Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajo- XII -

Trajo el siguiente día la novedad de que la expedición del Conde de Negri había entrado en tierra de Burgos, lo que puso en inquietud a Calpena, por si la guerra turbaba el sosiego de su madre en el apacible retiro de Medina. Mas O'Donnell le tranquilizó, asegurándole que las operaciones contra Negri eran hacia la parte de Belorado y límite de Soria. Desayunándose con su gente en una estancia baja, que sólo porque comían en ella tenía derecho al nombre de comedor, le dijo Iturbide: «A ese bruto de Zoilo hay que dejarle con sus manías, y no pretender meter una razón dentro de aquella cabeza, que es un sillar redondo, señor, un verdadero sillar que no tendría precio para rueda de molino... Ahora está con la tema de que el agradecer es carga muy pesada. Para mí   —79→   no es carga, señor, sino más bien alas con que uno vuela.

-¿Y qué tal? ¿Ha comido?

-Todo el cordero que allí había, y otro tanto que le llevé yo después. Come que come, pues una vez en ello no sabe acabar, me decía: «Veré si con el alimento voy entrando en caja y me sale la gratitud. Es un compromiso, Pepe, deberle uno la libertad a ese Don Fernando... Nunca creí que yo pudiera ser esclavo de nadie, y ahora lo soy, pues para mayor pena, hasta nos da de comer. Tengo que ser su amigo, y él podrá despreciarme si quiere, y hacerme más infeliz de lo que soy».

Creyendo ver Fernando en la franqueza de Iturbide buena ocasión para adquirir los anhelados informes de la familia de Arratia, se le llevó de paseo, y no fue necesario ningún estímulo para que el bilbaíno siempre locuaz, en aquel caso agradecido, desembuchase cuanto sabía.

«Puedo asegurarle, señor, que Zoilo casó el mismo día o noche de Luchana, y que sin esperar a la entrada de Espartero se largó a Bermeo toda la familia con los recién casados... ¿Qué dice? ¿Que ya esto lo sabe? ¿Sabe también que Aura, por soplos de gentuza, se enteró de que usted vivía y de que fue a Bilbao, trastornándose con la noticia y poniéndose tan perdida de la cabeza que se escapó, y que más de un mes estuvieron sin poder encontrarla, y la dieron   —80→   por muerta, y hasta le cantaron el funeral?».

-Lo del funeral no lo sabía. Sigue.

-¿Sabe que una vez encontrada, y conducida en coche a Bilbao, ha sufrido unos rarísimos cambios de humor, un quita y pon de razón y locura, pues semanas tenía de querer a su marido y hacerle fiestas, semanas de odiarle y recibirle con las uñas cuando a ella se acercaba?

-De ese tejemaneje de sinrazón y cordura no tenía noticia. Adelante.

-Todas las mujeres son de muy extraña condición; pero esa más que ninguna. ¿Sabe usted que Zoilo estaba dado a los demonios y no vivía y se tiraba de los pelos, y que no quedó médico en Bilbao que a la niña no visitara? ¿Sabe que Zoilo encontró una carta escrita por usted a Doña Aura, y llevada por Churi... y que cuando la leyó se puso más loco que su mujer, y quiso pegar a su padre y a su tío y a todo el género humano? Pues fue un paso terrible, del cual se enteró todo Bilbao. El motivo de venir Luchu a estas tierras fue como le voy a contar. Quería buscarle a usted y proponerle, por buena composición, que se hiciera otra vez el muerto, para que, con el convencimiento de que el D. Fernando no existía, entrase en razón Doña Aura y pudiese el matrimonio vivir en paz. Si usted a esta figuración de muerte se prestaba, de acuerdo con la familia, serían los dos amigos, Arratia y D. Fernando; si a la farsa saludable no se avenía, no quedaba más remedio que quitarse de en medio uno de los dos,   —81→   desafiándose a muerte. Esta era su idea; pero la familia no quería verle en tales trapisondas y le estorbaba la salida. Muy terco es él, como usted sabe, y cuando se le mete una idea en la cabeza, antes muere que dejársela quitar. Su tío Valentín era el único en la familia que apoyaba el viaje de Zoilo a Castilla, para que recogiese a Churi y le llevase atado codo con codo. Esto y el aquel de acompañarme a mí, cuando mi padre me mandó a sacar a mi hermano del Provincial de Segovia, sirvieron de pretexto al amigo Arratia para ponerse en camino... Y sólo me falta decirle que más allá de Balmaseda nos encontramos a Eustaquio de la Pertusa, con quien habíamos hecho amistad en Bilbao, estimándole por su agudeza y buena conformidad. Juntos los tres, el Epístola nos sirvió de mucho para franquear los pasos ocupados por facciosos, pues con ellos hace buenas migas. Entre paréntesis, diré a usted que Pertusa reparte papeles impresos con la cantinela de Paz y fueros netos, que es la bandera que sacan ahora los que ya están hartos de guerra y de Pretendiente absoluto... Pues sigo: andando los tres, cada cual con su objeto, llegamos a Miranda, donde nos pasó lo que usted sabe; que, a mi cuenta, nuestra prisión y desgracia no tuvieron otro motivo que el haber venido con Pertusa, hombre muy travieso y fino, que se mete por el ojo de una aguja, por lo que le anda siempre buscando las vueltas la policía del General Espartero... Ya conoce el señor el milagro a   —82→   que debió mi hermanillo la vida en el fusilamiento del 30 de Octubre, y la conmutación de su pena... De los cinco meses de martirio en la cárcel, nada tengo que decirle, pues anoche le conté cuánto padecimos hasta que se nos apareció el ángel en forma de D. Fernando, que nos dio la libertad y la vida. Bendito sea mil veces, y Dios le prospere y haga dichoso en premio de su grande caridad.

-Ignoraba yo -le dijo Calpena gozoso-, mucho de lo que me has contado, y con ello se disipan las dudas que me atormentaban. Ya empiezo a cobrar tu parte de deuda conmigo por la libertad que te di. Si quieres completar el pago, habla con ese bruto, persuádele a que sea explícito y franco conmigo, declarándome sin ningún rebozo todo lo que piense y cuantos propósitos respecto a mí le inspire su terquedad. Los tercos en ese grado me hacen gracia; digo mal, me cautivan, me entusiasman; creo que de los tercos indómitos es el reino de la tierra.

Toda aquella tarde estuvo Iturbide trasteando a su amigo y amansándole el genio, para lo cual, en vista del reparador apetito que se le había despertado, empleó argumentos de comida exquisita y de vinos superiores, y la cabeza de Luchu recobraba lentamente su facultad pensante, sin perder nada de su dureza de pedernal. Toda la mañana siguiente estuvo Calpena en la Comandancia recogiendo noticias de la guerra, sin desechar las que de política corrían, las unas   —83→   verosímiles, absurdas las otras. Véase la muestra: se había descubierto una conspiración civil y militar para quitar la Regencia a Doña María Cristina y darla... ¿a quién, Señor?, al Infante D. Francisco de Paula. Por lo disparatado y extravagante, encontró este notición fácil acceso en la mayoría de las cabezas. Ello debía de ser, en opinión de muchos, un nuevo delirio masónico. Por otra parte, el moderantismo triunfante, o retroceso, desataba vientos de discordia. En casi toda la Península se había declarado el estado de sitio, sin más objeto que perseguir y encarcelar a los libres; la imprenta era toda mordazas; el Ministerio marchaba francamente por la senda del absolutismo, emulando al Príncipe rebelde en la estolidez de sus disposiciones tiránicas, y para colmo de locura, se arrastraba a los pies de Luis Felipe, pidiéndole una intervención humillante para terminar la guerra, sin obtener más que los desdenes de las Tullerías (así hablaban los que querían distinguirse por un fino lenguaje). Y en tanto, las dos hermanitas napolitanas habían reñido, y la Gobernadora, que hasta entonces fiara en la espada de Espartero como garantía de su causa, comenzaba a recelar del de Luchana, volviendo sus ojos a Ramón Narváez, como amparador más seguro y arriscado. Para darle la fuerza material de que carecía, se le mandó organizar un ejército llamado de reserva, con cifra de cuarenta mil hombres, y el aparente objeto de perseguir bandidos y facciosos en las provincias   —84→   manchegas y andaluzas. De todo esto, que a Miranda llegaba desfigurado y con más bulto del que realmente tenía, sacaban los oficiales comidilla y distracción en la tediosa vida del campamento.

De vuelta Fernando en la casona que habitaba, hallose a Iturbide de gran parola con Arratia en el comedor, frente a un jarro de vino, y con el pasatiempo de una barajilla sebosa. Soltó Zoilo con desdén las cartas al ver a su libertador, y brindándole el asiento más próximo, se arrancó al instante con lo que tenía que decirle, ya muy pensado y medido desde por la mañana: «Señor, dice Pepe que sea yo franco con usted, y yo digo a Pepe que más claro he de ser que el agua, pues la claridad está en mi natural. Con lo que he comido se me ha vuelto a meter la razón en esta parte de la cabeza donde tiene su hueco, y con la razón y la claridad en mí, por muy bruto que yo sea, no puedo desconocer que al señor le debo la libertad y la vida, contra lo que yo deseaba. Pero ante lo que es, no valen suposiciones ni falsos quereres... Hasta hace poco tiempo era mi voluntad que usted se muriera, y créame que la noticia de su verídica muerte habría sido mi mayor alegría. Hoy, ya que no puedo desearle la muerte de verdad, sí quiero que lo sea de figuración, para que mi esposa se cure de su mal de recuerdo, y perdida la esperanza, se acaben en ella los arrechuchos lunáticos que son mi desesperación, mi rabia y la mayor desdicha que puede padecer un marido enamorado».

  —85→  

-Pero, hombre -le dijo Calpena con jovialidad-, ¿cómo quieres que yo me haga el muerto? Dile a tu mujer que no existo, a ver si te cree. Corres el peligro de que habiéndola engañado la primera vez, no te crea en la segunda... Pero, en fin, ¿cómo hemos de componer esa falsa opinión de mi muerte? Explícalo tú.

-Pues, señor... o muriéndose de verdad... o fingiéndolo, como en una comedia que vi yo en Bilbao, en la cual uno, que no me acuerdo cómo se llamaba, salía en el ataúd, y en el propio panteón le metían, resultando que no estaba sino dormido por la virtud de un brebaje...

-¿Y esas paparruchas de comedia quieres tú que las llevemos a la vida real? La curación de tu mujer podría costarme cara, y no estoy yo en disposición de prestarme a esos fingimientos ridículos y peligrosos, después de lo que padecí con su deslealtad y tu atrevimiento, pues tú no ignorabas que Aura era mía, y con tu obstinación, ayudada de malas artes, la engañaste y la hiciste tuya. Ya no te la disputo: puedes estar tranquilo; pero no he de ayudarte a devolverle la razón, pues no fui yo quien se la quitó, sino tú.

-Señor -dijo Zoilo levantándose con movimientos difíciles, como quien sufre desazón y mal gobierno de todos los músculos de un lado-, si me riñe lo aguanto, porque es mi deber aguantarlo... Pero yo no callo nada de lo que siento, y con toda la verdad de mi   —86→   corazón declaro que no hay más que dos caminos para mí: o que usted se muera o que yo me mate, pues así, créamelo, Zoilo Arratia no puede vivir.

-Yo he cumplido contigo un deber de conciencia, y nada más tengo que hacer. No quiero yo la vida para jugar con ella imitando lances de teatro, y mientras estés en mi compañía no he de consentir que te mates.

-Señor, si mi mujer no cura, yo no vivo.

-Tu mujer curará.

-¿Cuánto? Veinte médicos han dicho que no curará mientras sepa que vive el que me escucha.

-Pues hay otro médico que dirá lo contrario, si le consultas.

-¿Cuál? ¿Dónde está?

-Es el tiempo, bruto.

-¡El tiempo...! Eso dice mi padre. Claro, si viviéramos quinientos años, puede que para entonces...

-El tiempo corre y pasa, y, por tanto, cura, más pronto de lo que tú crees... ¿Qué dices, qué piensas?

-Señor -replicó Zoilo tras larga pausa, en la cual parecía querer horadar su frente con el dedo índice-, estoy pensando una cosa... Se me ha ocurrido una idea, una gran idea... ¿Quiere que se la diga? Pues pienso que para el caso nuestro, ya que usted no se muera, al menos, al menos... debía casarse. Todo es matar la esperanza.

-¡Casarme! ¿Y es esa la defunción fingida que me propones?... No te digo que no me   —87→   case algún día... ¿Qué estás remusgando ahí? ¿Que ha de ser pronto? ¡Pues, hombre, no pretendes poco!... Todo se ha de arreglar a tu satisfacción.

-Siempre quiero las cosas con fuerza, con toda mi alma, y por eso lo que yo quiero es.

-También yo he querido con fuerza, y... nada.

-Porque no quiere como es debido... Porque usted duda, y sabe cosas que le hacen dudar más; porque usted no es un bruto del querer.

-Pues ahora quiero una cosa... Verdad que es fácil. Pero aunque fuera difícil se haría. Mañana nos vamos. ¡Oído! Que todo el mundo se prepare. Os llevaré a Vitoria, donde me has dicho que está tu padre.

