de 550 libras cada uno.

Este año pensamos cosechar dos mil fardos en toda la temporada, lo que, según el precio a que hoy día alcanza este producto (70 libras por fardo), da un total de tres millones y quinientos mil pesos.

La estancia se dedica también a la crianza selección de ganado caballar, tanto de silla como de tiro, actualmente posee mil y trescientos cabalgaduras. Están destinados a surtir al resto de las estancias de la Explotadora y a la venta del público consumidor.

Ganado vacuno tenemos poco, solamente doscientos y cincuenta cabezas; el objeto que se persigue con esta crianza es el mismo que se deja señalado para los caballares.

En las inmediaciones de Filaret, se ha logrado encontrar carbón de piedra, se presenta a gran profundidad y es de difícil extracción.

Los terrenos que cubren los depósitos, son compuestos por vegas y pantanos que filtran sus aguas y ahogan los trabajos que se relacionan con la extracción del combustible. Las bombas que se han destinado para secar estos pantanos, no son suficientes para exterminar la gran cantidad de aguas que allí se juntan.

La comida que se proporciona a los trabajadores, en general, es igual a la que se ha podido apreciar en las estancias ya visitadas. Diariamente se calcula un capón por cada diez hombres, sólo se aprovecha la carne; el corazón, hígado y otras menudencias se destinan a los perros.

El desayuno es siempre abundante y bueno, generalmente se compone de mermeladas, café con leche abundante y chuletas. Cada trabajador consume, de ordinario, cuatro, cinco o seis chuletas.

Recuerdo a un austríaco que, en materia de comidas, marcó el récord en San Sebastián. Se llamaba Nicolás Calaisic alto, bien formado, era el glotón más grande que he conocido. Un día del año pasado, durante el desayuno, logró devorar la no despreciable cantidad de veintidós chuletas. El almuerzo y las comidas estaban siempre en relación directa con el apetito de la mañana.

Casi nunca existen grandes dificultades entre la administración y el elemento trabajador; el obrero chileno es razonable y se adapta perfectamente a nuestro ambiente de trabajo. Las mayores dificultades son suscitadas por trabajadores extranjeros, tan comunes en Punta Arenas, y que se trasladan a las estancias en la época de las faenas. Esto elemento revoltoso convulsiona los mejores propósitos y paraliza el trabajo de aquellos entusiastas y tranquilos que, por el hecho de estar federados, deben incorporarse al movimiento, impulsados por aquellos cabecillas que nada tienen y que nada pierden con el abandono de su empleo o con el tiempo que se deja de trabajar. Afortunadamente, el obrero chileno evoluciona ante el peligro que los presentan estos predicadores de oficio y de doctrinas malsanas.

Hoy en la mañana he tenido que ajustar las cuentas a dos agitadores que, a pedido de sus mismos compañeros, tuvieron que abandonar el trabajo en las faenas de esquila. Creo que el elemento chileno unido y bien organizado, ajeno a los perjuicios que, acarrea la palabra fácil lanzada por aquellos revoltosos de oficio, que anualmente acuden a Magallanes en busca de piños de hombres sin ilustración y sin cultura a quienes amasan, estrujan y manejan a su antojo, quitándoles el fruto de su trabajo y el pan de la familia, sería la base más sólida sobre la cual pudiera descansar el progreso de Magallanes y el bienestar, tranquilidad e ilustración de la clase proletaria.

Así lo ha comprendido este año en que el contratista de esquila, señor Merino, persona con cierta ilustración y consciente con los derechos del ciudadano, a pesar de ser uno de los dirigentes de la Federación Obrera, ha sabido mantener el orden y la corrección durante toda la faena, apresurándose a expulsar de entre la clase trabajadora a aquellos agitadores extranjeros, que, cual manzana podrida, quieren extender su propia podredumbre hacia un elemento sano, moderado y trabajador, como es el que constituye la gran agrupación chilena de Magallanes. Sin duda que la permanencia de este contratista en San Sebastián marcará una nueva era y una vía recta de trabajo y de progreso para la clase proletaria.

El ejemplo de la tranquilidad absoluta como hemos llevado a término nuestras faenas dirigidas por un proletario chileno consciente de sus actos, y de la responsabilidad que en él depositaran sus compañeros, abrirá los ojos al pueblo de Magallanes y hará que ellos mismos pidan expulsar de su seno a aquel elemento extraño, sin patria y sin hogar que, cual sanguijuela, se traslada periódicamente a Punta Arenas y sus alrededores, a sembrar la cizaña que constituye el desquiciamiento de la sociedad, aprovechándose después de la confusión que su siembra haya producido, para dejar solo y abandonado en medio de aquel caos, al confiado rebaño de trabajadores que han logrado seducir, exponiendo sus vidas y sus valientes pechos, en defensa de una causa absurda y sin fundamento alguno: ellos escapan de aquel campo de Agramante, con las bolsillos repletos de dinero, capital que pertenece a la clase proletaria y que va a servir los intereses particulares de aquellos cabecillas que más tarde aparecen establecidos con algún negocio, en apartados pueblos de las costas del Atlántico o en la misma ciudad de Punta Arenas, como es notorio haya acontecido en más de una ocasión.

Referente al clima -nos dice el señor Ross-, en los campos de San Sebastián, la primavera se presenta más tarde que en el resto de las estancias de la Explotadora. Los calores del verano suben hasta marcar 18 grados centígrados sobre cero y el invierno se deja sentir con un frío tan intenso que escarcha por completo las aguas de cuanto lago o laguna se encuentra en los alrededores. El año pasado (1917) el termómetro llegó a registrar una temperatura mínima no inferior a 20 grados centígrados bajo cero. El clima es muy variable, los días de sol son hermosos pero están sujetos a las variaciones del ambiente; sol, lluvia, granizo en un mismo día, son comunes en esta región. El río San Martín arrastra bastante caudal y sus aguas son permanentes en todo tiempo. Pensamos aprovechar su corriente para instalar fuerza y luz eléctrica en las distintas dependencias de la estancia. Es cierto que esta fuerza sólo sería aprovechable en verano, ya que el invierno escarcha la superficie, de las aguas, pero como ésta es la época de mayor trabajo, siempre resulta un beneficio bien apreciable.

El invierno se aprovecha admirablemente para desarrollar el sport sobre hielo. Patines y esquíes son muy comunes a los habitantes de este suelo.

El señor Cameron, antiguo administrador de «Caleta Josefina», logró hacer un recorrido en esquíes desde el fondo de Bahía Inútil hasta las playas de Bahía San Sebastián, cruzó pues, Tierra del Fuego del Pacífico al Atlántico.

Tengo aquí, agrega el señor Ross, madera petrificada y algunos fósiles marinos encontrados en pleno corazón de la gran depresión que Uds. recorrieron.

En efecto, pudimos admirar grandes trozos de madera petrificada y algunos ejemplares de los fósiles marinos recogidos personalmente por el administrador de San Sebastián.

Las bonitas muestras de madera son comunes a algunos campos de la estancia y generalmente se presentan bajo una ligera capa vegetal.

El oro, tan común en Tierra del Fuego, se encuentra en abundante cantidad en los pequeños ríos que cruzan la Estancia. En Río Chico que corre en pleno cordón de la Sierra «Carmen Silva», se han efectuado algunas pruebas con muy buen resultado; sin embargo, los trabajos no se han llevado a efecto con gran intensidad y los esfuerzos de algunos pocos buscadores de oro, se han paralizado.

Guanacos se encuentran en piños muy reducidos, parece que los grandes piños prefieren los hermosos cañadones de la parte norte de la Isla; a cambio de ellos, tenemos nuestros campos poblados con perros salvajes, zorros fueguinos y cururos, estos últimos son tan populares que, azotados por los grandes fríos, vienen a buscar abrigo en las habitaciones y galpones de la estancia; los perros y una gran cantidad de gatos criados ex profeso, los han hecho un poco temerosos y los han expulsado de nuestras construcciones.

A lo largo de todo el cordón que comienza a formarse al Norte de la depresión y a partir desde las costas del Atlántico, se encuentran indicios de vetas carboníferas, todas las pruebas que se ha logrado obtener señalan un combustible de calidad inferior y productor de muy pocas calorías. Carbón de buena clase, nunca hemos logrado obtener. Las fuertes mareas del Este arrojan sobre la playa cantidad de lignita, parece que el fondo del mar, en las costas del Este, constituye un gran depósito de este material.

De muchos otros puntos de importancia, se sirvió imponernos nuestro interlocutor, puntos que, por referirse a los indios fueguinos, los dejaremos para tratarlos en el capítulo correspondiente.

El puerto de Bahía San Sebastián, sólo dista dieciséis kilómetros de las casas del Administrador y aprovechamos la hermosa mañana del día siguiente, para trasladarnos hasta él.

A nuestro paso por las construcciones de San Sebastián, logramos visitar las distintas dependencias. Todas ellas están distribuidas en igual forma que las de «Caleta Josefina».

El confort y la calefacción reina en todas las habitaciones y la vida de los trabajadores debe hacerse fácil y amena. Como en las estancias ya visitadas, nos llamaron la atención algunas deficiencias que tienen relación directa con la salubridad del obrero. Se tiende a darles facilidades en todo sentido, pero se descuida en absoluto la sanidad y ventilación de los locales. No es posible que en dependencias reducidas donde necesariamente debe aglomerarse una cantidad de personas que regresa después un trabajo pesado y largo, permanezcan las ventanas cerradas, las camas en desorden y, más que nada, los enfermos tendidos en sus lechos sin que una mano profesional los atienda debidamente.

Duro es volver a estampar esta deficiencia que se nota en todas las estancias de la Sociedad Explotadora; hemos visitado «Caleta Josefina», «Cameron» y «San Sebastián», y en ninguna de ellas hemos encontrado al famoso Doctor Dao, ni siquiera un botiquín con su correspondiente practicante que sirva para atender a los necesitados. En cambio, en todas hemos visto enfermos y hemos visitado los cementerios bien tenidos, lo que prueba que únicamente se preocupan de los muertos y abandonan a los que se encuentran postrados en cama. Obra humanitaria y de sentido común, sería el que la administración general de la sociedad nombrada se preocupara de mantener en cada estancia, el personal necesario para defender las vidas de aquéllos que se sacrifican por darles las grandes ganancias y los enormes dividendos que anualmente reparte la Explotadora.

Por otra parte, y considerando que el mayor número de los enfermos encontrados sufrían dolencias causadas por epidemias reinantes (gripe), fácil es concebir que la multiplicación y transmisión de los gérmenes patógenos causantes del mal, encuentren campo sobrado donde establecerse y seguir extendiéndose en forma alarmante. Algunas estancias tuvieron, en un mismo día, más de treinta enfermos, sin embargo la administración general no dictó ninguna medida tendente a extirpar el mal, sólo se concretó a dar cuenta a la autoridad de Punta Arenas. La Administración civil de ese vasto territorio obró por su cuenta y, desprendiéndose de parte del personal que tan necesario era para combatir el flagelo que azotaba la capital de Magallanes, lo envió con los medicamentos necesarios a la gran Isla de Tierra del Fuego. No sabemos si este dictado humanitario supo agradecerse debidamente por aquellos que tienen la obligación de prever e impedir que el trabajador sin garantías que le permitan asegurar su salud y su vida, se traslade al corazón de la gran Isla en busca del trabajo que debe proporcionarles el sustento diario.

Sabemos sí, que durante el presente año los obreros, en las mismas estancias, carecen de medicinas, y el doctor, dadas las dificultades de traslado, se verá obligado a diagnosticar y recetar por medio del hilo telefónico. La defensa de la raza y la defensa de la vida del obrero magallánico, exigen más preocupación en este sentido. Se impone la absoluta necesidad de dotar a cada estancia de una sala especial de enfermería anexa a un botiquín completo, atendido, cuando menos, por un practicante do experiencia y competente; el doctor quedaría como consultor técnico destinado a servir los casos graves o de complicaciones en todo caso y, atendidas las enormes distancias y las dificultades de traslado en el invierno, un solo doctor no es suficiente para la atención de las cinco estancias con sus respectivas sub-secciones.

Durante nuestro recorrido, hacemos presente al señor Ross las consideraciones que dejamos apuntadas. El administrador tal vez por disciplina, sólo se contenta con observamos sin decir palabra, su aprobación tácita nos da a comprender que tal vez aboga, en favor de los obreros, los mismos sentimientos y las mismas críticas que acabamos de exponer.

El camino por donde se deslizan los autos, está labrado en el fondo de los altos murallones, cortados a pique, que señalan la falda Norte de la Sierra «Carmen Silva». La empinada muralla que vamos dejando atrás, está completamente lavada y socavada por las aguas marinas que antiguamente debieron azotarla. Peñascos enormes sobresalen de este acantilado y sus cabezas de granito redondeadas y pulidas por las olas, se avanzan al espacio, causando pavor en el ánimo de los viajeros que pasan directamente bajo ellos. Piedrecilla menuda y afilada proveniente de los destrozos que causan los hielos en aquellas rocas levantadas, cubren el camino.

Hacia el norte se extiende la enorme pradera cubierta de pasto y lagunas y allá muy lejos, va a morir en las faldas del ancho «Cordón».

Un fuerte viento del oeste empuja con fuerza nuestras máquinas y aumenta la velocidad que no queremos imprimir a los motores. El camino, dando mil vueltas y salvando pequeños chorrillos cruzados por débiles puentes de madera, se aproxima a Bahía San Sebastián. El terreno confianza a ponerse arenoso y la mancha se hace con más dificultad.

Desde lo alto de los cerros que bordeamos, grandes piños de caballos asoman sus hermosas cabezas y contemplan curiosos el paso de los autos.

Algunos, más atrevidos que los otros, se deciden a observar de cerca los extraños vehículos que cruzan sus praderas y, estirando sus ágiles miembros delanteros, hunden sus ancas y sus piernas en la pendiente resbaladiza y cortada a pique. Desde la cumbre del alto murallón se deslizan suavemente hasta el fondo de la quebrada.

Primero algunos, después muchos y por fin todos sus amedrentados compañeros se deciden a seguirlos. Debemos de detener la marcha y contemplar aquella hermosa y desnuda cabalgata que, cual torrente que se despeña, salva con valor y donosura, el inmenso precipicio que se extiende a sus pies.

El enorme piño rodea nuestros coches, impidiéndonos el paso. Algunos brincan, otros saltan, otros se aproximan y nos miran espantados. Hacemos esfuerzos inútiles por deshacernos de aquella alegre manada que nos observa y que nos estrecha.

Gritos, amenazas, golpes, etc., nada es suficiente para obligarlos a retirarse; estamos confundidos y atemorizados.

El más joven de aquellos gentiles cuadrúpedos, nos salva de situación tan embarazosa; lanzando al aire un sonoro relincho y ejecutando una pirueta peligrosa, se lanza en carrera vertiginosa hacia la ancha pradera que se extiende al Norte; sus compañeros saltan y brincan de contento, algunas de sus caricias son sonoramente recibidas por la carrocería de nuestras máquinas, el novel cuadrúpedo que primero se desprendió del grupo, siempre corriendo y saltando retoza en medio del campo. La confusión que nos rodea es espantosa; las bocinas de los autos lanzan al aire, sus estridentes gritos y parecen dar la señal de desbandada a la alegre cabalgata. Levantando una nube de fina arena, inicia el movimiento aquel loco escuadrón; no corren, vuelan en busca del compañero fugitivo y pronto invaden por todas partes la ancha pradera que les ofrece campo abierto para sus correrías.

