Inocentes o culpables
Novela naturalista
Juan Antonio Argerich
[Nota preliminar: Obra cedida por la Biblioteca Nacional de la República Argentina. Digitalización realizada por Verónica Zumárraga.]

—I→
Ideas muy altas han presidido la composición de INOCENTES O CULPABLES. Ignoro de la manera como será recibida por el público esta novela; pero confío en que todos los hombres rectos y de buena voluntad me harán justicia, y verán que mi obra no es más que una nota, una vibración de verdadero patriotismo, inspirada por nobles aspiraciones del presente que tienden a prever dolores del futuro.
Si fuera dable adicionar con notas un trabajo literario, no me sería difícil robustecer cada página con citas científicas y estadísticas.
Pero no ha sido mi propósito escribir una obra didáctica, sino llevar la propaganda de ideas fundamentales al corazón del pueblo, para que se hagan carne en él y se despierte su instinto de propia conservación que parece estar aletargado.
En los límites que permite el romance realista moderno, he estudiado muchas de las causas que obstan al incremento de la población, el tema más vital e importante para la —II→ América del Sur, lo que es decir algo, ya que por nuestra incipiencia cada arista implica un problema en esta parte del continente.
He estudiado una familia de inmigrantes italianos, y los resultados a que llego no son excepciones, sino casos generales; los cuales pueden ser constatados por cualquier observador desapasionado.
Nuestra población se mantiene estacionaria; y sin embargo, pocos pueblos del mundo ofrecen iguales ventajas por su clima y extensión para que crezca y se expanda en progresión incalculada.
Actúan aquí causas muy complejas y esta es una cuestión tan ardua que requiere la colaboración de muchos cerebros.
En mi obra, me opongo franca y decididamente a la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la República Argentina; y no es sin pena que he leído la idea del primer magistrado de la Nación consignada en su último Mensaje al Congreso de costear el viaje a los inmigrantes que lo solicitaren.
Conceptúo esto como un gran error económico, del cual participan muchos pensadores argentinos.
La población obedece a leyes físicas de un rigor matemático, y busca su nivel, con las necesidades que demanda el organismo y —III→ aquellas que surgen de las costumbres públicas y privadas, haciendo el hábito que sean tan imperiosas unas como otras.
La intromisión de una masa considerable de inmigrantes, cada año, trae perturbaciones y desequilibra la marcha regular de la sociedad, y en mi opinión no se consigue el resultado deseado, esto es, que se fusionen estos elementos y que se aumente la población. En efecto, si buscamos unidad, sería imposible encontrarla: se habla de colonias aun aquí mismo en la Capital de la República y ya tenemos los oídos taladrados de oír hablar de la patria ausente, lo que implica un extravío moral y hasta una ingratitud, inspirada, muchas veces, por el interés que azuza un sentimiento exótico y apagado para que se ame a una madrastra hasta el fanatismo.
Podemos olvidar a los que se reimpatrian, y los que vienen muy viejos, y observando a los que se casan, veremos que tienen muchos hijos y muy grandes, pero nada más que grandes. Darwin explica esto: «los cambios pequeños, dice, en las condiciones de vida aumentan el vigor y fertilidad de todos los seres orgánicos, y el cruzamiento de formas que han estado expuestas a condiciones de vida ligeramente diferentes o que han variado, favorece el tamaño y fecundidad de la descendencia».
Pero desgraciadamente la reversión se produce —IV→ pronto y una vida igual torna los hechos a su anterior estado.
La segunda o tercera generación del inmigrante se incorpora a la clase media y ya aquí la población se detiene.
Antes, la familia vivía en el cuarto del conventillo, la subsistencia era barata por lo sobria, no pensaba en trajes; pero después, al subir de rango, el crecimiento se detiene al encontrar dificultades para satisfacer las exigencias de una vida más múltiple.
Tenemos, pues, este hecho contraproducente, por un lado, y además, otro muchísimo más grave: para mejorar los ganados, nuestros hacendados gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, y para aumentar la población argentina atraemos una inmigración inferior.
¿Cómo, pues, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generación inteligente y apta para la libertad?
Creo que la descendencia de esta inmigración inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni dará jamás el hombre que necesita el país.
Esta creencia reposa en muchas observaciones que he hecho, y es además de un rigor científico: si la selección se utiliza con evidentes ventajas en todos los seres organizados, ¿cómo entonces si se recluta lo peor pueden ser posibles resultados buenos?
—V→En la repartición del ramo se lleva nota de la instrucción de los inmigrantes, pero sólo se inquiere si saben leer y escribir y basta que uno de ellos haga dos garabatos o escriba un nombre con letras de fardo para darle patente de instrucción. Asimismo un 60% de ellos no saben hacer los garabatos y las letras de fardo mencionados.
El señor Presidente de la República dice que faltan brazos. Esto se debe a que se han hecho grandes empréstitos para obras públicas y el Gobierno quiere que se terminen con demasiada celeridad, método muy discutible en cuanto a las ventajas que pueda traer.
Los ferrocarriles nacionales y provinciales y las obras de la ciudad La Plata, terminarán, y entonces cesará la demanda de brazos, y esas masas volverán a afocarse a las ciudades, trayendo graves perturbaciones: se resentirá la salubridad, subirán más los alquileres de las casas y aumentará la carestía de los artículos de primera necesidad, causas que evitan el acrecentamiento de la población, y la destruyen a medida que se forma, como observa Malthus.
Nuestro estado social es deplorable: con relación a la población, los locos, los hijos ilegítimos y los homicidas de sí mismos, nos confinan según las estadísticas a la categoría de las naciones de marcha más irregular, en este sentido.
—VI→Hay un hecho, que ha llamado mi atención sobremanera.
El último censo levantado en la Provincia de Buenos Aires el año 81, arroja un aumento de 209.261 habitantes sobre la que tenía el 69, en que se confeccionó el censo nacional. Había entonces 317.320 almas.
Sin hablar de los hijos de extranjeros, sobre cuyo número bien se podría hacer un cálculo conjetural, tendremos que descontar los que han entrado en el intervalo de un censo a otro: esto es, 70.130, con lo cual queda reducido el soi-disant aumento a 139.131 habitantes en 12.06 años.
En ese lapso de tiempo han entrado en nuestro puerto mucho más de 400.000 inmigrantes, según acreditan memorias oficiales.
¿Es posible creer que de estos sólo haya pasado a la Provincia de Buenos Aires la cantidad enunciada?
Lo dudo mucho y es mi convicción de que en el territorio de la Provincia dicha, hay mayor número de extranjeros que los que consigna el censo del 81.
Podíamos, también, hacer otro cálculo conjetural y es suponer el número de hombres que de otras provincias han pasado a la de Buenos Aires, al quedar garantidas las fronteras con la desaparición de los indios; pero dejaremos este estudio, aunque interesante, —VII→ de detalle, para aceptar las cifras que hemos apuntado, tomadas del último censo.
¿Quién que de población se haya ocupado y conozca la feracidad de nuestras llanuras, no se llenará de tristeza al meditar sobre esas cifras?
Y esto es halagüeño si se compara con lo que sucede en las demás provincias. Datos particulares y que me ha costado muchos afanes conseguir, me habilitan para decir que, estudiada en cifras absolutas, la población de la República, puede afirmarse que permanece estacionaria.
Averiguar prácticamente todas las causas que accionan para obstruir el incremento de la población, sería acto por demás patriótico, pero superior a las fuerzas de un solo individuo. Con todo, si la presente obra encuentra apoyo, emprenderé el estudio de una familia argentina, como ahora lo he realizado con otra italiana.
Hace pocos días el Ejecutivo Nacional ha enviado un mensaje al Congreso, acompañando un proyecto para levantar un nuevo censo en la República. Si hay un átomo de patriotismo, será despachado inmediatamente y antes de ocho meses podrá estar terminado.
A él me remito con entera convicción, para que evidencie o condene las conclusiones a que he arribado.
—VIII→Ínterin, creo que sería patriótico una expectativa y no cometer la imprudencia de pagar los pasajes a los inmigrantes.
No debemos olvidar que tenemos en nuestra población escolar (5 a 14 años) mas de 350.000 niños que no reciben ningún género de instrucción, y que sólo concurre a las escuelas la cifra relativamente pequeña de 150.000.
Prescindo de comentarios, porque estos hechos se imponen.
Tenemos demasiada ignorancia adentro para traer todavía más de afuera.
Es un hecho de todo rigor científico, que la población, cuando el medio le es favorable, puede duplicarse bien fácilmente cada década.
Estudiando este oscuro problema y tratando de evitar los obstáculos, se conseguiría extender la población, que es el elevado propósito que a todos anima, empero sin la desventaja de entorpecer una marcha regular con una masa de población heterogénea cada año.
Sería el compendio de la capitalización de Buenos Aires; porque recién seremos verdaderamente una nación constituida cuando las madres argentinas den ciudadanos argentinos en las cantidades requeridas por la demanda.
No obstante esto, hago mías las palabras de un distinguido economista: «un pueblo vigoroso, sobrio, aplicado e industrial, aunque —IX→ ofrezca pocos individuos, podrá y valdrá más que otro numeroso, débil, afeminado y perezoso».
No está, pues, la fuerza de los Estados en la excesiva población, y por esto vuelvo a repetir, que es deber de los Gobiernos estimular la selección del hombre argentino impidiendo que surjan poblaciones formadas con los rezagos fisiológicos de la vieja Europa.
He apuntado un gran mal: al legislador, al poder público, incumbe prevenirlo o extirparlo; pero sin dilaciones, porque la República Argentina opera en estos momentos una evolución de la cual puede levantarse como un gigante o sumirse en una larga noche de barbarie.
Con lo que he dicho, creo que se me habrá comprendido: el remedio a nuestra escasa población lo tenemos en nuestros propios límites territoriales: existen causas no estudiadas que detienen la población y, mientras no se allanen, no resolveremos satisfactoriamente el problema ni aun con pasajes pagos a los inmigrantes.
Además de lo mucho que podría agregar, quiero atenerme a este dato horrible que arrojan nuestras estadísticas: ¡sólo de los niños de cero a tres años muere el 36 por ciento!... Estos son datos bien constatados en la Capital, la ley fatal debe ser mucho más fuerte en el resto del territorio.
—X→Todo esto me ha inducido a estudiar, en parte, este gran problema que encierra el porvenir de nuestra patria, y me ha sido forzoso entrar en estas explicaciones, no sólo porque la composición literaria no se presta a detalles estadísticos, sino también porque quería demostrar que la novela que va a leerse no reposa en un castillo de naipes.
ANTONIO ARGERICH.
Buenos Aires, Junio 6 de 1884.
—1→
En las inmediaciones del Mercado del Plata, existía un Café y Fonda, que por el tiempo en que principia la presente narración, gozaba de muy buena fama entre la gente proletaria.
Era su dueño un rudo italiano, llamado José Dagiore.
Diez años antes, y teniendo él veinte escasos, había desembarcado, con otros tantos inmigrantes en la playa de la capital argentina.
Siempre, y en toda condición, es más fácil la vida para todo el que busca pan ofreciéndose a ejecutar cualquier trabajo manual que no requiere aprendizaje o estudios anteriores. Lo contrario sucede con las carreras liberales, y en general, con los hombres un poco instruídos.
El inmigrante rústico tiene pocas necesidades, no flota su imaginación en una atmósfera de vanidad; acepta cualquier trabajo y se sostiene con un frugal alimento.
Sin embargo, no siempre sucede así, y José Dagiore encontró dificultades en los primeros tiempos de su llegada al país. Al salir del Hotel de Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por mitad de la calle. Había hecho relación con estos sus paisanos y todos a la vez buscaban trabajo. Mientras, se arreglaron en —2→ un conventillo, manteniéndose a pan y agua. A los pocos días se le proporcionó una colocación en el campo como peón para zanjear: no aceptó por lo que había oído de los indios, y apremiándole las circunstancias salió un día del conventillo con un cajón de lustrador de botas, y fue a situarse a una plaza pública: otros compañeros del mismo oficio, más experimentados que él le arrebataban los marchantes. No ganaba nada, pero sin embargo, ahorraba peso sobre peso, aberración económica que sólo puede explicar un inmigrante de la bella Italia.
Vagaba, luego, por calles y plazas con su cajón pendiente del hombro por medio de una correa, hasta que cansado se sentaba en el borde de la vereda de cualquier esquina. Allí quedaba perplejo con expresión de idiota: el cambio de clima y de hábitos le producía cierta nostalgia, quedaba absorto, pensando en algún modo de ganar mucho dinero.
Tuvo José sus momentos de angustias y zozobras, porque llegó día en que no consiguió un solo marchante. Decidió dejar oficio tan poco lucrativo, pero en varias ocasiones que pudo colocarse tropezó con el obstáculo de no saber el español.
Después de haber ofrecido sus brazos en varias partes fue ocupado por un maestro albañil para servir de peón.
Horas después de estar desempeñando sus nuevas funciones, parecía que toda su vida no había hecho otra cosa que acarrear ladrillo, llenar los baldes de mezcla y cumplir todas las órdenes de los oficiales.
A las once, hora del descanso, se sentaba apartado a comer su gran pan italiano y pensaba febriciente en el dinero, aislándose en su pensamiento para expandirse en monólogos mentales: mucho dinero, dinero —3→ y nada más: su hambre de oro no expresaba ningún deseo, era la animalidad descarnada del avaro. Quería ahorrar y así lo hacía, sobre su hambre, sobre su sed, a despecho de la salud y de la higiene de su cuerpo: ahorraba por ahorrar o tal vez por hábito heredado en la falta de costumbre de gastar dinero, cumpliendo así, de una manera inconsciente, la misión de ahorrar todo lo que no habían podido comer sus antepasados.
Aun en medio de sus tareas solía quedar perplejo soñando en montones de oro, hasta que la voz de un oficial lo sacaba de su ensimismamiento, gritándole desde un andamio: -«Giusseppe, porta un balde de mezcla, súbito!»
Como muchos otros podría haber aprendido la albañilería, pero parece que tenía por este oficio poca vocación.
Al terminarse la construcción de la obra donde trabajaba, pasó el contratista a edificar una nueva casa, pero Dagiore no quiso acompañarle.
Había ahorrado en este corto tiempo mil seiscientos pesos moneda corriente, y con este pequeño capital empezó a trabajar por su cuenta como vendedor ambulante.
En la fonda, donde comía por la noche dos platos, había contraído relación íntima con el cocinero.
Fue este quien le aconsejó el ingreso al nuevo comercio en que debutaba.
Para la venta de la mañana habían hecho sociedad: el cocinero hacía tortillas que Dagiore se encargaba de vender por las calles, anunciando su efecto con una voz incomprensible. Más tarde, según la estación, vendía frutas o masitas.
Así, con muy pequeñas intermitencias, pasaron ocho —4→ años. Al cabo de estos Dagiore tenía ahorrados unos veinticuatro mil pesos.
Por este tiempo el propietario de la fonda había comprado un hotel situado en el Paseo de Julio y no pudiendo atender dos negocios a la vez, decidió enajenar el menor.
El cocinero, que se llamaba Vincenzo Petrelli, unió sus economías con las de Dagiore y formando sociedad compraron el negocio.
La casa tenía muy buena clientela y dejaba una ganancia líquida de cinco mil pesos mensuales.
Parece que cuando soplan vientos de prosperidad todo va bien, pero en el primer año Dagiore tuvo grandes disgustos. Su socio, que siempre había tenido el defecto de la embriaguez, no se contenía, ahora que se sentía amo. En el arreglo, se había convenido que Petrelli seguiría en la cocina.
A los tres meses este se rebeló, y hubo que tomar otro cocinero. Vincenzo salía muchas veces por la mañana y volvía a la noche, completamente ebrio, se dirigía al cajón del mostrador, sacaba dinero y volvía a salir.
El alcohol combinado con la atmósfera ardiente que había aspirado quince años consecutivos en la cocina, dieron su resultado lógico: el desgraciado Petrelli empezó a revelar signos de manifiesta locura.
Había veces que corría horrorizado, y si le preguntaban qué tenía, contestaba que veía víboras tremendas que se le querían enroscar en la garganta. Eran las alucinaciones del alcoholismo que su cerebro en desequilibrio empezaba a bocetar.
Dagiore estaba desesperado: su socio, en vez de ayudarlo, desacreditaba el negocio.
Ya varios antiguos parroquianos se habían retirado. —5→ Las ganancias habían minorado de una manera desesperante. Además de esto, Vincenzo extraía todo el dinero que ingresaba al cajón. Dagiore hubiera querido impedirlo pero tenía miedo a su socio. Este no escaseaba las amenazas y andaba armado con un revólver. Así es que Dagiore se limitaba a apuntar las sumas cuyo ingreso no podía ocultar a la vista ávida de Petrelli.
Habían llegado las cosas a un estado muy tirante, hasta que en uno de sus frecuentes altercados Dagiore se revistió de inusitada energía y habló con decisión de separarse.
Como hacía días que Petrelli se paseaba sin fondos y estaba apremiado por algunas deudas, aceptó en general la idea ante la perspectiva de conseguir una buena suma para derrocharla en sus vicios.
Nombraron de común acuerdo a su antiguo patrón para que diese balance a las existencias y las tasase, haciendo una iguala a repartir entre ambos socios.
Dagiore presentó como haber las cantidades retiradas por Vincenzo para sus francachelas. De aquí se originaron interminables disputas, pero como habían nombrado un juez, se atuvieron a lo que este sentenció.
Petrelli recibió veintitrés mil pesos de Dagiore, el cual quedó desde este momento único y exclusivo dueño del establecimiento, y a cargo del activo y pasivo de la casa.
Se publicaron los avisos de práctica en los diarios, y la Fonda poco a poco fue recobrando su antigua prosperidad debido al celo y economías de su flamante y exclusivo propietario.
Al terminar el año, Dagiore se encontró con mucho trabajo, y, desconfiado de por sí, como por la lección —6→ que había recibido, no quería volver a asociarse con nadie.
Fue entonces que decidió casarse. Así, según sus propias palabras, tendría una sierva.
Sólo al interés le es dado detener la vanidad del hombre.
Dagiore no hubiera titubeado en casarse con un monstruo, si este enlace hubiera de aportarle una fortuna crecida; pero siempre habría dado preferencia a una mujer bonita en las mismas condiciones.
Una vez determinado a dar este paso, empezó a fijarse en todas las mujeres solteras que conocía, y que por sus condiciones sociales podía solicitarlas en matrimonio.
Puso en esto el mismo celo y perspicacia con que escogía un trozo de carne en el mercado para las provisiones de su fonda.
Las examinaba, les calculaba la edad que podían tener, su vigor para el trabajo y el estado de fortuna de los padres.
Después de muchas fluctuaciones se decidió por una joven de dieciséis años, hija de un paisano suyo que tenía un almacén regularmente surtido.
Formada firmemente su resolución vio varias veces al padre de la joven. La niña nada sabía de las pretensiones que a su respecto abrigaba Dagiore. Lo veía entrar y salir, pero estaba muy distante de su imaginación, que aquel hombre tosco y sin maneras había de reservarle la suerte como esposo. Un día, su padre le dijo, que Dagiore la había pedido, que él lo conocía hacía mucho tiempo, hizo en fin su más acabado elogio y terminó diciendo que él estaba muy contento y que se había comprometido a darle su hija. La madre de la joven encontró la —7→ unión muy ventajosa y en cuanto a Dorotea, que así se llamaba esta novia improvisada y sin amor, sufrió al principio una sorpresa indefinible, primera sensación de un alma en reposo que arrojan violentamente a una realidad que nunca había soñado en sus ardientes visiones de mujer sana y bien mantenida.
No era Dagiore el esposo que ella había colmado de besos en sus sueños. Sin embargo, ni le pasó por la mente idea alguna de protesta. Ella dejaba hacer... dejaba que corriera el tiempo, careciendo de perfecta conciencia de lo que iba a sucederle. A veces, cuando miraba a Dagiore apurando un vago de vino francés y ensuciándose con las gotas moradas del campeche su largo y cerdoso bigote, se espantaba; pero más tarde, reflexionando a solas, se decía que ella había de acostumbrarse y que Dios haría que lo quisiese mucho, porque ella no había hecho mal a nadie para ser desgraciada y que sus padres habían de saber lo que le aconsejaban. Así calmaba su repugnancia instintiva esta alma novicia. La boda estaba ya concertada. Dagiore parecía apurado y las cosas marchaban a vapor. La semana anterior al casamiento Dorotea se creyó feliz. La mujer se había revelado en ella al sentirse colmada en esa pasión, general al sexo, de vanidosa publicidad. Todo el barrio hablaba de ella, del vestido, de algunos otros regalos insignificantes a los cuales daban mucho valor. Estaba aturdida y no podía darse clara cuenta de su situación.
Un bello domingo, en que la sociedad y la naturaleza estaban de fiesta, concurrieron de mañana a la parroquia de San Nicolás, donde debería celebrarse la nupcial ceremonia. Dagiore había echado la casa —8→ por la ventana, siguiendo en esto la práctica invariable de sus paisanos acomodados, que tratándose de un himeneo o de una inhumación olvidan sus inveteradas ideas de economía para ser gloriosamente fastuosos.
De la parroquia se trasladaron a la Boca con varios amigos: pasearon en bote y tomaron vino de Asti en el estrambótico negocio titulado El Recreo.
Muchos italianos al contraer matrimonio llevan sus relaciones a este punto, donde los invitan con una suculenta comida, en que los tallarines hacen el primer papel. Dagiore había eludido esta costumbre, porque les preparaba la sorpresa en su propia casa. No habría tanto aire, pero le costaría más barato.
Al caer la noche se trasladaron a la Fonda. Todos alegres y bulliciosos se acomodaron en una gran mesa especialmente preparada.
El ejercicio del paseo habíales abierto grandemente el apetito: un momento después, y cumpliéndose la orden que había dado Dagiore, humeaban en la mesa los ravioles, esparciendo en la atmósfera su peculiar olor a queso y aceite.
El vino empezó por manchar el mantel y concluyó por desconcertar enteramente los cerebros. Parecía que el campeche ayudado por el alcohol desbordaba por las mejillas moradas y ardientes de los tertulianos.