Aseguró Iturbide que, por unos alaveses llegados aquella mañana, se sabía que el señor D. Sabino había salido de Vitoria en busca de su grande amigo el general carlista Guergué. Mandó D. Fernando a Sabas a la Comandancia para que se informase del paradero del tal cabecilla, pues el bien montado espionaje daba diariamente noticia de los movimientos del enemigo, y la respuesta no tardó en venir: Guergué estaba en Peñacerrada. Al pronto no se hizo cargo D. Fernando de la situación de esta villa, cuyo nombre hirió sus oídos como lugar conocido; pero Sabas le sacó de dudas diciendo: «Está entre La Guardia y el condado de Treviño».

-Pues por esa parte -dijo D. Fernando con nervioso susto, más bien desgana, que   —88→   no pudo disimular- irán ustedes, yo no.

-¿Lo ve, lo ve? -gritó prontamente Zoilo gesticulando con ardor-. No sabe querer... ¡A La Guardia, señor!... Lo quiero con toda mi alma. Lo quiero, lo quiero, y como no vayamos todos allí, me estrello la cabeza contra la pared.

-Eres un bárbaro... ¿Y qué fundamento, dímelo, qué razón tienes para ese querer tan vivo?...

-¡A Peñacerrada y La Guardia!

-¿Crees que encontrarás a tu padre?... ¿Y si antes de dar con él dan con nosotros los carlistas, y nos prenden o nos matan?

-Usted teme, usted no sabe querer.

-Hombre, es que...

-El que quiere con fuerza no teme.

-Está bien. Pero supongamos...

-El que quiere con fuerza no supone nada: va derecho a su fin... A La Guardia, señor...

-¿Por qué ese empeño en que vayamos a La Guardia?

-Señor, porque allí está su novia.




ArribaAbajo- XIII -

Festivo y locuaz estuvo Calpena el resto de la tarde, tirando de la lengua al bruto de Zoilo para gozar con sus extravagantes teorías del querer fuerte, y reunidos en el llamado comedor, bebieron y jugaron con discreta   —89→   fraternidad amo y criados y amigos, guardando cada cual su puesto en las alegrías de aquella igualdad temporal. Como llegaran nuevas referencias del paradero de Guergué, dándole por internado en el Condado de Treviño, resurgieron las dudas acerca del punto adonde se dirigirían. Iturbide se mostraba temeroso, Zoilo aferrado a su violento querer, y al fin propuso Fernando que decidiera la suerte, comprometiéndose todos a la obediencia de lo que el misterio de la fatalidad les señalara. El arduo caso fue sometido al fallo de cara o cruz, encargándose Zoilo, como el más inocente de la cuadrilla, de arrojar al aire la moneda, previa designación de La Guardia por la figura y Treviño por la cruz. Salió esta, y nadie se atrevió a manifestar oposición a tan grave sentencia. Los medrosos y los arrojados ocupáronse con igual ardor en los preparativos para la caminata del siguiente día, que emprendida fue sin tropiezo al despuntar de la aurora, por el camino real de la Puebla.

Buenos caballos adquirió Fernando para los dos bilbaínos; pero Iturbide, que se había pasado la vida, primero en su oficio de fabricar poleas, después en el servicio militar de infantería, no era un prodigio en la equitación, y su impericia daba lugar a cada instante a lances muy graciosos. A Zoilo, regular jinete, no le permitía su debilidad mantenerse en la silla con todo el garbo que él deseara. No habían andado dos leguas, cuando encontraron un destacamento de tropas   —90→   que salió de Miranda la noche anterior. El capitán que lo mandaba les dijo: «¿Pero están ustedes locos? ¿A dónde demonios van?». De los informes resultó que todo el Condado hervía de facciosos, que las comunicaciones con Vitoria estaban interrumpidas, que en Peñacerrada habían acumulado mucha fuerza, fortificando todas las alturas. Lo mejor que podían hacer los caminantes era volverse a Miranda, o tirar para Salinas, aunque por este punto también había peligro.

Pasados los primeros minutos de perplejidad, manifestáronse dos opiniones: en la boca de D. Fernando, valeroso y prudente, la de seguir el juicioso consejo del Capitán; en la de Zoilo, que era la temeridad irreflexiva, la de marchar hacia adelante, obedientes al oráculo de la moneda arrojada al aire. Seguramente prevalecería la voluntad del que era señor y amparo de todos, en quien el sentimiento del deber y la responsabilidad de las ajenas vidas se aunaban. Apartándose del camino, echaron pie a tierra para descansar y tomar alimento, al pie de unos álamos que ya se vestían de su hoja nueva, y eran como apacible tienda de sombra y frescura. Allí se repusieron, y no habían concluido de matar el hambre, cuando vieron venir una partida de aldeanos de ambos sexos, en borricos y a pie, como gente presurosa o fugitiva.

-Paisanos, ¿qué ocurre...? -les preguntó Sabas saliéndoles al encuentro-. ¿Hay olor de facciosos por esta parte?

  —91→  

-Olor no, sino peste de ellos -replicó un viejo ladino que montaba el burro delantero-. Somos de Berganzo, y de allí nos ha echado el asoluto, después de quemarnos el pueblo. Asolación mayor no se ha visto.

-¿Hacia la parte de Samaniego, ocurre algo?

-En Samaniego -chilló una mujer, que con dos niños en brazos montaba el segundo borrico-, no han dejado esos perros ni cántara de vino, ni doncella, ni nada.

-¿Qué sabéis de La Guardia?

-Que anoche, dende Toloño, se veían las llamas de la villa, ardiendo por los cuatro costados... En Peñacerrada han metido los carlinos sin fin de tropa, y han puesto cañones en el castillo, cañones en Larrea... No es mal hueso el que arman allí. Díganme, señores: ¿vendrá D. Espartero a roerlo? Porque si no viene, y pronto, ¡pobre Rioja alavesa!... Dios nos tenga de su mano. Ea, caballeros, que tenemos prisa para llegar a Miranda, pues de atrás no vendrá cosa buena. Hace un cuarto de hora, al rebasar de Berantevilla, oímos ruido de zalagarda... ¡Hala, que es tarde!... abran calle... Agur, y viva la Isabel...

Apenas se alejó, buscando el camino real, la medrosa caravana, miraron todos el rostro de D. Fernando, que, poniendo corto espacio entre la duda y la afirmación, resolvió de plano con firmeza y aplomo. «Amigos -dijo-, avancemos por el rastro de esa pobre gente, y tal vez hallaremos otros fugitivos   —92→   a quienes podamos prestar socorro».

Con gallarda confianza respondieron los cuatro a tan airosa determinación, y Zoilo se lanzó delante, gritando: «¿Ve usted, señor, cómo sale lo que yo quería? Mi querer fuerte apuntó para La Guardia, y a La Guardia vamos. ¡Marchen! No puede pasarnos cosa mala». Media legua más allá encontraron nuevos grupos que confirmaban las alarmantes noticias del primero, con alguna variación, pues el pueblo que desde Toloño se había visto arder no era La Guardia, sino Páganos. Cada cual agregaba nuevos horrores dictados por el miedo. Halló Sabas gente conocida; le daba en la nariz el tufo de su tierra, oliendo a quemado, y el hombre no vivía; habría querido ir de un vuelo, y ver y apreciar la extensión del desastre. Las últimas noticias recogidas a media tarde eran que los absolutos habían pasado la sierra de Toloño; que casi todos los habitantes de La Guardia habían huido, pasando el Ebro por el vado de Cenicero, no sin peligro, pues también rondaban partidas por aquella parte; que Peñacerrada era un infierno de fortificaciones; que... en fin, que se acababa el mundo, y que nos encontraríamos todos en el valle de Josafat.

Sin perder sus bríos ante tales demostraciones de pánico, siguieron su marcha, y a la caída de la tarde, Sabas descubrió dos aldeanos de Samaniego, el uno pariente suyo, por quien tuvieron más claros informes de lo que vivamente les interesaba. Aterradas por   —93→   el incendio de Páganos, escaparon de La Guardia todas las familias pudientes que no pertenecían a la opinión servil. Las niñas de Castro y Doña María Tirgo, formando caravana con las de Álava, no fueron de las últimas en la escapatoria; mas ignoraba el informante si corrían hacia el Ebro, pues algunos que tomaron aquella dirección habían regresado desde El Ciego, huyendo de una partida. Era lo más probable que hubieran tratado de escabullirse hacia San Vicente de la Sonsierra, para buscar el vado y pasar a Briones... Mientras más embarulladas y contradictorias eran las noticias que recibían, más se confirmaban los cinco expedicionarios en la resolución de ir adelante, movidos simultáneamente de un generoso impulso que no sabían definir. Era la voz del destino que aquella dirección les marcaba, impeliéndoles hacia un fin favorable o adverso, hacia el cual corrían como las mariposas hacia la luz.

Anduvieron hasta el anochecer en medio de una gran desolación. La tarde estaba serena, el cielo transparente y limpio, como un rostro que quisiera expresar la absoluta indiferencia de toda cosa humana... Hablaban poco; tan pronto iba Zoilo delante, tan pronto a retaguardia, canturriando entre dientes, erguido sobre el caballo, y olfateaba el horizonte, curado ya como por ensalmo de aquel torcedor doloroso de su cuerpo. A sus espaldas se puso el sol, y ellos, picando siempre hacia Levante, que con los reflejos   —94→   del sol poniente se tiñó de resplandores opalinos, luego de un gris violáceo muy puro y uniforme en suave gradación. Sobre esta densa cortina se fue destacando un astro rojo: Marte. La noche entró tenebrosa, sin otra claridad que la de las estrellas. Víspera de luna nueva, el disco de la luna había precedido al sol en el ocaso. De pronto, al descender de una loma, vieron los jinetes frente a sí siniestra claridad rojiza que se difundía en el morado intenso del cielo. Era la cabellera de un incendio. Detenidos por un solo impulso, los cinco dijeron a una voz: «Un pueblo que arde». Conocedor del terreno, Sabas examinó con experta vista el horizonte. «No puedo calcular la distancia del fuego -dijo-; pero si está a dos leguas, no puede ser más que Berganzo; si está más lejos, será Peñacerrada».

Y D. Fernando: «Sea lo que fuere, adelante. El que tenga miedo, que se vuelva».

Nadie pronunció palabra, y Zoilo se puso nuevamente a vanguardia, alejándose buen trecho del grupo principal. El fuego parecía crecer: ráfagas de viento Sur desmelenaban el resplandor hacia el Norte. De pronto vieron los caminantes que Zoilo se detenía: picando para llegar pronto a donde él estaba, oyéronle decir: «Viene gente armada». Aguzaron todos el oído, imponiendo silencio; pero no percibieron ningún rumor; mas Zoilo insistía en que había sentido algazara de tropa. Afirmó que nadie le ganaba en fineza de tímpano, así como en alcance de vista, teniendo   —95→   además la cualidad de ver en las tinieblas, como los gatos. Adelantose otra vez, y volvió asegurando que estaban próximos a un pueblo, que él veía paredes negras y una torre, y que oía run-run de gente. No supo Sabas determinar qué aldea o villorrio caía por aquellas soledades, y habló de una gran casa de labor o alquería del marquesado de Zambrana. Fuera lo que fuese, a los pocos pasos confirmaron todos lo anunciado por Arratia, pues ya se hallaban a medio tiro de fusil de unas tapias altísimas, y no tardaron en oír claramente voces humanas.

«La Santísima Virgen nos ampare -murmuró Iturbide-. Como esta es noche, hemos caído en una trampa facciosa».

Detuviéronse los cinco por cesación súbita, pavorosa, del impulso interno que hasta allí les había llevado. Transcurridos algunos segundos, que horas parecieron, dijo D. Fernando: «Si estamos cogidos, sepamos por quien; que no hay suplicio como la incertidumbre». Y aún no había concluido de decirlo, cuando una robusta voz estalló en la obscuridad, gritando: «¿Quién vive?». Y en el mismo instante se oyeron las voces: «¡Alto, alto!». A la repetición estentórea del ¿quién vive? respondió D. Fernando con toda la fuerza de sus pulmones: «¡España!». De las tinieblas surgieron varios hombres con los fusiles preparados. Su aspecto no era de tropas regulares, pues vestían con desiguales prendas y arreos, y llevaban gorra de piel los unos, los otros boina blanca o roja. Adelantose   —96→   uno diciendo: «Alto, y se les reconocerá. ¡Viva Isabel II!». A este grito, que ponía fin a la ansiedad de aquel encuentro, los caminantes, gozosos, libres ya de su mortal sobresalto, respondieron con otro ¡viva!2 en que echaron toda el alma... Breve y satisfactorio fue el primer reconocimiento; pero les mandaron no dar un paso más hasta que llegase el capitán. Salió por fin este, repitiendo las preguntas de ordenanza; cumplidamente las satisfizo Calpena, que a su vez se permitió interrogar: «¿Qué fuerza es esta, mi capitán?

-Es la columna que mando yo, Santiago Ibero. Pertenecemos a la división de D. Martín Zurbano.

Y cuando esto decía, fue reconocido por Sabas, que prorrumpió en exclamaciones de gozo: «¡D. Santiago... Santiago Ibero!

-¿Eres de La Guardia?

-De Páganos, para servirle, y usted también. ¿Pero no conoce a Sabas de Pedro?

