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Alberto Blest Gana

El autor: Apunte biobibliográfico

El deber de un novelista

Cuando Benito Pérez Galdós aún no había puesto las bases de la novela realista española, en Chile, Alberto Blest Gana (Santiago, 1830-París, 1920) daba a la imprenta las primeras narraciones realistas en español. En su adopción de los modos del realismo de Balzac, Flaubert y Stendhal perviven al comienzo los ecos aún poderosos del romanticismo, sobre todo del historicismo de la novela de Walter Scott, si bien más por el propósito patriótico que animaba las ficciones de Blest Gana ―la ambición de acotar y expresar el espíritu de una clase o un pueblo en su época― que por su fe en un modelo que juzgaba literariamente acabado.

El realismo que progresivamente lleva a la novela chilena Blest Gana, depurándola del sentimentalismo romántico o del limitado costumbrismo de cuadros y escenas, lo convierte, desde su temprana lectura del realismo francés, en un novelista continental, capaz de anticipar nuevos rumbos en la novela hispanoamericana. Desoyendo un gusto popular que se recreaba en modelos consabidos, pero escuchándolo a la vez en su necesidad de retratos fieles de lo cotidiano, Blest Gana comprendió la extenuación de la novela romántica. En 1861, durante su discurso de ingreso como profesor de la Universidad de Chile, habla ya sobre el fracaso del género novelístico en la literatura chilena y el agotamiento de la novela histórica scottiana que podía servirle de redención:

En Chile no ha predominado hasta hoy ningún género especial de novela, porque […] es el ramo literario que menos discípulos cuenta. Sin duda alguna que tanto la novela histórica cuanto la de costumbres y la fantástica pueden prestar eminentes servicios a las letras nacionales y segar lauros envidiables. El acierto en el desempeño decidirá del éxito, y no el género o la escuela a que pertenezcan: giran todas ellas en el dominio de la ficción y disponen de variados medios para interesar y para instruir. Pero creemos que, consultados el espíritu de la época y la marcha de la literatura europea durante los últimos treinta años, la novela que está llamada a conservar por mucho tiempo la palma de la supremacía es la de costumbres. Con efecto, la novela histórica, revestida de poéticas galas por Walter Scott, ha sufrido desde entonces notables pero poco acertadas modificaciones, en manos de los escritores del día, y ni aun conservando el carácter que el ilustre escritor escocés le diera en sus inmortales trabajos, la popularidad inmensa que con sobrada justicia alcanzaron y aún conservan puede decirse que salva la esfera que habita la gente de esmerada educación.

El costumbrismo que había de presidir el programa de la nueva novela chilena debía alejarse, asimismo, del más chato y falto de aliento narrativo, para lanzarse de lleno a la ambición realista. La escena pintoresca, para entonces ya cultivada con maestría en Chile por José Joaquín Vallejo «Jotabeche», debía desplegarse ahora en una narración elocuente de la particularidad histórica de un carácter colectivo. En carta de 1863 a José Antonio Donoso confiesa el espíritu de sus creaciones:

Desde un día en que leyendo a Balzac hice un auto de fe en mi chimenea, condenando a las llamas las impresiones rimadas de mi adolescencia, juré ser novelista, y abandonar el campo literario si las fuerzas no me alcanzaban para hacer algo que no fuesen triviales y pasajeras composiciones.

La ambición realista de Blest Gana no puede separarse de la conciencia patriótica desde la que el escritor intentaba aportar a la emergente identidad chilena sus propios códigos culturales, en paralelo a la labor del siglo XIX hispanoamericano de lograr una auténtica emancipación mental una vez conseguida la política. Si se trataba de suplir las carencias de la cultura chilena y resolverlas con la publicación de los primeros frutos originales y válidos para que la nueva nación dejara de ser un agregado de clases y se viera reflejada por entero, el medio idóneo era el folletín novelesco, de difusión popular. En él habrían de ver la luz los monumentos literarios de la chilenidad, enlazando así con la épica de Alonso de Ercilla a través de un vano de siglos de Colonia. Pero lo primero, en los tiempos nuevos de la República, era la crítica del estado de la cultura chilena. En 1859 su artículo «Los placeres de Santiago» avisaba de la tarea pendiente y de sus obstáculos. El meridiano cultural debía pasar por las novedades de Europa, pero Chile seguía en su siesta colonial:

Aquí, la ópera, los bailes, los paseos y cuanto contribuye a formar las delicias de la vida civilizada son plantas exóticas que ningún esfuerzo consigue aclimatar o como esas máquinas que la moderna agricultura con tan buen éxito emplea en Europa y que, introducidas en nuestro bendito suelo, se deterioran e inutilizan al cabo de muy corto servicio. Lo que dura por acá son los bostezos, porque nadie los da cortos; los fríos y los calores son también de larga duración; duran las antipatías y los odios, las esperanzas, porque rara vez se cumplen, y los pleitos, en fin, que gozan de una proverbial longevidad. Cualquiera diría que la proximidad de los Andes nos aplasta, apagando el hielo de sus nieves perennes ese calor vital que en otros pueblos hace a las gentes más expansivas y joviales.

