Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados hombres a Logroño, y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al General para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana siguiente empleó D. Fernando en la tarea de volver de aquel estado rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a Doña Jacinta, que le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le aguardaban, —264→ y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró para que leyera. Así lo hizo, primero repasando los plieguecillos con avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas junto a la persona que más amaba en el mundo.
Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al jefe político interino de Logroño, D. Joaquín Berrueta, a quien debía el General su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y D. Leopoldo O'Donnell. Nunca estuvo D. Baldomero tan impaciente porque la comida acabase pronto: saltaba en su asiento; miraba con inquietud el traer y llevar de platos. Por fin, escaldándose vivo con el café, que tomó muy caliente, se levantó y dijo: «¡Qué calor hace aquí! Venga usted, D. Fernando». En el próximo billar, donde se cruzaron con el criado que traía el braserillo para encender los cigarros, dieron lumbre a los suyos, y por una escalerilla de piedra que en dicha pieza existía bajaron al jardín, como de treinta varas en cuadro, poblado de corpulentos árboles con una fuente en el centro. Paseándose en la parte más asoleada, dio —265→ cuenta Calpena de su segunda entrevista con Maroto, y ello fue motivo para que el de Luchana montara en cólera y dijese: «Toda esa componenda de reyes y príncipes es una farsa. Lo mismo le importan a él las ventajas que puede obtener la familia de D. Carlos que la carabina de Ambrosio... Lo que quiere es confundirme, acabarme la paciencia... Pero ya, vera quién es Baldomero Espartero».
Pedida venia por D. Fernando para exponer el juicio que había formado de la situación psicológica del caudillo faccioso en el momento de la entrevista, trazó la figura moral e intelectual completa, tal y como él la había visto. La cara de Espartero revelaba su conformidad con el retrato, en que veía una obra maestra de observación penetrante. «Es usted -le dijo cariñoso-, un gran conocedor del corazón humano, y podía dedicarse a escribir Historia. Me trae usted un Maroto vivo con el pensamiento pintado en la cara. Es cierto, sí... este es el hombre. Se ha ensoberbecido con el golpe de Estella; pretende ahora tener un chiripón a mi costa, y si lo consiguiera podría dictar a su gusto la paz, esa paz con fueros de un lado, y de otro la caterva de Príncipes consortes y de Reinas viudas... Dejémosle en esa ilusión, para que el trastazo que le voy a dar le coja en el Limbo... ¡Pobre Maroto!... En fin, vámonos arriba. Esta noche venga usted a cenar, y seguiremos charlando.
De lo que hablaron en la cena, pudo colegir —266→ D. Fernando que el ejército del Norte se ponía en marcha. Dadas las órdenes aquella noche, oyose de madrugada el trompeteo de la caballería. Los jefes que mandaban tropas acantonadas en los pueblos a lo largo del Ebro, entre Logroño y Miranda, salieron también. Hablando con Espartero, Calpena se aventuró a decirle: «Mi General, por la dirección de las tropas, el traslado será en el ala izquierda y líneas de Balmaseda, plan felicísimo para mí si me permite acompañarle».
-No le permito, sino que le mando venir conmigo. Falta la mejor parte de la misión, caballero D. Fernando, la más delicada y difícil. En premio de sus buenos servicios, le llevo a ver a su madre. No crea usted que la sorprenderá... Ya lo sabe... ya le espera. Tienen las mujeres una policía y un espionaje que vale un mundo. Si quiere usted adelantarse, váyase con Ribero, que llegará antes que yo.
Gozoso replicó el caballero que, a pesar de su vivísimo afán de llegar pronto, prefería seguir al Cuartel General. Despidiose de Doña Jacinta y de Vicentita con vivos afectos, así como de todas las personas con quienes había hecho amistad en la casa. Sentía un inmenso regocijo, y se creyó compensado de tantos afanes y sufrimientos con las alegrías de aquella marcha en dirección de sus amores. Medina de Pomar, Villarcayo, se le presentaban luminosos, como estrellas refulgentes marcando la meta de su destino, y —267→ hacia la derecha del sendero distinguían también un resplandor lejano sobre las lomas de la Rioja alavesa. Alguna luz brillaba constante, inextinguible, del lado de La Guardia.
No habían llegado aún a Fuenmayor, cuando topó con su amigo Ibero, que de la brigada de Zurbano había pasado a la división de Alcalá, con adelanto considerable en su carrera, pues era ya primer comandante con grado de teniente coronel, y mandaba el segundo batallón de Luchana.
En cuanto se vieron, concertaron el ir juntos en las marchas. Ibero se manifestó a D. Fernando muy orgulloso de sus éxitos recientes, y al compás de los adelantos de jerarquía iba creciendo su entusiasmo por la Libertad y el Progreso, ideales hermosos, que exigían el sacrificio de cuanto existe en el hombre, menos el honor. Tan penetrado se hallaba el valiente Ibero de estas ideas, que no vaciló en confiar a su amigo la repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían derramado su sangre por Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso, inmoral; hacer concesiones al retroceso era reconocerle como un Estado. Transigir con él era una declaración de impotencia. No, no mil veces: los soldados de la Libertad debían perecer antes que terminar la campaña por otro medio que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era forzoso descuajar —268→ el carlismo, y abrasar toda semilla, para que ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos que a la sazón poseía la Libertad, debía emprenderse la extinción completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el despotismo asiático, la superstición y la barbarie. «Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar más de Pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo, ni de estas antiguallas odiosas. Como así no se acabe, como sólo nos contentemos con cortar al monstruo una de sus cabezas, y luego le demos de comer por las bocas que le queden, no conseguiremos nada, y la Libertad morirá con vilipendio, amigo mío. Esto pienso, esto aseguro, y mientras viva pensaré lo propio, a fe de Santiago Ibero».
No dejaron de producir efecto en el ánimo y en la inteligencia de D. Fernando las razones de su amigo. Pero se apresuró a rebatirlas con suavidad, haciéndole ver que el carlismo era una fuerza social, difícil de destruir. La fatalidad había traído a esta pobre Nación a un dualismo que sería manantial inagotable de desdichas por larguísimo tiempo. La idea absolutista, la intransigencia religiosa hallábanse tan hondamente incrustadas en los cerebros y en los corazones de una gran parte de los hijos de España, que era ceguedad creer que podrían ser extirpadas de un tirón. Dios había sido poco benigno con España, poniéndola en manos —269→ del mayor monstruo de la historia, Fernando VII, que sobre ser déspota sin talento, no supo establecer con firme base la sucesión a la Corona. La herencia de este hombre funesto había de ser insufrible carga para la Nación; su testamento ponía los pelos de punta. Dejaba a su país un semillero de guerras, discordancias irreductibles entre los españoles, un Estado siempre débil, una Monarquía fundada en la conveniencia antes que en el amor de los pueblos, una religión formulista, una paz armada, métodos de gobierno con carácter provisional, como si nunca se supieran las necesidades que habían de traer el día de mañana. ¿Era conveniente la transacción, aun siendo mala cosa? Sí, porque con ella, si España no mejoraba, al menos viviría, y los pueblos rehúsan la muerte aún más que las personas. Si no fueron estas las razones que a las de su amigo opuso Calpena, debieron de ser muy parecidas. Una y otra vez, en el curso de la marcha, hablaron del mismo asunto, abominando el uno de los arreglos, y defendiéndolos el otro como el médico que aplica los calmantes en un incurable mal.
A los cuatro días de la salida de Logroño, llegaban a las tierras altas de Burgos, y Calpena, con permiso del General, se dirigió a Medina, donde tuvo la inefable dicha de abrazar a su madre y a los Maltaras, que en aquella villa y en el palacio de la Condesa habían buscado refugio. Todo habría sido venturas para el caballero sin la —270→ pena de ver a la niña mayor atacada de la pícara dolencia pulmonar constitutiva en los hijos de Valvanera, y a uno de los pequeños enflaquecido y transparentado como si la tierra le reclamase. Para colmo de infortunio, el insigne D. Beltrán, perdido de la vista, había caído en gran tristeza y abatimiento, que agriaba su carácter y le despojaba de las amenidades que embellecían su trato. No se conformaba el buen aristócrata con aquel bajón impuesto por su naturaleza ya gastada y caduca; protestaba, quería suplir las fuerzas corporales con energías de concepto y alardes de temeridad, y D. Fernando agotaba su ingenio para producir en él una dulce componenda entre la esperanza y la resignación. En cambio, encontró a D. Pedro bastante fuerte, sin nuevas amenazas de la dolencia que le postró en Vitoria, muy bien adaptado a la cómoda existencia de capellán palatino. La Condesa gozaba, según dijo, de una salud perfecta, como nunca la disfrutó, y se animaba grandemente viendo su casa tan bien poblada de amigos cariñosos. Todo lo regía y gobernaba con actividad casera, cuidando de que sus numerosos huéspedes estuviesen contentos y los enfermos atendidos como en su propia casa. Con ella se franqueó el hijo en secretas conversaciones, refiriéndole sus embajadas, y comentando los dos el probable giro de aquel negocio, según lo que resultara de la campaña emprendida. El último esfuerzo de Marte traería la paz, dando este nombre a un armisticio —271→ de algunos años o lustros. Los que vivieran mucho verían extrañas cosas. Y como ante todo ansiaba ver D. Fernando la grande empresa de Espartero y su gente ante las líneas de Ramales, una vez consagrados tres días a las más puras satisfacciones de su espíritu, abandonó las ociosas alegrías junto a su madre, para meterse en el fiero trajín de la guerra.
Cerca de Agüera encontró D. Fernando al coronel inglés Wilde, a quien había conocido en Logroño. Comisionado por el Gobierno de su país para estudiar la guerra, habíala seguido en todos sus accidentes desde Peñacerrada, compartiendo las fatigas y aun los peligros de nuestros soldados. Era persona muy simpática, instruida, de finísimo trato, y habiéndose propuesto con tenacidad sajona dominar la lengua de Castilla, andaba ya muy cerca de conseguirlo sin perder su nativo acento. Con él iba un capitán de la misma nación, que no había podido vencer aún, por el corto tiempo que llevaba en España, las dificultades elementales de nuestro idioma, y lo destrozaba graciosamente sin miedo al disparate, ávido de aprender, como se aprenden todas las cosas: errando. Ingleses y españoles celebraban la ocasión que les —272→ unía, y se concertaron para presenciar juntos las peripecias de la campaña de Occidente, como decía Wilde. Formando un cuerpecillo militar de siete hombres (con el criado de Calpena y los ordenanzas que el General había puesto al servicio de los extranjeros), se colaron en el teatro de la guerra, y su primer paso fue aproximarse a D. Leopoldo O'Donnell, que había sucedido a Van-Halen en el cargo de Jefe de Estado Mayor. Causaba espanto ver las posiciones ocupadas por los carlistas en los montes que rodean a Ramales y Guardamino; imposible parecía que de tales alturas pudiera ser desalojado un enemigo intrépido, que con tiempo supo plantarse allí, al amparo de rocas ingentes. Allí el arte militar semejaba al instinto guerrero de las bestias feroces. Hablando los ingleses con O' Donnell, que por la pinta y la seriedad flemática parecía más inglés que ellos, dijéronle: «¿Pero están ustedes seguros de poder ganar esos picachos, si en ellos los lobos tendrán que mirar dónde ponen la pata?».
-No estamos seguros de llegar arriba, coronel -replicó D. Leopoldo con la sonrisa que ponía en sus labios, así para los dichos triviales como para los que precedían a los grandes hechos-; pero subiremos hasta donde humanamente se pueda. Mis soldados no miden los caminos con la vista, sino con los pies, y no se hacen cargo de los peligros sino después de estar en ellos.
