Una biografía inmoral: la vida de Aldao
Celina Manzoni
Si en la cultura hispanoamericana decimonónica las escrituras del yo parecen legitimarse por un valor documental que autoriza su inclusión dentro de los límites mismos de la historia (Molloy: 187), la profusión del gesto en Sarmiento no sólo corrobora esa idea, sino que además realiza un peculiar deslizamiento entre lo autobiográfico y lo biográfico evidente en los influyentes textos literarios publicados entre 1843 y 1850. Los pasajes desde la escritura de la propia vida, que leemos en Mi defensa de 1843 y en Viajes de 1849, a la escritura de la vida de los otros (en Aldao y Facundo, ambos de 1845), parecen culminar en Recuerdos de provincia que, en el cierre de este ciclo, logra reunir los dos movimientos en un amasijo sorprendente de biografía y autobiografía.
Cuando en la Introducción al Facundo ratifica su voluntad de escribir la vida de Facundo Quiroga y desplaza hacia el futuro una hipotética escritura de la vida de Rosas ya que según él: «Aun no se ha formado la última página de esta biografía inmoral»
(Facundo: 14. Énfasis mío); Sarmiento, aparte de todo, logra dar nombre a la perspectiva que lo sostiene entonces, la misma que animó su biografía de Aldao y la que alentará años después en la del Chacho (1868). Serán biografías inmorales y aunque probablemente imaginadas como opuestas a las biografías morales o virtuosas de Abraham Lincoln, Horace Mann, San Martín, Dominguito, entre otras, no le ahorrarán el ácido comentario de Alberdi quien en un rasgo de humor quizás involuntario lo bautizó como «el Plutarco de los bandidos»
(Mariano Picón Salas: 294). Como para materializar esa organización en dos polos contrapuestos, a mediados del siglo pasado bajo el título general de Civilización y barbarie se reeditó un conjunto titulado «Trilogía de Quiroga-Aldao-El Chacho» junto con «Mi defensa» y «Recuerdos de provincia» en el otro extremo (Sarmiento 1952). Y, es interesante percibir allí, en el contraste, que en esos hombres infames, como en aquellos en los que se detiene la reflexión de Foucault, «es tal la concentración de cosas dichas [...] que no se sabe si la intensidad que los atraviesa se debe más al carácter centelleante de las palabras o a la violencia de los hechos que bullen en ellos»
(Foucault: 121).
En la vida de Aldao, Vida del general Fray Félix Aldao. Apuntes biográficos, que se inició como folletín en El Progreso de Santiago de Chile en febrero de 1845 y pronto fue publicada como folleto (Bunkley: 178), la estrategia responde a los criterios que luego explicitará en el Facundo: perfilar a un personaje histórico americano y eludir la incompetencia imputable a los biógrafos de Bolívar:
| (Facundo: 16) | ||
La grandeza de Bolívar, propone, sólo se puede alcanzar a través de la inteligencia de lo que lo distingue. Entre la tentación del modelo normalizado europeo y la creación de una retórica que dé cuenta de lo heterogéneo, Sarmiento opta entonces por privilegiar la capacidad de percibir lo extraordinario en lo conocido, tal como hace famosamente Montaigne cuando, hablando del nuevo mundo relaciona las tierras y los hábitos de sus habitantes con los de sus civilizados contemporáneos y vecinos («De los caníbales»: 150-161). Un gesto de acercamiento al otro, tan intenso en la retórica sarmientina que no sólo provocó el rechazo, a veces virulento, a veces solapado de sus textos sino veredictos y definiciones acerca de la personalidad del autor que se reiteran en el tiempo a veces como admiración, a veces como condena; en esa línea y en la estela de Ricardo Rojas, el investigador chileno Armando Donoso dirá: «Sarmiento representaba la Pampa en toda su audacia acaudilladora. Era el gaucho que sabía dormir con un ojo abierto, portando en la vaina de la espada la pluma audaz»
(Donoso: 9).
