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Ramón López Velarde

El autor: Apunte biobibliográfico

Ramón López Velarde y el sueño de la inocencia

Josefa de los Ríos («Fuensanta»), amada del poeta. En el poema «Tenías un rebozo de seda...», escrito hacia 1915 e incluido al año siguiente en La sangre devota, López Velarde se presenta recordando el olor, el color y el tacto de esa prenda tan mexicana de su amada Fuensanta. La evocación sentimental se tiñe de sensualidad hasta romperse con un inciso burlón entre paréntesis:

(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).

Familia López Velarde Berumen. El poeta señala así dos épocas para su vida y su literatura: un antes, el de su inocencia infantil en la provincia tradicional y católica del centro-norte de México, dentro del círculo protector del hogar, la parroquia y el seminario; y un después, cuando, arrastrado hasta la capital, descubre los refinamientos de los sentidos, la zozobra de la conciencia y el estremecimiento de la nueva literatura. Entre una y otra, el cisma de la Revolución.

Inocencio López Velarde, sacerdote y tío paterno del poeta Aunque los biógrafos han ido dando cada vez más importancia a sus primeros años y han empezado a rescatar la ignorada cultura católica de provincias, en realidad apenas sabemos de ese mundo perdido de entonces más de lo que el propio escritor contó en continuas evocaciones llenas de nostalgia e ironía. Nació en 1888, cuando el dictador Porfirio Díaz iniciaba su tercer mandato, en el pueblo de Jerez, estado de Zacatecas, en una familia muy religiosa de clase media. Era el primogénito de los nueve hijos que llegaron a tener el abogado José Guadalupe López Velarde y la joven Trinidad Berumen Llamas, perteneciente a una familia de medianos propietarios locales.Fue bautizado por su tío el presbítero Inocencio López Velarde, que se ordenó sacerdote al año siguiente y que moriría en la Revolución a manos de tropas villistas. En 1898 su padre fue nombrado notario público en la ciudad de Aguascalientes, donde se vivían momentos de prosperidad gracias a la llegada del ferrocarril y las inversiones mineras. Allí Ramón estudió primeras letras en el Colegio Particular de Niñas de Nuestra Señora de Guadalupe, y posiblemente en el Colegio Particular del Señor San José para varones. En 1902 ingresó en el Seminario Conciliar y Tridentino de Zacatecas, y se distinguió por su afición al estudio y las humanidades. Dos años después pasó al Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe de Aguascalientes, donde formó parte de la Academia Latina León XIII.

Plaza de Armas en Aguascalientes La educación en la ortodoxia y la moral católicas más estrictas marcó para siempre su personalidad. En el poema «Ánima adoratriz» (1919) dijo haber nacido «místicamente armado contra la laica era», esto es, predispuesto contra los «errores» liberales y materialistas condenados por Pío IX, y de manera más directa contra el Estado mexicano, cuyos enfrentamientos con la Iglesia desde la Independencia habían culminado en las guerras de Reforma de mediados de siglo.Ramón López Velarde a los 8 años, en Jerez (1896) Es cierto que el pragmatismo de Porfirio Díaz y de la jerarquía eclesiástica bajo el papado algo más aperturista de León XIII, suavizó las tensiones, y que durante la pax porfiriana se produjo una restauración del catolicismo mexicano, que acrecentó y renovó sus efectivos, organización e influencia. Pero la desconfianza de fondo nunca desapareció. Un seminarista como López Velarde no podía dejar de estar precavido contra el jacobinismo, el laicismo, el protestantismo yanqui, el positivismo, el modernismo o la revolución social, máscaras diferentes de la amenazante modernidad.

Parroquia en Ciudad de Zacatecas Antes de que la historia convirtiera sus temores en realidades mucho más terribles de lo imaginado y pusiera a prueba sus convicciones ideológicas, llegó la adolescencia y la previsible aparición del sexo. La conciencia de pecado obsesivamente centrada en el sexto mandamiento, el ideal de pureza y la demonización de la carne le provocaron conflictos insuperables, que están en la raíz del dualismo exaltado o pesimista, melancólico o angustiado de su literatura.