-Los que hemos visto la subida de Banderas —273→ -indicó D. Fernando-, estamos curados de asombro.
-Lloverán piedras seguramente -quiso decir el capitán inglés mezclando de un modo pintoresco las hablas española y británica-. La ventaja del enemigo es que no necesita gastar pólvora ni proyectiles.
-Eso lo veremos -dijo D. Leopoldo-. Señores, con Dios. No puedo entretenerme.
-General, a sus órdenes. ¡Gloria a Dios en las alturas!
-Y paz en la tierra, etcétera... ¿La paz dónde está?
-Donde menos se piensa... aquí.
Siguieron faldeando el cerro, y a cada paso encontraban fuerzas acantonadas. Se había dispuesto que la división del General Castañeda con las tropas de O'Donnell disputara a los carlistas las alturas del Moro y el Mazo, empresa que parecía fabulosa. Toda la tarde de aquel día la empleó la partidilla hispano-inglesa en enterarse de las posiciones del ejército constitucional: Ribero, con la Guardia, hallábase en la loma de Ubal, en observación de Maroto, que ocupaba el valle de Carranza. A Espartero no pudieron verle; pero se aproximaron a sus avanzadas en el camino de Ramales a la Nestosa. Pasaron la noche en la falda de Ubal, entre oficiales del 3.º de la Guardia, y al amanecer del día siguiente, 27 de Abril, salieron en la dirección que se les indicó como más conveniente para encontrar a O'Donnell; pero no lograron su propósito, pues el que Wilde llamaba —274→ el gran irlandés habíase remontado en la vertiente de la peña del Moro hasta una altura en que era muy difícil alcanzarle ya. El tiroteo que desde las ocho empezó por diferentes puntos obligoles a buscar algún abrigo: procuraron guarecerse de las balas, ya que no podían hacerlo de la lluvia de piedras. En una y otra eminencia, el Moro y el Mazo, el vigoroso ataque subiendo era un prodigio de agilidad y serena bravura. La roca erizada de picos, ofreciendo a cada paso accidentes difíciles de franquear, cortaduras, grietas, cresterías inabordables, centuplicaba las fuerzas absolutistas y disminuía las liberales. Pero lo inverosímil se hizo verdadero poco después del mediodía. Castor Andéchaga y Simón de la Torre no supieron sacar partido de sus admirables posiciones, y se las dejaron quitar, cumpliendo con una resistencia formal de dos horas. ¿Qué fue? ¿Cansancio, escepticismo, deseos de acelerar el desenlace que preveían y deseaban? Aun admitida esta causa del desfallecimiento de los facciosos, siempre era grande el mérito de los soldados de Isabel, que treparon por aquella escalera de piedras cortantes, con un precipicio en cada peldaño.
Faltaba un hueso muy duro que roer, pues los demonios de la facción habían fortificado una cueva que dominaba el camino entre la Nestosa y Ramales. Una pieza de a cuatro, que disparaban con metralla, era el monstruo de aquella caverna, apostado en su boca.
—275→Allí no escapaban hombres ni ratas. Alentado D. Baldomero por la toma de las alturas del Moro y el Mazo, decidió apoderarse de la cueva, y embocando hacia ella ocho piezas de artillería, que fueron como otros tantos perros que atacaron al monstruo, y soltándole además de lo más granado de la tercera división, hizo polvo al guardián formidable. Día bien aprovechado fue aquel: Espartero debió marcarlo con piedra blanca, pues entre sol y sol, peleándose con las montañas más que con los hombres, disputó y obtuvo los baluartes que convertían en gigantes a sus poseedores. Con esto les hizo pigmeos, y él adquiría una talla que le igualó a la que había sido enemiga y era ya su aliada, la Naturaleza.
No pudieron los ingleses, con su agregado español, presenciar el ataque a la cueva, porque cuando llegaron al Cuartel General ya estaba todo concluido; pero lo oyeron relatar a Echagüe, capitán de Guías del General, y a un oficial de artillería, Osma, ambos partícipes de la gloria de aquella jornada. Al anochecer acompañaron a los vencedores a la cima de Ubal, donde Espartero mandó construir un reducto, cuyos trabajos se emprendieron sin dilación, alardeando todos de incansable actividad. Favorecíales una noche espléndida, que en aquellas alturas, dominando valles y montes, era de una majestad y belleza incomparables. En amenas pláticas la pasó D. Fernando con sus amigos Echagüe y Dulce, pronosticando —276→ glorias y venturas, brillantes acciones de guerra, precursoras de una dichosa paz. Al día siguiente bajó con los ingleses a Bolaiz, visitaron la famosa cueva, hicieron alto en todos los puntos donde encontraban oficiales conocidos, aquí Gándara, allí Linaje y Urbina. En Los Valles ofrecieron sus respetos al General Jefe, a quien hallaron contento, en estado de excelente salud, disponiéndose a embestir y ganar los fuertes de Ramales y Guardamino, con lo cual les aventaría (era su expresión habitual), obligándoles a replegarse a las guaridas de Vizcaya y Guipúzcoa.
A su amigo Ibero le encontró Calpena un tanto melancólico por no haber entrado en fuego en los combates del 27. Era de los que cuando no pelean, viendo pelear a sus compañeros, se juzgan ofendidos y hasta cierto punto despojados de lo que les pertenece. Hablando de esto y de las próximas luchas, las conversaciones venían a parar en cálculos diversos sobre lo que haría Maroto con sus veinticuatro batallones apostados en el valle de Carranza. ¿Aceptaría el reto de su grande enemigo? En la previsión de que se presentase por Gibaja, reforzó Espartero el extremo de su ala izquierda, tomando posiciones y fortificándolas bajo el fuego de las guerrillas enemigas.
En los primeros días de Marzo rompieron fuego las baterías contra Ramales, y avanzaron los batallones. No fue todo a pedir de boca, que algunos cuerpos retrocedieron, —277→ aunque sin desorden, y lo que se ganaba en una hora en otra se perdía. Pero a media tarde, los defensores del fuerte, viéndose amenazados por diferentes puntos y desmontada la artillería, se retiraron precipitadamente a Guardamino, situación más áspera, más defendida de la Naturaleza, y allí se encastillaron con la seguridad de que el hueso era de los que no podían roer los liberales sin dejarse en ellos los dientes. Ya se vería esto.
En efecto: no era blando el hueso, y dos días estuvo Espartero bregando con él sin obtener grandes ventajas. Pero el día 11, cargado ya el hombre de perder soldados, y movido de su valor impaciente, que no admitía largas dilaciones para satisfacer su anhelo, dispuso un ataque simultáneo contra todos los puntos en que presentaba el enemigo mayor resistencia, y con sus intrépidos Guías, el 2.º de Luchana y la escolta, dio una de esas cargas que hacen memoria en los fastos militares. El mismo peligro corría D. Baldomero que el último de sus soldados, pues el avance fue a la desfilada, bajo el fuego mortífero de los fuertes y de las trincheras abiertas por los carlistas en montes altísimos, que en algunos pasos ofrecían una verticalidad aterradora. Electrizados por la presencia y la actitud arrogante del Caudillo, los soldados avanzaban husmeando la victoria, gozándola antes de obtenerla. Algunos caían, es verdad; pero los más andaban bien derechos. En lo mejor —278→ de la marcha, vio Espartero que una compañía bajaba en retirada; pero con unas cuantas voces, que si en otra ocasión podían ser innobles, en aquella eran la más gallarda de las imprecaciones poéticas, les obligó a volver caras. Adelante todo el mundo, sin miedo a la muerte; que allí no había que pensar en cosas tristes, sino en la grande alegría de arrojar al enemigo al otro lado de los montes, a la corriente del Cadagua... Adelante, pues, y vengan balas. Llegaron a un punto en que la desigualdad del terreno no permitía funcionar a la caballería. Los individuos de la escolta pidieron permiso para desmontarse y acometer a pie los parapetos desde donde los facciosos les abrasaban a tiros. Fue concedido el permiso, que Espartero no negaba nunca para los actos de temeridad loca. Los jinetes sin caballos no pudieron tomar a la primera embestida los parapetos; pero su ejemplo enardeció a los menos decididos, su locura se comunicó a los más sensatos, y a la segunda embestida los carlistas abandonaron la indomable almena natural en que peleaban. En tanto, Linaje les daba un fuerte achuchón por la parte de Cibaja, y viéndose amenazados por el flanco, se retiraron de todo el monte, quedando Guardamino entregado a su propia fuerza. Mas era por naturaleza tan robusto, que a la intimación de Espartero para que se rindiese, contestó con un no redondo y procaz.
Era ya cuestión de tiempo y paciencia —279→ el someter a tan fiero gigante, emplazando en las alturas toda la artillería de que Espartero podía disponer, y haciendo polvo con cañoneo constante la armadura de roca que el coloso vestía. Incansables, comenzaron por la noche la operación de subir las piezas; pero al amanecer del 12, hallándose el general en una ermita desmantelada donde pasó la noche, sin otro alimento que un pedazo de pan y un chorizo que llevaba en sus pistoleras, por cama la dura peña, por descanso la impaciencia ansiosa, recibió un parlamentario de Maroto con las condiciones para rendir el fuerte. Proponía que la brava guarnición de Guardamino, prisionera de guerra, fuese canjeada por igual número de liberales que los carlistas tenían en sus depósitos. Invocaba Maroto la humanidad, y por humanidad accedió D. Baldomero a lo que su rival le pedía. Todo el día duró el ir y venir de parlamentarios desde Carranza a la ermita, porque el Gobernador del fuerte no quiso rendirse sin que su General se lo ordenase directamente; pero al fin ello se arregló, y las comunicaciones mediadas entre ambos caudillos fueron afectuosas por todo extremo. Entregose, pues, Guardamino con su artillería, municiones, pertrechos y víveres. Los rendidos fueron inmediatamente enviados al cuartel de Maroto, que no tardó en pagar la carne facciosa con igual peso y medida de carne liberal. Alardearon uno y otro de hidalguía y generosidad. La victoria de Espartero fue de las más grandes que obtuvo —280→ en su gloriosa vida. En la elocuente orden del día que dio a las tropas les dijo: «El enemigo no quiso aceptar vuestro reto para una batalla general. Encastillado en sus formidables posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia».
La brillante hazaña de Espartero sobre Guardamino fue presenciada por los caballeros de la trinca anglo-española. Marcharon en la retaguardia de la escolta, de tal modo fascinados, que no advirtieron el peligro hasta que no se hallaron en la imposibilidad de evitarlo. Tuvieron la suerte de salir ilesos, con excepción de Urrea, que recibió un balazo en el muslo, sin que le tocara el hueso. Perdió alguna sangre, continuó a caballo, y al fin de la jornada le curó veterinariamente un práctico del escuadrón. Hasta el día 13 no tuvo Calpena noticias de Ibero, que había sabido hartarse del manjar de su gusto: peligro, temeridad, gloria. Entre él con los de Luchana, y Echagüe con los Guías, habían tomado los parapetos que decidieron la victoria... El hombre no cabía en su pellejo. No quería grados, no buscaba recompensas. Bastábale el gozo de haber empujado a la Libertad hacia las altas cimas donde debía tener su asiento, de —281→ haber arrojado hacia los valles cenagosos al monstruo del obscurantismo.