Su procedimiento para la construcción de la vida de Aldao consiste básicamente en el saqueo de los recuerdos de los contemporáneos y eventualmente de algunos pocos documentos; entresaca de las conversaciones, elige y desecha con desparpajo y una dosis de arbitrariedad en el fondo acumulado por los otros, realiza un firme trabajo de selección y ordenamiento de escasos datos; toma en préstamo y, podría decirse, que moviliza el capital atesorado de la tradición para crear nuevos sentidos contundentes en la lucha política inmediata, un gesto que, además, a la larga, revelará su enorme eficacia en la constitución de una ideología cuyas derivaciones se proyectan hasta la actualidad. Al presentar la actuación del fraile en el ejército de San Martín especula: «Dueño allí de sí mismo y sin autoridad alguna que pesase sobre él, es fácil concebir que los actos de violencia y la satisfacción de pasiones desarregladas encontrarían víctimas y pábulo en poblaciones tímidas e incapaces de resistir»
(Aldao: 16. Énfasis mío). Si bien ese ejercicio de imaginación (es fácil concebir) parece atenuarse cuando lo alterna con el reconocimiento de no saber como recurso retórico («se dirigió a Pasco, por motivos que ignoro»
, 17), la reiteración de la ignorancia de ciertos hechos unida a una arbitraria valoración moral de los mismos, o de sus consecuencias, opera como una ilusión de verdad y de objetividad que a veces estalla como despreocupación de lo fáctico: «Qué sé yo de dónde desenterraron un viejo, godo empecinado [...], que diese algún barniz de decencia a este plebeyo movimiento»
(Aldao: 21-22).
Despreocupado de la petición de verdad implícita en el género, más bien imbuido de las leyes de inspiración y de improvisación tan valoradas por los románticos, comienza a publicar la biografía de Aldao a un mes de la muerte del caudillo ocurrida el 19 de enero de 1845 en Mendoza. Sostenido por la confianza en el poder de la palabra escrita, construye discursos y los carga de materialidad, se instala en la insoportable seguridad de una palabra ordenadora que, al no confrontarse con los hechos, se convierte a sí misma en hecho, en historia. José Luis Romero en la presentación de la edición que se utiliza para este trabajo, considera que la evidente atracción de Sarmiento por las formas biográficas -propia de la época, por lo demás- deriva de un interés que lo lleva tanto a ahondar en lo psicológico como, en otra inflexión, a descubrir lo individual «dentro de lo social, y entonces los individuos se tornan símbolos y, en cierto modo, héroes»
(Vidas de Fray Félix Aldao y El Chacho, 1947). Aun así, es posible que la biografía de Aldao, y quizás otras vidas de caudillos construidas en ese umbral entre lo ficticio y lo real, pueda pensarse como la de un equívoco héroe de leyenda más que como la de un héroe en el sentido histórico. Un destino que parecería afectar a esos personajes que, aun teniendo un espesor histórico, al haber sido construidos más por la suma de lo que se dice de ellos que por los documentos que prueban su existencia terminan proyectándose como legendarios.
En ese movimiento, mientras que para el Facundo (escrito diez años después de la muerte del caudillo), gestiona una búsqueda de documentación antes del inicio de la escritura del folletín, en el Aldao la voz narrativa despliega y pone en juego una serie de saberes difusos: «Dicen unos...»
, «se dice...»
; en la que la impersonalidad, si, por una parte diluye responsabilidades, por otra, legitima o naturaliza meras suposiciones constituyéndolas en saberes sin fundamento. Proliferan proposiciones conjeturales que en un deslizamiento casi imperceptible se convierten en afirmaciones rotundas, más contundentes cuanto más incomprobables: «Aldao, al cruzar los Andes, debió de ser asaltado por los recuerdos que la vista de los lugares testigos de nuestras acciones despiertan siempre en el ánimo con la vivacidad de sucesos recientes»
(Aldao: 19). «Las mujeres y los niños, al verle pasar, habrían de señalarle con el dedo y con la sorpresa, la desaprobación y la novedad pintadas en sus semblantes, transmitirse al oído esta injuriosa frase: "¡El fraile!"»
(Aldao: 19. Énfasis mío).
Afirmaciones de difícil o nula comprobación como la que le atribuye a Las Heras quien al término del primer combate en el que participa el fraile le habría dicho: «Padre, cada uno en su oficio: a su Paternidad el breviario, a nosotros la espada»
(Aldao: 10) resulta desmentida en el propio texto dos páginas después cuando el mismo coronel de la independencia recomienda su ascenso a teniente (Aldao: 13); información ratificada en una biografía de edición relativamente reciente (Newton: 18). Una supuesta reacción rebelde y violenta a esa supuesta reconvención de un superior lo llevará a afirmar: «[...] los instintos naturales del individuo se habían revelado en el combate de la tarde y manifestádose en la superficie con toda su verdad, a despecho del hábito de mansedumbre, o de una profesión errada; había derramado sangre humana y saboreado el placer que sienten en ello las organizaciones inclinadas irresistiblemente a la destrucción»
(Aldao: 11).
