Visita al Biógrafo.- Viaje a la Estancia Cerro Ballena.- El Aeroplano.- Los Caiquenes.- Recuerdos de la vida de cuartel.- La Cueva del Indio.- Visita a las Dragas de Río Verde.- Benéficos resultados de las subdivisiones de terrenos.- Las Turberas.- Recuerdos de un cazador de indios.- Viaje a Boquerón.- Los arriendos fiscales.- Las reservas del Fisco.- La presentación Stipicic y el beneficio que ella significa para los intereses fiscales.- Vida del guanaco.- Vida del cururo.- Los flamencos y los cisnes.- Los baguales de la selva.- La cuadrilla de los cazadores Azócar y González.- Una tumba para los vivos.- El gas de petróleo.- Boquerón es un centro que llama fuertemente la atención del viajero y que es digno de profundas consideraciones de carácter social y económico relacionadas con el bienestar de Magallanes.
El largo recorrido de aquel día no fue motivo suficiente para que nuestro incansable acompañante se retirara a descansar. Hubimos de acceder a las reiteradas peticiones de su parte y trasladarnos al biógrafo del pueblo.
Según los informes recopilados por nuestro investigador, el biógrafo sólo hace algunos días que funciona. A pesar de las referencias poco encomiásticas que había logrado recoger, la autoridad de Tierra del Fuego no omitió sacrificios por llevar al pueblo que carecía en absoluto de toda distracción social, un divertimiento, a la par que ilustrativo, destinado a acortar las interminables noches de verano, señalando con ello un centro de reunión para las distintas familias.
No dudó que este paso dado en beneficio de los habitantes de Tierra del Fuego, traería para su iniciador el agradecimiento unánime de toda la población porvenireña. Pero el entusiasta Subdelegado, o no comprendía bien a sus gobernados o tenía una idea muy errada de los prejuicios que minan el seno social de toda población pequeña.
Los sacrificios del primer mandatario sólo fueron bien comprendidos por algunos pocos. La mayoría propaló la noticia de que se trataba de una gran especulación con beneficio directo para aquel que sólo hacia un sacrificio desinteresado. Parte del elemento nacional absolutamente ligado por fines comerciales o interesado con el elemento extranjero, se encargó no sólo de atacar al espectáculo, sino que fue el principal encargado de propagar la fantasía especulativa. Tal era el resultado lógico de la falta de criterio, de la poca o casi ninguna educación y, por sobre todo, el desconocimiento absoluto de las exigencias sociales.
La clase baja del pueblo, que constituye la mayoría de los habitantes de Porvenir, es completamente reaccionaria a toda idea de progreso y bienestar; sólo considera como buena, y la acepta, el principio del trabajo y del lucro, sea cual fuere la forma en que esto se presente.
Indudablemente que lo primero encierra un bello ideal, siempre que se vea secundado con una distribución lógica y compensada de la utilidad adquirida; esta segunda parte no se comprende ni se acepta en Porvenir. El poblador yugoeslavo trabaja, se sacrifica, acumula dinero y no ambiciona nada más. Interés por salir de ese medio ambiente, por viajar, por instruirse, por rodearse de comodidades, se desconoce en absoluto. La mayoría ignora lo que es leer, tan sólo saben poner la firma al pie de los cheques o documentos comerciales, por esta causa son desconfiados y recelosos.
Es una población sin ideal alguno; la generalidad de los extranjeros (yugoeslavos) en lo que a ilustración se refiere, permanece tal cual emigró de su patria. Sorprendidos en grado sumo de encontrarse en un país que les brindaba hospitalidad desinteresada, bienestar y dinero, se lanzaron de lleno al campo de las actividades logrando, en poco tiempo, formarse una fortuna que les permitiera hacer frente al porvenir.
Tuvieron la suerte de llegar a Tierra del Fuego en plena época de faenas auríferas; su misma pobreza los hizo ricos de la noche a la mañana y su propia ignorancia les obligó a guardar el oro que lograron acumular.
Dueños ya de un capital, conocieron los beneficios de la especulación, fue así como acrecentaron sus riquezas y se hicieron dueños de los terrenos de Porvenir.
La facilidad de vida que les procuró la carencia de Aduana en la zona Magallánica, contribuyó poderosamente a fortalecer los capitales colocados en custodia y el espléndido interés, acrecentó las fortunas.
Muy poquísimos son los que han aprovechado el fruto de su trabajo; señalados son aquellos que han viajado o que han dado instrucción a sus hijos, ya sea en institutos nacionales o en planteles extranjeros; aquellos que lo han hecho son considerados por sus compatriotas y les denominan «caballeros». Sin embargo, este ejemplo civilizador y educativo no ha sido imitado por la generalidad.
Obligados los muchachos a asistir a los Colegios del Estado, sólo permanecen en las aulas el tiempo necesario para aprender a leer y escribir medianamente. Pronto abandonan la enseñanza que con tantos sacrificios se les inculca y se dedican de lleno a las faenas del campo.
Abrumados con las rudas tareas y en medio de una naturaleza salvaje, el espíritu montaraz del hijo del oscurantismo, pronto se revela contra la civilización, olvida lo poco que sabe y vuelve a ser el analfabeto de los primeros años de la juventud.
La vida se desarrolla en esta forma y la cadena que procrea tiende a hacerse indefinida si alguna conmoción no viene a sacudir aquel sopor maléfico que vaga sobre la abandonada región fueguina.
¡Extraño contraste el de estos hijos de la ignorancia con aquellos titanes luchadores que viven a tan pocas millas de distancia!
Las aguas del Estrecho se encargan de separar dos fuentes de un mismo principio pero de un curso completamente separado. La una, fiera y arrogante ha invadido el Territorio continental e insular con el empuje de su dorada inteligencia, la otra permanece dormida y acariciada con el soplo dorado de sus riquezas.
¡Colonia feliz dentro de tus principios y ambiciones, pueda que tus hijos imiten algún día el ejemplo de aquellos que mantienen el predominio de la civilización allende las turbulentas aguas del Estrecho y sobre la inmensa costra continental!
El impuesto decretado por el Gobierno para la Aduana de Punta Arenas, vino a desconcertar la vida cómoda y barata de estos pueblos australes. La carestía que se adueñó de algunos artículos de consumo y de primera necesidad, fue un golpe fuerte asestado a los estómagos de muchos hogares. La paz general se alteró y los habitantes de este pueblo tan tranquilo experimentaron un fuerte sacudimiento.
La época de riquezas baratas pasaba lentamente; las dragas extractoras de metal amarillo dejaron de funcionar y el oro, tan abundante en un principio, comenzó a ocultarse a los ojos de los buscadores.
Los escasos hogares chilenos sufrieron, más que ningún otro, este golpe asestado contra los intereses de las familias; ello tenía una explicación lógica: en tiempos de la abundancia muy poco se preocupó el chileno de acumular para el porvenir. El poco apego que nuestro pueblo tiene por la moneda y el ningún espíritu de ahorro, característica de nuestra raza, hizo que todas las ganancias fueran a quedar en poder de los innumerables «bolicheros» yugoeslavos. Nuestra gente vivía al día, tenía plata y la gastaba toda; defecto de raza, como decimos vulgarmente. ¿Resultado de esta pobreza? La escasez, la ruina y, la moda del día, los movimientos subversivos.
En cambio, los colonos, se encontraron más ricos que en la época anterior a las contribuciones aduaneras.
La vida cara trajo como consecuencia el éxodo del poco elemento nacional y dejó en el pueblo, casi exclusivamente, elemento extranjero. Este último es el que reina en la Isla y es el que esperamos encontrar reunido en el Biógrafo, punto hacia el cual se encaminan nuestros pasos.
A las orillas del mar, en un amplio salón que se empina sobre las arenas de la playa, está instalada la naciente sala de exhibiciones. Las aguas marinas se recrean bajo los cimientos de madera de aquel solitario galpón y se encargan de efectuar diariamente el aseo y el lavado del aislado edificio.
Pertenece a un eslavo, hombre trabajador como sus compatriotas pero que goza de una fama poco encomiástica: es desprendido. Los motivos que se aducen para propalar esta última cualidad del empresario, son dos; primero, tiene un hijo al que desea educar bien (cosa inaudita en aquel pueblo), y no omite sacrificios para que el chico pueda seguir más tarde una carrera profesional; y segundo: tiene negocio y no gana mucho. Estas dos consideraciones dan motivos sobrados para que sus connacionales lo miren con cierta distancia.
tal vez sea esta la causal para que veamos casi desierta la boletería y muy poco concurrida la sala.
Galantemente invitados por el propietario, tenemos oportunidad de visitar las distintas dependencias. No son muchas; una pequeña sala con algunas mesas y una estantería con bebidas gaseosas, constituye la cantina. La cocina, punto de reunión de la mayoría de los asistentes, señala el salón de los comentarios y la sala de descanso durante los entreactos. Logramos penetrar en ella y no entendemos una palabra del endemoniado idioma que hablan los numerosos concurrentes que permanecen sentados alrededor de una mesa y se entretienen en jugar al «truco» y en beber vino tinto.
Otra pieza con una mesa y algunas sillas, señala el punto de reunión y descanso del elemento chileno; este local está casi desierto.
Penetramos, por último, al amplio salón de las exhibiciones; un galpón inmenso completamente desmantelado, con una profusión asombrosa de puertas y ventanas en sus cuatro muros, encierra el sitio de los espectáculos. Al fondo, ocho palcos rústicos construidos con madera sin pulir, dan el aspecto al teatro. La platea, adornada con bancas de madera (largos tablones con sus correspondientes soportes) ocupa el mayor espacio y señala el local de las entradas baratas.
En el muro de enfrente se extiende la sábana de proyecciones. En el centro del tabique del fondo, un cuadrito abierto en el tablero de madera, deja ver el poderoso ojo de vidrio de la máquina y señala el sitio que ocupa el operador. A un costado de la sala, fuera de ella y junto al mar, existe una especie de garita destinada a guardar el motor que quita las tinieblas del teatro, y en cuya fachada delantera alimenta la única luz que está encendida en todo el pueblo.
Al sonar la tercera campanilla, las ampolletas eléctricas pestañean tres veces dando la señal para que cada espectador ocupe su localidad.
Por la única puerta que permanece abierta en el fondo de la platea, hace irrupción un grupo compacto de figuras extrañas y desgreñadas que conversan en voz alta el incomprensible idioma eslavo. Es una veintena de personas y, según lo expresa el empresario, aquella noche acude al teatro mayor concurrencia que de costumbre. Aumentando el número que dejamos consignado, aparecen en los rústicos palcos dos o tres familias de las más acomodadas de la población.
Las localidades de platea, no reciben los honores de los recién llegados que se trepan en los palcos desocupados y se arrellanan en las sillas. Interrogamos sobre el particular al propietario del biógrafo y nos responde que la generalidad desdeña las entradas baratas y se dejan llevar por el espíritu de imitación de sus compatriotas más pudientes. Si las entradas a palco se agotan, los porvenireños prefieren renunciar a la vista del espectáculo y buscan comodidad en el recinto de la cocina donde charlan y pasan el tiempo jugando al naipe.
Junto con apagarse las luces, la cinta se proyecta sobre la sábana del frente y se inicia el movimiento de las figuras. En un principio, el silencio más absoluto hace presa de la concurrencia; nada turba el desfile interminable de los cuadros cinematográficos; la sala carece de un instrumento sonador.
Sin embargo, esta tranquilidad del público depende del argumento que se desarrolla; si resulta cómico, una explosión de hilaridad rompe el absoluto silencio del comienzo; si se presenta triste, la gente se aburre y se duerme; si se trata de algún drama, la mayoría no lo comprende y bosteza en voz alta dando muestra de su descontento; y por último, si en el transcurso de la cinta se le ocurre a los artistas abrazarse o besarse, el chasquido que sale de los labios del público se hace ensordecedor y las exclamaciones, de las cuales sólo entendemos las palabras «maico moya» (madre mía) se manifiestan a plena garganta.
Da término a esta algazara general, el timbre del entreacto. Durante los quince minutos de intervalo se repleta la cocina y se continúa la charla.
De improviso, algo lejos de aquel centro y surgiendo de entre las oscuras tinieblas de la población, se perciben claramente los acompasados acordes del acordeón. Todos los asistentes al teatro se precipitan a las puertas y llaman a grandes voces al director de la banda de Porvenir.
Poco tarda el músico zapatero en presentarse ante el público que lo ovaciona, su instrumento inseparable viene seguido de numerosos admiradores que, junto con el maestro, buscan acomodo sobre las duras plateas del teatro.
El intervalo transcurre rápido y se da comienzo a la segunda parte de la función; esta vez la velada se hace más entretenida y llevadera. El zapatero achica y agranda su instrumento, tocando con furia, melodías de su lejano país; todos los asistentes acompañan estas cadencias de la patria ausente, algunos la entonan y la mayoría la canta. Pronto la alegría se hace general. Un grupo en extremo entusiasmado, arma una algarabía espantosa y se lanza a bailar en medio de la oscuridad:
-¡Tamburiza! -gritan unos.
-¡Maico moya! -dicen otros, mientras el zapatero prosigue con más ardor la melodía que ha hecho agitarse a la concurrencia.
De pronto, el músico emocionado lanza hacia los aires su diminuto sombrero y, contagiado tal vez por el contento general, se pone de pie y prosigue su tocata danzando una cadencia original. Sólo en este momento se detiene la cinta, se ilumina el salón y el operador, balanceando un compás con su puntiaguda cabeza, la asoma por el cuadro abierto en el tabique.
Grandes aplausos y una gritería ensordecedora, glosan la terminación de la melodía y la conclusión del baile del extraño músico danzante.
La luz se apaga nuevamente y la interrumpida función se continúa. Una señora eslava que asiste por primera vez al espectáculo, formula en voz alta su protesta en vista de que la sala permanece tanto tiempo a oscuras; indignada después ante el vacío con que es acogida su protesta, se levanta y se retira lanzando miradas furibundas hacia la lente iluminada de la máquina.
Una gran carcajada acompaña a la fugitiva, en tanto que algunos espectadores encuentran muy razonable la protesta de la anciana; es la señora del lamparero del pueblo, dicen, y es muy justo que alguna vez siquiera desee ver luz ante sus ojos acostumbrados a la oscuridad.
El pase de la última película cómica señala el término de las proyecciones. A las doce de la noche el salón se ilumina por última vez y se inicia el desbande general. El zapatero se retira haciendo sonar su instrumento y rodeado por una poblada que semeja un conglomerado de locos.
Antes de abandonar el local, nos acercamos hasta el empresario y lo felicitamos muy cordialmente por el esfuerzo que ha hecho en beneficio de la sociabilidad e ilustración de Porvenir. Nos recibe junto al mostrador de su pequeño establecimiento, en cuya estantería descansa una veintena de patines; esto último nos llama la atención. Nos dice que muchas veces ha tratado de establecer un centro de patinaje pero que siempre ha fracasado. En un principio, agrega, se experimentó una verdadera furia e interés por el conocimiento y desarrollo de este hermoso y saludable sport; el clima frío de la región parecía auspiciarlo y al empresa vislumbró un buen negocio. La sala se llenó de principiantes y todo Porvenir quería deslizarse sobre ruedas. Sin embargo, el entusiasmo duró muy poco tiempo y el esfuerzo gastado por la empresa fue una vez más mal pagado por los habitantes de este pueblo tan apático. Los instrumentos rodantes fueron abandonados a un descanso eterno y a pesar de estar en venta por la módica suma de cinco pesos, no han encontrado compradores.
Ya retirados en el hotel, nuestro alegre acompañante, el señor de los catalejos, inicia la crítica de los pormenores que hemos podido recoger durante el día y se congratula satisfecho de que su costa estada en Porvenir le haya procurado momentos agradables y datos en extremo interesantes. Sin embargo, algo aqueja su espíritu observador y ello se refiere a la convicción íntima que ha dejado en su ánimo el análisis de los acontecimientos del día; estoy convencido, nos dice, que este pueblo sólo cambiará de rumbos cuando sienta la influencia protectora con que debe favorecerlo la mano del Gobierno, cuando cuente con más elemento nacional y cuando la nueva generación que hoy se levanta se de cuenta cabal de lo que significa para el ciudadano la instrucción, el progreso y la sociabilidad.
Consecuentes con el plan de turismo que conviniéramos aquella misma noche, apenas nos lo permitió la temprana luz del día, emprendimos viaje hacia la pequeña estancia «Cerro Ballena». Esta vez hacemos el recorrido cómodamente instalados en un liviano coche arrastrado por dos robustos trotones.
«Cerro Ballena» está ubicada hacia el Sur-oeste de Porvenir y, poco más o menos, a una hora del pueblo. Pertenece, en arriendo a uno de los muy pocos chilenos que trabaja por cuenta propia en la Isla; la obtuvo en remate en la licitación que se verificó en Punta Arenas el 1.º de abril de 1918 en cumplimiento del Decreto Supremo N.º: 58 de fecha 29 de enero del mismo año.
Corresponde al lote 63, consta de 1132 hectáreas y el precio de arriendo anual sube a la cantidad de dos mil setecientos sesenta pesos.
El camino que desde Porvenir nos debe conducir hasta la Estancia, es algo accidentado y está sujeto a los desperfectos que ocasiona el tiempo: la mantención y cuidado de él corresponden al Fisco.
Después de abandonar el pueblo, bordeamos todo el inmundo fondo de la bahía e iniciamos la peligrosa ascensión hacia la cumbre de las colinas que cierran al pueblo. Desde lo alto se dominan perfectamente los alrededores y la vista abarca un horizonte inmenso que después de salvar las aguas del Estrecho, va a estrellarse contra los altos murallones de los cerros continentales.
El señor de los catalejos no desperdicia esta ocasión para alargar su fiel instrumento y ver allá muy lejos, perdida entre la bruma y junto al fondo oscuro de las colinas ribereñas, la silueta de la Metrópoli Magallánica que lanza hacia los aires los negros penachos de sus infinitas chimeneas. Sobre el inmenso espejo líquido de la rada que argéntea al recibir los primeros rayos del sol, se destacan perfectamente las caprichosas figuras de los innumerables barcos surtos en la bahía.
Doquier que la vista se dirija, la naturaleza muestra sus encantos seductores y convida a muda contemplación. Mucho rato hubiéramos permanecido sobre aquella cumbre, si el motivo de aquella excursión no nos hubiera obligado a seguir adelante.
El terreno que se extiende a nuestro frente está completamente tapizado con una cadena continuada de pequeñas y suaves colinas. Todo aquel campo está destinado al pastoreo de lanares que pertenecen a pequeños propietarios yugoeslavos.
Muy pocas construcciones turban la monotonía agreste del paisaje; una que otra casucha señala la morada de algún viviente guardador de ganado.
Cultivos no observamos por ninguna parte, sólo el pasto natural se levanta orgulloso en aquellos campos, como demostrando que él es el rey de aquella naturaleza.
La ruta corre faldeando las pequeñas colinas, los accidentes del terreno quedan reducidos a lagunas de todas formas y tamaños, que se presentan con continuidad asombrosa; a todas ellas dan vida una multitud de aves acuáticas.
Las aguas son salobres y no sirven para la bebida de los animales.
Media hora de marcha nos deja junto a una tranquera que da entrada a un camino vecinal; por esta vía debemos seguir y abandonar el camino principal que continúa su avance hacia Santa María y Boquerón, estancias que después visitaremos.
El recorrido que ahora hacemos es sumamente accidentado y peligroso. El terreno es duro y seco y se encuentra cubierto con piedrecilla y cascajo; las laderas de las colinas tienen gran pendiente y la huella que demarca el camino apenas se percibe a causa de que no se ha hecho desmonte alguno. Las subidas y bajadas son innumerables y el vehículo patina constantemente.
Los terrenos que se extienden a ambos lados del trayecto, como los anteriormente recorridos, están dedicados a la crianza de lanares.
Al trasmontar la parte más alta que nos separa de «Cerro Ballena» hacemos alto sobre la cumbre de la colina y nuestro acompañante arma su instrumento observador.
El continente siempre aparece cerrando el horizonte hacia el noroeste. Hacia el Este, los altos cerros de «El Cordón» se elevan desde el centro de Tierra del Fuego y muestran innumerables entrantes que son la cuna de otros tantos cañadones. Por la parte del Sur, hace irrupción hacia los cielos la inmensa mole blanca de la Isla Dawson que aparece como un diamante colosal al refractar los potentes rayos de un sol que brilla esplendoroso.
Junto a nuestros pies, se extienden pastizales repartidos en manchas caprichosas y cercadas por infinitos cierros de alambrados. Algo distante surge de improviso, la silueta firmemente diseñada de la «Laguna Verde»; sus aguas de un color verde oscuro, duermen tranquilas el postrer sueño de la madrugada. Una diadema de fuego se extiende por las riberas de aquel lado dormido; es la roja flor del «ciruelillo», arbusto de forma galana y encantadora, único adorno de estos parajes solitarios. Ajeno a los perfumes tan codiciados por los admiradores de la naturaleza que vive, deja colgar sus pequeños cálices purpurinos junto al verde follaje de sus ramas. ¡Oh Primavera!, qué galana te muestras doquier extiendas tus encantados efluvios!, ¡jamás has mostrado a los ojos del turista un panorama más encantador! En medio de aquel terreno virgen y despoblado, nada turba el reposo de la señorial mansión. ¡Oh!, ¡cómo atrae la mirada aquella inmensa esmeralda líquida engastada en millones de rubíes que se agitan y que viven!
Un ruido que se pronuncia a cubierto de unas robustas matas de calafate, dan término a nuestra prolongada observación. Un extraño vehículo surge de improviso por entre el tupido y bajo follaje y se dirige hacia nosotros.
-Es el «aeroplano» del Sr. Quintana -nos dice el auriga de nuestro coche-, el propietario de esta estancia es muy amable y siempre acude al encuentro de los visitantes.
Efectivamente, el Sr. Quintana detiene su «aeroplano» y nos saluda cariñosamente. Durante el recorrido que hacemos hasta su casa, nos proporciona algunos detalles referentes a su fortuna.
-Hace años que llegué a estas tierras -nos dice- sin otro patrimonio que mi firme voluntad de trabajo y una salud capaz de resistir un combate contra todas las epidemias del mundo reunidas. La tarea más ardua que debe vencer el chileno trabajador de estas regiones, no es el clima ni el esfuerzo que demanda la rudeza de las faenas, el combate que mayor desgaste le causa, es la lucha constante que debe sostener con un elemento capitalista extraño al país y con el ambiente marcadamente extranjero que rige los destinos de Magallanes.
Es muy difícil que el elemento nacional encuentre protección decidida por parte de los grandes estancieros, pues la lógica de la vida exige que la protección se ejercite en favor de aquellos que pertenecen a la misma sangre y al mismo idioma.
Por lo dicho, pueden Uds. apreciar cuánto he tenido que batallar para llegar a ver coronado por el buen éxito mi sacrificio de muchos años.
Para que Uds. puedan apreciar debidamente la aseveración que acabo de hacerles, voy a citarles un hecho que se presentó hace una semana en los salones del «Club Chile» en Porvenir.
Juntos charlaban alrededor de una mesa algunos extranjeros, radicados hace tiempo en Magallanes, con algunas personas pudientes de esta región. En el transcurso de la conversación, más inglesa que española, un estanciero se mostró sumamente admirado porque un hijo del país, un chileno, declaró que no comprendía el inglés:
-¿Es posible -exclamó estupefacto-, que en diez años que Ud. vive en Porvenir todavía no hable el inglés?
Este hecho, absolutamente verídico, da a Uds. una prueba palpable del elemento que manda en la Isla; por otra parte nada quiero agregar, toda vez que Uds. visitarán las distintas actividades de Tierra del Fuego y podrán recoger impresiones personales.
El español casi no se habla en la Isla, por esta causa, al chileno le es difícil surgir del medio ambiente en que vive. Si bien es cierto que nuestro pueblo se amolda con facilidad a las costumbres e idiomas extranjeros, no es menos cierto que ello sólo le sirve para tener opción a un empleo inferior, de baja categoría, teniendo siempre como superiores a personas extrañas al país.
En medio de tan interesante charla, hemos salvado la última parte de la carretera, cuya característica es correr por un terreno sin huella alguna y sembrado de raíces de calafates que nos han obligado a avanzar dando saltitos.
Las casas de la estancia se levantan en la falda de una colina y junto a la ribera de una pequeña laguna.
Atendidos galantemente por el dueño de casa y sus dos hijitas, pasamos algunos momentos preocupados en calmar los llamados de nuestros debilitados estómagos; mi acompañante anota:
-Por primera vez, desde nuestra partida de Puerto Montt, gustamos la suculenta y bien condimentada comida chilena. Los vinos son de nuestros suelos privilegiados y se beben con mayor placer que los costosos y a veces deficientes vinos extranjeros. Estamos bajo un techo chileno y junto al ambiente agradable y sincero de nuestra raza. Es uno de los momentos más agradables de nuestro viaje.
Entre las conversaciones tenidas durante la sobremesa, logramos conocer los antecedentes que dieron origen al nombre de «Aeroplano» con que se distingue al coche del señor Quintana; el propio anfitrión, sonriendo, nos dio los siguientes detalles:
-Mi coche -nos dijo- fue un carruajito caro que mereció los honores de la importación, hoy día, como Uds. lo han visto, es un aparato bastante original. Lo he acondicionado en forma tal, que puede considerarse construido especialmente para transitar por parajes accidentados y difíciles; puede viajarse en él con la seguridad más absoluta, nada importan las tempestades, los caminos malos, las bajadas a pique o los grandes vientos. En sus buenos tiempos fue un cochecito de lujo, pero el tránsito obligado por estos campos ajenos a calzadas o caminos, le hicieron perder paulatinamente sus buenas formas y junto con ellas parte de su estructura. A fuerza de repuestos elaborados en casa, se ha amoldado al clima y al terreno. Hoy no puede considerarse un vehículo de presentación, pero sí un medio de transporte muy cómodo. Sirve para todo; sólo tiene dos asientos, pero gracias al desaparecimiento del respaldo, caben cuatro personas que deben buscar la comodidad apoyándose sobre las espaldas. En la parte posterior, ajena a la tapa, puede llevarse un cargamento completo. Sobre el eje de las únicas ruedas, la caja se sujeta en forma tal, que queda colgante, lo que le permite tener un equilibrio estable; está fabricado a manera de brújula de barco. Aunque las pendientes sean muy pronunciadas, sólo las ruedas pierden la horizontal, la caja jamás se descompone. Lo estimo y lo aprecio sobre manera, pues lo considero obra exclusivamente mía; las ruedas, casi toda la caja, las varas, etc. me han costado muchos sudores y buenos martillazos.
Las horas de la tarde fueron dedicadas a una visita por los campos. Junto a la casa y sobre las tranquilas aguas de la pequeña laguna, nadan gran cantidad de patitos domésticos; algunos «caiquenes» nuevos, incubados por una gallina, les hacen compañía.
La carne de los caiquenes, nos dice el dueño de casa, es muy apreciada cuando se obtiene tierna; el ave vieja tiene carne dura y muy poco agradable al paladar. El «caiquén» es un ganso silvestre, difiere muy poco de la especie que conocemos en el centro del país. Abunda enormemente en Tierra del Fuego y en la Patagonia y constituye una verdadera plaga para la ganadería; consume, según algunos, lo que basta para la alimentación de una oveja; según otros, el daño que ocasiona es de mayor consideración, pues destruye tres veces una cantidad igual a la que le sirve de alimento. Aparece en bandadas enormes; mil, dos mil y a veces en número superior, se presenta oscureciendo el cielo y llevando el pánico hasta los comarcanos ovejeros. No sólo destruye y arrasa los campos, sino que su estiércol es de tanta fuerza, que impide el crecimiento de nuevo pasto.
Se alimenta de yerbas y del grano de las siembras.
Quienes lo comen de preferencia son los yugoeslavos; lo saben preparar con condimentos especiales.
Se pretende exterminarlos organizándose verdaderas caserías hasta los puntos donde el «caiquén» deposita los huevos. Con este procedimiento se obtienen dos beneficios, se impide la incubación y se aprovechan los huevos que tienen un sabor muy parecido a los de gallina.
En la primavera, que es el tiempo de los pichones, constituye un verdadero pasatiempo salir al campo y darles caza. No vuelan, pero corren con una rapidez sorprendente; sólo pueden utilizar las alas cuando han llegado al período de pleno desarrollo.
Es verdaderamente curiosa y original la forma y las «tretas» que usan los padres para defender la pollada. Siempre permanecen junto a ellos; al menor ruido sospechoso, los polluelos se agazapan y desaparecen junto a la yerba. Es en este momento cuando la madre da muestra de toda su ternura; sin volar, deja aproximarse al cazador y sólo cuando este está muy próximo, inicia una fuga lenta y pesada; sin levantarse del suelo, avanza a pequeños saltitos y arrastra una ala como si estuviese herida; en esta forma atrae al cazador y lo aleja de los pequeños caiquenes que permanecen inmóviles y protegidos por un mimetismo sorprendente.
Mientras la madre ejecuta su peligrosa defensa, el padre se mantiene a conveniente distancia del cazador, haciéndole perder la verdadera ubicación del escondite de los polluelos. De cuando en cuando el macho se eleva por los aires y hace una visita de inspección al sitio donde están sus hijos y, sólo cuando los pichones se encuentran a salvo por haber buscado refugio sobre las aguas de alguna laguna o en el mar, el padre vuelve junto a la madre y desde los aires grazna la señal de salvación. Es de ver entonces a aquella ave que se arrastra herida; de un solo sacudón libra del polvo a su ala falsamente rota y dando un graznido de satisfacción, remonta el vuelo en busca de su cría.
