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Salió con un niño en brazos...
Salió con un niño en brazos. Sólo diciéndolo más de una vez se expresa la tardanza del observador en darse cuenta de aquel caso natural, tan natural que ya en los últimos nimbos de su pensamiento lo había previsto. Pero tardaba en creerlo, y mirándolo, viendo a la madre, como nunca hermosa; viendo al chiquillo, que parecía robusto, alegre, deseoso de vivir, hubo de añadir a la evidencia la confirmación de la palabra, y dijo: «Es ella con su niño, con su niño... porque suyo es... Se le ve que es suyo».
Venía Doña Aura mal vestida, y un tanto despechugada, señal de haber dado la teta poco antes. No hacía más que saltar al chiquillo, que al sentirse bañado del aire y del sol empezó a echar unas carcajadas graciosísimas, elevando sus manos rojas. Saltaba en los brazos, y ella le decía mil ternuras, y a estas seguían tantos, tantos besos, que el chico protestaba, prefiriendo los saltitos al refregón pegajoso de los labios de su madre. Avanzó hacia el lavadero; pudo verla D. Fernando a una distancia como de seis varas, y reconocer su hermosura, no disminuida, sino antes bien realzada por nuevas bellezas... El color era más moreno; pero en su tez resplandecía la salud; su seno, más —213→ abultado, hacía resaltar la flexibilidad de su talle. El chiquitín parecía de cinco o seis meses, de notable desarrollo y viveza... Por un momento se vio D. Fernando sorprendido por la idea de que el niño se le parecía... ¡Qué disparate! Era su pena, que al desgajarse en aquella inmensa emoción, fluctuaba entre lo inconsolable y los consuelos comunes, impropios de un criterio sano. Observándole bien, vio que el niño era el retrato de Zoilo; tenía los ojos de su padre, y en ellos la chispa del querer fuerte.
Dio Aura la vuelta por entre las coles, y mostraba a su hijo el gallo y las gallinas, queriendo que entrara en conversación con ellas por el lenguaje de pipís... «¡Y esta es la mujer que hace un año andaba loca por los caminos -pensó D. Fernando-, corriendo tras el problema de su vida! ¡Y al fin la Naturaleza se lo ha resuelto de un modo muy contrario a sus deseos de entonces! ¡Oh Dios, oh grandeza del tiempo y de la realidad! Pensé encontrar una lunática, y me encuentro la razón misma. Creí encontrar una enferma, y me encuentro una madre. Se ha curado dando vida a otro ser. Este caballero de meses, este nuevo Arratia, nos ha conquistado a todos, nos ha devuelto a todos la vida, la calma, la salud, quitándonos de los puestos que habíamos tomado en el terreno antiguo, para ponernos en nuevo terreno. ¡Oh vida, oh naturaleza!... ¡Y nosotros, enfatuados con la idea de buscar la solución en nuestras pasiones, en el juicio nuestro, cuando nuestro —214→ juicio no es más que un pobre ciego sin lazarillo!... Debo hacerme justicia, diciendo que yo había previsto este caso; sí, lo había previsto...».
Fuera por lo que fuese, ello es que D. Fernando, lastimado por lo mismo que admiraba, apartose del ventanucho y se sentó, sosteniéndose en las manos la cabeza, que por la gran pesadumbre de sus ideas difícilmente se conservaba erguida. Largo rato permaneció en aquella postura, viendo pasar por la obscuridad de su pensamiento una triste procesión de imágenes, el maravilloso hallazgo de Aurora Negretti en casa de la diamantista; el rostro de esta, trasunto de María Antonieta guillotinada; las figuras burlescas de Milagro y Maturana, y por fin la persona de Aura en distintos aspectos, siempre hermosa, interesante, espiritual, resplandeciente de ingenio y hechicera gracia... Vio la escena de Bilbao, la horrible decepción, que parecía desenlace trágico-tonto y no lo era, pues el verdadero desenlace lo había traído aquel lindo mocoso, que acababa de tomar el pecho y pronto a tomarlo volvería. Las rebeldías de ella, sus dudas horrorosas causantes de locura, ya no eran más que el recuerdo de una dolencia curada, sin dejar ningún rastro. Nada de aquel trastorno podía volver. El chiquillo era el médico, era también el amo, y su existencia a todos imponía vida nueva y nueva conducta.
Al asomarse de nuevo, Aura estaba sentadita en un banco de piedra frente a la casa, —215→ dando de mamar a la criatura. Veíala de espaldas, frente a Prudencia, que en pie exhibía su figura procerosa a la admiración del observador. Este la encontró vulgar, antipática. No podía menos de odiarla; a todos perdonaba D. Fernando menos a la tarasca intrigante, autora de tantas desdichas. Y al fin no había manera de negarle el triunfo... ¿Habría sido aquella mujer instrumento de la Providencia?... También se hizo el caballero esta pregunta, y por cierto que no supo qué contestarse. ¡Estaría bueno que la obra de Prudencia fuera la mejor, la más lógica, y que los equivocados fuesen los demás y no ella. ¡Oh tiempo, juez y maestro, definidor augusto, eternamente sabio!...
Ocurrió después que asomadas a su balcón las niñas de Morentín, Aura las vio, y ya tapado el pecho y el chico harto, se vino hacia esta parte saludándolas con mucho afecto. «¡Rey!... mira, mira las nenas...». Y las nenas le decían mil ternezas, y a ella otras tantas. «¡Qué guapa está usted!... ¡Ay!, cada día más hermosa, rebosando salud... Y el cachorro como una bola de manteca... ¡Hija, qué bien lo cría usted... da gusto verle, qué guapín!... vaya unos ojos asustadicos. Parece que quiere decirnos algo...». Y Aura repetía: «Es un pillo: no saben ustedes lo tunante que es... Pero malo, malo de verdad». Luego los besos restallaban como cohetes. Fernando se retiró otra vez con el corazón traspasado. Tanto besuqueo le lastimaba.
No tardaron en entrar en el aposento Don —216→ Eustaquio y Doña Marta. «¿Pero qué le pasa a usted? -le dijo esta-. Parece que ha llorado».
Sí, señora. Padezco una enfermedad muy rara: ello es cosa antigua en mí. Empiezo con dolor de corazón, y acabo echando un poco de agua por los ojos. Agua, nada más que agua.
Le compadeció la señora, asegurando que para males de tal naturaleza no había mejor remedio que el comer. Pronta estaba ya la comida, que era de las más elementales: tortilla y un plato hecho al horno por Pertusa, con pan, huevos, tocino, alubias, queso y castañas. Era D. Eustaquio un gran cocinero, que sabía improvisar manjares exquisitos con las provisiones de la despensa más pobre. A comer, y a dejarse de penas y de echar agua por los ojos.
Comiendo en modestísima mesa, con pobre y muy blanco mantel, vajilla desportillada y cubiertos desiguales, pero todo limpio como el oro, charlaron de diferentes cosas. La conversación se inició con el tema de la familia de Arratia, diciendo las señoras que trataban a Doña Prudencia y su sobrina sin otro motivo que el de la vecindad. De Aura sabían que a poco de casarse padeció una endiablada enfermedad nerviosa, a consecuencia de un susto; se le trastornó el sentido tan gravemente que no podían sujetarla, y se lanzó a los caminos, buscando a un príncipe imaginario, héroe de los cuentos infantiles. Recogida por la familia, siguió a —217→ su locura una temporada de sosiego y de armonía matrimonial; y al fin, ya estaba la guapa moza curada del modo más feliz, sólo por la virtud de su alumbramiento, que le hizo revolución en la naturaleza, y por el gozo que le daba el verse madre de tan precioso niño. Mas como nunca hay dicha completa, la familia lloraba la ausencia del hijo, sobrino, esposo y padre, el cual era un valentón a lo D. Quijote y una cabeza desclavijada. Quince meses o más iban transcurridos desde que se lanzó con otro loco bilbaíno en busca de aventuras, y a la fecha no se tenían de él noticias directas. Sabían que estuvo preso en la cárcel de Miranda; que luego le cogieron y embaucaron los cristinos, afiliándole en sus infames ejércitos, infortunio grande, ¡ay!, pues más vale la muerte que el pecado y desdoro de pelear contra Dios. Añadieron que las últimas noticias, recogidas de la misma Aura la tarde anterior, eran que el Zoilo vivía y andaba con ese Zurbano, luciendo su bravura, y que D. Sabino había salido nuevamente en su busca, para rescatarle del cautiverio cristino y traerle a su familia y a las dulzuras de su hogar. La tal Aurora era una madraza, sin más demencia que el amor de la criatura, y como esta viviera, no había que temer nuevos arrechuchos. Así lo aseguraba la sabia Prudencia, cuya cabeza reunía la ciencia de veinte doctores. Todo su afán era recobrar a Zoilo, quitándole de la cabeza las locuras guerreras, y cuidándole para padre, pues convenía traer —218→ al mundo tres o cuatro criaturas más, con lo que se aseguraba la conformidad y curación de la mujer. El matrimonio viviría pacífico y dichoso, y mientras más fecunda fuese Doña Aura, más y más felicidades vendrían sobre la familia.