Maroto se internó en Vizcaya; Espartero, fijando en Ramales su Cuartel General, dio descanso a sus tropas antes de emprender la ocupación del país vasco-navarro, contando con el desaliento del enemigo y con la descomposición y ruina de su antes poderosa unidad. Pasado el temporal de agua que en lo restante de Abril y principios de Mayo entorpeció los movimientos, avanzó el ejército cristino hacia Orduña, que fue ocupada sin disparar un tiro. Con pretexto de tratar de un nuevo canje de prisioneros, envió el de Luchana a su rival un parlamentario, al cual acompañaban el coronel Wilde, encargado por su Gobierno de hacer cumplir el convenio Elliot, y dos o tres personas más, afectas al servicio del militar extranjero. Recibioles Maroto un tanto displicente. Expuso el parlamentario, Brigadier Campillo, lo referente al canje; el inglés hizo presente su propósito de trasladarse a Tolosa para someter al elevado criterio del Rey los deseos del Gabinete británico, inspirados en sentimientos de humanidad y justicia; disuadioles Maroto de esta idea, brindándose a dar cumplimiento por sí mismo al convenio Elliot, pues poder y autoridad tenía para ello; y una vez retirados de su presencia los mensajeros con sus respectivos secretarios, mandó recadito al caballero español que en calidad de intérprete al coronel Wilde acompañaba. Encerrándose con él a media noche —282→ en la destartalada estancia del caserón donde tenía su alojamiento, solos, sin más luz que la del candil que alumbraba un cuadro negro de las ánimas del Purgatorio, hablaron lo que a renglón seguido con la posible fidelidad se reproduce:
«He leído la carta de Espartero que usted me trajo -dijo Maroto, paseándose, las manos en los bolsillos-, y empiezo por decirle que no me parece bien el abandono del disfraz, ¡porra!... aunque me sea muy grato verle a usted en su porte de caballero distinguido y llamarle por su verdadero nombre... Pero no es prudente, no. Estamos, estoy rodeado de espías infames... Tome usted asiento».
-No tema usted por mí, General -dijo Calpena, siguiendo a Maroto en su paseo-: yo sabré guardarme... y vamos al asunto.
-Pues al asunto. Veo que su jefe de usted está bien enterado como yo de las intrigas de los apostólicos contra mí.
-Europa entera conoce la rabia vengativa y el furor venenoso de ese bando que, aun después de vencido, se revuelve contra el hombre fuerte que le apartó del Rey...
-Todos los que D. Carlos desterró por exigencia mía... naturalmente, tuve que cuadrarme... plantear la cuestión en el terreno de la dignidad: O ellos o yo, ¡porra!... pues todos aquellos que eran la perdición y el descrédito de la Causa, en la frontera trabajan contra mí, con mil enredos y calumnias... Lo que yo digo: no necesitan volver a —283→ ganar el corazón del Rey, porque lo tienen bien ganado. Carlos V les ama y a mí me detesta. Eso lo sé, lo he visto muy claro. S. M. cedió a mi exigencia, porque no tenía corazón para resistirme. Yo apelaba a su dignidad, a su conveniencia, y a falta de estas, encontré su miedo... Pero el miedo aplaza, no resuelve. Estamos lo mismo: el Rey no se apea ni se apeará del burro de su intransigencia apostólica y absolutista... ¿Y sabe usted que ese danzante de Arias Teijeiro, en vez de largarse a Francia como el Rey le ordenó, se fue al Maestrazgo? Allá le tiene usted reconciliado con Cala, a quien acusó de venal, y partiendo un piñón con Cabrera. Entre todos arman grandes tramoyas contra mí. Nada conseguirán mientras yo tenga junto al Rey a mi gran aliado, el miedo; pero el día en que S. M. se recobre del susto que le di, y apoyado se vea por los brutos, que así califican a la fidelidad, perderé mi mando, y creo que la vida con él...
-La situación de usted, mi General, es harto difícil. Las circunstancias, los hechos, con su lógica incontrastable, imponen a todos la paz...
-La paz... Venga pronto, si ha de ser honrosa, como yo puedo admitirla y proponerla... Sentémonos, señor mío... Y ahora que me acuerdo. Felicite usted en mi nombre a Espartero por el nuevo título que le ha concedido su Reina: Duque de la Victoria... Es hermoso, y hasta cierto punto me lo debe a mí. No debe olvidar que le abandoné —284→ voluntariamente las posiciones de Ramales y Guardamino, por evitar el derramamiento de sangre...
-Me permitirá usted, mi General, que no exprese ninguna opinión sobre los hechos militares del pasado mes... Y no es porque no los conozca; que observé al ejército en todos sus movimientos, y seguí al Duque en su prodigiosa marcha sobre Guardamino.
-El fuerte hubiera resistido mucho tiempo. Se rindió porque yo se lo ordené.
-Cierto; pero...
-Pero... No discutamos. Sólo digo que el título de Duque de la Victoria en gran parte me lo debe a mí D. Baldomero, ¡porra!... Reconozco que es un militar valiente y un hombre honrado, que desea el bien de su patria... Yo también, ¡porra!, yo, sin llamarme Duque, quiero la felicidad de España.
Nervioso y exaltado, Maroto se levantó a poco de sentarse, diciendo con fuertes voces:
«Y me hará el favor de advertir a su jefe que no me mande parlamentario militar, so color de canje de prisioneros. Esto me compromete, ¡porra! No tardan mis enemigos en llevar el soplo a Tolosa... Que si andamos en arreglos, que si vendo al Rey... No, no quiero parlamentarios. Siempre que llega uno, tengo que dar a mi ejército una orden del día echando sapos y culebras... ¡porra!... para disimular el mal efecto... Y vamos al asunto».
-La ingratitud del Rey es tan manifiesta, —285→ lo mismo que su tenacidad en sostener el retroceso y la barbarie, que no insistirá usted, así lo creo, en las condiciones que me manifestó en Estella referentes a la familia Real.
-No, no insisto en ello; renuncio a mi propósito del enlace de los hijos; renuncio a conservar a D. Carlos las preeminencias de Rey padre... Que se vaya al extranjero, con título y calidad de Infante aburrido y de Pretendiente chasqueado, a comerse la pensioncilla que se le dará para que viva con decoro... No merece otra cosa; no ha nacido para más; aún saca más de lo que le corresponde por su menguada inteligencia...
-Espartero contaba con esta rectificación de las antiguas ideas de usted, y una vez de acuerdo en cosa tan importante, espera que la conformidad en los demás puntos no se hará esperar.
-Poco a poco -dijo el carlista, súbitamente acometido de una gran agitación-. Si cedo en lo de las personas Reales, no puedo ceder en los principios, pues no pretenderá Espartero que yo le entregue todo, la fuerza y las ideas... Eso no sería transigir: sería por mi parte una debilidad vergonzosa... ¿Qué quiere ese hombre? ¿Dejarme a mí un papel ridículo, y conservar él la gloria de la pacificación? Dígame usted: ¿qué papel hago yo, entregando mi ejército al masonismo y a la impiedad revolucionaria? Eso no puede ser, y no será... Antes moriremos todos... Asegure usted a su General —286→ que no suscribiré nunca una paz que no vaya fundada en un régimen político mucho más restringido que el existente.
-Pues el General Espartero -declaró Calpena con solemnidad- pone por condición primera que se ha de conservar el régimen político existente, la Constitución del 37, con todas sus consecuencias... ¿Le parece a usted justo que después de la sangre derramada por la libertad, ofendamos la memoria de los hombres heroicos que por ella han perecido? ¿Qué quiere usted? ¿Que el representante de las ideas liberales acepte y patrocine el absolutismo? Eso no será transacción. Será entregar nuestra bandera al enemigo vencido para que la pisotee.
-Pues quédese cada cual con su bandera, y perezcamos todos -gritó D. Rafael, no ya agitado, sino furibundo-. Sepa Espartero que trata con un General que manda fuerza considerable, no con un monigote sin decoro ni vergüenza. Corra la sangre; no haya humanidad ni compasión. Lo que no se hace por un Rey inepto, lo haremos por la defensa de los grandes principios.
-Veo, señor mío, que, obedeciendo a un destino fatal, será usted el instrumento del obispo de León, de Arias Teijeiro y del clérigo Echevarría. Usted les detesta, y al propio tiempo les ampara. Ellos pregonan la cabeza de Maroto, ignorando que al matarle, matarían a su mejor amigo.
-No, no defiendo yo el absolutismo -gritó Maroto fuera de sí, con fuertes voces-, —287→ ni las ideas de esa canalla. Defiendo un régimen templado, en que el Rey gobierne inspirándose en las necesidades positivas de los pueblos; un régimen sin tiranía del Soberano ni alborotos de los súbditos, con la unidad católica bien garantizada y los clérigos levantiscos bien sujetos; un régimen en que puedan hacerse oír los hombres ilustrados y callen los ignorantes y díscolos; un régimen de justicia, de gobierno paternal, con el consejo de un escogido número de personas graves que ilustren al Rey y enfrenen a la plebe... Eso quiero, eso propongo, y sin eso no habrá paz, no puede haberla, porque... denme todo lo que quieran, mi destitución, mi muerte; pero no pidan a Rafael Maroto que firme una paz a gusto de los masones y comuneros. Eso no puede ser... Yo le suplico a usted que no me contradiga, ¡porra!
-Bueno, mi General... Realmente, yo no contradigo a usted: no hago más que exponer las que creo ideas y propósitos de la persona en cuyo nombre hablo. Siento infinito volver allá con la triste obligación de comunicar el fracaso definitivo de las negociaciones.
-Pues comuníquelo usted... No hay paz, no puede haberla -dijo Maroto desplomándose en la silla, por una cesación súbita de aquel frenesí nervioso-. ¿Qué me importa? Si todo se hunde y se lo lleva el diablo, no es por culpa mía. Es culpa del señor Duque nuevo, que quiere arreglar todo a su gusto, —288→ para su sola gloria y provecho, dejándonos a los demás como trapos...
-No es eso: perdone usted...
-Es eso... y no me contradiga. Como trapos... ¡Bonito papel quiere asignarme!... ¡Y él, ¡porra!, el héroe, el pacificador, el niño bonito, el niño mimado!... Pretende el mangoneo universal, y ser el amo, y traernos a todos cogidos de la nariz... ¡Ay!
Este ¡ay!10 fue una exclamación dolorosa, como punzada en el corazón, el lamento de una naturaleza profundamente herida. «¡Ay! -repitió oprimiéndose el costado-. Puede usted creerme: deseo una muerte repentina que ponga fin a mis sufrimientos. No era esto lo que yo presentía, lo que yo soñaba al venir al carlismo. No era esto, no, lo que me impulsó al abandono de las posiciones de Ramales. Pensé yo que Espartero me comprendería, que sería generoso... Pero su egoísmo está bien manifiesto: quiere una paz que sea para él un triunfo, y un oprobio para mí... Lo peor es que... Siéntese usted: aún tenemos algo que hablar».
Con acento quejumbroso, de hombre enfermo, de un alma sumida en acerba pena, prosiguió así: «Y a pesar de todo, créame usted, deseo la paz... sí, señor, la deseo como soldado y como español... porque yo amo a mi patria... Bien sabe Dios que el absolutismo mío no es el régimen absurdo y tenebroso que predican los clérigos de Oñate. Espartero me conoce... No quiera hacer de mí un monigote... Si en ello se empeña, no —289→ habrá paz, y España se acabará... Más quiero verla muerta que en brazos del masonismo y de la revolución.
-Espartero -dijo Calpena compadecido del General carlista, por el lastimoso estado a que le habían traído sus errores- no pretende humillar a usted, ni apropiarse la gloria de este bien tan grande: la gloria será de los dos, para los dos la inmensa gratitud de España.
-Así debiera ser... -murmuró el carlista con emoción, que afeminó por un instante su voz varonil y guerrera-. Nadie me gana en el amor a este terruño donde hemos nacido... En mi larga vida militar y política no he tenido otro móvil que el bien de los españoles... Pero los buenos deseos son una cosa, y los buenos caminos otra... Cuestión de suerte, amigo mío; cuestión de acertar o no en los primeros pasos... ¡Oh, pues si yo lograra que España dijese: «a Maroto debo la paz»! Pero no me caerá esa breva, ¡porra! La fatalidad dice que no... que no... la fatalidad me ha tomado entre ojos...».