El cazador neófito se deja sorprender fácilmente por esta hábil estratagema, no así los pilluelos comarcanos que casi siempre se apoderan de los pichones.
Otro poderoso destructor de estas aves es el zorro fueguino, astuto animal, que no sólo destruye los huevos y las crías sino que se banquetea con los padres cuando logra cazarlos.
Frente a la laguna y a la casa en que nos encontramos, se extiende el campo con las ovejas.
Como el joven estanciero comienza a trabajar en esta clase de faenas, tiene un número reducido de lanares, el total no sobrepasa de dos mil. El año que viene, nos dice, tendrá más campos y más ovejas.
El porcentaje de las pariciones ha sido escaso, sólo dos o trescientos corderitos. El estanciero nos explica esta falta de aumento en el ganado, diciéndonos que por ahora sólo se dedica a la engorda y al aprovechamiento de la lana.
-En esta tierra chilena -agrega- toda transacción comercial se efectúa a base de libra esterlina, chelines y peniques. Para el que recién llega a estos campos, este sistema significa una verdadera confusión y se ve en la necesidad absoluta de refrescar los conocimientos sobre el cambio.
El producto que se obtiene de las ovejas debe considerarse en cuatro formas, a saber:
1) La carne.- 2) La lana.- 3) La cría (aquí se llama chiporro).- 4) El cuero.
El precio de la primera se calcula en una libra esterlina, hoy día veintidós pesos m. c.
El valor de la segunda fluctúa, como término medio, en dos pesos la libra. De una oveja se obtiene entre ocho, diez y doce libras de lana.
El tercero, a la edad de tres meses, se avalúa en diez y once chelines (once, doce y hasta catorce pesos).
Respecto al cuero, sin lana, vale entre treinta y cuarenta centavos.
En resumen, al finalizar el año (en la primavera), una oveja cuyo valor es de una libra después de la esquila, o sea veintidós pesos, produce treinta y dos pesos líquidos de utilidad. El negocio no puede ser más claro; dentro del año se obtiene un interés del ciento cincuenta por ciento sobre el capital invertido.
Tan interesante exposición nos la ha hecho el Sr. Quintana durante nuestro accidentado recorrido por el campo. El inmenso terreno se prolonga hasta el infinito, alimentando una cantidad considerable de calafates y ciruelillos.
El primero de éstos es un arbusto que se levanta hasta dos metros sobre el nivel del suelo; de madera enmarañada, nudosa y flexible, no tiene otra particularidad que el de producir un fruto negro muy parecido al del maqui, de un sabor agrio que agrada. Existe en la Isla una tradición: Dice que el forastero que come el fruto del calafate, echa raíces en Tierra del Fuego y no abandona más esas regiones; aunque no somos supersticiosos, nos abstenemos de comer aquel peligroso fruto. Respecto al «ciruelillo», es sobradamente conocido en el centro del país para hacer de él una descripción, sin embargo, en aquellos parajes ajenos a flores y verduras, el ciruelillo se presenta como el rey de esos campos infinitos y sus hermosas flores semejan pequeñas campanillas que se agitan; son tan codiciadas y estimadas como lo es el elegante copihue de nuestras selvas araucanas.
Nuestro alegre observador no encuentra nada nuevo sobre lo cual dirigir su vidrioso aparato, y como ya la tarde comienza a dejar sentir un fresco poco agradable, emprendemos el regreso a las casas. Nuestros valientes estómagos soportan con agrado el nuevo chaparrón que se nos ofrece y el Sr. Quintana, de sobremesa, nos regala con la siguiente historia que reproducimos con agrado, por ser ella verdaderamente interesante y narrada por el protagonista de tan peligrosa aventura.
El Sr. Quintana dio comienzo a su narración en los siguientes términos:
-De esto hace ya muchos años; me encontraba haciendo mi servicio militar en el Cuartel Magallanes; la instrucción duraba entonces tres meses.
Quiso mi mala suerte que por una falta a la disciplina, fuera encerrado en un calabozo en compañía de un indio fueguino (ona) que se había hecho reo del mismo delito que yo purgaba.
¿Desean Uds. conocer los motivos de nuestros castigos? Voy a referírselos: La tropa se encontraba acuartelada a causa de ciertos movimientos populares, sediciosos, tan comunes a esta apartada región. Sólo se nos permitía salir del cuartel y no avanzar más allá de cincuenta metros de la puerta principal; dentro del área formada por este circuito, no permanecía ningún elemento extraño al militar.
El rancho que se nos daba en aquel tiempo no era muy abundante, por lo que nos veíamos obligados a adquirir algunos comestibles, que vinieran a llenar los vacíos que a diario se producían en nuestros estómagos. Permanecer acuartelados, era un verdadero martirio, tanto más, cuanto que en las proximidades del cuartel se instalaban venteras que freían jugosas empanadas, creadoras de un olorcillo que nos hacía sufrir las penas de Tántalo. Fue así que aquel olor penetrante y atrayente, nos hizo dar un paso más allá del límite permitido y dar con nuestros cuerpos en la oscuridad de un calabozo. ¡Maldita ventera!; nunca olvidaré como aquello sucedió! Fue una tarde; el oficial de guardia rondaba las dependencias interiores, y muchos soldados tomábamos un poco de aire puro en la puerta del cuartel. El olorcillo a frituras llegaba penetrante hasta nuestras narices y nos incitaba poderosamente a la masticación.
Calculé muy bien los cincuenta metros y me aproximé a una ventera; por los aires vinieron hacia mí algunas empanadas envueltas en un pañuelo, pero la vendedora, al lanzarlas, o no calculó bien la distancia o le faltaron las fuerzas; el hecho fue que el envoltorio cayó un metro más allá de los cincuenta consabidos; un indio, compañero de filas, se apresuró a recogerlo. Nunca lo hiciera; el arrogante Sargento que estaba de servicio había observado la maniobra y nada había dicho, sólo cuando mi compañero se encontraba con el delito en las manos, se acercó hasta nosotros y sin formular una palabra, midió la distancia y contó cincuenta metros. Nos quitó después pañuelo y empanadas y nos denunció al Oficial por conato de deserción. Bien poco entendíamos de Ordenanza Militar y, medio muertos de susto, recibimos el castigo y nos encerramos en el calabozo.
Aquello marcó para mí el comienzo de muchas penurias y para mi desgraciado acompañante la iniciación de un trágico final para su vida.
Dentro del ambiente común que genera la misma desgracia, bien pronto comenzó el indio a hacerme confidencias más o menos sinceras.
Dos días de cautiverio fueron suficientes para que me confiara el siguiente secreto:
-Nuestros antepasados -me dijo- vivieron felices y confiados en Tierra del Fuego, hasta el momento en que la raza blanca llegó a explotar esos inmensos campos vírgenes, hasta entonces, ajenos en absoluto a la mano destructora del civilizado.
La vida de nuestros padres se deslizó feliz y sin contrariedades gracias a los medios de subsistencia con que les brindara la naturaleza. Todo el trabajo se reducía al desgaste físico que les ocasionaba la caza de los animales salvajes, únicos dueños absolutos de los fértiles cañadones y exuberantes bosques de esas extensas comarcas.
El civilizado comenzó por poblar nuestras tierras con guanacos blancos (ovejas) y a defender sus lanares dando muerte a los confiados indios.
Para llevar a cabo este exterminio, disponían de armas de fuego y de perros feroces que trajeron desde regiones apartadas.
Cazadores especiales se dedicaron a la caza de carne ona y la ferocidad que desplegaron para exterminar a los indefensos nativos, en un principio, trajo un pánico indescriptible entre las diferentes tribus indígenas.
Pasado el primer estremecimiento de horror, quiso la suerte que aquel pánico se convirtiera en un odio profundo por todo aquello que fuese blanco; así fue como los nativos dieron comienzo a una guerra encarnizada contra los europeos y contra sus intereses. La carne de guanaco blanco sustituyó a aquélla que hasta entonces fuera nuestro principal alimento y se dio comienzo a la organización de expediciones destinadas al exterminio de los que querían usurpar nuestros terrenos.
¿Pero, qué podrían hacer esos pobres defensores de sus derechos, armados solamente con débiles flechas de madera, contra unos usurpadores que disponían de la impunidad y de excelentes armas de fuego?
Tuvieron, pues, que desistir de tan desigual lucha y buscar refugio en el interior de las selvas. Hasta este último baluarte llegaron algunos blancos, y cansados tal vez de aquella matanza sin precedentes, parlamentaron con los nativos ofreciéndoles víveres y comodidades a cambio de un metal amarillo, cuyo valor los indios desconocían en absoluto.
Fueron tan buenas y tan reiteradas las ofertas que hicieron, que pronto se despertó la codicia entre los onas y tribus enteras se dedicaron a recoger el oro que hasta ese momento se había despreciado y permanecía abandonado, descansando sobre los pedregosos lechos de los distintos ríos de Tierra del Fuego.
Ningún indígena se dedicó a negociar con los extranjeros. Los jefes de tribus se mancomunaron para ocultar todo aquel tesoro a fin de que los blancos no disfrutaran del beneficio.
Mi padre fue nombrado depositario y cuidador único de aquellas riquezas inmensas que hasta la fecha permanecen ocultas en el centro de Tierra del Fuego.
En cierto lugar determinado, existe una profunda cueva cuya ubicación sólo fue conocida por mi padre, y más tarde, a la muerte de él, por su hijo mayor que soy yo y que según el acuerdo de las tribus, debía ser el único heredero y depositario de aquel secreto. El montón de oro yace intacto en el interior de la cueva; persona alguna lo ha tocado ni lo tocará hasta el momento en que yo, personalmente, determine el sitio preciso en donde se encuentra.
El exterminio casi total de los nativos, causado tanto por las balas del extranjero como por las enfermedades que estos llevaron a la Isla, ha dejado sin propietario aquel inmenso tesoro y sólo podrá presentarse a los ojos de algún viajero, el día en que un gran cataclismo tenga a bien depositarlo sobre la superficie de la tierra.
-Hasta aquí -nos dice el señor Quintana-, la historia que el indio me contó aquel día. Días más tarde, al octavo de cautiverio, mi compañero se declaraba íntimo amigo mío y las preguntas que a diario le dirigía, concluyeron por decidirlo a que organizáramos una expedición y tomáramos posesión del tesoro escondido, tan pronto como concluyera nuestro servicio militar.
Consecuentes con nuestra idea expedicionaria, tan pronto abandonamos las filas del Ejército, nos despedimos de nuestros compañeros de armas y dedicamos todas nuestras actividades en procurarnos los medios indispensables que debían conducirnos hasta el fin perseguido.
Escasos de dinero, recurrimos al auxilio de algunos amigos a quienes hicimos partícipes de nuestras intenciones y a quienes nos vimos obligados de aceptar como compañeros de viaje y de fortuna.
Por la causal anterior, el número de expedicionarios se compuso de los dos protagonistas y dos socios capitalistas agregados.
Con el dinero que se logró reunir, fletamos una pequeña goleta y compramos seis caballos. Muy escasos de abrigos apropiados para la región que íbamos a reconocer, sólo conseguimos en el cuartel una carpa individual que se destinó como única cubierta para los futuros campamentos.
Mayores preparativos no hicimos; con los escasos recursos reunidos, una alegre mañana, partió la expedición desde las playas de Punta Arenas; la goleta infló sus velas al viento y puso proa en demanda de las ansiadas costas de Tierra del Fuego.
Me olvidaba decir que entre las especies de mi reducido equipaje mantenía ocultos algunos cartuchos de dinamita, destinados a romper las capas de tierra que pudieran dificultar los trabajos de despejo en la «Cueva del Indio».
Cuatro horas de fácil navegación, nos dejaron junto al puerto de Porvenir; al desembarcar se nos registró el equipaje y habiéndoseme encontrado la dinamita, se me declaró sospechoso y fui recluido en el cuartel de policía.
Afortunadamente, las felices gestiones de mis compañeros y mi antigua amistad con un conocido y prestigioso comerciante del pueblo, me libraron de tan importuna prisión dejándome en libertad incondicional.
Activamos en buena forma los últimos preparativos y en la mañana siguiente a nuestra llegada, provistos con los alimentos indispensables, emprendimos la marcha hacia el interior de la Isla.
Hasta esos momentos, mis compañeros de aventura habían manifestado desconfianza a lo aseverado por el indio; yo, a decir verdad, no le tenía plena confianza, por cuyo motivo, sin perderlo de vista, le hicimos marchar a la cabeza de la expedición. En esta forma caminamos durante cuatro penosos días; las matas de calafates, la enmarañada maleza y por sobre todo los accidentes del terreno y el frío de las noches, agotaron visiblemente nuestros debilitados organismos. Sin embargo, la observación constante de los parajes, trajo a mi imaginación las minuciosas descripciones del terreno que el indio me hiciera en el calabozo, ellas coincidían perfectamente y reforzaron en mi ánimo la confianza de un feliz éxito en la expedición. Tan grabadas habían quedado en mi mente las explicaciones del indio, que me parecía transitar por comarcas que ya conociera palmo a palmo.
Olvidaba advertir que durante el tercer día de marcha y en los momentos que menos lo esperábamos, un nuevo compañero vino a aumentar el número de los expedicionarios. Junto a unas malezas encontramos recostado un hermoso ejemplar de perro ovejero; como era ya caída la tarde, resolvimos acampar en aquel sitio y trabar amistad con aquel abatido animal. Examinado el ovejero, pudimos constatar que se encontraba ligeramente herido en una de sus patas, además, nos pareció que el cansancio y la falta de alimentos era la única causal que le retenía en aquel sitio.
Cuidadosamente tratado, logramos reanimarlo pronto y el descanso de la noche, junto al calor de nuestros cuerpos, le devolvió su perdida vitalidad; al día siguiente acompañaba a la cabalgata sin dar muestras de gran extenuación.
El quinto día pernoctamos en medio de un terreno salvaje y árido, sólo la esperanza de alcanzar pronto nuestro objetivo, nos daba ánimo suficiente para desafiar aquella ruda naturaleza. Con las primeras luces del día sexto, emprendimos nuevamente la marcha; una fuerte tensión nerviosa se había apoderado por completo de nuestros organismos y a ello contribuía, poderosamente, la confianza ciega que teníamos en el feliz éxito de la penosa expedición.
El nativo se mostraba un poco inquieto; parecía no estar bien orientado o no recordar con toda precisión la ruta que debía seguir; por esta causa la marcha se hacia lenta y se perdían horas preciosas. La oscuridad de aquella tarde, concurrió a aumentar nuestra nerviosidad y con sentimiento general hubimos de extender, una vez más, la única carpa que nos servía de techo durante la noche. Azotados por el intenso frío de aquellas regiones, contemplamos con angustia que los alimentos habían disminuido considerablemente, lo que nos obligó a hacer economías en las porciones para los días siguientes.
La jornada séptima fue larga y de rodeos continuos; a cada momento el guía se detenía, observaba minuciosamente el terreno y volvía a emprender la marcha. Muchas veces nos dijo que estábamos en las inmediaciones de la cueva y que era cuestión de momentos el dar con ella.
Le interrogamos categóricamente sobre los motivos de su indecisión y el nativo nos calmó, asegurándonos que el terreno había cambiado de aspecto. En verdad, ello debía de ser efectivo; estábamos detenidos en las laderas de un profundo y accidentado cañadón en donde los rodados, la nieve y el viento, son factores suficientes para cambiar a su antojo la configuración del suelo.
Al caer aquella tarde, medio desesperados a causa de la fuerte tensión de nuestros nervios, echamos pie en tierra para armar el campamento; nuestra sorpresa fue profunda cuando llegamos a constatar que estábamos sobre el mismo terreno donde habíamos pernoctado al final de la jornada anterior. El guía se encargó de sacarnos de nuestro asombro explicándonos el gran rodeo efectuado aquella tarde y alentándonos con la certidumbre de estar muy próximos a la cueva, cuya ubicación debía necesariamente quedar fijada al día siguiente.
Alimentando esta última esperanza, nos entregamos al reposo.
El día ocho lo dedicamos a hacer exploraciones en los alrededores. No muy distante del lugar donde habíamos acampado, tal vez a unos diez minutos escasos, el guía se detuvo largo rato y después de observar detenidamente el terreno, nos dijo:
-En la cumbre de esa loma, siguiendo la línea que marca la pequeña quebrada que corre hacia el fondo del cañadón, existen dos especies de chimeneas naturales que señalan los ventiladores de la profunda cueva que guarda el oro. Subamos hasta esa colina y si descubrimos los dos respiraderos, no nos queda sino bajar directamente hasta el fondo del cañadón y abrir la puerta que debe dejarnos en poder de la fortuna.
No había aún el indio terminado su indicación, cuando nos lanzamos precipitadamente en demanda de la altura. Al culminar la cúspide de aquella colina que debía darnos la alegría o la desesperación, un solo grito estalló en nuestras gargantas y, rendidos casi por aquel postrero y supremo esfuerzo, quedamos un momento inmóviles contemplando las dos chimeneas que el nativo nos diseñara.
Nuestros pulmones respiraron cuanto aire pudo caber en ellos y el corazón golpeó tan fuertemente en las paredes del jadeante pecho, que nos vimos obligados a tendernos en demanda de reposo. La alegría inmensa que nos invadió, sólo un momento paralizó nuestros esfuerzos; repuestos rápidamente de esta primera y fuerte impresión, descendimos hasta el fondo del barranco en busca del paso codiciado que debía colmar con creces las fatigas de nuestra angustiosa peregrinación.
Inmensos rodados aparecían acumulados sobre la estrecha abertura y el trabajo constante del tiempo se había encargado de hacer cada vez más impenetrable el paso natural que antes dejara puerta libre al cuidador de aquel tesoro. Reunidos en pequeño comité, se resolvió aplicar, sin pérdida de tiempo, los cartuchos de dinamita. Se me comisionó para tan peligrosa operación, atendiendo a mis recientes conocimientos militares. Aunque bastante neófito en la materia, apliqué la mecha a los cartuchos que coloqué bajo aquella enorme masa de tierra, encendí después el extremo de la guía y me retiré a prudente distancia en espera de los resultados.
Transcurrieron algunos minutos. Con verdadera impaciencia deseábamos oír la formidable deflagración que debía elevar por los aires a aquellos inmensos rodados.
La mecha, al quemarse en combustión lenta, dejaba escapar espesas volutas de humo blanco que se elevaban en formas caprichosas. Una última llamarada de aquella combustión que se nos hacia eterna, nos anunció el principio del fin; instintivamente nos tapamos los oídos y esperamos el cataclismo.
Transcurrieron cinco minutos y nada dio muestras de destrucción en nuestro derredor. ¿Qué había pasado?, ¿estaría mala la dinamita?, no lo sabíamos, y ello fue causa para que nuestra inmóvil expectación se prolongara por más de quince minutos.
Lo peor del caso, es que bien poco conocía respecto al empleo del explosivo y ante el peligro de que todavía pudiera producirse la explosión, no me atrevía a aproximarme hasta la boca de la cueva.
Nerviosos y timoratos en presencia de aquel primer fracaso, nos mirábamos los unos a los otros sin encontrar una solución a tan difícil problema. ¿Qué debíamos hacer? ¿esperar? ¿hasta cuándo?; nada sabíamos.
Afortunadamente, lo avanzado de la hora nos libró de tan embarazosa situación; de común acuerdo dejamos la dinamita en su lugar y nos dedicamos a preparar el rancho.
Durante esta nerviosa y precipitada merienda consumimos los últimos comestibles que aún conservábamos y nuestro fiel compañero, el pobre perro, apenas tuvo una piltrafa que engullir. ¡Pobre animal! siempre recuerdo con mucha pena aquel día en que prescindimos en absoluto del hermoso ovejero, destinado, tal vez por la Providencia, a prestarnos enormes y útiles servicios en el final de nuestra azarosa expedición.
Concluido el almuerzo, me aproximé cautelosamente hasta el sitio que a esas horas debiera encontrarse abierto y, reuniendo toda mi sangre fría, me decidí a retirar el explosivo: ¡Estaba intacto!
Convoqué a mis compañeros y les expliqué, a mi manera, los motivos de este primer fracaso; motivos que yo mismo ignoraba y que según lo supe más tarde, sólo se debieron a la ausencia del detonador con fulminato de mercurio.
Esta última y dolorosa prueba que se desprendía de nuestra precipitación e inexperiencia, no fue obstáculo para que nos dedicáramos a extraer la tierra a fuerza de puños; sólo una picota habíamos traído desde Porvenir.
Ardua tarea fue la que emprendimos, sin embargo, lo hicimos con tal ardor y entusiasmo, que al cabo de seis horas de trabajo habíamos despejado un pedazo apreciable de terreno.
Con las manos ensangrentadas y doloridas y los cuerpos completamente desfallecidos, abandonamos aquel día el trabajo y nos entregamos a un reposo bien merecido.
Aquella tarde no comimos; el cansancio abrumador nos durmió lentamente y el sueño reparador tranquilizó, en parte, nuestros excitados organismos.
La mañana siguiente, aún en tinieblas, continuamos el trabajo iniciado el día anterior. Un percance de capital importancia vino a entorpecer la marcha rápida de la extracción: ¡La picota se quebró!
Entregados únicamente a la fuerza de nuestros puños, avanzamos muy lentamente a pesar de haber trabajado durante toda la mañana.
A mediodía, completamente fatigados, suspendimos tan penosa tarea y nos sentamos a descansar un momento. El hambre y la sed nos devoraban. Afortunadamente, logramos encontrar agua en abundancia y ella calmó, en parte, nuestros desfallecidos cuerpos. Cuando quisimos reanudar el trabajo, tuvimos que rendirnos ante la impotencia de nuestros flácidos músculos; la falta de alimentos comenzó a dejar sentir sus funestos efectos en forma tal, que todos los ojos se dirigieron hacia el valiente ovejero que permanecía tendido junto a los caballos. El perro nos contemplaba con una tristeza infinita y la dirección de su mirada buscaba mi vista como demandando una orden.
Sólo yo comprendí la importancia de aquella súplica; mis compañeros, menos penetrados tal vez de la inteligencia de aquel animal, sólo vieron en él una víctima capaz de ofrecerse a la voracidad de unos estómagos hambrientos. En un momento se decretó la muerte del ovejero, decreto inaudito al cual me opuse con todas mis fuerzas, llevando al ánimo de mis desgraciados compañeros la idea de abnegación y sacrificio de que están dotados estos valientes auxiliares de los cuidadores de ganados.
Bastó sólo una indicación de mi parte para que el hermoso ovejero emprendiera la carrera y desapareciera ante nuestra vista a través de los inmensos matorrales.
Quise guardar mi secreto a fin de darles una sorpresa a mis desfallecidos compañeros, pero al notar la palidez y extenuación de que empezaban a dar muestras sus semblantes; hube de participarles mis sentimientos:
-El perro -les dije- ha salido en busca de alimento y pronto tendremos carne suficiente para calmar nuestras necesidades.
Con la esperanza de una próxima comida, reanudamos el penoso trabajo que en forma tan lenta habíamos comenzado en la mañana. Con muy poco beneficio, transcurrieron monótonas y pesadas las largas horas de la tarde.
Al caer la noche, apenas podíamos mantenernos de pie. Los dos entusiastas compañeros que en Punta Arenas se habían agregado a la interesada expedición, comenzaron a dar muestras de un decaimiento profundo y nos participaron la idea de regresar pronto a algún paraje poblado. Como teníamos la noche por delante, convinimos en dejar la discusión del regreso para la mañana siguiente; tal cosa se acordó al manifestar mi opinión de que el perro pudiera regresar trayendo algún alimento.
Sin embargo, tan buenos propósitos no fueron debidamente aquilatados por nuestros angustiados compañeros; la brillante claridad de la luna de media noche fue suficiente para que los agotados camaradas llevaran adelante sus designios y concibieran la loca idea de abandonarnos y marcharse pronto en demanda de auxilios que no debían encontrar.
Sigilosamente ensillaron sus cabalgaduras y se lanzaron a la ventura por terrenos desconocidos y ajenos en absoluto a poblaciones cercanas. Más tarde, tuvimos la dolorosa noticia de la triste tragedia que puso fin a los días de estos dos desesperados compañeros, que se lanzaron tras una idea quimérica por entre los montes de esas inhospitalarias y desconocidas regiones australes. Ambos debieron sucumbir atormentados por el hambre, después de haberse extraviado en medio de los espesos matorrales de Tierra del Fuego.
Por nuestra parte, el imprevisto alejamiento de la mitad de los expedicionarios, nos obligó a pensar en que debían resultar inútiles los esfuerzos que hiciéramos por despejar la boca de la cueva. Convencidos de la inutilidad de un nuevo trabajo, decidimos abandonar momentáneamente tan difícil empresa para volver a reanudarla en mejores condiciones y con los elementos del caso.
Mi compañero, el indio, profundamente conocedor de la comarca, se aprestó para conducirme hacia parajes próximos, donde nos sería fácil encontrar alimentos.
Con las fuerzas casi agotadas a causa del obligado ayuno de nuestros cuerpos, nos dispusimos a ensillar los caballos que pacían alegremente y ajenos en absoluto a las enormes torturas de que eran víctimas sus amos. Caballeros ya, íbamos a partir con un rumbo determinado, cuando percibimos distintamente los ladridos lejanos de un perro; sin pérdida de tiempo enderezamos los caballos hacia aquella dirección y emprendimos la marcha.
Los ladridos se hicieron cada vez más perceptibles a medida que la distancia se acortaba, nosotros avanzábamos con la fe ciega de que nuestro fiel ovejero pudiera haber hecho presa de algún animal salvaje, muy comunes en aquella región y de los cuales la carne siempre es comestible.
Media hora de trote fue suficiente para que lográramos distinguir, medio oculta entre los calafates, la hermosa piel leonada del ovejero que jadeante y ensangrentado, descansaba junto al cuerpo amarillento de un agonizante guanaquito nuevo. Tan pronto el inteligente animal vio la presencia de sus improvisados amos, se incorporó tembloroso y alegre y se aproximó hasta nuestras cabalgaduras.
Lágrimas de gozo fueron la recompensa para nuestro fiel compañero, salvador tal vez de dos vidas que débilmente se debatían contra una naturaleza despiadada y contra un sino que les era francamente adverso. A pesar del hambre espantosa que azotaba a nuestros organismos, tuvimos el tino suficiente para sentar pie seguro sobre tierra y estrechar junto al corazón a aquel abnegado compañero que nos daba nueva vida y nuevas fuerzas. El nativo se mostró en extremo diestro en anatomía de guanacos; en un dos por tres descuartizó la pieza y en un santiamén la presentó cocida.
Aquella noche pernoctamos junto a los restos humeantes de la fogata que nos dio calor y vida.
Cuatro días de viaje constante, recorriendo terrenos sin huella alguna y mantenidos siempre con los restos del guanaco que cuidadosamente conservados llevábamos pendientes de las sillas, nos dejaron en las proximidades de China Kreck, sección de la Estancia Caleta Josefina. (Explotadora de Tierra del Fuego).
Allí fuimos muy bien atendidos y descansamos una noche completa. A la mañana siguiente seguimos viaje hacia la Estancia San Sebastián donde esperábamos llegar el mismo día; 75 kilómetros separan un punto de otro.
Al gran galope y corriendo siempre sobre un buen camino, pronto perdimos de vista las rojas casas de China Kreck. El fresco agradable de las primeras horas matinales, nos hizo avanzar rápidamente; al mediodía almorzamos en Caleta Josefina y después proseguimos la marcha hacia el Este. Una ligera llovizna vino a interrumpir la rapidez de nuestra carrera, obligándonos a marchar al paso por sobre un terreno que comenzó a ponerse resbaladizo. Poco a poco la llovizna se fue haciendo más intensa hasta que se convirtió en un fuerte aguacero junto con caer la primera oscuridad de la tarde.
Nos encontrábamos precisamente en la mitad del camino que separa a Caleta Josefina de San Sebastián, cuando las cataratas del cielo abrieron sus compuertas colosales y se desplomaron sobre la tierra; la oscuridad aumentó su intensidad y las sombras espantosas del caos vinieron a rodearnos en medio de la selva inclemente. No nos quedó otro recurso que guarecernos junto a la espesura del monte y esperar allí la luz del nuevo día para proseguir la marcha.
Aún recuerdo con verdadero pavor los sufrimientos de que nos hizo objeto aquella iracunda noche. Parece que todas las furias del Averno se hubieran conjurado para bailar en medio de aquel caos, la danza espantosa de la tormenta.
El cielo enfurecido desplomaba sobre los negros montes los torrentes de su maldición y el ronco rugir de los truenos retumbaba en las cavernas solitarias de la selva.
La luz macabra del rayo se precipitaba en carrera vertiginosa y desenfrenada, sembrando el espanto y la locura en medio de aquella soledad grandiosa y conmovida.
Sólo nosotros, en medio de ese aterrador mugir de los elementos desencadenados, permanecíamos inmóviles y como clavados en un suelo que nos electrizaba y llenaba de pavor.
El viento zumbaba silbando estridente al cruzar la enmarañada selva y cada vez tomaba nuevos impulsos para atacar con bríos colosales.
¡Oh! ¡Qué pequeño se siente el hombre en medio del caos espantoso y bloqueado por la naturaleza que muge y que se precipita!
El cerebro se anonada al concebir la grandeza de la creación y el espíritu tiembla y se desvanece al comprender la pequeñez humana. Lejos de la civilización y solos ante lo invisible que todo lo subyuga y lo somete, el alma tiembla ante el misterio profundo que rige los destinos de la inmensidad.