Allá muy lejos vuelve a juntarse el noble grupo y, vuelto hacia nosotros, nos envía sus alegres relinchos como señal de despedida y amistad. Allí queda la confiada cabalgata alegre y juguetona, en medio del inmenso campo que los brinda seguridad, vida y alegría. Allí quedan esos gentiles cuadrúpedos de miembros acerados y flexibles; allí quedan retozando esas flechas de nervios y de músculos, lanzadas a la pradera por el brazo poderoso de algún hércules desconocido.

El camino, libre de aquella turba tumultuosa y enloquecida, se presenta francamente despejado y nos invita a proseguir el viaje. Roncan los motores al partir el coche, y las ruedas, hundiéndose en la arena, imprimen al comienzo una marcha lenta, marcha que se acelera paulatinamente a medida que los autos van ganando terreno.

Desde la cima de una última pequeña altura, divisamos muy próximo a nosotros, el grandioso Océano Atlántico, cuyas olas inmensas se estrellan y se despedazan contra las costas de dos continentes tan remotos.

Bahía San Sebastián queda a nuestro frente, abriéndose en forma de una herradura colosal, el costado sur deja paso a las aguas del Océano, mientras el costado norte queda al abrigo de ellas y cerrado por el angosto Páramo que, a manera de una lengua estrecha y larga, se interna directamente al sur y va a perderse en el Océano, después de llegar hasta el centro mismo de la boca de la bahía.

Las costas del sur y del centro se muestran escarpadas y cortadas a pique, las del norte mueren suavemente bajo las aguas marinas después de correr, casi al mismo nivel, una extensión enorme de terreno. Las arenas de la playa se internan tierra adentro formando campos eriales de una magnitud considerable. Por el norte estos campos se prolongan hacia el Oeste hasta tocar las innumerables lagunas saladas que se desarrollan en aquellas regiones.

Van disminuyendo en extensión a medida que avanzan hacia el sur de la Bahía y mueren en los primeros acantilados que forman el costado norte de las faldas de «Sierra Carmen Silva».

Casi en el centro de la ancha herradura desemboca el río San Martín, que nace en la Sierra nombrada y próximo al meridiano 69, a una altura de 300 metros. Su recorrido total lo efectúa por la ladera norte de esta sierra y su curso superior desciende rápidamente hasta enfrentar el punto denominado «Casas de San Martín», situado a cien metros sobre el nivel del mar. Desde este punto comienza su curso medio que se extiende hasta las casas de la Estancia San Sebastián. En los dos cursos nombrados recibe todos sus afluentes siendo los principales el chorrillo Nacimi en el primero y el chorrillo Guanaco y estero Pike en el segundo.

Después de abandonar, las casas de «San Sebastián», el río se dirige al N. E. y va a desembocar suavemente en las extensas playas de la Bahía que nos ocupa.

En el extremo sur y próximo al cabo San Sebastián, límite de la Bahía en esta parte, desemboca el arroyo Gama que nace en tierra chilena y próximo al cerro Camus. Sólo presenta dos cursos; el superior que corre entre laderas escarpadas y que termina próximo al nacimiento E. de la Sierra, y el inferior que, se prolonga tranquilo desde este punto hasta su desembocadura.

Desde cabo San Sebastián al sur, la costa sigue casi recta y no recibe ningún río hasta las inmediaciones de Cabo Domingo, donde desemboca el río Carmen Silva, después toma un nuevo rumbo inclinándose hacia el S. E.

Bahía San Sebastián presenta grandes mareas y sus aguas, al retirarse, dejan en seco un espacio que fluctúa entre 1.5 y 2 kilómetros desde la playa, donde mueren las altas mareas.

Este espacio arenoso que queda en seco es aprovechado por los buques de pequeño calado que se varan y se refaccionan.

A pesar de estar la Bahía completamente cerrada a los vientos de N. E., ofrece un fondeadero peligroso y difícil; el lecho sumamente bajo, en atención a que el terreno se va internando muy lentamente hacia el fondo de las aguas, sólo permite la entrada de pequeños vapores; los de algún calado deben aprovechar la alta marea y abandonar la Bahía tan pronto se inicia el descenso de las aguas.

Los vientos reinantes en aquella zona soplan con fuerza desde el oeste y la ancha depresión que arranca desde Bahía Inútil les ofrece campo propicio para correr sin encontrar tropiezos hasta desembocar en el Atlántico por Bahía San Sebastián.

La angosta y larga punta que cierra por el norte la bahía, está completamente cubierta de arena y apenas se levantan algunos metros sobre las aguas; lleva el nombre de «El Páramo» y ha sido fuente de riquezas para muchos buscadores de oro. Los grandes temporales que muy de tarde en tarde suelen soplar desde el este, arrojan las aguas marinas por sobre este largo dique natural y, al abandonarlo, dejan las arenas cubierta, con pepas de oro. Este metal parece que abunda en el fondo de las aguas costinas del este de la gran Isla y el mar, cansado de guardar tanto tiempo este tesoro, se desprende de parte de él a manera de recompensa por los enormes destrozos que causa con el azote de sus olas sobre las playas, y con el azote de sus temporales de viento sobre la tierra.

A lo largo de la bahía sólo existen escasas construcciones: sobre el camino de marcha y en la ribera Sur, está instalado un puesto o comisaría argentina servida por un oficial de aduana y un sub-oficial de policía al mando de cuatro guardianes.

Próximo al cabo de San Sebastián y guarecido entro dos pequeñas alturas, existe un hotel, almacén de comestibles, tienda de trapos, cantina, mercería, etc., etc., que constituyen el punto obligado de descanso y aprovisionamiento de los viajeros que se dirigen o regresan desde el sur de la Isla. Pertenece a un trabajador de nacionalidad yugo eslava.

Próximo a la comisaría se levanta la casa y galpón pertenecientes a la estancia San Sebastián y hoy arrendados a la Estancia Sara.

En la parte norte de la bahía sobre el camino que bordeando la playa conduce al norte de la Isla, funciona un segundo puesto o comisario perteneciente a la nación vecina. Ambas comisarías llevan el control de la exportación e importación que pueda provenir o internarse hacia nuestro territorio.

El extremo norte de la bahía lleva el nombre de Punta de Arenas.

Terminado el motivo que originó nuestro rápido viaje, nos preparamos para regresar a las casas de la Estancia; debemos recorrer el mismo camino que hemos utilizado a la ida y tenemos ahora que luchar contra el fuerte viento que sopla y que se nos viene encima directamente desde el frente. Las máquinas avanzan a saltos largos y periódicos y, por momentos, parecen detenerse. El marcador de kilómetros agita la aguja en forma loca y, tan pronto señala gran velocidad, como un andar lento y arrastrado. La arenilla fina mezclada con piedrecitas de pequeño tamaño, choca con fuerza contra el parabrisas y, a veces, parece romper los gruesos cristales. Una llovizna ligera comienza a refrescar nuestros rostros y el cielo, en la mañana tan claro y despejado, toma un tinte nebuloso, presagio seguro de que se aproxima la tempestad.

Afortunadamente, estamos próximos a San Sebastián y allí, con toda comodidad, podemos esperar que el viento cese, que el chubasco pase y que la atmósfera se despeje.

Penosa y larga se hace la marcha; después de una hora de constante lucha con los elementos y azotados por una lluvia torrencial, logramos escabullirnos de aquella lluvia torrencial y refugiarnos en la casa del administrador. Allí pasamos la noche esperando la luz del nuevo día, claridad que debe acompañarnos en nuestro regreso a Caleta «Josefina» única ruta por la cual debemos seguir, si deseamos visitar la estancia Spring-Hills, situada en la parte norte de la Isla.




ArribaAbajoCapítulo IX

Viaje a la estancia «Spring-Hill»


La ruta de marcha.- El famoso Doctor Dao.- En pleno «Cordón».- Los cañadones.- La sub-sección China Creek.- La escuela municipal.- Las siete colinas.- Campos exuberantes y ricos.- El río Side.- La flora y la fauna.- El cañadón «Bella Vista».- «Spring-Hill». El señor Thomas Dick.- Actividades de la Estancia.- La esquila.- El mecánico chileno Alberto Osorio.- La especialidad del Doctor Dao y la atención médica.- Con la señora Dick.- Punta Espora, uno de los puntos más importantes de Tierra del Fuego.- El señor Pedro Bell y el heliógrafo.- El fracaso del cable submarino.- El Creek.- Consideraciones de carácter general.

Muy de mañana dejamos «San Sebastián» y emprendemos el viaje de regreso a «Caleta Josefina». La lluvia del día anterior ha descompuesto por completo el camino y nos obliga a buscar tránsito por entre el tupido ramaje de calafates que se levanta en terreno firme. Miles de vueltas alargan la distancia y después de una marcha penosa que se prolonga por cinco horas, logramos enfrentar las casas de «Caleta Josefina». Cubiertos de barro basta la coronilla, descendemos del auto y saludamos al señor Donaldson. Por él podemos imponernos que el viaje a Spring-Hill es un poco temerario; la lluvia ha destrozado parte del camino y en estas circunstancias, sería aventurado lanzarse a través de la gran extensión, 111 kilómetros, que separa una estancia de la otra. Sin embargo, agrega, podemos esperar la llegada del Dr. Dao que esta mañana muy temprano partió desde Spring-Hill hacia esta estancia.

-Si él llega sin haber sufrido serios tropiezos -dijo-, no dudo que Uds. puedan recorrer el mismo camino sin grandes dificultades. Consecuentes con esta indicación, tomamos el tiempo necesario para descansar y hacer un pequeño aseo en el vestuario.

La expectativa de poder conocer al famoso Dr. de la Explotadora, alarga considerablemente las horas. Pocos minutos antes de las dos de la tarde, divisamos un pequeño Ford que se aproxima rápidamente, es el coche del Doctor, primera persona que después de la primavera, ha logrado recorrer el peligroso y largo cañadón «Bella Vista».

Por nuestra parte, hacemos los preparativos necesarios para proseguir la marcha inmediatamente.

Grandes exclamaciones (en puro acento inglés, llegan hasta nuestros oídos; es el Doctor que moviendo los brazos por los aires, saluda a la concurrencia.

El señor Donaldson se sonríe y con una señal nos muestra que ya empezamos a conocer al famoso médico. Pocos minutos más tarde somos presentados; algunas palabras de rigor y vamos al grano:

-¿Doctor, qué tal el viaje? ¿Cómo está el camino?

-¡Ah!, ah! Bueno, auto corre-corre; poca parte mala, no importa; corre por camino hasta puente. ¡Ah!, ah! Mucho barro. ¡Ah!, ah! Sube puente, para motor. ¡Ah!, ah! Saca ojo izquierdo y tira barro. ¡Ah!, ah! Marcha motor y pasa por encima. ¡Ah!, ah! Después mete pantano lado izquierdo, deja ojo barro y sigue corriendo. ¡Ah!, ah! Todo camino bueno, mucho barro, pero no importa. ¡Ah!, ah! Sigue no más corriendo y llega a Spring-Hill. ¡Ah!, ah! Damos las gracias al Doctor y quedamos enterados que podemos continuar el viaje. Sin embargo, y después de esta explicación tan clara, creemos oportuno molestar al señor Donaldson (que un poco aparte se ríe a carcajadas), y le insinuamos la idea de inquirir mayores datos referentes al estado del camino; por él logramos saber lo que deseamos y, después de despedirnos debidamente, emprendemos la marcha.

El Dr. Dao nos mira un poco inquieto, tal vez pensando por qué hemos pedido al administrador mayores datos de los tan claramente proporcionados por él. Allí permanece mientras nos alejamos; sus ojillos azules nos siguen durante mucho rato. Volvemos la cabeza para hacer una última señal de despedida y entre todo aquel grupo cariñoso, vemos destacarse el corpulento Doctor vestido a la cazadora y cubierta su cabeza de facultativo con un enorme jockey a cuadros blancos en fondo oscuro.

Una vuelta del camino oculta las casas de «Caleta Josefina» y nos presenta los inmensos campos cubiertos de ganado y cruzados por alambrados interminables.

Marchamos con rumbo directo hacia el Norte; la ruta corre por un terreno plano y sin accidente alguno. Pequeños pantanos que se han formado sobre el camino no son obstáculo para el Ford, los salva con facilidad pero se encarga de lanzar a los aires una cantidad considerable de agua y barro, que nos obliga a cubrirnos con los impermeables. Pronto avistamos la pequeña y hermosa laguna «Poca Agua»; sus aguas salobres, muestran un tinte barroso, consecuencia tal vez, del último temporal de vientos. Bordeamos «Poca Agua» por su ribera Este y después de algunos minutos enfrentamos una serie de nuevas lagunas que aparecen hacia el Oeste. La mayor de ellas, «Yack Cameron» está cruzada por el río «Centenario» que nace en la falda Sur de «El Cordón» a 410 metros de altura y frente al centro Norte de Bahía Inútil.

El curso superior de este río, corre de Suroeste a Noreste, es encajonado y casi recto y, en toda su extensión sigue la falda Sur del macizo nombrado. Después de correr 15 kilómetros en esta forma, abandona las alturas y formando un ángulo recto, se dirige hacia el Sureste, hasta llegar a la pequeña laguna de los «Tres Hermanos» situada directamente al Este del cerro «Tres Hermanos», de 110 metros de altura. Esta segunda parte, de 10 kilómetros, marca su curso medio; durante cuyo recorrido desciende 200 metros y presenta bastante corriente. Aquí desprende un brazo que va a echar sus aguas en «Puerto Nuevo» sobre «Bahía Inútil». Este brazo lleva el nombre de «Río Nuevo», no es de aguas permanentes y durante su curso se pierde varias veces bajo el terreno arenoso por que cruza. Los grandes deshielos de la primavera lo convierten en torrente peligroso y sus aguas, próximo a la costa, hacen destrozos de consideración. El año que acaba de terminar (1917) formó una grieta sumamente profunda y ancha que, por cruzar el camino de marcha y abarcar una gran extensión, hubo de cercarse con alambre.

El curso inferior del río «Centenario» nace en la laguna «Tres Hermanos» (91 m. sobre el mar) y describiendo mil vueltas sobre el terreno, se dirige hacia el Este; después de atravesar varias lagunas, entre ellas la «Laguna Patos» y «Yack Cameron» toma rumbo al Suroeste y desemboca en el fondo de Bahía Inútil; la última parte de su recorrido abarca 35 kilómetros.

El camino, ascendiendo muy lentamente, sigue su ruta invariable hacia el Norte y pronto enfrenta la gran laguna «Vergara» que se extiende hacia el Este y está situada a 70 metros sobre el mar. La parte Norte de esta laguna recibe las aguas del pequeño Río Portales, que nace próximo al curso medio del río «Centenario» y después de correr 20 kilómetros casi rectos de Oeste a Este, desemboca en la laguna nombrada. Su único curso se desliza, por el angosto cañadón «Portales», terreno productor de grandes pastizales.