Durante sus años como seminarista siguió pasando las vacaciones escolares en Jerez y conoció a Josefa de los Ríos, una pariente lejana (era cuñada de su tío materno Salvador), ocho años mayor que él, muy tradicional, recatada y delicada de salud, de la que se enamoró. Aunque procuró llevarlo en secreto, levantó la suspicacia de la familia y don Guadalupe le prohibió la relación.

Ramón López Velarde a los 18 años (1906) En 1905 dejó el Seminario e ingresó en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes, donde hizo estudios preparatorios para la carrera de Leyes. El centro laico le entreabría la puerta a un mundo de experiencias e ideas que lo atraía y asustaba. Por entonces descubrió la poesía como medio de explorar su permanente crisis interior. De ese año data su primer poema conocido, «A un imposible», un desmañado poema sentimental sobre las «nupcias» frustradas con una novia inalcanzable, Josefa, a quien algo después bautizó poéticamente como «Fuensanta».

Manuel José Othón Además de haber interiorizado mucha literatura religiosa, López Velarde conocía los clásicos grecolatinos expurgados, los españoles de los Siglos de Oro, la mediocre literatura romántica y posromántica hispánica, y sus rezagados continuadores de la provincia mexicana. Prácticamente nada de modernismo, salvo prejuicios. Si bien su gran admiración, la única de entonces que conservaría siempre, fue el excepcional poeta potosino Manuel José Othón, culminador de la tradición neoclásica e impugnador del modernismo, que, tras su muerte y la publicación de «Idilio salvaje», fue reivindicado por las nuevas generaciones como un clásico moderno. Con este escaso bagaje y con más entusiasmo que orientación, López Velarde se lanzó a sus primeras y poco afortunadas aventuras literarias.

Licenciado Eduardo J. Correa, periodista amigo de Ramón López Velarde (1909) Como contó en la crónica «Bohemio» (1916), junto a los compañeros de instituto Enrique Fernández Ledesma, Pedro de Alba y José Villalobos Franco, logró formar una cofradía literaria «superficial y aturdida» y lanzar la revistita Bohemio, de la que se conocen tres números sueltos entre 1906 y 1907. Él se ocultó bajo pseudónimo -su padre tampoco veía bien sus aficiones literarias- para publicar «Suiza», un poemita descriptivo sobre una aldea en los Alpes, de artificioso y disparatado clasicismo, indicativo de que aún no sabía mirar literariamente su entorno inmediato. Los amigos de Bohemio consiguieron al menos llamar la atención del abogado Eduardo J. Correa, mal poeta académico pero diligente editor y periodista de la prensa católica del interior, que los invitó a colaborar en sus publicaciones. De mediados de 1907 a mediados de 1908 López Velarde envío para El Observador, Cabecera de El Observador, Aguascalientes, 24 de noviembre de 1906, n.º 2 que Correa dirigía en Aguascalientes, unos pocos poemas sentimentales -«Promesa», «Del suelo nativo», en que la «novia imposible» empieza a localizarse en Jerez-, y una serie de crónicas de sociedad en la que presta atención a las celebraciones del culto católico prohibidas por una legislación anticlerical que ocasionalmente se ponía en práctica, o a la preocupante norteamericanización de las costumbres. Su poesía y su prosa forman ya un sistema de vasos comunicantes y mantendrán una evolución paralela en temas y estilo, desde el dulzón romanticismo inicial hasta la fuerte modernidad última. Correa también animó al grupo de Bohemio a participar en la polémica sobre «la segunda Revista Azul», un episodio menor de la guerra literaria modernista pero de implicaciones complejas y valor simbólico en la cultura mexicana de la época.