Oyó estas cosas Calpena cuidando de ocultar el interés que en él despertaban. Por no infundir sospechas no preguntó nada referente a Ildefonso Negretti, y siguió a las niñas en el sesgo político que dieron a la conversación. «No puedo creer -dijo Doña Marta-, lo que ayer oímos: ese fantasmón de Maroto ha separado a trescientos oficiales sólo porque pertenecen a la divina intransigencia, que es el partido de S. M.».
-Pues créanlo -dijo el Epístola-, que del D. Rafael no hay que esperar cosa buena.
-Y mientras no le quiten de en medio -añadió D. Fernando-, no se enderezará la Causa, que está bastante torcida, como una torre que se quiere caer.
-¡Caer no, Jesús! -exclamó Doña Rita echando lumbre por los ojos-, que aún tiene el Rey a su lado muy firmes puntales. El señor Arias Teijeiro, que en cuanto habla parece inspirado por el Espíritu Santo, ha dicho: «Señor, los brutos llevarán a V. M. a Madrid».
-Y los brutos -agregó Doña Marta-, son los limpios de corazón y al propio tiempo valientes y arrojados; que el arte de las armas es por naturaleza rudo y se da de cachetes con las letras; y el heroísmo no casa con —219→ esas matemáticas que traen acá los militronches de planitos y anteojo.
-Ello es que la Causa, señoras -dijo Calpena suspirando-, anda revuelta, y los que adoramos al Rey vivimos con el alma en un hilo. Y ahora, para afligirnos más, nos salen con que la sacra y católica Reina también se tuerce, queriendo transacción, que es decir ¡viva Maroto!
-Eso sí que no lo creo aunque me lo aseguren frailes capuchinos -dijo Doña Marta palideciendo-. ¡La Reina, la señora Reina... transacción...!
-Es que anda por ahí una nube de pillos -afirmó Pertusa-, pagados por Muñagorri o por Espartero, que sirven al demonio echando a volar mentiras. A mí me han dicho ayer que Maroto aseguró a Su Majestad que le aceptarán los liberales si les concede una chispita de Constitución y unas miajas de libertad de la imprenta.
-Sí, sí: con eso y con que se declarara que no hay Dios, ya estábamos todos iguales. Una de dos: o Maroto dimite, o le arrancarán de las manos el bastón. Para esto se necesita un hombre.
-Un faccioso de ley.
-¿Qué hombre hay aquí capaz de colgarle el cascabel al gato?
-Hay uno, sí: Guergué.
-Pues Guergué -dijo Pertusa dándole mucha importancia-, y otros dos espadones de mucho brío que no quiero nombrar... en fin, los nombro, pero bueno es que guardemos —220→ reserva...; pues Guergué y los generales D. Francisco García y D. Pablo Sanz le tienen armado el cepo a D. Rafael, y ustedes han de verle pronto cogido por una pata, ya que por la cabeza...
Como el que despierta de un sueño, Don Fernando recayó de súbito en la realidad de sus obligaciones, diciendo: «El tiempo vuela... ¿Qué tenemos que hacer aquí?».
Miráronle con asombro las niñas, pues más le creían perezoso que impaciente, y una de las dos (no consta cuál) le preguntó si había de distribuir en el propio Durango más partijas del donativo de su señor. Con el tumulto que en su mente habían levantado las recientes emociones, se le fue de la memoria el embuste urdido para justificar su entrada en la casa; y al caer en la cuenta de la torpeza con que contestó a la niña, no se cuidó de enmendarla.
«Muy agradecidos estamos a la hospitalidad de las señoras -dijo-; pero tenemos mucho que hacer, y nos retiramos».
Mirábale Pertusa, queriendo penetrar el motivo de aquella súbita retirada; y por no aparecer desacorde con su compañero, repitió: «Tenemos, sí, mucho que hacer. Es mediodía». Y las niñas desconfiadas, alzando manteles y recogiendo loza, dijeron: «Entendimos que en casa permanecerían hasta la noche... La verdad, pensábamos que querían ocultarse, y ni sabíamos ni pretendemos saber el motivo... Pero, pues no hay ocultación, más vale así».
—221→-Bien podemos -dijo D. Eustaquio-, andar por todo el pueblo con nuestras frentes muy altas, pues aquí, que yo sepa, no ha tendido sus redes el marotismo... Y si las señoras no lo llevan a mal, volveremos, y nos darán la satisfacción de leernos algunas de las composiciones poéticas, producto del ingenio de mi señora Doña Marta.
-¡Ay, no, no, D. Eustaquio, por Jesús vivo! -exclamó ruborizada la señora, en la puerta de la cocina, secando un plato que acababa de fregar-. El pobre ingenio mío no merece tales honores. Si me entretengo a ratos perdidos en jugar con las musas, hágolo para mí misma, para nosotras, o para personas sencillas, no para que se rían de mí los ilustrados, porque usted, Pertusa, tiene estudios, y el señor, por bien que lo disimule, no es lo que parece.
-Sea yo lo que fuere -declaró D. Fernando sonriendo-, tendré mucho gusto en oír los versos de la señora. Se me ocurre que si quiere usted dar las gracias a D. Beltrán, lo haga en una linda décima, como es uso y costumbre en las personas agradecidas que saben metrificar.
-¡Oh!... ¡qué compromiso! ¡Por Dios, Blas!... Pues no es floja encomienda la que usted me da.
-Y ello, la verdad, no puede ser más razonable -agregó la otra, ruborizándose también por cuenta de las dotes poéticas de su hermana-. Sí, Marta: compón la decimita, que ha de ser muy grata al Sr. de Urdaneta.
—222→-Y esta tarde -afirmó D. Fernando-, volveremos nosotros a recogerla. Ea, que no perdono la décima. No valen modestias aquí. Y si quiere usted componer otra a la Majestad del augusto Monarca, será miel sobre hojuelas.
-Tema -dijo Pertusa-: Carlos el Grande corta las cabezas de la hidra marotista para fundar sobre ellas su trono.
-¡Ay, ay, ay, qué magno asunto!... Eso no es para mí. Señores, no, no... Mi lira es un guitarrillo humilde... Para eso se necesita trompa... y lo que es trompa... no, eso no me ha dado Dios.
-Pues con trompa o con guitarra -dijo Fernando, ansioso de salir-, las décimas estarán listas para cuando volvamos. Señoras, dispénsennos... Hacemos falta en otra parte.
Aún quiso D. Eustaquio, bromeando, entretener algunos minutos; pero a Calpena se le caía la casa encima; quería salir pronto, huir, ponerse lejos. Cogió por un brazo a su compañero, y repitiendo las cortesanías se despidió de las señoras, que hasta la salida les acompañaron, insistiendo Doña Marta en empequeñecer sus facultades poéticas, y en ponderar la magnitud del literario compromiso en que sus huéspedes la ponían. Cuando se cerró el portalón dejando dentro las dos caras de gatitas blancas y relamidas, D. Eustaquio preguntó a su compañero si volverían, y la respuesta fue: «Como el humo. Cumplido el objeto que aquí nos trajo, doblemos —223→ esta hoja; y adiós para siempre las niñas de Morentín, adiós su casa... y su vecindad. Historia pasada... mundo concluido».
No menos entrometido que curioso, ardía el aragonés en impaciencia por conocer las intenciones de su amigo y el estado de la que juzgó aventura de amor. «¿Pero qué, señor D. Fernando, no entramos en la casa de Arratia? ¿No hemos venido a sorprender y llevarnos a la hermosa mujer con niño y todo?
-Cállate la boca, simple. Da por terminada la aventura, y no hagas preguntas a que no he de responder. Alejémonos pronto de este barrio, al cual no he de volver en todos los días de mi vida.
-¿De modo que...?
-Chitón.
-¿Y ahora?
-Ahora, yo haré lo que me acomode, y tú callarás. ¿Cómo quieres que te tape la boca: con dos onzas para que acabes de pagar tus deudas, o con una morrada de las mejores?
-Prefiero la primera de las dos mordazas presupuestas; y aunque en todo caso mi silencio ha de ser profundísimo, mi felicidad será mayor si a las dos onzas agrega vuestra señoría una media más.
—224→-Bueno... Ya sabes que ahora nos separamos, que no has de pensar en seguirme, ni en buscarme, ni menos en hablar a nadie de mí.
-Conforme. No necesita encargarme la discreción, pues soy agradecido, y aunque a veces no lo parezca, caballero también soy, como dijo el otro... Si estas razones no bastaran para garantizar mi fidelidad, hay otra, señor, y es que los dos trabajamos por la misma causa.
-¿Tú qué sabes? Mi causa nada tiene que ver con la cosa pública.
-Es deber de usted afirmarlo así, y nada contesto; pero si D. Fernando cumple reservándose, yo cumplo callando lo que mi finísimo olfato me enseña.
-¿Qué?
-Que andamos en hociqueos con Maroto.
-¿Quién, tú?
-Usted... Mis papeles son inferiores; pero a un mismo fin vamos todos. Con que...
-Estás en un error grave.
-Separándonos ahora, yo apostaría... que nos encontraremos en Vergara.
-¿A que no? Yo me voy en busca de Zoilo Arratia, y hasta el fin del mundo no pararé mientras no le encuentre.
-Pues no irá usted al fin del mundo, sino a Campezu, que por allí anda Zurbano.
