Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

  —161→  

ArribaAbajo- V -

Penetremos ahora al Convento.

Traspasada la puerta principal de ingreso nos encontramos ante un inmenso patio porticado de 29 metros por lado, ceñido por una doble galería superpuesta de arcos semicirculares apeados sobre columnas cortas, de origen quiteño, originarias del claustro franciscano del siglo XVI, y que se levantan de unas muy altas bases. La galería inferior tiene 36 arcos y 72 la superior y, ambas, 3 metros 67 de anchura. Los arcos de aquella tienen acusado su trasdós por medio de una fina moldura saliente; no así los de la galería superior que se presentan llanos. Hasta hace algún tiempo; la arquería de ésta era baja; pero en una de las tantas reconstrucciones del Convento, atormentado por frecuentes y terribles terremotos, se quiso dar mayor luz al claustro y se levantaron las columnas de los arcos sobre las altas bases que hoy los sostienen. La galería inferior concluye en una cornisa denticular; la inferior, más sencilla, remata en unos canecillos de madera sobre los cuales vuela el tejado.

El patio es enladrillado y lo fue siempre, a juzgar por la inscripción que se encuentra grabada en la piedra del frente de una de las columnas: «Este patio se enladrilló 2.ª ves el A.º de 1804». Lo curioso, y que da idea del magnífico material empleado entonces en las construcciones de ladrillo, es lo intacto que se encuentra aquel embaldosado, a pesar de que muchas veces, ese patio sirvió de plaza de toros en las grandes fiestas conventuales. En el centro está la preciosa fuente concluida en 1653 acerca de la cual nos expresamos antes de ahora, de la siguiente manera:

Su única e inmensa taza, de redondeada forma, es de una sola pieza de piedra, decorada en su parte exterior con cuatro niños, que siguiendo con su cuerpo la convexidad de la taza, abren sus brazos lo más que pueden para asirse de las orejas de unos mascarones grotescos que cierran los caños por los que se derrama el agua sobre la fuente. La taza se eleva sobre un fuste de planta octogonal, decorado con otros cuatro niños, que, con sus bracitos levantados en alto se agarran, para no caer en el agua, de unas guirnaldas que rodean el fuste, sujetas a cuatro argollas figuradas en los paneles intermedios entre los ocupados por los niños. Corona la fuente un hermoso grupo formado por delfines, sobre los cuales se   —162→   muestra, medio sentado, como rey de las aguas, Neptuno con su tridente en la mano derecha, desgraciadamente hoy en pedazos. La pila de la Merced tiene, más que un precioso color pintoresco, el acento bien marcado de una gran composición decorativa escultórica, la belleza de sentimientos en su línea general y en la masa de sus detalles, la delicadeza de ejecución en las carnes lisas y sanas de los niños, y la admirable expresión de bonomía en la figura del simpático Neptuno, cuya cabeza es un trozo magnífico escultural, si sólo se considera la modelación de la cara o la expresión real de sus facciones y no se quiere admirar la técnica del cabello y de las barbas, que tanto daba que hacer aun a los más grandes escultores castellanos en madera.



En uno de los ángulos de aquel mismo patio se encuentra ahora una cruz de piedra, el antiguo humilladero que adornó durante varios siglos la esquina del atrio de la iglesia; en un principio, formando apoyo a la balaustrada que lo cerraba y, luego, aislada como un verdadero monumento de la piedad cristiana del pueblo de Quito. La cruz descansa sobre un dado en cuyas caras se han representado a los cuatro evangelistas y se eleva de una preciosa base cúbica de elegantes molduras en cuyo frente se halla grabado el escudo de la Orden Mercedaria y en uno de los lados, la fecha del año 1927 en que fue colocada en aquel patio, a los 30 años de haber sido eliminada del atrio en donde fue originalmente levantada. Cuatro leones decoran los cuatro ángulos de la base, en su parte superior.

La galería baja que rodea el patio es, empedrada y en cada una de sus cuatro esquinas hay dos arcos de descarga de la arquería hacia los muros, sobre ménsulas agallonadas de un tipo muy repetido en la arquitectura religiosa quiteña, como que en los conventos de San Francisco y de San Agustín, los encontramos iguales empleados en el mismo caso, lo que manifiesta que en aquellos tiempos, en Quito, se hacía la arquitectura en serie.

La galería era, según ya vimos en uno de los capítulos anteriores, cubierta con un artesonado de madera dorada, del que apenas se conservan unos florones que los frailes han colocado para adorno del reverso del entablado del claustro superior; pero de cuyo valor artístico se puede juzgar por los cuatro artesonados de los ángulos de la galería, en donde se encuentran los cuatro hermosos retablos tradicionales de los patios conventuales quiteños: Estos retablos, ejecutados en 1651 por Gabriel Guillachamín y Antonio Gualoto son muy, semejantes en su planta y organización   —163→   y apenas se diversifican por la ornamentación del fuste de sus columnas y algún otro detalle. Todos ellos tienen basamentos casi idénticos, cuatro columnas en el cuerpo principal que flanquean a un nicho central igual en todos y a dos paneles laterales, esculpidos estos, unas veces, o pintados, otras; y, encima, como remate, un panel central entre estípites o columnas y dos chicos laterales.

Los retablos estaban antes consagrados a San Juan, San José, San Ramón y San Pedro Nolasco, cuyas imágenes, esculpidas las dos primeras por Guillachamín, ocupaban los nichos centrales. Mas como se han eliminado esas estatuas y las de San Ramón y San Pedro Nolasco, que son las únicas que se ven en dos de esos retablos, no son las que allí se pusieron en sus primeros tiempos, es difícil individualizar con el nombre de los santos patronos, y poder de esa manera distinguir esos retablos. Procederemos, pues, para nuestro estudio comenzando por el que se encuentra más cercano a la portería, casi junto a ella, a la mano izquierda de la entrada al claustro principal.

Tiene este retablo cuatro columnas de capitel compuesto y fuste estriado en zig-zag horizontal, con su tercio inferior decorado con cuatro ángeles hieráticos entre guirnaldas de frutos. Entre esas columnas hay un nicho central ocupado por una mala estatua de San Ramón Nonato y dos paneles con las figuras de San Pedro Nolasco y el Rey don Jaime de Aragón, en medio relieve. Sobre las columnas corre un entablamento que, si es completo encima de los paneles, interrumpe su arquitrabe y friso en el centro, por la excesiva altura del nicho principal; y, luego, termina encima de la cornisa, en un gran panel cuadrangular sobre el eje central, enmarcado en un gran moldurón que remata en un tímpano interrumpido sobre dos estípites. En ese panel hay un cuadro de Joaquín Pinto que representa, en un gran paisaje, a la Virgen de las Mercedes con el Niño en brazos y San Pedro Nolasco, a sus pies. Todo este retablo descansa sobre un estilobato, cuyas partes salientes que comprenden a las cuatro columnas antedichas que decoran y componen el cuerpo principal, se hallan adornadas preciosamente con cuatro Santos Mártires de la Orden Mercedaria, y las restantes con decoración lineal. Termina este cuerpo, en sus extremos con un elegante elemento de unión que se ve mucho en los retablos para resolver el tránsito de lo horizontal a lo vertical, compuesto de un motivo ornamental mixtilíneo que baja desde la cornisa del entablamento hasta la base. Este elemento que siguiendo a los italianos del Renacimiento, lo introdujeron también en los vanos   —164→   los arquitectos americanos, se lo ve muy graciosamente resuelto en todos los cuatro retablos de que nos ocupamos. A los lados del cuerpo superior se hallan colocados, esporádicamente, dos cuadros del venerable fray Berengario Icarte y de San Pedro Pascual.