Todos estaban imbéciles, y empezaron a cruzarse palabras intencionadas y groseras dirigidas a la novia.
La pobre Dorotea había querido varias veces sustraerse a esta orgía, pero su marido la retenía con imperio a su lado. Uno propuso que se cantara. Otro una partida a la morra, y un viejito proponía con —9→ risa idiota, que jugaran una partida a las bochas en la misma pieza.
-Ahora; hay tiempo -gritaba Dagiore: voy a traer coñac.
Quiso levantarse y trastabilló, volviendo a caer en su asiento.
Entonces, con una gran prudencia, su suegro levantó la voz y ahogando las risotadas generales, dijo que ya era la una, que todos los presentes eran gente de trabajo, y proponía que todos se fueran a dormir.
Muchos apoyaron la idea y se prepararon para retirarse; mientras que otros, más reacios, querían esperar el coñac.
El suegro consiguió disuadirlos, y uno a uno fueron desfilando por la puerta, sin despedirse, la mayor parte.
Quedaban dos amigos de los novios, y los padres.
Estos últimos se pararon.
La madre abrazó a su hija y esta rompió a llorar.
-¡Eh! no hay motivo para gritar así -dijo el padre-, nadie te asesina: has comido bien y te quedas con tu marido: ¿deseas que te caigan del cielo ravioles de oro? Las mujeres nunca están contentas. Vamos -dijo a su mujer-, mañana tengo que levantarme muy temprano, a ver qué han hecho esos...
Aludía a sus dependientes, que habían quedado a cargo del almacén.
Dagiore, entre tanto, había quedado aletargado por la bebida: alzó la vista de repente y se asustó de ver la sala casi desierta: no le quedaba conciencia de haberlos visto marchar.
-Hasta mañana, Dagiore -le dijo el suegro lacónicamente.
—10→El novio miró a Dorotea; vagamente se dio cuenta de la situación, y contestó con voz bastante firme:
-Sí, vamos a dormir, ya es tiempo. Me he alegrado un poco, mas esto pasará. ¡Dorotea! -siguió, dirigiéndose a esta-, dispensa, Dorotea...
La joven al oír estas palabras se estremeció ligeramente y trató de cobijarse más en el seno de su madre.
Esta le pasó la mano por el talle y la condujo a una pieza inmediata, donde estaba el tálamo conyugal. La sentó en una silla, le dio un beso y le cuchicheó algunos consejos que la pobre Dorotea no oyó; luego salió en puntillas como si abandonara el cuarto de un enfermo.
Los padres de la joven se retiraron. No había parroquianos a esa hora, y uno de los mozos puso los postigos en las vidrieras y cerró como de costumbre la puerta de la calle, dio las buenas noches a su patrón y se retiró a dormir.
Dagiore quedó solo. Miró alelado a su alrededor y como queriendo reunir sus ideas. De pronto una sonrisa de bestia se dibujó bajo sus bigotes rubios y poblados. Sus ojos, de un color celeste percudido, relampaguearon con todos los ímpetus desbordados del deseo y su nariz rojiza emanaba vapores de fuego. Tambaleando se dirigió al tálamo, pero a los cuantos pasos se volvió; buscó uno de los extremos del mantel y se restregó los labios: el fauno no quería repugnar y trataba de desinfestar su boca de los miasmas que contenía.
Satisfecho de su obra, fue a buscar a Dorotea.
La joven estaba abatida, ocupando la misma silla en que la había dejado la autora de sus días.
Dagiore quiso contemplarla desde la puerta del —11→ cuarto, pero sólo pudo ver su cuerpo; la triste niña estaba algo inclinada sobre sus faldas y con la cara oculta entre sus manos.
Esto parece que disgustó a su esposo.
-¿Por qué no se ha acostado? -le dijo en un tono indefinible-. Ya es tarde; acuéstese, pues.
La joven replicó con un sollozo.
El marido avanzó.
Su vista, chispeando de lujuria, se posó ávida en el seno escultural de la joven que sobresalía entra sus brazos a causa de la postura en que estaba.
Dagiore colocó allí brutalmente una de sus manos.
La niña herida en su pudor y verdaderamente asustada dio un salto.
-Desnúdese, desnúdese; se lo pido por favor, hijita -balbuceó temblando el fondero.
-Déjeme, déjeme -decía la infeliz.
-Mire que mañana tenemos que levantarnos temprano, desnúdese -y al deseo unió la acción.
Dorotea, viendo que no había resistencia posible con aquel hombre, murmuró precipitadamente:
-Bueno; ya voy a desnudarme.
Entonces Dagiore empezó a dar el ejemplo.
Escandalizada la joven, le gritó:
-Apague la lámpara; pero arrepentida en el acto de su idea, agregó:
-Deje no más, yo voy a hacerlo.
Se acercó al quinqué y le bajó la mecha, quedando la pieza alumbrada por una luz indecisa a cuyo vago resplandor semejaba la figura de Dagiore un repelente fauno.
-Así queda mejor -dijo Dorotea.
-Bueno, como Vd. quiera; pero desnúdese.
Dorotea, como si no hubiera oído estas palabras, —12→ fue a sentarse acongojada en la silla que antes había ocupado.
Dagiore fue en busca de ella.
-¿No se ha desnudado todavía?
-Sí, ya voy, dijo -y como viera que ya no podía dilatarse más esta escena, contestó:
-Pero retírese Vd.
-Bueno -replicó el fondero con aparente sumisión, y en una figura carnavalesca, fue a esperar en una silla; al resplandor amortiguado de la lámpara parecía con su camisa burda y sus piernas peludas el fantasma de la lascivia.
Al cabo de un rato, dijo:
-¿Ya está? -y como no obtuviera respuesta, se dirigió al lecho, a cuyo opuesto lado se había refugiado Dorotea.
La infeliz se había sacado solamente el vestido; estaba en enaguas y ni había pensado en desabrocharse el corsé.
Entonces empezó un verdadero pugilato y la más torpe lujuria se desbordó en besos e innobles tocamientos, profanando aquel turgente seno de nieve.
¿Qué sucedió? Nada que pueda asombrar. Algo muy legítimo. ¡Bah! Lo que podría llamarse un estupro legal...
Dagiore se durmió en breve y lo mismo sucedió a Dorotea; el cansancio del día la había postrado. Sin embargo, su sueño fue una pesadilla; de pronto despertaba llena de sobresalto, miraba con ojos sonámbulos los objetos que en la vaga penumbra de la habitación cobraban ante su espíritu conturbado fantásticas proporciones. Miraba entonces a su esposo y como ofendida y con miedo, se corría al borde de la cama para alejarse de él. Cerca de la madrugada no pudo ya —13→ conciliar el sueño. Mirando al techo y en actitud inmóvil estuvo mucho tiempo. Se puso a reflexionar, y se encontró muy desgraciada.
Pensó en los jóvenes que la cortejaban; luego no quiso seguir este orden de ideas y se refugió en dulces vaguedades imaginativas. No sabía qué podía pedirle a la Virgen María, de quien era muy devota, y sin embargo le hizo una promesa y se puso a rezar. Luego se deslizó del lecho sin hacer ruido y se vistió. Los ronquidos de Dagiore llamaron su atención. Lo miró. El sátiro no podía estar más deforme. El pelo revuelto y enmarañado le ocultaba su frente pequeña y deprimida. Los ojos supuraban unas lagañas glutinosas de color blanquizco, con vetas amarillas. De la boca le caía una baba espesa que descendía por la camisa desabrochada a su pecho ancho y exuberante de vegetación cerdosa.
Dagiore estaba repugnante y Dorotea se arrepintió mil veces, al contemplarlo, de haber unido su suerte con este cerdo disfrazado de hombre. Toda la culpa de este cambio de estado que la hacía tan desgraciada lo arrojó sobre sí misma. Si mis padres me obligaban yo podía haberme envenenado, pensaba la infeliz.
Dagiore despertó. La llamó a sí, pero ella, horrorizada, abrió la puerta.
Los mozos de la fonda ya estaban en movimiento.
El fondero se vistió precipitadamente y fue a desempeñar sus tareas cotidianas. La belleza de Dorotea y sus formas macizas lo tenían afiebrado. Todas sus teorías sobre el matrimonio y los proyectos que pensó realizar, se evaporaron como las confusas imágenes de un sueño, ante la práctica de las cosas y esa lógica impensada que traen consigo todos los acontecimientos y todos los hechos. Él había acariciado la —14→ idea de hacer trabajar a Dorotea en el mostrador desde el primer día, pero la sola presencia de su mujer bastaba a desarmarlo. La exuberancia de vida de la joven le hacía perder la cabeza por completo. Al mirarle sus ojos llenos de luz, el seno que desbordaba del corsé o sus labios gruesos y fuertemente encarnados, olvidaba el negocio y sentía un ardor febril en la sangre.
Dorotea seguía aturdida: cada vez que le era posible se refugiaba en la soledad de su cuarto; allí iba a buscarla Dagiore, con sus abrazos y sus besos de fauno lascivo.
Pasaron unas cuantas semanas y sucedió entonces lo de siempre: Dorotea parecía resignada y como en la mayoría de los casamientos, concluyó el hábito por dar formas regulares al matrimonio.
La costumbre es la adaptación al medio; he ahí todo: si se introduce cualquier sustancia de olor acre a una habitación, todos los que en ella están lo notarán en la primera aspiración, poco a poco las impresiones irán siendo menos fuertes, hasta que el olfato termina por connaturalizarse con el miasma, no encontrando nada de particular en el ambiente; se cree entonces que el mal olor ha desaparecido, pero un recién llegado lo constata con un pronunciado gesto de repulsión.
De esta manera le sucedió a Dorotea. La intimidad con un hombre grosero, no teniendo ella un caudal propio de educación para resistir y triunfar en su dignidad, dio por término que se corrompieran sus sentimientos de pudor...
En el corazón de cada mujer dormita la abnegación de la hermana de caridad. Algunas veces Dagiore sentía el cuerpo dolorido por las fatigas del trabajo —15→ diario y entonces ella se enternecía. Una vislumbre de orgullo avivaba sus ojos al verlo tan pujante en el trabajo y se forjaba la ilusión de que realmente lo quería.
Bien pronto su perspicacia femenina adivinó el dominio que su carne fresca y juvenil ejercía en el ánimo de su esposo.
Se propuso entonces explotar esta sensualidad de sierpe.
Cuando deseaba algo lo acariciaba con lujuria de ramera, hasta que el otro, convulso y trastornado, le satisfacía su capricho.
Dorotea se acostaba más temprano y Dagiore las más de las noches la despertaba. Sólo la vivacidad del deseo podía darle fuerza para resistir sus excesos, porque recién se retiraba al cuarto a eso de las doce de la noche, después de dieciocho o diecinueve horas de trabajo consecutivo; ese trabajo rudo e incesante, en que su avaricia lo obligaba a multiplicarse, haciendo a la vez el papel de patrón, de mozo, de sirviente, y por decirlo todo en menos palabras, de factótum, porque tan pronto recogía unos platos, cobraba una cuenta o iba a descargar una pipa de vino.
Así cansado se retiraba al tálamo...
Más tarde tendremos ocasión de observar la trascendencia que estas causas, al parecer insignificantes, tuvieron en su prole, porque Dorotea ya estaba en cinta.
Hacía tres meses que era casada y los signos más característicos del embarazo le revelaban que ese sublime y natural misterio de un ser que empieza a palpitar en las entrañas de otro ser, se producía en su organismo.
—16→
Dorotea, en su nuevo estado, se sintió avasallada por extrañas y desconocidas influencias.
Una causa fisiológica perturbaba en ella la trabazón lógica de sus anteriores gustos e inclinaciones.
Por demás conocida es la acción especial que ejerce el embarazo en el espíritu de la mujer, y cómo se observa en la mayoría de las aberraciones morales -resultado lógico del medio, combinado con el poder del organismo y el momento funcional por que este pasa-, la joven madre no se daba cuenta de esos cambios y creía en todo proceder con suma discreción.
Los frecuentes vómitos, los dolores al vientre, a las caderas, y la enojosa pesadez a la cabeza que la aquejaba, poníanla de un humor insoportable.
La mujer en este estado es una pobre enferma, tal vez una loca, que debe ser considerada en todo sentido.
Pero todos los hombres no son filósofos, y los que pueden reputarse como tales, dejan de serlo en su respectivo hogar.
En medio de sus dolores volvió muchas veces a arrepentirse de su matrimonio: ella, que había pensado que al casarse se abriría para su espíritu una era de felicidad y de dulces sensaciones, renovadas a cada paso por nuevas emociones de placer, se veía con —17→ el pelo despeinado, sepultando su cabeza en la almohada del lecho y con los ojos hinchados de llorar.
Aquello le parecía horrible: no era lo que había imaginado en las medias tintas de su candorosa imaginación.
Pensaba en su vida de soltera: ella, que había desesperado en el almacén, abrigaba ahora la íntima convicción de que allí le había sonreído la felicidad.
De pronto se creía tan desgraciada que la siniestra idea del suicidio iba a afiebrar su alba y pequeña frente.
La idea de matar al inocente ser que alimentaba en sus entrañas no le traía ningún pensamiento doloroso.
Estas anomalías eternas en las corrientes del pensamiento y que forman en sus remansos lo que llamamos conciencia, se observan en cada «documento humano» y confunden al analista que no acierta en tanto caos a determinar un «punto matemático» para la moral, aunque encuentre como causas, estados morbosos, impulsiones fatales del organismo, dolorosos efectos de la educación recibida o productos de las preocupaciones reinantes, que en todo caso, y ante cualquier juez serían por lo menos causas poderosas para atenuar el peso abrumador de esa mole de la conciencia que designamos bajo la palabra «responsabilidad».
¿Cuántas mujeres hay que por temor de verse deshonradas en la opinión de sus parientes y conocidos provocan un aborto, y luego no sienten remordimientos en toda su existencia?
¿Aguijonea entonces la conciencia en ciertos individuos solamente por el temor de ser descubiertos en un crimen o cuando este es conocido? ¿Es el hecho —18→ en sí o su publicidad, la causa de que despierten los remordimientos?...
Abandonemos esta cuestión que vaga como una nebulosa en el piélago casi insondable del universo moral, y volvamos a Dorotea.
En sus momentos de acerba irritación se habría dado la muerte si la causa más sutil hubiera venido a avivar su contrariedad, porque su pensamiento estaba preparado a la extrema resolución de la muerte.
El eco de las fiestas, que en tibias ráfagas penetrara antes al almacén, irritando su sed de cosas desconocidas, los recuerdos de las novelas que había leído, se le presentaban ahora a la imaginación, la torturaban y la hacían entrar en pleno delirio.
¿Por qué la vio Dagiore? se preguntaba. Hubiera deseado ser robada por un joven bello y valiente. Ella sería feliz, así.
Luego pensaba en un domingo que había ido a misa. Recordaba haber visto a una hermana de la caridad y que ella deseó ingresar en esa hermandad.
Su espíritu se concentraba entonces en dulces arrobamientos religiosos. Cuando se recogía a la noche, pedía a la Virgen María, no despertar en la tierra y que en su sueño la llevase entre los ángeles. Dulcísimos transportes la enajenaban en esos momentos; todas las sensualidades de la religión católica hacían arder sus deseos inflamando su sangre joven: veía esplendorosos los alcázares del cielo, altares en que chispeaba el oro y las pedrerías, a Dios sentado en un trono deslumbrador y a los ángeles que revoloteaban en torno suyo cantando alabanzas.
Cuando el sol de la mañana con su sonrisa de oro venía al través de los cristales de la puerta a besar —19→ sus cabellos en desorden, abría con sobresalto y sorpresa los ojos somnolientos.
La virgen no había querido oírla.
Miraba en torno, no bien convencida aún del sitio en que se hallaba. Su retina estaba dispuesta a ver la realidad de la copia de un cuadro de Murillo que siempre la deleitaba en la iglesia. Pero en vez de la virgen con el coro de treinta ángeles abarcaba los odiosos muebles de la habitación en el mismo lugar del día anterior. Esto la confirmaba por completo en su desengaño. Se desalentaba mucho y perdía toda su energía.
Este sentimentalismo enfermizo, concluía en verdaderas crisis nerviosas, que se deshacían luego en prolongados sollozos.
¡Ay! ella que creía despertar en luminosas esferas, abría los ojos en un cuarto que odiaba, sintiendo las sábanas húmedas del sudor de Dagiore.
Pero luego venía la reacción.
Pensaba en su hijo, y se enternecía.
Quiso ella sola hacerle el ajuar: pidió moldes, compró género de hilo y blondas y se puso al trabajo en medio de una dulce alegría.
Pronto llenó la cómoda de pañales, camisitas y graciosas gorras circundadas de encajes. A veces cuando trabajaba una nueva pieza, dejaba la aguja y se quedaba ensimismada. Si le hubieran preguntado lo que pensaba seguramente que no habría acertado a dar una respuesta satisfactoria.
Siempre su imaginación enfermiza soñando lo imposible y fatigando su pobre espíritu en deliquios ilusorios que sólo podrían realizarse en la fantasía de un cerebro afiebrado.
Hubo un tiempo en que se le antojó salir; fue una —20→ fiebre de pasear, de mostrarse, de verlo todo, que desbordaba en ella y la arrastraba maquinalmente fuera de las cuatro paredes de su cuarto.
Mientras duraron los transportes de la luna de miel Dagiore no le había negado nunca dinero.
Los primeros refunfuños ella los desvaneció con algunos besos, pero el fondero no sólo se había asustado de la suma que le costaban los vestidos de su esposa, sino que este lujo los separaba cada vez más.
Cuando estaba vestida no podía tocarla sin despertar una tempestad de rabia en su esposa que llegaba al delirio lo que veía arrugado su vestido al profanarlo Dagiore dándola un abrazo.
Una vez, en momentos que Dorotea iba a salir, la dio un beso a traición, que de otra manera no lo habría conseguido: el hocico húmedo del fondero extrajo de la mejilla derecha toda la velutina. Dorotea se indignó extremadamente, y en el esfuerzo que hizo para rechazarlo se descompuso el peinado.
Aquí creció la irritación: de un tirón se sacó la gorra y en la brusquedad de su enojo, dijo a su marido:
-¡Eres muy bruto: me tienes muy cansada con tus besos!
Fueron dichas estas palabras con tal desprecio, que Dagiore sintiéndose humillado olvidó toda la prudencia que le aconsejaba su lujuria; la dio un recio empujón y gritó con voz destemplada:
-¡Está bueno! Yo no puedo besar a mi mujer, pero yo te mando y tú no saldrás más de casa. Ya me figuro a qué has de salir; no he de ser zonzo yo; ¡haragana y pedazo de porquería!...
Dorotea prorrumpió en ahogados sollozos.
—21→El torpe fondero había descubierto en sus palabras la avaricia y los tremendos celos que tumultuaban su alma pequeña.
Su esposa continuaba en el llanto con un hipo isócrono y su pecho agitado amenazaba desbordar del corsé que lo oprimía; estando ya predispuesta por su estado, los esfuerzos que había hecho determinaron fácilmente una descomposición del estómago.
Empezó con fuertes arcadas y continuó con un vómito espeso y sostenido.
En medio de sus angustias no olvidó su vestido; se lo alzaba como podía, y así recogido, lo amparaba sosteniéndolo entre sus piernas: ya era tiempo, porque las medias aparecieron salpicadas.
Entonces Dagiore, que podía con aquel espectáculo haberse calmado en sus rencorosos sentimientos, siguió alzando la voz con palabras torpes: de pronto y como cediendo a una ansia atroz de ofender y vengarse, exclamó:
-Yo podría tenerte asco, ya que eres tan puerca; podías no ser tan haragana y sacar la escupidera; mira cómo ha quedado el cuarto; sí, tú lo ensucias, pero no lo has de barrer.
Dorotea, entre tanto, estaba morada por los esfuerzos que había hecho y su frente aparecía empapada de sudor.
Se levantó a buscar la toalla para enjugarse la boca y luego se dirigió al lecho, donde se arrojó suspirando.
Dagiore, renegando aún, salió hacia el despacho de la fonda.
También él empezó a arrepentirse de su enlace.
Toda su ilusión se había desvanecido ante la práctica, —22→ como una ligera nube herida por un rayo de sol.
Él había soñado una mujer modesta, que alentase en su atmósfera y que lo ayudase en los trabajos de su negocio; algo, en fin, como una socia, pero se había encontrado con una señorita llena de aspiraciones y que tenía demasiadas alas para que pudiera desplegarlas sin enlodarse en el recinto de una fonda.
Al principio las maneras y la desenvoltura de su joven esposa lo habían halagado y su orgullo de reptil había encontrado, como el escuerzo, motivo para hincharse. Entonces había hecho un esfuerzo para llegar a ella. Desconcertado por los perfumes de su esposa, el color de las cintas de sus vestidos y el hechizo que veía surgir de toda su persona en los espejismos que creaban sus deseos, se había acercado a un sastre, y después de muchos recateos, se hizo confeccionar una levita. Había quedado ridículo con este verdadero disfraz: un domingo que la estrenó sus amigos rieron de él y su esposa con este fiasco que la humillaba se resistió a acompañarle a un paseo proyectado.
En los alcances limitados de su inteligencia sin cultivo, culpaba a todos de su desgracia. A los padres de Dorotea, porque le habían dado una mala educación, a los tenderos que ponían mil tentaciones en los escaparates, a las novelas que ponderaban el lujo de las mujeres...
No comprendía que esto era el acicate que ponen los pueblos nuevos en todos los corazones, sin que nadie especialmente lo enseñe: todos estimulan a todos; es una especio de contagio, una rabia de celebridad que vaga en la atmósfera irritando todos los orgullos.
—23→Como es natural, a un pueblo de ayer le faltan antecedentes y en este tumulto típicamente plebeyo todos se afanan por crearlos para distinguirse.