-¡Otra! ¿Eres tú...? Adelante, señores... ¿Traen comida? Apéense en este corralón. Entremos y hablemos y comamos...

El júbilo de los expedicionarios por verse entre amigos era tan grande, que no podían expresarlo sino con risas, gritos y exclamaciones patrióticas. Enterados de que la partida andaba mal de víveres, mandó D. Fernando a Urrea que franquease todo el repuesto que llevaban, y la alegría se hizo general. Entraron en un lagar desmantelado, al que seguían cuadras espaciosas, reconociendo Sabas   —97→   la casa labrantía de Zambrana. Mientras acomodaba las bestias y les daba pienso, Urrea iba distribuyendo pan, queso y vino a la tropa en el corralón. Ibero y D. Fernando, antes de ponerse a comer, departieron largamente, diciendo el primero: «También a usted le reconozco. Es usted D. Fernando, el caballero que trajo de Oñate a las niñas de Castro, y que luego, herido en un pie, pasó una larga temporada en casa». Nombrada la familia, no se hartaba Calpena de pedir informes acerca de ella, y el otro los dio con mil amores. La Guardia no había caído en poder de los carlistas; pero se temía que la ocupasen por ser muy débil la guarnición. Las familias ricas habían salido, siendo de las primeras las niñas de Castro con Doña María Tirgo y las de Álava. Bien podía el informante dar fe de la feliz escapatoria, pues él con su gente habíales acompañado hasta el paso del Ebro, y pudo enterarse de que sin novedad llegaron a Fuenmayor. Doña María Tirgo, muerta de miedo, proponía que no parasen hasta Cintruénigo; pero Demetria opinaba que no debían pasar de Logroño, donde estarían bien seguras.

Era Santiago Ibero un mozo gallardísimo, franco, con toda el alma en los ojos y el corazón en los labios, cetrino, de mirada ardiente. Nacido en Páganos de una familia de labradores acomodados, su genio impetuoso, su ansia de gloria, más potentes que toda razón de conveniencia, habíanle lanzado a la campaña, antes que por querencia de   —98→   la profesión militar, por su amor ardentísimo a las ideas representadas en la bandera de Isabel. Quería dar su sangre, su vida por la libertad y el progreso, en los cuales veía fuente inagotable de dichas para la Nación. Con tales beneficios, España saldría de su apocamiento y pobreza, mejorarían las costumbres, nos veríamos tan civilizados como los ingleses y tudescos, y seríamos fuertes, grandes, sabios y ricos. Odiaba el obscurantismo, y veía en la hipocresía farisaica de los partidarios de D. Carlos la causa de todos los males que nos afligen y del atraso en que vivimos. Al exterminio de esta secta nefanda quería consagrar su existencia, todas las energías de su alma honrada y valerosa. Habiendo visto en Martín Zurbano, a quien conoció en Logroño, la más feliz encarnación de aquellas ideas, y admirando en él, además, el coraje, la perseverancia, la militar pericia, se afilió con entusiasmo en su bandera. Con él peleaba, y con él moriría, si necesario fuese, por la santa causa de los libres, que era el porvenir glorioso de la Monarquía y de España.

A la media hora de charla, ya eran amigos Ibero y D. Fernando, y este tuvo conocimiento de la situación de la columna. Los carlistas se habían apoderado de Peñacerrada, que por su posición topográfica en terreno montuoso era una fortaleza natural. Fortificados también otros puntos de la sierra, ocupados pueblos importantes del Condado, quedaba interrumpida la comunicación   —99→   de Vitoria con las líneas del Ebro. La situación era, pues, gravísima, y si no venía Espartero con fuerza grande a desatar el nudo, sabe Dios lo que sucedería. Según las noticias del capitán, D. Baldomero se preparaba, y en tanto había mandado al general Ribero a la parte de Nanclares, mientras D. Martín, en la Rioja alavesa, molestaba al enemigo todo lo que podía, quitándole raciones y amparando a los pueblos. Con este fin, ordenó a Ibero que con su columna limpiase de facciosos los caseríos de la sierra de Toloño, y en ello se vio el capitán muy comprometido, pues atacado por fuerzas superiores, había tenido que batirse a la desesperada. Intentaba retroceder hacia la Rioja alavesa, para reunirse con su jefe; mas no tenía seguridades de poder conseguirlo. Hallando a su paso en la tarde de aquel día la casa de labor de Zambrana, en ella se hizo fuerte, con el propósito de defenderse bien si alguna partida le atacaba. En caso de gran apuro, y si veía dificultades para retroceder hacia La Bastida, trataría de pasar el Ebro por el vado de Ircio.

En tanto que Ibero y D. Fernando se comunicaban sus planes y pensamientos, Iturbide y Zoilo no se apartaban de los de tropa, comiendo con ellos, contándoles peripecias del sitio de Bilbao, a cambio de las recientes hazañas de los zurbanistas, referidas, la verdad sea dicha, con disculpable uso de la hipérbole. Aquella tarde se habían peleado heroicamente con doble número de serviles,   —100→   matándoles al jefe y cogiéndoles quince prisioneros. Luego tuvieron la desgracia de que en otro encuentro, en la misma tarde, perdieran ellos tres hombres, lo que no sintieron tanto como el que se les escaparan los quince cautivos cuando se disponían a fusilarles, en castigo de su amor al retroceso. Aquel segundo combate había quedado indeciso, sin grandes ventajas de una parte y otra, perdiendo el contrario dos burros cargados de cebada, y ellos los prisioneros, que fue un gran dolor. Si se les hubiera quitado de en medio en cuanto fueron cogidos, no se habrían ido riendo... Pero, en fin, como hay Providencia, no debía desesperarse de volver a cogerles.

A media noche, unos dormían en grupos tendidos en el suelo, otros hacían guardias en los ángulos exteriores del caserón, y los mejores escuchas de la partida aplicaban la oreja al suelo, en observación de los ruidos lejanos. Ibero y D. Fernando se tumbaron en el sitio que mejor les pareció de la anchurosa cuadra primera; pero el capitán no tenía sosiego, y de rato en rato se levantaba para dar vueltas por el corralón y asomarse a las bardas de este, sin poder desechar el presentimiento de que antes del amanecer le atacarían, con refuerzos, los que en la funcioncilla última de la tarde habían quedado a media paliza y con ganas de llevársela entera.

Durmiose en las alternativas de estos temores D. Fernando, teniendo junto a   —101→   sí a Urrea y a Sabas, y aún era muy incierta la claridad del nuevo día, cuando le despertó un rumor vivo, compuesto de voces corajudas y guerreras. Los facciosos venían, se aproximaban... Silencio, calma, y prepararse todo el mundo.




ArribaAbajo- XIV -

Brincando entró Zoilo en la cuadra, y dijo al capitán: «Denos fusiles, jinojo, si los tiene, y si no los tiene, déjenos ir a quitárselos a esos danzantes». Fusiles había, los quince de los prisioneros fugados, y al punto dispuso Ibero armar a los dos bilbaínos. «A mí también -dijo D. Fernando-, y a mis dos escuderos, que no vamos a estar aquí con las manos cruzadas». Para todos hubo armas y cartuchos. «Calma, no atropellarse -repetía el valiente Ibero-. Aunque sean más de mil, no nos copan, y aún permitirá Dios que se dejen aquí los dientes. Cerrar todo bien, amontonando en el portalón del camino las piedras que mandé preparar esta noche, para que no puedan abrirlo. Cerrar también, dejándola sin parapetar, en disposición de ser abierta, la portalada del corralón de la noria, queda al campo por nuestra derecha... Ya saben los de la buena puntería que su puesto es arriba, en las ventanas del pajar que dominan el campo. Fuego sostenido, y mucho ojo, amigos...Ya saben los ligeros dónde han   —102→   de situarse: en el corralón de la noria. Si en la entrada por el camino ponemos piedras, en la otra parte pondremos carne, para que esta carne me haga una salidita cuando yo lo ordene. Calma, y fijarse bien en lo que mando... Ahora todo el mundo a su puesto, y apagar luces: hagámonos los dormidos para que vengan confiados y se dejen abrasar como borregos».

-Yo me voy con los ligeros -dijo Zoilo-, si el capitán no me manda otra cosa.

-Y yo con los tiradores -añadió D. Fernando-, pues no es del todo mala mi puntería. Amigo Ibero, ponga usted en el mejor sitio a mi criado Urrea, que es gran cazador: al enemigo a quien este eche el ojo, pronto le verá usted patas arriba. Sabas, ¿tú qué tal tiras? Vente conmigo.

Antes de que D. Fernando y los suyos llegaran al ventanucho en que les colocó Ibero, ya empezaban los sitiadores a tirar coces a la puerta. Desde el pajar se les contestó con vivo fuego. Los ligeros, trepando a la noria, disparaban también sin abandonar el cuidado del portalón. Ibero recorría los puestos, y tan pronto estaba en el segundo corral animando a los chicos, como subía para cuidar de que el servicio de cartuchos se hiciera con prontitud. Sereno en medio del combate, a todos infundía su valor y confianza. Arreció el fuego desde fuera contra los huecos del pajar, y el capitán ordenó a los suyos que aprovechasen bien los tiros, afinando la puntería. Los estragos de la de Urrea   —103→   se apreciaban fácilmente viendo cómo se clareaban los grupos enemigos y oyendo sus vociferaciones; D. Fernando afinaba también, y Sabas, que no se creía con bastantes ánimos para afrontar el tiroteo, fue destinado prudentemente al servicio auxiliar de los diestros cazadores. Con doble juego de fusiles, Sabas y un viejo de la partida cargaban mientras aquellos, el fusil en la cara, aseguraban con ojo certero la pieza.

Fiados en su número, los sitiadores, que ninguna ventaja adquirían con el ataque de fusilería, intentaron el asalto, trepando por la parte más accesible de la tapia. Ibero, que les había calado la intención, bajó presuroso, después de dar órdenes arriba para arreciar el fuego, abrasando a los asaltantes todo lo que se pudiera; y sin cuidarse de que diez o quince penetraran en el patio, dispuso la salida por la portalada del corral de la noria. Ello se hizo con rapidez y bravura. Como unos treinta hombres se lanzaron fuera, y la emprendieron a bayonetazos o a navaja limpia con los sitiadores, sorprendiéndoles y aterrorizándoles de tal modo en su impetuoso arranque, que con la sola pérdida de tres de los suyos escabecharon cuádruple número de los contrarios, y a los demás les impelieron a la fuga. Obedeciendo como máquinas la orden de Ibero, volviéronse adentro, después de causar el efecto que se proponían, y atrancaron la puerta con piedras y troncos y cuanto hubieron a mano. De los que habían saltado, algunos quedaron dentro   —104→   sin vida, otros lograron salvarse, y a poco se oyó una voz ronca y frenética que gritaba: «Ibero, volveremos...». Levantado el sitio, los de arriba vieron al enemigo retirarse, llevándose sus heridos. Como a cien pasos, dispararon de nuevo en descarga cerrada; mas Ibero mandó que no se les contestase, gritando a los fugitivos: «Animales, gastad cartuchos, gastadlos, que yo reservo los míos para cuando volváis».

Gozosos celebraban su victoria, y Zoilo parecía demente, del júbilo que le embargaba, no vacilando en relatar él mismo sus hazañas con infantil orgullo. Sin la obligación de acatar al jefe, que había mandado a los ligeros volverse después de la primera embestida, él se habría traído la cabeza de un faccioso, a quien ya tenía cogido en excelente disposición para decapitarlo. Reconocido el campo, encontraron dos heridos graves, que recogieron, y tres muertos propios. Los enemigos eran catorce, que abandonaron sin cuidarse de darles sepultura. Descansando de la refriega, elogió Ibero la destreza inaudita de Urrea y la de D. Fernando. Iturbide se había portado bien entre los ligeros, y Zoilo, al decir de todos, con extraordinaria bizarría y temeridad. Pronto surgió en la mente del jefe de la columna el grave problema de la resolución que debía tomar. ¿Se fortificaban en aquella excelente posición, aguardando tranquilos las embestidas del faccioso, que de seguro no tardaría en recalar con mayor fuerza? La solidez del   —105→   edificio y la bravura de su gente, reforzada con cinco números, de los cuales tres por lo menos eran de gran precio, le garantizaban una defensa gloriosa; pero si la situación se prolongaba, como era de temer, ¿de dónde sacaría municiones y víveres?

Dificultosa era la salida; pero con todos sus riesgos, les ofrecía menos probabilidades de una perdición segura. Marchando hacia Miranda, era menos probable el encuentro de una considerable fuerza facciosa; marchando hacia el Este, este peligro acrecía, mas lo compensaba la contingencia ventajosa de encontrar el grueso de la división de D. Martín. Encaminarse al Ebro para vadearlo y pasar a la Rioja le parecía desairado: era el recurso último; era imitar a las mujeres y a los pobres viejos aldeanos que huían de sus hogares. Oír quiso la opinión de Don Fernando, en quien reconocía un juicio claro y sereno de todas las cosas, y el caballero, que tan gallardamente había sabido conquistar su amistad, no titubeó en darle este terminante voto: «Yo que usted, iría en busca de la peor y de la mejor contingencia, que las dos se le ofrecen por el lado de Oriente: batirme a la desesperada con fuerzas superiores, o encontrar el amparo de la división de mi jefe. ¿Quién le dice a usted que D. Martín, sabedor o sospechoso del conflicto en que usted se halla, no viene en su socorro?». Esta última razón llevó tal luz a la mente de Ibero, que ya no hubo más dudas. «Nos vamos ahora mismo -dijo-, apartándonos   —106→   del llano, y metiéndonos en las fragosidades de la sierra de Toloño. Por allí no nos buscarán. Salgamos sin ruido, en secciones, que no han de perderse de vista.