En la pausa que siguió a estas palabras, D. Fernando vio al General agobiado en el sillón, los codos en las rodillas, el rostro en las palmas de las manos, y respetó su dolor guardando silencio. Después sacó D. Rafael del bolsillo del capote un pañuelo grandísimo, y se sonó con estrépito. Tenía los ojos encendidos y húmedos.
«Mi General -le dijo Calpena, aprovechando con delicadeza la emoción que observaba-, —290→ me detendré aquí todo el tiempo que sea menester, si de la espera resulta que puedo llevar una proposición de concordia. Piense usted en ello un día, dos; considere su situación, la ansiedad del país, el deseo de todos los partidos...».
-¡Pero si estoy ya loco de tanto pensarlo!... No, no pienso más. Ya es cuestión de decidirse, de escoger la primera carta que salga.
Suspirando, volvió a su inquieto pasear por la estancia. De pronto se paró ante Calpena, diciéndole: «Puesto que no tiene usted prisa de volver a Orduña, ayúdeme a buscar una solución decorosa para mí. Verá usted lo que se me ocurre... Tenga paciencia, y hablaremos algo más».
Dirigiose a la cómoda en que estaba el candilón, el cual, dicho sea por respeto a la puntualidad histórica, había dejado extinguir una de sus dos mechas, manteniendo encendida la otra por puro compromiso, al parecer, pues bien se le conocían las ganas de dormirse en la obscuridad. D. Fernando miró al General, que revolvía papeles en el cajón primero de la cómoda, y tras él veía también mal alumbradas por la luz dormilona las pobrecitas ánimas del Purgatorio, sus cuerpos desnudos entre llamas rojizas. ¡Con qué gusto las habría sacado de aquel —291→ martirio, extrayendo al propio tiempo al pobre General, que en las llamas de su ansiedad e irresolución ardía!
«Verá usted -dijo D. Rafael, hallando lo que buscaba y volviendo el rostro hacia el mensajero de su rival-: aquí tengo una carta interesantísima. No haré con usted misterio de su contenido ni de la persona que la firma: es un amigo íntimo de Simón de la Torre y mío. En ella se me propone una entrevista con el Comodoro Lord John Hay, el cual tiene instrucciones de su Gobierno para proponer a Espartero y a mí fórmulas de paz».
-Debo decir a usted que a mi jefe no le gusta que los extranjeros medien en este asunto. Notaría usted que el coronel Wilde no pronunció una palabra de condiciones de arreglo. También debo decirle, General, que a Espartero no le supo bien que usted cambiara comunicaciones con el mariscal Soult sobre este negocio. Es muy delicada la intervención extranjera, así en la guerra como en la paz, porque casi siempre los poderosos que nos prestan servicio tan eminente lo cobran después con una pesada injerencia política y diplomática.
-Es verdad; pero yo no puedo negar al Comodoro la entrevista que me propone. Sólo que no sé dónde ni cómo celebrarla. Bien podría servirme de pretexto la orden que a León ha dado Espartero de quemar las mieses de Navarra. Esto es una violación del tratado de Elliot.
—292→-¿Ha contestado usted a La Torre que acepta la entrevista?
-No, porque de nadie me fío ya. No me determino a enviar una carta de tanta gravedad por mano de carlista: la traición y el espionaje tienden aquí sus redes que es un primor.
-¿Y no hay un hombre leal que establezca la comunicación verbalmente?
-No le hay, o al menos yo no le veo junto a mí -replicó Maroto con la desconfianza pintada en su inquieto mirar.
-Permítame usted que le diga, mi General, que en el recelo y suspicacia que me manifiesta veo una enfermedad del ánimo, efecto de su singularísima situación entre la guerra apostólica y la paz nacional; veo el delirio persecutorio, que usted logrará vencer mirando con más serenidad cosas y personas.
-Puede que tenga usted razón... Déjeme seguir: Simón de la Torre y yo estamos de acuerdo; el amigo que nos comunica es un joven bilbaíno muy simpático, que ha servido con Córdova y con Espartero...
-¡Oh, qué luz, mi General!... ¿Es acaso Pedro Pascual Uhagón?
-¿Amigo de usted, por ventura?
-Sí señor... Yo sabía que andaba por aquí; me constaba su amistad con Simón de la Torre... En fin, ¿quiere usted que yo me vea con Uhagón?... ¿Dónde está?
-Muy cerca de aquí: en Amurrio.
-Pues allá me voy. ¿Debo decirle que está —293→ usted dispuesto a celebrar la entrevista con el Comodoro?
-Justo; ¿pero dónde nos encontramos, Señor?... ¿Debemos reunirnos por casualidad, o por reclamo del inglés, para tratar de la cuestión de las mieses incendiadas?
-Deje usted a mi cuidado el determinar la entrevista de una manera lógica, en forma que le ponga a usted a cubierto de toda sospecha.
-Si así lo hiciere, me prestaría un servicio inmenso en las actuales circunstancias...
-¿Con que en Amurrio? Cuente usted con que mañana comemos juntos Pedro Pascual y yo; cuente con que un día de estos se verá usted sorprendido por Lord John, y obligado aparentemente a conferenciar con él... Y cuente con que las proposiciones del inglés diferirán poco de las de Espartero...
-Pero la sanción de una potencia extranjera, amigo mío, es alivio grande de la responsabilidad...
-Convenido. Luego veremos el grado de desinterés de la gestión inglesa... En fin, mi General, viva la paz, aunque viva con su Pepita...
-Eso, eso -dijo Maroto, riendo por primera vez en la conferencia de aquella lúgubre noche-, que viva con su Pepita. Y ahora...
-Sí: debo retirarme.
-Que no se le olvide felicitar a Espartero por su ducado.
-Lo agradecerá mucho.
—294→-Sí, sí: los dichosos agradecen los plácemes de los tristes -dijo D. Rafael sin ocultar su pena inmensa-. Con que buenas noches. No tengo vino superior con que obsequiarle.
-Ya beberemos pronto a la salud de España pacificada. No me detengo. Querrá usted dormir; yo también.
-Yo no duermo.
-Descansar, por lo menos.
-Tampoco.
-Ya vendrán para todos el descanso y la tranquilidad.
-Dios lo quiera.
-¡Ánimo, sinceridad, patriotismo! Adiós, mi General.
-Adiós. Le deseo lo que yo no he tenido nunca: buena suerte.
-La tendremos... ¿Qué hace falta? El corazón siempre por delante.
-¡Ay!... Eso se dice, eso se intenta... pero no siempre el corazón se pone donde quiere, donde debe... Adiós.
Salió Calpena de la triste casona; palpando paredes se encaminó a su alojamiento, y lo primero que hizo fue dar órdenes para partir de madrugada. El coronel Wilde y el Brigadier Campillo dormían profundamente; procuró hacer lo propio, y al romper el día trotaban los seis desandando el camino que habían traído. Las diez serían cuando las avanzadas del ejército liberal les indicaban la proximidad de Amurrio. Dijo D. Fernando a sus compañeros que si no querían esperarle —295→ en aquel pueblo, donde una diligencia importante le detendría, siguieran a Orduña. Divididas las voluntades, el Brigadier determinó encaminarse sin demora al Cuartel Real, y Wilde se quedó, pues no había para él compañía más grata que la del caballero español. No vaciló este en ponerle en autos del asunto que motivaba su detención en Amurrio: uno y otro, cada cual en su esfera, trabajaban por la paz, y solían comunicarse una parte de sus secretos. La primera diligencia fue tomar lenguas del paradero de Uhagón, también del inglés amigo, y sin grandes molestias dieron con él en la casa de Zárate, donde estaba en gran parola, inter pocula, con Ibero y otros oficiales, entreteniendo los ocios con historias picantes y libaciones de chacolí. En el mismo hospedaje se metieron Calpena y Wilde, formando alegre compañía, y al poco tiempo de sociedad, ya se habían trazado los conspiradores de la paz el plan más acertado para llevar adelante las vistas entre el Comodoro y el General de D. Carlos. Por desgracia, Lord John se hallaba por aquellos días en Bayona; Pedro Pascual tenía que trasladarse a Bilbao, buscar embarcación que le llevase a Francia, y volver luego con el Comodoro. Convinieron en que Wilde le acompañaría en la expedición marítima, mientras a Orduña pasaba D. Fernando para dar cuenta al General. Algunos días retuvo el Duque de la Victoria a su amigo, no sólo porque descansase, sino por creer que en el estado de las negociaciones —296→ convenía dar largas a Maroto, para que su turbado ánimo, con la tremenda crisis del carlismo, viniese a mayor decaimiento y desorden más grande. La primera comisión que D. Baldomero dio a su fiel servidor después de aquel descanso fue llevar a Maroto las cartas de los emigrados apostólicos, que interceptadas por el Gobierno fueron impresas en la Gaceta de Madrid. Por ellas se veía que el partido intransigente, a quien el Rey con fingida corrección había separado de su gracia, se mantenía con este en inteligencia clandestina. Por miedo a Maroto, había decretado D. Carlos el destierro de los clérigos Echevarría y Lárraga, de Marco del Pont y Arias Teijeiro; pero no tardaron estos en ponerse de nuevo al habla con su señor, tendiéndose desde la frontera a la Corte un hilo de conspiración que no fue el paso menos interesante de aquella tragicomedia.
Volvió, pues, D. Fernando al Cuartel de Maroto, acompañado de Ibero en calidad de parlamentario militar para un nuevo canje, y halló muy desconcertado del entendimiento al General sin ventura, variando de opiniones y actitudes a cada instante, pasando bruscamente del ardiente furor al desmayo mujeril. Ya tenía conocimiento, cuando el mensajero le mostró la Gaceta, de los tratos que sostenían los emigrados con el Rey absoluto, y a este propósito le hizo Calpena, con seguro conocimiento de la humanidad, estas profundas observaciones: «Vea usted, —297→ mi General, cómo se reproducen en la historia los mismos efectos cuando las causas no varían, y cómo se repiten los hechos cuando las personas no cambian. En D. Carlos tiene usted la imagen viva de su hermano Fernando VII: son los mismos perros con el mismo Toisón de Oro al cuello, y perdóneseme la comparación. Diferentes parecían uno y otro hermano, y son el mismo sujeto repetido en el tiempo, desmintiendo a la muerte. Si discrepan en cualidades secundarias, en lo principal son idénticos, y proceden de igual manera. La situación en que el estadillo carlista se encuentra es la misma del Estado español en aquellos famosos años del 20 al 23. La pesadumbre y la barbarie del absolutismo han traído una revolución, y esa revolución, esa protesta contra el régimen tiránico y clerical, Maroto a pesar suyo la representa. Por una serie de circunstancias, la fuerza ha venido a estar en manos de usted. El Rey no supo serlo absolutista, no sabe serlo tampoco liberal, y doy este nombre al partido marotista o de transacción, para establecer un término relativo que facilite mi argumento. Liberal es usted, aunque no quiera confesarlo; liberales son Simón de la Torre, Zaratiegui y aun el mismo Elío, por extraño que parezca. Digamos que han admitido un átomo de la idea liberal: en ese átomo está todo lo sustancial del principio. Pues bien: D. Carlos ha venido a ser prisionero de usted; tiembla de miedo viéndose sometido a la fuerza que odia; aparenta ceder; —298→ aun dice marchemos y yo el primero... Por intimación de usted, separa de su lado a su camarilla; destierra muy contra su voluntad a los que cree sostenedores de su soberanía absoluta; pero continúa entendiéndose con ellos, dándoles ánimos para que conspiren, adquieran fuerza y vengan a libertarle. ¿Duda usted esto? ¿Cree la pintura recargada y violenta? Su silencio y su mirada me dicen que no. Pero si aún duda, pronto ha de ver cuán fundado es este juicio mío. ¿Recuerda usted la sublevación de los voluntarios realistas? ¿Recuerda las partidas levantadas por clérigos y frailes salteadores? Pues pronto hemos de verlas reproducidas. El bando apostólico, apoderándose de los soldados que usted manda, levantará la bandera del absolutismo neto y rabioso contra la transacción que este ejército representa. Harán creer a los pueblos que usted secuestra al Rey, que tiene embargado su real ánimo... Y por fin, y esto es lo más triste, esa bandería furibunda vencerá por lógica ley al partido de la moderación, y Maroto será tratado no como un hombre que mira por el bien de su patria, no como un General que sirve intereses superiores a los de una persona, sino como un vulgar ambicioso, y le impondrán pena infamante. Por muy extraño que parezca, será usted, en su papel político y en su fin desastroso, muy semejante al infortunado Riego. Le llevarán a la horca en un serón arrastrado por un burro... y...