El retablo siguiente, muy semejante al anterior, tiene su estilobato sin ninguna figura humana, y sólo con decoración lineal a paneles; sus cuatro columnas con capitel dórico son estriadas oblicuamente en los dos tercios superiores de su fuste y con decoración floral estilizada en el tercio inferior. El nicho central idéntico al del primer retablo, vacío, y los paneles laterales pintados con las figuras de San Judas Tadeo y San Simón Apóstol. Lleva un precioso entablamento completo a todo lo ancho del retablo y en el centro un frontón interrumpido. El cuerpo superior tiene tres paneles: uno grande en el centro con un cuadro de San Miguel, y dos chicos a los flancos, con los cuadros de San Antonio y San Ambrosio: dentro de molduras con frontón interrumpido. Estos, y aquel, entre dos columnas estriadas oblicuamente en el tercio inferior de su fuste y, perpendicularmente, en el resto. Los paneles del cuerpo principal, se han adornado con pequeñas tarjetas rectangulares y frontón interrumpido, como para guardar uniformidad en toda la decoración del retablo.

Semejante también a los anteriores es el tercer retablo; sólo que las columnas retorcidas del cuerpo principal son medio salomónicas con guirnaldas de hojas en la parte convexa, y las del cuerpo superior tienen su fuste con ornamentación de cesta y su tercio inferior, floral. En los paneles bajos, cuadros de San Pedro Pascual y Santa Natalia, modernos, copiados de Pinto por el padre Santamaría, su discípulo; y en el alto la figura de un santo mercedario con los atributos de obispo, en el fondo de un paisaje. A los lados se han colocado dos cuadros de los venerables fray Bernardo de San Román y fray Miguel de las Llagas Descalzo.

Más completo que los anteriores, pero siempre del mismo estilo, es el último de estos cuatro retablos, que se halla junto a la escalera, en el tránsito del primero al segundo claustro bajo. Su estilobato, en vez de basas para las cuatro columnas del cuerpo principal, tiene cuatro ménsulas, y las columnas, con imbricaciones largas como hojas en el fuste que se desprende de su base entre una hilera de hojas de acanto. Las dos columnas del cuerpo superior llevan en su fuste imbricaciones en punta de diamante, menos en su tercio inferior, que tiene decoración lineal a rombos. Los paneles bajos son ocupados por dos telas que representan a San Pedro   —165→   Armengol y Santa María del Socorro; los altos laterales, por otras dos con las figuras de los venerables fray Raimundo de Blanes y fray Pedro Urraca, y el central, un hermoso cuadro de Joaquín Pinto, que también ha pintado una Virgen en la parte superior del cuadro de San Pedro Armengol. El nicho central del retablo lo ocupa la estatua de San Pedro Nolasco. Recordemos que los cuadros de tres de estos retablos fueron pintados en 1651 por Antonio Gualoto.

Antiguamente, y hasta fecha no muy lejana, las paredes de la galería baja de este patio, se hallaba íntegramente decorada con una gran colección de cuadros que representaban escenas de la vida de San Pedro Nolasco, de la que hoy apenas se conservan unos pocos. Muchos de ellos, mal cuidados y destruidos por la acción del tiempo, sirvieron, retaceados, para acarrear barro en las obras de albañilería del Convento. Fuera de los que han quedado, se ven también otros de escenas religiosas y edificantes, pero de escaso interés artístico. Al rededor del claustro se encuentran la antigua y la nueva portería, una entrada a la biblioteca y otra a la iglesia esta, con una gran puerta preciosamente tallada y hermosamente decorada con una variante de lazo morisco.

Dos escaleras monumentales de piedra dan acceso a la galería superior: la una de tres tramos y con dos descansos, tiene un pasamano magníficamente decorado, hermosos remates y un escudo de la Orden en su parte terminal incrustado en el muro; la otra, de dos tramos, si menos adornada, es más amplia, en sus escalones, más rica en sus remates y más noble por su pasamano, labrado a paneles moldurados sencilla y severamente. Además, el ambiente arquitectónico del que forma parte y en el que se halla, es verdaderamente magnífico. Abajo, el ángulo de la galería inferior se abre para dar paso hacia el segundo claustro, cubriéndose este pequeño rincón con bóveda de cañón preciosamente decorada con labores lineales de estuco, hasta una hermosa puerta por la que se penetra a dicho segundo claustro. Arriba, el ángulo de la galería superpuesta se halla cubierta con una bóveda cupular de planta cuadrada sobre pechinas, coronada por una linterna y decorada con anillas, clavos y paneles. La escalera, a su vez, se desarrolla, bajo una cubierta cupular elíptica sobre pechinas, también ornamentada, y recibe luz de una ventana con hermosa moldura, abierta sobre el muro en que se apoya el descanso que separa el primer tramo del segundo.

Alrededor de la galería superior se hallan las celdas, una entrada   —166→   al segundo claustro que conduce también directamente a la sacristía, otra para el coro y una segunda entrada a la Biblioteca del Convento, ademán de la que señalamos en la galería inferior.

Decoran sus paredes treinta telas pintadas dentro de sus respectivos marcos dorados, en las cuales se han representado escenas de la vida de San Francisco Javier. Esta interesante colección que antes perteneció a los jesuitas, fue cedida al convento mercedario en pago de una deuda. Obras del siglo XVIII, probablemente inspiradas en láminas italianas, como lo demuestran el abuso de los cortinajes en los fondos y la ampulosidad barroca y curvas de sus trozos arquitectónicos, son interesantísimas para el estudio del vestido y las costumbres en la sociedad quiteña de aquel siglo. Así en la escena del nacimiento del Santo, vemos el catre con grandes cortinajes de tisú con flecaduras y franjas, las alfombras y muebles de la habitación, que revelan lo que esta era en las casas de Quito de aquellos tiempos. En otros de los cuadros, vemos al Santo dictar su curso de filosofía en la Universidad de París o predicando en Malaca, a alumnos y fieles de ambos sexos con la indumentaria quiteña de ese siglo. Y cuando se contemplan dos de aquellos en que se han representado escenas de Hospital, ya podemos darnos cuenta cómo era el nuestro de San Juan de Dios en tiempo de los betlemitas, cuando las camas de los enfermos se hallaban hechas en nichos abiertos en los muros de sus salas, como aun se ve en los vestigios conservados en nuestro viejo hospital, el fundado en el siglo XVI por el presidente Santillán, bajo la advocación de la «Santa Caridad y Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo». Hasta un garito de juego de aquella época quiteña, podemos conocer en esas telas, que, por el aspecto artístico: son también muy hermosas y dignas de atención.