A la media hora ya estaban en marcha, confiados en su buena estrella, Ibero fortalecido por su fe ciega en el ideal de los libres, que creía obra de Dios. Aunque odiaba el fanatismo, era creyente y buen cristiano; y lejos de ver incompatibilidad entre la libertad y el dogma, teníalos por amigos excelentes, y por amparadores de la Causa, a todos los santos de la Corte celestial. Grandes fatigas y trabajos sufrieron en su larga caminata por la falda de la sierra, describiendo curvas extravagantes para huir de los puntos que suponían ocupados por destacamentos carlistas. El tiempo se les torció al segundo día, metiéndose en agua, encharcando la tierra, y convirtiendo en torrentes las cañadas que descendían de los montes; mas no conceptuaron por muy desfavorable el temporal, fuera de las molestias que ocasionaba, porque el continuo llover era como una cortina del cielo que les ocultaba en su marcha sigilosa, y la humedad del suelo, si a ellos les estorbaba, quizás en mayor grado entorpecería los pasos del enemigo. En cuatro días de marcha penosa no tuvieron ningún mal encuentro; al quinto toparon con una partida inferior en número, que batieron sin dificultad, y el peligro de que tras ella vendría mayor fuerza, lo sortearon escabulléndose en   —107→   dirección contraria a la que habían seguido los derrotados.

Consumidos los escasos víveres que sacado habían de su fortaleza, empezaron a sufrir terribles hambres. Merodeaban en los abandonados plantíos; algunos cazaban; mas los conejos parecían huir también de la guerra, como su enemigo el hombre. Erizos y otras alimañas encontraron en la espesura del monte; en una aldehuela miserable, sólo habitada por cuatro mujeres y dos vejetes, entraron a saco, arramblando por todo lo que en aquellas pobres viviendas había, algunos panes, cecina y alubias. Dos cabras fueron después gran hallazgo, y mejor aún unas alforjas perdidas, con el tesoro de cuatro quesos y algunas cebollas. Con tales apuros iban viviendo, marchando de noche, ocultos y dispersos de día, hasta que, sabedores por sus avanzadas de que en una paridera próxima a Peciña descansaban veinte facciosos, cayeron sobre ellos de madrugada, y sorprendiéndoles dormidos, a unos mataron, dispersaron a otros, quitándoles todo lo que tenían. El único que entre ellos quedó prisionero, con un brazo roto, les dijo que D. Martín, después de dar un achuchón a los carlistas cerca de Avalos, se había corrido a Leza, internándose después en la Sonsierra. Arrimados a las asperezas del monte, siguieron su camino en busca de Zurbano; y por el afán de avanzar todo lo posible, anduvieron largo trecho en una noche tempestuosa, con horrísono tronar   —108→   y golpes de granizo, viendo caer rayos y alumbrarse toda la tierra con siniestros resplandores. Pero sus templados corazones, insensibles al miedo, querían ampararse de los accidentes espantables de la Naturaleza, para recorrer mayor espacio, prefiriendo los senderos escabrosos e inaccesibles. Por último, más arriba de Leza, les deparó Dios una columna cristina de tropas regulares, perteneciente a la división del General Buerens. Estaban salvados.

Provistos de municiones, pues las pocas que llevaban se les habían inutilizado con la humedad; reparados sus míseros cuerpos con alimento sano, aunque no muy abundante, y adquirido informe verdadero de la situación de D. Martín, siguieron en su busca, y al caer de una plácida tarde le hallaron en un desfiladero por donde pasa el camino de herradura entre La Guardia y Pipaón. ¡Feliz encuentro, a los doce días de haber salido de Zambrana, realizando una prodigiosa marcha por país enemigo! Aunque el mérito de esta no se le ocultaba, Zurbano recibió a Ibero con una fuerte chillería, pues era su condición mostrar rigor y displicencia en todo asunto del servicio, sin duda por hacerse respetar y temer de sus subordinados. Según decía, si hubiera seguido Ibero puntualmente sus instrucciones, no alejándose de La Bastida más que lo preciso para picar la retaguardia a la partida del Zurdo, no le habrían pasado tantas desventuras. ¡De buena había escapado! En fin, a olvidar los desastres,   —109→   y a repararlos sacudiendo al enemigo todo lo que se pudiera.

Era Martín Zurbano (a quien se le despegaba el Don postizo) un hombre tosco y desapacible, de rostro aclerigado, ceño adusto, boca fruncida, de regular estatura y lentitud parsimoniosa en sus movimientos. Usaba boina blanca y chaquetón forrado de pieles sin ninguna insignia; sable y pistolas al cinto. Hablaba incorrectamente y con acento duro, erizado de interjecciones, lenguaje del valor de aquel tiempo en la milicia montaraz. A pesar de estas asperezas, y quizás porque en ellas veía la perfecta imagen del Marte español, Ibero sentía por él amor y entusiasmo; y aunque sirviendo a sus órdenes quería imitarle en la rudeza de los modales y en las groseras voces, no siempre lograba el objeto, pues más que su proselitismo podían su nativa delicadeza y buena educación. El felicísimo encuentro con Don Martín no les proporcionó ningún descanso, pues lo mismo fue llegar y juntarse y recibir Ibero la peluca de su jefe, que se pusieron todos en marcha. No era muy satisfactoria la situación de los cinco caminantes agregados a la partida, pues Iturbide iba en estado febril, tendido en un carro; a Sabas le había salido un grano en el muslo; Zoilo tenía el pescuezo torcido de una fuerte tortícolis. Los mejor librados eran Calpena, que padecía extenuación nerviosa por la falta de sueño, y Urrea, que sólo se quejaba de ganas de comer no satisfechas.

  —110→  

La tremenda contrariedad de no poder comunicarse con su madre puso a D. Fernando en gran tristeza. Cogido en la trampa de un ejército en operaciones, tenía que permanecer entre las fuerzas cristinas, pues por una parte y otra el enemigo ocupaba montes, villas y lugares. Arriesgadísimo, por no decir imposible, era volver a Miranda con sus cuatro compañeros, o pasar el Ebro para refugiarse en Logroño, y no había más remedio que esperar el despejo de la situación y el término feliz o adverso de aquella campaña. Por todo el camino, en la marcha fatigosa, no cesaba de pensar que Dios no le había sido hasta entonces propicio en su expedición, quizás por haber emprendido esta sin lógica ni criterio, dejándose llevar de las corazonadas del insensato Zoilo, quizás de inexplicables querencias suyas, que él mismo no sabía definir. Y llegado a tal punto de confusión, como el que se pierde en un laberinto sin encontrar salida, no hacía más que interrogarse de este modo: «¿Y yo a dónde voy? ¿Por qué he venido aquí? ¿Volveré a ver a mi madre, a mi querido capellán, a mis entrañables amigos de Villarcayo? ¿Habrá dispuesto Dios que deje yo aquí mis pobres huesos? ¿Tendré que hacer el héroe por fuerza para llegar a serlo de verdad? ¿Es ley constante que las acciones muy estudiadas y previstas resultan siempre bien? ¿Es seguro que los actos de impremeditación y de temeridad, comúnmente tenidos por locuras o necedades, enderezan siempre al mal? ¿Qué   —111→   caminos llevan a la vida, qué veredas llevan a la muerte? ¿Toda senda tenebrosa conduce al Infierno? ¿Toda senda iluminada y florida conduce al Cielo?... Si yo tuviese aquí a mi madre para que me ilustrara en estas dudas, mi tristeza no sería tan honda. Ya que no la tengo, traeré su pensamiento al mío, y con esta luz veré lo que solo no veo: la esperanza. Adelante, y sea lo que Dios quiera».




ArribaAbajo- XV -

Llegados, entrada la noche, a media legua de Pipaón, pueblo perteneciente a la hermandad de Peñacerrada (que hermandades y cuadrillas son allí las divisiones territoriales), hizo alto la columna al amparo de unas casas destruidas, y D. Fernando descansó junto a su amigo Ibero, el cual le dijo que D. Martín tenía órdenes de destruir, o molestar por lo menos, a todas las columnas carlistas que llevaran provisiones a Peñacerrada, y, por último, de hacer un esfuerzo para ocupar a Baroja, lugar al Norte de dicha plaza, y perteneciente a su hermandad. La tradición designaba aquel territorio con el histórico título de Tierras del Conde, por haber pertenecido en tiempos muy antiguos a un D. Gómez Sarmiento, repostero del Rey de Castilla D. Enrique II. Como país montuoso, en los habitantes de la hermandad dominaban   —112→   las ideas de retroceso, así como en las tierras bajas crecía lozana la planta de la libertad. Trabajillo había de costarle a Espartero la destrucción de aquel baluarte que últimamente habían armado entre peñas los soldados del absolutismo, con la intención bien clara de dominar los pasos del Ebro y amenazar las puertas de Castilla.

En tanto, D. Martín hizo saber a los cinco individuos de la cuadrilla de D. Fernando que si querían continuar agregados a la división, y participar de sus víveres y ampararse de ella, era forzoso que estuviesen a las agrias y a las maduras, afiliándose resueltamente como soldados de Isabel II, a lo que accedió el caballero en nombre de todos, enorgulleciéndose de combatir a las órdenes de Zurbano por la gloriosa causa de la Reina. En los tiradores de caballería encajaron admirablemente D. Fernando y Urrea, buenos jinetes y excelentes escopeteros. Iturbide y Zoilo prefirieron servir como infantes, y Sabas, que aunque valiente no manejaba el fusil con la necesaria destreza, pidió que le agregaran a la ambulancia. He aquí, pues, a los cinco expedicionarios metidos en militar danza por ley de la fatalidad o de la Providencia, que el nombre no altera el sentido o filosofía del hecho. Ninguno de ellos sospechaba, al salir de Miranda, que iban a pelear por Isabel agregándose a su ejército. Pero Dios lo había dispuesto así, sin duda porque, deseando terminar la guerra, quería que a esto se llegara echando toda la carne en los   —113→   respectivos asadores. La incorporación en las filas fue acogida por D. Fernando sin repugnancia ni entusiasmo, como un deber impuesto por circunstancias ineludibles, y lo mismo puede decirse de Urrea, que en todo reflejaba los sentimientos de su amo. Sabas se resignaba; Iturbe parecía contento, y Zoilo estaba como demente, poseído de un frenesí de militar gloria.

Quince o más días duraron las operaciones de la brigada y sus veloces marchas en el quebrado país que separa las Tierras del Conde del territorio de Campezu, los montes de Isquiz, el valle del Ega, los pueblos de Marquínez y Apellániz. El objeto era interceptar los convoyes que el carlista traía de Estella, y embarazar toda comunicación de Álava con Navarra. Brillante fue aquella página militar, y los prodigios de valor y agilidad que la formaron apenas caben en la historia, que por hallarse bien repleta de tales hazañas ya no tiene hueco para más. Firme en su puesto, y atento a su deber, Calpena no se propuso nunca hacer el héroe, ni señalarse por el desmedido ardor guerrero: cumplía con su deber, y nada más. En cambio, Zoilo era el propio espíritu de Marte; su ambición de brillar y distinguirse nunca se saciaba; hallábase poseído de una loca temeridad; sus hazañas eran, no ya extraordinarias, sino inverosímiles. La envidia hubo de trocarse al fin en general admiración.

Había D. Martín tomado afecto a Calpena,   —114→   con quien echaba párrafos entretenidos en los cortos ratos de descanso, y hablando de Zoilo le dijo: «¿Pero de dónde ha sacado usted ese diablete? Nunca he visto mejor madera de militar, ni creo que haya en el mundo quien se le iguale. ¡Maño!, en cuanto vea al General he de proponerle para alférez, y aún me parece poco». Esto era muy grato a D. Fernando, que, sin saber por qué, sentía que el bilbaíno ganaba terreno en su corazón. Verdad que Zoilo le mostraba un afecto sincero; contábale con infantil sencillez sus actos de heroísmo, y parecía olvidado de todos los asuntos que les hicieron rivales. Si no hablaba nunca de lo pasado, Calpena hubo de recordárselo en una ocasión que es forzoso referir.

«Ven acá, chiquillo -le dijo, haciéndole sentar a su lado la noche antes de incorporarse la brigada al ejército de Espartero-. Quiero darte la buena noticia de que serás pronto teniente, quizás capitán. Pero, pues has lucido bastante tus dotes guerreras, en las cuales ya hemos visto que no tienes semejante, debo decirte que no expongas tu vida con tan desmedida bravura... Tiemblo por ti, hijo. Obligado estoy a devolverte a tu familia, por compromiso que contraje con mi conciencia. No me haría ninguna gracia verte espanzurrado el mejor día en el campo de batalla... ¿Y tú no temes morir? ¿No piensas en la pena de los tuyos cuando sepan que has perecido? ¿No te acuerdas ya de tu mujer?».

