Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Poesías
Carta de Jovellanos a su hermano Francisco de Paula, dedicándole sus poesías
- I -
Soneto primero
- II -
Soneto segundo
- III -
Soneto tercero
- IV -
Idilio primero
- V -
Elegía
- VI -
Idilio segundo
- VII -
Oda primera
- VIII -
Epístola primera
- IX -
El paraíso perdido
- X -
Epístola segunda
- XI -
Idilio tercero
- XII -
Idilio cuarto
- XIII -
Idilio quinto
- XIV -
Idilio sexto
- XV -
Idilio séptimo
- XVI -
Idilio octavo
- XVII -
La encina y la caña
- XVIII -
Los dos mulos
- XIX -
Idilio
- XX -
Oda segunda
- XXI -
Epístola tercera
- XXII -
Cantilena
- XXIII -
Epigramas
- XXIV -
Soneto cuarto
- XXV -
Idilio noveno
- XXVI -
Idilio décimo
- XXVII -
Idilio undécimo
- XXVIII-
Idilio duodécimo
- XXIX -
Idilio decimotercero
- XXX -
Traducción de cinco dísticos que figuran en el retrato de Juan de Herrera, grabado por Pedro Perret
- XXXI -
Idilio decimocuarto
- XXXII -
Epístola cuarta
- XXXIII -
Himno
- XXXIV -
Idilio decimoquinto
- XXXV -
Soneto quinto
- XXXVI -
Soneto sexto
- XXXVII -
Epístola quinta
-XXXVIII -
Prólogo
- XXXIX -
Idilio decimosexto
- XL -
Romance primero
- XLI -
Romance segundo
- XLII -
Jácara en miniatura
- XLIII -
Sátira primera
- XLIV -
Sátira segunda
- XLV -
Romance tercero
- XLVI -
Sátira tercera
- XLVII -
Carta de un Quidam a un amigo suyo, en que le describe el Rosario de los cómicos de esta corte
- XLVIII -
Idilio decimoséptimo
- XLIX -
Oda tercera
- L -
Oda cuarta
- LI -
- LII -
Epístola sexta
- LIII -
Epístola séptima
- LIV -
Sátira cuarta
- LV -
Sátira quinta
- LVI -
Epístola octava
- LVII -
Paráfrasis al salmo «Judica me, Deus»
- LVIII -
Epístola novena
- LIX -
Epístola décima
- LX -
Canto guerrero para los asturianos
A las armas, valientes astures,
Al joven abatido
Allá van a tus manos
Astro segundo de la ardiente esfera,
Atención... st..., punto en boca,
A vosotros, oh ingenios peregrinos,
Bello trasunto del semblante amado,
Cese ya el clarín sonoro
Con dulce y diestra pluma
Con dulce y triste acento
Corred sin tasa de los ojos míos
Cuando de amor la flecha penetrante
De agudo mal el golpe no esperado
Déjame, Arnesto, déjame que llore
Dejas ¡oh Poncio! la ociosa Mantua,
Del Betis recostado
Desde este desván
Desde este oculto y venerable asilo,
Dijiste contra el peinado
Dijo un día la encina,
Esta y no más, Numen mío,
Estos que viste ayer, Fabio, fingiendo
Goza de los placeres
Iban dos mulos caminando un día
¡Gracias al cielo, oh nobles compatriotas,
¡Oh cuán feliz nació la golondrina,
¡Perdón, perdón mil veces,
¿Adónde estoy? ¿Qué fuego
¿A dó, puñal en mano, furibundo
¿Comedias? Ni por pienso. Esta es la escuela
¿De cuándo acá las musas,
¿Dudas? ¿La desconoces? De tu amigo
¿Eres locuaz? Pues métete a letrado:
¿Por qué consultas, dime,
¿Por qué te llaman coja, Dorotea?
¿Quién me dará que pueda,
¿Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas
La mano con que arroja
«El hombre que morada un punto solo
Las dudas, bella Alcmena, y los recelos
Los malignos fisgones
Mientras Batilo canta
Mientras cubierto el beaciense suelo
Mientras de Galatea,
Mientras en raudos giros
Mientras los roncos silvos
Mientras te alejas de la verde orilla
Mireo, pues te place
Ni me fundo en las leyes
No sale más galana
Padre del universo,
Pasan en raudo vuelo
Por los balcones de oriente
Por los hojosos bosques
Pregúntame un amigo
Quiero que mi pasión ¡oh Enarda!, sea,
Ríñenme, bella Enarda,
Sentir de una pasión viva y ardiente
Se quejan mis clientes
Sí, la pura amistad, que en dulce nudo
Sus, alerta, Bermudo, y pon en vela
Verdes campos, florida y ancha vega,
Voyme de ti alejando por instantes,
Ya cierra Febo plácido la línea,
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