Pasemos a examinar el segundo claustro. Al rededor de un patio, hoy convertido en jardín con una fuente sencilla al medio, se encuentra aquel Claustro descabalado y en ruinas; pues no quedan del antiguo sino dos lados de la galería inferior, con otro a medio reconstruirse: el último está cerrado por el muro de la sacristía y una tapia que separa el jardín de la Escuela de San Pedro Pascual que sostienen y regentan, desde hace muchísimo tiempo, los religiosos mercedarios. Superpuestos a esta galería se encuentran una azotea, una ala completa de la antigua galería superior, reconstruida, y la Sala Capitular, de construcción moderna.

A la galería inferior se penetra por un hermoso arco de piedra, semicircular, íntegramente almohadillado, lo mismo en sus paredes   —167→   exteriores como en sus interiores e intradós. Este arco, de dovelas acodadas, descansa sobre dos pilastras, que se prolongan hacia arriba por el efecto que producen otros dos capiteles superpuestos. Con las molduras del último de estos, se ha formado un arco de círculo como remate de la composición, no sin haber tenido la precaución de relegar ese arco a segundo plano, a fin de conservar con las molduras salientes, la forma intacta de los capiteles superpuestos. Siguiendo la costumbre americana, la clave del arco se halla ornamentada con el monograma simbólico de la Virgen María.

Los dos tramos de la galería, los únicos que subsisten dan idea de lo que pudo y debió ser el segundo claustro. Se hallan formados por una hermosa arquería sobre gruesas pilastras acanaladas y finamente labradas en piedra. Para cubrir esta galería no se recurrió, como en la del primer patio, al artesonado en madera, sino al abovedamiento, dividiéndola en tantas secciones cuantos son los arcos de que se compone, y cubriendo cada sección con una bóveda plana, de planta cuadrada, apeada sobre pechinas y cuatro arcos de medio punto: dos formeros y dos fajones. El único tramo completo de esta galería tiene nueve arcos hacia, el jardín y nueve celdas hacia la calle: todos abovedados. El otro tramo, que va hacia la sacristía, sostiene una azotea y tiene uno solo de sus arcos la misma altura de los otros que dejamos descritos y los demás, más bajos. El tercer tramo inconcluso o destruido, tiene tres arcos externos completos y siete internos en el muro, sobre los cuales se apeaban las bóvedas hoy arruinadas.

El cuerpo central de las pilastras de la galería inferior se prolonga hasta la doble cornisa que soporta la galería inferior, formando de ese modo una pilastra separada que juega su papel en la organización y decoración de aquella arquería.

La galería superior tenía antes unos hermosos arcos semicirculares chicos organizados de la misma manera que los grandes de la galería inferior; pero eran, más ricamente moldurados y en cuadrados en un alfiz formado por las pilastras centrales de los flancos y la cornisa denticulada que sostenía el alero del tejado. Esto lo sabemos por los rastros que ha dejado la antigua edificación al destruirse. Hoy esa arquería es muy sencilla y sin interés artístico alguno.

El segundo claustro tiene para su servicio una escalera ciega de varios tramos con descansillos y bajo bóveda. En su segundo tramo, el descanso conduce a la entrada de la sala de Profundis y   —168→   al refectorio; en el tercer tramo se halla la galería superior y el último tramo, que es el más interesante con sus 26 escalones y su antepecho con tres hermosos pináculos, conduce al noviciado y se halla cubierto con una semibóveda.

La sala de Profundis es rectangular, ligeramente alargada en el sentido del eje y cubierta con una bóveda que se apoya sobre grandes ménsulas de piedra empotradas en los muros. La bóveda tiene seis derrames, los tres del lado izquierdo, ciegos, y los tres del derecho, ocupados por ventanas que dan luz a la sala. Al fondo se halla la entrada al refectorio con una aparatosa portada de piedra compuesta de dos pilastras, un entablamento con un frontón interrumpido para dar lugar a un nicho, y dos pináculos en sus extremos, colocados en prolongación de la línea de las pilastras. El refectorio es una inmensa sala cubierta con una graciosa bóveda muy rebajada con nervaduras, y algo achatado en su centro, de manera que su corte presenta el perfil de un arco carpanel. Esta bóveda descansa sobre curiosas ménsulas con imbricaciones. Dan luz a la sala tres ventanas laterales y un gran óculo en el fondo. Sus muros están adornados con varios cuadros: una Virgen de Mercedes en el testero, y en los muros laterales, un Ecce Homo, un Apóstol Santiago, probablemente de Antonio Salas, un Descendimiento, un cuadro de Mideros, otro de Pinto y dos hermosos cuadritos de Santo Tomás y la Virgen con el Niño Jesús, de Samaniego.

La galería superior tiene dos abovedamientos: uno por arista sobre cuatro arcos en el ángulo que forma con la sala capitular, junto a la escalera; y otro encamonado, con cerchones de madera y cañas, cubierto con cal. Toda la galería superior tiene celdas abovedadas, siendo la más interesante, la celda de los provinciales. Se compone de una cámara y una recámara: dividida la primera en dos secciones por una mampara de madera que permite aumentar el servicio de la habitación con un dormitorio chico y un ropero con dos alacenas abiertas en el muro y, además, un gran sobrado encima, a todo lo largo del espacio en que se encuentran estos cuartuchos y el callejón de entrada que va desde la puerta hasta la mampara aludida. La cámara está cubierta con bóveda de cuatro patios que convergen en la clave ornamentada con una cara del sol radiante inscrito en un cuadrado. La bóveda está decorada con cuadrilóbulos en estuco que llevan flores en su centro.

Esta celda está decorada íntegramente con una profusa y recargada ornamentación al óleo, desde la puerta de entrada hasta el   —[Lámina XIX]→     —169→   último rincón. Desgraciadamente la recámara ha venido a menos por los terremotos y la decoración se ha arruinado, por lo cual se halla descabalada; pues ha desaparecido toda la de la bóveda y gran parte de la de los muros. La de la puerta de entrada de esta alcoba se halla intacta: en el intradós, vemos representada la Resurrección de Cristo; en los muros, a San Francisco de Borja y San Bruno, y atrás de la puerta, a San Antonio de Padua. En las paredes de la habitación se conserva muy poco: a un lado y otro de la puerta de entrada, Santo Tomás y San Ramón Nonato, arriba; y los retratos del padre Toribio Calderón de la Barca, provincial que fue en 1797, y del padre Juan de Arauz, tan célebre en la historia de nuestra literatura, muerto en Nintanga el 26 de febrero de 1798, a la edad de 67 años, como reza el epígrafe que aquel retrato lleva. En otros espacios de los muros de la alcoba se hallan pintados algunos otros santos como San Pedro Pascual, San Jerónimo del Carmelo y otros dos que no los hemos podido identificar y dos cuadros simbólicos de la Creación antes del Diluvio y después del Diluvio.

