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Literatura y periodismo en la época del Romanticismo en España

Biografía de Jacinto de Salas y Quiroga (1813-1849)

por María José Alonso Seoane
Universidad Complutense de Madrid

Jacinto de Salas y Quiroga Jacinto de Salas y Quiroga nació en La Coruña el 14 de febrero de 1813 y murió en Madrid, el 21 de septiembre de 1849. Era hijo del magistrado Miguel de Salas y Herrera, natural de la parroquia de la Encarnación de Granada, y de Jacinta de Quiroga y Acevedo, natural de la de Santa María de Rocamador de la villa Valencia de Alcántara, en Extremadura; datos que aparecen en la partida de defunción de Jacinto de Salas (Archivo Diocesano de Madrid, Parroquia de Santa Cruz, Libro 24 de Defunciones (1849-1853), Año 1849, Folio 35 y 35), así como en el expediente de clasificación de cesantía de su hermano Luis de Salas y Quiroga (Archivo Histórico Nacional, FC-Mº_HACIENDA, 2742, Exp. 591).

La familia de su madre residía por entonces en La Coruña; al menos, desde 1802, en que su abuelo materno, Luis Antonio de Quiroga, era Oficial 2.º, con grado de primero, en la Contaduría principal de Propios, Arbitrios y Rentas unidas de la Intendencia de Galicia (Guía o Estado general de la Real Hacienda de España. Año de 1802). Con una larga permanencia en Galicia aunque, después de la Guerra, en 1818 aparecerá en Osuna, como Contador, en la Guía de ese año.

La madre de Jacinto, sensible, culta y de firmes creencias religiosas, tendría un papel extraordinario en la felicidad de la infancia del escritor; siendo una defensa singular de su vida adulta en sus dudas y tribulaciones, como describe Salas en su poema «Mis ilusiones», publicado por Eugenio de Ochoa (Apuntes para una biblioteca de escritores españoles contemporáneos en prosa y verso, París, Baudry, 1840: II, 708-20; en adelante, Apuntes…). La temprana nota biográfica de Ochoa tiene gran interés por los datos muy actualizados que ofrece y la inclusión de poemas hasta entonces nada conocidos.

Ochoa publica su obra el año en que Salas llega de Cuba, en el verano de 1840. En la obra de Carlos M. Trelles, en que se dan varias noticias sobre Salas, se indica que el periódico La Aurora de Matanzas, anunció el 4 de febrero de 1840 que se publicaría por entregas, un libro de poesía de Salas, titulado Mis consuelos (Bibliografía cubana del siglo XIX, Matanzas, Impr. de Quirós y Estrada, 1912: II, 233); en el mismo libro (II: 236-7), se indica que el Noticioso y Lucero [de la Habana], publica en su «Biblioteca amena», una novela de Salas titulada Grandes proyectos (Habana, Impr. del Comercio, 1840-1843, t. I). Quizá a esa obra, Mis consuelos, pertenecen los poemas que Ochoa editó: el dedicado a Juan Bautista Alonso, «A un célebre escritor contemporáneo»; «Mis ilusiones» y «Al río Canasí (En la isla de Cuba)», evidentemente vinculado a su último viaje, de reciente creación. Seguramente, todo ello se lo habría facilitado el propio Salas a través de Juan Lobo, quien, desde Madrid, ayudó a Ochoa a conseguir el material que necesitaba para su antología.

El padre de Jacinto, Miguel de Salas y Herrera, como señaló Ochoa, «fue uno de los magistrados de más crédito en Galicia» (Apuntes..., 1840: II, 708). Siguiendo los pormenores de la «Relación de Méritos de Miguel de Salas», fechada en Madrid, el 26 de junio de 1816, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional (Consejos, 13371, Exp. 130), era hijo de Miguel de Salas y de Josefa de Herrera, hijosdalgo por ambas líneas, nacido en Granada en 1764. Una vez cursados los estudios correspondientes, se recibió de abogado en la real Chancillería de Granada en 1789, incorporando su título en los reales Consejos de Castilla en 1794, después de haber ejercido como Asesor de la justicia ordinaria en Nijas (Granada), donde dio pruebas de gran entusiasmo patriótico en 1793. Ya en Galicia, fue comisionado para la averiguación y enajenación de los bienes de establecimientos piadosos de Santiago de Compostela y otros partidos del distrito, de 1805 a 1808; incorporándose al colegio de abogados de la real Audiencia de Galicia el 4 de diciembre de 1811. Desempeñó interinamente la fiscalía del tribunal de Guerra del Reino de Galicia, y fue nombrado juez de la villa y jurisdicción de Santa Marta de Ortigueira el 18 de marzo de 1815. Según diversas informaciones, tanto en el tiempo de la invasión de los franceses como en el de la llamada constitución, se mantuvo irreprensible, manifestando siempre su adhesión a Fernando VII; teniéndosele por buen patriota y mereciendo por esto y por su acrisolada conducta, el mejor concepto del público.

Miguel de Salas aparece todavía como Juez de primera instancia en Maceda de Limia en la Guía de forasteros en Madrid para el año 1822 (Madrid, Imprenta Nacional, 1822). Sin embargo, fue relevado a finales de este año (Ricardo Gómez Rivero, Los Jueces del Trienio Liberal, Madrid, 2006: 158-160); lo que, seguramente, decidiría el traslado de la familia a Madrid. No vuelve a aparecer en ninguna Guía por lo que quizá murió por entonces. Posiblemente, no mucho antes, la madre había fallecido, pues Jacinto señala que su padre, Que tierno yo adoraba, ya no existe; / En el cielo descansa con mi madre («A las señoritas Moreiras (Lima, Agosto de 1832)», Poesías, Madrid, Impr. de Eusebio Aguado, 1834: 61). En «Recuerdos en una noche de insomnio», cita el consejo que le dio su madre al morir –sea la virtud tu espejo, / y tu placer secar ajeno lloro-, y señala que puras fueron mis lágrimas de niño (No me olvides, 40, 04/02/1838: 5).

Jacinto de Salas y Quiroga pasó su niñez e hizo sus primeros estudios en Galicia, cuyos recuerdos -Ortegal, Allariz, Maceda- aparecen en su poema «A Galicia», fechado en Madrid, 1846 (El Renacimiento, 3, 28/03/1847: 23); y en algunos textos posteriores, como el relato «El suspiro de un ángel» (Semanario Pintoresco Español, 39, 24/09/1848: 306-309). Otros recuerdos de infancia se refieren a Santiago de Compostela, como los que aparecen, en cita, en su versión del poema «Grenade», de las Orientales de Victor Hugo (El Artista, II, 24 [13/12/1835]: 281). Jacinto prosigue su educación en Madrid, donde pasa horas placenteras, como asegura en su poesía «A mis queridos hermanos Agustín y Soledad. Tributo de amor fraternal (Lima julio de 1832)» (Poesías, 1834: 59), y en Burdeos, importante centro de actividades comerciales trasatlánticas, al que también familias españolas enviaban a sus hijos para formarse.

Si bien sus primeros recuerdos fueron alegres, la orfandad y el alejamiento de su familia y de su patria fueron causas de sufrimiento para el joven Salas, como recuerda en su «Oda Al ilustre literato Don Francisco de Paula Martínez de la Rosa, Agosto de 1833» (Poesías, 1834: 36-40), al que dice deber el endulzamiento de sus pesares en su niñez, nombrando el Edipo (Obras Literarias, IV, Paris, J. Didot, 1828). Posteriormente, en su estancia en América se siente aislado, al menos en algunos momentos; con un abandono del que se queja amargamente en su poesía «A mis queridos hermanos Agustín y Soledad» (Poesías, 1834: 55-9), en la que se dirige especialmente a su hermana. Estas experiencias juveniles quizá estén en la raíz de su melancolía, que aparece como un sedimento de fondo en muchas ocasiones, creciendo a lo largo de su vida. No en vano, aunque se encuadra en el sufrimiento inherente al poeta romántico, Zorrilla le llama, en un conocido poema a él dedicado, Poeta del dolor, bardo sombrío (Poesías de don José Zorrilla, Obras, I, Madrid, I. Sancha, 1837). Casi todos los estudios sobre Salas, se recogen en la Bibliografía, inciden en este aspecto atormentado de su obra literaria.

Pero en Salas hay también, en muchas ocasiones, momentos de plenitud y felicidad: ante la belleza natural, los viajes, la música y el arte, la familia, la amistad; además de los momentos favorables en sus enamoramientos y, de manera definitiva, finalmente, en el amor a su esposa, Leonor Hach. Su poema «A Galicia» (El Renacimiento, 3, 28/03/1847, 23), es una rara poesía de felicidad sin sombras en la que desea que Leonor, extranjera, se hermane idealmente con su madre, que visite las tierras gallegas de su infancia, se considere gallega de adopción y que allí nazca su primer hijo. En junio de 1847, aparece otra a la dulcísima compañera de mi vida, que le acompaña en una visita a El Escorial («El Escorial en 1847», El Renacimiento, 15, 20/06/1847: 117). Por las circunstancias de la cita, aunque sin total seguridad, parecen referirse a ella, como señora de Salas y Quiroga, algunos sueltos aparecidos en el periódico El Clamor Público, afín a los ideales políticos de Salas por entonces. En uno de ellos, aparece como experta pianista –como lo era Otelina, personaje protagonista en El Dios del siglo, educada en el extranjero-, en un concierto en casa de Mariano Barrio (El Clamor Público, 03/06/1846). En el mismo periódico, se nombra la señora de Salas y Quiroga como una de las asistentes al Baile en la embajada francesa, al que asisten, además de gran parte del cuerpo diplomático y de la grandeza de España, el presidente del Consejo, varios ministros y personas notables, entre los que se encuentran literatos y periodistas de diversas opiniones (El Clamor Público, 09/01/1849).