-Abreviemos, que tengo prisa. ¿En dónde te entrego las dos onzas y media?
-Lleguémonos a la tienda de Zubiri, cuatro pasos de aquí.
—225→Pasado un rato, alejándose de la tienda, repitió D. Fernando sus amonestaciones acompañadas de una despedida terminante. «Si quieres ser mi amigo, demuéstrame con hechos que mereces serlo. No me sigas; no me busques; no hables de mí».
-Ni sigo, ni hablo, ni busco; pero sí veo... y callo.
-Es que si no callaras, no habría de faltar quien te cerrara la boca para siempre.
-Comprendido.
-Y vete a donde quieras.
-No hago misterio de ello. Voy a Vergara, donde encontraré no pocos amigos, oficiales de Maroto.
-Ándate con tiento.
-Cuide usted de su pelleja.
Y con un adiós afectuoso y apretones de manos se despidieron, corriendo D. Fernando hacia el parador de Pinondo, en cuya puerta le aguardaba Urrea, loco ya de impaciencia y zozobra, después de pasarse la noche y el día recorriendo las calles del pueblo y todos sus arrabales. No tenía por qué darle el caballero explicaciones de su ausencia, y entrando en busca de Echaide, que también estaba con el alma en un hilo, hubo de soportar resignado la reprimenda que el digno jefe de la cuadrilla se permitió echarle, valido de la confianza y llaneza que con él gastar solía en la dura vida de caminantes. El estupor del buen arriero subió de punto cuando Quilino le manifestó severamente su propósito de trasladarse al territorio donde —226→ operaba Martín Zurbano. Halló por fin el otro fácil modo de conciliar todas las obligaciones, pues despachado primero el asunto capital en Vergara o Tolosa, tomarían la vuelta de Salvatierra, para franquear los montes de Andía y bajar a Campezu, que no era mal camino para Logroño. De acuerdo en esta transacción, preparáronse para la madrugada siguiente. Pasó D. Fernando muy mala noche, con ardores de fiebre, atormentado por la persistencia de las emociones de aquel día. Con más intenso colorido y acentuación más viva que en la realidad, se le reprodujeron las escenas y figuras observadas desde la atalaya; de tal modo se poseían de ello su espíritu y su naturaleza toda, que le dolía la mano derecha de tanto apretar el barrote que partía en cuatro la luz del ventanucho. Y ya de camino, al romper el día, sacando fuerzas de flaqueza para seguir a sus compañeros, continuaba el horroroso dolor de la mano... empuñando la cruz de hierro.
Vergara, donde entraron a media tarde, rebosaba de gente, así militar como paisana. No sólo había llegado Maroto con su ejército, sino D. Carlos con todo el matalotaje de su corte vagabunda. Clérigos y frailes discurrían en grupos, reforzados con señorones administrativos, que vivían sobre el país, justificando su existencia con el consumo de tinta y papel en inútiles escritos. Corrillos de oficiales obstruían los lugares de mayor tránsito: en unos se advertía la intranquilidad, —227→ en otros la tristeza. Cualquier observador que conociese el personal habría podido advertir que los amigos de toda la vida no se hablaban ya, y se dirigían miradas recelosas. Quilino y Santo Barato anduvieron por calles y plazas, respirando los aires de discordia que por todas partes corrían. Gran tumulto de gente les atrajo hacia la iglesia de San Pedro. El Rey con su rebaño apostólico salía de Palacio para ofrecer al Cristo sus soberanos respetos, y la multitud a su paso se agolpaba. Bien pudo apreciar Calpena la diferencia entre los entusiasmos cariñosos que había visto en Oñate y la frialdad de Vergara. Aún le respetaban; ya no le querían; y por entre la doble fila de sus vasallos, a quienes congregaba la curiosidad antes que el amor, pasó Carlos V saludando más severo que amable; que así creía representar mejor la majestad del derecho divino. Su rostro no ofrecía ninguna alteración: era un rostro de efigie inexpresiva, de esas que no dicen nada al devoto que las adora. Su mirada resbalaba en la superficie de las cosas, y los vasallos no veían en ella más que un convencimiento tenaz y un fatalismo irreductible. Ni alegría ni tristeza pusieron nunca sus resplandores en aquel rostro apagado, semejante a los rayos de luz fingidos con madera y estofa en los retablos churriguerescos. No iba con él la Reina, que se había quedado en Azpeitia, un tanto aburrida y descorazonada por el mal giro que tomaban las cosas. Arias Teijeiro miraba al suelo, Valdespina —228→ parecía distraído, y el Padre Echevarría desafiaba a la multitud con miradas altaneras. Mediano rato duró el acto piadoso del Presidiente en la capilla del Cristo, y de allí se fue a visitar a las monjas clarisas, cuya priora le fascinaba por el optimismo de sus juicios y por la gravedad de sus sentencias. Esta ilustre señora fue la que le dijo que confiara en los brutos, que así como los Apóstoles, sin saber leer ni escribir, habían sacado triunfante la Iglesia de Cristo, D. Basilio y Balmaseda y todos los lerdos de la Causa pondrían en el trono de Madrid al legítimo Rey.
De vuelta a Palacio, ya cerrada la noche, fue a visitarle Maroto, que entró con su Estado Mayor, apretando los dientes y atusándose los bigotes, movimientos en él habituales. Algunos días después fue del dominio público lo que hablaron D. Carlos y el Caudillo. Pretendía este que el Rey separase de su lado a los más rabiosos intransigentes; que cambiara sus ministros por otros menos furibundos y destemplados; que llamase al orden a los militares y altos funcionarios que abiertamente conspiraban contra el general jefe de Estado Mayor (que este era el título de Maroto), y amenazó con sentar la mano a los rebeldes si el Rey no lo hacía. Como siempre, D. Carlos contestó lo que le inspiraban su indecisión y pusilanimidad, que sí y que no, y que ya se proveería. Odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar, que no lo era, ni por desafecto a su causa, —229→ sino porque en cierta ocasión de apuro, atravesando la frontera de Portugal, había soltado D. Rafael en los regios oídos la interjección más común en bocas españolas, desacato que el meticuloso Rey no perdonó nunca; pero como le temía tanto como le detestaba, ni tuvo corazón para quitarle el mando, ni agallas para entregarle su camarilla.
Esperó Echaide la hora que le pareció más conveniente para mandar a Quilino con el encargo de un barrilito de aceitunas consignado a la señora Doña Tiburcia Esnaola. Las nueve y media serían cuando partió el mozo al desempeño de su comisión; como la primera vez, se le franqueó la puerta, y una criada le introdujo en la estancia donde encontró a la misma señora, sentadita en el propio canapé. No había puesto aún el hombre sobre la mesa, al pie del velón, lo que llevaba, cuando la señora le mostró un papel no más grande que el de un cigarrillo. Con tinta vio escrita la palabra que servía de contraseña: Inquisivi; y debajo, con lápiz: Aquí no puede ser. Váyase a Estella.
«¿Se ha enterado usted?» dijo la señora; y ante la respuesta afirmativa del mozo, rompió el papel en pedazos muy chiquitos.
Con lo dicho queda explicada la salida presurosa de la expedición arrieril camino de Oñate, para pasar a Salvatierra. Daba prisa D. Fernando, a pesar de sentir muy quebrantada su salud, y era el más diligente en arrear por aquellos caminos, pues se le había metido en la cabeza que siguiendo la ruta —230→ de Campezu o de Contrasta le sería fácil encontrar la brigada de Zurbano, objeto por entonces de su más ansioso interés. El tiempo se les puso frío y seco, y en Salvatierra hallaron las aguas cubiertas de hielo durísimo, y los caminos pulimentados por la humedad cristalizada. Con esto se le agravó al pobre Calpena el quebranto de huesos que desde Durango traía, viéndose obligado a pedir fuerzas a su animoso espíritu para continuar el viaje. Faldeando la sierra de Andía, en dirección de Rióstegui, Urrea le llevó a cuestas por un empinado sendero, y al fin determinó Echaide desocupar de carga a uno de los mulos, para transportar al enfermo con relativa comodidad de todos. Renegaba D. Fernando de su naturaleza, que había creído más resistente y a prueba de trabajos, y a Dios pedía las ágiles patas del lobo, o el vuelo de las águilas, franquear sin cansancio aquellos vericuetos. En los descansos nocturnos, la fiebre le acometía con furia, y a fuerza de abrigo, verdaderos montes de lana que acumulaban sobre él sus compañeros, se iba defendiendo. Por fin, en Ulibarri se sintió mejorado, y la blandura que sobrevino, derritiendo los hielos, fue un bien para todos, hombres y animales.
