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Reyes y Reinas de la España Contemporánea

Reyes, reinas y regentes: Fernando VII. Biografía

Biografía de Fernando VII de Borbón (1808-1833)

(El Escorial, 14 de octubre de 1784 – Madrid, 29 de septiembre de 1833)

Emilio La Parra López
Universidad de Alicante

Fernando VIINoveno hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma, nació en El Escorial el 14 de octubre de 1784. Era, al nacer, el cuarto en la sucesión a la Corona, tras su padre y sus hermanos Carlos y Felipe, gemelos. Estos últimos murieron antes de que Fernando cumpliera un mes de edad, de modo que cuando su padre llegó al Trono el 14 de diciembre de 1788, Fernando pasó a ser el príncipe de Asturias y como tal fue jurado por las Cortes el 23 de septiembre de 1789.

De naturaleza débil, sufrió durante su niñez algunas enfermedades de cierta gravedad y más tarde, en edad adulta, padeció con frecuencia severos ataques de gota. Su educación estuvo encomendada a clérigos, que le impusieron un régimen  de vida muy estricto, escaso en juegos y diversiones y abundante en prácticas piadosas. Quien mayor  influencia ejerció sobre él fue el canónigo Juan Escoiquiz, designado en 1796 su maestro de Geografía y Matemáticas. Aunque debido a su afición a la intriga y a su desmedida ambición, Escoiquiz fue desterrado a Toledo en enero de 1800; no perdió el ascendiente sobre el príncipe, cuya infancia y adolescencia pasó alejado de los negocios públicos por voluntad de los reyes.

La vida de Fernando cambió a partir de su matrimonio, a la edad de 18 años, con María Antonia de Borbón, hija del rey Fernando IV de Nápoles, hermano de Carlos IV. El enlace se celebró en Barcelona el 4 de octubre de 1802. Desde su llegada a España, María Antonia mantuvo una estrecha correspondencia con su madre, la reina María Carolina, quien odiaba a Godoy, entre otras cosas por haber firmado en 1796 un tratado de alianza con la República francesa, hecho que la reina napolitana –hermana de María Antonieta de Francia- consideró una traición a la causa monárquica europea. Desde el cuarto de los príncipes de Asturias y por instigación de María Carolina se comenzó a maniobrar para desacreditar a Godoy y alejar a España de la órbita francesa, pero la muerte de María Antonia el 21 de mayo de 1806 interrumpió estos movimientos. A partir de esa fecha, Escoiquiz se convirtió en el mentor político del príncipe y director de la campaña contra Godoy.

En la Navidad de 1806, el príncipe Fernando financió una colección de estampas satíricas, de tono procaz, dirigidas contra Godoy, en las que asimismo se denigraba a la reina María Luisa y se criticaba de forma indirecta al rey. Las estampas fueron distribuidas entre la nobleza española y causaron gran impacto asimismo en medios populares, pues criados de algunas casas nobiliarias las difundieron por tabernas y otros lugares públicos.

Actuaciones de este tipo tenían lugar en un momento de malestar general en el país, consecuencia de varios años de pésimas cosechas y de serias dificultades financieras ocasionadas por el estado casi permanente de guerra y el subsiguiente entorpecimiento del comercio con América. Por consiguiente, el grupo de aristócratas y clérigos aglutinado en torno al príncipe de Asturias no tuvo grandes dificultades para crear una opinión contraria a Godoy, quien desde 1801, tras su nombramiento como Generalísimo de los Ejércitos, había acumulado un extraordinario poder político. Amparados en la impopularidad del Príncipe de la Paz, el que podemos denominar «grupo fernandino» urdió una operación para eliminarlo del poder. La maniobra fue descubierta el 27 de octubre de 1807, mientras la familia real estaba de jornada en El Escorial. En el cuarto del príncipe de Asturias se hallaron documentos que confirmaban la existencia de una conspiración, cuya finalidad consistía en arrestar a Godoy e incluso a la reina en caso de que intentara impedirlo. Aunque no se decía nada de la suerte de Carlos IV, el resultado lógico de la operación no podía ser otro, como ha sugerido Miguel Artola, que forzar su abdicación a favor de Fernando. El príncipe fue recluido en su cuarto por orden del rey y en cuanto fue interrogado no tardó en confirmar la existencia de la conspiración y en delatar a los comprometidos en ella, entre otros a Escoiquiz y al Duque del Infantado, este último quizá el aristócrata más influyente en ese momento.