En 1830, Salas emprende un largo viaje de juventud a Sudamérica desde Burdeos, adonde había sido enviado a estudiar, recomendado a la familia Cabarrus. Tenía diecisiete años, según consta en su pasaporte, del que da noticia Manuel Núñez de Arenas en el artículo, «Figuras románticas: el pobre Salas» (Alfar, 59, 1926, 27-9), que supuso un salto cualitativo en el reconocimiento del escritor y en las aportaciones documentales a su biografía. Después de él, entre los autores que modernamente se interesaron por Salas, cuyas referencias se recogen en la Bibliografía, cabe citar a Emilio Alarcos Llorach (1941-3), Reginald F. Brown (1953), Cristina Patiño Eirín (2002 y 2004), María Esther Rincón (2009), Russell P. Sebold (2012), Gregorio Torres Nebrera (2012), Ana María Freire López (2016).

Aunque Salas, en varias ocasiones, deja entender que su viaje a América se debió a su deseo de ver otras tierras, no fue ajeno al menos a una visión comercial, teniendo en cuenta los conocimientos que posteriormente muestra en su artículo «Estado político y comercial de la república peruana» (Revista de Madrid, I, 1838, 220-8), en que afirma haberlos estudiado directamente en su estancia en Perú. Según sus «Apuntes de un viajero», llegó a Valparaíso el 28 de agosto de 1830 (Semanario Pintoresco Español (115, 10/06/1838, 592-5).

Los inicios de este viaje y, especialmente, los recuerdos de una trágica tormenta en el puerto de Valparaíso el día de la Independencia -18 de septiembre-, aparecerán ficcionalizados en «La predicción» (El Artista, II, 21 [22/11/1835]: 243-5). Salas se detuvo en Chile algunos meses antes de pasar a Perú, donde residió hasta su vuelta a Europa; al menos, hasta febrero del año siguiente puesto que en «Una escena de amor en un buque» (No me olvides, 8, 25/06/1837: 3-5), diría que conserva gratos recuerdos del puerto de Valparaíso porque en él he cumplido diez y siete años, lo que parece un lapsus por diez y ocho, que son los que cumpliría.

Salas escribió en Lima alguno de los poemas que publicaría en España, en el volumen titulado Poesías (Madrid, 1834), siendo premiado entonces por alguno de ellos. También en Lima, escribe y estrena en 1831 una obra dramática en prosa, Claudia, que después pasaría a verso, publicada en Poesías.

En los poemas limeños de Salas hay abundantes elementos autobiográficos; si bien no todo debe tomarse al pie de la letra -especialmente cuando acude a su nombre poético Fileno, como en el poema «El aislamiento (Lima, 1832)»-, aunque el sentimiento personal que expresa sea auténtico. En otros poemas, Salas recuerda sus experiencias, como las tormentas marítimas en la composición que abre el libro, «La tempestad»; motivo que reaparece en el poema en francés «A Victor Hugo», asociado a la idea de creación poética. En algunos casos, los elementos biográficos reales son patentes, como en «A las señoritas Moreiras (Lima, Agosto de 1832)», en que se identifica con ellas, que han perdido a su hermana. Esta hermana sería Joaquina Moreira Avellafuerte, fallecida el 2 de julio de 1830, a quien Felipe Pardo y Aliaga dedicó una elegía en su traumática muerte, titulada entonces «A la temprana y dolorosa muerte de Joaquina Moreira» (Mercurio Peruano, 14/07/1830), que cita Luis Monguió en su edición de las Poesías de Don Felipe Pardo y Aliaga (California, University of California Press, 1973: 76). Quizá Salas entró en contacto con estas hermanas por José Joaquín de Mora, a quien conoció en Lima (No me olvides, 23, 07/10/1837: 8), a través de Felipe Pardo; o, directamente por este último.

En este poema, Salas da cuenta de sus propias pérdidas familiares: sus padres, un hermano en sus años juveniles, y una hermana de quince años. Quizá Teresa, que aparece en una visión fantasmal -«Veo y recorro sitios sepulcrales,/ Y la sombra de un padre o de Teresa/ Conmigo los recorre y atraviesa»-, en la exposición que hace Salas de su estado desesperado a su hermana Soledad en el intenso poema titulado «A mis queridos hermanos Agustín y Soledad, tributo de amor fraternal (Lima, julio de 1832)» (Poesías, 1834: 55-9). De su hermano Agustín, militar, manifiesta lo unido que estaba a él en «La predicción» (El Artista, II, 21 [22/11/1835]: 243-5).

Esta estancia en América fue una experiencia muy positiva para Salas. La recordaría siempre. Particularmente, la belleza de las tierras andinas, en especial en «A E... Al partir para América» (La Alhambra, II, 3, 05/05/1839: 201-2) o en «Recuerdos en una noche de insomnio», en que se reaviva nostalgia de Chile y Perú (No me olvides, 40, 04/02/1838, 4-6). Salas alude constantemente a esta primera experiencia americana en los años siguientes. Por lo que se ve en ocasiones, como en el relato «Una escena de amor en un buque» (No me olvides, 8, 25/06/1837: 3-5), también constituiría la materia de muchas conversaciones. Otros relatos de autoficción correspondientes a esta etapa americana serían «La predicción» y, en cierto modo, «Rosa» (No me olvides, 17, 27/08/1837: 1-3), además de los «Apuntes de un viajero» (Semanario Pintoresco Español, 115, 10/06/1838: 592-5).

En su poema «América», Salas incluye una dedicatoria a las repúblicas americanas como ligera señal de gratitud por la hospitalidad y demás favores que los habitantes de aquellas encantadas regiones le han dispensado (No me olvides, 37, 14/01/1838: 2-4). Otros aspectos menos positivos fueron objeto de su preocupación, como la situación de los indios esclavizados, que aparece en varias ocasiones, como en su disertación en la Academia de Ciencias Eclesiásticas, La poesía sagrada ha influido ventajosamente en las costumbres de los pueblos (16/11/1836), y en su artículo «Cantores sagrados» (No me olvides, 7, 18/06/1837: 1-2).

En 1832, Salas vuelve a Europa, visitando al menos Londres, Liverpool y París, lugares donde fecha alguna de sus poesías en 1833. En París quizá pudo conocer personalmente a Victor Hugo, a quien dedica un poema en francés en Poesías y de quien tiene el proyecto de traducir sus obras poéticas, como, en efecto, hace con algunas (El Artista, II, 21 [22/11/1835]: 245). Salas ficcionaliza un supuesto encuentro en su casa de la Plaza Real de París, en «Una visita a Victor Hugo» (El Artista, II, 25 [20/12/1835]: 294-296). Hugo reside en el n.º 6 de la Place Royale, actualmente des Vosges, al menos, desde octubre de 1832. Su hija Léopoldine, tendría entonces ocho años; la edad de la niña a la que Hugo dedica una atención especial que aparece en el texto de Salas. La otra hija de Hugo que aparece, muy pequeña todavía, sería Adèle, de unos dos años, entonces. Salas visitaría sin duda la Bibliothèque Nationale, en la calle Richelieu, que conoce bien; aunque no sabemos con exactitud a qué corresponde la afirmación de Salas de haberla frecuentado durante años (No me olvides, 19, 10/09/1837: 6). En París, como en Burdeos, trataría a los españoles residentes allí, por lo que pudo conocer entonces a Eugenio de Ochoa. Con seguridad, en París, fue al teatro. Allí vio a la célebre Mlle Mars en la Comédie-Française, en Clotilde, de Frédéric Soulié y Adolphe Bossange -cuya primera representación fue el 11 de septiembre 1832-, como expresa en su entusiasta reseña de la representación de Clotilde, por Matilde Díez y Julián Romea, en el Teatro de la Cruz, el 3 de abril de 1837 (Revista Nacional, 04/04/1837). Probablemente, Salas asistió también a alguna representación de Lucrèce Borgia, de Hugo, estrenada el 2 de febrero de 1833 en el teatro de la Porte-Saint-Martin, ya que la descripción que hace en el Prólogo de sus Poesías (Madrid, 1834) parece tomada de una impresión directa.

El 1.º de junio de 1833, como documenta Manuel Núñez de Arenas (1926: 27-9), Salas, que se encuentra en Burdeos sin recursos para volver a España, es recomendado al gobierno de Fernando VII por Mateo Durou, que conocía a su familia, para que se le faciliten medios para su vuelta. Durou fue uno de los comerciantes coruñeses que ayudaron a Juan Díaz Porlier en 1815 (Carballal Lugrís, Julio, Economía y conflicto la logística de la guerrilla y el pronunciamiento: Porlier, 1808-1815, Coruña, Universidade da Coruña, 1994, I: 409-11). A la caída de Porlier, Durou se trasladó a Burdeos, donde estableció sus negocios. Posteriormente, fue cónsul de España en Bayona y Burdeos.

Salas vuelve a Madrid, donde pronto se integrará en la vida española. En mayo de 1834, reúne sus composiciones en el volumen titulado Poesías, que aparece anunciado el 4 de mayo en la Gaceta de Madrid, y el 5 y 6 de mayo, en el Diario de Avisos de Madrid. El libro lleva una dedicatoria Al pueblo español en la época de su regeneración política y literaria. Gracias al retrato que aparece en este libro, único que se conserva, conocemos la fisonomía de Jacinto de Salas y Quiroga en su juventud. Después de la Dedicatoria, Salas pone como lemas al libro unos versos de José Joaquín de Mora, tomados de sus «Poesías inéditas» y otros de Alphonse de Lamartine, de «Le Poète mourant» (Quarante-trosième Méditation, Oeuvres complètes d'Alphonse de Lamartine, Bruxelles, 1830, 52). Posteriormente, de Mora tomaría el título de la revista No me olvides, en la que también publicaría varios textos suyos. Antes de reproducir sus poemas, Salas escribe, como prólogo, unas páginas del mayor interés, especialmente por la fecha de su publicación. Fundamentalmente, siguiendo los principios románticos, expresa la necesidad de libertad que tiene el genio para sus creaciones sublimes, como las de Hugo, Lucrèce Borgia y Marion Delorme; separándose de los anteriores preceptistas, Horacio, Boileau y Martínez de la Rosa en su Poética -aunque después le hace un guiño de admiración-. Promueve, sin embargo, el estudio de nuestros autores: Cervantes -mezcla de imaginación romántica e ironía filosófica-, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Moreto. Señala la deuda que tienen con ellos los modernos autores europeos como Hugo, Musset, Dumas, Byron, Schiller, Goëthe; citando, como obligatorios para un joven poeta, los versos de un ingenio de nuestra escuela -pertenecen a «La Coupe et les Lèvres», de Alfred de Musset-, en que se define al artista desde las coordenadas de la libertad y la verdad. Salas, con alusiones a la situación histórica actual, concluye animando a los jóvenes españoles a cantar unidos, acompañados de la misma lira.

