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Raúl Zurita

El autor: Apunte biobibliográfico

La producción poética de Raúl Zurita construye una «obra en progreso» compuesta por varias decenas de libros que vinculan temas principales como son la naturaleza chilena y la memoria histórica, a través de los siguientes títulos: Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) (en España: 1996; en Estados Unidos la University of California Press sacó una edición bilingüe en 1986, trad.: Jack Schmitt), Literatura, lenguaje y sociedad (1973-1983), ensayo (1983), El paraíso está vacío (1984), Canto a su amor desaparecido (1985), El amor de Chile (1987), La vida nueva (1994), Canto de los ríos que se aman (1997), El día más blanco (1999), Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio, ensayo, (2000), Poemas militantes, (2000), INRI (2003) (Visor, 2004; Casa de las Américas, La Habana, 2006), Mi mejilla es el cielo estrellado (2004), Poemas, antología (2004), Tu vida derrumbándose (2005), Mis amigos creen (2005), Los poemas muertos, ensayos, (2006), Los países muertos (2006), LVN. El país de tablas (2006), Poemas de amor (2007), Las ciudades de agua (adelanto de Zurita, 2007), In memoriam (2008), Cinco fragmentos (adelanto de Zurita, 2008), Cuadernos de guerra (adelanto de Zurita, 2009), Poemas 1979-2008, antología (2009), Sueños para Kurosawa, (adelanto de Zurita, 2010), Zurita (2011) (en España: Salamanca, 2012; en México: Aldus, México D.F., 2012), Zurita x 60: textos críticos sobre su obra y su ensayo «Los Poemas Muertos» (2011). En 2013 Zurita, tras la publicación en Chile, México y España, ha obtenido un importante reflejo y valoración crítica. Su obra está traducida a varios idiomas.

Esta dilatada trayectoria le ha valido la obtención de prestigiosos premios literarios y distinciones: Beca Guggenheim (1984), Premio Pablo Neruda (1988), Premio Pericles de Oro 1994 (Italia), Premio Municipal de Santiago de Poesía 1995 por La vida nueva, Premio Nacional de Literatura de Chile (2000), Beca Künstlerprogramm DAAD (Berlín, 2002), Premio José Lezama Lima 2006 por INRI (Cuba), Premio de la Crítica de Chile 2012 por Zurita (Chile).

Su obra ha desarrollado un «crescendo» que se pliega a recorridos por la intimidad, por la biografía personal, por la metaforización de la historia y, sobre todo, por la recreación de naturalezas y músicas. Sin duda la naturaleza es el mejor referente del lenguaje de Raúl Zurita: emocionan sus ríos, sus cielos, sus montañas, que se transfiguran en la memoria personal y familiar. Esta última hace otra vez emerger recuerdos en textos en los que el poeta configura una soledad, que es desvalidez, y que es también abandono y afirmación en la historia.

Su palabra crece en la observación de «pequeños tipos rotos en un pequeño país roto», y lo de «país roto» es una insistencia memorial de quien vivió y sufrió su país en tiempos de desolación y dictadura, padeciendo persecución en la misma y abriendo un exilio por otras naturalezas de las que crean memoria.

Merecen destacarse sus últimos textos, con recuerdos y sueños de un protagonista llamado Kurosawa que filmaría la naturaleza y la desdicha; sueños con Beethoven en medio del silencio del desierto de Atacama; imaginación visionaria en la que hay un continuo vislumbrar la naturaleza desde referentes culturales; imaginación desbordada la de Zurita que recala en arbitrarios imaginativos que, más que deudores a la construcción surreal, son homenaje al desquiciamiento que la soledad ampara, en un diálogo frenético entre lo privado y lo público que tiene como interlocutor privilegiado a la naturaleza.

Poemarios chileno-dantescos como Purgatorio, Anteparaíso, La vida nueva están entre lo mejor de una producción continua, hasta llegar al reciente Zurita (2011), donde más de setecientas páginas de poesía nos entregan a una de las grandes voces de comienzos de este siglo.

Zurita son poemas en los que se recogen desde «ruinas» de los anteriores a una imaginación que tiene que ver con el apocalipsis. No son unas «obras completas», puesto que los fragmentos del pasado se articulan como «obra en progreso» que está basada en la biografía, la experiencia y la reflexión cultural sobre la que el autor ha insistido. Es de nuevo la perspectiva de la construcción de la «obra» la que explica tanteos, juegos, incertidumbres.

La biografía se articula a partir de un momento dramático, para el poeta, su país y las esperanzas: el atardecer del 10 de septiembre de 1973, en Chile; la noche sucesiva hasta el día 11 y el amanecer de ese mismo día en el que un golpe de estado fascista truncó millares de vidas y trasformó la de un joven arrojado a las bodegas de un carguero de nombre Maipo, donde fue torturado.

Esta referencia biográfica articula el libro Zurita que, sin embargo, no construye una poesía política, sino una reflexión sobre el vivir repleta de angustia y desolación: las imágenes van construyendo un espacio de la palabra en el que un hombre asume referencias universales, destructoras de la historia contemporánea (desde la propia experiencia chilena a la bomba de Hiroshima), enhebradas en un diálogo en el que se juntan experiencias de la infancia, con amores, desamores, vidas, muertes, desaparecidos, en una naturaleza que hay que reescribir, en experiencia construida por situaciones vividas en el pasado: textualizar la naturaleza es escribir materialmente sobre la misma (en el cielo de Nueva York, en el desierto de Atacama, en los acantilados del Pacífico) una palabra que a veces tiene a Dios como centro para afirmar finalmente la interrogación esencial desde la nada que la poesía construye.

La naturaleza es un centro de construcción también de esta poesía: mares, ríos, cielos o desiertos manifiestan, más que un entorno, el espacio de un mundo en el que una glaciación anuncia su final, en una profecía de destrucción que pasa por diálogos familiares, imágenes bíblicas, o referentes culturales que, desde Dante a Whitman, (invertido en su profecía de naturaleza regeneradora), desde el pintor Francis Bacon al novelista Hermann Broch (por citar recientes encuentros nuestros), anuncian el orden disperso de un mundo en el que seguimos viviendo, con dolor, tragedia, desolación y un resquicio de esperanza que sólo tiene resolución en la palabra poética imposible, la que no se puede explicar, sobre la que hemos preguntado una y otra vez al poeta y con la que incluso nos hemos emocionado.

José Carlos Rovira
(Universidad de Alicante)