Pocos minutos los separan de la sub-sección China Creek, distante 35 kilómetros de «Caleta Josefina». El terreno que vamos recorriendo se muestra monótono, ajeno en absoluto a árboles y cubierto por inmensas capas de pasto amarillo.

Millares de ovejas pastan tranquilas, guardadas por esos interminables cierres de alambre, únicos cuidadores de los inmensos rebaños. Algunos guanacos, atraídos por el ruido del motor, asoman sus elegantes cabezas por sobre las alturas de las colinas y después de observamos un momento, continúan tranquilos su pastoreo.

Salvado un pequeño solevantamiento del terreno, y después de una curva, nos encontramos frente a las casas de la sub-sección.

Allí somos esperados por el capataz y por una veintena de niños que nos saludan y nos dan la bienvenida.

Como en «Caleta Josefina», todos los edificios de China Creek, están pintados de amarillo con sus techos rojos. En la falda de un pequeño cerrito se encuentran las construcciones que comprenden: la casa habitación del capataz, edificio para dependencia de ovejeros y peones y casa donde funciona la Escuela Municipal N.º: 10, creada durante la administración Contreras en el Territorio de Magallanes.

Acompañados por el capataz, visitamos las distintas dependencias; todas ellas están construidas bajo el mismo sistema y su aspecto es parecido a los anotados para las estancias grandes. El edificio de la Escuela, separado por completo de las otras construcciones, tiene la sala de clases dotada de varios bancos escolares y calefaccionada con una gran estufa.

Marcha bajo la dirección de un preceptor normalista y cuenta con veinte educandos. Todos estos niños, la mayoría de tres a cinco años, viven bajo el mismo techo y duermen en catres de madera que se construyen a manera de camarotes de buque.

Están al cuidado de un matrimonio inglés, quien debe darles el alimento y correr con la conservación del vestuario. Cada educando paga una libra esterlina por su pupilaje y este pago le da derecho a mantención y alojamiento. El preceptor es pagado por la Municipalidad y la enseñanza es gratuita.

Nos llamó la atención la poca edad de los niños e interrogamos al profesor sobre ello; nos respondió que como era escuela que recién funcionaba, se hacía un poco difícil poder tener alumnos de mayor edad, tal vez el próximo año, agregó, y gracias a la propaganda que en bien de la educación hace nuestra autoridad podemos contar con un local más amplio y con mayor número de estudiantes.

Las largas distancias son otro motivo poderoso que aleja los niños de la escuela; China Creek está muy retirada de las estancias, puntos que constituyen los únicos centros poblados de la Isla; si a esto se agrega que cada alumno debe pagar una libra esterlina por permanecer en esta sub-sección fácil es explicarse que muchas familias prefieren retener a sus hijos y dedicarlos a las faenas, antes que sacrificarse pecuniariamente en bien de la niñez.

Así lo pudimos apreciar nosotros durante nuestro paso por las estancia; en los galpones de esquila no sólo está el hombre desarrollado, sino también una cantidad de niños que se desempeñan como velloneros.

Es obra digna de aplaudir la de aquel gobernante que ha dado el primer paso civilizador en pro de la instrucción, llevando al centro de la isla el pan vivificador que debe abrir nuevos horizontes y nueva vida en aquellos pequeñitos, pero fecundos y aptos para recibir la cimiente de las ciencias.

No podemos menos que aplaudir este primer esfuerzo educacional, esfuerzo que está llamado a señalar las necesidades de instrucción y podríamos decir, de chilenización, de que carece este abandonado pedazo de la Patria.

Lógico es pensar que esta fuente de enseñanzas no puede abarcar toda la zona que recorremos, pero señala la necesidad absoluta que existe, no de llevar a esa escuela todo el elemento de las estancias, sino de llevar a las estancias las necesidades que aquel elemento reclama. Esperamos que los nuevos gobernantes de Magallanes tiendan la vista hacia Tierra del Fuego y no sólo sepan mantener este foco de instrucción establecido en China Creek, sino que lo hagan extensivo al resto de las estancias, donde llegue el profesor chileno y la lengua nacional.

Saludamos y felicitamos al profesor de «China Creek», joven que ha sabido sacrificarse y abandonar las comodidades de Punta Arenas para llevar las luces de su cerebro y la historia de la Patria, hasta el corazón de Tierra del Fuego.

Próximo a las casas de la sub-sección, se levantan los cimientos que deben sostener un gran galpón de esquila. Se tiene la esperanza de que durante las faenas de 1919, China Creek podrá esquilar tantos animales como la estancia de que depende.

El aumento progresivo del ganado obliga a que anualmente se levanten nuevas construcciones y, atendiendo al área enorme que abarcan los campos, todas estas sub-secciones están llamadas a constituirse, un poco más tarde, en cabezas de estancias.

Los terrenos que rodean «China Creek», según nos manifiesta el capataz, son espléndidos para la crianza de ovejas. Los enormes cañadones que aparecen hacia el Norte, están cubiertos de pasto verde, forraje de mejor calidad a aquél que hasta la fecha hemos visto. Como terreno agrícola, también se presenta bueno, lo que se siembra siempre produce.

Después de media hora de estada en la sub-sección, proseguimos nuestro viaje. Próximo a China Creek cruzamos el río del mismo nombre, que nace al Oeste del camino de marcha en la falda Sur de los cerros «El Cordón». Su extensión total abarca 40 kilómetros y en él pueden distinguirse dos cursos: el superior, 20 kilómetros que corre de S. O. a N. E. encajonado y con poca gradiente, y el inferior, que se dirige rectamente al E. y va a desembocar en la Laguna Bello situada a 40 metros sobre el nivel del mar. Durante este curso (20 klms.) desde una altura de 200 ms., desciende describiendo infinitas curvas y después de cruzar las casas de «China Creek», se precipita en la «Laguna Bello».

A partir de este punto, el camino comienzo a elevarse bruscamente en demanda de las cumbres los altos cerros que pertenecen al cordón. Algunos chorrillos, con su caudal aumentado por la reciente lluvia, desbordan sus aguas caras sobre el camino y nos obligan a descender continuamente del coche. La marcha se hace penosa y los obstáculos se salvan, muchas veces, con el agua arriba de los tobillos.

Pronto aparece ante nosotros la primera gran subida que debe dejarnos en la cumbre del cerro Mac-Phearson (280 ms. de altura). Las ruedas traseras del auto se forran con cadenas y cordeles y comenzamos la ascensión por un suelo completamente resbaladizo.

Dos o tres tentativas resultan inútiles, debemos descender y, desde la retaguardia, empujar el coche; media hora de trabajo y nuestros esfuerzos se ven coronados por el éxito. Estamos cansados y, a pesar del frío, completamente cubiertos de transpiración. Desde la cumbre de aquella altura podemos contemplar la ancha depresión que se extiende a muestras espaldas; infinidad de lagunas repartidas a lo largo de toda ella y en fila continua, parecen prolongarse, sin interrupción, desde «Bahía Inútil» hasta «Bahía San Sebastián». Hacia el Sur, muy lejos y en un fondo oscuro se presenta, cerrando el horizonte, la alta «Sierra Carmen Silva».

A nuestro frente se multiplican, hasta donde la vista puede alcanzar, infinidad de conos elevados y de cerros altos, marcando, cada uno, otros tantos cañadones en medio de «El Cordón». Bandadas enormes de caiquenes pueblan el cielo de estas alturas y los piños de guanacos se van haciendo más numerosos.

La ruta de marcha se interna por las laderas de estos cerros y, después de perderse en los bajos, aparece de vez en cuando algo lejos y coronando alguna altura. El motor vuelve a marchar y el coche, puesto en movimiento, se desliza por la pequeña bajada que tenemos al frente.

Aquí debemos cruzar «El Cordón» por su parte más ancha, pero más baja que la ruta por donde transitamos a nuestra salida de Porvenir. El terreno que vamos recorriendo, es menos duro y podríamos decir, en su totalidad pantanoso. La tierra blanda se esponja fácilmente al contacto de las aguas lluvias.

El pasto crece en todas partes y las ovejas se extienden por las serranías. Siete subidas tan pronunciadas y largas como la que acabamos de transmontar, nos obligan a efectuar idéntica operación que en la primera; casi estamos arrepentidos de haber intentado este viaje tan penoso; sin embargo, confiamos en el excelente motor que nos conduce y proseguimos la marcha. Las alturas van quedando a nuestras espaldas y marchamos por un mar terrestre cuyas olas macizas y solidificadas forman el horizonte a nuestro alrededor. Un último esfuerzo nos deja a orillas del pequeño chorrillo «Pantano»; esquivando puquiales y meducos, continuamos la marcha próximo a la ruta de este arroyo.

Vueltas infinitas que siguen las faldas de cuanta ladera se presenta al frente, aumenta considerablemente el recorrido del camino. Dos nuevas subidas, formadas por ambos costados del cañadón «Primavera» en cuyo fondo corre el chorrillo del mismo nombre, nos hace perder un tiempo precioso. Desde la última de estas alturas comenzamos el descenso de «El Cordón». El camino sigue el curso del río «Side» y el terreno parece estar sostenido por resortes subterráneos.

El río «Side» nace en una pequeña laguna a inmediaciones de la Draga Progreso. Situada en el curso medio del «Río Óscar». Su curso superior (30 klms.) corre tortuoso y encerrado por una cadena continua de altos cerros. Este curso que termina en la desembocadura del «Chorrillo Primavera», recibe los afluentes, cuyas aguas vienen a reforzarlo considerablemente y a darle vida constante. Todos ellos nacen en los cerros de «El Cordón» y tienen dirección general de Sur a Norte; los principales son: el «Río O'Higgins, el «Estero Bellavista» y el «Chorrillo Primavera».

A partir del punto indicado, río «Side» se dirige casi recto al Norte y, en forma suave y pendiente progresiva, efectuando mil vueltas sobre el terreno, recorre 15 klms. y llega al cerro «Sombrero» de 52 metros de altura; allí termina su curso medio; y terminan también las últimas ramificaciones que hacia el Norte avanzan las alturas de «El Cordón». El curso inferior comienza en este punto; el río después de recorrer algunos kilómetros, se abre en cinco brazos y formando cuatro deltas, precipita sus aguas en la ancha «Bahía Lomas», junto a él y, apenas separado algunos metros hacia el Este, era la misma forma, desemboca el pequeño río «Pantanos».

El curso medio del «Río Side» riega el extenso cañadón «Bella-Vista», productor de un pasto exuberante, forraje preferido por los grandes piños de guanacos que lo pueblan. Los altos cerros de los costados se separan dos, tres y cuatro kilómetros, dejando en el centro el campo más variado y hermoso de todos los que hemos visitado. Cada cumbre señala la puerta de un nuevo cañadón que, desde los costados, se viene a juntar al cañadón principal. Todos los cerros se encuentran coronados por algunos guanacos y su presencia da mayor vida a aquella naturaleza privilegiada.

Miles de aves acuáticas revolotean por todas partes, dando animación a esos campos tan apartados de lugares habitados.

Entusiasmados por la belleza salvaje que nos rodea, nos detenemos un momento y tratamos de acercarnos a un grupo de guanacos que pastan tranquilos y muy próximos a nosotros. Apenas se perciben de nuestra intención, el vigilante, que siempre se mantiene sin comer y en una parte elevada del terreno, da la señal de alarma; el hermoso grupo levanta la cabeza y emprende la carrera. Uno a uno desfilan hacia los cerros y nos dan lugar a contarlos, son doscientos cincuenta que, lejos ya de nosotros, hacen alto y se vuelven a mirarnos; en lo alto del cerro parecen una cerca viva y amarilla que, a modo de corona, rodea toda la altura.

Docenas de piños como éste podemos observar durante todo el recorrido del cañadón; las penurias las hemos olvidado y casi no apreciamos los miles de dificultades que a cada rato presenta el terreno. Al abandonar «Bella-Vista» cruzamos el río «Side»; un sólido puente de madera une sus dos orillas y sobre él forzosamente tenemos que detener el auto. Un inmenso pantano se presenta en la ribera opuesta y nos hace recordar al Dr. Dao.

-Saca ojo izquierdo -nos dijo- tira barro y pasa por encima.

¿Qué quería decir? Una orientación y reconocimiento del terreno, nos descifra el enigma proporcionado por el Doctor: Existe un ancha tranquera y tiene dos hojas ¿no será una de ellas lo que el doctor llamó «ojo izquierdo»?...

Sacamos la hoja izquierda y la arrojamos al mismo costado del pantano; excelente idea. El resto del terreno que parece pantanoso, está firme, duro y muy quebrado, con el auto vacío podemos cruzarlo; así lo hacemos y agradecemos al Doctor tan feliz indicación.

Salvado este último obstáculo, entramos a recorrer un terreno casi llano y el coche marcha a gran velocidad a fin de recuperar tanto tiempo perdido. Algunas construcciones alcanzamos a divisar a la izquierda; son las casas que deben constituir la sub-sección Bella-Vista, dependiente de Río del Oro. Con una carrera vertiginosa, a las 10 y media de la noche, enfrentamos «Elwern» sub-sección de la misma estancia anterior. No tenemos tiempo para visitarla y tomamos rumbo al norte; 26 kilómetros nos separan de Spring-Hill, la luz del día todavía nos, acompaña y, antes de media hora podemos alcanzar el término del viaje. El terreno que debemos recorrer es absolutamente plano, ajeno a ríos, chorrillos y colinas; el auto aumenta la velocidad y poco a poco devora ese camino largo, monótono y completamente recto. Tres tranqueras hacen perder algunos minutos; son las 11 de la noche y ya la claridad parece abandonarnos Un último esfuerzo, y entramos en la pequeña curva que nos oculta las casas de Spring-Hill.

Los focos del auto se encienden por primera vez durante nuestro recorrido y alumbran la última parte del camino. A las 11 y cinco minutos hacemos alto frente a las casas del administrador, señor Thomas Dick, quien, después de saludarnos con una cortesía exquisita, nos invitó a pasar al comedor de su casa.

La mañana siguiente la dedicamos a recorrer las distintas construcciones de Spring-Hill. Los veinte y nueve edificios que constituyen las habitaciones de la Estancia se encuentran desparramados sobre una ancha planicie que abarca más de ocho hectáreas. El orden y la limpieza más absoluta se nota en todas las dependencias que, a pesar de estar bien cuidadas, muestran su estructura vieja y en partes carcomida.

El terreno en que están ubicadas es el más expuesto a los fuertes vientos del oeste, por esta causa, los edificios deben resistir con mayor intensidad las inclemencias del tiempo.

La distribución general está repartida casi en la misma forma que en las estancias ya visitadas; nada falta para el bienestar del obrero, excepto aquello que se refiere a la salubridad general; de Spring-Hill podemos decir lo mismo que dejamos apuntado para San Sebastián.

El aspecto general de los campos que nos rodean, es triste y en extremo monótono; en ninguna parte divisamos alguna extensión verde, o algún cañadón que demuestre la presencia de chorrillos. De trecho en trecho y próximo a las mismas construcciones, se levantan algunos molinos a viento, elevadores de agua de pozos, única bebida natural que proporcionan esos campos desolados.

Al final de la ancha explanada, mirando hacia el norte, un piño de caballos pace próximo a una vega, única demostración fértil y húmeda que se distingue a nuestro alrededor.