-Cállese usted... -dijo Maroto apretando —299→ los puños y despidiendo lumbre por los ojos-, que si algo hay de verdad en el paralelo que hace, no puedo admitir mi semejanza con Riego.
-Ya lo veremos.
-Yo sabré morir con dignidad.
-No lo dudo. Pero es lástima que usted muera, pudiendo vivir con honor y hasta con gloria, facilitando la obra de la paz.
Poco más hablaron; Maroto se volvió muy taciturno, sumergiéndose en sus melancolías. Luchaba fieramente ¡infeliz hombre!, con el turbio, revuelto oleaje de su destino, más embravecido cuanto más en él pataleaba.
Fue un hecho, al fin, a fines de Julio, en Miravalles, la entrevista de Maroto con Lord John Hay. No se halló presente Calpena; pero por su amigo Uhagón supo después que no habían llegado a un acuerdo. Quizás Maroto, harto ya de guerra, y deseando ponerle fin a todo trance para salvar su honor militar y su vida, habría dado asentimiento a las condiciones presentadas por el inglés, muy semejantes a las de Espartero; mas no podía por sí solo cerrar trato sin el asenso de los demás jefes, encariñados con la paz, pero más exigentes en punto a condiciones. Necesitaba tomarse tiempo para traer las demás voluntades al punto de cansancio —300→ y desesperación en que ya estaba la suya, y propuso a Espartero, por conducto del Comodoro, la suspensión de hostilidades. De la respuesta del Duque de la Victoria a esta martingala de su rival sí fue testigo D. Fernando, el cual vio con gusto que el criterio del Duque no difería del suyo. Nada de armisticio. Maroto, juzgándose impotente ya para presentar batalla, no quería más que ganar tiempo, esperando del acaso una solución menos terrible para él que la que anunciaba la realidad. Volvió, pues, el inglés al Cuartel carlista, en Arrancudiaga, y expresó a Maroto la negativa de Espartero, y su propósito de reanudar sin demora las operaciones. He aquí la razón de la marcha del ejército liberal desde Amurrio a Vitoria por el desfiladero de Altuve. Ocasión tuvo el carlista, en aquel paso peligroso, de contener a su rival y aun de batirlo; mas no quiso o no supo aprovecharla. Sólo algunas guerrillas molestaron a Espartero en Altuve; y cuando entraba en Vitoria, casi sin disparar un tiro, los facciosos abandonaron el puente fortificado de Arroyabe, corriéndose hacia las líneas atrincheradas de Arlabán y Villarreal.
Decidido siempre y con sus ideas bien claras, como turbias eran las del otro, atacó Espartero resueltamente, no dándole tiempo a prepararse. Maroto aceptó aquel combate, como el suicida que ve en la segura muerte la única solución del conflicto que le agobia. La proclama que dio a su ejército era el lenguaje de la impotencia y el orgullo, —301→ y estos sentimientos se comunicaron a la tropa carlista, que en aquella jornada, como en otras muchas, desplegó un valor heroico, una grandiosa entereza. Porfiado cual ninguno fue el combate: de una parte y otra se desarrolló toda la fuerza espiritual y física que siempre fue D. de los soldados españoles en las grandes apreturas de la guerra. Perecieron aquí y allá valientes en gran número. Venció al fin el que tenía razón: Espartero fue dueño de Villarreal. De las alturas de Arlabán desaparecieron los carlistas como una nube empujada por el viento, y escabulléndose por las tristes hoces de Aránzazu, caían sobre Oñate y los valles guipuzcoanos, cuna y sepulcro de la Causa.
Antes de la gloriosa ocupación de Villarreal por Espartero, supo este que en el campo enemigo, por la banda de Navarra, ocurrían sucesos graves, que, confirmando la rápida gangrena del cuerpo lacerado del absolutismo, venían a favorecer los planes de pacificación. Algunas compañías de los batallones 5.º y 12.º de Navarra se sublevaron en Irurzun al grito de Viva el Rey, mueran los traidores, abajo Maroto. Era la enfermedad histórica de la Nación, la protesta armada, manifestándose en la Monarquía absoluta de Oñate como en el régimen constitucional de Madrid. La ineptitud y doblez de los hijos de Carlos IV, tan semejantes en su soberbia como en su incapacidad para el gobierno, eran quizás la causa determinante de aquella dolencia que con el tiempo había —302→ de corromper la sangre nacional. El Rey tenía una cara para los transaccionistas y otra para los apostólicos. Creyérase que Fernando y Carlos eran el mismo hombre. Pues bien: los sublevados de Irurzun encamináronse a Vera, soliviantando a los pueblos del tránsito; diéronse allí la mano con los emigrados, que dejaron de serlo, pasando la frontera. El Obispo Abarca, Gómez Pardo, el cabecilla o General D. Basilio, y el famoso canónigo y confesor Echevarría, constituyéronse en autoridad revolucionaria, en nombre de Carlos V. Era como una sombra de la Regencia de Urgell. ¡Tristes amaneramientos de la Historia!
Lo primerito que se les ocurrió a los sediciosos, demostrando en ello buen tino, fue nombrar su Comandante General; y aunque entre ellos estaba D. Basilio, hombre de guerra, recayó la elección en el Canónigo, quien de confesor de S. M. pasó a Jefe de Estado Mayor de la Generalísima. Empuñó el hombre su bastón, y pasada revista a las tropas con una felicísima mezcolanza de unción y marcialidad, largó su correspondiente proclama, poniendo a Maroto a los pies de los caballos, y procurando levantar el decaído espíritu de aquellos pueblos infelices, honrados, inocentes, que habían hecho por la realeza de Carlos Isidro el sacrificio de su sangre y su hacienda. Pero los pueblos, la verdad sea dicha, no respondieron con el calor que se esperaba a la invocación del clérigo metido a Macabeo. La fe —303→ en un Rey que no sabía gobernar ni combatir se debilitaba rápidamente. Paces querían ya, aunque no se les hablaba tanto de religión, que bien segura veían por todas partes... porque, verdaderamente, si tan partidario de D. Carlos era Dios, ¿a qué consentía los avances de Espartero y los palizones que este venía dando a los caballeros del Altar y el Trono?
Y no se paraba en barras el Conde-Duque, seguro ya de ganar la partida. Desde Villarreal de Álava, avanzó hacia el fuerte de Urquiola, donde fue muy débil la resistencia. Sabedor de que su rival ocupaba a Durango con fuerzas considerables, allá corrió dispuesto a batirle; pero Maroto, ya en el grado último de turbación y azoramiento, le abandonó la villa, marchándose a Elorrio. Hizo, pues, Espartero entrada triunfal en Durango, y la animación y el orgullo de sus tropas, vencedoras sin disparar un tiro, contrastaban con el desmayo y tristeza de los batallones guipuzcoanos.
No estará de más decir que no fue para el Sr. de Calpena motivo de gozo la entrada en Durango. Temía que el encuentro de los Arratias le produjese una situación penosa, y que los recuerdos apagados se avivasen con la presencia de personas que no quería ver más en lo que le restara de vida. Por fortuna suya, en el retraimiento que se impuso, encarcelándose y entreteniendo sus ocios con lecturas, le descubrió el sabueso de más fino olfato que por aquellos —304→ Reinos andaba: el sagacísimo D. Eustaquio de la Pertusa, que una mañana se le apareció como por escotillón, sirviéndole el chocolate, según testimonio del propio D. Fernando en sus Memorias escritas y no publicadas. Adivinando el motivo de la encerrona de su noble amigo, el astuto conspirador se apresuró a tranquilizarle refiriéndole que todos los Arratias de ambos sexos habían levantado el vuelo hacia Bilbao, en cuanto se agregaron a la familia Zoilo y su padre. ¡Memorable día de abrazos y besos, reconciliaciones y extremos de cariño! Felices parecían todos al emprender la marcha hacia sus lares, y tan embobada con la criatura iba la juvenil pareja, que era lógico esperar se cumplieran los deseos de Doña Prudencia, la cual no se contentaba con menos de una criatura por año. La fecundidad de la guapa moza garantizaría su dicha y la paz del matrimonio. Para D. Fernando fueron estas referencias como si la sepulcral losa, que en el cementerio de su corazón guardaba sus primeros amores, se levantase y se volviera a cerrar. Trató de asegurarla bien, soldándola o claveteándola con buenas razones, y trazó sobre ella con escoplo más firme las tres fúnebres letras R.I.P.
Luego entró D. Eustaquio en informaciones muy interesantes de la trapatiesta apostólica. Por un lado, D. Carlos no quería indisponerse con Maroto, a quien creía capaz de un regicidio; por otro, alentaba a los que en rigor de ley eran rebeldes. Para negros y —305→ blancos tenía una palabra benévola. Él lo había visto, él, D. Eustaquio de la Pertusa; nadie se lo contaba. Desde Lesaca mandó D. Carlos un recadito secreto al Canónigo General, y este, bien disfrazado, fue a verle, y toda una media noche pasaron conferenciando. Suponía el Epístola que el objeto del conciliábulo no era otro que ver el modo y ocasión de armar una ratonera en que coger descuidado a Maroto, y hacer con él luego el mayor y más ruidoso escarmiento de traidores. Al propio tiempo, Zaratiegui, encargado por Maroto de sofocar la insurrección de los batallones navarros, se situaba en Etulaín, decidido a liarse con ellos. Y el General Elío, que también quería paces, mandaba al campo insurrecto a un frailazo llamado Guillermo, marotista por excepción, para que arengase a los navarros y les trajese a la disciplina, todo ello invocando siempre el Altar y el Trono, que ya casi no tenían forma, de tanto como los manoseaban, de tanta saliva como ponían en ellos los labios de los oradores. Pero el buen fraile no sacó de sus prediques más fruto que una ronquera penosa y el desaliento con que volvió y dijo a Elío que fuera él a convencerles. En tanto, ¿qué hacía D. Carlos? Inalterable en su doblez medrosa, largaba otra proclamita, diciendo horrores de los rebeldes, llamándoles puñado de extraviados, y amenazándoles con destruir por sí mismo aquel germen de cobarde y vil traición. En las cartas que se cruzaron entre Maroto y —306→ el canónigo Echevarría, este le llamaba con todo desenfado traidor y asesino.
Informado el Duque de estos hechos, mandó a Calpena que fuese al Cuartel General de Maroto y allí se instalara, valiéndose de cualquier arbitrio, con objeto de vigilar sus actos e influir en sus resoluciones, pues del estado de trastorno en que se hallaba, todo podía temerse. Al propio tiempo llevaba el encargo de anunciarle la proposición de entrevista, que muy pronto se haría oficialmente por conducto de un parlamentario. Si no la aceptaba, se le atacaría con esfuerzo combinado en toda la línea, obligándole a una capitulación en que no le sería fácil obtener las ventajas que él y sus compañeros obtendrían del convenio proyectado.