Tras la crítica se imponía la necesidad de un programa literario capaz de mostrar la personalidad ―virtudes y vicios― y el impulso de la nueva nación. En estos primeros años de su trayectoria, Blest Gana reitera sus observaciones sobre «el deber del novelista», consigna tan literaria como patriótica. En su artículo de 1859 «De los trabajos literarios en Chile» invitaba a los novelistas chilenos a no desmayar en la tarea pendiente:

A las inquietas declamaciones de los que, sintiéndose con fuerza, abandonan la tarea culpando a la indiferencia de la sociedad, nosotros responderemos diciéndoles que busquen en su voluntad la energía que su propia indiferencia les roba y hallarán en el trabajo y la perseverancia su propio desengaño. Chile se encuentra ahora como esos campos que sólo esperan la mano del cultivador para rendir frutos abundantes y sazonados; la civilización ha arrojado ya los cimientos que prepara la inteligencia: tened constancia y veréis convertirse en flores las zarzas y malezas. No es el aprecio por los trabajos literarios lo que falta, es la constancia y el entusiasmo de los que pueden cultivarlos.

Tras las primeras obras, narraciones de reflejo romántico aún vacilantes en su caracterización de la sociedad chilena y el proceso de su constitución independiente, siguieron desde 1860 las novelas que inician el ciclo de verdadera madurez del autor, en las que la conciencia de un programa narrativo se acompaña de sus primeros resultados satisfactorios. La novela que señala ese cambio es La aritmética en el amor, que Blest Gana presenta al certamen organizado por la Universidad de Chile para ayudar a la formación de la novela nacional. Junto con el premio material y su publicación, la obra ganadora recibiría la publicidad de la opinión autorizada de los miembros de la Facultad de Humanidades.

Fueron José Victorino Lastarria y Miguel Luis Amunátegui quienes recomendaron la obra de Blest Gana. En el juicio del jurado sobre La aritmética en el amor, probablemente redactado por Lastarria, se destacaba el valor de la obra como modelo de la novela chilena:

El gran mérito de esta composición es el ser completamente chilena. Los diversos lances de la fábula son sucesos que pasan efectivamente entre nosotros. Hemos presenciado, o hemos oído, cosas análogas. Los personajes son chilenos, y se parecen mucho a las personas a quienes conocemos, a quienes estrechamos la mano, con quienes conversamos.

Pero haber cristalizado la esquiva chilenidad en sus páginas no era ni debía ser el único mérito de la novela. El pintoresquismo costumbrista daba paso a una evolución que permitía hablar del desarrollo de un pensamiento ejemplar, que situaba el fruto artístico en la nueva sociedad:

El autor de la novela ha escrito su obra, no para hacer pinturas literarias simplemente, sino para desenvolver un pensamiento. Lo que él ha querido reproducir, y hacer odioso reproduciéndolo, es ese egoísmo desenfrenado que ahoga en tantas personas todo sentimiento honrado, que ofusca en ellas la voz de la conciencia, que justifica a sus ojos el empleo de toda especie de medios para llegar a la riqueza y al poder.

A partir de La aritmética en el amor, las novelas de Blest Gana tratarán de perfeccionar el modelo iniciado. Si bien la caracterización psicológica de los personajes y su complejidad anímica nunca terminarán por ser méritos destacados en su novelística, esto puede encontrar explicación en sus intereses predominantes. Éstos no serán otros que los del retrato de procesos colectivos con la excusa de episodios personales, a menudo historias de amor basadas en un triángulo de pasiones. Pero éstas son a su vez reveladoras de ambiciones en las que están implicadas cuestiones de clase social, generación, procedencia o ideología. Ellas son el pretexto conductor del gran relato de la identidad colectiva chilena, de la que el autor toma expresivas catas geológicas en episodios históricos del pasado reciente, nunca de la actualidad en curso: lo necesario para ser ejemplares sin entrar en el terreno de la opinión política.

Como ha destacado Guillermo Gotschlich, los protagonistas de Blest Gana se caracterizan por ser representantes intrascendentes de una clase social en un momento histórico. Este héroe imperfecto, retratado sobre el fondo real de la Gran Historia al modo de Walter Scott, no destaca por sus nobles pasiones o desprendimiento patriótico, sino por el conformismo y mediocridad de sus fines personales, que a menudo son juguete de los verdaderos movimientos históricos. Si bien esto no diferencia las obras de Blest Gana del modelo scottiano, será, sin embargo, el reconocimiento que los protagonistas experimentan de sí mismos y la superación de las limitaciones propias e impuestas lo que actúe de redención ejemplar, religando la acción con la historia personal propuesta al inicio. Esta anagnorisis sirve para que, siéndolo, las narraciones de Blest Gana sean algo más que novelas históricas.

