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ArribaAbajo- XIX -

Muy a gusto se agregó el caballero al ejército de León, y no poco orgullo sentía de hallarse tan cerca del héroe, cuyas fabulosas hazañas parecíanle dignas de un Romancero. El creciente influjo político del de Luchana impuso el nombramiento de Alaix para Ministro de la Guerra, no obstante su reciente descalabro; y vacante el virreinato de Navarra, fue designado León para este puesto, que tan bien ganado tenía. Siguiole Fernando a Pamplona, donde hizo nuevas   —153→   amistades, muy gratas: Manuel de la Concha, ya coronel, hermano de Pepe, y que si en la gallarda figura se le asemejaba, no así en el carácter, que era vivísimo, tirando a violento, poseído de la pasión militar en sumo grado, y del anhelo de saber mucho y de practicar lo que aprendía; Domingo Dulce, distinguidísimo oficial de caballería, muy intrépido; Federico Roncali y otros. Con ellos pasó buenos ratos en los ocios de Pamplona, que no fueron largos, porque León, nunca harto de combatir ni saciado de gloria, salió en busca del enemigo con ansias dementes. Era un hombre febril, hercúleo, que empezaba en un inmenso corazón y acababa en una lanza. Se le podrían aplicar los cuatro enérgicos calificativos de Aquiles: impiger, iracundus, inexorabilis, acer.

Encaminose el héroe a Tafalla, buscando camorra a los carlistas. No era de estos que aguardan las ocasiones más favorables para trabar batalla. Según él todas las ocasiones eran buenas. Provisto de víveres para tres días, se lanzó por aquellos campos, como andante caballero, en busca de lo que saliere, y en Obanos, Legarda y Muruzábal encontró carne enemiga en que cebar las picas poderosas de sus terribles lanceros. Admiraba Calpena su gallardía, su varonil rostro, en que relampagueaban los grandes ojos calenturientos. Los bigotes rizosos del General eran los mayores y más bellos que en aquel tiempo se conocían. El chacó, con cimera de plumas ondeando al viento,   —154→   agrandaba su figura y hacíala fantástica; su apostura sobre el caballo no tenía semejante. Fascinaba a la tropa, comunicando a todos, hombres y caballos, su ardor y fiereza. No le vio Calpena manejar la lanza. La primera hazaña de Belascoaín había sido algunos meses antes; la segunda, que debía ilustrar su nombre, fue meses después, en Abril del 39. Cuando se dieron las reñidas acciones de Sesma y los Arcos en Diciembre del 38, ya D. Fernando no estaba en el ejército de León, pues un día de Octubre, hallándose meditabundo en Artajona, rumiando su impaciencia y amargado por las añoranzas, presentose Martín Echaide y pronunció el conjuro sibilítico: «D. Fernando, vámonos».

Como asimismo le dijese que uno de sus hombres marchaba a Logroño con dos acémilas de vacío, no quiso desperdiciar Calpena tan buena ocasión de escribir a su madre, y lo hizo despacio y amorosamente, enviando a Doña Jacinta la carta, con súplica de que por el conducto más rápido la remitiese.

Ya en marcha, en una aldea próxima a Mendigorría, emplearon gran parte de la noche en la operación de vestirse de máscara D. Fernando y Urrea, con las ropas que Echaide traía para el caso, agregando a ellas la posible alteración de los rostros, en lo que pusieron todo su esmero y exquisitos primores de arte. Ya D. Fernando había descuidado sus barbas y cabellos, y en estos aplicó tales refregones de tierra, que pronto   —155→   quedaron incultos y enmarañados a usanza salvaje. Lavándose ambos la cara, si así puede decirse, con polvo del camino, obtuvieron el tono y pátina de una epidermis horriblemente áspera. Cortose Fernando el bigote, igualándolo con las barbas, para que todo el rostro quedase como no afeitado en dos semanas. Cuidaron asimismo de las manos y uñas, procurando en aquellas la endurecida costra de suciedad, en estas el luto riguroso, y con un poco de hollín, diestramente aplicado a las orejas, sienes y carrillos, quedó Calpena hecho un mostrenco tan zafio y bestial, que no había más que pedir. En Urrea no fue tan necesaria la transformación, porque su aspecto proceroso y su cara vulgar le asemejaban a lo que quería ser. Había hecho D. Fernando estudios de lenguaje, asimilándose un castellano burgalés de los más rudos con dejos de baturrismo. Bastábale a Urrea con su sonsonete éuskaro, en lo que poco o nada tenía que fingir. Quedaron, por añadidura, convenidos los nombres que habían de sustituir a los verdaderos, llamándose D. Fernando Aquilino Orcha, y más brevemente Quilino, natural de Briviesca, y el otro, Francisco Muno, de la parte de Aramayona. Suponíase, por lo que pudiera suceder, que Muno había servido cuatro años en la partida de Lucus, y Quilino otros tantos en la de Merino, retirándose del servicio por la derrengadura que se le produjo al caer del techo de una ermita en el ataque de Lodosa. Habíale quedado   —156→   un impedimento del costado derecho, y la natural torpeza para mover los remos de aquel lado. Fingía muy bien el caballero la imperfecta andadura, con ligerísima cojera en que no podía verse la menor afectación.

Componíase la cuadrilla de cuatro sujetos: Echaide, los dos noveles, y un cuarto arriero, como de sesenta años, a quien de apodo llamaban Santo Barato. Era el arriero jefe cincuentón, de mediana estatura, tan chupado de rostro, que los carrillos se le juntaban por dentro de la boca, formando al exterior dos cavernas velludas; los ojos se le metían hasta el cogote, sin que de ello resultara aspecto de fiereza, sino más bien como de anacoreta, o como las malas imágenes que representan a los benditísimos padres del yermo. Su sonrisa de beatitud convidaba a la confianza. En el cinto de cuero llevaba el rosario de cuentas negras y pringosas, y un puñal. Era el vestido de los cuatro calzón corto con peales, chaqueta parda y pañizuelo a la cabeza, las camisas del más tosco hilo campesino. En suma: a Urrea le faltaba poco para ladrar; Fernando resplandecía, si así puede decirse, de obscuro idiotismo y de tosquedad y barbarie. Llevaban cuatro bestias, dos mulos y dos borricos, mejor apañados que las personas, con sus aparejos en buena conformidad, y la carga era de pellejos de aceite, algunos garbanzos, pimentón molido, vinagre y otros artículos de menor cuantía.

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Con sus cuerpos y los de sus animales llegaron a Estella al caer de una tarde de Octubre, metiéndose en una posada próxima al Castillo y al paseo de los Llanos. Gran aparato de fortificaciones observó Fernando en todo el contorno de la ciudad. En la escarpa de los picachos de Santo Domingo y en los altos de Santa Bárbara, todo era baluartes y trincheras formidables. Hacia la otra parte, en Porfía y sobre el Puy, vio también cortaduras y reductos. Las puertas de la ciudad por el camino de Puente la Reina, y en la entrada del paseo, y en las cabeceras de los puentes, donde arranca el camino de Viana, eran verdaderas fortalezas. En el centro de la ciudad vio bastante tropa, bandadas de clérigos, corrillos de oficiales en la plaza frente a San Juan, y en la calle Mayor; observó el descuido de policía como signo de bárbara guerra, los pisos desempedrados, formando charcos fétidos; cerrados los comercios, los establecimientos de pelaires, los talleres de carda de lanas, los batanes y tintes, en completa paralización y abandono. Recomendole Echaide que anduviese lo menos posible por la ciudad, manteniéndose en el parador al cuidado de las bestias, lo que le pareció muy bien, y pronto hubo de advertir la sabiduría de este consejo, pues en el parador, y en una próxima tienda de bebidas con algo de comistraje, pudo observar a sus anchas, sin despertar la menor sospecha, el estado de la opinión; sólo con poner su oído en las disputas, vio claros los dos partidos   —158→   que agitaban el cotarro pretendentil.

En esta parte decían que era de necesidad fusilar a Marato; en aquella, que no había decencia si D. Carlos no se limpiaba de las alimañas que se le comían vivo, el cura Echevarría, el capuchino Lárraga, el obispo de León, Arias Teijeiro y otros tales. Pedían aquí que viniese Cabrera a enderezar el torcido altarejo de la Causa, pues era el único hombre de empuje y circunstancias, y allá que la perdición del Rey estaba en los generales de anteojo y compás, y que los propiamente facciosos que no sabían leer ni escribir le darían la victoria. En ciertos círculos del bodegón no se recataban paisanos y militares de hablar pestes de D. Carlos, que todo lo fiaba de la Virgen, y consultaba sus planes de guerra con las monjas flatulentas, hartas de bazofia. Los más devotos de Su Majestad llevaban muy a mal que cuando iban las cosas de la guerra tan torcidas, y hallándose el país esquilmado y en la miseria, saliese D. Carlos con la gaita de casarse. ¡Vaya, que tener que aguantar también Reina, sobre tantas cargas como abrumaban a los pobres pueblos! ¡Y que no vendría poco finchada la de Beira, ni traerían poca fachenda sus damas y gentiles-caballeros, todos con atrasadas ganitas de trono y de parambombas reales, en medio de los desastres y de las inseguridad de la guerra!

Metían su cucharada en los coloquios Quilino y Muno, expresando las opiniones más contrarias a todo buen criterio,   —159→   como seres nacidos para discurrir al tenor de los animales; y así pasaron tres días en tranquila sociedad y distracciones de bodegón, dando tiempo a que entregara o colocara Echaide la carga que llevó, y que tomase otra, consistente en piezas de paño del cuento 24, casimiros y bayetones estrechos, barriles de vino y algunos trebejos de calderería. Nada tenían ya que hacer allí. Dos días antes de la llegada de Echaide había salido Maroto para Alsasua, de donde seguiría hacia Cegama y Oñate. La misma dirección, por caminos y atajos endemoniados, tomó Echaide con su cuadrilla, escalando los desfiladeros de Andía, y en todas las ventas y encrucijadas, así como en los puntos guarnecidos, encontraba el arriero amigotes, con quienes departía del cisco que tan revueltos traía a castellanos y navarros. Ningún entorpecimiento hallaban en su marcha por aquellos vericuetos, porque la solicitud con que Echaide desempeñaba los encargos, y la forma escrupulosa que sabía dar a su neutralidad, le garantizaban contra todo recelo. Por la noche, ya le cogiera esta en alguna venta, desmantelada choza o tejavana, echaba mano a su rosario, obligando a los suyos a secundarle en sus extremadas devociones. A los clientes atendía con solicitud, cobrándoles a conciencia, y en el servicio de todos desplegaba tanta honradez como puntualidad. Jamás trajo ni llevó soplos referentes a movimientos de uno y otro ejército, y en ambos tenía protectores y amigos que apreciaban   —160→   sus raras cualidades de ermitaño trajinero.