En general, los terrenos de esta parte de la isla son planos y muy suaves los lomajes que suelen presentarse. Ello es causa de que los grandes vientos impidan el desarrollo de los pastos; sin embargo los campos están cubiertos de pasto amarillo que nunca alcanza una altura superior a 40 centímetros; parece que la semilla procura arraigarse sólidamente en tierra y el grano que germina trata de contrarrestar el fenómeno exterior, vigorizando sus raíces y dejando poca savia para la parte que se eleva sobre la cubierta terrestre.

El alimento forrajero, a pesar de ser bajo de estatura, es robusto, fuerte y da vida a muchos miles de ovejas.

Acompañados por el administrador, hacemos un recorrido general deteniéndonos un momento en cada repartición; lo que más llama la atención del viajero es el galpón de esquila. Se encuentra en plena faena y los vellones de los animales esquilados parecen multiplicarse para llenar el gran cajón de la prensa hidráulica encargada de disminuirlos y aprensarlos. Frente a la prensa, una especie de pigmeo encaramado sobre un cajón, clasifica la lana y distribuye las categorías; es un diminuto clasificador inglés que, como los otros, merece los honores de la importación: su talla no sobrepasa de 1.30 m.

El 50 % de los esquiladores son extranjeros, en su mayoría austríacos y yugoeslavos.

-Este porcentaje es inferior al año pasado -nos dice el señor Dick-. La estancia contó con muy poco elemento del país. Estoy empeñado -agrega- en procurarme un porcentaje superior de chilenos, pues he llegado a la conclusión de que este trabajador es un elemento sano de ideas y ajeno a los disturbios que ocasionan las huelgas. Además tiene mayor conciencia y un cabal concepto del trabajo que ejecuta; no trata de abarcar más de lo que puede y procura que su obra sea limpia y bien concluida. Esto último lo podemos apreciar personalmente; a nuestro paso somos saludados por los connacionales, mientras el resto, con una ligereza asombrosa, trata de no perder un sólo momento. En su rapidez por concluir de esquilar un animal, no paran mientes que éste padezca o sufra algunas cortaduras; lo esencial es concluir el día con un número mayor; de aquí resulta que, muchas veces se presentan animales a medio esquilar o con sus ijares o lomos cubiertos de sangre.

El chileno -dice el señor Dick- es más limpio, trata con cariño a las ovejas y es muy raro que les cause heridas. Es cierto que al finalizar el día cuentan con un número inferior de ganado que el resto de los esquiladores, esto les importa poco, siendo su mejor satisfacción, no la mayor suma de dinero ganada en el día, sino el menor número de animales dañados o rehusados por el personal que revisa las ovejas después del trabajo.

Nos hemos detenido frente a un hombre máquina que, con velocidad asombrosa, despelleja una oveja; es el contratista de la esquila que no sólo se dedica a atender su contrato, sino que toma parte en las faenas. Es un austríaco formidable de una constitución de gigante; aprisiona la víctima entre sus piernas nervudas y antes de un minuto la despoja del vellón.

A pesar que se distrae efectuando algunas visitas de inspección por toda la cuadrilla, aquel día, en siete horas de trabajo, ha quitado la lana a doscientas cuarenta y seis ovejas. Algunos chilenos, criollos en este oficio, llevan doscientos veinte y doscientos treinta animales esquilados.

Abandonamos el galpón y nos dirigimos al edificio que guarda la fragua. Este taller es el primero que vemos funcionando bajo la dirección de un obrero chileno: Alberto Osorio, mecánico de primera fuerza (aprendiz antes en la misma estancia), se afana por mostrarnos sus actividades que no sólo se reducen al trabajo diario que pueda presentarse, sino a mejorar y confeccionar toda aquella maquinaria que exija alguna modificación. El señor Dick tiene palabras cariñosas para este excelente obrero y gracias a su estímulo, el joven mecánico ha logrado colocarse a la cabeza y dirección de su taller. Entre las muchas maquinarias elaboradas por Osorio y nacidas únicamente en su cerebro, se anota una máquina mecánica para tornear madera de cualquier diámetro, y otra máquina para cortar en frío planchas de fierro; ambas las vimos funcionar y verdaderamente quedamos sorprendidos cuando tomó una plancha de fierro de un cuarto pulgada de espesor, la introdujo entre las hojas de su poderosa tijera mecánica y la cortó como si se tratara de un pedazo de papel.

Debemos agregar que Osorio construye sus maquinarias con fierros y materiales que él mismo forja y machaca sobre el yunque, en su mayoría material abandonado.

Saludamos a ese esforzado representante de nuestra raza quien, al despedirse, nos dijo:

-Cuente señor, allá en el Norte, que el obrero chileno es tan bueno aquí, tan lejos de todo centro poblado y en medio de los ingleses, como cuando trabaja en pleno centro industrial y rodeado de sus compatriotas.

Se lo prometimos, y después de abrazarlo cariñosamente, nos despedimos de él. El señor Dick, tal vez para reforzar la pujanza e intelecto de aquel hombre, al abandonar el taller, nos dijo:

-Es muy buen trabajador y ya habla inglés perfectamente.

Esto, para él, era el sumum de la inteligencia.

Antes de dirigirnos a la casa del administrador, visitamos los comedores y las casas habitación de los obreros; todas bien acondicionadas y con las estufas necesarias para contrarrestar el intenso frío de las noches; como en las estancias anteriores, encontramos algunos enfermos postrados en cama. Interrogados al respecto, respondieron que el Doctor les había visto «por teléfono» (se encontraba en «Río del Oro» y por el mismo hilo había ordenado las medicinas. Uno de ellos, indignado por esta indiferencia sanitaria, nos dijo:

-Haga lo posible, señor, porque venga un médico chileno que pueda entender lo que le decimos; el Dr. Dao no nos comprende y es imposible que nos pueda atender. Sucede, con frecuencia, que uno padece de un dolor a la pierna y después de explicarle, el doctor contesta indefectiblemente: «¿Duele mucho? ¡Ah!, ah! Saca lengua. ¡Ah!, ah!»; después receta un purgante. Ud. comprenderá señor que en esa forma no estamos garantidos; cuesta infinito hacer que el Doctor se dé cuenta de las dolencias que uno padece y, sobre todo, señor, no quiere darse por vencido que desconoce el castellano. Una noche, por casualidad, se encontraba en Spring-Hill y tuvo que asistir a un compañero que sentía grandes dolores al estómago, y pedía a gritos viniera el Doctor.

Cuando el señor Dao llegó a nuestra pieza ninguno de nosotros podía dormir. Los gritos del enfermo tenían en alarma a todos los que estábamos en la misma habitación. Llegó el Doctor y, después de aproximarse al paciente, le dijo lo de costumbre: «¿Duele mucho? ¡Ah!, ah! Saca lengua. ¡Ah!, ah!». El pobre diablo, que se moría con sus dolores, no hacía sino gritar y mirar al señor Dao; éste, en cambio, repetía y repetía la misma pregunta de siempre, hasta que uno de los compañeros, cansado tal vez con tanto grito, exclamó: «¡Saca la lengua, pues, sinvergüenza del diablo!» (Las palabras han sufrido alguna modificación en beneficio del lenguaje). El Doctor abrió tamaños ojos y creyendo que las últimas palabras empleadas por el compañero constituían el nombre del enfermo, volvió a insistir en la siguiente forma: «¿Duele mucho? ¡Ah!, ah! Saca lengua, sinvergüenza diablo. ¡Ah!, ah!».

No tengo para qué explicar la que se armó dentro de la pieza. Unos indicaban que debíamos pedir explicaciones al señor Dao por atreverse a insultar en público a un compañero enfermo, otros se levantaron y querían proceder a golpes y arrojar de la pieza al facultativo, otros gritaban y lo insultaban. Afortunadamente uno pidió explicaciones y después de imponerse en inglés que el facultativo había tomado las últimas palabras por el nombre del paciente, se le disculpó y se le dejó que continuara la atención médica.

Después de prometerle que haríamos cuanto estuviera de nuestra parte a fin de salvar este punto de capital importancia para la tranquilidad de los obreros, nos despedimos de los enfermos con el objeto de visitar el resto de las dependencias.

Terminado el recorrido, que en general nos dejó buena impresión, salvo la visita al almacén o despacho, nos encaminarnos a la casa del administrador. El edificio, ruinoso y viejo, se levanta al pie de una pequeña colina y completamente rodeado por negros cipreses. El golpe de vista no es atractivo ni pintoresco, por lo contrario, se presenta lúgubre y hace la impresión de que aquella vivienda debe ser malsana. Así lo confirma el administrador y nos dice que esa casa es una de las más antiguas de las estancias de la sociedad, que el terreno donde se levanta es insalubre, habiendo ocasionado ya más de una defunción y que pronto deben comenzarse los trabajos del nuevo edificio para la administración, sobre la cumbre de la pequeña loma.

Los vientos -agrega- son más sanos y constituyen el mejor doctor para estos climas.

Junto a la puerta nos espera la señora Dick, italiana de pura raza y hermosa representante de las mujeres de su patria, dos chiquitines juguetean por el pequeño jardín que rodea la casa y sus cabecitas rubias brillan bajo los esplendorosos rayos del sol de mediodía.

Creemos poder emplear el poco italiano que poseemos, pero nuestras esperanzas se frustran al recibir un «buenos días» en puro español; la gentil dama, poseedora de un vocabulario completo y perfecto de nuestra lengua, inicia la primera conversación netamente española que nos ha sido dado sostener durante todo nuestro recorrido por Tierra del Fuego. A pesar de no ser chilena, la señora Dick es profunda admiradora de la parte austral del territorio y, según lo manifiesta, sus más ardientes deseos son visitar el resto del país. Los dos pequeños se aproximan a nosotros y, empleando el mismo idioma que su madre, toman parte en la conversación; se nos figura estar entre connacionales y, al expresárselo al señor Dick, nos responde que su hogar, con la llegada de su esposa y más tarde con la presencia de sus hijos, tiene un ambiente más latino que inglés.

En compañía de tan grato grupo, efectuamos un pequeño recorrido por los alrededores; frente a la sisa, una cuadrilla de trabajadores se ocupan en segar y amontonar gran cantidad de pasto proveniente de siembras ordenadas por el señor Dick.

-A pesar -nos dice- que el terreno no se presenta favorable a las siembras, quise hacer un ensayo y convencerme personalmente si la semilla germina o no. La prueba no pudo resultar más excelente; las ocho hectáreas elegidas para esto ensayo acogieron con alegría el grano que en ellas se depositó y Uds. pueden ver cómo el pasto que se siega es de buena calidad y tiene una altura superior a 1,40 m.

Aprobamos esta aseveración, pero observamos al administrador que el pedazo escogido se encuentra abrigado por el pequeño lomaje que tenemos a nuestras espaldas.

-Indudablemente -rectifica él- es todo cuanto se necesita para obtener buen éxito. Un pequeño reparo contra el viento (de éstos hay muchos) y siembren Uds. sin temor a un fracaso.

Para reforzar lo que dice, nos muestra la gran huerta debida a la iniciativa de su esposa; allí encontramos cuanta verdura es dable imaginar, los tubérculos ocupan una gran extensión y se desarrollan en forma sorprendente. La señora Dick se sonríe y nos indica:

-Uds. no saben lo que poseen en Tierra del Fuego.

Por nuestra parte tenemos que reconocerlo con profundo dolor; hasta la fecha ningún hombre de ciencia se ha dedicado a estudiar agrícolamente esa región y aquéllos que lo han podido hacer, se han desentendido en absoluto, no sólo de las bondades del clima fueguino, sino de la riqueza inmensa que su suelo representa para el bienestar económico o industrial de la República.

En cambio, se conoce la región en forma poco halagadora y las descripciones que de ella se han hecho encierran tanto pesimismo en cuanto a la adaptación agrícola de sus suelos, que desconciertan, en forma errada, el concepto que en el centro del país se tiene sobre Tierra del Fuego.

Conviene, pues, sentar el precedente de que esa zona puede y debe abastecerse a sí misma sin tener que recurrir a mercados extranjeros o a los pueblos del resto de la nación. Se impone en forma imperiosa que el Gobierno dedique parte de sus actividades a fomentar la agricultura subdividiendo esa inmensa extensión de tierra que mientras se mantenga bajo una sola mano, traerá no sólo el encarecimiento de la vida en Magallanes, sino el atraso industrial y económico de los pequeños capitalistas, en su mayoría hijos del país, que jamás verán coronado el fruto de sus sacrificios y trabajos en el propio suelo de la patria.

Una vez más concebimos la imprescindible necesidad que existe en dotar a Tierra del Fuego de una Escuela Agrícola Regional, dedicada no sólo a estudiar la región sino a llevar al ánimo de sus pobladores empecinados ganaderos el verdadero valor agrícola del suelo.

-Los terrenos -agrega el señor Dick- que se extienden desde Spring-Hill hacia el Norte, son muy propicios para la siembra de tubérculos. Solamente en los alrededores de Punta Espora se encuentran potreros inmensos que, si se dedicaran al cultivo de la papa, serían suficientes, no sólo para proveer las necesidades de la Isla, sino también las exigencias de todo el Territorio de Magallanes.

Punta Espora es uno do los puntos más imponentes de Tierra del Fuego, por esta causa dedicamos las horas de la tarde para visitarla.

El camino que une la estancia con aquella Punta, corre por terreno absolutamente plano y tiene una longitud de 25 kilómetros. A medida que se avanza hacia el Estrecho, baja en pendiente casi imperceptible y su dirección general y recta, es de Sureste a Noroeste.

Los campos que se cruzan están cubiertos con pasto amarillo y el suelo, poco a poco, va apareciendo más arenoso. Bastan 40 minutos de marcha para recorrer toda esa extensión; durante el trayecto ningún accidente del terreno atrae las miradas del viajero.

Próximos al término del viaje y después de cruzar un pequeño arenal, se divisan las construcciones que en Punta Delgada, sobre el continente, posee la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.

La ancha península por que transitamos, se interna directamente hacia el norte y en su avance sobre las aguas del Estrecho de Magallanes, se aproxima tanto a las del continente que parece juntarse con ellas.

La angosta faja marítima que separa Tierra del Fuego de la Patagonia, en esta parte, recibe el nombre de «Primera Angostura» y su ancho general no excede de dos y media millas marítimas.

Las altas y bajas mareas mantienen las aguas del Estrecho con una corriente continua y la inmensa masa líquida, al precipitarse desde el Este, recorre el angosto paso con velocidad considerable. Según datos que pudimos obtener de algunos náuticos exploradores, la corriente, en esta parte, tira a razón de 12, 13 y 14 millas por hora. La profundidad de esta angostura es considerable y el tránsito se hace peligroso especialmente en los días de fuertes vientos.

Un poco al norte de Punta Espora, en Punta Anegada, muere esta gran península y sus costas del Este, al iniciar un prolongamiento hacia el Sur, dan lugar a la formación de la extensa «Bahía Lomas» cerrada en su extremo Este por una angosta y pronunciada península que termina en Punta Catalina.