Portada de la segunda Revista Azul, México, marzo de 1907, tomo VIEn abril de 1907 el periodista conservador y sensacionalista Manuel Caballero reflotó la mítica Revista Azul de Manuel Gutiérrez Nájera bajo el lema «¡Guerra al decadentismo! Restauremos el arte limpio, sano y fuerte». Un programa extemporáneo y provocativo porque el modernismo, el movimiento que Revista Azul había promovido en México, hacía tiempo que había dejado atrás su polémico decadentismo inicial y había sido aceptado por el público burgués. Portada de la Revista Moderna, México, 1.ª quincena de junio de 1903, año VI, n.º 11 Caballero estaba atizando los rescoldos de viejos prejuicios y aprovechando oportunistamente la campaña integrista del nuevo papa Pío X, quien ese año condenó el «modernismo teológico» como síntesis de todas las herejías. De esta forma buscaba en realidad atacar al grupo de Revista Moderna, considerado el continuador de Revista Azul, con el que mantenía una antigua rivalidad, y dentro de éste, al ministro de Educación Justo Sierra, su enemigo personal, cuyos planes de reformar desde dentro la educación positivista volvían a suscitar la oposición católica. La iniciativa de Caballero provocó el rechazo decidido de un grupo de jóvenes intelectuales de la capital, liderado por Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Antonio Caso, que se había dado a conocer en Revista Moderna y había fundado una prolongación juvenil de ésta, Savia Moderna (1906); y que más tarde se constituyó en Sociedad de Conferencias (1907), Ateneo de la Juventud (1909) y finalmente Ateneo de México (1912), razón por la que se le conoce como Generación del Ateneo o del Centenario. Sus miembros se consideraban los legítimos herederos de la tradición modernista mexicana, a la que quisieron dotar de una base filosófica y humanista, clásica y universal. Pedro Henríquez Ureña Ante la reaparición de Revista Azul -«segunda época» según su director, «apócrifa» según ellos-, publicaron una «Protesta literaria» y organizaron una manifestación de desagravio a Gutiérrez Nájera bajo el lema «Arte Libre». Caballero trató de defenderse con las «contraprotestas» de escritores conservadores de provincias que se negaban a reconocer a los metropolitanos como los representantes naturales de la intelectualidad mexicana. Entre ellas, la de la «Juventud de Aguascalientes» firmada por Eduardo Correa y sus adalides de Bohemio. Pero lo cierto es que la campaña de la nueva Revista Azul se basaba en una identificación tan parcial como tardía entre modernismo y decadentismo, tuvo muchas dificultades para justificar teóricamente sus ataques y para proponer verdaderas alternativas literarias, cayó en continuas contradicciones, los escritores consagrados le hicieron el vacío y al sexto número tuvo que suspenderse. Lo único que consiguió fue dar a los ateneístas la ocasión propicia para autoproclamarse públicamente como la «nueva generación intelectual» y para convertirse en los mejores aliados del proyecto educativo de Justo Sierra. A su vez, nadie pareció recordar siquiera que entre los anacrónicos y derrotados «mochos» y «académicos» de provincia estaba el joven López Velarde, quien enseguida se libró de sus prejuicios, se apropió de manera conflictiva pero también personal del modernismo, y terminó superando en modernidad poética a los propios ateneístas.

De derecha a izquierda: Ramón López Velarde, su tío Salvador Berumen y su hermano mayor Jesús (ca. 1907) 1908 fue un año importante. En enero se trasladó a San Luis a estudiar Leyes y en noviembre murió su padre, a quien dedicó una elegía que nunca publicó, con algunos versos directos y sentidos: «Todo lo evoco, Padre: tus quejidos;/ tus palabras postreras; la voz triste/ con que te habló tu hermano sacerdote;/ la mañana de otoño en que moriste». La familia quedó en la ruina y los tíos maternos tuvieron que hacerse cargo de ella. Acordaron que la madre y los pequeños volvieran a Jerez, y que Ramón terminase derecho y Jesús, su siguiente e inseparable hermano, hiciera medicina. La responsabilidad como cabeza de familia pesó siempre en el ánimo del primogénito y explica muchos de sus comportamientos posteriores.

Alameda de San Luis Potosí El ambiente de la escuela de leyes -puede pensarse que incluso la muerte del padre-, contribuyeron a liberalizarlo algo literaria y políticamente. Por primera vez leyó a los modernistas. En los artículos que siguió enviando a los periódicos de Correa se retractó de la «sandez antimodernista», de su pasado que, aunque inmediato, veía como «la remota puericia, colmada de retóricas de deplorable facilidad y pedantes hipos», y aceptó un modernismo «racional» y «sano», no decadente. Sus poetas predilectos hasta 1915 fueron el mexicano Amado Nervo y el español Andrés González Blanco, ambos provincianos y exseminaristas como él.