Al bajar a Orbizo tuvieron las primeras noticias de Zurbano: días antes, la helada crudísima le obligó a retirarse a la Solana, y por allí andaba, entre los Arcos y Dicastillo, aguardando que abonanzara el tiempo para reanudar las operaciones. Siguieron los —231→ cuatro en el rumbo indicado, y al llegar a Espronceda encontraron una columna de la brigada de D. Martín, que salió poco después de entrar ellos en el pueblo, sin que pudieran adquirir las noticias que deseaban. Para dar reposo a D. Fernando y evacuar con la debida prontitud la diligencia que les desviaba de su itinerario, determinó Echaide dejar al caballero en Espronceda con Urrea, bien acomodados en casa de un amigo, y adelantarse él con Santo Barato hasta Muez o los Arcos, para indagar si Arratia continuaba en la división o se le habían llevado los demonios. Poco afortunado el primer día, tropezó al segundo con Ibero, por quien supo que en una acción cerca de Nazar había caído prisionero el Capitán bilbaíno con otros diez. Conducidos a Estella, Zurbano había propuesto un canje, sin resultado. Se ignoraba la suerte de los once cautivos, héroes y mártires. Cuando volvió Echaide con nuevas tan tristes, la pesadumbre del caballero fue extremada. Creyó a Zoilo perdido para siempre; vio frustrado el soberbio plan moral que era su ilusión más risueña: devolver a Luchu a su familia, y reconstruir esta sobre bases inconmovibles. La pasmosa suerte del bilbaíno le había hecho al fin traición, y sus teorías del querer firme fallaban por primera vez. Algún dato más, recogido de los labios de Ibero, añadió Echaide, a saber: que dos días antes se presentó el padre de Arratia en la brigada, con salvoconducto en regla y cartas de recomendación —232→ de Van-Halen y Buerens, y que sabedor del desgraciado caso, había partido para Estella en busca de su amigo Guergué, por cuya mediación esperaba libertar al pobre chico si no le habían quitado la vida. Desorientado en sus ideas, lleno de acerbas dudas, mandó D. Fernando picar hacia Estella sin dilación. Tres nombres giraban en su mente describiendo círculos de fuego: Maroto, Zoilo, D. Sabino.
Al pasar por Irache, ya próximos a la ciudad, supieron que Maroto había entrado algunas horas antes, y que alborotados pueblo y milicia, se esperaba una colisión sangrienta entre los dos bandos que se disputaban la opinión y el imperio. Llegados al puente que da ingreso a la ciudad frente a San Pedro, vieron mucha tropa en las inmediaciones del castillo. Hallando cortado el paso para el parador, hubieron de dar un gran rodeo por la ciudad para dirigirse a los Llanos, y al pasar por la plaza vieron muchedumbre de soldados que a paso de carga traían a un clérigo amarrado codo con codo, entre vociferaciones brutales y despiadadas. No tardaron en saber que el tal no era sacerdote, sino el General D. Francisco García, que se había disfrazado con sotana y manteo para escapar. Minutos después vieron —233→ conducido entre bayonetas a un hombre pequeño y rechoncho, de fiera catadura, cabello hirsuto, ojos sanguinolentos, la boca espumante. «Es Guergué -dijo Echaide en voz baja-. ¡Mal día para los impostólicos!...». Con no poca dificultad, por causa del gentío que azorado corría de una parte a otra, lograron ganar el parador, y allí supieron que los cabecillas apostólicos, ayudados de paisanos y clérigos, tenían preparada una sublevación contra Maroto, habiendo seducido previamente a dos batallones navarros que al aproximarse aquel salieron a tomar posiciones. En la entrada de Estella por los Llanos y por el camino de Puente la Reina, habían comenzado a levantar barricadas; pero D. Rafael anduvo más listo, presentose como llovido del cielo, y tomó medidas perentorias y radicales en el momento mismo de poner el pie en la ciudad.
¿En qué se fundaron los netos para proceder así contra el General? Se habían interceptado papeles en que Maroto y Espartero concertaban la paz, transigiendo el uno en el reconocimiento de grados, el otro en aceptar un poquito de Constitución con algo de libertad de conciencia. Estos papeles existían y se mostraban de mano en mano; mas eran falsos, obra de los calígrafos del absolutismo, o de los fueristas de Muñagorri. Ello es que Maroto puso corto espacio entre su llegada y el acto audacísimo de meter mano a sus enemigos, cogiéndoles en sus domicilios, en la calle, o donde quiera que —234→ se les encontraba. No les dio tiempo a nada, y en un instante se les cambió la festiva tramoya en trágico desenlace, las burlas en veras. Pasando el General por la calle Mayor para dirigirse a la Merced, desde un balcón fue saludado con risas y chacota. Media hora después, en aquella misma casa era preso el intendente D. Javier de Uriz, rabioso apostólico. A las cuatro horas de la entrada de D. Rafael, ya estaban en el castillo los Generales Guergué, García y Sanz, el Brigadier Carmona, el Intendente Uriz y el oficial de la Secretaría de Guerra, D. Luis Ibáñez. Cogidas las seis cabezas del motín, no se entretuvo Maroto en futesas de procedimientos jurídicos y militares. Sin consejo de guerra, sin auxilio religioso, sin otro trámite que cargar los fusiles y formar el cuadro, fueron pasados por las armas de dos en dos. Allí quedaron las seis cabezas de la hidra hechas pedazos. El estupor no les dio tiempo ni aun para protestar del bárbaro suplicio. Se enteraron cuando se les mandó ponerse de rodillas. Nadie se cuidó de vendarles los ojos. Guergué gritó: viva el Rey, viva la religión; en el rostro del intendente se mezclaron las lágrimas con la sangre. Los demás gritaron: «¡canallas, traidores!», y todo acabó.
Retenes de tropa recorrían las calles, y aquí y allí continuaban haciendo prisioneros. Mudo, paralizado de terror, el vecindario se refugiaba en sus casas atrancando las puertas. Cerráronse los comercios; no se —235→ veía un clérigo en las calles, y algunas iglesias se incomunicaron con los fieles devotos. Ordenó Echaide a los suyos que no saliesen, y en las cuadras del parador, en el despacho de bebidas y en los comedores próximos, los parroquianos habituales no volvían aún del susto, ni osaban expresarse con la libertad de otros días. Llegada la noche, la ciudad ofrecía un aspecto terrorífico: con sus tinieblas y su silencio parecería una ciudad muerta si los ruidos de tropa no dieran señales de vida, semejantes a una palpitación febril.
Mientras llegaba la ocasión de acudir a la cita que se le había dado en Vergara, Don Fernando no perdía ripio para buscar el rastro al padre de Zoilo, suponiéndole en Estella, y a cuantos guipuzcoanos o vizcaínos vio en el parador interrogaba, añadiendo que traía un encargo para dicho sujeto. Por fin, después de mil indagaciones inútiles, dio con un vizcainote inválido, buen bebedor y atrozmente sedentario, por obligarle a ello su obesidad y su pierna izquierda, que era de acebuche. Resultó que el tal había visto el día anterior al D. Sabino Arratia, con quien tuvo algún conocimiento en Bermeo y Elorrio, y hablaron un rato breve, lo bastante para enterarse de que venía en seguimiento de uno de sus hijos, prisionero. «Mas ahora caigo -añadió el cojo-, en que no será fácil que le encuentres. Era, según me dijo, amigo y compadre de Guergué, de quien esperaba la salvación del mozo, y —236→ muerto el General de este modo trígico, el pobre señor se habrá metido siete estados bajo tierra, o habrá echado a correr huyendo de la chamusquina. Yo me le encontré saliendo de la parroquia de San Miguel, a punto de que él entraba. ¿Sabes?, es la iglesia que está en un alto, en el centro del pueblo. Nos conocimos; el hombre se echó a llorar, porque es muy lagrimero. Me dijo que si el hijo, que si Guergué, que si tal, y nos despedimos: él entró a rezar... Es aquella la iglesia que más le gusta, por ser la más recogida... Allí se pasa todo el tiempo que le dejan libre sus diligencias. Como no le cojas en San Miguel, en Estella no le busques».
Tempranito se fue Calpena a la mencionada iglesia, y el toque de misa que oía, cuando a ella se aproximó, alegraba su corazón. Entró, admirando la severa puerta románica y el interior sombrío, que impresionaban por su riqueza arqueológica y por su ambiente sepulcral, con olor de tierra húmeda y de ataúdes podridos. Sólo dos ancianas oían misa: no había más varones que el cura y monaguillo... Salió D. Fernando, y por aprovechar la mañana dirigiose al Santuario del Puy, al que por larga cuesta se asciende desde el hospital próximo a San Miguel. También en el Puy tocaban a misa; vio que algunas viejas y un mendigo entraban delante de él. Cobró esperanzas, deseó con viveza encontrar lo que buscaba, imitando el querer ardiente de Zoilo, y por —237→ aquella vez no fue ineficaz la efusión grande de su espíritu, porque a poco de entrar en la iglesia, y cuando sus ojos se habituaron a la obscuridad que en ella reinaba, distinguió un bulto, un hombre de rodillas, al cual sin mayor examen tuvo por el propio D. Sabino Arratia. No se movía el pobre señor, que más bien parecía fúnebre estatua, y a ratos se llevaba el pañuelo a los ojos como para limpiarlos de la humedad luctuosa que de ellos afluía. Oyó la misa con suma devoción; oyéronla Calpena y los demás en corto número asistentes al acto, y cuando este terminó y hubo visitado tres altares el señor desconocido, se le acercó D. Fernando, y a boca de jarro le dijo: «¿Es usted D. Sabino Arratia?».
-Yo no... no, señor -replicó muy asustado el tal-. ¿Qué quiere usted?... ¿qué se le ocurre?