Desde el punto en que nos encontramos podemos dominar toda la costa norte de Tierra del Fuego; los terrenos que se extienden hacia el Este, en un principio cubiertos de calafates y pasto amarillo, van adquiriendo, a medida que se alejan, un tinte verdoso pronunciado, lo que viene a reforzar la idea que de ellos teníamos formada con anterioridad y que los presenta como una de las zonas pastosas y ganaderas de gran valor en la Isla. En esta parte están ubicadas algunas estancias particulares que más tarde podemos visitar.

Últimamente el Gobierno ha efectuado subdivisiones y concedido terrenos de poca extensión. El solo traspaso de estos derechos ha proporcionado pingües ganancias a los afortunados que han logrado obtenerlos.

Hacia el frente, después de salvar la angosta faja marina que nos separa del continente, se extienden campos inmensos sembrados con numerosas colinas y altos cerros.

Al frente aparece la ancha Bahía Posesión cuya inmensa boca encierra completamente a Bahía Lomas. Sus costas bastante accidentadas se extienden hacia el Este y después de formar una serie de pequeñas bahías, van a morir en Punta Dunjenes, extremo Norte de la ancha puerta por donde el Estrecho de Magallanes se precipita en el Océano Atlántico. Por esta punta corre la línea divisoria entre Chile y la Argentina.

Directamente hacia el Norte del punto donde nos encontramos y después de salvar las numerosas colinas que comienzan a aparecer en la misma costa, la vista se va a estrellar contra el monte Aymond, última elevación que se divisa sobre el continente y por cuya cúspide pasa la línea divisoria entre las dos naciones.

Hacia el oeste el horizonte termina en las cumbres de la extensa cadena de los «Cerros San Gregorio» que, paralelos a la costa y algo alejados de ella, se extienden desde el Noreste hacia el Suroeste para seguir hacia el Norte después de enfrentar la «Segunda Angostura».

Los terrenos que este cordón de cerro circunda, lleva el nombre de «Pampas de los Terremotos».

Hacia el sur, el Estrecho abre brecha en las tierras de la isla, lo que da lugar a la formación de «Bahía San Felipe». Punta Espora, algo levantada de las aguas marinas, extiende sus playas en forma suave y el terreno arenoso desprovisto de peñascos y piedras, se interna suavemente en el mar.

Su prolongación hacia el Estrecho da lugar a la formación de una pequeña bahía que constituye el puerto de embarque y desembarque de los productos de Spring-Hill. Algunas construcciones, galpones, casas, etc., sirven de guardia y custodia para estos productos.

Próximo al mar se levanta la casa habitación del señor Pedro Bell que, en compañía de su esposa, atiende el servicio de heliografía, única comunicación que en la parte chilena, une la isla con el continente. Punta Delgada, situada al frente posee otra estación radiográfica y se encarga de recibir y trasmitir los despachos desde y hacia Punta Espora.

Ambas estaciones pertenecen a la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego y sirven los intereses particulares relacionados con las estancias.

Nos llama la atención que nuestro Gobierno no se haya interesado por tender alguna línea o arbitrar otro medio que haga más expedita y consulte una comunicación constante entre los fueguinos y los continentales; interrogado a este respecto, el señor Dick nos comunica que hace algunos años se intentó tender un cable, submarino y los trabajos fracasaron por falta de estudio. Se adquirieron todos los materiales y cada intento que se hizo por colocar el cable, fue un fracaso completo; la enorme corriente de las aguas del Estrecho y la cantidad de peñascos y piedras que arrastra el fondo del mar, hicieron pedazos el hilo de comunicación. En vista de este éxito desastroso, el trabajo se paralizó, y la gran cantidad de materiales se abandonó.

Esto último lo pudimos apreciar personalmente en distintas partes del terreno, completamente abandonados y tal vez ya inservibles, se encuentra tirada gran cantidad de alambres y restos de maquinarias que con tan poco fruto fueron llevadas y empleadas para una empresa que no debió abandonarse, puesto que, de su feliz resultado, se desprende la tranquilidad y el progreso de Tierra del Fuego.

Punta Espora no sólo ofrece estas mismas facilidades, sino que proporciona, al mismo tiempo que un abrigo y refugio seguro, un dique natural de primer orden. Este dique está constituido por un enorme cero de arena que corre paralelo a la costa y sólo se viene a juntar a tierra firme una legua al Sur del punto que nos ocupa. Dos barriles colocados a manera de boyas en la parte ancha de la bahía, sirven de señal y marcan la boca de este largo montículo que separado unos cincuenta o cien metros de tierra firme, se levanta de las aguas marinas a manera del dorso de un cetáceo colosal

El espacio que queda entre esta montaña de arena y la Isla, es invadido por las agua del Estrecho dando lugar a buques de todo calado, aprovechando la alta marea, puedan internarse por este canal sin salida; allí permanecen esperando el descenso de las aguas limpias esperando el descanso de las aguas. Al retirarse éstas, los vapores quedan en seco, momento que sus tripulantes aprovechan para carenarlo o para efectuar las operaciones de carga y descarga.

Siempre atendidos por el señor Dick, visitamos las distintas dependencias de Punta Espora; en uno de los galpones (son dos) depositados 1.330 fardos de lana de un valor de 70 libras esterlinas cada uno, lo que representa un capital de dos millones trescientos veinte y siete mil quinientos pesos de nuestra moneda; el administrador nos indica que sólo es una parte de la lana cosechada en la temporada, pues el acarreo recién comienza a efectuarse,

La nota más simpática de nuestra estada en Punta Espora (si atendemos a nuestros estómagos), la constituye un picnic servido bajo los calafates y próximo al gran creek que acabamos de señalar.

La señora del heliografista Bell nos presenta una mermelada exquisita confeccionada con el fruto del calafate. Esta fruta, parecida al maqui de la zona central del país, se presta admirablemente para la confección de dulces, y su color y gusto en nada difiere de las mermeladas tan caras que nos llegan del extranjero. Todo lo que comemos -agrega el señor Dick- es producto de la Isla (fabricado en la estancia); mantequilla, queso, aves, mermeladas, etc. (Made in Spring-Hill).

Una visita por las casas de los cuidadores y un bajativo tomado en casa del señor Bell, completan las horas disponibles de nuestra estada en Punta Espora. Antes de retirarnos damos una última mirada a aquel hermosísimo panorama y nuestra vista se detiene un momento sobre las aguas de la «Primera Angostura» que iluminadas por el espléndido sol que nos acompaña, envuelven en una aureola de irradiación el casco aceitado de un gran vapor inglés que, empujado por sus máquinas poderosas, se pierde en medio de un penacho de humo y marcha rápido en demanda de las olas del inmenso Océano Atlántico.

El motor del pequeño Ford lanza al aire el eco de su poderosa respiración y el coche, acostumbrado ya a una carrera continua, se lanza con velocidad vertiginosa y en pocos minutos devora los 25 kilómetros que nos separan de la Estancia Spring-Hill.

Las últimas horas del día las pasamos agradablemente en compañía de la familia Dick, su joven esposa, eximia pianista y poseedora de una hermosa voz con registro de soprano absoluto, aumenta la alegría y paz de aquel hogar, cantando romanzas elegidas de conocidos autores italianos. Gracias a este acontecimiento imprevisto, la velada se prolonga por varias horas y únicamente, al caer la noche, con la sola compañía del señor Dick, podemos iniciar nuestras acostumbradas preguntas relacionadas con la estancia que visitamos.

-Esta estancia -comienza el administrador- tiene veinticuatro años de existencia y las casas, a mi juicio, son las más antiguas de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Los campos que posee son buenos ganaderos a pesar de la falta general de agua potable. En total, suman doscientas y quince mil hectáreas, pero yo creo que la porción de terreno es mayor que la manifestada, en atención a que estos campos no han sido nunca bien mensurados. El nombre de Spring-Hill (Cerro Manantiales) se deriva de algunos chorrillos, los únicos que nacen próximos a la cumbre de unos cerros distante quince kilómetros al noreste de las construcciones principales. La estancia, en general, es muy seca, únicamente se encuentra atravesada en su parte sur por el río Side (Río del lado), nombre fluvial cuyo significado (Side = «lado») no se adapta a la denominación de un río y cuyo origen no hemos podido inquirir.

La estancia carece de hectáreas en propiedad de modo que los edificios, una vez terminado el arriendo, pasarán a poder del FISCO.

Actualmente contamos con 160 operarios y obreros, de éstos, 33 son esquiladores.

En la actualidad, toda la gente está dedicada a las faenas lanares, el galpón de esquila se encuentra en pleno funcionamiento y esperamos terminar muy pronto todo el trabajo. El combustible que se emplea para el funcionamiento de las maquinarias es la mata negra, arbusto de pequeña altura cuyas ramas contienen mucha resina y proporciona gran cantidad de calorías; es una leña excelente que se consume lentamente y suple, en forma admirable, la falta absoluta de carbón. Hace pocos días, haciendo una excavación en las proximidades de las oasis, encontrarnos una capa de turba de primer orden, superior a las conocidas en el resto de la Isla. Esto ha sido un gran acontecimiento para estos campos privados de otra clase de combustibles.

La carencia de agua está dispensada con la presencia de numerosos pozos subterráneos que proporcionan este líquido limpio y potable.

Todas las maquinarias se mueven a fuerza motriz y la prensa enfardadora con fuerza hidráulica que proporciona una presión de 2 l/2 tonelada por pulgada cuadrada, alcanza a elaborar 65 fardos cada día. Los fardos pesan entro 530 y 600 libras. La lana, como en las otras estancias, se clasifica por categorías, la mayoría obtenida este año pertenece a la clase A y B, es decir a las mejores.

Este mejor beneficio lo obtengo por un procedimiento tal vez único dentro de las estancias, y él consiste en que no baño las ovejas después de la esquila y espero para ello el mes de marzo. Estoy convencido de que el baño inmediato obedece a la desconfianza que el estanciero tiene por el estado do salud de sus animales, yo confío absolutamente en la bondad sanitaria del ganado a mi cargo y he podido observar que el baño después de febrero es benefactor para la lana que se produce más larga y de mejor calidad. El clasificador es extranjero (inglés) y se muestra muy favorable a este procedimiento.

Como Uds. han podido apreciar, los campos están cubiertos de calafates y este arbusto contribuye mucho a mermar el total de la producción lanar; los animales acostumbran restregarse contra las ramas y dejan en ellas una buena porción de su abrigo.

Actualmente no existe ninguna dificultad para el cuidado del ganado. Hace algunos años, no pasaba igual cosa. Punta Espora fue centro de una reducción indígena que se encargaba de mantenerse con ovejas (guanacos blancos). Los continuos robos de animales trajeron la alarma en la Sociedad y se optó por amansar o aterrorizar los indios; a este efecto el fundador de la estancia, señor Jahuels, trajo del extranjero una partida de hermosos perros galgos, muy bravos y de raza rastreadora. Estos perros corrían a los indígenas y su ocupación los convirtió en fieras tan formidables que poco tiempo más tarde llegaron a hacerse más temibles que la presencia de los nativos.

Amansados algunos indios, fue fácil reducirlos e incitarlos al trabajo, pero la experiencia confirmó que esta raza era la más huelguista del mundo, el trabajo los cansaba pronto y los sumía en la ociosidad. La pequeña tribu volvió a su campamento y la estancia, a fin de evitar los robos, optó por darles mensualmente la cantidad de cien pesos en víveres.

Caitén, el jefe de la familia, rehusó los víveres y, por haberse acostumbrado a beber mientras estuvo en contacto con los blancos, solicitó aquella ayuda en dinero efectivo. Poco tiempo más tarde volvieron al trabajo pero, a insinuaciones del indio Hunte, a cada momento se declaraban en huelga. Este cabecilla era sumamente revoltoso y bien puede considerársele el primer huelguista del mundo. Vueltos nuevamente a su vida salvaje, fueron concluyéndose poco a poco y, en la actualidad, parece que ya no existen.

Con el desaparecimiento de los nativos, se presentó una segunda plaga constituida por los guanacos y los zorros; los primeros hacían grandes daños en los campos y los segundos ocasionaban considerables bajas en el ganado. El modo de cazar de los zorros es bien curioso y el trabajo muy parecido al de los perros. De preferencia matan los corderitos nuevos (chiporros); varios zorros, formando círculo, arrean los piños y los estrellan contra algún alambrado o accidente del terreno; allí los estrangulan y después les extraen la arteria carótida. La carne no la comen, únicamente se contentan con chupar la sangre; parece que este alimento no los satisface nunca, pues después de abandonar una víctima comienzan de nuevo su trabajo y vuelven a proceder en la misma forma.

Para contrarrestar este peligro y exterminar al zorro, se organizaron grandes cacerías con personal montado y el terreno se sembrado de trampas que se preparaban al caer la tarde. En un principio hubo algunas desgracias; el zorro es un animal sumamente bravo y cuando lo corren a caballo salta a los pies del jinete y no suelta su presa sino después de haber herido a su cazador o de que éste, con toda precisión, consiga asestarle un golpe que lo deje muerto en el acto.

Estas cacerías, que eran bien pagadas, dieron un resultado espléndido y en la actualidad puede considerarse que el zorro sólo existe en el interior de la isla.

Respecto a los trabajadores, el señor Dick nos manifiesta que es admirador del elemento chileno, al que considera constante, trabajador y ajeno a las revueltas. El año pasado, nos agrega, tenia un porcentaje enorme de extranjeros y las faenas se llevaron a cabo con ciertas dificultades; este año marchamos admirablemente bien y el trabajo llega a su término en medio de la mayor tranquilidad por parte de los trabajadores.

Estoy convencido -insinúa- que toda revuelta tiene como base la falta de instrucción en el pueblo; la misma docilidad del elemento chileno, es la causa de que acepten fácilmente y entren a analizar las ideas subversivas que los cerebros desequilibrados se encargan de predicar. El obrero chileno, con cierta ilustración y consciente de sus deberes y obligaciones, jamás llega hasta la administración a solicitar algo indebido, siempre sus peticiones son justas y obedecen a un principio de equidad. Por esta causa me propongo aumentar anualmente el elemento nacional dentro de la estancia y creo que podré llegar a alguna futura faena contando únicamente con los brazos del hijo del país. Tienen un defecto que creo no es adquirido dentro de las estancias sino consecuencia de los largos meses de invierno, en los cuales, el frío y el dinero adquirido, les ofrecen campo propicio para dedicarse al alcohol. Por la costumbre de dedicar el día lunes al Dios Baco, sucede muchas veces que en las estancias, aun cuando no disponen de bebidas, celebran la mañana del «San Lunes».

Hasta aquí el señor Dick; por nuestra parte lo felicitarnos calurosamente por la alta idea y el cariño que demuestra para con nuestro pueblo y pensamos que si todos los administradores tuvieran las mismas ideas, en lo que a este punto se refiere, pronto tendríamos a Tierra del Fuego repleta de trabajadores chilenos, con lo que se señalaría un paso bien manifiesto en favor de la chilenización de esa rica y abandonada región.

Comentando las incidencias del día y aplaudiendo una segunda vez la labor y proyectos del administrador de Spring-Hill, nos retiramos a descansar.