Horas de angustia infinita fueron aquellas de esa noche memorable. El frío glacial que se apoderó de la temperatura, crispó nuestros cuerpos escarchados y mil veces creímos morir despedazados por el viento o entumecidos por esa atmósfera de muerte.
Las primeras luces de la alborada, calmando el combate de las furias desencadenadas, trajeron a nuestro ánimo la esperanza de salvación. Al brillar los potentes rayos del astro rey, los elementos se retiraron a sus cavernas desconocidas y la paz extendió su vara mágica llevando la quietud doquiera la conmoción nocturna había desparramado la desolación y el terror.
Próximos ya a entumecernos, cubiertos de lodo y barro y empapados de pies a cabeza, tuvimos la suerte de amanecer vivos y proseguir la marcha hacia San Sebastián.
Sería más o menos el mediodía cuando echamos pie a tierra junto a la cocina de aquel establecimiento; una alegre sorpresa nos esperaba allí. El Jefe de cocina, un antiguo camarada de cuartel, nos reconoció inmediatamente; recordó que durante el servicio militar le había prestado un servicio de cierta importancia y estaba dispuesto a pagarlo ahora que yo lo reclamaba de él. En cierta ocasión, según me dijo, que purgaba una de sus muchas faltas en el calabozo del cuartel, quiso la fortuna que tuviera la buena suerte de socorrerlo, extra oficialmente, con media botella de grapa (aguardiente de uva). Tanto me lo agradeció el buen hombre que prometió pagarme en alguna forma el enorme servicio que le hacía.
Era pues, la presente ocasión, la más favorable para cumplir aquel compromiso, y en verdad que el maestro cocinero lo supo hacer en forma por demás satisfactoria para nuestras exigencias.
A pesar de la orden terminante que recibimos para que abandonáramos inmediatamente la Estancia, nuestro antiguo compañero, encontró los medios necesarios para mantenernos ocultos durante cuatro días; no sólo nos proporcionó alimentos, sino que su bondad llegó al extremo de procurarnos vestidos y víveres para continuar la marcha.
Bien alimentados y mejor vestidos, nos despedimos una mañana del generoso amigo y seguimos viaje hacia el sur de la Isla en demanda de la misión de Río Grande. (Misión Salesiana en Tierra del Fuego).
Río Grande es la caudalosa arteria fluvial que después de recorrer casi todo el corazón de la Sierra Carmen Silva, va a precipitar sus dulces aguas sobre las amargas ondas del Océano Atlántico.
El paso de este caudaloso río es sumamente peligroso a causa del cambio constante que experimentan los vados.
Verdaderamente sentí escalofríos cuando el indio me propuso pasar hasta la orilla contraria; jamás me imaginé que aquel torrente fuera susceptible de ser franqueado. El nativo quiso servirme de guía y se precipitó en la corriente; ¡nunca lo hiciera! Engañado tal vez con la falsa presencia de un vado que antes conociera, impulsó su cabalgadura hacia el borde de un remanso y desapareció en la profundidad. Faltó el caballo de suelo firme donde sentar pie, surgía sobre la superficie al vigoroso impulso de sus remos y se hundía nuevamente bajo el peso del jinete y bajo la presión de la corriente.
Desde la ribera pude presenciar, sin poder prestar ayuda alguna y presa de la angustia más dolorosa, cómo ese postrer representante de una raza que se extingue a pasos de gigante, luchó denodada y desesperadamente contra el torbellino de agua que lo arrastró para siempre hasta las profundidades inmensas del océano.
Mucho tiempo esperé sobre la ribera, nada apareció sobre la superficie que me indicara indicios de vida humana en el espumoso lecho de aquel torrente que hervía.
Caían ya las sombras de la noche cuando emprendí el regreso a San Sebastián; de todos los expedicionarios, sólo yo y el fiel perro habíamos escapado a las inclemencias del tiempo, a las torturas del hambre y a las furias de los elementos.
Con la ayuda de algún dinero facilitado por mi amigo el cocinero, pude emprender viaje y regresar a Punta Arenas.
El noble perro y un reloj de níquel fueron los únicos recuerdos que pude ofrecer a ese último y excelente amigo que tan desinteresadamente me ayudó en los días de penurias y pobreza».
Así terminó su interesante relación el Sr. Quintana, relación absolutamente verosímil toda vez que fue narrada por el propio jefe de tan trágica expedición.
Indagamos del joven estanciero si con posterioridad a la fecha de su incursión había intentado una nueva visita a la «cueva del indio», en atención a que él era el único poseedor de tan importante y valioso secreto. Nos respondió afirmativamente, diciéndonos que en tres ocasiones había realizado el viaje.
-Los dos primeros -nos dijo-, fueron sin resultado positivo a causa de haber extraviado la ruta de marcha; sólo en el último logré precisar la ubicación de la famosa cueva. Esta última vez -agregó- encontré semi sepultada en el terreno los restos de la picota que usamos en la primera expedición, además, logré emplear con buen éxito los explosivos, haciendo volar parte de los rodados que cubren la entrada de la cueva. Mi confianza en la existencia del tesoro, es absoluta, pues vi recompensados mis desvelos con la presencia de gran cantidad de flechas indígenas que logré recoger en el hueco dejado en la boca del subterráneo por la explosión de la dinamita.
Desgraciadamente, esta última incursión la efectué solo y como estábamos a entradas del invierno, el frío intenso que se dejaba sentir, me obligó a levantar carpas y dejar la prosecución de los trabajos para una época más benigna y oportuna.
Actualmente, sólo espero una ocasión favorable para trasladarme a recoger esa fortuna abandonada; nada me falta, el terreno lo conozco palmo a palmo, dispongo de suficientes comodidades para hacer el viaje sin grandes sacrificios y, lo más esencial, se perfectamente que para hacer deflagrar la dinamita debo emplear el fulminato de mercurio.
La discusión lógica que se produjo después de tan interesante historia, ocupó las últimas horas de la tarde. La noche extendía su denso velo sobre la población de Porvenir cuando nuestros excelentes trotones bajaban la peligrosa cuesta que queda al fondo de la bahía.
Aquella misma noche hicimos los preparativos necesarios para seguir al día siguiente hasta las dragas de Río Verde.
Como todos los ríos de la región fueguina, Río Verde se caracteriza por la gran cantidad de oro que ha proporcionado a los extractores del precioso metal amarillo; prueba de ello son las numerosas ruinas de grandes construcciones que aún permanecen en el curso medio de esta arteria fluvial.
Las Compañías auríferas organizadas para la explotación del metal, no escatimaron gastos de ninguna especie en beneficio del mejor éxito del fin perseguido; gracias a ello aún se conservan en la Isla muy buenos recuerdos de aquellos tiempos, excelentes caminos carreteros y una cantidad enorme de materiales, especialmente fierros de todos tamaños y dimensiones, que yacen repartidos en todos aquellos sitios que señalan el término de la explotación del oro.
De Norte América se trajo una cantidad considerable de maquinarias; algunas de estas remesas sólo llegaron cuando ya los trabajos auríferos se encontraban suspendidos. Sin embargo, se las condujo hasta los distintos puntos donde debieron prestar sus servicios; allí se las abandonó y allí permanecen todavía encajonadas.
Resultado de este abandono ha sido que algunos inescrupulosos hayan substraído las partes más vitales de aquellas maquinarias, dejándolas completamente inutilizadas para un futuro trabajo.
El dineral enorme que se pagó por este costoso material, se encuentra hoy día desvirtuado en más de un ochenta por ciento; lógica consecuencia del abandono absoluto de tantos años, de la rapiña de algunos y del efecto destructor del tiempo.
Indudablemente que son millones de libras esterlinas las que, en forma de maquinarias, se encuentran desparramadas sobre el terreno; pero aquel capital inmenso sufre menoscabo cada día y época llegará en que todo ese fierro viejo no valga un solo centavo. La zona de Río Verde constituye, pues, un centro de atracción para el turista y hacia ella nos encaminamos aquella mañana, caballeros en hermosos corceles fueguinos.
La ruta de marcha se desprende desde el fondo de la bahía y en pendiente a veces suave y a veces accidentada, se dirige rectamente hacia el Este en demanda de los cerros «El Cordón» que surgen en el corazón de la parte norte de Tierra del Fuego.
«El Cordón» no se eleva más de quinientos metros sobre el nivel del mar, a pesar de su poca altura, su aspecto es imponente y semeja la altivez con que presenta sus esplendores la majestuosa cordillera de los Andes.
La inmensa vértebra elevada, aparece cubierta con una dilatada sábana de nieve que al refractar los rayos del sol, adquiere mil tonos diferentes y deslumbradores.
Corre en línea general de Sur-Oeste hacia el Nor-Este y divide en dos partes casi iguales toda la extensión Norte de la gran Isla. «Río Verde» nace en la ancha meseta que corona al cordón y muy próximo a las selvas de Boquerón; unos pequeños manantiales son su cuna y la afluencia numerosa de chorrillos le dan vida permanente.
Su curso general se precipita por innumerables accidentes del terreno, a veces avanza completamente amurallado y profundo, y a veces convertido en colosales remansos que sepultan vegas completas.
Ha sido el comienzo de numerosas fortunas baratas, especialmente de yugoeslavos buscadores de oro que sin más instrumentos que una picota y una chaira, se han sacrificado con buena recompensa.
Al paso de nuestras cabalgaduras, iniciamos la marcha por una pendiente suave que comienza a empinarse en los afueras del pueblo. Los accidentes que presenta el camino son pocos y de fácil solución; el primero de ellos se experimenta en la famosa subida Cortez.
En esta parte la ruta se empina bordeando una gran loma que permanece a la derecha, mientras que por el costado izquierdo esquiva un barranco colosal que se va haciendo más peligroso a medida que el camino se remonta.
La superestructura del terreno, es aquí mala en todo tiempo; un manantial nace en las faldas de la loma y casi al borde del camino, las aguas después de hacer mil vueltas ruta abajo, buscan salida hacia el barranco. Cada huella que dejan los vehículos, sirve de cauce a estos chorrillos y convierten al camino en un lodazal. Cada arista que se levanta del suelo es atacada por el sol y por los vientos, convirtiéndose en otras tantas puntas afiladas y clavadoras y de una dureza de hierro. Hay momentos en que los pobres caballos parecen andar por sobre espinas y sus sufrimientos se aumentan con la falta de calzado; en Tierra del Fuego no se hierra a los animales, salvo muy rarísimas excepciones.
Al terminar nuestra lenta ascensión, hemos trasmontado una altura que nos permite dominar el panorama recorrido; aprovechamos esta oportunidad para dar un descanso a las cabalgaduras y considerar el terreno que hemos dejado a las espaldas.
A la izquierda se extienden campos inmensos cruzados en todas direcciones por interminables cierros de alambres; son potreros de pastoreo para el invierno, por cuya causa, en la actualidad, se encuentran desprovistos de ganado lanar.
Hacia la derecha del camino, podemos observar grandes extensiones cultivadas. La avena se mueve agitada suavemente por el viento; nacida sobre un suelo, virgen hasta ese año, al arado y a la semilla, ha crecido lozana y vigorosa, demostrando al viajero las riquezas inmensas que guardan esos suelos privilegiados.
Son propiedad de pequeños estancieros que sólo hoy comienzan el estudio de la agricultura; estudio que les ha dado excelentes resultados.
Estos pequeños ensayos agrícolas se deben, en gran parte, a la subdivisión de terrenos efectuada últimamente. Estimamos que los grandes estancieros jamás darán un paso en el sentido de las siembras de granos o de tubérculos; dueños de considerables extensiones de suelos, tienen sobrado campo para enriquecerse con la crianza de ganado lanar; Tierra del Fuego cuenta con exuberantes pastos naturales, alimento seguro para millones de ovejas.
Los nacientes trabajos agrícolas de la Isla, están llamados a revelar al país, que esa inmensa y rica región representa una fortuna colosal para el futuro engrandecimiento de la patria.
Todos aquellos terrenos están arrendados a particulares por una suma tan en desacuerdo con el valor que ellos tienen, que verdaderamente causa la admiración de cuantos lo palpan personalmente.
El Gobierno percibe anualmente un peso por hectárea arrendada; sólo ha bastado una pequeña subdivisión de tierras para que los pequeños capitalistas se hayan apresurado a rematar parte de esos mismos suelos9, haciendo subir considerablemente el valor de cada hectárea.
Este solo dato basta para dar una idea de la pérdida enorme que anualmente significa para el país la forma en que ha hecho los grandes arriendos en la región magallánica.
Como dato ilustrativo insertamos a continuación el último remate de arriendo de terrenos fiscales verificado el 1.º de abril del año 1918.
Si el lector considera debidamente la nota que va al pie, podrá admitir el mayor valor que tiene el resto de los terrenos fueguinos y por ende, la pérdida considerable que anualmente experimenta el aumento de nuestras arcas fiscales.
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«El remate de arrendamiento de tierras verificado el 1.º de abril de 1918 a las 2:40 p. m.10 Resultado general de la licitación: A las 2:40 de la tarde de ayer, se verificó el remate de arrendamiento de los terrenos magallánicos fijados en el Decreto Supremo N.º: 58 de fecha 29 de enero del presente año. Asistió al acto la Junta de Almoneda, compuesta del Gobernador del Territorio, el Tesorero Fiscal, el Agrimensor del Territorio, el Promotor Fiscal y el Tesorero Municipal, que actuó de Martillero. El resultado total de la licitación fue el siguiente:
Hijuela N.º: 12 de 5 hectáreas $200-400. Compañía Frigorífica de Puerto Natales $600. Río Verde.- Lote de 0.65 hectáreas 50. José Stifucich $50. Población Porvenir.- Manzana A. 21.000 metros $200. Esteban Regocich $400». |
Como puede verse fácilmente el número de hectáreas que salió a remate fue de 66.341 y las sumas en que ellas se remataron arroja un total de $240.107.50.
Corresponde como término medio pagado por hectárea; tres pesos y 61/100.
En resumen, el Fisco se benefició con este remate en la suma de $173.766.50 que corresponde al mayor valor de $66.341.- que antes percibía por el mismo terreno a razón de $1.- la hectárea.
Creemos con esa pequeña exposición dejar demostrado que los terrenos magallánicos tienen un valor muy superior a aquel en que hoy día se les tiene tasados, y creemos también haber llevado al ánimo del público lector la verdadera pecha que en el Territorio existe por la subdivisión. Estimamos que ella es absolutamente necesaria para el progreso y vida de aquellas poblaciones australes y para el desarrollo de nuestra soberanía nacional.
Evitamos en el presente capítulo entrar a analizar otros tópicos que pueden servir a esclarecer aún más la demostración que hemos hecho; ellos se refieren a las muchas concesiones de terrenos que se han dado en la Isla, concesiones que por regla general jamás han sido explotadas por aquéllos que las han obtenido, en cambio han pasado a manos conocidas que han pagado por el traspaso, sumas colosales. Esperamos encontrar algunas en el transcurso de nuestro recorrido, y tendremos oportunidad de presentarlas a su debido tiempo.
Respecto al enorme precio de arriendo anual a que alcanzaron algunas manzanas de Porvenir (N.º: A 21.000 mt. $400.00) baste sólo considerar que la hortaliza y los tubérculos crecen y se desarrollan fecundos y hermosos; exportados a Punta Arenas significan una muy buena utilidad.
La pequeña divagación que dejamos anotada y que ha sido causada por la observación del terreno, ha dado tiempo más que suficiente para el descanso de caballos y jinetes; emprendemos pues, nuevamente, la marcha hacia las dragas de «Río Verde».
Subiendo con precisión casi matemática, recorremos un nuevo trayecto que nos deja a inmediaciones del río «Casa de Lata». Un angosto y profundo cañadón sirve de lecho a este río; descendemos esta última pendiente y atamos los caballos junto al palenque que se levanta frente al Hotel «Casa de Lata». Llevamos recorridos 22 kilómetros y es esta la primera construcción que hemos encontrado en el camino.
Como es ya la hora del almuerzo, penetramos al establecimiento en demanda de comestibles.
Los propietarios son de nacionalidad eslava, observación que ya no encontramos rara; elemento chileno no existe en la Isla frente a ningún negocio.
Para ser mejor recibidos, saludamos en idioma eslavo; algo hemos aprendido ya con el roce diario de esta colonia extranjera.
El Hotel constituye un depósito donde no falta nada y donde se reúne todo lo indispensable para la vida del campo; es una especie de almacén de menestras, tienda de trapos, abarrotes, mercería, chanchería, cigarrería, zapatería, etc., etc.
Multitud de botellas de todos tipos y tamaños ocupan el mayor espacio del negocio; son ellas las que tienen más venta y por eso se las mantiene a la mano. Una pieza provista de algunas mesas, indica el comedor y sala de reunión. El propietario del establecimiento expresa que mayores comodidades no son necesarias en aquella región; «Casa de Lata», está muy próximo de Porvenir y son muy raras las ocasiones en que los pasajeros se ven obligados a pernoctar en el Hotel; su negocio constituye tan sólo un punto de descanso y un centro de aprovisionamiento para los transeúntes rezagados.
Al proseguir nuestra interrumpida marcha, tropezamos con un obstáculo de consideración; el río que forzosamente debemos cruzar, sólo está salvado por un angosto puente de madera en cuya superestructura faltan numerosas tablas. Las aguas corren a bastante profundidad y sumamente encajonadas entre los muros cortados a pique. Sin embargo, haciendo verdaderas pruebas de equilibrio y llevando los caballos de la brida, logramos encontrarnos sanos y salvos y sobre la orilla opuesta de aquel peligroso paso.
Como estamos en verano, el caudal de agua que arrastra el río, es bastante reducido; en el invierno y primavera, nos dicen, se convierte en un torrente turbulento y peligroso; arrastra grandes témpanos de hielo y las aguas cubren centenares de metros, inundando vegas y prados; en la misma forma proceden todos los ríos de la región fueguina.
Una larga y tortuosa cuesta es la última gradiente que debemos remontar para llegar hasta la ancha meseta que corona al cordón; subimos por aquella carretera ancha y firme y entramos a recorrer un terreno casi plano, cortado, muy de tarde en tarde, por pequeñas quebradas que señalan la cuna de otros tantos chorrillos. Pronto encontramos, hacia el costado derecho, una serie de manantiales cristalinos y puros, que son la cuna del caprichoso «Río Verde».
Después de media hora de haber abandonado el Hotel «Casa de Lata» hacemos alto junto a una bifurcación de caminos y frente a un letrero que dice: «A Baquedano, a Río Verde»; una mano con el índice estirado, indica ambas direcciones. El letrero ha sido recientemente colocado y su presencia en medio de aquella zona donde nadie se preocupa de la comodidad de los viajeros, nos sorprende sobremanera. Inquirimos quien ha sido el iniciador de tan feliz idea y obtenemos la siguiente contestación:
Más tarde, por boca del propio perjudicado supimos que tal precaución no le sirvió de nada; Baquedano es un hotel, y en él debe pagarse lo que se consume; en cambio, las casas de Río Verde dan alojamiento y comida gratis, además, distan sólo una hora del hotel Baquedano.
Al abandonar el camino principal, tomamos por la senda que nos debe llevar hasta el objetivo de nuestro viaje. Los terrenos de esta parte, carecen de cierre, circunstancia que aprovechan algunos pequeños estancieros para pastorear sus ganados. Este medio poco delicado de usufructuar de lo ajeno, es pan de cada día en Tierra del Fuego. A veces han ocurrido casos muy curiosos donde ha tenido que intervenir la autoridad, haciendo uso de todos los medios que le confiere su investidura. Algunos inescrupulosos han llegado hasta el extremo de ocupar predios ajenos, con la orden terminante de no abandonarlos hasta el momento en que para ello tome parte directa la justicia.
Durante nuestro paso por aquellos campos fértiles y feraces, encontramos grandes piños de caballares y vacunos, estos últimos en extremo gordos y bien tenidos.
Próximos ya a las Dragas de Río Verde, se inicia la presentación de la innumerable ferretería que en otros tiempos sirviera para el funcionamiento de las maquinarias; líneas de acero, carros de mano, postes, durmientes, etc., etc., descansan tirados por doquier en espera de mejores tiempos o aguardando la mano caritativa de algún necesitado.
Grandes y prolongadas excavaciones que corren a flor de tierra y hasta un metro y medio de profundidad, cortan la continuidad de aquellos inmensos prados; son Turberas: depósitos colosales del mejor y más barato combustible que emplearon las dragas en la época de faenas.
La turba es un conglomerado de raíces de arbustos que tiende a la petrificación; se presenta a flor de tierra y en vetas compactas e interminables. En el pueblo se la emplea muy poco a causa de la gran cantidad de residuos que deja al quemarse; en cambio, en las estancias que están ubicadas lejos de los montes y desde los cuales se hace difícil el transporte de la leña, la turba presta útiles y eficaces servicios. Es de color negro pardusco y al partirse toma la forma de pequeños ladrillos.
Dejamos a las espaldas aquella multitud de excavaciones y continuamos la marcha esquivando constantemente las ruinas abandonadas de las maquinarias. Al doblar un último recodo del camino, divisamos en el fondo del ancho cañadón por donde corre «Río Verde» la primera draga extractora de oro. Flota ésta sobre una porción de agua que ocupa una superficie no mayor de cincuenta metros cuadrados. A su alrededor se levantan montañas de piedrecillas y arenas que la propia draga se ha encargado de extraer del lecho del río para buscar entre ellas el codiciado metal amarillo; éste se presenta siempre en forma de pepitas, de las cuales una de las mayores pesó doscientos catorce gramos.
El aspecto general de una draga que se mira desde lejos, es el mismo que presenta un edificio de varios pisos y, en realidad, en tal forma debe considerarse, toda vez que los muros exteriores se encuentran tapizados de numerosas puertas y ventanas; el techo está cubierto con fierro acanalado y tiene el suficiente declive para soportar las grandes presiones de las lluvias, del viento y de las gruesas capas de nieve. Dos o tres chimeneas surgen desde lo alto del techo y son las conductoras del humo de otros tantos hogares.
Sólo un detalle quita el aspecto de casa a aquel edificio flotante; son dos potentes tentáculos de acero que se apartan desde los extremos de dos muros opuestos. Una de aquellas garras de hierro se encarga de extraer las arenas del fondo del río y alimentar el inmenso estómago de la máquina; el otro, arroja hacia el exterior los restos de aquellas arenas que han sido cuidadosamente observadas y despojadas del oro.
En el vientre del edificio, todo se reduce a maquinarias y operarios; ese inmenso estómago está provisto de innumerables cernidores que se agitan convulsos en todas direcciones. Los tejidos dejan caer sobre un gran receptáculo el material más pesado e impulsan hacia el brazo exterior las arenas y piedrecillas que de nada sirven en aquella faena. El funcionamiento de una draga puede compararse perfectamente con el organismo humano: come, mastica, tritura, digiere, asimila y arroja lo inservible. Busca su alimento con sus propios medios de vida. La draga se arma sobre un remanso y allí comienza a funcionar sin necesidad de necesitar una nueva energía humana para ser trasladada desde un punto a otro. La máquina vive sobre el río y avanza lentamente por sobre aquel lecho de piedras, construyéndose siempre su propio medio de flotación. Cada vez que el tentáculo anterior se hunde en las aguas y reaparece trayendo una cantidad considerable de arenas y piedrecillas, la máquina da un paso hacia adelante; el hueco que ha quedado a retaguardia es llenado con lo que la draga arroja por su parte posterior después de haber hecho su lucrativa digestión.
Las dragas tienen una marcha lenta, provechosa y segura; el camino recorrido queda marcado por montones de piedrecillas removidas y arenas lavadas.
Una draga puede avanzar o retroceder sobre el lecho de un río; todo depende de la dirección de su tentáculo anterior.
A unos dos kilómetros río abajo, y sobre la misma arteria fluvial, descansa el pesado vientre de una segunda draga. El cuidador de ambas máquinas es un ingeniero inglés, especialista en esta clase de trabajos y que habita en aquellos parajes desde el tiempo de las faenas auríferas.
Es un hombre trabajador, cuidadoso de las dragas y buscador de oro en los chorrillos.
Con toda cortesía, nos recibe en su confortable casita habitación; allí nos muestra una botella donde ha acumulado el oro, fruto de un trabajo constante de dos meses:
-Es medio kilo -nos dice-, que he conseguido lavar en un chorrillo próximo a la casa. En Tierra del Fuego -agrega- existe oro por todas partes, es muy fácil encontrarlo y explotarlo si se tiene constancia, paciencia y conocimiento del trabajo.
A continuación nos expresa que el fracaso de las Compañías auríferas, no se debió a falta de oro por lavar, sino a la mala administración de las mismas compañías y a los excesivos gastos, casi siempre injustificados, de que se hizo derroche durante la explotación del metal amarillo. El oro que se extrajo, no fue suficiente para sufragar el tren de lujo que sustentaba el personal superior; basta sólo recordar que los dirigentes no procuraron, por ningún medio, allegar un fuerte fondo de reserva para hacer frente a futuras contingencias. Los barcos que diariamente hacían la carrera entre Punta Arenas y Porvenir, fueron considerados muy poco cómodos por los extractores de oro, y el itinerario obligado no estaba de acuerdo con las exigencias personales. Muchas veces, el vapor que salía a las 9 ó 10 de la mañana de Punta Arenas, viajaba solo con empleados inferiores; después del almuerzo se fletaban barcos especiales destinados a la conducción del personal superior. Si se aúnan todos estos antecedentes, fácilmente se podrá comprender que los gastos debieron ser muy superiores a las entradas proporcionadas por las dragas.
-Parece -nos agregó-, que estas maquinarias volverán a funcionar muy pronto; un sindicato inglés las ha comprado por una cantidad insignificante y pueda ser, que con una buena administración, Tierra del Fuego vuelva a los buenos tiempos del oro.
Ésta es la esperanza -prosiguió- que me mantiene junto a las dragas cuyo funcionamiento conozco perfectamente; aquí he construido mi casa y aquí vivo con mi mujer y mi hijito.
La monotonía de esta vida solitaria y tan ajena a las costumbres de las poblaciones, ha ido infiltrándose poco a poco en mi alma y hoy me siento feliz en medio de la soledad. Hace ocho años que habito en estos parajes y nada me atrae hacia los pueblos en donde la civilización mantiene a los habitantes en continua enemistad. La lucha por la vida sólo es cruel para aquél que no sabe sobreponerse a las desgracias o que se declara vencido antes de iniciar el combate. Solo, en medio de estos campos inmensos y fríos, me impuse el firme propósito de vivir tranquilo y ajeno en absoluto a las mentiras y falsedades de la sociedad. Durante seis años luché tenazmente con la naturaleza y el esfuerzo de mi brazo salió vencedor de esta ruda batalla; construí esta casa en medio de la selva y hasta este hogar que es absolutamente mío, traje a la compañera de mi vida que ha colmado mi felicidad dándome un pequeñín más blanco que las nieves de estos campos.
Invitados por el Ingeniero, hacemos una visita a la casa; nada falta en ella para hacer cómoda y atrayente la vida del hogar. Se encuentra alumbrada con luz eléctrica que el propietario, personalmente, ha instalado aprovechando la mucha ferretería de que en la Isla se puede disponer; las cañerías de agua potable se presentan en todas aquellas partes donde son necesarias. Una grande y hermosa galería rodea todos los contornos de la casa, multitud de flores en maceteros conservan su frescura y su fragancia junto a los vidrios y al calor del sol; es una especie de conservatorio que vive al cariño de la cuidadosa mano de la dueña de casa. Desgraciadamente este hermoso adorno sólo se conserva hasta la entrada del invierno; los grandes fríos escarchan la tierra y matan las flores.
El verano es largo y da tiempo suficiente para que aquella familia efectúe la recolección de sus siembras y el almacenamiento de provisiones y combustibles para los meses de invierno.
-En el corazón de Tierra del Fuego y en medio de los montes de «El Cordón» -nos dice el inglés- el invierno es sumamente cruel y muy crudo; el año que acaba de terminar cayó tanta nieve sobre los campos altos de «El Cordón», que no sólo niveló las diferentes depresiones del terreno, sino que sepultó cuanta construcción existe por estos alrededores. Seis meses pasamos -agrega-, sin ver persona alguna, todo trabajo, durante este tiempo, se reduce a librar la habitación de la avalancha que se le viene encima. Entre los muros y los bloques de nieve, se construyen zanjas para dejar que las aguas corran hacia la parte baja.
Los primeros deshielos de la primavera son sumamente peligrosos; los chorrillos se convierten en torrentes y arrastran témpanos enormes de hielo que llevan la muerte y la destrucción doquiera vayan a estrellarse. Junto con iniciarse el desaparecimiento de la nieve, aparece el sol tanto tiempo perdido y sus rayos traen la vida y la alegría, fecundizando campos y dando calor a la naturaleza. Es entonces, termina el cuidador de las dragas, cuando esta tierra solitaria se convierte en un vergel y cuando mi aprisionado hogar surge majestuoso e imponente como el verdadero dominador de esta inmensa sábana blanca.
Al tender la mano a aquel anacoreta, para despedirnos y agradecerle sus informaciones, nos detiene un momento y mostrándonos un fértil cañadón que va a perder sus pastos junto a la abrupta ladera de un lejano cerro, nos relata conmovido, no una tradición, sino un hecho insólito que él tuvo la desgracia de presenciar. Al fondo de esa quebrada -nos dice- fue donde el famoso inglés Sam Ishlop, cazador profesional de indios fueguinos, encontró a los ocho onas, a quienes se acusaba de haber dado muerte al Teniente de Marina en los espesos bosques de «Boquerón». Verlos y apuntarles, fue sólo obra de un momento; al primer disparó cayó un infeliz nativo presa de convulsiones espantosas, parecía un endemoniado, tan fuertes eran sus gritos y tan enormes sus saltos.
