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Juan Ramón Jiménez

Biografía de Juan Ramón Jiménez

Por Javier Blasco Pascual (Universidad de Valladolid)

14. El hermoso (y, a la vez, obsesivo) laberinto de una «Obra en marcha»

Por cada página que depuro -se lamentará Juan Ramón-, creo veinte cada día, ¡que no podré depurar!

JRJ

El ritmo de trabajo no disminuye a partir de 1923. Sin embargo el poeta, que apenas puede controlar todo lo que escribe, empieza a perder interés por la publicación de nuevos libros, buscando otras fórmulas para comunicar su trabajo. Las publicaciones periódicas comienzan a jugar un papel importantísimo en la dinámica creadora de Juan Ramón, cuestión que no siempre ha sido tenida en cuenta por los críticos. Con los Sonetos espirituales había ido dando anticipaciones de los poemas desde 1914, en Los lunes del Imparcial, retrasando la aparición del texto completo, como libro, hasta 1917. A partir de 1923, repetirá esta misma fórmula, sirviéndose para ello, de las páginas de -primero- España, El Sol, La Pluma y -luego, hacia finales de los años veinte- La Gaceta Literaria y el Heraldo de Madrid.

Pero la urgencia del periódico y el tratamiento que necesariamente reciben los textos en ese marco no podía satisfacerle del todo al poeta, por eso Juan Ramón prosigue con la provisionalidad de su «obra en marcha» (muestra de su «inquieto trabajo incesante aumentativo») en pequeñas publicaciones o cuadernos ( y Unidad en 1925; Ley en 1927; Obra en marcha en 1928; Sucesión en 1932; Presente en 1933; Hojas, en 1935), de cuya composición se cuida él mismo, vigilando directamente el proceso de impresión. Las hojas de estos cuadernos (donde se reúnen cartas, aforismos, poemas prosas poéticas, breves muestras de ensayo) marcan una dirección (por la elección de los tipos, del papel, de la tinta, el uso de los blancos de las páginas, etc.) en las artes gráficas aplicadas, sobre todo, a la edición de la poesía.

El seguimiento de estos materiales (los de los periódicos y los de los cuadernos) permite comprobar que fue mucho el trabajo, en obra nueva y original, desplegado por el poeta en estos años y, aunque dicho trabajo no se refleje en la impresión de libros, el público lector, gracias a la fórmula adoptada por el poeta, podía seguir puntualmente la evolución de su escritura, su «obra en marcha».

Juan Ramón se obliga a una estricta disciplina, convencido de que ha de repensar la totalidad de su creación. A partir de 1925, Juan Ramón da vueltas y vueltas a su obra, relee los textos más antiguos (y los no tan antiguos), corrige y revive muchos de los poemas ya publicados, y reorganiza libros enteros con la idea de volver a ofrecer de nuevo toda su obra desde una idea unitaria, que reflejase las posiciones éticas estéticas del momento en el que iba a producir esa «segunda» entrega. En concreto, en torno a 1925, Juan Ramón (en permanente sucesión y en eterna metamorfosis ya no se reconocía en el destino de aquellos libros (los anteriores a Estío), que de una u otra manera representaban su concepción poética anterior. Si estos libros antiguos respondían exactamente a lo que, en palabras de ese legado institucionista al que nos hemos referido en repetidas ocasiones, era «la vida del sentimiento», ahora, a la mitad de la tercera década del siglo, contempla la totalidad de su obra a la luz de lo que, en términos de ese mismo legado, llama «esmero de la inteligencia» o «poda del injenio».

Su poesía, en un proceso extremo de depuración en lo que a la expresión se refiere, se ha ido desnudando de todas sus galas. Y, en paralelo a este proceso, ha ido evolucionando también su poética, que ahora empieza a entender la poesía como una forma de creación de entramados de sentido al servicio de una intelección de la realidad más allá de las apariencias con que esta se nos ofrece a los sentidos. Y, desde esta manera de entender la poesía, el poeta se afana, hasta la obsesión, por rehacer la totalidad de su obra. Primero proyecta la reordenación -y reviviscencia- de toda su obra, en 12 volúmenes (6 de verso y 6 de prosa); luego, piensa en ofrecerla en setecientos cuadernos breves de poesía, prosa crítica, sátiras, aforismos, prosa poética, cartas, cuentos largos, cuentos cortos, y ecos suyos en otros autores. Después de varios proyectos más, cuaja Unidad, concebido a partir de la idea de ordenar toda su obra por géneros, de modo que pudiera reunirse en siete volúmenes de verso (Romance, Canción, Estancia, Arte Menor, Silva, Miscelánea, Verso desnudo) y siete volúmenes en prosa (Verso en prosa, Leyenda, Viaje y sueño, Trasunto, Caricatura, Miscelánea, Crítica), más siete nuevos volúmenes de complemento (Resto, Traducción, El padre matinal, Artes a mí, Críticos de mi ser, Cartas, Complemento general).

Aunque el poeta avanzó el diseño de varios de estos libros (Verso desnudo y Críticos de mi ser), sólo Canción verá la luz en 1936 pocas semanas antes de que estallase la guerra civil, el esfuerzo que implica esta revisión de toda su obra pone de relieve la importante presencia en la escritura de estos años de un componente reflexivo, lo que, por otro lado, queda evidenciado en la escritura de aforismos, tan abundante ahora.

En la década de los años 30, además del titánico esfuerzo que acabo de comentar, Juan Ramón está enredado en varios proyectos de traducción; está empeñado en concluir un libro de caricaturas líricas, que inicialmente pensaba titular Héroes españoles variados, y que sólo en el exilio verá la luz con el título de Españoles de tres mundos, concebido como una galería moderna en la que estuviese representado el espíritu subyacente a una manera de entender la cultura y el arte que, por los obstáculos con los que se encuentra en la sociedad española, merecía el calificativo de «heroica»; y también la prosa ocupa, a comienzos de los años treinta, un lugar muy importante en su escritura, con varios proyectos de libros nuevos tales, como Edad de Oro o Vida y muerte de mamá Pura.

Fachada de la tienda Arte Popular, de Zenobia Camprubí hacia 1928.Durante estos años, el sentido práctico de esa mujer extraordinaria que acompañó a Juan Ramón desde 1916 permitió, con sus pequeños negocios (especialmente la tienda de Arte Popular español), que el poeta pudiera vivir completamente entregado a su obra. Si, al principio de su relación, Zenobia influyó decisivamente en el cambio de estética que se percibe en la escritura del moguereño, en los años siguientes ejerció un influjo semejante. Ella, a quien se le había detectado un tumor a comienzos de los años treinta, es la que acompaña al poeta en la vida, en las traducciones, en las lecturas de literatura inglesa, y en la diaria tarea que demanda el cuidadoso trabajo de corregir y reordenar toda su obra. En ocasiones, el protagonismo cotidianamente silencioso de Zenobia cobra voz en algunas empresas editoriales relevantes, como ocurre con la selección y preparación en 1932 de la antología de Poesía en prosa y verso (1902-1932) de Juan Ramón Jiménez. Escojida para los niños, que corrió totalmente a su cargo.

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15. «Torrero de marfil, para ciertos algunos»

Poesía pura no es sino poesía «libre», poesía dominadora, envolvedora, asimiladora, escondedora de su forma. La pureza en poesía nada tiene que ver con la ciencia, con la cárcel, con el arte ni [...] con la castidad.

JRJ

Desde luego, y a la vista de lo anotado en las páginas precedentes, el trabajo parece absorber la totalidad del tiempo del poeta. Podría pensarse, igualmente, que su obsesión por la obra es tal que roza lo enfermizo. Muchas de las biografías del poeta insisten en ambos extremos. Sin embargo, la realidad lo desmiente. Es verdad que Juan Ramón se ha distanciado de aquellos jóvenes que, a principios de los años 20, se beneficiaron de su apoyo y magisterio. Pero las puertas de la casa del poeta, cerradas a cal y canto para todos aquellos que, más interesados en la dimensión social del personaje que en su obra, le importunan, están siempre abiertas a las nuevas promociones de poetas que empiezan a irrumpir en el panorama madrileño. Por casa de Juan Ramón, durante estos años, pasan Margarita de Pedroso, Rosa Chacel, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Leopoldo Eulogio Palacios, Ernestina de Champourcín, Arturo Serrano Plaja, Luis Rosales, Carmen Conde, Muñoz Rojas..., que le llevan sus libros o sus dibujos, y que constituyen un nexo importante de contacto con la realidad literaria del momento, de la que siempre estuvo puntualmente informado, gracias -sobre todo- a Juan Guerrero Ruiz, secretario de la revista Índice, y persona de total confianza para el poeta, que le representa en sus compromisos editoriales y que ayuda al poeta en la ordenación y corrección de su obra.

Su afición a la música y a la pintura sigue estando también muy presente en su vida. Y, en estos años, a través de la atención que la Residencia de Estudiantes presta al cine, nace en él un vivo interés por los productos de esta moderna forma de arte. Tampoco está ausente en la biografía de Juan Ramón su preocupación por la realidad social y política del momento. Si bien es verdad que no firma el Manifiesto de los intelectuales «Al Servicio de la República», su posición respecto al nuevo régimen -edificada sobre el sueño de una república con orden y trabajo, donde haya la libertad necesaria y cimentada en su amistad con personas como Fernando de los Ríos o Unamuno- es absolutamente inequívoca.