Salas fue siempre fiel en profundidad a los ideales románticos. Como expresa Núñez de Arenas (1826) en su artículo sobre Salas, lo hace jugándose el alma al escribir, manteniendo su amor a la libertad y el concepto de poeta como misión, en circunstancias difíciles; convirtiendo el No me olvides, junto con El Artista, en guía indispensable para comprender el panorama literario de la época. Salas escribe con una inspiración intensa en muchos de sus textos, que ponen de manifiesto sus hondas preocupaciones, muy alejadas de una acomodación superficial. Como él mismo dice, es poeta; si no de dicción, al menos de sentimiento (El Paraíso 1, 07/10/1838). Desde el temprano prólogo y algunos textos de su libro Poesías (1834), además de sus actuaciones en otros campos, estos ideales pueden observarse, con mayor madurez, en muchas de sus poesías posteriores; como en «Mis ilusiones», publicado por Ochoa en sus Apuntes... (1840: II, 713-719), y en el poema Leonardo, al que se refiere Ochoa, y del que Salas publica «Preludios de un poema político inédito titulado Leonardo» (Revista del Progreso, 2, 15/10/1841). Quizá la permanencia en sus ideales, su bondad y su falta de sentido práctico, en que coinciden los que le conocieron, y la búsqueda de libertad y justicia social, le acarrearon muchas dificultades vitales -con momentos discontinuos de éxito y felicidad- que, sin duda, influyeron en su muerte, en 1849, a los 36 años de edad.

Quizá lo temprano del volumen de sus composiciones poéticas con un prólogo tan decididamente romántico -mientras que algunos poemas pertenecían a épocas anteriores muy juveniles- hizo que recibiera alguna crítica relativamente severa. Esto quizá fue la causa por la que no incluyera ninguna de las composiciones del libro Poesías (1834) en la antología de Ochoa. En ella se precisa, en la nota inicial, que Salas, al volver a Madrid, publicó un tomo de sus poesías fruto de su juventud todavía poco maduro, pero que llamó la atención pública sobre el autor, y dio motivo para esperar los adelantos que este, ya más formado su gusto, ha hecho en efecto (Apuntes... 1840: II, 708).

El Eco del Comercio reseña las Poesías de Salas el 27 de mayo de 1837. Como es de esperar, lo hace desde un punto de vista polémico con el romanticismo, a pesar de sus protestas de neutralidad; aunque, con justicia, señala algunos defectos de versificación y lenguaje, que achaca a haberse educado el autor en un país extranjero. De manera comprensiva con la edad de Salas, no faltan algunas frases de ánimo: algunas composiciones respiran todo el fuego de la juventud; en algún caso, el estro del joven poeta se eleva a las ideas grandes y pensamientos sublimes. Con algún comentario de suave ironía, concluye, cerrando la reseña con una frase del Quijote:

No dudamos pues, que el Sr. Salas, más sumiso a las leyes de armonía y del buen gusto, que son comunes a clásicos y románticos, producirá algún día versos numerosos dignos del parnaso Español. La libertad exagerada así en política como en literatura es el camino seguro del desacierto. En poesía solo hay una senda que conduce a la inmortalidad.

«Do nunca arriba quien de allí declina.» (Eco del Comercio, 27/05/1834).

La Revista Española reseñó la aparición de Poesías, el 12 de junio de 1834. La Revista considera que Salas, siendo amante apasionado del romanticismo como manifiesta en el prólogo, es consecuente con esta idea en sus versos; pero no basta separarse del clasicismo para ser un verdadero poeta romántico. El autor de estas poesías, a fuerza de querer ser romántico, ha tocado en el extremo opuesto en casi todas sus composiciones, se ha hecho trivial y, sin encontrar las sublimes bellezas de lo romántico, están desnudas del ingenioso y delicado aliño del clasicismo. Sin embargo, no deja de dar algún toque positivo: Las poesías fugitivas son generalmente demasiado triviales, aunque aparecen de cuando en cuando entre ellas sublimes bellezas, poesía y sensibilidad. Alaba la poesía en francés -«A Victor Hugo»-, y cita, para concluir, varias composiciones en que se conoce la fecunda y ardiente imaginación del Sr. Salas, sus felices disposiciones, que cultivadas y contenidas en límites un poco más estrechos, harán que un día nuestra pluma se dedique con placer a hacer su elogio. (La Revista Española, 12/06/1834).

En la época de la publicación de su libro Poesías, Salas comienza a darse a conocer en el ámbito intelectual de Madrid. Frecuenta la importante tertulia de Vicente González Arnao en la calle de Relatores, como atestigua Ramón de Mesonero Romanos en el capítulo X de sus Memorias de un setentón, que lo cita, junto con Larra, entre los amigos que le acompañan a la salida de la tertulia, a comienzos de julio de 1834; poco antes del estallido del cólera en Madrid. Dos meses después, el 1.º de octubre de 1834, la Gaceta de Madrid anuncia el nombramiento de Salas como oficial 3º 2º del gobierno civil de Palencia; quizá por recomendación del conde de Cabarrús, entonces su gobernador civil. La ciudad dejaría su huella literaria en algunas de las obras de Salas publicadas en El Artista («Antigüedades de Palencia. La lápida pompeyana» I, 20 [17/05/1835]: 229-231, y «1534» (II, 10 [06/03/1836]: 117-118), así como en otros textos poéticos como en el poema «Ni esperanza» (No me olvides, 10, 09/07/183: 4-5). Salas, que dio muestras de haberse enamorado en Chile y en Perú, así como, años más tarde, en otros lugares, lo hará también, con poca fortuna, en Palencia –a los bordes del Carrión-, como alude en «Mis ilusiones» (Apuntes..., 1840: II, 713-9).

Por entonces, Salas tiene ya vínculos con Granada, cuya Real Sociedad Económica ha propuesto como 2.º premio a un concurso de poesía, un ejemplar de las poesías del Sr. socio agregado Don Jacinto de Salas, bien impreso y encuadernado (Gaceta de Madrid, 6/11/1834). El primer premio consistía en un ejemplar de las Poesías del granadino Martínez de la Rosa, tan recordado por Salas. A su vez, Salas dedica «Granada», su versión del poema de Hugo en las Orientales, A la ilustre Sociedad Económica de Granada, su agradecido socio Jacinto de Salas y Quiroga (El Artista, II, 24 [13/12/1835]: 280-3).

En el ámbito literario, la actividad de Salas en la prensa periódica, en los años siguientes a la publicación de Poesías (1834), es del mayor interés. En El Artista, Salas publica algunas de sus mejores creaciones literarias como, entre otras colaboraciones, «La muerte del bravo» (I, 12 [22/03/1835]: 142-4), imitaciones y versiones de Lord Byron y Hugo, y narraciones de distinto carácter, como «1534» (II, 10 [06/03/1836]: 117-118), «La predicción» (II, 21 [22/11/1835]: 243-5), y «Una visita a Víctor Hugo» (II, 25 [20/12/1835]: 294-296). Salas recordará siempre el impacto de El Artista que, sin duda, más adelante le moverá a crear el No me olvides.

Entre las colaboraciones creativas y artículos relacionados con la literatura y el teatro de Salas, se encuentran las que publica, firmando con sus iniciales, en la Revista Nacional, desde febrero a abril de 1837, en que cesa el periódico. En ellas, además de reproducir algunas de sus creaciones publicadas en El Artista, como «1534», «La predicción» y «Una visita a Víctor Hugo» (Revista Nacional, 21/02/1837, 03/03/1837 y 14/03/1837, respectivamente), escribe varios textos originales, casi todos muy interesantes por motivos diversos, como el artículo literario «Domingo de Carnaval» (Revista Nacional, 06/02/1837). En «Observaciones sobre el estado actual de nuestra poesía» (Revista Nacional, 12/02/1837), expone sus reflexiones sobre el tema y la consignación de un hecho: si hubo una época en que se calumniaba a la juventud diciendo que no había poetas, de pronto un joven, orgullo de la moderna literatura española, Eugenio Ochoa creó El Artista, y todos pudieron comprobar la calidad de las composiciones que se publicaron en él. Salas anuncia un artículo dedicado exclusivamente a El Artista, siguiendo su marcha y señalando el influjo que ha tenido en la moderna literatura, cuya publicación hubiera tenido extraordinario interés pero no lo llegó a hacer. Coincidente en el tiempo en que escribe para la Revista Nacional, Salas da noticia de la muerte y entierro de Larra en el artículo «Suicidio de D. Mariano José de Larra» (Revista Nacional, 16/02/1837), así como una bien fundada reseña de Horas de invierno. Mañanas de primavera, de Eugenio de Ochoa (Revista Nacional, 06/03/1837). Con ocasión de la próxima publicación de un Reglamento de Teatros, señala una serie de medidas que considera conveniente tener en consideración (Revista Nacional, 28/03/1837).

Poco después, Salas crea una importante revista de literatura y bellas artes, continuadora de El Artista dentro de sus limitaciones: No me olvides (Madrid, 07/05/1837-11/02/1838), de la que firma el Prospecto en abril de 1837. Salas, con la melancolía, compartida con muchos, de la desaparición de El Artista, dirige el No me olvides, en el que escribe multitud de textos como editor, creador y crítico. En la revista, abierta a los jóvenes escritores del momento, además de contar con Federico de Madrazo y Calixto Ortega en la parte gráfica, Salas acoge muchas firmas interesantes, como Pedro de Madrazo, Juan Bautista Alonso, Miguel de los Santos Álvarez, Manuel de Assas, Ramón de Campoamor, Serafín Estébanez Calderón, Pedro Luis Gallego, Eugenio de Ochoa, José Zorrilla, entre otros autores; también, su propio hermano menor, José María, que, más adelante, vivirá en Cuba y, entre otras obras, publicará Ensayos poéticos (La Habana, Imprenta de Manuel Soler, 1845).