Así sucede, por señalar los títulos más característicos, en Martín Rivas, paradigma de la novela chilena, relato de iniciación donde la dialéctica entre la capital y la provincia habla de los prejuicios centralistas de la historia chilena como de la superación personal de un protagonista en quien el autor descubre todo un «modelo de imperfección». O en El loco Estero, y su reivindicación de la pedagogía de las clases populares sobre la reducida sociedad chilena, pero donde para llegar a la tesis histórica encontramos la verdad genuina de unos «recuerdos de la niñez». Así como en Durante la Reconquista, en la que la hipocresía revolucionaria de las clases letradas es puesta frente a la pasividad intrínseca de un pueblo que no se siente llamado por un discurso patriótico excluyente; y donde, ante todo, Blest Gana termina de descubrirle a Chile su pueblo y su provincia, con tipos como el «roto» que toman aquí voz propia. Personajes que en su mismo retraimiento histórico no son sino síntomas de lo que lo provoca.

Por eso, Blest Gana retrata y se enfrenta al fatalismo y pasividad esenciales de una historia chilena casi despojada de héroes conscientes y determinados; si bien, en el camino nos hace descubrir la causa, y a menudo la razón, para que los sujetos verdaderos de la chilenidad, las clases, la provincia, no hayan ocupado el espacio de esas pasiones. Quizá sea esa visión escéptica de los procesos colectivos de Chile ―su «realismo» no sólo literario sino moral― lo que salva a las mejores novelas de Blest Gana de ciertos finales tranquilizadores, y lo que las ha preservado para nosotros.

Vida y obra

Junto a su quehacer novelístico, la vida de Alberto Blest Gana estuvo presidida por sus servicios a Chile, que llegó a anteponer a una carrera literaria que al menos desde 1861 lo había llevado al reconocimiento general. La misma inquietud con que acusaba el «deber del novelista», deber literario que era un mandato patriótico de aproximación veraz a la realidad propia, la asumió Blest Gana en una vida al servicio de la joven república chilena. La conciencia cívica sacrificó sus mejores años de madurez al largo periodo en que su obra se vio interrumpida por la labor diplomática en Europa. Sólo el retiro forzado a que lo obligaron algunas insidias le hizo retomar el hilo de su carrera literaria, en una etapa postrera que depararía varias de sus novelas más logradas.

Tercer hijo del matrimonio entre el médico irlandés William Cunningham Blest, que desde su llegada a Chile en 1824 ejerció con el nombre de Guillermo C. Blest, y la criolla santiaguina María de la Luz Gana y López, Alberto Blest Gana nació en Santiago de Chile el 4 de mayo de 1830. No fue el único literato en una familia patricia de inquietudes liberales, pues en ella se cuentan sus hermanos Guillermo (1829-1904), destacado poeta romántico, y Joaquín, escritor y político que llegaría a ser ministro durante la República Liberal (1861-1891), además de su primo Federico Gana, diplomático, cuentista y poeta. Su infancia transcurrió a orillas del bulevar de la entonces Alameda de las Delicias santiaguina, en los dos caserones que la familia ocupó sucesivamente en la nueva zona de expansión de la capital, primero junto al Hospital de San Juan de Dios, y desde 1839 frente al Cerro de Santa Lucía, en ambientes que recrearía en los recuerdos de niñez de su novela El loco Estero.

A los trece años ingresó en el Instituto Nacional para realizar los estudios regulares, si bien al poco tiempo lo haría en la Escuela Militar, a instancias de su tío José Francisco Gana, que era su director. Como confesaría años después en correspondencia con José Victorino Lastarria, el espíritu castrense nunca figuró entre sus inclinaciones, y dirigió sus estudios hacia la ingeniería militar, con la esperanza de orientar su utilidad a la vida civil. Como observa su biógrafo Raúl Silva Castro, la formación intelectual de Blest Gana fue incompleta y autodidacta en muchos de los campos del saber que pudieron recibir otros jóvenes de su generación que figurarían en las letras nacionales, como Eusebio Lillo, Miguel Luis Amunátegui, Benjamín Vicuña Mackenna o Diego Barros Arana.

Su primer encuentro con la convulsa realidad política del Chile de esos años, dividido desde la década de 1820 en las pugnas y guerras civiles entre conservadores y liberales ―«pelucones» y «pipiolos»―, debió de ser el espontáneo homenaje que su padre tributó en 1844 al escritor y político liberal Francisco Bilbao, futuro fundador de la Sociedad de la Igualdad y cuyo polémico ensayo La sociabilidad chilena acababa de ser censurado por un jurado. El doctor Blest, en su día cercano al gobierno conservador de José Joaquín Prieto, durante el que había sido director de la refundada Escuela de Medicina entre otros cargos, pero de progresivas inclinaciones liberales, mandó servir vino al acusado, a quien parece que además dedicó un elogio público a su salida del juicio. Días después, el Consejo de la Universidad de Chile decretó la suspensión del doctor Blest, quien sólo más tarde consiguió ser oído por rector y decano, y aliviado del castigo bajo recriminación.