Bajando de los puestos de Aralar hacia Cegama, les cogió un temporal de nieve y ventisca, que por algunos días les tuvo prisioneros sin poder ir adelante ni atrás, defendiéndose contra el frío en unas cabañas de pastores. Hasta las soledades inhospitalarias en que se guarnecían llegaba el rumor de la ola revolucionaria que por abajo corría. También allí, viejos que parecían salvajes pedían que descuartizaran a Maroto y lo echaran a los perros, y soldados errantes que iban a unirse con sus cuerpos abogaban por que se ahorcase a Guergué con las tripas de Arias Teijeiro. Con hogueras se defendían los trajinantes del horroroso frío, que recrudeció la cojera de Quilino, obligándole a unos andares enteramente grotescos. Aprovechando una clara, avanzaron por la vertiente abajo en busca de mejor abrigo: en una casa en ruinas, donde se agazapaban media docena de soldados que venían de Ormáistegui, y unos leñadores míseros, se trabó disputa tan brava sobre quién o quiénes habían traído el reino a tanta perdición, que no se pudieron contener en la pendiente de las palabras a los hechos, y algunos palos tocaron a Calpena, que hubo de aguantarlos con cristiana mansedumbre, porque el coraje no delatara su condición, tan bien disfrazada. Entre el tumulto, y mientras se frotaba la parte dolorida, se oyó su voz protestando en esta forma: «Ridiós3, si vus digo que razón tenís   —161→   más que serafines. Que afusilen a Maroto, si vedis que no cumple; pero si cumple, escabecen a los empostólicos que le suerben el seso al soberano Rey... Eso vus digo, y tamién que afusilando, afusilando, al que no ande aderecho, veredes la faición como una balsica de aceite».

-Mia tú, Patarrastrando; pues que te afusilen, que aderecho no andas.

-¡Otra!, que me arrimatis con gana. No paicis amigos, ridiós!...

-Desapártate, bruto, y no rebuznes de pulítica.

Un tanto repuestos y desentumecidos en Cegama, arrearon para la noble Oñate, y en ella dieron fondo en un día de lluvia torrencial, chapoteando en el lodo, caladitos, y con parte del cargamento averiado. Albergados en un parador de la calle Zarra, advirtieron inquietud grave en el vecindario y en la gente de tropa. La noticia de que habían sido presos y sometidos a un Consejo de guerra los generales Zaratiegui y Simón de la Torre, a paisanos y tropas les traía muy alborotados. En las cuadras del parador vieron a no pocos individuos que se recataban para leer papeles impresos repartidos por los agentes de Muñagorri, el escribano de Berástegui, que alzado había la bandera de Paz y fueros. Al siguiente día, despejado ya el cielo y seco el fango de las calles por un furioso viento, vieron escenas interesantes que revelaban el gran rebullicio de la opinión y el descontento de unos y   —162→   otros. Casi a las puertas de la iglesia mayor, un grupo de soldados insultó a dos clérigos que salían de sus devociones, y a la entrada de la calle de Santa María, un grupo alborotaba con amenazas a la Intendencia, por la detestable calidad de los víveres. Corrían voces de que se habían interceptado cartas de Maroto a generales de Isabel, proponiendo condiciones para dar el pasaporte a Don Carlos; mas alguien sostenía con visos de autoridad que la tal correspondencia era falsa, obra pérfida de los fueristas de Muñagorri y de otros intrigantes que hormigueaban en la frontera, protegidos por el Gobierno de Madrid y el Comodoro inglés Lord John Hay, vulgarmente llamado Lorchón.

Y como en Oñate nada tenían que hacer, sabedor Martín de que en un punto no lejano podrían realizar el fin oculto de su viaje, partieron hacia Vergara, y a esta renombrada villa llegaron en ocasión que no se cabía en ella de tanta tropa como entraba por el camino de Durango. Era el ejército de Maroto.




ArribaAbajo- XX -

Lo primero que hizo Echaide, después de albergar sus caballerías, rompiendo como pudo por entre la militar turbamulta, fue dirigirse a cumplir sus devociones de costumbre ante el célebre Cristo de Montáñez4   —163→   que se venera en la iglesia parroquial de San Pedro de Ariznoa. Largo rato estuvo allí en compañía de Quilino (a quien ya más comúnmente llamaban Patarrastrando), y cuando acabaron de rezar ante la imagen con extraordinaria edificación, en la misma nave obscura del templo le dio las instrucciones que creía pertinentes.

«Patarrastrando, hijo mío, tú te vas al parador, y allí te estás como un santico hasta la hora de la cena. Échate a dormir si te parece; no hables con nadie, que aquí, motivado a estar el Rey, hay soplones y mequetrefes de la policía. No te fíes de nadie, ni aunque sea sacerdote, o, pongo por caso, canónigo. Te duermes; después que cenemos te diré a dónde tienes que ir, con respeto, hijo, con muchísimo respeto». Puntual le obedeció D. Fernando, y por la noche, después de cenar, entregole cuatro botellitas de aguardiente, con encargo de que las llevase a una señora muy principal del pueblo, llamada Doña Tiburcia Esnaola, habitante detrás de la iglesia donde habían venerado al Cristo. No tenía pérdida: era un caserón de sillería, con gran escudo cubierto de negros paños, y en el portal había una imagen de Nuestra Señora, alumbrada con dos farolitos. Fue Patarrastrando con las botellas, cogidas con muchísimo cuidado para que no se le cayeran en el camino, y hallada fácilmente la casa, entró, y una moza lozana le llevó por la bruñida escalera hasta la estancia donde salió a su encuentro una señora   —164→   bien vestida, no joven, aunque de buen ver, la cual le mandó poner las botellas sobre la mesa; y no había acabado de hacerlo, cuando se abrió una puerta, y en el marco de ella apareció gallarda figura de militar cincuentón, con bigotes, rostro pálido, rugoso y grave, puro en la boca, el ceño ligeramente fruncido. El mensajero se acercó pronunciando una singularísima palabra: Inquisivi. Dijo el militar: «pase usted», y tras él y Quilino se cerró la puerta, quedando todo en silencio, pues la señora se retiró por otro lado. La casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño.

Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando le tiraron de una pata. Resolviose y dijo: «Quilino, ¿eres tú? Túmbate, hijo, y duerme; o echaremos antes un tercio de rosario si te parece». Así lo hicieron, y entre los murmullos del rezo perezoso metían las cláusulas de un coloquio breve: «¿Despachasteis?».

-Sí. padre.

-¿Tenemos algo más que hacer aquí?... ahora y, en la hora de nuestra muerte...

-No, padre.

-Temprano cargamos y salimos. Amén.

Y temprano cargaron y salieron, amén; que a Echaide no le hizo mucha gracia la marejada que en la villa advirtió, entre ojalateros y marotistas, entre la camarilla impostólica y los que llamaban moderados. Hablábase   —165→   de nuevas prisiones de jefes, de fuertes agarradas entre la Reina y el Obispo Abarca. D. Carlos se había casado en Azcoitia, y llevaba consigo a la Reina con séquito palatino muy vistoso, dentro de la modestia que la guerra imponía. Pero el Infante D. Sebastián, hijo de la de Beira, se peleaba con Echevarría; y Arias Teijeiro con Maroto; y este con toda la turba palaciega; y la Reina se volvía moderada; y el Rey quería contentar a todos, y a nadie daba gusto; y con el nombre de su hijo, el llamado Príncipe de Asturias, apuntaba un nuevo cisma fundado en la abdicación; y Villarreal y Elío, famosos caudillos, ponían el grito en el cielo, renegando de los apostólicos; y S. M. frecuentaba los locutorios de las monjas para pedirles consejo y oír sus inspirados vaticinios, haciéndose digno de que se le aplicaran, con más razón que a su hermano, los ridículos versos de Rabadán:


    Las pobrecitas vírgenes claustrales
de tratar a su Rey están ansiosas:
don Carlos, con entrañas paternales,
¡ha dado en visitar las religiosas!



Hablando de todo lo observado en Vergara, que era mucho y bueno, partieron hacia Beasaín, para tomar la vuelta de Navarra, siguiendo itinerario distinto del que habían traído. Nada les ocurrió digno de ser contado, sino que uno de los burros enfermó en el paso de Lecumberri para bajar a Irurzun, y resultando ineficaces los remedios que le   —166→   aplicó Martín, maestro en artes veterinarias, el pobre animal entregó su vida a la inmensidad y su carne a los buitres. Inútiles fueron también las diligencias para sustituirlo, y, al fin, no hubo más remedio que malvender parte de la carga del difunto asno, y llevar a cuestas, repartida entre todos, la restante. Trabajosa fue la expedición en aquellos días de riguroso invierno, y hasta Puente la Reina, donde llegaron a primeros de Diciembre, no tuvieron descanso ni abrigo. Pero la salud no les faltaba, si bien Patarrastrando empezó a sentir verdadero el impedimento muscular que había sido fingido, lo que felizmente tuvo compostura con los veterinarios remedios que le aplicó Echaide. En esto, encontraron a León con su ejército, que victorioso volvía de las acciones de Sesma y Los Arcos. Contaban los soldados maravillas de audacia del General y heroísmos de su tropa. Animados por tan feliz suceso, apresuraron los arrieros el paso, para llegar pronto a la tierra baja, pensando que el palizón recibido por Maroto era parte a precipitar la solución que todos deseaban. En dos jornadas se pusieron en Sesma, y al siguiente día pasaron el Ebro por Lodosa, picando hacia Logroño. A media legua de la ciudad, dijo Echaide a Quilino5 y Urrea que se quedasen a dormir en una venta que allí hay, mientras él avisaba al General del feliz arribo de la embajada: creía complacer a Su Excelencia dándole ocasión de escoger sitio y hora para   —167→   recibir a D. Fernando antes de que este entrara en la ciudad. No iba descaminado el ladino arriero, pues su precaución agradó mucho al de Luchana, y a la mañana siguiente mandó recado con el mismo Echaide para que Quilino6 le esperase en la Fombera, preciosa finca, propiedad de Doña Jacinta, a corta distancia de la venta que antes se menciona. Allí pasó el día D. Fernando, y se entretuvo recorriendo las huertas de frutales y los variados recreos de tan hermosa posesión, que aun en pleno invierno tenía mucho que admirar. El arbolado de sombra no desmerecía de la rica colección de peros y manzanos; espléndido era el corral, bien poblado de aves; y por fin, un brazo de la Iregua penetraba en la finca, formando en ella como una ría o lago delicioso, donde su república tenían ánades y patos. Sirvió el guarda a D. Fernando la comida que al objeto mandaron los señores, y por la tarde llegaron Espartero y Doña Jacinta, sin compañía de ayudantes ni de ninguna otra persona, y lo primero fue reír ambos de la pintoresca transfiguración del caballero, jurando que no le habrían conocido si le encontraran fuera de aquel sitio. Diéronle luego noticias muy buenas de Pilar, y con las noticias las cartas que le aguardaban, dejándole que a su gusto se entregase al deleite de leerlas, o al menos de repasarlas rápidamente. El rostro del caballero mientras leía revelaba su regocijo y satisfacción. Su madre gozaba de excelente salud, y aunque   —168→   desconsolada por la ausencia de su querido hijo, se alegraba de verle campeón de noble empresa, propia de un caballero cristiano y español. Enterado de lo que más vivamente le interesaba, se puso el caballero a la disposición del General, que ya impaciente aguardaba una pausa en los afectos filiales. Apartose la Condesa con la mujer del guarda para pasar revista al ejército de gallinas, y en tanto Espartero y D. Fernando, paseando despacito, hablaron todo lo que quisieron. Desde lejos se podía ver el rostro del héroe expresando ya el asombro, ya la ira; oía muy atento, pronunciando algún monosílabo con vigoroso apretón de quijadas o arqueo de sus negras cejas.