Especialmente, Salas expone sus ideas en Prospecto editorial del primer número del No me olvides: idealismo extremo sobre los jóvenes del siglo XIX, elevada misión del poeta, cuya tarea es arte y no oficio. Del aprendizaje de Salas en El Artista se puede señalar en No me olvides, el rechazo a la idea, contraria a los jóvenes, de que las bellas letras están en decadencia en los tiempos calamitosos en que viven, con el trasfondo de la guerra carlista, siempre muy presente. El romanticismo no es lo que divulga la calumnia, fantasmagoría de espectros y cadalsos e ideas inmorales sino, al contrario, un manantial de consuelo y pureza, el germen de las virtudes sociales. En el conjunto del No me olvides quizá la mayor diferencia con El Artista está en que Salas expresa estas ideas compartidas a partir de la experiencia de las dificultades con que se ha encontrado; no con el optimismo radiante, al menos inicial, de El Artista sino, más bien, con amargura y un tono pesimista extremado.

El menor peso de la estética frente a la preocupación religiosa y ética se advierte especialmente en el Prospecto de la revista para el año 1838 (Gaceta de Madrid, 07/01/1838). En él, Salas afirma que se propone dar en adelante menos atención a las letras a favor de las ideas profundas, incrementando su interés por la política, la filosofía y la religión; aunque no descuidará la amenidad para que las mujeres sigan leyendo el No me olvides. En la revista, Salas alude a las cartas que le envían sus amables suscritoras, pidiéndole, por ejemplo, que reproduzca algunas de sus poesías que habían aparecido en El Artista; y, lejos de esta idea que tiene un tinte de una inevitable visión tópica, Salas toma en cuenta seriamente a sus lectoras para las que pide también que se cumpla la orden de admitirlas como lectoras en la Biblioteca Nacional.

Entre los textos más importantes de Salas en No me olvides, se encuentra un número elevado de poesías, más de treinta. En algún caso, algunas ya publicadas en El Artista o de épocas anteriores. Aparecen versiones de Hugo (Orientales), de fragmentos de la Biblia o inspiradas en ella. Entre las nuevas creaciones, hay notables poemas, muy románticos, en que Salas expone en inspirados versos el dolor de la vida -¡Ah! ¿dónde están las horas de armonía, / fúlgido luminar de la esperanza («¡Ruega por mí!», No me olvides, 13, 30/07/1837: 3); o, en «El viático»: Ayer la parda bruma de la noche / en apiñadas masas repartida, / los espacios cruzando [...] (No me olvides, 30, 26/11/1837: 2)-.

En los artículos que publica Salas en No me olvides, frecuentemente expone sus ideas sobre el escritor y la literatura. Casi al comienzo de la publicación de la revista, en el titulado «Influencia de la Literatura en las costumbres» (No me olvides 3, 21/05/1837: 1), señala el fuerte influjo que producen las obras literarias y, por tanto, el deber moral del autor de no corromper al lector -volvería sobre este tema en El Guadalhorce-. En la misma línea, en «Decir y obrar», aboga por la coherencia entre las ideas y los actos del escritor, así como la necesidad de que la literatura actual sea un verdadero sacerdocio de moralidad y virtud, cual está destinada a serlo (No me olvides 18, 03/09/1837: 1-2).

Otra faceta de la labor de Salas en No me olvides atañe a una constante de su vida literaria: el interés por el teatro, en todos sus aspectos. Este interés se manifiesta, en No me olvides, en críticas teatrales, noticias sobre teatro y la inclusión de un fragmento de un texto original. Sus críticas son completas y bien hechas, con su valentía habitual, en los aspectos que cree necesario manifestar, como en la reseña de Carlos II El hechizado, de Antonio Gil y Zárate (No me olvides, 28, 12/11/1837: 6-8). En algunos casos, la admiración por la obra representada, le lleva a una crítica particularmente entusiasta, como en Los amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hartzenbusch (No me olvides 5, 04/06/1837: 1-2). En otro ámbito, al igual que otros críticos de la época, Salas demuestra saber también de arte y música, siendo quizá la música, dejando aparte el amor por su esposa, el espacio en que Salas podía ser plenamente feliz.

Como creador teatral, Salas incluye en No me olvides dos fragmentos de una obra inédita original, relacionado con un hecho histórico ocurrido en Lima: «Una escena de una comedia inédita, nunca representada» (No me olvides 15 13/08/1837: 4-6), y «Una escena del Leonardo, drama inédito» (No me olvides 35 31/12/1837: 4-6). El Duende Liberal, que da el título completo, da por segura la proximidad de su puesta en escena:

Sabemos que se va a representar muy en breve en el teatro del Príncipe, un drama original en cuatro actos, obra del joven y muy ventajosamente conocido literato D. Jacinto de Salas y Quiroga. Se nos ha asegurado que la empresa está por su parte muy dispuesta a contribuir en cuanto sea dable al buen éxito de esta obra dramática que aseguran ser de mucho mérito. Su título es Leonardo de Pimentel en Lima. (El Duende Liberal, 11/01/1837)

Sin embargo, como en otras ocasiones, el drama de Salas no llegó representarse. Ya había sucedido con una obra anterior, de la que publica un fragmento en El Artista, precedido por una nota de «F. M.», iniciales que podrían ser de Federico de Madrazo, defendiendo su puesta en escena: «Una escena de Alen-Ferrando» (El Artista, III, 11 [36/03/13]: 128-130). Tampoco se representará su traducción de Louise de Lignerolles, de P. Dinaux y E. Legouvé, estrenada en París el 6 de junio de 1838 en el Théâtre Français, que Salas publica el mismo año, con el título de Luisa (Madrid, Hijos de Doña Catalina Peñuela, 1838). El Entreacto lamenta en un suelto que no llegara a representarse, al comentar su éxito en Lisboa:

De esta comedia tenemos una muy buena traducción castellana debida a la pluma de don Jacinto de Salas y Quiroga y no atinamos por qué no nos la dará la compañía del Príncipe con preferencia a tantas otras que por lo repetidas ya fastidian, cuanto esta presenta además la ventaja de no exigir gasto ninguno para ponerse en escena (El Entreacto, 13, 12/05/1839).

Entre las obras teatrales publicadas por Salas, se encuentra Stradella, comedia arreglada para el teatro español (Madrid, J. M. Repullés, 1838), cuyo original, del mismo título (Paris, 1837), se debe a P. Duport y Ph.-A.-A. Pittaud de Forges. Tampoco Salas tuvo suerte, al menos en el momento previsto para su puesta en escena pues, como anota el Diario de Madrid en el anuncio de su publicación: Por razones particulares no tuvo efecto la representación de esta comedia que debió hacer para su beneficio el señor de Passini, como señalan el Diario de Madrid (26/04/1838) y la Gaceta de Madrid (28/04/1838). Se conserva la Música en la comedia Stradella -arreglada por Salas-, 1838, por Ramón Carnicer (Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, Partitura Mus 743-25).

Posteriormente, Salas publica El Spagnoleto, drama original (Madrid, Gabinete literario, 1840), a la vuelta de su estancia en Puerto Rico y Cuba. Se lo dedica a una importante figura de la sociedad cubana, Fernando O´Reilly y Calvo [de la Puerta], como prueba de entrañable cariño y afectuosa amistad. Salas inserta al comienzo uno de sus poemas más optimistas, «Inspiración». Una vez más, en torno al tema del poeta romántico; pero no en el aspecto desolado de su destino, como lo trató Salas en su artículo sobre el suicidio de Larra (Revista Nacional, 16/02/1837) y Zorrilla en el poema que le dedica («A D. Jacinto de Salas y Quiroga», Obras, I, Madrid, 1837), posiblemente relacionado con aquél.

El Liceo Artístico y Literario, inaugurado el 22 de mayo de 1837, fue para Salas un ámbito de particular importancia. Participó activamente en sus reuniones y fue publicando noticias de sus actividades en el No me olvides. Entre otras noticias, al dar cuenta de las mejoras que impulsa José Fernández de la Vega, creando varias cátedras, se informa de que Salas estará a cargo de la de Filosofía de la poesía (No me olvides, 32, 10/12/1837: 8).

El grado de intensidad de los lazos que adquirió con el Liceo se aprecia especialmente cuando se dio la separación física, por su viaje a Puerto Rico. El contraste entre su situación anterior y la presente, puede verse en la composición que envía desde allí, «A mis amigos, los individuos del Liceo de Madrid» en que, precedida de la descripción de su funesta estancia actual, va desgranando, en emocionados versos, los nombres de los que por entonces asistían al Liceo: Nicomedes Pastor Díaz, Enrique Gil, Espronceda, Miguel de los Santos Álvarez... El poema se publicó en El Entreacto (01/12/1839), así como la noticia de la lectura en El Liceo, el 15 de diciembre de 1839, de una composición de Salas remitida desde Puerto Rico, presumiblemente el mismo poema (El Entreacto, 22/12/1839). Entre los amigos nombrados está Juan Bautista Alonso que será objeto de la poesía de Salas, «A un célebre escritor contemporáneo», publicada en la antología de Eugenio de Ochoa (Apuntes..., 1840: II, 713-9).