Convencido como está de que la poesía -el arte en general- constituye una actividad de gran utilidad para la transformación de la sensibilidad y la inteligencia de un pueblo, y en coherencia con su convencimiento ya viejo de que sus armas para luchar por un futuro mejor no eran otras que las del «trabajo gustoso» en aquello que él sabía hacer -la poesía-, intentó mantenerse siempre al margen de la batalla política de todos los días. Sí que dará su nombre, en cambio, cuando las cosas empiezan a ponerse difíciles; y, así, firma, por ejemplo, el manifiesto de 1934 a favor de Azaña. También apoyó con su nombre, en 1935, la petición de clemencia para los condenados por los sucesos de Asturias; así mismo, solicitó la libertad de Antonio Espina, condenado a prisión por un artículo contra Hitler; y finalmente, en 1936, tras el levantamiento militar, firmó un nuevo manifiesto a favor de la República.

Marga Gil Roësset en 1930.Comienzan unos tiempos recios, en los que Zenobia, finalmente, le sirvió de arrimo insustituible ante momentos delicados que el poeta vive en estos años. Quizás el más notable, por lo que realmente significó para Juan Ramón y por los comentarios que suscitó, tiene que ver con el suicidio, en 1932, de la joven escultora Marga Gil Roësset, amiga de los Jiménez y visitante asidua de su casa. Constituyó un golpe muy duro para el poeta y para su esposa. La joven y prometedora escultora Marga (de tan sólo veintidós años), antes de poner fin a sus días, destruyó muchos de sus trabajos y dejó escrita una carta para Zenobia, que entonces -y aún ahora- desató muchas especulaciones acerca de las posibles causas sentimentales del suicidio.

Este suceso dejó una herida notable en el poeta, cuya interpretación el lector podrá hacer por sí mismo releyendo los poemas que lo inmortalizan («La Voluntaria M.»). A consecuencia de este suceso, Juan Ramón entró en una depresión, que se prolongó hasta bien entrado el año de 1934, con diferentes síntomas y episodios que debilitan su salud, para los que sólo encuentra alivio (u olvido) en el trabajo.

En septiembre de 1935, muere Bartolomé de Cossío, con quien el poeta había mantenido estrecha relación en los años de la Residencia; y a comienzos de 1936 muere Valle-Inclán. Todo ello viene a sumarse al emponzoñamiento político de estos años. La depresión y las secuelas físicas anejas, junto con la aparición de algunos artículos que llevaban la firma de antiguos amigos (Salinas, en las páginas de Índice literario traza la evolución de la poesía española de principios de siglo ignorando al de Moguer; Gómez de la Serna, desde la enemiga Cruz y Raya, lo convierte en «cursi sublime» en su «Ensayo sobre lo cursi»; Bergamín lo ningunea y desprecia en las páginas de Luz) y que el poeta -en opinión que comparten muchos otros hombres de letras del momento (Domenchina y Antonio de Obregón entre otros)- interpreta, con razón, como parte de una campaña contra su persona. A muchos de estos ataques, Juan Ramón contesta a través de una entrevista que Pérez Ferrero le hizo para el Heraldo de Madrid.

La guerra civil lo sorprende con la salida de Caballo verde para la poesía (en cuyas páginas, y con el aliento de Neruda, se apuesta fuerte por una «poesía sin pureza», poniendo así broche final a una larga etapa en la que el simbolismo metafísico de la «poesía pura» juanramoniana lo había impregnado todo) y del número del periódico Claridad que lanza, en 1936, una durísima campaña contra aquellos (los poetas e intelectuales puros) que no eran capaces de entender el arte como una forma de trabajo, sino como un ejercicio de narcisismo egotista. Juan Ramón lo interpretó como una alusión directa a su persona. De modo que, cuando el Instituto del Libro Español le encarga una conferencia, que por indisposición del poeta leyó Jacinto Vallelado el 15 de junio, en la Residencia de Estudiantes, la conferencia, se presentó con el título de «Política poética» y despertó una gran expectación, que no fue defraudada por el contenido de la misma. En ella, el pensamiento político de Juan Ramón, su política poética, recurre al ideal krausista que cifraba el progreso de individuo y de la sociedad en el cultivo de la inteligencia y de la sensibilidad. Desde estos presupuestos, y pensando en términos de colectividad, escribirá: Yo estoy seguro de que cultivando mi poesía ayudo al hombre a ser delicado, que es ser fuerte, más que haciendo balas. Para el poeta, escribir poesía es un imperativo ético; el imperativo ético de que todos, como individuos y como pueblo, tenemos de desarrollar las capacidades que nos conforman. El mal es una desgracia causada por la ignorancia, en tanto que la naturaleza a través del arte (educada la sensibilidad, trabajada la inteligencia y convertida la vida en conciencia) deriva en ese «comunismo poético» que Juan Ramón postula en ese momento de crisis, a través de su «Política poética».

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16. Estalla la guerra civil. El exilio (1936)

España (corazón, cerebro, alta entraña) sale de España.

JRJ

La guerra -que el poeta ya presentía un año antes, según se refleja en sus conversaciones con Juan Guerrero- estallaría apenas un mes después de que el poeta dictara su conferencia. La reacción de Juan Ramón fue en este momento, y siempre, tan clara como rotunda: en el primer número de El Mono Azul, en agosto de 1936, publica las palabras que había leído ante los micrófonos de Unión Radio, situándose al lado del gran pueblo español. Antes de esta «declaración», el 30 de julio (junto a Menéndez Pidal, Antonio Machado, Marañón, Pérez de Ayala, Ortega, Antonio Marichalar, Pío del Río Hortega, y a otros intelectuales) firma un manifiesto en el que, explícitamente, se declara que en el conflicto que ha determinado la guerra civil en España, nos ponemos del lado del Gobierno, de la República y del Pueblo, que con tan ejemplar heroísmo está combatiendo por sus libertades. Arturo Serrano Plaja, que acudió a casa del poeta a pedirle la firma para el manifiesto, declarará cómo este encuentro le sirvió para comprobar una vez más que la verdadera grandeza literaria nunca, o casi nunca, va unida más que a la grandeza humana.

Desde el inicio de la guerra, Juan Ramón y Zenobia alojan en uno de los pisos que Zenobia administraba (Velázquez, 65) a doce niños abandonados que les confirió la Junta de Protección de Menores, pero la situación se hizo económica y socialmente insostenible, como demuestra alguno de los pasajes del fragmento tercero de Espacio. Juan Ramón toma, pues, la determinación de salir de España.

Pasaporte de Juan Ramón Jiménez y Zenobia.Con un pasaporte diplomático de Agregado Cultural honorario en Washington (que Azaña le obliga a aceptar), obtiene de inmediato el visado de la embajada americana en Madrid y, sin otro equipaje que una maleta (con algunas ropas, medicinas y los anillos de boda), el 20 de agosto abandonan la capital de España, camino de Valencia, convencidos de que lo que debe hacer un hombre en la guerra, si no puede pelear con los puños, es realizar su trabajo como hombre vocativo y ayudar a su idea social como hombre de realidad cotidiana.

Desde Valencia viajarán a Figueras y pasarán a Francia por la Junquera, con dirección a París. El día 26 de agosto, con un pasaje en el Aquitania, Juan Ramón y Zenobia se hacen a la mar en Cherburgo, rumbo a Nueva York. Atrás queda su casa de Madrid, con todas sus pertenencias y, sobre todo, con la obra en marcha inacabada.

Sabemos con precisión lo que ocupaba sus cabezas, el desánimo que invadía sus corazones, bien ejemplificados en su «Requiem de vivos y muertos» (escrito en la frontera).

Juan Ramón, acompañando a Zenobia, con el fin de ganar voluntades y crear un ambiente favorable a la causa de la República Española, llama en Nueva York a todas las puertas oficiales que alcanza. Zenobia intenta activar, en Nueva York y en Washington, a todos los centros democráticos simpatizantes con la República. Juan Ramón participa en un mitin organizado por el Comité Americano de Apoyo a la Democracia Española, con una nota que lee el profesor de Harvard, Frank Manuel. Con la mediación de La Prensa, diario del que era propietario José Camprubí, hermano de Zenobia, organizan una suscripción popular a favor de los niños víctimas de la guerra. Y desde las páginas de este mismo periódico organizan un mitin que se cierra con un mensaje del poeta español Juan Ramón Jiménez, en el que los asistentes pudieron escuchar:

Mi ilusión, al salir de España para cumplir otros espontáneos deberes jenerales y particulares, era hacer ver la verdad de la guerra a los países extranjeros cuya prensa, supongo que por deficiencia de información, presenta los hechos con un aspecto completamente distinto de la realidad... Pido aquí, y en todas partes, simpatía y justicia, es decir, comprensión moral para el Gobierno Español, que representa a la República democrática ayudada por todo el Frente Popular, por la mayoría de los intelectuales y por muchos de los mismos elementos conservadores. Si el Gobierno Español se sintiera alentado por esta justicia y esta simpatía universales, podría acelerar la verdadera victoria, en la que los amigos del mejor destino de España confiamos, y a la que esta España tiene pleno derecho. Y pensad bien que esta victoria no sólo sería de España, sino del mundo. Esta victoria pondría a España en condiciones de desenvolver pacífica, ejemplar y concientemente su lógica evolución social, con arreglo a su propio jenio y carácter, sin dependencia política de otros países; y evitaría, quizás, con su ejemplo, la guerra del mundo, que en estos momentos está ya aguzando sus filos más espantosos.

La pretensión de Juan Ramón, con esta nota y con el resto de gestiones en Nueva York era (además de recabar fondos para el sustento de los niños acogidos por el Consejo Supremo de Menores y la Junta Provincial de Madrid) la de conquistar la comprensión moral para el gobierno legal y legítimo de la República.

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17. Poeta español traqueteado. Puerto Rico y Cuba (1936-1939)

En esta mala guerra española, el individuo debe ayudar, en la medida de sus mejores fuerzas, al pueblo y al Estado, no ellos al individuo.