No estando bien asentadas las bases sociales y habiendo la necesidad, y la posesión, por decirlo así, discernido la riqueza y los puestos a personas que no los merecían, las generaciones siguientes, batallando con más regularidad y con más elementos de instrucción, hacen esfuerzos por desalojar a los primeros ocupantes. Agréguese a esto todas esas vicisitudes de un país en formación, la alza en los precios de las tierras, los empleos públicos altamente rentados, la triplicación de las fortunas por mil motivos complejos, los golpes de azar en las loterías y en las herencias imprevistas. Todo esto aviva la fiebre por el lujo y la ostentación, porque nadie quiero ser menos que otro, sobre todo, cuando la desigualdad la origina una caricia de la suerte y el camarada de ayer en la pobreza es hoy el que salpica al transeúnte con el lodo que arrojan, al girar veloces, las ruedas de su carruaje.
El cerebro atrofiado de Dagiore no alcanzaba a darse cuenta de este estado social que a él mismo lo envolvía haciéndolo comprar levita y soñar con inmensos caudales que le permitieran comprar castillos en su pueblo o en tierras donde nadie conociera el origen de su fortuna.
Estas escenas, con sus naturales variantes, se repitieron con bastante frecuencia.
Pero los ávidos ardores que sentía Dagiore al verla, no podían contenerlo de solicitar las paces, a lo que accedía Dorotea siempre que necesitaba dinero.
Así, con estos disgustos que le producía la escala —24→ social en que estaba colocada, con sus sueños quiméricos para el porvenir y el alejamiento de la intimidad con Dagiore, cada vez más pronunciado, trascurrieron los días, monótonos e iguales, hasta llegar la época próxima al desembarazo.
Una partera, cuyo domicilio estaba cercano, había sido llamada para que la examinara y le diese algunas instrucciones.
Esta había dicho que libraría antes de quince días y prometiendo volver, pidió que la llamaran a cualquier hora en caso que ocurriera alguna novedad.
La partera no anduvo atinada en su pronóstico, pues cuando dijo que libraría a los quince días era un miércoles y al siguiente domingo, a eso de las cuatro de la tarde, Dorotea se encontró mal. Cierta fatiga, punzadas en el bajo vientre y un gran dolor de cabeza, proveniente de la fiebre natural de su estado y del temor que la embargaba, desde días antes, siempre que pensaba en el rudo momento porque iba a pasar.
Mandó llamar a su madre. Cuando esta llegó ya el vientre lo tenía muy bajo.
Hubo una especie de revolución en la fonda.
Dorotea empezó a quejarse.
Su madre le prodigó palabras de consuelo, diciéndole que se mostrara fuerte en este trance, que pronto pasaría, y entonces tendría la dicha de acariciar a su hijo.
En este momento penetró Dagiore al cuarto precedido de la partera.
Saludó a Dª Margarita, se quitó el tapado, y con palabras de una insinuación vulgar se acercó la comadrona al lecho de la enferma. Después de tomarle —25→ el pulso, entró su mano, que empapó en aceite, por debajo de las cobijas.
Los gritos de Dorotea se hicieron más recios.
-No es nada, tenga valor -la dijo la partera.
Dª Margarita la interrogó entonces con una mirada.
-Es parto -contestó la comadrona, pero va a ir despacio. Es preciso que se levante y se pasee un poco.
La madre le puso los botines a Dorotea y cuando estuvo en pie la partera empezó a sobarle las caderas.
La pobre joven andaba de un lado a otro como una loba herida. No encontraba sitio que le acomodase. Se sentaba en una silla y un vivo dolor la hacía levantar, iba a otra y así seguía en una inquietud creciente. Se agarraba de vez en cuando la cabeza, se estrujaba las ropas del vestido y entre suspiros repetía a cada instante:
-¡No puedo más, no puedo más, Dios mío!
A eso de las siete de la noche se le rompió la fuente de las aguas: la mitad del cuarto se ensució y desde este momento ya siguió expulsando sangre y cierta materia viscosa.
Las contracciones empezaron y la partera la hizo acostar.
Maniobró por espacio de una hora, hasta que al cabo de este tiempo llamó aparte a Dª Margarita, que este era el nombre de la madre de Dorotea, y le dijo que el parto se presentaba muy difícil y que mandara llamar a un médico, porque ella no quería cargar con la responsabilidad si algo sucedía.
Se formó en el patio un conciliábulo de familia y —26→ Dagiore salió en busca de un médico que conocía Dª Margarita, especialista en partos.
Media hora larga tardó en volver, pero felizmente, acompañado del facultativo.
Eran las nueve de la noche. Dorotea sufría dolores atroces: ya no gritaba; eran aullidos los que lanzaba. El trabajo de expulsión había empezado pero con mucha lentitud.
El médico examinó a la parturienta. Aunque encontró el caso bastante grave, no lo demostró en aquel momento. Pidió papel. Escribió algunas recetas y sacando aparte a Dagiore y a Dª Margarita, les dijo que el parto se presentaba muy laborioso, que necesitaba un colega y que ellos podrían mandarlo buscar.
Dª Margarita, que había visto lo que su yerno se había tardado procurando al primero y en la previsión de ganar tiempo rogó al Dr. que designara él al que debía de acompañarle.
Escribió este unas líneas para un compañero de profesión y Dagiore volvió a salir.
Mandó a su casa con un mozo de la fonda a buscar unos instrumentos y una vecina comedida fue con las recetas a la Botica.
A las diez menos cuarto, cuando entró el nuevo médico, Dorotea estaba encloroformada1 y su compañero arreglaba los fierros del fórceps.
Reconocieron a la enferma y empezaron a maniobrar. Al sentir Dorotea el aparato despertó.
Sus aullidos volvieron a escucharse más lastimeros que antes.
Todos estaban consternados.
Dª Margarita tenía los ojos morados y Dagiore había —27→ ido varias veces al mostrador a tomar unos tragos para cobrar coraje.
Hubo un momento crítico para los médicos y quisieron tentar un nuevo esfuerzo antes de pensar en precipitarse y ver si lograban sacar viva la criatura.
Quisieron poner a la enferma en una nueva postura y pidieron una mesa.
Dagiore trajo una pequeña de la fonda.
Los médicos la pusieron cerca de la cama y colocaron en ella una pierna de Dorotea.
Antes de volver a poner el fórceps, tentaron una audaz manipulación para ver si lograban precipitar el parto. La enferma dio unos gritos tan tremendos que Dª Margarita se precipitó al brazo del médico y le dijo con un tono indefinible:
-¡Doctor, doctor!
La enferma, con los labios secos y la garganta enronquecida, gritaba en períodos entrecortados.
-¡Mi Dios, doctor, saque... saque... me mata... no puedo más! ¡Ay! ¡Virgen María! -y su cabeza, levantada por un esfuerzo desesperado, volvió a caer pesadamente en la almohada.
Nuevamente colocaron el fórceps y ya esta vez las cosas anduvieron perfectamente. La enferma gritaba, pero los médicos seguían la operación con entera confianza, porque veían que tocaba a su término.
A la una menos cuarto Dorotea era madre de una robusta criatura.
Los médicos le arreglaron el ombligo, lo fajaron y uno de ellos le comunicó a la joven madre que el recién nacido era varón.
Dorotea, en medio de su postración, pidió que se lo mostraran.
La abuela se lo llevó. El niño era muy rosado. La —28→ enferma le dio un beso en la carita y lo miró con curiosidad y ternura.
Esa noche la puerta de la fonda permaneció abierta. Dª Margarita, D. Juan su esposo, que había venido después de cerrar el almacén, y Dagiore rodeaban el lecho de la enferma.
A las dos de la mañana, habiéndose dormido Dorotea, la abuela colocó al nene en una cunita de mimbre que desde días antes esperaba a su dueño.
Dª Margarita, con su sentido práctico de madre de familia, insinuó a su esposo que se retirara a dormir, porque allí ya no hacía falta y que en caso llegase a necesitarlo lo mandaría llamar.
D. Juan se retiró, acompañándole su yerno hasta la puerta.
La calle estaba solitaria. Un silencio glacial dominaba en ella. Los vapores de la noche habían humedecido las veredas. Se estrecharon la mano y Dagiore volvió a entrar, entornando la puerta.
Dª Margarita le aconsejó se acostara siquiera para descansar un poco, pero el fondero se resistió yendo a sentarse en una silla. De pronto el sueño lo vencía y al inclinarse maquinalmente en la laxitud del sopor daba una cabezada que lo impelía a abrir los ojos con sobresalto.
-No sea terco -le decía su suegra-, debía Vd. recostarse un poco.
Entonces Dagiore, para vencer su sueño, se dirigía a la puerta de calle.
Una vislumbre blanquecina empezaba a empalidecer la luz del gas. Eran los primeros albores del nuevo día. Sonó el pito del vigilante en la esquina y poco después, los pasos de este que anunciaban su proximidad.
—29→El guardián había ya visto abierta la puerta de la fonda y sabía el motivo de tanto movimiento. Era además bastante conocido del fondero, el cual siempre lo convidaba con la copa para estar bien con la autoridad.
Pronto estuvieron reunidos y conversaron de Dorotea.
Poco a poco empezaron a oírse nuevos ruidos, ya los gallos cantaban en toda la vecindad. Hacia el lado del Mercado se veían muchas luces y un sordo rumor que anunciaba gran movimiento.
Allí la proximidad del día los esperaba. Los carniceros aserraban las reses y los puesteros se daban prisa por descargar las últimas carretas atestadas de frutas y legumbres. Todos se afanaban por dejar arreglado su respectivo departamento, y ya muchos, después de haber repasado el mármol del mostrador, se colocaban un blanco y limpio delantal.
Pronto quedó el Mercado arreglado para la venta. El alimento que había de saciar el hambre de una parte de la gran ciudad emanaba un olor acre cuyo tibio hálito saturaba la atmósfera de un modo especial.
Los ruidos se hacían cada vez más perceptibles en los alrededores.
En la fonda estaba ya todo arreglado y barrido.
Nada anunciaba el drama de la noche que pasaba, a no ser la cara desencajada de su propietario que todavía estaba en la puerta.
De cuando en cuando pasaban grupos de jóvenes calaveras que se retiraban a hacer del día noche. Salían sin duda de una cena bulliciosa o del fango de alguna orgía. Todos esos búhos de la noche se deslizaban con paso ligero entre la penumbra temiendo —30→ ser sorprendidos por la claridad del día. Tahures, ladrones de profesión, toda la mala yerba que protegen las tinieblas, se apresuraban a esconder sus bultos.
Los trabajadores ya se dirigían a sus obras; los changadores corrían al Mercado, unos con el cordel en la mano y la bolsa vacía terciada al hombro, y otros provistos de un gran canasto. Los vehículos rodaban con estrépito por las piedras de la calle, especialmente las jardineras que usan los expendedores de pan. A ratos, la silueta del lechero con su rostro plácido y su traje pintoresco, animaba el cuadro, pasando al trote inglés de su caballo. Los diferentes negocios abrían las puertas para esperar los compradores. Varias mucamas se dirigían con su cesta al Mercado y no faltaban a esa temprana hora labios que les modularan atrevidos galanteos. El comercio ambulante anunciaba sus efectos con gritos incomprensibles, y en medio de esta verdadera Babel, sobresalía la voz chillona de los vendedores de diarios.
La gran ciudad despertaba con sus clamoreos peculiares, aprestándose, una vez más, a la diaria lucha por la existencia.
Las aceras se llenaban por momentos...
Todos estos murmullos del exterior penetraban en ráfagas apagadas al dormitorio de Dorotea.
El niño despertó llorando.
En su inconsciencia nada sabía del medio en que se iba a desarrollar su vida; pero esa atmósfera, a la cual estaba completamente ajeno, empezaba a incomodarlo y a tender la red de acero de su influencia para dirigirlo maniatado en el tumulto de la vorágine social.
Todo estaba preestablecido. Todo lo habían ordenado —31→ voluntades y cerebros anteriores. Su bulto informe, sumergido en las ropas de la cuna, podía compararse con un vagón de carga, construido para repuesto en una vieja línea férrea, porque como el vagón, su camino estaba fatalmente trazado. Vagaban en el ambiente las preocupaciones que habían de nutrir su espíritu: los libros estaban escritos y designados, hasta su misma planta tendría que vagar forzosamente por la ruta que formaron las hormigas de anteriores generaciones. Está a merced de las influencias exteriores y de las necesidades que fatales desbordan del organismo. Víctima de la casualidad o de la conjunción de dos sustancias desconocidas en su esencia, pobre prisionero de la vida, cautivo del momento histórico, no ha escogido el tiempo de su venida al mundo, su idioma ni su nacionalidad. La lógica de la herencia, casualidad para él, le ha dado sexo, color y temperamento.
¿Es esta una voluntad libre que se inicia?
Así lo afirman los espiritualistas.
¿Es por el contrario un autómata que hará diversas muecas según la influencia que lo hiera?
Esto aseguran los materialistas.
Sigámosle, entre tanto, en la evolución de su vida y sus propios actos se encargarán de dar respuesta a esas preguntas formidables.
—32→
El sentimiento maternal absorbió la febril actividad de Dorotea en los primeros meses siguientes a su desembarazo.
Sin embargo, sus sueños de orgullo en que veía satisfecha la vanidad que llenaba su cabeza sin ideas, venían de vez en cuando a perturbar sus tranquilos goces maternales.
Varias veces había salido dejando el chico al cuidado de la abuela, pero como esta siempre estaba ocupada, no tardó en buscar una muchacha para que lo cargara.
Cuando la sirvienta fue tomada Dorotea sintió un gran alivio. El círculo de sus relaciones se había ensanchado y su más vivo deseo era tratarse con las personas decentes del barrio.
Casi con todas las de su sexo se saludaba y con varias hablaba, ya al acaso, sobre temas del día, de los enfermos cercanos o de chismes corrientes en la vecindad; bien parándose en las puertas de calle o juntándose mañosamente a un grupo a la salida de la Iglesia.
Todo esto la entonaba llenándola de una loca alegría.
Pero cuando recaía la conversación sobre la fonda o los artículos del almacén de su padre, se entristecía —33→ sin quererlo: sentíase humillada al hablar de estos asuntos tan enojosos para su vanidad.
Poco a poco fue produciéndose un cambio de servicios. Dorotea prestaba a sus vecinas los diarios que se recibían en la fonda, algunas novelas de Pérez Escrich o Fernández y González, a las que se había suscrito por entregas; les enviaba postres, muy bien hechos y todo aquello que, estando a su alcance, suponía que las halagaría. Estos obsequios tuvieron su correspondencia. Dorotea recibió unas camisas bordadas y algunos pañuelos de mano marcados con sus iniciales. Esto empezó a generar cierta intimidad.
Un domingo, de regreso de la iglesia, una de las vecinas, parándose en el umbral de su casa, invitó a sus amigas a pasar adelante, haciendo extensivo este ofrecimiento a Dorotea.
La joven se sintió sobrecogida, se excusó con sus quehaceres y con su hijo que había quedado solo y se dispuso a retirarse.
La dueña de casa insistió aún, pero luego con delicada política, ofreció la casa y la pidió que no dejara de visitarla.
Dorotea llegó a su cuarto radiante. Se veía ya haciendo papel en la alta sociedad. Esa mañana no almorzó. Todo le parecía en la fonda vulgar y asqueroso. Soñaba con bailes, paseos en el campo, y que su nombre saldría después en las revistas que hacían los diarios de estos torneos de la vanidad elegante y a fortuna orgullosa.
Dª Margarita entró en este momento.
Dorotea hizo un gesto de desagrado que reprimió prontamente: ya hacía tiempo que todo lo que se relacionaba con su familia la ponía violenta.
—34→Pero disimulaba. Desde que era casada había cosechado mucha experiencia de la vida: ¡había visto y oído tantas cosas! Estaba casi preparada para ser una mujer de mundo: su inteligencia bastante atolondrada habíase saturado de malicia. Sus concepciones eran rápidas y del modo como las relacionaba con el porvenir, más parecían producto de un cerebro aleccionado y varonil.
Un egoísmo cruel la alentaba. Hasta pensaba en sus momentos de fiebre en la muerte de sus padres y de Dagiore. ¿Para qué vivían? se preguntaba: ¿sabían acaso gozar de la vida? El delirio de su imaginación le perturbaba el sentido moral.
Dª Margarita habló con su hija de cosas insignificantes, pero esta la había notado bastante triste desde el principio. Entró en cuidado, no sabiendo cuál podría ser la causa, y así se lo dijo, prodigándole algunos mimos y diciéndole en tono de cariñoso reproche que ya no tenía confianza en ella.
La madre cayó en el lazo y algunas lágrimas brotaron de sus ojos.
Dorotea trató de consolarla y la instó a que hablase.
Dª Margarita la dijo en su expansión, que los negocios del almacén iban mal, y que por esta razón estaban muy afligidos.
Esto era cierto: D. Juan antes de establecerse en el comercio de almacén al por menor, se ocupaba de mercachifle, negocio que entendía ventajosamente y en el cual le había ido muy bien.
Cierto día, se vio con un paisano que era el dueño del almacén que ahora le pertenecía. No podía atenderlo por impedírselo otros negocios y al dependiente que dejaba lo había pillado varias veces en flagrante delito de hurto. Desalentado, quiso deshacerse de él —35→ a toda costa y lo cedió a D. Juan en magníficas condiciones. Este, más se decidió por lo barato que por otra cosa. El aprendizaje le costó algunas pérdidas, y en los primeros repuestos de surtido pagó la chapetonada comprando infinidad de clavos. Ya cuando se prometía entrar en vida normal y cosechar algunos frutos, se inauguró un lujoso almacén en la esquina que hacía cruz con el suyo y en ambas restantes había dos más: con mayor capital tenían por consiguiente más recursos para atraerse los compradores.
También los locales que ocupaban sus colegas eran más espaciosos y por esta causa hasta los borrachos habían cesado de hacerle gasto a D. Juan. Preferían ir a tomar la copa en cualesquiera de los otros, porque, según la expresión de muchos de estos, se encontraban más a sus anchas.
-¿Y qué piensan hacer? -insinuó de pronto Dorotea, viendo que su madre se había quedado callada y cabizbaja.
-Juan no sabe qué hacer -contestó algo indecisa Dª Margarita.
-¿Pero algo habrán imaginado?
-Sí, es verdad; pero no es más que un proyecto; yo creo que no se podrá realizar: ¡ay! la fortuna se ve que no ha sido hecha para nosotros.
-Pero no desespere, mama, así: Vd. misma ha dicho muchas veces, que para todo hay remedio menos para la muerte y que lo último que se pierde es la esperanza.
-Así es, hija, pero...
-Hable Vd., dígamelo todo; tal vez a mí se me ocurra algo.
-Pues lo que ha pensado Juan es deshacerse del almacén y poner una tienda: tiene esperanzas de que —36→ le vaya mejor en este negocio porque ya lo conoce.
-¿Y por qué no lo hace?
-Ahora hay muchas tiendas y no le alcanzaba para surtirla como él quería. Después, esto ha sido anteayer, ha sabido que D. Francisco, ¿sabes? el de la tienda de la calle Tucumán; quiere venderla... aquí es cuando se ha entusiasmado tu padre: habló con D. Francisco, pero no quiere saber nada de plazos...
Dorotea callaba.
Dª Margarita, tragando saliva, continuó:
-Anoche quiso hablar de esto con Dagiore; vino aquí, pero después no se atrevió a decirle nada.
-Pero Dagiore no tiene dinero -interrumpió bruscamente Dorotea.
La joven se había inmutado. Una seriedad invencible la inundó poniéndole rígidos los músculos de la cara. Se había desilusionado. Creía que sus padres trabajaban muy bien y ahora, en su egoísmo, suponía que querían robarla.
Su madre quedó fría. Siempre había pensado que su hija, en un momento crítico, la daría hasta la camisa. En su cerebro obtuso hacía una suposición. Trocaba los papeles respectivos y levantaba ella de la miseria a su hija. Sucede siempre lo mismo en las cuestiones de interés y miseria. El que pide se hace generoso para el porvenir, y esta prodigalidad no es más que el reflejo presente de su apremiante necesidad. Luego que pasa el momento crítico se aprecia la dádiva con un criterio distinto, porque es diferente la situación personal. La montaña a una cuadra de distancia nos parece enorme, a diez leguas la confundimos con una pequeña eminencia, porque en lo moral, como en lo físico, la perspectiva determina —37→ los juicios respecto de las cosas y de los hechos. Haciendo lo posible por disimular su despecho, Dª Margarita dijo, en tono triste:
-Juan quería asociar en la tienda a tu marido, si has creído otra cosa te equivocas.
-Pero, mama, si yo no le digo nada: si yo pudiera, ya sabe Vd. que lo haría con el mayor gusto; mire, lo que le he dicho es cierto: al menos que yo sepa, José no tiene plata, sin embargo, yo le voy a hablar hoy de la cosa.
-No le digas nada, es mejor: allá nos arreglaremos como se pueda, que con la ayuda de Dios no nos ha de faltar un pedazo de pan.
-Vea, mama, vaya tranquila, que luego yo misma les voy a llevar la contestación.
-Puedes hacer lo que quieras, pero yo no te pido nada...
Bastante resentida se alejó Dª Margarita, pero su hija parecía que había cambiado completamente de opinión, tal era su deseo de hacerla ir contenta.
Dorotea acompañó a su madre hasta el patio de la fonda y volvió a su cuarto.
Se puso a tararear un vals: parecía trasportada de gozo. Estaba radiante, sus mejillas se habían coloreado e iba y venía en movimientos descompasados por la habitación.
El negocio de la tienda era lo que tanto la excitaba. Le parecía una idea soberbia. No era el deseo de servir a sus padres ni un golpe nervioso lo que la hacía cambiar de opinión en el asunto. Había encontrado una puerta para dar escape a la vanidad que la ahogaba y sólo el cálculo la impelía a obrar. De pronto se irritaba consigo misma de no haber visto desde el —38→ principio las ventajas que traería para ella el negocio de la tienda, entrando Dagiore.
Seguía paseándose por la habitación; de pronto se paró delante del espejo del lavatorio y mirando con sensualidad su boca fresca y rosada, empezó este monólogo:
-Bien: tata vende el almacén, José vende la fonda, compran en sociedad la tienda de D. Francisco: ¡ah, Dios mío! esto siquiera es más decente: la tienda creo que no tiene más que dos piezas interiores: claro está que no hemos de vivir todos allí; entonces alquilamos una casita ¡Dios mío! ¡Dios mío! cuánta felicidad.