Blest Gana continuaría sus estudios castrenses en una estancia en el extranjero decisiva en su formación de escritor por la posibilidad de conocer sin mediación las novedades literarias europeas. Así, en 1847, tras haberse licenciado de la Escuela Militar como subteniente, es enviado a Francia en compañía de otros alféreces. Allí permanecerá cuatro años destinado en la Escuela del Estado Mayor, mientras continúa su formación en la Escuela Preparatoria de Versalles. En Francia tiene ocasión de contemplar los sucesos revolucionarios de 1848, la caída de la monarquía de Luis Felipe I y la proclamación de la Segunda República, que en 1855 recreará en su folletín Los desposados. Durante la ausencia de Chile se produce la muerte de su madre, en marzo de 1851, sólo meses antes de su regreso. De nuevo en Chile, es promovido a teniente del cuerpo de ingenieros, si bien comienza a inclinar la formación recibida a su salida del Ejército como agrimensor de la Universidad.

En 1853 aparecen las primeras publicaciones de Blest Gana, quien por entonces firma bajo el seudónimo de «Abejé», anagrama de sus iniciales. Sus primeros artículos son cuadros de costumbres publicados en la revista El Museo, dirigida por Diego Barros Arana. En la misma revista aparece como folletín su primera novela, Una escena social, que más tarde la editorial santiaguina Excélsior convertirá en libro.

En 1854 contrae matrimonio con Carmen Bascuñán Valledor, criolla de la sociedad santiaguina con quien tendrá cinco hijos. Al año siguiente solicita su retiro del servicio activo del Ejército, con la dispensa de servicios administrativos en el Ministerio de Guerra, que sólo cumplirá durante unos meses. En esta fecha ya es colaborador regular de varias publicaciones, como la Revista de Santiago y la Revista del Pacífico, iniciada por su hermano Guillermo. En ellas da a conocer varios folletines novelescos, cuyo éxito hará que se vaya acortando el tiempo hasta verlos convertidos en libro. Convencido de su vocación y cualidades para la literatura, inicia una etapa de prolífica escritura. 1858 conoce tres ediciones en libro de sus folletines, publicadas en Valparaíso por la imprenta de El Mercurio. Se trata de Engaños y desengaños, que había aparecido a lo largo de 1855 en la Revista de Santiago, y El primer amor y La fascinación, que aparecieran el mismo año de 1858 en la Revista del Pacífico. Publica también la novela Juan de Aria, incluida en el Aguinaldo de El Ferrocarril a sus Abonados, que se convertirá en libro al año siguiente. De 1858 es, asimismo, su única pieza teatral conocida, El jefe de la familia, publicada en El Correo Literario, y que no sería llevada a las tablas hasta un siglo más tarde, en 1959.

El año 1859 fue decisivo en su evolución literaria, al iniciar sus colaboraciones en La Semana, periódico dirigido por los hermanos Domingo y Justo Arteaga Alemparte, animadores de empresas culturales que se harán importantes en la carrera de Blest Gana. Al convertirse en mirador de la literatura contemporánea, La Semana consiguió hacer más visibles los cambios que Blest Gana estaba a punto de operar en la novela chilena. Su primer trabajo publicado en el periódico no fue, de hecho, un artículo o un folletín, sino el ensayo arriba citado «De los trabajos literarios en Chile», premonitorio de sus ambiciones renovadoras. En La Semana, Blest Gana se ocultó tras el seudónimo «Nadie», con el que firmó varios artículos de costumbres, así como otra novela por entregas, Un drama en el campo, que no tendría edición independiente hasta 1862, compartida con La venganza y Mariluán

Esta etapa inicial de su producción novelística, que el autor habría de reconocer como una preparación necesaria para adquirir soltura y familiaridad con las estructuras narrativas y el diseño de los caracteres, preludia su madurez como novelista. En 1860, la Universidad de Chile organiza un certamen de novela, a la que Blest Gana se presenta con el manuscrito de La aritmética en el amor. Se trata de la primera novela que compone expresamente para su edición independiente, y la que alcanzará el galardón de genuina novela chilena.

Si atendemos al informe redactado por Lastarria para justificar los méritos de la novela, ésta encajaba en la virtud de «utilidad» bajo la que había sido convocado el certamen:

La novela pedida, o debía evocar un suceso histórico, o presentar un cuadro de costumbres de los tiempos pasados, o pintar en uno o varios de sus aspectos la actual sociedad chilena. Cualquiera de estas tres materias que escogieran los concurrentes al certamen […] tenía una utilidad innegable.

A pesar de que Lastarria avisaba de que «en Chile la historia nacional ha sido muy bien cultivada, pero la novela histórica aguarda todavía su Walter Scott», la temática escogida en esta ocasión por Blest Gana fue la última de las tres. La aritmética en el amor remite al Chile de la época, en un momento en que todo estaba por hacer pero las pasiones eran mediocres: el amor, acaso, la lujuria, la riqueza o el poder, a las que el cinismo ayudaba a hacer más alianzas que pugnas. Como sucede con frecuencia en la narrativa blestiana, el protagonista de esta novela de crecimiento, Fortunato Esperanzano, es un joven de provincias que cifra en la capital la culminación de sus anhelos de riqueza y posición. A lo largo de una intrincada historia de celos, adulterio, amores de conveniencia, equívocos, duelos de honor amagados y final feliz, el relato deja, sin embargo, un poso inclemente de pesimismo social. Aparecen aquí las que serán características de las novelas de Blest Gana: la estructura rigurosa, de trama elaborada, las galerías proliferantes de personajes, el retrato colectivo por encima de una individuación superficial, la dialéctica entre clases y sociedad o entre provincia y capital, así como la crítica social a través de la iniciación de un protagonista antiheroico, a las que se añaden aún los rezagos románticos del melodrama o la imperfección de una historia validada antes en su plano simbólico, donde los personajes no descuellan de las alegorías de sus nombres: Anselmo Rocaleal, Tiburcio Rostroalbo, fray Ciriaco Ayunales, Modesto Mantoverde o el mismo Fortunato Esperanzano.