Mediante un decreto publicado el 30 de octubre de ese año en la Gazeta de Madrid, el rey comunicó al país que su hijo «había admitido un plan para destronarme». La gravedad del hecho hacía suponer que seguirían medidas severas, pero unos días después, el 5 de noviembre, la Gazetainsertaba un nuevo Real Decreto por el que el rey perdonaba al príncipe y ordenaba abrir causa judicial contra las personas implicadas en la conspiración. El decreto incluía sendas cartas de Fernando a su padre y a su madre. En la dirigida a la reina confesaba sin rodeos su falta: «Madre mía: Estoy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes». Esta sorprendente confesión y la forma de comunicar la noticia del grave suceso a la opinión pública causó desconcierto, pero el perdón real al príncipe y las leves penas impuestas a los conspiradores (los más señalados, como Escoiquiz e Infantado, únicamente fueron condenados al destierro fuera de los sitios reales), hizo sospechar a muchos que todo había sido urdido por el propio Godoy para desprestigiar al príncipe de Asturias, cuyos partidarios lo presentaron como a un inocente perseguido por el malvado Godoy.

Desde este momento se incrementaron las maniobras contra Godoy urdidas principalmente por aristócratas situados en el entorno del príncipe de Asturias, quienes actuaron amparados, por una parte, en el ambiente general del país, claramente hostil hacia Godoy, y, por otra, en  las difíciles relaciones de este con Napoleón, hecho que debilitaba la posición política del Generalísimo. Finalmente, el 17 de marzo de 1808 los enemigos de Godoy decidieron pasar a la acción y aprovechando la estancia de la familia real en Aranjuez organizaron un motín en el Real Sitio con el fin de apoderarse de su persona. Godoy se salvó inicialmente del acoso de la multitud ocultándose en su propio palacio, pero finalmente fue descubierto y hecho prisionero. Temiendo por la vida de su amigo (como así lo denominaba), Carlos IV lo destituyó de todos sus cargos, pero esto no calmó al entorno del príncipe de Asturias, que siguió presionando al rey para acabar con la vida de Godoy. En esa tesitura, el 19 de marzo Carlos IV abdicó a favor de su hijo. Acto seguido Fernando fue aclamado rey de España por una multitud convenientemente congregada ante el balcón del palacio real de Aranjuez.

Fernando VII, pues, accedió al Trono en medio de una gran confusión provocada por el motín y sin que quedaran aclaradas las circunstancias de la abdicación de su padre. De hecho, nunca se liberó, mientras vivió Carlos IV, del temor de que éste reclamara para sí la Corona, eventualidad que no llegó a producirse. Además, el nuevo reinado comenzó sin seguir los procedimientos al uso, que exigían pasar la renuncia del rey a consulta del Consejo de Castilla y la convocatoria de Cortes. Sin embargo, mediante una campaña propagandística bien orquestada, los fernandinos lograron extender la idea de que todo era resultado de la voluntad del pueblo reunido espontáneamente en Aranjuez, hastiado del mal gobierno del tirano Godoy y esperanzado en que un príncipe virtuoso e inocente acometiera la regeneración de la Monarquía.

Fernando VIILas primeras medidas adoptadas por Fernando VII durante el primer tiempo de su reinado, que solo duró un mes (del 19 de marzo a mediados de abril de 1808), respondieron a las exigencias de los estamentos privilegiados y tuvieron un marcado sesgo populista. Dio prioridad a la persecución de Godoy, que era el asunto de mayor impacto popular y con más carga demagógica: el 20 de marzo, al día siguiente de acceder al Trono, se apresuró a secuestrar sus bienes y los de sus familiares y  próximos -varios de ellos fueron encarcelados- y el 3 de abril el rey anunció, con gran satisfacción general, la apertura de causa criminal contra Godoy. Anuló la desamortización emprendida en 1798 y suspendió la venta del séptimo de los bienes eclesiásticos autorizada un año antes por el Papa, lo cual contentó sobremanera al clero. Interrumpió dos importantes planes reformistas de Godoy que habían suscitado reticencias en sectores conservadores (la reforma de la Armada mediante la creación del Almirantazgo y el programa de construcción de canales y caminos), ordenó el pago de los sueldos atrasados a los servidores de la casa real (el descontento provocado por estos atrasos fue una de las razones para que muchos empleados de palacio participaran en el Motín de Aranjuez), concedió permiso para cazar ciervos y gamos en los cotos reales y suprimió el arbitrio extraordinario del vino. Junto a todo ello, tomó una medida que se ha  interpretado como un guiño hacia los ilustrados, cuando en realidad fue –como las anteriores- una decisión demagógica y un  acto de venganza contra Godoy. Se trata de la excarcelación de Jovellanos y el levantamiento de las sanciones impuestas a  Cabarrús y a Urquijo, cuyas desgracias atribuía la opinión pública a Godoy.