Imposible transmitir la conversación, que hubo de quedar en vaguedad incierta, como nebulosa de un suceso histórico. Otras conversaciones se relatarán; esta no. El oído indiscreto, procurando apoderarse de las ideas allí manifiestas, sólo pudo coger algún concepto deshilvanado. «¡Pero ese hombre está loco! -dijo Espartero pisando fuerte-. ¡Pretender que se conserven en la persona de D. Carlos los honores de Rey... y que a la de Beira también la declaremos Reina! Pero dígame usted, joven, ¿cuántas reinas vamos a tener aquí? La pobre España será el país de las innumerables Reinas... Esto no puede ser».

Y después se oyó también este cabo suelto: «No puedo conceder más que el reconocimiento de la mitad de los grados adquiridos   —169→   en el ejército carlista. De Madrid me han venido indicaciones para que reconozcamos la totalidad... pero no puede ser. ¿A dónde vamos a parar? ¿Qué presupuesto resistirá un Estado Mayor semejante? La guerra nos ha hecho pobres y la paz nos hará mendigos... No puede ser...».

Y por último, cuando ya terminaba la conferencia: «De aquí a mañana rectificaré algunas de mis condiciones, a ver si recortando yo y recortando él llegamos a una inteligencia. ¡Qué demonio de hombre! Me había hecho creer que se hallaba en mejor disposición... ¿Pero qué espera? ¿No teme que los apostólicos, sanguinarios, sedientos de venganza, llenos de ira y de veneno, la fusilen el mejor día?». Refirió Fernando lo que en su viaje había observado, la sorda revolución que a modo de volcán mugía en las entrañas del partido carlista, poco antes formidable en su potente unidad guerrera y religiosa; mas nada de lo que dijo fue novedad para el Conde, que por su bien organizado espionaje no ignoraba nada de lo que ocurría entre el Ebro y el Pirineo. Concluyó el General diciéndole que se preparase a volver con nueva embajada, pues una vez iniciado su servicio, no había de renunciar a la gloria que le reportase. Replicó el caballero que no ambicionaba gloria, si por esto se entienden los honores y exterioridades que acompañan a los grandes hechos. Se contentaba con la satisfacción de su conciencia, y si lograba coadyuvar a obra tan hermosa, de su parte   —170→   en el triunfo gozaría en la obscuridad en que pensaba encerrar para siempre su vida.

«¡Qué pena, D. Fernando -le dijo la Condesa-, dejarle a usted aquí tan solito! Pero ya que se ha impuesto, por amor de la patria, tantos trabajos y privaciones, habrá hecho buen acopio de paciencia. Ya cuidaremos de que nada le falte aquí!».

-Con paciencia dicen que se gana el cielo, y con ella he ganado yo el afecto de ustedes, para mí tan caro.

Despidiéronse muy afectuosos, y Calpena se quedó solito, dueño de aquel vergel, en cuyas amenas anchuras daba expansión a su espíritu, libertad a sus pensamientos, para que vagasen de la mente a la naturaleza y de la naturaleza otra vez a casa. Exploraba el porvenir, tratando de ver la probable salida de aquel arduo negocio, y ponía en orden todos los datos y conocimientos adquiridos para deducir de ellos la histórica resultante. Recordaba la tenacidad de Maroto en el sostenimiento de sus proposiciones, y no veía fácil que tal dureza se ablandara sin el castigo de la guerra. Al propio tiempo, si sufría una cruel derrota, quedaría imposibilitado para negociar, porque los apostólicos le quitarían el mando y quizás la vida. Veía la situación del General faccioso erizada de peligros y dificultades, y le admiraba por el tesón con que afrontarla sabía. No estaba Maroto, no, exento de moral grandeza, y miraba al interés patrio, tratando de conciliarlo con los restos, que restos eran ya, del   —171→   Estado carlista. Con agrado recordó Calpena el trato franco y ameno del caudillo de las campañas chilenas, del vencido en Chacabuco. Su despejo manifestábase desde las primeras expresiones, y su conocimiento del personal del absolutismo revelaba un observador sagaz. Poco afortunado en los campos de batalla, lo era en la organización, en adiestrar hombres y componer muchedumbres para la guerra. Hubiera sido quizás mejor político que militar. Su destino hizo de él uno de esos hombres que, dotados de amplia fuerza intelectual, no aciertan jamás con los caminos derechos, y llegan siempre a donde no querían ir.

Dos días no más permaneció D. Fernando en la deliciosa Fombera, trabando amistad con patos y gallinas, dando migajas a pájaros y peces, hasta que, recibidas del General las nuevas instrucciones, que se hizo repetir para grabarlas bien en su memoria, partió con la cuadrilla al alba de un día de Diciembre. Con carga de vino, siguieron todo el curso del Ebro, aguas abajo, para vadearlo por Tronconegro, y tomar allí la dirección de Salvatierra por La Guardia y Peñacerrada. Lo que menos pensaba Calpena era pasar por la patria de las niñas de Castro en tan extraña disposición, y fue para él un rato triste y al propio tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra del caserón de Castro-Amézaga, cerrado a piedra y barro; reconocer también la casa de Navarridas, la iglesia parroquial y demás   —172→   sitios que renovaban en su alma memorias dulces. Contempló largo rato, a la claridad de la luna creciente, el palacio donde había vivido tres meses, cuidado por los ángeles, y miraba una tras otra las ventanas, señalando por ellas las piezas y el interior grandioso, el cuarto donde él dormía, el de las niñas, el comedor, y hasta se fijó en las tejas, por donde pensaba que andarían los mismos gatos de su tiempo. Ningún rumor se sentía, fuera del cantar de gallos en el corral de la casa. Esta dormía con el sueño del justo...

¡Oh, cuánto le embelesó aquella paz, aquel solemne descanso de la vida laboriosa, de las conciencias puras! ¡La paz! Él la quería, la deseaba con toda su alma. Por la paz del Reino trabajaba, y si Dios le concedía también la suya, procuraría, sí, agasajarla dentro de la envoltura más propia de aquel bien supremo, que era la obscuridad junto a seres queridos.




ArribaAbajo- XXI -

De su arrobamiento le sacó el amigo Echaide, y salieron arreando para Peñacerrada. Llevaban, en sentido contrario, el mismo camino que había recorrido con las niñas en el éxodo de Oñate. ¡Cómo recordaba su travesía en el carro, y las escenas de Salvatierra, el encuentro con Serrano, la batalla   —173→   con el Jabalí, la herida, y por fin Aránzazu con sus habitaciones de mendigos y el humilde sepelio del pobre D. Alonso! La vieja historia se le presentaba página por pagina, como un libro repasado al revés.

En Aránzazu les cogió la Noche Buena, y allí la celebraron entre amigos, que de Echaide lo eran algunos de los leñadores en las ruinas aposentados. Pudo enterarse Calpena del bienestar que todos debían a las generosas niñas, y aunque algo habló de esto con sus huéspedes, no quiso darse a conocer ni repetir la triste historia. Cenaron y bebieron alegremente arrieros y leñadores, y Santo Barato, hombre sin semejante para toda fiesta y bullanga, cantó villancicos en castellano y en vascuence, y bailó la jota y el aurresku con mozos y mozas de Aránzazu, en medio de grande algazara. Aun en aquellas alturas apartadas del trajín social se oía el resoplido de la profunda revolución de la Causa, signo indudable del cansancio del País, y de las ganas que tenía de sacudirse tanto parásito militar, frailesco y político.

La primera parada después de Aránzazu fue en Mondragón, donde Echaide tenía parientes, una prima hermana casada con el sacristán de la parroquia, otro primo albéitar, y muchos y buenos conocimientos. Era el sacristán hombre muy leído, se sabía de memoria las Gacetas carlistas, y estaba al tanto de cuanto pasaba en las regias Cortes, empezando por la del legítimo. Apostólico furibundo, abominaba, como el Obispo de   —174→   León, de los generales de anteojo y compás, y en ellos veía el trastorno y ruina del Reino. Hablaba campanudamente buen castellano, con ínfulas y tonillo de orador, y creía que la única imperfección del régimen absoluto era no tener Cámaras. Con buenas y sabias Cámaras, que debían ser presididas por un Obispo, y sujetas al rigor dogmático, podrían los hombres de estudios ilustrar las cuestiones; y el Rey desde su real tribuna lo oiría todo, conservando la libertad de hacer lo que le diere la real gana, que para eso era ungido de Dios.

