Saltar al contenido principal

Manuel Jesús Ortiz

Comentario crítico de Manuel Jesús Ortiz

«Un libro "no literario"»

Por Hernán Díaz Arrieta1

A M. J. Ortiz.

Hace muchos, muchos años, vivía en un reino cerca del mar un maestro de escuela que tenía más talento del necesario para regir una escuela. Un día, después de prolongadas lecturas clásicas, se le ocurrió escribir lo que veía y escuchaba a su alrededor y cogiendo un papel con membrete de la República, envió una «Carta de la aldea», al Director del Mercurio, persona entonces muy inteligente, de finísimo y penetrante gusto, que se llamaba Carlos Silva Vildósola. El artículo apareció, tuvo éxito y en breve le siguieron otros que causaron una especie de maravilla en el público entendido. ¡Cómo! ¿Desde un rincón desconocido del país se escribían «cartas» con sabor a Pereda, con ironía de buena ley, picante observación y acentuado relieve nacional? Era todo un descubrimiento, una mina inesperada, un Putú... Completada la colección, fue reunida en volumen y el conjunto mereció elogios sin reserva.

He ahí una hermosa carrera literaria que prometía mucho.

Pero después, el maestro escribió otro libro, una novela -una novela no es una colección de cuentos- en la que se descubrían despuntes autobiográficos y una pretensión de más aliento y algo que no había hecho sino asomar la oreja en la obra anterior. El maestro no tenía la vista muy larga ni la inspiración demasiado robusta: en su producción primera, serie de minuciosas y regocijadas críticas; el marco le venía al cuerpo, el autor se movía con soltura y uno respiraba bien. Pero aquí, se le sentía otra intención, veníale corta la ropa literaria y los huesos el profesional sobresalían desagradablemente, por el cuello, por las mangas y más arriba de los pies. El estilo mismo había cambiado y ya no tenía aquella frescura del individuo seguro de sí; vacilaba, daba unos trancos demasiado largos y otros excesivamente cortos, con alternativas de timidez y temeridad que formaban un conjunto totalmente inarmónico. En suma, una triste y bien intencionada figura. La buena veta se había agotado y el autor y el lector sufrían sequedad al paladar.

Los críticos que no gustan cambiar de opinión, sea por pereza, comodidad o porque parece tan respetable el que no cambia de opinión, continuaron palmoteando entusiasmados, con las mismas alabanzas. «¡Bien, bien! ¡Eres un espléndido chileno con estilo admirablemente español!». Pero alguien que leía atentamente y daba su opinión con sinceridad, sin tener que representar ningún papel, observó que no había razones para alegrarse tanto; que el maestro estaba, sin duda, animado de excelentes propósitos y por tanto los educadores debían recibirlo en palmas de manos; pero que una cosa es educación y otra «Arte» y que si el talento y el acierto habían llevado a un profesor hasta las regiones de este, y en ellas se había admitido y agasajado, para continuar manteniéndole su carta de ciudadanía era necesario revisarle bien sus títulos y ver si rendía cumplido homenaje a los dos soberanos, la Inspiración y el Buen Gusto, que mandan en la república de las letras. Y después de un frío examen, declaró que, a su juicio, la novela no era literaria no era artística, no era «bella».

Pues bien, en su libro posterior (cuyo título Caricaturas, su propio panegirista declara pésimo), el maestro se declara herido por esa opinión y al querer refutarla, confírmala claramente en todas sus partes.

Dice:

Yo no soy peregrino del Ideal, ni soy genio ni apóstol; duermo y como perfectamente y no siento el alma angustiada por las ansias del deseo ni adormecida por las vaguedades del ensueño...

Gracias a Dios, amigo, que eres sincero y te muestras en toda desnudez. Así te podemos conocer y decirte que para ser artista, para ser «literario», no necesitas ser realmente un apóstol, ni un genio, pero sí creer que lo eres, ¡aspirar a serlo!, que nadie te impide dormir y comer perfectamente (y aun muchos te desearían que no hicieras otra cosa); pero, sí, se te exige que sientas algo más de lo que el dormir y el comer hacen sentir... y que ¡si levantaras un poco la frente por sobre la manada de carneros, sentirías una inmensa angustia y el alma se te escaparía a refugiarse en el ensueño!...

Agrega:

Yo presento tipos de carne y huesos, puros chilenos, sin mezcla de pretensiones europeas; aficionados al chacolí y a la baya, no al champaña, sin gusto por la cocaína ni por la morfina, sanos, en una palabra, y sin «bluff»...

Este «bluff» último me parece delicioso y encierra toda la psicología del provinciano. ¿De manera que los que no han conocido y tratado a caballeros y señoras aficionados a esos elementos de la baya y el chacolí no pueden hacer arte, tomando sus elementos de la realidad? Es usted muy limitado, querido maestro. Yo creo que si uno ha vivido con gentes influidas por las corrientes extranjeras, que probaban el vino aristocrático y ¡ay!, también, a veces, adormecían sus enfermedades con la morfina o la cocaína, tiene tan perfecto derecho de retratarlo en sus libros, como usted de pintar en los suyos a los campesinos y a los aldeanos, con su salud, su chacolí y su baya. ¿Qué diferencia hay para el arte, si se procede honrada e inteligentemente?