El 24 de marzo de 1808 Fernando VII se trasladó a Madrid, donde recibió un caluroso recibimiento popular y fue, por segunda vez, aclamado rey. Pero en esas fechas la capital, así como la mitad septentrional del reino, estaban de hecho bajo el control de tropas francesas mandadas por Joaquín Murat, designado por Napoleón su lugarteniente general en España. La presencia de este ejército en territorio español se justificó oficialmente en virtud del tratado firmado el 27 de octubre de 1807 en Fontainebleau, por el cual España y Francia acordaron invadir Portugal para hostilizar desde ese reino a Inglaterra.

Desde finales de marzo hasta mediados de abril de 1808 la situación política en España fue sumamente confusa. La mayoría de los españoles no albergaba dudas sobre la legitimidad de Fernando VII para ocupar el Trono, pero amparado en las  circunstancias en que se había producido la abdicación de Carlos IV, Napoleón no reconoció oficialmente a Fernando VII como rey de España y en sus relaciones con él nunca le dio el tratamiento de «Majestad», sino el de «Alteza Real», como correspondía a un príncipe. Fernando, por su parte, encauzó todos sus esfuerzos en conseguir el reconocimiento del emperador y se mostró dispuesto a seguir todas sus indicaciones, abandonando el gobierno de la Monarquía. Por lo demás, la autoridad del rey era precaria en la práctica, pues los franceses actuaban a sus anchas en una parte importante del territorio (incluso en ciudades clave, como Barcelona) y en la capital del reino Murat controlaba las actuaciones de las autoridades españolas y la Gazeta de Madrid, órgano fundamental por ser en la época el medio de comunicación al país de las noticias oficiales.

Acrecentó la confusión el anuncio de Napoleón de su intención de viajar a Madrid para entrevistarse con Fernando VII y reforzar la alianza entre ambos países. El rey interpretó la noticia de forma muy positiva, pues calculó que la visita del emperador implicaba su reconocimiento, lo cual consolidaría su posición en el exterior y disiparía las sospechas sobre la invalidez de la renuncia de Carlos IV que todavía mantenían algunos. Así pues, en cuanto el general Savary, enviado de Napoleón, anunció al rey la inminente entrada del emperador en territorio español, Fernando VII salió a su encuentro. El 10 de abril de 1808 partió de Madrid en dirección al norte, confiado en que no se demoraría su entrevista con Napoleón. Pero éste permaneció en Bayona y Savary convenció a Fernando y a sus consejeros más próximos (el Duque del Infantado, Escoiquiz y el Duque de San Carlos, quienes habían constituido una especie de círculo infranqueable en torno al rey) de la conveniencia de seguir viaje hasta la frontera, con la promesa de celebrar la entrevista entre ambos soberanos en territorio español. No fue así y Fernando y su séquito continuaron viaje hasta Bayona, a donde llegaron el 20 de abril.

Napoleón reunió en esta ciudad a Carlos IV y a todos los miembros de su familia residentes en España, así como a Godoy, a quien liberó de la prisión en que estaba recluido desde su caída. Aprovechando la desunión de la familia real, Napoleón presionó a Carlos IV y a Fernando para que le traspasaran los derechos a la Corona española, hecho que quedó formalizado el 5 de mayo de 1808. El 10 de ese mes, Fernando VII, su hermano Carlos María Isidro -el siguiente en el orden de sucesión al Trono- y su tío el infante don Antonio partieron hacia Valençay, su lugar de residencia señalado por Napoleón. Durante el trayecto, Fernando y sus dos augustos acompañantes firmaron en Burdeos el 12 de mayo un manifiesto dirigido a los españoles en el que el rey anunciaba su renuncia a la Corona de España a favor del emperador francés  e instaba a la población a obedecerle y a permanecer en sosiego.