La recámara de la celda del provincial

La recámara de la celda del provincial

[Lámina XIX]

En cambio, se conserva intacta la decoración de la cámara. La entrada es angosta y baja hasta la mampara y se halla adornada de la siguiente manera: atrás de la puerta de madera, con un Ecce Homo; la pared derecha con San Miguel y San Francisco de Paula; y la izquierda, con el Niño Dios triunfando de la muerte y del pecado, y con San Antonio Abad. La puerta de entrada al dormitorio luce la imagen de Santa Teresa de Jesús, la del ropero, la de Santa María Magdalena, y la puerta de la mampara que da entrada a la sala, las imágenes de La Divina Pastora, San Juan de la Cruz, El Buen Pastor y Santa Magdalena de Pazzis. Encima del vano, la Sagrada Familia. En las paredes: al lado derecho, el Ángel de la Guarda y Santo Domingo, y al izquierdo, San Rafael y San Francisco de Asís. Todos estos cuadros, lo mismo que los que nombramos en la recámara y señalaremos en la sala, se hallan enmarcados entre guirnaldas de flores y hojas y lazos de cintas. En el cielo raso, flores, pájaros y una cara roja del sol.

Los muros de la sala, inclusive el formado por la mampara de madera se hallan ornamentados con dos hileras de cuadros, que representan a los apóstoles y evangelistas, los de arriba, y a los profetas mayores y menores, los de abajo; y en el centro de los muros, escenas religiosas y devotas, como la Crucifixión, la Sagrada Familia: todo entre guirnaldas y cintas, pájaros, flores y figuras mitológicas sobre consolas o ménsulas. Las puertas de las ventanas tienen en sus paneles, las figuras de ángeles y arcángeles. La mampara   —170→   es un gran lienzo de madera con remates tallados como encaje y tres portadas compuestas de dos columnas de fuste liso adornadas con una guirnalda de flores que le da vuelta como al de la columna salomónica, un entablamento con dos remates de flores en los extremos de la cornisa y un frontón mixtilíneo con búcaros de flores y candilejas con velas en sus rampas: todo ello pintado. La misma portada se ha simulado en la puerta de entrada a la recámara.

Esta habitación, llamada Celda del provincial, fue hecha a fines del siglo XVIII por el padre San Andrés, con un gasto tan ingente de dinero que tuvo que soportar la acusación que se le hiciera de dilapidador de los bienes del convento.

Como decoración no vale nada, pero sí como una muestra de lujosa morada del siglo XVIII. No sabemos quien la concibió y ejecutó; pero es muy probable que hubiese salido todo aquello del obrador de Samaniego.

Hoy, aquella habitación es más bien un museo en el que se ha reunido algo de los objetos artísticos que conserva el convento y que no utilizan los religiosos en el culto. Entre esos objetos, distinguimos los siguientes:

Una cómoda-armario pintada de azul y oro, con dos hermosas lunas venecianas en las que se hallan las figuras mitológicas de Venus y Mercurio;

Dos riquísimos tibores chinos: uno de ellos, azul con discreta y casi imperceptible decoración en oro: los guarda el convento desde tiempo inmemorial;

Un Cristo de marfil, italiano, de regulares dimensiones;

Un escritorio armario de dos puertas, totalmente tarareado con figuraciones de paisajes, ciudades y con hermosas grecas:

Dos bargueños chicos tarareados y una media docena de baúles de madera tallados, unos, y tarareados, otros;

Un hermoso baúl de cuero con labores talladas muy ricamente y ornamentadas en rojo y oro; sus lados practicables para dar facilidad a su completa abertura en cuanto se levanta su tapa, e íntegramente forrado de terciopelo en su interior con flecadura de seda y ricos estoperoles: fue de las cosas que don Diego de Sandoval regaló a su capilla de San Juan de Letrán;

Dos calvarios completos, varias otras estatuillas de madera y un buen número de cacharros aborígenes;

Algunas telas pintadas, entre las que se distinguen un San José y una Sagrada Familia muy hermosas: sobre todo esta, y una de la Crucifixión;

  —171→  

Unos hermosos sillones fraileros: los de cuero que tal vez pertenezcan al grupo de trece que se mandaron a trabajar en julio de 1669 y tres de terciopelo rojo con el escudo de la Orden en los espaldares bordados en plata, ejecutados estos en 17.

El mejor de todos los objetos: una urna de vidrio y espejería, dentro de la cual se ha representado el triunfo de la Inmaculada Concepción, en un conjunto de figurillas de marfil, primorosamente labradas, en medio de un verdadero jardín de flores y guirnaldas. Hállase al centro de la urna, la figura clásica de la Virgen Inmaculada, rodeada de los cuatro evangelistas y de los cuatro doctores de la Iglesia: estos figurados en miniaturas; aquella, en gran tamaño; pero todos sobre pedestales de flores. En tierra, se hallan la figura orante de un rey arrodillado, que ha depuesto a sus plantas su sombrero y su corona; y cuatro figuras de amazonas que cabalgan diversos animales y pintan en sus manos diversos símbolos, como un incensario, una aljaba, un escorpión: todas estas cinco figuras de tamaño mediano, igual a las en que se ha representado a la Santísima Trinidad, que corona todo el grupo, en la parte más alta del fondo de la urna. Con seguridad de no errar, afirmamos que toda esta obra eboraria proviene de la fábrica del Buen Retiro, de la que tantas hermosas muestras de tallas magníficas se ven en el Palacio Real de Madrid, en la Casa del Labrador en Aranjuez, en el Museo Arqueológico Nacional y, sobre todo, en la Casita del Príncipe, en el Escorial. Hasta nos parece una obra principesca extraviada del patrimonio artístico de los Reyes de España, para quienes, casi exclusivamente trabajaron los artistas italianos que, en 1759, trajo Carlos III con la manufactura artística de Capodimonte, a juzgar por esa figurilla del príncipe arrodillado que se encuentra en el primer plano de la urna.

La Sala Capitular no tiene, como arquitectura, nada que llame la atención; pero en sus muros se encuentran, entre muchos retratos de célebres religiosos, antiguos y contemporáneos, algunos que debemos consignar por su valor artístico: los de fray Mariano Auz, santo y distinguido provincial de 1864-1867 y fray Tomás González, insigne teólogo, muerto en 1871: obras de Juan Manosalvas, magníficas por todo concepto; los del padre Manuel Pérez, profesor de Filosofía en nuestra Universidad de Quito a mediados del siglo pasado y del padre Álvaro Guerrero, el famoso patriota del año 9, arrojado de su provincialato por Toribio Montes y representante del Clero quiteño en la constituyente de 1811, trabajados por Antonio Salguero; y el del padre Rencoret, ejecutado por   —172→   Rafael Salas, según apuntes que los tomaba mientras acolitaba la alisa a su modelo durante varios días, pues a este religioso repugnaba posar, lo mismo ante la cámara fotográfica que ante el pintor, para que inmortalicen su figura. Todos estos cinco retratos son muy hermosos, especialmente los del padre Auz y del padre González.