Con estas instrucciones partió D. Fernando a Salinas acompañado de Urrea y de Pertusa, que se agregó muy contento a la embajada, estimando que su concurso había de ser eficaz para el caballero, por su gran metimiento y sus amistosas relaciones en el campo marotista. Poco antes de que los tres llegaran a Salinas, había salido Maroto para Mondragón; siguiéronle, agregándose a la retaguardia sin ningún cuidado, pues el Epístola era en aquel ejército como de casa, y el día próximo alcanzaron al General no lejos de Vergara, por donde pasaron sin detenerse. Iba Maroto decidido a refrenar en Lesaca la insurrección apostólica, y a colgar de un alcornoque al canónigo Echevarría, enracimado con otros clérigos y bárbaros —307→ caciques. Pero al llegar a Villarreal se encontró D. Rafael con una novedad que hubo de causarle tanta sorpresa como disgusto. Entraba su vanguardia en el pueblo por el lado de Anzuola, y por el de Zumárraga comparecía la guardia de honor de D. Carlos. Detrás venía la brigada del Cuartel Real, con el propio Rey, procedente de Villafranca. A regañadientes, y con el cuerpo lleno de bilis, Maroto no tuvo más remedio que afrontar la presencia de su señor, y se llegó con su Estado Mayor a recibirle, creyendo que allí permanecería. Pero D. Carlos no hizo más que una parada momentánea, sin apearse del caballo; y al recibir los homenajes de su General, pálidos ambos como difuntos, recelando el uno del otro, le dijo: «Sígueme: voy a Anzuola...». Automáticamente, sin darse cuenta de lo que hacía, se agregó a la escolta, y siguieron Rey y vasallo silenciosos hasta cerca de Descarga. Allí paró un instante D. Carlos, y llamando a su lado a Maroto, repitió: «Sígueme hasta Anzuola. Tenemos que hablar». Maroto, que había dejado en Villarreal su escolta y ayudantes, presintió que se le quería llevar a una encerrona. Se vio fusilado ejecutiva y cruelmente, en el estilo sencillísimo que él empleara con Guergué, y evocando su entereza contestó al hijo de Carlos IV: «Señor, los cuerpos están formados y tengo que darles una orden muy precisa». Y sin añadir otras razones, ni aguardar las que el Rey pudiera darle, volvió grupas, caminito de —308→ Villarreal. De lejos, alzando la voz, queriendo ser enérgico, y sin dejar de ser tímido, el Pretendiente le dijo: «Cuidado... que te espero en Anzuola». Con un movimiento de cabeza respondió Maroto que sí, y se alejó al trote, difiriendo la entrevista para la vuelta, que sería la del humo.
Hasta el día siguiente muy temprano no pudo ver D. Fernando al General, porque se encerró en su alojamiento con órdenes de no dar paso a nadie. ¿Qué hacía?, ¿qué pensaba? Le atormentaba el cruel dilema de obedecer a su señor o volverle la espalda para siempre. Antes de ser recibido, supo Calpena que había pasado la noche en cama con alta calentura, privado a ratos de conocimiento. Al entrar el caballero en la alcoba de Maroto, tardó un instante en conocerle: tan desfigurado estaba por los sufrimientos. Además, acababa de afeitarse quitándose el bigote. Su cara parecía otra, por efecto de esta mutilación, del color cárdeno de sus ojeras, de las arrugas que surcaban su piel amarilla, del desordenado cabello. Había envejecido diez años, perdiendo su gallardía militar. Al ver a D. Fernando, le dijo: «Hola, Inquisivi... ¿Otra vez por acá?».
-Sí, mi General: otra vez aquí con la esperanza de ser a usted útil, y de servir, no a mi partido, sino a mi patria.
—309→Abordando el asunto, notó Fernando un grave desorden en las facultades del Caudillo, que tan pronto expresaba sus anhelos de paz como su repugnancia del dictado de traidor que en el Cuartel Real se le aplicaba. La proposición de entrevista le puso en un estado de inquietud epiléptica. Llevándose las manos a la cabeza, con voces roncas, destempladas, replicó: «No puede ser... Me comprometen... ¡El Rey...! Soy General de Carlos V, soberano legítimo... ¿Usted qué opina? ¿Debo ir a la entrevista?... ¿Acaso irá Simón de la Torre?».
-Creo que sí -dijo Calpena, juzgando de gran efecto la afirmativa.
-Pues que sea suya la responsabilidad. ¿Y asistirán también los ingleses? ¡Malditos ingleses!... Yo no, yo no puedo ir... Lo consultaré con D. Carlos. A nadie conviene más la transacción que a nuestro pobre Rey, ese bendito, ese bendito... Pero no, no: antes tengo que colgar de un alcornoque al Canónigo... Sin eso no hacemos nada... Y de otro alcornoque a D. Basilio, y empalar al malvado Teijeiro...
No había manera de sacarle de este círculo de ideas. Descompuesto y contradiciéndose a cada instante, ordenó que se preparara su escolta, reforzada con la mejor caballería de su ejército, y sin tomar ningún alimento, montó a caballo y se fue al Cuartel Real. Regresó al anochecer; en Villarreal se aseguraba que Maroto había presentado su dimisión al Rey; que este, poco menos —310→ que llorando, le había dicho: «¿Con que ahora me vas a abandonar?...». Algo enternecido también, D. Rafael se deshizo en demostraciones de lealtad, manifestándose dispuesto a sacrificarse por la Causa... Esto se decía, y sobre ello endilgaron comentos mil D. Fernando y Pertusa, con los oficiales que les hacían coro en la cantinela de la paz. Convenían todos en que no era fácil entender a Rafael Maroto, monstruoso enigma en que se reunían todas las complejidades psicológicas. Decía el Epístola con sutil ingenio: «Esta mañana, después de una horrible noche de insomnio y fiebre, el General debió de saltar del lecho con una idea salvadora... Así me lo figuro yo, y así tiene que ser... Pues saltando del lecho cogió la navaja de afeitar... Por un momento pensó en degollarse, la mejor solución de sus horribles dudas... Después pensó otra cosa quizás más práctica... escapar a la calladita, vestido de cura... Por eso se quitó el bigote. No tiene otra explicación».
No pareció mal a los amigos presentes la versión del Epístola, y convinieron con Calpena en que todos, Rey, General y Canónigo, habían perdido el juicio. El carlismo había venido a ser un campo de orates. Al día siguiente dio un súbito cambiazo la voluntad indecisa del desdichado caudillo, y en vez de dirigirse a Lesaca, según lo convenido con el Rey, se encaminó a Elgueta. No bien entraron en este pueblo, supo D. Fernando la llegada de su amigo Zabala, —311→ ya brigadier, que con el carácter de parlamentario venía de parte del Duque de la Victoria. Negose Maroto a recibirle; trabajó Calpena por lo contrario, empleando más de una hora en argüirle con cuantos resortes lógicos creía propios del caso, y al fin accedió el General gruñendo: «Pues sea, y acabemos de una vez, ¡porra!...». El día 25, a las seis de la mañana, se reunían en la venta de Abadiano, entre Durango y Elorrio, D. Baldomero Espartero con el Brigadier Linaje y el coronel inglés Wilde, representado la idea constitucional, y por la idea absolutista D. Rafael Maroto y el General Urbistondo, jefe de los batallones castellanos. La magna cuestión de los Fueros trajo el desacuerdo de los conferenciantes, porque los carlistas pedían que se reconociese el régimen foral en toda su pureza, y Espartero no quería comprometerse a tanto, dejando el grave asunto a la resolución de las Cortes. Manifestose Linaje contrario a los Fueros, sosteniendo que el fanatismo había sido el único móvil del levantamiento carlista; cruzáronse agrias contestaciones entre Linaje y Urbistondo, y entre el jefe de los castellanos y Maroto, pues este, al llevar a su compañero a la conferencia, le había manifestado que, en las negociaciones preliminares, ambas partes estaban conformes en el reconocimiento incondicional de los Fueros. Negolo Espartero, atribuyendo la idea de su rival a mala inteligencia. Al cabo de tanto discutir se separaron en desacuerdo. No había —312→ paz, no podía España disfrutar de este inmenso bien.
Cuando se retiraban, cada cual por su lado, llegó D. Simón de la Torre, que fue en seguimiento de Espartero, y alcanzándole cerca de Durango, se declaró dispuesto, con los ocho batallones de su mando, a transigir resueltamente sin regatear ninguna condición. En tanto, volvió Maroto a Guipúzcoa dando tumbos, que no de otra manera puede expresarse la inseguridad de sus movimientos, reflejo de la horrible lucha de su espíritu, y en la villa de Elgueta se encontró nueva sorpresa y emociones tan vivas, que ellas bastarían a quitarle el seso si alguno en aquella ocasión le quedara. De improviso se presentó el Rey con su escolta en el Cuartel General, y antes de que Maroto pudiese tomar resolución alguna, mandó formar los 14 batallones para pasarles revista y arengarles. Así se acordó en una junta celebrada por Carlos V el día anterior, al tener conocimiento de la entrevista de Abadiano. Había llegado el instante en que el Rey lo era de hecho, y como tal procedería con soberana entereza y celeridad. Pronto vería el mundo si merecía la corona. Revistar a las tropas que formaban el núcleo de su ejército; presentarse a ellas, no sólo como Rey, sino como Generalísimo, asumiendo el mando directo; destituir en el acto al desleal caudillo, y aplicarle sin consideración sumariamente la pena que le correspondía, era un acto propio de Monarca guerrero. Si el programa se —313→ cumplía, ¡qué hermosa solución de los enmarañados problemas pendientes, qué gallarda manera de cortar el nudo que en vano con su estira y afloja había querido desatar!
Ante el aparato que en torno al Soberano se desplegaba, Maroto se vio perdido, se sintió fusilado... De su cráneo a su olfato descendía el olor de pólvora. Para mayor solemnidad del acto, presentábase el Rey de gran uniforme, con todas sus cruces, bandas y collares, radiante de inepta vanidad, y le acompañaban su hijo Carlitos, Príncipe de Asturias; el Infante D. Sebastián y los Generales Eguía, Valdespina, Villarreal y Negri... Formaron las tropas. La expectación era para algunos como si esperaran el fin del mundo... Rompió al fin el Rey en una perorata que llevaba bien aprendida; pero su voz no vibraba, no sabía llegar a los oídos lejanos, no era instrumento para conmover y entusiasmar a las muchedumbres. Se observaban en su rostro y en su actitud los inútiles esfuerzos para ponerse en la situación que el grave caso exigía, para desempeñar airosa y noblemente el papel de Rey, para imitar la marcial fiereza, la grandiosa altivez de los más célebres capitanes en circunstancias como las de aquel momento. Oyeron los más próximos algunos conceptos en que el hijo de Carlos IV evocaba las sombras de César y Aníbal; algo dijo luego de los cántabros indomables, de Roma, señora del mundo... No dejó de causar sorpresa que omitiese la rutinaria invocación a la Generalísima, —314→ Nuestra Señora de los Dolores. No estaba sin duda la Causa absolutista para tafetanes... Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final. «Hijos míos -exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo-, ¿me reconocéis por vuestro Rey?». La contestación fue un «¡Sí, sí... viva el Rey!» que corrió, extinguiéndose en las filas lejanas. «¿Y estáis dispuestos -añadió-, a seguirme a todas partes, a derramar vuestra sangre en defensa de mi Causa y de la Religión?».
Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El General Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después exclamaciones más claras, por fin estas voces: «¡Viva la paz, viva nuestro General, viva Maroto!».
