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Fernando Santiván

Comentario crítico de Fernando Santiván

Por René Ibacache1

Fernando Santiván y el eco de su voz

Fernando Santiván en Valdivia en 1963No quisiéramos enfocar en esta crónica a Fernando Santiván como creador, como autor de tantas novelas, cuentos y ensayos pedagógicos, que muchos críticos, con enorme propiedad sobre la materia, han venido analizando desde hace muchos años.

Más bien lo queremos tratar como hombre, como ser humano, como vecino de Valdivia, como una figura amiga de esta ciudad, a quien cualquier día podemos detener en la calle para estrechar su mano y preguntarle por su salud o por su familia.

El 1.º de julio cumplió ochenta años. Edad respetable que se realza con su figura patriarcal y paterna. Hasta su casa, en afán de saludo, ha llegado lo más representativo de la ciudad. Telegramas, cartas y llamadas telefónicas, procedentes de todos los puntos del país, evidencian las proyecciones humanas y literarias de este hombre que llena toda una etapa de la literatura nacional.

Conversamos largamente dos días antes de esta profusión de visitas y saludos. ¿Dos horas? ¿Tres horas?

No podríamos precisarlo. El tiempo con don Fernando se vive intensamente. Los temas van del plano literario al pedagógico y de este a aquel. Del progreso de la ciudad, de la juventud inquieta o de la importancia de la pesca y sus posibilidades como fuente de riqueza para el país.

Memorialista empedernido, recuerda cosas y hechos de la vida literaria y política, con datos y referencias que envidiaría un historiador.

Vive con la misma sencillez y austeridad de aquellos hombres que sin otra ambición que crear se alejaron del mundanal ruido y transformaron su casa en un refugio espiritual. Así es la residencia del escritor en la calle Baquedano 1298 de esta ciudad. Rodeado del cariño de su esposa, de su hija Regina y una hermosa pequeñuela que le dice «papito», don Fernando es la expresión viva de la confianza y la alegría de vivir. Otra hija, estudia en Santiago Pedagogía en Historia.

Vive la hermosa edad de aquellos hombres que han cumplido una misión y que, sin embargo, tienen aún ánimos para hacer planes.

¿Cuáles son los suyos, en forma inmediata? Pues, reunir todo el material periodístico referido a críticas literarias, seleccionarlo y publicarlo en una antología, cuya edición está ya conversada.

¡Admirable! Cuando Zig-Zag le ha publicado recién sus Obras completas él insiste, sin decirlo, con la realización que proyecta, que aún no están «completas».

¿Y de qué vive actualmente el escritor? ¿Cómo educa a sus hijas? ¿Cómo mantiene su hogar? Regina es ya profesora y lo secunda en estos compromisos.

Hechos domésticos y no obstante, vitales. Vive de una renta que le otorga la Universidad Austral en reconocimiento a su calidad de ex Secretario General de esta Corporación, de la cual fue uno de sus más activos fundadores. Se agrega a esa entrada económica, su jubilación de periodista, su asignación como colaborador de los diarios de la cadena «Sopesur» y los pequeños aportes de los derechos de autor, cuyas liquidaciones anuales tardan en llegar.

Poco, muy poco, para un hombre que cubre toda una época literaria en Chile, capitán del nativismo como lo llamó Latcham; novelador de lo enigmático como lo llamó Silva Castro; personaje de novela rusa como lo llamó Alone; o realista mitigado como lo llamó Anderson Imbert; todo eso es don Fernando.

Y si queremos saber algo más del hombre Santiván, pues, recordemos un pasaje alusivo de Gente de mi tiempo de Luis Durand:

Me parece ver a Fernando Santiván hace muchos años allá en Traiguén. Fue a dar una conferencia a favor de los alemanes, en los años de la primera guerra mundial. Con un traje gris claro, muy bien cortado y un tongo negro, se veía elegantísimo. Para mí, entonces, el nombre de los escritores que figuraban en los diarios era algo inalcanzable y fascinador. Algo que yo jamás tendría.