El resto de la edificación del Convento es moderno sin detalles dignos de consignarse en nuestro estudio. Exceptuaremos sólo la llamada Puerta falsa del Convento, acabada en octubre 1786, cuando principiaba el provincialato del padre fray Toribio Calderón de la Barca y Piedra. Esta es la que queda en la muralla, en la calle Chile, casi en la esquina. Muy sencilla, pero solemne, lleva en su parte superior, el retrato del padre Urraca vestido con el hábito talar de los alumnos del Colegio de San Luis.

Y ahora, para concluir este capítulo, reproduzcamos la única descripción antigua que hemos obtenido del Convento Mercedario. Es del año 1779 y hecha a petición del provincial fray Fernando Paredes Girón por el escribano Tomás Pazmiño para replicar al visitador que había menospreciado la labor de aquel Provincial y declarado haber encontrado en muy mal estado al convento. Debemos a gentileza del padre Joel L. Monroy el aludido documento, encontrado y copiado por él en el Archivo General de Indias. Dice así el documento:

Yo Tomas Pazmiño Escrivano de el Rey Nuestro Señor y su Notario Publico de Yndias; en cumplimiento de lo mandado por el Decreto que antecede certifico y doy fee y verdadero Testimonio en cuanto puedo devo y huviere lugar en Derecho a los Señores que la presente vieren como oy día de la fecha passé al Convento Maximo de Nuestra Señora de la Merced de esta Ciudad de Quito Y a la Celda del Reverendo Padre Maestro Fray Fernando Paredes Girón Provincial Electo de esta Provincia quien me dixo que recorriesse y contasse todas sus celdas y oficinas y que instruyéndome de las que eran nuevas y de las que eran antiguas en dicho Convento con el reconossimiento a ssi mismo de las fabricas que no estan conclusas y de el estado de ellas le diese certificacion para los efectos que le convengan. Y en efecto empesse a reconocer dicho Convento por su claustro principal y en el circuito de los Claustros bajos encontre dos aulas que me dixeron los Religiosos ser la una de Teología y la otra de Filosofía, las que con Portería y Grada ocupan todo el claustro, por aquel lado: en el que se le sigue halle tres celdas que con otra que me dixeron ser la Procura ocupan todo este lienzo: el otro lienzo tiene una celda   —173→   que ha hecho el Padre Fray Josef Villamagan y con la Sachristia se ocupa todo el: en el restante no ay celda alguna por que coxe lodo el largo de la Yglecia. Suvi al Claustro alto que da principio en la Celda de el Reverendo Padre Provincial y reconosi en essa acera cinco celdas inclusa la del Reverendo Padre Maestro Fray Blas Bolaños; y se me dixo que la de el Reverendo Provincial se dividio poniendole un Bahareque para formar otra a costa de el Reverendo Padre Presentado Fray Nicolas Bolaños; en el otro lienzo halle cinco celdas inclusa la de el Reverendo Padre Reformador en el lienzo siguiente que esta frente de la Porteria halle Celdas avitadas, y una cerrada que me dixeron estar destinada para Livreria y haverse formado de dos celdas con se lo quitar el bahareque que las dividia segun me informaron los Religiosos y se conosse ser assi por que esta en lo principal de la fabrica antigua del dicho Convento: Dicha pieza tiene tres ventanas de Fierro el que me dixeron lo habia dado el Reverendo Padre Maestro Fray Josef de Yepes con mas una herradura Ynglesa de Metal amarillo, y las tablas para una puerta nueva que tiene. El otro lienzo restante solo tiene una Celda de Boveda que esta avitada y se conoce haberse hecho al mismo tiempo que la Yglecia: Passe al segundo claustro que da principio en la celda de el Reverendo Padre Comendador y halle cuatro celdas hermosas de boveda con sus piezas correspondientes; otra regular frente de la de el Reverendo Comendador y al fin de este claustro junto a la grada otra muy pequeña havitada por un Religioso lego y junto a esta otra grande que me dixeron servia de Panaderia por no haberse acavado la que esta fabricando el Reverendo Padre Comendador por estar la antigua muy deteriorada. Subi una escala de piedra en forma de caracol y encontre cinco celdas inclusa una pequeña que havita un Religioso Lego: destas celdas las quatro estan sobre el Refectorio que es oy, y me dicen era Sala de profundis es de bobeda y bastante capas. Baje al Claustro bajo que hace frente a un patio muy espasioso y en el encontre siete Celdas una de ellas muy humeda y que no esta avitada todas de bobeda como el claustro. En la otra asera encontre una piesa grande cerrada que me dixeron ser donde guardaban las Alajas de Sachristia. El resto ocupa el tramo de la Sachristia por aquel lado. En el frente de dicho Claustro de bobeda ay una celda avitada por un Religioso Lego y sigue la fabrica de Celdas y deposito que esta fabricando a su costa el Padre Fray Josef Villamagan que con el Noviciado ocupa todo este lienzo. Reconosido esto retrocedi a la fabrica que esta empessada por el   —174→   Reverendo Padre Comendador y Continuada por el Reverendo Padre Reformador; y haviendolo entrado por la Puerta de el Refectorio sali a un patio reducido de figura cuadrilonga que por el un lado la sierra el Refectorio que esta sirviendo, por el otro lado la Panaderia vieja en cuyo frente se divisa una fabrica de adobes crudos que se conose por las señales para las Puertas y Bentanas con tener cinco Celdas altas, las que no estan concluidas, pues aunque tiene la techumbre de texa no tiene el pisso ni las vigas necesarias para el: no tienen puertas ni Bentanas y me consta que esta es la Fabrica de el Reverendo Reformador, en las que segun me han dicho los Religiosos a mas de un año que no se le pone la mano. En el centro de este patio encontre una celda muy hermosa que ocupa este lienzo y la havita el Reverendo Padre Maestro Fray Josef de Yepes quien la fabrico a su costa, dicha celda dista de la puerta falsa segun computo prudente y racional cosa de setenta tiaras poco mas o menos, esto es por la parte mas inmediata a dicha Puerta falsa que esta en la Muralla de dicho Convento; y reconocida por lo interior no encontre en dicha celda ventana para la calle sino es un pequeño respiradero en un desvan y este con una Rexa de Fierro estrecha. Fuera de esta Fabrica encontre una coxina nueva que me dixeron los Religiosos la havia fabricado el Reverendo Padre Comendador a costa del Convento dentro de esta piesa ay una celda que avita el Lego cosinero. Ultimamente sigue una pieza arruinada que es el Refectorio antiguo en cuyo reparo segun se ve no se a puesto la mano y lo ultimo de dicho refectorio dista segun el mismo computo a la Puerta Falsa cosa de cuarenta y cuatro baras poco mas o menos. En todo el convento no encontre lugares comunes sino es dentro de el Noviciado los que me dixeron eran antiguos y se havian reparado por el Reverendo Comendador. Tampoco encontre livreria pues la piesa destinada para este uso no tiene estantes Messas ni cosa adaptable a Libreria. Esto es lo que e reconocido y segun paresce encuentro treinta y ocho celdas antiguas a excepcion de las de el Noviciado contenidas en la fabrica antiquísima de dicho convento; hechas de nuevo solo encontre la que compuso el Padre Villamagan y la que fabrico de nuevo el Reverendo Padre Maestro Fray Josef de Yepes y las cinco que no estan concluidas y son las de la Fabrica de el Reverendo Reformador. Bajo de la misma conformidad certifico que no e visto ni hallo en todo el dicho convento otras obras fabricadas ni principiadas a fabricar a mas de tan solamente la dicha Panaderia que esta fabricando el Reverendo Padre Comendador a   —175→   costa de el citado convento y la que sigue el Padre Villamagan a costa suya, en cuyo numero entran las cinco que no estan concluydas y son las fabricadas por el Reverendo Reformador. Y para que de ello conste donde convengan y obren los efectos que huviere lugar en Derecho doy la presente en virtud de pedimento de la parte in escriptis y mandado judicial que va por Prencipio. En cuya fee la firmo en Quito 3 de Octubre 1778. Tomas Pazmiño Escrivano de Su Majestad162.