Estas ideas la hicieron desfallecer: fue hasta la cama y se recostó un poco. La joven pasaba por un ensueño delicioso. La esperanza -ese espejismo de la imaginación que nos muestra realizados nuestros deseos del presente-, batía su ala fresca y sonrosada, acariciando los pensamientos que bullían sin orden sobre su frente.
Con febril ansiedad, empezó desde ese instante a acechar a su marido: quería sorprenderlo en un buen momento para dejar terminado el asunto.
A eso de mediodía se oyó en el patio la voz de Dagiore. Estaba dando algunas órdenes para que bajaran al sótano algunos artículos recién descargados.
El cocinero, con su gorro y su delantal blancos, sus imponderables bigotes, y un cucharón en la mano, se acercó al círculo, terciando en la conversación. Dorotea salió a la puerta de su dormitorio. Mañosamente fue acercándose a la rueda. Cuando estuvo cerca de su marido se afianzó en su hombro con encantadora naturalidad. El cocinero la miró de reojo. No estaba esa escena en sus libros. Dagiore —39→ era despótico con los que dependían de él, y estos, como la mayoría de los subalternos, le deseaban todo el mal posible y daban salida al rencor que los animaba, mordiendo atrozmente su reputación. En la cocina el cocinero lo parodiaba colocándose en cada sien una tenaza. Espiaban a Dorotea, y cada vez que salía compadecían caritativamente al patrón. Cuando regresaba la observaban minuciosamente: si la joven llegaba acalorada ya por efecto del cansancio de haber andado mucho a pie o bien a causa del calor, siempre el areópago pensaba con malignidad lo peor. Habían llegado las cosas al extremo de forjar una novela de fantasía: empezaron por suponer que acudía a citas; imaginaban luego los parajes donde tendrían efecto las entrevistas, para terminar, corriendo el tiempo, que estos hechos eran reales y positivos. La joven estaba bien extraña de estas calumnias y ni siquiera conocía de nombre los parajes en que la suponían, entregada en brazos de un amante: uno de los motivos que había dado pábulo a estas habladurías era que jamás se les había visto en verdadera intimidad o prodigándose naturales caricias entre esposos. Dorotea siempre había evitado las expansiones amorosas de su marido delante de los mozos. Era el orgullo de su pudor que no podía consentir en avergonzarse de esa manera.
Dagiore mismo se sintió sorprendido con la muestra de íntimo cariño que le prodigaba su esposa. Ese simple acto comprendía que lo rehabilitaba ante el pequeño mundo de su fonda, que para él representaba al universo entero. Ni le importaba ni podía pensar siquiera fuese en la opinión de otro barrio. Las paredes de su negocio demarcaban al mismo —40→ tiempo el límite de su orgullo. No conocía otros horizontes ni podía comprender que hubiera otras esferas para la actividad humana. Allí hasta su cerebro había echado raíces. Estaban tan afirmadas sus ideas a este respecto, que sólo el manicomio o el cementerio lo sacarían de esa atmósfera peculiar y hasta nauseabunda que genera el vapor de los cocidos, los fritos en aceite, los guisos con especias y las aguas servidas que se arrojaban a la letrina, la cual emanaba, a tiempos, fétidas bocanadas.
Dorotea seguía recostada con abandono en el hombro de su marido.
Se trataba de bajar dos pipas. Como eran muy pesadas, hacían los mozos grandes esfuerzos para conducirlas.
Siempre las habían bajado con sogas. Como el sótano era bajo y tenía escalera, Dorotea emitió la opinión de que cruzando las pipas se bajarían más pronto y fácilmente.
No fue bien acogida esta idea, porque así tendrían que hacer más fuerza.
Empero a Dagiore le agradó. Una de las pipas estaba en la boca del sótano. El fondero bajó, trepando sobre la pipa, hizo que le sacaran las sogas y ayudándole dos del medio y empujando de arriba el cocinero, bien pronto estuvo en su lugar. Igual cosa se hizo con la segunda. Terminado este trabajo Dagiore volvió a subir. Estaba sudando. Dorotea le tendió su pañuelo para que se enjugara la frente e impregnando su voz con una inflexión pesarosa le dijo:
-¡Te has cansado mucho!
-¡Bah! esto no es nada -contestó él encogiéndose de hombros.
—41→La rueda se había dispersado: cada cual había ido a seguir sus respectivos quehaceres: entre tanto, Dagiore seguía maquinalmente a su mujer al dormitorio conyugal.
Una vez en este, se sentaron uno junto al otro.
Viéndose tan mimado, comprendió el fondero que su mujer tenía algo que pedirle, pero estas ideas pronto se confundieron en su cerebro: lo enajenaba tanto la consideración de que era objeto, que pensó concederle todo lo que le exigiera con tal de verla satisfecha.
Dorotea, poco a poco, expuso, los hechos: refirió el mal estado del negocio de sus padres y el proyecto que acariciaban de comprar la tienda de D. Francisco.
Dagiore asintió en general, pero dijo que necesitaba saber con cuánto tendría que concurrir para tener una parte en el negocio.
-¿Qué no tienes dinero? -preguntó Dorotea haciéndose la atolondrada.
-Eh, alguna cosa, mas en fin, quiero saber.
-Es que yo tengo un proyecto -agregó con viveza la joven y como si nada hubiera pedido.
-¿Qué proyecto?
-A ti, a todos, nos convendría.
-Vamos a ver.
-La fonda te hace trabajar mucho y a mí no me gusta eso; ya ves, hacer fuerza con las pipas y tener que lidiar con tanto pensionista que no paga. Después, aquí vienen borrachos y compadritos, que un día pueden armarte una pelea.
-Eh, yo no les tengo miedo.
-Pero una tienda; piensa todo lo que se puede ganar...
—42→Dagiore callaba indiferente como si le hablaran de un negocio en el Japón, y Dorotea titubeaba ya algo desalentada.
Cobró nueva energía pensando en sus sueños de oro y se decidió a decirlo todo de una vez planteando clara la cuestión:
-A mí me parece que te convendría vender la fonda y entrar tú mismo en la tienda.
-¡Qué barbaridad! -replicó riendo el fondero.
-¿Por qué ha de ser barbaridad? -preguntó Dorotea toda inmutada.
-Eh, porque yo no entiendo de trapos y aquí estoy muy bien.
-¿Pero tú no piensas que una tienda es mil veces más decente que una fonda?
Aquí fue Dagiore el que se indignó. Había sido herido en el corazón de sus preocupaciones: su orgullo de gremio se levantaba feroz en su pecho y hasta lo ligaba con sus envidias y sus celos. Recordaba lo bien que vestían los tenderos y pensaba que más de una vez le habrían prodigado piropos a su mujer. Creía, como artículo de fe, que la corrupción de las mujeres la engendraba el lujo de las tiendas.
-Más decente, más decente -empezó diciendo con rabia-, yo soy decente, porque no trampeo a nadie y trabajo. Sí, mejor es cargar pipas como burro que estar limpiándose las uñas como esos manfloras de las tiendas, que son unos perros, unos haraganes.
Dorotea quedó consternada. Es tremendo para una mujer el momento en que se cree desamparada de todos y que no es comprendida.
Se arrepentía de haber tratado mal a su madre por la mañana. Si no hubiera sucedido tal cosa se habría refugiado en casa de sus padres. Allí se ahogaba —43→ y torturaba su pobre cabeza pensando dónde ir.
Su agitación hizo crisis en un mar de llanto.
Dagiore tuvo tentaciones de dejarla que llorase a su gusto, pero pronto se arrepintió de esta idea creyendo que Dorotea estaba verdaderamente muy afligida.
-No hay por qué llorar por esto -le dijo-, yo también tengo una idea.
La curiosidad y la esperanza devolvieron a la joven su entereza.
Con los ojos preñados de lágrimas interrogó a su marido.
-Es cosa muy sencilla -siguió este, con mucho entusiasmo y animación-, pienso hacer lo que hizo el dueño de esta fonda.
-¿Cómo?
-¡Eh, qué diablo! también quiero comprar un hotel: me parece que es cosa mejor que tu tienda.
A Dorotea no le disgustó el proyecto, pero con sus ansias de cambiar pronto de posición, preguntó:
-¿Y cuándo será eso?
-¡Oh! ¡oh!... no hay que apurarse, falta tiempo todavía, será de aquí a cinco años.
La joven volvió a caer en su anterior desaliento. Cinco años para ella era lo mismo que morir.
-¿Te parece mucho tiempo? ojalá haya plata para entonces: ¿sabes cuánto paga de alquiler el otro? Pues es poco: veinte mil pesos al mes, y su hotel no es de los mejores.
En medio de todo, estas confidencias fueron una revelación para la ambiciosa joven: si dentro de cinco años piensa comprar un hotel tan caro, se dijo, debe tener ahora mismo una regular cantidad.
—44→No bien cruzó por su mente esta sospecha, se propuso sacar partido de ella.
-Eso me gustaría mucho -lo dijo para halagarlo.
Dagiore empezó a mirarla trasportado.
-Yo entonces te ayudaría; vería los cuartos de las señoras y correría con las lavanderas y las planchadoras, marcaría la ropa y la zurciría.
El fondero estaba enajenado. Él veía, tocaba ya el hotel, ese querido sueño, ese arrullo que lo acariciaba todas las noches.
Poco a poco su entusiasmo fue creciendo, el pobre hombre era completamente feliz, veía atracar los coches y descender a los pasajeros buscando alojamiento, los mozos, él mismo cargaba con el baúl y los objetos a la mano y precedía al cliente hasta el cuarto destinado: cuando pensaba que Dorotea atendía a las señoras sentía calambres en las piernas y desmayaba de contento; no pudo más con su emoción, se levantó de su asiento y se precipitó en los brazos de su esposa.
-No -la decía-, no tendrías que marcar la ropa: compraríamos un sello de goma para eso; son muy baratos, queda muy bien la marca y así he visto que se usa en los hoteles.
-Bueno -dijo Dorotea-, todo eso me gusta mucho, pero quiero hacerte una pregunta: ¿tú crees que ganarías mucha plata con el hotel?
-¡Ya lo creo! -replicó prontamente Dagiore con un tono de íntima convicción, y mientras decía esto, sus ojos despedían resplandores siniestros.
-¿Y para qué quieres tanta plata? -volvió a decir Dorotea con su aire tímido de gata que esconde las uñas.
Dagiore quedó perplejo, sin saber qué contestar. —45→ Esta escena habría traído a la mente de una persona discreta o ilustrada el recuerdo de los divagadores del arte por el arte. Dagiore, en efecto, pertenecía a esa raza cretina de la avaricia por la avaricia. Quería montones de oro y no sabía para qué. Es lo que sucede con las almas vulgares. Sueñan con riquezas, creyendo que la posesión de estas los traerá una perfecta felicidad, cuando en la mayoría de los casos la fortuna imprevista lo que hace es tender rieles de oro para llegar con más celeridad al abismo de la corrupción, en cambio que los corazones templados al calor de la honradez y de una verdadera virtud, conciben una idea noble y generosa y buscan luego el dinero como un medio de realizarla.
Dorotea renovó la pregunta a su marido, y este en vano buscaba una respuesta.
Pensaba en su hijo, en su esposa, en él mismo y se asustaba de que pudieran gastarle su dinero.
Entonces ella quiso ayudarlo para llegar más pronto al desenlace que mañosamente urdía.
-Tú comprendes -le dijo-, que los que trabajan deben darse algunas comodidades.
-¿Y no estamos bien? yo tengo mucho apetito, ronco mejor y estoy sano: ¿qué más quiero?
-Sí, pero cuando un marido anda mal en sus negocios y está pobre, la mujer debe sacrificarse con él y alentarlo, pero cuando gana mucho debe rodear a su familia de comodidades.
-¡Eh, eh! -replicó el fondero con sorna-: eso te lo han enseñado esas señoras de enfrente: diles que se metan en su casa, porque yo también podría enseñarles a sus maridos que no trampeasen al carbonero, —46→ al panadero y a muchos pobres para gastar en carruaje.
-A mí nadie me ha enseñado nada, o crees que tu mujer es una bruta que no puede decir una palabra me callaré -dijo Dorotea despechada.
-Pero acaso, no te doy todo lo que me pides; me parece que andas vestida como la mujer de Anchorena.
-¡Qué disparate! mira este vestido que tengo puesto es de percal; y en fin, todo lo que tengo en alhajas no alcanza a cinco mil pesos. Vaya una comparación ridícula. Ni siquiera ando como la mujer del boticario, y sin embargo tú te reías de su marido cuando el otro día decía el dependiente de la Botica mientras comía, que era su patrón tan miserable que no hacía consumo de huevos por no tirar las cáscaras.
Dagiore le tenía rencor al boticario. Era muy metido en todo, hablaba de política y cuando salía a la calle ostentaba su orgullo con una levita cruzada, sombrero alto y bastón. Sin temor al Consejo de Higiene, el bribón se permitía recetar a algunos enfermos. Esto, que había llegado a oídos de su vecino el fondero, es lo que más lo sulfuraba. Un día que oyó que un infeliz lo designaba en la fonda con el título de doctor, se expresó en términos poco honrosos para el boticario. No faltó quien llevara este chisme de barrio y desde entonces el boticario se encargaba todas las noches de ridiculizar al fondero ante el círculo de los amigos que tertuliaban con e todas las noches.
-Y qué se te importa de ese bregante: él es un ladrón y un mentiroso: así yo también tendría plata para tirar a la calle; cómo no, si vende porquerías y —47→ cosas que no sirven: los zonzos que le compran tienen la culpa, habiendo buenas boticas en el centro, en que dan los remedios más baratos.
Como lo predicaba lo hacía. Dagiore, en efecto, no compraba en la botica del barrio ni arsénico para los ratones de la fonda. Algunas veces cuando Dorotea rompía la consigna de hostilidades, decretada por su rencor, y mandaba en un apuro a comprar benjuí para sahumar sus vestidos se irritaba tremendamente.
Por todo esto, sintió herida su vanidad cuando Dorotea se comparó con la mujer del odioso farmacéutico.
-¿Qué se te importa -la dijo-, que pueda tener alhajas, que han de ser falsas, si tú eres bonita y ella es tan fea y más flaca que un bacalao?
-Pero en el barrio hablan de sus trajes y de la buena vida que pasa.
Aquí se ofuscó en su orgullo el fondero.
-¡Eh! -dijo-, tú no tienes que ser menos en nada. Pídeme lo que quieras y te lo daré.
-¿De veras? -saltó diciendo la joven-. ¿Me darás lo que te pida?
-Vamos a ver: ¿qué necesitas?
-¡No, no, no! -gritó vivamente Dorotea-. Ese no ha sido el trato -y se sentó en las faldas de Dagiore rodeando con el brazo su pescuezo largo y colorado.
-Pero para comprarte lo que quieres necesito saber lo que es.
-¿Y si no fuera cosa de comprar?
El fondero, quedó intrigado.
-No sé qué puede ser -dijo-, yo no tengo ninguna alhaja guardada.
—48→-Bueno; yo te lo voy a decir, pero tú estás ya comprometido: ¿no es cierto?
-Vamos a ver.
-No quiero así -insistió la taimada, y le dio un sonoro beso en la mejilla.
-¿Pero si no me dices?...
-Es... quiero... pero ¿me vas a hacer el gusto?
-Sí -respondió Dagiore cansado.
-Acuérdate que has dicho sí, ¿oyes? quiero... que alquilemos una casita.
El fondero se sorprendió enormemente.
-¡Alquilar casa! Pero ese sería un gasto inútil y muy grande.
-Ya sabía yo que ibas a decir eso -exclamó Dorotea abandonándole-: qué me importa a mí que ganes mucho dinero si no eres capaz de darte tú mismo algunas comodidades. De mí no hablo, porque ya veo que me tienes en cuenta de perro: ¿no ves que aquí me ahogo? a la mejor se la doy; en una sola pieza, y con los olores de la letrina que me dan dolor de cabeza todos los días: ¡bonita vida la mía! podías aprender del boticario, que siendo la botica grande, alquila casa a la vuelta,
Dagiore se sintió insultado; pero el calor de las piernas de su esposa, que todavía sentía, lo inclinaba a ceder.
-Yo no tengo que aprender de nadie -replicó un si es no es enojado-, pero si te contentas con una casita chica la compraré.
-¡Mi negro, si eres el más bueno de los maridos! -decía fuera de sí Dorotea-, ¿no es cierto que no me engañas?
-No, buscaré una casita barata...
—49→Dagiore tenía esto pensado hacía bastante tiempo, pero con distinto objeto.
El dinero que poseía estaba en el Banco de la Provincia y le redituaba el cinco por ciento. Tenía, pues, decidido comprar un inmueble para conseguir un interés mayor.
Los días que siguieron no se habló de otra cosa entre los esposos.
Dorotea revisaba todas las mañanas los avisos de los diarios y ella misma iba a ver las casas en venta.
Varias le agradaron, y al comunicárselo a su esposo este le respondía que era cara y que el dinero que tenía no alcanzaba para comprarla.
Al fin Dagiore se decidió por una. Era en la calle de Andes entre Temple y Tucumán. Regularmente construida, con cuatro piezas y un fondito. Pedían por ella cincuenta mil pesos; y al fondero la pareció ventajosa la compra.
Al darle a Dorotea parte de esta novedad, la joven se indignó al principio y después tomó la cosa a broma.
-No, hijo -le decía-, mejor es que se te ocurriera comprar en Morón o en medio de la Pampa: no está mala tu idea; me pondré botas y compraré un revólver, porque allí han de asesinar a las doce del día.
Estas chuscadas, que Dorotea había aprendido de los compadritos que frecuentaban la fonda, sentaban muy mal al rústico fondero.
De pronto pensaba sensatamente. Veía todos los sacrificios innecesarios que hacía por su esposa, pesaba de una manera lúcida las pretensiones e insensatez de esta y concluía discretamente por pensar que estaba loca. Veía con espanto un precipicio de deudas, su ruina, tal vez su deshonor. Quería ponerse —50→ a la altura de las circunstancias para reprimir el mal desde su comienzo, pero la energía le faltaba, su lujuria, que con tanta facilidad se inflamaba, postraba sus fuerzas debilitando sus propósitos de orden.
Dorotea comprendía este ascendiente que tenía sobre su marido y estaba dispuesta a usar de él hasta el abuso. En su orgullo creía también, como artículo de fe, que un solo beso de ella valía bien todas las ganancias imaginadas de la Fonda.
En medio de su atolondramiento no dejaba de pensar en el costo que demandaría la instalación y los gastos diarios de la casa.
Pero esto sólo le producía una ligera opresión de pecho.
Quería embarcarse a todo trance. Allá si venía un naufragio se vería lo que había de hacerse.
Su única aspiración era salir de la Fonda, marearse en otra vida, gozar de una nueva existencia en consonancia con sus gustos y sus sueños.
Dagiore mismo, en último caso, estaba bien dispuesto a alquilar una casita para no ver el espectáculo diario del malhumor de su esposa.
La casita de la calle de Andes le agradaba por lo barata y porque sentía cierta inefable fruición al sentirse propietario, pero no por esto había dejado de encontrarle inconvenientes mirando el asunto a través del vidrio de sus pasiones.
Le parecía muy lejos para que la mayor parte del día lo pasara allí Dorotea: ya en su imaginación celosa la veía en brazos de un amante, y aquí, notando que a Dorotea no le agradaba una tan lejos, se enternecía creyendo encontrar en esto la prueba más palpable de su honradez.
Predispuesto de esta manera, preguntó:
—51→-Entonces, ¿qué quieres que haga?
-¿Para qué voy a decir nada si tú no tienes voluntad de hacerme el gusto en ninguna cosa?
-¿Pero qué más quieres que haga? No te gusta la casita de la calle de Andes, y para comprar más cerca no tengo plata. ¿Si quisieras esperar? aventuró tímidamente el fondero.
-Esperar, esperar; déjame, ya no quiero nada: ya sé que he de morir en las cuatro paredes de este cuarto; ya no quiero nada de ti, ¿oyes?, y después dice que me quiere -agregó la joven, cambiando de tono y asumiendo una actitud despreciativa.
-Contigo no se puede hablar. De todo te enojas...
-Cómo no, si prometes y luego no cumples.
-¿Pero qué quieres que haga ahora?
-Si fueras otro alquilarías una casita barata cerca de aquí.
-Pues se concluyó: búscala y no me embromes más con tu casa.
-Aquí a la vuelta hay una desocupada -contestó al punto Dorotea, cogiéndole la palabra, inundada de un súbito júbilo.
-¿Cuál?
-Ahí, donde vivía esa familia inglesa.
-Me parece muy grande.
-Bueno, yo la voy a ver más tarde: ¿hasta cuánto puedo pagar de alquiler?
-¿Y a ti qué te parece?
-Creo que se podría pagar 600 o 700 pesos.
-¡Es mucho! con una casita de tres piezas es suficiente.
-¿Adónde vas a encontrar esa miniatura? Esas muy chicas son muy buscadas y rara vez se desocupan —52→ ¿y qué importa que tomemos una que sea un poco grande para nosotros? Si es así se podría alquilar una o dos piezas a unos buenos inquilinos.
Todo el afán de Dorotea era consumar el hecho lo más pronto que fuera posible: tenía recelos que el fondero se arrepintiese. Jamás había pensado vivir con inquilinos, pero lo decía para quitarle hasta los últimos escrúpulos que pudiera abrigar.
-Diablo, diablo -dijo de pronto Dagiore-, ¿y con qué la vas a amueblar? No había pensado en eso.
-Me parece -replicó la joven- que no habrás supuesto que íbamos a sentarnos en el suelo; no es tampoco el caso para asustarse: los muebles están muy baratos, y yo no te pido lujo. Muchas casas de remate tienen venta particular de muebles y los dan por la mitad de su precio: yo haré una lista de lo más necesario y tú mismo te encargarás de comprarlos: si algo te parece que no hace falta dejas de comprarlo, y asunto concluido.