Bueno: pues mientras cenaban Echaide y los suyos en casa de los primos con cierto aparato de limpieza y mejor comida que de costumbre, disfrutando de tenedores y hasta de mantel, se lanzó Videchigorra, que tal era el nombre del sacristán, a unas pomposas peroratas que, con ser enteramente hueras, no cuadraban a la rusticidad de su auditorio. Calpena le oía con afectada admiración, y el orador observaba en el rostro de él, como en un espejo, los efectos de su elocuencia. Entre tanta hojarasca, algo hubo de encontrar Quilino7 que no le estorbaba para su conocimiento total de las cosas públicas y de la guerra. Era en verdad peregrino que, habiendo estado en Logroño tan cerca del hombre que en aquel tiempo movía los hilos del retablo político, no se hubiese enterado de la representación dirigida por él a la Reina, documento que alborotó a España toda. Pero en la soledad de la Fombera, ¿quién había de   —175→   informarle de cosas tan graves, como el mismo General no lo hiciese? Sofocado ya del derroche oratorio, mas sin perder su hinchada serenidad, Videchigorra decía: «Si hay revolución en nuestro Reino, no es floja zaragata la que han armado los corifeos de allá. Ahí tenéis al espadón de los libres echando a la titulada Gobernadora un memorial sedicioso, irreverente, que no es más que la voz de su enojo contra Narváez, por si le dan o le quitan el mando de cuarenta mil pistolos, los cuales no han cogido el titulado fusil con otro objeto que desbaratar la preponderancia del rotulado Conde de Luchana... ¿Qué es esto? Celos y envidias, señores; verdadero furor masónico por la dominación. ¿Qué vemos ahí? El nefando progreso, negación de Dios; el execrable culto de la Libertad, negación de la Virgen... ¿Qué quiere el apócrifo General y Conde de engañifa? Pues quiere la dictadura militar; quiere ser Atila, señores, el azote del género humano, y venirse luego acá con la guillotina, la Convención, el culto de los dioses paganos y la libertad de la imprenta. Espartero, bien lo veis, impone su autoridad a Doña Cristina, y le disputa el gobierno de las facciones de Madrid, las tituladas Cortes, Ministros, Oficinas y Arbitrios. El masonismo quiere tener en una mano las arcas reales, y en otra los soldados que con engaño y violencia defienden el falso Trono... Quiere por medios infernales derribar el Trono verdadero, que se apoya en el lábaro, y traernos   —176→   el imperio del error y del materialismo... Pues si por el lado político no es floja la revoltura de los idólatras de la Constitución, por el lado militar van de capa caída, y no tardarán en recibir el golpe de gracia. No negaré que hemos tenido algún tropiezo, como el de Los Arcos, que debió ser gran victoria y no lo fue por la ineptitud de un Maroto; pero nosotros al gran triunfo de Morella podemos añadir orgullosos el que ha logrado, no lejos de Caspe, el invicto entre los invictos, el Macabeo de España, D. Ramón Cabrera, neto Conde del Maestrazgo. Supisteis, y si no, ahora lo sabéis, que en los campos de Maella protegió de tal modo el Señor las armas de nuestros leales, que, a este quiero, a este no quiero, hasta que se hartaron de matar no dieron paz a los sacros fusiles y a las cortantes bayonetas. En la refriega cayó muerto el corifeo que les mandaba, un titulado General Pardiñas, que gozaba fama de temerario, y los prisioneros fueron mil y cuatrocientos. Quedó el campo de Maella empapado en sangre de cristinos y cubierto de cadáveres, en lo que se vio clara la mano del Altísimo y su protección a la divina bandera de D. Carlos. Nuestra Generalísima merece mayores homenajes y devociones más pías que la que le tributamos. Adorémosla, reverenciémosla; no apartemos su imagen de nuestro pensamiento, ni su amor de nuestros corazones. Seamos macabeos, seamos valerosos y píos, hasta dar cuenta de la hidra, señores, de la bestia   —177→   masónica y atea. Y pues hemos cenado en paz y gracia de Dios, juntándonos en esta honrada casa, vosotros humildes y sencillos, como los apóstoles, yo más ilustrado que vosotros, yo que os supero en conocimientos, mas no en fidelidad al Rey ni en entereza para defenderle; pues hemos cenado con bendición y hasta con cierto regalo, recemos ahora el rosario santísimo, para que Dios nos mantenga en su gracia y en la pureza de nuestra fe.

«Amén», dijo Echaide sacando el rosario, y amén repitieron Quilino y los demás, preparándose al acto religioso, tan favorable a una buena digestión.

No se vieron libres los pobres trajinantes, a la hora del descanso, de un nuevo chaparrón oratorio del Sr. Videchigorra, que furioso les siguió a la cuadra para contarles picardías mil descubiertas por los agentes de la Superintendencia de policía. Astutos emisarios del masonismo se habían introducido en el campo carlista, sembrando la discordia con escritos infames, con falsificadas epístolas, en que se suponían tratos y contubernios de los leales con la rebeldía de Madrid. El diablo andaba suelto y con más cara de paz, que le servía para engañar a muchos incautos. Enmascarados de fueristas venían también los prosélitos de Muñagorri, titulándose nuncios de paz. ¡Buena paz nos dé Dios! En su delirio habían concebido el diabólico plan de robar la persona augusta de D. Carlos en Azcoitia, sorprendiéndole   —178→   con un centenar de hombres osados que de Fuenterrabía se embarcarían para Guetaria, y de este puerto se precipitarían sobre la residencia real en la obscuridad y silencio de la noche. ¿Pero qué había de hacer Dios más que desbaratar proyecto tan sacrílego? Bastole al Señor producir entre los infames regicidas una confusión semejante a la de Babel, de modo que cuando se congregaban en Fuenterrabía para poner en práctica la villana idea, viéronse de súbito imposibilitados de comunicarse sus pensamientos, porque querían decir una cosa y decían otra, y las palabras no salían nunca conforme a la voluntad, sino expresando lo contrario de lo que esta disponía. Y hombre hubo además que, creyendo hablar vascuence, resultaba expresándose en lengua tudesca o polaca, cosa en verdad inaudita, prodigio sublime con que el Señor justiciero anonadó a los enemigos de su causa.

«Amén», murmuró Echaide, casi dormido.

Roncaban ya estrepitosamente los demás, con excepción de Quilino, que le paró los golpes con una tirada de bostezos, sobre los cuales trazaba la señal de la cruz. Con esto, Videchigorra se retiró, según dijo, a escribir una carta urgente, y allá dentro se le sentía charlando con su mujer. Durmiose el fingido arriero hasta media noche, en que se levantó para dar aguas a las bestias y aparejarlas, pues querían salir de madrugada; y hallándose en este trajín, vio que por el   —179→   patio adelante, bien iluminado por la luna, avanzaba como fantasma la flexible figura del parlero sacristán. Tembló el pobre mozo. «Pues eres tú -le dijo el fantasma- el único que está despierto, a ti confío mi encargo. Es una carta, hijo; una carta de grandísimo interés, que entregarás en Durango en la propia mano del señor a quien va dirigida. ¿Sabes leer? ¿Sí? Pues entérate bien del sobrescrito, y que se te grabe en la memoria el nombre de uno de los más entusiastas defensores de la Religión y del Rey, D. Eustaquio de la Pertusa. No será malo que añada para tu gobierno las señas del tal sujeto: talla mediana, color moreno, edad próximamente como la tuya, ojos pequeños y sagaces. Y para satisfacción tuya y mía, agrego que en ese señor verás a uno de los que con más ahínco se consagran a la persecución de intrigantes y al descubrimiento de las perfidias que nos consumen; hombre tan piadoso como valiente y leal, que daría su vida por el Rey, como la daríamos tú y yo si necesario fuese... porque... te diré... óyeme».

Por quitarse de encima la nube dio Quilino8 su palabra de entregar la carta en propia mano, y apartose todo lo que pudo, prefiriendo la sociedad de los burros a la de los oradores. Mas no le valió su esquivez, porque el otro se le fue encima, brincando por sobre dornajos y montones de escombros, y le acometió ferozmente con este metrallazo: «Los que no tengan fe, váyanse con Maroto; los   —180→   que duden, pónganse faldas y dedíquense a las faenas mujeriles...».

En esto llegó Echaide, que fue pararrayos de Calpena, porque sobre él descargó la nube, sin que pudiera defenderse con el rosario, por no ser ocasión de ello. Partieron al fin de madrugada, y a la salida, por el camino de Elorrio, fue con ellos el hablador, arreándoles con el látigo de su palabra. Recomendoles que mirasen bien con quién hablaban, y que no se dejasen tentar de ningún intrigante; que no acogiesen papeles impresos, y que si a sus orejas llegaban las chinchirrimáncharras de algún pacífico fuerista neto, lo pusiesen en conocimiento de la autoridad. No tuvo Echaide más remedio que desenvainar el rosario, y Santo Barato, hombre poco sufrido y de malas pulgadas, empezó a recoger pedruscos con la idea de abrirle el camino del cielo, por un martirio semejante al de San Esteban.

Dejándole atrás, le vieron hablando con un árbol, hasta que pasaron dos mujeres, y de parola con ellas se volvió a Mondragón. Ya muy adelantados en el camino, Echaide, quedándose atrás con Quilino, le dijo: «Nos guardaremos de dar esa carta del primo Videchi, que, como has visto, tiene en la cabeza un molinillo, y no piensa ni dice más que disparates. Conozco a ese Pertusa, que es uno que anda en enredos de los fueristas netos pacíficos; otro más agudo y metidillo no lo hay acá. Ha engañado al pobre Videchi haciéndole creer que trabaja por lo impostólico.   —181→   Todos esos tunantes hacen juego doble, y se fingen lo que no son para trabajar por lo suyo, que es hacer tabla rasa de estos pequeños reinos y mandar a D. Carlos a tomar aires. La carta de Videchi no es más que una lista de los netos de Mondragón, y otra de los ojalateros, que allí son pocos, y explicaciones de lo que tiene cada uno y de lo que vale. Debemos, pienso yo, no dar el papel, que nos pondría en el compromiso de hablar con ese Pertusa, mequetrefe muy entrometido que querrá entrar en confianzas para curiosear. Andémonos con tiento, hijo. Nosotros a nuestro trajín, a nuestros burros, a la buena con todos, sin que nadie pueda decir que quitamos o ponemos. Dame la carta, y yo me encargo de echarla en el buzón de la eternidad.

Pareciole muy juicioso a Calpena el acuerdo de su amigo y jefe; mas desprendiéndose del encargo, no pudo apartar de su mente en todo aquel día y la siguiente noche la imagen del condenado Epístola.