Tras éste, seguirán una serie de títulos que confirman la maestría alcanzada por Blest Gana en el manejo de estas estructuras y características, sobre todo en los resortes del interés novelístico y en la información de la vida chilena. La aritmética en el amor parece haber confirmado al autor en el papel de literato, pues el folletín El pago de las deudas, publicado en la Revista del Pacífico en 1861, conocerá edición independiente el mismo año, al poco de la última entrega. Aún más, meses antes, a finales del mismo año de 1860 en que gana el certamen de la Universidad de Chile, la institución decide cubrir la vacante dejada por la muerte de Juan Bello Dunn, primogénito del segundo matrimonio de Andrés Bello, con el ingreso de Blest Gana como profesor de la Facultad de Humanidades, lo que suponía su abandono de las actividades de agrimensor vinculadas a su formación castrense. A comienzos de 1861 pronunció el discurso de ingreso ya citado, donde se ocupa del estado de la novela chilena, recordando los «deberes» que ésta exigía.

1862 será el año de su consagración no sólo en el oficio novelístico, sino como representante eminente y modelo del género en Chile. La repercusión de Blest Gana aumenta con el inicio de sus colaboraciones en el diario liberal La Voz de Chile, que había sido fundado ese mismo año, y donde aparecen nuevos folletines del escritor. En lo sucesivo y hasta el parteaguas de su destino diplomático en Europa, la imprenta del diario será también la encargada de editar sus colaboraciones como libros. Este año se publicarán en un mismo volumen las novelas Un drama en el campo, que había aparecido en La Semana durante 1858, La venganza y Mariluán, que lo habían hecho en La Voz de Chile a lo largo de 1862. Pero su acceso al éxito del gran público viene de mano de otro folletín publicado ese mismo año en el diario, Martín Rivas, aparecido entre los meses de mayo y julio con el subtítulo Novela de costumbres político-sociales. La relevancia de su éxito es evidente desde las primeras entregas, y provoca que, de nuevo, el lapso hasta su edición en libro sea mínimo.

Martín Rivas vuelve a poner a los lectores ante una historia de iniciación, en la que un joven provinciano llegado a Santiago acude a la protección de un antiguo socio de su padre para realizar sus estudios. Tanto su formación como sus aspiraciones amorosas no son sino adjetivos de su ansia de ascenso social. En esta ocasión la personalidad del protagonista es el neto eje central de una trama que, como indica la elección de su nombre para título de la obra, deja de ser una aventura predominantemente exterior. La caracterización psicológica logra en Martín Rivas mejores prendas que en La aritmética en el amor. El propio autor parece ahora dejarse sorprender y seducir por las evoluciones del personaje, cuya complejidad se emancipa de su alegoría. La situación lleva a un pasado reciente, 1850, cuando el joven Martín Rivas, huérfano de padre y sin posición ni posibles, llega a casa de Dámaso Encina para cumplir el deseo paterno de conseguir una educación y encumbrarse. Su aspecto e indumentaria toscos contrastan con las finezas de la capital, que lo rechaza instintivamente, si bien el narrador advierte las virtudes del protagonista. La caracterización ofrece, pues, mayor complejidad que las de los protagonistas satíricos de novelas anteriores, con un personaje del pueblo que ahora puede ofrecer su parte a la sociedad chilena. En la familia Encina, Martín encuentra el desprecio del hijo de don Dámaso, el siútico Agustín, y el desdén de su hija Leonor, que sin embargo comenzará a trocarse en interés por el nuevo huésped. Sólo en el Instituto Nacional encuentra Martín la amistad de Rafael San Luis.

En lo sucesivo, y con el trasfondo histórico de la revolución liberal de 1851 dirigida por la Sociedad de la Igualdad, Martín servirá de mediador en los amores y desventuras de su compañero, en tanto que ve fracasar sus propios anhelos por Leonor Encina. Seña de las tramas novelísticas de Blest Gana, la acción se despliega en un abigarrado enredo de pasiones impedidas por las diferencias sociales o favorecidas por las tercerías de personajes que atraviesan la historia ocultando a menudo sus propios sentimientos, como Edelmira Molina, que sacrificará su amor por Martín para despejar la relación entre éste y Leonor. Así, el desarrollo de la historia mostrará la progresiva admiración de la hija de Encina hacia Martín, a quien implícitamente compara con la arrogancia de su hermano. La honestidad de Martín asoma gracias al testimonio de Edelmira, al asegurar que la cercanía del joven, que la acompañó en su huida de un matrimonio amañado, sólo se debe a su desprendimiento. La misma generosidad convence a Leonor de su amor hacia Martín. La nobleza de ánimo del protagonista encuentra correspondencia en el plano de la política, donde no ha dudado en sumarse a la rebelión liberal cuyo fracaso terminará por obligarlo al exilio en Lima, complicando su relación con Leonor. La ejemplaridad cívica de la novela no podía permitir este desenlace desdichado, que así recoge los últimos cabos en la carta final de Martín a su hermana, una vez vuelto a Santiago por mediación de la familia Encina, donde el protagonista le informa de su enlace con Leonor.