A partir del 23 de mayo de 1808, una vez se tuvo noticia en España de las abdicaciones de Bayona a través de la Gazeta de Madrid, se formaron Juntas en distintas ciudades, las cuales proclamaron rey a Fernando VII (era la tercera vez que se producía este hecho) y en su nombre declararon la guerra a Napoleón. Al mismo tiempo las nuevas autoridades emprendieron una intensa labor propagandística para crear una imagen sumamente positiva de Fernando VII, presentándolo como el «príncipe inocente», adornado de todas las virtudes y víctima sucesiva de dos tiranos, el interior (Godoy) y el exterior (Napoleón). En la España alzada en armas contra el francés se impuso durante el tiempo de la guerra esta imagen del rey, mientras él pasaba los días en Valençay, ajeno a cuanto sucedía en su reino, rechazando los planes de evasión urdidos desde diversas instancias y completamente sumiso a Napoleón, de quien solicitó ser hijo adoptivo y a quien felicitó por escrito con motivo de sus victorias, así como a José por su acceso al Trono de España. Mientras tanto, la Constitución de Cádiz declaró a Fernando VII rey constitucional de España.

A finales de 1813, cuando la coalición liderada por Inglaterra puso en peligro la continuidad del imperio francés y una vez José I había abandonado el territorio español tras la grave derrota sufrida en Vitoria, Napoleón abrió negociaciones con Fernando VII para poner fin a la guerra en España y alejar a este país de la alianza con Inglaterra. El 11 de diciembre de ese año se firmó el tratado en Valençay, en virtud del cual el emperador permitía el regreso a España de Fernando VII como soberano con plenos poderes. Las negociaciones de este tratado se desarrollaron en Valençay, sin conocimiento de las Cortes españolas y de la Regencia, que ejercía el poder ejecutivo en nombre de Fernando VII. Esta forma de proceder contravenía un decreto de las Cortes de Cádiz del 1 de enero de 1811, el cual prohibía al rey de España firmar acuerdos o tratados con otras potencias mientras estuviera privado de libertad, fuera del territorio español. Pero Fernando VII hizo caso omiso de esta disposición, así como de lo determinado en la Constitución de 1812 sobre su juramento y el 13 de marzo de 1814 con el beneplácito del Emperador salió de Valençay. El 22 de ese mes entró en España por Báscara (Gerona). No juró la Constitución, ni siguió el itinerario marcado por las Cortes, sino que tras un breve paso por Zaragoza, donde recibió todo tipo de homenajes, se dirigió a Valencia.

Una vez en Valencia, el rey y su círculo más próximo organizaron un dispositivo propagandístico y militar destinado a controlar a los partidarios del régimen constitucional y facilitar la asunción por parte de Fernando VII de la plena soberanía. En púlpitos y en los periódicos realistas (algunos creados ex profeso) se ensalzó al rey absoluto; el 4 de mayo de 1814 el monarca firmó un decreto por el que suprimía la Constitución y declaraba nula la obra de las Cortes. En la noche del 10 al 11 de ese mes el capitán general de Madrid encarceló a los diputados liberales a Cortes más notorios y a otras autoridades constitucionales y el día 13, Fernando VII entró en Madrid aclamado por la multitud congregada a su paso. Desde esa fecha hasta enero de 1820, Fernando VII actuó como rey absoluto (es el periodo conocido como Sexenio Absolutista), aunque no pudo poner en vigor todos los organismos y usos del Antiguo Régimen. Durante estos años, los liberales intentaron –infructuosamente- restablecer la Constitución mediante el sistema del pronunciamiento y aun algunos planearon acabar con la vida del monarca.

En septiembre de 1816 Fernando VII contrajo matrimonio con la portuguesa Isabel de Braganza, quien murió en diciembre de 1818 sin descendencia. El 2 de septiembre del año siguiente casó por tercera vez, ahora con María Amalia de Sajonia, una persona muy piadosa con la que tampoco tuvo hijos.

El 1 de enero de 1820 un grupo de militares, encabezado por Rafael del Riego, se pronunció en el municipio sevillano de Las Cabezas de San Juan a favor del restablecimiento de la Constitución de 1812. Aunque inicialmente pareció que una vez más los absolutistas controlarían la situación, varias ciudades se adhirieron al pronunciamiento y el monarca se vio obligado a aceptar la vuelta al constitucionalismo. El 10 de marzo de 1820 Fernando VII declaró su disposición a asumir la Constitución y en julio siguiente la juró. Era la primera vez que el rey prestaba este juramento.