El feroz cazador, sonriente al ver los efectos de su primer proyectil, apuntó nuevamente su rifle con la esperanza de hacer una segunda víctima. Por fortuna uno de sus acompañantes, un chileno que actualmente posee una pequeña estancia, se opuso a tan tremendo salvajismo. ¡Pobres e indefensos nativos!, quisieron repeler aquel inhumano ataque y como fieras acorraladas, se despojaron de sus cubiertas y empuñaron sus armas; siete flechas se remontaron en el espacio silbando al romper el viento. Una carcajada del asesino fue la contestación a aquella demostración de valor y de inútil defensa. Sam Ishlop quería exterminarlos a todos en la evidencia de que aquello significaba una buena suma.
No deben desconocer Uds. -nos dice el cuidador de las dragas- que hubo quienes pagaron una libra esterlina por cabeza de indio y ocho pesos por un ejemplar vivo. A los cazadores profesionales les resultaba mayor facilidad y más ganancia una cabeza cortada, que la conducción molesta y peligrosa de un nativo prisionero.
La oposición del chileno fue secundada por dos o tres de la comparsa cazadora y tal vez fue aquélla la primera vez que el temible cazador de carne humana tuvo merced para sus víctimas. Optó por amarrarlos convenientemente y conducirlos como a un piño de bestias feroces, hasta el lejano puerto de Porvenir; desde allí la autoridad los embarcó para la Isla Dawson, cementerio de gran parte de la raza indígena, tan vilmente tratada sobre un suelo que le vio nacer y que les pertenecía por derecho.
Historias tan trágicas como la que les acabo de narrar, encontrarán Uds. muchas durante su recorrido por Tierra del Fuego, nos dice el narrador, al estrecharnos por última vez la mano.
Profundamente impresionados, nos despedimos de aquel anacoreta y emprendimos el viaje de regreso por sobre la cresta del inmenso «Cordón». El terreno se presenta sumamente accidentado, blando y sembrado de enormes «champones», que dificultan la marcha. Estos champones son una especie de colosales hongos verdes, carecen de tallo y se adhieren a tierra como lo hiciera por la parte abierta una sombrilla ajena al soporte central.
Se encuentran fuertemente sujetos sobre el terreno y son ellos la muestra característica de las extensiones que conservan la nieve por mucho tiempo; estos campos son estériles y poco adaptables para la ganadería. Afortunadamente son muy escasos y sólo se presentan como pequeñas manchas en las partes más elevadas de los cerros. Desde aquellas alturas se divisan campos infinitamente ricos y piños enormes de ovejas y guanacos se recrean y retozan en medio de pastizales exuberantes. Grandes bandadas de caiquenes y patos terrestres revolotean por sobre toda aquella naturaleza que vive y, más de algún astuto zorro fueguino observará nuestra marcha desde su oculta guarida.
Una hora de marcha nos deja sobre el camino principal. Tristes y pensativos iniciamos el regreso a Porvenir; la vida del cuidador de las dragas y la trágica narración que nos hizo, han dejado en nuestro espíritu una impresión dolorosa, muy difícil de olvidar.
Antes de emprender nuestra larga peregrinación a través de las grandes estancias de la Tierra del Fuego, quisimos conocer la reserva fiscal de Boquerón distante veintitrés kilómetros hacia el sur del puerto de Porvenir.
Los campos de Boquerón han sido muy diversamente discutidos y han dado origen a muchas rencillas entre los vecinos porvenireños. Fueron tantos los comentarios que oímos referentes al valor de estas tres mil hectáreas, que no titubeamos en lanzarnos una mañana en demanda de aquellos grandes bosques, que se extienden inmediatamente al Sur de la «Punta Monmouht».
El camino que debemos recorrer, lo han conocido, en parte, nuestros lectores cuando nos acompañaron a la estancia «Cerro Ballena». Desde la tranquera que señala la ruta vecinal que se aparta hacia el Este, el camino principal sigue su marcha hacia el Sur bordeando colinas y salvando ensenadas. Pequeños «cañadones» dificultan momentáneamente la marcha, pero ellos no son obstáculos de consideración para el viajero que monta buenos caballos. La ruta de marcha corre circunscrita entre alambrados interminables que señalan los cierros y extensiones pertenecientes a pequeños estancieros. De tiempo en tiempo nuevos alambrados se apartan perpendicularmente al cierre principal, marcando la delimitación de las hijuelas subdivididas últimamente. Muy pocas construcciones se divisan desde el camino, las que suelen presentarse son albergues de ovejeros o cuidadores y sólo dan muestras de vida en el verano, que es la época de las faenas.
Multitud de ovejas pastan desparramadas en aquellos potreros; los chiporros saltan alegres y confiados y retozan junto al cariñoso regazo de sus madres. Los rebaños con sus lanas pintarrajeadas de lacre, forman distintos grupos y no se mezclan jamás, gracias a la estricta vigilancia de que son objeto por parte de sus guardianes, los inteligentes y hermosos perros ovejeros.
La tiza lacre que el ganado presenta en los lomos, indica a cada propietario los ovinos de su pertenencia. A causa de esta marca que es fácil de imitar, se producen innumerables desavenencias entre los estancieros colindantes y son también numerosos los altercados que estos llevan ante la justicia. Generalmente, los pequeños propietarios yugoeslavos, se proveen de la carne substraída en el cerco del vecino; este sistema poco recomendable es conocido por todos los que tienen ganado y por esta causa casi todos proceden en la misma forma. La feliz solución de tan ventajoso problema consiste en no dejarse sorprender con el delito en las manos. Cuando se suele presentar este último percance, es de ver como el substraído levanta el grito hasta los cielos, pidiendo justicia para él y castigo para el delincuente; tales clamores y aspavientos cesan en el mismo instante en que otro vecino el sorprende en idéntica tarea y a su vez lo acusa por el mismo delito para el cual el llorón pedía justicia.
Esta lucha eterna entre vecinos que se acechan y que viven sobre aviso, constituye un verdadero rompe-cabeza para el que por primera vez llega a Tierra del Fuego con la vara de la justicia.
Todos los terrenos que vamos dejando a las espaldas, pertenecieron antes a la «Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego» y sólo han pasado a manos de nuevos propietarios después del reciente remate de subdivisión de tierras. Como lo dejamos consignado en el viaje a las dragas de Río Verde, todas estas tierras permanecían casi abandonadas por su propietario anterior; se las consideraba sumamente malas para el pastoreo de ovejas y se las entregó a la subdivisión con el objeto manifiesto de que los pequeños estancieros fueran al fracaso. Sin embargo, y a pesar de que los pequeños capitalistas congestionaron, se puede decir, los potreros con un crecido número de ovejas, los pastos fueron suficientes para alimentar más de veinticinco mil cabezas donde antes sólo permanecían unas mil reses. Aún más, en muchas partes, especialmente en las vegas, se ven grandes siembras de avena y cebada.
Las muchas reservas que aún mantiene el Fisco en poder de las grandes Sociedades, deben ser subdivididas y entregadas en pequeños lotes a los colonos de Magallanes o a aquellos que tienen verdadero interés por labrarse una fortuna honrada. Con este sistema no sólo se beneficiaría el Fisco percibiendo una mayor entrada, se beneficiaría manifiestamente el terreno valorizándose con las mejoras que forzosamente se introducirían y el número de habitantes de esta región se vería aumentado en forma bien apreciable.
Hoy por hoy, Tierra del Fuego representa un capital inmenso, muerto, improductivo y sin dar interés alguno.
La vida sacrificada y el inclemente clima de esta región austral, sólo tiene su compensación cuando deja vislumbrar un porvenir tranquilo y holgado, hijo del esfuerzo personal y de la lucha por la existencia. En la actualidad, ninguna de estas expectativas puede traer gente trabajadora que tenga el firme propósito de radicarse en esta región. Las inmensas extensiones de terrenos permanecen bajo el control de determinadas firmas, quienes no desean soltar las reservas fiscales que tanto bien harían a Porvenir, a los habitantes de Magallanes y al país entero.
Las reservas, en general, se encuentran improductivas; si se considera que estos terrenos se conocen ya sobradamente por los comarcanos fueguinos, y que los pequeños estancieros disponen ya de un capital que invertirían inmediatamente sobre los campos que pudieran arrendar, fácil es concebir como aumentaría el valor de estos suelos y como se beneficiaría el Fisco con la mayor renta que percibiría.
Tales consideraciones golpean nuestra mente, a medida que avanzamos por estos pequeños lotes en los cuales, las huellas marcan los surcos abiertos por los colonos y en donde la semilla sembrada por la mano del agricultor, se presenta convertida en hermosos e inmensos pastizales. En las pequeñas huertas, la hortaliza muestra sus variados colores y los tubérculos asoman sus guías caprichosas y torcidas, esperando la picota o el azadón con que el labrador debe cosecharlos. En partes, grandes cortes del terreno dejan ver ante los ojos del que transita, un suelo virgen y especialmente propicio para la agricultura.
Sólo hace una hora y media que hemos dejado a Porvenir y ya llevamos recorridos unos diez kilómetros. Instalados sobre la cumbre de una colina, divisamos al frente la abrupta punta de Boquerón que va a internarse en el mar, dando formación a la costa Norte de Bahía Inútil. Las aguas del Estrecho se avanzan majestuosa hacia el océano Pacífico, y su marcha tortuosa y accidentada da formación a innumerables ensenadas y bahías. Isla Dawson surge del centro de la superficie plateada y sus picachos abruptos y escarpados casi se confunden con los lejanos cerros continentales que cierran el horizonte.
Al descender de nuestro improvisado observatorio, somos gratamente sorprendidos con la presencia de una hermosa laguna de forma circular que lleva el nombre de «Santa María». Sólo la separa de las aguas del Estrecho, una angosta faja de tierra que no mide más de cuarenta o cincuenta metros de ancho; esta faja constituye el camino obligado de tránsito y por ella nos encaminamos ruta adelante.
Multitud de habitantes alados pueblan las aguas de la laguna. Especialmente en el invierno acude a Santa María cantidad considerable de flamencos y cisnes de cuello negro. Los intensos fríos que azotan esas regiones australes escarchan con facilidad las aguas de los lagos y las hermosas aves se presentan como presas fáciles para los cazadores que transitan por esos parajes. La forma como operan los buscadores de aves es sencilla a la par que peligrosa. Por regla general, los flamencos y los cisnes se posan sobre las aguas de la laguna y sientan pie a muy poca profundidad, allí pasan la noche con sus largas piernas sumergidas hasta un tercio de su longitud. El frío escarcha las aguas y aprisiona los miembros de los confiados huéspedes. Con las primeras luces del día, especialmente el flamenco, se despereza y pretende remontar el vuelo, al sentirse aprisionado por sus extremidades, se debate desesperadamente y busca el equilibrio, apoyando sobre el hielo la punta de sus alas, siempre la escarcha vence en esta lucha y retiene al ave prisionera e inmóvil hasta el momento de la licuación o hasta el instante en que la mano del cazador atrapa al ave indefensa.
Sucede a veces que la helada capa que cubre a la laguna no es lo suficientemente fuerte para soportar el peso del atrevido cazador, se rompe entonces el vidrioso piso y el buscador de aves se hunde en alguna depresión del terreno; en este caso, raras veces reaparece sobre la superficie y paga con su vida el motivo de su peligrosa incursión.
Las aves que se obtienen vivas, particularmente el flamenco, a pesar de no mostrarse completamente ajenas a la domesticidad, duran muy poco y casi siempre concluyen por morir dentro de un tiempo más o menos corto. Parece que la principal dificultad consiste en la alimentación; todos desconocen de que se alimenta el flamenco, por otra parte, el calor del verano les molesta y los mata.
El elegante y rojo huésped llega a Tierra del Fuego en número considerable, y las bandadas, al posarse sobre la líquida transparencia de los lagos, reflejan sobre las aguas el hermoso tinte rojo de los plumajes, semejando inmensas manchas de sangre o colosales mantos de púrpura. Los gallardos cisnes de cuello negro, son los compañeros inseparables de estos habitantes de los polos. Estos últimos permanecen inmóviles y forman prolongadas y compactas líneas semejantes a regimientos de caballería en formación de parada; los cisnes se recrean en el espacio que queda entre estas líneas y la playa, nadan en forma caprichosa y elegante y dan la idea de que aquellos miles de copos blancos parecen deleitar con sus seguros y rápidos virajes a sus inmóviles y sangrientos espectadores.
Sólo basta una leve señal de peligro para que el silencioso Comandante de esa caballería de la voz de mando que obligue a elevarse hacia los cielos a toda esa inmensa mancha roja; con el orden más absoluto, formando un colosal triángulo en las alturas, se lanza la bandada en demanda de otras aguas y pronto desaparecen, junto a las nubes, las aves más hermosas pueblan la fría y desolada sábana polar. Sus compañeros inseparables, los albos cisnes, más lentos y pesados en el vuelo, acompañan desde lejos aquella marcha majestuosa y se retiran a su vez guardando la retaguardia del grandioso escuadrón volante.
En los alrededores de Porvenir tienen su cuna los cisnes; los islotes de la laguna que lleva su nombre, son asilo seguro para el desarrollo de los polluelos; miles de miles de nidos pueblan esos islotes y el terreno muestra el hogar donde los pichones se alimentan y viven.
El rojo flamenco, más noble que su albo compañero, esconde en tal forma el sitio de sus amores, que ha resultado infructuoso todo paso que se haya encaminado en busca de los nidos; tal vez el hielo de los polos sea el mudo testigo de la procreación y de la juventud de este gentil y frío visitante de Tierra del Fuego.
Los cazadores aprovechan el ave abriéndola por el vientre y beneficiando el plumaje que es suave y muy apreciado.
En la Isla se paga por cada uno, como término medio, la suma de cinco pesos.
El porte general del flamenco no sobrepasa de un metro, el cuerpo es relativamente pequeño en comparación con su elevada talla, sólo las extremidades miden entre sesenta y setenta centímetros. Respecto al producto que proporcionan los cisnes, es muy conocido; además de los plumeros que se usan en los polvos, se hacen hermosos cuellos y capas de abrigo.
Laguna Santa María, es un depósito inagotable de las dos aves que dejamos señaladas y en el invierno se constituye en un punto de bastante atracción para los buscadores de plumajes.
Dejamos a nuestra izquierda aquel emporio de bellezas y seguimos nuestro avance por el pequeño lomo de toro que lo separa del estrecho. Las aguas del mar vienen a estrellarse con fuerza contra los muros de la playa y forman nubes de espumas espesas y salobres que nos saturan con ese sabor característico del aire salino.
El «Río Santa María» marca el término del angosto murallón por donde corre el camino, al mismo tiempo señala la frontera del terreno desprovisto de árboles que acabamos de recorrer y el comienzo de los grandes y tupidos montes de Boquerón. Esta arteria fluvial dista doce kilómetros de Porvenir y da su nombre a la pequeña estancia que riega.
Después de cruzar el río que en esta parte corre completamente encajonado y formando barrancas peligrosas y cubiertas de pantanos, proseguimos la marcha por sobre un terreno completamente accidentado y cubierto de troncos de árboles; iniciamos la penetración a la región boscosa cubierta de «leña dura».
La ruta se empina lentamente hacia lo alto de las colinas y después de salvar dos o tres puentes medio destruidos, tropieza con una solitaria casita de ovejeros; junto a ella corre un alambrado que separa a la estancia Santa María de la reserva de Boquerón.
El terreno virgen se extiende ante nosotros cubierto con espeso monte de «leña dura», ésta debe su nombre a la gran resistencia de sus ramas y a la dureza de hierro que presenta la madera.
El árbol aparece en varios brazos que se separan del tronco junto con abandonar la superficie del suelo; sólo la parte alta de la copa se presenta cubierta de hojas verdes, muy parecidas a las del boldo, que constituye un forraje de primer orden para el ganado mayor.
El combustible que proporciona la «leña dura», es excelente, se consume con lentitud y produce mayores calorías que las que se obtienen con el carbón de piedra que se extrae de la mina Loreto en Punta Arenas.
La ruta de marcha se interna monte adentro siguiendo un trazo reciente y bastante costoso.
Un Decreto Supremo N.º: 467 de fecha 4 de octubre de 1918, pone esta reserva fiscal en manos de un cuidador, sin más obligación que el suministro de leña a las oficinas públicas de Porvenir y sin otro trabajo que dar las correspondientes facilidades a los vecinos que deseen proveerse de combustible. Boquerón es el único punto que tiene leña en toda la parte norte de Tierra del Fuego.
El actual cuidador, de nacionalidad yugoeslava, goza pues, de estos magníficos campos sin otro gravamen que el que dejamos señalado; esperamos visitar Boquerón para pronunciarnos en conciencia si el Fisco se beneficia o pierde con esta concesión.
Durante nuestra marcha vamos anotando las mejoras que se han introducido a fin de dejarlo apto para el pastoreo de lanares. Hasta la fecha, es el terreno más quebrado y difícil porque hemos transitado en Tierra del Fuego; los montes de «leña dura» se hacen impenetrables y los cañadones se presentan cada vez más profundos y peligrosos. Se han construido bastantes puentes y viaductos en todas aquellas partes donde no se concibe paso alguno, se ha desmontado extensiones apreciables y se ha abierto senderos que cruzan la reserva en distintas direcciones. Según datos que hemos recogido posteriormente, los trabajos enunciados no han costado menos de treinta mil pesos. Sin embargo, no puede negarse que todos estos arreglos indispensables son sacrificios que significan una muy buena recompensa, toda vez que Boquerón es uno de los mejores campos de la parte norte de la Isla, donde los pastizales son enormes y magníficos y donde el ganado encuentra alimento abundante y asilo seguro, tanto en invierno como en verano.
Concesiones como estas representan un beneficio colosal para el afortunado que las logra obtener y todo sacrificio pecuniario que se invierta en los terrenos significa dinero colocado a intereses, considerables.
Nuestro paso por Boquerón trae a la mente los misterios de la selva virgen. Miles de osamentas de animales vacunos siembran el terreno en toda su extensión; son los restos de los «baguales»11 que hasta hace poco fueron los únicos pobladores de esos campos.
Las compañías ganaderas de Tierra del Fuego importaron de Europa hermosos ejemplares de ganado vacuno, ganado que estaba llamado a multiplicarse en la Isla y a señalar el principio de muchas riquezas e industrias; gran parte de las reses se escaparon de los campos mal cuidados en que se les guardaba y buscaron refugio en medio de los impenetrables bosques de Boquerón. Allí permanecieron muchos años; la vida salvaje los volvió salvajes (baguales) y llegaron a constituirse en el terror de los habitantes comarcanos.
Por parte de los indios, debieron ser considerados como un gran obsequio de la Providencia, pues venía a proporcionarles una nueva carne para mezclar a su monótono y siempre igual alimento fueguino.
A principios del año 1916, se calculaba en cinco mil cabezas el número de animales vacunos que poblaban Boquerón. Un comerciante de Punta Arenas, don Juan Oeneisen, concibió la idea de beneficiarlos, para cuyo efecto solicitó la autorización correspondiente de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, poseedora entonces de esos campos.
La peligrosa cacería se inició ese mismo año; cuadrillas de peones ingleses contratados ex profeso se internaron en la selva y no lograron obtener los resultados que esperaba el concesionario. En la persecución y matanza de vacunos murieron muchos caballos despedazados y gran número de los cazadores se malograron de consideración.
Resultó, pues, que este primer intento de exterminio y de lucro se presentó completamente contrario a los intereses del señor Oeneisen y lo obligó a recurrir al elemento nacional para proseguir los trabajos.
Se organizó una nueva cuadrilla compuesta de quince hombres al mando de los valientes «huasos» chilenos Elías Azócar y Segundo González; nuestros paisanos no sólo aceptaron tan difícil tarea, sino que se lanzaron al monte dispuestos a concluir con los famosos «baguales».
Para estos esforzados cazadores no hubo dificultades; provistos de sesenta caballos fueguinos desaparecieron en Boquerón e instalaron su campamento en el centro de la selva virgen.
En ocho meses cabales se hicieron dueños de los montes; cañadones, quebradas y cerros, fueron recorridos por la famosa cuadrilla de Azócar y González, y en todas partes dejaron huellas sangrientas del empuje exterminador que impulsaba a los jinetes. Uno a uno fueron cayendo bajo los certeros tiros, los cornudos habitantes de Boquerón.
Tanto sacrificio de parte de los audaces cazadores, tenía una recompensa bien reducida; los animales mayores de dos años que se entregaban vivos, eran pagados a razón de dos libras esterlinas, menores de dos años, una libra, y menores de un año no tenían precio, pero se recibían.
Los vacunos defendieron sus vidas con valentía inaudita y sólo sucumbieron después de haber defendido el terreno palmo a palmo.
Muchos momentos angustiosos se relatan de la cuadrilla dominadora de la selva; uno, especialmente, nos retrata los peligros de aquella sangrienta cacería. Se cuenta de un cazador que quedó pendiente de una mata de «leña dura» mientras huía de la persecución de un toro salvaje; el bruto enfurecido, al ver desprenderse al jinete de la cabalgadura, abandonó la persecución de ésta y se concentró a cornear los pies del cazador colgante. Un segundo jinete acudió en auxilio del indefenso prisionero y con maestría sin igual, logró enlazar a la fiera y reducirla a la impotencia. Sin embargo, tan eficaz ayuda no había sido lo suficiente oportuna como el caso lo requería; descolgado el cazador, mostró un pie empapado en sangre y atravesado de planta a empeine por el acerado y agudo cuerno de su atacante. Fue este herido el único que quedo fuera de combate y que se vio obligado a abandonar el trabajo de la cuadrilla devastadora.
Al finalizar los ocho meses de trabajo, Azócar y González daban por terminada su peligrosa tarea y regresaban a Porvenir conduciendo cincuenta y nueve caballos de los sesenta facilitados por la Sociedad Explotadora; sólo uno había perecido durante la penosa y larga lucha con los «baguales».
Las pingües ganancias que debió producir el exterminio de los cinco mil animales salvajes, resultó sólo nominal para la cuadrilla cazadora; los vacunos que murieron a bala en el fondo de los cañadones o en las grietas de las quebradas, no pudieron beneficiarse y, por lo tanto, no se pagaron. Éstos fueron los que constituyeron el mayor número y ningún beneficio dieron a Azócar y su cuadrilla.
Hasta la fecha se conservan en Santa María y Porvenir algunos ejemplares de esos «baguales»; pillados a lazo cuando sólo contaban algunos meses, fueron conservados junto al hombre y, poco a poco, se han ido domesticando. Sólo guardan, como signo de su independencia y pujanza perdidas, sus acerados cuernos provistos de una punta infinitamente penetrante y dura.
Una vez libre el campo de aquellos molestos y peligrosos pobladores, se ha dedicado a la crianza de ganado lanar que, en piños considerables (en total unos diez mil) aprovechan, en compañía de los elegantes guanacos, el abundante y rico pasto que crece a la sombra del «leña dura».
Una mancha de bosque, tupida, corpulenta y frondosa y que vista desde lejos semeja una gran plazoleta, guarda en su seno la casa en construcción que debe constituir el centro de las faenas de la estancia en formación.
Invitados de antemano por el cuidador de la reserva, debemos pasar la noche en medio de este campo solitario, para proseguir, en la mañana siguiente, nuestro recorrido por los campos de Boquerón.
Antes de entregarnos al reposo, nos aproximamos hasta el borde de un enorme precipicio que cae directamente hacia el mar y divisamos junto al horizonte lejano, la silueta deslumbrante de la metrópoli puntarenense. Las luces forman un solo cono colosal y los destellos luminosos, al reflejarse en la inmensa bóveda del cielo, nos señalan el único centro de vida que se agita dentro del insondable caos que nos rodea.
La noche precipita sus sombras sobre la selva y nos obliga a buscar refugio junto al calor del hogar que arde en el centro de la casa a medio construir. Las estufas temperan vagamente el ambiente y, las capas de guanacos, son suficientes cubiertas para preservarnos del frío exterior y del fuerte viento que comienza a levantarse.
Durante el sueño, somos dos o tres veces despertados por un ruido sordo e intermitente que se deja sentir directamente bajo nuestras almohadas. Por muchos esfuerzos que hacemos para librarnos de tan molesto visitante, nada conseguimos en forma efectiva, sólo un momento se produce la calma para volver nuevamente con su monótono y constante golpear. Tenemos pues que resignarnos a seguir escuchando aquel ruido y a mantenernos despiertos una buena parte de la velada.
-Se trata del «cururo» -nos dice el guardador de la reserva-, minero muy común en estas regiones y trabajador nocturno contumaz y empedernido. El famoso «cururo» -agrega- puebla en casi toda su extensión a la inmensa Isla de Tierra del Fuego, y al estar en plena faena, como desgraciadamente ocurre esta noche, produce un golpe exactamente igual al que deja sentir un ariete hidráulico en pleno vuelo. Construye así sus interminables galerías subterráneas y en ellas acumula sus abundantes provisiones que deben servirle de alimento durante todo el invierno; época en que las lluvias invaden los alojamientos y las nieves cierran la puerta de las habitaciones.
El «cururo» es muy semejante en aspecto, forma y tamaño al modesto «ratón de pirca» que conocemos en el centro del país, sólo se diferencia de este por la forma achatada que tiene su cabeza y por la longitud de sus orejas que son muy parecidas a las del conejo. Se alimenta de raíces de arbustos, del pasto silvestre, y del grano que suele encontrar sobre el terreno. Durante el verano se ocupa en recoger provisiones para el invierno y es curioso observar que al final de la temporada de fríos, cuando ya puede salir libremente al exterior, arroja a la boca de sus depósitos, todo el alimento sobrante que le ha quedado después de su obligado cautiverio. Junto con iniciarse el verano, las bocas-cuevas del «cururo» (curureras) quedan completamente cercadas con el sobrante de los alimentos que estos animalitos arrojan al exterior de sus viviendas.
En tiempo de los nativos el «cururo» fue una caza muy estimada por los fueguinos. Es muy curiosa la manera como los indios los atrapaban: provistos de un palo largo y puntiagudo y a una hora determinada del día, generalmente a las doce, aprovechando que el animalito dormía su siesta obligada, el ona se aproximaba cautelosamente hasta la cueva del cururo, se detenía un momento y de improviso hundía el palo en la boca de la galería. Al retirar el arma de madera, sólo se daba el trabajo de tomar el olor a la punta del palo; después se dirigía hacia un nuevo hoyo para repetir igual tarea cuantas veces lo estimaba necesario. Al dar término a un trabajo más o menos prolongado, volvía sobre sus pasos y retiraba una víctima de todas aquellas cuevas en donde el palo había hecho presa. El animalito lo preparaba entero y sin despojarlo del cuero; lo ensartaba en un asador y lo cocía al calor de las brasas de una fogata. Cocido en esta forma no perdía nada de su sustancia y el indio lo devoraba con verdadera glotonería y con la misma sonrisa de satisfacción que toma el gastrónomo, cuando paladea una delicadeza exquisita.
Las «curureras» invaden los campos y el «cururo» es un verdadero desvastador de los sembrados. El mejor remedio contra la propagación de este peligroso enemigo de los pastos, lo constituyen las mismas ovejas. Los grandes piños que transitan por los terrenos sembrados de cuevas, no sólo apisonan el suelo, sino que cierran las puertas de las galerías haciendo que sus habitantes mueran asfixiados.
Existen potreros donde el tránsito a caballo se hace sumamente peligroso, el pasto disimula perfectamente la boca de las cuevas y el terreno suelto que bordea la entrada de las galerías se hunde fácilmente con el peso de la pata de la cabalgadura. Si el jinete no es perito y muy listo, rueda por los suelos junto con su montura y hay veces, generalmente cuando se marcha a aires rápidos, en que, jinete o caballo, resultan con algún miembro quebrado.
Tal disertación sobre el molesto minero nocturno, la hemos escuchado semi adormecidos por el persistente ruido del ariete con vida; algunos momentos más y nuestros sonoros ronquidos deben haber apagado o por lo menos han hecho coro al continuo tic-tac subterráneo.
Antes de despuntar el alba somos despertados por un ruido ensordecedor que retumba sobre el techo de la casa; de un salto nos ponemos de pie y volamos hacia el exterior. Un granizo, grande como una avellana, se desploma de los cielos y rebota sobre el piso de los prados. Sólo un momento se precipita aquel bullicioso despertador de la montaña y satisfecho de haber logrado su intento, se retira hacia las nubes en espera de las luces de una nueva aurora.
Desperezados y contentos tomamos el café de la mañana, estimulante al que agregamos un sorbo de «grapa» (aguardiente) que nos deja listos para proseguir nuestro interrumpido reconocimiento.
El panorama no es el mismo del día anterior; se presenta ahora completamente cambiado y atrayente; las colinas han engalanado sus cumbres con la blancura centelleante de la nieve matinal y las inmensas praderas semejan alfombrados colosales cubiertos con millones de diamantes. El sol inicia su lenta marcha hacia las alturas y envía hasta la tierra unos rayos sin calor, luz que se refracta sobre el inmenso sudario de los prados y que estos devuelven convertidos en millares de chispas de colores.
¡Oh! ¡Qué hermosa es esta naturaleza salvaje saturada de esplendores y sujeta a los cambios de un clima caprichoso y frío!