En 1863 será el folletín El ideal de un calavera, también publicado en La Voz de Chile y enseguida convertido en novela, la obra que mejor resuma la destreza narrativa alcanzada por Blest Gana en Martín Rivas. Se trata del título que cierra la primera etapa literaria del escritor, antes de iniciarse en las responsabilidades públicas que postergarán su creación novelística, y el que alcanza las formas más depuradas en el retrato social. La acción vuelve a situarnos en un pasado reciente, alrededor de los sucesos que derivaron en el motín de Quillota, en 1837. El joven militar Abelardo Manríquez es empujado a una vida de cínico seductor tras un desengaño amoroso. Conquista así a la joven santiaguina Candelaria Basquiñuelas, a quien convence para el matrimonio. Pero al reaparecer en su vida Inés Arboleda, recupera su primitivo ideal de amor. Enterada Candelaria, consigue que Abelardo sea destinado a la campaña del Perú como castigo. Allí terminará ofreciéndose a la causa del motín liberal de Quillota, tras cuyo fracaso será condenado a muerte. De nuevo, un protagonista de Blest Gana se enfrenta a la disyuntiva entre la disipación y la generosidad del ideal. Si bien su inclinación final por lo último tiene no poco de fatal y pasivo, la voluntad termina imponiéndose en la conversión del personaje. En el camino, la acción descubre un amplio retrato de la clase preferida por Blest Gana como blanco de sus sátiras, la burguesía y las vanas pretensiones del «medio pelo» chileno, en expresión que el autor elige como rasero de la época.

1864 señala el hito principal en la vida y la obra del escritor, al iniciar las funciones políticas que, transformadas más tarde en misiones diplomáticas, interrumpirán su actividad literaria y lo alejarán de Chile. A su elección por sufragio como regidor de Santiago y el nombramiento como intendente de Colchagua por el gobierno liberal de José Joaquín Pérez, seguirá en 1866 su primera comisión para un destino diplomático, como encargado de negocios de la embajada chilena en Washington, a la que se incorporará en 1867. La coyuntura política no era la más fácil para una misión en el país que se juzgaba árbitro del continente americano, pues un año antes había comenzado la guerra de la Alianza Peruano-Chilena contra España, que resultaría en el bombardeo de la bahía de Valparaíso.

Blest Gana sólo permanecería unos meses en los Estados Unidos, durante los cuales tuvo tiempo de escribir su crónica De Nueva York al Niágara, ya que enseguida recibe el nombramiento como ministro plenipotenciario en Londres. En Europa, compartirá este destino con el homólogo en París, a donde se trasladará en 1869 simultaneando ambas misiones hasta 1882, cuando el gobierno las separa y lo deja a cargo exclusivo de la francesa. Los amplios cometidos diplomáticos de Blest Gana en el Viejo Continente fueron de importancia para la república, resueltos por lo general con éxito. Así, entre otras, sus misiones especiales ante el Vaticano, primero en 1872, cuando consigue la reducción de los fueros eclesiásticos en Chile, y más tarde en la larga e infructuosa gestión de la sucesión de la mitra santiaguina, entre 1878 y 1887, en la que no logró imponer a Roma el candidato preferido por el gobierno, monseñor Taforó. Asimismo, en 1879 agiliza la compra de armas en el contexto de la Guerra del Pacífico, al tiempo que consigue paralizar los planes peruanos de rearmar su arsenal en Prusia. Pero la honradez y generosidad con que dirigió sus labores diplomáticas no bastaron para mantenerlo al margen de la maledicencia en Chile, lo que al cabo forzó su retiro. Fueron pocos pero determinantes los rumores que debió soportar acerca de su desempeño. Sin duda fue la fracasada gestión de la sucesión arzobispal lo que más afectó su crédito, pero ya en 1871 había conocido intentos de desprestigio por su traslado de la legación chilena de París al Canal de la Mancha, ante la inestabilidad causada en la capital por la Guerra Franco-Prusiana y los sucesos de la Comuna. Y en 1886 habría de enfrentar la decisiva campaña de descrédito orquestada por José Ezequiel Balmaceda, hermano del presidente José Manuel Balmaceda, último que conocería la República Liberal. Las acusaciones deslizadas en el Congreso y la prensa inducían a pensar en la falta de compromiso patriótico del escritor, al que así se obligaba al retiro. El hastío de Blest Gana por la situación se avenía a abreviar la solución, pero no así las condiciones económicas que se pretendían imponer, las cuales nunca encontraron satisfacción a sus demandas, hasta la jubilación forzada en 1887. Él mismo la solicitó a fines de año, tras la negativa del gobierno a prolongar su misión de forma simbólica, sin más estipendio que su jubilación, como ministro honorífico en Bélgica o España, ante lo costoso de vivir así en Francia.