-No se me ocurre más sino que es usted D. Sabino Arratia -añadió Calpena, que en el parecido con Luchu le reconocía-, y hace usted mal en negármelo, porque soy su amigo y no le causaré daño alguno.
-Pues sí... yo soy... Ya ve usted... Con estas cosas... ¡Ay de mí! -dijo el bilbaíno sollozando y acudiendo a sus ojos con el pañuelo-. ¿Puedo saber quién eres?... ¿quién es usted?... porque aquí estamos todos con el alma en un hilo... y aun dudamos si somos vivos o muertos.
-Estamos vivos. ¿Y Zoilo...?
-Vivo también.
—238→-¿Dónde?
-Aquí, en el Santo Hospital... ¿Es usted su amigo?... ¿Conoces a Luchu?... Salgamos si le parece.
-Salgamos, sí señor.
-Somos amigos. Ya comprendo la terrible situación de usted. Vino aquí fiado en la amistad de Guergué, que era su compadre, padrino de Zoilo, y allí donde creía encontrar usted un protector... encuentra un cadáver...
-¡Pero has visto qué crueldad, qué salvajismo! ¡Ay!, no comentemos. ¿Puedo saber quién es usted?
-Un amigo de Zoilo, que le sacará del hospital, de la prisión, o de dondequiera que se halle.
-¡Oh, señor...! -exclamó D. Sabino, que con sus ojos llorantes se quería comer el rostro del caballero-. Prisionero y enfermo está, ¡qué dolor de hijo! Todo por su temeridad... ¡Qué cabeza, señor!
-¿Le ha visto usted?
-¡Si no me ha dado tiempo ese condenado Maroto fusilándome!... a mí no... a Guergué, el mejor de los hombres, el amigo más cariñoso... Pero dime tú, diga usted, ¿es este el mundo criado por Dios, o es otro que nos han traído del infierno? Yo digo que están condenados cuantos sostienen esta guerra, reyes y reinas, archipámpanos y ministriles... ¡Qué dolor! Y todo por un papelito, la Pragmática Sanción... ¿Estamos todos locos, o somos tontos de remate? En —239→ ello pensaba yo mientras oía la santa misa... ¿Acaso sabes tú, sabe usted, en qué vendrá a parar esto? Aquí tienes a un hombre que se aguantó todo el sitio de Bilbao a pie firme, padeciendo aquellas terribles hambres, hijo, y el continuo caer de bombas. Pues terminado el sitio, y cuando en el pueblo entró la felicidad, para mí y para mi familia empezaron las mayores desdichas que es posible imaginar. No puedo recordarlo sin que se me llenen los ojos de lágrimas.
-Volvamos a lo presente. ¿Desde cuándo no ve usted a Zoilo?
-Desde que sin mi permiso, y contra la voluntad de toda la familia, se lanzó a quijotear, en Octubre del 37, siendo en sus aventuras tan desgraciado, que al intentar la primera se ganó cinco mesecitos de cárcel... Después se me mete con los cristinos. Siempre fue el chico muy guerrero, con grandísima disposición para las armas, y una valentía y una terquedad que más parecen divinas que humanas... Pues, como digo, me le cogen los cristinos, y ya está loco el hombre... Tan pronto acudo a consolar a la familia, como a perseguir y a rescatar a mi caballero, y en este trajín se me van meses y meses... Parezco yo también un Tío Quijote, buscando lo que no hallo, y recibiendo en todas partes sofiones y descalabraduras... Si a usted le parece, sentémonos en esta piedra, que estoy desfallecido. Pues verás, verá usted... Hasta Julio del año pasado no supimos que estuvo mi hijo en la —240→ acción de Peñacerrada. Yo me hallaba entonces en Vitoria aguardando una ocasión de abocarme con el pobre Guergué... También le digo que si mi Zoilo es más guerrero que el propio Marte, a mí no me ha llamado Dios por ese camino, y nada me turba y descompone tanto como los espectáculos de lucha y muertes. Tiemblo al oír tiros, y si me aproximo a un campo de batalla, éntrame sudor de agonía... Ni con cien salvoconductos me atrevía yo a penetrar entre las hordas de Zurbano... Me acercaba, y retrocedía... Mejor me acomodaba entre carlistas, porque siempre me tiró de ese lado mi fervor religioso... la verdad, te digo la verdad... Si mi Zoilo se hubiera metido a guerrear por la Fe, fácil me habría sido cogerle y retirarle de la milicia; pero entre cristinos no me hallo... no respiro... El aire que anda entre ellos me huele a libertad de cultos, libertad de la imprenta y pueblo soberano... No, no... Mil veces pensé abandonar al chico, dándole por perdido para siempre; mil veces me llamó el amor que le tengo, y volví a rondarle, siempre medroso, siempre desconfiado... Dios me decía: «ve por él y sácale de la sentina»... y yo iba a la sentina y me acercaba, y tenía miedo... y... Por fin, desesperado, me aboqué con el General Van-Halen, el cual me agregó a un convoy que llevaba socorros a Zurbano. Vi a este en Dicastillo; me echó muchos ajos, me trató con desprecio, ensalzando a mi hijo, y llamándome obscurantista y retro... no sé qué. Pero, en fin, —241→ diome las noticias que deseaba, y a Estella me vine. Por llegar, mira tú qué suerte, me entero de que Zoilo está en el hospital... «Esta es la mía», dije para mí; y me fui en busca de Antonio Guergué... De chicos jugábamos en los Cantones de Bilbao... Encontrele muy inquieto... ¡Toma, como que estaba urdiendo el golpe para hundir a Maroto! Con mal cariz me dijo: «mañana»... ¡Mañana! Aquel mañana de Guergué fue ayer, hijo, y ¡pum!, fusilado... y yo muerto de ansiedad, de miedo... lo diré todo, muerto también de hambre... ¡ay dolor!... Si eres caritativo, como parece, y no temes andar por la ciudad, llévame a donde yo tome algún alimento, pues desde ayer por la mañana no ha entrado en mi cuerpo cosa caliente ni fría.
Compadecido del infortunio, así como de la flojedad de ánimo del pobre señor, D. Fernando le agarró el brazo para llevársele a su posada. Por el camino, a pesar del tranquilo continente del que ya se había constituido en su protector, no se recobraba de su horrible susto el buen Arratia, receloso de cuanto veía, temiendo engaños y traiciones. «Bien comprendo -decía-, que eres, que es usted marotista, y no me pesa. Si me apuran, no creo lo que ayer se decía de tratos nefandos para que D. Carlos nos dé la libertad de conciencia. Y pues Maroto ha venido a ser el amo, tráiganos una paz decente, con la religión sobre todo, y debajo de la religión el rey o reina que nos quieran poner... ¿A dónde me llevas? ¿A tu casa? Si eres militar, —242→ ¿por qué vistes de carbonero, y si eres carbonero, dónde demonios has conocido a Zoilo, y por qué te interesas por él?... Párate un poco, que me canso horriblemente... Ya estamos en la plaza... Por aquí llevaron al pobre Guergué como se lleva un cerdo a la matanza, ¡ay!, y al General García vestido de sacerdote... Al verles, creía que de terror me moría... Otra cosa: ¿cómo te llamas?... ¿Cuál es la gracia de usted?... Perdona: con el hambre que tengo, hasta se me olvida la buena educación... Sigamos otro poco. ¿Falta mucho todavía? Ya no puedo tenerme... Pues sí, hijo mío: venga pronto la paz, sea como quiera, con tal que no toquen a la religión sacratísima, ni al clero, ni a sus bienes raíces, ni nos metan en casa la libertad de pensar... ¡Ay, qué ganas de llorar! Deja que me seque los ojos... Pues tan extenuado me encuentro, que ahora daría yo todos los dogmas por unas sopas de ajo bien calientes, con chorizo... ¿Falta mucho?
Pronto llegaron, y lo primero que hizo D. Fernando fue ponerle delante cuanta comida encontró, y bebida sin tasa. Gozaba viéndole comer, y el hombre se mostró muy agradecido, y con mayor luz en la mollera para dar a sus pensamientos claridad y fácil expresión... «¡Oh, qué bueno es Dios -exclamaba mirando al techo, por no haber allí cielo que mirar-, y qué excelente cordero es este!... Cuando más desconsolados vivimos, se nos aparecen las buenas almas. Es usted un ángel, Aquilino, un ángel sin —243→ alas. Repito que no me asusta Maroto, y que bendeciré la paz que nos traiga, si no vienen con ella libertades de pensar... El dogma sobre todo... Vino de ley es este, ¿verdad?».
Satisfecha el hambre, se caía de sueño, como quien pasara la noche anterior al raso, sin atreverse a entrar en su vivienda, que era la misma donde el pobre General García se había disfrazado de cura. Llevole Calpena a un camastro, donde le dejó bien arropadito, sin cuidarse más de él, porque otras graves obligaciones le llamaban. Echaide y el mozo se miraron, añadiendo pocas palabras a lo que con los ojos se decían. Había llegado la hora. Fuéronse los dos a la residencia de Maroto sin rodeos ni precauciones, que en tal ocasión no se necesitaban; quedose a la puerta Echaide, y entró Quilino con una caja de puros, abierta, dentro de la cual había puesto un papel que en gordos caracteres decía: Inquisivi.