La valentía y el temerario arrojo -pasta del héroe- que se reconocen en las guerras de independencia, no cuentan en los años de las guerras civiles que es cuando Sarmiento escribe esta biografía, zona de cruce en la que se rozan la ficción y la historia. No sólo se proyectan sin vacilaciones los brillantes destellos de una subjetividad apenas tolerada como constitutiva del género sino que la asumida parcialidad será teorizada cuando en el Facundo ubique el nacimiento de la poesía en «el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal»
(Facundo: 63. Énfasis mío).
Esas «mentiras de la imaginación»
que Sarmiento articula en la escritura de la biografía del fraile Aldao todavía inserta en el marco y en los límites de la narración histórica, producirán unos años más tarde, no sólo los retratos irrepetibles de Marcel Schwob sino su irónica teorización acerca de las posibilidades del género: «El arte del biógrafo consiste precisamente en la selección. No debe preocuparse por ser verdadero; debe crear un caos con rasgos humanos. [...] El biógrafo, como una divinidad inferior, sabe elegir lo que es único entre los posibles humanos»
(Schwob: 11). Ya totalmente de vuelta de la ilusoria confianza en un orden racional, el biógrafo de Vidas imaginarias, a diferencia de Dios que distingue el cosmos del caos, elegirá de entre los elementos acumulados aquellos que le permitan componer una figura que no se parezca a ninguna otra, ambición que, de alguna manera, también podríamos llegar a atribuir a un desprejuiciado escritor argentino exiliado en Chile a mediados del siglo XIX.
En él, la vocación biográfica y la ambición de originalidad explosivamente combinadas con un programa educador, crearán también existencias únicas, irrepetibles, admirables retratos que conforman una galería en la que lo familiar y lo social crean redes inextricables y en la que casi sistemáticamente se eluden los juegos irónicos. Sus «biografías inmorales»
, que también podríamos llamar «biografías infames»
, constituyen a su vez una trama nacional de la infamia desde la que podría leerse hacia el futuro la Historia universal de la infamia de Borges con su desfile de personajes espantosos hechos a la imagen del redentor Lazarus Morell tras el que se recorta la evangélica imagen de Lincoln, el leñador de Kentucky.
Quien como Sarmiento crea un personaje con el proclamado propósito de desnudar la vida de una sociedad, debe evitar los efectos deletéreos de los juegos irónicos, debe creer y hacer creer que ese personaje es tal como él dice que es y no una imagen de tinta y de papel. El cierre de Aldao: «La biografía de los instrumentos de un gobierno revela los medios que pone en acción, y deja conjeturar los fines que se propone alcanzar»
(Aldao: 65), se anuda con la Introducción al Facundo y refuerza un didactismo implícito en el género, que Sarmiento no cuestiona.
Ante los títulos de estas tres «biografías bárbaras»
(Rodríguez Pérsico) no es difícil advertir un ejercicio de desplazamiento que opera como una búsqueda de sentidos. En Civilización i barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga (Santiago de Chile, Imprenta del Progreso, julio 1845), que se convertirá bastante pronto en Facundo, la contundencia del nombre justificaría el borramiento, entre otros, del apellido (apellido que por otra parte compartiría el propio Sarmiento, si hemos de creer al cuadro genealógico que acompaña Recuerdos de provincia). En la biografía de Ángel Vicente Peñaloza, titulada El Chacho. Último caudillo de la montonera de los llanos, desaparecen el nombre, el apellido y el cargo de general que ostentaba para quedarse con el apodo, el alias, tan frecuente por lo demás en el mundo del delito. Por el contrario, en el Aldao, la estrategia no pasa por suprimir el nombre del oponente, sino por la insistencia en destacar la acumulación y la mezcla. El título que registra Obras (VII) es: «El Jeneral Frai Félix Aldao, gobernador de Mendoza»
; según la reforma ortográfica que se impuso en Chile en los años cuarenta del XIX. Se amontonan y precipitan el orden de lo militar, lo religioso y lo civil (general-fraile-gobernador), en una construcción de tres miembros en la que el nombre y el apellido del biografiado aparecen custodiados por los cargos que ostentó; acumulación y minuciosa precisión que no solo eluden cualquier posible confusión con los hermanos militares del fraile sino que insisten en la anomalía, una extravagancia que rápidamente dará lugar a lo abominable.