Salas aparece vinculado también a otras instituciones, como la Academia de Ciencias Eclesiásticas de San Isidoro, en la que interviene en distintas sesiones, a finales de 1837, y de la que sería nombrado Vicesecretario (No me olvides 32, 10/12/1837: 8). En 1837 era también vicesecretario de la Real Academia Matritense de Ciencias Naturales. Por otra parte, en No me olvides (12, 23/07/1837: 8) y en la Gaceta de Madrid (26/07/1837), se anuncia que Salas y Quiroga comenzará a impartir un curso de Derecho natural y de gentes, el 1.º del próximo mes de agosto; añadiendo No me olvides que Salas está dispuesto también a impartir uno de historia. Pero la apertura del curso se retrasa (No me olvides 14, 06/08/1837: 8); parece que no llegó a impartirse. Por entonces, se anuncia la traducción, hecha por Salas, de la obra de Alexis de Tocqueville, La democracia en América o el dogma de la soberanía del pueblo (Gaceta de Madrid, 02/08/1837), que saldría a luz a mediados de agosto. Hubiera sido una primicia en España pero, al parecer, no llegó a ver la luz, seguramente por falta de suscriptores.

El periodismo será siempre una actividad esencial de Salas. Colabora y dirige varios periódicos a lo largo de su vida, tarea en la que pondrá gran interés por lo que supone de propagación de sus ideas. En su novela El Dios del siglo (Madrid, Impr. de José María Alonso, 1848), hace una defensa del periodismo genuino, a través de su alter ego Félix de Montelirio. Montelirio creía inocentemente que el periodismo era una carrera que pueden seguir con honra los hombres generosos pero pronto descubre un abismo de intereses y de falta de verdad. El periodismo es un poder nuevo, santo; quizá el más santo de todos pero el más peligroso también. Salas había tenido ocasión de comprobar la dificultad de la misión del periodista y los problemas de una libertad de imprenta reducida que, en ocasiones, le llevaron a ser condenado en juicio. En 1837, por un artículo publicado en La Estafeta el 15 de noviembre de 1836 (sentencia publicada en la Gaceta de Madrid, 18/03/1837); igualmente, como responsable de un artículo publicado en El Duende Liberal, el 21 de febrero de 1837 (estallido -es decir, número- 165), firmado con el seudónimo Cuasimodo (Gaceta de Madrid, 09/06/1837), en un juicio en que no se dieron las condiciones para una justa defensa, según denuncia de El Porvenir, recogido por El Barómetro (03/06/1837), continuador de El Duende Liberal. En otras ocasiones salió indemne: a propósito de un artículo posterior de Cuasimodo en El Duende Liberal (estallido 182), denunciado como incitador a la desobediencia en segundo grado, el jurado consideró por unanimidad no haber lugar a la formación de causa (El Patriota Liberal, 17/04/1837). En El Duende Liberal (19/04/1837) aparece, con la firma de Cuasimodo, la conocida composición satírica «Endechas. Al ministro D. Pío Pita Pizarro». Mesonero, que la atribuye a Salas, citan de memoria las primeras estrofas en Memorias de un setentón (Capítulo XIV «Adiós a la historia. 1843, II - La prensa periódica»).

Según la breve biografía que publica Ochoa, Salas pasó el año 38 visitando las bellezas artísticas de Andalucía (Apuntes..., 1840: II, 708). Salvo que hiciera alguna escapada en fechas no determinadas, al parecer no realiza este viaje hasta el otoño de 1838, puesto que, al menos en marzo, está en Madrid, cuando debe declarar en juicio por un artículo publicado en No me olvides el 7 de enero de 1838. También está documentada su presencia en la Corte en el mes de agosto.

No me olvides feneció repentinamente, el 11 de febrero de 1838, quizá por los problemas periodísticos de Salas, sin que hubieran tenido efecto los augurios felices que vaticina la Gaceta con motivo del Prospecto para el año 1838 (Gaceta de Madrid, 07/01/1838). Poco antes de la desaparición de No me olvides, en un artículo publicado sin firma en el número 36 (07/01/1838: 8), aparece una grave denuncia contra el conserje de la Academia de Nobles Artes de San Fernando. El conserje aludido, José Manuel de Arnedo, firmó una extensa réplica el 12 de enero, que fue publicada en el número 39 de No me olvides (28/01/1838: 7-8), acudiendo también a la justicia. El jurado declaró haber lugar a la formación de causa (Gaceta de Madrid, 17/01/1838). Salas declaró, en un Comunicado en la Gaceta de Madrid, fechado en 8 de marzo de 1838, que se había avenido muy gustoso en el juicio de conciliación a poner una rectificación, declarando, entre otros extremos, que el artículo ha sido insertado sin conocimiento mío en el periódico indicado; y es de mi deber al mismo tiempo confesar que al parecer de varias personas respetables no tiene fundamento ninguno cuanto en él se dice (Gaceta de Madrid, 13/03/1838).

Meses después, el domingo 5 de agosto de 1838, Salas pronuncia un discurso en la inauguración del Colegio Español Hamiltoniano en Madrid, en el que aparece como catedrático de Filosofía. A continuación de Alberto Lista, presidente de la Junta Directiva, habló Salas con un discurso lleno de fuego y de imágenes poéticas y filosóficas, dirigidas a manifestar la íntima relación que existe entre los progresos de la inteligencia y la prosperidad del género humano. Después cerró el acto leyendo una composición poética sobre los sentimientos dignos de la humanidad, que deben ser el resultado de los buenos estudios (Discursos pronunciados en la solemne inauguración del Colegio Español Hamiltoniano. Madrid Imprenta de la Compañía Tipográfica. Agosto de 1838: 3). En el folleto se transcribe el discurso de Lista, que también aparece reproducido en la Gaceta de Madrid (25/08/1838), y el de Salas, con algunas indicaciones sobre el transcurso del acto. Más adelante, cuando Salas ya está viajando por Andalucía, será nombrado catedrático de Filosofía del Colegio Hamiltoniano, el presbítero D. Pedro Arenas (Gaceta de Madrid, 28/10/1838).

Poco después, en septiembre de 1838, Salas está en Sevilla. En El Cisne. Periódico de Literatura y Bellas Artes (16, 16/09/1838: 189-90), se inserta la poesía de Salas «Navegar», publicada anteriormente en el Semanario Pintoresco Español (113, 27/05/1838), con una nota donde se indica que El literato que firma esta composición, estando en esta ciudad, ha tenido la bondad de dárnosla para su inserción. Su presencia en Sevilla también se señala en la poesía que le dedica José Montadas, «El suelo andaluz», fechada el 13 de septiembre de 1838, que el propio Salas incluye en el primer número de El Paraíso.

Salas aparece como director de este número de El Paraíso (07/10/1838), en el que firma con su nombre completo el artículo introductorio, una poesía, con sus iniciales, y, probablemente, «Apuntes bibliográficos», que firma «S». En el artículo inicial, Salas justifica el título de la revista porque, en Sevilla, se encuentra en un Paraíso del que está muy necesitado. En cuanto al objeto, sin duda será un eterno canto de bendición. Salas concluye su artículo: ¡Ah! ¡ojalá pueda él llevar la paz a algún corazón inquieto, y dejar en el nuestro la tranquilidad que las tormentas de una vida agitada nos han robado tal vez para siempre!... (El Paraíso, 1, 07/10/1838: 2). Sin embargo, este proyecto no salió adelante. Por el contrario, casi de inmediato, en el siguiente número de El Paraíso, aparece una nota de Salas, fechada en Sevilla, el 9 de octubre de 1838, en que indica que por motivos que me son personales, me hallo imposibilitado de tomar parte en la redacción del periódico, rogando que se le comunique al público en el próximo número de la publicación.

Salas vuelve a Andalucía al año siguiente. Al menos, está en Granada al comienzo de abril de 1839, en que colabora en La Alhambra. En el primer número de la revista, se define con su perfil inequívoco: Yo, viajero desgraciado, a quien han traído a la encantadora Granada recuerdos de familia y simpatías de artista. En el artículo, conforme a sus ideas románticas, defiende el siglo actual, en que se crean tantas obras de ingenio, y la fraternidad de las ciencias, artes y letras que forman el alfabeto de la sabiduría (La Alhambra, 1, 21/04/1839). A principios de mayo, Salas, ya en vísperas de su viaje a Puerto Rico, inserta la poesía: «A E... Al partir para América» (La Alhambra, 3, 05/05/1839).

Meses antes había comenzado a tramitarse su nombramiento como Oficial Segundo de la Administración de Correos de Puerto Rico, además de un nombramiento de Vicecónsul de Mazatlán en los Estados Mejicanos, de 28 de enero de 1839, que no se llevó adelante. El nombramiento para Puerto Rico tiene fecha de 11 de marzo de 1839 y, según su Hoja de servicios, que puede consultarse junto con otros documentos de su expediente en el Archivo Histórico Nacional (Expediente de clasificación de cesantía de Jacinto de Salas Quiroga, secretario de la Legación de los Países Bajos AHN FC-Mº_HACIENDA, 2742, EXP.600; así como AHN, ULTRAMAR, 1067, EXP. 64; AHN, ULTRAMAR, 1068, EXP. 7), tomó posesión de su cargo, el 23 de mayo de 1839. Llegó a Puerto Rico el 24 de junio, en una estancia sumamente negativa como manifiesta en «Un entreacto de mi vida», artículo enviado desde allí a El Entreacto (71, 01/12/1839: 280-1), seguido de su poesía «A mis amigos, los individuos del Liceo de Madrid». En el artículo, Salas expresa una desesperación extrema con respecto a este nombramiento para Puerto Rico, que interpreta como una traición que le obliga a vivir cercado por el vicio, intentando callar para no caer en el lazo que el mundo tiene siempre tendido al que es puro de corazón.

Todo lo contrario en Cuba, en donde, según la narración de sus viajes, desembarca el 25 de noviembre de 1839; con licencia, por motivos de salud, del Capitán General de Puerto Rico al que, el 19 de junio de 1840, asegura que no va a volver a su puesto. Renuncia definitivamente a su cargo cuando ya lleva meses en España, el 25 de noviembre de 1840.

Vuelto a la península, publica su obra Viajes de D. Jacinto de Salas y Quiroga. Isla de Cuba (Madrid, Boix, 1840), dedicado al ilustre cubano, Francisco [de Paula] Chacón y Calvo [de la Puerta], como testimonio de la más ardiente y eterna amistad. Por esas fechas, también publica, en la sección de «Viajes», el artículo «La Habana», en el Semanario Pintoresco Español (33, 16/08/1840: 258-259; y 34, 23/08/1840: 269-270).