La mañana del día siguiente fue dedicada a visitar las sub-secciones; Laguna Cisnes se encuentra situada a 20 kilómetros al Suroeste de la estancia principal y el recorrido hasta ella no reviste mayor interés que el señalado para la generalidad de los terrenos de Spring-Hill. Cuarto Chorrillo, separado 27 kilómetros, se encuentra ubicado sobre el fondo de la extensa Bahía Lomas. El trayecto es pintoresco y los inmensos pastizales que crecen en las inmediaciones de los ríos Side y Pantanos, que deben cruzarse, ofrecen forraje en abundancia para una cantidad considerable de ganado.




ArribaAbajoCapítulo X

Viaje a la estancia «Río del Oro»


Nostalgia del ambiente chileno.- La subsección Ekwern.- Encuentro con un ona civilizado.- Dolorosa historia que relata.- Senderos que engañan.- El carromato abandonado.- Estancia Río del Oro.- Con el señor R. F. R. F. Thompson.- Las huelgas y la tarea que corresponde a la autoridad fueguina.- Actividad de la Estancia.- El servicio médico.- Con la señora Thompson.- El señor J. A. Reyes, contador de la Estancia.- Viaje a la Draga Progreso.- Una naturaleza maravillosa y deslumbradora.- Las enormes parvas de pasto natural. Consternaciones de carácter general.

Con verdadera pena, abandonamos, al amanecer del día siguiente, la Estancia Spring-Hill, morada llena de atractivos para el chileno que hasta ella llega desde el centro de Tierra del Fuego.

La nostalgia del ambiente nacional, dentro del suelo de la patria, marca honda huella en el ánimo del turista o viajero que logra recorrer esas regiones apartadas. Parece que el Administrador de Spring-Hill, como jefe de la familia, imponiendo su autoridad, quiso imprimir al hogar las costumbres de su nación. Todo intento, según nos lo decía personalmente, fracasó. El ambiente suave y atrayente del alma latina lo fue subyugando paso a paso y hubo de someterse a las exigencias femeninas, hasta aceptar las costumbres del país.

Como primer reducto nacional, se presenta Spring-Hill al viajero chileno, reducto reformado por dos pequeñuelos (cosa extraña) nacidos en Chile (Punta Arenas). Es principio absoluto en los administradores de las estancias fueguinas (Explotadora de Tierra del Fuego) tratar de que sus hijos nazcan en Buenos Aires. Prescinden por completo de los elementos de primer orden con que cuentan en Punta Arenas y consideran al resto del país como un centro tan falto de recursos y tan escaso de civilización como Tierra del Fuego. Bien considerada, esta apreciación tiene su razón de ser; casi todos los administradores son extranjeros contratados y el viaje lo efectúan directamente desde Europa a Buenos Aires y desde allí a Punta Arenas, el resto de Chile, para ellos, es completamente desconocido y contribuye poderosamente a reforzar esto desconocimiento el ningún contacto que tienen con nuestros connacionales y con el idioma castellano. Cuando se les habla del centro del país y de sus múltiples actividades de todo orden, oyen con una atención que no está desprovista de cierta desconfianza. Sin embargo, en nuestro largo recorrido hemos hecho lo posible por difundir ideas a este respecto y, por tratarse de personas llegadas desde el Norte y ajenas a ambiciones de carácter comercial, creemos que nuestras palabras puedan haber influido favorablemente en el ánimo de tanto elemento dirigente en el corazón de la Isla.

Consideraciones de toda índole divagan por nuestros cerebros cuando nos disponemos a dejar la Estancia; su administrador parece no querer desprenderse de nosotros, y colma nuestros agradecimientos con sus postreras atenciones. Su auto, junto al nuestro, se apresta para conducirnos en amable compañía, la que nosotros tratamos de rehusar en beneficio de las múltiples ocupaciones que le demanda la época de plenas faenas. Nuestra excusa, sin embargo, no es obstáculo para que el atento administrador nos acompañe hasta la sub-sección Ekwern.

Hasta aquí se extienden mis dominios, nos dice. Ekwern es subsección de «Río del Oro» y nada puedo mostrarles en ella en atención a que no depende de mi administración. Por última vez nos extiende su robusta y cariñosa mano y ya, desde su auto, nos envía el saludo de despedida.

Establecida la sub-sección Ekwern en el cruce obligado de los caminos que, recorriendo la costa se unen a los que van al interior, constituye el punto de descanso de los que transitan por esos parajes. Su administrador, un colosal indio fueguino, último representante viviente de una raza tan inhumanamente extinguida, vistiendo a la manera del civilizado, se aproxima a nosotros y nos saluda en perfecto inglés. Conversando siempre en el mismo idioma, que bien poco o casi nada entendemos, nos muestra los edificios de la sub-sección que, más reducidos, casi en nada difieren de aquellos de las estancias grandes. Hacemos esfuerzos inauditos para que nos entienda el castellano, mucho interés tenemos en ello en atención a que, por primera vez se nos presenta el caso de entablar una encuesta sobre los primitivos pobladores de aquella región. Nuestra insistencia se estrella contra una voluntad de granito y nuestras esfuerzos quedan nulos ante el obstáculo insalvable de un idioma que no entendemos; sin embargo, los conocimientos que poseemos referentes a la historia de los aborígenes, se refuerzan poderosamente ante el ejemplar vigoroso que nos escucha. Cada pregunta que formulamos es contestada con un suspiro doloroso, hijo de un pecho que se hincha bajo el impulso de un mundo de recuerdos del pasado. El alma de aquel nativo no es ajena a nuestras investigaciones, y ante el dolor mudo que se reconcentra en aquel pecho gigante tratando de romper el dique que se opone a su paso, las mejillas del indio se colorean de furor y sus negros ojazos despiden los rayos de un dominio reducido al vasallaje. Comprendemos perfectamente esa lucha muda que se desencadena en el cerebro del titán y retrocedemos espantados ante nuestra ambición dolorosa, que tantas heridas pudo abrir en el corazón de aquella víctima sacrificado en pro de la poderosa civilización.

Más tarde, en la Estancia «Río del Oro», pudimos comprobar la intensa huella de dolor que pudo dejar nuestro paso por Ekwern. Supimos que el indio hablaba perfectamente el castellano y que los recuerdos dolorosos de un pasado sangriento, lo desconcertaban en tal forma, que huía a los campos en busca de la paz para su alma, llorando el fin desastroso de aquellos que le dieron el ser.

-Hijo de las selvas -nos dijo el administrador-, apenas alcanzó a apreciar la libertad salvaje de los suyos. Dueño de esos mismos campos que hoy cuida, creció junto a su flecha y se desarrolló al abrigo de las pieles silvestres. La civilización mató sus principios de soberanía y la invasión blanca le usurpó el derecho de vivir libre en los campos que le vieran nacer. El plomo destructor que diezmó a sus antepasados, lo estrechó contra el corazón de los bosques y allí, reducido a morir sin piedad, vio caer uno a uno a sus compañeros, parientes y familia.

Junto a él fueron inmolados su padre y su madre, y junto a él, sus vandálicos perseguidores, se ensañaron con los seres queridos que aún permanecían con vida. Su liberación de la muerte la debió a sus pocos años y a su contextura privilegiada que llegó a interesar a uno de los tantos asesinos de esos seres inocentes e indefensos. Criado después, en medio de la esclavitud corporal y ante la impotencia de un valor sumido al vasallaje, llegó a convertirse en hombre cuya única preocupación fue llorar a los suyos, dejando para el trabajo un cuerpo sin alma.

Tan triste historia, en verdad, nos conmovió profundamente y una vez más debimos deplorar nuestro espíritu investigador que, sin premeditación de ninguna especie, se había cebado en un hombre a quien sin quererlo, debimos desgarrarle el corazón.

Al abandonar la sub-sección Ekwern, algo apreciamos de aquel profundo dolor, pero tan triste recuerdo no fue obstáculo para que, durante, nuestro recorrido, pudiéramos contemplar la naturaleza.

A partir desde aquel punto, el camino toma rumbo directo hacia el Suroeste, y se lanza en demanda de la costa.

Los últimos cerros del cordón desparraman, en esta parte, las postreras faldas de sus elevaciones, sembrando sobre el terreno una tan considerable cantidad de pequeñas colinas, que nuestro viaje semeja un deslizamiento continuo por sobre la pendiente de una «montaña rusa».

Unos pocos cañadones pronunciados dan formación estas pequeñas colinas, sin embargo, el suelo es creador de pastizales inmensos, donde se alimenta cantidad considerable de ganado lanar.

Algunos chorrillos dan vida a esos caminos casi secos, formando verdaderos pantanos y depósitos de agua dulce, bebible, a cuyos alrededores pastan los grandes piños de ovejas.

El terreno, sin accidentes dignos de mención, se desenvuelve en una planicie interminable, creando hoyadas inmensas donde aún permanecen las aguas del invierno anterior, reforzadas considerablemente con los deshielos de la primavera.

Como un depósito enorme y natural, este receptáculo sin salida, señala una de las grandes extensiones que más sufre con los rigores del invierno. Las aguas, sin salidas pronunciadas, se consumen muy lentamente, destruyendo cierres y despedazando caminos. Más peligroso aún que el famoso cañadón «Bella Vista» que se encarga de cerrar herméticamente el tránsito para el viajero, la ruta que nos ocupa es engañosa y traicionera, pues, marcando el camino para los vehículos, los incita a cruzarlo en la época de los deshielos, Infeliz de aquél que sin ser absolutamente «baquiano» de la ruta de marcha, se lanza por la senda que parece presentarse transitable y despejada. La engañosa vía que serpentea a través de la inmensa planicie, semejando una culebra colosal y brillante, se pierde momentáneamente en pantanos pequeños donde las aguas han trabajado surcos profundos. El incauto que, sin rodear estos pequeños accidentes, hunde en ellos su planta o las de su cabalgadura, allí queda retenido y, si no es auxiliado oportunamente, perece helado luchando contra el frío mortal de la noche.

Aun los senderos naturales que se apartan de la ruta principal son engañosos; a primera vista a parecen como demarcados por la planta del que ha transitado y se presenta invitando al que transita. Generalmente conduce a algún pantano o charco gelatinoso; tal huella jamás ha pertenecido a la planta humana o animal, ella es hija de algún chorrillo formado en la época de las aguas y, seco ya, sólo señala el lecho que llevó hasta el pantano, las aguas que sirvieron para formarlo.

Próximo a nuestra ruta y casi junto al camino de marcha, encontramos un testigo mudo, víctima de la aseveración anterior.

Un enrejado enorme, construido a manera de jaula de colihues, descansa su base posterior sobre un encatrado de fierro; a toda esta construcción sostienen cuatro ruedas de un auto Ford. El motor ha desaparecido, como igualmente cuanto fierro de utilidad ha sido fácil extraer.

¿La causa de aquel carromato abandonado?

Según lo supimos más tarde, es la siguiente: Porvenir, capital de Tierra del Fuego, dio albergue y vida a muchos de esos pocos afortunados marinos de barcos alemanes que tan brillante y heroica actuación tuvieron en nuestros mares durante los crudos años de la última hecatombe mundial.

Procedente de uno de estos barcos llegó, primero a Punta Arenas y después a Porvenir, un mecánico alemán, despierto y vivo en demasía, cuyo nombre no consignamos en beneficio de la persona que, hoy día, regenerado en su manía constructora, no escatimó formas ni modos para construir en beneficio propio con perjuicio directo para aquellos que le facilitaron los medios de hacerlo.

Repleto su magín de proyectos colosales, logró interesar a muchos confiados que se propusieron ayudarlo facilitándole diversos medios que jamás vieron retribuidos.

No se sabe de donde, ni como, obtuvo primero una rueda, después otra, luego las cuatro que le sirvieron de base para la construcción de un tractor. Hombre abundante de ingenio comercial, logró establecer un taller mecánico que, gracias a la ayuda del público, tuvo bastante movimiento.

Sólo algún tiempo funcionó este taller y, a pesar de haber dejado satisfechos a sus favorecedores, una buena mañana, las cuatro ruedas obtenidas por nuestro mecánico, salieron a la población sustentando un chasis completo, impulsado por un motor que, con cada explosión, producía un ruido formidable. La población entera salió de sus hogares a contemplar aquel hijo de la nada que se anunciaba con tal colosal estruendo.

El alemán, creador de tanta algarabía, después de pasearse satisfecho por las tres calles principales de la capital fueguina, dio mayor impulso a su ensordecedor vehículo, lanzándose en demanda de los cerros vecinos. El «chuc y chuc», como fue bautizado el nuevo auto, no tuvo fuerzas suficientes para trepar tan tremenda prueba y con una yunta de bueyes (no por falta del motor sino por falta de bencina) hubo de regresar a su alojamiento.

-¡Denme bencina! -dijo el alemán, y cruzó el cordón.

Al decir de las gentes, nadie le proporcionó el combustible, sin embargo el creador de aquella máquina infernal, al día siguiente de la prueba inicial, muy de mañana abandonaba el garaje y, provisto de dos tarros de nafta, emprendía viaje hacia el norte de la Isla, espantando pájaros y ganado y llevando el terror hasta las manadas inmensas de los pobladores silvestres.

¡Fue el primero y último viaje del «chuc y chuc»!

La primavera recién comenzaba sus deshielos y el camino traicionero que desde «Río del Oro» conduce a Spring-Hill iniciaba la formación de los pantanos peligrosos.

Poco conocedor de la comarca, el piloto de la máquina tronadora, esquivando un paso malo sobre el camino, tomó ruta por un sendero falso y fue a depositar el «chuc y chuc» sobre el lecho de un pantano que tuvo a bien recibirlo y acallar para siempre el resoplido de cien cañones de ese motor endemoniado.

Allí lo vimos nosotros al pasar y allí lo seguirán viendo los que en pos de nosotros transiten por la misma ruta, hasta que el hielo de los inviernos y el efecto destructor del tiempo concluyan con esa armazón, muerta apenas nacida, en la capital de Tierra del Fuego.

Pocos días después de este accidente mortal para la máquina, su constructor llegaba a Porvenir conduciendo en brazos a su pesado motor.

Reabierto el taller, más presuroso que la primera vez, inició la construcción de una segunda máquina. Esta vez, el mecánico anduvo menos afortunado, los favorecedores vieron con estupor que sus autos eran desarmados y al ser armados nuevamente, dejaban en poder del mecánico gran cantidad de piezas metálicas, que éste consideraba estar demás en las máquinas, alegando que los constructores las ponían intencionalmente para acarrear las descomposturas y, por consiguiente, la adquisición de nuevos repuestos.

En este estado de cosas la última de sus composturas se produjo con ocasión del desarme de un automóvil cuyas piezas, por considerarlas inútiles, las vendió en Punta Arenas, percibiendo el correspondiente valor, suma que no devolvió a su dueño. Este acto lo llevó ante la justicia y, condenado a prisión, sólo tuvo el tiempo necesario para liar sus pequeñas economías y, burlando a las autoridades, emprender viaje a pie través de las inmensas pampas en demanda de la vecina República.

Su paso por Estancia «Caleta Josefina» y «San Sebastián», dejó huellas marcadas, lo que le obligó a eclipsarse por algún tiempo.

Con posterioridad a la fecha en que escribimos estas memorias, hemos tenido ocasión de ver a nuestro mecánico instalado con un taller en la ciudad de Punta Arenas. ¿Cómo ha logrado eludir la persecución de la justicia? Sólo él y sus connacionales deben saberlo.