Otro procedimiento frecuente, que también utilizará luego en el Facundo, consiste en forzar la relación de Aldao con otras figuras históricas tanto del propio campo político (Quiroga, Rosas) como del enemigo (Barcala, Paz, Acha, Benavídez), procurando que funcionen como espejos de los que, por comparación, surja con mayor nitidez la imagen degradada de su biografiado. Quizás el modelo más elaborado en ese laberinto, quizás de espejismos, sea el del negro Barcala («un negrito criollo esclavo»
que conocía «el secreto de la igualdad bien entendida»
) y que es definido por la virtud cívica, la firmeza de sus convicciones republicanas y «la habilidad con que hacía descender a las masas las ideas civilizadoras»
(Aldao: 29). Barcala, víctima del desorden y la barbarie de los Aldao, se constituye en invalorable modelo positivo frente al bárbaro caudillo mendocino: «Elevado por su mérito, nunca olvidó su color y origen; era un hombre eminentemente civilizado en sus maneras, gustos e ideas, y en Haití hubiera podido figurar al lado de Petion y de sus hombres más notables»
(Aldao: 28). Una figura tan ejemplar, también será recuperada en el Facundo aunque allí disimulará el tono discriminador por el camino virtuoso de lo políticamente correcto: «Barcala, el liberto consagrado, durante tantos años, a mostrar a los artesanos el buen camino, y a hacerlos amar una revolución que no distinguía ni color ni clase para condecorar el mérito»
(Facundo: 249-250).
Pero, aún más efectivo que ese procedimiento es el que, desde la apertura del texto, imagina a Aldao como lo absolutamente otro, lo extravagante y lo monstruoso, en el sentido en que lo es el centauro que por su condición participa de la mezcla, de lo heterogéneo (lo mismo, por otra parte, que la esfinge encarnada por Rosas: «[...] mitad mujer, por lo cobarde, mitad tigre, por lo sanguinario»
Facundo: 4). Imagina una escena de combate entre un destacamento del Ejército de los Andes y las tropas realistas en las estribaciones de la cordillera cuando Félix Aldao, capellán de la división, «exaltado por el fuego del combate, había obedecido al fatídico [grito] de ¡a la carga! precursor de la matanza y exterminio cuando hería los oídos de los vencedores de San Lorenzo»
(Aldao: 10). Así, como la quimera, monstruo imaginario en el que conviven el león, la cabra y el dragón, Aldao es representado en el eje de una contradicción entre la condición religiosa y la militar que propone como absolutamente antagónica aún cuando no olvidará la mención de algunos otros célebres próceres de origen religioso alistados como militares en las guerras americanas.
El centro de su estrategia se asienta en la exacerbación de la heterogeneidad para reforzar la idea de lo monstruoso, la descolocación de Aldao, su no lugar. Cultiva con esmero la contradicción: «valiente apóstata»
, «fraile teniente coronel»
, «fraile jefe de guerrillas»
, «fraile coronel»
. Se encarniza en el seguimiento de los progresos de Aldao en el escalafón militar y llega al nivel de lo tautológico cuando lo imagina aterrorizado en la cárcel consagrando una hostia ante la supuesta inminencia de su último momento: «El prisionero se ha hecho fraile hasta en sus ardides casuísticos»
. Sarmiento congela a Aldao en su condición religiosa; asevera que es y será «irrevocablemente fraile»
(Aldao: 19). Al recordar las circunstancias de su entierro, sin embargo jugará con dos versiones contrapuestas y no sólo por su origen: «Dicen unos que ha muerto contrito y en el seno de la iglesia, con el escapulario de la Orden dominicana, a cuyo convento ha legado parte de sus bienes»
(Aldao: 62-63). Por otra: «Las esquelas mortuorias invitan a los ciudadanos a las exequias del Excmo. señor general brigadier don José Félix Aldao»
(Aldao: 63). El «dicen unos»
, impersonal e incomprobable, y el documento escrito son, contra todas las previsiones, colocados en el mismo nivel, estratagema que le permite contraponer las dos versiones para concluir con la que más favorece su hipótesis: «Estas dos versiones, por contradictorias que parezcan, prueban una verdad al menos, y es que se duda aún hasta después de muerto, si es fraile o general»
(63). Pese a la subsiguiente invocación a Dios como árbitro del dilema, Sarmiento, suplantador de Dios, cierra el texto de la biografía con la reproducción del testamento que Aldao firmara al tomar el hábito de la orden dominicana (en 1806, cuarenta años antes de su muerte). Ese documento, que en apariencia apuntala la supuesta objetividad del texto al incorporar la voz del oponente, lo que hace, en realidad, es ratificar la irrevocable condición de tránsfuga que Aldao encarna para su biógrafo así como su sustancial ambigüedad.