ArribaAbajo- XXII -

Como recuerdo espectral, de esos que pintan y entonan la figura y voz de personas ausentes, perseguía D. Eustaquio al caballero, quien no podía menos de admirar la travesura del astuto aragonés. Habríale gustado   —182→   penetrar el secreto de sus artimañas, sorprender entre sus ágiles dedos los hilos que manejaba; observar la sutil hipocresía con que se infiltraba en la sociedad que quería corromper. La llegada al arrabal de Pinondo, en Durango, donde se albergaron, borró aquellas impresiones, que no revivieron hasta el día siguiente por la tarde, en ocasión de, hallarse el caballero rendido de cansancio y un poco febril. Grande había sido el ajetreo de entregar y recoger mercancía; como unas quince veces recorrió cada uno la distancia entre el parador y el centro de la villa, sin que nada de particular les ocurriese. En retirada iban hacia su vivienda Quilino9 y Muno, atravesando por frente a los arcos de la parroquial de Santa María, cuando vieron salir de esta una luenga procesión con estandartes y cruces, seguidas de imágenes, y un concurso inmenso de fieles de ambos sexos, sin que faltaran cantores y un lucido cleriguicio. Movidos de la curiosidad, aproximáronse los dos arrieros, y confundidos entre la multitud pudieron admirar la devoción que en los rostros y actitudes de todo el gentío se manifestaba, y aun hubieron de sentirse influidos por la masa, que les atraía y les arrastraba sin que de ello se dieran cabal cuenta. En dos filas larguísimas iban con lento paso, a un lado y otro del palio, personas de clases diferentes: señores y pueblo, paisanos y militares, todos con vela encendida, agregando su voz a la salmodia de los curas. Sin fin de mujeres se   —183→   agolpaban fluctuando, onda de paño negro y caras compungidas, y metían también sus desentonadas voces chillonas en el coro litúrgico. El acto tenía por objeto impetrar del Altísimo el remedio del mal humano, pidiéndole expresamente que pusiese fin a las discordias que hacían de su elegido Reino un campo de Agramante. Cada cual agregaría quizás de su cuenta las peticiones que creyera más prácticas, como la extinción del marotismo, o la ruina de Muñagorri y su canalla.

Observaba el arriero las caras que iban pasando, graves, mirando al suelo con beata compostura, y de pronto le dejó suspenso la presencia de D. Eustaquio de la Pertusa, que marchaba en la devota fila con vela y escapulario, emulando con los más celosos en devoción y recogimiento. Mas no podía sostener su papel de clavar en tierra las miradas, y las esparcía de rato en rato por la muchedumbre, sin quitar de ellas la expresión santurrona. Viole D. Fernando pasar cerca de sí, y Quilino, cogiendo del brazo a Muno, apartose de la procesión, abriéndose paso a fuerza de codazos, pues ya todo lo había visto y no le quedaba nada que ver.

Antes de llegar a Pinondo, la fiebrecilla que se le había presentado tomó más fuerza. Intenso escalofrío le corría por todo el cuerpo, y apenas podía tenerse en pie. Arreglado el mejor lecho que fue posible, en la cuadra   —184→   donde todos dormían, se acostó el hombre, perseguido por el espectro de Pertusa con escapulario y vela, andando al compás de la procesión con devoto paso y actitud, y echando de soslayo sobre el gentío el rayo de sus sagaces ojuelos. Y si por el órgano de la vista se hallaba el buen caballero bajo la sugestión del Epístola, por el oído se le entraban los campanudos discursos de Videchigorra. No podía su voluntad librarse de ambas visitas espectrales: a Pertusa le tuvo en su retina toda la noche, y no cesaba de oír el insufrible moscardón, repitiendo su oratorio zumbido: «¿Qué pretende el corifeo de los libres? La dictadura, tras de la cual vendrá el satánico reinado de la diosa Razón... Pueblos engañados por el masonismo, despertad, venid... Carlos os abre sus brazos amantes; Carlos pío, Carlos soberano, a todos perdona. Su Reino es la paz, el dogma, la obediencia».

Pasó la noche intranquilo, apeteciendo bebidas frescas y azucaradas. Urrea le arropó cuidadoso, dándole de beber a menudo, y se mantuvo a su lado vigilante. Sin descabezar un sueño hallose al siguiente día más despejado, y durmió algunos ratos, descansando así de la visión de Pertusa como de las retóricas de Videchigorra. Pero al caer de la tarde, hallándose solo en la cuadra, ya invadida por la penumbra, se creyó nuevamente víctima de su delirio... ¿Cómo podía ser esto si los sentidos del enfermo gozaban de suficiente despejo para no confundir las   —185→   impresiones mentirosas con las reales? El individuo que vio acercarse a su lecho humilde no era una engañosa imagen, sino el propio Epístola, en su natural ser, todo vivacidad, agudeza y travesura.

«No se me esconda, Sr. D. Fernando -le dijo cauteloso, bien seguro de que nadie le veía-. Le conocí en la procesión, a pesar del bien dispuesto disfraz. Un poco difícil me ha sido después dar con usted; pero guiado por mi olfato finísimo, ya lo ve... he descubierto a mi hombre».

Creyó Fernando de malísimo augurio semejante encuentro, y habría dado cualquier cosa de valor por que el Epístola que veía fuese creación de la fiebre. Sintió impulsos de agarrar el palo que próximo al lecho tenía, y ahuyentar a garrotazo seco la importuna imagen, por desgracia muy real; pero luego estimó peligroso este procedimiento, por el escándalo que ocasionar podría. Dejó pasar un rato; y mientras el entrometido aragonés se despachaba a su gusto con demostraciones de cordial amistad y respeto, discurrió qué resortes emplearía para librarse de él, o por lo menos para alejarle sin comprometer el incógnito riguroso que quería guardar.

«Mire, D. Eustaquio -le dijo-, si cree usted que yo vengo en esta traza con algún fin de intriga política, se equivoca grandemente; y como me contraríe y me salga con alguna necedad que estorbe mis planes, sepa que no lo sufro, pues no soy hombre que se   —186→   deja burlar por el primero que llega. Yo le aseguro que si no me guarda las consideraciones que debe a mi persona y al disfraz que he tomado, por motivos y razones que nada tienen que ver con el carlismo, yo le aseguro, repito, que si no se conduce usted, con respecto a mí, como si no me hubiera visto, le haré entender lo que es discreción y delicadeza, en caso de que me convenza de que no lo sabe».

-¡Pero, D. Fernando, si yo...! No se sulfure, óigame...

-No tengo que oír nada. Usted es quien tiene que andar con tiento, pues al menor descuido le meto una bala en el cráneo y me quedo tan fresco.

-¡Pero, señor, ilustre señor... si no me ha dejado explicarme! ¿Cómo puede suponer que yo me acerco a usted con intenciones que no sean leales, y con todo el respeto que usted se merece? Por Dios, devuélvame su estimación, que en un momento de desvarío parece negarme. Créame, señor: no me ha pasado por el magín que se haya usted puesto en esa facha para fines y enredos políticos; eso se deja para los desdichados que no tienen qué comer, como un servidor... En cuanto le vi a usted, mi finísimo olfato y mi penetración, que nunca fallan, me dijeron que el Sr. D. Fernando anda en estas comedias por cuestión de amores. Con esta idea, créalo, hallé fácil explicación a su presencia en Durango... ¡Como que esperaba verle a usted por acá, cambiado de rostro y vestimenta!   —187→   He aquí la razón de haberle reconocido al primer golpe de vista.

-Pues ya que su penetración por esta vez ha dado en el clavo, pues de amores se trata y por amores vengo, suspendamos aquí la conversación, y váyase por donde ha venido, que yo en mis soledades vivo, y con ellas me basta para lo que me propongo. Sea usted discreto y déjeme.

-¿Está bien seguro, señor, de que no me necesita?

-Segurísimo.

-Piénselo, piénselo, y si en ello se confirma, me retiraré con la promesa y palabra que doy de respetar fielmente su secreto. Pero yo confío en que un poco de reflexión le convencerá de que puedo serle de grande utilidad en su empresa, por no decir aventura.

-Paréceme que no, Sr. D. Eustaquio. Nada puede usted hacer en obsequio mío.

-¿Ni aun allanarle algún camino... decirle lo que ignora, señalarle el punto donde encontrará el cazador la res en cuyo seguimiento viene?

Los ojuelos penetrantes del Epístola turbaron a D. Fernando, que no supo ya en qué actitud ponerse, ni si tomar o no en serio el orden de ideas a que el astuto aragonés quería llevarle. Picado de la curiosidad, y no queriendo ser menos agudo que su interlocutor, le dijo:

«Agradeciéndole sus buenos deseos de servirme, debo manifestarle que sus informaciones   —188→   llegan tarde, pues ya sé todo lo que me conviene saber».

-En ese caso, señor mío, nada tengo que añadir, sino que me perdone lo que creerá oficiosidad. Si usted sabe dónde ha de encontrar a la dama, el cómo y cuándo de poder verla y hablarla, resulto, en efecto, inútil... No obstante...

-¿Qué?...

En el colmo de la confusión, y viéndose en un terreno desconocido, D. Fernando no sabía qué postura tomar. Pertusa, atravesándole con su mirar fino, prosiguió así:

«Permítame que le haga una pregunta: ¿la vio usted ayer tarde en la procesión?».

Afirmándose en el nuevo terreno, que aún no conocía, Calpena respondió con intención capciosa: «Sí, señor, la vi».

-Iba con Doña Prudencia. D. Sabino formaba en la fila, dos cuerpos delante de mí.

-Todo lo observé, sí señor -aseguró Don Fernando haciéndose cargo del nuevo terreno a que su destino le traía, por mediación de aquel diabólico sujeto-. ¿Para qué tengo yo los ojos en la cara, Sr. D. Eustaquio?

-Naturalmente: lo que no ven los ojos de un enamorado no lo ve el mismo sol. ¿Y sabe usted también la residencia de la hermosísima Doña Aura?

-Sí, hombre, sí... ¿Cree usted que yo he venido aquí a perder el tiempo?

-Pues si todo lo sabe, no soy un amigo útil, sino un visitante fastidioso, y con la venia del Sr. D. Fernando me retiro.

  —189→  

Mirándose un rato en silencio, rivalizando los ojos de uno y otro en penetración y picardía; y como Pertusa repitiese su ademán de retirarse, le agarró Calpena por el faldón, diciéndole: «Aguárdese usted un rato... Deje que me levante... Estoy un poco enfermo; pero no es nada... puedo salir... Hablaremos en la calle... aquí no conviene». Vistiose presuroso el caballero; dio algunas vueltas por la estancia y las cuadras próximas para cerciorarse de que no le observaban sus compañeros de arriería, y echose a la calle precedido del aragonés. Ya era de noche.

«Vámonos por estos callejones -dijo el caballero guiando-, que no nos conviene encontrar gente conocida, y hablaremos... Pues sí, Sr. de la Pertusa, si usted me descubre el nido de ese lindo pájaro, practicará una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe».

-¿No decía yo que podría serle de gran utilidad? Al fin me salí con la mía. Por lo que veo, usted supo que la familia reside en Durango.

-Eso sí... pero ignoraba...