El helado ambiente parece pretender entumecernos, sin embargo, lo desafiamos y arropados hasta las orejas, nos lanzamos hacia el sitio donde emanan los discutidos gases de petróleo.
Centenares de guanacos pacen tranquilos sobre los pastos que guardan los cañadones; curiosos se aproximan al paso de la cabalgata y sus ojos hermosos y entristecidos, nos contemplan melancólicos como dándonos muestra de una tristeza infinita.
Estos grandes rebaños silvestres y completamente inofensivos, libres hoy de las flechas del indio, tienden a desaparecer bajo el plomo de la carabina o bajo la codicia de aquellos que trabajan con pieles de guanacos. La propia subdivisión de los terrenos se encarga de matar las pequeñas crías y es una poderosa enemiga de la procreación.
Los «caperos» como se les llama a los buscadores de pieles de guanaco, tienen especial predilección y se dedican de lleno a cazar los productos pequeños; el cuero de estos es especialmente adaptable para las capas o sobrecamas; quince a dieciocho guanaquitos son suficientes para la confección de uno de estos abrigos; para las costuras de uniones se emplean los tendones del mismo animal. Es curioso observar que los trabajos análogos que antes efectuaron los onas, son mucho mejor confeccionados y más acabados que los que hoy día presentan los blancos; aquellos no contaron sino con medios naturales para elaborar las capas, estos, en cambio, emplean todos los medios artificiales que les ha dado la civilización.
Referente a la forma como viven estos simpáticos cuadrúpedos, podemos adelantar algunos pormenores. Sólo en cierta y determinada época del año se juntan los machos con las hembras; pasado el período de celo, los sexos se apartan y el macho más fuerte queda al cuidado del rebaño de hembras. Estas buscan praderas donde el pasto sea abundante, allí tienen sus crías y las amamantan hasta la primavera siguiente. Junto con haber terminado el año de crianza, aparecen nuevamente los guanacos y entonces el pequeño guanaquito obtiene su libertad absoluta.
La velocidad y resistencia de estos animales son verdaderamente extraordinarias; en campo abierto es un problema sin solución pretender dar caza a un ejemplar de quince o veinte días.
Los cazadores conocen perfectamente esta dificultad y jamás se aventuran en persecuciones infructuosas; generalmente arrean las manadas hacia terrenos alambrados, las madres salvan de un salto los cercos y la pequeña cría, cuando se ve sola, busca refugio junto al caballo del cazador y allí es hecha prisionera y ultimada.
A pesar de la vida absolutamente libre de que disfruta el guanaco, es increíble la docilidad con que se presta para vivir junto al hombre; un guanaquito llevado a la casa, resulta mucho más molesto que un niño regalón y consentido. Allí lo observa todo minuciosamente con la curiosidad de sus grandes ojos y su hocico se introduce en todas aquellas partes donde ha desaparecido la mano de su cuidador. Para él, parece que las habitaciones son dependencias que hubiera conocido desde antes de nacer; cuando no se le atiende debidamente, llora y solloza como una guagua y llega a tomar tanta confianza con las cosas domésticas, que se hace insoportable con sus continuas exigencias.
Mientras más nuevo es el guanaco, tanto más apreciado es su cuero; el animal nonato proporciona una piel finísima completamente cubierta con un pelo crespo, blanco y sedoso. Las capas confeccionadas con este último producto son escasas y caras.
Interrumpimos sólo un momento nuestra marcha para contemplar con profundo dolor aquellos rebaños que tranquilamente pacen a nuestro alrededor; al seguir camino adelante, llevamos la íntima convicción de que ese tipo genuino de Tierra del Fuego, tiende a desaparecer en igual forma que sus antiguos amos, los indios, de cuya raza se conserva uno que otro ejemplar degenerado.
Nos encontramos ya próximos al extremo de Boquerón, cuya punta sigue extendiéndose hacia el mar para terminar por sumergirse, casi verticalmente, en las profundas aguas del Estrecho. Descendimos por un sendero angosto y peligroso y una vez en la playa, contemplamos un momento aquellos acantilados inmensos que presentan sus formidables flancos al embate constante de las olas. Aquellos murallones colosales se precipitan desde lo alto, casi en ángulo recto y después de señalar una caída de cuarenta o cincuenta metros, interrumpen su brusquedad para tender sus faldas que van a ocultarse bajo las aguas del mar, en pendiente suave y constante. La baja marea deja al descubierto aquellas faldas que se encuentran tapizadas de infinitos puntos negros, demarcadores de millones de rocas marinas cubiertas de moluscos.
Una exclamación de nuestro guía nos invita a recoger erizos.
Hemos llevado, ex profeso, algunos sacos que pronto se repletan con ejemplares de todos tamaños; al abrir algunos, podemos constatar que difieren de los del norte por carecer de camarón; por otra parte las lenguas son grandes y gordas pero no tienen sabor alguno, particularidad que ya habíamos notado en Porvenir. Todos los moluscos y peces de estos mares helados y fríos, con excepción de la fina y aristocrática centolla, carecen casi en absoluto del sabor tan característico en los productos marinos; pejerreyes, robalos, sierras, choros, erizos, etc., etc., tienen un gusto insípido y desabrido que, especialmente a los que llegamos desde el Norte, nos resulta desagradable al paladar.
La nueva decepción que experimentamos con este marisco tan apreciado en el centro del país, hace que apuremos la marcha hacia el sitio desde donde emanan los gases.
Avanzamos con infinitas precauciones a lo largo del inmenso murallón y junto al mar. El dificultoso y accidentado terreno nos da tiempo suficiente para apreciar el peligro inmenso que significa transitar por ese camino obligado, si se desconocen las horas de las diferentes mareas; el agua sube por el corte a pique de ese acantilado, ¡pobre el jinete aquél que, ignorante del peligro, se aventura en hora peligrosa por aquel paso intrasmontable!
Algunas osamentas humanas y otras de caballares y vacunos, aparecen de cuando en cuando, aplastadas por las piedras o los rodados. En 1917, nos cuenta el guía, cuatro jinetes se lanzaron por este pedregoso paso y pagaron con sus vidas la falta de previsión; era la hora maldita de la llena.
Cuando el mar comienza a subir, va muy lentamente sumergiendo a sus víctimas; las aguas salobres y espumosas parecen complacerse en prolongar la agonía humana y tiempo sobrado tienen para recrearse en tan doloroso pasatiempo ¡desdichado de aquel que no huye en hora oportuna o que desconoce los muy escasos puntos que dan acceso al murallón!
Junto con crecer el mar, las olas engruesan y se precipitan a la playa para ir a chocar con fuerza contra los acantilados de la costa; basta un solo golpe bien asestado de esta masa líquida que se agita, para que el infortunado viajero se despedace contra las rocas o agonice al estrellarse contra el pérfido muro. Los cuerpos molidos quedan después juguete de esas olas criminales y el mar se encarga de atraerlos hacia la inmensidad para arrojarlos nuevamente contra el inmenso murallón. De aquel embate constante de los elementos, sólo quedan desparramadas sobre las rocas, las piltrafas palpitantes y sanguinolentas de los que hasta hace sólo algunos momentos fueron cuerpos con vida.
Al retirarse el mar de esta tumba para los vivos, deposita junto a los arrecifes de la costa, los miembros despedazados de las imprudentes víctimas y allí los deja para el espanto de los viajeros y para satisfacción de las voraces aves del Océano.
Anonadados ante el misterio que nos rodea, contemplamos un momento la pérfida quietud del inmenso mar; sus aguas inmóviles y traicioneras parecen tentarnos a permanecer siempre sobre el mismo sitio, convidándonos a la muda contemplación de la belleza natural y salvaje que nos circunscribe. La oportuna voz de alerta dada por el guía, hace que prosigamos la marcha y nos alejemos de aquel funesto sitio que en pocas horas más debe convertirse en desolación y muerte.
Después de una hora de marcha, estamos junto a los gases. Sobre la misma falda del murallón y retirado apenas unos treinta metros de la playa, emergen desde un pozo cuyas aguas parecen hervir, gran cantidad de glóbulos cristalinos que al llegar a la superficie, se rompen y saturan el ambiente con el olor peculiar de la bencina; junto al pozo existe una abertura en la muralla y por aquella boca natural se escapa una cantidad considerable de los mismos gases. Basta la lumbre de un solo fósforo para encender aquel gasómetro; la llama rojiza permanece sobre el pozo hasta el momento en que una subida del mar o alguna lluvia torrencial tapan la boca de esa cañería terrestre.
Actualmente existe una Compañía destinada a explotar estos gases; muchos ensayos se han hecho y muchos análisis se han llevado a cabo con el fin de determinar el origen y procedencia de estas emanaciones. Geólogos extranjeros han venido expresamente a Tierra del Fuego y después de examinar con minuciosidad el terreno, han regresado a sus países llevando, en vasijas especiales, muestras del agua del pozo. Los estudios que puedan haberse hecho en los institutos extranjeros, no han traído ninguna luz para los accionistas de la Sociedad y si algún resultado positivo se ha llegado a obtener, los interesados han guardado muy bien el secreto.
La mayoría de los fueguinos y magallánicos, creen en yacimientos petrolíferos, cuya cuna estaría bajo el mar y en el centro del profundo brazo que separa a Tierra del Fuego de la Isla Dawson. La minoría, tal vez, la menos interesada, opina porque aquellas emanaciones son gases de pantanos.
Por nuestra parte, nos retiramos de aquel sitio compartiendo, casi en absoluto, con la última opinión que dejamos estampada, por lo menos, así nos lo hace concebir la enorme cantidad de pantanos que rodean al pozo.
Al emprender la marcha de regreso, lo hacemos por una gran «picada» (camino en construcción a través del monte) que nos permite ascender muy lentamente, hasta lo alto de los acantilados.
Sobre la corteza de un enorme leñadura vemos trazadas algunas iniciales y una fecha; el guía nos explica que aquello rememora el asesinato de un joven Teniente de la Armada que en compañía de algunos marineros se extravió en esa parte de Tierra del Fuego y buscó refugio en los montes de Boquerón. Una partida de indios que los sorprendió, combatió con ellos y los ultimó a flechazos.
Junto a aquel árbol murió el Teniente, las iniciales grabadas corresponden a los nombres de las víctimas y, el enorme «leña dura», guarda en su corteza de acero, desde hace más de quince años, la indestructible incisión que en él hiciera el cuchillo demarcador. De los indios se encargó el famoso Sam Ishlop.
Tales son las impresiones que recogimos durante nuestro paso por Boquerón, vamos ahora a comentar ligeramente las deducciones a que dio lugar nuestra visita a la valiosa reserva fiscal, separada sólo veintitrés kilómetros de la Capital de Tierra del Fuego.
El valor de Boquerón fue motivo de muchas opiniones; las hubo que aseguraban ser esos terrenos completamente inútiles para la ganadería y para todo cultivo; estas aseveraciones fueron las que dominaron entre los habitantes de Magallanes, por cuya causa la reserva permaneció mucho tiempo sin tener decididos admiradores.
Como fácilmente puede comprenderse, tal modo de pensar pecaba por su base principal, toda vez que en esos inmensos campos pastaban y se multiplicaban más de cinco mil animales vacunos, sin contar los numerosos rebaños de guanacos que vivían en medio de la selva.
González y Azócar fueron los primeros que lanzaron a los cuatro vientos las riquezas de esos suelos.
Hasta el año 1917 nadie se interesó por Boquerón, sin embargo hubo uno, el actual cuidador de la reserva, que hizo las gestiones del caso y obtuvo del Gobierno la concesión de esos campos.
Sin lugar a dudas, el aprovechamiento de esas tierras fiscales impone fuertes sacrificios y grandes gastos. Un suelo accidentado, boscoso y quebrado demanda un esfuerzo considerable hasta quedar apto para recibir ganado lanar; pero estos sacrificios obtienen una muy buena recompensa toda vez que esos montes deben considerarse como uno de los más ricos de la parte norte de la Isla. En tal virtud y sin desconocer que el actual guardador ha cumplido sobradamente con su compromiso, nos cabe una reflexión de capital importancia relacionada con el bienestar de Magallanes.
El paso por Boquerón deja muchas enseñanzas; son del dominio público las dificultades de todo orden que conmueven a esa lejana región; estas dificultades sociales, unidas al monopolio que existe en Punta Arenas y que se refleja directamente en los hogares que no disponen de grandes medios de fortuna, traen la carestía de la vida y el malestar de los habitantes. Consecuencia de ello es el doloroso espectáculo con que se tropieza el viajero y que se refiere a la enorme cantidad de niños pobres que crecen debilitados, con sus piernas torcidas y con sus encías putrefactas. Los artículos de consumo alcanzan precios exorbitantes, la leche fresca se desconoce en los hogares pobres y los alimentos para los adolescentes llegan enormemente recargados a poder del proletario. Personalmente hemos visto pagar la respetable suma de cincuenta y cuatro pesos (año 1919) por un saco de papas y hemos visto pequeños propietarios de carretones que han dado cuarenta y ocho pesos por un fardo de pasto de segundo corte, llevado desde el centro del país.
Al Gobierno, siempre preocupado por el bienestar de su pueblo, le corresponde velar porque aquella región pueda abastecerse con sus propios recursos; sobrados campos tiene Magallanes para dedicarlos a la agricultura y al pastoreo de animales vacunos.
Voluntariamente vamos a apartarnos de consideraciones de orden social en atención a que el lejano Magallanes, azote de la sombra malvada del sanguinario Cambiaso, primer asesino civilizado en aquella región que aún vaga con su espíritu de convulsión y exterminio por los campos patagónicos, requiere un estudio definitivo y rápido encaminado a extirpar de raíz la obra revolucionaria que vienen ejerciendo los ácratas salvajes, destructores del orden social y del progreso consciente de los pueblos.
La tarea que en este sentido corresponde al Gobierno, es vasta y definida; la labor administrativa está íntimamente ligada a la social y las necesidades y acontecimientos del Territorio señalan muy claramente en que sentido debe el Gobierno dejar sentir su influencia en Magallanes. Doloroso es dar una mirada al pasado y recordar los recientes acontecimientos que han conmovido la vida y bienestar de aquellos pueblos; fantástico parece el surgimiento colosal de Punta Arenas, progreso enorme y palpable que sólo lo debe al esfuerzo y constancia de sus hijos, luchadores en una región lejana donde muy poco se ven los beneficios y la preocupación del centralismo que impera en nuestra República.
En nuestro altivo país sólo se remedian los males cuando se han producido con todas sus funestas consecuencias y jamás se ha tratado de tomar determinaciones definitivas cuando los gérmenes de aquellos males se presentan como avanzadas pregoneras de futuros acontecimientos. Magallanes alberga en su seno el nefasto germen de la revolución social; Magallanes es un centro abierto e inmensamente rico adonde acuden centenares de ácratas de todas nacionalidades, falsos predicadores de una doctrina que no creen pero que admiten, porque ella les da vida y bienestar a cambio de la especulación de que hacen víctimas a los confiados y tranquilos obreros del Territorio. El germen desquiciador de las colectividades honradas, ha incrustado su ponzoñosa garra en aquel centro de actividad y de industria, y periódicamente hace y hará temblar al Territorio, con la virulencia de su veneno.
Las úlceras se cauterizan, los miembros gangrenados se amputan y los animales venenosos se aplastan y se destruyen. Estos remedios radicales, causan dolor en el paciente, lo debilitan o anonadan un momento, pero le dan la vida y le devuelven la salud.
Magallanes reclama a voz en grito la mano enérgica del facultativo, reclama una consciente organización administrativa, reclama el aliento vivificador de los poderes constituidos tan parcamente desparramado en la zona central del país, reclama con voz poderosa una definida legislación social, reclama, en fin, lo que el Gobierno debe darle, es decir, lo que el Gobierno no ha querido darle nunca.
El propio alejamiento en que vive Punta Arenas y por sobre toda consideración, los inmensos capitales extranjeros que se encuentran invertidos en aquellos campos, exigen la benevolencia y atención de los poderes públicos; nuestra soberanía nacional así lo reclama, exigencia que descansa sobre una base de justicia y de derecho y que desea mantener firmemente afianzado al país un suelo que está sujeto a conmociones peligrosas y luchas violentas, en defensa de cuyos capitales amenazados pueden primar intereses que nos abstenemos de considerar.
Hoy por hoy, los pueblos de Magallanes deben considerarse los centros de vida más difíciles y más caros de toda la República; para lo primero ya hemos señalado el remedio, lo segundo, lo declaramos con la íntima convicción del que ha visitado esas regiones, ha profundizado sus exigencias y conocido la riqueza de los suelos del Territorio, es un mal cuya base descansa en la desidia y abandono en que se mantiene a aquellos emporios de producción.
Como lo hemos dicho antes, nuestra visita a Boquerón nos dejó lecciones y experiencias que jamás olvidaremos.
El Decreto Supremo a que hemos hecho referencia y que lleva el N.º: 467 de fecha 4 de octubre de 1918 deja esta reserva fiscal en poder de un cuidador que aprovecha las pastadas en beneficio propio sin exigirle otro trabajo que la entrega de leña a las oficinas fiscales de Porvenir. No queremos entrar a profundizar el espíritu de este Decreto, toda vez que él fue dictado en tiempos que se desconocía casi en absoluto el valor de las tierras de Boquerón dado el poco interés que, por ellas, habían demostrado los fueguinos. Estimamos sí que esa medida fue muy acertada porque ella encierra un principio de interés por guardar las cosas de bien público en atención a que la reserva, manteniéndose completamente abierta a las exigencias de los pobladores, podía sufrir enormemente con la explotación sin medida de los montes que guarda; cada necesitado usufructuaba de sus beneficios a su libre albedrío.
El Decreto en referencia cortó a tiempo este mal y aseguró para los habitantes de Porvenir y sus alrededores, un colosal depósito de combustible que se mantendrá inagotable por el espacio de muchos años.
Pero ante las exigencias de vida de todo un Territorio, creemos de necesidad adelantar algunas objeciones encaminadas al bienestar social del proletariado de Magallanes y al progreso agrícola de toda aquella vasta región.
Los campos de Boquerón son tierras magníficas que se prestan admirablemente para la agricultura y la ganadería mayor. Después de observar atentamente las causales que originan el raquitismo infantil de Magallanes, llegamos a la conclusión tantas veces expuesta, que ello se debe exclusivamente a la carencia de alimentos de primera necesidad para el desarrollo del niño.
Muchas veces hemos dicho que el territorio puede y debe abastecerse con sus propios medios. Jamás se ha dado un paso en este sentido; los inmensos campos permanecen acaparados por firmas bien conocidas y las tierras sólo alimentan ovejas, como si este producto fuera el único que puede vivir y desarrollarse en aquella región.
Cualquier viajero que visite Boquerón, se convencerá de lo erróneo que es este principio. Los altos bosques de la reserva son suficiente abrigo para que los pastos permanezcan libres de la nieve durante todo el año, los suelos son de una fecundidad asombrosa y los tubérculos y verduras encuentran vasto campo para un desarrollo seguro y rápido. Este último año, el guardador de la reserva, hizo grandes siembras de papas, a nuestra vista efectuó la cosecha de una parte de sus sembrados y, verdaderamente, quedamos estupefactos al apreciar la bondad de las tierras; hortalizas se producen doquier se planten, cebada y avena crece vigorosa y se desarrolla enorme. Si a esto agregamos la crianza natural de los exterminados vacunos de Boquerón, llegamos a la conclusión de que solamente en la reserva puede producirse gran parte de lo que Punta Arenas importa, no sólo desde el Norte del país y de la República Argentina, sino aquellos productos que se traen de los puertos portugueses. Sobre esto último vamos a hacer una pequeña aclaración; la papa, la cebolla, la uva, etc., etc., se trae con igual preferencia de nuestros puertos como de los puertos portugueses; para muchos puede esto parecer una exageración, sin embargo, ello es absolutamente verídico. El monopolio y los enormes fletes a que están sujetos nuestros productos naturales, hace que se presenten en igualdad de precios y a veces de un valor superior a los productos extranjeros. Baste citar el hecho acaecido en 1919 en que un saco de papas se vendió en Porvenir en la suma de cincuenta y cuatro pesos (en la misma época este artículo fue cotizado en Natales en setenta y dos pesos el saco) y un fardo de pasto en cuarenta y ocho pesos, para aceptar artículos similares extranjeros de un valor de venta muchas veces inferior al nacional. En el territorio se venden las cebollas a diez pesos la docena, las lechugas sólo tienen precio de ocasión; nada queremos decir de las sandías y melones, son artículos de lujo y su valor jamás baja de doce o quince pesos.
Para contrarrestar estos abusos incalificables es que sometemos al sano criterio de la opinión pública el mejor y más consciente aprovechamiento de las enormes reservas que aún mantiene el fisco en poder de las grandes compañías o bajo la mano de un cuidador que mucho aprovecha en beneficio propio y nada da en beneficio del país y de la población necesitada de Magallanes.
Jamás hemos pretendido combatir intereses personales, bien la tenga quien bien la hubo, pero no podemos silenciar lo que muchos han silenciado tal vez por no conocer el valor de aquellos terrenos o tal vez por desconocer las necesidades de la población.
Decir que el pueblo de Magallanes es rico, es decir una mentira; la clase proletaria de Magallanes no es rica, lo que hay de verdad es que los salarios son muy subidos, pero estos salarios están en relación directa con los precios enormes a que alcanzan los artículos de primera necesidad.
Todo el dinero con que se paga al proletariado, sale de una caja que podríamos considerar como «caja común». Este capital es de un monopolio al cual nada importa subir salarios y satisfacer exigencias o peticiones de huelgas.- ¿Qué el huelguista pide un 15% un 20% o un 30% de aumento de jornal? Con seguridad que después de un corto cambio de ideas y de un formulismo dificultoso, se concede lo pedido. Ello en nada afecta a las firmas dirigentes; pocos días después se han subido los artículos de consumo en una cantidad que guarda analogía con las exigencias de los peticionarios, por esta causa el «tira y afloja» constituye una polea sin fin que siempre tiene como término la caja de caudales.
El único verdaderamente damnificado del Territorio, es el empleado público. Este servidor de la Nación está sujeto a un sueldo determinado y cada exigencia de los huelguistas y cada alza en los precios del comercio, repercute en forma funesta y dolorosa en su presupuesto de vida.
Hemos visto jornaleros que ganan cuarenta y hasta cincuenta pesos diarios, sin embargo, se muestran descorazonados cuando deben pagar los enormes precios que hemos anotado, para procurarse sus medios de subsistencia y de trabajo.
Magallanes no tiene razón alguna para tener una vida tan cara, Magallanes puede proporcionar a sus habitantes los artículos de primera necesidad.
Tierra del Fuego tiene todavía muchas reservas fiscales, Tierra del Fuego reclama y pide la subdivisión de los suelos. El Gobierno tiene la obligación de atender este humanitario pedido y debe dedicar parte de sus mejores actividades en beneficio de esos suelos australes.
Entendemos que dos o tres años son suficientes para que el guardador de la reserva de Boquerón obtenga centuplicado el capital que haya podido invertir en la mejora de esos campos, ninguna pérdida se ocasionaría en los intereses de ese guardador, recuperando para el Fisco y para el provecho de los habitantes de Magallanes, una reserva que tan útiles y positivos servicios puede proporcionar al territorio.
Sin gasto alguno sino con mucho beneficio y provecho para las arcas fiscales, se puede convertir a Boquerón en una magnífica Escuela Agrícola y Ganadera. La creación de este plantel de enseñanza señalaría un paso trascendental en beneficio de los suelos magallánicos y de la población del Territorio. Una Escuela agrícola y Ganadera marcaría nuevos rumbos al porvenir de esos campos y la vida propia de esa inmensa zona austral, quedaría completamente asegurada. Aún más, nos atrevemos a adelantar que desaparecería gran parte de ese malestar social que agita a la clase proletaria y, por ende, las revueltas y huelgas se harían, cada vez más escasas y menos formidables.
Una crianza de vacunos en la reserva, podría surtir de abundante, buena y barata leche a toda la población de Punta Arenas y Porvenir; los niños tendrían un alimento seguro y sano, y tal vez desaparecería de aquella región el mortífero raquitismo infantil. A cuantas industrias podría dar vida Boquerón, queda al criterio de quien lea estas memorias.
Y para que no se nos tilde de ilusos o de fantásticos en nuestras apreciaciones, estampamos a continuación dos documentos que tienen relación con Boquerón, y cuya copia nos fue facilitada por los señores J. y J. Stipicic durante nuestra corta estada en Punta Arenas.
De la autenticidad de estos documentos respondemos, toda vez que de ellos quedó copia en la Subdelegación de Porvenir el 5 de abril de 1918.
El primero dice así:
El segundo dice:
Boquerón, según la Oficina de Mensura, tiene alrededor de tres mil hectáreas, por el documento que antecede el lector podrá formarse juicio cabal que el valor de esas tierras es superior a cinco pesos la hectárea, así lo deja ver aquello de que «las mejoras y alambrados e instalaciones queden a beneficio fiscal», amén de aquello:
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«También estamos dispuestos a considerar cualquiera cláusula adicional, que esa Honorable Junta creyese necesario agregar al contrato». |
Como se ve, Boquerón puede producir mucho más de lo que hoy día produce, pero es el caso de no considerar a aquellas tierras como campos que deben cederse en concesión, debemos considerarlos como tierras de bien público que deben pasar a manos del Fisco para bien del país, para mejorar la situación del proletariado de Magallanes, para dar un gran impulso agrícola, industrial y ganadero a la región y para dar mayor valor a todos esos suelos que, hoy por hoy, permanecen desconocidos en sus riquezas e inexplotados en sus múltiples productos.
Dejamos cerrado este capítulo en la evidencia de que los verdaderos patriotas dirigentes del país, sabrán apreciarlo debidamente y considerar que no nos guía otro propósito que el bienestar y la grandeza nacional.
Situación geográfica de la Isla Grande de Tierra del Fuego.- Parte norte de la Isla.- Los ríos.- Los Lagos.- Clima.- Visita a la Estancia «Caleta Josefina».- El Hotel Baquedano.- Un pequeño museo en el corazón de Tierra del Fuego.- Río del oro.- Accidentes sobre la ruta de marcha.- Bahía Inútil.- Un terreno difícil.- Los caminos de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.- «Puerto Nuevo».- Los «Paravientos».- «Caleta Josefina».- El Señor Charles L. Donaldson.- Distintas actividades de la Estancia.- El galpón de esquila.- Vida de los obreros.- El «comedor grande».- La señora Donaldson.- Consideraciones de carácter general.
Antes de emprender el largo recorrido hacia el interior de la Isla, nuestro amable compañero de viaje estimó prudente, hacer un pequeño estudio sobre la carta.
Al efecto, aquella misma noche nos instalamos junto a una pequeña mesa y con la ayuda de una buena lámpara a petróleo, recorrimos, en la carta, los campos que más tarde debíamos visitar.
La gran Isla de Tierra del Fuego, con sus numerosas islas adyacentes, se extiende desde «Punta Anegada» que arranca hacia el Polo a partir de medio grado al sur del paralelo 52, y termina en el Cabo de Hornos que se pronuncia, distante sólo algunos minutos, al norte del paralelo 56.
Su ancho mayor corre de S. E. a N. O. y está señalado desde el cabo San Diego, próximo al meridiano 65, en la Península Mitra de propiedad Argentina, para terminar en el cabo Deseado, a 15 minutos del meridiano 75.
De la Gran Isla, sólo corresponde a Chile una superficie de 28 mil kilómetros cuadrados, el resto es argentino. La Isla tiene un total de 48 mil Km2. El límite entre las dos naciones corre directamente de N. a S., entre los meridianos 68 y 69 inicia su avance junto al cabo Espíritu Santo y termina en el canal Beagle, en las proximidades de Ushuaia, población perteneciente a la vecina República.
El cabo Espíritu Santo está colocado en los 52º 40' latitud Sur y coincide con el meridiano 68º 37' Oeste.
Después que el límite toca las aguas del canal Beagle, dobla bruscamente hacia el Este y se dirige hasta el Atlántico por el centro del angosto canal inter-oceánico. Al salir al mar abierto, cambia rumbo hacia el Sureste y deja en poder de la Argentina no sólo la parte oriente de Tierra del Fuego, sino también las islas e islotes de «Los Estados».
A Chile corresponde toda la parte occidental de la Gran Isla y la austral que se desprende desde el Sur del canal Beagle hasta el Cabo de Hornos. La tierra chilena más oriental, está marcada por la isla Nueva, distante 32' del meridiano 66; ella cierra la ancha abertura marítima que separa a las dos importantes islas de Picton hacia el Norte y Lénox hacia el Sur, ambas de propiedad chilena.
Tierra del Fuego presenta dos grandes porciones que difieren enormemente entre sí; la línea que se prolonga desde Bahía Inútil hasta Bahía San Sebastián, separa estas dos porciones que se diferencian, tanta por el clima, como por su flora y fauna.
La que queda al Norte carece en absoluto de bosques y el pasto sólo se desarrolla en el sentido de su altura, dentro de las innumerables vegas de sus extensos cañadones; en el resto del terreno, los pastizales son abundantes y robustos, pero no sobrepasan de cincuenta a sesenta centímetros de longitud, a causa que para defenderse de los grandes vientos, deben de crear raíces poderosas. Los cerros no son muy altos y los picos más elevados sólo suben hasta 600 metros sobre el nivel del mar. Las aves y animales que ya conocemos, son los pobladores de esta región.