Amado Nervo Los libros de Nervo, de Perlas negras y Místicas (1898) a En voz baja (1909), le revelaron el repertorio del modernismo, las diferentes maneras de expresar artísticamente el «Reino interior», la inquietud de «Psiquis» oscilante entre la fe y el escepticismo, el erotismo y el misticismo. González Blanco le condujo hasta la poesía de la «provincia», una temática ya explorada por la novela decimonónica, pero que a partir de los simbolistas tardíos Georges Rodenbach y Francis Jammes volvía a sonar con nuevos matices, y con la que los públicos lectores nacionales de clase media, muchos de ellos procedentes de la emigración a las capitales, podían identificarse mejor que con la elitista y exotista escenografía del primer modernismo. Los poemas de González Blanco se difundieron desde 1905 por revistas españolas y mexicanas, y en 1910 aparecieron reunidos en Poemas de provincia. A partir de un débil pretexto argumental -el poeta, bajo la figura de un confuso exseminarista, evoca su frustrado primer amor espiritual-, el libro despliega un prolijo catálogo de motivos «provincialistas»: la paz muerta de una ciudad eclesiástica (en su caso transfiguración de la vetusta Oviedo), el vagabundeo por callejas y plazas recoletas, el secreto de casonas y conventos tras cuyas ventanas se marchitan mujeres y suenan pianos lastimeros, el aburrimiento de las tardes de domingo, la lluvia, la estación por la que los trenes pasan como la vida, el deseo de huir y la renuncia. Un pequeño mundo que, confrontado con el de la gran capital, muestra su doble faz de poesía y prosa, refugio y prisión, nostalgia y hastío. López Velarde encontró en Poemas de provincia un ejemplo concreto de cómo tratar literariamente su propia realidad y su historia sentimental.

Portada de Andrés González-Blanco, Poemas de provincia y otros poemas, Madrid, Librería de los sucesores de Hernando, 1910 Desde 1908 comenzó a referirse a Josefa de los Ríos con el nombre poético de «Fuensanta». Seguramente pensaba ya consagrarle un libro exclusivo. Animado por Correa, que se ofreció a publicarlo en El Regional de Guadalajara, preparó en 1910 una primera versión de La sangre devota, subtitulada Salmos viejos en lírica nueva, dedicada a la memoria de su padre, cuyo manuscrito se conserva en la Academia Mexicana. Afortunadamente el proyecto no se realizó y el libro se editó seis años después con el mismo título pero muy modificado. Para entonces la Revolución lo había transformado todo.

Manuscrito de La sangre devota (1910), portada Como muchos mexicanos, sobre todo jóvenes profesionales de clase media, López Velarde descubrió en 1908 la pasión política. Porfirio Díaz anunció que México estaba listo para la democracia y que pensaba retirarse el año del Centenario. Aunque no tardó en desdecirse y en postularse nuevamente a la presidencia, la inquietud desatada fue imparable. A comienzos de 1909 López Velarde leyó La sucesión presidencial, donde Francisco I. Madero exponía sus ideas para una transición pacífica a la democracia. En octubre publicó un valiente artículo titulado «Madero», en el que elogia su figura («Este fronterizo vale, por su hombría, más que los políticos sin sexo de la ciudad de Méjico») pero le recrimina la ingenuidad de pensar que el dictador estaba dispuesto a ceder siquiera la vicepresidencia. En 1910 Madero pasó a encabezar un movimiento de oposición abierta pero aún dentro de la legalidad. En marzo visitó San Luis para recabar apoyos. López Velarde lo conoció personalmente y poco después participó como secretario en la fundación del Partido Antirreeleccionista Potosino. En marzo Madero se presentó como candidato a la presidencia y emprendió una gira por los estados, que incluyó nuevamente San Luis. El gobierno respondió aumentando la represión. En junio Madero fue detenido y trasladado a San Luis, donde permaneció preso mientras se celebraban las fraudulentas elecciones y las fastuosas fiestas del Centenario. Parece que López Velarde colaboró como pasante con sus abogados defensores. Pero no hay dato que confirme la leyenda de que intervino en la redacción del «Plan de San Luis», por el que, una vez agotado hasta el último recurso y consumada la reelección de Díaz, Madero convocó a los mexicanos a levantarse en armas. Y ya sea por sus obligaciones familiares o por cualquier otra causa, durante los meses de lucha López Velarde permaneció en San Luis terminando los estudios y siguiendo con preocupación los acontecimientos.