Recibió el General a D. Fernando familiarmente en una gran pieza donde tenía su lecho y una mesa de escribir. Habíase levantado poco antes, y aún estaba la cama revuelta. Junto a una de las ventanas veíanse, sobre derrengada mesilla, la navaja y trapos de barba, llenos de jabón, señal de que Su Excelencia acababa de afeitarse. En —244→ la cómoda cercana estaba el servicio de chocolate, el cangilón rebañado, migas de bollos y la servilleta sucia. Vestía D. Rafael levita vieja militar con el cuello desabrochado, dejando ver la camisa de dormir, pantalón azul y unas enormes pantuflas de abrigo que cuadruplicaban las dimensiones de sus pies. A poco de entrar Calpena, y despedido el asistente, se echó un capote por los hombros, y sentose a la mesa de despacho, donde tenía papeles a medio escribir, picadura esparcida y cigarrillos recién hechos. Sentados frente a frente, el emisario de Espartero expuso las condiciones de este, que oyó el carlista con atención y sonrisa marrullera, y al terminar se produjo un silencio que a Calpena le pareció larguísimo: el General, recogiendo aquí y allí la picadura, y aprovechándola minuciosamente, tardó en formular la respuesta, que había de ser solemne por tratarse en ella de los destinos de la infeliz España.
«Ya no estamos en la situación de hace dos meses -dijo al fin, mirando al mensajero en las pausas-. Entonces no tenía yo fuerza... me refiero a la fuerza moral... y ahora la tengo. Ya se habrá usted enterado de la justiciada que hice ayer. No había más remedio. Me importa poco que D. Carlos refunfuñe. Al fin me dará la razón, cuando yo consiga, y lo conseguiré, librarle del cautiverio en que le tienen cuatro clerigones y cuatro buscavidas. No descansaré hasta no hacer la limpia total... Pero vamos al caso: —245→ decía que ahora tengo fuerza, y procuraré mejorar todo lo posible, si hacemos la paz, la situación ulterior de ese Rey que tan ingrato es para mí. Puesto que todo puedo decirlo, y lo que a usted diga es como si lo hablara con el propio Baldomero, sepa que la Reina y su hijo D. Sebastián ven las cosas de un modo más razonable que D. Carlos...; naturalmente, poseen luces, criterio, que Dios no ha concedido a S. M... y hoy por hoy se contentarían con el reconocimiento de los derechos de D. Carlos, abdicando este en su hijo y en Isabel juntamente... ¿Conoce usted la historia de Inglaterra?».
-Un poco. El caso es como el de Guillermo y María.
-Justo: sólo que lo que allí hizo el Parlamento, aquí lo haría D. Carlos en nombre de Dios. Pues bien: sepa Espartero que en este punto no cedo ni un ápice, ¡porra!, pues así lo he concertado con la de Beira... Claro que el pobre D. Carlos es ajeno a todo; pero ¡qué ha de hacer el buen señor más que conformarse!
-Mi General, desde luego aseguro a usted que esa combinación no ha de aceptarla mi poderdante. De ella resultará una familia real gravosísima, con toda esa plaga de reyes padres y reyes madres... Y luego, ¿en qué condiciones ejercerían el Poder Real Isabel y Carlitos?
-Como los Reyes Católicos, mancomunadamente, firmando juntos, pues si en aquel matrimonio se casó Aragón con Castilla, en —246→ este se casan y conciertan dos ramas igualmente legítimas, para bien de la Nación y para establecer una paz duradera. Creo yo que esto es muy patriótico.
-Será muy patriótico; pero imposible en la práctica. Delo usted por rechazado.
-Muy pronto lo asegura -dijo Maroto dándole un cigarrillo que acababa de liar-. Si Espartero me acepta esto, admito yo sin más discusión lo referente al reconocimiento de grados tal como él lo propone... y hemos concluido... Fíjese usted en que tengo fuerza, y ahora no hemos de estar arma al brazo. Mis soldados anhelan batirse; yo también. Aquí faltaba unidad; yo acabo de hacerla, ¡porra!; y sin necesidad de que venga en mi ayuda ese loco de Cabrera, que para nada me hace falta, intentaré bajarle el tupé al amigo Espartero. Él vale mucho; hace tiempo le conozco... Pero nuestras discordias le han ensoberbecido; los laureles de Peñacerrada los debió a la ineptitud de Guergué y a lo desordenado que estaba aquel ejército. Batallones hubo allí enteramente a mi devoción; otros padecían la rabia apostólica. Yo he curado esa rabia, ¡porra!, y mi ejército es mío; todo él respira con mi aliento... De modo que... En fin, dígame usted algo.
-¿Sobre qué, mi General?
-Sobre estos propósitos míos de aplacarle un poco los humos a su amigo de usted, ¡porra!
-Pues mientras no se llegue a la paz, —247→ ninguna contingencia de la guerra podría causarme asombro, ni sobre ellas tengo por qué anticipar opiniones. Buen militar es usted, y del arrojo de sus soldados nada he de decir, pues reconocido está por todo el mundo. Podrá suceder que alcance usted una victoria con que se olvide el desastre de Peñacerrada; podrá suceder lo contrario... ¿Quién lo sabe? Si se me permite una opinión radical, diré que ya han demostrado unos y otros su valor; que España no desea mayores pruebas de pericia militar y de personal bravura. Hemos llegado a ese punto del duelo en que se impone la cesación de los golpes y el abrazo de los combatientes. Los jueces del terrible lance han visto maravillados la entereza heroica de los dos caballeros; estiman como de igual importancia las terribles heridas que uno y otro se han hecho; el juicio de Dios está cumplido, y la sentencia no puede ser otra que la conservación de las vidas de entrambos. No hay más remedio que envainar los aceros. La paz se impone. ¿Qué quiere usted?, ¿convertir a España en sepulcro de dos inmensos cadáveres? Pues España no quiere eso: anhela vivir, y el obstinarse en que muera, en que muramos todos, paréceme una terquedad salvaje... Formule usted de un modo más práctico el artículo referente a la familia real y a la situación de cada príncipe después del convenio, y la paz, tal creo yo, tardará lo que tardemos en concertar la entrevista final de Maroto y Espartero. Se ha de mirar antes —248→ por los fueros de España y de la humanidad que por los intereses de tanto y tanto príncipe, que con sus pretendidos derechos están desangrando a la raza, y nos la dejarán anémica.
-Pues si en los derechos de príncipes, ¡porra!, hay que quitar jierro, ¡porra!, empiecen ustedes por dar carpetazo a los de Isabel.
-Eso no puede ser.
-¡Ah!... ¿Con que no puede ser? Pues lo mismo digo yo de los de D. Carlos... Ya lo ve usted: volvemos al principio, y nos encontramos en Septiembre del 33, ante el cadáver de Fernando VII, que, entre paréntesis, era una mala persona.
-No divaguemos, mi General.
-No divaguemos. Conste que no puedo ceder en la combinación propuesta por mí. Reinarán Isabel y Carlos, o Carlos e Isabel, tanto monta, con iguales derechos, con iguales prerrogativas...
-Anticipo a usted que Espartero rechazará la combinación.
Pues antes que ceder en ello, cedería yo en lo del reconocimiento de grados, aunque se que daría un disgusto a muchos personajes de acá, que esperan las paces para saber la paga que han de cobrar...
-No divaguemos. Me voy descorazonado, temeroso de que el de Luchana me acuse de no haber sabido expresar su pensamiento. En nombre suyo rechazo la organización estrambótica y complicada del Poder Real, que —249→ sería lanzarnos a la mayor confusión y desconcierto. Piénselo usted, mi General, y aguardaré hasta mañana.
-Lo he pensado bien -dijo el Caudillo dando un puñetazo en la mesa-. No puedo yo, Rafael Maroto, tirar a los pies del caballo de Espartero los derechos de D. Carlos.
-Pues ya verá usted... ya verá, permítame que se lo diga, el pago que le dará D. Carlos por esa transacción a la inglesa, a la protestante. Todo lo que no sea reinar él solo, con poder absoluto, brutal, le parecerá el triunfo de la revolución y de la herejía...
-¡Ah, lo sé!... pero yo cumplo con mi conciencia, ¡porra!, y hay otras personas en la familia de S. M. que no se han puesto en esa actitud intransigente por no estar dominadas por un cleriguicio loco, ni por la cáfila de parásitos... En fin, no puedo ceder en esto. Si él no cede tampoco, sea lo que Dios quiera...
-¿De modo que es cosa cerrada? ¿Puedo retirarme?
-Cerrada es... pero no se vaya usted tan pronto. Quiero obsequiarle con una copita...
Levantose Maroto; de una próxima alacena sacó botella y copas, y al dejarlas en la mesa, requiriendo después su capote, que se le caía, dijo: «Ya sé que no pierde usted ripio, y que aprovecha estas embajadas para distraerse con alguna conquistilla... Cosa muy natural... Crea usted que no se mueve —250→ la hoja en el árbol en todo este país sin que yo lo sepa».
-Ya, ya veo que hay más polizontes que criminales, señal cierta de un estado moribundo. Pero si todo lo que su policía le cuenta es tan verdadero como mis conquistas, está usted muy mal servido, mi General.