Santiván tiene muchas anécdotas acerca de su manera de ser. Es sumamente cordial, pero en una discusión es temible. O lo era antes. Supongo que si ahora digo algo acerca de él, no me vendrá a dar de puñetes desde por allá de Valdivia. Sería demasiado sacrificio. Sin embargo, entre nosotros no pasó nada que alterara en forma definitiva nuestra amistad.

Aquella tarde, la última que estuvimos con él, nos habló del maestro, de su misión docente, del desconocimiento de su labor, de las limitaciones materiales con que se enfrenta y de la incomprensión ambiental que debe superar. ¡Cómo cobran actualidad sus expresiones vertidas en un ensayo sobre Escuelas rurales! ¡Y qué enorme verdad nos expresó, cuando afirmó que era un error pretender para Chile soluciones buenas para otras naciones, para otras idiosincrasias! La pasión política encuentra muchas veces espíritus ingenuos que creen capitalizar la verdad, cuando sólo están conjugando un nuevo error.

La lección pareciera surgir sola. Quizás valga para ratificarla, aquel pasaje de La hechizada en que tía Dolores sofrena la pasión de su sobrino Baltasar:

Mira hijo, eres joven y tus ojos se deslumbran fácilmente con la luz del sol. Es más seguro que los míos, empañados en la experiencia, puedan distinguir en la fuerte luz, las manchas que tú no descubres.

Sí, puede ser. Don Fernando Santiván, con quien más de una vez hemos intercambiado pensamientos políticos, no es ajeno a la lucha social que se libra en estos momentos. Muy por el contrario. El contenido social impreso a su labor literaria, que invade imperceptiblemente sus relatos, es la proyección de su propia vida.

Sus Confesiones, tan auténticas, como sinceras, están impregnadas de protesta. Es, como dice Alone -su herida secreta, su punto débil que se hace su punto fuerte-: He aquí un pasaje:

He conocido la miseria. Y también el hambre. Es posible que esta confesión me prive del saludo de algunos amigos de impecable pulcritud, satisfechos de actuar en un mundo brillante y sonoro, recién lustrado con pasta «Brasso»; pero he sentido siempre indefinible voluptuosidad en provocar el desdén de cierta sociedad vacía, grave y parsimoniosa.

En otro pasaje de sus Confesiones reitera:

Sólo procuraba reunir los cien pesos que entonces me bastaban para no morir de hambre. Para ello estaba dispuesto a aceptar el más rudo de los oficios. En la lista de las ocupaciones ofrecidas por los diarios, no habría una que yo rechazara. A todas partes presentábame con la cara anhelante, sólo que ahora para no dar mala impresión, quitábame el abrigo-levita antes de llegar a la casa señalada. También renuncié a exhibir mi cartita de recomendación. Pero por mucho que madrugase, siempre había un gran número de aspirantes que llegaban antes que yo.

Aquella tarde también nos hizo una «confesión». La Municipalidad le adquirió para la Biblioteca Pública que sostiene, parte de su Biblioteca particular.

Ojalá me la adquieran toda... -nos dice-. Hay tanto afecto hacia sus libros, hacia esta obra escrita por miles de colegas suyos, que una de sus ambiciones es que queden juntos.

¡Caprichos de un hombre sensible que cuida lo que ama, porque es parte de su vida, de esa trayectoria humana que tanto nos cuesta a todos soportar!

Nos retiramos de la casa de don Fernando, recordando la fina y amable respuesta que dio un día a un torpe conductor de la locomoción colectiva, que descomedidamente lo apremió a subir: Algún día, hijo, también usted demorará en subir....

Aquella respuesta referida a un hecho físico vale también para el hecho espiritual.

Será difícil, imposible, para muchos hombres de nuestra generación, subir a los niveles humanos y espirituales en que se realiza la existencia de este hombre singular, que a los ochenta años está proyectando un nuevo libro, en el silencio acogedor de su residencia valdiviana.

1. Cauce (Valdivia), Vol. 3, N.º 28-29-30 (julio-septiembre 1966).