Doctor Jesús López Velarde, hermano mayor del poeta (1921) Se sabe que, inmediatamente después de la caída de Díaz, López Velarde hizo un viaje a México, probablemente con el objetivo de posicionarse en la nueva situación, y que intentó, sin conseguirlo, ver a Madero. En octubre de 1911 obtuvo el título de abogado y durante poco más de un mes actuó como Juez de Primera Instancia en el pueblecito de Venado, estado de San Luis, e hizo varias protestas de fe en el nuevo y ya cuestionado presidente: «Francisco I. Madero, a cuya obra extraordinaria debemos los mejicanos poder vivir una vida de hombres», escribió en El Regional. Volvió a viajar a México, fue recibido por Madero, pero lo único que logró fue un puesto insignificante de actuario de juzgado, que abandonó a los pocos días. Su hermano Jesús habló de su repugnancia para ejecutar mandamientos judiciales, pero cabe imaginar su decepción. Seguramente la filiación católica y la no participación en hechos de armas levantaban suspicacias y obstaculizaban su ascenso dentro del nuevo régimen.

Portada de Eduardo J. Correa (1939) Durante la campaña antirreeleccionista Madero se había mostrado conciliador con la Iglesia, y López Velarde llegó a esperar que los católicos fueran aceptados y participaran lealmente en un México más democrático y tolerante. Pero nada más estallar la Revolución leyó alarmado las declaraciones de apoyo al dictador de varios obispos. Temía, como finalmente sucedió, que la Iglesia fuera identificada en su conjunto con la contrarrevolución. Cuando la caída de Díaz era inminente, un grupo de personalidades católicas fundó, con la bendición de parte del episcopado, el Partido Católico Nacional, de inspiración demócrata cristiana, que durante el gobierno interino apoyó la candidatura de Madero. En junio de 1912 Eduardo J. Correa fundó su órgano periodístico, La Nación de México. Durante la presidencia democrática de Madero, López Velarde militó en el Partido y escribió un considerable número de artículos políticos para La Nación. Empezó haciendo propaganda para las elecciones legislativas de ese año, a las que él mismo se presentó sin éxito como candidato suplente de Jerez. Y en los meses siguientes fue muy crítico con el «jacobinismo» de las autoridades maderistas de San Luis y Aguascalientes -algunos antiguos colegas suyos, otros oportunistas de última hora-, y con la «bárbara» revolución social encabezada por Zapata. En ningún momento se pronunció contra el legítimo y honrado presidente, incapaz de hacer frente a la ferocidad de revolucionarios y reaccionarios.

Ramón López Velarde a los 23 años (1911) En febrero de 1913, días después de firmar su último artículo para La Nación, presenció con tristeza y horror los acontecimientos de la «Decena trágica»: el golpe contrarrevolucionario, el asesinato de Madero y la usurpación del poder por el general Huerta. También fue testigo de cómo los responsables del Partido Católico se plegaron a la dictadura huertista, y de cómo los revolucionarios constitucionalistas encabezados por Carranza acusaron a la Iglesia de colaboracionismo. La Revolución sumó en su espiral de violencia las persecuciones anticlericales. No se sabe con certeza si López Velarde viajó por última vez a Jerez, a ayudar a su familia a trasladarse a la capital, que era pese a todo un lugar más seguro que el interior. Él se retiró a San Luis y aguardó poniendo un bufete de abogado. En los últimos meses del año escribió para El Eco de San Luis, con el pseudónimo «Tristán», la serie de prosas «Renglones líricos», que vuelven sobre la figura de Fuensanta y proyectan en ella sus temores y sombras. La imaginó -como a sí mismo, a la Iglesia y a la provincia-, más sola, agonizante y amenazada de muerte que nunca. En enero de 1914, en un clima de creciente inseguridad, optó por reunirse con su familia en México. En junio, días antes de la toma de Zacatecas, que decidió la caída de Huerta, las tropas villistas asesinaron a su tío el sacerdote Inocencio. Enseguida las facciones revolucionarias se enfrentaron entre sí. Carranza y su general Obregón, contra Villa apoyado por Zapata. El año terrible de 1915, en que los ejércitos se disputaron la capital y el caos pareció llegar al límite, terminó con el triunfo del carrancismo y con la esperanza de que el futuro no podía ser peor.