Con estas explicaciones se tranquilizó un poco el fondero.
Poco después fue a ver la casa: tenía cuatro piezas, chicas y bajas: la sala, con el zaguán de entrada a la derecha, dos siguientes en el primer patio, una pequeña pared con una puerta persiana pintada de verde lo dividía de un segundo patiecito; a este daba la puerta de la última habitación y al frente, como si se hubieran propuesto ganar terreno, estaban la cocina y la letrina.
A Dorotea le pareció un paraíso. Era la primera que veía y no quería ni podía pensar en alquilar otra más ventajosa.
Fue a tratar con el dueño, y le pidió ochocientos cincuenta pesos de alquiler.
—53→No hizo ninguna objeción: suponía que era baratísima.
Con estas nuevas volvió a su hogar.
Dagiore dijo que el precio era exorbitante, pero su esposa lo disuadió después de un gran altercado en que la escala cromática de sus nervios recorrió desde el arrullo más zalamero hasta el insulto más procaz.
-No seas infeliz -decíale a ratos-, si llega el momento en que no ganes lo suficiente para estos gastos, dejamos la casa.
Ya estaba el asunto arreglado por este lado y Dagiore había prometido ir al día siguiente a dar la fianza y recoger las llaves, cuando de pronto Dorotea vino con una nueva exigencia:
-Mañana -dijo-, mañana es otro día y puede alguno madrugarnos: vamos ahora ¿quieres? ¿por qué vas a negarme esto? ¿qué te cuesta?
Entonces Dagiore dijo que sería mejor que fuera él solo.
Así lo hizo en efecto: una hora después, poco más o menos, estaba de regreso con las llaves: no había querido ir con Dorotea, para evitar la influencia de su entusiasmo y recatear con resultado y a sus anchas. Algo consiguió. Quedó estipulado el alquiler en ochocientos pesos y sin más fianza que dos meses anticipados.
-Ahí tienes tus llaves -dijo Dagiore con visos de tristeza al entregarlas a su mujer.
-¿La has alquilado? -dijo esta, enajenada y sin darse cuenta de lo que le sucedía-: ¡qué bueno eres!
-Yo voy a verla: vamos, ¿quieres?
-Deja para mañana.
-¡Ah! no: yo voy...
—54→El fondero la acompañó. En un instante salvaron la corta distancia que separaba la Fonda de la casita.
La noche había ya entoldado a la ciudad con su manto de tinieblas. El cielo estaba límpido y cubierto de estrellas. La luna, en cuarto creciente, arrojaba una claridad indecisa. El ambiente era suave y hacía consonancia con la tranquila majestad que se observaba en el claro azul del firmamento.
Pero ni Dorotea ni Dagiore notaron nada de esto: sus espíritus estaban harto preocupados con los afanes terrestres.
Con febril ansiedad abrió la puerta de calle. La casa estaba oscura; sólo en el zaguán se proyectaba alguna claridad, reflejo pálido que enviaba un farol de gas desde la vereda opuesta.
Entonces recordó Dorotea que no tenían luz.
-Mira -le dijo-, vuelve por una vela, yo voy a esperarte -y como Dagiore se disponía a partir, lo detuvo para pedirle una caja de fósforos.
Dorotea quedó sola.
Empezó a prender fósforos y a examinar la casa de esta manera.
Ya no era la visitante de horas antes.
Ahora la casa era la suya; allí iba a vivir, a mandar, a ser la patrona, a dignificarse en el concepto social, según sus ideas.
No se cansaba de mirarlo todo: varias veces se quemó los dedos en su ensimismamiento.
De pronto se sobrecogió de terror: había sentido un ruido a su espalda; dio un pequeño grito, pero se calmó al momento reconociendo a su marido, que estaba de vuelta.
Encendieron una vela y recorrieron toda la casa.
—55→Dagiore la encontraba mil defectos; pero ella, con una verbosidad inagotable, defendía la casita: el barrio, decía que era excelente y que también había que pagar la localidad central en que se hallaba situada.
Todas las piezas estaban recuadradas con pintura de cola, excepto la sala, que había merecido los honores de ser empapelada con un papel punzó en fondo canela: esta y la pieza contigua tenían cielo-rasos de yeso, pero muy sencillos: en las otras habitaciones se veían descarnados los gruesos tirantes de pino.
Dorotea se quedaba perpleja observando las piezas vacías. Pensaba cómo había de amueblarlas; pero como no tenía nada comprado, se confundía en la disposición imaginaria que concertaba.
-José ¿mañana me comprarás los muebles?
-Bueno, puedes hacer la lista, y yo veré.
-¿Tienes un lápiz?
El fondero tanteó sus bolsillos, pero las pesquisas que hizo resultaron inútiles. Buscaba, sin duda, un lápiz plano, parecido a los que usan los carpinteros, con punta mocha, que era el que le servía para hacer cruces y rayas en la libreta de los pensionistas de la Fonda.
Con la intención de hacer la lista allí, cerraron las piezas y salieron.
Dorotea, conforme llegó, se procuró papel y tinta y confeccionó el siguiente detalle de muebles:
Un sofá, dos butacas, cuatro sillitas doradas, seis sillas con asiento y respaldo de esterilla, imitación jacarandá, una mesa haciendo juego, con piedra mármol, las varas necesarias de alfombra para la sala y un espejo.
—56→Para el cuarto siguiente tenía bastante con sus muebles.
Pasó al comedor: un aparador, escribió, mesa, cuchillos, y de los demás enseres por el estilo se prometía hacer una famosa acarreada de la Fonda.
-¿Qué mas? -se dijo-: ¡ah! caramba, me olvidaba de lo mejor, y sonriendo escribió: un ropero con espejo.
Agregó aún otras chucherías y fue a entregarle la lista a su marido.
Empezó Dagiore a deletrearla, porque apenas había aprendido a trazar algunas letras.
-Lee tú -dijo al fin. Así lo hizo Dorotea, y entonces Dagiore comenzó a hacer observaciones:
-¡Eh!, la alfombra no es necesaria, sillitas doradas, ropero con espejo: todo esto va a costar mucho.
-Pero ya te he dicho que en los remates se compra eso tirado.
Todavía en los días siguientes libró Dorotea algunas batallas para conseguir los muebles que deseaba.
Parcialmente, a medida que Dagiore los iba comprando, fue llenándose la casita.
Todos los muebles eran de ocasión; los elásticos del sofá y de las butacas estaban muy gastados, y al recibir el peso de la persona que se sentaba hundíanse más de lo conveniente; el reps mismo en que estaban forrados tenía sus averías. Dorotea les había hecho fundas. Sin embargo, el arreglo de la salita daba golpe, como se dice vulgarmente.
La alfombra, de fondo verde, formaba a trechos cuadros simétricos dibujados con una guarda griega de color negro que venía a ser monótona a la vista, porque era lo que resaltaba en todas partes, luego en —57→ medio de cada cuadro una dalia de un rosado percudido con gajos naranjos.
Este tapiz de un gusto desastroso la había encantado a Dorotea: el placer de pisar alfombra y ver que le pertenecía, era suficiente venda para que no cayera en cuenta de que era fea.
Dagiore se había decidido por ese gusto por ser la más acomodada que encontró; le había costado diecisiete pesos la vara.
La joven no paró hasta comprar cortinas para las dos ventanas y la puerta que comunicaba con su dormitorio: ella misma las había escogido en una tapicería: le mostraron unas galerías de madera, elegantes en su sencillez y otras de lata dorada: éstas a últimas eran de un precio inferior, y Dorotea se decidió por ellas, porque le parecieron las mejores: el oropel la enloquecía. Distaba mucho de tener el gusto educado: todo lo que relumbraba y los adornos de cargazón hacían llegar su entusiasmo al frenesí.
Los días subsiguientes fueron de entera felicidad para la joven.
Quedaba las horas parada delante de sus muebles. Podría decirse que los adoraba: no se cansaba de acomodar las sillas y los floreros y chucherías que había comprado para adornar la mesa de mármol; de pronto se lo antojaba que estaban con polvo y venía con un plumero a sacudirlos; a veces un fragmento de pluma quedaba embutido en una de las molduras, se hincaba entonces a sacarlo y no contenta con esto se ponía a repasar las patas de la mesa con una toalla.
No descansaba en todo el día: iba y venía; se sentaba a ratos con languidez en el sofá, y luego —58→ caía en verdadera adoración ante su imagen, que reflejaba la luna del ropero.
Soñaba entonces en una vida de lujo y eterno desvarío.
A ratos le parecía que todo le faltaba. Eran ráfagas de recuerdo que venían a trastornarla. Ella había visto desde las ventanas el lujo de las familias ricas, su boato, los trajes que vestían y los magníficos carruajes en que ostentaban la soberbia de su orgullo, se bañaba en estas visiones, enloquecía, y se amarraba, como el náufrago a un deleznable pedazo de junco, a esas esperanzas en que se veía magnificada y triunfante de su humillación de fondera, despertando envidias a su paso.
Rosada por la emoción, con su traje correctamente cortado, que no sólo ponía de manifiesto sus bellas formas, sino que las realzaba, estaba Dorotea elegante y encantadora.
¿Quién le había enseñado ese desenfado de buen tono al andar?
Pisando alfombras, entre espejos y vistiendo seda, ¿podría alguien suponer que fuese la mujer del fondero Dagiore? ¿Era esta la misma joven que despachaba en el almacén de D. Juan? ¿La que cuando su padre era un pobre mercachifle que buscaba en los suburbios salida a sus artículos ordinarios, vagaba descalza y toda sucia en un conventillo?
Sí, era la misma: tocada por el soplo ardiente que vagaba en la atmósfera social, se había nutrido con el ejemplo del boato y el oropel: había crecido apurando humillaciones, y aprovechaba la primera oportunidad propicia para tomar la revancha y marearse en ese grato ambiente, porque tanto habían suspirado sus pulmones.
—59→Tal vez se hubiera suicidado si no consigue tan pronto ese cambio de posición. Diariamente tenía acerbas incomodidades, despertamientos de envidias impotentes y desesperadas, porque a cada momento tenía conocimiento de lo bien recibidas que eran las hijas de muchos inmigrantes que ella conocía, y que, aunque habían levantado una regular fortuna, no por eso su primitiva educación había dado un pago.
Todo ejemplo es contagioso, pero cuando este emana de un igual, el afán y la turbación que se producen en el ánimo desquicia mucho más. Esto le sucedía a Dorotea y de aquí su fiebre de aparecer y ser tenida en cuenta avivada a cada instante.
Este salto brusco del proletariado a las altas esferas de la sociedad, trae perturbaciones graves y todo lo desequilibra.
En ninguna parte se observan estas anomalías con mayor frecuencia que entre nosotros.
Puede decirse que no hay proletariado, propiamente dicho.
Existen efectivamente sus representantes: todos hablamos diariamente con el carnicero, el panadero, el almacenero, el albañil, etc., pero sus familias, especialmente sus hijas, visten, si no con las mismas bolas, al menos con las mismas modas.
No hay pueblo en el mundo, relativamente a nuestra población, que haga más consumo de artículos femeninos de lujo, en géneros, sombreros, gorras, tapados y calzado.
Con la exhibición de las tiendas, con el ejemplo y con las costumbres y preocupaciones públicas, que imponen el lujo a la mujer so pena del ridículo y el desprecio, esta se siente excitada toda su vida, provocada, fuera de todo equilibrio, se hace así murmuradora, —60→ enredista y envidiosa: sale y olvida el drama de su existencia, tal vez tranquila, para vivir en los acontecimientos dramáticos de la vecindad.
Así cada día las familias modestas descarrilan en su juicio y se entregan a la vorágine de las preocupaciones reinantes: agrandan el círculo de sus necesidades superfluas que luego se vuelven más imperiosas que el hambre, y los cerebros empiezan en el ejercicio peligroso, que traen las emociones, las humillaciones y las deudas.
En esta tierra, así preparada, empezaba a germinar el hijo de Dorotea.
Lo habían cristianado en la parroquia de San Nicolás de Bari, poniéndole el mismo nombre de su padre.
Dorotea había pensado darle unos padrinos acaudalados, pero tuvo que ceder a las instancias de Dagiore que ya lo tenía prometido como ahijado a D. Juan y Dª Margarita.
La pequeña fiesta que se originó en la familia con este motivo, los compuso, pues estaban algo desunidos, desde el negocio de la tienda, en que Dagiore no les ayudó ni con un peso.
D. Juan hizo sociedad con otro paisano suyo y los dos dirigían la tienda que hacía pocos días la habían comprado.
Dagiore nada sabía de estos enredos. Dª Margarita, después de la entrevista que había tenido con su hija, se retiró harto disgustada y concertaron con su esposo no ocupar al fondero. Este les había hablado del negocio, pero ellos cortaron todo trato respondiéndole que ya no necesitaban nada.
Dª Margarita no dejaba de guardarle rencor a su hija, y hablando con D. Juan, reprobaba la carrera —61→ de lujo en que había entrado, pronosticando un fin desastroso.
No por esto dejaba de admirarse del arreglo de la casa cuando visitaba a Dorotea. A veces se enternecía y sentía halagado su orgullo al pensar que todo eso era de Dorotea. Madre, al fin, concluyó por parecerle aquello lo más natural del mundo. Se trataba de su hija, y suponía, muy convencida, que todo lo merecía.
El pequeño José ya estaba despechado. En esta faz de su edad no presentaba ningún rasgo particular. Como todos los chicos, era muy glotón, rabioso e incómodo por sus continuos llantos.
La madre no se preocupaba mucho de él.
En manos de la niñera andaba casi todo el día, y cuando esta se cansaba lo sentaba en el umbral de la puerta de calle: allí se arrastraba y llevaba a su boca todo lo que encontraba al alcance de su mano, siempre húmeda a consecuencia de tenerla a menudo en los labios.
La curiosidad, que se despierta tan potente en los niños, le hacía abrir grandemente sus ojos celestes a cualquier ruido o espectáculo que venía a herir sus tiernos sentidos.
La observación está mucho más desarrollada en la infancia, porque a esa edad el cerebro no guarda nada convencional, ni está poblado de novelas.
Empieza, recién, a hacer su almacenaje de quimeras, echando las bases, los futuros sistemas filosóficos que lo han de trastornar.
El ruido de los carros le infundía pavor; un ramillete de confitería que pasara por la calle con el tradicional angelito de alas desplegadas, -le hacía sonreír deliciosamente.
—62→Cuando Dorotea recordaba que era madre, lo cargaba, paseándolo por toda la casa: jugaba con él acercándolo al espejo para retirarlo luego precipitadamente, gritándole en la oreja: ¡guau! Este juego encantaba al pequeño. Después en la sala lo acercaba a la mesa y le mostraba los objetos.
-¡Chiche, nene, mira, chiche! ¿te gusta? Ah, no, no se agarra -continuaba la madre, viendo las intenciones del niño. Este lloraba, y entonces Dorotea volvía ante el espejo otra vez con el «guau».
Se cansaba al fin; le daba un beso y lo confiaba nuevamente a la niñera.
Le mostraban estampas, tenía bastantes juguetes de formas grotescas, cuando estos deberían hacerse representando objetos de la manera más artística que fuese posible compatible con sus precios.
Tenía, además, una colección de figuras sacadas de las cajas de fósforos.
Todo esto empezaba a darle predisposiciones a su imaginación. Esta confusión de colores y objetos generaría en él, a no dudarlo, una ansiedad por cosas noveleras, que a no ser rectificada por una educación recta y sólida le haría en lo porvenir bastante mal a su criterio en la apreciación de los hechos y las cosas.
Su misma madre ya lo estaba inclinando al lujo cuando los días de fiesta lo empaquetaba, terminaba siempre por prodigarle más caricias de las acostumbradas y decirle, señalando la pollerita: ¡chiche!
El niño, cuando veía pasar por la calle un nene bien vestido, llamaba hacia él la atención de su madre y decía en su encantadora media lengua:
-Mamá: ¡chiche! y sonreía denotando la mayor alegría.
—63→Ni una vez siquiera lo habían sacado al campo, no había visto ni un pedazo vivo de la naturaleza: todo lo que tenía ante sus ojos era falsificado: no se había embriagado en el perfumen de las flores ni oído el clamoreo de las aves cantando dichosamente a la existencia en una mañana de primavera.
Su gusto por los perfumes estaba formándose con el pachouli, disfrazado con otros nombres, que usaba Dorotea en su pecho y pañuelo y la vista la tenía ya cansada con las flores artificiales, mal hechas y percudidas, que había en las macetas de adorno al lado de la ventana. La vida de invernáculo de la ciudad moderna tendía ya la traidora tela de su influencia, engañando sus sentidos con nociones falsas, que más tarde turbarían su criterio y lo harían vagar en un mundo de convención.
—64→
Dorotea había dado parte de su instalación en el barrio, ofreciendo sus servicios, a varias familias de la vecindad.
Con este motivo recibió algunos desaires que la enojaron mucho al principio, pero su encono hizo crisis murmurando de esas vecinas, que ella llamaba mal educadas, y recogiendo todos los defectos que las ponían, para devolverlos a la circulación con mayores comentarios.
La cuadra se dividió en dos bandos: el opuesto, en que estaba Dorotea, lo encabezaba misia Mercedes, señora que era del boticario que tan mal quería Dagiore.
Estas buenas gentes pasaban el santo día menoscabando recíprocamente sus reputaciones.
A la vuelta vivía la señora del Dr. Ferreol: de una familia distinguida y pudiente habíase casado diez años antes: su esposo entonces acababa de graduarse: pobre y sin más porvenir que su suerte y su audacia, previó que ligándose a una rama influyente y con fortuna tendría andado la mitad del camino que soñaba su ambición.
Empezó a visitar en la casa de la que era actualmente su esposa: no fue muy bien recibido al principio, pero dotado de un pronunciado temperamento bilioso-nervioso, los obstáculos avivaban sus esfuerzos. —65→ Con su labia de profesión, mareó por completo a la joven en algunos bailes en que la encontró: fue aún más lejos: la hizo cometer actos en público que la comprometían, al mismo tiempo que ponían de manifiesto el afecto que le tenía.
El joven abogado le pintaba un porvenir color de rosa y había conseguido convencerla de que sólo con él podría realizarlo.
En la sociedad empezó a murmurarse de la terquedad de los padres: se inventó toda una novela, hasta que al fin, consintieron en la boda, pero fijando un plazo algo largo. Ferreol, una vez recibido oficialmente en calidad de novio, hizo en la sala varios informes in voce para conquistar a los padres. Nunca pudo averiguarse bien, si por aburrimiento de oír tanta redundancia de palabras o porque efectivamente les hubiera agradado; pero el caso fue que el término se acortó y al año se casaron.
Josefa, que así era el nombre de la joven, resultó una inmejorable esposa y buena madre de familia.
Misia Pepita, como la llamaron después en el barrio, era la misma que había invitado un día a Dorotea de regreso de la iglesia, a descansar un rato en tu casa.
Ella, como recordarán nuestros lectores, no aceptó en esa ocasión, pero prometió volver.
Así lo hizo efectivamente. Dorotea tenía muchas pretensiones y como siempre estaba sobre aviso creyendo que todos querían echarle en cara el oficio de su marido, era susceptible a lo sumo. Por nada se ofendía, enemistándose con sus amigas de la víspera.
Todas las veces que había ido de visita a esta casa, misia Pepita invariablemente la recibió en el comedor. Por una parte veía que aquello era una prueba de —66→ confianza y que de cualquier manera había de nacer con este trato franco cierta intimidad, pero por otra, su orgullo se sublevaba, porque veía siempre una distancia entre ella y su opulenta amiga que la acobardaba y la hacía perder toda su altanería.
En una palabra, no se sentía bien allí. Mil veces había decidido no volver, pero todo la empujaba nuevamente, porque la relación de esta señora era buscada con empeño en toda la vecindad. Su riqueza, su distinción y la política de que hacía gala con sus relaciones la habían puesto de moda. Ella no participaba de las pequeñas miserias del barrio y cuando sucedía que en su casa se encontraban personas de los dos bandos, sabía dirigir la conversación de una manera admirable para que no recayese en un tema que pudiese originar alguna reyerta.
No por esto dejaba de informarse de los chismes corrientes, tratando con cautela de saber en qué concepto la tenía cada una de las vecinas.
A un observador le habría llamado la atención tan sano juicio en una mujer, como misia Pepita, baja, bastante gorda y de limitada inteligencia.
Sin embargo, nada más natural: todos sus procederes respondían a instigaciones de su marido.
El afecto entusiasta que le había profesado de soltera no disminuyó un ápice en diez años que llevaban de matrimonio.
Por el contrario, parecía que el tiempo trascurrido lo había avivado.
Era una pasión de hábito y deseo, que en los últimos tiempos había despertado con nuevo ardor al tener conocimiento de varias aventuras galantes de su marido.
La última que le colgaban era con una joven que —67→ llamaba la atención general por su belleza, casada con uno de los primeros empleados de un ministerio.
La cosa había corrido bastante, hasta que no faltó una alma caritativa que se lo soplase a la esposa del marido infiel.
Se siguió de aquí una violenta escena de celos y llantos y el doctor tuvo que ceder esos días a mil exigencias que estorbaban sus negocios: al salir después de almorzar, tenía que dar una infinidad de besos, prometer hora fija para volver a comer y después no salir o acompañar al teatro a su esposa. Aun allí mismo le privaba que saliese en los entreactos.
Lejanos resplandores de la luna de miel, no podían durar mucho, hasta que una nueva picardía viniese a crear una situación igual: cansado de esta vida carcelaria, llegaban días en que se revestía de toda su energía y elocuencia, y se iba, aunque quedase su esposa anegada en un raudal de lágrimas.
Le tenía verdadero y sano cariño: era una adhesión ciega: todo lo que decía el doctor debía hacerse sin réplica; en lo único que no le creía era en sus ocupaciones de la noche.
Ferreol se había lanzado, desde que se recibió de abogado, en ese mar revuelto de nuestra política militante.
Había empezado por arrimarse a personas influyentes y a hacer una escala del bombo mutuo.
Pertenecía a su círculo, que no tenía más estatuto que la alianza ofensiva y defensiva.