Desde el restablecimiento del sistema constitucional (el régimen duró tres años, conocidos como «Trienio Liberal») Fernando VII se sintió incómodo en extremo y pronto dio a entender que los liberales le impedían ejercer sus funciones reales y que lo tenían en una especie de cautividad. Obsesionado por su situación, emprendió todo tipo de acciones para eliminar, como en 1814, la Constitución. Especialmente sonado fue el intento de golpe de Estado del 7 de julio de 1822, en el que estuvieron directamente implicados el rey y miembros de su familia. El golpe fracasó, pero la oposición al constitucionalismo se recrudeció y en distintos puntos de España se alzaron partidas armadas para combatirlo. Mientras, las potencias de la Santa Alianza, reunidas en Verona en 1822, decidieron intervenir militarmente en España para ayudar a Fernando VII a recuperar sus plenas facultades.

El 28 de enero de 1823, Luis XVIII anunció ante la Asamblea Nacional francesa el envío a España de un ejército formado por cien mil hombres (los llamados «Cien Mil Hijos de San Luis») al mando de un miembro de la familia Borbón, el Duque de Angulema. Ante la noticia, las Cortes españolas decidieron su traslado a Sevilla, así como el de las autoridades e instituciones del Estado, incluyendo al rey y a su familia. El propósito consistía en organizar la resistencia desde el sur de España, como ya se hiciera en 1808 frente a la invasión napoleónica. El rey hizo lo posible por evitar el viaje, pero finalmente se vio obligado a cumplir la resolución de las Cortes y el 20 de marzo de ese año emprendió la ruta hacia el sur. Semanas después, el 7 de abril, el ejército invasor, acompañado de guerrilleros absolutistas españoles refugiados en Francia, atravesó los Pirineos y sin hallar gran resistencia avanzó con rapidez por territorio español.

Cuando las tropas de Angulema entraron en Andalucía, las autoridades constitucionales decidieron trasladarse, con el rey, a Cádiz, por ser punto más apto que Sevilla para la defensa. Pero una vez más Fernando VII se negó a moverse. Ante esta circunstancia, el 11 de junio de 1823 las Cortes le suspendieron en sus funciones, basadas en el artículo 187 de la Constitución, el cual establecía que si el rey se hallare imposibilitado para ejercer su autoridad por alguna causa física o moral, el reino sería gobernado por una Regencia. Las Cortes consideraron que se estaba en el caso de imposibilidad moral, pues era patente que Fernando VII prefería entregarse al ejército invasor antes que defender la independencia de su propio reino. Así pues, se nombró una Regencia, con el único objetivo de preparar el traslado del rey a Cádiz. Una vez esto se ejecutó, cesó la Regencia y Fernando VII recobró sus poderes.

La resistencia de los constitucionales fue inútil y el 30 de septiembre se rindió Cádiz. Ese mismo día, Fernando VII firmó un decreto prometiendo perdón general por todo lo pasado, pero el siguiente salió de Cádiz y se reunió con el Duque de Angulema en El Puerto de Santa María y dio un nuevo decreto que derogaba la Constitución y declaraba nulas las actuaciones del régimen constitucional. A continuación se desencadenó por toda España la persecución de los partidarios del régimen constitucional, muchos de los cuales recurrieron al exilio para evitar la cárcel o salvar sus vidas. Muchos, sin embargo, fuera por confianza en su comportamiento leal a las leyes, fuera por descuido o por otras razones, no tuvieron la misma suerte y sufrieron la pena de muerte. El caso más señalado fue el de Rafael del Riego, ejecutado de manera ignominiosa en Madrid.

El 13 de noviembre de 1823, dos días después de la ejecución de Riego, Fernando VII entró en Madrid e inauguró un nuevo tiempo de durísima represión y ausencia de libertades, etiquetado como la «Década Ominosa». Durante estos años el rey hizo oídos sordos a quienes solicitaron algunos cambios políticos para modernizar el país y resolver la grave situación económica. Sólo aceptó algunas reformas administrativas, sugeridas por antiguos afrancesados, como Pedro Sáiz de Andino y Javier de Burgos, pero impidió cualquier avance en el orden político y, por supuesto, la mínima aproximación hacia un sistema representativo, ni siquiera al de Carta Otorgada como el vigente en Francia.

Pronto se alzaron voces en las propias filas absolutistas contra el rey, exigiendo mayor dureza en la represión de las ideas liberales y de quienes las sustentaban y el establecimiento de un sistema absoluto de signo teocrático. La negativa de Fernando VII a satisfacer esta última demanda, mantenida con especial énfasis y fanatismo por el clero, que interpretó como un atentado a su poder personal, estuvo en el origen, entre otros factores, de varios movimientos insurreccionales organizados por sectores ultraconservadores;  el más relevante fue el ocurrido en 1827 en Cataluña (la rebelión de los Agraviados). Aunque las revueltas fueron sofocadas – de nuevo mediante el recurso a la represión- quedó muy malparada la imagen de Fernando VII, quien para recuperar su popularidad realizó un viaje a Cataluña, que prosiguió por el norte de España durante varios meses. El periplo, finalizado el 11 de agosto de 1828, fue todo un éxito para Fernando, pues le permitió controlar por el momento a los absolutistas extremos, mientras algunos sectores reformistas se forjaron ilusiones sobre la posibilidad de ciertos cambios, que no se produjeron.