-¿De veras? Por eso les digo yo: et sur tout, point de zéle, ¡porra!... Va usted a probar un vinito que me ha regalado nuestra excelsa Soberana.
-¿Cuál? Porque, según la cuenta de usted, el arreglo de Reinas nos ha de resultar muy parecido a las monteras de Sancho: una Reina para cada dedo.
-Ya veremos eso... Convinimos en no discutir más ese punto... Este vino me lo regaló la princesa de Beira, hoy Reina de Castilla.
-Pues si usted no me riñe, bebo a la salud de Isabel II.
-Yo también, que una cosa es la galantería y otra la convicción política.
En el momento en que el General bebía, le vio Calpena tan claro, como si todo su interior gráficamente en signos externos se mostrara. El mirar vivo del carlista y su rostro inteligente se iluminaron, si así puede decirse, con la bebida, y se le transparentó el alma. Recordó D. Fernando la frase que oyó a Espartero en Viana: «es muy ladino, muy ladino», y como tal se le manifestaba en la entrevista de Estella. Estrenando los —251→ puros de la caja traída por Echaide, y divagando los dos, entre humo, sobre asuntos familiares y sin importancia, formuló Calpena de este modo la situación psicológica de D. Rafael Maroto en aquel instante de la historia. «Ya te veo, ya te veo claro. Hace dos días te habrías entregado a Espartero sin condiciones. No tenías fuerza; ahora, por virtud del golpe de mano de ayer, la tienes y grande; te has crecido, te sientes capaz de imponerte a D. Carlos y de manejarle como a un títere. Naturalmente, ahora no te conformas con aceptar las condiciones de paz que el otro quiere poner, sino que aspiras a que él acepte las tuyas. El orgullo de tu éxito reciente te trastorna la cabeza; sueñas con obtener una victoria, que te pondría en condiciones excelentes para dictar luego los artículos del convenio de paz. Todo eso que propones referente a las ramas dinásticas y al modo de organizar el Poder Real, no es más que un expediente dilatorio. Conoces, como yo, lo disparatado de semejante idea; pero tu cálculo revela tu agudeza: mientras voy con tu mensaje y vuelvo con la negativa, te preparas, eliges una posición ventajosa, das una batalla, la ganas, destrozas el ejército de la Reina, y ya eres el hombre culminante, único, que tiene en su mano la clave de los destinos de la Nación. Eso piensas, ese es el ensueño forjado por tu travesura, por tu marrullería, que no le va en zaga a la de tu rival...».
—252→De esta meditación le sacó bruscamente D. Rafael, diciéndole con picardía: «Caviloso estáis... No se devane los sesos por adivinarme, ¡porra!... Cuando vea usted a Espartero le dice que, aunque enemigos políticos, le quiero bien, y deseo darle un abrazo. Bueno. Hablemos de otra cosa. Ándese usted con cuidado con las mujeres navarras, que todo lo que tienen de bonitas lo tienen de fanáticas. Rara es la que no está afiliada en la policía, mejor dicho, en la masonería apostólica. Le venden a uno con toda la gracia del mundo».
-Descuide usted, mi General... ya he previsto ese peligro... Y si le parece, me retiraré ya.
-Hijo, sí: yo tengo que hacer. ¿Lleva usted bien aprendida la lección?
-Tan bien aprendida que no se me olvidará ni una coma... Y por último, mi General, tengo que abusar de su bondad pidiéndole un favor en asunto completamente extraño a estas embajadas.
-Venga pronto.
-Es cosa sencillísima.
-Aunque fuese oro molido. Venga... ¿De qué se trata? Ya... de poner en libertad a un prisionero. Y yo, si usted no se enfada, le pregunto: «¿quién es ella?».
-Aquí no hay ella... En fin, cuento con su benevolencia para una obra de caridad.
-Bien, hombre, bien; me gustan a mí los caballeros caritativos. Pero le advierto que yo lo he sido demasiado, y por ello no estoy —253→ donde me corresponde, ¡porra! Pero, en fin, venga.
Expuso D. Fernando su pretensión, a la que accedió gustoso el General, extendiendo de su puño y letra una orden a raja tabla, de esas que, en nuestro sistema de Gobierno, enteramente personal, tienen más fuerza que la ley. Diole el caballero las gracias; despidiéronse con vivos afectos, expresando los dos la esperanza de llegar en la próxima entrevista a una concordia lisonjera, y Calpena salió, si pesaroso por no haber obtenido ventaja en el asunto de interés político, contentísimo de su feliz éxito en el privado.
En la calle le esperaba Echaide, que le preguntó: «¿Tienes que volver...? ¿Acabatis...? ¿Nos vamos?».
-Todavía no: tengo que hacer algo aquí.
-¿Cosa de...?, vamos, por el aquel de la paz.
-Sí, hombre, por el aquel de las paces, de las benditas paces.
Profundamente dormido halló a D. Sabino en el parador, tumbado boca arriba, rígido, cruzadas las manos, el rostro ceñudo y cadavérico. Creyó por un instante que había pasado a mejor vida el infeliz; pero un suspiro y una voz gutural le convencieron de que vivía y soñaba. Un rato aguardó, por no turbar su descanso; pero al fin, obligado —254→ por la urgencia del asunto, determinose a despertarle, dándole fuertes sacudidas y voces. «No, no, Antonio Guergué -murmuraba con torpe voz el bilbaíno-. No te conozco ni te he visto en mi vida... Me estás comprometiendo... Yo no me meto en nada». Fijando los ojos en D. Fernando, le observó con asombro primero, con alegría después, viniendo por esta gradación a la realidad. Y estirando brazos y piernas en largo desperezo, dijo claramente: «¡Oh, tú!... señor... bien... Muchas gracias... Yo bueno... ¿y en casa?».
Díjole el caballero que era un hecho la liberación de su hijo, y que se levantara y fuera al hospital para sacarle; mas tan torpe de entendederas se hallaba el desdichado señor, que no se hizo cargo de la feliz nueva, o por demasiado feliz no le daba crédito. «No habrá paz, no volveremos a ver paz... -decía-. Moriremos todos... El amigo nos engaña, y el enemigo se disfraza de amigo para vendernos. Tú, marotista, ¿qué nos traes? La libertad de cultos, y el que cada uno piense lo que quiera, haciendo mangas y capirotes del dogma sacratísimo. Esto no lo podemos admitir los creyentes. Mi amigo, llame usted a otra puerta... Con libertad de la conciencia no queremos paz... ¿Qué paz ni qué porquería? Es una paz pringada... No, no. Lo primero es el dogma, después los fueros, y luego, arréglense los reyes y príncipes como gusten para ver quién calienta el Trono... ¿Cuál es mi Soberano? Dios... Dios —255→ mi Pretendiente y mi absoluto... Esto digo».
Y volviéndose del otro lado, cogió nueva postura para seguir durmiendo: su quebranto de huesos era enorme, su sueño atrasado de muchos días. No viendo la posibilidad de hacer comprender al desdichado bilbaíno lo perentorio del caso ni la solución tan fácilmente conseguida, decidió abandonarle a su descanso y proceder por sí mismo. Antes de dar paso alguno hubo de consultar con Echaide, el cual le aconsejó que no diese la cara en asuntos de presos liberados, ni presentase por sí mismo la orden del General. Convinieron en que Urrea desempeñaría muy bien la diligencia, y así se dispuso, personándose el guipuzcoano en el hospital, donde ninguna dificultad encontró; y al caer de la tarde, entre dos luces, viéronle entrar en el parador, trayendo a Zoilo del brazo, tan extenuado que daba dolor verle, lívido el rostro, la cabeza liada en un sucio pañuelo; flojo de piernas, trémulo de palabra; el pelo caído en algunas partes de su cráneo como si le arrancaran o se arrancara mechones; un brazo inválido, con magulladuras lastimosas; y en tan mísero estado de ropa, que las enjutas carnes se le veían por distintas claraboyas de la chaqueta y del pantalón.
Metiéronle en un cuarto alto que les proporcionó el posadero, y allí le rodearon Echaide y D. Fernando, a quien al punto y sin vacilar reconoció, diciéndole: «No se me despinta, no, el caballero, aunque se ponga —256→ en esa facha... Y no he de meterme en averiguar por qué viste como viste, que eso es cosa suya y no mía...».
-¿Tienes hambre, Zoilo?
-Estoy como cuando salí de la cárcel de Miranda, desganado de rabia, y enfermo de mala suerte. Ya me creí difunto, y cuando me sacó este buen hombre creí que me llevaban a enterrar.
-Dinos una cosa. ¿Cómo te dejaste coger prisionero? ¿No te valió en aquel caso tu querer fuerte?
-Es la primera vez que me ha fallado... Pero algún día había de ser... Tanto va el cántaro...
-Eso te decía yo, y no querías creerme. No hay que fiar tanto de la suerte y del arrojo... Aprenderás ahora, y vivirás dentro de la razón... ¿No me preguntas por tu familia?
Fijó Zoilo una mirada estúpida en D. Fernando, y tan sólo dijo: «¡Mi familia!... ¡Qué lejos se han quedado! ¿Cuántos años hace que no sé de ellos ni ellos de mí?... ¿Se han muerto?».
-Hombre, no: todos viven y están buenos. Sosiégate, descansa, y no te descuides en tomar alimento. ¿Qué quieres?