En la primera presentación, su biografiado es, en medio del combate, «una figura extraña vestida de blanco, semejante a un fantasma, descargando sablazos en todas direcciones, con el encarnizamiento y la actividad de un guerrero implacable»
(Aldao: 10); la sangre que chorrea sobre el escapulario del sacerdote acentúa una imagen de descentramiento que se va desplegando en una serie de oposiciones alusivas de la viviente contradicción que representa: breviario/espada; cerquillo/laureles. Aldao, que como sacerdote debería vivificar al espíritu pero que como militar produce la muerte del cuerpo, encierra una contradicción que en un momento de las luchas civiles se expresará en la bandera con que Quiroga se envuelve: «Religión o Muerte»
. Lo que para Facundo se formula como una opción resuelta a favor de uno de los términos, la muerte de los otros, en el Aldao se alimenta como un conflicto permanente que produce autodestrucción, podredumbre y peste en el propio cuerpo del fraile-militar.
Desde la perspectiva del Sarmiento de Recuerdos de provincia con su proliferación de sacerdotes virtuosos, típicos letrados de la sociedad tradicional en la que se educó y cuyo destino pudo haber compartido, las elecciones de Aldao sólo pueden producirle horror. Esa biografía se construye así como un espejo que se abriría ahora a otras zonas de la vida de Sarmiento, joven pobre y ambicioso, que logró cultivar y proyectar en el mundo secular la condición de intelectual que el sacerdote representaba en su sociedad y que también se afirmó en el espacio fascinante del mundo militar, así fuera en la abundancia de retratos que lo representan con el traje y el gesto característico del hombre de armas. El sacerdote Aldao, en cambio, al elegirse como guerrero habría traicionado esa condición precipitándose así por el lado de lo aberrante.
El proceso de escritura de la infamia, el caos y la barbarie está dibujando, como en el revés del bordado, la imagen de la civilización asumida por Sarmiento en un acto de prepotencia casi arltiano. De sus tres biografías inmorales, la de Aldao es la primera; opacada por la contundencia del Facundo, ha sido sin embargo un texto altamente productivo en la cultura argentina, como se verá más adelante, así como un libro del que en carta a Frías, Sarmiento supo sentirse orgulloso: «La Vida de Aldao a echo en San Juan grande efecto, mis enemigos (esto es los del gobierno), escribe uno se extasiaban en elojios exagerados; tres ejemplares andaban de mano en mano, i aun el misterio con qe estos tres abian aparecido le daba mas voga»
(Barrenechea: 78. Se reproduce respetando la ortografía de la época).
Texto de combate, por lo tanto fuertemente ideologizado, además de fundar la figura de un oscuro caudillo mendocino, logra desplazar las tensiones que perturban a Sarmiento en Chile al tiempo que se constituye en un ensayo del género que estallará en todas sus posibilidades el mismo año con Facundo. Sin embargo, el Aldao no puede ser colocado en la melancólica categoría de precursor, ya que es en sí mismo, en su eficacia, un elemento del período más rico del escritor que tiene en 1845 uno de sus puntos más altos; un reconocimiento que autorizará no sólo las muchas referencias a sus depredaciones asociadas a las de Facundo Quiroga sino también a la biografía escrita ese mismo año con poca diferencia de meses: «Allí era el terror inútil: las matanzas diarias ordenadas por el Fraile, de que di detalles en su biografía, tenían helada como un cadáver la ciudad»
(Facundo: 261).
La primera presentación de Aldao propone dos cuestiones de retorno casi obsesivo en otros textos; una remite a la relación que se establece entre el traje y la condición del individuo. La imagen de Aldao: «[...] una figura extraña vestida de blanco, semejante a un fantasma»
en medio del fragor de la batalla, reactualiza, como se ha dicho, el desacuerdo entre su vestido sacerdotal y su actividad guerrera. En el Facundo la relación entre el traje y la condición moral, ideológica y cultural -civilizada o bárbara- se amplifica en una serie que arrastra vestido-leyes-gobierno. Allí la identificación del rojo con lo bárbaro, insinuada en la presentación de Aldao, se expande hacia otros matices de la degradación. El rojo se constituye en materialización del terror por una parte, y en marca igualadora, por otra, todo se nivela y masifica en la uniformidad del rojo: «La cinta colorada es una materialización del terror que os acompaña a todas partes»
(Facundo: 375). Recuerda la asunción de Rosas al gobierno:
| (Facundo: 371-372) | ||
En el Sarmiento de 1845, el malestar frente a la masificación, percibida como lo indiferenciado, se contrapone a la extravagancia de Aldao; su excentricidad lo barbariza, pero también lo convierte en un personaje digno de interés, como lo es también el relato de la corrida de toros en Madrid: «He visto los toros, y sentido todo su sublime atractivo. Espectáculo bárbaro, terrible, sanguinario, y sin embargo lleno de seducción y de estímulo»
(Viajes: 206). Allí, como en las batallas del Aldao, la espectacularidad, la violencia y la sangre organizan formal e ideológicamente la experiencia. La otra cuestión a la que remite esa primera imagen de Aldao es la insistencia en su apariencia fantasmal: lo misterioso, lo espectral también aluden al estar entre dos mundos; los fantasmas están y no están en este mundo, están en el otro pero perturban en éste; como Aldao, los fantasmas son figuras fronterizas, oscilan en las lindes de la transgresión.