Luego insinúa una desgraciada explicación del calificativo aplicado a su libro, atribuyéndole un fundamento imaginario, diciendo que lo llamaron artístico, porque era útil... Aquí el autor y su comentador han metido mano en el más viejo y debatido de los asuntos: la cuestión del arte por el arte. ¿Cómo es posible que se desbarre en asunto tan trillado y tan lúcidamente resuelto? Haga usted, maestro, obra útil o inútil, como quiera, como la loca de casa le dicte; pero haga obra «bella» y entonces nadie le dirá que sus libros son «no literarios». Seguramente me va a preguntar usted qué es la belleza y yo podría acumular las definiciones hasta el infinito, sin que usted quedara más enterado. En cambio, si usted tiene adentro la chispa divina y siente humedecérsele los ojos de emoción, no ante un chancho arrollado, y un «potrillo» de ponche sino ante otras cosas un poco más elevadas, entonces no habrá necesidad de explicárselo y me dirá sencillamente: «Comprendo». Comprendo que la belleza es aquella magia indefinible que desesperaba a Sainte-Beuve cuando trataba de hincarle el diente a Chateaubriand, es el misterio que, según M. Joubert, no debe aparecer muy a la luz del día, sino arrebujarse en la penumbra, ese fluido que, para el filósofo Guyau, constituye la única legítima y sublime «utilidad» del arte porque une los corazones y las voluntades humanas con el lazo de la misma simpatía.

Su libro, hablo de El maestro, no presentaba ninguna de esas divinas señales y por eso también, comete usted un atentado, ¡tan perdonable por lo demás, en su ofuscamiento, al cogerse de las barbas de Cervantes para salir con él del reino literario... ¡Manes del Quijote! ¡Y no se le quebró a usted la pluma y se le rasgó el papel al estampar tamaño disparate!

«Crítica literaria»

Por Manuel Jesús Ortiz2

A Hernán Díaz Arrieta.

El Olimpo está revuelto y los dioses están aireados; pero no son los grandes dioses, aquellos que habitaban allí desde tiempo inmemorial y que tantas cosas buenas hicieron en el mundo, sino otros de segundo o tercer orden, que se colaron por la puerta trasera cuando vieron que el alcázar quedaba abandonado y que, como nadie se preocupó de echarlos, se creyeron en él como en su casa y se asignaron los oficios de los augustos y antiguos poseedores. Uno hizo de Júpiter, ocupó el trono y empuñó el rayo; otro de Apolo y agarró la lira; este se hizo Marte y se vistió una armadura que el dios de la guerra había dejado abandonada en un rincón, y aquel fue Neptuno, y tomó el tridente, y se puso a soplar a revienta carrillos por las tierras y los mares.

Y después se dijeron a sí mismos: «¡Cuidado con nosotros! ¡Somos los dioses, los verdaderos dioses! El gobierno del mundo nos pertenece. Que nadie venga a turbar nuestra divina tranquilidad. Y por si alguien lo intentara, pongamos un portero para que aleje a los atrevidos».

Y eligieron como portero a un dios joven y arrogante, que les pareció el más adecuado para ese cargo.

Los hombres, preocupados de sus negocios, no se fijaron, durante mucho tiempo, en si el Olimpo estaba vacío o tenía habitadores, y los diosecitos tomaron esta indiferencia como un reconocimiento de su poder y un acatamiento hacia sus altísimas personas. Desde entonces, ufanos y engreídos, pontificaron a su sabor y dieron órdenes al mundo, creyeron que este estaba pendiente de su voluntad. Y para afianzar más su poderío y hacer tragar mejor la superchería, cando uno de ellos hablaba, los otros le aplaudían ruidosamente, de modo que a un rugido de Júpiter, por ejemplo, respondía Apolo tocando la flauta y Neptuno haciendo sonar sus cuernos marinos, y cuando Apolo entonaba una estrofa, Marte llevaba el acompañamiento, golpeando con el cuento de la lanza sobre unas latas puestas en el suelo.

Así las cosas, un día descubrió el portero que un pobre diablo de maestro de escuela andaba rondando por el pie del monte y dio la voz de alarma. El Olimpo se inquietó. No era conveniente que aquel intruso anduviera por allí, porque podía descubrir y revelar a los demás hombres que allí no estaban los grandes dioses, sino los insignificantes diosecillos que usurpaban su lugar. Era preciso alejarlo. ¿Con qué pretexto?

-¡Ah!, le gritó, Apolillo; tú quieres entrar aquí a igualarte a nosotros.

-Ni por un pienso, respondió el mísero. Yo no quiero ser dios. Prefiero ser maestro de escuela.

-¿A qué vienes entonces?

-A dar un paseo.

-Espérate un poco, y veras qué paseo te hacemos dar.