  —115→  

Nublose el rostro de Zoilo al oír esto, y la contestación no se hizo esperar. «Sí que me acuerdo -dijo al fin-. ¡Pues no he de acordarme, si Aura es mi vida, la vida que he dejado allá...!».

-Pues tienes que volver a su lado y hacerte dueño de su afecto absoluto, sin alternativas lunáticas, ¿sabes? Yo haré cuanto deseas, morirme o casarme... Todo es cortar la esperanza y hacer liquidación de lo pasado.

-Ya ve -declaró Zoilo- cómo hemos venido a ser amigos usted y yo. Desde que nos metimos en la guerra se me fue del alma el rencor contra usted... Porque yo tengo dos vidas, dos amores: mi mujer y la guerra. Guerreando la quiero más, si más es posible, y se me quitan todos los resquemores. Valgo yo más que nadie, y no se ofenda... Y también le digo que no tenga cuidado por mí, porque no hay bala que me mate, ni enemigo que me venza... Si me hacen capitán de ejército, ya no hay quien me separe de la vida militar. Y si consigo curar a mi mujer y quitarle los malos recuerdos, ¿qué más puedo desear?... Como esas dos cosas quiero, las he de conseguir.

-En cuanto sea posible -dijo Calpena-, hemos de procurar comunicarnos con nuestras respectivas familias. Tú anunciarás a la tuya mi muerte o acabamiento, y yo a la mía la conquista de tu amistad. Son dos buenas noticias, y cada una hará su efecto. Voy pensando, como tú, que querer es poder. Queramos y podremos.

  —116→  

Poco más hablaron, porque Zoilo, rendido de cansancio, se caía de sueño. D. Fernando durmió también tranquilamente, y gozoso fue el despertar, porque recibieron orden de marchar a reunirse con Espartero.

El primer amigo que Calpena encontró en el ejército del Conde de Luchana fue Juanito Zabala, ya coronel, que mandaba cuatro escuadrones de una brillantísima caballería, dos de húsares tiradores y dos de lanceros. Mucho se alegraron uno y otro de verse, y no esperó D. Fernando a que Zabala le interrogase para contarle el cómo y cuándo de andar en aquellos trotes. Previo consentimiento de Zurbano, pasaron Fernando y Urrea al cuerpo adventicio que se había formado con paisanos de Rioja y con desertores de la expedición de Negri; pero a Zoilo no quiso D. Martín soltarle, aunque le dieran en oro molido, o sin moler, lo que aquel endiablado chico pesaba.

Y comenzaron, ¡vive Dios!, vigorosas operaciones contra Peñacerrada. Una de las divisiones, compuesta de tropas de la Guardia Real, la mandaba el general Ribero; la otra, que era la tercera del Norte, el General Buerens. Entre ambos reunían 18 batallones, distribuidos en tres brigadas por cada división. Mandaba la artillería el brigadier D. Joaquín de Pont, y la caballería el que ya conocemos. Zurbano se apoderó de Baroja, y Espartero se posesionó de las alturas de Larrea, que al punto fueron atrincheradas. Desde allí podía batir el castillo   —117→   de Peñacerrada a tiro corto de cañón. Tres días de furiosos combates precedieron al asalto. Los carlistas, mandados por Gergué, se batían con indomable valor, intentando destruir las líneas que Espartero iba formando para emplazar su artillería. Ventajas obtenían los unos, ventajas los otros, disputándose el terreno palmo a palmo. Los batallones alaveses hicieron gallarda salida con un empuje que la caballería de Zabala pudo contener. Y tras aquellos terribles días, otros tres se emplearon en escalar con vigor de gigantes los muros del castillo, ganando ahora un montón de piedras, para después perderlo y volverlo a ganar con horrendo sacrificio de vidas. Incansable, buscando siempre el primer puesto en el peligro, Espartero era el gran soldado, el caudillo que de su magnánimo corazón sacaba la increíble fuerza que a su gente infundía. Creciéndose con las dificultades, cada tropiezo era escalón donde afianzaba el pie para seguir adelante. Quedó por fin bajo la enseña de Isabel el formidable castillo, con sus murallas hechas polvo y sus piedras salpicadas de sangre.

En tan terrible cuanto gloriosa ocasión, D. Fernando, que asistido había con ardor y curiosidad a todas las peripecias del combate, peleando también siempre que funcionaba la caballería contra los alaveses, fue herido en la cabeza y hubo de retirarse. Urrea le llevó a Baroja, donde pasó un día con las facultades turbadas a causa del golpe,   —118→   y tres o cuatro en completa inutilidad para la guerra. Su herida no era grave; mas no le permitía volver a las andadas en algún tiempo. Pasó dos días devorado de impaciencia y de sed, asistido del capellán Ibraim y de un físico muy experto, sin formar cabal idea de las sucesivas peripecias militares, pues tomado el castillo, obstináronse los carlistas en defender la plaza a estilo zaragozano, disputando muro por muro y casa por casa, y fue menester echar contra ellos todo el coraje de acá y la inagotable energía del jefe y de su tropa. Oía Calpena el continuo cañoneo, y ansiaba conocer el resultado de tan fiero batallar. Por fin, una noche entró Urrea en el establo donde yacía, y le dijo: «Peñacerrada es nuestra, señor. Hemos cogido el hueso, y allá van corriendo hacia Toloño los perros que lo tenían». No tardó Zabala en darle las albricias. Todo era júbilo en Baroja, y la línea desde este pueblo a la plaza ganada ardía en entusiasmo.

La inquietud mayor del caballero al abandonar su mísero alojamiento era no saber de Zoilo ni de Sabas, pues Zurbano había salido en persecución de los fugitivos. Zabala, que también les fue a los alcances, volvió sin satisfacer las dudas de D. Fernando respecto a sus amigos. Si poco temía del arrojo de Sabas, no podía desechar la idea de que el bilbaíno pagaba a la muerte el tributo que su desmedida ambición de gloria le debía. En estas ansiedades le cogió D. Baldomero, que de Larrea, después de la entrada oficial en   —119→   Peñacerrada, trasladó su cuartel a Baroja. Mandole llamar, y mientras tomaba en el Ayuntamiento un frugal tente-en-pie, del cual no participó Calpena por la radical inapetencia que sufría, hablaron de lo humano y lo divino. Enterado el de Luchana de diversos particulares interesantísimos, y hasta cierto punto novelescos (por revelaciones que le hizo D. Beltrán no lejos de Medina, en Febrero último), se arrancó a felicitar al caballero con la confianza militar que gastar solía, y díjole después: «Pero, amigo mío, ¿en qué estaba usted pensando cuando consintió que su madre se estableciera en Medina de Pomar? Si todo aquel país no ha sido hasta hoy de los más castigados, pronto le veremos arder... No, no; allí no está bien. Debió usted llevarla a Logroño, donde ella y Jacinta se habrían acompañado lindamente. Allá la seguridad es completa. Nuestra casa es grandísima: buenos alimentos, buenas aguas. A Logroño han ido a parar muchas familias de estas hermandades, entre ellas las niñas de Castro, que creo son amigas de usted».

Diole el caballero las gracias con efusión, añadiendo que procuraría trasladar a su madre a Logroño, si la guerra duraba...

«¡Que si dura...! Esto no se acaba nunca... esto es un bromazo terrible... -clamó Espartero dando rienda suelta a la franqueza militar y española, que iguala en la indiscreción a pequeños y grandes-. ¿Y qué quiere   —120→   usted que pase con el desbarajuste de ese Gobierno?... Yo pregunto: ¿quién aconseja a esa buena señora...? Cada día más retroceso, más errores, más desconfianza de la libertad y del pueblo, cuando el pueblo, la masa... en fin, no quiero hablar de esto... Usted fíjese... ¿Ha visto el país una situación más desatinada? Les he dicho cuanto hay que decir... No hacen caso: ellos se lo saben todo... y ahora nos quieren traer mayores enredos y conflictos con esa contrarrevolución que han inventado, la bandera de Paz y fueros... ¡Otro disparate, Señor! ¡En qué cabeza cabe...! Créame usted: si el patriotismo no me amarrara a este puesto, si no creyera yo que me debo a mi patria, al pueblo sano y liberal, ya me habría ido a mi casa... ¡Ah, sí...!».

Asintiendo a todo, D. Fernando aprovechó las franquezas del General para pedirle que le facilitara medios de enviar una carta a Medina de Pomar, y tuvo la dicha de que Espartero colmara sin tardanzas sus deseos, pues al siguiente día pensaba enviar comunicación a Castañeda, que operaba por allá. Pidió permiso Calpena para retirarse a escribir, y lo hizo con calma y amor. Desde aquella hora todo fue bien, pues a poco de soltar la pluma, en el rincón del establo donde había hecho su vivienda, tuvo razón de Luchu, y al siguiente día le vio llegar tan famoso, radiante de orgullo, en toda la gallardía teatral de su heroísmo auténtico, contando sus hazañas sin atenuarlas con modestias   —121→   anodinas. «Sepa usted, Sr. D. Fernando, que D. Martín me ha dicho: 'Animal, eres capitán'».




ArribaAbajo- XVI -

Contó luego Zoilo el caso inaudito de Iturbide, que habiéndose portado, el primer día de ataque al castillo, con toda la decencia militar de un buen bilbaíno, había ensuciado su reputación y su carrera pasándose a un batallón alavés. Creyó que los carlistas ganaban; se le aflojaron los calzones... Allá se fue... Siempre le había tirado el servilismo.

«El infeliz -dijo D. Fernando-, ha creído que por caminos de la facción volvería más pronto a Bilbao».

-Sabe Dios a dónde irá... ¡Otra! Ya me río de pensar que habrá visto a mi padrino Guergué, tal vez a mi padre, y les habrá dicho que estoy aquí, en el ejército de Espartero, y que soy capitán, y que...

-Y que eres mi amigo. No serán pocos motivos de confusión para tu padre.

-Pues hay más. ¡Si parece que esto lo hace Dios, conforme a mi querer, más fuerte que todas las cosas...! Pues la última vez que estuvimos juntos Pepe y yo, el jueves por la mañana, nos dieron la noticia de que usted había caído, en la segunda carga, con una herida mortal en la cabeza. ¡Jinojo, qué   —122→   sentimiento! Pasa media hora, y viene Segundo Corral, y nos larga en seco la noticia: «El pobrecito D. Fernando acaba de expirar!». ¡Jesús!

-¿Lo creíste?

-Yo no. No creo en la muerte de los que, según mi querer, deben vivir.

-Pero Iturbide se tragó la bola, y a estas horas se lo habrá contado a D. Sabino, si es que anda todavía con ellos.

-¡Otra!, a mi padre le tiene usted ahora más contento que unas pascuas, dando gracias a Dios...

-¿Por mi muerte?

-Cabal... A no ser que crea que yo le maté a usted... Todo es creíble allá... Y en este caso, alegrándose, rezará mucho porque Dios me perdone.

-¡Y tú y yo tan amigos!

-¿Esto qué es?

-Romanticismo, Zoilo. La lógica de las cosas absurdas, la risa del dolor, la tristeza del placer...

-¿Y eso qué quiere decir?... ¿Poesía?

-Tal vez... Misterios de las almas. Tú dices que querer es poder. Yo digo que mereces ser dichoso y lo serás... Vaya, chico, a tu obligación, que es tarde. Separémonos. Hasta mañana.

Aquella noche, hecho un ovillo en su pesebre, sintiéndose febril, con honda ansiedad en su espíritu, agobiado el cuerpo por la debilidad, rebelde al sueño, el Sr. de Calpena con esta idea se atormentaba: «¡Si al fin   —123→   dispondrá Dios que este loco se salga con la suya!». Efecto de la fatiga y de la pérdida de sangre, complicadas con añoranzas muy tristes, se le insubordinó el estómago, rechazando todo alimento, y los pícaros nervios se declararon en audaz anarquía. En Baroja habría tenido que quedarse, si no le llevaran en un carro, muy bien asistido por Urrea y Sabas, que dejó gustoso las armas por el servicio de su querido amo. Ibero y Zabala le acompañaban todo lo que podían, y Zoilo más de lo que debiera, descuidándose del servicio, sin miedo a las reprimendas de D. Martín. En tal estado, y siempre en seguimiento del Cuartel General, pasó el puerto de Población. Dos días de descanso en Eripán, donde le deparó Zabala un buen alojamiento, fueron el comienzo de la recuperación, que había de ser completa dos semanas más tarde en la histórica y por tantos títulos famosa ciudad de Viana.

Resolvió Espartero quitar al enemigo el único punto fortificado que aún conservaba en la región alavesa, la villa de Labraza, cabecera de la hermandad de su nombre en la cuadrilla de Vitoria, guarnecida de viejos muros y de robustas torres, de las cuales hizo el carlista punto de apoyo para remediar en lo posible la pérdida de Peñacerrada, y asegurar sus comunicaciones con Estella. Mientras se disponían los elementos necesarios para la expugnación de Labraza, pasó Espartero a Viana, donde estuvo dos días, y de allí a Logroño, ávido de un breve   —124→   descanso en su casa. No le vio Calpena al partir; pero tuvo conocimiento de que el ilustre Caudillo no le olvidaba, por un recado amistoso que Zabala le transmitió, con estas palabras que de confusión le llenaron: «El General, además, te ruega que le esperes aquí, a su regreso de Logroño, pues tiene que hablarte». Por más que se devanaba los sesos, no acertaba D. Fernando en el descubrimiento del negocio que con él quería tratar el conde de Luchana. «¡Hablarme a mí! ¿De qué...?». Y en esta incertidumbre vivió una semana, aguardando la solución del acertijo, con el gozo de ver restablecida gradualmente su salud, pues las aguas y los alimentos de Viana hicieron entrar en razón a su estómago. A los pocos días de descanso y vida regalona en pueblo tan interesante, pudo montar a caballo y dar buenos paseos con sus amigos por el camino de Logroño, hasta llegar a los cerros donde se descubre el curso del Ebro caudaloso, la mole de la Redonda y el caserío y torres de la capital riojana.