Con todo, el retiro, que lo reduciría a una vejez de privaciones, fue una buena noticia para su actividad literaria, que retomó una vez abandonadas sus responsabilidades públicas. Esta segunda y última etapa de su novelística depara algunas de las mejores obras de Blest Gana. Si bien nunca pareció abandonar la idea de regresar a Chile, la vuelta del conservadurismo al país, las circunstancias familiares (su padre había muerto en 1884, su segundo hijo Alberto Francisco «Ito», lo haría en 1888, ambos en su ausencia, y en 1891 su hermano Guillermo se vio forzado al exilio con el fin de la República Liberal), los achaques de la salud y al cabo las dificultades económicas debieron de ser argumentos de fuerza para permanecer con su esposa en el apartamento parisino que vería el final de sus días. Aun así, el prestigio alcanzado en la diplomacia extranjera y en el propio Chile no debió de ignorarse, cuando el gobierno aprovechó su presencia en Francia para encomendarle algunas misiones especiales. Así sus negociaciones en Londres, Berlín y Roma, a lo largo de 1898, o su designación como jefe de la delegación chilena en la Segunda Conferencia Interamericana celebrada en México en 1901.

Hasta su muerte publicará en la editorial parisina Garnier Hermanos, sin que esto impida que los ecos de su retorno literario alcancen Chile. La novela histórica Durante la Reconquista señala este regreso, en 1897. Se trata del fresco histórico más ambicioso de los planeados por Blest Gana. Por el momento elegido como trasfondo de la acción novelesca, la Reconquista realista que en 1814 suspendía la aventura emancipadora antes de la definitiva victoria de la Independencia chilena en 1817, el escritor parece haber dispuesto en esta novela su diagnóstico más amplio de los males políticos de Chile. Blest Gana retoma su quehacer novelístico casi donde lo había interrumpido, pues éste era un proyecto iniciado en 1864. La reescritura fue, no obstante, total, ya que el autor destruyó los manuscritos para iniciarla de nuevo en 1888. Como ha resaltado Guillermo Gotschlich, esta novela es la más decisiva en destacar la pasividad inherente al proceso de emancipación chilena y subrayar el sustancial egoísmo de las clases y la cortedad de miras del pueblo en la organización del discurso nacional. La narración confirma la estructura de la novela histórica scottiana, en su focalización sobre un personaje antiheroico ante el trasfondo de la Historia, si bien no alcanza a proponer a cambio todo el protagonismo histórico de las masas que inducía el escocés; antes, y a pesar de la dignidad con que se retratan ciertos individuos populares, esa dialéctica se borra en un escepticismo amargo. Aún más, el alejamiento del modelo scottiano se produce en un rasgo definitivo de libertad: la fusión de los personajes del plano histórico con los nacidos de la imaginación del autor, que ahora se desenvuelven perfectamente mezclados.

Durante la Reconquista, que Jaime Concha califica como el responso a las ilusiones liberales de su autor, no se ofrece ahora para ejemplaridad de lo porvenir, más que como sátira de la mesocracia y vanidades contemporáneas, sobre todo por contraste con los caracteres heroicos del pueblo llano, que salvan el honor de un proceso revolucionario que basa en ellos su única esperanza y pedagogía. La novela destaca en esto como uno de los primeros documentos literarios del «roto» chileno, con un eventual narrador en mise en abîme como el soldado Cámara, en su «historia desde abajo» de la batalla de Rancagua. La acción enlaza tres ejes: la reorganización de los patriotas al otro lado de la frontera andina tras el desastre de Rancagua; las pasiones amorosas del joven patriota Abel Malsira, remiso a acceder al plano de la contienda por no faltar a sus flirteos e intereses; y los amores de su hermana, Trinidad Malsira, con el coronel español Laramonte. Todo, ante la mirada del guerrillero patriota Manuel Rodríguez, quien tratará de persuadir a Malsira hacia la urgencia histórica. La disyuntiva amorosa de Malsira entre la viuda española Violante de Alarcón y su prima Luisa Bustos señala su indecisión, no sólo para significarse entre patriotas o realistas, sino para entrar a la pugna política renunciando a su vida íntima. El escepticismo del narrador no se lleva a equívoco con la conversión final de Malsira para la causa chilena, pues ésta se ha precipitado por el destino: al ser ejecutado por los realistas el padre de Malsira, el patriota don Alejandro, Abel se conjura en la venganza, que une a la recuperación de los bienes incautados. En esta oblicua conversión cifra Blest Gana un desencanto que su vejez vuelca sobre el presente con la añoranza plebeyista de los pocos individuos que salvan y honran el significado de la patria.