JRJ

El 19 de septiembre de 1936, tras la breve estancia en Nueva York, el matrimonio Jiménez embarca hacia Puerto Rico, con un equipaje hecho de desánimo. Llegan a la isla el 29 de septiembre. Antes de estallar la guerra civil, el poeta había concertado con el Departamento de Educación de Puerto Rico la preparación de una antología Verso y prosa para niños (1936) para las escuelas, y este viaje a San Juan le daba ocasión de cumplir el encargo.

En el prólogo del poeta a la mencionada antología, Juan Ramón, se preguntaba: ¿Qué le puedo yo, poeta español traqueteado, molido, esquematizado por tanta lucha interior, dar al niño milagroso de Puerto Rico?. Y él mismo respondía: Darle, creo que nada. Fijar, activar, exaltarle será mejor, más exacto. Y eso fue exactamente lo que hizo el poeta en la isla, ayudando a crear la Fiesta de la Poesía y el Niño de Puerto Rico, que se mantuvo viva durante años. También promovió una antología de Poesía puertorriqueña escogida. Pero la presencia del poeta en la isla no se limitó a estos asuntos. Dictó, además, varias conferencias en Río Piedras, en Ponce, en Mayagüez y en Salinas, iniciando así una faceta de su personalidad literaria que, en los años del exilio, le ocupará bastante tiempo y que hoy nos permite considerar su poesía como fruto de lo que realmente fue: un excelente lector y un agudo crítico.

Entre tanto las noticias de la guerra española siguen hiriendo los corazones de Juan Ramón y de Zenobia. En Puerto Rico les llegó la triste noticia de la muerte de Lorca, lo que le arranca a Juan Ramón un sentido lamento: Teníamos una juventud en todas las disciplinas..., que se pierde entre la destrucción de la guerra.

No fue mucho el tiempo que Juan Ramón se detuvo en Puerto Rico, en esta su primera estancia en la isla. Sin embargo dejó una profunda huella entre los jóvenes poetas y escritores portorriqueños (Antonio S. Pedreira, Tomás Blanco, Ramón Lavandero, Nilita Vientós, Palés Matos, Rivera Chevremont), como la dejará enseguida en Cuba, a donde, invitados por la Institución Hispanocubana de Cultura, se trasladan los Jiménez el 24 de noviembre de 1936. Allí había imprentas más capaces que en Puerto Rico, de modo que se podían realizar en mejores condiciones los trabajos comprometidos en San Juan. Allí, en Cuba, permanecerán hasta 1939.

En La Habana se instalan en el Hotel Vedado. Juan Ramón trabaja en la selección de Poesía puertorriqueña y, a lo largo de 1937, dictó varias conferencias para la Institución Hispanocubana de Cultura, para el Lyceum y para el Círculo Republicano de La Habana.

Pronto, su firma empieza a aparecer con cierta regularidad en las revistas literarias de la isla, muy numerosas y de calidad media notable (especialmente, colabora con la Revista cubana). Desde las páginas de Ultra, y a iniciativa del moguereño, se convoca un Festival de la Poesía Cubana, a partir del cual José María Chacón Calvo, Camila Henríquez Ureña y el propio Juan Ramón preparan la edición de La poesía cubana en 1936, que verá la luz en 1937 con un texto inicial del autor de Platero y yo.

Banquete en honor a Juan Ramón Jiménez. La Habana, 5 de junio de 1937.Desde muy pronto sintonizó con los poetas cubanos, sobre todo con los más jóvenes, creando a su alrededor un círculo en el que figuran nombres como Mariano Brull, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, Lezama Lima, Ángel Gaztelu, Dulce María Loynaz, Serafina Núñez, Cintio Vitier, Fina García Marruz, o Gastón Baquero, que vieron en Juan Ramón -en palabras de Lezama Lima- un ser hecho para ser querido, para la paternidad poética. Sobre todo, la familia Loynaz, María Muñoz, Antonio Quevedo (director del Conservatorio Bach y de la Coral de la Habana) se confabulan para hacer agradable y provechosa la estancia del poeta y su esposa en la isla, ayudando a que la pasión de Juan Ramón por la música pudiera ser satisfecha en frecuentes veladas musicales. En Cuba, además, coinciden los Jiménez con Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Berta Singerman, y con hispanistas como John B. Trend.

La situación económica del matrimonio, en estos años, dista mucho de ser desahogada. Cuando había conseguido un contrato con Espasa-Calpe de Argentina, que les hubiera permitido cierto alivio, desde España se le prohíbe a la casa argentina contratar a escritores leales a la República, de modo que el contrato se convierte en papel mojado. En cualquier caso, Cuba, como Puerto Rico antes, supuso una especie de reencontrado paraíso -con su demonio dentro- para el poeta, como reflejan bien los materiales de Isla de la simpatía, libro inédito que habría de formar parte de otro mayor (Guerra en España, al que Juan Ramón destinaba todos los materiales relacionados con la guerra civil y con su salida de España).

En Cuba y Puerto Rico, Juan Ramón reanuda su trabajo. En 1937 sigue traduciendo a Yeats (en Guerra en España hay muestras de ello), Santayana, Élie Faure, etc., pero el peso de su obra, que fatalmente incompleta ha quedado en Madrid, es demasiado grande para que el poeta retorne plenamente a sus versos. Sus escritos de este momento tienen ahora, sobre todo, un carácter público y solidario. Las actividades del poeta, primero, en Puerto Rico y, luego, en La Habana, tuvieron resonancia en toda la América latina, gracias a su frecuente presencia en revistas como la ya mencionada Ultra, o como Carteles, Revista Cubana, Verbum, Grafos, Mediodía, Lyceum, Revista de la Universidad de la Habana, Presencia, Cúspide, Repertorio Americano, Sur, Crítica, Nosotros, Brújula, Letras de México.

De todas partes (Venezuela, México, Argentina, Panamá) le llegan al poeta invitaciones, sin embargo Juan Ramón seguía pensando en regresar lo más cerca posible de España. Durante algún tiempo anduvo madurando la idea de volver a Europa y establecerse en algún pueblecito del sur de Francia. A la vez, en la medida de sus posibilidades sigue puntualmente informado de todo lo que ocurre en España. Hasta Cuba le llegan al poeta el dolor y los ecos de la guerra, marcando profundamente todos sus escritos de este momento. Las noticias que da la radio sobre la guerra de España no son buenas, arrancándole al poeta lamentos como el siguiente: España (corazón, cerebro, alta entraña) sale de España. Mucho de lo que significa espíritu, idealidad, esfuerzo, cultura mejor, deja ¿por qué, por quién? A España sin ello, sin ellos, sin ella... ¡Ay de mi España!.

Juan Ramón y Zenobia siguen haciendo esfuerzos económicos para seguir enviando dinero para los niños de Madrid, y continúan trabajando por conseguir apoyos a favor del gobierno legítimo de España. En sus archivos se multiplican los recortes sobre lo que estaba ocurriendo en la península y, sobre todo, de aquello que tenía que ver con aquellos compañeros de oficio que habían permanecido en el campo de la contienda (Alberti, Machado, etc.); firma manifiestos y se esfuerza por conseguir invitaciones de la Institución Hispanocubana de Cultura en favor de amigos como Antonio Machado.

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18. La manipulación política de la imagen del poeta en la historiografía peninsular. Un poeta silenciado

NO quise, no quiero creer la noticia. Y ahuyento de mí la segura pena profunda con que me golpearía la verdad. NO, diré que no, que no a todos y a mí; que el cárdeno poeta granadí no ha muerto...

JRJ

Desde Madrid, a finales de 1937, Juan Chabás le ofrece ayuda a Juan Ramón, en nombre del Ministerio de Instrucción Pública, provocando en el poeta, además del agradecimiento, la respuesta de que en esta mala guerra española, el individuo debe ayudar, en la medida de sus mejores fuerzas, al pueblo y al Estado, no ellos al individuo.

En una actitud de significado muy diferente a esta, conforme avanza la guerra y los rebeldes van ganando terreno, desde los servicios de prensa de los sublevados se ponen en marcha todo tipo de estrategias propagandísticas y el de Moguer se ve envuelto y utilizado en varios enredos, a los que debe contestar, sirviéndose de los medios que tiene en su mano.

Como demuestran los recortes que el poeta conserva de estos años en un curioso Álbum de la guerra, Juan Ramón sigue atentamente las noticias que llegan de España y no pierde ocasión de manifestarse a favor de la legitimidad republicana. Pero las noticias, mes a mes, van siendo peores. El año de 1938, Juan Ramón recibe la infausta nueva de la muerte de su sobrino y ahijado, Juan Ramón Jiménez Bayo, en el frente de Teruel. Esta muerte suscita la escritura por parte del poeta de unas doloridas páginas, que comienzan por el recuerdo de una carta en la que el sobrino, desde las trincheras, le remite un recorte de propaganda fascista en la que se lee:

El poeta Juan Ramón Jiménez, que poco después de comenzar la guerra se puso a salvo marchándose a América con toda su familia, ha hecho ahora unas declaraciones a la prensa; justifica su fuga con motivos sentimentales, predicando que por todas partes por donde pasó en la España roja fue aclamado por los milicianos puño en alto. Afirmó que nunca había tenido ideas políticas, pero que sus simpatías son para aquellas personas que se significan por su calidad intelectual y moral afectos a la República. Suponemos que al referirse a la calidad moral lo hará pensando en González Peña, Prieto, Cordero, Compayns y demás comparsas, ya que todos ellos son acabados modelos de «personas decentes»... Lo que quisiéramos que nos dijera es cuánto le han pagado por sus declaraciones...

Es verdad que Juan Ramón, frente a textos propagandísticos como los aquí aludidos, recibió la comprensión y el apoyo de las instituciones republicanas y de muchos intelectuales. Notable es la reseña de Cernuda a la antología de Poetas de la España leal, en la que lamenta la ausencia en las páginas de la misma de Juan Ramón, como notables son las palabras de Antonio Machado, quien, refiriéndose a Juan Ramón, pone el dedo en la llaga de la campaña contra el autor de Platero que se percibe en ciertos medios de comunicación españoles: Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba -porque nunca faltan malsines que gustan enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.