  —176→  

Arriba - VI -

Por varias y repetidas citas que hemos hecho del tejar de los religiosos mercedarios en el curso de nuestra historia, lo conocemos ya desde su origen, fundado y establecido en los primeros días de la vida de la ciudad sobre los terrenos donados por el Cabildo quiteño a fray Hernando de Granada. En aquel sitio, la piedad de aquellos religiosos que se veían obligados a permanecer allí durante días enteros atendiendo a las faenas de la fabricación del material para el edificio del Convento Máximo y su iglesia, construyó, junto a los hornos del tejar, una diminuta capilla, en la cual se veneraba una imagen de la Santísima Virgen, pintada en el muro.

A mediados del siglo XVIII, dicha capilla se hizo célebre, porque, durante la cuaresma, solía retirarse a ese sitio un religioso santo que llamaba la atención de toda la ciudad, por la austeridad de su vida. Aquel religioso era fray Francisco de Jesús Bolaños, quien, con su buen ejemplo, consiguió que otros religiosos se unieran a él para convertir aquel tejar en un pequeño y estrecho convento, donde alabarían a Dios con mayor devoción y recogimiento. Y así, se fundó el Convento de la Recolección del Tejar, para refugio de los religiosos mercedarios que buscasen en la soledad y recogimiento de una vida austera, el mayor servicio de Dios, como doscientos años antes lo habían realizado fray Bartolomé Rubio para los franciscanos, fray Pedro Bedón para los dominicanos de la provincia de Quito y los mismos mercedarios en la ermita del Belén, en Añaquito.

La primera habitación de los frailes fue una pequeña pieza que servía de coro a la humilde capilla; luego el padre Bolaños emprendió la edificación del actual convento, que la principió con doce reales, producto de un libro que vendió para ese efecto. Al principio, esta Recolección de la Merced era conocida con el nombre de Ermita de San José; más tarde, con el de Colegio de Misiones de San José, después que el General de la Orden la elevó a esa categoría en 1789 y el Rey de España ordenó así reconocerla por Real Cédula fechada en Madrid, el 21 de enero de 1792; y hoy, con el sencillo de Recolección del Tejar.

Siguiendo el ejemplo de los religiosos que edificaron la basílica mercedaria, el padre Bolaños, tomó como tesorera de la obra   —[Lámina XX]→     —177→   del Convento a la Virgen de las Mercedes. Mas como la imagen que recorrió medio mundo en demanda de limosnas para la iglesia en el primer tercio del siglo XVIII, había quedado retenida en Cádiz, el padre Bolaños mandó hacer otra copia con un hábil escultor y con la misma advocación de la Peregrina de Quito, los religiosos recogieron en nuestro Continente, gran parte de los dineros con los que el padre Bolaños realizó su idea del Convento de la Recolección del Tejar. Seguramente esta imagen, según lo afirmamos más arriba, es la que actualmente existe en la ciudad de Pasto, en la iglesia de Jesús de los padres redentoristas. Uno de los más entusiastas en esa labor fue el padre Barbosa que de sus andanzas con la Peregrina hizo méritos para obtener el grado de presentado en 1844, como en efecto lo obtuvo por unánime votación de todos los miembros del Definitorio. Junto con el padre Barbosa, se distinguieron también en esa abnegada cuanto devota tarea, el padre maestro fray Pedro Saldaña, fray José Yépez y un lego llamado fray Nicolás; pues estos tres fueron los que en 1749, salieron con la Peregrina de Quito, a recoger limosnas para las obras de la Recolección del Tejar por varios países de América. «Recorrieron, dice González Suárez, gran parte del territorio ecuatoriano desde Quito hasta Pasto; desde esta última ciudad balaron a Barbacoas y de Barbacoas se embarcaron a Panamá; luego pasaron a la isla de Cuba y de ahí a Guatemala y a Méjico, de Méjico el Padre Saldaña regresó a Quito y el Padre Yépez se hizo a la vela para España y visitó Castilla y la nueva Andalucía»163.

Lujoso mobiliario de la celda del provincial

Lujoso mobiliario de la celda del provincial

[Lámina XX]

El padre Saldaña, que había regresado a Quito a los diez años de ausencia con cuantiosas limosnas recogidas en su peregrinación, que fueron entregadas al padre Bolaños en los precisos momentos de mayor angustia y cuando más necesitado estaba para continuar sus obras, emprendió un segundo viaje, el año 1766, con igual objeto, por los países del Perú, Chile, Buenos Aires y Brasil, regresando en 1771. A este benemérito religioso debe el Convento del Tejar, no sólo buena parte de sus edificios, sino también todos los cuadros de la Vida de San Pedro Nolasco y muchos otros más, como el de la Muerte de San José, que los mandó pintar en 1780, a los mejores artistas quiteños de la época: Antonio Astudillo, Francisco Albán y Casimiro Cortés. Por estos servicios, el Papa Clemente XIII pidió para el padre Saldaña al general de la Orden el grado de presentado y, más tarde, la misma Silla Romana le confirió el de maestro.

  —178→  

Las edificaciones construidas por el padre Bolaños en la Recolección del Tejar comprenden el Convento, la iglesia, la Capilla de San José y la Casa de Ejercicios. Acerca de esta última oigamos lo que cuenta el historiador González Suárez:

El convento del Tejar tiene anexo a él hacia el lado del Sur otro edificio conocido con el nombre de la Casa de Ejercicios, cuyo origen es el siguiente. El ministerio de dar ejercicios espirituales ha sido siempre propio de los jesuitas: en Quito tuvieron estos con ese objeto una cosa edificada fuera de la ciudad, en el sitio donde ahora está el Lazareto: el fundador de esa fue el padre Baltasar Moncada. Expulsados los jesuitas y confiscados todos los bienes que habían sido de ellos, quedó esta ciudad sin casa de ejercicios, y entonces se construyó la que ahora existe. El padre Bolaños dio el terreno, cuya área debía medir mil ciento catorce varas cuadradas, y don Manuel Hipólito Pacheco construyó el edificio, parte con dinero de su propio peculio, parte con limosnas colectadas con aquel objeto. El año de 1788, dos después de la muerte del padre Bolaños, celebró la autoridad eclesiástica un acuerdo con los padres tejareños, en virtud del cual la parte económica de la casa había de correr a cargo del síndico de la cofradía de San José, y la espiritual a cargo de los religiosos: adjudicáronse a la casa algunos censos, varios cuadros y otros objetos que habían pertenecido a la que fue de los jesuitas164.