-Agua... No, no: vino.
-Aquí lo tienes. Entona ese cuerpo.
-Y mi padre, ¿vive también?
-Como tú y como yo.
-¿Mi mujer...?
Al decirlo se le llenaron de lágrimas los —257→ ojos, y se dio un fuerte puñetazo en la rodilla, cual si quisiera rompérsela.
-Tu mujer... tan famosa... esperándote... Recuerda los meses que han pasado desde que no te ha visto.
-Ya no se acordará de mí...
-¿Tú qué sabes? Dime otra cosa: ¿se te ha pasado la borrachera de la gloria militar?
-Sí, señor... Estuve loco... De tanto querer cosas grandes, parece que se me ha gastado el alma, y en estos días, ¿sabe usted lo que quería?: morirme.
-¿Y esperabas ver a tu mujer en el cielo?
-En el cielo, sí; ¿pues dónde había de verla si yo me moría...? Digo la verdad, señor: no me cabe en la cabeza que mi mujer esté en la tierra.
-Pues en la tierra está. Procura reponerte, y la verás pronto, y de ella no te separarás en lo que te reste de vida.
Rompió de nuevo en llanto, y Calpena, para curarle la aflicción, que parecía un achaque hereditario, le administró comida, un par de huevos, un pedazo de carne. No recibió con repugnancia la medicina el bruto de Luchu, y a la media hora de este tratamiento ya era otro. La locuacidad se despertó en él, y cuando su amigo le hablaba de Aura, el contento daba rosados tintes a su rostro demacrado, luz a sus ojos. Queriendo activar la reparación psicológica, ya que la física iba por buen camino, llevole D. Fernando a otros asuntos muy apartados del familiar y doméstico que tan hondamente —258→ le convenía. Pedido informe de las operaciones de Zurbano en el tiempo que no se habían visto, refirió Zoilo, no sin trabajo, en cláusulas entrecortadas, la campaña laboriosa en los montes de Bedaya, la arriesgada correría por Treviño y valle de Cuartango, la defensa gloriosa de Subijana, la acción indecisa, sangrienta cual ninguna, de Avechuco, en la que tuvo la desgracia de caer prisionero; agregó sus desdichas en el largo via crucis hasta Estella, donde le tuvieron trabajando más de un mes en las fortificaciones de Santo Domingo, con hambre y palos, hasta que, acometido de unas terribles calenturas, se vio luengos días entre la vida y la muerte. Concluido su relato, comió con más gana, y le mandaron acostarse. En los aposentos de abajo continuaba D. Sabino en su reparador sueño, empalmando una noche con otra.
En tanto, preparaban los arrieros su salida, señalada para el día siguiente; al amanecer subió D. Fernando al cuarto de Zoilo, y hallándole despierto, bastante aliviado de su postración, y con los espíritus en buena conformidad, no quiso dilatar el darle conocimiento de lo que creía más interesante. «Hola, Zoiluchu, parece que vamos bien. Con un par de días en tu casa, al lado de tu mujer, te pondrás como un roble. En tu familia, te lo aseguro, encontrarás una novedad, una estupenda novedad».
-¿Mala o buena? No me encoja el corazón más de lo que lo tengo.
—259→-Hombre, no: si quiero ensanchártelo. Necesitas ahora querer más de lo que querías, amar más de lo que amabas.
-¿Más? Imposible. Si mi mujer está buena y no me recibe con despego, soy feliz.
-Está totalmente buena, curada para siempre con una medicina que le ha dado Dios. ¿No caes en ello, bárbaro? ¿A qué pones esa cara estúpida?... ¿No se te ha ocurrido que en los diez y seis meses que has faltado de tu casa, ya por tus borracheras de gloria, ya por el castigo que Dios ha dado a tu orgullo; no se te ha ocurrido, pedazo de alcornoque, que en tan largo tiempo podían ocurrir novedades en tu familia?
-Sí, señor... pensaba yo... lo vengo pensando desde que estábamos frente a Peñacerrada.
-¿Qué?
-Que mi mujer...
-Sí, hombre; tienes un hijo... Has vivido diez y seis meses soñando, y en tanto tu mujer, buena parroquiana de la naturaleza y de la realidad, ha sabido cumplir sus deberes de esposa. En Durango la tienes hecha una madraza...
-¡D. Fernando! -exclamó Zoilo cerrando los puños-. No gaste conmigo esas bromas. ¡Mire que...!
-¡Broma que tú seas padre! ¿Pues para qué te has casado, animal?
-Para eso.
-Justamente, para eso.
-Pues allí tienes, en Durango, a tu cara —260→ mitad loca con su hijo, digo, loca no, cuerda, enteramente cuerda y bien curada de sus arrechuchos, y esperándote, esperándote, hombre, para que seas feliz con ella y con el crío...
-¡D. Fernando, mire que...!
-La edad del chiquillo no la sé seguramente; sólo me consta que es rollizo, guapote, y como tú, querencioso de vivir. ¿Qué? ¿No lo crees? Pues en Estella está tu padre, que no me dejará mentir. ¿Tampoco crees que está aquí tu padre? ¿Y si te le presento antes de diez minutos? Aguárdame.
Salió D. Fernando, dejándole en tal confusión, que no sabía el hombre si tirarse al suelo, o coger el techo con las manos. No tardó en volver el caballero con D. Sabino, al cual agarraba por un brazo para tirar de él, ayudándole a vencer los empinados peldaños. Al entrar en el cuarto, el viejo Arratia decía: «¿Cómo cinco meses? Siete meses y seis días, si usted no manda otra cosa, pues nació mi nieto el 13 de Julio, día de San Anacleto, papa, y de San Salutario, mártir».
El encuentro de hijo y padre fue tan solemne y patético como si cada cual viese al otro resucitado. Se abrazaron, y D. Sabino inundó a Zoilo con el raudal de su llanto salido de madre. Al hijo le faltó poco para perder el conocimiento, de la fuerza de la emoción, y viendo confirmada la noticia de su paternidad y de la mental reparación de Aurora, entregose a una alegría delirante y como fantástica: primero se colgó de una viga —261→ del techo, al cual alcanzaba puesto de pie en la cama; hizo allí varias suertes acrobáticas de singular mérito, y después se lanzó a gran distancia, andando un trecho con las manos, las patas en el aire.
«Nada tengo que hacer aquí -dijo D. Fernando-, y me voy. Pueden descansar hijo y padre en este mesón el tiempo que les convenga».
-¡Descansar! -exclamó D. Sabino aleteando con los brazos, como si le contagiase el frenesí gimnástico de su hijo-. Nos iremos a escape, si el marotismo, que es ahora el amo, nos proporciona un salvoconducto.
Recibiendo de manos de Calpena el pasaporte en toda regla, hijo y padre se abrazaron de nuevo. D. Sabino, que creía en los milagros pasados, pero no en los presentes, amplió su fe milagrera, declarando prodigiosas y sobrehumanas las felicidades que llovían sobre él. Mayor fue su asombro, que hubo de traducirse en religioso entusiasmo, cuando el posadero le notificó que podía disponer de un mulo y un borrico, sin ningún estipendio, con la sola obligación de entregarlos en Durango en el punto que se les designaba. Dinero para el viaje también les fue suministrado, lo que les vino de perillas, pues Zoilo no tenía blanca, y la bolsa de D. Sabino había venido a una flaqueza casi equivalente al vacío. Prorrumpió el vizcaíno en exclamaciones bíblicas con solemne acento, que fue de gran edificación en la —262→ posada. «Señor, no hay lengua que entone tus alabanzas... Tu mano desciende a nuestro muladar, y henos aquí vestidos de luz... En tu misericordia con estos tristes, veo la señal de que envías la paz al mundo. Glorifiquemos a Jehová paternal, a Jehová pacífico... ¡Hosanna!... ¡Bendita sea tu paz, Señor, que ha de venir sin libertad de cultos ni libertad de la imprenta!... ¡hosanna!».
En la exaltación de su júbilo, llegó a creer Sabino que el misterioso arriero bienhechor no era persona de este mundo, sino un ángel tiznado, un ordinario celestial que traía encargos del cielo para repartir entre los mortales, preparando el reinado de la paz. Aparte hizo D. Fernando a Zoilo advertencias muy oportunas, dictadas por un prudente recelo. «Chico, no hagas la tontería de decir a tu padre quién soy».
-Comprendido... No debe saberlo... ¿De modo que el Sr. D. Fernando se ha muerto?
-O se ha casado, que es lo mismo.
-Bien, hombre, bien... Déme usted otro abrazo... ¡Qué gusto! ¿Y cuántos hijos tiene ya?
-¡Hombre, todavía...!
-Es verdad... Todavía es pronto. Pero tendrá muchos... como yo.
-Sí... muchísimos. Procura tú largar uno cada año... Vaya, adiós. Yo tengo prisa.
Y al partir, dejándoles en disposición de hacer lo propio, sintió la tristeza que acompaña al acto de enterrar un muerto querido. Sobre una parte principalísima de su existencia —263→ ponía la losa con epitafio harto breve: Aquí yace... Las letras borrosas, ilegibles, que decían y no decían un nombre, parecían sepultar más lo sepultado, y ponerlo más hondo, y hacerlo más muerto.