La porción sur de la Isla, se caracteriza por ser ella abundante en inmensos bosques de roble y porque sus suelos son creadores de pastizales exuberantes que se desarrollan en forma prodigiosa12. La flora va apareciendo más formidable a medida que más se avanza hacia el Sur y los altos cordones se empinan mucho más elevados que en la región del Norte.
La temperatura de esta zona es más fría que la de la anterior.
Parece que estas dos grandes secciones de la Isla Grande, estuvieron separadas, antiguamente, por un ancho brazo marítimo, que debió correr por la sensible depresión que hoy une el fondo de las dos bahías nombradas. Esta creencia se deriva de las distintas observaciones recogidas por los viajeros que han recorrido aquella zona, del principio que sostenemos y que se refiere al levantamiento paulatino del inmenso archipiélago y de algunas tradiciones que hemos oído y que relataremos a su debido tiempo.
Casi toda la parte Norte de la Isla se encuentra en manos de la Sociedad «Explotadora de Tierra del Fuego», con excepción de los terrenos que quedan inmediatamente al norte de Bahía Porvenir que pertenecen a la Sociedad Gente Grande, y parte de los que están al Sur de la misma bahía que han sido rematados por los pequeños estancieros.
La Compañía Explotadora tiene establecidas, en la zona nombrada, cuatro grandes estancias, a saber: 1.ª- «Río del Oro» en el fondo Norte de Bahía Felipe; 2.ª- Spring-Hill en las inmediaciones de Punta Espora; 3.ª- Caleta Josefina, en el fondo de Bahía Inútil y San Sebastián en las proximidades de la Bahía del mismo nombre. Cada una de estas estancias cuenta con extensiones enormes de terrenos que fluctúan entre 150 y 250 mil hectáreas.
Los caminos que unen a todos estos establecimientos ganaderos, son de primer orden y están bien cuidados.
Según los datos que hemos recogido y los que nos suministra la carta, debemos comenzar el recorrido por Caleta Josefina. Las distintas distancias y la red de caminos, las tenemos anotadas; ellas nos señalan el siguiente kilometraje: Porvenir a Baquedano 35 kms. -Baquedano a Discordia 20 kms. -Discordia a Caleta Josefina 35 kms.
Desde este último punto el camino se bifurca en tres direcciones, a saber: 1ª.- Se dirige hacia el Este y a la estancia San Sebastián, 50 kilómetros; 2.ª- parte al Sur bordando Bahía Inútil y llega a la estancia Cameron, 45 kilómetros; 3.ª- se dirige al N. O. y, después de recorrer ciento once kms. llega a la estancia Spring-Hill. Partiendo de Caleta Josefina, el viajero encuentra los siguientes puntos de descanso: Kilómetro 35 China Creek (sub-sección de Caleta Josefina), kilómetro 50 Bella Vista, puesto de Spring-Hill, kilómetro 75 Ekwern, sub-sección estancia Río de Oto, kilómetro 111 Spring Hill. Desde este último punto el camino se bifurca en dos, uno va al norte y llega a Punta Espora, 25 kilómetros, el otro, bordeando la playa se dirige al E. y llega al cabo Espíritu Santo, punto por donde corre la línea divisoria con la República Argentina, pasando antes por la sub-sección Cuarto Chorrillo distante 27 kilómetros y Punta Catalina 30 kilómetros; desde este último punto se dirige al Sur, pasa por Cabo Espíritu Santo y llega a Río Cullén, República Argentina, 35 kms. sigue a Fillaret (sub-sección San Sebastián) 35 kms. y llega a San Sebastián, distante 40 kms. de Fillaret.
Desde Spring Hill parte un camino hacia el Sur y su recorrido es el siguiente:
Spring-Hill a Ekwern 26 kms., Ekwern a Bahía Felipe (estancia Río del Oro) 35 kms., Bahía Felipe a Sarita (sub-sección Gente Grande) 25 kms., Sarita a Gente Grande 15 kms., Gente Grande a Porvenir 30 kms.
Éste es el total de la red de caminos que cruza la parte Norte de la isla y es la única vía de comunicación que une a los diversos puntos poblados.
Hemos creído conveniente anotar los distintos kilometrajes porque ellos señalan los escasos puntos poblados de esta inmensa extensión de terrenos; únicos centros de refugio para los viajeros y lugares obligados de hospedaje y descanso para la gran cantidad de trabajadores que recorren a pie la Isla completa.
La línea telefónica corre paralela e inmediata a los caminos.
Todo el terreno que queda comprendido entre los kilómetros que hemos indicado, carece de recursos de toda especie, el caminante encuentra agua en las partes altas, y en las bajas, muy de tarde en tarde; la generalidad es salobre y pésima para la bebida.
En el verano, atendiendo al poco calor de la temperatura, estos recorridos se hacen con relativa facilidad; no pasa lo mismo en el invierno: la nieve, la escarcha y los grandes fríos impiden los descansos: ¡Desgraciado de aquél que se abandona un momento y se detiene a reposar un instante! La obra destructora del frío entumece las extremidades y escarcha los miembros.
Hemos visto muchos de estos infelices que, obligados por las circunstancias, han pasado una noche a la intemperie; ha habido necesidad de recogerlos y transportarlos a Porvenir; la amputación de sus miembros amoratados y escarchados ha sido la única salvación contra la gangrena que pronto comienza a apoderarse de todo el cuerpo.
A pesar de las dificultades de tránsito que se dejan señaladas, ellas no son obstáculo suficiente para que un número bien apreciable de trabajadores haga una vida nómade en tiempos en que las faenas se paralizan, precisamente en el invierno, y recorran la Isla en todas direcciones.
LOS RÍOS
En la parte que tratamos, todos los grandes ríos nacen de los montes «El Cordón» y sus tres cursos están bien marcados.
El curso superior se caracteriza por correr en cañadones profundos y sumamente accidentados; la mayor parte de los afluentes son recibidos en esta parte.
Después de descender de los montes de «El Cordón», los ríos entran a recorrer cañadones anchos y sumamente extendidos. Estas depresiones del terreno revisten formas caprichosas y, como están encerradas por altas colinas, tienen poco declive, obligando a que el río dé mil vueltas buscando su cauce.
Algunos de estos cañadones, el de Bella Vista, por donde corre el río Side que va a desembocar en Bahía Lomas, tiene 50 Kms. de largo y su ancho varía entre dos y tres kilómetros. El terreno está constituido por grandes vegas y pantanos.
El curso inferior se encuentra muy próximo a la desembocadura y, los ríos, sin gran corriente, se ven obligados a salvar un terreno arenoso que consume gran parte de su caudal.
Todas las arenas fluviales son auríferas y sobre los lechos de los ríos están instaladas las construcciones y las maquinarias que constituyen las dragas extractoras de oro.
Ninguno atraviesa los grandes lagos salados y sus aguas son cristalinas y potables.
Todos los ríos de la zona que nos ocupa, tienen dirección general de Sur a Norte y, después de abandonar el cordón, van a morir en las aguas del Estrecho.
Los mayores son tres: el Río del Oro que debe su nombre a la gran cantidad de metal amarillo que ha proporcionado; nace frente a Bahía Porvenir y, separada de ésta apenas unos 30 kms. recorre todo el centro Norte de la Isla y va a desembocar en Bahía Felipe. Sobre él y próximo a la costa se encuentran instaladas las construcciones principales de la Estancia Río del Oro.
Río Óscar, que nace próximo y un poco al E. del anterior, corre paralelo a Río del Oro y va a desembocar en Punta Piedra de Bahía Felipe.
Río Side nace en el centro del cordón, y después de recorrer el hermoso cañadón de Bella Vista, va a desembocar, formando cuatro deltas, en Bahía Lomas. En la misma bahía desembocan el Río Pantanos, el Cuarto Chorrillo y el Calafates, pequeños y sin importancia.
El resto de la red fluvial no reviste mayores consideraciones; constituyen ríos de un solo curso y de trayecto muy corto.
Los más importantes son: el chorrillo Porvenir, que desemboca en la bahía del mismo nombre, el Rosario, Esperanza, Río Nuevo y Centenario, que desembocan en la ribera norte de Bahía Inútil.
Los que van a morir al Atlántico son de curso más pequeño que todos los nombrados; el arroyo Virasoro, que desemboca próximo al cabo Espíritu Santo, los arroyos Alfa y Beta, al sur de este cabo y en Territorio Argentino. El más importante es el Río Cullén que tiene dos cursos: el superior, compuesto de dos brazos, corre por tierras chilenas, el inferior, de un solo brazo corre por tierra argentina hasta su desembocadura en el Atlántico.
Todo su curso es encajonado; sólo al llegar al mar, se extiende y atraviesa un amplio campo de arena, sumamente peligroso para los viajeros, en atención a que es el camino obligado de tránsito; este arenal está muy próximo al mar.
El caudal de aguas que corresponde a cada río, tiene dos épocas bien marcadas, el verano y la primavera. En la primera, se muestran débiles y casi agotados, la ancha vía que conduce las aguas parece demasiado grande para el objeto a que está destinada. La primavera, en cambio, convierte estos pequeños arroyos en torrentes invadeables.
La corriente tranquila y pequeña que muestran en el verano, desaparece durante el invierno, y el inmenso cañadón que les sirve de echo, se repleta de nieve hasta quedar al nivel de las colinas que lo forman. En todo el cordón desaparecen los altos y bajos formados por los accidentes del terreno; la nieve se encarga de nivelar estas depresiones, haciendo aparecer este inmenso campo como una sola costra blanca sin depresión alguna.
Los primeros deshielos de la primavera convierten el cordón en inmensos y peligrosísimos pantanos y toda idea de transitabilidad queda nula.
Poco a poco las aguas se van filtrando y la enorme corteza de nieve, socavada por su base, se precipita hacia los cañadones, formando ríos caudalosos, surcados por hermosos témpanos de hielo. En esta parte reciben casi todos los afluentes, muchos de ellos improvisados y se precipitan después en demanda de su curso, cubriendo inmensas extensiones de terrenos y, con un caudal profundo, corren en forma de torrentes, invadiendo gran parte de los campos poblados por animales. Infeliz del estanciero que no reúne a tiempo su ganado; el río aplasta, sepulta o arrastra todo aquello que quiera interponerse a su paso.
En el curso inferior, también causan destrozos; el año que acaba de pasar, Río del Oro convirtió en isla el caserío de la estancia del mismo nombre; paralizó los trabajos y los moradores tuvieron que usar botes para comunicarse con el resto de la isla; esta inundación demoró más de un mes.
Junto con llegar el verano, las vías fluviales reducen sus aguas y las grandes extensiones de terrenos que fueron inundadas en la primavera, se presentan cubiertas de hermosos pastizales ofreciendo sus primicias al ganado, ávido de alimento sano y abundante.
LOS LAGOS
Como ya se ha dicho, todos son salobres y en su mayoría se encuentran situados en las proximidades de las riberas de la Isla. Tomados en su continuidad, aparecen como una ancha faja de agua separada del Estrecho por una angosta costra terrestre. No tienen desagüe por medio de la red fluvial, parece que todos mantienen comunicación subterránea con las aguas del Estrecho; los deshielos, que generalmente se precipitan a los ríos, no son suficientes para proporcionar a estos lagos o lagunas, el caudal necesario de aguas para darles vida.
El solevantamiento terrestre que llegó a formar la gran isla de Tierra del Fuego, dio ocasión para la formación de estos lagos, es decir, las grandes depresiones del terreno mantuvieron sus aguas salobres y constituyen hoy día la gran faja de agua salada que se extiende próxima a la costa y se alimenta con las aguas marítimas.
Casi todos ellos se mantienen en la parte Oeste de la Isla y algunos, como la laguna de los Cisnes, ofrecen altas y bajas mareas que siguen en su vaivén a las que se producen en las aguas del Estrecho.
De algunos de estos lagos se extrae sal en abundancia. Los productos son tan puros que no sólo se les emplea para salar cueros, sino que se les usa en las mesas como sal de comer, tiene un sabor a yodo muy marcado.
Manteniéndonos siempre en la parte Norte de la Isla, a partir de Cabo Boquerón, nombraremos las lagunas que más interés ofrecen al viajero, no sólo por el color de sus aguas, sino por sus grandes dimensiones. Todas quedan a orillas del camino de marcha, que corre entre éstas y las aguas del Estrecho.
1.º- La laguna Barrosa o Santa María; esta laguna está separada del Estrecho por una faja angostísima de terreno, faja que no tiene más de cincuenta metros de ancho, llegando, en partes, a abarcar solamente diez metros; 2.º- Laguna Azul; 3.º- Laguna Mac-Kay; 4.º- (Bahía Porvenir), nombramos a esta bahía entre las distintas lagunas, porque ella está llamada, si no se draga, a convertirse en tal. Desde hace diez años a esta parte, la boca de la bahía, que mide 1.5 kilómetros.
Al norte de esta bahía se encuentra la pequeña «Laguna de la sal», de ella se extrae la sal no sólo para Porvenir, sino para surtir el mercado de Punta Arenas.
Poco más al norte de esta última, se extiende la gran Laguna de los Cisnes, abarca una extensión mayor de siete kilómetros, por un ancho que fluctúa entre 3 y 4 kilómetros.
En el interior de este lago se levantan siete islotes de 3 a 4 hectáreas cada uno, cubiertos por una capa de guano de aves marinas, que tiene, en partes, un espesor mayor de un metro.
Siguiendo siempre hacia el Norte, encontramos la «Laguna Verde». «Laguna Serrano» y «Laguna Turbia», esta última próxima a la Bahía Gente Grande. Todas son productoras de sal fina.
En todo el resto norte de la Isla no aparece ningún otro lago de consideración; en el centro tampoco existen, únicamente vuelven a encontrarse en la depresión que queda entre los montes de «El Cordón» y la Sierra de Carmen Silva.
En general, deben su nombre al color de sus aguas; constituyen el albergue nocturno de las aves marinas y carecen de peces, pues sus moradores las abandonan durante el día, horas que aprovechan para trasladarse hasta el mar en busca de alimentos.
Las aguas son frías y el termómetro sumergido en ellas, en época de verano, marca generalmente, cero grado.
CLIMA
Cada región del inmenso territorio de Magallanes, en lo que a clima se refiere, reviste sus características especiales. Tierra del Fuego debe considerarse completamente ajena a la parte continental que se encuentra situada en la misma latitud pues, las grandes variaciones atmosféricas se dejan sentir con mayor fuerza en todos esos centros del territorio que carecen de la defensa natural que representan los prolongados montes con que la sabia naturaleza ha dotado a los distintos y extensos campos del territorio.
La Isla reúne dos porciones bien diferentes y cada una de ellas debe considerarse por separado. La parte Norte, expuesta constantemente a los fuertes vientos que soplan desde el Sur y Oeste, no presenta obstáculo alguno de defensa contra el peligroso y molesto visitante, por esta causa, en la época de fríos intensos, el ambiente exterior centuplica su fuerza helada y hace casi imposible el tránsito a través de los campos.
Sin embargo, estas épocas están muy marcadas y no son periódicas; se presentan de tarde en tarde y especialmente en el invierno, estación durante la cual las faenas estén paralizadas y la actividad de los fueguinos puede considerarse reducida a un trabajo que se desarrolla dentro de los hogares.
En toda la parte central de nuestro país y muy especialmente en la zona más poblada, se ignoran, casi absolutamente, las bondades climatológicas de la región sur del territorio de Magallanes.
Las noticias que hasta la fecha se han difundido en el país son erróneas y se derivan en su mayor parte, de las impresiones que los turistas logran recoger durante su peregrinación por los canales.
La proximidad de los altos cordones nevados, la vista de los constantes y hermosos ventisqueros que precipitan sus avalanchas de hielo hasta el nivel mismo de las aguas marinas y, por sobre todas estas cosas la fría temperatura que no se experimenta durante la larga navegación por los canales Messier, Wide y Sarmiento, impresionan falsamente al navegante haciéndolo concebir un clima más crudo mientras más avance hacia las regiones australes.
La extensa zona que se extiende desde el Sur del Golfo de Penas hasta la terminación del Canal Wide, puede y debe considerarse como una faja de transición entre dos zonas igualmente productoras y valiosas.
Aquella faja es árida, inexplorada y muy fría; la vegetación es sumamente escasa y en partes completamente nula. Tal impresión obra fuertemente en el ánimo del viajero y le hace aceptar igual naturaleza y clima para todo el territorio de Magallanes.
Sin embargo, y gracias a que en estos últimos años algunos voceros autorizados se han encargado de pregonar las bondades climáticas de Punta Arenas, Natales y Tierra del Fuego, se ha iniciado una corriente, pequeña es cierto, de atracción hacia la región austral, desvirtuándose poco a poco el falso concepto que presenta a Magallanes como una tierra ajena a la civilización y que, por su posición geográfica, fue mucho tiempo considerada como una región helada, susceptible de permanecer casi todo el año sumergida bajo el hielo de los polos.
Por sobre todas estas consideraciones se destaca la prolija fuente de informaciones que anualmente proporciona el «Instituto Meteorológico» que funciona bajo la sabia dirección de los Padres Salesianos de Punta Arenas.
Conviene apuntar de paso que esta estación meteorológica no recibe ninguna ayuda de parte de nuestro Gobierno, ella funciona y se mantiene con sus propios recursos y con una pequeña subvención del Gobierno argentino, nación mucho más preocupada que la nuestra, del estudio, progreso y bienestar del territorio y de sus habitantes.
Trascribimos a continuación el importante acápite que sobre el clima de Magallanes encontramos en el «Boletín Meteorológico Salesiano» correspondiente al año 1918.
Estas observaciones son el fruto de treinta años de experiencia y llevan el sello de una labor tesonera y ajena a prejuicios de índole nacionalista.
Tal es, en general, el clima de la parte Sur continental del Territorio de Magallanes. Respecto al clima de la gran isla de Tierra del Fuego, creemos haber ya manifestado en lo que difiere del que acabamos de señalar.
Si para la época de los grandes vientos la región fueguina coincide con la magallánica, no podemos decir lo mismo respecto a las fluctuaciones del barómetro que tienen relación directa con los cambios atmosféricos. El visitante sólo aprecia dos estaciones bien marcadas: el verano y el invierno. Desde principios de octubre hasta fines de marzo puede considerarse el primero; para el segundo queda el resto del año. La luz del día disminuye en éste a medida que aumenta en aquél.
La temperatura media del verano fluctúa entre quince y veinticinco grados centígrados sobre cero; la mínima del invierno entre cinco y quince grados bajo cero.
Sin embargo, esta temperatura tan baja (15 o más grados bajo cero), no se experimenta con la misma intensidad de frío que en las regiones centrales del país; el aire es seco y el frío no molesta. Un poco de abrigo es cubierta suficiente para que, los no aclimatados en la región, pueden resistir perfectamente el descenso de la temperatura.
Esta última exposición debe aceptarse únicamente para las épocas en que se carece de vientos, pues no ocurre igual cosa cuando sopla una pequeña brisa. Con termómetro bajo y acompañado de un ligero viento, la salida al exterior se hace casi imposible; parece que millares de agujas heladas traspasaran el cuero en toda su extensión y contra ellas, ningún abrigo es suficiente.
En tales circunstancias es cuando se experimenta el frío fueguino en toda su intensidad, y cuando se paraliza todo tránsito exterior.
Afortunadamente, y según lo hemos creído manifestar, los días de vientos se presentan casi siempre en verano y muy contadas veces durante el invierno.
En el interior de la Isla, el clima varía en forma manifiesta y va creciendo en poder a medida que el terreno se eleva hacia las alturas.
Excepcionalmente se ha constatado termómetro muy bajo a inmediaciones de las playas; en la ribera Sur de Bahía Inútil (Estancia Cameron) se registró últimamente un mínimum de 30 grados centígrados bajo cero, pero ello, lo repetimos, ha sido excepcional; en el año 1918 reinó, no sólo en la Isla sino en todo el territorio de Magallanes, un frío extraordinariamente intenso.
Tales fueron los rápidos apuntes que logramos anotar aquella noche; en la mañana del día siguiente, si la fortuna y el buen tiempo lo seguían dispensándonos sus bondades, emprenderíamos viaje en demanda de la estancia «Caleta Josefina». Nuestro equipaje era bien reducido; unas cuantas maletas de mano, los abrigos indispensables para el caso de una tormenta de viento, el necesario «cocaví» para el camino y los inseparables aparatos de observación. Lo que más nos preocupaba y que debía molestarnos durante todo nuestro recorrido, estaba señalado por el colosal telescopio de nuestro acompañante, catalejos que se guardaban en una enorme y pesada caja de madera forrada con telas impermeables y duras.
VISITA A LA ESTANCIA «CALETA JOSEFINA»
El día amaneció espléndido
Después de algunos trajines destinados a ultimar los preparativos de marcha, logramos el alquiler, bastante subido por cierto, de un pequeño y viejo auto Ford. Pensamos que en tal máquina sería imposible cruzar la isla en todas direcciones sin embargo, nos trepamos en él y salimos rumbo hacia el Este.
Las estancias que debemos visitar esta vez, son grandes establecimientos y su giro, en gran escala, se dedica de preferencia al ganado lanar; el caballar está reducido a la estancia San Sebastián y sólo se destina, en general, a las exigencias de la Sociedad.
Nos dicen que la ruta de marcha es accidentada y peligrosa, pero que el buen tiempo reinante en la región nos proporcionará un recorrido ajeno a los grandes obstáculos que se presentan en días de lluvias o de fuertes vientos.
Con tan buenos auspicios abandonamos el pueblo de Porvenir y nos lanzamos en demanda de «El Cordón», dispuestos a salvar muy pronto los 70 kilómetros que nos separan de «Caleta Josefina».
El camino, cuya primera parte hemos conocido cuando efectuamos el viaje a las dragas «Río Verde», se separa del que conduce a este último punto en el sitio preciso donde se levanta el tablero demarcador que dice a «Río Verde» a «Baquedano». Por esta nueva ruta nos deslizamos rápidos, ayudados por la pendiente suave, y sin accidentes que se extiende coronando todo lo alto de la enorme y extensa meseta que forma la planicie del alto de «El Cordón».
Las pocas vueltas y los pequeños rodeos a que está obligado el camino son, en esta parte, menos pronunciadas y poco numerosas; veinte kilómetros recorremos en esta forma, distancia que salvamos sólo en veinte minutos.
Nuestra vertiginosa carrera se detiene ante la presencia de un enorme cañadón que se presenta al frente, y en cuyo seno corre, tortuoso v accidentado, el caprichoso «Río del Oro». Iniciamos el lento descenso por las laderas escarpadas y sinuosas y detenemos el auto junto a un hotel.
Alberto Bour es el nombre del propietario de este establecimiento. Persona entusiasta, culta y hospitalaria, nos recibe con la mayor atención, y nos brinda sus servicios desinteresados.
Nacido y educado bajo el sol de Francia, permaneció en su patria hasta el momento en que Tierra del Fuego se presentó cual un nueva California que llamaba hasta su seno a los esforzados campeones buscadores del precioso metal amarillo. El señor Bour llegó hasta esas regiones australes envuelto en la ola de extranjeros que emigraron deseosos de desplegar sus actividades y esfuerzos con la esperanza de una recompensa problemática.
La fortuna no se mostró pródiga para con el hijo de la gran República, sin embargo, el improvisado fueguino no desmayó ante este primer obstáculo y la lucha por la vida le obligó a dar un nuevo giro a sus ambiciones de surgir.
Su educación ilustrada y extensa, comprendió claramente el inmenso valor que encierran los inagotables pastizales de la isla y, consecuencia de ello fue que abandonara su quimérica idea de fortuna barata, para dedicar todas sus actividades al comercio y a la crianza de ganado. Gracias a este nuevo rumbo que imprimió a sus esfuerzos, hoy día posee una pequeña estancia, un gran establecimiento de abarrotes, ferretería, tienda, frutos del país y un cómodo hotel instalado en el corazón de la Isla, centro donde vive en compañía de su joven esposa y de sus dos hijos pequeñines.
Entre los animales que se desarrollan en sus campos, pudimos anotar hermosos ejemplares de cabras de angora, productoras de una lana finísima que alcanza un precio muy superior a la que proporcionan las ovejas. Grandes manadas de chanchos se crían forma espléndida en medio de terrenos pantanosos; multitud de aves de corral se recrean en ese extenso y monótono panorama, dando vida y alegría a los campos. Las palomas revolotean descuidadas y los conejos y cuyes asoman sus cuerpos saltones por entre el ramaje seco de los matorrales de las colinas.
En el interior de la casa, todo es orden y confort; en un departamento especial logramos ver un pequeño museo formado con variedad inmensa de aves embalsamadas, todas habitantes de la comarca. Las diversas especies están hermosamente disecadas y llevan al ánimo el convencimiento de que el señor Bour tiene cariño y conocimiento por la fauna y es diestro en la materia de disecación. Albatros, taguas de agua dulce y salada, guairabos con hermosos plumeros blancos en la cabeza, mullroc (especie de gaviota,) bandurrias, águilas, queltehues, picaflores, canarios, poroteras, lechuzas, caturras, caiquenes, jilgueros, zorzales, etc., etc., etc., pueblan el pequeño museo y constituyen la admiración de los pocos transeúntes nocturnos que recorren esas regiones australes.
-Durante el invierno -nos dice el señor Bour-, cuando se paralizan las distintas actividades en la Isla, los habitantes fueguinos buscan refugio en los diversos hoteles y es entonces cuando estos centros se pueblan, se hacen simpáticos y están repletos de vida.
Aquí se hace vida de familia durante tres o cuatro meses, las provisiones acumuladas en la época del verano, son muchas veces consumidas antes del tiempo calculado, por ello, no es raro que se vea precisado a recurrir a otros centros en demanda de provisiones.
Es entonces cuando se debe proceder con toda energía. La inmensa sábana blanca cubre vegas, depresiones y cerros, por ella, sin más orientación que el conocimiento de la comarca, debe guiar a sus buenos trotones arrastrando un pesado carro.
Con los primeros deshielos de la primavera, el hotel comienza a perder sus huéspedes invernales y se apronta para recibir los pasajeros que deben trasladarse hacia las distintas faenas.
El alejamiento del frío permite que los habitantes de «El Cordón» puedan dar principio a la observación de los estragos causados en los animales a consecuencia de las inmensas capas de nieve caída en los campos.
Los vacunos son los que más sufren, nos dice nuestro interlocutor, este año he tenido que lamentar la pérdida de un veinte por ciento en los animales que pastoreaban en mi estancia. Es la única dificultad -agrega- que impide el rápido desarrollo y que desalienta a aquéllos que se dedican a la crianza de vacunos; sin embargo, esta anomalía no reza para los que poseen vastas extensiones, pues, los que disponen de terrenos bajos y altos, pueden dedicarse a esta crianza sin tener nada que temer, sólo se impone el trabajo de un arreo periódico de los piños; en el verano se pastorea sobre los campos altos, en el invierno se tiene suficiente forraje y abrigo en los campos bajos.
Antes que reanudáramos la marcha, el señor Bour nos hace el presente de algunas pieles de gatos salvajes, cuyo pelaje es hermoso y muy apropiado para la confección de guantes. El gato fueguino es sumamente abundante en toda la isla y se alimenta de preferencia con el indefenso cururo y las numerosas avecillas silvestres, tan fáciles de cazar especialmente durante el frío de las mañanas.
Algunos minutos de recorrido nos dejan junto a las riberas del «Río del Oro»; engañados por el poco caudal de las aguas, hacemos el ánimo de cruzarlo sin descender del auto. Vano intento; no bien hemos penetrado al centro de la corriente cuando el motor deja de funcionar impedido por la presión de las aguas que vienen a estrellarse contra el coche, convertido en compuerta improvisada. Este primer accidente, bien desagradable por cierto, nos deja bloqueados por el río cuyo caudal nos impide, tanto el avance como el retroceso.
Afortunadamente el chófer es hombre prevenido; calzado con unas enormes botas que le cubren las piernas hasta muy cerca de la cintura, salva la corriente y entierra un fuerte piquete de fierro junto a la ribera opuesta. Lo demás es sólo obra de algunos minutos: un largo cordel y dos poleas arrastran el auto por sobre el pedregoso lecho y lo conducen fuera de aquella improvisada y húmeda prisión.
Frente a la ruta de marcha y sobre las arenas del río, flotan dos enormes y pesadas dragas abandonadas. Pertenecen a la Compañía aurífera Supfen y permanecen inactivas. Han corrido la misma suerte que sus congéneres de «Río Verde» y una de ellas, la más antigua tal vez, se encuentra completamente inutilizada y semi-tumbada sobre la arena de la ribera.
Nuestro chófer, hombre conocedor de la comarca, nos narra, una vez más, la odisea de las compañías auríferas, relato que coincide en absoluto con el que antes oyéramos en «Río Verde».
-«Río del Oro» -agrega- recibe, en esta parte, casi todos sus afluentes, especialmente en el invierno, época en que se hace temible al correr en forma de torrente, inundando extensiones inmensas pobladas por ganado.
En el verano se presenta con poco caudal y aparece rodeado por numerosísimas y hermosas vegas que alimentan pastizales enormes.
Efectivamente, toda huella demarcadora del camino se pierde sobre el terreno pantanoso por el que ahora transitamos. Las tembladeras se presentan a cada paso y nos vemos obligados a esquivarlas haciendo continuos y pronunciados zig-zags.
Sin embargo, y a pesar de efectuar una marcha lenta y penosa, en quince minutos de saltos y tumbos peligrosos, logramos vencer los accidentes y encontrarnos sanos y salvos junto a la pronunciada falda de un inmenso murallón que se levanta al frente y que forzosamente debemos transmontar.