Redactó un diario, ocupó distintos puestos, hasta que consiguió efectuar su entrada a la Cámara de Diputados.
Desde este momento sus antecedentes crecieron —68→ iluminados por la pasión y el interés de sus amigos. Se hizo un hombre influyente, de la noche a la mañana.
El más ilustre de los argentinos -Rivadavia- decía que la prensa entre nosotros no quita reputaciones, aludiendo sin duda a la injusta turpitud con que a veces ataca; pero puede agregarse, para completar el pensamiento, que da famas, que la maña, luego, de los favorecidos y los hechos consumados, las hacen reposar en pedestal de granito: esto, felizmente, es transitorio y efímero: glorias de aldea, se disipan con la muerte, y encuentran su ocaso en el sepulcro, porque no queda en pos una obra duradera ni una semilla en el dominio fecundo de las ideas.
Sin ser un pensador ni un erudito el Dr. Ferreol, salió siempre airoso de las más críticas circunstancias con su cháchara de barbero, que sus amigos comparaban con la elocuencia apasionada de Gambetta o con la palabra fácil o ilustrada de lord Beasconfield.
Siguió así la corriente de su vida dormido en los laureles conquistados tan fácilmente.
Bastante haragán, pocas veces concurría a la Comisión de negocios constitucionales, de que era miembro. Tampoco estudiaba, y esperaba el porvenir tranquilamente, confiando en que las argucias de su genio práctico lo sacarían con honor de cualquier conflicto sus colegas, tan ignorantes como él, pero de todo punto menos audaces, tenían de su talento la más favorable opinión. Cuando había algún asunto escabroso lo nombraban miembro informante, y se preparaba para hablar, como antes lo hiciera para escribir su artículo de todos los días: recurría a sus enciclopedias, tomaba apuntes de leyes, y asunto —69→ concluido. Su fuerte eran las comparaciones de la «República Modelo». En esto nadie le ponía el pie adelante. Antes en la prensa y ahora en el parlamento, no se cansaba de citar a Hamilton, Jefferson, Madisson, Kent y Story, la divisa de Monroe, etc. Infinidad de veces había dicho hablando del Federalista «el libro de oro de las democracias», «la biblia de los pueblos libres de la tierra».
Su ambición miraba lejos, y más de una noche soñó que dirigía como Presidente electo el acuerdo de ministros.
Para todas estas eventualidades, que pensaba iban a producirse tarde o temprano, había aleccionado a su esposa, sin manifestarle del todo su pensamiento.
-Mira, Pepa -la repetía incesantemente-, es preciso tratar a todos bien, sin pensar en su condición social: en nuestro país nada es estable y todo se renueva de la manera más impensada: el que te pide hoy limosna puede mañana sacarse la lotería y alcanzar a tu nivel social, porque el dinero todo lo iguala. Además, nosotros estamos bien y debemos tratar de hacernos amables y captarnos simpatías para desbaratar odios y envidias en germen. Debes hacer con las mujeres lo que me ves hacer a mí con los hombres: a todos trato afablemente y me toco el sombrero hasta cuando me saluda un negro: no sabes lo que halagan estas cosas a los pobres: de esta manera uno cobra para siempre su consideración y simpatías.
Era toda su táctica republicana: quería subir sin enemigos personales, que podrían más tarde con su encono, indigestarle más de una comida.
Cuidaba de su caudal como un perro hambriento el hueso que roe, pero era pródigo a manos abiertas con —70→ los dineros públicos. Siempre se le encontraba en la mejor disposición para prestar su influencia a los cesantes que buscaban empleo. En esto era consecuente con la línea de conducta que se había trazado. Buscaba popularidad, y ningún medio mejor podíasele ocurrir para conseguir entusiastas adhesiones. Cuando lo veía un pretendiente, en el cual descubría inteligentes disposiciones, lo acompañaba personalmente y lo presentaba al ministro: siempre, se decía, que un hombre de talento había de levantar tarde o temprano la cabeza, y por esto él quería captársele con un servicio desde sus primeros pasos.
No han tocado otros resortes mil mediocridades en nuestra política. Halagando o consintiendo el vicio, cuando no participaban de su resultado, y dando alas a todas las aspiraciones ilegítimas, se han creado infinidad de talentos nulos y triviales una posición incontrastable. Toda una madeja de enredos, de esperanzas hambrientas y de negocios iniciados, forma al fin un verdadero pueblo de partidarios, en el que abundan adulones, personas de todos los pelajes que arrastra el interés, la necesidad o la gratitud: de aquí resulta un encadenamiento de circunstancias que hacen necesario a un hombre y que lo mantienen siempre a flote: colocado por la suerte y la injusticia brutal de los sucesos en esta posición, si es algo vivo escala prontamente las alturas, donde, según la atinada expresión de un autor, sólo llegan los reptiles o las águilas. Los bancos, el crédito en todas partes y la prensa asalariada salen a su encuentro para decirle cómo se empobrece a los pueblos y se corrompe su sentido moral.
Los ratos que la política y sus sueños de ambición dejaban libres al Dr. Ferreol, los dedicaba enteros al —71→ amor, o por mejor decir, a un grosero libertinaje. Ese diputado que en la Cámara hablaba con voz entera de moral republicana, había noches que penetraba como una sombra en las casas de tolerancia, buscando emociones en el seno prostituido de una torpe cortesana.
No buscaba la correspondencia del afecto ni sentimientos educados en la mujer: su animalidad olfateaba solamente al sexo.
Tenía para estas cosas una vista de lince. No escapaba a su observación un nuevo palmito que apareciera en el barrio. Desde que Dorotea principió a vestir con elegancia y a mostrarse frecuentemente en público el doctor empezó a pensar en hacer su conquista. Después, cuando supo que visitaba en su propia casa, desistió por el momento, previendo una desazón doméstica. Su prudencia le aconsejaba abandonar la empresa, como ya antes lo había hecho con mucamas fáciles de embaucar, pero que tenían la desventaja de vivir cerca de su domicilio.
Una tarde, el doctor llegó a su casa antes de la hora de costumbre.
Como casi siempre venía al anochecer, no era esperado.
En el comedor estaba misia Pepita, misia Francisca, madre de él, y Dorotea.
Cuando la primera sintió por el patio aquellos pasos, que tan conocidos le eran, dijo:
-Es Manuel: qué temprano viene hoy -y entrando luego en cuidado, agregó-: ¿si vendrá enfermo?
Dorotea quiso escurrirse, pero la dueña de casa la instó a que volviera a sentarse.
-Por acá, señor pícaro -gritó la vieja-, que si su madre no viene a verlo el ingrato no es capaz de —72→ pasar a saludarla: para eso cría uno hijos: ¿cómo estás? siguió, cuando ya el doctor pisaba el umbral del comedor.
-¿Cómo está, mama?
-¿Qué es esto? -preguntó la esposa-, tan temprano.
-No hubo número en la Cámara.
Reparando entonces en Dorotea, se sorprendió un tanto y se sacó el sombrero.
-La señora de Dagiore -dijo misia Pepita presentándola-, una vecina nuestra.
-Tanto gusto de conocer a Vd., -díjole el doctor estrechando su mano.
Dorotea balbuceó algunas palabras y se puso encarnada.
El apretón de manos había sido demasiado fuerte.
Siguió bastante animada la conversación.
La madre, sobre todo, quedaba pendiente de lo que decía el doctor: tenía verdadero orgullo de su hijo, y lo creía un genio.
Ferreol llamó a un criado y le pidió cerveza.
Cuando la botella estuvo destapada él mismo sirvió a las tres damas.
De pronto, dijo que deseaba comer temprano, porque tenía que acudir a una reunión del comité y estaba citado para las ocho.
-Mejor es que no hubieras venido para irte tan pronto -díjole su esposa-, qué hombre, -continuó, dirigiéndose a su suegra-, no para en su casa un momento.
-Qué quieres, hija -respondió la vieja, que siempre le encontraba razón a su hijo-, un hombre de importancia no es como un jornalero que acabando el día no tiene más quehacer que descansar: ya ves cómo es buscado éste, el pobre no tiene descanso, el —73→ ministro le consulta la menor cosa y en la Cámara si él no habla no está contenta la barra: otra mujer en tu caso estaría muy satisfecha de que su marido estuviese en mentas de todo el mundo: debes ser más avenida ya que te has casado con un hombre público.
Mientras la madre ensalzaba de esta manera a su hijo, misia Pepita lo contempló con una mirada maliciosa que aquel comprendió perfectamente; en el lenguaje mudo de una mirada le había vuelto a repetir una vieja cantinela: ella se resignaba a todas las salidas mientras estas no se aprovechasen para hacerle infidelidades.
Cuando su madre terminó, el doctor con viveza se adelantó a su mujer que iba a responder:
-¡Oh!, por eso no tenemos disgustos: mi mujer es la esposa más prudente del mundo y siempre sabe ponerse en razón: a su bondadoso genio en el hogar debo yo todos mis triunfos.
Aquí había cierta ironía, porque cuando redactaba el diario, hubo días en que afiebrado con las camorras que le buscaba su esposa, rompió las carillas empezadas por la mañana, saliendo sin almorzar para regresar recién a media noche.
Ella no lo comprendió, y le dijo que estaba muy galante.
Un sirviente entró a anunciar que estaba la comida.
Dorotea se puso de pie.
-Qué -dijo el doctor-: ¿nos abandona Vd.? no puede ser: Pepa, a ti te correspondo invitarla a que se quede con nosotros.
-¡Sí, sí!, quédese Vd... aunque hará penitencia.
—74→-No, señora, agradezco mucho... será otra vez... pero he dejado mi casa sola.
-No le sucederá nada a la casa, supongo -dijo el doctor, por no estar callado.
Dorotea no pudo defenderse más. Poco al corriente de las forzadas fórmulas que usa la buena sociedad, ella debía haber rehusado nuevamente, pero no lo hizo.
-A la mesa, pues -gritó el doctor.
-Que saquen -dijo al mucamo la dueña de casa.
El doctor ocupó la cabecera, a su derecha primero su esposa y después Dorotea y a la izquierda misia Francisca.
El jefe de la familia monopolizó por completo la conversación.
Con una cautela de zorro corrido miraba, a hurtadillas de su mujer, a Dorotea.
Esta comprendió muy pronto que no era indiferente para el doctor.
Esta conquista la aturdió al principio.
No había pensado ni pensaba tener un amante, pero esta corriente de simpatía que empezaba a iniciarse entre ella y un hombre de tan alta posición halagaba su orgullo, y algo como un sentimiento de gratitud sentía desbordar de su pecho.
Sus ideas, sus lecturas, todo se aunaba para despertar sus sentimientos hacia un afecto de esta naturaleza.
El doble calor de la comida y de los pensamientos que bullían en su frente habíanle coloreado vivamente las mejillas.
Así, encendida, estaba realmente hermosa: se podía notar que de todos los poros de su piel blanca y —75→ satinada surgía radiante la juventud con sus fatales incitaciones.
A los postres se levantó un momento la esposa del doctor.
Este aprovechó la ocasión y corrió su pie buscando el de Dorotea. Al sentir el contacto la joven retiró el suyo inmediatamente.
-Un poco chúcara -pensó el libertino-, y sin desconcertarse volvió audazmente a tentar un nuevo amago a la plaza.
Dorotea no sabía qué pensar; estaba aturdida: de pronto atribuía el encuentro de los pies a una mera casualidad, pero volvía a confundirse cuando recordaba las miradas elocuentes con que el doctor la había ya envuelto varias veces.
En la segunda tentativa, le alcanzó una pantorrilla. Dorotea se puso muy pálida y en medio de su estupor y cediendo maquinalmente a un movimiento de indignación, retiró la silla.
No esperaba este resultado el fogoso diputado. Se turbó algo y entró en cuidado. ¿Será tan tonta que se lo cuente a Pepa? se decía; y queriendo enmendar la plana se puso a dirigir simultáneamente la palabra a la joven y a su señora madre, que comía a la sazón, con voraz apetito, dulce con queso y pan.
En esto volvió la dueña de casa; había ido personalmente a su jardín para traer unas flores a su suegra: le dio un lindo ramito llamando su atención sobre una tumbergia, que era la primera que daba la planta.
A Dorotea la obsequió con dos fragantes pimpollos de rosa Enrique IV y a su esposo le arregló en el ojal de la levita un pequeño gajo de verde diosma.
—76→La vieja empezó a hacer ponderaciones de las flores.
-Qué ricas están, hija, qué bien tienes el jardín, y la suerte que has tenido con tu gardenia, si vieras la mía; tiene más de dos varas, es un árbol, y hasta ahora no ha dado una sola flor.
Enseguida se tomó el café; el doctor pasó al dormitorio y como al cuarto de hora volvió a entrar al comedor.
Venía correctamente vestido y muy perfumado: sin duda se había echado en el pelo un frasco de agua de rosa, pues el olfato así lo denunciaba.
-Y a Vd., mama -dijo-, ¿quién la va a acompañar?
-Yo, hijo, yo sola me voy a ir.
-Si no lleváramos distinto camino y no tuviera tanto apuro le ofrecería mi brazo.
-Quita allá, pícaro: ¿qué has de querer salir tú con viejas?
-No: es que le hablaba seriamente.
-Ni lo pienses: tú tienes quehaceres que no se pueden desatender: conmigo siempre estás disculpado.
-Muy pronto he de ir a hacerle una visita.
-Eso sí: hoy somos jueves: te espero el domingo con los muchachos.
-Si se han portado bien, irán.
El Dr. Ferreol tenía tres hijos, todos varones; Víctor, Carlos y Esteban: convencido que su esposa no tenía carácter para educarlos y que él por falta de tiempo no podía ocuparse de llenar esa tarea, los había puesto en un colegio a pupilo: los tres cachafaces salían sólo los domingos, y esto, cuando resultaba buena su conducta y habían aprendido bien las lecciones.
—77→Al principio misia Pepita lloró mucho con esta determinación, que llamaba cruel, pero después se fue acostumbrando y se consoló del todo cierta vez que yendo a visitarlos había visto infinidad de niños mucho menores que Esteban, que recién contaba siete años.
El doctor encendió un habano, se despidió de su madre y su esposa y al llegar a Dorotea, le dijo:
-Señora: cuente Vd. con un servidor, tocándola apenas la mano y casi sin mirarla -y siguió sin hacer pausa alguna dirigiéndole palabras a su esposa que se referían a asuntos que habían estado tratando anteriormente.
Sin duda quería hacer gala ante Dorotea que sabía despedirse con elegante desenfado, o tal vez, dejar un antecedente de manifiesta indiferencia, que todos habían presenciado, para defenderse si la joven contaba el suceso de la mesa.
Erguido y muy satisfecho de sí mismo, se dirigió a la calle calzándose los guantes.
Eran las siete y media de la noche: las veredas se encontraban bastante concurridas, y como por allí estaban afocados distintos negocios, la luz que de ellos salía combinándose con la pública de los faroles de gas llenaba la calle de vivos y claros reflejos.
Desde que el doctor se puso en marcha por la vereda empezó ceremoniosamente a repartir saludos: su inocente sombrero de copa alta debía sin duda resentirse de tanta cortesía.
Hacia el final de la cuadra estaba la Botica: aquí convergía parte de la concurrencia callejera y se oían desde la calle murmullos de risas y palabras.
A simple vista y por la constante renovación de —78→ clientes, se comprendía que el establecimiento prosperaba.
La conversación era general entre el boticario, varios vecinos amigos de este y el Dr. Catay, médico que concurría a la botica para encontrar enfermos de ocasión.
A la sazón, decía este último al primero
-D. Isidro, acerquémonos un momento a la puerta para ver pasar las buenas mozas.
En momentos que se asomaban pasaba el doctor Ferreol.
Médico y boticario le hicieron una gran reverencia, que fue contestada por Ferreol con su proverbial galantería.
Este tenía a ambos en gran consideración; pertenecían a su parroquia y empezaban a tener alguna influencia: como no tenían ambición personal y solamente entusiasmo teórico, pensaba atraérselos para que creyendo servir a la patria respondiesen a sus miras políticas.
Ellos también deseaban la relación del diputado, porque les satisfacía tal amistad y pensaban que nunca está de más tener una cuña en las altas regiones de la política.
Cuando Ferreol hubo pasado, murmuró Catay:
-¡Hombre vivo!
-Ya lo creo -replicó el boticario-, y lo mejor del cuento es que no se duerme en las pajas.
-Pero en cambio, se acuesta en la cama de muchas mujeres casadas -respondió Catay cínicamente.
Esta salida no fue del agrado del boticario: creyó ver en ella el retintín de una burla, porque misia Mercedes, su esposa, tenía mil consideraciones para —79→ el médico, y lo que al respecto se murmuraba había llegado varias veces hasta él encendiéndole el rostro la indignación: estaba hacía mucho tiempo hastiado de su mujer; el acto en sí no le importaba dos pitos: tenía muy poca elevación moral; pero lo sulfuraba la idea del ridículo; de que en el barrio cundiese la cosa y llegasen a llamarle cornudo.
-Entremos -dijo después de un rato de silencio-, corre algún aire y podemos resfriarnos.
Así lo hicieron. Como había bastantes personas al lado del mostrador y otras esperando su turno sentadas en el confidente y varias sillas que para este objeto estaban, el boticario fue a colocarse al lado del dependiente y empezó a interrogar a los clientes:
-¿Vd., señor? ¡Ah! -decía, recogiendo una receta-, tardará media hora, puede Vd. esperar o volver -y así seguía, juntando papeles, se puso después a medir las drogas, empezando por el frasco, para preparar la primera receta.
Mientras trabajaba, no dejaba de hablar.
Iba, venía, ponía la escalerita para alcanzar algún frasco colocado en un estante alto, pero como de costumbre, sin desatender la conversación.
De cuando en cuando dejaba de revolver en el almirez, para atender a un nuevo llamado del mostrador.
No se daba tiempo a despachar sus clientes con la prontitud que cada uno de estos pretendía.
-Volveré, D. Isidro -decían muchos.
Y los frascos, las purgas, los tarros de pomadas y las cajitas de píldoras, iban alineándose en el mostrador encima de su respectiva receta.
—80→De rato en rato entraban muchachos del barrio a comprar remedios sencillos:
-D. Isidro: un peso de mostaza y un peso de llantén.
-Un peso de harina de lino.
-D. Isidro: dice mi tata que le preste La Nación de hoy, que es para ver un aviso, que después se la va a mandar.
-Un peso de tilo.
-D. Isidro, despácheme pronto.
-A mí la llapa de caramelos de goma.
Y el heroico farmacéutico, sin salir de su gravedad habitual, hacía callar a los muchachos y seguía, en compañía de su dependiente, despachando a todos según su turno.
A eso de las nueve cesó el movimiento en el despacho.
D. Isidro, Catay y dos vecinos, pasaron a la habitación en que dormía el dependiente, única también que había en aquel reducido local. Tenía ésta, salida a un pequeño patiecito en que estaba la letrina, una cocina de la cual no se hacía uso y un pozo de que tampoco se servían desde que colocaron la cañería de las aguas corrientes. Debajo del grifo estaba colocada una tina en la que un chico, al servicio de la botica, lavaba frascos y botellas.
En el centro de la habitación había una mesa redonda cubierta con una carpeta color canela, varias sillas en rededor arrimadas a la pared, una cama en uno de los ángulos, al lado una mesita de luz, más allá un baúl viejo y en la pared opuesta una percha improvisada, velada con una cortina de coco oscuro.
El gas estaba a media luz, D. Isidro lo arregló, —81→ sacó un juego de naipes del cajón de la mesita de noche y, dirigiéndose a sus contertulios, exclamó:
-Acerquen ustedes las sillas, señores.
La partida de mus de todas las noches iba a empezar.
-Andrés -gritó D. Isidro, llamando al muchacho que limpiaba los frascos-, trae unos porotos.
Vino el chico con lo que se le pedía, y agregó el boticario:
-Ponlos ahí: mira; prende el aguardiente y seba un mate.
-Se ha concluido la yerba, señor.
-Toma -respondió, metiendo la mano en el bolsillo del pantalón para sacar dinero.
-Yo no tengo ganas de hacer la partida esta noche -exclamó bostezando Catay.
-¿Por qué? -preguntó D. Isidro, alargándole cinco pesos al muchacho.
-Sería mejor que saliéramos a dar una vuelta.
Desde que D. Isidro había hecho relación con Catay sus costumbres habían cambiado por completo.
El médico le imponía su voluntad y lo arrastraba a pasos que él sólo jamás habría dado.
Sentía que lo sacaban de sus casillas con menoscabo de su salud y su bolsillo, pero se encontraba sin fuerzas para resistir.
Era cosa de todas las noches que después de la partida saliesen a correr un poco la tuna.
Se prometían ser juiciosos, pero entraban a jugar al billar en un Café, se enardecían poco a poco y luego empezaban a beber. Ya cuando salían de allí, tenían olvidado los propósitos de enmienda, y como atraídos por una voluntad que no era la suya, se —82→ abandonaban a sus instintos y concluían por penetrar a una casa de tolerancia.
-No, hombre -respondió el boticario-; es muy temprano: juguemos un poco y después veremos, aunque yo estoy con un dolorcito a la espalda que no me hace mucha gracia: debería acostarme temprano.
-Ta, ta, ta: mejor: iré yo solo, ¡y eso que he hecho hoy un descubrimiento!...
Los ojos de los tres que escuchaban se avivaron como por encanto.
-Desembuche, doctor.
-¿Es bonita?
-¿Dónde vive? -exclamaron casi simultáneamente.
-Vamos por partes -dijo-, y haciendo una pausa cogió el naipe, que estaba ya barajado, y poniéndolo cerca de sí lo tapó con una recia palmada, agregando:
-¡Esta noche no juega nadie!
-Doctor: no se enoje así, que no le hemos hecho nada -exclamó en tono de amable burla uno de los vecinos.
Catay sonrió y siguió diciendo:
-Puedo decirles que es preciosa, y para Vds. que están ya cansados de las rubias, un verdadero bocado de Cardenal: es de «no te mueva»: trigueña, ojos grandes y negros y con un pelo que le pasa el talle: no puedo decirles más: ahora, si quieren saber dónde vive, tienen que acompañarme.