La marginalidad de Aldao respecto de la Iglesia -la primera institución de la que deserta- se reitera en su relación con el Ejército, otro espacio fuertemente jerárquico; éste expulsa a Aldao, lo coloca en un punto excéntrico; Aldao es un guerrillero. Según Sarmiento, es el propio San Martín quien lo relega hacia los bordes del ejército libertador: «Cualesquiera que sean las ideas de un hombre, siente cierta repugnancia al ver a un sacerdote manchado en sangre y entregado a la crápula y a los vicios. San Martín siempre lo tuvo agregado a los cuerpos en comisiones especiales»
(Aldao: 15). En un procedimiento típico de esta biografía, un razonamiento general luego resulta sutilmente desplazado para atribuirlo a un personaje particular, quien termina así confirmando una opinión del narrador. Otros biógrafos de Aldao niegan, con mayor o menor documentación, no sólo los vicios atribuidos por Sarmiento sino las imputaciones a su carrera militar: «[...] realizada con valentía poco común, y sin acto alguno que obre en menoscabo de quién es héroe en Chacabuco y Maipú, además de ejemplar oficial durante todos los incidentes de la ruda campaña escalonada entre el cruce de la Cordillera de los Andes y las postrimerías de las guerras de Independencia en tierras del Perú y Bolivia»
(Newton: 21).
Aldao aparece entonces desertando de esta otra institución fundamental; el narrador lo persigue hasta su refugio campesino para descubrir que su segunda deserción arrastra una tercera transgresión que si bien pertenece al orden de lo privado, lo íntimo, afecta también la esfera de lo público. Aldao constituye una familia fuera de la ley, vive en concubinato y bigamia. Al no haber roto con su primera esposa legítima, la Iglesia, mantiene un doble vínculo que lo infama como esposo y como padre: «Allí, lejos de las miradas del público, en el seno de su familia, podía verse llamado "padre" por sus hijos, sin más zozobra que el recuerdo amargo de que en otro sentido se le había llamado el "padre" Aldao»
(20). No obstante, no son éstos los mayores crímenes que comete contra la institución de la familia; le está reservado el crimen primordial, el asesinato del propio hermano. Apóstata, es también fratricida, y si por una parte en el relato resuena el eco de la historia bíblica, por otra, en la abominación de Aldao se percibe la sombra oscura de Rosas, el máximo fratricida que como en el Facundo está siempre presente y difuso. En otra inflexión, esta historia se abre al espacio histórico en el que conviven hijos y entenados. Aldao, como Caín, pertenece a la zona de los ilegítimos, de lo que se oculta pero también se muestra para que resalte el brillo del otro, el de una figura moral que como la del propio Sarmiento se recortará como buen hijo, buen hermano, buen padre. Los orígenes que el narrador le atribuye a Aldao: «De una familia pobre, pero decente, e hijo de un virtuoso vecino de Mendoza...»
(12); podrían ser el comienzo de su propia historia, pero hay un momento en el que Aldao se separa de esos orígenes comunes: es el momento de la deserción y la traición.
Los Aldao constituyen un triunvirato militar que en su provincia natal ultraja la moral y la civilización. Se caracterizan por trabajar siempre desde el secreto. El secreto está en el origen de las aberraciones de Aldao; su biógrafo interpreta: «Aldao huyó siempre del público y alimentó en secreto una especie de rencor contra la sociedad»
(20). El rencor se resuelve en desafío; la vida de Aldao es un puro despilfarro y pérdida de control: «[...] la embriaguez, el juego y las mujeres entraban a formar el fondo de su existencia»
(15). Si estos vicios se hubieran mantenido en el orden de lo privado, la justificación habría sido posible en razón de los desordenados tiempos de la guerra, pero los límites de la comprensión se clausuran cuando lo privado se desliza a lo público constituyéndose en orgía: el máximo punto del desenfreno, el desperdicio, el exceso.