Como expresa en las páginas preliminares del libro, que fecha en Madrid, en julio de 1840, la intención de Salas era publicar una serie de tomos sobre sus viajes, dando a conocer los usos y costumbres, leyes, gobierno, naturaleza y arte de los distintos países: Unas veces trazaré esas escenas borrascas de los mares que Hornos cruzó el primero; otras las pacíficas y risueñas de ese paraíso que se extiende entre ambos trópicos. Salas concluye: Dolores y placeres me han ocasionado tantos y tan distintos viajes; solo los placeres quisiera trasmitir a mis lectores.

La acogida en Cuba fue, en principio, favorable, con algún testimonio negativo, como el de José Antonio Echevarría, en el Epistolario de Domingo del Monte (La Habana, Impr. «El Siglo XX», 1930: IV, 190); pero, en cuanto a la suerte que corrió su difusión en la Isla, hay un considerable expediente en el Archivo Histórico Nacional que informa en su totalidad de los infortunios que esperaban a la obra de Salas.

El primer cuaderno de los Viajes de Salas que llegó a Cuba para ser comercializado, produjo un considerable terremoto que se saldó con la creación de un puesto especial, remunerado, de censor de imprenta y revisor de libros, para que no se volviese a repetir algo semejante (AHN, Ultramar, 4624, Exp. 11). Resumiendo el expediente, en las cartas que se intercambiaron por este motivo, se acusa a Salas de haber recibido de gente de la isla, el impulso de escribir lo que se considera contrario a los intereses de la Metrópoli. El príncipe de Anglona, Pedro de Alcántara Téllez Girón, entonces capitán general de Cuba, en un escrito dirigido al Secretario de Estado y del Despacho de la Gobernación de Ultramar fechado en La Habana el 1.º de noviembre de 1840, declara que, desde que llegó a sus manos el primer cuaderno de los Viajes de Salas, se había persuadido de que era una de las muchas producciones que pueden ser peligrosas en Cuba, dando órdenes para que se reexportaran los ejemplares a la Metrópoli. El Censor Regio, José Antonio de Olañeta, le dirigió un escrito, que adjunta en copia, en que señala que, dejando aparte las alusiones al Gobernador general de la isla, Salas habla de la administración pública en términos peligrosos: se recomienda la emancipación en un país en que hay tantos esclavos, citando las palabras de Salas en la página 71 [72 en el libro] de su obra. La documentación se remitió confidencialmente a Ramón Gil de la Quadra, para que emitiera su opinión sobre las medidas a tomar; medidas que, después de recibir la contestación, la Regencia hizo suyas.

Gil de la Quadra emite su opinión el 19 de diciembre de 1840, en escrito dirigido a Joaquín de Frías, por entonces ministro de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar. Una opinión templada en cuanto a algunos cargos políticos, pero muy dura en cuanto al valor literario de la obra de Salas. Especialmente, pone de relieve lo diferente que se ven las cosas en la Metrópoli y en Cuba; de manera que lo que parece indiferente en la Metrópoli, puede ser allí peligroso. Hay que tener en cuenta que solo está juzgando el primer cuaderno de la obra de Salas; si no, su juicio sería probablemente peor.

De la Quadra no da importancia a las palabras de Salas sobre la emancipación en la citada página 72 –la emancipación de los pueblos es la idea bienhechora de todo hombre que tenga nobleza de corazón-, que considera generales para todos los pueblos; lo que le parece peor es el cuadro de los jefes superiores de la Isla; exageradísimo y ridículo, pero que, en Cuba, el partido Criollo adoptará en su aborrecimiento al Gobierno. Salas confiesa que la población está dividida y se debería omitir lo que contribuya a empeorar tal estado de cosas; pero ya se ve que no ha sido consecuente con esta idea. El verdadero problema, en opinión de De la Quadra, está en que la obra, nada vale. La considera escrita en un estilo afectado, incorrecto, pedantesco y obscuro. No tiene mérito para el literato, para el filósofo, ni para los economistas. Imita la fraseología de ciertos viajeros franceses que de todo opinan magistralmente sin entender de nada; procurando solo agradar al lector exagerando el despotismo del Gobierno, el fanatismo eclesiástico, la tiranía del fisco, dolerse de que la libertad está en extremo perseguida, etc.; temas que se repiten sin que nadie pueda sacar de ello el menor provecho. Por ello considera que esta bien prohibido el folleto, más que por las malas doctrinas políticas que expresa.

Aunque supone que el editor protestará, no podrá hacer mucho, puesto que sabe que en la Habana toda obra está sujeta a censura previa. De la Quadra insiste en que lo que aquí parece trivial y despreciable, allí es terrible y horrendo; porque lo que se promueve, en definitiva, es hacer triunfar la independencia. Por ello, antes de dar una serie de consejos sobre cuestiones de censura, conceptúa que el Capitán general hizo bien en tomar la medida que tomó: si fuera una obra científica y útil, yo le perdonaría al autor su demasía; pero como digo es trivial, liviana y desnuda de todo mérito.

Aunque la obra de Salas ya se había difundido en Cuba, como indirectamente consta por la carta de José Antonio Echevarría, en el Epistolario de Domingo del Monte (La Habana, Impr. «El Siglo XX», 1930: IV, 190), fechada en Matanzas, el 27 de octubre de 1840, es de suponer que, una vez prohibida, la difusión solo pudo ser muy minoritaria en la isla, con la correspondiente decepción de Boix y, obviamente, de Salas.

El informe confidencial de Gil de la Quadra, independientemente de cuestiones políticas, recogía un punto de vista muy negativo, injusto o no comprensivo, de la obra de Salas; no necesariamente compartido por los que leyeron la obra que, sin ser una obra extraordinaria, era apreciable e interesante en su momento. No cabe duda de que Salas, al menos, fue feliz en los meses que pasó en Cuba -como en algún momento él mismo señala-, con buenos amigos y apreciando los paisajes americanos y otros aspectos favorables de Ultramar.

En la Metrópoli, la acogida de su obra fue favorable. El 17 de diciembre de 1840, la Gaceta de Madrid publica una extensa reseña, destinada, como con buen acierto dice, a orientar al público, que espera que la crítica señale una obra para fijar en ella su atención. Aunque solo intentan apuntar las principales características del bien escrito libro que tienen a la vista, se destaca en primer lugar, la fuerza del lenguaje, lo poético y correcto del estilo y la exactitud y ordenación de las ideas. Salas no cae en descripciones huecas ni exageradas, ni tampoco habla de sí mismo con pedantería, aunque sí transmite sus impresiones. Salas describe todos los aspectos de la vida en Cuba, ligera y, a la par, minuciosamente, dando idea suficiente y creemos que exacta del estado de la Isla. La obra tiene, por tanto, interés; escrita con el talento y corrección que se espera de su autor. Únese a esto el ser única en su género y el de llevar el sello de la imaginación poética del Sr. Salas, que brilla especialmente al hablar del poeta Plácido, seudónimo de Gabriel de la Concepción Valdés, indignado por el racismo que observa (Gaceta de Madrid, 17/12/1840).

El Eco del Comercio, ya había publicado una reseña favorable, el 24 de noviembre de 1840, remitida por «P. G. S.». Con seguridad, se trata de Pedro Gómez Sancho, progresista como Salas por entonces, médico, político y redactor de El Guadalhorce (Málaga) en el que se había publicado una reseña bibliográfica de los Viajes (2.ª serie, 20, 16/08/1840: 160). A partir de esta reseña, Salas publica varias colaboraciones en El Guadalhorce: el cuento «La mujer de un amigo» (2.ª serie, 24, 13/09/1840: 199-201); un artículo, «Lectura de mujeres», en que expresa su preocupación por el cuidado de las lecturas debido a su impacto moral (2.ª serie, 26, 27/09/1840: 212-3), y un cuento que supone una aplicación de la delicada cuestión de las lecturas: «La hija de un escritor» (2.ª serie, 31, 01/11/1840: 254-6).

La situación de Salas parece mejorar con la llegada de Espartero y de los progresistas al poder, aunque no acaban de lograrse algunas de sus iniciativas. En las Elecciones del 1.º de febrero de 1841, se presenta a diputado por León, con su hermano Luis. Luis de Salas y Quiroga estuvo destinado en León de 1830 a 1837, provincia a la que acabó vinculándose después de haber sido secretario del Gobierno Político de Navarra; siéndolo entonces del de León. Los resultados de las elecciones, publicados en el Boletín Oficial de la Provincia de León (17/02/1841), muestran que Jacinto consiguió un buen puesto, pero no consiguió el escaño.

Por entonces, Salas dirigió el periódico La Constitución. Diario de la tarde, publicado en Madrid desde el 1.º de enero de 1841 a 15 de septiembre del mismo año. Salas acoge en el periódico, fundamentalmente político, algunos textos literarios y de crítica musical, como son la reseña de las óperas La congiura di Venezia, texto Cesare Perini de Luca y música de Ventura Sánchez Lamadrid, sobre la obra de Martínez de la Rosa, La conjuración de Venecia. Año de 1310 (30/01/1841), y El Solitario del Monte Salvaje, también de Perini con música de Miguel Hilarión Eslava, estrenada el 6 de septiembre de 1841 en Sevilla (15/09/1841). En La Constitución, se transcribe la reseña, fechada en Sevilla, el 9 de septiembre, publicada por El Corresponsal el día anterior (14/09/1841). Por alusiones de El Castellano, Salas publicará su poesía «El Viático», que había aparecido años atrás en No me olvides (30, 26/11/1837: 2-5), dedicada a José Muñoz Maldonado, rogando a nuestro colega se sirva decirnos si algo hay en ello que perjudique a la reputación política del director de la Constitución, su autor (25/08/1841).

Finalizada La Constitución el 15 de septiembre de 1841, Salas dirigirá la Revista del Progreso, publicación quincenal que apareció desde el 1.º octubre al 16 de diciembre de 1841, aunque Salas solo estuvo presente durante los dos primeros números, correspondientes a los días 1 y 15 de octubre de 1841. Pronto dejó la dirección, siendo sustituido por Cayetano Cortés, puesto que a finales de octubre saldrá de Madrid al extranjero.