El padre Bolaños levantó también la hermosa Capilla de San José con los ahorros que hacía en el sostenimiento de su comunidad, y fue don Tomás Toledo, padre del presentado fray José Toledo, quien, a ruego de aquel insigne religioso, asistió, como sobrestante, a las obras de la capilla y del convento, lo mismo que a la casa que edificó junto a la capilla para destinarla a noviciado y que después sirvió para casa de ejercicios de mujeres. También don Manuel Pacheco sirvió a la edificación de la Casa de Ejercicios, desde sus comienzos «haciendo los oficios de un miserable sobrestante y recibiendo el dinero necesario para la compra de materiales, salario de oficiales, etcétera, de mano del Venerable Padre Bolaños», como reza uno de los documentos relativos a la citada Recolección del Tejar, citada por el padre Monroy en una de sus obras165.

  —179→  

No hemos podido dar con el arquitecto o el hábil ejecutor de los edificios de la Recolección. Tal vez los planos de buena parte de ellos los hizo José Jaime Ortiz, el arquitecto de la Basílica Mercedaria, que tan unido se hallaba a las obras del Convento Máximo; pero de los documentos y papeles del archivo de la Orden nada se desprende. Vuelve, una vez más, el anonimismo a ocultar al autor del precioso claustro principal del Tejar y de la Capilla de San José, anexa a la Casita del Noviciado, privando de ese modo, de una ficha interesante a la Historia del Arte ecuatoriano. Describamos, ahora, todas estas construcciones.

La entrada al Convento tiene una portada de piedra, de sencillísima arquitectura. Sobre unas pilastras almohadilladas corre un entablamento, en cuyo centro se halla una tarjeta con un gran relieve en el que se ha representado a la Virgen entre los grupos de San Francisco y Santa Catalina, a un lado, y San Pedro Nolasco y Santa Natalia, al otro; y, en la parte superior, la Trinidad. Todas estas figuras se encuentran sobre repisas.

Traspasado el umbral de esta puerta se penetra a una portería, de ningún interés y, luego, al claustro principal compuesto de dos galerías porticadas y superpuestas, al contorno de un gran patio, en cuyo centro se halla una fuente. La galería inferior se compone de treinta y seis arcos dispuestos a razón de nueve por cada lado apeados sobré columnas dóricas cortas. Los arcos tienen su extradós acusado con un ladrillo saliente, lo mismo que su clave. Entre los arcos se ha creado, como adorno, una angostísima pilastra que va a terminar, lo mismo que la clave, en una moldura corrida, en vez de un entablamento, sobre toda la arcada. La galería superior es más interesante. Sobre un zócalo llano corre la arcada dispuesta sobre preciosas columnas cortas, panzudas, con capitel y base dórico-romanos. Dichas columnas están asentadas sobre altas basas, y corresponden dos de los arcos a cada uno de los de la galería inferior, imitando en esto, a la organización de las galerías del claustro principal del Convento Máximo mercedario. Pero lo curioso es que en tres de los cuatro tramos de la galería superior se han cerrado los intercolumnios, formando con ello un ojo de buey y convirtiendo la arcada en una mera organización arquitectónica a base de ese elemento muy agradable y lleno de novedad.

En las cuatro esquinas de ambas galerías, grandes pilastras sostienen el empuje de los arcos, que otros muy grandes y rebajados, dispuestos en el interior de dichas galerías, se encargan de llevarlo hacia los muros del edificio, a manera de arbotantes. Las   —180→   dos galerías se hallan unidas por una amplia escalera de piedra, cuyo pasamano se apoya en una hermosa pilastra.

La iglesia está levantada sobre un atrio alto con pretil. Su fachada es muy pobre; pero tiene una curiosa organización. En un paño inmenso de pared, flanqueado por dos semipilastras con capitel barbarizado, se encuentran dos grandes óculos de piedra labrada, abiertos en la parte media superior de ese muro, y, muy abajo, una portada compuesta de un entablamento sencillo sobre semipilastras que descansan en un basamento e, inscrita en este espacio, una puerta de arco semicircular, cuya clave se ha decorado con el escudo de la Orden de la Merced. Este arco apea sobre dos pilastras cortas que se asientan sobre una basa que forma un solo conjunto con todo el basamento principal. Un gran entablamento que se apoya sobre las semipilastras de los flancos superiores de este muro, lo corona; sobre la cornisa corre una balaustrada de verdes azulejos, y se remata en dos torres muy simpáticas, con aberturas de arcos conopiales; sobre su cornisa, cuatro pináculos piramidales en los ángulos, unidos entre sí por pequeñas balaustradas, y, en el medio, un cupulín de característico sabor oriental, con una cruz como remate.

La iglesia no tiene gran interés arquitectónico. Es de advertir que no es la primitiva, la que levantó el fervor del padre Bolaños, sino edificada posteriormente, casi un siglo después del Convento, y concluida en 1832, según reza la siguiente inscripción que, en una gran placa de mármol adosada a los muros de ella, conmemora su consagración:

El Domingo, 5 de Agosto de 1832, consagró esta Iglesia el Ilmo. Sr. Dr. José María Esteves Obispo de Santa Marta, y la dedicó en honor de María Santísima de las Mercedes. Puso en el Ara las reliquias de los Santos Mártires Clemente, Felicísimo, Victoria, Fausto, Generosa e Inocencio. Concedió 40 días de Indulgencia a los que la visitaren en el día del aniversario; siendo Pontífice nuestro Smo. Padre Gregorio XVI; Provincial, el Rdo. Padre Mtro. Fr. Pedro Albán, y Comendador de esta Casa el Padre Pdo. Fr. Antonio Figueroa.



La iglesia es una sala rectangular con bóveda de cañón, rebajada, y cinco ventanas abiertas en ella. Todos los retablos son nuevos y el de su capilla mayor, magnífico, ejecutado en estos días y compuesto con muchos restos del retablo antiguo. Tiene dos hermosos confesonarios, una buena mampara, un Cristo crucificado pintado en lienzo, atribuido a Miguel de Santiago, en la capilla   —181→   funeraria perteneciente a la familia Klinger, y un cuadro de las Almas del Purgatorio por Manuel Samaniego. La sacristía es también abovedada y contiene un precioso Crucifijo en madera y dos telas muy interesantes: la una que representa a la Virgen con su vestuario recamado de oro, y la otra, a Cristo atado a la columna.

La capilla de San José, construida junto a la iglesia, pero como anexa al Noviciado, tiene una planta muy curiosa. Sobre un ochavo central se ha formado una cruz de brazos desiguales: uno chico, dos medianos y otro, grande. El brazo chico corresponde a la antigua comunicación (hoy cerrada) con la iglesia; el grande, al testero de la capilla, en el que se hallaba un gran retablo, ahora desaparecido; y los medianos, a dos capillitas laterales. El ochavo se halla cubierto con una techumbre plana y las capillas, con bóveda. En su alzado, el ochavo está formado por ocho arcos de medio punto, de los cuales cuatro están ocupados por otros tantos retablos, y los otros cuatro comunican los brazos de la cruz con el ochavo. Los retablos de este son muy hermosos, con sus tallas doradas sobre fondo rojo y están dedicados al Ecce Homo, a la Virgen de la Luz, a la de Mercedes y a San Jerónimo. Al lado del primero se halla el púlpito y encima de los dos últimos, dos primorosas tribunas, talladas y caladas, para la orquesta.