Los restos del carromato que ha ocupado la pequeña disgresión anterior, se encuentran a medio camino entre Ekwern y Río del Oro.

A partir de este objeto demarcador, el camino continúa serpenteando por un terreno que va haciéndose más estéril a medida que se aproxima a la costa. En un suelo ya más consistente, los chorrillos buscan cauce, burlando la atracción que para las aguas tienen los terrenos sueltos o blandos.

La ruta se presenta segura y después de salvar el pequeño estero de los Morros, sobre el punto del mismo nombre, comienza a ascender en pendiente suave, hacia las alturas por cuyo centro se desliza el Río Óscar que toma dirección a Bahía Felipe después de formar un codo frente al punto denominado «Draga Progreso», sitio donde se guardan los restos de la draga aurífera del mismo nombre. Algunos kilómetros tierra adelante vadeamos el pequeño arroyo «Cortado» y salvamos francamente la última etapa de la ruta que nos lleva a «Río del Oro» en cuyas riberas y junto al mar, se levantan los edificios de la Estancia vamos a visitar.

Detenidos un momento sobre el espléndido puente de madera que une ambas riberas del río, contemplamos aquella vorágine de agua cristalina y turbulenta que se avanza en demanda de las oscuras y salobres aguas del Estrecho.

«Río de Oro», llamado así por la cantidad considerable de metal amarillo que ha proporcionado a los ambiciosos de fortunas baratas, constituye el verdadero filón codiciado por los buscadores de riquezas. Sobre sus márgenes se levantan los monumentos ancianos ya de las antiguas dragas extractoras del codiciado metal. Tierra del Fuego completa, es un depósito donde las corrientes marinas se encargaron de acumular el metal amarillo. Cada vía fluvial ha sido minuciosamente registrada y siempre, en sus lechos de arena, se han encontrado yacimientos de pepas de oro. El río que nos ocupa fue el filón más explotado y el que más garantías de retribución proporcionó al buscador de fortuna. De curso constante y caudaloso, inicia su peregrinación a través de la parte norte de la Isla en las abruptas alturas de cabo Boquerón, junto a las playas norte de Bahía Inútil. Su curso superior se caracteriza por el gran número de afluentes pequeños que recibe, chorrillos que refuerzan poderosamente su caudal precipitándolo, cual torrente, por entre cañadones de una fecundidad virgen y asombrosa.

Río del Oro abandona los montes de Boquerón, único centro al norte de la Isla que alberga bosques de árboles elevados y consistentes, para continuar su ruta vertiginosa a través de las praderas y cañadones a que dan lugar las distintas ramificaciones de «El Cordón», que en su núcleo principal sigue extendiéndose hacia el N. E. en demanda de las pampas argentinas cercanas al Atlántico.

Desde el punto que demarca el «Cerro Campana» podemos consignar el nacimiento del curso medio de este río; en él se caracterizan anchos cañadones, que riegan en toda su extensión, dando vida y alimento a una flora que es la codicia de los propietarios del ganado lanar.

En la forma expuesta «Río del Oro» sigue serpenteando a través de este suelo fértil y virgen hasta tomar francamente dirección al centro de Bahía Felipe, donde junta sus dulces aguas con las amargas del Estrecho.

Su curso inferior es corto y caudaloso y sólo se reduce a los terrenos próximos a las playas.

La ruta general puede considerarse casi recta de sur a norte y el terreno que recorre no es inferior a setenta kilómetros.

Próximo a la desembocadura de este río y sólo a cinco kilómetros al norte, sobre la misma Bahía Felipe va a morir el «Río Óscar». Nacido de las faldas norte de los cerros «El Cordón». Después de recibir varios afluentes, sigue un curso paralelo a «Río del Oro», tomando las mismas características de éste, en su curso medio e inferior. Anotamos estos dos ríos por ser ellos los principales que van a morir en Bahía Felipe y sobre los cuales se han constituido las principales dragas que lograron funcionar durante los años de la extracción del oro.

Cábenos hacer presente que la cantidad de agua arrastrada por todos los ríos de Tierra del Fuego, no es de un caudal que pueda considerarse constante. Basta sólo apreciar que durante los inviernos, las partes altas del Cordón se constituyen en receptáculo de las nieves que a ellos afluyen. Los primeros calores primaverales se encargan de disolver estas inmensas sábanas blancas que, liquidadas o convertidas en enormes bloques de hielo, se precipitan al cauce de los ríos haciéndolos salir de madre en forma tal que lo que antes constituyera un simple chorrillo no más ancho de diez o veinte metros, aparece como un caudaloso e inmenso río que cubre extensiones tan considerables que a veces abarcan tres, cuatro y cinco kilómetros. Agréguese a este crecimiento de los riachuelos que van a vaciar sus aguas a los ríos principales, y se tendrá un concepto aproximado de los torrentes que estos últimos deben mostrar en las épocas que dejamos señaladas.

Tales reflexiones logramos hacer, detenidos sobre el elevado puente en que nos encontramos y desde el cual contemplemos esa enorme avalancha de agua que se precipita en demanda del Estrecho.

Las casas de la Estancia, se presentan a pocos centenares de metros de nosotros, y hacia ellas nos lanzamos por un camino ancho y espacioso, libre de accidentes y muy bien conservado.

Desde lo alto de las lomas podemos divisar todas las construcciones de la Estancia. Los techos rojizos dan un aspecto de alegría y vida a aquella apartada comarca y los negros penachos de humo que se levantan desde los hogares encendidos, muestran claramente la actividad de los moradores.

El campo inmenso se extiende al frente y las manadas incontables de ovejas, junto a los alambradas que las guardan, esperan impacientes la hora de la esquila que debe desprenderlas del abrigo que tanto les sirviera durante el pasado invierno.

Próximos ya a las tranqueras que deben abrirnos camino para llegar a las casas de la Administración, somos recibidos por el Jefe de la Estancia, señor R. F. Thompson.

El espléndido edificio que sirve de morada al administrador está construido sobre unas pequeñas lomas y algo distante del resto de las construcciones de la Estancia. Este alejamiento, que hemos venido observando en todas las administraciones recorridas, obedece a mantener fuera de contacto diario, el principio de autoridad. Cada administrador, dentro de su Estancia, es un jefe absoluto, su voluntad es omnipotente y sus dictámenes deben obedecerse sin apelación. Así se comprende que pueda mantenerse el orden en los distintos servicios, en atención a que todas las faenas y trabajos deben realizarse en esas agrupaciones aisladas sin cooperación alguna de las fuerzas resguardadoras del orden.

Nada impresiona la impasibilidad de las Administraciones, todo movimiento de carácter huelguista que se produce dentro de las faenas, es liquidado a su manera por el Administrador, y si aquél asume caracteres graves se da aviso a la autoridad correspondiente, la que siempre se lleva la peor parte.

Los dos elementos que se pronuncian, alegando beneficios de distinta índole, llevan sus quejas hasta el representante del Gobierno que, sin más amparo que su conciencia y sin más apoyo moral que su investidura, debe fallar una situación de por sí difícil y escabrosa. Las dos partes presionan a su manera y el representante de la autoridad se encuentra en ese callejón sin salida en que ambos costados lo forman, por una parte el trabajo y por la otra el capital. Ruda tarea y arduo estudio requiere la situación, sin embargo se dicta el fallo correspondiente y se pone paz a la situación. ¡Pobre autoridad! Si beneficia con su pronunciamiento a los trabajadores, sus días administrativos están contados; basta una comunicación de los estancieros, nota que, se eleva al Gobierno, dando cuenta que tal autoridad no ofrece garantías, para que aquél que creyó proceder con entera justicia, sea exonerado de su puesto. Si por el contrario el pronunciamiento ha sido beneficioso para la Administración, se presenta el caso de que los trabajadores no se consideran garantidos por la autoridad y continúen la huelga comenzada. Con tal proceder, la autoridad, para la Administración, no ha tenido la energía suficiente y el caso de la anterior comunicación elevada a las autoridades superiores se repite alegando, más o menos las mismas causales.

Por fortuna, los disturbios sediciosos en Tierra del Fuego, no asumen los caracteres graves con que se presentan en la parte continental. El elemento subversivo no ha minado todavía el principio de trabajo honrado en el obrero fueguino.

El respeto por la autoridad en la Isla, es más robusto que en el continente y casi siempre se logra detener los avances de una huelga por medio de la palabra dirigida con energía y justicia.

Durante el período de faenas del año 1918 - 19, casi todas las estancias sufrieron las consecuencias de huelgas momentáneas; bastó la expulsión del elemento subversivo dirigente para que la calma se restableciese. Los factores, bien inocentes por cierto, que dieron lugar a algunas reclamaciones, fueron fácilmente solucionados con beneficio directo para las dos partes y el principio de autoridad gubernativa logró robustecerse llevando la confianza a los dos bandos que, con tales movimientos, se perjudicaban.

Al operario, en las estancias, generalmente se le paga bien y se le atiende mejor. El malestar social que se deja sentir en Punta Arenas no se deriva de la escasez de salarios con respecto al trabajo que se ejecuta; el mal proviene de otra causal que radica en aquellas firmas que mantienen el monopolio del comercio, llevando los elementos de subsistencia para las clases que viven a expensas de sus sueldos o del trabajo corporal.

Estas reflexiones nos sugiere nuestro paso por el comedor de los obreros, lugar donde vemos a la autoridad de Porvenir dirigiendo la palabra a los trabajadores. El asunto que allí los congrega, según nos lo manifiesta el administrador, señor Thompson, no es otro que el nacido de una petición de los esquiladores que han formulado un reclamo en contra del contratista de esquila.

Se trata de una cosa sencillísima y fácil de subsanar: el contratista hace sus ajustes de pago al finalizar las faenas, los operarios desean que los ajustes se efectúen semanalmente y con la misma fecha se les imponga de sus ganancias. El contratista, hombre testarudo y rudo, no acepta esas imposiciones alegando que el contrato es por el período completo de las faenas y no semanalmente. Total: los obreros se declaran en huelga mientras su petición es estudiada y fallada por la autoridad, siempre el representante del Gobierno, a pedido de las partes y según lo estipula el contrato de trabajo elaborado por la Gobernación de Magallanes, asume el papel de mediador, cuyo fallo debe ser acatado.

Ante una petición tan justificada por parte de los esquiladores, no le queda a la autoridad de Porvenir otro camino que solucionarla en beneficio de ellos.

Así lo hace, y después de conferenciar más de dos horas, logra que todos regresen al trabajo. Tal fallo, que a nuestro entender es absolutamente justo en atención a que cada obrero debe saber cuanto beneficio le reporta su trabajo, a fin de formular con toda anticipación los reclamos a que pudieran dar lugar las diferencias semanales que suelen presentarse, llena de indignación al contratista, el cual, acatando el veredicto del mediador, desconoce la justicia que asiste a los obreros.

Asuntos tan sencillos y justos como el presente, se suscitan a menudo durante los trabajos. Por su parte, el administrador no toma ingerencia directa en la liquidación de tan fútiles entorpecimientos y se limita a llamar a la autoridad.

Como los contratistas asumen directamente toda responsabilidad, corriendo con la dirección de los trabajos, pago de los obreros, alojamiento, mantención y atención de la gente contratada, viene a ser un intermediario responsable entre la Administración y el trabajador. Tal ocupación, llena de sinsabores y asperezas, deja pingües ganancias al contratista, ganancias que se derivan del trabajo en las mismas faenas ya sea de economías en las raciones (que siempre son muy abundantes) o de mayor precio por animal esquilado.

Este último punto es de necesidad apreciarlo, pues las administraciones, a fin de verse libres de tratar directamente con el esquilador, asignan a éstos una cantidad determinada, generalmente 26 centavos por animal esquilado, dejando al contratista, por el mismo animal, la suma de treinta o más centavos.

Puede apreciarse fácilmente la lucha que se producirá al iniciarse los trabajos, por obtener el contrato en estancias grandes como son las que nos ocupan, en las cuales existen ciento cincuenta y doscientas mil cabezas de lanares. La diferencia de cuatro y más centavos por animal esquilado, es la que da origen a muchas huelgas. Generalmente el contratista no es chileno, pero siempre es operario. El obrero no ve con buenos ojos que se aprecie en treinta o más centavos la esquila de un animal y de ellos, la Estancia da una cantidad apreciable a beneficio del contratista. En nuestras conversaciones a través de la Isla, muchas quejas recibimos en este sentido y naturalmente que bien apreciadas, tienen un fondo de justicia.

Cada estancia cuenta con un primer Administrador y con uno segundo; el papel de éste último es absolutamente nulo, pues nunca lo vimos actuar, salvo en la Estancia Spring-Hill, donde tomó el mando directo en el galpón de esquila. ¿No sería del caso contemplar aquí el verdadero papel del segundo Administrador? Creemos que si en atención a que los trabajadores tendrían que entenderse, directamente con personal de planta de la Estancia donde trabajan, beneficiándose con los centavos de exceso que la Compañía paga por animal al contratista venido de fuera. Tal sistema imprimiría un rumbo más personal a las faenas y los trabajadores podrían repartirse 10 a 15 ó 20 mil pesos que gana el contratista y que es fruto del trabajo del total de esquiladores de una Estancia determinada.

Sin embargo, difícil es adelantar considerandos en este sentido puesto que, tal como están organizados los trabajos, las compañías obtienen ganancias colosales.

Obedeciendo al principio de evitar las huelgas, insinuamos al señor Thompson el procedimiento que acabamos de señalar y por toda contestación obtenemos una sonrisa inglesa acompañada de las siguientes palabras:

-«Es mucho mejor tal como está, puesto que el Administrador no tiene que entenderse directamente con ningún trabajador, y el contratista responde de la faena ante la Compañía.

Formulando tales proposiciones, nos hemos acercado a la casa principal, recién instalada en aquel punto, según nos manifiesta el señor Thompson, y traída desde una colina distante más de cuatro kilómetros, lugar donde antes se encontraba.

Al calor de la lumbre que alimentan las estufas iniciamos, con el señor Thompson, nuestra acostumbrada encuesta.

-La Estancia «Phillip Bay» -nos dice-, más conocida por «Río del Oro», extiende sus dominios tierra adentro en una extensión considerable cuya mensura jamás ha dado el total exacto de hectáreas que contiene. Los terrenos que a ella dan formación pueden considerarse de primer orden en cuanto a la calidad de sus pastos, que actualmente mantienen alrededor de cien mil ovejas. Las faenas funcionan con ciento veinte operarios y esperamos cosechar unos doscientos cincuenta mil kilos de lana. Aparte del ganado lanar, la estancia guarda para su trabajo de acarreo trescientos cincuenta caballares y ciento veinte vacunos, de estos últimos una pequeña cantidad son hembras destinadas a dotar de leche a la estancia.

El total de hectáreas que le señalan las distintas mensuras que a vuelo de pájaro se han hecho, no bajan de ciento treinta mil hectáreas. «Phillip Bay» es el punto señalado donde acude gran número de ganado de las estancias vecinas, pues, Bahía Felipe ofrece un buen fondeadero para las embarcaciones, facilitando enormemente el embarque y desembarque de lo que va con destino a Punta Arenas, o de los elementos que desde este punto nos envían.