En el Prospecto de la Revista del Progreso, Salas plantea un pensamiento político equilibrado entre los excesos del poder y las exageraciones de los partidos; haciendo un llamamiento a todos los que, en cualquier saber humano, tengan una idea nueva que enriquezca el mundo aunque puedan disentir en otras cuestiones con los principios de la Revista.

En el primer número de la Revista del Progreso, aparece la poesía «A María, linda americana», una niña a la que Salas dedica un delicado poema (1, 01/10/1841). En el segundo y último número de la Revista del Progreso en que interviene, Salas publica una extensa composición titulada «Preludios de un poema político inédito titulado Leonardo» (2, 15/10/1841), importante poema al que se alude en los Apuntes... de Ochoa (1840: II, 708), como tarea en la que trabaja Salas para concluirlo. En la «Revista de la Quincena» del primer número de la Revista del Progreso, además de alabar encarecidamente a Ignacio Boix, editor de la Revista, Salas comenta el próximo viaje de José García de Villalta con el fin de conocer nuevos métodos educativos que puedan implantarse en España. Salas expone la cultura de Villalta y sus aptitudes para esta misión. Irónicamente advierte, ante la creencia de los moderados de que los progresistas son ignorantes y desprecian a quienes se ocupan de las artes y las letras, parece que nos vamos algún tanto corrigiendo; antes de dar la noticia de que

El señor Villalta, tan distinguido por sus talentos, tan célebre por sus escritos, es el escogido por el gobierno para visitar las universidades y colegios de Inglaterra, Escocia, Irlanda, Prusia y Alemania, a fin de estudiar los métodos allí seguidos y proponer los que sean adaptables a nuestras necesidades y naturaleza (Revista del Progreso, 1, 01/10/1841: 46).

Salas salió para París con Villalta a finales de octubre, sin encargo especial del gobierno. Ambos asistieron en París a la comida que, para celebrar los días de la Reina -el 19 de noviembre, festividad entonces de santa Isabel de Hungría-, dio Olózaga a varios patriotas que se hallan en París (Revista de teatros 1, 8, 31/12/1841: 15). Eugenio de Ochoa, en carta a Federico de Madrazo, fechada en París, el 29 de noviembre de 1841, da cuenta de esta estancia y del estado de ánimo de los progresistas: […] Aquí han llegado Villalta y Salas y Quiroga, que están en grande, como de partido vencedor. Espronceda llegará un día de estos, pues va de Secretario de legación a La Haya (Randolph 1967: 54).

Espronceda ocupó el cargo de Secretario de legación en La Haya pero, vuelto a España el 1.º de marzo de 1842, murió, después de una breve enfermedad, el 23 de mayo de 1842. Salas fue nombrado para este puesto poco antes de que cesara el gobierno presidido por Antonio González. Ante la noticia del nombramiento, Salas publica en varios periódicos una carta, firmada el 8 de junio de 1842, en que, además de aclarar que no es redactor de El Espectador aunque haya publicado allí varios artículos, precisa aspectos de la noticia de su nombramiento; especialmente, afirmando que se debe, solo y desgraciadamente, a la muerte de su amigo Espronceda. La Posdata (09/06/1842), especialmente contra Salas, ironiza sobre su nombramiento y el de Antonio Flores.

Su puesto de Secretario de la Legación de la Haya duró aproximadamente año y medio (Archivo Histórico Nacional, FC-Mº_HACIENDA, 2742, EXP. 600). Con los moderados en el poder, la cesantía no se hizo esperar (R. O. de 1.º de enero de 1844). El Espectador (11/01/1844), se lamenta de que Salas hubiera sido cesado en la Legación de La Haya por motivos políticos.

Salas aprovecha su estancia en La Haya para trabajar en una proyectada Historia del gobierno español en los Países Bajos de la que habla Enrique Gil en El Laberinto (I 6, 16/01/1844: 83), además de escribir varios artículos y creaciones literarias. Entre estos textos, se encuentra un interesante artículo en que afirma la necesidad de acudir a los archivos para escribir una verdadera y justa historia (El Espectador, 03/10/1842). En 1844, publica en El Laberinto la poesía «A un regio niño. Holanda, 1843» (I 6, 16/01/1844: 76), el relato «Una madre holandesa» (I 12, 16/04/1844: 159-61), reproducido posteriormente en varias ocasiones, y el artículo «Cervantes y sus obras» (I 14, 16/05/1844: 183-5).

En el mismo año, Salas publica la narración histórica «Un embajador español en la corte de Inglaterra» en el Museo de las familias (II 8, 25/08/1844: 192-3); y, en Los españoles pintados por sí mismos (Madrid, I. Boix, II, 1844), varias interesantes colaboraciones de diferentes estilos: «El diplomático» (entrega 22: 198-206); «La actriz» (entrega 23: 214-24), y «La viuda del militar» (entrega 28: 248-56). En distintas épocas, Salas publica varias colaboraciones en el Semanario Pintoresco Español, entre ellas: «Navegar» (113, 23/05/1838: 581-2), «Apuntes de un viajero» (115, 10/06/1838: 592-5), «Moreto» (117, 24/06/1838: 610-2), la ya citada «La Habana» (33, 16/08/1840: 258-259; y 34, 23/08/1840: 269-270), «El suspiro de un ángel” (39, 24/09/1848: 306-9) y «Palacio de España en El Haya (17, 23/04/1848: 133-5). Uno de sus mejores relatos románticos, muy conocido, fue «El marqués de Javalquinto» (40, 04/10/1840: 313-6). Como dato curioso, el grabado que lo acompañaba aparece reutilizado al menos en una ocasión, en un contexto completamente distinto -aunque sin borrar los nombres de sus autores, G[aetano]. Palmaroli y [Calixto] Ortega-, en La Abeja de Barcelona; intercalado en la segunda página de un relato anónimo, seguramente traducido, titulado «Leyenda histórica. La noche de San Bartolomé en Francia o Los hugonotes. 1752» (La Abeja, 1864: III, 375-384 y 422-8).

En 1847, El Renacimiento, constituyó una oportunidad única, aunque breve, de volver a conectar con los ideales y gran parte del equipo fundador de El Artista, en un momento positivo de la vida de Salas. Entre las colaboraciones que publica en El Renacimiento, hay poesía -«A Galicia» (3, 28/03/1847: 23), «Indiferencia del alma (1841)» (17, 04/07/1847: 135-6)-; narraciones y artículos de viajes -«Un regalo del Emperador Carlos V. Rasgo histórico» (2, 21/03/1847: 12-4, y 4, 04/04/1847: 30-2); «El Escorial en 1847» (15, 20/06/1847: 117-20)-; y una polémica con Julián Romea (11, 23/05/1847: 83-7). La contestación de Julián Romea se publicó en el número 13 (06/06/1847: 103-4), precedida de una entradilla de la redacción (06/06/1847: 102).

En estos años, Salas publicó varias obras no creativas, fundamentalmente de tema histórico; originales y traducciones, convenientemente anotadas, como la Historia de España bajo el reinado de la Casa de Borbón de W. Coxe (Madrid, Mellado, 1846-7), de cuya traducción emite un juicio negativo El Español (06/06/1847). Entre otras obras, escribe el folleto Del casamiento de la reina (Madrid, Impr. de R. E. García, 1845), Historia de Francia e Historia de Inglaterra (ambas, Madrid, Madoz y Sagasti, 1846), que se anuncian dentro de la «Biblioteca Popular Europea» (El Espectador, 30/09/1848). La Historia de Inglaterra, según el Prospecto, sería el primer tomo de una colección titulada Tesoro histórico o sea colección de tratados de historia de todas las naciones de Europa (El Heraldo, 26/05/1846). El Clamor Público (14/07/1846) hace una breve reseña positiva de la Historia de Inglaterra; aunque, al parecer, no llegó a hacer la crítica detallada que anuncia.

Salas no dejó de intentar la creación novelística, como dio muestras en Cuba, aunque, a veces, se quedó en proyecto o tuvo que rechazar la autoría que se le atribuye. En el verano de 1844 se comienza a publicar Madrid y sus misterios. Novela de costumbres contemporáneas, escrita por Un desconocido (Madrid, Impr. de N. Sanchiz, 1844). Como se expresa en el anuncio del tercer tomo en el Diario de Avisos de Madrid (03/08/1844), era obra distinta aunque coincidente en el tiempo, de la de Juan Martínez Villergas, de título parecido, Los misterios de Madrid. Al parecer, Madrid y sus misterios tuvo cierto éxito. La Revista de Madrid (septiembre 1844: IV, 409-10) alude a Madrid y sus misterios en el contexto del análisis de otras obras de misterios; también, hay una referencia en el Semanario Pintoresco Español (34, 25/08/1844). Sin embargo, llegó a ser lo suficientemente virulenta como para ser suspendida a principios de septiembre y recogidos sus ejemplares, con la protesta de algunos periódicos, como el Eco del Comercio (12/09/1844); aunque, a pesar de las medidas que se tomaron, a finales de año todavía se podía conseguir fácilmente, según afirma Pedro de la Hoz en la crítica condenatoria que publicó a finales de año en La Esperanza (31/12/1844).

Para entonces, de modo congruente con su idea de moralidad en los escritores, Salas había rechazado que tuviera nada que ver con Los misterios de Madrid; en un comunicado del 13 de agosto de 1844, en que declara que, no solo no ha escrito esa novela sino que se duele de su nefasto contenido (El Heraldo, 17/08/1844; El Espectador, 18/08/1844, y en otros periódicos).

Una vez prohibida Madrid y sus misterios, la novela que siguió a su publicación, dentro de su serie, Colección de novelas originales españolas, fue Los habitantes de la luna. Novela de Costumbres contemporáneas por «Un quídam» (Madrid, Impr. Narciso Sanchiz, 1844, 4 tomos en un vol.). Eugenio de Ochoa la atribuye a Salas con seguridad cuando, con elogio, afirma que las novelas de Salas y Quiroga, en especial el Dios del siglo y los Habitantes de la luna me parecen excelentes pinturas de costumbres («Necrópolis», La América 12/02/1863, recogido en Miscelánea de literatura, viajes y novela, Madrid, Carlos Bailly-Bailliere, 1867: 277).