Grata fue la resistencia del caballero en aquel pueblo de tanta nombradía en los anales de Navarra y de Castilla; disfrutó lo indecible examinando las señales y vestigios de nobleza en calles viejas y palacios desmantelados, en las antiquísimas iglesias de San Pedro y Santa María. Mucho había que leer en aquellas piedras. Los curas del arciprestazgo y los regidores de la ciudad franqueábanle códices y papeles interesantísimos,   —125→   donde vio y gozó históricas hazañas, como la defensa que hizo el esforzado mosén Pierres de Peralta contra las tropas del Rey D. Enrique II, y los horrores de aquel memorable sitio en que las mujeres, así casadas como doncellas, manejaban las bombardas, trabucos, cortantes y otras diversas artillerías. Y fue tal el hambre que pasaron los vianeses, que viéronse obligados a comer caballos e otras fieras inusitadas, según reza un viejo pergamino. En la guerra de los Beaumonteses, que arrancó a Viana de la corona de Navarra para pasarla a la de Castilla, también había mucho digno de perpetuarse para ejemplo de los presentes. Vio D. Fernando el sepulcro de César Borja, duque de Valentinois, que allí murió, y los de otros ilustres varones de aquella tierra.

En estos entretenimientos le interrumpió Sabas, manifestándole que, pues las queridísimas niñas de Castro-Amézaga se hallaban refugiadas en Logroño, distante sólo dos leguas cortas, él iría, si su amo le daba permiso, a visitarlas por su propia cuenta, como Sabas de Pedro, y a enterarse de si estaban saludables y contentas. Pareciole a D. Fernando muy atinada la idea de su escudero, y le despachó al instante con la misión que se expresa, y la añadidura de un recado muy afectuoso de su parte. Pero ¡ay!, al día siguiente volvió Sabas cariacontecido con la triste novedad de que no había encontrado a las niñas, pues la señora Doña María Tirgo, después de una temporadita de residencia feliz   —126→   en la capital de la Rioja, había logrado arrastrar a sus sobrinas hasta Cintruénigo, donde a la sazón pagaban a los Sres. de Idiáquez la visita que estos hicieron a La Guardia. ¡Ojo al Cristo!

Muy mal le supo el caballero esta desairada vuelta de Sabas; mas cuidó de disimular la nueva tristeza que a las suyas y a su nostalgia se añadía. Pasaba las noches entretenido con sus amigos, entre los cuales la fiera inusitada de Ibraim hacía el gasto de los chistes burdos y sainetescos. Rodaba el tiempo, y todo el afán de Fernando era que volviese pronto Espartero, que allí le había mandado esperar... ¿esperar qué? ¡Oh incertidumbre!... Para mayor aburrimiento, pasó el caudillo una noche por Viana sin detenerse mas que media hora, y Calpena recibió por el ayudante Serrano Bedoya nueva edición del recadito de marras: «Que no se mueva de aquí hasta que yo regrese, o le avise dónde debe ir a encontrarme».

-Pues, señor, la broma es ya más que pesada -decía Calpena, buscando medio de entretenerse con nuevos estudios de las antigüedades vianesas-. Cuanto más libre me creo y más empeño pongo en disponer de mi persona, más esclavo me encuentro. Mi sino es este, la esclavitud constante, el arrastrar cadenas... de rosas si se quiere; pero cadenas al fin. ¿Qué habrá en mí para que chicos y grandes me honren con sus afectos más vivos...? Siento no tener a mano al gran Zoilo, el filósofo del querer potente,   —127→   para que me dé su opinión sobre esto.

En tanto que D. Baldomero iba contra Labraza, en Viana corrían voces de que la tal operación sería de las más sangrientas. Para sustituir a Guergué, que perdió su valimiento con el desastre de Peñacerrada, Don Carlos había nombrado general de su ejército del Norte a D. Rafael Maroto. Este, cogido el bastón, se metió en Estella, ocupándose en reorganizar los batallones y en proveerlos de lo necesario para una activa campaña. Desde allí mandó recadito a los de Labraza, encargándoles que se defendieran hasta morir, que él iría en su socorro, provocando a Espartero a singular batalla en aquellos campos. Todo anunciaba una brillantísima página histórica; alguien creía próximo el último acto y quizá la escena final del drama de la guerra. Pero así como los dramas suelen flaquear en su desenlace por inhabilidad del poeta que los compone, los lances guerreros también salen fallidos por torpeza o desidia de estos poetas de la espada. En resumidas cuentas: que el de Luchana apretó el asedio; que Labraza se defendió bien, hasta que no tuvo más remedio que rendirse, sin que de Estella viniese Maroto con todo aquel aparato de fuerzas que anunció. La esperada lucha decisiva quedose para mejor ocasión, y Espartero, que había ido con terribles ganas de romperse el bautismo de una vez y para siempre con su rival de hoy, ayer compañero de fatigas americanas, volvió grupas, un tanto descorazonado como militar, como   —128→   político no descontento de la prudencia de Maroto y de su pereza en sostener el reto.

Llegó por fin la ocasión que tan vivamente deseaba Calpena, y viendo entrar a Don Baldomero en Viana al caer de la tarde de un caluroso día de Julio, no tuvo sosiego para esperar a que el General le llamase, y se fue a la casa de los Tidones, donde se alojaba, y solicitó audiencia, que al instante le fue concedida. Sentábase a la mesa D. Baldomero para cenar con el Arcipreste Don Alonso de Aimar, con el alguacil mayor o Merino, D. Lázaro Tidón, tres señoras de la familia de Tidón y Asúa, el General Van-Halen y otros; y convidado Fernando, aceptó gustoso la grata compañía. Hablando de la guerra, dijo el de Luchana con su franca llaneza: «No me la dio Maroto... Ya me había tragado yo que no vendría. Le conozco, es muy ladino, y no quiere comprometer el mando, que deseaba y que no le conviene soltar...». Sin saber cómo, la conversación recayó en cosas muy distintas de los sucesos militares, como la calidad de las judías verdes de Viana comparadas con las de Logroño. Sostenía el vencedor de Peñacerrada, conciliando la justicia con la galantería, que si al carnero de la merindad de Viana había que quitarle el sombrero, en judías de riñón y en pimientos morrones, donde estaba Logroño y su ribera, no había que mentar hortaliza. ¡Y para que se vean los misteriosos engranajes de la palabra humana! ¿Cómo pudo ser que del tratado de las alubias   —129→   pasasen aquellos señores a la personalidad de César Borgia? Ello fue así, como también lo es que ninguno de los comensales, incluso el héroe, poseía nociones exactas de la vida y muerte de aquel afamado cardenal y guerrero, teniendo Calpena que desenvainar modestamente su corta erudición para ilustrar al esclarecido senado. No prestó gran atención Espartero a estas historias añejas, que otras más vivas le solicitaban, y aferrado a su idea, no cesaba de repetir: «Es muy ladino, muy ladino...».

No pasó mucho tiempo después de la cena sin que la expectación de D. Fernando quedase... a medio satisfacer, pues Espartero, al conferenciar con él en su despacho, no hizo más que mostrarle los bordes, digámoslo así, del asunto que tratar quería, reservándose el cuerpo del mismo. Con su consabida franqueza ruda, que en muchos casos le resultaba bien, le dijo: «¿Pero a qué tiene usted esa prisa por volverse a Medina? Un hombre como usted, de sus circunstancias, no puede estar cosido a las faldas de la mamá».

-Mi General, he conocido a mi madre hace poco tiempo.

-Ya, ya sé... vamos al caso. Usted vale mucho, yo sé lo que usted vale. No vengamos ahora con modestias ridículas. ¡Entre nosotros...! En fin, usted es hombre de grandísimo mérito. Lo sé, lo afirmo, y no hay que desmentirme, ¿estamos? Usted quiere que yo le regale el oído repitiéndole que es un modelo   —130→   de caballerosidad, una inteligencia de primer orden, un joven ilustradísimo... Ea, lo digo yo y basta.

-Pues basta, mi General. ¿Y qué más?

-De sus modales y finura de trato, nada hay que decir, pues bien a la vista están...

-Cuando usted acabe de echarme incienso, respiraré.

-No es incienso, es justicia... Me habló Urdaneta y otros, otros amigos que le conocen a usted bien... Y para que el hombre resulte completo, también somos valientes, ¿eh? Me ha dicho Martín... Pero no trato yo ahora de valentías militares; estimo, sí, que sea usted hombre de corazón, de voluntad bien templada...

No exageraba D. Baldomero al manifestarse convencido de los méritos del joven, pues, en efecto, D. Beltrán le había ponderado, quizás con lujo de hipérbole, la inteligencia, cultura y dotes sociales del hijo extranjero de Pilar de Loaysa. Quizás estas cualidades eran agrandadas por el de Luchana en su viva imaginación, que ciertamente la tenía, como soldado de arranques, de momentos heroicos. «Bueno, señor mío -añadió poniendo punto final a los elogios-. Convencido de que usted vale y de que puede prestarme, a mí precisamente no, a la patria, a España, a la libertad, servicios grandes, no dudo en... Decláreme usted ante todo una adhesión incondicional a los principios que represento, digo, que representamos todos los leales, que representa la causa legítima   —131→   de Isabel II, la causa de la libertad».

Confirmada por Calpena su profesión de fe política, el de Luchana prosiguió así: «No cuento con usted para cosas de milicia; le quiero para una comisión, misión mejor dicho, misión... que le comunicaré cuando estemos perfectamente de acuerdo en las cuestiones preliminares. Ea, Sr. D. Fernando, yo no le suelto ya. Si se aflige usted por la ausencia de su mamá, la traeremos a la Rioja...».

-Mi General, tenga la bondad de explicarme...

-No explico más, ¡caramba! Lo dicho, dicho. Le tengo a usted trincado por los cabezones. Escribiremos a la Condesa si es necesario... Yo me voy mañana a Logroño. No le diré que venga conmigo; pero váyase usted pasado mañana, cuando guste, y allí seguiremos hablando. Por hoy, ¿eh?, fijarse bien, como si no nos hubiéramos visto... Esto es reservado. Doy de barato que sobre las buenas cualidades que usted tiene domina la que de todas es maestra, la discreción, fijarse, la discreción. Y no digo más. Retírese usted ya... Buenas noches. Descansar. Hasta luego.

Y se fue el caballero a su hospedaje, sabiendo... que no sabía nada, sospechando, queriendo adivinar... Toda la noche estuvo viendo ante sí, en la obscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla, labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la   —132→   mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelos cortos para una sola cara. La mirada del guerrero le decía más que sus palabras, y a fuerza de leer en aquella, creyó descifrar el pensamiento que estas no querían manifestar. «Una misión -se decía-. ¿Acaso...? ¿Qué entiendo yo de misiones y tratos y enredos...? ¿Qué quiere hacer de mí? ¿Un diplomático, un polizonte? Me ha escogido porque cree que la discreción está en mi naturaleza... como hijo del secreto que soy... el secreto mismo. No acepto. Me voy con mi madre».




ArribaAbajo- XVII -

Dormido con la resolución de no aceptar, despertó con la contraria idea; que estas mudanzas suelen traer el sueño a nuestro espíritu; y ya no se ocupó más que en disponer su traslación a Logroño, buscando antes a Zoilo para saber si pensaba continuar en la columna, o solicitar licencia y volver al lado de su familia. Este era el anhelo de Fernando, y esto le dijo, al encontrarle de regreso de un reconocimiento practicado por Zurbano en el pueblo de Aras. Alegrándose de verle, expresó el bilbaíno que desde su regreso de Labraza, donde había cumplido como bueno, sentía que se le iba enfriando el entusiasmo militar. Harto de gloria y satisfecha su ambición, renacían en él las querencias   —133→   de la familia. Dos días y dos noches llevaba ya con el pensamiento empapado en la memoria de su mujer, a quien dormido y despierto veía en su mente, anhelando verla con los ojos de la cara, para recrearse en su belleza y entregarle el alma y la vida. Si su mujer le quería, y se curaba de aquella maldita enfermedad de recordar a otro y esperarle, él sería más feliz que los ángeles del cielo, y ninguna falta le hacía la gloria militar; que esta, sabíalo Dios, la buscó por dar a su querer una compensación de aquellas amarguras y por llenar los vacíos de su corazón. No cesaba de pensar que su mujer le echaba de menos, que indagaba su paradero, que padecía por la ausencia de él soledad y tristeza... «Y de tal modo -proseguía- se me han clavado en el magín estas ideas, que ya no puedo menos de tenerlas por cosa cierta y fundada; que lo que yo pienso con gana, sucede, sí, señor, siempre sucede.