-¡Voluntarios! -gritó entonces D. Carlos, y en ocasión tan crítica la dignidad brilló en su rostro... Al fin descendía de cien Reyes-. Voluntarios, donde está vuestro Rey no hay General alguno... Os repito: ¿queréis seguirme?».
Silencio sepulcral. El Brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos, acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa —315→ situación del Monarca. «Señor -le dijo-, es que no entienden el castellano». Y D. Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política marotista, formuló la pregunta con una alteración grave: ¿Paquia naidezute, mutillac? (¿Queréis la paz, muchachos?) Y con gran estruendo respondió toda la tropa: ¡Bai jauna! (Sí, señor.)
Debió D. Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla. Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica grandeza. D. Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo a los de su escolta: «estamos vendidos»; y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con la reata de Príncipes y Generales y la menguada escolta. Corrieron, corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran en su seguimiento.
Testarudo como él solo, D. Carlos no se daba ni en tales extremidades por vencido, y apenas llegó a Villafranca, jadeante, llamó a Consejo a sus adictos, los Generales que —316→ le acompañaron en la fracasada escena de Elgueta, el Padre Cirilo de Alameda, el Barón de Juras Reales, Erro y Ramírez de la Piscina, algunos de los cuales aún se llamaban Ministros. Opinaron casi unánimemente que S. M. debía situarse en punto cercano a la frontera, para poner a salvo su sagrada persona en el desecho temporal que la Causa corría. Trabajillo le costaba al buen señor determinarse a partir arrojando en las puertas de Francia su corona, y acariciaba el ensueño de reunir algunos batallones navarros y alaveses que le llevaran en procesión al Maestrazgo, donde aún tenía un ejército y un General incorrupto y valiente: Cabrera. Estimaron todos peligrosa la marcha al Centro; pero le dejaban consolarse con esta ilusión. Aferrado a su realeza, D. Carlos enderezó nueva proclama a sus míseras tropas, en la cual les hablaba de la traición más infame que habían visto los nacidos, y concluía llamándoles héroes, y dando vivas a la sacra Religión. ¡Bueno estaba el país para estos suspirillos!
En tanto, Maroto, después del triunfo de Elgueta, caía en gran postración, atormentado por su conciencia, y procurando en vano salir limpio y airoso de la charca en que se había metido. Calpena y Uhagón, que acudieron a su lado el 26, un día después de la famosa revista, se maravillaron de verle en un grado increíble de turbación y apocamiento. Poco le faltaba para llorar; sus conceptos habían quedado reducidos a una exclamación —317→ maníaca: no decía más que: «No soy traidor... Maroto no pasará a la Historia con un dictado infamante... Convencido estoy de que el absolutismo es imposible... Pero no cedo, no cedo, si no me dan los Fueros íntegros, la gloria de este país. Maroto no es traidor. Maroto es un hombre honrado, un buen español... ¡Ay del que lo ponga en duda!».
Toda la tarde y parte de la noche permanecieron a su lado los dos amigos, arguyéndole con habilidad, sin lastimar su amor propio, antes bien fundado en este todo el trabajo sugestivo con que querían llevarle a la aceptación incondicional del Convenio. ¿Qué otra solución podía soñar? ¿Qué esperaba, qué temía? Retiráronse en la creencia de que le dejaban convencido, pues esperanzas de ello daban sus expresiones conciliadoras; pero D. Fernando, que ya conocía su indecisión y el confuso laberinto a que había llegado su voluntad, no las tenía todas consigo... Repetida por la mañana la visita, le encontraron escribiendo una carta. Despidioles el General con acritud. La carta que escribía era la famosa retractación dirigida a D. Carlos, en la cual le decía: Nunca es más grande un Monarca que cuando perdona las faltas de sus vasallos... D. Eustaquio Laso presentará a Vuestra Majestad los sentimientos de mi corazón para que se digne dirigirme las órdenes que fuesen de su agrado.
Ignoraban Calpena y su amigo esta humillación increíble; mas del trastorno de Maroto —318→ tuvieron prueba clara cuando se llegó a ellos un ayudante con el recado conminatorio de que si los caballeros y el llamado Epístola no se largaban pronto del Cuartel General, se les mandaría fusilar. No eran cobardes: no perdieron la serenidad con esta brutal amenaza; mas la prudencia les aconsejaba ponerse en salvo, y a ello se disponían, cuando llegó D. Simón de la Torre, que, informado de los desvaríos de Maroto, les tranquilizó con respecto a sus vidas. Conferenciaron los dos jefes, y por la noche salieron con sus fuerzas reunidas en dirección de Azpeitia. Los tres paisanos ignoraban a qué razón militar o política obedecía tal movimiento, y no se ocuparon más que de seguir a las tropas, acogidos a la caballerosidad e hidalguía del simpático La Torre. En Azpeitia se les dijo que Espartero avanzaba triunfalmente por el interior de Guipúzcoa; que había entrado en Vergara, donde te acogieron con ardientes demostraciones en favor suyo y de la paz. De Vergara pasó a Oñate, y la vieja Corte le recibió con palmas. Dirigiose Maroto a Villarreal, donde como llovido se le presentó al conde de Negri con una orden del Rey para que le entregase el mando. Al recibir D. Carlos la carta palinodia, habíala estimado como la mayor prueba de traición y perfidia. Los de la camarilla vieron en aquel paso un ardid diabólico para aproximarse al vencido Monarca, apoderarse de su persona y entregarla en trofeo a los constitucionales para un sacrificio que fuera —319→ digno epílogo de guerra tan sangrienta. Rompió el Soberano la carta del vasallo infiel, y mandó a Negri a desposeerle del mando, determinación ridícula en situación tan extremada. Como era natural, tanto Maroto como La Torre acogieron al conde de Negri con escarnio de su persona y de quien tal comisión le daba. Salió de estampía el buen Conde, que al volver al lado de su triste Rey, le dio con la respuesta de los que fueron sus Generales franco pasaporte para Francia.
Ante la irresistible presión de este suceso, Maroto confió decididamente, al parecer, a sus compañeros La Torre y Urbistondo la misión de llevar a Oñate su conformidad con el Convenio, tal como se le había presentado en Abadiano. ¡Alleluia! La paz era un hecho. Al despedirse para tan grato mensaje, Don Simón reconcilió a sus amigos con el jefe, que sin acordarse ya de que había pensado fusilarles, les convidó a comer muy afectuoso. Durante el día, observáronle más sereno y en vías de recobrar su equilibrio; mas por la noche advirtieron de nuevo en él cierta intranquilidad, y una insistencia monomaníaca en hablar de fueros netos, intangibles. Temerosos de un nuevo cambiazo del veleidoso General, trataron de explorar su pensamiento. «Por mi parte -les dijo-, a todo estoy dispuesto, y cuando me traigan de Oñate el Convenio cuyas bases he admitido, lo firmaré... Pero dudo que algunos cuerpos de mi ejército, principalmente los guipuzcoanos, —320→ lo acepten... De modo que no hemos hecho nada, y la guerra continuará». A esto arguyó Calpena que antes de proceder a la solemne ratificación de lo tratado, debía el General conferenciar con los jefes y oficiales, uno por uno, y darles cuenta de las condiciones de paz a que todos debían someterse.
«Háganlo ustedes» -dijo Maroto, revelando en su tono y en su actitud una indolencia que llenó de asombro a los dos amigos.
-Pero, General -le contestaron-, ¿qué autoridad tenemos nosotros para convencer a las tropas vizcaínas y guipuzcoanas de que, ante el bien inmenso de la paz, deben contentarse con la fórmula vaga del reconocimiento de Fueros?
-No es tan vaga. Se estipula que Espartero propondrá a las Cortes...
-Pero eso, sea poco, sea mucho, es lo que el Duque les concede, y deben saberlo. Usted, su Jefe, que ha de firmar por todos el pacto, está en el caso de instruirles...
-Mi cansancio es tal, amigos míos, que ya no sé cómo valerme, ni halla mi pensamiento voces con que producirse... Hay momentos en que me creo sin vida...
-Pero el trabajo restante, para llegar a un fin glorioso, es breve y fácil, mi General.
-Fácil no, ¡porra!
¡Cualquiera le convencía! Llegaron de Oñate los comisionados La Torre, y Urbistondo con Zabala y Linaje, portadores del Convenio, que Maroto firmó sin ninguna —321→ dificultad. Al propio tiempo traían la comisión de proponerle que al día siguiente, 30 de Agosto, se reunirían en Vergara los dos ejércitos, con sus caudillos a la cabeza, para dar forma solemne a la grande obra de la reconciliación. A todo asintió D. Rafael, que aliviado parecía de un peso abrumador.
Uhagón y Calpena pasaron el día recorriendo los cuerpos, en que tenían no pocos amigos, y hablando con unos y otros campechanamente. Si en todos reconocían la satisfacción y júbilo por ver terminada la odiosa discordia, causoles no poca inquietud el observar que los soldados y oficialidad carlistas descansaban en el engaño de que el pacto reconocía los Fueros en toda su integridad, y que así se declaraba de una manera explícita. Maroto les tenía en esta persuasión, pues nada en contrario les había dicho desde la ineficaz entrevista de Abadiano. Era, pues, indudable que surgirían en el momento que se creía final nuevas complicaciones, quizás un gravísimo conflicto, por la indolencia del General, por su falta de carácter y de resolución para presentar los hechos como realmente eran. ¡Torpeza insigne, abandono de autoridad!
Sobresaltado, temeroso de ver perdido en un instante el ímprobo trabajo de tantos meses, creyó D. Fernando que debía prevenir a Espartero de lo que ocurría, evitándole un triste desengaño al llegar a Vergara, donde contaba con la presencia y conformidad del ejército carlista. Pensado y hecho: de madrugada —322→ montó a caballo, y seguido de Urrea y Pertusa se fue al encuentro de su General, a quien halló a media hora de Vergara. No daba crédito D. Baldomero a la triste realidad que le comunicó su amigo, y ante la insistencia de este, más de un cuarto de hora estuvo echando ternos, y maldiciendo la hora en que entabló negociaciones con hombre tan inseguro y tornadizo. En efecto: poco antes de entrar el Duque en Vergara, llegó Maroto, sin más compañía que la del General La Torre y algunos oficiales de su Estado Mayor. Y los 21 batallones y los tres escuadrones que debían figurar como convenidos, ¿dónde estaban? Sin pérdida de tiempo avistose Espartero con su antagonista, el cual hubo de contestar a la anterior pregunta, con turbado acento, que las tropas se negaban al cumplimiento de lo pactado mientras no se reconociesen los Fueros provincianos en toda su integridad. Según esto, Maroto declaraba a su ejército en rebeldía, y se presentaba él solo, con cuatro gatos; y él solo reconocía los derechos de Isabel, dejando en el aire la obra de la paz, y a las tropas apartadas de toda reconciliación.
«A este hombre hay que dejarle -dijo D. Baldomero, luego que Maroto, afectado de gran postración, se retiró a descansar-. Imposible hacer carrera de él... ¡Qué hombre, santo Dios! Verdad que su situación y los contratiempos que ha sufrido son para trastornar la cabeza más firme». En esto, La Torre se apresuró a manifestar a Espartero —323→ con gallardo arranque que él se comprometía, en el término de veinticuatro horas, a convencer a los vizcaínos o morir en la demanda. No descansó Maroto, pues su conciencia y sus embrollados pensamientos no se lo permitían, y llamando a Calpena, como se llama a un confesor en la última hora, le dijo: «Hágame el favor de comunicar al coronel Wilde que, no creyéndome seguro aliado de Espartero por haber venido aquí sin tropas, me acojo al pabellón inglés». A esto respondió el caballero que no necesitaba añadir a sus errores la mengua de ampararse a una nación extranjera; bien seguro estaba en el Cuartel General del Duque de la Victoria, toda vez que reconocía la legalidad por este representada. En tanto, los bravos generales carlistas La Torre, Urbistondo y el Brigadier Iturbe, con riesgo de sus vidas, tratarían de reducir a las tropas a la aceptación de lo tratado, después de darles conocimiento del artículo 1.º del Convenio...