Los habitantes de la luna no es novela de ciencia ficción sino, como su subtítulo indica, de costumbres contemporáneas, con gran carga crítica. En Sevilla se llamaba así, los habitantes de la luna, a los niños de la calle, los pilletes que pasaban la noche al raso, como recoge la Gaceta de Madrid (26/06/1837), a propósito de una noticia del Diario de Sevilla sobre uno de estos jóvenes. Salas pudo saberlo directamente en su viaje a Sevilla en 1838.

Los habitantes de la luna discurre primeramente en Sevilla, en 1834. Después, Tirso, uno de los protagonistas, escapado del hospicio, va a Madrid, donde entra por la puerta de Atocha, el 16 de abril de 1834 (1844: I, 131); de manera que la acción termina de desarrollarse en la Corte. Aunque con su ambientación realista y contemporánea, Los habitantes de la luna es una novela de aventuras, de carácter folletinesco, en que, al menos, la historia de los protagonistas -Tirso y quien cree que es su hermana, Gabriela, en realidad, hermana de Sir John Drank- acaba bien. El estilo de la novela es muy distinto de la novela cuya autoría había rechazado Salas, Madrid y sus misterios. Entre otros aspectos, hay numerosas muestras de la cultura de su autor, como la descripción del magnífico monumento de la catedral de Sevilla -ahora con menos lujos que en lo antiguo-; Tirso, ha leído La vida es sueño -Calderón es un tema reiterativo en Salas desde sus primeros tiempos-; a propósito de uno de los personajes, Sir John, se habla del Mivart's Hotel, de Londres, que Salas pudo conocer. Despeñaperros es un vistoso y romántico paisaje (1844: I, 125). Aparecen también algunos temas característicos de Salas que estarán presentes en El Dios del siglo y dispersos en otras obras, como el del periodismo contemporáneo: Tirso, aunque no había escrito nunca ni sabía nada, es capaz de escribir un artículo cogiendo lo que oía de aquí y de allá.

En 1848, Salas publica la novela El Dios del siglo (Madrid, Madrid, Impr. D. José María Alonso, 1848, 2 tomos en 1 vol.), que apareció también en el folletín del Diario oficial de avisos de Madrid, a partir del sábado 16 agosto de 1848. El tomo 2 empieza el 2 de octubre de 1848; se termina la publicación de la novela que, salvo excepción, se inserta diariamente, el 31 de octubre de 1848. En la página final, Salas desvela en nota que se trata de un proyecto de una serie de novelas que -como La comedia humana, de Balzac, aunque no lo cita-, describa un panorama de la sociedad española actual: El autor de esta novela está escribiendo otra, titulada: La Condesa de Florseca, como continuación del cuadro de nuestras costumbres contemporáneas que se ha propuesto trazar.

La narración está ambientada en Madrid, en 1836. El Dios del siglo -ese dios es el talento, al que pertenece el cetro del mundo, no el dinero-, es una novela de costumbres contemporáneas bien estructurada y escrita. Vuelven a aparecer las situaciones en que la honradez es perseguida, y, especialmente, el tema del poder y la corrupción en el periodismo. Con una trama de intriga relativamente moderada, después de inevitables sucesos desgraciados, se recupera la justicia y los protagonistas alcanzan el final feliz que se merecen.

En el verano de 1849, Salas está escribiendo varias obras que se publicarán primeramente por entregas: Historia del Derecho Moderno Español desde 1843 a 1839 y la Historia del partido moderado español. El periódico progresista El Clamor Público, afín a Salas, señala que

El justo crédito que el autor ha sabido adquirirse entre nuestros escritores del día, por la fuerza del raciocinio, la imparcialidad y el buen gusto literario que imprime a todas sus producciones, es una garantía de que la historia del partido moderado estará escrita con exactitud, interés y novedad. Por otra parte, la circunstancia de conocer bien el señor Salas y Quiroga los accidentes y los actores que deben figurar en su libro, contribuirán indudablemente a darle cierto colorido de animación y brillantez que, sin lastimar la gravedad esencial del asunto, hará más amena y grata su lectura. Esperamos a ver las primeras páginas para rectificar o confirmar este juicio anticipado (El Clamor Público, 18/08/1849).

Prácticamente un mes después, el mismo periódico señala que se ha publicado la segunda entrega de la Historia del partido moderado que con tanta aceptación anunció el conocido escritor don Jacinto de Salas y Quiroga (El Clamor Público, 14/09/1849).

Salas muere el viernes 21 de septiembre de 1849. La Época fue el primer periódico que lo recoge, junto con alguna noticia inexacta acerca del fallecimiento de tres hermanos, el 22 de septiembre de 1849. Varios periódicos se hicieron eco de la muerte de Salas. La noticia fue inesperada: falleció casi repentinamente como dice El Popular (24/09/1849). La Nación, que reproduce el suelto de La Época, señala: Nos han contristado sobremanera las siguientes líneas de La Época de ayer, de cuyo triste contenido no teníamos la menor noticia (La Nación, 23/09/1849).

El entierro fue al día siguiente de su muerte. Según la partida de defunción de Salas, el Teniente Mayor de la Parroquia de Santa Cruz, José Escolástico Romero, que la firma y rubrica, el 22 de septiembre mandó dar sepultura en Galería cubierta en el Cementerio extramuros de la puerta de Toledo al cadáver de Dn Jacinto de Salas Quiroga […], Empleado cesante […], Casado con Leonor Hach. No testó, según le han asegurado; tampoco recibió Sacramento alguno por no haber dado tiempo su enfermedad. Falleció a las nueve y media de la noche del día 21, en la casa 39 de la calle de Carretas, a consecuencia de una Gastro-entero-hepatitis según certificación de Dn Elías Polin, Doctor en Medicina y Cirugía, el cual fue testigo de su muerte, y Ángel Lescura, sepulturero de esta Iglesia (Archivo Diocesano de Madrid, Parroquia de Santa Cruz, Libro 24 de Defunciones (1849-1853), Año 1849, Folio 35 y 35).

Elías Polín y García fue un conocido médico perteneciente a la Sanidad Militar, que había sido nombrado Caballero de la Orden de Isabel la Católica en 1843 (Archivo Histórico Nacional, ESTADO, 6329, Exp. 81). El diagnóstico puede ser compatible con la versión que achaca la muerte de Salas a la adicción al opio. Ricardo J. Catarineu lo afirma en un artículo de La Correspondencia de España, citado por Ana María Freire López (2012), que anuncia posteriores investigaciones. A la espera de los resultados de estas investigaciones, en mi opinión, aunque la anécdota que cuenta Catarineu puede tener base real -teniendo en cuenta que el uso terapéutico del opio en el siglo XIX creó indirectamente muchos adictos-, la interpretación que hace el periodista no se corresponde con otros aspectos conocidos de la vida de Salas, ni con su actividad en las fechas cercanas a su muerte. Catarineu nació en 1868, casi veinte años después de la muerte de Salas, y no vivió en Madrid hasta 1888, es decir, casi cuarenta años después. De manera que, cuando habla de modo jocoso de la muerte de Salas, en su artículo-reseña «El vino y la civilización», publicado el 1.º de noviembre de 1898 en La Correspondencia de España, no solo habla de oídas, sino que, especialmente, incurre en comentarios que muestra un gran desconocimiento de las figuras del romanticismo español. Según él, Salas era un bohemio que, harto de alcohol, se pasó al opio; nuestros poetas románticos -afirma, seguramente pensando en la bohemia de su época-, eran amigos de todo lo extravagante, poco cuidadosos con su salud y alcohólicos irredentos. La imagen de Salas que presenta Catarineu contrasta con la de Eugenio de Ochoa. Ochoa, que sí le conocía perfectamente, descarta expresamente cualquier vicio en Salas. Ochoa pudo echar un velo piadoso sobre aspectos negativos de Salas; pero un estado como el que señala Caterineu no se compagina con la existencia laboriosa que recoge Ochoa y se refleja en las publicaciones que por entonces se mencionan en prensa.

Al menos durante un tiempo, Salas vivió en la calle de Hernán Cortés -entre Fuencarral y Hortaleza-. Poco después de su muerte, La Nación, en un suelto dentro de la sección «Crónica de la capital», dando cuenta de las ventajas del asfalto, se afirma que, en corroboración de esta verdad, citaremos la casa que fue del difunto Salas y Quiroga, en la calle de Hernán Cortés, en la que su nuevo propietario asfaltó el patio y el portal, antes tan húmedo e incómodo (La Nación, 25/10/1849).

Salas manifestó siempre la percepción de su imagen de perseguido por un destino adverso, de vida accidentada y dramática. Aunque las dificultades se alternaron con circunstancias mejores, al final de su vida predominaron los malos momentos. Eugenio de Ochoa, da algunas claves en el texto, muy conocido, de «Necrópolis» (La América, 12/02/1863: 8-10; incluido en Miscelánea de literatura, viajes y novela (Madrid, 1867: 276-7), cuando lo evoca, bueno y honesto, desesperado hasta llegar a pensar en el suicidio, recordando su solitario entierro:

Grave y muy lenta, doblada la frente bajo el peso de un infortunio tenaz, la pálida y doliente sombra de Salas y Quiroga vaga sola como si aun en la muerte le persiguiera un injusto desvío. No sé por qué le persiguió en vida: pocos hombres he conocido más instruidos, más laboriosos, ni mejores. Su mayor defecto era ser demasiado bueno. Exento personalmente de todo vicio, se mataba a trabajar para costear con el producto de su tarea los de sus pocos amigos. Tiempo hubo en que el pobre Salas, así le llamaban, sostuvo él solo con su pluma en medio de las más heroicas privaciones, a toda una falange de amigos hambrientos [...] ¡Pobre Salas! («Necrópolis», La América, 12/02/1863: 9).

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