Pero estas palabras de apoyo no ocultan una realidad poco cuestionable: a la conclusión de la guerra civil la historiografía literaria de los vencedores se encargó de dibujar una imagen del poeta que vino a lastrar poderosamente la lectura de su obra, de modo que, a la vez que su figura crecía en las revistas y antologías del Nuevo Continente, España apenas tuvo ocasión de conocer el rumbo que la nueva escritura juanramoniana había tomado desde la guerra civil. La constatación de esta verdad nos la ofrece Castellet, en las páginas de introducción a sus Veinte años de poesía española contemporánea (1939-1959) por -así se afirma y, desde la óptica provinciana de la antología, es verdad- la pérdida de vigencia histórica de la escasa obra que publicó en los últimos veinte años.

El error de Castellet resulta palmario, cuando se conoce, con sólo echar un vistazo al índice de Leyenda, cómo la productividad juanramoniana, en los años del exilio, dista mucho de ser «escasa». Lo que ocurre es que en 1960, esta ignorancia, desde los años mismos de la guerra, venía siendo puntualmente alimentada por una historiografía que nunca perdonó al poeta de Moguer la coherencia de su pensamiento.

En Cuba también recibe Juan Ramón la noticia de que Julián Besteiro, querido amigo y político admirado por Juan Ramón, formando parte de un Consejo Nacional de Defensa, se hallaba negociando una paz digna, que salvase cientos de vidas humanas, y el poeta no pierde tiempo en telegrafiarle para manifestarle «nuestra adhesión confiada», como no pierde tiempo en sumarse a la iniciativa de Tomás Navarro Tomás a favor de los intelectuales españoles condenados al exilio (muchos de ellos en campos de concentración).

Una actitud igualmente ejemplar adopta, cuando le llega la noticia de la muerte de Antonio Machado, redactando un retrato del amigo sevillano verdaderamente memorable; o cuando, por la radio, se enteran que Cipriano Rivas Cherif, que había tenido un papel tan importante en la salida de España de los Jiménez, entregado por los alemanes al gobierno de Franco, corre peligro de ser fusilado.

Precinto de la casa de Juan Ramón Jiménez tras la denuncia de los robos en la misma por parte de algunos falangistas.Estos gestos, que en sí mismos tenían más profundidad humana que política, acabaron situando al poeta de Moguer en el punto de mira de los servicios de propaganda del régimen. Sólo esto explica lo ocurrido con los bienes del poeta que habían quedado en su piso de Madrid. Religiosamente respetado en el tiempo que duró la guerra, el piso había sido saqueado en tiempo de «paz» por tres fascistas que, con el pretexto de requisar documentos comprometedores que obraban en poder del poeta, allanaron la vivienda en nombre de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda y, envueltos en las alfombras de la casa, robaron libros, objetos de arte, fotografías, la máquina de escribir del poeta, el fonógrafo, cartas y varias otras pertenencias. La cocinera de los Jiménez, Luisa Andrés, consiguió identificarlos con los nombres de Carlos Sentís, Félix Ros y Carlos Martínez Barbeito. Juan Ramón siempre tuvo la convicción de que estos tres «agentes» actuaban por inspiración de José Bergamín. Oficialmente se cubrió el asunto de un silencio cómplice. Y, como nunca el Servicio de Prensa y Propaganda logró la adhesión del poeta al régimen (que contestó a la demanda en tal sentido con un expresivo «¡qué absurdo!»), ese silencio oficial se extendió también a su obra y a su nombre.

Desde luego, la recepción de Juan Ramón en la España de la posguerra difiere sustancialmente con lo que ocurre en Hispanoamérica, donde, gracias a antologías como Laurel (Octavio Paz, Juan Gil-Albert y Emilio Prados) o Antología de la poesía española contemporánea, de Domenchina (ambas ven la luz en 1941), y gracias también a la continuada presencia en revistas argentinas, mejicanas, costarricenses, Juan Ramón goza de un gran prestigio.

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19. Raíces éticas de la palabra de un desterrado. Coral Gables (1940-1943)

No oír el español al pueblo de España; al hombre, a la mujer, al niño; ese español que es el rumor de mi sangre, la razón de mi vida!
¿Qué es mi vida sin rumor español eterno e interno?

JRJ

La muerte del sobrino, en marzo de 1938, había sumido a Juan Ramón en una nueva depresión. Zenobia consigue convencerlo para que, juntos, regresen a Nueva York y, en agosto, inician un viaje que les llevará a varias ciudades de Norteamérica. El reencuentro, en Nueva York, con viejos amigos (Fernando de los Ríos, Isabel García Lorca, Homeros Serís, Enrique Díez-Canedo, Ángel del Río), los museos que visitó, y los conciertos que pudo escuchar en directo, debieron ayudar a levantar el ánimo del poeta. Pero a finales de año se encuentran de nuevo en Cuba para hacer las maletas.

El previsible desenlace de la guerra española convertiría sus pasaportes diplomáticos, emitidos por la República, en papel mojado, y, antes de que ello ocurriera, los Jiménez deciden volver a Estados Unidos. Juan Ramón había recibido una invitación de Miami y el matrimonio decide aceptar la invitación. A finales de enero se trasladan a los Estados Unidos. Sin otros ingresos que los procedentes de la renta vitalicia de Zenobia, en 1939 se instalan en un pequeño apartamento en Coral Gables. Allí residieron los Jiménez hasta marzo de 1943, aunque menudearon en estos meses los viajes a Nueva York, a Washington, a Orlando o a Duke.

En enero de 1940, Juan Ramón pronuncia varias conferencias (Poesía y Literatura, Aristocracia y democracia, y Ramón del Valle-Inclán) en el American Hispanic Institute de Miami y, entre febrero y abril, enseñó un curso sobre poesía española contemporánea en la misma Universidad de Miami.

Zenobia, por estas fechas, se matricula en la facultad de Artes y Ciencias de la Universidad, con la voluntad de obtener un título que le permitiese ejercer la docencia.

En octubre, Juan Ramón cae enfermo, lo que le obliga a pasar por varios hospitales y a buscar el diagnóstico de diferentes especialistas. Gran parte de 1941 discurrirá en consultas médicas por la salud del poeta, lo que de nuevo invita a Zenobia a pensar en un cambio de residencia que acercase al poeta a un entorno en el que se hablase español: el contrato que tienen con Losada le hace pensar en Buenos Aires, pero como el propio Juan Ramón escribe a Domenchina (8 de febrero de 1941) el pasaporte es un problema, hasta el punto de que podríamos ir, pero no volver. Sin embargo, en diciembre, plenamente recuperado ya, Juan Ramón volverá a dictar nuevas conferencias (El trabajo gustoso, Límite del progreso y Sucesión de la democracia) en la Universidad de Miami.

El matrimonio Jiménez en Coral Gables hacia 1940.Los años de Coral Gables, en su conjunto y a pesar de la enfermedad del poeta, supusieron un paréntesis de calma en unas vidas que la guerra había zarandeado mucho. La recepción de algunos materiales de su casa de Madrid que le remiten Pablo Bilbao o sus familiares, junto al benéfico contacto con los estudiantes en las Universidades de Miami y Duke, constituyen un fuerte estímulo para el poeta. Si, desde su salida de España, casi exclusivamente había escrito prosa, en muchos casos «prosa literaria» (conferencias, crítica, notas), el paréntesis de Coral Gables le permite volver a la poesía.

Por fidelidad a sus ideas renuncia regresar a la España de la dictadura, pero sí que recupera su trabajo de escritor. El contrato que, en junio de 1939, le ofreció Losada, para publicar su obra en varios tomos, contribuyó también a la reanudación del trabajo creativo (en Cuba y Puerto Rico, lastrado por los acontecimientos de la guerra, apenas escribió un puñado de poemas, que luego destinaría a su libro En el otro costado). Y, además ahora Juan Ramón conecta con el grupo de españoles en el exilio de México y prodiga sus entregas de materiales a diversas revistas literarias del Viejo y del Nuevo Continente (Nosotros, Sur, de Argentina; Tierra nueva, Taller, Cuadernos americanos, de México; Repertorio americano, de Costa Rica; Romance, Rueca, de México).

En diciembre de 1941 anuncia la próxima entrega a Losada de un libro de retratos, Españoles de tres mundos, y otro de aforismos, Crítica. Y, efectivamente, Españoles de tres mundos (resultado de un proyecto que se remonta a 1915, pero que irá creciendo sin cesar en los años del destierro) verá la luz en 1942, en edición -sesenta y una caricaturas- en la que el poeta lamenta no poder incorporar muchos de los materiales -hasta ciento cincuenta textos- que habían quedado en Madrid. En la edición de Losada, de 1942, Españoles de tres mundos está muy lejos, pues, del libro ideal proyectado por Juan Ramón para sus retratos en los años 30.

La edición juanramoniana de esta galería de retratos coincide con la gestación de dos textos importantísimos en su bibliografía, en relación con los cuales debe leerse este libro: «El español perdido» y Espacio. En el primero de ellos, Juan Ramón razona cómo el mayor mal del destierro se cifra para él en sentirse «fuera del español de España». A su vez, Espacio da cuerpo a la idea -que luego en Animal de fondo desarrollará más por extenso- de una «conciencia universal» con tanta sustancia como la que suponemos tiene la divinidad, suma de todas las conciencias individuales. Y, desde estos dos contextos, entendemos por qué en el prólogo el poeta habla de Españoles de tres mundos como «panorama de mi época» o como «salón de mi recuerdo». De un lado, al recoger en el «salón de su recuerdo» el mundo de las figuras retratadas está creándose esa España que, en el destierro, echa en falta. De otro lado, al yuxtaponer en Españoles de tres mundos las conciencias de cada uno de los retratados, está reconstruyendo y objetivando (aunque sólo sea en un «panorama fragmentario de su época») la «conciencia universal» a la que en Animal de fondo llamará «dios deseado».