-Yo voy.
-Yo también.
-¿Nos abandona Vd.? -dijo Catay al boticario.
-¿Quién resiste a tantas ponderaciones? Iré, pero todavía es muy temprano: juguemos un poco y después saldremos.
—83→-Ya veo que en esto voy vencido: pero no daré mi brazo a torcer: jueguen Vds. y yo los miraré.
D. Isidro talló y su vecino empezó a repartir las cartas.
Entre tanto, Catay fue a revisar el libro copiador de recetas. Como la Botica estaba situada en un punto bastante céntrico despachaba todos los días recetas de diversos facultativos, entre las cuales solían aparecer algunas, firmadas por médicos distinguidos que gozaban de alta reputación en el concepto público. Este era el único estudio que hacía Catay. Por las recetas venía en cuenta del modo como curaban sus más afamados colegas de profesión las enfermedades reinantes. Tomaba apuntes, y al siguiente día propinaba a sus enfermos iguales drogas.
Cuando terminó de ver el libro, se acercó a la mesa.
Concluía en ese momento la partida y estaban repartiéndose los porotos.
-Ya basta.
-Falta otro chico.
-Suspendan para mañana.
-Y dígame, doctor -dijo de pronto uno de los contertulios-: ¿su hallazgo es mejor que la mujer del fondero?
-Cada cosa en su lugar -respondió este.
-¿Siempre la sigue Vd.?
-¡Oh! en cuanto a eso no pierdo la esperanza de que caiga en mis manos.
-¿Pero han visto Vds. -dijo terciando don Isidro-, el lujo que gasta? Qué bruto es ese animal de Dagiore: permitirle esos gastos cuando debía aplicarle una paliza para cortarle con tiempo las alas. Yo no sé lo que piensan algunos hombres.
—84→Aquí sucedía lo de siempre: el pobre boticario predicaba sensatez para la casa del prójimo y no veía que en la suya eran bien necesarias esas medidas.
-Debe haberse vuelto loca -dijo uno de los vecinos.
-Yo sé quién se la va a comer, si es que ya no lo ha hecho -agregó el otro.
-¿Quién? -preguntó el boticario.
-¿Quién ha de ser sino el doctor Ferreol, que se pinta solo para estas cosas?
-¡Cuánto me alegraría! -replicó D. Isidro, dando salida al encono de barrio que profesaba a Dagiore, avivado en él por los chismes exagerados con que le llenaba la cabeza el espíritu intrigante de su mujer.
-¿Qué sabe usted algo? -preguntó Catay con vivo interés.
-De fondo nada; pero la veo a Dorotea visitar mucho a misia Pepita.
-¡Bah! si no es nada más que eso...
-Es que el doctor es muy vivo, y allí, en un momento, puede concertar una cita. De todas maneras, está más adelantado que usted, porque la trata, la habla y mantiene con ella muy buena relación.
Picado Catay en su amor propio, respondió:
-Yo también la trato y siempre me contesta el saludo con los mejores modos del mundo.
-Pero usted no la visita.
-Tal vez por esto estoy en mejor camino; y en fin, conmigo no puede tener ningún género de vergüenza, porque me he cansado de tocarle las piernas: si vieran ustedes qué hermosas las tiene: no la merece ese animal de fondero...
-No diga usted esas barbaridades -interrumpió D. Isidro.
—85→-Conque estábamos tan adelantados, -dijo uno de los otros-: adelante, doctor, cuéntenoslo usted todo: le garantimos que no nos hemos de ruborizar.
-Sí, pues -continuó Catay-, cuando salió de cuidado fui yo uno de los que la asistieron.
-Ja, ja, ja, -rieron los tres, algo despechados por el desenlace del cuento, pero reanimándose poco a poco, volvieron a las preguntas-:
-¿Conque buenas piernas, eh?
-No hay dos opiniones al respecto: son magníficas: carnes duras, muy blancas y suaves como el terciopelo.
-¿Cómo estaría usted?
-No lo crea: en esos casos uno no piensa en tales cosas, pero después se recuerdan.
-¿Fue Dagiore quien lo llamó?
-Qué va a llamar ese animal: hoy los médicos especialistas en partos se mueren de hambre, porque las malditas parteras italianas han echado a perder el oficio...
Los circunstantes se echaron a reír.
-Sí, es la verdad: ¿querrán ustedes creer una cosa? La lavandera de casa es partera recibida.
-¡Esa la inventó usted!
-Mi palabra de honor: así son las barbaridades que hacen: bien, pues, el fondero llamó a una de estas y al rato no más echó a perder el asunto: se asustaron en la Fonda y llamaron entonces dos médicos: por esto es que le vi y toqué las piernas: ¡qué diablos! los médicos también tienen sus boladas. ¿Les parece que salgamos? -agregó-, ya es tiempo.
Se pusieron en marcha. Habrían andado media cuadra, cuando dijo D. Isidro:
-¿Para dónde vamos?
—86→Como siempre, salían sin rumbo, fastidiados, y sin saber qué hacer con el malestar que les procuraba su aburrimiento.
-Primero al Café -contestó Catay.
-Dejémonos de Café -replicó el boticario.
-Vamos a ver a la princesa de ojos negros -dijo otro de los compañeros.
En la conversación habían llegado maquinalmente hasta la calle de Suipacha.
-Nos vamos a aburrir en el Café -agregó el boticario-: a esta hora han de estar ocupados todos los billares.
-Sí, sí, doblemos.
El hábito del vicio los atrajo hacia uno de sus centros. Doblaron por Suipacha y siguieron por Corrientes hacia el oeste.
Al pasar por Cerrito se detuvieron en la bocacalle.
-No, hombre, yo no2 los acompaño -dijo don Isidro-: pasa mucha gente: miren cómo viene ese tramway.
-Yo les decía -replicó el doctor-, que fuéramos al Café: allí habríamos hecho tiempo: a mí también me parece que es muy temprano: si quieren vamos a ver la polla de que les he hablado: los presentaré, pero con la condición de que han de pagar la cerveza.
-¿Dónde vive?
-En la calle de Santiago del Estero.
-Un poco lejos.
-Podemos tomar el tramway.
-Mejor es ir a pie.
-Aprobado, y en marcha -dijo el doctor cerrando el debate.
Empezaron a ascender la calle de Cerrito.
—87→Catay iba adelante jugando con su bastón y hablando fuerte.
Cuando encontraba un perro le daba a traición un gran palo, con la intención, decía, de que mordiera a alguno de los camaradas que iban detrás de él.
-No embrome así -habíale dicho más de una vez el boticario-: parece usted un muchacho de escuela; sea más juicioso.
A las mujeres que encontraba solas en el tránsito les arrojaba vulgares piropos y su audacia llegaba muchas veces hasta manosearlas groseramente.
Sin recordarlo, iban a pasar en ese momento por la casa de Dorotea.
La joven estaba en la puerta. Minutos antes había enviado a la niñera hasta el almacén, y como tardara, fue a ver si venía.
Miraba precisamente en sentido inverso al que traían los cuatro calaveras.
Catay no la reconoció. Vio en la penumbra un busto incitante de mujer y le puso la mano en el seno, murmurando algunas palabras torpes y estúpidas.
La joven se revolvió de indignación y sorpresa.
-¡Atrevido! -dijo-, y le dio una bofetada en la cara.
Catay, furioso, le envió una andanada de denuestos, y cobardemente enarboló el bastón.
Más sereno el boticario, lo contuvo a tiempo, mientras que Dorotea se refugiaba en el interior de su casa.
Los otros dos acompañantes habían disparado desde un principio y esperaban el desenlace en la próxima esquina.
El boticario arrastró a Catay.
-¡Qué barbaridad la que ha hecho usted!
—88→-¿Quién es?
-¿No la ha conocido usted?... la fondera.
-¡Aunque sea la hija de un rey me la ha de pagar!
Se reunieron.
-¿Qué hay? ¿qué hay? -preguntaban los dos vecinos.
Cuando se informaron, también tuvieron reproches para el doctor.
-Yo no la había conocido -dijo éste.
-Mala había sido -dijo D. Isidro, con un asomo de burla, y como viera que Catay volvía a enfurecerse, agregó:
-Pero, qué diablos: si ella me permitiera una libertad como la que usted se ha tomado yo de buena gana sufriría veinte coscorrones que me diera: pero sigamos: ¿qué estamos haciendo aquí como unos zonzo? felizmente la cosa no ha tenido ulterioridades: es preciso que vayamos con juicio: vea, usted nos compromete: recién recuerdo que he pasado por frente de mi casa: qué barbaridad: ¿si nos habrán visto?
A Catay le pareció salir de un sueño.
-Es cierto -contestó-: ¿pero en qué hemos venido pensando?
Entonces dieron vuelta la cara y como observaran en quietud y silencio la cuadra que dejaban a la espalda, concluyeron por tranquilizarse.
Entonces siguieron los comentarios. D. Isidro volvía a los detalles y sus palabras eran festejadas con continuas risas.
Una noche más de orgía veló casi por completo el recuerdo de este bochornoso episodio.
Cuando volvió la niñera, Dorotea estaba encerrada. —89→ La abrió con cautela y le preguntó si no había visto unos hombres en la vereda.
Esta contestó negativamente, y entonces le mandó cerrar la puerta de calle. Dagiore aún no había vuelto, tenía llave y jamás se le esperaba.
El pequeño José dormía con seráfica tranquilidad en su camita.
Dorotea hizo acostar a la sirvienta y ella misma empezó a desvestirse.
Estaba aturdida y frenética por los sucesos de ese día.
Había reconocido a Catay y pensaba en el doctor Ferreol.
-Vaya unas cosas lindas las que me suceden -se decía-. ¡Ah! y esto a mí solamente me pasa. Si José fuera otro hombre, yo le diría; pero qué va a ser capaz de vengar un ultraje hecho a su mujer. Y ese canalla de Catay: ¡ah! ser tan sola, si debía haber llamado al vigilante; y el otro, seguía, refiriéndose a Ferreol: esos son los decentes: creen que con una, porque no es hija de un príncipe, pueden hacer lo que quieran: ya verán, ya verán, estos cochinos.
Y continuando su pensamiento en esta ruta, se excitaba más cada vez, hasta que su dolor terminó por hacer crisis en un llanto enfermizo.
Como todos sus razonamientos iban envueltos en la densa niebla de su vanidad, pensaba que todo eso le sucedía porque la tenían en menos y que su conducta y su seriedad no bastaban para atraerse el respeto de los hombres.
En parte, no se equivocaba, porque a Ferreol y a Catay les pareció siempre que sería una conquista que no daría mucho trabajo.
—90→Ella jamás había imaginado el amor de una manera tan brutal.
En su corazón, el médico y el abogado estaban de todo punto desahuciados. Suponía cómo serían después, si al iniciar sus pretensiones ya mostraban una vulgaridad tan chocante.
Todo en ella concurría para soñar con un amor puro, mantenido en las esferas de un afecto noble y delicado. Anhelaba la encarnación de los sentimientos que desbordaban de su pecho, pero sin que se contaminaran en el lodo de la tierra. Quería ser protagonista de un amor ideal, tal como lo había encontrado en las novelas.
Estas lecturas, que eran el pasto diario de su imaginación, su posición equívoca en la sociedad, que la impelía a buscar un consuelo para resarcirse de los desaires que recibía, y hasta su mismo estado, pues estaba nuevamente embarazada, contribuían poderosamente a afirmar semejantes ideas.
Todo su enojo lo refundía luego en Dagiore, el cual, cediendo a los impulsos de su carne, satisfacía con todo rigor el débito conyugal, y, sin saberlo uno y otra, era esta una de las causas que reprimía el temperamento nervioso de la joven.
¿Dónde estaría, si a su edad no hubiese sentido ya dos veces estremecidas sus entrañas, por la misteriosa influencia de la maternidad, que modera, salvo casos excepcionales, ciertas incitaciones fatales, que por sus ideas y el medio en que actuaba no le habría sido posible reprimir?...
—91→
Los días fueron sucediéndose unos a los otros, iguales y monótonos para la generalidad de los personajes que hemos presentado.
Fuera de los episodios vulgares y de escaso interés que cada sol presencia en los hogares, nada que importe un cambio radical de posiciones llegó a suceder, hasta que un suceso imprevisto vino a colocar a Dorotea en brazos de un amante.
Entre tanto, el pequeño José, cumpliendo la ley de su desarrollo, crecía rápidamente.
Las relaciones de Dagiore con su mujer habían seguido siempre tirantes, como que el interés era el único agente que las mantenía a flote. No obstante, en los últimos tiempos estos míseros vínculos se habían aflojado casi por completo.
Este resultado era inevitable, y más temprano o más tarde, tenía fatalmente que producirse.
Es la terminación lógica de todas las uniones desproporcionadas.
Los inconvenientes que trae la vida íntima, esas tristes reyertas que vuelven la casa un verdadero infierno y que encuentran pábulo para producirse en la cosa más mínima eran función casi diaria en la casa de Dorotea.
Si las aspiraciones de los dos esposos, ya que no su educación, hubieran guardado algún equilibrio, —92→ podrían haber esperado un porvenir más tranquilo, cuando la edad y la experiencia, calmando sus desatinados rencores del presente, los hubiese vuelto más suaves y tolerantes. Pero ellos no se hacían ilusiones al respecto.
Miraban hacia polos opuestos.
La familia se había aumentado en este intervalo con dos nuevas niñas.
Los gastos de la casa, por consiguiente, habían crecido.
Dorotea había exigido una mucama, y no se cansaba de repetir que la casa era pequeña para tanta familia.
Muchas veces hacía compras sin consultar a su marido. Cuando los acreedores iban a cobrarle a este, la escena que se seguía entre los esposos no podía ser más chocante y asquerosa.
Ahora Dagiore la reñía por todo. Era que se iba cansando de ella. La posesión por un lado y por otro que Dorotea no usaba con él ninguna coquetería, habían traído este desenlace. La joven tenía la conciencia de que valía más que su esposo, y suponía, por esto, que sería eterno su ascendiente. Jamás se cuidaba de su persona delante de él.
En los momentos que este, por la mañana, tenía necesariamente que pasar a su lado, no se preocupaba de arreglarse: andaba sin corsé, con una enagua de color, la cara sucia y el pelo alborotado. Cuando salía, perfectamente peinada y con la cintura bien ceñida, Dagiore no la reconocía. No era esa su mujer, la que él conocía y había tocado tantas veces. El polvo de arroz, las pequeñas botitas de taco alto, el traje tan lleno de modas y su sombrero repleto de plumas y flores, no eran, a la distancia, suficiente —93→ estímulo para reavivar la llama del deseo, que ya casi se extinguía en el corazón del fondero.
Sin embargo, a veces solía decirle en alguna de sus disputas:
-Tú eres una mujer fea para tu marido, que te da todo y te haces bonita y te compones para mostrarte a los de la calle.
En medio del insulto, se veía no obstante cruzar como un relámpago los antiguos celos de Dagiore. Después, repetía por milésima vez sus maldiciones sobre el lujo, y ese odio profundo que tenía a las tiendas.
Su amor no estaba extinguido del todo: muchas veces quiso poner en orden los asuntos de su casa y dijo a Dorotea que si consentía en volver por poco tiempo a la Fonda, serían después felices, porque podría ahorrar para comprar el Hotel, esa idea que jamás abandonaba, que era su manía y su sueño dorado.
Dorotea le preguntó, con mucho descaro, si se había vuelto loco para hacerle semejante proposición; hasta rió de la ocurrencia, pero como poco después la discusión se agrió, ella dijo terminantemente que sólo muerta la podría llevar a la Fonda.
Todo su orgullo se sublevó; evocaba los recuerdos de lo que había sufrido allí su amor propio y en el ridículo que caería ante el barrio tornando a su antiguo género de vida.
Fue entonces que el fondero se convenció que le sería imposible ahorrar un solo medio si las cosas continuaban de ese modo.
No sabía qué hacer. Jamás como entonces se había arrepentido más de su casamiento.
Se resolvió a ahorrar a todo trance. La avaricia —94→ concluyó por predominar en su alma vulgar arriba de todo otro afecto.
Pensó que los hijos costaban mucho y que al nacimiento de cada uno de ellos, Dorotea había ido aumentando considerablemente los gastos. Quiso cortar por lo sano, y resolvió no tener más hijos.
A veces, pasaba semanas sin ir a su casa, quedándose a dormir en la Fonda.
Había ordenado terminantemente a su mujer que no hiciera el menor gasto, amenazándola con no reconocer ninguna deuda que contrajera.
Decía que era bastante con pagar la casa y enviarle la comida, como de costumbre, dos veces al día en una vianda.
Respecto a las demás provisiones necesarias en el hogar, determinó que siempre que faltaran se las mandasen pedir. No quería que su mujer hiciese ninguna compra ni que manejase un centésimo de su peculio.
Dorotea, bastante orgullosa de por sí, aceptó con valor la nueva situación: sacó costuras de la tienda de sus padres y con esto tuvo para hacer frente a los pequeños gastos en los primeros tiempos.
La idea de no tener más hijos, aunque parezca mentira, halagó bastante a Dorotea.
Sus continuos embarazos, y después, el cuidado que demandaban las criaturas, la privaban de pasear con la frecuencia que ella deseaba.
Una noche vino Dagiore con un pretexto y se quedó: él traía su idea: su mujer le habló como si nada hubiera pasado entre ellos; necesitaba recursos para cambiar su traje por uno a la moda que inauguraba la nueva estación de invierno.
A la hora de recogerse, Dagiore le hizo algunas —95→ caricias. Ella lo rechazó con un ademán suave y dijo:
-¿Para qué? ¿No hemos convenido ya no tener más hijos?
Él entonces con torpe franqueza, le dijo que había medios para no tenerlos sin abstenerse de los goces que procuraba el matrimonio.
Sacó un papel de su faltriquera, lo desdobló y empezó a hacer las más cínicas indicaciones respecto de un medio, por desgracia, bastante generalizado, y que reprueban a la par la naturaleza y la moral.
Así este cretino familiarizaba con el vicio y la impudencia a su esposa, dándole torpemente instrucciones para que se entregara al libertinaje sin temor ni desconfianzas.
A medida que iba hablando de este asunto, prorrumpía en tremendas carcajadas.
-De este modo -agregaba-, se la componen los franceses para no pasar de tres hijos. Un francés me decía el otro día que en su tierra, de cien matrimonios, diez apenas cuentan más de tres niños. Eh, nosotros los imitaremos y nos pararemos en los tres que tenemos: ¿no te parece?
Dorotea fue débil y aceptó; pero cada día se sentía más hastiada de su marido: nunca le había encontrado tan mal olor, y algunas noches el tufo del ajenjo y de la caña la obligó a desviar con asco el rostro.
Cuando Dagiore venía en ese estado, era precisamente cuando se mostraba más exigente.
Una noche que la esposa no cedía, hubo una reyerta tremenda: Dagiore empezó a pegar bárbaramente a su mujer; esta, sin desconcertarse mucho, buscaba una salida para escapar, y entre tanto, iba arrojándole los muebles y objetos que encontraba al —96→ paso, sin dejar por esto de dar grandes voces de socorro.
Las gentes del barrio habían salido a las puertas y los transeúntes se detenían con gran curiosidad.
Infinitos y diversos comentarios se hacían en cada grupo.
Por la esquina se decía que un loco había entrado armado de un puñal, y en otra parte que era el marido que había encontrado juntos a los amantes y que los estaba asesinando.
Dos vigilantes habían acudido al ver el tumulto de gente: llegaron hasta la puerta de calle, pero no se atrevían a entrar: esperaban para esto un refuerzo o que se presentara el oficial de servicio en la sección: sus pitos estridentes daban mayor magnitud al escándalo. Así las cosas, cuando acertó a pasar un Mayor del ejército: no titubeó un momento, sacó un revólver y entró, ordenando a los vigilantes que le siguieran. En el tercer cuarto encontró a Dorotea, que puesta de espaldas sobre unos muebles caídos le oprimía Dagiore la garganta con una mano, pegándole brutalmente con la otra.
-¡Así se pega a las mujeres, miserable! -dijo el Mayor, entrando, y sin dar tiempo a que lo viera le pegó con el revólver por la cabeza.
Dagiore, furioso, quiso darse vuelta para defenderse, pero al Mayor se le había ido la mano: trastrabilló un poco y cayó al suelo desmayado. Entonces la casa se llenó. Todos querían ver lo que había sucedido. Llegó el 2º Comisario, y lo primero que ordenó a los vigilantes fue que hicieran despejar la casa.
Mientras estos se ocupaban de atender a Dagiore, el Mayor había cargado a Dorotea y sentándola3 en una silla. —97→ Estaba muy pálida y temblaba.
El Mayor no tenía ningún antecedente de ella, pero al verla tan bonita se alegró de su aventura y de haberla socorrido en momento tan oportuno.
-¿Por qué la pegaba a Vd.? -preguntó con tierna solicitud.
-Es muy malo -contestó Dorotea todavía algo alelada.
-¿Pero quién es él?
-Mi marido.
-¡Ese su marido! -exclamó con sorpresa el Mayor.
Dorotea, entonces, alzó la vista y lo miró por primera vez.
Era el Mayor un lindo hombre: alto, delgado y de una fisonomía alegre y despierta: su tez estaba tan cuidada que a un chusco se le hubiera ocurrido preguntar en qué campañas había ganado sus grados: su pelo castaño ensortijado estaba muy bien peinado, y de vez en cuando se lo enjopaba introduciéndose la mano con los dedos abiertos: usaba bigote y pera, que acariciaba a cada momento, y especialmente cuando hablaba.
Con sus ojos oscuros, que siempre se mostraban audaces, envolvió a Dorotea en una mirada tierna y sensual.
Ella bajó la vista confundida.
-¿Está Vd. mal? y yo que no me he comedido a ofrecerle un poco de agua... pero es que no sé dónde puede haber. Voy a buscar...
Al levantarse tropezó con la niñera, que asomaba la cabeza por debajo de una cama, donde intimidada se había refugiado al comenzar el escándalo.