Ramón López Velarde en 1915 frente a su casa de Avenida Jalisco (hoy Álvaro Obregón), en la capital 1915 marcó también una divisoria para López Velarde. Emergió de la experiencia de caos, terror y aislamiento, transformado, decidido a hacerse escritor, con una conciencia más lúcida de su oficio, que le llevó a encontrar en poco tiempo su sitio dentro de la literatura mexicana. En los seis años siguientes dejó escrita su obra de madurez. Ésta se corresponde con el periodo en el poder de Carranza, cuando intelectuales de diferente procedencia se esforzaban por adaptarse al nuevo régimen, y tiene su epílogo durante los primeros momentos de consenso de la presidencia de Obregón, cuando Vasconcelos logró unirlos a todos bajo el impulso del nacionalismo cultural.

Enrique González Martínez Dentro del panorama poético de esos años el maestro consagrado era Enrique González Martínez, el autor del famoso «Tuércele el cuello al cisne» (1910), cuya poesía reflexiva y moral había sabido adaptar, según la autoridad crítica de Henríquez Ureña, lo más profundo del simbolismo al carácter clasicista, mesurado y discreto propio de la tradición mexicana. Los únicos que escaparon de su influencia y ofrecieron alternativas, fueron Ramón López Velarde y José Juan Tablada. De edades y procedencias distintas, los dos se hicieron amigos durante los turbulentos años del maderismo y el huertismo, y presintieron la necesidad de una renovación poética. López Velarde la iba a llevar a cabo desde dentro de México, ahondando y minando los fundamentos mismos de la poesía modernista; Tablada, desde el exilio y adoptando las novedades de la vanguardia internacional. En 1922 los jóvenes poetas que habían seguido a González Martínez reaccionaron contra su paralizante moderación posmodernista y se reconocieron en el atrevimiento y la curiosidad de López Velarde y Tablada. Si González Martínez fue, como dijo Henríquez Ureña, el «dios mayor» del parnaso mexicano modernista, López Velarde y Tablada fueron, como añadió Xavier Villaurrutia, «el Adán y la Eva» con cuyo pecado se fundó la poesía contemporánea de México.

Pedro de Alba, médico y diputado amigo del poeta, retratado por Saturnino Herrán En 1915 López Velarde se reencontró con sus amigos Pedro de Alba y Fernández Ledesma, a los que se sumaron otros provincianos instalados en la capital: el pintor Saturnino Herrán, el escritor Artemio del Valle Arizpe y el periodista Jesús B. González. Se integró en nuevas publicaciones y editoriales: Revista de Revistas dirigida por José de Jesús Núñez y Domínguez, Vida Moderna de Carlos González Peña, la colección «Cvltvra» de Agustín Loera y Chávez y Julio Torri. Conoció a los escritores Rafael López, Alfonso Cravioto, José D. Frías o «Ricardo Arenales». Asistió a los cursos del filósofo espiritualista Antonio Caso, quien en los momentos más duros de la Revolución trató de mantener viva la herencia del disperso Ateneo; y en ellos conoció a otra mujer decisiva para su literatura, «la dama de la capital», cuya identidad, nunca revelada abiertamente por López Velarde ni tampoco por quienes la conocieron hasta más de medio siglo después, correspondía a Margarita Quijano, maestra de la Normal, diez años mayor que él, una mujer de cultura y posición social superiores a la lejana, modesta y ya insuficiente Josefa, que lo deslumbró y con la que inició una relación que también terminó en fracaso.

Margarita Quijano («La dama de la capital»), amada del poeta Las nuevas experiencias se correspondieron con los descubrimientos literarios. Si sus primeras lecturas modernistas podían resumirse en las obras menores de Nervo y González Blanco, las que determinaron su salto cualitativo a la modernidad incluyen a Valle Inclán, Herrera y Reissig, Luis Carlos López, Tablada o Efrén Rebolledo, y pueden cifrarse en tres grandes nombres: el Lugones crítico del modernismo, el Laforgue crítico del simbolismo, y el Baudelaire crítico del romanticismo.