Mientras se componía Españoles, sobre la mesa del poeta iba creciendo el rimero de poemas de lo que luego (1948) serían los Romances de Coral Gables, un libro en el que el poeta retorna a cauces de su juventud, para desde ellos meditar sobre las ansias de totalidad del ser, en choque permanente con la mudez de las cosas. Sin pasado (saqueado en Madrid), ni presente (asentado en el desarraigo del exilio), ni futuro (amenazado por la enfermedad), el poeta se percibe a sí mismo como un fantasma, del que tiene que huir cantando, según escribe en el prólogo que redactará para el libro La rama viva, de Francisco Giner.

Nunca en vida del poeta alcanzaron la imprenta en forma de libro ni los aforismos (que sí que fue dando por entregas en diferentes revistas) ni el proyecto Vida, combinación de autobiografía e historia de la literatura, que también procede de estos años. Pero en La Florida vive el poeta una experiencia que, en carta a Enrique Díez Canedo, refiere así: En 1941, saliendo yo, casi nuevo, resucitado casi, del hospital de la Universidad de Miami..., una embriaguez rapsódica, una fuga incontenible empezó a dictarme un poema de espacio, en una sola interminable estrofa de verso libre mayor. Y, al lado de este poema y paralelo a él, como me ocurre siempre, vino a mi lápiz un interminable párrafo en prosa, dictado por la extensión lisa de la Florida, y que es escritura de tiempo, fusión memorial de ideolojía y anécdota, sin orden cronolójico, como una tira sin fin desliada hacia atrás en mi vida. La crítica ha creído ver en esta experiencia el origen de los poemas Espacio y Tiempo. Y seguro que es así; pero esta misma experiencia está también en el tono general de los poemas (muchos de ellos escritos ya en España) de La estación total, libro del que el poeta, en 1942, piensa acabar pronto, pero que no verá la luz hasta 1946.

La vida de los Jiménez en Coral Gables la resume perfectamente un párrafo de la carta a Domenchina citada más arriba: Aquí vivimos con 100 dólares al mes, 50 de casa y 50 de comida. No tenemos servicio. Nuestro único lujo es un cochecillo que en este país es necesario como el comer, por las enormes distancias (y el tiempo se va).

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20. Washington. Maryland (1943-1951)

Mi libertad consiste en tomar de la vida y de la crítica de la vida lo que me parece mejor para mí, para todos, con la idea fija de aumentar cada día la calidad jeneral humana, sobre todo en la sensibilidad.

JRJ

En la primavera de 1942, Zenobia y Juan Ramón acuden de nuevo a los cursos de verano de la Universidad de Duke, que tienen lugar del 8 de junio al 20 de julio. El poeta vuelve a impartir varias conferencias para estudiantes de licenciatura y de doctorado.

Desde allí viajan a Washington y es en este momento cuando surge la posibilidad de que el poeta se ocupase de una serie de programas de radio, promovidos, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, por la Oficina del Coordinador de Asuntos Americanos con la finalidad de convocar la atención y adhesión de la América hispana a la causa aliada. Se trataba de una serie de intervenciones, de unos 15 minutos, en las que Juan Ramón pensaba agotar en lo posible la presentación de las figuras más representativas de las literaturas norteamericana, española e hispanoamericana, destacando en cada uno de los autores tratados aquellos rasgos que, a su juicio, tuviesen actualidad en el contexto de 1943. Y será esta posibilidad la que provocará en Juan Ramón la decisión de abandonar la Florida, para instalarse en Washington.

En Washington, alquilan un apartamento del hotel Dorchester House (propiedad del diplomático Gustavo Durán), que se hallaba situado muy cerca del parque Meridian Hill, en un sector urbano reservado a embajadas y delegaciones diplomáticas. El ritmo de trabajo de Juan Ramón sigue siendo muy alto en este momento. Además de preparar los guiones para Alerta, el poeta sigue trabajando en La estación total; en un libro nuevo, que en honor al entorno de su nuevo hogar titula provisionalmente Una colina meridiana; y en Espacio, poema del que, en este mismo año, da una primera versión parcial (el primer fragmento) en la revista de México Cuadernos americanos (de la que es secretario Juan Larrea), aunque la versión final de este texto no se imprimirá hasta 1954.

Y no son estos los únicos textos en los que el poeta trabaja durante 1943. Estudia Juan Ramón la posibilidad de reunir todas sus conferencias en un libro que se hubiera titulado Política poética y, a la vez, trabaja, en la reunión de todos los materiales (propios y ajenos), que había acopiado en relación con la guerra civil, en un libro con el título Guerra en España.

Entre tanto Zenobia, aprovechando el momento creativo que vive Juan Ramón, lo anima cuanto puede para que retome el trabajo de edición de su obra completa, retomando (ahora con Losada) el proyecto que había anunciado en Canción, pero, como los materiales de su obra, desde 1936, han crecido y abierto nuevos caminos, Juan Ramón comienza a trabajar con una idea diferente que contemplaba nueve grandes volúmenes de Verso, Prosa, Traducción, Vida, Época, Poesía mejor española y Complemento.

El primero de septiembre de ese año habrían de comenzar las emisiones de Alerta, para las que el poeta había reunido muchos materiales y dado forma a varios guiones. Sin embargo, el proyecto no saldrá adelante, por problemas con la censura militar estadounidense y porque al poeta se le pedía propaganda política interamericana, cuando lo que él ofrecía era exaltación de lo verdaderamente poético y crítica general. Alerta se frustró, porque Juan Ramón, que estaba dispuesto a aceptar que la censura militar vigilase los contenidos de sus intervenciones, no toleró que esta censura se ejerciese sin que, previamente, se le comunicase a él qué cosas se cortaban o se alteraban. De este modo, una de las fuentes de ingresos sobre la que el matrimonio había planificado su vida en Washington desaparece.

No obstante, en enero de 1944 Zenobia recibe del College Park (en la Universidad de Maryland) un contrato como profesora visitante en el programa de Instrucción del Ejército que había asumido el Departamento de Lenguas y Literaturas extranjeras de aquella Universidad, y el buen hacer de Zenobia enseguida (en septiembre de este mismo año), se tradujo en un contrato permanente como profesora de español, adscrita al Departamento de Historia y Cultura europeas. Unos meses más tarde, es el propio Juan Ramón quien es contratado, también de forma permanente, por el Departamento de Lenguas y Literaturas extranjeras para dar seminarios sobre poesía española e hispanoamericana a los estudiantes graduados.

Estos trabajos, los ingresos que Zenobia obtiene por traducciones ocasionales para el Departamento de Estado y la recepción de una herencia familiar, les permitieron en 1946 comprar una casa en Riverdale, población cercana a Maryland, donde residieron hasta 1951. Es en esta casa donde el poeta inicia la escritura de «Los olmos de Riverdale» (con destino a Una colina meridiana), y de otros libros que habían de formar parte del gran proyecto Lírica de una Atlántida, compaginando siempre -como había hecho en España antes de la guerra civil- la redacción de lo nuevo y, gracias a los envíos de materiales que periódicamente le hace Juan Guerrero Ruiz desde España, la corrección y reordenación de lo viejo.

Juan Ramón Jiménez en Washington leyendo para el Archivo de la palabra de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, 1949.Son unos años de gran creatividad para Juan Ramón y de relativa calma para la vida familiar. Siempre que pueden, los Jiménez se desplazan a Washington para acudir a conciertos o visitar exposiciones, para asistir a reuniones con amigos o para que el poeta frecuente las salas de la Biblioteca del Congreso (que le ofrece al poeta un cargo en la misma), cuya Fundación Hispánica hace la grabación de varias lecturas de poemas suyos. El contacto del poeta con la Biblioteca del Congreso le determinará a donar a la institución, en 1949, el manuscrito de Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, junto a otros materiales, especialmente cartas del poeta nicaragüense.

En 1945, la editorial Stylo, para la que trabajaba Francisco Giner, sacó Voces de mi copla (colección de cancioncillas que en esencia habían sido integradas con anterioridad en Canción). En 1946 Losada publicará La estación total con las canciones de la nueva luz, libro que entonces se anuncia -lo que demuestra la fusión de materiales viejos y nuevos ensayada por Juan Ramón en este momento- como parte de otro mayor, En el otro costado, que habría de recoger una buena porción de lo escrito en verso durante los años de exilio americano. La estación total, seguido de las Canciones de la nueva luz, constituye un libro central en la bibliografía juanramoniana, especialmente interesante para entender la totalidad de la poesía escrita por el poeta en América, aunque la fecha de escritura de los poemas de este libro remita a los años que van de 1924 a 1936.

El contexto (semántico) al que La estación total convoca al lector es, en esencia, el mismo que cobra forma de interminable monólogo en Espacio. La estación total, título sugerido por la vivencia portorriqueña de 1936, es esa «estación» capaz de incorporar, convertido en conciencia completa, el tiempo sucesivo del existir. La estación total es la morada que el yo aspira a fabricarse, mediante la poesía, para escapar (en la plenitud de una vivencia interior que se apropia del espacio exterior) del devenir. A veces esta aspiración se manifiesta como canto gozoso; en otras ocasiones, en cambio, se traduce en fracaso.