Organizada en la misma forma que las estancias ya recorridas, cuenta con buenas construcciones destinadas al beneficio de la lana y al albergue de los trabajadores. Sin embargo, en beneficio de esta Administración, podemos adelantar una preocupación bien marcada en favor de los obreros: los comedores son amplios, bien ventilados y dotados de una calefacción a toda prueba; los dormitorios, con arreglos recientes, se muestran más subdivididos que en el resto de las estancias recorridas, dotados de una espléndida y espaciosa sala con su correspondiente calefacción, destinada a albergar a los trabajadores durante los días de lluvias.

Generalmente, el personal que trabaja en esta estancia, se muestra conforme y los reclamos que se presentan son pequeños y fáciles de subsanar.

El estado de salud de la gente es bastante satisfactorio; por regla general a principios de las faenas se cuentan muchos casos de gripe y ella es contraída por el elemento que acude desde Chiloé. Para tales enfermedades la estancia dispone de un botiquín, anexo al almacén de provisiones, y de la atención del médico de la Sociedad, Doctor Dao, cuya personalidad hemos bosquejado en el capítulo precedente.

Ante este abandono médico a que están expuestos los trabajadores isleños, una vez más nos salta a la vista la imprescindible necesidad, de que estas apartadas estancias cuenten con un personal idóneo capaz de prestar su conocimiento en el momento oportuno. Baste sólo considerar las enormes distancias que el médico debe recorrer para acudir a un llamado, y esto sólo en el verano, para convencerse que en su estada en la isla es casi nula, en beneficio de la salubridad.

Las enormes entradas de la Compañía bien poco se perjudicarían dotando a cada estancia con un practicante competente. No consideramos humano se mantenga por más tiempo abandonado a un personal activo y trabajador que, a veces desde muy lejos se traslada a esas tierras impulsado por la sed del trabajo y del ahorro. Un solo practicante en cada estancia y un sólo médico competente, y conocedor del idioma del país, vendrían a salvar tan angustiosa situación, atendiendo a que la comunicación telefónica los podría mantener en contacto constante.

No es posible, volvemos a insistir, que un personal ajeno a esos climas y a esos suelos vaya a dejar su vida o a contraer enfermedades que le impidan más tarde dedicarse al trabajo generador del sustento diario.

A esos lugares se va a laborar por poco tiempo, con poco beneficio particular y con gran beneficio para aquéllos que tienen la obligación absoluta de velar por las vidas y bienestar de los que se sacrifican por la existencia.

Tales son las reflexiones que nos sugiere nuestra conversación con el señor Thompson quien, después de habernos recibido en el escritorio de su casa, nos invita al salón donde tenemos el agrado de conocer a su señora esposa y a una chiquitita nacida, pocos meses atrás, en la capital de la República Argentina.

Turbados ante la presencia de la señora Thompson que no comprende una sola palabra del idioma nuestro, tratamos en vano de coordinar alguna frase en inglés a fin de darle nuestros parabienes y presentarle nuestros respetos. Pero de tan embarazosa situación se encarga de sacarnos el Administrador, quien nos dice que la señora está recientemente llegada de Inglaterra y que espera muy pronto poder hablar el castellano. Sin embargo, durante las horas de comida, la amena charla que sostenemos con Mr. Thomson, parece contaminar a su esposa que se encarga de alegrar la sobremesa riendo, a más y mejor, nuestros chascarros españoles.

Al hablar de su pequeñita, el anfitrión lamenta que su primer hijo haya sido mujer.

Deseaba mucho un hombrecito -nos dice-, pero qué hemos de hacerle; estas cosas no suelen producirse en la forma que cada uno las desea.

Aprovechamos esta oportunidad para recomendar al señor Thompson los aires de Valparaíso o de Santiago y ante nuestra demanda en beneficio del aumento de la población nacional, el Administrador inquiere noticias relacionadas con los medios de que se dispone en el centro del país.

Tal propaganda hacemos entonces en favor de nuestro suelo, que llegamos a la conclusión de que dado el caso, de repetirse el viaje obligado de la señora, será realizado a las costas chilenas. Con tal ardor le hablamos de las tierras de Chile, que no sólo lo impresionamos en el sentido de un desenlace feliz, sino que llegamos a pronosticar el nacimiento de un varón.

No sabemos si esta conversación pueda haber influido algo en el ánimo del Administrador, pero es el caso que un año más tarde recibimos una tarjeta que decía:

«Qué hermoso es el centro de Chile. Logramos conocer la capital y algunos de sus alrededores. Nuestra estada en Valparaíso fue corta pero logramos traernos al Sur un hombrecito nacido en aquellas playas».



Durante las últimas horas de la tarde, fuimos gratamente sorprendidos con la presentación del señor J. A. Reyes, contador de la Estancia. ¡Era la primera vez, durante todo nuestro recorrido por Tierra del Fuego, que veíamos en una estancia de la Explotadora, figurando entre su personal superior a un chileno!

Estrechamos con todo agrado la franca y cariñosa mano de nuestro compatriota y le expresamos nuestra sincera admiración por haber logrado invadir y tomar parte en las actividades que esos campos chilenos, dominados casi en absoluto por un elemento extranjero.

-Mi estada no será larga -nos dijo con pena-, es difícil hacer huesos viejos en estos lugares. No es nuestro ambiente, no son nuestras costumbres, y por sobre toda otra consideración prima aquella de estar en su propio suelo y verse obligado constantemente a hablar otro idioma. Las exigencias son distintas a las nuestras y las faltas se agrandan enormemente en comparación con las idénticas en que suelen incurrir los que no son chilenos.

Sin embargo, y a pesar de la nostalgia por el terruño y el ambiente lejano que parecía dominar a nuestro compatriota, compartió con nosotros la alegría que logramos imprimir a las postreras horas de la velada.

La señora Thompson, experta en el arte musical, dominó por momentos el elegante piano, saturando el ambiente con esa armonía suave, hija de los autores clásicos. Por su parte, el señor Reyes hizo vibrar las cuerdas de un violín diestramente pulsado y pronto al calor de las estufas y del que lograba comunicarnos el excelente whisky escocés ofrecido por el anfitrión, se elevaron las voces cantando canciones guerreras e himnos patrióticos...

La mañana del día siguiente fue aprovechada para efectuar un viaje de reconocimiento hacia el interior de la Isla, en dirección a la Draga Progreso sobre el Río Óscar.

Puesto en marcha el motor de nuestro excelente y fiel Ford, emprendimos el avance por una ruta difícil y sembrada de accidentes.

Penoso y sacrificado fue aquel viaje, sin embargo jamás nos arrepentiremos de haberlo efectuado.

Lomas continuas y abruptas interceptan constantemente el paso; las matas de calafates, a medida que se avanza hacia el interior, van perdiéndose lentamente para dar lugar a la formación de pastizales inmensos que van creciendo en vigor y lozanía.

Pequeñas huellas demarcan la ruta que seguimos y a pesar de que el auto da tumbos colosales peligrando su estabilidad y crujiendo en todos sus goznes como, si fuera a despedazarse, salva las ensenadas, se precipita por los cortes y trepa hacia las alturas con el vigor y la gallardía del verdadero dominador de esos terrenos.

Aprovechando cada altura contemplamos el lejano horizonte hasta cuya línea demarcadora se extienden campos inmensos, cubiertos de una vegetación admirable. El valor de esos terrenos, vírgenes y productores, se presentan a nuestra vista retándonos a conocerlos y apreciarlos, y como echándonos en cara nuestro desconocimiento, al mantenerlos despreciados y desconocidos.

Las hebras de pasto se agitan ufanas y altivas a nuestro derredor por la planicie inmensa que se extiende a nuestros pies, el viento juguetón se encarga de acariciar la yerba de los prados, formando olas continuas que van a perderse detrás de las colinas lejanas.

¡Hermosa naturaleza repleta de riquezas desconocidas y aprovechadas por tan pocos! Felices tus moradores silvestres que, lejos del ruido civilizador y ajenos a la codicia cazador, pueden pastar libremente bajo la inmensa bóveda azul y entre el rico ropaje de esos campos infinitos.

El sol refleja sus rayos en la movediza sábana dorada y verde, destacando en las cumbres solitarias la fugaz silueta del guanaco, rey de esas praderas. En el fondo de los angostos cañadones y junto a las aguas cristalinas que por ellos se despeñan, vagan confiados y altaneros piños enormes de esos silvestres habitantes del silencio. Parejas enamoradas se apartan momentáneamente del grupo principal y se desbandan presurosas por los cortes y hondonadas, brincando como resortes comprimidos que, al estirarse, se lanzaran al espacio.

Nubes enormes de aves silvestres rompiendo el aire con sus alas aceradas, desde lo alto, contemplan envidiosas el juego loco de aquellos que parece quisieran emprender el vuelo hacia las alturas.

Los albos cisnes, menos curiosos que sus compañeros del espacio, como flechas lanzadas por manos invisibles, cruzan rectos junto a la bóveda del cielo, en demanda de las salobres aguas de algún lago desconocido.

Menos veloces y más orgullosos que sus blancos compañeros; los elegantes y sangrientos flamencos, se desprenden desde el horizonte lejano y formando un ángulo colosal junto al cielo, inician la marcha de avance por sobre toda aquella naturaleza que vive y que se agita. A muda contemplación convida aquel vuelo majestuoso y, sólo el silencio de admiración los acompaña durante su ruta lenta y pausada que los lleva a perderse tras la silueta demarcadora de la cumbre de los montes.

El enmarañado manto de pasto verde y vigoroso, no es obstáculo suficiente para detener al potente auto que, más altanero, se precipita en demanda del Río Óscar bastante lejano todavía.

Millones de pajaritos nos acompañan en tan accidentada marcha y entre el enjambre que nos rodea, logramos reconocer al familiar jilguero, que vuela formando bandadas enormes, perseguido por su voraz enemigo, el peuco, que implacable, a cada embestida que hace a la bandada, aprisiona una víctima que luego devora satisfecho.

El avecasina, con su volar descompasado y turbulento, huye despavorida desde un pantano a otro, sumergiéndose entre el pastizal de las orillas.

Pero lo que más sorprende en esa tierra del frío y de la escarcha, es la presencia del encantador canarito fueguino, que cruza los aires ostentando su reluciente plumaje amarillo lanzando al aire sus notas trinadoras.

Tan maravillosa naturaleza va creciendo a medida que nos internamos, reforzando, ante nuestra vista entusiasmada, los esplendores de una tierra desconocida y merecedora de figurar con brillo en el concierto de nuestros mejores caminos.

Próximos ya a la meta de nuestra excursión y trepados sobre la loma de una última colina, iniciamos un descenso rápido hacia un inmenso cañadón. Brinca el auto sobre sus cuatro neumáticos y, despedazando malezas y lanzando cual proyectiles a los pedruscos de la ladera, se precipita hasta el fondo de una quebrada por una abrupta falda salta y se retuerce el candoroso Río Óscar.

Las murallas del frente se retiran como formando el arco de una herradura colosal y en ese seno magnífico, desborda sus aguas el río, formando islotes y ensenadas maravillosas imposibles de describir fielmente.

Esa morada oculta y misteriosa, cuajada de plantas acuáticas y poseedora de una flora encantada, parece el nido de toda aquella naturaleza viva que hemos dejado en los campos vecinos al camino recorrido.

Como si una vara mágica hubiera esparcido su fluido eléctrico en medio de ese oasis deslumbrador, sus moradores, agitados por un sólo impulso, conmueven un momento la tranquilidad de aquella morada, convulsionando la atmósfera con ese ruido sordo que parece provenir del centro de la tierra.

A la agitada convulsión, sólo un momento de quietud subsiste. Pronto la flora tranquila vuelve a agitarse nuevamente para dejar paso a multitud de ojos curiosos, cuyas pupilas dilatadas se dirigen rectas hacia los improvisados invasores. Primero uno, después dos, después cien, doscientos y más guanacos, brincan por las laderas vecinas en demanda de las alturas. De cada islote emprenden el viaje hacia los cielos, bandadas de aves acuáticas, espantadas todavía con nuestra brusca presentación. Y por entre el ramaje que se mueve, se escucha el constante ir y venir temeroso de aquéllos que no pueden elevarse o que más lentos en el andar, no se atreven a trepar las colinas en demanda de una libertad que no peligra.

Entusiasmados ante tanta belleza, durante una hora completa nos ocuparnos en recorrer los alrededores en donde, sólo los restos de la antigua draga, dan señales de vestigios civilizados. La ruina más completa envuelve a esa extractora de riquezas que yace medio sumergida, descansando su vientre, flotante en otros tiempos, en las arenas auríferas de la misma poza que ella formara.

Los esfuerzos gastados por los buscadores de oro, se encuentran marcados y diseminados a través de toda la Isla. Verdaderamente asombra el esfuerzo colosal que aquellos hombres gastaron para llevar al corazón de una tierra difícil de transitar, esas enormes máquinas que tan pocos beneficios proporcionaron.

La marcha de regreso debemos iniciarla pronto en atención a lo accidentado del terreno y considerando además que antes de medio día se nos espera en «Río del Oro».

Veinticinco kilómetros nos separan de Phillip Bay, distancia que, con toda felicidad, logramos recorrer en dos horas.

Aprovechando la espléndida tarde que se presentaba, creímos oportuno continuar nuestro derrotero en demanda de Bahía Gente Grande, en cuyas playas se levantan las instalaciones de la Sociedad del mismo nombre.

Después de agradecer debidamente las atenciones recibidas, emprendemos la marcha hacia el Sur.

Al abandonar los terrenos que circundan a los galpones de la Estancia, somos sorprendidos con la presencia de enormes parvas de pasto natural, cosechado en los potreros de Phillip Bay.

Una vez más apreciamos la riqueza de esos suelos, que no sólo dan alimento a los considerables piños de ovejas, que sobre ellos pastan, sino que ofrendan sus productos naturales para que sean enfardados y aprovechados lejos de esos suelos.

El camino que hemos efectuado el día anterior (Spring-Hill-Ekwern 26 kms. Ekwern-Río del Oro 35 kms.) tiene un total de sesenta y un kilómetros y, para los que viajan desde el Norte señala el último recorrido por terrenos arrendados a la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.

Haciendo un pequeño resumen de nuestra visita a las cinco últimas estancias que nos han ocupado, llegamos a que conviene considerar que la materia prima, o sea la oveja, va aumentando paulatinamente su valor. Como ya lo hemos dejado consignado en nuestra visita a Estancia Cerro Ballena; el producto que se obtiene de las ovejas, se puede considerar en cuatro formas a saber:

1) La carne.

2) La lana.

3) La cría llamada chiporro.

4) El cuero.

El precio de la primera está calculado en una libra esterlina (hoy 28 pesos).

El segundo, como término medio, dos pesos la libra. De una oveja se obtiene entre ocho, diez y doce libras de lana.

El tercero, de edad de dos meses, se avalúa entre 12 y 14 pesos. De un año pasa a figurar en la categoría de las ovejas.

El cuarto, sin lana, se paga a razón de 30 y 40 centavos.

Para terminar, diremos que a fin de año (en la primavera) una oveja que después de la esquila se compra en una libra, produce una utilidad de libra y media sobre el precio de venta o sea, el 150 % líquido sobre el capital invertido.