-Su casa. Ahora mismo vamos allá; pero tomémoslo con calma, que es lejos, al otro lado de la población, en el barrio de Curuciaga.

-Aunque sea en el fin del mundo, vamos allá.

-Pues sí, D. Fernando: cuando le vi a usted, mi primera idea fue suponer que venía con algún intríngulis político. Hoy por   —190→   hoy, conspiran aquí hasta las piedras... Después me acordé de haber visto a Doña Aura, y dije: «No, no: este viene a la querencia antigua... Es natural».

-Que desde lo de Peñacerrada no se tiene de él noticias buenas ni malas. Está loco. ¡Miren que meterse a guerrear en la partida o división de Zurbano!... No me sorprenderá que venga el mejor día el relato de su muerte.

-¿Se supo por Iturbide que Zoilo se batió en Peñacerrada?

-Sí, señor, por Pepe Iturbide, que se pasó a los alaveses, y con ellos estuvo hasta que su padre y los amigos le cogieron y se le llevaron a Bilbao.

-Muy bien. Dígame otra cosa: ¿trata usted a D. Sabino Arratia?

-¡Anda!... somos amigos. Y pues no debo escatimar a usted mi confianza para merecer la suya, le diré... Sé que hablo con un caballero, y que mis informaciones quedarán entre los dos.

-Hágase usted cuenta de que habla con esa pared.

-Pues D. Sabino es de los que ha logrado traer a la devoción de mi Causa...

-Paz y fueros...

-Bajito, que aquí cada pedrusco es una oreja. D. Sabino es mío, y no quiere más que el acabamiento de esta estúpida guerra, y que se vaya Isidro a que le mantenga el Rey de Francia.

  —191→  

-¿Entra usted en casa de D. Sabino?

-No, señor: nos hemos visto y hablado en casa de un amigo común, también de los de acá.

-¿Qué otras personas de la familia de Arratia, a más de Aura y Prudencia, están aquí?

-Ninguna más. El venirse a Durango es por averiguar el paradero de Zoilo, pues se dijo que había caído prisionero en una acción que se dio el mes pasado en la parte de Campezu o de Contrasta, no estoy seguro.

-¿Y trajeron acá los prisioneros?

-Algunos... Pero entre ellos no ha parecido Zoilo.

Interrogado acerca de Ildefonso Negretti, si era difunto o había sanado de sus trastornos de cabeza, nada pudo contestar D. Eustaquio. En esto, atravesaron todo el pueblo, y pasado un camino campestre entre paredes de piedra seca, franqueando después un llano pantanoso, en el cual vieron dos lóbregos edificios y una iglesia negra, cuya espadaña se recortaba sobre el cielo azul estrellado, llegaron a Curuciaga, barrio compuesto de dos docenas de casas esparcidas entre huertas, prados y arroyos. La noche era serena y fría, y sobre todos los objetos extendía el relente una humedad glacial. Embozado en su manta, D. Fernando sentía calor, y el corazón le palpitaba furiosamente. Parándose, Pertusa le dijo: «¿Ve usted esta tapia con portalón? ¿Ve usted más allá, dentro del espacio cerrado, el cuerpo alto de   —192→   una casa grandona? Pues aquí viven, y ahora están cenando. Por esta otra parte se ve la luz del comedor... Allí, allí están... Pero que no se le pase a usted por las mientes llamar ahora, ni... En fin, como ignoro sus intenciones, no sé qué debo aconsejarle... No hemos venido, pienso yo, más que a explorar el terreno, a conocer las posiciones del enemigo, el grado de resistencia de la plaza... ¿No es eso?».

Completamente abstraído, cual si no viviera ya su espíritu en este mundo, D. Fernando no decía nada, y por los dos hablaba el otro. La viveza y locuacidad del aragonés se anticipaban a las ideas del que parecía privado del don de la palabra. Las miradas, el alma toda del caballero, se anegaban en aquel iluminado espacio cuadrangular, ventana de un aposento donde había personas vivientes, pues había luz. Y aquellas personas, que él a una sola redujo, la soberana persona fundamental, ¿qué haría, qué diría, qué pensaría?




ArribaAbajo- XXIII -

«Ya voy entendiéndole, señor -dijo Pertusa, cuya grande agudeza sorprendía los pensamientos del caballero-. Lo que usted quiere saber ahora es si podremos hacer un reconocimiento del interior de la casa, de sus entradas y salidas, de los espacios   —193→   y rincones de la huerta delantera y del corral; todo ello desde alguna de las casas próximas. Si tal es su deseo, le diré que, dejando pasar la noche, podremos observar cuanto nos diere la gana por esta parte de acá... Véngase... deme la mano... saltemos este pedazo de pared destruido... por esta otra parte hay una casita, que también tiene huerta. ¿La ve? Un tejado con abolladuras, y bajo el alero un balcón jorobado y un ventanico tuerto. Pues aquí se albergan dos señoras petisecas que hace treinta años eran poderosas y ahora viven de la caridad... Son amigas mías, furibundas apostólicas, que adoran a D. Carlos y le ponen velas... ¿Pero esto qué importa? Mañana vendremos, y mediante una limosna nos franquearán su vivienda para hacer de ella la garita o atalaya más cómoda que se pudiera imaginar... Y ahora, vámonos, Sr. D. Fernando, que el rondar es peligroso en estos tiempos y en estos barrios extraviados. Los espías hormiguean. Todo el suelo que pisamos dentro y fuera de Durango, mejor dicho, todo el territorio de Vizcaya y Guipúzcoa, está minado... hablo figuradamente... y las minas cargadas, no con pólvora, sino con ideas y sentimientos, reventarán pronto. Ya no es fácil encontrar dos carlistas que piensen del mismo modo en las innúmeras cuestiones que agitan la Causa. Quizás, quizás exista la unanimidad en la idea de que Isidro no sirve para el caso. Las ilusiones de esta buena gente caen por el suelo. Vámonos de aquí poquito a poco, y por el camino   —194→   seguiremos hablando, ya digo, con cautela, que ahora no hay palabra segura, ni sílaba que no comprometa».

Como se había dejado llevar, dejose traer Calpena, sin oponer réplica ni comentario a los dichos de su compañero. Andando, miraba a las estrellas, lo que no dejó de ocasionarle algún tropezón, cuyas consecuencias evitaba cuidadosamente el Epístola echándole una mano. Llegados al centro, rompió el silencio D. Fernando con estas palabras: «Quedemos, amigo Pertusa, en reunirnos mañana temprano, y fijemos para el caso la hora y sitio más convenientes».

-¿Sitio? El pórtico de Santa María. ¿Hora? La que usted quiera, pues para mí todas son iguales... Ya que entre los dos se establece la confianza, le diré que desde esta tarde ha empezado a faltarme la seguridad que aquí disfrutaba yo, que si antes no inspiraba sospechas, ahora me tienen entre ojos, no por descuido mío, sino por soplos indecentes... Me ha entrado un grandísimo miedo de estos infames polizontes, y no me encuentro con ánimos para volver esta noche a mi casa. Antes de salir en busca de usted di fuego a todos los papeles cuya conservación no creía de importancia, y los que no debo destruir los he dado a guardar a un amigo de toda confianza, veterinario, el cual se avino a prestarme este favor, a condición de que albergaría mis papeles, mas no mi persona... en fin, que no puedo contar con que me deje pasar la noche en su casa. Seamos claros como buenos   —195→   amigos, y confiémonos el uno al otro sin reparo alguno. Yo pensaba que usted, a cambio del precioso servicio de ojearle a Doña Aura, me concedería el amparo de admitirme en la cuadrilla de arrieros, al menos hasta salir a cuatro leguas de Durango por una parte u otra, mejor por la parte de Elorrio, Mondragón y Vergara... ¿Qué dice?... ¿Es atrevimiento lo que pido?

No dio contestación D. Fernando a la propuesta del Epístola, porque al punto de oírla vio los gravísimos inconvenientes de acceder a ella. Sin duda Echaide no permitiría que semejante pájaro se les agregara, ni el caballero tampoco habría de consentirlo. Detestable compañía era la de D. Eustaquio, pues si por nada del mundo se le debía dar conocimiento del contrabando que los arrieros llevaban, tampoco a estos convenía correr la suerte del conspirador fuerista, ni exponerse a participar de los palos y encierros con que le amenazaba la Superintendencia. Visto así por D. Fernando con toda claridad, se apresuró a cortarle los vuelos, sin meterse en explicaciones, que verdaderas serían indiscretas, y mentirosas le repugnaban. «Con nosotros no puede usted venir, amigo Pertusa -le dijo-, ni en la posada donde estamos, y cuyo dueño es furibundo apostólico, debo yo albergarle. Lo más prudente es que nos separemos esta noche. Yo me voy a mi casa, y usted se guarecerá donde pueda hasta el amanecer... ¿Qué dice? ¿Por qué suspira? ¿Es que no halla   —196→   sitio seguro donde pasar la noche? ¿Tiene usted miedo?...».

-Sí señor, un miedo horroroso; no puedo ocultarlo.

-En ese caso, no es hidalgo que yo le abandone, siendo su deudor por el servicio de esta noche y por el que me prestará mañana. Pasaremos juntos las horas que faltan para la salida del sol, y tempranito buscaremos medio de introducirnos en la casa de las señoras vecinas de D. Sabino Arratia.

-Eso haremos, sí, señor... ¡Ay!, me tranquiliza el verle a usted junto a mí toda la noche. Dígame, señor: ¿lleva por casualidad armas?

-Hombre, no: en el parador dejé las pistolas.

-¿Por ventura lleva dinero?

-Eso sí... alguno llevo.

-¡Ay, qué alivio! -exclamó el Epístola recobrándose de su pavura-. Arma formidable es el dinero, y en ocasiones más eficaz para la defensiva que las piezas de a veinticuatro. Puesto que usted posee proyectiles del precioso metal, ya me vuelve el alma al cuerpo: ha de saber que entre mantenerme con miseria y atender a los gastos de mi comisión, se me han ido hace dos días los últimos maravedises. Ahora nos volvemos hacia Curuciaga, y pediremos albergue en un bodegón de las últimas casas de la villa, en el cual suelo comer algunas noches. Los dueños de él son buena gente, y tienen trato con la policía; pero los pajarracos que van   —197→   por allí son de esos que venderían a Isidro por un pedazo de pan: tal es el hambre a que les tiene reducidos el titulado ministro de Hacienda. En cuanto vean ellos el in utroque felix, caen atontados. Bastará con media onza para cada uno en el caso de que se nos presenten... Vámonos por este callejón a salir al campo, que los caminos solitarios son los menos peligrosos.