La estación total es, sin duda y a pesar de la fecha de escritura de la mayor parte de los poemas, un libro de 1946; conformado desde la lucidez de 1946. A La estación total seguirán los Romances de Coral Gables, que ven la luz en la editorial Stylo, de México, en 1948. La producción poética de los años de exilio ha ido adquiriendo unas proporciones importantes, lo que hace que Juan Ramón piense en darla a conocer en libro y trabaje para ello en proyectos de este momento, como Lírica de una Atlántida.

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21. Viaje a Argentina y Uruguay (1948)

La verdadera poesía [...] es la que estando sustentada, arraigada en la realidad visible, anhela, ascendiendo, la realidad invisible; enlace de raíz y a la que, a veces, se truecan; la que aspira al mundo total, fundiendo, como en el mundo total, evidencia e imajinación.

JRJ

El contrato del poeta con Losada, había servido para que, entre 1942 y 1948 fueran saliendo al mercado nuevas ediciones de diferentes libros del poeta (Españoles de tres mundos, Platero y yo, Estío, Eternidades, Belleza, Poesía, Piedra y cielo, Diario de poeta y mar), que lo convirtieron, en Argentina, en un escritor muy próximo y admirado.

Ello provoca que, a comienzos de 1948, la revista Anales de Buenos Aires curse una invitación a Juan Ramón para visitar el país y dictar un ciclo de conferencias. Los Jiménez, el 13 de julio, se embarcan en Nueva York, en el vapor «Río Juramento» y el 4 de agosto llegan a Buenos Aires, donde los esperaba Sara Durán de Ortiz Basualdo, su anfitriona.

Juan Ramón Jiménez y Zenobia en Buenos Aires, 1948. Entre otros, Atilio Rossi (de pie, primero a la izquierda), Rafael Alberti (a la izquierda de Zenobia), Gonzalo Losada y Guillermo de Torre (a la derecha de Zenobia).Los periódicos argentinos habían dado gran eco a la noticia de la visita de Juan Ramón, lo que propició una recepción popular que anonadó al poeta. El fervor popular lo acompañará a diario en todas las estaciones del recorrido que los Jiménez hicieron por Argentina. En Buenos Aires se reencontraron con Borges, con Alberti, con Gómez de la Serna y con otros escritores españoles y argentinos.

El día de su primera intervención pública, el teatro Politeama, el de mayor aforo de Buenos Aires, estaba a rebosar. El poeta leyó allí su conferencia Límites del progreso y se ganó un entusiasta y prolongado aplauso. Los periódicos argentinos se volcaron con el poeta, y el afecto y calor popular lo siguió en todas las etapas de su viaje por Córdoba, La Plata, Rosario, Santa Fé o Paraná. Idéntica acogida se le brindó en Montevideo, donde, aprovechando la estancia en Argentina, también acudieron el poeta y su esposa, invitados por el gobierno de Uruguay para que Juan Ramón diera varias conferencias, la segunda semana de agosto.

En Buenos aires y en Montevideo, Juan Ramón se reencuentra con el español. Lee poemas propios, anima a jóvenes poetas que se le acercan a diario, y dicta varias conferencias. No era la primera vez que Juan Ramón se dirigía en directo a un público numeroso, pero sí que es la primera vez en la que la serie de conferencias (además de la citada más arriba, leyó entre otras «Aristocracia de intemperie», «El trabajo gustoso», «Poesía abierta y poesía cerrada» o «La razón heroica») se conforma como un conjunto completo constituyente de un legado reflexivo, en el que se une la crítica literaria y el enjuiciamiento ético de la modernidad, que desde luego merecería más atención de la que se le ha prestado hasta el momento.

En lo que atañe a la crítica literaria, se trata de una actividad que el poeta cultivó desde sus inicios con reseñas (a Timoteo Orbe, a Villaespesa, a Antonio Machado, a Gómez de la Serna, etc.); con ensayos más extensos y elaborados (como «Valle-Inclán (Castillo de Quema)», «Recuerdo del primer Villaespesa» o «Crisis del espíritu en la poesía española contemporánea, 1899-1936»); e incluso con proyectos de más alcance como Alerta (serie de conferencias radiofónicas en las que Juan Ramón pretendía sintetizar las claves ético estéticas de una modernidad en la que se reconciliaba el espíritu de la literatura española e hispanoamericana) o como su curso sobre El modernismo que, heredero en gran parte de Alerta, dictará el poeta en la Universidad de Puerto Rico en 1953.

Pero todo el edificio crítico que levanta Juan Ramón, tiene como piedra angular, sobre la que apoyarse, una visión de la literatura finisecular como conquista de una idea de la modernidad que, asentada en la recuperación del equilibrio entre progreso interior y progreso exterior, entre técnica y vida social, sitúa lo espiritual humano en el centro de la existencia; centro del que, a finales del siglo XIX, había sido desplazado por el auge «sin límite» de las ciencias positivas y el avance técnico de la «revolución industrial». Erigida sobre tales premisas, la crítica juanramoniana se resuelve en exaltación, en el marco de toda la literatura por él contemplada, de aquellos valores susceptibles de «contajiar» la inteligencia, la sensibilidad y la conciencia de ese pueblo que aguarda la luz... amorosa de los artistas, científicos, poetas, políticos clarividentes, de los verdaderos modernistas.

Contienen los textos de las conferencias juanramonianas el pensamiento maduro del poeta, llegando a constituir un corpus importantísimo para el estudio de la evolución y desarrollo de sus ideas estéticas y poéticas. Al conferir a la labor poética un papel primordial en el cultivo de la espiritualidad, Juan Ramón acaba convirtiendo la poesía en norma completa para la vida: en norma del progreso, que debe ser «armonía» sucesiva en lo material y en lo espiritual («Límite del progreso»); en norma del trabajo, que debe ser vocativo y creador («El trabajo gustoso»); en criterio de aristocracia real del espíritu («Aristocracia y democracia»); y en conciencia de la divinidad posible en el hombre.

Detrás de la aparente sencillez de mucha de su poesía o detrás del aparente apasionamiento de sus juicios críticos, existe siempre un caudal de reflexión. Y la acogida popular que en todas partes recibe el poeta confirma la aceptación que las ideas del poeta alcanza en todas partes, durante los días que dura el viaje.

En estos días de su viaje a Buenos Aires, Juan Ramón emprendió una selección (Recuerdo de la poesía escondida) hecha por él, a partir de los más de 5000 poemas que los jóvenes argentinos le habían hecho llegar en los días que había durado su viaje. Esta selección no ha llegado hasta nosotros, pero en los archivos del poeta sí que se conservan las notas que Juan Ramón leyó para introducir a cada uno de los poetas seleccionados.

El viaje a la Argentina se prolongó hasta el 12 de noviembre, fecha en la que embarcan en el «S. S. Uruguay» con destino a Nueva York. La estancia en Argentina resultó tan positiva para Juan Ramón que, en aquel momento, proyectó repetir la experiencia en años sucesivos. Y, a su regreso a casa, el buen estado de ánimo favorece su vuelta al trabajo. Juan Ramón se mete de lleno en la composición de Animal de fondo, el libro suscitado por el reciente viaje. Al poco tiempo de regresar está ya en condiciones de enviar a la imprenta los materiales, de modo que el libro (en edición bilingüe español-francés) aparecerá publicado en julio de 1949, en la editorial Pleamar que dirigía Rafael Alberti.

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22. El libro Animal de fondo (1949)

DIOS del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.

JRJ

Animal de fondo es el resultado de una -ya larga y vieja- búsqueda de un dios posible por la poesía, cuyos primeros pasos hay que retrotraerlos a La estación total, a Espacio y, posiblemente, a libros anteriores; una búsqueda, que en absoluto ha de entenderse en términos religiosos (ni siquiera en términos de un modernismo religioso, aunque en su origen es posible que haya vinculaciones con ese movimiento). El dios que espera al poeta, ese dios al que cantan los versos de Animal de fondo, no es en la religión donde hay que buscarlo, sino en la ética que preside toda la escritura juanramoniana y en la estética que se desprende de esa ética. En su base está la idea krausista, que Juan Ramón pudo leer en la traducción gineriana del Compendio de estética, de que Dios no está en el origen, sino en el final: dios es una meta, es la meta a la que todos debemos aspirar, «fundiendo» nuestra materia y convirtiéndola en conciencia.

El libro fue juzgado muy positivamente entre los críticos hispanamericanos (Eugenio Florit, Guillermo de Torre, o Reinaldo Froldi), en tanto que en España, cuando no se ignoró, provocó sobre todo la incomprensión. Hoy, sin embargo, se ha afianzado la idea de que en Animal de fondo (y en Espacio) alcanza su plenitud expresiva, y su cumplimiento definitivo, una poética que hunde sus raíces en las primeras manifestaciones de la escritura del moguereño y que se cierra con el hallazgo de ese concepto dominante en Espacio, que es la conciencia y que se identifica, en última instancia, con Dios.

Retrato de Juan Ramón Jiménez para la edición de «Animal de fondo».Este «dios» juanramoniano de Animal de fondo se sustenta conceptualmente en lo que son los dos grandes ejes de la poética juanramoniana: la creación es a la vez conocimiento y realización, y sus efectos repercuten sobre el yo y sobre el mundo exterior que rodea a este yo y que en parte es creación de ese mismo yo. La novedad de este mundo que Juan Ramón aspira crear en su poesía se resuelve en dos direcciones. La creación poética lleva consigo la superación de la contingencia, por el «vencimiento del espacio y del tiempo». Y, de otra parte, supone una ampliación de la realidad, por la penetración de lo desconocido que el poeta aspira nombrar. Ambos aspectos de esta búsqueda metafísica, que es la poesía para Juan Ramón, responden íntimamente a la crisis religiosa (y metafísica) que está en la base de toda la escritura de nuestro poeta.