Leopoldo Lugones fue introducido en México por Tablada, y López Velarde lo consideró «el poeta sumo», «el más excelso o el más hondo poeta de habla castellana», el único que podía heredar (no González Martínez) «la corona y el cetro» de Darío. En la varia obra lugoniana, muy especialmente en el Lunario sentimental (1909), aprendió el uso poético de lo antipoético, el vocabulario inusual, la imagen sorprendente y la rima humorística, y comprendió que, con la modernidad, la poesía se había convertido en «un sistema crítico» de sí mismo. A su vez, Lugones lo llevó a la poesía disonante, irónica y tristísima de su modelo, Les Complaintes y L'Imitation de Notre-Dame la Lune de Jules Laforgue. Pero López Velarde, siempre inconfundible, es menos intelectual y frío que Lugones; y su religiosidad lo salva de la desolación de Laforgue.

Portada de Carlos Baudelaire, Las flores del Mal En cuanto a la influencia de Baudelaire, es un tema debatido, pero predomina la opinión de Villaurrutia de que López Velarde reconoció en el autor de Les fleurs du mal no sólo al prototipo -el poeta moderno por antonomasia-, sino a un espíritu afín. No importa que lo leyese en francés o traducido, en las versiones de Eduardo Marquina de 1905 y 1916 o en la edición de André Gide de 1917, que lo hiciese por extenso o en antologías, como en la muy difundida del simbolismo que publicaron Díez Canedo y Fortún en 1913, lo que importa es que López Velarde fue más allá de los motivos fetichistas y macabros que atrajeron a los primeros decadentes mexicanos (Tablada, Bernardo Couto o el dibujante Julio Ruelas), y que de algún modo penetró en la médula de su literatura. Modernos antimodernos, católicos conflictivos, desgarrados entre el cielo y el infierno, Baudelaire y López Velarde comparten dramas similares: los que se derivan de la fascinación y el miedo al cuerpo, y de la conciencia sentida como don y pecado original, que simultáneamente acerca y aleja al hombre de Dios, que lo hace una criatura a su imagen y semejanza, y un desterrado del paraíso.Portada de Leopoldo Lugones, Poesías, Estudio de Antonio Castro, México, Cvltvra, tomo III, n.º 4, 1917 Sin la lectura de Baudelaire, López Velarde no hubiera hablado en sus poemas y prosas más patéticos y sensuales de «lo cruel» y «lo maligno», del «cuerpo famélico» y la «pordiosería del alma», de los hombros y las frentes agobiados por «las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco», del «temperamento de un maniqueo para pesar la trascendencia del mal», de la batalla «sin tregua entre las conclusiones de esterilidad y la gracia de Eva», de los instantes en que «la intensidad de la vida coincide con la intensidad de la muerte», o de «la simultaneidad sagrada y diabólica del universo». Como dijo Paz siguiendo a Villaurrutia: «Baudelaire es un espíritu incomparablemente más rico y profundo pero López Velarde es de su estirpe». La riqueza incluye mayor maestría formal, y la profundidad, mayor valentía. López Velarde no se rebela sino excepcionalmente y no lleva su rebelión al límite, no reniega ni emprende el viaje hacia lo desconocido, termina siempre implorando perdón y pidiendo reintegrarse a la fe de sus mayores.

Portada de La sangre devota, México, s. n., 1916 A partir de 1915 López Velarde volvió con nuevos ojos, con creciente distancia y con creciente nostalgia, a su mundo infantil. Recuperó el viejo manuscrito de La sangre devota, lo retocó, le quitó y añadió poemas, y lo publicó en enero de 1916 en la editorial de Revista de Revistas. La portada de Saturnino Herrán representa una joven enlutada sobre el fondo de la Iglesia de Churubusco. La antigua dedicatoria personal a su padre ha desaparecido, sustituida por otra literaria a «los espíritus de Gutiérrez Nájera y Othón», que representarían lo aceptable del modernismo y lo salvable del academicismo, el encuentro entre la capital y la provincia. El libro está concebido como un cancionero o, mejor, un devocionario en honor a Fuensanta y a la provincia lejanas. Pero la unidad temática no oculta que en él se barajan poemas de épocas y calidades diferentes. Los más antiguos, los anteriores a 1915, son desafinados ejercicios sentimentales, y es difícil que alguien pueda hoy encontrarles más que un trasnochado encanto kitsch. Aun así resultan imprescindibles para entender la manera en que López Velarde configuró literariamente, desde el principio hasta el final de su vida, la imagen de Fuensanta y cómo, a través de ésta, fue dando sentido a su propia historia interior.