«¿Y cómo queda redactado al fin? -dijo Maroto vivamente- Ya no me acuerdo».
-Poco más o menos dice: Artículo 1.º El General Espartero recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros.
-¿Y las Cortes...? Claro, las Cortes... Me parece bien... Buenos tontos serán esos pobres muchachos si no aceptan, si no fían resueltamente en la promesa del Duque, de cuya caballerosidad nadie puede dudar... —324→ Por mi parte, no escatimaré ningún sacrificio. Hágame el favor de llamar a mi ayudante, D. Enrique O'Donnell, para dictarle algunas órdenes. Aún soy General en Jefe de mi ejército, del ejército Real, desde hoy incorporado al de la Nación.
Mientras La Torre trabajaba por reducir a los vizcaínos, Urbistondo hacía lo mismo con los castellanos. No tuvo igual fortuna Iturbe con los de Guipúzcoa, que enterados de la vaga promesa consignada en el artículo primero, se negaron a suscribir el Convenio, gritando ¡traición, traición!; y declarados en franca rebeldía, manifestáronse dispuestos a unirse con D. Carlos. Al fin pudo Iturbe contenerles en Descarga. Urbistondo situó fuerzas castellanas en la carretera, con objeto de observar a los guipuzcoanos, y corrió en busca de Maroto para que saliese al frente de ellos y con su autoridad les redujera. Era la noche del 30, y D. Rafael, que estaba en cama, dolorido, incapaz para toda acción, dijo a Urbistondo que se entendiese con Espartero. Así lo hizo. Se convino en no contar para nada con D. Rafael, que se había echado en el surco, como hombre históricamente concluido, y no hubo más remedio que intentar la pacificación de los guipuzcoanos, —325→ comprometiendo entre ellos la vida, catequizando uno por uno a jefes y oficiales, sin reparar en la clase de argumentación con tal de llegar al fin deseado. En esto se empleó toda la noche del 30; al fin, el 31 de madrugada desfilaban hacia Vergara los batallones reacios precedidos de cuerpos castellanos, para que la moral de estos fuese para todos ejemplo provechoso, y así, con más maña que fuerza, empleando sin cesar la palabra convincente, cariñosa, paternal, que igualaba al jefe con el soldado, fueron aproximándose al redil.
Era este un extenso campo a la salida de la villa, entre el río Deva y el camino de Plasencia. Allí formó muy de mañana el ejército de Espartero, y ante él fue desfilando la división castellana, con su jefe el General Urbistondo. Maroto, que parecía resucitado, a juzgar por la repentina transformación de su continente, que recobró su gallardía, así como el rostro la expresión confiada y el color sano, ocupó su puesto; al punto apareció con su brillante Estado Mayor el Duque de la Victoria, y recorridas las líneas, cautivando a todos con su marcial apostura y la serenidad y contento que en su rostro se reflejaban, mandó a sus soldados armar bayonetas; igual orden dio Maroto a los suyos. Espartero, con aquella voz incomparable que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina, pronunció una corta arenga perfectamente oída —326→ de un lado a otro de la formación, y terminó con estas memorables palabras: Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al General de los que fueron contrarios nuestros. Juntáronse los dos caballos; los dos jinetes, inclinando el cuerpo uno contra otro, se enlazaron en cordial apretón de brazos. Maroto no fue de los dos el menos expresivo en la efusión de aquella concordia sublime. En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento, el ¡ay!11 del hijo pródigo al ser recibido en el paterno hogar, el ¡ay!12 de los hermanos que se encuentran y reconocen después de larga ausencia. Era un despertar a la vida, a la razón. La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.
Se había dispuesto que las divisiones vizcaínas y guipuzcoana entrasen en el campo del convenio después de comenzado el acto, para que la solemnidad de este y su ternura influyesen en el ánimo de los reacios, y el efecto correspondió a lo que Espartero y Urbistondo con tanta habilidad y conocimiento del humano corazón habían dispuesto. Las tropas guiadas por La Torre como las conducidas por Iturbe, se vieron envueltas en la inmensa atmósfera de fraternidad que ya se había formado. Los corazones respondieron con unánime sentimiento. No podía ser de otro modo. La idea de unidad, de nacional grandeza, de moral parentesco entre todas las razas de la Península, ganó súbitamente los entendimientos de castellanos y —327→ éuskaros, y ya no hubo allí más que abrazos, lágrimas de emoción, gritos de alegría, aclamaciones a Espartero, a la Constitución, a Isabel II, a Maroto, a la Religión y a la Libertad juntamente, que también estas dos matronas se dieron de pechugones en aquel solemne día.
En los mismos 30 y 31 de Agosto, D. Carlos continuaba emitiendo proclamas desde Andoaín y desde Lecumberri, en las cuales hablaba del rebelde Espartero como de un enemigo insignificante; echaba la culpa de sus desgracias a la intriga, a las malas artes de los pérfidos; delataba planes maquiavélicos de los dos Generales compañeros en las revoluciones de América; atribuía la defección de Maroto al oro que había recibido de los constitucionales, y, por fin, hacía postrer llamamiento a sus fieles súbditos para que se acogieran a su paternal benevolencia, ofreciendo olvido de lo pasado si volvían a la defensa del Trono y la Religión. A los leales les llamaba la más preciosa joya de su corona. ¡Y con estas retóricas sermonarias, con este lamentar de pastores, pretendía el pobre hombre congregar de nuevo su disperso rebaño! La desbandada se inició al tener conocimiento del abrazo de los Generales, que fue tiernísima reconciliación de los dos ejércitos. El sálvese —328→ el que pueda resonó en los valles, que había ensordecido el estruendo guerrero de seis años de lucha fratricida. Cada cual pensó en salvar lo que poseía, y en último caso la pelleja, que es la más preciosa joya de cada mortal. Los restos de los sublevados de Irurzun y Vera, de aquel flamante ejército apostólico y neto, que, levantando bandera por la integridad de los derechos de Carlos, puso a su frente al canónigo Echevarría, se desbordó en la más horrible desmoralización, convirtiéndose los valientes navarros en vulgares ladrones y desalmados homicidas. So color de castigar traidores, acosaban a los infelices ojalateros, que iban buscando su salvación por los caminos de Francia, y les arrebataban cuanto tenían. El pillaje y el asesinato, la persecución de hombres y el atropello de infelices mujeres fueron la campaña postrera de aquellos degenerados vestigios de un grande ejército. El mismo Echevarría estuvo a punto de perecer a manos de sus soldados ebrios; D. Basilio y Guibelalde, puestos en capilla, escaparon de milagro. Menos dichoso el General González Moreno, de lúgubre memoria, el verdugo de Málaga, caudillo inepto en Mendigorría, hombre de quien puede decirse que fue una de las más negras fatalidades del bando carlista, pereció cerca de Urdax, de un modo desastroso y vil, digno término de una ruin vida. Dieron en creer los forajidos que iban llenas de dinero las cajas que el General llevaba en su presurosa fuga, y como a un cerdo (así —329→ lo cuenta un testigo presencial) le mataron en medio de las calles.
La que aún se llamaba Corte, el fracasado Rey y los fieles que le seguían continuaban en Elizondo sin saber dónde meterse ni por qué resquicios escurrir el bulto. Incansable, corrió allá Espartero; D. Carlos oyó el galopar de su caballo, y acercose más a la frontera. Allí quemó el absolutismo su postrer cartucho. El batallón cántabro, último en la fidelidad, primero en el valor, defendió con estoica bravura las posiciones de Urdax contra las fuerzas triplicadas que allí mandó el Duque de la Victoria. Batiéndose con desesperación, mártires de la fe del deber, los cántabros pudieron decir a su expugnador: morituri te salutant. Una columna de cazadores y una sección de tiradores de la Princesa, mandados por Zabala, dominaron el terreno, dando por terminada la acción, y con ella la guerra del Norte. Antes de que sonaran los últimos tiros, montaron a caballo el Rey, la Reina y demás personas de la familia y servidumbre, y a todo correr emprendían la fuga sin parar hasta Francia. Había entrado Carlos seis años antes por el mismo boquete de la frontera, siendo recibido por Zumalacárregui; se retiraba escoltado por algunos números de su guardia, solo, triste, más abatido que desengañado, sin ninguna gloria personal. La corona de la dignidad con que supo sobrellevar su destierro fue la única que poseyó en su vida.
—330→D. Fernando Calpena y D. Santiago Ibero, testigos de la última refriega con los valientes cántabros, admiraron el tesón de estos y les colmaron de alabanzas. De regreso al Cuartel General de Elizondo, expresaron los dos amigos su alegría por la terminación feliz de tan dura, enconada campaña, y cada cual dijo lo que le sugería su conocimiento de hombres y cosas.
«Hemos acabado una guerra -declaró Ibero con melancolía-, y yo me felicito de este descanso que pronto disfrutaremos. Un descanso, por corto que resulte, siempre es de agradecer. Pero le diré a mi amigo con franqueza que no creo en la paz... Soy ateo de esta religión que ahora fanatiza a mis compatriotas... No creo, no creo...».
-Yo tampoco. La grande obra de nuestro General es una tregua que debemos alargar todo lo que podamos. Las treguas son necesarias. Así nos prepararemos para dar al problema, en otro día, solución más segura y radical.
-Yo estoy triste... no sé por qué... Lo diré sin rebozo... Me gustaba el delirio, la barbarie, la guerra, en fin.
-Es realmente un estado muy vital, y además interesante y pintoresco.
-Si vivimos, no envejeceremos en la paz.
-Seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros.
-El Convenio, el abrazo, no son más que la fórmula del cansancio.
-Del descanso, querrá usted decir.
—331→-Eso. Se nos permite echar una siesta en día caluroso, el día del siglo.
-Durmamos un poquito.
-Y descansemos, que buena falta nos hace.
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En la opinión del carlismo, quedó Maroto como el prototipo de la traición y la perfidia. No era justo. A sus defectos, con ser grandes, toca menos responsabilidad que a su destino cruel, y a la disparidad entre su carácter y el personal absolutista, entre sus ideas y la causa que defendió. El brazo eclesiástico, firme apoyo de la facción (descoyuntado en Vergara, recompuesto después), no perdonó a Maroto su cooperación en la obra de la paz, como se verá por este hecho rigurosamente histórico. Recompensado por el Gobierno de Isabel con un alto cargo militar, residió D. Rafael algún tiempo en España. Su hija Margarita, joven de acrisoladas virtudes, que no se descuidaba en sus prácticas religiosas, fue a confesar una mañana, una tarde (no importa la hora), en una iglesia que no hace al caso. Cumplió serena y contrita, declarando sus pecados, que no debían de ser graves, y cuando terminaba, le preguntó el sacerdote su nombre. La pobre niña, tímida y pura, ¿qué había de hacer? Se lo dijo... Lo mismo fue oírlo el cura —332→ que de un bote se levantó iracundo, y con destempladas voces la despidió, negándose a darle la absolución. Atribulada, llorosa, salió la penitente de la iglesia y no paró hasta su casa. ¿Se pone en duda este hecho? Pues de él puede dar testimonio Doña Margarita Maroto, viuda de Borgoño, anciana respetabilísima, que aún vive. Reside en Valparaíso.
FIN DE VERGARA
Santander-Madrid, Octubre-Noviembre de 1899.