Fernando VIIEl 18 de mayo de 1829 murió, también sin descendencia, María Amalia de Sajonia y en diciembre de ese año Fernando celebró su cuarto matrimonio con su prima María Cristina de Borbón. El enlace, muy bien acogido por los españoles, debido a las simpatías despertadas por la nueva reina, proporcionó a Fernando VII los últimos momentos de popularidad. Pero no cesó el acoso de los ultras, aglutinados en torno a su hermano Carlos María Isidro, como tampoco el que venían practicando desde 1823 los liberales, quienes desde el exilio organizaron varias operaciones para restablecer el régimen constitucional. Para contrarrestar los intentos de los liberales, el monarca recurrió al procedimiento habitual de la represión, dando lugar a episodios muy sonados, como la muerte de Mariana Pineda y el fusilamiento del general Torrijos y de sus compañeros desembarcados en las costas de Málaga. Para desactivar las maniobras de los ultras, Fernando VII promulgó el 29 de marzo de 1830 la Pragmática Sanción, mediante la cual se restablecía la norma castellana que reconocía a las mujeres el derecho a heredar el Trono.

El 10 de diciembre de 1830 María Cristina dio a luz una niña (la futura Isabel II), hecho que recrudeció la disputa por la sucesión entre los partidarios de Carlos María Isidro y el rey. En septiembre de 1832 Fernando VII sufrió una grave enfermedad y se temió por su vida. Las presiones de los ultras se incrementaron y el 18 de septiembre el rey derogó la Pragmática Sanción. Restablecida su salud, de nuevo decretó el derecho de las mujeres a reinar en España (31 diciembre 1832), pero los ultras o «carlistas», como pronto fueron conocidos, no acataron esta decisión. El 29 de septiembre de 1833 murió Fernando VII sin que hubiera sido resuelto el problema de su sucesión. Su esposa, María Cristina de Borbón, quedó como regente del reino durante la minoría de su hija Isabel II, que entonces contaba 3 años de edad.

Tras su muerte, nadie ha asumido la tarea de elogiar a este rey, ensalzado hasta el extremo durante varias etapas de su vida e igualmente denigrado por los que sufrieron persecución durante su reinado, fueran de un signo u otro. Aunque recientemente algunos han tratado de ofrecer una imagen benevolente de este monarca, las más de las veces sin un sólido fundamento documental, sigue predominando una consideración negativa tanto de su persona, como de su reinado. Aparte de los fracasos cosechados (represión política, decadencia económica, científica y cultural, torpeza en el trato con los movimientos independentistas americanos…) no debe pasarse por alto la personalidad del rey. Debido, quizá, a la educación clerical y al ambiente oscuro y represivo en que transcurrió su infancia y juventud, se desarrolló en él una acusada desconfianza hacia los demás y una tendencia patente al disimulo y al engaño; como escribió lord Holland, perspicaz observador de la España de la época, Fernando VII fue un hombre falso. Los escritores del siglo XIX resaltaron su insensibilidad ante el sufrimiento de los demás y su inclinación a la crueldad con sus enemigos, que eran para él todos los que no acataran sin reparos su autoridad. Su educación y su base ideológica absolutista le hicieron muy consciente de su elevada condición, pero fue un hombre débil de carácter, que se dejó llevar por los acontecimientos y por el círculo de íntimos del que siempre se rodeó, constituido al principio de su reinado por personas relevantes social y políticamente situadas en la órbita del absolutismo y, tras 1814, por oscuros personajes movidos por el oportunismo y el ansia de riquezas, quienes formaron la llamada «camarilla», cuya composición varió con el tiempo, pues Fernando VII nunca mantuvo fidelidad hacia sus próximos. Su acendrada religiosidad, rayana en la superstición, y la afabilidad y franqueza de que hizo uso en su trato cuando le interesaba fueron, quizá, los elementos que sustentaron su popularidad, aunque ésta fue resultado más bien de la propaganda de sus partidarios y de las exigencias de un tiempo en que los españoles necesitaban un rey frente al que intentó imponer Napoleón.