Animal de fondo y Espacio son la respuesta final del poeta a esa crisis metafísica de la que arranca la totalidad de su poesía. La búsqueda de lo desconocido le confiere a su poética una dimensión epistemológica, al mismo tiempo que su concepción de la existencia del poeta como proceso y proyecto, en que el yo y el mundo que rodea a este yo aspiran a realizarse en plenitud, le confiere una dimensión ética y ontológica. La base de todo ello hay que buscarla en el concepto krausista de «perfectibilidad» moral y metafísica del ser en la historia. La poesía, además de ser expresión de una existencia, es resorte y motivación que encauza la vida del poeta hacia su propio perfeccionamiento.

La actividad creativa sigue a muy buen ritmo a lo largo de todo 1949. En octubre, el poeta se halla trabajando en Lírica de una Atlántida, concretamente en Hacia otra desnudez y en Dios deseado y deseante (libro al que pasarían a pertenecer los poemas publicados de Animal de fondo), además de haber iniciado la composición de Mi Rubén Darío. El nivel de exigencia que todos estos proyectos le suponen acaba minando la moral del poeta, que en agosto de 1950 debe ingresar en el Sanitarium and Hospital de Takoma Park, presa de una crisis depresiva de la que tardará en reponerse y durante la cual Zenobia probó todo tipo de soluciones.

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23. Los últimos trabajos de «amor gustoso». Puerto Rico

Yo vine del allí libre
y estoy preso en este aquí;
antes yo era lo infinito
que hoy no sé ya concebir;
soy sólo el que considera,
sin comprenderlo, aquel sí
que fue y que ahora es el no.

JRJ

Por consejo médico, los Jiménez viajan a Puerto Rico, con la confianza de que la inmersión en un medio cultural y lingüístico próximo favorecerá su recuperación. El 20 de noviembre llegan a San Juan, siendo alojados por la Universidad en su Casa de Huéspedes.

Juan Ramón no mejora, como se esperaba, y por ello, dado que Zenobia seguía manteniendo sus compromisos con la Universidad de Maryland, deciden regresar a Riverdale. El viaje lo realizan en la última semana de diciembre. Pero la salud de Juan Ramón sigue empeorando, de modo que Zenobia, abandonando su trabajo y convencida de que Juan Ramón se recuperaría antes en un entorno en el que se hablase español, tomó la decisión de volver a probar suerte en Puerto Rico. El 21 de marzo de 1951 regresan, pues, a San Juan.

El matrimonio se instala en una pensión en Santurce, frecuentada por exiliados españoles. Zenobia empieza a trabajar, en agosto, en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico. Por las mismas fechas, acompañando al doctor García Madrid, los Jiménez se mudan al pabellón que el médico había hecho preparar como residencia de los tres en el Sanatorio Psiquiátrico Insular.

Juan Ramón comienza a recuperarse. Pero, en noviembre, los Jiménez reciben un nuevo golpe. A Zenobia se le diagnostica un cáncer de matriz, que la obliga a viajar a Boston para operarse. La operación sale bien y Zenobia regresa a la isla en los inicios de febrero de 1952. Entonces, los Jiménez reciben las visitas (que animan al poeta) de amigos españoles como Cipriano Rivas Cherif y Francisco Ayala. Poco a poco Juan Ramón se va recuperando y el día 31 de agosto, fecha del cumpleaños de Zenobia, se declara completamente curado. Retoma de nuevo su trabajo.

Vuelve a dar conferencias en la Universidad. Asiste a colegios de San Juan para ofrecer a los estudiantes lecturas de sus poemas y vuelve a ocuparse de la edición de sus textos. Contacta con Max Aub, en México, y le promete, para el siguiente año, el envío de sus aforismos para un libro que se hubiera titulado Crítica paralela; el texto completo de Dios deseado y deseante y Guerra en España. Para años siguientes esperarían su turno En el otro costado (el libro iniciado a partir de los poemas escritos desde su salida de España), Una colina meridiana (con los poemas de los años de Riverdale), y De ríos que se van (una elegía provocada por la enfermedad de Zenobia y construida sobre la idea de la paz de dos en uno).

Juan Ramón Jiménez en su curso sobre modernismo, en la Universidad de Puerto Rico, 1953.A partir de enero de 1953, en calidad de poeta visitante, Juan Ramón se incorpora al claustro de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, para dictar en la Facultad de Humanidades, un seminario sobre el movimiento modernista en la literatura española e hispanoamericana. El contenido de este curso, que le ocupó a Juan Ramón tres tardes por semana, durante dos semestres, lo conocemos bien gracias a Ricardo Gullón, maestro de juanramonianos, que por aquellas fechas había sido contratado por la Universidad como profesor visitante y que asistió, cuando pudo, a las clases del poeta. Él dio forma a los materiales del seminario que le proporcionaron Zenobia y Gloria Arjona y los editó con el título de El modernismo (notas de un curso). Este libro es, en realidad, una revisión del siglo modernista, con la intuición de que, junto a Darío (paternidad suficientemente reconocida) el origen de la modernidad literaria española está en Unamuno (quicio de las dos rupturas modernistas: la teológica y la poética) y en la dimensión ética que el krausismo (fuente de renovación de la espiritualidad moderna) proyecta sobre lo mejor de las letras del momento.

El libro sobre El modernismo lo conforman unos materiales extraordinariamente interesantes, por lo que tienen de desmentido a la historiografía literaria franquista, pero también por su oposición a la lectura reduccionista del fin de siglo español ensayada desde los aledaños de esa historiografía; por lo que aportan para un mejor conocimiento de las lecturas que el de Moguer había hecho de muchos poetas (de uno y otro lado del Atlántico); por las precisiones que ofrece sobre la importancia en las letras del fin de siglo del ideario krausista; por la distinción dentro del modernismo de dos corrientes (una interior y otra exterior); por la conexión que establece entre el modernismo hispano y el anglosajón (con Poe, Whitman, sobre todo); por su intuitiva vinculación del movimiento literario con el modernismo religioso de Loisy.

En este sentido, este libro viene a culminar un proceso crítico puesto en marcha por Juan Ramón, desde 1935, contra una historiografía que, apoyada por las tesis de los historiadores franquistas, retrasaba el inicio efectivo del siglo XX, dejando fuera del mismo a escritores como Unamuno, Machado y, con ellos, Juan Ramón. Por el contrario, Juan Ramón, en los apuntes que en realidad son este libro, sitúa con justicia en Bécquer el anclaje de la tradición moderna española y subraya el cosmopolitismo de la misma.

En agosto de 1953, al casarse el doctor García Madrid, los Jiménez hubieron de abandonar el pabellón del Sanatorio Siquiátrico y se instalaron en una casita de dos pisos en Hato Rey, un barrio cercano a la Universidad.

Juan Ramón se levantaba muy temprano. Mientras Zenobia copiaba a máquina los manuscritos originales del poeta, este seguía escribiendo cosas nuevas -sobre todo pertenecientes a De ríos que se van- y corregía los textos antiguos, reordenándolos de acuerdo con el nuevo proyecto de obra completa que alumbra por estas fechas: en esencia, como ya los textos creados, corregidos, recreados o revividos, habían convertido su labor en un auténtico laberinto incluso para él mismo, Juan Ramón, en este momento, piensa en una solución que, desde luego, le vendría a permitir recuperar para la imprenta, en una ordenación razonable y comprensible, los distintos estados textuales en los que su obra se encontraba. Y, así, Juan Ramón concibió la edición simultánea de tres proyectos diferentes: Sucesión (libros sueltos en la forma en que inicialmente habían sido concebidos y publicados), Destino (libros completos en su versión última, corregidos o revividos) y Metamórfosis (antologías de todos los registros de su escritura).

El entusiasmo creativo contagiaba el resto de su vida. Vuelve a dictar nuevas conferencias y acepta, además de colaborar en la publicación de los estudiantes Universidad, dirigir las selecciones literarias de dicha publicación, lo que no le impide seguir enviando cosas nuevas a otros medios, como La Torre o Asomante. Reanuda su colaboración con las revistas argentinas (La Nación, Sur y Buenos Aires Literaria). Así mismo, aumenta sus contactos con publicaciones españolas, enviando generosamente textos a Caracola, Proel, Espadaña, Isla de los ratones, Ínsula o Poesía española. Y todavía le queda tiempo, al final de la tarde, para tratar de literatura con Ricardo Gullón, en Conversaciones que luego el crítico leonés dará a conocer en forma de libro.

El inicio de 1954 lo recibe Juan Ramón trabajando con idéntico vigor al experimentado el año anterior. En abril, en la Universidad de Puerto Rico, pronuncia una nueva conferencia con el título El romance, río de la lengua española. Sigue ampliando o reordenando los contenidos de los nuevos libros, a los que se añade ahora Forma del huir y continúa los proyectos de Destino, Metamórfosis y Sucesión.

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24. Espacio

Poetizar es llegar, venir a ser yo cada día en una nueva visión y nueva expresión de mí mismo y del
mundo que yo veo, mi mundo.

JRJ

En Poesía española que dirigía José García Nieto, en 1954, ve la luz Espacio, que en su forma definitiva va dedicado a Gerardo Diego.

Los editores modernos de Espacio, basándose en la etiqueta de «poema» con que Juan Ramón se refiere siempre a este texto, han pretendido leerlo en el marco que ofrece la poesía última de Juan Ramón. Así, tanto Aurora de Albornoz como Sánchez Romeralo lo incluyen en sus respectivas reconstrucciones de En el otro costado. Los poemas de este último libro son de la misma época que el fragmento originario de Espacio (1941), pero desde luego no son el marco natural para el que este poema nace como texto final en prosa. Espacio es un texto cuya lectura está reclamando otro marco interpretativo.