La sed de alcohol devendrá sed de sangre; uno de los momentos más impresionantes de lo orgiástico se despliega en el texto cuando describe las matanzas en el «campo sin combate»
del Pilar:
| (Aldao: 38-39) | ||
La muerte como espectáculo -el ruedo, la sangre, la tenacidad de la vida en la muerte-, parece prefigurar las descripciones de la plaza de toros en Madrid y la fascinación que ejerció sobre Sarmiento. La barbarie de Aldao entonces inaudita, según su biógrafo, desde el pasado habla del presente: «[...] hoy son hechos vulgares por allá y Buenos Aires, Tucumán, Córdoba y Mendoza se han familiarizado con atrocidades más negras aún»
(Aldao: 40).
La trayectoria del caudillo se cumple como descentramiento; si la razón es el centro, el punto más alejado será la locura, la máxima ajenidad y la marginalidad total. Al final de sus días, Aldao será un «enajenado»
(62), transgresor de la ley más general, la de la razón, cae en el delirio y la irracionalidad. En la época que escribe este texto, esa misma acusación había recaído sobre Sarmiento en las difíciles condiciones de su exilio en Chile; sus opositores de El Siglo lo zahieren: «Aconsejamos al señor Sarmiento que procure contener su carácter díscolo y sus ímpetus de infante o de demente, que ponen en problemas la cabal organización de su cabeza»
(Palcos: 1952). Lejos de apelar a la ironía, la respuesta de Sarmiento consiste en ordenar, llevar razón y depositar la imputación de locura en otro, Aldao.
La excentricidad de Aldao, la locura, lo marcan corporalmente. Se lo constituye como una figura en permanente movimiento; el frenesí de la primera batalla no lo abandona ni en el momento de la muerte, cuando la sangre irrefrenable estalla a borbotones y se desparrama sobre su cuerpo degradado: «En fin, la muerte se acerca; la agonía se prolonga meses enteros, y entre los dolores más agudos, el cáncer rompe una vena, y un río inextinguible de sangre cubre su cara y su cuerpo todo, hasta que expira el 18 de enero. ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre! [...] ¡morir derramando su propia sangre, solo, sin testigos, pues había hecho colocar un centinela en la puerta!»
(Aldao: 62). Un alarde de justicia poética por parte de Sarmiento que no coincide para nada con los testimonios de su médico, Miguel Rivera, recogidos en la biografía de Newton quien recupera también las alternativas de la enfermedad, sus últimos meses, la voluntad testamentaria, el reconocimiento de sus hijos, la junta de médicos que se convoca «de la que también participan unos treinta amigos del enfermo, seleccionados entre los personajes más influyentes de la política y del comercio»
(Newton: 183). Una escena por lo menos curiosa que, de alguna manera remite más a antiguas representaciones cortesanas que a la moral republicana pero también muy alejadas del castigo ejemplar que el biógrafo le adjudica, como si hubiera considerado esa muerte una transgresión última a la ley no escrita: «[...] el que a hierro mata, a hierro muere»
. Se lamenta en más de una ocasión: «[...] el apóstata murió en su cama; los honores de general le rodearon en su tumba y su muerte, si no ha sido llorada, no ha satisfecho tampoco la justicia divina en la tierra»
(Aldao: 13).
Ese frenesí final parece haberse originado en el frenesí inicial que contamina todo el texto; la escritura acompaña los desplazamientos de Aldao, lo que permite otra comprobación: y es que la imagen del caudillo diseñada por Sarmiento sugiere otros desplazamientos en el tejido de la cultura argentina, ratificando una vez más la eficacia de su discurso. Esta biografía conformada en la ambigüedad de la fascinación y el rechazo, en el pasaje de lo individual a lo público y de la condena abierta a la encubierta, provocará una interesante inflexión en Las neurosis de los hombres célebres de José María Ramos Mejía. Allí, la glosa e incluso la reproducción del discurso altamente ficcionalizado de Sarmiento pasa a convertirse en la clave interpretativa y constitutiva de una ciencia:
| (Ramos Mejía: 291) | ||
Lo que en el texto de Sarmiento se asentaba en un complejo juego de oposiciones, en el de Ramos Mejía se desliza a las formalidades de un texto científico, fundante además, de la psiquiatría argentina que no desdeña las pequeñas historias de los hombres infames proliferantes en Francia en los siglos XVII y XVIII recogidas por Foucault.