Esto respondió el portero y en seguida dijo a Júpiter: «Préstame tus rayos», y a Neptuno le pidió sus vientos, y lanzó sobre el pobre dómine tempestades y centellas. Pero sucedió lo que no podía menos de suceder: lanzados por él, los rayos tenían apenas la fuerza de cohete «chingado», y los truenos no resultaron más terroríficos que sonajera de terrones desmoronadizos dentro de un tarro vacío de parafina...

Don Hernán Díaz Arrieta, cumpliendo su consigna como portero en el templo de las letras nacionales, me dedica en «Sucesos» un artículo escrito con zigzagues de rayos olímpicos en vez de rasgos de pluma, artículo que es una especie de réplica a lo que yo dije en el prólogo de Caricaturas sobre la severidad que gastaron con mi Maestro los literatos del Ideal, que hoy tienen arrendado exclusivamente para sí el Olimpo de nuestro pequeño mundo literario.

Pero como los rayos del dios falsificado, su envestida ha resultado inofensiva como un cohete fracasado y vanamente ruidosa como un tarro vacío. En ella no hay razonamiento, sino invectiva; no se aducen hechos, sino que se acumulan palabras; no se exhiben verdades, sino que se recurre audazmente a la falsificación. Empieza don Hernán contando que hace años, pero muchos años, vivía en el reino vecino al mar un maestro de escuela, que desde allá escribió a El Mercurio una carta que decía..., todo lo cual es un portento de verdad y de exactitud. Si en vez de describir las inquietudes de una sombra, el portero divino hubiera cultivado la literatura histórica, ya sería miembro de varias academias. Habría creado el género histórico-divertido, en vez del psicológico-anestésico, de que es en Chile el más genuino representante.

En seguida hace suyo lo que dijo Omer Emeth sobre el título de mi último libro, pero sin advertir que el crítico de El Mercurio censuró ese artículo por demasiado modesto, y dijo que aquellas no eran caricaturas, son retratos tomados del natural y que, por lo tanto, el título les quedaba chico. Don Hernán hace caso omiso de esta circunstancia y presenta la censura monda y lironda, autorizándola con el nombre del mismo crítico respetable a quien aparenta despreciar y para quien tiene pullas hirientes antes y después de hacer suya, falseándola, una de sus opiniones. No se muestra aquí leal ni caballeroso el amigo de la idealísima Isolée. ¡Cómo se conoce que los que ahora viven en el Olimpo son diosecitos en comparación con los grandes dioses que antes lo ocuparon!

Después, haciéndome el honor de llamarme su amigo y de tratarme de tú, me advierte que, para ser literato, no necesito ser genio ni apóstol, sino creer que lo soy. Como se ve, quiere que me le parezca; pero a fe que yo no quiera caer en la tentación. Eso de que alguien se crea más de lo que es tiene sus peligros, como, por ejemplo, el de meterse a camisa de once varas y no alcanzar para mangas, como le ocurre al que cree ser un Bourget y no tiene del gran escritor sino lo indigesto de la forma, sin alcanzar ni una pizca de su filosofía ni de su profundo conocimiento del alma humana.

Finalmente, mi amigo Hernán, que antes de replicar a mi prólogo debió siquiera haberlo leído, asegura que yo he dicho: Presento tipos de carne y hueso, sin mezcla de pretensiones europeas, aficionados al chacolí y a la chicha baya, sin gusto por la cocaína ni la morfina, sanos y, en una palabra, sin «bluff»... Y en seguida agrega una larga tirada para comentar esas frases, y en ellas se afirma para darme los palos más fuertes de la paliza, poniéndome de oro y azul por grosero y provinciano... Y a todo esto, esas frases no son mías sino de Omer Emeth, como que van sin comillas en el artículo del crítico y precedidas de una frase que indica claramente que esos conceptos son hijos suyos. El portero celestial ha dado aquí palos de ciego.

¿No es cierto que si esto no lo hiciera una deidad podría atribuirse a un pelagato cualquiera? Porque aquí no cabe sino una de estas dos cosas: o el amigo Hernán procede de mala fe, no necesita imperiosamente asistir a la escuela de aquel dómine Que vivía en un reino vecino al mar para aprender el uso de las comillas.

Y para terminar, repito aquí lo que dije o quise decir en el prólogo de Caricaturas: Yo no pretendo meterme al Olimpo ni amenguar la gloria de los que viven en él. Antes que ser un dios de su categoría, prefiero ser un maestro de escuela. Déjeme entonces en paz ya que no les estorbo. Si es tan grande mi insignificancia, ¿por qué me provocan? Los lectores suyos no son los míos. Ellos escriben para espíritus selectos y refinados y yo para el «grueso público» o para la «manada de carneros», como ellos la llaman, y como esos carneros compran mis libros, me dan con ello una prueba de que los leen con satisfacción y me estimulan a seguir escribiendo. ¿Por qué no dejar tranquilo al mísero dómine que se paseó inofensivo al pie de la montaña en cuya cima ellos pontifican como genios sin rival?

Ya que han asumido el papel de dioses, desempéñenlo por lo menos con nobleza y generosidad.

1. Santiago, marzo de 1916.

2. Las Últimas Noticias, 12 de abril de 1916.