Como lo dijimos, el retablo mayor ha desaparecido y, en su lugar, se ha colocado uno de los laterales, sacándolo de su capilla, y sustituyendo este, a su vez, con un Calvario en una modesta (aun que grande por su tamaño) urna tallada. Los dos retablos existentes, sin embargo de estar algo maltrechos y saqueados de sus mejores adornos, son muy hermosos en su forma y dibujo, como en su talla y ornamentación. Son muy altos, pero de un solo nicho e íntegramente dorados.

Desparramados por la Capilla se encuentran varios cuadros, entre los que no pasan desadvertidos seis muy grandes: cuatro que representan a San Ignacio de Loyola contemplando los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria; otro, la escena del hijo pródigo y otra que no alcanzamos a comprender: cuadros que pertenecieron a la Casa de Ejercicios que los jesuitas tenían en la que es hoy Manicomio y que debían servir para ser expuestos a la contemplación de los fieles durante los sermones diarios sobre cada una de esas materias, de acuerdo con el plan de los ejercicios espirituales de San Ignacio. Dichas telas llevan el nombre de los donantes y la fecha; pero no el del autor. Dos son del año 1760 y obsequiados por don Nicolás Pacheco, diputado del Comercio y por don   —182→   Francisco Javier Saldaña, chantre de la Catedral; dos del año 1763 y donados por don Josef de Izquierdo y don Gregorio Freyre, canónigo; y dos de 1764, regalados por don Cayetano Sánchez de Orellana y don Gregorio Álvarez y Verjuste.

Además de estos cuadros, hay un grupo de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen María en una riquísima moldura de plata, delicadamente labrada, una Sagrada Familia en una magnífica moldura de talla de madera, otros cuadritos menos interesantes y dos relicarios. Entre la estatuaria de la capilla, la talla que más luce es la de Cristo resucitado, que se encuentra en el nicho superior del retablo del ochavo, junto al púlpito.

Esta capilla, mientras estuvo en poder de los religiosos, se conservó intacta con todos sus primores; pero la tomó por su cuenta la Curia Metropolitana, y los mismos que puso para que cuidaran la Casa de Ejercicios y la Capilla, saquearon una y otra, con escándalo y protesta de cuantos veían cometer este sacrilegio contra la religión y la cultura, aparte de lo que significaban el robo y el pillaje. Cuadros, espejos, lienzos, estatuas y todas las tallas que cubrían los arcos, fueron descaradamente vendidos. Hoy sólo queda, de tanta riqueza, lo que ya no alcanzaron ni pudieron llevar. Últimamente, hasta los vidrios de las ventanas de las celdas del noviciado antiguo de los frailes, han sido arrebatados, y da lástima e indignación el estado de completa ruina en que se encuentra este rincón hermoso que aun pudiera ser restaurado para el arte, si la Curia eclesiástica entregara todos aquellos edificios a los religiosos mercedarios, tan finos y celosos guardianes de sus dos conventos, que los conservan como una tacita de plata.

Y sea esta la oportunidad de consignar en estas páginas, la gratitud que deberán perpetuamente la patria, la religión, el arte y la cultura, a los religiosos mercedarios, contemporáneos nuestros, y en especial, a los eximios fray Joel L. Monroy y fray Manuel María Coronel, por el entusiasmo, el fervor, la comprensión y el talento con que han enriquecido sus conventos de la Merced y del Tejar, de joyas de arte admirables, como lo hicieron sus gloriosos antecesores, en mejores tiempos. Sacerdotes virtuosos y espíritus cultos son dignos de parangonarse con los Pesquera, Sola, Bolaños, Albán y otras cumbres de su orden religiosa en la Provincia de Quito. Pasen sus nombres con gloria a la posteridad.

Y ahora, para concluir esta mal pergeñada historia, copiemos lo que dice un Cuadro Sinóptico del Estado de la Provincia de   —183→   Quito en el Ecuador en Diciembre de 1847, sobre la Recolección del Tejar:

Situada a tres o cuatro cuadras extramuros hacia el occidente de esta ciudad en una pequeña altura en que empieza la elevación del gran nevado del Pichincha; su extensión, sin contar con las casas de ejercicios, es poco menos que la del Convento Máximo, y cercado de alta muralla. La Iglesia, que tiene delante una placeta amurallada, ha sido construida nuevamente en estos tiempos de tanta calamidad, como una prueba la más solemne de la devoción de este pueblo, y del gran ascendiente que en él tienen los Padres Mercedarios; pues hallándose esta capital reducida a mucha pobreza a causa de las revoluciones y guerras, ha costado como veinte mil pesos la construcción de esta Iglesia, porque es fabricada de cal, ladrillo y piedra labrada, toda de bóveda con dos torrecitas proporcionadas, en las que hay las campanas necesarias. Esta iglesia tiene gran copia de ornamentos de superiores géneros, y alhajas muy regulares para el culto. Unida a esta iglesia principal hay dos Capillas, la una llamada la Antigua que nada tiene de noble; y la otra de San José, muy preciosa y bien paramentada, con una custodia de considerable valor (lo mismo que tienen todas las iglesias y capillas de la orden). Esta capilla del patriarca San José está destinada para las distribuciones de su cofradía, cuales son los ejercicios espirituales según el método de San Ignacio de Loyola: socorro que tienen los fieles en cinco o seis semanas al año, y donde se saca mucho fruto. Comunica esta Capilla con las dos casas de ejercicios, las que aunque son de estructura vulgar y ordinaria, tienen sin embargo toda la extensión y comodidad posibles.

El convento o casa de los religiosos, es de una fábrica muy costosa, porque toda ella es de columnaje y arcos de cal y ladrillo: su estructura es tan bella, que inspira placer y recogimiento al mismo tiempo. La casa del Noviciado, que también es del mismo, orden, sirve de colegio, como en la casa grande. Además del servicio común de refectorio, panadería y cocina, tiene un hermoso jardín que sirve de recreo a los religiosos; donde hay un baño muy grande y útil. En este jardín hay una pieza bastante decente que de Biblioteca, que es la mejor de esta capital tanto por lo selecto de las obras, como por la copia de volúmenes.



  —184→  

Muchas otras fundaciones interesantes para el arte y la cultura realizaron en territorio ecuatoriano los religiosos mercedarios, sobre todo en la costa y en el norte de nuestra República, en cuyas parroquias rurales introdujeron los retablos y púlpitos de cuero tallado, pintado y dorado como si fuese madera; pero de los cuales casi ya no queda rastro: los aficionados a curiosidades artísticas americanas lo han llevado todo.

José Gabriel Navarro.