-También yo -dijo Calpena-, de algunos días acá, tengo la corazonada de que tu mujer se ha curado de esa locura de recordar lo muerto y esperar lo imposible. Sin ningún dato en que fundarme, lo siento, lo creo, y en ello me voy afirmando cada día más. Es para ti contrariedad grande el verte ya cogido en las redes de la Ordenanza y no disponer de tu persona para largarte a tu casa cuando te diere la gana.

Quedose Zoilo al oír esto muy pensativo, acariciándose la cabeza, sin que en esta brotase la idea que sin duda buscaba, y al fin,   —134→   suspirando fuerte, se consoló de la obscuridad de su entendimiento con estas expresiones: «En fin, con un querer firme todo se arregla... Volveré a mi casa».

-Pero ándate con mucho tiento, chico, y no se te pase por las mientes la idea de la deserción, que podría salirte cara. No juegues con las leyes militares. ¿Gloria quisiste? Tus triunfos te obligan a la obediencia. ¿Quieres ir a tu casa, ver a tu mujer? Pues aquí me tienes a mí para proporcionarte esa satisfacción, a mí, que te saqué de la cárcel y que adquirí con mi conciencia el compromiso de devolverte a los tuyos sano y salvo. Prométeme no hacer ninguna locura, pues al ponerte a mi lado entraste para siempre en el terreno de la razón. ¿Estamos conformes?

-Conformes, mi General. Así le llamo porque usted manda. Y váyase, váyase pronto a Logroño, y si está allí su novia, como dicen, cásese con ella, antes hoy que mañana, aunque para ello tenga que robarla... Si hace falta un amigo de coraje, avise. A casarse, y así estaremos todos contentos.

-Ni mi novia está en Logroño, ni yo he de robarla, ni ese es el camino, Zoiluchu.

-¿Pues cuál es el camino, señor?...

-Esperar obedeciendo.

-Pues obedezco esperando, como soldado de filas.

No hablaron más, y con apretones de manos se despidieron, trasladándose D. Fernando con sus dos criados a Logroño, a donde   —135→   llegó muy entrada la noche. Los oficiales de Gerona que iban con él encamináronle al parador del Camerano, en la calle del Mercado, no lejos de la Redonda, iglesia mayor del pueblo, y halló regular acomodo para sí y su gente; cenó y durmió tranquilo; y como no se le cocía el pan mientras celebrar no pudiera nueva conferencia con el héroe, al siguiente día, en cuanto llegó la hora oportuna para visitas, se personó en el palacio de Su Excelencia, una casona grande y severa, con fachada de sillería y ornamento barroco en balcones y ventanas. En la puerta se encontró a varios oficiales que conocía, y en el primer tramo de la escalera a su amigo Pepe Concha, quien muy contento de verle le introdujo en el billar, espaciosa sala del entresuelo. A la sazón el General despachaba con su secretario: era forzoso que Calpena esperase un rato, el cual resultó breve por la compañía de aquel simpático oficial, jefe de la escolta, y del ayudante Allende Salazar. A la media hora subió Fernando al primer piso, y Espartero le salió al encuentro muy afectuoso. Vestía de paisano, en traje muy ligero por causa del excesivo calor; y aún no habían concluido los saludos, cuando, volviéndose hacia una puerta entreabierta, gritó: «¡Jacinta, Jacinta!». Al conjuro de aquella voz, que era la voz del trueno en los campos de batalla, y que allí sonaba tan apacible, apareció una dama de excelsa hermosura, majestuosa en su familiar porte, sin el menor asomo de presunción en la sencillez   —136→   casera con que vestía. Al saludo ceremonioso de Calpena contestaron los dos, marido y mujer, con esa confianza de buen gusto, propia de personas de viso que gustan de disimular su superioridad. La dama, más aún que su esposo, poseía un arte magistral para combinar la llaneza con lo que modernamente se llama distinción, la gracia con la autoridad. En pie los tres, Doña Jacinta (la etiqueta de la época obliga a conservarle el Doña) dijo festivamente al caballero: «¿Me acierta usted de quién es esta carta? -y al decirlo mostraba una que tenía en su mano muy dobladita-. A ver, a ver... ¿conoce la letra?».

-Es de mi madre -dijo Calpena mirando el papel que la Condesa de Luchana puso ante sus ojos.

-Ya hablaremos, ya hablaremos. Tengo que reñirle a usted... Así me lo encargan. Por cierto que es usted el hombre de la mala suerte en sus viajes. Ayer, ayer mismo pasaron por aquí las niñas de Castro, de vuelta de Cintruénigo... Pero siéntese, D. Fernando. Si tienen ustedes que hablar, me voy.

-No, no; tiempo hay -dijo el héroe sonriendo-. ¿Y qué me cuenta usted de ese desastre de Morella?

-¿De Morella? No sé una palabra.

-El pobrecito Oraa se ha visto precisado a levantar el sitio.

-¡Qué dolor! -exclamó la dama suspirando, ya sentados los tres-. Lo he sentido por todos: por la Reina, por el Gobierno, por   —137→   los liberales, y principalmente por D. Marcelino... Es un hombre muy bueno, un militar que sabe su obligación, y le quiero de veras.

-Yo también -afirmó el de Luchana-. La empresa no era un grano de anís. ¡Sabe Dios los entorpecimientos con que habrá tenido que luchar el pobre Oraa, la falta de recursos!... Es la mía: el Gobierno quiere acabar la guerra, y nos tiene sin raciones, las tropas descalzas. Crea usted, Calpena, que esos malditos moderados nos llevarán al abismo, si no se les ataja... En fin, este mal paso de Morella, esta retirada ante Cabrera ensoberbecido... nos parte... ¡Qué contratiempo, qué desdicha! Por acá íbamos muy bien; ya usted lo ha visto.

-Crea usted, mi General -indicó Calpena-, que este inmenso litigio de la guerra civil no se ha de sentenciar en el Centro.

-Se sentenciará en el Norte, convenido... pero los sucesos de allá ayudan o entorpecen, y este resbalón del pobre D. Marcelino... Cuidado que yo le quiero... Este resbalón ha de traernos consecuencias funestas. ¡Qué lástima, Señor...!

-Pero, Baldomero -dijo la Condesa con esa familiar lisonja que tan bien cae en labios españoles cuando son de mujeres buenas y amantes-, tú no puedes estar en todas partes.

-¡Yo...! -exclamó el caudillo con modestia, que sin duda no sentía-. ¡Sabe Dios si me hubiera pasado lo mismo, o quizás algo   —138→   peor!... La guerra es un azar, un compromiso, y por más que uno ponga de su parte todo lo que tiene dentro, siempre hay algo que no depende más que del Acaso, de...

-Y usted, mi General, ha sabido entenderse con el Acaso.

-¡Oh!, no crea usted... También me ha jugado algunas... Pero, la verdad, no hay queja...

-No tenemos queja -repitió Doña Jacinta-. Dios no nos abandona... ¡Ay, qué pena! No puedo apartar de mi pensamiento al pobre D. Marcelino... Pero, en fin, dejemos por ahora las cosas tristes... que a D. Fernando tengo yo que decírselas muy gratas, pero muy gratas.

-Todo lo que usted me diga, señora, me será siempre agradabilísimo.

-¿Está bien seguro de eso?... Bueno; luego hablaremos. Váyase usted preparando.

-Ya lo estoy.

-Y por ahora, dispénseme -dijo levantándose-. Tengo que hacer. No crea usted: todavía no he acabado de leer la carta...

En pie los dos, el visitante y la señora cambiaron frases de donosa cortesía:

-¡Vaya si hablaremos!... Esta noche hará usted penitencia con nosotros... No, no se admiten excusas. ¡Si usted lo desea!... Está usted rabiando porque le hable yo de cierta persona...

-No digo que no.

-Pues para su tranquilidad, le diré que ayer estuvieron aquí las niñas a despedirse.   —139→   ¡Si viera usted qué guapa está Demetria!

-Lo creo.

-Y Gracia, no digamos...

-También lo creo.

-Pero no creerá que por el lado de Cintruénigo hay nubes...

-¿Y truenos?

-Truenos todavía no... Vaya, no más por ahora. A las siete, D. Fernando.

Solo con el Conde, manifestó verdadero ardor porque este acabara de dar solución al acertijo de Viana. «¿Pero qué prisa tiene usted? -le dijo Espartero sonriente-. ¡Si ahora le vamos a tener secuestrado aquí por mucho tiempo! Ya le dirá Jacinta esta noche su plan de traernos aquí a la Condesa...».

La entrada del General Ribero, al que siguió, con minutos de diferencia, la del brigadier Linaje, cortó la visita, y Calpena creyó discreto retirarse. Acudió al anochecer a la invitación para la cena, que fue gratísima, con asistencia del General Van-Halen, del coronel Zabala, del ayudante Gurrea y de la lindísima Vicenta Fernández de Luco, hermana de madre de la Condesa, y bastante más joven que esta. Doña Jacinta apenas pasaba de los treinta, y Vicenta no llegaba a los veintidós. Casó el 41 con Pepe Concha.

Llevó el peso de la conversación el brazo militar, comentando y discutiendo el desastre de Morella. No obstante disponer Oraa de veintitrés batallones, doce escuadrones y veinticinco piezas de artillería, y de contar con los expertos Generales de división Borso,   —140→   San Miguel y Pardiñas, no pudo contrarrestar el empuje de Cabrera, amparado de las fragosidades y quebraduras de aquellos montes inaccesibles. Según Van-Halen, que conocía bien el Centro y la clase de guerra que allí se hacía, la culpa del descalabro del buen Oraa era del Gobierno, que en punible abandono tenía los servicios de administración, en atraso las pagas, descuidado el vestuario, así como el suministro de municiones. Debía Cabrera su renombre, más que a sus cualidades de astucia y arrojo, a la incuria de nuestros gobernantes, que no habían sabido poner en manos de los defensores de la Reina armas eficaces para combatirle. De sobremesa, mientras por un lado despotricaban los caudillos sobre este para ellos sabroso tema, por otro Doña Jacinta y su hermana platicaban con D. Fernando de la admirable resistencia de la niña mayor de Castro, en el asedio que nuevamente le ponían los Idiáquez con ayuda de su fuerte aliada Doña María de Tirgo. De buena tinta sabía la Condesa que, desesperados los sitiadores de la constancia de la señorita mayor, habían tratado de entenderse con la menor, creyendo encontrar en ella ambiciones de ceñir corona de marquesa. Pero la vivaracha niña quería imitar a su hermana en la vocación de quedarse para vestir imágenes. De todo ello resultaba que D. Fernando no tenía perdón de Dios si no cambiaba su actitud circunspecta por otra más decidida. Sin mostrarse el galán abiertamente contrario a estas   —141→   ideas, pues la galantería se lo vedaba, halló medio de rebatirlas aceptándolas y de hacerlas suyas agregándoles cantidad de ingeniosos peros, todo con gran derroche de ingenio y picardía graciosa. Así entretuvieron la primer noche, retirándose Calpena muy agradecido a tanta bondad, y ligado ya por cordialísima simpatía a la familia del héroe.

Ningún día dejó de acudir al palacio de la plazoleta de San Agustín. No siempre pasaba al despacho de Espartero, que a menudo tenía visitas, o tareas urgentes con Linaje u otro secretario, a las cuales consagraba largas horas, fumando constantemente puros habanos de los mejores. En Doña Jacinta observó Calpena el prototipo de la dama casera, pues no había otra que la igualase en dirigir y conservar en orden perfecto su casa y servidumbre, sin olvidar por esto las obligaciones sociales. Inflexible para exigir a todos cumplimiento, era tan ordenancista en su hogar como D. Baldomero en los campos de batalla. Las comidas se anunciaban a toque de campana, y ¡ay del que dejara de acudir a su puesto! El General mismo no se desdeñaba de dar a conocer su miedo a las severidades de la digna esposa. Era muy sobrio en las comidas, y para él no había mayor suplicio que estar largo tiempo en la mesa. En días de convite o de extraordinario, se deshacía en impaciencia, anhelando que llegase pronto el momento del café y los puros. Ensalzaba las comidas breves; solía decir   —142→   que debíamos buscar un medio de ingerir de golpe los alimentos en el estómago, como se carga un fusil.

Cuidábase Jacinta de poner coto a la excesiva largueza del héroe en socorrer pobres y dar auxilio a necesitados, pues aunque era caritativa, no gustaba del despilfarro, que aun por generosidad es cosa mala. Espartero fue hombre que no reclamó nunca del Gobierno las pagas atrasadas, ni se cuidó de que la Nación le reintegrara las sumas que anticipó de su bolsillo para dar de comer a los soldados, y así lo hizo más de una vez, porque era fuerte cosa pretender llevarles a la victoria con los estómagos vacíos. Los parientes pobres de Granátula y Almagro habían encontrado en el General una mina inagotable, y los desvalidos de Logroño no padecían hambre. Si le adoraban los soldados por valiente, pródigo de su sangre, no le querían menos los pedigüeños por el arrojo con que vaciaba sus bolsillos. Estos y su corazón estaban siempre abiertos al heroísmo y a la limosna.