Mediante sus modelos (Rosas, Brown, Monteagudo, Aldao y el doctor Francia), Ramos Mejía ejemplifica las teorías científicas de moda en el fin del siglo XIX. El caso Aldao le permite explayarse acerca de la dipsomanía y sus consecuencias sociales. Aunque considera que la enfermedad es una forma particular de las degeneraciones congénitas, desde el lenguaje de la ciencia psiquiátrica avanza hacia la interpretación sociológica (ciencia de la que también sería fundador en la Argentina según su discípulo José Ingenieros). De las estadísticas acerca de los crímenes privados que produce este mal -incluidos el robo y la antropofagia- se desliza a consideraciones de tipo más general, para conjeturar que la dipsomanía y la locura alcohólica podrían explicar «muchos acontecimientos sociales, ciertas conmociones políticas de carácter aliénico, como los excesos de la Comuna...»
(Ramos Mejía: 275); y sin duda, «no tengo duda»
, aclara, muchas de las tumultuosas actividades de la mazorca rosista. En ese pasaje del lenguaje científico a las generalidades más incomprobables, reconoce:
| (Ramos Mejía: 276) | ||
Y sin embargo, de estas inferencias hace surgir una conclusión indubitable:
| (Ramos Mejía: 276) | ||
El trabajo científico de Ramos Mejía parece constituirse entonces mediante un sistema de traducción, más bien de glosa del texto de Sarmiento que, en lugar de ser leído como una hipótesis posible, es considerado un documento fehaciente. Sarmiento, que conoce los límites de su propia imaginación mejor que su incondicional admirador, le recomienda moderación en la reseña de su trabajo (7 de noviembre de 1878): «Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho a Rosas en aquellos tiempos de combate y de lucha, por el interés mismo de las doctrinas que explicarían los hechos verdaderos»
(Ingenieros: 17). La prevención nada dice de Aldao, pero José Ingenieros que trae la cita de Sarmiento al prólogo de la obra en 1932, asevera que si bien algunos casos analizados por Ramos Mejía admiten ciertas objeciones, estas no afectan el diagnóstico sobre Aldao cuyo delirio alcohólico alucinatorio además de «exactísimo»
alcanza un gran mérito literario: «[...] sobresalientes, entre todas, son las últimas [páginas] destinadas a describir el delirio alcohólico alucinatorio del fraile Aldao, llenas de eficacia y de emoción, aterradoras en ciertos pasajes»
(Ingenieros: 18).
Otras relaciones entre ambos textos mostrarían la exacerbación del recurso de la naturalización o el peso de la cita. Ramos Mejía cita largos párrafos del Aldao y a veces se desliza de la cita entrecomillada a la paráfrasis borrando los límites entre su voz y la del maestro; la autoridad de la cita se impone hasta tal punto, que el capítulo cierra con la reproducción textual de las palabras con que Sarmiento narra los minutos finales del fraile. Pero el médico también realiza algunas modificaciones al texto del maestro, corrige la presentación del Aldao en la que Sarmiento lo muestra en todo su vigor: «Parecía, más bien que un "guerrero implacable arrastrado por el enardecimiento del combate", un maníaco epiléptico que va huyendo de ese enjambre de visiones sanguinolentas que lo persigue durante el "aura"»
(Ramos Mejía: 279). La mirada «desapasionada»
del alienista despoja a Aldao hasta de ese ambiguo momento de grandeza que Sarmiento le había concedido. Otro de los momentos de creatividad de Ramos Mejía exaspera la cuestión del fratricidio imaginada en el Aldao. El científico inventa un delirio alcohólico en el que asaltan a Aldao:
| (Ramos Mejía: 292) | ||
En definitiva, la relación que el trabajo de Ramos Mejía establece con el de Sarmiento, más que una estática sumisión al modelo, configura una situación de diálogo en la que hacia 1880, la palabra autorizada del prócer, la voz ajena, funciona como mecanismo fundamental de verosimilazación y autoridad. Crea la ilusión de un discurso científico basándose en la ilusión de un discurso histórico. Se subordina al discurso del otro pero la convicción con que se lo apropia genera una discursividad que opera como respuesta actualizada al escenario de locos y de delincuentes en que se ha convertido Buenos Aires, ciudad plagada de extranjeros. Entonces, cuando -desde la perspectiva de clase de los hombres del 80- una nueva inflexión de la barbarie puebla las calles de la ciudad de otros marginales: los inmigrantes, los hombres infames, vuelve a actualizarse la relación entre hijos y entenados en una sociedad que atrae y rechaza en un vaivén que todavía no ha concluido.
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