Siguiole D. Fernando, y ya en descampado, franqueando cercas y cruzando prados, se le soltó más la lengua al Epístola, ya repuesto de sus angustias por la compañía de un señor benévolo y rico, aunque no lo pareciese por el artificio de su plebeya facha. «Somos felices, Sr. D. Fernando -decía, ayudándole a saltar zanjas y a romper zarzales-, y podrá usted, en todo el día de mañana, dar fin a su aventura, que entiendo es de las más bonitas que pueden presentarse a un hombre de su calidad. En la tienda de Zubiri nos recogeremos para pasar la noche, y en cuanto aclare el día nos colamos en la casa que ha de ser atalaya nuestra, vivienda de dos señoras que se alegrará usted de conocer, la una un tanto poetisa y con su poco de latín, la otra muy pagada de su finura y cháchara social, ambas sesentonas, y aún me quedo corto, muy gustosas de recordar sus tiempos de grandeza, que deben de ser los de Maricastaña. Le bastará a usted correrse con media onza, que será para ellas como si en la casa se les metiera el Espíritu Santo. No son vizcaínas, sino navarras,   —198→   de la parte de Cintruénigo, huérfanas de un general de la guerra del Rosellón, y en su tiempo tuvieron aquí mucha propiedad, que perdieron por mala cabeza del marido de una de ellas, D. Gaspar de Oñabeitia. Aquí se las conoce por las niñas de Morentín, nombre que les daban el siglo pasado, y que viene perpetuándose de generación en generación. Hemos de inventar un bonito ardid para darles la media onza, pues como limosna de un desconocido no han de aceptarla, y ello será preciso fingir una carta del propio Isidro, o de Arias Teijeiro, lo que yo puedo hacer muy lindamente, porque domino la letra de casi todos los señores de la cámara y camarilla, en la cual carta se les dirá que por premio de su devoción al Soberano y de su lealtad bien probada, se les manda aquel recuerdito, que también podrá ser un pequeño óbolo de S. M. la Reina...».

Replicó a esto D. Fernando que pues las señoras niñas eran naturales de Cintruénigo, y en esta villa navarra tendrían lejana parentela y quizás relaciones, no era preciso que D. Eustaquio se molestara en fingir cartas del Rey ni de sus adláteres: más eficaz sería, para el objeto de cohonestar la limosna, un artificio que al caballero le pasaba por las mientes. En ello se convino, y llegados al lugar donde debían pasar la noche, llamó Pertusa, les abrió una mujer gorda, soñolienta, y entraron a ocupar dos camastros en la trastienda, entre pellejos de aceite y de vino, sacos de maíz y haces de hierba.   —199→   Descansaron sin que nadie les molestase, y por allí no recaló ningún polizonte ni persona alguna que intimidarles pudiera. Durmió Pertusa, veló el caballero, recalentándose el pensamiento con ideas resucitadas que se peleaban con las novísimas, y al amanecer, el Epístola, después de platicar en la tienda con el patrón, fuese a D. Fernando y le dijo gozoso: «Por milagro de Dios nos hemos librado de la canalla, señor mío, y para mayor seguridad, si hemos de pasar el día en estos arrabales, no será malo que demos al bueno de Zubiri una de las medias onzas que destinábamos a los podencos del absolutismo. Untándole así los hocicos a este buen hombre, que, entre paréntesis, me estima, le tendremos a nuestra devoción para negar que hemos pasado aquí la noche, si preciso fuere, y despistar y confundir a la maldita Superintendencia».

A todo se prestó Calpena, pues aunque comprendía que las sutilezas de D. Eustaquio no tenían más objeto que tomarle por proveedor de sus necesidades y alivio de sus deudas, quería recompensarle con favores positivos su ayuda en aquella campaña. Además, los ingeniosos arbitrios del aragonés le hacían mucha gracia; daba con gusto la media onza, y bastante más, por verle desplegar tanto donaire y travesura. Acertados anduvieron los que de él habían hecho un instrumento de conspiración, que otro más cortado para el caso no se encontrara en toda la redondez de la tierra. Serían   —200→   las ocho de la mañana cuando, previos los informes y advertencias que Pertusa creyó útiles para entenderse fácilmente con las niñas de Morentín, a la casa de estas fueron en derechura, tramando por el camino la fingida historia que debía justificar el soborno y darle apariencias delicadas. Llamó D. Eustaquio al portalón, y abierto este por la niña mayor, viéronse en un corral poblado de hermosas gallinas. Ambas niñas se ocupaban en aquel menester, y mientras la una reconocía con hábil dedo a las aves que debían poner aquel día, la otra les daba la pitanza de berzas cocidas con salvado, y les renovaba el agua, y les arreglaba los nidos.

Eran muy parecidas las dos damas: pequeñas, vivarachas, limpias, con sus pañuelos a la cabeza a estilo bilbaíno, dejando ver sobre las orejas mechones de purísimas canas; vestidas humildemente, chapoteando en el fango del corral, con almadreñas, que hacían un clo-clo muy campesino, eco celtíbero sin duda que nos trae los rumores de antaño al través de cientos de siglos. Doña Marta y Doña Rita acogieron a los dos mozos con recelo, sobre todo a Calpena, cuya traza no era en verdad muy tranquilizadora. Mandáronles subir, y soltando las almadreñas fueron ellas por delante, venciendo con ligereza impropia de su edad los gastados peldaños de una escalera que marcaba los pasos con gemidos. Lo primero que vio Don Fernando al entrar en la estancia principal, que bien merecía el nombre de sala, fue un   —201→   primoroso altar con multitud de imágenes vestidas y angelitos desnudos, estampas varias, todo ello resguardado de las moscas por tules verdosos, y profusión de flores de trapo con infantil arte dispuestas, y papeles que imitaban el brillo de la plata y el oro, y rizadas velas sin encender. En el centro de la mesa, cubierta de blanco paño con encaje había un gran vaso lleno de agua en sus dos tercios inferiores, lo demás de aceite. En este flotaba una cruz de lata con puntas de corcho, y en el centro de la cruz ardía una lucecita modesta, familiar, diminuta, que difundía en torno de sí, con su débil claridad, cierta confianza dulce y plácida, como un ángel doméstico representado en la forma más humilde.

En cuanto abocó en la estancia, dándose de hocicos con el altarito, cayó de hinojos D. Eustaquio, y sus expresivas demostraciones de piedad maravillaron y entontecieron a las dos señoras. Calpena, con menos prisa y devoción no tan ferviente, se arrodilló también, y mientras rezaba entre dientes, observó que en lo más bajo del altar, cubriendo la peana que sostenía la imagen de Cristo, campaba el retrato de Carlos V, mediana estampa de colorines. La graciosa lucecita iluminaba el rostro antipático del Rey (que si algo expresaba era lo contrario de la inteligencia) y su busto exornado de cruces y bandas. Rezaron también las dos niñas, y una de ellas no quitaba los ojos de D. Fernando, como si las facciones de este   —202→   no le fueran desconocidas, o si algo quisiese deletrear en ellas. Y al verle persignarse y ponerse en pie, se apresuró a decir: «Si no me engaño, el señor es de Cintruénigo».




ArribaAbajo- XXIV -

-No soy de Cintruénigo, sino de Ablitas -replicó D. Fernando muy cortés, olvidado del lenguaje baturro que en aquella tierra fingía, y adoptando su natural dicción-, y traigo para las señoras un encargo del señor D. Beltrán de Urdaneta, mi amo.

Mudas de asombro, las dos damas hicieron intención de santiguarse, y después cruzaron las manos. Entretanto, Calpena pensaba que era muy conveniente abordar sin circunloquios el asunto, para ganar tiempo, para inspirar confianza.

«¡Jesús mío... Beltrán...! ¿Pero es cierto? ¡Acordarse de nosotras Beltrán!» -exclamó la una mirando a la otra.

-¡Beltrán, ay!... ¡Si no le hemos visto desde el año 5, cuando...! ¡Qué confusión en mi cabeza!

-Sí, mujer: ¿no te acuerdas? En Noviembre del año 5. Estando nosotras en Tudela, fue a comunicarnos, por encargo de padre, la triste noticia de la muerte de nuestro hermano D. Luis en Trafalgar.

-¡Oh, Beltrán, Beltrán!... Hace cinco años,   —203→   a la muerte de Fernando llamado VII, supimos que vivía el primer noble de Aragón, y que andaba un tanto decaído de intereses.

-Pues aún vive y está bueno -dijo Pertusa, conforme a la lección que su amigo y él llevaban bien aprendida.

-Y su decaimiento de fortuna -añadió Calpena, aceptando el asiento que las señoras le señalaron- se ha trocado ahora en grandeza y abundancia, porque, verán ustedes... ¡qué suerte de hombre!, un tal Francisco Luco, que en la guerra del Maestrazgo perdió a sus hijos, dejó a D. Beltrán por heredero de todas su riquezas, consistentes en cincuenta o sesenta ollas de dinero... no recuerdo el número... sepultadas en diferentes puntos. Desenterradas lleva ya como unas cuarenta y pico, y el dinero lo vamos transportando a Cintruénigo, donde hay una estancia no más chica que esta llena de sacos de onzas y medias onzas...

Las dos niñas se miraban absortas, y luego se pasaban la mano por la cara como dos gatitos que se relamen limpiándose los hocicos. No acababan de creer lo que oían, maravillas de cuentos infantiles.

-Y como es D. Beltrán caballero muy hidalgo y generoso, hecho a mirar por las desgracias ajenas antes que por las propias, decidió repartir la mitad de aquellos caudales entre familias de su conocimiento que se hallan faltas de recursos. Cuatro criados del Sr. D. Beltrán andamos en este trajín del reparto, y a mí me ha tocado la tierra   —204→   de Vizcaya, y todo el señorío pobre que traigo en esta lista...

Diciendo esto, sacó el papel en que trazado habían una luenga cáfila de nombres y pueblos, y después de mostrarlo a las señoras, que en su aturdimiento y estupor apenas pudieron enterarse de lo que veían, echó mano al cinto y dio a luz una onza. Momentos antes había pensado, generoso, duplicar la cantidad presupuesta, por la profundísima lástima con algo de respeto que la digna pobreza de las nenas de Morentín le infundía.

«Esto es lo que corresponde a las señoras, según mi lista. Pero podrá tocarles mayor cantidad, pues el amo me encargó que lo resultante de las partidas fallidas lo repartiese a la vuelta entre los existentes. A muchos no les hallo; otros han muerto, dejando algún acomodo a sus familias...».