Este texto, cuya elaboración se prolonga durante más de 13 años, ya no pertenece, como originariamente el poeta había pensado, a En el otro costado. En el momento de su publicación, este texto dialoga con otro paralelo, Tiempo (que, a diferencia del anterior, no llegó a la imprenta en vida del poeta). Ambos libros -Espacio y Tiempo- clausuran un discurso poético que inaugura La estación total y que gira todo él en torno a la noción de «dios en inmanencia» que protagoniza Animal de fondo.

A la vez que Juan Ramón escribía los versos de los libros que conforman su Lírica de una Atlántida, se hallaba embarcado también en la redacción de toda una serie de libros, como Mamá Pura, Crímenes naturales, Vida, Viajes y sueños, etc., en los que el elemento autobiográfico funciona como hilo conductor de una memoria que lucha contra el tiempo, no tanto para recuperar un pasado perdido, cuanto para hacer presentes los materiales, que, arrancados a la vida, ha ido el poeta convirtiendo en sustancia de esa conciencia, que es la parte del «yo» que se quiere blindar contra la muerte.

Detrás de la escritura de Espacio (y también de la de Tiempo) están algunas lecturas juanramonianas de Spinoza, de Hegel, de Krause, pero también de Einstein, de Huxley (y de algunos textos divulgativos de carácter científico), que son básicas para entender esa cima que busca (y que, sin duda, encuentra) en la última etapa de su poesía.

En relación a la lectura de Espacio, hay que repetir algo que ya señalamos al hablar de Animal de fondo. Ambos textos, cumbres de la última escritura juanramoniana, vienen gestándose, en lo que se refiere a su contenido conceptual, desde mucho antes. Esa conciencia que, en los primeros libros poéticos, se nos presentaba como escenario de terribles batallas entre Materia y Espíritu es la misma conciencia que vertebra, ahora, los libros finales. Al pertenecer una -la materia- al reino de lo contingente y otro -el espíritu-, al reino de lo eterno, dividen la conciencia del poeta, que no puede reducirlos a un proyecto unitario de existencia.

Al poeta no le es posible reducir a una sola las dos fuerzas distintas que configuran su existencia. Una de ellas tiende a expandirse infinitamente, mientras que la otra se esfuerza por aprehenderse y encontrarse en esa infinitud. La conciencia es, entonces, el escenario de la dolorosa aspiración de la materia por superar su contingencia.

Manuscrito autógrafo de Juan Ramón Jiménez. Borrador.Al poeta le preocupa ¿el qué será, en qué se convertirá, en qué fuerza, en qué instinto de qué o de quién, puesto que nada se pierde, este ansia vibrante, este dinamismo espiritual, esta función de mis sentidos educados y absortos?. El carácter negativo de la muerte no radica sólo en que destruye el cuerpo, sino en que deja al espíritu sin concreción individualizada en que reconocerse. Y es en este punto donde la palabra poética adquiere el radical significado que descubrimos en la última escritura de Juan Ramón: con el alma del poeta dentro, la palabra -esa palabra que antes el poeta le reclamaba a la inteligencia- se convierte en vida para «un poco más de tiempo». Así lo expresa el siguiente poema de Poesía:

Tú, palabra de mi boca, animada
de este sentido que te doy,
te haces mi cuerpo con mi alma.

El poema, cumplimiento ético con el deber de desarrollar su propia inmanencia interior, es también forma metafísica de perpetuarse, vencido el espacio y el tiempo. Este es el marco adecuado de lectura de Espacio, y también de Tiempo, poemas escritos en una prosa de extraordinaria calidad y de una notable flexibilidad.

Si los textos de Crímenes naturales nos presentan el esfuerzo imaginativo del poeta por verse a sí mismo como conciencia final y si las prosas de Vida y época o de los Diarios dan cuenta de la lucha de un «yo» que quiere salvarse como «conciencia», Espacio quiere ser la objetivación verbal -espacial en última instancia- de esa conciencia fundida a partir de las vivencias temporales.

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25. Que van a dar a la mar

¡Tan bien como se encuentra
mi alma en mi cuerpo
-como una idea única
en su verso perfecto-,
y que tenga que irse y que dejar
el cuerpo -como el verso de un retórico-
vano y yerto!

JRJ

Al final de la primavera de 1954, el poeta vuelve a sentirse mal; padece algunos trastornos digestivos, y entra en una nueva fase depresiva. En septiembre tiene que abandonar su curso sobre el modernismo, y en octubre tiene que ser ingresado en el hospital durante varios meses. En febrero de 1955 se halla de nuevo en casa, pero la recuperación no es completa.

En marzo de 1953, la Universidad de Puerto Rico había inaugurado una Biblioteca Central, ocasión que Juan Ramón aprovechó para donar a la misma su biblioteca particular, que por aquellas fechas contenía más de seis mil volúmenes. En marzo de 1955, la Biblioteca General Universitaria agradecía al poeta aquella donación y le cedía una amplia sala, con la finalidad de que en ella pudieran guardarse sus libros, fotografías, grabaciones, en un espacio grato para que él pudiera trabajar con comodidad.

Zenobia se esfuerza por interesar al poeta en la ordenación de la «Sala» y ambos comienzan a acudir allí con regularidad. Pero Juan Ramón no acaba de salir de sus ensimismamientos depresivos y Zenobia contempla, entonces, la posibilidad de viajar a España. Pero, de nuevo la enfermedad vino a cruzarse en los planes de esta extraordinaria mujer que fue Zenobia. En este caso, fue ella la afectada. En marzo de 1956, cuando se hallaba trabajando en la preparación de la Tercera antolojía poética, los médicos le confirman que el cáncer ha reaparecido. En junio hubo de viajar a Boston, donde había sido operada años antes. Las quemaduras internas producidas por las radiaciones, que se le habían aplicado en la isla, hacían imposible la operación, que en todo caso los médicos posponen para septiembre. Pero, cuando en septiembre regresa a la consulta, ya nada podía hacerse. Con tan malas noticias regresa a la isla y el 20 de septiembre ingresa en la clínica Mimiya, de Santurce, de donde ya no saldrá con vida.

Cuando Zenobia sabe que le queda poco tiempo, mayor preocupación es la de dejar al poeta en buenas manos. Por ello, escribe a Francisco Hernández-Pinzón, sobrino de Juan Ramón, para que acuda a Puerto Rico a ocuparse de su tío. Antes de morir, la heroica Zenobia todavía tendrá la satisfacción de conocer la noticia de que la Academia Sueca, a propuesta de la Universidad de Maryland, había acordado conceder el Nobel de ese año a Juan Ramón Jiménez por su pureza lírica, que constituye, en lengua española, un ejemplo de alta espiritualidad y de pureza artística.

Juan Ramón Jiménez, depositando flores en la tumba de Zenobia, en el cementerio de Porta Coeli, de Bayamón, Puerto Rico, 1957.La noticia oficial se produce el 25 de octubre. El 28 del mismo mes, a las cuatro de la tarde, muere Zenobia. Huérfano, presa de un mutismo del que era difícil sustraerlo, se encerró en su casa y sólo aceptaba salir para visitar la tumba de su esposa. Francisco Hernández-Pinzón intentó por todos los medios que regresara a España. Pero el poeta quería estar cerca de Zenobia. En 1957 aparece la Tercera antolojía poética, en la que Zenobia (con la ayuda de Eugenio Florit) había consumido sus últimos desvelos. Sin embargo, el poeta permanecía ajeno a todo.

La situación se hizo insostenible y finalmente hubo que ingresarlo en el Hospital siquiátrico de Hato Tejas, en donde la enfermera María Emilia Guzmán logró, con mezclas iguales de energía y cariño, hacer que el poeta saliera a la calle a visitar alguna escuela de niños y que, varios días a la semana, acudiera a la Sala de Zenobia y Juan Ramón, donde ya se hallaban todos sus manuscritos y documentos, que Ricardo Gullón y Raquel Sárraga habían empezado a ordenar. Las horas en la Sala le sentaban bien. Allí podía conversar otra vez de literatura, atendía la correspondencia y se interesaba por los artículos de prensa que hablaban de su obra. Y, allí, sobre todo, pasaba horas escuchando la voz de Zenobia, grabada en cinta magnetofónica, lamentando no tener las fuerzas necesarias para escribir su elegía.

En los inicios de 1958, experimentó una notable mejoría en su estado. Sin embargo, el 14 de febrero se fracturó la cadera, por lo que hubo de ser operado. Francisco Hernández-Pinzón regresó para acompañarlo y volvió a intentar convencerlo para que volviera con él a España. Sin embargo, en mayo el poeta enfermó gravemente de neumonía. El día 28 de mayo, la casa de la poesía se cubría de luto.

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26. «Volver a ser lo infinito que ya fui»

¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día,
a la tierra, no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!

JRJ

Ya no nos sirve esta voz, ni esta mirada.
No nos basta esta forma. Hay que salir
y ser en otro ser el otro ser.
Perpetuar nuestra esplosión gozosa.

JRJ

Juan Ramón está convencido de que la poesía embellece la vida y hace mejores a los hombres: la poesía -escribió- es una tentativa de aproximarse a lo absoluto por medio de símbolos. Esto, desde luego, es discutible. Lo que en modo alguno se puede discutir es que tal convencimiento es inseparable de su escritura. Los versos de Juan Ramón son como son, porque arraigan en una inteligencia extraordinariamente cultivada y son fruto, también, de unas ideas ético-estéticas incorporadas a su propia vida, así como de una lucidez crítica bien cultivada en muchas y plurales lecturas. El poeta, aunque con demasiada facilidad se le ha tendido a aislar en la torre de marfil de sus versos, es un crítico inteligente y responsable; un conferenciante, marcado por unos principios éticos muy meditados; y un profesor, que había asimilado muy bien la lección de Giner: la expresión del espíritu en la naturaleza, esa es la misión del poeta y del artista, porque esa, en última instancia, es la misión del hombre sobre la tierra.