Sin contrariarle abiertamente, procuraba Doña Jacinta reducir su magnanimidad a límites razonables; mas no alcanzaba en este terreno, la verdad sea dicha, tantas victorias como él combatiendo a los sectarios del retroceso. Gozaba la excelente señora la simpatía y admiración de todo el pueblo, por lo bien que sabía manifestar su superioridad social sin ofender a nadie, porque guardando las etiquetas era cariñosa y accesible.   —143→   Adoraba el orden, creía en la eficacia de los puestos personales, y deseaba que cada cual ocupase el suyo y respetase los ajenos. Con los humildes sabía ser cariñosa, con los grandes un poquito encopetada, con todos afable y digna. Su amistad con Pilar de Loaysa databa de cuando esta se casó y Jacinta era una niña que aún vestía de corto. En Zaragoza se conocieron, ligándose con entrañable ternura, a la que siguió más tarde relación continua por correspondencia cariñosa. Juntáronse años adelante, por muy pocos días, en Pamplona, cuando Jacinta, soltera todavía galanteada por Espartero, estaba en todo el esplendor de su hermosura, y ya la Duquesa de Cardeña peinaba canas; después no se vieron más. El secreto de su amiga lo supo la condesa de Luchana por la revelación que a Espartero hizo D. Beltrán; y si antes de conocer a Fernando le estimó, conocido le miraba con afecto fraternal, como de hermana mayor; y cuando la informó Doña María Tirgo de que era hijo de un príncipe, le tuvo en mayor aprecio, y vio más claras sus altas dotes de inteligencia, nobleza y elegancia.




ArribaAbajo- XVIII -

No se habría conformado D. Fernando con la ociosidad en aquella tierra hospitalaria, si la frecuente correspondencia con su madre   —144→   no vigorizara su espíritu. No cesaba la noble señora de recomendarle que prolongase su permanencia en Logroño, que fuese agradecido a las bondades de Espartero y su familia, pues le convenía ciertamente estar al arrimo de quien, por su autoridad militar y la política que iba adquiriendo, parecía llamado a ser en breve tiempo el árbitro de los destinos de la Nación. «Doloroso es para mí -le decía-, el verme privada de tu presencia; pero me consuela de mi soledad el saber dónde y con quién estás, el considerar reconocido y apreciado tu mérito, principio quizás de las grandezas que deseo para ti». Y contestando a la carta en que se le manifestaba el deseo de Doña Jacinta de traerla a Logroño, decía: «La impresión primera ha sido de regocijo; pero después la reflexión me ha hecho conocer que mi presencia podría perjudicarte. Tú no lo creerás así; yo veo las cosas con frialdad, y no puedo desechar la idea de que por algún tiempo debes permanecer sin mí al lado de esos señores. Bien sabe Jacinta cuánto le agradezco sus afectos cariñosos. Pero en su buen juicio comprenderá que a todos nos conviene mi obscuridad, y que esta es necesaria para que tú brilles». Contestaba D. Fernando a estas razones que él no quería brillar; que ningún bien social podía compensarle de la ausencia de su querida madre, y que, por tanto, persistía en ir en su busca en cuanto los caminos se hallasen despejados, para mayor seguridad del regreso.

  —145→  

Notó el caballero que constantemente llegaban a Logroño y conferenciaban con el General personas diversas, venidas unas de Madrid, otras de Pamplona, como emisarias del Virrey, general Alaix; otras, de pinta muy extraña, parecían procedentes del Cuartel de D. Carlos. Entre las caras madrileñas, algunas reconoció Fernando como significadas en la patriotería más ardiente. Creyó ver también a D. Antonio González, a Ferraz, a Sancho y a otros partidarios juiciosos del progreso. Indudablemente, el General apoyaba con decisión la idea que empezó a llamarse progresista, declarándose enemigo del bando moderado y disparando contra él bala rasa, sin reparar en las manifiestas concomitancias de este partido con la Gobernadora. Le traía muy inquieto la protección que esta y su camarilla daban a Ramón Narváez, permitiéndole organizar el ejército de reserva, como un medio indirecto de hacer sombra a Espartero y de levantar frente a él un nuevo ídolo militar. No le gustaban a D. Baldomero estos ídolos secundarios, que podrían ser dioses mayores el día menos pensado, y la influencia política que alcanzado había con su victoria no se la dejaría arrancar ¡vive Dios!, a dos tirones. Un día y otro mandaba a Madrid quejas del abandono del Gobierno; hacía responsables a ciertos y determinados ministros de las privaciones del ejército; amenazó con su dimisión si no dejaban sus puestos Mon y Castro, y al fin, con este modo de señalar, dio cuenta del Ministerio   —146→   del Conde de Ofalia. Nombrado Presidente el Duque de Frías, poeta y diplomático, Espartero le exigió que desmembrase el ejército de reserva formado por Narváez, agregando dos divisiones al de Castilla la Vieja, para contener las facciones de Merino y Balmaseda; pidiole que, en reemplazo de Oraa, fuese nombrado Van-Halen general del Centro. A regañadientes, cediendo a la presión del que dueño se hacía de todos los resortes, quia nominor leo, el buen D. Bernardino, excelente hombre, prócer ilustre, y ante todo poeta insigne, se doblegaba y sucumbía por su propio miedo y por los altos miedos palatinos.

Nunca habló de estas cosas Calpena con el General, quien, en sucesivos coloquios, fue menos reservado respecto a la índole de la comisión que confiarle pensaba. Uno de los primeros días de Septiembre, a punto que el Cuartel General se movía para emprender operaciones de que nadie tenía conocimiento, dijo Espartero a su amigo, en forma que no admitía réplica ni excusa, que a seguirle se preparase. Llevado de la fascinación que el héroe sobre él ejercía, y cediendo además a una extraña querencia del misterio y a ideas de elevada ambición que le rondaban la mente, no vaciló en obedecer. Despidiole la Condesa con afecto maternal, asegurándole que en compañía de su marido no podía correr ningún riesgo; afirmó él gozoso que nada le importaba exponer su vida, con tal de ser grato a su ilustre amigo, y partió entre   —147→   la comitiva del Cuartel General, llevando a uno solo de sus criados, Urrea.

Por toda la orilla derecha siguieron, sin parar hasta Lodosa, y era general la persuasión de que se preparaba un ataque a Estella. Al anochecer de aquel día, 3 de Septiembre, las avanzadas de Espartero se tirotearon con guerrillas carlistas; pero estas desaparecieron durante la noche, y el ejército liberal siguió hasta Artajona. Nueva detención, que en este punto fue más larga, porque recibió el General noticia de un descalabro de las tropas de Alaix, virrey de Navarra, el cual, empeñado en duro combate con los carlistas, en el Perdón, fue rechazado con bastantes pérdidas, resultando heridos el mismo Virrey y su segundo, Espeleta. Esto y la noticia de que Cabrera, ensoberbecido con el triunfo de Morella, mandaba una división a engrosar las fuerzas de Navarra, detuvieron a Espartero en su marcha, si es que esta tenía por objeto atacar a Estella, lo que no se sabe, pues a nadie comunicó su pensamiento. Humor endiablado tenía el General en aquellos días, y su indecisión revelaba la crisis de su ánimo. Dio instrucciones para que D. Diego de León, que operaba en la Solana, ocupase determinados puntos, y para que la división de Hoyos hiciese un reconocimiento hacia Los Arcos, y otras disposiciones tomó, cuyo alcance nadie podía penetrar. Al quinto día llamó a Calpena, y sin encerrarse con él, paseándose juntos en un abandonado huertecillo de   —148→   la casa donde el General se alojaba, hablaron. La conversación, oída de lejos, habría podido pasar por insignificante, pues carecía de toda solemnidad y de tonos graves y misteriosos.

-Yo me vuelvo a Logroño a darme otra descansadita -dijo D. Baldomero con jovialidad-; pero usted, amigo D. Fernando, aquí se queda, y por de pronto se incorpora a las fuerzas de Diego León. Luego hará usted lo que le mandaré ahora mismo en pocas palabras. Oído: dentro de un rato se va usted a su alojamiento, y no se mueve de allí hasta que reciba un recado mío.

-Bien, mi General.

-Mi recado es lo que menos puede usted figurarse. Consiste en un mazo de puros habanos, y se lo llevará un arriero... No sé si usted le ha visto... Le encontramos en Lodosa con su recua... Todo el ejército le conoce.

-En efecto, le vi, y me dijeron su nombre; pero no me acuerdo.

-Se llama Martín Echaide. Es popular y muy querido en estas tierras. Tanto nosotros como el enemigo le permitimos franquear las líneas, y recorrer libremente el país, porque se ha declarado neutral, y sostiene su neutralidad como un caballero.

-Pero no lo será realmente.

-Me figuro que no -dijo Espartero con acento de marrullería fina-. El objeto de llevarle los cigarros es para que le conozca a usted y se fije en su rostro... ¡Ah!, no haya   —149→   miedo de que se le despinte. Nada le dirá a usted, ni usted a él tampoco, como no sea el mandarme las gracias por los cigarros.

-Hasta ahora, mi General, la misión que usted quiere encargarme es facilísima.

-Después no lo será tanto. Se queda usted, como digo, con Diego León, y en el momento en que Echaide se le presente y le diga: «D. Fernando, vámonos», le obedece usted como si yo se lo mandara.

-¿Y para esto, mi General, tendré que disfrazarme de arriero?

-Justo; procurando, naturalmente, la mayor perfección en cara y ropa. Disfrazará usted también a su criado, que me ha parecido de un tipo muy para el caso. Con Echaide va usted a donde él le lleve, que le llevará bien seguro a donde debe ir.

-Faltan ahora las instrucciones fundamentales, mi General, pues presumo que mi misión no es tan sólo arrear las caballerías del Sr. Echaide.

-Ciertamente que no. Ya no es un secreto para usted que este bueno de Echaide me pone en comunicación con una persona del campo enemigo; pero las cosas graves que entre una y otra parte se han de tratar no son para expresadas por Echaide, ni es prudente fiarlas al papel. En estas embajadas, amigo, no se cruzará ningún papel escrito.

-Ya entiendo, mi General: el papel soy yo, mi buena memoria, y mi palabra la escritura.

-Justamente. Con su comprensión rápida   —150→   de todas las cosas me ahorra usted largas explicaciones. Echaide no es más que el... el...

-El vehículo; la idea soy yo.

-Exacto. Como nada se escribe, como todo ha de ser verbal, he tenido que escoger una persona muy inteligente, instruida, que se penetre bien de mis condiciones, que reciba las del contrario, que las discuta si es preciso, que transmita fielmente lo que uno y otro digan... También he tenido en cuenta su caballerosidad, su conocimiento de la historia y de la política. Para decirlo todo, su falta de ambición me agrada, y su independencia es para mí una garantía de fidelidad. Con que...

-Comprendido todo, mi General. Ahora falta que escriba usted en mi mente su pensamiento con signos bien claros, de modo que yo me penetre bien y no padezca ningún error al transmitirlo.

-Tengo la seguridad de que ni escrito iría con más claridad. Esta noche se viene usted por aquí, y le diré mis condiciones para la paz. Son tan sencillas y tan breves, que caben en un papel de cigarro. Procure el hombre fijarse bien. Mañana vuelve usted. Paseamos un rato en este jardinillo y repetiré las condiciones para que se graben en su memoria. No me escriba usted ni una letra, por los clavos de Cristo... Y por último, nada he de decirle de la reserva, de la absoluta reserva...

-¡Por Dios, mi General...!

  —151→  

-No, no; si estoy bien seguro.

-Pero falta una cosa. Al llegar yo donde está esa persona, ¿cómo acredito mi calidad de embajador?

-Todo está previsto. Las credenciales que usted ha de presentar son una sola palabra. Ya lo hemos convenido él y yo: desde Burdeos me lo propuso.

-¿Una sola palabra?

-El nombre de un pueblo del Perú donde él y yo nos conocimos. Fácilmente lo grabará usted en su memoria. Mañana se lo diré. Cuando llegue usted al punto donde ha de celebrar su primera conferencia, Echaide será su introductor de embajadores. Con que...

-¿Me retiro?

-Sí. Hasta la noche.

Retirose Calpena en un grado de excitación indescriptible, la mente pletórica del sin fin de ideas que en ella despertaba el grave asunto en que iba a ser actor, y actor histórico con visos de novelesco. Era un mundo que se le metía en el pensamiento, con imágenes mil fabulosas, con representaciones de actos en que probaría su valor y su inteligencia, con ideas elevadas, con fin nobilísimo como era el de la paz. Adelante: no se avenía con las seguridades que el General le dio de que en su misión no correría peligro. Sí, sí, que los hubiera, pues los peligros y la gloria de vencerlos satisfacían los anhelos de su alma generosa más que una campaña fácil y sin accidentes. Ningún   —152→   fin alto y grande se alcanza sin sacrificio, y es forzoso ver en las penalidades la consagración de toda labor benéfica.

Recibió puntualmente los cigarros; repitió las visitas al General por la noche y mañana siguiente. Oyó dos veces las instrucciones, mejor dicho, las condiciones, que estampadas con letras de fuego quedaron en su memoria; tomó el santo y seña, o mejor, signo de inteligencia; vio partir al caudillo para Logroño; incorporose al ejército de León, y ya no hizo más que esperar, clavados los ojos en la imagen borrosa de su destino.

El diálogo que se transcribe es exacto en sus ideas y sentido-, el arriero Echaide, rigurosamente histórico.