Las experiencias acumuladas en su estancia parisina asoman en una extensa novela de costumbres publicada en 1904. La narración de Los trasplantados recoge la vida y ambientes de los trasterrados hispanoamericanos en París, de mano del matrimonio compuesto por Graciano Canalejas y Quiteria Gordanera, naturales de una república americana que no se cita, nuevos ricos desplazados a París tras el brillo de su fastuosidad. En las exageradas pretensiones de la familia, constantemente desairada por las ínfulas europeas, Blest Gana observa, con todo, un objeto de piadoso retrato del desarraigo hispanoamericano, antes que una fácil sátira de costumbres.

En 1909 Blest Gana publica la novela que resume sus méritos literarios, y a la que sólo Martín Rivas podrá igualarse en fama. Se trata de El loco Estero, adjetivada por el subtítulo de Recuerdos de la niñez. A través de un elenco de personajes de ficción donde es posible rastrear referencias familiares, la novela nos traslada al caserón que la familia Blest-Gana ocupó desde 1839 sobre la Alameda de Santiago, a la altura del Cerro de Santa Lucía. La acción nos emplaza en la víspera del desfile de la victoria de las tropas del general Bulnes, triunfantes sobre la Confederación Peruano-Boliviana. Es decir, poco antes del 19 de diciembre de 1839. La trama nos pone en situación del encierro en que la familia del capitán Julián Estero tiene recluido a este heroico veterano liberal de Lircay, bajo pretexto de su locura. El desarrollo descubre que la causa es el plan de su hermana Manuela para usufructuar los bienes de don Julián, en tanto que la insania del militar, de carácter excéntrico y orgulloso, parece desencadenada por el propio encierro. No todos aceptan la locura de Estero. El marido de doña Manuela, Matías Cortaza, sospecha de su mujer por lo mismo que de sus infidelidades con el comandante Quintaverde. Pero la idea de aliviar a Estero de su oprobio viene de Carlos el ñato Díaz, el joven «roto» a quien se han aficionado los vecinos niños Cunningham ―evidente correlato de los hijos del doctor Blest―, por su maestría en elevar volantines y otros juegos y picardías callejeras. Una vez que Estero se ve libre por la acción del Ñato, en complicidad con don Matías y los chicos, el capitán hiere a su hermana y se fuga. El Ñato lo esconde mientras Quintaverde los busca a ambos para ponerlos ante la ley. El desenlace es edificante en la salida airosa de los conjurados por el honor de Estero. Quintaverde abandona la relación con doña Manuela antes de ver delatado su adulterio y por su pretensión de casarse con una joven de posibles. La noticia desaira a la mujer, que enferma gravemente y pide a don Matías que suspenda la causa contra el Ñato y resarza a don Julián. El final se completa con el matrimonio del Ñato Díaz, ahora protegido del capitán Estero, y Deidamia Linares, sobrina de doña Manuela con quien los amantes habían arreglado casar al sobrino de Quintaverde, Emilio Cardonel, falso héroe de desfiles.

La novela muestra la maestría conseguida por Blest Gana en la verosimilitud del sabor oral de los parlamentos y el color local de las descripciones, en las que no estará ausente la nostalgia evocadora del escritor que quizá ha dado por definitiva su ausencia de Chile. Pero si El loco Estero ha dejado algo en la memoria de los lectores, aparte de sus valores literarios y su fábula instructiva sobre los verdaderos valores liberales y chilenos a despecho de los nuevos tiempos republicanos, es el personaje del Ñato Díaz, sólo comparable a Martín Rivas. La complejidad y perfección literaria de éste es más calculada, pero la gracia y chilenidad que el público sigue percibiendo en el primero lo destacan como arquetipo en la novela blestiana. Sus orígenes son paralelos. De buena cuna, su orfandad los aboca a la pobreza y hace que sean acogidos por otros: don Dámaso Encina, en el caso de Rivas; y sus tías y la matriz proverbial del pueblo, en el de Díaz. De aquí extrae éste todas sus argucias y picardías, pero no las malas enseñanzas de la calle, que la impronta familiar basta para reprimir en su carácter.

En 1911 muere su esposa, Carmen Bascuñán, a la que al año siguiente dedica su última narración, la novela breve Gladys Fairfield. Se trata de una pieza menor en la novelística de Blest Gana, y cierre inmerecido de su obra. Retoma aquí el estudio de costumbres de Los trasplantados para retratar a la alta sociedad europea en su turismo perpetuo por los retiros de placer del continente, con predilección por los personajes hispanoamericanos. Cuenta la historia de seducción y adulterio de Florencio Almafuente ―en quien Silva Castro cree descubrir a su pariente Florencio Blanco Gana― con Gladys Fairfield, esposa de un militar estadounidense, ante la vigilancia de la esposa de aquél, Rafaela, su prima y antigua enamorada, Katy, y el mayor Fairfield y alguno de sus compatriotas. La veta creativa del escritor parecía agotada ya, y la muerte de su mujer, a cuya insistencia debió el reinicio de su labor novelística, fue la razón que necesitaba para abandonar la literatura. Transcurrieron ocho años después de publicarse su última novela, hasta que Alberto Blest Gana murió el 9 de noviembre de 1830. Sus restos fueron trasladados al cementerio parisino de Père Lachaise.

Eduardo San José Vázquez
(Universidad de Oviedo)