-¿Qué haces tú ahí? -preguntó el Mayor. Ven —98→ para acá... ¿No sales? ven, porque de lo contrario te voy a sacar más que prontito; ya no hay nada: no tengas miedo, zonza.
La chica se decidió a salir de su escondrijo y se allegó al Mayor toda revolcada y haciendo mohines de desconfianza.
El militar al verla se echó a reír.
-Vaya con tu figura: hasta telarañas tienes en la cara. Díme: ¿tú eres de la casa?
-Sí, señor.
-¿Qué pitos tocas aquí?
-¿Cómo?
-¿Qué haces aquí? ¿Eres parienta de los dueños de casa?
-No, señor: soy niñera de los niños.
-Si eres niñera, claro es que ha de ser de niños: y bien ¿cómo te llamas?
-Clara, señor.
-Bueno; vaya Vd., doña Clara, a traerme un vaso de agua.
Salió la chica y entonces se acercaron, hacia donde estaba Dorotea, el Mayor y el 2º Comisario de la sección.
Tomó algunas declaraciones el funcionario y dijo que iba a ser preciso que los dos pasaran al siguiente día por la Comisaría.
-No hay necesidad de tanto -dijo el Mayor-; la señora ha sufrido bastante e injustamente, para que le den más dolores de cabeza. Si Vd. va a la Comisaria yo lo acompaño.
Dorotea le envió una mirada de gratitud.
-Pierda Vd. cuidado, señora, que todo se ha de arreglar -contestó este-: le hemos de ahorrar a Vd. todos estos trabajos: en caso necesario prometo a —99→ Vd. que veré al Jefe de Policía, con quien tengo mucha relación.
-¿Y mi esposo? -aventuró a decir Dorotea.
-Lo he remitido preso a la Comisaría.
Recién, puede decirse, que volvía el equilibrio a los sentidos de la joven. Era como el despertar de un sueño doloroso. Pronto se dio cuenta acabada de todo y una obsesión de pecho la acometió al ver la repercusión que había tenido el escándalo.
Miró hacia el lado en que había caído Dagiore, y vio algo que la hizo estremecer: se levantó, y como movida por un resorte fue hasta allí; se inclinó, y al ver que no se engañaba, y que grandes manchas de sangre enlodaban el pavimento, dio un grito de horror y se puso a llorar.
Quiso ir a la Comisaría pero el Mayor se opuso.
Entonces ella le recomendó mucho a Dagiore, agregando en su inocencia que lo perdonaba, y que si era posible, le dejasen volver a su casa, que ella lo curaría.
-Pero Vd. se expone -no pudo menos de objetar el Mayor.
-No: mi marido es bueno, pero es que había tomado un poco el pobre, y como no acostumbra...
-En fin, veremos: yo volveré más tarde a informarla de lo que haya hecho.
Se despidieron y el Mayor salió con el 2º Comisario. En la puerta estaban dos vigilantes, que no dejaban entrar a nadie.
Su jefe los relevó de esa guardia, y entonces la casa se llenó de amigas de Dorotea, que ardían en deseos de verla y hablar del suceso, el cual ya había revolucionado al barrio, dando tema a las vecinas ociosas para murmurar una semana entera.
—100→Libre así por un momento, Dorotea, encontró un vacío grandísimo en medio de todas las emociones que había recibido; pensó en sus hijos y entró en gran cuidado: después recordó que las dos pequeñas habían ido con la mucama a visitar a doña Margarita.
Fue a buscar a Clara para preguntarle si había visto a José.
Tomó la vela y salió al patiecito por la última pieza. En la cocina encontró a los dos.
-¡Mi hijo! -gritó la madre, inundándolo de lágrimas y caricias.
-¿Qué hacías aquí? -preguntó sin dejar de besarlo.
-Estaba ahí escondido entre el carbón -contestó por él la niñera.
-¿Y qué hacías? -volvió a interrogar Dorotea.
Entonces el niño contestó tartamudeando y visiblemente conmovido:
-Yo... tenía miedo... y rezaba para que tata no te matara...
Aquí hizo explosión el cariño de la madre: cargó a su hijo y fue así a la sala, donde ya estaban muchas vecinas hablando entre ellas como si estuvieran en su propia casa.
Todas se sorprendieron de que Dorotea no tuviese un solo rasguño en el rostro: por suerte todos los golpes habíalos recibido en el cuerpo, no siendo ninguno de ellos de consideración: sólo una pierna empezaba a dolerle algo, sin duda efecto de algún choque sobre un mueble, porque ella no recordaba nada.
En medio de la conversación, y haciendo esfuerzos por dar respuesta a preguntas imprudentes y enojosas, la imagen del Mayor no la abandonaba.
Era un recuerdo que la hacía gozar y sufrir al mismo tiempo.
—101→Cuando recordaba las manchas de sangre sentía una espontánea aversión hacia el Mayor; pero luego su pensamiento reaccionaba al oír los elogios que de él hacían sus amigas.
La opinión entre las mujeres era unánime para fulminar la conducta de Dagiore, y cuando recordaban la comportación del Mayor no tenían palabras para encarecerla, diciendo a Dorotea que le debía una gratitud eterna, porque tal vez le era deudora de la vida.
-¡Ah! -decía una vieja del barrio- ya lo creo, si los hombres cuando se enfurecen no saben lo que hacen: ese joven, que dicen es el Mayor Paz, yo no lo conozco, así he oído decir en la calle, se ha portado como un caballero: él no sabía a quién iba a defender ni el peligro que corría: se conoce que es un hombre valiente y de muy buenos sentimientos.
Todo empezaba a concertarse para que la galantería del Mayor encontrase el terreno preparado.
Así, creándosele una atmósfera de héroe, Dorotea se interesaba cada vez más por él: una dulzura infinita corría por todo su ser, cuando en la conversación oía que la decían:
-Ha sido su salvador.
Este «su salvador» la hacía transportar el pensamiento a las novelas, de que estaba saturada su inteligencia en desquicio. Al fin veía realizado en parte uno de sus sueños.
No pensaba adónde la arrastraría esta aventura. Se abandonaba solamente en la suave caricia de su ilusión presente.
Una hora después volvió el Mayor.
-¿Qué han hecho de Dagiore? ¿Cómo sigue? -preguntó Dorotea.
—102→-¡Oh! todo se ha arreglado perfectamente. Hasta de la multa lo ha relevado el Comisario. En cuanto a su herida no es nada. Se ha curado en una botica y no siente dolor alguno. Después que estuvo allí lanzó, y esto lo hizo mucho bien. Está muy arrepentido, y hasta conmigo se disculpó, dándome la mano cuando el Comisario le dijo que estaba en libertad. Allí se le amonestó muy seriamente al salir, y entonces dijo, que tenía tanta vergüenza de lo que había hecho, que iba a ir derecho a dormir en la Fonda.
-Es mucho mejor -dijo la vieja que antes había hablado.
-¡Pobre! -agregó compasivamente Dorotea.
-Pues no faltaba más -replicó indignada la primera: con arrepentirse no la va a sanar a Vd. del susto y de los moretones que le habrá dejado.
Dorotea, en la efusión de su gratitud, dio repetidas veces las gracias al Mayor, por su conducta para con ella, y al despedirse le regaló un ramito de flores, no atreviéndose, como era su deseo, a ofrecerle la casa.
El Mayor, no dándose por entendido de esta omisión, dijo que no sería esa la última vez que habían de verse.
Al darle la mano se la oprimió fuertemente, y Dorotea, olvidando las conveniencias, le devolvió el apretón, sin saber lo que hacía, y entregándose fatalmente a un sentimiento poderoso o incontrastable que sentía nacer en ella.
Al recogerse esa noche quiso pensar algo juicioso, pero su pensamiento, irritado por tan contrarias emociones, no podía seguir con método el encadenamiento de una idea. Estaba aturdida. Empezaba un monólogo y terminaba por hacer castillos en el aire. Y siempre el Mayor allí. Su retina lo había copiado —103→ una vez y para siempre. Lo sentía adherido a su alma. Se embriagaba en el recuerdo de su voz simpática. Recordaba sus posturas, su aliento cálido que le había abrasado el cuello cuando la cargó; y más que todo, ese uniforme, que tan adorable lo hacía en su concepto.
Es en efecto, el traje, una de las cosas que más seduce a las mujeres en el hombre.
Cada mujer tiene sus ideas al respecto, fruto de la educación y la costumbre, la más de las veces.
Hay unas que se mueren por los hombres que visten trajes claros, a otras les agradan los que van con pantalón y levita negros. Una dama que mantenía relaciones con un amigo nuestro le pedía en sus entrevistas que se pusiera un frac del esposo burlado. Averiguando este la causa de semejante pretensión, su bella amante le hizo la confidencia de que así lo amaba más, porque le recordaba los deseos y los abrazos que había sentido toda su juventud en los bailes. Una acción de placer o dolor arrastra consigo el recuerdo de mil pormenores independientes del drama que desempeña la pasión, pero luego se eslabonan y forman un todo homogéneo. Así por ejemplo, el jazmín nada tiene que ver con el amor, pero si un amante al reclinar su frente en el seno de su amada percibe la fragancia de esa flor delicada, y luego a solas y preocupado con otras ideas la misma esencia llega a herir su olfato, sentirá reavivados sus deseos, y el recuerdo de su gentil compañera vendrá a refrescar su frente con un nuevo soplo de ternura.
Lo mismo le había sucedido a Dorotea con el vistoso uniforme del Mayor. No teniendo el gusto educado se ofuscaba de alegría ante la vista de los objetos de relumbrón. Los cordones y el oro del kepí, —104→ habían conseguido despertar del fondo de sus ensueños, episodios casi olvidados de mil novelas... de costumbres sólo inventadas por la fantasía de sus autores.
-¡Ah! no -se decía de pronto, espantada de ver las concesiones que hacía su pensamiento al amor que empezaba a dominarla-; ¡Dios mío, Dios mío! pero él dijo que iba a volver: ¿me llegará a amar? quién sabe si su corazón no está ocupado: ¡ah! pero yo lo atraeré y se convencerá que nadie podrá amarlo como yo: no, es una locura, yo debo olvidarlo.
Y en estas transiciones se dormía, para despertar al poco rato sudorosa y agitada.
La pasión la había sacado de quicio.
Después de la una de la madrugada ya no pudo conciliar el sueño. Un insomnio lleno de zozobra la puso febriciente.
-Pero si yo no lo conozco -pensaba: y luego desfilaban por su recuerdo sus antiguos pretendientes: el doctor Ferreol, a quien había desairado, y Catay, que aún la incomodaba con sus desvergonzadas incitaciones: hasta evocaba la memoria de los piropos que conquistaba en sus andanzas callejeras, que aunque siempre rechazaba con orgullo, le creaban un ambiente de lisonja que aspiraba con indecible fruición, a cuya influencia concebía más alta idea de su personalidad y su belleza.
Volvía a saturar su imaginación con los calores tibios que los deseos de los hombres emanaban siempre a su paso.
Pensaba que nadie había sentido ni imaginado el amor como ella.
No pudiendo resistir el lecho, lo abandonó muy temprano. Se vistió coquetamente y fue a ver el espectáculo —105→ que ofrecía la calle, mirando al través de las persianas de la sala.
El movimiento bullicioso de la mañana, que no estaba acostumbrada a ver, la sorprendió mucho: no podía comprender cómo había gente que madrugara tanto. Le parecía una cosa absurda. Entre tanto, los ruidos de la calle seguían su estrépito desconcertado.
El eco de estos murmullos penetraba en ráfagas por la ventana de Dorotea y ella se sentía aturdida en medio de esta vocinglería que no acababa. Seguía a una mucama hasta donde se lo permitían los obstáculos de la reja, la dejaba allí y volvía a pasear su vista con otra que regresaba. Veía que muchas se paraban a conversar; varias lo hacían en la vereda de su misma casa. La curiosidad entonces la obligaba a prestar atención, pero pronto se fastidiaba al ver que no se comunicaban más que cosas de ningún interés. Vivían en otro mundo; no había nada de común entre ella y los viandantes: por esto le parecía que sus palabras no tenían calor ni sentido: en la actividad universal, seguían sus pasiones o instintos, corrientes opuestas: también ella, sin caer en cuenta, era indiferente para todo ese mundo que desfilaba ante su ventana. En medio de esta constante renovación de gente, pudo observar algunos cuchicheos de amor. Sirvientas que encontraban sus amantes y que concertaban, tal vez, un punto de reunión para la noche. Se identificó en estos cuadros, los anhelaba, los descubría y terminaba por envidiarlos.
-Ellos salen, hablan y se aman -decía-: ¡si pudiera yo tener esa felicidad!
Y su vanidoso egoísmo la hacía pensar que las —106→ demás eran libres, que no tenían conocidos ni por qué temer asechanzas o habladurías, en cambio que ella estaba expuesta al deshonor y a la calumnia, si daba el menor paso que hiciese despertar sospechas.
La opinión en que pudieran tenerla sus pocos vecinos, la atmósfera de los cuantos ladrillos que formaban su barrio, gravitaba sobre ella con el peso de toda la humanidad.
A ratos se cansaba de estar en la ventana y se iba a las piezas interiores.
Todo estaba allí sucio y en desorden. Con sus sempiternos sueños de ternura y delicadeza vivía bien, sin embargo, en la suciedad y descuidaba el aseo de sus hijos.
Aparte de uno que otro mueble, que todavía estaba haciendo juego de equilibrio a consecuencia de la reyerta de la noche anterior, era normal en la casa que todo anduviese trastrocado. La única habitación que tenía aspecto decente era la sala. No podía ser por menos, porque siempre permanecía cerrada y no entraban a ella más que las visitas que la dueña de casa consideraba.
Los niños dormían apaciblemente. La mucama arreglaba algo en el comedor y Clara hacía fuego en la cocina.
-Ya va a estar el agua, señora -dijo la chica al divisarla-: ¿sabe Vd. dónde está el mate?
-Deja no más, no quiero ahora.
Se recataba, quería estar sola: cuando iba a la sala cerraba la puerta de comunicación con la pieza siguiente.
Dorotea, si hubiera tenido algunas tendencias al orden, podría haber visto siempre su casita perfectamente arreglada.
—107→Pero si bien no se cansaba de quejarse y renegar, nunca ordenaba nada práctico y juicioso.
La mucama y Clara no se ocupaban más que de entretener a los chicos y de cuidar la casa, porque su dueña, cuando no estaba ausente, se lo pasaba en la sala o probándose trapos delante del espejo.
A cada rato volvía a la ventana.
En los hombres que pasaban creía encontrar las facciones del Mayor Paz.
Hacía grandes esfuerzos por reconstruir en su memoria el rostro entero del militar.
Pero sus esfuerzos fueron vanos. Pensó un momento, con desesperación, que si lo viera entre varios militares no le sería fácil reconocerlo.
Como sucede en la mayoría de los casos, se había enamorado de una idea por mucho tiempo acariciada, de una necesidad, de un perfume, que sin ningún dato, suponía que guardaba en la intimidad de su ser moral la envoltura humana del Mayor.
Estaba perdidamente enamorada del militar y no lo conocía.
Prueban en fisiología que cuando un miembro está atrofiado o no funciona, los otros adquieren mayor desenvoltura y precisión.
Lo propio sucede en la sociedad moderna con las facultades morales.
Mientras el juicio duerme, la imaginación, siempre en juego, alcanza proporciones colosales.
Ella obra sin contrapeso y mantiene a la inteligencia en un eterno espejismo.
Dorotea se engañaba al creer que amaba al Mayor: todo el entusiasmo de su alma se lo prodigaba entero, sin saberlo, a Rocambole, a Romeo, y a toda la caterva de héroes que había conocido en las novelas —108→ románticas; esos sempiternos buenos mozos, siempre arriesgados y que con la misma serenidad se baten contra treinta hombres o ascienden una escala, colocada al pie del abismo, para platicar con la reina de sus pensamientos a la pálida luz de la mensajera de la noche.
A eso de las nueve pasó el Mayor.
Práctico en materia de galanteos, reconoció inmediatamente a Dorotea, que estaba en acecho detrás de la persiana. Como había venido por la misma acera, ésta recién lo vio cuando lo tuvo delante.
Dio un grito ahogado de sorpresa y se retiró de la ventana.
-¡Adiós! -le había dicho el militar medio queriéndose parar-: vaya -agregó para sí, siguiendo su camino-; decididamente quiere hacerse desear.
Dorotea quedó enojada de sí misma.
Al principio se había iluminado su razón con un relámpago de buen sentido: un amago de tristeza, una extraña sensación de dolor, algo como un desencanto, experimentó al ver nuevamente al que había ocupado su pensamiento toda la noche anterior.
Lo había desconocido. Pero estas ideas ligeramente bocetadas en su mente fueron reprimidas en el acto por esa sed de emociones que la devoraba.
Se arrepintió de lo que había hecho. Volvió a la ventana y no vio al Mayor. Se desesperó, creyendo que ya no le vería más. Tuvo celos, un mundo de ideas locas, en el espacio de un minuto. Fue ante el espejo, se arregló el pelo, ensayó una sonrisa y una mirada de ternura, se empolvó la cara con el cisne y corrió desalada hacia la puerta de calle.
Estaba realmente hermosa: su saco de mañana la sentaba muy bien; bastante amplio, sus formas apenas —109→ se dibujaban, y así entre el misterio incitaban y cobraban mayor prestigio: la fiebre que había sufrido por la noche estaba impresa con profundas huellas en su rostro.
Pálida y con unas ojeras azules que realzaban el brillo de sus ojos, la vio el Mayor aparecer en el umbral en circunstancias que volvía al ataque, cansado de haber estado esperando algún tiempo en la esquina.
El militar la encontró más bella y gentil que la primera vez.
-Señora, tanto gusto de ver a Vd. ¿ha pasado Vd. bien la noche? -dijo saludándola.
-Así; regular...
-Es natural, debe Vd. haber sufrido mucho: ¿pero qué quiere? hay que olvidar y pensar en otras cosas, de lo contrario no se conseguiría un solo momento tranquilo.
Así siguieron conversando un breve rato.
A Dorotea se le oprimía el pecho: momentos antes su entusiasmo desbordaba y suponía a su alma identificada con la del Mayor, y se desalentaba al ver la distancia que ponía de manifiesto las pocas palabras cambiadas.
Es lo que sucede a las personas reconcentradas que viven en un mundo aéreo y en completo ensimismamiento.
También es cierto que nunca los actos de la vida práctica se suceden con tanta rapidez ni son en su expresión tan francos como el pensamiento, y Dorotea en alas de este había ido demasiado lejos.
Estaba tan apasionada que no se le importaba ya que pudieran hablar de las relaciones que empezaba a entablar con el militar. Sabido es que cuando las —110→ mujeres se encaprichan, aunque su afecto sea bochornoso tienen orgullo de él, lo alardean muchas veces y cometen mil indiscreciones.
Sin embargo, le disgustaba la conversación en la puerta de calle. Estaba algo violenta, pero el zorro del Mayor no se daba por entendido.
Al fin dijo Dorotea:
-¿No gusta Vd. descansar un poco?
-Si no fuera imprudente la hora: he caminado mucho...
-Entre Vd... espere un poco: voy a abrirle la sala.
Se encontraron solos en la pieza desierta.
El Mayor era un libertino y en lides parecidas había adquirido una audacia de buen tono para abordar a las mujeres.
Nunca había sentido más tranquilidad y confianza que ahora.
Nada lo inquietaba. Se reía de Dagiore y pensaba que si Dorotea se entregaba tendría una querida preciosa y que no le costaría un real.
¿Cómo entonces dejar escapar la presa?
Al principio la situación de ambos fue violenta. Se dijeron cosas insignificantes.
Nubes pequeñas que velaban el juego de sus deseos no tardaron en disiparse.
El Mayor se hizo el exaltado, se sentó a su lado y le tomó una mano.
De concesión en concesión se fue muy lejos.
De pronto asaltaron a Dorotea extraños temores.
Pidió al Mayor que se fuera porque podría comprometerla demorando más tiempo.
Fue menester que le rogaran mucho para que se decidiera a evacuar la plaza.
—111→Aprovechó de la ocasión y empezó con grandes exigencias.
Quería ganar la batalla en la primera escaramuza.
En su afán la tuteaba y pedía a Dorotea que hiciese lo mismo: más tímida esta no podía adaptarse a una transición tan brusca.
Al despedirse se hicieron mutuos juramentos de amor eterno.
Toda encendida Dorotea y anudándosele la voz en la garganta por la emoción que la embargaba, dijo:
-Puede Vd. estar seguro de mi cariño... pero de aquí no pasaremos... no espere Vd. nada más de mí.
El Mayor por toda respuesta la tomó con ambas manos de la cabeza e imprimió en su boca un beso largo y sensual.
Dorotea desmayaba, pero conteniendo los latidos de su corazón rechazó dulcemente los brazos que la oprimían y lo encaminó hacia la puerta.
-¿Hasta cuándo, mi alma? -preguntó.
-Después sabremos, escríbeme, pero no vuelva hasta que yo le diga: váyase pronto: ¡adiós!
El Mayor, muy excitado, se encontró en la calle sin saber lo que le pasaba.
Se acusaba de haber sido demasiado zonzo; luego meditando todo lo que había pasado se llenaba de orgullo y quedaba satisfecho del camino andado.
-Es mía, es mía -murmuraba para sí-: no tengo la menor duda: tal vez sea la primera vez que va a caer y por eso tiene miedo: diablo; ¿o tendrá otro amante? De cualquier manera, lo desbanco... ¡y qué bonita es!
Así pensaba, y todo le salió a medida de sus deseos.
Fue el amante de Dorotea y la dominó como mejor quiso.
—112→Tenía que suceder: el terreno estaba preparado y sólo faltaba la ocasión.
El Mayor distaba mucho de ser un héroe o una figura verdaderamente interesante: no pasaba de ser una de tantas vulgaridades que nacen porque nacen y viven porque viven.
No fueron sus insignificantes dotes de seducción las que perdieron a Dorotea: hay microbios también en la atmósfera moral, y el espíritu de Dorotea estaba impregnado de ellos.