Cogió Doña Marta la onza no sin cierto recelo; pasó después la hermosa pelucona a las manos de Doña Rita; la miraron y remiraron por un lado y otro. De una mano que la sobaba pasaba a otra que la movía para ver el reflejo. ¿Creyeron las señoras la burda historia tramada por los dos hombres? Si estos no la inventaron mejor y más fina, fue porque no lo creían necesario. Una de las niñas, la que, según los informes de Pertusa, hipaba por la poesía y el latinismo, se tragó sin esfuerzo el voluminoso embuste; la otra, más práctica y reflexiva, debió de ponerlo en cuarentena; pero esta divergencia   —205→   de impresiones no impidió la unanimidad de aceptar y guardar la onza, expresando gratitud al mensajero y pidiéndole noticias de la familia de Idiáquez. Diolas cumplidísimas D. Fernando, y agregaron las señoras que habían tenido cuatro años antes carta de Doña Juana Teresa, mandándoles regalitos y un delicado socorro metálico, que agradecieron con toda su alma; escribieron ellas, y hasta la fecha no habían vuelto a tener noticia. Amplió Calpena sus informes con pormenores mil de las familias de Cintruénigo y Villarcayo, edad y referencias de los nietos; y después de oírle atentas y gustosas las dos nenas, dijéronle que observaban cierta discordancia entre su traje y su manera de producirse, la cual más bien parecía de caballero bien educado. A esto acudió Pertusa con la manifestación de que el mensajero de D. Beltrán había cursado estudios mayores en Tarazona, continuando, no obstante su mediana ilustración, al servicio de casa y familia tan alcurniada.

Tomó luego la palabra D. Fernando para contar cómo el Sr. de Urdaneta, que había recorrido media España con la expedición Real, al absolutismo pertenecía en cuerpo y alma, y ya se le indicaba para Ministro universal de Carlos V el día no lejano del triunfo y salvación del Reino. Profesando él las mismas ideas que su amo, podía correr libremente por el señorío de Vizcaya, sin más precaución que la de alterar un poco su facha, y hacerla más grosera y tosca, con el   —206→   fin de que nadie le supusiera portador de cantidades relativamente cuantiosas. Al llegar a este punto, parecieron ambas más tocadas de credulidad: a Pertusa le conocían por sectario furibundo de la realeza carlista; el otro, que entonces veían por primera vez, parecióles más fino y apersonado que su compañero, a pesar del pelaje humilde. Recayó suavemente la conversación en los negocios de la facción, mostrándose Calpena tan entusiasta, que su fanatismo daba quince y raya al de los más feroces. Tronó contra Maroto, viendo en su doblez el origen de las desdichas del Reino; ensalzó hasta las nubes a D. Pedro Abarca, Obispo de León, que debía ser canonizado por valiente apóstol de la causa de Dios; igualmente encareció los sublimes talentos de Echevarría, Padre Lárraga y Arias Teijeiro, y terminó sosteniendo que San Fernando, San Luis y San qué sé yo qué eran soberanos de alfeñique en parangón de la extraordinaria majestad y grandeza de Carlos V.

Por fin, viendo a las dos nenas tan complacidas, amansadas ya y bien dispuestas para la última suerte, acometieron esta, tomando la iniciativa el ladino Pertusa. Uno y otro amigo se hallaban fatigadísimos de la caminata que habían hecho a pie desde Elorrio, y pedían a las señoras hospitalidad sólo por el día, ofreciendo marcharse a la noche, pues les era forzoso continuar su viaje hacia Bilbao, llevado el uno por comisiones graves de la real Superintendencia, el otro   —207→   por los encargos que de Cintruénigo traía. Al pronto, las dos nenas se mostraron recelosas, balbuciendo excusas; pero tan expresivo lenguaje usó el Epístola para convencerlas, y con tanta nobleza y franca cordialidad apoyó el otro las demostraciones de su compañero, que hubieron de ceder, siempre con un poquito de escama. Agregada por Pertusa la indicación de que pagarían con largueza el gasto de una modesta comida, dijeron Doña Marta y Doña Rita que muy frugal tenía que ser, pues en su despensa no había más que huevos, algo de pan y alubias. ¡Magnífico! Pedir más era gollería.

«Mi compañero Blas -dijo D. Eustaquio, percatándose de la necesidad de bautizar a su amigo-, está más cansado que yo, y agradecería mucho a las señoras que le permitieran tumbarse en cualquier aposento de los que en la casa tienen para guardar trastos inútiles».

Tanta labia y metimiento desplegó en ello el astuto aragonés, que pasado un rato se hallaba D. Fernando en un cuarto próximo a la sala, con ventanucho que dominaba la huerta de la cercana finca. Era una pieza de techo bajo, atestada de rotos muebles y cachivaches, vestigios luctuosos del antiguo esplendor de las de Morentín, y no fue difícil improvisar en ella sobre un arcón vacío, al que se agregó una silla, cubriéndolo todo con mantas, un camastro de relativa comodidad. Encerrado el caballero en aquel cuchitril, pudo disfrutar a sus anchas del beneficio de la ventana, principal   —208→   objetivo de aquella improvisada comedia. El hueco de piedra, como de una vara en cuadro, se dividía en cuatro vanos por gruesos barrotes en cruz. Excelente era el miradero, segura la atalaya, pues desde allí no sólo se veía todo el huerto vecino, sino algo del interior de la casa por las abiertas ventanas de esta. Ávido se asomó el caballero, y un rato permaneció sin ver a nadie.

Siglos le parecieron los minutos: apoyado su pecho en el muro, su corazón rebotaba contra este, marcando las ansias que transcurrían antes que la curiosidad fuese satisfecha. Por fin vio una criada, que al parecer se ocupaba en la limpieza de habitaciones. Un anciano con almadreñas atravesó la descuidada huerta, en cuyo suelo crecían hierbas lozanas. Entretuvo el caballero su angustiosa expectativa examinando los frutales sin hoja, los añosos perales de rugosos troncos arrimados a la tapia en forma de espaldera, los manzanos escuetos, las higueras derrengadas, la vieja parra de torcida y áspera cepa, agarrándose a la pared de la casa, y enganchando en el balcón sus sarmientos más altos. Junto al muro medianero, entre el corral de Morentín y la huerta de Arratia, debía de existir un pozo que D. Fernando desde su atalaya no podía ver; y junto al pozo había sin duda pila de lavar, porque a los oídos del vigía llegaba rumor de chapoteos en el agua, el golpetazo de la ropa sobre la piedra, y una voz de mujer canturreando bajito. En estas observaciones   —209→   le cogió una súbita sorpresa, que fue como un rayo... En la ventana de la izquierda apareció Aura... D. Fernando, ¡caso inaudito!, tardó algunos segundos en conocerla, en cerciorarse de que era ella, y más que por el rostro y figura, la reconoció por la voz, cuando dijo a la mujer que lavaba: «María, por Dios, ¡qué calma!... Ven pronto». Desapareció de la ventana, mientras la mujer hacia la casa corría.

Dudó el caballero si lo que había visto era realidad o visión engañosa. Y de tal modo quedó estampada en su mente la imagen, que continuaba fijando los ojos en la ventana, no convencido aún de que estaba el marco vacío. ¿Había ganado o perdido en hermosura la romántica moza? Imposible discernirlo. Sólo era indudable para él que había engrosado sin perder su esbeltez y gallardía. El color había cambiado: era más morena; hasta llegó a parecerle negra. La impresión recibida fue como una serie de impresiones muy rápidas, de centésimas de segundo; la luz vibrante cambiaba el color y las líneas. ¿Había visto una imagen temblorosa en ráfagas del aire?... Pasó algún tiempo, durante el cual introducía el caballero su mirada por las ventanas, como el ladrón que prueba las ganzúas en ojos de llaves. Creyó sentir la incomparable voz; mas no pudo entender si reñía o lanzaba notas de júbilo... El sol despejó las neblinas, y se presentaba un hermoso día de invierno. Abrigada por sus altas tapias, la huerta debía de tener un temple   —210→   muy grato, y la faja meridional, bien asoleada, ofrecía en las callejuelas que separaban los bancales un piso firme y seco. Apareció un gallo pintado con dos gallinas, y escarbaba descubriendo bichos que entre sus damas repartía. Un gato vino después, que se paseó con parsimonia inglesa entre las coles respigadas, buscando ratoncillos campestres; un perro de cuatro ojos, negro y con las patas amarillas, se dirigió hacia el pozo, después hacia la casa, grave y meditabundo, y se tendió al sol junto a la cepa. Pensó Calpena que todas aquellas apariciones de animales anunciaban nueva sorpresa. La primera que sobrevino no fue muy agradable, pues consistió en una mujerona alta y bigotuda, que no podía ser otra que Prudencia, la cual surgió por la derecha dando voces a otra mujer, en tono displicente. Era cosa de tendederos de ropa, de cuerdas quitadas de su sitio para amarrar un burro en la pradera, de palitroques caídos y que debían ser repuestos. Retirose por el forillo derecho encargando que no faltase leña para la tarde. Su voz desentonada continuó largo rato sonando a la otra parte de la casa, donde sin duda estaban la cocina, el corral y leñera. A poco de esto abriose la puerta central de la fachada que observaba Calpena, la que a un lado tenía la parra y encima el balcón. Abriola una mujer que barrió las baldosas del umbral y el empedradillo delantero. El corazón del galán, golpeando furioso contra la piedra del ventanucho en que se apoyaba,   —211→   le decía que por aquella puerta saldría pronto la mayor belleza del mundo...

Pasó un siglo... En las medias horas veía el caballero piezas enormes, tiras sin fin de una eternidad que se desarrollaba ante su espíritu. Oyó rumor de cháchara, risas que indudablemente eran de ella. Ningún reír humano podía confundirse con el reír de Aura, y pensándolo así, el caballero apretaba con ira el barrote cruzado de su atalaya, porque era en verdad muy inconveniente que ella estuviese tan regocijada, mientras él se estremecía de dolor, amargado por los recuerdos. ¿Qué motivos tenía para tales esparcimientos del ánimo gozoso? ¿No estaba su marido ausente?... ¿Acaso habían llegado noticias de él? Era muy probable que nada se supiese, y que continuaran en la familia los temores y sobresaltos por la suerte del atrevido mozo. No estaba de más que la esposa, que bien podía ser viuda ya, mostrase un poquito de gravedad y compostura. En estas ideas le cogió un estupor, una emoción inexplicable. No veía nada, y veía un mundo salir por aquella puerta. Más bien temía, sospechaba, por misterioso aviso de su corazón, la presencia de un caso, de un hecho monstruoso y al propio tiempo bello, sublime quizás. «Ya viene», se dijo; y diciéndolo vio que Aura salía con un niño en brazos.