-Ésta es la quebrada de «Río del Oro» -nos dice el guía.
El camino se empina por sobre un terreno de cascajo, con una pendiente que varía entre 25 y 30 grados. Parece imposible que el auto pueda dominar aquella altura.
Nada hay imposible, dice nuestro camarada de viaje; imprimamos al motor el máximum de su potencia y lancémonos sobre la cuesta.
El pequeño Ford acelera sus revoluciones y vibra con intensidad; después, lentamente, inicia la difícil ascensión. Por momentos parece detenerse en su avance; redobla entonces con más furia su soberbia convulsión y ciego de ira ante la impotencia que lo vence, hace un supremo esfuerzo y va a detenerse a media ladera, quedando casi pendiente en el espacio.
-Suban Uds. a pie -nos dice el chófer-, yo me encargaré de la máquina. Penosamente continuamos la ascensión; el cascajo resbala bajo nuestras plantas y más bien que subiendo, trepamos casi a gatas; media hora de lucha costosa nos demandó aquella ladera endemoniada, tiempo que agotó nuestro organismo y nos invitó a un merecido descanso sobre la cumbre de la loma.
Desde allí contemplamos el grandioso panorama que nos rodea; vemos cómo el río va perdiéndose caprichoso entre las innumerables sinuosidades de los cañadones y a cada paso cruza por campos inmensos poblados con ganado lanar. Los pastizales muestran sus manchas verdes y lozanas que se extienden desde las márgenes del río para ir a morir junto al pie de las colinas distantes. Algunos piños de guanacos pacen tranquilos y juguetean confiados en esas exuberantes vegas. Miles de aves silvestres revolotean por los alrededores y en bandadas inmensas oscurecen el cielo al cruzar veloces por sobre nuestras cabezas.
Innumerables lagos y lagunas brillan hermosas bajo los rayos del sol; ni una nube enturbia ese horizonte diáfano y puro. El panorama que desde lo alto dominamos, es extenso e infinito, sin embargo, en todo él no aparece ninguna construcción turbando la inmensidad de la naturaleza.
Junto a un fondo muy lejano y casi opaco, cierran el vasto campo visual las encumbradas montañas del continente; sus altos y caprichosos picachos cubiertos de nieve aparecen encendidos bajo el poder del fuego solar, y las faldas que no alcanzamos a percibir deben debatirse contra las aguas del turbulento Estrecho, mar que, contemplado desde tan lejos, aparece tranquilo e inofensivo.
Todo lo que vemos es naturaleza virgen; por ninguna parte se deja ver la mano del hombre hermoseando o valorizando estas extensas campiñas naturales. Únicamente, y muy próximo a nosotros, sobre el mismo lecho del río, se levantan montones enormes de piedrecilla fluvial, testigos latentes de la ambición humana que busca en las entrañas de la tierra el metal que debe convertirlos en señores del mundo.
Una vez más golpea en nuestra mente el abandono en que yacen estas inmensas zonas, susceptibles de transformarse en una poderosa fuente de riquezas para el presente y futuro del país.
Allí permanecen esos campos infinitos, explotados por una sola mano y reducidos a dar solamente aquello que proporciona su valor natural; mientras permanezcan bajo un monopolio que vive sin mayor iniciativa que el provecho de los suelos, jamás podrán ponerse al nivel de los terrenos subdivididos, en los cuales la mano activa de su poseedor, no escatima esfuerzos por valorizarlos en todo orden de actividades.
La falta de subdivisión trae como consecuencia la falta de población; allí quedan esos campos sin industrias y sin cultivo, mostrando falta de previsión y haciendo insoportablemente cara toda la vida de Magallanes.
Son muy pocos los favorecidos y, doloroso es decirlo, todo el beneficio que actualmente se extrae de estas tierras arrendadas a un precio irrisorio, va en perjuicio manifiesto no sólo para nuestras arcas fiscales, sino para la numerosa población proletaria de todo el territorio.
A nuestro modo de entender, consideramos inaudito que no se den pasos encaminados a que Magallanes se abastezca con sus propios recursos agrícolas de primera necesidad. Hemos ya manifestado que cada pequeño arrendatario siembra y cultiva en sus pequeños huertos y, al final de la temporada cosecha abundantemente para las necesidades de todo el año; ¿por qué entonces esta previsión que algunos logran llevar a cabo con relativa facilidad no se hace extensiva a toda la zona, para satisfacer así las exigencias del mercado magallánico?
Sobrados campos tiene el territorio para anular parte de esta desidia lucrativa que rige los destinos de los grandes estancieros. Las actividades, hoy por hoy, sólo se reducen a obtener pingües ganancias con el beneficio del ganado lanar, ganado que no demanda mayores gastos y que se multiplica admirablemente, guardado sólo por los infinitos alambradas de la Isla.
Las voces de Magallanes deben ser oídas; el pueblo trabajador pide la subdivisión de tierras y esta repartición no debe dejarse esperar. Aun más, necesitamos en el centro del país, la voz de un pregón que se encargue de dar a conocer el valor real de estos suelos y de elementos prestigiosamente colocados que lleven hasta el seno de nuestros dirigentes, la necesidad que existe de que técnica y científicamente se estudien estas zonas y este clima, para llegar a implantar en la región, algunas escuelas agrícolas destinadas a hacer producir lo que hoy día no existe en Magallanes y que constituye el azote de la hogares indigentes de toda una población. Ello traería un beneficio inmenso para el país y esa región austral no sólo se convertiría en un centro de atracción por sus bellezas naturales, sino que se transformaría en un emporio de riquezas, ignoradas hasta la fecha, que llamaría a mucho elemento trabajador, consciente y honrado.
Nuestra consideración y ligeras observaciones que dejamos señaladas, son interrumpidas con la presencia del valeroso Ford que, a fuerza de poleas y motor, ha logrado llegar hasta la cumbre misma de aquel dificultoso paso.
El terreno se extiende al frente, accidentado, siempre virgen y ajeno a la mano del hombre. El punto en que nos encontramos, es la cresta más alta de esta parte de «El Cordón»; al avanzar la ruta de marcha, sólo tiene bajadas más o menos pronunciadas y difíciles, y laderas y pantanos y cortes profundos junto a las faldas de los cerros por donde busca atrevido paso.
Trepados nuevamente en el excelente coche, orillamos un extenso pantano que se pronuncia a nuestra derecha y brincamos por sobre una cantidad de tajos pequeños y cortados a pique, lechos de otros tantos chorrillos que van a dar vida a esa hondonada peligrosa y malamente disimulada bajo una capa de abundante pasto natural.
Posterior a nuestro paso por aquel difícil terreno, hemos sabido que el estanciero, poseedor de esos suelos, a fin de ensanchar sus dominios, ha cerrado la única ruta de marcha que dejamos señalada, obligando a que el viajero rompa los cercos alambrados para salvar el obstáculo pantanoso, o se sumerja en el inmenso lodazal con peligro de su propia vida.
Salvado aquel peligroso y difícil paso, el camino se estrecha y continúa por un corte elaborado sobre un terreno duro en las faldas de las laderas. Chorrillos innumerables bajan desde lo alto de las lomas, y se precipitan sobre el camino, por el cual corren en zig-zags interminables. El ágil Ford esquiva cuanto puede aquellos constantes obstáculos y, de tiempo, hunde sus cuatro ruedas en los pequeños pantanos insalvables. ¡Máquina admirable adaptada especialmente para aquellas regiones!; basta la fuerza de un sólo hombre o el rápido empleo de una cuerda para que abandone su prisión y prosiga su marcha, gallardo y altanero.
En muchas partes, el camino se estrecha hasta presentar un mínimum de transitabilidad, haciendo desaparecer toda huella demarcadora.
Las aguas borran toda señal de suelo firme y el auto se ve en la necesidad de buscar ruta a través del inmenso campo abierto. Los pequeños y a veces prolongados recorridos por sobre las matas de calafates y ramas enormes, nos obligan a dar tumbos colosales con peligro directo para nuestra pobre humanidad. De tan accidentada ruta nos libra la presencia del camino principal que aparece de tarde en tarde.
Grietas enormes y cortadas a pique se presentan a cada momento; todas ellas reciben las aguas lluvias y, después de convertirse en depósitos, arrojan todo su caudal sobre el camino que se presenta construido especialmente para el desagüe de los cañadones.
Parece increíble que la pequeña máquina pueda dominar tanto accidente desparramado sobre una naturaleza virgen y solitaria; sin embargo, el ágil y potente Ford, avanza seguro, a veces lento y a veces rápido, ya por la cima de las colinas, ya por el húmedo fondo de los valles, ya por cortes peligrosos y profundos, y ya por sobre un terreno cubierto de duras champas y de arbustos secos.
El acceso a una última colina, nos deja frente a la enorme «Bahía Inútil», cuyas aguas azules y tranquilas nos hacen la impresión de un enorme lago dormido entre las abruptas murallas de los montes. En el fondo oscuro de las riberas Sur, se elevan las rocosas playas de «Río Mac-Klellan» cubiertas de acantilados colosales y coronadas por bosques inmensos de robles y «leña dura».
Se nos presenta, pues, un panorama completamente distinto al que llevamos recorrido; durante, toda nuestra marcha, ningún árbol ha aparecido en medio del extenso campo; sólo matorrales bajos y matas de calafates son los pobladores de toda aquella inmensa región. Las florecillas silvestres han sido escasas, sin perfume alguno, y apenas levantadas unos veinte a treinta centímetros sobre el terreno. El pasto es de un color amarillento cuando se presenta en la parte más alta de las lomas, lo que da al recorrido general un aspecto monótono y pesado.
Alegres, pues, ante la perspectiva de un nuevo horizonte, variamos el rumbo hacia el Este y comenzamos a orillar la extensa costa de la inmensa bahía.
Un profundo y ancho zanjón señala en esta parte al que fue y es camino público; rellenamos aquel accidente, tan propio a las vías de tránsito abandonadas, con piedras, terrones y matas de calafates y después de un trabajo más o menos ímprobo, casi exclusivamente a fuerza de puños, logramos pasar el coche.
Una tranquera nos indica que entramos en dominios particulares. Siempre brincando por sobre la naturaleza y corriendo por sobre un terreno completamente virgen, proseguimos la marcha hasta enfrentar las casas de la «Estancia Discordia» de propiedad de don Mariano Edwards.
Lamentamos sinceramente no encontrarnos con el estanciero, por cuya causa nos privamos de inquirir nuevos datos sobre esos suelos y nuevos pormenores sobre la crianza de ganado lanar, a lo cual, el señor Edwards dedica sus actividades.
Una grandiosa vega, exuberante en pastos naturales, nos desorienta por completo y nos obliga a perder más de una hora buscando rumbos definidos encaminados a fijar la verdadera dirección de marcha.
El terreno sobre el cual transitamos, es el más difícil y peligroso de todos los que hasta la fecha hemos recorrido. El motor trabaja con furia inaudita y ante la impotencia de seguir luchando contra un elemento que lo domina, parece redoblar sus esfuerzos poniéndose rojo de ira. Ante tal audacia que no decrece un momento, creemos llegado el caso de darle un pequeño descanso y lanzarnos a pie a fin de efectuar una exploración por los alrededores.
Este sistema produce buenos efectos; a tirones, si pudiéramos decir, logramos que el auto avance dando saltos hasta que consigue salvar la vega y encaramarse sobre una pequeña colina.
Desde aquella altura dominamos un terreno sembrado de vegas productoras de exuberantes pastizales verdes. De trecho en trecho, se distingue la silueta vagamente diseñada de la ruta señaladora del camino que debemos recorrer. Pocas expectativas tenemos de cruzar, con probabilidades de buen éxito y sin tropiezos formales, aquel extenso campo que se extiende a nuestros pies. Sin embargo, confiando en las buenas cualidades de que nuestra máquina ha dado ya pruebas excelentes, descendemos de la colina y nos internamos en las vegas.
Dos horas de rodaje accidentado y continuamente interrumpido, dejan a nuestras espaldas los mayores obstáculos que han interceptado el avance y un último esfuerzo nos lleva frente a la primera tranquera de la estancia «Caleta Josefina».
Detenido el Ford, sobre el pequeño puente del río «Discordia», descansa un momento y bebe ávido el agua que ha evaporado con su esfuerzo de titán.
El terreno que se extiende al frente cambia nuevamente de aspecto; desaparecen las vegas y pantanos para dar lugar a la formación de colinas secas y extendidas, creadoras del pasto ovillo, forraje excelente para el ganado lanar. La ruta, haciendo mil vueltas rápidas en todas direcciones, corre bordeando las pequeñas colinas y muy próximo a los infinitos cañadones a que aquellas dan formación.
En un principio quedamos sorprendidos por la bondad del camino sobre el cual transitamos, sorpresa que se encarga de aclarar nuestro chofer al manifestarnos que la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego destina, anualmente, una suma no despreciable para el arreglo y mantención de estas vías de tránsito tan indispensables en la Isla. Un ingeniero contratado ex profeso, a cargo de una cuadrilla de trabajadores, recorre en todas direcciones las vías de comunicación dentro de los dominios de la Sociedad. Así se explica que éstas estén cuidadas en todo tiempo, haciendo extraño contraste con aquéllas cuya vigilancia y arreglo están encomendadas a las oficinas públicas.
Estas últimas deben considerarse como existentes, dentro de los diversos planos o cartas topográficas de la región, con perjuicio manifiesto para los desconocedores de la comarca que se ven obligados a transitar por terrenos desconocidos, ya sea en calidad de turistas, o como hombres de negocios, guiados únicamente por un derrotero, lo hacen en extremo dificultoso y ajeno a la realidad de los datos suministrados.
La inclemencia del tiempo invernal, las lluvias continuas en los terrenos elevados, las tempestades de nieve en «El «Cordón» y más que nada la falta absoluta de preocupación de las autoridades encargadas de velar por el mantenimiento de las vías de tránsito de la Isla, ha sido la causa para que Tierra del Fuego desvalorice sus extensos suelos y halla sufrido enormemente en lo que se refiere a vías de comunicación, con perjuicio manifiesto para el progreso y desarrollo de aquella vasta región y muy especialmente para el beneficio de los intereses de los pequeños estancieros que se ven en la imposibilidad de iniciar, en sus terrenos, industrias ajenas a la crianza y explotación del ganado lanar.
Innumerables y contestes son los casos desgraciados que se registran, y que se refieren a las penurias y accidentes a que se ven expuestos los trabajadores que durante las distintas épocas del año deben trasladarse desde una a otra estancia, a fin de procurar un mayor sueldo o un nuevo trabajo.
El Río del Oro, intransitable en el invierno y primavera, aísla por completo la parte Este de la región oeste de la Isla. Como es forzoso el traslado desde una a otra zona, a fin de poder alcanzar los puertos chilenos que se encuentran próximos al Estrecho, se hace indispensable arbitrar medidas conducentes a facilitar este traslado, ya sea abriendo camino en las partes adecuadas o construyendo puentes sólidos y capaces de resistir las avalanchas de la primavera.
Clamor general es esta falta de transitabilidad, y este pedido unánime de los fueguinos se encuentra afianzado con la pérdida de vidas que hubo de lamentarse en el invierno que acaba de terminar; Río del Oro es causante de muchas víctimas.
Pequeñas sumas anuales destinadas al mantenimiento de las vías fiscales de la Isla, salvaría la dificultad que dejamos anotada y evitaría la completa destrucción y los deterioros que hoy se experimentan.
Corresponde, pues, al Gobierno de Punta Arenas, velar por el bienestar económico y de transitabilidad de Tierra del Fuego, preocupación que con creces pagarían los fueguinos si se atiende a la mayor entrada fiscal y municipal que este beneficio acarrearía para las rentas del territorio.
Contrarresta, en forma bien manifiesta con el abandono que dejamos señalado, la preocupación constante que despliegan las Grandes Sociedades a fin de mantener expeditas y viables sus vías de tránsito; ello acusa dos causales: interés y necesidad; interés por recorrer constantemente y con facilidad sus inmensos campos y tener comunicación rápida y segura hacia las distintas estancias (los animales cambian periódicamente de ubicación) y después, necesidad por obtener un rápido desalojo y embarque de los productos lanares que, desde la Isla, deben pasar hasta el continente.
Tales reflexiones las hacemos durante nuestra marcha vertiginosa a través de un paisaje que poco cambia en su aspecto general de campos ricos en pastizales infinitos.
Los cierros interminables guardan dentro de los alambradas piños enormes de ganado lanar. Por ninguna parte aparecen construcciones o cuidadores y ovejeros.
Hace ya una hora que corremos por los campos de «Caleta Josefina»; nuestro auto es el único ser mecánico con vida que turba el silencio grandioso de toda aquella inmensidad y que, conmoviendo la quietud de los extensos cañadones, hace que de sus senos se eleven hacia los cielos, bandadas majestuosas de aves que huyen espantadas.
Imperceptiblemente nos hemos ido acercando a la playa y llega un momento en que nuestro excelente Ford se siente aprisionado por sus cuatro extremidades; un enorme arenal dificulta la rápida carrera del coche y lo obliga a marchar con lentitud y con tino. Estamos en las proximidades de «Puerto Nuevo». Un postrer viraje hacia las costas de Bahía Inútil, nos arroja sobre el declive suave de una última colina. Desde la cumbre hemos divisado el pequeño caserío que da formación al puerto.
El chófer nos indica que en aquel lugar existió antes una grasería dependiente de la estancia, destinada a beneficiar los productos lanares que no ofrecían garantías para ser aprovechados como tales. Aquella industria, como todas las similares de Tierra del Fuego, murió a consecuencia del alza experimentada en el valor de las carnes, alza nacida en el comienzo de la última conflagración mundial.
El establecimiento de grasería se desmontó por completo y los diversos edificios se aprovecharon en la confección de viviendas para los trabajadores y en la construcción de grandes galpones destinados a guardar los productos de exportación de las estancias.
Siete casitas de tablas, todas iguales y pintadas de plomo, constituyen el caserío de «Puerto Nuevo». Este pequeño centro poblado tiene un Capitán de Puerto, hombre rudo y de trabajo que al recibir nuestro saludo, sólo contesta las preguntas empleando monosílabos o simples inclinaciones de cabeza.
Una rápida ojeada investigadora, nos da una ligera idea de las actividades locales; el vapor Keel Row, perteneciente a la Compañía Braun y Blanchard, permanece anclado próximo a la playa y está completando un cargamento de lanas.
Muelles no existen, los cargadores, con enormes botas que les suben hasta junto a las caderas, se internan en el mar y están ocupados en cargar un lanchón. Desde el buque, con la ayuda de un largo cordel, remolcan lancha y cargamento. Por la parte de tierra, un poderoso tractor se encarga de efectuar igual faena que en el Row, y la embarcación vacía vuelve a su primer fondeadero para ser cargada nuevamente.
El buque ha aprovechado su venida trayendo una buena porción de maderas destinadas a agrandar una de las sub-secciones de «Caleta Josefina».
Un pito, igual al de una locomotora, tocado a cierta distancia de Puerto Nuevo, llama hacia tierra nuestra atención. Por el espléndido camino que se dirige a las casas de la estancia, avanzan enormes tractores que arrastran varios carros cargados con numerosos fardos de lana. Vistos desde lejos, semejan trenes completos corriendo por sobre terraplenes sin rieles.
Todas aquellas máquinas se dirigen a la playa y depositan los fardos junto a la ribera.
Es día de calma y el buque puede trabajar con toda comodidad. No siempre sucede lo mismo; generalmente sopla un viento fuerte desde el oeste, y entonces Bahía Inútil hace honor a su nombre. Los barcos, si no desean irse a estrellar contra las costas o vararse en sus arenas, están obligados a levar anclas, abandonar la bahía y buscar la tranquilidad en medio de las convulsionadas aguas del Estrecho.
«Puerto Nuevo» constituye el punto obligado de embarque de todos los productos de «Caleta Josefina» y estancia San Sebastián, próxima esta última, a la línea fronteriza con la República Argentina. La falta de caminos que tienen las distintas estancias con la capital fueguina, ha sido causa suficiente para que la Explotadora se haya visto en la necesidad de construir caletas propias y muchas veces, siendo éstas inadecuadas y peligrosas, señalan puntos obligados de embarque para todo aquel producto que debiera beneficiar directamente al comercio y al movimiento diario de Porvenir.
Tal anomalía, naturalmente, trae un perjuicio directo para el progreso y desarrollo de la capital fueguina, con desmedro del valor real de los distintos terrenos que quedan entre ella y las estancias. Es así como Porvenir permanece abandonado a sus propios esfuerzos sin que nada venga a contribuir para darle vida, uniéndola a las distintas actividades del resto de la Isla. La tranquila y espléndida bahía sólo está destinada a servir los intereses circunvecinos, intereses bien escasos si se comparan con los que proporciona el resto de Tierra del Fuego.
Los pequeños estancieros, aquellos que carecen de caletas o puertos propios, recurren a Porvenir y es legendario ya en el puerto, oír las imprecaciones que lanzan los damnificados cuando reciben productos o cargas que deben trasladar hasta sus campos.
Caía ya la noche de aquel día tan saturado de accidentes y tan espléndidamente aprovechado, cuando nuestro fiel Ford tomó rumbo definitivo hacia las casas de la estancia.
Trepados una última vez sobre aquellas lomas suaves y arenosas, podemos contemplar los enormes «paravientos» que se encuentran simétricamente repartidos sobre el terreno; ellos están destinados a contener las grandes avalanchas de arenas que se precipitan sobre los suelos pastosos.
Al soplar el viento desde la costa, levanta nubes colosales de arenas que van a depositarse tierra adentro, sobre los campos cubiertos de pasto. Esta avalancha, después de matar los pastizales, se convierte en arenales inmensos que sepultan bajo su manto plomizo extensiones considerables de campos aptos para el ganado. Los «paravientos» se encargan de impedir esta destrucción.
Grandes alambrados, cubiertos o rellenos con matas de calafates y a manera de biombos, extendidos como pantallas, gigantes por su longitud, presentan cara contra los vientos de la costa, succionan las arenas que éstos arrastran y forman verdaderas dunas plomizas,
Los «paravientos» son innumerables y, por esta causa, también son innumerables los cerros de arenas a que ellos dan formación.
Sobre la cumbre de estas dunas se forma, con el transcurso del tiempo, una ligera capa vegetal que se va vigorizando con las lluvias y escarchas de cada invierno. El andar lento y seguro del tiempo se encarga de llevar la flora hasta esos cerros improvisados, y muchas son las colinas cubiertas de calafates que deben su formación a un bajo y extenso «paravientos» que yace sepultado en las entrañas arenosas de lomas respetables.
«Caleta Josefina» sólo dista veinte kilómetros de «Puerto Nuevo»; un camino espléndido con ancha calzada une ambos caseríos. La ancha avenida, constantemente aprisionada por el peso de los grandes tractores, presenta el aspecto de nuestras mejores vías de tránsito vecinas a la capital y el suelo muestra la consistencia del concreto.
Sólo una pequeña loma debemos transmontar; desde ella y a mucha distancia, divisamos las luces encendidas en las casas de la estancia. Las primeras sombras de la noche quieren venírsenos encima; son las diez y media de la noche y todavía no tenemos necesidad de alumbrar los focos del Ford.
Corremos como una exhalación y, al señalar las once en nuestros relojes, frenamos el coche junto a las casas de la Administración.
Somos muy bien recibidos por el Jefe de la estancia, persona que, con exquisita cortesía inglesa, nos invita a descansar un momento y a reparar nuestras fuerzas perdidas después de una marcha tan accidentada y penosa.
A las cinco de la mañana todo es actividad y vida. Una enorme campana deja oír su metálica voz e invita a los operarios para que den comienzo a las labores diarias.
El sol brilla espléndido y hace ya más de dos horas que retoza sobre las campiñas y praderas,
La casa del Administrador, edificada en la parte más culminante de todo aquel caserío, domina, en absoluto, todas las construcciones que la rodean.
Desde aquel alto mirador podemos observar la animación y vida que ha hecho presa en las distintas actividades de la faena.
El señor Charles L. Donaldson, persona fina y distinguida, tiene bajo su administración los intereses de «Caleta Josefina». Hace ya media hora que le estamos oyendo cantar junto a las flores de su jardín. Dispuestos a adelantar nuestras investigaciones, vamos a saludar al Administrador y a agradecerle las atenciones recibidas la noche anterior.
Alto, bien formado, vistiendo traje de caza con polainas y jockey, avanza hasta nosotros y nos saluda como lo hiciera con viejos amigos. Enciende después una gastada pipa y permanece un rato observándonos detenidamente.
Llama nuestra atención su vista penetrante y su raro modo de mirar; manteniendo un ojo a medio cerrar, abre desmesuradamente el otro, y clava sobre su interlocutor una mirada de águila, audaz y escrutadora. Parece querer imponerse con este sistema sui generis y ello, tal vez, debe producirle buen efecto cuando trata con sus subordinados.
Comienza por presentarnos la casa habitación; nada falta en ella. El confort reina en todas partes y sólo así nos explicamos que estos hombres, cultos y caballerosos, puedan sacrificarse en medio de las soledades y en el corazón de Tierra del Fuego.
Como agregados a una casa completamente amoblada y cómoda, se levantan espaciosos locales, bien calefaccionados, donde no falta el billar, la billa y otros juegos análogos.
Junto a los muros de los edificios, se cultivan hermosas flores de colores diversos, alegría del paisaje y encanto de la señora Donaldson y de su hijita, únicas compañeras del solitario Administrador.
La enorme chimenea de un extenso edificio arroja hacia los aires bocanadas de humo espeso y parduzco que, al ser atacadas por el ligero viento de la mañana, se desvanecen prontamente dibujando en las alturas siluetas caprichosas y fantásticas.
El Jefe sonríe satisfecho ante la energía que comienza a poblar sus dominios y lanzando llamaradas por su ojo escrutador, nos invita para visitar la estancia.
La fundación de ella, data desde comienzos del año 1893 y es el primer establecimiento de esta clase que radicó en la Isla la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego. Antes se le conoció con la denominación de «Estancia Pantanos» nombre que se derivó de los terrenos pantanosos que la rodeaban.
El caserío está instalado en el fondo de «Bahía Inútil» y marca el punto céntrico desde el cual arrancan los caminos a estancia «Cameron», «San Sebastián» y «Spring-Hill».
La Administración mantiene bajo su control inmediato, la marcha de tres sub-secciones que funcionan bajo las órdenes de sus respectivos capataces; ellas son: «China Creek» (Chorrillo de la China,) distante 30 kilómetros de «Caleta Josefina», «Bahía Once» y «Río Nuevo» que distan, respectivamente, 20 y 25 kilómetros de la estancia principal.
En la primera de estas sub-secciones funciona, actualmente, una escuela municipal, establecimiento destinado a dar educación y albergue a todos los pequeños educandos radicados en el corazón de Tierra del Fuego. La creación de esta escuela, tan necesaria en medio de un ambiente completamente extranjero, obedece a la iniciativa de la Administración Contreras en el Territorio de Magallanes.
Los frutos de esa corta, pero fecunda administración, los vamos apreciando personalmente y valorizando durante cada etapa que logramos recorrer a través de la inmensa Isla. Los beneficios que ella reporta para el bienestar del proletariado y para la defensa de la raza, son bien manifiestos y se dejan sentir, claramente en todos aquellos parajes que permanecían abandonados en absoluto a sus propios medios de vida o subordinados a un régimen impuesto por explotadores y que ahora a aparecen reglamentados en forma que ofrecen amplias garantías, tanto para el trabajador competente y honrado, como para el patrón consciente de sus deberes y derechos.
Esperamos visitar la Escuela Municipal de «China Creek», a fin de aquilatar personalmente sus beneficios y su verdadero valor educativo y nacional.
«Caleta Josefina» posee treinta y seis edificios fuera de los anexos propios a esta clase de establecimiento.
Las construcciones de la estancia principal están constituidas por veintiséis casas, todas de madera.
Para la administración del régimen interno, «Caleta Josefina» está dividida en varias secciones, a saber:
1.º- «Casa Grande» (o comedor grande), con sus anexos, constituye el edificio de uso exclusivo para el Administrador.
2.º- «Casa chica» (o comedor chico), edificios destinados para el segundo administrador, contador, capataces y cadetes.
3.º- «Casa de trabajadores» (o comedor de trabajadores) constituidos por los edificios destinados a los peones, esquiladores, etc.
A continuación aparece gran número de construcciones dedicadas al funcionamiento de los distintos talleres con que cuenta la estancia.
La vida común se hace en cada una de las tres reparticiones que hemos anotado.
Por parte del Administrador, no se roza con ninguno de sus subordinados y sólo hace vida social, dentro de su hogar, con los escasos visitantes extraños a su dirección. Se visita constantemente con sus congéneres de las otras estancias o sostiene con ellos prolongadas conversaciones telefónicas.
El respeto hacia el Jefe es absoluto y la «Casa Grande» se mira como el albergue de un dios que rige los destinos de la estancia.
Las distintas visitas, siempre encuentran atención y comodidad dentro de la «Casa Grande», y el Administrador se encarga de acompañar constantemente a los pocos visitantes durante los paseos o recorridos que estos últimos logran efectuar dentro del establecimiento. Por esta causa, muy raras veces se logra conocer al resto del personal o inquirir mayores datos que los que buenamente desea proporcionar el Jefe superior.
Todos los edificios se alumbran con parafina, a excepción de la Casa Grande que tiene instalación de acetileno.
Invitados, pues, por nuestro obligado acompañante, nos encaminamos hacia el galpón de esquila, que se encuentra en pleno funcionamiento.
Este gran edificio abarca una extensión superior a ciento cincuenta metros de largo por treinta y cinco metros de ancho, su interior está dividido en dos ramas o brazos iguales que arrancan desde el centro, punto donde está ubicada la fuerza hidráulica y a motor destinada a dar movimiento a la máquina de aprensar y a la multitud de poleas que alimentan a las tijeras esquiladoras.
Sesenta hombres trabajan en esta faena.
A ambos costados interiores del galpón, a una altura de dos metros del nivel del suelo, corre un eje de acero que sustenta, cada uno, veinticinco a treinta poleas. Éstas están en comunicación con una especie de brazo metálico articulado, que baja hasta el piso y que lleva, en su extremo inferior, las tijeras esquiladoras. Estas últimas son exactamente iguales, pero de mayor dimensión que las máquinas usadas en las peluquerías. Junto a cada una de estas tijeras trabaja un hombre.
El centro de la nave está dividido en corrales y estos departamentos se encuentran repletos de ovejas sin esquilar. Un peón lleva el ganado hasta el esquilador; el hombre da un golpe sobre el codo del brazo mecánico y la polea imprime el movimiento a la tijera.
El animal, sujeto entre las dos piernas del esquilador, se sienta sobre el suelo y queda con sus extremidades anteriores levantadas hasta la altura de las caderas del trabajador. La máquina en movimiento, inicia un deslizamiento rápido por sobre la piel de la oveja y, el esquilador, con maestría asombrosa, saca íntegro el vellón que cubre al animal. La res libre de su capa lanar, abandona el galpón por una pequeña puerta que queda a espaldas del operador y allí permanece en un brete numerado, hasta el momento en que todo trabajo se termina. Al finalizar la tarea diaria, cada obrero, en presencia del capataz, cuenta el ganado y lo anota en su libreta de trabajo.
El vellón que se obtiene de cada animal, es recogido por un «vellonero», generalmente un muchacho, quien lo lleva hasta el centro del galpón y lo extiende sobre una mesa construida ex profeso. Allí, un clasificador de lanas (siempre extranjero) determina las distintas categorías y señala el sitio que cada una debe ocupar.
El vellón, después de enrollado y atado con la misma lana, es colocado en casilleros especiales, demarcadores de la categoría a que pertenece.
Una escala sin fin (una gran polea de madera), eleva las lanas ya clasificadas y las deposita en el vientre de la máquina aprensadora; ésta, movida con fuerza hidráulica, forma el fardo y, después de someterlo a una presión de tres toneladas por pulgada cuadrada, lo arroja sobre la romana a fin de que sea pesado. Dos hombres se encargan de esta última operación. El fardo que generalmente pesa seiscientas libras, es llevado sobre un plano inclinado, por cuya superficie se desliza hasta quedar bien acondicionado en los galpones respectivos.
-Este año -nos dice el administrador- tenemos que esquilar ciento setenta mil ovejas; esta faena corre a cargo de un contratista especial, al cual la Sociedad, paga treinta y seis centavos por animal esquilado.
Las distintas administraciones sólo supervigilan este trabajo y nada tienen que hacer con los esquiladores, es decir, la Gerencia entrega las faenas al contratista y se desliga en absoluto de toda cuestión que se relacione con las divergencias que puedan presentarse entre el concesionario y los trabajadores que éste haya contratado. Queda, pues, la esquila, en manos de un sólo hombre dentro de cada estancia, sin que las administraciones tengan que ver nada con los operarios; lo único que hace la Sociedad es proporcionarles alojamiento y abrirles un almacén de menestras destinado a subvenir las necesidades que se puedan originar.
El contratista paga a razón de veintiséis centavos por animal; además, debe correr con la alimentación de la gente, para cuyo efecto descuenta a cada trabajador, una libra esterlina mensual.
Hasta las postrimerías del año que acaba de terminar (1918), toda transacción comercial o pago efectuado dentro de las estancias, se hacía en base de moneda inglesa; en la actualidad ha desaparecido esta anomalía y se ha implantado la moneda nacional. Tal cambio, muy importante para nuestro trabajador que desconoce las fluctuaciones a que está sujeta la moneda, se debe a la tesonera lucha que sobre este particular lo tocó sostener a la Administración Contreras.
Sin duda que tal procedimiento ha venido a favorecer directamente al trabajador chileno, elemento que muy poco o nada conoce de los chelines y peniques, y que en los años anteriores jamás supo, ni siquiera aproximadamente, el salario que lograba acumular y que debía percibir al final de su trabajo.
En el transcurso de las faenas, la gente se alimenta muy bien y trabaja relativamente poco, si se considera que durante el verano los días son sumamente largos y es ésta la única estación apta para desarrollar el máximum de actividad y obtener un mayor rendimiento económico.
Ocho horas de trabajo son suficientes para que los esquiladores más avezados puedan concluir con un número de lanares que fluctúa entre doscientos y doscientos cincuenta ovejas por esquilador.
Una campana que suena a las doce del día da la voz para que todo trabajo se paralice y los operarios, abandonando sus máquinas, se dirigen al «comedor chico».
Siempre en compañía del inseparable administrador, nos encaminamos hacia esta última dependencia. Amplios y confortables comedores, bien alumbrados y bien tenidos, esperan a los comensales; diversas mesas, repartidas simétrica y sistemáticamente, provistas con platos, cubiertos y jarros, reciben a los trabajadores. La comida es abundante y sana, presenciamos como algunos comen con exceso dejando gran cantidad de alimentos sobrantes desparramados sobre las mesas. Todos se sirven a discreción y sin mesura.
Las fuentes que llegan repletas permanecen abandonadas y a medio consumir; aquel día logramos anotar la siguiente lista:
l) Cazuela de cordero;
2) Guiso de fideos con carne;
3) Pierna de cordero asada, con garbanzos, ensalada de lechuga y papas cocidas.
4) Té con leche a discreción y durante toda la comida.
5) Huesillos cocidos, en abundancia.
El pan se coloca sobre las mesas y queda para ser consumido a voluntad.
Verdaderamente quedamos sorprendidos con aquel derroche de alimentos y, de ello, interrogamos al Administrador.
Nos responde que la comida es el problema más difícil que se presenta durante todo el desarrollo de las faenas.
-La cuestión alimentación -agrega- constituye el rompecabezas de los contratistas.
Se hacen cuatro comidas diarias; a saber:
l) Desayuno compuesto de té o café con leche, pan abundante y chuletas asadas, a discreción.
2) Entre el desayuno y el almuerzo una pequeña colación.
3) El almuerzo, como lo dejamos señalado.
4) La comida en idénticas condiciones a las del almuerzo.
Sin embargo -agrega el señor Donaldson-, la gente no queda contenta y exige más, es decir, pide más de lo que puede consumir. Hace poco pretendieron paralizar los trabajos alegando que no se los daba mermeladas y budín; hubo necesidad de ordenar tal confección y actualmente se les reparte dos veces por semana.
Una ligera vista por las distintas dependencias del «comedor chico», nos muestra el edificio dividido en varias secciones, a saber: comedor de ovejeros, comedor de peones y comedor de esquiladores. Estas divisiones se han hecho con el objeto de que no puedan mezclarse los distintos gremios de trabajadores.
La cocina, servida por numeroso personal e instalada a la manera de las grandes cocinas de nuestros Regimientos, funciona dentro de un local espacioso y bien aseado. El cocinero mayor, persona que goza del cariño interesado de todos los trabajadores, dirige la maniobra, haciendo derroche con los artículos culinarios.
Bien rentado, especialmente durante la época de la esquila, llega a redondearse un sueldo mensual que no baja de quinientos pesos.
Anexo a la cocina, funciona la panadería; como aquella, está instalada en un local espacioso y limpio.
Las habitaciones de los obreros quedan en las inmediaciones de estos dos edificios y hacia ellas nos encaminamos a fin de visitarlas.
A pesar de que estos pabellones no reúnen el mismo confort, comodidad y aseo que hemos evidenciado en las otras dependencias destinadas al personal subalterno, con algunos arreglos que son indispensables, pueden llegar a constituir viviendas cómodas para los obreros.
Cada edificio consta de tres o cuatro piezas que están distribuidas por agrupaciones de trabajadores. Dentro de las habitaciones y a manera de literas de vapor, aparecen junto a los muros, armazones de madera en forma de catres superpuestos y cada habitación cuenta con ocho o doce camas.
Sólo una ventana da ventilación a cada dormitorio, y como ella permanece casi siempre cerrada, el aire que se respira es pesado y mal sano.
Algunos enfermos reposan en sus lechos. La Sociedad cuenta con un doctor, sin título, y lo destina al servicio médico de todas las estancias; por esta causa los distintos establecimientos están mal atendidos y los enfermos expuestos a muchas dolencias. Estos últimos están obligados a procurarse sus remedios comprando las medicinas en el stock que, para tal objeto, existe en el almacén de cada repartición.
Generalmente, dentro del personal de cada faena, casi siempre existe un obrero que hace las veces de practicante y es éste quien desempeña el verdadero rol de médico y quien receta a los pacientes.
-Durante la presente temporada -nos dice el Administrador- hemos tenido muchos enfermos de gripe, afortunadamente, la epidemia se ha presentado benigna y no se ha lamentado ninguna defunción.
Frente a las piezas habitación y dentro de cada edificio, se ha construido una especie de hall, calefaccionado con el hogar de una gran estufa. En este departamento permanecen los empleados y obreros durante las épocas de vientos, lluvias o grandes fríos.
Todos los dormitorios reúnen las mismas condiciones anotadas y adolecen de iguales defectos. Por parte de los trabajadores, tienen la obligación de llevar sus ropas de cama y utensilios para el aseo personal. Por lo general, la mayor parte de la gente duerme vestida, por cuyo motivo, la salubridad deja mucho que desear y, especialmente durante la noche, el aire interior se hace irrespirable.
El frío matinal es el peor enemigo del aseo corporal, y los obreros se lanzan a sus labores con demostraciones latentes de somnolencia y desaseo.
Respecto a lo que podemos observar y que se refiere a la nacionalidad del conjunto de operarlos, debemos considerar una amalgama cosmopolita en la cual predomina el elemento yugoeslavo y croata. Estos representan un 50% del total; el resto se descompone en austríacos, argentinos y muy pocos chilenos.
Entre los peones esquiladores, observamos a algunos acomodados estancieros de los alrededores de Porvenir. El administrador explica nuestra sorpresa, diciéndonos que este último elemento se traslada hasta las grandes estancias y trabaja durante toda la época de las faenas; así logra acumular bastante dinero que, atendiendo a la vida sumamente miserable que hacen, llevan después a sus propias esquilas y tienen con qué pagar las faenas que deben efectuar en sus respectivos campos.
Este elemento, agrega el señor Donaldson, es el más difícil de llevar y el más exigente que acude al trabajo; todo lo encuentra malo y mal pagado, constantemente está influyendo en el ánimo del resto del personal y predicándoles ideas de huelgas, revueltas y aumento de salarios. Todos ellos son croatas o yugoeslavos que disponen de algún capital y que no les importa gran cosa las huelgas, en atención a que tienen dinero con qué sostenerse y a que, convulsionando el ánimo de los trabajadores, se les presenta mayor trabajo en la esquila y mayor salario que acumular.
Lo más curioso es -nos adelanta el Administrador- que después que ellos han cosechado una buena suma, regresan a sus campos y pagan a sus peones un sueldo miserable acompañado de una alimentación de todo punto deficiente. En resumen, con lo que han ganado ellos solos, efectúan todo el trabajo de sus pequeñas estancias.
Este sistema, que no se puede evitar, es tanto más contraproducente, cuanto que no sólo quita el trabajo al proletario verdaderamente necesitado, sino que significa un pésimo ejemplo y un mal elemento entre la gente chilena trabajadora que, desde distintos puntos, aún de Chiloé, acude en busca de trabajo hasta Tierra del Fuego.
Al predicar la rebelión, logran que un número considerable sea expulsado de las distinta labores. Después, terminada la época de las faenas, este elemento retirado, ha consumido sus pequeñas economías y está sin ocupación y sin dinero; es entonces el momento que los audaces aprovechan para pagarles un sueldo miserable, sometiéndolos a una actividad tal vez mucho más pesada que aquélla que antes abandonaron.
Las gentes desocupadas, urgidas por la necesidad, admiten y aceptan estos sacrificios y reciben como recompensa de su falta de tino, sólo una décima parte de lo que su nuevo señor percibió diariamente durante toda la faena principal.
Por fortuna, el elemento chileno evoluciona en este sentido y es de esperar que en los años venideros, no se deje engañar por estos señores, no necesitados, acaparadores de trabajo.
Los distintos talleres se encuentran repartidos de acuerdo con sus actividades; logramos visitar la sala de mecánica; instalada convenientemente y con todas las maquinarias del caso. Funciona bajo la dirección y control de mecánicos alemanes, en su mayoría sub-oficiales y marinos de la dotación de buques internados en la bahía de Punta Arenas, que pertenecen a los Imperios Centrales. Todos los operarios hablan el inglés y sólo entre ellos usan el idioma natal.
Allí, junto al fogón y ennegrecidos con el humo de las fraguas, prosiguen la eterna lucha de la existencia; aparentemente se manifiestan conformes y resignados con su nueva suerte y se esmeran en servir con empeño la pesada profesión que el destino les ha deparado.
Ya en marcha hacia la casa principal, tropezamos con el «Comedor chico». Este departamento reúne cierto confort y más comodidad y da albergue, podríamos decir, a la clase media.
Somos recibidos por el segundo administrador y por el contador de la estancia.
El edificio está dividido en dormitorios, sala de fumar, comedores y cocina, tiene cocinero y servidumbre especial.
Próximo al «Comedor chico» está ubicada la oficina de la Administración superior y el anexo donde funciona el «despacho» de la estancia. Este último constituye un verdadero almacén de menestras, tienda y abarrotes, donde los trabajadores encuentran todo aquello que les es propio a su vestuario y necesidades de vida.
Los precios se mantienen siguiendo las fluctuaciones del cambio internacional; la reducción de chelines y peniques a moneda chilena, confunde y desconcierta a los consumidores. Y como éstos sólo perciben sus salarios al final de las faenas, hacen sus pedidos por medio de vales que se van acumulando hasta el arqueo total. En esta época estalla la protesta general, protesta que se evapora en medio de chelines, peniques y libras esterlinas reducidas al insignificante valor del papel moneda.
Hemos recogido algunos datos que se refieren a las ganancias obtenidas por estos «despachos» durante el primer semestre del año en curso (1918) y ellos revelan que estos almacenes, instalados para proporcionar los artículos a precio de costo, están muy lejos de reflejar tal propósito. Las ganancias suman buen capital y parece que una parte bien apreciable de los sueldos acumulados por el trabajador, vuelve a las cajas de la estancia. Esperamos visitar los otros establecimientos para pronunciarnos en definitiva.
Antes de seguir hasta la casa del Administrador, nos detenemos un momento en los garajes; allí descansan los autos del señor Donaldson.
Estimamos, en un principio, que la Sociedad proporciona a sus empleados superiores los coches necesarios para el servicio diario; una observación del Administrador, nos dice lo contrario.
Sólo nos provee, adelanta nuestro acompañante, de la nafta y el aceite para el consumo diario; los autos debemos adquirirlos con fondos personales.
Verdaderamente que no comprendemos esta falsa economía de la Explotadora, Sociedad que tan grandes gastos hace por el confort y bienestar de sus empleados superiores. Inquirimos del Jefe el por qué de aquella economía, y el astuto Administrador sólo nos contesta con una sonrisa indescifrable y con la penetrante mirada de su ojo de águila que ahora se abre desmesuradamente.
Llegamos a la casa principal; una enorme y hermosa galería la rodea en casi toda su extensión.
La esposa del señor Donaldson descansa sobre una cómoda poltrona y se entretiene en tejer junto al calor de las estufas y frente a los brillantes rayos de un sol que apenas calienta.
Muy próximos a ella tomamos colocación y, después de la presentación de rigor, tratamos, muchas veces, de iniciar una conversación que sólo es contestada con algunos monosílabos o pequeñas inclinaciones de cabeza.
Una gran carcajada del Administrador llega a sacarnos de tan embarazosa situación:
-Mi señora -nos dice- habla muy poco castellano y no entiende nada cuando vocalizan tan rápido como lo están haciendo ustedes. Yo siempre le aconsejo que se familiarice con el idioma español; por esta causa -agrega- he aprovechado la ocasión y la he dejado conversar esta media hora.
Consecuente con la muy tardía observación del señor Donaldson, iniciamos un nuevo cambio de palabras, pero esta vez más pausadamente y marcando muy bien el sentido de las frases. La señora contesta con lentitud y aunque hace visibles esfuerzos por expresarse en nuestro idioma, logra hacerse entender perfectamente, dándonos a conocer sus ideas. Nos dice que es gran admiradora de Chile. Su hijita es chilena, tiene ocho años y comienza, ya, a hablar el castellano.
Tiene gran cariño y admiración por las flores; cuida de ellas con delicadeza manifiesta, logrando hermosear el jardín que rodea a la casa. El invierno -dice- es un formidable enemigo de las plantas; es de no imaginarse los esfuerzos que demanda el cuidarlas contra el frío y la escarcha.
Sin embargo -continúa-, dentro de la galería y al calor de las estufas, he podido conservar esta cantidad apreciable de hermosas flores finas que son encanto y sorpresa para el visitante.
Efectivamente, podemos admirar plantas delicadas y muy finas, conservadas admirablemente y tan lozanas como si estuvieran en nuestros mejores conservatorios del centro del país.
Una cantidad sorprendente de juguetes y muñecos que aparecen desparramados con precisión infantil, dan muestras de la existencia del único ser pequeñín, encargado de alegrar las interminables y monótonas horas del abrumador invierno.
Una cabecita rubia y una carita rosada, representante genuina de la gran Albión, surge de improviso de entre aquella confusión de juguetes y, muy pausadamente se aproxima para saludarnos; efectúa una pequeña flexión con ambas rodillas, nos alarga su blanca manito y nos da los «buenos días». Sólo emplea el inglés en su corto saludo y, al escuchar una respuesta en perfecto castellano, queda sorprendida y turbada. Tal vez, para sus adentros, debe haberse admirado por qué ella, tan chiquitita, habla fácilmente el inglés, y nosotros, hombres que peinamos canas, no somos capaces de poseer lo que le es tan familiar a un niño de ocho años.
Estupefacta, sólo nos contempla un momento y, mirando cara a cara a su papá, le dice en perfecto español:
-¿Qué te parece hombre?
-Adiós, mi plata.
Su carita rosada sube de tonos hasta llegar al tinte rojo; su ágil cuerpecito da un brinco rápido y va a ocultar su confusión detrás de una montaña de muñecas.
El señor Donaldson ríe a mandíbula batiente y se encarga de explicar a su esposa los enormes y palpables progresos que, en el idioma patrio, ha logrado hacer la preciosa chica.
Las primeras horas de la noche son dedicadas a la música; la esposa del Administrador es una pianista de gran valer, que se manifiesta cuando arranca del instrumento las sublimes creaciones de los grandes clásicos.
Su alma, impregnada tal vez con la grandiosidad de aquella soledad que invita a pensar, ha llegado a comprender el fondo infinito de la música. Su cerebro privilegiado ha exprimido gota a gota el alma de los grandes maestros y sus dedos ágiles y vigorosos, traspasan al teclado las vibraciones del sentimiento, arrancando de la caja mágica, lamentos que hacen soñar en creaciones sublimes. ¡Schumann, Schubert, Mendelson, Mozart y tantos astros de primera magnitud trasladados al centro de la selva virgen y brillando en pleno corazón de la Tierra del Fuego!
Aquella misma noche, y aprovechando la oportunidad de encontrarnos un momento solos en compañía del señor Donaldson, logramos obtener los siguientes datos relacionados con la Estancia.
-«Caleta Josefina» -nos dice el Administrador después de observarnos muy atentamente con su ojo y escrutador- fue fundada en el año 1893 y bautizada con el nombre de «Estancia Pantanos». El primer Administrador fue el señor Cameron; trabajador atrevido y tenaz que imprimió, en Tierra del Fuego, el verdadero rumbo para el trabajo ovino.
En aquellos años se tenía una idea muy errada del valor real de los campos fueguinos, por esa causa, para la ubicación de las primeras poblaciones de ovejas, no se consideró la potencia alimenticia de los suelos y se procedió en forma deficiente. Fue así como resultó, en extremo errado, el cálculo que se hizo y que se refiere al número de animales que pueden pastar en cada hectárea.
«Estancia Pantanos» no conocía límites, sus dominios pudieron considerarse infinitos y, en esas extensiones inmensas se colocó un número tan reducido de ovejas, que llegaron a perderse en la inmensidad de los pastizales.
Del estudio prolijo y reposado del señor Cameron, se llegó al convencimiento que Tierra del Fuego señalaba un emporio de riquezas no apreciadas, y que sus extensos cañadones, innumerables vegas y campos productores de abundante y excelente pasto ovillo, reclamaban reses que alimentar, pertenecieran ellas a la raza ovina, caballar o vacuna.
Se cercenaron, pues, los dominios de Estancia Pantanos y se dio comienzo a la instalación de sub-secciones, destinadas a recibir y cuidar nuevos ganados.
El aumento de pobladores lanares trajo como consecuencia la fundación de nuevas estancias y una parte considerable del cuerpo de «Caleta Josefina», que había dado vida a la sub-sección Río Mac-Klellan, ubicada en la costa sur de Bahía Inútil, se disgregó del núcleo principal y se constituyó en estancia poderosa, con administración independiente.
Más tarde, a este nuevo establecimiento se le denominó «Estancia Cameron», como un recuerdo para aquel primer Administrador que tan buenos y positivos servicios prestó a la Sociedad Explotadora, y que sólo se retiró de ella, después de haberle marcado rumbos definitivas desde el más alto puesto de la Administración General.
Con la mutilación señalada, los terrenos de «Caleta Josefina» quedaron reducidos a poco más de una tercera parte de su total primitivo (unas doscientas cincuenta mil hectáreas).
Sin embargo, los campos son suficientes y alimentan con holgura las 170 mil ovejas que esquilamos esta temporada, más la reproducción anual o sean setenta mil chiporros (corderitos) que pastan juntos con sus madres. Tenemos, pues, en la estancia, un total de doscientos cuarenta mil animales ovejunos.
Para el desarrollo y conservación de este ganado, contamos con espléndidos pastizales, tanto para la época del invierno como para los meses de verano. La subdivisión de los suelos, para las dos temporadas que dejamos señaladas, se hace en la misma forma que en las estancias pequeñas, es decir; campos altos (verano) y campos bajos (invierno).
Aparte del ganado lanar, «Caleta Josefina» dedica algunos potreros a la crianza y reproducción de caballares. Últimamente se han traído algunos reproductores finos (tipo percherón liviano e inglés), tanto de la República Argentina, como de algunos criaderos europeos; actualmente tenemos una existencia no inferior a mil caballares.
Este stock de caballos, en el que predomina la raza de tiro, sirve exclusivamente para proveer de animales de arrastre al resto de las estancias de la Sociedad Explotadora radicadas en la Isla; la venta a particulares no es corriente y sólo se efectúa en casos aislados y en cantidades muy pequeñas.
También existen vacunos en «Caleta Josefina», su número no baja de trescientos y, como los caballares, están destinados a servir a los intereses particulares de la Sociedad.
Por lo que se deja expuesto, claramente se ve que el giro principal de esta estancia, está señalado por el ganado lanar. El beneficio que se espera recoger este año no baja de dos mil fardos de vellones y cada fardo pesa, como término medio, seiscientas libras.
Cuando se inició esta explotación, el precio de la lana fue insignificante; generalmente la libra se cotizaba a razón de tres peniques. En la actualidad, y después de haber experimentado una alza considerable, puede decirse que no tiene precio y el valor de la libra fluctúa entre dos pesos cincuenta centavos y tres pesos moneda corriente.
Considerando efectivo este último valor, puede calcularse, que «Caleta Josefina» obtendrá un beneficio lanar no inferior a tres millones y seiscientos mil pesos.
Tal entrada debe considerarse ganancia líquida, pues no debemos olvidar que la materia prima, o sea la oveja, permanece intacta y en espera de una nueva esquila, faena que se verá poderosamente reforzada con la lana del corderito, ya convertido en hermoso ejemplar productor. Para hacer el cálculo de cosecha anual, debe considerarse este importante detalle que aumenta en un cincuenta por ciento la producción de lana obtenida en el año anterior.
Palpable es el enorme desarrollo que se deja sentir en el ganado ovejuno; por esta causa, la Sociedad se verá en la imprescindible necesidad de construir, periódicamente, nuevas instalaciones destinadas a la esquila fin de evitar el maltrato tan propio a los grandes rebaños que se ven obligados a recorrer distancias considerables.
Consecuente con ello «Caleta Josefina» ensancha las dependencias de «China Creek», la más importante de sus sub-secciones, y espera que el año próximo pueda compartir en ella las pesadas faenas, reduciendo a la mitad el tiempo que hoy emplea en la esquila.
Como deducción de este aumento progresivo y constante del ganado lanar, no es aventurado pensar que dentro de pocos años, cada sub-sección tienda a independizarse, reduciéndose así, gradualmente, la enorme área que hoy domina cada estancia principal.
Respecto al comercio de lanas, la Sociedad tiene representantes en Estados Unidos e Inglaterra, países ambos que monopolizan el producto contratándolo con anticipación. Este sistema es muy conveniente para los grandes ganaderos, pues, así aseguran las producciones anuales y no corren el peligro, muy común a los pequeños estancieros, de no poder vender sus lanas, viéndose en la necesidad de almacenarlas hasta la nueva temporada.
-«Caleta Josefina» tiene un pequeño defecto -continúa el señor Donaldson-; y él se refiere a los recursos naturales de que dispone. Si bien es cierto que para la ubicación de los edificios principales se tomó su consideración el punto céntrico y más apropiado para los traslados periódicas del ganado, y el trasporte o acarreo de sus productos hacia el continente, se olvidó de consultar las exigencias relacionadas con las comodidades naturales. Me refiero a la falta absoluta de agua para la bebida y a la carencia de materias combustibles, elementos indispensables en este clima y en estas latitudes. La primera debe extraerse de pozos o norias que contienen materias salobres y dan al agua un sabor bastante desagradable; respecto a la leña, hay que buscarla en los montes de «Río Chico» (Sierra Carmen Silva), distante cuatro jornadas de la Estancia. El acarreo se efectúa durante el verano, y la cantidad de combustible que se acumula es considerable, toda vez que él está destinado a subvenir el total de las distintas exigencias del establecimiento.
Referente al movimiento de trabajadores, hay algo curioso que observar; especialmente durante el invierno, época que obliga a paralizar toda faena en la Isla, sólo permanece en las estancias el personal necesario para el cuidado del ganado y los distintos talleres que continúan funcionando. No obstante, esta reducción en el número de operarios y a pesar del intenso frío que se descarga en la región, los establecimientos se ven visitados continuamente por cantidad considerable de trabajadores que se presentan pidiendo alimentación y alojamiento.
Es incomprensible -dice el Sr. Donaldson-, cómo esta especie de trabajador nómade tiene energía suficiente que le permita cruzar la Isla desde un extremo a otro y en todas direcciones, sin más abrigo que el indispensable para cubrir su cuerpo y sin mayor alimento que aquél que le proporciona el ganado de los caminos.
El terreno que permanece cubierto por una extensa y gruesa capa de nieve, no es obstáculo suficiente para que estas cuadrillas ambulantes puedan pernoctar en medio de la soledad y rodeados por la oscuridad más completa.
Bien conoce el obrero fueguino que en la época del invierno, es tarea inútil llegar hasta las estancias en demanda de trabajo; sin embargo, todos los años, después de las faenas, permanece en Tierra del Fuego, un número considerable de desocupados que opta por llevar una vida nómade y llena de sacrificios en lugar de trasladarse a lugares habitados en demanda de un descanso que bien se merece.
Este grupo de hombres desocupados, se divide en distintas partidas que se lanzan a través de los campos con la intención preconcebida de vivir de la comarca. Por esta causa, cada estancia recibe, más o menos, en la misma época, un número crecido de albergados. Generalmente se les señala un plazo para que puedan abandonar el establecimiento, determinación que de nada sirve toda vez que las cuadrillas, obrando de acuerdo, dejan expedito un local para que sea inmediatamente ocupado por un número, más o menos igual, de la misma partida. En esta forma, pasan el invierno completo y sólo abandonan una estancia cuando un grupo igual de compañeros deja la vacante en otro establecimiento.
Y lo peor del caso es que no se les puede negar hospedaje y resulta más económico recibirlos que rechazarlos. Al quedar desamparados en los campos, obran con maldad y, a manera de venganza concluyen con piños completos, abandonando las reses muertas en medio de los caminos.
Esta vida errante y sin comodidades de ninguna especie concluye con muchas vidas proletarias y es la causante de daños enormes en el ganado lanar.
Estamos, pues -termina el Administrador-, ante un problema cuya solución se impone y que está llamado a beneficiar directamente al trabajador tranquilo y honrado como igualmente, al bienestar social de los pobladores de Tierra del Fuego.
Tales fueron los datos generales que aquella noche logramos obtener en «Caleta Josefina». Mayores pormenores no necesitábamos, por lo que preparamos el equipaje para partir al día siguiente en busca de «Cameron», estancia situada en los cordones de «Carmen Silva» y a 45 kilómetros de «Caleta Josefina».